Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Convento de Nuestra Señora de los Remedios, de los Carmelitas Descalzos, actual sede de "La Galería de ABC", de Sevilla.
Hoy, 5 de enero, es el aniversario de la toma de posesión (5 de enero de 1574) de la Ermita de Nuestra Señora de los Remedios, por parte de la orden carmelita, así que hoy es el mejor día para ExplicArte el desaparecido Convento de Nuestra Señora de los Remedios, de los Carmelitas Descalzos, actual sede de "La Galería de ABC", de Sevilla.
El desaparecido Convento de Nuestra Señora de los Remedios, de los Carmelitas Descalzos, actual sede de "La Galería de ABC" [nº 111 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 30 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la plaza de Cuba, 10; en el Barrio de Los Remedios, del Distrito de Los Remedios.
Hoy, 5 de enero, es el aniversario de la toma de posesión (5 de enero de 1574) de la Ermita de Nuestra Señora de los Remedios, por parte de la orden carmelita, así que hoy es el mejor día para ExplicArte el desaparecido Convento de Nuestra Señora de los Remedios, de los Carmelitas Descalzos, actual sede de "La Galería de ABC", de Sevilla.
El desaparecido Convento de Nuestra Señora de los Remedios, de los Carmelitas Descalzos, actual sede de "La Galería de ABC" [nº 111 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 30 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la plaza de Cuba, 10; en el Barrio de Los Remedios, del Distrito de Los Remedios.
La Orden Carmelita, de lejanas resonancias bíblicas y eremíticas, toma su nombre del lugar donde tuvo sus orígenes: el Monte Carmelo, cordillera de Palestina asociada al recuerdo del profeta Elías quien llevó allí una vida eremítica junto con sus discípulos, narrada en el Antiguo Testamento (Libro II de los Reyes, 2), lugar que fue considerado santo según la más antigua tradición cristiana apoyada por los Padres de la Iglesia (San Gregorio, San Jerónimo, San Agustín, San Basilio). Las masivas peregrinaciones a Tierra Santa de los cruzados y la conquista de ésta a los musulmanes con la tercera cruzada a fines del siglo XII, posibilitó la instauración del Reino Latino de Jerusalén y el establecimiento de grupos de ermitaños latinos en el Monte Carmelo, en donde el recuerdo de Elías estaba vivo gracias a las narraciones bíblicas y a la tradición patrístico-eremita. Con el paso del tiempo y especialmente en la época de la Contrarreforma, los carmelitas sintieron la necesidad de tener a una figura santa que personificase su forma de vida, toda vez que no poseían un fundador al estilo de las otras órdenes religiosas, lo que propició el desarrollo de la conciencia eliana, ante el hecho de habitar en el Monte Carmelo, integrándose en la espiritualidad carmelitana como nota específica e individualizante. Según la narración de un peregrino francés que escribe en 1231, sabemos que existía un oratorio en medio de las lauras de los ermitaños, dedicado a la Virgen, por lo que fueron conocidos como Hermanos de Nuestra Señora del Monte Carmelo, título que aparece ya en una bula pontificia de 1252. Estos eremitas que mantenían vivo el "espíritu" de Elías, solicitaron a principios del siglo XIII a Alberto, patriarca latino de Jerusalén, una regla o norma de vida para organizarse, que quedó redactada en 1209 y es conocida como Regla Primitiva o Regla de San Alberto, que se caracteriza por su esencia eremítica con algunas concesiones a la vida comunitaria, insistiendo en el silencio, la oración, el ayuno riguroso, la abstinencia, y el trabajo manual como medio de subsistencia, a lo que se añadían los tres tradicionales votos de pobreza, obediencia y castidad. La aprobación pontificia fue dada por Honorio III en 1226 y confirmada por Gregorio IX tres años más tarde en la bula Ex Offici Nostri.
Pero los conventos o eremitorios de Oriente vivían bajo la amenaza constante de los ataques de los musulmanes, lo que hizo que muchos de sus miembros se trasladasen a Europa, considerándose la primera fundación carmelita en el continente la de Valenciennes en 1235, experimentando a lo largo de todo el siglo XIII un notable crecimiento. Finalmente, con la conquista sarracena de San Juan de Acre en 1291 y la matanza de los carmelitas que quedaban en el Monte Carmelo se pone fin a la Orden en Tierra Santa, rompiéndose las raíces orientales e inaugurándose definitivamente su ciclo europeo. El establecimiento en Europa coincidió con la proliferación de las órdenes mendicantes, que planteó a los ermitaños de Santa María del Monte Carmelo la alternativa de adaptarse a la forma de vida mendicante o continuar con su estilo eremítico y contemplativo. Se resolvió hacer una adaptación de la Regla, siendo el inglés Simón Stock, prior general durante veinte años, quien puso las bases de la nueva espiritualidad. Fue aprobada en 1247 por el papa Inocencia IV y aunque conservaba su espíritu contemplativo, se encamina hacia el apostolado característico de los mendicantes, se mitigaba el silencio y el ayuno, y se podía fundar con libertad, constituyéndose provincias con sus priores provinciales y sus capítulos, centralizadas todas en un Capítulo General como órgano supremo de gobierno con un prior general al que estaban sometidos todos los frailes. El papa Juan XXII extendió a los carmelitas en el año 1317 los privilegios que gozaban franciscanos y dominicos, con lo que alcanzaron plenamente la condición de mendicantes.
El Capítulo General celebrado en el año 1256 autorizó la fundación de conventos en España, comenzando la expansión en la Península por Cataluña y Aragón y extendiéndose rápidamente a lo largo del XIV. Durante el siglo XV el Carmelo padeció, al igual que el resto de las órdenes, la relajación de la vida espiritual y el desgobierno en sus conventos, surgiendo movimientos de observancia que insistían en la pobreza, el espíritu contemplativo y en la devoción mariana. Fundamental movimiento reformista en España fue el llevado a cabo por Santa Teresa de Jesús, quien habiendo reformado la rama femenina promovió la del Carmelo masculino. Con licencia del padre Rubeo, General de la Orden, en 1567, los padres Alonso González, provincial de Castilla, y Ángel Salazar, prior de los carmelitas de Ávila fundan las dos primeras casas de descalzos, manteniéndose aún la Orden unida. Rápidamente, a pesar de la austera vida adoptada, comenzaron a crecer las vocaciones y aumentar el número de monasterios que se reformaron. Este nuevo estado de cosas creó problemas de jurisdicción que determinaron la intervención papal, que nombró a tres dominicos para solucionar las fricciones entre calzados y descalzos. Pero la realidad fue otra, creándose un clima de conflicto y protesta que duró varios años. Con la mediación de Felipe II, el Papa Sixto V otorgó un breve en 1586 por el que concedía la separación de los calzados como Orden independiente, que fue ratificado posteriormente por Clemente VIII. Poco después se produciría una nueva disgregación en los conventos italianos que dará lugar a la separación por congregaciones de la gran familia carmelita, por un lado los conventos italianos y europeos con su propio general superior, y por otro los de España, Portugal y América. En el siglo XVIII la Orden alcanzó su mayor desarrollo en número de casas y de miembros; sin embargo, tras la revolución francesa vinieron las sucesivas supresiones de instituciones religiosas. En la actualidad los Carmelitas tanto calzados como descalzos cuentan con un extenso número de conventos en todo el mundo.
En 1573 el padre fray Jerónimo Gracián de la Madre de Dios (1545-1614), discípulo de Santa Teresa y continuador de la reforma del Carmelo, en calidad de vicario y visitador apostólico de la Orden viene a Andalucía, llegando a Sevilla ese mismo año y hospedándose durante dos meses y medio en el convento Casa Grande del Carmen. Venía acompañado de fray Ambrosio Mariano Azaro de San Benedicto, soldado e ingeniero de origen napolitano, autor para Felipe II en 1561 de un proyecto de navegación del Guadalquivir hasta Córdoba, quien el 13 de julio de 1569 profesó en el convento carmelita de Pastrana y quien previamente había llevado una vida retirada en la ermita de San Onofre de Sevilla, junto a Juan de la Miseria que igualmente ingresó en dicho convento, manteniéndose siempre como hermano lego, y quien también acompañó al padre Gracián -recordemos que de fray Juan de la Miseria es el único retrato de Santa Teresa de Jesús, que se conserva en el convento sevillano de las Teresas-. Deseoso de fundar convento de descalzos en la ciudad, fray Jerónimo Gracián solicita al arzobispo D. Cristóbal de Rojas y Sandoval el correspondiente permiso y un lugar para ello; ofrecido diversos sitios, como la antigua ermita de Nuestra Señora de Belén ubicada en la Alameda, finalmente el arzobispo les otorgó la ermita de Nuestra Señora de los Remedios, situada a orillas del Guadalquivir en la parte de Triana, tomando posesión de ella el 5 de enero de 1574 y colocándose el Santísimo al día siguiente. El hecho de esta nueva fundación provocó tensiones en la comunidad carmelita que argüía que Gracián no tenía poder para realizar fundaciones a lo que éste argumentaba que por su condición de comisario y visitador apostólico sí le estaba permitido.
No coinciden los cronistas Alonso Margado y Ortiz de Zúñiga sobre los orígenes de la ermita de los Remedios. Margado señala que fue un ermitaño conocido como fray Pedro (+1553) venido a Sevilla hacia 1540 quien fundó en la vega del Guadalquivir una ermita donde retirarse y acabar sus días, colocando una imagen de la Virgen con la advocación de Nuestra Señora de los Remedios que pronto se convirtió en protectora de las gentes de la mar que surcaban el río, a la que se encomendaban antes de emprender sus viajes, especialmente los largos y arriesgados hacia las Indias. Los cronistas repiten cómo desde las naos y bajeles que salían del frontero puerto, los marineros saludaban con salvas de artillería a su paso por el santuario situado en la ribera de Triana, en donde "el santo patrón... juntando tablas y maderos de los navíos rotos, formó una capilla con su altar en donde puso una devotísima imagen de bulto de la gloriosa Virgen Nuestra Señora... la gente sevillana... comenzó a favorecer con sus limosnas la nueva hermita, con que se yva cada día mejorando. Y un devoto de Triana le dio allí un pedaço de tierra que lindaba con la hermita, para su huerta"; por bula de Pablo III quedó agregada a la basílica de San Juan de Letrán en Roma y muerto fray Pedro el Arzobispo de Sevilla don Fernando de Valdés la adjudicó a su visitador, lo que le acarreó pleitos con otros pretendientes, entre ellos Rodrigo del Castillo, hasta que el Arzobispo don Cristóbal de Rojas y Sandoval la entregó a los carmelitas. Para Ortiz de Zúñiga, quien sigue a los cronistas descalzos del Carmelo, la fundación de la ermita de los Remedios tuvo lugar en el año 1526 por el canónigo de la catedral de Sevilla Martín de Gasca o Gasco, a cuyo cuidado estaba un ermitaño llamado fray Rodrigo, siendo en 1529 unida a San Juan de Letrán por bula del pontífice Clemente VII. Sea como fuere, resulta clara la existencia de una primitiva y modesta ermita o altar cubierto en ese extremo del arrabal de Triana a cuyo cuidado estuvieron ermitaños, entre ellos los mencionados fray Pedro y fray Rodrigo. Progresivamente, con la devoción y limosnas de las gentes de la mar y otros personajes, fue mejorándose y acrecentándose hasta constituir un recinto importante que levantó las suspicacias de los frailes del cercano convento de la Victoria y los intereses de clérigos y canónigos, pasando a ser patronato del arzobispado de la ciudad hasta su cesión a los carmelitas descalzos, para quienes la donación del santuario y sus pertenencias fue de total agrado, en un paraje alejado de la ciudad, con bellas vistas del recinto amurallado y de la vega del Guadalquivir y con una amena huerta, que pronto será ampliada con terrenos a su alrededor. La gran devoción que gozaba la Virgen de los Remedios no sólo entre los mareantes y vecinos de Triana sino también en la ciudad de Sevilla con devotos que cruzaban el puente de barcas para encomendarse a la popular imagen, determinó a los nuevos moradores que ésta continuara como titular del naciente convento, que tomó el nombre de Nuestra Señora de los Remedios.
Tras acomodarse en lo que serían las modestas dependencias de la ermita, los carmelitas emprendieron la construcción del monasterio contiguo a ella. Sin embargo, la proximidad a la orilla del río provocaba la inundación del inmueble, y la excesiva humedad del terreno socavaba sus cimientos y hacía enfermar a los frailes: "aunque en la época de la fundación el convento esta en un sitio elevado, con las muchas venidas del río ha dejado tanto tarquín y lamo que ha venido a quedar tan bajo el dicho convento, que se inunda todo lo interior de el las veces que sale de madre; con lo cual se ha hecho su habitación tan enferma de que mucho años a esta parte lo está casi toda la comunidad todos los veranos, y mueren muchos; y algunos años ha sido necesario llevar seglares para cuidar a los religiosos por haber enfermado todos", motivos por los que los carmelitas se vieron en la necesidad de trasladar su convento en 1649 "a otro sitio más alto y sano que está entre dicho convento y el barrio de Triana a la misma vera del río, sin entrar en la población", en donde labraron nuevo monasterio e iglesia, cuyo ritmo constructivo fue lento pues el templo no estuvo terminado hasta el año 1700 en el que fue consagrado el 10 de octubre por el arzobispo don Jaime de Palafox, siendo prior fray Andrés de Jesús María y realizándose solemnes fiestas y predicaciones.
Hay que señalar que son muchas las noticias que nos hablan de los daños, ocasionados por inundaciones, vientos y demás inclemencias meteorológicas, tanto en el antiguo como en el nuevo monasterio. En la riada de 1603 la campana de la torre de la iglesia se cayó, "con muerte instantánea del fraile que la tañía" en petición de socorro por estar el convento inundado. En su auxilio el asistente de la ciudad D. Bernardino de Avellaneda, pese a lo arriesgado que resultaba, fletó un barco tripulado por veinticuatro remeros que recogieron a los religiosos que fueron trasladados al convento del Santo Ángel de su misma Orden. De la riada del año 1618 los carmelitas de Los Remedios quedaron tan mal que el arzobispo de Sevilla don Pedro de Castro y Quiñónez les otorgó una cuantiosa limosna. En 1725 consta de nuevo estragos producidos por la avenida de este año, en el que a causa del fuerte viento las tapias de la huerta fueron derribadas, quedando completamente anegada por la crecida del río. En la riada de 1784 se perdió toda la cosecha de naranjas, producto cuya venta suponía la principal fuente de ingresos con que contaban los frailes para su sustento. A pesar de tan dramática situación el convento acogió y mantuvo a cincuenta vecinos desvalidos.
La institución carmelita hubo de jugar un papel importante, pese a su condición de pobreza y austeridad, en la vida del cada vez más populoso arrabal de Triana, muy vinculado a la actividad marinera de la carrera de Indias. La ubicación ribereña de los Remedios, próximo al entonces llamado "puerto camaronero" o de las Muelas, en donde se habían instalado los astilleros y talleres de carenado, constituyó un lazo religioso para todo el vecindario y especialmente para las gentes de la mar, acrecentado por la especial devoción a la Virgen de los Remedios por su intercesión en los viajes por mar, a la que los bajeles honraban haciendo salvas de artillería cuando llegaban a la altura del monasterio, fundándose además una piadosa cofradía que sacaba a la imagen en procesión en el mes de mayo.
Sabemos que en 1613 el convento se vio afectado por el incendio, al menos su huerta, provocado por las explosión de los molinos de pólvora de Damián Pérez Galindo, que situados a orillas de río y contiguos a los Remedios "450 pasos de vara", destruyó, según las crónicas, más de treinta casas de alrededor y murieron mucha gente, lo que abrió un contencioso para que estos molinos y otros cercanos de otro propietario se colocasen en un lugar más apartado.
Con el paso del tiempo el convento de Los Remedios fue arraigándose en la vida de Triana, mejorando sus instalaciones y acrecentando su patrimonio como se confirma en el último tercio del XVIII con la ampliación de la iglesia, ejecución de nuevos retablos y otras piezas artísticas. Considerable en dimensiones y abundancia de los productos de su huerta, que fue progresivamente aumentada por los frailes con tierras de alrededor del monasterio, siendo muy celebrada su producción de naranjas, limones y hortalizas, en la que "un suntuoso estanque en medio, que con su noria lo tiene siempre lleno de agua del Guadalquivir por una grande acequia en tan costoso edificio"; huerta en cuyo solar se construiría a partir de la década de los cuarenta del siglo XX buena parte del actual barrio de los Remedios, nombre tomado del monasterio en cuyo terreno se vino a asentar.
No consta la fundación o residencia continuada de hermandades y cofradías en el convento, sólo existe referencia a la estancia de forma temporal de dos corporaciones. Una fue la de la Entrada de Jesús en Jerusalén y María Santísima del Desamparo que tras la exclaustración y cierre del vecino convento de la Victoria donde residía, vino a alojarse con sus retablos e imágenes a los pies de la nave del evangelio del templo carmelita hasta la revolución de 1868 en que fue cerrado al culto, perdiéndose las imágenes y disolviéndose la corporación. Igualmente se custodió en Los Remedios las imágenes de una hermandad desaparecida a mediados del siglo XVIII llamada del Santo Ecce-Homo y Nuestra Señora del Camino que estuvo establecida en la llamada capilla de los Mártires, en Triana, cercana al convento de la Victoria. Dichas imágenes residieron en la nave del evangelio hasta el cierre al culto de la iglesia en 1868, en que pasaron a la parroquia de Santa Ana.
En 1810 el convento fue ocupado y saqueado por las tropas francesas, quedando la iglesia sin uso hasta 1811 en que tras la marcha de los invasores fue reabierta al culto con solemne función el domingo 11 de septiembre, como ayuda de la parroquia de Santa Ana, gracias a la presión de los alcaldes y vecinos del barrio de Triana ante la autoridad que pretendía demolerla. En el año 1814 volvería la comunidad carmelita a ocupar el monasterio, de donde sería definitivamente expulsada en 1835 en cumplimiento de los decretos desamortizadores. El templo continuó abierto como auxiliar de la parroquia de Santa Ana pero el convento en 1844 estaba todo derribado. En 1868 la iglesia fue incautada por la Junta Revolucionaria que la sacó a pública subasta el 20 de julio del siguiente año. De nada sirvió la carta del Provisor y Vicario del Arzobispado de Sevilla al Ministro de Gracia y Justicia solicitando la paralización de la subasta y la vuelta al uso religioso, "tan necesario para el crecido número de feligreses del arrabal". El templo quedaría cerrado y abandonado hasta que a comienzos del siglo XX Rafael González Abreu lo adquiere y restaura para donarlo a la ciudad convertido en Instituto Hispano Cubano de Historia de América, siendo inaugurado para la Exposición Iberoamericana de 1929. Para su nuevo uso el arquitecto Juan de Talavera y Heredia realizó entre 1928-29 una serie de modificaciones y añadidos en el interior y exterior del templo corno la remodelación de la fachada principal, añadido de un balcón en la lateral, creación de una planta en la nave para alojar una biblioteca y sala de lectura, una vivienda contigua a la cabecera para uso del propio González-Abreu, etc. Durante la guerra civil española la iglesia fue utilizada, entre otros usos, corno cuartel de las tropas alemanas del III Reich destacadas en la ciudad. Con la ruptura de relaciones entre el gobierno cubano de Fidel Castro y el régimen del General Franco la actividad de la nueva institución fue muy escasa. Con ocasión de la celebración de la Exposición Universal de 1992 en Sevilla, el recinto servirá como oficina de información y exposiciones -Expo-Info- y sede del Club Noventa y Dos, siendo el templo nuevamente intervenido en 1987 con la sustitución del forjado por otro metálico, nueva solería y recuperación del pequeño jardín-compás delantero de la fachada principal. Actualmente alberga un museo de carruajes. El inmueble fue declarado Monumento Nacional por Real Orden de 8 de febrero de 1931(Gaceta 17/ II/1931).
ARQUITECTURA
No es posible establecer con precisión el perímetro que tuvo el convento de Nuestra Señora de los Remedios al estar ubicado en un paraje abierto en el extremo este del arrabal de Triana, sin edificios paredaños a él ni vías de comunicación bien definidas que lo delimitaran. De las referencias literarias y documentos visuales se desprende que los espacios construidos fueron de menor significación que la amplia y rica huerta ceñida por un largo muro de cerramiento que, como ya comentamos, a veces sufrió las embestidas de las aguas en las crecidas del cercano Guadalquivir. González León, único autor que ofrece una somera descripción del monasterio, afirmaba que aunque "mediano", era "cómodo y con hermosas vistas", se entraba por un compás situado delante de la puerta principal de la iglesia ubicada a los pies de esta, espacio que correspondería actualmente con el patio ajardinado por el que se accede al inmueble desde la plaza de Cuba, patio que conserva a la derecha la que fuera vivienda del guarda realizada en la reforma de principios del XX. Además de al templo, el compás que poseía varias puertas y ventanas con rejas, daba paso al convento propiamente dicho, que se articulaba entorno a un patio principal de dos plantas de altura, formado por arcos sobre pilares, en torno al cual se distribuían las principales estancias como refectorio, sala capitular, sala de profundis, dormitorios, etc. Debió poseer además algún patio más de menor tamaño y de índole más doméstico así como instalaciones de carácter agrícola relacionadas con la producción de su feraz huerta.
Sólo la iglesia, aunque en parte alterada, ha llegado a nuestros días, inserta en una amplia manzana densamente construida con edificios de gran altura y volumetría, entre la plaza de Cuba y calle Sebastián Elcano que corre paralela al río y al costado de la iglesia. Hubo ser construida en la segunda mitad del siglo XVII, tras el cambio de ubicación del monasterio en 1649 a causa de las reiteradas inundaciones que padecía por su proximidad al río. Hay que señalar que ni del primitivo convento ni su iglesia existe referencia. De autor hasta el momento desconocido, su construcción fue lenta pues no se consagra hasta el año 1700; originalmente era de una planta a la que el arquitecto José Echamorro le añadió dos naves laterales, como queda recogido en su relación de méritos de 1786 para la obtención de la plaza de maestro mayor de la ciudad, en la que entre otras obras menciona dos naves laterales de la iglesia de los Remedios, en Triana, por lo que esta ampliación hubo efectuarse entre 1780-1785. Se trata de una iglesia de tres naves con crucero cubierto con cúpula sobre pechinas con decoración de yeserías barrocas en el interior, y al exterior con cubierta a cuatro aguas. La nave central con cubierta exterior a dos aguas con mansardas, es muy elevada y se cubre con bóveda de medio cañón con lunetos y arcos fajones que apean sobre un entablamento sostenido por pilastras toscanas. La fachada principal se sitúa a los pies y la fisonomía que hoy presenta se debe a la remodelación que realizó en 1928-29 Juan de Talavera; en el hastial que cubre las tres naves se abre un vano central adintelado de piedra enmarcado por pilastras sobre pedestal que sostiene una cornisa sobre la que se levanta un segundo cuerpo compuesto por frontón triangular partido con pináculos en los extremos y una hornacina semicircular enmarcada por pilastras estriadas, decorada con filetes mixtilíneos y rematada con frontón curvo con tres pináculos. El interior de la hornacina albergó una réplica en piedra de la Virgen de los Remedios que se veneraba en el interior, que hubo de desaparecer en los acontecimientos del siglo XIX, colocando en la intervención de principios del XX un busto de fray Bartolomé de las Casas realizado por el escultor José Laffita. Igualmente de esta fecha son las aperturas de las ventanas laterales del primer y segundo piso y las puertas anexas, debidas a Talavera y que mantienen el mismo esquema compositivo. El dintel de la puerta posee una decoración a base de tarjas y motivos vegetales con escudo en el centro. La portada lateral presenta varias aperturas de ventanas y sobre el vano central se sitúa un balcón con barandilla de hierro. La iglesia se completaba con una espadaña que no se ha conservado. Tras el presbiterio Talavera anexionó unas edificaciones que constituyeron la vivienda del mecenas que propició la restauración del edificio, Rafael González-Abreu. Igualmente a Juan de Talavera se debe la división del interior de la iglesia en dos plantas mediante un forjado de madera en donde se instaló la biblioteca y sala de lecturas del Instituto Hispano Cubano de Historia de América, división que sigue manteniendo aunque en la última intervención el forjado fue sustituido por otro metálico.
En el presbiterio, al que se accedía mediante cuatro gradas de jaspes rojos, se situaba el retablo mayor que fue concertado el 20 de abril de 1630 entre el ensamblador Alonso Sánchez y el prior fray Luis de San Jerónimo, el superior fray Francisco de Cristo y los once frailes que componía en ese momento la comunidad, según la planta y traza que le entregaba el prior. El artista se comprometía a darlo terminado en blanco ese mismo año por un precio de 800 ducados en moneda de vellón, a pagar en cuatro plazos, de los que existe documento notarial de dos de ellos, uno por 400 ducados otorgado el 16 de enero de 1631 al entonces prior fray Antonio de Jesús, y otra carta de pago por 200 ducados dada el 17 de mayo de ese mismo año, de lo que se colige que el retablo no estuvo terminado en la fecha estipulada. Es obra que se da por perdida, desconociéndose hasta el momento las circunstancias de su desaparición. Aunque de Alonso Sánchez existen referencias documentales de sus obras desde 1620, no se conservan ninguna de ellas que nos permita establecer algún paralelismo estilístico, si bien es cierto que éste hubo de atenerse a la traza que le entregó el prior como queda de manifiesto en la escritura notarial, por la que conocemos que el retablo montaba sobre un banco en cuyo centro se situaba un significativo sagrario, según se describe en el contrato, de planta cuadrada y cubierta semicircular, de buen tamaño para que cupiera la custodia de plata que poseía la comunidad, con columnas corintias enteras con traspilares, cornisa, y decoración de cartelas y dentellones y rematado en sus frontispicios con el escudo de la Orden tallado; dos figuras laterales "de relieve entero" y una pintura al óleo en la puerta lo completaban. El cuerpo principal del retablo se articulaba mediante cuatro grandes columnas corintias de fuste estriado que formaban tres calles, la central de mayor anchura que las laterales, con hornacina central semicircular, de pie y medio de profundidad, flanqueada por pares de columnas corintias enteras con sus traspilares, en donde se disponía la imagen de la Virgen de los Remedios sobre una peana. Sobre la cornisa con resaltos montaba un segundo cuerpo concebido como un ático, articulado mediante estípites que flanqueaban un panel central, con escudos de la Orden a los lados, y un relieve del Espíritu Santo en el remate. No se especifica las esculturas que lo completaba aunque sí que las habría de hacer "el mejor oficial que hubiere en Sevilla". Todo el retablo se insertaba a su vez en un gran arcosolio sobre grandes pilastras de orden compuesto, huecas para que pasaran las cuerdas de las campanas, pinjante en la clave y un Dios Padre de medio relieve.
El 30 de diciembre de 1718 el arquitecto de retablos Pedro de Torre, concierta con los carmelitas la reforma del retablo mayor "sobre lo que tiene lo que le falta para su perfección, según la planta y dibujo de pergamino que por parte de dicho convento se me ha entregado... y reparar todos los daños que tiene", trabajos cuyo costo ascendió a 650 ducados de vellón. El traslado del convento y la ejecución de una nueva iglesia terminada en 1700 hizo necesario el acondicionar el antiguo retablo al nuevo presbiterio y reparar los daños que pudo padecer con las sucesivas riadas que afectaron al convento y que determinó su traslado a un lugar un poco más alejado de la orilla del río. Desconocemos las características de la intervención de Pedro de Torre pero sin duda al clasicista retablo ensamblado por Alonso Sánchez hubo de añadirle nuevos elementos con una profusa decoración barroca, que hizo a González de León calificarlo como perteneciente al tiempo "del mal gusto", añadiendo que fue reformado y pintado por el escultor Gabriel de Astorga.
La imagen de la Virgen de los Remedios que presidía el retablo mayor no se ha conservado. Tras el cierre definitivo al culto de la iglesia en 1868 pasó a la parroquia de Nuestra Señora de la O, colocándose en el interior de hornacina acristalada de un retablo neoclásico situado hacia la cabecera de la nave del evangelio, hasta que fue destruida en los disturbios de 1936, quedando sólo el candelero y la corona de plata. Según Hernández Díaz y Sancho Corbacho se trataba de una imagen de vestir dieciochesca, por lo que no era la primitiva Virgen de la ermita de los Remedios que pasó a presidir y dar nombre al convento fundado por los carmelitas. El único testimonio visual de la Virgen de los Remedios es una réplica realizada en mármol que existió en una hornacina de la fachada principal de la iglesia, que fue adquirida por don Eduardo Ybarra a principios del siglo XX antes de la compra del templo por González-Abreu, y que actualmente se conserva en su domicilio, el antiguo palacio de los Jaén, en un pequeño patio contiguo al principal, en donde fue colocada en 1911. Situada sobre un pedestal quizás añadido con posterioridad, mide 1,90 m. de alto, con el Niño vestido y presentado frontalmente en actitud de bendecir. El rostro de la Virgen se enmarca con una toca, y lleva túnica y manto acampanados, ambos adornado con decoración floral y geométrica; a los pies apenas si se aprecia la media luna con cabeza de querubín en el centro. Esta imagen, quizás sea el testimonio iconográfico más cercano a la primitiva imagen que en fecha indeterminada fue sustituida, quizás coincidiendo con la inauguración del nuevo templo en 1700, por otra de candelero y de estilo barroco que fue la que pasó a la parroquia de la O.
Las naves y crucero de la iglesia poseyó un nutrido número de retablos y altares, a los que González de León consideraba de poco mérito, y cuya advocación quedó recogida en un inventario de los bienes del convento realizado tras la ocupación francesa, en el que lamentablemente sin ninguna característica que los identifique, fecha de ejecución o su iconografía. Estaban dedicados a Santa Teresa, San Juan de la Cruz, a la Virgen del Carmen, a San José, a la Virgen de los Dolores, al Cristo del Olvido, a San Miguel, a San Juan Bautista, a la Beata María de la Encarnación, a San Alberto, a San Cayetano, a Santa Bárbara, a San Elías y a Santa Ana. Con los acontecimientos del siglo XIX los retablos se destruyeron o dispersaron por iglesias sevillanas, como el que se halla en el lado del evangelio del crucero de la iglesia del Cachorro en Sevilla, de estilo rococó, a donde pasó en blanco y que actualmente está dorado y alberga la imagen de Nuestra Señora del Patrocinio. Los dedicados a San Miguel y San Juan Bautista se hallaban a los pies de la iglesia del lado del evangelio y fueron construidos entre 1714 y 1716 pues en 1713 ambas capillas estaban por "aderezar", según el aprecio realizado por el notario Nicolás de Leiba el 8 de noviembre de ese año a instancias del prior fray Francisco de Santiago. Gracias a las limosnas de diferentes vecinos de Triana como Juan Correa Bosa de Paz que colaboró con "material y maravedises" o el presbítero Juan Ortiz, fueron concluidas; así lo testimonia el citado notario el 16 de marzo de 1716, quien señala que el San Juan Bautista que presidía el retablo a él dedicado era de madera y de vara y media de alto aproximadamente, al igual que el San Miguel de la capilla contigua y última del lado del evangelio aunque este era de barro. Sabemos que los retablos estaban compuestos por piezas de retablos antiguos y retazos de tafetanes viejos. Las capillas estaban soladas con losetas cuadradas vidriadas en color blanco y negro y se cerraban mediante verja de madera de siete cuartas de alto, con sus balaustres pintados en negro.
Por un contrato fechado el 8 de agosto de 1620 entre el escultor Juan de Mesa y los religiosos del también convento carmelita del Santo Ángel de Sevilla, sabemos que los Remedios poseyó un San José con el Niño de la mano, actualmente sin identificar, que sirvió al artista de modelo "de conformidad de otro santo con su niño questa en la iglesia de nuestra señora de los remedios de triana de dicha orden".
Una última referencia al patrimonio escultórico de Los Remedios la hallamos en nuestro inseparable González de León, quien menciona en el altar mayor a dos ángeles mancebos que atribuye a Pedro Roldán no identificados.
PINTURAS
La única referencia hasta el momento sobre la existencia de pinturas en el convento de los Remedios la hallamos en Tassara y González, quien siguiendo a Serrano Ortega situaba en el claustro una obra de grandes dimensiones realizada por Domingo Martínez que representaba el "Misterio de la Concepción", que pasó al Museo de Pinturas inventariada con el número 76. Actualmente se conserva en la pinacoteca sevillana con fecha de ingreso en 1840, una Apoteosis de la Inmaculada de gran tamaño (276 x 543 cm.), firmada por Domingo Martínez y con el número 74 de inventario antiguo, que viene considerándose como obra procedente del monasterio de San Francisco de Sevilla o de algún otro de franciscanos, por presentar en su iconografía santos de esa Orden. Creemos que esta pintura corresponde a la citada en el claustro carmelita, para donde fue pintada o donde se colocó tras el cierre del convento de San Francisco. Se trata de una interesante y ambiciosa composición, cuya fecha de ejecución se ha establecido en torno a 1740. Centra la escena una Inmaculada de aires murillescos sobre trono de nubes poblado con numerosos y movidos angelotes, y flanqueada por el Venerable Duns Scoto y sor María de Agreda, fervientes defensores en sus escritos del dogma de la Inmaculada. A la izquierda figuran los distintos papas que redactaron bulas a favor de la creencia inmaculadista, mientras que a la derecha aparecen los monarcas hispanos Felipe IV, Carlos II y Felipe V que habían asistido ante Roma para la resolución de esta causa. Un rompimiento de gloria completa la composición en donde se identifican a los Cuatro Padres de la Iglesia junto con San Andrés a la izquierda y San Francisco con un grupo de frailes de su Orden a la derecha (Matilde Fernández Rojas. Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Benedictinos, Dominicos, Agustinos, Carmelitas y Basilios. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2008).
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