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miércoles, 15 de julio de 2026

El desaparecido Colegio de San Buenaventura, de los Franciscanos Observantes

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Colegio de San Buenaventura, de los Franciscanos Observantes, de Sevilla.        
     Hoy, 15 de julio, es la Memoria de la inhumación de San Buenaventura, obispo de Albano, en Italia, y doctor de la Iglesia, celebérrimo por su doctrina por la santidad de su vida y por las preclaras obras que realizó en favor de la Iglesia. Como ministro general rigió con gran prudencia la Orden de los Hermanos Menores, siendo siempre fiel al espíritu de San Francisco, y en sus numerosos escritos unió suma erudición y ardiente piedad. Cuando estaba prestando un gran servicio al II Concilio Ecuménico de Lyon, mereció pasar a la visión beatífica de Dios (1274) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].      
      Y que mejor día que hoy para ExplicArte el desaparecido Colegio de San Buenaventura, de los Franciscanos Observantes, de Sevilla.
      El desaparecido Colegio de San Buenaventura, de los Franciscanos Observantes, se encontraba en la manzana formada, aproximadamente por las calles Carlos Cañal, Zaragoza, Madrid, y Bilbao; en el Barrio del Arenal, del Distrito Casco Antiguo.
   Bajo la denominación de los Franciscanos se engloba a los miembros de las distintas ramas de la Orden religiosa mendicante fundada en Italia por San Francisco de Asís (1182-1226), como Orden de los Hermanos Menores (Ordo Fratum Minorum), la más popular de todas y una de las más grandes y fecundas del catolicismo. Francisco ha sido sin duda una destacada figura de la historia de la Iglesia, y en consecuencia del clero regular, representando uno de los hitos fundamentales de la espiritualidad cristiana, basado en la pobreza, la humildad, la caridad y una fe inquebrantable, valores con los que quiso hacer frente al estado de relajación y enriquecimiento en que se hallaba la vida monástica. Natural de la ciudad de Asís, en la Umbría italiana, hombre piadoso que aspiraba al ideal de igualar a Cristo, y a la vez sensible a la bondad y la belleza, en 1208 abandonó su casa y bienes y se retiró con otros frailes a la ermita, cedida por los Benedictinos, de Nuestra Señora de los Ángeles o de la Porciúncula, cerca de su ciudad natal, donde llevó una vida rigurosa conjugando el retiro del claustro con la actividad apostólica. Redactó en 1209 una regla, sencillo documento para la conducta básica a seguir por sus frailes, que insistía en la imitación de la vida de Cristo mediante la pobreza absoluta, la negación de uno mismo, el servicio a los pobres y enfermos y la predicación del Evangelio, regla que fue aprobada sin bula por Inocencio III, por lo que es llamada Regla no bulada. La naciente Orden tuvo una rápida y numerosa propagación, pese a la dureza de sus condiciones de vida, gracias al activo y generoso apostolado de sus miembros atendiendo a las necesidades materiales y espirituales de los más necesitados; la presencia del propio San Francisco, su humildad y a la vez fuerza espiritual conmovían a los pueblos, prelados y nobles. Los bellos documentos que escribió a lo largo de su vida, llenos de piedad y amor por la creación son testimonio de su gran personalidad. Fue canonizado por Gregorio IX.
     La rápida expansión del franciscanismo hizo necesaria una revisión en el orden organizativo y normativo de la comunidad que ya en 1217 se dividió, además de la de Italia, en cinco provincias, entre las que ya contaba la de España. Se redactó un nuevo texto en 1221 con más de veinte capítulos que en 1223 fue reformado, reducido a doce, siendo aprobado ese año por bula pontificia; es conocida como Regla bulada, en contra­posición a la dada por San Francisco. Esta duplicidad iba a condicionar la evolución posterior de la Orden entre los que querían seguir el ideal primitivo del fundador y los que aceptaban las reformas recogidas en la regla bulada, que terminó por imponerse por confirmación de Gregorio IX en 1231, y supuso la total institucionalización y organización jerárquica de la Orden, que estaba encabezada por el Ministro General y su delegado, el Vicario General, y por Ministros Provinciales. Célula básica de la vida franciscana era el convento cuyo superior recibía el nombre de guardián; la custodia era una circunscripción que no llegaba a formar provincia y que reunía a seis o siete casas, con un hermano custodio al frente. La provincia era la división administrativa territorial que aglutinaba un número de conventos, cuya máxima autoridad era el Padre Provincial. En el siglo XIV y ante la paulatina relajación de las costumbres religiosas entre los Hermanos Menores, sobre todo a lo que a pobreza, apostolado y obediencia se refiere, se produce un movimiento de reforma espiritual y disciplinario con objeto de recuperar el primitivo modo de vida preconizado por San Francisco, que cristalizará en la rama de los llamados Franciscanos Observantes. Esta observancia fue cuajando, aunque no sin dificultades, hasta que finalmente se impuso en todos los conventos; por bula de León X de 1517 se establecía la observancia como heredera del espíritu primigenio franciscano, decretándose la paulatina desaparición de la conventualidad. En el siglo XVI y al hilo de los movimientos de reforma dentro de la Iglesia, surge en el seno de la familia franciscana un nuevo deseo de volver a la simplicidad primitiva de la Orden, a una más pura y radical observancia de la regla. Promovida por fray Mateo de Bassi o de Bascio, esta vuelta a la esencia del franciscanismo se basaba en la pobreza, caridad, contemplación y en general en unas pautas de comportamiento inspiradas en la vida del fundador. Llamados en sus comienzos Frailes Menores Ermitaños, los miem­bros de esta nueva rama descalza recibieron el nombre de Capuchinos, quienes, no sin oposición al principio, se desligaron en 1528 de los Observantes; en 1578 fueron autorizados por Clemente VIII a extenderse por otros países, siendo aprobadas sus constituciones en 1643 por Urbano VIII. Esta nueva familia franciscana se diferenció en su aspecto externo por su hábito y manto corto de sayal pardo oscuro, la capucha puntiaguda, las sandalias y la barba larga, y constituyó durante la Contrarreforma uno de los más serios baluartes de la Iglesia católica, con una propagación sorprendente en el tiempo y espacio.
     Los franciscanos en España. Los datos sobre la llegada de los Franciscanos a España son discutibles y discutidos por los investigadores de la Orden por no existir documentación de primera mano que acredite con certeza este extremo. Al parecer, en 1209 un grupo de frailes encabezados por Bernardo de Quintaval, Gil de Asís y Pedro de Catania llegó a la Península en misión apostólica; entre 1213 y 1214, se sitúa la venida a España del propio San Francisco, bien para visitar la tumba del Apóstol Santiago o para marchar a predicar a Marruecos. La implantación oficial del franciscanismo se fecha en 1217 con la comunidad abierta por el referido fray Bernardo de Quintaval. La expansión de la Orden, condicionada por el ritmo de la conquista de los territorios musulmanes, fue sin embargo muy fructífera en número de casas y de miembros, constituyéndose en 1219 la Provincia de España con el florentino fray Juan Parenti a la cabeza. Desde al menos 1232 consta la división de ésta en tres: la de Santiago, que abarcaba el noroeste peninsular incluido el Portugal cristiano, la de Aragón que comprendía este reino y el de Navarra, y la de Castilla, provincias de las que surgirían varias custodias que acabaron por constituirse en nuevas provincias, como ocurrió en Andalucía una vez completada la reconquista. A fines del siglo XIV había en la Península ciento veintitrés conventos. Después de Italia, España es sin duda la nación donde con más fuerza arraigó el franciscanismo, con muy buena acogida entre el pueblo y las autoridades, cuyo incremento geográfico-demográfico durante la Edad Media multiplicó su actividad desarrollada no sólo en el ejercicio del apostolado, sino también actuando como embajadores de los monarcas ante el Papa y a la inversa, como capellanes militares o como consejeros y confesores de nobles y reyes; en 1389 Martín el Humano les confiere perennidad en el oficio de confesores, y Enrique III hizo orlar sus armas reales con el cordón franciscano además de establecer en sus dominios la obligatoriedad de la celebración de la festividad de San Francisco. Con los descubrimientos de tierras americanas los franciscanos hallaron un nuevo y amplio campo de intenso apostolado a través de las misiones, que abarcaron el territorio asiático.
     En tierra hispana se verificaron las fases de relajación y reforma que en general vivió la Orden, siendo el cardenal y también franciscano Cisneros, quien mediante diversas autorizaciones pontificias impuso a comienzos del siglo XVI la Observancia en todos los conventos de Castilla, llegando más tarde la reforma a las provincias de Santiago y Aragón, ya en el reinado de Felipe II. Al propio tiempo se desarrollaron corrientes de revisión de la propia observancia que cristalizará en la rama descalza franciscana, que en España tuvo como punto de partida el año 1469, cuando el papa concede a fray Juan de la Puebla autorización para reformar su hábito y retirarse a un eremitorio con sus seguidores. Su sucesor, fray Juan de Guadalupe, consiguió un nuevo impulso al lograr por breve pontificio de 1499 la primera custodia de la descalcez, lo que supuso no pocos y serios conflictos jurisdiccionales y espirituales. La independencia definitiva de los Observantes llegará en 1506, recibiendo los Descalzos un gran empuje al ingresar en sus filas San Pedro de Alcántara (+ 1562) -por lo que también es conocida esta rama como Alcantarinos- con quien se alcanza la plena consolidación; durante el siglo XVII los Descalzos Franciscanos contaron con el apoyo de la monarquía, especialmente de Felipe III lo que significó una gran difusión por todo el reino. A estas ramas de la familia franciscana en España hemos de sumar la de los Capuchinos que se estableció en la Península en 1578, no sin serías dificultades ante la negativa de Felipe II. La fama de los religiosos venció las prohibiciones y los conventos capuchinos fueron proliferando primero por Cataluña, Aragón y Valencia; hasta 1609 no se implantan en Castilla, con la fundación de un convento en Madrid. La Provincia de Castilla se constituyó en 1618 y de ella se desgajó en 1637 la de Andalucía. El número de conventos fue creciendo hasta alcanzar la cifra de ciento veinticinco en 1782 y en la misma proporción el número de religiosos, hasta que a fines del siglo XVIII debido a las convulsiones políticas inició un rápido descenso que igualmente se dio en el resto de la familia franciscana de España, lo que se vio agravado por las medidas legislativas del siglo XIX.
     En Andalucía la presencia franciscana se produce a medida que avanzan las conquistas de los monarcas castellanos sobre los territorios musulmanes, siendo las primeras fundaciones los conventos de Baeza, Úbeda y Córdoba. La toma de Sevilla en 1248 significó el total dominio del valle del Guadalquivir, un amplio territorio donde instalarse y llevar a cabo su apostolado los religiosos, como así sucedió. En el capítulo general de la Orden de 1260 ya se crea la Custodia Hispalense, dependiente de la Provincia de Castilla. En 1499 se erigía la Provincia Bética o de Andalucía. También tuvieron acomodo en la región el resto de las ramas franciscanas: Descalzos y Capuchinos; estos introducidos en España en 1578, se escindieron de los Observantes y constituyeron la Provincia de Andalucía en 1625.
COLEGIO DE SAN BUENAVENTURA (FRANCISCANOS OBSERVANTES)
     En el año 1600 tenía lugar otra fundación franciscana en Sevilla. Al igual que ocurriera en diferentes órdenes religiosas, los Franciscanos Menores Observantes deseaban contar con un colegio dedicado a los altos estudios de teología y sagrada escritura, para formar adecuadamente a los frailes destinados a su acción pastoral, tanto en el ámbito europeo como en el amplio campo misional abierto en tierras americanas y filipinas. El promotor fue fray Luis de Rebolledo, provincial de Andalucía quien quiso se fundase en Sevilla bajo el título de San Buenaventura. Con el beneplácito del Definitorio o asamblea provincial, Rebolledo consiguió la aprobación en Capítulo General celebra­ do en el convento de Araceli de Roma. Siendo los estatutos aprobados y confirmados por Gregorio XI. Fray Luis encontró como primera mecenas del centro de estudios a doña Isabel de Siria, vecina de Sevilla y viuda del noble natural de la isla de Córcega Andrés Corso de Casuche, quien en el referido año de 1600 compró y donó unas casas en la entonces calle de la Mar -actual García de Vinuesa- entrando ese mismo año los primeros colegiales. Otorgó además, por escritura de 29 de octubre de 1601, 1.000 ducados anuales para la fábrica del colegio y, amén de otras joyas, 46.251 maravedíes para ayuda a la construcción del retablo. Asimismo, dejaba en su testamento de 17 de abril de 1606, su patronazgo abierto y así facultar a los franciscanos para buscar nuevos bienhechores si fuera necesario, que ayudara a completar la fundación y mantenimiento del colegio.
     En 1626 sufragaban las necesidades del convento-colegio con una limosna de 11.005 reales de vellón, el sevillano de origen corso, Tomás Mañara de Leca y Colonna y su esposa Jerónima Vicentelo, padres don Miguel de Mañara, fundador del Hospital de la Caridad de Sevilla y sucesor de sus progenitores en este patronazgo. Esta familia quedó vinculada a San Buenaventura, según protocolo firmado el 7 de diciembre de 1646, por 21.000 maravedíes que les daba derecho a ser enterrados en la capilla mayor de la iglesia, reservándose un colateral para sepultura de la primera fundadora doña Isabel, según estableció en su testamento.
     Lo limitado de la casa de la calle de la Mar hizo que doña Isabel de Siria diera otra mayor en la calle Catalanes, a espalda del convento Casa Grande de San Francisco, del que se aplicó parte de su amplia huerta al nuevo colegio, quedando asentado definitivamente en 1605. San Buenaventura se emplazaba pues en la collación de Santa María, en una amplia manzana cuyo perímetro al norte era la calle Catalanes -actual Carlos Cañal- al este lindaba con la huerta del convento de San Francisco y al sur con la calle Pajería -hoy Zaragoza- que enlazaba al oeste con Catalanes; a través del llamado "calle­jón de San Buenaventura" se establecía una comunicación directa con Pajería, como se aprecia en el plano de Sevilla de 1771.
     El centro docente, al que se ingresaba mediante oposición, acogía exclusivamente a estudiantes de la Orden, venidos de otras provincias conventuales y de fuera de nues­tras fronteras, en concreto de Irlanda. En él se impartían estudios de Teología, Metafísica, Filosofía y Artes; en 1633 el general fray Juan Bautista de Campaña, en el Capítulo General celebrado en Toledo otorgó al colegio sevillano un mayor rango al darle el título de Propaganda Fide, en donde "se leyese controversia de Fe", esto es Controversias Dogmáticas, y Polémicas, el único en la península, de esta Orden, con el carácter de centro de altos estudios teológicos. Según la estadística de 1648 el número de miembros ese año era de veinticuatro individuos. En 1769 eran veintidós sacerdotes, once coristas, cuatro legos y cuatro donados.
     Del acontecer del colegio hasta su ocupación en 1810 por las tropas napoleónicas no existen datos relevantes, debiendo de llevar sus estudiantes y lectores una vida sosegada, dedicada al estudio y la oración hasta los aciagos días del siglo XIX. Un cronista de la Orden escribía cómo de sus aulas habían salido instruidos religiosos que llegaron a alcanzar relevantes puestos "...baste decir que todos los hombres notables que por espacio de doscientos cincuenta años han ilustrado esta Provincia de Andalucía, han sido, por lo común, colegiales de este, constándose entre ellos un general de la Orden, dos obispos consagrados y uno electo y muchos escritores públicos". Durante la ocupación napoleónica San Buenaventu­ra se dedicó a cuartel al igual que buena parte de los conventos masculinos de la ciudad, periodo en el que perdió prácticamente todo su patrimonio artístico: retablos mayor y colaterales, imaginería, pinturas de Zurbarán y Francisco de Herrera "el Viejo", su rica y abundante biblioteca, su ajuar litúrgico... Restablecida la comunidad, la iglesia, que había servido como cuadra de caballos durante la ocupación, fue nuevamente abierta al culto en 1814. Entre los años 1813 y 1814 la comunidad gastó en la restauración de la casa y templo 30.000 reales. Durante el Trienio Constitucional -1820-1823- los religiosos se vieron nuevamente forzados a abandonar el colegio que fue convertido junto con la iglesia en museo de pinturas y esculturas, hasta que Fernando VII devolvió iglesias y conventos a las órdenes religiosas, pudiendo volver los franciscanos a San Buenaventura. La Desamortización y exclaustracion decretada en 1835 supuso la expulsión y pérdida del inmueble, quedando el templo abierto al culto a cargo de un capellán. Al año siguiente y al menos hasta 1840 estuvo establecido en las estancias conventuales el Segundo Batallón de la Milicia Urbana. También consta que algunas de las dependen­cias se usaron como oficinas del gobierno militar y como casa de vecinos. Posterior­mente habrían de sucederse ventas y derribos para proceder a la reordenación urbana de la zona que conllevó la apertura de nuevas calles así como nuevas edificaciones, operación estrechamente relacionada con la importante actuación urbanística que se efectuaba a costa del contiguo convento de San Francisco, Casa Grande.
     En 1881 tenía lugar la restauración de la Provincia Bética, volviendo los francisca­nos a establecerse en Sevilla en unas casas junto a la iglesia, en donde levantaron un convento de nueva planta que comunicaron con el templo, siendo inaugurado en 1892. Lo que ha permanecido del Colegio de San Buenaventura es la iglesia, aunque no en su totalidad; está incluida dentro de Conjunto Histórico de Sevilla por Decreto de 27 de agosto de 1964. En 1993 fue restaurado uno de los patios claustrados del convento, contiguo a la cabecera del templo embutido en un inmueble moderno de la actual calle Bilbao.
ARQUITECTURA
     En el "Expediente sobre ampliación de las Casas Capitulares" de 1821-1823 conservado en el Archivo Municipal de Sevilla se incluye un plano anónimo con el título de "Croquis aproximado a las dimensiones y pavimentos de las Casas Capitulares y Combentos de Sn. Fran.co y Sn. Buenaventura", en el que se delinean las casas Capitulares, los conven­tos citados y la huerta común a ambos. Por este plano podernos conocer la inserción de San Buenaventura en la trama del amplio perímetro de todo el conjunto, la disposición del inmueble con respecto al entonces callejero de la ciudad y al convento de San Francisco, así corno la posición y configuración del claustro principal. En la explicación de este plano se establece además que San Buenaventura tenía una superficie de 9.954 varas cuadradas. Otro plano del mismo Archivo fechado en 1854 y realizado por los arquitectos municipales Balbino Marrón y José de la Coba para el "Proyecto de Paseo y Cloacas para la Nueva Plaza", ayuda a complementar el conocimiento planimétrico del Colegio. Éste se insertaba en una gran manzana de la collación de Santa María, teniendo en común con San Francisco la huerta a la que miraban muchas de las dependencias del centro docente; hemos de recordar que San Buenaventura fue siempre una institución totalmente independiente de la Casa Grande, con sus correspondientes cargos rectores y académicos que administraban y organizaban la vida de la comunidad.
     Delimitado por las calles Pajería -actual Zaragoza- y Catalanes, conformaba un solar muy alargado aunque amplio, en el que tuvieron cabida iglesia, claustros, salas de estudios, refectorios, enfermería, cocinas y dependencias auxiliares, y huerta. Los cole­giales y profesores debieron acomodarse en un primer momento en las casas compra­das y donadas por la fundadora doña Isabel de Siria, en donde quizás hicieron alguna remodelación de carácter menor para adaptarlas al nuevo uso, de la que no existe constancia. Esta finca constituyó el germen del definitivo convento-colegio, levantado ex-novo a partir de 1622. El 20 de septiembre de ese año Diego López Bueno firmaba "las condiciones de las obras de albañilería en el convento de San Buenaventura", que debieron de comprender, al menos, la iglesia y el claustro principal. La historia constructiva del colegio habría de dilatarse unos años, sin duda debido a dificultades económicas que llevaron a los religiosos a buscar nuevos mecenas que ayudaran a culminarlo. Así en 1626 se emprendían las labores decorativas del templo gracias a las rentas aportadas por don Tomás Mañara de Leca y su esposa que, como ya referimos, se convirtieron en los nuevos patronos.
     Al Colegio se entraba por la calle Catalanes, por un portalón contiguo a la puerta de acceso de la iglesia. Tras un zaguán descubierto se pasaba a un tránsito o corredor muy largo que poseía algunas columnas y habitaciones a cada lado. A su mediación se hallaba el claustro principal, mediano, con arcos de medio punto sobre columnas de mármol en los dos pisos con que contaba, y en el claro del patio una fuente de jaspes de Cabra, formada por taza y pedestal muy "artísticos". En el piso alto se hallaban los dormitorios, salas de estudios, biblioteca, etc. En este patio, en el ángulo del sur, se ubicaba la escalera principal de mármol rojo, sostenida por seis columnas también de mármol, con pasamanos de hierro y cubierta de media naranja adornada con yeserías barrocas. Se desconoce documentalmente el autor o autores de estas piezas, que sin embargo se pueden relacionar con Diego López Bueno, quien en 1622 daba las trazas y condiciones de la iglesia y que bien pudo encargarse del claustro principal y de la esca­lera, cuya ejecución se emprendería a continuación, quizás a partir de 1626 con el nuevo patronazgo de la familia Mañara, con cuyos abundantes caudales el convento conoce­ría un nuevo impulso constructivo. Contó además el colegio con dos patios más hacia la calle Pajería, cuyas ventanas miraban a la huerta común con la Casa Grande; en uno de estos patios se disponían el refectorio y la sala De Profundis en la planta baja, arriba dormitorios, y en el centro un aljibe. El otro parece estaba próximo a la calle Zaragoza y tenía una enfermería distribuida en sus dos plantas, una para el verano y otra para el invierno. En torno a esta serie de patios se distribuían las celdas del padre guardián, el regente de estudios, los cuatro lectores, los doce estudiantes y los legos. En relación con la huerta sabemos que iba desde el último patio hasta la calle Pajería, frente a la llamada casa de Santa Teresa, continuando por parte de la calle Tintores, actual Joaquín Guichot. Nada de esto se conserva salvo el patio, creemos que el principal, muy restau­rado, en un inmueble de la calle Bilbao, calle abierta sobre parte del colegio, al igual que la calle Madrid.
     La iglesia fue trazada en 1622 por Diego López Bueno y su decoración a base de estucos ornamentales fue realizada, según escritura de 4 de mayor de 1626, por Juan Bernardo de Velasco -futuro maestro mayor del Alcázar y de la Lonja de mercaderes-­ y Juan de Segarra, siguiendo diseños de Francisco de Herrera "el Viejo". Parece verosí­mil que ambos alarifes hubieran llevado a cabo la edificación del templo; al menos Juan de Segarra, ya que el 29 de julio de 1635 declara en el currículo redactado para su participación a la plaza de maestro mayor del concejo hispalense, haber hecho la obra de la iglesia de San Buenaventura, en la que sabemos participó el carpintero Felipe Nieto. Así pues la fábrica de la iglesia se dilató desde 1622 hasta 1626; en una segunda fase, merced sin duda a las limosnas de los nuevos patronos, se acomete su decoración a base de yeserías y un prolijo programa iconográfico con pinturas murales al temple y al óleo que no se completó hasta finales de 1627.
     El planeamiento del edificio responde al tipo de planta rectangular denominada de cajón puro, con crucero muy poco marcado, que no se manifiesta al exterior, estrecho presbiterio rectangular en su cabecera cubierto con bóveda rebajada, y coro a los pies sobre arco rebajado, ocupando los dos últimos tramos de la iglesia. El templo mide treinta y cuatro metros de largo y estuvo pavimentado con losetas de Génova blancas y negras. Los alzados se configuran mediante pilares rectangulares con pilastras gigantes toscanas adosadas, de fuste acanalado, que dividen el espacio mediante arcos de medio punto en tres naves, las laterales más bajas y menores que la central, cubiertas con bóvedas vaídas que conformaban una serie de capillas abiertas; la nave de capillas del lado del evangelio y el brazo del crucero de este lado fue derribada en 1863 para posibilitar la apertura de la calle Bilbao, y la del lado opuesto ha sufrido alteraciones: el brazo del crucero de la epístola se utiliza como capilla sacramental y se ha cubierto con una bóveda elíptica de moderna factura. Con respecto a la nave central, más alta, ancha y profunda (unos 29 x 9 m. aproximadamente), se cubre con bóveda de medio cañón con lunetos y arcos fajones que la dividen en cinco tramos; la bóveda está algo peraltada para permitir ver su arranque sobre el vuelo de la potente cornisa. El centro del crucero se cubre con una cúpula encamonada en forma de media naranja levantada sobre pechinas, de veinticuatro metros de altura. En origen, por el lado del evangelio del crucero se pasaba al claustro principal y por el de la epístola a la sacristía, situada tras la cabecera del templo. Hoy la entidad arquitectónica de la iglesia se ve mermada por la pérdida a mediados del siglo XIX de las capillas laterales del lado del evangelio, en donde se han dispuestos arcos rehundidos en el muro sin ninguna entidad espacial. Los paneles cerámicos parietales fueron colocados en 1894.
     La portada de la iglesia abre a los pies de la nave central, hacia la calle Catalanes, hoy Carlos Cañal, y nunca llegó a terminarse. Está formada por un vano adintelado enmarcado por un dovelaje preparado para recibir los elementos arquitectónicos y decorativos no realizados. En la parte superior abre un ventanal adintelado sin ninguna decoración, que ilumina el coro alto. Una de las buhardillas del muro de la epístola se ha utilizado como espadaña, realizando un arreglo tardío consistente en un vano de medio punto flanqueado por pilastras pareadas toscanas, entablamento y frontón recto; se encuentra hoy muy afeada por el añadido de dos pilares y una viga de hierro con campanas.
     La sencillez estructural de la iglesia se enmascara con la exuberante decoración a base de pinturas al fresco y al óleo, y yeserías polícromas cuya realización fue concertada el 4 de mayo de 1626 con los alarifes Juan Bernardo de Velasco y Juan de Segarra, según trazas y dibujos de Francisco de Herrera "el Viejo". Los maestros se comprome­tían a "enlucir y enriquecer la iglesia y coro que esta labrando así de talla como de escultura ... a satisfacción" de Herrera. En el concierto no entraba la decoración de "las bovedas que oy estan hechas [quizás ya habían sido decoradas por el propio Herrera] e las que se hicieren en el coro no an de entrar ni entran en este concierto". El precio del trabajo se ajustó en 25.000 reales, corriendo a cargo del colegio el andamiaje, maderas, yeso, clavos y demás materiales, aunque se incluía asentar las vidrieras y los recuadros también de escayola para insertar lienzos. Se trata de un amplio repertorio ornamental a base de motivos florales, figuras de bulto, filacterias, cartelas y molduras, de diseño perfectamente estructurado, trabajado y recortado con limpieza, que se reparte por la bóveda de la nave central, la cúpula y crucero. El cañón de la nave central recibe una rica decoración que lo enfatiza, mediante tarjas de perfiles mixtilíneos en los arcos fajones, cartelas ovaladas orladas de laurel y formas sinuosas en el centro de cada uno de los cinco tramos en que se divide, y a los lados recuadros rectangulares que reciben una decoración pictórica al temple realizada por Herrera, al igual que el resto de las pinturas murales. En los lunetos se disponen cartelas y cabezas de angelotes, y en los intercolumnios de las pilastras se hallaban recuadros, hoy inexistentes, coronados con cabezas de querubines que en su día contuvieron ocho lienzos sobre la vida de San Buenaventura. Las claves de los arcos que separan las naves también se decoran con cabezas de angelotes. La media naranja del crucero reciben un tratamiento como si de una cúpula nervada se tratase, con ocho nervios de yeso decorados con motivos florales y cabezas de querubines que parten del medallón orlado de laurel de la clave; en los ocho plementos en que queda dividida esta bóveda se alternan recuadros trapezoidales y ahuevados, con decoración pictórica en su interior. Las pechinas se decoran con cartelas ovales festoneadas con lengüetas curvadas y se rematan con coronas. Las crujías de los brazos del crucero reciben igualmente una prolija decoración con festones, guirnaldas de frutas, y querubines casi de bulto redondo sosteniendo tarjas con textos bíblicos en su interior. En resumen, una vistosa composición de estucos, cuya ejecución se prolongó durante 1627, y que estilísticamente inicia ya el lenguaje barroco. El diseño de Herrera fue más allá del simple complemento ornamental; el rico marco plástico que desarrolló contenía un completo programa iconográfico relacionado con la Orden franciscana, rematado con pinturas al temple y al óleo.
RETABLOS Y ESCULTURAS
     Del retablo mayor no existe referencia documental ni descripción que nos ilustre sobre su autoría y características, sólo sabemos que fue destruido durante la ocupación francesa. Según Santiago Montoto fue realizado en 1681 y dorado tres años más tarde, sin mencionar la fuente de la que saca esta información, que nosotros tampoco hemos llegado a conocer. Tras la marcha de los franceses y el regreso de la comunidad, se instaló en el altar mayor un "nicho con pilastras", posteriormente sustituido por un retablo neoclásico realizado por José Fernández para la iglesia del convento de la Merced, que tras la conversión de éste en museo fue instalado en el presbiterio de San Buenaventura, en 1856. Desmontado a mediados del siglo XX, nos es conocido por antiguas fotos y algunas descripciones; de madera pintada en blanco y oro, se estructuraba mediante banco, un cuerpo de tres calles separadas por grandes columnas corintias, con el tercio inferior de sus fustes acanalado, que asentaban sobre pedestales. No tenía ático, y sobre la cornisa se disponía una gloria de nubes con la figura de San Buenaventura flanqueado por dos esculturas de ángeles. Este retablo fue sustituido por el que actualmente vemos, traído del convento de San Francisco de Osuna, a raíz de su hundimiento en 1945. De autor desconocido, su fecha de ejecución se ha situado en torno a 1775; se asienta sobre un banco de mármol rojo, posee postigos y está formado por un gran cuerpo de tres calles y ático, siendo los soportes cuatro grandes columnas sobre pedestales con ángeles, que casi quedan enmascaradas por las ocho esculturas que las cubren entre las que se identifican ángeles, San Roque, San Pascual Bailón, San Luis de Tolosa y San Miguel. En la amplia calle central se dispone sobre el sagrario que apoya en la mesa de altar, un manifestador de plata flanqueado por las esculturas de San José y San Lorenzo, y encima la gran hornacina-camarín que alberga la imagen de vestir de la Inmaculada, denominada "La Sevillana", traída del convento de San Francis­co antes de su demolición en la década de los años cuarenta del siglo XIX. Esta calle está coronada por un relieve de la Asunción, y en las calles laterales, a la izquierda San Buenaventura y encima dos relieves consecutivos con el Nacimiento de Cristo y la Presentación en el templo, insertos en movidas cartelas de sabor rococó. A la derecha se sitúan San Diego de Alcalá y los relieves de la Anunciación y la Visitación. El conjunto se corona con una sinuosa cornisa sobre la que se asientan el ático de medio punto y columnas rococó, con una Coronación de la Virgen en relieve y a los lados las esculturas de Santo Domingo y San Francisco; los extremos se rematan con dos figuras angélicas.
     No han quedado retablos originales; los que hoy vemos en la iglesia son decimonónicos, realizados tras el regreso de la comunidad franciscana. Por una referencia documental de 2 de abril de 1611 sabemos que Diego López Bueno concertó con fray Pedro de Lara Martín, guardián del colegio, y Francisco Martín de Baeza, en representación de doña Antonia Romero, viuda del alcalde de Marchena Hernán García de Benjumea, la ejecución de un retablo dedicado a San Buenaventura, que no se ha conservado. Su estructura arquitectónica fue realizada en madera de borne y la escultura del santo en cedro de La Habana. Sus medidas eran de 16 x 11,5 palmos (3,34 x 2,40 m. aproximadamente), y su precio se estipuló en 2.500 reales. Debió de constar de banco, un cuerpo de tres calles y ático; en la hornacina central la escultura de San Buenaventura, de vara y media sin contar la peana, y en las calles laterales las pinturas al óleo de San Antonio y San Luis, de una vara de alto, y sobre éstos sendas pinturas "que el padre guardián mandare", que se concretaron en unas medias figuras de Santa Clara y Santa Inés. En el ático se disponía otro óleo de Nuestra Señora con el Niño en brazos. No se conoce el autor de estas pinturas, que tampoco se han conservado.
     El 4 de agosto de 1690 el ensamblador Cristóbal de Guadix concertó la ejecución de un retablo para la capilla dedicada a San Antonio ubicada en el templo conventual, obra de la que no se conoce otra noticia. Quizás pudo estar este retablo en el brazo del crucero del lado del evangelio, en donde se hallaba además la portada de tránsito al claustro principal y donde tuvo su enterramiento la Condesa de Lebrija, benefactora del convento.
     Hoy se reparten por la iglesia una serie de esculturas de diversa procedencia, y retablos de moderna factura. En el testero del lado del crucero se halla en un retablo hornacina rehundido en el muro con la Virgen de la Soledad, realizada por Gabriel de Astorga en 1851. Esta imagen es la titular de la Hermandad de la Santa Cruz, Cristo de la Salvación y Nuestra Señora de la Soledad, que desde 1851 reside en San Buenaven­tura. Fue fundada en 1656 para rezar por los difuntos y dar culto a una cruz situada en el lugar de enterramiento habilitado en el llamado Caño Quebrado durante la mortífera epidemia que asoló Sevilla en 1649. En 1847, cuando la corporación residía en la parroquia de San Juan de la Palma se constituyó en cofradía de penitencia, haciendo estación a la Catedral el Viernes Santo, con un paso con la Santa Cruz al que se añadió la Dolorosa arrodillada de Astorga; fue adaptada a candelero erguido en 1954 por Sebastián Santos, quien le hizo nuevas manos que en origen eran juntas a la altura del pecho. El Cristo de la Salvación es una incorporación del año 1967, talla que no procesiona, realizada en estilo neobarroco por Manuel Cerquera en 1936.
     En los rehundidos practicados en el muro izquierdo o del evangelio se han encastrado retablos de factura reciente; en el más próximo al presbiterio y contiguo al de la Virgen de la Soledad se encuentra un retablo hornacina, dorado, presidido por una Virgen del Carmen de candelero, de fines del siglo XVIII, denominada antiguamente "de la batata" por pertenecer a una cofradía pobre ubicada en el Postigo del Aceite, cuyos hermanos con la rifa de batatas y otras hortalizas costeaban la celebración de sus cultos. La imagen fue traída a San Buenaventura cuando la capillita fue destruida. A continuación se dispone el relieve de medio punto de la Coronación de la Virgen, de autor desconocido, fechable a mediados del XVIII. Seguidamente se halla el retablo presidido por la escultura de San Antonio de Padua y un relieve de Dios Padre en el ático, todo de modesta factura. Y finalmente hallamos un retablo neobarroco sin dorar, con una escultura de la Inmaculada sobre peana de nubes con tres ángeles que recuerda el estilo de Cayetano de Acosta y fechable en el último tercio del XVIII.
     El brazo del crucero de la epístola se ha habilitado como capilla sacramental con un retablo neoclásico, realizado por José Fernández, con la Virgen de Guadalupe de Extremadura, moderna, flanqueada por un San José, del siglo XVIII y un San Francisco de Asís de buena factura, quizás el que realizara Diego López Bueno para un retablo de la iglesia del convento de San Francisco. En el otro testero de este brazo se sitúa otro retablo realizado por el referido José Fernández, estando presidido por una bella escultura anónima de la Virgen del Patrocinio, fechable en el primer tercio del siglo XVIII y proce­dente del convento de San Francisco. De aquí procede también el pequeño relieve situado en el primer pilar del lado de la epístola, que representa la Estigmatización de San Francisco (1,06 x 0,71 cm), pieza de gran calidad realizada en 1599 por Diego López Bueno y policromada por Alonso Vázquez, para el retablo de San Francisco de aquel convento, que pudo tener como modelo el que en 1594 realizara Martínez Montañés para un retablito de la portería de la Casa Grande, hoy perdido.
     Se cita en el convento un Crucificado de tamaño natural fechado a fines del siglo XV y una Virgen del Rosario, calificada por Gestoso de las mejores de este tipo realizadas en Sevilla, que no hemos localizado.
PINTURAS
     En la iglesia se dispone una interesante decoración mural, realizada por Francisco de Herrera "el Viejo" entre 1626 y 1627, enmarcadas por la rica decoración estucada dise­ñada por este maestro. En los ocho plementos de la cúpula del crucero, cuya clave está presidida por la Paloma del Espíritu Santo volando entre nubes, se dispone igual número de figuras de santos de la Orden franciscana, inscritos en recuadros trapezoidales y ovales alternantes, sentados, vestidos con el hábito franciscano y con sus respectivos atributos icnográficos. Son plasmaciones de dibujo seguro y rotunda volumetría, que representan, siguiendo el sentido de las agujas del reloj, a San Buenaventura, San Antonio de Padua, San Juan de Capistrano, San Luis de Toulouse, San Pedro de Alcántara, San Jacobo de la Marca, San Bernardino de Siena y San Francisco de Asís. En los óvalos de las pechinas aparecen los escudos heráldicos de los mecenas del colegio y en la bóveda de medio cañón de la nave cinco emblemas en óvalos, en el centro de cada uno de los cinco tramos en que está dividida. Emblemas de alto valor simbólico a la vez que de profundo sentido teológico-docente para los estudiantes, que se complementan con los textos escritos en las filacterias que los acompañan, sacados del Antiguo Testamento, y que vienen a exponer las tesis manifestadas por San Buenaventura en sus escritos. Comenzando por el más próximo al presbiterio, en el primer óvalo Herrera pintó un nuboso rompimiento de gloria intensamente iluminado por el sol ante el que un águila bate sus alas, y en la filacteria se lee "NON PA[Ilui]T FULGORE" ("No tremuló por la luz"). En el segundo el ojo de Dios y su mano saliendo de una nube y sosteniendo un cetro, con un libro cerrado debajo; le acompaña la leyenda "ABSCONDITA IN LUCEM PRO[duxit]" ("Saca a la luz lo oculto"). A continuación la tercera empresa representa una granada reventada de la que surgen siete espigas de trigo, siendo el complemento literario, "7 SPICAE PULULANT IN CULMO UNO" ("Siete espigas florecen en el interior de un mismo fruto"). La cuarta reproduce una fuente de cuatro caños y dos tazas en la que beben cinco pájaros, y arriba la filacteria "AQUA SAPIENTIAE SALUTARIS POTAVIT" ("Bebí el agua de la sabiduría salvífica"). Y en el quinto y ultimo óvalo figura una lira de cinco cuerdas timbrada con una corona y una palma, y la filacteria en la parte superior, que dice "VINCIT A[c]ORDATA CONCORDIA" ("siempre vence la armonía concertada"). En el cañón de la nave y a los lados de las cinco empresas descritas, se plasman a desta­cados teólogos y doctores de la Orden Franciscana, inscritos en recuadros rectangulares e identificables por los rótulos que con sus nombres les acompañan; su distribución, partiendo desde el presbiterio y de izquierda a derecha, es: fray Alenjandro de Hales y fray Juan Duns Scoto, fray Ricardo de Mediavilla y fray Francisco de Mayronis, fray Juan Mayor y fray Guillermo de Ockam, fray Pedro Aureolo y fray Francisco Lyqueto, y fray Nicolás de Lyra y fray Francisco de Titelman. Los mentores de este complejo programa iconográfico-decora­tivo hubieron de ser dos instruidos y destacados miembros de la Orden, fray Luis de Rebolledo y fray Damián de Lugones; la estancia de este en Sevilla se constata en los años en que se trabaja en iglesia. Las pinturas fueron restauradas en el siglo XIX.
     El prolijo programa iconográfico se completó con un conjunto pictórico sobre la vida de San Buenaventura, concertado el 30 de diciembre de 1627 por Francisco de Herrera "el Viejo". Debía realizar seis lienzos al óleo, a comenzar el primer día del mes de enero de 1628 y terminar en nueve meses, entregando cada mes y medio un lienzo, por el que cobraría 900 reales. Sin embargo, por motivos que nos son desconocidos, Herrera sólo pintó cuatro de los cuadros encargados, realizando Francisco de Zurbarán, entre los meses finales de 1629 y 1630, los otros dos, más otros tantos con los que se amplió a un total de ocho lienzos. El ciclo consta de dos series narrativas, la primera formada por las cuatro pinturas herrerianas que según los que llegaron a verlas aún puestas en la iglesia, se ubicaban en el muro del evangelio, y narraban los hechos de la niñez y juventud del Santo, mientras que las cuatro de Zurbarán se emplazaban en el muro de la epístola y describían los hechos de su madurez y muerte. En 1810 fueron requisadas en su totalidad por los franceses y depositadas en el Alcázar en donde el mariscal Soult seleccionó algunas para su colección personal; las restantes fueron devueltas al colegio hasta que en 1835 se vendieron, dispersándose por diversas colecciones y museos. Los temas representados por Francisco de Herrera "el Viejo" reflejan hechos de la etapa juvenil y de la vocación de San Buenaventura, vinculados a la leyenda áurea construida en torno a su vida, en los que el pintor supo componer y captar los modelos magistralmente mediante un acertado colorido y enérgica factura, penetrando en la captación psicológica de los personajes, plenos de naturalismo. Los temas representados son:
        - La aparición de Santa Catalina de Alejandría a la familia de San Buenaventura, recoge el episodio de la aparición de la Santa a los padres de San Buenaventura vaticinándoles los altos niveles intelectuales y de santidad que alcanzará su hijo. Se resuelve en un sencillo esquema con Santa Catalina de pie y los familiares arrodillados en el ángulo inferior, en un interior oscuro y con reja al fondo. Destaca la volumetría estática de las figuras contrapuesta con sus expresivos rostros y gestos, en una auténtica galería de retratos de sabor naturalista. Este cuadro no figuraba inventariado en el Alcázar en 1810; sin embargo, hubo de ser devuelto al Colegio en donde fue adquirido entre 1835-1836 por el barón Taylor para el rey Luis Felipe de Orleáns, para la galería de pintura española del Louvre. Se le pierde la pista por unos años hasta aparecer en la colección neoyorquina de Julius H. Weitzner, pasando en 1961 al Bob Jones University Collection de Greenville en Carolina del Sur (USA), donde se conserva.
        - San Buenaventura niño curado por San Francisco: En un paisaje abierto y en el centro de la composición se halla San Francisco con San Buenaventura niño en brazos, y tras ellos un nutrido grupo de frailes. A los lados se disponen los padres arrodillados mirando al Santo en actitud suplicante y agradecida. Este episodio tiene un marcado tono realista palpable en los rostros populares de los personajes, enriquecido por el contrastado cromatismo y el tratamiento de los pliegues de las vestimentas. Fue inventariado en el Alcázar con el número 78 y regresó al Colegio tras la marcha de los franceses. En 1836 lo compra el vicecónsul de Gran Bretaña Julián Williams para el embajador británico, en cuya colección se conservó hasta 1921. Luego pasó al coleccionista francés Joaquín Carvalho y en 1963 al Museo del Louvre, donde se encuentra.
        - Ingreso de San Buenaventura en la Orden Franciscana. Representa el momento de la entrada del Santo en la Orden, en 1234, quien aparece arrodillado ante una hilera en sesgo de frailes sentados que se pierden en la lejanía del interior de una iglesia. De nuevo el pintor nos ofrece una interesante galería de retratos llenos de espontaneidad. Requisado igualmente por los franceses e inventariado en el Alcázar con el número 76, fue vendido, como el anterior, y su último propietario, Joaquín Carvalho lo donó al Prado donde se conserva.
        - San Buenaventura recibe la comunión de manos de un ángel es el último lienzo de Herrera e ilustra el episodio inspirado en la Leyenda Dorada según la cual el Santo, considerándose indigno de recibir a Dios, no se atrevía a comulgar, para lo cual un ángel enviado del cielo le ofrece la Eucaristía. Acontece en el interior de una iglesia, mientras el oficiante, ajeno a lo que está ocurriendo, consagra la Sagrada Forma, y un grupo de fieles apiñados a la derecha contempla el prodigio. Es sin duda el lienzo más emotivo de los cuatro, en el que se aprecia la madurez pictórica alcanzada por el maestro, quien acierta a definir con gran calidad la volumetría e intensidad expresiva de los personajes. Fue igualmente llevado al Alcázar, inventariado con el número 77, y regresó al Colegio tras la marcha de los franceses. En 1836 lo compra Julián Williams para el embajador británico George Villiers, futuro Conde de Clarendon, de cuya colección pasó a Joaquín Carvalho, a quien lo compra la Société des Amis du Louvre que lo dona en 1963 al Museo del Louvre.
     Los cuatro lienzos pintados por Zurbarán escenifican pasajes de la madurez y muerte de San Buenaventura, en un claro homenaje a su vida como doctor, teólogo y cardenal de la Iglesia, y modelo a seguir para estudiantes y profesores del Colegio. De ellos se conservan tres:
        - San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino delante del Crucifijo, lamentablemente destruido en un bombardeo de Berlín en 1945 donde se conservaba, en el Museo Kaiser Friedrich, siendo el único del ciclo firmado y fechado en 1629. Fue llevado al Alcázar en 1810, inventariado con el número 65, del que se adueñó el general Soult para su colección hasta ser vendido por sus herederos. La escena se desarrolla en la celda de San Buenaventura y narra la visita que le hizo el Santo dominico para indagar sobre el origen de su sabiduría. El "Doctor Seráfico" mediante un sencillo y teatral gesto desco­rre una cortina que desvela un Crucificado colgado sobre su escritorio, fuente de sus escritos y conocimientos. La composición se completa con un grupo de frailes situados a la izquierda, unos anaqueles repletos de libros y una calavera, y al fondo la puerta abierta de la habitación.
        - San Buenaventura en oración representa el episodio acontecido en 1271, cuando es llamado a consulta por los cardenales para elegir nuevo Papa. El Santo solicita a Dios le revele el sucesor más idóneo, recogiendo la escena el momento en que un ángel, situado en el ángulo superior izquierdo e inmerso en una aureola dorada se aparece a San Buenaventura, representado con aspecto joven, orante ante una mesa con tapete rojo y con suntuosa mitra papal sobre una bandeja; un grupo de cardenales vestidos de rojo y tres caballeros situados en el exterior a la derecha, esperan ansiosos la resolución del problema. Los acertados contrastes cromáticos parecen querer reflejar la diferencia entre el silencio y la calma de la estancia donde se halla el Santo en comunicación con el ángel, y la impaciencia exterior del resto de los personajes. En 1836 fue adquirido a Julián Williams en Sevilla por el barón Taylor para la Galería de Luis Felipe, en París; vendido en 1853, lo compra el Museo de Dresde, donde se encuentra.
        - San Buenaventura en el Concilio de Lyon. En 1810 el cuadro fue llevado al Alcázar por los franceses, donde constaba con el número 69, siendo requisado por el mariscal Soult para su colección personal. En 1852 sus descendientes lo ponen en venta y finalmente lo cedieron al Estado, pasando en 1858 al Museo del Louvre donde se conserva. La escena describe la sesión conciliar acaecida en 1274 en la que el Santo, ya cardenal, por delegación del papa Gregorio X intenta con sus conocimientos y elocuencia unir a las Iglesias latinas y ortodoxas. Zurbarán recoge el momento en que San Buenaventura, preside una reunión con los religiosos enviados por el emperador Miguel VII Paleólogo, sentado bajo un dosel rojo, vestido con muceta y birrete cardenalicios. Un nutrido grupos de padres orientales se dispone a su alrededor y se prolonga en una diagonal hacia la izquierda, completando el conjunto un fondo arquitectónico. Magnífico es el estudio de los rostros de los distintos eclesiásticos, de contrastados rasgos físicos, y el esfuerzo por revitalizar cromáticamente la escena con los golpes de blanco ambarino del alba del Santo y del rojo de la muceta, birrete, baldaquino, y la bella alfombra, que contrarresta el tono oscuro del resto de las vestiduras de los personajes.
        - La muerte de San Buenaventura tuvo la misma trayectoria que el lienzo anterior hasta llegar al Museo del Louvre. El óbito del Santo aconteció unos días después del Concilio de Lyon en el que había participado, no dudando Zurbarán disponer junto a los frailes de la Orden franciscana al propio Papa Gregorio X, que según los cronistas le dio la extremaunción, y al rey Jaime I de Aragón que igualmente participó en el cónclave. El sesgo compositivo elegido es claramente barroco, presentando en diagonal el cuerpo tendido de San Buenaventura sobre un féretro revestido de ricas telas, y los asistentes agrupados en su torno, verdadera galería de retratos en la que se suceden los rostros con variados matices expresivos. De nuevo la bella entonación cromática constituye un punto fuerte de la composición, en la que resalta el blanco del alba, guantes y mitra del "Doctor Seráfico" y el punto de color rojo del capelo cardenalicio situado los pies.
     En la capilla del Santísimo o de la Sangre se refiere la existencia de unos "Desposorios místicos de Santa Catalina", de Francisco Pacheco, que debe corresponder con el conservado en el Museo de Bellas Artes de Sevilla con el título de los Desposorios místi­cos de Santa Inés, firmado por Pacheco en 1628. Fue adquirido en el mercado de arte sevillano para el referido museo en 1972, y se puso en relación con unos "Desposorios místicos de Santa Catalina" de la colección Williams de Sevilla, quien sabemos adquirió pinturas en el Colegio, como algunas de la serie anteriormente estudiada. Se trata de una bella composición, llena de amabilidad espiritual en la que la Santa, ricamente ataviada, se postra ante la presencia de la Virgen con el Niño. El pequeño cordero delata que es Santa Inés y no Santa Catalina, como erróneamente se citaba.
     En la sacristía se cita un San Francisco "en el acto de expirar, rodeado de ángeles", adjudicado a Zurbarán, obra hasta la fecha sin identificar. También una "Nuestra Señora con el Niño en los brazos, ante quien está arrodillado San Bernardo en el acto de besar su mano, pintura muy bien hecha de escuela romana", de la que no se tiene otra noticia; y una copia de una Inmaculada Concepción de Murillo que debe de corresponder a la copia decimonónica que ahora vemos en el muro de la epístola de la iglesia.
     Actualmente se distribuyen en los muros de la iglesia una serie de cuadros de gran tamaño, cuya disposición a gran altura dificulta su estudio; se han identificado en el lado de la epístola, a San Francisco de Asís, San Diego de Alcalá, de fines del XVII, y la refe­rida Inmaculada. En el muro del evangelio vemos un Nacimiento de la Virgen, la Aparición de la Virgen a San Buenaventura, Inmaculada Concepción con Duns Scoto, San Pascual Bailón, Santa Teresa, San Buenaventura con ángeles, y en la zona del coro San Luis de Tolosa, obras dieciochescas de escuela sevillana.
ORFEBRERÍA
     Aunque procedente del convento de San Francisco, se encuentran hoy en San Buenaventura las coronas de la Virgen del Patrocinio y del Niño, dos piezas barrocas del XVII, en plata labrada con ricos motivos vegetales e inscripción indicativa de su procedencia.
     De 1753 es un ostensorio de plata dorada, firmado por Eugenio Sánchez Reciente, que presenta estructura barroca con decoración rococó a base de rocallas. Otro osten­sorio de mediados del siglo XIX con rica decoración. Y un tercero neobarroco de 1919 con punzón de los plateros sevillanos Vicente Franco y Gabriel Rojas.
     Unas sacras y unas vinajeras con bandeja rococó, con la marca del platero sevilla­no Vicente Gargallo, completan el ajuar litúrgico digno de reseñar (Matilde Fernández Rojas. Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Trinitarios, Franciscanos, Mercedarios, Jerónimos, Cartujos, Mínimos, Obregones, Menores y Filipenses. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2009).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Buenaventura, obispo y doctor de la Iglesia;
     El mayor teólogo y el "segundo fundador" de la orden franciscana, motejado el Doctor seráfico.
     Nació en Toscana, cerca de Viterbo, en 1221, en 1238 ingresó en la orden de los hermanos menores. Luego viajó a París, donde se convirtió en alumno de Alejandro de Halès. Allí enseñó teología en la Sorbona, entre 1249 y 1255. En 1256 fue designado general de la orden de los franciscanos, y recibió el capelo cardenalicio. Murió en 1274 en Lyon, siguiendo de cerca a la tumba a su gran rival dominico Santo Tomás de Aquino. Había viajado a esa ciudad en ocasión de un concilio destinado a reacercar, y su fuese posible, a reunir, a las iglesias latina y griega.
     Se cuenta que los enviados del papa encargados de notificarle su ascenso a la dignidad cardenalicia, lo encontraron en su jardín lavando los platos, él les rogó que colgaran el capelo en la rama de un árbol y que esperasen a que terminara la faena.
     Uno de los rasgos más populares de su biografía es su Entrevista con Santo Tomás de Aquino, que forma pareja con la de San Francisco y Santo Domingo. En esta entrevista el dominico preguntó al franciscano en qué libros había encontrado su profundo conocimiento de Dios. Por toda respuesta San Buenaventura corrió la cortina de su biblioteca y descubrió un crucifijo, única fuente de toda su ciencia.
     Esa anécdota quizá sea una copia de una epístola de San Ignacio de Antioquía, que declaró: "Mis archivos son Cristo, su cruz, su muerte y su resurrección." Se le atribuían las Meditaciones sobre la vida de Jesucristo.
     Habría regresado a su tierra después de su enterramiento, durante tres días, para acabar las Memorias de San Francisco, obra que lo ocupaba cuando lo sorprendió la muerte.
CULTO
     Canonizado en 1482 por el papa Sixto IV, San Buenaventura es el patrón de la ciudad de Lyon, donde murió.
     En 1499, Ana de Beaujeu, hija de Luis XI, donó su cabeza relicario a la iglesia franciscana de Lyon, donde estaba sepultado.
     En 1587 el papa Sixto V lo proclamó doctor de la Iglesia, concediéndole los mismos honores que a Santo Tomás de Aquino.
     En 1600 en Sevilla se inauguró un colegio de San Buenaventura.
     Es el protector y el modelo de los teólogos.
     En Fresnay su Sarthe, en los Alpes, era el santo patrón de los tejedores. Y se lo invocaba para la curación de los panadizos, llamados "mal de San Buenaventura".
ICONOGRAFÍA
     Su tardía canonización explica la relativa pobreza de su iconografía antes del siglo XVI.
     Los franciscanos lo hicieron representar y pintar con un rostro imberbe. En cambio en los cuadros encargados por los capuchinos está representado con una larga barba. A título de monje franciscano y de cardenal, lleva dos vestiduras superpuestas: un hábito ceñido a la cintura por el cíngulo de cuerda, y encima, la cappa magna de los cardenales.
     Su atributo habitual es, además, la mitra episcopal, un capelo cardenalicio colgado de un árbol (el capelo podría hacerlo confundir con San Jerónimo, pero quizá sea el único santo que lleva mitra episcopal y capelo al mismo tiempo). En alusión a su tratado Lignum vitae también se lo representa llevando el Árbol de la cruz (Alberto della Croce) rematado en un pelícano que se abre el pecho para alimentar a sus polluelos con su sangre: es lo que se denomina el Árbol de San Buenaventura o Árbol de la Redención. Su crucifijo biblioteca es tal vez su distintivo más personal.
     Finalmente, para evocar su mote de Doctor Seraphicus, en la orla de la capa lleva bordadas cabezas de serafines con tres pares de alas (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
              Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Colegio de San Buenaventura, de los Franciscanos Observantes, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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martes, 14 de julio de 2026

El oficio de Carretero, en Huévar del Aljarafe (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el oficio de Carretero, en Huévar del Aljarafe (Sevilla).  
     En la comarca del Aljarafe, son las romerías las que determinan el periodo de mayor trabajo de los carreteros. 
     Estas se inician en el mes de mayo y finalizan en octubre.
     El oficio del carretero anteriormente hacía referencia a la persona que guiaba y llevaba la carreta en el transporte de materias de cualquier tipo. La principal de estas funciones era la del transporte de mercancías. Actualmente el oficio de carretero ha ido cambiando en sus procesos de trabajo, pasando fundamentalmente del transporte de mercancías, al traslado de imágenes en rituales o el traslado de simpecados en carretas, destacando en romerías. 
     El carretero, ha pasado de ser un agente indispensable para el sistema productivo de la comarca, a convertirse en un elemento indispensable en la celebración de determinados rituales festivos, principalmente las romerías. La imagen del carretero, guiando la yunta de bueyes con el Simpecado de alguna hermandad por las marismas de Doñana, se ha exportado, siendo un modelo de referencia a reproducir en un gran número de romerías de Andalucía. El carretero, hoy sobrevive gracias a la extensión del modelo de romería. Carreteros del Aljarafe se desplazan por toda la provincia de primavera a otoño contratados por trasladar imágenes religiosas  en una carreta. Poblaciones que, o por perderlo (los carreteros locales) o porque nunca realizaron su romería con una yunta de bueyes, hoy contratan a los carreteros del Aljarafe que de esta forma consiguen mantener un oficio que sin esta adaptación hubiera desaparecido. 
     Cuando hablamos de adaptación implica no solo adaptarse a funciones diversas sino que paulatinamente el carretero ha ido asumiendo en una sola persona lo que anteriormente implicaba tres personas diferentes, el Gañan, el Boyero y el Carretero. Dicha división de tareas estaba incluida en un sistema productivo en el que los bueyes eran un elemento central del sistema productivo. 
     Esta definición de los conceptos se limita al espacio de la comarca del Aljarafe, ya que en otras partes de Andalucía el mismo concepto implica diferentes funciones y definiciones. En el Aljarafe, el gañan es la persona responsable de los trabajos en el tinahón. El que lo limpia y da de comer al ganado. Trabajos que compaginaba con otros relacionados con el mismo espacio. Por otra parte estaba el boyero que era el que trabajaba directamente con los bueyes. Esto implicaba tanto las fases de doma del ganado, como el trabajo en el campo (arar la tierra). Finalmente el carretero, que era el que llevaba el carro, tanto podía acarrear aceitunas, bocoys de vino o la uva antes de ser transformada, como trigo y balas de paja.
     Cuando aparece la maquinaria agraria que funciona con gasoil, paulatinamente van desapareciendo las personas que se dedicaban a estos trabajos. Por ello llega un momento a mediados de la década de los ochenta del siglo XX que el carretero va asumiendo las tareas que anteriormente se dividían entre tres. 
     El camino es la parte más tranquila a pesar de que es la que implica más responsabilidad. El carretero es quien debe marcar el ritmo. Esto implica que la Hermandad dice a que hora hay que estar en tal sitio y será el carretero el que decidirá a qué hora se sale para poder marcar el ritmo que cree necesario para la Yunta. 
     En el camino del Rocío no implica según el carretero ningún esfuerzo ya que es un camino que esta preparado, sin embargo también reconoce que cedería la yunta a muy pocos carreteros. Tanto por el valor material de la carreta (el Simpecado) como porque entiende que una la experiencia como carretero debe ser mucha para poder guiar una yunta que no se conoce. 
     Dentro de la doma también se encuentra lo que los carreteros conocen como "preparar el camino". Debido a la falta de actividad del animal, cuando se acerca la romería el carretero debe preparar a la yunta para que puedan asistir a la romería. Esto implica habitualmente, salir con la yunta y una carreta (cargada con peso extra para que vaya adaptándose a llevar el Simpecado o la carreta) a realizar rutas que poco a poco van aumentándose en duración. 
     El carretero ya para esta preparación cuenta con la persona que luego ira de romería con él. Otro carretero, sin necesariamente la misma experiencia que él, pero que al asistir durante el tiempo de preparación va conociendo a los animales, lo que le permite responder como mínimo frente a estos. A pesar de que a los dos se los reconoce como carreteros se entiende que el que más conoce a los animales y tiene más experiencia va detrás con la Ijada.
     La doma implica enganchar a un buey cuando aún es becerro a uno viejo. Un buey nuevo se engancha con uno viejo y se doma a partir de repetir junto al viejo una serie de acciones. Con dos años se empieza a amarrarlo (anteriormente se deja libre) se le pone la soga por los cuernos. Para que empieza adaptarse a estar amarrado. Con dos años y cuando lleva un tiempo así, se sale con dos toros viejos y al nuevo se amarras detrás de la carreta. Después una vez empieza a adaptarse a estar amarrado y andar detrás de la carreta se pone en el yugo con un viejo. Se va poniendo durante un tiempo sin amarrarlo a la carreta y será al cabo de un tiempo cuando asuma el yugo que se mete en la carreta.
     Una vez ya se ha metido en la carreta lo básico es empezar andar a la par con un viejo. Cuando lleva unos días andando entonces empiezas a probar la doma. Pruebas de que ande para atrás dos o tres pasos. 
     Para ello se hace con el mismo sistema al lado de un viejo que anda para atrás y que poco a poco irá guiando al nuevo. El giro ocurre lo mismo, en una yunta con un viejo y un nuevo se práctica. Es por ello un trabajo de poco a poco día tras día se repite hasta que el nuevo se considera que esta domado. 
     Es un proceso que no está definido en tiempo ya que depende de la respuesta del animal, lo que también implica un proceso de conocimiento por parte del carretero del animal en concreto. Esta fase es la que cualquier carretero entiende que es básica para ser un buen carretero, conocer la yunta que llevas. Luego se trata de observar las formas de andar de la yunta y saber corregir para que anden a la par. 
     Vara de madera de dos metros de largo que en el extremo tiene un ahijón o puntera. El ahijón es una punta de hierro afilada introducida en la vara de madera y amarrada con alambre.
     El ganado responde al pinchazo del ahijón a la vez que no le deja marca. Al contrario que otros animales los toros y vacas los golpes le dejan marca y tampoco responden a ellos.
     La carreta puede diferenciar si es tirada por mulo o buey, eso implica que tenga dos o una vara de tiro. 
     Hay yugo para arar y de caminar. El de arar tenía un agujero en el centro. Hoy no se utilizan. 
     Partes: camellas (donde mete el cuello el buey) tacos: situados entre las dos camellas sirven para amarrar el latigo a la vara de tiro. Estrias: es las parte superior del yugo en las camellas sirven para que la collunda no se desplace al amarrar el buey al yugo.
     Encima de las camellas hay los palillos donde se enrosca la soga que marra el buey haciendo que pase por delante y por detrás para que no se desplace.  
     Es una sola pieza de madera de pino.
     Frontiles: Pieza rectangular elaborada con esparto y con elementos decorativos en la cara exterior. Los elementos decorativos se elaboran tanto con el mismo esparto con pleitas de tres ramales que dibujan círculos y cenefas y también se utilizan cristales de plástico El interior esta relleno de hoja de esparto. Del frontil cuelgan "bolas" hechas con hilo de plástico y esparto (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
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El recinto amurallado de la Jurisdicción de San Juan de Acre

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el recinto amurallado de la Jurisdicción de San Juan de Acre, de Sevilla.
      El barrio cercado de San Juan de Acre tiene su origen en la jurisdicción exenta que tenía la Orden de San Juan del Hospital de Jerusalén, también conocida posteriormente como la de los Caballeros de Rodas y, finalmente, de Malta. Tras la conquista castellana, los reyes Fernando III y Alfonso X concedieron una amplia relación de tierras, casas y privilegios a las diferentes órdenes militares (Santiago, Calatrava y San Juan) que habían ayudado a la Corona en la guerra contra los musulmanes, otorgándoles dentro de la ciudad las áreas intramuros menos pobladas, que correspondían al cuadrante noroccidental del plano de Sevilla. Así, la Orden de San Juan recibió un área de huertas y casas almohades localizadas entre la puerta del Ingenio o de San Juan y la puerta de la Almenilla o de Bibarragel, que se cerraba hacia el interior por medio de un muro que marcaba el territorio sujeto a la jurisdicción exclusiva del gran maestre de la Orden, ajeno, por tanto, a las autoridades eclesiásticas y municipales comunes. Dicha área abarcaba las actuales calles Guadalquivir (limítrofe con Santiago de la Espada), Mendigorría, Álvaro de Bazán, Clavijo y el tramo final de Lumbreras, donde el barrio limitaba con el monasterio de San Clemente y se acercaba al territorio de la orden de Calatrava. En su interior, los vecinos dependientes de la orden se dedicaban al trabajo de la seda, la agricultura y diversas actividades relacionadas con el tráfico portuario, hasta que el desplazamiento de este último hacia el Arenal a fines de la Edad Media, significó la paulatina decadencia económica del barrio, de donde se marcharon definitivamente los frailes de San Juan en 1837 tras la desamortización de Mendizábal, derribándose más tarde el templo y el muro jurisdiccional que aislaba el conjunto. A comienzos de este siglo, la excavación arqueológica preceptiva para la construcción de un conjunto residencial, descubrió los restos de la iglesia, casas y calle interior, así como una almunia almohade del siglo XIII que sería la base para la donación fernandina a la orden (Esteban Moreno Hernández. En torno a las murallas de Sevilla. Guía por las puertas y límites de un casco antiguo. El Paseo editorial. Sevilla, 2023).
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lunes, 13 de julio de 2026

El recinto amurallado de la Mancebía

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el recinto amurallado de la Mancebía, de Sevilla.
      Por su parte, la Mancebía era otro de los barrios cercados intra­ muros de la ciudad, aunque la razón de su cerramiento no obedecía a criterios de separación étnica, sino a argumentos de seguridad e higiene públicas, ya que se trataba de encerrar en un espacio regulado a las prostitutas que ejercían legalmente el oficio. La Mancebía sevillana estaba bajo la supervisión del cabildo municipal, que en 1416 ordenó el establecimiento de las casas de prostitución en el barrio del Arenal, junto a la puerta del mismo nombre que comu­nicaba la ciudad con el puerto, de donde procedía la mayor parte de la clientela. Para facilitar el control sobre las rameras y sus condiciones higiénico-sanitarias, así como velar por cierta moralidad pública, se decidió cercar el conjunto y abrir una única puerta de acceso al mismo, aunque posteriormente fueron abriéndose nuevos portillos, no todos legalmente permitidos.
     Este debió de ser el barrio de prostitutas más nutrido de la península a finales del siglo XVI en el momento del máximo esplendor del puerto de Indias, un hecho que es citado por numerosos autores, como el mismo Miguel de Cervantes, quien vivió cerca de aquí durante su etapa sevillana. La mancebía de Sevilla estaba en el llamado "compás de la Mancebía" -la zona de la actual plaza de Molviedro y calles Castelar y Gamazo-, que entonces se extendía entre la puerta del Arenal y la de Triana, encerrada entre la muralla medieval y una tapia que la aislaba del resto de la ciudad. Hacia el Arenal se comunicaba a través de un postigo abierto subrepticiamente en la muralla -donde luego se alzó el Baratillo- y hacia la ciudad contaba con la puerta principal, denominada "el Golpe", donde había un portero guardacoimas o guardapostigo (el llamado "arquillo de Atocha" en la antigua calle Boticas, hoy Mariano de Cavia). La Mancebía era un lugar bajo que se anegaba con facilidad por su cercanía al río y por las charcas procedentes de las alcantari­llas sobre un antiguo cauce fluvial, por lo que se le llamó también "compás de La Laguna». La mayoría de las rameras se concentraba en el compás aunque solían trabajar en la Resolana, San Bernardo, callejón del Agua, junto al Alcázar, murallas, hoyas de Tablada y Triana, donde había menos vigilancia y más comodidad para estos entretenimientos. Las casuchas de la Mancebía eran propiedad de los cabildos municipal y catedralicio, cofradías, hospitales y otras instituciones públicas, que las alquilaban a las rameras por 5 maravedíes al día en el siglo XVI, al tiempo que un cirujano municipal velaba por la salud de las coimas y evitaba la propagación de enfermedades venéreas. El orden interior quedaba al cuidado de un padre, que repartía las casuchas entre las coimas, las cuales debían llevar distintivos en su vestir que las diferenciasen del resto.
     Más adelante, el traslado de la Casa de Contratación a Cádiz en 1717 y la consiguiente crisis de las actividades portuarias en Sevilla, provocaron la paulatina decadencia y degradación de este peculiar barrio, lo que unido a la nueva mentalidad ilustrada desarrollada en la ciudad por el asistente Pablo de Olavide (1767-1776) llevaron a la demolición de la Mancebía y a la reurbanización de su espacio urbano. Esta reforma, dirigida por el arquitecto Manuel de Molviedro, significó la desecación de la laguna de la Pajería, así como el derribo de la cerca que encerraba el gigantesco prostíbulo, quedando las prostitutas expulsadas de esta céntrica área, en la que se trazaron calles nuevas y más anchas, abiertas al resto de la ciudad (Esteban Moreno Hernández. En torno a las murallas de Sevilla. Guía por las puertas y límites de un casco antiguo. El Paseo editorial. Sevilla, 2023).
     Aunque la voluntad municipal era relegar la Mancebía a zonas fuera del núcleo principal de la ciudad, la realidad fue que, dado el carácter portuario de la ciudad, el burdel público se situó en el propio corazón de la ciudad, en el llamado Compás de La Laguna, en el barrio del Arenal.
     Aunque el trazado urbano de esta zona de Sevilla ha sufrido importantes transformaciones desde los tiempos de la Mancebía hasta hoy, podríamos reconstruir el trazado casi exacto del recinto a partir de los datos fragmentarios que se poseen.
     Por el lado del río, el límite oficial lo ponía el trazado de la Muralla que, desde la actual confluencia de las calles Almansa y Santas Patronas, discurría trazando un ángulo por detrás de la calle Santas Patronas, llegando hasta la calle de la Mar. En algún punto hacia la mitad del trazado de esta calle se ubicaba una puerta secundaria del recinto, que comunicaba con el Arenal y el río, puerta que fue objeto de continuos cuidados por parte de las autoridades municipales, ya que a través de ella se hacían fáciles el acceso o la huida de los rufianes y aun de las mismas rameras. Desde aquí, una tapia especialmente construida al efecto cercaba la casa pública. La tapia subía desde la desembocadura de Castelar en García de Vinuesa (calle de la Mar), discurriendo por la calle Harinas. A diferencia de la actualidad, la calle de la Mar no se comunicaba con la calle Castelar. De hecho, hasta las reformas urbanísticas emprendidas en esta parcela urbana en los años cincuenta y sesenta del siglo XVIII por mano del arquitecto Molviedro, no se daría comunicación entre ambas calles. Para más detalle, el continuador de los Anales de Ortiz de Zúñiga en el siglo XVIII, el académico Luis Germán y Ribón, fecha en el 15 de noviembre de 1760 el inicio del derribo de la tapia y las casas que posibilitó la "entrada al sitio o Barrio de la Laguna".
     Probablemente, la tapia no se erigía justo en el límite de las casas con la calle Harinas, sino algo más hacia atrás, de forma paralela a la calle; la descripción de algunas de las casas que el Cabildo catedralicio poseía en la zona en los años cuarenta del siglo XVI relata que las casas tenían entrada por la calle Harinas, pero tras patios y corralones se salía a la Mancebía. A mitad del recorrido de esta calle, girando hacia la izquierda, se entraba en la calle Boticas (actual Mariano de Cavia); el propio nombre nos hace sospechar que estamos en los mismísimos umbrales del burdel. En efecto, en este callejón se situaba la entrada oficial a la Mancebía, la puerta principal ubicada bajo el Arquillo de Nuestra Señora de Atocha. La puerta era más conocida por El Golpe, a causa de poseer uno de esos pestillos que se cierran solos con un simple golpe; en el Golpe se sentaba habitualmente el "mozo del golpe", un empleado de los padres encargado de la vigilancia.
     La tapia continuaba, pegada a las casas lindantes (lo que facilitaba la existencia de entradas y salidas secretas), por entre las calles Piñones (actual Padre Marchena) y Pajería (hoy Zaragoza), quizá más cercana a esta última; de unas casas que por allí poseía el Cabildo de la Catedral a principios del siglo XV, se dice que tenían puertas a la Pajería y a La Laguna.
     Desde este punto, el trazado de los linderos de la casa pública se hacen menos reconocibles en el viario actual. Desde Piñones, la tapia continuaba por detrás de la calle Quirós y Rositas, para enlazar con el tramo final de la Pajería que iba a morir en la calle del Rey (San Pablo), donde el cerco se cerraba con el encuentro entre la tapia y la Muralla.
     Del interior poco sabemos. La actual calle Castelar describía el eje longitudinal del recinto, la calle principal donde se situaban las boticas de más asegurada clientela. La calle se ensanchaba algo, formando la actual plaza de Molviedro, lugar de encuentros, fiestas y comilonas, además de algún que otro bodegón (aunque las ordenanzas lo prohibiesen). Otras calles ya de menos importancia prostibularia, eran las actuales Santas Patronas, Galera, Doña Guiomar y Rositas.
     Allí junto al lugar donde fondeaban los navíos, donde acudían los marineros y los emigrantes, el negocio era más intenso y directo. Esta ubicación central (pues el puerto era ya entonces, como lo sería mucho más en el siglo siguiente, el verdadero corazón de Sevilla) explica la reiterada decisión del Concejo por aislar la Mancebía lo más posible, ordenando tapiar todo su contorno y eliminar portillos que daban paso a calles secundarias.
     A lo largo del siglo XVI hubo que hacer frente a diversas reparaciones en el sistema de aislamiento en buena parte, hubo que enfrentarse a la propia acción de las rameras, reticentes siempre a ser encerradas en el Compás. En una solicitud sin fecha, pero sin duda de la década de los setenta, los padres de la Mancebía, Rafael Rodríguez y Juan de Jódar, reclamaban al cabildo la urgencia de varias reparaciones, en especial del muro, a causa de los agujeros practicados en el mismos por las mujeres. Para solucionarlo, pedían que se elevara la altura del muro, que se empedrasen las calles interiores y que se limpiasen los montones de basura apilados junto a la muralla y la tapia (lo que también facilitaba el acceso de los rufianes).
     La decisión municipal de aislar el burdel sería sistemáticamente violada en los años siguientes, cuando el Arenal sevillano se transformase en la Babilonia cantada por Lope de Vega; frente a la reclusión, las rameras y sus rufianes respondieron practicando numerosas entradas secretas en el lienzo de muralla que separaba a la Mancebía del puerto, al objeto de favorecer los encuentros furtivos y, sobre todo, la huida de los rufianes en caso de visitas de los alguaciles. Al mismo tiempo, se favorecía así el que las mujeres públicas pudiesen salir a ejercer su oficio subrepticiamente por las calles, lejos del control del "padre" y de las restricciones horarias.
     Una petición del cabildo de los jurados a los caballeros veinticuatros de la ciudad, fechada el 11 de julio de 1576 nos acerca a las prácticas mediante las cuales prostitutas y rufianes obviaban el cerco institucional. Los jurados denuncian la existencia de numerosas aberturas en el muro de la Mancebía, por las cuales burlaban a las justicias los numerosos delincuentes que encontraban en el barrio su más seguro refugio; la petición de aumentar la vigilancia y reforzar los muros se fundamenta en que:
     "tan necesario es que semejante lugar donde gente tan desenfrenada como es notorio que a éste acude esté como conviene guardado, por excusar los muchos males que de no estar guardado an resultado y resultan"
     Unos pocos años después, en 1583, hubo que asegurar el portillo que, a través de las murallas, daba salida al Arenal; se construyó una sólida puerta y se la afianzó con una buena reja. Ni puerta ni reja debían ser de excesiva solidez, habida cuenta de que siete años más tarde el padre de la Mancebía, Diego Felipe, recordó al cabildo que, aunque lo había ordenado reparar tres meses atrás, el portillo de la muralla seguía caído; por él continuaban entrando "hombres de mala vida". Lo peor no era eso, sino que, al amparo de la noche, las casas que el cabildo poseía en el recinto estaban siendo sistemáticamente robadas: puertas, herrajes y hasta tejas habían ya pasado a otras manos, añadiéndose a ello la cantidad de basuras que la gente iba arrojando dentro de la Mancebía. Este problema de múltiples accesos también fue denunciado por el Padre León a las autoridades:
     "Procuré con grande instancia con la justicia, que me cerrasen una puerta de verjas de hierro que sale a la puerta del Arenal, y otra que está hacia La Laguna de la misma Marina, y que se clavasen las verjas de hierro en el suelo, para que no faltando a la necesidad que hay de desaguar aquel maldito lugar de las lluvias, se acudiese a remediar un grandísimo daño y daños que resultan de aquella casa pestilencial tuviese más de una puerta.
     Porque además y allende de que se podrán escabullir con facilidad los delincuentes de la mano de la justicia, entrando por una puerta y saliendo por otra, en la misma casa, se hacían muchos males y habían muy grandes pendencias con confianza de poderse escapar por esta o por aquella puerta; pero para mi propósito también me estaba muy mal que estuviesen estas puertas abiertas, porque los hombres que echábamos de una casa afuera para predicarles, salían por una puerta y se volvían a entrar por las otras dos.
     Y aún allá suelen decir: renegad de casa que tiene dos puertas, cuánto más nos hacían regañar las dos puertas excusadas fuera de la principal; y para tan mala casa bastaba una puerta y ésa se había de cerrar a piedra y lodo.
     Pues tiene otro daño más grave esta puerta de hierro, que sale al Arenal, digo a la puerta del Arenal, y es que con ocasión de comprar alguna cosa de las que venden allí, salen las mujercillas de la casa pública y desde su puerta llaman a los mozuelos y otros sin llamarlos viendo la ocasión tan cerca se lanzan por aquella puerta del infierno (que así la llamaba yo) y quedan presos de vicio bestial de la carne, y otros que con achaque caen en lo atroz del alma hocicando en el cieno de la lujuria."
     "Compendio..." del P. León, 1ª parte Cap. 6.
     A pesar de los desvelos municipales, la banda de la Mancebía que daba al Arenal estuvo siempre sometida a diversos ataques. Ante todo, los realizados por las propias mujeres y sus rufianes, verdaderos especialistas en practicar "butrones" allá donde se pretendiera ilusamente enclaustrarlos, con la facilidad que para ello daba la noche, la confusión humana reinante en el puerto y la falta de vigilancia extramuros. Pero, sobre todo, el principal enemigo del muro fue el propio Guadalquivir, que a la mínima crecida invadía la ciudad precisamente por la zona deprimida que era la Laguna (antiguo brazo del río desecado siglos atrás), quedando durante semanas totalmente anegada y despoblada de habitantes.
     "...porque el lugar de la dicha mancebía, como es notorio, es lugar público e mui antiguo para lo que es y con el se escuzan otros muchos ynconvinientes que podrian suseder y en ninguna parte se puede poner questé mas acomodada, porque semejantes lugares an destar en las çiudades tan prençipales como ésta en la parte e lugar donde del ordinario la justicia la bea o bisite para quitar e prebenir a los delitos que de hordinario como se bee por espiriencia, suelen suseder en semejantes lugares, por ser frequentados de hombres estranjeros y forasteros y de mal bibir, que a ellos revierten e si la justicia no estubiese de hordinario en ella podrían yr en cresimiento los dichos delitos, e quedar sin castiglo, de que vendría muncho daño a la Republica..."
     Informe de los Jurados al Cabildo municipal, 1575, por el intento de traslado de la Mancebía
Otros lugares de prostitución
     No todas las mujeres de torpe vida ejercían su oficio en la Mancebía, en particular aquellas cuya salud estaba quebrada; los controles sanitarios periódicos que hacía el ayuntamiento podrían desterrarlas de la ciudad. Así que buscaban zonas extramuros de la ciudad, donde la vigilancia fuera menor o nula. Esto suponía no sólo un problema de moralidad sino de sanidad pública. El siglo XVI fue de grandes epidemias de sífilis, que se creía importada del Nuevo Mundo, el llamado "mal de bubas" o también el "mal francés" (o italiano, o de cristianos para los árabes), por aquello de imputar a los extranjeros los grandes vicios. Ello sin contar con los delitos que se cometían fuera del alcance de las autoridades. Los lugares habituales solían ser la parte exterior de la muralla, en las barbacanas, o en la dehesa de Tablada. No los explica un testigo de excepción, el padre León, que intentaba que las normas de la Mancebía se cumplieran, ya que el pecado era imposible de extirpar:
     "Procuré algunas veces con las justicias que se estorbasen otras maneras de casas públicas, o por mejor decir campos y calles públicas muy más perjudiciales que ésta de que hemos hablado, y tanto más dañosas cuanto menos conocidas, cuales son, y el lugar que se llama la Madera, las Barbacanas y Murallas, las barrancas y hoyas de Tablada y de otros campos pasajeros, en los cuales lugares suelen haber mujercillas de mal vivir, las cuales de más y allende de los innumerables pecados de que son causa por estar en acecho para cuando pasan algunos mozuelos bobillos, que van descuidados por el camino, sin más pensamiento de pecar, y los saltean robándoles la gracia y aún muchas veces las bolsas cortándoselas.
     Sónlo también de que muchos hombrecillos de los del campo anden llenos y atestados de bubas, y los hospitales atestados de llagados, porque las desventuradas suelen estar hechas una pura lepra, y por eso no las consienten en las casas públicas, adonde por ley del reino y buen gobierno las ha de visitar cada semana tantas veces el cirujano asalariado para ello; y si no están sanas no las consienten estar en las casas públicas, pues como estas miserables hediondas y llenas de llagas no tienen lugar allí, vánlo a buscar al campo adonde no tienen temor de la visita del cirujano." (Alma Mater Hispalense).
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