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lunes, 3 de agosto de 2026

Un paseo por la calle Huelva

    Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Huelva, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 3 de agosto, es el aniversario (3 de agosto de 1492), de la partida de Colón del puerto de Palos de la Frontera, en el viaje del Descubrimiento del Nuevo Mundo, siendo este hecho histórico el más importante de la provincia de Huelva, así que hoy es el mejor día para Explicarte la calle Huelva, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La calle Huelva es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo; y va de la confluencia de la plaza de Jesús de la Pasión, a la confluencia de la plaza de la Pescadería, con la calle Ángel María Camacho.
     La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Está formada por dos tramos, separados por la confluencia Ángel María Camacho y plaza de la Pescadería, que han tenido topónimos diversos. En un padrón de 1486 y en otros documentos, de los últimos años del s. XV aparece una calle llamada de la Pescadería o Pescadería Vieja, que parece corresponder al primer tramo. En 1497 ya se encuentra el topónimo Vidrieros, que también se cita en un padrón de 1520, mientras que en un documento de 1506, aparece como Vidrio, que correspondería a la que los callejeros del pasado siglo denominan Horno de Vidrio. Hay que matizar que dichos topónimos aluden al proceso del vidriado de la cerámica y no a la fabricación de vidrio. También es posible que se llamase en la primera mitad del s. XVI Esportillas, quizás porque allí se instalasen este tipo porteadores, pero a partir de 1559 se denomina de los Confiteros o Confitería, que conservó hasta 1917. Una calleja que comunica con Herbolarios seguramente es la que en la primera mitad del s. XV se identifica como Adexixa. Por lo que se refiere al segundo tramo, es la actual calle Rafael González Serna. En 1868, este topónimo desaparece y Confiterías se prolonga hasta la Alfalfa, quedando la calle ya unificada como hoy. En 1917 se la rotula Huelva, en señal de amistad con esta capital.
     Posee un trazado algo irregular, ligeramente curvo y estrecho, con pendiente hacia Jesús de la Pasión. En el lado de los impares existe la calleja citada. A comienzos del s. XVI se enladrilló y a fines del mismo se encontraba empedrada, durante toda la primera mitad del siguiente hay reiteradas demandas y acuerdos sobre este aspecto  A mediados del s. XIX estaba embaldosadas, aunque en muy mal estado, hasta el punto que los vecinos se comprometen, en 1855, a adquirir losas de Canarias para mejorar la calle. Cuatro años más tarde hay el primer acuerdo sobre adoquinado, que se instala por esos años, y en las primeras décadas del actual se efectúan reparaciones. A estas fechas deben corresponder los adoquines, dadas su dimensiones y la falta total de nivelación del pavimento, que han existido hasta la reciente reforma. Carece de aceras, salvo en unos pequeños trozos muy estrechos, y conserva guardaejes. La calleja posee unos enormes adoquines rojizos, que deben ser del primitivo adoquinado. Por el subsuelo corría la conducción de agua que abastecía las fuentes y casas particulares en un amplio sector de la ciudad. Por el contrario, las residuales lo hacían a cielo abierto, por lo menos hasta el siglo pasado. En el último cuarto de dicha centuria contaba con tres farolas de gas. Hoy se ilumina por medio de farolas sobre brazos de fundición adosados a las fachadas El caserío lo integran edificios de tres a cinco plantas que salvo algún caso excepcional, como el de la esquina a Pescadería, del s. XVIII, se levantan entre finales del pasado siglo y la última década; en algunos casos, su estado es de abandono. En la esquina con Jesús de la Pasión existió hasta el primer tercio del XIX un retablo de la Virgen del Pilar.
     Por sus nombres primitivos se pueden deducir las actividades predominantes. Aquí estaría uno de los dos únicos hornos de vidriado existentes en la ciudad, en tiempos de Peraza. En la otra parte, se encuentran diversos tipos de comercio. En 1559 hay varios fruteros, y por esos años comienzan a abundar los confiteros, pues toma dicho nombre y ésta será su característica hasta el s. XIX. Junto a los citados, también se encuentran especieros en el XVII, y semilleros en el XVIII. En esta centuria y en la siguiente el espacio público era ocupado por vendedores y regatones de hortalizas, frutas, sardinas, recova o ropas. En el primer tercio del XIX, se ha diversificado la actividad, queda algún confitero o semillero, y junto a ellos, almacenes de quincalla y cerería. En la década de 1860 se editaba allí el periódico El Demócrata. En la actualidad, hay algunos talleres, pequeñas tiendas y destaca, dadas las características de la calle, una relativamente importante variedad de bares. Un rasgo fundamental durante siglos fue el constituir un eje de tráfico, ya que debido al tipo de viario de toda la zona, era el único punto por el que podían circular vehículos en dirección este-oeste. Por la misma razón también se encontraba en el recorrido de procesiones de distinto tipo; e una de las que en 1625 se manda limpiar con ocasión de la Semana Santa, dando a entender que por ella pasaban varias cofradías. En el s. XVIII, los vecinos solicitaron la instalación de pilares para evitar el tráfico, lo que en algún momento se consiguió temporalmente. Parece que esta función la mantuvo hasta la apertura de la Cuesta del Rosario. Hoy apenas hay circulación por ella, se utiliza para salida o entrada a la plaza de Jesús de la Pasión [Antonio Collantes de Terán Sánchez, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Conozcamos mejor el hecho histórico más importante de la provincia de Huelva, provincia que da nombre a la vía reseñada:
 
     El 23 de mayo de 1492 los vecinos de Palos de la Frontera escucharon en la iglesia de San José la orden de los reyes para que colaboraran, sin ambages, en la empresa colombina. Debían suministrar a sus expensas dos carabelas, que habían de servir o entregar a los reyes durante doce meses y, además, tenían que partir a las órdenes de Cristóbal Colón «...rumbo a ciertas regiones de la Mar Oceana». La orden dejó estupefactos a los «expertos marinos» habitantes de la villa marinera onubense, ya que se trataba de alcanzar Las Indias por Occidente, bajo el mando de un capitán prepotente, extraño y desconocido. 
     La cuestión se suavizó sobremanera cuando la principal familia marinera de la villa, la de los Pinzón, se sumó a la aventura con su jefe Martín Alonso Pinzón (tenía cerca de 50 años) a la cabeza, que también había concebido la idea de ir a Japón por Occidente; este hecho sería utilizado en 1515, por los testigos de los pleitos de los Colón con el Emperador Carlos V, para desmerecer a Cristóbal Colón enalteciendo a Martín Alonso Pinzón; Vicente Yáñez Pinzón, el hermano menor, también se enroló. En Moguer la familia de los Niños también aportó hombres (Juan, el cabeza de familia, con su carabela la Niña, y dos de sus hermanos) y los Quintero proporcionarían la Pinta. La nao Santa María fue alquilada a un patrón cántabro, de Santoña, Juan de la Cosa que también se embarcaría.
     La cadena de mando en las naves hispanas del momento era piramidal. El capitán o máximo responsable, el maestre que solía ser el propietario del barco, mandaba a los marineros y dirigía todas las operaciones, y el piloto que como segundo en el mando de la marinería se encargaba de trazar la carta de navegación y la marcha de la nave; bajo sus órdenes se encontraba el contramaestre que tenía el control directo de las tareas que motivaban el buen orden a bordo de los barcos. Fueron 87 los hombres enrolados, marinos avezados, ni aventureros ni proscritos. 
     Colón mandaba la Santa María con Juan de la Cosa como maestre y era, además, el capitán general de la flota. Martín Alonso Pinzón (1440-1493) mandaba La Pinta con su hermano Francisco Pinzón como maestre, y su hijo Vicente Yáñez Pinzón La Niña con Juan Niño como maestre. Todos los marineros eran españoles salvo tres genoveses y un portugués, la mayoría andaluces del ducado de Niebla, pero había varios del norte o cántabros como el mencionado Juan de la Cosa y el contramaestre vizcaíno Chachu. Sólo había cuatro fugitivos de la justicia alistados, uno condenado a muerte por homicidio en una riña y sus tres cómplices. Nadie fue obligado a embarcarse y se pagaron 600 maravedís a los marineros noveles, 1.000 a los veteranos, 1.500 a los contramaestres y 2.000 para los pilotos; podían incrementar su salario cambiando su «pacotilla» con los indígenas. Luis de Torres, hebreo converso era el intérprete; Diego de Harana, primo de la amante de Cristóbal Colón, era el alguacil de la flota con carácter policial. Además iban un escribano para levantar actas de las tierras descubiertas, tres médicos y dos funcionarios regios: un «veedor real», agente fiscal para controlar los gastos y reservar la parte de la Corona (antiguamente era un funcionario público encargado de la inspección y control de las actividades de los gremios y sus establecimientos; a partir de las Cortes de Toledo de 1480, los Reyes Católicos le atribuyeron una jurisdicción por la que debería rendir una visita anual de control de los oficiales regios) y un «repostero de estrados del rey» sin misión específica y embarcado motu proprio. No había soldados a bordo, ya que la misión era de exploración.
     La Niña y La Pinta tenían 20 metros de eslora, 6´5 de manga y 3 de calado con una capacidad de 60 toneladas; la Santa María (llamada «La Gallega» y dedicada a Santa María la Grande, que es la patrona de los pontevedreses; texto del padre Sarmiento del siglo XVIII) poseía unos 25 metros de eslora, 8 de manga, 4 de calado y 100 toneladas de capacidad. Eran naves de altas bordas y redondeadas, con un velamen complejo de tres mástiles, capaces para soportar tempestades en alta mar, pero que por su calado reducido les era posible acercarse mucho a la costa, aún en aguas poco profundas. Su coste era escaso, dos millones de maravedís y un cuarto de millón al mes para el pago de la tripulación. La leyenda de la reina Isabel I La Católica de León y de Castilla empeñando sus joyas no tiene ningún fundamento. 
     Colón aportó la octava parte prestada por el duque de Medinaceli y el resto fue aportado por Luis de Santangel con fondos de la Santa Hermandad, cofradía armada que se encargaba de mantener el orden público en los reinos de León y de Castilla. Se embarcaron víveres para un año y en diez semanas todo estuvo aparejado. Al amanecer del 3 de agosto de 1492 la flota se hizo a la mar. «Vuestras Altezas como católicos cristianos y príncipes amadores de la Santa Fe Cristiana y acrecentadores de ella y enemigos de la secta de Mahoma y de todas las idolatrías y herejías, pensaron en enviarme a mí, Cristóbal Colón a las dichas partidas de India para ver los dichos príncipes y los pueblos y las tierras y la disposición de ellas y de todo, y la manera que se pudiera tener para la conversión de ellos a nuestra fe.» (José María Manuel García-Osuna y Rodríguez, Anales críticos sobre Cristóbal Colón, el Gran Almirante de la Mar Océana).
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