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viernes, 1 de mayo de 2026

El sitio arqueológico San José del Sorvito, en Alcalá de Guadaira (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el sitio arqueológico San José del Sorvito, en Alcalá de Guadaira (Sevilla).      
     Hoy, 1 de mayo, Festividad de San José Obrero, el carpintero de Nazaret, que con su laboriosidad proveyó la subsistencia de María y de Jesús e inició al Hijo de Dios en los trabajos de los hombres. Por esta razón, en el día de hoy, en que se celebra la fiesta del trabajo en muchas partes del mundo, todos los obreros cristianos honran a san José como modelo y patrono suyo  [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy para ExplicArte el sitio arqueológico San José del Sorvito, en Alcalá de Guadaira (Sevilla).
   No se han hallado evidencias del yacimiento en superficie ni en la revisión del lugar realizada en 1992 ni en 2004. 
     Buero y Florido indican la presencia de un asentamiento ibérico y romano, caracterizado por la presencia de útiles de sílex, fragmentos de asas de ánforas, algún vaso del s. V a. C. y cerámica común romana de imitación de TSC (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto, Patronazgo e Iconografía de San José;
LEYENDA
   José, esposo de la Virgen y padre nutricio de Jesús, apenas es mencionado en los Evangelios canónicos; y el de san Marcos ni siquiera lo nombra.
   Los Evangelios Apócrifos, especialmente el Protoevangelio de Santiago y la Historia de José el carpintero, escritos coptos del siglo IV, se dedicaron a colmar esta laguna con detalles pintorescos copiados en su mayoría del Antiguo Testamento.
    Relatan que José, descendiente de la estirpe de David, a pesar de sus orígenes reales, ejercía el humilde oficio de carpintero (faber lignarius), que fabricaba yugos, arados y hasta ratoneras. Según otra tradición, menos difundida, que se explica por el significado habitual de la palabra faber (obrero,artesano), habría sido herrero.
    Este pretendido descendiente «proletarizado» de los reyes de Israel habría tenido más de ochenta años cuando se casó con  la Virgen que tenía catorce. El milagro del florecimiento de la vara gracias al cual se impuso a los otros pretendientes más jóvenes, es una copia evidente del relato de la designación de Aarón como sumo sacerdote, que está en el Pentateuco (Números,17).
   Del mismo libro (Números,6:11-29) los Evangelios Apócrifos copiaron la historia de María bebiendo el agua probática en el templo, Juicio de Dios infligido a José y a la Virgen, después del descubrimiento de su embarazo.
   Las revelaciones de las místicas María de Ágreda y Catalina Emmerich, lo asimilan a su homónimo, José de Egipto. Igual que éste, habría sido perseguido por sus hermanos. Demás está decir que estas novelas piadosas sólo tienen un objetivo edificante.
   Los teólogos de la Edad Media han discutido interminablemente acerca de la naturaleza del matrimonio de José: ¿Ha sido el marido, o sólo el protector de la Virgen?¿El vínculo que les unía debe calificarse de copula carnalis o de maritatis societas?¿Puede llamarse esposos a quienes viven juntos sin te­ner relaciones carnales?
   Los doctores de la Iglesia opinan con la afirmativa. Explican que ese matrimonio casto (virginale conjugium) era indispensable para que la Virgen no fuera acusada de haberse dejado seducir, lo cual la habría expuesto a ser lapidada, y sobre todo para dar el pego al demonio, siempre al acecho, y ocultarle el misterio de la Encarnación (Huic Maria desponsatur ne Diabolo prodatur ratio mysterii).
   La virginidad de María no basta a los teólogos de la Edad Media: además, pretenden establecer, por añadidura, la virginidad de José antes y después de su boda. La tradición le atribuía numerosos hijos de su primera mujer, pero a santo Tomás de Aquino le repugna admitirlo. Según éste, debe creerse que así como la madre de Jesús permaneció virgen, lo mismo ocurrió con José. «Credimus quod, sicut Mater Jesu fuit virgo, sic Joseph.» Un hagió­grafo contemporáneo lo califica de padre virgen de Jesús.
   José acompaña al Niño Jesús a Egipto y lo trae de nuevo a Nazaret tras la muerte de Herodes. Después de lo cual desaparece de la escena. Ignoramos la fecha de su muerte, aunque la leyenda lo haya convertido en un pa­triarca centenario, se supone que murió antes de la Pasión de Jesús, puesto que no aparece en las Bodas de Caná, adonde sin duda habría sido invitado en compañía de la Virgen. En cualquier caso, está ausente en la Crucifixión y reemplazado en el Descendimiento de la Cruz y en el Enterramiento,  por otro José, José de Arimatea. .
   Casi no se puede dudar -escribió san Francisco de Sales-que el gran san José falleció antes de la muerte del Salvador quien, de no ser por ello,no hubiese encomendado su madre a san Juan.
CULTO
   No existen reliquias personales de san José, de lo cual se creyó poder concluir, al igual que en el caso de la Virgen, que su cuerpo había sido elevado al Cielo.
   La colegiata de Saint Laurent de Joinville, en Champaña, se jactaba de poseer el verdadero cinturón de san José, que habría sido confeccionado por la  Santísima Virgen y llevado a la cruzada de 1254 por el Señor de Joinville. Nada más singular que la curva o representación gráfica del culto de José, quien después de haber sido escarnecido durante la Edad Media como un personaje menor, e incluso cómico, a partir del siglo XVII se convirtió en uno de los santos más venerados de la Iglesia católica, asociado con la Virgen y con Jesús en una nueva Trinidad que se llama la Trinidad jesuítica (Jesús, María y José) y promovido en 1870 a la jerarquía de patrón de la Iglesia universal. En los anales de la devoción existen pocos ejemplos de un ascenso se­mejante y de un retorno tan completo.
El escarnio de José
   Puede decirse que en la Edad Media san José también ha sido sistemáticamente rebajado al tiempo que se exaltaba a la Virgen. En verdad, se trataba de probar la divinidad de Cristo, nacido de una Virgen y del Espíritu Santo, y de no permitir que se creyera que José pudiera ser su verdadero padre. De ahí la tendencia auspiciada por la Iglesia de reducirlo a la condi­ción de un mero figurante.
   Los autos sacramentales del teatro de los Misterios le asignaban un papel ridículo de anciano pasmado, tenía el empleo del «bufón» de los dramas shakespearianos. En el momento del parto, la Virgen lo envía a buscar una linterna; como si se hubiera resfriado en la gruta, José estornuda y apaga la luz. María le pide que caliente la sopa, pero él vuelca el caldero con torpeza. Como no tenían pañales para arropar al recién nacido, él ofrece unos viejos cal­zones agujereados.
   Su torpeza sólo se iguala con su avaricia de roñoso. Se apresura a meter en el cofre las ofrendas de los Reyes Magos, y cuando se trata de pagar un óbolo para la Presentación de Jesús en el templo, mete la mano en la bolsa re­funfuñando.
   Durante la Huida a Egipto, su comportamiento es aún más indigno. Un ángel le anuncia los malos designios de Herodes y le ordena evacuar hacia Egipto a la Virgen con el Niño. Ejecuta la orden de muy mala gana, des­pués de haber empeñado el velo de la Virgen y su propio turbante para conseguir dinero que le permita comprar vino (o cerveza, según un auto de fe alemán).
   Se queja porque debe cargar el equipaje en solitario, y recomienda a la Virgen María que llene bien su cantimplora, puesto que es viejo y necesita reconfortarse con tragos frecuentes. E incluso invita a la Virgen a beber un trago con él, y ésta le reprocha que haya vaciado la botella que debiera durar al menos tres días más.
   Los versos del poeta Eustache Deschamps muestran hasta qué punto «el bueno de José» era poco respetado a finales de la Edad Media:
   En Égypte s'en est alié,
Tout lassé,et troussé
D'une cotte et d'un baril.
Viel, usé
C'est Joseph le rassoté.
   (A Egipto se fue / Cansado y provisto / De un sayal y un barril. / Viejo, gastado / Está José, el tonto.)
   Auténtica «cabeza de turco», es el blanco de los versificadores del teatro de los Misterios, que lo acribillan con burlas irreverentes, al igual que a otro personaje de los Evangelios, Nicodemo, el «descendedor» de Cristo, cuyo nom­bre abreviado dio el sustantivo nigaud (bobo).
   Aún en la época del concilio de Trento, el teólogo Molano confirma que a José se le endilgó reputación de tonto que apenas podía contar hasta cinco (Qui vix quinque numerare possit).
   En el siglo XVIII, Gentileschi lo muestra durmiendo a pierna suelta, parece oírsele roncar mientras la Virgen amamanta al Niño.
La Glorificación de José
   ¿Cómo semejante personaje de comedia pudo convertirse en uno de los santos favoritos de la devoción popular? El mérito corresponde a las campañas de sus defensores franceses, el más ardiente de los cuales fue el canciller de la universidad de París, Jean Gerson; a las órdenes especialmente dedicadas a la Virgen (carmelitas, servitas) ya los predicadores  populares. Los Martirologios lo llaman gemma mundi, nutritor Domini. El anillo de boda de ónice que habría dado a la Virgen, era venerado en Perusa, en la Capilla del Anillo (Cappella dell' Anello). Su bastón se conservaba en la iglesia de los camaldulenses de Florencia. A principios del siglo XV, el teólogo Juan Gerson compuso en su honor un poema latino de tres mil versos titulado Josephina: en él se solicita al concilio de Constanza la institución de la fiesta de los Desposorios de san José. En el año 1489, Tritemio (Trithemius) compuso un tratado que se titula De Laudibus S. Josephi. Por último, el papa franciscano Sixto IV (1471-1484) introdujo la fiesta de san José en la liturgia de la iglesia romana.
   En el siglo XVI, el dominico Isolano redactó en Pavía, en 1522, un Sumario de los dones de san José, a quien atribuye los siete dones del Espíritu Santo. Fue él quien popularizó el relato apócrifo de la Muerte de José.
   La corporación de los carpinteros de obra y carpinteros, edificó en 1958 la primera iglesia romana que se puso bajo la advocación de san José: San Giuseppe dei Falegnami. En Bolonia se le había dedicado otra, más antigua.
   Su creciente popularidad después del concilio de Trento, sobre todo se debe a santa Teresa, reformadora de la orden carmelita, a los fundadores de la orden jesuítica y de la orden salesiana: san Ignacio de Loyola y san Francisco de Sales.
   Santa Teresa adoptó como patrón al glorioso san José a quien llamaba «El padre de su alma», le atribuía su curación y le dedicó su primer convento de Ávila. La iglesia de los carmelitas de París también fue puesta bajo la ad­vocación de Saint Joseph.
   Los jesuitas le concedieron un sitio en su Trinidad: J. M. J.(Jesús, María, José), popularizada por esta oración:
   O veneranda Trinitas 
   Jesus, Joseph et Maria.
   En el siglo XVII, Francisco de Sales, quien consideraba a José como el mayor de todos los santos, lo convirtió en patrón de las religiosas salesianas (de la orden de la Visitación). Las ursulinas siguieron el ejemplo de las salesianas y de las carmelitas.
   La nueva devoción a san José es una copia de la que se profesaba a la Virgen. Los Siete Dolores y los Siete Gozos de san José están simbolizados por un cordón de siete nudos que los devotos llevaban bajo la ropa.
Patronazgos
   Las únicas corporaciones que lo reivindican son las de los trabajadores de la madera: carpinteros de obra y carpinteros, a las cuales se asocia la de los zapa­dores, porque  colocaban el maderamen de los puentes. En nuestra época se lo convirtió en el patrón de los obreros en general.
   Como en Belén no encontró alojamiento para la Virgen y él, se convirtió además en el patrón de los mal alojados o sin casa, clientela singularmente im­portante en nuestros días de crisis de la vivienda.
   Su fama de virgen le valió el ser invocado por los laicos, y sobre todo por los religiosos, para conservar su castidad. Se recurría a él para reprimir los impulsos de la carne (carnis motus refrenare) o para enfriar los ardores lle­vando el cordón de san José (pro castitate servanda) sobre la piel.
   O sancte Joseph, propera.
   Aestum carnis refrigera.
   Los himnos compuestos en su honor lo glorifican por haber sido: senex expers libidinis, sponsus pudicissimus, e incluso hasta «eunuchus puerperae».
   San Bernardo lo comparaba con su homónimo José de Egipto, tanto por su castidad como por la frecuencia con que Dios lo advertía en sueños.
   Al mismo tiempo, se convirtió en el patrón de la buena muerte. En efecto, se contaba  que Jesús lo había asistido durante su agonía y le había enviado a los arcángeles Miguel y Gabriel para recoger su alma acechada por el demonio. De ahí deriva el hecho de que su intercesión sea invocada por los moribundos, con preferencia a la de los ángeles que tienen la misma función en el Ars bene moriendi.
   El nombre de pila José era prácticamente desconocido en la Edad Media. Fue a partir del siglo XVII que se dio a los grandes señores, e incluso a los reyes de Portugal o a los emperadores de la dinastía de los Habsburgo.
   En 1621, el papa Gregorio XV decidió que la Iglesia entera celebrara la fiesta de san José el 19 de marzo.
   En el siglo XIX se consagró oficialmente  su triunfo. En 1847, Pío IX instituyó el culto del Patronazgo de san José. En 1870 el papa elevó el rito de su fiesta (19 de marzo) y lo proclamó patrón de la Iglesia universal. El mes de marzo se convirtió en el mes de san José, para formar pareja con el mes de María.
   El culto del santo se difundió tanto que la Santa Sede se vio obligada a cal­mar el fervor de los devotos. La Congregación de los Ritos condenó el culto al corazón de San José copiado del profesado al Sagrado Corazón de Jesús, en 1873; al igual que la plegaria Ave José, que es un calco del Ave María. 
   A pesar de dichas advertencias y  frenos, la devoción a san José adquirió en Canadá un auge prodigioso. Ya en 1624 los primeros habitantes de Quebec lo habían elegido como patrón. En 1904, F. André construyó cerca de Montreal un modesto oratorio de madera que en 1941 se convirtió en una majestuosa basílica de piedra blanca cuya cúpula rivaliza en amplitud con la de San Pedro de Roma. Es el mayor santuario del mundo dedicado a san José. Montreal se convirtió en un centro de Joselogía.
ICONOGRAFÍA
   La iconografía de san José es paralela a la evolución de su culto; es tardía, y alcanzó su apogeo con posterioridad al concilio de Trento.
   Comporta dos tipos muy diferentes. En el arte de la Edad Media, el esposo virginal de la Virgen (virgineus sponsus Virginis) está representado casi siempre con los rasgos de un anciano de cabeza calva y barba blanca. A partir del siglo XVI, los artistas lo rejuvenecieron y le confirieron el aspecto de un hombre de cuarenta años, con todo el vigor de esa edad. Los teólogos habían tomado la delantera, desde  principios del siglo XV, en el concilio  de Constanza, el canciller de la universidad de París, Juan Gerson, sostenía que san José no tenía ni cincuenta años cuando se casó con la Virgen María.
   Además, mientras el arte medieval casi nunca lo representa aisladamente, sin duda por temor de justificar mediante imágenes la herejía de la concepción natural de Cristo, después de la Contrarreforma se lo honró representándolo por sí mismo, ya como carpintero de obra, ya como padre nutricio de Jesús.
   l. En el primer caso, tiene como atributos los utensilios de su oficio: un hacha, una sierra, una garlopa o una escuadra.
   2. En el segundo caso, se lo reconoce por su vara florecida, que alude a su victoria sobre los otros pretendientes de la Virgen, transformada en tallo de lirio, símbolo de su matrimonio virginal. Tiene un cirio o una linterna durante la noche de la Natividad. Lleva al Niño Jesús en los brazos o le conduce de la mano como el arcángel Rafael acompañando al joven Tobías. Excepcionalmente, está caracterizado como Judío por el cuchillo de circuncisión y el sombrero puntiagudo de la judería.
   A veces forma pareja con su homónimo, José de Arimatea. Los dos José del Nuevo Testamento forman de esa manera una pareja hagiográfica análoga a la de los dos santos Juanes.
   Gracias a la propaganda de su defensora, santa Teresa, se hizo singularmente popular en el arte español. Es, junto a la Virgen de la Inmaculada Concepción, el tema preferido de Murillo (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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Un paseo por la avenida de la Borbolla

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la avenida de la Borbolla, de Sevilla, dando un paseo por ella.    
     Hoy, 1 de mayo, es el aniversario del nacimiento (1 de mayo de 1855) de Pedro Rodríguez de la Borbolla y Amoscótegui de Saavedra, así que hoy es el mejor día, para ExplicArte la avenida de la Borbolla, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La avenida de la Borbolla es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en los Barrios Huerta de la Salud, El Prado-Parque de María Luisa, y El Porvenir, del Distrito Sur; y va de la glorieta de Doña María de las Mercedes de Borbón y Orleáns, a la avenida de Manuel Siurot.
     La avenida no posee siempre una adscripción precisa. En términos generales corresponde a un gran eje urbano, bien caracterizado desde el punto de vista genético, porque estructura el crecimiento de la ciudad; morfológico, ya que es ancha; y funcional, sobre todo por canalizar el tráfico rodado. Sin embargo, de acuerdo con esta definición, no hay razones, más que las convencionales, para considerar a unas vías como avenida y su prolongación, como calle. En otros casos, las avenidas constituyen el eje principal de un sector determinado o de una barriada, y si bien poseen las características de vía principal en relación a ese sector, no alcanzan dicho valor en el conjunto de la ciudad.
     La avenida posee sobre todo un valor simbólico, y prueba de ello es que en Sevilla la avenida por excelencia es la hoy denominada de la Constitución, centro neurálgico de la ciudad, tanto de sus fiestas religiosas como de la actividad bancaria, y así es es reconocida sólo como la avenida. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
    A principios del siglo XIX, recibió el nombre de camino del Cementerio por el existente en la actual parroquia de San Sebastián. Hacia 1910 se le denomina avenida de San Sebastián, por el nombre del ejido sobre el que se traza. En 1922 recibió el actual, en honor del político Pedro Rodríguez de la Borbolla (1855-1922), alcalde de la ciudad, que en 1914 intentó la compra por el Ayuntamiento, de los terrenos de Tabladilla, para la edificación de una Ciudad Jardín que formase un todo con el Porvenir, urbanizado también por estas fechas.
     Fue trazada a través de las huertas del Peroso, hoy Huerta de la Salud, de San Sebastián y de los señores Camino. A partir del momento en que empieza a plantearse la Exposición Iberoamericana, a comienzos del s. XX, es cuando acrecienta su importancia como eje de comunicación del Prado de San Sebastián con los barrios del Porvenir y Tabladilla. En ella confluyen por la izquierda la plaza Aviador Ruiz de Alda, Doctor Pedro de Castro, Manuel Pacheco, Las Cruzadas, Montevideo, Brasil, Porvenir, Felipe II, Juan Pablos, y Colombia, y por la derecha la avenida de Portugal, plaza del Ejército Español, Nicolás Alpériz, glorieta de Covadonga, avenida Don Pelayo, y avenida de la Guardia Civil. La mayor parte de la acera de los pares está ocupada por el Parque de María Luisa. Es una calle muy amplia, con calzada de asfalto y acerado de losetas de cemento y de albero, se alumbra con farolas de báculo de pie; posee abundante arbolado. En las décadas de 1910 y 1920 se construyen en ella hotelitos de dos y tres plantas, de estilo regionalista y modernista, obras de Talavera y Lupiáñez, para familias de alto poder adquisitivo. De los conservados destaca el núm. 59, modernista, ya que en los años setenta se destruyeron varios, sustituidos por edificios de varias alturas que rompen la línea de fachada de la calle y han alterado su estética. Se trata de una vía residencial, que sirve de nexo entre los barrios de la zona sur de la ciudad y el centro de la misma, por lo que soporta un tráfico intenso.
     Destaca en su primer tramo la presencia de edificios militares, como el Cuartel de Ingenieros en el solar cedido por el Ayuntamiento al ramo de la Guerra en 1897, y los bloques de viviendas de jefes y oficiales. Otros edificios a tener en cuenta son la sede central de la Compañía Sevillana de Electricidad, los colegios oficiales de Médicos y Arquitectos Técnicos, así como el chalet de esquina con Felipe II. Al final de la calle se encuentra el Cuartel de la Guardia Civil, que ocupa un hotel edificado para la Exposición de 1929, construido, a su vez, en el solar de la Venta de Eritaña, tan celebrada por la literatura costumbrista [María del Carmen Medina, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Conozcamos mejor la Biografía de Pedro Rodríguez de la Borbolla y Amoscótegui de Saavedra, personaje que da nombre a la vía reseñada;
     Pedro Rodríguez de la Borbolla y Amoscótegui de Saavedra, (Sevilla, 1 de mayo de 1855 – 13 de enero de 1922). Político y abogado.
     Hijo de un prestigioso abogado jerezano afincado en Sevilla, que llegó a ser decano del Colegio de Abogados de dicha localidad y que fue amigo y protector de Emilio Castelar, estudió Derecho en Sevilla, ejerciendo allí la profesión de abogado, en continua asistencia a las clases más necesitadas. Su ideología republicana es, junto a su profesión, también herencia de su padre y desde muy joven participó activamente en movimientos políticos creando en 1873 el periódico La Voz de la Juventud, que se convirtió en 1876 en El Posibilista, debido a cambios en su ideología política fruto de la Restauración.
     Fue fiscal del Tribunal de Cuentas y director general de Hacienda. Miembro del Ateneo de Sevilla, institución que llegó a presidir en 1898-1899, así como de varias sociedades culturales andaluzas, como la Real Sociedad Económica de Amigos del País, obtuvo además la Gran Cruz de Carlos III.
     Afiliado al Partido Liberal, sus posiciones dentro del mismo se alinearon en el ala derecha dirigida por Gamazo, llegando a ostentar la jefatura del partido en Sevilla, tras la dimisión del marqués de Paradas de la presidencia liberal sevillana, conseguida en 1905 tras una ligera pugna con el comerciante sevillano Ruiz Martínez. Fue diputado por Sevilla desde 1891, siendo elegido por dicha ciudad en las elecciones siguientes de 1893, 1896, 1898, 1899 y 1901.
     Formó parte de una comisión que en 1902 se encargó en Sevilla de que los estudios de Comercio volvieran a la Escuela Superior de Comercio de Sevilla, obteniendo la correspondiente Real Orden del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes confirmando el traslado de los estudios elementales, actitud que le supuso un voto de gracia por el claustro de la mencionada Escuela.
     El Real Decreto de 12 de junio de 1906 le nombró subsecretario del Ministerio de Gracia y Justicia, a las órdenes del ministro José María Celleruelo Poviones, dentro del gobierno presidido por Segismundo Moret, dimitiendo el 9 de julio. Fue ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes desde el 30 de noviembre al 4 de diciembre de 1906, en el segundo gobierno presidido por Moret.
     Entre 1908 y 1912 fue decano del Colegio de Abogados de Sevilla.
     Defensor de una República unitaria conservadora, en su condición de seguidor acérrimo de Castelar, dirigió el movimiento fusionista que aunó a socialistas y liberales en 1909 y que acabó con el gobierno de Maura, para instalar a Canalejas en el poder.
     Fue padre de Pedro y Antonio Rodríguez de la Borbolla y Serrano, ambos políticos.
     El nombramiento como ministro de Gracia y Justicia se produjo desde el 13 de junio al 27 de octubre de 1913, en el gobierno presidido por el conde de Romanones, dentro de la política de captación de militantes de las izquierdas conjuncionistas emprendida tras el asesinato de Canalejas y la crisis política ocasionada en torno al mismo, especialmente tras el debate de la Ley de Mancomunidades en la Cámara Alta. Su actuación en el Ministerio se dirigió fundamentalmente a completar las deficiencias de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, regulando expresamente los aspectos formales del acta de juicio oral. De esta época destaca el discurso que pronunció con ocasión de la apertura de los tribunales que se centró en los males de la administración de justicia y la formulación de un conjunto de mejoras para la misma.
     Fue elegido alcalde de Sevilla en 1918, y dado que entre los proyectos de ensanche de la ciudad, el Plan de Reformas de Sevilla y los terrenos de Tabladilla, presentado el 5 de abril de 1918, dentro del ensanche y emplazamiento de la Feria obligó al Real Betis Balompié a abandonar su campo de futbol, se consiguió la cesión de unos terrenos del Patronato Obrero, en el barrio del Porvenir de Sevilla, que pasaron a ser propiedad del equipo de fútbol verdiblanco, en el conocido como Campo del Patronato. Es de considerar su especial cariño por un club que había presidido su hijo primogénito Pedro Rodríguez de la Borbolla Serrano en 1913, y que gracias a sus gestiones cerca de Alfonso XII consiguió el título de Real para el mismo.
     Llegó a ser conocido como “El Amo de Sevilla” y se utilizaban para él los sobrenombres de “Perico Borbolla” y “D. Pedro, el de las Mercedes”, pudiendo utilizarse como modelo del caciquismo político en Sevilla, aunque su personalidad controvertida no menoscabó un beneficio considerable en su actuación para sus conciudadanos (María Dolores del Mar Sánchez González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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La avenida de la Borbolla, al detalle:
- Cuartel de Ingenieros
        Placa marmórea "Ocnos"
- Casa Ozama

jueves, 30 de abril de 2026

Un paseo por la plaza Ministro Indalecio Prieto

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la plaza Ministro Indalecio Prieto, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 30 de abril, es el aniversario del nacimiento (30 de abril de 1883) de Indalecio Prieto Tuero, político y gobernante, a quien está dedicada esta vía, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la plaza Ministro Indalecio Prieto, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La plaza Ministro Indalecio Prieto, en el Callejero Sevillano, es una vía que se encuentra en el Barrio del Arenal, del Casco Antiguo, entre las calles Tomás de Ibarra, Adolfo Rodríguez Jurado, y Santander.
     La plaza responde a un tipo de espacio urbano más abierto, menos lineal, excepción hecha de jardines y parques. La tipología de las plazas, sólo las del casco histórico, es mucho más rica que la de los espacios lineales; baste indicar que su morfología se encuentra fuertemente condicionada, bien por su génesis, bien por su funcionalidad, cuando no por ambas simultáneamente. Con todo, hay elocuentes ejemplos que ponen de manifiesto que, a veces, la consideración de calle o plaza no es sino un convencionalismo, o una intuición popular, relacionada con las funciones de centralidad y relación que ese espacio posee para el vecindario, que dignifica así una calle elevándola a la categoría de la plaza, siendo considerada genéricamente el ensanche del viario. Hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     El primer nombre relacionado con esta plaza es el de Vitoria, que aparece en un documento de 1345, probablemente apellido de algún vecino; documentos y autores posteriores la denominan, por error, Victoria. Desde la última década del  s. XV, a veces junto con Almirantazgo, se conoce como Cuernos, y desde 1700 aparece como Aceite, por la cantidad de almacenes de este articulo existentes en ella y la vecindad del mercado del mismo, hasta que en 1868 se le cambia por Aduana. Hasta esta fecha, su último tramo se había denominado plaza de la Casa de la Moneda y de la Aduana, por los dos edificios ubicados en ella, pero en dicho año la plaza y la calle quedaron unificadas bajo la denominación de Aduana, si bien algunos callejeros de dicho siglo incluyen ya la Aduana en la calle del Aceite, y después de la unificación algunos planos la siguen rotulando plaza de la Aduana. Finalmente, en 1918 se le dio el nombre actual, de la calle de la que se ha desmembrado, en memoria de Tomás de Ybarra González (1847-1916), hijo del primer conde de Ybarra, jefe provincial del Partido Liberal Conservador, diputado y senador, a cuyas expensas se restauraron algunas puertas de la Catedral. Durante los años de la II República se le devolvió el nombre de Aduana. En algunos textos se dice que también se llamó Conquista.
     Es un ensanche considerable a modo de plaza. Este diseño aparece en los primeros planos conservados (Olavid, 1771) y responde al hecho de que a la altura de la citada fachada iba la muralla de la ciudad, y mientras en el resto de la calle se fueron adosando casas a la misma, no ocurrió allí o fueron demolidas al ubicarse la Aduana en 1587. En cuanto a sus dotaciones, se adoquina en 1868, y sobre este pavimento se echó el riego asfáltico en los años sesenta-setenta. Las aceras son bastante estrechas. En 1926 se aprueba la sustitución del gas por la electricidad en el alumbrado público, que en la actualidad se apoya en brazos de fundición adosados a la pared. En su parte final estuvo la Aduana y el Almacén del Azogue del Rey, en varias naves de las antiguas Atarazanas, que a comienzos de la década de 1940, al trasladarse la Aduana, se demolieron y se construyó la Delegación Provincial de Hacienda (1942), obra de Miguel Durán Salgado. El ensanche delantero de Hacienda está convertido en aparcamiento. [Antonio Collantes de Terán Sánchez, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Conozcamos mejor la Biografía de Indalecio Prieto, personaje homenajeado en esta vía del callejero
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     Indalecio Prieto Tuero. (Oviedo, Asturias, 30 de abril de 1883 – Ciudad de México, México, 12 de febrero de 1962). Político socialista, gobernante y periodista.
     Aunque nació en Oviedo, Indalecio Prieto llegó a Bilbao antes de cumplir los ocho años, con su madre viuda y un hermano menor, por lo que su trayectoria vital no se comprende sin la ciudad vasca en la que creció y se formó como persona, como periodista y como líder político. La familia, empobrecida súbitamente en 1888 tras la muerte del padre, Andrés Prieto, se trasladó en 1891 a la capital vizcaína, donde vivió modestísimamente en el barrio obrero de las Cortes. Indalecio fue a clase en una escuela protestante, al parecer la única existente en la ciudad, y aprendió el oficio de taquígrafo con Miguel Coloma, gracias a una beca sufragada por la Diputación provincial.
     El tipógrafo socialista Rufino Laiseca le animó a solicitar empleo en La Voz de Vizcaya y así entró en contacto con el mundo del periodismo. El Liberal de Bilbao, diario fundado en 1901 por Miguel Moya, fue su “universidad política y periodística”. Empezó con 18 años a trabajar como taquígrafo y terminó siendo director gerente y propietario, pues el empresario Horacio Echevarrieta le vendió la cabecera en 1932. En la profesión periodística hizo de todo: vocear periódicos por la calle, escribir crónicas parlamentarias, crítica taurina y teatral, editoriales políticos y corresponsal de guerra en Marruecos.
     En el Bilbao de la revolución industrial, cuna del socialismo español, se produjo también su bautismo político. En cuanto cumplió la edad reglamentaria, dieciséis años, se afilió al Partido Socialista más “por sentimiento” que por “convicción teórica”. En 1904 fundó las Juventudes Socialistas con su amigo Tomás Meabe. Desde 1911 fue diputado provincial y, a partir de 1915, teniente de alcalde y concejal en el Ayuntamiento. Dio entonces la batalla interna a Facundo Perezagua, el hombre que había dirigido el socialismo vizcaíno desde sus orígenes y, a partir de 1915, sus tesis moderadas, afines al entendimiento con otras fuerzas democráticas, y especialmente con los republicanos, se impusieron en la organización. El suyo fue un socialismo reformista y humanitario, impregnado de la tradición liberal de su ciudad de adopción. Como dijo en una conferencia en la sociedad El Sitio en 1921, en la que citó extensamente al socialista francés Jean Jaurès y se declaró “socialista a fuer de liberal”, la libertad individual era “la base esencial del socialismo”.
     En 1916 abandonó la actividad política y se trasladó a Madrid con su familia: su esposa, Dolores Cerezo, con la que contrajo matrimonio civil en 1904 y que falleció en 1922, sus hijos Luis, Blanca y Concha, y su madre, Constancia Tuero, de la que se hizo cargo hasta su muerte en 1929. En Madrid, al tiempo que mantenía su colaboración con El Liberal, comenzó a trabajar como gerente de la Compañía Ibérica de Telecomunicación, fundada por varios empresarios amigos vascos y madrileños para explotar en España las patentes sobre telegrafía y comunicaciones inalámbricas del inventor Lee de Forest. En abril de 1917 incluso viajó a Nueva York para negociar la licencia de explotación de esas patentes en España. Mes y medio después, la Ibérica comenzó la construcción de una estación radiotelegráfica para el Ministerio de Marina y de otras instalaciones en la costa.
     Una llamada de Pablo Iglesias en julio de 1917 puso fin a la aventura empresarial de Prieto. El PSOE preparaba una huelga general para el mes de agosto y “el abuelo” le quería de vuelta en Bilbao al frente del movimiento revolucionario. Prieto aceptó “sin chistar”. Fracasada la huelga, el gobernador militar de Vizcaya pidió su captura vivo o muerto y le responsabilizó de todos los actos de violencia ocurridos durante las jornadas de lucha. También del descarrilamiento de un tren que dejó cinco muertos. Tuvo que ponerse a salvo al otro lado de la frontera. Desde Hendaya viajó a París, donde vivió el primero de sus cuatro exilios políticos (1917, 1930, 1934 y 1938) y sufrió en sus propias carnes los bombardeos aéreos alemanes de la Primera Guerra Mundial.
     En febrero de 1918 fue elegido por primera vez diputado a Cortes por Bilbao, elección que se repetiría de forma ininterrumpida hasta en siete ocasiones. La última, en 1936. Regresó a España, pasó por el Tribunal Supremo para aclarar su situación judicial, tomó posesión del escaño y el 17 de abril habló por primera vez en el Congreso de los Diputados, donde se reveló como notable orador y formidable polemista. Comentando esta primera intervención suya en el hemiciclo, Tomás Borrás escribió en La Tribuna: “Es en el debate como un descamisado, contundente, sincero y mordaz”.
     Entre 1921 y 1923, Prieto adquirió gran protagonismo en la política nacional por su exigencia de responsabilidades por el desastre colonial en Marruecos y por su denuncia constante del grado de corrupción al que había llegado el sistema de la Restauración. Su campaña apuntaba en última instancia al rey Alfonso XIII y solo se detuvo por la censura que se impuso tras el golpe de Estado del general Primo de Rivera.
     Su actitud ante la dictadura contribuyó a aumentar su prestigio ante la opinión democrática del país, pues mientras la dirección del PSOE (Besteiro y Largo Caballero) optó por contemporizar con los militares que habían cerrado las Cortes y disuelto por decreto los ayuntamientos, Prieto y Fernando de los Ríos encabezaron una corriente minoritaria que propugnaba un “apartamiento higiénico y saludable” respecto de quienes ocupaban el poder: “No producir insensatamente estorbos cuyo surgimiento justifique represiones y sirva, además, de explicación a la esterilidad de la función gubernativa; pero tampoco avenirse, a pretexto de mantener posiciones conquistadas, al desempeño de puestos de colaboración en organismo oficiales, cualquiera que sea su carácter”. Cuando en octubre de 1924 Largo Caballero ingresó en el Consejo de Estado, Prieto presentó su dimisión como vocal de la ejecutiva en señal de protesta.
     En la coyuntura de transición que se produjo entre el final de la dictadura en enero de 1930 y la caída de la monarquía en abril de 1931, Prieto se convirtió en la punta de lanza del proceso revolucionario en favor de la República con su famoso dilema de “con el rey o contra el rey”, que pronunció por primera vez en Irún en el recibimiento a Unamuno a su vuelta del exilio y que obligó a posicionarse a todas las fuerzas políticas. También a los socialistas, que en agosto de 1930 aún no habían decidido su adhesión al movimiento republicano. Por eso, la presencia de Prieto en el Pacto de San Sebastián, celebrado el 17 de agosto, fue a título personal y disgustó a la dirección de su partido. La esencia de dicho pacto consistió en el acuerdo alcanzado entre los líderes republicanos españoles y los catalanistas de centro-izquierda para que, en contrapartida al apoyo de estos últimos al cambio de régimen en España, la República otorgase la autonomía a Cataluña. La posibilidad de que la solución autonómica se aplicase también al País Vasco fue aceptada por Prieto con la condición de que fuese dentro del espíritu liberal y democrático de la República española. El Estatuto vasco, como dijo en 1931, debía ser “obra de concordia” y transigencia. El acuerdo con el PNV de Aguirre no fue posible hasta 1936, pero entonces Prieto fue uno de los artífices del Estatuto de autonomía que aprobaron las Cortes en el mes de octubre y jugó un papel clave en la constitución del primer Gobierno vasco de la historia.
     Como diputado por Vizcaya-capital en las tres legislaturas de la Segunda República, además de ministro de Hacienda y Obras Públicas en los gobiernos del primer bienio, Indalecio Prieto fue, con Manuel Azaña, el político más representativo del nuevo régimen republicano. En dos ocasiones recibió del presidente de la República, Alcalá-Zamora en junio de 1933 y el propio Azaña en mayo de 1936, el encargo de formar y presidir el Gobierno, pero en ambas fue incapaz de salvar los obstáculos impuestos por su propio partido.
     Como ministro de Hacienda, cargo que desempeñó durante ocho meses como una “penosa carga”, sorteó con éxito la triple crisis (cambiaria, bursátil y bancaria) del verano de 1931 y aprobó la Ley de Ordenación bancaria que tenía como objetivo reforzar la posición pública en el Banco de España, dominado entonces por intereses privados. Prieto dio con ello un primer paso, ciertamente moderado, hacia la nacionalización del banco emisor que se produciría en 1962.  
     En Obras Públicas su gestión brilló desde el primer momento. Desde el Centro de Estudios Hidrográficos, al frente del cual nombró al ingeniero Manuel Lorenzo Pardo, puso en marcha un sinfín de proyectos hidráulicos, como el de las vegas alta y baja del Guadiana (después llamado Plan Badajoz), el del valle inferior del Guadalquivir o el de la región levantina. Juan Velarde, después de estudiar todos estos planes en profundidad, concluye que “otra hubiera sido, probablemente, toda la historia española, si se hubiese nombrado desde el primer Gobierno Azaña a Indalecio Prieto ministro de la Reforma Agraria con poderes adecuados”. De hecho, la Ley de Obras de Puesta de Riego, de 13 abril de 1932, fue conocida también como “la Reforma Agraria de Prieto”. Otra línea de actuación prioritaria del ministro fue la relativa a los accesos a tres capitales, Madrid, Barcelona y Bilbao. Los trabajos más importantes en este sentido se llevaron a cabo en la capital de España, donde Prieto, asesorado por el arquitecto Secundino Zuazo, ejecutó un plan con dos ejes principales: la prolongación de la Castellana y la creación de los Nuevos Ministerios, y la solución del sistema de enlaces ferroviarios con un eje central subterráneo que desde la estación de Atocha atravesaba Madrid de sur a norte. En reconocimiento a su labor, el alcalde Pedro Rico le impuso en julio de 1936 la medalla de oro de la capital. Las obras ferroviarias de Bilbao y Barcelona, en las que fue de la mano de Ricardo Bastida y José Cabestany, no pasaron de la fase de estudio. Otros proyectos que llevó a cabo en esta etapa fueron las obras de dragado del puerto de Mahón (Menorca), la ampliación y mejora de los de Bermeo y Ondárroa (Vizcaya) y la urbanización de la playa de San Juan en Alicante.
     Desde el punto de vista político, Prieto fue el portavoz de la minoría socialista en las Cortes republicanas y su representante más significado durante el primer bienio. El compromiso del PSOE con el proyecto democrático que representaba la República se mantuvo hasta que, en el verano de 1933 y de forma bastante repentina, Largo Caballero y una parte mayoritaria del partido lo dieron por finiquitado. Prieto pensaba todavía que “el régimen republicano, aun con su matiz burgués, suponía un avance colosal en el orden político y social”, pero su posición quedó en minoría tras la salida de los socialistas del gobierno y la victoria de las derechas en las elecciones de noviembre de 1933.
     Decidido el recurso a la vía insurreccional para la toma del poder, Prieto se sumó a la revolución que los socialistas desencadenaron en octubre de 1934, tras la entrada de tres ministros de la CEDA en el Gobierno de Lerroux. El fracaso del movimiento, que años después llegó a calificar de error político, le llevó de nuevo al exilio en Francia y Bélgica, donde se volcó en reconstruir la alianza electoral del PSOE con los republicanos de Azaña, pues achacaba la derrota de las izquierdas en las elecciones de 1933 a la ruptura de esa coalición. Así lo expuso en un artículo, publicado en El Liberal el 14 de abril de 1935, que tuvo gran repercusión y por el que fue duramente atacado por el ala izquierda y las juventudes de su propio partido. No obstante, en diciembre de 1935 entró clandestinamente en España y consiguió imponer sus tesis en el Comité Nacional que acordó reeditar la coalición electoral con los republicanos de izquierda, junto con otros partidos obreros.
     Desde mayo de 1935, Prieto atisbó “negros nubarrones” sobre el horizonte político español. Dos eran las razones para este pesimismo: la extensión de la violencia política y el extremismo que estaba ganando a las masas obreras y desbordando a los líderes de izquierda. Un mes después, estimaba evidente, “porque las señales son harto claras en la designación de mandos militares y en otras medidas, que las cosas se preparan para un golpe de Estado”. Un golpe que estallaría en “el instante en que pudiera adivinarse un inmediato cambio de rumbo en la política”. Prieto hizo este pronóstico un año antes de la sublevación militar del 18 de julio y advirtió a sus inspiradores de la insensatez de sus propósitos. “Si creen que se va a repetir la mansedumbre del 13 de septiembre de 1923 (en alusión al golpe de Primo de Rivera durante la monarquía), se equivocan de medio a medio. Lo que harán será desencadenar sobre España una tormenta verdaderamente espantosa”.
     Azaña y Prieto, con la complicidad de Felipe Sánchez Román, pusieron las bases del Frente Popular que ganó las elecciones de febrero de 1936. Juntos maniobraron después para apartar a Alcalá-Zamora de la Presidencia de la República y elevar a Azaña a la jefatura del Estado. Desde allí, Azaña encargó a Prieto la formación de gobierno, pero éste declinó el ofrecimiento al no contar con el apoyo de su partido, decidido a no colaborar de nuevo con los republicanos en la gobernación del país. Se perdió así la ocasión de un gobierno de Prieto que, tras el discurso que pronunció en Cuenca el Primero de Mayo, era para muchos de sus contemporáneos, tanto de izquierda como de derecha, el hombre del momento y quizá el único político capaz de evitar un enfrentamiento entre españoles.
     Desde el inicio de la guerra civil, Prieto desplegó una actividad arrolladora con el objetivo de reforzar la autoridad del Estado republicano y contener la revolución social desencadenada por la sublevación militar. Aunque era solo diputado, pues no tuvo otro cargo oficial hasta que fue nombrado ministro de Marina y Aire en el Gobierno de Largo Caballero constituido el 4 de septiembre, se convirtió, en palabras del socialista italiano Pietro Nenni, en “el animador, el coordinador de la acción gubernativa”, atendiendo las demandas de todos los frentes y preparando a la población para una guerra larga desde las columnas de la prensa y las ondas radiofónicas. El 8 de agosto, pronunció por radio una arenga memorable en la que pidió a los combatientes “pechos duros, de acero, para el combate”, pero al mismo tiempo “corazones sensibles, capaces de contraerse ante el dolor humano y que sean albergue de la piedad” con el vencido. Hacía así el primer llamamiento de un líder político a no imitar en la retaguardia republicana los métodos de terror que los franquistas iban extendiendo en las zonas bajo su control para reprimir a sus enemigos políticos.
     Al acceder Juan Negrín a la presidencia del Gobierno por decisión de Azaña en mayo de 1937, Prieto se hizo cargo de la cartera de Defensa Nacional, pasando a ser el máximo responsable político del esfuerzo bélico de la República. En este tiempo, le tocó presidir el hundimiento de todo el frente del Norte, desde Bilbao hasta Asturias. No obstante el durísimo golpe moral que esto supuso, procedió a una profunda reforma del Ejército popular, orientada a reforzar la autoridad de los militares de carrera frente a los comisarios políticos, muchos de ellos comunistas, lo que le valió muy pronto la enemistad de este partido y de los influyentes asesores rusos. El ministro puso al entonces teniente coronel Vicente Rojo al frente del Estado Mayor y, junto a él, lanzó en 1937 tres operaciones ofensivas: Brunete (julio), Belchite (agosto) y Teruel (diciembre). Esta última ciudad aragonesa sería tomada el 8 de enero de 1938, convirtiéndose en la única capital de provincia que los republicanos lograron recuperar.
     El 5 de abril de 1938 el tándem Negrín-Prieto se partió por el eje. Prieto, acusado de derrotista por la prensa comunista, salió del Gobierno y Negrín se hizo cargo personalmente de la cartera de Defensa. Para entonces, sus visiones sobre el devenir de la guerra eran antagónicas: Negrín estaba decidido a continuar la lucha a toda costa (su lema sería “resistir es vencer”) y Prieto estaba ya convencido de que, sin el auxilio de las potencias democráticas, la República estaba perdida. Ante la inminente llegada de las tropas franquistas al Mediterráneo (que finalmente se produjo en Vinaroz, Castellón, el 15 de abril, partiendo en dos el territorio republicano), Prieto propuso que el Gobierno se trasladara a la zona centro. Negrín consideró más conveniente permanecer en Barcelona, cerca de la frontera por la que entraban los suministros soviéticos.
     Tras su salida del Gobierno, a finales de 1938, Prieto emprendió un viaje a Sudamérica con la misión oficial de representar a la República en la toma de posesión del presidente de Chile, Pedro Aguirre Cerdá, y con el encargo oficioso de la dirección del PSOE de preparar la evacuación de refugiados españoles a México. En diciembre había recibido la invitación personal del presidente Lázaro Cárdenas para trasladarse a la capital azteca, a la que llegó el 18 de febrero de 1939. De este modo, Prieto se convirtió en la primera personalidad política de la España republicana en instalarse de manera definitiva en México, circunstancia que unida a su amistad y sintonía ideológica con el presidente Cárdenas iba a ser determinante para la suerte de los exiliados.
     El 24 de marzo de 1939 se produjo la llegada del yate Vita al puerto mexicano de Veracruz con bienes procedentes de la Caja de Reparaciones del Gobierno republicano. Cárdenas confió su contenido a Prieto, aunque el destinatario era el doctor José Puche, enviado a México por Negrín (sin avisar a Prieto) para recibir el cargamento. Esta prueba de desconfianza hacia su persona, unida a los reproches mutuos que ambos se intercambiaron por carta durante los meses siguientes, motivó la ruptura definitiva entre los dos políticos socialistas, y la creación a la postre de dos organizaciones de auxilio a los refugiados enfrentadas: el Servicio de Evacuación de los Refugiados Españoles (SERE), en torno a Negrín, y la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE), auspiciada por Prieto, con representantes de los partidos republicanos, socialista, la UGT, la CNT y la Esquerra catalana.
     A finales de julio de 1939, Prieto reunió en París a la Diputación Permanente de las Cortes republicanas con el objeto de poner fin a la existencia del Gobierno que presidía Negrín. Por catorce votos a favor y cinco en contra, el Ejecutivo fue declarado disuelto. A pesar de que la decisión era constitucionalmente discutible, a partir de ese momento Indalecio Prieto se convirtió en el dirigente principal del exilio republicano. Entre 1939 y 1950, año en que dejó la presidencia del PSOE, y aun hasta su muerte en 1962, la recuperación de la libertad en España fue el objetivo central de su política. Casi desde el término mismo de la guerra, Prieto, sin abdicar de su lealtad republicana, fue consciente de que el restablecimiento de la democracia en España requería de una política de reconciliación nacional, y de que el logro de este objetivo exigía a su vez altas dosis de posibilismo y flexibilidad respecto a cuál había de ser la naturaleza –monárquica o republicana– del futuro régimen español, algo que habría de resolverse mediante un plebiscito tras la victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial y la desaparición de Franco.
     El 13 de febrero de 1945, nada más terminar la conferencia de Yalta, en la que Churchill, Roosevelt y Stalin se comprometieron a ayudar, no sólo “a los pueblos liberados del dominio de Alemania”, sino también “a los antiguos satélites del Eje a fin de que resuelvan por medios democráticos sus urgentes problemas políticos y económicos”, Prieto escribió a Fernando de los Ríos para advertirle de que en la conferencia de San Francisco, prevista para el mes de abril, iba “a ventilarse el porvenir político de España”. La carta fundacional de las Naciones Unidas condenó a los regímenes que habían recibido ayuda militar del Eje y, en consecuencia, dejó a la España franquista al margen de la ONU. Este triunfo, unido a la derrota definitiva de los fascismos en Europa, creó un ambiente de esperanza y optimismo entre los exiliados.
     En febrero de 1947, convencido de que la única posibilidad de sacar a Franco del poder pasaba por una restauración monárquica apoyada por una parte del ejército en el interior y por las potencias anglosajonas en el exterior, Prieto escribió un artículo titulado “O Plebiscito o monarquía”, con el que trataba de convencer a los republicanos de la necesidad de un pacto con otras fuerzas opositoras. En julio, se trasladó a Francia para imponer en el PSOE su plan de transición con plebiscito, y retomar personalmente los contactos con los monárquicos. El 28 de septiembre, gracias a las gestiones de Araquistain en el Foreign Office, se entrevistó con Bevin, quien le expresó la “gran simpatía” con que Gran Bretaña vería un acuerdo entre republicanos y monárquicos antifranquistas como paso previo para la formación de un gobierno provisional en España. El hombre clave en esta especie de “tercera vía” impulsada por Londres era José María Gil Robles, que se entrevistó con Prieto el 15 de octubre.
     Prieto regresó precipitadamente a México a finales de año por la enfermedad terminal de su hijo Luis, pero en marzo de 1948 volvió a Europa decidido a lograr que el III Congreso del PSOE en el exilio avalara sus tratos con los monárquicos y a dar a éstos un ultimátum: o cerraban ya el acuerdo o él se volvía a México dando por rotas las negociaciones. Entre el 7 y el 10 de mayo asistió en La Haya al primer Congreso de Europa, que reunió a 800 personalidades de 19 países en favor de una Europa unida, libre y democrática. El acuerdo entre monárquicos y socialistas españoles aún tardó unos meses, pero finalmente el Pacto de San Juan de Luz se firmó el 3 de septiembre de 1948. La declaración suscrita decía en su punto octavo: “Previa devolución de las libertades ciudadanas, que se efectuará con el ritmo más rápido que las circunstancias permitan, consultar a la Nación a fin de establecer, bien en forma directa o a través de representantes, pero en cualquier caso mediante voto secreto al que tendrán derecho todos los españoles, de ambos sexos, capacitados para emitirlo, un régimen político definitivo. El Gobierno que presida esta consulta deberá ser, por su composición y por la significación de sus miembros, eficaz garantía de imparcialidad”.
     El 4 de noviembre de 1950 la ONU eliminó su recomendación a los países miembros de no mantener a sus embajadores en Madrid. Era, en palabras de Prieto, “la última hoja que estaba por caer en este otoño agitado por vientos de tempestad, la hoja de parra que encubría la impudicia triunfante”. Dos días después, envió a la ejecutiva su carta de dimisión como presidente del Partido Socialista. Su posición política a partir de este momento y hasta el final de sus días quedó reflejada en la propuesta que redactó en octubre de 1951 y que fue aprobada por la asamblea de la Agrupación Socialista Española. Este texto proclamaba roto el Pacto de San Juan de Luz, arremetía contra las instituciones republicanas del exilio y recomendaba al Partido Socialista una “cura de aislamiento”, replegándose dentro de sí mismo (Luis Sala González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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La plaza Ministro Indalecio Prieto, al detalle:
Monumento al Pali