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jueves, 9 de febrero de 2023

La pintura "Retrato de Domingo Pérez Ansoategui", de Madrazo, en la sala XI del Museo de Bellas Artes

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Retrato de Domingo Pérez Ansoategui", de Madrazo, en la sala XI del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.  
       Hoy, 9 de febrero, es el aniversario del nacimiento (9 de febrero de 1815) de Federico de Madrazo, pintor, así que hoy es el mejor día para Explicarte la pintura "Retrato de Domingo Pérez Ansoategui", de Madrazo, en la sala XI del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
     El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
      En la sala XI del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "Retrato de Domingo Pérez Ansoategui", de Federico de Madrazo (1815-1894), realizado en 1842, siendo un óleo sobre lienzo en estilo neoclásico, con unas medidas de 1,09 x 0,09 m., y procedente de la donación de dº Joaquín Irureta Goyena, en 1952.
     Retrato de elevado nivel técnico. Participa de la frialdad de la pintura oficial propia de la Europa de esos años. El personaje, sentado, emerge sobre un fondo oscuro y mira al espectador con dignidad. Su postura y actitud nos revelan que se trata de un personaje de importancia social (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
     El apellido Madrazo llena todo el siglo XIX en el ámbito de la pintura española. Este apellido se fue transmitiendo a través de tres generaciones en las que desde el padre José, el hijo Federico y el nieto Raimundo completan una de las páginas más relevantes del arte decimonónico hispánico. El padre, José Madrazo (1771-1859), no está representado en el Museo de Sevilla y ello significa la ausencia de uno de los artistas más importantes de nuestro período neoclásico.
     Su hijo Federico de Madrazo (1815-1894) se vio beneficiado históricamente al nacer en un ambiente artístico privilegiado, en el que su padre se había comportado como un auténtico dictador. Desde muy pronto dio muestras de un gran talento que le permitió realizar pinturas de un elevado nivel técnico. Su lógica aspiración de llegar a lo más alto posible en el dominio de la pintura le llevó a París en 1832, donde recibió las enseñanzas de Ingres, entonces el maestro vivo más importante en Europa. Sus primeras obras realizadas en París fueron retratos y causaron gran admiración por su perfección técnica, al igual que las pinturas de tema histórico que realizó en este momento, las cuales poseen el rigor técnico y la frialdad de la pintura oficial al uso en la Europa en estos años. 
     En 1840, deseoso de completar su formación, viajó a Italia donde estuvo dos años en los que principalmente residió en Roma. Cuando en 1842 regresó a España se le recibió como a un triunfador y se le otorgó toda una serie de cargos púbicos, privilegios y honores. En su haber artístico, después de muchos años de práctica y de ejercicio de la pintura, cuentan sobre todo sus magníficas dotes para el retrato, las cuales le permitieron efigiar por espacio de medio siglo a la principal sociedad de Madrid. Intérprete excepcional del temperamento de la época romántica, sus retratos manifiestan siempre elegancia física y dignidad espiritual. El Museo de Sevilla posee de Federico de Madrazo un retrato de magnífica calidad del Sr. Ansuategui firmado y fechado en 1842, obra en la que testimonia los elevados principios artísticos que este pintor aplicaba en la plasmación de sus modelos. También firmado por este artista en Roma en 1841 conserva el Museo un buen retrato de Un Caballero (Enrique Valdivieso González, Pintura, en El Museo de Bellas Artes de Sevilla, Tomo II. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Biografía de la Federico de Madrazo, autor de la obra reseñada
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     Federico de Madrazo y Kuntz, (Roma, Italia, 9 de febrero de 1815 – Madrid, 10 de junio de 1894). Pintor y litógrafo.
     Nacido en Roma cuando su padre José servía como pintor de cámara de Carlos IV durante su exilio en la ciudad, fue bautizado en la basílica de San Pedro del Vaticano, apadrinado por el príncipe Federico de Sajonia, de quien tomó su nombre. Con cuatro años llegó a España, junto con su familia, y desde pequeño recibió una formación insólita para un artista plástico.
     Estudió primero en el colegio de Humanidades de Mata y Araujo y más tarde con Alberto Lista y con Antonio Gil y Zárate las disciplinas de Latín, Historia, Matemáticas y Francés, y aprendió a leer el griego con José Mussó y Valiente. Trabó amistad allí con Eugenio de Ochoa, José de Espronceda, Ventura de la Vega y otros jovencísimos nombres que habrían de consagrarse a la política y las artes de su tiempo. Recibió su primera formación artística también en Madrid, siempre bajo la sólida protección paterna, decisiva en los primeros años de su carrera profesional. De ese modo, en 1831, y con tan sólo dieciséis años, fue nombrado académico de mérito de San Fernando por su obra La continencia de Escipión (Madrid, Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando).
     En 1833, de nuevo valiéndose de las influencias de su padre, inició su primer viaje formativo a París, durante el cual recibió, además del nombramiento de pintor supernumerario de cámara, la Cruz de caballero de la Real Orden Americana de Isabel la Católica, contando sólo dieciocho años.
      De regreso en Madrid, casó en septiembre de 1835 con Luisa Garreta de Huertas, hija de un reputado joyero madrileño. Entre 1835 y 1836, fruto de sus preocupaciones intelectuales, editó en Madrid El Artista, revista paralela a otra francesa de título semejante, que fue un instrumento fundamental para la difusión de los ideales del Romanticismo en España. En 1838 emprendió su segundo viaje a París, disfrutando de la pensión que se le había concedido en 1830 para estudiar en Roma. Allí permaneció hasta finales de 1839, en que viajó a Italia. En el tiempo que permaneció en Francia, bajo la protección del barón Taylor, trabajó para el rey Luis Felipe y comenzó a abrirse camino en el mundo artístico francés. Allí pintó, por encargo del Monarca, el lienzo Godofredo de Bouillon proclamado rey de Jerusalén (Versalles, Palacio Real, Sala de las Cruzadas). Presentó en el Salon su cuadro El Gran Capitán recorriendo el campo de la batalla de Ceriñola (Madrid, Museo del Prado), por el que obtuvo una Medalla de Oro de 3.ª Clase. A comienzos del año siguiente presentó en el Salón Godofredo de Bouillon en el monte Sinaí (Sevilla, Reales Alcázares), premiado con una Medalla de 2.ª Clase. Todavía en París comenzó a componer el cuadro de Las Marías en el Sepulcro (Aranjuez, convento de San Pascual), que terminó en Roma ya en 1841, lejos de las premisas artísticas que le guiaban en París.
     Madrazo llegó a Roma en septiembre de 1839 y, por consejo paterno, viajó ese mismo año por Milán, Piacenza, Parma, Bolonia, Florencia y Perugia, estudiando y copiando a los maestros antiguos. Ya en Roma, donde fue nombrado caballero de la Orden Española de Carlos III, instaló su estudio en el palacio de la legación diplomática española, y continuó estudiando pintura antigua. Allí estableció contacto con pintores alemanes, como Overbeck, que le resultaron muy próximos idealmente y de los que se sintió un admirador exclusivamente teórico, aunque su trato con pintores franceses e italianos le hacía ser consciente de la superioridad del arte de Ingres, al que consideraría, desde entonces, el artista más reputado.
     Realizó en esa época estudios de campesinas italianas al estilo de los que hicieran también los nazarenos, tomando incluso como modelo a la musa de Overbeck, Vittoria Caldoni.
     A su vuelta a España, en 1842, instaló su estudio en la posesión madrileña de El Tívoli, frente al Museo del Prado. Su padre le había hecho regresar de Italia con la expectativa de asumir grandes encargos de pinturas de historia para el Gobierno de Isabel II. Así, al año siguiente recibió el nombramiento de director de Pintura de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, integrándose en la corporación madrileña y en sus actividades docentes, y en 1846 fue nombrado individuo de número por la pintura de historia, al tiempo que Francia le reconocía con la Cruz de caballero de la Orden Real de la Legión de Honor, dada su casi ininterrumpida participación en los Salons de aquella capital. Por esos años, su producción artística se concentraba ya en el retrato, aunque albergaba esperanzas de poder realizar las grandes composiciones históricas que aún no habían llegado.
      En 1853 recibió, junto a Bernardo López, hijo de Vicente López y uno de sus más acérrimos rivales, el nombramiento de segundo pintor de cámara de Isabel II. Dos años después, Madrazo realizó un viaje por Alemania. Partió de París, donde asistió en julio a la entrega en el Louvre de los premios de la Exposición de Pinturas —en los que había resultado premiado—, y de allí marchó a Múnich, Dresde y Berlín, donde refrescó sus amistades con los artistas que había conocido en Italia, y volvió a París en septiembre. El año siguiente enviudó de Luisa Garreta, a consecuencia de un sobreparto, quedando a su cargo cinco hijos.
     En su meteórica carrera artística, 1855 supuso su consagración definitiva en París, donde expuso quince retratos y recibió por ello una Medalla de 1.ª Clase, que tuvo gran repercusión en el mercado madrileño.
      Con su prestigio ya consolidado internacionalmente, comenzó a asumir, aún más, el protagonismo integral de la escena artística de Madrid, suscitando a su alrededor una verdadera legión de seguidores e imitadores y, al mismo tiempo, creándose una singular cantidad de acérrimos enemigos que reaccionaban con críticas a cada uno de sus triunfos. En 1856 se inauguró la primera Exposición Nacional de Bellas Artes, donde formó parte, junto a su padre, de los miembros del jurado y presentó, fuera de concurso, seis retratos. No por sus obras, pero sí por las de su hermano Luis, que resultó premiado, Federico fue duramente censurado y acusado, junto a su padre, de favoritismo.
     En 1857 fue ascendido a primer pintor de la real cámara y fue nombrado, además, profesor de Colorido y Composición de los estudios superiores de la Academia, cargo que hasta entonces había ostentado su padre. Su dilatada carrera como retratista de Corte no deja duda del papel preeminente con que se había consolidado ya junto a Isabel II, para la que creó su imagen áulica más consagrada. Aunque la Reina prefiriera personalmente a otros artistas, comprendió que la imagen que ofrecía Madrazo de sí misma era la más conveniente, ocupándolo desde entonces en realizar la mayoría de sus retratos oficiales, replicados en el taller del artista, para ser distribuidos por las dependencias del Estado. La extraordinaria difusión de su nombre, unida por un lado al de Isabel II, y también a sus éxitos ininterrumpidos en París, le concedieron una fama desconocida para el resto de los artistas españoles de esos años. Así, en 1858 le nombraron correspondiente de la Academia de San Luca de Roma, y en 1859 hizo lo mismo el Instituto Imperial de Francia.
      De hecho, en los años siguientes se puso en evidencia el verdadero papel rector de la vida artística y cultural española que asumió Federico. Recibió innumerables reconocimientos internacionales, como la Cruz de comendador de la Orden de Wasa, y en Francia fue ascendido a oficial de la Legión de Honor, en 1860. Al año siguiente acudió al Congreso Artístico de Amberes como representante español, y en 1862 fue nombrado académico de Bellas Artes en Milán y en Bélgica, y en España fue miembro del comité de organización de la Exposición Nacional de Bellas Artes. En 1863 recibió la encomienda de la Real Orden de Santiago de Portugal. En 1866, tras la muerte de Joaquín Francisco Pacheco fue elegido, por unanimidad, director de la Academia de San Fernando, puesto que conservó sin interrupción hasta su fallecimiento y desde el que desarrolló una dilatada labor de conservación del patrimonio histórico español. Al año siguiente recibió el nombramiento de jurado en la Exposición Nacional de Bellas Artes, y miembro honorario de la Academia de Pennsylvania en Filadelfia.
     Además, la Corona de Prusia le concedió la condecoración de 1.ª Clase y Portugal le ascendió a la encomienda de la Orden de Santiago. En la década de 1870 Federico de Madrazo llegó a su cénit como retratista de la alta sociedad madrileña, desarrollando una intensísima labor dentro de ese género, abandonando por completo la pintura de composición.
     En 1868 fue reconocido como caballero Gran Cruz de Isabel la Católica y asumió puestos de relieve en la construcción del nuevo edificio de Bibliotecas y Museos, pero en noviembre, coincidiendo con el final de la Revolución liberal, fue cesado de la Dirección del Museo Nacional de Pintura y Escultura, por ser asociado estrechamente a la imagen de Isabel II. Ello marcó el inicio de su declive profesional, lento pero implacable, aunque continuase vinculado a numerosas instituciones debido a la honradez profesional que le caracterizó. El final de la preeminencia de los modelos retratísticos propuestos por Madrazo, que sobrevino con el final del reinado de Isabel II, dio comienzo a un letargo artístico para el género en España, que no se solucionó, en realidad, hasta finales de siglo. El año siguiente, sin los sueldos de la Real Casa que venía percibiendo, Federico se vio muy acuciado económicamente, por lo que tuvo que desprenderse en París del Retrato de Asensio Juliá pintado por Goya, que estaba en su colección. Con ello daba comienzo a multitud de operaciones financieras que lo relacionaban con el comercio internacional de obras de arte procedentes de nuestro país, la mayor parte de su colección personal, pero a veces de otras colecciones.
     De hecho, fue muy famosa su intercesión en 1873 en París para que la condesa de Castillejos vendiera su Inmaculada Concepción de Murillo. En 1874 fue nombrado consejero de Instrucción Pública por el Gobierno de la República, y a finales de ese mismo año se casó en segundas nupcias con Rosa Guardiola, baronesa de Andilla, pese a la clara oposición de sus hijos. Durante 1874 ayudó a su hijo Raimundo y a su hija Cecilia a organizar las ventas en París y en Roma de las obras que acababa de dejar su yerno Mariano Fortuny, recientemente fallecido.
     Fue elegido senador del reino por la suscripción de la Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1877, lo que demuestra la noble pero ya rancia consideración que se tenía del maestro a esas alturas del siglo. Ese mismo año fue nombrado miembro de la comisión organizadora de la Exposición Universal de París, delegando su trabajo en su hijo Raimundo y en Martín Rico, que organizaron, a modo de homenaje póstumo, una sala Fortuny en ese certamen.
     A partir de 1878 su salud fue complicándose, acumulando serias dolencias infecciosas en los ojos, las manos y los bronquios. En 1880 presentó al ministro de Instrucción Pública el reglamento para la ejecución de la Ley de Propiedad Intelectual y de Teatros como fruto de sus trabajos en la política, donde su labor, en realidad, fue muy discreta y poco comprometida. En 1886 fue elegido, de nuevo, senador del reino por la Academia, renovando una vez más ese cargo en 1891, siendo además nombrado ese año, de nuevo, consejero de Instrucción Pública.
      En 1894 fue nombrado presidente de la comisión organizadora del III Centenario de Velázquez, que supondría la ocasión de exhibir internacionalmente las reformas que había planeado para el Museo del Prado.
     Sin embargo, en el verano de ese año y a consecuencia de una operación de litotricia, falleció y fue enterrado en la sacramental de San Isidro, junto a los restos de su primera esposa y de varios de sus hijos.
     Al comienzo de su carrera como pintor de composición, Federico de Madrazo, influido por su pronta estancia en París, se debatió entre los modelos de Paul Delaroche, por el que sintió una especial predilección en su primera juventud, y los contundentes retratos de Ingres. Junto a ello, es perceptible el peso de los maestros de la Escuela Española, como Velázquez y Murillo, de los que se sentía obligado heredero. Su paso por Italia añadió a todo ello un gran interés por la escuela primitiva italiana, especialmente por la pintura del beato Angélico, que admiró y copió detenidamente.
      Así, al comienzo de su brillante carrera como retratista, una vez instalado en Madrid, fue muy acusada la influencia de Ingres y de los modelos franceses, que cristalizarían, con los años, en obras tan señeras como el retrato de Amalia de Llano y Dotres, condesa de Vilches (Madrid, Museo del Prado), de 1853. Federico creó entonces un limitado número de modelos de retrato, de herencia francesa, muy bien ajustados a las necesidades de la sociedad isabelina, y que terminaron por convertirse en los únicos válidos en el panorama español durante ese reinado. Sin embargo, su arte fue evolucionando a lo largo de la década de 1870 hacia un realismo contenido y dignificado procedente del estudio directo de la Escuela Española, que ennoblecía a sus modelos sin apartarse de su estricto parecido. En esas obras fue desplegando paulatinamente una gran libertad técnica, cada vez con mayor economía de medios. Así, destaca del final de su carrera el delicado retrato de María de los Ángeles de Beruete y Moret, condesa de Muguiro (Madrid, colección particular), de 1877, o el retrato de Nicolás Salmerón (Madrid, Congreso de los Diputados), de 1879, pinturas de gran soltura plástica en las que ya se acusa la influencia de su hijo Raimundo.
     Federico de Madrazo, como muchos artistas de su generación, desarrolló además un extraordinario interés por las posibilidades de los avances técnicos. Junto a su curiosidad por la fotografía como técnica de reproducción, por la que desarrollaría una verdadera admiración, Madrazo, debido también a la influencia de su padre —que durante años explotó el Real Establecimiento Litográfico—, fue un consumado litógrafo.
     En realidad, sus extraordinarias facultades como dibujante le confirieron, además, un hábil y muy provechoso manejo del lápiz litográfico desde los primeros años de su carrera. Así, en 1826, estampó una de sus primeras litografías, Cabeza de la Virgen de la perla, de Rafael, y desde entonces, recurriría muy a menudo a esta técnica. La empleó en el arranque de su carrera cortesana para dar publicidad al cuadro de la Enfermedad de Fernando VII, en una estampa muy conocida titulada El amor conyugal, que reforzaba la imagen de la reina María Cristina de Borbón, y que tuvo gran difusión. Pero el momento de mayor empleo por parte de Federico de Madrazo de la litografía fue en el corto período de tiempo en que se responsabilizó de la publicación de El Artista. En ese semanario publicó un importante número de dibujos litográficos, desde retratos históricos, como el de Diego Velázquez, hasta escenas históricas o de invención, y copias de obras de arte significativas. Aunque después participó con litografías en El Pasatiempo, donde publicó varios retratos de actores y dramaturgos, su actividad litográfica se extinguió pronto, contándose como su última intervención la que hizo en El Renacimiento, publicación heredera de El Artista, ya a finales de la década de 1840.
     Pero, sin duda, la labor que, más allá de su trabajo como retratista, ha quedado unida a la figura de Federico de Madrazo de un modo más perdurable ha sido su faceta como director del Museo del Prado. Cuando su padre dimitió de ese puesto en 1857, Federico, que esperaba ser designado como su sucesor, al conocer que sería Juan Antonio de Ribera y no él quien recibiera el nombramiento, presentó su renuncia a su puesto de pintor de cámara como protesta, dimisión que no fue aceptada. A la muerte de Ribera, en 1860, por fin obtuvo el anhelado cargo de director, que llegó en el momento más brillante de su carrera. Federico trabajó en el crecimiento de la colección, concentrándose en la incorporación de piezas procedentes de las colecciones reales, pero atrayendo algunos de los primeros donativos particulares, como los cuarenta cuadritos de animales de Jan van Kessel el Viejo, que donó Leopold Armand, conde de Hugo. Mucho más importante fue que, la Anunciación de Fra Angelico, procedente del monasterio de las Descalzas Reales de Madrid, pasara a exhibirse en el Museo del Prado desde 1861.
     También se ocupó desde su nombramiento de la reordenación de las salas, en pos de un discurso coherente y didáctico que potenciara las obras más importantes de la colección, pero que mostrase el mayor número posible de cuadros, ajustando —como ya hiciera su padre— el modelo del Prado al del Museo del Louvre. En ese sentido, su hijo Raimundo, que ya vivía en París, desempeñó un papel de agente del Prado en la capital, informando a su padre puntualmente de todos los detalles necesarios, desde la forma material en que se colgaban las pinturas en el Louvre hasta los uniformes de los vigilantes. También amplió la plantilla, consiguiendo con ello imponer lo que había conducido a su padre a la dimisión, esto es, el aumento hasta veintiocho empleados fijos a sueldo del Museo, que la crisis económica pronto volvió a reducir, para desesperación del artista. En realidad, los brillantes planes de Federico para crear una pinacoteca a la altura de las expectativas que existían ya en toda Europa fracasaron debido a la escasez de medios económicos con que contó, que, pese a todo, no le impidió llevar a cabo la totalidad de sus proyectos.
     En 1868, coincidiendo con la Revolución liberal, Federico fue cesado como director del Museo, nombrándose para el cargo al pintor Antonio Gisbert. Tras la proclamación de la Primera República y después de que Gisbert dimitiera de su puesto por las mismas razones políticas que le habían colocado allí, Federico rechazó la dirección de la institución, sugiriendo la posibilidad de que la asumiera Francisco Sans Cabot, quien ostentó el cargo hasta su muerte, en 1881. Pero Madrazo, con sesenta y seis años, aceptó por segunda vez la dirección del Museo del Prado al poco de la muerte de Sans. El Museo que se encontró era una institución muy diferente a la que había dejado a finales de la década de 1860, pues ahora estaba abierto a diario, los empleados vivían en el interior del edificio y contaba con un número de piezas desbordadamente mayor, que incorporaba además las del extinto Museo de la Trinidad. Dedicó muchas de sus atenciones a las obras de reforma del edificio, llevada a cabo por Francisco Jareño. Se mantuvo preocupado por la prevención de un posible incendio, tras vivir varios conatos reales, alguno de los cuales llegó a cobrarse incluso vidas humanas. Ello le llevó a redactar varios informes al efecto dirigidos al ministro, sin éxito. Sin embargo, debió transmitir muy eficientemente la conciencia de ese peligro a la sociedad, cuya reacción más famosa fue la deliciosa pero efectiva broma periodística de Mariano de Cavia, que alertó de un falso incendio en el Prado que hiciera perder todo el Museo. Los efectos de ese escándalo público no se hicieron esperar, y el Museo fue desalojado de viviendas de empleados y de otros peligros evidentes, además de instalar un retén de bomberos junto al edificio. Además, dedicó grandes esfuerzos a la ordenación, catalogación y exhibición de las ya vastas colecciones. Durante la dirección de Madrazo, se produjo un importante número de legados y donaciones testamentarias; la primera de ellas la del barón Emil d’Erlanger, de las Pinturas negras de Goya. Le siguieron la donación del duque de Zaragoza del Retrato de Palafox, también de Goya, en 1884, y la donación de la duquesa de Pastrana, de más de doscientas importantes pinturas, que contenían los bocetos de Rubens para los lienzos de la Torre de la Parada, junto a otras valiosas obras francesas e italianas. A la muerte de Madrazo, la capilla ardiente con sus restos quedó instalada en la Rotonda del Museo del Prado, a los pies del Cristo crucificado de Velázquez, cuyo centenario preparaba (Carlos G. Navarro, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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