Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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jueves, 9 de octubre de 2025

La pintura mural "San Luis Bertrán", de Lucas Valdés, en la Iglesia de la Magdalena

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "San Luis Bertrán", de Lucas Valdés, en la iglesia de la Magdalena, de Sevilla.   
     Hoy, 9 de octubre, Memoria, en Valencia, en España, de San Luis Bertrán, presbítero de la Orden de Predicadores, quien, en América meridional, predicó el evangelio de Cristo y defendió a varios pueblos indígenas (1581) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
      Y que mejor día que hoy para ExplicArte la pintura "San Luis Bertrán", de Lucas Valdés, en la iglesia de la Magdalena, de Sevilla.
     La Real Parroquia de Santa María Magdalena [nº 16 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 60 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Cristo del Calvario, 2 (aunque la entrada habitual se efectúa por la calle San Pablo, 12); en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
    La Real Parroquia de Santa María Magdalena, ocupa desde 1810 la iglesia del antiguo convento de San Pablo, que había sido una de las instituciones religiosas más antiguas de la ciudad, ya que los dominicos se instalaron en Sevilla a raíz de la conquista de Sevilla por Fernando III. Una vez conseguido el permiso real, construyeron una iglesia de la que ningún testimonio queda y que debía de presentar un carácter arquitectónico de estilo gótico. Esta iglesia se conservó hasta su hundimiento en 1691, planteándose de inmediato su reconstrucción, que corrió a cargo del arquitecto Leonardo de Figueroa; las obras concluyeron en 1709. Desde esta fecha hasta 1715 se realizó una amplísima labor de ornamentación pictórica en sus muros, labor que, mayoritariamente, realizó Lucas Valdés, siguiendo un amplio y prolijo programa iconográfico que venía a exaltar la grandeza y milagros de la Orden dominica.
Presbiterio
   El punto de partida de toda la labor ornamental se inicia en el presbiterio del templo al que, inicialmente, se le dio un significado eucarístico, al estar presidido en sus muros laterales por dos enormes lienzos que realizó Lucas Valdés, entre 1710 y 1715, con temas alusivos a ceremonias y sacrificios en el templo de Jerusalén. Los temas de estas pinturas son David llevando el Arca de la Alianza al Templo y La inauguración del Templo de Jerusalén después de su reconstrucción. Esta última pintura lleva una inscripción que, traducida, señala que la gloria de este templo reconstruido sería más grande que la que tuvo el primero, en una clara alusión a que la nueva iglesia barroca de los dominicos de San Pablo superaría la magnificencia de la antigua iglesia gótica arruinada.
   Los elementos decorativos en las paredes de este presbiterio, realizados en mármoles de abultado relieve, complementan su simbología al mostrar representaciones del sol, la luna y las estrellas, que aluden a la Virgen María. De esta manera, con un sentido eucarístico y mariano, quedaba subrayada la solemnidad de este espacio.
   La primera intervención de pintura mural del presbiterio aparece en el arco toral que se abre sobre el altar mayor, donde, en los laterales, se representan en pequeños medallones La imposición de los estigmas a Santa Catalina de Siena y La comunión de Santa Inés de Montepulciano. Ambas son santas dominicas y al pie de las cuales figuran dos inscripciones. Bajo Santa Catalina puede leerse: EGO ENIM ESTIGMATA DOM/NI IESU IN CORPORE MEO PORTO (Yo tengo impresas en mi cuerpo las señales del Señor Jesús); procede esta frase de la Epístola de San Pablo a los Gálatas, 6, 17. Santa Inés de Montepulciano lleva la siguiente inscripción: ECCE AN- GELI ACESSERUNT ET MINISTRABANT EI (y he aquí que se acercaron los ángeles y le servían) tomada de Mateo 4, 11. En el centro de este arco toral figuran las representaciones de las Santas Justa y Rufina que llevan las siguientes inscripciones: HAEC EST VERO FRATERNITAS QUAE NON QUAM POTUIT VIOLARI CERTAMINI (Verdaderamente ésta es la fraternidad que nunca pudo violarse en una disputa), texto que procede del Breviario romano en las fiestas de los mártires Juan y Pablo y que se encuentra bajo Santa Justa. Santa Rufina lleva una inscripción, que continúa el texto anterior, que señala: QUAE EFFUSO SANGUINE SECUTAE SUNT DOMINUM (Éstas, derramada su sangre siguieron al señor), alusiva esta frase al martirio ambas santas.
    La principal preocupación de la Orden dominica fue la predicación de la fe cristiana para difundirla por todo el orbe. Por ello, no ha de sorprender que la decoración de la bóveda que cubre el presbiterio sea una representación del Triunfo de la Fe, cuya extensión universal se proyecta sobre las cuatro partes del mundo que figuran en las pechinas, sobre las que descansa dicha bóveda. Son representaciones de Europa acompañada de un caballo blanco, Asia con un pebetero y un dromedario, América armada con arco y flechas y acompañada de un cocodrilo y África que aparece con un león.
   En el casquete de la bóveda, y en su centro, bajo un baldaquino, aparece de pie La Fe flanqueada por los arcángeles San Miguel y San Rafael. La Fe sostiene la cruz y levanta hacia lo alto un cáliz con la Sagrada Forma. En los laterales se disponen dos balconadas con ángeles trompeteros que resaltan su triunfal aparición. Sobre la balaustrada dos ángeles muestran pal­mas y ramas de olivo, mientras que otro, en la parte superior, sostiene una antorcha encendida que alude a la luz que proporciona la Fe.
   Flanqueando este fingido espacio arquitectónico se encuentran los dos principales santos dominicos, que son Santo Domingo y Santo Tomás de Aquino. El primero, Santo Domingo, muestra un pliego escrito en el cual aparece la siguiente frase: PESTEM FUGAT HAERETICAM NOVUM PRODUCENS ORDINEM (Pone en fuga a la peste herética creando un nuevo orden); este texto procede de un himno a Santo Domingo. Santo Tomás enseña un libro abierto en cuyas páginas señala este texto: ERRORUM PULSO NUVI SOLIS RADIUM (Rechazada la oscuridad de los errores por el rayo del nuevo sol); este segundo texto está extraído de un himno a Santo Tomás. También es de advertir que a los pies de ambos santos aparecen, en posiciones convulsas y agitadas, figuras alegóricas de las herejías vencidas.
   En las paredes de este presbiterio figuran también, representados de cuerpo entero, algunos de los principales santos de la Orden dominica, formando una serie que se complementará después con los que aparecen en los pilares del crucero. Los que figuran aquí son: San Pedro, mártir de Verana, San Juan, mártir de Colonia, San Gonzalo de Amarante y San Antonino. En los frentes de los soportes que dan al crucero aparecen otros religiosos como San Pío V, San Alberto Magno, San Benedicto XI y San Agustín Gazoto. Luego, en los pilares de la nave, se encuentran otros ocho santos dominicos identificados por sus rótulos como San Jacinto, San Jacobo de Merania, San Vicente Ferrer, San Ambrosio Sacedonio, San Raimundo de Peñafort, San Pedro González Telmo, San Luis Beltrán y San Enrique Susón.
   Pues bien, los pilares del crucero se encuentran decorados con las imágenes de los más importantes santos que ha dado la orden dominica, entre ellos San Luis Bertrán, que lo encontramos en el pilar de la derecha (muro de la Epístola) más cercano a la nave de la Iglesia, mirando hacia la nave del Evangelio, en la parte superior, revestido con el hábito dominico y con la copa de oro en la mano izquierda (Enrique Valdivieso, Pintura mural del Siglo XVIII en Sevilla, en Pintura Mural Sevillana del Siglo XVIII, Fundación Sevillana Endesa, 2016).
   Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Luis Bertrán, presbítero;
   Dominico español nacido en Valencia en 1525. Fue misionero en las colonias españolas del Nuevo Mundo, donde evangelizó a los indios caribes que intentaron envenenarlo.
   Escapó milagrosamente a otro peligro. Un gran señor español que se sentía aludido en sus sermones, resolvió matarle y lo amenazó con una pistola, pero cuando iba a disparar, el cañón de su arma se convirtió en crucifijo.
   Su muerte acaeció en 1581.
CULTO
   Beatificado en el año 1608, fue canonizado en 1671 por el entonces papa Clemente X.
   La iglesia de Santo Domingo, en Valencia, se puso bajo su advocación después de una epidemia de peste.
ICONOGRAFÍA
   Los dos atributos que permiten reconocerlo rápidamente aluden a las dos escenas principales de su leyenda:
   l) Una copa de oro de donde es expulsada una serpiente, símbolo del veneno al que pudo escapar. Comparte este atributo con San Juan Evangelista y San Benito.
   2) Una pistola cuyo cañón se metamorfosea en crucifijo. Este atributo, singular le pertenece en exclusiva, es decir, no se lo disputa ningún otro santo (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de San Luis Bertrán, presbítero dominico, representado en la obra reseñada;
     San Luis Bertrán. (Valencia, 1 de enero de 1526 – 9 de octubre de 1581). Predicador dominico (OP), maestro de espiritualidad y santo.
     Juan Luis, hijo del notario Luis Bertrán y de Juana Ángela Exarch, ingresó en los dominicos, profesando en el convento de Predicadores de su ciudad natal el 27 de agosto de 1545. Concluidos los estudios institucionales, fue ordenado sacerdote en 1547. Poco después fue enviado al recién fundado convento de Santa Cruz, de Llombay, junto con el venerable Juan Micó. En 1549 fue nombrado maestro de novicios, o sea, formador de los jóvenes dominicos hasta su ordenación sacerdotal, de Predicadores capitalino. A raíz de la peste que asoló Valencia entre 1555 y 1557, muchos religiosos fueron repartidos por otros conventos, y a fray Luis le tocó ir al de Santa Ana, de Albaida, al frente del cual estuvo algún tiempo. En 1560 fue reintegrado a su cargo de maestro de novicios en el convento de Predicadores valentino y en esta misma época, dado su reconocido prestigio, fue consultado por santa Teresa de Ávila sobre su futura reforma carmelitana, mostrándose absolutamente partidario de que la emprendiese.
     No obstante, su espíritu misionero se impuso, dando lugar a una nueva etapa de su vida. El 14 de febrero de 1562 partía con otro compañero para embarcar rumbo a Nueva Granada, donde estuvo por espacio de siete años, padeciendo incontables trabajos y tribulaciones, peligros de su propia vida, dejando constancia, a pesar de la escasa salud que tenía, de infatigable labor apostólica y fama de santidad. El campo de su actividad misionera hay que situarlo en tierra adentro de Cartagena de Indias, centrado en Tubará, y en la zona montañosa de Santa Marta. Ante la imposibilidad de frenar los abusos de los encomenderos españoles que impedían la evangelización, después de consultar para tranquilidad de conciencia con el obispo dominico Bartolomé de las Casas, optó por regresar a España. Era el año 1569. El año siguiente fue elegido prior del convento de San Onofre, en el término de Museros cercano a Valencia, y, al concluir el trienio, le encargaron de nuevo la formación de los novicios, cargo en el que estuvo hasta el 15 de mayo de 1575 en que fue elegido prior del convento de Predicadores de Valencia. Concluido el tiempo de mandato desempeñó aún, por última vez, el cargo de maestro de novicios.
     Fue Luis Bertrán fraile penitente en grado sumo y con gran tendencia hacia la vida contemplativa, que hacía plenamente compatible con una intensa actividad externa. Su plena dedicación al estudio, oración y predicación, permiten catalogarlo como una personificación del ideal de la Orden en su época. A pesar de alguna sequedad externa, a causa de cierta sordera y miopía que le aquejaron durante gran parte de su vida, alcanzó una gran popularidad entre gentes de todas las clases sociales. Su santidad de vida, ratificada muy a menudo por gracias extraordinarias, se imponía. En cuanto prior hay que considerarlo como ejemplo e impulsor de la estricta observancia definitivamente restaurada —era la encarnación viva de la confluencia de las dos corrientes dominicanas y españolas de Reforma existentes: la castellana y la valenciana—, consiguiendo días de esplendor religioso en los conventos de cuyos prioratos tuvo que hacerse cargo, y al mismo tiempo se le veía dotado de agudo sentido práctico que le permitía mantener un sano equilibrio entre las exigencias de la vida religiosa y las necesidades o conveniencias materiales.
     Después de larga y penosa enfermedad murió en Valencia el 9 de octubre de 1581. Amigo del patriarca san Juan de Ribera, arzobispo de Valencia, fue creador de una escuela de espiritualidad en cuanto que su influjo no se limitó a sus escritos sino también a su magisterio oral. Excepcional formador de religiosos, forjó una estela de discípulos que hicieron una auténtica escuela de espiritualidad que dejaron huella en la vida de su tiempo en religiosos, laicos, etc., y que entre los dominicos trascendieron a toda la provincia dominicana de la Corona de Aragón, pues no serán sólo conventuales de la Orden de Predicadores de Valencia; a su vera acudieron dominicos venidos de Mallorca, Cataluña y Aragón, donde a su vez irradiaron dicha vivencia de la vida dominicana (Juan Vidal, Martín Juárez, Francisco Ferrandis, Antonio Creus, Bartolomé Pavía, Domingo Anadón, Pedro del Portillo, Francisco Montón, Tomás Arenas, Vicente Justiniano Antist, Luis Istela, Francisco Sala, Andrés Balaguer, Jerónimo Bautista de Lanuza, Miguel Lázaro, Gaspar Catalán de Monsonís, Bartolomé Riera, Vicente Más, Luis Vero, Vicente Ferrer Mallent, Onofre Vidal, Dionisio Botella, Pedro Lloret, Juan Pérez, etc.). Es patrono de los novicios dominicos. Beatificado por Pablo V el 19 de julio del 1608, fue canonizado solemnemente por Clemente XII el 12 de abril del 1671. Alejandro VIII en 1690 lo nombró patrono principal de Colombia (Alfonso Esponera Cerdán, OP, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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jueves, 11 de septiembre de 2025

Los principales monumentos (Iglesia del Salvador y San Luis Beltrán, Real Iglesia Matriz de Nuestra Señora del Rosario, Iglesia de Santa Bárbara, Llano, Peñón, y Mercado de Abastos) de la localidad de Peñarroya-Pueblonuevo, en la provincia de Córdoba

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Córdoba, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia del Salvador y San Luis Beltrán, Real Iglesia Matriz de Nuestra Señora del Rosario, Iglesia de Santa Bárbara, Llano, Peñón, y Mercado de Abastos) de la localidad de Peñarroya-Pueblonuevo, en la provincia de Córdoba.
     Tras dejar atrás Belmez, como dormido al pie de su castillo, surgen pocos kilómetros más arriba, y por este orden, Pueblonuevo y Peñarroya, cuya pretérita riqueza minera e industrial las redimió de su condición aldeana y las convirtió, unidas en próspero municipio, en la capital económica del Guadiato. La altiva peña roja se recorta en el horizonte como un ave rapaz vigilante y protectora.
     Villa situada en el Guadiato, junto a la N-432.
     Distancia a Córdoba: 79 Km.
     Altitud: 577 m.
     Extensión: 63,1 Km2
     Habitantes: 12.050.
     Gentilicio: Peñarroyenses.
     Mancomunidad: Valle del Guadiato.
     Peñarroya-Pueblonuevo es la suma de dos núcleos de población. El más antiguo es el primero -toma su nombre de la Peña roja a cuyos pies se extiende-, que ya aparece citado en el siglo XIII. El descubrimiento de las minas de carbón en 1778 por el tratante de ganado José Simón de Lillo, cambió el futuro de esta aldea belmezana, especialmente a partir de la instalación en la zona durante el siglo XIX de importantes compañías industriales y mineras, entre las que destaca la francesa Sociedad Minera y Metalúrgica de Peñarroya. Este desarrollo minero e industrial dio lugar también al nacimiento de Pueblonuevo y de El Terrible en la segunda mitad del siglo XIX, que pronto se unirían en una población, dependiente de Belmez, como aldea, hasta 1894, en que se emancipó, camino que siguió dos años más tarde Peñarroya. Finalmente, en 1927, ambos municipios se fusionaron en uno solo.
Oficina de Turismo de Peñarroya-Pueblonuevo
     +34 957 570 986
     Vídeo promocional: https://youtu.be/wET3FUkmzNc (Diputación Provincial de Córdoba).
     Esta población es el resultado de la unión de Peñarroya y Pueblonuevo del Terrible. La primera de estas localidades consta ya en 1272. Por ser aldea de Belmez, fue transferida en 1464, junto con ésta y Fuente Obejuna, a la orden de Calatrava. Alcanzó su mayor relevancia a partir de 1778, al aparecer en su término las minas de carbón. En el siglo XIX, a causa de la intensa actividad minera que se desarrolla en la zona, surge la localidad vecina de Pueblonuevo, manteniéndose separadas, hasta terminar fusionándose en 1927 (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     Peñarroya-Pueblo Nuevo, con su paisaje de viejas chimeneas fabriles (Rafael Arjona. Guía Total, Córdoba. Editorial Anaya Touring. Madrid, 2009).
     Población serrana y minera de la comarca del Alto Guadiato, antiguo centro industrial cuyo casco urbano, dividido en dos núcleos bien diferenciados, se extiende por una amplia llanura donde se apilan montañas de carbón, al pie de la peña de su nombre.
Historia
     Hasta 1870, Peñarroya era un tranquilo lugar dedicado exclusivamente a la agricultura, cuyo origen se remonta a la existencia de un cortijo en el siglo XIII que, en el XVI, ya como aldea, pasó a depender de Belmez. El nombre actual es corrupción de Peña Roja, que aludía al lugar y color del terreno en el que se asienta.
     En 1870 se descubrieron al sur del pueblo yacimientos de carbón. Este hecho hizo que naciese una nueva población próxima a la existente, a la que llamaron Pueblonuevo y apodaron "del Terrible", en homenaje a la perra de un cazador llamada Terrible, ya que, según cuentan, fue ella la que escarbando un día descubrió la primera veta de carbón. En 1894, Pueblonuevo se segrega de Belmez. Dos años más tarde lo hace Peñarroya, uniéndose ambos pueblos en uno solo, sepa­rados apenas por la calzada de la carretera que lleva a Villanueva del Duque y por el destino de ambos: Peñarroya continúa como pacífica entidad agrícola, en tanto el distrito de Pueblonuevo se convierte en un empo­rio minero e industrial que llega a tener más de 30.000 habitantes a principios del siglo actual.
     La aparición de nuevas energías, fundamentalmente el desarrollo del petróleo, hace entrar en crisis a la minería hacia los años treinta, lo que supone la caída y el cierre de la práctica totalidad de las industrias.
     La ciudad inicia un largo periodo de decadencia, del que parece empezar a salir en fechas recientes, cuando, tras la crisis del petróleo, se instala una central térmica junto al pantano de Puente Nuevo para cuyo abastecimiento de carbón vuelven a explotarse algunas minas de los alrededores de la ciudad.
Gastronomía
     Cocina de gran variedad debido a la llegada de emigrantes de otros lugares de España y de Francia. Entre sus platos más característicos pueden citarse el rairrán, un gazpacho que no lleva pan, sólo ajos, sal, aceite, vinagre y agua; la sopa de patatas y uvas, el escabeche de boquerones, el lechón en adobo y el potaje de bacalao y espinacas.
     Como postre se preparan los obispos a base de huevos, azúcar, aceite, miga de pan, leche, canela en rama y cáscara de limón.
Fiestas
     Del 15 al 18 de agosto se celebra la feria del distrito de Pueblonuevo y del 7 al 11 de octubre la del distrito de Peñarroya. El 4 de diciembre, día de Santa Bárbara, los mineros festejan a su patrona.
VISITA
     Como su nombre indica, la ciudad está constituida por dos núcleos de población cuya precaria unión física, establecida por el istmo que forman la calle Fernando III el Santo y la avenida Lope de Vega, ha quedado rota recientemente con la nueva circunvalación de la carretera nacional 432 Badajoz-Granada.
     Al norte de la circunvalación se localiza el núcleo fundacional de Peñarroya, al pie de la gran Peña Roja que da nombre al pueblo. Es éste un conjunto urbano de casitas pequeñas que tienen su centro en la Plaza Mayor y su edificio más notable en la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, primer templo con el que contó la localidad y cuya construcción data del primer tercio del siglo XVI.
     Al sur de la circunvalación se sitúa el núcleo de Pueblonuevo. Mucho más grande que el anterior, su trazado es también bastante más moderno y geométrico. La ajardinada plaza de Santa Bárbara, con sus amplias perspectivas, constituye el lugar ideal para tomar el pulso a la población.
     En un lateral de la misma se levanta la iglesia de su nombre, gran edificio de ladrillo rojo que refleja el eclecticismo arquitectónico de los comienzos del presente siglo, de cuya época procede.
     Por detrás de la iglesia se alcanza el Mer­cado Sebastián Sánchez, levantado durante los años veinte del siglo pasado (siglo XX) y uno de los primeros edificios de hormigón armado que se construyeron en la provincia.
     Lo más llamativo de la ciudad, no obstante, es el antiguo polígono industrial, situado a un lado de la Ronda de la Paz, fantástico paisaje de chimeneas y de fábricas que mues­tra, aún en su decrepitud, el gran emporio que llegó a ser la ciudad (Rafael Arjona. Guía Total, Andalucía. Editorial Anaya Touring. Madrid, 2005).

Iglesia del Salvador y San Luis Beltrán (Peñarroya).-

     Fue levantada entre 1948 y 1965 bajo la dirección del arquitecto diocesano Carlos Sáenz de Santamaría; sigue el esquema de cabecera plana, crucero cupulado y una nave; todas las cubiertas son abovedadas. En la cabecera, a modo de retablo, se ha recompuesto parte del antiguo Monumento Eucarístico para el Jueves Santo, que perteneció a la Catedral de Córdoba, realizado según diseños de Hernán Ruiz III en 1577; cuatro columnas de fuste estriado sobre resaltos sostienen un entablamento quebrado, sobre el que se alza una cúpula de elevado tambor. Otra parte semejante se halla en Jesús Nazareno de Pozoblanco. Lo preside un Corazón de Jesús de­vocional.
     El frente del brazo izquierdo del crucero se adorna con una pintura, fechada en el 2000, del Bautismo de Cristo, mientras en el testero puede verse una imagen devocional del Crucificado Expirante. Desde el crucero se accede a un espacio rectangular en el que se ven diversas imágenes devocionales, entre ellas el Nazareno y la Dolorosa, colocada en un altar relicario procedente de la catedral de Córdoba: hay también dos vidrieras de ángeles, realizadas en 1998 por María Luisa de Alvear y Manuel Nieto Cumplido.
     El brazo derecho tiene una repisa con imagen de vestir de la Virgen del  Rosario, del XVIII, flanqueada por dos pinturas de J. Latorre; de 1965, la Virgen del Rosario protegiendo la villa y Fray Martín de Córdoba entregando a Hernando de Luján las reglas de la Cofradía del Rosario, en 1579. En el muro derecho hay un cuadro de Santa Águeda, de hacia 1700. A los pies, sobre una tribuna, se encuentra un órgano, que se fecha en 1740. Por la nave se disponen varias vidrieras realizadas por Egea Azcona en el taller de A. Mesa.
     Adosado al templo se ha establecido el Museo de Bellas Artes de Nuestra Señora del Rosario, en el que se guardan una serie notable de pinturas contemporáneas firmadas por Julia Hidalgo, José María Báez, Miguel del Moral y Francisco Cosano, entre otros (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     El templo principal de Peñarroya–Pueblonuevo es la Parroquia del Salvador, construida entre los años cuarenta y sesenta por Sáenz de Santamaría, y tiene planta de cruz latina.
     Se le ha adaptado como altar mayor un templete eucarístico procedente de la Mezquita-Catedral de Córdoba, proyectado por Hernán Ruiz III en el siglo XVI.
     Adosado al templo se ha establecido el Museo de Bellas Artes de Nuestra Señora del Rosario, en el que se guardan una serie de pinturas contemporáneas firmadas por una amplia diversidad de artistas (Diputación Provincial de Córdoba).

Real Iglesia Matriz de Nuestra Señora del Rosario (Peñarroya).-
     Aunque su origen está en el siglo XVI, ha sufrido muchas alteraciones a lo largo del tiempo, siendo la última en el año 1983. Es de nave única, techada con hierro y bovedillas a dos aguas, y capilla mayor cubierta por cúpula. El retablo de hacia l700, guarda la imagen de Nuestra Señora del Rosario, fechable en el tercio final del siglo XVI, muy restaurada por Rafael Díaz Peno. El resto de la imaginería es devocional. A la izquierda hay un lienzo del XVIII con el Descanso en la Huida a Egipto, donado por el beneficiado de Córdoba Eduardo C. de Tórtola. En el arco de ingreso hay una pareja de ángeles lampareros de estética setecentista.
     Por el lado izquierdo de la nave hay pinturas de estética barroca de la Virgen del Rosario con Santo Domingo, Santa Teresa en oración, la Piedad, Virgen del Cuchillo, y Santa Rosa. En el testero de los pies, figuran una Epifanía del XVII y por encima una talla pequeña del Crucificado, asimismo del XVII, Santa Teresa inspirada por el Espíritu Santo y Dolorosa con el cuchillo.
     Por el lado derecho pueden verse la Virgen de la Rosa con el Niño y ángeles, una Inmaculada de hacia 1700, Aparición del Niño a San Antonio, y San Francisco. A lo largo de la nave hay un Vía Crucis con las escenas pintadas, de hacia el año 1800 (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     En la cota más alta de Peñarroya se alza la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario, cuyo origen se remonta al siglo XVI y que constituye el más importante símbolo de identidad de la localidad en torno a la devoción a la Virgen del Rosario, patrona de la misma.
     La Iglesia de Nuestra Señora del Rosario y sus dependencias anejas conforman una edificación  exenta realizada en muros resistentes de mampostería, enfoscados  y encalados. Posee una sola nave cubierta a dos aguas y presbiterio, separado de aquella por gran arco toral  rebajado que descansa sobre potentes pilares. El presbiterio es de planta cuadrada y se cubre por cúpula  que, exteriormente, destaca por su mayor altura. En el muro Sur se abre la sencilla portada principal compuesta por  arco de medio punto entre pilastras.
     Adosadas al templo existen varias dependencias: De acceso al camarín tras la cabecera, en el lado Este, y otras, situadas en el costado Norte, destinadas a despacho parroquial, sacristía y patio con la escalera de acceso a la espadaña. Esta se sitúa a los pies y consta de dos cuerpos de campanas.
     Esta iglesia ha sido restaurada recientemente. La restauración se ha llevado a cabo sin tener en cuenta los materiales originales, habiendo colocado solería de gres, un zócalo de azulejo tipo "sevillano" y un falso techo de madera (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     La Iglesia matriz o Ermita de Nuestra Señora del Rosario de Peñarroya-Pueblonuevo data del S. XVI, aunque ha sufrido numerosas restauraciones, la última de ellas en el año 1983.
     Es de nave única, techada con hierro y capilla mayor cubierta con cúpula.
     Además de la imaginería devocional que contiene el templo, cabe destacar que a lo largo de la nave puede observarse un Vía Crucis con las escenas pintadas, fechado en el año 1800 aproximadamente (Diputación Provincial de Córdoba).

Iglesia de Santa Bárbara (Pueblonuevo).-
     Construida en 1918 y restaurada en la década de 1980, presenta planta de cruz con nave y capillas laterales. En el presbiterio se adaptó en 1921 un retablo salomónico del XVIII, procedente de la capilla de los Santos Mártires Acisclo y Victoria, de la Catedral de Córdoba. Lo preside un Crucificado actual entre las imágenes de Santa Bárbara, de estética barroca, que vino de Lucena, y San José con el Niño, de serie. Hay a los lados ángeles lampareros del XVIII.
     Los frentes del crucero se adornan con pinturas contemporáneas de la Oración del Huerto, a la izquierda, y de San José con el Niño a la derecha, obra de Manuel de Torres. Los testeros del crucero se adornan con retablos contemporáneos que muestran el Corazón de Jesús en el izquierdo, y la Virgen del Carmen en el derecho. Las cuatro capillas de la izquierda guardan imágenes devocionales de San Isidro, Resucitado y la Virgen, una pintura de la Virgen del Carmen y las ánimas, y finalmente, la Virgen de la Esperanza, imagen de vestir hecha en 1992 por Miguel Arjona.
     Por el lado derecho hay tres capillas, la prime­ra con retablo actual con la Inmaculada, la segunda con Nuestra Señora de los Dolores, anónima, traída en 1955 y la urna con el Yacente, tallado en 1938 por Amadeo Ruiz Olmos; en la última capilla hay un Nazareno de vestir, devocional, del primer tercio del siglo XX (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     Según la ficha de los lugares vinculados al Patrimonio Industrial de Peñarroya-Pueblonuevo, se trata de una Iglesia de tres naves siendo la principal de mayor altura cubierta por bóveda de cañón y dos naves laterales menores que contrarrestan el empuje horizontal. La nave principal posee iluminación mediante huecos  acabados en arcos de medio punto siendo ésta la única iluminación existente en el interior de la iglesia pues se trata de un edifico entremedianeras.
     El transepto coincide con el presbiterio e insinúa levemente una planta de cruz latina.
     El coro, apoyado sobre tres arcos, es rectangular y de mediana superficie sin que presente ningún tipo de ornamento ni características reseñables.
     Centrada sobre la fachada principal se levanta una torre cuadrada con tres cuerpos, el primero alberga las campanas, el segundo un reloj con cuatro esferas y el último es prismático cubierto de azulejos y que, antes, estuvo rematado por una cruz.
     Adosada al ala derecha se encuentra una edificación de dos plantas que hace las veces de sacristía, archivos y sala de reuniones aunque en la actualidad ya no conserva esas funciones (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     La Iglesia Parroquial de Santa Bárbara fue construida en el 1918 y restaurada en la década de los 80.
     Presenta planta de cruz latina con nave y capillas laterales.
     Los frentes del crucero se adornan con pinturas contemporáneas de la Oración en el Huerto y de san José con el niño.
     La capillas guardan imágenes devocionales, pinturas, retablos y urnas de diversas características, estilos, autores y fechas (Diputación Provincial de Córdoba).

El Llano.-
     De acuerdo con su origen más reciente, Pueblonuevo es el distrito de mayor dinamismo comercial, con calles rectas y mejores edificios.
     Su corazón urbano es la ajardinada Plaza de Santa Bárbara, más conocida por El Llano, en la que se levanta la parroquia de la misma advocación, claro ejemplo del eclecticismo arquitectónico de principios de siglo; fue terminada en 1916, y muestra al exterior una fachada de rojo ladrillo, que se prolonga en torre.
     El establecimiento de la compañía SMMP favoreció la construcción de edificios proyectados por franceses para acoger servicios de la empresa, como la Dirección, la antigua Clínica Santa Bárbara, la Biblioteca pública, e incluso viviendas unifamiliares de gusto francés conocidas aún por «Casas de los Franceses» (Diputación Provincial de Córdoba).

El Peñón.-
     Los amantes de la Naturaleza podrán disfrutar de la subida al Peñón, dónde podrán disfrutar de las maravillosas vistas que ofrece del Valle del Guadiato, así como del municipio de Peñarroya–Pueblonuevo.
     A lo largo de la subida se podrá diferenciar la amplia gama de colores de la vegetación mediterránea.
     Cabe destacar, ya en la cima, las esquemáticas pinturas rupestres situadas en el “Abrigo de la Virgen” (Diputación Provincial de Córdoba).

Mercado de Abastos.-
        Según la ficha de los lugares vinculados al Patrimonio Industrial de Peñarroya-Pueblonuevo, se trata de un edificio de uso público formado por una construcción de una altura más sótano. Presenta tres accesos en dos de sus fachadas donde se generan tres pasillos intermedios que junto a uno perimetral distribuyen el espacio interior. Los accesos a sótano se realizan desde el exterior mediante dos escaleras situadas en dos esquinas opuestas aunque también hay un acceso por una escalera interior. Su estructura es de hormigón armado y su cubierta se divide en tres cuerpos a dos aguas existiendo perimetralmente una cubierta plana que rodea al edificio.
     Fue uno de los primeros edificios públicos construidos en hormigón armado dentro del municipio. Esta independencia entre la estructura y el cerramiento le permitió adquirir una gran transparencia en sus fachadas caracterizando al edificio por sus grandes vanos, que más tarde fueron acristalados, y que aportaban una gran luminosidad, sin embargo, todavía mantiene ciertos aspectos que recuerdan a la arquitectura neoclásica en su fachada de líneas rectas como pueden ser los "capiteles" en la parte superior de los pilares de hormigón, el frontón triangular que aparece en sus dos fachadas principales por donde se da acceso y en general en la composición de las líneas de fachada que representan el orden y la simetría.
     Actualmente se tienen numerosas dudas sobre el estado de conservación del edificio. Al final de la década de los ochenta se realizó una intervención de refuerzo de su estructura consistiendo en su mayor parte en el refuerzo de las jácenas. Esta intervención modificó también el color de sus fachadas para adquirir el característico color rosa que actualmente posee y eliminó dos escaleras laterales que daban acceso desde la calle Simón de Lillo.
     Recientemente estaban proyectados un importantes trabajos de mantenimiento y embellecimiento, pero al comenzar a destapar algunas estructuras se ha encontrado que éstas sufren una seria patología que, estando aún en fase de estudio se piensa que es debida, en parte al mal uso y desconocimiento de la técnica del hormigón armado, y en parte a los muchos años de estar sufriendo filtraciones de aguas procedentes de los puestos de los vendedores especialmente de los pescaderos pues las aguas que estos vierten son muy salinas.
     Hasta 1925 en Pueblonuevo del terrible no existía un mercado de abastos propiamente dicho sino que el mercado se celebraba, y no todos los días, al aire libre en un solar que se extendía entre las actuales calles Juan Carlos I y Federico García Lorca, solar que luego pasó a ser la actual plaza de Eulogio Paz aunque todo el mundo la conoce como Plaza de las Ranas por una fuente que allí hubo con ranas de cerámica.
     El mercado al aire libre era la fórmula que se usaba en todas las localidades de la  comarca y solamente en Córdoba había, desde 1896, un mercado cubierto que ocupaba y asfixiaba la totalidad de la plaza de la Corredera.
     Para los años veinte del siglo pasado Pueblonuevo del terrible había adquirido gran pujanza y su población se había multiplicado varias veces, lo que supuso un incremento de la demanda en todo tipo de abastecimientos.
     Dentro de la política de grandes obras públicas en tiempos de la dictadura de Primo de Rivera, se acometió la construcción de un matadero municipal que asegurase tanto el suministro de carne como de higiene. Por el mismo motivo, hacia 1925 se creyó conveniente dotar al municipio de un mercado de abastos.
     Para ubicar el mercado un propietario local que además era farmacéutico y concejal cedió el solar donde está emplazado el edificio y, parece ser, que lo hizo gratuitamente con la sola condición de que el nuevo mercado llevase su nombre.
     Este solar estaba ubicado en un lugar que parece muy atractivo, sin embargo para 1926 las grandes inmigraciones ya habían cesado casi por completo y la práctica totalidad del núcleo urbano de Pueblonuevo del Terrible ya estaba conformado y con una distribución tal y como ahora se conoce.
     Eso puede significar que, posiblemente este solar cedido por don Sebastián Sánchez, había quedado aislado, sin albergar construcciones y puede que algo devaluado, lo que facilitaría su cesión y el comienzo inmediato de las obras.
     Cuando se inauguró el mercado reunía muchos de los adelantos disponibles en la época para este tipo de instalaciones, por ejemplo disponía de montacargas y de algo tan avanzado como cámaras frigoríficas para la conservación de carnes y pescados (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
 
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Córdoba, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia del Salvador y San Luis Beltrán, Real Iglesia Matriz de Nuestra Señora del Rosario, Iglesia de Santa Bárbara, Llano, Peñón, y Mercado de Abastos) de la localidad de Peñarroya-Pueblonuevo, en la provincia de Córdoba. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia cordobesa.

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sábado, 9 de octubre de 2021

La pintura "San Luis Bertrán", de Zurbarán, en la sala X del Museo de Bellas Artes

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "San Luis Bertrán", de Zurbarán, en la sala X del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.     
   Hoy, 9 de octubre, en Valencia, en España, San Luis Bertrán, presbítero de la Orden de Predicadores, quien, en América meridional, predicó el evangelio de Cristo y defendió a varios pueblos indígenas (1581) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la pintura "San Luis Bertrán", de Zurbarán, en la sala X del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
   El Museo de Bellas Artes, antiguo Convento de la Merced Calzada [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
   En la sala X del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "San Luis Bertrán", de Francisco de Zurbarán (1598 - 1664), realizado hacia 1636-38, siendo un óleo sobre lienzo en estilo barroco, con unas medidas de 2,09 x 1,55 m., y procedente de los Retablos laterales del altar central del Convento de Santo Domingo de Portacoeli, de Sevilla, tras la Desamortización (1840).
   San Luis Beltrán, valenciano y misionero dominico, ejerció su apostolado en las Indias y concretamente en las regiones de Panamá y Colombia. Se le representa en un episodio de su vida: al intentar ser envenenado, recibió un aviso divino, que le salvó la vida; al ver escapar un dragoncillo del vaso que contenía el líquido mortal.
     Se representa de cuerpo entero, de pie, levemente girado hacia el espectador. Tratado con enorme plasticismo sobre fondo de paisaje, en el que se representan escenas que aluden a pasajes de la vida del santo (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
   El nacimiento de Francisco de Zurbarán tuvo lugar en 1598 en Fuente de Cantos, una pequeña población de la provincia de Badajoz. Desde muy joven vivió en Sevilla, donde hizo su aprendizaje con Pedro Díaz de Villanueva, pintor que actualmente es desconocido. Durante los años de juventud, transcurridos en Sevilla, debió de conocer a Velázquez puesto que prácticamente tenían la misma edad y ambos se estaban formando en el oficio de pintor. Cuando terminó su aprendizaje volvió a su tierra natal y allí comenzó su carrera como artista. Sin embargo pronto comenzó a recibir peticiones de pinturas desde Sevilla, lo que en 1626 le movió a instalarse en esta ciudad.
   En pocos años Zurbarán se convirtió en el pintor preferido de las órdenes religiosas sevillanas, por ello realizó numerosas obras para dominicos, mercedarios, cartujos, franciscanos y jesuitas; igualmente fue solicitado por la burguesía y la aristocracia realizando para ellos composiciones religiosas, naturalezas muertas y retratos.
   En 1634 su fama era muy elevada por lo que fue llamado a Madrid, quizá recomendado por Velázquez, para pintar al servicio del rey Felipe IV en el palacio del Buen Retiro. Cuando volvió a Sevilla, continuó su trayectoria triunfal, al estar considerado como el pintor más importante de la ciudad. Igualmente recibió  encargos para pintar en poblaciones próximas y así fue solicitado por los cartujos de Jerez y los jerónimos de Guadalupe.
   Sin embargo, a partir de 1645 coincidiendo con los comienzos de la actividad de Murillo en Sevilla, su estilo comenzó a quedarse anticuado y la clientela por ello se dirigió a otros pintores buscando un arte más dinámico y descriptivo. En 1658 Zurbarán abandonó Sevilla y se trasladó a vivir a Madrid, pensando que allí su fama le serviría para seguir obteniendo el favor de la clientela y quizá también con la esperanza de ser nombrado pintor del rey. Pero su momento de esplendor ya había pasado y murió en 1664 en Madrid sin haber conseguido sus objetivos.
   No murió Zurbarán pobre y olvidado como algunas veces se ha indicado, puesto que en su testamento se señala que no tenía deudas que pagar. Se ha precisado también que el ambiente doméstico en el que falleció era modesto tal y como se deduce del inventario de sus bienes. La explicación radica en que Zurbarán tenía sus recursos económicos en Sevilla y su domicilio, situado en esta ciudad en el Callejón del Alcázar, no había sido trasladado a Madrid lo que justifica la escasez mobiliaria y la provisionalidad de su domicilio madrileño, circunstancia impuesta por la espera del nombramiento de pintor real que nunca llegó a obtener.
   La pintura de Zurbarán en sus momentos de plenitud refleja perfectamente el espíritu calmado y sereno de la vida española en su época. Pintó formas sólidas y estables que traducen la quietud del cuerpo y del alma, captando con asombroso realismo los aspectos exteriores de los objetos y las texturas y brillos de las telas. Es Zurbarán el pintor del silencio y de la vida interior, aspectos que dan siempre a sus personajes una potente trascendencia espiritual.
      Hacia 1636 se sitúa la realización por parte de Zurbarán de las pinturas que presidían los retablos situados en los brazos del crucero en el convento dominico de Porta Coeli de Sevilla. Estas pinturas, actualmente en el Museo, representan al Beato Enrique Suson y a San Luis Beltrán. Ambos personajes están captados de cuerpo entero teniendo como respaldo dilatados fondos de paisajes.
     San Luis Beltrán aparece en el momento de advertir el veneno puesto en su copa con la intención de asesinarle. Le respalda un amplio paisaje en el que se representa una escena de su predicación en tierras de Perú y de Colombia y otra en la que aparece quemando los ídolos de los indios (Enrique Valdivieso González, Pintura, en El Museo de Bellas Artes de Sevilla. Tomo II. Ed. Gever, Sevilla, 1991)
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Luis Bertrán, presbítero
     Dominico español nacido en Valencia en 1525. Fue misionero en las colonias españolas del Nuevo Mundo, donde evangelizó a los indios caribes que intentaron envenenarlo.
     Escapó milagrosamente a otro peligro. Un gran señor español que se sentía aludido en sus sermones, resolvió matarle y lo amenazó con una pistola, pero cuando iba a disparar, el cañón de su arma se convirtió en crucifijo.
     Su muerte acaeció en 1581.
CULTO
     Beatificado en el año 1608, fue canonizado en 1671 por el entonces papa Clemente  X.
     La iglesia de Santo Domingo, en Valencia, se puso bajo su advocación, después de una epidemia de peste.
ICONOGRAFÍA
     Los dos atributos que permiten reconocerlo rápidamente aluden a las dos escenas principales de su leyenda:
l) Una copa de oro de donde es expulsada una serpiente, símbolo del veneno al que pudo escapar. Comparte este atributo con san Juan Evangelista y san  Benito.
2) Una pistola cuyo cañón se metamorfosea en crucifijo. Este atributo singular le pertenece en exclusiva, es decir, no se lo disputa ningún otro santo (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de San Luis Bertrán, personaje representando en la obra reseñada;
     San Luis Bertrán, (Valencia, 1 de enero de 1526 – 9 de octubre de 1581). Predicador dominico (OP), maestro de espiritualidad y santo.
     Juan Luis, hijo del notario Luis Bertrán y de Juana Ángela Exarch, ingresó en los dominicos, profesando en el convento de Predicadores de su ciudad natal el 27 de agosto de 1545. Concluidos los estudios institucionales, fue ordenado sacerdote en 1547. Poco después fue enviado al recién fundado convento de Santa Cruz, de Llombay, junto con el venerable Juan Micó. En 1549 fue nombrado maestro de novicios, o sea, formador de los jóvenes dominicos hasta su ordenación sacerdotal, de Predicadores capitalino. A raíz de la peste que asoló Valencia entre 1555 y 1557, muchos religiosos fueron repartidos por otros conventos, y a fray Luis le tocó ir al de Santa Ana, de Albaida, al frente del cual estuvo algún tiempo. En 1560 fue reintegrado a su cargo de maestro de novicios en el convento de Predicadores valentino y en esta misma época, dado su reconocido prestigio, fue consultado por santa Teresa de Ávila sobre su futura reforma carmelitana, mostrándose absolutamente partidario de que la emprendiese.
     No obstante, su espíritu misionero se impuso, dando lugar a una nueva etapa de su vida. El 14 de febrero de 1562 partía con otro compañero para embarcar rumbo a Nueva Granada, donde estuvo por espacio de siete años, padeciendo incontables trabajos y tribulaciones, peligros de su propia vida, dejando constancia, a pesar de la escasa salud que tenía, de infatigable labor apostólica y fama de santidad. El campo de su actividad misionera hay que situarlo en tierra adentro de Cartagena de Indias, centrado en Tubará, y en la zona montañosa de Santa Marta. Ante la imposibilidad de frenar los abusos de los encomenderos españoles que impedían la evangelización, después de consultar para tranquilidad de conciencia con el obispo dominico Bartolomé de las Casas, optó por regresar a España. Era el año 1569. El año siguiente fue elegido prior del convento de San Onofre, en el término de Museros cercano a Valencia, y, al concluir el trienio, le encargaron de nuevo la formación de los novicios, cargo en el que estuvo hasta el 15 de mayo de 1575 en que fue elegido prior del convento de Predicadores de Valencia. Concluido el tiempo de mandato desempeñó aún, por última vez, el cargo de maestro de novicios.
     Fue Luis Bertrán fraile penitente en grado sumo y con gran tendencia hacia la vida contemplativa, que hacía plenamente compatible con una intensa actividad externa. Su plena dedicación al estudio, oración y predicación, permiten catalogarlo como una personificación del ideal de la Orden en su época. A pesar de alguna sequedad externa, a causa de cierta sordera y miopía que le aquejaron durante gran parte de su vida, alcanzó una gran popularidad entre gentes de todas las clases sociales. Su santidad de vida, ratificada muy a menudo por gracias extraordinarias, se imponía. En cuanto prior hay que considerarlo como ejemplo e impulsor de la estricta observancia definitivamente restaurada —era la encarnación viva de la confluencia de las dos corrientes dominicanas y españolas de Reforma existentes: la castellana y la valenciana—, consiguiendo días de esplendor religioso en los conventos de cuyos prioratos tuvo que hacerse cargo, y al mismo tiempo se le veía dotado de agudo sentido práctico que le permitía mantener un sano equilibrio entre las exigencias de la vida religiosa y las necesidades o conveniencias materiales.
     Después de larga y penosa enfermedad murió en Valencia el 9 de octubre de 1581. Amigo del patriarca san Juan de Ribera, arzobispo de Valencia, fue creador de una escuela de espiritualidad en cuanto que su influjo no se limitó a sus escritos sino también a su magisterio oral. Excepcional formador de religiosos, forjó una estela de discípulos que hicieron una auténtica escuela de espiritualidad que dejaron huella en la vida de su tiempo en religiosos, laicos, etc., y que entre los dominicos trascendieron a toda la provincia dominicana de la Corona de Aragón, pues no serán sólo conventuales de la Orden de Predicadores de Valencia; a su vera acudieron dominicos venidos de Mallorca, Cataluña y Aragón, donde a su vez irradiaron dicha vivencia de la vida dominicana (Juan Vidal, Martín Juárez, Francisco Ferrandis, Antonio Creus, Bartolomé Pavía, Domingo Anadón, Pedro del Portillo, Francisco Montón, Tomás Arenas, Vicente Justiniano Antist, Luis Istela, Francisco Sala, Andrés Balaguer, Jerónimo Bautista de Lanuza, Miguel Lázaro, Gaspar Catalán de Monsonís, Bartolomé Riera, Vicente Más, Luis Vero, Vicente Ferrer Mallent, Onofre Vidal, Dionisio Botella, Pedro Lloret, Juan Pérez, etc.). Es patrono de los novicios dominicos. Beatificado por Pablo V el 19 de julio del 1608, fue canonizado solemnemente por Clemente XII el 12 de abril del 1671. Alejandro VIII en 1690 lo nombró patrono principal de Colombia (Alfonso Esponera Cerdán, OP, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
Conozcamos mejor la Biografía de Francisco de Zurbarán, autor de la obra reseñada;
     Francisco de Zurbarán y Salazar (Fuente de Cantos, Badajoz, 7 de noviembre de 1598 – Madrid, 27 de agosto de 1664). Pintor.
    De madre extremeña, Isabel Márquez, su padre, Luis de Zurbarán, de origen vasco, tenía una mercería y posición desahogada. No se sabe de dónde proviene su segundo apellido, Salazar. El 15 de enero de 1614, Zurbarán, entra en el obrador del “pintor de imaginería”, Pedro Díaz de Villanueva, por un periodo de tres años. Al terminar su aprendizaje regresa a Extremadura, concretamente a Llerena, donde se casa con María Páez en torno a 1617 y bautiza a su hija María, el 22 de febrero de 1618.
    En este año, realiza para la fuente de la Plaza Mayor de Llerena un dibujo preparatorio por encargo del Ayuntamiento y pinta una imagen de la Virgen para la puerta de Villagarcía de esa localidad. A los pocos años, nacería su hijo Juan, concretamente en 1620, uno de los más interesantes bodegonistas del XVII, quien probablemente se formaría con su padre, y que moriría tempranamente en 1649 por la peste que asoló a la ciudad de Sevilla.
    A pesar de residir en Llerena, sigue contratando trabajos para Fuente de Cantos, como es el dorado de las andas para la Hermandad de Madre de Dios de su pueblo natal. En 1623 nacería su hija, Isabel Paula, y al poco queda viudo, pues su esposa María Páez, es enterrada el 7 de septiembre de 1623 en la iglesia de Santiago de Llerena. De estos momentos no se conocen obras, tan solo encargos de piezas no localizadas como el contrato publicado por Garraín-Delenda de 1624 entre el artista y los Mercedarios de Azuaga para la ejecución de una escultura de un crucificado. Al poco tiempo, vuelve a casarse con una mujer viuda de edad avanzada y posición acomodada, Beatriz de Morales, y en 1625 se documenta su trabajo para el retablo de la iglesia de Montemolín, para el que pinta un lienzo. 
    El 17 de enero de 1626, siendo todavía vecino de Llerena, firma contrato con el prior del Convento Dominico de San Pablo de Sevilla para realizar en ocho meses veintiún cuadros sobre la vida de santo Domingo y padres y doctores de la Iglesia. El Museo de Bellas Artes de Sevilla conserva un San Ambrosio, San Jerónimo y San Gregorio y la actual iglesia de la Magdalena de la ciudad hispalense, guarda dos lienzos representando La curación milagrosa del Beato Reginaldo de Orleáns y Santo Domingo en Soriano, sin duda, obras de este conjunto. Lo sorprendente es que en estas primeras pinturas están ya presentes las características definitorias de su estilo: robustez en las figuras, volumetría escultural y un tratamiento de las telas rico y quebrado, además del gusto por los detalles de naturaleza muerta, tal y como se aprecia en la pequeña mesa del beato Reginaldo donde aparece una taza de peltre en un plato con una rosa y una fruta. Errores de perspectiva evidentes en la articulación de las figuras y, sobre todo, en el tipo de santas vestidas de ricas telas.
    De este convento de San Pablo el Real de Sevilla también procede una obra magistral: El Crucificado del Chicago Art Institute fechado en 1627 y verdadero ejemplo de naturalismo y verismo. El éxito de esta pintura fue notable e incluso se le solicitó que se quedara en Sevilla, pero regresaría a Llerena, pues el 29 de agosto de 1628 recibe el encargo del comendador de la Orden de la Merced de la ejecución de veintidós escenas de la vida de San Pedro Nolasco destinados para el segundo claustro del Convento de la Merced Calzada de Sevilla. Para la ejecución de este conjunto quedaba claro que se trasladaba con los ayudantes y oficiales de su obrador desde Llerena, por lo que en fecha tan temprana estaba completamente establecido de una forma casi empresarial y concluiría la serie entre 1629 y 1630. De los lienzos del conjunto, los más sobresalientes son los conservados en el Museo del Prado: La visión de san Pedro Nolasco y Aparición de San Pedro a San Pedro Nolasco (1629) además del recientemente localizado por Odile Delenda, La Virgen entrega el hábito de mercedario a San Pedro Nolasco y conservado en colección particular. Al conjunto también pertenecen la Salida de San Pedro Nolasco para Barcelona (Museo Franz Mayer, México), La entrega de la Virgen del Puig a Jaime I (1630) (Museo de Cincinati, Estados Unidos) y La rendición de Sevilla (1634) (colección del Duque de Westminster). Dado que se trata de retratos de mercedarios, probablemente pertenecerían también a este conjunto, los que conserva la Academia de Bellas Artes de San Fernando. De estas obras destacan por su monumentalidad y magnetismo Fray Jerónimo Pérez, Fray Francisco Zumel y Fray Pedro Machado obras en las que se advierte nuevamente el tratamiento escultural de la figura y el contraste lumínico donde brillan los blancos.
     Precisamente de esta serie hay que mencionar una obra que sobresale por su fuerza tremendista y su verismo: el San Serapio conservado en el Wadsworth Atheneum de Hartford, pintura procedente de la sala de Profundis del Convento de la Merced, firmada en 1628, que ha sido citada en varias ocasiones, de modo un tanto equivocado, para justificar el carácter tremendista y cruel de la pintura barroca española.
     El éxito público alcanzado con esta serie debió valerle a Zurbarán el deseo de quedarse en la ciudad de Sevilla, dado el alto número de encargos que podía acometer. No en balde el cabildo, representado por uno de los caballeros Veinticuatro, Rodrigo Suárez, le pidió que se instalara en ella “por las buenas portes que se han conocido de su persona [...]”. Al poco tiempo, en 1629, se instala definitivamente con su familia, lo que sin duda despertó la animadversión del gremio de pintores, ya que nunca se examinó ante los maestros veedores del arte de la pintura. El duro esquema gremial imperante en la ciudad de Sevilla exigía al artista que pasara por el examen, encabezada la petición por Alonso Cano. Finalmente nunca se examinó y siguió contratando obras sin mayores problemas, evidenciándose la protección del Cabildo por el encargo de una Inmaculada para el Ayuntamiento. Ejemplo de estos contratos fue el que contrajo el 29 de septiembre de 1629 con la Trinidad Calzada. Al año siguiente, firma la Visión del Beato Alonso Rodríguez conservada en el museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Esta obra presenta ya la división de planos con la nebulosa intermedia, además de los fondos arquitectónicos realizados con una torpe perspectiva y la presencia de las criaturas angélicas, de rostro andrógino, y vestidas con amplias telas quebradas.
     En el momento en que se llevan a cabo estos encargos, y desde 1627, Francisco de Herrera el Viejo había estado trabajando para la iglesia del Colegio de San Buenaventura para donde realizó cuatro lienzos con escenas de la vida de san Buenaventura. Por razones que se desconocen Herrera abandona el proyecto y el encargado de terminar las escenas es Zurbarán, quien ejecuta otras cuatro: San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino ante el crucifijo (firmado y fechado en 1629) (destruido en 1945 en el Museo Kaiser Friedrich de Berlín), San Buenaventura en oración (Gemäldegalerie, Dresde), San Buenaventura en el concilio de Lyon (Museo del Louvre) y Exposición del cuerpo de San Buenaventura (Museo del Louvre).
     Estas obras pueden considerarse, por su calidad, de las mejores ejecutadas por Zurbarán hasta el momento y en ellas se advierte la maestría del artista cuando interviene solo en los encargos, mostrando las telas, la intensidad de los rostros y los detalles de naturaleza muerta de un modo portentoso.
     A partir de este momento, comienza la etapa en la que Zurbarán da lo mejor de sí mismo y este ciclo comienza con la pintura colosal de la Apoteosis de Santo Tomás de Aquino encargada en 1631 para el colegio mayor de los dominicos. En este lienzo ya se advierten los modos de trabajo del artista: la dependencia de las estampas nórdicas editadas por Philippe Galle sobre composición de Vredeman de Vries en su serie de pozos para los fondos arquitectónicos, así como la distribución de los personajes en un esquema ordenado que dependen de la tradición del último manierismo en la pintura sevillana, tomando como referente la Apoteosis de San Hermenegildo de Juan de Uceda y Alonso Vázquez.
     Del año siguiente es la Inmaculada del Museo Nacional de Arte de Cataluña en la que Zurbarán sigue apegado a esa ordenación armónica, equilibrada y simétrica que apreciamos igualmente en estampas de Sadeler. De igual modo se observa que la precisión, el análisis y el ritmo equilibrado de las composiciones se aprecian en las naturalezas muertas. Ejemplo de éste último género es la conservada en la Norton Simon Fundation (Pasadena, Estados Unidos) firmada en 1632 y donde la serenidad que ofrece la disposición de los elementos así como el contraste lumínico y la calidad táctil de los limones y naranjas, hacen de este bodegón una de las piezas más singulares de este género en la España del siglo XVII.
     1634 es un año trascendental en la vida del artista, la maestría que iba alcanzando con sus obras, le vale la invitación para trabajar en la Corte en la decoración del Salón de Reinos. El 12 de junio de ese año recibe ya 200 ducados a cuenta por el trabajo de pintar doce cuadros con Las Fuerzas de Hércules. Finalmente fueron diez las obras ejecutadas más dos lienzos dedicados al Socorro de Cádiz. De estas obras conservamos en el Museo del Prado los citados Trabajos de Hércules y la Defensa de Cádiz contra los Ingleses, ya que la otra pintura que escenificaba la batalla se perdió.
     Son obras que acercan al artista a la pintura al aire libre, aunque hay algunas escenas tenebrosas, pero que adolecen de la falta de conocimientos de perspectiva y de anatomía en los Hércules, que dependen de estampas de Hans Sebald Beham.
     La importancia de la estancia en la corte reside fundamentalmente en su conocimiento de la pintura italiana y flamenca, crucial para la evolución de su pintura y sobre todo para que su paleta se llene de luminosidad.
     La pintura de la Defensa de Cádiz se integraba en el complejo conjunto de series de batallas destinadas al Salón de Reinos y tenían como objeto dignificar a los Austrias. En el conjunto participaron también Vicente Carducho, Eugenio Cajés, Juan Bautista Maino, Diego Velázquez, Antonio Pereda, Jusepe Leonardo y Félix Castello.
     El cuadro de Zurbarán se concibe como un gran cartelón donde la maestría del pintor reside en el modo de solucionar los trajes y sobre todo la fuerza de los rostros. La composición no resulta coherente y el fondo no parece creíble.
     De este momento, y vinculable con los trajes que aparecen en esta pintura, que selecciona del libro de Thibault de Ambers, Academia de la Espada, Zurbarán acomete el retrato de Alonso Verdugo de Albornoz probablemente en 1635 y conservado actualmente en el Museo de Berlín. Tras su paso por la Corte el primer documento nos lo sitúa en Llerena el 19 de agosto de 1636, comprometiéndose a realizar un retablo para la iglesia, lo curioso es que en el contrato se deja claro que habría de hacerse en Sevilla “por la comodidad de madera y oficiales” comprometiéndose Zurbarán “a poner su nombre”. Pero el regreso a Sevilla supone el establecimiento de un importante obrador que tendrá como objetivo el atender a la cuantiosa demanda de pinturas para el mercado americano. Se conoce, gracias a las investigaciones del profesor Palomero, un pleito que Zurbarán interpuso y en el que aparecen testificando oficiales, aprendices y ayudantes que eran los encargados de atender la demanda de este tipo de pinturas, generalmente series de apostolados, fundadores de órdenes, ángeles, santas vírgenes, césares romanos a caballo, patriarcas y sibilas. Series de pinturas en las que la mecánica de trabajo en el obrador se basaba fundamentalmente en el uso de estampas ajenas para solventar las composiciones, generalmente de una sola figura y de una calidad muy inferior a lo que se solía hacer para el mercado sevillano. De entre sus oficiales, sin duda el que destacó y consiguió independizarse como pintor fue Ignacio de Ries, quien a pesar de estar marcado por la huella del maestro, fraguó una personalidad diferente, con un catálogo de obra independizado de la del maestro y al que recientemente le dedicamos una monografía.
     Generalmente estas pinturas eran enviadas a América sin que existiera un contrato de parte. El hecho de desconocer a la parte contratante hacía que las exigencias fueran menores pues además, en un envío podían mandarse hasta dos y tres docenas de pinturas. Las ferias de Portobelo eran los principales puntos de entrada de esta mercancía, desde donde se redistribuían al virreinato del Perú y al de la Nueva España.
     Ejemplo de este tipo de trabajos para el mercado andaluz es el Apostolado y una Inmaculada que contrata el propio Zurbarán en 1637 para la iglesia parroquial de Marchena y que presenta una gran desigualdad de calidad en relación con otros trabajos que acomete el artista en solitario. Este mismo año firma un contrato para las Clarisas de la Encarnación de Arcos de la Frontera y en el finiquito publicado por Delenda el artista se declara “pintor de su majestad”.
     Sin embargo, entre 1638 y 1639 Zurbarán va a acometer los dos conjuntos más relevantes de su vida: el de la Cartuja de Jerez y el del Monasterio de Guadalupe. Desgraciadamente el primer conjunto se dispersó por diferentes circunstancias, encontrándose hoy entre el Museo de Grenoble, el Metropolitan de Nueva York, Museo de Poznan en Polonia y el Museo de Cádiz. Se trataba de las pinturas del retablo mayor de la Cartuja de Nuestra Señora de la Defensión y del Sagrario que se situaba tras el retablo, verdadero santa santorum y adornado con una belleza sin igual, donde los jaspes y mármoles rivalizaban con la belleza de las tablas de los monjes cartujos entre los que destacaban: San Bruno, San Hugo de Grenoble, San Antelmo, San Airaldo, San Hugo de Lincoln, Cardenal Nicolás de Albergati y el Beato John Houghton, además de dos ángeles turiferarios.
     La calidad a la que llega Zurbarán en este conjunto, sobre todo en las tablas del sagrario y en los lienzos del retablo: Anunciación, Adoración de los Reyes, Circuncisión (firmada y fechada en 1639), Adoración de los pastores (firmada y fechada en 1638, llamándose “Pintor del Rey”), Batalla del Sotillo y Apoteosis de San Bruno es realmente sobrecogedora. No sólo por el tratamiento de las telas, sino por el conocimiento de la pintura al aire libre y por la intensidad y el recogimiento que logra en algunas de sus escenas de los cartujos en meditación.
     El conjunto destinado al Monasterio de Guadalupe se concentra en la Sacristía, donde los lienzos de Zurbarán se sitúan en un complejo conjunto iconográfico destinado a exaltar a la Orden Jerónima y a las virtudes de sus monjes, como estudió el profesor Palomero, además de la histórica relación del Monasterio de Guadalupe con la Monarquía. De los lienzos que se sitúan en la Sacristía destacan, entre los demás, por la belleza e intensidad del retratado: Fray Gonzalo de Illescas así como La misa del padre Cabañuelas donde encontramos una construcción de espacios arquitectónicos totalmente artificial y, como ya demostramos, dependientes directamente de las estampas de Philippe Galle sobre composición de Maarten van Heemsckerk. La obra que representa al Hermano Martín de Vizcaya repartiendo pan a los pobres es un prodigio de naturalismo al apreciar el modo totalmente realista y casi crujiente de lo panes de la cesta.
     También para Guadalupe Zurbarán pintó entre otras obras las Tentaciones de San Jerónimo y La flagelación de San Jerónimo, sendas pinturas son prodigio de quietud y prudencia así como pretexto para una atención a las telas en las jóvenes que intentan hacer pecar a san Jerónimo, ciertamente deslumbrante y que contrastan con las movidas y dinámicas mujeres que plasma Valdés Leal en su representación para el Convento de San Jerónimo de Buenavista de Sevilla.
     En 1641 su hijo Juan de Zurbarán se independiza y comienza a contratar pinturas en solitario, a los pocos años en 1644, su padre vuelve a contraer matrimonio con Leonor de Tordera, una joven viuda de veintiocho años. En estas fechas hay constancia documental de la ejecución del retablo de la Virgen de los Remedios en la iglesia mayor de Zafra, conservado in situ en la actualidad y ejecutado entre 1643 y 1644, destacando en él La Imposición de la casulla a San Ildefonso y un San Miguel Arcángel de gran belleza y refinamiento. A partir de estos años se documentan todavía envíos al Nuevo Mundo, lo que constata lo activo de su obrador y el contrato de 22 de mayo de 1647 con la abadesa del Convento de la Encarnación de la Ciudad de los Reyes (Lima) entre las que se le pedían veinticuatro vírgenes de cuerpo entero. Se puede decir que Zurbarán puso de moda a estas santas vírgenes que con paso lento hacen crujir sus telas y se hallan en pleno estado de éxtasis al asumir con resignación su martirio y convertirse en modelos de belleza persuasiva y devoción cristiana.
     Estas santas mandadas a América no eran más que la corrupción y degeneración formal de otras mucho más refinadas y exquisitas en su ejecución, presuntos retratos a lo divino, de señoritas de su época y de las que destacan por su calidad la Santa Casilda del Museo del Prado, la Santa Margarita de la National Gallery de Londres o las Santa Catalina y Santa Eulalia del Museo de Bellas Artes de Bilbao. El Museo de Bellas Artes de Sevilla conserva un conjunto interesante de santas debidas al obrador del pintor, tal y como eran las que se mandaban al Nuevo Mundo y donde se advierte el seguimiento de los modelos del maestro, pero sin tanta calidad.
     Es habitual encontrar santos aislados de una gran calidad de los que luego el propio artista repitió merced a su popularidad y a requerimiento de la clientela piadosa. El caso de San Francisco es de los más frecuentes. El ejemplar de la National Gallery de Londres o el del Museo Soumaya de México nos hablan de la calidad e intensidad a las que puede llegar el maestro en el tratamiento de las telas remendadas y raídas.
     Por los años de 1655 se suelen situar los tres lienzos para la Cartuja de las Cuevas de Sevilla representando a la entrevista de San Bruno y el Papa Urbano II, San Hugo visitando el refectorio y La Virgen de los cartujos. Obras quizás pintadas en un estilo retardatario tal y como se aprecia en el tratamiento de telas e intensidad de los volúmenes más cortantes y rotundos. Sin embargo en este conjunto la deuda con las estampas sigue estando presente, por lo menos en San Hugo visitando el refectorio siguiendo una antigua estampa florentina para la novela de Gualteri e Griselda donde se plantea la composición tal cual y en la Virgen de los cartujos una estampa de Schelte a Bolswert de San Agustín protegiendo a la iglesia.
     En fechas cercanas al verano de 1658 Zurbarán debió trasladarse a la Corte, dejando la ciudad de Sevilla. El posible ocaso del mercado americano y la necesidad de buscar otro tipo de clientes le hacen marchar a Madrid, dejando todavía probablemente activo su obrador sevillano, ya que es de suponer que sus ayudantes y oficiales seguirían con esta actividad que repetía los modelos y la “marca de la casa”.
     Zurbarán, una vez instalado en Madrid, cambia por completo la temática de sus obras y reorienta su producción hacia la clientela privada con lienzos de pequeño formato, devocionales y mostrando una blandura y dulzura poco habitual en sus años anteriores y dando entrada a la luz y los aportes italianos sublimados en las formas de Guido Reni y con una sutileza en los colores notable. Obras como El descanso en la huida a Egipto de 1659 del Museo de Budapest o La Virgen con el Niño y San Juan de 1662 del Museo de Bellas Artes de Bilbao, dan buena prueba de su talento y del dominio del color, además de la seguridad de que son obras ejecutadas exclusivamente por él. También en este periodo final ejecutó varias versiones de la Inmaculada con una belleza en la matización de los azules y elegancia en la estilización de la figura notables, casos como la de la iglesia de San Gervasio y San Protasio de Langon de 1661 o la del Museo de Budapest.
     En sus último años y para Alcalá de Henares realizó en torno a 1660 para el retablo mayor de la iglesia del Convento de las Magdalenas, perteneciente a las Agustinas dos obras representando en una a Santo Tomás de Villanueva dando limosna (actualmente en la colección de Várez Fisa) y a San Agustín en su celda (Madrid, San Francisco el Grande). Son obras que dejan entrever lo que ha asimilado en la corte y la blandura en la que ha desembocado su estilo.
     El 26 de agosto de 1664, Zurbarán había hecho testamento pidiendo ser enterrado en el convento de agustinos descalzos de Madrid (lo que hoy es la Biblioteca Nacional), moriría un día después, dejando como herederas a sus dos hijas del primer matrimonio, María y Paula. De los bienes que aparecen en él destacan mercaderías, algunos muebles de cierta calidad, paisajes y lienzos preparados para pintar y bastantes estampas, elemento este último muy preciado a lo largo de su carrera merced al socorrido uso que encontró en ellas. Probablemente murió sin ver cumplido su deseo más secreto, ser nombrado alguna vez pintor del rey (Benito Navarrete Prieto, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "San Luis Bertrán", de Zurbarán, en la sala X del Museo de Bellas Artes, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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