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martes, 8 de septiembre de 2026

El desaparecido Hospital de Nuestra Señora del Buen Suceso, de los Obregones

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Hospital de Nuestra Señora del Buen Suceso, de los Obregones, de Sevilla.
     Hoy, 8 de septiembre, es la Fiesta de la Natividad de la Bienaventurada Virgen María, de la estirpe de Abrahán, nacida de la tribu de Judá y de la progenie del rey David, de la cual nació el Hijo de Dios, hecho hombre por obra del Espíritu Santo, para liberar a la humanidad de la antigua servidumbre del pecado [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].     
      Y que mejor día que hoy para ExplicArte el desaparecido Hospital de Nuestra Señora del Buen Suceso, de los Obregones, de Sevilla.
      El desaparecido Hospital de Nuestra Señora del Buen Suceso, se encontraba en la manzana formada por la plaza del Buen Suceso, calle Mercedes de Velilla, plaza de San Pedro, plaza Cristo de Burgos, calles Sales y Ferré, Padre Luis María Llop, Morería, y Ortiz de Zúñiga; en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
     Esta congregación hospitalaria, netamente española, fue fundada por Bernardino de Obregón (Las Huelgas, 1540 - Madrid, 1599), quien al quedar huérfano fue protegido por su tío, chantre de la catedral de Sigüenza, y muerto éste por el obispo de Sigüenza Femando Niño de Guevara que le encaminó hacia los estudios eclesiásticos. Muerto su protector y sin recursos económicos, ingresó como voluntario en el ejército, tomando parte en campañas militares en Flandes, Italia y Francia. Un hecho en principio intrascendente cambió el rumbo de su vida. Aconteció hacia 1565 cuando un modesto barrendero de la corte le ensució su uniforme y Obregón indignado le abofeteó; según la leyenda piadosa la humilde actitud del funcionario pidiéndole perdón por su falta conmovió tanto su ánimo que decidió renunciar a su cargo y consagrarse al cuidado de los enfermos en el hospital de la corte, ubicado entonces en un lateral de la popular Puerta del Sol de Madrid, vistiendo el hábito de la Orden Tercera de San Francisco de Paula. Al poco tiempo eran muchas las personas que seguían su ejemplo, formando con ellas en 1568 una congregación con el fin de proveer el servicio a los hospitales españoles, aprobada al año siguiente por el nuncio del Papa, Decio Caraffa, que tomó el nombre de Hermanos Mínimos, denominándose popularmente de los Hermanos Obregones. La valiosa ayuda que el nuevo instituto aportaba en favor de la atención de los dolientes hizo que en 1587 se les adjudicase la administración del Hospital General de Madrid. En 1589 el cardenal Gaspar Quiroga, arzobispo de Toledo les dio la regla de la Orden Tercera de San Francisco de Paula, y en 1594 Obregón redactó las Constituciones que regulaban el gobierno espiritual y material de los miembros de la comunidad. El hábito de color gris con cruz morada en el lado izquierdo les fue autorizado llevar por Paulo V. La beneficiosa labor asistencial asumida por los hermanos obregones, propició su expansión por numerosas ciudades de España, Portugal, Bélgica y las colonias americanas; el propio rey Felipe II fue  asistido en su última enfermedad por el fundador, que dejó escrita la obra Institución de enfermos y verdadera práctica de cómo se ha de aplicar los remedios que se enseñan a los médicos, publicada en Madrid, en 1607.
HOSPITAL DE NUESTRA SEÑORA DEL BUEN SUCESO (OBREGONES)
     En el año de 1634 el superior de la congregación y Hermano Mayor del Hospital General de Madrid, comisionó al hermano lego Carlos de Urreón para venir a Sevilla a fundar una casa hospital para enfermos convalecientes. El 25 de octubre de 1635 éste hacía la petición correspondiente al Cabildo de la ciudad, porque "era de necesidad y reconocida utilidad, porque si bien existían otros hospitales para enfermedades y personas determinadas, a penas les faltaba la calentura, los echaban fuera, siendo el tiempo en que más necesidad tenían de regalo, de que les resultaba la muerte". En el escrito se alegaba como circuns­tancias favorables que los Obregones ya habían fundado treinta casas de esta índole y que en tiempo de epidemia acudían a "cárceles y departamentos de la Armada para socorrer y asistir a los enfermos". Hasta el 2 de mayo de 1637 no contestó el Ayuntamiento, de forma favorable, aunque les prohibía pedir limosna y les asignaba un diputado nombrado de entre los caballeros veinticuatro, para que anualmente inspeccionara el centro asistencial. Asimismo, el cardenal Gaspar de Borja y Velasco otorgaba las oportunas licencias eclesiásticas, entre las que constaba la autorización para unirse a la cofradía de Nuestra Señora del Buen Suceso, fundada por esas fechas por Alonso García Roldán, y cuya imagen se hallaba en un tabernáculo en la fachada de una casa de la calle Ejecutor Vega, -actual Ortiz de Zúñiga- en la collación de El Salvador. Posteriormente, el provisor Dionisio de Monserrate expedía nueva licencia para que los hermanos estableciesen el hospital y una capilla en unas casas compradas al efecto en la plazuela del Mesón de la Castaña, en la collación de San Pedro, desde entonces denominada plaza del Buen Suceso. El citado provisor, "vista la disposición de la iglesia y capilla y hospitalidad, les dio licencia para decir misa y exercer la dicha obra de misericordia y caridad", obligándose los hermanos a admitir a "todos los pobres que saliesen de los hospitales del Amor de Dios y del Espíritu Santo".
     Se fundaba así un establecimiento dedicado a atender a los enfermos convalecientes, que parece, enseguida empezó a funcionar, acomodándose en esas casas para posteriormente levantar un edificio nuevo, que según González de León era "muy pequeño, pero muy cómodo por ser nuevo. Tenía un patio regular con columnas y arcos, muy buenos dormitorios para los enfermos convalecientes y todas las oficinas necesarias a un hospital, todo nuevo y todo alegre"; la construcción de la iglesia, sin embargo, se dilató en el tiempo, sin duda por la escasez de recursos económicas, pues no fue inaugurada hasta el 8 de septiembre de 1730; afortunadamente ha llegado a nuestros días.
     En relación con la advocación de Buen Suceso hemos de señalar que en los anales de la Congregación se recoge el hallazgo de una pequeña imagen de la Virgen con el Niño, "de media vara", por los hermanos Juan de Fontanet y Guillermo Martínez Rigola en 1606 en una oquedad de la Sierra de Traiguera (Castellón), cuando se dirigían a Roma para obtener del papa el hábito con su distintivo. Paulo V al recibirlos y conocer el hecho les dijo "hermanos buen suceso habéis tenido en vuestro viaje. Téngalo también vuestra pretensión", les otorgó lo que pedían y regaló a la imagen su cruz pectoral de oro. El 4 de julio de 1607 los hermanos los Obregones colocaban la Virgen con la advocación de Buen Suceso en el hospital madrileño que regentaban, formándose hermandad para su culto y cuidado. A semejanza de ésta de Madrid y seguramente propiciada por los hermanos obregones, se funda en Sevilla por el caballero y familiar del Santo Oficio Alonso García Roldán una hermandad del Buen Suceso que, como ya hemos referido, se unió a la Orden hospitalaria que tomó dicha advocación.
     Sin grandes altibajos transcurrió la vida de los Hermanos Obregones y su tan necesaria actividad asistencial, en una ciudad en donde las enfermedades, epidemias y calamidades fueron una constante a lo largo de los siglos. Llegado el XIX hubo de padecer los estragos de la invasión francesa, sin embargo según Collantes de Terán en los papeles de su archivo constaban algunas partidas de gastos entre 1810 y 1812, por lo que al menos el hospital continuó abierto. Con la exclaustración general de 1835 los Obregones fueron expulsados y perdieron la propiedad del edificio, que se salvó de un primer intento de demolición al que se opuso la Junta de Beneficencia de Sevilla, siendo alquilado por exigua renta a Francisco Abaurrea quien lo dedicó a casa de vecindad además de cuidar de la iglesia. Posteriormente el hospital fue vendido "por dos terceras partes de su reducido aprecio" a José Capdevila quien lo derribó, sirviendo una parte de su solar para el reordenamiento urbanístico de la zona ampliándose la calle Ortiz de Zúñiga por su acera izquierda y la entonces de nominada plaza de Argüelles, actual Cristo de Burgos. La iglesia quedó fuera de la venta, y no tomando posesión de ella la Junta de Beneficencia, el citado Francisco Abaurrea y su familia se instaló en la sacristía, de donde fueron desalojados en septiembre de 1868 por el gobierno revolucionario que dedicó la iglesia y sacristía a local de reunión del batallón de voluntarios del distrito de San Pedro y luego a almacén de efectos incautados. En 1883 las religiosas merce­darias de la Asunción, que habían sido desposeídas de su convento, se establecen aquí hasta el año 1895. Desde 1896 hasta la actualidad la iglesia es regentada por los carme­litas calzados quienes han edificado su casa contigua al templo, hacia la actual calle Mercedes de Velilla. En la madrugada del 11 de mayo de 1931 el templo fue saqueado por un grupo de agitadores. La iglesia, lo único que ha permanecido, está incluida dentro del Conjunto Histórico de Sevilla, por decreto de 27 de agosto de 1964.
ARQUITECTURA
     El Hospital del Buen Suceso se ubicó en el antiguo barrio del Adarvejo o de la Morería, en la collación de San Pedro, y se insertaba en una gran manzana delimitada por las calles Morería, Gorgoja, San Pedro y Calceta, tal como podemos apreciar en el plano de Sevilla de 1771. El germen del hospital fue unas casas compradas en la llamada plazuela del Mesón de la Castaña, formada por la confluencia de las calles Calceta y Gorgoja, que enseguida comenzó a denominarse plaza del Buen Suceso. En ellas se acomodaron los Obregones y dieron principio su actividad médico-asistencial, edificando con posterioridad un inmueble, no conservado del que sólo sabemos que era de pequeñas dimensiones, "tenía un patio regular con columnas y arcos, muy buenos dormitorios para los enfermos convalecientes y todas las oficinas necesarias a un hospital".
     La primitiva iglesia hubo de ser una modesta capilla, cuyo mal estado de conser­vación hizo necesaria su inspección a primeros de marzo de 1687 por el maestro mayor de la ciudad Acisclo Burgueño, quien aconsejaba la demolición de la fachada por presentar un desplome por un lateral "del largo de una ladrillo" y por el otro de "de una media vara", y en el centro "unas quiebras muy sutiles que parecían ser causadas de los encalados". En el interior el templo, las paredes del coro, situado a los pies, presentaban diversas grietas que se habían tapado varias veces; las maderas del tejado "que es un colgadero" estaban desencajadas ante el desplome de la fachada, lo que significaba la inminente ruina de la fábrica. Este estado de cosas hubo de determinar a los siete hermanos con que entonces contaba el hospital, el emprender la edificación de una nueva iglesia, comenzando la demolición de la primitiva, según Matute, por el mes de febrero de 1690. Se desconoce quién pudo dar la traza de la nueva y definitiva iglesia, quizás pudo intervenir el propio Bargueño. Está documentada la intervención de Pedro Roldán y su hijo del mismo nombre, quienes el 16 de junio 1690 conciertan con el hermano mayor del hospital Gaspar de San Agustín, realizar "para el templo questa haziendo y labrando la dicha hospitalidad", veinticuatro columnas de jaspe de Morón, con sus basamentos, frisos y "cañas", según modelo realizado por el propio Roldán y cuyo costo se estipuló 27.000 reales de vellón. Estas veinticuatro columnas, de color rojo y abultado éntasis, de capiteles toscanos con cimacios de mármol negro, constituyen los apeos de la original planta rectangular de la única nave que forma la iglesia, y que en grupos de cuatro y separadas de los muros, forman seis pilares que sostienen la tribuna que la recorre y la bóveda vaída que cubre la nave, así como los cuatro arcos que sopor­tan la cúpula con óculos y con tambor sobre pechinas, del pseudo crucero. A los pies se dispone el coro alto y la fachada, un gran lienzo de ladrillo avitolado de tres calles y tres cuerpos, separados por leves entablamentos. En el primero se halla en el centro el gran vano de acceso con arco de medio punto flanqueado por dos rectángulos rehundidos ciegos. En el segundo cuerpo y en eje con la puerta se dispone una hornacina vacía, de arco trilobulado entre pilastras, coronada con el anagrama mariano y flan­queada por sendos óculos, y en las calles laterales hornacinas de medio punto, con óculos sobre ellas con recuadros decorados con motivos geométricos. En el último cuerpo se sitúa un gran óculo circular en el centro, y en los laterales rectángulos ciegos coronados igualmente con óculos. La construcción de la iglesia se dilató en el tiempo ya que no se estrenó hasta el 8 de septiembre de 1730, día de la festividad de la Virgen del Buen Suceso, su titular, celebrándose solemnes fiestas durante ocho días.
RETABLOS Y ESCULTURAS
     El retablo mayor. Su traza se viene atribuyendo a José Fernando de Medinilla, quien entre 1731-1733 se documenta realizando los retablos colaterales de la iglesia del Buen Suceso, por lo que parece lógico que también realizase el mayor, cuyas características estilísticas así lo corroboran pese las alteraciones que ha padecido modernamente. Su ejecución se puede situar en torno a 1731. Su original composición se organiza mediante un gran arco de medio punto capialzado, cuyo derrame cubre a modo de gran forro todo el testero de la capilla mayor, y en el que se disponen un total de treinta y seis lienzos realizados por Domingo Martínez, encuadrados en marcos de talla con copetes, y cartelas, de forma ovalada, rectangulares y achaflanados. La estructura central del retablo la forma un elevado tabemáculo a modo de baldaquino sobre un alto banco, de dos cuerpos articulado por estípites y remate; el inferior se habilita como camarín, de medio punto y cornisa con clave rectangular y fragmentos de frontón con volutas en los extremos. En origen albergaba la pequeña imagen de Nuestra Señora del Buen Suceso, que todavía alcanzaron a ver González de León y Gestoso, revestida de ropas y que hoy está perdida, ocupando su lugar en la actualidad una Virgen del Carmen de factura moderna. El segundo está compuesto por una hornacina de perfiles mixtilíneos, volutas laterales y cornisa similar a la anterior en cuyo centro se sitúa un relieve del Padre Eterno; y el ático un lienzo de San José con el Niño en un marco trilobulado.
     La financiación de la decoración de la iglesia del Buen Suceso en lo que a retablos, esculturas y pinturas se refiere corrió en buena parte a cargo de José del Villar, quien entre 1732 y 1733 concierta la ejecución de tres retablos para el templo hospitalario con el referido Medinilla. Cabe la posibilidad de que también ayudara económicamente al mayor y a un quinto retablo colateral del crucero. La primera referencia documental tiene fecha 9 de junio de 1732, y en ella el maestro se obliga con el citado caballero a realizar un retablo para un altar colateral del lado del evangelio, en madera de pino de Flandes, en el que se dispondrían las imágenes de San José, San Andrés, San Rafael y el Ángel de la Guarda, de una vara de alto, y las de San Antonio, Santa Teresa y Santa Bárbara, de dos tercias de alto, esculturas que hay que adjudicar a Bartolomé García de Santiago que actúa como fiador en el contrato. El precio de la obra se estipuló en 500 ducados de vellón. Hay que señalar que en el contrato no se menciona expresamente la iglesia del Buen Suceso, a la que sin duda pertenece este trabajo de Medinilla, que se corresponde efectivamente, con el retablo del lado del evangelio del crucero del templo, presidido actualmente por una escultura de San Alberto. Se compone de un banco, un cuerpo de tres calles en las que se conservan Santa Teresa y Santa Bárbara, en relieve, y las esculturas de San Rafael y el Ángel de la Guarda. Aunque alterados algunos de sus elementos, presenta un notable interés dentro de la producción de este artista, que sigue su esquema habitual consistente en gran hornacina central, en esta ocasión con arco mixtilíneo, entre estípites, cornisa mixtilínea, e introduciendo algunas notas novedosas en pro de un mayor dinamismo estructural, como cierta movilidad en la planta, entrecalles cóncavas y el cuerpo principal ligeramente adelantado. El conjunto se completa con un ático donde se dispone una pintura con el tema de la Presentación de la Virgen en el templo atribuida a Domingo Martínez, cuya mano también se ha querido ver en el diseño de este retablo.
     El 14 de marzo de 1733 Fernando de Medinilla volvía a concertar con José del Villar la ejecución de dos retablos "en el cuerpo de la iglesia", con arreglo al diseño que se presentaba, que incluía una serie de esculturas y pinturas, todo ello por 6.000 reales de vellón. Corresponden a los actuales colaterales de la nave del templo. En uno de ellos irían las tallas de San Juan y la Magdalena, en la hornacina central un Cristo atado a la columna que los hermanos poseían, y dos pinturas dedicadas a la Virgen, una en medio del primer cuerpo y otra en el ático, asignadas a Domingo Martínez. El retablo se halla en el lugar para el que fue realizado, en el lado del Evangelio aunque desfigurado por transformaciones modernas. Se trata de un retablo-hornacina de estípites, presidido actualmente por un Crucificado moderno, conservándose sólo el San Juan y la Magdalena. El otro retablo debía tener las esculturas de una vara de alto de Santa Lucía, Santa Águeda y Santa Apolonia, una pintura en el cuerpo principal de Nuestra Señora de la Encarnación y en el segundo los Desposorios de la Virgen, igualmente adjudicado a Domingo Martínez. Este retablo ha de corresponder con el retablo-hornacina situado en el lado de la epístola de la nave de la iglesia, aunque igualmente deformado, hoy presidido por Santa Ana y la Virgen procedente del convento carmelita de San Alberto.
     En lado de la epístola del crucero hay un retablo sin dorar que, aunque no documentado, muestra semejanza con el correspondiente del lado del evangelio realizado por Medinilla, si bien parece de factura posterior, pudiendo ser de mano de otro artífice que siguiendo el esquema del referido del evangelio introdujera notas personales como la adopción de la planta ochavada, el desarrollo del estípite o un tallado más abultado y turgente. Actualmente se halla presidido por una escultura de Santa Teresa, procedente de la iglesia de San Alberto.
PINTURAS
     El patrimonio pictórico conocido del Hospital del Buen Suceso se concentraba en los retablos mayores y colaterales de la iglesia, realizados entre 1731-33, y constituye un interesante programa iconográfico dedicado a la genealogía humana de Jesucristo en el mayor, y a diferentes episodios de la vida de la Virgen en los colaterales. Actualmente el templo posee una decoración de pinturas murales modernas, realizada por la comu­nidad carmelita que lo regenta.
     El retablo mayor se concibe como un gran marco formado por un arco de medio punto capialzado, en cuya rosca y derrame se disponen un total de treinta y seis pinturas en lienzo, enmarcadas a su vez en recuadros con sus correspondientes molduras, de formato ovalado, poligonal, rectangular y achaflanado, conformando el más importante conjunto pictórico de la iglesia. Esta serie configura tres escenas protagonizadas por la Virgen del Buen Suceso: La presentación de la Virgen al Papa por los hermanos Obregones, en el centro de la clave del arco, a la derecha Aparición de la Virgen del Buen Suceso, y a la izquierda Entronización de la Virgen del Buen Suceso en Madrid; y el árbol genealógico completo de la humanidad de Cristo, a través de los Patriarcas que le precedieron, extraídos del Evangelio de San Mateo, I, l, que de forma individualizada o por parejas se identifican por el nombre que llevan al pie de las pinturas, y son: Abraham, Isaac, Jacob, Judá, Farés, Esrom y Jesé, Aram, Aminabad y Naassón, Salmón, Booz, Obed, David, Salomón, Abiá y Roboam, Asaf, Josafat y Joram, Joatan, Acaz, Ezequías, Manases, Amón, Josías, Jeconías, Salatiel y Zorobabel, Abiud, Eliakim y Azor, Sadoq, Aquim, Eliud, Eleazar, Mattám, Jacob, y San José en el ático en formato trilobulado. Esta serie ya fue adjudicada por Gestoso a Domingo Martínez, atribución que ha sido refrendada por los estudios más recientes sobre este pintor, por la semejanza de estilo con sus obras documentadas, y acreditado por la realización de otras pinturas para los retablos laterales, concertadas en 1732-33, años en los que se puede situar la ejecución de esta serie bíblica. Los lienzos en su mayoría muestran una notable calidad artística, pese a su mal estado de conservación, en los que los personajes están dotados de expresiones vigorosas aunque con rasgos naturalistas de carácter popular, siguiendo la línea tenebrista derivada de Ribera. Martínez consiguió dotar a este conjunto, de gran empeño creativo, de un atractivo visual de gran originalidad, no descartándose su intervención en el diseño del propio retablo.
     Entre 1732 y 1733 se constata documentalmente la ejecución de tres retablos cola­terales, cuyas pinturas fueron adjudicadas a Domingo Martínez, todas ellas dedicadas a representar algún pasaje de la vida de la Virgen. En el retablo del crucero del lado del evangelio se conserva en el ático La presentación de la Virgen en el templo, y en el correspondiente del lado de la epístola, también en el ático La coronación de la Virgen. Para el cuerpo de la iglesia se concierta el 14 de marzo de 1733 un total de cuatro pinturas, "todas quatro pinturas an de ser de mano de Don Domingo": para el retablo dedicado a Santa Lucía una Nuestra Señora de la Encarnación, en el primer cuerpo y en el segundo Los desposorios de la Virgen, donde aún se mantiene. La primera se ha localizado en el reci­bidor del convento anexo regentado por los carmelitas, que representa una bella Anunciación que responde plenamente al estilo del maestro, en la que se funde la atmósfera murillesca con los nuevas maneras de la pintura francesa que Martínez supo asimilar de los pintores traídos entre 1729 y 1733 por la corte, años en que ésta residía en Sevilla. Las otras dos pinturas concertadas para el retablo colateral presidido por un Cristo atado a la columna, eran una Dolorosa y una "Nuestra Señora del misterio que se discurriere", que hasta ahora no han sido identificadas. Sin embargo, se han atribuido a Martínez una Inmaculada, también en el recibidor del convento, y una Asunción de la Virgen, en el convento carmelita de Jerez, que ambas se hacen proceder de los retablos de la iglesia, la primera del retablo que actualmente preside un San Alberto Magno en el lado del evangelio del crucero y la segunda al correspondiente de la epístola (Matilde Fernández Rojas. Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Trinitarios, Franciscanos, Mercedarios, Jerónimos, Cartujos, Mínimos, Obregones, Menores y Filipenses. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2009).
Conozcamos mejor la Biografía de Bernardino de Obregón, fundador de la orden de los Obregones;
     Bernardino Gómez de Obregón. (Las Huelgas, Burgos, 20 de mayo de 1540 – Madrid, 6 de agosto de 1599). Enfermero, fundador de la Mínima Congregación de los Siervos de los Pobres o Mínima Congregación de los Hermanos Enfermeros Pobres (Obregones), reformador de la enfermería española.
     Hijo de Francisco Gómez de Obregón y de Juana de Obregón y hermano de Ana y María, nació Bernardino en una familia de la baja nobleza burgalesa, lo que le permitió, por su condición hidalga y relaciones familiares, acceder a una formación acorde con su situación familiar. La prematura muerte de sus padres hizo que la custodia y educación de los tres niños pasasen a cargo de un familiar cercano, su tío, chantre de la iglesia de Sigüenza, quien continuó con su formación y dio posición social a los jóvenes. Ana, la hermana pequeña, ingresó como religiosa en el monasterio de Las Huelgas; casó a María en Burgos y dio empleo al joven Bernardino en la casa del obispo de la diócesis, donde fue instruido en un profundo ambiente religioso.
     Pudo más su espíritu aventurero que el de estudiante, y con la edad necesaria entró como alférez en la compañía mandada por el capitán Juan Delgado, con quien pasó a Flandes e Italia en las galeras del rey Felipe II e intervino activamente en la batalla de San Quintín, el 10 de agosto de 1557. Durante su etapa de militar, sirvió bajo las órdenes del duque de Saboya y del duque de Sesa, que le abrieron las puertas de la Corte, una vez que regresó a España. Ya en Madrid, el duque de Sesa le nombró su caballerizo mayor y comenzó a frecuentar los ambientes cortesanos, situándose en el círculo de íntimos del rey Felipe II, a quien asistió muchos años después en su propio lecho de muerte.
     Sus años de militar y el contacto directo con la muerte en el campo de batalla marcaron profundamente al joven Bernardino, que, imbuido del profundo sentimiento religioso en el que había sido educado, comenzó a frecuentar desde 1567 el hospital de la Corte y a prestar sus servicios para el cuidado de los enfermos. Fueron años decisivos en la vida de un joven de veintisiete años, que decidió, bajo el hábito de tercero de San Francisco, dejarlo todo y dedicarse por entero al cuidado de los enfermos. Vendió cuanto poseía y repartió su hacienda entre sus familiares y los pobres y se rodeó de un grupo de seis compañeros con quienes compartió su nueva forma de vida: Juan de Mata, Juan Mendoza, Juan de Montes, Pedro Hurtado, Juan García y Juan de Dios. De esta manera, comenzó a dar forma a lo que pocos años después sería una congregación dedicada a la asistencia de los enfermos pobres.
     Ante el aumento de jóvenes que decidieron unirse a Bernardino en sus tareas asistenciales, fundó, a instancias del Monarca, una congregación, que fue aprobada jurídicamente con el nombre de Mínima Congregación de los Siervos de los Pobres y quedó bajo la protección de Felipe II, que dio las licencias necesarias para su fundación, recibiendo la aprobación del ordinario de Madrid y la confirmación del cardenal arzobispo de Toledo y del nuncio de Su Santidad. Se abrió con ello una nueva etapa en la vida de Bernardino, caracterizada por la búsqueda constante en la mejora de la asistencia a los enfermos, conocedor, como ya era, de las grandes carencias de los hospitales de la época y de la falta de formación de los asistentes.
     Tras doce años de trabajo en el hospital de la Corte, en 1579 adquirió Bernardino unas casas en la calle de Fuencarral de Madrid y fundó el Hospital de Convalecientes de Santa Ana, adonde se retiró con sus hermanos y desarrolló una intensa actividad asistencial. Llegó a contar este hospital con ochenta enfermos convalecientes y otro tanto de niños huérfanos que recogía en las calles de Madrid, para los que fundó una escuela con maestro que les enseñaba la doctrina cristiana, a leer y a escribir y, cuando alcanzaban la edad adecuada, los ponía al servicio de maestros artesanos para que les enseñasen un oficio.
     En esos años, fundó una congregación formada por treinta y tres sacerdotes y una hermandad intitulada Junta de Caballeros, cuyos miembros acudían al hospital para dar de comer a los enfermos, hacer las camas y enterrar a los difuntos.
     Toda esta ingente actividad había proporcionado a Bernardino el aprecio de los madrileños y el respeto y admiración de la Corte, en la que Felipe II le distinguió durante toda su vida con su amistad y protección, concediéndole el hábito de Santiago.
     En 1587 y por bula de Pío V, se redujeron todos los hospitales de la Corte, y entre ellos el de convalecientes de Santa Ana, a uno solo, el Hospital General. Por expreso deseo del Monarca, los señores de la Real Junta de Hospitales encargaron a Bernardino el gobierno del nuevo Hospital General, al que pasó con treinta y seis hermanos y cuarenta enfermos desde el hospital de convalecientes de Santa Ana el 24 de julio de 1587.
     Fueron años en los que aumentó considerablemente el número de hermanos enfermeros que ingresaron en la congregación, y Bernardino los envió a prestar sus servicios no sólo a los hospitales de muchas ciudades del reino (Sevilla, La Coruña, Zaragoza, Pamplona...), sino también a las cárceles y a los ejércitos. En 1588 fueron veintidós enfermeros obregones en la escuadra enviada contra Inglaterra por Felipe II al mando del duque de Medina Sidonia, y posteriormente también efectuaron la travesía transatlántica.
     Con más de cuarenta y cinco años, Bernardino de Obregón alcanzó su madurez como enfermero. Conoció los males que aquejaban a la asistencia sanitaria de la época. Trabajó durante más de veinte años directamente con los enfermos, trató con médicos, cirujanos y enfermeros y vio morir en sus manos a muchos enfermos. Todo ello le dio la visión necesaria para acometer cambios en el trabajo enfermero que supusieron una mejora significativa de los cuidados prestados en los hospitales, centrando su atención en cuatro pilares fundamentales: la mejora del entorno físico, una formación adecuada del personal de enfermería, la atención a los enfermos pobres convalecientes y la extensión de la asistencia por todo el reino.
     Tras rechazar la propuesta de Felipe II de nombrarle visitador general de los hospitales reales, Bernardino marchó a Lisboa con doce hermanos enfermeros ante la petición efectuada por el príncipe Alberto, cardenal y gobernador de Portugal, que pidió personalmente al Monarca que enviase a una persona que reformase los hospitales de este reino. Llegó Bernardino a Portugal en julio de 1592 y se instaló en el Hospital Real de Todos los Santos, desde donde comenzó sus labores de reforma. Admitió hermanos enfermeros portugueses y castellanos, a los que instruyó y situó en distintos hospitales de Portugal y las islas Terceras (Azores). Fundó en Lisboa una casa o colegio para niñas huérfanas de soldados y difuntos pobres, que llegó a acoger a más de ciento setenta niñas; igualmente, acogía a mujeres y viudas sin recursos.
     Fue en esta etapa portuguesa cuando Bernardino decidió, a petición de Felipe II, dar a su Congregación forma definitiva y componer unas Constituciones o Reglas que sirvieran de normas de funcionamiento a su instituto y de referente al numeroso grupo de hermanos enfermeros que ya asistían dispersos por muchas ciudades de España y Portugal. Para ello se retiró al monasterio de Nuestra Señora de la Luz, de la Orden de Cristo, situado a pocos kilómetros de Lisboa, en donde comenzó su redacción, que vio su final en el Hospital Real de Évora.
     Después de varios años de intensa tarea reformadora, Bernardino fue llamado a la Corte ante la grave enfermedad que padecía Felipe II y le acompañó por expreso deseo del Monarca en sus últimos instantes en El Escorial, en donde falleció en 1598.
     Las buenas y largas relaciones que le unieron con la Familia Real hicieron que acompañase en 1599 al joven Felipe III a Valencia ante su inminente matrimonio, viaje del que volvió al Hospital General de Madrid el 29 de abril de ese mismo año. Fueron los últimos meses de su vida. La grave epidemia de peste que asoló la Corte ese año le hizo enfermar cuando atendía a un enfermo contagiado, muriendo el 6 de agosto de 1599, a la edad de cincuenta y nueve años. Con su muerte se sesgó una vida entregada a la reforma de los hospitales españoles y portugueses y a una mejora de la asistencia a los enfermos pobres.
     Su ideal de vida prendió en los hermanos de la Congregación que fundó, que siguieron los deseos de Bernardino y erigieron casas y hospitales por todo el reino y elaboraron, por su deseo, un manual de enfermería, titulado Instrucción de Enfermeros, que vio la luz en 1617 y que conoció otras cuatro ediciones más a lo largo de los dos siglos siguientes, significando esta obra una aportación sin precedentes para la enfermería española e internacional. Hasta mediados del siglo XIX, los enfermeros obregones difundieron una forma de concebir la enfermería y contribuyeron a superar muchas de las prácticas heredadas de la Edad Media, dotando de contenidos científicos la práctica enfermera española.
     Bernardino de Obregón fue enterrado en una bóveda del Hospital General, cuando éste se ubicaba en la calle de San Jerónimo. En la actualidad, y desde el año 1999, sus restos descansan en una capilla del camposanto de la Real e Ilustre Archicofradía Sacramental de Santa María y del Hospital General de esta Villa (Madrid), institución que está llevando a cabo la rehabilitación del expediente de beatificación de este ilustre enfermero (Manuel Jesús García Martínez, y Antonio Claret García Martínez, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de la Fiesta de la Natividad de la Bienaventurada Virgen María;
     Se ignora no sólo la fecha, fijada arbitrariamente el 8 de septiembre (El Sol, explican los teólogos, en esta fecha entra en el signo e Virgo, así como Cristo entrará en el vientre de María), sino también el lugar de nacimiento de la Virgen: unos opinan que fue en Jerusalén, otros en Nazaret o Belén.
     A causa de la ausencia de detalles tópicos, los artistas copiaron la Natividad de la Virgen de la Natividad de Cristo.
     Santa Ana está acostada o sentada en su cama, asistida por dos mujeres que vierten agua con un aguamanil sobre sus manos. En Dafni, una de ellas, de pie detrás de la cabecera de la cama, agita un matamoscas encima de su cabeza.
     Es posible que esas tres mujeres sean una supervivencia de las tres Parcas de la mitología  griega, siempre presentes cuando un niño abre los ojos a la luz.
     Como en la Natividad de Jesús, el motivo bizantino del Baño de la niña persistíó a lo largo tiempo. Las comadronas bañan a la pequeña María en una cuba, jofaina o pila con forma de copa.
     En la pintura realista del siglo XV, esta nota de intimidad y esta búsqueda de lo pictórico se exageran a expensas del sentimiento religioso. Las vecinas acuden para visitar a la parturienta, charlar con ella y llevarle regalos. Calientan el agua del baño y sacan pañales del arcón. La Natividad  de la Virgen se convirtió en una escena de género.
     A partir del siglo XVI se puso de manifiesto una reacción contra esta concepción burguesa y prosaica de la leyenda mariana. Altdorfer transportó el lugar de la escena de una habitación de parturienta a la nave de una iglesia. Regresó a tradición popular según la cual los ángeles habrían descendido del cielo para celebrar el nacimiento de su futura Reina. Éstos vuelan hacia su cuna, describen una alegre ronda encima de su cabeza y cantan en su honor.
      En el siglo XVII, en la iconografía  inspirada por el concilio de Trento casi siempre se ven ángeles afanados alrededor de la Virgen recién nacida, como para elevar su nacimiento al mundo divino. Sin embargo este motivo es muy anterior al concilio, puesto que ya aparece hacia 1520 en la Ronda de los ángeles de Altdorfer (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Solemnidad de la Natividad de la Bienaventurada Virgen María;
     Primera fiesta relativa a la infancia de María, con unos orígenes bastante oscuros. Debió surgir como conmemoración en la basílica levantada en su honor en Jerusalén junto a la piscina probática, que está atestiguada a partir del siglo V y confirmada por la arqueología, en el lugar que el apócrifo Protoevangelio de Santiago señala su nacimiento, sobre esta época. Los cruzados levantaron allí la Basílica de Santa Ana4. La fecha del ocho de septiembre debió fijarse porque al ser el principio de la Obra de la Redención, era oportuno colocarla al principio del año eclesiástico, según el Menologium Basilianum. Condicionó posteriormente la del ocho de diciembre de la Inmaculada. Existe un himno escrito por Romano el Meloda hacia el 550 en honor de la Natividad de la Virgen María, pero se duda de que fuera compuesto para la liturgia, aunque habla de la celebración de la fiesta. En Oriente adquirió pronto notorio auge, y ya en el periodo justinianeo se la atestigua en Bizancio.  
     En el siglo VII fue introducida en Occidente. Aparece en el calendario de Sonnacio, Obispo de Reims (614-631). Sergio I (+701) prescribe en Roma letanías en esta fiesta, como en las demás marianas, con procesión que partía desde San Adriano (edificio de la Curia en el Foro Romano) hasta Santa María la Mayor. Los antiguos sacramentarios, excepto el Leoniano, ofrecen ya formularios para una fiesta del nacimiento de la Virgen.  Fue dotada de octava por Inocencio IV Fieschi en 1243, como cumplimiento de un voto hecho por los cardenales en el cónclave de 1241, cuando estuvieron presos tres meses del Emperador Federico II. Gregorio XI Beaufort ha hizo preceder de vigilia en 1378. Declarada fiesta de precepto, perdió este carácter en la reforma de San Pío X Sarto, y actualmente tiene el rango litúrgico de fiesta.  En cuanto a la elección del día, hay quien opina que se impuso esta fecha porque, al considerar el nacimiento de María el principio de la culminación de la Obra de la Redención, se impuso septiembre por ser el comienzo del año litúrgico de los griegos. No obstante, otras fechas se registran para la fiesta: el antiguo calendario jeronimiano le señala el diez de agosto; los coptos la celebraban el veintiséis de abril y ahora el uno de mayo; los abisinios la conmemoraban durante treinta y tres días seguidos bajo el título de Semilla de Jacob. La consolidación y generalización de la fecha del ocho de septiembre parece deberse a que, instituida la de la Inmaculada Concepción el ocho de diciembre por ella, al retrotraerse nueve meses de gestación, al popularizarse, incidió reflejamente en la de la Natividad (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
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