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sábado, 13 de junio de 2026

El desaparecido Convento de San Antonio de Padua, de los Franciscanos Observantes

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Convento de San Antonio de Padua, de los Franciscanos Observantes, de Sevilla.        
     Hoy, 13 de junio, Memoria de San Antonio, presbítero y doctor de la Iglesia, que, nacido en Portugal, primero fue canónigo regular y después entró en la Orden recién fundada de los Hermanos Menores, para propagar la fe entre los pueblos de África, pero se dedicó a predicar por Italia y Francia, donde atrajo a muchos a la verdadera fe. Escribió sermones notables por su doctrina y estilo, y por mandato de san Francisco enseñó teología a los hermanos, hasta que en Padua descansó en el Señor (1231) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].   
      Y que mejor día que hoy para ExplicArte el desaparecido Convento de San Antonio de Padua, de los Franciscanos Observantes, de Sevilla.
      El desaparecido Convento de San Antonio de Padua, de los Franciscanos Observantes, se encontraba en la manzana formada por las calles San Vicente, Curtidurías, Torneo, y Narciso Bonaplata; en el Barrio de San Lorenzo, del Distrito Casco Antiguo.
   Bajo la denominación de los Franciscanos se engloba a los miembros de las distintas ramas de la Orden religiosa mendicante fundada en Italia por San Francisco de Asís (1182-1226), como Orden de los Hermanos Menores (Ordo Fratum Minorum), la más popular de todas y una de las más grandes y fecundas del catolicismo. Francisco ha sido sin duda una destacada figura de la historia de la Iglesia, y en consecuencia del clero regular, representando uno de los hitos fundamentales de la espiritualidad cristiana, basado en la pobreza, la humildad, la caridad y una fe inquebrantable, valores con los que quiso hacer frente al estado de relajación y enriquecimiento en que se hallaba la vida monástica. Natural de la ciudad de Asís, en la Umbría italiana, hombre piadoso que aspiraba al ideal de igualar a Cristo, y a la vez sensible a la bondad y la belleza, en 1208 abandonó su casa y bienes y se retiró con otros frailes a la ermita, cedida por los Benedictinos, de Nuestra Señora de los Ángeles o de la Porciúncula, cerca de su ciudad natal, donde llevó una vida rigurosa conjugando el retiro del claustro con la actividad apostólica. Redactó en 1209 una regla, sencillo documento para la conducta básica a seguir por sus frailes, que insistía en la imitación de la vida de Cristo mediante la pobreza absoluta, la negación de uno mismo, el servicio a los pobres y enfermos y la predicación del Evangelio, regla que fue aprobada sin bula por Inocencio III, por lo que es llamada Regla no bulada. La naciente Orden tuvo una rápida y numerosa propagación, pese a la dureza de sus condiciones de vida, gracias al activo y generoso apostolado de sus miembros atendiendo a las necesidades materiales y espirituales de los más necesitados; la presencia del propio San Francisco, su humildad y a la vez fuerza espiritual conmovían a los pueblos, prelados y nobles. Los bellos documentos que escribió a lo largo de su vida, llenos de piedad y amor por la creación son testimonio de su gran personalidad. Fue canonizado por Gregorio IX.
     La rápida expansión del franciscanismo hizo necesaria una revisión en el orden organizativo y normativo de la comunidad que ya en 1217 se dividió, además de la de Italia, en cinco provincias, entre las que ya contaba la de España. Se redactó un nuevo texto en 1221 con más de veinte capítulos que en 1223 fue reformado, reducido a doce, siendo aprobado ese año por bula pontificia; es conocida como Regla bulada, en contra­posición a la dada por San Francisco. Esta duplicidad iba a condicionar la evolución posterior de la Orden entre los que querían seguir el ideal primitivo del fundador y los que aceptaban las reformas recogidas en la regla bulada, que terminó por imponerse por confirmación de Gregorio IX en 1231, y supuso la total institucionalización y organización jerárquica de la Orden, que estaba encabezada por el Ministro General y su delegado, el Vicario General, y por Ministros Provinciales. Célula básica de la vida franciscana era el convento cuyo superior recibía el nombre de guardián; la custodia era una circunscripción que no llegaba a formar provincia y que reunía a seis o siete casas, con un hermano custodio al frente. La provincia era la división administrativa territorial que aglutinaba un número de conventos, cuya máxima autoridad era el Padre Provincial. En el siglo XIV y ante la paulatina relajación de las costumbres religiosas entre los Hermanos Menores, sobre todo a lo que a pobreza, apostolado y obediencia se refiere, se produce un movimiento de reforma espiritual y disciplinario con objeto de recuperar el primitivo modo de vida preconizado por San Francisco, que cristalizará en la rama de los llamados Franciscanos Observantes. Esta observancia fue cuajando, aunque no sin dificultades, hasta que finalmente se impuso en todos los conventos; por bula de León X de 1517 se establecía la observancia como heredera del espíritu primigenio franciscano, decretándose la paulatina desaparición de la conventualidad. En el siglo XVI y al hilo de los movimientos de reforma dentro de la Iglesia, surge en el seno de la familia franciscana un nuevo deseo de volver a la simplicidad primitiva de la Orden, a una más pura y radical observancia de la regla. Promovida por fray Mateo de Bassi o de Bascio, esta vuelta a la esencia del franciscanismo se basaba en la pobreza, caridad, contemplación y en general en unas pautas de comportamiento inspiradas en la vida del fundador. Llamados en sus comienzos Frailes Menores Ermitaños, los miem­bros de esta nueva rama descalza recibieron el nombre de Capuchinos, quienes, no sin oposición al principio, se desligaron en 1528 de los Observantes; en 1578 fueron autorizados por Clemente VIII a extenderse por otros países, siendo aprobadas sus constituciones en 1643 por Urbano VIII. Esta nueva familia franciscana se diferenció en su aspecto externo por su hábito y manto corto de sayal pardo oscuro, la capucha puntiaguda, las sandalias y la barba larga, y constituyó durante la Contrarreforma uno de los más serios baluartes de la Iglesia católica, con una propagación sorprendente en el tiempo y espacio.
     Los franciscanos en España. Los datos sobre la llegada de los Franciscanos a España son discutibles y discutidos por los investigadores de la Orden por no existir documentación de primera mano que acredite con certeza este extremo. Al parecer, en 1209 un grupo de frailes encabezados por Bernardo de Quintaval, Gil de Asís y Pedro de Catania llegó a la Península en misión apostólica; entre 1213 y 1214, se sitúa la venida a España del propio San Francisco, bien para visitar la tumba del Apóstol Santiago o para marchar a predicar a Marruecos. La implantación oficial del franciscanismo se fecha en 1217 con la comunidad abierta por el referido fray Bernardo de Quintaval. La expansión de la Orden, condicionada por el ritmo de la conquista de los territorios musulmanes, fue sin embargo muy fructífera en número de casas y de miembros, constituyéndose en 1219 la Provincia de España con el florentino fray Juan Parenti a la cabeza. Desde al menos 1232 consta la división de ésta en tres: la de Santiago, que abarcaba el noroeste peninsular incluido el Portugal cristiano, la de Aragón que comprendía este reino y el de Navarra, y la de Castilla, provincias de las que surgirían varias custodias que acabaron por constituirse en nuevas provincias, como ocurrió en Andalucía una vez completada la reconquista. A fines del siglo XIV había en la Península ciento veintitrés conventos. Después de Italia, España es sin duda la nación donde con más fuerza arraigó el franciscanismo, con muy buena acogida entre el pueblo y las autoridades, cuyo incremento geográfico-demográfico durante la Edad Media multiplicó su actividad desarrollada no sólo en el ejercicio del apostolado, sino también actuando como embajadores de los monarcas ante el Papa y a la inversa, como capellanes militares o como consejeros y confesores de nobles y reyes; en 1389 Martín el Humano les confiere perennidad en el oficio de confesores, y Enrique III hizo orlar sus armas reales con el cordón franciscano además de establecer en sus dominios la obligatoriedad de la celebración de la festividad de San Francisco. Con los descubrimientos de tierras americanas los franciscanos hallaron un nuevo y amplio campo de intenso apostolado a través de las misiones, que abarcaron el territorio asiático.
     En tierra hispana se verificaron las fases de relajación y reforma que en general vivió la Orden, siendo el cardenal y también franciscano Cisneros, quien mediante diversas autorizaciones pontificias impuso a comienzos del siglo XVI la Observancia en todos los conventos de Castilla, llegando más tarde la reforma a las provincias de Santiago y Aragón, ya en el reinado de Felipe II. Al propio tiempo se desarrollaron corrientes de revisión de la propia observancia que cristalizará en la rama descalza franciscana, que en España tuvo como punto de partida el año 1469, cuando el papa concede a fray Juan de la Puebla autorización para reformar su hábito y retirarse a un eremitorio con sus seguidores. Su sucesor, fray Juan de Guadalupe, consiguió un nuevo impulso al lograr por breve pontificio de 1499 la primera custodia de la descalcez, lo que supuso no pocos y serios conflictos jurisdiccionales y espirituales. La independencia definitiva de los Observantes llegará en 1506, recibiendo los Descalzos un gran empuje al ingresar en sus filas San Pedro de Alcántara (+ 1562) -por lo que también es conocida esta rama como Alcantarinos- con quien se alcanza la plena consolidación; durante el siglo XVII los Descalzos Franciscanos contaron con el apoyo de la monarquía, especialmente de Felipe III lo que significó una gran difusión por todo el reino. A estas ramas de la familia franciscana en España hemos de sumar la de los Capuchinos que se estableció en la Península en 1578, no sin serías dificultades ante la negativa de Felipe II. La fama de los religiosos venció las prohibiciones y los conventos capuchinos fueron proliferando primero por Cataluña, Aragón y Valencia; hasta 1609 no se implantan en Castilla, con la fundación de un convento en Madrid. La Provincia de Castilla se constituyó en 1618 y de ella se desgajó en 1637 la de Andalucía. El número de conventos fue creciendo hasta alcanzar la cifra de ciento veinticinco en 1782 y en la misma proporción el número de religiosos, hasta que a fines del siglo XVIII debido a las convulsiones políticas inició un rápido descenso que igualmente se dio en el resto de la familia franciscana de España, lo que se vio agravado por las medidas legislativas del siglo XIX.
     En Andalucía la presencia franciscana se produce a medida que avanzan las conquistas de los monarcas castellanos sobre los territorios musulmanes, siendo las primeras fundaciones los conventos de Baeza, Úbeda y Córdoba. La toma de Sevilla en 1248 significó el total dominio del valle del Guadalquivir, un amplio territorio donde instalarse y llevar a cabo su apostolado los religiosos, como así sucedió. En el capítulo general de la Orden de 1260 ya se crea la Custodia Hispalense, dependiente de la Provincia de Castilla. En 1499 se erigía la Provincia Bética o de Andalucía. También tuvieron acomodo en la región el resto de las ramas franciscanas: Descalzos y Capuchinos; estos introducidos en España en 1578, se escindieron de los Observantes y constituyeron la Provincia de Andalucía en 1625.
CONVENTO DE SAN ANTONIO DE PADUA (FRANCISCANOS OBSERVANTES)
     San Antonio de Padua perteneció a la Provincia Franciscana Observante de Nuestra Señora de los Ángeles y fue fundado como convento-hospital a instancias del general de la Orden fray Buenaventura Calatagirona en 1595 con el objeto de servir de enfermería a los miembros de los conventos de San Francisco del Monte, San Francisco de los Ángeles de la Algaba y Nuestra Señora de Aguas Santas. A tal fin consiguieron un humilde edificio en las afueras de Sevilla y cercano al hospital de San Lázaro aunque parece les fue ofrecido por sus patronos el convento de Regina Angelorum, por entonces deshabitado de monjas, prefiriendo los franciscanos un lugar más apartado de la ciudad. No permanecieron en el por mucho tiempo, a causas de las riadas del Guadalquivir; la de 1596 dejó muy maltrecha la casa, situada en tierra muy baja, y en la que ya se habían emprendido obras para su mejora y ampliación. El superior fray Diego de Boroa solicitó al cabildo municipal como nuevo lugar de asentamiento una heredad de tierra calma de realengo, a las afueras de la Puerta de la Macarena, entre la plaza del Hospital de las Cinco Llagas y unas huertas propiedad de la parroquia de San Andrés. El asistente y el Marqués de la Algaba, junto con cinco regidores y tres jurados, fueron comisionados para comprobar la conveniencia del lugar, que finalmente fue cedido gratuitamente, tomando posesión los religiosos el 24 de octubre de 1597, siendo confirmada la cesión posteriormente por cédula real. Sin embargo, no perduró aquí la fundación que se trasladó definitivamente, con licencia del Ayuntamiento, a la collación de San Lorenzo, a unas viviendas compradas a Diego del Postigo, entre la calle Ancha de San Vicente y la muralla frente al Guadalquivir, y no lejos de la Puerta de San Juan. El 19 de abril de 1601, con anuencia del cabildo eclesiástico, tomaron posesión los padres de su ya definitiva casa, que al año siguiente ampliaron con el contiguo y pequeño edificio del hospital de San Pedro y San Pablo, que con la reunificación de 1587 fue agregado al del Amor de Dios, tomándolo primero los franciscanos a censo y "redimido más tarde con cierta permuta".
     Por un plano anónimo del convento conocemos su primitivo entramado interior formado por la adición de las construcciones referidas, en una compleja estructura en la que padres y enfermos se acomodaron durante veintisiete años, a la espera de que la situación económica permitiera la edificación de un convento-enfermería de nueva planta. Como iglesia debieron de utilizar alguna capilla preexistente, quizás la del Hospital de San Pedro y San Pablo si la tuvo, habilitar alguna sala o construir una provisional, en donde ya tuvo cabida la Hermandad del Buen Fin y Nuestra Señora de la Palma según el acuerdo firmado el 25 de marzo de 1605, año en que se trasladó desde su sede del Hospital de San Andrés. De este primer templo sabemos que estaba orientado de este a oeste, con puerta principal a la calle San Vicente y que la capilla de la referida cofradía se hallaba "como se entra a la dicha iglesia, sobre la mano siniestra, debaxo del coro, contecho baxo, media rexa de palo torneado, puerta a la calle y al aposento para cabildos circunvecinos", aposento con entrada de acceso al coro alto. Sobre parte esta capilla pisaban las celdas de los novicios. La primitiva enfermería que daba hacia la calle Curtidurías, era "corta para cuatro conventos que en ella concurren, estando muy juntos y cercanos los enfermos; suelen llegar estos a veinticuatro y más en número; padeciendo por esta razón graves descomodidades y por ser húmeda y de poco respiración de aires, nuevos achaques bien penosos".
     A primeros de enero de 1627, siendo provincial fray Juan de la Palma, comenzaron las obras del nuevo convento que se vieron interrumpidas en varias ocasiones por la escasez de medios económicos. El 9 de abril de 1652 comenzó la obra de la enfermería nueva, cuyo diseño se conserva, siendo terminada 1659, "... es alta y baxa, para todos los tiempos capaz, con su claustro muy aseado y las demas oficinas necesarias con comodidad, que componen un mediano convento, con su poco de jardín de varias flores y árboles, naranjas y limones agrios y dulces". En 1640 y gracias a la manda testamentaria de don Sebastián Jiménez y su esposa doña Juana Pérez, de fecha 8 de octubre, el convento conseguía una nueva ampliación de su perímetro con la incorporación de una casa y curtiduría compradas con la aportación de los generosos donantes de "dos mil quinientos ducados para la compra de una casa y tenería de la esquina de la calle ancha de san vicente, que mira a la que ba por un lado a la iglesia de san lorenço y por otro al husillo que sale al muro que afronta con las casas de jurado bartolomé gutiérrez pacheco... para acabar la obra que se esta haciendo", en donde se construyó el noviciado. Esta nueva anexión significó para los franciscanos el poseer la propiedad de la manzana entera. Por su parte el concejo municipal otorgó 81.438 maravedíes anuales "para llevar agua al dicho hospital de San Antonio", según consta en un recibo del año 1627.
     En el amplio perímetro pudo desarrollarse con el tiempo un buen convento-hospital, cuya construcción recibió un decisivo impulso bajo el provincialato de fray Juan de la Palma, con quien dio comienzo en 1627 la obra de las nuevas piezas conventuales que poco a poco fueron sustituyendo las viejas estancias, nueva enfermería, un amplio y hermoso claustro principal en el que trabajaron como operarios carpinteros y albañiles de la propia comunidad franciscana, y el claustro de la portería, terminado a fines del siglo XVII. En 1739 se concluía la ampliación del coro alto sobre la puerta de los pies del templo, sostenido por una doble arcada sobre columnas que embellecieron notablemente el ámbito del compás. En este año se levantó en ricos mármoles de colores la nueva y monumental escalera, situada entre los dos claustros mayores, y también en torno a este año se terminaron las dos espadañas, además de algunos altares para el interior de la iglesia, su solería de mármoles de Génova y los púlpitos de jaspes.
     San Antonio de Padua no sólo tuvo un carácter asistencial sino que dispuso de un noviciado en el que impartían estudios de teología. El convento tenía regularmente ochenta religiosos aunque una estadística de 1648 señalaba que ese año eran treinta y nueve. Cuidó de forma especial esta comunidad franciscana el culto a la Eucaristía y la práctica de la comunión diaria entre los fieles, con solemnes cultos, para los que se hizo en el cuerpo central del retablo mayor un tabernáculo para la custodia, "de cuatro varas y media por lo alto, y por lo ancho de dos varas y dos tercias; aquí se colocaba la Custodia, descúbrese su Majestad con artificio y autoridad...". Afortunadamente la rica custodia de plata se ha conservado.
     En San Antonio tuvo su sede la Venerable Orden Tercera, congregación piadosa formada por seglares que, vinculada a la Orden Franciscana, practicaba una religiosidad bajo su orientación espiritual, de gran auge y numerosos miembros a lo largo de los siglos. A ella estuvo ligada la familia Bucarelli y Tello de Guzmán, desde que a ella se vinculara don Nicolás Bucarelli en 1678 y donara a la corporación de la Esclavitud del Santísimo Sacramento unida a la Orden Tercera, un juro de 56.250 maravedíes de renta anual para celebrar diez fiestas en honor del Santísimo. La capilla propia bajo la advocación de Nuestra Señora de los Ángeles, se levantó en unos terrenos cedidos por los frailes el 21 de agosto de 1639, por 200 ducados de vellón, "que empieza desde la puerta que divide el patio de la sacristía hasta debajo de la escalera nueva de la tribuna de la señora marquesa de la algaba, para que a su costa se labre una capilla con altares, retablos, bovedas, sepulturas y demas que le pareciere con facultad de abrir puerta en la calle... y también con facultad de abrir dos postigos del altar del comulgatorio de la iglesia de dicho convento y para que encima de la dicha capilla se labre una sala de seis varas para guardar los ornamentos y demas alhajas... habiendo de abrirle puerta al compas". Tras la Desamortización de 1835 la Orden se disolvió.
     Radicaron en el convento dos hermandades penitenciales. La del Santo Sudario, Santísimo Cristo del Buen Fin y Nuestra Señora de la Palma, fundada hacia 1590 por el gremio de curtidores, parece que en la parroquia de San Juan de la Palma. Se situaba en la primitiva iglesia conventual, bajo el coro, según acuerdo de 25 de marzo de 1605 en que se estipula que "si se mudase de lugar la dicha iglesia, nos obligamos [los franciscanos] a darle el mismo sitio preeminente en el nuevo templo", lo que no fue así ya que la Hermandad labró capilla propia e independiente en el compás, a los pies de la nueva iglesia. Una escritura de 28 de octubre de 1641 aclara "abiendo mudado la iglesia por aberse labrado de nuevo... los hermanos en su nuevo sitio, levantaron la pared de la calle y la que atraviesa desde la puerta segunda hasta la iglesia, que sirve de testero a la dicha capilla, porque el testero y pared que mira al compás no se avía levantado". Y aquí permaneció hasta la exclaustración de 1835. La hermandad se refundó en 1883 y durante un tiempo estuvo en la parroquia de San Pedro, pasando de nuevo a la iglesia de San Antonio de Padua en 1908, donde permanece. De esta sabemos que su primera regla fue aprobada en 1593, que hacía estación de penitencia en la tarde del Miércoles Santo, como aún hoy la hace, y que entre sus miembros estaban los secretarios de la ciudad. Entre sus enseres se encontraba un Santo Sudario de Cristo, regalo del Provincial y General de la Orden fray Juan del Hierro, de gran devoción y en cuyo honor se realizaba una procesión claustral y sermón el Domingo de Ramos, saliendo procesionalmente en su estación de penitencia, sostenido por dos sacerdotes.
     Otra hermandad residió en la iglesia, la de Santa Isabel de Portugal, fundada por los naturales de esta nación residentes en Sevilla. Se situaba en la segunda capilla del lado del evangelio, según se entraba por la puerta de los pies de la iglesia, y próxima a la puerta claustral. Capilla que había sido donada por el Provincial de los franciscanos fray Juan de la Palma el 6 de mayo de 1642 al escultor Felipe de Ribas como parte del pago del valor del retablo mayor que estaba haciendo, "para que sea propia y pueda enterrar en la boveda y pueda poner retablo, losa, letrero, armas y demás adornos que quisiera". Cuatro años después, el 5 de octubre de 1646, el maestro renuncia a ella a favor de la hermandad, que ya la venía utilizando desde hacía dos años con consentimiento de su dueño. La cedió por la misma cantidad que la adquirió, 1.000 maravedíes, si bien 600 de ellos fueron dados en calidad de limosna por el matrimonio Ribas. La capilla fue adornada a costa de los hermanos portugueses con altar y retablo presidido por una buena talla de la titular y algunas pinturas. Durante la ocupación francesa debió de quedar arruinada y perdidos sus enseres, pues ya no se cita por los cronistas decimo­nónicos.
     Los franciscanos fueron expulsados y el convento convertido en cuartel en 1810 por los franceses, que se alojaron en él, momento en que hubo de ser destruido el retablo mayor de la iglesia. Sabemos que en ese año, ante la inminente llegada de las tropas napoleónicas y en cumplimiento de un bando del gobernador militar de Sevilla de 6 de abril de 1809, se apostó en el convento el tercer batallón de soldados. En 1813 regresaron los frailes y restauraron, en la medida que sus medios económicos se lo permitían, la casa y templo, inaugurado el 11 de junio de ese año. En 1822 la comunidad se vio forzada a trasladarse al convento de San Pablo, por dedicar el gobierno liberal a San Antonio como sede del Gobierno, volviendo los franciscanos al año siguiente. Con la Desamortización de 1835 fueron exclaustrados y desposeídos de sus bienes; el convento fue destinado a diferentes usos: cuartel, casa de vecinos, talleres mecánicos; en 1840 el industrial Narciso Bonaplata, estableció una fundición de hierro, tomando la zona de huerta y buena parte de la clausura; de esta fábrica salieron algunas de las piezas empleadas en la construcción del puente de Triana. La iglesia se mantuvo abierta al culto a cargo de un capellán, lo que la salvó de la piqueta. Durante algunos años de fines del siglo XIX las religiosas salesianas establecieron en la iglesia y dependencias anexas un colegio de niñas. Sin embargo, poco a poco los nuevos usos, la nece­sidad de apertura de nuevas calles que rompiera la gran manzana (Narciso Bonaplata, Capitán Pérez de Sevilla, Cristo del Buen Fin), y las construcciones modernas fueron mermando el perímetro y configuración interior. En 1935 los franciscanos consiguieron volver a su mermado convento; aún existía la iglesia y sacristía, el compás y el gran pórtico de acceso a la iglesia, al menos los dos claustros con su bella escalera de mármo­les de colores y parte de la enfermería. Pero lamentablemente no se llevó a cabo una restauración de las piezas conservadas sino que en 1956 se procedió al derribo de lo que quedaba del convento para levantar uno nuevo aunque de menores dimensiones, respetándose sólo la iglesia y sacristía y el pequeño compás lateral que hoy sirve de recoleto atrio. Estas permanencias están protegidas por Real Decreto de 2 de noviembre de 1990, estando incluidas dentro del Conjunto Histórico de Sevilla.
ARQUITECTURA
     El perímetro y la configuración arquitectónica definitiva del convento de San Antonio de Padua fue el resultado de sucesivas adiciones de inmuebles y de un largo proceso constructivo, que duró hasta la década de los años treinta del siglo XVIII. El germen fueron las casas de Diego del Postigo, adquiridas por los franciscanos en 1601, situadas en la collación de San Lorenzo, no lejos de la puerta de San Juan, entre la calle Ancha de San Vicente y la muralla frente al Guadalquivir. Al año siguiente los religiosos se hacían con el antiguo hospital de San Pedro y San Pablo, adyacente a las anteriores viviendas. En 1640 adquirieron unas casas y curtidurías que completaron el ámbito del convento en una amplia manzana delimitada al este por la referida calle San Vicente, al sur por la de Curtidurías hasta enlazar por el oeste con el callejón paralelo a la cerca de la ciudad, quedando al norte una estrecha calleja que, ampliada modernamente, corresponde con Santa Ana.
     Ya referimos la existencia de un plano anónimo del convento, cuya ejecución se ha situado en torno a 1630 que, aunque sin la anexión aún de la parcela de Curtidurías, permite conocer el entramado interior y la disposición de sus dependencias. La disposición de la iglesia la vemos en paralelo a San Vicente, y en su lateral se disponía el compás y la capilla de la Hermandad del Santo Sudario, Cristo del Buen Fin y Nuestra Señora de la Palma. La cabecera del templo se halla situada en este plano al sur, y detrás de ella una amplia estancia compartimentada que correspondería a la primitiva enfermería; el coro ocupaba los dos últimos tramos de los pies de la iglesia. La orientación del templo fue luego alterada al disponerse la cabecera al norte, con la sacristía tras el testero del presbiterio, y la capilla del Santo Sudario a los pies del templo. Hacia levante se encontraba una amplia parcela en la que se aprecian dos patios con dependencias adosadas a él, y la zona de huertas.
     González Moreno considera que en 1605 los franciscanos construyeron una pequeña iglesia que debió de estar terminada el 25 de marzo de ese año, fecha en la que la referida Hermandad del Santo Sudario acuerda con la comunidad su establecimien­to en el interior del templo. Nosotros nos inclinamos a pensar que, más que una iglesia de nueva planta, sería una acomodación a una preexistente que bien pudo ser la capilla del hospital de San Pedro y San Pablo, cuyo eje de orientación parece era de oeste a este, teniendo su entrada por la misma calle San Vicente. En 1607 se documentan trabajos decorativos en ella, diseñados por Juan de Oviedo y ejecutados por el escultor Pedro de Mora, según escritura de 8 de noviembre de ese año entre el albacea testa­mentario de Juan Gaitán con el referido escultor. Se trataban de tres escudos de armas de madera de cedro para la capilla mayor. El 24 de diciembre del mismo año y por 50 ducados el escultor Martín Cardeño se obliga a realizar dos escudos de mármol con las armas del referido Juan Gaitán, según trazas de Oviedo, y encima de cada uno un brazo con una espada, de yeso.
     Según el padre y cronista de la Orden fray Andrés de Guadalupe, a primeros de enero de 1627 daban comienzo las obras del nuevo convento-hospital, bajo el provincialato de fray Juan de la Palma, gran impulsor de esta renovación, con "planta y arte, para que dilatado permaneciese y pudiese tener más ministros y más acomodada enfermería". Sin embargo, ya hay constancia de trabajos constructivos en 1621, según escritura firmada el 6 de marzo de ese año por el arquitecto Andrés de Oviedo y el alarife Antonio Rodríguez, a quienes ya se les hace entrega de una planta del nuevo conven­to-hospital; maestros que por otra parte constan al frente de las obras hasta al menos 1627.
     Gracias a la planta dibujada de San Antonio de Padua antes de la demolición de lo que de él quedaba a mediados del siglo XX -sólo se ha conservado la iglesia y sacristía- a las descripciones recogidas por los cronistas, y a algunas planimetrías y antiguas fotografías, podemos conocer, al menos en parte, las características arquitectónicas del inmueble. El acceso principal se hallaba en la calle Ancha de San Vicente, por donde se ingresaba a un compás en paralelo con el muro de la epístola de la iglesia, que la bordeaba hasta los pies de ella, en donde se formaba un bello pórtico fruto de la ampliación realizada en 1739 del coro alto, (como quedaba recogido en el friso de la arcada "A.1739") cuyo último tramo salía unos metros de la crujía del templo, y se sustentaba sobre tres arcos de medio punto que descansaban sobre un total de doce columnas de mármol rojo unidas en grupos de cuatro sobre podios cuadrados en los extremos y grupos de dos en la parte central. Mirando al compás se formaban dos arcadas más en perpendicular con las anteriores, conformando todo ello un vistoso juego arquitectónico que lamentablemente fue derribado a mediados del siglo XX. El pórtico se cerraba con reja -quitada en 1844- y a modo de distribuidor servía de acceso al templo, con portada principal a sus pies, y, al frente, a la portería que daba paso a la clausura y enfermería.
     La iglesia nueva pudo estar terminada en torno a 1650 y como ya explicamos, cambió su orientación con respecto al plano de hacia 1630, pasando la cabecera a ocupar el lugar del coro, y la sacristía a la espalda del altar mayor, sitio en origen destinado al claustro de la portería. Es de planta basilical de tres naves de cuatro tramos, sustentadas por pilares cruciformes con pilastras adosadas, siendo el paso a las naves laterales mediante arcos de medio punto; posee un amplio crucero abovedado y cúpula sobre pechinas sin tambor ni linterna en el centro y sin ninguna decoración, siendo la cabecera del templo de testero plano con sacristía trasera de planta rectangular a la que se accede por dos vanos laterales en la cabecera del crucero, todo ello inscrito en un rectángulo. La nave central, más alta y ancha, se cubre con bóveda de cañón con lunetas con ventanales, y arcos fajones al igual que los brazos del crucero, mientras que las laterales se cubren con bóvedas vaídas sobre las que se disponen tribunas que se prolongan por el crucero y el presbiterio. El coro alto se sitúa a los pies sobre un gran arco rebajado, ganando en profundidad en la ampliación de 1739 en que se prolongó saliendo al compás en donde se sostenía por el juego de columnas que formaban el bello atrio. En torno a este año hay que situar la renovación del antiguo pavimento de la iglesia con el cambio de las losetas de barro por losas de mármol de Génova, arranca­das durante la ocupación francesa.
     La única portada conservada hoy es la lateral, en el segundo tramo del muro de la epístola; un sencillo vano adintelado enmarcado con pilastras y coronado por un frontón recto. En el mismo eje pero en el muro del evangelio se hallaba la puerta de la clausura, hoy inexistente, que salía al claustro principal. Precede a la portada lateral de acceso al templo el pequeño compás lateral cuya puerta es igualmente un vano adintelado entre pilastras cajeadas y remate en frontón curvo. No existe noticia de las características arquitectónicas y decorativas de la portada principal de los pies de la iglesia, hoy inexistente, en cuyo muro se abre ahora un gran ventanal. Un Memorial realizado entre el 22 de septiembre y 6 de noviembre de 1681, da cuenta de "la obra que se hizo para las fundaciones de la Señora Beatriz Moscoso", y se indica que ese año estaba terminada la portada de la iglesia, para la que se pagaban "78 reales del Aldabón con su serradura y llave y aldaba para la puerta principal", obras que fueron dirigidas por un innominado maestro albañil y ejecutadas por dos oficiales y cincuenta peones.
     Sobre el muro de la epístola de la iglesia se levantan dos espadañas independientes una de otra. La mayor se eleva sobre una pared rectangular de ladrillo con volutas enro­lladas coronadas con bolas cerámicas en los extremos; tres paneles cerámicos polícromos decoran este primer cuerpo, en el central, mayor, se representa a la Virgen entregando el Niño Jesús a San Antonio y en los laterales decoración vegetal entrelazada. El campanario lo forma un sólo vano para una campana, coronado con arco rebajado, entre pares de pilastras cajeadas con decoración cerámica en azul. El conjunto se remata con una cornisa quebrada en el centro y un frontón curvo partido con pinjante en el centro coro­nado por un jarrón cerámico en azul y blanco, elemento que se repite en los extremos del frontón. Contigua a ésta hay una espadaña de menor tamaño, que monta sobre una pared rectangular con vano en el centro entre pilastras con pinjantes. El cuerpo de campana se configura mediante un solo hueco rematado en arco trilobulado entre pilastras decoradas con azulejos y ménsulas con volutas en los laterales. Un entablamento revestido de azulejos y cornisa saliente sustentan un frontón mixto ondulado rematado con cruz latina de hierro en el centro, y a los lados dos floreros cerámicos azul y blanco. El terremoto de 1755 afectó a una de ellas "...que cayó sobre la iglesia, cuya armadura tronchó y mató a una mujer que acababa de comulgar''.
     La traza de la iglesia se ha atribuido a Diego López Bueno, quien por las fechas de su construcción -1627- daba las trazas para el también convento franciscano de San Buenaventura, y a quien puede corresponder el trazado del plano de 1630 y otro de un alzado del crucero y presbiterio correspondiente al de la iglesia paduana, y que al igual que el anterior se conserva en el Archivo Arzobispal de Sevilla, procedente del archivo del convento de San Antonio. En el alzado, sin fecha ni autor, se aprecia el perfil austero y sin detalles decorativos de esta parte de la iglesia, cuya contemplación actual evidencia efectivamente una gran sobriedad de líneas, sin distracciones ornamentales. Hay que referir que el maestro Andrés de Oviedo disponía en su testamento de fecha 31 de diciembre de 1631 que fueran mandados al padre fray Juan de la Palma, el gran impulsor de la renovación del convento, "todos los adereços de traza de conpases rreglas estrumentos de bronce que tubiere en mi estudio al tiempo de mi muerte... y de los papeles sueltos de trasas dos docenas dellos cartapacios o de mano los que mejor le pareciese para que los llebe al el dho conbento de san antonio y los aplique para los oficiales rreligiosos que labran la obra", además de una serie de libros de arquitectura y geometría, por lo que no hay que descartar que se aprovecharan los diseños enviados por Oviedo para alguna de las piezas conventuales; pensamos que la iglesia en esta fecha estaba en un estadio bastante avanzado, siendo más perceptible el estilo de Andrés de Oviedo en la traza del claustro principal, como veremos. En cualquier caso queda en suspenso una más ajustada adjudicación a uno u otro maestro a la espera del hallazgo de nuevos datos documentales.
     En el compás lateral y entre el muro de la epístola de la iglesia y la calle San Vicente se disponía la capilla de la Venerable Orden Tercera, de pequeñas dimensiones, dedi­cada a Nuestra Señora de los Ángeles, que aún se conserva embutido en construcciones modernas. Esta piadosa corporación acordaba en su cabildo presidido por el más tarde cronista de la orden fray Andrés de Guadalupe, celebrado el 22 de mayo de 1639 en la Sacristía del convento, edificar una capilla propia para lo que el 21 de agosto de ese mismo año compraba a los franciscanos por 200 ducados de vellón un sitio de 22 varas de largo, "que empieza desde la puerta que divide el patio de la sacristía hasta debajo de la escalera nueva de la tribuna de la señora marquesa de la algaba, para que a su costa se labre una capilla con altares, retablos, bovedas, sepulturas y demas que le pareciere con facultad de abrir puerta en la calle... y también con facultad de abrir dos postigos del altar del comulgatorio de la iglesia de dicho convento y para que encima de la dicha capilla se labre una sala de seis varas para guardar los ornamentos y demas alhajas... habiendo de abrirle puerta al compas...". La capilla hubo de estar terminada en 1642, pues el 6 de abril de ese año los hermanos acuerdan acometer la realización de su retablo mayor. El 10 de abril de 1700 se acordó construir un camarín para la Virgen, añadiéndose dos varas y media de terreno del patinillo situado detrás de la cabecera de la capilla. La obra se retrasó un tanto en el tiempo, al parecer por conflicto entre los hermanos, estando terminada en 1702, según acta de la junta celebrada el 17 de abril de ese año, que refiere cómo "el camarín había días que estaba acabado", pagándose a su autor, cuyo nombre no se menciona, 440 reales de vellón que aún se le adeudaban. El 11 de marzo de 1703 se autorizaba el pago de 156 reales de vellón a Félix Romero "para la obra de poner las puertas de dicho camarín". Una antigua fotografía nos permite conocer el interior de esta modesta capilla, de nave única, testero plano y cubier­ta con bóveda rebajada. Un panel cerámico recorría el tercio inferior de sus muros, y se comunicaba con la iglesia conventual a la altura del crucero, mediante dos postigos, como se aprecia en el plano del convento de 1935, comunicación hoy inexistente.
     También en el compás pero frente al pórtico de los pies de la iglesia, tuvo su capilla la Hermandad del Santo Sudario, Santísimo Cristo del Buen Fin y Nuestra Señora de la Palma, cuyo primer emplazamiento, como ya referimos, fue bajo el coro de la iglesia primitiva. Con la construcción del nuevo templo la corporación labró capilla propia e independiente en el compás, en paralelo con la calle San Vicente, como se aprecia en el plano de 1630. La anexión de unas casas y tenería en 1640 en la calle Curtidurías, determinó un cambio de orientación de la misma, al parecer casi terminada, disponiéndose en paralelo con esta calle y a los pies del pórtico conventual, según el documento de 17 de marzo de 1642: "un lugar en la nueva casa de largo diecisiete baras y de ancho siete, las trece baras para la capilla y las cuatro para el aposento, labrado a costa del convento y la madera y cubier­ta del techo por cuenta de la Cofradía". Además la nueva capilla debería tener "la puerta prin­cipal en la esquina de la dicha calle ancha y mira a la que va a la iglesia de san lorenço y el cuerpo de esta capilla ha de caer en la calle que ba al muro donde está el husillo y también a de tener otra puerta grande que caiga al compás que afronta con la puerta principal del convento, que está debaxo del coro... e ambas puertas han de ser altas capases de manera que por ellas puedan entrar y salir libremente las imágenes de la dicha cofradía, en tal forma abemos de dar acabada dentro de dos años, que se cuentan desde oy día de la fecha de esta escriptura". Se desconocen sus características arquitectónicas; en ella permaneció la cofradía hasta la Desamortización de 1835, en que es dedicada a almacén y casa de vecinos; posteriormente fue derribada, levantándose en su solar construcciones modernas.
     Los claustros: la sustitución de los antiguos patios en la renovación que se efectuó a partir de 1627 hubo de ser lo que se acometiera con mayor prontitud, sobre todo el claustro principal, situado paredaño al muro del evangelio de la iglesia, pieza impor­tante del recinto en torno al cual se disponían las estancias fundamentales de la clausura. Por la planimetría conservada y fotos antiguas, sabemos que se configuraba como un amplio patio cuadrado, de dos plantas de altura, con veinte columnas toscanas de mármol blanco que sustentaban arcos de medio punto con molduras en el intradós, abiertos en el piso bajo, que durante los usos industriales del convento fueron cegados. Sobre los arcos se disponía un fino entablamento con friso con ménsulas. La cubierta de las galerías era plana salvo en sus esquinas que formaba falsas bóvedas vaídas adorna­ das con yeserías de motivos radiales. El segundo cuerpo, separado del primero por correspondientes cornisas, estuvo diseñado con veinte balcones entre pilastras distri­buidos en sus cuatro frentes, que en las fotografías de mediados del siglo XX aparecen unos cegados y otros convertidos en ventanas. En el centro de claro del patio se hallaba una fuente cuya agua procedía de los caños de Carmona. La fisonomía de este claustro ha hecho pensar en una posible intervención del maestro Andrés de Oviedo quien había legado a su muerte en 1631 un buen número de libros, instrumentos de su oficio y "de los papeles sueltos de trasas dos docenas dellos de cartapacios o de mano", para que sirvieran a los maestros y albañiles que trabajaban en la construcción del nuevo conven­to, entre ellos los propios religiosos. La semejanza de lo que fue este patio con obras documentadas de Oviedo, sus buenas relaciones con el provincial y promotor de la renovación fray Juan de la Palma, y su deseo de ser enterrado en San Antonio, afianzan la tesis de que fuera el maestro el que diera las trazas del claustro principal. En torno a el se disponían, en lado norte la Sala del Capítulo y "sitio para leer teología", el Refecto­rio y la Sala de Profundis en el muro oeste. Al sur, entre el claustro principal y el de la portería se situaba la magnífica escalera principal, por todos alabada por estar bellamente labrada en mármoles de colores embutidos, destacando especialmente el rico pasamanos de artísticos balaustres. Contaba con veintinueve peldaños repartidos en tres tramos y dos descansillos. Un alto zócalo de mármoles cubría sus paramentos con veintinueve dibujos diferentes. Se cubría con una cúpula sobre pechinas con una abigarrada decoración de yeserías a base de guirnaldas, cabezas de querubines, hojas de acanto, flores y festones mixtilíneos. Se coronaba con un cupulín de planta curvilínea con el mismo tipo de decoración dieciochesca, y se cerraba en su subida y bajada con cancela de hierro. Estuvo terminada totalmente en 1739.
     El claustro de la portería se hallaba contiguo al principal, hacia el sur, en eje con el compás de los pies de la iglesia desde donde se accedía una vez cruzada la portería. Su construcción parece fue posterior al claustro mayor, de fines del XVII, aunque de diseño semejante. Era de planta rectangular, con cinco columnas en sus lados norte y sur y cuatro en el este y oeste, que sustentaban arcos rebajados con decoración geométrica en sus roscas y enjutas; el friso seguía el mismo esquema que el del claustro principal y tras la correspondiente cornisa se levantaba el segundo piso, configurado en su galería norte con cinco columnas con arcos carpaneles, mientras que en los restantes balcones entre pilastras. En torno a este patio se distribuían, en el flanco sur las celdas de novicios y profesores, en lo que fuera antigua enfermería, y en el oeste las estancias de los padres y guardián del convento, sobre lo que fue la botica vieja. Las paredes de sus galerías se cubrían con azulejos planos, según algunos vestigios conservados antes de su derribo, con dibujos propios del siglo XVII.
     La enfermería. Como primera enfermería se utilizó la correspondiente al hospital de San Pedro y San Pablo, adquirido al año siguiente del establecimiento de los religiosos en las casas compradas a Diego del Postigo, en 1601, germen del convento-hospital franciscano, y en el que "vivieron con tanta estrechura, que pasaban grandes descomodidades sanos y enfermos. En esta y pequeñez estuvo el convento veintisiete años". Esta enfermería primitiva "era corta para cuatro conventos que en ella concurren, estando muy justo y cercanos los enfermos; suelen llegar éstos a veinticuatro y más en número; padeciendo por esta razón graves descomodidades y por ser húmeda y de poco respiración de aires, nuevos achaques bien penosos". En el plano del convento de hacia 1630 se dibujan dos estancias compartimentadas en seis celdas a cada lado, que pueden corresponder a la primitiva enfermería situada tras la cabecera del templo y en paralelo con la calle Curtidurías. Igualmente en paralelo con esta calle se aprecia una larga sala con patio a la derecha y en su testero lo que podría ser una capilla, que parece se usó efectivamente como enfermería, y en donde se instalarían tras la renovación del convento la celdas de los novicios y profesores de Teología. Según el padre Guadalupe, las obras de la nueva enfermería comenzaron el 9 de abril de 1652 y terminaron en 1659, quien la describe como la "mejor que se conoce en la Orden de los Menores: es alta y baxa, para todos los tiempos capaz, con su claustro muy aseado y las demás oficinas necesarias con comodidad, que componen a un mediano conven­to, con su poco de jardín de varias flores y árboles, naranjas y limones agrios y dulces". El dibujo anónimo de la planta y alzado de esta enfermería y antiguas fotografías permite conocer la ordenación de sus espacios y algunas de sus características arquitectónicas. Era un amplio rectángulo irregular, escorado con respecto al claustro principal, en el ángulo noroeste, entre la zona de cocinas y huertas y el callejón que al norte lindaba con las tapias del convento, que hoy correspondería con el último tramo de la calle Santa Ana. En este eje se disponía una gran sala hospitalaria, de planta rectangular, con patio colum­nado orientado al sur, de planta cuadrada cuyos soportes eran columnas toscanas de mármol -aunque en el dibujo figuraban pilares- que sustentaban cuatro arcos de medio punto en cada frente en la planta baja; en la alta se disponían en sus cuatro paramentos balcones rectangulares entre pilares, siguiendo el mismo esquema que el claustro principal del convento. La cubierta de las galerías de ambos pisos era plana, con grandes vigas reforzadas en los extremos por gruesas ménsulas. En la panda oeste del patio de la enfermería estuvo la capilla, cubierta con bóveda de aristas. Antes de su derribo, algunos de los balcones fueron cegados y en el claro del patio se disponía la maquinaría de los talleres de hierro instalados en el inmueble desde 1848 que tomó el nombre del convento, "Fundición San Antonio".
RETABLOS Y ESCULTURAS
     El retablo mayor fue concertado el 6 de marzo de 1642 por el provincial fray Juan de la Palma con Felipe de Ribas. Se acuerda que ha de ser de madera de borne para el ensamblaje y de cedro la escultura del Santo titular que debía medir nueve cuartas de alto. El plazo para su terminación se estipuló en dos años y el precio en 5.000 ducados, 1.000 de ellos sirvieron para pagar la capilla que el maestro adquirió bajo el coro para enterramiento familiar, la que en 1642 traspasó a la Hermandad de Santa Isabel de Portugal. El 5 de noviembre de 1643 el maestro firmaba la última carta de pago por la ejecución del retablo, por valor de 24.000 reales. Las labores de dorado y estofado no fueron contratadas hasta el 10 de mayo de 1667 con Juan de Valdés Leal, además de la ejecución de una escultura de la Inmaculada Concepción, no identificada, y las pinturas murales del presbiterio. El retablo, que se conservó hasta la ocupación de los franceses, tenía banco, dos cuerpos de tres calles y ático. En la calle central del primero se creaba un espacio cuadrangular de seis varas de alto que cobijaba el templete circular del sagrario exento, de tres varas de alto y adornado con ángeles y serafines. En la calle principal del segundo cuerpo se hallaba la hornacina presidida por la escultura de San Antonio de Padua, lo único conservado del conjunto (en el retablo que vemos hoy que procede del Oratorio de San Felipe Neri de Sevilla). El Santo, sin duda el más popular después de San Francisco, de todos santos franciscanos, está representado con sus habituales características iconográficas, en ligero contraposto, vestido con hábito de ricos plegados y con el Niño Jesús sentado sobre el libro que sostiene con la mano izquierda. Los rostros delicados, de suave expresión, responden a los tipos creados por Ribas. Parece que las esculturas de Santa Coleta y San Benito Negro que hoy vemos en la iglesia, pudieron pertenecer al retablo mayor pero son ajenas a la gubia de Ribas. Asimismo, en el ático de uno de los retablos colaterales del lado del evangelio de la iglesia se halla un Niño Jesús que recuerda los modelos de Felipe de Ribas y pudiera proceder del desaparecido retablo mayor.
     En 1619 Juan de Mesa contrató la ejecución de "un sagrario con dos santos" para el retablo principal, a realizar en madera de borne, de dos varas de alto, y en el plazo de dos meses. El precio estipulado fue de 670 reales para el sagrario y 100 por los santos. De esta obra, si se llegó a hacer, no se conoce otra noticia, planteando por otro lado, la existencia de un antiguo retablo, previo al realizado por Felipe de Ribas, del que no hay noticia.
     La capilla de la Hermandad de Santa Isabel de Portugal, fundada por los naturales de esta nación residentes en Sevilla y adquirida a Ribas y su esposa el 5 de octubre de 1646 por 1.000 ducados, estuvo situada bajo el coro conventual. Se cerraba con rica verja de caoba labrada y poseyó altar y retablo dedicado a la Santa titular, al parecer una bella escultura de madera tallada, flanqueada por dos pinturas de San Gonzalo y San Antonio. Por el pleito entablado en 1645 entre Luis de Silva, uno de los hermanos fundadores de la corporación y el cabildo de hermanos sabemos que existió en la capilla un frontal con las armas de Portugal y la casa de los Silva, cuya hechura y colocación a costa del mencio­nado Silva no gustó a "ciertos hermanos" que lo consideraban "no pío e innecesario". El pleito se resolvió a favor de Silva, mandando el vicario y provisor del Arzobispado la restitución del frontal a su lugar. Ninguna de las piezas referidas se ha conservado.
     También residió en la iglesia la Cofradía de la Ánimas Benditas del Purgatorio, sólo conocida por un carta de pago otorgada el 26 de febrero de 1625 por el escultor Antonio de Santa Cruz al mayordomo de la corporación Juan Manuel de Dueños, por valor de 106 reales, como parte del pago de la "urna y animas" que había hecho para un Cristo.
     En el lado de la epístola del crucero se situaba antiguamente el comulgatorio o capilla sacramental, dedicado a San Antonio de Padua, cuyo retablo debe corresponder al concertado el 9 de diciembre de 1700 por el síndico del convento Cristóbal Roque de Herrera con los hermanos Baltasar y Francisco de Barahona, según el modelo presentado por éste último, que debía ser colocado "en el colateral izquierdo del altar mayor". Reali­zado en madera de pino de Flandes, su costo se estipuló en 15.000 reales de vellón. El 17 de febrero de 1702 el dorador Manuel Parrilla se comprometía a realizar el dorado del "retablo colateral nuevo del señor san Antonio" así como dorar, estofar y encarnar la escul­tura del Santo, por todo lo cual cobraría 14.000 reales de vellón, terminándolo para el día de San Antonio de ese año. No se conocen las características estructurales y decorativas de este retablo, que hay que dar por perdido. El San Antonio puede corresponder al que hoy vemos en un altar colateral de la iglesia paduana.
     Una de las capillas del templo tuvo como patrono al veinticuatro Pedro Jiménez de Enciso, caballero de la Orden de Santiago, que el 24 de noviembre de 1639, junto con su mujer, concertaba con el maestro Fernando de los Ríos la realización de su retablo y los escudos de armas a cada lado de éste. El retablo, que no se ha conservado, debía medir de ancho siete varas y media u ocho, y de alto toda la altura de la capilla. Se articulaba mediante columnas corintias melcochadas con sus correspondientes traspilares, constando de sotabanco, banco, un cuerpo en el que se insertaba el sagrario compuesto con seis columnas corintias, cúpula con festones de frutas en vez de gallones y una cruz torneada en su remate. La cornisa con dentellones y canecillos, y las figuras de niños y frutos que lo adornaban debían ser de relieve entero, talladas con muy buena calidad, al igual que los escudos de armas, a realizar en madera de borne. El maestro se comprometía a terminarlo y colocarlo en blanco para fines de abril de 1640, siendo el precio estipulado de 4.600 reales. Parece que tuvo pintura, que no están identificadas.
     Para la capilla de Jerónimo Ruiz de la Fuente realizó Jacinto Pimentel un retablo y relicario, según la carta de pago otorgada por éste el 8 de agosto de 1635 al referido patrono Jerónimo Ruiz, por valor de 5.000 reales. Igualmente, la capilla de Nuestra Señora de los Ángeles, cuya ubicación concreta en la iglesia se desconoce, tuvo un retablo en madera de borne, realizado Francisco Ximénez, concertado el 9 de abril de 1643, cuya terminación se fijaba en el plazo de cuatro meses y su precio en 1.700 reales. Por su parte el escultor Francisco de Ocampo realizaba en 1610 para Pedro Salgado una talla de San Francisco de Asís, dorada y estofada, con su peana y un crucifijo en la mano, cuyo modelo a seguir era otro que estaba en el altar mayor de la iglesia del convento de San Francisco de Sevilla. En la escritura, firmada el 11 de enero de ese año, se especifica que debía tener en la peana "su tuerca y husillo" quizás para poderla atornillar a unas andas procesionales. La escultura debía estar acabada para fin de mayo y su precio se escrituró en 64 ducados.
     Finalmente referiremos la existencia junto a la puerta de la iglesia de la capilla de Nuestra Señora de la Concepción, propiedad de Francisco Díez de Angulo, de la que única­mente tenemos noticia a través de la escritura de 2 de junio de 1775 en la que el patrono concierta con el cantero Nicolás Blanco para "sacarle una piedra negra que tiene cinco hojas" para la boca de la bóveda de enterramiento, cuya entrada había de mudar, así como grabar en la lápida una inscripción y el escudo de armas. Además el maestro se comprometía a entregarle otras piedras de diferentes colores para usar como enchapadura, para una lápida de la pared, para un bufete, y para el enlosado. Trabajos que debían estar finalizados el mes de julio de ese año, y su costo se estipuló en 1.300 reales de vellón.
     Se conserva en la iglesia, en el lado del evangelio del presbiterio, el magnífico púlpito de mármol rojo y negro, adornado en la parte exterior del antepecho con las figuras también en mármol de San Buenaventura y San Antonio, separadas por columnas salomónicas, ejecutado en el periodo de renovación de los años treinta del siglo XVIII. Tuvo la iglesia otro púlpito de las mismas características que fue trasladado a la parroquia de San Ildefonso de Sevilla en 1812. No se ha conservado en cambio el órgano que, colocado sobre su correspondiente tribuna en el muro del evangelio, era una interesante pieza construida por el maestro organero Pedro Otín Calvete a fines del siglo XVIII. No es originaria del convento la sillería que se dispone actualmente en el coro alto, que parece procede del templo de San Felipe Neri.
     Hoy vemos en la iglesia algunas esculturas de interés pertenecientes a antiguos retablos, como el notable grupo, anónimo, de Santa Ana, la Virgen y el Niño fechable en el último tercio del siglo XVII, al igual que el retablo que preside, situado en una capilla de la nave de la epístola. Se representa a Santa Ana sedente con la Virgen sobre su rodilla izquierda sosteniendo al Niño desnudo de pie, siguiendo el modelo iconográfico creado en el siglo XIV de Santa Ana Triplex. En las calles laterales se hallan San Diego de Alcalá, del primer tercio del XVII y San Francisco de Asís de mediados del siglo XVIII.
     En un retablo neoclásico decimonónico contiguo al anterior vemos en su calle central un San Francisco también de factura dieciochesca, y un San Sebastián cuyo modelo recuerda a los de Benito de Hita y Castillo. Y en la capilla de la nave del evan­gelio más próxima al presbiterio se halla un retablo del siglo XVII, aunque muy rehecho en el siglo XIX, que alberga a la Divina Pastora, imagen de candelero y tamaño natural, que aunque sin documentar se atribuye con seguridad a José Montes de Oca en 1732. Presenta la habitual disposición iconográfica de esta advocación, sentada, ataviada con ropaje pastoril y acompañada por un borreguillo; los retoques han desfigurado en parte su factura y policromía originales otorgándole un color aporcelanado, con añadidos de pestañas y cabellera natural. Procede de la parroquia de San Lorenzo, regalo del canó­nigo de Lima, Francisco Sánchez en 1732.
     En la sacristía encontramos una serie de piezas de interés, algunas de ellas procedentes de antiguos retablos como el relieve de Dios Padre de mediados del XVII, de clara pertenencia a un ático o remate de retablo. De fines del XVII es un Crucificado y del XVIII un busto de Dolorosa. También conserva la sacristía una interesante cajonería del siglo XVII.
     La capilla de la Venerable Orden Tercera contó con un retablo diseñado por el maestro y terciario Blas de Santa María, elegido el 3 de marzo de 1642 de entre varios presentado por distintos artistas. Se obligaba a hacerlo en el plazo de seis meses, por 1.500 reales de vellón; la demasía de esa cantidad la entregaba en calidad de limosna. El 11 de junio de 1645 la junta de hermanos acuerda realizar el dorado del retablo, que se adjudicó el 19 de ese mes y año a Francisco Carreño de la Cruz, por 1.750 reales, firmando el finiquito el 29 de julio de 1646. El retablo, que no se ha conservado, contaba con al menos dos cajas, una para el "Santo Cristo", que debía ser pintada con "brocados de oro" y otra para el "Santo Cristo en Jerusalén", un sotobanco y como elementos decorativos frutas policromadas, y serafines y niños encarnados y pulimentados. En las dos tarjas habían de pintarse, en una las Cinco Llagas y en la otra los brazos, y en el medio un "Sin pecado concebida"; en la puerta del sagrario se pintaría un Niño Jesús, y se doraría el San Francisco de Asís realizado por Juan de Contreras, según escritura de 9 de abril de 1645, inserta en el manuscrito de 1729 titulado "Ynventario de las alaxas que tiene la Orden Tercera para el adorno de su capilla". La talla realizada en madera de cedro, "... de la altura de Santa Isabel de Ungría, con su peana y un Cristo en la mano; y se concertó en quatrozientos menos veinte y çinco reales de bellon". Este San Francisco flanqueaba junto con la referida Santa Isabel de Hungría a la imagen titular Nuestra Señora de los Ángeles, a la que estaba dedicada la capilla. En el libro de protocolo de la Orden se anotan con fecha 19 de noviembre de 1646, varios donativos "para la hechura de los santos", entre los que se cita un San Luis rey de Francia y un San Roque que flanqueaban el Crucificado que remataba el retablo, esculturas que pudieron ser realizadas por el mismo Juan de Contreras.
     El 27 de febrero de 1738 la Orden Tercera concertaba con Diego de Castillejo un nuevo retablo, a realizar en madera de Flandes, según la traza dada por el maestro, en el que debían tener cabida los "quatro santos que me a de dar el dicho venerable de la Orden", los cuatro referidos anteriormente. El precio fue de 6.300 reales de vellón, y su dorado corrió a cargo de Manuel Pérez de Pineda quien el 31 de enero de 1739 firmaba la pertinente escritura en donde se obliga a "dorar... el retablo de Nuestra Señora de los Anjeles que nuevamente an hecho en su capilla... i a estofar la imagen de nuestro señor que se a de poner en el trono de dicho retablo i a dorar dos molduras grandes que se an de poner a los lados del dicho retablo i la moldura de el quadro del quadro de la orden que esta en dicha capilla", por 6.000 reales. Recor­demos que en 1702 habían terminado las obras de ampliación en la capilla para posibilitar la creación de un camarín para la Virgen en el altar mayor, lo que determinaría a la Orden, en cuanto sus posibilidades económicas se lo permitieron, renovar el antiguo retablo. Por una fotografía de 1935 conocemos sus características estructurales e icono­gráficas en ese momento. Constaba de un banco con postigos laterales para acceder al camarín, un cuerpo de tres calles separadas por pilastras y un ático. En la calle central se abría una gran hornacina semicircular con estípites, que albergaba la imagen de vestir de la Virgen con el Niño, bajo la advocación de Nuestra Señora de los Ángeles acompañada de dos bellos ángeles de talla, que pueden corresponder con los que hoy se encuentran en la iglesia de San Antonio fechables a mediados del siglo XVIII. En las calles laterales se disponían los referidos San Francisco de Asís y Santa Isabel de Hungría, y en el ático San Roque y San Luis rey de Francia flanqueando al Crucificado. Retablo y esculturas no han sido identificadas y la Virgen puede corresponder con la que hoy vemos en un retablo neoclásico de las capillas de la nave del evangelio de la iglesia conventual, con la misma advocación y como imagen de vestir dieciochesca.
     La capilla poseyó otro retablo dorado y tallado, con "el fondo de color de china con flores", coronado por cuatro ángeles y presidido por un San Francisco "en la impresión de las llagas", sobre una peana, con un querubín, diadema de plata, "y al pie del monte, dos angelitos, libro y calavera"; estas piezas hemos de darlas por perdidas.
     No hay noticia de los retablos y esculturas que pudo tener la capilla de la Herman­dad del Santo Sudario, Cristo del Buen Fin y Nuestra Señora de la Palma, capilla hoy inexistente. La corporación radica ahora en el interior de la iglesia de San Antonio y de sus titulares sabemos que el Crucificado del Buen Fin fue realizado en 1645 por Sebastián Rodríguez, maestro de biografía poco conocida, seguidor de la técnica y tipos creados por Juan de Mesa. Se trata de un Cristo muerto, de 166 cm. de altura y de cierta rigidez anatómica. En su salida procesional formaba grupo con José de Arimatea, Nicodemo, la Magdalena arrodillada a los pies y un centurión romano, representando el momento previo a su descenso de la cruz. Nuestra Señora de la Palma es obra anónima del siglo XVIII, afectada por varias intervenciones, aún conserva su impronta dieciochesca, en actitud frontal y expresión algo severa.
PINTURAS
     De las pinturas que existieron en la iglesia sólo hay noticia de "dos apóstoles" adjudicados a Francisco de Herrera "el Viejo" y situados en un retablo del lado del evangelio del crucero y un "Nacimiento, San Francisco, San Antonio, San Pedro y Santa Ana, de regular ejecución de su escuela", también atribuidos a Herrera, que no están identifica­das. Sí se ha conservado de este pintor el San Antonio predicando a los peces, ubicada en el claustro. Tras un tiempo en paradero desconocido, hace años fue localizada en la colección sevillana de Millán Delgado y hoy en una colección particular madrileña. Realizada hacia 1640 sus características de estilo ha dado plena autoría a Herrera, que plasma la leyenda acontecida al Santo en Rímini en donde predicaba sin éxito, ante lo cual se dirige al mar, acudiendo milagrosamente los peces a la orilla para escucharle. San Antonio se halla arrodillado y acompañado de otro franciscano.
     La iglesia estuvo decorada con pinturas murales, de las que al menos las del pres­biterio fueron contratadas el 10 de mayo de 1667 por Juan de Valdés Leal junto con labores de dorado y estofado del retablo mayor. Aunque el templo se encuentra hoy completamente encalado, y así lo vio ya Gestoso, el desprendimiento de capas en algunas zonas, deja ver fragmentos de pinturas murales. Su restauración permitiría conocer el programa iconográfico desarrollado por el pintor y redundaría en la riqueza decorativa de la iglesia, que recobraría parte de su fisonomía original.
     En la sacristía existió un lienzo grande de tema desconocido, adjudicada por unos a Bernabé de Ayala y por otros a Zurbarán; no se conoce más datos que pudieran ayudar a su identificación. Hoy encontramos en la sacristía algunos lienzos de autor anónimo, fechables a mediados del siglo XVII, que representan a Santo Domingo y San Francisco, un Cristo de la Humildad y una Escena de martirio, del XVIII.
     El claustro principal contó en su galería baja con "gran número de cuadros" sobre la Vida de San Antonio, realizados por Juan de Espinal, "algunos eran buenos y bien dibujados y otros más endebles". Tras la Desamortización de 1835 fueron llevados al Museo de Bellas Artes de Sevilla, en donde aparecen relacionados en el Inventario de cuadros útiles de este Museo Provincial de 12 de diciembre de 1854, como catorce lienzos de "8 pies y 6 pulgadas x 8 pies y seis pulgadas", con "Asuntos de la Vida de San Antonio de Padua" y como procedentes del convento de este título. En el catálogo del año siguiente realizado por el entonces conservador del museo, el pintor Antonio Cabral Bejarano, vuelven a consig­narse estos lienzos, a los que se les pierde la pista desde entonces.
     En el claustro chico o de la portería, se citan lienzos con escenas de la Vida de fray Juan de la Puebla, fundador de la Provincia de los Ángeles a la que pertenecía el convento , y que se adjudicaban a Valdés Leal, estando muy desfigurados "con los retoques que sufrieron el año de 1711". Parece que eran catorce y fechados en 1664. En el Inventario de las pinturas depo­sitadas en el Alcázar en 1810 se clasificaron con los números 448 y 453, aunque como histo­rias de la Vida de San Antonio. Con el nº 448: "Seis quadros de 2 1/2 de ancho y 2 de alto todos de la Vida de S. Antonio" y con el 453: "Ocho quadros de 2 2/3 de ancho y 2 1/2 de alto de la vida de S. Antonio". Parece fueron llevadas al Museo, en donde no han sido localizadas.
     En el atrio del compás y frente a la puerta principal del templo hubo un altar con puertas con Nuestra Señora de Belén, "de excelente pincel", de la que no se vuelve a tener noticia. También estuvo en el compás La imposición de la casulla a San Ildefonso, realizada por Diego Velázquez, y que a fines del XVIII estaba "ya mui maltratada de las injurias del tiempo por estar en el compás". En fecha indeterminada del XIX pasó al Palacio Arzo­bispal, y el 18 de octubre 1969 fue cedida por el arzobispo José María Bueno Monreal a la ciudad, cesión aceptada formalmente el 21 de octubre de ese año por el Ayuntamiento, donde se conserva. Representa un tema asociado a la devoción local toledana protagonizado por el santo obispo de esa ciudad, San Ildefonso, y hubo de ser realizado tras la vuelta a Sevilla del artista de su primer viaje a la corte en 1622, en el que visitaría Toledo y conocería a El Greco y sus obras, con las que esta pintura guarda ciertas reminiscencias. En primer plano y presidiendo la composición la Virgen se dispone a colocar la casulla sobre los hombros del Santo que, arrodillado, de perfil y fuertemente iluminado, la recibe con gran serenidad anímica. Completa la escena grupo de jóvenes de rostros sencillos, situadas en la parte superior, envueltas en una aureola de nubes doradas. Su ejecución se sitúa entre 1622-1623 y una de las últimas obras realizadas por Velázquez en Sevilla, antes de su marcha definitiva a la Corte.
OTROS ENSERES
     Orfebrería: Se ha conservado en el convento una custodia de plata dorada, la pieza de orfebrería peruana más antigua existente en Sevilla, sin marca de autor, fechable hacia 1700, con añadidos de principios del XIX. Consta de una primera plataforma cuadrada con pies con bolas y garras, sobre la que monta una base circular en la que apoya el rico astil formado por cono con molduras y a continuación un pelícano con herida formada por una joya, y sus dos crías; sobre las alas abiertas de la madre montan sendos ángeles cuyo juego circular da paso al expositor sobre el Cordero y el Libro de los Siete Sellos, en forma de sol con dos series de ráfagas, la primitiva con motivos vege­tales queda enmascarada con la añadida en el siglo XIX, que agranda considerable­mente su diámetro, a base de rayos lisos biselados. Se remata con una cruz decimonónica. Toda ella está adornada con piedras preciosas de colores, perlas y esmaltes.
     Ornamentos: Se localizan en el convento tres piezas importantes. La que llamaremos Casulla de la Inmaculada, de brocado azul celeste, banda central adornada con suce­sivos monogramas coronados de María rodeados de las letras "S P O" (Sin Pecado Concebida), repitiéndose en el resto de la vestimenta las iniciales. A parte del valor artístico de la pieza, cuya ejecución se puede situar en la segunda mitad del siglo XVII, hay que sumarle el ser uno de los primeros ternos que se hicieron en Sevilla para los cultos y solemnidades en honor del misterio de la Inmaculada Concepción con estos elementos alusivos a su pureza. La denominada Casulla eucarística posee espléndidos bordados en oro y seda de profusos motivos florales. Y finalmente una Capa pluvial de rico brocado en blanco con motivos ornamentales formados por los escudos de la Orden, la custodia, jarrones floreados y grandes hojas. Ambas fechables en la segunda mitad del siglo XVII (Matilde Fernández Rojas. Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Trinitarios, Franciscanos, Mercedarios, Jerónimos, Cartujos, Mínimos, Obregones, Menores y Filipenses. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2009).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Antonio de Padua, presbítero y doctor de la Iglesia;
HISTORIA Y LEYENDA

   San Antonio de Padua que es, después de San Francisco de Asís, el más popular de los santos franciscanos, más bien debería llamarse San Antonio de Lisboa, puesto que nació en dicha ciudad en 1195 y sólo pasó en Padua los dos últimos años de su vida. Aunque de origen portugués, fue acaparado por Italia.
   Después de haber estudiado en el convento de Santa Cruz de Coimbra, en 1220 ingresó en la orden de los hermanos menores, donde cambió su nombre de pila, Fernando, por el de Antonio. Buscó el martirio en Marruecos donde cinco franciscanos acababan de ser asesinados, pero derrotado por la fiebre se lo obligó a reembarcar. La tempestad lo arrojó a las costas de Sicilia y se dirigió a Asís, cuna de su orden.
   A partir de entonces se dedicó a la predicación. Después de haber enseñado teología en Bolonia, recorrió el sur y el centro de Francia, predicó en Arles, Montpellier, Puy, Limoges y Bourges.
   En 1227 participó en el capítulo general de Asís. En 1230 se ocupó de la traslación de los restos de San Francisco. Predicó en Padua y allí murió a los 36 años, en 1231.
   Durante el siglo XIII permaneció en la sombra de San Francisco. Su leyenda se formó y difundió en el siglo XV, gracias a los sermones de San Bernardino de Siena. Por otra parte, su vida legendaria es un calco de la atribuida a San Francisco de Asís, quien se le habría aparecido mientras predicaba en un convento de los franciscanos de Arles.
   Tal es el caso de la Predicación a los peces. Un día, en Rímini, sobre la costa del Adriático, San Antonio predicaba sin éxito ante una asamblea de heréticos. Como su audiencia hacia oídos sordos, se dirigió a la playa y comenzó a predicar a los peces. Apenas hubo comenzado, cuando innumerables peces de todos los tamaños llegaron aprisa, apretujándose unos contra otros y disponiéndose según sus tamaños, de manera que sus cabezas salían del agua. El santo les habló de la bondad del Creador hacia ellos; luego los despidió, como en la misa (ite, missa est) dándoles su bendición.
   Es evidente que esta pintoresca fábula ha sido inventada para formar pareja con la Predicación de San Francisco a los pájaros.
   Otro tanto ocurre con el motivo de la Virgen entregando el Niño Jesús a San Antonio de Padua, que forma pareja con la Aparición de Cristo Serafín a San Francisco en la escena de la Estigmatización.
   San Antonio de Padua es esencialmente un taumaturgo. En Italia se lo llama Il Taumaturgo, en España, El Milagrero.
   Pero los milagros que se le atribuyen al santo no son nada originales: la mula que se arrodilla ante la hostia, el recién nacido que nombra a su padre, la pierna cortada que vuelve a pegarse… son tópicos  de la literatura hagiográfica. El milagro de la mula, hermana de la borrica del profeta Balaam y del asno del pesebre de Belén, habría ocurrido en la localidad de Bourges.
   Un judío llamado Guillard (es aquel que, después de su conversión, habría fundado la iglesia de Saint Pierre le Guillard) se negaba a admitir la presencia real de Cristo en el sacramento de la Eucaristía. Prometió creer en ello si una mula situada, como el asno de Buridán, entre una ración de avena y una hostia, se inclinaba ante el Santo Sacramento. Con sus plegarias y oraciones San  Antonio consiguió la genuflexión de la mula y de inmediato el incrédulo abjuró de su error.
   El niño recién nacido que habló está copiado de las leyendas de San Ambrosio y de San Briccio. Un marido que sospechaba la infidelidad de su mujer no quería reconocer al niño que creía nacido de una relación adúltera. San Antonio tomó el recién nacido en brazos y le ordenó que dijese el nombre de su padre. El niño, fajado y envuelto en pañales, respondió con la voz de otro de diez años: “He aquí a mi padre”.
   El milagro de la pierna cortada es una copia de la leyenda de los santos médicos Cosme y Damián, o de San Eloy, y los dominicos la atribuyen a San Pedro Mártir. Un joven de Padua confiesa haber dado una patada a su madre en un momento de cólera. San Antonio le dice: “El pie que ha golpeado a un padre o a una madre debería ser cortado.”  De inmediato, el joven que se toma la reprimenda al pie de la letra, se corta el pie. El santo, conmovido por su arrepentimiento, lo curó haciendo la señal de la cruz.
   La lista de estos milagros, que durante mucho tiempo alimentaron el repertorio de la pintura italiana, está lejos de agotarse. Citemos además el descubrimiento del corazón del avaro, que se encuentra en su arquilla o caja de caudales, simple ilustración de un sermón acerca de la avaricia, falsamente atribuido a San Buenaventura (Este sermón es rechazado como apócrifo por los editores de las Obras Completas de San Buenaventura [S. Bonaventurae Opera omnia], publicadas por los franciscanos en Quaracchi, cerca de Florencia), la resurrección de un niño que su madre había dejado caer en un caldero de agua hirviente creyendo que lo acostaba en la cuna, el milagro del vaso de vidrio que un caballero deja caer al suelo desde un balcón sin que se rompa, el sermón oído a distancia por una mujer que no había podido acudir a la iglesia, ejemplo de teleaudición.
CULTO
    Fue canonizado sólo un año después de su muerte, en 1232.
   Hasta finales del siglo XV, el culto de San Antonio permaneció localizado en Padua, que le edificó una magnífica basílica de cúpulas, denominada Il Santo, el santo por excelencia. A partir del siglo siguiente se convirtió, en principio, en el santo nacional de los portugueses, que ponen bajo su advocación las iglesias que edifican en el extranjero; y luego en un santo universal. Tiene dos iglesias bajo su advocación en Madrid: la de San Antonio de la Florida y la de San Antonio de los Alemanes.
   La devoción del pan de San Antonio es de origen relativamente reciente.
   Se lo invocaba para el salvamento de los náufragos y la liberación de los prisioneros. En la actualidad se lo invoca sobre todo para recuperar los objetos perdidos.
   La imaginería popular lo califica de abogado de los objetos perdidos.
   No obstante ¡curioso fenómeno! No existe la menor huella de ese patronazgo antes del siglo XVII. Se ha preguntado con frecuencia por qué misteriosas razones la devoción popular lo había elegido para ese oficio, puesto que son otros los santos a quienes la tradición les atribuye el milagro del anillo, de la bolsa o de la llave encontrados en el vientre de un pez. Según Guy Coquille, que escribiera en 1612, habría que ver en ese fenómeno el efecto de un mal juego de palabras con su nombre: antiguamente se lo llamaba Antonio de Pade o de Pave, abreviatura de Padua (Padova). De ahí, a atribuirle el don de recuperar los épaves (En francés, pecios, bienes mastrencos, objetos perdidos. La palabra epave [del latín expavidus, austado] se aplicaba primitivamente a los animales extraviados), es decir, los bienes perdidos, extraviados, cuyo propietario se ignora, no había más que un paso que dio la etimología popular, que cuenta en su activo con muchos otros chistes del mismo género.
   Según otra explicación, un novicio le habría robado el salterio y él pudo conseguir hacérselo devolver.
   Los fabricantes de porcelana de la localidad de Nevers lo habían adoptado como patrón porque convirtió a un herético impidiendo que un vaso arrojado al suelo se rompiese.
   Los marinos portugueses lo invocaban para tener buenos vientos en las velas. Y para mayor seguridad, fijaban su imagen en el mástil del barco hasta que sus ruegos fueran satisfechos.
ICONOGRAFÍA
   No poseemos ningún retrato auténtico de San Antonio de Padua. Según un cronista paduano, no tenía nada de la ascética delgadez de San Francisco. Por el contrario, era de talla inferior a la media y muy corpulento, con una cabeza redonda y un vientre de hidrópico. Pero el arte no ha tenido en cuenta esos testimonios y le concedió el mismo aspecto demacrado de San Francisco. El dominico Santo Tomás de Aquino, que también era obeso, fue idealizado de la misma manera.
   Está representado con hábito de franciscano, ceñido a la cintura por un cíngulo.
   Los atributos muy numerosos que se le asignan son en su mayoría tardíos y casi todos copiados, igual que sus milagros, de otros santos.
     Las llamas que brotan de su mano proceden de una confusión iconográfica con su homónimo, San Antonio Abad, el anacoreta de Egipto que curaba el fuego de San Antón (el ejemplo más antiguo se encuentra en un fresco de Agnolo Gaddi en la iglesia de S. Croce de Florencia). El corazón inflamado que sustituyó luego a las llamas, viene de San Agustín.
     La rama de lirio, símbolo de pureza, parece ser un esqueje tomado de su panegirista, San Bernardino de Siena. En todo caso puede comprobarse que el lirio abierto no se le concedió como atributo antes de 1450, fecha de la canonización de San Bernardino.
     El Niño Jesús, sentado o de pie sobre un libro, en alusión a la Aparición que tuvo en su habitación, se convirtió en su atributo más popular, pero solo a partir del siglo XVI. Y el arte barroco de la Contrarreforma lo puso de moda. Representado así, con el Niño a quien adora o acaricia, recibe de sus devotos alemanes el nombre familiar de Kindtoni.
     A esos atributos se suman el crucifijo florido, los peces escuchando el sermón y la mula arrodillada ante la hostia.
     Por último, a veces se lo ve colgado como un estilita en las ramas de un nogal que había plantado en su celda, y desde el cual conversa con fray León y San Buenaventura, sentados a los pies del árbol (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
              Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Convento de San Antonio de Padua, de los Franciscanos Observantes, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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viernes, 12 de junio de 2026

La Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, en Los Palacios y Villafranca (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, en Los Palacios y Villafranca (Sevilla).
     Hoy, 12 de junio (viernes posterior al Corpus Christi), Solemnidad del Sacratísimo Corazón de Jesús, que, siendo manso y humilde de corazón, exaltado en la cruz fue hecho fuente de vida y amor, del que se sacian todos los hombres [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy para ExplicArte la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, en Los Palacios y Villafranca (Sevilla).
     La Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, se encuentra en la plaza del Cristo de la Salud, 2; en Los Palacios y Villafranca (Sevilla).
     Su construcción se llevó a cabo a principios de la década de los 90 (siglo XX). Exteriormente se organiza de modo simétrico, con tres fachadas principales; estando la central abierta a la plaza a través de una amplia puerta acabada en arco de medio punto, abocinada.
     Lo más característico de su exterior es el uso de su bicromía en blanco y albero, el avitolado de líneas horizontales que recorre la zona inferior y, el juego de espadañas con que remata sus tres fachadas.
     En su interior se encuentran las imágenes del Cristo de la Salud, María Auxiliadora y del Sagrado Corazón Jesús, éste último siendo el titular.
     Además, hay que decir que la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús es sede canónica de la Hermandad del Rocío de nuestra localidad, la cual se encuentra vinculada a ella desde sus orígenes; fundándose la Casa-Hermandad en lo que fue la antigua parroquia (Ayuntamiento de Los Palacios y Villafranca).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía del Sagrado Corazón de Jesús:
     Aunque no se trate más que de una devoción  tardía que, a diferencia de la Inmaculada Concepción de la Virgen, no ha engendrado ninguna obra de arte de primer orden, hay que decir aquí algunas palabras acerca de este tipo iconográfico de Cristo que en el culto católico ha acabado por suplantar a todos los otros.
     Los precedentes de esta devoción pueden buscarse muy lejos. El corazón humano siempre ha sido un símbolo de amor carnal o místico. En sus sermones San Bernardo habla sin cesar del «muy dulce corazón de Jesús (cor Jesu dulcissimum)», a partir del siglo XII. Del culto de las cinco llagas, y especialmente de la llaga del costado, que se desarrolló hasta finales de la Edad Media, debía naturalmente pasarse al culto del corazón. Bajo la influencia de éste, la herida del costado de Cristo crucificado se trasladó de derecha a izquierda, es decir al sitio del corazón, que se supone fue atravesado por la punta de la lanza de Longinos.
     Una curiosa xilografía de Lucas Cranach de 1505 representa la Adoración de Jesús crucificado e inscrito en un corazón, por la Virgen, San Juan, San Sebastián y San Roque.
     No obstante, fue a finales del siglo XVI cuando afloró en la imaginería popular el corazón de Jesús atravesado por tres clavos y engastado en una corona de espinas. A principios del siglo XVII, el grabador flamenco A. Wierix representó rosarios de corazones abiertos o cerrados, de gusto deplorable. Esas imágenes ilustraban los libros de mística piedad para uso de los conventos. No nacieron de la devoción del Sagrado Corazón sino que, por el contrario, las imágenes engendraron el culto por el bien conocido mecanismo de las visiones inspiradas, más o menos inconscientemente, por imágenes grabadas en la memoria
     Al contrario de lo que postula una opinión muy difundida, no fueron las visiones de la borgoñona Marguerite, llamada Marie Alacocque, del convento de las salesas de Paray le Monial, las que constituyeron el origen de esta devoción, patrocinada sobre todo por los jesuitas. El verdadero iniciador del culto litúrgico del Sagrado Corazón de Jesús y de María es un normando: el Bienaventurado Jean Eudes, fundador de los eudistas.
     Las fechas no dejan duda alguna acerca de su prioridad. El P. Eudes compuso en 1668 el Oficio del Sagrado Corazón y en 1670 publicó La Dévotion au coeur adorable de Jésus. En cuanto a Marie Alacocque, profesó más tarde, en 1672, en el convento de la Visitación, donde tuvo su primera revelación en 1673. Por lo tanto, es necesario reconocer orígenes eudistas a la devoción del Sagrado Corazón.
     Todo cuanto se puede conceder a la visionaria salesa es que el padre Eudes no separaba el Corazón de Jesús del Corazón de María, al tiempo que el fervor femenino de Marie Alacocque se orientó hacia el de Cristo solo. Ella contó que durante el ofertorio del Santo Sacramento, Cristo se le apareció en el altar con sus cinco llagas brillantes como cinco soles. Su pecho se abrió dejando al descubierto el corazón, que era la fuente viva de esas llamas. Cristo la mentó la ingratitud de los hombres que ignoraban  su  amor, y le pidió que tomara la iniciativa de un culto de reparación.
     Esta nueva devoción, consagrada oficialmente en 1685, acordaba con la política del catolicismo romano que quería afirmar por medio de ese símbolo del corazón abierto, al encuentro del protestantismo y del jansenismo, el amor de Dios hacia todos los hombres, sin excepciones. El culto contó con las mujeres, especialmente con la piadosa reina María Leczynska, que lo hizo introducir por la asam­blea episcopal en todas las diócesis de Francia, y que lo recomendó a los obispos de Polonia, propagandistas ardientes de esta devoción, que en 1765 aprobó el papa Clemente XIII.
     A partir del siglo XVIII, las custodias de cristal de roca que servían para exponer el Santo Sacramento, ya no tuvieron la forma redonda, tradicional, de una hostia, sino la de un corazón.
     Se conoce la brillante fortuna que tuvo el culto en Francia, en el siglo XIX. Después de los desastres de 1870, los católicos pusieron la reconstrucción bajo la égida del Sagrado Corazón y levantaron en su honor, en la cumbre de la colina de Montmartre, la basílica del Exvoto nacional. Montmartre se convirtió así, después de Paray le Monial, en el centro mundial de la devoción al Sagrado Corazón.
     En España, después de la guerra civil, Barcelona siguió el ejemplo de París y edificó en la cima del Tibidabo una iglesia expiatoria del Sagrado Corazón.
Iconografía
     A pesar de los progresos de este culto a partir del reinado de Luis XIV, fue necesario esperar a finales del siglo XVIII para que el tema del Sagrado Corazón de Jesús entrara definitivamente en el repertorio de la iconografía católica.
     Fue por una mujer, la reina de Portugal, que se pintó la primera imagen del Sagrado Corazón, obra del italiano Pompeo Batoni en 1780. Ésta representa a Cristo cardióforo que tiene un corazón en llamas en la mano izquierda rematado por una pequeña cruz y rodeado por una corona de espinas.
     Esta fórmula ha sido rechazada, y hasta prohibida, por la Congregación de Ritos, de manera que en la actualidad los editores de estatuas de yeso pintado del barrio Saint Sulpice sólo pueden elegir entre dos modelos:
     1. El corazón en llamas de Jesús es aplicado exteriormente sobre su pecho.
     2. Rayos de luz emanan de una incisión practicada en el pecho de Jesús, del lado del corazón.
     Las estatuas del Sagrado Corazón que se multiplicaron a partir del siglo XIX, proceden casi todas de la figura de Cristo esculpido por el danés Thorvaldsen para la iglesia de Nuestra Señora de Copenhague.
     Esas imágenes «cordícolas» son de gusto dudoso, y muchos fervientes católicos no dejaron de lamentar su vulgaridad o insipidez. Lo menos que puede decirse, es que honran poco al arte religioso moderno. No obstante, debe hacerse una excepción con el Sagrado Corazón del pintor G. Desvalieres, que evoca al Cristo coronado de espinas arrancándose con las dos manos el corazón del pecho, en la gigantesca vidriera de la catedral del Cristo Rey, en Casablanca (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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