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jueves, 23 de abril de 2026

La imagen de San Jorge, de Pedro Roldán, en el Retablo Mayor de la Iglesia de San Jorge, del Hospital de la Caridad

 
    Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen de San Jorge, de Pedro Roldán, en el Retablo Mayor de la Iglesia de San Jorge, del Hospital de la Caridad, de Sevilla.     
     Hoy, 23 de abril, Memoria de San Jorge, mártir, cuyo glorioso combate, que tuvo lugar en Dióspolis o Lidda, en Palestina, actual Israel, celebran desde muy antiguo todas las Iglesias, desde Oriente hasta Occidente (s. IV) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy para Explicarte la imagen de San Jorge, de Pedro Roldán, en el Retablo Mayor de la Iglesia de San Jorge, del Hospital de la Caridad, de Sevilla.
     La Iglesia de San Jorge (Hospital de la Caridad) [nº 9 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 16 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Temprado, 3; en el Barrio del Arenal, del Distrito Casco Antiguo.
         La gran obra escultórica y arquitectónica del templo es el gran retablo mayor que preside la iglesia. Simboliza la obra de caridad alusiva al entierro de los muertos, una de las obligaciones principales de la hermandad de la Caridad. Fue realizado entre 1670 y 1674 por los tres artistas más importantes de la Sevilla del momento: Bernardo Simón de Pineda, como diseñador y ensamblador; Pedro Roldán, como escultor; y Valdés Leal como pintor que se encargaría del policromado y dorado del retablo. Consta el retablo de un banco sobre el que se asienta un gran primer cuerpo compartimentado por columnas salomónicas, elemento innovador en el arte sevillano (aunque ya aparezca en el Sagrario del retablo mayor de la Catedral), que llegó a la ciudad con más de cincuenta años respecto al original modelo de Bernini en el baldaquino de San Pedro del Vaticano. En ese primer cuerpo se abre una potente y fingida estructura arquitectónica donde se sitúa el grupo del Entierro de Cristo, excepcional conjunto de Pedro Roldán que sabe enlazar gestos y actitudes de los asistentes al entierro de Cristo. Se completa con un bajorrelieve posterior en el que aparece el monte Calvario como un paisaje de fondo que permite aumentar la sensación de profundidad de la escena central. En los laterales del primer cuerpo, entre potentes columnas salomónicas que son la génesis de todo un estilo en el arte sevillano, se sitúan tallas de San Jorge, como protector frente a las epidemias. El cuerpo superior es un grandioso ático que está centrado por la alegoría de la Caridad rodeada de niños, simbología que viene a cerrar el panorama iconográfico del templo: tras la reflexión sobre la muerte y el fin de la gloria del mundo, tras la presentación de las obras de misericordia en los muros del edificio, la caridad domina la estancia como aspiración fundamental del hombre en la vida. Un retablo que marcó un antes y un después en la retablística sevillana y que se considera uno de los más conseguidos del barroco español (Manuel Jesús Roldán, Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).
     El templo del Hospital está dedicado a San Jorge como patrón de la Hermandad y su representación se incluye en el retablo mayor. Roldán lo muestra como un heroico guerrero, con un manto con el escudo de la Orden de Calatrava. Igualmente, lleva casco, coraza, faldellín y espada. 
     La figura está dotada de particular movimiento al elevar el brazo que sostiene la lanza, haciendo caer el manto por el lado izquierdo y definiendo una curva sobre el pecho. La verticalidad de la composición queda rota por la posición del brazo, rasgo que queda acentuado con el contrapuesto de la pierna que apoya sobre el dragón, cuya figura enroscada contribuye a este dinamismo. La rueda con cuchillas en la que apoya la mano es el instrumento con el que fue martirizado según la tradición. La carnación, más clara de lo habitual, es próxima al natural. Las labores de estofado resaltan parte de su indumentaria (Museo de Bellas Artes de Sevilla. Arte y Misericordia. La Santa Caridad de Sevilla).
     Esta imagen, obra barroca de Pedro Roldán (1624-1699), realizada en 1670-74, con unas medidas de 2,08 x 1,02 mts, en madera tallada, policromada, y estofada. 
     Escultura que representa a San Jorge, que aparece ataviado con armadura, casco, greba y sandalias. Aparece portando la lanza y la espada, junto con la capa que lleva el escudo de la orden de Calatrava, además del dragón, que se retuerce a sus pies, y la rueda con cuchillos, sobre la que apoya la mano entre los plegados y las borlas de la capa, originan un juego de líneas y planos que lo dotan de movimiento (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Jorge, mártir;
LEYENDA
     Santo fabuloso a quien se considera oriundo de Capadocia, a causa de una confusión con otro san Jorge, obispo arriano de Alejandría.
     Su leyenda, que fue rechazada por el concilio del siglo V como apócrifa, según el presbítero Delehaye, es sólo un cuento de Las Mil y una Noches. Oficial de una legión romana, atravesó una ciudad aterrorizada por un dragón que devoraba hombres y animales. Para calmar el hambre del monstruo, los pobladores le entregaban dos ovejas diarias, y luego, cuando todo el ganado ovino fue sacrificado, le entregaban dos jóvenes elegidas por sorteo.
     Un día la suerte recayó en la hija del rey. Cuando la joven estaba a punto de ser devorada, apareció san Jorge, quien espoleó el caballo y cargó sobre el dragón al que a travesó con su lanza.
     Según la Leyenda Dorada, sólo lo habría herido, después de lo cual, habría pedido a la princesa que anudara su cinturón alrededor del cuello del monstruo que la seguía como un perro llevado por la correa. El santo distribuyó entre los pobres el dinero que le diera el rey como recompensa.
     Después de su victoria sobre el dragón, viene su Pasión. Habría sido martirizado en 303. El hagiógrafo enumera con complacencia los espantosos suplicios que debió padecer por haberse negado a ofrecer sacrificios a los ídolos durante la persecución de Diocleciano.
     Para comenzar, fue estirado en un potro de tormento, desgarrado con garfios de hierro, sometido a la tortura de los borceguíes de hierro calentados al rojo y guarnecidos de clavos puntiagudos, suspendido cabeza  abajo encima de un brasero... Resistió  milagrosamente todas estas pruebas.
     Entonces un mago preparó veneno para darle muerte. En principio molió una serpiente venenosa en una copa, pero la dosis demostró ser insuficiente; luego reunió numerosas víboras en un mortero; pero Jorge se tragó la mezcla volviéndola inofensiva con una señal de la cruz, y no experimentó daño alguno.
     Como santa Catalina, fue atado a una rueda erizada de espadas, pero el instrumento de tortura fue partido por los ángeles que descendieron del cielo. Sumergido en un caldero lleno de plomo fundido, bastó que hiciera una señal de la cruz para que experimentara los efectos de un baño refrescante. En un templo pagano al que le condujeran por la fuerza, invocó a Dios y éste derribó a todos los ídolos. Luego fue atado a la grupa de un caballo y arrastrado desnudo sobre las calles empedradas. Cansados de tantos esfuerzos, sus verdugos acabaron decapitándole. Sus miembros, serrados por uno de los sayones, fueron arrojados a un pozo del cual un ángel retiró la cabeza.
¿Cuál es el origen de estas fábulas?
     El tema de la lucha contra el dragón y de la liberación de la princesa ya se encontraba en la leyenda griega de Perseo y Andrómeda y el Perseo de los griegos es a su vez una variante del dios egipcio Horus a quien se representa a caballo y atravesando con su lanza a un cocodrilo.
     Por tanto, san Jorge sería la réplica cristiana de Horus, vencedor de Set. Los cristianos de Siria hicieron de su lucha contra el dragón el símbolo de la conversión de Capadocia. Más tarde, la princesa salvada del dragón se interpretó como el símbolo de la Iglesia cristiana entera arrancada a sus perseguidores por el emperador Constantino.
     El dragón parece haber sido en su origen una personificación del mar y del guardián de las fuentes. Es por eso que san Jorge, al igual que Apolo, Hércules y Perseo lo matan a orillas del mar, de un río o de una marisma. Entre los cristianos se convirtió en el símbolo del paganismo.
     Los cristianos de Oriente, en principio aplicaron esta leyenda de origen egipcio y griego a san Teodoro, otro santo militar que fue suplantado por san Jorge a partir del siglo XI.
     Por otra parte, es posible que en el origen del tema haya un error de interpretación de las imágenes del emperador Constantino.
CULTO
     Nacido en Oriente, el culto de san Jorge permaneció localizado durante mucho tiempo en Palestina, en Lidia y entre los coptos de Egipto, cuya ciudad de Gergeh está consagrada a él. Desde allí pasó a Constantinopla que en la Punta del Serrallo puso bajo la advocación de San Jorge de Manganes un gran monasterio.
     Pero es falso que se haya introducido en Occidente en la época de las cruzadas. Dicho aserto está desmentido por el estudio de los patronazgos datados. Numerosas iglesias estaban puestas bajo su advocación con anterioridad al siglo XII, por ejemplo, la de Lirnburgo an der Lahn, en Praga. Lo cierto es que fue adoptado por los cruzados en Tierra  Santa, tal como sucedió con el Apóstol Santiago de Compostela en la Cruzada de España. Corrían las mismas leyendas acerca de uno y otro santo. Después de la toma de Antioquía, san Jorge, montado sobre un caballo blanco, habría acudido en socorro de los cruzados junto a los santos militares Demetrio y Mercurio, y habrían con­seguido poner a los sarracenos en fuga. Desde entonces, se lo considera el tipo ideal del paladín, el parangón y el modelo de todas las virtudes caballerescas. 
     De ahí su popularidad en las novelas de caballería. San Jorge y la princesa liberada reaparecen en el Orlando furioso de Ariosto, con los nombres de Rogelio y Angélica, y a pesar de la deformación caricaturesca de la novela satírica de Cervantes, aún se lo reconoce en la pareja de Don Quijote y Dulcinea. En Italia fue elegido patrón por las Repúblicas de Génova y de Venecia que no le dedicaron menos de tres iglesias: San Giorgio Maggiore, S. Giorgio Dei Greci y San Giorgio degli Schiavoni. En Cataluña lo adoptó Barcelona, de manera que tres de los mayores puertos del Mediterráneo acordaban en rendirle homenaje. Además, tiene otras iglesias puestas bajo su advocación en Verona y en Roma (San Giorgio in Velabro).
     En Alemania,  su culto fue patrocinado a principios del siglo XI por el emperador san Enrique II que le dedicó una iglesia en Bamberg. Más tarde se convirtió en patrón de los caballeros de la orden Teutónica y se incluyó en el grupo de los Catorce Intercesores. En el siglo XV, el teatro de los Misterios puso en escena el auto de fe Ludus draconi o Juego del dragón, que en alemán se llamó Drachenstich, y en el cual un ángel entregaba su escudo a san Jorge. El emperador Maximiliano profesaba una devoción particular por el santo caballero a quien está dedicada la iglesia benedictina de Weltenburg, a orillas del Danubio.
     Pero sólo en Inglaterra  llegó a convertirse en un santo nacional a partir de 1222, año del sínodo de Oxford. Se contaba que había desembarcado en Gran Bretaña, como el apóstol Santiago en Galicia, y que llegó por el estrecho del mar de Irlanda, que lleva su nombre. Su popularidad data del reinado de Ricardo I quien, durante la cruzada, se puso con su ejército bajo la protección particular de san Jorge. Además, el santo fue elegido patrón de la orden de la Jarretera, instituida en 1349 por Eduardo III. En Inglaterra hay más de ciento sesenta iglesias puestas bajo su advocación. Sustituyó a san Eduardo el Confesor, quien era venerado desde el siglo IX como patrón de Gran Bretaña. Santo esencialmente militar a causa de su heroico combate contra el dragón, es el patrón de los caballeros y de los jinetes (patronus equitum, christianorum militum propugnator); de los arqueros y de los ballesteros, así como de las dos corporaciones de artesanos que proveen suministros a los combatientes: los armeros y los plumajeros o fabricantes de los grandes penachos de plumas para los morriones o cascos de guerra o de torneo, como el que lleva san Jorge en su cimera y de los guarnicioneros, puesto que el santo se mantenía bien en la silla.
     En griego, su nombre, que significa trabajador de la tierra, le ha valido el patronazgo de los labriegos.
     Se recurría a su protección para los caballos, porque es un santo jinete, y también se lo invocaba contra las serpientes venenosas porque mató un dragón. Además, se recurría a su protección contra la lepra, la peste y la sífilis.
     A partir del siglo XVI el culto de san Jorge, quien personificaba el ideal caballeresco de la Edad Media, perdió su razón de ser cuando la artillería reemplazó los combates singulares con lanza y espada. Y la Reforma le asestó el tiro de gracia.
ICONOGRAFÍA
     Está representado joven e imberbe, en armadura de caballero, ya a pie, ya en caballo. Su pelo rizado desciende muy abajo de la frente, a diferencia de san Demetrio que lleva el cabello corto.
     Además del dragón bramando a sus pies, tiene como atributos una lanza partida (lo que lo diferencia de san Longinos en la Madonna  della Vittoria de Mantegna), una espada desenvainada, un escudo con una cruz estampada y una bandera blanca con una cruz roja (en términos de heráldica: una cruz de gules sobre campo de plata)  que le había sido entregada por un ángel.
     La bandera de san Jorge se convirtió en la enseña nacional de Inglaterra. Cuando está representado como patrón de la orden de la Jarretera (como en el cuadrito de Rafael), tiene una jarretera anudada alrededor de la rodilla, sobre la cual se lee la divisa: Honni soit qui mal y pense.
     El caballo blanco que monta es quizá un recuerdo de muy antiguas tradiciones, puesto que entre los mazdeístas el blanco era el color de los caballos sagrados (Herodoto, VII, 40) y Capadocia estaba impregnada de influencias persas (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Pedro Roldán, autor a quien está atribuida la obra reseñada;
       Pedro Roldán (Sevilla, 14 de enero de 1624 – 3 de agosto de 1699). Escultor.
     Sus padres fueron Marcos Roldán e Isabel de Nieva, u Onieva, ambos naturales y vecinos de Antequera (Málaga), donde se habían casado en 1609. Pedro Roldán fue el segundo hijo de este matrimonio. Su familia paterna tenía unos antepasados ilustres por su valor durante la Reconquista: Cristóbal Roldán y su esposa, Isabel de Arévalo, procedían de las montañas de León.
     La primera noticia que hay del capitán Cristóbal Roldán data de 1347, cuando por su arrojo se hizo notar en la toma de la villa de Luque (Málaga). En reconocimiento a sus méritos, Alfonso XI le premió en el repartimiento de dicha villa, concediéndole, a él y a sus descendientes, la hidalguía y un escudo de armas. Sin embargo, el transcurso de los siglos determinó la natural decadencia de esta familia y su empobrecimiento, hasta llegar en esa situación al padre del escultor.
     La primera incógnita que planteaba la vida de Pedro Roldán era la del lugar en el que nació, pues hubo muchas dudas al respecto, pues el propio interesado, en su expediente matrimonial, se declaraba natural de Orce (Granada) y así lo corroboraban sus testigos. Por el contrario, Palomino, quien conoció a su hija, Luisa Roldán, y posteriormente Ceán, que fueron sus primeros biógrafos, afirmaban que el escultor era natural de Sevilla. En 1925, Gallego Burín consideraba que había nacido en Antequera, por ser éste el lugar donde matrimoniaron sus padres. Heliodoro Sancho Corbacho, principal biógrafo del artista, confirmaba, en 1950, que Roldán era originario de Sevilla, pues sus padres estaban avecindados en la collación del Sagrario desde una fecha desconocida. Pedro fue bautizado en dicha parroquia, el domingo 14 de enero de 1624. Poco tiempo después, teniendo el niño muy poca edad para recordarlo, regresaron a Orce. Por este motivo, el escultor consideraba Sevilla como la de su nacimiento.
     En 1638 Pedro se desplazó a Granada para aprender el oficio en el taller de Alonso de Mena. Ceán yerra cuando mencionaba su aprendizaje con Montañés.
     A los dieciocho años, el 1 de octubre de 1642, en la iglesia de San Nicolás, celebró su boda con Teresa de Jesús Ortega Villavicencio, a quien Gallego Burín consideraba pariente de Alonso de Mena, pues a veces usó este apellido. Sancho Corbacho desestimó esta hipótesis.
     Teresa aportó 400 ducados de dote al matrimonio, a diferencia del novio que no contribuyó con bien alguno. El 14 de agosto de 1644 nació la primera hija: María.
      Cuando en 1646 murió Alonso de Mena, la familia Roldán encontró el momento idóneo para trasladarse a Sevilla, centro artístico de gran pujanza, en una época en que trabajaban importantes artífices, como Martínez Montañés y los Ribas, pero, como novedad, se empezaba a percibir un cambio estético, pues el escultor flamenco José de Arce difundía, en el arzobispado hispalense, el barroco internacional, que influyó decisivamente en el estilo del biografiado. En esta segunda época, el matrimonio residía, en 1647, en la plaza de Valderrama, collación de san Marcos, mudándose, en 1651, a la de Santa Marina. Posiblemente en estas fechas debió de nacer su hija Francisca.
     En el aspecto profesional, el 27 de junio de 1652, recibió el encargo de tallar seis esculturas para el retablo mayor del Convento de Santa Ana de Montilla.
    También de esta etapa es el Arcángel San Miguel de la parroquia de San Vicente.
     En 1654, nació Luisa Ignacia. En 1655 la familia estaba avecindada en la calle Colcheros, en la Magdalena (hoy Tetuán), y entre 1656 y 1665 se encontraba en la calle de la Muela (hoy O’Donnell). En 1658 Roldán solicitó ser examinado como dorador y estofador, profesión que luego enseñó a su hija Francisca. La familia siguió aumentando, hasta llegar al número de ocho hijos.
     El 22 de abril fue bautizada su hija Isabel. La apadrinó Valdés Leal. En 1660, nació Teresa Josefa. El 14 de mayo de 1662, fueron bautizados los gemelos Ana Manuela y Marcelino José y el 15 de febrero de 1665, Pedro de Santa María, benjamín de la familia.
     Tan numerosa prole llevó a Roldán efectuar constantes compras y arrendamientos de casas y talleres.
     Por citar solamente algunos, el 26 de mayo 1664 efectuó la compra de un corral de vecinos en San Juan de la Palma, compuesto por cuatro aposentos bajos. El 17 de junio de 1665 tomaba a renta perpetua una casa en la plaza de Valderrama, adaptada a taller y vivienda. Sus encargos iban en aumento. El 20 de septiembre de 1667, compró un solar también en dicha plaza, donde hizo levantar la casa en la que moró el resto de su vida. El 5 de febrero de 1668, tomaba a tributo perpetuo otro solar en San Juan de la Palma, parroquia de San Marcos; tres días después, alquilaba otro solar junto al anterior, propiedad de la parroquia de la Magdalena, añadiendo un tercero, “que todos tres son un jardín”. El 3 de diciembre de 1668, compró una enfermería al convento de Capuchinos.
     Edificó en ella una tahona. Era habitual que un artista armonizara sus intereses artísticos con inversiones patrimoniales.
     En 1666 se le encargó una de sus obras maestras, el retablo mayor de la capilla de los Vizcaínos (actualmente en el Sagrario), para el que esculpió el Descendimiento de Cristo, usando parcialmente en su creación diversas estampas, la Crucifixión de Johan Sadeler (1550-1600), sobre composición de Martín de Vos, de hacia 1580, para los edificios del fondo y la figura de Gestas, mientras que para la de Dimas utilizó una de 1631 de Boetius a Bolswert sobre La Lanzada de Rubens (Amberes). Su otra obra fundamental es el retablo mayor de la iglesia de San Jorge del Hospital de la Caridad, en la que representa el Entierro de Cristo; aquí también fue usada la estampa de Sadeler, anteriormente mencionada, en la figura de san Dimas. Hizo el retablo entre 1670 y 1672, siendo su arquitectura de Bernardo Simón de Pineda. Como fiador intervino Juan Valdés Leal, a quien cabe atribuir la policromía.
     En 1670, el Cabildo de la catedral le encargó la efigie de San Fernando, para conmemorar su canonización, creando una iconografía del santo como guerrero, cuya originalidad tuvo gran trascendencia en la escultura andaluza. Esta talla se conserva en la sacristía mayor de la Catedral de Sevilla.
     En los años 1675 al 1684, estuvo tallando los relieves de la fachada de la Catedral de Jaén. En esta tercera época hizo frecuentes viajes a causa de éste y otros encargos fuera de Sevilla. En la fachada jiennense esculpió personalmente la Huida a Egipto y Jesús entre los Doctores. Diseñó los de San Miguel y la Asunción, pero los materializó su sobrino. En 1677 se le encargaron las imágenes de San Pedro, San Pablo y la Santa Faz sostenida por ángeles, que también realizó personalmente, considerándose lo mejor del conjunto.
     También talló nueve estatuas para la cornisa de la fachada, cuya iconografía, los cuatro evangelistas y los cuatro doctores de la Iglesia, es idéntica a la del sagrario sevillano, creada por José de Arce en 1657, demostrándose el interés que en Pedro Roldán había despertado el escultor flamenco; la diferencia con su referente sevillano es que en Jaén están centradas por la figura de san Fernando, algo natural, dada su reciente canonización en 1671. Este encargo lo simultaneó con compromisos en la Cartuja de la Defensión, de Jerez, para la que hizo los relieves del Sagrario, que se conservan, así como un Crucificado hoy desaparecido.
     También trabajó para el Sagrario de las Cuevas (Sevilla), según Ceán, en 1676. Dos años más tarde, en 1678, estaba ocupado en tallar las esculturas del retablo mayor de la parroquia de las Virtudes de Villamartín (Cádiz), cuya arquitectura había diseñado Francisco Dionisio de Ribas y, al morir éste, fue continuada por su hijo Francisco Antonio.
     Roldán fue pionero en la educación que dio a sus hijas, equiparable a la de los varones, pues todos fueron formados en el taller paterno en el que trabajaron también las jóvenes, como unas perfectas profesionales y al que se incorporaron sus esposos e hijos. Especialmente destacó Luisa Ignacia, La Roldana, quien renovó la estética barroca, abocándola a las formas del siglo XVIII. Su talento y su decidido carácter la llevaron a enfrentarse a su padre y jefe, debido a una elección matrimonial que para Pedro resultaba inaceptable, por ser el novio un oscuro aprendiz del taller, Luis Antonio de los Arcos, quien nunca llegó a destacar en el oficio. Esta relación hubiese sido normal dadas las costumbres gremiales de la época. A pesar de la oposición paterna, el matrimonio se celebró el 25 de diciembre de 1671, cuando la novia contaba diecisiete años de edad, lo que enfrentó durante años al padre y a la hija, hasta su reconciliación, formalizada al colaborar con ella, haciendo los diseños para esculpir la imágines de los patronos de Cádiz, San Servando y San Germán, que Luisa hizo en 1687.
     Los matrimonios de los otros hijos fueron los convencionales.
     En 1674, Francisca, doradora y pintora, casó con el escultor José Felipe Duque Cornejo. Fueron padres del también magnifico escultor Pedro Duque Cornejo Roldán, nacido en 1678. En 1676 contrajeron matrimonio María y Matías de Brunenque.
     Ambos eran escultores y posiblemente formarían parte del gran taller familiar. En 1677, Isabel matrimonió con Alejandro Martagón. Fueron padres de una hija, llamada Flor. Teresa Josefa desposó dos veces: en 1679 con Manuel Caballero, y en 1701, con Pedro de Castillejos, también escultor. Por último, Ana Manuela, hacia 1684, contrajo matrimonio con José de Quiñones y, tras enviudar, en 1689, se casó con José Fernández de Arteaga. Fueron padres de Domingo José y de Pedro Fernández de Arteaga. En 1680, Marcelino contrajo su primer matrimonio con Ana María Ponce de León y el segundo en 1698 con Josefa de Velasco y Serrallonga. Uno de los hijos de este matrimonio también fue escultor.
     Muchos de sus herederos fueron los continuadores de su estilo, formando la larga serie de “Roldanes” que dejaron su obra en el arzobispado hispalense, si bien con desigual calidad, entre los que destaca Pedro Duque Cornejo.
     En una cuarta época, después de unos años de viajes para cumplir los encargos que se le hicieron fuera de Sevilla, Roldán decidió permanecer más tiempo en la ciudad. Por entonces, comenzó a vender inmuebles: en 1680, vendió al escultor Cristóbal Pérez el corral de San Juan de la Palma; el 22 de marzo de 1687, otorgó un documento renunciando al arrendamiento de una casa que tenía en el Salvador.
     En 1689 actuó como fiador de Bernardo Simón de Pineda en el contrato del retablo mayor de los Descalzos.
     En 1690, se comprometió a tallar las esculturas para el retablo mayor del Convento de Santa María de Jesús, cuya arquitectura corrió a cargo de Cristóbal de Guadix, consiguiendo hacer una obra sobresaliente por su calidad. La salud de Roldán se deterioró en estos años e hizo testamento. Sus biógrafos han llamado la atención sobre el hecho de que en este documento mejorase a su hija Isabel. Al recuperarse de su enfermedad, siguió trabajando para sus muchos clientes. En estos años, parece que tuvo dificultades económicas, pues otorgó poderes a personas de su confianza para cobrar rentas atrasadas y arrendamientos de la tahona, que seguía conservando. En 1695, aún trabajaba con sus manos.
    Así consta en documentos de conciertos de obra con su taller, ya que especificaban que la obra la hiciese “Pedro Roldán el Viejo”, cuando eran encargos especialmente delicados. De 1698 datan dos de estas obras, el San Pedro como Pontífice y el San Fernando que se conservan en la iglesia del Hospital de Venerables Sacerdotes, ambas de las más logradas de su producción.
     En el verano de 1699 hizo un nuevo testamento en el que nombraba albaceas a su hijo Marcelino y a su yerno Felipe Duque Cornejo. Murió el 3 de agosto de ese año y fue enterrado el día 4 en la parroquia de San Marcos, en una sepultura situada bajo el retablo del Rosario.
     El académico Ponz, dejaba sus prejuicios aparte, cerrando su biografía de esta forma: “[Pedro Roldan] con quien se enterraron los residuos de la buena arquitectura y escultura”.
     Es un escultor de larguísima trayectoria, pero del cual se han conservado pocas obras documentadas.
     Realizó muchas que se han perdido, pero se conservan otras, en todo el arzobispado hispalense, que se han considerado como suyas, si bien algunas de ellas han sido documentadas como de otros autores; se trata de un escultor valioso cuyo catálogo merece una revisión a fondo.
     En relación a su estilo, Roldán muestra, en su obra más antigua de las conocidas, la Virgen de la Antigua, su formación granadina en el patetismo de la Dolorosa, arrodillada y con influencias del arte noreuropeo.
     Cuando comienza a trabajar en Sevilla, el contacto con los escultores locales hace evolucionar su estilo hasta acercarse al dinamismo y la libertad de formas propias del flamenco José de Arce, verdadero renovador de la escultura sevillana del siglo xvii. El conocimiento de estampas flamencas, entre otras la citada de Sadeler, también usada para algunos de sus Crucificados, contribuyó a esta evolución que se manifiesta en la forma de emplear la gubia, simplificando planos y resaltando los valores ilusionistas y pictóricos de la escultura. Esto se percibe especialmente, en el San Hermenegildo de la parroquia de San Ildefonso (Sevilla) de 1674, cuya composición es análoga a la del San Fernando catedralicio, pero cuya técnica, mucho más suelta, muestra claramente la influencia de dicho artista. En las esculturas del retablo de la Caridad, especialmente San Roque; en las del retablo mayor de Villamartín, cuyo San Pablo tiene una evidente afinidad con la figuras de la Cartuja jerezana, en la iconografía de la fachada de la Catedral jiennense, por citar sólo algunas, el gran escultor muestra haber conocido y admirado los nuevos modelos que se estaban imponiendo en la ciudad, dejando atrás las tradicionales formas tardo manieristas vigentes a su llegada a Sevilla y pasándole el testigo a su hija Luisa Ignacia, quien culminó dicha evolución.
    Sin embargo, su espíritu es más clásico que el de Arce e, incluso, que el de su hija, debido a su formación granadina y a sus primeros referentes sevillanos.
     Tiene obras en las que manifiesta una especial dulzura, como en el atribuido Nazareno de la O (parroquia de Nuestra Señora de la O, Triana), donde predomina el equilibrio entre forma y expresión contenida.
     Asimismo, en imágenes como la Inmaculada de los Trinitarios Descalzos de Córdoba, sabe realizar un rostro de naturalismo cercano al retrato, como representante del realismo escultórico del barroco sevillano.
     Su colaboración con Bernardo Simón de Pineda, en retablos salomónicos, hace evolucionar el estilo hacia un mayor ilusionismo y hacia la ruptura del marco arquitectónico. Con Cristóbal de Guadix también tuvo afinidad estética, por eso su colaboración con ambos ha dado algunos de los retablos más memorables de estos años en Sevilla (Esperanza de los Ríos Martínez, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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Más sobre la Iglesia de San Jorge, del Hospital de la Caridad, en ExplicArte Sevilla.

miércoles, 22 de abril de 2026

El sitio arqueológico Los Barros, en El Coronil (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el sitio arqueológico Los Barros, en El Coronil (Sevilla).  
     Ocupa una zona llana ligeramente inclinada hacia el Sur, cercano a un arroyo que desemboca en Las Cincuenta. La superficie aproximada es de unos 1200 metros cuadrados. Se detectan abundantes elementos de construcción, ladrillos romanos de un pie, tegulae, etc. De entre la cerámica destaca la sigillata sudgálica, clara y cerámica común.
     Se trata de una Villa romana de época imperial. Cercano al lugar se encuentra un manantial y la vía antigua que unía Hispalis con la zona sureste. Cronológicamente abarca desde la segunda mitad del s. I d. C. al V d. C. (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el sitio arqueológico Los Barros, en El Coronil (Sevilla). Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia sevillana.

Más sobre la localidad de El Coronil (Sevilla), en ExplicArte Sevilla.

Un paseo por la calle General Castaños

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle General Castaños, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 22 de abril, es el aniversario del nacimiento (22 de abril de 1758) de Francisco Javier Castaños Aragorri, militar a quien está dedicada esta calle, de ahí que hoy sea el mejor día para ExplicArte la calle General Castaños, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La calle General Castaños es, en el Callejero Sevillano, una calle que se encuentra en el Barrio del Arenal, en el Distrito Casco Antiguo; y va de la calle San Diego, a la calle Velarde.
   La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta.
     También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Desde 1634 aparece el nombre de Tiro (o Tiros) relacionado con una calle del barrio de la Carretería. Según el plano de Olavide (1771) se llama San Diego hasta la actual Pavía, y el tramo siguiente Tiro. En 1845 posee los límites definitivos, y en 1859 se le cambia por el actual, en recuerdo de Francisco J. Castaños y  Aragoni (1756-1852), que venció a las tropas napoleónicas en Bai­lén. Antes de 1937 aparece transitoriamente como Currito Valera. Otro nombre que se vincula con el tramo final de esta calle es el de Tía Norica (Álvarez-Benavides). Casi al final, en la acera de los pares, existe una barreduela al menos desde mediados del s. XVIII, que en el plano de Poley (1910) se denomina de Venegas. Recorre longitudinalmente el barrio de la Carretería. La cruzan Pavía y Rodo; desembocan en ella Aurora, por la derecha, y Don Pelayo, por la izquierda. Se pueden distinguir dos tramos. El primero, hasta Aurora, era bastante estrecho, hasta que bien entrado el presente siglo se inicia un proceso de ensanche. El proyecto es de 1928, pero no se lleva a cabo sino varias décadas más tarde; las casas, de dos y tres plantas, pertenecen a la década de 1950. Sólo se conserva la casa de esquina a Aurora (siglos XVIII-XIX), que produce un estrechamiento de la calle en esta zona. Es peatonal y posee un entrante en la acera de los pares. El segundo tramo debe obedecer al proceso de ensanche que se proyecta en 1874. Más ancho y regular que el anterior, con edificios de dos y tres plantas, pero de gran altura, como los que corresponden a fi­nes del s. XIX, además de almacenes y talleres en las plantas bajas. En su parte final existe el estrecho callejón sin salida citado. En planos de 1911 el extremo de la calle se estrecha bruscamente formando un callejón, que quizás sea al que se refieren documentos de 1745 y 1752. Este segundo tramo permite la circulación de vehículos, pero ésta es casi nula, como en el resto del barrio. La pavimentación con adoquines se lleva a cabo en la década de 1910 y ha sido renovada recientemente. La instalación eléctrica corresponde a 1948 [Antonio Collantes de Terán Sánchez, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993]. 
Conozcamos mejor la Biografía del General Castaños, a quien está dedicada esta vía;
     Francisco Javier Castaños Aragorri, I Duque de Bailén. (Madrid, 22 de abril de 1758 – 24 de septiembre de 1852). General, vencedor de Bailén y caballero Gran Cruz de la Orden de San Fernando.
     Fue su padre Juan Felipe Castaños Urioste, cuyos servicios como intendente general del Ejército premió Carlos III concediendo a su hijo en 1768 el empleo de capitán de Infantería.
     Cursó sus estudios militares en el Real Seminario de Nobles de Madrid, en clase de oficial de menor edad, complementándolos en Barcelona, adonde se trasladó para acompañar a su padre, que se había quedado ciego, a cuyo lado permaneció hasta su fallecimiento en 1774, marchando entonces a Cádiz para incorporarse al Regimiento de Saboya, al que había sido destinado.
     Entre 1780 y 1783 participó en el sitio de Gibraltar y en la reconquista de Menorca, hallándose el 20 de octubre de 1782 en el combate naval mantenido entre las escuadras inglesa y combinada; su intervención mereció como recompensa el ascenso a sargento mayor.
     En marzo de 1774 fue ascendido a teniente coronel de su regimiento, con el que permaneció en Cádiz prestando servicio ordinario hasta que en 1786 marchó a guarnecer la plaza de Orán, de donde en abril de 1789 embarcó hacia Menorca, pero amenazada Orán por los marroquíes tuvo que regresar el Regimiento de Saboya, consiguiendo el 1 de junio de 1791 romper el cerco establecido por el enemigo y penetrar en la plaza, donde durante un mes resistió el asedio hasta que se firmó el tratado de paz.
     En el mes de septiembre siguiente tuvo que acudir con su regimiento en apoyo de la guarnición de la plaza de Ceuta, amenazada por los marroquíes, consiguiendo entrar en ella y realizar al mes siguiente un arriesgado reconocimiento del campamento enemigo que dio lugar a una violenta salida que desordenó completamente al contrario y en la que quedaron destruidos todos sus trabajos de zapa.
     Ascendido a coronel en abril de 1792, se le dio el mando del Regimiento de África, al que se incorporó en Pamplona y a cuyo frente combatió valientemente entre 1793 y 1795 a los ejércitos de la Convención francesa, a los que se enfrentó en el primero de dichos años en Urdax (Navarra) y Sare (Francia), recibiendo una herida de sable en la cabeza el 23 de junio en la acción del Calvario de Orruña, salvando la vida gracias a un contraataque de los granaderos del Regimiento de África, que consiguieron impedir que cayese en poder del contrario. En octubre recibió el empleo de brigadier en premio a su valeroso comportamiento, pero poco después, durante la defensa del monte de San Marcial, resultó de nuevo herido, esta vez de extrema gravedad, por una bala de fusil que le penetró en la cabeza, siendo evacuado a través de un terreno muy abrupto gracias al esfuerzo de sus granaderos, que le profesaban un gran afecto y respeto.
     Tras un largo restablecimiento pudo volver a la campaña, encomendándosele a finales de 1794 el mando de una brigada acantonada en los Alduides, con la que operó hasta la firma de la Paz de Basilea, el 22 de julio de 1795. En febrero de 1795 había dejado el mando del Regimiento de África al haber sido ascendido a mariscal de campo.
     Los siguientes años los pasó en Madrid en situación de cuartel, siendo desterrado por Godoy a Badajoz en 1799 y permitiéndosele regresar al año siguiente para hacerse cargo del mando de una división destinada a atacar las posesiones inglesas en Ultramar. Pero esta división no llegó a zarpar, pues los ingleses atacaron la Península desembarcando cerca de Ferrol, en cuya defensa intervino Castaños con gran éxito, frustrando los planes del enemigo. Disuelta la citada división, volvió de cuartel a Madrid, pero fue recompensado con el ascenso a teniente general en el mes de octubre de 1802.
     Nombrado comandante general del Campo de Gibraltar, desde este puesto se preocupó por la situación de los españoles caídos prisioneros de los ingleses en la batalla de Trafalgar.
     Al producirse el levantamiento del 2 de mayo, estableció contacto con el gobernador de Gibraltar, con quien firmó un tratado de ayuda por parte de los ingleses en tropas, armamento, víveres y dinero, tras lo cual se dispuso a organizar la defensa de Andalucía, para lo que reunió una división en Ronda. La actuación de Castaños hizo que Sevilla se levantase contra el invasor el 27 de mayo y que la Junta organizada al efecto le declarase la guerra el 6 de junio.
     Nombrado jefe del Ejército de Andalucía por la Junta de Sevilla, pasó a formar parte de la misma y se trasladó a esta ciudad con la división que había formado en Ronda.
     Mientras tanto, Dupont atravesaba Sierra Morena y, tras encontrar resistencia en el puente de Alcolea, ocupaba Córdoba, pero la noticia de la formación de un cuerpo de ejército en Sevilla le obligó a retirarse a Andújar.
     Castaños llevó su cuartel general a Utrera, desde donde procedió a organizar, armar y equipar a los numerosos batallones que se ponían en pie de guerra en toda Andalucía, consiguiendo que el 27 de junio se hubiese reunido un considerable ejército formado por tres divisiones. Dos días después se trasladó a Córdoba con su Estado Mayor, al objeto de reconocer las posiciones enemigas, y pasados otros dos días iniciaba el avance el ejército español, que en los días siguientes vería incrementados sus efectivos con la incorporación del Ejército de Granada, al mando del general Escalante, lo que hizo que las tropas quedasen formadas en cuatro divisiones, al mando de los generales Reding, Coupigny, Jones y De la Peña.
     El 19 de julio tenía lugar la batalla de Bailén, con la completa victoria de los ejércitos españoles, terminando así la fama de invencibles de los ejércitos napoleónicos.
     El 22 firmaron Castaños y Dupont las Capitulaciones de Andújar y el 30 se veía obligado el rey José a abandonar Madrid.
     El 1 de agosto regresó a Sevilla, donde su Junta le concedió el empleo de capitán general, preparándose a continuación para partir hacia Madrid, haciendo su entrada en la capital a mediados de dicho mes. Habiéndose creado una Junta militar destinada a dirigir las operaciones, fue nombrado presidente de ella, al tiempo que se hacía cargo del mando del Ejército del Centro, al que se incorporó el 17 de octubre en Tudela.
     El 23 de noviembre se enfrentaron los ejércitos del Centro y de Aragón a los franceses en Tudela, sufriendo una grave derrota debido a la falta de compenetración entre los generales que en ella intervinieron.
     Tras la batalla, Castaños se retiró hacia Somosierra con el fin de tratar de impedir el paso a Napoleón, que el día 4 había entrado en España y se dirigía a Madrid, pero antes de llegar fue privado del mando del Ejército del Centro, que entregó en Sigüenza, marchando a continuación a Sevilla, adonde se había trasladado la Junta Suprema, que le obligó a pasar a Algeciras a la espera de presentarse ante un Consejo de guerra que juzgase su comportamiento durante la campaña del Ebro.
     Acogida la Junta Central en el mes de enero de 1810 a la isla de León, allí se estableció el 31 de enero el Consejo de Regencia, uno de cuyos cinco miembros fue Castaños, que se trasladó desde Algeciras para asumir este cargo, que conservó hasta que en febrero de 1811 se le encomendó el mando del 5.º Ejército, al que encontró diezmado por las cuantiosas bajas sufridas durante la campaña de Extremadura.
     En abril, en unión de Beresford, tomó Olivenza, procediendo ambos a continuación a poner sitio a la plaza de Badajoz, a lo que contribuyó el cuerpo de ejército del general Blake, enfrentándose todas estas tropas a las del mariscal Soult en la batalla de La Albuera (Badajoz), el 16 de mayo, acción que, sin llegar a resultar decisiva, obligó a retirarse al general francés.
     La Regencia concedió a Castaños como recompensa la Gran Cruz de Carlos III.
     Seguidamente reunió en Valencia de Alcántara (Cáceres) al 5.º Ejército, una parte del cual, unido a fuerzas aliadas, derrotó a la División Girard en Arroyomolinos (Cáceres), el 28 de octubre. Puestos bajo su mando los ejércitos 6.º y 7.º, trasladó su cuartel general a Fuentes de Oñoro (Salamanca), donde organizó la partida de fuerzas hacia Hispanoamérica para combatir la insurrección.
     Tras intervenir parte de sus fuerzas en la reconquista de Badajoz, el 6 de abril de 1812, y ceder las divisiones de Morillo y Penne a Wellington para su participación en la batalla de Los Arapiles (Salamanca), el 22 de julio siguiente, apoyó a éste en su avance hasta la línea del Ebro, en la toma de Burgos y en su posterior repliegue a Ciudad Rodrigo (Salamanca).
     Fundidos los tres mencionados ejércitos en uno solo, el 4.º, quedó éste a sus órdenes y participó en la batalla de Vitoria, el 21 de junio de 1813, mientras él permanecía en su puesto de mando en Burgos y más tarde en Tolosa (Navarra), siendo éste, junto con la prohibición de que los consejeros de Estado pudieran ser empleados en otras comisiones, el motivo que alegó la Regencia para separarle del mando.
     Una vez entregado éste al general Freire, se encaminó a Madrid, donde recibió al Consejo de Regencia a su llegada a la capital, el 5 de enero de 1814.
     Al huir Napoleón de la isla de Elba, se le dio el mando del llamado Ejército de Observación de la Derecha, con el que se trasladó a la frontera de Cataluña con Francia, para penetrar seguidamente en el Rosellón. Derrotado Napoleón en Waterloo, volvió a España y se hizo cargo de la Capitanía General de Cataluña, donde el 5 de abril de 1817 tuvo que hacer frente al pronunciamiento de los generales Lacy y Milans del Bosch.
     En 1820 dimitió de su cargo al producirse el pronunciamiento de Riego y entregó el mando al general Villacampa, trasladándose a Guadalajara y posteriormente a Madrid para continuar desempeñando su cargo de consejero de Estado, hasta que al entrar en España el Ejército de Angulema, acompañó al Rey a Andalucía, pero habiéndose recrudecido en Bailén la enfermedad que padecía, tuvo que detenerse en esa población, en la que permaneció varios meses hasta su regreso a Madrid.
     Fernando VII, que le había concedido en 1815 las grandes cruces de San Fernando, San Hermenegildo e Isabel la Católica, le hizo en 1829 caballero de la Orden del Toisón de Oro, en 1832 le nombró capitán general de Castilla la Nueva y poco después, presidente del Consejo de Estado, concediéndole el 12 de julio de 1833 el título nobiliario de duque de Bailén, con Grandeza de España. En el mes de julio de 1843 fue nombrado comandante del Real Cuerpo de Guardias Alabarderos, en el que cesó para pasar a ser tutor de la princesa Isabel y de su hermana la infanta María Luisa Fernanda, abandonando este cargo al cumplir aquélla la mayoría de edad y volviendo entonces a mandar el Cuerpo de Alabarderos, del que dimitió al poco tiempo. Volvió otra vez a recibir este nombramiento en 1847, y de nuevo dimitió a los pocos días.
     Falleció soltero y a la edad de noventa y cinco años.
     Isabel II acudió a sus exequias y el Rey acompañó al cadáver desde San Isidro el Real hasta Nuestra Señora de Atocha, donde fue enterrado.
     Tras su fallecimiento, el entonces ingeniero general, Antonio Remón Zarco del Valle, pidió a los familiares de Castaños la Gran Cruz de San Fernando ganada en Bailén, que, una vez recibida, se colocó en la Academia de Ingenieros de Guadalajara junto al cuadro de Esquivel que representaba el acto de imposición de la Corbata de San Fernando al Regimiento de Ingenieros, que había tenido lugar en 1850 (José Luis Isabel Sánchez, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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martes, 21 de abril de 2026

El azulejo conmemorativo del L aniversario del nombramiento de la Hermandad Matriz del Rocío de Almonte, como Hermano Mayor Honorario de la Hermandad de la Redención, en la fachada de la Iglesia de Santiago, a la calle homónima

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame Explicarte el azulejo conmemorativo del L aniversario del nombramiento de la Hermandad Matriz del Rocío de Almonte, como Hermano Mayor Honorario de la Hermandad de la Redención, en la fachada de la Iglesia de Santiago, a la calle homónima; de Sevilla.
     Hoy, 21 de abril, es el aniversario de la colocación (21 de abril de 2013) del azulejo conmemorativo del L aniversario del nombramiento de la Hermandad Matriz del Rocío de Almonte, como Hermano Mayor Honorario de la Hermandad de la Redención, así que hoy es el mejor día para ExplicArte dicho azulejo conmemorativo en la fachada de la Iglesia de Santiago, a la calle homónima; de Sevilla.
     La fachada de la Iglesia de Santiago, a la calle homónima se encuentra en la calle Santiago, 40; El edificio de la calle Almirante Apodaca, 15; se encuentra en el Barrio de Santa Catalina, del Distrito Casco Antiguo.
     En la calle Santiago, 40; podemos contemplar este azulejo conmemorativo recordando el L aniversario del nombramiento de la Hermandad Matriz del Rocío, de Almonte, como Hermano Mayor Honorario de la Hermandad de la Redención.
     Es una obra de 58 piezas, en azulejo plano pintado, ornamentada por una cenefa vegetal, firmada y fechada (2013), en tres planos distintos. El cuerpo central lo presiden las imágenes titulares marianas de ambas corporaciones, de 3/4 sobre unas vistas de las iglesias donde dichas imágenes reciben culto, unidas por la paloma del Espíritu Santo, ornamentadas asimismo por unas cartelas centralizadas por la aparición de la Virgen del Rocío al pastor manriqueño Gregorio Medina, y por la imagen de Nuestro Padre Jesús de la Redención en el Beso de Judas.
     El cuerpo superior lo preside el escudo de la corporación de la Redención, con dos ángeles tenantes, y el cuerpo inferior lo centraliza una cartela con el texto conmemorativo
     La leyenda del Azulejo conmemorativo es la siguiente:

AVE MARÍA

RECUEDO DE LA CONMEMORACIÓN DEL CINCUENTA ANIVERSARIO
DEL NOMBRAMIENTO DE LA HERMANDAD MATRIZ DE
NUESTRA SEÑORA DEL ROCÍO DE ALMONTE
COMO "HERMANO MAYOR HONORARIO" DE LA HERMANDAD
DE NUESTRO PADRE JESÚS DE LA REDENCIÓN EN EL
BESO DE JUDAS Y MARÍA SANTÍSIMA DEL ROCÍO.
1963-2013

SEVILLA                                                                                         21-ABRIL-2013

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lunes, 20 de abril de 2026

El edificio 4 "Zenón de Somodevilla y Bengoechea, Marqués de la Ensenada", de Rodrigo y Felipe Medina Benjumea, Alfonso Toro Buiza, y Luis Fernando Gómez-Stern Sánchez, y sus jardines, en la Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el edificio 4 "Zenón de Somodevilla y Bengoechea, Marqués de la Ensenada", de Rodrigo y Felipe Medina Benjumea, Alfonso Toro Buiza, y Luis Fernando Gómez-Stern Sánchez, y sus jardines, en la Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla)
     Hoy, 20 de abril, es el aniversario (20 de abril de 1702) del nacimiento del Marqués de la Ensenada, así que hoy es el mejor día para ExplicArte el edificio 4 "Zenón de Somodevilla y Bengoechea, Marqués de la Ensenada", de Rodrigo y Felipe Medina Benjumea, Alfonso Toro Buiza, y Luis Fernando Gómez-Stern Sánchez, y sus jardines, en la Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla). 
     Edificio perteneciente al núcleo de la antigua Universidad Laboral, hoy Universidad Pablo de Olavide, ejemplo de arquitectura del Movimiento Moderno que constituye una expresión de vanguardia en el contexto andaluz por el grupo de arquitectos OTAISA. El edificio es concebido a partir de una volumetría simple y racionalista, su materialidad original exterior fue la del mampuesto cerámico o ladrillo visto. Sin embargo, en el presente dicha textura se ve cubierta por un revoco pintado, de cromatismo variable según partes del mismo. El lenguaje formal adoptado, por tanto, es de alta abstracción e identidad con el discurso racionalista propio de los años en que se construyó. 
     El edificio se ordena de acuerdo a un eje longitudinal, del cual dependen las circulaciones principales en sus cuatro niveles (planta baja y tres niveles superiores) y los distintos espacios servidos (despachos, aulas, depósitos). Tres líneas de circulación vinculan verticalmente los distintos pisos del edificio: una exterior -próxima al ingreso- y dos interiores. 
     Sólo una de dichas circulaciones se vincula a un sistema mecánico de ascensor. La respuesta funcional de esta arquitectura tiene una gran correspondencia con la disposición general en planta, estando también en directa relación con los espacios ajardinados exteriores. Al igual que las demás construcciones (edificios 2 al 14) se vincula en forma de peine con el pasillo central o llamado Pasaje de la ilustración, que hace las veces de columna vertebral del conjunto.
     Los actuales edificios Marqués de la Ensenada (edificio 4) y Antonio de Ulloa (edificio 2) de la Universidad Pablo de Olavide conformaban el Colegio Mayor Bartolomé Murillo de la antigua Universidad Laboral de Sevilla. Este edificio albergaba aulas para las enseñanzas teóricas y prácticas de los estudiantes de Aparejadores y Arquitectos Técnicos, mientras que la residencia se ubicaba en el cercano edificio que hoy conocemos como Antonio de Ulloa. 
     En la actualidad se mantiene la función docente en diversas áreas del conocimiento de la Universidad Pablo de Olavide (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     El jardín se conforma en un único espacio de apariencia rectangular rodeado por el acerado. Se sitúa en la cara este del edificio, y en él pueden observarse tres individuos de tres especies distintas: Álamo negro (Populus nigra), Brachichito (Brachychiton populneum) y Tipuana (Tipuana tipu).
     Su base se encuentra recubierta de hierba y el perímetro se delimita con una hilera de adoquines al mismo nivel del suelo. 
     El terreno presenta una leve pendiente conforme se aleja del edificio, y en la zona más elevada se encuentra un arriate que se extiende a lo largo de todo el lateral del jardín, y cuyo borde se encuentra por encima del nivel del suelo.
     En cuanto a los árboles, el Álamo negro (Populus nigra) es un árbol caducifolio que puede alcanzar los 30 metros de altura, sus hojas son verdes por ambas caras, presenta flores rojizas (masculinas) y amarillo verdosas (femeninas), y su fruto tiene forma de cápsula.
     El Brachichito (Brachychiton populneum) es un árbol de entre 8-10 metros de atura, con hojas entre ovales y lanceoladas de color verde brillante, y flores acampanadas de color crema, punteadas de rojo en el interior. Los frutos son leñosos y de color negro una vez que maduran; las semillas se encuentran en el interior, son amarillas y están cubiertas de pelitos.
     El último ejemplar es una Tipuana (Tipuana tipu), un árbol de tamaño medio, con flores amarillas y frutos con forma de legumbre alargada.
     Las Oficinas Técnicas de Arquitectura e Ingeniería S.A. (OTAISA), recibieron el encargo de construir la Universidad Laboral de Sevilla en 1949.
     Además de las edificaciones destinadas a acoger a los alumnos, los arquitectos encargados de proyecto tuvieron en cuenta la importancia de los jardines en un campus como este, creando diferentes composiciones, que van desde espacios verdes pequeños a jardines de mayor envergadura y trazado geométrico, pasando por grandes arboledas que limitan con las zonas de cultivo cercanas a la universidad.
     Actualmente estos jardines forman parte de la Universidad Pablo de Olavide, que se asienta en los terrenos de la Antigua Universidad Laboral (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Biografía del I Marqués de la Ensenada, personaje que da nombre a la obra reseñada;
     Zenón de Somodevilla y Bengoechea, I Marqués de la Ensenada. (Hervías, La Rioja, 20 de abril de 1702 – Medina del Campo, Valladolid, 2 de diciembre de 1781). Estadista.
     Su nacimiento lo reclaman dos pueblos vecinos a causa de la existencia de dos partidas de bautismo, la primera, la de Hervías, de 25 de abril —cinco días después del día de san Zenón, seguramente la fecha del nacimiento—, y la segunda, la de Alesanco, del 2 de junio, un documento fabricado con el propósito de justificar los derechos a la hidalguía que la familia del padre tenía reconocidos en este pueblo, y cuya transmisión exigía el agua de la pila de su parroquial como prueba de vecindad efectiva.
     El padre de Zenón, Francisco de Somodevilla y Villaverde, hidalgo pero pobre, tenía muy buenas relaciones con los eclesiásticos de estos pequeños pueblos de las cercanías de Santo Domingo de la Calzada —la madre tenía incluso algún familiar cura—, lo que debió de facilitar el segundo bautismo y la segunda acta (redactada por el “teniente de cura” de la parroquia de Alesanco, “en ausencia” de su titular). En cualquier caso, la hidalguía no le salvaba de la precariedad, que paliaba ocasionalmente con el desempeño de algunos oficios menores al servicio de las parroquias, yendo de un pueblo a otro. Fue notario apostólico, un cargo escasamente retribuido; llevó las cuentas de algunas cofradías y del Arca de Misericordia —por lo que cobraba algunas fanegas de trigo al año—, y en los últimos años de su vida, viviendo ya en Santo Domingo de la Calzada adonde se trasladó con la familia en 1706, llegó a ser maestro de primeras letras y doctrina cristiana en la escuela establecida en la catedral.
     En este entorno rural y pobre vivió Zenón de Somodevilla hasta algunos años después de la muerte del padre, ocurrida cuando él no contaba todavía los diez años. La madre viuda y sus cinco hijos siguieron residiendo en Santo Domingo de la Calzada —aquí dio testimonio la madre en 1742 para las pruebas de calatravo del ya flamante marqués—, y de aquí, en una fecha desconocida, Zenón salió con destino a Madrid para no volver jamás a su tierra natal.
     De su paso por Madrid no se sabe nada, pero se puede asegurar que nunca pisó una universidad, ni fue profesor de matemáticas, ni “catedrático de uno de los colegios reales”, como algunos biógrafos le atribuyeron antes de que Antonio Rodríguez Villa, el archivero que publicó en 1878 su más documentada biografía, afirmara con razón: “lo cierto es que hasta la entrada de Don Zenón al servicio del Estado no se tienen de él noticias verídicas y realmente históricas”, es decir, hasta que Patiño lo encontró en Cádiz, en 1720, sirviendo ya en la Marina, destacando por su buena letra, seguramente aprendida en el entorno escolar catedralicio, al lado de su padre. Contaba entonces dieciocho años, y Patiño le distinguió ya con el primer nombramiento, el de oficial supernumerario del Ministerio de Marina (1 de octubre de 1720).
     Desde aquí hasta que conoce al duque de Montemar, su siguiente protector, y se embarca en expediciones militares, Somodevilla recorre todo el escalafón civil de la Marina. En 1725 es nombrado oficial primero y comisario de matrículas en Cantabria; al año siguiente se le destina a Guarnizo, el astillero próximo a Santander que dirige José del Campillo. En 1728, Patiño le nombra comisario real de Marina con destino en Cádiz, desde donde pasa a Cartagena y luego, en 1730, a Ferrol. Su misión de mejorar la organización de los astilleros se hace explícita en la orden de Patiño de 6 de octubre de ese año, en la que se reconoce “el conocimiento y experiencias con que se halla el referido ministro (Somodevilla) de lo que se observa en el arsenal de Cádiz, cuyas reglas quiere Su Majestad se sigan en todo en el Ferrol”. En julio de 1731, de nuevo vuelve a Cádiz, al ser destinado a las labores de organización de la escuadra que, a las órdenes de Montemar, reconquistará Orán al año siguiente. Es el primero de sus éxitos y la ocasión de conocer a muchos de los que cuando llegue a ministro formarán parte de su red de parciales, como por ejemplo, sus leales amigos el general marqués de la Mina o el conde de Superunda (luego, virrey del Perú). La victoria le supone el ascenso a comisario ordenador, el cargo en el que destaca por lograr la coordinación de Marina y Ejército.
     A partir de 1733, Somodevilla se ocupó de organizar la potencia naval que culminará en la conquista de los Reinos de Nápoles y Sicilia al año siguiente, el gran éxito de la casa de Borbón que a él le valió el título de marqués. El infante don Carlos, coronado en Nápoles como Carlos VII, le nombró marqués por “merced espontánea” el 8 de diciembre de 1736. Probablemente la elección de “la Ensenada” para el título se debe a un juego de palabras que don Zenón fue el primero en manejar: él era un “En sí nada”, un “Adán” (al revés “Nada”); “en un accidente seré nada”, le dijo a su amigo el cardenal Valenti; en fin, en 1754 sería desterrado a Granada, la “Gran Nada”...
     Su humilde origen —del que siempre conservó memoria— contrastaba con el encumbramiento sorprendente y vertiginoso que experimentó su carrera, pues inmediatamente después del título nobiliario le llegó el encargo de servir al infante Felipe, una señal inequívoca de la confianza que depositaba en él la reina Isabel Farnesio, que le abrió las puertas de la Corte. El 21 de junio de 1737, Ensenada era nombrado secretario del Almirantazgo, un organismo a cuya cabeza, como almirante de España e Indias, figuraba el infante Felipe, la nueva pieza de negociación para completar la recuperación española en Italia tan brillantemente iniciada en Nápoles.
     La ocasión la traerá una nueva guerra, la que estallaba en octubre de 1740, al morir el Emperador Carlos VI. El joven infante Felipe, ya casado con una hija de Luis XV y almirante, encabezaría las tropas españolas, igual que su hermano unos años antes, pero ahora Ensenada sería mucho más que un comisario, incluso más que intendente de Marina, el cargo que le fue otorgado el 5 de julio de 1737: antes de partir, era nombrado secretario de Estado y Guerra del Infante e “intendente general del Ejército y la Marina de la expedición a Italia” (noviembre de 1741). Durante cuatro años había sido su secretario en el Almirantazgo, así que “por lo mismo será vuestra persona grata al infante”, decía el nombramiento. Además, en 1741, recibía el hábito de la Orden de Calatrava, la primera de las muchas distinciones honoríficas que iba a recibir antes de conseguir el preciado Toisón de Oro (1751).
     Como secretario del Almirantazgo, Ensenada desarrolló una gran actividad, continuando la labor de Patiño —por ejemplo, la famosa Ordenanza del Infante Almirante, antecedente de las Ordenanzas de Marina de 1748—, pero fue aún más importante la que le permitió entrar de lleno en el mundo de la diplomacia.
     Como secretario del Infante, fue corresponsal del marqués de Villarías, secretario de Estado de Felipe V, y del príncipe de Campoflorido, embajador en París, entre otros; mientras, seguía ampliando su círculo de lealtades políticas, también entre el personal de la Corte, donde aumentaba su reputación. Conoció a uno de sus íntimos, Pablo de Ordeñana, su mano derecha en el futuro, y también a quien le ocasionará la gran desgracia de su vida, el duque de Huéscar (luego, duque de Alba), entonces brigadier de infantería y ayudante de campo del Infante. Cuando Ensenada fue nombrado ministro en 1743 no todos se sorprendieron: los franceses sabían que desde 1737 Ensenada había entrado en el restringido círculo de los reyes por la vía segura del servicio a dos hijos de Felipe V e Isabel de Farnesio, y que además era un perfecto cortesano, la más perfecta “creatura” de los “vizcainos” de Villarías.
     La noticia del nombramiento la recibió Ensenada en Chamberí el 25 de abril de 1743 poco después de conocer la de la muerte de su antecesor, José Campillo.
     En medio de una guerra y entre los militares del ejército del Infante, recibía el encargo de dirigir cuatro secretarías (Hacienda, Guerra, Marina e Indias), una carga pesada que, protocolariamente, rechazó con pretextos de humildad extrema: “yo no entiendo una palabra de Hacienda; de Guerra, lo mismo con corta diferencia; el comercio de Indias no ha sido de mi genio, [...]”; pero su resistencia al nombramiento era más aparente que real. En cuanto llegó el correo oficial a Chamberí, salió camino de Aranjuez a besar la mano a los reyes, lo que tuvo lugar el 8 de mayo.
     Su papel como ministro de Felipe V e Isabel Farnesio se limitó a “pagar la guerra” y a ser un servicial peón de la reina a través de su mayordomo Scotti y del ministro Villarías. Durante los tres años de vida que le quedaban al viejo Rey, Ensenada no brilló por proponer ninguna medida. Como casi todos, esperó la llegada del nuevo rey (julio de 1746), lo que, sin embargo, para él, iba a suponer un gran riesgo. Ensenada no había podido dejarse ver demasiado en el “cuarto del Príncipe”, que vigilaba estrictamente la Farnesio; tampoco congeniaba con la postura de Villarías, opuesta a la nueva reina, Bárbara de Braganza, en quien se vio enseguida que dominaba la situación y que infundía una sorprendente entereza en su marido, Fernando VI. El embajador portugués, Vilanova de Cerveira, muy próximo a la Reina, sospechaba de Ensenada, mientras todo en la Corte se inclinaba hacia el nuevo ministro, José de Carvajal y Lancáster, el sustituto de Villarías en la secretaría de Estado desde el 4 de diciembre. En una situación tan adversa, Ensenada dejó hacer e incluso fingió estar al lado del nuevo ministro poderoso. Así, presenció el destierro de la reina viuda —primero al palacio de los Afligidos, luego a San Ildefonso— y fue haciéndose un hueco al lado de Bárbara, de quien logró ser nombrado secretario en 1747. Para ello le hicieron falta los apoyos de un “carvajalista” como fue inicialmente el nuevo confesor, el padre Rávago, que pronto fue captado por Ensenada, y de un hombre versátil, sensible y cultivado, de quien llegaría a ser gran amigo, Carlo Broschi, Farinelli. Con astucia y tenacidad, a mediados de 1747, Ensenada había conseguido evitar el “efecto” de “primer ministro” que pretendía ser Carvajal.
     Los dos ministros, opuestos en todo —Carvajal era un grande de España, universitario, colegial y togado—, se complementaron. El padre Rávago logró que el Rey confiara en que su “desunión” no fuera del todo perjudicial, pues así no “se tapaban uno a otro”; además, Carvajal, poco dado a hacer mudanza, sostuvo a Ensenada, seguro de que, a pesar de sus “machiaveladas”, la eficacia política del marqués era evidente.
     Mientras el ministro de Estado explotaba la nueva diplomacia que había creado nada más firmar la paz de Aquisgrán (1748), proponiendo a España como “lancilla” de la balanza de un equilibrio europeo “constructivo y vigilante”, Ensenada desplegaba su proyecto reformista en Hacienda y sus planes de reforzamiento de la Marina: una consecuencia de la paz, que Ensenada interpretó como “paz a la espera”, es decir, una “paz armada”.
     La paz de 1748 permitía poner en práctica los proyectos que los ministros soñaban, muchos de los cuales rondaban desde hacía tiempo por las secretarías; incluso habían pasado por la imprenta. A su manera, Ensenada también había escrito sus proyectos. Les llamó “representaciones”, pues su objetivo era “representar” al Rey sus ideas y proyectos de la manera más sencilla, incluso didáctica, pues como decía el padre Rávago, confesor de Fernando VI, “el rey se aflige con papeles largos”.
     Todo debía empezar por la Hacienda —“ el fundamento de todo es el dinero”, le decía Ensenada a su amigo el cardenal Valenti—, y también por convencer a Fernando VI de que no bastaba con ser un rey pacífico: se le exigía también ser un reformador. En la representación de 1747, Ensenada sintetizaba la reforma de la Hacienda en dos acciones complementarias: una, “irla descargando”; la otra, “aumentar su entrada”. La descarga, sin minorar sueldos ni pensiones, y atendiendo a “la decencia” del Rey y de su servicio; el aumento, “con alivio y no con gravamen del vasallo”, pues “la monarquía más opulenta es la más rica, y por eso las bien gobernadas cuidan, con preferencia a todo, del Real Erario y de que los vasallos no sean pobres”. En la misma representación, Ensenada anunciaba también el Catastro, la Única Contribución, la abolición de las rentas provinciales, el fin de los intermediarios, así como muchas de las reformas que aliviaron el gasto suntuario, entre ellas, la de las Casas Reales. Todo parecía sencillo: se trataba de ahorrar en gastos superfluos y de aplicar el sentido común a la recaudación: “Que pague cada vasallo a proporción de lo que tiene, siendo fiscal uno de otro para que no se haga injusticia ni gracia”. Pero había muchos riesgos.
     Lo que más preocupó al ministro, la abolición de las rentas y la supresión de intermediarios, se logró en medio de una gran tranquilidad, lo contrario de lo que produjo la reforma de las Casas Reales, una de las heridas que algunos nobles tenían abiertas todavía cuando cayó el marqués el 20 de julio de 1754.
     Algunos resentidos, como el conde de Montijo, que había sido desplazado al llegar Fernando VI al trono, vieron engrosar sus filas con los que no pudieron sufrir la reforma y presentaron su dimisión. Era la primera advertencia seria contra el “En sí nada”. Pero el marqués estaba en el cenit del poder, y además tenía dinero, lo que ya pudo exponer al Rey, eufórico, en la magna representación de 1751. La Hacienda tenía fondos —“ ni sé como los hubo, ni como los hay ahora para lo necesario”, decía el marqués—, y los tenía también el mismo Ensenada, convertido por “este arbitrio que descubrió la casualidad a impulsos de la economía” —así calificó a su invento, el Real Giro— en el primer banquero de España.
     Al crear el Real Giro, en 1749, para pagar las deudas en el extranjero, Ensenada pretendía evitar los beneficios de los intermediarios —la “tiranía de los banqueros”—, a quienes, como a los arrendadores de rentas provinciales, censuraba por sus ganancias, pero también por la inseguridad que suponían para el comercio exterior, pues “los hombres acaudalados y acreditados [...] han sido algunas veces engañados porque el cambista con poco dinero suyo gira mucho sobre el ajeno”. Con el tiempo, las sucursales del Real Giro —París, Roma, Ámsterdam, etc.—, dirigidas por ensenadistas de la máxima confianza, fueron verdaderas agencias al servicio del marqués. Igual eran utilizadas para “ayudar” a estudiosos, espías industriales, pensionados, en sus viajes por Europa; que para gratificar a un ministro, a un periodista o a un sicario; tanto para llenar el bolsillo del nepote del Papa, como para pagar el importe de unos diamantes, una sortija, unas perlas, regalo de los reyes en su cumpleaños (o de algún cortesano a quien se pagaba un favor, fuera en París o en San Petersburgo).
     Como él, que era ya inmensamente rico, la Monarquía opulenta de Fernando VI asombraba a Europa.
     El de Madrid era el mejor teatro de Europa —a decir del embajador Keene—, las joyas destinadas a Fernando VI y a Bárbara de Braganza llegaban de todo el mundo —encargadas por el experto Ensenada—; la villa y Corte se remozaba, y los Sitios Reales —el palacio Nuevo sobre todo— seguían siendo un Babel de artistas. La misma actividad se notaba en algunas reales fábricas, el “ramo” al que se dedicaba más tenazmente Carvajal; y en la construcción y arreglo de caminos —el de Madrid a Barcelona, o los que se abrían en Navarra y en Santander—, así como el del puerto de Guadarrama, que le hacía decir a Rávago que parecía obra de romanos. También se trabajaba en el canal de Castilla, en el canal de Lodosa, y pronto se reanudarían las obras en el Canal Imperial de Aragón, visitadas en tiempo del marqués de la Ensenada por un jovencísimo conde de Aranda que empezaría la revitalización de la célebre “acequia” antes que Pignatelli, su definitivo ejecutor.
     Era el cenit del poder ensenadista: a principios de 1753, el marqués podía blasonar también de haber logrado el Concordato, una pieza maestra de la negociación secreta, tan secreta que no se enteraron ni el cardenal Portocarrero, embajador en Roma, ni el nuncio Enríquez, ni el mismísimo ministro de Estado, Carvajal. Lo habían negociado en Roma dos acérrimos ensenadistas, Ventura Figueroa, y el cardenal Valenti, con el solo conocimiento del padre confesor.
     Fieles al estilo de Ensenada, no escatimaron gastos.
     Pagaron de golpe 1.148.333 escudos, además de 174.000 que se concedieron a Valenti, y otras sumas que fueron a parar a la bolsa de algunos cardenales.
     Sin embargo, las rentas que cedía Roma a la Hacienda del Rey pronto compensaron estas cantidades. En definitiva, el que parecía derrochador Concordato fue también un negocio y, desde luego, un nuevo mérito a sumar a los muchos que acumulaba el marqués de la Ensenada, del que su amigo el padre Isla decía que era el “secretario de todo”.
     Pero era en los arsenales donde se notaba especialmente la mano del marqués. Miles de artesanos y obreros, amén de vagos y gitanos, mano de obra barata apresada en las redadas —la cara más negra de Ensenada—, habían logrado poner en servicio más de cuarenta navíos artillados a la altura de 1752. En su célebre misión de espionaje en Londres, iniciada en marzo de 1749, Jorge Juan había conseguido hacer llegar a los arsenales de Cádiz, Cartagena y Ferrol más de cincuenta técnicos en diferentes artes náuticas, entre ellos los ingenieros Rooth, Mullan, Sayers, Clark, etc. Además, copió planos, compró instrumentos y libros, e informó de la estrategia naval inglesa, encaminada, como intuía Ensenada, al dominio de la América española. A la vez, el ministro había ido propiciando el entramado legal que orientaría su obra: la Ordenanza de Montes (31 de enero de 1748), que imponía la primacía de la Armada en el aprovechamiento de las maderas de los bosques; la Ordenanza de matrícula (1 de enero de 1751), que pretendía el aumento de la marinería, uno de los problemas que martirizaban a Ensenada, y, en fin, las célebres Ordenanzas Generales de la Armada, redactadas en 1748.
     A la altura de 1752, faltaban algunos años para conseguir la Marina de guerra que había planeado el ministro, pero ya podía hacer alguna demostración, y de hecho, iba a empezar a hacerla en la bahía de Mosquitos, hostigando a los ingleses que burlaban el monopolio español, sacando ilegalmente el palo de Campeche y fortificando posiciones en contra de todos los tratados firmados entre las dos naciones. Las protestas de los comerciantes ingleses llegaron al gobierno y al embajador Keene, que empezó a cambiar de opinión sobre el rearme ensenadista. Al principio lo consideró inviable, pero a partir de 1752 le pareció tan inquietante que ya sólo se dedicó a vigilar al que luego llamaría “enemigo de Inglaterra”. Conocedor de la permanente conspiración que había montada por los resentidos que envidiaban los éxitos del “En sí nada” —entre ellos Huéscar—, el embajador se sumó a ella, siempre pensando en impedir el rearme naval ensenadista, que no podía tener otro objeto, como él mismo advirtió, que el de “perjudicar a Inglaterra”.
     El sagaz Keene se convertía así en una nueva pieza desestabilizadora, pero habría otra más, también extranjera: el nuevo embajador francés, Enmanuelle Felicité, duque de Duras, tan excesivo en el cumplimiento de su misión de reforzar la alianza francesa —con Ensenada al frente—, que acabó dejando al ministro al descubierto frente al “Rey neutral”. Ensenada tenía que librarse de muchos enemigos —toda la facción carvajalista, con Huéscar y Wall a la cabeza—, pero debía cuidarse a la vez de aduladores tan torpes como Duras, que podían llegar a preocupar al Rey, convencido y gozoso de ser amigo de todos. Los dos embajadores, el inglés activamente, el francés por su simpleza, contribuyeron a preparar la conspiración que haría caer a Ensenada el 20 de julio de 1754; pero hacía falta algo más, un detonante. Éste fue la desaparición de Carvajal, que murió repentinamente el día 8 de abril de 1754. En ausencia de esta pieza clave ya nadie podrá parar los golpes contra el “hidalguillo medrado”.
     Con el nombramiento interino de Huéscar y luego el definitivo de Wall, que llegó de Londres el 17 de mayo, los conjurados se crecieron. Quizás hasta rumorearon que el “pícaro” Ensenada había querido colocar a su criatura Ordeñana para aumentar su poder; incluso que el marqués aspiraba al cardenalato o que era sospechosamente rico. Con éstos y otros “cargos”, verdaderos, abultados o falsos, fueron “tocando” todas las piezas. Primero cedió Wall, que pasó de respetar a Ensenada —el marqués intentó su amistad por todos los medios— a prestar su apoyo a Huéscar y Keene abiertamente; luego cedió Valparaíso, y por último, la Reina. Sólo se mantuvo en su lugar Rávago; luego pagaría su lealtad al marqués con la destitución (30 de septiembre de 1755).
     En este escenario ya dominado, los conjurados buscaban la manera de dar el golpe final, para lo que les hizo falta el embajador inglés, que aportó “la prueba”, o mejor dicho, prometió que la podía aportar. Keene divulgó que Ensenada había dado órdenes ofensivas a la escuadra de La Habana para que atacara a los ingleses en Mosquitos; dijo que tenía una copia —que nunca mostró—, y con la complicidad de Wall, lo comunicó a su gobierno, a sabiendas de que Su Majestad Británica presentaría una durísima queja en la embajada española, la que Abreu —el encargado que Wall había dejado en la embajada de Londres al venir a hacerse cargo del ministerio— enviaría a su ministro en el primer correo. Así fue. Abreu lo declara explícitamente: “Luego que el rey se enteró de mi carta del 9 pensó Su Majestad se asegurase al Sr. marqués de la Ensenada”. La carta llegó el 18 de julio y se la mostraron al Rey el 19. Al día siguiente, el Rey ya no recibió a Ensenada, que le estuvo esperando todo el día; al atardecer, tras despedir al marqués —que se dirigió a su casa, en la calle del Barquillo, sospechando ya lo peor—, el Rey tomó la decisión. Wall tenía todo preparado: las tropas, las órdenes de arresto, los destinos de los tres reos —Granada para Ensenada, Valladolid para Ordeñana, Burgos para Mogrovejo—, y desde luego, la (dis)culpa: hacer la guerra sin conocimiento del Rey, un delito de alta traición.
     Pero en realidad, la traición era la que cometían los conjurados, que necesitaron la ayuda de una potencia extranjera y de su hábil embajador. El propio Keene, que recibió en premio la orden del Baño, contó luego cómo sucedió: “Por fortuna —escribe el inglés en carta de 31 de julio— llegó en la mañana del 19 el correo portador de vuestros pliegos del 8, lo que dio nuevo vigor a las operaciones ya concertadas”. También se declaró el ministro de Estado Wall, al felicitar al embajador en la conocida carta del mismo 20 de julio, minutos después de enviar la tropa a prender a Ensenada: “Esto está hecho, mi querido Keene, por la gracia de Dios, el rey, la reina y mi bravo duque, y cuando leas esta nota, el mogol estará a cinco o seis leguas camino de Granada. Esta noticia no desagradará a nuestros amigos en Inglaterra. Tuyo, querido Keene, para siempre, Dik. A las doce de la noche del sábado”.
     Diez días después, el 30 de julio, el “preso” Ensenada llegaba a Granada, donde le recibía el presidente de la Chancillería, Manuel Arredondo, que debía vigilar sus movimientos y censurarle la correspondencia. Wall se valió también de un espía, que le informaba constantemente de todo. Pero pronto el marqués y el presidente se hicieron amigos, para desconcierto de Wall, que llegó a temer una conspiración de los ensenadistas. Lo mismo ocurrió en El Puerto de Santa María, el pueblo al que Ensenada solicitó ser trasladado, en 1757, a causa de sus achaques, reales o fingidos: también logró la amistad de sus guardianes, y el ayuntamiento le visitó oficialmente. Como se había propuesto desde el primer día, el desterrado observó silencio, esperanzado sólo por la ansiada llegada de Carlos III, el rey amigo que le había hecho marqués —del que el padre Isla esperaba “una feliz revolución”—, cuya aclamación, con Ensenada en primer plano, se celebró en El Puerto con toros y fiesta el día 15 de septiembre de 1759.
     Las demostraciones de lealtad a Carlos III continuaron hasta el 4 de noviembre, en que se celebró en casa de Ensenada el santo del Rey con un gran banquete.
     Poco después, el desterrado escribía a Esquilache solicitando su mediación ante Carlos III, a lo que el ministro respondió el 28 de diciembre trasladando la negativa regia: “es su Real voluntad que deje yo pasar algún tiempo y después le haga memoria”. Ensenada debería esperar casi cinco meses más hasta ver en la Gaceta de Madrid de 13 de mayo de 1760 la noticia del indulto regio, lo que ya debía conocer pues estaba en Madrid desde el día 6. En acudir a besar la mano del Rey se apresuró tanto ahora como cuando recibió en Chamberí la noticia de su nombramiento de ministro diecisiete años antes. El 21 se presentó en Aranjuez ante el Rey, luego fue a Madrid, donde se alojó en casa de su viejo amigo Nicolás de Francia, en la que esperó a sus amigos desterrados y exonerados.
     La cúpula del ensenadismo estaba ya en Madrid, sin embargo, lo que le interesaba a Ensenada no iba por buen camino. Carlos III parecía prevenido contra los ensenadistas; Tanucci le había sugerido que el regalo de los caballos que había enviado a Carlos III por su santo “no es regalo que pueda ni deba hacer un ministro”.
     De creer a Ferrer del Río, el Rey “luego que penetró el sistema del marqués, que no tardó mucho, no volvió a hablarle ni una palabra”. El marqués estaba “falto de subalternos y del poder, que eran los medios que le hacían brillar, y reducido a sí solo”. Conocido su triste papel en la Corte, se le incluyó entre los descontentos ante la primacía que el Rey concedía a sus ministros italianos. Cuando se produjo el motín contra Esquilache, en la primavera de 1766, el pueblo de Madrid le vitoreó, lo que hizo aumentar las sospechas sobre su participación en los alborotos. Marginado de los escenarios políticos impuestos por la nueva Corte, en la que ya no tenía amigos, sólo le quedó acatar la orden de destierro que le llegaba de manos del Rey, quien nunca le dio explicaciones sobre esa terrible decisión.
     Esta vez su destino era Medina del Campo, la ciudad que, como la “Gran nada”, permitía de nuevo el trampantojo barroco: la otrora opulenta ciudad mercantil floreciente, ahora triste y decaída, recibía al que lo fue todo y ahora de nuevo era nada. Allí murió Zenón de Somodevilla el 2 de diciembre de 1781, tras haber declarado a su amigo el conde de Ricla que nada entendía de política, que él sólo se preparaba para “vivir lo más que pueda” y “gozar del Altísimo”. En su retiro, habló con el padre Luengo, ante el que hizo sorprendentes revelaciones: Ensenada pensaba que eran las envidias que despertó el rumor de que le harían cardenal lo que le había perdido en julio de 1754.
     El que fue propuesto en el siglo XIX como “modelo de estadista” ha tenido fama siempre de hombre tenaz, hábil político y gran organizador. Goza de un enorme prestigio en la Marina y se le reconoce un acendrado catolicismo, pues fue amigo de eclesiásticos, como el padre Benito Marín, obispo de Jaén, el confesor Rávago, su hombre de confianza Isidro López, o el padre Isla, quien dijo del marqués los más exagerados elogios (le llamó “el mayor ministro que ha tenido la monarquía desde su erección”). A pesar de su fama de protector de los jesuitas, logró el Concordato más regalista de la historia; un pasquín decía “parecía buen cristiano, pero no se le conoció confesor”. Fue hombre barroco en sus apariencias, en extremo pragmático, pero autoritario; su obra más ilustrada fue el catastro; su proyecto más despótico, la persecución de los gitanos, que pretendió exterminar tras la “prisión general” del verano de 1749, llegando a poner en práctica la separación de hombres y mujeres para “impedir su generación”.
     Su primer biógrafo, Fernández de Navarrete, también riojano y de familia de marinos, hizo de él, en 1831, el primer panegírico, lo contrario que W. Coxe, cuya obra traducida, publicada en 1846, llevó a la opinión pública española la primera imagen negativa del marqués, que habría sido “codicioso de dinero”, intrigante y pérfido, opuesto a un Carvajal modélico.
     Las etiquetas de afrancesamiento de Ensenada y de probritánicos de sus enemigos que repartió Coxe fueron contestadas en la obra más documentada sobre Ensenada, la publicada en 1787 por el archivero A. Rodríguez Villa, que seguía manteniendo una evidente intención laudatoria hacia el hombre honesto y tenaz, al que atribuía ya la “españolización” de la política entreguista borbónica, la idea que retomará casi un siglo después M. D. Gómez Molleda.
     Menéndez Pelayo recreó estas ideas, católicas y nacionales, y sus seguidores, Joaquín M. Aranda, A. G. Amezúa y Mayo, por ejemplo, las exageraron hasta hacer de Ensenada el modelo de conservador.
     El sagastino, Amós Salvador, también riojano, intentó traer a sus filas al marqués, al que atribuyó nada menos que “el alivio de la clase jornalera”, pero, obviamente, su folleto, publicado en Logroño en 1885, no tuvo relevancia alguna. Más importancia ha tenido la obra de C. Fernández Duro, centrada en la Marina, que definitivamente proponía a Ensenada como el más grande organizador de la Armada española: el autor titulaba el capítulo relativo al marqués con un “¡Paso al genio!”. También han de ser destacados en ese apartado, los trabajos de Julio F. Guillén Tato, que glosó con brillantez, en 1936, la relación de Ensenada con Jorge Juan y Antonio de Ulloa.
     Ensenada ha sido destacado como hacendista —precisamente, al cumplirse su tercer centenario y el 250 aniversario del catastro, el Ministerio de Hacienda patrocinó una magna exposición y una no menos importante publicación—, pero es en la Marina donde su obra es universalmente reconocida. Un buque de la Armada Española lleva su nombre, mientras sus restos descansan en el Panteón de Marinos Ilustres, en San Fernando, en la bahía de Cádiz. Allí empezó de escribiente el joven y pobre hidalgo riojano que en el cenit de su poder le decía a su amigo M. Ventura Figueroa: “Dios por su infinita misericordia ha querido que de algunos pares de años a esta parte conozca que este mundo es una pura vanidad opuesta a gozar en gracia el Eterno, y su Divina Majestad me lo demuestra bien claramente en este caso con la memoria que permite conserve de mi humilde nacimiento y de la monstruosa fortuna que he hecho” (José Luis Gómez Urdáñez, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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