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domingo, 4 de julio de 2021

La Iglesia de San Cristóbal, en Burguillos (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte la Iglesia de San Cristóbal, en Burguillos (Sevilla).
     Hoy, 4 de julio (primer domingo del mes de julio), se celebra la Jornada de Responsabilidad en el Tráfico, promovida por la Conferencia Episcopal Española, conmemorando a San Cristóbal, celebrado hasta febrero de 1969 como patrón de los conductores, cuando fue retirado del Martirologio Romano por Pablo VI, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la Iglesia de San Cristóbal, en Burguillos (Sevilla).
     La Iglesia de San Cristóbal, se encuentra en la calle Concepción de Osuna, s/n, de Burguillos (Sevilla).
   Edificio formado por dos naves separadas por pilares cuadrangulares que apean arcos de medio punto. El presbiterio es un espacio cuadrangular cubierto por bóveda  de cañón  con lunetos. Las naves presentan cubiertas de madera, que en la principal lleva motivos de lacería y en la lateral estructura de colgadizo. Una sencilla portada rematada por una espadaña barroca se sitúa en la fachada de los pies. El templo debió de ser en origen una construcción de tipo mudéjar, a la que se añadió en la segunda mitad del siglo XVIII una nave lateral, alterándose asi­mismo la capilla mayor y la fachada principal. Con respecto a estas obras, se sabe que en 1774 Ambrosio de Figueroa presentó un informe y que en las obras intervinieron posteriormente José Álvarez, Pedro de Silva y Antonio Matías de Figueroa.
     El retablo mayor, de un solo cuerpo dividido en tres calles por medio de estípites, es obra de Juan Cano Zamorano y fue realizado entre 1754 y 1756. Presenta pinturas coetáneas de Santa Lucía, Santa Bárbara, San Juan Bautista y San Francisco de Asís. La escultura de San Cristóbal situada en la hornacina central es de la misma época y fue renovada en 1839 por Diego Delgado. En las calles laterales aparecen esculturas de Santa Lucía, de mediados del siglo XVIII, y de San Sebastián, de principios del XVI. El retablo dedicado a las Ánimas es un gran lienzo realizado a primeros del siglo XVIII y enmarcado por una ancha moldura de hojarasca. En el altar de la Virgen del Valle, obra de candelero del siglo XVIII, se sitúan esculturas de San Antonio de Padua y de San José, de la misma fecha.
     Presidiendo la Capilla Sacramental, decorada con yeserías barrocas de la segunda mitad del siglo XVIII, aparece un retablo barroco dedicado a la Virgen del Rosario, en el que figuran las esculturas de San Joaquín, Santa Ana y el Niño Jesús, que se fechan en el siglo XVIII.
     Entre los objetos de orfebrería destacan una cruz parroquial de plata decorada con rocalla y fechable en el último tercio del siglo XVIII, que presenta los punzones de Alexandre y Cárdenas, y un ostensorio de plata lisa y estilo neoclásico con los punzones de A. Méndez, que corresponde al primer tercio del siglo XIX (Alfredo J. Morales, María Jesús Sanz, Juan Miguel Serrera y Enrique Valdivieso. Guía artística de Sevilla y su provincia. Tomo II. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2004).
     La Iglesia corresponde a una construcción mudéjar de planta rectangular dividida en tres naves por pilares cuadrados. En el siglo XVIII, se cerró una de las naves, construyéndose una nueva cabecera y la fachada de los pies. En el siglo XX, la nave del Evangelio se ha compartimentado en diversas estancias. Sobre las obras del siglo XVIII existen los informes presentados por Ambrosio de Figueroa en 1774, José Álvarez, en 1775 y 1776, Pedro de Silva en 1777 y Antonio de Figueroa en 1779.
     En 1580, Burguillos contaba con trescientos vecinos, según los padrones, y en 1624 la población bajó a sesenta y cuatro, debido a los estragos de las epidemias de peste de 1.580-83. En este periodo del Antiguo Régimen, es destacable el hecho de que Burguillos, con su escasísima población, mantenía tres edificaciones religiosos, de la que sólo ha llegado hasta nuestros días la Parroquia de San Cristóbal Mártir (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     
Desde la carretera de Sevilla, la céntrica calle Real asciende por un altozano en cuya cima, y coronando el municipio, se encuentra la Iglesia Parroquial de San Cristóbal Mártir, de estilo mudéjar, con espadaña barroca. La iglesia es sede del patrón del municipio, San Cristóbal Mártir; de la hermandad de Nuestra Señora del Rosario Coronada, patrona del municipio; de la Virgen de los Dolores, que sale en procesión el Viernes de Dolores, y el Cristo del Voto, que lo hace el Viernes Santo. Además de las imágenes titulares que alberga en su interior, destacan algunos lienzos y la orfebrería, con más de cien años de antigüedad. 
     El edificio es exponente de la cultura cristiana castellana. Fue construido probablemente en el siglo XV-XVI, como demuestra el hecho de que su arco triunfal fuese apuntado. En la época barroca el arco fue rehecho en sentido circular, tal como ha llegado a la actualidad. La iglesia sufrió ampliaciones en la segunda mitad del siglo XVIII, sobre el año 1775, llevadas a cabo por los famosos arquitectos sevillanos Ambrosio de Figueroa y su hermano, Antonio Matías, que trabajaron en prácticamente todos los edificios de Sevilla y su provincia (Palacio de San Telmo, Monasterio de la Cartuja, Catedral de Sevilla, entre los más importantes).
     Más tarde, en el siglo XX, la nave del Evangelio fue compartimentada en diversas estancias. 
     Un dato importante de la iglesia parroquial de Burguillos es la espadaña, de estilo barroco. Este templo no tiene torre, posee una espadaña a la que se accede por medio de unos tramos de escaleras situados precisamente a los pies de la nave del Evangelio, lo que lleva a pensar en que se proyectaría una torre pero que finalmente no se realizó. Otro aspecto de interés son unas puertecillas situadas a los laterales del retablo mayor, que nos da muestras de que tiempo atrás existió una tras-sacristía. 
     El interior del templo se encuentra cubierto con artesonado y destacan algunos lienzos y piezas de orfebrería principalmente del siglo XVIII y XIX, aunque también encontramos algunas obras del siglo XVII y también contemporáneas (Turismo de la Provincia de Sevilla).
Conozcamos mejor la Leyenda, Culto e Iconografía de San Cristóbal
LEYENDA
   Santo fabuloso cuya leyenda no se remonta más allá del siglo XI y es sólo el desarrollo de su nombre Cristóforo, que en griego significa «Porta Cristo". Originalmente, esa expresión se comprendía de manera espiritual: aquel que lleva a Cristo en su corazón. Luego se lo tomó en sentido material.
   Su nombre verdadero habría sido Auferus (bandolero), o Reprobus (maldito, réprobo). Fue en ocasión de su conversión que habría sido bautizado Cristóforo.
   Los Hechos gnósticos de San Bartolomé, compuestos en el siglo VI, hablan de un cierto Christianus cynocephalus et anthropophagus que habría sido convertido por el apóstol. Por ello, a veces le ponen una cabeza de perro.
   Según la tradición popularizada en el siglo XIII por la Leyenda Dorada, el hombre que había llevado a Cristo sobre los hombros sólo podía ser un gigante. Orgulloso de su fuerza, sólo accedió a servir al rey más poderoso del universo. Se puso al servicio de un monarca, pero al advertir que éste tenía miedo al diablo, lo abandonó para servir a Satán. Decepcionado una vez más, puesto que la vista de una cruz en un cruce de caminos bastó para derrotar al diablo; y aconsejado por un ermitaño, se comprometió a servir a Cristo, y para complacer a éste, se dedicó a ayudar a viajeros y peregrinos en el paso de un río peligroso.
   Una tarde se oyó llamar por un niño, quien le pidió que lo cargase sobre lo hombros; pero su carga se volvía cada vez más pesada, tanto, que el gigante debió apoyarse sobre el tronco de un árbol que estuvo a punto de romperse. Llegó con dificultad a la orilla opuesta, donde un ermitaño lo guió con una linterna. Entonces el niño misterioso se dio a conocer como Cristo, soberano del cielo y de la tierra. Para probárselo, le dijo a Cristóbal que plantara su cayado en la tierra, que enseguida se convirtió en una palmera datilera cargada de frutos.
   En el Niño Jesús el gigante reconoció a su amo.
   La leyenda del vado no bastó a los hagiógrafos quienes, además, copiaron del repertorio de anécdotas usuales: el gigante fue encerrado con dos bellas cortesanas, Nicea y Aquilina, encargadas de hacerlo volver al culto de los ídolos. Pero ocurrió lo contrario, las seductoras se dejaron seducir y derribaron la estatua de Júpiter, y ambas fueron conducidas al martirio. Después de haber encajado un casco calentado al rojo, Cristóbal fue atado a un árbol ante cuatrocientos arqueros cuyas flechas se debilitaron al llegar al blanco (sine ictu), o invirtieron milagrosamente su trayectoria, contra los verdugos que las dispararan. Una de ellas dio en el ojo del emperador que presidía el suplicio.
   En estas pueriles invenciones se reconoce fácilmente una copia del martirio de San Sebastián y de los santos médicos Cosme y Damián.
CULTO
   Probado desde 450 por una inscripción griega de Asia Menor, en el siglo V el culto de San Cristóbal se difundió en Constantinopla y en Sicilia.
   La popularidad de este Hércules cristiano tiene los mismos fundamentos que el [de] santa Bárbara: se lo creía protector contra una de las desgracias más temidas de la Edad Media, la muerte súbita sin confesión, que se llamaba mala muerte. Según la creencia popular, bastaba con mirar la imagen de San Cristóbal para estar durante todo el día a salvo de ese peligro.
   Esta superstición está probada por muchos refranes en latín y en francés:
          Christophorum videas 
          Postea tutus eas.
   Y, además:
          Christophori sancti speciem quicumque tuetur 
          Ista nempe die non morte mala morietur.
          Cristofori faciem die quacumque tueris.
          Ila nempe die morte mala non morieris. 
          Vigilate quia nescitis diem neque horam.
   Y para aquellos que no comprendían el latín: Regarde Saint Christophe, puis va-t-en rassuré. (Observa  a San Cristóbal, luego vete seguro.)
   Esta recomendación tenía forma de dístico mnemotécnico:
          Quand du grand Saint Christophe on a vu le portrait, 
          De la mort, ce jour là, on ne craint plus le trait.
          (Si del gran San Cristobal hemos visto el retrato
          Ese día  la muerte no ha de darnos mal rato.)
   O bien:
          Glorieux Saint Christohpe, au matin te voyant, 
          Sans crainte d 'aucun mal, on se couche en riant.
          (Glorioso San Cristóbal viéndote a la mañana
          Sin mal, riendo, a la noche nos vamos a la cama.)
   Ello explica el prodigioso número de imágenes gigantescas de San Cristóbal, pintadas o esculpidas, puestas en las fachadas y entradas de las iglesias, o, como en Berna, sobre las puertas de las ciudades. Era necesario que estuviesen a la vista tanto como fuese posible, y que en consecuencia, fueran de grandes dimensiones para que los fieles no perdieran tiempo buscándola en una capilla oscura. Esas imágenes preventivas o apotropaicas, resultarían innumerables si no hubiesen sido sistemáticamente destruidas después de la Reforma y del concilio de Trento.
   En Saint Junien, Limousin, hay un fresco románico que representa al santo en el brazo norte del transepto, a la entrada de la escalera que conduce a la Linterna de los muertos.
   Como San Cristóbal protegía de la muerte súbita, se lo invocaba también contra la peste. Se contaba entre los santos antipestosos, junto a San Sebastián, San Antonio y San Roque.
   Por eso en Alemania cuenta en la cohorte de los Catorce Intercesores.
   Se recurría a él contra el mal de ojo, porque una de las flechas disparadas en su contra se volvió contra el ojo del rey que lo condenara a muerte.
   También curaba las enfermedades más benignas: dolor de muelas y el panadizo.
   Hacía encontrar tesoros ocultos a quienes lo invocaban.
   Numerosas corporaciones o profesiones vindicaban su patronazgo por diversos motivos.
   1. Todos los oficios que exponían a quienes los practicaban al riesgo de la muerte súbita: en la Edad Media, los arcabuceros, en la actualidad los montañeros, automovilistas y aviadores.
   2. A causa de su gigantesca talla y de su fuerza hercúlea, Cristóbal es el patrón de los atletas, de los mozos de cuerda (facchini), de los cargadores de mercado, de los cargadores de trigo.
   3. Y por su oficio, es patrón de los pasadores, y también de los viajeros y de los peregrinos que en la Edad Media, a falta de puentes, solían vadear los ríos.
   4. En conmemoración del tronco de árbol vivo sobre el que se apoyó, es patrón de los jardineros y de los encargados de viveros y se lo invoca para la protección de los árboles frutales.
   Pese a tan numerosos patronazgos. hay pocas iglesias puestas bajo su advocación.
   Su popularidad decayó rápidamente a partir del siglo XV. Erasmo tomó partido en su contra en Enchiridon militis christiani y en su Encomium Moriae (Erasmo se burla de la ingenuidad de los tontos que se creen a cubierto de todo accidente durante la jornada, cuando se han persignado devotamente ante una imagen pintada o tallada de ese Polifemo cristiano. Para los humanistas, la devoción a San Cristóbal pertenece a la categoría de superstitiosus imaginum cultus). Ha sido víctima de la Reforma y de la Contrarreforma al mismo tiempo. El gran San Cristóbal de la puerta de Berna fue disfrazado de Goliat por los protestantes. El clero católico de los siglos XVII y XVIII, que encontraba al buen gigante comprometedor y un poco ridículo, lo hizo desaparecer de las iglesias. El muy reciente patronazgo de los automovilistas, de quienes se ha convertido en la mascota, le ha procurado un renuevo de popularidad. Uno de los principales centros de su culto es Saint Christophe le Jajolais (Sarthe). En el barrio parisino de Javel, donde se encuentra la fábrica de automóviles Citroën, hay una iglesia puesta bajo su advocación.
ICONOGRAFÍA
   A pesar de todo, la iconografía de San Cristóbal sigue siendo muy rica. Es mucho más tardía que su culto, y comienza en el siglo X.
   Su tipo iconográfico no es fijo y uniforme como el de la mayoría de los santos, y comporta tres variantes:
1. El tipo barbudo
   Igual que Cristo, Cristóbal está representado ya barbudo, ya imberbe. El tipo barbudo es el más frecuente.
2. El tipo imberbe
   No obstante a veces el santo está rejuvenecido y aparece con los rasgos de un joven imberbe. Pueden citarse ejemplos tanto en el arte italiano (Cesare da Sesto, Bueno da Ferrara) como en el germánico (retablo de Käfermakt).
3. El tipo cinocéfalo
   Un tipo más infrecuente en Occidente es San Cristóbal con cabeza de perro, cuya nariz se alarga en hocico, y tiene orejas puntiagudas y lengua colgante. Se han propuesto numerosas explicaciones para esta singularidad. Los comparatistas sostuvieron que esa cabeza de perro se había copiado de las representaciones del dios egipcio Anubis. San Cristóbal sería Anubis cristianizado.
   Según otra hipótesis, el origen de ese tema debe buscarse en las leyendas asiáticas popularizadas por el Fisiólogo y los Bestiarios, acerca de una raza fabulosa de cinocéfalos que se situaba en los confines del mundo habitado. En las Pentecostés armenias, un personaje con cabeza de perro simboliza a los pueblos que acuden desde los confines del mundo para oír la palabra del Evangelio. En el tímpano de Vézelay se encuentra un eco de esta tradición. La tercera explicación es que en los martirologios antiguos, san Cristóbal se consideraba salido de una familia cananea (genere cananeo), que los copistas transformaron por el cambio de «a» en «i», en canineo (genere canineo). No hacía falta más para difundir la creencia en un gigante con cabeza de perro. No obstante, esta hipótesis sostenida por Künstle choca contra una objeción que al menos debió discutir, y es que casi todas las representaciones de San Cristóbal cinocéfalo pertenecen al arte cristiano de Oriente, es decir, al mundo griego, y que la confusión entre cananeo y canineo sólo pudo producirse en Occidente, donde la lengua litúrgica era el latín.
   Debe observarse que la cananea que ruega a Cristo la curación de su hija, también tiene un perro como atributo o armas parlantes.
   Por último, los evangelistas, quienes suelen ser representados en los manuscritos con las cabezas de los animales que son sus símbolos -águila, león, buey- han podido servir de modelos.
   En el arte oriental, el cinocéfalo suele estar representado con coraza y lanza empuñada. En Occidente, lo que ante todo lo caracteriza, además de su estatura de gigante, es la actitud de Cristóforo: lleva al Niño Jesús sentado o a horcajadas de sus hombros robustos. Aquí se ha sospechado la adaptación cristiana de un tema pagano: Atlas sosteniendo el mundo, o más posiblemente, Heracles llevando al niño Eros. Para los antiguos, la famosa estatua de Lisipo, popularizada por las gemas talladas y camafeos, evocaba la idea de la sumisión al Amor de los hombres más fuertes: Omnia vincit Amor. Los cristianos se habrían apropiado el tema limitándose a cambiar su significado, reemplazando al niño Eros por el Niño Jesús, y la maza de Hércules por un árbol que verdece.
   Ese bastón foliado es el atributo usual de san Cristóbal.
4. Evolución del tipo
   El tipo de San Cristóbal no ha permanecido inmutable.
   En las realizaciones más antiguas, el Porta Cristo está representado inmóvil, en posición frontal. El Cristo a quien sirve de soporte no es un niño sino un adulto, barbudo, en Majestad.
   A partir del siglo XIV, por el contrario, el hieratismo primitivo cedió cada vez más al gusto por lo pictórico. El santo está representado en marcha, avanzando penosamente en el agua del río que le llega a la mitad de las piernas, y curvado bajo la carga. Está vestido como un simple pasador, con las piernas desnudas y un turbante o cinta en la cabeza. En cuanto a Cristo, ya no es más un hombre, sino un niño pequeño vestido con una camiseta o completamente desnudo, ya sentado sobre el hombro del gigante, ya a horcajadas sobre su nuca.
   El bastón donde se apoya  el gigantesco mozo de cuerda se convierte en el tronco de un árbol sin ramas, la mayoría de las veces, una palmera, tal vez en alusión a la palma del martirio.
   El lecho del torrente está poblado de peces o sirenas, aunque esas encantadoras, antes marítimas que fluviales, no suelan remontar los cursos de los ríos en compañía de los salmones, sábalos y lampreas.
Escenas
Los tres vasallajes de San Cristóbal
San Cristóbal con el Niño Jesús en los hombros
   A diferencia de otros santos pasadores, por ejemplo San Julián, Cristóbal lleva los viajeros de una orilla a otra, sin emplear barcaza ni barca .
   El tema del Christusträger, creado a mediados del siglo XII, comporta numerosas variantes.
   En la xilografía en camafeo de Lucas Cranach (1506), el gigante cruza el río, reducido al ancho de un hilo de agua, de un paso. Esta imagen ingenua es frecuente en el arte popular.
   Una xilografía de Albrecht Altdorfer (1521), representa a san Cristóbal sentado al pie de un árbol, a orillas del río, interpelado por un niño que le pide que lo haga pasar y se dispone a trepar a su espalda.
   Pero casi siempre el gigante se yergue de pie en medio del río, con el Niño Jesús pesándole sobre los hombros. Pero se mantiene erguido a pesar de la carga sobrehumana.
   Más tarde, los artistas se esforzaron para volver visible el peso sobrenatural del Niño Jesús, representando a Cristóbal agobiado, con la espalda inclinada, como el Atlas antiguo, apoyándose con todas sus fuerzas sobre el tronco de un árbol que se dobla o quiebra. Tiene las venas hinchadas por el esfuerzo que lo agota. A veces se apoya con las dos manos sobre el árbol vivo que le sirve de bastón.
   En un dibujo de Altdorfer, el gigante llega a perder el equilibrio y cae de espaldas al río antes de alcanzar la orilla.
   Observemos, a título de curiosidades, una xilografía (Schrotblatt) señalada en el Manual de Schreiber, donde San Cristóbal pasa el vado a caballo, y una vidriera inglesa del siglo XV donde el Niño Jesús bautiza a su portador echando agua sobre su cabeza con un cántaro.
   En un fresco románico de la catedral de Bonn, Jesús, a quien San Cristóbal lleva sobre los hombros, tiene la estatura de un niño pero el rostro de un adulto barbudo.
   El tronco del árbol que sirve de apoyo al gigante está ya podado, ya con ramas y hojas. En el lecho del río nadan peces, cisnes, y hasta delfines y náyades. Sobre la orilla opuesta, junto a una capilla, siempre se ve a un ermitaño que tiene una antorcha o una linterna encendida para iluminar al pasador. Es el medio habitual que emplean los artistas primitivos para indicar que la escena ocurre durante la noche.
El martirio de San Cristóbal
   Esta serie de escenas triviales fueron tratadas con mucha menos frecuencia que el Paso del vado. El tema de las flechas que invierten su vuelo y revientan el ojo del juez o del verdugo, está copiada de las leyendas de los santos Cosme y Damián; la del cadáver arrastrado por las calles de la ciudad, de las leyendas de San Jorge y de san Marcos.
   El cadáver de San Cristóbal arrastrado por las calles (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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La pintura "San Cristóbal", de Mateo Pérez de Alesio, junto a la Capilla de la Piedad, en el interior de la Puerta de San Cristóbal, de la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "San Cristóbal", de Mateo Pérez de Alesio, junto a la Capilla de la Piedad, en el interior de la Puerta de San Cristóbal, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     Hoy, 4 de julio (primer domingo del mes de julio), se celebra la Jornada de Responsabilidad en el Tráfico, promovida por la Conferencia Episcopal Española, conmemorando a San Cristóbal, celebrado hasta febrero de 1969 como patrón de los conductores, cuando fue retirado del Martirologio Romano por Pablo VI, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la pintura "San Cristóbal", de Mateo Pérez de Alesio, junto a la Capilla de la Piedad, en el interior de la Puerta de San Cristóbal, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.  
     En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Puerta de San Cristóbal [nº 069 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede], y la Capilla de la Piedad [nº 027 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; La Puerta de San Cristóbal, por su ubicación y uso ha sido llamada "de la Lonja", "cerca del Antigua", "que sale a las latrinas" y "de los Príncipes". Su carencia de advocación antigua (la de san Cristóbal se debe a su proximidad al inmenso fresco fechado en 1584 que representa a dicho santo) pudiera tener como causa el hecho de haber estado sin labrar hasta fines del siglo XIX. En 1527 parece que se llamaba "puerta del postigo del Antigua". La Capilla de la Piedad, que fue de Alonso Pérez de Medina y de doña Mencía de Salazar, está dedicado al "Descendimiento de la Cruz", "de la Santa Cruz" o "de la Piedad con su Hijo en brazos", referidos todos ellos a la misma composición (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
     En el interior de la Puerta de San Cristóbal y junto a la Capilla de la Piedad, podemos contempla la pintura al fresco con la representación de San Cristóbal. 
     Se trata de una obra monumental de notable calidad y que ha gozado de tradicional admiración, popularidad y devoción en la ciudad de Sevilla, realizado con la técnica de pintura mural al fresco por Mateo Pérez de Alesio en 1584, en estilo renacentista, con unas medidas de 13'23 x 5'81 m.
     La figura de este santo carece de bases históricas ciertas, de forma que su personalidad ha ido formándose con el tiempo a base de un conjunto de leyendas. Entre ellas la más aceptada nos habla de un gigante cananeo, que decidido a servir al soberano más poderoso del mundo, acaba a las órdenes de Satanás; pero puede liberarse de él con la ayuda de un crucifijo, de forma que se convierte al cristianismo, poniéndose al servicio de los viajeros que tienen que atravesar un peligroso río. Es entonces cuando un día un niño le pide que lo transporte y lo sube a hombros, pero su peso es cada vez mayor de forma, que apoyado en su bastón llega con dificultades a la orilla. Asombrado, le interpela y éste le contesta: "Soy Cristo, tu rey, has llevado sobre tus espaldas aquel que creó el mundo. Como prueba hunde tu bastón en el suelo: mañana habrá florecido y dará frutos".
     Su nombre, Cristoforos, significa "el que lleva a Cristo" y su devoción estuvo especialmente extendida durante el siglo XVI, fecha de ejecución de esta obra.
     Esta pieza nos muestra la figura monumental del gigante en el momento en que apoyado en un gran bastón pone uno de sus pies en la orilla, en un artificioso contraposto. Es además el momento en que asombrado atiende las explicaciones del niño que a su vez se representa en actitud de bendecir -puede entenderse que a los viajeros-, portando además un globo terráqueo.
     Las figuras poseen anatomías absolutamente desproporcionadas: potentes extremidades de estudiadas formas, torsos cortos y reducidas cabezas.
     Sus vestiduras, de cuidados pliegues, ondean al viento en una búsqueda por crear sensación de movimiento; siendo el colorido de la composición típicamente manierista de tonos claros, fríos y poco definidos.
     La obra posee ciertas peculiaridades, como la inclusión de un ermitaño, que desde el otro extremo del río, guía al santo; la descripción de un montañoso paisaje irreal; un remate a modo de cenefa con ángeles -que en este caso oculta la visión del bastón florecido-; y el detalle de un loro, que posado sobre el marco fingido del mural y a modo de trampantojo, porta en un trozo de papel la inscripción alusiva a la autoría y la fecha de esta pieza.
     Se inspira en una composición de Tiziano conservada en el Palacio Ducal de Venecia (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Impresiona enormemente el San Cristobalón o San Cristóbal que está en el brazo sur del crucero, muy cerca del sepulcro de Cristóbal Colón Esta obra de Mateo Pérez de Alesio, pintor romano que nació en 1547, respira romanismo por todos sus poros, y recuerda los grandes frescos de la pintura italiana del Siglo XVI. Mateo Pérez de Alesio trabajó en Sevilla en el último cuarto del Siglo XVI y murió hacia 1600. Dice el autor del catálogo de pinturas de la Cate­dral de Sevilla, Enrique Valdivieso, que en líneas generales se inspira en una composición de Tiziano conservada en el Palacio Ducal. Se cuenta, no sé si es verdad o es una leyenda muy extendida, que cuando ponderaban su obra, precisamente este San Cristóbal, él contestó diciendo que valía menos que la «gamba» del re­tablo de la Inmaculada Concepción de Luis de Vargas. Este juicio le valió precisamente a este retablo el nombre popular con que se le conoce habitualmente (Fernando Chueca Goitia. Introducción, en La Catedral de Sevilla. Ed. Guadalquivir. Sevilla, 1991).
     El San Cristóbal de Pérez de Alesio, pintado en 1584 y cuya grandiosidad ha puesto de relieve la restauración llevada acabo en 1977 por Arquillo. En su ejecución por parte de Pérez de Alesio a los pocos meses de llegar a Sevilla concurrieron una serie de factores. El primero, el que a raíz del traslado en 1578 del mural de la Virgen de la Antigua, el San Cristóbal que figuraba en la parte posterior del pilar quedó oculto, no contando desde entonces la Catedral con una imagen de esa tipología y advocación, común en la mayo­ría de las iglesias sevillanas. El segundo, el que cuando Pérez de Alesio aparece en Sevilla, Vargas, el fresquista de la Catedral, había muerto. El tercero, y quizás el fundamental, el que Pérez de Alesio era autor de uno de los frescos de la Capilla Sixtina, dato que en una Sevilla que se miraba en Roma como en un espejo de­ terminaría que se le encargara el San Cristóbal, cuyas dimensiones requerían, además, la actuación de un experto maestro. Y nadie mejor, pensaría el Cabildo, que uno de los artífices de la mítica Capilla Sixtina.
     Consciente de la importancia que para su futura carrera en Sevilla y en las Indias, meta de su viaje, tendría el San Cristóbal, Pérez de Alesio no escatimó esfuerzos, realizando varios bocetos y un cartón a su tamaño. El formato y medidas del muro sobre el que debía pintarlo condicionó un tanto su composición. Para contrarrestar su verticalidad, lo encuadró entre dos amplias cenefas, situando en la inferior una cartela con una leyenda, redactada por el canónigo Pacheco e inspirada en la que figuró debajo del anterior San Cristóbal, y en la superior otra sostenida por dos ángeles; estructuración similar a la empleada por él en el Oratorio del Gonfalone de Roma y en la Sala de los Embajadores del Palacio de la Valetta de Malta. De las figuras que Pérez de Alesio pinta en esos dos conjuntos deriva su San Cristóbal, cuya monumentalidad arranca de las alegorías del palacio de la Valetta y cuyo rostro, captado bajo el mismo punto de vista, es similar al del Rey David del Oratorio del Gonfalone. En cuanto a la composición del Santo, más que de Ticiano creo que deriva de Schongauer, cuyo goticismo Pérez de Alesio, como buen manierista, supo reinterpretar, introduciendo, asimismo, elementos de otros maestros, como el loro que sostiene la cartela con su firma, tomado de Durero. 
     En las Indias Pérez de Alesio desde 1588, cuando el Cabildo decide que en la decoración de la Sala Capitular figuren una serie de pinturas murales, no llama a ninguno de los maestros locales que trabajaban esa técnica -entre otros Alonso Vázquez y Vasco Pereira­ sino que requiere los servicios del cordobés Pablo de Céspedes. En su elección intervinieron  diversos factores, algunos decisivos, como el de sus conexiones humanísticas con el canónigo Pacheco, mentor del pro­grama iconográfico de la Sala Capitular. Pero como en el caso de Pérez de Alesio, creo que el haber trabajado antes en Roma fue el elemento que decidió su designación por parte de los canónigos de una ciudad a la que veían como una Nueva Roma (Juan Miguel Serrera, Pinturas y Pintores del siglo XVI en la Catedral de Sevilla, en La Catedral de Sevilla, Ed. Guadalquivir, 1991).
Conozcamos mejor la Leyenda, Culto e Iconografía de San Cristóbal
LEYENDA
     Santo fabuloso cuya leyenda no se remonta más allá del siglo XI y es sólo el desarrollo de su nombre Cristóforo, que en griego significa «Porta Cristo". Originalmente, esa expresión se comprendía de manera espiritual: aquel que lleva a Cristo en su corazón. Luego se lo tomó en sentido material.
     Su nombre verdadero habría sido Auferus (bandolero), o Reprobus (maldito, réprobo). Fue en ocasión de su conversión que habría sido bautizado Cristóforo.
     Los Hechos gnósticos de San Bartolomé, compuestos en el siglo VI, hablan de un cierto Christianus cynocephalus et anthropophagus que habría sido convertido por el apóstol. Por ello, a veces le ponen una cabeza de perro.
     Según la tradición popularizada en el siglo XIII por la Leyenda Dorada, el hombre que había llevado a Cristo sobre los hombros sólo podía ser un gigante. Orgulloso de su fuerza, sólo accedió a servir al rey más poderoso del universo. Se puso al servicio de un monarca, pero al advertir que éste tenía miedo al diablo, lo abandonó para servir a Satán. Decepcionado una vez más, puesto que la vista de una cruz en un cruce de caminos bastó para derrotar al diablo; y aconsejado por un ermitaño, se comprometió a servir a Cristo, y para complacer a éste, se dedicó a ayudar a viajeros y peregrinos en el paso de un río peligroso.
     Una tarde se oyó llamar por un niño, quien le pidió que lo cargase sobre lo hombros; pero su carga se volvía cada vez más pesada, tanto, que el gigante debió apoyarse sobre el tronco de un árbol que estuvo a punto de romperse. Llegó con dificultad a la orilla opuesta, donde un ermitaño lo guió con una linterna. Entonces el niño misterioso se dio a conocer como Cristo, soberano del cielo y de la tierra. Para probárselo, le dijo a Cristóbal que plantara su cayado en la tierra, que enseguida se convirtió en una palmera datilera cargada de frutos.
     En el Niño Jesús el gigante reconoció a su amo.
     La leyenda del vado no bastó a los hagiógrafos quienes, además, copiaron del repertorio de anécdotas usuales: el gigante fue encerrado con dos bellas cortesanas, Nicea y Aquilina, encargadas de hacerlo volver al culto de los ídolos. Pero ocurrió lo contrario, las seductoras se dejaron seducir y derribaron la estatua de Júpiter, y ambas fueron conducidas al martirio. Después de haber encajado un casco calentado al rojo, Cristóbal fue atado a un árbol ante cuatrocientos arqueros cuyas flechas se debilitaron al llegar al blanco (sine ictu), o invirtieron milagrosamente su trayectoria, contra los verdugos que las dispararan. Una de ellas dio en el ojo del emperador que presidía el suplicio.
     En estas pueriles invenciones se reconoce fácilmente una copia del martirio de San Sebastián y de los santos médicos Cosme y Damián.
CULTO
     Probado desde 450 por una inscripción griega de Asia Menor, en el siglo V el culto de San Cristóbal se difundió en Constantinopla y en Sicilia.
     La popularidad de este Hércules cristiano tiene los mismos fundamentos que el [de] santa Bárbara: se lo creía protector contra una de las desgracias más temidas de la Edad Media, la muerte súbita sin confesión, que se llamaba mala muerte. Según la creencia popular, bastaba con mirar la imagen de San Cristóbal para estar durante todo el día a salvo de ese peligro.
     Esta superstición está probada por muchos refranes en latín y en francés:
          Christophorum videas 
          Postea tutus eas.
     Y, además:
          Christophori sancti speciem quicumque tuetur 
          Ista nempe die non morte mala morietur.
          Cristofori faciem die quacumque tueris.
          Ila nempe die morte mala non morieris. 
          Vigilate quia nescitis diem neque horam.
     Y para aquellos que no comprendían el latín: Regarde Saint Christophe, puis va-t-en rassuré. (Observa  a San Cristóbal, luego vete seguro.)
     Esta recomendación tenía forma de dístico mnemotécnico:
          Quand du grand Saint Christophe on a vu le portrait, 
          De la mort, ce jour là, on ne craint plus le trait.
          (Si del gran San Cristobal hemos visto el retrato
          Ese día  la muerte no ha de darnos mal rato.)
     O bien:
          Glorieux Saint Christohpe, au matin te voyant, 
          Sans crainte d 'aucun mal, on se couche en riant.
          (Glorioso San Cristóbal viéndote a la mañana
          Sin mal, riendo, a la noche nos vamos a la cama.)
     Ello explica el prodigioso número de imágenes gigantescas de San Cristóbal, pintadas o esculpidas, puestas en las fachadas y entradas de las iglesias, o, como en Berna, sobre las puertas de las ciudades. Era necesario que estuviesen a la vista tanto como fuese posible, y que en consecuencia, fueran de grandes dimensiones para que los fieles no perdieran tiempo buscándola en una capilla oscura. Esas imágenes preventivas o apotropaicas, resultarían innumerables si no hubiesen sido sistemáticamente destruidas después de la Reforma y del concilio de Trento.
    En Saint Junien, Limousin, hay un fresco románico que representa al santo en el brazo norte del transepto, a la entrada de la escalera que conduce a la Linterna de los muertos.
     Como San Cristóbal protegía de la muerte súbita, se lo invocaba también contra la peste. Se contaba entre los santos antipestosos, junto a San Sebastián, San Antonio y San Roque.
     Por eso en Alemania cuenta en la cohorte de los Catorce Intercesores.
     Se recurría a él contra el mal de ojo, porque una de las flechas disparadas en su contra se volvió contra el ojo del rey que lo condenara a muerte.
     También curaba las enfermedades más benignas: dolor de muelas y el panadizo.
     Hacía encontrar tesoros ocultos a quienes lo invocaban.
     Numerosas corporaciones o profesiones vindicaban su patronazgo por diversos motivos.
     1. Todos los oficios que exponían a quienes los practicaban al riesgo de la muerte súbita: en la Edad Media, los arcabuceros, en la actualidad los montañeros, automovilistas y aviadores.
     2. A causa de su gigantesca talla y de su fuerza hercúlea, Cristóbal es el patrón de los atletas, de los mozos de cuerda (facchini), de los cargadores de mercado, de los cargadores de trigo.
     3. Y por su oficio, es patrón de los pasadores, y también de los viajeros y de los peregrinos que en la Edad Media, a falta de puentes, solían vadear los ríos.
     4. En conmemoración del tronco de árbol vivo sobre el que se apoyó, es patrón de los jardineros y de los encargados de viveros y se lo invoca para la protección de los árboles frutales.
     Pese a tan numerosos patronazgos. hay pocas iglesias puestas bajo su advocación.
     Su popularidad decayó rápidamente a partir del siglo XV. Erasmo tomó partido en su contra en Enchiridon militis christiani y en su Encomium Moriae (Erasmo se burla de la ingenuidad de los tontos que se creen a cubierto de todo accidente durante la jornada, cuando se han persignado devotamente ante una imagen pintada o tallada de ese Polifemo cristiano. Para los humanistas, la devoción a San Cristóbal pertenece a la categoría de superstitiosus imaginum cultus). Ha sido víctima de la Reforma y de la Contrarreforma al mismo tiempo. El gran San Cristóbal de la puerta de Berna fue disfrazado de Goliat por los protestantes. El clero católico de los siglos XVII y XVIII, que encontraba al buen gigante comprometedor y un poco ridículo, lo hizo desaparecer de las iglesias. El muy reciente patronazgo de los automovilistas, de quienes se ha convertido en la mascota, le ha procurado un renuevo de popularidad. Uno de los principales centros de su culto es Saint Christophe le Jajolais (Sarthe). En el barrio parisino de Javel, donde se encuentra la fábrica de automóviles Citroën, hay una iglesia puesta bajo su advocación.
ICONOGRAFÍA
   A pesar de todo, la iconografía de San Cristóbal sigue siendo muy rica. Es mucho más tardía que su culto, y comienza en el siglo X.
   Su tipo iconográfico no es fijo y uniforme como el de la mayoría de los santos, y comporta tres variantes:
1. El tipo barbudo
   Igual que Cristo, Cristóbal está representado ya barbudo, ya imberbe. El tipo barbudo es el más frecuente.
2. El tipo imberbe
   No obstante a veces el santo está rejuvenecido y aparece con los rasgos de un joven imberbe. Pueden citarse ejemplos tanto en el arte italiano (Cesare da Sesto, Bueno da Ferrara) como en el germánico (retablo de Käfermakt).
3. El tipo cinocéfalo
   Un tipo más infrecuente en Occidente es San Cristóbal con cabeza de perro, cuya nariz se alarga en hocico, y tiene orejas puntiagudas y lengua colgante. Se han propuesto numerosas explicaciones para esta singularidad. Los comparatistas sostuvieron que esa cabeza de perro se había copiado de las representaciones del dios egipcio Anubis. San Cristóbal sería Anubis cristianizado.
   Según otra hipótesis, el origen de ese tema debe buscarse en las leyendas asiáticas popularizadas por el Fisiólogo y los Bestiarios, acerca de una raza fabulosa de cinocéfalos que se situaba en los confines del mundo habitado. En las Pentecostés armenias, un personaje con cabeza de perro simboliza a los pueblos que acuden desde los confines del mundo para oír la palabra del Evangelio. En el tímpano de Vézelay se encuentra un eco de esta tradición. La tercera explicación es que en los martirologios antiguos, san Cristóbal se consideraba salido de una familia cananea (genere cananeo), que los copistas transformaron por el cambio de «a» en «i», en canineo (genere canineo). No hacía falta más para difundir la creencia en un gigante con cabeza de perro. No obstante, esta hipótesis sostenida por Künstle choca contra una objeción que al menos debió discutir, y es que casi todas las representaciones de San Cristóbal cinocéfalo pertenecen al arte cristiano de Oriente, es decir, al mundo griego, y que la confusión entre cananeo y canineo sólo pudo producirse en Occidente, donde la lengua litúrgica era el latín.
   Debe observarse que la cananea que ruega a Cristo la curación de su hija, también tiene un perro como atributo o armas parlantes.
   Por último, los evangelistas, quienes suelen ser representados en los manuscritos con las cabezas de los animales que son sus símbolos -águila, león, buey- han podido servir de modelos.
   En el arte oriental, el cinocéfalo suele estar representado con coraza y lanza empuñada. En Occidente, lo que ante todo lo caracteriza, además de su estatura de gigante, es la actitud de Cristóforo: lleva al Niño Jesús sentado o a horcajadas de sus hombros robustos. Aquí se ha sospechado la adaptación cristiana de un tema pagano: Atlas sosteniendo el mundo, o más posiblemente, Heracles llevando al niño Eros. Para los antiguos, la famosa estatua de Lisipo, popularizada por las gemas talladas y camafeos, evocaba la idea de la sumisión al Amor de los hombres más fuertes: Omnia vincit Amor. Los cristianos se habrían apropiado el tema limitándose a cambiar su significado, reemplazando al niño Eros por el Niño Jesús, y la maza de Hércules por un árbol que verdece.
   Ese bastón foliado es el atributo usual de san Cristóbal.
4. Evolución del tipo
   El tipo de San Cristóbal no ha permanecido inmutable.
   En las realizaciones más antiguas, el Porta Cristo está representado inmóvil, en posición frontal. El Cristo a quien sirve de soporte no es un niño sino un adulto, barbudo, en Majestad.
   A partir del siglo XIV, por el contrario, el hieratismo primitivo cedió cada vez más al gusto por lo pictórico. El santo está representado en marcha, avanzando penosamente en el agua del río que le llega a la mitad de las piernas, y curvado bajo la carga. Está vestido como un simple pasador, con las piernas desnudas y un turbante o cinta en la cabeza. En cuanto a Cristo, ya no es más un hombre, sino un niño pequeño vestido con una camiseta o completamente desnudo, ya sentado sobre el hombro del gigante, ya a horcajadas sobre su nuca.
   El bastón donde se apoya  el gigantesco mozo de cuerda se convierte en el tronco de un árbol sin ramas, la mayoría de las veces, una palmera, tal vez en alusión a la palma del martirio.
   El lecho del torrente está poblado de peces o sirenas, aunque esas encantadoras, antes marítimas que fluviales, no suelan remontar los cursos de los ríos en compañía de los salmones, sábalos y lampreas.
Escenas
Los tres vasallajes de San Cristóbal
San Cristóbal con el Niño Jesús en los hombros
   A diferencia de otros santos pasadores, por ejemplo San Julián, Cristóbal lleva los viajeros de una orilla a otra, sin emplear barcaza ni barca .
   El tema del Christusträger, creado a mediados del siglo XII, comporta numerosas variantes.
   En la xilografía en camafeo de Lucas Cranach (1506), el gigante cruza el río, reducido al ancho de un hilo de agua, de un paso. Esta imagen ingenua es frecuente en el arte popular.
   Una xilografía de Albrecht Altdorfer (1521), representa a san Cristóbal sentado al pie de un árbol, a orillas del río, interpelado por un niño que le pide que lo haga pasar y se dispone a trepar a su espalda.
   Pero casi siempre el gigante se yergue de pie en medio del río, con el Niño Jesús pesándole sobre los hombros. Pero se mantiene erguido a pesar de la carga sobrehumana.
   Más tarde, los artistas se esforzaron para volver visible el peso sobrenatural del Niño Jesús, representando a Cristóbal agobiado, con la espalda inclinada, como el Atlas antiguo, apoyándose con todas sus fuerzas sobre el tronco de un árbol que se dobla o quiebra. Tiene las venas hinchadas por el esfuerzo que lo agota. A veces se apoya con las dos manos sobre el árbol vivo que le sirve de bastón.
   En un dibujo de Altdorfer, el gigante llega a perder el equilibrio y cae de espaldas al río antes de alcanzar la orilla.
   Observemos, a título de curiosidades, una xilografía (Schrotblatt) señalada en el Manual de Schreiber, donde San Cristóbal pasa el vado a caballo, y una vidriera inglesa del siglo XV donde el Niño Jesús bautiza a su portador echando agua sobre su cabeza con un cántaro.
   En un fresco románico de la catedral de Bonn, Jesús, a quien San Cristóbal lleva sobre los hombros, tiene la estatura de un niño pero el rostro de un adulto barbudo.
   El tronco del árbol que sirve de apoyo al gigante está ya podado, ya con ramas y hojas. En el lecho del río nadan peces, cisnes, y hasta delfines y náyades. Sobre la orilla opuesta, junto a una capilla, siempre se ve a un ermitaño que tiene una antorcha o una linterna encendida para iluminar al pasador. Es el medio habitual que emplean los artistas primitivos para indicar que la escena ocurre durante la noche.
El martirio de San Cristóbal
   Esta serie de escenas triviales fueron tratadas con mucha menos frecuencia que el Paso del vado. El tema de las flechas que invierten su vuelo y revientan el ojo del juez o del verdugo, está copiada de las leyendas de los santos Cosme y Damián; la del cadáver arrastrado por las calles de la ciudad, de las leyendas de San Jorge y de san Marcos.
     El cadáver de San Cristóbal arrastrado por las calles (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Mateo Pérez de Alesio, autor de la obra reseñada;
     Mateo Pérez de Alesio, (Roma o Alesio (Italia), 1547 – Lima (Perú), c. 1616). Pintor.
     No se ha resuelto aún con precisión el dilema que plantea el lugar de nacimiento de este artista, puesto que, según sus propias declaraciones, era natural de Roma. Sin embargo, existen referencias fidedignas de que podría ser oriundo de Alesio, en el sur de Italia como indica el segundo apellido que siempre utilizó.
     El primero, Pérez, viene dado porque en dicha área geográfica del sur de Italia, adonde su padre había emigrado, abundaban en aquella época apellidos españoles, ya que era dependiente de la Corona española.
     La formación de Pérez de Alesio debió de realizarse fundamentalmente en Roma, donde estuvo desde 1567 aprendiendo el oficio de pintor dentro del ámbito artístico manierista imperante en la Ciudad Eterna en la segunda mitad del siglo XVI. Sus primeros trabajos documentados se encuentran en la Villa d’Este en Tívoli, mansión perteneciente a Hipólito II de Este, cardenal de Ferrara. Pérez de Alesio trabajó allí entre 1568 y 1572, participando en un amplio equipo de pintores y decoradores.
     En 1573 fue admitido como miembro de la Academia de San Lucas de Roma y al mismo tiempo comenzó a trabajar en la Capilla Sixtina del Vaticano, donde se le atribuye el episodio pictórico que representa La lucha entre ángeles y demonios por el cuerpo de Moisés. Posteriormente, hacia 1575, trabajó en la Villa Mondragone, próxima a Roma, al servicio del cardenal Marco Sittico, participando en la decoración pictórica de varias estancias.
     También en 1575 intervino en la ejecución del oratorio Gonfalone, en Roma, junto con otros artistas; allí pintó dos recuadros apaisados con profetas y sibilas, otro del rey David y un Ecce Homo.
     Problemas laborales surgidos en la ejecución de estas pinturas, que le llevaron a destruir una de ellas, obligaron a Pérez de Alesio a huir de Roma y a refugiarse en Malta, donde en 1576 se encontraba trabajando en la decoración de la Sala de Embajadores del palacio de la Valleta. Allí realizó doce recuadros con el tema del sitio de Malta por la Armada turca en 1565, enmarcados por representaciones de virtudes. También en la Valleta realizó una pintura del Bautismo de Cristo para la iglesia de San Juan Bautista de dicha localidad.
     Los trabajos pictóricos realizados en Malta permiten advertir que Pérez de Alesio poseyó una notable calidad artística y un talento creativo que le sitúa con preeminencia entre los numerosos artistas italianos de segundo orden activos en dicho país en la segunda mitad del siglo XVI.
     En 1581, olvidados ya los incidentes laborales que tuvo en el oratorio Gonzalone, Pérez de Alesio volvió a Roma, donde se dedicó fundamentalmente al grabado, publicando al año siguiente un libro que reproduce los episodios históricos que había pintado en la Valleta. Al mismo tiempo continuó con su dedicación a la pintura decorativa, realizando frescos en la iglesia de San Eligio degli Oreficci, donde en los muros del presbiterio realizó, hacia 1582-1583, representaciones de San Lorenzo, San Esteban, San Eligio, Santa Bárbara y Santa María Magdalena. En 1583, aún joven puesto que contaba con treinta y seis años de edad, Pérez de Alesio tomó la decisión de viajar a tierras americanas con el deseo lógico de alcanzar en ellas la fortuna económica que no había logrado obtener en Italia; parece ser que la idea de este viaje se la aconsejó un miembro de la Orden jesuítica ante la carencia de pintores importantes en el virreinato de Perú; también parece que le impulsó al viaje la legendaria creencia de que en tierras americanas podría intervenir en la explotación de importantes minas de oro y de plata. En aquella época viajar hacia América tenía como imprescindible condición previa el paso por Sevilla, ciudad a la que llegó en el año antes citado.
     La ciudad del Guadalquivir vivía en estos momentos imbuida en un intenso esplendor comercial, al tiempo que protagonizaba una época de grandeza cultural.
     La experiencia profesional que Pérez de Alesio traía de Italia debió de proporcionarle el apoyo de algunos intelectuales sevillanos y también de parte del clero erudito. Por ello, en el mismo año de su llegada, el Cabildo de la Catedral de Sevilla le encargó la ejecución de un monumental San Cristóbal que pintó al fresco en el brazo del crucero orientado al sur y situado frente a la lonja. Esta pintura de San Cristóbal se realizó por parte del Cabildo catedralicio con la intención evidente de que sirviera como imagen de amparo y de protección a todos los transeúntes que entraban en la Catedral y especialmente a los numerosos viajeros que pasaban por Sevilla. Para la concepción compositiva de esta obra, Pérez de Alesio se inspiró en una escena similar que había sido realizada por Tiziano; su dibujo es firme y seguro, destacando en ella especialmente el efecto psicológico que emana de la cara del santo, el cual no acierta a comprender el peso descomunal del Niño Dios sobre sus hombros que no se corresponde con el de una figura tan pequeña y aparentemente liviana.
     La pintura, que Pérez de Alesio firmó orgullosamente en 1584, fue muy encomiada y alabada por el Cabildo y al mismo tiempo se hizo muy popular entre los sevillanos, significando un éxito profesional que propició el que Pérez de Alesio decidiese prolongar casi en cinco años su estancia sevillana.
     Una segunda obra importante realizó Pérez de Alesio en Sevilla; se trata de la representación de Santiago en la batalla de Clavijo, ejecutada para el altar mayor de la parroquia dedicada a este santo en la ciudad, en cuyo encargo debió de tener cierta influencia el poeta Argote de Molina, patrono de la capilla mayor de dicho templo. Es obra también de considerables dimensiones y se trata del primer gran cuadro de altar que se realizó en la historia de la pintura sevillana.
     Parcialmente restaurado en la actualidad y por desgracia desplazado de su lugar de origen, es un cuadro de composición movida y aparatosa en el que el santo sobre su caballo blanco arremete beligerante contra un tropel de musulmanes, que aparecen derribados a sus pies, en actitudes agitadas y convulsas, mientras que otros, al fondo, huyen precipitadamente.
     En 1588, Pérez de Alesio embarcó en Sevilla y se trasladó a Lima, donde fue recibido con ciertos honores, debido a su relevante pasado artístico en Italia y en España, por el virrey García Hurtado de Mendoza, a cuyo servicio entró de inmediato; esta circunstancia aseguró desde sus inicios su situación económica en su estancia americana. Uno de los primeros trabajos que realizó fue el retrato del virrey, cuyo original se ha perdido, aunque existe una copia en el Museo Nacional de Historia de Lima. Tampoco se han conservado otros retratos que Alesio hubo de realizar para importantes clientes limeños.
     En 1598, Pérez de Alesio contrajo matrimonio en Lima con María de Fuentes, perteneciente a una importante familia de la ciudad. Por estas fechas, aparece incorporado a la compañía de arcabuceros limeña, cargo militar honorífico y remunerado. Al mismo tiempo, se preocupó de intervenir en actividades vinculadas a la explotación minera, sin que se sepa la rentabilidad económica que obtuvo de ella.
     De sus actividades pictóricas en Lima, se ha señalado que Pérez de Alesio fue autor de la vida de Santo Domingo realizada para el Convento de este santo en Lima; sin embargo, se ha podido demostrar posteriormente que tal encargo fue realizado en 1608 por Miguel Güelles, quien envió los cuadros desde Sevilla.
     En 1592 contrató una pintura de San Jerónimo para la capilla de Juana de Aliaga, quien mandó pintar a dicho santo en memoria de su padre el conquistador Jerónimo de Aliaga, que aparecía retratado en la pintura.
     Parece que el original de esta pintura se perdió, conservándose en su lugar una copia del siglo XIX.
     Pese a que este pintor vivió muchos años más en Lima, ninguna obra de su mano aparece documentada, ni tampoco puede admitirse con seguridad ninguna de las numerosas obras que a su nombre se han atribuido (Enrique Valdivieso González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "San Cristóbal", de Mateo Pérez de Alesio, junto a la Capilla de la Piedad, en el interior de la Puerta de San Cristóbal, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Catedral de Santa María de la Sede, en ExplicArte Sevilla.

sábado, 3 de julio de 2021

Experiencia ExplicArte Sevilla, con la Ruta "Casco Histórico de Carmona"

   Tras el éxito obtenido con la Experiencia Ruta "Leyendas y Curiosidades de Sevilla", con ExplicArte Sevilla, José Carlos y Mª del Carmen, nos plantearon las opciones que había para conocer Carmona, localidad de la provincia de Sevilla.
   Nos pusimos manos a la obra, y les ofrecimos la Ruta "Casco Histórico de Carmona", dando un paseo por parte del centro neurálgico con los enclaves monumentales más conocidos de Carmona. Gracias a José Carlos y a Mª del Carmen, por contar con ExplicArte Sevilla para mostrarles la ciudad carmonense, porque con ExplicArte Sevilla tenemos la posibilidad de organizarte la visita que tu quieras.
   La visita comenzó en el Alcázar de Abajo, o de la Puerta de Sevilla, junto a la Iglesia de San Pedro, desde donde nos dirigimos hacia el centro de Carmona, pasando por las Iglesias de San Bartolomé y San Felipe, para llegar junto a la Plaza de Abastos a la plaza de San Fernando, y conocer el Ayuntamiento, la Iglesia del Salvador, la Prioral de Santa María, el Convento de las Descalzas y el de Santa Clara, la Puerta de Córdoba, para concluir junto al Alcázar de Arriba (actual Parador Nacional).
   Os dejamos una serie de fotografías de dicha experiencia, y si quieres vivir una experiencia privada y personalizada a tu gusto, sólo tienes que contactar con ExplicArte Sevilla en Contacto, y a disfrutar del patrimonio e historia del lugar que elijas.













Más Experiencias ExplicArte Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

La Iglesia de Nuestra Señora del Socorro, en Badolatosa (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte la Iglesia de Nuestra Señora del Socorro, en Badolatosa (Sevilla).  
   Hoy, sábado 3 de julio, como todos los sábados, se celebra la Sabatina, oficio propio del sábado dedicado a la Santísima Virgen María, siendo una palabra que etimológicamente proviene del latín sabbàtum, es decir sábado
   Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la Iglesia de Nuestra Señora del Socorro, en Badolatosa (Sevilla).
  La Iglesia de Nuestra Señora de la Antigua, se encuentra en la calle Lenin, 10, de Badolatosa (Sevilla)
   El templo consta de tres naves con tres tramos, crucero y capilla mayor. En la nave izquierda se adosa una capilla y simétricamente, a la derecha, la sacristía. La nave central se cubre por bóveda de cañón y arcos fajones, apareciendo en el ante presbiterio una media naranja sobre pechinas. En el exterior sólo destaca la sencilla portada adintelada y la torre-campanario. Del conjunto del edificio, la nave central, el ante­ presbiterio y la cabecera constituían el edificio primitivo, datable en el siglo XVII. Los escudos de yeso de las pechinas y la pila de agua bendita, fechada en 1647, apoyan esta afirmación. A este núcleo inicial se añadieron a ambos lados sendas naves en época posterior.
   En el presbiterio existe actualmente un retablo procedente del antiguo convento de la Victoria de Estepa, datable en el segundo cuarto del siglo XVIII. Lo preside la Virgen  del Socorro, presentando en el ático un altorrelieve del Ecce Horno. En la capilla Sacramental figura un Crucificado del siglo XVI. En la nave dere­cha existe un retablo en cuyo camarín se venera la Virgen del Rosario. A continuación se sitúa otro retablo fechado en 1788, que sirve de embocadura a otro camarín donde se encuentran una Virgen de los Dolores del siglo XIX y un Cristo Yacente de estilo granadino del XVIII. El retablo siguiente ofrece en su banco una sencilla caja de madera estofada del siglo XVII que contiene una reproducción, a pequeña escala, de la Sábana Santa de Turín, impresa en seda, además de otras dos piezas del mismo material, con escritos referentes a la orden franciscana, también del siglo XVII. Por último, en el pie de esta misma nave existe un retablo del siglo XVIII con una imagen de San José con el Niño, del pri­mer tercio de este mismo siglo. Conserva este templo varias piezas de orfebrería, entre ellas un copón de plata lisa del primer tercio del siglo XVII y una naveta e incensario de plata de la segunda mitad del mismo siglo (Alfredo J. Morales, María Jesús Sanz, Juan Miguel Serrera y Enrique Valdivieso. Guía artística de Sevilla y su provincia. Tomo II. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2004).
   Se encuentra en la parte alta de la localidad y parece que la fecha de construcción fue entre el año 1660 y 1670 atendiendo a los únicos documentos existentes, los registros de defunciones del templo.
   La Iglesia de Nuestra Señora del Socorro está compuesta por tres naves separadas por pilares, siendo la del centro más larga que las otras dos. En el altar mayor existe un retablo barroco, procedente al de la Iglesia de la Victoria de Estepa, en el que se sitúa la patrona del pueblo, que da nombre al edificio, una obra del escultor Buiza. En las naves laterales existen capillas que contienen imágenes interesantes como un Jesús Nazareno del siglo XVIII de la escuela antequerana; la Virgen de los Dolores, también de la misma época; una imagen de San José y un Cristo yacente también del siglo XVIII. La talla más interesante es un Cristo crucificado del Siglo XVI.
   Dejando a un lado el innegable valor artístico e histórico del edificio, debemos señalar que en la iglesia se encuentra un lienzo en miniatura que reproduce la Santa Sindone. Es un lienzo en seda carmín de unos 60 cm que se conserva en una arqueta policromada en oro. Presenta en un dobles la parte facial de una figura humana análoga a la de la Santa Sindone de Turín. Hay una inscripción que dice: «il verissimo ritrato del santissimo sudario de nostro salvatore e iesgu christo». Y en el extremo izquierdo se lee la firma del autor Gio Batista Fantino, mientras que en el derecho otra que dice: «con privilegio de S.A.R. en Torino».
   El religioso franciscano Andrés de la Barrera le envió este lienzo como regalo al padre Blas Benjumea, natural de Badolatosa. El regalo llegó de Roma el año 1674, durante el pontificado de Clemente X. Existen muy pocas copias del lienzo por lo que es una pieza rara.
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e  Iconografía de la Virgen con el Niño
   Tal como ocurre en el arte bizantino, que suministró a Occidente los prototipos, las representaciones de la Virgen con el Niño se reparten en dos series: las Vírgenes de Majestad y las Vírgenes de Ternura.
La Virgen de Majestad 
 Este tema iconográfico, que desde el siglo IV aparecía en la escena de la Adoración de los Magos, se caracteriza por la actitud rigurosamente frontal de la Virgen sentada sobre un trono, con el Niño Jesús sobre las rodillas; y por su expresión grave, solemne, casi hierática.
   En el arte francés, los ejemplos más antiguos de Vírgenes de Majestad son las estatuas relicarios de Auvernia, que datan de los siglos X u XI. Antiguamente, en la catedral de Clermont había una Virgen de oro que se mencionaba con el nom­bre de Majesté de sainte Marie, acerca de la cual puede dar una idea la Majestad de sainte Foy, que se conserva en el tesoro de la abadía de Conques. 
   Este tipo deriva de un icono bizantino que el obispo de Clermont hizo emplear como modelo para la ejecución, en 946, de esta Virgen de oro macizo destinada a guardar las reliquias en su interior.
   Las Vírgenes de Majestad esculpidas sobre los tímpanos de la portada Real de Chartres (hacia 1150), la portada Sainte Anne de Notre Dame de París (hacia 1170) y la nave norte de la catedral de Reims (hacia 1175) se parecen a aquellas estatuas relicarios de Auvernia, a causa de un origen común antes que por influencia directa. Casi todas están rematadas por un baldaquino que no es, como se ha creído, la imitación de un dosel procesional, sino el símbolo de la Jerusalén celeste en forma de iglesia de cúpula rodeada de torres. 
   Siempre bajo las mismas influencias bizantinas, la Virgen de Majestad aparece más tarde con el nombre de Maestà, en la pintura italiana del Trecento, transportada sobre un trono por ángeles.
   Basta recordar la Madonna de Cimabue, la Maestà pintada por Duccio para el altar mayor de la catedral de Siena y el fresco de Simone Martini en el Palacio Comunal de Siena.
   En la escultura francesa del siglo XII, los pies desnudos del Niño Jesús a quien la Virgen lleva en brazos, están sostenidos por dos pequeños ángeles arrodillados. La estatua de madera llamada La Diège (Dei genitrix), en la iglesia de Jouy en Jozas, es un ejemplo de este tipo.
El trono de Salomón
   Una variante interesante de la Virgen de Majestad o Sedes Sapientiae, es la Virgen sentada sobre el trono con los leones de Salomón, rodeada de figuras alegóricas en forma de mujeres coronadas, que simbolizan sus virtudes en el momento de la Encarnación del Redentor.
   Son la Soledad (Solitudo), porque el ángel Gabriel encontró a la Virgen sola en el oratorio, la Modestia (Verecundia), porque se espantó al oír la salutación angélica, la Prudencia (Prudentia), porque se preguntó como se realizaría esa promesa, la Virginidad (Virginitas), porque respondió: No conocí hombre alguno (Virum non cognosco), la Humildad (Humilitas), porque agregó: Soy la sierva del Señor (Ecce ancilla Domini) y finalmente la Obediencia (Obedientia), porque dijo: Que se haga según tu palabra (Secundum verbum tuum).
   Pueden citarse algunos ejemplos de este tema en las miniaturas francesas del siglo XIII, que se encuentran en la Biblioteca Nacional de Francia. Pero sobre todo ha inspirado esculturas y pinturas monumentales en los países de lengua alemana.
La Virgen de Ternura
   A la Virgen de Majestad, que dominó el arte del siglo XII, sucedió un tipo de Virgen más humana que no se contenta más con servir de trono al Niño divino y presentarlo a la adoración de los fieles, sino que es una verdadera madre relacionada con su hijo por todas las fibras de su carne, como si -contrariamente a lo que postula la doctrina de la Iglesia- lo hubiese concebido en la voluptuosidad y parido con dolor.
   La expresión de ternura maternal comporta matices infinitamente más variados que la gravedad sacerdotal. Las actitudes son también más libres e imprevistas, naturalmente. Una Virgen de Majestad siempre está sentada en su trono; por el contrario, las Vírgenes de Ternura pueden estar indistintamente sentadas o de pie, acostadas o de rodillas. Por ello, no puede estudiárselas en conjunto y necesariamente deben introducir en su clasificación numerosas subdivisiones. 
    El tipo más común es la Virgen nodriza. Pero se la representa también sobre su lecho de parturienta o participando en los juegos del Niño.
El niño Jesús acariciando la barbilla de su madre
   Entre las innumerables representaciones de la Virgen madre, las más frecuentes no son aquellas donde amamanta al Niño sino esas otras donde, a veces sola, a veces con santa Ana y san José, tiene al Niño en brazos, lo acaricia tiernamente, juega con él. Esas maternidades sonrientes, flores exquisitas del arte cristiano, son ciertamente, junto a las Maternidades dolorosas llamadas Vírgenes de Piedad, las imágenes que más han contribuido a acercar a la Santísima Virgen al corazón de los fieles.
   A decir verdad, las Vírgenes pintadas o esculpidas de la Edad Media están menos sonrientes de lo que se cree: la expresión de María es generalmente grave e incluso preocupada, como si previera los dolores que le deparará el futuro, la espada que le atravesará el corazón. Sucede con frecuencia que ni siquiera mire al Niño que tiene en los brazos, y es raro que participe en sus juegos. Es el Niño quien aca­ricia el mentón y la mejilla de su madre, quien sonríe y le tiende los brazos, como si quisiera alegrarla, arrancarla de sus sombríos pensamientos.
   Los frutos, los pájaros que sirven de juguetes y sonajeros al Niño Jesús tenían, al menos en su origen, un significado simbólico que explica esta expresión de inquieta gravedad. El pájaro es el símbolo del alma salvada; la manzana y el racimo de uvas, aluden al pecado de Adán redimido por la sangre del Redentor.
   A veces, el Niño está representado durante el sueño que la Virgen vela. Ella impone silencio a su compañero de juego, el pequeño san Juan Bautista, llevando un dedo a la boca.
   Ella le enseña a escribir, es la que se llama Virgen del tintero (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la historia de la Sabatina como culto mariano
  Semanalmente tenemos un culto sabatino mariano. Como dice el Directorio de Piedad Popular y Liturgia, en el nº 188: “Entre los días dedicados a la Virgen Santísima destaca el sábado, que tiene la categoría de memoria de santa María. Esta memoria se remonta a la época carolingia (siglo IX), pero no se conocen los motivos que llevaron a elegir el sábado como día de santa María. Posteriormente se dieron numerosas explicaciones que no acaban de satisfacer del todo a los estudiosos de la historia de la piedad”. En el ritmo semanal cristiano de la Iglesia primitiva, el domingo, día de la Resurrección del Señor, se constituye en su ápice como conmemoración del misterio pascual.  Pronto se añadió en el viernes el recuerdo de la muerte de Cristo en la cruz, que se consolida en día de ayuno junto al miércoles, día de la traición de Judas. Al sábado, al principio no se le quiso subrayar con ninguna práctica especial para alejarse del judaísmo, pero ya en el siglo III en las Iglesias de Alejandría y de Roma era un tercer día de ayuno en recuerdo del reposo de Cristo en el sepulcro, mientras que en Oriente cae en la órbita del domingo y se le considera media fiesta, así como se hace sufragio por los difuntos al hacerse memoria del descenso de Cristo al Limbo para librar las almas de los justos.  
   En Occidente en la Alta Edad Media se empieza a dedicar el sábado a la Virgen. El benedictino anglosajón Alcuino de York (+804), consejero del Emperador Carlomagno y uno de los agentes principales de la reforma litúrgica carolingia, en el suplemento al sacramentario carolingio compiló siete misas votivas para los días de la semana sin conmemoración especial; el sábado, señaló la Santa María, que pasará también al Oficio. Al principio lo más significativo del Oficio mariano, desde Pascua a Adviento, era tres breves lecturas, como ocurría con la conmemoración de la Cruz el viernes, hasta que llegó a asumir la estructura del Oficio principal. Al principio, este Oficio podía sustituir al del día fuera de cuaresma y de fiestas, para luego en muchos casos pasar a ser añadido. En el X, en el monasterio suizo de Einsiedeln, encontramos ya un Oficio de Beata suplementario, con los textos eucológicos que Urbano II de Chantillon aprobó en el Concilio de Clermont (1095), para atraer sobre la I Cruzada la intercesión mariana.
   De éste surgió el llamado Oficio Parvo, autónomo y completo, devoción mariana que se extendió no sólo entre el clero sino también entre los fieles, que ya se rezaba en tiempos de Berengario de Verdún (+962), y que se muestra como práctica extendida en el siglo XI. San Pedro Damián (+1072) fue un gran divulgador de esta devoción sabatina, mientras que Bernoldo de Constanza (+ca. 1100), poco después, señalaba esta misa votiva de la Virgen extendida por casi todas partes, y ya desde el siglo XIII es práctica general en los sábados no impedidos. Comienza a partir de aquí una tradición devocional incontestada y continua de dedicación a la Virgen del sábado, día en que María vivió probada en el crisol de la soledad ante el sepulcro, traspasada por la espada del dolor, el misterio de la fe.  
    El sábado se constituye en el día de la conmemoración de los dolores de la Madre como el viernes lo es del sacrificio de su Hijo. En la Iglesia Oriental es, sin embargo, el miércoles el día dedicado a la Virgen. San Pío V, en la reforma litúrgica postridentina avaló tanto el Oficio de Santa María en sábado, a combinar con el Oficio del día, como el Oficio Parvo, aunque los hizo potestativos. De aquí surgió el Común de Santa María, al que, para la eucaristía, ha venido a sumarse la Colección de misas de Santa María Virgen, publicada en 1989 bajo el pontificado de San Juan Pablo II Wojtyla (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
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