Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la desaparecida Pasarela, de Dionisio Pérez Tobía, de Sevilla.
Hoy, 18 de abril, es el aniversario de la inauguración (18 de abril de 1896) de la desaparecida Pasarela, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la desaparecida Pasarela, de Dionisio Pérez Tobía, de Sevilla.
La desaparecida Pasarela, se encontraba ubicada en la actual plaza Don Juan de Austria es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo; en el Barrio de San Bernardo, del Distrito Nervión; y en el Barrio de El Prado-Parque de María Luisa, del Distrito Sur; en la confluencia de las calles San Fernando, Menéndez Pelayo, avenida de Carlos V, y del Cid.
En los albores del siglo XX, y siguiendo el ritmo de la ciudad, crecía año tras año la afluencia de público al Campo de la Feria, aumentando cada vez más el tráfico de coches, carruajes y caballos que iban y venían por los dos arrecifes principales: el eje central que conectaba la antigua puerta de San Fernando con el paso a nivel del ferrocarril en la Enramadilla, actuales calles Carlos V y Enramadilla, y el eje transversal, correspondiente a la calle Industria –hoy Menéndez Pelayo y avenida del Cid–, que conectaba la puerta de la Carne con el antiguo Convento de San Diego, actual Casino de la Exposición. El punto álgido del tráfico era el cruce donde ambos ejes confluían, en la desembocadura de la calle San Fernando, hoy ocupado por la glorieta Don Juan de Austria con la Fuente de las Cuatro Estaciones (1929), zona que muchos sevillanos siguen llamando “La Pasarela”. El ingeniero y fundidor Dionisio Pérez Tobía, en nombre de la compañía Pérez Hermanos que regentaba la fábrica de San Antonio, hizo llegar una pintoresca y atrevida propuesta al Consistorio para facilitar tanto la circulación como la seguridad de los peatones en los accesos y salidas del Ferial. La solución ideada fue un paso elevado turrifome, formado por dos arcos dobles que arrancaban directamente del suelo y se entrecruzaban formando un aspa en una plataforma central donde se elevaba un templete con mirador panóptico a 15 m de altura que estaba rematado por una esfera metálica o “cúpula”, coronada por bolas decrecientes y mástil, alcanzando la construcción un total de 20 m sobre el suelo, y un peso que sobrepasaba las 80 toneladas.
En planta, su extensión formaba una gran equis de 40 m de largo en diagonal. Estos arcos entrecruzados de La Pasarela lograban salvar 22 m de luz alcanzando los 6 m de flecha. Desde el nivel de la calle, arrancaban cuatro escaleras dobles en forma de pinza o tenaza orientadas, por un lado, al Paseo Catalina de Ribera, calle San Fernando y al arrecife que venía del convento de San Diego, donde se situaba la caseta del Ayuntamiento, y por el flanco opuesto a los paseos laterales del eje principal del Prado, desembocando directamente a los ángulos de las casetas del Casino Sevillano, emplazado en la acera derecha, y del Círculo de Labradores en la izquierda. Los cuatro dobles tramos de escalinatas confluían a su vez en cuatro plataformas octogonales a modo de amplio descansillo. Hasta aquí todo estaba sustentado por columnas de fundición con capiteles cúbicos de inspiración nazarí de ataurique y collarino bajo. A partir de este primer nivel de plataformas, las escaleras continuaban con un único tiro recto que las conducía a la plataforma superior, también octogonal pero de menores dimensiones, que funcionaba como un cruce de direcciones para el viandante. Este segundo tramo estaba cobijado por un templete formado por ocho columnas pseudo nazaríes unidas por arcos de herradura y alfiz calado con celosía romboidal, que recordaban paños de sebka almohades. En el centro del templete se ubicaba una escalera de caracol de tres tramos que conducía a la azotea circular; un excelente mirador panorámico del Prado de San Sebastián y de la ciudad de Sevilla. Otras ocho columnillas, más esbeltas y con finos arquillos de herradura hacían de base a la gran esfera de remate que coronaba el conjunto.
Alberto Villar explica que la Pasarela de Dionisio Pérez Tobía evidenciaba el conocimiento de las obras de Eiffel y de su famosa torre levantada para la Exposición Universal de París de 1889, cuya estructura es ahora versionada como una “miniatura” funcional, mimetizándose así la capital del Guadalquivir con la del Sena, tal como ocurrió medio siglo antes con la construcción del Puente de Triana y su sistema de arcos “Polonceau” que replicaban los del desaparecido puente del Carrusel.
En cuanto a su concepto general, destaca su marcada impronta industrial en la que predomina la ingeniería del hierro y sus formas propias: celosías de Cruz de San Andrés que unían los arcos principales a las rampas de escalera; el roblonado que fijaba las múltiples partes y elementos entre sí; o la esfera de remate, que encerraba otra más pequeña a la que se unía mediante radios, donde se instalarían potentes focos eléctricos. Estas piezas esféricas, por su forma evoca ciertos inventos científicos del momento, como la “esfera de plasma” de Nicola Tesla (1894), o las antenas navales de Aleksander Popov (1894) y Guglielmo Marconi (1895).
Descendiendo al detalle particular, su ornamentación resultaba un tanto ecléctica: las escaleras se cercaban con barandas de motivos vegetales circulares, de gusto rococó, mientras que las plataformas superiores se cerraban con una sencilla decoración de grandes picas. Las columnas y el templete versionan la arquitectura andalusí, al igual que el coronamiento de bolas decrecientes y aguja recuerdan el yamur islámico. Podemos catalogar la obra dentro de los “caprichos” de la arquitectura fin de siglo, en la que la presencia del hierro en los paseos, parques y jardines dejó todo un mundo de extravagantes construcciones en el que destaca la “Torre-Mirador”. La Pasarela aunaba varios conceptos en sí misma: era una pintoresca portada monumental de la Feria, punto de referencia en el horizonte sevillano del Prado y alrededores, lugar de encuentro, puente-pasarela peatonal, cruce de direcciones, torre-mirador panorámica e incluso atracción de feria. De noche se convertía en un gran arco de triunfo incandescente, gracias a las 798 luces de gas repartidas por las escaleras, plataformas y templete, y al coronamiento de un gran arco voltaico en su esfera.
La propuesta inicial para su edificación llegó el 22 de octubre de 1895. La fábrica de San Antonio se comprometía a su construcción y montaje sin cargo alguno para el Municipio, que quedaría como dueño de la estructura y encargado de su mantenimiento y cuidado, con la única condición de reservarse la empresa durante 10 años la explotación de la torre central y de los “cuatro pabellones de ángulo de la planta baja”, siendo libre y gratuito el paso de uno a otro lado de la Pasarela. Tras estudiar el proyecto y recibir los informes favorables del arquitecto y del ingeniero municipal, se firmó el acuerdo ante el notario Adolfo Rodríguez de Palacios el 12 de diciembre de 1895; y la flamante “Torre Eiffel sevillana” fue inaugurada en la Feria de Abril de 1896. La sociedad Pérez Hermanos cedió los derechos de explotación al barcelonés afincado en Sevilla Baltasar Pons y Pla, Ingeniero Jefe de los Ferrocarriles de la Cuarta División del Estado, que se dedicó a rentabilizar la torre central realizando en ella “unas instalaciones”; lo que nos hace pensar en una atracción de feria.
Antes de referirnos a las instalaciones llevadas a cabo en La Pasarela, se debe precisar que la primera atracción instalada durante la Feria no fue en el Real, sino en los jardines de Cristina Se trataba de una Montaña Rusa de madera, que entró en funcionamiento en las fiestas de 1890, diseñada por un ingeniero mecánico y construida por un carpintero ebanista, de la que tenemos constancia de que al menos estuvo en funcionamiento durante dos años. Desde entonces la llamada “calle del Infierno”, el parque de atracciones efímero más importante del mundo: “ha ido entretejiéndose en los campos de la Feria hasta integrarse como complemento mágico de asombros y risas”.
Para la revista “Blanco y Negro” en su edición de abril de 1894 el ilustre sevillano José de Velilla y Rodríguez nos la describía así:
“a un lado están los puestos de juguetes, encanto de los niños, cuyos ojos no se cansan de admirar, ni sus bocas de pedir; a otro los panoramas, teatros mecánicos y las barracas de los saltimbanquis (…) más allá el titiritero que se traga una espada, arroja por la boca cintas de colores y come estopa llameante; acullá los caballitos llamados tíos vivos, cuya marcha giratoria y vertiginosa acompañan el tamboril y el pito”.
Múltiples solicitudes llegaban al Consistorio para la edificación de atracciones en el Prado de San Sebastián. En 1908 se instalaron “columpios mecánicos” en forma de grandes barcazas.
Volviendo a La Pasarela, cabe destacar las “instalaciones” realizadas en su torre central por el ingeniero mecánico ferroviario Baltasar Pons i Pla. La obra en cuestión podría tratarse de una pequeña noria, como se observa en fotografías posteriores, fechadas hacia 1915, en las que se ve una atracción de estas características, con cestillos a modo de barcas para dos personas. Una estructura así concebida permitía vistas a la ciudad y al Campo de la Feria. Hacia 1900 se empezaron a instalar en los parques de atracciones de España este tipo de atracciones en hierro, que suspendidas a gran altura, como las norias o los “tranvías aéreos”, producían la literal sensación de volar entre quienes se atrevían a subir. Para Alberto Villar, la Pasarela tuvo un valor más pintoresco que utilitario: “llamaba mucho más la atención de los usuarios la picaresca posibilidad de catar unos centímetros de pantorrilla femenina, aprovechando las airosas escaleras”. En este sentido, una propuesta llegada al Consistorio en 1902 pretendía vestir los barandales de la Pasarela con percalina de distintos colores en donde colocar anuncios publicitarios pues “con ello se evitaba de rechazo el retraimiento de las señoras, de subir las escaleras de la Pasarela, a causa de las indiscretas miradas de los viandantes”.
La comisión municipal de Ferias y Festejos se encargaba cada año de la decoración del Ferial y de cómo adornar La Pasarela. En 1911, creyéndose próxima la Exposición Hispanoamericana, le colgaron las banderas de los países de la América Hispana y se iluminó la torre con una gran corona imperial.
Quizás fue la Pasarela la “obra efímera más duradera” de la Feria, referente en el paisaje del Prado de San Sebastián durante 25 años. Tras realizarse el ensanche definitivo de la calle San Fernando y del arrecife a Enramadilla -actuales calles Carlos V y Enramadilla-, La Pasarela fue desmontada en 1921 arguyendo problemas de estabilidad estructural. Sus 81.297 kilogramos de hierro fueron vendidos al peso, como chatarra a un industrial de Almería por 45.738 pesetas.
Desde entonces, volvieron al Real, en el sitio de la Pasarela, las portadas monumentales e instalaciones efímeras. Ya con la Feria trasladada a su ubicación actual en Los Remedios, en los años setenta y ochenta del siglo XX, se montaron varias portadas efímeras en homenaje a esta peculiar construcción de la arquitectura del hierro sevillana (Alejandro Prada Machuca, La arquitectura e ingeniería del hierro en Sevilla y su difusión por Andalucía occidental y Canarias (1845-1926), 2025).
En planta, su extensión formaba una gran equis de 40 m de largo en diagonal. Estos arcos entrecruzados de La Pasarela lograban salvar 22 m de luz alcanzando los 6 m de flecha. Desde el nivel de la calle, arrancaban cuatro escaleras dobles en forma de pinza o tenaza orientadas, por un lado, al Paseo Catalina de Ribera, calle San Fernando y al arrecife que venía del convento de San Diego, donde se situaba la caseta del Ayuntamiento, y por el flanco opuesto a los paseos laterales del eje principal del Prado, desembocando directamente a los ángulos de las casetas del Casino Sevillano, emplazado en la acera derecha, y del Círculo de Labradores en la izquierda. Los cuatro dobles tramos de escalinatas confluían a su vez en cuatro plataformas octogonales a modo de amplio descansillo. Hasta aquí todo estaba sustentado por columnas de fundición con capiteles cúbicos de inspiración nazarí de ataurique y collarino bajo. A partir de este primer nivel de plataformas, las escaleras continuaban con un único tiro recto que las conducía a la plataforma superior, también octogonal pero de menores dimensiones, que funcionaba como un cruce de direcciones para el viandante. Este segundo tramo estaba cobijado por un templete formado por ocho columnas pseudo nazaríes unidas por arcos de herradura y alfiz calado con celosía romboidal, que recordaban paños de sebka almohades. En el centro del templete se ubicaba una escalera de caracol de tres tramos que conducía a la azotea circular; un excelente mirador panorámico del Prado de San Sebastián y de la ciudad de Sevilla. Otras ocho columnillas, más esbeltas y con finos arquillos de herradura hacían de base a la gran esfera de remate que coronaba el conjunto.
Alberto Villar explica que la Pasarela de Dionisio Pérez Tobía evidenciaba el conocimiento de las obras de Eiffel y de su famosa torre levantada para la Exposición Universal de París de 1889, cuya estructura es ahora versionada como una “miniatura” funcional, mimetizándose así la capital del Guadalquivir con la del Sena, tal como ocurrió medio siglo antes con la construcción del Puente de Triana y su sistema de arcos “Polonceau” que replicaban los del desaparecido puente del Carrusel.
En cuanto a su concepto general, destaca su marcada impronta industrial en la que predomina la ingeniería del hierro y sus formas propias: celosías de Cruz de San Andrés que unían los arcos principales a las rampas de escalera; el roblonado que fijaba las múltiples partes y elementos entre sí; o la esfera de remate, que encerraba otra más pequeña a la que se unía mediante radios, donde se instalarían potentes focos eléctricos. Estas piezas esféricas, por su forma evoca ciertos inventos científicos del momento, como la “esfera de plasma” de Nicola Tesla (1894), o las antenas navales de Aleksander Popov (1894) y Guglielmo Marconi (1895).
Descendiendo al detalle particular, su ornamentación resultaba un tanto ecléctica: las escaleras se cercaban con barandas de motivos vegetales circulares, de gusto rococó, mientras que las plataformas superiores se cerraban con una sencilla decoración de grandes picas. Las columnas y el templete versionan la arquitectura andalusí, al igual que el coronamiento de bolas decrecientes y aguja recuerdan el yamur islámico. Podemos catalogar la obra dentro de los “caprichos” de la arquitectura fin de siglo, en la que la presencia del hierro en los paseos, parques y jardines dejó todo un mundo de extravagantes construcciones en el que destaca la “Torre-Mirador”. La Pasarela aunaba varios conceptos en sí misma: era una pintoresca portada monumental de la Feria, punto de referencia en el horizonte sevillano del Prado y alrededores, lugar de encuentro, puente-pasarela peatonal, cruce de direcciones, torre-mirador panorámica e incluso atracción de feria. De noche se convertía en un gran arco de triunfo incandescente, gracias a las 798 luces de gas repartidas por las escaleras, plataformas y templete, y al coronamiento de un gran arco voltaico en su esfera.
La propuesta inicial para su edificación llegó el 22 de octubre de 1895. La fábrica de San Antonio se comprometía a su construcción y montaje sin cargo alguno para el Municipio, que quedaría como dueño de la estructura y encargado de su mantenimiento y cuidado, con la única condición de reservarse la empresa durante 10 años la explotación de la torre central y de los “cuatro pabellones de ángulo de la planta baja”, siendo libre y gratuito el paso de uno a otro lado de la Pasarela. Tras estudiar el proyecto y recibir los informes favorables del arquitecto y del ingeniero municipal, se firmó el acuerdo ante el notario Adolfo Rodríguez de Palacios el 12 de diciembre de 1895; y la flamante “Torre Eiffel sevillana” fue inaugurada en la Feria de Abril de 1896. La sociedad Pérez Hermanos cedió los derechos de explotación al barcelonés afincado en Sevilla Baltasar Pons y Pla, Ingeniero Jefe de los Ferrocarriles de la Cuarta División del Estado, que se dedicó a rentabilizar la torre central realizando en ella “unas instalaciones”; lo que nos hace pensar en una atracción de feria.
Antes de referirnos a las instalaciones llevadas a cabo en La Pasarela, se debe precisar que la primera atracción instalada durante la Feria no fue en el Real, sino en los jardines de Cristina Se trataba de una Montaña Rusa de madera, que entró en funcionamiento en las fiestas de 1890, diseñada por un ingeniero mecánico y construida por un carpintero ebanista, de la que tenemos constancia de que al menos estuvo en funcionamiento durante dos años. Desde entonces la llamada “calle del Infierno”, el parque de atracciones efímero más importante del mundo: “ha ido entretejiéndose en los campos de la Feria hasta integrarse como complemento mágico de asombros y risas”.
Para la revista “Blanco y Negro” en su edición de abril de 1894 el ilustre sevillano José de Velilla y Rodríguez nos la describía así:
“a un lado están los puestos de juguetes, encanto de los niños, cuyos ojos no se cansan de admirar, ni sus bocas de pedir; a otro los panoramas, teatros mecánicos y las barracas de los saltimbanquis (…) más allá el titiritero que se traga una espada, arroja por la boca cintas de colores y come estopa llameante; acullá los caballitos llamados tíos vivos, cuya marcha giratoria y vertiginosa acompañan el tamboril y el pito”.
Múltiples solicitudes llegaban al Consistorio para la edificación de atracciones en el Prado de San Sebastián. En 1908 se instalaron “columpios mecánicos” en forma de grandes barcazas.
Volviendo a La Pasarela, cabe destacar las “instalaciones” realizadas en su torre central por el ingeniero mecánico ferroviario Baltasar Pons i Pla. La obra en cuestión podría tratarse de una pequeña noria, como se observa en fotografías posteriores, fechadas hacia 1915, en las que se ve una atracción de estas características, con cestillos a modo de barcas para dos personas. Una estructura así concebida permitía vistas a la ciudad y al Campo de la Feria. Hacia 1900 se empezaron a instalar en los parques de atracciones de España este tipo de atracciones en hierro, que suspendidas a gran altura, como las norias o los “tranvías aéreos”, producían la literal sensación de volar entre quienes se atrevían a subir. Para Alberto Villar, la Pasarela tuvo un valor más pintoresco que utilitario: “llamaba mucho más la atención de los usuarios la picaresca posibilidad de catar unos centímetros de pantorrilla femenina, aprovechando las airosas escaleras”. En este sentido, una propuesta llegada al Consistorio en 1902 pretendía vestir los barandales de la Pasarela con percalina de distintos colores en donde colocar anuncios publicitarios pues “con ello se evitaba de rechazo el retraimiento de las señoras, de subir las escaleras de la Pasarela, a causa de las indiscretas miradas de los viandantes”.
La comisión municipal de Ferias y Festejos se encargaba cada año de la decoración del Ferial y de cómo adornar La Pasarela. En 1911, creyéndose próxima la Exposición Hispanoamericana, le colgaron las banderas de los países de la América Hispana y se iluminó la torre con una gran corona imperial.
Quizás fue la Pasarela la “obra efímera más duradera” de la Feria, referente en el paisaje del Prado de San Sebastián durante 25 años. Tras realizarse el ensanche definitivo de la calle San Fernando y del arrecife a Enramadilla -actuales calles Carlos V y Enramadilla-, La Pasarela fue desmontada en 1921 arguyendo problemas de estabilidad estructural. Sus 81.297 kilogramos de hierro fueron vendidos al peso, como chatarra a un industrial de Almería por 45.738 pesetas.
Desde entonces, volvieron al Real, en el sitio de la Pasarela, las portadas monumentales e instalaciones efímeras. Ya con la Feria trasladada a su ubicación actual en Los Remedios, en los años setenta y ochenta del siglo XX, se montaron varias portadas efímeras en homenaje a esta peculiar construcción de la arquitectura del hierro sevillana (Alejandro Prada Machuca, La arquitectura e ingeniería del hierro en Sevilla y su difusión por Andalucía occidental y Canarias (1845-1926), 2025).
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Más sobre la plaza Don Juan de Austria, en ExplicArte Sevilla.




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