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jueves, 15 de octubre de 2026

La pintura "Santa Teresa de Jesús", de Zurbarán, en la Sacristía Mayor de la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Santa Teresa de Jesús", de Zurbarán, en la Sacristía Mayor de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     Hoy, 15 de octubre, Fiesta de Santa Teresa de Jesús, virgen y doctora de la Iglesia, la cual, nacida en Ávila, ciudad de España, y agregada a la Orden Carmelitana, llegó a ser madre y maestra de una observancia más estrecha; en su corazón concibió un plan de crecimiento espiritual bajo la forma de una ascensión por grados del alma hacia Dios, pero a causa de la reforma de su Orden hubo de sufrir dificultades, que superó con ánimo esforzado. Compuso libros, en los que muestra una sólida doctrina y el fruto de su experiencia (1582) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
       Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la pintura "Santa Teresa de Jesús", de Zurbarán, en la Sacristía Mayor de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, calle Cardenal Carlos Amigo, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
     En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Sacristía Mayor [nº 091 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; No ha cambiado de nombre desde su construcción. En el siglo XVII tenía dos altares, uno del "Calvario" y otro de San Miguel (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
     Posee la Catedral de Sevilla un importante conjunto de pinturas que pertenece a Francisco de Zurbarán, uno de los artistas más relevantes dentro de la pintura española del siglo XVII. Zurbarán nació en Fuente de Cantos (Badajoz) en 1598, efectuando su aprendizaje en Sevilla, donde desarrolló la mayor parte de su carrera artística, pintando para iglesias y conventos de esta ciudad. En 1658 se trasladó a Madrid, donde murió en 1664.
   Obra de gran interés dentro del conjunto pictórico de Zurbarán que posee la Catedral la magní­fica Santa Teresa que figura en la Sacristía Mayor y que hasta ahora se había considerado como obra de taller. Una acertada restauración realizada recientemente en esta obra ha permitido devolverle sus calidades originales, lo que facilita poder advertir en ella de­talles técnicos que sólo pueden haber sido conseguidos directamente por la mano del maestro. Basta examinar el tratamiento de las telas o la descripción del grupo de libros con la calavera encima de la mesa donde escribe la Santa para advertir la intervención personal del artista. La ejecución del rostro de Santa Teresa revela que Zurbarán ha tenido en cuenta el retrato original de Fray Juan de la Miseria, conservado en el convento de Las Teresas de Sevilla, por lo que adolece de la inex­presividad que posee dicho original. Sin embargo se advierte cómo Zurbarán ha idealizado suavemente sus facciones, otorgándole el ensimismamiento y la introspección que generalmente muestran los personajes de este artista. Puede fecharse esta obra hacia 1650. (Enrique Valdivieso, La Pintura en la Catedral de Sevilla siglos XVII al XX, en La Catedral de Sevilla, Ed. Guadalquivir, 1991).
     La pintura (óleo sobre lienzo, con unas medidas de 2,38 x 1,59 m.) muestra una representación de Santa Teresa de Jesús, monja carmelita fundadora de dicha orden monacal, nacida en Ávila que vivió entre 1515 y 1582 y escritora del "Libro de las fundaciones" y del libro autobiográfico "Relaciones espirituales", por lo que esta faceta como escritora es la más común en su iconografía. También destaca su intensa vida espiritual desarrollada en un alto grado de misticismo, que se vio recompensada por numerosos éxtasis y visiones celestiales. 
     La figura de santa Teresa está representada de cuerpo entero, sedente y ocupada en la redacción de uno de sus libros para lo cual recibe inspiración divina a través de un rompimiento de Gloria situado en el ángulo superior izquierdo de la composición, donde aparece la paloma del Espíritu Santo. La escena se desarrolla pues en el interior de una estancia - pueden verse fragmentos de cortinajes barroquizantes en el ángulo superior derecho y una cesta con ropas blancas en su interior en el inferior- ocupada por una mesa escritorio y el sillón en el que está sentada la santa, recibiéndose la iluminación procedente de los destellos sobrenaturales y dorados que circundan al Espíritu Santo. 
     Santa Teresa, ataviada con hábito carmelita, ha sido retratada siguiendo el retrato realizado por fray Juan de la Miseria, conservado en el convento de santa Teresa de Sevilla, y que fuera ejecutado de manera fiel a la imagen de la santa, no obstante, Zurbarán ha dulcificado sus facciones, ha rejuvenecido sus rasgos y ha acentuado el carácter místico de su expresión.
     Sobre la mesa escritorio se dispone una naturaleza muerta en la que Zurbarán desarrolla el género de las Vánitas, describiendo cada uno de los elementos representados -varios libros, uno de ellos abierto, una calavera- de manera pormenorizada y naturalista.
     En esta obra se ponen de manifiesto los rasgos estilísticos de Zurbarán en la recreación de los pliegues de las vestimentas, en el dibujo pormenorizado que describe a los objetos representados y en el contrastado claroscurismo que da lugar a una atmósfera intensamente tenebrista.
     La pintura ha sido adscrita al taller de Zurbarán pero actualmente Enrique Valdivieso la relaciona directamente con la intervención del maestro (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de Santa Teresa de Jesús, virgen y doctora de la Iglesia;
   Nacida en 1515, en Ávila, en el seno de una familia de judíos conversos (¿?), a los dieciocho años ingresó en el convento de las carmelitas. En su autobiografía escrita en 1562 (El libro de su vida [1562-1565]; el Libro de las fundaciones [1573-1582] y el Libro de las Relaciones o Cuenta de conciencia [1560-1579]) y en el tratado que tituló Castillo interior o Las moradas (1588) ha relatado sus visiones y éxtasis: le parecía que su alma le arrancaba el cuerpo enfermizo, sometido a accesos de catalepsia, y que la consumía. Tan práctica y enérgica como mística y contemplativa, a fuerza de obstinación consiguió la reforma de su orden. Radicó su primer convento reformado en Ávila, bajo la advocación de San José, a quien había adoptado como patrón. Murió en Alba de Tormes, el 4 de octubre de 1582, pero a causa de la reforma gregoriana del calendario, que suprimió once días, su fiesta se trasladó al 15 de octubre.
CULTO
 
   Fue beatificada en 1610 y canonizada en 1622. Su corazón se venera en el convento de las carmelitas de Alba de Tormes, en él se muestra la herida que le infiriera el dardo de un serafín.
   Protectora de España, de Ávila y de Valladolid, y de la orden de las carmelitas, se convirtió en la patrona de la reina María Teresa de España, esposa de Luis XIV de Francia.
   Como a Santa Odila de Alsacia, se la invocaba para el alivio de las almas del purgatorio y contra las enfermedades cardíacas.
   Era la santa patrona de los galoneros, porque las carmelitas bordaban ornamentos eclesiásticos.
   En España se la ha elegido de manera un tanto inesperada como patrona de la Intendencia militar, sin duda no a título de mística, sino por haber sido reformadora de su orden, que administró con un notable sentido práctico.
ICONOGRAFÍA
   Sus atributos son un ángel atravesándole el corazón con una flecha de fuego y una paloma inspiradora que planea sobre su cabeza (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Santa Teresa de Jesús, personaje representado en la obra reseñada;
     Teresa de Cepeda y Ahumada; Teresa de Ahumada; Teresa de Ávila, Santa Teresa de Jesús (¿Gotarrendura, Ávila?, 28 de marzo de 1515 – Alba de Tormes, Salamanca, 4 de octubre de 1582). Monja carmelita descalza (OCD), fundadora de monasterios de monjas y frailes contemplativos (o descalzos), mística, escritora.
     Su padre, Alonso Sánchez de Cepeda, era hijo del converso Juan Sánchez de Toledo, afortunado mercader, casado con Inés de Cepeda. Don Juan había judaizado y fue penitenciado por la Inquisición. A raíz de este trance, tuvo que trasladar su negocio de paños a Ávila, donde volvió a prosperar, educando sus hijos cristianamente y casando a todos con familias hidalgas. No cejó hasta alcanzar en 1500 una ejecutoria que le hizo emparentar con un caballero de Alfonso XI. Su hijo, Alonso Sánchez de Cepeda, se casó en 1505 con Catalina del Peso e instaló su domicilio en las que fueran “Casas de la Moneda”. 
   La mujer murió dos años después, dejándole dos hijos: María de Cepeda y Juan Vázquez de Cepeda. En 1509 Alonso contrajo segundas nupcias con Beatriz de Ahumada, de quince años, que residía en Olmedo con su madre, Teresa de las Cuevas. La boda se celebró en Gotarrendura, donde los padres de Beatriz tenían casa señorial. Allí nació la primera hija de Beatriz, el 28 de marzo 1515, que recibió el nombre de la abuela y el apellido de su madre: Teresa de Ahumada.
     Algunos autores se inclinan por Ávila como lugar de nacimiento de Teresa.
     Toda su vida, Teresa de Ahumada tuvo que enfrentarse con una triple limitación socio-cultural y religiosa: era mujer y monja en una época en que la cultura dominante, el saber y el poder, en la sociedad y en la Iglesia, estaban totalmente en manos de los hombres; además, pertenecía a una familia de mercaderes; por último, era hija de conversos en una época en que se impusieron en Castilla los Estatutos de Limpieza de Sangre. Este dato da idea de su enorme repercusión en la biografía teresiana. Los Cepeda, a pesar de haber suprimido el hebraizante apellido de Sánchez figuraban como “modelo de familia judeo-conversa”. El comprobar ascendencia hebrea era la mayor infamia; de ahí las “ejecutorias de hidalguía”, como era el caso de los Sánchez de Cepeda.
     Debe acentuarse, pues, la importancia que tuvo en la formación y actuación social-religiosa de Teresa de Ahumada el origen converso de su familia. Así, el tema de la honra, tema central de los escritos teresianos, corresponde a la obsesión por la “negra honra” de parte de los conversos. Américo Castro ya nota en la nieta del converso toledano “un anhelo de compensar con linaje espiritual la carencia de uno socialmente aceptable”. Teresa conoció los esfuerzos de su padre y de sus tíos conversos para lograr una declaración de hidalguía. Pero, hablando de sus padres, no dice que fueron “hidalgos”, sino “virtuosos y temerosos de Dios”. La atmósfera cultural-religiosa en la cual Teresa se educó es por ella caracterizada cuando escribe: “Era mi padre aficionado a leer buenos libros, y así los tenía de romance para que leyesen sus hijos éstos”, y de su madre declara: “Con el cuidado que mi madre tenía de hacernos rezar y ponernos en ser devotos de nuestra Señora y de algunos santos, comenzó a despertarme, de edad —a mi parecer— de seis o siete años”. La niña precoz pasó a ser la habitual compañera y confidente de doña Beatriz, que la enseñaba a leer y escribir. El temor a que sus hijas sufrieran la influencia de los alumbrados inducía a padres de familia a negarse a que sus hijas aprendiesen a leer y escribir. Tal temor no existía en casa de los Cepeda y Ahumada. La actitud de Alonso y Beatriz a este respecto era innovadora para la época. El libro que dejó una huella indeleble en Teresa y en su hermanito Rodrigo era el Flos Sanctorum, que tenía la vida de Cristo y de muchos santos. “Espantábanos mucho —dice ella— el decir que pena y gloria era para siempre, en lo que leíamos... Gustábanos de decir muchas veces: ¡para siempre, siempre, siempre!”.
     Y concluye: “En pronunciar esto mucho rato era el Señor servido me quedase en esta niñez imprimido el camino de la verdad”.
     En los umbrales de la adolescencia, Teresa perdió a su madre. Se le abrió un gran vacío afectivo. Después de una temporada de devaneos mundanos, Alonso recogió a su hija en el Convento de monjas Agustinas Santa María de Gracia, como doncella de piso.
    Tal “mudanza” de la casa de su padre a un mundillo monjil significaba para Teresa una seria confrontación con su destino. En María de Briceño, maestra de novicias y de las doncellas, encontró la joven Teresa a “la amiga de más edad”, la confidente de sus intimidades, que le quitó “algo de la gran enemistad que tenía con ser monja”. En su alma empezó a surgir “la verdad de cuando niña”. Confiesa: “A cabo de este tiempo [...] ya tenía más amistad de ser monja”. Su proceso biográfico espiritual tomó un rumbo definitivo en el encuentro con su tío Pedro Sánchez de Cepeda, converso retraído y lector de “buenos libros en romance”.     Teresa escribe: “Aunque no acababa mi voluntad inclinarse a ser monja, veía era mejor y más seguro estado, y así poco me determiné a forzarme para tomarle”.
     Además, en casa de su tío, dice: “Leía en las Epistolas de San Jeronimo, que me animaban de suerte que me determiné a decirlo a mi padre, que casi era como a tomar el hábito”. Teresa, “la más querida de su padre”, tuvo que ver cómo éste se puso delante “con ruegos, lágrimas y suspiros por detenerla”. Pero, “lo que más se pudo acabar con él fue que después de sus días haría lo que quisiese”. Entonces, ella planeó una fuga, el día de Ánimas, 2 de noviembre 1535, y tomó el hábito en el Monasterio Carmelita de la Encarnación, donde tenía “una grande amiga”, Juana Suárez.
     De gran importancia para su evolución era la lectura del Tercer Abecedario de Francisco de Osuna, en casa de su tío Pedro Sánchez de Cepeda. Este libro, que “trata de enseñar oración de recogimiento”, dejó una huella decisiva en su alma; pero, pronto tuvo que dejar aquel recogimiento, cuando le sobrevino una tormenta de “grandes enfermedades”, desmayos y ataques de corazón; una extrema ruina física, que el 15 de agosto 1539 llegó a una terrible crisis: permaneció casi cuatro días sin conocimiento. Siguieron tres años de una lenta recuperación psicosomática, remontándose también su alma en el fervor espiritual.
     Con la vuelta a la vida, surgió de nuevo el conflicto del amor. Inexperta en la vida espiritual, y sin guía, continuaba esforzándose en cumplir el consejo del Tercer Abecedario; “en comenzando a tener algo de oración sobrenatural, digo de quietud, procuraba desviar toda cosa corpórea”, incluso la Humanidad de Cristo. A partir de este momento, hizo todo lo posible para fundar la oración en la Humanidad de Cristo, buscando ayuda de “personas espirituales”. La gracia de la contemplación deja notar su influencia, inquietando el alma. Tal inquietud conducirá a Teresa hacia la compañía de Dios, como “Amigo verdadero”. 
    Y “comenzando a quitar ocasiones y a darme más a la oración —confiesa ella— comenzó el Señor a hacerme las mercedes”, a saber, “a darme muy ordinario oración de quietud y muchas veces de unión que duraba mucho rato”. Luego, Cristo se le aparece “con mucho rigor” para darle a entender que no le agrada cierta relación amistosa. También necesitará la fuerte emoción afectiva ante la imagen del Ecce homo, un Cristo “muy llagado”, para su conversión, profundizada por la lectura de las Confesiones de san Agustín. Gracias a la dirección acertada del jesuita Juan de Prádanos, llegó, a continuación, al desposorio espiritual. Tal vida en compañía de Dios, señal del desposorio con Él, trasladará el centro de gravedad de su vida espiritual hacia la experiencia de la amistad con Dios. Su evolución hacia la madurez afectivo-espiritual fue un proceso de identificación cristológica: Teresa de Ahumada se convirtió en Teresa de Jesús.
     Al aumentarse las mercedes místicas, ella tuvo que enfrentarse con las injerencias y censuras de confesores, teólogos y amigos temerosos sobre las experiencias místicas de la monja visionaria. Ella temblaba ante la idea de que considerasen sus visiones y arrobamientos como “cosas de mujercillas que siempre las había aborrecido oír”. “Andaban los tiempos recios”, recuerda la madre Teresa, y no extraña que alguien expresase la temible sospecha de “que podría ser me levantasen algo y fuesen a los inquisidores”. Y, además de ser mujer y mística, debió de constituir un factor de peligro, la ascendencia judeoconversa de la madre Teresa y de varias de sus amigas, candidatas para el hábito en la nueva fundación de San José de Ávila. La participación de los “cristianos nuevos” o “conversos” en el movimiento iluminista era notable.
     Los alumbrados habían sembrado terror y, en 1559, el pánico de la infiltración erasmista y protestante llevó la Inquisición a tomar medidas drásticas contra los “espirituales”, especialmente contra las mujeres. El inquisidor general, Fernando de Valdés, publicó su Índice de libros prohibidos, en el que se prohibían las traducciones de la Biblia y los libros espirituales en romance. Tal intervención oficial dejó a la madre Teresa profundamente afectada. Tal frustración se convirtió en un rehacimiento espiritual al oír en su interior la voz del Señor: “No tenga pena, que Yo te daré libro vivo”. Ella declara: “Su Majestad ha sido el libro verdadero adonde he visto las verdades”. La propia experiencia espiritual, el Evangelio vivido como Teresa de Jesús, será el libro vivo; tal como ella describe su experiencia de la unión con Dios: “Es otro libro nuevo de aquí adelante, digo otra vida nueva. La de hasta aquí era mía. La que he vivido desde que comencé a declarar estas cosas de oración es que vivía Dios en mí”. Poco después, el día 29 de junio 1559, tuvo la primera visión intelectual de Cristo. Luego, las visiones comenzaron a ser imaginarias. Con todo eso, la exasperación de sus censores llegaba al paroxismo y algunos la querían exorcizar. Sin embargo, día por día arreciaban sus ímpetus de amor; entre éstos fue célebre la “merced del dardo”, la famosa visión de la Transverberación.
     Después ocurrió otra novedad, la más azarosa, los arrobamientos, que la sacaban de sí y la levantaban del suelo. Se lanzaban mil juicios contradictorios contra la monja “visionaria”. La tenían por endemoniada.
     Ella protesta: “No entiendo esos miedos: ¡demonio, demonio!, adonde podemos decir: ¡Dios, Dios!, y hacerle temblar...; tengo ya más miedo a los que tan grande le tienen al demonio que a él mismo; porque él no me puede hacer nada, y estotros, en especial si son confesores, inquietan mucho”. Y “creció de suerte este miedo —dice ella— que me hizo buscar con diligencia personas espirituales con quien tratar”. Después de la ida del jesuita Juan de Prádanos en 1559, no encontró a directores espirituales que tenían experiencia en su camino espiritual. Bajo este aspecto había sido importante el encuentro de Teresa con Francisco de Borja, a fines de mayo de 1554. Este hombre espiritual, después de haberle oído, le dijo “que era espíritu de Dios, y que le parecía no era bien resistirle más”. Tal consejo significó un paso decisivo para fundar toda su vida en la Humanidad de Cristo. En un segundo encuentro, por abril de 1557, Teresa le consultó si en la contemplación podían andar sueltas las otras dos potencias, el entendimiento y la memoria, mientras la voluntad gozaba embebida. El padre Francisco le dijo “que a él le acaecía”. Teresa se sintió comprendida en su experiencia de la oración de quietud.
     Del 17 al 25 de agosto 1560 estaba en Ávila otro espiritual, fray Pedro de Alcántara, con quien Teresa pudo hablar varias veces y la entendió “por experiencia”.
     Aparentemente inició el paso de los espirituales, Francisco de Borja y Pedro de Alcántara, por Ávila una fase más tranquila para la discutida vida espiritual de Teresa. Pero, la que más zozobraba en lo íntimo era la propia protagonista. Ella sigue sintiéndose marginada como mujer y mística en la sociedad y en la Iglesia española del siglo xvi; sobre todo le molesta la prevención rigurosa de ciertos teólogos e inquisidores contra las mujeres contemplativas. Además, mayores recelos despertaron sus actividades espirituales y la dirección como madre fundadora del movimiento contemplativo de mujeres y hombres.
     Ella apela a la actitud de Jesús hacia las mujeres que le seguían: “...veo los tiempos de manera que no es razón desechar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres”. Ella reclama, sin más, el derecho a poder aportar como mujer y mística su experiencia contemplativa, y expresa tal aspiración como uno de los motivos que la inspiraron a escribir su autobiografía. En cuanto a su vivencia de acción y contemplación, Teresa de Jesús encuentra su figura de identificación en la Samaritana, que halla a Jesús cerca del pozo de Sichar, cree en su palabra y la comunica a sus paisanos (Jn. 4, 4-41): “¡Cómo la creyeron, una mujer!”. Esto era la gran revelación para Teresa. Podrá, pues, reconocer como justa su aspiración a tener autoridad como mujer y mística, identificándose espiritualmente con la samaritana y compartiendo sus ansias de hacer algo.
     A raíz de una visión horrenda, hacia fines de agosto de 1560, se preguntaba Teresa “qué podría hacer por Dios, y pensé que lo primero era seguir el llamamiento que Su Majestad me había hecho a religión, guardando mi Regla con la mayor perfección que pudiese”. Ese era el punto de partida de su actividad fundacional. El acercamiento a Dios iba despertando un ideal de vida que contrastaba con aquella a que estaba sometida en la Encarnación. Además, contaba con un grupo de amigas, monjas y seglares que, animadas por su ejemplo, no se resignaban al status quo de la comunidad. Trataban con la madre Teresa de cómo reformar aquella casa, “acerca de lo cual la Santa dijo algunos razones..., trayendo a la memoria la soledad y retiro de los antiguos ermitaños de su Orden...”. Todo hace pensar que la madre fundadora estaba inspirada por la Institución de los primeros monjes, “el principal libro de lectura espiritual” de la Orden. En el siglo xvi era considerada como la Regla antigua, la fuente primitiva, aunque jurídicamente lo era la Regla dada por Alberto patriarca de Jerusalén alrededor de 1210. A la madre Teresa era conocida la Institución, pues su convento poseía copia manuscrita, en latín y romance, en un códice de mediados del siglo XV. Acerca de la vida según la Regla primitiva, la madre fundadora “fue ayudada y aconsejada” por el padre Antonio de Heredia, prior del Carmen de Ávila en 1564. En 1571, Jerónimo Gracián, el futuro fray Jerónimo Gracián de la Madre de Dios, le mandó unos opúsculos de su propia mano sobre “cosas de la Orden y la Regla”, entre otros un compendio en romance del Libro de Juan Patriarca XLIV de Jerusalén, a quien ha sido atribuido la Institución hasta principios del siglo pasado.
     Cuando la gente se enteró del proyecto fundacional de la madre Teresa, surgió una oposición fuerte.
     En este período complicado de su itinerario espiritual —de 1559 a 1562—, período de “visiones y censuras”, embrollado más todavía por los inicios de su obra fundacional, la madre Teresa acudía con mayores ansias a los “letrados”, sabiendo que de la confrontación entre experiencia y doctrina debería salir la verdad. Ella no pretende ser “letrada”, sino sólo que los teólogos disciernan el carácter de sus experiencias y actividades espirituales. 
   Así se comprende que la madre fundadora busca el amparo de los mejores teólogos ante aquella hostil barahúnda contra el proyecto fundacional, tanto de parte de sus hermanas monjas como de toda la ciudad. Teresa acudió a Pedro Ibáñez, dominico, “el mayor letrado que entonces había en Ávila”. A éste, el proyecto fundacional “se le asentó ser muy en servicio de Dios y que no había de dejar de hacerse”; además, “dijo la manera y traza que se había de tener...”, y “que quien lo contradijese fuese a él, que él respondería”.
     Animadas por el apoyo del dominico, Teresa y sus amigas empezaron a poner por obra sus planes.
     Cuando ya estaban ultimando la compra de una casa, el provincial, Ángel de Salazar, revocó la licencia de fundar; “le pareció recio ponerse contra todos”. Ante tales perspectivas, Teresa acudió de nuevo al teólogo, Pedro Ibáñez. Este redactó un valiente Dictamen en favor del buen espíritu de la madre Teresa.
     Con el decidido apoyo del teólogo dominico, se comenzó a preparar la fundación: enviaron por los despachos a Roma y compraron una casa. Por fin, el 24 de agosto 1562, se inauguró la fundación del Monasterio de San José. “Estuve yo —dice la madre fundadora— a darles el hábito —a las cuatro jóvenes candidatas— y otras dos monjas de nuestra misma casa”, de la Encarnación. El maestro Gaspar Daza, en nombre del obispo, ofició y admitió a las cuatro primeras novicias, con las ceremonias del ordinario de la Orden, al hábito y Regla primitiva de Nuestra Señora del Monte Carmelo.
     En Teresa de Jesús, los términos de “la primera Regla” o “Regla primitiva” tienen un contenido más “retroactivo” que lo que la letra de la Regla dada por Inocencio IV en 1247, que transformaba la Orden eremítica en mendicante, puede dar a entender. Tal Regla, en su forma adaptada a las circunstancias de Occidente, llamada por la madre Teresa y por todos los carmelitas “primera” o “primitiva”, había introducido elementos de la vida cenobítica y mendicante: la vida mixta, una transformación substancial del rumbo de la Orden, de origen eremítico. Sin embargo, aunque tiene la madre fundadora en sus manos la Regla de Occidente, transformada por Inocencio IV en 1247, sus intenciones miran más allá, al yermo primitivo del Monte Carmelo: oración y contemplación. Por otro lado, la reforma iniciada en San José, de Ávila, tenía un contenido claramente contrarreformista. En este trance de ansias apostólicas, recibe en abril 1567 la visita del general de la Orden, fray Juan Bautista Rubeo. A éste tocará interpretar los deseos de su alma y dar a sus ansias reformadoras y apostólicas el espacio vital que la madre Teresa busca para desencadenar la acción. Refiriéndose a este punto culminante de su encuentro con el padre Rubeo, escribe: “... con la voluntad que tenía que fuese muy adelante este principio, diome muy cumplidas patentes para que se hiciesen más monasterios, con censuras para que ningún provincial me pudiese ir a la mano. Estas yo no se las pedí, puesto que entendió de mi manera de proceder en la oración, que eran los deseos grandes de ser parte para que algún alma se llegase más a Dios”. Con la patente aludida, fechada en Ávila el 27 abril 1567, la madre Teresa llevará a cabo durante los quince años que le quedarán de vida una intensa actividad fundacional. En la mente de la fundadora había madurado la idea de completar su obra fundacional con la institución de unos frailes contemplativos y escribió al padre general una carta “suplicándoselo”.
     La respuesta del general, fechada en Barcelona, 10 de agosto de 1567, accedía a la petición. “Tales religiosos —dice— vivan perpetuamente juntos en la obediencia de la provincia de Castilla”. Sigue la patente con la famosa cláusula en la que el general quiere conjurar el peligro de una escisión. El tono alarmante de esta cláusula se explica por la enseñanza de las recientes incidencias, como la rebeldía inaudita de los hermanos Nieto, carmelitas andaluces, contra la obediencia a la Orden, la inminente “reforma del Rey” —bajo la jurisdicción de los obispos— y el conflicto con el Consejo Real, que había quitado al general Rubeo sus cartas credenciales para hacer la visita canónica en los conventos, y admitido los recursos de los frailes rebeldes contra las medidas tomadas por el general; el Consejo había impedido sistemáticamente, en conformidad con la ley de fuerza, la ejecución de las sentencias condenatorias del general contra los frailes díscolos y rebeldes, hasta rehabilitando por provisión real al ejercicio de sus oficios a frailes por el general expulsados de la Orden. Con todo, los recelos del general parecen, efectivamente, nacidos de una previsión de lo que iba a suceder; en los decretos del capítulo general de 1575 relativos a los “contemplativos” o descalzos, el mismo general escribe: “Siempre hemos tenido miedo de que surgiesen discordias y contenciones”.
     Los hostigadores pondrían también mano algún día en la obra fundacional de la madre Teresa y de sus “contemplativos”. Cuando la madre Teresa recibió la noticia de la concesión del general para que se fundasen dos conventos de carmelitas contemplativos, ya estaba en Medina del Campo, donde el 15 de agosto había fundado el segundo monasterio de sus descalzas. Pero pasaría más de un año hasta que pudiera inaugurarse en Duruelo la primera casa de los frailes contemplativos. 
   El ulterior despliegue de su actividad fundadora con su primera salida de Ávila para erigir el Carmelo de Medina (1567) tomará forma intensiva; animada por el general Rubeo e inspirada por el objetivo misional de su obra fundacional, la madre Teresa da comienzo a sus “andanzas” fundacionales: a Malagón (1568), Valladolid (1568), Duruelo, religiosos (1568), Toledo (1569), Pastrana, religiosos y religiosas (1569), Salamanca (1570), Alba de Tormes (1571), Segovia (1574), Beas (1575).
     No hay que olvidar que en esta fase decisiva salieron treinta monjas, más cuatro seglares, de la Encarnación a la Descalcez, de las que sólo ocho regresaron por falta de salud. Este monasterio había sido el “punto de partida de la reforma”. También es muy de tener en cuenta el hecho que en la reforma teresiana se hace caso omiso de los “Estatutos de Limpieza de sangre”.
     Otra idea que la madre fundadora tiene siempre en mente es la ubicación de sus conventos; éstos son ante todo espacios comunitarios de vida contemplativa y preferentemente de implantación urbana.
     “Fundar” significa para la madre Teresa una irradiación apostólica y eclesial: ella quiere fundar conventos de mujeres orantes por la Iglesia; crear desde la interior y pacífica ofensiva oracional. El historial de su ideología fundadora resulta ser su propio itinerario espiritual; nos revela el proceso de “arraigo e innovación”; su actividad fundacional no es una ruptura con el pasado, sino el culmen de la tradición contemplativa adaptada al contexto cultural-religioso.
     Tal nueva forma de vida carmelitana, más que de reforma, debe calificarse de obra creadora y fundadora. Ella misma nunca utiliza el título de “reformadora” en sus escritos. En la documentación de la Iglesia se le concede el título de fundadora. Más explícitamente, en documentos oficiales suele decir: “Yo, sor Teresa de Jesús, Fundadora de los monasterios de monjas descalzas de la dicha Orden”. Tanto en el breve de beatificación como en la bula de canonización se le da el título: “Fundadora de la Orden de carmelitas descalzos”.
     “Fundar” fue uno de sus carismas, documentado en el Libro de la Vida, “el más sobrecogedor de sus escritos, la más intensa revelación de un alma con que cuentan nuestras letras” (F. Lázaro Carreter). Su autobiografía del espíritu, “autorretratista más que autobiográfica”, es un género del que hasta entonces no había precedente en las letras españolas. Así puede F. Lázaro Carreter, con acierto, poner que Teresa como escritora “también en las letras fundó”. Existía como modelo clásico del Libro de la Vida las Confesiones de san Agustín. Allí halló ella un guía espiritual que configuraba el camino de recogimiento a raíz de su “conversión”.
     El Libro de la Vida había dejado asombrados a los confesores de la autora; pensaron que podía escribir un buen tratado de vida interior prescindiendo de las noticias autobiográficas. “Y mandáronle que lo trasladase e hiciese otro libro para sus monjas”. El confesor, Domingo Báñez, que se mostró reacio a entregar el Libro de la Vida a la lectura de las novicias y monjas jóvenes de San José, dio licencia para que la madre Teresa escribiese “algunas cosas de oración”. Escribió dos veces. La primera redacción, escrita para la intimidad, sin epígrafes ni división de capítulos, es el códice de El Escorial. Cuando Teresa comienza su “librillo” para sus monjas, “adonde les diese algunos avisos”, el número de monjas ha llegado ya a trece y fue necesario redactarlo en forma menos familiar. En la segunda redacción (códice de Valladolid), el planteamiento ha cambiado. Han desaparecido las comparaciones audaces y las experiencias personales. El título Camino de perfección fue asignado por la propia santa, aunque a veces lo llama “el librillo” y también “el paternóster.
     El primer problema que se planteó cuando la fundación de San José de Ávila fue el de la legislación. El breve de fundación de 2 de febrero de 1562 no sólo pone en marcha su tarea fundacional, sino que daba licencia a determinar el estilo de vida de la nueva comunidad.
     El primer núcleo de Constituciones fue de 1567, año en que las somete a la aprobación del general Rubeo. Esas páginas, en 1568, les sirven de base a fray Juan de la Cruz y a sus compañeros, para poner en marcha la vida contemplativa en Duruelo. Refiere el padre Ángel de Salazar: “Este testigo vio y aprobó los capítulos y regla de los dichos monasterios de descalzos, así de monjas como de frailes, que la dicha madre presentó ante el general de la orden, el cual general así mismo vio y aprobó la dicha regla; de ahí suelen llamárseles ‘Constituciones de 1567’”. Cuando en 1568 se funda el Convento de Duruelo, será ese el texto constitucional que les entregará la santa y que ellos pasarán del femenino al masculino y de la formulación monacal a la clerical. Las Constituciones de las monjas tratan en sendos capítulos de la legislación de la vida descalza: 1. Del orden que se ha de tener en las cosas espirituales. 2. De lo temporal: pobreza, trabajo, oficios comunes. 3. De los ayunos y penitencias. 4. De la clausura. 5. De recibir las novicias. 6. De la vida común. 7. De las enfermas (de la comida y recreación). 8. De las difuntas. 9. Sobre el quehacer de cada una en su oficio. Siguen los capítulos del capítulo de culpas y del código penal, tomado de un texto similar a las llamadas “Constituciones de la Encarnación”. “Con éstas —escribe Jerónimo de San José— se gobernaban las religiosas hasta el año 1581”. La puesta al día hízola la propia santa. La redacción definitiva fue obra de los descalzos en el capítulo de separación de 1581, al que la fundadora envió muchos memoriales.
     Al iniciar la reforma de los frailes —“los contemplativos”—, la madre Teresa se presenta como fundadora en la ejecución del proyecto. El 10 de agosto de 1568 se repetía el encuentro del año anterior en Medina, donde fray Juan, por mediación de la madre Teresa, decidió su participación activa en el movimiento contemplativo carmelitano. Ahora la comunión espiritual se intensifica en la fundación de las descalzas en Río de Olmos (Valladolid), adonde fray Juan acompañó a la madre fundadora. Ella le hizo de su propia mano el hábito de descalzo de “sayal pardo” con el que partió el 9 de agosto de 1568 para estrenar vida en Duruelo junto con fray Antonio de Jesús (Heredia).
     Medio año después, se presenta en Duruelo para ver cómo habían realizado los descalzos sus consejos. Ella estaba admirada, pero tiene un reparo: “Les rogué mucho no fuesen en las cosas de penitencias con tanto rigor que le llevaban muy grande” (F 14, 12).
     Poco tiempo después de la fundación de Duruelo, se hizo la fundación del segundo Convento de Descalzos en Pastrana, en cuya ejecución la madre fundadora tuvo parte activa. Conoció en Madrid a dos ermitaños italianos del Tardón: Ambrosio Mariano y fray Juan de la Miseria, que tienen la oferta de unas ermitas en Pastrana de parte de la princesa de Éboli. La madre Teresa los convenció de que podían realizar sus ideales participando en el movimiento eremítico-contemplativo del Carmen. La fundadora les preparó el hábito de descalzos y volvió a la profesión de ellos el 10 de julio de 1570.
     Fray Juan de la Cruz y la madre fundadora volvieron a encontrarse a primeros de 1571 en la fundación de Alba de Tormes (F 20). En la primavera de 1572 se abre el período más largo de convivencia de ambos en el mismo lugar. La madre Teresa había sido nombrada priora del Monasterio de la Encarnación por el visitador apostólico, Pedro Fernández, y, habiendo tomado posesión el 14 de octubre de 1571, logró persuadir al mismo visitador apostólico que nombrase a fray Juan de la Cruz como confesor-vicario de la Encarnación. Durante los años de Ávila (1572- 1577) la comunión se intensifica. La autoridad espiritual de fray Juan aumenta, así como su aportación en el intercambio de ideas y experiencia. Sin embargo, surgen rumores contra los viajes y actividades fundadoras de la madre Teresa de monjas descalzas y religiosos descalzos. A estos rumores se agregan las reticencias del nuncio Ormaneto. Crece la desconfianza por las fundaciones de descalzas y descalzos en Andalucía en el ánimo de su gran patrocinador el prior general Rubeo y del capítulo general, celebrado en Piacenza (1575), que oficiosamente intima a la madre fundadora al cese de sus viajes y la reclusión claustral. Ella regresa a Castilla, a Toledo y luego a su Carmelo de Ávila, para poner el Convento de San José bajo la jurisdicción de la Orden. Desde Toledo, donde llegó el 23 de junio de 1574, se quedó para presenciar los momentos dramáticos que se iban a desatar contra los descalzos. Los propios descalzos traicionaban al padre Gracián con informes detestables.
     Los confesores de la Encarnación, fray Juan de la Cruz y Germán de San Matías, eran apresados, golpeados y encarcelados por los del “paño”, y fray Juan de la Cruz había desaparecido, sin saber dónde se hallaba, y era en Toledo. El nuevo nuncio, Felipe Sega, mostrábase hostil a los descalzos. En fecha 23 de julio de 1576, había derogado la comisión apostólica del padre Gracián, que por el padre Francisco Vargas, dominico, visitador apostólico, había sido nombrado vicario provincial y visitador de los carmelitas de Andalucía (13 de junio de 1574) y luego por el nuncio Ormaneto con el padre Vargas in solidum, reformadores del Carmen en Andalucía (22 de septiembre de 1574); pero el Consejo Real había prohibido que le obedeciesen, enconando más con ello al nuncio Sega. Hubo desbandada y pánico, que creció con la presencia del Tostado, que venía con la comisión de someter a los descalzos bajo la autoridad de los calzados. Y más que todo esto sintió cuando vino la noticia de que el día 4 de septiembre de 1578 había fallecido fray Juan Bautista Rubeo; estaba inconsolable: todo era “llorar que llorarás” (cta 15-10-78,1). En Castilla convocaba el provincial, Ángel de Salazar, a capítulo, cumpliendo las órdenes de Piacenza, a los descalzos para el 12 de mayo de 1576, pero tan a punto que cuando ellos llegaron, ya se estaban redactando las conclusiones y las actas, muy contrarias a cuanto los descalzos podían aprobar.
     El cronista dice: “Desabridísimo quedó todo el capítulo y resuelto de hacer la guerra a la descalcez”.
     Puesta en tales circunstancias críticas, la madre fundadora escribió aquellos años libros de inefable serenidad: la Visita de descalzas, parte de Las Fundaciones, el desenfadado Vejamen y su obra maestra, Las Moradas del Castillo Interior. En su tratado místico, el progreso espiritual es el “itinerario del sujeto hacia su centro”.
     Así también en las Moradas el ‘motivo’ simbólico se convierte en el lenguaje nuevo de la experiencia mística.
     El vocabulario de la ‘morada’ o del ‘centro’ es tradicional; el del ‘castillo’ tiene, en el siglo XVI, antecedentes conocidos de santa Teresa. Lo nuevo es el papel totalizador que desempeña el momento cultural y espiritual de una toma de conciencia mistagógica; ésta era el núcleo de su obra. Es una escritora inspirada, en cuyas obras “los dos planos, el natural-histórico- estético y el sobrenatural... se maridan” (V. García de la Concha).
     Los amigos que tenían los descalzos en España emprendieron su defensa; el nuncio fue advertido de que debía informarse mejor de sus vidas. Se buscó una fórmula airosa para liberar a los descalzos del yugo de los provinciales calzados, y les nombraron vicario general padre Ángel de Salazar, que luego colmó de atenciones al padre Gracián, llevándolo consigo y siguiendo sus dictámenes de gobierno. Al mismo tiempo, negociaron en Roma el breve de separación de descalzos. La santa tornó a recorrer sus conventos y reanudó sus viajes fundacionales en febrero de 1580 (Villanueva de la Jara), Palencia (1580), Soria (1581) y Burgos (1582). El padre Gracián estaba dominado por el nuncio, por la Corte y por muchos de sus descalzos, que preferían seguir la diplomacia dura del Rey contra cualquier intromisión extranjera. Ni la madre Teresa pudo conseguir que Gracián tuviese ciertas atenciones con el general Rubeo, que sintió naturalmente lesionados sus derechos.
     Las cosas de Roma seguían su curso. El 22 de junio se despachó el breve de separación de los descalzos. Se convocó un capítulo para el 3 de marzo de 1581, en Alcalá. Iban a redactarse las Constituciones definitivas, y la madre fundadora envió numerosos memoriales. Salió elegido primer provincial, aunque por leve mayoría, el padre Gracián.
     La santa regresó el 6 de julio de Burgos a Ávila, con ánimos de esperar allí los despachos para fundar en Madrid. Regresó por los Conventos de Palencia, Valladolid y Medina, mas esta vez no en viaje triunfal, sino en retirada tristísima. En Valladolid fue despedida con malos modales por su sobrina y priora María Bautista. En Medina le salió al encuentro fray Antonio de Jesús, y le ordenó ir derecha a Alba de Tormes, a petición de la duquesa, porque su nuera, la duquesa joven, iba a dar a luz, y ambas querían consolarse con la santa. Salió de Medina el 19 de septiembre, sin provisiones de camino, porque la priora, Alberta Bautista, también enojada, no la quiso despedir. También sintió mucho que el padre Gracián, “su querido hijo”, la dejaba sola en estas horas. Llegada a la ciudad ducal, se acostó temprano con una hemorragia recísima. El día 1 de octubre la acostaron; no se levantaría más. El día 3 le fue administrado el Viático: “Por fin muero hija de la Iglesia”. El día 4, reclinada la cabeza entre los brazos de Ana de San Bartolomé, expiró.
     En 1614, el 24 de abril, Pablo V la proclamó beata. En 1622, el 12 de marzo, Gregorio XV la canonizó juntamente con los santos Isidro, Ignacio, Francisco Javier y Felipe Neri. Con fecha 18 de septiembre de 1965, por el breve Lumen Hispaniae, Pablo VI la declaró patrona de los escritores católicos de España. El 27 de septiembre de 1970, el mismo Pablo VI la proclamó doctora de la Iglesia Católica, título que por primera vez en la historia se otorgaba a una mujer (Otger Steggink, OCarm., en Biografías de la Real Academia de la Historia).
Conozcamos mejor la Biografía de Francisco de Zurbarán, autor de la obra reseñada; 
     Francisco de Zurbarán y Salazar (Fuente de Cantos, Badajoz, 7 de noviembre de 1598 – Madrid, 27 de agosto de 1664). Pintor.
    De madre extremeña, Isabel Márquez, su padre, Luis de Zurbarán, de origen vasco, tenía una mercería y posición desahogada. No se sabe de dónde proviene su segundo apellido, Salazar. El 15 de enero de 1614, Zurbarán, entra en el obrador del “pintor de imaginería”, Pedro Díaz de Villanueva, por un periodo de tres años. Al terminar su aprendizaje regresa a Extremadura, concretamente a Llerena, donde se casa con María Páez en torno a 1617 y bautiza a su hija María, el 22 de febrero de 1618.
    En este año, realiza para la fuente de la Plaza Mayor de Llerena un dibujo preparatorio por encargo del Ayuntamiento y pinta una imagen de la Virgen para la puerta de Villagarcía de esa localidad. A los pocos años, nacería su hijo Juan, concretamente en 1620, uno de los más interesantes bodegonistas del XVII, quien probablemente se formaría con su padre, y que moriría tempranamente en 1649 por la peste que asoló a la ciudad de Sevilla.
    A pesar de residir en Llerena, sigue contratando trabajos para Fuente de Cantos, como es el dorado de las andas para la Hermandad de Madre de Dios de su pueblo natal. En 1623 nacería su hija, Isabel Paula, y al poco queda viudo, pues su esposa María Páez, es enterrada el 7 de septiembre de 1623 en la iglesia de Santiago de Llerena. De estos momentos no se conocen obras, tan solo encargos de piezas no localizadas como el contrato publicado por Garraín-Delenda de 1624 entre el artista y los Mercedarios de Azuaga para la ejecución de una escultura de un crucificado. Al poco tiempo, vuelve a casarse con una mujer viuda de edad avanzada y posición acomodada, Beatriz de Morales, y en 1625 se documenta su trabajo para el retablo de la iglesia de Montemolín, para el que pinta un lienzo.
    El 17 de enero de 1626, siendo todavía vecino de Llerena, firma contrato con el prior del Convento Dominico de San Pablo de Sevilla para realizar en ocho meses veintiún cuadros sobre la vida de santo Domingo y padres y doctores de la Iglesia. El Museo de Bellas Artes de Sevilla conserva un San Ambrosio, San Jerónimo y San Gregorio y la actual iglesia de la Magdalena de la ciudad hispalense, guarda dos lienzos representando La curación milagrosa del Beato Reginaldo de Orleáns y Santo Domingo en Soriano, sin duda, obras de este conjunto. Lo sorprendente es que en estas primeras pinturas están ya presentes las características definitorias de su estilo: robustez en las figuras, volumetría escultural y un tratamiento de las telas rico y quebrado, además del gusto por los detalles de naturaleza muerta, tal y como se aprecia en la pequeña mesa del beato Reginaldo donde aparece una taza de peltre en un plato con una rosa y una fruta. Errores de perspectiva evidentes en la articulación de las figuras y, sobre todo, en el tipo de santas vestidas de ricas telas.
    De este convento de San Pablo el Real de Sevilla también procede una obra magistral: El Crucificado del Chicago Art Institute fechado en 1627 y verdadero ejemplo de naturalismo y verismo. El éxito de esta pintura fue notable e incluso se le solicitó que se quedara en Sevilla, pero regresaría a Llerena, pues el 29 de agosto de 1628 recibe el encargo del comendador de la Orden de la Merced de la ejecución de veintidós escenas de la vida de San Pedro Nolasco destinados para el segundo claustro del Convento de la Merced Calzada de Sevilla. Para la ejecución de este conjunto quedaba claro que se trasladaba con los ayudantes y oficiales de su obrador desde Llerena, por lo que en fecha tan temprana estaba completamente establecido de una forma casi empresarial y concluiría la serie entre 1629 y 1630. De los lienzos del conjunto, los más sobresalientes son los conservados en el Museo del Prado: La visión de san Pedro Nolasco y Aparición de San Pedro a San Pedro Nolasco (1629) además del recientemente localizado por Odile Delenda, La Virgen entrega el hábito de mercedario a San Pedro Nolasco y conservado en colección particular. Al conjunto también pertenecen la Salida de San Pedro Nolasco para Barcelona (Museo Franz Mayer, México), La entrega de la Virgen del Puig a Jaime I (1630) (Museo de Cincinati, Estados Unidos) y La rendición de Sevilla (1634) (colección del Duque de Westminster). Dado que se trata de retratos de mercedarios, probablemente pertenecerían también a este conjunto, los que conserva la Academia de Bellas Artes de San Fernando. De estas obras destacan por su monumentalidad y magnetismo Fray Jerónimo Pérez, Fray Francisco Zumel y Fray Pedro Machado obras en las que se advierte nuevamente el tratamiento escultural de la figura y el contraste lumínico donde brillan los blancos.
     Precisamente de esta serie hay que mencionar una obra que sobresale por su fuerza tremendista y su verismo: el San Serapio conservado en el Wadsworth Atheneum de Hartford, pintura procedente de la sala de Profundis del Convento de la Merced, firmada en 1628, que ha sido citada en varias ocasiones, de modo un tanto equivocado, para justificar el carácter tremendista y cruel de la pintura barroca española.
     El éxito público alcanzado con esta serie debió valerle a Zurbarán el deseo de quedarse en la ciudad de Sevilla, dado el alto número de encargos que podía acometer. No en balde el cabildo, representado por uno de los caballeros Veinticuatro, Rodrigo Suárez, le pidió que se instalara en ella “por las buenas portes que se han conocido de su persona [...]”. Al poco tiempo, en 1629, se instala definitivamente con su familia, lo que sin duda despertó la animadversión del gremio de pintores, ya que nunca se examinó ante los maestros veedores del arte de la pintura. El duro esquema gremial imperante en la ciudad de Sevilla exigía al artista que pasara por el examen, encabezada la petición por Alonso Cano. Finalmente nunca se examinó y siguió contratando obras sin mayores problemas, evidenciándose la protección del Cabildo por el encargo de una Inmaculada para el Ayuntamiento. Ejemplo de estos contratos fue el que contrajo el 29 de septiembre de 1629 con la Trinidad Calzada. Al año siguiente, firma la Visión del Beato Alonso Rodríguez conservada en el museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Esta obra presenta ya la división de planos con la nebulosa intermedia, además de los fondos arquitectónicos realizados con una torpe perspectiva y la presencia de las criaturas angélicas, de rostro andrógino, y vestidas con amplias telas quebradas.
     En el momento en que se llevan a cabo estos encargos, y desde 1627, Francisco de Herrera el Viejo había estado trabajando para la iglesia del Colegio de San Buenaventura para donde realizó cuatro lienzos con escenas de la vida de san Buenaventura. Por razones que se desconocen Herrera abandona el proyecto y el encargado de terminar las escenas es Zurbarán, quien ejecuta otras cuatro: San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino ante el crucifijo (firmado y fechado en 1629) (destruido en 1945 en el Museo Kaiser Friedrich de Berlín), San Buenaventura en oración (Gemäldegalerie, Dresde), San Buenaventura en el concilio de Lyon (Museo del Louvre) y Exposición del cuerpo de San Buenaventura (Museo del Louvre).
     Estas obras pueden considerarse, por su calidad, de las mejores ejecutadas por Zurbarán hasta el momento y en ellas se advierte la maestría del artista cuando interviene solo en los encargos, mostrando las telas, la intensidad de los rostros y los detalles de naturaleza muerta de un modo portentoso.
     A partir de este momento, comienza la etapa en la que Zurbarán da lo mejor de sí mismo y este ciclo comienza con la pintura colosal de la Apoteosis de Santo Tomás de Aquino encargada en 1631 para el colegio mayor de los dominicos. En este lienzo ya se advierten los modos de trabajo del artista: la dependencia de las estampas nórdicas editadas por Philippe Galle sobre composición de Vredeman de Vries en su serie de pozos para los fondos arquitectónicos, así como la distribución de los personajes en un esquema ordenado que dependen de la tradición del último manierismo en la pintura sevillana, tomando como referente la Apoteosis de San Hermenegildo de Juan de Uceda y Alonso Vázquez.
     Del año siguiente es la Inmaculada del Museo Nacional de Arte de Cataluña en la que Zurbarán sigue apegado a esa ordenación armónica, equilibrada y simétrica que apreciamos igualmente en estampas de Sadeler. De igual modo se observa que la precisión, el análisis y el ritmo equilibrado de las composiciones se aprecian en las naturalezas muertas. Ejemplo de éste último género es la conservada en la Norton Simon Fundation (Pasadena, Estados Unidos) firmada en 1632 y donde la serenidad que ofrece la disposición de los elementos así como el contraste lumínico y la calidad táctil de los limones y naranjas, hacen de este bodegón una de las piezas más singulares de este género en la España del siglo XVII.
     1634 es un año trascendental en la vida del artista, la maestría que iba alcanzando con sus obras, le vale la invitación para trabajar en la Corte en la decoración del Salón de Reinos. El 12 de junio de ese año recibe ya 200 ducados a cuenta por el trabajo de pintar doce cuadros con Las Fuerzas de Hércules. Finalmente fueron diez las obras ejecutadas más dos lienzos dedicados al Socorro de Cádiz. De estas obras conservamos en el Museo del Prado los citados Trabajos de Hércules y la Defensa de Cádiz contra los Ingleses, ya que la otra pintura que escenificaba la batalla se perdió.
     Son obras que acercan al artista a la pintura al aire libre, aunque hay algunas escenas tenebrosas, pero que adolecen de la falta de conocimientos de perspectiva y de anatomía en los Hércules, que dependen de estampas de Hans Sebald Beham.
     La importancia de la estancia en la corte reside fundamentalmente en su conocimiento de la pintura italiana y flamenca, crucial para la evolución de su pintura y sobre todo para que su paleta se llene de luminosidad.
     La pintura de la Defensa de Cádiz se integraba en el complejo conjunto de series de batallas destinadas al Salón de Reinos y tenían como objeto dignificar a los Austrias. En el conjunto participaron también Vicente Carducho, Eugenio Cajés, Juan Bautista Maino, Diego Velázquez, Antonio Pereda, Jusepe Leonardo y Félix Castello.
     El cuadro de Zurbarán se concibe como un gran cartelón donde la maestría del pintor reside en el modo de solucionar los trajes y sobre todo la fuerza de los rostros. La composición no resulta coherente y el fondo no parece creíble.
     De este momento, y vinculable con los trajes que aparecen en esta pintura, que selecciona del libro de Thibault de Ambers, Academia de la Espada, Zurbarán acomete el retrato de Alonso Verdugo de Albornoz probablemente en 1635 y conservado actualmente en el Museo de Berlín. Tras su paso por la Corte el primer documento nos lo sitúa en Llerena el 19 de agosto de 1636, comprometiéndose a realizar un retablo para la iglesia, lo curioso es que en el contrato se deja claro que habría de hacerse en Sevilla “por la comodidad de madera y oficiales” comprometiéndose Zurbarán “a poner su nombre”. Pero el regreso a Sevilla supone el establecimiento de un importante obrador que tendrá como objetivo el atender a la cuantiosa demanda de pinturas para el mercado americano. Se conoce, gracias a las investigaciones del profesor Palomero, un pleito que Zurbarán interpuso y en el que aparecen testificando oficiales, aprendices y ayudantes que eran los encargados de atender la demanda de este tipo de pinturas, generalmente series de apostolados, fundadores de órdenes, ángeles, santas vírgenes, césares romanos a caballo, patriarcas y sibilas. Series de pinturas en las que la mecánica de trabajo en el obrador se basaba fundamentalmente en el uso de estampas ajenas para solventar las composiciones, generalmente de una sola figura y de una calidad muy inferior a lo que se solía hacer para el mercado sevillano. De entre sus oficiales, sin duda el que destacó y consiguió independizarse como pintor fue Ignacio de Ries, quien a pesar de estar marcado por la huella del maestro, fraguó una personalidad diferente, con un catálogo de obra independizado de la del maestro y al que recientemente le dedicamos una monografía.
     Generalmente estas pinturas eran enviadas a América sin que existiera un contrato de parte. El hecho de desconocer a la parte contratante hacía que las exigencias fueran menores pues además, en un envío podían mandarse hasta dos y tres docenas de pinturas. Las ferias de Portobelo eran los principales puntos de entrada de esta mercancía, desde donde se redistribuían al virreinato del Perú y al de la Nueva España.
     Ejemplo de este tipo de trabajos para el mercado andaluz es el Apostolado y una Inmaculada que contrata el propio Zurbarán en 1637 para la iglesia parroquial de Marchena y que presenta una gran desigualdad de calidad en relación con otros trabajos que acomete el artista en solitario. Este mismo año firma un contrato para las Clarisas de la Encarnación de Arcos de la Frontera y en el finiquito publicado por Delenda el artista se declara “pintor de su majestad”.
     Sin embargo, entre 1638 y 1639 Zurbarán va a acometer los dos conjuntos más relevantes de su vida: el de la Cartuja de Jerez y el del Monasterio de Guadalupe. Desgraciadamente el primer conjunto se dispersó por diferentes circunstancias, encontrándose hoy entre el Museo de Grenoble, el Metropolitan de Nueva York, Museo de Poznan en Polonia y el Museo de Cádiz. Se trataba de las pinturas del retablo mayor de la Cartuja de Nuestra Señora de la Defensión y del Sagrario que se situaba tras el retablo, verdadero santa santorum y adornado con una belleza sin igual, donde los jaspes y mármoles rivalizaban con la belleza de las tablas de los monjes cartujos entre los que destacaban: San Bruno, San Hugo de Grenoble, San Antelmo, San Airaldo, San Hugo de Lincoln, Cardenal Nicolás de Albergati y el Beato John Houghton, además de dos ángeles turiferarios.
     La calidad a la que llega Zurbarán en este conjunto, sobre todo en las tablas del sagrario y en los lienzos del retablo: Anunciación, Adoración de los Reyes, Circuncisión (firmada y fechada en 1639), Adoración de los pastores (firmada y fechada en 1638, llamándose “Pintor del Rey”), Batalla del Sotillo y Apoteosis de San Bruno es realmente sobrecogedora. No sólo por el tratamiento de las telas, sino por el conocimiento de la pintura al aire libre y por la intensidad y el recogimiento que logra en algunas de sus escenas de los cartujos en meditación.
     El conjunto destinado al Monasterio de Guadalupe se concentra en la Sacristía, donde los lienzos de Zurbarán se sitúan en un complejo conjunto iconográfico destinado a exaltar a la Orden Jerónima y a las virtudes de sus monjes, como estudió el profesor Palomero, además de la histórica relación del Monasterio de Guadalupe con la Monarquía. De los lienzos que se sitúan en la Sacristía destacan, entre los demás, por la belleza e intensidad del retratado: Fray Gonzalo de Illescas así como La misa del padre Cabañuelas donde encontramos una construcción de espacios arquitectónicos totalmente artificial y, como ya demostramos, dependientes directamente de las estampas de Philippe Galle sobre composición de Maarten van Heemsckerk. La obra que representa al Hermano Martín de Vizcaya repartiendo pan a los pobres es un prodigio de naturalismo al apreciar el modo totalmente realista y casi crujiente de lo panes de la cesta.
     También para Guadalupe Zurbarán pintó entre otras obras las Tentaciones de San Jerónimo y La flagelación de San Jerónimo, sendas pinturas son prodigio de quietud y prudencia así como pretexto para una atención a las telas en las jóvenes que intentan hacer pecar a san Jerónimo, ciertamente deslumbrante y que contrastan con las movidas y dinámicas mujeres que plasma Valdés Leal en su representación para el Convento de San Jerónimo de Buenavista de Sevilla.
     En 1641 su hijo Juan de Zurbarán se independiza y comienza a contratar pinturas en solitario, a los pocos años en 1644, su padre vuelve a contraer matrimonio con Leonor de Tordera, una joven viuda de veintiocho años. En estas fechas hay constancia documental de la ejecución del retablo de la Virgen de los Remedios en la iglesia mayor de Zafra, conservado in situ en la actualidad y ejecutado entre 1643 y 1644, destacando en él La Imposición de la casulla a San Ildefonso y un San Miguel Arcángel de gran belleza y refinamiento. A partir de estos años se documentan todavía envíos al Nuevo Mundo, lo que constata lo activo de su obrador y el contrato de 22 de mayo de 1647 con la abadesa del Convento de la Encarnación de la Ciudad de los Reyes (Lima) entre las que se le pedían veinticuatro vírgenes de cuerpo entero. Se puede decir que Zurbarán puso de moda a estas santas vírgenes que con paso lento hacen crujir sus telas y se hallan en pleno estado de éxtasis al asumir con resignación su martirio y convertirse en modelos de belleza persuasiva y devoción cristiana.
     Estas santas mandadas a América no eran más que la corrupción y degeneración formal de otras mucho más refinadas y exquisitas en su ejecución, presuntos retratos a lo divino, de señoritas de su época y de las que destacan por su calidad la Santa Casilda del Museo del Prado, la Santa Margarita de la National Gallery de Londres o las Santa Catalina y Santa Eulalia del Museo de Bellas Artes de Bilbao. El Museo de Bellas Artes de Sevilla conserva un conjunto interesante de santas debidas al obrador del pintor, tal y como eran las que se mandaban al Nuevo Mundo y donde se advierte el seguimiento de los modelos del maestro, pero sin tanta calidad.
     Es habitual encontrar santos aislados de una gran calidad de los que luego el propio artista repitió merced a su popularidad y a requerimiento de la clientela piadosa. El caso de San Francisco es de los más frecuentes. El ejemplar de la National Gallery de Londres o el del Museo Soumaya de México nos hablan de la calidad e intensidad a las que puede llegar el maestro en el tratamiento de las telas remendadas y raídas.
     Por los años de 1655 se suelen situar los tres lienzos para la Cartuja de las Cuevas de Sevilla representando a la entrevista de San Bruno y el Papa Urbano II, San Hugo visitando el refectorio y La Virgen de los cartujos. Obras quizás pintadas en un estilo retardatario tal y como se aprecia en el tratamiento de telas e intensidad de los volúmenes más cortantes y rotundos. Sin embargo en este conjunto la deuda con las estampas sigue estando presente, por lo menos en San Hugo visitando el refectorio siguiendo una antigua estampa florentina para la novela de Gualteri e Griselda donde se plantea la composición tal cual y en la Virgen de los cartujos una estampa de Schelte a Bolswert de San Agustín protegiendo a la iglesia.
     En fechas cercanas al verano de 1658 Zurbarán debió trasladarse a la Corte, dejando la ciudad de Sevilla. El posible ocaso del mercado americano y la necesidad de buscar otro tipo de clientes le hacen marchar a Madrid, dejando todavía probablemente activo su obrador sevillano, ya que es de suponer que sus ayudantes y oficiales seguirían con esta actividad que repetía los modelos y la “marca de la casa”.
     Zurbarán, una vez instalado en Madrid, cambia por completo la temática de sus obras y reorienta su producción hacia la clientela privada con lienzos de pequeño formato, devocionales y mostrando una blandura y dulzura poco habitual en sus años anteriores y dando entrada a la luz y los aportes italianos sublimados en las formas de Guido Reni y con una sutileza en los colores notable. Obras como El descanso en la huida a Egipto de 1659 del Museo de Budapest o La Virgen con el Niño y San Juan de 1662 del Museo de Bellas Artes de Bilbao, dan buena prueba de su talento y del dominio del color, además de la seguridad de que son obras ejecutadas exclusivamente por él. También en este periodo final ejecutó varias versiones de la Inmaculada con una belleza en la matización de los azules y elegancia en la estilización de la figura notables, casos como la de la iglesia de San Gervasio y San Protasio de Langon de 1661 o la del Museo de Budapest.
     En sus último años y para Alcalá de Henares realizó en torno a 1660 para el retablo mayor de la iglesia del Convento de las Magdalenas, perteneciente a las Agustinas dos obras representando en una a Santo Tomás de Villanueva dando limosna (actualmente en la colección de Várez Fisa) y a San Agustín en su celda (Madrid, San Francisco el Grande). Son obras que dejan entrever lo que ha asimilado en la corte y la blandura en la que ha desembocado su estilo.
     El 26 de agosto de 1664, Zurbarán había hecho testamento pidiendo ser enterrado en el convento de agustinos descalzos de Madrid (lo que hoy es la Biblioteca Nacional), moriría un día después, dejando como herederas a sus dos hijas del primer matrimonio, María y Paula. De los bienes que aparecen en él destacan mercaderías, algunos muebles de cierta calidad, paisajes y lienzos preparados para pintar y bastantes estampas, elemento este último muy preciado a lo largo de su carrera merced al socorrido uso que encontró en ellas. Probablemente murió sin ver cumplido su deseo más secreto, ser nombrado alguna vez pintor del rey (Benito Navarrete Prieto, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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