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viernes, 12 de junio de 2026

El Retablo del Sagrado Corazón, en la Iglesia de Santa María la Blanca

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Retablo del Sagrado Corazón, en la Iglesia de Santa María la Blanca, de Sevilla.  
     Hoy, 12 de junio (viernes posterior al Corpus Christi), Solemnidad del Sacratísimo Corazón de Jesús, que, siendo manso y humilde de corazón, exaltado en la cruz fue hecho fuente de vida y amor, del que se sacian todos los hombres [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y qué mejor día que hoy, para ExplicArte el Retablo del Sagrado Corazón, en la Iglesia de Santa María la Blanca, de Sevilla.
     La Iglesia de Santa María la Blanca [nº 22 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 12 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Santa María la Blanca, 7 (con portada lateral a la calle Archeros, 18); en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo.
     En la nave del Evangelio podemos contemplar el Retablo del Sagrado Corazón, una pieza compuesta por dos cuerpos y tres calles, con penacho como remate. Data del siglo XVII, aunque reformado en el siglo XVIII, añadiéndole una decoración de hojarasca rococó que no se ha adaptado bien en el lateral derecho. Bajo el primer cuerpo, dos ménsulas con frutos sirven de base a las esculturas de san Francisco Javier y un santo mercedario, y sobre estos hay otros dos santos sobre peanas con palmetas del siglo XVIII, terminando cada calle con dos querubines. En el centro, una basa neobarroca con volutas y frutos, que sirve de apoyo, al Sagrado Corazón.
     Una moldura compuesta con volutas, querubines y palmetas desemboca en el segundo cuerpo, donde figura un óleo de San Carlos Borromeo (el santo tiene un crucifijo, y detrás de san Carlos Borromeo aparece una Virgen del Pópulo y una tiara. Está representado de medio cuerpo, mirando al espectador. Viste de arzobispo, con el rosario a la izquierda y un anillo a la derecha. El santo está escribiendo con pluma en un libro que sostiene con la mano izquierda. El Espíritu Santo aparece en forma de paloma, con un rayo de luz que ilumina al santo), del siglo XIX, flanqueado por guirnaldas florales. A ambos lados, dos círculos con florones. Sobre el óleo se erige el penacho, sobre volutas, con una cartela y frontón curvo abierto en su parte inferior.
     Recompuesto en el siglo XVIII con materiales del siglo XVII y otros nuevos. La peana y la imagen del Sagrado Corazón son del siglo XX.
     Sobre una bola del mundo entre nubes, figura el Sagrado Corazón de Jesús, imagen "de Olot", de h. 1950-60, con unas medidas de 2,35 x 0,60 x 0,43 mts., de pie, con el pie izquierdo ligeramente retrasado y doblado hacia su izquierda. Mira hacia delante, con expresión benévola. Tiene barba recortada y la melena le cae a ambos lados. Lleva nimbo metálico. Viste túnica blanca y manto rojo, ambos ricamente decorados en dorado. Lleva cinto y sobre su pecho figura un corazón rojo, con la cruz 
encima. Adelanta la mano derecha y la izquierda se la lleva al pecho. Ambas manos están llagadas. La basa tiene decoración de flores, palmetas y círculos, rodeado por un rectángulo, todo punzonado.
     La Peana dorada, dividida en tres secciones en horizontal. A ambos lados, dos cartelas rectangulares que alojan motivos de flores de lis y ces. En el centro una moldura central mixtilínea con dos volutas yuxtapuestas sobre cuatro frutos en dos niveles, y que a su vez es flanqueada por dos cartelas mixtilíneas, que alojan dos volutas en forma de L.
     La Mesa de altar del Retablo.- Se trata de una mesa del último 1/4 del siglo XVIII, con unas medidas de 1 x 2,22 x 0,53 mts., compuesta por basamento pintado de negro simulando jaspes. Sobre éste, se levanta un registro con tres ramos de tres flores cada uno, pintado sobre fondo blanco. El cuerpo superior presenta una cartela de rocallas en su parte central, en relieve, que en su interior muestra una pintura de flores rosas. A ambos lados, diversas flores rodean las rocallas doradas en relieve, estando flanqueadas a su vez por una moldura de rocallas en relieve y, sobre ella, otra pintada sobre fondo rojo. En la tapa de la mesa figura el ara, en jaspe de tonos ocres.
     Una de las peanas, está ocupada por la imagen de San Bartolomé, del siglo XVIII, con unas medidas de 62 x 36 x 16 cms., representado de pie, de frente al espectador, vestido con túnica roja y manto verde, que recoge sobre su brazo izquierdo. Con la mano izquierda sostiene un libro, y extiende la derecha hacia delante. Lleva la barba abierta en la barbilla. A sus pies aparece la cabeza de un demonio.
     Otra talla es la de San Jerónimo, del siglo XVIII, con unas medidas de 53 x 24 x 15 cms., que está de pie, de frente al espectador, con el león a su derecha, vestido con indumentaria de arzobispo. Con la izquierda sostiene un libro, y extiende la derecha. Lleva nimbo y la barba abierta en la barbilla.
     También podemos contemplar un Santo mercedario sobre peana, del siglo XVII, y con unas medidas de 53 x 24 x 15 cms. De frente al espectador. Viste túnica blanca decorada con bordados dorados y capa negra, con la capucha quitada. Gira levemente su cabeza hacia su derecha. Mira con gesto introvertido, de reflexión. Está tonsurado y lleva amplia barba. Extiende su mano derecha, mientras que con la izquierda sostiene un libro.
     Finalmente, en otra peana, contemplamos la imagen de San Francisco Javier, del siglo XVII, con unas medidas de 53 x 20 x 12 cms., que aparece de pie, dirigiendo su mirada hacia arriba, en expresión de meditación y oración. Viste hábito negro, ricamente decorado con palmetas y tallos dorados. Flexiona ligeramente la rodilla izquierda, mientras las manos se las lleva al pecho. Sobre su cuello cuelga una cadena. Tiene barba interpretada a base de mechones sueltos (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía). 
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía del Sagrado Corazón de Jesús
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     Aunque no se trate más que de una devoción  tardía que, a diferencia de la Inmaculada Concepción de la Virgen, no ha engendrado ninguna obra de arte de primer orden, hay que decir aquí algunas palabras acerca de este tipo iconográfico de Cristo que en el culto católico ha acabado por suplantar a todos los otros.
     Los precedentes de esta devoción pueden buscarse muy lejos. El corazón humano siempre ha sido un símbolo de amor carnal o místico. En sus sermones San Bernardo habla sin cesar del «muy dulce corazón de Jesús (cor Jesu dulcissimum)», a partir del siglo XII. Del culto de las cinco llagas, y especialmente de la llaga del costado, que se desarrolló hasta finales de la Edad Media, debía naturalmente pasarse al culto del corazón. Bajo la influencia de éste, la herida del costado de Cristo crucificado se trasladó de derecha a izquierda, es decir al sitio del corazón, que se supone fue atravesado por la punta de la lanza de Longinos.
     Una curiosa xilografía de Lucas Cranach de 1505 representa la Adoración de Jesús crucificado e inscrito en un corazón, por la Virgen, San Juan, San Sebastián y San Roque.
     No obstante, fue a finales del siglo XVI cuando afloró en la imaginería popular el corazón de Jesús atravesado por tres clavos y engastado en una corona de espinas. A principios del siglo XVII, el grabador flamenco A. Wierix representó rosarios de corazones abiertos o cerrados, de gusto deplorable. Esas imágenes ilustraban los libros de mística piedad para uso de los conventos. No nacieron de la devoción del Sagrado Corazón sino que, por el contrario, las imágenes engendraron el culto por el bien conocido mecanismo de las visiones inspiradas, más o menos inconscientemente, por imágenes grabadas en la memoria
     Al contrario de lo que postula una opinión muy difundida, no fueron las visiones de la borgoñona Marguerite, llamada Marie Alacocque, del convento de las salesas de Paray le Monial, las que constituyeron el origen de esta devoción, patrocinada sobre todo por los jesuitas. El verdadero iniciador del culto litúrgico del Sagrado Corazón de Jesús y de María es un normando: el Bienaventurado Jean Eudes, fundador de los eudistas.
     Las fechas no dejan duda alguna acerca de su prioridad. El P. Eudes compuso en 1668 el Oficio del Sagrado Corazón y en 1670 publicó La Dévotion au coeur adorable de Jésus. En cuanto a Marie Alacocque, profesó más tarde, en 1672, en el convento de la Visitación, donde tuvo su primera revelación en 1673. Por lo tanto, es necesario reconocer orígenes eudistas a la devoción del Sagrado Corazón.
     Todo cuanto se puede conceder a la visionaria salesa es que el padre Eudes no separaba el Corazón de Jesús del Corazón de María, al tiempo que el fervor femenino de Marie Alacocque se orientó hacia el de Cristo solo. Ella contó que durante el ofertorio del Santo Sacramento, Cristo se le apareció en el altar con sus cinco llagas brillantes como cinco soles. Su pecho se abrió dejando al descubierto el corazón, que era la fuente viva de esas llamas. Cristo la mentó la ingratitud de los hombres que ignoraban  su  amor, y le pidió que tomara la iniciativa de un culto de reparación.
     Esta nueva devoción, consagrada oficialmente en 1685, acordaba con la política del catolicismo romano que quería afirmar por medio de ese símbolo del corazón abierto, al encuentro del protestantismo y del jansenismo, el amor de Dios hacia todos los hombres, sin excepciones. El culto contó con las mujeres, especialmente con la piadosa reina María Leczynska, que lo hizo introducir por la asam­blea episcopal en todas las diócesis de Francia, y que lo recomendó a los obispos de Polonia, propagandistas ardientes de esta devoción, que en 1765 aprobó el papa Clemente XIII.
     A partir del siglo XVIII, las custodias de cristal de roca que servían para exponer el Santo Sacramento, ya no tuvieron la forma redonda, tradicional, de una hostia, sino la de un corazón.
     Se conoce la brillante fortuna que tuvo el culto en Francia, en el siglo XIX. Después de los desastres de 1870, los católicos pusieron la reconstrucción bajo la égida del Sagrado Corazón y levantaron en su honor, en la cumbre de la colina de Montmartre, la basílica del Exvoto nacional. Montmartre se convirtió así, después de Paray le Monial, en el centro mundial de la devoción al Sagrado Corazón.
     En España, después de la guerra civil, Barcelona siguió el ejemplo de París y edificó en la cima del Tibidabo una iglesia expiatoria del Sagrado Corazón.
Iconografía
     A pesar de los progresos de este culto a partir del reinado de Luis XIV, fue necesario esperar a finales del siglo XVIII para que el tema del Sagrado Corazón de Jesús entrara definitivamente en el repertorio de la iconografía católica.
     Fue por una mujer, la reina de Portugal, que se pintó la primera imagen del Sagrado Corazón, obra del italiano Pompeo Batoni en 1780. Ésta representa a Cristo cardióforo que tiene un corazón en llamas en la mano izquierda rematado por una pequeña cruz y rodeado por una corona de espinas.
     Esta fórmula ha sido rechazada, y hasta prohibida, por la Congregación de Ritos, de manera que en la actualidad los editores de estatuas de yeso pintado del barrio Saint Sulpice sólo pueden elegir entre dos modelos:
       1. El corazón en llamas de Jesús es aplicado exteriormente sobre su pecho.
       2. Rayos de luz emanan de una incisión practicada en el pecho de Jesús, del lado del corazón.
     Las estatuas del Sagrado Corazón que se multiplicaron a partir del siglo XIX, proceden casi todas de la figura de Cristo esculpido por el danés Thorvaldsen para la iglesia de Nuestra Señora de Copenhague.
     Esas imágenes «cordícolas» son de gusto dudoso, y muchos fervientes católicos no dejaron de lamentar su vulgaridad o insipidez. Lo menos que puede decirse, es que honran poco al arte religioso moderno. No obstante, debe hacerse una excepción con el Sagrado Corazón del pintor G. Desvalieres, que evoca al Cristo coronado de espinas arrancándose con las dos manos el corazón del pecho, en la gigantesca vidriera de la catedral del Cristo Rey, en Casablanca (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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