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miércoles, 17 de febrero de 2021

El Retablo Mayor de la Capilla de los Dolores (Los Servitas)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Retablo Mayor de la Capilla de los Dolores (Los Servitas), de Sevilla.   
   Hoy, 17 de febrero, es Miércoles de Ceniza, día de ceniza e inicio de la muy sagrada Cuaresma: he aquí que vienen días de penitencia para la remisión de los pecados, para la salvación de las almas; he aquí el tiempo favorable, en el que se asciende a la montaña santa de la Pascua [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y también hoy, es la Memoria de los siete Santos Fundadores de la Orden de los Siervos de la Virgen María [Servitas]: Bonfilio, Bartolomé, Juan, Benito, Gerardino, Ricovero y Alejo, todos mercaderes de Florencia, en Italia, que se retiraron de común acuerdo al monte Senario para servir a la Santísima Virgen María, y fundaron para ello una Orden bajo la Regla de San Agustín. Son conmemorados en este día, en el que falleció, ya centenario, el último de ellos, Alejo (1310) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el Retablo Mayor de la Capilla de los Dolores (Los Servitas), de Sevilla.
    La Capilla de los Dolores (Los Servitas), se encuentra en la calle Siete Dolores de Nuestra Señora, 1; en el Barrio de San Julián, del Distrito Casco Antiguo.
     El interior de la Capilla de los Dolores (Los Servitas) lo domina el Retablo Mayor, dorado y policromado; realizado en torno a 1740 con elementos retardatarios como las columnas salomónicas y con elementos más propios de la segunda mitad del siglo XVIII como la rocalla o el uso de espejos. Tuvo en las calles laterales a santos de la Orden, apareciendo actualmente las tallas de Santa Catalina y Santa Bárbara. La gran hornacina central la preside el grupo de la Piedad, formado por la talla sedente de Nuestra Señora de los Dolores con el Cristo de la Providencia en su regazo, hermoso grupo tallado en cedro por José Montes de Oca hacia 1740. A pesar de ser un escultor del Barroco más avanzado, sigue las formas más mesuradas del siglo XVII, como el grupo de la Virgen de las Angustias de Juan de Mesa en Córdoba. Este barroquismo contenido le valió al autor la alabanza incluso de los más despiadados críticos neoclásicos. Del grupo formaban parte también las tallas de San Juan y la Magdalena según reza en antiguos grabados, aunque estas imágenes no procesionan el Sábado Santo (Manuel Jesús Roldán,  Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).
     El retablo mayor de la capilla, dorado y policromado, tiene unas dimensiones de 8 x 6,40 metros. Está formado por un banco sobre el que se asienta el camarín donde se ubica el grupo escultórico de la Sexta Angustia de María. Tiene dos calles laterales enmarcadas por columnas salomónicas. En la parte superior, el ático, donde se encuentra el manifestador usado en los cultos eucarísticos, según la  costumbre antigua de exponer al Señor Sacramentado en la zona alta del retablo, a la que se accede por una pasarela que todavía hoy conserva. El retablo se completa con el remate de una corona y el despliegue de un pabellón de telas encoladas que caía hacia los lados envolviendo todo el retablo, desgraciadamente suprimido por su mala conservación a mediados de este siglo. También consta de credencias y puertas. Los motivos que lo decoran muestran un doble sentido. Por un lado, encontramos decoración de tarjas barrocas y columnas salomónicas en el banco, sagrario y calles laterales y, por otro, decoración rococó con uso de rocallas, espejos, telas encoladas y policromía en el camarín, ático, credencias,  puertas  y  ornamentos que cierran el retablo por los lados. Este doble uso decorativo hace pensar en la posibili­dad, a modo de hipótesis, de la existencia de dos momentos constructivos distintos, siendo la parte barroca de principios del siglo XVIII y la segunda alrededor de 1760. A este respecto, podemos plantear una segunda hipótesis, por la cual nos inclinamos, que señalaría a esta obra como fruto de un periodo de transición entre ambos estilos. Para ello, nos basamos en lo anteriormente comentado sobre la edificación de la capilla, hacia 1740, años en los que ambos estilos pudieron alternarse, e incluso mezclarse, sin mayores reparos compositivos o estructurales.
   Llegados a este punto, se hace necesario comentar un documento existente en el archivo de la hermandad, el cual trata sobre un acuerdo de Junta para aumentar el dorado del retablo y estofar algunas de las imágenes del mismo. El documento en  cuestión,  fechado  erróneamente en  1731, ha servido para situar cronológicamente la datación de la capilla, del propio retablo, así como las imágenes titulares realizadas por José Montes de Oca. Sin embargo, debemos retrasar la datación del documento hasta 1773.  Esta fecha no es en modo alguno aleatoria, sino que al cotejar los nombres de hermanos del citado documento sobre el retablo, éstos, coinciden plenamente en nombres, apellidos y cargos con otros que se citan en documentos fechados, sin ninguna duda, en un periodo de años que van desde 1769 a 1773. Con todo lo dicho, intentamos subsanar el error de lectura e interpretación de la fecha del único documento conservado que hace referencia al retablo de la capilla. La conclusión a la que debemos llegar, no es otra que la confirmación de que dicho retablo es parejo a la finalización de las obras de la capilla, alrededor de 1740, obra de transición entre el barroco y el rococó.
   Iconográficamente, el retablo ofrece el si­guiente mensaje. El grupo escultórico de la Sexta Angustia de María ocuparía el camarín. En las calles laterales, enmarcados por columnas salomónicas, San Felipe Benicio y Santa Juliana de Falconieri. Ambos santos servitas tienen unas di­mensiones de 1,23 metros. El primero viste há­bito de la Orden y porta un libro y una banderola como atributos. Por su parte, Santa Juliana aparece vestida de monja, siendo sus atributos la Sagrada Forma en el pecho (hoy sustituida por un corazón) y un ramillete de azucenas en la mano. Estas esculturas debieron realizarse después de 1737, fecha de la canonización de la santa, hecho que confirma un poco más la cronología que damos para el retablo. Tras la restauración del mismo, han sido suprimidos de su originaria ubicación, al igual que las imágenes de San Juan y Magdalena que acompañan la representación de la Piedad. En la parte superior del retablo, flanqueando el manifestador, estarían las esculturas de Santa Catalina y Santa Bárbara, las cuales, desaparecidos sus atributos primitivos (anillo y espada o rueda la primera y una torre la segunda) realizados en plata, sólo muestran la palma del martirio entre sus manos. Hoy en día ocupan el lugar que corresponde a los mencionados santos servitas.
   El retablo fue restaurado durante 1994, haciéndose necesario su total desmontaje y des­piece, para que hoy podamos contemplarlo en las mejores condiciones posibles, aunque no completo en su sentido iconográfico.
Las Imágenes Titulares
   Las imágenes que componen el grupo escultórico de la Sexta Angustia de María pertenecen a la obra de José Montes de Oca (+ 1754). Este grupo refleja la iconografía comúnmente conocida como la Piedad: María, sentada al pie de la Cruz, con el cuerpo inerte de su Hijo en su regazo y acompañada por San Juan y María Magdalena arrodillada. Si bien es cierto que las imágenes no están documentadas, es evidente su segura atribución a Montes de Oca. Esta falta de documentos esconde el enigma de la fecha de su realización, citándose la de 1730 como la más probable. Esta cronología se daba en relación con el documento sobre el dorado del retablo, erróneamente fechado en 1731, y que anteriormente hemos comentado. Por ello, cabe la posi­bilidad, siguiendo la línea cronológica que señalamos para la capilla y para el retablo, de tener que retrasar la datación de las imágenes titulares hasta 1740, fechas aproximadas que ofrecemos para todo el conjunto. Dejando a un lado esta interesante discusión histórica, facilitada por la escasez de datos, pasamos a comentar dichas imágenes.
   El grupo escultórico, a pesar de gozar de la emotividad y teatralidad barroca, se inspira para su composición en modelos anteriores renacentistas, que dotan a todo el conjunto de cierto estatismo y solemnidad. El Cristo de la Providencia, tallado en madera de cedro mide 1,92 metros. Su rostro refleja una expresión de ternura y serenidad, mientras su cuerpo ofrece una talla profunda y minuciosa, especialmente virtuosa en la representación de las heridas de pies, manos y rodillas. Por último, el sudario se resuelve de ma­nera ceñida y sencilla. La imagen ha sido restaurada por Rivera (1978) y Dubé de Luque (1979). La Virgen de los Dolores, también realizada en madera de cedro, muestra un rostro bellísimo sin perder los rasgos de una mujer madura. Además, su expresión de dolor y amor se aprecia tanto en la severidad de sus cejas como en la dulzura de su mirada y de sus labios. En 1968 fue restaurada por Antonio Dubé. A estas imágenes titula­res acompañan otras, que no lo son, ligadas íntimamente a las mencionadas. El San Juan Evangelista, imagen de candelero que mide 1,70 metros, se representa de edad juvenil acorde con los cánones de su iconografía, el bigote y la perilla pintados, situándose de pie acompañando la cabeza de Cristo. Por su parte, la imagen de Santa María Magdalena ofrece en su rostro grandes paralelismos con la Virgen de los Dolores. Originalmente, se representaba de rodillas atendiendo a los pies de Cristo. Sin embargo, tras la restauración realizada por Juan Manuel Miñarro (1988-89) le fue incorporado un candelero de pie. Hay que recordar que estas dos últimas imágenes habían sido retiradas del culto, pasando a ocupar diversas dependencias de la hermandad. De nuevo, Miñarro recuperó la escultura de San Juan entre 1990-91. Finalmente, sólo podemos añadir que nos encontramos ante la mejor obra de José Montes de Oca, meditada, cuidada, perfecta en su ejecución. Una obra de madurez técnica y expresiva que la sitúa -en palabras de Antonio Torrejón- como la mejor representación pasionista del siglo XVIII sevillano (Javier Monclova González, en Misterios de Sevilla. Tomo II. Ediciones Tartessos. Sevilla, 2003).
   En la Capilla de los Dolores, anexa a la Parroquia de San Marcos. Dolorosa de Semana Santa, cofradía de los Servitas, Sábado Santo. Bellísima imagen de extraordinaria expresividad, una de las buenas Vírgenes "con hechura de tristeza" del siglo XVIII. Obra de José Montes de Oca, hacia 1725-30. Rostro crispado y manos portentosas. Antonio Dubé la retocó, dulcificando su semblante, en 1968. Compone con el Cristo de la Providencia, también de Montes de Oca, la conocida escena de la Piedad. Va sobre paso de madera oscuro, al pie de la Santa Cruz. Antaño se mostraba en su altar acompañada por San Juan y la Magdalena, y orlada con una antigua ráfaga de sobremanto, que le daba especial sabor. Escogidas bandas de música, interpretando un repertorio funerario verdaderamente fino y selecto, realzan su salida procesional, ya en tono postrimero y elegíaco, por ser el último día de la Semana Mayor. La Virgen, sedente, mide 1,55 m; el Cristo, 1,90 (Juan Martínez Alcalde. Sevilla Mariana. Repertorio Iconográfico. Ediciones Guadalquivir. Sevilla, 1997).
Conozcamos mejor la Historia, Culto e Iconografía de San Alejo; 
   Uno de los fundadores de la orden de los servitas (1200 - 1310), a pesar de sus mortificaciones habría vivido hasta los ciento diez años.
   Su culto fue aprobado por el papa en 1717, pero su canonización se reali­zó en 1888.
   Tiene como atributo una disciplina o un enjambre de palomas alrededor de su cadáver (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de Nuestra Señora de los Dolores
LA VIRGEN DE LOS DOLORES
   El arte patético de finales de la Edad Media concedió un amplio espacio en su iconografía a la Virgen Dolorosa, representada ya con Cristo muerto sobre las rodillas después del Descendimiento de la cruz, ya sola después del Enterramiento de Cristo.
   Estos dos tipos iconográficos se designan con los nombres de Virgen de la Piedad y Virgen de los Siete Dolores. Aquí no hablamos de la Virgen de pie frente a la Cruz (Stabat Mater), o desvanecida  en los brazos de San Juan o de las Santas Mujeres, porque esos temas no han sido representados aisladamente y son inseparables de la Crucifixión.
1. La Virgen de la Piedad
   El grupo de la Virgen de la Piedad se compone, estrictamente, de dos personajes: María y su Hijo desclavado de la cruz, cuyo cuerpo inanimado ella sostiene sobre las rodillas.
   A veces ocurre que la Virgen esté rodeada o enmarcada por san Juan, Magdalena, las tres Marías e incluso por los donantes; pero casi siempre está sola con el cadáver de su Hijo, y esta concentración refuerza el poder emotivo del tema. Así es como se distingue de la escena de la Lamentación al pie de la Cruz (Beweinung Christi) que comporta numerosas figuraciones.
   Se ha querido ver en este grupo conmovedor un fragmento separado de la Lamentación, reducida a dos personajes esenciales por un procedimiento análogo que permitió extraer del grupo de la Cena el de Jesús con su discípulo preferido. Pero esa hipótesis no puede probarse, al menos en el arte alemán cuyos Vesperbilder son muy anteriores a los bajorrelieves de la Beweinung que se hizo popular en el siglo XVI. Según parece, la Virgen de la Piedad deriva más bien del tipo tradicional de la Virgen sentada, por simple sustitución del Niño Jesús por el Crucificado.
Fuentes místicas
   La Virgen de la Piedad, que en italiano se llama Pietà y en alemán Vesperbild, -porque la hora de vísperas, de cinco a siete de la tarde, corresponde en el Breviario al Descendimiento de la Cruz-, es la flor más delicada del misticismo de finales de la Edad Media, una flor de la Pasión, una pasionaria que hizo eclosión en los jardines de monjas.
   El tema ni siquiera está esbozado en los Evangelios ni procede tampoco del culto oficial: es una creación de la imaginación  mística que surgió a principios del siglo XIV, al mismo tiempo que los temas de la Virgen de Misericordia y del Varón de Dolores.
   Basta referirse a las Meditaciones franciscanas del Seudo Buenaventura, mejor aún a las Efusiones del beato Enrique de Berg y a las Revelaciones de Santa Brígida, para comprender en qué ambiente nació este tema realista y visionario a la vez. Las descripciones de Cristo muerto sobre las rodillas de su madre (in sinu matris) que se leen allí, donde parecía más cercano y accesible al corazón de los fieles que levantado sobre la madera de la cruz, concuerdan rasgo tras rasgo con las realizaciones plásticas de los artistas. 
 El Minnebüchlein atribuido a Enrique de Berg, llamado Suso, también describe a Cristo muerto en una suerte de treno lírico: «Sus ojos, que brillaban como carbunclos, ahora están apagados. Sus labios, que parecían rosas rojas recién abiertas, están secos y su lengua pegada al paladar. Su cuerpo sangrante ha sido tan cruelmente estirado sobre la cruz que pueden contarse todos sus huesos.»
   Santa Brígida de Suecia atribuye a la propia Virgen esta descripción emotiva de su Hijo descendido de la Cruz: «Lo recibí sobre mis rodillas como un leproso, lívido y magullado, porque sus ojos estaban muertos y llenos de sangre, su boca fría como la nieve, su barba rígida como una cuerda.»
   La mayoría de los historiadores del arte no resistieron la tentación de establecer una relación no sólo de paralelismo sino de filiación entre dichos textos y las obras de arte que parecen derivar de ellos, sin preocuparse por la cronología. Pero las investigaciones recientes condujeron a una inversión del orden de los factores. En la actualidad se admite, en general, que las descripciones realistas de Enrique de Berg y de Santa Brígida, lejos de haber inspirado las obras de arte son sólo la transcripción poética de éstas. Esos textos son para  nosotros un muy precioso comentario de las Vírgenes de Piedad, y nos informan acerca del «clima» místico que les dio nacimiento; pero debe renunciarse a ver programas plásticos en ellos.
Orígenes en el arte alemán y francés del siglo XIV
   Lo que prueba esta teoría es que los primeros Vesperbilder alemanes se remontan a 1320, es decir, son muy anteriores a las Visiones del Seudo Buenaventura y de Santa Brígida.
   Nacido en los conventos de monjas místicas del valle del Rin, ese tema tan femenino y maternal de la Virgen de la Piedad, se difundió algo más tarde en Francia gracias a las numerosas cofradías de Nuestra Señora de la Piedad que encargaron grupos para la decoración de sus capillas, que en los libros de contabilidad se designa con los nombres La Compasión de la Virgen, Imagen de Nuestra Señora la cual sostiene abrazado a Nuestro Señor, Imagen de Nuestra Señora sosteniendo en su regazo otra Imagen de un Dios de Piedad, Dios estando en brazos de Nuestra Señora.
   En todo caso, aunque el nombre italiano de Pietà haya sustituido abusivamente a esas viejas expresiones francesas, es muy cierto que el tema es una creación del arte gótico germano francés y no del arte italiano. En las pinturas del Trecento que cita Mâle, la Virgen está sentada al lado del cadáver de Cristo: ella no lo sostiene sobre las rodillas, en su regazo. Ese tema penetró tardíamente en Italia, donde nunca gozó de la misma popularidad que en Alemania y en Francia. Es interesante recordar en tal sentido que la célebre Pietà de Miguel Ángel, esculpida en 1496 para una capilla de la antigua basílica de San Pedro de Roma, fue encargada por un cardenal francés.
Clasificación  y evolución de los tipos iconográficos
   La evolución de la iconografía de la Virgen de la Piedad prosiguió entre los siglos XIV y XVI.
   Tanto en Alemania como en Francia e Italia se encuentran dos tipos principales, el primero de los cuales comporta numerosas variantes: entre los siglos XIV y XV Cristo está acostado sobre las rodillas de su madre; en el siglo XVI, influenciado por el nuevo ideal del Renacimiento, más preocupado por la belleza formal, está extendido a sus pies, y sólo tiene apoyada la cabeza sobre las rodillas maternales.
A) Cristo sobre las rodillas de la Virgen
   En los monumentos más antiguos (Grupo de madera de Coburgo, hacia 1330; Vesperbild del convento de las ursulinas de Erfurt, hacia 1340), Cristo sentado sobre las rodillas de su madre tiene el torso echado hacia atrás y la cabeza inerte, caída.
   A veces está representado con la estatura de un niño, como la propia Virgen en los brazos de Santa Ana (Anna selbdritt). En ese caso, la Virgen que tiene la ilusión de acunar a su Hijo en brazos, como en los felices tiempos de la infancia, está representada más joven. Esta desproporción no se debe a la torpeza de los escultores, sino a una concepción de los místicos franciscanos. Según San Bernardino de Siena, la Virgen, extraviada por el dolor, sueña que tiene a su Hijo sobre las rodillas, y que lo acuna envuelto en la mortaja como antes en los pañales.
   En el siglo XV se volvió a la representación de Jesús adulto, en la edad en que murió en la cruz. El grupo se desarrolla en la dimensión horizontal, crece en ancho. A veces el cadáver de Cristo está dispuesto horizontalmente, como el cuerpo de un nadador que flota de espaldas, con la herida del costado bien visible; otras, por el contrario, se presenta oblicuamente, en diagonal, apoyando los pies magullados en el suelo.
   Es difícil determinar el lugar de origen de estas variantes. No obstante, parece que la escultura  alemana haya tomado el tipo de Cristo horizontal de la escuela de Bohemia y el Cristo en diagonal, del cual se ven numerosos ejemplos en Westfalia de la escuela de pintura de los Países Bajos, especialmente de Van der Weyden y de Dirk Bouts que habían, uno y otro, adoptado esta preceptiva. Es también el concepto que prima en la Pitié de Villeneuve de Aviñón (Louvre), la más monumental del arte de la Edad Media.
B) Cristo a los pies de la Virgen
   Este grupo de la madre y el hijo adulto que ella apenas puede sostener sobre sus rodillas, fue abandonada a partir del Renacimiento por un arte más preocupado por las proporciones y la lógica. A partir de ese momento casi siempre se ve el cuerpo de Cristo simplemente apoyado contra las rodillas de su madre. El grupo pierde así su profunda unidad, el acento de intimidad y ternura desgarradora, pero gana en verosimilitud y en armonía estructural.
   Esta preceptiva que reemplaza el esquema gótico no es -tal como lo creyera Mâle- una innovación introducida después del concilio de Trento por la iconografía revisada y corregida por la Contrarreforma. Pueden citarse ejemplos a partir del siglo XV, como el Vesperbild de la iglesia San Cristóbal, en Maguncia. Lo cierto es que esta fórmula ha sido adoptada por el arte barroco italiano (Correggio, Carracci) del cual pasó enseguida a España y a los Países Bajos.
   Aunque no pueda  servir como principio  de clasificación,  porque su actitud siempre la misma, el personaje de la Virgen no es menos importante que el de Cristo: la verdad de la expresión del dolor maternal la convierte en uno de los más bellos temas de estudio de la historia de la plástica. 
 Es sobre todo el arte francés de los siglos XV y XVI el que ha sacado partido de este tema con una admirable delicadeza en la expresión de los sentimientos, que contrasta con las exageraciones germánicas.
   A veces María observa llorando el cuerpo inerte de su Hijo desfigurado, cuyos brazos rígidos no consigue cruzar; otras, lo abraza con todas sus fuerzas para impedir que los sepultureros se lo quiten.
   El arte español gótico y barroco introdujo en este tema vesperal un ardor más sombrío, y una suerte de voluptuosidad del dolor que está de acuerdo con el carácter de este pueblo.
   Muchas veces la Piedad suele combinarse con el motivo de la Dolorosa (Nuestra Señora de las Angustias) o Virgen de los cuchillos, que España tomó de los Países Bajos. Se encuentran ejemplos de esta amalgama en Sigüenza y en Calatayud (colegiata de Santa María).
   Subrayemos finalmente que en el arte de la Edad Media se encuentra una variante menos difundida de la Piedad de Nuestro Señor (Not Gottes): en vez de estar extendido sobre las rodillas de su Madre, Cristo muerto está sobre las rodillas de Dios Padre.
   A diferencia de numerosos temas religiosos de la Edad Media de los cuales se ha retirado la vida, éste, tan profundamente humano, ha conservado hasta nuestros días su conmovedora eficacia. Todavía se descubren bellos ejemplos en el arte francés de los tres últimos siglos.
2.  La Virgen de las siete Espadas
   Después del Enterramiento de Cristo, la Virgen queda sola con su dolor: por ello en España se la llama Virgen de la Soledad.
   Una iglesia de Roma está dedicada a S. Maria delle Sette Dolori.
   Se la representa con las manos juntas y gruesas lágrimas que corren por sus mejillas.
   Para volver más sensible el dolor de la Virgen se imaginó simbolizarla con una espada que le atraviesa el pecho. El origen de esta representación es la profecía del anciano Simeón (Luc 2: 35) que anuncia a la Virgen el día de la Presentación de Jesús en el Templo, que una espada de dolor le atravesará el alma: Tuam animam pertransibit doloris gladius.
   ¿Cómo se pasó de la Virgen con una espada a la Virgen de las siete espadas? Por la devoción a los Siete Dolores (Septem tristitiae) que se oponen simétricamente a los Siete Gozos de la Virgen (Septem Gaudia B.V. Mariae).
   A partir del siglo XIII se ve aparecer la devoción a los Siete Gozos de la Virgen, popularizada por la orden toscana de los servitas (Esclavos de la Virgen). La devoción a los Siete Dolores es más tardía: fue en 1423 cuando el sínodo de Colonia agregó a las fiestas de la Virgen «la fiesta de las angustias de Nuestra  Señora».
   Hasta el siglo XIV todavía se veneraban sólo Cinco Dolores de la Virgen. En el si­glo XV el número se llevó a siete, que se corresponde con las Siete Caídas de Cristo en el camino del Calvario. La lista no varía demasiado,  salvo en lo relativo al primer Dolor de Nuestra  Señora, que es tanto la Profecía de Simeón como la Circuncisión.
1. Profecía de Simeón (o la Circuncisión);
2. Huida a Egipto;
3. Pérdida del Niño Jesús que permanece en el Templo en medio de los doctores;
4. Cristo con la Cruz a Cuestas; 
5. La Crucifixión;
6. El Descendimiento de la Cruz;
7. El Entierro.
   Así, de los Siete Dolores de la Virgen, tres son relativos a la Infancia y cuatro a la Pasión de Cristo.
Iconografía
   H. Gaidoz hace derivar este tema de la Transfixión de la Virgen a un cilindro caldeo que representa a la diosa asiria Istar.
   Más recientemente, J. Baltrusaitis ha reconocido en el tema de la Virgen de los Siete Dolores la transposición o adaptación de un tema planetario del que se encuentran numerosos ejemplos en el arte de la alta Edad Media.
   Los círculos astrológicos de los siete Planetas habrían comenzado por engendrar el tema de los Siete Dones del Espíritu Santo irradiando alrededor del pecho de Cristo.
   De allí se habría pasado con toda naturalidad a la representación de los Siete Dolores de la Virgen. Para ello bastaba transformar los rayos de la Sabiduría Divina en haz de espadas, y reemplazar en el interior de los tondos las palomas del Espíritu Santo por  los Dolores  de Nuestra  Señora.
   Sea cual fuere el interés de estas remotas e hipotéticas filiaciones, lo más prudente es atenerse a los orígenes directos del tema que podemos situar en el tiempo y en el espacio con extrema precisión.
   La devoción y la iconografía de la Virgen de las siete espadas nacieron en Flandes a finales del siglo XV. Fue Juan de Coudenbergbe, cura de San Salvador de Brujas, quien organizó la primera cofradía de la Virgen de los siete Dolores; y fue Margarita de Austria, gobernante de los Países Bajos, quien fundó, también en Brujas, el primer convento consagrado a Nuestra Señora de los Siete Dolores, y quien ofreció a la iglesia de Brou-en-Bresse un cuadro votivo que la menciona. Finalmente, es en un grabado dedicado a Carlos V, publicado  en Amberes en 1509, donde se ven por primera vez las siete espadas dispuestas en abanico.
   Este tema correspondía demasiado bien a las tendencias generales del arte patético de finales de la Edad Media, como para volverse popular. De Flandes marítimo, que fue su cuna, pasó a Francia y a la Alemania renana. Pero no se mantuvo inmutable: experimentó una evolución en la que pueden detallarse las etapas sucesivas de esta manera:
   Los Siete Dolores de la Virgen en principio están representados simbólicamente por siete espadas. Luego, cada espada tuvo un pomo ornamentado con un tondo que representa uno de los Dolores. Pero al final las espadas desaparecieron y la Virgen apareció rodeada sólo por una aureola de siete tondos.
1. Las siete espadas
   La agrupación de las espadas comporta numerosas variantes. En la mayoría de los casos, las siete espadas reunidas en haz atraviesan el corazón de la Virgen. Están, ya dispuestas en círculo, ya agrupadas lateralmente con la punta hacia arriba, cuatro de un costado y tres del otro.
   En el siglo XVII Van Dyck imaginó renovar esta composición disponiendo las siete espadas alrededor de la cabeza de la Virgen, como los rayos de un nimbo. Pero esta innovación no tuvo éxito.
   A veces, Cristo en el lagar forma pareja con la Virgen de las siete espadas.
2. Los siete tondos
   Este ovillo de espadas erizando el corazón o la cabeza de la Virgen tenía el inconveniente de ser poco plástico y, además, insuficientemente explícito. Los fieles deseaban saber cuales eran los dolores que habían atormentado a Nuestra Señora durante su «Compasión». Para satisfacer este deseo no había otro medio que reemplazar el haz de espadas simbólicas por tondos explicativos. En principio, se intentó combinar las espadas y los tondos; luego, la segunda versión, favorecida por el ejemplo del Rosario, acabó por eliminar a la primera.
   La Virgen está sentada al pie de la cruz, con las manos juntas o cruzadas sobre el pecho. A veces es una Virgen de la Piedad que tiene a Cristo muerto sobre las rodillas. Alrededor de ella los tondos historiados, dispuestos como las grandes cuentas de un rosario, evocan sus angustias.
   Es el arte flamenco del siglo XVI el que ofrece los ejemplos más numerosos de este tema y de sus aspectos sucesivos (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Festividad de la Virgen de los Dolores;
Una segunda conmemoración de los Dolores de Nuestra Señora surge al calor de la Orden de los Siervos de María, pero en este caso considerando globalmente los sufrimientos de la Virgen a lo largo de toda su vida por su íntima asociación a la Obra de la Redención, y no sólo centrándose en el Calvario, aunque éste fuera el momento culminante. Esta Orden, los servitas, es la institución eclesial que más ha contribuido a expandir la devoción a los Dolores de María. Fundada en el Monte Senario, Florencia, en 1233 con un marcado tinte mariano, ésta arraigó en ella y se fue acrecentando, hasta el punto que  declararon como Patrona a Nuestra Señora de los Dolores el ocho de agosto de 1692. Constituida como instituto mendicante, está compuesta de tres Órdenes: Primera, la de los frailes; Segunda, la de las monjas de clausura, y Tercera, la de los laicos, que fue la gran difusora, junto con las cofradías servitas, agregadas a la Orden, de la devoción a Nuestra Señora de los Dolores y a su hábito, el negro de su viudez, propio del instituto, en forma de escapulario, pues éstas llegaron donde no alcanzaron ni la primera ni la segunda rama, además de que no fueron afectadas, por su carácter seglar, por las exclaustraciones de la Edad Contemporánea. Los servitas solían tener una reunión con los Hermanos de su Compañía del Hábito de los VII Dolores de la Virgen el tercer domingo de cada mes. A principios del siglo XVII comenzaron a solemnizarse estas reuniones, escogiéndose la de septiembre como la principal, hasta que llega a considerarse todo el mes de septiembre como consagrado a la devoción de los Siete Dolores de la Bienaventurada Virgen María; por ejemplo, el Papa León XIII Pecci concede indulgencia plenaria en la forma acostumbrada cualquier día de septiembre o del día uno al ocho de octubre. El nueve de junio de 1668, el Papa Clemente IX Rospigliosi concedió para ese día, tercer domingo de septiembre, a la Orden de los Siervos de María celebrar Fiesta de los Siete Dolores de la Virgen, con rito doble y octava, y un formulario similar al de 1482, que fue el introducido en lo esencial en el Misal de San Pío V Ghislieri para el Viernes de Dolores.  El dieciséis de septiembre de 1673 la otorgó a la Diócesis de Córdoba el Papa Clemente X Altieri. Fue confirmada por Inocencio XI Odescalchi en 1688, y poco a poco se va extendiendo por toda la Iglesia.  A todos los territorios españoles fue extendida por el Papa Clemente XII Corsini, a petición del Rey Felipe V, el veinte de septiembre de 1735, tras el parecer favorable de la Sagrada Congregación de Ritos, fechado tres días antes.  El Papa Pío VI Braschi, en 1777, concedió a la Diócesis de Méjico indulto perpetuo de rezar Oficio y Misa de los Siete Dolores de Nuestra Señora con rito doble de segunda clase. En 1785, autorizó Misa votiva de los Siete Dolores todos los sábados en la iglesia de los Mínimos de Mallorca. En 1786, concedió a la Diócesis de Santa Fe (Argentina) rezar el Oficio de los Siete Dolores propio de la Orden de Siervos de María. Pío VII Chiaramonti, muy influido por los servitas, la declaró en 1801 fiesta de precepto de segunda clase para la isla de Cerdeña, la concedió a la Archidiócesis de Sevilla en 1807, así como a la Toscana, como doble de segunda clase con octava, y finalmente la extendió a toda la Iglesia Latina el ocho de septiembre de 1814, en memoria de su liberación del cautiverio que le infringió Napoleón, adoptando la misa y oficio de los servitas.  En 1908 el Papa Pío X Sarto la incluyó entre las dobles de segunda clase. Los servitas la celebraban como de primera clase con octava y vigilia, como los Pasionistas, y en Florencia, donde había surgido la Orden de los Siervos de María, y Granada, cuya patrona es Nuestra Señora de las Angustias.
     En la reforma litúrgica de este mismo Pontífice de 1914, con el fin de despejar el ciclo dominical, se fijó el quince de septiembre, día en que ya se celebraba en el rito ambrosiano por no tener octava la fiesta de la Natividad de la Virgen, haciendo pareja con la del día anterior: la Exaltación de la Santa Cruz. Contemplamos desde la perspectiva de la glorificación los frutos de la Redención de la pareja salvadora, Cristo, Nuevo Adán, y María. Nueva Eva. Tras ser reducida a simple conmemoración optativa la fiesta del Viernes de Dolores en el Calendario Universal de 1960, fue suprimida en el actual de 1969 según los criterios de simplificación y eliminación de las duplicaciones, quedando sólo la de septiembre, para dejar lo más libre posible el último tramo cuaresmal, como memoria obligatoria, bajo el título de Nuestra Señora, la Virgen de los Dolores. Su ubicación, en opinión de muchos autores, le perjudica al quedar desarticulada del ciclo pascual.  El antiguo título de Compasión es conservado por la Diócesis de Hildesheim con una fiesta el sábado posterior a la Octava del Corpus, y con la denominación de la Bienaventurada Virgen María de la Piedad, con un bonito Oficio de origen medieval, existe una conmemoración en Goa (India) y en Braga (Portugal) el tercer sábado de octubre (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016). 
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