Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Ruta por las Murallas y Puertas de Sevilla V: desde la Puerta de la Carne hasta la Puerta de Jerez, de Sevilla.
La puerta de la Carne se ubicaba sobre la cota más alta de todas las puertas de la ciudad, por lo que apenas aparecen referencias documentales al ataque de las aguas, tan común al resto de las puertas de la ciudad. Se situaba en la confluencia de las calles Santa María la Blanca (la hebrea Açuayca) y Cano y Cueto hasta su derribo en 1864. Algunos autores opinan que recibió el nombre de Bab Yahwar o puerta de las Perlas cuando se levantó la cerca islámica, pero hipótesis recientes señalan que dicho topónimo corresponde más bien al postigo del Alcázar, junto a la torre del Agua, salida natural de los Alcázares hacia el área palaciega de la Buhayra. De cualquier forma, a partir de la conquista castellana, recibió el nombre de puerta de Minjohar y de la Judería, al ser la puerta principal que comunicaba la Judería y el cementerio hebreo extramuros, localizado en las obras de remodelación del antiguo cuartel de Intendencia en 1992, en diversas intervenciones en el barrio de San Bernardo y en el aparcamiento subterráneo de la calle Cano y Cueto en 1996,donde se localizaron más de 200 enterramientos según el rito hebreo, inhumados entre el siglo XIII y el XV, habiéndose reconstruido uno de ellos en el interior del aparcamiento. En la misma área excavada, los arqueólogos también identificaron una serie de tumbas con individuos de rasgos negros, probablemente esclavos inhumados en los siglos XVI y XVII.
El actual topónimo de puerta de la Carne se consolidó a partir del siglo XVI, por alusión al matadero extramuros (n.º 178 en el plano de Olavide), construido en 1489 por mandato de los Reyes Católicos, y cuyos restos se han descubierto recientemente en las obras de remodelación del antiguo mercado de abastos en la calle Demetrio de los Ríos. La existencia del matadero explica a su vez la presencia de actividades artesanales relacionadas con el completo aprovechamiento de las reses, como las de curtidores y zurradores en las calles cercanas a la puerta.
En el informe de Hernán Ruiz de 1560 esta puerta figura en la relación de accesos que tenían que ser reformados, por lo que se debía eliminar el acceso en recodo protegido por barbacana. La puerta almohade fue demolida en 1576 por orden del asistente Francisco de Zapata, conde de Barajas, quien planifica una nueva puerta monumental, atribuida a Asensio de Maeda, con arco de medio punto y cuerpo superior rematado con frontón y pináculos, como podemos comprobar en las imágenes del siglo XIX previas a su derribo, en las que también se advierte la presencia de edificaciones del siglo XVIII en la calle Cano y Cueto que aún se mantienen en pie. La presencia del matadero extramuros, visible en la vista de Sevilla de Hofnagel y en el plano de Olavide, explica, por un lado, la actividad ganadera en los cercanos prados de Santa Justa y de San Sebastián, así como una cierta tradición taurina en el próximo barrio de San Bernardo. Cervantes menciona este área extramuros en El coloquio de los perros, aludiendo a su marginalidad: «...tres cosas tenía el Rey por ganar en Sevilla: la calle de la Caza, la Costanilla y el matadero». Por otro lado, las reses sacrificadas se vendían para su mejor control fiscal en el interior de Sevilla, en las carnicerías reales, edificio de dos plantas y patio central en torno al cual se disponían hasta 48 puestos, y que estuvo ubicado en la actual plaza de la Alfalfa desde su construcción en 1545 hasta su derribo en 1837.
La altura de la puerta, la más baja de todas, estaba condicionada al paso del gran atanor que venía por encima de la muralla desde la puerta de Carmona y conducía el agua de los Caños hasta el cercano recinto del Alcázar por el callejón del Agua y, posteriormente, a la Fábrica de Tabacos. Precisamente, la escasa altura del vano y el obstáculo que suponía para el paso de los carros, fue el argumento principal para su derribo en 1864.
A partir de aquí, la muralla continuaba por el tramo corto de la calle Cano y Cueto, donde podemos contemplar unos hermosos azulejos barrocos dedicados al rey san Fernando sobre un edificio del siglo XVII, quizás relacionados con la cercanía del campamento castellano en el arrabal de san Bernardo en el asedio de 1248. Esta calle era conocida anteriormente como la del Muro, por el tramo de muralla que corría en dirección sur hasta la plaza de los Refinadores, desde donde partía en época moderna una tapia que encerraba por el este la palaciega huerta del Retiro, convirtiéndose así la propia muralla urbana en un muro interior a partir de este punto, como se puede advertir en la planimetría histórica. Esta tapia se mantuvo en pie hasta 1863 cuando se inicia el expediente y proceso de demolición de la misma dentro del proceso de reordenación urbanística de la actual avenida.
En este mismo programa urbanizador se enmarca, tras la demolición de la puerta de la Carne y del tramo de muralla más cercano, la construcción de la manzana conocida como "Casa Cobián" en 1893, en el espacio resultante hasta la avenida Menéndez Pelayo, frontera al antiguo cuartel de Caballería (1792), posteriormente de Intendencia y actualmente sede de la Diputación Provincial de Sevilla. El cuartel se construyó entre 1780 y 1788, probablemente diseñado por el arquitecto José Echamorro, en un área extramuros cercana al matadero y al edificio del rastro, edificación del siglo XVI que acogía el mercado de ganado menor, y que se ubicaría en el solar del actual parque de bomberos. El plano de Olavide, 1771, recoge este espacio entre el arroyo del Tagarete y las murallas de la ciudad, como un área desordenada, recubierta por auténticas montañas de basuras y desperdicios del matadero y de las industrias urbanas, descripción que se atenúa con la construcción del cuartel a finales del XVIII y la paulatina transformación urbanística que dará paso a la actual avenida Menéndez Pelayo a lo largo del siglo XIX, cuyo primer arrecife, o camino empedrado, se construyó en 1876 con el material obtenido del derribo de las murallas inmediatas.
Lentamente, la avenida fue tomando forma. Se organizaron manzanas de viviendas entre el cauce del antiguo arroyo Tagarete (encauzado bajo tierra a partir de 1849) y la nueva ronda, entre las cuales destaca el edificio diseñado por Juan Talavera y Heredia en 1925 en la esquina con la calle Demetrio de los Ríos o la Casa Ybarra, más cerca del prado de San Sebastián, diseñada por Aníbal González entre 1928 y 1930, junto al antiguo hotel América Palace, diseñado por el arquitecto malagueño Fernando Guerrero Strachan para la Exposición Iberoamericana de 1929. Al otro lado de la avenida se organizarían los jardines de Murillo y el paseo de Catalina de Ribera en etapas sucesivas.
El paseo de Catalina de Ribera se formó en 1862 tras la cesión al Ayuntamiento por parte de la Corona de una franja de terreno de la huerta del Retiro, que discurría desde el Prado hasta la puerta de la Carne, dentro del proyecto de alineación urbanística entre dicha puerta y la de San Fernando y de la instalación de la feria en el prado de San Sebastián, lo cual obligó a retranquear la vieja tapia almenada que protegía la huerta palaciega y erigir una nueva, que hay quien erróneamente confunde con la muralla medieval. En este paseo ajardinado se levantaría en 1920 la glorieta dedicada a Cristóbal Colón, según propuesta de José Laguillo y diseño de Juan Talavera y Heredia, con participación del escultor Collault Valera. El mismo arquitecto municipal es el encargado del Monumento a Catalina de Ribera, fechado en 1921, pero al que incorpora una fuente del siglo XVI procedente del Asilo de los Toribios en la plaza del Pumarejo y que fue adosada a la nueva tapia de las huertas.
Por su parte, la formación de los jardines de Murillo es un proyecto posterior al del paseo de Catalina de Ribera, con el que suele confundirse, realizado en 1911 tras la cesión por parte de Alfonso XIII de parte de los terrenos de la huerta del Retiro, que venían siendo reclamados por la ciudad desde hacía décadas para facilitar la apertura del barrio de Santa Cruz hacia el sur y la comunicación con la nueva estación de ferrocarriles en San Bernardo, ya que los portillos abiertos en aquel sector de la muralla se habían mostrado insuficientes. La cesión real obligó a levantar un nuevo muro que aislase el recinto palaciego de los nuevos jardines públicos, pero provocó la demolición del lienzo de muralla islámica que cerraba la plaza de los Refinadores (por los afinadores de metal) y la plaza de Alfalfa, así como la apertura de la calle Nicolás Antonio, que permitió el acceso del tráfico rodado hacia la plaza de Santa Cruz, permaneciendo los restantes lienzos de muralla, con el atanor visible, y las bellas torres de tapial y verdugadas de ladrillo mirando a los jardines de Murillo. Este topónimo fue una propuesta de José Laguillo para homenajear al genial pintor barroco en su barrio con ocasión del III centenario de su nacimiento.
A continuación, volvemos a ver la muralla medieval por el callejón del Agua (llamado así por el atanor que llevaba el agua de los Caños hasta el Alcázar), el cual se mantiene, como establecían antaño las normas municipales, sin edificaciones anexas a la muralla. Al otro lado de la cerca se encontraba la citada huerta del Retiro, un conjunto de huertas del Alcázar, que, a partir de las sucesivas ampliaciones del recinto palaciego en época cristiana, dejaron encerrada la cerca islámica original dentro de los jardines y huertas reales y con ella el postigo del Alcázar, abierto en el muro de Yahwar, bajo la imponente torre del Enlace o del Agua, al fondo de la calle Judería. El cierre de esta puerta en 1619, al convertirse en acceso a las huertas, provocó su olvido, aunque fue mencionado en la novela cervantina Rinconete y Cortadillo, como puerta que se abría hacia el prado de San Sebastián, aunque de manera errónea los azulejos cervantinos lo sigan ubicando en el arquillo de Mañara.
Desde este postigo, la cerca hacía en dirección sur, donde aún podemos un quiebro y continuaba ver el pequeño postigo de salida al campo desde las huertas palaciegas andalusíes y una de sus torres en la huerta de la Alcoba del Alcázar, junto a los restos de un tramo de muro conservado tras el restaurante Capuccino en la calle San Fernando. En ese punto tenía lugar su encuentro con la muralla que discurría paralela al arroyo Tagarete en dicha calle, donde se labraría la última puerta de la ciudad en el siglo XVIII, la Puerta Nueva o de San Fernando.
Así pues, dicho tramo de muralla quedó integrado en los jardines del Alcázar tras la mencionada ampliación de sus huertas en 1619, un hecho que obligó a levantar una tapia que cerraba las huertas desde la puerta de la Carne hasta la de San Fernando, como ya hemos mencionado anteriormente. Al quedar inutilizado dicho tramo murario en el siglo XVII, el arquitecto Vermondo Resta recibió el encargo de transformar gran parte del mismo en un paseo elevado, la galería de los Grutescos, un excelente mirador sobre el jardín de las Damas y de la Alcoba, y la propia huerta del Retiro, a la vez que se abría la puerta del Privilegio en la vieja muralla para comunicar huertas y jardines.
La Puerta Nueva o de San Fernando fue la última que se incorporó al conjunto amurallado de la ciudad de Sevilla. Su origen se debe a la construcción extramuros de la Real Fábrica de Tabacos (actualmente Universidad de Sevilla) iniciada en 1725, una realización que pretendía sacar del interior de la ciudad una industria molesta ubicada en unas instalaciones estrechas e incómodas en el viejo barrio de la Morería, cuyo espacio será utilizado en el siglo XIX para reformar el área y abrir la plaza del Cristo de Burgos. Sin embargo, el impulso fundamental para la finalización del proyecto fabril se debe al reinado de Fernando VI, quien encargó al ingeniero militar Sebastián Van der Borcht la culminación del conjunto, que llegaría a ser en su momento el de mayor superficie de toda España, a la vez que una muestra singular en la arquitectura española por la disposición de su cimentación a base de arcos invertidos que le han conferido una notable estabilidad frente a la inestabilidad del suelo y los movimientos sísmicos. Su construcción (1728-1771) supuso la reforma urbanística de toda el área comprendida entre la puerta de Jerez y el prado de San Sebastián, un espacio extramuros desprotegido, por lo que se procedió a construir un foso que rodeara la nueva fábrica, al tiempo que evitaba el posible contrabando de tabaco, inundándolo con las aguas del arroyo Tagarete, que discurría a los pies de la muralla y que a partir de ahora será encauzado y abovedado en este tramo, como se observa en el plano de Van der Borcht. Una obra de esta envergadura conllevó la eliminación de la vieja cerca islámica y su sustitución por una muralla más liviana, sin torres y barbacana, en el tramo frontero a la Fábrica de Tabacos, con la que se abrió un portillo de comunicación desde la calle Nueva o de San Fernando.
De este modo, la nueva fábrica quedaba rodeada al este y el sur por el ejido comunal del prado de San Sebastián, el quemadero de la Inquisición (n.º 175) y el convento de San Diego (n.º 32), mientras que por el oeste lindaba con los terrenos del antiguo Colegio de Mareantes de San Telmo (1682) (n.º 129 en el plano de Olavide) y el solar frontero a la cercana puerta de Jerez donde posteriormente se instalarían el Teatro Eslava (1887-1916) y el Hotel Alfonso XIII, obra regionalista de José Espiau para la Exposición Iberoamericana de 1929.
La fachada principal de la fábrica, obra barroca de Cayetano Acosta, se abría al norte en el patio de la Fama frente a la muralla, tras la cual se abre una calle nueva a costa de los jardines del Alcázar en la huerta de la Alcoba. El objetivo de esta calle nueva era, por un lado, instalar en ella, protegidas por la muralla, las viviendas de los directivos y capataces de la Fábrica de Tabacos, algunas de las cuales aún permanecen en pie tras una serie de desafortunadas decisiones urbanísticas. Por otro lado, la calle servía de vía de conexión con el área del prado de San Sebastián, para lo cual se decidió abrir la citada Puerta Nueva en 1759, por orden del asistente Juan Rabión. Aunque hay hipótesis que consideran el origen islámico de la puerta, no hay referencias documentales de la misma, como se advierte en los planos anteriores a 1760. Según Suárez Garmendia, la Puerta se ejecutó en dos fases: en la primera, el ingeniero Van der Borcht realizaría la fachada interior, aprovechando una de las torres originales de la muralla medieval, por lo que se procedió a levantar una réplica de la misma que flanquease la nueva puerta; y en una segunda fase, será José Echamorro quien levante la fachada exterior, inspirándose en la puerta de Córdoba de Carmona, que él había reconstruido.
La Puerta Nueva fue utilizada como una de las principales vías de acceso a la ciudad por el sur y tras la aprobación por Isabel II de la Feria de Abril en 1846, sirvió de portada de acceso a la misma hasta su derribo en 1868. Recordemos que, en síntesis, su demolición formó parte del conjunto de medidas urbanísticas tomadas por los ayuntamientos liberales españoles desde el reinado de Isabel II y culminadas a lo largo del Sexenio Democrático, los cuales justificaron el derribo de las viejas puertas y murallas medievales como un símbolo de la nueva ciudad burguesa y moderna frente al viejo orden del Antiguo Régimen, a la vez que se atendía a criterios médico-higienistas, como los del doctor Hauser, que defendían el derribo de las murallas para facilitar la ventilación de unas ciudades donde se hacinaba una población cada vez más numerosa.
Sin embargo, años antes, en 1863, la Academia de Bellas Artes había autorizado el derribo definitivo del tramo amurallado que discurría por la actual calle San Fernando (cuyos restos se estudiaron con motivo de las obras de la línea 1 del metro en 2004), con el argumento de que la muralla encerraba a la Fábrica de Tabacos e impedía la contemplación de su fachada, lo que llevó finalmente a levantar en su lugar una reja de hierro delante de la Fábrica de Tabacos, retranqueada a su vez en 1923 para proporcionar mayor anchura al tráfico rodado de la calle. Por su parte, el derribo de algunas viviendas del s. XVIII en la acera frontera y la polémica formada acerca del diseño definitivo de la calle San Fernando, llevaron en 1964 a levantar una falsa muralla de ladrillo y pilares de hormigón, entre las viviendas y los jardines del Alcázar, alegando razones de seguridad para la residencia ocasional del entonces jefe del Estado, el dictador Francisco Franco.
De este modo, y por tantos motivos expuestos, la muralla islámica de la ciudad, con sus puertas y postigos, fue derribada en gran parte, ocultada tras las viviendas anexas en la mayoría de los casos, enterrados sus cimientos en otros e indultados sus restos en una pequeña proporción, pero suficientes para mostrar la grandeza de uno de los mayores recintos amurallados que tuvo el continente europeo.
Final
Nuestro recorrido ha concluido. El paseante curioso, después de recorrer algo más de siete kilómetros ha vuelto al punto de partida donde inició su periplo urbano y, si no ha tenido prisa en realizarlo, si su objetivo no ha pretendido agotar las informaciones recogidas en este volumen, vendrá cargado de dudas y preguntas que le exigirán ampliar su paseo y acercarse a las bibliotecas, librerías y salas de conferencias, amén de moverse en la compleja red de internet, para indagar sobre aquellos aspectos que más han despertado su interés y curiosidad. Así, dará paso y continuidad al paseo inacabado en torno al perímetro amurallado de Sevilla, porque esta historia no ha terminado y con toda seguridad los nuevos hallazgos que no dejarán de producirse nos permitirán enriquecer nuestro conocimiento de la cerca medieval y corregirán y mejorarán la perspectiva ofrecida en este trabajo.
De hecho, cuando la redacción del núcleo fundamental de este libro estaba alcanzando su punto final, la prensa daba a conocer los nuevos hallazgos que había proporcionado la restauración de la puerta de la Macarena y el lado interior de la muralla en ese tramo urbano, novedades que se han introducido en el capítulo correspondiente, pero al mismo tiempo se iniciaban unos trabajos idénticos en la puerta de Córdoba y en los muros exteriores y ante muro del citado tramo, que esperamos continúen y se extiendan a otros sectores de la muralla notoriamente deteriorados, como es el caso del área del Valle o de los jardines de Murillo. El rigor y la profesionalidad con que se están realizando estos trabajos no solo nos están permitiendo disfrutar de la cerca restaurada, sino que también nos están ofreciendo nuevos datos que en el futuro deberemos añadir al corpus de conocimientos sobre la obra urbana de arquitectura militar más importante de su momento. El trabajo de equipo continúa. Profesionales de la arquitectura, arqueología, geografía, historia, informática, etc., entre otros, continuarán descubriéndonos los secretos de la muralla y en un plazo no muy lejano la propia Gerencia de Urbanismo y Medio Ambiente de Sevilla ha prometido presentar sus resultados a través de una herramienta digital que nos permitirá reconstruir con bastante fidelidad el plano de la muralla islámica y sus puertas más emblemáticas, siguiendo los hallazgos que los equipos de profesionales vayan desvelando, siendo la reconstrucción hipotética de la puerta de Córdoba el primer ejemplo de esta importantísima labor divulgativa.
Por otro lado, en los últimos años se está planteando, con insistencia pero sin consistencia en el discurso, la idea de un centro de interpretación de la muralla islámica que facilite su divulgación y ponga en valor todo su potencial explicativo, de cara a conocer la memoria de la piel amurallada que nos envuelve y se ofrezca como un recurso de atracción turística de alta calidad que diversifique la oferta de un sector que está convirtiéndose en el principal motor de la economía local, a la vez que crece la alarma por su excesiva incidencia en la personalidad de la ciudad. Con este planteamiento, desde la Casa Consistorial se han insinuado posibles ubicaciones para este centro de interpretación. En un primer momento se pensó en la torre Blanca del sector de la Macarena, idea desechada tras su restauración dadas las dificultades técnicas encontradas para este proyecto, y, con posterioridad, se ha barajado la posibilidad de la torre de la Plata o de la propia Fundición, una opción que parece contar con más probabilidades ya que está dentro del plan de rehabilitación del antiguo corral de las Herrerías en el conjunto de la Casa de la Moneda, que con las murallas de los Reales Alcázares y la torre del Oro constituyen la trama amurallada más compleja e interesante de toda la ciudad.
En todo caso, la puesta en marcha de este proyecto divulgativo no puede quedar aislado y desgajado del otro gran proyecto municipal que continúa en el limbo de los grandes proyectos culturales. Me refiero al Museo de Historia de la Ciudad, una propuesta recurrente en los últimos decenios y gobiernos municipales que no acaba de cuajar de manera definitiva. En mi opinión, no se debe realizar una lectura del recinto amurallado sin abordar el contexto histórico espacial en el que se enmarca, sobre todo, cuando estamos hablando de un territorio que ha vivido cambios de enorme calado tanto en su morfología como en su devenir a lo largo de los siglos. Hay otras murallas históricas como hay otras tantas ciudades encerradas con ellas, de modo que es necesario interpretar y divulgar con rigor científico el palimpsesto que contemplamos en la ciudad actual y que vamos descubriendo con cada excavación arqueológica en el casco histórico.
No hay murallas sin ciudad como no hubo ciudad sin murallas, de ahí el imperativo de un ambicioso proyecto divulgador del valioso patrimonio del conjunto histórico sevillano. Se han ofrecido propuestas y espacios para este proyecto museístico, pero entre todas creo que el espacio Santa Clara, actualmente en manos del ICAS municipal, reúne las mejores condiciones para ello, dada su larga y compleja historia (palacio de D. Fadrique, convento de monjas clarisas, colección arqueológica municipal, etc.) así como sus dimensiones y posibilidades con la suma de la nave Singer en la calle Lumbreras y los espacios de la calle Becas.
Por último, dentro de esta recapitulación de las tareas pendientes en torno al recinto amurallado, no se me escapa la tremenda importancia de las incógnitas que aún se mantienen entre nuestros especialistas acerca del trazado de la muralla de la Hispalis romana, una cuestión que lentamente empieza a desvelarse con la prudencia necesaria y que nos permitirá ir recomponiendo el pomerium de la ciudad antigua. Asimismo, los nuevos trabajos sobre la muralla medieval deberán ir resolviendo las hipótesis que aún se mantienen acerca del origen almorávide o almohade de la cerca, así como las diferentes etapas y procesos de su construcción, entre los que no podemos olvidar una de las grandes incógnitas que aún permanecen sin suficiente confirmación arqueológica, como es el caso de las Atarazanas almohades en el interior del denominado recinto XI de los Reales Alcázares o alcazaba de Abu Hafs.
En definitiva, como todo proceso histórico, la interpretación del perímetro amurallado de Sevilla está en permanente revisión y análisis crítico, fruto del trabajo riguroso y científico de grandes equipos de especialistas que nos está permitiendo la reconstrucción del apasionante pasado de nuestra ciudad, una reconstrucción que solo tendrá sentido si se divulga y se explica adecuadamente entre la ciudadanía, elemento fundamental en la eficaz protección del patrimonio. Espero que con este trabajo hayamos contribuido modestamente a esta necesaria tarea colectiva (Esteban Moreno Hernández. En torno a las murallas de Sevilla. Guía por las puertas y límites de un casco antiguo. El Paseo editorial. Sevilla, 2023).
Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Ruta por las Murallas y Puertas de Sevilla V: desde la Puerta de la Carne hasta la Puerta de Jerez, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.
Más sobre las Murallas de la ciudad de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.
























