Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Monumento al Cid Campeador, de Anna Hyatt Huntington, de Sevilla.
Hoy, 10 de julio, es el aniversario del fallecimiento (10 de julio de 1099) de Rodrigo Díaz de Vivar "El Cid", guerrero y héroe legendario castellano, así que hoy es el mejor día para Explicarte el Monumento al Cid Campeador, de Anna Hyatt Huntington, de Sevilla.
El Monumento al Cid Campeador se encuentra en la avenida del Cid, s/n, en el Barrio de El Prado-Parque de María Luisa, del Distrito Sur.
El lugar donde se eleva la estatua ecuestre del Cid es el refugio de peatones trazado por José Granados de la Vega -en 1928- en unos jardincillos entre la portada de San Diego y la Pasarela, en la avenida que tomará el nombre del Cid a partir de la instalación del monumento que la preside. Se trata de una obra realizada -y donada a Sevilla- por la prestigiosa escultora norteamericana Anna Hyatt-Huntington (conocida también como Mrs. Archer Milton Huntington, en relación con su marido), para la que contó con la colaboración del propio Granados en la definición de su pedestal.
Concebido -éste- en forma de paralelepípedo rectangular de líneas simples, exento de decoración salvo las inscripciones incisas en los sillares de piedras, destaca -sobre él, fundida en bronce- la imagen dinámica y vigorosa del héroe Campeador y uno de los caballos de más fuerza plástica de la estatuaria hispalense.
Su ubicación estuvo sometida a algunos cambios -entre ellos, estuvo depositado en la desaparecida plaza de la Virgen de los Reyes del Parque de María Luisa- debidos a la importancia iconográfica que pretendía el Comité de la I.A.E., en consonancia con su programa de exaltación de los valores simbólicos a través de las esculturas, y a la trascendencia paralela que requería el Ayuntamiento de la ciudad, en aras a desarrollar un verdadero compendio monumental, situándolos en los nuevos lugares que los planes de reforma traían consigo.
Existen dos copias de esta escultura monumental del Cid: una en San Diego (California) y otra en Buenos Aires (Argentina) (Teresa Laffita, en Sevilla turística y cultural. Fuentes y monumentos públicos. ABC de Sevilla. Madrid, 1998).
Sobre un pedestal rectangular realizado con distintas molduras en mampostería se alza la estatua ecuestre del Cid Campeador. El monumento intenta trasmitir el poder del personaje. El Cid aparece animando a sus tropas al ataque con su mano derecha, portadora de una bandera, alentando a las huestes a adelantar filas. El caballo aparece con sus patas delantera izquierda y trasera derecha levantadas, en un alarde de técnica escultórica, transmitiendo gran sensación de movimiento.
En el pedestal aparece las inscripciones siguientes:
"EL CAMPEADOR TERRIBLE CALAMIDAD PARA EL ISLAM
FUE POR LA FIRMEZA DE SU CARÁCTER
Y POR SU HEROICA ENERGIA UNO DE LOS
GRANDES MILAGROS DEL CREADOR
IBEM BASSAM"
y
"SEVILLA
GRAN CORTE DEL REY POETA MOTAMID
HOSPEDO AL MIO CID EMBAJADOR
DE ALFONSO VI Y LE VIO VOLVER
VICTORIOSO DEL REY DE GRANADA
AÑO MDXXX".
El monumento se localiza en la Avenida del Cid.
Es copia de otro que la misma autora realizó para la Hispanic Society de Nueva York (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
El Monumento al Cid Campeador fue una donación realizada por la Hispanic Society a través de su fundador Archer Milton Huntington y su esposa Ana Hyatt, la autora, con motivo de la Exposición Iberoamericana. Esta circunstancia y el contexto en el que se produce convierten esta obra de arte en un caso especial en el ámbito sevillano, puesto que el Monumento no nace dentro de un planteamiento urbanístico definido ni tampoco responde a una estrategia político-social con el fin de perpetuar un ideal de pensamiento, como era lo común en la época.
El hecho de que estemos ante un obsequio hace que las motivaciones del proyecto, así como la temática representada, estén estrechamente vinculados a la biografía de sus mecenas. Por ello, es preciso resaltar algunos datos de la vida de Archer Milton y Anna Hyatt Huntington: vinculación con Sevilla, interés por la figura del Cid, predilección por el retrato ecuestre, etc.
Como sabemos, la Sevilla previa a la Exposición Iberoamericana estuvo inmersa en un proceso de renovación urbana marcado por un deseo de renovación y cambio bajo el convencimiento de que se estaba gestando un acontecimiento importante, que cambiaría la ciudad y la expondría internacionalmente.
La elección del actual Parque de María Luisa y sus inmediaciones en el sector sur de Sevilla como recinto de la Exposición motivó la remodelación urbana de las zonas colindantes, acomodándolas como áreas residenciales o puntos de acceso a la muestra. Así pues, el espacio hasta entonces conocido como “el quemadero de la Inquisición”, comprendido entre la Fabrica de Tabacos y el Prado de San Sebastián, se vio sometido a una profunda transformación con el fin de convertir esta zona extramuros en el principal acceso a la muestra mediante la glorieta de San Diego.
Para encontrar el germen que originaría el Monumento al Cid hay que remontarse a las últimas décadas del siglo XIX, cuando Archer Milton Huntington se enamora de la cultura hispana durante un viaje a México. Su afán investigador le llevó a viajar a España, llegando a Sevilla en 1898. Aquí comenzaría su labor arqueológica en las excavaciones de Itálica e iniciaría una colección artística que se exhibiría posteriormente en la Hispanic Society de Nueva York, fundada por él en 1904.
A partir de entonces viajó en innumerables ocasiones a España, recorriendo la geografía del Cid Campeador, figura histórica sobre la que profundizó durante toda su vida. Cabe recordar que Huntintgton fue pionero en traducir al inglés el “Cantar del Mío Cid”, del que realizó un profundo análisis cultural en el que invirtió unos diez años y que fue elogiado como “brillante” por todos los especialistas españoles.
Durante este período son prolongadas sus estancias en Sevilla, interviniendo notablemente en las excavaciones arqueológicas de Itálica y Carmona y participando de forma activa en los círculos literarios de la ciudad con la edición de facsímiles de la Biblioteca Colombina. Así logró introducirse plenamente en los ámbitos intelectuales de Sevilla, entabló amistad con personajes como Jorge Bonsor, Francisco Rodríguez Marín o José Gestoso y fue elegido miembro de la Real Academia de Bellas Artes y Buenas Letras en 1902.
Contrajo segundo matrimonio con Anna Vaughn Hyatt, escultora especializada en el estudio de la plasmación artística de los animales y su anatomía. Será la propia Anna, quien reconozca la influencia de su esposo en la ejecución de la escultura ecuestre de El Cid, puesto que, aunque conocía desde joven el Cantar de Mío Cid, no fue hasta después de su matrimonio cuando profundizó en el héroe hispano.
La idea de que la Hispanic Society donase a Sevilla un Monumento en honor al Cid Campeador debió partir de la amistad del matrimonio Huntington con personajes claves en la organización de la futura Exposición Iberoamericana, como Traver o Benlliure. En esta línea será muy relevante el papel desempeñado por el Marqués de la Vega Inclán, verdadero promotor del Monumento.
Hacia 1927 realiza el prototipo de la obra, modelando y fundiendo la colosal escultura ya en ese mismo año.
La ubicación de la escultura no siempre estuvo clara. Según algunas fuentes, en un primer momento estuvo en la Plaza Virgen de los Reyes del Parque de María Luisa, siguiendo un planteamiento simbólico del Comité de la Exposición. A principios de diciembre de 1927, el Ayuntamiento encomienda al escultor Mariano Benlliure la búsqueda de un emplazamiento idóneo. La decisión dispuso el monumento en una rotonda que se crearía en la Glorieta de San Diego, justamente en la Avenida del Cid, rotulada así desde 1920.
Justo un año después, en diciembre de 1928, la figura de bronce queda definitivamente colocada sobre un basamento, concluyéndose el pedestal y todos sus detalles casi un año después.
Muchos autores consultados proponen como autor del pedestal al arquitecto José Granados de la Vega, aunque la documentación de la época indica que sus autores fueron Vicente Traver y Mariano Benlliure, limitándose la labor de Granados de la Vega al planeamiento de la avenida y de la isleta donde se encuentra.
Gracias a las cartas conservadas en Museo del Romanticismo de Madrid conocemos datos específicos de su construcción como los autores, los plazos de ejecución y la cuantía final, que ascendió a 25. 022 pesetas.
Parece ser que Mariano Benlliure esculpió la lápida de la Hispanic Society siguiendo un dibujo facilitado por Archer Huntington. Las inscripciones de las lápidas fueron ideadas por Ramón Menéndez Pidal, que serían colocadas según el criterio de Mariano Benlliure. En la documentación se indican que se realizará mediante caracteres fundidos en bronce, algo que no se llegó a culminar finalmente.
La primera de ellas alude directamente a la relación del Cid con la ciudad de Sevilla, dice así: “Sevilla, dorada corte del rey Motamid hospedó a Mío Cid, embajador de Alfonso VI, y le vio volver victorioso del rey de Granada”. La segunda es una cita de Ibn Bassam: “El Campeador, terrible calamidad para el Islam, fue, por la viril firmeza de su carácter y por su heroica energía, uno de los grandes milagros del Creador”.
La construcción del pedestal comenzó en marco de 1928 y finalizó en diciembre de 1929; su culminación fue posible gracias a Mr. Huntington, que financió todo el proceso mediante el Banco Lyonnais. El marqués de la Vega Inclán asumió la responsabilidad de promover la obra, encargándose de las certificaciones y remitir informes al conde de Aybar (Intendente de la Casa Real), designado por el propio Huntington para administrar y gestionar los trámites de pagos, etc. El contratista fue Santiago Gascó.
Desde un primer momento el Monumento al Cid llamó la atención de los sevillanos y de los visitantes de la Exposición Iberoamericana, despertando multitud de elogios. La prensa sevillana manifestaba “provoca muy buen efecto ver en la hermosa avenida esta obra de arte, que contribuye al embellecimiento de aquel paraje”. Sin lugar a dudas, fue la figura del caballo el principal atractivo de la escultura, pues es aquí donde la escultora pone de manifiesto su virtuosismo en la captación del movimiento y la definición anatómica del animal.
El Monumento al Cid tuvo un reconocimiento inmediato y le otorgó a su autora una gran fama, lo que le llevó a realizar algunas copias. La primera de ellas se encuentra en la sede de la Hispanic Society de Nueva York. Le siguen la de Buenos Aires, San Diego, San Francisco y por último la de Valencia, aunque ésta fue una copia realizada directamente de la de Sevilla por Juan de Ávalos a instancias de la Hispanic Society.
El Monumento al Cid es el resultado de una profunda reflexión de Anna Hyatt Huntington sobre la magnitud del personaje y los valores heroicos que ha encarnado su figura a lo largo de la historia. Aunque la propia autora ya conocía el poema de Mío Cid, no fue hasta su matrimonio con Archer Huntington cuando profundizó más en el héroe. Fue entonces cuando se documentó y decidió realizar un prototipo que hoy se conserva, junto a gran parte de su producción escultórica, en el Brookgreen Gardens de Carolina del Sur, un espacio que fundara junto a su marido en 1931.
La escultura muestra al Cid Campeador armado con espada, lanza con gallardete y escudo a lomos de su caballo. Desconocemos si la artista se inspiró para su composición en algún episodio concreto de su vida o quizás quiso reflejar una imagen prototípica del héroe cabalgando al mítico Babieca, que representase los valores épicos propios del personaje. Otra posibilidad puede ser que la intención de Huntington fuese la de captar el momento en el que el Cid arenga a las huestes de Al-Mutamid en la defensa de la taifa sevillana (hecho descrito en el pedestal). Ello explicaría que el héroe no portase ninguna de sus dos famosas espadas: la colada y la tizona, que recibió posteriormente.
No es de extrañar que Anna Hyatt optase por la tipología del retrato ecuestre por varios motivos. En primer lugar, podríamos hablar de su interés por la captación y la plasmación de la anatomía de animales, concretamente del caballo, el gran protagonista de su obra. También influyó en este sentido el carácter del retratado, ya que se trata de personaje histórico relacionado con la Reconquista y vinculado al ámbito militar y guerrero. Otro factor a tener en cuenta es el neoclasicismo en el que se movía la artista.
Desde un primer momento, la composición de la escultura evidencia que su autora se basó del “Cantar de Mío Cid”. Las descripciones del texto medieval sobre la fuerza y el valor del Cid quedan reflejadas en la actitud enérgica de la figura, que levanta un brazo en claro signo de esfuerzo, portando una de las lanzas con banderas, que se mencionan en el poema.
Inciden en esta idea algunos rasgos como la postura erguida del jinete, su robustez anatómica, la preponderancia del tórax cubierto con armadura y el gesto enérgico que ofrece su rostro. Llama la atención el giro lateral de la figura humana que rompe por completo la visión frontal frecuente en este tipo de retratos ecuestres (Véase como ejemplo el Monumento a Fernando III situado en la Plaza Nueva). Con este recurso, Anna Hyatt no sólo logra aportar un mayor dinamismo a la escultura, sino que además la dota de múltiples puntos de vista que enriquecen su plasticidad.
La figura del animal es, sin duda, la gran protagonista de la obra que la ha convertido en uno de los principales retratos ecuestres de Sevilla, hasta tal punto que la escultura y la zona donde se encuentra son conocidas popularmente como “el caballo”. El interés de Anna Hyatt por este tipo de animales le confiere un gran importancia al caballo, cuya postura le aporta prestancia al retratado y refuerza sus valores heroicos.
En este sentido, resulta muy ilustrativa la anécdota narrada por la propia autora sobre los elogios que hizo el rey Alfonso XIII cuando contempló el Monumento en Sevilla: “Yo siempre quise saber qué clase de caballo cabalgaba el Cid. Ahora, al ver el que usted modeló, coincido con usted en que éste es el único caballo digno de haber sido montado por el héroe castellano”.
El conjunto está envuelto por el neoclasicismo, aunque cabe resaltar la capacidad imaginativa de la artista en la introducción del movimiento y de elementos realistas y expresivos con los que consigue captar la intensidad del momento histórico representado.
ANNA HYATT HUNTINGTON
Nacida en Cambridge (Massachusetts) en 1876 dentro de una familia acomodada, hija del reputado paleontólogo, Alfeo Hyatt.
Anna comenzó su formación artística en la Art Student League de Nueva York, especializándose en los talleres y estudios de distintos artistas estadounidenses que gozaban de cierta fama. Muy importante para ella será su estancia en la Granja de Porto Bello, dónde comenzó a esculpir animales; se iniciaría así su interés por la captación del movimiento animal y su plasmación realista en la escultura, un objetivo que centraría toda su vida artística.
En 1923 contrae matrimonio con el magnate e hispanófilo Archer M. Huntington. La unión la introdujo en los ambientes elitistas y culturales del momento, colaborando con su esposo en todo lo relativo a sus colecciones y museos.
Pocos años después se trasladan a Sevilla, donde residieron durante largos periodos. La realización del Monumento al Cid y su posterior donación le aportó una gran fama en todos los niveles. La escultura fue muy admirada en su momento, despertando elogios de todo tipo y desde todos los ámbitos, hasta tal punto que el rey Alfonso XIII la distinguió con la Gran Cruz de Alfonso XII, un reconocimiento que hasta la fecha no había tenido ningún escultor.
Junto al Monumento al Cid, el matrimonio Huntington donó tras la Exposición Iberoamericana dos cuadros de Valdés Leal (originalmente fue uno, posteriormente seccionado en dos partes) al Ayuntamiento de Sevilla. Se trata de “La procesión de Santa Clara con la Sagrada Forma”, una obra que había sido adquirida por el coleccionista Jorge Bonsor y que tras la muestra los Huntington no dudaron en comprar para regalarla a la ciudad. Este acto supuso Anna Hyatt y su esposo fuesen declarados Hijos Adoptivos de la ciudad de Sevilla.
Tal fue el éxito de esta escultura, que durante los años sucesivos donó copias que se encuentran repartidas por América. La primera copia fue realizada para centrar la plaza que se abre a la sede de la Hispanic Society. Le seguirían los de Buenos Aires, San Diego y San Francisco.
Años más tarde realizó la escultura de Juana de Arco, que junto al citado Monumento al Cid, despertó el entusiasmo de la crítica artística internacional, manifestando que ambas obras eran las de mayor envergadura que jamás había hecho una mujer en la historia del arte. De hecho, hasta finales del siglo XX, el Monumento al Cid estuvo considerado como la escultura más grande realizada por una mujer en Europa.
En 1953, con 77 años de edad, comienza la que sería su obra más conocida. El grupo escultórico “Los portadores de la antorcha”, que en 1955 sería regalada a Madrid y colocada en la plaza Ramón y Cajal.
A finales de ese mismo año se produjo el fallecimiento de su marido en Nueva York, una pérdida que fue muy sentida en España por su vinculación al mundo de la cultura, de hecho Francisco Franco y su Ministro de Exteriores, Martín Artajo, enviaron sendos telegramas manifestando su pesar por tan importante pérdida. El 5 de octubre de 1973 moría en Washington. Su legado escultórico se reparte por cientos de museos de todo el mundo, sus grandes obras decoran espacios en las principales ciudades (Nueva York, Madrid, Buenos Aires, etc). Cabe destacar el Greenbrook Garden de Carolina del Sur, un espacio creado por ella, donde gran parte de su obra se exhibe al aire libre creando un espacio único donde las esculturas conviven con la vegetación en una armonía muy interesante. Días más tarde, Sevilla realizó un acto de homenaje en el Monumento al Cid organizado por el Círculo Cultural Rociero de Triana (Metis Restaura).
Conozcamos mejor la Biografía de Rodrigo Díaz de Vivar "El Cid", guerrero y héroe celebrado en El Cantar de Mío Cid;
Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid Campeador. ¿Vivar? (Burgos), 1048-1050 – Valencia, (10 de julio de 1099). Guerrero, héroe celebrado en El Cantar de Mío Cid.
Sobre el hombre que fue Rodrigo Díaz de Vivar existen dos biografías: una, la más conocida y popularizada, la tejida con los datos de la creación literaria, esto es, con el Poema de Mío Cid y el romancero; y otra muy distinta, la única verdaderamente histórica, construida con el Carmen Campidoctoris, canto coetáneo en loa de Rodrigo; con la Historia Roderici, una extensa e informada biografía escrita tan sólo algún decenio tras la muerte del héroe y cuyo autor utilizó documentos del archivo familiar del biografiado; con las crónicas y noticias árabes, especialmente las obtenidas de las obras de Ibn ‘Alqama e Ibn Bassªm, y con los documentos y diplomas coetáneos que otorga o confirma Rodrigo Díaz de Vivar. Naturalmente aquí sólo nos ocuparemos de esta segunda, dejando la primera para el mundo de la literatura y de la leyenda.
Ninguna fuente histórica o diplomática consigna el lugar o la fecha de nacimiento de Rodrigo Díaz de Vivar; probablemente vio la luz del mundo en Vivar del Cid, pequeño lugar sito nueve kilómetros al norte de Burgos, ya que todas las fuentes épicas designan a Rodrigo como “el de Vivar”, y este dato parece pertenecer al núcleo mínimo de veracidad de esas fuentes. En la aldea de Vivar, sita entonces en el extremo límite de Castilla, sería su padre un noble fronterizo, que el año 1054, tras la muerte en Peñalen del rey Sancho de Pamplona recuperaría de manos de los navarros las fortalezas de Ubierna, Úrbel y La Piedra. En cuando a la fecha de su nacimiento Menéndez Pidal la situó entre los años 1041 y 1047, mientras Ubieto Arteta prefería retrasarla hasta 1054-1057; nosotros creímos en su día deber colocarla entre los años 1048-1050 basados en el dato del Carmen Campidoctoris que califica a Rodrigo de “aún adolescente” cuando en 1067 en “su primer combate singular venció al navarro” y en su tardío matrimonio en 1074, pues, si hubiera nacido el año 1043, una soltería prolongada hasta los 31 años de edad resultaría difícil de admitir.
La ascendencia del Cid, especialmente el linaje paterno nos viene dado en la Historia Roderici remontándose hasta la séptima generación representada por Laín Calvo, aunque no sea posible probar documentalmente la exactitud de esos datos genealógicos. El linaje arranca de Laín Calvo, que no es citado en la Historia Roderici como juez de Castilla; como la leyenda de los jueces es posterior a la Historia Roderici es bien posible que la leyenda haya tomado el nombre del juez del linaje del Campeador; en todo caso es evidente que la familia paterna del Campeador no se contaba entre la más alta nobleza de Castilla. En cambio sí que pertenecía a esa alta nobleza la familia materna: el abuelo materno del Cid, Rodrigo Álvarez, fue tenente nada menos que de cinco importantes alfoces, y su hermano Nuño Álvarez subscribe asiduamente los diplomas de Fernando I, desempeñando además las tenencias de Amaya y Carazo.
Dada la categoría social de la familia materna de Rodrigo Díaz, nada tiene de extraño que éste fuera a completar su formación humana y militar en la corte de Fernando I al lado de algunos de los vástagos regios, y así la Historia Roderici nos dirá que Rodrigo fue “criado diligentemente por Sancho, rey de toda Castilla y dominador de España, que le ciñó el cinto militar”. El término nutriuit o crió excluye una relación de compañerismo o igualdad y más bien supone una diferencia de edad y de posición; en la pequeña Corte del infante Sancho crecería Rodrigo y se formaría en las artes militares y también en las letras, dentro de los límites de la época, esto es, en la escritura, y asistiendo a las actuaciones de la Curia Regia en su aspecto consultivo o judicial.
Acompañando al infante don Sancho, enviado por su padre a Zaragoza en 1063 para cobrar las parias, fue Rodrigo, quizás como paje o ya armado caballero, cuando por las mismas fechas el rey aragonés Ramiro I estaba atacando Graus. El infante don Sancho con su hueste castellana acudió en ayuda de su tributario al-Muqtadir, resultando muerto en el encuentro el rey Ramiro. La Historia Roderici no atribuye ninguna participación especial al joven Rodrigo, sólo nos dice que acompañaba al infante castellano.
El 27 de diciembre de 1065 moría Fernando I, e inmediatamente asumía Sancho el gobierno de la parte del reino paterno que le había correspondido, Castilla. A su lado estaba el joven Rodrigo que “era querido por el rey Sancho con mucho cariño e inmenso amor y que le puso al frente de toda su mesnada; Rodrigo crecía y se hacía un guerrero fortísimo y un campeador en el palacio del rey Sancho” (Historia Roderici). Según el Carmen Campidoctoris el título de Campeador le fue atribuido a nuestro Rodrigo con ocasión de su victoria en combate singular sobre un guerrero navarro, combate que creemos poder datar el año 1067. Otra lid singular del Campeador aparece recogida en la misma Historia Roderici; se trata de un sarraceno de Medinaceli, que no sólo fue vencido, sino también muerto.
No sabemos si en estas acciones bélicas de 1067 actuaba ya Rodrigo como alférez o abanderado de la hueste castellana; tenemos como más probable la negativa, pues nada nos dice sobre ello la Historia Roderici, que en cambio nos informa cómo “en todas las guerras que el rey Sancho hizo contra el rey Alfonso en Llantada (1068) y en Golpejera (1072) venciéndolo, Rodrigo era el portador de la insignia real de Sancho, prevaleciendo y destacando entre todos los guerreros del ejército castellano”.
Las victorias del rey Sancho lo condujeron a su coronación en León el 12 de enero de 1072 como rey emperador de todo el reino leonés de Fernando I, Galicia incluida; únicamente en Zamora su hermana Urraca se negaba a obedecer sus órdenes, por lo que al fin del verano de ese año 1072 Sancho, llevando a Rodrigo en su ejército, puso sitio a la plaza. Durante el asedio Bellido Dolfos dio muerte a traición al rey Sancho; nada sabemos de la intervención del Campeador en este episodio, que atribuimos más bien a la invención juglaresca. Lo que sí haría, sería acompañar al cuerpo de su Rey hasta el monasterio de Oña (Burgos) elegido por el difunto para su sepultura.
En el rey Sancho había perdido Rodrigo al señor que le había criado y que tanto le había distinguido; pero según la Historia Roderici no parece que el Campeador entrara con mal pie con el nuevo Monarca, ya que el rey Alfonso lo recibió con todo honor como vasallo y lo conservó a su lado con todo amor y respeto. Ni una sola palabra sobre la jura de Santa Gadea, emotiva escena de invención juglaresca. Alfonso VI, al aceptar el vasallaje de Rodrigo Díaz, lo unía a sí con el vínculo personal del homenaje y fidelidad, al mismo tiempo que se obligaba a protegerlo y favorecerlo; Rodrigo no era un súbdito más del nuevo rey, sino que era recibido en el círculo mucho más íntimo y reducido de los fieles y vasallos personales de Alfonso VI.
Obligación especialísima del señor era procurar un buen matrimonio a sus vasallos y a fe que Alfonso cumplió espléndidamente este deber señorial en relación con Rodrigo Díaz al procurarle el enlace con una dama asturiana, Jimena Díaz, hija de Diego, el conde de Asturias y hermana de otros tres condes, y descendiente, exactamente biznieta, del rey leonés Alfonso V, abuelo del rey Alfonso VI, del que era por lo tanto sobrina en sentido medieval como hija de prima carnal del Rey. Jimena Díaz pertenecía a un linaje de la más alta nobleza del reino. La carta de arras, datada el 19 de julio de 1074, se conserva en la catedral de Burgos, y por ella Rodrigo otorga a fuero de León a doña Jimena la mitad de todos sus bienes; esta mitad comprendía cuatro villas íntegras y parte de otras 39 sitas entre Burgos y Torquemada.
Celebrado el enlace Rodrigo acompañará el año 1075 al rey Alfonso VI en un viaje por Asturias, la tierra de su esposa, donde por delegación del Rey actuará como juez en dos famosos pleitos, uno entre el obispo y el conde y otro entre un grupo de infanzones y el mismo obispo.
Tras tres años de residencia en Castilla, el año 1079 surgirá el primer incidente grave que pudo dañar la imagen de Rodrigo ante el Rey; ese año Alfonso VI enviaba dos embajadas a cobrar las parias anuales que los reyes taifas solían abonar al Rey leonés; una presidida por el Campeador se dirigió a Sevilla, otra dirigida por el conde García Ordóñez y otros importantes nobles navarros tuvo como destino Granada. Ambos reyes taifas, de Sevilla y de Granada estaban en pugna; el de Granada, aprovechando la presencia de la embajada de Alfonso VI y con el auxilio de esta, penetra en los dominios del taifa sevillano; este reclama el auxilio de Rodrigo, que se encontraba en Sevilla.
El Campeador envió cartas a los intrusos rogándoles que por respeto al rey Alfonso desistan de su ataque, pero ellos confiando en su superioridad numérica no sólo no acceden a estos ruegos, sino que se burlaron de ellos y continuaron su avance saqueando toda la tierra hasta alcanzar el castillo de Cabra. Informado de ello Rodrigo parte de Sevilla y se enfrenta con el ejército granadino al que deshace, apresando al conde García Ordóñez y a los nobles que le acompañaban, a los que tras mantenerlos tres días como prisioneros y despojarlos de las tiendas y demás pertrechos como legítimo botín de guerra les permitió marchar libres sin rescate, mientras él victorioso regresaba a Sevilla. De este episodio, sin necesidad de que Rodrigo aumentara la derrota con afrentas innecesarias, nacería una perdurable enemistad entre el Campeador y García Ordóñez, que no dejaría de acusarlo ante el Rey de haberse quedado con parte de los regalos del Rey de Sevilla. El año 1081 el rey Alfonso había salido en campaña por tierras toledanas. Rodrigo alegando enfermedad se había quedado en su casa, cuando los musulmanes atacaron por sorpresa Gormaz obteniendo un importante botín; ante la noticia de este percance, reacciona Rodrigo y reuniendo rápidamente una mesnada sale a perseguir a los atacantes, penetra en el reino toledano y regresa trayendo consigo hasta 7.000 cautivos entre hombres y mujeres. De nuevo este segundo episodio es presentado ante el Rey como una grave imprudencia o más aún como una traición destinada a provocar a los musulmanes toledanos para que estos reaccionaran violentamente, atacaran y dieran muerte al rey Alfonso, que se encontraba entre ellos. El Rey irritado por esta cabalgada del noble de Vivar decreta su destierro; es bien posible que no le faltaran razones al Monarca, y que la cabalgada hubiera ido más allá de lo oportuno y que hubiera violado alguno de los pactos que el Monarca mantenía con los moros toledanos.
La expulsión del Reino era la pena usual cuando un vasallo incurría en la “ira del rey”; no llevaba consigo la pérdida de los bienes ni afectaba a los familiares próximos del desterrado. El Campeador podía dejar a Jimena y a sus hijos en su casa o en cualquiera de sus propiedades esparcidas a través de casi 80 villas y aldeas; en cambio sus vasallos debían extrañarse con él hasta “ganarle el pan o señor que le hiciera bien”. Por la Historia Roderici sabemos que marchó en primer lugar a Barcelona a ofrecer sus servicios a los condes de aquella ciudad, los hermanos Ramón II y Berenguer II, sin duda atraído por las aspiraciones reconquistadoras de aquellos magnates catalanes; pero no habiendo llegado a un acuerdo con los mismos, a continuación se dirigió a Zaragoza, donde reinaba el taifa al-Muqtadir, de la familia de los Ibn Hñd, que acogió a Rodrigo con gran satisfacción, pensando que los servicios del desterrado podrían ahorrarle las parias que su reino venía pagando a los cristianos desde hacía más de veinte años, ya a Castilla, ya a Aragón, ya a Barcelona.
Pero apenas llegado a Zaragoza muere el rey al-Muqtadir, dividiendo el reino entres sus dos hijos: al hijo mayor, Yñsuf al-Mu’tamin, le deja Zaragoza, y a su hermano Alfagit el Reino de Denia con Tortosa y Lérida. La guerra que se enciende entre los dos hermanos va a revalorizar los servicios militares de Rodrigo, que sigue a las órdenes de al-Mu’tamin. A su vez Alfagit recabará y conseguirá la ayuda del rey de Aragón Sancho I Ramírez y del conde Berenguer Ramón II de Barcelona. El choque de Rodrigo con los cristianos aliados del Rey moro de Lérida se hace inevitable; primeramente con Sancho Ramírez al socorrer Rodrigo con éxito a Monzón (Huesca) y luego al reforzar el castillo de Almenar, 20 kilómetros al norte de Lérida donde el Campeador se enfrenta con el Rey de Lérida a cuyo lado se encuentran el conde de Barcelona Berenguer Ramón II, el conde de Cerdaña, el hermano del conde de Urgel y los gobernantes de los condados de Besalú, del Ampurdán, del Rosellón y aún de Carcasona. Enfrentadas las dos huestes la de Zaragoza y la de Lérida con sus respectivos auxiliares, Rodrigo convence a al-Mu’tamin a que curse propuestas de paz y acceda a pagar un censo por el castillo de Almenara, pero los aliados del Rey de Lérida con una superioridad numérica aplastante rechazan todas las propuestas. No queda otra salida que el combate en el que la hueste cidiana resulta vencedora poniendo en fuga a todo el ejército de Alfagit y sus auxiliares catalanes, que sufrieron importantes bajas dejando tras de sí un inmenso botín; entre los cautivos se contaba el conde de Barcelona y muchos de sus caballeros, que fueron entregados por Rodrigo a al-Mu’tamin, que a los cinco días los dejó volver libres a su tierra.
La gran victoria de Almenar, datable el año 1082, pondrá fin a la primera campaña de Rodrigo al servicio del Rey moro de Zaragoza; al volver triunfador a la ciudad fue acogido con grandes honores y muestras de agradecimiento y respeto por el Rey y la población musulmana. Algún historiador ha querido rebajar al Campeador a la simple categoría de un mercenario; ese mismo criterio habría que aplicar al rey de Aragón Sancho Ramírez y a todos los condes catalanes que prestaban sus servicios al Rey moro de Lérida, y a los condes castellanos que aparecen en la historia participando en las discordias musulmanas luchando al lado de una de las facciones contra la otra. Ese mismo año el alcaide del castillo de Rueda (Zaragoza) se substrajo a la obediencia de al-Mu’tamin y ofreció la entrega de la fortaleza a Alfonso VI; este acudió a tomar posesión de Rueda el 6 de enero de 1083, pero las fuerzas leonesas cayeron en una terrible celada en la que murieron muchos nobles y caballeros, llegando a peligrar la propia vida del Rey. Rodrigo, que se encontraba en la región de Tudela, al tener noticia del desastre acude rápidamente en auxilio de su Rey, que lo recibe con los brazos abiertos y lo invita a regresar con él a Castilla; el Campeador inicia el regreso con Alfonso, pero pasada la emoción del encuentro Rodrigo observa ciertas reticencias, que le decidieron a no continuar el camino hacia Castilla y regresar a Zaragoza. Creemos que a partir de este momento el Campeador ya no es un desterrado, sino un caballero que no quiere cambiar la envidiable situación de que gozaba en Zaragoza por un destino incierto en Castilla.
En este su segundo período al servicio de al-Mu‘tamin, el Campeador, siguiendo las órdenes de aquel, realizará desde Monzón (Huesca) una algara de cinco días por tierras de Sancho I Ramírez sin que este monarca llegara a enfrentarse con él; otra campaña de Rodrigo se dirigirá contra las tierras de Morella, sometidas al Rey de Denia-Lérida. Estas dos campañas contribuirán a estrechar todavía más los lazos entre el Rey de Aragón y el musulmán de Lérida, hasta el punto que unidos ambos se deciden a marchar a tierras de Morella para acabar con el Campeador. Éste no rehúsa la batalla campal que tuvo lugar el 14 de agosto de 1084 y dio el triunfo total a la hueste cidiana, que puso en fuga y persiguió largo trecho a ambos monarcas, haciendo numerosos prisioneros entre los que se encontraban el obispo de Roda Raimundo Dalmacio, el conde Sancho Sánchez de Pamplona, el conde Nuño de Portugal, y otros tres notables que la Historia Roderici enumera por su nombre. Tras la victoria, el recibimiento apoteósico en Zaragoza; al-Mu‘tamin, sus hijos y los habitantes de la ciudad salieron al encuentro del vencedor hasta Fuentes de Ebro, a unos 22 kilómetros de camino, que entró en Zaragoza entre las aclamaciones de la población. El año 1085 fallece el rey al-Mu‘tamin; le sucede su hijo al-Musta‘Ìn II, pero la posición de Rodrigo no sufre ningún cambio.
El 25 de mayo de 1085 Alfonso VI incorporaba a su territorio el reino musulmán de Toledo; los reyes de taifas se alarman ante el avance cristiano y reclaman el socorro de los almorávides africanos; que pasarán el Estrecho y el 23 de octubre de 1086 se enfrentarán con Alfonso VI en Zalaca o Sagrajas (Badajoz), infligiéndole una severa derrota y poniendo en peligro las nuevas conquistas del reino de Toledo. Noticioso el Campeador de la crítica situación de su rey, abandona el servicio del taifa de Zaragoza y se presenta en 1086 ó 1087 en Toledo para ponerse a las órdenes de su señor, que le otorga el gobierno de siete alfoces: Dueñas (Valladolid), Ordejón (Burgos), Ibia (Palencia), Campoo (Palencia), Iguña (Santander), Briviesca (Burgos) y Langa (Soria). Será ahora, 1087, cuando Alfonso VI envíe al Campeador a Valencia con órdenes de asegurar en el trono de aquella ciudad a al-Qªdir, el antiguo rey de Toledo, al que el cristiano había ofrecido Valencia a cambio de Toledo. El Campeador pasa por Zaragoza donde refuerza su mesnada y se le añade el rey al-Musta‘in que también aspiraba a adueñarse de Valencia; la llegada de Rodrigo obliga a retirarse a Berenguer Ramón II que estaba sitiando la ciudad; al-Musta‘in quiere apoderarse de Valencia, pero el Campeador se lo impide alegando que sólo obedece órdenes de su rey Alfonso. Al-Qªdir honra a Rodrigo como a su salvador.
El año 1088 Alfonso VI ordenará a Rodrigo que una su mesnada valenciana al ejército real en marcha hacia Aledo (Murcia) para levantar el asedio que habían puesto los almorávides a la guarnición cristiana; la reunión entre ambos ejércitos no tuvo lugar por algún mal entendido acerca de las rutas a seguir. Este fallo fue aprovechado por los enemigos de Rodrigo para culparlo de traición y de haber abandonado al Rey en peligro; el Monarca dio oídos a estas acusaciones y declaró reo de este delito al Campeador, confiscando sus bienes y apresando a su mujer e hijos. De nada sirvieron las exculpaciones de Rodrigo y sus ofertas de probar su inocencia mediante un juramento solemne o un duelo como juicio de Dios. Lo único que consiguió fue la liberación de doña Jimena y de sus hijos. Declarado traidor por Alfonso, a partir de este momento el Campeador tendrá que sobrevivir en territorio musulmán mediante su espada; tampoco volverá a servir a ningún otro príncipe taifa, como había hecho antes durante cinco años, entre 1081 y 1086, cuando se puso al servicio del Rey de Zaragoza.
En enero de 1089 ataca por sorpresa el castillo de Polop (Alicante) apoderándose del tesoro del Rey moro de Denia depositado en esa fortaleza; este golpe de mano le permitirá invernar en la región y reforzar y sostener a su mesnada en su marcha hacia Valencia. En el verano de ese mismo año se instala en la huerta de Valencia donde es agasajado por al-Qªdir y recibido por el Rey de Lérida, que se adelanta hasta Sagunto para entrevistarse con él, sin que llegara a establecerse un acuerdo. Rápidamente el Campeador somete a todos los alcaides de las fortalezas de la zona al pago de una tributación o parias.
El gran poder adquirido por el Campeador en Levante alarmó al Rey de Lérida, que reclamó la ayuda del conde de Barcelona Berenguer Ramón II, que no podía olvidar la afrentosa derrota sufrida a manos del Cid cinco años atrás. Llegada la primavera de 1090 Berenguer se puso en camino con un inmenso ejército; el Campeador buscó el refugio de las montañas de Morella, hasta donde le seguirá el conde catalán, concretamente hasta el Pinar de Tévar Tras cruzarse unas cartas desafiantes, ambos contendientes inician el combate un día de junio de 1090; superados unos primeros momentos difíciles para Rodrigo, que fue derribado del caballo, la lucha acaba con la más estrepitosa derrota de Berenguer II que cayó prisionero de Rodrigo con otros 5.000 guerreros más. La libertad del conde y la de Giraldo Alamán fue convenida mediante el pago de un rescate de 80.000 monedas de oro; los demás cautivos tuvieron que pactar cada uno de ellos el precio de su libertad. Poco después los dos enemigos, Rodrigo y Berenguer Ramón, llegan a un acuerdo de paz por el que este pone en manos de aquel las tierras de su protectorado levantino.
El año 1091 la reina Constanza que deseaba reconciliar al Rey con el Cid, comunicó a éste cómo el Monarca proyectaba una operación militar contra Granada, sugiriéndole que se sumara a esa campaña para ganarse así el favor del Rey. Rodrigo, que no ansiaba ninguna otra cosa más que la vuelta a la gracia del Rey, partió con su mesnada hacia Granada acompañando a la hueste real, aunque con campamentos separados. La expedición no alcanzó sus objetivos y el resentimiento de Alfonso contra Rodrigo se desató de nuevo; ciertas decisiones del Campeador fueron interpretadas como fanfarronerías, provocando la ira del Rey que trató de apresar al Cid, pero este logró escabullirse, maldiciendo el haber seguido el consejo de la Reina y regresando rápidamente a Levante donde tenía asentado su protectorado. La irritación de Alfonso contra el Cid decidirá al Rey leonés a organizar una coalición para acabar de una vez para siempre con su molesto vasallo. A mediados del verano de 1092 Alfonso VI con todo su ejército se puso en marcha hacia Valencia para atacarla por tierra, al mismo tiempo que 400 naves de Pisa y Génova la aislarían y atacarían por mar. El ataque así planeado fracasó por falta de coordinación entre las fuerzas de tierra y de mar y porque el Cid había abandonado la ciudad en manos de al-Qªdir y de un visir de su confianza, mientras marchaba hacia la comarca de Borja. Desde aquí, tras enviar un mensaje al Rey proclamando su inocencia y fidelidad, manifestaba que no quería luchar contra su Rey, pero que se vengaría en los malos consejeros y enemigos suyos. Cumpliendo su amenaza desencadenó una terrible algara de represalia contra la Rioja, gobernada por su rival y enemigo el conde García Ordóñez, que no osó hacerle frente, asolando y saqueando todas las comarcas desde Alfaro hasta Haro y Nájera.
El fracaso ante Valencia y el saqueo de la Rioja habían puesto de manifiesto una vez más hasta qué punto Rodrigo sobresalía sobre todos los magnates del reino tanto por su valor y capacidad de reclutar una mesnada imbatida cómo por su habilidad política en crear y mantener un protectorado sobre Valencia y todo el Levante. Había llegado para Alfonso la hora de rendirse a la realidad y, como gran monarca y hombre de estado que era, no lo dudó un instante, y dejando a un lado, si no olvidando, los pasados conflictos, envió a Rodrigo su perdón y vuelta a la gracia real más amplia y generosa, devolviéndole todos sus bienes. El Cid se alegró sobremanera y a partir de este año 1092 ya nunca más se alteró la concordia entre Alfonso y Rodrigo.
Musulmanes de Valencia, que deseaban acabar con el gobierno de al-Qªdir y el protectorado cidiano, aprovecharon la ausencia de Rodrigo para llamar a los almorávides a los que abrieron las puertas de Valencia, asesinando a al-Qªdir el 28 de octubre de 1092. Esta injerencia de los almorávides en Valencia va dar origen al gran duelo de nuestro héroe con estos hasta entonces imbatidos africanos. Vuelto el Cid a Levante en noviembre, tras restaurar y reforzar su protectorado en toda la región comenzó a hostigar y a preparar el asedio de la ciudad de Valencia, ahora enemiga. Año y medio duraron estas operaciones hasta que finalmente el 16 de junio de 1094, tras un terrible cerco con todos los horrores y espantos del hambre, Valencia se rindió sin condiciones. Mientras el Cid asediaba la ciudad del Turia, el emir almorávide envió en enero de 1094 contra Rodrigo un enorme ejército que llegó hasta Almusafes a la vista de los asediados y que sorprendentemente retrocedió sin atreverse a atacar a la mesnada del Cid, atrapada entre las murallas de Valencia y el ejército almorávide. Este fracaso dolió enormemente al emir Yñsuf b. TªëufÌn, que pocos meses después enviaba otro segundo ejército contra el Cid, cuando éste era ya dueño de la ciudad; Rodrigo se preparó a resistir tras las murallas; las fuerzas almorávides llegaron hasta el arrabal de Cuarte e iniciaron el asedio entre bravatas y amenazas, pero la mañana del 21 de octubre de 1094, sorprendidas por una salida de los sitiados y por una emboscada tendida durante la noche, al ver perdido su campamento, presas del pánico se dieron a la fuga abandonando un inmenso botín.
Todavía volverían los almorávides sobre Valencia por tercera vez, sufriendo otro descalabro más: fue en la batalla de Bairén, cinco kilómetros al norte de Gandía, en enero de 1097. En esta ocasión al lado del Cid lucharía el infante aragonés, el futuro Pedro I, quedando aniquilado el ejército almorávide que sufrirá enormes pérdidas. Las alegrías del triunfo se verían amargadas pocos meses después el 15 de agosto cuando en la derrota cristiana muera el joven Diego Rodríguez, el único hijo varón del Cid, luchando al lado de Alfonso VI en los campos de Consuegra (Toledo). Dos años más tarde, cuando se hallaba en todo el esplendor de su poder, el 10 de julio de 1099, cinco días antes de la toma de Jerusalén por los cruzados, moriría de muerte natural el insigne guerrero que fue Rodrigo Díaz de Vivar, dejando el señorío de Valencia y su mesnada en manos de doña Jimena. Además del hijo muerto en Consuegra dejó el Cid dos hijas: la mayor, Cristina, casaría con el infante navarro Ramiro Sánchez, y un vástago de este matrimonio sería García Ramírez, el Restaurador, rey de Navarra, y a través de ella se pudo decir “Oy los reyes d’España sos parientes son”. La otra de nombre María enlazaría con el joven conde de Barcelona Ramón Berenguer III el Grande, y las dos hijas de este último matrimonio, María y Jimena, casarían con el conde de Foix y el conde de Besalú respectivamente.
Tras la muerte del Cid doña Jimena vivió dos años pacíficamente en Valencia, pero el año 1101 de nuevo los almorávides se presentaron ante la ciudad; iniciado el asedio, la mesnada cidiana resistió desde septiembre hasta marzo del año siguiente, en que doña Jimena solicitó el auxilio de Alfonso VI. Llegado este a Valencia fue acogido con la máxima alegría, pero tras analizar la situación juzgó indefendible la plaza y ordenó su evacuación, dejando tras de sí algunos incendios. Con el rey Alfonso abandonaron Valencia doña Jimena, el obispo don Jerónimo y la mesnada cidiana llevando consigo los restos mortales de Rodrigo, que fueron depositados en el monasterio de San Pedro de Cardeña, junto a Burgos (Gonzalo Martínez Díez, SI, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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