Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Convento de las Santas Justa y Rufina, vulgo de los Capuchinos, de los Franciscanos Descalzos Capuchinos, de Sevilla.
Hoy, 17 de julio, en Sevilla, en la provincia hispánica de Bética, es la Festividad de las Santas Justa y Rufina, vírgenes, que, detenidas por el prefecto Diogeniano, tras ser sometidas a crueles suplicios fueron encerradas en prisión, donde les hicieron pasar hambre y más torturas. Justa exhaló su espíritu encarcelada, y Rufina, por seguir proclamando su fe en el Señor, fue decapitada (c. 287) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
Y que mejor día que hoy para ExplicArte el desaparecido Convento de las Santas Justa y Rufina, vulgo de los Capuchinos, vulgo de los Capuchinos, de los Franciscanos Descalzos Capuchinos, de Sevilla.
El desamortizado Convento de las Santas Justa y Rufina, vulgo de los Capuchinos, de los Franciscanos Descalzos Capuchinos, se encontraba en la manzana formada, aproximadamente por las calles Ronda de Capuchinos, León XIII, Antonio Pantión, Florencio Quintero, y Muñoz León; en los Barrios de la Cruz Roja-Capuchinos, y León XIII-Los Naranjos, del Distrito Macarena.
Bajo la denominación de los Franciscanos se engloba a los miembros de las distintas ramas de la Orden religiosa mendicante fundada en Italia por San Francisco de Asís (1182-1226), como Orden de los Hermanos Menores (Ordo Fratum Minorum), la más popular de todas y una de las más grandes y fecundas del catolicismo. Francisco ha sido sin duda una destacada figura de la historia de la Iglesia, y en consecuencia del clero regular, representando uno de los hitos fundamentales de la espiritualidad cristiana, basado en la pobreza, la humildad, la caridad y una fe inquebrantable, valores con los que quiso hacer frente al estado de relajación y enriquecimiento en que se hallaba la vida monástica. Natural de la ciudad de Asís, en la Umbría italiana, hombre piadoso que aspiraba al ideal de igualar a Cristo, y a la vez sensible a la bondad y la belleza, en 1208 abandonó su casa y bienes y se retiró con otros frailes a la ermita, cedida por los Benedictinos, de Nuestra Señora de los Ángeles o de la Porciúncula, cerca de su ciudad natal, donde llevó una vida rigurosa conjugando el retiro del claustro con la actividad apostólica. Redactó en 1209 una regla, sencillo documento para la conducta básica a seguir por sus frailes, que insistía en la imitación de la vida de Cristo mediante la pobreza absoluta, la negación de uno mismo, el servicio a los pobres y enfermos y la predicación del Evangelio, regla que fue aprobada sin bula por Inocencio III, por lo que es llamada Regla no bulada. La naciente Orden tuvo una rápida y numerosa propagación, pese a la dureza de sus condiciones de vida, gracias al activo y generoso apostolado de sus miembros atendiendo a las necesidades materiales y espirituales de los más necesitados; la presencia del propio San Francisco, su humildad y a la vez fuerza espiritual conmovían a los pueblos, prelados y nobles. Los bellos documentos que escribió a lo largo de su vida, llenos de piedad y amor por la creación son testimonio de su gran personalidad. Fue canonizado por Gregorio IX. La rápida expansión del franciscanismo hizo necesaria una revisión en el orden organizativo y normativo de la comunidad que ya en 1217 se dividió, además de la de Italia, en cinco provincias, entre las que ya contaba la de España. Se redactó un nuevo texto en 1221 con más de veinte capítulos que en 1223 fue reformado, reducido a doce, siendo aprobado ese año por bula pontificia; es conocida como Regla bulada, en contraposición a la dada por San Francisco. Esta duplicidad iba a condicionar la evolución posterior de la Orden entre los que querían seguir el ideal primitivo del fundador y los que aceptaban las reformas recogidas en la regla bulada, que terminó por imponerse por confirmación de Gregorio IX en 1231, y supuso la total institucionalización y organización jerárquica de la Orden, que estaba encabezada por el Ministro General y su delegado, el Vicario General, y por Ministros Provinciales. Célula básica de la vida franciscana era el convento cuyo superior recibía el nombre de guardián; la custodia era una circunscripción que no llegaba a formar provincia y que reunía a seis o siete casas, con un hermano custodio al frente. La provincia era la división administrativa territorial que aglutinaba un número de conventos, cuya máxima autoridad era el Padre Provincial. En el siglo XIV y ante la paulatina relajación de las costumbres religiosas entre los Hermanos Menores, sobre todo a lo que a pobreza, apostolado y obediencia se refiere, se produce un movimiento de reforma espiritual y disciplinario con objeto de recuperar el primitivo modo de vida preconizado por San Francisco, que cristalizará en la rama de los llamados Franciscanos Observantes. Esta observancia fue cuajando, aunque no sin dificultades, hasta que finalmente se impuso en todos los conventos; por bula de León X de 1517 se establecía la observancia como heredera del espíritu primigenio franciscano, decretándose la paulatina desaparición de la conventualidad. En el siglo XVI y al hilo de los movimientos de reforma dentro de la Iglesia, surge en el seno de la familia franciscana un nuevo deseo de volver a la simplicidad primitiva de la Orden, a una más pura y radical observancia de la regla. Promovida por fray Mateo de Bassi o de Bascio, esta vuelta a la esencia del franciscanismo se basaba en la pobreza, caridad, contemplación y en general en unas pautas de comportamiento inspiradas en la vida del fundador. Llamados en sus comienzos Frailes Menores Ermitaños, los miembros de esta nueva rama descalza recibieron el nombre de Capuchinos, quienes, no sin oposición al principio, se desligaron en 1528 de los Observantes; en 1578 fueron autorizados por Clemente VIII a extenderse por otros países, siendo aprobadas sus constituciones en 1643 por Urbano VIII. Esta nueva familia franciscana se diferenció en su aspecto externo por su hábito y manto corto de sayal pardo oscuro, la capucha puntiaguda, las sandalias y la barba larga, y constituyó durante la Contrarreforma uno de los más serios baluartes de la Iglesia católica, con una propagación sorprendente en el tiempo y espacio.
Los franciscanos en España. Los datos sobre la llegada de los Franciscanos a España son discutibles y discutidos por los investigadores de la Orden por no existir documentación de primera mano que acredite con certeza este extremo. Al parecer, en 1209 un grupo de frailes encabezados por Bernardo de Quintaval, Gil de Asís y Pedro de Catania llegó a la Península en misión apostólica; entre 1213 y 1214, se sitúa la venida a España del propio San Francisco, bien para visitar la tumba del Apóstol Santiago o para marchar a predicar a Marruecos. La implantación oficial del franciscanismo se fecha en 1217 con la comunidad abierta por el referido fray Bernardo de Quintaval. La expansión de la Orden, condicionada por el ritmo de la conquista de los territorios musulmanes, fue sin embargo muy fructífera en número de casas y de miembros, constituyéndose en 1219 la Provincia de España con el florentino fray Juan Parenti a la cabeza. Desde al menos 1232 consta la división de ésta en tres: la de Santiago, que abarcaba el noroeste peninsular incluido el Portugal cristiano, la de Aragón que comprendía este reino y el de Navarra, y la de Castilla, provincias de las que surgirían varias custodias que acabaron por constituirse en nuevas provincias, como ocurrió en Andalucía una vez completada la reconquista. A fines del siglo XIV había en la Península ciento veintitrés conventos. Después de Italia, España es sin duda la nación donde con más fuerza arraigó el franciscanismo, con muy buena acogida entre el pueblo y las autoridades, cuyo incremento geográfico-demográfico durante la Edad Media multiplicó su actividad desarrollada no sólo en el ejercicio del apostolado, sino también actuando como embajadores de los monarcas ante el Papa y a la inversa, como capellanes militares o como consejeros y confesores de nobles y reyes; en 1389 Martín el Humano les confiere perennidad en el oficio de confesores, y Enrique III hizo orlar sus armas reales con el cordón franciscano además de establecer en sus dominios la obligatoriedad de la celebración de la festividad de San Francisco. Con los descubrimientos de tierras americanas los franciscanos hallaron un nuevo y amplio campo de intenso apostolado a través de las misiones, que abarcaron el territorio asiático.
En tierra hispana se verificaron las fases de relajación y reforma que en general vivió la Orden, siendo el cardenal y también franciscano Cisneros, quien mediante diversas autorizaciones pontificias impuso a comienzos del siglo XVI la Observancia en todos los conventos de Castilla, llegando más tarde la reforma a las provincias de Santiago y Aragón, ya en el reinado de Felipe II. Al propio tiempo se desarrollaron corrientes de revisión de la propia observancia que cristalizará en la rama descalza franciscana, que en España tuvo como punto de partida el año 1469, cuando el papa concede a fray Juan de la Puebla autorización para reformar su hábito y retirarse a un eremitorio con sus seguidores. Su sucesor, fray Juan de Guadalupe, consiguió un nuevo impulso al lograr por breve pontificio de 1499 la primera custodia de la descalcez, lo que supuso no pocos y serios conflictos jurisdiccionales y espirituales. La independencia definitiva de los Observantes llegará en 1506, recibiendo los Descalzos un gran empuje al ingresar en sus filas San Pedro de Alcántara (+ 1562) -por lo que también es conocida esta rama como Alcantarinos- con quien se alcanza la plena consolidación; durante el siglo XVII los Descalzos Franciscanos contaron con el apoyo de la monarquía, especialmente de Felipe III lo que significó una gran difusión por todo el reino. A estas ramas de la familia franciscana en España hemos de sumar la de los Capuchinos que se estableció en la Península en 1578, no sin serías dificultades ante la negativa de Felipe II. La fama de los religiosos venció las prohibiciones y los conventos capuchinos fueron proliferando primero por Cataluña, Aragón y Valencia; hasta 1609 no se implantan en Castilla, con la fundación de un convento en Madrid. La Provincia de Castilla se constituyó en 1618 y de ella se desgajó en 1637 la de Andalucía. El número de conventos fue creciendo hasta alcanzar la cifra de ciento veinticinco en 1782 y en la misma proporción el número de religiosos, hasta que a fines del siglo XVIII debido a las convulsiones políticas inició un rápido descenso que igualmente se dio en el resto de la familia franciscana de España, lo que se vio agravado por las medidas legislativas del siglo XIX. En Andalucía la presencia franciscana se produce a medida que avanzan las conquistas de los monarcas castellanos sobre los territorios musulmanes, siendo las primeras fundaciones los conventos de Baeza, Úbeda y Córdoba. La toma de Sevilla en 1248 significó el total dominio del valle del Guadalquivir, un amplio territorio donde instalarse y llevar a cabo su apostolado los religiosos, como así sucedió. En el capítulo general de la Orden de 1260 ya se crea la Custodia Hispalense, dependiente de la Provincia de Castilla. En 1499 se erigía la Provincia Bética o de Andalucía. También tuvieron acomodo en la región el resto de las ramas franciscanas: Descalzos y Capuchinos; estos introducidos en España en 1578, se escindieron de los Observantes y constituyeron la Provincia de Andalucía en 1625.
CONVENTO DE LAS SANTAS JUSTA Y RUFINA, VULGO DE LOS CAPUCHINOS (FRANCISCANOS DESCALZOS CAPUCHINOS)
Es el séptimo convento, en el orden cronológico, fundado por los franciscanos en Sevilla, perteneciente a la rama descalza denominada Capuchina, nacida de la reforma llevada a cabo en Italia en 1525 por fray Mateo de Bassi o de Bascio (1495-1552), en un deseo de volver al primitivo espíritu e ideal de la Orden, mediante una más pura y radical observancia de la Regla y de la esencia del franciscanismo. Inspirado en la vida y testamento de San Francisco, surge el nuevo grupo religioso que se aplicó con rigor a la oración, caridad, contemplación, mortificación y a la predicación, todo ello encauzado en una existencia de extrema pobreza, que tenía como signo externo el vestir como el Santo fundador, con hábito y manto corto de estameña marrón oscuro, capucha larga y puntiaguda, sandalias y llevar larga barba, siendo llamados al principio frailes menores ermitaños, para después popularizarse el de Capuchinos, alusivo a su peculiar gorro. Autorizados por Clemente VII en 1528, se desligaron de la obediencia de los Franciscanos Observantes y se constituyeron en una rama independiente, con una clara oposición de éstos, estando a punto de ser suprimidos en 1542. Sin embargo, lograron salir adelante; en 1574 Gregorio XIII les permitía extenderse por otros países, aprobándose definitivamente sus constituciones en 1643 por Urbano VIII. La reforma capuchina fue la más reciente en el tiempo dentro del franciscanismo, su rápida expansión en el espacio y en el tiempo, sus numerosos miembros y su ejemplar vida de austeridad, predicación y obras de caridad, hicieron de ella un fuerte baluarte del catolicismo en la Europa de la Contrarreforma.
Y que mejor día que hoy para ExplicArte el desaparecido Convento de las Santas Justa y Rufina, vulgo de los Capuchinos, vulgo de los Capuchinos, de los Franciscanos Descalzos Capuchinos, de Sevilla.
El desamortizado Convento de las Santas Justa y Rufina, vulgo de los Capuchinos, de los Franciscanos Descalzos Capuchinos, se encontraba en la manzana formada, aproximadamente por las calles Ronda de Capuchinos, León XIII, Antonio Pantión, Florencio Quintero, y Muñoz León; en los Barrios de la Cruz Roja-Capuchinos, y León XIII-Los Naranjos, del Distrito Macarena.
Bajo la denominación de los Franciscanos se engloba a los miembros de las distintas ramas de la Orden religiosa mendicante fundada en Italia por San Francisco de Asís (1182-1226), como Orden de los Hermanos Menores (Ordo Fratum Minorum), la más popular de todas y una de las más grandes y fecundas del catolicismo. Francisco ha sido sin duda una destacada figura de la historia de la Iglesia, y en consecuencia del clero regular, representando uno de los hitos fundamentales de la espiritualidad cristiana, basado en la pobreza, la humildad, la caridad y una fe inquebrantable, valores con los que quiso hacer frente al estado de relajación y enriquecimiento en que se hallaba la vida monástica. Natural de la ciudad de Asís, en la Umbría italiana, hombre piadoso que aspiraba al ideal de igualar a Cristo, y a la vez sensible a la bondad y la belleza, en 1208 abandonó su casa y bienes y se retiró con otros frailes a la ermita, cedida por los Benedictinos, de Nuestra Señora de los Ángeles o de la Porciúncula, cerca de su ciudad natal, donde llevó una vida rigurosa conjugando el retiro del claustro con la actividad apostólica. Redactó en 1209 una regla, sencillo documento para la conducta básica a seguir por sus frailes, que insistía en la imitación de la vida de Cristo mediante la pobreza absoluta, la negación de uno mismo, el servicio a los pobres y enfermos y la predicación del Evangelio, regla que fue aprobada sin bula por Inocencio III, por lo que es llamada Regla no bulada. La naciente Orden tuvo una rápida y numerosa propagación, pese a la dureza de sus condiciones de vida, gracias al activo y generoso apostolado de sus miembros atendiendo a las necesidades materiales y espirituales de los más necesitados; la presencia del propio San Francisco, su humildad y a la vez fuerza espiritual conmovían a los pueblos, prelados y nobles. Los bellos documentos que escribió a lo largo de su vida, llenos de piedad y amor por la creación son testimonio de su gran personalidad. Fue canonizado por Gregorio IX. La rápida expansión del franciscanismo hizo necesaria una revisión en el orden organizativo y normativo de la comunidad que ya en 1217 se dividió, además de la de Italia, en cinco provincias, entre las que ya contaba la de España. Se redactó un nuevo texto en 1221 con más de veinte capítulos que en 1223 fue reformado, reducido a doce, siendo aprobado ese año por bula pontificia; es conocida como Regla bulada, en contraposición a la dada por San Francisco. Esta duplicidad iba a condicionar la evolución posterior de la Orden entre los que querían seguir el ideal primitivo del fundador y los que aceptaban las reformas recogidas en la regla bulada, que terminó por imponerse por confirmación de Gregorio IX en 1231, y supuso la total institucionalización y organización jerárquica de la Orden, que estaba encabezada por el Ministro General y su delegado, el Vicario General, y por Ministros Provinciales. Célula básica de la vida franciscana era el convento cuyo superior recibía el nombre de guardián; la custodia era una circunscripción que no llegaba a formar provincia y que reunía a seis o siete casas, con un hermano custodio al frente. La provincia era la división administrativa territorial que aglutinaba un número de conventos, cuya máxima autoridad era el Padre Provincial. En el siglo XIV y ante la paulatina relajación de las costumbres religiosas entre los Hermanos Menores, sobre todo a lo que a pobreza, apostolado y obediencia se refiere, se produce un movimiento de reforma espiritual y disciplinario con objeto de recuperar el primitivo modo de vida preconizado por San Francisco, que cristalizará en la rama de los llamados Franciscanos Observantes. Esta observancia fue cuajando, aunque no sin dificultades, hasta que finalmente se impuso en todos los conventos; por bula de León X de 1517 se establecía la observancia como heredera del espíritu primigenio franciscano, decretándose la paulatina desaparición de la conventualidad. En el siglo XVI y al hilo de los movimientos de reforma dentro de la Iglesia, surge en el seno de la familia franciscana un nuevo deseo de volver a la simplicidad primitiva de la Orden, a una más pura y radical observancia de la regla. Promovida por fray Mateo de Bassi o de Bascio, esta vuelta a la esencia del franciscanismo se basaba en la pobreza, caridad, contemplación y en general en unas pautas de comportamiento inspiradas en la vida del fundador. Llamados en sus comienzos Frailes Menores Ermitaños, los miembros de esta nueva rama descalza recibieron el nombre de Capuchinos, quienes, no sin oposición al principio, se desligaron en 1528 de los Observantes; en 1578 fueron autorizados por Clemente VIII a extenderse por otros países, siendo aprobadas sus constituciones en 1643 por Urbano VIII. Esta nueva familia franciscana se diferenció en su aspecto externo por su hábito y manto corto de sayal pardo oscuro, la capucha puntiaguda, las sandalias y la barba larga, y constituyó durante la Contrarreforma uno de los más serios baluartes de la Iglesia católica, con una propagación sorprendente en el tiempo y espacio.
Los franciscanos en España. Los datos sobre la llegada de los Franciscanos a España son discutibles y discutidos por los investigadores de la Orden por no existir documentación de primera mano que acredite con certeza este extremo. Al parecer, en 1209 un grupo de frailes encabezados por Bernardo de Quintaval, Gil de Asís y Pedro de Catania llegó a la Península en misión apostólica; entre 1213 y 1214, se sitúa la venida a España del propio San Francisco, bien para visitar la tumba del Apóstol Santiago o para marchar a predicar a Marruecos. La implantación oficial del franciscanismo se fecha en 1217 con la comunidad abierta por el referido fray Bernardo de Quintaval. La expansión de la Orden, condicionada por el ritmo de la conquista de los territorios musulmanes, fue sin embargo muy fructífera en número de casas y de miembros, constituyéndose en 1219 la Provincia de España con el florentino fray Juan Parenti a la cabeza. Desde al menos 1232 consta la división de ésta en tres: la de Santiago, que abarcaba el noroeste peninsular incluido el Portugal cristiano, la de Aragón que comprendía este reino y el de Navarra, y la de Castilla, provincias de las que surgirían varias custodias que acabaron por constituirse en nuevas provincias, como ocurrió en Andalucía una vez completada la reconquista. A fines del siglo XIV había en la Península ciento veintitrés conventos. Después de Italia, España es sin duda la nación donde con más fuerza arraigó el franciscanismo, con muy buena acogida entre el pueblo y las autoridades, cuyo incremento geográfico-demográfico durante la Edad Media multiplicó su actividad desarrollada no sólo en el ejercicio del apostolado, sino también actuando como embajadores de los monarcas ante el Papa y a la inversa, como capellanes militares o como consejeros y confesores de nobles y reyes; en 1389 Martín el Humano les confiere perennidad en el oficio de confesores, y Enrique III hizo orlar sus armas reales con el cordón franciscano además de establecer en sus dominios la obligatoriedad de la celebración de la festividad de San Francisco. Con los descubrimientos de tierras americanas los franciscanos hallaron un nuevo y amplio campo de intenso apostolado a través de las misiones, que abarcaron el territorio asiático.
En tierra hispana se verificaron las fases de relajación y reforma que en general vivió la Orden, siendo el cardenal y también franciscano Cisneros, quien mediante diversas autorizaciones pontificias impuso a comienzos del siglo XVI la Observancia en todos los conventos de Castilla, llegando más tarde la reforma a las provincias de Santiago y Aragón, ya en el reinado de Felipe II. Al propio tiempo se desarrollaron corrientes de revisión de la propia observancia que cristalizará en la rama descalza franciscana, que en España tuvo como punto de partida el año 1469, cuando el papa concede a fray Juan de la Puebla autorización para reformar su hábito y retirarse a un eremitorio con sus seguidores. Su sucesor, fray Juan de Guadalupe, consiguió un nuevo impulso al lograr por breve pontificio de 1499 la primera custodia de la descalcez, lo que supuso no pocos y serios conflictos jurisdiccionales y espirituales. La independencia definitiva de los Observantes llegará en 1506, recibiendo los Descalzos un gran empuje al ingresar en sus filas San Pedro de Alcántara (+ 1562) -por lo que también es conocida esta rama como Alcantarinos- con quien se alcanza la plena consolidación; durante el siglo XVII los Descalzos Franciscanos contaron con el apoyo de la monarquía, especialmente de Felipe III lo que significó una gran difusión por todo el reino. A estas ramas de la familia franciscana en España hemos de sumar la de los Capuchinos que se estableció en la Península en 1578, no sin serías dificultades ante la negativa de Felipe II. La fama de los religiosos venció las prohibiciones y los conventos capuchinos fueron proliferando primero por Cataluña, Aragón y Valencia; hasta 1609 no se implantan en Castilla, con la fundación de un convento en Madrid. La Provincia de Castilla se constituyó en 1618 y de ella se desgajó en 1637 la de Andalucía. El número de conventos fue creciendo hasta alcanzar la cifra de ciento veinticinco en 1782 y en la misma proporción el número de religiosos, hasta que a fines del siglo XVIII debido a las convulsiones políticas inició un rápido descenso que igualmente se dio en el resto de la familia franciscana de España, lo que se vio agravado por las medidas legislativas del siglo XIX. En Andalucía la presencia franciscana se produce a medida que avanzan las conquistas de los monarcas castellanos sobre los territorios musulmanes, siendo las primeras fundaciones los conventos de Baeza, Úbeda y Córdoba. La toma de Sevilla en 1248 significó el total dominio del valle del Guadalquivir, un amplio territorio donde instalarse y llevar a cabo su apostolado los religiosos, como así sucedió. En el capítulo general de la Orden de 1260 ya se crea la Custodia Hispalense, dependiente de la Provincia de Castilla. En 1499 se erigía la Provincia Bética o de Andalucía. También tuvieron acomodo en la región el resto de las ramas franciscanas: Descalzos y Capuchinos; estos introducidos en España en 1578, se escindieron de los Observantes y constituyeron la Provincia de Andalucía en 1625.
CONVENTO DE LAS SANTAS JUSTA Y RUFINA, VULGO DE LOS CAPUCHINOS (FRANCISCANOS DESCALZOS CAPUCHINOS)
Es el séptimo convento, en el orden cronológico, fundado por los franciscanos en Sevilla, perteneciente a la rama descalza denominada Capuchina, nacida de la reforma llevada a cabo en Italia en 1525 por fray Mateo de Bassi o de Bascio (1495-1552), en un deseo de volver al primitivo espíritu e ideal de la Orden, mediante una más pura y radical observancia de la Regla y de la esencia del franciscanismo. Inspirado en la vida y testamento de San Francisco, surge el nuevo grupo religioso que se aplicó con rigor a la oración, caridad, contemplación, mortificación y a la predicación, todo ello encauzado en una existencia de extrema pobreza, que tenía como signo externo el vestir como el Santo fundador, con hábito y manto corto de estameña marrón oscuro, capucha larga y puntiaguda, sandalias y llevar larga barba, siendo llamados al principio frailes menores ermitaños, para después popularizarse el de Capuchinos, alusivo a su peculiar gorro. Autorizados por Clemente VII en 1528, se desligaron de la obediencia de los Franciscanos Observantes y se constituyeron en una rama independiente, con una clara oposición de éstos, estando a punto de ser suprimidos en 1542. Sin embargo, lograron salir adelante; en 1574 Gregorio XIII les permitía extenderse por otros países, aprobándose definitivamente sus constituciones en 1643 por Urbano VIII. La reforma capuchina fue la más reciente en el tiempo dentro del franciscanismo, su rápida expansión en el espacio y en el tiempo, sus numerosos miembros y su ejemplar vida de austeridad, predicación y obras de caridad, hicieron de ella un fuerte baluarte del catolicismo en la Europa de la Contrarreforma.
Los primeros intentos de introducirse en España datan de 1570, lo que quedó en suspenso ante la negativa de Felipe II. En 1578 se constata la primera fundación de Barcelona y a partir de aquí fueron proliferando rápidamente: en 1607 había ya cuarenta conventos, creándose en 1618 la provincia de Castilla de la que se desgajó en 1637 la de Andalucía. En Sevilla, la instauración del convento tuvo lugar en 1627, promovido por el entonces Comisario General de la Custodia de Andalucía -que aún no se había erigido en Provincia- fray Agustín de Granada. Llegado a la ciudad, el 18 de febrero de ese año solicitó permiso al arzobispo Diego de Guzmán y Benavides para formar "un Hospicio de 4 o 6 Religiosos con Altar donde pudiesen decir Misa", lo que fue autorizado el 30 de julio de ese año; ya el 4 de marzo el cabildo de la ciudad había dado la preceptiva autorización.
Los Capuchinos se instalaron en una ermita fuera de las murallas, frente a la Puerta de Córdoba, dedicada a las patronas Santas Justa y Rufina y donada por la hermandad que la regentaba, según escritura pública firmada el 12 de abril del expresado año. Anteriormente, las monjas agustinas tuvieron en este lugar su monasterio con el título de San Leandro, hasta 1367 en que se instalaron dentro de la ciudad, a quienes los capuchinos compraron en 1637 las tierras en derredor que junto con otras adquiridas a monjas del Espíritu Santo, de Belén, del Carmen Calzado y al Cabildo Catedral, completaron el perímetro del convento. Sobre este emplazamiento hay que referir las remotas e inverosímiles noticias de antiguos cronistas que señalan que en él se levantó la primera iglesia de Sevilla por el propio Apóstol Santiago que la dio por arzobispado a su discípulo Flavio Pío, y en donde el obispo Sabino colocó en el siglo III el cuerpo de Santa Justa y las cenizas de Santa Rufina; también que San Leandro fundó en este lugar un monasterio para religiosas benedictinas, en el fue sepultado el Santo y sus hermanos San Fulgencio, Santa Florentina y San Isidoro, siendo sacado el cuerpo de éste posteriormente y llevado a León. Noticias aún más peregrinas refieren que por aquí estuvo el anfiteatro en que sufrieron martirio las Santas Justa y Rufina, que en memoria de ellas se erigió en este paraje un cenobio visigodo y que conquistada la ciudad por San Femando fue dado a las referidas monjas agustinas quienes dieron a su monasterio el título de San Leandro en recuerdo y honor del arzobispo y su primitiva iglesia.
Los Capuchinos hubieron de acomodarse en un primer momento en la casa anexa a la capilla de las Santas Justa y Rufina, que hubo de servirles hasta la edificación de nueva planta de convento e iglesia, empresa para la que fue fundamental la aportación de doña Inés de Quintanilla, natural de la villa de Torrijos y viuda de Diego Carreño, que sin descendencia otorgó sus bienes a los frailes "con cuyos caudales se fabricaron la mayor parte del convento, iglesia y oficinas". En su testamento, fechado el 21 de julio de 1628, dispuso que su patrimonio se aplicara a un monasterio de monjas Recoletas Agustinas de Santa Mónica que ella mandaba fundar en el plazo de tres meses desde el día de su fallecimiento, y si no, se otorgase al convento capuchino. Como quiera que la fundación femenina no se llevó a efecto, los franciscanos se vieron favorecidos con esta manda testamentaria, entregándose al síndico del convento, por el contador Juan Pérez de Yrazábal. Nombrada patrona doña Inés, sus restos mortales depositados en la parroquia de Santiago el Viejo, fueron trasladados el 18 de marzo de 1632 a la capilla mayor de la iglesia. Se conocen además los nombres de algunos de los bienhechores que favorecieron con sus limosnas la mejora y mantenimiento de la casa y sus religiosos. Los duques de Medinaceli concedieron una paja de agua perpetua y un donativo anual de seis arrobas de jabón; el capitán y caballero de la Orden de Santiago Joseph Escobedo fundó una capellanía y Juan Ordóñez de Pineda legaba en su testamento de 1668 "seis mil pesos de a ocho reales para el adorno y gasto de los altares y cuadros de la iglesia que pinta Murillo". Don Cristóbal López de Vergara y su mujer Antonia Ontiveros, Luis Fernández de Luna y doña María Cordero, y el Marqués de Villaalegre Salvador Alberto Lizarralde e Isabel Damiana Tello, ayudaron igualmente con sus limosnas a la consumación del convento y a las múltiples celebraciones litúrgicas que en él tenían lugar. De manera especial incidió la caridad de Guillermo Clarebout, oriundo de Pirex, en Flandes, y establecido en Sevilla desde 1667, quien con la aportación de 10.000 pesos de a ocho de plata hizo posible la construcción de la enfermería y noviciado, siendo nombrado patrono el 19 de enero de 1684 de dicha enfermería, en cuya capilla fue enterrado el 30 de agosto de 1699, así como sus descendientes. Igualmente hubo de ser importante la aportación de María Méndez, viuda de Andrés Borrero, pues con sus caudales se "amplificó el sitio donde habitan los novicios e hizo algunos otros singulares beneficios"; el noviciado se instauró en 1651, por traslado el 27 de octubre de ese año desde el convento de Sanlúcar.
Según el cronista fray Ambrosio de Valencina, la comunidad quedó formada el día 1 de agosto de 1627, a comienzos de 1630 ya estaba levantado el edificio y cercada de tapias la huerta, y el 17 de marzo de ese año se inauguró la iglesia con solemnes fiestas religiosas. Hay que señalar que las fuertes tapias actuaron como muro defensivo a lo largo de los años ante las habituales y virulentas riadas padecidas en la ciudad; la del año 1784 fue de tal fuerza que parte de la tapia del convento se arruinó en los primeros días de enero por el empuje de la aguas del arroyo Tagarete, anegando la huerta y levantando la solería de algunas estancias, daños que se calcularon en 15.000 reales de vellón. Los religiosos se refugiaron en lo más alto del edificio donde fueron socorridos por los padres del vecino convento trinitario mediante un bote que a punto estuvo de zozobrar. Asimismo se tiene noticia de la riada de 1796 en la que la furia de la corriente derribó ocho varas de la tapia de huerta e invadió el inmueble.
Un episodio notorio, a destacar en la historia del convento, es el nacimiento en él del culto a la Virgen bajo una nueva advocación, la Divina Pastora. No contando los Capuchinos con una titular propia y al hilo de lo realizado por otras órdenes religiosas en pro del culto mariano mediante advocaciones singulares con las que identificarse, -Virgen del Rosario de los Dominicos, Inmaculada de los Franciscanos- el padre fray Isidoro de Sevilla (1662-1750) en 1703 tuvo la ocurrencia de presentar a la Virgen con el título de Divina Pastora de las almas, vestida con atuendo pastoril y rodeada de ovejas, todo ello según la visión que tuvo el 24 de junio de ese año; enseguida encargó al pintor Alonso Miguel de Tovar la plasmación de esta nueva iconografía y también promovió la fundación de la Primitiva Hermandad del Rebaño de María, encargándose al imaginero Bernardo Gijón una talla de vestir a la que rendir culto y sacar en la procesión del rezo del Santo Rosario. El 23 de octubre de 1705 la imagen fue colocada solemnemente en la parroquia de Santa Marina en donde radicará como titular de la cofradía. Esta nueva devoción mariana encontró una favorable aceptación popular que pronto se extendió por Italia y América. Sin embargo, el convento sevillano no la acogió en su templo hasta noventa y tres años después, ante la implacable negativa de provinciales y definidores de los Capuchinos en Andalucía. El domingo 30 de abril de 1797, a instancias del beato Diego de Cádiz, se entroniza la Divina Pastora en el convento y al año siguiente un decreto de la Provincia Capuchina autoriza la colocación en las iglesias de la Orden de imágenes de la Divina Pastora.
Pese a ser uno de los conventos de vida comunitaria más austera, con el paso del tiempo llegó a contener un valioso patrimonio artístico, sobre todo en lo que a pintura se refiere, tanto en la iglesia como en la clausura, que admiró a todo aquél que llegó a conocerlo y del que se hicieron eco analistas y cronistas locales y foráneos. Pero también fue uno de los recintos más expoliados por los aciagos acontecimientos sobrevenidos durante el siglo XIX, en el que perdió prácticamente todos sus enseres. Con la llegada de los franceses en 1810 los religiosos se vieron forzados a abandonar la casa que fue convertida en hospital. El padre Miguel de Otura, testigo de los hechos, refiere que "a la entrada de los franceses se corrió la voz de que a todos los religiosos nos iban a pasar a cuchillo cada cual de nosotros escapó disfrazado como pudo sin llevar consigo nada que los pudiera delatar como religiosos". A instancias del definidor provincial fray Luis Antonio de Sevilla los numerosos y valiosos cuadros de Murillo del convento se desmontaron de sus marcos y, enrollados y encajonados, fueron embarcados el 23 de enero en el río hacia Cádiz, -menos tres requisados por el mariscal Soult, que luego se devolvieron- y de aquí pasaron a Gibraltar. Pero lamentablemente se perdió el valioso fondo documental del archivo, con los libros de memorias y crónicas de las misiones de Guinea, Congo y Mámora, y de los conventos de Málaga y Murcia, las biografías de ciento veintisiete religiosos de entre 1618 a 1805, y libros de fundaciones de todos los conventos capuchinos de Andalucía.
Tras la marcha de los franceses en 1812 y con los desvelos del guardián del convento fray José de Cambil y el apoyo del gobernador militar de Sevilla Pedro Glimaret, los Capuchinos pudieron recuperar el inmueble, que se hizo efectivo por Decreto de la Regencia fechado en Cádiz el 27 de diciembre de 1812. La toma de posesión tuvo lugar el 2 de enero de 1813 a las 4 de la tarde, encontrándose el edificio en un lamentable estado "...lleno de escombros y suciedades a causa de los muchos derribos que hicieron de él. Trastornaron la forma del convento y formaron espaciosas salas, tanto en lo alto como en lo bajo, que sirvieron de hospital de convalecientes y extranjeros, de modo que destruyeron todos los tabiques que formaban antes las celdas y oficinas, mayormente en la parte alta de él, en la que quedaron en pie doce celdas, en la parte del dormitorio del noviciado que confina con el coro alto. También derribaron el embovedado, quedando todo el convento a teja vacía. Pero en la parte baja quedaron íntegros la iglesia, sacristía, coro bajo, librería que esta sostiene, y el dormitorio de la enfermería nueva con todas sus celdas, las que no pudieron derribar a causa de tener que sostener con ella la sala grande de la enfermería, que formaron encima, y además construyeron otra sala baja con la cocina, refectorio y los cuartos que había detrás de él. La huerta no sufrió detrimento alguno, solamente la tala de todos los árboles de ella y algunos frutales...". Las pinturas de Murillo regresaron -a excepción del Arcángel San Miguel y la Santa Faz- y fueron colocadas nuevamente en la iglesia, siendo restauradas por el pintor Joaquín Cabral Bejarano, a quien la comunidad agradecida regaló el cuadro del Jubileo de la Porciúncula. La clausura y el templo fueron reparados; por lo que sabemos la nave central se enlosó, se hizo un nuevo altar mayor consistente en un tabernáculo circular de caoba, al haber sido destruido el que acogía buena parte de los referidos lienzos de Murillo, y en el testero del presbiterio se abrió un arco con puerta de rejas, que comunicaba con el coro bajo dispuesto tras el altar mayor. También se añadieron dos capillas a las naves laterales a lo que contribuyó económicamente el Cabildo Catedral, al que en agradecimiento donaron los frailes en 1814 el Santo Ángel de Murillo.
Por un informe estadístico presentado en el capítulo provincial de Granada el 23 de mayo de 1834, un año antes de la Desamortización de Mendizábal, sabemos que la comunidad capuchina de Sevilla era de 103 miembros: 23 sacerdotes, 1 profeso clérigo, 19 profesos no clérigos, 40 novicios clérigos, 10 novicios no clérigos y 10 postulantes. A mediados de septiembre de 1835 y en cumplimiento de los decretos de exclaustración, se cerraba el convento y en enero de 1838 salía a subasta, siendo adquirido por los Hermanos de San Juan de Dios; por la dejación de los pagos por esta orden hospitalaria el convento pasó de nuevo a manos del Estado. Al año siguiente salió otra vez a subasta y se adjudicó a Antonio Rodríguez por 4.002.000 reales de vellón. Según la peritación oficial, el convento comprendía 1.980 varas de superficie, con exclusión de la iglesia, capillas y sacristía. El templo, con algunas dependencias anexas, permaneció abierto al culto a cargo de un capuchino exclaustrado como capellán.
En 1856 el ex-convento estaba en poder del Estado, pues por una Real Orden de 10 de julio de ese año lo cedía, con carácter provisional, al Ayuntamiento de Sevilla para dedicarlo a hospital de enfermos del cólera, ante los numerosos afectados por las anteriores de 1854 y 1855. Se abrió una puerta en el compás en la que constaba el título de "Hospital Provincial de epidémicos de Isabel II". Posteriormente y con motivo de la campaña de Marruecos, el consistorio, según acuerdo del 11 de noviembre de 1859, habilitó el convento junto con el de la Trinidad, a acoger a los heridos de guerra, con más de mil camas. También sirvió el inmueble por estos años para acoger a pobres y vagabundos, y como almacén de la alcaldía.
Estos nuevos usos y la dejación del edificio provocaron la pérdida de su fisonomía original y la ruina de buena parte de sus piezas, como ya manifestaba en 1857 fray Francisco de Paula de Estepa, capellán y encargado del ex-convento desde 1854, quien el 21 de julio decía al Ayuntamiento la ruina que padecía el edificio y le reclamaba el importe de unas obras que se habían hecho. Parece, por las noticias que se extraen de los cronistas capuchinos de estos momentos y los documentos conservados en el archivo de la Orden, que los padres mantuvieron contacto con su antigua casa y que no hicieron una total dejación del edificio aunque sus titulares fueran otros, como queda de manifiesto en los avisos y reparaciones del referido fray Francisco de Paula. Durante el período revolucionario de 1868 a punto estuvo de ser derribado, según proponía la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos. La imagen de la Divina Pastora fue llevada a la parroquia de San Julián para protegerla de posibles desmanes, de donde regresó tres años después. Precisamente el 29 de septiembre de 1871 el Ayuntamiento entregaba de forma nominal la iglesia y dependencias adyacentes a fray Clemente de Sevilla, quien con un grupo de exclaustrados emprenden tareas de reparación, cuyo importe ascendió a 1.946 reales de vellón reunidos a base de donativos y limosnas. Al año siguiente el Cabildo se retractó de tal donación y declaró nulo el acuerdo; la intervención del gobernador civil por consejo del Gobierno eclesiástico de la Diócesis hace que el templo siga a cargo de los Capuchinos, sin detrimento de los derechos del consistorio sobre el resto de la finca.
A partir de 1877 una nueva situación política posibilitó la restauración y retorno de los Capuchinos, si no a todo al menos a parte de su antiguo convento, abriéndose una nueva andadura histórica. La comunidad de Sevilla se constituyó oficialmente el 22 de diciembre de 1889. El Ayuntamiento les cedió "El patio grande que da a la portería y otro más pequeño que comunica con el coro bajo y algunas dependencias que utilizaron más tarde para refectorio y cocina. Las dos escaleras para subir a la parte alta del convento y además el local de la que fue biblioteca. Más tarde me entregaron las tres celdas donde pasó una larga temporada Murillo con sus discípulos mientras pintaba ... el refectorio me lo entregaron un poco después. De la parte alta, cedieron todo el perímetro que ocuparon las celdas de la comunidad y el santo noviciado. En poder del ayuntamiento quedó la hermosa enfermería y otros salones convertidos en almacenes y pabellones para refugio de transeúntes. También quedó un patio grande donde estaba la antigua capilla de santa Justa y Rufina, las dependencias del conserje y la entrada a los almacenes, con alguna otra habitación...". Los Capuchinos toman posesión oficialmente el 22 de abril de 1894 de la mitad, aproximadamente, de lo que fuera el antiguo convento, entregado temporalmente por el Ayuntamiento, situación que se mantuvo hasta 1914 en que a cambio de una parte de la huerta comprada en 1895 el consistorio otorgó la propiedad del convento a la Orden. Las reparaciones de iglesia y clausura se prolongaron hasta 1897. El resto del inmueble propiedad del cabildo municipal sirvió junto con las varias huertas que lo circundaban para urbanizar con el tiempo toda la zona, -en 1966 se retranquea la tapia del convento para ampliación de la Ronda- levantando edificios y formando un nuevo barrio.
Lo que ha permanecido del convento capuchino es la iglesia con su compás, estando los elementos de la clausura muy alterados por reformas modernas. El conjunto fue declarado Monumento Histórico el 27 de agosto de 1964 (BOE 12/IX/1964), estando incluido dentro del Conjunto Histórico de Sevilla, con ampliación de la declaración por Real Decreto de 2 de noviembre de 1990.
ARQUITECTURA
El convento quedó emplazado extramuros de Sevilla, en la zona nordeste, frente a la Puerta de Córdoba, en un lugar sacralizado desde antiguo por peregrinas referencias transmitidas a lo largo de los siglos aunque con poco visos de veracidad, al situar en él el sitio donde recibieron martirio las Santas Patronas y a partir de ahí establecerse una serie de capillas, iglesias, ermitas y monasterios, de los que sólo se tiene certeza de el de monjas agustinas con el título de San Leandro, sobre el que se instaló el de los capuchinos. Situado en una zona eminentemente agraria, dedicada al cultivo de huertas que lo rodeaban, fue durante más de dos siglos la única construcción de la zona. Su perímetro queda recogido en el plano de Sevilla de 1771 y su primitiva fisonomía exterior nos es conocida en parte gracias al dibujo realizado por Gumersindo Díaz en 1869, en el que se aprecian varias piezas de dos pisos cubiertas a dos aguas con tejas, y con ventanales abiertos en sus muros, destacando el volumen de la iglesia con su cúpula y espadaña, y otro cuerpo de tres plantas, quizás la enfermería.
Constituida la comunidad en 1627 y gracias a la aportación de doña Inés Quintanilla en 1628, los Capuchinos pudieron emprender enseguida la construcción de convento e iglesia. Parece que a comienzos de 1630 ya estaba levantado el edificio y cercada de tapias la huerta, inaugurándose la iglesia el 17 de marzo de ese año. Efectivamente hubo de estar ultimada en 1632, pues el 18 de marzo recibía sepultura la capilla mayor la referida doña Inés.
Muy mermado hoy por no contar ya con la huerta y otras piezas derribadas en el siglo XX para abrir nuevas calles y levantar bloques de pisos, González de León nos dice que al convento se entraba por un mediano compás "con dos hileras de árboles y al frente hay un pequeño pórtico con su arco grande en medio y dos pequeñas puertas laterales, frente del arco está la única puerta de la Iglesia que corresponde a los pies de la nave principal". Actualmente se accede al compás por una portada de moderna construcción, que da a la denominada Ronda de Capuchinos, formada por un vano de medio punto enmarcado con molduras onduladas, flanqueado por pilastras que sostienen un frontón triangular rematado en las esquinas con dados con pináculos. Sobre el dintel de la puerta y en el tímpano una pequeña hornacina alberga la escultura de San Francisco de Asís, de Pedro Navia y Campos, de 1927. Una vez traspasado este acceso hallamos efectivamente el compás, con la iglesia al frente ante la que se encuentra el pórtico formado por tres arcos de medio punto sobre columnas pareadas, más grande el central y sobre el que descansa parte del coro alto de la iglesia. Hoy los muros de este pórtico se adornan con paneles cerámicos realizados por Enrique Orce Mármol: uno de 1921 con la imagen de la Divina Pastora con fray Isidoro de Sevilla y fray Diego José de Cádiz en los ángulos superiores, y en los inferiores Santa Justa y Santa Rufina, otro de la Virgen con el Niño, otro firmado en 1928 que recoge el lienzo de Murillo del Abrazo de Cristo a San Francisco, y un último con la coronación de la Divina Pastora. En el compás, a la izquierda de la iglesia se hallaba la capilla de la Orden Tercera, que debe de corresponder a la pieza rectangular que hoy vemos en el atrio conventual.
La iglesia presenta una gran sencillez estructural y se desconoce quién pudo ser su autor. Es de planta rectangular, cabecera plana, coro a los pies y tres naves separadas por arcos de medio punto sobre pilares cruciformes con pilastras adosadas que sustentan los cuatro arcos fajones que soportan la bóveda de cañón con lunetos que cubre la nave central y forma cuatro tramos; las laterales se cubren con bóvedas vaídas. No posee crucero, y el presbiterio, precedido por un gran arco triunfal, se cubre con cúpula sobre pechinas sin tambor ni linterna. La nave central más alta y larga que las laterales se prolonga hacia los pies, en la que se sitúa el coro alto; se ilumina mediante vidrieras modernas que efigian diversos santos y beatos capuchinos como fray Isidoro de Sevilla, San Fidel de Sigmaringa, San Félix de Cantalicio, Santa Rosa de Viterbo, Beato Diego José de Cádiz, y, cómo no, la Divina Pastora. Hoy en el testero del lado del evangelio se abre una capilla penitencial que comunica a su vez con la capilla sacramental. Sobre el muro de la epístola se levanta la sencilla espadaña blanca con algunos adornos en piedra martelilla y compuesta por un único cuerpo de un vano de medio punto con ménsula en la clave, entre pilastras pareadas de orden toscano, pilastras que se repiten en los laterales. Un entablamento con ménsulas sobre las pilastras sostiene la cornisa en la que apoya un frontón curvo de tímpano rehundido con dados con pirámides en sus vértices con que se remata el conjunto, en cuyo centro se dispone una cruz de hierro doble con veleta.
A la clausura se entraba por una portería con puerta junto al lado derecho de la iglesia. Un tránsito o pasillo desembocaba en el patio principal paredaño con el muro de la epístola del templo, "único, que como todo el convento es estrecho y de poca luz, porque además de lo pequeño, están sus arcos cerrados de pared, con solo unas claraboyas que comunican escasa luz en los corredores"; hoy en su lugar se levanta un patio rehecho modernamente. Sin embargo, no fue el único con que contó el convento; hay referencia a otros más domésticos, de los que no hay descripción. Las celdas las describe González de León como "muy humildes y pequeñas, cuanto cabe es una cama y una mesa". En una de esas modestas celdas hubo de morir el 8 de febrero de 1667 el Duque de Medina Sidonia, don Juan Gaspar Pérez de Guzmán el Bueno, quien jugando a la pelota en las inmediaciones de la Puerta de Córdoba le sobrevino la muerte. Los frailes le introdujeron en el convento donde expiró y fue sepultado en un sencillo panteón bajo el coro, a espaldas del altar mayor, poniéndose su escudo de armas con su correspondiente epitafio.
Contaba asimismo el convento con "miradores con deliciosas vistas al campo para recreo de los religiosos" y "varias capillitas y oratorios", así como con un noviciado que se instauró en 1651, año en que se trasladó desde Sanlúcar, el 27 de octubre y del que sabemos fue ampliado gracias a los caudales aportados por doña María Méndez, pero no se tiene noticia de sus características arquitectónicas ni su ubicación concreta dentro del inmueble. Tampoco existe descripción de la enfermería "alta y baja" con la que también contó el convento, construida a expensas de don Guillermo Clarebout, quien aportó la suma de 10.000 "pesos de a ocho de plata", lo que le valió el ser nombrado su patrono el 19 de enero de 1684. En 1699 la construcción de esta estancia ya debió de estar ultimada así como su capilla, pues cuando este caballero murió en el referido año, fue enterrado en la capilla de la enfermería. Esta pieza quedó en poder del Ayuntamiento cuando éste cedió parte del convento a los capuchinos en 1891, y la misma y otras estancias fueron convertidas en almacenes y pabellones para refugio de transeúntes, y finalmente demolidas; ahora ocupa su lugar una escuela de sordomudos.
La huerta destacaba por ser hermosa y deliciosa, "por su gran capacidad y cultivo, y por la porción de jardines que contenía, esmeradamente cultivados y poblados de flores exquisitas. Por medio de ella había un paseo bastante largo cercado por uno y otro lado con rejas de madera, y a trechos descansos, y terminaba en una pequeña capilla dedicada a Santa Justa y Rufina, la cual es tradición ser la antigua y aun primitiva de este sitio". Hoy inexistente, hubo intentos fallidos en 1891 para recuperarla por los capuchinos.
RETABLOS Y ESCULTURAS
El retablo mayor albergó un importante número de pinturas de Murillo que se insertaban en lo que hubo de ser una sencilla estructura de madera, de autor desconocido. Por el número de lienzos que tuvo, debió de constar de dos cuerpos de tres calles, con sagrario y manifestador en el primero. Ante la llegada de las tropas francesas en 1810 los lienzos fueron desmontados y llevados Gibraltar para evitar su expolio. Cuando volvieron en 1813 ya no debía de existir el retablo-marco, pues algunas pinturas se distribuyeron en el muro del presbiterio, y en el centro se hizo un templete neoclásico, de caoba con perfiles dorados, de cuatro caras formado por doce columnas corintias, entablamento y cúpula, y en su interior una escultura de la Inmaculada que Gestoso consideró del siglo XVII. El templete ya no existe, y hoy en el testero vemos, a demás de un sagrario moderno, colgado un Cristo Crucificado flanqueado por las Santas Justa y Rufina, obras anónimas del XVIII, que recuerdan al taller de Duque Cornejo.
No hay noticia de los retablos colaterales que albergaban pinturas de Murillos, retablos que igualmente debieron de desaparecer durante la ocupación francesa. Cuando Gestoso estudia este templo refiere la existencia de retablos laterales de factura moderna, de madera tallada y estilo neogótico, pintados imitando nogal, hoy inexistentes. Por su parte González de León indica que en el primer altar de la nave del evangelio se formó un camarín con un pequeños risco con ovejas, pájaros, etc. para colocar la nueva imagen de la Divina Pastora realizada por el platero y escultor de Cádiz José Fernández Guerrero en 1802, imagen que vino a sustituir a la primitiva realizada por Cristóbal Ramos en 1797, desaparecida (según algunos es la que se halla en la parroquia de la Inmaculada de Galaroza). Sobre la imagen de Ramos sabemos que fue hecha a costa de doña María Rosalía Oseguera, quien consiguió reunir la cantidad de 200 pesos con la venta de alhajas y vestidos. Actualmente la capilla dedicada a la Divina Pastora se sitúa en el tercer tramo del lado del evangelio, en donde también se ha recreado un ambiente pastoril, con la imagen realizada por Fernández Guerrero. En la hornacina inferior del retablo moderno de estilo neobarroco que enmarca esta capilla, hay un interesante grupo escultórico de San Joaquín, Santa Ana y la Virgen, atribuido a Cristóbal Ramos, en el que se hace una interpretación de las tres edades de la vida: la vejez en San Joaquín, la madurez en Santa Ana y la juventud en la Virgen. El grupo, cortado a la altura de las caderas, es de terracota y tela encolada, midiendo las figuras 60, 54 y 32 cm. respectivamente. Se fecha su ejecución entre 1760 y 1770.
Se cita en la iglesia un Crucificado pequeño de bronce, "que se creía ser de Miguel Ángel, pero es del italiano Variligni"; y en la sacristía un Crucifijo atribuido a Montañés que parece estuvo en el coro bajo. Ambas imágenes no han sido identificadas. Asimismo, se refiere la existencia en la iglesia de un San José, un San Francisco y San Félix de Cantalicio "particularísimos... que vinieron de Italia, de autor desconocido", un Niño Jesús de Nápoles, "en superlativo grado hermoso". El San José podría corresponder al que actualmente se sitúa sobre un pedestal de madera a los pies de la nave del evangelio, realizado en madera tallada y policromada, en actitud itinerante y con el gesto de llevar al Niño Jesús de la mano, que ya no conserva. No han sido identificados el San Francisco ni el San Félix de Cantalicio. Hoy encontramos en la nave del evangelio, en un retablo moderno neobarroco de madera sin dorar, la figura de vestir de San Francisco realizada por Pedro Navia y Campos en 1927. El San Félix de Cantalicio con el Niño en brazos que hoy vemos en la iglesia es obra de Adolfo López de 1895. Se hallan en la iglesia tres figuras del Niño Jesús; uno dieciochesco, en la hornacina del retablo situado a los pies de la nave de la epístola, se representa dormido, y los otros dos en las calles laterales de otro retablo de esta zona del templo, también del XVIII; uno de ellos recuerda el estilo de Cristóbal Ramos. Asimismo, vemos en un retablo moderno la escultura del Beato Diego José de Cádiz, realizada por Antonio Susillo en 1894 y costeada por la infanta doña María Luisa Fernanda. Se encuentra representado con su iconografía ya consolidada: hábito capuchino, larga barba y sosteniendo un crucifijo en actitud de ir a besarlo. En el retablo que alberga al Santo se distribuyen diversas reliquias del mismo.
Se conserva además en la iglesia una buena escultura de madera tallada y policromada de la Inmaculada Concepción sobre una peana formada por tres cabezas de querubines, de autor anónimo y de escuela sevillana, fechable en el primer tercio del XVIII. Asimismo, hallamos hoy sobre una sencilla peana en la cabecera de la nave de la epístola una Virgen del Rosario de candelero, igualmente del XVIII. En el lado correspondiente del evangelio una Dolorosa de candelero atribuida a Juan de Astorga, que fue donada al convento por Francisca Lorenza de Segovia, mujer de Pedro Pumarejo31.
En la enfermería hubo una Dolorosa "hecha por Ramos", que se da por perdida. De ella sabemos que fue realizada en 1763 y que el 16 de mayo de 1764 se llevó a la enfermería conventual en sustitución de otra, siendo costeada por doña Margarita Adviso y Blancacho.
La única referencia documental hasta ahora conocida sobre la realización de retablos para el convento de los capuchinos es la del concierto entre la Hermandad de la Orden Tercera con el ensamblador Felipe Fernández del Castillo para hacer el retablo mayor de su capilla, situada en el compás del convento, retablo que no se ha conservado. El 6 de marzo de 1759 se firma la escritura, comprometiéndose el artista a terminar el trabajo para mayo de ese año, por la cuantía de 6.500 reales. Este retablo estuvo presidido por una Divina Pastora atribuida a Cristóbal Ramos en lo que parece una confusión con la que hizo este autor, hoy en la clausura del convento, obra de modesta factura y autor desconocido, realizada en 1760. En total la capilla tuvo "tres altares de mala construcción... y nada más hay que ver".
PINTURAS
Excepcional fue el patrimonio pictórico que el convento capuchino poseyó. En la iglesia se repartían un total de veinte lienzos realizados por Bartolomé Esteban Murillo, el mayor encargo de su carrera. Nueve distribuidos en el retablo mayor: El Jubileo de la Porciúncula, San Antonio, San Félix de Cantalicio, San Juan Bautista, San José, Santas Justa y Rufina, San Leandro y San Buenaventura, Virgen con el Niño (Virgen de la servilleta) y Santa Faz. En el presbiterio, sobre las puertas de acceso a la sacristía, se situaban el Arcángel San Miguel y el Ángel de la Guarda. En la nave del evangelio, partiendo desde el presbiterio, La Anunciación, San Antonio con el Niño, la Inmaculada con el Padre Eterno y San Francisco abrazando a Cristo en la cruz. En el lado de la epístola y en el mismo orden, La Piedad, Adoración de los pastores, San Félix de Cantalicio y Santo Tomás de Villanueva. Y en el coro ubicado tras el presbiterio una Inmaculada Concepción. Gracias a los desvelos de fray Francisco de Jerez, fray Andrés de Sevilla, el padre Hondarroa y al aporte pecuniario de Juan Ordóñez de Pineda, quien testamentariamente aportó "seis mil pesos de a ocho reales para el adorno y gasto de los altares y cuadros de la iglesia que pinta Murillo", se culminó esta serie de lienzos, realizada en dos fases: desde fines de 1665 hasta prácticamente todo 1666, y entre 1668-1669. Citada y elogiada desde antiguo, ha sido ampliamente estudiada por la historiografía moderna y en especial y en profundidad por don Diego Angulo, a cuya obra y su exhaustiva bibliografía nos remitimos. El gran aprecio que los capuchinos sintieron por sus pinturas las salvó de su pérdida ya que ante la inminente llegada de los franceses, las desmontaron y llevaron a la Catedral, para seguidamente enviarlas a Gibraltar y así ponerlas a salvo de la rapiña del Mariscal Soult y su gusto por las obras de Murillo. Sólo quedó en el retablo mayor El Jubileo de la Porciúncula, quizás por sus grandes dimensiones, pese a lo cual fue requisada por los franceses y depositada en el Alcázar. En 1814 los lienzos regresaron al convento menos la Santa Faz, posiblemente la que se conserva hoy en una colección inglesa, y el Arcángel San Miguel, en paradero desconocido desde entonces hasta que en 1987 fue adquirido por el Museo de Viena. Los lienzos se colocaron en la iglesia pero con distinta distribución a la original, siendo restaurados por el pintor local Joaquín Cabral Bejarano, a quien en pago a estos trabajos la comunidad, falta de recursos, le dio El Jubileo de la Porciúncula. Este artista lo vendió por 18.000 reales al pintor de cámara José Madrazo y éste a su vez al Infante don Sebastián por 90.000 reales; tras pasar por varias manos llegó al Museo Wallraff-Richard de Colonia (Alemania), donde se conserva. Asimismo, los capuchinos regalaron a la Catedral de Sevilla, en agradecimiento por la custodia temporal de los cuadros, el Ángel de la Guarda, lugar en el que permanece. El resto de las pinturas perduraron en el convento hasta la desamortización de 1835 en que fueron depositadas primero en el monasterio del Espíritu Santo, después en la Catedral y en 1841 en el Museo de Bellas Artes, donde se conservan.
Los temas de las pinturas del retablo mayor responden casi en su totalidad a las principales devociones de la Orden. En el centro El Jubileo de la Porciúncula (Colonia, Wall-raff Richartz Museum), que ha perdido unos sesenta centímetros de altura y que, a juzgar por su estilo, hubo de ser de lo primero del conjunto pintado por Murillo. Se trata de una aparatosa composición desarrollada en dos registros de cielo y tierra de contrastada intensidad lumínica. En la superior, entre vivos resplandores, vaporosas nubes y una copiosa corte angélica se sitúan Cristo triunfante, con el torso desnudo y sosteniendo una gran cruz, y a su lado la Virgen arrodillada. En la parte inferior, sumida en la penumbra se vislumbra la capilla de la Porciúncula, y en el ángulo izquierdo San Francisco arrodillado, con los brazos abiertos, mirando al cielo.
A la izquierda del primer cuerpo del retablo figuraba el lienzo de las Santas Justa y Rufina (Sevilla, Museo de Bellas Artes), cuya inclusión en él está plenamente justificada por estar dedicado el convento a las populares patronas de la ciudad. Están representadas de pie, plenas de belleza, con las palmas de martirio y sosteniendo la Giralda, uno de los símbolos asociados a ellas por evitar su caída en el terremoto de 1520. La composición se completa con una serie de vasijas y platos de barro en la parte inferior, otro de sus habituales atributos por dedicarse a la venta de dichas piezas. Este tema -que ya contaba con precedentes en la pintura local como el de la parroquia de Santa Ana (h. 1520) del maestro de Moguer, la de Miguel de Esquivel de la Catedral, las versiones de Hernando de Esturmio (1555), o la que pintó al fresco Luis de Vargas precisamente en el exterior de la Giralda, en su muro norte, entre otros- alcanzó gran popularidad, siendo sin duda la versión de Murillo la más bella y la más imitada. En el Museo de Tokio y en el Bonnat de Burdeos se conservan sendos bocetos preparatorios.
En el lado derecho y en correspondencia con el lienzo anterior se situaba el San Leandro con San Buenaventura (Sevilla, Museo de Bellas Artes), cuya inclusión en el retablo también se justifica, primero por ser San Buenaventura uno de los santos más destacados de la Orden Franciscana, y San Leandro porque según una antigua tradición fundó sobre el lugar donde se asentaba el convento capuchino un monasterio en el que él mismo fue enterrado junto con sus hermanos. La pintura parece simbolizar la cesión del histórico templo por el obispo sevillano a San Buenaventura, quien sostiene en sus manos una maqueta de líneas góticas que desde luego no guarda relación con la construcción sevillana. San Leandro sustenta con la mano izquierda su báculo de obispo y en la derecha despliega un papel con la inscripción: "credite / o gothi / consubs / tantialem / patri". La solemne disposición de las figuras se aligera con la actitud dialogante de ambos santos y con la colocación de un niño en el ángulo derecho sosteniendo una mitra. La representación de San Buenaventura es la única en la producción de Murillo mientras que la de San Leandro tiene claros precedentes y similitudes con las pinturas de la sacristía y de la Sala Capitular de la Catedral de Sevilla. El marcado equilibrio de la composición se ve enriquecido con la armoniosa relación cromática en gradación del blanco, ocre y marrón, vitalizado por el rojo de la muceta del santo franciscano.
En el lado izquierdo del segundo cuerpo del retablo se ubicaba San José con el Niño (Sevilla, Museo de Bellas Artes), una de las más bellas versiones del tema. Se muestra al Patriarca de pie en actitud protectora sosteniendo al hermoso Niño subido sobre un alto pedestal de piedra. La escena, que resuma una gran ternura y melancolía, se completa con un fondo de paisaje con restos arquitectónicos de estilo clásico. En el lado derecho y formando pareja con la anterior se encontraba el San Juan Bautista (Sevilla, Museo de Bellas Artes), en el que Murillo muestra sus excepcionales dotes de dibujante. El Santo, acompañado por el cordero, se halla de pie en un marcado contraposto, que produce en la figura diferentes planos que la dinamizan, a lo que se suma la emotividad del rostro dirigido al cielo desde donde recibe el mensaje divino de anunciar la venida del Mesías.
En cada uno de los ángulos en que remataba el retablo se disponía una pintura con formato triangular y curvo en su lado exterior para acomodarse al arco de medio punto del presbiterio; hoy ambas se hallan regularizadas a formato rectangular. En el lado izquierdo se situaba San Antonio de Padua con el Niño (Sevilla, Museo de Bellas Artes), iconografía muy querida y desarrollada por la Orden, que recoge el afectivo abrazo entre el Santo franciscano y el Niño Jesús, cuyos rostros recogen contrapuestas expresividades anímicas: de efusiva emoción en San Antonio y de afable agrado en el Niño. Ambas figuras están de pie, Jesús sobre un libro abierto y San Antonio a tamaño de tres cuartos. En el lado derecho y con semejante disposición se colocaba otro Santo franciscano acompañado con el Niño Jesús: San Félix de Cantalicio con el Niño (Sevilla, Museo de Bellas Artes.), quien beatificado en 1625, fue nombrado patrono de la Orden Capuchina. La iconografía repite el tema anterior con el amoroso abrazo del Santo y el Niño. En este caso San Félix está efigiado como un sosegado anciano que sostiene entre sus rudas manos de andariego y limosnero el delicado cuerpo del Niño Jesús, quien con gesto amable le acaricia el rostro.
Sobre el sagrario figuraba la Virgen de la servilleta (Sevilla, Museo de Bellas Artes), una de las pinturas más conocidas de Murillo y cuya denominación arranca de una leyenda no recogida hasta 1833 por O'Neill en su A Dictionary of Spain Painting, de la que se dan dos versiones bastante ingenuas. La primera señala cómo Murillo tras oír misa en el convento solía desayunar en él; un día los religiosos notaron la falta de una servilleta que posteriormente fue devuelta por el propio pintor con la representación de la Virgen con el Niño. La segunda versión refiere que el limosnero del convento fray Andrés de Sevilla, que había recaudado fondos para que se completasen las pinturas de la iglesia, pidió a Murillo le hiciese una Virgen con el Niño de pequeño tamaño, cuya contemplación le ayudase a concentrarse en sus oraciones, entregándole para ello una servilleta. Se ha podido comprobar que la pintura no está hecha sobre tela de mantel sino sobre lienzo basto, propio en la realización de pintura al óleo. Sin duda, esta obra interesa no por su popular denominación sino por la espléndida representación, de la Virgen sosteniendo al Niño en brazos, plenos de ternura y sensibilidad. Destaca la tierna actitud de Jesús en actitud de avanzar hacia el espectador al que mira fijamente, y la calidez cromática que redunda en la delicadeza y afectividad que emana esta pequeña gran obra.
Encima del tabernáculo del retablo mayor estuvo la Santa Faz, que fue llevada a Gibraltar durante la ocupación francesa, de donde parece que no regresó. Puede ser la que se conserva en Lockinge Wantage, Betterton House, L. Loyd, que recortada en sus cuatro ángulos, presenta hoy un formato oval. También se cita en la cruz de altar un Crucificado de Murillo que se relaciona, aunque con dudas, con el existente en la Colección Brennan de Londres con la inscripción en la peana "B. Estevan Murillo", al parecer vendido en Sevilla en 1845 por el pintor Salvador Gutiérrez a Stirling, como procedente del convento de Capuchinos. Es obra de factura endeble, considerada de taller.
Sobre las dos puertas laterales del presbiterio que comunicaban con la sacristía se encontraban los lienzos del Ángel de la Guarda (Sevilla, Catedral) y el Arcángel San Miguel (Viena, Kunsthistoriche Museum). Estas dos bellas representaciones celestiales se consideran realizadas en la primera de las dos etapas en que Murillo trabajó para el convento, es decir de 1665 a 1666. El pintor acertó a plasmar magníficamente el ideal de belleza dulce y apacible, que en el caso del Ángel de la Guarda atina a transmitir un intenso sentido de amparo y protección al Niño que le acompaña y a la vez al espectador que contempla la escena, mientras que en el Arcángel San Miguel se aleja del talante guerrero y bizarro con que habitualmente es representado para mostrarlo en una actitud más amable y serena.
En los retablos laterales de las naves del templo se repartían igualmente una importante serie de lienzos, cuya realización se corresponde con el segundo periodo de trabajo de Murillo en Capuchinos, de 1668 a 1669. En los muros laterales del presbiterio, en sus correspondientes retablos, figuraron, a la izquierda la Anunciación (Sevilla, Museo de Bellas Artes), en la que el artista acierta a dotar de originalidad a un tema recurrente en la historia de la pintura, al aprovechar el formato vertical para colocar las bellas figuras del ángel y la Virgen de forma escalonada. Un amplio rompimiento de gloria dorado que incluye la Paloma del Espíritu Santo y una nutrida corte de ángeles volanderos entre vaporosas nubes, completa la composición. En correspondencia con este lienzo en el lado derecho estaba La Piedad (Sevilla, Museo de Bellas Artes). Su formato original fue alterado a mediados del XIX, a poco de ingresar en el Museo, al estar en mal estado; fue recortado un metro y medio aproximadamente en su parte superior y una estrecha franja de la inferior, estando ahora apaisado. Por una copia de esta obra conservada en una colección particular de Bilbao, sabemos que en la zona alta se disponía un amplio fondo de paisaje, que venía a compensar la dramática escena desarrollada en la zona inferior, con Cristo muerto sobre el regazo de la Virgen, acompañados por dos luctuosos ángeles niños. Para esta composición Murillo se inspiró en los modelos de Annibale Carracci para la figura de Cristo y de Antonio Van Dyck para la Virgen.
En el primer retablo lateral del lado del evangelio -comenzando por la cabecera del templo- se hallaba el San Antonio de Padua con el Niño (Sevilla, Museo de Bellas Artes), tema ya pintado en el retablo mayor que ahora se desarrolla individualmente en un gran lienzo del altar en el que recibir un culto más directo de los devotos de este popular santo franciscano. Murillo acierta a realizar una de las mejores versiones del tema en la historia de la pintura. San Antonio está representando con aspecto juvenil, con escasa barba y rostro pleno de emotividad al recibir arrodillado el abrazo del delicioso Niño Jesús. La afectiva escena se ilumina con un potente chorro de luz dorada que cae del rompimiento de gloria de la zona superior, en el que revolotea un grupo de jubilosos ángeles niños entre vaporosas nubes.
El retablo contiguo estaba presidido por la Inmaculada con el Padre Eterno (Sevilla, Museo de Bellas Artes). Un Dios Padre que con sus brazos abiertos surge de la aureola de nubes doradas del rompimiento del gloria con angelitos de la parte superior, en actitud de preservar a la Virgen del pecado original representado en la cabeza demoníaca situada en el ángulo inferior derecho. La bella Inmaculada descansa sobre la media luna, en actitud recogida y con la mirada dirigida al cielo.
En el último retablo de este lado de la iglesia estuvo el San Francisco abrazado por Cristo crucificado (Sevilla, Museo de Bellas Artes), otra excepcional obra de Murillo, que narra el abrazo místico entre el fundador y Cristo, que desclava su brazo derecho para acogerlo en su regazo, en recompensa por haber abandonado sus bienes para dedicarse al servicio de Dios. El trascendental momento está captado con un profundo sentido espiritual, de manifiesto en el rostro del Santo, y a la vez cercano sentir popular, sin dramatismo, a lo que ayuda la suavidad y armonía cromática que resalta la anatomía de Cristo y el hábito franciscano. Están respaldados por un dilatado fondo de paisaje, completándose la escena con dos ángeles niños colocados a la derecha que sostienen un libro abierto en el que se lee un versículo del Evangelio de San Lucas, alusivo precisamente a la renuncia de los bienes terrenales: "qui non / renuntiat / omniubus / qui possi / det. / nom potest / meus / esse discii / pulus / luc xiii." ("Quien no renuncia a todo lo que posee no puede ser discípulo mío"). El tema constituye una exaltación de la devoción al Crucificado, tan afecta a la Orden Franciscana. Se conserva un dibujo preparatorio de esta pintura en el Courtaud Institute de Londres.
El primer retablo de la nave de la epístola, empezando por la cabecera del templo, se encontraba presidido por la Adoración de los pastores (Sevilla, Museo de Bellas Artes), delicioso lienzo, pleno de maestría técnica y sensibilidad. Se estructura a base de líneas diagonales para representar el momento en que la Virgen, acompañada por San José, descubre complaciente el cuerpo del bello Niño Jesús, retirando la toquilla que le arropa, al grupo de cuatro pastores de fisonomías populares y distintas edades, que vienen a ofrecer un repertorio del ciclo de la vida desde la niñez hasta la ancianidad. El armonioso efecto lumínico a contraluz que penetra por la izquierda en el portal incide directamente sobre el Niño y dota a la escena de una vibrante atmósfera que enfatiza el repertorio de expresiones de los rostros de los personajes, dulces y sencillos, cercanos al sentir y piedad popular. En el Courtauld Institute de Londres se conserva un apunte que hubo de servir de base para la ejecución de esta obra.
El retablo de la capilla contigua estaba dedicado a San Félix de Cantalicio (Sevilla, Museo de Bellas Artes), tema ya plasmado en el retablo mayor y que ahora quedaba individualizado en un cuadro de altar para recibir un culto más directo. Representa el episodio milagroso acontecido al humilde y caritativo Santo franciscano, a quien la Virgen le otorga la gracia de poder abrazar al Niño Jesús, en recompensa a su vida de sacrificio y piedad. La composición se resuelve admirablemente a través de una diagonal que vincula a los personajes representados: la Virgen en un luminoso rompimiento de gloria en la parte superior izquierda y San Félix arrodillado, con el niño en brazos, en la inferior derecha. La acertada gradación lumínica no hace sino intensificar el milagroso momento, pleno de emotividad patente en los rostros de las tres figuras, en especial en el de San Félix lleno de ternura agradecida por haber conseguido su anhelo.
En el último retablo situado a los pies de la nave de la epístola se hallaba Santo Tomás de Villanueva (Sevilla, Museo de Bellas Arte), lienzo de excepcional calidad. La justificación de la inclusión de un santo agustino en la serie puede estar motivada porque Santo Tomás fue un santo limosnero, una de las actividades fuerte de la Orden Franciscana, además este religioso, al igual que hiciera San Francisco, abandonó sus bienes para dedicarse a socorrer a los pobres. La escena está presidida por la figura del Santo vestido con hábito agustino, mitra y sosteniendo un báculo, elementos alusivos a su condición de obispo. A su alrededor una serie de menesterosos que acuden al reparto de limosnas que Santo Tomás realiza tras haber abandonado la lectura de los libros que se esparcen en la mesa de la izquierda. En primer término se sitúa en acertado escorzo un tullido arrodillado y a la derecha se distribuyen un niño tiñoso expectante para lograr la limosna, un anciano contemplando una moneda, y en último plano una anciana de gesto desconfiado ante la incertidumbre de poder ser socorrida; en el ángulo inferior izquierdo el delicioso grupo de una madre y su hijo que contemplan apacibles las monedas recibidas. Completa la composición un gran fondo arquitectónico de columnas y arcadas.
En el coro bajo estuvo la Inmaculada Concepción (Sevilla, Museo de Bellas Artes), denominada Inmaculada del coro o Inmaculada Niña, realizada por Murillo entre 1668-1669. Es considerada una de las más bellas de su producción, por la armonía compositiva y el intenso ritmo ascensional de la juvenil figura, ingrávida en una aureola dorada repleta de bellos ángeles volanderos entre vaporosas nubes, portando atributos marianos. Fue restaurada por el pintor local Virgilio Mattoni quien, según el informe de los académicos, se limitó "limpiarla ligeramente descubriendo torpes retoques anteriores".
Una Virgen con el Niño de Murillo de hacia 1638-1640, del Museo sevillano, se hace proceder de Capuchinos, aunque no recogida en antiguas referencias. Fue considerada obra de un seguidor anónimo del maestro y ahora se clasifica como dentro de la producción de Murillo aunque con intervención de taller. Una restauración adecuada desvelaría su verdadera valía. La Virgen se representa de cuerpo entero, sedente y sosteniendo al Niño sentado en su rodilla derecha, ambos en actitud frontal al espectador y con fisonomías concentradas y ensimismadas.
Se refiere la existencia de dos Crucificados de Zurbarán, uno de tamaño natural, visto por unos en la sacristía y por otros en la iglesia, y el otro "de más mérito" en la escalera del convento. En el Museo de Bellas Artes se conservan ambos Crucificados, uno de ellos de más calidad adjudicado sin reservas a Francisco de Zurbarán, que puede corresponder al de la escalera. Es un Cristo vivo de cuatro clavos, cuya figura se recorta fuertemente iluminada de la penumbra que le respalda. Su expresivo rostro dirige la mirada hacia lo alto. El segundo, también adjudicado a Zurbarán aunque es notoria la intervención de taller, lo que merma su calidad final, pudo estar colocado en la referida nave del templo. Se trata igualmente de un Cristo de cuatro clavos, vivo, cuyo cuerpo adopta una actitud más estática y una anatomía más sumaria.
Ceán adjudica a Zurbarán un Apostolado de medio cuerpo ubicado en la iglesia, que en un segundo momento le parece más bien de Bernabé de Ayala. Por su parte, el Conde del Águila refirió la existencia en el convento, en la "Sala de Hcº", de un apostolado que igualmente adjudica a Ayala. En el Museo de Bellas Artes de Sevilla se conserva un Apostolado que el inventario de 1840 hace proceder de Capuchinos y que, con reservas, se atribuye a Francisco Polanco, un seguidor del estilo de Zurbarán. Todos los lienzos poseen las mismas medidas, con los nombres escritos en la parte superior que permite la certera identificación de los apóstoles. De correcta factura, están representados de medio cuerpo, algunos absortos en la lectura de un gran libro y otros con la mirada elevada al cielo en expresivo gesto; sólo Santiago el Mayor mira al espectador.
Hoy vemos en un retablo moderno de la nave del evangelio cuatro pinturas en tabla de Virgilio Mattoni fechadas en 1895, que representan a Santa Isabel de Hungría, San Buenaventura y dos santos más, respaldados por una ambientación suntuosa al igual que sus ropajes. Realizadas con un gran sentido creativo, poseen un dibujo ondulado y un vivo y brillante colorido, muestra del estilo pictórico desarrollado por este pintor local, próximo al modernismo. Actualmente en la biblioteca de los capuchinos se conserva un boceto del Ángel de la Guarda también de Mattoni, de excelente calidad.
En la sacristía se citaba un "Cristo con la cruz, de Morales", del que no hay otra noticia. Tampoco del Cristo atado a la columna con San Pedro arrodillado a sus pies, de Sebastián Gómez "el Mulato". Sí se ha conservado el Juicio Final (121 x 169 cm.), firmado en 1713 por Andrés Pérez, hoy en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. Es una aparatosa y movida escena para cuya composición el pintor se valió de un grabado del pintor francés del siglo XVI Jean Coussin, lo que en cierta medida explica su evidente arcaísmo. Numerosos personajes se reparten por el lienzo con agitadas poses y gesticulantes gestos, especialmente los de la zona inferior que son arrebatados al infierno por figuras demoníacas. Se equilibra con el amplio rompimiento de gloria superior, en el que aparece Cristo coronado, en el centro de una aureola luminosa, y flanqueado por la Virgen y San Juan y figuras de santos y bienaventurados. En el registro intermedio se disponen ángeles músicos en torno a la Cruz triunfante, y a los lados se desarrollan sendas escenas con fondos arquitectónicos, con numerosas y diminutas figuras que son llevadas bien a la gloria celestial o a los infiernos.
El claustro principal estuvo adornado con una serie de pinturas que narraban episodios de la Vida de San Francisco, obras conjuntas de Francisco de Herrera "el Viejo" y Lucas Valdés. Parece que fueron ocho lienzos en blanco y negro, desconociéndose los temas representados y su destino final. Hoy en el claustro del convento hay una amplia galería de retratos de religiosos franciscanos de todos los tiempos, realizada por José de Huelva en la segunda mitad del siglo XVIII, obras de modesta factura, entre las que se encuentra el retrato de Juan Bautista Estense de Módena, con la firma del pintor. En la enfermería y sobre la puerta se refiere la existencia de "los retratos de los fundadores", asignada a Valdés en 1686, desconociéndose si se trata de Valdés Leal o de su hijo Lucas Valdés. En cualquier caso no están identificadas hasta la fecha en el repertorio de obras de ambos pintores. También se cita en la enfermería "distintas" pinturas adjudicadas a un tal Germán, quizás el pintor activo en Sevilla en la primera mitad del siglo XVIII, Bernardo Lorente Germán. Se reseñan "Un Padre Eterno, San Francisco, un Ecce Homo pintado en la pared que encanta, un cuadro grande de la Pastora y uno pequeñito, que fue la primera pintura de pastora que se hizo con la idea que el R.P. fray Isidoro de Sevilla dio a dicho autor, donde está este Reverendo Padre con su estandarte o simpecado y en él la Imagen de la Pastora". Obras no identificadas.
Para el refectorio pintó Lorenzo de Quirós El Milagro de los panes y los peces, catalogado en el Museo sevillano en 1850 con el número 55 y actualmente en el Archivo de Protocolos de Sevilla. Muestra las modestas cualidades artísticas de este pintor, que pudo realizar esta obra entre 1770-1780, tras el regreso de su estancia en Madrid.
En la portería se refiere genéricamente la existencia de "pinturas" de Valdés Leal, que están sin identificar. Se conoce asimismo, la presencia en el convento de otras pinturas, algunas de la cuales aún han permanecido in situ, como el retrato de Fray Francisco de Jerez, realizado por Murillo en los años que trabajaba en las pinturas de la iglesia, que Angulo considera copia decimonónica del original perdido. Sobre el sagrario del presbiterio de la iglesia se halla el pequeño cobre de la Divina Pastora, que según la tradición mandó pintar el promotor de su devoción fray Isidoro de Sevilla, en 1703 a Alonso Miguel de Tovar, y cuya bucólica iconografía ha servido para el desarrollo de las múltiples versiones de esta devoción mariana nacida en el convento sevillano. También se conserva en los Capuchinos La Divina Pastora, obra de gran calidad realizada por Domingo Martínez, probablemente en los últimos años de su vida. La Virgen se representa al aire libre, en el centro de la composición, sentada sobre una peña y rodeada de corderos, apoyando su mano sobre la cabeza del más próximo a ella. Está vestida con túnica roja, saya pastoril atada a la cintura y manto azul, y portando en su mano izquierda una flor. Su bello rostro ovalado mira directa mente al espectador y se ajusta a los tipos desarrollados por Martínez en la representación de imágenes femeninas. La composición se completa con dos ángeles niños a la izquierda que sostienen un báculo y le ofrecen flores, y al fondo a la derecha, en una lejanía de paisaje, una oveja atacada por el lobo en la parte inferior, y en la superior, en medio de una aureola dorada, el arcángel San Miguel presto a liberar al animal acosado.
El promotor de la devoción a la Divina Pastora, Fray Isidoro de Sevilla fue retratado por Juan Ruiz Soriano. Pintura de modesta factura, presenta el interés de mostrar la efigie del piadoso capuchino, nacido en 1661 y profeso en el convento sevillano durante setenta años, en donde en 1703 instituyó el culto a la Pastora, creando una hermandad para tal fin, que es la que posee actualmente este lienzo. Se representa a fray Isidoro ya anciano, de medio cuerpo, ante una mesa con escribanía, libros alusivos a la devoción a la Virgen y un pequeño cuadro con la Divina Pastora con su iconografía habitual, pero con la particularidad de estar captada en el momento de ser coronada por dos ángeles niños. Al pie del lienzo se dispone una larga leyenda explicativa en torno a la figura del religioso y la Divina Pastora.
En la Catedral de Málaga se conservan desde 1973 cuatro lienzos con episodios de la vida de San Juan Bautista, realizados por Cristóbal López, que se hacen proceder del convento de Sevilla. Consideradas obras tempranas de este artista, en torno a 1700, evidencian el débito al estilo de Murillo aunque también la utilización en exceso de estampas para componerlas. Poseen un estilo descriptivo y amable, un dibujo correcto pero con un colorido convencional. Los temas representados son: El Anuncio del ángel a Zacarías, que se desarrolla en un fondo monumental de arquitecturas, en el que se insertan los protagonistas y los espectadores que contemplan la escena, estando mal resuelta la interrelación entre las figuras del ángel y Zacarías. La mejor obra del conjunto es precisamente la firmada: el Nacimiento de San Juan Bautista, poblada de varias figuras femeninas, amables y delicadas, con dos ángeles de pie en el ángulo inferior derecho y un rompimiento de gloria con numerosos angelotes volanderos derramando flores. El bautismo de Cristo, de menor interés, copia la composición de Murillo de la catedral de Sevilla. Claros préstamos de estampas se advierten en la convencional representación de la Degollación de San Juan Bautista. Desconocemos la ubicación en el convento capuchino de estas pinturas que, por otra parte, no son citadas en la documentación manejada (Matilde Fernández Rojas. Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Trinitarios, Franciscanos, Mercedarios, Jerónimos, Cartujos, Mínimos, Obregones, Menores y Filipenses. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2009).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de Santas Justa y Rufina, vírgenes y mártires;
Eran dos hermanas andaluzas, hijas de un alfarero de Sevilla, que se ganaban la vida vendiendo cacharros de cerámica en el mercado.
Como se negaban a entregarse a los paganos en la fiesta de Adonis, y también a ofrecer sacrificios a Venus, sus mercaderías fueron destruidas. Justa murió en la calle y Rufina fue estrangulada.
Patrona de Sevilla y también de Burgos, en cuyo monasterio de Las Huelgas se conservaban sus reliquias.
En Francia fueron elegidas como patronas por los alfareros de Montauban. La iglesia de Prats de Molló, en el Rosellón, está puesta bajo su advocación.
ICONOGRAFÍA
Están caracterizadas por alcarrazas, cacharros de alfarería que llevan en las manos, trozos de ídolos esparcidos en el suelo, un león que les lame los pies. Las santas enmarcan a la Giralda, antiguo alminar de Sevilla, que ellas habrían protegido del rayo en 1504 (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Santas Justa y Rufina, en la Historia de la Iglesia de Sevilla
Santas Justa y Rufina, vírgenes y mártires, patronas de la ciudad de Sevilla. Por no querer adorar a los ídolos, por orden del presidente Diogeniano, padecieron martirio. Justa murió en la cárcel y Rufina fue degollada poco después. Ocurrió hacia el 285. La Iglesia de Sevilla celebra su fiesta el 17 de julio.
Las pintaron Hernando de Esturmio, Miguel de Esquivel, Ignacio de Ríes, Murillo y Goya, entre otros muchos artistas. La Giralda en medio de ellas, como sostenida y abrazada para que no sufriera daño cuando el terremoto de 1504, según cuentan viejas leyendas. Y a sus plantas los cacharros de loza, símbolo del gremio que patrocinan. Las esculpió Duque Cornejo. Les han cantado himnos desde san Isidoro de Sevilla hasta el divino Herrera y Rodrigo Caro. Las celebran por patronas, junto a Sevilla, otras ciudades como Manises, Orihuela, Talavera de la Reina... Toledo conserva una parroquia con su advocación de resonancia histórica medieval. Las veneran no sólo en España, sino también en Portugal, Francia, Italia y Alemania. Y son la primera página histórica, y gloriosa, de la Iglesia de Sevilla.
Ellas son santas Justa y Rufina, patronas de Sevilla. Modernamente, un gran poeta sevillano, Antonio Machado, las cantó así:
Que por mucho que se diga
nadie aventajó en el arte
cerámico y de alfarería
cual las Patronas del «barro»
las Santas Justa y Rufina.
Su oficio es noble y bizarro
y entre todos el primero,
pues para gloria del «barro»,
Dios fue el primer alfarero
y el hombre el primer cacharro.
Los albores de la Iglesia de Sevilla están regados por la sangre generosa y joven de dos alfareras hermanas. Su martirio es el primer dato histórico de la Iglesia hispalense recogido en una Passio muy antigua con visos de autenticidad. Su estilo sobrio, la descripción de las adonías, fiesta en honor de la diosa siria Salambó, y la cita del obispo Sabino, que aparece segundo en el catálogo de los obispos de Sevilla del códice emilianense, son indicios suficientes de su autenticidad histórica.
Así son descritas en el Pasionario hispánico:
«Justa y Rufina, como mujeres que eran y muy sencillas por su relativa pobreza, llevaban adelante su casa con paciencia, casta y religiosamente, como necesitadas que todo lo poseen.
Solían vender vasijas de barro. Con la venta ayudaban a los pobres, y guardaban para sí solamente lo suficiente para cubrir sus gastos cotidianos de comida y vestido. Se ocupaban también de hacer oración cada día...
Un día, cuando estaban vendiendo sus vasijas, se les presenta no sé qué monstruo inmenso, al que la turba de los gentiles llaman Salambó, pidiéndoles que le den un donativo. Ellas resisten y se niegan a dar nada, diciendo: «Nosotras damos culto a Dios, no a este ídolo fabricado, que no tiene ojos, ni manos, ni vida alguna propia. A no ser que necesite una limosna o padezca necesidad, nosotras no le damos».
El que, vestido de Zábulo, llevaba sobre sus hombros al ídolo, arremetió tan ferozmente, que rompió y destrozó totalmente todos los cacharros que tenían para vender las santísimas mujeres Justa y Rufina. Entonces estas religiosas y nobles mujeres, no por el daño de la pobreza, sino para destruir el mal de tan gran indecencia, empujaron el ídolo, y éste cayó por tierra, haciéndose pedazos. Se tomó esto como un sacrilegio, y corría en boca de los gentiles y proclamaban que eran reas de un gran crimen y dignas de muerte.
En aquel tiempo era presidente Diogeniano, practicante de los ritos y observancias gentiles. Llegó enseguida a sus oídos la noticia de lo sucedido; rápidamente mandó que encerrasen a las piadosas mujeres en la oscuridad de la cárcel y que las condujesen a Sevilla bien custodiadas. Una vez llegadas a dicha ciudad, manda que las sometan a suplicios bajo el miedo de las torturas. Comparecen, pues, las devotas mujeres consagradas a Dios ante el crudelísimo juez Diogeniano. Como el leño penal de los reos no había llegado todavía, manda que traigan unos telares para que no se enfriase con la espera la crueldad de aquel gran furor. Enseguida son colgadas, no para pena, sino para gloria; y manda que las desgarren con uñas. Se humedecían sus entrañas con la sangre purpúrea, pero prometían el martirio. El interrogatorio del juez proclamaba el sacrilegio cometido, pero la confesión de las santas mártires no invocaba nada más que a Cristo, Señor de todas las cosas.
Viéndolas Diogeniano con cara risueña y exultantes, llenas de alegría como si no sintiesen ningún dolor, dice: «Atormentadlas todavía con mayor oscuridad, encierro de cárcel y hambre».
Después de algunos días, Diogeniano dispuso que se fuese a los montes Marianos y mandó que las santas mujeres les acompañasen a pie y descalzas por aquellos parajes ásperos y pedregosos.
Se acercaba ya el tiempo de merecer la victoria. No podía demorarse la digna y debida corona de Dios a tantos padecimientos. La santísima Justa, encomendando a Dios su puro espíritu consagrado, entregó su alma en la cárcel. El guardián de la cárcel comunicó la noticia al presidente Diogeniano, y éste ordenó que arrojasen el cuerpo en un profundísimo pozo. Se enteró de esto el que era entonces religioso varón y obispo Sabino, y mandó que se sacase del pozo el cuerpo de santa Justa y se colocase honoríficamente en el cementerio hispalense.
A la bienaventurada Rufina, que seguía en la cárcel, le cortaron la cabeza por orden del presidente Diogeniano y entregó a Dios su devoto espíritu. Mandó que llevasen el cuerpo al anfiteatro, donde fue entregado a atroces llamas. Pero el cuerpo, aunque quemado, como consagrado a Dios que estaba, fue sepultado con el mismo honor...»
¿Cuándo ocurrieron estos martirios? Un antiguo breviario hispalense señala el año 287, lo que supondría un hecho aislado en período de no persecución. Pero tal vez habría que situar estos martirios unos años después, a principios del siglo IV, durante la persecución general dictada por Diocleciano.
Prudencia, que vivió cercano a estos sucesos, no refiere en su Peristéphanon a las santas Justa y Rufina. Tampoco hace referencias de otros mártires hispanos, comprobados históricamente. Ni Prudencia quiso agotar el tema ni se puede dudar de la existencia de estas santas, confirmadas por una tradición secular y unas actas que, aunque escritas hacia los siglos VI-VII, están inspiradas en documentos contemporáneos al martirio. Además, el obispo Sabino, que dio cristiana sepultura a sus cuerpos, está confirmado históricamente por su presencia en el concilio de Elvira. Sabino firmó segundo en las actas, lo que indica la antigüedad de su pontificado. «Del culto extraordinario a estas santas a partir del siglo VI dan fe las inscripciones con mención de sus reliquias, los numerosos exvotos en oro encontrados recientemente en Torredonjimeno, procedentes de un santuario, y los oficios de los libros litúrgicos y calendarios mozárabes. La Passio de las santas, de un gran valor histórico, se inspira en fuentes contemporáneas» (J. Vives).
Tal vez su culto tardío puede justificar que no sean conocidas, ni nombradas, por Prudencio. ¿Y por qué su culto tardío? Discuten los autores si ello fue debido al canon 60 del concilio de Elvira: «Si alguno rompiere los ídolos de los gentiles y fuere allí muerto por eso, no sea recibido en el número de los mártires; porque ni hallamos aquello en el Evangelio ni en las Actas de los Apóstoles», en posible alusión a la actitud que tomaron las santas sevillanas. Los padres conciliares debían tener muy presente y vivo por lo reciente de las circunstancias en que murieron estas santas y debieron redactar este canon para moderar imprudencias que podrían provocar la ira de los paganos y la muerte consiguiente a manos de ellos.
Es posible que esto fuera así y que el martirio de Justa y Rufina pasara durante unos años como en sordina. Tampoco son nombradas, ya pasado el tiempo, por san Isidoro, a quien se atribuye sin embargo el himno «Assunt punicca floscula virginum», a ellas dedicado. Pero una cosa es cierta y bien patente: en la época visigoda recibían culto, como se demuestra por las inscripciones y santuarios referidos a estas santas. Han aparecido inscripciones, con deposición de reliquias, en Salpensa (648), Alcalá de los Gazules (662), Vejer de la Miel (674?), y Guadix (652). En Torredonjimeno (antigua Ossaria, junto a Tucci, Martos) hubo en época visigoda un santuario dedicado a ellas. Y en época árabe, Toledo contaba con la iglesia mozárabe de Santas Justa y Rufina, que posiblemente existiera ya en el período visigodo. Sevilla tenía una basílica o santuario a sus afueras, cuando fue invadida por los árabes. Hacia 720, en una mezquita construida junto a este santuario, fue asesinado Abd al-Aziz, según cuenta el historiador árabe Ibn al-Kuthiya.
El Hieronimiano hace mención el 19 de julio de santa Justa: «In Spanis Iustae». Pero los calendarios hispanos colocan la fiesta de estas santas el 17 de julio, día en que las conmemora la Iglesia de Sevilla. Tampoco hay contradicción en ambas fechas, ya que las Adonías, como ha probado Cumont, se celebraban en Siria del 17 al 19 de julio.
En el antiguo convento de trinitarios calzados de Sevilla, actual colegio de los salesianos de la Trinidad, se encuentra un calabozo subterráneo, que la piedad secular sevillana ha señalado como la cárcel en la que fueron encerradas las Santas Patronas de Sevilla, como así se las llama. Precisamente con este nombre tienen dedicada una calle en el antiguo barrio de la Cestería, junto a la Puerta de Triana, por creer que probablemente vivían en aquella zona. Extramuros de la ciudad, por la parte oriental, se halla el prado de Santa Justa, en el lugar llamado Campo de los Mártires, donde se cree que en la época romana se hallaba el cementerio (Carlos Ros, Sevilla Romana, Visigoda y Musulmana, en Historia de la Iglesia de Sevilla. Editorial Castillejo. Sevilla, 1992).
Conozcamos mejor la Biografía de las Santas Justa y Rufina, vírgenes y mártires;
Santas Justa y Rufina, (¿Sevilla?, s. III – Sevilla, 17 de julio principios del s. IV). Vírgenes, mártires y santas.
Los datos sobre la vida de estas dos santas (Justa y Rufina) son antiguos, e inscripciones de los siglos vi y vii recuerdan sus reliquias; el Martyriologium Hieronymianum menciona sólo a santa Justa, pero el Acta Sanctorum recoge numerosos documentos relativos a las dos hermanas, tanto de martirologios antiguos cuanto de escritores más recientes, como Ambrosio de Morales, Francisco de Padilla y Antonio de Quintadueñas, entre otros.
Justa y Rufina, según la tradición, eran hermanas y se ganaban la vida como alfareras en Híspalis (Sevilla).
En cierta ocasión, en la fiesta pagana de las Adonías, una procesión de gentes que llevaban en andas el ídolo de la diosa de origen babilónico, Salambó, pasó ante su mercado y requirieron de las mujeres algunas vasijas como ofrenda a la diosa; la negativa de éstas condujo a la ruptura de varias piezas y a la destrucción del ídolo. Acusadas de sacrílegas ante el gobernador Diogeniano, fueron encarceladas y sometidas a torturas como la de ir caminando descalzas por Sierra Morena. Justa murió de hambre y tormento en la cárcel y su cuerpo fue arrojado a un pozo, y Rufina, tras amansar a un león que iba a devorarla en el anfiteatro, murió degollada allí y su cuerpo fue quemado. El obispo Sabino unió las reliquias de las dos hermanas y probablemente la hagiografía de las santas ya estaba compuesta en los siglos VI-VII. El culto fue acrecentándose, sobre todo por la Bética, como atestiguan las inscripciones, los oficios de los libros litúrgicos, los calendarios mozárabes; y la cantidad de templos y altares que se les fueron dedicando a lo largo de los tiempos, entre los que destacan el templo mozárabe de santa Justa en Toledo y la iglesia y monasterio levantados sobre las cárceles de su martirio por el rey Fernando III el Santo.
Iconográficamente se las representa juntas, vistiendo, por lo general, túnica talar al modo de las mujeres romanas, aunque sus vestimentas se han adaptado a los tiempos, como es el caso del magnífico lienzo de Goya, encargado en 1817 por el Cabildo de la catedral de Sevilla, en el que las santas aparecen ataviadas al modo de las mujeres del pueblo de la época; Sus atributos personales son los cacharros de barro rotos, a veces también un ídolo pagano mutilado y, en menos ocasiones, los símbolos de su martirio, la espada y los rastrillos de púas y un león que les lame los pies. Muchas veces, en la representación, aparece la Giralda haciendo alusión a la leyenda según la cual las santas bajaron del cielo y, apoyándose en ella, la salvaron de un violento terremoto que azotó Sevilla en el siglo XVI.
Las santas Justa y Rufina son patronas de los alfareros y también de Sevilla, Orihuela, Huete y otras muchas localidades, y a ellas están dedicados numerosos templos; su fiesta se celebra el 17 de julio (Elena Sainz Magaña, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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