Por Amor al Arte, déjame
ExplicArte Sevilla, déjame
ExplicArte el desaparecido Convento de Santa María de las Dueñas (Cistercienses), de Sevilla.
Hoy, 17 de abril, en el monasterio de Molesmes, en Francia,
San Roberto, abad, quien deseoso de una vida monástica más sencilla y estricta, fue fundador de monasterios y esforzado superior, director de ermitaños y restaurador eximio de la disciplina monástica, e instaurador del monasterio de Cister, que rigió como primer abad. Finalmente fue llamado de nuevo como abad a Molesmes, donde descansó allí en paz (1111) [según el
Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
Y que mejor día que hoy para Explicarte el desaparecido Convento de Santa María de las Dueñas, de las Cistercienses, orden fundador del Cister. El desaparecido Convento de Santa María de las Dueñas, se encontraba en la calle Gerona; entre las calles Doña María Coronel, y Dueñas (por donde se accedía a la iglesia del mismo), en el Barrio de la Encarnación-Regina, del Distrito Casco Antiguo.
Introducción.
Sin duda alguna, la máxima diferencia entre este convento y todos los demás desaparecidos durante el siglo XIX consiste en que se conserva manuscrita toda su historia, aunque con lagunas importantes y comenzada a escribir el año 1629, siendo abadesa Dña. Juana Cortés, "en el primer año de su tercera abadía". Esta iniciativa se toma porque "
los papeles i pergaminos de su archivo, estan tan rotos i deformados", que apenas se pueden leer "
los privilegios i bullas pontificias". La abadesa pone en manos de la religiosa Dña. Micaela de Silva todos los papeles antiguos para que "
las monjas que nos sucedieren sepan algo de la fundación de su casa... i poniendo los ojos de su alma en el agrado de su Majestad i tan ilustres principios, trabajen por irse llegando a aquella primera observancia que sus antecesoras profesaron, conque ganaron lo que agora goçan, en onra de Dios, de su religion y de su casa". La suerte que tenemos en este -repetimos- único caso, es que las cronistas siguen escribiendo hasta el mismo día de la extinción de la fundación, ocurrida no en 1868, cuando de forma violenta fueron expulsadas del convento, sino bastantes años después -tras varios intentos de formar uno nuevo, ya que el suyo fue bárbaramente destruido-, el jueves 9 de mayo de 1912, fecha en que parten hacia Toledo para unirse a la también comunidad cisterciense de Santo Domingo "
el antiguo". Es conmovedora la historia de este viaje. Para pagar los 5.000 reales que cuesta el tren, venden los últimos enseres que les quedan y su importe lo añaden a las limosnas del Sr. Cardenal (dos mil reales), capellán y "
los Rdos. Padres de S. Isidro de Dueñas", entre otros. Así termina la historia del quizás más rico y, si no el más, uno de los más antiguos conventos femeninos sevillanos.
Después de comentar lo anterior, no deja de ser insólito que, a pesar de ello, se lleven consigo todos los papeles que conservaban de su archivo, sin duda el más completo de los conservados entre los conventos desaparecidos: 55 pergaminos de distintos tamaños, entre ellos, con una riqueza decorativa extraordinaria, cartas de profesión de religiosas -verdaderos cuadros algunas de ellas-. La más antigua data de 1643 y la más moderna de 1906. Hay también 24 libros de diversas épocas, algunos ricamente encuadernados, en los que se contienen las tomas de hábito, profesiones y defunciones, los títulos de propiedad de tierras, censos, juros, etc., que poseía el convento, así como libros de funciones, capellanías y memorias. Y, por último, 687 documentos en legajos, la mayoría de ellos referentes a casas propias del convento (arrendamientos, arreglos y ventas de ellas) y pleitos por casas o tierras de su propiedad, que indican la gran riqueza acumulada por este monasterio a través de su larga historia.
Varios conventos sevillanos tuvieron como modelo, en su primera andadura, a monjas de las Dueñas, que en algunos casos se quedaban en la nueva fundación, pero generalmente volvían a su casa matriz. Por esta razón, a través de su archivo, hemos encontrado algunos datos de otros cuyos archivos no se conservan, y una constante alusión a parroquias, calles y tierras de Sevilla.
Nuestro trabajo ha sido también el más sencillo por otra singularidad: el archivo de las Dueñas está perfectamente catalogado, por obra y gracia de una monja cisterciense toledana y recientemente publicado.
Fundación e Historia del convento hasta el siglo XVII.
Seguiremos la historia conservada en el Convento de Santo Domingo el antiguo, la más completa, como es natural, y en la que se manejan documentos antiguos hoy desaparecidos y sólo nombraremos a los autores que brevísimamente se ocupan de este monasterio cuando haya alguna discrepancia en los datos.
Cuando el rey Fernando "tercero de este nombre vino a conquistar Sevilla trajo a su servicio al caballero D. Juan Mate de Luna, natural de Aragón, a quien después el Santo rey dio título de mariscal, y el de almirante su hijo Don Alfonso el Sabio". En el repartimiento que se hace entre los conquistadores de "las heredades i casas principales de los moros, cupo la nuestra al almirante, asi como la bemos oi en forma de isla, sin admitir inmediato a si algún otro edificio, argumento de su nobleza i calidad". Esta "isla" estaba situada entre las calles Dueñas, Sardinas (hoy Gerona) y Dña. María Coronel, y fue donada por el almirante a sus hermanas, Dña. Leonor y Dña. María de Aragón, fundadoras del monasterio, quienes "fueron subcesivamente sus primeras abadesas con la duracion que hubieron las prelacias antes del Santo Concilio de Trento". La donación se hizo con la carga "de decir perpetuamente en nuestro coro todos los lunes, despues de prima, una oración por su alma y las de sus descendientes, como se hace hasta oi en su memoria". Esto ocurrió, nos dicen, el año 1251, "tercero de la redención de esta ciudad".
Todos los autores que tratan de este monasterio coinciden en la fecha de fundación y nombran al almirante y sus hermanas como fundadoras, pero advertimos que hoy día en el archivo de Toledo el más antiguo pergamino que se conserva tiene fecha de 4 de agosto de 1374. Trata de la donación que el jurado García Sánchez hace al monasterio de Sta. María de las Dueñas de una casa en la calle Sardinas (hoy Gerona) con la condición de que oren por él.
El monasterio toma el nombre "de Santae Mariae Dominarum como se halla en bullas apostólicas y usamos en las cartas de profesiones, ebocación muy usada en la orden como se bé en muchos monasterios de Alemania, Francia y España, de donde vino a llamarse bulgarmente Sta. María de Dueñas por ser lo mesmo entonces en España Dueña que Señora". No coinciden en esta explicación O. de Zúñiga y González de León. Para el primero, el año 1292, en el que ya dice haber hallado noticias de este monasterio, se denominaban Dueñas las religiosas de los conventos de S. Clemente, S. Leandro y Sta. Clara -conventos que se nombran en el protocolo que cita, aquéllos cuyas abadesas estaban sujetas a la autoridad papal y no a la diocesana- y que, a través del tiempo, sólo en el de que ahora nos ocupamos "dura el estilo". González de León atribuye el nombre a que "quizás se fundó para que en él se recogiesen señoras casadas mientras sus maridos militaban contra los moros". Más convincente parece la explicación de la cronista.
Quizás porque el nombre aparece en las "bullas apostolicas" que hoy no existen, se afirma que el papa reinante cuando se funda el convento era Inocencio IV, quien desde luego fue contemporáneo de S. Fernando. De ser cierta, como parece, la fecha 1251, debió ser el primero -o de los primeros- entre los conventos femeninos que se fundaron en la ciudad después de la reconquista.
No sabemos cuántos años -bastantes debieron ser quizás, como entonces era costumbre, hasta sus sucesivas muertes, fueron abadesas las hermanas del almirante. En 1293 lo era Doña Isabel Argomedo y durante su mandato reparan "algunas oficinas que se caían por su mucha antigüedad". Aquí la cronista no contenta con la real antigüedad de su monasterio, toma pie para suponérsela mayor: la confirmación de lo "que tantas beces abemos oído a muchos ombres dotos y graves, que fue este monasterio en tiempos de los godos i que perdida España conservo su oserbancia a pesar de los conquistadores, ilustrandola sus hijas con gloriosos martirios, como a otros de Andalucía". Se sabe, y es lógico, que hubo monasterios durante la época visigoda, pero después de cinco siglos de dominación musulmana, no hay ninguna noticia cierta para poder afirmar que precisamente en este lugar existió uno.
Después de este inciso, la cronista nos cuenta que también en tiempo de la abadesa Dña. Isabel de Argomedo se escribió un libro de canto llano "
de que an quedado reliquias", y habla de cartas de profesiones de monjas, existentes también cuando ella escribe, "
de los años mil y trescientos", en las que es la abadesa sin autorización del prelado quien las recibe, y añade que esto sigue así hasta 1334, no 1322 como dice Arana de Varflora, siendo abadesa Dña. India Ruiz de Ribera, hija de D. Fadrique Afán de Ribera, Adelantado de Andalucía. Hasta entonces, que "
dieron obediencia a los señores arzobispos de esta iglesia", las abadesas firmaban todos los documentos, teniendo solamente que obtener el consentimiento (voluntad, dice) de las monjas capitulares.
No parece haber en el convento muchas noticias de largos períodos de su historia, pues de 1334 saltamos a 1448, en que fue elegida abadesa la señora Dña. Catalina de los Ríos, cuya abadía dura hasta 1487, es decir, treinta y nueve años. Después de ella "parece haberse perdido en esta casa el uso de escribir cosas notables della i se continuo hasta nuestro tiempo, hallando solamente lo que esta señora nos dice del suio en un libro escrito a mano". Esto, y la pérdida de muchos papeles importantes, hará que nuestra historiadora tenga que valerse "de la benerable tradicion de nuestras ancianas", que dan crédito "de haber echo nuestro Señor continuamente grandes misericordias a nuestras monjas". De ellas procede la tradición "de la imbencion milagrosa de la antiquisima imagen de Ntra. Señora de marmol". Esta preciosa imagen con el título de la Antigua, que la comunidad veneraba en el coro bajo, y por ella llevada a Toledo, donde se conserva, la describiremos al hablar del lugar donde la situaron. La tradición es similar a la Virgen de la Hiniesta: fue hallada, en este caso en el tronco de un árbol hueco, después de la Reconquista, por lo que se supone escondida por los godos ante la invasión musulmana. Esta tradición también la recoge Morgado. Pero, como en el caso de la Hiniesta, no cabe duda que es una bellísima talla gótica.
Del libro escrito en época de Dña. Catalina de lo Ríos procede la noticia de un breve pontificio del año 1487 que les permite comer carne. Esta petición se hace por sufrir la comunidad graves enfermedades, achacadas a los ayunos de regla y continua asistencia al coro. Parece que hasta entonces duró la primitiva observancia, y desde aquí y hasta 1608 se mantuvo "pro forma" un refectorio aparte, llamado "del ayuno", que guardaban las oficialas y una novicia de coro, "de cada semana". Las religiosas que comían en este refectorio tomaban pescado los cuatro días a la semana que la comunidad tomaba carne. Se consuela la cronista de haber entrado en el convento cuando ya no se practicaba esta "permisión''.
Entre las "apacibles antiguallas" que "se allan" en el libro escrito por Dña. Catalina, se nos cuenta "la gran devoción" que los reyes y señores del reino tenían a este monasterio, "enriqueciendolo i onrandole con grandes limosnas y dones preciosos que algunos duran asta oi". Destaca "un frontal y saia grande de brocado que la catolica reina Isabel mujer del rey D. Fernando el quinto dio a la imagen de Ntra. Sra. de estatura grande que esta en nuestro coro", ... "y ospedandose su magestad en nuestra clausura, que lo acia muchas veces por su debocion i favor grande que iço a esta prelada". Era Dña. Catalina, nos dice, hija del comendador de la Orden de Santiago Don Jº (Jerónimo?) Alfonso de los Ríos, y la califica como "eminente en religión y prudencia". Debía de serlo en grado sumo, pues "la obligaron los prelados" a que fuese al mismo tiempo (caso único que conocemos) abadesa de dos monasterios: las Dueñas -el suyo- y S. Clemente el Real "i ambos los gobernaba con alternatiba asistencia y tan importantes efectos que duró su prelacía lo quarenta que ia e dicho y consta de su libro".
El siglo XVII en el convento A partir de lo ya reseñado, comienza la historia del convento que ya está viviendo la narradora.
Empieza por contarnos la fama de monjas de "mucha perfección y talento que tienen las de esta casa, por lo que han sido llevadas -lo hemos constatado en los conventos objeto de nuestro estudio- como fundadoras o reformadoras a los más calificados conventos de la ciudad, muchos lugares de Andalucía, Canarias y Portugal". Resume que en 150 años, han participado en veintiocho fundaciones, y, para que nadie lo dude, añade que al tiempo que esto escribe "están actualmente quatro monjas nuestras exerciendo tres fundaciones y una prelacía". Nombra los conventos: la Paz y la Encarnación -en Sevilla-, S. Plácido -en Madrid- y una reformadora "que ha restituido a la observancia" el convento del Monte Calvario de Paterna.
De 1620 a 1625, en que se gana, el convento mantiene un pleito con la casa de Alba; exactamente "con el marqués de Villanueba, condestable de Navarra (navaRa, escribe) primogénito del Duque de Alba". El motivo del pleito fue la pretensión de la casa de Alba de "reedificar en nuestra iglesia una tribuna" a la cual tenían acceso directo desde su casa, situada justamente enfrente a la iglesia del convento. Esta tribuna "avia estado muchos años por inadbertida permision con notable deformidad del templo y otros inconvenientes que se seguian". La comunidad escribe al rey -Felipe IV- y a su confesor. El rey manda sea oída "la parte del combento en la justicia principal antes de restituir al condestable la posesión". Y ganan el pleito. La abadesa -Dña. Juana Cortés, la que mandó escribir la historia de su casa- hizo a su costa, para perpetua memoria de estos hechos, "levantar un retablo de la Pasion", en el que se colocó un cuadro de Cristo atado a la columna, que según tradición se veneraba en la sacristía del monasterio desde su fundación, aunque había sido mandado reparar recientemente por Sor Dionisa de Carbajal, "proporcionándose el aderezo a la cortedad de su caudal".
Habla también de la gran inundación que sufrió la ciudad en 1626, y que ya hemos comentado al hablar de varios conventos que tuvieron que ser entonces desalojados Aquí vino la comunidad de concepcionistas del convento situado junto a la iglesia de S. Miguel. Este mismo año termina el mandato de Dña. Juana Cortés, y es elegida el 23 de julio la nueva abadesa, Dña. Constanza de Osorio. La elección se hace siendo Vicario D. Luis Benegas de Figueroa y Arzobispo de Sevilla D. Diego de Guzmán, "estando su ilustrisima en Madrid".
En 1627 (7 de enero) se compran dos casas para derribarlas y hacer el jardín, "que asta aora no le habia i se deseaba como tan licita dibersion". Queda todavía sitio para edificar una casita, "conque fué poco costoso". También se hace campanario nuevo "i en el se puso la campana maior". Hace esta obra a su costa la abadesa, junto con otras obras menores que no se especifican.
La buena situación económica del convento se confirma por las noticias del año 1628. Se nos dice fue terrible para España, "
por temor a la baja de la moneda de bellón, que se publicó el 10 de agosto". En Sevilla "
por más de cuatro meses estubieron los más días cerradas las tiendas y carnicerías'',.pese a lo cual la comunidad no carece de nada de lo necesario.
El año siguiente, 1629, termina su abadía -25 de julio- Dña. Constanza de Osorio y vuelve a ser elegida Dña. Juana Cortés ; Tampoco esta vez está presente el Arzobispo, ausente "por aber ido a la jornada de Hungria acompañando a su reina la serenísima infanta Dña. María, donde murió". Por esta razón preside la elección el visitador, D. Rodrigo Caro. Es durante este mandato como abadesa cuando Dña. Juana Cortés "manda sacar los papeles del archivo", para iniciar la historia del convento que estamos siguiendo.
Discretamente, no se nombra al mayordomo que en 1630 pasa "secretamente" a América, con gran quiebra económica para el monasterio, "abiéndole alcançado en más de veinte y seis mil reales de que con dificultad se pudo cobrar algo". Se nombra nuevo administrador a "D. Josefe de Madrid". En este año profesa una religiosa portuguesa, Dña. Catalina de Barderas, quien al ingresar aquí y al entrar en el coro y ver la imagen de piedra de la Virgen de la Antigua dice ser la que ella vio "antes" que le llamaba.
En 1631, Dña. Micaela de Silva, autora del manuscrito que resumimos es elegida "clavera i secretaria capitular" Dios quiera -dice- sea acertada la elección, y el año siguiente, 1632, deja la abadía Dña. Juana Cortés, consiguiendo antes de cesar que se nombren "dos capellane maiores para el mejor servicio de la iglesia". La nueva abadesa se llama Dña. Lucrecia Ana de Andrada, que lo es en tiempo del "cardenal de Borja y Belloso, arzobispo de Sevilla", ausente entonces en Roma.
Dña. Lucrecia nos parece de infausta memoria para la historia del arte pues durante su mandato, el año 1633, van a perderse totalmente las pinturas murales que adornaban el claustro y el refectorio. La reparación afectará a "las azoteas de los claustros i la claustra de la cruz que llamaban de los Reyes por estar en ella la imagen desos santos, porque antiguamente estaba toda la casa, asi lo alto como lo bajo adornada de ecelente pintura en las paredes y con eminencia los claustros y el refectorio, de figuras tan grandes como el natural que hacían debota y hermosa bista". La historiadora afirma haber conocido algo, "pero tan biejo que apenas tenia forma i asi se deshiço, no se pudiendo recuperar por su excesivo costo". Añade que de esto se infiere cuánto más ilustre y rica fue la casa en los principios que en los tiempos que ella conoce. Pero a pesar de esta "decadencia", todavía era un convento con grandes propiedades, a juzgar por las rentas que recibe el año 1634: "en efectivo, 62.600 reales, habiéndose producido un aumento de 4.988 respecto a la renta recibida en 1631". El aumento se produce "en partidas nuebas", y "crecimientos de casas y cortijos que se arriendan". Además, recibe 492 fanegas de trigo procedentes de cinco cortijos que el convento arrienda: "Neblinas" (en Utrera), "Malaguncia" (en Carmona), "Casa Gallega", "Cerro de S. Andrés" y "Heras de Manzanilla". Aquí el aumento en tres años ha sido de 148 fanegas. Las rentas fueron suficientes, pese a la carestía de estos años y el gasto que supuso la obra de las azoteas y "la claustra de la cruz'', cuyo costo fue "más de trece mil reales".
En 1634 muere Dña. Juana Cortés, quien había sido elegida abadesa por cuarta vez. Con motivo de su muerte, la comunidad acepta el patronato que había fundado en 1619 Dña. Isabel Gurea y Guzmán, enterrada "
ante el altar del señor S. José que iço a su costa", y del que había nombrado albacea y única patrona a Dña. Juana.
El 5 de noviembre de 1635, festividad de S. Malaquías, a instancia de algunas religiosas propuso la abadesa volver a rezar completo el oficio divino. Así se hace, mandando a la autora de la crónica que lo escriba para que quede constancia de ello. Dice también que esta vuelta se debe a ser la comunidad de la línea reformada del císter -es decir de la reforma de S. Bernardo de Claraval-, cuyos monjes -agrega- vinieron a través de D. Alfonso de Portugal, pariente de S. Bernardo, fundándose muchos monasterios en Aragón y Castilla. La opinión de pertenecer a esta rama parece confirmada por los escudos antiguos que aún -dice- hay en la casa: "banda y braço con el báculo", y por fray Angel Manrique "monge y general de nuestra congregación y catedrático de Salamanca'', quien el año anterior visitó el convento.
Otra religiosa, Dña. Ana María de Aripe, va este año -1635- a petición del Cardenal de Borja, como abadesa a un nuevo monasterio que se funda en Villamanrique.
Mal año es este y el siguiente por falta de trigo en toda Andalucía. Las monjas tienen suficiente "y fue Dios servido que pudieron socorrer muchas necesidades". Comprueban una vez más la promesa evangélica del ciento por uno, aun en lo temporal, "porque este año redimió el monasterio veinte mil reales de tributo que abía impuesto sobre su hacienda".
Dña. Beatriz de Alcázar, abadesa durante sólo nueve meses y doce días por rápida muerte, hace en su corto mandato obras: "se recobró el lavadero i demas servicios del convento i el patio de la puerta reglar".
De 1638 data la compra de "las atahonas que son fronteras a nuestra iglesia", en 1.300 ducados. También y en vista de la buena marcha económica a partir del 14 de junio, en los cuatro días que se da para que coma carne la comunidad, se añade "dos uebos o doce maravedies". Noticia que claramente indica no hacer ya la comunidad las comidas en común.
Pocos datos más va a dar Dña. Micaela. Uno de los últimos se refiere a ella: el cardenal Borja quiera mandarla el año 1639 como priora al vecino convento del Espíritu Santo, pero es la propia comunidad de las Dueñas quien pide al prelado en lugar de Arzobispo la deje quedar, deducimos que por ser experta en temas económicos. La ya última noticia es de 1648, cuando se arregla la azotea "que está en el patio de las señoras abadesas". En la misma página del manuscrito, se señala la muerte de la redactora y que no hubo quien siguiera su obra, que no se reanudará hasta el año 1768, es decir 120 años después.
El siglo XVIII: Ultimas noticias sobre un Patronato fundado por Juan de Mesa. La nueva cronista, cuyo nombre ignoramos, no comienza su labor hasta el año 1768 y no va a ser tan prolija como su predecesora. Aprovechando esta falta de noticias del siglo y a propósito de que es en los años 1722-1723 cuando se tienen las últimas sobre un patronato fundado por Juan de Mesa -denominado ahora "el mozo"- el año 1522, resumimos aquí los datos obtenidos sobre dicho patronato, recogidos en tres legajos existentes en Sto. Domingo el antiguo. El primero trata de la fundación por testamento, otorgado el 26 de febrero de 1522, ante el escribano público Pedro Fernández, "en la collación del Salvador en el mesón de los Peros", de una Capellanía. Por este testamento "Iohan de Mesa, hijo legitimo del bachiller Ioan de Mesa et de Maria Bolaños, su mujer, difuntos que Dios aya", manda que cuando ocurra su fallecimiento lo entierren en las Dueñas, "en la sepultura en que esta enterrado el dicho bachiller Ioan de Mesa mi señor padre", y ordena se digan por él tres treintenarios de misas "et se pagen por los dezir lo que es costumbre". También han de decirse por su alma "las treze misas de luz rezadas" y dar una serie de limosnas: a la parroquia del Salvador, por los sacramentos que en ella recibió y espera recibir, a Sta. María de la Sede, a la órdenes de la Merced y Trinidad, para redimir cautivos, y al hospital de S. Lázaro. Dota también con 8.000 marvedíes de renta al año la capellanía que funda, por la que deberán decir "veinticinco misas rezadas cada mes" y todos los domingos del año una misa cantada en honor de la Concepción de Nuestra Señora, "con diacono e subdiacono, organos e sermon e responsa con agua bendita". Nombra por patrón a la entonces abadesa Dña. Catalina de los Ríos, y luego a quienes le sucediesen en este cargo y manda a los albaceas vendan sus bienes para cumplir el testamento. Juan de Mesa declara tener dos hermanas monjas en el monasterio: Dña. Leonor de Mesa y Dña. Catalina de Bolaños, a quienes mientras vivan han de darse 3.500 maravedíes, y celebrar solamente la mitad de las misas por él mandadas. Sus hermanas y su tío Juan de Bolaños son los albaceas que deberán hacer cumplir su voluntad.
No sabemos para qué fin, el año 1618 -3 de septiembre- el entonces capellán perpetuo de esta capellanía, "Joan Caro de Texeda, clérigo", comparece ante el licenciado Pedro de Alanís y Barrionuevo, teniente de asistente de la ciudad, manifestándole "tenían necesidad de un traslado del testamento por el cual Juan de Messa", difunto, "había fundado la capellanía". Pagados los derechos -doce ducados- le entrega la copia Juan Gallegos, sucesor entonces de la escribanía de Pedro Fernández, ante el cual había sido otorgado el testamento en 1522.
Al llegar aquí queremos hacer un inciso: el escultor Juan de Mesa, nacido en Córdoba en 1583, se traslada a Sevilla, muertos sus padres, y entra en el taller de Montañés en 1606. Se casa en 1613 y muere en 1627. Puede ser casualidad que el año 1618, viviendo en Sevilla, pida una copia el capellán Juan Caro, del testamento de otro Juan de Mesa, fundador de su capellanía, pero quizás estas noticias indiquen dos cosas: que lo atribuido a Montañés en las Dueñas fuese realmente obra de Juan de Mesa, desconocido hasta época muy reciente -1882- y cuyas obras, hasta entonces, se atribuían a su maestro, Montañés, y también los orígenes sevillanos de la familia de este escultor.
El último de los legajos referentes a esta capellanía -ahora se dice fundada por Juan de Mesa "
el mozo"- es de los años 1722 y 1723. El entonces capellán de ella, D. José Florencio Romero, una vez concedidas las debidas licencias por la comunidad de su visitador, D. Jerónimo
Nicolás
de Castro, cede al convento un solar y las ruinas que en él existen, propiedad de la capellanía, situados "
en la esquina de la plazuela del Buen Suceso" a cambio de un tributo perpetuo anual de 22 reales y 2 maravedíes de vellón. El convento se compromete a labrar allí una casa, que deberá estar siempre en buenas condiciones de habitabilidad, para lo cual el capellán, o quien él mande, tendrán derecho a visitarla.
La escritura entre las partes se firma el 4 de febrero de 1723 y se dice hacer esta operación a petición del capellán a la abadesa, para que, habiendo dinero en el convento para hacerlo, no se pierda la capellanía. Esta es la última noticia que se tiene de ella.
Siguiendo con la historia del convento en el XVIII, sólo tres noticias nos da la nueva historiadora. La primera se refiere a la donación en el año 1768 que hace a la comunidad el canónigo lectoral D. Francisco Villar, de "la Verónica que está en el coro bajo", costeando también el retablo y la gotera del crucifijo.
Del año 1777 es la segunda de las noticias. Un catalán, D. José de Casas, hace el órgano del coro alto. Previene que, por muchos años que pasaran, no consintieran le clavaran o desclavaran nada, solamente sería preciso afinar clarines y orlos, y si a fuerza de años se destemplaran, "quitarle por de dentro el polvo de los caños". Por último, en 1788, el 12 de agosto, el Marqués de Villamarín dona una caja con reliquias que se colocan "en el altar de Ntra. Sra. de la Concepción y nuestros padres S. Benito y S. Bernardo".
El siglo XIX.
Entrada en el siglo: frustrada vuelta a la vida en común.
La entrada en el siglo XIX coincide con la exaltación al trono pontificio de Pío VII, a quien escribe con este motivo la comunidad. Al año siguiente, una religiosa hace un legado para que se compren tres arrobas de aceite para la lámpara "del Señor que está pintado en la pared del noviciado alto''.
Poco va a durar el primer intento de volver a la vida en común. Se comienza "
en 30 de noviembre de 1803", con aprobación del Visitador D. Pedro de Vera. El problema fue que no todas quisieron volver a esta primitiva observancia, y pese a que se reparten las rentas del convento de modo que las que vuelven a la vida común tienen una depositaria que se encarga de administrar la parte que les corresponde de ellas, mientras que a las otras se les sigue dando lo que era entonces costumbre -consistente en carne, pan (la ración era media hogaza), aceite y carbón-. Las no partidarias de la vida en común ponen pleito a las que la observan, y el arzobispo Borbón decide suspenderla de momento y que vuelvan a la particular. Había -dice la cronista- treinta y dos monjas profesas, dos novicias y dos legas siguiendo la vida en común frente a diecinueve haciendo la particular. La vuelta a esta vida se produce el 23 de octubre de 1805.
No hubo fricciones gracias "a la humildad y obediencia", de que dio ejemplo la entonces abadesa, Dña. Gertrudis de Castilla.
La invasión francesa y sus consecuencias.
No deja de ser una visión singular la que se narra, pues sólo se habla de los detalles que conciernen a las distorsiones que la invasión causa en la vida monástica. La nota que primero se destaca es el terror que produce, pues se espera la destrucción de los monasterios.
A las Dueñas llega el 13 de agosto de 1809 una religiosa huida del convento cisterciense de Consuegra llamada Sor María Ignacia de la Purificación Zabala. Estará hasta el 4 enero de 1814, en que, acompañada de su familia vuelve a su monasterio. Aquí, "hizo varios oficios, de campanillera, y dulcera, y en todo cumplió muy bien".
Narra también la entrada de los franceses en la ciudad, y que por miedo a las atrocidades que se contaban de las tropas, salen las monjas a ocultarse en casa de sus familiares. Las que pueden, marchan a Cádiz y Portugal. De las Dueñas, una sola se va a Cádiz y cuatro a Portugal, volviendo todas ellas -sin llamarlas, puntualiza- al terminar la invasión. Las que salen a sus casas, al ver que los franceses no molestan a las monjas, el mismo día 1º de febrero siguiente, vuelven (naturalmente, de 1810).
Si bien las monjas conservan sus conventos (no ocurre lo mismo con los frailes), se ven sin embargo gravemente afectadas por las contribuciones que imponen los invasores. Según la cronista, se cargaron "eccesivamente" de modo que llevaron la mayor parte de las rentas, reduciendo el convento a la mayor pobreza. Esto, unido a la carestía de los alimentos -"la ogaza de pan blanco de tres livras costava 24 reales y el de rosca a 30, la carne estava escasa y costava la libra a 12 reales, los huevos a mas de 8 reales, el arroz a 6 reales la livra"- hace que la comunidad tenga que tomar una serie de medidas para no "morirse de hambre o salir del monasterio a mendigar por las calles". La primera que se toma es "cercenar las raciones". Se reduce al principio a una libra de pan y dos reales diarios, pero luego se baja a sólo un cuarterón de pan y, en vista de que ni aún esto era posible mantener, "se arbirró como ultimo recurso vender la plata que havia para el culto, que era mucha". "Havia un altar magnífico de plata, parecido a el de la Catedral y una custodia de tres cuerpos, primorosisima, muy celebrada de los inteligentes". Creemos ser ésta "la riquisima custodia de plata de tres cuerpos labrada por el famoso artifice Francisco de Alfaro", que Tassara nombra como una de las joyas que poseía la comunidad y cuyo paradero ignora. También se venden, lámparas, "multitud de candeleros", misales etc., "todo se vendió para dar esta ración a las monjas", y, lo que es más doloroso: se vende a peso; "pagaban -dice- a catorce reales la onza, no más".
En una de estas ventas, al traerles el producto de ella -30.000 reales- fueron decomisados "por una ronda de españoles coaligados con los franceses". La comunidad acude "al mariscal francés -Soult- y al conde de Montarco -Comisario regio- y les devuelven el dinero a pesar de que "pasó por varias manos, todas a cual peores, de avarientos, codiciosos y por decirlo de una vez, los mas famosos ladrones".
Además de estos tristes acontecimientos relata nuestra historia algo que no sabemos hasta qué punto fue realidad, pero que sin duda debió influir en que la comunidad, en lugar de unirse a la también cisterciense de S. Clemente el Real, decida marchar a Toledo el año 1912. Sucedió en el 1811. Parece que las autoridades francesas, según la cronista, "
trataron de derrivar este monasterio para hacer una plaza". Incluso hay quien les asegura que ya había comprado alguien los posibles materiales de derribo "
por muy bajo precio", aunque el proyecto no llega a realizarse, por "
averse ido de la ciudad el que estaba empeñado hacer este sitio una plazuela". El mismo año, se trata de reunir -dice- en las Dueñas a la comunidad de S. Clemente. Esta comunidad hizo "lo imposible" para que la reunión fuese en el suyo. Al fin, los franceses deciden (único dato comprobado) hacer un fuerte en el monasterio de S. Clemente. La abadesa de aquí escribe a la de S. Clemente para que se vengan, pero "
no quisieron admitir la oferta y se pasaron a Sta. Clara". Todo esto, que debió ser en su mayor parte producto de habladurías, pudo influir en cierto resquemor entre las dos comunidades, que quizás sin motivo real suficiente hacen "
lo imposible" para que sea la otra la comunidad suprimida.
Terminamos esta exposición de la vida del convento durante la etapa de la invasión francesa en Sevilla, única desde dentro de los conventos que hemos encontrado (salvo la alusión a las joyas vendidas en el de la Concepción de S. Juan de la Palma), por lo que nos ha parecido interesante relatarla con todo detalle. No es difícil concluir que lo mismo que aquí debió tener que hacerse, para subsistir, en todos los demás, por lo que deducimos que entonces, pese a la no supresión de las órdenes femeninas, debió comenzar la decadencia económica de sus conventos.
La abadesa que gobernó las Dueñas durante estos difíciles años fue Dña. Manuela Ventura y Martínez, y, vuelto el rey el año 1814, la comunidad le felicita por carta, que Fernando VII agradece. También escriben a Pío VII, que vuelve al Vaticano del cautiverio a que fue sometido por Napoleón.
El trienio constitucional y la desamortización de Mendizábal.
No pasan desapercibidos tampoco los sucesos ocurridos en España durante el trienio constitucional (1820 - 1823). Se anota en 1820 que hacen jurar al rey la Constitución y se coloca el 10 de marzo la placa que se había arrancado en 1814 y también que el 13 de junio de 1823 se vuelve a quitar la lápida de la Constitución. Durante estos tres años, "nos cargaron muchas contribuciones y también trataron de reunión por dos veces... Dieron también un decreto dando facultad a todas las monjas para que saliesen y mandando que se fijase en el sitio más público del monasterio y así se hizo". Además lo hacen leer a la comunidad. Añade que estas medidas se hicieron cumplir en todos los conventos, pese a lo cual, de aquí no salió ninguna, y de otros "algunas, aunque pocas". Fijan el decreto "en el patio del palacio".
Pasados estos tres años, sin duda mejora algo la situación económica conventual y se hacen diversos gastos. El 8 de diciembre de 1823 se estrena un manifestador nuevo, para sustituir al altar de plata vendido durante la ocupación francesa de Sevilla. Cuesta el nuevo manifestador 139.160 reales. También se estrena este mismo día una cajonería para la sacristía "
de caoba enchapada y sus espejos y tarima": supone un gasto de 3.866 reales. En 1824 (19 de marzo) se estrenan dos confesonarios, hechos con muebles que se tenían de un embargo, y, pocos días más tarde (24 de marzo) dos arañas de cristal, esmalte y hojalata para los ángeles lampareros. Estas arañas y el manifestador las hace D. Manuel Villarica, mayordomo del convento.
Y ya comienza la última etapa de este monasterio. En 1841 se relata lo ocurrido en 1837. Con una sola frase: "despues de avernos quitado todas las rentas y caudal en febrero de 1837...", parece que "en 841 (1841) se empezó a desir y temer con algun fundamento, nos querian echar de nuestros conventos, aviendo sospechas fuera con tropelía". Se produce entonces una triste historia. La abadesa, Dña. Catalina Pacheco, entrega, por miedo a lo que pueda ocurrir, a persona de toda su confianza "las alhajas y plata del culto que todavia quedaba en el convento". Resultó la persona infiel a la confianza que se había depositado en ella, y empeñó en su provecho todas las joyas entregadas en el Monte de Piedad. Después de un largo pleito en que se gastaron 18.233 reales, la comunidad recobra todo lo perdido en octubre de 1848. No se dice cuáles fueron "la prendas rescatadas", "porque todo consta de los documentos", que quedan archivados. Es posible el pago de este pleito para rescatar las joyas gracias a la herencia de una religiosa (15.000 reales) poniendo la abadesa lo restante, "de lo que a covrado de las pagas de las muertas".
La larga agonía del convento
El último de los legajos dedicado a la historia del convento comienza a escribirse el año 1868. Se titula "Memoria de la Sta. Comunidad de Sta. María de las Dueñas de Sevilla" y comienza así: "En el año 1868, sabado 10 de octubre a las cinco de la tarde, con motivo de la Revolucion fueron reunidas esta comunidad de las Dueñas en el monasterio de Sta. Paula, Orden jeronima; siendo priora Rda. Trinidad Dia". Con más detalle se narra esta llegada en el libro de actas de Sta. Paula. La clavera certifica la entrada clausura de las veinte religiosas que entonces componía la comunidad de las Dueñas, de la que era abadesa Sor María de los Reyes Morales. Las acompañaba D. Antonio Rodríguez Moreno, canónigo magistral de la S.I.C, el Visitador general, D. Fernando Martínez Conde, y el párroco de S. Juan de la Palma, D. Juan Reina. Aquí permanece durante nueve años. Durante su estancia muere la abadesa y siete religiosas más: se conserva en Sta. Paula una lápida bajo la cual están enterradas estas ocho religiosas, y también el acata levantada el día de su marcha: "el 24 de agosto del año de fecha (1877) a las cuatro de la mañana salieron de este monasterio la comunidad de religiosas de Sta. Maria de Dueñas", acompañadas del párroco de S. Román, D. Francisco Garcés, el secretario de la visita de las religiosas, D. Manuel de la Oliva, el sacerdote D. Manuel Caldera, y la Marquesa de S. Gil. Se apunta como en el acta de entrada el nombre de todas las religiosas, que ahora han quedado reducidas a doce, siendo abadesa Sor María de la Salud Mellado y Romero. Esta acta la firma la clavera de Sta. Paula, Sor Aniceta del Patrocinio Olavarría.
La comunidad de las Dueñas sale de Sta. Paula para trasladarse a S. Benito de Calatrava, antigua residencia de los caballeros de esta orden, cuya casa e iglesia "
con rectísima intención y con una benignidad de eterno agradecimiento" les concede el prelado de la diócesis. El edificio estaba en malas condiciones, y hay que repararlo y conseguir agua potable -que no tiene-. Para todo esto la comunidad tiene que recurrir a "
personas piadosas" y vender "
lo que nunca hubieramos enagenado ni aun para alimento de nuestro cuerpo: vasos sagrados, viriles, ornamentos y relicarios y contrajimos crecidas deudas que no hemos podido satisfacer". Pero la casa no reúne las condiciones adecuadas. por la proximidad al río -se arriaba casi todos los años- y sus cimientos estaban en malas condiciones. También sienten el alejamiento "
del domicilio de ilustres y honrados bienhechores". Durante su estancia aquí muere una religiosa, pero entran cinco. Después de siete años, el 15 de octubre de 1884 se trasladan a una casa de la calle Lista, nº 12, comprada por la entonces abadesa Mª Jesús Pichardo, "
no muy grande, pero estaba junto a la iglesia de Montesión, que fue de los Padres dominicos, exclaustrados, y tomando salida de la casa por medio de un pedazo hicieron el coro que era hermoso y muy alegre". Por desgracia en la calle Lista se encuentran con la misma dificultad de S. Benito de Calatrava, que les habían ocultado: se arrían los cimientos y tiene que pasar al coro y refectorio por borriquetes. Están aquí hasta el año 1909, entrando durante este período nueve religiosas más y cinco hermanas. Tienen que abandonarla porque, debido a las riadas y temblores de tierra, la casa sufre mucho, y, al ser reconocida por el arquitecto de la Mitra, éste comunica al cardenal Almaraz el mal estado en que se encuentran. Ahora se trasladan a Sta. Inés, cuya abadesa era la M. Gil de Sta. Cruz.
La casa de la calle Lista se vende el 25 de septiembre de 1911 en 160.000 reales, pero les entregan en efectivo solamente 28.000, pues el resto se los reserva el comprador para pagar derechos del Estado producidos por el fallecimiento de la M. Sor Isabel Giménez, que figuraba como propietaria, "más los gastos de la venta".
Pasados casi tres años en Sta. Inés, y sin esperanza de encontrar nueva casa, pues aunque acuden al prelado para que les ayude, éste dice no tener medios para hacerlo, reciben una carta de la abadesa de Sto. Domingo de Silos (el antiguo) pidiendo a la abadesa de las Dueñas que mande 2 ó 3 religiosas con buen espíritu, por tener entonces aquel monasterio solamente once religiosas. La contestación es que o van todas, o ninguna, y al decirles que eso era lo que deseaban, emprenden viaje, el 9 de mayo de 1912. Llegan a Toledo el día 10, por la mañana, día que podemos considerar como el de la extinción del monasterio.
Vicisitudes del edificio, una vez desalojado por sus moradoras.
Con una rapidez extraordinaria se va a demoler casi totalmente el convento. Recordemos que la salida de las religiosas hacia Sta. Paula, entre gritos agresivos, se realizó el 10 de octubre de 1868. Pues bien, en un certificado del Cabildo municipal con fecha 17 de octubre el Sr. Casanova expone "
que tanto para amparar a un crecido número de jornaleros que carecían de trabajo, como para completar la reforma emprendida por el concejo al demoler el ex-convento de S. Felipe de Neri, se principió a derribar el de las Dueñas luego como la evacuaron las monjas acojidas a este monasterio". El alcalde encarece la urgencia de la mejora "
por deber de ensanchar el tránsito lóbrego y angosto que formaban los muros elevados de ambos edificios por sus cuatro esquinas a la calle Gerona", reconoce que autoriza a obra "
para mantener ocupados a los braceros (empleados municipales)
hoy sin empleo en sus tareas ordinarias'" dispone que "
este gasto se cubriese con el producto de la venta de los materiales procedentes del derribo o en su defecto, se librara del capítulo de imprevistos".
Con la misma fecha del anterior -17 de octubre- en otro certificado, se leen las instrucciones sobre la parte del edificio que debía ser demolido. En total se harían tres cortes: "el primero, en el trozo del edificio lindante con los jardines de D. Fernando Halcón y Mendoza, para prolongar su fachada en dirección recta hasta el ángulo más saliente de la iglesia del referido monasterio, o sea a la izquierda del altar mayor en la calle de la Inquisición", el segundo, más pequeño, "desde la puerta de entrada de los libratorios de las Madres, en la calle Gerona", y el tercero, "de cinco o seis varas de latitud, en el muro contiguo al convento de la Paz en sentido paralelo a la línea primeramente descrita". Se trata como vemos de ensanchar el último tramo recto de la calle Inquisición -hoy Dña. María Coronel- y también la calle Gerona (antes Sardinas).
Termina diciendo el certificado que, a pesar de esta precisión en lo que debía ser derribado, cuando el Sr. Casanova, visita el lugar, ve "con asombro", que desatendiéndose por completo sus mandatos, aparecía destruido "la mayor parte del edificio, disminuyendo considerablemente su valor en venta, por habérsele privado sin necesidad de suntuosos locales y aumentado los costos del derribo". Volviendo atrás unos días, hemos de aclarar que el expediente abierto sobre el indebido derribo de las Dueñas -único de los conventos incautados por la Revolución de septiembre del que no se levanta acta de incautación-, se incoa ante la reacción pública que provoca su bárbara destrucción y la desaparición. Dios sabe de cuántas obras de arte -retablos, imágenes, cuadros, etc.- que atesoraba. Es tal el escándalo, que el Ayuntamiento decide aclarar el tema y pedir responsabilidades. Naturalmente, el expediente las aclara, pero lo perdido, ya no tiene remedio.
Resumiendo, las prisas por derribar el edificio se deben al "excesivo número de braceros que clamaban por trabajo al municipio". Así lo dice el alcalde, D. Juan del Castillo, al urgir a D. Joaquín Casanova, encargándole se ponga rápidamente de acuerdo con D. Laureano de la Concha, presidente de obras públicas del Ayuntamiento para que decidan que partes de edificio se deben derribar. Las monjas dejan el convento en la tarde del sábado 10 de octubre y el derribo comienza el lunes, día 12, y es que el mismo sábado 10, "se invirtieron de las arcas de propios 5.468 reales", y, "aún así son todavía muchos los que imploran la caridad del Ayuntamiento". Lo que "apetecen" y piden, es pan. Todo esto lo dice el alcalde.
D. Joaquín Casanova y D. Laureano de la Concha intentan conciliar la necesidad de dar trabajo con los posibles beneficios de la venta del edificio, "teniendo en cuenta que se vende mejor lo edificado que lo derribado, y el costo del derribo" (para nada se habla del valor artístico).
Será D. Joaquín Casanova, "iniciador de la reclamación de los abusos", junto con D. Teodoro Muñoz, "ecónomo de la corporación'', y D. José Gabriel Domínguez, secretario, los encargados de aclararlos. Toman declaración al arquitecto municipal D. Manuel Galiano y al aparejador D. Juan José Barrera. El arquitecto reconoce bajo juramento estar informado de los cortes que debían hacerse al edificio y dice haber dado órdenes al aparejador, quien distribuyó las cuadrillas de obreros. Reconoce que poco después de retirarse el Sr. Casanova del lugar lo hizo él, no volviendo hasta el jueves -tres días después- y este día no entra pues al preguntar si hay novedad le dicen que no. Al interrogarle sobre cuáles fueron las causas del exceso, declara que los operarios no obedecían al jefe y "derribaban por donde les parecía a su capricho''. A la pregunta de cuántos obreros trabajaban en el derribo, contesta que el lunes -día del inicio- eran 150, "elevándose después el número, de 450 a 500". Este número, a todas luces excesivo e incontrolable "fue para atender a los que llevaban tarjeta de los alcaldes de barrio e individuos del ayuntamiento y de la junta revolucionaria, cuyas recomendaciones tenían orden de atender porque así lo dispusieron sus jefes''.
La comisión, una vez inspeccionados los derribos, resuelve y aunque dice haber versiones diferentes, está claro que el arquitecto municipal D. Manuel Galiano es el principal responsable "
de los daños y perjuicios irrogados por el escandaloso abuso cometido en los derribos de las Dueñas''. Es destituido el 26 de octubre.
En una certificación acerca de lo vendido en el derribo de las Dueñas -recordemos se había programado pagar a los trabajadores con esta venta- se apostilla: "advirtiendo que no dejaría de haber desaparecido algunos enseres en los distintos tumultos de los trabajadores y en diferentes fracturas ocurridas en los candados o cerraduras de las habitaciones". También dice que aún hay sin vender "algunos restos de tableros y relieves dorados" y reconoce que los gastos "habrán de subir a un guarismo no exiguo" por haber obligado la necesidad a admitir a mayor número de obreros que el necesario.
Por si las circunstancias no hubieran sido lo bastante adversas para el edificio, el 3 de diciembre se suprime la guardia de milicia ciudadana "existente en los derribos de las Dueñas y S. Felipe", "por imponer el pago de haberes un gravamen no exiguo a los escasos recursos de propios", señalándose solamente dos guardias municipales nocturnos a este fin.
Del celo que ponen los trabajadores en el derribo, nos da una idea las quejas de un colindante, gracias a las cuales sabemos un dato más sobre el desaparecido convento de la Paz, con el que lindaba una manzana de las dos incompletas que ocupaba las Dueñas. D. Joaquín Casanova -sin duda el mismo munícipe encargado de determinar el año anterior la parte del convento que debía derribarse, "propietario del ex-convento de la Paz, lindante por la espalda con los derribos del convento que fue de las Dueñas"- pide el 28 de febrero de 1869 que le paguen los deterioros que su finca sufrió a causa de ellos. No sabemos si lo consigue, aunque apostaríamos que no.
En el boletín del miércoles 2 de junio de 1869, sale a la venta el convento, haciendo tres lotes. El primero comprende el núcleo primitivo lo deducimos por sus límites: calle Gerona (por donde se entraba), plaza del Espíritu Santo y calle de las Dueñas. Su superficie: 2.634 mt2, "distribuidos en grandes patios, habitaciones, iglesia, parte en ruina y el resto demolido". En el lote no entran los azulejos "que por su mérito artístico son dignos de conservarse en el museo provincial''. De la superficie se ha descontado ya "la nueva calle''. El precio en venta: 36.425 escudos, o bien 730 en renta.
El segundo lote -1.848 mts2., 40 dcms.- es el colindante con el ex-convento de la Paz, lindando además con Bustos Tavera, Gerona y casas de la calle Inquisición. Se tasa en 12.840 escudos en venta.
El tercer lote, con entrada por la calle Gerona, "linda a la derecha con casas de esta calle, por la izquierda con Dña. María Coronel y por su posterior con un jardín de esta misma calle". Mide 970 mts., 49 dms., y se tasa en 6.570 escudos -en venta- ó 365 en renta.
Creemos que Francisco Domínguez Carrasco, citado por Suárez Garmendia como comprador del convento en el año 1871 y que ese mismo año construye casas en su solar, debe serlo solamente de uno de estos tres lotes. Pero debió venderse todo y pronto. Lo deducimos de la "exposición" ya citada que las monjas de las Dueñas, residente entonces en S. Benito de Calatrava, envían al Director General de propiedades y derechos del Estado el 8 de diciembre de 1879, escrito realmente patético en el que no piden se les devuelva el convento -que no existe- sino "indemnización", para "ver el modo de ampliar su actual residencia". Nada consiguen. No sabemos si cobrarían las "ocho mil cincuenta y dos pesetas" en que el Ayuntamiento valora los 847 m2 incorporados de su solar a la vía pública, indemnización acordada en sesión de 22 de febrero de 1884, y de cuyo acuerdo, existe un certificado expedido el 21 de enero de 1885.
Destino de los retablos y objetos artísticos que atesoraba el Convento.
Como "borrón indeleble de la historia de las bellas artes, con mengua del nombre español", califica la comisión de académicos de Bellas Artes la bárbara destrucción del convento de las Dueñas. Su informe está fechado el 8 de noviembre, lo que parece nos da pie para pensar que, en este caso al menos, no se procedió con la urgencia necesaria. mucho más si pensamos que era conocida la riqueza artística del convento, aunque reconocemos que no hubo mucho tiempo entre la marcha de la comunidad -sábado por la tarde del 10 de octubre- y el comienzo del derribo el lunes día 12.
Tassara recoge el informe que hace la comisión de académicos sobre lo que allí quedaba todavía, después del desastre, y debía salvarse y llevar urgentemente -¡ahora!- al Museo. Afirman que se han vendido como leña dos artesonados "ponderados por los escritores de nuestras antigüedades". Se refieren a los que cubrían el salón llamado de Isabel la Católica y el de la escalera. Dicen también que retablos atribuidos a Montañés han servido para alimentar hogueras.
En cuanto a los retablos de su iglesia -de la que publica una fotografía en la que se ve prácticamente destruida- nombra una serie de "fragmentos de retablos" o medallones, procedentes del retablo mayor -que erróneamente atribuye a Montañés- llevados, en este último caso al Museo, y con los que se compone, en el primero, varios retablos: cinco, existentes en Sta. Marina, hasta que perecieron en el incendio de esta iglesia el año 1936, y con trozos de otro "buen retablo", llevado primero a S. Marcos, se hace el dedicado a Sta. Teresa, situado en la capilla de S. Francisco de la Catedral.
Recomienda también la comisión llevar al Museo "el zócalo que forma los asientos del coro bajo" y "todos los santos pintados en azulejos del patio principal" y, por un oficio dirigido al provisor del Arzobispado, firmado por el presidente D. Miguel de Carvajal, insta a la autoridad eclesiástica a que recoja, para poner en otros templos, los restos de retablos -que atribuyen a Montañés- pidiéndole también que acepte la colaboración de una comisión de artistas cuando llegue el caso de darles colocación. Este oficio tiene fecha de 9 de diciembre.
Pasando por alto el ridículo inventario de los objetos procedentes de las Dueñas que ingresaron en los almacenes municipales el 18 de diciembre, veamos lo recogido por el Arzobispado y su paradero.
Se nombra en primer lugar "un altar mayor dorado en mal estado e incompleto, faltándote los altos relieves que parece cogió la comisión de la academia para el Museo" (así fue), y a continuación "dos altares dorados en mal estado, faltándoles muchas piezas". En el margen se dice que todo esto se llevó a Sta. Marina, y ya sabemos que con todo ello se hicieron cinco retablos, hoy perdidos.
A Castilleja se va "
un altar pequeño, pintado de jaspe y medias columnas". Por el recibo que firma el párroco el 16 de enero de 1869 sabemos lo era de la iglesia de Ntra. Sra. de la Concepción y va, junto con otro de madera sin pintar, procedente del convento de Sta. Ana. Otro que no figura en el inventario, dorado, lo pide el párroco de la iglesia de Santiago, también de Castilleja. Se le entrega el 9 de abril de 1869 (lo pide el 12 de noviembre de 1868). No abemos si se utilizó como retablo mayor, pues en la petición dice necesitar "
un retablo no grande de dimensión, pues el actual es viejísimo, raquítico y miserable para la categoría de la iglesia", declarada matriz -dice- hace dos años. Debido a los escasos datos sobre estos retablos, no hemos podido identificarlos. Figura también en el inventario otro retablo pequeño "
pintado y algún dorado, destrozado", que se lleva a Mairena del Aljarafe. Dos pequeños, "
uno pintado que estaba en la puerta del coro" y "
otro también pequeño, dorado, destrozado" se conceden a petición de la Sra. Rull, de Cartaya. El cura del pueblo firma el "recibí" el 12 de febrero de 1871. Dña. María Cordero Lucena, de el Puerto, se lleva "
un altar pequeño, también dorado". Y a otro señor -de nombre ilegible- se le entrega "
un altar pequeño dorado que se encontraba en el coro".
Incluye también el inventario citado una serie de objetos, procedentes del convento, con los siguientes destinos: "dos ángeles lampareros muy rotos", a S. Hermenegildo, "cuatro atrileras de un pie", a la Rinconada, y a S. Lázaro "2 triángulos del monumento", "un tabernáculo pintado figurando piedra" y varias cornisas que suponemos pertenecían a retablos destrozados.
En una carta que la M. Dolores Márquez escribe a D. Francisco Florens, encargado de los objetos de culto de las iglesias suprimidas, fechada el 13 de julio de 1869, dice: "ya ve Vd. que hemos elegido el altar de las Dueñas que era destinado a S. Juan Bautista, porque hace mucha falta en esta iglesia".
De otros dos retablos, encontramos la petición y con cesión, aunque no la firma del recibí. Uno de ellos "sin efigies" lo pide D. Manuel León Villalobos el 4 de diciembre de 1868, y se le concede el día siguiente. El segundo "que se encuentra en el que fue coro del Monasterio de las Dueñas" lo pide Dña. Amparo Cortés y Luna, directora del colegio de señoritas de la Inmaculada Concepción, en la parroquia de Sta. Cruz, pero este altar lo pide luego Dña. Francisca de Borja Rull que tenía "afecciones a la extinguida iglesia de religiosas de las Dueñas" y dice que Dña. Amparo "la actual poseedora" no tiene inconveniente en cedérselo. Ignoramos si se hizo este traspaso.
En la petición de un órgano que hace el cura de Mairena del Aljarafe leemos: "
y como quiera que los que pertenecieron a las Dueñas hayan sido destruidos...".
También, desde Sta. Paula, la comunidad hará una serie de peticiones reclamando objetos de propiedad particular de las religiosas. El 3 de noviembre de 1868 Sor Juan Osuna, monja de las Dueñas "hoy en Sta. Paula", pide una imagen de la Virgen, con el Niño en brazos, de tamaño natural. Se le contesta que "no aparece". La abadesa, Sor María de los Reyes Morales Gallegos, el 20 de noviembre reclama varios cuadros, dos retablos "del interior del claustro de dicho monasterio", "una efigie de Ntra. Sra. del Rosario", que dice estar en el convento de la Purísima Concepción de S. Juan de la Palma, parte del órgano, las campanas y una pila de mármol. En la solicitud figura un "entréguese" con recha 17 diciembre de 1868.
El 5 de diciembre, la abadesa y comunidad piden "dos altares dorados que están en el coro bajo y fueron costeados por una religiosa", que necesitan "para las imágenes que los ocupaban". Se les conceden el día 9. También piden varios cuadros. De ellos figura "no se ha hecho la entrega", aunque se acuerda hacerla el 12 de diciembre. En total, son cuarenta y ocho los cuadros reclamados.
Para terminar, reproducimos la lista de los objetos procedentes de las Dueñas que todavía existen en Sto. Domingo el antiguo de Toledo.
I. La Virgen de la Antigua (siglo XIV, alabastro cromado).
II. Nacimiento grande, compuesto de seis piezas de madera estofada (siglo XVIII).
III. Dos Niños Jesús de talla.
IV. Vacío de plomo del Niño Jesús (atribuido a Montañés).
V. Niño Jesús de Barro.
VI. Ecce Homo grande.
VII. Ecce Homo pequeño.
VIII. Imagen de la descensión del Señor de la cruz a brazos de la Virgen.
IX. Anforitas de plata con flores de abalorios y otras cuentas (siglo XVIII).
X. Macetitas de plata con flores de abalorios y otras cuentas (siglo XVIII).
XI. Algunos candelabros.
XII. Cuatro blandones grandes de madera con pan de oro (siglo XVIII).
XIII. Jaulita de nogal con alambritos de plata (si o XVI).
XIV. Algunos cálices y ornamentos sagrados. Del palio -muy rico- se hizo un terno.
XV. Cogulla negra de S. Benito, bordada en oro.
XVI. Cogulla negra bordada en oro, de Sta. Gertrudis.
XVII. Cogulla blanca bordada en oro, de S. Bernardo.
XVIII. Manto pintado de la Virgen de la Antigua, representando la aparición de ésta al pastor.
XIX. Cuadro del Nazareno (Señor de Completas).
XX. Imagen pequeñita de la Virgen del Amparo.
XXI. De las tablas del órgano se hizo un confesionario.
Esta relación está hecha por las actuales religiosas de Sto. Domingo el antiguo, quienes recuerdan se habían vendido algunos objetos más procedentes de las Dueñas para poder subsistir después de la guerra de 1936.
Descripción del edificio.
La iglesia.
"Está como todas las de las Monjas dividida por rejas para los coros y forma capilla mayor un arco grande. La techumbre de la nave es de armadura de madera". Era pues de una sola nave "no muy grande" y "su portada no tiene más que unas pilastras". González de León dice también que la iglesia estaba frente a la casa de Alba, noticia que conocíamos a través del pleito que sostuvo en el XVII el convento con el primogénito de la casa por un pasadizo que permitía el acceso directo desde ella a una tribuna de la iglesia, y que entonces se suprimió. Ya veremos que en esta calle estaba la puerta del templo, lateral y situada en el lado del evangelio.
RETABLO MAYOR
Debía ser magnífico a juzgar por los elogios de quienes lo describen, sin conocer sus autores: "de muy buen estilo" lo califica Ponz y González de León "del buen tiempo de las artes", quizás por ello fue tenido por obra de Martínez Montañés. Hoy sabemos que fue obra, documentada, de Jerónimo Hernández, quien lo contrata con la abadesa y monjas de las Dueñas el 19 de junio de 1581. No lo termina -hace la arquitectura, cuatro imágenes y varios medallones-. Su viuda, Luisa Ordóñez, traspasa, con otras obras inconclusas, a Andrés Ocampo "siete historias y cuatro figuras redondas que faltan para el retablo del Monasterio de las Dueñas", el 2 de octubre de 1586 y en su testamento, el 2 de julio de 1593, afirma tener pagados a Andrés de Ocampo "la cantidad de maravedíes en que se concertó conmigo por la escultura que me hizo del retablo del monasterio de las Dueñas"... La pintura, dorado y estofado de este retablo fueron obra de "Basco de Perea e Juan de Sauzedo", quienes otorgan carta de pago el 10 de mayo de 1590, y será Juan de Oviedo quien lo ponga y asiente. Este último da carta de pago a Luisa Ordóñez el 1 de agosto de 1593.
Por el contrato, y lo que del retablo dice González de León, podemos describirlo así: De dos cuerpos, con calles, separadas por columnas corintias. En la calle central del primer cuerpo, estaba la escultura de Ntra. Señora del Císter, titular del convento, "de bulto entero". En el segundo cuerpo de esta calle central, "un buen relieve de la Asunción de Ntra. Señora" y en el ático -"el óvalo del remate"- la figura de Dios Padre. Los relieves de la calle central eran "de bulto entero".
En las calles laterales cuatro relieves "de medio bulto" y una serie de figuras -sibilas, profetas y evangelistas-, adornando los intercolumnios.
Tanto en éste como en los pocos contratos que se conservan de retablos del convento hay una insistencia machacona en la perfección y riqueza de los ornatos "
anssi de la arquitectura como la escultura".
Los relieves conservados en el Museo representan: la Anunciación; la Sagrada Familia (ambos atribuidos por Hernández Díaz a Andrés Ocampo); S. Plácido, su degollación; una Santa Faz y un trozo de zócalo con la representación de dos santos de medio cuerpo, y ya sabemos que lo salvado de su arquitectura ardió en Sta. Marina el año 36. Desconocemos el paradero de Sta. María del Císter, que suponemos sería una de las esculturas que dejó labrada Jerónimo Hernández. Como suposición queremos aportar que debió ser una Virgen sedente con el Niño en brazos -en este caso parecida a la Virgen de la Paz del mismo autor que hoy se venera en la iglesia de Sta. Cruz- pues insistentemente, en los pergaminos miniados de profesiones de monjas, aparece una Virgen con estas características que al no recordar en absoluto a la Virgen de la Antigua -existente y de gran devoción en la comunidad- pensamos debe tratarse de versiones aproximadas a la titular del convento, Sta. María del Císter.
OTROS RETABLOS
Había tres en el lado de la epístola y dos en la del evangelio, donde además estaba la puerta de la iglesia. González de León nos proporciona noticia y lugar de todos ellos. Ponz y Amador de los Ríos sólo nombran a los dos dedicados a los Stos. Juanes, como de buena escultura, aunque de autores ignorados. Arana de Varflora destaca el altar del Sagrario.
Comenzamos la descripción de estos retablos por el lado de la epístola y el más próximo a la capilla mayor. El primero estaba dedicado a S. Juan Evangelista. Desconocemos su autor. Sólo sabemos pues que era un buen retablo a juicio de los que lo vieron.
El segundo, "de muy buena arquitectura, en el que entre otras imágenes hay dos muy buenas de los Patriarcas de la religión del císter, S. Benito y S. Bernardo". No hay noticias de sus autores. Sólo sabemos que Jacinto Pimentel se compromete a hacer el 8 de abril de 1639 una escultura de madera de cedro "del Señor Patriarca S. Benito" de vara y media, al precio de 900 reales. Parece que la titular de este retablo era la Concepción, pues así se nombra en el año 1788 cuando se colocan en él una serie de reliquias donadas por el Marqués de Villamartín. Exactamente se dice fueron colocadas "en el altar de Ntra. Sra. de la Concepción y nuestros padres S. Benito y S. Bernardo".
Del tercer retablo sabemos que "estaba dedicado a Sta. Gertrudis, imagen buena de ropas de telas".
Siguiendo el mismo orden en el lado del evangelio, se hallaba en primer lugar, y frente al ya nombrado de S. Juan Evangelista, el dedicado a S. Juan Bautista. Fue contratado el 6 de agosto de 1592 por Miguel Adán y Vasco Pereira con Dña. Elvira de Pineda, Dña. Francisca Garfias y Dña. Catalina de Ayala, monjas de las Dueñas. Tendría 6 varas y cuarta de altura y 16 palmos de ancho. Para hacerlo en el plazo de dos años. Con tres historias "de más de medio relieve": la Visitación a Sta. Isabel, el nacimiento de S. Juan v el bautismo de Cristo. Claramente dice la M. Dolores Márquez que se llevó a Sta. Isabel el retablo dedicado a S. Juan Bautista de este convento. Gracias a esta noticia, y a la reproducción ideal hecha por Palomero Páramo, lo hemo encontrado en Sta. Isabel. Ha cambiado -y más de una vez- su programa iconográfico, y hoy está presidido por un Jesús Nazareno del siglo XVIII. Procedentes de este retablo e identificados como tales por Palomero Páramo, se guardan en el Museo los siguientes relieves: Bautismo de Cristo; Herodías con la cabeza de Bautista; Predicación del Bautista; Cristo curando enfermos; S. Juan Bautista mostrando el Redentor al pueblo, y la decapitación del mismo Santo. El relieve de la Visitación, procedente también de este retablo, está en el de Sta. Teresa de la Catedral.
Pasada la puerta de la iglesia, estaba el segundo y último retablo de este lado. Era "
el altar del comulgatorio, dedicado al Corazón de Jesús". De "
un cuerpo formado por columnas estriadas de orden corintio y un ático".
LOS COROS
Situados ambos en los pies de la iglesia, sabemos que el bajo tenía un zócalo de azulejos que formaba los asientos, que merece ser incluido por la comisión de Bellas Artes entre lo que debe salvarse del convento. Aquí recibía culto la magnífica talla de alabastro policromado de Ntra. Sra. de la Antigua, del siglo XIV, que adorna hoy el antiguo e inmenso coro bajo (con cabida para cincuenta religiosas) de la iglesia de Sto. Domingo el antiguo de Toledo, dedicado ahora con el antecoro a Museo, y donde también se guarda el Nacimiento del XVIII y el cuadro del Señor de Completas, procedentes también de las Dueñas.
Sabemos que al menos tres retablos había en el coro bajo; dos los reclama la abadesa desde Sta. Paula y otro un particular. Uno de ellos, dedicado a la Verónica, había sido donado por D. Francisco Luis Villar en 1768, y en otro debía estar colocada la Virgen de la Antigua.
El convento.
Como "casa grande y magnífica con hermoso patio de columnas, etc.", describe González de León la casa matriz del convento, pero "no siendo bastante al número de religiosas, seglares y sirvientas que la habitaban, fue necesario ampliarla, y como quiera que ella sola era una manzana, no hubo otro arbitrio que atravesar calles y pasarse a las manzanas de enfrente". Se cruza la calle Sardinas (hoy Gerona) por "un arco en alto y por cima pasan a muchas viviendas del otro lado". El segundo era "un tránsito por debajo de la calle", pasando a la otra manzana donde "hay otros patios, dormitorios, corrales y otras oficinas, de modo que con estas agregaciones es uno de los más grandes de la ciudad". Si no sumamos mal, o midieron mal al hacer los tres lotes en que se dividió el convento para su venta y añadiendo los metros que se dedican al ensanche de calles, su superficie ascendía a 6.299 ms2.
No existe más descripción de todo este conjunto que la ya citada, de González de León, por la que está claro ser realmente la casa primitiva el núcleo central del convento, con la iglesia y el claustro principal, adornado éste con un zócalo de azulejos -"
santos pintados en azulejos"- que también se llevó al Museo. Este zócalo debió ser colocado en la obra realizada durante la abadía de Dña. Lucrecia Ana de Andrada, elegida para el cargo en 1632. Entonces se nombra como "
la claustra de los reyes" por las pinturas murales que tenía, en muy mal estado con este tema. Suponemos ser este mismo claustro el nombrado como "
patio del palacio". En él sabemos la existencia de al menos dos retablos -los reclaman desde Sta. Paula- uno, dedicado a S. Juan Evangelista, fue encargado por "
Dña. Elvira Maldonado, doncella residente en el monasterio"... al "
maestro escultor y ensamblador", Julián Jiménez, con quien firma el contrato el 28 de junio de 1661. El retablo se debía "
acomodar a la imagen de S. Juan Evangelista que oy esta en el dicho altar", imagen que debería "
de adereçar y ponerle su cabellera y peana". También se aprovecha "
un tablero de la cena que está en el dicho altar". Francisco de Fonseca se obliga "
a dorar y estofar el retablo" y la imagen de S. Juan "
y hacer y poner en el dicho retablo dos lienços de pintura" con los temas que Dña. Elvira le pidiere, "
porque los lienços que se an de poner en el retablo son los que sirben y estan en el dicho altar". Sería de madera de pino de flandes, con las cuatro columnas en madera de borne y los adornos de cedro, debía entregarse en la Navidad de este año y su precio fue 220 ducados. Pudo proceder de este retablo el relieve de la cena sacramental -aprovechado del retablo anterior- que el maestro Hernández Díaz nombra en el retablo de S. Francisco, de Sta. Marina, formado con elementos de acarreo procedentes de este convento y que allí se coloca en la predela. No se le pasa decir que este relieve perteneciente a su juicio al tercer cuarto del XVI, era distinto maestro al de la Natividad de S. Juan, colocado en el ático, que creemos podría proceder del retablo contratado en 1592 por Miguel Adán y Vasco Pereira.
En el claustro alto "junto a la puerta del coro alto había otro retablo en el que se veneraba el cuadro, tenido por milagroso, del Señor de Completas. Desconocemos totalmente su autor y configuración, como asimismo la ubicación y autores de otros retablos, nombrados a través de la historia del convento: el de S. José, que Dña. Isabel Guerra hace a su costa en 1619 y el de Ntra. Sra. de Consolación nombrado en la fundación de un patronato por Dña. Inés de Sotomayor, cuyas misas han de celebrarse en este altar. Y suponemos que habría muchos más, dada la riqueza, antigüedad y tamaño del convento.
Siguiendo con la descripción de la casa-palacio, más que del convento, queremos hacer hincapié en la noticia de Dña. Micaela -la cronista que comienza a redactar su historia- nos dió de que "antiguamente estaba toda la casa en lo alto como lo bajo adornada de ecelente pintura en paredes" -pintura mural, "ecelente", de un modo especial en los claustros y refectorio, y "de figuras de tamaño natural", y pese a que los azulejos -del XVI y XVII- dio la abadesa en la tantas veces nombrada "exposición"- era tal categoría que merecieron ser salvados, suponemos que muy escasa parte y llevados al Museo, no nos acabamos de reconciliar con la abadesa Dña. Lucrecia Ana de Andrés, bajo cuyo mandato, iniciado en 1632, se arregló el claustro.
También la escalera, cuyo magnífico artesonado se perdió, así como el salón, llamado de Isabel La Católica con valioso artesonado igualmente perdido, debían estar en su núcleo primitivo, y "una severa torrecilla de últimos del Siglo XV, de dos arcos para campanas con lindas medias columnas, losas estrelladas y una cruz de hierro por remate que figura en la descripción del edificio que la abadesa María de la Salud Mellado, hace en la tantas veces citada "exposición" del año 1879.
De otros patios se hace mención a través de la historia del convento: "de la puerta reglar" -debía ser el compás de entrada- en una obra de 1637, "de las señoras abadesas" y otra de 1648. Se nombra también "el noviciado alto -también lo había bajo- y otras dependencias, como lavadero y demás servicios del convento". Y, por último, el jardín, en cuya formación se compran y derriban unas casas en él.
La riqueza pictórica que debió atesorar el convento.
Aunque por falta de fuentes informativas casi no hablamos de las pinturas que con toda seguridad existían en los conventos desaparecidos, queremos recoger algunos datos encontrados, para que sirvan de testimonio de lo que aquí hubo y se perdió. El testimonio, una vez más, está recogido en la "
exposición" de la abadesa Sor María de la Salud Mellado. Después de hacer mención de la riqueza del convento en retablos, esculturas y relieves "
de esclarecidos artistas", continúa: "
Poseíamos varias efigies sueltas y sobre trescientos cuadros, muchos de ellos originales y de excelente mérito las copias, conservados algunos desde la misma fundación del convento". De todos ellos, sólo nombra una tabla, colocada en el coro bajo, "
representativa de Nuestra Señora, obra del concienzudo pincel de Antonio del Rincón, caballero santiaguista, y regalo de la ya nombrada Isabel la Católica". Tassara se pregunta, no sin cierta amarga, si no estaría incluida entre los "
diez cuadros en tabla pintados al óleo" que figuran en el inventario de lo que entra en los almacenes municipales.
Fueron cuarenta y ocho -y no sabemos si se los llegaron a entregar- los reclamados por la abadesa Sor María de los Reyes Morales Gallegos desde Sta. Paula. Se dice sólo su título y tamaño, nunca su autor.
En Sevilla se quedó, primero en Sta. Inés, y después en casa del presbítero D. José Sebastián Bandarán, un pequeño fresco del siglo XVI, de 0,49 por 0,42 cm., que representa una Virgen con el Niño en brazos. Ignoramos su paradero.
Hoy en Toledo sólo se guarda el lienzo de Nuestro Padre Jesús, llamado de Completas, y quizás, como dice Tassara, "por carecer de todo mérito artístico".
A tal extremo llegó el despojo al que fue sometido este convento, que durante su estancia en S. Benito de Calatrava y después en la calle Lista, donde se servían de la iglesia del ex-convento de Montesión, tenían en el presbiterio -Tassara lo afirma- ocho pinturas sobre tabla que les concedieron en depósito las órdenes militares, y que sin duda les debieron de devolver antes de su marcha a Toledo. ¡Habiendo poseído casi trescientos cuadros, tienen que pedirlos prestados para adornar su iglesia!
CUADROS RECLAMADOS DESDE SANTA PAULA
I. El Señor en la calle de la amargura, como de media vara.
II. Dos de Ntra. Sra. de Belén.
III. Un cuadro de S. Bernardo recibiendo el favor de la leche de Ntra. Sra.
IV. La Virgen de la Antigua.
V. Sr. S. José de dos varas.
VI. Uno chico con Jesús, María y José en piedra.
VII. Otro chico de piedra con la cabeza de S. Juan.
VIII. Una Purísima como de a vara.
IX. Dos cuadros de Ntra. Sra. del Rosario.
X. Dos Vírgenes de Guadalupe, uno como de a dos varas y otro como de a vara.
XI. Otro como de a dos varas con Ntra. Sra. del Císter y los dos Padres.
XII. Otro de Ntra. Sra. del Pópulo.
XIII. Otro de Jesús Nazareno con la cruz al contrario, como de dos varas.
XIV. Nuestro Padre S. Bernardo abrazado a un crucifijo, de dos varas.
XV. Otro del mismo tamaño con mi P. San Benito y su hermana Sta. Escolástica.
XVI. Otro del mismo tamaño con Ntra. Sra. del Císter y los dos Padres.
XVII. Otro del mismo tamaño con Sta. Gertrudis.
XVIII. Otro igual de Sta. Lutgarda.
XIX. Otro de Jesús Nazareno con la túnica blanca, de vara y media.
XX. Otro como de tres cuartas con la Santísima Virgen y el Niño Jesús dormido y S. Juan.
XXI. Nuestro P. S. Benito en el desierto, como de tres cuartas.
XXII. Otro del mismo tamaño, de S. José.
XXIII. Otro, casi del mismo tamaño de la Santísima Virgen y al lado S. José.
XXIV. Otro de S. Pedro.
XXV. Una Virgen de los Dolores en tabla redonda.
XXVI. Dos chicos en cobre de S. Antonio y S. Francisco.
XXVII. Otro de un rostro en cobre.
XXVIII. Dos de a dos varas de dos Salvadores uno de negro y otro de color.
XXIX. Dos cuadros de Sta. Gertrudis como de a vara.
XXX. Otro de Ntra. Sra. del Amor del mismo tamaño con el marco de caoba.
XXXI. Otro de un crucifijo como de a dos varas.
XXXII. Otro como de a tres cuartas de Ntra. Sra. de Guadalupe.
XXXIII. Otro de a vara de Ntra. Sra. del Císter con Nuestros Padres.
XXXIV. Un resucitado de a vara.
XXXV. Otro de a vara y media de Jesús, María y José.
XXXVI. Otro de un crucifijo del mismo tamaño.
XXXVII. Otro de Ntra. Sra. de Belén de más de a vara con el marco dorado.
XXXVIII. Otro del mismo tamaño de un Ecce Homo.
XXXIX. Dos cuadros de Ntra. Sra. de los Dolores con la corona de espinas y los clavos delante.
XL. Otro de a vara de S. Paulo.
XLI. Ntra. Sra de la Antigua coronándola los ángeles [Mª Luisa Fraga Iribarne, Conventos Femeninos Desaparecidos, Sevilla - Siglo XIX. Sevilla, 1993].
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Roberto, abad; Nació en 1024 y murió en 1110. En 1075 fundó, en primer lugar, la abadía de Molesme, y luego, en 1098, la orden cisterciense. Su fama resultó eclipsada por la gloria de san Bernardo de Claraval.
Fue canonizado en 1222.
Está representado como abad, con el báculo abacial. Sus atributos son un anillo que su madre habría recibido de la Santísima Virgen, para él, un globo de de fuego, un libro donde escribió la regla de su orden, mientras un ángel le sostiene el tintero, y las maquetas de las abadías de Molesme y de Citeaux que fundara (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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