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viernes, 26 de junio de 2026

Las Murallas musulmanas de la ciudad

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte las Murallas musulmanas de la ciudad, de Sevilla.
      La conquista de Spalis por las tropas del califato omeya de Damasco en 712 y su integración en el amplio y complejo espacio cultu­ral islámico, vino a significar la potenciación de sus rasgos más específicamente urbanos, configurándose el concepto de madina, la ciudad en la que se concentra el poder político, económico y religioso protegido tras sus murallas. De este modo, los nuevos gobernantes musulmanes mantendrían en su mayor parte la cerca muraria heredada de la ciudad clásica, cuyo trazado exacto aún desconocemos, y sobre la cual probablemente realizarían distintas labores de reconstrucción tras los diversos episodios bélicos mencionados por las fuentes. Entre estas, las crónicas recogen el asalto normando a la ciudad en 844, cuyos terribles efectos obligaron al emir cordobés Abd al-Rahmán II a reconstruir la muralla, manteniendo el perímetro anterior o bien realizando algunas ampliaciones parciales del mismo, aunque hasta la fecha no hay unanimidad en la identificación de sus restos por parte de los especialistas. Asimismo, las fuentes describen el asedio y toma de Isbiliya por las tropas de Abd al-Rahman III en 913 para aplastar la rebelión de la ciudad contra el poder cordobés, lo cual acarreó la orden de derribo de las murallas, aunque hoy los expertos defienden que dicha orden no significaría tanto la destrucción del conjunto amurallado, como la de sus puertas, que poseen una mayor carga simbólica y exigirían menos medios para su demolición.
     Sin embargo, las murallas emergentes que podemos contemplar en la actualidad corresponden a un nuevo esfuerzo constructivo en los siglos XI al XIII, aunque hoy por hoy no existe en la comunidad científica un acuerdo unánime acerca de la cronología de su construcción. De hecho, los expertos mantienen un interesante debate en torno a las fuentes y el análisis de la investigación arqueológica a la espera de que nuevos avances tecnológicos y trabajos más ambiciosos permitan definir con total seguridad la datación de la ampliación del recinto fortificado, que, en todo caso, correspon­dería a un lapso de tiempo entre los años finales del reinado de Al Mutamid ben Abbad (1069-90) y las últimas construcciones almo­hades en 1221, incluyendo en esta amplia etapa el conjunto de las diferentes reparaciones y mejoras del recinto defensivo.
     El contexto histórico de este proceso se desarrolla con la desintegración del califato Omeya cordobés y su sustitución en Isbiliya por el reino taifa de los Banu Abbad a partir de 1023, hechos que conducen a una serie de transformaciones en nuestra ciudad, tales como la construcción de los primeros recintos palaciegos en el área del actual Alcázar, que exigirían con toda seguridad una reformulación del trazado meridional de las murallas, en el contexto del importante crecimiento demográfico que llevaría a la ciudad a reba­sar sus líneas fortificadas con la aparición de arrabales, cementerios y núcleos artesanales extramuros del recinto de origen omeya.
     Por otro lado, hay que tener en cuenta que la dinámica fluvial del Guadalquivir y el desplazamiento de su cauce hacia el oeste, hasta alcanzar su ubicación actual en torno al siglo XII, había limitado anteriormente el crecimiento de la urbe hacia occidente, por lo que la nueva situación del río proporcionó a la ciudad andalusí una extensa superficie que permitiría la ampliación del espacio amurallado hacia la nueva orilla izquierda del río, así como reforzar las defensas urbanas en un área frecuentemente castigada por las inundaciones periódicas. En este sentido habría que contextualizar la posible ampliación de la muralla bajo el mandato almorávide, entre los años 1125 y 1134 por orden del cadí Abu Bakr, como se deduci­ría de las fuentes documentales. El objetivo de dicha obra sería la incorporación a la ciudad amurallada de una amplia superficie de arrabales, alquerías y huertas extramuros en un momento de aumento demográfico y crecientes ataques cristianos.
     Siguiendo esta argumentación, el nuevo poder almohade reconstruiría la cerca amurallada en aquellos tramos castigados por las riadas periódicas, a la vez que le añaden nuevos tramos al ritmo de las sucesivas ampliaciones del alcázar, obras que se suman a las realizadas en Isbiliya en la segunda mitad del siglo XII con el objetivo de hacer de la ciudad la gran capital del califato almohade en al-Andalus. Finalmente, ante la ofensiva de los reinos cristianos del norte en los inicios del siglo XIII, se refuerza la capacidad defensiva de la ciudad con el recrecimiento de la muralla, la construcción del foso y el antemuro, así como de la coracha y la torre albarrana del puerto (la torre del Oro), aunque estas obras fueron realizadas con un tapial menos compacto, probablemente ocasionado por la urgencia de la guerra.
     Frente a esta hipótesis que plantea un origen taifa, almorávide y almohade de la muralla sevillana a lo largo de diversas etapas, la profesora M. Valor Piechotta defiende que el conjunto de la nueva cerca se levantó a lo largo del califato almohade en varias fases, que van desde 1150, bajo el mandato del califa Abu Yaqub Yusuf, a 1221, tras la victoria cristiana en las Navas de Tolosa (1212), apoyándose para ello en las fuentes documentales (las crónicas de Ibn Sahib al­ Salat y de Ibn Abi Zar) y en el análisis del perímetro amurallado, el cual presenta una serie de características comunes, tales como el material constructivo, un tapial de diversas calidades, un trazado adaptado a la topografía y la tipología de las torres emergentes, cuadradas y dispuestas regularmente, con una o tres cámaras inte­riores y una decoración exterior con verdugadas de ladrillo.
     Aquel conjunto amurallado tenía unos 7000 m de perímetro, de los que hoy se conservan varios tramos exentos que suman unos 2000 m, principalmente en el sector de la Macarena, jardines del Valle y callejón del Agua, a los que habría que añadir los abundantes lienzos de la muralla que, ocultos tras las viviendas, actúan como medianeras entre inmuebles. Las murallas encerraban una superficie de 276 ha aproximadamente, un espacio inmenso protegido en su mayor parte por los dos grandes fosos naturales que representaban el Guadalquivir al oeste y el Tagarete al este, albergando, además del área residencial, numerosas huertas y vacíos intramuros que no llegarían a colmatarse hasta el siglo XX, lo que hizo de Sevilla uno de los núcleos urbanos de mayor superficie amu­rallada, "una realidad inusual en otras ciudades", pero, en todo caso, menor que Roma o Constantinopla, las dos grandes urbes del mundo antiguo.
     La fortificación andalusí, salvo algunas reparaciones y reformas posteriores de la etapa cristiana, estaba construida en su conjunto a base de tapial de arena, guijarros y cal, una técnica de gran solidez, economía y rapidez, aunque exigía labores constantes de manteni­miento para afrontar, entre otros, los problemas derivados de la erosión de las superficies y la importante ascensión de humedad por capilaridad que el suelo sevillano aporta a los muros. Por su parte, éstos fueron levantados en cajones de tapial de unas dimensiones medias entre algo más de 2 m. de longitud por 80 cm. de altura, y un grosor aproximado de 2 m., medidas que pueden observarse con facilidad en los tramos exentos de la muralla.
     Recientemente, los trabajos de restauración emprendidos por el Ayuntamiento sobre el tramo de muralla entre las puertas de Córdoba y de la Macarena han permitido confirmar no sólo su origen en el S. XII, sino también la huella de un antiguo enlucido en blanco sobre el revestimiento exterior de la cerca. Por otro lado, los muros incorporaban saeteras y troneras en algunos tramos y se remataban con el para­peto y almenado, poligonal en el antemuro y troncopiramidal sobre la muralla, además del adarve o camino de ronda, accesible desde escaleras ubicadas en las calles interiores, el cual unía el extenso recinto defensivo formado por 166 torres distribuidas a intervalos que oscilan entre 20 y 40 m. No obstante, hay que considerar que, como recuerda García-Tapial, "conforme la ciudad ha elevado su nivel, la muralla ha perdido su escala original".
     La mayoría de las torres son de planta cuadrada, si bien hay otras de carácter más singular que presentan plantas poligonales, como la esbelta torre Blanca del sector de la Macarena (planta octogonal), la torre de Abdelaziz (planta hexagonal), en la muralla interior que conectaba el alcázar con el río, la de la Plata (octogonal), al final de dicho tramo interior, y la del Oro (dodecagonal), una impresionante torre albarrana unida al cinturón amurallado por una coracha.
     La comunicación con el área extramuros se realizaba a través de doce puertas y tres postigos, de las que tan solo nos restan, aunque muy alteradas respecto a su arquitectura original, la puerta de la Macarena y el postigo del Aceite, mientras que la puerta de Córdoba mantiene gran parte de su estructura andalusí, aunque oculta entre la muralla y el templo de San Hermenegildo. En el momento de su construcción, las puertas de la ciudad respondían a tres tipos: las flanqueadas por dos torres, los accesos en recodo flanqueados por una sola torre y los accesos en recodo en una torre saliente, que era el modelo más común.
     La eficacia defensiva de estas murallas se demostró con ocasión del asedio a Sevilla por las tropas de Fernando III, que se desarrolló entre julio de 1247 y noviembre de 1248, siendo el asalto más duradero de los realizados por el monarca castellano. Tras cruzar el Guadalquivir por Alcalá del Río, las huestes cristianas rodearon la ciudad e instalaron su campamento principal en la Buhaira y la campa de Tablada, dispuestos a esperar la rendición de Isbiliya. No obstante, la ciudad pudo resistir un sitio de 16 meses gracias a las huertas y granjas intramuros, amén del suministro que le llegaba desde el Aljarafe por Triana y su puente de barcas. Solo la conquista del castillo trianero y la posterior destrucción del puente por la marina castellana permitieron debilitar la posición de los sitiados que finalmente, hambrientos y sin auxilio exterior, capitularon el 23 de noviembre de 1248. Las fortificaciones almohades cumplieron así su cometido impidiendo el asalto de las máquinas de guerra, pero hemos de suponer que sufrirían fuertes daños en el largo asedio, los cuales exigirían su reparación urgente, puesto que la amenaza mudéjar, meriní o granadina sobre la ciudad fue una realidad hasta bien entrado el siglo XIV. De hecho, el pode­río e importancia de estas murallas quedó reflejado en la Primera Crónica General, la Estoria de España, redactada a instancias de Alfonso X el Sabio entre 1270 y 1274, que la describe de este modo:
          La nobre cibdat de Sevilla, es puebro mucho grande, mayor y mejor cercado que ninguna otro de allen, ni de aquen mar... et los muros della son altos soberbiamente, et fuertes et muy anchos; torres altas e bien departidas, grandes y fechas a muy grant labor... su barbacana es a tal que otra villa non podrie ser mejor cercada... 
     Tras la conquista de Granada en 1492, la ciudad pierde el pro­tagonismo militar que exigía el mantenimiento de la frontera castellano-nazarí, por lo que sus murallas irán perdiendo de manera progresiva su función defensiva frente a enemigos exteriores. No obstante, ello no eximió al Cabildo municipal de sus responsabilidades en el mantenimiento del conjunto amurallado, un cometido que recaía en la figura del alguacil mayor, encargado de la custodia de las llaves de la ciudad, así como de la vigilancia de murallas y puertas, cuyos catorce alcaides eran designados por él, a la vez que supervisaba el estado de las murallas con el auxilio de los fieles ejecutores. Para ello, las ordenanzas municipales establecieron una serie de normas emanadas de las Partidas de Alfonso X que, entre otros aspectos, prohibieron la construcción de viviendas adosadas la muralla o que superasen su altura, la ocupación de la liza y del antemuro, y la apertura de portillos en los muros:
     Desembargadas e libres deven ser las carreras que son cerca de los muros de las villas, e de las ciudades, e de los castillos, de manera que no deven facer casa, nin otro edificio que los embargue nin se arrime a ellos...
Partida III, Título XXXII, Ley XXIV.
     No obstante, este tipo de hechos prohibidos fueron repitiéndose cada vez más hasta ocultar la fortificación en la mayor parte de su recorrido.
     Al mismo tiempo, a lo largo de los siglos se desarrollaron frecuentes obras para reparar los estragos que provocaba el paso del tiempo y, sobre todo, los provocados por las habituales inundaciones del Guadalquivir y del arroyo Tagarete, además de aquellas reformas realizadas en las puertas en la segunda mitad del siglo XVI siguiendo el proyecto elaborado por Hernán Ruiz II en 1560. Estas reformas, patrocinadas por el Cabildo hispalense bajo el mandato del asistente conde de Barajas, estaban destinadas a proporcionar una mayor fluidez al tráfico de personas y mercancías por las puertas, eliminando los obstáculos de los sistemas de acceso acodados, a la par que se dotaba a la ciudad de una fachada sim­bólica y monumental en sus accesos, a modo de vistosos arcos de triunfo que recibieran a los comerciantes y viajeros, más acorde con la imagen triunfante de Sevilla como la Nueva Roma, especialmente cuando se recibían las comitivas reales, como fue el caso de la entrada de Felipe II por la puerta de Goles en 1570. Al mismo tiempo, las sucesivas reformas en las puertas de la ciudad favorecieron la consolidación de concurridas plazas a uno y otro lado de la puerta, que funcionaban como importantes espacios de sociabi­lidad con relación a un urbanismo de calles estrechas y tortuosas, y en las que se desarrollaban actividades comerciales de diversos tipos, acompañadas de retablos, altarcillos y capillas que recibían y despedían a viajeros y mercaderes.
     Por otro lado, a tenor de los resultados de diversas intervenciones arqueológicas en solares asociados al recinto murado, se puede inferir que a lo largo de los siglos XVI y XVII las murallas habían perdido su función militar, dados los avances de la artillería, detectándose niveles de escombreras y basureros en el foso, la liza y el adarve del antemuro, los cuales aparecen plenamente colmatados a finales del siglo XVII. En estos momentos, las murallas se mantenían en pie, principalmente para evitar el contrabando y asegurar la función fiscal del cobro de alcabalas en las puertas, pero, sobre todo, para contener las aguas de las frecuentes avenidas del Guadalquivir y el Tagarete.
     Este último objetivo es el que llevó en 1784 al asistente Pedro López de Lerena a publicar unas ordenanzas específicas para el mantenimiento del imponente conjunto fortificado de Sevilla. Esta normativa mantuvo las murallas bajo los cuidados del Cabildo, el cual nombraba al maestro mayor de obras, encargado de velar, entre otras funciones, por la limpieza y obras de urgencia en el perímetro amurallado, como la reparación de los daños ocasionados por el terremoto de Lisboa en 1755, las riadas de 1783 y 1796 o la reforma de la puerta de la Macarena dirigida en 1795 por José Echamorro, «maestro mayor de las defensas de Sevilla», como se hace titular él mismo.
     Años más tarde, tras varios siglos sin agresiones bélicas, la guerra de la Independencia contra el invasor francés (1808-1814), volvió a mostrar la utilidad de la vieja muralla islámica, al menos en los planes de las autoridades de la Junta Suprema, que habían establecido Sevilla como capital de la resistencia «patriota» frente a José I Bonaparte. Por ello, para fortalecer la defensa de la ciudad, se acometieron diversas obras de reparación en puertas y otros elementos de las murallas, dado el mal estado que presentaban habitualmente, a la vez que se planificaron obras de ampliación del esquema defen­sivo de la ciudad ante la amenaza cercana de las tropas del mariscal Soult. El plan del brigadier Giralda establecía una línea extramuros fortificada tras el foso natural del arroyo Tamarguillo hasta su confluencia con el Guadalquivir, la cual estaría apoyada por pequeños fortines y baluartes en los escarpes del Aljarafe y huertas periurbanas, mientras que la propia muralla islámica, reforzada en sus puntos más débiles o deteriorados, constituiría el último cinturón de la defensa. Sin embargo, no fue necesario demostrar la eficacia de este importante dispositivo defensivo, ya que la ocupación francesa de la ciudad en 1810 se realizó sin presentar batalla tras la retirada de las autoridades a Cádiz, considerada como un bastión inexpugnable. Gracias a ello, las murallas preservaron su integridad, aunque las nuevas fortificaciones exteriores fueron demolidas y, en su lugar, las autoridades francesas plantearon una nueva estrategia defensiva que convirtió al monasterio de la Cartuja en una potente plaza fuerte abaluartada para asegurar el control de los caminos de Niebla y de Extremadura, así como del puente de barcas trianero, con el apoyo del fortín organizado en torno al monasterio de San Clemente y puerta de la Barqueta, en la orilla izquierda del río. Estas nuevas construcciones de los franceses también serían demolidas tras la liberación de la ciudad en agosto de 1812, en el curso de un ataque aliado que apenas dañó las viejas murallas medievales.
     No obstante, durante la ocupación francesa, los derribos ordenados por la política urbanística del Gobierno de José I en el interior del casco amurallado provocarían toneladas de escombros que fueron acumulándose en las afueras de las puertas de la ciudad y serían aprovechados para levantar arrecifes o terraplenes de defensa frente al río Guadalquivir o el arroyo Tagarete. De este modo, estas obras continuaban las labores de mejora paisajista y embellecimiento que habían sido desarrolladas por el Ayuntamiento en los últimos decenios, fruto de las cuales había sido el establecimiento de una auténtica ronda de paseos y jardines alrededor de las murallas, especialmente en la fachada fluvial de la ciudad, desde la puerta de la Barqueta hasta la torre del Oro, más allá de la cual se abrirían posteriormente los paseos de Cristina y de las Delicias hasta alcanzar los jardines de Bellaflor en la desembocadura del arroyo Tamarguillo, cerca de Eritaña.
     Sin embargo, aunque las murallas quedaban ya ocultas en su mayor parte por edificaciones y alamedas, sus puertas continuaban manteniendo un cierto valor estratégico, como nos demuestra la curiosa anécdota de 1833 que nos recuerda cómo las autoridades impidieron al pintor inglés David Roberts dibujar los recintos urbanos amurallados al ser extranjero y carecer de licencia para ello. Ese carácter estratégico y militar será recordado con los episodios que provocaron los últimos daños bélicos al conjunto amurallado y fueron testigos del postrer servicio defensivo a la ciudad. Nos referimos a la expedición del general carlista Miguel Gómez en 1836, o el asedio de las tropas del Gobierno del general Espartero en 1843, cuyos efectos llevarían a la reconstrucción de las puertas de Jerez y del Osario por Balbino Marrón en 1846 y 1849. Estos serían los últi­mos esfuerzos constructivos por mantener en pie la muralla, hasta que en 1864 se inició el proceso de demolición de puertas y lienzos de muralla, al calor de la llegada del ferrocarril a Sevilla, que ana­lizaremos con mayor atención más adelante. Este proceso supuso finalmente la destrucción de los elementos más significativos de la vieja cerca islámica, aunque esta no llegó a desaparecer por com­pleto, dado que algo más de 5 kiló1netros de la muralla medieval aún permanecen ocultos, como medianeras entre las edificaciones actuales, o visibles como el tramo entre la Macarena y la puerta de Córdoba, que finalmente se salvó de su demolición (Esteban Moreno Hernández. En torno a las murallas de Sevilla. Guía por las puertas y límites de un casco antiguo. El Paseo editorial. Sevilla, 2023).
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