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viernes, 28 de agosto de 2026

El sitio arqueológico Hacienda de San Agustín, en Mairena del Alcor (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el sitio arqueológico Hacienda de San Agustín, en Mairena del Alcor (Sevilla).
     Hoy, 28 de agosto, Memoria de San Agustín, obispo y doctor eximio de la Iglesia, que, convertido a la fe católica después de una adolescencia inquieta por los principios doctrinales y las costumbres, fue bautizado en Milán por San Ambrosio y, vuelto a su patria, llevó con algunos amigos una vida ascética y entregada al estudio de las Sagradas Escrituras. Elegido después obispo de Hipona, en la actual Argelia, durante treinta y cuatro años fue maestro de su grey, a la que instruyó con sermones y numerosos escritos, con los cuales también combatió valientemente los errores de su tiempo y expuso con sabiduría la recta fe (430) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el sitio arqueológico Hacienda de San Agustín, en Mairena del Alcor (Sevilla).
     En superficie se localizaron fragmentos de tegulae y ladrillos romanos (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia; 
HISTORIA Y LEYENDA
   Es uno de los cuatro grandes doctores de la Iglesia latina.
   Nació en 354 en Tagaste, cerca de Hipona, en el norte de África. Estudió retórica en Cartago, luego en Roma hacia donde se fugó en 383. En sus Confesiones ha contado los extravíos de su juventud disipada y la obstinación con que se ató a la herejía de los maniqueos. 
 Su conversión tardía, por la influencia de las plegarias de su madre Mónica  las instrucciones de San Ambrosio, tuvo lugar en Milán, en 387. Estaba acostado bajo una higuera en un jardín cuando oyó una voz que le decía: "Toma y lee (Tolle, lege)." Abrió al azar las Epístolas de San Pablo que tenía a mano y cayó en este pasaje (Rom. 13_ 13-14): "Andemos decentemente (...) no en amancebamiento y libertinaje (...), antes vestíos del Señor Jesucristo (Induite Dominum Jesum Christum)." En su espíritu, las tinieblas de la duda se disiparon de inmediato. Recibió el bautismo con su amigo Alipio y su hijo Adeodato.
   Mónica, su madre, murió en Ostia en el momento en que él se embarcaba para regresar a África. Volvió a su patria y en 395 fue consagrado obispo de Hipona, donde murió en 430, después de haber escrito la Ciudad de Dios durante el sitio de Hipona por los vándalos.
   El episodio más popular de su leyenda es la aparición ante el santo de un niño -a veces convertido en angelito o en Niño Jesús- cuando meditaba acerca del misterio de la Santísima Trinidad. El niño se esforzaba en la playa queriendo vaciar el mar con una concha o cuchara: la empresa era tan insensata como pretender explicar el misterio de la Santísima Trinidad.
   Esta historia apareció a principios del siglo XIII, en una compilación de Exempla para uso de los predicadores que reunió el cisterciense renano Cesario de Heisterbach. Pero en esa obra se hablaba de un teólogo anónimo. Fue el dominico francés Thomas de Cantimpré quien tuvo la idea de sustituir al scolasticus quidam por San Agustín, a causa del tratado que éste escribiera: De Trinitate. Al mismo tiempo, dicho autor transfiere la escena a la costa mediterránea africana, cerca de Hipona; aunque otros autores la sitúan en Civita Vecchia. Puede verse la inconsistencia de esta leyenda que sólo se hizo popular en el siglo XV.
CULTO
   En el siglo VIII su cuerpo fue transportado por Luitprando, rey de los lombardos, a Pavía, cerca de Milán, en cuya iglesia de San Pietro in Ciel d'Oro se edificó su tumba. 
   Algunos fragmentos de sus reliquias fueron depositados en el emplazamiento de Hipona en el siglo XIX.
   Lo reivindican fundador de orden los ermitaños y los religiosos regulares de San Agustín, agustinianos o agustinos, quienes se diferencian de los franciscanos por un cinturón de cuero que les ciñe el hábito, el lugar del cordón.
   En Padua, la capilla de los Eremiti o Eremitani fue decorada por Mantegna con unos frescos destruidos en 1944, durante la guerra.
   La regla de San Agustín fue adoptada además por los antonitas, los premonstratenses, los servitas, los trinitarios, los mercedarios y las órdenes de Santa Brígida.
   Por sus escritos lo han elegido como patrón los teólogos y los impresores. En Florencia su protección se extiende a los pezzai (recolectores de residuos) que juntan los papeles viejos.
   Aunque no sea un santo curador, en los países de lengua germánica la etimología popular, que estableció una relación entre Agustín y Auge (ojo), le confirió el poder de curar enfermedades oculares. Y también el de calmar la tos (Husten).
   Por su carácter africano, se lo invocó contra las plagas de langosta.
ICONOGRAFÍA
   Está representado casi siempre como obispo, con mitra y báculo; pero a veces como el simple monje Agustín con hábito negro y cinturón de cuero. Su atributo habitual es el corazón inflamado, atravesado por una o tres flechas (cor caritate divina sagittatum), del que habla en el IX libro de sus Confesiones: "Habías herido mi corazón con las flechas de tu amor (Sagittaveras tu cor meum charitate tua)." Lleva el corazón en la mano o pintado sobre el pecho. Así como hay santo cefalóforos, puede decirse que Agustín pertenece a la categoría de los cardióforos.
     A partir del siglo XV con frecuencia se lo caracteriza por la presencia de un niño que se aparece en la playa, donde se empeña en vaciar el mar con una concha o cuchara (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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El desaparecido Monasterio de San Agustín, de los Agustinos Observantes

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Monasterio de San Agustín, de los Agustinos Observantes, de Sevilla.  
     Hoy, 28 de agosto, Memoria de San Agustín, obispo y doctor eximio de la Iglesia, que, convertido a la fe católica después de una adolescencia inquieta por los principios doctrinales y las costumbres, fue bautizado en Milán por San Ambrosio y, vuelto a su patria, llevó con algunos amigos una vida ascética y entregada al estudio de las Sagradas Escrituras. Elegido después obispo de Hipona, en la actual Argelia, durante treinta y cuatro años fue maestro de su grey, a la que instruyó con sermones y numerosos escritos, con los cuales también combatió valientemente los errores de su tiempo y expuso con sabiduría la recta fe (430) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el desaparecido Monasterio de San Agustín, de los Agustinos Observantes, de Sevilla.  
     El desaparecido Monasterio de San Agustín, de los Agustinos Observantes, se encontraba en la manzana formada por las calles plaza de San Agustín, Recaredo, plaza Carmen Benítez, Juan de Vera, Amador de los Ríos, y Luis Montoto; en el Barrio de San Roque, del Distrito Nervión.
     Los historiadores de la Orden hacen remontar sus orígenes al periodo de los ermitaños del norte de África que, aglu­tinados en torno a la figura de Agustín de Hipona, forman una pequeña comunidad, en una continuidad sin interrupción difícil de demostrar con la Orden constituida en 1256. Aurelio Agustino (354-430) nació en Tagaste, actual Túnez, hijo de un pagano, Patricio, y una cristiana, Mónica, quien ejerció sobre él una poderosa influencia. Entregado a los estudios clásicos, se adhirió a la secta de los maniqueos, tuvo una juventud licenciosa y se dedicó a la enseñanza de retórica en Cartago, Roma y Milán, donde su vida espiritual evoluciona por las plegarias de su madre y las instrucciones del arzobispo San Ambrosio, cuyo ejemplo y palabras le llevan a su conversión al cristianismo, bautizándolo el 25 de abril del 387. Deseoso de difundir la filosofía cristiana regresa a su tierra, vende sus bienes entregando el producto a los pobres y se establece en Hipona donde es ordenado sacerdote el 391 por el obispo Valerio, a quien sucederá en la cátedra episcopal en el año 395. En su abundante producción literaria expuso sus ideas filosóficas, teológicas, su antropología y su teoría del conocimiento, en una constante búsqueda de Dios a través del mundo y en un esfuerzo por incorporar el pensamiento platónico a la tradición filosófica cris­tiana; sus obras han ejercido una gran influencia en la esco­lástica, y se granjeó el título de primer legislador y patriarca del monacato latino siendo considerado uno de los cuatro grandes doctores de la Iglesia. La comunidad creada por San Agustín tras su conversión al cristianismo tuvo un fecundo desarrollo, propagándose por el norte del África romana rápidamente, de tal manera que a la muerte del Santo, en el 430, existían alrededor de cincuenta monasterios, incluidos los de mujeres. La invasión de los vándalos en el siglo V y de los árabes en el VII supuso una fuerte persecución de estas comunidades, pasando muchos de sus miembros al sur de Italia, Francia y España, a donde exportaron la tradición monástica agustiniana. Sin embargo, la legislación carolingia, que impuso con carácter exclusivo la profesión de la regla benedictina en todo el imperio, significó un freno a la propagación del ideario agustino. Habrá que esperar al renacimiento de la vida monástica de los siglos X y XI para asistir al resurgimiento de la Regla de San Agustín en los numero­sos eremitorios que se originaron. En 1244 el papa Inocencio IV, en un deseo de unificar a todos los ermitaños, promovió la fusión de los abundantes cenobios de dentro y fuera de Italia, en los que se incluían los de inspiración agustina, dando lugar a la llamada Gran Unión que fue confirmada el 9 de abril 1256 por el papa Alejandro IV. Se constituyó una gran familia religiosa que recibió el nombre de Orden de los Frailes Ermitaños de San Agustín, en el convento romano de Santa María del Pópulo, con un superior general al frente y una subdivisión en doce provincias, siete para Italia y las cinco restantes para Francia, Alemania, Inglaterra, Hungría y España. A fines del siglo XIII ya existían diecisiete y en 1329 el número de provincias ascendía a veinticuatro. Asimismo, la Orden adopta los ideales y organización de los mendicantes, conciliando el apostolado activo con la vida contemplativa monacal, siendo considerada la tercera de las órdenes mendicantes tras franciscanos y dominicos.
     Hay que señalar que San Agustín nunca escribió una regla monástica, son sus libros, sermones y sobre todo sus cartas en donde hablaba de la vida religiosa y el modo de practicarla, los que inspirarán un conjunto de normas y una forma de vida que serán adoptadas por numerosos institutos religiosos antiguos y modernos como guía a seguir. Las familias religiosas tituladas como Orden de San Agustín abarcarán diversos institutos de religiosos y de monjas. Entre los masculinos se hallaban los Ermitaños de San Agustín, instituidos canónicamente en 1256, que tras la reforma de 1505 son denominados Observantes; y los Ermitaños Recoletos de San Agustín, llamados Recoletos o Descalzos, surgidos en algunos conventos que desaprobaban la actividad intelectual, el estudio y la docencia universitaria, y deseaban entregarse más a la oración, a la contem­plación, a la vida retirada y recoleta como medio de santifi­cación; la nueva rama agustina fue a probada en el Capítulo General de Toledo el 3 de diciembre de 1588.
     En España se constata la presencia de eremitorios en época visigoda, en zonas de Valencia y Mérida, cuya proliferación quedó frenada con la llegada de los musulmanes a la península. Los avances de las tropas cristianas de Fernando III, Jaime I y Alfonso X, liberarán nuevos territorios en cuyas principales ciudades fundan los agustinos sus casas; en 1278 había nueve conventos y en 1300 dieciséis en España y Portugal. Con la Gran Unión de 1256 la Península se trans­forma en la Provincia Hispaniae, la que a su vez, más tarde por Capítulo reunido en Dueñas en 1527 se divide en cuatro: Lusitana, Catalano-aragonesa, Castilla, que llegaba hasta el río Tajo, y Andalucía o Bética, al sur de esta línea fluvial. Por otro lado, gracias al permiso otorgado por el papa Adriano VI a las órdenes mendicantes por el que podían pasar a las Indias para su evangelización, los agustinos llegaron a tierras americanas en 1533, en donde crearon la provincia de Nueva España, consiguiendo fundar la Universidad de México; un hito importante en su creciente expansión será la presencia de la Orden en Filipinas, a donde llegaron sus religiosos acompañando al conquistador Legazpi, fundando misiones y el colegio mayor de Iloco.
     Al igual que el resto de Europa, los conventos agustinos de España padecieron a mediados del siglo XV la relajación y deterioro de la observancia de la regla, conocida como claustra. Para atajar el mal surgió un movimiento de reforma a favor de la restauración de la disciplina monástica primitiva, siendo fray Juan de Alarcón quien desde el convento de Villanubla (Valladolid) emprenda el camino del reformismo, que será aprobado en 1438; las casas que se acogían a la reforma pasaron a denominarse Congregaciones de la Observancia, que a fines del XV eran un buen número de conventos. En este sentido, los Reyes Católicos obtienen del papado la aprobación para incorporar obligatoriamente todos los conventos agustinos a la observancia, lo que se verá cumplido en 1504, en el capítulo interprovincial cele­brado en Toledo. Por otro lado, en el último tercio del siglo XVI algunos conventos promovieron la vuelta al rigor primitivo de la Orden, desaprobando la actividad intelectual, el cultivo de los estudios y la docencia universitaria que tan intensa y efectivamente realizaban los agustinos. Este nuevo movimiento, más interesado por la vida contemplativa y la oración, dio lugar al nacimiento de la rama descalza agustina o de los Ermitaños Recoletos cuya aprobación se produjo en el capítulo provincial de Toledo del 3 de diciembre de 1588, abriéndose el primer convento en Talavera de la Reina al año siguiente, siendo elaboradas sus Constituciones por fray Luis de León. En 1605 el papa Clemente VIII autoriza la creación de la provincia de Recoletos, cuyo rápido crecimiento propició su elevación a Congregación en 1621, por bula de Gregorio XIV, celebrando en ese mismo año su primer Capítulo General en el que fue nombrado vicario general fray Jerónimo de la Resurrección y autorizándose la división en cuatro provincias: San Agustín de Castilla, Pilar de Aragón, Santo Tomás de Villanueva de Andalucía y Nicolás de Tolentino de Filipinas.
     En suma, la expansión y consolidación de la Orden en sus diferentes ramas fue constante y se mantuvo durante los siglos XVII y XVIII; una Orden que se caracterizó por la gran importancia que dio al estudio y la cultura, preocupada por la buena formación de sus religiosos bien cualificados para el apostolado y la enseñanza en sus más altos niveles, (en las universidades), con figuras tan destacadas y conocidas como fray Luis de León. La estima por el conocimiento y la cultura forjó la formación de centros docentes, los llamados Estudios Generales, adscritos a universidades, y valiosas bibliotecas conventuales que contribuyeron al progreso del saber, ganando por ello la Orden la reputación de docta. Sin embargo, este estado de cosas se vino abajo con los aconteci­mientos políticos-legislativos del XIX que culminaron en la desamortización de 1835, fecha en la que se contabilizaban en la península doscientos cinco conventos, de los que sólo quedó abierto el Colegio-Seminario de Valladolid, que por su carácter misionero quedó excluido de la desamortización por la influencia y prestigio que su trabajo misional en el extranjero daba al país.
MONASTERIO DE SAN AGUSTÍN (AGUSTINOS OBSERVANTES)
     La inexistencia de fuentes documentales originales hace difícil precisar la fecha exacta de la fundación agustina en Sevilla, que la mayoría de los autores, así como un manuscrito de 1700 conservado en el Archivo Municipal de Sevilla remontan al momento de la reconquista de la ciudad por Fernando III, en 1248, sobre lo que no existe prueba docu­mental que lo corrobore. En 1292 consta la donación al prior provincial fray Domingo Miguel, al prior fray Velasco y otros religiosos por Arias Yánez de Carranza y su mujer doña Peregrina de Ayala, de unas casas extramuros de la puerta de Carmona, que compraron a unas religiosas llamadas del Sancti Spíritu (de Santiago según Alonso Morgado), dedica­das a adoctrinar niñas. En este mismo año se daba traslado al Cabildo Catedral de una bula de urbano IV fechada en 1262 en la que se exponían los privilegios y gracias de la Orden, entre ellos que pudiesen dar sepultura en sus iglesias, lo que hay que poner en relación con la dotación de la familia Carranza que quedó en posesión y costeó la edificación en 1314 de la capilla mayor para su enterramiento, el de sus descendientes y el de su sobrino Ruiz Fernández Portocarrero. Sin embargo, la escasez de medios económicos de los herederos de los Carranza para mantener la dotación de la capilla y proseguir su fábrica determinó la búsqueda de un nuevo patrono en la persona de don Pedro Ponce de León, señor de Marchena, quien allegó cuantiosos fondos y compar­tió enterramiento con los Carranza, en la parte más próxima al altar, según escritura de 15 de noviembre de 1347. Entraba así en el patronazgo de San Agustín la poderosa casa de Arcos, que a lo largo de los siglos proveyó al monasterio de sustanciosas limosnas para su edificación y mejora; los religiosos, agradecidos, acordaron en el capítulo general de 24 de abril de 1649, otorgarles celdas, las cuales comunicaban con la tribuna de la capilla mayor, y que como hospedería utilizaban los duques en sus retiros espirituales.
     En la relación de ayudas y numerosas dotaciones que posibilitaron el progreso de San Agustín, que son recogidas por Montero de Espinosa, referiremos la concedida por el rey Pedro I en su testamento fechado en Sevilla el 18 de noviembre de 1400, en el que dejaba al monasterio doscientas doblas. Anteriormente el arzobispo agustino de la ciudad fray Alonso de Toledo y Vargas, fallecido el 27 de diciembre de 1366, había ayudado con sus rentas al monasterio, especialmente en la construcción del refectorio.
     En seguida los agustinos se afianzaron e involucraron en la vida de la ciudad, en este sentido sabemos que el 15 de noviembre de 1407 el Cabildo de la ciudad autoriza el pago al prior y monjes del monasterio de una limosna de quinientos maravedíes por el recibimiento que hicieron al pendón de Sevilla cuando volvió de la guerra en que se ganó la villa de Zahara a los moros. Asimismo, con el paso del tiempo y con las numerosas donaciones la construcción del monasterio iba progresando y hermoseándose sus capillas y claus­tros, convirtiéndose a principios del siglo XVI en la Casa Grande, es decir en la principal de las treinta y seis que tenía la Orden en la provincia de Andalucía, a lo que también contribuyó su crecida comunidad de religiosos entregados al estudio y la oración, que llevarían a la beatificación y santificación de varios de sus miembros, como Santo Tomás de Villanueva y el beato Alonso de Orozco. Por otro lado, el hallazgo de una imagen de Cristo crucificado, según unos en 1314 en un sótano o cueva cercano al convento y según otros traído de las Indias Occidentales, supuso para el convento un fuerte aliciente piadoso, pues los agustinos la llevaron a su templo y promovieron su culto, alcanzando una gran devoción entre los sevillanos. En 1380 se instituye la cofradía del Santo Crucifijo de San Agustín, celebrándose la solemne procesión de disciplina a la Cruz del Campo, el Viernes Santo, a las tres de la tarde; son abundantes las referencias de los cronistas locales de las salidas en rogativa del milagroso Cristo de San Agustín, para pedir su intercesión en las múltiples calamidades que asolaban la ciudad, como sequías, epidemias, riadas, etc. La venerada imagen sólo se manifestaba en ciertos días, en un acto de gran aparato, de incienso, música y velas, con el oficiante vestido con capa pluvial, quien solemnemente descubría el Crucifijo, todo lo cual contribuyó a aumentar el entusiasmo piadoso del pueblo. Asimismo, existió otra devota práctica en el monasterio que fue la veneración de la cinta o "correa de San Agustín" para la que existía cofradía constituida desde antes de 1586, año en el que el papa Sixto V confirma sus privilegios. Cada primer domingo de mes se celebraba la procesión de la insignia hasta que Paulo V, en 1611 mandó que se celebrase el cuarto domingo del mes.
     Hay que señalar que el monasterio sevillano también padeció la relajación y la falta de celo en el cumplimiento de la regla, motivadas por la merma de sus miembros en la peste de 1348 y el cisma que vivió la Iglesia entre 1378 y 1418, que propició el desconcierto de fieles y religiosos y la falta de verdaderas vocaciones. Este estado de cosas dio lugar a la aparición de los llamados por la historiografía
"claustrales", personas que a partir de 1350 se introdujeron en los monasterios -no sólo en los agustinos sino en los de otras órdenes- y no hacían verdadera vida espiritual. Para acabar con esta lacra ya referimos como fray Juan de Alarcón (+1451) desde el convento de Villanubla, en Valladolid, emprende el camino del reformismo, al que se acogieron muchas casas que pasaron a denominarse de Observantes, recibiendo la aprobación en el año 1438. Si embargo, se hizo necesaria la intervención de los Reyes Católicos, que en 1497 consiguieron autorización papal para establecer obligatoriamente en sus reinos la observancia de la vida religiosa a todos los que no se querían acoger a ella, siendo expulsados los que no la aceptaban. Según Llordén, el monasterio sevillano junto con el de Córdoba y Regla (Chipiona) se acogió a la reforma y se unió a la Congregación de la Observancia el 3 de mayo de 1487, según el capítulo celebrado en el convento de los Santos. Es en este punto cuando parece se perdieron los antiguos documentos del convento de San Agustín de Sevilla, en el que sus claustrales, contrariados por este nuevo orden de cosas y en represalia quemaron los papeles y se llevaron "ciertas alhajas".
     Un asunto escabroso aconteció en el monasterio, sobre el que los cronistas no dan apenas información de los motivos; se trata de la muerte violenta el 22 de julio de 1534 del provincial fray Pedro de las Casas por parte de cuatro religiosos (cinco según Ortiz de Zúñiga) del convento hispalense: fray Alonso de Badajoz, prior de la casa, fray Rodrigo de Rocha, prior del convento de Córdoba, fray Andrés de la Cruz y fray Juan Piloto, lectores. El proceso fue largo y difícil y según Ortiz de Zúñiga durante el tiempo transcurrido hasta que se produjo sentencia dio tiempo a los acusados a cumplir penitencia, "que hicieron con admirable exemplo". El 26 de julio de 1535 fueron ahorcados y sepultados a los pies de la nave de la epístola, en un tránsito de acceso a otra capilla, que había sido puerta lateral de salida hacia los Caños de Carmona, tapiándose y no volviendo a ser usado ese espacio.
     El monasterio sevillano con el paso de los siglos llegó a ser uno de los más destacados de la ciudad, junto con el de San Francisco, San Pablo y la Cartuja, entre otros, por la pujanza de sus miembros y el esplendor y riqueza de su inmueble que con el paso del tiempo adquirió un carácter monumental. La llegada de los franceses en 1810 supuso un primer golpe para la comunidad que hubo de abandonar su casa en cumplimiento de las órdenes del gobierno intruso de exclaustrar a los religiosos; San Agustín fue saqueado como otros tantos conventos de la ciudad, perdiéndose importantes y numerosas obras artísticas. El venerado Cristo de San Agustín fue llevado previamente a la parroquia de San Roque, en donde permaneció hasta el 4 de agosto de 1814, año en el que los agustinos regresaron al monasterio. Con afán comenzaron los trabajos encaminados a restaurar los daños causados por la ocupación francesa; los antiguos patronos de la capilla mayor se comprometieron a reedificarla a sus expensas y devolverle su esplendor. Sin embargo, este estado de cosas durará poco pues la desamortización decretada por el ministro Mendizábal en 1835 obligó a los cuarenta y siete religiosos que en ese momento tenía la Casa Grande a abandonarla, ya definitivamente, con lo que se puso fin a sus seis siglos de historia monástica. La iglesia estuvo abierta al culto hasta 1836, año en que fue saqueada y destruida por las milicias de voluntarios de Andalucía que se agruparon en el convento para hacer frente a las tropas mandadas por el cabecilla carlista Gómez, tras lo cual el templo quedó definitivamente cerrado. En 1837 por orden de la Junta de Armamento y Defensa del Estado, el inmueble se destinó a presidio peninsular; una diputación capitular dispuso el traslado de los sepulcros y despojos mortales, que fueron depositados en la iglesia de la Universidad, antiguo templo de la Casa Profesa, -según Velázquez y Sánchez fueron llevados a un depósito especial en la Catedral-. Los cuadros que quedaban se depositaron en el Museo y los objetos de culto y muebles se repartieron por varias iglesias. Para los nuevos y variados usos a los que se aplicó el ya ex convento, se realizaron reformas y demoliciones que le afectaron considerablemente. En 1880, por no reunir las condiciones necesarias como penal y necesitando de amplias y costosas reformas, se sacó a pública subasta el 10 de agosto de ese año; en ese momento la finca contaba con 7.391 metros cuadros de espacios edificados y 7.625 de terreno de huertas, formando una superficie total de 15.016 metros cuadrados. Desde ese año se suceden los cambios de uso y de propietarios, y el abandono. La iglesia sirvió durante algún tiempo como taller de espartería, en otras zonas conventuales se instalaron almacenes de intendencia militar, talleres y tienda; el claustro mayor sirvió de mercado de abastos con entrada por sus cuatro lados teniendo la princi­pal en el lado sur-oeste, en la calle Recaredo. En la zona oriental del edificio se planeó instalar una factoría militar, que no se llevó a efecto. Poco a poco se iba procediendo al derribo de San Agustín; para mejor explotar tanto lo conservado como los solares resultantes y la extensa huerta, se proyectó romper la gran manzana del ex-monasterio, con dos calles que se cruzaran en ángulo recto en el interior de la finca, para sobre los cuatro solares resultantes ir construyen­do edificios y colmatar los espacios baldíos. Una calle iría paralela a la calle Oriente -actual Luis Montoto- y arrancan­do de la llamada Puerta Vieja hasta el Prado de Santa Justa, y se le daría el nombre de fray Alonso de Toledo, en recuerdo del obispo agustino que promovió la construcción del gran refectorio en 1366; es la actual calle San Alonso por cuya acera derecha corre el muro del refectorio conventual que aún se conserva. La otra calle partiría de Oriente y llegaría hasta la galería de levante del claustro, sirviendo de entrada a la plaza de abastos y recibiría el nombre de Altar por lindar con el sitio en el que estuvo el altar mayor de la iglesia, tramo que no se llegó a realizarse; seguiría recta hasta la huerta trasera, desembocando en la explanada llamada de San Agustín y se proyectó llamar a este tramo Carranza, en recuerdo de la familia que en 1292 donó a los agustinos las casas que serían el germen del convento, y que se correspondería con la actual calle Úbeda. Estas graduales modificaciones y sucesivas demoliciones que llegaron hasta los primeros decenios siglo XX, hicieron desaparecer poco a poco el magnífico conjunto arquitectónico que fue la Casa Grande de San Agustín, uno de los principales conventos de Sevilla por sus dimensiones y riqueza material y artística. Sólo han permanecido algunas estructuras embutidas en construcciones modernas: el claustro, algunos dormitorios y la escalera monumental que conducía a ellos, el también monumental refectorio gótico, y la portada rena­centista por la que se accedía al convento, que se halla desmontada en el suelo del claustro. El 27 de agosto de 1964 (BOE 12/IX/1964) los restos de San Agustín fueron declarados Monumento Histórico, estando incluido dentro del Conjunto Histórico de Sevilla. El Real Decreto de 2/11/1990 establece una ampliación de la declaración.
ARQUITECTURA
     El convento de San Agustín se emplazaba fuera de los muros de la ciudad, frente a las murallas medievales y la puerta de Carmona, y al pie de uno de los principales caminos de acceso a Sevilla, la antigua vía Augusta romana, que constituía en el interior su decumano máximo; denomi­nada posteriormente Calzada de los Caños de Carmona por el acueducto que corría en paralelo, desde el siglo XV comenzó a llamarse Calzada de la Cruz del Campo por conducir al humilladero de este nombre (actualmente es la calle Luis Montoto que en 1869 se rotuló Oriente). Situado en la collación de San Roque, la edificación conventual ocupaba una extensa manzana delimitada al norte por la explanada conocida como de San Agustín, al sur por la Calzada de los Caños de Carmona. El lado de levante del convento lindaba con el prado de Santa Justa y el arroyo Tagarete, actual calle Amador de los Ríos, y al este por la plaza de San Agustín, frente a la muralla y puerta de la ciudad, en donde estaba la entrada principal del monasterio. La volumetría del vasto conjunto quedó captado en algunos de los dibujos que de Sevilla se hicieron a lo largo de los siglos, siendo especialmente significativo el realizado por Richard Ford en 1831 que aún lo recoge en todo su esplendor arquitectónico, formado en sucesivos impulsos constructivos y variadas reformas desde el siglo XIII hasta el XVIII. Asimismo, también aparece descrito su extenso perímetro con la inclusión de su amplia huerta, en el plano de Sevilla realizado por Cohello en 1771 a instancias del asistente Pablo de Olavide. En el deslinde que en 1881 se hace de la finca para su parcelación, perdido ya el uso al que fue aplicado el monasterio desde 1837 como presidio peninsular, se daba una superficie total de 15.016 metros cuadrados, de los cuales 7.391 correspondían a zona edificada y 7.625 al terreno de huertas; estas cifras dan idea de la extensión y magnitud constructiva de San Agustín, en cuyo cómputo no se incluían ya algunas casas segregadas en la esquina de la entonces calle Oriente con la plaza de San Agustín ni la llamada Hospedería, propiedad de los duques de Osuna, que había sido deslindada previamente.
     Al monasterio se entraba a través de una portada de cantería que daba acceso al compás. Actualmente se halla desmontada en el suelo del claustro y hasta 1948-49 se mantuvo inhiesta en su sitio aunque cubierta con gruesas capas de cal; en 1931 fue fotografiada por el profesor Sancho Corbacho, en la que se aprecia cómo la subida de nivel de la rasante de la calle la había hundido parcialmente, al menos un metro y medio, rebajando su altura y desfigurando sus proporciones. Su ejecución fue concertada el 18 de abril de 1563 por el prior del convento fray Francisco Serrano con el maestro mayor Hernán Ruiz II, quien se obligaba a hacerla según las trazas que él mismo había dado, por la cantidad de 300 ducados, precio que el arquitecto había rebajado de los 400 que en principio pedía, como aparece recogido en el pliego de condiciones junto a los de otros postores. La piedra utilizada para el exterior procedería de las canteras de Espera y para el interior del Puerto de Santa María; el comienzo de la obra se establecía para primero de mayo. La portada se configuraba por un gran vano de acceso de medio punto con ménsula en la clave, a modo de arco triunfal, enmarcado por columnas gigantes de orden jónico y fuste acanalado sobre pedestales, que sostienen una cornisa con decoración de ondas, sobre la que monta un frontón de triple curvatura rematado por jarrones en los laterales. En el contrato se especificaba que el remate había de ser una cruz "que la darán labrada en mármol o de otra piedra", y que la portada debería contar con hornacinas para albergar escul­turas, sin detallar la iconografía de las mismas ni su autor; a este respecto se ha señalado que bien pudo ser el asiduo colaborador de Hernán Ruiz, Juan Bautista Vázquez "el Viejo". En la fotografía citada, en el espacio entre el arco de acceso y la cornisa se aprecian dos hornacinas laterales vacías, y en el centro una ventana que no corresponde a la obra, lugar en el que pudo estar la imagen de San Agustín. Esta portada presenta semejanzas con otras del artista cordobés realizadas tanto en Sevilla como en otras localidades, y su esquema compositivo se ha puesto en relación con los dibujos de su Manuscrito de Arquitectura, en concreto con los del folio 49, 79, 87 vto., 131 y 132. La portada se rescató en los trabajos arqueológicos llevados a cabo en 1984, en el solar de San Agustín; se numeró y colocó en el suelo del claustro con la intención de buscarle una ubicación adecuada lo que hasta la fecha no se ha llevado a efecto.
     Desde el compás se podía acceder a la iglesia, que quedaba tres escalones más baja de la rasante, y de cuya portada dice Ponz que estaba formada por cuatro pilastras de orden dórico y hornacinas con figuras de santos. Dicha portada no se veía desde el exterior y en su parte superior tenía un gran retablo de sillería con la figura de San Agustín, que aún permanecía intacto en 1881. La primitiva torre- campanario se situaba a los pies del lado de la epístola, de planta rectangular de 4 x 5 metros, con escalera de caracol en su interior, y fue derribada en 1837 hasta la altura del cuerpo de campanas. En correspondencia con ella se construyó en el lado del evangelio otra torre para instalar un reloj traído de Londres, que se estrenó el 27 de junio de 1749; en 1880 esta torre ya había sido derribada, pasando el reloj a la parroquia de San Roque.
     El templo hubo de ser muy amplio a tenor de las nume­rosas capillas que se mencionan en él; era de tres naves, más alta la central, separadas mediante arcos sobre robustos pilares de ladrillo con pilastras que soportaban una cornisa que la recorría. Las cubiertas eran abovedadas. Hay que señalar, que el templo tuvo varias reformas; en origen debió de combinar elementos góticos con mudéjares, que más tarde quedarían enmascarados o sustituidos por otros, sobre todo durante los siglos XVI y XVII, período constructivo más activo tanto en la iglesia como en la clausura, por lo que la primitiva fábrica se fue desdibujando. En este sentido constan varias disposiciones testamentarias de los Ponce de León, los principales patronos del convento, quienes allegaban cuantiosos fondos para mejorar su capilla o añadir algún elemento nuevo. En 1469 don Rodrigo Ponce de León, Conde de Arcos y Señor de Cádiz otorgó 1.000 maravedíes de juro y mandó que la capilla mayor se ampliase "labrándose de nuevo de fuerte cantería y forma semigótica... y que se forma­sen tres bultos: del conde su padre, otro suyo y el de la duquesa doña Beatriz, su muger, igualmente dispuso que se construyese un dormitorio desde el coro hasta el refectorio con su corredor delante y ventanas al claustro, y al final se labrase una enfermería". Sin embargo, algunas de esta obras no se llevaron a término, produciéndose litigios entre los herederos y los religiosos. En 1545 la comunidad se obligaba a "hacer el retablo y reja, a subir la capilla de forma que se uniera con el enmaderamiento de la nave principal de la iglesia y debajo del altar mayor disponer las bóvedas de piedra con sus pilares de mármol y allí se colocasen los bultos que estaban en dicha capilla". Don Luis Cristóbal Ponce de León, biznieto de don Rodrigo, se encargó de hacer los arcos de la pared de la capilla donde situar los sepulcros de sus antepasados. Estas obras sí se hicieron, y aún llegó a verlas González de León quien someramente describe la cripta o panteón debajo del altar mayor, formado por arcos sustentados por columnas y cubierta abovedada. En la reforma que se efectuó en ella a partir de 1814, tras la marcha de los franceses, y como se habían quitado los sepulcros de los patronos, se anuló la cripta y se levantó el suelo de la capilla mayor, instalándose en el centro un altar de mármol blanco. De forma genérica dice Montero de Espinosa que la iglesia y capilla mayor se renovaron en varias ocasiones; una de ellas durante el priorato del fray Pedro Valderrama, en la que trabajó el maestro de albañilería Francisco Gutié­rrez y cuya fiesta de inauguración tuvo lugar el 26 de marzo de 1612, aunque no refiere en qué afectó a la fábrica del templo; quizás pueda corresponder a este momento la realización del coro alto, situado a los pies de la iglesia sobre robusta bóveda decorada con yeserías, elementos que hablan de otro estadio artístico, correspondiente al protobarroco. Asimismo, anota este autor que la iglesia fue consagrada el 27 de junio de 1749, tras unas reformas que se hicieron en ella de las que sólo se especifica que se subió el pavi­mento unos 70 cm. con objeto de paliar las inundaciones producidas por las constantes riadas, como la que produjo el desbordamiento en 1595 del arroyo Tagarete que corría por el lado de levante del convento y que afectó al templo dejándolo inutilizado durante algunos años en tanto se reparaba. Dice Montero de Espinosa que el terremoto de 1755 causó daños en el templo, cuyos arreglos corrieron a cargo del maestro de carpintería fray José García, los de albañilería a fray Bartolomé Navarrete, los de pintura y estofado a Francisco y Vicente Alanís, Juan de Espinal y Francisco Ximénez, celebrándose su estreno en 1756.
     El interior del templo estuvo plagado de capillas fundadas por piadosos y acaudalados patronos que deseosos de obtener para sí y sus herederos el cobijo entre los muros de San Agustín de sus sepulturas y el devoto rezo por sus almas de los religiosos, no dudaban en crear patronazgos y otorgar cuantiosas limosnas que redundaban en la mejora y riqueza del monasterio. No sólo en la iglesia, también en el claustro y otros ámbitos de la clausura se constata la existencia de amplias y costeadas capillas sepulcrales, que convirtieron a la Casa Grande en un verdadero panteón de familias ilustres sevillanas. Con el paso de los siglos algunas de ellas cambiaron de dueño y a veces de advocación por lo que en ocasiones resulta difícil establecer una asignación certera. Otra duda que se nos ha planteado sobre estas capillas de patronazgo es si algunas de las situadas en la iglesia constituían estructuras arquitectónicas independientes, o si simplemente eran altares situados a lo largo de las naves del templo, con sus correspondientes bóvedas subterráneas de enterramiento. Sea como fuere, referiremos las que se citan en la documentación manejada. En la cabecera de la nave del evangelio estaba la capilla del Santo Cristo de San Agustín, que hizo las veces de sagrario, que tuvo varios patronos con el paso del tiempo, y cuya dotaciones constan desde 1434; en ella se veneraba la imagen del Crucificado hallado en 1314, como ya referimos, que tuvo hermandad desde el siglo XVI hasta 1791 en que se extinguió. Adornada con ricas lámparas de plata, colgaduras y pinturas en las paredes y numerosos exvotos, era la más importante por la gran devoción que tuvo esta imagen. Junto al púlpito tuvo enterramiento Pedro Díaz de Montoro, en la llamada capilla de San Onofre hacia 1610 y que anteriormente tuvo la advocación de San Antón y San Pablo Ermitaño. En el pilar frente al púlpito había una bóveda de enterramiento propiedad de los Hermanos del Santo Cristo. A continuación de la capilla del Cristo de San Agustín se hallaba la puerta de salida al claustro. Siguiendo por la nave del evangelio se cita la capilla del Juicio Final o de las Ánimas por estar en ella el celebrado cuadro pintado por Martín de Vos, era propiedad de los herederos de Alonso de Flandes y anteriormente, según un rótulo que existía en la parte superior fechado en 1464, fue enterramiento de Juan de Toledo y de su mujer Catalina Alemán. A continuación cita Montero de Espinosa la bóveda de los herederos del capitán Juan de Espinosa Ocampo quien en agradecimiento por la dotación que hizo para el altar del Cristo en 1666 le fue dado este lugar de enterramiento. Finalmente, en este lado del templo menciona González de León la capilla dedicada a las Santas Vírgenes Polonia, Lucía y Águeda, cuyo patrono era del maestro de albañilería y yesería Francisco Gutiérrez que intervino en la obra de renovación de la iglesia en 1612, y quien la obtuvo para sí y sus herederos quienes posteriormente la vendieron al veinticuatro Juan Fernández de Quevedo. 
   En el lado de la epístola y en correspondencia con la capilla del Cristo de San Agustín estaba la capilla de las Virtudes adjudicada por el convento el 16 de marzo de 1527 a don Pedro López del Águila, siendo sus herederos Cristóbal de Escobar Morales y Dª Teresa Martel que la traspasaron a los hermanos de la Cofradía de Nuestra Señora de las Virtudes que ya existía en la iglesia. La capilla de San Nicolás de Tolentino lindaba con un sitio llamado "la Masmora", del que no existe otra noticia, que también se decía de Nuestras Señora de Gracia por haber estado presi­dida durante algún tiempo por una imagen de la Virgen con esa advocación, hasta que ésta se ubicó a los pies del Cristo de San Agustín; su patrono fue Gonzalo Hernández Nieto. A continuación se hallaba otra puerta lateral del templo con salida a los Caños de Carmona e inmediatamente estaba la capilla de Santa Susana que se cerró en 1603 al faltarle dotaciones y al ser afectada por las riadas "que se llevó la tierra sobre la que estaba impuesta". Sería otorgada a Dª Mayor de la Barrera, mujer de Hernán Sánchez de la Barrera, quien la reparó y puso la imagen de San Nicolás de Tolentino y después la de Santa Mónica que también se quitaría. La capilla citada como de Santa Mónica era en 1497 propiedad del jurado Juan de Arauz, en 1557 de don Diego Maldonado y en 1666 del Contador Juan Muñoz de Dueñas. Seguidamente menciona Montero de Espinosa la capilla de San Gregorio y las Vírgenes, cuyo patrono era por los años de 1497 Luis de Soto, secretario y mayordomo de la duquesa de Cádiz, y en 1543 la tenía la Hermandad del Santísimo Sacra­mento para entierro de sus hermanos. En 1516 fue enterrado en ella fray Juan Lasso de la Vega, visitador del Arzobispado, por el arzobispo de Sevilla fray Diego Deza. En los años siguientes tuvo distintos patronos: en 1666 don Gregorio de Cuéllar, en 1718 cambió la advocación por haberse colocada una imagen de Nuestra Señora de Regla por fray Francisco de Espinosa; en 1736 se adjudicó al veinticuatro don Diego Pérez de Baños. También menciona Montero de Espinosa la capilla del Nacimiento, que con los años cambió de patrono y advocación, la capilla de la Cena, propiedad desde 1538 de Isabel García, también denominada de Santo Tomás de Villanueva por estar presidida por una imagen del Santo. La de San Acacio, la capilla de la Piedad, la de los Mártires, y de los Santos Reyes Magos, de las que refiere sus correspondientes patronos a lo largo del tiempo, aunque sin referir el lugar exacto de su ubicación en el templo, ni ningún dato que pueda esclarecer sus particularidades. Hacia los pies de la nave y entre la torre y la capilla de San Acacio, había un tránsito que formaba el hueco de otra capilla, que había sido tapiado y no volvió a usarse cuando en él se sepultaron cuatro religiosos acusados del asesinato del provincial de la Orden fray Juan de las Casas en 1535, como quedó dicho en el epígrafe anterior. En la campaña arqueológica llevada a cabo en 1984 en el solar de San Agustín, en los cortes que se hicieron correspondientes a lo que fuera los pies de la iglesia se constató la existencia de una cripta y huesos humanos a una profundidad de 2,97 m. cuya fecha de inhumación se estableció en los siglos XIII-XIV.
     El Claustro principal estaba situado paredaño en su lado sur con el muro del lado del evangelio del templo conventual, hoy ocupado por construcciones modernas en las que se ha respetado lo que fuera el claro del patio y algunos testigos arqueológicos de la cimentación. Era de planta cuadrada, con 33 metros de luz y galerías corridas en la planta baja de 4 metros de ancho, con arcos de medio punto sobre pilares de ladrillo, arcos que en origen eran ojivales de estilo mudéjar como los propios pilares, y que en reformas posteriores fueron cambiados a tenor de los nuevos gustos estéticos. La segunda planta hubo de ser levantada en el XVI y estaba igualmente constituida por cuatro galerías con arcos sobre pares de columnas con capiteles dobles de mármol blanco, y antepechos con barandas metálicas. A este momento constructivo corresponde la escalera de subida a esta planta, situada en el ángulo noroeste del claustro, esca­lera de gran monumentalidad, cubierta por una gran cúpula de rico artesonado. En el lado norte y este se levantaba un tercer piso cuya ejecución puede establecerse en el siglo XVII. El claro del patio tenía un jardín y una fuente en medio. La renovación arquitectónica del viejo claustro medieval se completó con decoración de molduras y relieves de yeso, y de ricos paneles de azulejos que cubrieron la galería baja y la escalera; estos trabajos terminaron en 1611, según constaba en una inscripción situada en el claustro, siendo prior fray Francisco de Valderrama, gran impulsor de los mismos. Con respecto a los azulejos se conservaron in situ aunque recubiertos con gruesas capas de cal hasta bastante después de la Desamortización en que se quitaron y se amontonaron en una sala dentro del recinto de San Agustín, hasta que a principios del siglo XX fueron adquiri­dos por la condesa de Lebrija doña Regla Manjón, quien los colocó en las galerías del patio y en la escalera de su casa­ palacio de Sevilla, donde se conservan. A juzgar por las piezas conservadas los zócalos fueron notables tanto por sus dimensiones como por su riqueza ornamental. Según Barrau, las galerías bajas estaban cubiertas hasta una altura de 3,20 metros y cubrían en todo su perímetro un total de 84 metros, conservándose en el año en que escribe este autor -1881- ochocientas varas cuadradas. La fecha de ejecución aparecía expresada en algunos de los azulejos, 1575-1578 para los paneles de la escalera y 1609-1611 para los del claustro. Hay que señalar, que el nuevo emplazamiento de los zócalos ha hecho que se desvirtúe la composición original, ya que las piezas se han acomodado a los distintos paramentos a cubrir, y en un deseo de crear el mejor efecto posible se han combinado fragmentos de distinto estilo y datación. Pese a ello el conjunto, que fue estudiado en profundidad en 1948 por el profesor Sancho Corbacho, es muy importante dentro del desarrollo de la cerámica sevillana de los siglos XVI y XVII, que como epidermis del gran claustro y de la monumental escalera resultó un vistoso complemento de la arquitectura de San Agustín, formando grandes paneles de azulejos planos de brillante colorido y riqueza decorativa. En ellos se combinan los casetones, grutescos, clavos prismáticos simples rodeados de moldura, motivos geométricos y vegetales como palmetas, roleos, cardinas y pámpanos, animales y figuras antropomorfas aladas, entre las que no faltan el símbolo de la Orden, el corazón con los puñales, y el escudo de armas de los Ponce de León, los grandes patronos del convento. Muy interesantes son las dos grandes pilastras con figuras de bellas cariá­tides conservadas, que debido a sus dimensiones debieron de formar parte de las jambas de una de las puertas del claustro, en las que se incluyen motivos decorativos barrocos y el emblema de San Agustín y los Ponce de León.
     Alrededor del claustro se situaban una buena parte de las estancias principales del monasterio e importantes capillas de piadosos y acaudalados patronos. En los pisos altos estaban los dormitorios y en el lado de poniente la biblioteca, cuyo amplio salón abovedado aún se conservaba en buen estado en 1880, y que albergó entre sus gruesos muros una valiosa colección de libros que se perdió con la llegada de los franceses. Al norte del claustro se situaba el refectorio que se ha conservado; las referencias antiguas adjudican su construcción al obispo agustino fray Alonso de Vargas quien de su patrimonio dio gruesas limosnas para mejorar el monasterio. Sin embargo, estudios recientes vinculan su ejecución a los Ponce de León, grandes patronos de la Casa, a la luz sus escudos de armas que aparecen decorando las ménsulas; su fecha final de ejecución se ha establecido después del segundo tercio del XIV, destacándose del mismo sus dimensiones así como la singularidad de su arquitectura y los mate­riales empleados, que lo hacen "uno de los espacios góticos más interesantes de Sevilla". La pieza, situada en paralelo a la crujía septentrional del claustro principal, es de planta rectangular, de 41 metros de largo por 9 de ancho, dividida en siete tramos rectangulares separados por arcos fajones que apean en robustas pilastras de sección cuadrangular con esquinas achaflanadas y baquetonadas, y con sus frentes superiores ocupados por ménsulas con decoración figurada de carácter heráldico, cuyo temas repetidos por parejas son, partiendo del muro occidental: en la primera el escudo completo de los Ponce de León, la segunda león rampante sin escudo, tercera águila explayada mirando al frente, la cuarta cabeza de león, la quinta dos cabezas humanas con orejas puntiagudas, la sexta cabeza de león, y las ménsulas de las esquinas del muro oriental un atlante apenas esbozado. Hay que señalar que el artífice del refectorio otorgó a estas ménsulas un carácter decorativo y no estructural, haciendo caer todo el peso de la bóveda sobre las pilastras, lo que hay que interpretar como una peculiar asimilación del gótico. La cubierta es de bóveda de crucería formada por dos arcos diagonales sin espinazo y con claves circulares que se sitúan a unos 8,40 metros de altura; dichas claves poseen en su interior decoración heráldica -dos el águila explayada, dos con el león, una con las armas de Castilla, otra con un cordero- menos la central que representa a Dios en majestad. Otro elemento decorativo del interior del refectorio son los ribetes de puntas de diamante que recorren los arcos forme­ros, de labra algo tosca. Los materiales empleados para esta construcción son el tapial de argamasa enlucido para los muros y sillería para las bóvedas, pilastras, ménsulas y nervios. Los muros estaban revestidos de azulejos que aún se conservaban a fines del XIX. A la actual calle San Alonso dan una ventana y una puerta, formadas por un sencillo bocel que las enmarcan, y que en origen comunicaba con la zona de servicio del convento como cocina, panadería, etc. Hacia el claustro abre asimismo una pequeña ventana en el último tramo del refectorio, de ladrillo agramilado enmarcada por alfiz, y una portada de piedra de salida al claustro, situada en el segundo tramo del refectorio a partir del muro oriental, poco abocinada y decorada con arquivolta y baquetón de ladrillo, y capitel con motivo vegetal e impostas.
     El claustro de novicios se situaba al este de principal, de 20,50 metros de luz y cuatro galerías de cuatro metros de ancho formadas por columnas de mármol blanco y arcos, al igual que el piso superior. Al oeste y comunicando con el claustro mayor se hallaba la sacristía, algo distante del templo pues pertenecía más bien al ámbito del patio; perteneció a la familia Mejías desde que en 1600 adquiriera su patronazgo el veinticuatro Francisco de Mexías, por lo que también es citada como capilla de los Mejías. Era de planta rectangular, de 29 metros de largo por 13 de ancho, de gruesos muros y cubierta abovedada de 9 metros de altura. A continuación se hallaba la antesacristía, contigua ya al altar mayor, de planta cuadrada de 10 metros, cubierta con media naranja, de 9 metros de altura.
     En la clausura del convento se mencionan otra serie de capillas ricamente dotadas por sus patronos y herederos que recibían sepultura en las bóvedas abiertas bajo el suelo. Este era el caso de la llamada capilla de Esquivel, situada en el ángulo sureste del claustro principal con el que comunicaba, que fue fundada en 1409 por fray Men Rodríguez de Esquivel, religioso del convento para él y su linaje, en lo que en esa fecha era la sala del capítulo. Fue reedificada en 1610 "con proporcio­nes dignas de un altar mayor de una iglesia principal"; de planta cuadrada de 10 metros de lado y cubierta con cúpula de 9 metros de altura, se hallaba adornada con yeserías, teniendo debajo una extensa bóveda de enterramiento y dos laterales más pequeñas. Tenía puerta de acceso a la antesacristía. También se cita esta capilla como de la Correa de San Agustín, por venerarse en ella esta insignia del Santo fundador, que los devotos visitaban en los primeros domingos de mes.
     En el lado oeste del claustro principal se situaba la capilla de Sahagún, propiedad desde el 6 de octubre de 1641 de Juan Cervino y sus herederos. Era de planta rectangular, de 13 metros de largo por 7,80 de ancho, cubierta con buen artesanado y con puerta de salida directa a la calle. En 1662 estaba abandona de sus propietarios utilizándose como salón de entrada al convento. Entre esta capilla y la porte­ría se hallaba la de Nuestra Señora del Tránsito, que era propiedad de la cofradía del mismo nombre desde el 25 de marzo de 1579, cuyas reglas constaban aprobadas desde 1576, haciendo su procesión claustral en septiembre; sirvió durante algún tiempo de iglesia cuando esta quedó maltrecha por la riada del arroyo Tagarete en 1595. Se accedía a ella por el claustro y tenía puerta directa a la calle. Según Montero por los años 1626 la capilla estaba destruida y sin uso, siendo reedificada en 1657 pero destinándose a otros funciones hasta que después se labraron celdas. Asimismo, sitúa Montero de Espinosa en el claustro principal y de tránsito al segundo patio la capilla de los Vargas otorgada a Juan de Vargas por los religiosos el 14 de enero de 1607.
     Barrau anota el hallazgo en 1881 de un pavimento que hace corresponder con el de la sala De Profundis, no dejando claro su enclave concreto, entre la calle Recaredo y Oriente, "debajo de un relleno de 2 metros de escombros el pavimento de la sala de profundis, formado de ladrillos salpicados de azulejos y grandes fragmentos de azulejos del zócalo, en el centro se han encontrado dos grandes entradas que dan acceso mediante una escalinata a una bóveda de 4 metros de ancho y 3,50 de largo"; nosotros creemos que la sala De Profundis estuvo entre los dos claustros en el ángulo norte. Asimismo, señala este autor que la casa hallada en la amplia huerta que poseyó el convento era la que fue donada en 1292 por Arias Yánez de Carranza a los agustinos para fundar el convento, habitada entonces por un hortelano y donde se hallaba un pozo de noria cegado, con arcos árabes. González de León sitúa en el ámbito de la huerta la llamada casa del Duque, que se había hecho construir para retirarse en ella, con aprobación de los agradecidos agustinos por el generoso patronazgo que dispensaba al monasterio.
     Finalmente hemos se señala que en la campaña arqueo­lógica llevada a cabo en 1984 en el solar del convento ante el proyecto de nuevas construcciones, se hallaron las estructuras de un patio con habitaciones y galería anexa que aprovechaba una edificación anterior. Se detectaron dos fases constructivas, la primera atendía a un patio de 9 x 7 metros de luz con fuente hexagonal con azulejos, rodeado en tres de sus lados por galerías porticadas de diferente anchura, de tres arcos sobre pilares ochavados de ladrillo; en el cuarto lado había una dependencia con salida al patio. Una puerta en la galería este comunicaba con el claustro principal del conven­to y otra puerta en la misma galería, pero en su ángulo norte, podría comunicar con el exterior. No se sabe si tenía una segunda planta. Por sus características se ha indicado que era una casa mudéjar de la época del refectorio, y por tanto una de las piezas más antiguas del monasterio. La segunda fase que se detectó en esta construcción sólo respetó su trazado, pues los intercolumnios de las galerías fueron cegados con muros de ladrillos, sobre los que se abrieron puertas, y se añadió una planta alta, con su correspondiente escalera, una de las galerías se amplió, y la cota del suelo se elevó 70 cm. La casa pervivió hasta mediados del XIX en que fue derribada.
RETABLOS Y ESCULTURAS
     Del primitivo retablo medieval no existe hasta el momento ninguna referencia pero sí del que se concertó en 1664 para la ya remozada iglesia. En efecto, el 30 de agosto de ese año Bernardo Simón de Pineda firmaba con los religiosos de San Agustín la realización del retablo mayor por un importe de 7.500 ducados de vellón, comprometiéndose a darlo por terminado en el plazo de dos años y medio a contar a partir de la firma del contrato, en el que actuaron como fiadores Juan de Valdés Leal y José Núñez Herrera. Los materiales utilizados fueron borne, cedro y castaño, y el soporte columnas con traspilastras, siendo su esquema compositivo de tres calles, dos cuerpos y ático. El dorado corrió a cargo de Pedro de Medina Valbuena, según Ceán Bermúdez, aunque Montero lo adjudica a Valdés Leal. La calle principal estaba presidida por una escultura de San Agustín, que hubo de ser de buena factura según la indica­ción de González de León, quien destacaba la calidad de su cabeza y sus manos, por verla revestida de telas de seda aunque era de bulto redondo, adjudicándola a Torrigiano; Montero de Espinosa señala que era obra de Juan Martínez Montañés. El retablo se completaba con una serie de pinturas en las calles laterales y en el ático, realizadas por Murillo, que analizaremos en el próximo epígrafe. El conjunto resultó de tan gran vistosidad que para su mejor visión y realce se quitó la gran reja que cerraba el altar mayor, previo permiso de don Francisco Ponce de León, duque de Arcos al que correspondía el patronazgo en esa fecha. Hay que señalar que la reja del altar mayor y un púlpito, fueron concertados el 18 de abril de 1545 por Pedro Delgado, según las trazas que él mismo hizo, por un precio de 1.000 ducados de oro, obligándose a darlos terminados el día de San Juan -24 de junio- de 1548. Ambas piezas eran de hierro dorado, y la reja se asentaba sobre una peana de piedra, medía 18 pies de altura más un coronamiento de 8 pies, lo que hacía un total de 26 pies, y tenía en medio las armas de los duques de Arcos y la figura de San Agustín vestido de pontifical, con báculo en la mano derecha y la ciudad de Dios en la izquierda. El púlpito poseía puertas con balaustres.
     La ocupación francesa dejó el retablo de Pineda maltrecho, y tras la vuelta de los agustinos al monasterio en 1814 se decide su sustitución por otro, para lo que solicita el sufragio económico de la condesa de Benavente y Arcos, doña Josefa Pimental, descendiente de los Duques de Arcos y patrona de la capilla mayor, quien accede a correr con los gastos. El arquitecto neoclásico Antonio López Aguado se encarga de la traza, que será aprobada por la Real Academia de San Fernando, y se designa al arquitecto de la ciudad Cayetano Vélez para su ejecución. Hay que señalar que en principio se iba a realizar en estuco ante la prohibición de construir reta­blos de madera, pero no hallándose ningún maestro que trabajara este material, pues uno de origen portugués que precisamente estaba haciendo en la iglesia el retablo de Santo Tomás de Villanueva había muerto sin haberlo terminado, se decide hacerlo en madera. El nuevo retablo de corte neoclásico constaba de un zócalo de albañilería, basamento, colum­nas de fuste estriado y capiteles jónicos y corintios, friso y cornisa, y un gran coronamiento superior con una gran gloria con la paloma del Espíritu Santo todo ello rematado por una circunferencia casetonada aprovechada del antiguo retablo. En el centro presidiría la figura de San Agustín que se conservaba aún, en su correspondiente hornacina, y a los lados las pinturas de Murillo. El presbiterio se transformó al no encontrarse ya en él los antiguos sepulcros de sus patronos; realizándose cuatro lápidas con inscripciones que perpetuaran su memoria, que se colocaron dos en los costados de la capilla y dos en los zócalos de albañilería sobre los que descansaba el retablo. Las obras de esculturas fueron realizadas por 18.100 reales por José Fernández Guerrero, escultor académico de San Fernando de Madrid y director de la de Cádiz, y consistieron en la gloria de la parte alta que medía 20 pies de diámetro, la aureola de nubes que rodeaba al Espíritu Santo, tres ángeles niños sosteniendo paños, colocados en torno al tabernáculo para formar pabellón, el cordero sobre el libro para la puerta del sagrario, dos grandes capiteles jónicos y cuatro corintios con sus correspondientes basas, adornos para la hornacina del Santo titular y dos ménsulas de la mesa de altar. El ensamblaje corrió a cargo de Juan María Navallas quien cobró 30.000 reales, y los trabajos de pintura imitando jaspes los realizó por 26.000 reales el pintor gaditano afinca­do en Sevilla Juan Rodríguez, apodado el Panadero. Las obras habían comenzado el 14 de abril de 1819 y en febrero de 1821 estaban terminadas; se volvieron a colocar los cuadros de Murillo en los intercolumnios del retablo y los de Valdés Leal en los muros colaterales. Se hicieron dos púlpitos nuevos, según dibujos de José Martínez, por Ignacio Aquirreveitia en Bilbao que se pintaron de blanco con algún toque dorado, y finalmente, el 3 de mayo de 1822 tuvo lugar la inauguración del nuevo altar mayor. En 1828 el prior del convento, fray José Fernández, comunica a la Condesa que se incluyeran en la obra de la capilla dos ángeles lampareros que la alumbraran, encargándose al escultor Juan de Astorga su ejecución, a tamaño natural, sobre una nube asegurada en la pared, quedando colocados el 12 de agosto de 1829 con lo que se dieron por finalizadas las obras del altar mayor. Ni el retablo ni ninguna de las esculturas citadas se han conservado.
     El segundo retablo en importancia de la iglesia era el que albergaba la imagen del Cristo crucificado que tras su hallazgo en 1314 pasó al convento agustino en donde fue objeto a lo largo de los siglos de una gran veneración, contando siempre con buenas dotaciones y fundándose una cofradía de hermanos que lo cuidaba y rendía culto. Hacía estación de penitencia el Viernes Santo a las tres de la tarde, agregándosele una Dolorosa con la advocación de Nuestra Señora de Gracia que se situaba al pie de la cruz, bien en el retablo o en el paso en el que procesionaba. Fueron muy numerosas las salidas en rogativa que protagonizó esta venerada imagen a la que se invocaba ante las numerosas y reiteradas calamidades que padecía la ciudad, como sequías, inundaciones, epidemias o guerras. Sobre el paso o andas en que iba el Crucificado se documenta que el 21 de junio de 1651 la Hermandad y Cofradía del Cristo de San Agustín concierta con Francisco Dionisio de Ribas la ejecución de una parihuela con su cruz, en madera de borne y cedro, por valor de 700 ducados. En septiembre de 1651 el artista firmaba el finiquito de la obra de la que no se dan noticias en el docu­mento sobre su estructura, medidas, decoración, etc. que nos permita saber como era. El Crucificado solía estar oculto por un gran cortinaje que se descorría los viernes y en los días de solemne función, con gran aparato de incienso, ropajes y liturgia, lo que redundaba en su mayor respeto y devoción. La capilla, que tuvo varios patronos entre los que consta desde el año 1630 el duque de Alcalá don Femando Afán de Ribera Enrique, estaba situada en el testero de la cabecera de la nave del eva11gelio y se adornaba con numerosos exvotos, ricas colgaduras y lámparas, y un retablo del que se desconocen su autor y características estructurales. Tras la desamortización del convento en 1835 la imagen fue llevada a la vecina parroquia de San Roque en donde se situó en un retablo colateral neoclásico del lado del evangelio, hasta que pereció en el incendio de la iglesia la noche del 18 de julio de 1936. La escultura era de madera de cedro, medía 160 cm. de altura y 30 de cavidad torácica, y representaba a Cristo muerto sobre una cruz de tres clavos sin supedáneo, la cabeza inclinada hacia la derecha y con herida en el costado. Tenía cabellera tallada a la que se había añadido otra de pasta y sobre esta otra de cabello natural; la corona de espinas sobrepuesta y el madero no eran de época de la escultura, ni tampoco el nimbo; los que llegaron a estudiar la imagen refieren que presentaba varias capas de encar­nadura y modernos los dedos de las manos y de los pies así como el rótulo de la cruz en hebreo, griego y latín; asimismo, la consideraron un interesante ejemplar gótico de mediados del siglo XIV. El sudario era largo hasta la mitad de las piernas, atado en la cadera derecha, con abertura que dejaba ver parte de la pierna, y los brazos presentaban desigualdad en su longitud, el izquierdo media 80 cm. y el derecho 70, lo que se puede poner en relación con el hecho, que refieren a partir de Morgado y Ortiz de Zúñiga todos los cronistas, de que cuando la imagen fue hallada tenia desclavado el brazo izquierdo, lo que haría necesaria una reparación, si bien la leyenda piadosa indica que milagrosamente se colocó en su sitio. En 1949 el escultor sevillano Agustín Sánchez Cid realizó una reproducción del destruido Cristo a partir de las fotos que de él se conservaban, cuyo costo ascendió a 60.000 pesetas, siendo bendecida en 1950, y es la que actualmente se encuentra en la parroquia sevillana de San Roque.
     Hasta que perecieron en el incendio de 1936, se conserva­ron en los intercolumnios del retablo mayor del referido templo de San Roque las esculturas de Santo Tomás de Villanueva y San Nicolás de Tolentino, procedentes del convento de San Agustín, a donde pasaron tras la desamortización de 1835. Al principio flanqueaban el Cristo de San Agustín situado en el altar mayor, y tras la construcción del nuevo retablo mayor de estilo neoclásico por Balbino Marrón, se colocaron en él, para lo que fueron restauradas, según acuerdo del Cabildo de la ciudad de fecha 24 de junio de 1850. El Santo Tomás de Villanueva hubo de presidir el retablo de su capilla situada en el lado de la epístola de la iglesia del monasterio, también citada como capilla de la Cena, cuyo patronazgo lo tenía desde 1538 doña Isabel García. El retablo, del que no se conocen sus características estructurales, poseyó una serie de pinturas realizadas por Murillo, y la imagen del Santo, que estaría en la hornacina central. Según Montero hacía procesión claustral el día en que se celebraba su fiesta, repartiéndose limosna a los pobres. Conocida a través de fotos antiguas y por la referencia que de ella nos dan Hernández Díaz y Sancho Corbacho, quienes la califican como un interesante ejemplar de fines del XVI, era de madera tallada, estofada y policromada y se representaba a Santo Tomás vestido con capa y mitra episcopal por su calidad de obispo de Valencia y con el hábito de la Orden agustina. Sobre el San Nicolás de Tolentino, la primera referencia a una capilla dedicada a él la da Montero de Espinosa, situada por los años de 1519 en el lado de la epístola, que arruinada por la riada, fue adquirida por doña Mayor de la Barrera, viuda de Hernán Sánchez, quien la repara y el 28 de junio de 1603 y concierta con Diego López Bueno la realización del retablo, de madera de borne para el ensamblaje y pino de Segura o cedro de La Habana para las esculturas, por 300 ducados, cuyo dorado y estofado corrió a cargo de Lázaro de Pantoja. Estaba compuesto por un banco, un cuerpo con tres calles separadas por columnas corintias estriadas y un ático. El núcleo central estaba presidido por la escultura de San Nicolás, cuya fecha de ejecución la situaron Hernández Díaz y Sancho Corbacho a comienzos del XVI y Gestoso en la segunda mitad del XV, con estofado del XVII, siendo un interesante ejemplar en donde se apreciaban aún resabios goticistas. En las calles laterales se situaban las esculturas de San Joaquín y Santa Ana, no conservadas. En el ático se representa­ba el tema iconográfico de la Inmaculada de los lirios: de los dos "troncos que han de tener en las manos, cada uno el suyo, se vengan a juntar por encima de la cornisa del primer cuerpo del retablo, y de ellos surja una rosa y de la rosa nazca una imagen de Nuestra Señora de la Limpia Concepción". El programa iconográfico continuaba en el intradós del arco en el que Lázaro de Pantoja pintó pasajes de la vida de San Nicolás en la rosca y dos santos agus­tinos en las jambas. El exorno de esta capilla funeraria se completó con una reja cuya ejecución corrió a cargo del maestro rejero Domingo Hernández, quien el 5 de agosto de 1603 recibía de doña Mayor de la Barrera 100 reales a cuenta de la obra que estaba haciendo.
     Hay que señalar que el 11 de enero de 1619 el escultor Juan de Mesa y el pintor de imaginería Vicente Perea conciertan con el capitán Andrés Marín y Jorge Acosta la ejecución de un San Nicolás de Tolentino, de una vara y media de alto, dorado y estofado, obra que no ha sido identificada, que bien pudo estar destinada a la Hermandad dedicada a este Santo, que constaba en el convento desde el 7 de abril de 1582. En el mismo contrato se concierta el grupo de la Virgen del Rosario con el Niño, igualmente dorado y estofado y con las mismas medidas más una peana de un codo de alto, que tampoco está identificada; la figura del Niño debía quitarse, y los artífices se comprometían a darlas terminadas en dos meses y medio a contar desde la fecha del contrato. Por ambos trabajos Juan de Mesa cobró 150 ducados y Vicente Perea 50 ducados.
     En la capilla situada en la nave del evangelio conocida como del Juicio Final se cita una escultura del Niño Jesús adjudicada a Luisa Roldana, imagen que está sin identifi­car. Para finalizar la relación de retablos y piezas escultó­ricas de la iglesia que las fuentes documentales y bibliográ­ficas nos proporcionan referiremos la que nos aporta el testamento del escultor Andrés Cansino de fecha 25 de octubre de 1670, en el que declara estar haciendo para el convento de San Agustín "dos santos de dicha", concertados en 100 ducados y por los que había recibido 18 pesos, desconociéndose más datos que pudieran ayudar a identificar estas obras.
     En el ámbito de la clausura, en concreto en el claustro principal, se veneraba una imagen de la Virgen de la Granada, en su altar correspondiente, a cuyos pies tenían bóveda de enterramiento el jurado García de Arauz y su mujer doña María de Castellanos, quienes la compraron en 1606. Esta escultura podemos identificarla con la que estuvo situada en el testero de la nave del evangelio de la parroquia de San Roque, a donde hubo de pasar tras la desamortización del convento en 1835, al igual que otras imágenes, como ya hemos reseñado. Lamentablemente destruida en el incendio de 1936; por las fotografías antiguas y por las referencias de los que aún llegaron a verla, se desprende que era un bello ejemplar fechable en el último tercio del siglo XVI aunque retocada con burdas pinturas y encarnado en épocas posteriores.
     Se ha señalado como procedente de San Agustín una pequeña Piedad conservada en la parroquia de San Nicolás de Bari de Sevilla, fechada a comienzos del XVI, que sigue los modelos bajomedievales de este tipo de iconografía de origen flamenco y germánico. Ya Gestoso había reparado en ella, lamentándose de los torpes repintes que alteraban el grupo, que relaciona con el estilo de Van Eyck. La escena pasionista representa a María de aspecto envejecido por el dolor, soportando en sus brazos el cuerpo inerte de Cristo que cae con una amplia longitud en diagonal hacia el suelo. El grupo se ha visto alterado por intervenciones posteriores. Finalmente mencionaremos la existencia en un altar de la portería conventual de un San Joaquín y Santa Ana, sin más datos sobre ellos.
PINTURAS
     Un nutrido grupo de importantes pinturas decoraban los retablos y muros de la iglesia conventual. En el retablo mayor, concertado en 1664 por Bernardo Simón de Pineda, se disponían una serie de pinturas realizadas por Murillo dedicadas a San Agustín, dos en las calles laterales, San Agustín con la Trinidad y San Agustín con la Virgen y el Niño, y cuatro en el remate del retablo que representaban ángeles portando atributos del Santo, cuya ejecución se ha establecido entre 1664-1670. En el intercolumnio izquierdo se situaba el San Agustín con la Trinidad, que recoge el momento en que el Santo dirige su mirada hacia lo alto en donde se dispone, en un dorado y luminoso rompimiento de gloria, la Santísi­ma Trinidad en la que San Agustín busca inspiración divina para escribir en el gran libro abierto, entendemos que su De Trinitate, uno de sus tratados fundamentales. En el intercolumnio derecho estaría el lienzo que representa a San Agustín con la Virgen y el Niño, que iconográficamente corresponde al tema de carácter contemplativo de la trasverberación, en el que el Santo ofrece su corazón flameante al Niño quien se dispone a traspasarlo con un dardo, símbolo del mutuo amor, configurando el pintor una bella escena de carácter místico. Para la realización de ambos lienzos Murillo utilizó estampas grabadas de Bolswert a las que embelleció con su proverbial maestría; ambas obras fueron incautadas por el mariscal Soult en 1810 y llevadas al Alcázar en donde constaban en el inventario con los números 296 y 297, regresando al convento donde fueron instaladas en el nuevo retablo neoclásico, como ya referimos. Con la exclaustración se depositaron en la Catedral y en 1840 ingresaron en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, donde se conservan. Con respecto a las pinturas del remate del retablo que representaban a ángeles con atributos episcopales pintados en madera, parece que eran cuatro aunque Angulo no descarta una quinta -la de la colección Normanto-, que al igual que las anteriores pasaron al Alcázar en 1810, en donde se identifican con el número 209, siendo devueltas al convento en 1814. Sin embargo, ya no fueron colocadas en el nuevo retablo neoclásico, siendo vendidas en la Casa Christie de Londres en 1827. Se trata de las siguientes tablas identificadas por Angulo en diferentes colecciones: una con dos ángeles volando sosteniendo un libro con un templo encima, otra con dos ángeles con una mitra y un báculo, la tercera con cuatro ángeles volando y la cuarta ángeles volando.
     En los muros laterales del altar mayor se disponían dos lienzos que representaban a la Inmaculada Concepción y la Asunción de la Virgen, que Ponz, Arana de Varflora, Ceán Bermúdez y González de León citaron erróneamente corno obras de Herrera "el Viejo", quienes también adjudican a este pintor la pintura de la puerta del sagrario que representaba al Salvador, que no ha sido identificada. Hay que señalar que estos dos cuadros no formaban parte del retablo mayor como han señalado algunos autores, ni de retablos colaterales, sino que se disponían en los muros laterales del altar mayor, en alto, con sus correspondientes molduras. Ambas pinturas se conservan en el Museo de Bellas Artes de Sevilla en donde ingresaron tras la desamortización y cierre de la iglesia al culto en 1840, y su fecha de ejecución se sitúa en torno a 1670-1672. Hay que recordar que según un docu­mento conservado en el archivo del monasterio trascrito en una carta de 1820 -dada a conocer en 1972 por Sotos- el 6 de septiembre de 1670, ante el escribano Bartolomé Megías, se concertó "el dorado del retablo mayor y paredes, y Bóvedas de la Capilla mayor con Juan de Valdés Mtr. Pintor en 9.000 ducados", momento el que hay situar la realización de los lienzos, que por otra parte, reflejan la plenitud estilística de Valdés, alcanzada en estos años. Hay que señalar que las pinturas murales realizadas por Valdés fueron tapadas con capas de cal tras la vuelta de los agustinos en 1814, en la renovación que se llevó a cabo en la capilla mayor. Una vez remodelado el presbiterio y asentado el nuevo retablo mayor de corte neoclásico, como ya referimos en el epígrafe anterior, se encargó en 1822 al pintor Juan Rodríguez, apodado "el Panadero" la realización de los frescos del techo con pasajes de la vida de San Agustín, y en la paredes, en una sola tinta, deco­ración que simulaba colgaduras. Volviendo a los lienzos de Valdés Leal, su formato es semicircular en su parte superior y sus respectivas composiciones siguen un ritmo ascendente trepidante y espectacular cuyo efecto principal se centra en la presencia de la Virgen, intensamente iluminada y con expresivo rostro, a la que acompaña una nutrida y efusiva corte angélica en los más variados gestos y agitadas posturas, y mostrando distintas manifestaciones anímicas y múltiples atributos marianos, entre los que destaca, en el lienzo de la Inmaculada, el que simboliza el "Trono de Sabiduría", una silla con respaldo de rocalla que porta uno de los ángeles de la izquierda, que presagia la estética rococó. Los dos lienzos poseen una gran riqueza cromática en donde se combinan espléndidamente los blancos y azules de los ropajes de la Virgen con los toques plateados, rosas, verdes y rojos, y el dorado intenso de los correspondientes rompi­mientos de gloria de la parte superior, en los que se plasman entre vaporosas nubes y cabezas de querubines a Cristo sosteniendo la cruz y ofreciendo a María a través de un ángel la corona de "Reina de los Cielos", en el lienzo de la Asunción de la Virgen, y para el de la Inmaculada Concepción un resplandeciente triángulo de la Trinidad.
     En la capilla de Santo Tomás de Villanueva, situada en la nave de la epístola y propiedad desde 1538 de doña Isabel García, mujer de Alonso de Castro como ya referimos, y en el retablo dedicado a este Santo se situaban cuatro pinturas realizadas por Murillo entre1665-1670, que representan diferentes episodios de la vida de Santo Tomás. Hemos de recordar que este retablo estuvo presidido por una escultura de madera tallada y policromada del Santo de autor anónimo del XVI, que pasó tras la Desamortización de 1835 a la parroquia de San Roque donde se conservó en el retablo mayor hasta que ardió en el incendio de 1936; además, en el retablo del monasterio se veneraba una reliquia de Santo Tomás donada por el arzobispo de Sevilla, fray Pedro de Urbina en 1622, quien la había traído de Valencia, tras los trámites para la canonización y quien además donó dos mil ducados de limosna para la capilla. Volviendo a la serie pictórica, pronto se desmembró, pues al menos dos de ellas se ofrecieron en venta a Carlos IV, lo que no se llevó a efecto aunque ya parece que no volvieron colocarse en el retablo, pues Ceán en 1806 cita en la celda prioral el "Santo Tomás niño repartien­do su ropa" y el "Santo Tomás bendiciendo a un pobre", siendo finalmente adquiridas por Godoy y posteriormente vendidas fuera de España. En el banco del retablo figuraron dos lienzos terminados en medios puntos, uno es el Santo Tomás de Villanueva orando ante el Crucifijo, que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Sevilla en donde ingresó en 1845, y parece que fue la única pintura que no se quitó del retablo, quizás por ser la menos atractiva de toda la serie. Representa el episodio de la revelación que Cristo desde la cruz hace al Santo sobre que había de morir el día de la Natividad de la Virgen, lo que queda recogido en las palabras latinas pintadas en el lienzo: "IN DIE NATIVITATIS MATRIS MEA VENIES AD ME". Santo Tomás aparece arrodillado ante el altar envuelto en una gran penumbra, estando solamente su cara y manos intensamente iluminadas. El otro lienzo del banco del retablo representaba a Santo Tomás de Villanueva dando limosna, obra que hubo de salir del convento tras la desamortización de 1835 pues en 1838 consta en la galería parisina de Louis Philippe, siendo posteriormente vendida en sucesivas ocasiones, conservándose actualmente en Los Ángeles, en la Norton Simon Foundation. El episodio se desarrolla bajo un pórtico en el que el protagonista, vestido con el hábito agustino, reparte limosna a pobres de todas las edades quienes la reciben con actitud agradecida. En la parte superior se dispone una alegoría de la caridad, la cualidad más destacada de Santo Tomás de Villanueva, representada como una joven matrona que amamanta a tres niños. La composición se completa con fondo arquitectónico en pers­pectiva en el que se distingue un edificio religioso. En los laterales del cuerpo del retablo se disponían las siguientes obras: A la derecha Santo Tomás de Villanueva niño repartiendo sus ropas actualmente en el Museo de Cincinnati, que fue vendido por el convento al ministro Godoy, quien a su vez lo regaló al general francés Sebastiani, pasando posteriormen­te por diferentes ventas, hasta llegar por donación al museo americano. En este episodio se insiste en la vocación caritativa de Santo Tomás desde su más tierna infancia, quien en plena calle se despoja de sus ropas para entregarla a los cuatro niños mendigos que le rodean, respaldados por una amplia perspectiva arquitectónica muy desarrollada en altura, que se pierde en la lejanía, intensificando así la pequeñez de los personajes, componiendo Murillo de esta manera una excelente ambientación de gran amplitud en una escena llena de emotividad reflejada en cada uno de los rostros infantiles, próxima a la pintura de género. Finalmen­te, en lateral izquierdo del retablo se situaba el Santo Tomás de Villanueva bendiciendo a un tullido, obra que pertenece a la Alte Pinakothek de Munich, en la que el Santo limosnero vestido con el hábito agustino, capa y mitra episcopal, y situado en un gran pórtico atiende al lisiado arrodillado ante él, al que cura milagrosamente como queda de manifiesto en la pequeña escena de la izquierda en la que el tullido camina por su propio pie. Más al fondo el Santo vuelve a aparecer, repartiendo pan a los pobres.
     Una valiosa y elogiada pintura de la iglesia era el Juicio Final, realizada por Martín de Vos, firmada en 1570 en el ángulo inferior. Presidía un retablo situado en la nave del evangelio en cuyas calles laterales se hallaban San Francisco y San Agustín, todas ellas pintadas sobre tablas y las tres ingresaron en el Museo de Bellas Artes de Sevilla en 1840, donde se conservan. Es efectivamente, una notable obra de este maestro flamenco, nacido en Amberes, activo en la segunda mitad del siglo XVI, que practicó una pintura en la que combinó la tradición pictórica de su país con las influencias de la pintura romana y veneciana aprendidas durante sus seis años de estancia en Italia. Su facilidad para componer escenas con expresivos personajes hizo que muchas de sus obras fueran grabadas y sirvieran de modelo a artistas, tanto de su época como posteriores, y también muy demandadas por la nobleza que gobernaba los Países Bajos, lo que explica el repertorio de pinturas en España. La composición se resuelve en dos planos: en el inferior o de tierra se distribuyen los bienaventurados a la izquierda con bellos desnu­dos de serena expresión que son dirigidos por los ángeles al reino de Dios; y a la derecha se hallan los condenados que con gestos convulsos son conducidos por los demonios al infierno. En la parte superior se desarrolla una amplia Gloria celestial entre vaporosas nubes, con Jesucristo en el centro flanqueado por la Virgen y San Juan, y toda una corte de santos y bienaventurados. La tabla que representa a San Francisco lo sitúa al aire libre y recibiendo los estigmas, mientras que la correspondiente a San Agustín lo representa vestido con ricos ropajes de obispo, báculo en la mano izquierda y un corazón flameante en la derecha.
     En la nave del evangelio se situaba la capilla de las Santas Polonia, Lucía y Águeda, que recordemos era patro­nazgo del maestro de albañilería y yesería Francisco Gutiérrez -que había trabajado en las obras de la iglesia- quien la adquirió en 1612 a los anteriores patronos, los herederos del veinticuatro Juan Fernández Quevedo. El retablo de esta capilla "de muy arreglada arquitectura del orden dórico" conte­nía las pinturas de estas Santas mártires, señaladas como dentro del estilo Luis de Vargas, que no están identificadas.
     González de León cita en una capilla de la nave del evangelio "un milagro de Santísima Virgen" y en los pilares de la nave de la epístola buenos cuadros de la escuela sevillana y de Rubens sin especificar su numero ni iconografía, salvo un Jesucristo con Marta y María que Ponz adjudica a Rubens, obra de la que no existe más noticia hasta el momento, ni tampoco de un Ecce Homo adjudicado a Luis de Morales, que Ceán Bermúdez sitúa en la baranda del coro.
     No está identificado el Apostolado de un retablo situado a los pies de la iglesia, que algunos consideraban Francisco de Herrera "el Viejo" y otros de Francisco Varela.
     El cuerpo de la iglesia estuvo decorado con copias de obras realizadas por Murillo para el Hospital de la Caridad de Sevilla, sin determinarse qué temas eran los representados. Asimismo, refiere Ceán Bermúdez de forma genérica la existencia de obras del pintor Estaban Márquez, en el coro y en la escalera "de los agustinos recoletos", lo que ha llevado a suponer que algunos cuadros de Esteban Márquez con episodios dedicados a San Agustín procedían de la Casa Grande, cuando realmente corresponden al convento sevillano, de agustinos, del Pópulo.
     La sacristía, antigua capilla de la familia Mejías, fue una pieza importante dentro del recinto conventual por su importancia arquitectónica y por la riqueza de sus ornamen­tos, ajuar litúrgico y valioso mobiliario que la adornaba, alabados por González de León quien además cita en su altar una copia de buena calidad del Crucificado de Tintoret­to, obra que damos por perdida. Asimismo, señala la existencia de "algunos santos del estilo de Pacheco", que pueden corresponder con los del cuadro atribuido por Ceán Bermúdez a Juan del Castillo que contenía las figuras de San Juan Bautista, San José y San Jerónimo, que hasta el momento no están identificados; el San Agustín arrodillado de Murillo citado por González también fue anotado por Ponz y Arana de Varflora, y Ceán Bermúdez lo vio en la celda prioral. Sobre este lienzo señala Angulo que puede ser el que se encuentra en Nueva York, en la Capilla de San Agustín de Brooklyn, lienzo cuya compra fue propuesta en 1796 a Carlos IV, lo que no se llevó a efecto, por lo que volvió al convento, pero no ya a la sacristía sino a la celda prioral donde lo conoció Ceán. Adquirido posteriormente por Godoy, tras sucesivas ventas fue comprado por el obispo católico de Brooklyn, en 1976. Su fecha de ejecución se sitúa entre 1665-1670435. Se representa al Santo arrodillado frente al espectador, en el interior de una oscura estancia y vestido con el hábito agustino y una gran capa pluvial ricamente adornada, en atención a calidad de obispo, dignidad que queda remarcada por el báculo y la mitra que se hallan en el lado derecho de la composición. En el suelo se esparcen grandes infolios, alusivos a su actividad literaria y en el ángulo superior izquierdo se dispone un corazón flameante en el interior de una aureola resplandeciente, en cuyo derre­dor se lee: INQUIETUM EST COR MENU DONEC PERVE­NIAT ADTE. Sin duda lo más destacado de esta obra es el expresivo rostro del Santo, intensamente iluminado, quien arrobado, con los brazos abiertos, dirige su mirada hacia el pequeño rompimiento de gloria.
     En el claustro principal y sobre los ricos paneles cerámi­cos que recubrían sus cuatro galerías, se disponía una serie de lienzos que representaban episodios de la vida de San Agustín, cuya ejecución fue atribuida Juan Ruiz Soriano, en su mayor parte, y a Pedro Tortolero. Depositados por el Museo de Bellas Artes de Sevilla en la Casa de Ejercicios Espirituales de San Juan de Aznalfarache (Sevilla), se conservan un total de diez pinturas de medio punto, que presentan episodios de la vida del santo fundador, por cuyas características de estilo y uniformidad han sido atribuidas todas a Juan Ruiz Soriano, y su pertenencia efectivamente al claustro de San Agustín. Hay que señalar que este número de diez pinturas coincide con el que establece González de León en su resumen sobre las obras pictóricas que existieron en el convento, en el que precisamente anota que eran diez las obras de Ruiz Soriano. Dos de ellas constaban en el Alcázar de Sevilla en 1810, con el número 486, aunque sin especificar el tema representado. Ruiz Soriano, prolífico y secundario pintor de la primera mitad del siglo XVIII, utilizó para componer las escenas las estampas grabadas en 1624 que Bolsert realizó sobre la vida del Santo, a las que el pintor se pliega sin aportar ningún tipo de creatividad personal. Los personajes de los distintos episodios se desenvuelven con posturas y gestos convencionales y poco expresivos, a lo que se suma un dibujo blando y un colorido apagado, configurando una serie poco atractiva, cuya ejecución se sitúa en torno a 1730. Los lienzos miden 128 x 251cm., terminados en semicírculo en la parte superior, y los episodios representa­dos son: San Agustín conversando con San Ambrosio, Visión de la Santísima Trinidad, San Agustín instruyendo a sus discípulos, El misterio de la Santísima Trinidad, San Agustín con la Virgen y Jesucristo, San Agustín proclamado sacerdote, San Agustín lavando los pies a Cristo, San Agustín curando a un enfermo, La muerte de San Agustín y El entierro de San Agustín.
     En el rellano de la escalera principal del convento, situada en el ángulo nororiental del claustro principal, se cita un Crucificado de autor desconocido que hemos de dar por perdido y una Concepción "con atributos", de mano de Juan de Roelas que hasta la fecha no está identificada.
     En el ángulo sur del claustro principal y en el costado de la iglesia se abría la capilla de la familia Esquivel, también conocida como capilla de la Correa por tener en su altar una pintura realizada por Juan Ruiz Soriano, que representaba a Nuestra Señora de la Correa con San Agustín y San Juan Bautista, que según González de León copiaba otra anterior de Juan Sánchez Cotán. La pintura de Soriano parece que es la que, depositada por el Museo de Bellas Artes de Sevilla, se conserva en el Archivo de Protocolos de la ciudad, si bien su composición y estilo no recuerda en nada al de Cotán, por lo que se considera una muy libre interpretación hecha por Ruiz Soriano. Es un lienzo de grandes dimensiones (374 x 230 cm.) propias de un cuadro de altar, para el que el pintor hubo de inspirarse en algún modelo grabado del siglo XVII y cuya composición, bastante convencional, se establece mediante dos registros. En el superior o de cielo se halla en el centro la Virgen con el Niño flanqueados por San Agustín y Santa Mónica, a izquierda y derecha respectivamente. La Virgen entrega a la Santa la correa objeto de veneración, recordando la antigua tradición que refería esta donación que posteriormente promovió la creación de la cofradía con esta advocación existente en los principales conventos de la Orden. Por su parte el Niño se dirigen a San Agustín a quien parece inspirar lo que el Santo se apresta a escribir en el gran libro que sostiene en su mano. En el ángulo superior derecho aparece San Juan Bautista, cuya presencia corrobora la adscripción del cuadro a la capilla del convento. En la zona inferior se distribuyen los devotos, que con los brazos en alto esperan recibir los beneficios espirituales de las correas que les muestran los ángeles niños que revolotean en la parte central del cuadro. Su fecha de ejecución se establece en torno a 1730.
     Hemos de señalar que las pinturas realizadas por Esteban Márquez que representan a San Agustín y el misterio de la Santísima Trinidad y San Agustín entre Cristo y la Virgen conservadas en el Museo de Bellas Artes de Sevilla y consi­deradas como procedentes del claustro del convento de San Agustín, corresponden al convento de Nuestra Señora del Pópulo, de agustinos descalzos o recoletos, siendo Ceán el único que las menciona en este emplazamiento (Matilde Fernández Rojas. Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Benedictinos, Dominicos, Agustinos, Carmelitas y Basilios. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2008).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía, de San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia; 
HISTORIA Y LEYENDA
   Es uno de los cuatro grandes doctores de la Iglesia latina.
   Nació en 354 en Tagaste, cerca de Hipona, en el norte de África. Estudió retórica en Cartago, luego en Roma hacia donde se fugó en 383. En sus Confesiones ha contado los extravíos de su juventud disipada y la obstinación con que se ató a la herejía de los maniqueos.
   Su conversión tardía, por la influencia de las plegarias de su madre Mónica  las instrucciones de San Ambrosio, tuvo lugar en Milán, en 387. Estaba acostado bajo una higuera en un jardín cuando oyó una voz que le decía: "Toma y lee (Tolle, lege)." Abrió al azar las Epístolas de San Pablo que tenía a mano y cayó en este pasaje (Rom. 13_ 13-14): "Andemos decentemente (...) no en amancebamiento y libertinaje (...), antes vestíos del Señor Jesucristo (Induite Dominum Jesum Christum)." En su espíritu, las tinieblas de la duda se disiparon de inmediato. Recibió el bautismo con su amigo Alipio y su hijo Adeodato.
   Mónica, su madre, murió en Ostia en el momento en que él se embarcaba para regresar a África. Volvió a su patria y en 395 fue consagrado obispo de Hipona, donde murió en 430, después de haber escrito la Ciudad de Dios durante el sitio de Hipona por los vándalos.
   El episodio más popular de su leyenda es la aparición ante el santo de un niño -a veces convertido en angelito o en Niño Jesús- cuando meditaba acerca del misterio de la Santísima Trinidad. El niño se esforzaba en la playa queriendo vaciar el mar con una concha o cuchara: la empresa era tan insensata como pretender explicar el misterio de la Santísima Trinidad.
   Esta historia apareció a principios del siglo XIII, en una compilación de Exempla para uso de los predicadores que reunió el cisterciense renano Cesario de Heisterbach. Pero en esa obra se hablaba de un teólogo anónimo. Fue el dominico francés Thomas de Cantimpré quien tuvo la idea de sustituir al scolasticus quidam por San Agustín, a causa del tratado que éste escribiera: De Trinitate. Al mismo tiempo, dicho autor transfiere la escena a la costa mediterránea africana, cerca de Hipona; aunque otros autores la sitúan en Civita Vecchia. Puede verse la inconsistencia de esta leyenda que sólo se hizo popular en el siglo XV.
CULTO
   En el siglo VIII su cuerpo fue transportado por Luitprando, rey de los lombardos, a Pavía, cerca de Milán, en cuya iglesia de San Pietro in Ciel d'Oro se edificó su tumba. Algunos fragmentos de sus reliquias fueron depositados en el emplazamiento de Hipona en el siglo XIX.
   Lo reivindican fundador de orden los ermitaños y los religiosos regulares de San Agustín, agustinianos o agustinos, quienes se diferencian de los franciscanos por un cinturón de cuero que les ciñe el hábito, el lugar del cordón.
   En Padua, la capilla de los Eremiti o Eremitani fue decorada por Mantegna con unos frescos destruidos en 1944, durante la guerra.
   La regla de San Agustín fue adoptada además por los antonitas, los premonstratenses, los servitas, los trinitarios, los mercedarios y las órdenes de Santa Brígida.
   Por sus escritos lo han elegido como patrón los teólogos y los impresores. En Florencia su protección se extiende a los pezzai (recolectores de residuos) que juntan los papeles viejos.
   Aunque no sea un santo curador, en los países de lengua germánica la etimología popular, que estableció una relación entre Agustín y Auge (ojo), le confirió el poder de curar enfermedades oculares. Y también el de calmar la tos (Husten).
   Por su carácter africano, se lo invocó contra las plagas de langosta.
ICONOGRAFÍA
   Está representado casi siempre como obispo, con mitra y báculo; pero a veces como el simple monje Agustín con hábito negro y cinturón de cuero. Su atributo habitual es el corazón inflamado, atravesado por una o tres flechas (cor caritate divina sagittatum), del que habla en el IX libro de sus Confesiones: "Habías herido mi corazón con las flechas de tu amor (Sagittaveras tu cor meum charitate tua)." Lleva el corazón en la mano o pintado sobre el pecho. Así como hay santo cefalóforos, puede decirse que Agustín pertenece a la categoría de los cardióforos.
   A partir del siglo XV con frecuencia se lo caracteriza por la presencia de un niño que se aparece en la playa, donde se empeña en vaciar el mar con una concha o cuchara (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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