Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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martes, 7 de abril de 2026

El Barrio del Azahín, en Cazalla de la Sierra (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el Barrio del Azahín, en Cazalla de la Sierra (Sevilla)
     El Barrio del Azahín o Barrio de los Morenos llamado así por ser el antiguo barrio morisco.
     Durante el período medieval progresivamente se iría consolidando el poblamiento, que, desde el cerro del castillo se extenderá hacia el oeste por el barrio del Azahín, siguiendo la línea marcada por el camino que, con dirección este-oeste, comunicaba Constantina con Almadén (Ayuntamiento de Cazalla de la Sierra).
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La lápida funeraria de Cecilia Böhl de Faber "Fernán Caballero", en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación

      Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la lápida funeraria de Cecilia Böhl de Faber "Fernán Caballero", en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla.   
     Hoy, 7 de abril, es el aniversario del fallecimiento (7 de abril de 1877) de Cecilia Böhl de Faber Ruiz de Larrea, personaje, cuyos restos reposan en el Panteón de Sevillanos Ilustres, por lo que hoy es el mejor día para ExplicArte la lápida funeraria de Cecilia Böhl de Faber "Fernán Caballero", en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla.
     La Iglesia de la Anunciación [nº 25 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 48 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Laraña, 1; en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
     En el muro que se correspondería en la iglesia de la Anunciación con el del Evangelio, y a los pies del mismo, se encuentra la lápida de Cecilia Böhl de Faber Ruiz de Larrea "Fernán Caballero", junto al de Amador de los Ríos. Es la última de las personalidades incorporadas al Panteón, trasladados sus restos desde el cementerio sevillano de San Fernando en mayo de 1999.
     Es una lápida muy sencilla y austera de mármol blanco, sin más comentario, en la que aparece grabado el texto:

CECILIA BÖHL DE FABER
"FERNAN CABALLERO"
+7 DE ABRIL DE 1877

Conozcamos mejor la Biografía de Cecilia Böhl de Faber "Fernán Caballero", personaje que protagoniza la lápida funeraria:
     Cecilia Böhl de Faber Ruiz de Larrea "Fernán Caballero". (Morges, Suiza, 25 de diciembre de 1796 – Sevilla, 7 de abril de 1877). Escritora.
     Es la primogénita del matrimonio formado por Juan Nicolás Böhl de Faber y Francisca Ruiz de Larrea. El padre, nacido en Hamburgo en 1770 y residente en Cádiz desde 1785 (donde su familia había establecido una casa de comercio sólida y prestigiosa), alternará su trabajo de comerciante y cónsul de las ciudades de la Hansa en Cádiz (1804) con el estudio apasionado de la cultura española. De familia protestante y educado en un ambiente liberal, se convierte al catolicismo en 1813, influido por la lectura de los místicos hispanos. El conocimiento de las obras de Schelling y de A. W. von Schlegel le inclina hacia la estética e ideología del romanticismo alemán, que constituye, junto a su fe católica, la base de su pensamiento conservador desde el que interpreta el pasado y la realidad contemporánea de la cultura y de la política españolas. En su evolución intelectual se siente influido por su mujer, Francisca Ruiz de Larrea, nacida en Cádiz en 1775 (de padre español y madre irlandesa) y con la que contrae matrimonio el 1 de febrero de 1796. Ese mismo año viajan a Alemania para visitar a la familia de Juan Nicolás. En el trayecto pasan una temporada en la aldea suiza de Morges, donde el 25 de diciembre de 1796 nace su hija Cecilia. Ya en Hamburgo, conviven con la familia de Juan Nicolás hasta el otoño de 1797, en el que vuelven a Cádiz. La crisis económica provocada por la política imperialista de Napoleón afecta negativamente al comercio gaditano, lo que mueve a los Böhl a trasladarse en 1805 a Alemania con el ánimo de quedarse indefinidamente. Pero Francisca, que no logra adaptarse al clima y ambiente germánicos, decide volver a España con dos de sus hijas, mientras el marido permanece en Alemania con sus hijos Juan Jacobo y Cecilia. Ésta, cuya educación primaria se había encomendado en un principio a una institutriz belga, ingresa en 1807 en un pensionado francés de Hamburgo, donde se imparte una formación similar a la que se daba en el Centre Saint Cyr de París a las jóvenes de la aristocracia. Esto le facilita una esmerada educación y un perfecto dominio del francés, lo que explica que algunos de sus primeros relatos, como La Gaviota, los redactara inicialmente en dicho idioma.
     Francisca, establecida en Chiclana, escribe con frecuencia a Juan Nicolás, instándole a volver a España, retorno demorado por la invasión napoleónica hasta agosto de 1813. En 1814 regresa Fernando VII, cuya ideología absolutista comparten los Böhl, que aplauden las primeras medidas tomadas por el Rey, convencidos de que la mayoría del pueblo rechaza el sistema constitucional, según proclama Francisca en un panfleto titulado Fernando en Zaragoza, que escribe ese mismo año. Cabe subrayar, a propósito de dicho texto, que Francisca poseía unas dotes literarias nada desdeñables, como lo prueban sus diarios de viajes y su redacción de tipos y cuadros de costumbres. Este ambiente intelectual y literario de los padres favorece el temprano interés de Cecilia por la lectura y la escritura, la predilección por los temas costumbristas y, también, su inclinación posterior hacia la ideología conservadora.
     En 1815 Cecilia conoce a un joven capitán, Antonio Planells, que se encontraba en Cádiz en espera de ser destinado a Puerto Rico, con el que se casa el 20 de abril de 1816; a los tres días embarcan hacia dicho país. Pero, muy pronto, les sobreviene una desgracia: “A mi marido, hermoso joven de veinticinco años, esperaba un bello porvenir, pero a los pocos meses de casado murió de repente”. Cecilia, que sufre una gran conmoción (“estuve a la muerte”), es recogida por la mujer del capitán general, y permanece en su casa hasta que, recuperada, puede volver a España el 28 de junio de 1818. De la estancia en Puerto Rico hay una alusión a la belleza del paisaje, en su novela La Farisea: “Todas las gracias de la naturaleza se aglomeran en esta isla para hacer de ella un edén”.
     En el transcurso de 1820, Cecilia entabla relación con un aristócrata liberal, Francisco Ruiz del Arco, marqués de Arco Hermoso, con quien se casa el 22 de marzo de 1822. El matrimonio, que residirá habitualmente en su palacio de Sevilla, pasa temporadas en la finca La Palma, propiedad del marqués en el pueblo sevillano de Dos Hermanas, estancia que será de gran importancia para la futura actividad literaria de Cecilia. Ésta, siguiendo el ejemplo de su padre, comienza a recoger canciones, relatos populares, cuentos, refranes y breves textos orales de folclore andaluz que escucha de viva voz a los empleados de la finca, textos que transcribe y que trasladará más tarde a sus novelas y cuentos. Es ahora cuando esboza sus primeras creaciones literarias, entre las que figuran, según J. Herrero, “cientos de descripciones, bosquejos e incluso dos largas novelas” donde se transcriben “fragmentos de diálogos campesinos” de sus criados o de vecinos del pueblo, algunos de los cuales van a servir de modelo para ciertos personajes de sus relatos: Simón Verde, Gil, el Sochantre, la tía Juana, etc. Lo mismo ocurre con determinados asistentes a la tertulia que los Arco Hermoso mantienen en su palacio de Sevilla, donde acuden representantes de la alta sociedad y personalidades extranjeras como Washington Irving, W. Stirling y el barón Taylor, que será el modelo del “barón de Maudes” en la tertulia de la marquesa de Algar en La Gaviota.
     En cuanto a Washington Irving, había llegado a Cádiz en 1828 con el objetivo de conocer in situ las gentes, las costumbres y el folclore de España, motivo por el que entró en contacto con los Böhl y su hija Cecilia, que le ayudaron en su tarea. Irving recuerda en su Diario los encuentros mantenidos con la marquesa a partir del 24 de diciembre de 1828 y añade en una carta (6 de febrero de 1829) que la escritora redactó para él una serie de “anécdotas de la vida lugareña española”. De vuelta a Estados Unidos, en respuesta a una carta de Böhl (en la que éste le felicitaba por la publicación de Los cuentos de la Alhambra, 26 de febrero de 1833), Irving alude a un manuscrito que le había dejado Cecilia y que contenía “gran variedad de apuntes y observaciones muy interesantes y características esbozadas con mucha facilidad e ingenio”, manuscrito que dice guardar “cual tesoro” (26 de abril de 1833). En su respuesta, Böhl le comunica que Cecilia sigue ocupada en “trazar algunos bosquejos de la sociedad española y sus costumbres, y [...] pintar la alta sociedad de Sevilla”.
     En 1835 aparece en El Artista su primera publicación: se trata de un relato breve titulado “Una madre o el combate de Trafalgar”. Por esas fechas, el marqués de Arco Hermoso, que desde hacía tiempo sufría una tuberculosis pulmonar, afectado gravemente por una epidemia de cólera que asoló Sevilla en 1834, muere el 17 de mayo de 1835. En marzo de 1836, Cecilia viaja a Inglaterra; durante su estancia en Londres se encuentra con un joven aristócrata inglés, Federico Cuthbert, al que había conocido en El Puerto de Santa María, y con el que vive un amor intenso, que ella mantuvo en secreto, y del que se ha tenido noticia por unas cartas de la escritora publicadas en 1953 por S. Montoto. Su contenido pone en evidencia el trasfondo autobiográfico de una de sus más importantes novelas, Clemencia, en la que su protagonista, una joven viuda, se enamora intensamente del joven aristócrata sir George Percy, “cuyas distinguidas maneras, cuyo talento, ilustración, saber y gracia” seducen a la protagonista, que, sin embargo, termina apartándose de él al constatar con profunda decepción que el joven, “hastiado de todo” y “seco de corazón”, concibe esta relación como una simple aventura. Situación novelesca que concuerda con el tremendo desencanto de Cecilia ante la actitud análoga de Cuthbert, lo que mueve a la escritora a separarse “irrevocablemente” de él. Finalmente, en el relato de ficción, Clemencia encuentra un hombre sencillo y generoso con el que termina casándose. Desenlace similar al ocurrido en la historia real de Cecilia, que, desde España, comunica en su última carta a Cuthbert la noticia de su futuro matrimonio con un hombre “cuyo corazón puro y sublime como el cielo me amó como yo misma había amado”.
     El 17 de agosto de 1837 se celebra en la intimidad el casamiento con Antonio Arrom y Morales de Ayala, un jovencísimo abogado de Ronda, de veintitrés años (ella tiene cuarenta y uno), de salud enfermiza y escasa fortuna, dotado, a juicio de Cecilia, “de grandes facultades” y de notable sensibilidad artística y cultural, que se había enamorado apasionadamente de ella. Según su confesión, Cecilia se había resistido inútilmente a esta pretensión, pero, movida por un sentimiento de ternura y compasión hacia el joven, enfermo de tuberculosis, había aceptado por fin su propuesta. El insólito casamiento parece provocar comentarios malévolos y la incomprensión de los más, según palabras de Cecilia: “Me he sacrificado al ridículo y a las denigrantes críticas [...]. No hubo quien me comprendiera más que mi excelente y generosa familia”. Arrom, que para superar las dificultades económicas de la pareja, se ocupa en comisiones de venta de vinos con poco éxito, pretende, con el apoyo de su esposa, obtener un consulado, objetivo que no consigue hasta 1853. Mientras tanto, Cecilia se vuelca en la redacción y revisión de varios de sus más importantes textos literarios y realiza algunas gestiones para su publicación. Con este objetivo se dirige a un antiguo amigo de la familia, José Joaquín de Mora, director del periódico El Heraldo, en el que se publican, a partir de 1849 y en forma de folletín, cuatro de sus novelas: La Gaviota, La familia de Alvareda, Una en otra y Lágrimas. La primera, escrita originalmente en francés, fue traducida por Mora para la edición en folletín. Un dato interesante es la ocultación del nombre de Cecilia bajo el seudónimo de Fernán Caballero, ocultación que se debe, según la autora, a la defensa de la propia intimidad, la supuesta reticencia de los lectores ante la obra de una “literata” y el temor de ser tachada de extranjera por su apellido alemán, lo que podría provocar dudas sobre su capacidad para comprender y describir adecuadamente la vida popular española (carta a Juan Eugenio Hartzenbusch, 21 de julio de 1849).
     De las cuatro novelas mencionadas, la primera que redactó es La familia de Alvareda, basada en el relato de una historia real ocurrida en el pueblo de Dos Hermanas (el asesinato del joven campesino Ventura por parte de su amigo Perico, al descubrir “la infamia” de que su mujer Rita le ha sido infiel y constatar “toda la traición del amigo”) que la autora escuchó y transcribió en 1828, relato que reelaboró entre 1829 y 1833 con materiales e informaciones recogidas entre los campesinos de dicho pueblo. En el prólogo de la obra se percibe ya una concepción realista de la novela (narración de un “hecho real”, del que es “una relación exacta en lo principal”), un realismo costumbrista (“pintar las cosas del pueblo tales cuales son”, “sus ideas, sentimientos y costumbres”), en el que perviven, no obstante, elementos de filiación romántica (la presencia del bandido generoso, el robo sacrílego de una “lúgubre capilla”, el ajusticiamiento de Perico en el “estremecedor cadalso”, etc.). Por este carácter realista, de haberse publicado la novela al terminar su redacción, hubiera sido contemporánea de las primeras novelas de Balzac, con lo que Fernán se hubiera convertido en “una gran figura de la incipiente novela europea” (J. Fernández Montesinos).
     En cuanto a La Gaviota, se trata de una novela realista de costumbres (pinta “el estado actual” de la sociedad española, “la índole, aficiones y costumbres” de sus habitantes, “con exactitud y con verdadero espíritu de observación”), con la que Fernán trata de incorporar definitivamente el roman des moeurs a la manera de Balzac, al tiempo que elabora una novela regional que, en cierto sentido, es también novela de tesis, análoga a las primeras de Pereda. Como en éstas, se recrea el viejo tópico del menosprecio de corte y alabanza de aldea: en la primera parte se describe un cuadro idílico de la aldea de Villamar, adonde llega exhausto, huyendo de la guerra, el médico Stein, que es recogido por personas sencillas, piadosas y solidarias (la abuela María, fray Gabriel...), que habitan en un viejo convento, símbolo de un pasado edénico, no contaminado por las “luces” de la civilización; en la segunda parte se narran los avatares de la joven pareja de Stein y Marisalada (Gaviota), dotada de grandes cualidades para el canto y el baile, que ella ambiciona desarrollar con su traslado a Sevilla y a Madrid (la “corte” corruptora), lo que va a producir su degradación moral: una ciega pasión amorosa que la arrastra al adulterio y al fracaso personal y social.
     En 1849 publica también Elia, una mezcla de novela histórica y relato de costumbres, que por su temática (drama de las dos Españas: al final del relato mueren dos hermanos alistados en campos contrapuestos: Fernando —absolutista— en defensa de Fernando VII en 1822; Carlos —liberal, enamorado de Elia— luchando contra el ejército francés enviado por la Santa Alianza para acabar con el régimen constitucional en 1823) y por su género constituye un preanuncio de los Episodios nacionales de Galdós.
     La acogida favorable de la crítica a estas primeras novelas anima a Fernán a volcarse en la escritura, revisión y publicación de sus textos, de forma que entre 1849 y 1853 da a la prensa un conjunto de relatos que constituyen lo mejor de su producción narrativa. En 1854 su marido es nombrado cónsul de España en Australia con residencia en Sidney. Durante su ausencia, Cecilia cuenta con el apoyo de algunos amigos: Matilde de Pastrana (condesa de Monteagudo), Fernando de Gabriel (presidente de la Academia de Buenas Letras de Sevilla), Fermín de la Puente (corrector de sus obras), los duques de Montpensier y el secretario de éstos, Antoine de Latour, que contribuye a que la obra de Fernán sea conocida en Francia gracias a un artículo publicado en Le Correspondant de París (25 de agosto de 1857), al que seguirán los de Ch. de Mazade y A. Morel-Fatio, entre otros. En 1856 comienza la edición de sus Obras completas realizada por Mellado.
     La fama de esta amplia producción literaria llega hasta la Corte (ese año recibe una carta del rey Francisco de Asís elogiando los “cuadros fieles de nuestro carácter y de nuestras costumbres nacionales”, animados por “hermosos sentimientos religiosos y monárquicos”), sabedora de las dificultades económicas de la escritora, por lo que los Reyes le comunican que sentirán una “gran complacencia” si acepta residir en el alcázar de Sevilla en una zona reformada “según le acomode”. Cecilia acepta el ofrecimiento y en 1857 se traslada a la nueva residencia, donde continúa su labor literaria. Pero una nueva desgracia se abate sobre ella: su marido, que ha venido de Sidney a visitarla, de vuelta a Australia y cuando se dispone a embarcar en Londres recibe la noticia de que su socio se ha fugado dejándole en la ruina y con deudas. Desesperado, se quita la vida, después de escribir a su mujer la “última carta”, indicándole que con su decisión busca evitarle “nuevas pesadumbres” que habrían de amargarla el resto de su vida. Cecilia, desolada, pensó retirarse al convento de las Dueñas de Sevilla, pero las monjas y la familia le disuadieron del intento.
     Desde 1859 lleva una vida retirada, ocupándose en la lectura, la creación literaria y su abundante correspondencia epistolar, al tiempo que se siente arropada por un círculo reducido de familiares y amigos, con los que charla sobre sus temas preferidos: literatura, sociedad y política. En este último aspecto sigue con gran inquietud los acontecimientos del Sexenio Democrático, desde la caída de la Monarquía hasta su restauración, que ella festeja postrada ya en la cama por la enfermedad. El 7 de abril de 1877 muere esta insigne escritora tan admirada por el encanto de su figura física y moral (hermosa, elegante, delicada, solidaria y creyente sincera) y por su significado en la historia de las letras españolas: es obligado destacar su labor como coleccionista y estudiosa del folclore, su autoría de cuentos y relatos breves de gran calidad estética, la promoción de una incipiente literatura infantil y (no obstante ciertas limitaciones debidas a su posición conservadora: exceso de didactismo moral y religioso y evasión de la problemática social hacia el pintoresquismo) el haber sido la iniciadora de la novela moderna en España en la etapa de transición del romanticismo al realismo (Demetrio Estébanez Calderón, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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lunes, 6 de abril de 2026

Un paseo por la calle San Pedro Mártir

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle San Pedro Mártir, de Sevilla, dando un paseo por ella.    
      Hoy, 6 de abril, en Milán, ciudad de la región italiana de Lombardía, Pasión de San Pedro de Verona, presbítero de la Orden de Predicadores y mártir, el cual, nacido de padres seguidores del maniqueísmo, todavía niño abrazó la fe católica y, siendo aún adolescente, recibió del mismo Santo Domingo el hábito. Dedicado a combatir la herejía, de camino hacia Como cayó víctima de los enemigos, proclamando hasta en el último momento el símbolo de la fe (1252) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y qué mejor día que hoy para ExplicArte calle San Pedro Mártir, de Sevilla, dando un paseo por ella
     La calle San Pedro Mártir es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo; y va de la calle Bailén, a la calle Gravina.
     La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. 
     En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
      Ya en el s. XIII se conocía con el nombre de Pergaminería, denominación que alter­naría con la de Pergamineros, por estar situados en ella numerosos integrantes de este oficio. Al menos desde 1597, tal como puede verse en un acta capitular, se designa ya como San Pedro Mártir, por el hospital de este título que allí tenía el mencionado oficio. Esta última denominación se ha mantenido ininterrumpidamente hasta nuestros días. Al parecer en el s. XIX se seguía también conociendo como Pergaminería Vieja, probablemente en el uso popular y como recuerdo de aquellos artesanos medievales (v. Bai­lén). Es una calle estrecha, configurada en forma de codo, con un saliente a modo de barreduela a la altura del núm. 18. Se trata de un antiguo callejón ya señalado en el plano de Olavide (1771) por el que actualmente se accede, a través de una bella cancela y patio, al Club Juvenil Cancel; quizás se trate del desaparecido pasaje que comunicaba con Pedro del Toro y que en 1981 el Ayuntamiento rotuló como pasaje de Entrepedros. De San Pedro Mártir parte, por la acera de los impares, Rafael González Abreu, espacio abierto en los años 20 de nuestro siglo para dar amplitud a la zona del antiguo convento de San Pablo. En el pasado el mencionado callejón fue objeto de peticiones de incorporación y de cierre por algunos vecinos de la calle, como puede verse en documentos de 1594, 1600 y hasta 1825.
     La fisonomía de la calle ha cambiado notablemente desde principios de siglo, pues en los años 20 culminan sucesivos proyectos de derribos y ensanches que venían conociéndose desde 1890 y que posibilitaron la citada apertura de Rafael González Abreu. También han desaparecido de la calle el retablo con una cruz y las pinturas de santos que González de León describe (Las calles...), así como un picadero en el que se celebraban carreras de cintas, bailes y hasta corridas de novillos. Todavía lo menciona un plano municipal de 1910, situándolo hacia la mitad de la calle, en la acera de los impares. También hubo en la misma, en los años 30 del pasado siglo, un molino de yeso. Empedrada ya en el s. XVII, fue ado­quinada en 1859 y hoy ofrece la habitual capa asfáltica vertida en los años 70 de nuestro siglo, y las aceras de losetas. Se ilumina con farolas sobre brazos de fundición adosados a las fachadas. Predominan las casas de tres plantas, algunas con patios y otras de escalera, alternando con construcciones modernas. En 1979 fueron derribadas tres viviendas en la esquina de Gravina caracterizadas, como muchas de esta zona, por su valor histórico y ambiental. Cumple funciones residenciales, aunque, como en toda esta zona próxima a la desaparecida estación de la plaza de Armas, abundan los establecimientos hoteleros. Apenas si hay otros servicios. En una de sus casas vivió el escritor Cano y Cueto y en otra nació el poeta Manuel Machado en 1874, aunque al parecer no se trata de la que ostenta en su fa­chada una placa conmemorativa del Ayun­tamiento. También estuvo instalada en esta calle la emisora sevillana de Radio Nacional de España [Rogelio Reyes Cano, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Pedro de Verona, presbítero y mártir;
 
     Inquisidor dominico del siglo XIII, llamado ya san Pedro de Verona, porque nació en dicha ciudad hacia 1203, ya san Pedro el Nuevo, para diferenciarlo del Príncipe de los apóstoles, ya san Pedro Mártir, porque fue asesinado por heréticos. Los dominicos han impuesto este tercer nombre porque honraba más a su orden, aunque sólo se justifique a medias. Además, se presta a confu­sión, porque san Pedro apóstol puede vindicar el mismo epíteto.
     Nacido de padres maniqueos, fue atraído a Bolonia donde estudió según las prédicas de santo Domingo. A los quince años fue admitido en la orden de los hermanos predicadores (de santo Domingo), y tomó los votos en el convento dominico de Bolonia.
     Después de haber sido prior en Como, en 1232 fue designado por el papa inquisidor de la fe en Milán. Residía en el convento que los dominicos acababan de construir cerca de la iglesia de San Eustorgio, sede de la Inquisición en Lombardía. En Florencia, en el convento dominico de Santa María Novella tuvo las mismas funciones, y fue allí donde en 1246 fundó la cofradía de la Misericordia, llamada Bigallo, en honor de la Santísima Virgen.
     Su rigor contra los heréticos, maniqueos y cátaros del norte de Italia, le valió el odio de sus adversarios que conspiraron para asesinarlo. En 1252, cuando viajaba desde Como a Milán, fue atacado en un bosque por Carino de Balsamo, que le partió el cráneo con un machete y le atravesó el pecho de una estocada. Bañado en su propia sangre, oraba por el asesino, murmurando con las manos elevadas al cielo: In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum. Más tarde se inventó que con la sangre que brotaba de su cabeza partida, había tenido fuerzas para escribir sobre el camino polvoriento estas tres palabras: Credo in Deum. Su compañero, el hermano Domingo, que intentó huir, fue atravesado por una flecha junto a él.
     En cuanto a su asesino, tocado por la gracia, se arrepintió. Convertido en dominico en el convento de Forlì, fue acogido allí por el propio hermano del mártir, quien le perdonó el crimen, y llevó una vida edificante, hasta tal punto que murió cuarenta años después del asesinato, y en olor de santidad. El beato Carino (puesto que fue beatificado) tal vez sea el único ejemplo de beatificación de un asesino después de la canonización de su víctima.
CULTO
     El cuerpo de san Pedro  de Verona,  transportado  a Milán, fue enterrado en la iglesia del convento de San Eustorgio. A partir de 1253, es decir, un año después de su  muerte, fue canonizado por el papa Inocencio IV. Entonces su cuerpo fue elevado, es decir, expuesto encima del piso de la iglesia. En 1339 esa tumba fue reemplazada por un relicario monumental (arca), que atraía a numerosos peregrinos.
     Patrón de Verona, de Como y de Milán, de los dominicos y de los inquisidores, además se lo invocaba contra los dolores de cabeza a causa de la herida que recibiera en el cráneo.
ICONOGRAFÍA
     Está representado en hábito de peregrino. Por esa túnica se diferencia del carmelita san Ángel y del arzobispo mártir de Canterbury, santo Tomás Becket, cuyas características son más o menos las mismas: una herida sangrante en el cráneo donde la hoja del machete o sable corto permanece hundida (sword cleaving his head) y el pecho agujereado por un puñal.
Escenas
     El milagro de la pierna cortada
     Los franciscanos atribuyen el mismo milagro a San Antonio de Padua.
     San Pedro Mártir detiene un caballo a la carrera
     San Pedro Mártir hace llover
     El asesinato de San Pedro Mártir
     Arrodillado sobre un camino polvoriento con un machete clavado en el cráneo, escribe con su sangre: Credo in Deum. El detalle, de sospechosa autenticidad, casi nunca es omitido por los pintores, porque es el medio que empleaban los dominicos para glorificar a un miembro de su orden, transformando en martirio lo que en verdad no fue más que un asesinato (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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domingo, 5 de abril de 2026

El Día del Huerto, en Algámitas (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el Día del Huerto, Algámitas (Sevilla).  
     Hoy, 5 de abril, es Domingo de Resurrección. Este es el día en que actuó el Señor, la solemnidad de las solemnidades y nuestra Pascua: La Resurrección de nuestro Salvador Jesucristo según la carne.
     En este día Dios nos ha abierto las puertas de la eternidad por medio de su Unigénito, vencedor de la muerte, y pedimos ser renovados por el Espíritu Santo para resucitar a la luz de la vida (cf. 1.ª orac.). Hoy es el día en que actuó el Señor. La piedra que desecharon los arquitectos —Cristo en su pasión— es ahora la piedra angular una vez que ha resucitado (cf. sal. resp.). Y creemos en este misterio gracias al testimonio de los apóstoles que comieron y bebieron con él después de su resurrección (1 lect.) y vieron el sepulcro vacío (Ev.). A partir de ahí, una vez que por el bautismo hemos resucitado con Cristo, busquemos los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios (2 lec.) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II]. 
     Y que mejor día que hoy para ExplicArte el Día del Huerto, en Algámitas (Sevilla).
     Como es tradición también en Villanueva de San Juan, la población de Algámitas celebra el Domingo de Resurrección recreando en la Plaza de la Iglesia un huerto con hortalizas y un corral con animales que aportan los vecinos. Desde que en la mañana se invita a chocolate y rosquitos de huevo, pestiños y torrijas elaborados con recetas caseras por las mujeres, durante el día se suceden actuaciones culturales y musicales, se subastan los productos de huerta y los animales y se finaliza, ante la expectación y muestras de júbilo de los asistentes, con la quema de un pelele que representa a Judas y que pende de un mástil erigido en el lugar. Aunque desaparecida durante años, hoy día esta actividad ritual cuenta con gran participación comunitaria y la afluencia de visitantes que va aumentando año tras año y que también acuden a la localidad vecina en uno de los momentos más significativos de la Semana Santa en la comarca.
     En el año 1958 hubo un intento de crear la Hermandad del Cristo de la Vera Cruz, sin embargo no prosperó y en al año 2004 vuelven a tomar la iniciativa, cambiándole el nombre por Asociación Parroquial del Dulce Nombre de Jesús, Cristo de la Veracruz y Virgen de los Dolores, en proceso de ser reconocidos por la Iglesia, mientras que ésta actúa como hermandad y con casa de hermandad en la sede parroquial.
     La fiesta de los Judas desapareció en los años sesenta del siglo XX porque un alcalde la prohibió en los primeros años de esa década. La fiesta se recupera en la década de los años ochenta con los primeros Ayuntamientos democráticos.
     En la tarde del sábado los hombres van al campo a recoger ramas de chopos (variedad local de eucalipto), de almendros y otras plantas para la preparación del huerto. Las plantas de jardín las donan las familias, así como las hortalizas y verduras (lechugas, calabazas, zanahorias,...). El huerto se prepara con arena que previamente se ha encargado el Ayuntamiento de comprarla en establecimientos de material de construcción. En un rincón de la plaza se instala un habitáculo abierto con objetos etnográficos de preparación de quesos, objetos elaborados con el trenzado del esparto (alpargatas, capachas, forro de botella, etc.) que son reproducciones de actividades y oficios del pasado y pertenecen a una coleccionista local del "El Museo de la Paca".
     Por otro lado, los rosquitos, los pestiños y las torrijas son elaborados por las mujeres de "La Asociación de Mujeres de Algámitas" en la tarde del Sábado Santo, alrededor de unas diez mujeres, que son las que realizan la figura del Judas. El Judas se rellena de aserrín de la carpintería local y se viste con ropa usada en deshecho. A las once de la noche el Judas se cuelga del tronco erigido para la actividad ritual en el centro  de la plaza.
     La fiesta del Huerto con el Judas se inicia en la mañana del Domingo de Resurrección, invitando a los visitantes a desayunar chocolate y rosquitos de huevo, pestiños y torrijas elaborados con recetas caseras por las mujeres en la tarde del sábado.
     Los visitantes recorren el huerto y van observando los productos y animales que más tarde se van a subastar. Mientras, los niños y niñas van llegando con los hornazos para concursar. Para ello, se ha instalado una hilera de mesas a la entrada de la plaza, frente a la iglesia. A la una y media de la tarde se celebra el concurso de hornazos con tres premios, aunque se da un pequeño regalo a todas las personas que participan. 
     En otro rincón de la plaza, se elaboran unas migas gigantes, que se reparten entre los presentes sobre las dos de la tarde, mientras la orquesta ameniza con música a los presentes.
     Posteriormente proceden a subastar los animales, que previamente donan los vecinos y vecinas del pueblo. La recaudación de la subasta es para la hermandad. La barra instalada por ésta está frente al huerto, surten de bebidas y comidas, son camareros voluntarios, la mayor parte son miembros de la junta directiva.
     Después de la subasta tiene lugar el acto más esperado, la "Quema del Judas", colgado en el extremo superior de la enorme viga de madera, rompiendo en un aplauso de los asistentes a su finalización. Pese a terminar la celebración a las tres, muchos de los presentes continúan la tarde festiva en "El Huerto" de Villanueva de San Juan, ya que en esta vecina localidad dura hasta la madrugada.
     La fiesta del Huerto desaparece en los años cincuenta del siglo XX y se recupera en los primeros años de los Ayuntamientos democráticos.
     Una de las transformaciones más significativa es la creación de la Hermandad de la Vera Cruz para organizar la fiesta de la Semana Santa de Algámitas. 
     Los hornazos se elaboran con nuevos ingredientes: palomitas de maíz, galletas, regaliz de colores, etc. Dejan de usarse los ingredientes tradicionales, es decir la harina y el huevo, dando como resultado un hornazo más vistoso en coloridos y formas, que nada tiene que ver con el tradicional, tampoco en presentación, textura y sabor. 
     La elaboración del Judas cambia, porque antes se rellenaba de hierbas y ahora de serrín para que pueda ser quemado con mayor facilidad. Antes era costumbre arrojarlo desde el campanario y se rellenaba con hierbas del campo, para finalmente ser tiroteado, y no prendiéndole fuego como se realiza actualmente.
     Se introduce la invitación del Ayuntamiento al desayuno y la comida de migas desde 2004 y la subasta de animales para recaudar fondos.
     La Semana Santa de Algámitas la organiza la Asociación Parroquial del Dulce Nombre de Jesús de la Vera Cruz y Virgen de los Dolores; se definen como la Hermandad de la Vera Cruz de Algámitas. 
     En el Domingo de Resurrección participa también en la organización el Ayuntamiento, sobre todo en el montaje del huerto, aunque  la mayor parte de la responsabilidad organizativa es de la asociación parroquial y la de mujeres que participa en la elaboración de alimentos.
     El espacio en el que se desarrolla la actividad es la plaza de la Iglesia, escenario principal en el que se recrea el huerto, se quema el Judas y los participantes la ocupan durante todo el día de celebración.
     La Plaza de la Iglesia es una plaza urbana situada en pleno centro, donde se ubica la Iglesia del Dulce Nombre y el Ayuntamiento. Es el escenario de todo el espacio y el tiempo ritual del Domingo de Resurrección, recreándose un huerto y erigiendo un mástil del que pende el Judas, pelele de trapo que es quemado públicamente ante la expectación de los asistentes. Se convierte también en espacio de comensalismo comunitario, al instalarse barras de comida y bebida a un lado, mientras que en el otro la corporación local ofrece el desayuno con  los populares roscos fritos y pestiños.
     Uno de  los dulces que se elaboran y consumen el Domingo de Resurrección en la localidad de Algámitas, son los rosquitos elaborados con base de masa de pan y fritos en aceite. Dulces muy extendidos por la Sierra Sur sevillana y otras comarcas de la región andaluza, aunque con variaciones en la receta y procedimientos. Generalmente el espacio tradicional de elaboración y consumo, llevado a cabo por mujeres que han ido transmitiendo sus recetas de generación en generación, es el ámbito doméstico, aunque, como en el caso de Algámitas, estos dulces son elaborados para ser consumidos entre los asistentes a la Quema del Judas en la plaza donde se ha instalado y recreado un huerto.
     Los ingredientes utilizados su elaboración son huevos, azúcar, azúcar, aceite, ralladura de la piel de limón, harina de repostería, canela y matalahúva. 
     El primer procedimiento para la elaboración de los rosquitos consiste en freir la matalahúva en el aceite, se saca y reserva. A continuación se amasa la harina con el aceite y los huevos. Se muele la canela y se añade a la masa junto con la matalahúva, la ralladura de limón y el azúcar. Se vuelve a amasar de nuevo la mezcla resultante, hasta conseguir una masa que se pueda trabajar con las manos y darle forma de roscos. Una vez hechos los roscos, se fríen el aceite de oliva y se sacan. Finalmente, se espolvorean con azúcar al gusto y se comen fríos (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor las Tradiciones evangélicas canónicas y apócrifas, explicaciones racionalistas, y la Iconografía de la Fiesta de La Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo;
      La Resurrección de Cristo, que garantiza la de los muertos gracias a la ecuación Christianus alter Christus, es el dogma esencial de la religión cristiana. Según san Agustín, si se retira la fe en la resurrección, toda la doctrina cristiana se derrumba. Pero la fe en un dios que muere y resucita no es en absoluto exclusiva y específicamente cristiana. Se trata de una creencia universal que se encuentra en la mayoría de las religiones antiguas: entre los egipcios, en el culto de Osiris; entre los sirios, en el de Adonis. Ha sido inspirada por la alternancia de las estaciones, el renacimiento de la vegetación después de la muerte aparente del invierno. Debe señalarse que, efectivamente, las fiestas de la Resurrección divina: las de Adonis, y la Pascua cristiana, por ejemplo, coinciden con el despertar de la primavera.
Tradiciones evangélicas y explicaciones racionalistas
    Ninguno de los discípulos de Cristo pretende haber presenciado su Resurrección, que ocurrió sin testigos. Los Evangelios narran simplemente que cuando, tres días después de la Crucifixión en el Gólgota, las Santas Mujeres fueron al sepulcro a llevar perfumes, lo encontraron vacío. Un ángel estaba sentado sobre la piedra de la puerta de la tumba, corrida, y les anunció que Cristo había resucitado.
     La primera descripción detallada del milagro se encuentra en los escritos de Efrén el Sirio. De acuerdo con dicho autor, Cristo salió de la tumba para ascender al cielo inmediatamente.
     Para explicar la misteriosa desaparición del cuerpo del Crucificado, los judíos insinuaron que se trataba de una impostura de sus discípulos que habían sacado el cuerpo de su maestro de noche, en secreto, para dar crédito a la Resurrección. Los cristianos habrían inventado la leyenda de la tapa sellada y de la guardia apostada en el Santo Sepulcro.
     Los críticos racionalistas no descartan del todo la acusación judía de fraude, pero además proponen otras dos hipótesis. 
   lª. La muerte de Jesús sólo habría sido, como la de Lázaro, muerte aparente (Scheintod). En la cruz sólo habría perdido el conocimiento después de la lanzada, y lo habría recuperado en la gruta del sepulcro.
     2ª. Las Apariciones invocadas en apoyo del milagro, serían un fenómeno de autosugestión colectiva. Al no poder resignarse a la muerte de su maestro, los discípulos habrían creído verlo con los ojos, cuando en verdad él sólo habitaba en sus corazones.
     ¿Por qué la Resurrección ocurrió el tercer día después de la muerte? Ese triduum mortis se explica por la prefiguración bíblica de Jonás, que pasó el mismo tiempo en el vientre de la ballena, y también por la creencia popular que aseguraba que el alma y el cuerpo del difunto sólo se separaban definitivamente tres días después de la defunción.
El desacuerdo entre los evangelios canónicos y apócrifos
     Los Evangelios no concuerdan acerca del número de Santas Mujeres portadoras de perfumes, o Marías, cuyos testimonios constituyen, sin embargo, el fundamento de la creencia en la Resurrección.
     En el Evangelio de Juan (20: 1), sólo se habla de una Santa Mujer: María de Magdala. Mateo (28: 1 - 7), nombrados: María Magdalena y María Cleofás; Marcos (16: 1) cuenta tres: María Magdalena, María, madre de Santiago, es decir, María Cleofás, y María Salomé. Finalmente Lucas (24: 10), suma a las dos Marías un número indeterminado de Santas Mujeres («Juana y las demás que estaban con ellas»).
     Existen las mismas divergencias acerca del número de ángeles anunciadores. Juan no menciona ninguno, Mateo y Marcos hablan de un solo ángel sentado sobre la piedra del sepulcro. Lucas cree saber, por el contrario, que las Santas Mujeres se encontraron en presencia de «dos hombres vestidos de vestiduras deslumbran­tes».
   A pesar de estas diferencias de detalle, los cuatro evangelistas coinciden en un punto: para ellos, la Resurrección de Cristo es un retorno momentáneo de Jesús a la vida terrestre, porque hizo numerosas apariciones en Judea y en Galilea antes de Ascender al cielo cuarenta días más tarde. En los Evangelios apócrifos, por el contrario, la Resurrección se confunde con la Ascensión. Cristo resucita para ascender al reino de los cielos de inmediato.
Iconografía
     Esas diferencias en los textos evangélicos y en la tradición explican la falta de fijeza de la iconografía.
     En la evolución de este tema pueden distinguirse tres fases:
   1. La Resurrección simbólica .
   2. La Visita de las Santas Mujeres al Sepulcro.
   3. Cristo saliendo del sarcófago.
   4. Cristo planeando encima de su tumba.
1. La Resurrección simbólica
     La Resurrección comenzó por ser representada simbólicamente, igual que la Crucifixión, mediante una cruz desnuda (crux nuda), rematada en el monograma de Cristo. En el sarcófago de la Pasión del Museo de Letrán, el crisma está inscrito en una corona que picotean dos pájaros posados sobre el travesaño de la cruz. Abajo de ésta hay dos guardianes sentados, uno despierto y otro dormido; lo cual prueba muy bien que se trata de un símbolo de la Resurrección y no, como se ha pretendido, de la  Crucifixión.
     Más tarde, el arte prefigurativo inspirado por los teólogos recurrirá a tipos tomados del Antiguo Testamento o de los Bestiarios.
     La Biblia moralizada no enumera menos de cinco prefiguraciones de la Resurrección:
     l. José liberado de la prisión es invitado a comparecer ante el faraón, como Jesús salido de la tumba ante Dios Padre.
     2. Sansón mata mil filisteos con una quijada de asno, así como Cristo resucitado pone en fuga a sus enemigos.
     3. David huye de la casa de Saúl con la complicidad de su mujer, Micol que pone un maniquí en su cama; los soldados sólo encuentran un simulacro. Los guardianes del Santo Sepulcro ven la tumba vacía.
     4. Tobías captura el pez del Tigris que se disponía a devorarlo.
     5. Jeremías es extraído de la cisterna donde había sido sepultado.
     Las dos prefiguraciones bíblicas más usuales son Jonás saliendo tres días después de ser tragado del vientre de la ballena y Sansón arrancando las puertas de Gaza con sus hombros. Esos dos símbolos son los que más armonizan con la Bajada al Infierno de los justos, que en la Iglesia griega es la imagen de la Resurrección propiamente dicha, puesto que el monstruo que vomita a Jonás es asimilado a Leviatán, y las puertas de la ciudad de Gaza prefiguran las puertas del Infierno derribadas por Cristo. El Speculum Humanae Salvationis suma a Sansón y a Jonás numerosos símbolos tomados de los Bestiarios. Los más populares son el león que resucita a sus cachorros mediante su rugido, el fénix que renace de sus cenizas, el pelícano que reanima a sus polluelos con la sangre de su pecho abierto. Pero también allí la asimilación deja mucho que desear, puesto que no es el león o el pelícano quienes se pueden comparar con Cristo resucitado, sino los hijos de éstos.
     Los ejemplos más bellos son el púlpito recubierto de esmaltes champlevé de Klosterneuburg, ejecutado en 1181 por Nicola de Verdun, y una vidriera prefigurativa de la catedral de Bourges.
     Estas representaciones prefigurativas, popularizadas por la Biblia moralizada, la Biblia Pauperum (de los Pobres) y el Speculum Humanae Salvationis, persistieron hasta finales de la Edad Media.
2. Las tres Marías en el Santo Sepulcro
     Hasta el siglo XIII el arte cristiano de Occidente evocó la Resurrección de Cristo en la forma indirecta de Las Santas Mujeres en el Sepulcro. Por otra parte, esta es la única representación que está de acuerdo con el relato de los Evangelios.
     Pero en ciertos ciclos, antes de Las Santas Mujeres en el Sepulcro se sitúa una escena pictórica popularizada por el teatro de los autos sacramentales: La compra de los perfumes.
     1. Las santas mujeres y los vendedores de perfumes
     Antes de dirigirse hacia el Sepulcro, las Santas Mujeres compran perfumes para embalsamar el cuerpo de Jesús y preservarlo de «la mordedura del gusano» .
     La idea de embalsamar un cadáver sepultado dos días antes resulta poco verosímil, pero se necesitaba un motivo que condujese a las mujeres a la tumba. Así se explica la leyenda de las Santas Mujeres.
     Este episodio fue popularizado por los Misterios de Pascua, en los cuales la escena del comerciante de perfumes (unguentarius, apothecarius, mercator) fue desarrollado con complacencia e inspiración cómica. Las compradoras se dirigen sucesivamente a dos comerciantes, uno joven y otro viejo, para quedarse con la mejor oferta, de pie frente al mostrador, las Santas Mujeres hacen pesar los perfumes en una balanza.
     Esta escena mercantil, que divertía a los espectadores del teatro de los Misterios, parece haber sido especialmente  popular en Provenza a causa del culto de la Magdalena del Santo Bálsamo (Madeleine a la Sainte-Baume) y del culto de las Santas Marías en Camargue. En cualquier caso, es allí donde la escultura románica nos ofrece los ejemplos más antiguos y numerosos. Ese tema pasó desde Provenza al norte de Italia, a Cataluña y al sur de Alemania.
     2. La visita de las santas mujeres al sepulcro
     En el arte bizantino, el Santo Sepulcro tiene forma de «tugurium», es decir, de capilla sepulcral con apariencia de cabaña, edificada en la rotonda de la iglesia de la Resurrección de Jerusalén. Los artistas  de Occidente, menos familiarizados con los monumentos de Tierra Santa, la reemplazan con un sarcófago.
     Las Santas Mujeres son ya tres, ya dos, según los artistas se inspiren en el Evangelio de Marcos o en el de Mateo. La primera balancea un incensario.
     Sobre la piedra retirada del sarcófago está sentado «el joven vestido de una túnica blanca», asimilado a un ángel alado. Señala con el dedo la tumba vacía o a veces, como en Orvieto, el cielo a donde ha ascendido Cristo.
     Con frecuencia las Santas Mujeres son acogidas en la entrada del Sepulcro por dos ángeles luminosos.
     Sobre una cara de un capitel de Módena se representa una escena procedente del teatro litúrgico que no se encuentra en otros sitios: María Magdalena se desmaya sobre la tumba de Cristo al tiempo que María «la de Santiago» y María Salomé intentan levantarla.
     A veces el tema de la visita de las Santas Mujeres y el de la Resurrección están asociados en una misma composición. En la arquivolta de la portada de Trogir (Trau), en Dalmacia, que data del siglo XIII, se ve a Cristo de pie ante su sarcófago, que acoge por sí mismo a las Santas Mujeres. En la pintura del siglo XIV pueden citarse numerosos ejemplos de esta amalgama en la escuela de Giotto (Taddeo Gaddi), en la escuela de Bohemia (Maestro de Hohenfurt, miniatura de L. de Klettau (Biblioteca Municipal de Zittau) y en el arte alemán (Miniatura del Perikopenbuch del arzobispo Kuno von Falkenstein (1380, Biblioteca de Tréveris). Las tres Santas Mujeres ya no son advertidas por el ángel, pero se prosternan ante Cristo resucitado que se les aparece in corpore.
3. Cristo saliendo de la tumba
     Fue a partir del siglo XI cuando se vio la Resurrección representada ya no bajo el velo del símbolo, sino como un hecho. El punto de partida sería una miniatura del Evangeliario de Munich procedente del scriptorium de Reichenau.
     Esta representación no se apoya en texto evangélico alguno, pero respondía a una necesidad de la fe popular.
     Se comenzó por representar a Cristo saliendo del sarcófago; fue en el siglo XIV cuando, a consecuencia de una contaminación con el tema de la Ascensión, se lo representó planeando encima de su tumba.
El origen del tema
     Cómo explicar este cambio, de fundamental importancia en la iconografía de la Resurrección, de la representación simbólica por la representación real; es decir, de Las Santas Mujeres en el Sepulcro por la Resurrección.
     Se han invocado influencias de la puesta en escena de los autos sacramentales de la Pasión. Pero en el Auto de Pascua, donde las Santas Mujeres estaban representadas por tres diáconos, sólo se anuncia la Resurrección. Entre los ángeles y las tres Marías se establece un diálogo:
          Quem quaeritis in sepulchro, christicolae? 
          Jesum Nazarenum crucifixum, o coelicolae. 
          Non est hic; surrexit, sicut praedixerat.
          Ite, nuntiate quia surrexit de sepulchre.
     De manera que Cristo resucitado no aparece personalmente en la escena. Por ello no puede atribuirse a la influencia de los autos sacramentales la idea de representar a Cristo saliendo de la tumba.
     Según Efrén el Sirio, que asimila la Resurrección con un segundo Nacimiento de Cristo, éste habría salido sin fractura de su tumba sellada (sepulcro clauso),  de la misma manera que en su nacimiento había salido del vientre intacto (utero clauso) de la Virgen, sin romper el sello de su virginidad.
     Desde el punto de vista iconográfico es muy interesante ver la variedad de soluciones que el arte de la Edad Media ha dado a un problema particularmente difícil de resolver.
     No existen menos de cinco, sin contar las variantes secundarias.
     1. Cristo se incorpora en su sarcófago (Christus in sepulcro).
     2. Apoya un pie sobre el borde.
     3. Pasa la pierna fuera del sarcófago (Christus uno pede extra sepulcrum).
     4. Está de pie ante el sarcófago (Christus extra sepulcrum).
     5. Se mantiene de pie sobre la tapa (Christus supra sepulcrum).
     Sea cual fuere el partido adoptado, Cristo resucitado siempre está caracterizado por una cruz estandarte que es el símbolo de su victoria sobre la muerte.
     A pesar de este emblema, la mayoría de estas actitudes nada tienen de triunfal. El arte de finales de la Edad Media con frecuencia resulta indecoroso, y por amor a lo pictórico, cae en la trivialidad. Así es como un artista primitivo alemán de la escuela hanseática, el Maestro Francke, en un retablo de 1424 (Museo Hamburgo), en lugar de representar a Cristo pasando la pierna por el borde del sarcófago de frente, lo muestra esquivándolo por detrás, como un ladrón furtivo que temiese despertar a los guardianes dormidos. Esta evasión clandestina, de la cual pueden encontrarse otros ejemplos en las miniaturas alemanas, tiene algo que resulta chocante. Con el mismo espíritu, el arte germánico representa a Cristo poniendo cuidadosamente en su sitio la tapa de su sarcófago, para hacer creer que ha salido de él milagrosamente. 
   Otra particularidad del arte alemán consiste en representar a Cristo resucitado saliendo de un sarcófago sellado, sin romper y ni siquiera levantar la tapa. (Das Durchsteigen des geschlossenen Sargs, Der Aufstieg aus dem geschlossenen Grabe).
     Puede imaginarse con facilidad que esta manera un tanto familiar de reprsentar el misterio de la Resurrección no debía contar con universal aprobación. El pie sacado de la tumba no duró mucho en Alemania. En Italia y Francia se prefirió mostrar a Cristo apoyando el pie sobre el borde de su sarcófago, como un vencedor que holla la cerviz de su enemigo; y también erguido sobre la tapa como sobre un pedestal (vidriera de Bourges, miniatura de Jean Colombe en las Muy Ricas Horas de Chantilly, Perugino, Bissolo).
     El Cristo resucitado, sentado sobre su tumba en la actitud de un juez, que se ve en una miniatura alemana del siglo XV, es sólo una curiosidad iconográfica.
4. Cristo planeando encima de su tumba
     Con Cristo de pie sobre la tapa de su sarcófago como sobre un trampolín que lo impulsará hasta el cielo, la iconografía se encamina hacia una cuarta fórmula de la Resurrección: Cristo transfigurado flotando en una mandorla. Esta Resurrección ascensional se confunde con la Transfiguración y la Ascensión.
     Aparece en el arte italiano a principios del siglo XIV. El honor de esta innovación corresponde a Giotto y a su escuela. En la capilla de los Españoles, Andrea da Firenza hace planear a Cristo resucitado encima de tres Santas Mujeres. Con Fra Angélico y Perugino, este tema se independiza de sus vínculos con el motivo arcaico de las Santas Mujeres en la gruta sepulcral, y elimina las otras fórmulas.
     Alcanza su apogeo en la Resurrección pintada en 1580 por Tintoretto, para la Escuela de San Rocco. Unos ángeles hercúleos derriban la piedra que tapa la entrada de la tumba, y Cristo sale de allí como un cohete vivo. Ya no planea, sale literalmente disparado, como un proyectil. Es la más dinámica de todas las Resurrecciones.
     Otra originalidad de la escuela italiana es, a veces, el reemplazo de los vigilantes que montan guardia alrededor de la gruta sepulcral por apóstoles o santos. Por eso, en un grabado de Mantegna, Cristo resucitado está acompañado por san Andrés y san Longinos, patrones de Mantua. El cuadro del Museo de Berlín, atribuido a Leonardo da Vinci, muestra a los pies de Cristo que toma impulso, a san Leonardo, patrón de los presos, y a santa Lucía, que presenta sus ojos sobre una bandeja: esos dos santos en adoración simbolizan el desapego a la vida terrenal.
     Por un singular fenómeno de retraso, el motivo de Cristo planeando fue exclusivamente italiano desde comienzos del siglo XIV hasta finales del siglo XV. A principios del siglo XVI fue adoptado por las escuelas alemanas: por Durero, en un xilografía de la Pasión Grande, y por Mathis Nithart, en un postigo del retablo de Isenheim. Pero este tipo de Resurrección triunfal nunca se adaptó bien al norte de Europa, y contradice el espíritu de la Reforma. En su cuadro de la Pinacoteca de Munich (1639), Rembrandt retorna a una concepción completamente diferente. Un ángel levanta la piedra de la tumba y Cristo, aún envuelto en fajas, se pone de pie penosamente, como un nuevo Lázaro. Es exactamente lo contrario del Cristo bólido de Tintoretto, lanzado hacia el cielo como un proyectil.
Correcciones de la iglesia católica después de la Contrarreforma
     Los teólogos de la Contrarreforma sometieron a severas críticas la iconografía de la Crucifixión, que en 1730 formuló Juan de Ayala en su Pictor Christus eruditus. Según dicho autor, es un grosero error representar a Cristo saliendo de la tumba abierta, con un pie fuera del sarcófago (uno pecte extra sepulcrum, altero autem cum crure jamjam prodeunte). Tampoco aprueba la representación de Cristo planeando (sublevatus in aere), que se parece demasiado a una Ascensión. Lo mejor es representarlo ante o sobre la tumba cerrada (extra vel supra sepulcrum). Su cuerpo resplandeciente, inmaterial (sine mole et pondere), revestido con un lienzo rojo, debe mostrar las llagas.
     Juan de Ayala considera que al representar a los soldados dormidos se injuria la disciplina del ejército romano (sic). Y cree imposible que todo el cuerpo de guardia se haya dormido; por lo menos uno de los guardianes debe permanecer despierto.
     En cuanto a la asistencia, deben ser eliminados todos sin excepción, puesto que según los Evangelios, ninguna criatura mortal asistió al milagro de la Resurrección (a nullo prorsus mortalium visum). La Virgen tampoco debe estar presente. En la escena no caben ni soldados precipitándose sobre sus armas ni un perro que ladre.
Los guardianes
     Como ya hemos señalado, la presencia de guardianes alrededor del Sepulcro es completamente ignorada por Marcos, Lucas y Juan. Fueron introducidos posteriormente en la leyenda y en la iconografía por razones apologéticas, con el objeto de refutar la acusación de los judíos, que insinuaban que el cadáver de Cristo había sido retirado clandestinamente por sus discípulos.
     Acuclillados alrededor de la tumba, parecen dormir, a veces hasta roncan con la boca abierta, pero es sólo falsa apariencia o al menos no todos duermen. El sueño de los guardianes habría provisto argumentos a los judíos y habría parecido dar la razón a sus insinuaciones. Por ello es cierto que la intención de los artistas, y la de los teólogos que los guiaban, era representar a los guardianes no dormidos sino deslumbrados, paralizados y «como muertos», según la expresión de san Mateo (28: 4), al ver al divino resucitado.
     El número de guardianes es variable: a veces son tres o cuatro, pero en ciertas ocasiones se cuentan en tan gran número que rodean el sepulcro por todas partes como para hacer imposible toda tentativa de retirar el cuerpo, o de evasión (Jean Colombe, Muy Ricas Horas).
     En el teatro de los Misterios, Pilato los sitúa en los cuatro ángulos del Santo Sepulcro. Pero su agrupación presentaba grandes dificultades en los capiteles historiados. En Mozat, parecen dormir de pie, con la cabeza inclinada. En un capitel de Issoire, los tres guardianes están superpuestos.
     Lo más habitual es que estén acostados al pie de la tumba, pero a veces observan como vigías en lo alto de la torre sepulcral, detrás de las almenas (Libro de Perícopes de Salzburgo, Biblioteca Munich).
     Su indumentaria y armas son anacrónicos. No están vestidos como legionarios romanos sino como militares del tiempo de las cruzadas, con la cota de malla y el casco cónico provisto de nasal; llevan los escudos sujetos en la coronilla, como si estuvieran al pie de la muralla de un castillo. Sus ropas varían de acuerdo con la moda: en el Renacimiento usan los farsetos de los lansquenetes.
     Sus reacciones son muy expresivas, y a veces, hasta caricaturescas. Deslumbrados por la aparición, intentan taparse los ojos con una mano o el escudo. Los más valientes desenvainan la espada para partir al espectro; los otros consideran más prudente darse a la fuga. A veces uno de ellos se arrodilla en actitud de adoración: Longinos, el lancero, cuyos ojos se habían abierto a causa del milagro (Predela de Mantegna en el Museo de Tours).
     A veces Cristo apoya el pie sobre la cabeza o el pecho de uno de los guardianes que no parece advertirlo.
     No hay más espectadores que los guardianes. Los apóstoles están ausentes, la Virgen también. Sólo en la escuela catalana del siglo XV puede encontrarse excepcionalmente -simples curiosidades iconográficas- a la Virgen asistiendo a la Resurrección de su Hijo (Jaume Serra, Retablo de Huesca, Museo Barcelona). 
   Para explicar la ausencia de la Virgen, algunos comentaristas ingeniosos supusieron que ella pudo asistir al milagro, pero que los evangelistas juzgaron preferible no hacerla intervenir porque el testimonio de una madre habría resultado sospechoso y sin valor probatorio.
Los príncipes de los sacerdotes corrompen a los guardianes
Mateo, 28: 11 - 15.
     Para desacreditar los testimonios de los judíos que pretendían que el cadáver de Jesús había sido robado durante la noche por los discípulos, Mateo agrega que los guardianes informaron a los «príncipes de los sacerdotes" acerca de la desaparición de su prisionero, y que éstos, después de deliberar, les dieron «bastante dinero» a condición de decir que los discípulos de Jesús habían aprovechado que ellos dormían para hacer desaparecer el cuerpo.
     A pesar de su carácter apologético, este episodio ha sido escasamente ilustrado por el arte cristiano (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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La imagen de Jesús Resucitado, de Jerónimo Hernández, en su retablo del antecoro alto del Convento de Madre de Dios

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen del Jesús Resucitado, de Jerónimo Hernández, en su retablo del antecoro alto del Convento de Madre de Dios, de Sevilla.  
     Hoy, 5 de abril, es Domingo de Resurrección. Este es el día en que actuó el Señor, la solemnidad de las solemnidades y nuestra Pascua: La Resurrección de nuestro Salvador Jesucristo según la carne.
     En este día Dios nos ha abierto las puertas de la eternidad por medio de su Unigénito, vencedor de la muerte, y pedimos ser renovados por el Espíritu Santo para resucitar a la luz de la vida (cf. 1.ª orac.). Hoy es el día en que actuó el Señor. La piedra que desecharon los arquitectos —Cristo en su pasión— es ahora la piedra angular una vez que ha resucitado (cf. sal. resp.). Y creemos en este misterio gracias al testimonio de los apóstoles que comieron y bebieron con él después de su resurrección (1 lect.) y vieron el sepulcro vacío (Ev.). A partir de ahí, una vez que por el bautismo hemos resucitado con Cristo, busquemos los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios (2 lec.) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II]. 
     Y que mejor día que hoy para ExplicArte la imagen de Jesús Resucitado, de Jerónimo Hernández, en su retablo del antecoro alto del Convento de Madre de Dios, de Sevilla.
     El Convento de Madre de Dios de la Piedad, se encuentra en la calle San José, 4; en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo.
     En el primer antecoro alto, hay un altar de estilo neoclásico en el que se encuentra una talla de madera policromada de Jesús Resucitado. De tamaño natural, mide un metro setenta y tres centímetros, la realizó Gerónimo Hernández entre 1571 y 1573 y constituye junto a las esculturas ya citadas de Santo Domingo y Santa Catalina de este mismo autor, las obras más valiosas desde el punto de vista artístico que hay en los coros y antecoros del monasterio. La imagen fue encargada a este artista para sustituir al Dios Padre que había en el ático del primitivo retablo mayor de la iglesia, siendo reemplazado con posterioridad en este espacio por un Crucificado con la Virgen y San Juan, obra también del tantas veces citado escultor abulense. La imagen es uno de los magníficos Resucitados de rasgos apolíneos que talló este artista, y que presenta una curva típica de las esculturas clásicas, mientras su cuerpo, en posición algo levantada, se apoya sobre el pie derecho y mantiene los brazos separados y los dedos centrales estirados. Es de madera policromada pero actualmente ha perdido bastante del estofado y no se encuentra en buen estado, destacando del conjunto de la imagen el paño de pureza que también es de talla. Si comparamos esta escultura con el Resucitado de la parroquia sevillana de la Magdalena que este artista hizo diez anos después, aún no se nota la blandura en las formas aunque también puede explicarse este hecho, pues se hizo para el ático de un retablo y no para ser colocado en la parte baja de un altar (Carmen Calderón Benjumea, y José Antonio Calderón Benjumea, El Real Monasterio de Madre de Dios de Sevilla. Ediciones Guadalquivir. Sevilla, 2004).
     Se trata de un retablo compuesto por un banco y un sólo cuerpo centrado por un arco sóleo, realizado en estilo neoclásico hacia 1767-1800.
     El banco lo conforma una mesa de altar realizada en madera pero policromada y dorada imitando mármoles policromos, propio del gusto neoclásico. 
     El único cuerpo del retablo está formado por un gran arco sóleo de medio punto y un remate adintelado. Éste arco alberga una figura de Jesús Resucitado, obra de Jerónimo Hernández, en 1571-73, procedente del ático del primitivo retablo mayor de la iglesia conventual. Obra escultórica en la que se representa a Cristo Resucitado centrando el retablo de la misma advocación y conjugando armoniosamente con la decoración pictórica de la obra retablística. Cristo aparece con barba y larga cabellera que deja caer sobre sus hombros y extiende sus brazos hacia ambos lados. Es una figura grandiosa y monumental que aparece desnudo con tan sólo un paño de pureza dispuesto de forma sencilla. Se trata de una representación armoniosa de la figura humana, de cuerpo apolíneo y desnudo atlético. Flexiona sus piernas adoptando una cierta actitud manierista. Junto a éstas características la figura se encuentra animada por una expresión de belleza moral y platónica. Esta obra perteneció al ático del primitivo retablo mayor de la iglesia conventual. Fue el único tema de imaginería que se especifica en el contrato del retablo al precisar el promotor que se sustituyese en el ático el Dios Padre que figuraba en la traza por un Cristo de la Resurrección.
     El interior del retablo se encuentra decorado por una serie de pinturas murales situadas en los laterales, el fondo y el intradós del arco, desarrollándose un programa compositivo que se conjuga perfectamente con la figura escultórica del Resucitado. 
     Así en la parte izquierda del retablo encontramos, en la parte inferior, un tondo con la figura de Santa Catalina. Sobre éste aparece otra escena con la Magdalena acompañada por una serie de santas. La parte central, cubierta en parte por la figura del Resucitado, se ocupa por un paisaje en el que se representan las figuras de dos ángeles junto a una serie de motivos vegetales. 
     En la parte derecha de la obra se representa un tondo con la figura de Santa Inés. Sobre éste aparecen las figuras de una serie de santas portando objetos en sus manos.
     En el intradós encontramos en la parte central la representación del Cordero Místico acompañado por ángeles músicos. Por último en las enjutas de los arcos encontramos dos tondos con las figuras de la Virgen, a la izquierda, y San Juan a la derecha (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor las Tradiciones evangélicas canónicas y apócrifas, explicaciones racionalistas, y la Iconografía de la Fiesta de La Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo;
      La Resurrección de Cristo, que garantiza la de los muertos gracias a la ecuación Christianus alter Christus, es el dogma esencial de la religión cristiana. Según san Agustín, si se retira la fe en la resurrección, toda la doctrina cristiana se derrumba. Pero la fe en un dios que muere y resucita no es en absoluto exclusiva y específicamente cristiana. Se trata de una creencia universal que se encuentra en la mayoría de las religiones antiguas: entre los egipcios, en el culto de Osiris; entre los sirios, en el de Adonis. Ha sido inspirada por la alternancia de las estaciones, el renacimiento de la vegetación después de la muerte aparente del invierno. Debe señalarse que, efectivamente, las fiestas de la Resurrección divina: las de Adonis, y la Pascua cristiana, por ejemplo, coinciden con el despertar de la primavera.
Tradiciones evangélicas y explicaciones racionalistas

    Ninguno de los discípulos de Cristo pretende haber presenciado su Resurrección, que ocurrió sin testigos. Los Evangelios narran simplemente que cuando, tres días después de la Crucifixión en el Gólgota, las Santas Mujeres fueron al sepulcro a llevar perfumes, lo encontraron vacío. Un ángel estaba sentado sobre la piedra de la puerta de la tumba, corrida, y les anunció que Cristo había resucitado.
     La primera descripción detallada del milagro se encuentra en los escritos de Efrén el Sirio. De acuerdo con dicho autor, Cristo salió de la tumba para ascender al cielo inmediatamente.
     Para explicar la misteriosa desaparición del cuerpo del Crucificado, los judíos insinuaron que se trataba de una impostura de sus discípulos que habían sacado el cuerpo de su maestro de noche, en secreto, para dar crédito a la Resurrección. Los cristianos habrían inventado la leyenda de la tapa sellada y de la guardia apostada en el Santo Sepulcro.
     Los críticos racionalistas no descartan del todo la acusación judía de fraude, pero además proponen otras dos hipótesis. 
   lª. La muerte de Jesús sólo habría sido, como la de Lázaro, muerte aparente (Scheintod). En la cruz sólo habría perdido el conocimiento después de la lanzada, y lo habría recuperado en la gruta del sepulcro.
     2ª. Las Apariciones invocadas en apoyo del milagro, serían un fenómeno de autosugestión colectiva. Al no poder resignarse a la muerte de su maestro, los discípulos habrían creído verlo con los ojos, cuando en verdad él sólo habitaba en sus corazones.
     ¿Por qué la Resurrección ocurrió el tercer día después de la muerte? Ese triduum mortis se explica por la prefiguración bíblica de Jonás, que pasó el mismo tiempo en el vientre de la ballena, y también por la creencia popular que aseguraba que el alma y el cuerpo del difunto sólo se separaban definitivamente tres días después de la defunción.
El desacuerdo entre los evangelios canónicos y apócrifos
     Los Evangelios no concuerdan acerca del número de Santas Mujeres portadoras de perfumes, o Marías, cuyos testimonios constituyen, sin embargo, el fundamento de la creencia en la Resurrección.
     En el Evangelio de Juan (20: 1), sólo se habla de una Santa Mujer: María de Magdala. Mateo (28: 1 - 7), nombrados: María Magdalena y María Cleofás; Marcos (16: 1) cuenta tres: María Magdalena, María, madre de Santiago, es decir, María Cleofás, y María Salomé. Finalmente Lucas (24: 10), suma a las dos Marías un número indeterminado de Santas Mujeres («Juana y las demás que estaban con ellas»).
     Existen las mismas divergencias acerca del número de ángeles anunciadores. Juan no menciona ninguno, Mateo y Marcos hablan de un solo ángel sentado sobre la piedra del sepulcro. Lucas cree saber, por el contrario, que las Santas Mujeres se encontraron en presencia de «dos hombres vestidos de vestiduras deslumbran­tes».
   A pesar de estas diferencias de detalle, los cuatro evangelistas coinciden en un punto: para ellos, la Resurrección de Cristo es un retorno momentáneo de Jesús a la vida terrestre, porque hizo numerosas apariciones en Judea y en Galilea antes de Ascender al cielo cuarenta días más tarde. En los Evangelios apócrifos, por el contrario, la Resurrección se confunde con la Ascensión. Cristo resucita para ascender al reino de los cielos de inmediato.
Iconografía
     Esas diferencias en los textos evangélicos y en la tradición explican la falta de fijeza de la iconografía.
     En la evolución de este tema pueden distinguirse tres fases:
   1. La Resurrección simbólica .
   2. La Visita de las Santas Mujeres al Sepulcro.
   3. Cristo saliendo del sarcófago.
   4. Cristo planeando encima de su tumba.
1. La Resurrección simbólica
     La Resurrección comenzó por ser representada simbólicamente, igual que la Crucifixión, mediante una cruz desnuda (crux nuda), rematada en el monograma de Cristo. En el sarcófago de la Pasión del Museo de Letrán, el crisma está inscrito en una corona que picotean dos pájaros posados sobre el travesaño de la cruz. Abajo de ésta hay dos guardianes sentados, uno despierto y otro dormido; lo cual prueba muy bien que se trata de un símbolo de la Resurrección y no, como se ha pretendido, de la  Crucifixión.
     Más tarde, el arte prefigurativo inspirado por los teólogos recurrirá a tipos tomados del Antiguo Testamento o de los Bestiarios.
     La Biblia moralizada no enumera menos de cinco prefiguraciones de la Resurrección:
     l. José liberado de la prisión es invitado a comparecer ante el faraón, como Jesús salido de la tumba ante Dios Padre.
     2. Sansón mata mil filisteos con una quijada de asno, así como Cristo resucitado pone en fuga a sus enemigos.
     3. David huye de la casa de Saúl con la complicidad de su mujer, Micol que pone un maniquí en su cama; los soldados sólo encuentran un simulacro. Los guardianes del Santo Sepulcro ven la tumba vacía.
     4. Tobías captura el pez del Tigris que se disponía a devorarlo.
     5. Jeremías es extraído de la cisterna donde había sido sepultado.
     Las dos prefiguraciones bíblicas más usuales son Jonás saliendo tres días después de ser tragado del vientre de la ballena y Sansón arrancando las puertas de Gaza con sus hombros. Esos dos símbolos son los que más armonizan con la Bajada al Infierno de los justos, que en la Iglesia griega es la imagen de la Resurrección propiamente dicha, puesto que el monstruo que vomita a Jonás es asimilado a Leviatán, y las puertas de la ciudad de Gaza prefiguran las puertas del Infierno derribadas por Cristo. El Speculum Humanae Salvationis suma a Sansón y a Jonás numerosos símbolos tomados de los Bestiarios. Los más populares son el león que resucita a sus cachorros mediante su rugido, el fénix que renace de sus cenizas, el pelícano que reanima a sus polluelos con la sangre de su pecho abierto. Pero también allí la asimilación deja mucho que desear, puesto que no es el león o el pelícano quienes se pueden comparar con Cristo resucitado, sino los hijos de éstos.
     Los ejemplos más bellos son el púlpito recubierto de esmaltes champlevé de Klosterneuburg, ejecutado en 1181 por Nicola de Verdun, y una vidriera prefigurativa de la catedral de Bourges.
     Estas representaciones prefigurativas, popularizadas por la Biblia moralizada, la Biblia Pauperum (de los Pobres) y el Speculum Humanae Salvationis, persistieron hasta finales de la Edad Media.
2. Las tres Marías en el Santo Sepulcro
     Hasta el siglo XIII el arte cristiano de Occidente evocó la Resurrección de Cristo en la forma indirecta de Las Santas Mujeres en el Sepulcro. Por otra parte, esta es la única representación que está de acuerdo con el relato de los Evangelios.
     Pero en ciertos ciclos, antes de Las Santas Mujeres en el Sepulcro se sitúa una escena pictórica popularizada por el teatro de los autos sacramentales: La compra de los perfumes.
     1. Las santas mujeres y los vendedores de perfumes
     Antes de dirigirse hacia el Sepulcro, las Santas Mujeres compran perfumes para embalsamar el cuerpo de Jesús y preservarlo de «la mordedura del gusano» .
     La idea de embalsamar un cadáver sepultado dos días antes resulta poco verosímil, pero se necesitaba un motivo que condujese a las mujeres a la tumba. Así se explica la leyenda de las Santas Mujeres.
     Este episodio fue popularizado por los Misterios de Pascua, en los cuales la escena del comerciante de perfumes (unguentarius, apothecarius, mercator) fue desarrollado con complacencia e inspiración cómica. Las compradoras se dirigen sucesivamente a dos comerciantes, uno joven y otro viejo, para quedarse con la mejor oferta, de pie frente al mostrador, las Santas Mujeres hacen pesar los perfumes en una balanza.
     Esta escena mercantil, que divertía a los espectadores del teatro de los Misterios, parece haber sido especialmente  popular en Provenza a causa del culto de la Magdalena del Santo Bálsamo (Madeleine a la Sainte-Baume) y del culto de las Santas Marías en Camargue. En cualquier caso, es allí donde la escultura románica nos ofrece los ejemplos más antiguos y numerosos. Ese tema pasó desde Provenza al norte de Italia, a Cataluña y al sur de Alemania.
     2. La visita de las santas mujeres al sepulcro
     En el arte bizantino, el Santo Sepulcro tiene forma de «tugurium», es decir, de capilla sepulcral con apariencia de cabaña, edificada en la rotonda de la iglesia de la Resurrección de Jerusalén. Los artistas  de Occidente, menos familiarizados con los monumentos de Tierra Santa, la reemplazan con un sarcófago.
     Las Santas Mujeres son ya tres, ya dos, según los artistas se inspiren en el Evangelio de Marcos o en el de Mateo. La primera balancea un incensario.
     Sobre la piedra retirada del sarcófago está sentado «el joven vestido de una túnica blanca», asimilado a un ángel alado. Señala con el dedo la tumba vacía o a veces, como en Orvieto, el cielo a donde ha ascendido Cristo.
     Con frecuencia las Santas Mujeres son acogidas en la entrada del Sepulcro por dos ángeles luminosos.
     Sobre una cara de un capitel de Módena se representa una escena procedente del teatro litúrgico que no se encuentra en otros sitios: María Magdalena se desmaya sobre la tumba de Cristo al tiempo que María «la de Santiago» y María Salomé intentan levantarla.
     A veces el tema de la visita de las Santas Mujeres y el de la Resurrección están asociados en una misma composición. En la arquivolta de la portada de Trogir (Trau), en Dalmacia, que data del siglo XIII, se ve a Cristo de pie ante su sarcófago, que acoge por sí mismo a las Santas Mujeres. En la pintura del siglo XIV pueden citarse numerosos ejemplos de esta amalgama en la escuela de Giotto (Taddeo Gaddi), en la escuela de Bohemia (Maestro de Hohenfurt, miniatura de L. de Klettau (Biblioteca Municipal de Zittau) y en el arte alemán (Miniatura del Perikopenbuch del arzobispo Kuno von Falkenstein (1380, Biblioteca de Tréveris). Las tres Santas Mujeres ya no son advertidas por el ángel, pero se prosternan ante Cristo resucitado que se les aparece in corpore.
3. Cristo saliendo de la tumba
     Fue a partir del siglo XI cuando se vio la Resurrección representada ya no bajo el velo del símbolo, sino como un hecho. El punto de partida sería una miniatura del Evangeliario de Munich procedente del scriptorium de Reichenau.
     Esta representación no se apoya en texto evangélico alguno, pero respondía a una necesidad de la fe popular.
     Se comenzó por representar a Cristo saliendo del sarcófago; fue en el siglo XIV cuando, a consecuencia de una contaminación con el tema de la Ascensión, se lo representó planeando encima de su tumba.
El origen del tema
     Cómo explicar este cambio, de fundamental importancia en la iconografía de la Resurrección, de la representación simbólica por la representación real; es decir, de Las Santas Mujeres en el Sepulcro por la Resurrección.
     Se han invocado influencias de la puesta en escena de los autos sacramentales de la Pasión. Pero en el Auto de Pascua, donde las Santas Mujeres estaban representadas por tres diáconos, sólo se anuncia la Resurrección. Entre los ángeles y las tres Marías se establece un diálogo:
          Quem quaeritis in sepulchro, christicolae? 
          Jesum Nazarenum crucifixum, o coelicolae. 
          Non est hic; surrexit, sicut praedixerat.
          Ite, nuntiate quia surrexit de sepulchre.
     De manera que Cristo resucitado no aparece personalmente en la escena. Por ello no puede atribuirse a la influencia de los autos sacramentales la idea de representar a Cristo saliendo de la tumba.
     Según Efrén el Sirio, que asimila la Resurrección con un segundo Nacimiento de Cristo, éste habría salido sin fractura de su tumba sellada (sepulcro clauso),  de la misma manera que en su nacimiento había salido del vientre intacto (utero clauso) de la Virgen, sin romper el sello de su virginidad.
     Desde el punto de vista iconográfico es muy interesante ver la variedad de soluciones que el arte de la Edad Media ha dado a un problema particularmente difícil de resolver.
     No existen menos de cinco, sin contar las variantes secundarias.
     1. Cristo se incorpora en su sarcófago (Christus in sepulcro).
     2. Apoya un pie sobre el borde.
     3. Pasa la pierna fuera del sarcófago (Christus uno pede extra sepulcrum).
     4. Está de pie ante el sarcófago (Christus extra sepulcrum).
     5. Se mantiene de pie sobre la tapa (Christus supra sepulcrum).
     Sea cual fuere el partido adoptado, Cristo resucitado siempre está caracterizado por una cruz estandarte que es el símbolo de su victoria sobre la muerte.
     A pesar de este emblema, la mayoría de estas actitudes nada tienen de triunfal. El arte de finales de la Edad Media con frecuencia resulta indecoroso, y por amor a lo pictórico, cae en la trivialidad. Así es como un artista primitivo alemán de la escuela hanseática, el Maestro Francke, en un retablo de 1424 (Museo Hamburgo), en lugar de representar a Cristo pasando la pierna por el borde del sarcófago de frente, lo muestra esquivándolo por detrás, como un ladrón furtivo que temiese despertar a los guardianes dormidos. Esta evasión clandestina, de la cual pueden encontrarse otros ejemplos en las miniaturas alemanas, tiene algo que resulta chocante. Con el mismo espíritu, el arte germánico representa a Cristo poniendo cuidadosamente en su sitio la tapa de su sarcófago, para hacer creer que ha salido de él milagrosamente. 
   Otra particularidad del arte alemán consiste en representar a Cristo resucitado saliendo de un sarcófago sellado, sin romper y ni siquiera levantar la tapa. (Das Durchsteigen des geschlossenen Sargs, Der Aufstieg aus dem geschlossenen Grabe).
     Puede imaginarse con facilidad que esta manera un tanto familiar de reprsentar el misterio de la Resurrección no debía contar con universal aprobación. El pie sacado de la tumba no duró mucho en Alemania. En Italia y Francia se prefirió mostrar a Cristo apoyando el pie sobre el borde de su sarcófago, como un vencedor que holla la cerviz de su enemigo; y también erguido sobre la tapa como sobre un pedestal (vidriera de Bourges, miniatura de Jean Colombe en las Muy Ricas Horas de Chantilly, Perugino, Bissolo).
     El Cristo resucitado, sentado sobre su tumba en la actitud de un juez, que se ve en una miniatura alemana del siglo XV, es sólo una curiosidad iconográfica.
4. Cristo planeando encima de su tumba
     Con Cristo de pie sobre la tapa de su sarcófago como sobre un trampolín que lo impulsará hasta el cielo, la iconografía se encamina hacia una cuarta fórmula de la Resurrección: Cristo transfigurado flotando en una mandorla. Esta Resurrección ascensional se confunde con la Transfiguración y la Ascensión.
     Aparece en el arte italiano a principios del siglo XIV. El honor de esta innovación corresponde a Giotto y a su escuela. En la capilla de los Españoles, Andrea da Firenza hace planear a Cristo resucitado encima de tres Santas Mujeres. Con Fra Angélico y Perugino, este tema se independiza de sus vínculos con el motivo arcaico de las Santas Mujeres en la gruta sepulcral, y elimina las otras fórmulas.
     Alcanza su apogeo en la Resurrección pintada en 1580 por Tintoretto, para la Escuela de San Rocco. Unos ángeles hercúleos derriban la piedra que tapa la entrada de la tumba, y Cristo sale de allí como un cohete vivo. Ya no planea, sale literalmente disparado, como un proyectil. Es la más dinámica de todas las Resurrecciones.
     Otra originalidad de la escuela italiana es, a veces, el reemplazo de los vigilantes que montan guardia alrededor de la gruta sepulcral por apóstoles o santos. Por eso, en un grabado de Mantegna, Cristo resucitado está acompañado por san Andrés y san Longinos, patrones de Mantua. El cuadro del Museo de Berlín, atribuido a Leonardo da Vinci, muestra a los pies de Cristo que toma impulso, a san Leonardo, patrón de los presos, y a santa Lucía, que presenta sus ojos sobre una bandeja: esos dos santos en adoración simbolizan el desapego a la vida terrenal.
     Por un singular fenómeno de retraso, el motivo de Cristo planeando fue exclusivamente italiano desde comienzos del siglo XIV hasta finales del siglo XV. A principios del siglo XVI fue adoptado por las escuelas alemanas: por Durero, en un xilografía de la Pasión Grande, y por Mathis Nithart, en un postigo del retablo de Isenheim. Pero este tipo de Resurrección triunfal nunca se adaptó bien al norte de Europa, y contradice el espíritu de la Reforma. En su cuadro de la Pinacoteca de Munich (1639), Rembrandt retorna a una concepción completamente diferente. Un ángel levanta la piedra de la tumba y Cristo, aún envuelto en fajas, se pone de pie penosamente, como un nuevo Lázaro. Es exactamente lo contrario del Cristo bólido de Tintoretto, lanzado hacia el cielo como un proyectil.
Correcciones de la iglesia católica después de la Contrarreforma
     Los teólogos de la Contrarreforma sometieron a severas críticas la iconografía de la Crucifixión, que en 1730 formuló Juan de Ayala en su Pictor Christus eruditus. Según dicho autor, es un grosero error representar a Cristo saliendo de la tumba abierta, con un pie fuera del sarcófago (uno pecte extra sepulcrum, altero autem cum crure jamjam prodeunte). Tampoco aprueba la representación de Cristo planeando (sublevatus in aere), que se parece demasiado a una Ascensión. Lo mejor es representarlo ante o sobre la tumba cerrada (extra vel supra sepulcrum). Su cuerpo resplandeciente, inmaterial (sine mole et pondere), revestido con un lienzo rojo, debe mostrar las llagas.
     Juan de Ayala considera que al representar a los soldados dormidos se injuria la disciplina del ejército romano (sic). Y cree imposible que todo el cuerpo de guardia se haya dormido; por lo menos uno de los guardianes debe permanecer despierto.
     En cuanto a la asistencia, deben ser eliminados todos sin excepción, puesto que según los Evangelios, ninguna criatura mortal asistió al milagro de la Resurrección (a nullo prorsus mortalium visum). La Virgen tampoco debe estar presente. En la escena no caben ni soldados precipitándose sobre sus armas ni un perro que ladre.
Los guardianes
     Como ya hemos señalado, la presencia de guardianes alrededor del Sepulcro es completamente ignorada por Marcos, Lucas y Juan. Fueron introducidos posteriormente en la leyenda y en la iconografía por razones apologéticas, con el objeto de refutar la acusación de los judíos, que insinuaban que el cadáver de Cristo había sido retirado clandestinamente por sus discípulos.
     Acuclillados alrededor de la tumba, parecen dormir, a veces hasta roncan con la boca abierta, pero es sólo falsa apariencia o al menos no todos duermen. El sueño de los guardianes habría provisto argumentos a los judíos y habría parecido dar la razón a sus insinuaciones. Por ello es cierto que la intención de los artistas, y la de los teólogos que los guiaban, era representar a los guardianes no dormidos sino deslumbrados, paralizados y «como muertos», según la expresión de san Mateo (28: 4), al ver al divino resucitado.
     El número de guardianes es variable: a veces son tres o cuatro, pero en ciertas ocasiones se cuentan en tan gran número que rodean el sepulcro por todas partes como para hacer imposible toda tentativa de retirar el cuerpo, o de evasión (Jean Colombe, Muy Ricas Horas).
     En el teatro de los Misterios, Pilato los sitúa en los cuatro ángulos del Santo Sepulcro. Pero su agrupación presentaba grandes dificultades en los capiteles historiados. En Mozat, parecen dormir de pie, con la cabeza inclinada. En un capitel de Issoire, los tres guardianes están superpuestos.
     Lo más habitual es que estén acostados al pie de la tumba, pero a veces observan como vigías en lo alto de la torre sepulcral, detrás de las almenas (Libro de Perícopes de Salzburgo, Biblioteca Munich).
     Su indumentaria y armas son anacrónicos. No están vestidos como legionarios romanos sino como militares del tiempo de las cruzadas, con la cota de malla y el casco cónico provisto de nasal; llevan los escudos sujetos en la coronilla, como si estuvieran al pie de la muralla de un castillo. Sus ropas varían de acuerdo con la moda: en el Renacimiento usan los farsetos de los lansquenetes.
     Sus reacciones son muy expresivas, y a veces, hasta caricaturescas. Deslumbrados por la aparición, intentan taparse los ojos con una mano o el escudo. Los más valientes desenvainan la espada para partir al espectro; los otros consideran más prudente darse a la fuga. A veces uno de ellos se arrodilla en actitud de adoración: Longinos, el lancero, cuyos ojos se habían abierto a causa del milagro (Predela de Mantegna en el Museo de Tours).
     A veces Cristo apoya el pie sobre la cabeza o el pecho de uno de los guardianes que no parece advertirlo.
     No hay más espectadores que los guardianes. Los apóstoles están ausentes, la Virgen también. Sólo en la escuela catalana del siglo XV puede encontrarse excepcionalmente -simples curiosidades iconográficas- a la Virgen asistiendo a la Resurrección de su Hijo (Jaume Serra, Retablo de Huesca, Museo Barcelona). 
   Para explicar la ausencia de la Virgen, algunos comentaristas ingeniosos supusieron que ella pudo asistir al milagro, pero que los evangelistas juzgaron preferible no hacerla intervenir porque el testimonio de una madre habría resultado sospechoso y sin valor probatorio.
Los príncipes de los sacerdotes corrompen a los guardianes
Mateo, 28: 11 - 15.
     Para desacreditar los testimonios de los judíos que pretendían que el cadáver de Jesús había sido robado durante la noche por los discípulos, Mateo agrega que los guardianes informaron a los «príncipes de los sacerdotes" acerca de la desaparición de su prisionero, y que éstos, después de deliberar, les dieron «bastante dinero» a condición de decir que los discípulos de Jesús habían aprovechado que ellos dormían para hacer desaparecer el cuerpo.
     A pesar de su carácter apologético, este episodio ha sido escasamente ilustrado por el arte cristiano (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Jerónimo Hernández, autor de la imagen que preside la obra reseñada;
     Jerónimo Hernández de Estrada, (Ávila, c. 1540 – Sevilla, 27 de julio de 1586). Escultor.
     Nace en Ávila en torno a 1540, probablemente en la calle de la Albardería (hoy San Segundo). Hasta los trece años vivió con sus padres, Juan Hernández y Catalina de Estrada, vinculados al gremio de la carpintería.
     En 1533 se incorporó, como aprendiz, al taller de Juan Bautista Vázquez el Viejo. Cuando contaba con unos veinte años, se trasladó a Sevilla, juntamente con su tutor y maestro.
     El profesor J. M. Palomero Páramo, refiriéndose a la fecha en que comenzó su vida en Sevilla, escribe: “El inicio de la estancia ininterrumpida en Ávila de Juan Bautista Vázquez el Viejo y Jerónimo Hernández arranca de los meses centrales de 1560, tras asistir Jerónimo Hernández el 30 de marzo en Ávila a la partición de bienes de sus padres y cobrar Vázquez el 20 de abril del Cabildo de Toledo, el finiquito de las pinturas que hizo para la puerta del Perdón, de la Catedral Primada, con motivo de la entrada de Felipe II en la Ciudad Imperial” (Gerónimo Hernández, pág. 21).
     A finales de marzo o principios de abril de 1568, contrajo matrimonio con Luisa Ordóñez, hija del arquitecto Hernán Ruiz II. Tuvieron dos hijos, Jerónima de Estrada y Hernando Ordóñez, quien profesó en el monasterio trinitario de Santa Justa y Rufina, de Sevilla. Jerónima se casó con Francisco Arias Orduña en 1590. La familia vivió en la capital andaluza, la mayor parte del tiempo en el barrio de San Juan de la Palma. En Sevilla murió, posiblemente en la madrugada del 27 de julio de 1586, a los cuarenta y seis años de edad.
     “Cabe fijar —escribe Palomero Páramo— la formación escultórica de Gerónimo Hernández en el círculo berruguetesco de Juan Bautista Vázquez el Viejo [...] y la arquitectónica en el taller de su suegro Hernán Ruiz II, viéndose completada esta última con la lectura de los tratadistas italianos del Manierismo, en cuyo obrador poseyó ‘sesenta libros grandes e pequeños de toscano y latín’, y el contacto personal que mantuvo con Pedro Díaz de Palacios, Maestro Mayor del Arzobispado y de la Catedral, que en 1581 introducía la tipología del retablo romanista en la región cancelando el recetario plateresco [...] La influencia que en la composición de sus retablos ejercieron determinadas fórmulas de Serlio y Palladio revelan la consulta que hizo de estos códigos arquitectónicos y la existencia de los mismos en su taller [...] A través de su obra, el relieve de San Jerónimo Penitente, de 1566, se revelan ya dos características esenciales que se hacen permanentes en toda su producción: una formación castellana de raíz berruguetesca de su maestro J. B. Vázquez el Viejo, y unas condiciones singulares para el modelado y el dibujo” (págs. 39-40). En 1573 se sometió a las pruebas requeridas y obtuvo el título de “Maestro en el arte de escultor, entallador de romano y arquitecto”.
     Aprendieron con él, además de Bartolomé Gaspar Adán, Diego de Robles, Juan Martín Nieto, Pedro Gómez, Crisóstomo Mena, Juan Manuel. El maestro manifestó en su testamento que tenía en su taller cuatro aprendices. Uno de los citados, Diego Robles, que pasó a Ecuador donde trabajó y dejó obras, como la Virgen con el niño (santuario de Quinche), datada en 1586, prolongó en América el estilo de Jerónimo Hernández.
     Entre sus discípulos se encuentran Gaspar Núñez Delgado y Juan Bautista el Joven, hijo de su maestro y tutor. Asimismo recibieron enseñanzas suyas Andrés de Ocampo, Juan de Oviedo el Joven, Juan Martínez Montañés y Diego López Bueno, “como se advierte en sus obras y revela el romanismo escultórico de las mismas”.
     Mantuvo relaciones con otros muchos artistas, además de los citados, como el entallador Juan de Oviedo el Viejo, natural de Ávila, los escultores Diego de Velasco y Juan Bautista Vázquez el Joven, el pintor portugués Vasco Pereyra, que policromó casi todas las obras de J. Hernández, el platero Francisco Alfaro, etc.
     El profesor Palomero Páramo ofrece un catálogo documentado de las obras de Jerónimo Hernández.
     Clasifica las mismas en tres apartados: arquitectura; retablos, sagrarios y sillería; relieves e imágenes independientes.
     Son concretamente seis las obras que recoge en el apartado imaginería procesional, entre ellas el Cristo recibiendo el cáliz del ángel (Sevilla, capilla de Montesión, 1578), es uno de los mejores pasos de cuantos procesionan en Sevilla, y el Niño de Jesús (Sevilla, parroquia de Santa María Magdalena, 1581- 1582), imagen titular de la cofradía Dulce Nombre de Jesús, que se considera la contribución más importante de J. Hernández a la iconografía hispalense.
     Jerónimo Hernández, orientó la escuela sevillana de escultura por los cauces de la expresión que madurarían con Martínez Montañés, como lo demuestran sus creaciones iconográficas, la introducción de la tipología posbramentesca en la arquitectura de madera y la incorporación de una tendencia clásica, heroica y monumental en la imaginería, completamente ajena a la corriente estática y goticista que caracterizó a la generación del primer manierismo (Francisco López Hernández, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen de Jesús Resucitado, de Jerónimo Hernández, en su retablo del antecoro alto del Convento de Madre de Dios, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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