Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

   Otra Experiencia con ExplicArte Sevilla :     La intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla" , presentado por Ch...

lunes, 22 de junio de 2026

Los principales monumentos (Iglesia de Nuestra Señora de la Anunciación, y Castillo de la Caba) de la localidad de Aldeire, en la provincia de Granada

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Granada, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de Nuestra Señora de la Anunciación, y Castillo de la Caba) de la localidad de Aldeire, en la provincia de Granada.
     Aldeire se asienta en las laderas de Sierra Nevada, formando parte su término municipal del Parque Natural. Al contrario de muchos pueblos de esta comarca, la procedencia del topónimo Aldeire está bien clara: procede del término árabe al-Dar ("la casa") y puede aludir a algún monasterio mozárabe que aquí se preservara de la presión islámica al abrigo de Sierra Nevada. Es la población del Marquesado que más se adentra en la montaña. Su proximidad al Puerto de La Ragua fue sin duda decisiva para la construcción en sus inmediaciones de la fortaleza medieval conocida como Castillo de la Caba.
     Asentada en la pendiente de la loma de dicho castillo, la población de Aldeire preside, junto a su barriada de Triana, el pequeño y agradable valle formado por el río Benejar, en cuya ribera derecha y a poca distancia de la calle del Rastro se encuentran unos antiguos baños árabes.
     Se puede pasar un agradable día de campo visitando al área recreativa de La Rosandrá, a la que se accede a través de un tranquilo paseo junto al río. Es el lugar perfecto para practicar el senderismo o hacer rutas a caballo hasta el Cerro de San Juan y el Collado del Lobo, atravesando bosques de encinas, castaños y otros espectaculares rincones de Sierra Nevada.
     Región: Geoparque de Granada
     Código Postal: 18514
     Distancia desde Granada: 76 Km
     Gentilicio: Aldeireños
     Acceder a su website: www.aldeire.es (Diputación Provincial de Granada).
     Emplazada en un pequeño valle, sus orígenes se relacionan con los numerosos yacimientos mineros que desde época argárica se explotan en la zona. Se define como asentamiento estable en época medieval, probablemente a partir de un monasterio mozárabe. Será a lo largo del medievo cuando se consolide como núcleo, gracias a la llegada de contingentes de otros territorios ocupados por los castellanos, y llegue a ser uno de los puntos que controlaban el acceso a la vecina Alpujarra a través del Puerto de la Ragua, controlado por el Castillo de la Cava (Rafael López Guzmán, María Luisa Hernández Ríos, José Policarpo Cruz Cabrera, Esther Galera Mendoza, Ana María Gómez Román, José Manuel Gómez-Moreno Calera, Esperanza Guillén Marcos, María Luisa Hernández Ríos, Rafael López Guzmán, José Manuel Rodríguez Domingo, Jesús Rubio Lapaz, Ana Ruiz Gutiérrez, y Miguel Ángel Sorroche Cuerva. Guía artística de Granada y su provincia. Tomo II. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     Aldeire esta situado en el pasillo transversal que une el Surco Intrabético con el litoral almeriense. Esta área se denomina Marquesado de Zenete y se sitúa al pie de la cara norte de Sierra Nevada. Por tanto, parte del territorio de este municipio se encuentra incluida dentro del Parque Natural de Sierra Nevada.
     El municipio de Aldeire pertenece a la Demarcación Paisajística de las Alpujarras y el Valle de Lecrín y a la Demarcación Paisajística de Hoyas de Guadix, Baza y Los Vélez (Guía Digital del Patrimonio Cultural).
Historia.-
     Numerosos vestigios confirman que esta zona ha estado poblada desde tiempos prehistóricos. Los yacimientos de cobre se encontraban casi a flor de tierra y esto hizo que la Cultura del Argar se asentara en estas tierras. Aunque son numerosas las referencias al pasado fenicio, romano y visigodo, el origen del actual Aldeire data del periodo árabe-andalusí.
     En 1489 se incorpora a la Corona de Castilla y en 1490 pasa a formar parte del Señorío del Gran Cardenal de España, formando el Marquesado del Zenete junto con siete pueblos más. Durante la sublevación morisca, de 1568 a 1571, este pueblo fue uno de los que más resistencia opuso a las tropas cristinas y, por consiguiente, fue uno de los más duramente reprimidos (Diputación Provincial de Granada).

Iglesia de Nuestra Señora de la Anunciación.-

     Realizada en ladrillo y diseñada en estilo mudéjar, se puede fechar entre los años 1540-1560. Tras el levantamiento morisco de 1568, en el que la iglesia fue destruida, se iniciaron las labo­res de reconstrucción, que se prolongarían hasta el siglo XVIII. Interiormente presenta planta de cruz latina, cubriendo la nave una armadura de limas dobles con seis tirantes pareados y apeinazados sobre canes de acanto y cuadrales a los pies, siendo la cabecera ochavada. El esquema original se alteró por sucesivas intervenciones hasta conformar una iglesia con el presbiterio cubierto con una cúpula del siglo XVIII, posiblemente diseñada por Gaspar Cayón, arquitec­to que trabaja en la catedral de Guadix.
     En el exterior cuenta dos portadas, una a los pies y otra en el lado de la Epístola, realizadas en ladrillo. Se abren con arcos de medio punto en­tre en pilastras y segundos cuerpos adintelados en los que se cobijan sendas hornacinas. A sus pies, una torre realizada en ladrillo con un pri­mer cuerpo cuadrado que soporta un segundo achaflanado, rematando el conjunto una cúpula (Rafael López Guzmán, María Luisa Hernández Ríos, José Policarpo Cruz Cabrera, Esther Galera Mendoza, Ana María Gómez Román, José Manuel Gómez-Moreno Calera, Esperanza Guillén Marcos, María Luisa Hernández Ríos, Rafael López Guzmán, José Manuel Rodríguez Domingo, Jesús Rubio Lapaz, Ana Ruiz Gutiérrez, y Miguel Ángel Sorroche Cuerva. Guía artística de Granada y su provincia. Tomo II. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005). 
     La configuración actual del templo del Aldeire es fruto de sucesivas reformas; la primera iglesia fue levantada a mediados del siglo XVI, mas tarde, fue quemada por los moriscos durante la rebelión de 1568. El edificio actual debió hacerse en el siglo XVII, o al menos gran parte de los muros según demuestran las dos portadas con motivos de apilastrados y pirámides de ladrillo. 
     Del siglo XVIII debe ser la cabecera con el presbiterio y sendas dependencias laterales; la cúpula de media naranja y el apilastrado clasicista de esta cabecera contrastan con el concepto mudéjar de la nave; en ese mismo siglo, o en el XIX, debió rehacerse la armadura principal, ya que en ella aparecen elementos y soluciones formales muy tardías. De la misma época debe ser el coro, y entonces se realizó el órgano en 1786. Los muros exteriores demuestran las superposiciones que se han ido produciendo a través del tiempo.
     En el interior posee una amplia nave cubierta por un artesanado ochavado en la cabecera y de limas moamares a los pies. Los tirantes son dobles y apeinazados y descansan sobre canes con hojas de acanto. El coro se soporta sobre un alfarje de grandes vigas sobre canes dobles. 
     Al exterior posee dos portadas, la portada lateral tiene arco de medio punto entre pilastras dobles. Sobre el entablamento aparece una hornacina central y remates de pares de pirámides. La portada de los pies sigue un esquema similar, con sencillas pilastras y doble ventana, con una corona en las albanegas. 
     La torre  se encuentra  justo detrás de la cabecera, en el eje de la iglesia. Es de finales del siglo XVIII como demuestra su cuerpo esbelto y el campanario, achaflanado, con pirámides y cupulita como remate.  A pesar de su relativa modernidad, el conjunto que forman la magnifica armadura, el amplio coro y la tribuna del órgano, son un buen ejemplo de la inercia manifestada en esta comarca por el arte mudéjar y la maestría alcanzada por los llamados carpinteros de lo blanco en las tierras de Guadix. En su moderno retablo del altar mayor se venera la Virgen del Rosario, patrona de Aldeire (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Construida en 1501 sobre el solar de la antigua mezquita musulmana, incorpora influencias renacentistas al estilo mudéjar. Consta de una nave central con artesonado, en la que destaca el coro y el órgano. En el exterior presenta una alta torre de cinco cuerpos, realizada en ladrillo y piedra y coronada por una elegante cúpula (Diputación Provincial de Granada).

Castillo de la Caba.-

     Se asienta en la cumbre de una colina que le da nombre, a una altitud de 400 m sobre la localidad de Aldeire, contando con una vista panorámica excelente. 
     Este castillo medieval se encuentra en estado ruinoso, conservándose únicamente algunos muros de piedra.
     Cuenta con varios pequeños aljibes actualmente casi cegados. Así, en la actualidad es posible encontrar dos aljibes cubiertos por bóvedas de cañón y varios paños de muralla en los que se aprecia el adosamiento de torres. En la zona norte hay un muro de mampostería al que se encuentran adosadas hasta diez torres, una de ellas semicircular. En la zona oeste se encuentran restos de un pequeño bastión y baluarte conectado con el recinto principal que serviría como puerta de acceso al recinto.
     Al-Dair era una alquería perteneciente a Sanad Wadi Ass, lo que posteriormente sería el Marquesado del Cenete.
     Esta fortaleza fue una de las entregadas por los benimerínes al emir nazarí Muhammad II ebn 1288. Asimismo, esta localidad es citada debido a unas escaramuzas llevadas a cabo por el Condestable en 1462. Tras la conquista castellana en 1490 pasa a manos del señorío del Cardenal de España y posteriormente a su hijo, el marqués de Cenete (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Situado sobre una plataforma rocosa que controla la subida hacia el puerto de La Ragua, es una importante obra de época califal, realizada probablemente en el siglo XI. Sin embargo, la cerámica encontrada en el recinto y sus inmediaciones es mayoritariamente nazarí, de los siglos XIII y XIV. Se conservan de su antiguo recinto varios paños de muralla con torres adosadas, una de ellas semicircular. Quedan restos de otra torre más pequeña que pudo ser la puerta de entrada a la fortaleza (Diputación Provincial de Granada).

     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Granada, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de Nuestra Señora de la Anunciación, y Castillo de la Caba) de la localidad de Aldeire, en la provincia de Granada. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia granadina.

Más sobre la provincia de Granada, en ExplicArte Sevilla.

El desaparecido Colegio de San Acacio, de los Agustinos

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Colegio de San Acacio, de los Agustinos, de Sevilla.  
     Hoy, 22 de junio, en el monte Ararat, el triunfo de diez mil santos Mártires [entre ellos San Acacio], que fueron crucificados, según el Martirologio Romano, vigente hasta 1956.
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el desaparecido Colegio de San Acacio, de los Agustinos, de Sevilla.  
     El desaparecido Convento de San Acacio, de los Agustinos, se encontraba en la manzana formada por las calles Pedro Caravaca, Velázquez, Rioja, y Sierpes; en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
     Los historiadores de la Orden hacen remontar sus orígenes al periodo de los ermitaños del norte de África que, aglu­tinados en torno a la figura de Agustín de Hipona, forman una pequeña comunidad, en una continuidad sin interrupción difícil de demostrar con la Orden constituida en 1256. Aurelio Agustino (354-430) nació en Tagaste, actual Túnez, hijo de un pagano, Patricio, y una cristiana, Mónica, quien ejerció sobre él una poderosa influencia. Entregado a los estudios clásicos, se adhirió a la secta de los maniqueos, tuvo una juventud licenciosa y se dedicó a la enseñanza de retórica en Cartago, Roma y Milán, donde su vida espiritual evoluciona por las plegarias de su madre y las instrucciones del arzobispo San Ambrosio, cuyo ejemplo y palabras le llevan a su conversión al cristianismo, bautizándolo el 25 de abril del 387. Deseoso de difundir la filosofía cristiana regresa a su tierra, vende sus bienes entregando el producto a los pobres y se establece en Hipona donde es ordenado sacerdote el 391 por el obispo Valerio, a quien sucederá en la cátedra episcopal en el año 395. En su abundante producción literaria expuso sus ideas filosóficas, teológicas, su antropología y su teoría del conocimiento, en una constante búsqueda de Dios a través del mundo y en un esfuerzo por incorporar el pensamiento platónico a la tradición filosófica cris­tiana; sus obras han ejercido una gran influencia en la esco­lástica, y se granjeó el título de primer legislador y patriarca del monacato latino siendo considerado uno de los cuatro grandes doctores de la Iglesia. La comunidad creada por San Agustín tras su conversión al cristianismo tuvo un fecundo desarrollo, propagándose por el norte del África romana rápidamente, de tal manera que a la muerte del Santo, en el 430, existían alrededor de cincuenta monasterios, incluidos los de mujeres. La invasión de los vándalos en el siglo V y de los árabes en el VII supuso una fuerte persecución de estas comunidades, pasando muchos de sus miembros al sur de Italia, Francia y España, a donde exportaron la tradición monástica agustiniana. Sin embargo, la legislación carolingia, que impuso con carácter exclusivo la profesión de la regla benedictina en todo el imperio, significó un freno a la propagación del ideario agustino. Habrá que esperar al renacimiento de la vida monástica de los siglos X y XI para asistir al resurgimiento de la Regla de San Agustín en los numero­sos eremitorios que se originaron. En 1244 el papa Inocencio IV, en un deseo de unificar a todos los ermitaños, promovió la fusión de los abundantes cenobios de dentro y fuera de Italia, en los que se incluían los de inspiración agustina, dando lugar a la llamada Gran Unión que fue confirmada el 9 de abril 1256 por el papa Alejandro IV. Se constituyó una gran familia religiosa que recibió el nombre de Orden de los Frailes Ermitaños de San Agustín, en el convento romano de Santa María del Pópulo, con un superior general al frente y una subdivisión en doce provincias, siete para Italia y las cinco restantes para Francia, Alemania, Inglaterra, Hungría y España. A fines del siglo XIII ya existían diecisiete y en 1329 el número de provincias ascendía a veinticuatro. Asimismo, la Orden adopta los ideales y organización de los mendicantes, conciliando el apostolado activo con la vida contemplativa monacal, siendo considerada la tercera de las órdenes mendicantes tras franciscanos y dominicos.
     Hay que señalar que San Agustín nunca escribió una regla monástica, son sus libros, sermones y sobre todo sus cartas en donde hablaba de la vida religiosa y el modo de practicarla, los que inspirarán un conjunto de normas y una forma de vida que serán adoptadas por numerosos institutos religiosos antiguos y modernos como guía a seguir. Las familias religiosas tituladas como Orden de San Agustín abarcarán diversos institutos de religiosos y de monjas. Entre los masculinos se hallaban los Ermitaños de San Agustín, instituidos canónicamente en 1256, que tras la reforma de 1505 son denominados Observantes; y los Ermitaños Recoletos de San Agustín, llamados Recoletos o Descalzos, surgidos en algunos conventos que desaprobaban la actividad intelectual, el estudio y la docencia universitaria, y deseaban entregarse más a la oración, a la contem­plación, a la vida retirada y recoleta como medio de santifi­cación; la nueva rama agustina fue a probada en el Capítulo General de Toledo el 3 de diciembre de 1588.
     En España se constata la presencia de eremitorios en época visigoda, en zonas de Valencia y Mérida, cuya proliferación quedó frenada con la llegada de los musulmanes a la península. Los avances de las tropas cristianas de Fernando III, Jaime I y Alfonso X, liberarán nuevos territorios en cuyas principales ciudades fundan los agustinos sus casas; en 1278 había nueve conventos y en 1300 dieciséis en España y Portugal. Con la Gran Unión de 1256 la Península se trans­forma en la Provincia Hispaniae, la que a su vez, más tarde por Capítulo reunido en Dueñas en 1527 se divide en cuatro: Lusitana, Catalano-aragonesa, Castilla, que llegaba hasta el río Tajo, y Andalucía o Bética, al sur de esta línea fluvial. Por otro lado, gracias al permiso otorgado por el papa Adriano VI a las órdenes mendicantes por el que podían pasar a las Indias para su evangelización, los agustinos llegaron a tierras americanas en 1533, en donde crearon la provincia de Nueva España, consiguiendo fundar la Universidad de México; un hito importante en su creciente expansión será la presencia de la Orden en Filipinas, a donde llegaron sus religiosos acompañando al conquistador Legazpi, fundando misiones y el colegio mayor de Iloco.
     Al igual que el resto de Europa, los conventos agustinos de España padecieron a mediados del siglo XV la relajación y deterioro de la observancia de la regla, conocida como claustra. Para atajar el mal surgió un movimiento de reforma a favor de la restauración de la disciplina monástica primitiva, siendo fray Juan de Alarcón quien desde el convento de Villanubla (Valladolid) emprenda el camino del reformismo, que será aprobado en 1438; las casas que se acogían a la reforma pasaron a denominarse Congregaciones de la Observancia, que a fines del XV eran un buen número de conventos. En este sentido, los Reyes Católicos obtienen del papado la aprobación para incorporar obligatoriamente todos los conventos agustinos a la observancia, lo que se verá cumplido en 1504, en el capítulo interprovincial cele­brado en Toledo. Por otro lado, en el último tercio del siglo XVI algunos conventos promovieron la vuelta al rigor primitivo de la Orden, desaprobando la actividad intelectual, el cultivo de los estudios y la docencia universitaria que tan intensa y efectivamente realizaban los agustinos. Este nuevo movimiento, más interesado por la vida contemplativa y la oración, dio lugar al nacimiento de la rama descalza agustina o de los Ermitaños Recoletos cuya aprobación se produjo en el capítulo provincial de Toledo del 3 de diciembre de 1588, abriéndose el primer convento en Talavera de la Reina al año siguiente, siendo elaboradas sus Constituciones por fray Luis de León. En 1605 el papa Clemente VIII autoriza la creación de la provincia de Recoletos, cuyo rápido crecimiento propició su elevación a Congregación en 1621, por bula de Gregorio XIV, celebrando en ese mismo año su primer Capítulo General en el que fue nombrado vicario general fray Jerónimo de la Resurrección y autorizándose la división en cuatro provincias: San Agustín de Castilla, Pilar de Aragón, Santo Tomás de Villanueva de Andalucía y Nicolás de Tolentino de Filipinas.
     En suma, la expansión y consolidación de la Orden en sus diferentes ramas fue constante y se mantuvo durante los siglos XVII y XVIII; una Orden que se caracterizó por la gran importancia que dio al estudio y la cultura, preocupada por la buena formación de sus religiosos bien cualificados para el apostolado y la enseñanza en sus más altos niveles, (en las universidades), con figuras tan destacadas y conocidas como fray Luis de León. La estima por el conocimiento y la cultura forjó la formación de centros docentes, los llamados Estudios Generales, adscritos a universidades, y valiosas bibliotecas conventuales que contribuyeron al progreso del saber, ganando por ello la Orden la reputación de docta. Sin embargo, este estado de cosas se vino abajo con los aconteci­mientos políticos-legislativos del XIX que culminaron en la desamortización de 1835, fecha en la que se contabilizaban en la península doscientos cinco conventos, de los que sólo quedó abierto el Colegio-Seminario de Valladolid, que por su carácter misionero quedó excluido de la desamortización por la influencia y prestigio que su trabajo misional en el extranjero daba al país.
COLEGIO DE SAN ACACIO
     Al igual que las otras grandes órdenes religiosas venían haciendo desde comienzos del siglo XVI de disponer de centros de estudios segregados del convento principal en donde mejor acomodar e instruir a sus religiosos, lo que condujo a la creación de los correspondientes colegios dedicados exclusivamente a la formación de los novicios, la Orden agustina da los pasos para proceder a la fundación de un colegio en Sevilla que albergara al ya crecido número de estudiantes que tenía la Casa Grande, en donde poder llevar a cabo los estudios y las prácticas religiosas. La primera intención fue intentar fundar en la cercana localidad de Castilleja de la Cuesta, pero parece que los escasos recursos con los que contaban para conseguir un local adecuado y medios para dotarlo, no lo hizo posible. La oportunidad para desarrollar el proyecto fundacional del colegio se materializará con la generosa aportación de la piadosa dama sevillana Leonor de Virués, viuda del veinticuatro Gaspar Ruiz de Montoya, quien en su testamento otorgado el 4 de abril de 1593 dispuso la entrega a los agustinos de unas casas con jardín, huerta y tierra calma, que su difunto marido había comprado y edificado en las afuera de la ciudad, junto a la Cruz del Campo. A lo que se sumó la asignación de dos mil ducados en metálico. La correspondiente autorización arzobispal se dio el 8 de mayo de 1593, quedando así fundado el Colegio bajo la advocación de San Acacio, uno de los legendarios mártires del monte Ararat del siglo II. Con el transcurrir del tiempo se convertiría en un acreditado centro de estudios teológicos, cuyo ingreso en sus aulas se hacía mediante rigurosa oposición según establecía en su testamento la bienhechora, quien quedó como fundadora y se reservaba para sí, su marido y herederos el derecho de enterramiento en la capilla mayor de la futura iglesia. Por su parte los religiosos se obligaban a colocar perpetuamente sobre las sepulturas un paño negro, decir cada día una misa de réquiem, hacer dos sufragios, uno en el día de la Santísima Trinidad y otro en el de San Acacio con sermón, responso cantado y aniversario por sus almas. Hay que señalar que los agustinos hubieron de sortear un ingrato trance, cuando el albacea de doña Leonor, don Miguel Jerónimo de León no cumplió con la manda testamentaria, entablándose el pleito correspondiente, que se resolvió a favor de los religiosos, a quienes se les entregó finalmente la finca, los dos mil ducados y la cosecha de trigo y cebada del año 1593 que igualmente les había donado la fundadora. Por otra parte, era condición testamentaria no poder entrar en posesión de estos bienes hasta que no estuviese colocado Santísimo en la capilla mayor en la pieza que había de servir de iglesia, pasando varios años hasta que el 12 de marzo de 1601 no se colocó el Santísimo Sacramento, siendo nombrado primer rector fray Agustín Vallejo; previamente, el 4 de marzo de ese año se había llevado en solemne procesión el Santísimo desde el convento de San Agustín, según recoge Montero de Espinosa, autor que corrige a Ortiz de Zúñiga quien da la fecha de 4 de abril pero de 1594.
     El Colegio permaneció en este lugar 32 años, pues a fines de diciembre de 1633 se trasladaron en régimen de alquiler a unas casas propiedad de don Luis de Tapia y Paredes, situadas frente al convento de jerónimas de Santa Paula, en donde estuvieron hasta el 1 de julio de 1634 en que pasaron a la céntrica calle Sierpes, a las casas compradas por 8.740 ducados a Francisco Pérez de Meñaca, según escritura pública firmada el día siguiente en que tuvo lugar la primera misa, inaugurándose de nuevo el Colegio con el mismo título, permaneciendo aquí sin ninguna otra mudanza hasta 1810, año en que fueron exclaustrados por los franceses. Según recoge Montero de Espinosa, la lejanía del lugar, los incómodos medios de comunicación para trasladarse los estudiantes a la universidad, lo insano y solitario del lugar y el estado ruinoso de la casa, fueron motivos poderosos para abandonar el sitio de la Cruz del Campo, que fue vendido al genovés Lelio Levanto, y donde posteriormente, en 1641 la Orden del Carmen Calzado fundó una casa bajo el título de Santa Teresa de Jesús.
     Sucedió en el patronato del Colegio Melchor de León Garavito, familiar inmediato del marido de la fundadora doña Leonor, quien lo siguió beneficiando con sus bienes, con cuyos recursos se llevarían a cabo la construcción de la iglesia y reorganización de la casa para centro de estudios. Parece que la dotación decayó con el tiempo, lo que frenó el desarrollo de la fundación, no concluyéndose las obras de la iglesia y colegio según Montero de Espinosa hasta 1660. El templo se convirtió, al igual que ocurriera con el de la Casa Grande, en lugar de enterramiento de varios bienhechores entre los que se encontraban Martín de Andújar y sus herederos, Cristóbal de Velasco y Mendoza, Juan de Pinares, don Pedro Agustín de Valenzuela, etc. Asimismo, se hallaba establecida en la iglesia la Hermandad del Santísimo Cristo de la Expiración y María Santísima del Rosario, corporación que se originó en 1670 en el claustro del convento de San Francisco por unos niños que se dedicaban al rezo del rosario y que con el tiempo formaron regla, aprobada el 10 de septiembre de 1672 por el arzobispo don Ambrosio Ignacio Espínola y Guzmán. En 1680 se traslada a San Acacio en donde los agustinos le concedieron capilla propia y lugar de enterramiento para los hermanos. Por otro lado consta la estancia en la iglesia del Colegio la Cofradía del Santo Cristo del Gran Poder y la Santísima Virgen del Traspaso, en donde permaneció provisionalmente desde 1697 a 1703 en que se trasladó a la parroquia de San Lorenzo. Otra nota religiosa del Colegio fue el rezo del santo rosario, que desde 1728 salía en las primeras horas de la noche en procesión formada sólo por hombres al que se agregarían las mujeres en 1758, en honor de Nuestra Señora del Buen Aire, imagen existente en la iglesia desde al menos 1728.
     Mención especial merece la acreditada biblioteca pública fundada a raíz de la donación realizada por el cardenal fray Gaspar de Molina y Oviedo, agustino ilustre, que al morir en 1744 dejó su abundante colección bibliográfica a San Acacio para que aquí se estableciera una biblioteca pública de la que carecía la ciudad. El Cardenal había sido religioso del Colegio, en donde estudió, detentando diversos y destacados cargos como regente de estudios, general de la Orden, obispo y cardenal, entre otros. El hecho de morir sin testar provocó un litigio entre sus parientes, la Provincia Agustina y el Cabildo municipal, por creerse todos con derecho sobre la herencia de los libros. Una vez resueltas las dificultades del legado, según la sentencia definitiva de 13 de septiembre de 1746, los días 17, 18 y 19 de octubre de ese año se firmaban las escrituras de entrega de la librería, estableciéndose el plazo de un año para traer desde Málaga los volúmenes y estantes que los contenían, labrar una sala competente donde instalarlos y establecer el equipamiento necesario para el funcionamiento de la biblioteca, quedando a cargo de ella el provincial fray Miguel de Medina. Los religiosos estaban obligados a decir una misa cantada de aniversario por el alma del Cardenal Molina, cuyo retrato de cuerpo entero presidiría la sala principal de la biblioteca. Por su parte, el Cabildo de la ciudad velaría por el cumplimiento de todo lo anteriormente expresado, aportando 1.000 ducados para ayudar al transporte de los libros, a pagar las costas del pleito y las obras del recinto. Pese a ello, el plazo establecido no se cumplió ante la carencia de medios para poner en marcha la biblioteca, que no abrió sus puertas oficialmente hasta el 6 de octubre de 1749, siendo su primer bibliotecario fray Juan del Pino y rector del Colegio fray Tomás de Yepes, quien antes de un año y ante la proverbial pobreza del Colegio, solicitaba al Cabildo municipal una asignación para compra de material como tinta, plumas, además de una retribución para sus bibliotecarios, dotarla de un mozo que cuidara de su aseo, proveerla de mesas, asien­tos, estantes y comprar algunos libros para completar y aumentar la colección, ante lo cual el Ayuntamiento por acuerdo de 5 de diciembre de 1749 resolvió entregar anualmente 150 ducados, lo que por desavenencias no siempre se llevó a efecto. La primera compra de libros data de 1757 y el primer arreglo de 1775, año en que el Cabildo nombró al Conde del Águila diputado para la biblioteca. Al año siguien­te se arreglaron más de doscientos libros que estaban apolillados, se hizo obra en la escalera de acceso, y se colocaron vidrieras y estantes, todo ello por valor de 15.000 reales. Hay que señalar que el aumento de libros se garantizaba en parte con la obligación impuesta a los editores de entregar a la biblioteca un ejemplar de cada obra impresa que hicieran. Por otra parte, las sucesivas donaciones supusieron un caudal que la enriqueció, como la donación en 1784 de los fondos pertenecientes a don Luis Germán y Ribón, la donación de doña María Antonia Indart, viuda de del Asistente Domezain, el legado de don Agustín Guerrero, y ya en el siglo XIX la biblioteca del agustino fray Antonio Fabré, desde el convento de Cádiz, entre otras, llegando a contener 7.700 volúmenes repartidos en dos salas. El Cabildo municipal intentó hacerse con los fondos bibliográficos y manuscritos de las distintas casas de la extinguida Compañía de Jesús, dirigiendo una petición en este sentido a la Academia de Buenas Letras de Sevilla en enero de 1881, lo que no tuvo efecto. Por otra parte, los trabajos de catalogación de las obras dieron como resulta­do la publicación de un Índice en 1749 de autor desconocido, del que se conservan varios ejemplares, en el que se sigue un orden alfabético de autores y dentro de éste por materias, omitiendo lugar y fecha de edición, sin embargo inserta el horario de apertura al público de la biblioteca: todos los días del año a excepción de las fiestas de precepto y Semana Santa, de siete a once de la mañana y por la tarde desde las cuatro al toque del Ave María, desde el 1 de mayo a fin de septiembre, y de 1 de octubre a final de abril de ocho a doce de la mañana y por la tarde desde las tres hasta el toque del Ave María. De 1783 consta un nuevo Índice realizado por el bibliotecario fray Pedro Garrido que solventaba las lagunas del anterior e incluía las nuevas obras que habían ingresado.
     Durante los años de ocupación francesa en que el Colegio estuvo cerrado, el entonces bibliotecario fray José Govea y el Ayuntamiento evitaron su saqueo, para lo que se nombró otro bibliotecario que recayó en el agustino fray Luis Rodríguez, que ayudase y velase por su custodia. El Colegio ya no volvió a abrir sus puertas y la biblioteca conforme pasaba el tiempo quedaba más desasistida, sin ayuda de la Orden ni del Ayuntamiento. El padre Govea se dirige al Consistorio en carta fechada el 3 de junio de 1820 solicitando ayuda para mantenerla abierta, librándose entonces 800 reales. Finalmente, la desamortización de 1835 y la exclaustración de los religiosos pusieron fin a la administración de la biblioteca de San Acacio por los agustinos. En 1878 por acuerdo del Ayuntamiento sus fondos, o lo que quedaba de ellos, pasaron a la Biblioteca de la Universidad. 
     Volviendo a lo que fue el Colegio, su actividad docente también se vio quebrada con la llegada de los franceses, quienes expulsaron a los religiosos y establecieron en el inmueble las oficinas del Crédito Público hasta 1812 en que se fueron de Sevilla. Se ponía fin a tres siglos y medio de existencia de San Acacio, pues a pesar de los decretos favorables a los religiosos promulgados por Femando VII, la comunidad agustina ya no volvió a establecerse en el Colegio, salvo alguno de sus miembros para regentar la Biblioteca que, como hemos visto, permaneció abierta algunos años más. El 10 de julio de 1813 la Regencia concede el edificio a la Escuela de las Tres Nobles Artes para sede de sus enseñanzas artísticas, tomando posesión el 9 de agosto de ese mismo año; una parte del inmueble se utilizó además como archivo de Hacienda. No obstante, los agustinos reclamaron su antiguo colegio en 1819 y 1825, pero se llegaron a acuerdos que posibilitaron la permanencia de la Escuela a la que, previa petición, se le entrega en 1821 la iglesia para servir de sala de juntas y lugar de exposición de sus obras artísticas. Hasta 1850 permaneció esta institución en San Acacio en donde posteriormente se instalarían las oficinas de Correos y Telégrafos, que se mantuvieron hasta los años veinte del siglo XX. Desde mediados de ese siglo hasta la actualidad, lo que fuera Colegio de San Acacio es sede del Círculo de Labradores, permaneciendo solamente el claus­tro principal, que está incluido dentro de Conjunto Histórico de Sevilla por Decreto de 27 de agosto de 1964.
ARQUITECTURA
     Del establecimiento primitivo de San Acacio "junto a la Cruz del Campo" no existe una referencia exacta que pueda determinar su ubicación precisa, que hubo de ser en descampado, pues las casas donadas tenían un carácter de finca semi-agrícola. Cuando en 1633 se trasladan al interior de la ciudad, se sitúa durante apenas un año en régimen de alquiler en unas casas frente al monasterio de Santa Paula. El 1 de julio de 1634 pasa a otras, compradas a Francisco Pérez de Meñaca por 8.740 ducados, situadas en la calle León o de los Leones, en la collación de la Magdalena, que iba de Sierpes a la confluencia de la calle de la Muela (actual O'Donnell) y Triperos (actual Tetuán), y que tras establecerse el Colegio comenzó a denominarse de San Acacio, como aparece en el plano de Sevilla de 1771 (hoy rotulada Pedro Caravaca). Así pues, el Colegio se insertaba en una gran manzana en pleno corazón de la ciudad, ocupando el ángulo entre Sierpes y León, por donde tenía su entrada.
     Muy poco se sabe de la configuración arquitectónica que tuvo San Acacio, cuya utilización para diversos fines, como hemos referido, dio lugar a sucesivas y variadas reformas, ventas parciales y demoliciones como la de la iglesia, que lo fueron desfigurando, conservándose en la actualidad solamente el patio principal. Por las escuetas notas que escribe González de León sabemos que al exterior sus muros eran de gran solidez, con grandes y adornados ventanales que iluminaban el interior. De la primitiva fachada a la calle San Acacio sólo se rastrean algunos moldurajes reutilizados y otros que los imitan, en la composición de la nueva crujía tras la adaptación del edificio a nuevos usos. Tanto el colegio como la iglesia eran de modestas dimensiones. En concreto sobre la iglesia señala este autor que "era pequeña y ni en su construcción ni en sus adornos tenía nada que observar con respecto a las bellas artes". El templo estuvo situado en el ángulo con la calle Sierpes por donde corría el muro del lado del evangelio, con entrada por la calle San Acacio, indicando este autor que no tenía portada. Empotrado en el muro exterior que miraba a Sierpes, a los pies de la torre se hallaba una losa sepulcral romana procedente de Itálica en posición acostada, en la que se leía la siguiente inscripción: "Q. FABIUS Q. QURIN. / FABIANUS ILURCO­ NEN / SIS IDEM PATRICIEN / SIS ANN. XXXXIIII JUST. / IN SUIS. H.S.E.S.T.T.L." (Quinto Fabio Fabiano, de la tribu Quirina, natural de Ilurco y ciudadano de Córdoba, hijo de Quinto, de edad de 44 años, junto con los suyos aquí está ente­rrado: séate la tierra ligera). En 1845 el Ayuntamiento acordó extraerla para depositarla en el Museo provincial, procediéndose a ello el miércoles 26 de marzo. La Academia de las Tres Nobles Artes que en aquel momento ocupaba el ya ex-colegio, manifestó su oposición, siendo finalmente restituida la lápida a su sitio el sábado 29 de marzo, colocándose en posición derecha para que se pudiera leer.
     Una de las escasas referencias documentales que hasta el momento existen sobre San Acacio es la firmada en julio de 1768 por el maestro carpintero de lo blanco Jacinto de Morales quien alquila por veinte años, a razón de noventa reales anuales, un solar propiedad de San Acacio situado en la calle Sierpes a espaldas del altar mayor del templo. De los datos de la escritura se desprende que hasta esa fecha los agustinos no habían podido edificar la sacristía por falta de medios económicos, "ninguna había para el uso y servicio de la referida iglesia lo qual se había tratado de hacer con el dicho Jacinto de Morales". En efecto, éste, en compensación por la parte del solar que se le otorgaba donde establecer su obrador "para su exercicio con vivienda alta y baxa", se obligaba a labrar a su costa la sacristía, en la restante parte del solar que tenía "un colgadizo y sitio cubierto con su suelo hollado de cinco a seis varas quadradas"; si verdaderamente se llegó a construir hubo de ser un rectángu­lo de ocho varas de largo por cinco de ancho y cinco de alto, con dos claraboyas con vidrio y dos puertas con sus correspondientes postigos de madera de caoba y clavos de metal, con una salida a la iglesia y otra al claustro.
     El claustro, en donde se distribuían los dormitorios y demás estancias precisas para la comunidad, es el único elemento conservado y constituye un bello y singular ejemplo de patio barroco conventual sevillano. Es obra de Leonardo de Figueroa, cuya fecha de ejecución se ha situado en torno a 1690 y cuya organización arquitectónica, elementos estructurales y decorativos recuerdan al claustro de San Pablo que por estas fechas labraba este arquitecto. Es de planta cuadrada y dos pisos de altura, el bajo presenta cuatro arcos de medio punto en cada frente sobre pilares rectangulares con pilastras de ladrillos rojizos avitolados, con decoración de mascarones en la zona superior que enmarca las enjutas del arco en las que se insertan adornos vegetales. El segundo cuerpo presenta los característicos balcones de Figueroa, ricamente decorados con guarniciones vegetales y moldurajes mixtilíneos, jarrones, ménsulas, cabezas de niños, etc.; en correspondencia con los pilares de la planta baja, los balcones se hallan flanqueados por semicolumnas con traspilastras de ladrillo avitolado, semicolumnas que son salomónicas en sus dos tercios superiores decoradas con labor de trépano y hojas de vides y laurel. Esta riqueza ornamental elaborada con ladrillo, barro cocido y yeso favorece el rico juego de texturas y colores que contrasta con el blanco de los muros, cromatismo que a su vez potencia los elementos estructurales que articulan este patio, magnífico ejemplo del barroco polícromo sevillano practica­do por Leonardo de Figueroa en sus numerosas obras, en las que el arquitecto se manifiesta como un gran decorador.
     La documentación manejada apenas trata de la configuración arquitectónica de la Biblioteca, sobre la que sólo podemos hilvanar algunos datos bastante imprecisos. La generosa donación del cardenal Molina hubo de instalarse en una sala alta del Colegio a la que el público accedía por la calle Triperos (actual Velázquez). En 1775 el Conde del Águila fue nombrado por el Ayuntamiento comisionado para la Biblioteca y gracias a sus diligencias se realizaron en ella obras de mejoras según se recogen en el reconocimiento y aprecio que el 9 de septiembre de 1776 realizaron el maestro mayor de los Alcázares Ignacio Moreno y el maestro de obras de carpintería Manuel Nicolás Vázquez. En el informe se dice haberse abierto la puerta a la calle Triperos, entrada directa a la biblioteca para el público que evitaba pasar por el interior del Colegio, "de tres varas de alto y dos tercias de ancho" y arriba de la pared "que según parece, se labró de nuevo, de tres varas de alto y cinco de ancho", se colocó el escudo de armas de la Ciudad, labrado en piedra y adornado con algunas guarni­ciones. A la derecha de esta entrada había un "lugar común de tres varas de largo y una y media de ancho con cubierta de colgadizo de madera de segura, tablazón de flandes encintado y tejado de canal y redoblón todo nuevo", a lo que seguía la caja de escalera, hecha igualmente nueva, "de nueve varas de largo y dos tercia de ancho, con media mesa en su principio y otra entera al fin, soldada con losas de Génova, y en ellas dos ventanas con sus rejas, bastidores y trece cristales, cuya escalera se compone de quince peraltes y catorce huellas". Algunas de las ventanas del refectorio quedaron tapadas con la construcción de la nueva escalera por lo que se abrieron nuevos vanos en el testero de éste que daba a la calle. Se hizo nueva la puerta de acceso a la biblioteca, situada a mano derecha del descansillo superior de la escalera, "de madera de flandes de tableros y forrada con tablas corridas y clavos de metal". En la sala principal de la biblioteca se hicieron tres claraboyas protegidas con rejillas y cristales y a la ventana que abría a la calle se le pusieron puertas de cristales; asimismo se arreglaron los estantes. Un tránsito que comunicaba con la escalera principal del colegio se aprovechó para colocar estantes y poner postigos con cristales a la ventana. A mano izquierda de esta pieza estaba el gabinete en el que se arreglaron tanto la ventana que daba a la calle como otras que quedaban en su testero derecho. El costo de la obra ascendió a un total de 14.765 reales de vellón, cantidad en la que se incluía el nuevo mobiliario compuesto por dos mesas de caoba con herrajes, nueve escaños, diecisiete sillones y dos cuadros con sus molduras, una para un lienzo de la Virgen de Guadalupe y otra para las Armas de la ciudad. (el desglose de esta cantidad era 7.320 reales por los trabajos de albañilería, 5.431 por los de carpintería y 2.014 por los muebles). Los maestros peritaron las obras como satisfactorias y propusieron ampliar la angosta escalera anexionando parte de la despensa del Colegio contiguo al lugar común, como queda recogido en el dibujo que realizaron, formando un tramo mayor con meseta en escuadra; asimismo se amplió la puerta principal de acceso de la calle Triperos, con portada con cornisa, frontón y remate, anulándose la puerta actual que se convertiría en ventana dejando el escudo donde estaba.
     En 1788 el Cabildo de la ciudad acordó comprar el sitio contiguo para realizar esta propuesta de ampliación, para lo que parece se había hecho suscripción pública, encargando al arquitecto Félix Caraza la realización del proyecto. Pero las reformas no se llevaron a cabo pues en 1790 aún se menciona la proyectada ampliación, y que parece nunca se llevó a efecto, lo que estuvo determinado por las desavenencias entre la Orden y el Ayuntamiento, que en el cabildo celebrado el 19 de octubre de 1791 acordó suspender la asignación de los ciento cincuenta ducados anuales que otorgaba para ayuda de la biblioteca y sus bibliotecarios. Este estado de cosas continuó hasta 1803 en que se reanudaron las relaciones; la biblioteca, que había permanecido cerrada, se reabrió al público, se nombró a fray Antonio Ruiz bibliotecario y se colocó el 13 de noviembre de ese año una lápida conmemorativa en la fachada con la siguiente inscripción: D.O.M. / HISPALENSI AMPLISSIMO XXIV VIRO / RUM ORDINI CL QUE FRANCISCO / MANSO MARCHIONI DE RIBAS GENE / RALI PROCURAT BIBLIOTECA AB / EMM. CARDINALI DE MOLINA ERECTA / MODO CONTENTIONIBUS INTERCLUSA / SALUBERRIMO S.C. RENOVATA LAR / GIORI­ BUS AUCTA REDITIBUS PATE FAC / TA QUE UNIU AUGUSTINIANORUM / PROVINCIA VOTI COMPOTE SIBI QUE / GRATULANTES IN CONCORDIAE PUBL. / FELICITATIS ET GRATOS ANIMORUM / TESTIMONIUN F. ANTONIUS RUIZ / BIBLIOTHECAE PRAEFECTUS HOC MO / NUMENTUM POSUIT IDIBUS NOVEMB. / ANNO M.D.CCCIII. (A Dios Óptimo Máximo. Al ilustrísimo Ayuntamiento de veinticuatros de Sevilla, y al esclarecido Francisco Manso, marqués de Rivas, su procurador mayor. La biblioteca erigida por el eminentísimo cardenal de Molina, cerrada en este tiempo por disgustos, ahora fue abierta con rentas, renovada y aumentada con dones por muy saludable acuerdo del Senado, con gozo y satisfacción de la provincia de los Agustinos, en testimonio de cuya concordia, de deseo por la pública felicidad y de su agradecimiento. Puso esta memoria el bibliotecario fray Antonio Ruiz, en 13 de noviembre de 1803).
RETABLOS Y ESCULTURAS
     No se conocen hasta el momento los retablos y esculturas que hubo de poseer, en mayor y menor medida San Acacio. Solamente hemos hallado la referencia a una Nuestra Señora del Buen Aire existente en la iglesia desde al menos 1728, imagen de vestir en cuyo honor se consagró el rezo del Rosario en pública procesión formada por hombres, en las primeras horas de la noche, a lo que se agregarían devotas mujeres en 1758, que lo rezaban todas las tarde de los días festivos. La imagen pasó en fecha desconocida a la parroquia de San Bernardo, colocándose en un retablo moderno en la nave del evangelio hasta su destrucción en el incendio de 1936.
PINTURAS
     Sobre el patrimonio pictórico del Colegio de San Acacio nada queda recogido en las obras de Antonio Ponz, Ceán Bermúdez o González de León, ni en las referencias documentales que hemos manejado. Sólo Montero de Espinosa refiere la existencia en la Biblioteca de los retratos del Cardenal Molina, de Nicolás Antonio, de Diego Velázquez, Bartolomé Esteban Murillo y Juan Lucas Cortés. Salvo el último que no ha sido identificado, todos se conservan en el Ayuntamiento de Sevilla, a donde pasarían tras el cierre de la Biblioteca en 1836. A esta serie de ilustres sevillanos vinculados con las artes y las letras se añade el retrato de Diego Ortiz de Zúñiga que igualmente se halla en el consistorio. El retrato del Cardenal don Gaspar de Molina presidía la sala principal de la Biblioteca, como quedó estipulado en la donación, y está representado a tamaño natural, de pie, mirando de frente al espectador y respaldado por anaqueles repletos de libros, en clara alusión a la rica librería que llegó a reunir y que donó a la ciudad. Sostiene un papel con la mano derecha que a la vez apoya sobre una vistosa mesa que deja ver una de sus patas ricamente tallada. En el ángulo inferior derecho se sitúa una doble cartela barroca con el escudo del cardenal en la zona superior y en la inferior una larga inscripción que refiere su trayectoria vital con sus méritos y destacados cargos. La obra, cuya ejecución hay que situar a mediados del XVIII, es de correcta factura pero su dibujo seco y poco expresivo hacer pensar que sea una copia de taller del original pintado por Alonso Miguel Tovar, actualmente en paradero desconocido.
     Sobre el retrato de Juan Martínez Montañés hay que señalar que pese a no estar firmado, su atribución a Francis­co Varela resulta segura desde que ya fuera referida por el Conde del Águila, quien lo donó a la biblioteca en los años que estuvo comisionado por el Ayuntamiento para gestionarla. El escultor está representado sobre un fondo oscuro, de medio cuerpo, vuelto tres cuartos hacia la izquierda y vestido con traje negro con golilla rizada y blanca en el cuello y bocamangas. Sostiene una gubia y una pequeña estatuilla que como según manifestó el Conde del Águila, corresponde al boceto del Santo Domingo de Guzmán penitente, realizado por el artista para el convento dominico de Porta Coeli de Sevilla, obra de la que se preciaba su autor. Su rostro, con barba corta y bigote mira de frente al espectador y está realizado con el habitual dibujo firme y sobrio de expresión de Varela, recogiendo la que hubo de ser la fisonomía real del escultor. Hay que señalar que en el reverso del cuadro aparece la inscripción "Original de Varela, año de 1646", año en el que el pintor había fallecido -murió en 1645- y en el que Montañés tendría setenta y ocho. Se trata sin duda un error de transcripción de la leyenda original cuando la obra fue reentelada, en que se puso 1646 en vez de 1616, año en que se hizo el retrato y en el que efectivamente el escultor contaba con 47 años de edad, tal y como aparece recogido en la inscripción de la parte superior del lienzo. El retrato de Bartolomé Estaban Murillo es una réplica del Autorretrato original de Murillo que se conserva en la Natio­nal Gallery de Londres, en la que se ha suprimido el marco fingido en el que se inserta la figura que sostiene la paleta de pintor. Según la inscripción que se lee en el reverso del cuadro fue copiado por Domingo Martínez, si bien la endeble factura hace dudar de su adscripción a este artista, para cuya ejecución el autor anónimo hubo de valerse de la estampa grabada por R. Collins en 1682. Posee el comple­mento escrito en la parte superior que identifica al retratado; su fecha de ejecución es de mediados del XVIII.
     El bibliófilo y escritor sevillano Nicolás Antonio se halla representado de medio cuerpo, sentado en un amplio sillón y mirando al espectador. Está vestido con sotana y manto con la Cruz de Santiago bordada en el lado izquierdo, por su pertenencia a esa Orden que le fue otorgada por Felipe IV en 1645, quien además le nombró su agente en Roma. El perso­naje señala con la mano derecha una filacteria en la que se lee: "NOSCENTA EST MENSURA SUI". A la izquierda, en una mesa con tapete se disponen una campanilla y elementos alusivos a su actividad literaria como tintero, pluma y un grupo de cinco libros apilados, en cuyos lomos se leen sus títulos. La composición se completa con un cortinaje rojo recogido a la derecha, y en el ángulo superior izquierdo una puerta por la que se ve un patio en último término. El lienzo presenta unas calidades muy sumarias, de dibujo seco e inex­presivo que lleva a pensar que sea copia anónima del último tercio del XVIII de un original más antiguo. En el ángulo superior izquierdo lleva una inscripción con su nombre.
     El retrato de Diego de Silva y Velázquez es un busto de tamaño natural, copia del autorretrato del pintor que se conserva en el Museo de Valencia. Se halla representado a la edad de cuarenta años aproximadamente, con melena corta y bigote, y está vestido con traje negro y la típica golilla blanca en el cuello. Dirige su mirada directamente al espectador y en la parte superior del lienzo se lee la siguiente inscripción: "DN. DIEGO VELAZQUEZ DE SILVA CAVº / DE LA ORDEN DE SN TIAGO PINTOR DE FELIPE IV NATURAL DE SEVILLA". Es igualmente obra anónima del último tercio del XVIII.
     Por último se conserva en el Ayuntamiento, procedente de la Biblioteca de San Acacio, el retrato del analista y veinti­cuatro de Sevilla D. Diego Ortiz de Zúñiga, cuya representa­ción sigue prácticamente el esquema de los anteriores, al representarlo en busto a tamaño natural, vestido con el hábito de Santiago, con melena corta y bigote y mirando al espectador. Está inserto dentro de una gran cartela oval barroca que imita el mármol blanco, que es sostenida por dos niños, y con el escudo de su linaje en la parte superior, consistente en un lucero rodeado de rosas, partido con banda orlada de las cadenas de Navarra, sobre la cruz de la Orden de Santiago. En el pedestal aparece la siguiente inscripción: "D. DIEGO ORTIZ DE ZÚÑIGA CAV.ro DE ORDE.n DE SANT.go 24 DE / SEV.a Y AUTOR DE LOS ANALES ECLESIAST.os Y SECUL.res DESTA CIUD.ad Y DEL / DISC.os GENEAL.cos DE LOS ORTIZES Y MANUEL.es DE SU UN.ge FALLE.do Aº. DE 1680 Alas. 44 DE EDD." En el reverso del lienzo se lee: "DON DIEGO ORTIZ DE ZÚÑIGA. LO PUSO EN ES/TA LIBRERÍA DEL SR. SN. ACACIO. A SU COS/TA DON JOSE ORTIZ DE ZÚÑIGA. MAR / QUES DE MONTE FUERTE, 24 DE / SEVILLA. SU NIETO AÑO DE 1751", año en que se puede situar su ejecución por un maestro anónimo que se pudo basar en un probable original de Murillo (Matilde Fernández Rojas. Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Benedictinos, Dominicos, Agustinos, Carmelitas y Basilios. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2008).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Acacio y los diez mil mártires del monte Ararat
LEYENDA
     Centurión cristiano en Capadocia, Acacio habría sido el jefe de diez mil legionarios mártires quienes, al negarse a ofrecer sacrificios a los ídolos, fueron empalados sobre el monte Ararat.
     Los emperadores Adriano y Antonino habían salido en campaña contra los rebeldes de la región del Éufrates, cuyo número alcanzaba los cien mil hom­bres, con un ejército de nueve mil, en el cual servía Acacio. La lucha era de­sigual, pero un ángel se apareció a Acacio y a sus soldados para anunciarles que si invocaban al verdadero Dios, Jesucristo, conseguirían la victoria. El pequeño ejército, dispuesto a huir, se convirtió y pudo derrotar a sus enemigos.
     El ángel los condujo al monte Ararat. Los dos emperadores, asistidos por siete reyes paganos, intentaron forzar a los nueve mil soldados cristianos a renegar de su fe. Los hicieron flagelar, coronar de espinas, lapidar; pero las piedras se volvían contra los verdugos cuyas manos se secaban. Sin dejarse espantar por las torturas, otros mil hombres de los ejércitos paganos se unieron a los mártires cuyo número alcanzó los diez mil.
     Al fin, todos fueron crucificados o empalados. Hacia la sexta hora los már­tires pidieron a Dios que todos aquellos que celebraran su memoria pudieran gozar de salud en cuerpo y alma; una voz del cielo les aseguró que su plegaria sería satisfecha. Los ángeles enterraron los cadáveres que un seísmo había hecho caer de la selva de cruces.
     La fábula de este martirio colectivo se forjó en el siglo XII, de acuerdo con el modelo de la leyenda de los mártires de la Legión de Tebas, para inspirar valor y confianza a los cruzados. Es una duplicación de la leyenda de san Mauricio y sus compañeros, e incluso forma pareja con santa Úrsula y la ma­tanza de las once mil vírgenes por los hunos.
     El nombre de Acacio explica el género de suplicio que padecieron los már­tires del monte Ararat.
     En la Edad Media esa palabra designaba al árbol espinoso que en la actualidad llamamos acacia, según una forma tomada del latín en el siglo XVII. Acacio evocaba la idea de punta, espina (griego akis). De ahí que se imaginara que el santo y sus compañeros fueran flagelados con espinas, que habían sido condenados a caminar descalzos sobre puntas de hierro y empalados sobre ramas de acacia aguzadas.
     En consecuencia, la leyenda habría sido engendrada por la etimología popular, al igual que las de san Cristóbal, san Hipólito y tantas otras.
CULTO
     Las reliquias de san Acacio y sus comártires se veneraban en Roma, Bolonia, Colonia y Praga. Pero su popularidad, que se remonta a la época de las cruzadas, alcanzó su apogeo en el siglo XV y comienzos del XVI, y está probada sobre todo en Suiza, después de las batallas de Granson y Moral, y en Alemania, donde san Acacio fue incluido entre los Catorce Intercesores (vierzehn Nothelfer), a causa de la promesa que le hiciera un án­gel en la hora de su muerte. Se lo invocaba sobre todo para socorrer a los agonizantes.
ICONOGRAFÍA
     Así se explica la riqueza de su iconografía en el arte germánico de finales de la Edad Media, sobre todo en Franconia y en Baviera, cunas del culto de los Catorce Intercesores.
     Está representado con una armadura de legionario romano o de caballero, ya con la espada y el crucifijo para señalar su condición de soldado cristiano (miles christianus), ya con una rama espinosa de acacia aguzada que se puede interpretar como armas parlantes y al mismo tiempo como el instrumento de su martirio, e incluso con una corona de espinas.
     De manera excepcional está transformado en obispo, aunque sólo se hable de su episcopado en la leyenda.
     Al margen de las representaciones aisladas de San Acacio, con frecuencia los pintores se han ocupado del martirio colectivo de los diez mil legionarios arro­jados desde lo alto de un peñón a un precipicio donde se clavan en estacas, o crucificados sobre el monte Ararat (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Colegio de San Acacio, de los Agustinos, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la calle Pedro Caravaca, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la calle Velázquez, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la calle Rioja, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la calle Sierpes, en ExplicArte Sevilla.

domingo, 21 de junio de 2026

El sitio arqueológico San Luis, en Carmona (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el sitio arqueológico San Luis, en Carmona (Sevilla).  
     Hoy, 21 de junio, Memoria de San Luis Gonzaga, religioso, que, nacido de nobilísima estirpe y admirable por su pureza, renunció a favor de su hermano el principado que le correspondía e ingresó en Roma en la Orden de la Compañía de Jesús. Murió, apenas adolescente, por haber asistido durante una grave epidemia a enfermos contagiosos (1591) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy para ExplicArte el sitio arqueológico San Luis, en Carmona (Sevilla).
     Se encontraron fragmentos de tegulae y ladrillos romanos (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Luis Gonzaga, religioso:
   Nació el 9 de marzo de 1568, cerca de Mantua, residencia de la familia principesca de los Gonzaga. Recibió la primera comunión de manos del arzobispo de Milán, san Carlos Borromeo.
   A los dieciocho años de edad declaró su vocación religiosa, y después de un cursillo en el convento de los capuchinos de Florencia, en 1585 eligió la Compañía de Jesús donde se lo recibió en noviciado.
   Enviado a Roma para curar a los apestados, murió en la epidemia a los veintitrés años, en 1591.
   Sus biógrafos exaltan su recelosa castidad: tenía un miedo tan grande al sexo femenino, que ni siquiera se atrevía a mirar a su madre.
CULTO
   Beatificado en 1605, sus reliquias fueron  trasladadas en 1620 bajo  el altar de la capilla puesta bajo su advocación en la iglesia de San Ignacio de Roma. En el siglo XVIII, en 1726, fue canonizado por el papa Benedicto XIII. Es el patrón de la ciudad de Mantua, de la orden de los jesuitas y de la juventud estudiosa, porque se decidió a muy temprana edad por la vocación sacerdotal. Benedicto XIII lo había dado como patrón a los alumnos de los jesuitas. En 1926 Pío XI, lo proclamó «patrón celestial de toda la juventud cristiana».
ICONOGRAFÍA
   Se lo representa en hábito de novicio de la orden de los jesuitas, con la sotana, pero sin estola.
   Sus atributos son un lirio, símbolo de pureza, un crucifijo, una calavera y una disciplina, que alude a su vida ascética (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
       Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el sitio arqueológico San Luis, en Carmona (Sevilla). Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la localidad de Carmona (Sevilla), en ExplicArte Sevilla.

La imagen de San Luis Gonzaga, de Duque Cornejo, en el Retablo Mayor de la Capilla Doméstica, del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen de San Luis Gonzaga, de Duque Cornejo, en el Retablo Mayor de la Capilla Doméstica, del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla.
     Hoy, 21 de junio, Memoria de San Luis Gonzaga, religioso, que, nacido de nobilísima estirpe y admirable por su pureza, renunció a favor de su hermano el principado que le correspondía e ingresó en Roma en la Orden de la Compañía de Jesús. Murió, apenas adolescente, por haber asistido durante una grave epidemia a enfermos contagiosos (1591) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el Retablo de San Luis Gonzaga, de Duque Cornejo y Felipe Fernández del Castillo, en la Iglesia de San Luis de los Franceses, de Sevilla
   El Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses [nº 40 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 78 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle San Luis, 37; en el Barrio de la Feria, del Distrito Casco Antiguo.
     La Capilla Doméstica la preside su Retablo Mayor, que se debe al escultor Pedro Duque Cornejo quien lo hizo en torno a 1733 y presenta una amplia iconografía de santos jesuitas. En el banco existen dos pequeñas vitrinas con esculturas de San Francisco Javier y San Estanislao de Kostka, siendo esta última copia de la realizada por Gross para la iglesia de San Andrés del Quirinal en Roma. En el Manifestador, que remata el Sagrario, se sitúa una escultura de la Inmaculada, que sigue el tipo creado por Gregorio Fernández. Ocupando las calles laterales y el ático, encontramos imágenes de San Luis Gonzaga, San Estanislao de Kostka, San Francisco de Borja con San Francisco Javier y San Ignacio de Loyola, San Juan Francisco de Regis y San Francisco Javier. En dos pequeños óvalos pintados por Domingo Martínez se representa a San Juan Bautista y San Juan Evangelista [Alfredo J. Morales, María Jesús Sanz, Juan Miguel Serrera y Enrique Valdivieso. Guía artística de Sevilla y su provincia I. Diputación de Sevilla y Fundación José Manuel Lara, 2004].
     Las esculturas de San Estanislao y San Luis fueron realizadas seguramente con anterioridad a la canonización de 1726, y responden a la voluntad de Tamariz y Acevedo, que fueron propagadores de la devoción a estos novicios antes de su canonización, fervor que ellos habían experimentado previamente en Roma. Son obras con reminiscencias del taller de Roldán y con un cierto aplomo que con­servan otras esculturas como las de San Felipe Neri, las de Trigueros y sobre todo las equivalentes del retablo de Granada San Cecilio y San Gregorio (Juan Luis Ravé Prieto, San Luis de los Franceses, Arte Hispalense. Diputación de Sevilla. Sevilla, 2018).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Luis Gonzaga, religioso:
   Nació el 9 de marzo de 1568, cerca de Mantua, residencia de la familia principesca de los Gonzaga. Recibió la primera comunión de manos del arzobispo de Milán, san Carlos Borromeo.
   A los dieciocho años de edad declaró su vocación religiosa, y después de un cursillo en el convento de los capuchinos de Florencia, en 1585 eligió la Compañía de Jesús donde se lo recibió en noviciado.
   Enviado a Roma para curar a los apestados, murió en la epidemia a los veintitres años, en 1591.
   Sus biógrafos exaltan su recelosa castidad: tenía un miedo tan grande al sexo femenino, que ni siquiera se atrevía a mirar a su madre.
CULTO
   Beatificado en 1605, sus reliquias fueron  trasladadas en 1620 bajo  el altar de la capilla puesta bajo su advocación en la iglesia de San Ignacio de Roma. En el siglo XVIII, en 1726, fue canonizado por el papa Benedicto XIII. Es el patrón de la ciudad de Mantua, de la orden de los jesuitas y de la juventud estudiosa, porque se decidió a muy temprana edad por la vocación sacerdotal. Benedicto XIII lo había dado como patrón a los alumnos de los jesuitas. En 1926 Pío XI, lo proclamó «patrón celestial de toda la juventud cristiana».
ICONOGRAFÍA
   Se lo representa en hábito de novicio de la orden de los jesuitas, con la sotana, pero sin estola.
   Sus atributos son un lirio, símbolo de pureza, un crucifijo, una calavera y una disciplina, que alude a su vida ascética (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Duque Cornejo, autor de la obra reseñada;
     Pedro Duque Cornejo, (Sevilla, 14 de agosto de 1678 – Córdoba, 1757). Escultor y arquitecto.
     Perteneciente a una de las estirpes de artistas más importantes del barroco andaluz, Duque Cornejo, representa el máximo exponente y culmen de las escuelas sevillana y granadina en la escultura barroca.
     Además de escultor de tallas, trabajará como arquitecto de retablos, fundamentalmente realizando el diseño o traza, y también conociéndose obras suyas en pintura y grabado. Se le considera el imaginero y entallador más destacado del siglo XVIII en Andalucía.
     En su figura confluyen factores importantes, como es una rica formación en varias disciplinas artísticas, que le permiten no dedicarse exclusivamente a la talla; y la culminación de la idea de artista que ejerce las tres artes, que está presente en la tradición andaluza desde la figura singular de Alonso Cano. Conocedor de su propia valía, siempre tuvo un alto concepto de sí mismo, e intentó por ello la consecución del título de escultor de cámara del rey, que no logró nunca, aunque sí obtuvo el de escultor de la reina, así como privilegio de hidalguía, concedido por la Real Chancillería de Granada en 1751. Dejó muestra de su trabajo por gran parte de Andalucía, fundamentalmente Sevilla, Granada y Córdoba, y también trabajó en Madrid. Sus esculturas se van a caracterizar por las poses afectadas y el impulso barroco conseguido con las grandes ondulaciones de las telas, en sus retablos va a ser constante la aparición del estípite, como elemento definitorio de las arquitecturas.
     Sus padres fueron el escultor de origen granadino José Felipe Duque Cornejo y Francisca Roldán Villavicencio, pintora de oficio e hija a su vez del escultor Pedro Roldán. Pedro Duque Cornejo se formará en el entorno del taller familiar de su abuelo, al que hay que considerar su maestro, ya que su padre fue un escultor mediocre. El taller de Pedro Roldán era el más activo de la Sevilla del último cuarto del siglo XVII, y estaba nutrido por toda la saga familiar dedicada a oficios artísticos, como su tía Luisa Roldán, la Roldana. En este ambiente aprendería todo lo concerniente a la escultura y a la pintura y policromía de las imágenes. Su dedicación a la arquitectura vendrá algo más tardía, por el trabajo conjunto con dos arquitectos importantes, Jerónimo Balbás en Sevilla y Francisco Hurtado Izquierdo en Granada, figuras importantes para entender la obra retablística de Duque Cornejo.
     Sus primeras obras se fechan en torno a 1702, dedicándose en estos primeros momentos a la escultura de tallas y a los grabados. Empieza a granjearse cierta fama en Sevilla, lo que hace que se le encarguen las esculturas del retablo mayor de la iglesia del Sagrario de Sevilla (desaparecido en el siglo XIX), la parte arquitectónica corrió a cargo de Jerónimo Balbás, insistiendo el cabildo catedralicio en la participación de Duque Cornejo, esta empresa ocupó al escultor entre 1706 y 1709.
     En 1709 contrae matrimonio en Sevilla con Isabel de Arteaga, con la que tendrá un total de siete hijos, algunos de ellos dedicados a la pintura y escultura, van a destacar Enrique, José y María, que trabajarán como ayudantes en el taller paterno.
     Este trabajo junto a Balbás le anima a emprender su carrera como arquitecto y en 1711 contrata su primera obra como maestro arquitecto y escultor, el también desaparecido retablo de la iglesia parroquial de San Lorenzo de Sevilla; en sus retablos va a hacer gala de un barroquismo exaltado. Durante este período no deja de realizar también encargos propiamente escultóricos.
     En 1714 está documentado su traslado a Granada, ciudad en la que permanecerá hasta 1719. Su principal encargo es para la iglesia de la Virgen de las Angustias, donde va a realizar la transformación de la imagen titular y añade en la nave de la iglesia esculturas monumentales de tamaño superior al natural.
     También se le encarga la realización del retablo de la Virgen de la Antigua en la catedral granadina, donde se va a ocupar del diseño y ejecución de la arquitectura y escultura. Su diseño es deudor de Hurtado Izquierdo.
     De vuelta en Sevilla, recibe el encargo de dos retablos para la cartuja de Santa María de las Cuevas, primer contacto con la Orden cartuja, que le proporcionará otros dos encargos importantes: la realización de las esculturas para la cartuja de Granada y para la de El Paular en Madrid. Las esculturas de Granada las realizará en su segunda estancia en la ciudad entre 1723 y 1728, trabajando junto con los mejores escultores granadinos del momento. Mientras realiza el encargo granadino, recibe el de Madrid, donde viajará en 1725, alternando los dos proyectos. En ambos, la arquitectura corre a cargo de Hurtado Izquierdo. Las esculturas para las cartujas de Granada y El Paular son consideradas el mejor exponente de la escultura de Duque Cornejo.
     En estos años alternará su estancia en Granada y Madrid, con estancias también en Sevilla, donde realizará encargos importantes en la catedral.
     Durante la permanencia de la Corte de Felipe V en Sevilla, el llamado “Lustro Real”, entre 1729 y 1733, Duque Cornejo intenta entrar en la órbita de los artistas cortesanos, consiguiendo el nombramiento de escultor de la reina Isabel de Farnesio, gran aficionada a las Bellas Artes. La intención del artista es conseguir el nombramiento de escultor de cámara, que no logrará.
     En 1731 recibe su encargo más ambicioso: la realización de la arquitectura y las esculturas de los retablos de la iglesia de San Luis de los Franceses de Sevilla y de la capilla de los Novicios, para los Jesuitas. El retablo de la capilla de los Novicios es considerado su mejor intervención en el campo de la retablística.
     A partir de este momento, Duque Cornejo recibirá multitud de encargos de retablos, como los sevillanos de San Leandro o el de la parroquia de Nuestra Señora de la Consolación de Umbrete (Sevilla). En 1734 se ocupa del encargo de la realización del retablo de la Virgen de la Antigua de la catedral y del sepulcro del arzobispo Salcedo y Azcona, para situarlo en la misma capilla. El retablo es una realización en piedra.
     La obra que va a ocupar los últimos años en la vida del maestro es el encargo del coro de la catedral de Córdoba. Primero se le encomendará la ejecución de los laterales y luego el frente a modo de retablo, concertando lo primero en 1747 y el frente en 1752.
     Duque Cornejo diseña tanto la arquitectura como la escultura de esta inmensa obra repleta de ornamentación, relieves y esculturas de bulto. Cuando el coro se inauguró el 17 de septiembre de 1757, Duque Cornejo había fallecido unos meses antes, siendo enterrado en la misma catedral cordobesa (Cipriano García-Hidalgo Villena, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
          Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen de San Luis Gonzaga, de Duque Cornejo, en el Retablo Mayor de la Capilla Doméstica, del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Capilla Doméstica del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, en ExplicArte Sevilla.

sábado, 20 de junio de 2026

El Retablo de la Piedad, de Luis de Vargas, en la Iglesia de Santa María la Blanca

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Retablo de la Piedad, de Luis de Vargas, en la Iglesia de Santa María la Blanca, de Sevilla
     Hoy, sábado 20 de junio, como todos los sábados, se celebra la Sabatina, oficio propio del sábado dedicado a la Santísima Virgen María, siendo una palabra que etimológicamente proviene del latín sabbàtum, es decir sábado
        Y que mejor día que hoy para ExplicArte el Retablo de la Piedad, de Luis de Vargas, en la Iglesia de Santa María la Blanca, de Sevilla.
     La Iglesia de Santa María la Blanca [nº 22 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 12 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Santa María la Blanca, 7 (con portada lateral a la calle Archeros, 18); en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo.
     En la nave del Evangelio podemos contemplar el Retablo de la Piedad, excelente pintura renacentista sobre tabla realizada por Luis de Vargas en 1564. Se inserta en retablo reformado en el siglo XVIII pero que conserva sus originales balaustres manieristas, figurando en los laterales dos tablas con  San Juan Bautista y San Francisco de Asís, también realizados por Luis de Vargas (Manuel Jesús Roldán, Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).
     Se trata de un retablo compuesto por tres calles y un cuerpo rematado por ático, realizado en dos fases: 1564 (manierismo), y 1774 (barroco), con unas medidas de 4,76 x 3,40 x 0,65 m. En los laterales se disponen a cada lado dos pinturas sobre tablas que representan a san Juan Bautista a la izquierda, y a san Francisco de Asís recibiendo los estigmas, a la derecha. Se encuentran inscritos en dos medios puntos flanqueados por dos columnas con medio fuste estriado y el otro medio con decoración vegetal. En la parte superior e inferior, presenta cartelas con roleos y decoración floral.
     Al centro se encuentra la pintura de la Piedad, dispuesta del mismo modo que los anteriores, salvo el listón superior que sobresale y se apoya en el exterior de dos de las columnas. Presenta tres cartelas con rocallas y las enjutas sobresalen dos relieves alegóricos de la Fe y la Caridad. En la parte superior, la composición de Dios Padre con los brazos abiertos, de medio cuerpo, y dos ángeles pasionarios acompañándolo. 
     El retablo se cierra en la parte superior con un medio punto abocinado que recoge una serie de cartelas recortadas con motivos vegetales y rocallas, producto de su transformación en el siglo XVIII, que también descienden a ambos lados a modo de guirnaldas.
     En el banco del altar aparece la inscripción: "Se hizo este Altar. Año de 1564 Y se renovó el de 1774".
Piedad. Tabla central al óleo sobre madera, con unas medidas de 2,43 x 1,68 mts., en estilo manierista, con el grupo de las Marías con san Juan se arraciman en torno al cuerpo de Cristo, dispuesto siguiendo un ritmo diagonal, a cuyo extremo aparece la figura de la Magdalena besando sus pies. Un fondo de tinieblas inunda el paisaje que respalda la escena, advirtiéndose en la parte superior una descripción del Calvario y a la izquierda una representación del Entierro de Cristo. A la izquierda de la escena un grupo de hombres asiste al momento de la apertura del sepulcro. En el ángulo inferior derecho aparece la inscripción de autoría: "LUIS DE VARGAS FACIEBAT".
     Esta tabla, junto con otras dos dedicadas a San Juan Bautista y San Francisco, forman el retablo de la Piedad de la Iglesia de Santa María la Blanca. 
     Se trata de la última obra conocida de Luís de Vargas, pintor nacido y formado en Sevilla. Su obra, muy influenciada por los maestros italianos de la época, es el mejor ejemplo de la tendencia rafaelista en la pintura hispalense durante el segundo tercio del siglo.
     Esta obra formó parte de la Exposición "Velázquez y Sevilla", en el Monasterio de la Cartuja de Santa María de las Cuevas, salas del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, de Sevilla, del 1 de octubre al 12 de diciembre de 1999.
     En ese mismo año 1999, la obra se sometió a un estudio e intervención en el Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico (IAPH).
     Los estudios realizados fueron: estudio biológico, estudio fotográfico y estudio gráfico.
     El estado de conservación era bueno a excepción de los daños producidos por la humedad del muro, que había provocado movimientos de las tablas y consecuentemente, levantamientos y pérdidas de los estratos de preparación y color en las uniones. Se detectó además un fuerte ataque de insectos xilófagos apreciándose orificios tanto por el anverso como por el reverso. 
     La propuesta de intervención fue la siguiente:
     Limpieza superficial del reverso. Relleno de orificios producidos por xilófagos en la estructura y en el soporte. Fijación de estratos. 
     Estucado de lagunas, grietas, desuniones de piezas y orificios producidos por insectos. Limpieza superficial de polvo y hollín. 
     Reintegración de las lagunas estucadas. Reintegración con pigmentos al barniz. Barniz final pulverizado.
     Y la intervención consistió en las siguientes actuaciones:
     Se procedió a la desinsectación de la obra en cámara de gases inertes. El reverso se trató superficialmente, eliminando los depósitos de cal y arena así como el polvo que lo cubría. El resto de la intervención se concentró principalmente en: fijación de los levantamientos, limpieza generalizada del polvo y hollín, relleno de los orificios producidos por los insectos con resina, estucado de las pequeñas pérdidas y orificios, reintegración cromática con técnica acuosa y posteriormente pigmentos al barniz, finalizando con la aplicación de barniz pulverizado (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Iglesia de Santa María la Blanca. En retablo de la nave del Evangelio. Magnífica y extraordinaria pintura sobre tabla, obra del romanista Luis de Vargas, en 1564. Además de la Virgen y Cristo difunto, figuran en la escena San Juan y las Marías, lo cual hace que algunas veces sea identificada como un Descendimiento. La composición muestra un eje diagonal en torno al cuerpo del Redentor. Al fondo, entre dramáticas y evocadoras tinieblas, aparece el Calvario, y a un lado se efigian los preparativos para el Santo Entierro. Todo ello supone una descripción completísima, de ritmo progresivo y cinematográfico: el "antes", el "durante" y el "después"; y, lo que tiene más mérito... ¡sin repetir los gestos ni los personajes! (Juan Martínez Alcaide. Sevilla Mariana, repertorio iconográfico. Ediciones Guadalquivir, Sevilla. 1997).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía del tema de la Piedad;
LA VIRGEN DE LA PIEDAD

   El grupo de la Virgen de la Piedad se compone, estrictamente, de dos personajes: María y su Hijo desclavado de la cruz, cuyo cuerpo inanimado ella sostiene sobre las rodillas.
   A veces ocurre que la Virgen esté rodeada o enmarcada por san Juan, Magdalena, las tres Marías e incluso por los donantes; pero casi siempre está sola con el cadáver de su Hijo, y esta concentración refuerza el poder emotivo del tema. Así es como se distingue de la escena de la Lamentación al pie de la Cruz (Beweinung Christi) que comporta numerosas figuraciones.
   Se ha querido ver en este grupo conmovedor un fragmento separado de la Lamentación, reducida a dos personajes esenciales por un procedimiento análogo que permitió extraer del grupo de la Cena el de Jesús con su discípulo preferido. Pero esa hipótesis no puede probarse, al menos en el arte alemán cuyos Vesperbilder son muy anteriores a los bajorrelieves de la Beweinung que se hizo popular en el siglo XVI. Según parece, la Virgen de la Piedad deriva más bien del tipo tradicional de la Virgen sentada, por simple sustitución del Niño Jesús por el Crucificado.
Fuentes místicas
   La Virgen de la Piedad, que en italiano se llama Pietà y en alemán Vesperbild, -porque la hora de vísperas, de cinco a siete de la tarde, corresponde en el Breviario al Descendimiento de la Cruz-, es la flor más delicada del misticismo de finales de la Edad Media, una flor de la Pasión, una pasionaria que hizo eclosión en los jardines de monjas.
   El tema ni siquiera está esbozado en los Evangelios ni procede tampoco del culto oficial: es una creación de la imaginación  mística que surgió a principios del siglo XIV, al mismo tiempo que los temas de la Virgen de Misericordia y del Varón de Dolores.
   Basta referirse a las Meditaciones franciscanas del Seudo Buenaventura, mejor aún a las Efusiones del beato Enrique de Berg y a las Revelaciones de Santa Brígida, para comprender en qué ambiente nació este tema realista y visionario a la vez. Las descripciones de Cristo muerto sobre las rodillas de su madre (in sinu matris) que se leen allí, donde parecía más cercano y accesible al corazón de los fieles que levantado sobre la madera de la cruz, concuerdan rasgo tras rasgo con las realizaciones plásticas de los artistas.
   El Minnebüchlein atribuido a Enrique de Berg, llamado Suso, también describe a Cristo muerto en una suerte de treno lírico: «Sus ojos, que brillaban como carbunclos, ahora están apagados. Sus labios, que parecían rosas rojas recién abiertas, están secos y su lengua pegada al paladar. Su cuerpo sangrante ha sido tan cruelmente estirado sobre la cruz que pueden contarse todos sus huesos.»
   Santa Brígida de Suecia atribuye a la propia Virgen esta descripción emotiva de su Hijo descendido de la Cruz: «Lo recibí sobre mis rodillas como un leproso, lívido y magullado, porque sus ojos estaban muertos y llenos de sangre, su boca fría como la nieve, su barba rígida como una cuerda.»
   La mayoría de los historiadores del arte no resistieron la tentación de establecer una relación no sólo de paralelismo sino de filiación entre dichos textos y las obras de arte que parecen derivar de ellos, sin preocuparse por la cronología. Pero las investigaciones recientes condujeron a una inversión del orden de los factores. En la actualidad se admite, en general, que las descripciones realistas de Enrique de Berg y de Santa Brígida, lejos de haber inspirado las obras de arte son sólo la transcripción poética de éstas. Esos textos son para  nosotros un muy precioso comentario de las Vírgenes de Piedad, y nos informan acerca del «clima» místico que les dio nacimiento; pero debe renunciarse a ver programas plásticos en ellos.
Orígenes en el arte alemán y francés del siglo XIV
   Lo que prueba esta teoría es que los primeros Vesperbilder alemanes se remontan a 1320, es decir, son muy anteriores a las Visiones del Seudo Buenaventura y de Santa Brígida.
   Nacido en los conventos de monjas místicas del valle del Rin, ese tema tan femenino y maternal de la Virgen de la Piedad, se difundió algo más tarde en Francia gracias a las numerosas cofradías de Nuestra Señora de la Piedad que encargaron grupos para la decoración de sus capillas, que en los libros de contabilidad se designa con los nombres La Compasión de la Virgen, Imagen de Nuestra Señora la cual sostiene abrazado a Nuestro Señor, Imagen de Nuestra Señora sosteniendo en su regazo otra Imagen de un Dios de Piedad, Dios estando en brazos de Nuestra Señora.
   En todo caso, aunque el nombre italiano de Pietà haya sustituido abusivamente a esas viejas expresiones francesas, es muy cierto que el tema es una creación del arte gótico germano francés y no del arte italiano. En las pinturas del Trecento que cita Mâle, la Virgen está sentada al lado del cadáver de Cristo: ella no lo sostiene sobre las rodillas, en su regazo. Ese tema penetró tardíamente en Italia, donde nunca gozó de la misma popularidad que en Alemania y en Francia. Es interesante recordar en tal sentido que la célebre Pietà de Miguel Ángel, esculpida en 1496 para una capilla de la antigua basílica de San Pedro de Roma, fue encargada por un cardenal francés.
Clasificación  y evolución de los tipos iconográficos 
   La evolución de la iconografía de la Virgen de la Piedad prosiguió entre los siglos XIV y XVI.
   Tanto en Alemania como en Francia e Italia se encuentran dos tipos principales, el primero de los cuales comporta numerosas variantes: entre los siglos XIV y XV Cristo está acostado sobre las rodillas de su madre; en el siglo XVI, influenciado por el nuevo ideal del Renacimiento, más preocupado por la belleza formal, está extendido a sus pies, y sólo tiene apoyada la cabeza sobre las rodillas maternales.
A) Cristo sobre las rodillas de la Virgen

   En los monumentos más antiguos (Grupo de madera de Coburgo, hacia 1330; Vesperbild del convento de las ursulinas de Erfurt, hacia 1340), Cristo sentado sobre las rodillas de su madre tiene el torso echado hacia atrás y la cabeza inerte, caída.
   A veces está representado con la estatura de un niño, como la propia Virgen en los brazos de Santa Ana (Anna selbdritt). En ese caso, la Virgen que tiene la ilusión de acunar a su Hijo en brazos, como en los felices tiempos de la infancia, está representada más joven. Esta desproporción no se debe a la torpeza de los escultores, sino a una concepción de los místicos franciscanos. Según San Bernardino de Siena, la Virgen, extraviada por el dolor, sueña que tiene a su Hijo sobre las rodillas, y que lo acuna envuelto en la mortaja como antes en los pañales.
   En el siglo XV se volvió a la representación de Jesús adulto, en la edad en que murió en la cruz. El grupo se desarrolla en la dimensión horizontal, crece en ancho. A veces el cadáver de Cristo está dispuesto horizontalmente, como el cuerpo de un nadador que flota de espaldas, con la herida del costado bien visible; otras, por el contrario, se presenta oblicuamente, en diagonal, apoyando los pies magullados en el suelo.
   Es difícil determinar el lugar de origen de estas variantes. No obstante, parece que la escultura  alemana haya tomado el tipo de Cristo horizontal de la escuela de Bohemia y el Cristo en diagonal, del cual se ven numerosos ejemplos en Westfalia de la escuela de pintura de los Países Bajos, especialmente de Van der Weyden y de Dirk Bouts que habían, uno y otro, adoptado esta preceptiva. Es también el concepto que prima en la Pitié de Villeneuve de Aviñón (Louvre), la más monumental del arte de la Edad Media.
B) Cristo a los pies de la Virgen
   Este grupo de la madre y el hijo adulto que ella apenas puede sostener sobre sus rodillas, fue abandonada a partir del Renacimiento por un arte más preocupado por las proporciones y la lógica. A partir de ese momento casi siempre se ve el cuerpo de Cristo simplemente apoyado contra las rodillas de su madre. El grupo pierde así su profunda unidad, el acento de intimidad y ternura desgarradora, pero gana en verosimilitud y en armonía estructural.
   Esta preceptiva que reemplaza el esquema gótico no es -tal como lo creyera Mâle- una innovación introducida después del concilio de Trento por la iconografía revisada y corregida por la Contrarreforma. Pueden citarse ejemplos a partir del siglo XV, como el Vesperbild de la iglesia San Cristóbal, en Maguncia. Lo cierto es que esta fórmula ha sido adoptada por el arte barroco italiano (Correggio, Carracci) del cual pasó enseguida a España y a los Países Bajos.
   Aunque no pueda  servir como principio  de clasificación,  porque su actitud siempre la misma, el personaje de la Virgen no es menos importante que el de Cristo: la verdad de la expresión del dolor maternal la convierte en uno de los más bellos temas de estudio de la historia de la plástica.
   Es sobre todo el arte francés de los siglos XV y XVI el que ha sacado partido de este tema con una admirable delicadeza en la expresión de los sentimientos, que contrasta con las exageraciones germánicas.
   A veces María observa llorando el cuerpo inerte de su Hijo desfigurado, cuyos brazos rígidos no consigue cruzar; otras, lo abraza con todas sus fuerzas para impedir que los sepultureros se lo quiten.
   El arte español gótico y barroco introdujo en este tema vesperal un ardor más sombrío, y una suerte de voluptuosidad del dolor que está de acuerdo con el carácter de este pueblo.
   Muchas veces la Piedad suele combinarse con el motivo de la Dolorosa (Nuestra Señora de las Angustias) o Virgen de los cuchillos, que España tomó de los Países Bajos. Se encuentran ejemplos de esta amalgama en Sigüenza y en Calatayud (colegiata de Santa María).
   Subrayemos finalmente que en el arte de la Edad Media se encuentra una variante menos difundida de la Piedad de Nuestro Señor (Not Gottes): en vez de estar extendido sobre las rodillas de su Madre, Cristo muerto está sobre las rodillas de Dios Padre.
   A diferencia de numerosos temas religiosos de la Edad Media de los cuales se ha retirado la vida, éste, tan profundamente humano, ha conservado hasta nuestros días su conmovedora eficacia. Todavía se descubren bellos ejemplos en el arte francés de los tres últimos siglos. (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la historia de la Sabatina como culto mariano; 
    Semanalmente tenemos un culto sabatino mariano. Como dice el Directorio de Piedad Popular y Liturgia, en el nº 188: “Entre los días dedicados a la Virgen Santísima destaca el sábado, que tiene la categoría de memoria de santa María. Esta memoria se remonta a la época carolingia (siglo IX), pero no se conocen los motivos que llevaron a elegir el sábado como día de santa María. Posteriormente se dieron numerosas explicaciones que no acaban de satisfacer del todo a los estudiosos de la historia de la piedad”. En el ritmo semanal cristiano de la Iglesia primitiva, el domingo, día de la Resurrección del Señor, se constituye en su ápice como conmemoración del misterio pascual. Pronto se añadió en el viernes el recuerdo de la muerte de Cristo en la cruz, que se consolida en día de ayuno junto al miércoles, día de la traición de Judas. Al sábado, al principio no se le quiso subrayar con ninguna práctica especial para alejarse del judaísmo, pero ya en el siglo III en las Iglesias de Alejandría y de Roma era un tercer día de ayuno en recuerdo del reposo de Cristo en el sepulcro, mientras que en Oriente cae en la órbita del domingo y se le considera media fiesta, así como se hace sufragio por los difuntos al hacerse memoria del descenso de Cristo al Limbo para librar las almas de los justos.  
     En Occidente en la Alta Edad Media se empieza a dedicar el sábado a la Virgen. El benedictino anglosajón Alcuino de York (+804), consejero del Emperador Carlomagno y uno de los agentes principales de la reforma litúrgica carolingia, en el suplemento al sacramentario carolingio compiló siete misas votivas para los días de la semana sin conmemoración especial; el sábado, señaló la Santa María, que pasará también al Oficio. Al principio lo más significativo del Oficio mariano, desde Pascua a Adviento, era tres breves lecturas, como ocurría con la conmemoración de la Cruz el viernes, hasta que llegó a asumir la estructura del Oficio principal. Al principio, este Oficio podía sustituir al del día fuera de cuaresma y de fiestas, para luego en muchos casos pasar a ser añadido. En el X, en el monasterio suizo de Einsiedeln, encontramos ya un Oficio de Beata suplementario, con los textos eucológicos que Urbano II de Chantillon aprobó en el Concilio de Clermont (1095), para atraer sobre la I Cruzada la intercesión mariana.
     De éste surgió el llamado Oficio Parvo, autónomo y completo, devoción mariana que se extendió no sólo entre el clero sino también entre los fieles, que ya se rezaba en tiempos de Berengario de Verdún (+962), y que se muestra como práctica extendida en el siglo XI. San Pedro Damián (+1072) fue un gran divulgador de esta devoción sabatina, mientras que Bernoldo de Constanza (+ca. 1100), poco después, señalaba esta misa votiva de la Virgen extendida por casi todas partes, y ya desde el siglo XIII es práctica general en los sábados no impedidos. Comienza a partir de aquí una tradición devocional incontestada y continua de dedicación a la Virgen del sábado, día en que María vivió probada en el crisol de la soledad ante el sepulcro, traspasada por la espada del dolor, el misterio de la fe.  
      El sábado se constituye en el día de la conmemoración de los dolores de la Madre como el viernes lo es del sacrificio de su Hijo. En la Iglesia Oriental es, sin embargo, el miércoles el día dedicado a la Virgen. San Pío V, en la reforma litúrgica postridentina avaló tanto el Oficio de Santa María en sábado, a combinar con el Oficio del día, como el Oficio Parvo, aunque los hizo potestativos. De aquí surgió el Común de Santa María, al que, para la eucaristía, ha venido a sumarse la Colección de misas de Santa María Virgen, publicada en 1989 bajo el pontificado de San Juan Pablo II Wojtyla (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
Conozcamos mejor la Biografía de Luis de Vargas, autor de las pinturas del Retablo reseñado;
     Luis de Vargas (Sevilla, c. 1505 – diciembre de 1567). Pintor.
     El primer artista sevillano de gran altura en el ámbito de la pintura renacentista es Luis de Vargas, quien llegó a adquirir una hegemonía que anteriormente a él habían tenido artistas foráneos como Alejo Fernández, Pedro de Campaña y Hernando de Esturmio.
     Fue Vargas hijo de un pintor de segundo orden llamado Juan del que apenas tenemos noticias, aunque es lógico pensar que con él realizase su aprendizaje.
     Cuando su proceso formativo concluyó, contaba con veintiún años y en ese momento tuvo la afortunada idea de viajar a Italia para aumentar allí el caudal de sus conocimientos; se instaló en Roma, donde permaneció en fechas que aproximadamente pueden situarse entre 1527 y 1534. En esta última fecha debió de regresar a Sevilla y allí estuvo hasta 1541, año en que emprendió un segundo viaje a Italia, donde de nuevo vivió en la Ciudad Eterna hasta 1550, año en que regresó definitivamente a Sevilla residiendo allí al menos hasta 1567, puesto que en diciembre de dicho año se tiene la constancia de que había fallecido.
     Existen testimonios ofrecidos por Francisco Pacheco, quien debió de recoger en Sevilla noticias referentes a la personalidad de Vargas, varias décadas después de su muerte. Señala Pacheco que Vargas fue “hombre humilde y sobre todo gran pintor”, añadiendo que el maestro que le influenció en Italia fue Pierino del Vaga. Lamentablemente Pacheco no menciona las obras que Vargas pudo realizar en Roma, a lo largo de los quince años en los que el artista permaneció allí.
     En la actualidad seguimos sin conocer obra alguna de su estancia italiana, que sin duda se han conservado, pero que permanecen sin identificar formando parte del amplio número de pinturas que en nuestros días se consideran como anónimas y pertenecientes al círculo de imitadores y seguidores de Rafael.
     Las únicas obras conocidas de Luis de Vargas pertenecen al último período de su vida, transcurrido en Sevilla de 1550 a 1567. Son ciertamente muy escasas pero suficientes para poder constatar su personalidad artística. En ella se reconoce la influencia del estilo de Pierino del Vaga, ya señalada por Pacheco pero también influencias procedentes de otros artistas italianos como Salviati y Vasari. Estas influencias pueden advertirse en la primera obra conocida de Vargas, iniciada en 1552 y finalizada en 1555. Se trata del retablo que hizo para la Catedral de Sevilla con el tema central del Nacimiento de Cristo; en esta pintura se constata efectivamente una filiación de carácter italianizante pero también un sentido creativo propio y personal que le otorga un peculiar e individualizado estilo. En el mismo retablo aparecen en las calles laterales pinturas con representaciones de los cuatro evangelistas y en la predela escenas de la Anunciación, la Presentación y la Adoración de los Reyes.
     La Catedral de Sevilla acoge, en otra de sus capillas, un segundo e importante conjunto pictórico de Luis de Vargas. Se trata de un retablo conocido tradicionalmente como de la Genealogía de Cristo, cuya tabla central representa efectivamente esta iconografía que, sin embargo, en otras ocasiones se denomina Alegoría de la Inmaculada Concepción. Pacheco, al referirse a este retablo, deja intuir que fue iniciado por Vargas, a raíz de la fecha de dotación de la capilla donde se alberga, en el año 1536, pero que su realización fue interrumpida por el artista a causa de su segundo viaje a Italia, siendo concluido cuando regresó definitivamente a Sevilla. Lo cierto es que el retablo está firmado y fechado por Vargas en 1561 y que se trata de un conjunto excepcional presidido por la pintura de la Alegoría de la Inmaculada Concepción, obra para cuya composición Vargas se inspiró en una escena del mismo título, realizada por Vasari en varias ocasiones y cuya primera versión se encuentra en la iglesia de los Santos Apóstoles de Florencia, para donde fue pintada hacia 1540. Vargas pudo haber visto dicha pintura en Florencia, o en todo caso haber utilizado un grabado que la reproducía, describiendo en su parte inferior las figuras de Adán y de Eva, padres de la Humanidad y transmisores del pecado original, a través de las sucesivas generaciones que señala el árbol de Getsé y que llegan hasta la Virgen María. Esta última fue concebida sin el pecado original, concepto que se recoge en una cartela que un ángel sostiene al lado de la Virgen y que recoge una frase del Cantar de los Cantares que señala: “Como lirios entre cardos así es mi amada entre las doncellas”. El conjunto de este retablo se completa con la aparición en la predela del retrato de su donante El chantre Juan de Medina, junto con su escudo de armas y una representación de la iglesia triunfante; en los laterales del retablo aparecen representaciones de San Pedro y San Pablo.
     También en la catedral de Sevilla se encuentra otra importante obra de Vargas, a pesar de su pequeño tamaño; se trata de una tabla que representa El Calvario, en la cual aparece la firma del artista. Aunque no está fechada, por su estilo puede datarse hacia 1560 y en ella el crucificado aparece sobre un fondo de tinieblas con la Virgen y san Juan al pie, a los que acompaña la presencia de un anónimo clérigo que será el donante de la pintura y que está acompañado por san Francisco.
     Igualmente en la Catedral de Sevilla, se encuentra un retrato de El venerable Juan de Contreras, cuya atribución al artista fue al parecer realizada por el pintor Bartolomé Esteban Murillo, quien es posible que fuese el que pusiera en ella la firma de Vargas y la fecha de 1541. Dicha atribución sin embargo no es segura.
     En el Museo de Arte de Filadelfia se conserva firmada por Luis de Vargas una interesante pintura que representa Los preparativos para la Crucifixión, obra de gran empeño compositivo en la que contrasta la recogida y serena actitud de Cristo, que espera paciente a que sus verdugos terminen de barrenar el madero donde será crucificado, con la agitada movilidad de los soldados, sayones y caballos, que impiden a un grupo de Santos Varones que se acerquen a contemplar la escena. A la derecha, se constata la presencia de un clérigo que será el donante de la pintura y que aparece retratado en actitud orante.
     Procedente de una colección particular madrileña ha ingresado hace unos años en el Museo de Bellas Artes de Sevilla una representación de La Purificación de la Virgen, que debe de proceder de un desaparecido retablo. Es obra en la cual se describe el momento en que María lleva al Niño al templo de Jerusalén y le presenta ante el sacerdote Simeón. Es obra no firmada, pero que presenta claramente el estilo de Vargas.
     En la Fundación Rodríguez Acosta de Granada, procedente de la colección Gómez Moreno se conserva firmada por este artista una representación de El Juicio Final, obra que Vargas debió de realizar teniendo en cuenta la composición con este mismo tema realizada por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina de Roma, aunque interpretando libremente y sin condicionamientos la desbordante obra original del genio italiano.
     La última obra de la que queda constancia dentro de la producción de Vargas es el retablo de La Piedad, que firmó y fechó en 1564 y que fue realizada para la Iglesia de Santa María la Blanca de Sevilla. En el tema principal de este retablo la Virgen aparece teniendo a Cristo Muerto en su regazo y acompañada de las Marías y de San Juan. Al fondo se abre un dilatado paisaje, sumido en la penumbra y presidido por la orografía del monte Calvario. La iconografía de este retablo se completa con la aparición en sus calles laterales de representaciones de San Juan Bautista y San Francisco.
     Pacheco, al referirse a Vargas en su libro de los Retratos, señala que este artista tenía pintada una Virgen del Rosario en un pilar de la iglesia de San Pablo de Sevilla que desapareció con motivo de las reformas realizadas en este templo hacia 1700. Igualmente han desaparecido las pinturas murales que Luis de Vargas realizó en los muros de la Giralda entre 1553 y 1558, aunque una pintura de Miguel de Esquivel firmada en 1621 y que se conserva en la catedral de Sevilla nos permite adivinar la situación e iconografía de dichas obras. Otras pinturas murales vinculadas a la catedral de Sevilla han desaparecido igualmente; así ocurrió con el Cristo camino del Calvario que pintó en 1561 en un altar situado en las gradas de la Catedral que dan a la calle de Alemanes, que fue sustituido en el siglo XVIII por una copia, la cual por haber estado al aire libre lo mismo que el original está ya también prácticamente perdida. En el interior de la Catedral y en el arco de ingreso a la capilla del Sagrario estuvieron dos representaciones realizadas por Vargas con el tema de Daniel en el foso de los leones y Elías en el desierto, que tampoco han llegado hasta nuestros días (Enrique Valdivieso González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Retablo de la Piedad, de Luis de Vargas, en la Iglesia de Santa María la Blanca, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Iglesia de Santa María la Blanca, en ExplicArte Sevilla.