martes, 13 de agosto de 2019

El Parque de María Luisa

   Déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Parque de María Luisa de Sevilla. 
Vista aérea del Parque de María Luisa.
   En 1849 los duques de Montpensier, adquirieron el Palacio de San Telmo, hoy sede de la Presidencia de la Junta de Andalucía. Entre las diversas obras que acometieron en él, encargaron al jardinero francés Lecolant la ejecución de un gran jardín acorde con la majestuosidad del edificio que habían convertido en su residencia. Con objeto de disponer de suficiente superficie compraron terrenos colindantes como la Huerta del Naranjal y aquéllos sobre los que se asentó el antiguo convento de san Diego. Lecolant diseñó un gran jardín que, acorde con la moda del momento, seguía los dictados del paisajismo a la inglesa, incluyendo pinceladas de pintoresquismo que, en ocasiones, aludían a estilos propios de otras latitudes como la jardinería oriental, y en otras supusieron la ubicación de restos arqueológicos propiedad de los duques. No obstante, el diseño incluyó también composiciones dentro de la ortodoxia del formalismo francés al que, lógicamente, Lecolant no era ajeno.
Planta del Parque de María Luisa en
un plano de la ciudad de Sevilla.
   En mayo de 1893 una gran parte de ese jardín fue cedido por la duquesa viuda, la Infanta María Luisa de Borbón, a la ciudad. Con anterioridad, el Ayuntamiento le había pedido permiso para poder trazar una calle que hiciera posible la conexión, con el río, de la parte situada más allá del antiguo convento de San Diego, con lo que surgiría el Paseo de María Luisa. A partir de ese momento, todo este gran jardín que quedaba al sur de la nueva vía y que llegaba hasta el paseo de Bella flor –donde se ubicarían los Jardines de las Delicias- iba a ser un parque para la ciudad, que agradecida, lo llamaría Parque de María Luisa. En Junio de 1909, se lanza por vez primera la idea de celebrar una Exposición Hispanoamericana en Sevilla que es rápidamente secundada por diversos estamentos de la ciudad. Al año siguiente se realizan las primeras aportaciones económicas por organismos oficiales entre los que lógicamente se encuentra el Ayuntamiento. Éste ofrece el parque de María Luisa y terrenos adyacentes de su propiedad como posible ubicación de la misma. Se estudian otros mientras algunos se oponen al uso del parque temiendo su deterioro manifestando que se trata, además,  de una zona sujeta a inundaciones. Al fin una vez asegurado que la zona quedaría protegida del agua una vez se efectuaran las obras pertinentes de defensa, el recién creado Comité para la organización del certamen decide, en abril de 1910, que los terrenos ofrecidos por el Ayuntamiento serán los de ubicación de la Exposición. En ellos quedan incluido el Parque de María Luisa y los Jardines de las Delicias.
Uno de los rincones del Parque de María Luisa.
   Se piensa entonces en una adecuada adaptación del parque para que, sin que se deteriore, sirva correctamente como marco para la celebración de la Exposición. Como director de los trabajos de planificación general y de las obras de edificación se elige al arquitecto Aníbal González. Para las necesarias obras específicamente de jardinería se busca a un especialista de reconocido prestigio y la elección recae en Jean-Claude Nicolás Forestier, ingeniero francés que era conservador de los parques y jardines de París y autor de numerosas obras fuera de su país. En Enero de 1911, Forestier elabora un anteproyecto que fue aprobado en abril de ese mismo año, encargándosele el proyecto definitivo que fue presentado a las autoridades sevillanas en noviembre. En el proyecto, junto con una detallada memoria y presupuesto, Forestier incluye los planos que contienen el diseño que ha pensado para la reforma del parque. Toma como centro de toda la composición gran parte del núcleo del jardín anterior diseñado por Lecolant, constituido por el eje que une la isleta o estanque de los patos y el montículo del Gurugú.
   Respetando el paseo de María Luisa,  Forestier refuerza ese eje con la ejecución del estanque de los lotos, en una de sus cabeceras, y con la de la fuente de los Leones al pie del Gurugú, reacondicionando el estanque de los patos. Como articulación de toda la superficie disponible, crea dos grandes avenidas paralelas: las denominadas más tarde avenida de Pizarro, agradable paseo cobijado por sóforas y la de Hernán Cortés majestuosa bóveda vegetal a cargo de plátanos de sombra, además de una poderosa transversal, la denominada Avenida de Rodríguez Casso que pensaba abrir el parque hacia la zona del Prado de San Sebastián. La ejecución posterior de la Plaza de España,  la convertiría en un privilegiado eje de acceso a la misma, hoy flanqueado por hermosos magnolios. 
La Fuente de las Ranas del Parque de María Luisa.
   El parque se abrió al público el 18 de Abril de 1914, constituyendo desde entonces y hasta 1973, en que se inauguraría el Parque de Los Príncipes, el parque por antonomasia de la ciudad. Con las obras de la Exposición Iberoamericana, que sumarían a su recinto las grandes plazas de España y América y numerosas glorietas, ha quedado como fiel exponente de la composición ecléctica que presidió durante la primera mitad del siglo XX gran parte de las realizaciones de espacios ajardinados y de los que la ciudad de Sevilla es significativo ejemplo. Compromiso entre las formulaciones paisajísticas y la rigurosidad de los trazados de la ortodoxia francesa, su adaptación al Sur y al ambiente del regionalismo imperante en el momento, hizo de la glorieta la base de su composición. Su acentuado carácter local pese a la filiación de los que intervinieron en su diseño, mostrada tangiblemente en el profuso uso de materiales tradicionales como el ladrillo y la cerámica, lo convierte en un exponente significativo de una manera de abordar la jardinería pública hoy olvidada y relegada por otras de mucha mayor aceptación al gusto de los usuarios de estos tiempos. Parques como el Alamillo o el Infanta Elena, con una nueva teoría naturalista casi de espacios rurales traídos al interior de la ciudad con un uso masivo de vegetación autóctona, han introducido una visión nueva que, si ha de ser señalada por algo, es por el olvido de la glorieta, acuerdo entre vegetación y arquitectura que fue y es la base de la composición del gran parque de Sevilla.
   Gran parte de éstas glorietas han sido cuidadosa y detalladamente restauradas mediante actuaciones continuas que han perseguido su conservación en las mejores condiciones posibles, haciendo frente al deterioro natural por el paso del tiempo y a los frecuentes destrozos causados por actos vandálicos. El rítmico ruido de los aspersores en los silencios del caluroso verano de Sevilla, cada vez menos frecuentes sustituidos hoy por otras técnicas más eficaces, acompañado por el penetrante trino de los mirlos y el lejano eco de un coche de caballos que recorre sin prisas sus avenidas de tupida sombra; el lento caminar por sendas y caminos, que esconden tras la espesura de su densa vegetación, pequeñas glorietas donde el agua, rebosante muchas veces, desborda canalillos y estanques para humedecer cerámicas y arriates; el pausado borboteo de fuentes y surtidores; los anaqueles, hoy vacíos, que recuerdan los días dorados de la Exposición Iberoamericana, ponen, ahora y siempre, ante los ojos del sorprendido paseante un gran jardín que casi sin quererlo encierra entre sus árboles -para el que quiera y sepa descubrirla- una gran parte de la historia reciente de la ciudad [www.sevilla.org].
Glorieta de Bécquer en el Parque de María Luisa.
   El parque de María Luisa fue donado a la ciudad de Sevilla en 1893 por la infanta María Luisa Fernanda de Orleans, duquesa de Montpensier, pues dicha extensión de terreno ajardinado pertenecía al palacio de San Telmo, que era de su propiedad. El actual parque, extenso y frondoso, puede considerarse como uno de los más hermosos de España, tanto por la variedad de su vegetación como por la belleza de sus paseos, avenidas, estanques, plazas y glorietas. Entre las glorietas más importantes debe mencionarse, en primer lugar, la dedicada a la infanta María Luisa para perpetuar el agradecimiento de Sevilla a la que fue generosa donante del parque, siendo la escultura que efigia a la infanta obra del escultor contemporáneo Pérez Comendador. Otra glorieta importante es la dedicada a los hermanos Álvarez Quintero, autores teatrales, que consagraron un particular sentido de lo sevillano y andaluz; su monumento fue realizado por Aníbal González en 1928. También de Aníbal González es el monumento que se levanta en la glorieta dedicada a Benito Mas y Prat, siendo la escultura de este personaje obra de Antonio Castillo Lastrucci. Otras glorietas del parque son las de Torcuato Luca de Tena, Hermanos Machado, Rodríguez Marín, Luis Montoto, Ofelia Nieto y Dante, siendo la escultura de este último personaje obra de Juan Abascal. Especial atractivo tiene la glorieta dedicada a Gustavo Adolfo Bécquer, en la cual se levanta un monumento dedicado al gran poeta sevillano. El busto que le efigia está situado sobre un alto pedestal, a cuyos pies aparecen dos figuras alegóricas del amor herido y del amor que hiere. Junto a ellas aparecen  tres figuras que representan el amor ilusionado, el amor poseído y el amor perdido. Este conjunto escultórico es obra excelente de Lorenzo Coullaut Valera [Alfredo J. Morales, María Jesús Sanz, Juan Miguel Serrera y Enrique Valdivieso. Guía artística de Sevilla y su provincia I. Diputación de Sevilla y Fundación José Manuel Lara, 2004].
   Pero, ¿quién era la Infanta María Luisa para merecer que se rotulase con su nombre el Parque de María Luisa de Sevilla?
   María Luisa Fernanda de Borbón y Borbón, Duquesa de Montpensier, en Francia. Madrid, (30 de enero de 1832 – Sevilla, 2 de febrero de 1897). Infanta de España.
   Segunda y última hija de Fernando VII y de la princesa María Cristina de las Dos Sicilias, nacida en el Palacio Real de Madrid el 30 de enero de 1832. Tras el temprano fallecimiento de su padre, en septiembre de 1833, y el acceso al trono de su única hermana, la reina Isabel II, Luisa Fernanda pasó a ser heredera del trono, aunque nunca llegó a ser proclamada princesa de Asturias. Pasó su primera infancia junto a su hermana en un entorno de intrigas palatinas durante la regencia de su madre y en el contexto de la Primera Guerra Carlista. Su educación fue pobre, escasa y poco acorde con los nuevos tiempos de liberalismo y progreso, y estuvo marcada por el segundo matrimonio de su madre con Fernando Muñoz y por la expulsión de ésta de España. Durante la regencia del general Espartero su formación corrió a cargo de la condesa de Espoz y Mina, de adscripción liberal, quedando las regias huérfanas a merced de las distintas facciones políticas de la Corte que, finalmente, darían al traste con la regencia del general. Fruto de ello fue la proclamación de la joven Isabel como reina con solamente catorce años. De ojos oscuros y facciones más finas que las de su hermana Isabel, y de carácter tímido, retraído y asustadizo, desde fechas muy tempranas los futuros matrimonios de doña Luisa Fernanda, y el de su hermana la Reina, fueron objeto de los mayores enfrentamientos en todas las chancillerías europeas, por considerarse un asunto de capital importancia para el futuro de España. Tras barajarse varios pretendientes para ambas —afines a los intereses de Francia e Inglaterra—, su madre María Cristina y el rey Luis Felipe de los franceses convinieron en que doña Isabel contraería matrimonio con su primo hermano el infante español don Francisco de Asís —considerado incapaz de concebir hijos—, y doña Luisa Fernanda con el hijo menor del monarca galo. Las fastuosas dobles bodas tuvieron lugar en el Palacio Real de Madrid el 10 de octubre de 1846, y con sólo catorce años doña Luisa Fernanda se vio abocada al matrimonio con el apuesto príncipe Antonio de Orleans, que a la sazón era duque de Montpensier y, probablemente, el más inteligente de entre todos los hijos del rey francés, a quien permanecería fiel y leal el resto de su vida.
   Tras su matrimonio, la infanta, considerada heredera del trono español, se instaló junto a su esposo en la Corte francesa residiendo entre el palacio de las Tullerías y el castillo de Vincennes, lugares a los que vino a sumarse el bello castillo de Randán, en Auvernia, propiedad de don Antonio. En la Corte francesa, doña Luisa Fernanda gozó de prerrogativas especiales en su calidad de heredera del Trono español y fue reconocida por su alegría y su vivacidad.
   Sin embargo, la revolución que dio al traste con la monarquía francesa en febrero de 1848, llevó a los duques de Montpensier a Gran Bretaña desde donde —considerados personas non gratas— partieron hacia Holanda camino de España. De regreso a la corte de Madrid, ese mismo año de 1848, el gobierno español prefirió que no se quedasen a residir allí, hecho que llevó a don Antonio y a doña Luisa Fernanda a buscar un establecimiento en Andalucía donde poder encontrar acomodo acorde a su rango, gracias a la más que notable herencia que la infanta recibió al resolverse la testamentaría de su padre el rey. Pensaron en primer lugar en Granada, donde pretendieron adquirir el palacio de Carlos V, para finalmente asentarse en la ciudad de Sevilla, donde adquirieron el palacio de San Telmo, a orillas del Guadalquivir, que decoraron lujosamente generando una corte paralela de artistas y literatos, que refulgía con brillo particular y competía con la corte de Madrid. También en Andalucía adquirieron numerosas propiedades en las provincias de Sevilla y Cádiz, como la casa-palacio de Hernán Cortés en Castilleja de la Cuesta, fincas en San Isidoro del Campo, el palacio de los marqueses de Villamanrique, o terrenos en Sanlúcar de Barrameda donde edificaron el palacio Orleans, de estilo neomudéjar.
   En San Telmo nacieron sus nueve hijos, cuatro de los cuales murieron en la infancia para mayor tragedia de la piadosa Luisa Fernanda, que desde fechas muy tempranas adoptó como suyos los lutos propios de aquellos tiempos. Tras el nacimiento de su sobrina Isabel, hija primogénita de la reina Isabel II, en 1851, la infanta quedó desplazada de la sucesión inmediata al trono español, comenzando entonces el largo período de notorias intrigas políticas de su esposo para hacerse con la corona de España. Corrían años políticamente tormentosos para Isabel II y en ese contexto la duquesa de Montpensier dio vía libre a las intrigas de su esposo, a quien siempre dio apoyo y comprensión.
   Con la monarquía en grave peligro, en el otoño de 1866 doña Luisa Fernanda viajó a Madrid para entrevistarse con su hermana Isabel II, en un intento de aconsejarla sobre los graves asuntos de la política del reino. El encuentro fue tormentoso y oficializó un alejamiento entre ambas hermanas, que no haría sino agrandarse con la expulsión de los Montpensier de territorio español en mayo de 1868. Los duques se instalaron primero en Lisboa y posteriormente en París, mientras en verano la Revolución terminaba con la monarquía española y con el turbulento reinado de doña Isabel.
   A comienzos de 1870 don Antonio, doña Luisa Fernanda y sus hijos regresaron a España, donde el duque vio fracasadas sus esperanzas de convertirse en nuevo rey al salir elegido para el trono el príncipe italiano Amadeo de Saboya. Siguió un nuevo exilio en Francia, durante el cual los duques llegaron a un acuerdo dinástico con la reina Isabel por el que reconocieron como nuevo pretendiente al trono al hijo de ésta, el príncipe de Asturias, don Alfonso. Juntas, ambas familias trabajaron por la restauración de la monarquía en España que, materializada en 1875, se selló con el matrimonio del nuevo rey Alfonso XII con la hija de los duques, la infanta María de las Mercedes, que se celebró en 1878. Para entonces doña Luisa Fernanda se había convertido en una mujer ajada por los sufrimientos y totalmente entregada a la práctica religiosa y a sus muy numerosas caridades, tanto en Sevilla como en otros lugares de Andalucía. Afecta a las tradiciones locales, ella y sus hijos no faltaban a las romerías locales siendo ella especialmente devota de las Vírgenes de Regla, en Chipiona, y del Rocío, en Almonte. En el otoño de 1876 los Montpensier ya estaban instalados de forma definitiva en Sevilla, pero dos años más tarde doña Luisa Fernanda tuvo que asistir al fallecimiento de su hija la reina Mercedes, que fue seguido del de otra de sus hijas, María Cristina, unos meses más tarde. Así, hacia 1880, la vida de la infanta estaba totalmente marcada por los lutos y las desgracias personales, quedándole solamente dos hijos vivos: doña Isabel, esposa del conde de París, y don Antonio. Entregada a obras pías y a devociones, su vida quedó completamente alejada del ámbito mundano y circunscrita al ámbito religioso.
   En 1885, todavía asistió a la muerte de su sobrino y yerno, el rey Alfonso XII, y en 1890 perdió finalmente a su esposo, don Antonio, de quien fue devota compañera durante toda su vida. Ya viuda, se enterró en el duelo y el luto más profundos, entregándose a misas y plegarias. De ahí que sus últimos años estén cubiertos de un cierto oscurantismo teñido de religiosidad. Permaneció en sus propiedades andaluzas, especialmente los palacios de San Telmo y Villamanrique, con ocasionales visitas a Inglaterra y otros lugares de Europa. Gran amiga de la escritora Fernán Caballero y de edad ya avanzada, doña Luisa Fernanda enfermó gravemente en enero de 1897 y falleció en su palacio sevillano el 2 de febrero de ese año, siendo su cadáver conducido al Panteón de Infantes del monasterio de El Escorial. Por expreso deseo suyo no fue embalsamada y fue amortajada descalza con el hábito de San Francisco. En su testamento dejó a la ciudad de Sevilla el parque de San Telmo, hoy conocido como Parque de María Luisa, legando el palacio a la Iglesia con el fin de que se convirtiese en seminario (Ricardo Mateos Sáinz de Medranos, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
      Si quieres, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Parque de María Luisa de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Horario de apertura del Parque de María Luisa:
     Todos los días de 08:00 a 22:00
   
Enlace a la web oficial del Parque de María Luisa 

Plano oficial del Parque de María Luisa

1. Plaza de España
2. Plaza de América
3. Glorieta de Aníbal González
4. Glorieta de Luca de Tena 
5. Glorieta de Covadonga
6. Isleta de los Patos
    La Avenida de Los Cisnes 
7. Glorieta Azul
8. Glorieta de la Concha
9. Glorieta de Doña Sol
10. Glorieta de Ofelia Nieto
11. Glorieta de los Leones
12. Pabellón Domecq
13. Glorieta de los Hermanos Machado
14. Glorieta de los Hermanos Álvarez Quintero
15. Monte Gurugú
16. Pabellón de Telefónica
17. Glorieta de Rafael de León
18. Glorieta de José María Izquierdo
19. Glorieta de Rodríguez Marín
20. Estanque de los Lotos
21. Glorieta de Bécquer
22. Glorieta de Luis Montoto
23. Glorieta de Dante Alighieri
24. Glorieta de Más y Prats
25. Glorieta de Goya
26. Glorieta de la Virgen de los Reyes
27. Glorieta de Concha Piquer
28. Glorieta de Cervantes
29. Glorieta de Juana Reina
30. Museo Arqueológico
31. Pabellón Real
32. Pabellón Mudéjar
33. Monumento Infanta María Luisa
34. Fuente de las Ranas
35. Colegio Público España
36. Fuente de los Toreros
37. Glorieta de las Palomas
38. Glorieta de San Diego
39. Monumento a la Raza
40. Glorieta de la Mesa Mural
41. Glorieta del Reloj
42. Glorieta de Gabriela Ortega Gómez
      Avenida del Conde de Urbina
43. Glorieta Mario Méndez Bejarano
44. Parque Infantil Blancanieves

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