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lunes, 2 de marzo de 2026

Un paseo por la calle García Ramos

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle García Ramos, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 2 de marzo, es el aniversario del nacimiento (2 de marzo de 1852) de José García Ramos, pintor sevillano, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la calle García Ramos, de Sevilla, dando un paseo por ella
   La calle García Ramos es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de San Vicente, del Distrito Casco Antiguo, y va de la confluencia de la plaza del Museo, y calles Cepeda y Alfonso XII, a la plaza de Rull.
    La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Al menos desde 1408 está documentada con el nombre de Garzo, cuyo verdadero origen se desconoce, aunque Santiago Mon­toto, sin mucho fundamento, lo atribuya al hongo del mismo nombre. En 1915 se sustituyó por el actual, en homenaje al pintor sevillano José García Ramos (1852-1912), autor de numerosos cuadros de tema costumbrista andaluz. El topónimo aparece escrito en artísticas placas de cerámica inspiradas en el estilo del pintor. Es larga, rectilínea y estrecha, conservando prácticamente el mismo trazado que puede verse en el plano de Olavide (1771), en el que presenta una mayor angulación en la desembocadura a la plaza de Rull, entonces sin nominar porque formaba parte de la calle. En 1879 se aprobó un plan de alineación de casas, que debió contribuir a su actual rectitud. Ado­quinada en 1905, hoy presenta dos tipos de pavimentos: de cemento, en muy mal estado, hasta el cruce con Alfaqueque, y de adoquines, también muy deteriorados, en el resto. Carece de aceras y posee en algunos puntos botarruedas de granito. Se ilumina con farolas sobre brazos de fundición adosados a las fachadas de la derecha. En el caserío abundan las viviendas tradicionales sevillanas, de dos plantas y aspecto popular, aunque se intercalan algunos edificios de pisos de reciente construcción. En general conserva un carácter tradicional, acentuado por el exorno floral de los balcones, terrazas y patios. Buena parte de la acera derecha está ocupada por el lateral del antiguo palacio del conde de Casa Galindo (v. Alfonso XII) y traseras de San Vicente. Cumple una función exclusivamente residencial, pues carece de comercios y bares. Es tranquila y silenciosa, incluso en las horas diurnas, sin apenas tráfico rodado ni peatonal. Según indica Gómez Zarzuela en su Guía de 1875, "en la casa núm. 17 murió la célebre Doña Josefina Comerford, condesa de Sales, que tanta y tan novelesca influencia ejerció en Cataluña en la guerra civil de1820-23 y prin­cipalmente en la insurreción ultra-realista de 1827, de la cual fue el alma" [Rogelio Reyes Cano, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
García Ramos, 23. Casa de dos plantas con balcón, muy volado, sobre tornapuntas de hierro. En el interior, el patio posee arquerías sobre columnas en planta baja y en uno de los frentes de la superior [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
Conozcamos mejor la Biografía de García Ramos, a quien está dedicada esta vía del callejero sevillano;
     José García Ramos nace en Sevilla en 1852, en el seno de una familia de condición humilde. Fueron sus padres José Ramírez, que regentaba una barbería en la calle Carpio y su madre Dolores Ramos. Tuvo un hermano llamado Juan, también pintor aunque no llegó a conseguir su fama. En 1862, con diez años de edad ingresa en la Escuela de Bellas Artes sevillana donde asiste a las clases de Natural y Colorido que impartía Eduardo Cano, pintor de reconocido prestigio y gran admirador de la pintura de historia. En esta temática lo debió iniciar su maestro aunque su carrera artística le llevaría por muy diferentes derroteros. En 1868, año en el que la Escuela suspendió sus actividades debido al estallido de la Revolución, continuó su aprendizaje en el taller del ya famoso pintor José Jiménez Aranda, artista que influyó de una manera decisiva en su vida y en su carrera, convirtiéndose así en su discípulo predilecto. Con este maestro García Ramos descubrió un mundo nuevo en el terreno artístico, mucho más agradable y sugestivo que las rigurosas directrices que le marcaba el estudio de la pintura de historia en la que se inició. 
     En 1872, cuando Jiménez Aranda marcha a Roma le aconseja que solicite una beca de la Diputación para ir con él. 
     Aunque no se la conceden, viaja a la Ciudad Eterna con su maestro y gracias a la ayuda económica de su familia. Las primeras obras que se conocen de su estancia en Roma son varias academias que se conservan en diferentes museos de España. En el Museo de Bellas Artes de Sevilla se encuentran tres de ellas que representan figuras masculinas, expuestas en esta exposición. Una de ellas está firmada en 1872 por lo que debe ser uno de sus primeros dibujos. 
     En esta ciudad, junto a su maestro entra en contacto con Fortuny y la colonia de pintores españoles allí residente, en especial con José Villegas. Acude a las clases de la Academia Chigi donde copia desnudos del natural y, para ganarse la vida, pinta cuadros de pequeño formato, vistosos y coloristas, con un dibujo fácil y una pincelada jugosa, en los que recrea escenas andaluzas que son bien acogidas por gran parte de la clientela. A partir de este momento se siente atraído por el tipo de pintura que realizaba Fortuny, considerado como el representante de un neoromanticismo que une el sabor de lo costumbrista con un primoroso y deslumbrante toque de color. El gran genio del miniaturismo puso de moda los llamados tableautin procedentes de Francia, pequeños cuadros de escenas románticas, ambientados en el siglo XVIII, con tipos vestidos con casacas y que captan versiones amables de la vida cotidiana, tratadas con un estilo preciosista. Esta modalidad de pintura, que en España se denominó pintura de casacón, era muy apreciada por el mercado europeo y americano, siendo por tanto de fácil venta. García Ramos dedicó gran parte de su producción a este género, que podría considerarse como una variante menor de la pintura de historia, siguiendo el estilo de la famosa obra de Fortuny La Vicaría (h. 1867), realizada con un cuidado dibujo, minuciosidad y preciosismo, gran sentido del color y perfecto estudio lumínico, y que abre definitivamente la puerta de la pintura realista en España. García Ramos supo captar a la perfección estas cualidades y plasmarlas en sus obras. Dado el éxito que obtuvieron éstas en el mercado, pudo prolongar su estancia en la ciudad por espacio de tres años.
     En 1875 se encuentra fechado su primer dibujo a pluma tal como él mismo confirma con la inscripción “Mi primer dibujo a pluma / 1875”. A mediados de este año se encuentra en Sevilla junto a su maestro Jiménez Aranda. En el Museo de Bellas Artes de esta ciudad se conserva un apunte, firmado en 1876, que representa a un anciano de pie, expuesto en esta muestra. En la exposición del Consulado de Sevilla de 1877 presenta el lienzo La escalinata de la Plaza de España en Roma y varios dibujos, lo que constata que en los dos años que permaneció en su ciudad natal pintó y participó activamente en su vida cultural, al mismo tiempo que era consciente de la clara diferencia entre el inmovilista ambiente artístico sevillano y las innovaciones que imperaban en la capital italiana. En este año regresa de nuevo a Roma y aprovecha para realizar viajes a Nápoles y Venecia y otras ciudades italianas, pintando incansablemente cuadritos de género de excelente factura, en clara línea fortunyana. Gracias al apoyo de su maestro se abre camino entre los marchantes de arte con su producción de tableautin y entra en contacto con el londinense Arthur Tooth, quien se encarga de la venta de casi todos sus cuadros. De este modo se convertirá en un pintor bien conocido en los ambientes artísticos de Roma, Londres y España. 
     A su etapa italiana pertenece una de sus obras más emblemáticas, su cuadro neogoyista El Rosario de la Aurora, actualmente en paradero desconocido, en el que ya estaba trabajando en 1874 y del que realizó varias versiones. Fue tan bien acogido por la crítica y el publico italiano que decidió enviarlo a Madrid a la exposición organizada, en 1879 por la galería Bosch, con la intención de que fuera también conocido en su patria. La obra no obtuvo el éxito esperado y una vez clausurada la exposición fue devuelta a Roma. Posiblemente este primer lienzo fue el que adquirió don Fernando Puig en 1884, ya que así consta en La Ilustración Española y Americana de ese mismo año. Una segunda versión, también firmada en Roma, es la que adquirió la casa Goupil de París, en 1881 a un elevado precio. Con toda probabilidad es éste el cuadro que se conserva en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires. En el Museo de Cádiz se encuentra otra variante de este tema, fechada en 1882, procedente del legado Martínez de Pinillos. 
     En 1881 junto a su maestro Jiménez Aranda marcha a París, la nueva capital artística internacional, en la que los impresionistas aún no eran reconocidos y en la que pervivía todavía la moda de la pintura realista. Sin embargo no logra introducirse en el círculo de artistas de renombre al no conseguir gran éxito con su pintura, por lo que decide regresar a Sevilla, donde se establece definitivamente a partir de 1882, a excepción de algunos viajes a Granada (1882-1883-1887), Galicia (1886) y varias estancias en Madrid. 
     A su regreso a su ciudad natal ya venia avalado por un reconocido prestigio siendo nombrado en 1882 presidente de la Academia Libre de Bellas Artes de Sevilla, institución fundada en 1872 por un grupo de jóvenes artistas independientes con la finalidad de competir con el academicismo y el clasicismo imperantes en la ciudad y preparar el advenimiento del realismo. Durante su presidencia, García Ramos trabajó con gran empeño para darle un gran impulso a una institución que en esos momentos se encontraba en crisis. 
     En 1886 un grupo de artistas y escritores sevillanos decide dedicar en La Ilustración Artística un número a Gustavo Adolfo Bécquer y le encarga la portada a García Ramos para la que realiza el que es considerado el primer retrato del poeta. Por esta misma fecha debió contraer matrimonio con una modista llamada Antonia Aguilar de la que sólo tuvo un hijo, llamado José, que se dedicó al teatro y que debido a su desordenada vida ocasionó a su padre numerosos problemas. 
     En los años finales del siglo tanto la pintura de historia como la de casacones comienzan su decadencia debido a la falta de la protección oficial y al cansancio de la clientela. Estas circunstancias provocan que los artistas se vean abocados a cultivar otro tipo de pintura que tuviera mayores atractivos, por lo que se aproximaron a un concepto más realista, encontrando en la existencia cotidiana los temas en los que inspirarse. 
     En la década de los ochenta comienzan los que van a ser sus años de plenitud que se prolongarán hasta la fecha de 1900. En ellos realizará una extensa producción de cuadros de pequeño y mediano formato de temática costumbrista en los que recrea escenas y acontecimientos locales como bodas, bautizos, procesiones, temas taurinos o de tabernas y retrata a una gran variedad de tipos populares como gitanas, cigarreras, novias, contrabandistas, bailaores o vagabundos. García Ramos es un observador ingenioso del natural y de ahí la gracia de sus personajes, vitales y alegres, reflejo de una sociedad optimista como indican los títulos de algunas de sus obras: Pelando la pava, Baile por bulerías, Pareja de baile... 
     Se ha establecido un paralelismo entre su obra y la de sus contemporáneos los escritores Joaquín y Serafín Álvarez Quintero por lo que tienen ambas de inspiración en un mundo inmediato y cercano y de reflejo de una sociedad concreta, descrita en su faceta más anecdótica y a la vez intrascendente. García Ramos fue un artista que jamás pintaba de memoria por lo que siempre contaba en su estudio con varios modelos, entre los que destacamos a José “el Aragonés”, que aparece en casi todos sus cuadros y lo mismo lo representa en sus figuras masculinas o femeninas. 
     En estos años es considerado el primer pintor de la ciudad, ejerciendo gran influencia en el ambiente artístico. En 1892 regresa a Sevilla definitivamente su maestro Jiménez Aranda llegando a convertirse ambos en los principales pintores locales. 
     Una importante faceta dentro de su ingente producción fue la de fecundo dibujante e ilustrador de publicaciones periódicas. Sus dibujos se encuentran entre lo mejor de su producción y en la mayoría de las ocasiones son superiores en calidad a los textos que ilustraban. A partir de 1883 inicia su colaboración regular con La Ilustración Española y Americana de Madrid, La Ilustración Artística de Barcelona y a partir de 1891, fecha de su creación por Torcuato Luca de Tena en Madrid, con Blanco y Negro. Estas publicaciones popularizaron ampliamente su obra y le dieron gran difusión en el ámbito nacional. 
     A su consagración oficial colaboró de manera especial la publicación, en 1891 en Barcelona, del libro de Benito Mas y Prat La Tierra de María Santísima. Ilustrado con cincuenta láminas, dibujos a plumilla o tintadas, que siguen muy de cerca el texto, y que fue recibido de una manera entusiasta por la crítica y el público en general. 
     Se trata de una recopilación de estampas literarias en las que su autor refleja diversos aspectos de Andalucía, a la que presenta como la protagonista absoluta de los capítulos del libro, y dentro de ellos Sevilla ocupa un lugar privilegiado, con un tratamiento a medio camino entre el relato costumbrista romántico y el ensayo antropológico moderno. La unión de ambos trabajos forma un todo inseparable en el que se representa la esencia de Sevilla mostrando escenas callejeras, tabernas, procesiones de Semana Santa, vistas de la Feria de Abril... En la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1890 García Ramos presenta las láminas originales obteniendo medalla de segunda clase.
     A pesar del prestigio del que gozaba se mostraba reacio a enviar sus lienzos a las Exposiciones Nacionales, en contraposición al resto de pintores que, aunque en sus inicios, se afanaban porque sus cuadros figurasen en cuantas exposiciones de importancia se celebraban. Por primera vez se presenta en 1884 a la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid con un dibujo a sepia titulado El secuestrador, con el que obtuvo una medalla de tercera clase. En 1888 figuró en la Universal de Barcelona donde fue premiado con medalla de bronce. No contó sin embargo su obra con el reconocimiento oficial y, aunque se siguió presentando a numerosas exposiciones nacionales y extranjeras, siempre obtuvo recompensas de carácter secundario, ya que los jurados consideraban su pintura falta de trascendencia y con asuntos que no eran más que simples anécdotas. Hay que considerar que en estos años el cuadro de historia estaba en pleno auge y las primeras medallas eran para los pintores que se dedicaban a este género. Sin embargo, debido a su fama y prestigio en Sevilla, donde era reconocido en todos los ámbitos, en 1893 fue nombrado académico numerario de la Real Academia de Bellas Artes, nombramiento que le supone personalmente una gran recompensa a su trayectoria artística. En este momento su pintura era tan demandada que numerosos extranjeros visitaban su estudio y la adquirían a muy altos precios, incluso llegaron a ser conocidas y bien cotizadas en Buenos Aires gracias a las gestiones realizadas por el pintor José Pinelo que las enviaba a las numerosas exposiciones que allí se celebraban. En estos certámenes sí obtenía gran éxito su pintura, por lo que parte de su producción se encuentra en Argentina. En estos años modifica su firma. En un principio, y para diferenciarla de su hermano Juan, firmaba sus obras solamente con los apellidos pero a partir de 1896 firmará siempre “J. García y Ramos”.
     Al llegar el nuevo siglo, y hasta 1912, fecha de su fallecimiento, se advierte en su producción un abandono de la vitalidad y luminosidad que caracterizaban su carácter alegre y su inclinación hacia el lado amable de la vida. Una serie de desgracias en su vida personal, el agravamiento de la enfermedad que arrastraba desde hace años, el hecho de que su pintura no fuera tan demandada, el no haber sido reconocido con unanimidad por los jurados de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes y el gran auge que adquirió la pintura de Sorolla, son factores que influyeron de manera importante en el descenso de su producción. Esto se reflejó en su pintura y su paleta, antes brillante, se oscureció prefiriendo ahora los tonos pardos, azulados y algún que otro matiz de verde, utilizando el rojo en raras ocasiones. 
     Sin embargo el último lienzo que realiza, por encargo de los hermanos Álvarez Quintero, en 1912, en el que debía pintar a una mujer andaluza que reflejara el carácter de Rosita, la protagonista de su obra Malvaloca, es muy diferente a los de su producción de estos años. En esta obra el pintor se aleja de su oscurecida y triste paleta para emplear tonos blancos, rojos y toda una gama de verdes que dan como resultado una composición alegre, brillante y fresca. Un año antes, en 1911 realiza, en esta misma línea, el lienzo para el cartel anunciador de las fiestas de primavera de 1912. 
     García Ramos gozó de enorme éxito popular en su época por lo que a su taller acudieron numerosos discípulos que llegaron a ser importantes pintores dentro del ámbito local, entre los que destacamos a Diego López, Rico Cejudo, que “se llamaba a sí mismo el más antiguo de sus discípulos”, Miguel Ángel del Pino, Santiago Martínez y el más joven, Alfonso Grosso, quien heredó su estudio de la Casa de los Artistas. 
     Murió el 2 de abril de 1912 en su casa de la calle Fernán Caballero. La Real Academia de Bellas Artes de Sevilla decidió colocar en su recuerdo la siguiente lápida: “En esta casa murió / el día 2 de abril de 1912 / el ilustre pintor sevillano / DON JOSÉ GARCÍA Y RAMOS / intérprete fidelísimo de nuestras costumbres populares. / La Real Academia de Bellas Artes / de esta ciudad dispuso perpetuar / su memoria en este monumento.”
     Tras su muerte fueron numerosos los homenajes que recibió por parte de la ciudad de Sevilla, como una glorieta que se inauguró el 8 de mayo de 1923 en la Huerta del Retiro (Jardines de Murillo), con un discurso de los hermanos Álvarez Quintero. Son muy representativas de su obra algunas frases de éste como “El espíritu de la Sevilla de su tiempo alentará siempre en sus cuadros en los que sus pinceles pusieron unas chispas de humor de la ciudad de sus amores...”. Durante al menos más de veinte años después de su muerte, y con motivo de algunos aniversarios de su fallecimiento, la prensa en general dedica numerosos artículos en homenaje y reconocimiento a su labor artística. A instancia de sus amigos y compañeros ateneístas, entre ellos Gonzalo Bilbao, el mismo año de su muerte, organizan una exposición en su estudio de la Casa de los Artistas con un gran número de sus obras que fueron adquiridas por diferentes personalidades de la ciudad. En 1973 en la Galería Loring de Madrid, se presenta la segunda exposición-homenaje en la que se expusieron también obras de Gonzalo Bilbao. En 1997 La Fundación El Monte de Sevilla le rinde homenaje con la exposición titulada José García y Ramos, un ilustrador de la vida sevillana. 
     Su abundante producción se podría clasificar en tres periodos correspondientes a las diferentes etapas de su vida artística. De su estancia en Roma destacan El Rosario de la aurora, anteriormente mencionado, Una estación de ferrocarril, Músicos romanos en un día de viento, fechado en 1877 y uno de sus cuadros mejor logrados. Del año 1879 es el cuadro Salida de un baile de máscaras, tema que repitió en varias ocasiones consiguiendo cada vez un cuadro distinto de los anteriores. 
     De los años de plenitud, el cuadro Baile por bulerías, premiado con medalla de oro en la Exposición de Sevilla de 1884; el dibujo a sepia titulado El secuestrador, ya mencionado; el lienzo !Fue un artista! que presentó a la Exposición Nacional de 1890, por el que no obtuvo recompensa alguna a pesar de ser una de sus obras más conseguida que en 1891 figuró a la Exposición de Bellas Artes de Barcelona obteniendo una mención honorífica; Se aguó la procesión, presentado a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1894; Pelando la pava, cuadro del que realizó varias versiones; !Hasta verte Cristo mío! premiado con una condecoración en la Nacional de 1895...
     De sus últimos años, época de crisis y desengaños personales, Loca de celos, presentada en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1904; Las hermanas huérfanas, El niño del violín, Era un artista, Las hijas del preso y la ya mencionada Malvaloca, que dejó inacabada, así como diferentes carteles de feria. 
     En conclusión podemos entender la obra de García Ramos como el mejor exponente del temperamento popular andaluz, por saber traducir en sus lienzos toda la gracia y espontaneidad de los ambientes castizos de su época. Sus pinturas, realizadas con un dibujo ágil y elegante y llenas de vivacidad y alegría son testimonio de la vida popular sevillana en los años finales del siglo XIX, comparables sólo con las escenas y personajes llevados al teatro por los hermanos Álvarez Quintero. En las calles sevillanas sus personajes, de gran vitalidad, se mueven con toda naturalidad pero sin mostrar en ningún momento la tragedia y el drama de sus vidas y de la ciudad en la que viven. Su pintura permanece ajena a cualquier intento de crítica social. Fue el pintor sevillano por excelencia, que hizo de su tierra el tema constante de su producción y además cronista de su época y de sus distintas clases sociales. Sus temas, anecdóticos y triviales y con un cierto aire humorístico en su mayoría, se hacen un tanto reiterativos y monótonos, posiblemente debido a imperativos de la moda. Están realizados con una técnica impecable a base de una pincelada fluida y suelta y un colorido armonioso y ligero en el que contrastan con habilidad tonos sutilmente matizados. Una de las habilidades que más se admira de García Ramos es su completo dominio del dibujo. A este respecto Cascales Muñoz así lo destaca en su semblanza sobre el pintor.
     La crítica, en general, durante gran parte del siglo XX, ha sido bastante intransigente con su figura, achacándole el ser un pintor costumbrista que sólo ve los aspectos amables y festivos de la realidad y desprovisto de todo sentido crítico. Por otro lado le reprocha el haberse recluido en su ciudad natal permaneciendo completamente al margen de los debates artísticos innovadores que se estaban produciendo en el resto de Europa, no haber sabido o querido evolucionar, haberse repetido tanto y, sobre todo, perpetuar la imagen más tópica de Sevilla, producto de una idea preconcebida de lo andaluz que viene desde comienzos del siglo XIX, a causa de la presencia en la ciudad de los viajeros románticos que legaron crónicas y estampas costumbristas excepcionales. Pero él respondía a la demanda del mercado, que en líneas generales era conservador y dependiente en buena medida de una clientela extranjera, que en ningún momento requería pinturas realizadas con audacias técnicas o novedades estéticas sino escenas típicas de pequeño formato en un estilo fácil y vistoso, ajenas a todo dramatismo y fáciles de comercializar a modo de souvenir. 
     Fue el pintor de las tradiciones sevillanas que reflejó en sus obras, con singular agudeza, una Andalucía típica y auténtica, siempre dentro de un costumbrismo romántico que reaparece renovado en cuanto a la técnica pero no en el espíritu. En resumen su obra se convierte en uno de los mayores exponentes del regionalismo andaluz. García Ramos fue consciente de que su obra había pasado de moda y saturado el mercado artístico sevillano, sin embargo no fue capaz de cambiar su estilo (Rocío Izquierdo Moreno, José García Ramos. Apunte biográfico).
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Más sobre el Callejero de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

La calle García Ramos, al detalle:
Edificio calle García Ramos, 23

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