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viernes, 19 de junio de 2026

Las Murallas de la ciudad antigua, desde la época fundacional a la época visigoda

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte las Murallas de la ciudad antigua, desde la época fundacional, a la época visigoda, de Sevilla.
      Los primeros indicios de ocupación del solar hispalense se remon­tan al siglo IX a. C. cuando unos comerciantes de origen fenicio establecieron un asentamiento sobre un promontorio ligeramente elevado (15 m.s.n.m.) entre el cauce del Tagarete por el este y el sur, y el extenso cauce del Guadalquivir por el oeste, al fondo de su amplio estuario, que sería conocido en los textos clásicos como Lacus Ligustinus. Este primer núcleo habitado recibió el nombre de Spal, topónimo de origen semítico que significaba "tierra baja", y ocupaba un área aproximada de unas 12 ha que estarían delimitadas aproximadamente por las actuales vías de Placentines, Francos, cuesta del Rosario, Muñoz y Pabón, Federico Rubio y la calle Mateas Gago, en cuyas cercanías se han localizado evidencias de un área portuaria cercana a la posición del cauce fluvial en aquel momento. Es aproximadamente el mismo espacio que ocu­paría más adelante la Spal turdetana, aunque no hay constatación arqueológica del tipo de cerca muraria, si la hubo, que defendería ese núcleo primitivo prerromano o "promontorio fundacional", como aparece citado en numerosas investigaciones.
     Las ventajas de este emplazamiento eran muy favorables para aquella primera comunidad urbana, dado que la altura del promontorio, aunque escasa, les permitía mantenerse a salvo de las periódicas crecidas del río, a la vez que su posición aseguraba un suministro regular de agua, cercanía a la fértil vega y a las marismas, con sus posibilidades de pesca y actividades ganaderas, así como el acceso a los valles mineros del interior, lo que conver­tía aquella primera urbe en el puerto fluvial más al interior del estuario del Baetis, un lugar idóneo donde desarrollar un comercio próspero y seguro entre los expertos marinos fenicios y las comu­nidades indígenas que, con este intercambio, dieron forma a la civilización de Tartessos. A su vez, este emplazamiento mercantil se complementaría con el área sagrada excavada en el cerro del Carambolo, en Camas, donde las excavaciones de 2002-04 sacaron a la luz los restos de un santuario fenicio probablemente dedicado a Astarté, funcionando ambos espacios, ciudad y santuario, como elementos mágico-simbólicos de protección del fondo del estuario y entrada al río que bautizaron como Baetis.
     Aquel primer núcleo urbano mantuvo su capacidad fabril y mercantil tras el desmoronamiento del poder tartésico en torno al siglo VI a. C. y el consiguiente ascenso de las urbes de origen púnico-cartaginés, como era el caso de Gadir, que se convertiría en el principal centro económico y político hasta la llegada de Roma. En ese contexto, el puerto de Spal era el principal punto de acceso a la riqueza minera y agrícola del sur peninsular, lo que favoreció su crecimiento bajo el dominio de Cartago, lo que sin duda tuvo que repercutir en la construcción de alguna fortificación urbana, aún desconocida para la arqueología. Por tanto, desconocemos la capacidad defensiva que tuvo aquella ciudad primitiva, la cual fue conquistada por las legiones romanas de Escipión el Africano en el año 206 a. C., dentro de los episodios bélicos de la II guerra púnica, que significaron el fin del poder púnico y la integración del terri­torio peninsular en los esquemas políticos y económicos de la república romana.
     Las primeras referencias literarias a la ciudad romana, Híspalis, las encontramos en el contexto de las guerras civiles entre los parti­darios de Pompeyo y de Julio César, en torno al año 45 a. C. En ellas se hace referencia al oppidum hispalense, una fortificación importante dada su capacidad de resistir el asedio de las legiones cesarianas contra los numerosos partidarios de Pompeyo entre la población local. Esta ciudad, una vez sometida, fue refundada por César con un estatus jurídico superior, la colonia Iulia Romula Hispalensis, un gesto que, aunque suponía la pérdida de su autonomía municipal, convertía a sus habitantes en ciudadanos de pleno derecho y permitía el estable­cimiento de colonos romanos, asegurándose así la lealtad y el control de este enclave urbano tan importante en el entramado económico de Roma. Precisamente, la erudición tradicional había venido atribuyendo a Julio César la erección de las murallas hispalenses, pero las excavaciones arqueológicas realizadas hasta ahora no sustentan dicha afirmación, aunque no es desdeñable suponer que el dictador, dentro del programa de refundación de la ciudad, ordenara la recons­trucción, consolidación, o nueva construcción en algunos tramos de la muralla republicana, hito jurídico y símbolo de estatus, transmisor, en sí mismo, de la imagen romana de ciudad estable y próspera.
     En la actualidad, desconocemos en gran medida el trazado que tendría la muralla romana, tanto la republicana como la imperial, para la que algunos especialistas suponen dos fases constructivas: la segunda mitad del siglo I a. C. y la primera mitad del siglo II d. C., según los resultados de las últimas investigaciones, aunque los restos arqueológicos analizados hayan sido fruto, en gran parte, de hallazgos casuales derivados de obras de infraestructuras y de proyectos de edificación, que no aportan un conocimiento suficiente. De hecho, las excavaciones arqueológicas realizadas hasta la fecha tan solo han mostrado restos escasos de aquella muralla, los cuales apenas permiten confirmar las hipótesis establecidas.
     Así pues, diversos autores recogen el hallazgo de restos de la muralla romana cuando el arquitecto Leonardo de Figueroa iniciaba la cimentación de la capilla sacramental de Santa Catalina en 1721, aunque sin suficiente confirmación arqueológica. Más recientemente, en 1950, unos trabajos de infraestructuras urbanas en la calle Orfila sacaron a la luz un muro de sillares calizos que fue interpretado en su momento como integrante de la muralla romana, aunque un análisis posterior lo ha descartado y lo ha datado en época islámica. A su vez, en 2004, la compleja excavación realizada en el solar de la Encarnación permitió documentar un lienzo de muro de sillería fechado en torno al siglo I d. C., que, para algunos investigadores, correspondería a un tramo de la muralla imperial, mientras que otras hipótesis señalan que formaría parte de la base de una construcción funeraria monumental, aunque la edificación resultante impide la realización de nuevos estudios arqueológicos. Tampoco hay unanimidad en torno al paramento de sillería hallado a los pies de la torre de San Martín, el cual podría corresponder al sector más septentrional de la muralla, probablemente un torreón de la misma dada las características de su cimentación, mientras que el muro localizado en la puerta primitiva del alcázar en el patio de Banderas indicaría su ángulo suroriental.
Sin embargo, más recientemente, los hallazgos realizados en las excavaciones de julio de 2021 en un solar de la plaza de San Francisco han permitido establecer con mayor rotundidad y unanimidad de criterios la presencia de la cerca romana. En estas obras, el arqueólogo Álvaro Jiménez ha identificado un tramo de mura­lla de algo más de 9 metros de longitud, compuesto de sillares de piedra caliza y datado en torno al siglo III d. C., cuyas características permitirían identificar un potente muro de defensa (8 m de altura por 3'25 de anchura, aproximadamente) frente al paleocauce del Guadalquivir y en cuya base se ha podido constatar la huella arqueológica del pomerium que rodeaba la ciudad. Este sensacio­nal hallazgo permite, además, conjeturar la continuidad de dicha muralla bajo las casas adyacentes, en una dirección Norte-Sur paralela al citado paleocauce, como podemos comprobar en el plano hipotético elaborado por el profesor Tabales.
     De este modo, con el apoyo de las fuentes literarias y documentales y el análisis detallado de la información aportada por la arqueología, los especialistas han podido establecer el recorrido probable de la muralla de Híspalis, la cual encerraría el núcleo ori­ginal prerromano, limitado por el curso del Tagarete y el paleocauce del Guadalquivir, así como la ampliación de dicho espacio urbano hacia el norte y el noreste, aunque estas hipótesis precisan de la necesaria confirmación arqueológica. De cualquier forma, no hay que olvidar que la escasez de restos de dicha muralla tiene mucho que ver con el material empleado en su construcción, sillares de piedra caliza procedentes de canteras lejanas, que con toda seguridad fueron reutilizados posteriormente, como se ha comprobado en la muralla del primer recinto del Alcázar.
     Más tarde, tras el debilitamiento del Imperio romano occidental en el siglo V, las aristocracias locales que lo sustituyen se muestran incapaces de frenar el avance de las devastadoras incursiones de los vándalos de Gunderico, quienes saquean y ocupan Híspalis en 425, hasta que son derrotados por suevos y visigodos. De ahí, que el nuevo poder visigodo decida reforzar la capacidad urbana y militar de Spalis, cuyas murallas eran fundamentales en la estrategia de control del sur peninsular frente a la aristocracia hispanorromana y las incursiones de los ejércitos bizantinos, aunque diferentes excavaciones han puesto de manifiesto la presencia de áreas urbanas intramuros abandonadas por la población y numerosos edificios públicos en ruinas.
     No obstante, la ciudad llegó a alcanzar un notable protagonismo en la guerra civil (581-584) que enfrentó al rey Leovigildo con su hijo Hermenegildo, quien había hecho de Spalis su principal plaza fuerte, auxiliado, inútilmente, por las naves bizantinas. Sin embargo, la capacidad defensiva de la ciudad, aún con las viejas murallas romanas, se muestra insuficiente en 712 ante el ejército invasor de Musa Ibn Nusayr, quien pone fin al dominio visigótico y da paso a una larga etapa de progresiva islamización del espacio urbano, cuyas consecuencias perduran hasta el día de hoy (Esteban Moreno Hernández. En torno a las murallas de Sevilla. Guía por las puertas y límites de un casco antiguo. El Paseo editorial. Sevilla, 2023).
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