Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Convento de Nuestra Señora de Consolación, vulgo de los Terceros, de la Tercera Orden Franciscana, de Sevilla.
Hoy, 4 de septiembre, la Orden de San Agustín celebra la Solemnidad de Nuestra Señora de la Consolación, una semana después de la solemnidad de San Agustín, con el rango de solemnidad.
Y que mejor día que hoy para ExplicArte el desaparecido Convento de Nuestra Señora de Consolación, vulgo de los Terceros, de la Tercera Orden Franciscana, de Sevilla.
El desaparecido Convento de Nuestra Señora de Consolación, vulgo de los Terceros, de la Tercera Orden Franciscana, se encontraba en la manzana formada, aproximadamente por las calles Sol, plaza San Román, Matahacas, Escuelas Pías, plaza Ponce de León, Santa Catalina, Capataz Manuel Santiago, y plaza de los Terceros; en el Barrio de Santa Catalina, del Distrito Casco Antiguo.
Bajo la denominación de los Franciscanos se engloba a los miembros de las distintas ramas de la Orden religiosa mendicante fundada en Italia por San Francisco de Asís (1182-1226), como Orden de los Hermanos Menores (Ordo Fratum Minorum), la más popular de todas y una de las más grandes y fecundas del catolicismo. Francisco ha sido sin duda una destacada figura de la historia de la Iglesia, y en consecuencia del clero regular, representando uno de los hitos fundamentales de la espiritualidad cristiana, basado en la pobreza, la humildad, la caridad y una fe inquebrantable, valores con los que quiso hacer frente al estado de relajación y enriquecimiento en que se hallaba la vida monástica. Natural de la ciudad de Asís, en la Umbría italiana, hombre piadoso que aspiraba al ideal de igualar a Cristo, y a la vez sensible a la bondad y la belleza, en 1208 abandonó su casa y bienes y se retiró con otros frailes a la ermita, cedida por los Benedictinos, de Nuestra Señora de los Ángeles o de la Porciúncula, cerca de su ciudad natal, donde llevó una vida rigurosa conjugando el retiro del claustro con la actividad apostólica. Redactó en 1209 una regla, sencillo documento para la conducta básica a seguir por sus frailes, que insistía en la imitación de la vida de Cristo mediante la pobreza absoluta, la negación de uno mismo, el servicio a los pobres y enfermos y la predicación del Evangelio, regla que fue aprobada sin bula por Inocencio III, por lo que es llamada Regla no bulada. La naciente Orden tuvo una rápida y numerosa propagación, pese a la dureza de sus condiciones de vida, gracias al activo y generoso apostolado de sus miembros atendiendo a las necesidades materiales y espirituales de los más necesitados; la presencia del propio San Francisco, su humildad y a la vez fuerza espiritual conmovían a los pueblos, prelados y nobles. Los bellos documentos que escribió a lo largo de su vida, llenos de piedad y amor por la creación son testimonio de su gran personalidad. Fue canonizado por Gregorio IX. La rápida expansión del franciscanismo hizo necesaria una revisión en el orden organizativo y normativo de la comunidad que ya en 1217 se dividió, además de la de Italia, en cinco provincias, entre las que ya contaba la de España. Se redactó un nuevo texto en 1221 con más de veinte capítulos que en 1223 fue reformado, reducido a doce, siendo aprobado ese año por bula pontificia; es conocida como Regla bulada, en contraposición a la dada por San Francisco. Esta duplicidad iba a condicionar la evolución posterior de la Orden entre los que querían seguir el ideal primitivo del fundador y los que aceptaban las reformas recogidas en la regla bulada, que terminó por imponerse por confirmación de Gregorio IX en 1231, y supuso la total institucionalización y organización jerárquica de la Orden, que estaba encabezada por el Ministro General y su delegado, el Vicario General, y por Ministros Provinciales. Célula básica de la vida franciscana era el convento cuyo superior recibía el nombre de guardián; la custodia era una circunscripción que no llegaba a formar provincia y que reunía a seis o siete casas, con un hermano custodio al frente. La provincia era la división administrativa territorial que aglutinaba un número de conventos, cuya máxima autoridad era el Padre Provincial. En el siglo XIV y ante la paulatina relajación de las costumbres religiosas entre los Hermanos Menores, sobre todo a lo que a pobreza, apostolado y obediencia se refiere, se produce un movimiento de reforma espiritual y disciplinario con objeto de recuperar el primitivo modo de vida preconizado por San Francisco, que cristalizará en la rama de los llamados Franciscanos Observantes. Esta observancia fue cuajando, aunque no sin dificultades, hasta que finalmente se impuso en todos los conventos; por bula de León X de 1517 se establecía la observancia como heredera del espíritu primigenio franciscano, decretándose la paulatina desaparición de la conventualidad. En el siglo XVI y al hilo de los movimientos de reforma dentro de la Iglesia, surge en el seno de la familia franciscana un nuevo deseo de volver a la simplicidad primitiva de la Orden, a una más pura y radical observancia de la regla. Promovida por fray Mateo de Bassi o de Bascio, esta vuelta a la esencia del franciscanismo se basaba en la pobreza, caridad, contemplación y en general en unas pautas de comportamiento inspiradas en la vida del fundador. Llamados en sus comienzos Frailes Menores Ermitaños, los miembros de esta nueva rama descalza recibieron el nombre de Capuchinos, quienes, no sin oposición al principio, se desligaron en 1528 de los Observantes; en 1578 fueron autorizados por Clemente VIII a extenderse por otros países, siendo aprobadas sus constituciones en 1643 por Urbano VIII. Esta nueva familia franciscana se diferenció en su aspecto externo por su hábito y manto corto de sayal pardo oscuro, la capucha puntiaguda, las sandalias y la barba larga, y constituyó durante la Contrarreforma uno de los más serios baluartes de la Iglesia católica, con una propagación sorprendente en el tiempo y espacio.
Los franciscanos en España. Los datos sobre la llegada de los Franciscanos a España son discutibles y discutidos por los investigadores de la Orden por no existir documentación de primera mano que acredite con certeza este extremo. Al parecer, en 1209 un grupo de frailes encabezados por Bernardo de Quintaval, Gil de Asís y Pedro de Catania llegó a la Península en misión apostólica; entre 1213 y 1214, se sitúa la venida a España del propio San Francisco, bien para visitar la tumba del Apóstol Santiago o para marchar a predicar a Marruecos. La implantación oficial del franciscanismo se fecha en 1217 con la comunidad abierta por el referido fray Bernardo de Quintaval. La expansión de la Orden, condicionada por el ritmo de la conquista de los territorios musulmanes, fue sin embargo muy fructífera en número de casas y de miembros, constituyéndose en 1219 la Provincia de España con el florentino fray Juan Parenti a la cabeza. Desde al menos 1232 consta la división de ésta en tres: la de Santiago, que abarcaba el noroeste peninsular incluido el Portugal cristiano, la de Aragón que comprendía este reino y el de Navarra, y la de Castilla, provincias de las que surgirían varias custodias que acabaron por constituirse en nuevas provincias, como ocurrió en Andalucía una vez completada la reconquista. A fines del siglo XIV había en la Península ciento veintitrés conventos. Después de Italia, España es sin duda la nación donde con más fuerza arraigó el franciscanismo, con muy buena acogida entre el pueblo y las autoridades, cuyo incremento geográfico-demográfico durante la Edad Media multiplicó su actividad desarrollada no sólo en el ejercicio del apostolado, sino también actuando como embajadores de los monarcas ante el Papa y a la inversa, como capellanes militares o como consejeros y confesores de nobles y reyes; en 1389 Martín el Humano les confiere perennidad en el oficio de confesores, y Enrique III hizo orlar sus armas reales con el cordón franciscano además de establecer en sus dominios la obligatoriedad de la celebración de la festividad de San Francisco. Con los descubrimientos de tierras americanas los franciscanos hallaron un nuevo y amplio campo de intenso apostolado a través de las misiones, que abarcaron el territorio asiático. En tierra hispana se verificaron las fases de relajación y reforma que en general vivió la Orden, siendo el cardenal y también franciscano Cisneros, quien mediante diversas autorizaciones pontificias impuso a comienzos del siglo XVI la Observancia en todos los conventos de Castilla, llegando más tarde la reforma a las provincias de Santiago y Aragón, ya en el reinado de Felipe II. Al propio tiempo se desarrollaron corrientes de revisión de la propia observancia que cristalizará en la rama descalza franciscana, que en España tuvo como punto de partida el año 1469, cuando el papa concede a fray Juan de la Puebla autorización para reformar su hábito y retirarse a un eremitorio con sus seguidores. Su sucesor, fray Juan de Guadalupe, consiguió un nuevo impulso al lograr por breve pontificio de 1499 la primera custodia de la descalcez, lo que supuso no pocos y serios conflictos jurisdiccionales y espirituales. La independencia definitiva de los Observantes llegará en 1506, recibiendo los Descalzos un gran empuje al ingresar en sus filas San Pedro de Alcántara (+ 1562) -por lo que también es conocida esta rama como Alcantarinos- con quien se alcanza la plena consolidación; durante el siglo XVII los Descalzos Franciscanos contaron con el apoyo de la monarquía, especialmente de Felipe III lo que significó una gran difusión por todo el reino. A estas ramas de la familia franciscana en España hemos de sumar la de los Capuchinos que se estableció en la Península en 1578, no sin serías dificultades ante la negativa de Felipe II. La fama de los religiosos venció las prohibiciones y los conventos capuchinos fueron proliferando primero por Cataluña, Aragón y Valencia; hasta 1609 no se implantan en Castilla, con la fundación de un convento en Madrid. La Provincia de Castilla se constituyó en 1618 y de ella se desgajó en 1637 la de Andalucía. El número de conventos fue creciendo hasta alcanzar la cifra de ciento veinticinco en 1782 y en la misma proporción el número de religiosos, hasta que a fines del siglo XVIII debido a las convulsiones políticas inició un rápido descenso que igualmente se dio en el resto de la familia franciscana de España, lo que se vio agravado por las medidas legislativas del siglo XIX.
En Andalucía la presencia franciscana se produce a medida que avanzan las conquistas de los monarcas castellanos sobre los territorios musulmanes, siendo las primeras fundaciones los conventos de Baeza, Úbeda y Córdoba. La toma de Sevilla en 1248 significó el total dominio del valle del Guadalquivir, un amplio territorio donde instalarse y llevar a cabo su apostolado los religiosos, como así sucedió. En el capítulo general de la Orden de 1260 ya se crea la Custodia Hispalense, dependiente de la Provincia de Castilla. En 1499 se erigía la Provincia Bética o de Andalucía. También tuvieron acomodo en la región el resto de las ramas franciscanas: Descalzos y Capuchinos; estos introducidos en España en 1578, se escindieron de los Observantes y constituyeron la Provincia de Andalucía en 1625.
Hoy, 4 de septiembre, la Orden de San Agustín celebra la Solemnidad de Nuestra Señora de la Consolación, una semana después de la solemnidad de San Agustín, con el rango de solemnidad.
Y que mejor día que hoy para ExplicArte el desaparecido Convento de Nuestra Señora de Consolación, vulgo de los Terceros, de la Tercera Orden Franciscana, de Sevilla.
El desaparecido Convento de Nuestra Señora de Consolación, vulgo de los Terceros, de la Tercera Orden Franciscana, se encontraba en la manzana formada, aproximadamente por las calles Sol, plaza San Román, Matahacas, Escuelas Pías, plaza Ponce de León, Santa Catalina, Capataz Manuel Santiago, y plaza de los Terceros; en el Barrio de Santa Catalina, del Distrito Casco Antiguo.
Bajo la denominación de los Franciscanos se engloba a los miembros de las distintas ramas de la Orden religiosa mendicante fundada en Italia por San Francisco de Asís (1182-1226), como Orden de los Hermanos Menores (Ordo Fratum Minorum), la más popular de todas y una de las más grandes y fecundas del catolicismo. Francisco ha sido sin duda una destacada figura de la historia de la Iglesia, y en consecuencia del clero regular, representando uno de los hitos fundamentales de la espiritualidad cristiana, basado en la pobreza, la humildad, la caridad y una fe inquebrantable, valores con los que quiso hacer frente al estado de relajación y enriquecimiento en que se hallaba la vida monástica. Natural de la ciudad de Asís, en la Umbría italiana, hombre piadoso que aspiraba al ideal de igualar a Cristo, y a la vez sensible a la bondad y la belleza, en 1208 abandonó su casa y bienes y se retiró con otros frailes a la ermita, cedida por los Benedictinos, de Nuestra Señora de los Ángeles o de la Porciúncula, cerca de su ciudad natal, donde llevó una vida rigurosa conjugando el retiro del claustro con la actividad apostólica. Redactó en 1209 una regla, sencillo documento para la conducta básica a seguir por sus frailes, que insistía en la imitación de la vida de Cristo mediante la pobreza absoluta, la negación de uno mismo, el servicio a los pobres y enfermos y la predicación del Evangelio, regla que fue aprobada sin bula por Inocencio III, por lo que es llamada Regla no bulada. La naciente Orden tuvo una rápida y numerosa propagación, pese a la dureza de sus condiciones de vida, gracias al activo y generoso apostolado de sus miembros atendiendo a las necesidades materiales y espirituales de los más necesitados; la presencia del propio San Francisco, su humildad y a la vez fuerza espiritual conmovían a los pueblos, prelados y nobles. Los bellos documentos que escribió a lo largo de su vida, llenos de piedad y amor por la creación son testimonio de su gran personalidad. Fue canonizado por Gregorio IX. La rápida expansión del franciscanismo hizo necesaria una revisión en el orden organizativo y normativo de la comunidad que ya en 1217 se dividió, además de la de Italia, en cinco provincias, entre las que ya contaba la de España. Se redactó un nuevo texto en 1221 con más de veinte capítulos que en 1223 fue reformado, reducido a doce, siendo aprobado ese año por bula pontificia; es conocida como Regla bulada, en contraposición a la dada por San Francisco. Esta duplicidad iba a condicionar la evolución posterior de la Orden entre los que querían seguir el ideal primitivo del fundador y los que aceptaban las reformas recogidas en la regla bulada, que terminó por imponerse por confirmación de Gregorio IX en 1231, y supuso la total institucionalización y organización jerárquica de la Orden, que estaba encabezada por el Ministro General y su delegado, el Vicario General, y por Ministros Provinciales. Célula básica de la vida franciscana era el convento cuyo superior recibía el nombre de guardián; la custodia era una circunscripción que no llegaba a formar provincia y que reunía a seis o siete casas, con un hermano custodio al frente. La provincia era la división administrativa territorial que aglutinaba un número de conventos, cuya máxima autoridad era el Padre Provincial. En el siglo XIV y ante la paulatina relajación de las costumbres religiosas entre los Hermanos Menores, sobre todo a lo que a pobreza, apostolado y obediencia se refiere, se produce un movimiento de reforma espiritual y disciplinario con objeto de recuperar el primitivo modo de vida preconizado por San Francisco, que cristalizará en la rama de los llamados Franciscanos Observantes. Esta observancia fue cuajando, aunque no sin dificultades, hasta que finalmente se impuso en todos los conventos; por bula de León X de 1517 se establecía la observancia como heredera del espíritu primigenio franciscano, decretándose la paulatina desaparición de la conventualidad. En el siglo XVI y al hilo de los movimientos de reforma dentro de la Iglesia, surge en el seno de la familia franciscana un nuevo deseo de volver a la simplicidad primitiva de la Orden, a una más pura y radical observancia de la regla. Promovida por fray Mateo de Bassi o de Bascio, esta vuelta a la esencia del franciscanismo se basaba en la pobreza, caridad, contemplación y en general en unas pautas de comportamiento inspiradas en la vida del fundador. Llamados en sus comienzos Frailes Menores Ermitaños, los miembros de esta nueva rama descalza recibieron el nombre de Capuchinos, quienes, no sin oposición al principio, se desligaron en 1528 de los Observantes; en 1578 fueron autorizados por Clemente VIII a extenderse por otros países, siendo aprobadas sus constituciones en 1643 por Urbano VIII. Esta nueva familia franciscana se diferenció en su aspecto externo por su hábito y manto corto de sayal pardo oscuro, la capucha puntiaguda, las sandalias y la barba larga, y constituyó durante la Contrarreforma uno de los más serios baluartes de la Iglesia católica, con una propagación sorprendente en el tiempo y espacio.
Los franciscanos en España. Los datos sobre la llegada de los Franciscanos a España son discutibles y discutidos por los investigadores de la Orden por no existir documentación de primera mano que acredite con certeza este extremo. Al parecer, en 1209 un grupo de frailes encabezados por Bernardo de Quintaval, Gil de Asís y Pedro de Catania llegó a la Península en misión apostólica; entre 1213 y 1214, se sitúa la venida a España del propio San Francisco, bien para visitar la tumba del Apóstol Santiago o para marchar a predicar a Marruecos. La implantación oficial del franciscanismo se fecha en 1217 con la comunidad abierta por el referido fray Bernardo de Quintaval. La expansión de la Orden, condicionada por el ritmo de la conquista de los territorios musulmanes, fue sin embargo muy fructífera en número de casas y de miembros, constituyéndose en 1219 la Provincia de España con el florentino fray Juan Parenti a la cabeza. Desde al menos 1232 consta la división de ésta en tres: la de Santiago, que abarcaba el noroeste peninsular incluido el Portugal cristiano, la de Aragón que comprendía este reino y el de Navarra, y la de Castilla, provincias de las que surgirían varias custodias que acabaron por constituirse en nuevas provincias, como ocurrió en Andalucía una vez completada la reconquista. A fines del siglo XIV había en la Península ciento veintitrés conventos. Después de Italia, España es sin duda la nación donde con más fuerza arraigó el franciscanismo, con muy buena acogida entre el pueblo y las autoridades, cuyo incremento geográfico-demográfico durante la Edad Media multiplicó su actividad desarrollada no sólo en el ejercicio del apostolado, sino también actuando como embajadores de los monarcas ante el Papa y a la inversa, como capellanes militares o como consejeros y confesores de nobles y reyes; en 1389 Martín el Humano les confiere perennidad en el oficio de confesores, y Enrique III hizo orlar sus armas reales con el cordón franciscano además de establecer en sus dominios la obligatoriedad de la celebración de la festividad de San Francisco. Con los descubrimientos de tierras americanas los franciscanos hallaron un nuevo y amplio campo de intenso apostolado a través de las misiones, que abarcaron el territorio asiático. En tierra hispana se verificaron las fases de relajación y reforma que en general vivió la Orden, siendo el cardenal y también franciscano Cisneros, quien mediante diversas autorizaciones pontificias impuso a comienzos del siglo XVI la Observancia en todos los conventos de Castilla, llegando más tarde la reforma a las provincias de Santiago y Aragón, ya en el reinado de Felipe II. Al propio tiempo se desarrollaron corrientes de revisión de la propia observancia que cristalizará en la rama descalza franciscana, que en España tuvo como punto de partida el año 1469, cuando el papa concede a fray Juan de la Puebla autorización para reformar su hábito y retirarse a un eremitorio con sus seguidores. Su sucesor, fray Juan de Guadalupe, consiguió un nuevo impulso al lograr por breve pontificio de 1499 la primera custodia de la descalcez, lo que supuso no pocos y serios conflictos jurisdiccionales y espirituales. La independencia definitiva de los Observantes llegará en 1506, recibiendo los Descalzos un gran empuje al ingresar en sus filas San Pedro de Alcántara (+ 1562) -por lo que también es conocida esta rama como Alcantarinos- con quien se alcanza la plena consolidación; durante el siglo XVII los Descalzos Franciscanos contaron con el apoyo de la monarquía, especialmente de Felipe III lo que significó una gran difusión por todo el reino. A estas ramas de la familia franciscana en España hemos de sumar la de los Capuchinos que se estableció en la Península en 1578, no sin serías dificultades ante la negativa de Felipe II. La fama de los religiosos venció las prohibiciones y los conventos capuchinos fueron proliferando primero por Cataluña, Aragón y Valencia; hasta 1609 no se implantan en Castilla, con la fundación de un convento en Madrid. La Provincia de Castilla se constituyó en 1618 y de ella se desgajó en 1637 la de Andalucía. El número de conventos fue creciendo hasta alcanzar la cifra de ciento veinticinco en 1782 y en la misma proporción el número de religiosos, hasta que a fines del siglo XVIII debido a las convulsiones políticas inició un rápido descenso que igualmente se dio en el resto de la familia franciscana de España, lo que se vio agravado por las medidas legislativas del siglo XIX.
En Andalucía la presencia franciscana se produce a medida que avanzan las conquistas de los monarcas castellanos sobre los territorios musulmanes, siendo las primeras fundaciones los conventos de Baeza, Úbeda y Córdoba. La toma de Sevilla en 1248 significó el total dominio del valle del Guadalquivir, un amplio territorio donde instalarse y llevar a cabo su apostolado los religiosos, como así sucedió. En el capítulo general de la Orden de 1260 ya se crea la Custodia Hispalense, dependiente de la Provincia de Castilla. En 1499 se erigía la Provincia Bética o de Andalucía. También tuvieron acomodo en la región el resto de las ramas franciscanas: Descalzos y Capuchinos; estos introducidos en España en 1578, se escindieron de los Observantes y constituyeron la Provincia de Andalucía en 1625.
La rama franciscana de la Tercera Orden se instituyó para acoger a los seglares que, sin abandonar su propio género de vida, buscaban la perfección cristiana bajo la dependencia de una comunidad religiosa a la que se subordinan y de la cual reciben orientación espiritual. Así, se considera primera Orden la formada por los varones ordenados y la segunda a la rama femenina. Las terceras órdenes tuvieron un gran desarrollo e influencia desde la Edad Media, siendo la más importante la de los Franciscanos cuyos orígenes y fundación se remontan a San Francisco de Asís, en 1221, con aprobación papal desde 1230 y con regla propia otorgada por el papa franciscano Nicolás IV en 1289. Llegó a contar entre sus filas no sólo con un amplio sector de las masas populares sino que nobles y monarcas se vincularon a ella, como fue el caso de San Luis rey de Francia, Santa Isabel de Hungría o en España Femando III el Santo. La inquietud de algunos de los miembros de la institución por vivir una vida más retirada, dentro de un régimen conventual, derivó en la formación de la Tercera Orden Regular, separada de la seglar, en la que sus miembros juraban los tradicionales votos monásticos, dándose como fecha de su fundación el año 1318, con regla aprobada por Juan XXII hacia 1324; en 1521 León X sancionaba una nueva regla. En 1547 Paulo III reconoció la división de la Tercera Orden en tres ramas con reglas distintas: los terciarios religiosos, la correspondiente rama femenina y los laicos. Hay que señalar, que esta emanación directa de la Tercera Orden planteó controversias desde su origen, en primer lugar por lo que tenía de ruptura con la corriente seglar originada en torno a las órdenes mendicantes de las que la franciscana era una de las esenciales, y por otro porque el pretendido nuevo modelo de vida podía haberse incardinado dentro de la propia Orden de los Hermanos Menores de San Francisco; de hecho estuvo durante algunos años bajo la obediencia de la rama de la Observancia franciscana. En 1580 por bula de Sixto X gana su independencia, contando con un intenso y renovado desarrollo al socaire de las corrientes tridentinas.
También de forma sintética y siguiendo la historiografía más reciente, podemos establecer que en la Península Ibérica y durante los siglos XIII y XIV se constata la existencia de grupos eremíticos en la región galaico-portuguesa que tornaron corno regla de convivencia la de la Tercera Orden franciscana; centros que con la autorización del obispo diocesano y apoyo de la monarquía consiguieron que las Cortes de Toro de 1371 se les concediese los mismos privilegios que al resto de las órdenes religiosas. En el siglo XVI la Tercera Orden regular hispana se constituye en provincia independiente de la rama italiana, dividiéndose a mediados de dicha centuria en tres Provincias: Santiago, Castilla y Andalucía.
Dentro del marco eremítico desarrollado en otros puntos geográficos de Castilla hay que incluir el primer asentamiento en Sevilla de Padres Terceros Franciscanos, que tuvo lugar extramuros de la ciudad y al otro lado del río, próximo al arrabal de Triana, denominado de las Cuevas. El paso siguiente para la consolidación institucional de este eremitorio vino de mano del arzobispo don Gonzalo de Mena, quien queriendo fundar un monasterio de cartujos precisamente en ese lugar de las Cuevas, hizo con los terciarios escritura de permuta el 16 de enero de 1400, cediendo la ermita de las Cuevas, en la que estaban desde hacía seis años -esto es desde 1394- recibiendo a cambio la parroquia de San Juan de Aznalfarache (Sevilla), donde fundar nuevo convento, y la ermita de Moraniña, en el condado de Niebla "por que haia mejor de que se mantener". En esta escritura se da a conocer los nombres de algunos de los miembros de la comunidad, como fray Juan, el Ministro, y los frailes Alonso de Marinos, Alonso de Palma, Femando de Valedores y Fernando de Sevilla, "y otros frailes que viven en el monasterio dicho, que están ausentes".
Una segunda estancia tuvieron los Padres Terceros en la ciudad, entre 1529 hasta 1567, en el convento de Nuestra Señora del Valle, anteriormente ocupado por religiosas dominicas. La tercera y definitiva fundación de la Orden Tercera en Sevilla tuvo lugar en 1602, perteneciente ya a la Provincia de San Miguel. Por escritura de 7 de julio de ese año se constituía el nuevo convento en la collación de Santa Catalina, en una antigua capilla dedicada a los mártires San Cosme y San Damián situada en la calle de las Cabezas -actual Sol- y una casa contigua perteneciente a los Marqueses de Villafranca del Pítamo y Carrión de los Céspedes, a la que se agregaron otras, para ampliación del recinto conventual, siendo su primer Ministro fray Juan Falconi. Al convento sevillano se agregaron los religiosos del monasterio de San Juan de Moraniña, por hallarse allí en "...soledad, distancia de Sevilla o de Alfarache, pues el país era por si pobre, los Religiosos poco conocidos, las provisiones distantes y en fin anhelaban por Sevilla", vendiéndose los terrenos que en aquel lugar poseían al cura del Almonte el 5 de agosto de 1603. A la fundación hispalense se aplicó dinero y enseres, entre ellos la imagen de la Virgen con el Niño con la advocación de Nuestra Señora de Consolación -también denominada de la Moraniña- que dio título al convento sevillano y en donde aún se encuentra. El traslado de la Virgen suscitó un pleito entre religiosos y vecinos del lugiar quienes le tenían gran devoción. El asunto se solucionó con la colocación en la ermita de otra, con la advocación del Socorro.
Quedaba pues el convento de los Terceros emplazado definitivamente en Sevilla, en la collación de Santa Catalina, inserto en una gran manzana delimitada por las calles Espejo, actual Matahacas, Luna -hoy Escuelas Pías- plaza de la Paja, ahora rotulada plaza de Ponce de León, y calle de las Cabezas, actualmente calle Sol y plaza de los Terceros. Los frailes se acomodaron durante unos años en las casas compradas, sirviéndoles de iglesia la capilla de los Santos Mártires. Según todos los cronistas la edificación del nuevo templo y convento se inicio en 1648, con varias fases constructivas que culminaron a fines del siglo XVII.
Entre sus muros tuvieron cabida una serie de corporaciones piadosas y hermandades cuya incorporación significaba un aporte económico y un aumento del patrimonio artístico. La más antigua la de la Orden Tercera seglar, al parecer presente desde la fundación del propio convento. Tuvo la advocación de Esclavitud de Nuestra Señora de la Encarnación y fue fundada por Laureano Segura y Alonso Jiménez a principios del siglo XVII; en los días 15 y 16 de marzo de 1651 los Padres Terceros deliberaban sobre la solicitud de la corporación para adquirir una capilla donde establecerse y celebrar sus cultos. El 17 de ese mes y año los religiosos acordaban positivamente la venta, por 2.000 reales, consistente en "dos capilla en la iglesia nueva que estaban labrando junta e inmediatamente al arco toral al lado de la epístola y sitio para labrar sacristía, jardín y patio y demás cosas que quisieran para adornar'', las dos capillas se unieron en una sola, y debía estar terminada y adornada para el día en que se trasladase el Santísimo, una vez edificada la iglesia conventual. Se adjudicaron además una zona anexa tras la cabecera de la iglesia que salía a la plaza de la Paja, actual Ponce de León. Esta Hermandad desapareció durante la ocupación francesa.
El 18 de diciembre de 1674 la Hermandad de penitencia de Cristo Atado a la columna y María Santísima de la Victoria adquiría "una capilla en tosco que está en su iglesia a la entrada de ella a mano derecha debajo del coro, que uno de sus testeros arrima a la torre del campanario y tiene de largo once varas y cinco de ancho en que se incluyen los huecos de las paredes y de altura del suelo sollado once varas en que se incluye el cimiento que tendrá cuatro varas, y hoy tiene dos puertas a la iglesia y una en el callejón que va de la puerta que cae junto a la capilla de la Esclavitud a la que cae a la plaza de la paja, la cual dicha capilla, los dichos hermanos de la cofradía de la Columna y Azotes, estando primero apreciado por Juan Durán y Sebastián Domínguez, alcaldes alarifes de esta ciudad en el ser y estado en que estaban, en tosco, que le apreciaron en 11.190 reales". Esta cantidad bajó a 6.260 reales de vellón por la instalación de unas vigas nuevas y fortificación del suelo, que benefició al templo. El pago se tomó a censo, redimido en 1690. Esta hermandad fue fundada hacia 1563 en la iglesia de San Benito de Calatrava, ignorándose quiénes fueron sus fundadores y primeros cofrades. Su primera regla fue aprobada en 1569 y hacía estación de penitencia en la tarde del Jueves Santo. De aquí pasó a la parroquia de San Miguel y en el año1611 se traslada a los Terceros. Durante la ocupación francesa la corporación se ubica en la parroquia de Santiago de donde regresa pasada esta circunstancia. En 1904 pasa a residir en la capilla de la entonces Fábrica de Tabacos, y en 1965 se traslada a la capilla de esta fábrica en el barrio de Los Remedios, donde permanece, siendo conocida popularmente como la Hermandad de "las Cigarreras".
Otra cofradía de penitencia tuvo su sede en los Terceros denominada de la Entrada en Jerusalén, Santísimo Cristo del Amor, Nuestra Señora del Socorro y Santiago Apóstol, corporación que es fusión de dos hermandades, la de la Entrada en Jerusalén, fundada por los Medidores de la Alhóndiga en el primer tercio del siglo XVI en el hospital que tenían en la collación de San Román, que tras su cierre en 1587 se instaló en la capilla de San Cosme y San Damián, a donde llegaron los padres Terceros en 1602. Por su parte, la Hermandad del Amor fue instituida en la parroquia de Santiago, a quien tomó como patrón, con el fin de atender a los encarcelados, llegando al convento hacia 1603. El 21 de mayo de 1615 adquirió una capilla, en la todavía primitiva iglesia conventual, donada por los franciscanos "sita en la dicha iglesia, entrando por la puerta a mano derecha, donde ha estado y está la dicha Hermandad hará doce años". La unión de ambos institutos tuvo lugar 23 de marzo de 1618, abriendo un espléndido capítulo de devoción al que coadyuvó sin duda la calidad de sus imágenes, entre las que destaca la del Crucificado, salida de la gubia de Juan de Mesa. En el convento permaneció la hermandad hasta la entrada de los franceses en 1810, en que pasó a la parroquia de San Miguel. Tras su derribo en 1868 volvió a los Terceros durante poco tiempo pues en 1870 se traslada a la iglesia del Dulce Nombre y de aquí a diversas parroquias hasta que en 1922 pasa a El Salvador, donde tiene su sede.
Al amparo de los padres Terceros se instituye en el convento la denominada Confraternidad de la Vía Sacra, muy en la línea espiritual de las órdenes terceras franciscanas, que tenía como titular a un Crucificado bajo la advocación de Cristo de la Buena Muerte. Por el Libro de Actas de la corporación sabemos que el 18 de marzo de 1742 se reunió una representación de sus miembros para solicitar la aprobación de sus Constituciones por el padre Provincial de la Orden Tercera, estando desde seis años atrás instituida en el monasterio. El 2 de febrero de 1746 la hermandad solicita a los franciscanos la sacristía vieja como capilla donde establecerse. Sin embargo, en octubre de ese mismo año se instalan en una capilla "que está en la iglesia al entrar de la puerta misma, sobre mano izquierda bajo el coro''.
Otros institutos piadosos radicaron en el convento, como la Hermandad de Nuestra Señora del Consuelo, perteneciente al gremio de los Pasamaneros, que tuvo su altar y retablo en el lado del evangelio del crucero, o la Esclavitud de Nuestra Señora de Consolación asociación devota que parece no llegó a constituir hermandad. En 1795 se funda en los Terceros una hermandad de beneficencia dedicada a Santa Rosalía de Palermo cuyos miembros, abonando una cierta suscripción semanal, eran atendidos en caso de enfermedad o fallecimiento.
En febrero 1810, con la invasión de los franceses y en cumplimiento de los decretos de José I, los religiosos fueron exclaustrados. El 10 de junio de ese mismo año se trasladaban al convento las monjas agustinas de la Encarnación, cuyo monasterio estaba siendo derribado para instalar en su solar un mercado de abastos y abrir nuevas calles en el entorno. Tras la marcha de los franceses y con los cambios político-legislativos que permitían a los frailes volver a sus conventos, los Terceros solicitaron la devolución de su casa e iglesia, entrega que se dilató hasta 1819, año en que las agustinas se trasladaron, entre los días 20 y 21 de diciembre, a su nueva sede, el antiguo Hospital de Santa Marta y casas colindantes. Al día siguiente se establecen los Padres Franciscanos, que habían permanecido reunidos durante estos años de espera en unas casas de su propiedad fronteras al convento. Asimismo, se restablecen algunas de las corporaciones piadosas en el templo. Pero esta nueva etapa duró poco pues con la aplicación de los decretos desamortizadores de 1835, los religiosos tuvieron que abandonar definitivamente el convento, lo que tuvo lugar el 7 de septiembre de ese año, permitiéndoles sin embargo la celebración al día siguiente de la última Fiesta de su Virgen titular, Nuestra Señora de Consolación. La iglesia permaneció abierta al culto a cargo de un padre tercero como capellán y aunque las hermandades permanecieron en él, entraron en un periodo de decadencia que acabó con la extinción de algunas de ellas como fue el caso de la Esclavitud de Nuestra Señora de la Encarnación y la Confraternidad de la Vía Sacra, siendo depositados sus imágenes y enseres en casa de particulares. En 1845 parte de la cubierta de la iglesia se derrumbó y mientras se reparaba la Virgen de Consolación fue llevada al domicilio de la familia de la Mejorada. En 1848 fue reabierta al culto y en 1887 fue entregada a los Padres Escolapios que se hallaban establecidos en el contiguo Palacio de los Ponce de León, paredaño al convento por su parte trasera. La clausura se convirtió en cuartel de infantería por R.O. de 18 de mayo de 1847, denominado popularmente como "Cuartel del Tránsito", lo que evitó su derribo si bien se llevaron a cabo en él alteraciones para acondicionarlo a su nuevo uso. Los planos del convento-cuartel conservados en el Archivo Histórico Militar de Sevilla, fechados en 1915 nos dan a conocer la distribución de las dependencias militares en torno a los dos patios claustrados, en donde se distribuían las oficinas y habitaciones de las compañías de soldados, que según un informe de 31 de diciembre de 1926 eran generalmente cuatrocientos hombres y quinientos en casos extraordinarios; en las caballerizas se apostaban hasta cincuenta y seis caballos y mulas. En el muro del cierre del convento a la calle Sol se abrieron una serie de vanos -que aún se mantienen- distribuidos en tres cuerpos de altura, en el primero una sencilla puerta de acceso y ventanas rectangulares que se repiten en los dos pisos superiores.
Con el tiempo el uso castrense del edificio resultó inadecuado, pasando el edificio a manos de los Padres Escolapios que lo adquirieron en 1955 para ampliar su centro docente instalado en el referido Palacio de los Ponce de León. En 1974 estos religiosos se trasladaron a un nuevo emplazamiento quedando el inmueble abandonado a su suerte con serio peligro de ser demolido por la inmobiliaria URSESA, que lo adquirió en 1975, para la construcción de viviendas, como había hecho con el vecino palacio. La crisis financiera de la entidad constructora y una nueva sensibilidad de la administración y la sociedad hacia el patrimonio de la ciudad salvaron al convento de la piqueta. El 8 de abril de 1986 la Empresa Municipal de Aguas, EMASESA, en colaboración con la Gerencia de Urbanismo del Ayuntamiento de Sevilla, adquirió lo que quedaba del Palacio de los Ponce de León y el convento de los Terceros, acometiendo profundas obras de restauración y habilitación para uso administrativo, entre 1987 y 1990. Desde este año y hasta 1992 las dependencias conventuales fueron sede de la corporación municipal mientras se rehabilitaban las Casas Consistoriales de la plaza de San Francisco. La acertada recuperación llevada a cabo en el conjunto monumental del palacio y convento fue galardonada en 1990 con el premio "Europa Nostra", como reconocimiento, según tenor literal del acuerdo del jurado internacional reunido en La Haya, "a la magnífica restauración del Convento de los Terceros y Palacio de los Duques de Arcos", lo que mereció una de las cinco medallas de honor correspondientes al referido año 1990, que fue entregada el 5 de abril de 1991 por la reina doña Sofía.
La iglesia es sede desde 1973 de la Hermandad de la Sagrada Cena, y junto con el resto de las dependencias conventuales conservadas -sacristía, claustros, escalera y dependencias perimetrales- está incluida dentro del Conjunto Histórico de Sevilla además de haber sido declarado el conjunto Monumento Histórico.
ARQUITECTURA
Emplazado el convento en la calle de las Cabezas, hoy rotulada Sol, a esta calle daba todo su frente principal, tanto la clausura como la iglesia, teniendo ambas sus accesos por esta vía. En una primera fase tras la fundación en 1602 y durante algún tiempo, los religiosos hubieron de acomodarse a las construcciones preexistentes, utilizando como templo la capilla de los Santos Cosme y Damián. Los antiguos cronistas repiten que la edificación del nuevo convento empezó en 1648, sin embargo esta fecha hay que adelantarla al menos a 1627, año en que Alonso de Arenas se compromete, según escritura de 18 de julio, a entregar 50.000 ladrillos al alarife Diego Gómez, que ya trabaja en el cenobio. En septiembre de 1631 los canteros Pedro Álvarez y Manuel González conciertan con fray Diego de Jesús "labrar la obra de cantería e columnas basas capiteles de la orden dórica para la obra que se está aciendo en dho conbento", tanto de la capilla mayor como las del cuerpo de la iglesia, según diseño ya establecido, finalizándose estas labores el 23 de octubre de 1633. Finalmente referiremos cómo el citado Diego Gómez otorgaba carta de pago al mismo padre fray Diego de Jesús el 17 de mayo de 1642 "por la asistencia y trabaxo que yo y oficiales y peones tubimos en el dicho tiempo en la iglesia nueva que el dicho conbento de proximo esta labrando". En 1650 Juan Fernández Felipe hace entrega de "doscientas cargas de yeso blanco de espejuelo" para blanquear la iglesia, por lo que en ese año hubo de estar culminada su fábrica. Pese a estos datos, seguimos ignorando quien pudo ser el autor o autores de la traza, tanto de la iglesia como de la clausura, cuya edificación se prolongó hasta fines del XVII, en varios impulsos constructivos que acabaron conformando un conjunto unitario y definido, bello ejemplar de la arquitectura conventual sevillana, cuyas principales piezas afortunadamente han llegado a nuestros días.
La iglesia se dispone perpendicular a la calle Sol en donde abre su portada a los pies y en el centro de su nave, con un pequeño compás delante que se cierra con una reja, respondiendo a una tipología de iglesia al exterior, no encerrada en las tapias del convento. Es de planta de cajón, de una única y ancha nave de cinco tramos, con capillas laterales de planta rectangular -algunas de ellas hoy muy alteradas- y cerradas por altas rejas; coro alto a los pies sobre arco escarzano, cabecera plana y crucero con brazos de corta longitud y en el centro cúpula sobre pechinas, sin tambor ni linterna, y con óculos en el casquete. Los alzados se forman mediante pilastras pareadas en dos cuerpos de altura, que soportan los arcos fajones sustentantes de las bóvedas de cañón con lunetos que cubren la iglesia, si bien la nave central posee hoy una cubierta plana por hundimiento de la original en 1845. El paso a las capillas laterales se organiza mediante arcos de medio punto sobre los cuales corren tribunas con ventanas. Una interesante decoración a base de yeserías barrocas se distribuye por el presbiterio, cúpula, sotocoro y algunas de las capillas, cuya ejecución se puede situar a fines del XVII o principios del XVIII, desconociéndose la autoría de las mismas, si bien recuerdan los trabajos realizadas por los hermanos Borja en templos sevillanos. La techumbre del amplio sotocoro que ocupa los dos últimos tramos de los pies de la iglesia, se halla vistosamente adornada con jugosos estucos que se esparcen por fajones, pechinas y paramentos hasta llegar a la cornisa, y su motivo iconográfico es la exaltación de la pureza de María, configurándose mediante motivos vegetales con angelotes portando flores o instrumentos musicales, guirnaldas de flores y frutos, cartelas, cabezas masculinas y emblemas marianos con la M coronada y dos palmas, todo ello dispuesto en una dinámica composición de bien recortados perfiles. La cúpula de crucero se encuentra igualmente decorada con unas suntuosas yeserías, que combinan elementos geométricos y vegetales sobre cabezas de querubines y cartelas en alternancia y distribuidas en los plementos trapezoidales y radios que parten del doble círculo central con mensulones de la cúpula, en cuyo interior se inserta una rica macoya vegetal. La bóveda del presbiterio posee igualmente decoración de yeserías de factura semejante a las descritas y en las que aún quedan restos de la policromía original.
La portada de la iglesia, situada a los pies de ésta, es sin duda una de las más singulares de Sevilla, tanto por sus elementos arquitectónicos como por sus suntuosos motivos decorativos que recuerdan obras coloniales hispanoamericanas, en una composición concebida corno un gran retablo que gustaba muy poco a Gestoso, quien la califica "como el modelo más desatinado entre las que entonces se construyeron en esta ciudad. Es de ladrillo cortado, con adornos de hojarascas de barro cocido e imágenes del mismo material, dispuesto todo de manera tan revesada, que prueba hasta qué punto llegaron los extravíos arquitectónicos en aquel tiempo". Está labrada en ladrillo, avitolado en muchos lugares, con aplicaciones de barro cocido, y se compone de un cuerpo de tres calles y ático; en el centro se abre el gran vano adintelado de acceso al templo enmarcado por pilastras y coronado por un arco mixtilíneo con el escudo de la Orden Tercera en el tímpano (compuesto de un campo con las cinco llagas, tres flores de lis y una custodia con el lema Fidei), flanqueado por figuras de angelitos en relieve entre minuciosa decoración con atributos marianos que se extiende por el trasdós del arco, y en las enjutas los relieves del Sol y la Luna. Las calles laterales se enmarcan por dos sinuosos estípites apilastrados de orden gigante a cada lado, con una profusa y prolija decoración tallada a base de motivos vegetales, florones y caras gesticulantes. En las entrecalles se abren hornacinas que albergan las esculturas modernas de San José de Calasanz y San Francisco de Asís, con tondos circulares sobre ellas con los bustos en relieve de Santa Clara y Santa Rosa de Viterbo. Estos "protoestípites" rematan en molduras a modo de cimacios con pedestales donde se sitúan las esculturas en terracota de San Francisco y Santa Isabel de Hungría, a la izquierda, y a la derecha Santa Rosa de Viterbo y San Elseario. El cuerpo central remata en un ático formado por una hornacina avenerada entre pares de pilastras coronadas con figuras de ángeles y con una minuciosa decoración similar a la descrita; en su interior se halla la escultura en piedra de Nuestra Señora de Consolación con la Paloma del Espíritu Santo sobre ella y a los pies la inscripción consolatrix aflictorum (Consuelo de los afligidos). El conjunto se corona con una escultura de terracota de buena factura del Arcángel San Miguel, que recuerda los trabajos del taller de Roldán. Encima se abre un sencillo ventanal que ilumina el coro alto. Sin referencia documental que aclare su fecha de ejecución y su autor, se ha establecido entre 1690 y 1700 y su autor el religioso de origen portugués y residente por estos años en el convento, fray Manuel Ramo, autor de la escalera principal. Ello explicaría en parte la curiosa interpretación y disposición de los elementos. Es sin duda un singular y bello ejemplar de portada-retablo cuya labra en ladrillo v terracota continúa la larga tradición local de trabajos en estos materiales.
A la izquierda de la portada y derecha del espectador se erige la esbelta espadaña formada por dos cuerpos, que monta sobre la torre anexa al paramento de la fachada del templo. Su ejecución se vincula con fray Manuel Ramos a fines del siglo XVII. Pintada de amarillo y almagra oscura, y decorada con piedra martelilla, el primer cuerpo presenta dos vanos de medio punto entre pilastras toscanas adosadas a las jambas, protegidos por rejas metálicas salientes que cierran dos tercios de dichos vanos. Tras una cornisa con canes y dados superpuestos con pináculos cerámicos vidriados en color azul y blanco en los extremos, se levanta el cuerpo superior, de un solo vano entre pilastras pareadas, y coronado con un frontón curvo con pináculos semejantes a los anteriores en los extremos, y una cruz metálica en el centro.
La sacristía se halla en el lado del evangelio del presbiterio, por donde tiene su entrada. Algo escorada con respecto al eje de la iglesia, es de planta rectangular cubierta con bóveda de cañón con lunetos ciegos, sostenida por arcos fajones que la dividen en cinco tramos, que cabalgan sobre ménsulas ricamente molduradas que a modo de pinjantes descansan sobre los pilares. La iluminación la recibe a través de un ojo de buey que daba al patio anexo trasero, o patio de la sacristía. Estuvo muy "adornada de cuadros, espejos y dilatada cajonería de ricas maderas, que ocupan tres frentes de la pieza, en la que se guardaban ricos y multiplicados ornamentos, no pocas alhajas y otros efectos de primor". Afortunadamente se ha conservado la vistosa cajonería, realizada en madera de nogal, con decoración de paneles con motivos geométricos, cuya ejecución hay que situar a mediados del siglo XVIII.
Dependencias conventuales. Al convento se accedía por una puerta contigua a la de la iglesia. Hay que señalar que entre ambas se situaba una capilla abierta, cerrada con verja y dedicada a Nuestra Señora de Belén, hoy inexistente. El convento poseía además otro acceso secundario por su trasera que comunicaba con la entonces plaza de la Paja, actual Ponce de León. La fachada del convento a la calle Sol es un extenso muro de dos plantas de altura, divididas verticalmente por pilastras dóricas de orden gigante, formando calles en las que se sitúan una única puerta y los vanos rectangulares de ventanas, que en algunas de esas calles se duplican en planta superior. Sobresale del conjunto, al que supera en altura, el volumen de la caja de la escalera conventual con ventanas. Una potente cornisa remata la edificación, cuya estructuración y apertura de huecos corresponden a intervenciones modernas relacionadas con los recientes usos del inmueble.
Una vez traspasada la puerta reglar se hallaba un zaguán que enseguida comunicaba con el claustro principal, paredaño con el muro del evangelio de la iglesia por su galería oeste, mientras que la norte lindaba con la casa-palacio de los duques de Arcos situada a espaldas del convento. De autor desconocido, se trata de un patio de bellas proporciones, de planta ligeramente trapezoidal y de dos pisos de altura, el primero de arcos de medio punto -cinco en las alas este y oeste y seis en las norte y sur- con pinjante en la clave, sobre esbeltas columnas dóricas de mármol blanco con delgado cimacio, columnas que montan a su vez sobre pedestales del mismo material decorados con rombos tallados en sus cuatro caras. Las galerías se cubren con bóvedas de aristas coincidentes con cada tramo de arco, que apean en sencillas ménsulas adosadas a los muros. El segundo cuerpo se articula mediante pilastras adosadas que separan la serie de ventanales rectangulares enmarcados por sencillas molduras planas, que recorren todo el perímetro del claustro, en eje con los arcos del piso inferior. Los capiteles de las pilastras adoptan forma de ménsulas decoradas con gotas que reciben un entablamento con motivos geométricos, que soporta la cornisa y alero del tejado. En el centro del patio se hallaba una fuente a la que se descendía por cuatro gradas que, tapada por una solería de hormigón cuando el patio se convirtió en cancha deportiva del colegio calasancio (antes fue el patio del cuartel), se sacó a la luz en la última restauración, respetando su estereotomía original. Es de planta octogonal, de cuatro escalones pavimentados con ladrillo, con tabicas de azulejos, alizar vidriado en los bordes y cenefa azul vidriada; además se ha repuesto la primitiva taza circular que se hallaba desmantelada y abandonada en el recinto.
El claustro menor o "patio de la cocinas" se dispone en paralelo con el principal, con el que comparte una nave rectangular dispuesta entre ambos que albergaba el refectorio, la sala capitular y la biblioteca. El refectorio, hoy habilitado para salón de actos, se cubre con bóveda de cañón con lunetos ciegos y en él se acomodaban ricas mesas de caoba. En la segunda planta se hallaba la biblioteca, una amplia sala rectangular con techumbre plana con vigas de madera, de las que sólo se conservan los canes labrados empotrados en los muros; se ilumina mediante ventanas en forma de óculos, y hoy ha sido habilitada como despacho de la empresa Emasesa que tiene su sede en el ex convento. Volviendo al claustro, su construcción se sitúa en torno a los años de la renovación del convento y su diseño se vincula con fray Manuel Ramos. Se trata de un pequeño patio de planta cuadrada, articulado mediante gruesos pilares con pilastras adosadas y arcos de medio punto, tres en cada uno de sus cuatro frentes, con sus galerías cubiertas por bóvedas de aristas con arcos fajones. Posee dos pisos más en tres de sus lados, igualmente articulados por pilastras entre las que se distribuyen balcones rectangulares con antepechos metálicos y cubierta con bóveda de cañón y pares de arcos fajones. En origen se disponían en su planta baja la cocina, bodega, lavadero y demás dependencias auxiliares de carácter doméstico, además de comunicar con un corralón con puerta a la calle. En torno a él también se distribuían las celdas de los padres Terceros.
La escalera principal es sin duda la pieza culminante del convento, situada al final de la gran nave rectangular paredaña a los dos claustros, a los que engarza y comunica; su elevada caja sobresale en la crujía de la fachada a la calle Sol, donde abre vanos para su iluminación. Calificada como una de las mejores de las existentes en la ciudad, verdaderamente constituye un excepcional ejemplar de escalera barroca, en la que destacan la verticalidad de su caja de cuatro plantas, la utilización de un rico material para su construcción como es el mármol rojo, y la atrevida e imaginativa articulación de sus partes mediante una seriación de airosas y elegantes columnas. Su fecha de ejecución y su autor nos son conocidos por la inscripción de un azulejo embutido en una de sus paredes, en el que se lee: "Se principio esta escalera año de 1690 y se finalizo año de 1697, siendo prelado el Rdo. P. Fr. Alonso Ramírez. La hizo el P. Fray Manuel Ramos, morador de este convento, en el que murióo año de 1713, a los 57 de su edad R.I.P.A.". Sabemos que el referido fray Manuel Ramos nació en 1656 en la ciudad portuguesa de Viana de Camiña y fue lego del convento de Caños-Santos, desconociéndose la fecha en que ingresó en el de Sevilla, en donde murió "de una enfermedad que llaman mal de S. Lázaro". La construcción de la escalera de los Terceros le supuso el ser llamado por el arzobispo don Jaime de Palafox para hacer la correspondiente del Palacio Arzobispal sevillano, siendo, en premio, ordenado sacerdote por el prelado. Sin embargo, esta clara paternidad al fraile arquitecto queda un tanto en suspenso por la noticia dada por el cronista Barrero Baquerizo en su Historia de Antequera, quien refiere que el arquitecto Pablo Burgueño (1642-1708) "hizo en Sevilla el claustro de los Reverendos Terceros y la nombrada escalera de aquella casa... ". La responsabilidad de ambos personajes en la traza y ejecución de esta pieza aún no está resuelta por la historiografía, a la espera de nuevos datos documentales que clarifiquen el asunto. En cualquier caso, la escalera constituye un hito arquitectónico en la interpretación de este tema, de especial tratamiento en Andalucía durante el barroco, en que superando el esquema de escalera de cajón cerrado con circulación perimetral -cuyo excepcional precedente lo encontramos en la escalera del convento de la Merced de Sevilla, trazada por Juan de Oviedo- da como resultado una obra innovadora, imaginativa, amén de un logro técnico que influirá en versiones dieciochescas por la región andaluza. Su reciente y acertada restauración ha permitido recuperar este bello ejemplar de escalera imperial barroca, uno de los espacios más valiosos del conjunto conventual.
Sus dos arranques independientes parten de los ángulos de cada uno de los claustros a los que une mediante el pasadizo establecido bajo ella, llegando a un primer rellano que comunica con las galerías altas de los patios, para volver a divergir hasta el último piso, dispuesto a modo de tribuna elíptica corrida con antepechos metálicos, en la que alternan columnas pareadas y simples que sustentan arcos de medio punto sobre los que monta la bóveda elíptica sobre pechinas que cubre el conjunto. Bóveda y pechinas están decoradas con yeserías en forma de macollas vegetales. La superposición de dos series de pares de columnas dóricas con cimacio y un trozo de entablamento, todo de mármol rojo, sobre las que cabalgan arcos de medio punto, alcanza en el segundo piso un sorprendente sentido ascensional, sistema que sustituye el tradicional cierre de la caja de escalera mediante muros, ganando diafanidad y ligereza.
RETABLOS Y ESCULTURAS
El retablo mayor, afortunadamente conservado, constituye una destacada pieza de la retablística barroca sevillana. Por una escueta nota testamentaria de 22 de septiembre de 1679 sabemos que a Francisco Dionisio de Ribas le adeudaba "... el convento de Nuestra Señora de Consolación del orden de los Terceros más de ocho mil reales del retablo que hice para el altar mayor del mismo convento", por lo que la paternidad del retablo se había adjudicado a Ribas sin reservas. Sin embargo, un reciente hallazgo documental de 26 de mayo de 1700 da a conocer que Baltasar de Barahona (1658-1747) se comprometía con el padre fray Juan Morales a realizar el retablo mayor "executando en él toda la obra que tenía en que se a quitado". El día anterior, es decir el 25 de mayo, se autorizaba al convento a otorgar escritura de fianza para labrar el nuevo retablo mayor, pues "aviendose derribado el retablo del altar mayor por estar muy mal tratado y amenazando ruina, y que N.R.P. fray Juan de Morales, Ex-Definidor de esta Provincia, se a dedicado a solicitar el repararlo; teniendo ya ajustado con el Maestro que lo a de hacer...". En el contrato se detalla que Barahona debía ejecutar "toda la obra que tenía en que se a quitado, sin que le falte apice en todo y en parte... y asimismo que toda la escultura a de quedar totalmente renovada y perfeccionada y con toda seguridad", siendo los materiales empleados madera de pino de Flandes para la arquitectura y cedro para "los juguetes sobrepuestos". Asimismo, se obliga a "añadir al dicho retablo un camarín para nuestra Señora juntamente con el Santísimo Sacramento, executando en ellos toda Planta del dibujo y lo mismo se a de executar en el Sagrario añadiendo en el lo demas columnas de cedro con sobrepuestos y adornos". El trabajo se ajustó en 36.000 reales, a terminar y asentar el primer cuerpo en el plazo de año y medio y su conclusión total en dos años. No deja de resultar chocante que la obra de Ribas se hubiera deteriorado en tan corto espacio de tiempo, apenas unos veinticinco años, si damos por buena su fecha de terminación en torno a 1675. Sin embargo, los datos expuestos son concluyentes a la hora de establecer la intervención de Barahona; sin duda no sólo el deterioro sino también el deseo de los padres Terceros de tener un camarín y un manifestador debió ser determinante para su desmonte y reestructuración. Pese a esto el retablo, en cuanto a su ordenación, sigue la tipología de las obras de los Ribas, por lo que pensamos que Baltasar de Barahona, que como retablista es éste su primer trabajo documentado, realizó efectivamente un amplio camarín pero mantuvo la estructura general del retablo y reutilizó buena parte de los elementos sustentantes y decorativos ejecutados por Ribas.
Se trata de un retablo de grandes proporciones, adaptado al gran arcosolio del testero del presbiterio que cubre completamente, como quedaba recogido en la escritura de 1700, "...que el cuerpo de retablo a de llenar toda la testero del altar mayor, sin que quede de blanco algo, de la misma obra y arquitectura que todo los demás". Consta de banco, un amplio cuerpo de tres calles y ático, y se articula mediante cuatro grandes columnas salomónicas de seis espiras decoradas de pámpanos y vides, que en el ático son dos y de menor tamaño. En el banco cuatro pedestales sirven de soportes a las salomónicas, sostenidos por niños atlantes respaldados por cartelas de bordes enrollados en volutas; en el centro se halla el sagrario entre pequeñas columnas salomónicas, completándose esta zona con dos postigos laterales de medio punto bellamente decorados con casetones y motivos vegetales, y rematados por sendas cartelas con cabezas de querubines. El cuerpo del retablo está dividido en tres calles mediante las referidas cuatro columnas salomónicas trasdosadas con pilastras, y constituye el centro focal del conjunto; una gran hornacina central ocupa la calle principal, formada por un amplio arco de medio punto enmarcado por alfiz mixtilíneo y decorado con roleos en las enjutas, que cabalga sobre ménsulas sostenidas por niños atlantes. Fue el espacio que en su momento hizo la función de baldaquino para la Virgen de Consolación, y un manifestador eucarístico. Hoy en su interior se dispone una estructura de dos cuerpos con profusa decoración de rocalla con espejos, una alteración dieciochesca posterior a lo ejecutado por Barahona, sobre la que se asienta la figura de la Virgen; en la parte inferior vemos hoy el grupo escultórico de la Santa Cena perteneciente a la hermandad de este nombre que actualmente radica en la iglesia, para lo cual el retablo ha sufrido otra transformación a fines del XX, incorporando una plataforma que se adelanta al plano del retablo, para colocar las referidas imágenes de candelero, realizadas por los imagineros Luis Ortega Bru -el apostolado, entre 1975 y 1982- y Sebastián Santos Rojas, -el Señor en 1955- (sustituyen al antiguo grupo realizado por Bidón Villar, actualmente en Puente Genil).
En las cuatro hornacinas de las entrecalles colocadas en dos registros de altura, se disponen esculturas de santos terciarios del siglo XIII, de gran calidad técnica y rica policromía: en las inferiores de medio punto, San Elseario y San Luis Rey de Francia y en las superiores rectangulares San Conrado de Piacenza y San Ivo de Bretaña. El paso al ático, que por su composición y desarrollo adquiere carácter de un verdadero segundo cuerpo, es mediante una potente cornisa con frontón curvo partido enroscado en el centro, en cuyo interior incluye una tarja con el anagrama de María con corona. Sobre el frontón apoyan dos figuras alegóricas reclinadas que vienen a enlazar visualmente con el relieve del centro del ático, enmarcado por sendas columnas salomónicas de módulo más pequeño que las del cuerpo principal pero en eje con ellas y con los mismos elementos decorativos en su fuste de pámpanos y pequeños racimos. El gran marco cuadrangular, cuyo tímpano está coronado por una cartela con angelote entre guirnaldas de frutas y rematado por una cornisa con otra cartela con la inscripción SMDMS entre figuras recostadas, alberga la escena de la Constitución de la Orden Tercera, pieza de gran calidad con excelentes efectos de perspectiva arquitectónica y escultórica, de bulto muy alto, con San Francisco sentado en el centro haciendo entrega de las Constituciones de su Orden a la pareja arrodillada ante él, mientras un nutrido grupo contempla la escena, respaldada por un fondo arquitectónico de gran monumentalidad. En las cajas laterales de medio punto se disponen las esculturas de Santa Isabel de Hungría y Santa Rosa de Viterbo, y sobre ellas cartelas heráldicas con el escudo de la Orden sostenidas por angelitos. En los extremos las figuras alegóricas sedentes de la Esperanza y la Justicia.
La titular del convento, Nuestra Señora de Consolación, es la primitiva Virgen traída por los Padres Terciarios desde su convento de San Juan, situado en el Condado de Niebla, también conocido como San Juan de Moraniña, apelativo que se aplicó a la imagen, siendo conocida como Nuestra Señora de Moraniña. Es la escultura más antigua de las existentes en la iglesia; antiguos cronistas resaltaban su remota antigüedad indicando que el cabello era dorado y que examinada sin los ropajes con que habitualmente estaba vestida, es un busto al que de cintura para abajo se le había añadido una argamasa tan dura como la piedra, con el Niño totalmente adherido a la Madre, formando todo un bloque. Mide aproximadamente un metro de altura y la historiografía reciente destaca su valía artística, incluyéndola dentro de la nómina de imágenes bajomedievales de la provincia onubense. Fue restaurada por Hernández López.
En el testero del lado del evangelio del cruce o tenía su altar, retablo e imágenes titulares la Cofradía de la Entrada en Jerusalén, Santísimo Cristo del Amor, Nuestra Señora del Socorro y Santiago Apóstol. Su retablo original se ha conservado in situ, de autor desconocido, consta de un amplio y sencillo cuerpo sobre un banco, flanqueado por sendas columnas salomónicas de seis espiras decoradas con pámpanos y vides. En su interior se disponen tres repisas en donde bajo un estrecho dosel rectangular se ubicaba el Crucificado del Amor en el centro, y la Virgen del Socorro y San Juan Evangelista a los lados. El conjunto remata en ático con el escudo de la hermandad en una cartela y sobre ésta un pequeño relieve con la escena de la Entrada en Jerusalén. Su ejecución se sitúa a principios XVIII, pues el 8 de julio de 1719 la hermandad concertaba por 5.000 reales de vellón su dorado y estofado con el maestro Damián de Torres. Sobre las imágenes de la Hermandad sabemos que del grupo que forma el primer paso de misterio el Señor de la Entrada en Jerusalén es de candelero, anónima de hacia 1700, igual que los apóstoles Pedro y Santiago y Zaqueo; las restantes obras modernas. El Crucificado del Amor fue contratado para la hermandad el 13 de mayo de 1618 por Juan de Mesa con el escribano y contador de la Casa de Contratación Juan Francisco de Alvarado, haciendo constar el artista en la escritura que haría la imagen "por mi persona sin que en ella pueda entrar oficial alguno". Se trata de una impresionante y excepcional representación de Cristo muerto en la cruz, de tres clavos y coronado de espinas, con el habitual sudario de pliegues retorcidos con moñas en las caderas. La canastilla del paso fue comenzada en 1675 por Cristóbal Pérez y Sebastián Rodríguez, pero la muerte de aquél y el abandono de éste llevaron a la hermandad en marzo de 1692 a confiar la terminación a Francisco Antonio Gijón, siendo dorado y estofado por Juan Francisco de Neira por 2.5000 reales de vellón, según contrato de 21 de febrero de 1718. Constaba de cuatro ángeles, los Evangelistas y cuatro tarjas sostenidas por dos mancebos cada una. Subsisten cuatro relieves pasionarios y cuatro ángeles. Ha sufrido restauraciones al menos, en 1805 y 1941 por Francisco Ruiz. La imagen de Nuestra Señora del Socorro es una Dolorosa de candelero, obra anónima del XIX también con varias restauraciones. Actualmente vemos en este retablo a Nuestra Señora del Subterráneo, titular de la Hermandad de la Sagrada Cena, con sede en la iglesia de los Terceros, atribuida a Juan de Astorga y fechada entre 1812-1815.
En el lado de la epístola del crucero se conserva el retablo de San Antonio de Padua realizado por José Fernando de Medinilla, de cuya ejecución sabemos que se paralizó por falta de medios. El 13 de diciembre de 1727 el maestro concierta con fray Andrés de Vilches el segundo cuerpo por 300 ducados, costeados por el doctor Juan de Barragán, a finalizar el día de San Juan de 1728, y para finales de noviembre de ese año lo restante. El dorado corrió a cargo de Bartolomé López, según escritura de 31 de diciembre de 1732, por 6.500 reales. Medinilla alteró en parte el proyecto inicial al sustituir el San Miguel del remate del retablo por una tarja con el relieve del Milagro de San Antonio. El Arcángel y un San Diego, que ya existían, se colocaron flanqueando una figura de Nuestra Señora que también constaban en la iglesia. Además, un San Rafael y el referido San Miguel debían ser "dorados y estofados por todas partes para que puedan servir en procesión". En el siglo XIX este retablo era el comulgatorio y estaba presidido por un San Antonio al parecer de poco mérito. El retablo monta sobre un banco, es de tres calles articulado mediante estípites -los primeros de los realizados por el artista- la calle central más adelantada del plano del retablo y concebida a modo de baldaquino, con arco de medio punto coronado por volutas. Las laterales rematan con formas curvas en esviaje, con repisas de medio punto con minuciosa decoración en el remate. El ático presenta un doble y rico desarrollo en altura; en la zona inferior se distribuye una estructura horizontal decorada con festones y hojarasca, en los extremos ángeles niños con jarrones en la cabeza, y en el centro una hornacina, que hubo de servir como manifestador, orlada de molduras avolutadas. Más arriba y en eje con esta hornacina se sitúa un medallón entre pilastras, de medio punto y coronado con el escudo de la Orden Tercera con el relieve en su interior del Milagro de San Antonio y la mula. Actualmente el retablo está presidido por el Cristo de la Humildad y Paciencia, cotitular de la Hermandad de la Cena, obra anónima de hacia 1600. Realizada en pasta de madera policromada, de un metro de altura, responde iconográficamente a Cristo Varón de Dolores, sentado sobre una roca esperando el momento de su crucifixión. Retocado a principios del XX por Andrés Cañada, ha recuperado su fisonomía original gracias a su reciente restauración en el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico. En las entrecalles vemos hoy a San Ivo y San Roque, de autor anónimo, fechables a principios del XVIII.
No se han identificado el San Diego ni Nuestro Señor citadas en el contrato firmado por Medinilla y sí los arcángeles San Rafael y San Miguel, hoy en sendos retablos colaterales del crucero. Son dos excelentes tallas policromadas de autor desconocido y fechables en torno a la misma que el retablo. Los retablos colaterales que los acogen responden al tipo de retablo-hornacina y al menos el del lado del evangelio presidido por San Miguel es el que el 8 de marzo de 1690 concierta la Hermandad de Nuestra Señora del Consuelo, perteneciente al gremio de los pasamaneros, con el ensamblador Sebastián Rodríguez y con el escultor José de la Barrera. El retablo iba destinado a la titular, la Virgen del Consuelo, no conservada, debiendo realizarse en madera de pino y cedro, según "traza y dibujo que tenían los alcaldes de la hermandad"; el plazo de finalización era para fin de septiembre de ese año y el precio de 3.000 reales de vellón. Se articula mediante dos columnas salomónicas de seis espiras que flanquean el único cuerpo, cuyos casetones interiores se adornan con símbolos de la letanía mariana. Una cornisa quebrada da paso al ático en cuyo centro se dispone un medio punto entre pilastras con el relieve la Visitación de la Virgen en su interior; en los extremos y en eje con las salomónicas se ubican sendas esculturas de ángeles mancebos. El ático se completa con una estructura superior más con una cartela coronada y con el anagrama de María en su interior, y una moldura tallada entre pilastras rematadas con pináculos, con una pequeña pintura en el centro.
El retablo del lado de la epístola presidido habitualmente por la escultura del arcángel San Rafael, -también lo hemos visto con una escultura de Jesús Nazareno- por su semejanza con el anterior se supone realizado por Sebastián Rodríguez y José de la Barrera. Consta de banco, un cuerpo de tres calles y ático, y se articula igualmente mediante dos columnas salomónicas en los extremos. El mismo tipo de cornisa volada da paso al ático rematado en frontón curvo, cuyo relieve rectangular, enmarcado por pilastras y ménsulas representa el Sueño de San José. Ángeles niños sobre pedestales coronan las columnas salomónicas, y en las entrecalles encontramos hoy esculturas dieciochescas de santos.
En el cuerpo de la iglesia y en la primera capilla del lado del evangelio tuvo su sede la rama seglar de la Orden Tercera y la Confraternidad de la Pía Unión. En ella instalaron su coro las monjas de la Encarnación entre 1811 y 1819, desmontando al menos su retablo mayor y abriendo hueco en la pared para permitir la visión del altar mayor del templo. Los retablos y esculturas originales de esta capilla se perdieron en el siglo XIX. Sabemos que su retablo mayor fue realizado por José Femando de Medinilla en 1724 por 6.000 reales de vellón. Era de medianas dimensiones, presumiblemente articulado por estípites, sagrario en el centro y en su hornacina principal la escultura de San Francisco flanqueado por dos santos que ya tenía la corporación. En la hornacina superior y en eje con el San Francisco se situaban la Inmaculada con San José y Santa Bárbara de medio relieve a los lados. En 1732 fue dorado por Bartolomé López y Manuel García de Santiago, quienes también estofaron la capilla. Asimismo pudo realizar Medinilla los retablos colaterales de esta capilla, cuya inauguración solemne tras estas mejoras y ornato tuvo lugar en 1735, según un sermón panegírico de ese año. Hoy es la Sacramental de la Hermandad de la Sagrada Cena y posee tres retablos de estilo neoclásico, de autor desconocido y fechables en el siglo XIX. El que la preside, de principios del XIX, alberga en su hornacina principal la bella escultura de la Inmaculada Concepción, de autor anónimo, de mediados del XVII. Es de buena factura y se asienta sobre una peana formada por tres cabezas de querubines con la media luna dispuesta en horizontal, tiene mirada baja y ricos paños polícromos que se abren al viento, otorgándole dinamismo. En las entrecalles del retablo se disponen las tallas decimonónicas de San Antonio de Padua y Santa María Egipcíaca. En el retablo del muro izquierdo hemos visto a veces el Jesús Nazareno que en otras ocasiones y debido a las habituales mudanzas de imágenes, se ha situado en el retablo colateral del brazo del crucero de la epístola. Es también obra interesante, anónima de fines del XVII. Y en el correspondiente retablo del lado derecho se ubica la imagen de vestir de San Francisco de Asís -en ocasiones dispuesta en otros ámbitos de la iglesia- atribuida a Francisco Dionisio de Ribas por la semejanza con obras documentadas de este artista, quien pudo realizarla entre 1650 y 1660. Está representado con un expresivo rostro y con su habitual iconografía, con el Crucifijo en la mano, el cabello recortado en cerquillo, barba corta y bigote.
Pasada esta capilla estaba la puerta claustral que accedía al patio principal, y a continuación la llamada capilla de Calvario "con dos puertas de arcos y un altar de poco mérito". En efecto, esta capilla se cierra al cuerpo de la iglesia mediante dos altas verjas de hierro y en ella tuvo su sede la corporación piadosa de la Vía Sacra, también denominada del Vía Crucis, fundada el 18 de marzo de 1742, obteniendo la referida capilla de los padres Terceros en octubre de 1746 "...en la iglesia a la entrada de puerta misma, sobre mano izquierda bajo el coro". El 24 de febrero de 1749 los diputados de la congregación deliberaban sobre la designación de un maestro para hacer el retablo mayor, hoy inexistente, lo que recayó en Lorenzo Pérez Caballero, quien el 10 de marzo de ese año se comprometía a realizarlo, en madera de pino de Flandes, "con las tarjetas, estípites y historias en el ultimo cuerpo y con las imágenes enteras que contiene el segundo cuerpo, un frontal de madera en que si quisiera la hermandad se ponga cristales y sino solo de madera, y también dos ángeles lampareros para los lados de vara y cuarta de largo mas o menos y con florón de madera talla y con su follajes que tengan una vara e cuadro mas o menos que pidiere el sitio del cielo de dicha capilla". Se obligaba a terminar el primer cuerpo en el plazo de seis meses, y completar todo el trabajo en dos años; su costo se estipuló en 11.700 reales de vellón. Esta corporación tenía como centro devocional al Crucificado de la Buena Muerte, escultura anónima de principios del XVII que aún se conserva en la iglesia, que no está tallada del todo por su parte trasera.
La capilla del lado de la epístola más próxima al presbiterio fue de la Hermandad de la Esclavitud de Nuestra Señora de la Encarnación, tal y como reza en la parte superior de la alta verja de hierro que la cierra. Fundada a principios del siglo XVII por Laureano Segura y Alonso Jiménez, en 1651 adquiría el espacio de dos capillas que se unieron en una. La titular calificada de ''antiquísima... en pie con un libro en las manos, y que la corporación fue rica en alhajas de oro y plata y rentas", se identifica con la imagen de vestir existente hoy en la iglesia, con la misma advocación de Nuestra Señora de la Encarnación, que efectivamente sostiene en sus manos un libro abierto, de la que se desconoce su autor y cuya ejecución puede ser de mediados de XVII aunque retocada. Parece que le acompañaba el ángel San Gabriel, hoy perdido, con el que componía la escena de la Anunciación. El retablo mayor fue concertado el 28 de septiembre de 1639 con el ensamblador Francisco Jiménez y el arquitecto Blas de Santa María como fiador, a realizar en madera de borne, de cuatro varas y media de alto, conforme a la traza dada. El precio se estipuló en 1.200 reales de vellón. Este retablo debe de corresponder con el existente hoy en la capilla, al que también pertenecen las Santas Justa y Rufina que flanqueaban a la titular, fechables en los mismos años del retablo.
La última capilla situada en el lado de la epístola fue propiedad de la Hermandad de la Columna y Azotes que la adquirió en 1674. Por un inventario de bienes de la cofradía de la segunda mitad del siglo XVIII sabemos que contaba "con un altar del Señor de la Púrpura con retablo de talla dorado con distintos ángeles y en el sitio principal el dicho Señor de la Púrpura... otro altar dorado con retablo dorado de Nuestra señora de la Victoria... otro altar dorado su retablo y en el sitio principal el Señor de la Columna". Estos retablos y altares fueron calificados por González de León de "malos" al igual que las imágenes titulares, salvo la Dolorosa con la advocación de Nuestra Señora de la Victoria que erróneamente atribuye a Martínez Montañés. Los retablos no se han conservado y tampoco el referido "Señor de la Púrpura", que procesionaba en un tercer paso representando el momento en que Jesucristo recogía su túnica después de ser flagelado. Esta hermandad, que radica actualmente en la capilla de la actual Fábrica de Tabacos y es conocida popularmente como de las Cigarreras, tuvo como primitiva imagen un Cristo atado a la columna realizada por Juan Giralte en 1565 cuando la corporación aún residía en la iglesia del convento de la Trinidad en donde se conserva en uno de los retablos colaterales del templo, por lo que nunca llegó a estar en el retablo de la capilla de los Terceros. Sí la que realizara Amaro Vázquez en 1602 que procesionó durante todo el tiempo que la cofradía estuvo en el convento franciscano. Se trata de una escultura de madera policromada, de 165 cm. de altura cuyas numerosas restauraciones han provocado que la talla haya perdido sus características originales y sus veladuras primitivas al ser reencarnada en 1772 por el pintor Vicente Alanís; se conserva en la sacristía de la hermandad. Esta imagen fue sustituida en 1916 por una de Joaquín Bilbao y en 1975 por otra de Francisco Buiza, la que actualmente procesiona. Sobre la Virgen de la Victoria señala López Martínez que en el mismo documento en que Juan de Mesa concertaba la ejecución del Crucificado del Amor, indica la hechura de una Virgen de la Victoria, atribución ratificada por Hernández Díaz. Se trata de una bella Dolorosa de candelero de 168 cm. de altura, con algunas alteraciones: sustitución de las manos en 1913 por Juan Luis Guerrero, retoques y nuevo candelero en 1978 por Francisco Buiza.
Una excepcional pieza escultórica, apenas conocida en la historiografía artística local, se conserva en el templo. Se trata de un Ecce Homo, atribuido a Francisco de Ocampo, en torno a 1610-1611. Es un busto tallado en madera y policromado, que conjuga un acertado estudio anatómico en cabeza, alargado cuello y manos grandes, con una atinada plasmación anímica en el sereno rostro, de mirada baja y contenida expresión dentro del más puro sentido manierista.
No está identificado el San Francisco de Asís que el 13 de abril de 1619 concertó por 40 ducados Juan de Mesa con el padre vicario fray Pedro Meléndez. En la escritura se estipulaba que debía medir seis cuartas y media de alto, sin la peana, con la correspondiente cruz en una mano y en la otra un libro, con la llaga en el costado descubierta y una caja en que pudiera ir metido. Debía estar terminado en el plazo de tres meses. El 11 de marzo de 1620 se firmaba el finiquito.
La ornamentación de la iglesia se completa con un mobiliario litúrgico de gran calidad, muestrario del desarrollo y perfección que alcanzó la "carpintería de lo primo" en Sevilla. La sillería de coro alto constituye una magnifica obra barroca de autor desconocido, de hacia 1630. Está realizada en madera de nogal y se compone hoy de sólo treinta y nueve sitiales repartidos en tres lados y en muy mal estado de conservación. Originariamente tuvo sesenta y tres, repartidos en dos órdenes de asientos, treinta y nueve correspondían a la sillería alta y veinticuatro a la baja. El sitial presidencial se adornaba con un remate dorado con dos ángeles, hoy inexistentes. Las sillas se separan mediante pilastras cajeadas adornadas con una jugosa decoración vegetal que se repite en los remates y en torno a los medallones ovalados de los respaldos, en los que se insertan bustos de gran calidad que representan a santos de la Orden, Apóstoles, Padres de la Iglesia, los Evangelistas, Arcángeles y San Joaquín y Santa Ana, identificables por la inscripción con su nombre en la tarja inferior En el centro del coro se ubicaba el correspondiente fascistol, de caoba, de cinco vara de alto (4,30 m. aproximadamente) y con remate dorado.
El órgano, situado en el lado del evangelio del coro alto, es otra pieza destacada. Se desconoce tanto el nombre del maestro organero del instrumento musical como el artífice de la bella caja que lo envuelve, cuya ejecución debió de tener lugar en la segunda mitad del siglo XVII; fue restaurado en 1888 por José Gámiz Sánchez. Está realizado en madera de nogal, formado por un basamento sobre el que se asientan los cinco compartimentos separados por pilastras en los que se distribuyen la tubería vertical. Posee una profusa decoración barroca a base de motivos vegetales formando guirnaldas, ristras, macoyas y pinjantes, y un total de seis esculturas de querubines trompeteros en la cornisa y en el ático, constituido éste por cartelas con anagrama mariano y corona real. Hoy carece de su estructura musical.
El púlpito se sitúa en el lado del evangelio, entre el crucero y la nave del templo, es de autor desconocido, pudiéndose situar su ejecución en la segunda mitad del XVII. Es de madera y se resuelve mediante una columna de fuste estriado que sostiene la caja ochavada con finos balaustres; se cubre con tornavoz labrado, rematado con figura de la Fe. La escalera está forrada con paneles de madera adornados con tarjas avolutadas separadas con perfiles tallados.
La puerta principal de la iglesia posee un excelente cancel, de grandes proporciones, de principios del siglo XVIII. Presenta una planta trapezoidal, cubierta cupuliforme, dos grandes puertas en su frente y postigos en los costados. La decoración es sobria, a base de casetones almohadillados y motivos estrellados en el último tercio de las hojas. Finalmente referiremos la existencia de unos frontales de madera calada, tallados y policromados, que forman los antepechos de las tribunas que abren al cuerpo central de la iglesia y al crucero, configurando unos balconcillos de perfil mixtilíneo coronado por pináculos y una tarja central entre angelitos, en la que se inscribe el nombre de la imagen pintada en los medallones que conforman el centro del frontal: los Evangelistas en el crucero y los padres de la Iglesia en los que caen a la nave. No se conoce su autor, siendo obras de principios del siglo XVIII.
En la sacristía se conserva una buena cajonería barroca, que abarca prácticamente todo su perímetro, realizada en madera de nogal con paneles con motivos decorativos geométricos. Se conserva también una mesa de mármol dieciochesca, formada por una tabla poligonal sostenida por un robusto pilar y circunscrita por azulejos formando arcos de medio punto con representaciones de mascarones monstruosos con vasijas con frutos entre orlas vegetales.
PINTURAS
La iglesia estuvo decorada con pinturas murales, como testimonian los restos conservados en la bóveda del presbiterio, que quizás permanezcan bajo las capas de cal. En algunas de las capilla laterales también se hallan restos, aunque en mal estado de conservación y algunos de mediana calidad, como las situadas a los pies, en la del lado del evangelio. La actual capilla Sacramental, antes perteneciente a la rama seglar de la Orden Tercera, se adorna con una profusa decoración de pinturas murales dieciochescas, que combinan motivos vegetales y mixtilíneos y arquitectura fingida, angelotes y cabezas de querubines, y una serie de medallones circulares en los que se insertan los bustos pintados de santos y beatos de la Orden Tercera identificables por la inscripción con sus nombres que los acompaña, formando una iconografía poco frecuente en el panorama local. Repartidos en los dos arcos de acceso a la capilla se disponen en seis tondos circulares San Conrado de Piacenza, Santa Viridiana, Beato Juan Quisuga, Beato Tomás Cosquín, Santa Ángela de Fulgino y Santa Margarina de Cortona. En las paredes, en hornacinas fingidas Santa Clara, San Juan del Prado, San Pascual Bailón y San Elseario. En la techumbre se desarrolla una suntuosa decoración que finge arcos fajones, cartelas y yeserías; en el tramo central se dibuja el escudo de la Orden. Los arcos sustentantes de la bóveda se cubren igualmente con pinturas, destacando San Luis rey de Francia entre una aparatosa escenografía barroca de cortinajes descorridos con ángeles niños.
En la capilla mayor del templo se citan cuatro lienzos realizados por Juan Ruiz Soriano, que representaban la Visitación de Nuestra Señora, su Presentación en el templo, los Desposorios y el Nacimiento de la Virgen, copiado este último del lienzo de Murillo del mismo tema de la Catedral. Un número indeterminado de copias murillescas se repartían por los muros del templo, y de Soriano "cuadros en el coro alto", obras sin otras referencias y sin identificar.
En la capilla del lado de la epístola más próxima al presbiterio, en origen sede de la Hermandad de la Esclavitud de Nuestra Señora de la Encarnación, se hallan los retratos anónimos de sus fundadores Laureano de Segura y Alonso Jiménez Batrés, según inscripción al dorso, realizadas en 1665 y 1684 respectivamente. En la iglesia encontramos hoy un lienzo anónimo del siglo XVIII de la Virgen de los Reyes bajo un templete y flanqueada por San Joaquín y Santa Ana; y un San Francisco de Asís y Santo Domingo de Silos, también anónimas de principios del XVIII, que presentan la particularidad iconográfica de sostener estandartes con el escudo de sus órdenes religiosas intercambiados. En los testeros laterales del presbiterio y enmarcados en listones de yeserías, hay cuatro lienzos, cuya distancia y mal estado de conservación no permiten una ajustada identificación; las escenas reconocidas son el Martirio de San Francisco de Asís y San Luis rey de Francia en oración.
En la sacristía hubo un "Cristo en la cruz, de medio perfil, de un mérito singular, y en una canilla a los pies de la cruz esta firma: P. P. Soutman Pittore de sua de Polonia f" obra no identificada. Hoy encontramos en el ámbito de la sacristía los lienzos anónimos dieciochescos que hacen pareja de San Pedro y San Pablo, un San Luis de Francia con una cruz, un Camino del Calvario de mediano interés; y una Muerte de San José y los Desposorios de la Virgen, atribuidos a Virgilio Mattoni.
El claustro principal estuvo adornado con lienzos de medio punto dedicados a la vida de San Francisco de Asís, que Ceán Bermúdez, González de León y Justino Matute adjudicaron a Juan Ruiz Soriano, y cuyo número total, fecha de ejecución y paradero se desconoce. Deben corresponder a los requisados por los franceses en 1810 y depositados en el Alcázar de Sevilla, en donde constan treinta dos obras de Soriano, y que hasta la fecha no han sido identificadas.
En la escalera principal se citan un número indeterminados de pinturas de Esteban Márquez y Juan Simón Gutiérrez. Un San Diego, un San Francisco, "otros dos grandes, uno que representa a Santa Isabel reina de Portugal, que con sus damas lava a un pobre de su hospital de Coimbra, y otro representa a San Francisco vistiendo su hábito, al que asisten varios personajes, ambos de Lucas Valdés, en Sevilla, año de 1697", un Crucificado "que tiene mérito", obras todas ellas sin identificar. Quizás pueda vincularse a los Terceros la Santa Isabel curando a un enfermo, del Museo de Bellas Artes de Sevilla, que tradicionalmente se hace proceder de la capilla de la Orden Tercera del monasterio de San Francisco de nuestra ciudad (Matilde Fernández Rojas. Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Trinitarios, Franciscanos, Mercedarios, Jerónimos, Cartujos, Mínimos, Obregones, Menores y Filipenses. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2009).
Conozcamos mejor la Festividad de Nuestra Señora de la Consolación;
Esta advocación es muy antigua en el seno de la Orden agustina y fue declarada su Patrona. Según la leyenda, Santa Mónica derramaba muchas lágrimas ante Dios en favor de su hijo San Agustín, desviado de la fe que ella le transmitiera en su infancia, y la Virgen la consoló en su oración ferviente anunciándole la vuelta de su hijo a la Iglesia y le exhortó a expresar su penitencia vistiendo hábito negro y ciñéndose con una correa del mismo color. Según los datos históricos, en su origen, ningún lazo especial relaciona a esta advocación con la Orden Agustiniana. Consta que a mediados del siglo XV los agustinos veneraban en el norte de Italia una imagen de María bajo este nombre. En 1439 obtuvieron los agustinos la facultad de erigir para los laicos la Cofradía de la Cintura. En 1575 el Prior General Tadeo Guidelli unió la cofradía fundada en Bolonia para dar culto a la Virgen de Consolación, que había sido fundada en 1495, a la de los Cinturados de San Agustín, con la ratificación de Gregorio XIII Buoncompagni. La archicofradía adoptó entonces el título de Cinturados de San Agustín y de Santa Mónica bajo la advocación de Nuestra Señora de la Consolación. Al año siguiente el mismo papa, boloñés de nacimiento, le otorgó numerosas indulgencias y el título de archicofradía con poder de agregar a otras cofradías, reservando la concesión de las patentes de agregación al General de la Orden. Se le concedió así mismo a la Orden fiesta de este título mariano con misa y Oficio propios. A partir de entonces la devoción y el culto a esta advocación se propagaron constantemente, favorecidos por los papas y por el celo de los agustinos, aún en lugares donde no había conventos de la Orden.
La iconografía tradicional nos muestra a la Virgen con el Niño en brazos, ofreciendo la correa del hábito agustino a San Agustín y a su madre Santa Mónica, ambos arrodillados a sus pies. La Orden de San Agustín en sus tres ramas celebra en su liturgia propia la festividad de la Virgen bajo su advocación de Nuestra Señora de la Consolación el día cuatro de septiembre, una semana después de la solemnidad de San Agustín, con el rango de solemnidad (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
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