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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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lunes, 10 de agosto de 2026

Los principales monumentos (Iglesia de Santa Ana) de la localidad de Valle de Santa Ana, en la provincia de Badajoz

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Badajoz, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de Santa Ana) de la localidad de Valle de Santa Ana, en la provincia de Badajoz.
     Al igual que Valle de Matamoros, se trata de un pequeño núcleo muy próximo a él, situado sobre una orografía accidentada en las cercanías de Jerez de los Caballeros, del que dependió tradicionalmente como aldea, ocupando asentamientos de gran belleza natural, cubiertos de abundante vegetación en la que abundan los castaños, las zarzas y las huertas.
     Tipo de Entidad: Municipio
     Superficie Término: 3,7 Km2
     Altitud: 505 m.
     Distancia Capital: 71 Km.
     Partido Judicial: Jerez de los Caballeros
     Comarca: Sierra Suroeste
     Gentilicio: Santanero
Ayuntamiento de Valle de Santa Ana
     calle del Coronel Jiménez, 20
     06178 Valle de Santa Ana (Badajoz)
     Teléfono: 924753501
     Fax: 924753738
     Correo-e: ayuntamiento@valledesantaana.es - secretaria@valledesantaana.es
     Web: www.valledesantaana.es
Historia.-
     Hay dos teorías sobre el origen de esta localidad.
     Por un lado, se piensa en un inicial asentamiento alrededor de una vieja ermita dedicada a Santa Ana, motivo por el cual se justifica el topónimo de la población. Y por otro lado, otras opiniones consideran más reciente su creación, allá por los siglos XVII - XVIII, y justifican su aparición con la llegada de algunas familias jerezanas que huían de una epidemia que asolaba su localidad, y que llegados a estas tierras del valle, lo nombraron inicialmente como Valle del Pino.
     Una cita conocida acerca de esta localidad dice: "esta aldea se compone de veinte y tres barrios, tan distantes unos de otros que ni es lugar ni es villa y es más grande que Sevilla"; esto refleja la distribución inicial de la población, repartidos en barrios distantes y separados por olivares, huertos e incluso monte.
     No fue hasta 1860, cuando se establezca como municipio independiente de Jerez de los Caballeros.
     Ocupa un asentamiento de gran belleza natural, cubierto de abundante vegetación en la que abundan los castaños, las zarzas y las huertas. Su principal atractivo reside en la configuración urbanística y el carácter de su arquitectura popular, cuya trama origina perspectivas y rincones del mayor pintoresquismo (Diputación Provincial de Badajoz).

Monumentos.-
     Aunque el atractivo principal del enclave reside en las hermosas panorámicas que ofrece desde las alturas próximas o desde el mismo interior del caserío, posee también esta localidad construcciones dignas de mención como la iglesia parroquial de Santa Ana, de estilo gótico mudéjar, realizada en el s. XVI, de indudable interés, correspondiente al tipo de pequeño templo rural conectable con la arquitectura popular. Se compone de tres naves de acusada espacialidad sobre arcos graníticos, con cabecera triple, capilla mayor cupulada y edículo semejante a una torre fachada exterior.
     Sobre la fachada de una casa situada frente a la parroquia, aparece empotrado en el muro hacia el exterior, en insólita disposición, un intrigante púlpito de mármol construido en el s. XVIII, dentro ya de las tendencias barrocas.
     Igualmente, son destacables tres fuentes: La Fuente de Juan Vázquez -quizá la más antigua de la localidad, y usada antiguamente antes de que en las viviendas hubiese agua corriente-, la Fuente de calle Constitución, y la Fuente de los Salgueros.
     El pozo de la calle Díaz Ponce, está construido en granito y cubierto por una cúpula semiesférica adornada por una imposta de cuarto de circunferencia.
     El Molino de Amadeo, recogía el agua del arroyo que cruza la carretera de Jerez de los Caballeros, proveniente de Los Salgueros, vertiéndola después de usada, al Arroyo de los Molinos. De él, actualmente, sólo se conserva la piedra de la solera y la cubeta de recogido del producto molido, así como restos del muro que conducía el agua hasta el molino -en la parte de atrás-.
     Muy cercana al pueblo se encuentra la Gruta Rubiales -actualmente en fase de estudio expeleológico-, excavada en zona calcárea, de la que se conoce su interior de estalactitas y cámaras subterráneas que cruzan toda la población, y que fue objeto de una de las operaciones "Piraña" (Diputación Provincial de Badajoz).

Iglesia de Santa Ana.-

     Es el edificio más significativo de la localidad, reedificada posiblemente sobre la vieja ermita ya existente bajo esta misma advocación, según cabe apreciar en las diferentes secuencias constructivistas que la edificación posee.
     De estilo gótico mudéjar, realizada en el s. XVI, de indudable interés, correspondiente al tipo de pequeño templo rural conectable con la arquitectura popular. Se compone de tres naves de acusada espacialidad sobre arcos graníticos, con cabecera triple, capilla mayor cupulada y edículo semejante a una torre fachada exterior.
     Consta de tres naves divididas en cuatro tramos. La central, que evidencia resultar la zona más antigua, es de estilo gótico mudéjar (siglo XVI), presentando arcos graníticos. Los arcos que comunican las naves laterales, responden a formas barrocas claramente diferenciadas de las góticas del cuerpo central. (Ayuntamiento de Valle de Santa Ana).

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La lápida funeraria de Rodrigo Caro, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la lápida funeraria de Rodrigo Caro, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla.   
     Hoy, 10 de agosto, es el aniversario del fallecimiento (10 de agosto de 1647) de Rodrigo Caro, personaje, cuyos restos reposan en el Panteón de Sevillanos Ilustres, por lo que hoy es el mejor día para ExplicArte la lápida funeraria de Rodrigo Caro, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla.
     La Iglesia de la Anunciación [nº 25 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 48 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Laraña, 1; en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
     En el muro que se correspondería en la iglesia de la Anunciación con el de la Epístola, y a los pies del mismo, se encuentra la lápida de Rodrigo Caro, junto al Sepulcro de Federico Sánchez Bedoya y su esposa la Condesa de Lebrija, y al de Nicolás María Rivero.
     Es una lápida muy sencilla y austera de mármol blanco, sin más comentario, en la que aparece grabado el texto:
RODRIGO CARO
+ 10 DE AGOSTO DE 1647
Conozcamos mejor la Biografía de Rodrigo Caro, personaje a quien está dedicada esta lápida funeraria;
     Rodrigo Caro, (Utrera, Sevilla, 4 de octubre de 1573 – Sevilla, 10 de agosto de 1647). Sacerdote, poeta y renombrado anti­cuario.
     Rodrigo Caro nació en Utrera y fueron sus padres Bernabé de Salamanca y Francisca Caro, de la cual tomó el apellido. Comenzó los estudios de Teología en 1590 en la Facultad de Cánones de la Universidad de Osuna; posteriormente se trasladó a Sevilla y ob­tuvo el título de licenciado en 1596. Debió de orde­narse sacerdote casi inmediatamente después y regre­sar a su localidad natal, donde residía en 1598 y era beneficiado de la iglesia de Santa María. Sin embargo, siempre mantuvo una relación estrecha con Sevilla, en la que desempeñó desde 1615 una capellanía fun­dada por su tío Juan Díaz Caro, a la que renunció en 1622 a favor de su hermano Bernabé, también sacerdote. Durante los años de juventud se inició ya en él la afición por las letras, siendo autor de poemas (con la primera redacción de la Canción a las ruinas de Itálica en 1595), así como de escritos eruditos y de tema religioso; afición que se fue desarrollando a la par que continuaba su carrera eclesiástica en la capital sevillana. Así, en 1619 desempeñaba el cargo de cen­sor de libros y, en 1621, obtuvo el nombramiento de letrado de cámara del entonces arzobispo hispalense Pedro Vaca de Castro; desde el año siguiente (aun­que para otros autores ya desde 1620) desempeñó el de visitador general de parroquias y conventos de monjas fuera de Sevilla, lo que le permitió desarro­llar sus aficiones eruditas ya que recorrió el territorio del arzobispado y conoció de forma directa muchos de los yacimientos arqueológicos que estudió, de las actuales provincias de Sevilla, Cádiz y Huelva, como él mismo indica en el Prólogo de sus Antigüedades..., donde dice: “[...] para escribir este tratado [...] visité personalmente los lugares de que escrivo [...] apro­vechandome assimismo de Inscripciones antiguas, y Medallas, que con estudiosa aficion he juntado [...]”. Como él mismo describe también en un romance que mandó en 1627 a su amigo Juan de Robles, se situó en ese año de forma más definitiva en la capital hispa­lense (quizás tras el primer intento fallido de traslado a Madrid), y aquel verano envió a Sevilla desde la casa de Utrera su colección arqueológica de monedas, epí­grafes y algunas estatuas, que había recogido “con estudiosa aficion”. Su carrera eclesiástica continuó con el nombramiento, en 1628, como visitador de mon­jas de Sevilla. Además, en 1630 se convirtió en vicario general y juez de testamentos, mientras que en el siguiente fue de nuevo censor de libros y consultor del Santo Oficio. El desempeño de esos nuevos cargos, en el marco del enfrentamiento entre Felipe IV y el papa Urbano VIII sobre nuevos impuestos eclesiásticos, le valió a Caro, como juez eclesiástico, un breve destie­rro de Sevilla en 1632. Al año siguiente fue letrado de fábricas y miembro de la Junta de Gobierno, hasta 1636. Llegó a disfrutar de tres capellanías en la parro­quia sevillana de San Miguel, aunque renunció a una de ellas en 1645, pero en ese mismo año se le nombró visitador de hospitales y cofradías, examinador gene­ral y miembro del consejo del arzobispado.
    Desde los años finales del siglo XVI y especialmente desde los primeros decenios del nuevo siglo, se rela­cionó con los círculos cultos sevillanos, de tertulias o academias literarias y artísticas, especialmente las desarrolladas en torno al taller del pintor Francisco Pacheco (quien pintó el más famoso retrato que se co­noce de Caro) y al palacio del tercer duque de Alcalá, con su importante colección de esculturas antiguas. De todas formas, la Sevilla contrarreformista de prin­cipios de la nueva centuria presentaba una decadencia económica y social, habiendo perdido el auge cultural de la centuria anterior, lo que trajo como consecuen­cia también la decadencia de aquellas tertulias, en las que habían destacado humanistas como, entre otros, Benito Arias Montano, Pablo de Céspedes, el licen­ciado Francisco Pacheco —tío homónimo del pintor—, Fernando de Herrera o Pedro de Valencia, dis­cípulo de Montano. El cultivo del saber universalista propio del humanismo del XVI, en el cual el pasado clásico era el paradigma de vida y estudio, dio paso a fines del siglo a un planteamiento más limitado y erudito, de corte manierista, que sirvió de transición hacia los planteamientos barrocos. En éstos el interés por el pasado clásico y el estudio de sus restos mate­riales se convierte en un argumento moralizante, en favor de planteamientos como la propaganda del im­perialismo español, ya no tan boyante, o, sobre todo, la defensa de la ortodoxia católica. De ahí el rebrote de los “falsos cronicones”, como el Dextro de Jerónimo Román de la Higuera, de las tradiciones espurias de santos y mártires o la asunción irracional de falacias histórico-religiosas, como las falsificaciones del Sacromonte granadino. Rodrigo Caro se forma y desarrolla en ese ambiente de transformación cultural y cierta decadencia, a la vez que de provinciana huella contrarreformista, y aunque lo supera en general por su alto grado de erudición y sensibilidad literaria, supone un lastre pesado. Ello se evidencia, sobre todo, en el plano histórico, en la asunción a ultranza de los falsos cronicones, como el citado Dextro, que fue de­fendido por Rodrigo Caro expresamente en una obra editada en 1627, lo que causa extrañeza en un perso­naje de su catadura intelectual. En el fondo, su obra tiene un carácter personal e intimista, con el mante­nimiento de las posturas manieristas de tradición hu­manística, en un cierto extrañamiento de los nuevos planteamientos barrocos que se iban imponiendo, en cierto modo también alentado por su alejamiento de los círculos más destacados de la corte madrileña. En efecto, frustrados fueron los diversos intentos de tras­lado a Madrid, ante la imposibilidad de acceder a un cargo conveniente. Los intentos se inician al menos en 1626, continúan en 1634 (entonces dedica sus An­tigüedades a Gaspar de Guzmán) y culminan en 1641, con la pretensión del cargo de cronista de Indias, que había quedado vacante a la muerte de Tamayo de Vargas; en las dos últimas ocasiones lo solicita al conde-duque de Olivares, a través de la recomendación de su secretario Francisco de Rioja, pero en el fondo éste frena aquellas aspiraciones de promoción de erudito sevillano, seguramente por envidias y re­celos, como le comunica expresamente a Caro el licenciado Sancho Hurtado de la Puente en una carta de 1641. Tampoco obtuvo por ese tiempo la capella­nía real que también pretendió, vedándosele en todo caso su ansiado traslado a la corte. Seguramente re­sentido, y agravada su enfermedad renal desde 1646, emitió testamento en Sevilla el 5 de agosto de 1647 y murió sólo cinco días después, con setenta y tres años, como refiere el capitular y anticuario Martín Vázquez Siruela: “Murió el Dr. Rodrigo Caro [...]. Halléme a su cabecera, envidiando la quietud de conciencia con que dejaba esta vida”. Fue enterrado en la capilla de santa Catalina de la iglesia de San Miguel, pero en 1868, destruida esa iglesia, fueron trasladados sus res­tos a la capilla de la iglesia de la Universidad.
     Desde el punto de vista de la religiosidad de Ro­drigo Caro se ha destacado que, aun no incluyéndose dentro de la tradición del movimiento erasmista es­pañol, presenta en determinadas posiciones coincidencias con el fenómeno reformista, que quedan en evidencia en algunas de sus cartas, donde se critica, por ejemplo, defectos habituales de miembros del es­tamento eclesiástico sevillano, desde el clero medio y bajo, en general mal preparado, aunque con excep­ciones (el propio Rodrigo Caro, pero también otros, como, por ejemplo, Fernando de Herrera, Alonso Sánchez Gordillo, Pablo Espinosa de los Monteros o el citado Francisco de Rioja), hasta los dignata­rios eclesiásticos, cuyos puestos eran acaparados por miembros de las principales familias, y sin olvidar a la misma dignidad arzobispal; así, frente a su respeto por la figura del arzobispo Pedro de Castro (1610-1623), criticó públicamente al cardenal Gaspar de Borja, quien durante sus trece años de arzobispado sevillano (1632-1645) no estuvo más de seis meses en la ciudad. En ese marco histórico, la postura de Caro se acerca a lo que se ha considerado como un “neoestoicismo”, con el ideal de vuelta al modelo es­toico clásico, que en cierto modo se justifica no tanto por el lógico consuelo que debería producirle ante su fracasada promoción, cuanto especialmente por una actitud personal que se manifiesta desde sus prime­ras obras, como se advierte, por ejemplo, en su visión idealizada y melancólica ante las ruinas, en una línea bien asentada durante el humanismo, o en el modelo de vida idílica del retiro al campo, en línea con la lite­ratura clásica de carácter bucólico. En efecto, las dos obras más significativas en los dos ámbitos son tempranas en su producción; la Canción a las Ruinas de Itálica la escribió por vez primera en 1595 y sus Días Geniales o Lúdricos estaba ya compuesto, como muy tarde, en 1626. En esta obra se estudian los juegos an­tiguos, pero realmente defiende y pone como modelo esa vida retirada de lo mundano para solaz del espíritu y el estudio; en su protagonista (don Fernando) posi­blemente se simbolice al propio Caro en su retiro intelectual (su finca La Maya, en el campo de Utrera).
     Las aportaciones más conspicuas de Rodrigo Caro se sitúan tanto en el campo de la poesía como en el de la prosa, más en concreto en relación con los ámbi­tos de la epigrafía y de la anticuaria, orientados hacia la historia local, en línea con los gustos del siglo ba­rroco. Junto a sus tratados eruditos sobre Utrera o Sevilla, escribió una cincuentena de poemas, usando tanto la lengua latina como la castellana. En esta úl­timo escribió, sobre todo, poemas y prosa de carácter histórico y biográfico, mientras que el latín, del que fue un refinado cultivador, lo reservó para los poemas de carácter funerario y los tratados eruditos de tipo más general, como sus notas en defensa de los croni­cones o sobre los dioses antiguos. En todo momento queda clara la consideración extrema que Caro con­cede a la sacrosanta antigüedad, pero su acercamiento al pasado clásico se hace a partir de la valoración y estudio de sus restos materiales, tan evocadores para el autor. Ello queda en evidencia en el ámbito de su poesía lírica desde su ya referida Canción a las Ruinas de Itálica —de cuya autoría no debe dudarse, frente a otras atribuciones propuestas, sobre todo adscribién­dola al citado F. de Rioja—, y que es, en efecto, claro exponente del atractivo idealizado que aquellas rui­nas arqueológicas de la antigua ciudad romana le infundieron durante su primera visita al lugar en 1595, cuando aún era estudiante en Sevilla. Existen, de he­cho, cinco versiones del famoso poema, escritas por Caro entre 1595 y 1614, y se integra perfectamente en un tipo de producción literaria propio de la Edad Moderna que tiene a la ruina arqueológica como tema evocador y de reflexión moral para el poeta o el artista. Otros poemas también reflejan la importancia concedida a los restos arqueológicos antiguos, como en su poema Cupido, escrito en 1627, a propósito de una estatuilla romana aparecida en la cercana loca­lidad sevillana de Lebrija (donde se situó la ciudad romana de Nabrissa) y que Caro había agregado a su colección particular, primero en su casa de Utrera y que precisamente en 1627 trasladó a Sevilla. Como era habitual entre los eruditos de la época, en esas co­lecciones particulares aparecían sobre todo monedas, inscripciones, esculturas y estatuillas y otras piezas ar­queológicas (lucernas, vidrios, urnas, joyas), que Caro cita en diversos trabajos. Las colecciones se integraban en las bibliotecas y también se conocen los libros que conformaban la de Caro, en que destaca el número y variedad temática de obras de que dispuso.
     Más conocida que su obra poética ha sido la rea­lizada en prosa, especialmente la de tipo histórico y epigráfico de ámbito local, si bien muchos de sus tra­bajos quedaron inéditos —han sido publicados en algún caso posteriormente—, como Inscripciones an­tiguas del arzobispado de Sevilla vistas en los años 1621-1625, De ueteribus Hispanorum Diis (manuscrito desaparecido) o Varones insignes en letras, naturales de la ilustrísima ciudad de Sevilla, a los que se une la Corres­pondencia epistolar con varios sujetos literarios. Entre las de carácter epigráfico cabe destacar su temprana obra titulada Memorial de la Villa de Utrera (1604), en que trata las antigüedades y epígrafes de su ciu­dad natal, tema que retomó en Relación de las inscrip­ciones y antigüedad de la villa de Utrera, que incluyó dentro de su Santuario de Ntra. Sra. de Consolación y Antigüedad de la villa de Utrera (1622), donde se ha­cía la historia del santuario y los milagros marianos, aunque más importancia tuvo su libro sobre las An­tiguedades y Principado... (1634), que fue el que más fama le dio y que tuvo luego unas Adiciones que que­daron inéditas. Las Antigüedades se estructura real­mente como dos libros diferentes, donde compendia, en primer lugar, el estudio histórico y arqueológico de la ciudad de Sevilla y, en segundo lugar, sus estudios sobre la historia y arqueología regionales de las principales ciudades romanas del territorio del ar­zobispado hispalense, con base en la documentación de los textos literarios antiguos (poco abundantes), el análisis de las monedas e inscripciones, sobre todo las denominadas geográficas, y el estudio de los res­tos arqueológicos, pero donde el criterio de autoridad de los autores sigue siendo argumento básico. Ade­más, en muchos casos acepta Caro sin una crítica ade­cuada inscripciones interpoladas y contenidas a ve­ces en aquellas obras pseudohistóricas que él defendía (como criticó Emil Hübner su labor epigráfica en el Corpus Inscriptionum Latinarum, II, págs. 169, 171), así como sus comentarios arqueológicos y filológicos son muchas veces incorrectos. A pesar de tales defec­tos, sus Antigüedades se convirtió en la principal obra de referencia de la anticuaria de Andalucía occidental hasta prácticamente el siglo XIX, de donde la fama de buen erudito que en general mantuvo nuestro autor. Una imagen que fue renovada a mediados del siglo XX desde el punto de vista arqueológico por la revalo­rización que llevó a cabo Antonio García y Bellido, dando nombre entonces al Instituto de Arqueología del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de Madrid (José Beltrán Fortes, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la lápida funeraria de Rodrigo Caro, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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domingo, 9 de agosto de 2026

La Romería de Nuestra Señora del Monte, en Cazalla de la Sierra (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte la Romería de Nuestra Señora del Monte, en Cazalla de la Sierra (Sevilla)
     Hoy, 9 de agosto es el segundo domingo del mes de agosto (fecha en la que se celebra uno de los momentos anuales, junto al último domingo del mes de octubre) así que hoy es el mejor día para ExplicArte la Romería de Nuestra Señora del Monte, en Cazalla de la Sierra (Sevilla).
      La Romería de la Virgen del Monte se celebra en dos momentos. El primero en el segundo domingo de agosto0, con el traslado de la imagen desde su santuario hasta la iglesia parroquial del casco urbano. El segundo se realiza el último domingo de octubre, cuando la imagen es devuelta a su templo.
     Una de las celebración más significativas en Cazalla de la Sierra, ya desde el siglo XVII, es la Romería de la Virgen del Monte que se celebra en dos momentos, primero en agosto, con el traslado de la imagen desde su Ermita hasta la iglesia del casco urbano en la que permanece hasta que, ya en octubre, es devuelta a su santuario, erigido, según narra la leyenda, en el lugar de aparición de la Virgen. El primer momento se caracteriza por el júbilo de los romeros que atraviesan el valle cercano al Huéznar a pie, caballo y carrozas al ritmo de sevillanas y fandangos, mientras que el segundo es de mayor sobriedad, las andas son cargadas por mujeres y algunos devotos van descalzos a modo de promesa. Los momentos de socialización, diversión y participación de jóvenes hacen que la actividad goce de gran vitalidad hoy día. 
     Los orígenes del culto y la devoción a Nuestra Señora del Monte, como sucede en otros rituales andaluces que responden a la misma tipología, se fundamentan en la leyenda de su aparición. Cuenta la leyenda, trasmitida oralmente de generación en generación, que en el año 1635 un pastor encontró, en un hueco del terreno donde hoy surge el Santuario, la imagen de la Virgen y que, al cogerla, de ella brotó el agua que todavía hoy no se ha secado. En tres ocasiones desapareció de las alforjas del pastor que, en vano, intentaba llevarla a la Iglesia del pueblo, volviendo a aparecer en el mismo lugar. Comunicado el hecho al párroco, se decidió erigir un santuario en aquel paraje. 
     Desde el momento del hallazgo de la imagen, la gente de Cazalla empezó a vincularse a este lugar y, desde entonces, se convirtió en un espacio ritual. La fuente de la aparición es señalizada con una placa de azulejos que representa la imagen de la Virgen y conmemora el milagroso hallazgo.
     Ya en 1635 se proclama a  la Virgen del Monte como Patrona y Abogada de la ciudad, en virtud de los prodigios que obra entre las gentes de Cazalla. Desde entonces se le rinden diversos cultos a lo largo del año, cuya modalidad varía en el transcurso del tiempo. 
     A partir del siglo XX el culto a la Virgen se va articulando en torno a dos actos centrales, la Romería y la tradicional función que acompaña a la procesión de la Virgen por las calles del pueblo. En los años veinte del siglo veinte, la Romería alcanza un gran esplendor, adquiriendo sustancialmente las características que perduran hasta la actualidad. 
     Podemos identificar dos distintos grupos de agentes en los preparativos de la Romería en honor a Nuestra Señora del Monte, por un lado la Hermandad a cargo de los preparativos formales y, por otro lado, los devotos de la Virgen que organizan las comitivas de romeros, centradas en la preparación de las carretas, de los grupos de caballistas y de los actos de comensalismo. 
     Los cultos comienzan en el Santuario tres días antes de la Romería, donde se celebra el Triduo a la Virgen que consta del rezo del Rosario, Misa y Salve Romera. Terminado el Triduo, se cierran las puertas del Santuario para proceder a vestir la imagen con su traje de reina para volver al pueblo el día siguiente. Este acto es realizado por cuatro camareras de la Virgen que cuidan la preparación de todos los detalles. La Virgen es colocada en su camarín, bajo un elegante templete de plata adornado con flores.  
     El acto principal de la Romería de Agosto consiste en el traslado de la imagen de la Virgen desde su Santuario hasta la Parroquia de Nuestra Señora de la Consolación, situada en el pueblo. 
     Así, a las nueve y media de la mañana del domingo los romeros, congregados en el Paseo del Moro, empiezan su recorrido hacia el santuario en carrozas vivamente engalanadas, caballistas y romeros a pie. Al llegar al santuario, la comitiva se coloca alrededor del paraje y al mediodía se celebra la tradicional Misa de Romeros, presidida por la Junta de Gobierno de la Hermandad y por numerosos devotos. 
     Al finalizar la función, es el momento del comensalismo durante el cual las comitivas de romeros se reúnen para compartir abundante comida y bebida. Destaca la presencia de numeroso colectivos de jóvenes que animan la tarde con cantes y bailes al ritmo de sevillanas y fandangos.
     Sobre las cuatro los devotos se reúnen nuevamente en el Santuario para el rezo del Santo Rosario. Uno de los momentos más emotivos y animados es la salida de la Virgen desde el Santuario, anunciada por el prolongado repique de las campanas. En la salida del santuario los romeros y las romeras, ataviadas con trajes tradicionales de sevillanas, entonan cantes y se improvisan bailes que paulatinamente involucran a toda la multitud, dando vida a una animada coreografía. 
     La carreta tirada por bueyes, y enteramente recubierta de flores blancas de papel, se coloca en la puerta del santuario para recibir a la Patrona, mientras que en el interior cuatro miembros de la Junta de gobierno de la Hermandad y las camareras trasladan la imagen desde su Camarín hasta la carroza. Al aparecer la Virgen en la puerta del santuario, bajo su templete de plata, es saludada con vítores y aplausos de todos los presentes. La comitiva de romeros empieza a recogerse para emprender el recorrido hacia el pueblo. El cortejo es encabezado por los caballistas, a los cuales siguen las carrozas, la carreta de la Virgen precedida por los miembros de la Junta de Gobierno de la hermandad, los romeros a pie y, finalmente, los remolques y tractores. Durante el recorrido la Virgen va acompañada de los cantes y bailes de los romeros en un clima de creciente alegría. A lo largo del recorrido el cortejo efectúa varias paradas para cantar la Salve, entre las cuales destacan la que se realiza al llegar a la denominada Cruz del Chorro y al Cruce del Moro, donde la virgen recibe la Salve de Bienvenida a su pueblo. Todo el pueblo se reúne en sus calles para recibir a la Patrona., que recorre las calles de Cazalla hasta llegar, cerca de la una de la madrugada, a la Parroquia de Nuestra Señora de la Consolación. Allí, la imagen es bajada de la carreta y trasladada al altar mayor donde permanecerá hasta el último domingo de octubre, momento de la segunda romería para devolverla a su templo habitual. En la puerta de la Iglesia los romeros se despiden con palmas y cantos, mientras el repique de las campanas anuncia el reencuentro de la Virgen con su pueblo.
     El culto a la Virgen del Monte prosigue en el mes de septiembre con la celebración de la novena que precede la función principal del instituto, el viernes más próximo al 8 de septiembre, día del nacimiento de la Virgen. En la madrugada de ese día los campanilleros de la Virgen recorren las calles del pueblo entonando coplas dedicadas a la Patrona para anunciar su salida procesional en la tarde-noche del día siguiente. 
     Finalmente, el último domingo de octubre la Virgen del Monte, colocada en su parihuela de plata, ha de ser trasladada a su Santuario. Es el momento más litúrgico de todo el ciclo ritual, cuyas protagonistas principales son las mujeres que la llevan en andas hasta la Ermita.
     A las tres de la tarde, son los niños quienes transportan la Virgen hasta la puerta de la parroquia, donde es recibida por las mujeres, y empieza así el recorrido de vuelta y el cierre del ciclo anual de cultos a la imagen. El cortejo es caracterizado por una gran sobriedad. Las mujeres no visten los trajes típicos andaluces que connotan el ritual de la Romería y muchas van descalzas, a modo de promesa, detrás de la Virgen. El recorrido por el pueblo, a largo del cual destaca la decoración de balcones y altares a la Virgen, es más corto que el de agosto. Muchos devotos se reúnen a la salida del pueblo para despedirse de la patrona. Al llegar al paraje conocido como Los Álamos de la Cruz, el cortejo empieza a entonar el rosario. Al llegar al santuario la imagen es recibida por la Junta de gobierno, que la traslada a su templete acompañada por el cante de la Salve. 
     A partir de los años veinte del siglo veinte la Romería asume sustancialmente las características que sigue manteniendo hasta la actualidad. A fines de la década de los sesenta, cambia su fecha de celebración del último domingo de agosto al 15 del mismo mes, no existiendo documentación acerca de los motivos de este cambio. 
     Si bien el ritual se mantiene sustancialmente invariado en sus aspectos formales, destaca el consistente aumento de la participación de los jóvenes, siendo los protagonistas principales del cortejo de romeros. Esta circunstancia confiere a la Romería un carácter muy singular. 
     El recorrido que en el mes de agosto traslada a la imagen de la Virgen del Monte, patrona de la localidad, parte de su Ermita y atraviesa el valle cercano a la ribera del Huéznar, caracterizado por abundante vegetación. Diversas son las paradas que realiza en el trayecto. 
     Primero en la Cruz del Chorro, hito en el recorrido de la romería para cantar la Salve a la Patrona. Una segunda parada en el Cruce del Moro que representa el ingreso de la Virgen al pueblo, y donde la comitiva de romeros se une a los devotos que reciben a su patrona con una Salve de bienvenida. Y una tercera en el Cruce del Judío, en proximidad de la Fuente del Judío donde de nuevo canta la Salve. Al entrar la Virgen en el Barrio Nuevo, El Carmen y Zona Este, ésta es homenajeada por sus vecinos con el cante de la Salve antes de tomar la Playa Mayor y encerrarse en Iglesia de Nuestra Señora de la Consolación. 
     Es ya en octubre cuando la imagen es de nuevo sacada en procesión por el casco urbano y llevada a su Ermita realizando inverso e idéntico recorrido que en agosto, con la salvedad de que, en el paraje conocido como Los Álamos de la Cruz, el cortejo realiza un rosario.
     La Plaza Mayor es una plaza urbana que, con motivo de la Romería de la Virgen del Monte, representa el momento culminante de dicha actividad. Tras siete u ocho horas de camino, la Virgen se aproxima a entrar en la Parroquia donde permanecerá hasta octubre. Aquí se recogen numerosos los habitantes del pueblo para presenciar el ingreso de la Patrona al templo (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
       Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte la Romería de Nuestra Señora del Monte, en Cazalla de la Sierra (Sevilla). Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia sevillana.

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Ruta por las Murallas y Puertas de Sevilla V: desde la Puerta de la Carne hasta la Puerta de Jerez

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Ruta por las Murallas y Puertas de Sevilla V: desde la Puerta de la Carne hasta la Puerta de Jerez, de Sevilla.
     La puerta de la Carne se ubicaba sobre la cota más alta de todas las puertas de la ciudad, por lo que apenas aparecen referencias docu­mentales al ataque de las aguas, tan común al resto de las puertas de la ciudad. Se situaba en la confluencia de las calles Santa María la Blanca (la hebrea Açuayca) y Cano y Cueto hasta su derribo en 1864. Algunos autores opinan que recibió el nombre de Bab Yahwar o puerta de las Perlas cuando se levantó la cerca islámica, pero hipótesis recientes señalan que dicho topónimo corresponde más bien al postigo del Alcázar, junto a la torre del Agua, salida natural de los Alcázares hacia el área palaciega de la Buhayra. De cualquier forma, a partir de la conquista castellana, recibió el nombre de puerta de Minjohar y de la Judería, al ser la puerta principal que comunicaba la Judería y el cementerio hebreo extramuros, localizado en las obras de remodelación del antiguo cuartel de Intendencia en 1992, en diversas intervenciones en el barrio de San Bernardo y en el aparcamiento subterráneo de la calle Cano y Cueto en 1996,donde se localizaron más de 200 enterramientos según el rito hebreo, inhumados entre el siglo XIII y el XV, habiéndose reconstruido uno de ellos en el interior del aparcamiento. En la misma área excavada, los arqueólogos también identificaron una serie de tumbas con individuos de rasgos negros, probable­mente esclavos inhumados en los siglos XVI y XVII.
     El actual topónimo de puerta de la Carne se consolidó a partir del siglo XVI, por alusión al matadero extramuros (n.º 178 en el plano de Olavide), construido en 1489 por mandato de los Reyes Católicos, y cuyos restos se han descubierto recientemente en las obras de remodelación del antiguo mercado de abastos en la calle Demetrio de los Ríos. La existencia del matadero explica a su vez la presencia de actividades artesanales relacionadas con el completo aprovechamiento de las reses, como las de curtidores y zurradores en las calles cercanas a la puerta.
     En el informe de Hernán Ruiz de 1560 esta puerta figura en la relación de accesos que tenían que ser reformados, por lo que se debía eliminar el acceso en recodo protegido por barbacana. La puerta almohade fue demolida en 1576 por orden del asistente Francisco de Zapata, conde de Barajas, quien planifica una nueva puerta monumental, atribuida a Asensio de Maeda, con arco de medio punto y cuerpo superior rematado con frontón y pináculos, como podemos comprobar en las imágenes del siglo XIX previas a su derribo, en las que también se advierte la pre­sencia de edificaciones del siglo XVIII en la calle Cano y Cueto que aún se mantienen en pie. La presencia del matadero extramuros, visible en la vista de Sevilla de Hofnagel y en el plano de Olavide, explica, por un lado, la actividad ganadera en los cercanos prados de Santa Justa y de San Sebastián, así como una cierta tradición taurina en el próximo barrio de San Bernardo. Cervantes menciona este área extramuros en El coloquio de los perros, aludiendo a su marginalidad: «...tres cosas tenía el Rey por ganar en Sevilla: la calle de la Caza, la Costanilla y el matadero». Por otro lado, las reses sacrificadas se vendían para su mejor control fiscal en el interior de Sevilla, en las carnicerías reales, edificio de dos plantas y patio central en torno al cual se disponían hasta 48 puestos, y que estuvo ubicado en la actual plaza de la Alfalfa desde su cons­trucción en 1545 hasta su derribo en 1837.
     La altura de la puerta, la más baja de todas, estaba condicionada al paso del gran atanor que venía por encima de la muralla desde la puerta de Carmona y conducía el agua de los Caños hasta el cercano recinto del Alcázar por el callejón del Agua y, posteriormente, a la Fábrica de Tabacos. Precisamente, la escasa altura del vano y el obstáculo que suponía para el paso de los carros, fue el argumento principal para su derribo en 1864.
     A partir de aquí, la muralla continuaba por el tramo corto de la calle Cano y Cueto, donde podemos contemplar unos hermosos azulejos barrocos dedicados al rey san Fernando sobre un edificio del siglo XVII, quizás relacionados con la cercanía del campamento castellano en el arrabal de san Bernardo en el asedio de 1248. Esta calle era conocida anteriormente como la del Muro, por el tramo de muralla que corría en dirección sur hasta la plaza de los Refinadores, desde donde partía en época moderna una tapia que encerraba por el este la palaciega huerta del Retiro, convirtiéndose así la propia muralla urbana en un muro interior a partir de este punto, como se puede advertir en la planimetría histórica. Esta tapia se mantuvo en pie hasta 1863 cuando se inicia el expediente y proceso de demolición de la misma dentro del proceso de reordenación urbanística de la actual avenida.
     En este mismo programa urbanizador se enmarca, tras la demo­lición de la puerta de la Carne y del tramo de muralla más cercano, la construcción de la manzana conocida como "Casa Cobián" en 1893, en el espacio resultante hasta la avenida Menéndez Pelayo, frontera al antiguo cuartel de Caballería (1792), posteriormente de Intendencia y actualmente sede de la Diputación Provincial de Sevilla. El cuartel se construyó entre 1780 y 1788, probablemente diseñado por el arquitecto José Echamorro, en un área extramuros cercana al matadero y al edificio del rastro, edificación del siglo XVI que acogía el mercado de ganado menor, y que se ubicaría en el solar del actual parque de bomberos. El plano de Olavide, 1771, recoge este espacio entre el arroyo del Tagarete y las murallas de la ciudad, como un área desordenada, recubierta por auténticas montañas de basuras y desperdicios del matadero y de las industrias urbanas, descripción que se atenúa con la construcción del cuartel a finales del XVIII y la paulatina transformación urbanística que dará paso a la actual avenida Menéndez Pelayo a lo largo del siglo XIX, cuyo primer arrecife, o camino empedrado, se construyó en 1876 con el material obtenido del derribo de las murallas inmediatas.
     Lentamente, la avenida fue tomando forma. Se organizaron manzanas de viviendas entre el cauce del antiguo arroyo Tagarete (encauzado bajo tierra a partir de 1849) y la nueva ronda, entre las cuales destaca el edificio diseñado por Juan Talavera y Heredia en 1925 en la esquina con la calle Demetrio de los Ríos o la Casa Ybarra, más cerca del prado de San Sebastián, diseñada por Aníbal González entre 1928 y 1930, junto al antiguo hotel América Palace, diseñado por el arquitecto malagueño Fernando Guerrero Strachan para la Exposición Iberoamericana de 1929. Al otro lado de la ave­nida se organizarían los jardines de Murillo y el paseo de Catalina de Ribera en etapas sucesivas.
     El paseo de Catalina de Ribera se formó en 1862 tras la cesión al Ayuntamiento por parte de la Corona de una franja de terreno de la huerta del Retiro, que discurría desde el Prado hasta la puerta de la Carne, dentro del proyecto de alineación urbanística entre dicha puerta y la de San Fernando y de la instalación de la feria en el prado de San Sebastián, lo cual obligó a retranquear la vieja tapia almenada que protegía la huerta palaciega y erigir una nueva, que hay quien erróneamente confunde con la muralla medieval. En este paseo ajardinado se levantaría en 1920 la glorieta dedicada a Cristóbal Colón, según propuesta de José Laguillo y diseño de Juan Talavera y Heredia, con participación del escultor Collault Valera. El mismo arquitecto municipal es el encargado del Monumento a Catalina de Ribera, fechado en 1921, pero al que incorpora una fuente del siglo XVI procedente del Asilo de los Toribios en la plaza del Pumarejo y que fue adosada a la nueva tapia de las huertas.
     Por su parte, la formación de los jardines de Murillo es un proyecto posterior al del paseo de Catalina de Ribera, con el que suele confundirse, realizado en 1911 tras la cesión por parte de Alfonso XIII de parte de los terrenos de la huerta del Retiro, que venían siendo reclamados por la ciudad desde hacía décadas para facilitar la apertura del barrio de Santa Cruz hacia el sur y la comunicación con la nueva estación de ferrocarriles en San Bernardo, ya que los portillos abiertos en aquel sector de la muralla se habían mostrado insuficientes. La cesión real obligó a levantar un nuevo muro que aislase el recinto palaciego de los nuevos jardines públicos, pero provocó la demolición del lienzo de muralla islámica que cerraba la plaza de los Refinadores (por los afinadores de metal) y la plaza de Alfalfa, así como la apertura de la calle Nicolás Antonio, que permitió el acceso del tráfico rodado hacia la plaza de Santa Cruz, permaneciendo los restantes lienzos de muralla, con el atanor visible, y las bellas torres de tapial y verdugadas de ladrillo mirando a los jardines de Murillo. Este topónimo fue una propuesta de José Laguillo para homenajear al genial pintor barroco en su barrio con ocasión del III centenario de su nacimiento.
     A continuación, volvemos a ver la muralla medieval por el callejón del Agua (llamado así por el atanor que llevaba el agua de los Caños hasta el Alcázar), el cual se mantiene, como establecían antaño las normas municipales, sin edificaciones anexas a la muralla. Al otro lado de la cerca se encontraba la citada huerta del Retiro, un conjunto de huertas del Alcázar, que, a partir de las sucesivas ampliaciones del recinto palaciego en época cristiana, dejaron encerrada la cerca islámica original dentro de los jardines y huertas reales y con ella el postigo del Alcázar, abierto en el muro de Yahwar, bajo la imponente torre del Enlace o del Agua, al fondo de la calle Judería. El cierre de esta puerta en 1619, al convertirse en acceso a las huertas, provocó su olvido, aunque fue mencionado en la novela cervantina Rinconete y Cortadillo, como puerta que se abría hacia el prado de San Sebastián, aunque de manera errónea los azulejos cervantinos lo sigan ubicando en el arquillo de Mañara.
     Desde este postigo, la cerca hacía en dirección sur, donde aún podemos un quiebro y continuaba ver el pequeño postigo de salida al campo desde las huertas palaciegas andalusíes y una de sus torres en la huerta de la Alcoba del Alcázar, junto a los restos de un tramo de muro conservado tras el restaurante Capuccino en la calle San Fernando. En ese punto tenía lugar su encuentro con la muralla que discurría paralela al arroyo Tagarete en dicha calle, donde se labraría la última puerta de la ciudad en el siglo XVIII, la Puerta Nueva o de San Fernando.
     Así pues, dicho tramo de muralla quedó integrado en los jardines del Alcázar tras la mencionada ampliación de sus huertas en 1619, un hecho que obligó a levantar una tapia que cerraba las huer­tas desde la puerta de la Carne hasta la de San Fernando, como ya hemos mencionado anteriormente. Al quedar inutilizado dicho tramo murario en el siglo XVII, el arquitecto Vermondo Resta reci­bió el encargo de transformar gran parte del mismo en un paseo elevado, la galería de los Grutescos, un excelente mirador sobre el jardín de las Damas y de la Alcoba, y la propia huerta del Retiro, a la vez que se abría la puerta del Privilegio en la vieja muralla para comunicar huertas y jardines.
     La Puerta Nueva o de San Fernando fue la última que se incorporó al conjunto amurallado de la ciudad de Sevilla. Su origen se debe a la construcción extramuros de la Real Fábrica de Tabacos (actualmente Universidad de Sevilla) iniciada en 1725, una realización que pretendía sacar del interior de la ciudad una industria molesta ubicada en unas instalaciones estrechas e incómodas en el viejo barrio de la Morería, cuyo espacio será utilizado en el siglo XIX para reformar el área y abrir la plaza del Cristo de Burgos. Sin embargo, el impulso fundamental para la finalización del proyecto fabril se debe al reinado de Fernando VI, quien encargó al ingeniero militar Sebastián Van der Borcht la culminación del conjunto, que llegaría a ser en su momento el de mayor superficie de toda España, a la vez que una muestra singular en la arquitectura española por la disposición de su cimentación a base de arcos invertidos que le han conferido una notable estabilidad frente a la inestabilidad del suelo y los movimientos sísmicos. Su construcción (1728-1771) supuso la reforma urbanística de toda el área comprendida entre la puerta de Jerez y el prado de San Sebastián, un espacio extramuros desprotegido, por lo que se procedió a construir un foso que rodeara la nueva fábrica, al tiempo que evitaba el posible contrabando de tabaco, inundándolo con las aguas del arroyo Tagarete, que discurría a los pies de la muralla y que a partir de ahora será encauzado y abovedado en este tramo, como se observa en el plano de Van der Borcht. Una obra de esta envergadura conllevó la eliminación de la vieja cerca islámica y su sustitución por una muralla más liviana, sin torres y barbacana, en el tramo frontero a la Fábrica de Tabacos, con la que se abrió un portillo de comunicación desde la calle Nueva o de San Fernando.
     De este modo, la nueva fábrica quedaba rodeada al este y el sur por el ejido comunal del prado de San Sebastián, el quemadero de la Inquisición (n.º 175) y el convento de San Diego (n.º 32), mien­tras que por el oeste lindaba con los terrenos del antiguo Colegio de Mareantes de San Telmo (1682) (n.º 129 en el plano de Olavide) y el solar frontero a la cercana puerta de Jerez donde posteriormente se instalarían el Teatro Eslava (1887-1916) y el Hotel Alfonso XIII, obra regionalista de José Espiau para la Exposición Iberoamericana de 1929.
     La fachada principal de la fábrica, obra barroca de Cayetano Acosta, se abría al norte en el patio de la Fama frente a la mura­lla, tras la cual se abre una calle nueva a costa de los jardines del Alcázar en la huerta de la Alcoba. El objetivo de esta calle nueva era, por un lado, instalar en ella, protegidas por la muralla, las viviendas de los directivos y capataces de la Fábrica de Tabacos, algunas de las cuales aún permanecen en pie tras una serie de desafortunadas decisiones urbanísticas. Por otro lado, la calle servía de vía de conexión con el área del prado de San Sebastián, para lo cual se decidió abrir la citada Puerta Nueva en 1759, por orden del asistente Juan Rabión. Aunque hay hipótesis que consideran el origen islá­mico de la puerta, no hay referencias documentales de la misma, como se advierte en los planos anteriores a 1760. Según Suárez Garmendia, la Puerta se ejecutó en dos fases: en la primera, el ingeniero Van der Borcht realizaría la fachada interior, aprovechando una de las torres originales de la muralla medieval, por lo que se procedió a levantar una réplica de la misma que flanquease la nueva puerta; y en una segunda fase, será José Echamorro quien levante la fachada exterior, inspirándose en la puerta de Córdoba de Carmona, que él había reconstruido.
     La Puerta Nueva fue utilizada como una de las principales vías de acceso a la ciudad por el sur y tras la aprobación por Isabel II de la Feria de Abril en 1846, sirvió de portada de acceso a la misma hasta su derribo en 1868. Recordemos que, en síntesis, su demolición formó parte del conjunto de medidas urbanísti­cas tomadas por los ayuntamientos liberales españoles desde el reinado de Isabel II y culminadas a lo largo del Sexenio Democrático, los cuales justificaron el derribo de las viejas puertas y murallas medievales como un símbolo de la nueva ciudad burguesa y moderna frente al viejo orden del Antiguo Régimen, a la vez que se atendía a criterios médico-higienistas, como los del doctor Hauser, que defendían el derribo de las murallas para facilitar la ventilación de unas ciudades donde se hacinaba una población cada vez más numerosa.
     Sin embargo, años antes, en 1863, la Academia de Bellas Artes había autorizado el derribo definitivo del tramo amurallado que discurría por la actual calle San Fernando (cuyos restos se estudiaron con motivo de las obras de la línea 1 del metro en 2004), con el argumento de que la muralla encerraba a la Fábrica de Tabacos e impedía la contemplación de su fachada, lo que llevó finalmente a levantar en su lugar una reja de hierro delante de la Fábrica de Tabacos, retranqueada a su vez en 1923 para proporcionar mayor anchura al tráfico rodado de la calle. Por su parte, el derribo de algu­nas viviendas del s. XVIII en la acera frontera y la polémica formada acerca del diseño definitivo de la calle San Fernando, llevaron en 1964 a levantar una falsa muralla de ladrillo y pilares de hormigón, entre las viviendas y los jardines del Alcázar, alegando razones de seguridad para la residencia ocasional del entonces jefe del Estado, el dictador Francisco Franco.
     De este modo, y por tantos motivos expuestos, la muralla islámica de la ciudad, con sus puertas y postigos, fue derribada en gran parte, ocultada tras las viviendas anexas en la mayoría de los casos, enterrados sus cimientos en otros e indultados sus restos en una pequeña proporción, pero suficientes para mostrar la grandeza de uno de los mayores recintos amurallados que tuvo el continente europeo.
Final
     Nuestro recorrido ha concluido. El paseante curioso, después de recorrer algo más de siete kilómetros ha vuelto al punto de partida donde inició su periplo urbano y, si no ha tenido prisa en realizarlo, si su objetivo no ha pretendido agotar las informaciones recogidas en este volumen, vendrá cargado de dudas y preguntas que le exigirán ampliar su paseo y acercarse a las bibliotecas, librerías y salas de conferencias, amén de moverse en la compleja red de internet, para indagar sobre aquellos aspectos que más han despertado su interés y curiosidad. Así, dará paso y continuidad al paseo inacabado en torno al perímetro amurallado de Sevilla, por­que esta historia no ha terminado y con toda seguridad los nuevos hallazgos que no dejarán de producirse nos permitirán enriquecer nuestro conocimiento de la cerca medieval y corregirán y mejorarán la perspectiva ofrecida en este trabajo.
     De hecho, cuando la redacción del núcleo fundamental de este libro estaba alcanzando su punto final, la prensa daba a conocer los nuevos hallazgos que había proporcionado la restauración de la puerta de la Macarena y el lado interior de la muralla en ese tramo urbano, novedades que se han introducido en el capítulo correspondiente, pero al mismo tiempo se iniciaban unos trabajos idénticos en la puerta de Córdoba y en los muros exteriores y ante­ muro del citado tramo, que esperamos continúen y se extiendan a otros sectores de la muralla notoriamente deteriorados, como es el caso del área del Valle o de los jardines de Murillo. El rigor y la profesionalidad con que se están realizando estos trabajos no solo nos están permitiendo disfrutar de la cerca restaurada, sino que tam­bién nos están ofreciendo nuevos datos que en el futuro deberemos añadir al corpus de conocimientos sobre la obra urbana de arquitec­tura militar más importante de su momento. El trabajo de equipo continúa. Profesionales de la arquitectura, arqueología, geografía, historia, informática, etc., entre otros, continuarán descubriéndonos los secretos de la muralla y en un plazo no muy lejano la propia Gerencia de Urbanismo y Medio Ambiente de Sevilla ha prometido presentar sus resultados a través de una herramienta digital que nos permitirá reconstruir con bastante fidelidad el plano de la muralla islámica y sus puertas más emblemáticas, siguiendo los hallaz­gos que los equipos de profesionales vayan desvelando, siendo la reconstrucción hipotética de la puerta de Córdoba el primer ejemplo de esta importantísima labor divulgativa.
     Por otro lado, en los últimos años se está planteando, con insis­tencia pero sin consistencia en el discurso, la idea de un centro de interpretación de la muralla islámica que facilite su divulgación y ponga en valor todo su potencial explicativo, de cara a conocer la memoria de la piel amurallada que nos envuelve y se ofrezca como un recurso de atracción turística de alta calidad que diversifique la oferta de un sector que está convirtiéndose en el principal motor de la economía local, a la vez que crece la alarma por su excesiva incidencia en la personalidad de la ciudad. Con este planteamiento, desde la Casa Consistorial se han insinuado posibles ubicaciones para este centro de interpretación. En un primer momento se pensó en la torre Blanca del sector de la Macarena, idea desechada tras su restauración dadas las dificultades técnicas encontradas para este proyecto, y, con posterioridad, se ha barajado la posibilidad de la torre de la Plata o de la propia Fundición, una opción que parece contar con más probabilidades ya que está dentro del plan de reha­bilitación del antiguo corral de las Herrerías en el conjunto de la Casa de la Moneda, que con las murallas de los Reales Alcázares y la torre del Oro constituyen la trama amurallada más compleja e interesante de toda la ciudad.
     En todo caso, la puesta en marcha de este proyecto divulgativo no puede quedar aislado y desgajado del otro gran proyecto municipal que continúa en el limbo de los grandes proyectos culturales. Me refiero al Museo de Historia de la Ciudad, una propuesta recurrente en los últimos decenios y gobiernos municipales que no acaba de cuajar de manera definitiva. En mi opinión, no se debe realizar una lectura del recinto amurallado sin abordar el contexto histórico­ espacial en el que se enmarca, sobre todo, cuando estamos hablando de un territorio que ha vivido cambios de enorme calado tanto en su morfología como en su devenir a lo largo de los siglos. Hay otras murallas históricas como hay otras tantas ciudades encerradas con ellas, de modo que es necesario interpretar y divulgar con rigor científico el palimpsesto que contemplamos en la ciudad actual y que vamos descubriendo con cada excavación arqueológica en el casco histórico.
     No hay murallas sin ciudad como no hubo ciudad sin murallas, de ahí el imperativo de un ambicioso proyecto divulgador del valioso patrimonio del conjunto histórico sevillano. Se han ofrecido propuestas y espacios para este proyecto museístico, pero entre todas creo que el espacio Santa Clara, actualmente en manos del ICAS municipal, reúne las mejores condiciones para ello, dada su larga y compleja historia (palacio de D. Fadrique, convento de monjas clarisas, colección arqueológica municipal, etc.) así como sus dimensiones y posibilidades con la suma de la nave Singer en la calle Lumbreras y los espacios de la calle Becas.
     Por último, dentro de esta recapitulación de las tareas pendientes en torno al recinto amurallado, no se me escapa la tremenda importancia de las incógnitas que aún se mantienen entre nues­tros especialistas acerca del trazado de la muralla de la Hispalis romana, una cuestión que lentamente empieza a desvelarse con la prudencia necesaria y que nos permitirá ir recomponiendo el pomerium de la ciudad antigua. Asimismo, los nuevos trabajos sobre la muralla medieval deberán ir resolviendo las hipótesis que aún se mantienen acerca del origen almorávide o almohade de la cerca, así como las diferentes etapas y procesos de su construcción, entre los que no podemos olvidar una de las grandes incógnitas que aún permanecen sin suficiente confirmación arqueológica, como es el caso de las Atarazanas almohades en el interior del denominado recinto XI de los Reales Alcázares o alcazaba de Abu Hafs.
     En definitiva, como todo proceso histórico, la interpretación del perímetro amurallado de Sevilla está en permanente revisión y análisis crítico, fruto del trabajo riguroso y científico de grandes equipos de especialistas que nos está permitiendo la reconstruc­ción del apasionante pasado de nuestra ciudad, una reconstrucción que solo tendrá sentido si se divulga y se explica adecuadamente entre la ciudadanía, elemento fundamental en la eficaz protección del patrimonio. Espero que con este trabajo hayamos contribuido modestamente a esta necesaria tarea colectiva (Esteban Moreno Hernández. En torno a las murallas de Sevilla. Guía por las puertas y límites de un casco antiguo. El Paseo editorial. Sevilla, 2023).
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Más sobre las Murallas de la ciudad de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

sábado, 8 de agosto de 2026

El Cortijo Santo Domingo, en Carmona (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte los sitios arqueológicos Cortijo de Santo Domingo, en Carmona (Sevilla).
           Hoy, 8 de agosto, Memoria de Santo Domingo, presbítero, que, siendo canónigo de Osma, se hizo humilde ministro de la predicación en los países agitados por la herejía albigense y vivió en voluntaria pobreza, hablando siempre con Dios o acerca de Dios. Deseoso de una nueva forma de propagar la fe, fundó la Orden de Predicadores, para renovar en la Iglesia la manera apostólica de vida, y mandó a sus hermanos que se entregaran al servicio del prójimo con la oración, el estudio y el ministerio de la Palabra. Su muerte tuvo lugar en Bolonia, en Italia, el día seis de agosto (1221) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
       Y que mejor día que hoy, para ExplicArte los sitios arqueológicos Cortijo de Santo Domingo, en Carmona (Sevilla)
        Cortijo distribuido en torno a un patio y anexos independientes de construcción más reciente. Graneros, nave para maquinaria, señorío, casa encargado, cuadras y pozo (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de Santo Domingo, presbítero;
   Fundador de la orden de los hermanos predicadores o dominicos. Nació en 1170 en Calahorra, La Rioja, de una familia oriunda de Osma, Castilla. Pasó la mayor parte  de su vida en Francia e Italia. Después de haber predicado en Toulouse contra los herejes albigenses, en 1216 obtuvo del papa la autorización para fundar la orden de los Hermanos Predicadores. Murió en Bolonia en 1221, localidad que visitara para presidir el capítulo general de su orden.
   Su leyenda, muy adornada, copia en parte a las de San Bernardo y San Francisco de Asís, a quienes habría conocido en Roma. A causa de un error intencionado se le concedió el honor de la Aparición de la Virgen del Rosario, cuando se sabe fehacientemente que la devoción del Rosario fue inventada y difundida a finales del siglo XV por el dominico bretón Alain (Alano) de la Roche.
   Su nacimiento, al igual que el de Cristo, habría estado acompañado de presagios. Cuando su madre fuera a rezar ante las reliquias de Santo Domingo de Silos, éste le anunció que ella tendría un hijo, al cual, en reconocimiento, dio el nombre de pila Domingo. Además, la embarazada habría visto en sueños al hijo que debía nacer de ella con una estrella sobre la frente, y bajo el emblema de un perro blanco y negro que tenía en sus fauces una antorcha encendida, lo cual significaba que estaba llamado a defender la fe amenazada por la herejía, como un buen perro guardián. Esta leyenda parece que tiene como origen un juego de palabras con dominico, perro del Señor (domini canis) o Dominicus (Domini custos).
   En Toulouse, donde había acudido para batallar contra los albigenses, defendió su causa mediante la ordalía del fuego, como San Francisco de Asís ante el sultán de Egipto. Dos libros se arrojan al fuego, uno herético, el otro ortodoxo: el primero se quema mientras que el segundo permanece intacto.
   Dominicos y franciscanos atribuyen a los fundadores de sus órdenes, contradictoriamente, una visión del papa Inocencio III, quien, mientras dormía en su palacio vio en sueños la basílica de Letrán a punto de derrumbarse, pero un santo sostenía la fachada vacilante. Dicho santo, que aportaba al papa el refuerzo de su orden es, para los franciscanos, San Francisco de Asís, y para los dominicos, Santo Domingo de Guzmán.
   A Santo Domingo se atribuían otros muchos milagros: salvó del naufragio a los peregrinos que atravesaban el Garona con rumbo a Santiago de Compostela, resucitó al joven Napoleón que había muerto al caer del caballo; derrotó al demonio que en forma de mono lo hostigaba mientras leía, y aun lo puso en penitencia haciéndole sostener la vela que le iluminaba, hasta que el diablo se quemó los dedos y el santo lo echó a latigazos; cuando una comunidad de su orden estaba falta de pan, los ángeles, en respuesta a sus ruegos, trajeron dos canastos llenos a la mesa del prior.
CULTO
   Canonizado en 1234, diez años después de su muerte, Santo Domingo era particularmente venerado en Toulouse donde predicó contra los albigenses y en Bolonia, donde murió y donde se le edificó una magnífica tumba.
   Sus patronazgos son escasos y nunca fue un santo popular, como San Martín o San Francisco de Asís. Pero las innumerables iglesias y monasterios de su orden difundieron su iconografía en toda la cristiandad.
   Las principales fundaciones dominicas en Italia, además de la de Bolonia, eran la iglesia de la Minerva, los conventos de Santa Sabina y de San Sixto en Roma, la basílica de Santa María Novella y el convento de San Marco en Florencia, y la iglesia de los Santos Giovanni e Paolo en Venecia. Además, tenía iglesias puestas bajo su advocación en Pisa, Fiésole, Siena, Orvieto y Nápoles.
   En Bolsena se lo invocaba contra el granizo.
ICONOGRAFÍA
   Santo Domingo está vestido con el hábito bicolor de su orden: túnica blanca y manteo negro, colores simbólicos de la pureza y de la austeridad. Su ancha tonsura está rodeada por una corona de pelo. Casi siempre lleva una barba en collar, pero a veces se lo ha representado imberbe.
   Tiene numerosos atributos. El libro, cerrado o abierto, que tiene en las manos, no bastaría para diferenciarlo. El tallo de lirio lo comparte con San Francisco de Asís y San Antonio de Padua: es el símbolo de su castidad, o más bien, alude a su veneración a la Virgen Inmaculada. Sus atributos realmente personales son la estrella roja y el perro manchado que su madre viera en sueños antes de su nacimiento, a los cuales, a finales de la Edad Media, se sumó el rosario.
   La estrella brilla sobre su frente o encima de su cabeza.
   A sus pies está sentado un perro blanco y negro que lleva una antorcha encendida en las fauces (portans ore faculam). Ese perro del Señor (Domini canis) es al mismo tiempo que el atributo individual de Santo Domingo, el emblema de todos los dominicos. "El predicador -dijo Daniel de París- es el perro del Señor encargado de ladrar contra los malhechores, es decir, los demonios que rondan en torno a las almas."
   No se comprende muy bien, por cierto, cómo podría ladrar con una antorcha encendida en las fauces.
   Santo Domingo recibió más tarde el rosario, que se considera obtuvo de manos de la Virgen. Uno de los ejemplos más antiguos de ese atributo usurpado es el cuadro de Cosimo Rosselli, que pertenece a la Colección Johnson de Filadelfia.
   Según el modelo del Árbol de Jesé, los dominicos crearon su propio árbol genealógico. Del pecho del fundador de la orden salen ramas sobre las cuales se alinean los dominicos ilustres, en media figura (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Santo Domingo de Guzmán, presbítero;
     Santo Domingo de Guzmán y Aza, (Caleruega, Burgos, 1170 – Bolonia (Italia), 6 de agosto de 1221). Fundador de la Orden de Predicadores o Dominicos (OP).
     A pesar de ser uno de los personajes españoles de la Edad Media mejor estudiado y mimado por la literatura, la escultura y sobre todo por la pintura, santo Domingo sigue siendo poco conocido y menos aún popular. Se le recuerda más por frailes y monjas de su Orden (Tomás de Aquino, Alberto Magno, Catalina de Siena, Vicente Ferrer, Martín de Porres, Rosa de Lima, Juan Macías, Bartolomé de las Casas, Francisco de Vitoria, Luis de Granada, cardenal Zeferino, Arintero, Getino y tantos otros) que por él mismo, o por la popular estrofa rosariana “viva María, viva el Rosario, viva Santo Domingo que lo ha fundado”.
     Este preclaro personaje fue hijo de Félix de Guzmán y de Juana de Aza y nació en la villa burgalesa de Caleruega, cerca de Silos, hacia el año 1170. Sus padres eran nobles y por su matrimonio se unieron los linajes Guzmán y Aza, bien conocidos a lo largo de la Edad Media, participantes en la Reconquista española y señores de Caleruega.
     Los Guzmán-Aza se distinguieron por su acendrada fe, generosidad, valor, espíritu emprendedor y audaz, energía tenaz y un alto grado de servicio al Estado y a la Iglesia, características a las que Domingo juntaría la vocación de su vida y su obsesión “ganar almas para Cristo”.
     El nacimiento de Domingo estuvo precedido de una visión que su madre Juana tuvo cuando estaba embarazada. Le pareció ver un cachorro con una tea encendida en la boca que iluminaba el mundo. Aquella luz, resplandor o especie de estrella que muchos testigos verían después en el rostro de Domingo y que atraía el respeto, la admiración y el amor de todos, era como la constatación de una vida singularmente santa vivida a imitación de los apóstoles y puesta enteramente al servicio del Evangelio y de la Iglesia. Fue bautizado en la iglesia románica de San Sebastián, todavía en uso, en una pila bautismal que aún se conserva y en la que desde hace siglos son bautizados miembros de la Familia Real española. Le pusieron de nombre Domingo (hombre del Señor), nombre no raro en la comarca y en la misma Caleruega, en recuerdo y agradecimiento al santo abad Domingo, cuyo cuerpo se conservaba en la cercana abadía de Silos. A ésta había acudido Juana de Aza, embarazada de Domingo, y allí, como a otras abadías y monasterios cercanos, en los que florecía la santidad y la ciencia, habría llevado alguna vez al niño. Su infancia transcurrió en Caleruega al calor del hogar familiar, que era al mismo tiempo casa, iglesia y escuela, y al refugio del torreón de los Guzmanes, todavía en pie aunque bastante transformado. Desde su atalaya, como desde la cima de la peña de San Jorge, en la misma villa natal, es seguro que Domingo mirase y admirase más de una vez el amplio y lejano horizonte que se abría a sus ojos. Su madre, conocida en la Orden dominicana o de Predicadores como “la santa abuela” se ocupó de enseñarle las primeras letras, pero sobre todo las sencillas oraciones cristianas y de inculcarle la recia fe de cristianos viejos que ella y su familia vivían, una fe alimentada por la caridad, virtud que Domingo llegaría a vivir intensamente. Infancia normal, sin acontecimientos extraordinarios a excepción del que en una ocasión vivió con su madre y que conocemos por los primeros biógrafos del santo.
     Doña Juana había dado el vino a los pobres, y cuando su marido, Félix de Guzmán regresó de improviso de una expedición militar y se enteró del hecho pidió a su mujer que le sirviera vino a él y sus hombres. Juana y Domingo rezaron a Dios en la bodega de la casa-palacio y el milagro se produjo; don Félix y sus soldados pudieron beber un excelente vino. El hecho se ha conservado en la memoria histórica y es importante recordarlo, porque probablemente esa fue la primera vez que Domingo, todavía niño, tuvo experiencia del valor y del poder de la oración, otra de las virtudes en las que llegaría a ser tan aventajado que sus biógrafos dicen de él que dedicaba noches enteras a la oración y que de día siempre hablaba con Dios o de Dios: “Cum Deo vel de Deo semper loquebatur”.
     Hacia los siete años de edad y encauzada su vida a la clerecía, Domingo vivió con un tío suyo arcipreste de Gumiel de Hizán (Burgos) y con él aprendió la cultura básica para prepararse a dar el salto a la Escuela diocesana de Palencia, por entonces muy floreciente y antesala de lo que poco después sería el embrión de la primera universidad de España. Allí, hacia 1185-1186, se presentó el adolescente Domingo de Guzmán y en Palencia permanecerá hasta, más o menos, cumplir los veinticuatro años de edad dedicado a estudiar y a rezar. Estudió letras, dialéctica, teología, sagrada escritura, especialmente el Nuevo Testamento, del que llegará a aprender de memoria gran parte del evangelio de san Mateo y de las epístolas paulinas, que siempre llevaba consigo. En Palencia creció y se desarrolló ya su gran personalidad humana y espiritual, de la que han quedado rasgos indelebles y de exquisita calidad.
     Domingo era reservado por naturaleza, meditabundo, estudioso, amante de la soledad, contemplativo. Pero esas cualidades no le hacen cerrarse al mundo y huir de él, sino todo lo contrario. Es un joven “adulto” abierto, alegre, permeable y caritativamente solidario con las desgracias y penurias de sus semejantes. Lo puso bien de manifiesto cuando Palencia sufrió una terrible hambruna de las que azotaban de cuando en cuando a España. En tal ocasión, Domingo llegó a vender hasta sus valiosos libros anotados de su propia mano, al tiempo que decía: “No puedo estudiar en pieles muertas [los pergaminos] mientras las vivas [las personas] se mueren de hambre”. Vivía el Evangelio de la caridad, la parte de él que mejor conocía: “Porque tuve hambre y me diste de comer” (Mateo 25, 35). Y todavía, años después, su caridad se convertirá en heroica, cuando en cierta ocasión estuvo dispuesto a cambiarse por uno al que en una incursión sarracena habían hecho esclavo. La levítica Palencia fue para él como un Nazaret y un desierto donde recibió mucho para después seguir dándolo a los demás.
     Terminada su experiencia palentina, Domingo se trasladó a Osma (1196) para formar parte de su Capítulo catedralicio y hacerse canónigo regular. Allí conocerá al que después será su entrañable amigo y obispo Diego de Acebes (o Acebedo), por entonces prior del cabildo, y al obispo de la diócesis Martín de Bazán. En Osma, Domingo recibe el sagrado orden del sacerdocio envuelto en un gozo espiritual extraordinario.
     Desde entonces, cuando celebre casi a diario la santa misa, será favorecido con “el don de lágrimas”. Comenzaba el segundo gran desierto de Domingo: silencio, contemplación, estudio aunque también la actividad ministerial. En Osma pasará los próximos años, hasta 1203, desempeñando los cargos de sacristán del cabildo, de subprior a pesar de ser muy joven y participando activamente en la reforma que se había iniciado dentro de la comunidad y cuyo objetivo era recuperar el ideal de vida de los apóstoles con una sola alma y un solo corazón (cfr. Hechos, 4, 32). Sin saberlo aún con exactitud, Domingo se preparaba en Osma para la que sería su futura y principal misión en medio de la Iglesia: predicar insistente e incansablemente, con la vida y la suave fuerza de la palabra, hasta la misma víspera de su muerte, a Jesucristo muerto y resucitado (cfr. 2 Timoteo, 4, 2).
     La ocasión de ver de cerca cuánta era la mies y cuán pocos los operarios (cfr. Mateo 9, 37) se le iba a presentar bien pronto. Corría la primavera de 1203 y una circunstancia imprevista, pero sin duda providencial, obligó a Domingo a abandonar la tranquila y recoleta soledad del claustro osmense. Alfonso VIII de Castilla encargó al obispo Diego de Acebes una misión real con destino a Dinamarca y el obispo quiso que su amigo Domingo lo acompañara. Aquellos mundos de horizontes misteriosos e infinitos que hacía años vislumbró desde el torreón de Caleruega se abrían ya para Domingo como una realidad llena de atractivo y de un inmenso trabajo apostólico.
     Concertada la boda real, objetivo del viaje, al final no pudo realizarse por haber muerto poco después la princesa elegida. Pero antes de regresar a España la comitiva regia, Domingo y su obispo Diego visitaron el corazón de la cristiandad. Los viajes realizados a  través de Francia y de otras tierras hasta llegar a las del norte de Europa, habían lacerado los corazones y las almas de ambos apóstoles. Habían visto a millares de ovejas sin pastor (cfr. Mateo 9, 36) y peor aún, a muchas de ellas rodeadas y acorraladas por lobos feroces. Estremecidos ambos, decidieron que era urgente informar detalladamente al papa Inocencio III (1198-1216), quien ya sabía algo, e intentar poner remedio evangélico lo antes posible, pues en el sur de Francia lobos rapaces devoraban a la Iglesia. El corazón apostólico de Domingo se quedó prendido del Mediodía francés cuando vio con sus propios ojos hasta dónde hacía mella la herejía cátara.
     Después de una larga y fatigosa caminata de regreso a España, Domingo descubrió que el dueño de la posada en la que se albergaron era hereje. Le faltó tiempo para iniciar una conversación que duró toda la noche, un diálogo agudo, razonado, claro, suavemente  persuasivo, y al despuntar el alba el hospedero recuperó la fe y regresó al seno de la verdadera Iglesia. Era el primer triunfo de Domingo en tierra de herejes y contra la herejía, preludio de la cosecha que iría recogiendo no tardando mucho. Pero había que esperar, conocer la situación política, social y religiosa, que era una mezcla casi inseparable, comprender la magia de la herejía, la razón de su éxito en tantas personas y el porqué del fracaso hasta entonces de los evangelizadores. Los cátaros que poblaban el sur de Francia eran descendientes doctrinales del evangelismo del siglo XI, de los valdenses y de otras deformaciones doctrinales más antiguas. Estaban protegidos por nobles (Raimundo VI de Tolosa y otros), y atraían a masas de personas alejándolas de la Iglesia y volviéndolas contra ella. Sus obispos y diáconos, los llamados perfectos itinerantes (predicadores que formaban una capa superior) y sus comunidades edificantes se autollamaban y creían ser los auténticos herederos de los apóstoles y de la Iglesia primitiva. Con una liturgia muy simple y un modo de vida aparentemente pobre intentaban erróneamente revivir el ideal de las primeras comunidades cristianas  atacando y queriendo suplantar a la Iglesia católica romana. Había mucha apariencia en sus vidas y sobre todo demasiado error en su doctrina como para que el teólogo y vir evangelicus que era Domingo de Guzmán no se percatase de la falsedad y los fallos de aquellos descarriados. En realidad, los cátaros (o albigenses, por estar muy presentes en la región de Albí) no comprendían el sentido cristiano del pecado que aborrecían, de la penitencia externa que hacían, de la castidad de que alardeaban, de la salvación a la que se creían predestinados. ¿Quién era realmente Cristo para ellos? ¿qué significaba la Cruz? ¿no rechazaban la materia, lo creado, el mundo, el matrimonio, por creerlo todo ello pecaminoso e imperfecto? Eran gnósticos dualistas y, por lo tanto, incapaces de comprender y de vivir lo esencial del Evangelio, del que sólo imitaban la apariencia. Domingo vio el error y se apenó del estrago espiritual y social que aquella ambigüedad doctrinal producía en masas enteras de gentes sencillas e ignorantes.
     No regresaría a España dejando a aquella multitud a la deriva. Era cierto que algo se venía haciendo desde tiempo atrás, pero sin resultados positivos. Los buenos monjes cistercienses, legados pontificios, no habían dado con la clave del éxito; les faltaba la pedagogía adecuada para convertir a los herejes: mejor preparación doctrinal y un poco más de ejemplo, justo todo lo que tenían Diego y Domingo. En junio de 1206, en Montpellier, ambos misioneros se encontraron con tres de aquellos legados y les dieron la fórmula para vencer a los herejes. Era muy sencilla; se trataba de unir vida y doctrina, palabras y hechos, hacer sencillamente y con verdadera humildad lo que Cristo recomendó a los apóstoles. “No llevéis con vosotros oro, ni plata, ni alforjas para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón” (Mateo 10, 9-10). La suerte estaba echada.
     Aquel encuentro fue decisivo. Domingo se convierte entonces y para siempre en predicador de la gracia, en vocero de Jesucristo, imitando en todo el modo de vida de los apóstoles. Las conversiones se multiplican y la noticia de la nueva predicación corre de ciudad en ciudad: Montpellier, Servian, Béziers, Carcasonne, Toulouse y otras se benefician de la presencia de los nuevos predicadores. Destaca Domingo, que ya ha protagonizado un hecho extraordinario. Un libro escrito por él conteniendo doctrina verdadera fue sometido al juicio del fuego y aunque fue arrojado tres veces a las llamas no se quemó. La gente va recuperando la fe y algunos herejes se convierten. La doctrina y el ejemplo de vida de Domingo y su grupo son incontestables.
     En 1207, se instala en Prouille (Prulla), a los pies de Fanjeaux, que era uno de los focos principales del catarismo, para desde allí continuar la predicación de Jesucristo. El obispo Diego tiene que regresar a su diócesis y la muerte le sorprende en Osma el 30 de diciembre de ese año; otros compañeros se vuelven a sus abadías y Domingo queda prácticamente solo en medio de un nido infectado por la herejía y revuelto por los intereses políticos de los señores feudales de la región, que luchaban entre sí (Pedro de Aragón, Raimundo de Toulouse, Raimundo-Roger Trencavel). Para colmo de males el legado pontificio Pedro de Castelnau es asesinado en 1208 por un familiar del conde de Toulouse y el papa Inocencio III entró en acción estallando la cruzada de 1209, que puso en llamas a la región de Albí. Simont de Monfort será el encargado de pacificar los ánimos, aunque fuera a costa de sangre y fuego. En poco más de tres años, este cruzado, tan intrépido como ambicioso, puso orden en el caos del Mediodía francés muriendo muchos herejes en la hoguera. Aquel método de “pacificar” y de “convencer” a los herejes repugnaba y le era totalmente contrario a Domingo de Guzmán, cuya predicación y evangelización se veía frenada por el furor de las huestes cristianas de Simón de Monfort.
     El método evangelizador de Domingo, como hizo con el hospedero, era el de la suave persuasión, el de la paciencia que todo lo alcanza con la gracia de Dios, el de la paz, el de convencer con razones y hechos a los extraviados para atraerlos a la fe verdadera y a la Iglesia única de Jesucristo. ¿Cómo se podía matar en nombre de Cristo y de su Iglesia? Pero a pesar de tantas contradicciones y peligros, él continuó en la brega.
     En circunstancias tan adversas, Chesterton escribe que Domingo hubo de ponerse y seguir al frente de una formidable campaña para la conversión de los herejes, y que consiguiera hacer volver a lo antiguo a masas de personas tan alucinadas con sólo hablarles y predicarles supone un enorme triunfo digno de colosal trofeo.
     Mientras mantuvo su centro de operaciones en Prulla (1207-1213) a Domingo se le unió un grupo de mujeres jóvenes, casi todas nobles, a quienes sus padres habían entregado a los cátaros para que las educasen, pero que ellas, de origen enteramente católico, habían conseguido escapar de la herejía. El grupo fue creciendo y Domingo, que demostrará tener un tacto especial en el trato y ministerio con las mujeres, como atestiguarán después las beatas dominicas Cecilia y Diana, se convirtió en el protector y alma de aquel grupo, embrión y corazón de lo que más tarde serían las monjas dominicas de clausura. Al propio Domingo se deben las fundaciones de los monasterios Prulla, Fanjeaux, Toulouse, Roma, Bolonia y Madrid.
     A partir de la fundación de Prulla, y al menos en la oración, la alabanza, el sacrificio y el afecto, Domingo no estará ya nunca solo; sus hijas serán su ejército de retaguardia.
     A las de Prulla les procuró rentas necesarias con las que vivir dignamente y sin preocupaciones y les escribió una Regla para que vivieran conforme a ella en caridad y comunión; algo parecido haría más tarde con las dominicas de Madrid.
     Pero ¿quién le acompañaría y ayudaría en el duro y cotidiano bregar de la santa predicación itinerante? Domingo va gestando la idea de formar una familia religiosa dedicada al estudio para la evangelización y viviendo, como él, al estilo de los apóstoles. El obispo Fulco de Toulouse le confía la parroquia de Fanjeaux y poco a poco se le van uniendo algunos compañeros animados del mismo espíritu. ¿Por qué no formar con ellos la comunidad de Hermanos Predicadores, que tanto le rondaba en la cabeza y le latía en el corazón? Meditando y rezando en Toulouse (1215) Domingo perfila, renueva y refuerza su idea. No se trataba de una empresa provisional y localista, sino de una perdurable y universal; quería fundar una nueva y original Orden religiosa en la que el binomio monje-apóstol fuera inseparable. Pedro Seila, vecino distinguido y acomodado de Toulouse, visitó con otro compañero a Domingo y le dio unas casas para comenzar el proyecto. La fundación de los futuros dominicos se puso en marcha en la primavera de aquel año de gracia.
     En junio, el obispo Fulco aprobó la nueva familia de predicadores diocesanos. Sus miembros, dirigidos por Domingo, vivirían en comunidad, pobreza, castidad y obediencia dedicados con ahínco a predicar a Jesucristo. No sólo predicarán contra la herejía y a los herejes, sino la totalidad de la doctrina y a todas las gentes participando así de la entera y misión pastoral del obispo. Pero la Predicación de Toulouse, como se llamó a la nueva fundación en sus primeros años, no satisface aún plenamente a Domingo. Acogido él y los suyos a la protección del obispo, la subsistencia de la comunidad estaba demasiado asegurada, mientras que el fundador prefiere la pobreza radical, vivir de la mendicidad. Por otro lado, ser predicadores y pastores sólo de una diócesis ¿no recortaba las miras universales de evangelización que Domingo llevaba dentro de sí? ¿no había herejes en otras partes? ¿y los paganos que vio en sus viajes camino de Escandinavia y los de otros mundos de los que había oído hablar? ¿y qué sería de tantas otras ovejas que aún estando dentro de la Iglesia parecían no tener pastores? Domingo estaba contento, pero no satisfecho. Su plan apostólico de evangelización debería llegar a toda la Iglesia y rebasar sus fronteras.
     ¿Cómo conseguirlo? En 1215, el Papa convocó el IV Concilio de Letrán y el obispo Fulco y Domingo se dirigieron a Roma; hablarían con Inocencio III para pedirle que confirmase lo ya hecho por el obispo Fulco y ampliase las competencias del grupo fundado por Domingo, que quiere ser y llamarse Orden de Predicadores. La predicación era precisamente por entonces uno de los problemas más acuciantes para el Papa y para la Iglesia, como recordará el canon 10 del mismo concilio.
     Lo aprobado por Fulco fue ratificado por Inocencio y mandó a Domingo que eligiera una Regla de vida ya aprobada y que después de un tiempo prudencial volviera a verle.
     Regresado a Francia y apoyado siempre por Fulco, Domingo establece comunidades de predicadores en Toulouse (iglesia de San Román), Pamiers y en Puylaurens, comenzando así la red de casas de la santa predicación, que pronto se extendería por toda la región de Albí. La Regla de vida que adoptaron fue la de san Agustín, añadiendo una serie de prescripciones o de régimen de vida que regulara la vida cotidiana de la comunidad (liturgia, ayunos, vestido, alimentación); se estaban poniendo las bases de la legislación dominicana, de la Orden de Predicadores que estaba a punto de ser aprobada por el Papa.
     Domingo regresa a Roma cuando Inocencio III acababa de morir el 16 de julio de 1216. Pero no hay por qué alarmarse; el nuevo papa Honorio III (1216-1227), aconsejado por el amigo de Domingo el cardenal Hugolino, -futuro Gregorio IX (1227-1241)- se mostró tanto o más favorable a la idea que su antecesor.
     Fue, pues, este Papa quien el 22 de diciembre de 1216 y el 21 de enero de 1217 confirmó la Orden de Domingo dándole a él y a sus frailes el título de Predicadores. La Rota del Papa, con su firma y la de dieciocho cardenales, fue llevada por Domingo a San Román de Toulouse, cuna de la Orden, en el invierno de 1217. Todos rebosaban de gozo. En el texto papal se recoge manifiesta y bellamente la idea y el ideal de Domingo. Se lee en la bula de aprobación: “Aquél que insistentemente fecunda la Iglesia con nuevos hijos, queriendo asemejar los tiempos actuales a los primitivos y propagar la fe católica, os inspiró el piadoso propósito de abrazar la pobreza y profesar la vida regular para consagraros a la predicación de la palabra de Dios, evangelizando a través del mundo el nombre de nuestro Señor Jesucristo”. (Constitución fundamental, I, 1). Lo que quería Domingo era seguir anunciando a Jesucristo, al estilo de un nuevo san Pablo, a todas las gentes, lenguas, razas y naciones (cf. Mateo 28, 29; Marcos 16, 15; Lucas 24, 47), en toda la Iglesia apoyado en la autoridad de su Pastor universal.
     La Orden de Predicadores está fundada y aprobada; ahora hay que expandirla. Domingo se atreverá a dispersar ya a su minúsculo grupo de frailes. Y a los que asombrados y con cierto temor dudan de la oportunidad les dice con resolución: “No queráis contradecirme, yo sé bien lo que me hago”. El hecho se conoce en la Orden como “el Pentecostés dominicano”. A mediados de 1217, un puñado de frailes marcha a París, otro más pequeño a España, dos van a atender a las monjas de Prulla y otros dos o tres se quedan en Toulouse. Domingo, otra vez solo, ha tomado esta resolución porque sabe que el trigo sembrado fructifica, pero amontonado se corrompe. Le quedan pocos años de vida y quiere ver a su Orden implantada cuanto antes en los centros más importantes de la cristiandad, allí donde se estudia (París, Bolonia, Oxford, Salamanca) y bulle la vida, en los burgos; quiere ver a sus frailes enseñando en las cátedras y predicando en las iglesias. “Ve y predica” es el santo y seña que resuena constantemente en el corazón y alma de Domingo.
     En 1218 parte para Roma y obtiene bulas papales que le irán abriendo a él y a sus frailes las puertas de las diócesis para poder predicar y fundar conventos. Recluta vocaciones (Reginaldo de Orleans) y abre convento en Bolonia; después pasa por Prulla y luego, siempre a pie, mendigando el pan y predicando por donde pasaba, se encamina hacia España, la querida tierra natal que no veía desde hacía trece años. ¿Dónde estuvo y por dónde pasó? Los conventos más primitivos de España quieren ser todos fundación del propio Domingo; los de Segovia, Salamanca, Brihuega, Vitoria y otros quieren hundir sus cimientos en la visita del fundador. En diciembre llega a la futura capital de España y tiene la dicha de ver que fray Pedro de Madrid ha trabajado bien. Se abre un monasterio de monjas, que servirá, además, de punto de apoyo de la labor de los frailes; era como una copia de Prulla. En Madrid queda su hermano Manés, y Domingo deja a las monjas una bella carta, uno de los poquísimos escritos y a la vez reliquia que de él se conservan. La Navidad la pasa en Segovia y en una cueva a las afueras de la ciudad vive experiencias espirituales de alta mística. Desde entonces el lugar se denomina “la santa cueva”. Se duda si pasó por Caleruega y se detuvo en el Burgo de Osma, lugares tan queridos y llenos de recuerdos para él. Pero lo que vino a hacer a España lo hizo: implantar su Orden en su propia tierra.
     En marzo de 1219 está ya en Toulouse y antes de terminarse la primavera se encuentra en París. Rebosó de gozo al encontrar a treinta frailes jóvenes viviendo en el convento de Santiago bajo la paterna autoridad de fray Mateo de Francia, uno de los primeros compañeros del fundador. Los comienzos habían sido muy difíciles, pero París bien valía algún sacrificio. Antes de abandonar la ciudad del Sena envía frailes a Orleans, Limoges y Poitiers y atrae a la Orden a Jordán de Sajonia, su primer biógrafo y sucesor al frente de la Orden. Su recibimiento en Bolonia, en agosto de 1219, fue de profunda veneración. La comunidad, regida por fray Reginaldo de Orleans es numerosa, viva, estudiosa, fraterna, viviendo alrededor de la iglesia de San Nicolás. Reginaldo, antiguo profesor en París, predicaba como un nuevo Elías y atraía a muchos estudiantes al convento. ¿Qué más podía pedir Domingo? Rebosa de gozo pensando en las grandes empresas evangelizadoras que podrán realizar aquellos futuros atletas de la fe. A unos los envía al norte de Italia, donde también había herejía y él mismo irá pronto; a otros los manda a fundar conventos a Hungría (para evangelizar a los cumanos, deseo ardiente de Domingo), Escandinavia, Alemania.
     Permanece en Bolonia un tiempo, ultimando la formación espiritual de la comunidad y preparando los pasos sucesivos que había que dar, y después baja a Viterbo, donde se encontraba el Papa. Honorio III le encarga que organice la vida religiosa de ciertos grupos de monjas en Roma (de donde nacerá el monasterio de San Sixto, evocador de recuerdos del santo) y la organización de una campaña evangelizadora en Lombardía. El Papa dona a Domingo la magnífica basílica de Santa Sabina, actual curia general de la Orden y donde se conserva y venera la celda del santo fundador.
     El día de Pentecostés de 1220, que ese año cayó a 17 de mayo, preside el primer Capítulo General de la Orden, en el convento de Bolonia. Acudieron frailes de España, Provenza, Francia, Lombardía, Hungría, Roma. Domingo quiere renunciar a dirigir la Orden, pero los frailes no lo permiten. Con los capitulares, Domingo –que reunidos son la máxima autoridad de la Orden– el fundador quiere regularizar lo ya hecho y fundamentar y legislar el futuro de la Orden de Predicadores: hacer unas Constituciones por las que los frailes y los conventos se rijan, unas leyes sencillas y animadas por una inspiración común y básica: el espíritu del Evangelio a imitación de los apóstoles.
     Ésta era la norma fundamental, lo demás se iría adaptando según las circunstancias y las necesidades de la misión. El segundo y último Capítulo General al que asistió Domingo se celebró en 1221, también en Bolonia y por Pentecostés, y en él se completó la legislación anterior y se crearon varias Provincias de la Orden, entre otras la de España.
     Domingo siente debilitado su cuerpo, al que ha sometido a disciplinas y rigores durísimos, y siente que se muere. Pero ha creado y cimentado sólidamente su obra. Deja a la Iglesia una familia religiosa apostólica e intelectual presente y activa en las ciudades más importantes de Europa y a punto de traspasar sus fronteras, dirigida por un Maestro general, cabeza de la Orden, y perfectamente articulada por una legislación flexible y dinámica. Domingo de Guzmán, cargado de méritos y de santidad, hacedor de milagros, varón evangélico, murió rodeado del cariño y de las lágrimas de sus hijos, en Bolonia, a 6 de agosto de 1221, fiesta de la Transfiguración del Señor. Fue canonizado por Gregorio IX el 3 de julio de 1234 y sus restos descansan y se veneran en un magnífico sepulcro en la basílica dominicana de San Domenico, en Bolonia. Su fiesta se celebra el 8 de agosto (José Barrado Barquilla, OP, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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