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viernes, 31 de julio de 2026

Los sitios arqueológicos del Cortijo de San Ignacio del Alamillo, en Écija (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte los sitios arqueológicos del Cortijo de San Ignacio del Alamillo, en Écija (Sevilla).
     Hoy, 31 de julio, Memoria de San Ignacio de Loyola, presbítero, el cual, nacido en el País Vasco, en España, pasó la primera parte de su vida en la corte como paje hasta que, herido gravemente, se convirtió a Dios. Completó los estudios teológicos en París y unió a él a sus primeros compañeros, con los que más tarde fundó la Orden de la Compañía de Jesús en Roma, donde ejerció un fructuoso ministerio escribiendo varias obras y formando a sus discípulos, todo para mayor gloria de Dios (1556) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
      Y que mejor día que hoy para ExplicArte los sitios arqueológicos del Cortijo de San Ignacio del Alamillo, en Écija (Sevilla).
Cortijo de San Ignacio del Alamillo.- En superficie se localizaron ladrillos, tegulae, mármol de revestimiento, cerámica común, sigillata sudgálica, hispánica y clara D. A destacar la ausencia de ánforas de aceite. La villa estaría ocupada en torno al s. IV d. C. 
Cortijo de San Ignacio del Alamillo Oeste.-  Se localizó una amplia zona de restos de ánforas, ladrillos, tegulae, fondos de cisternas revestidos de opus signinum muy compacto, fragmentos de sigillata hispánica (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Ignacio de Loyola, presbítero;
HISTORIA

   Nacido hacia 1491 en el castillo de Loyola, en la provincia vasca de Guipúzcoa, Íñigo López adoptó en Roma, en 1537, el nombre de pila italiano Ignazio, que correspondía, más o menos, a su nombre español, tomado de San Íñigo, abad de San Salvador de Oña, cerca de Burgos.
    Las armas parlantes de su familia son dos lobos de sable (negros) enfrentados sobre campo de plata.
   En principio fue soldado, y esta primera vocación militar ha dejado una marca indeleble en la combativa orden religiosa que fundaría más tarde. Una herida grave que recibió en Pamplona, cuando los franceses sitiaban la ciudad, decidió su conversión. En el lecho de hospital leyó la Vida de Jesús. Cuando hubo curado, hizo un retiro en Cataluña; primero en la gruta de Manresa, donde escribió sus Ejercicios Espirituales, y luego en la cercana abadía de Montserrat. 
 Cuando había decidido emprender una peregrinación a Tierra Santa, antes de embarcar en Barcelona se desprendió de sus últimas monedas, llegó a Venecia, donde por caridad se le concedió un pasaje en un navío que zarpaba hacia Chipre, y llegó a Jerusalén en 1523.
   De vuelta en España, completó sus estudios en las universidades de Alcalá y de Salamanca. Luego, en 1528, partió a pie hacia París. El 15 de agosto de 1534, pronunció los votos junto a seis compañeros en la cripta de la capilla de Saint Denis, en Montmartre. Es lo que se llama el Voto de Montmartre.
   Puso a su pequeña tropa, organizada militarmente, bajo las órdenes de un general y a disposición del papa, que en 1540 aprobó la regla de la nueva orden, llamada la Compañía de Jesús. Suprimida en Francia por el Parlamento de París, en 1761, y luego por el papa Clemente XIV, en 1773, fue restablecida por Pío VI en 1814.
   Durante los dieciséis años que le quedaban por vivir, San Ignacio de Loyola contribuyó poderosamente al éxito de la Contrarreforma, organizando la predicación, la educación de la juventud, distribuida en numerosos colegios, y finalmente la evangelización de las comarcas más remotas del Lejano Oriente que aún no habían sido alcanzadas por el proselitismo de las misiones.
   La primera edición de sus Ejercicios Espirituales fue impresa en 1548.
   Murió en 1556 y fue enterrado en Roma, en la iglesia que lleva su nombre. En el siglo XVII se edificó una basílica de cúpulas en el sitio de su nacimiento, en Loyola, según los planos del arquitecto romano Fontana.
CULTO
   Beatificado en 1609, fue canonizado en 1622.
   Su culto, en principio localizado en las provincias vascas y también en Navarra, se irradió y difundió gracias a los progresos de la orden jesuítica en el mundo entero, que en la actualidad cuenta con alrededor de treinta mil miembros.
   Se lo invocaba para la curación de los poseídos, contra la fiebre y contra los lobos (juego de palabras con su apellido López).
ICONOGRAFÍA
   Su tipo iconográfico, caracterizado por una frente calva, nariz fugitiva y barba mal rasurada, deriva de un retrato de Alonso Sánchez Coello ejecutado en el siglo XVI según su máscara mortuoria. De ahí sus ojos inmóviles, que parecen no ver.
   Está vestido con el hábito negro de los jesuitas, o, cuando oficia en el altar, con una casulla. Los pintores barrocos, especialmente Rubens, que encontraban el oscuro uniforme de los jesuitas poco pictórico, prefieren vestirlo con prendas litúrgicas ricamente bordadas.
   Sus atributos son un corazón inflamado, la sigla de la Compañía de Jesús IHS rodeada de rayos, y la divisa de la orden: AMDG (Ad Majoren Dei gloriam) e incluso el Libro de su regla. 
 Está representado escribiendo sus Exercitia spiritualia, ya pisoteando la herejía luterana, ya en éxtasis, con los ojos elevados al cielo y la mano apoyada sobre el corazón.
   En los ciclos barrocos de la Contrarreforma su imagen suele adornar los púlpitos rodeada por las alegorías de las Cuatro partes del mundo, que aluden a la expansión universal de su orden (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de San Ignacio de Loyola, presbítero;
     San Ignacio de Loyola, (Loyola, Guipúzcoa, 1 de junio de 1491 sup. – Roma (Italia), 31 de julio de 1556). Fundador y primer general de la Compañía de Jesús, santo.
     Su patrono era el abad san Íñigo (Enneco, fiesta el 1 de junio). En un proceso de 1515 se le llama Ynigo (pronúnciese Íñigo) y Enecus de Loyola; en el registro de la Universidad de París (1531) es ya Ignatius de Loyola (¿descubrimiento de las inflamadas cartas del obispo de Siria?: conjetura de H. Rahner, cf. MHSI, Epp. Ign., I: 529). Pero en el trato familiar y amistoso será Íñigo hasta finales de la década de 1540. Íñigo López de Loyola fue hijo de Beltrán Ibáñez o Yáñez (II) de Oñaz, señor de la casa y solar de Loyola, y de Marina Sánchez o Sáenz de Licona, casados en 1467. La madre ya había muerto en 1508; quizá bastante antes, si puede ser indicio de poca salud haber confiado la lactancia de Íñigo a María Garín, del caserío de Eguíbar, a poca distancia de la casa-torre.
     Su padre falleció el 23 de octubre de 1507 o pocos días después. Los testigos coetáneos coinciden en que Íñigo fue el último de ocho hijos varones; para los del proceso eclesiástico de 1595, el último de trece hermanos.
     En torno a 1507 fue confiado Íñigo a Juan Velázquez de Cuéllar, contador mayor de Castilla, y a su mujer, María de Velasco, hija de María de Guevara, pariente de la madre de Íñigo. Como uno más de los doce hijos del matrimonio, residió en el palacio de Arévalo, que había sido real con Juan II, y sin duda acompañó a su tutor en la Corte itinerante. Fueron diez años vividos en plena Castilla, tan distinta en todo de su valle natal; en un ambiente aristocrático, enriquecido con las alhajas y objetos preciosos provenientes de la almoneda de la reina Isabel (1504), que tasaba el contador y testamentario, y adquiría luego su esposa. Durante esos años, el rey Fernando se hospedó siete veces en el palacio del contador, en ocasiones por más de una semana, y cinco de los hijos de éste fueron pajes reales. Del “paje Loyola” consta que se sirvió el contador, en mayo de 1510, para enviar de Madrid a Alcalá una carta de pago por 80.000 maravedís al cronista Antonio de Nebrija.
     Su educación sería caballeresca y cortesana, completada en lo literario con la lectura de los cancioneros y, más tarde, de los libros de caballerías, y la iniciación a la música, para la que mostró muy pronto excepcional sensibilidad, que le duraría toda la vida. Adquirió también fama de “buen escribano”. Su vida moral quedará condensada por Alfonso de Polanco, uno de los hombres de su máxima confianza y de indiscutida devoción al fundador: “No vivió nada conforme [a la fe], ni se guardaba de pecados, antes especialmente travieso en juegos y cosas de mujeres, y en revueltas y cosas de armas”. En este contexto, más que la polisemia de la voz “travieso”, se puede recordar que su padre tuvo dos hijos naturales; sus hermanos Juan (muerto en 1496) y Martín, el mayorazgo (fallecido en 1538), dos cada uno; Pedro (muerto en 1526), clérigo y su compañero de acechanzas nocturnas durante el carnaval y en la cárcel episcopal de Pamplona, dos; y el sobrino Beltrán, todavía soltero, cuatro.
     Esta vida “desgarrada y vana” se quebró brusca y dramáticamente, cuando en 1516 el joven rey Carlos decidió desde Flandes traspasar a la reina viuda, Germana de Foix (hasta entonces íntima amiga de María de Velasco), la tenencia de las villas que poseía su marido por firmes y perpetuas decisiones de la reina Isabel. El contador —bajo el influjo quizá de razones muy personales de su esposa— se rebeló y se hizo fuerte en el castillo de Arévalo; finalmente, la muerte del hijo mayor y las amenazas del enviado de Cisneros le llevaron a la rendición y a retirarse a Madrid con todos los suyos; una profunda melancolía acabó con su vida en agosto de 1517. Íñigo quedaba súbitamente sin protector y sin porvenir cierto; la generosa viuda le proporcionó dos caballos y 500 escudos para ponerse al servicio del duque de Nájera, virrey de Navarra, como gentilhombre, no como capitán.
     Allí mostraría su capacidad de “hombre ingenioso y prudente”, al contribuir a la pacificación de algunas villas guipuzcoanas, renuentes a las disposiciones del virrey, y a la pacificación de la misma villa de Nájera, sublevada con ocasión de las Comunidades.
     ¿Qué huellas dejó en su espíritu, tan tenazmente reflexivo, esta prueba flagrante de ingratitud real, con la ruina económica y social de una vida, consagrada a la devoción y servicio de la Corona? Los “veintiseis años dados a las vanidades del mundo” lo sitúan precisamente en 1517, como primer acto —muy vago sin duda— de mutación espiritual.
     Cuando en 1521 el ejército francés invadió Navarra y puso cerco a Pamplona, Íñigo —que con su hermano Martín había acudido al frente de milicias guipuzcoanas— se negó a retirarse hacia Logroño con su hermano y el representante del virrey; con un puñado de leales entró en la ciudad y se encerró en el castillo. El domingo de Pentecostés, 19 de mayo, los franceses ocuparon la ciudad; los del castillo se inclinaban a la capitulación, pero Íñigo, elegido para discutirla, no la creyó honrosa y convenció al alcaide y a sus compañeros a la resistencia. El lunes 20 se preparó a la lucha confesando sus pecados a un compañero de armas; en el duelo de artillería, una bala le destrozó la tibia derecha e hirió la otra pierna. El alcaide, privado de su apoyo más decidido, entró en tratos, que duraron tres días.
     Después de las primeras curas, cortésmente procuradas por los vencedores, fue transportado hasta Loyola por un equipo de amigos, reunido por Esteban de Zuasti, primo de Francisco Javier. Los médicos juzgaron necesario reajustar los huesos de la pierna, mal ensamblados o descompuestos por el camino; el herido soportó la nueva carnicería en silencio, a puños cerrados. En el postoperatorio se agravó; fue sacramentado, y en la fecha límite calculada por los médicos (víspera de San Pedro), comenzó la mejoría.
     Pronto se advirtió que un hueso quedaba encabalgado, lo que acortaba y afeaba la pierna, impidiéndole calzar las altas y ajustadas botas de caballero; esto bastó para que se sometiera a una segunda carnicería, que prolongó por largos meses la convalecencia.
     Paralelamente, se desarrollaba en su conciencia una profunda crisis espiritual. A falta de los libros de caballería que había pedido, le entregaron “una Vita Christi del Cartujano en romance” (J. Nadal), y el Flos Sanctorum o Leyenda dorada, del dominico Jacobo de Varazze o Voragine. Estas lecturas, pronto absorbentes, conmovieron en sus fundamentos los valores que hasta entonces habían vertebrado sus esperanzas. El ímpetu heroico, esencial constitutivo de su personalidad, el apetito de superación y excelencia se enfrentaron de pronto a nuevos horizontes. Los proyectos de imitación y aun de superación de los santos alternaron en las largas horas con las hazañas soñadas por amor a su dama, “mucho más alta que condesa o duquesa”; pero con el resultado, descubierto por introspección, de alegría, confianza y paz, después de los primeros; y de insatisfacción y vacío pasadas las segundas. Una meta inmediata se imponía obsesivamente con la lectura del Vita Christi: la peregrinación y la permanencia indefinida en Jerusalén, dado a la oración y penitencia. Una a modo de visión o imaginación nocturna de Nuestra Señora y el divino Niño borró de su mente toda especie sensual, y le dio el impulso definitivo para una decisión, que nunca será ya cuestionada.
     En febrero de 1522, y con la excusa de presentarse al duque de Nájera, salió de Loyola, con intención de embarcarse en Barcelona y alcanzar en Roma la necesaria licencia pontificia para la peregrinación. El temor a ser reconocido le forzó a no acudir a Vitoria, donde el regente Adriano había recibido el 5 de febrero la confirmación de su elección al pontificado, y comenzaba el 12 de marzo el lento desplazamiento, rodeado de la nobleza eclesiástica y civil castellanas, a lo largo del valle del Ebro. En el santuario de Aránzazu hizo voto de castidad y llegó a Montserrat, quizá no el 21 de marzo, como se ha calculado para el triduo de confesión general, sino a principios de ese mes, lo que hace verosímil unos quince o veinte días de retiro en algún lugar de la montaña, y de trato más prolongado con el que sería su confesor, dom Chanon; éste le inició en la “oración metódica” según el Exercitatorio del abad García de Cisneros, de lo que nada había podido aprender con la lectura del Cartujano loyoleo. Y la necesidad de profundizar en esta nueva vida fue muy probablemente lo que le decidió a renunciar por aquel año a la peregrinación. Después de la confesión y de la vela de armas del 24 al 25 de marzo, continuó hacia Manresa.
     En los once meses siguientes se sucedieron períodos de calma, de terribles dudas y escrúpulos —que le llevaron a la tentación del suicidio— y de consolaciones e ilustraciones espirituales sobre los fundamentos mismos de la fe. Especialmente iluminadora fue la recibida a orillas del río Cardoner, de la que comentó en su vejez —él, tan poco inclinado a la hipérbole— que todo lo aprendido en el resto de su vida “no le parecía haber alcanzado tanto como de aquella vez sola”. De aquí sacó las líneas maestras de sus Ejercicios espirituales, que vivió y practicó en esos meses.
     En febrero de 1523 emprendió el viaje a Roma; recibió la licencia pontificia el 31 de marzo y, pasada la Pascua, se dirigió a Venecia, donde embarcó el 14 de julio. Por dos peregrinos centroeuropeos se conocen las peripecias del viaje. Íñigo deseaba quedarse, pero los superiores de la Custodia franciscana le conminaron con penas eclesiásticas al regreso. De nuevo, llegaba a Barcelona a principios de marzo de 1524.
     De las iluminaciones de Manresa brotó un nuevo proyecto: estudiar para “ayudar a las ánimas”. En Barcelona encontró antiguas bienhechoras —Inés Pascual, Isabel Roser y otras— que aseguraron su sustento, y el maestro Ardévol, que se ofreció de balde a guiarle en el aprendizaje latino. En marzo de 1526, el maestro y un doctor teólogo juzgaron que podía comenzar la Filosofía en Alcalá. Comenzó mendigando hasta que fue recogido en el Hospital de la Misericordia o de Antezana. A los tres compañeros de Barcelona se había añadido un joven francés, Juan de Reinalde (de una mala lectura de copista saldrá “Íñigo López de Recalde”, un craso error). Las conversaciones espirituales con mujeres devotas levantaron sospechas de iluminismo entre los inquisidores toledanos; los autos del interrogatorio se transmitieron al vicario episcopal Figueroa. Se les notaba de hacer “vida exemplar a manera de apóstoles”. Íñigo estuvo en la cárcel cuarenta y dos días. La sentencia de junio de 1527 les imponía el abandono de los vestidos no comunes y la abstención de enseñanzas teológicas o morales hasta el fin de sus estudios. Determinaron trasladarse a Salamanca, confiados en las vagas promesas que le había hecho a Íñigo el arzobispo Fonseca, visitado en Valladolid.
     Otras sospechas se suscitaron en Salamanca, consecuencia de las conferencias sobre el erasmismo que los mejores teólogos acababan de mantener en Valladolid.
     Los dominicos de San Esteban (con uno de ellos se confesaba) le interrogaron sobre esto, y le mantuvieron en el convento hasta que el provisor lo encarceló con cadenas mientras estudiaba con otros tres letrados “sus papeles, que eran los Exercicios”. La sentencia reconocía su plena ortodoxia, pero imponía las mismas restricciones. Íñigo pensó en la Universidad de París, donde estaría aislado por la lengua y a la que acudían los mejores estudiantes. Llegó el 2 de febrero, en plena guerra franco-española, y, tras algunos tanteos, se acomodó en el austero colegio de Monteagudo.
     Consciente de sus carencias, decidió comenzar los estudios desde el principio, pero antes tuvo que atender a cuestiones elementales. Un español había dilapidado el depósito de lo que había recibido de sus protectoras barcelonesas; mendigar o servir a un maestro era reincidir en los impedimentos pasados. Siguiendo un consejo, viajó tres años consecutivos a Flandes (una vez hasta Londres), para recoger en dos meses lo que le permitía, además, socorrer a otros. Mostró en esto un conocimiento no vulgar del mundo financiero, de los tiempos de mayor circulación de instrumentos crediticios manejados por españoles (quizá conocidos en los años de Arévalo), y la escrupulosa “asepsia” espiritual con la que recibía y transmitía limosnas que no tocaba con sus manos.
     Cursó la Filosofía en el colegio de Santa Bárbara, donde sus contactos con los estudiantes suscitaron inicialmente las iras del rector, el portugués Diogo de Gouveia, pronto aplacadas; allí ganó a los que serían puntales de su obra futura: el saboyano Pedro Fabro (nacido en 1505) y el navarro Francés o Francisco de Jassu o Javier (nacido en 1506), a los que se añadieron poco después otros condiscípulos que le habían visto en Alcalá. Obtuvo el grado de bachiller en 1532 y la licenciatura en 1533; para el doctorado, que no requería especiales estudios, pero sí numerosos gastos, esperó hasta 1535. Paralelamente, dedicó año y medio al estudio de la Teología con los dominicos de Saint-Jacques. Aún sin acudir a las eximias ilustraciones manresanas, su connatural animus theologicus y su felicísima memoria le concitaron un prestigio cierto entre sus contemporáneos.
     En el torbellino religioso e ideológico que sacudió a Francia y especialmente a París en los años 1530- 1534, Ignacio fue un espectador atento y reflexivo, que ayudó a sus compañeros —Javier lo reconoció sinceramente— a mantener el rumbo en la vía media de la ortodoxia. El 15 de agosto de 1534, reunidos Ignacio, Fabro (único sacerdote), Javier, Laínez, Salmerón, Rodrigues y Bobadilla en la cripta de una vieja capilla de Montmartre, emitieron tres votos: de pobreza —condicionado al fin de sus estudios—, de castidad perpetua y de peregrinación a Jerusalén; en caso de no poder realizar ésta tras un año de espera en Venecia, se pondrían a la disposición del Sumo Pontífice, vicario de Cristo. Por primera vez se menciona la estrella polar que orientará sus vidas. No se habla de voto de obediencia, porque aquellos “amigos en el Señor” no pensaban en corporación religiosa estable. Los votos se renovaron en los dos años siguientes, con tres nuevos voluntarios: el saboyano Le Jay, el picardo Broët y el provenzal Codure. Otro estudiante rechazó por un tiempo las invitaciones de Ignacio: el mallorquín Jerónimo Nadal, decidido firmemente a ser “cristiano del Evangelio”, pero nada inclinado a hacerse “iñiguista”.
     Diez años más tarde, una de las primeras cartas de Javier le dará el impulso para llegar a identificarse como pocos con el pensamiento y el espíritu del fundador.
     Puesta la piedra fundamental de su obra, Ignacio decidió volver a España. Además del cuidado de su salud, deseaba visitar a las familias de sus compañeros y dar en su tierra de Loyola una reparación social por su escandalosa juventud. En Azpeitia se alojó por tres meses en el hospital, desoyendo las apremiantes invitaciones de su hermano; con su voz aguda y clara —recordaba una oyente distante— habló a todo el pueblo; promovió prácticas piadosas colectivas, enseñó la doctrina a los niños, condenó el juego y el amancebamiento, promovió el socorro de los pobres vergonzantes y compuso las disensiones del clero local.
     A su paso por Madrid, visitó a su gran admiradora y protectora, la portuguesa Leonor Mascareñas, aya del joven príncipe. Cuando en 1586, el pintor de Corte, Sánchez Coello, presentó a Felipe II el retrato de Ignacio, el anciano Rey recordó el encuentro y las ponderaciones de santidad, que le hacía su aya; elogió el parecido, “pero entonces —¡memoria de un niño de ocho años!— traía más barba”.
     El año 1536 lo dedicó al estudio privado en Venecia y a sus habituales conversaciones y Ejercicios. Sus compañeros salieron de París en noviembre y llegaron a Venecia en enero de 1537; en marzo continuaron, sin Ignacio, a Roma, para obtener la licencia de peregrinación y las necesarias para la ordenación sacerdotal. Venecia era en aquel momento un potente foco de reforma católica: de la floreciente “Compagnia del Divino Amore” había nacido la Orden de los Teatinos (1524), en la que la amable espiritualidad de san Gaetano de Thiene atemperaba el ímpetu inquisidor de Gianpietro Caraffa, obispo dimisionario teatino (de Teate) y futuro papa Pablo IV. Los dos grupos de clérigos regulares parecían nacidos para entenderse y fundirse; Ignacio mantuvo un contacto con Caraffa, seguido de una larga carta, probablemente no enviada, en la que marcó las distancias con la vida cuasi eremítica que imponía a los suyos el terrible napolitano. Había otras coincidencias, lo que explica que, durante muchos años, se identificase a los jesuitas como “teatinos”.
     Reunidos de nuevo en Venecia, recibieron el sacerdocio el día de san Juan de 1537. Ignacio retrasó la primera misa hasta la Navidad del año siguiente, en Roma. La guerra con los turcos había cortado, el único año, toda la navegación. Se abría el período de espera; para llenarlo, se repartieron en binas por las ciudades del Véneto. Antes de dispersarse, deliberaron sobre la respuesta que debían dar a los que les preguntasen por su nombre y profesión. Unánimemente decidieron llamarse “Compañía de Jesús” (al principio “Compañía del Nombre de Jesús”): el genérico no tenía primariamente una connotación militar; de todos modos, para Ignacio, lo esencial —y en lo que no estaba dispuesto a ceder— era lo especificativo.
     Con Fabro y Laínez, Ignacio se dirigió a Roma.
     A catorce kilómetros de la capital, en la aldea de La Storta, entraron en una capilla a hacer oración. Ignacio, en su larga preparación para la primera misa, venía pidiendo insistentemente a Nuestra Señora que se dignase “ponerle con su Hijo”, y a éste, que le recibiese bajo su bandera. A lo que vio o sintió en esos momentos se refirió siempre con su sobriedad acostumbrada, incluso en su diario privado; todo lo resumía en la certeza que adquirió de que “el Padre le ponía con su Hijo”, y que éste le decía, “quiero que tú nos sirvas” o “Yo os seré propicio en Roma”. Fue un momento central en su vida, que resumía todo su pasado y lo orientaba hacia un futuro, incierto en lo concreto, pero asegurado con la protección divina.
     Llegados a Roma, se presentaron a Pablo III. Fabro y Laínez se ofrecieron a dar lecciones gratis en La Sapienza, la Universidad romana. Ignacio se entregó a dar Ejercicios: el doctísimo cardenal laico Gasparo Contarini, el embajador de Siena, Lactancio Tolomei y el catedrático de Salamanca y agente imperial en Roma, Pedro Ortiz. No todo el mundo los veía con agrado.
     Comenzaron las insinuaciones sobre antiguos procesos, las sospechas de heterodoxia, las calumnias abiertas de un fraile apóstata. Ignacio obtuvo del Papa —tras una audiencia personal de una hora, en latín— la incoación de un proceso, en el que declararon los antiguos jueces de Alcalá, París y Venecia, presentes providencialmente en Roma. La sentencia fue plenamente absolutoria e Ignacio procuró su amplia difusión.
     Pocos días después se ofrecieron colectivamente al Papa, quien les señaló como campo apostólico la ciudad de Roma. Pero pronto llegaron invitaciones de otras diócesis italianas. En previsión de la dispersión inminente, deliberaron en la primavera de 1539 sobre sus relaciones futuras. Dos cuestiones fundamentales quedaron resueltas: establecer una congregación durable y hacer voto de obediencia a uno de ellos como a superior. Con sucesivas resoluciones fue perfilándose una Fórmula del Instituto de la Compañía en cinco capítulos, que redactó Ignacio en Roma por delegación de sus compañeros. El cardenal Contarini la presentó al Papa, quien la aprobó el 3 de septiembre y ordenó que se preparase la bula correspondiente. No fue fácil convencer a los dos cardenales encargados de hacerlo; uno desaprobaba las novedades que se pedían: omisión de hábito propio y del rezo coral, voto de obediencia al Papa, supresión de penitencias obligatorias...; otro propugnaba la reducción de las órdenes religiosas a los cuatro tipos existentes, dos de monjes y dos de mendicantes.
     Ignacio ofreció por esta intención tres mil misas y movilizó a los más eficaces intercesores. La aprobación definitiva se dio el 27 de septiembre de 1540, pero limitando el número de profesos a sesenta.
     Un proyecto de Constituciones fue aprobado por los seis cofundadores presentes en Roma y en abril se procedió a la elección del general (los ausentes habían dejado sus votos por escrito). Por dos veces recayó el voto unánime sobre Ignacio, quien se resistió y pidió que se dejase al arbitrio de su confesor franciscano, con el que hizo una confesión de tres días. Su parecer, expresado por escrito, fue decisivo, y la elección se verificó el 19 de abril. El 22 hicieron todos la profesión en San Pablo Extramuros.
     La actividad de Ignacio en los quince años de generalato se repartió entre el apostolado directo en Roma y su función de gobernante. Entre lo primero destaca la promoción de una asociación para acoger a los catecúmenos provenientes del judaísmo; la Casa de Santa Marta para las pecadoras arrepentidas; el apoyo a la Inquisición, fundada por Pablo III, y la apertura y sostenimiento de los dos colegios, el Romano, dedicado a los estudios sacerdotales, y el Germánico, que alojaba a los estudiantes centroeuropeos. Como fundador, tenía dos metas esenciales: la aprobación por la Santa Sede del libro de los Ejercicios (caso único entre los libros de devoción) y su publicación en 1548 (el texto castellano no se publicará hasta 1615, y en Roma), y la redacción definitiva de las Constituciones (texto a), precedidas de un Examen, que propicia un conocimiento mutuo entre la Orden y el candidato. A mediados de 1550 se había concluido, aunque se añadieron unas doscientas cincuenta enmiendas (texto A). Entonces convocó a todos los profesos para someterles la obra y su propia renuncia al generalato (30 de enero de 1551), que no fue aceptada. De 1552 es el texto B, llamado autógrafo por las correcciones añadidas. En 1550, Julio III había dado su aprobación, y suprimido la limitación de los sesenta profesos. Pero Ignacio quiso expresamente que las Constituciones quedaran “abiertas”, y sólo la primera congregación general (1558) las hará obligatorias.
     Del texto de hizo un Sumario, con los grandes principios espirituales, y se dieron Reglas comunes y de varios oficios.
     La múltiple expansión —geográfica y funcional— de la Orden fue rápida, forzando con frecuencia el límite de la escasez de sujetos. La visión sobrenatural del fundador quedó expresada en una brevísima carta a Francisco Javier fechada el 31 de enero de 1552: “Las cosas de la Compañía, por sola bondad de Dios, van adelante, y en continuo aumento por todas partes de la cristiandad; y sírvese de sus mínimos instrumentos el que sin ellos y con ellos es autor de todo bien”.
     Los diversos colegios y casas —unos para estudiantes, otras para novicios y operarios apostólicos— se agrupaban en once provincias: Portugal (1546), España (1547), dividida en tres (1554); India (1549), Italia (1551), Sicilia (1553), Brasil (1553), Francia (1555), Germania del Sur y del Norte (1556). El número de jesuitas en 1556 giraba en torno al millar.
     Se ha presentado a Ignacio como el anti-Lutero.
     Oposición más retórica que real. Sin duda, era consciente de la crisis abierta en la cristiandad centroeuropea.
     Tres de los cofundadores —Fabro, Bobadilla y Le Jay— trabajaron allí. El fiel discípulo Nadal dirá más tarde que la Compañía avanzaba con dos alas, la India y Germania. Fabro pretendió encontrarse con el discípulo de Lutero, Melanchton; pero su mejor logro fue la vocación del joven holandés Pedro Canis o Canisio. Para obtener bases estables, se fundaron colegios: Colonia (1554), Ingolstadt (1549-1556), Viena (1551), Praga (1556). Las consignas que daba a los moradores, supuesta la “unión del instrumento con Dios”, se cifraban en la ejemplaridad de vida, la predicación positiva de las verdades de la fe, más que la discusión de puntos controvertidos; y los métodos de contacto personal. A las autoridades eclesiásticas y civiles les recordaba la importancia de los maestros en las escuelas y la prohibición de libros heréticos o sospechosos. No fue partidario de introducir la Inquisición en el Imperio. Coincidía aún literalmente con Lutero y san Juan de Ávila al afirmar que “la educación de la juventud es la renovación del mundo”.
     Los problemas europeos no le ocultaban más amplios horizontes. Las esperanzas de reunión de los cristianos de Etiopía con Roma —una primera etapa hacia Jerusalén, nunca olvidada— atrajeron su atención preferente. Para ello, hizo la excepción de admitir el nombramiento de un jesuita como patriarca, con dos obispos que aseguraran la sucesión, y dirigió al Negus todo un tratado del más acendrado ecumenismo. Al mismo tiempo, sostuvo la epopeya de Javier; pero no vaciló para asegurarla y remediar la profunda crisis por la que atravesaba la provincia portuguesa, vivero de misioneros, en darle la sorprendente orden perentoria de regresar a Portugal; el santo misionero había ya fallecido a las puertas de China.
     En la estructura de la Orden introdujo importantes novedades: dos años de noviciado, profesión retrasada al menos por diez años y entretanto votos particulares o simples, perpetuos para el sujeto, pero no incondicionalmente para la Orden; distinción de grados entre los incorporados; generalato vitalicio, pero supremo poder legislativo en la congregación general, compuesta por los provinciales en función y dos vocales elegidos por el cuerpo de la provincia; el cuarto voto de los profesos, que informa de algún modo de todas las relaciones con la Santa Sede; exclusión de una rama femenina o dirección habitual de religiosas. Tampoco dignidades eclesiásticas, salvo imposición pontificia.
     Ignacio fue hombre de acción y profundamente contemplativo. Su vida mística, prácticamente ignorada durante siglos, hoy es universalmente reconocida.
     Amaba paternalmente —con detalles maternales— a sus súbditos, y era correspondido por ellos; intuía el valor oculto de las personas y potenciaba su libertad, nunca sojuzgada despóticamente. Fue capaz de transmitir, a caracteres muy diversos, su experiencia esencialmente personal.
     Su salud se resintió toda la vida de las penitencias y fatigas de los años de peregrinación. Las indisposiciones, que le retenían en cama, fueron frecuentes; en 1555 nombró vicario al padre Nadal, con plenos poderes.
     Murió inesperadamente y solo en la madrugada del 31 de julio de 1556. La autopsia reveló grave litiasis biliar y cirrosis epática secundaria. Fue sepultado en la iglesia de Santa María de la Strada; beatificado el 27 de julio de 1609, y canonizado el 12 de marzo de 1622.
     En cuanto a su iconografía, hay que anotar que, ante el cadáver, hizo un boceto el retratista Giacopino del Conte, que dejó un modelo muy rejuvenecido. Se sacó una mascarilla en yeso y de ella varios positivos en cera; uno trajo a España el padre Ribadeneira, y en él se inspiró Sánchez Coello. Hacia 1600, varios jesuitas belgas, que lo habían conocido, lograron una miniatura que trata de reproducir la irradiación de su semblante, atestiguada por san Felipe Neri, y el aspecto juvenil que mantuvo en vida (en Alcalá, un franciscano lo había descrito como “hombre de poca edad, que podría tener hasta veinte años”, cuando contaba treinta y cinco) (José Martínez de la Escalera, SI, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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La pintura "San Ignacio de Loyola", de Domingo Martínez, en la Sala VII-B (antigua Sacristía principal) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "San Ignacio de Loyola", de Domingo Martínez, en la Sala VII-B (antigua Sacristía principal), del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla.          
     Hoy, 31 de julio, es la Memoria de San Ignacio de Loyola, presbítero, el cual, nacido en el País Vasco, en España, pasó la primera parte de su vida en la corte como paje hasta que, herido gravemente, se convirtió a Dios. Completó los estudios teológicos en París y unió a él a sus primeros compañeros, con los que más tarde fundó la Orden de la Compañía de Jesús en Roma, donde ejerció un fructuoso ministerio escribiendo varias obras y formando a sus discípulos, todo para mayor gloria de Dios (1556) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la pintura "San Ignacio de Loyola", de Domingo Martínez, en la Sala VII-B (antigua Sacristía principal), del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla.
     El Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses [nº 40 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 78 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle San Luis, 37; en el Barrio de la Feria, del Distrito Casco Antiguo.
        En la sala VII-B (antigua Sacristía principal) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses podemos contemplar la pintura "San Ignacio de Loyola", de Domingo Martínez (1688-1749), siendo un óleo sobre lienzo en estilo barroco de escuela sevillana, pintada hacia 1740, con unas medidas de 1,68 x 1,21 mts., y procedente del mismo lugar que hoy ocupa, aunque originalmente se remataba en semicírculo.
     Constituye, junto a su pareja, uno de los lienzos más logrados de Domingo Martínez de entre los realizados para el noviciado de San Luis. Originalmente, según parece, ocuparían la pared frontal de la sacristía de la capilla doméstica, sobre las cajoneras. En momento indeterminado, tras hacerse cargo del inmueble las Hijas de la Caridad, habrían sido reemplazadas por sendos espejos, para mayor conveniencia del sacerdote y demás ministros del altar, puesto que hasta aquel momento dicho recinto carecía de aquellos. En el año 1975 se inventariaron ya en el ámbito de la iglesia pública, concretamente en la sacristía de la izquierda. De aquí pasaron a la iglesia del Hospital de las Cinco Llagas, donde Salud Soro pudo estudiarlos y atribuirlos certeramente. Más tarde, fueron restaurados e instalados en la Casa de la Provincia, en uno de los corredores de la planta alta. Afortunadamente, regresan ahora al inmueble para el que fueron concebidos, completando el conjunto de la producción de Domingo Martínez en San Luis.
     San Ignacio de Loyola (1491-1556) aparece con vestidura propia de jesuita, correspondiendo sus facciones con las derivadas de la máscara mortuoria, cuya difusión propició el carácter de verdadero retrato de gran parte de sus representaciones. A sus pies el orbe, con una espada, simbolizando por un lado la universalidad de la Compañía de Jesús, y por otro, su desprecio de las glorias seculares, significada por aquella arma, que Ignacio habría entregado en Montserrat. Con su mano derecha agarra un ostensorio en el que aparece el símbolo de los jesuitas. Con la otra, ayuda a sostener un libro, que a modo de atril carga un angelote desde su parte inferior. En las hojas se refleja el lema de la Societas Iesu: "AD MAIOREN DEI GLORIAM", "Para la mayor gloria de Dios". Los angelotes del lado izquierdo sostienen un flagelo, una calavera, y una cruz, elementos iconográficos relacionados con el paso de Loyola por la Cueva de Manresa.
     La iconografía y la composición, más estática que la de San Francisco Javier, puede derivar de las estampas rubensianas de Bolswert, donde aparece como aquí, junto al Libro de los Ejercicios, y portando el anagrama de la Compañía, aunque en aquellas aparece revestido con los ornamentos de la misa. Sin embargo, tanto su actitud como la disposición del libro es semejante. Será la peana de nubes y angelotes la que dé al conjunto el tono barroco e inmaterial que necesitaba Martínez para vincularla a su pareja (Enrique Muñoz Nieto, en Patrimonio Histórico de la Diputación de Sevilla 1500-1900. Arte y Beneficencia. Diputación de Sevilla. Sevilla, 2025).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Ignacio de Loyola, presbítero;
HISTORIA
   Nacido hacia 1491 en el castillo de Loyola, en la provincia vasca de Guipúzcoa, Íñigo López adoptó en Roma, en 1537, el nombre de pila italiano Ignazio, que correspondía, más o menos, a su nombre español, tomado de San Íñigo, abad de San Salvador de Oña, cerca de Burgos.
   Las armas parlantes de su familia son dos lobos de sable (negros) enfrentados sobre campo de plata.
   En principio fue soldado, y esta primera vocación militar ha dejado una marca indeleble en la combativa orden religiosa que fundaría más tarde. Una herida grave que recibió en Pamplona, cuando los franceses sitiaban la ciudad, decidió su conversión. En el lecho de hospital leyó la Vida de Jesús. Cuando hubo curado, hizo un retiro en Cataluña; primero en la gruta de Manresa, donde escribió sus Ejercicios Espirituales, y luego en la cercana abadía de Montserrat.
   Cuando había decidido emprender una peregrinación a Tierra Santa, antes de embarcar en Barcelona se desprendió de sus últimas monedas, llegó a Venecia, donde por caridad se le concedió un pasaje en un navío que zarpaba hacia Chipre, y llegó a Jerusalén en 1523.
   De vuelta en España, completó sus estudios en las universidades de Alcalá y de Salamanca. Luego, en 1528, partió a pie hacia París. El 15 de agosto de 1534, pronunció los votos junto a seis compañeros en la cripta de la capilla de Saint Denis, en Montmartre. Es lo que se llama el Voto de Montmartre.
   Puso a su pequeña tropa, organizada militarmente, bajo las órdenes de un general y a disposición del papa, que en 1540 aprobó la regla de la nueva orden, llamada la Compañía de Jesús. Suprimida en Francia por el Parlamento de París, en 1761, y luego por el papa Clemente XIV, en 1773, fue restablecida por Pío VI en 1814.
   Durante los dieciséis años que le quedaban por vivir, San Ignacio de Loyola contribuyó poderosamente al éxito de la Contrarreforma, organizando la predicación, la educación de la juventud, distribuida en numerosos colegios, y finalmente la evangelización de las comarcas más remotas del Lejano Oriente que aún no habían sido alcanzadas por el proselitismo de las misiones.
   La primera edición de sus Ejercicios Espirituales fue impresa en 1548.
   Murió en 1556 y fue enterrado en Roma, en la iglesia que lleva su nombre. En el siglo XVII se edificó una basílica de cúpulas en el sitio de su nacimiento, en Loyola, según los planos del arquitecto romano Fontana.
CULTO
   Beatificado en 1609, fue canonizado en 1622.
   Su culto, en principio localizado en las provincias vascas y también en Navarra, se irradió y difundió gracias a los progresos de la orden jesuítica en el mundo entero, que en la actualidad cuenta con alrededor de treinta mil miembros.
   Se lo invocaba para la curación de los poseídos, contra la fiebre y contra los lobos (juego de palabras con su apellido López).
ICONOGRAFÍA
   Su tipo iconográfico, caracterizado por una frente calva, nariz fugitiva y barba mal rasurada, deriva de un retrato de Alonso Sánchez Coello ejecutado en el siglo XVI según su máscara mortuoria. De ahí sus ojos inmóviles, que parecen no ver.
   Está vestido con el hábito negro de los jesuitas, o, cuando oficia en el altar, con una casulla. Los pintores barrocos, especialmente Rubens, que encontraban el oscuro uniforme de los jesuitas poco pictórico, prefieren vestirlo con prendas litúrgicas ricamente bordadas.
   Sus atributos son un corazón inflamado, la sigla de la Compañía de Jesús IHS rodeada de rayos, y la divisa de la orden: AMDG (Ad Majoren Dei gloriam) e incluso el Libro de su regla. 
 Está representado escribiendo sus Exercitia spiritualia, ya pisoteando la herejía luterana, ya en éxtasis, con los ojos elevados al cielo y la mano apoyada sobre el corazón.
   En los ciclos barrocos de la Contrarreforma su imagen suele adornar los púlpitos rodeada por las alegorías de las Cuatro partes del mundo, que aluden a la expansión universal de su orden (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de San Ignacio de Loyola, personaje representado en la obra reseñada;
     San Ignacio de Loyola, (Loyola, Guipúzcoa, 1 de junio de 1491 sup. – Roma, Italia, 31 de julio de 1556). Fundador y primer general de la Compañía de Jesús, santo.
    Su patrono era el abad san Íñigo (Enneco, fiesta el 1 de junio). En un proceso de 1515 se le llama Ynigo (pronúnciese Íñigo) y Enecus de Loyola; en el registro de la Universidad de París (1531) es ya Ignatius de Loyola (¿descubrimiento de las inflamadas cartas del obispo de Siria?: conjetura de H. Rahner, cf. MHSI, Epp. Ign., I: 529). Pero en el trato familiar y amistoso será Íñigo hasta finales de la década de 1540. Íñigo López de Loyola fue hijo de Beltrán Ibáñez o Yáñez (II) de Oñaz, señor de la casa y solar de Loyola, y de Marina Sánchez o Sáenz de Licona, casados en 1467. La madre ya había muerto en 1508; quizá bastante antes, si puede ser indicio de poca salud haber confiado la lactancia de Íñigo a María Garín, del caserío de Eguíbar, a poca distancia de la casa-torre.
     Su padre falleció el 23 de octubre de 1507 o pocos días después. Los testigos coetáneos coinciden en que Íñigo fue el último de ocho hijos varones; para los del proceso eclesiástico de 1595, el último de trece hermanos.
     En torno a 1507 fue confiado Íñigo a Juan Velázquez de Cuéllar, contador mayor de Castilla, y a su mujer, María de Velasco, hija de María de Guevara, pariente de la madre de Íñigo. Como uno más de los doce hijos del matrimonio, residió en el palacio de Arévalo, que había sido real con Juan II, y sin duda acompañó a su tutor en la Corte itinerante. Fueron diez años vividos en plena Castilla, tan distinta en todo de su valle natal; en un ambiente aristocrático, enriquecido con las alhajas y objetos preciosos provenientes de la almoneda de la reina Isabel (1504), que tasaba el contador y testamentario, y adquiría luego su esposa. Durante esos años, el rey Fernando se hospedó siete veces en el palacio del contador, en ocasiones por más de una semana, y cinco de los hijos de éste fueron pajes reales. Del “paje Loyola” consta que se sirvió el contador, en mayo de 1510, para enviar de Madrid a Alcalá una carta de pago por 80.000 maravedís al cronista Antonio de Nebrija.
     Su educación sería caballeresca y cortesana, completada en lo literario con la lectura de los cancioneros y, más tarde, de los libros de caballerías, y la iniciación a la música, para la que mostró muy pronto excepcional sensibilidad, que le duraría toda la vida. Adquirió también fama de “buen escribano”. Su vida moral quedará condensada por Alfonso de Polanco, uno de los hombres de su máxima confianza y de indiscutida devoción al fundador: “No vivió nada conforme [a la fe], ni se guardaba de pecados, antes especialmente travieso en juegos y cosas de mujeres, y en revueltas y cosas de armas”. En este contexto, más que la polisemia de la voz “travieso”, se puede recordar que su padre tuvo dos hijos naturales; sus hermanos Juan (muerto en 1496) y Martín, el mayorazgo (fallecido en 1538), dos cada uno; Pedro (muerto en 1526), clérigo y su compañero de acechanzas nocturnas durante el carnaval y en la cárcel episcopal de Pamplona, dos; y el sobrino Beltrán, todavía soltero, cuatro.
     Esta vida “desgarrada y vana” se quebró brusca y dramáticamente, cuando en 1516 el joven rey Carlos decidió desde Flandes traspasar a la reina viuda, Germana de Foix (hasta entonces íntima amiga de María de Velasco), la tenencia de las villas que poseía su marido por firmes y perpetuas decisiones de la reina Isabel. El contador —bajo el influjo quizá de razones muy personales de su esposa— se rebeló y se hizo fuerte en el castillo de Arévalo; finalmente, la muerte del hijo mayor y las amenazas del enviado de Cisneros le llevaron a la rendición y a retirarse a Madrid con todos los suyos; una profunda melancolía acabó con su vida en agosto de 1517. Íñigo quedaba súbitamente sin protector y sin porvenir cierto; la generosa viuda le proporcionó dos caballos y 500 escudos para ponerse al servicio del duque de Nájera, virrey de Navarra, como gentilhombre, no como capitán.
     Allí mostraría su capacidad de “hombre ingenioso y prudente”, al contribuir a la pacificación de algunas villas guipuzcoanas, renuentes a las disposiciones del virrey, y a la pacificación de la misma villa de Nájera, sublevada con ocasión de las Comunidades.
     ¿Qué huellas dejó en su espíritu, tan tenazmente reflexivo, esta prueba flagrante de ingratitud real, con la ruina económica y social de una vida, consagrada a la devoción y servicio de la Corona? Los “veintiseis años dados a las vanidades del mundo” lo sitúan precisamente en 1517, como primer acto —muy vago sin duda— de mutación espiritual.
     Cuando en 1521 el ejército francés invadió Navarra y puso cerco a Pamplona, Íñigo —que con su hermano Martín había acudido al frente de milicias guipuzcoanas— se negó a retirarse hacia Logroño con su hermano y el representante del virrey; con un puñado de leales entró en la ciudad y se encerró en el castillo. El domingo de Pentecostés, 19 de mayo, los franceses ocuparon la ciudad; los del castillo se inclinaban a la capitulación, pero Íñigo, elegido para discutirla, no la creyó honrosa y convenció al alcaide y a sus compañeros a la resistencia. El lunes 20 se preparó a la lucha confesando sus pecados a un compañero de armas; en el duelo de artillería, una bala le destrozó la tibia derecha e hirió la otra pierna. El alcaide, privado de su apoyo más decidido, entró en tratos, que duraron tres días.
     Después de las primeras curas, cortésmente procuradas por los vencedores, fue transportado hasta Loyola por un equipo de amigos, reunido por Esteban de Zuasti, primo de Francisco Javier. Los médicos juzgaron necesario reajustar los huesos de la pierna, mal ensamblados o descompuestos por el camino; el herido soportó la nueva carnicería en silencio, a puños cerrados. En el postoperatorio se agravó; fue sacramentado, y en la fecha límite calculada por los médicos (víspera de San Pedro), comenzó la mejoría.
     Pronto se advirtió que un hueso quedaba encabalgado, lo que acortaba y afeaba la pierna, impidiéndole calzar las altas y ajustadas botas de caballero; esto bastó para que se sometiera a una segunda carnicería, que prolongó por largos meses la convalecencia.
     Paralelamente, se desarrollaba en su conciencia una profunda crisis espiritual. A falta de los libros de caballería que había pedido, le entregaron “una Vita Christi del Cartujano en romance” (J. Nadal), y el Flos Sanctorum o Leyenda dorada, del dominico Jacobo de Varazze o Voragine. Estas lecturas, pronto absorbentes, conmovieron en sus fundamentos los valores que hasta entonces habían vertebrado sus esperanzas. El ímpetu heroico, esencial constitutivo de su personalidad, el apetito de superación y excelencia se enfrentaron de pronto a nuevos horizontes. Los proyectos de imitación y aun de superación de los santos alternaron en las largas horas con las hazañas soñadas por amor a su dama, “mucho más alta que condesa o duquesa”; pero con el resultado, descubierto por introspección, de alegría, confianza y paz, después de los primeros; y de insatisfacción y vacío pasadas las segundas. Una meta inmediata se imponía obsesivamente con la lectura del Vita Christi: la peregrinación y la permanencia indefinida en Jerusalén, dado a la oración y penitencia. Una a modo de visión o imaginación nocturna de Nuestra Señora y el divino Niño borró de su mente toda especie sensual, y le dio el impulso definitivo para una decisión, que nunca será ya cuestionada.
     En febrero de 1522, y con la excusa de presentarse al duque de Nájera, salió de Loyola, con intención de embarcarse en Barcelona y alcanzar en Roma la necesaria licencia pontificia para la peregrinación. El temor a ser reconocido le forzó a no acudir a Vitoria, donde el regente Adriano había recibido el 5 de febrero la confirmación de su elección al pontificado, y comenzaba el 12 de marzo el lento desplazamiento, rodeado de la nobleza eclesiástica y civil castellanas, a lo largo del valle del Ebro. En el santuario de Aránzazu hizo voto de castidad y llegó a Montserrat, quizá no el 21 de marzo, como se ha calculado para el triduo de confesión general, sino a principios de ese mes, lo que hace verosímil unos quince o veinte días de retiro en algún lugar de la montaña, y de trato más prolongado con el que sería su confesor, dom Chanon; éste le inició en la “oración metódica” según el Exercitatorio del abad García de Cisneros, de lo que nada había podido aprender con la lectura del Cartujano loyoleo. Y la necesidad de profundizar en esta nueva vida fue muy probablemente lo que le decidió a renunciar por aquel año a la peregrinación. Después de la confesión y de la vela de armas del 24 al 25 de marzo, continuó hacia Manresa.
     En los once meses siguientes se sucedieron períodos de calma, de terribles dudas y escrúpulos —que le llevaron a la tentación del suicidio— y de consolaciones e ilustraciones espirituales sobre los fundamentos mismos de la fe. Especialmente iluminadora fue la recibida a orillas del río Cardoner, de la que comentó en su vejez —él, tan poco inclinado a la hipérbole— que todo lo aprendido en el resto de su vida “no le parecía haber alcanzado tanto como de aquella vez sola”. De aquí sacó las líneas maestras de sus Ejercicios espirituales, que vivió y practicó en esos meses.
     En febrero de 1523 emprendió el viaje a Roma; recibió la licencia pontificia el 31 de marzo y, pasada la Pascua, se dirigió a Venecia, donde embarcó el 14 de julio. Por dos peregrinos centroeuropeos se conocen las peripecias del viaje. Íñigo deseaba quedarse, pero los superiores de la Custodia franciscana le conminaron con penas eclesiásticas al regreso. De nuevo, llegaba a Barcelona a principios de marzo de 1524.
     De las iluminaciones de Manresa brotó un nuevo proyecto: estudiar para “ayudar a las ánimas”. En Barcelona encontró antiguas bienhechoras —Inés Pascual, Isabel Roser y otras— que aseguraron su sustento, y el maestro Ardévol, que se ofreció de balde a guiarle en el aprendizaje latino. En marzo de 1526, el maestro y un doctor teólogo juzgaron que podía comenzar la Filosofía en Alcalá. Comenzó mendigando hasta que fue recogido en el Hospital de la Misericordia o de Antezana. A los tres compañeros de Barcelona se había añadido un joven francés, Juan de Reinalde (de una mala lectura de copista saldrá “Íñigo López de Recalde”, un craso error). Las conversaciones espirituales con mujeres devotas levantaron sospechas de iluminismo entre los inquisidores toledanos; los autos del interrogatorio se transmitieron al vicario episcopal Figueroa. Se les notaba de hacer “vida exemplar a manera de apóstoles”. Íñigo estuvo en la cárcel cuarenta y dos días. La sentencia de junio de 1527 les imponía el abandono de los vestidos no comunes y la abstención de enseñanzas teológicas o morales hasta el fin de sus estudios. Determinaron trasladarse a Salamanca, confiados en las vagas promesas que le había hecho a Íñigo el arzobispo Fonseca, visitado en Valladolid.
     Otras sospechas se suscitaron en Salamanca, consecuencia de las conferencias sobre el erasmismo que los mejores teólogos acababan de mantener en Valladolid.
     Los dominicos de San Esteban (con uno de ellos se confesaba) le interrogaron sobre esto, y le mantuvieron en el convento hasta que el provisor lo encarceló con cadenas mientras estudiaba con otros tres letrados “sus papeles, que eran los Exercicios”. La sentencia reconocía su plena ortodoxia, pero imponía las mismas restricciones. Íñigo pensó en la Universidad de París, donde estaría aislado por la lengua y a la que acudían los mejores estudiantes. Llegó el 2 de febrero, en plena guerra franco-española, y, tras algunos tanteos, se acomodó en el austero colegio de Monteagudo.
    Consciente de sus carencias, decidió comenzar los estudios desde el principio, pero antes tuvo que atender a cuestiones elementales. Un español había dilapidado el depósito de lo que había recibido de sus protectoras barcelonesas; mendigar o servir a un maestro era reincidir en los impedimentos pasados. Siguiendo un consejo, viajó tres años consecutivos a Flandes (una vez hasta Londres), para recoger en dos meses lo que le permitía, además, socorrer a otros. Mostró en esto un conocimiento no vulgar del mundo financiero, de los tiempos de mayor circulación de instrumentos crediticios manejados por españoles (quizá conocidos en los años de Arévalo), y la escrupulosa “asepsia” espiritual con la que recibía y transmitía limosnas que no tocaba con sus manos.
     Cursó la Filosofía en el colegio de Santa Bárbara, donde sus contactos con los estudiantes suscitaron inicialmente las iras del rector, el portugués Diogo de Gouveia, pronto aplacadas; allí ganó a los que serían puntales de su obra futura: el saboyano Pedro Fabro (nacido en 1505) y el navarro Francés o Francisco de Jassu o Javier (nacido en 1506), a los que se añadieron poco después otros condiscípulos que le habían visto en Alcalá. Obtuvo el grado de bachiller en 1532 y la licenciatura en 1533; para el doctorado, que no requería especiales estudios, pero sí numerosos gastos, esperó hasta 1535. Paralelamente, dedicó año y medio al estudio de la Teología con los dominicos de Saint-Jacques. Aún sin acudir a las eximias ilustraciones manresanas, su connatural animus theologicus y su felicísima memoria le concitaron un prestigio cierto entre sus contemporáneos.
    En el torbellino religioso e ideológico que sacudió a Francia y especialmente a París en los años 1530- 1534, Ignacio fue un espectador atento y reflexivo, que ayudó a sus compañeros —Javier lo reconoció sinceramente— a mantener el rumbo en la vía media de la ortodoxia. El 15 de agosto de 1534, reunidos Ignacio, Fabro (único sacerdote), Javier, Laínez, Salmerón, Rodrigues y Bobadilla en la cripta de una vieja capilla de Montmartre, emitieron tres votos: de pobreza —condicionado al fin de sus estudios—, de castidad perpetua y de peregrinación a Jerusalén; en caso de no poder realizar ésta tras un año de espera en Venecia, se pondrían a la disposición del Sumo Pontífice, vicario de Cristo. Por primera vez se menciona la estrella polar que orientará sus vidas. No se habla de voto de obediencia, porque aquellos “amigos en el Señor” no pensaban en corporación religiosa estable. Los votos se renovaron en los dos años siguientes, con tres nuevos voluntarios: el saboyano Le Jay, el picardo Broët y el provenzal Codure. Otro estudiante rechazó por un tiempo las invitaciones de Ignacio: el mallorquín Jerónimo Nadal, decidido firmemente a ser “cristiano del Evangelio”, pero nada inclinado a hacerse “iñiguista”.
     Diez años más tarde, una de las primeras cartas de Javier le dará el impulso para llegar a identificarse como pocos con el pensamiento y el espíritu del fundador.
     Puesta la piedra fundamental de su obra, Ignacio decidió volver a España. Además del cuidado de su salud, deseaba visitar a las familias de sus compañeros y dar en su tierra de Loyola una reparación social por su escandalosa juventud. En Azpeitia se alojó por tres meses en el hospital, desoyendo las apremiantes invitaciones de su hermano; con su voz aguda y clara —recordaba una oyente distante— habló a todo el pueblo; promovió prácticas piadosas colectivas, enseñó la doctrina a los niños, condenó el juego y el amancebamiento, promovió el socorro de los pobres vergonzantes y compuso las disensiones del clero local.
     A su paso por Madrid, visitó a su gran admiradora y protectora, la portuguesa Leonor Mascareñas, aya del joven príncipe. Cuando en 1586, el pintor de Corte, Sánchez Coello, presentó a Felipe II el retrato de Ignacio, el anciano Rey recordó el encuentro y las ponderaciones de santidad, que le hacía su aya; elogió el parecido, “pero entonces —¡memoria de un niño de ocho años!— traía más barba”.
     El año 1536 lo dedicó al estudio privado en Venecia y a sus habituales conversaciones y Ejercicios. Sus compañeros salieron de París en noviembre y llegaron a Venecia en enero de 1537; en marzo continuaron, sin Ignacio, a Roma, para obtener la licencia de peregrinación y las necesarias para la ordenación sacerdotal. Venecia era en aquel momento un potente foco de reforma católica: de la floreciente “Compagnia del Divino Amore” había nacido la Orden de los Teatinos (1524), en la que la amable espiritualidad de san Gaetano de Thiene atemperaba el ímpetu inquisidor de Gianpietro Caraffa, obispo dimisionario teatino (de Teate) y futuro papa Pablo IV. Los dos grupos de clérigos regulares parecían nacidos para entenderse y fundirse; Ignacio mantuvo un contacto con Caraffa, seguido de una larga carta, probablemente no enviada, en la que marcó las distancias con la vida cuasi eremítica que imponía a los suyos el terrible napolitano. Había otras coincidencias, lo que explica que, durante muchos años, se identificase a los jesuitas como “teatinos”.
    Reunidos de nuevo en Venecia, recibieron el sacerdocio el día de san Juan de 1537. Ignacio retrasó la primera misa hasta la Navidad del año siguiente, en Roma. La guerra con los turcos había cortado, el único año, toda la navegación. Se abría el período de espera; para llenarlo, se repartieron en binas por las ciudades del Véneto. Antes de dispersarse, deliberaron sobre la respuesta que debían dar a los que les preguntasen por su nombre y profesión. Unánimemente decidieron llamarse “Compañía de Jesús” (al principio “Compañía del Nombre de Jesús”): el genérico no tenía primariamente una connotación militar; de todos modos, para Ignacio, lo esencial —y en lo que no estaba dispuesto a ceder— era lo especificativo.
    Con Fabro y Laínez, Ignacio se dirigió a Roma.
     A catorce kilómetros de la capital, en la aldea de La Storta, entraron en una capilla a hacer oración. Ignacio, en su larga preparación para la primera misa, venía pidiendo insistentemente a Nuestra Señora que se dignase “ponerle con su Hijo”, y a éste, que le recibiese bajo su bandera. A lo que vio o sintió en esos momentos se refirió siempre con su sobriedad acostumbrada, incluso en su diario privado; todo lo resumía en la certeza que adquirió de que “el Padre le ponía con su Hijo”, y que éste le decía, “quiero que tú nos sirvas” o “Yo os seré propicio en Roma”. Fue un momento central en su vida, que resumía todo su pasado y lo orientaba hacia un futuro, incierto en lo concreto, pero asegurado con la protección divina.
    Llegados a Roma, se presentaron a Pablo III. Fabro y Laínez se ofrecieron a dar lecciones gratis en La Sapienza, la Universidad romana. Ignacio se entregó a dar Ejercicios: el doctísimo cardenal laico Gasparo Contarini, el embajador de Siena, Lactancio Tolomei y el catedrático de Salamanca y agente imperial en Roma, Pedro Ortiz. No todo el mundo los veía con agrado.
    Comenzaron las insinuaciones sobre antiguos procesos, las sospechas de heterodoxia, las calumnias abiertas de un fraile apóstata. Ignacio obtuvo del Papa —tras una audiencia personal de una hora, en latín— la incoación de un proceso, en el que declararon los antiguos jueces de Alcalá, París y Venecia, presentes providencialmente en Roma. La sentencia fue plenamente absolutoria e Ignacio procuró su amplia difusión.
    Pocos días después se ofrecieron colectivamente al Papa, quien les señaló como campo apostólico la ciudad de Roma. Pero pronto llegaron invitaciones de otras diócesis italianas. En previsión de la dispersión inminente, deliberaron en la primavera de 1539 sobre sus relaciones futuras. Dos cuestiones fundamentales quedaron resueltas: establecer una congregación durable y hacer voto de obediencia a uno de ellos como a superior. Con sucesivas resoluciones fue perfilándose una Fórmula del Instituto de la Compañía en cinco capítulos, que redactó Ignacio en Roma por delegación de sus compañeros. El cardenal Contarini la presentó al Papa, quien la aprobó el 3 de septiembre y ordenó que se preparase la bula correspondiente. No fue fácil convencer a los dos cardenales encargados de hacerlo; uno desaprobaba las novedades que se pedían: omisión de hábito propio y del rezo coral, voto de obediencia al Papa, supresión de penitencias obligatorias...; otro propugnaba la reducción de las órdenes religiosas a los cuatro tipos existentes, dos de monjes y dos de mendicantes.
     Ignacio ofreció por esta intención tres mil misas y movilizó a los más eficaces intercesores. La aprobación definitiva se dio el 27 de septiembre de 1540, pero limitando el número de profesos a sesenta.
     Un proyecto de Constituciones fue aprobado por los seis cofundadores presentes en Roma y en abril se procedió a la elección del general (los ausentes habían dejado sus votos por escrito). Por dos veces recayó el voto unánime sobre Ignacio, quien se resistió y pidió que se dejase al arbitrio de su confesor franciscano, con el que hizo una confesión de tres días. Su parecer, expresado por escrito, fue decisivo, y la elección se verificó el 19 de abril. El 22 hicieron todos la profesión en San Pablo Extramuros.
    La actividad de Ignacio en los quince años de generalato se repartió entre el apostolado directo en Roma y su función de gobernante. Entre lo primero destaca la promoción de una asociación para acoger a los catecúmenos provenientes del judaísmo; la Casa de Santa Marta para las pecadoras arrepentidas; el apoyo a la Inquisición, fundada por Pablo III, y la apertura y sostenimiento de los dos colegios, el Romano, dedicado a los estudios sacerdotales, y el Germánico, que alojaba a los estudiantes centroeuropeos. Como fundador, tenía dos metas esenciales: la aprobación por la Santa Sede del libro de los Ejercicios (caso único entre los libros de devoción) y su publicación en 1548 (el texto castellano no se publicará hasta 1615, y en Roma), y la redacción definitiva de las Constituciones (texto a), precedidas de un Examen, que propicia un conocimiento mutuo entre la Orden y el candidato. A mediados de 1550 se había concluido, aunque se añadieron unas doscientas cincuenta enmiendas (texto A). Entonces convocó a todos los profesos para someterles la obra y su propia renuncia al generalato (30 de enero de 1551), que no fue aceptada. De 1552 es el texto B, llamado autógrafo por las correcciones añadidas. En 1550, Julio III había dado su aprobación, y suprimido la limitación de los sesenta profesos. Pero Ignacio quiso expresamente que las Constituciones quedaran “abiertas”, y sólo la primera congregación general (1558) las hará obligatorias.
    Del texto de hizo un Sumario, con los grandes principios espirituales, y se dieron Reglas comunes y de varios oficios.
    La múltiple expansión —geográfica y funcional— de la Orden fue rápida, forzando con frecuencia el límite de la escasez de sujetos. La visión sobrenatural del fundador quedó expresada en una brevísima carta a Francisco Javier fechada el 31 de enero de 1552: “Las cosas de la Compañía, por sola bondad de Dios, van adelante, y en continuo aumento por todas partes de la cristiandad; y sírvese de sus mínimos instrumentos el que sin ellos y con ellos es autor de todo bien”.
    Los diversos colegios y casas —unos para estudiantes, otras para novicios y operarios apostólicos— se agrupaban en once provincias: Portugal (1546), España (1547), dividida en tres (1554); India (1549), Italia (1551), Sicilia (1553), Brasil (1553), Francia (1555), Germania del Sur y del Norte (1556). El número de jesuitas en 1556 giraba en torno al millar.
     Se ha presentado a Ignacio como el anti-Lutero.
     Oposición más retórica que real. Sin duda, era consciente de la crisis abierta en la cristiandad centroeuropea.
     Tres de los cofundadores —Fabro, Bobadilla y Le Jay— trabajaron allí. El fiel discípulo Nadal dirá más tarde que la Compañía avanzaba con dos alas, la India y Germania. Fabro pretendió encontrarse con el discípulo de Lutero, Melanchton; pero su mejor logro fue la vocación del joven holandés Pedro Canis o Canisio. Para obtener bases estables, se fundaron colegios: Colonia (1554), Ingolstadt (1549-1556), Viena (1551), Praga (1556). Las consignas que daba a los moradores, supuesta la “unión del instrumento con Dios”, se cifraban en la ejemplaridad de vida, la predicación positiva de las verdades de la fe, más que la discusión de puntos controvertidos; y los métodos de contacto personal. A las autoridades eclesiásticas y civiles les recordaba la importancia de los maestros en las escuelas y la prohibición de libros heréticos o sospechosos. No fue partidario de introducir la Inquisición en el Imperio. Coincidía aún literalmente con Lutero y san Juan de Ávila al afirmar que “la educación de la juventud es la renovación del mundo”.
    Los problemas europeos no le ocultaban más amplios horizontes. Las esperanzas de reunión de los cristianos de Etiopía con Roma —una primera etapa hacia Jerusalén, nunca olvidada— atrajeron su atención preferente. Para ello, hizo la excepción de admitir el nombramiento de un jesuita como patriarca, con dos obispos que aseguraran la sucesión, y dirigió al Negus todo un tratado del más acendrado ecumenismo. Al mismo tiempo, sostuvo la epopeya de Javier; pero no vaciló para asegurarla y remediar la profunda crisis por la que atravesaba la provincia portuguesa, vivero de misioneros, en darle la sorprendente orden perentoria de regresar a Portugal; el santo misionero había ya fallecido a las puertas de China.
     En la estructura de la Orden introdujo importantes novedades: dos años de noviciado, profesión retrasada al menos por diez años y entretanto votos particulares o simples, perpetuos para el sujeto, pero no incondicionalmente para la Orden; distinción de grados entre los incorporados; generalato vitalicio, pero supremo poder legislativo en la congregación general, compuesta por los provinciales en función y dos vocales elegidos por el cuerpo de la provincia; el cuarto voto de los profesos, que informa de algún modo de todas las relaciones con la Santa Sede; exclusión de una rama femenina o dirección habitual de religiosas. Tampoco dignidades eclesiásticas, salvo imposición pontificia.
     Ignacio fue hombre de acción y profundamente contemplativo. Su vida mística, prácticamente ignorada durante siglos, hoy es universalmente reconocida.
     Amaba paternalmente —con detalles maternales— a sus súbditos, y era correspondido por ellos; intuía el valor oculto de las personas y potenciaba su libertad, nunca sojuzgada despóticamente. Fue capaz de transmitir, a caracteres muy diversos, su experiencia esencialmente personal.
     Su salud se resintió toda la vida de las penitencias y fatigas de los años de peregrinación. Las indisposiciones, que le retenían en cama, fueron frecuentes; en 1555 nombró vicario al padre Nadal, con plenos poderes.
     Murió inesperadamente y solo en la madrugada del 31 de julio de 1556. La autopsia reveló grave litiasis biliar y cirrosis epática secundaria. Fue sepultado en la iglesia de Santa María de la Strada; beatificado el 27 de julio de 1609, y canonizado el 12 de marzo de 1622.
     En cuanto a su iconografía, hay que anotar que, ante el cadáver, hizo un boceto el retratista Giacopino del Conte, que dejó un modelo muy rejuvenecido. Se sacó una mascarilla en yeso y de ella varios positivos en cera; uno trajo a España el padre Ribadeneira, y en él se inspiró Sánchez Coello. Hacia 1600, varios jesuitas belgas, que lo habían conocido, lograron una miniatura que trata de reproducir la irradiación de su semblante, atestiguada por san Felipe Neri, y el aspecto juvenil que mantuvo en vida (en Alcalá, un franciscano lo había descrito como “hombre de poca edad, que podría tener hasta veinte años”, cuando contaba treinta y cinco) (José Martínez de la Escalera, SI, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
Conozcamos mejor la Biografía de Domingo Martínez, autor de la obra reseñada;
    Domingo Martínez, (Sevilla, 1688 – 1749). Pintor.
     Fue este artista la personalidad dominante dentro del ámbito de la pintura sevillana a lo largo de la primera mitad del siglo XVIII; fueron sus maestros Lucas Valdés y Juan Antonio Osorio. Las escasas noticias biográficas que de él se poseen lo presentan como hombre de buen temperamento, ingenioso y emprendedor al tiempo que culto y estudioso, poseedor de una amplia biblioteca. Tuvo numerosos discípulos, entre los que sobresalieron Juan de Espinal, Andrés de Rubira y Pedro Tortolero.
     La labor pictórica de Martínez le revela como uno de los mejores pintores hispanos en la época en que le correspondió vivir, circunstancia que le fue reconocida en su propia existencia. En efecto, en 1733 cuando la Corte de Felipe V e Isabel de Farnesio dio por concluida en Sevilla una estancia que se había iniciado en 1729, Martínez fue invitado a viajar a Madrid para trabajar allí como pintor real. Esta propuesta debió de estar motivada por la estrecha amistad que Martínez mantuvo en Sevilla con el pintor francés Jean Ranc, quien debió de realizarle la oferta de trabajar en Madrid. Sin embargo, el artista sevillano declinó esta proposición y optó por continuar su actividad artística en su ciudad natal.
     El estilo artístico de Domingo Martínez presenta características perfectamente definidas y en ellas se constata en primer lugar una base fundamental que se apoya en la pervivencia en él del influjo de Murillo, que es general en todos los pintores sevillanos activos en el primer cuarto del siglo XVIII. En segundo lugar, Martínez, a partir de 1729, fue receptivo a los efluvios estilísticos que emanan de la pintura francesa con la cual conectó durante los años en que la Corte residió en Sevilla; su amistad con Ranc, con quien convivió estrechamente durante cinco años, fue fundamental en este sentido. Finalmente, en la época postrera de su vida, a partir de 1745, Martínez asimiló en su arte referencias estilísticas procedentes del estilo Rococó, que en aquellos momentos comenzaba a difundirse por España.
     Como artista prolífico que fue, se advierte en la producción de Domingo Martínez una gran diferencia entre las pinturas realizadas por él personalmente y las que ejecutó contando con la colaboración de los discípulos y ayudantes que trabajaban en su obrador.
     En las creaciones efectuadas mayoritariamente por él mismo se constata una gran facilidad compositiva, un dibujo fácil y virtuoso y un marcado dominio del color, estando todos estos factores puestos al servicio de un arte amable, vistoso y decorativo que plasma un gusto totalmente coincidente con el espíritu de su época. Dominó, además, el arte de la perspectiva, aspecto que le permitió dedicarse con éxito a la pintura mural, modalidad en la que realizó excelentes creaciones.
     La amplitud del repertorio de obras conocidas de Domingo Martínez evidencia que fue un artista prolífico, ampliamente solicitado por la clientela civil y eclesiástica sevillana y también demandado por foráneos que llevaron las obras adquiridas a lugares tan alejados de Sevilla como Madrid, Jaén, Burgos, Soria y Cuenca.
    Entre sus realizaciones artísticas más importantes destaca en primer lugar su participación en 1718, con Gregorio Espinal, en la decoración mural de la capilla sacramental de la iglesia de San Lorenzo de Sevilla, donde ejecutó obras de simbología eucarística que han llegado muy mal conservadas hasta hoy. Posteriormente, en 1724 llevó a cabo el amplio conjunto pictórico que decora el interior de la capilla del colegio de San Telmo de Sevilla, entidad dedicada a educar a niños que en el futuro serían marinos de la flota española. Allí pintó, por lo tanto, un repertorio de lienzos donde los niños son protagonistas, como La presentación del Niño en el templo, Cristo discutiendo con los doctores en el templo, Cristo bendiciendo a los niños y Cristo entrando en Jerusalén.
    En 1727, Martínez aparece realizando la decoración al temple de la bóveda del presbiterio de la iglesia de la Merced de Sevilla, con personajes bíblicos y escenas alegóricas de la misión redentora de los mercedarios.
     También hacia 1727 decoró con dos grandes lienzos el presbiterio de la iglesia del convento de Santa Paula de Sevilla en los que se representa La partida de santa Paula a Oriente y La muerte de santa Paula y hacia 1733 ejecutó los treinta y dos pequeños lienzos que se integran en el retablo de la iglesia del Buen Suceso de Sevilla y también las pinturas que se encontraban en los altares laterales de la nave de la iglesia. De 1733 es también la hermosa Inmaculada que se conserva en la iglesia de San Lesmes de Burgos, y en torno a esta fecha realizaría también La Sagrada Familia con san Francisco y santo Domingo que fue adquirida por la reina Isabel de Farnesio, quien la donó después al convento de Santa Isabel de Madrid.
     En torno a 1735, al servicio del arzobispo de Sevilla, Luis de Salcedo y Azcona, ejecutó para la iglesia parroquial de Umbrete dos pinturas de excelente calidad y de gran formato en las que representó a Santa Bárbara y a San Juan Bautista. Al servicio también del mismo arzobispo, Martínez decoró también con lienzos de gran formato la capilla de la Virgen de la Antigua de la catedral de Sevilla, narrando los principales milagros que dicha Virgen había realizado durante la conquista de Sevilla por san Fernando. La vinculación de Martínez con el arzobispo Salcedo culminó con la realización por parte del artista del magnífico Retrato que representa a dicho prelado y que se conserva actualmente en el palacio arzobispal de Sevilla.
      Otras obras importantes de Martínez son La apoteosis de la Inmaculada, que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, obra que puede fecharse en torno a 1735. De 1740 es la representación de La Virgen de los Reyes con san Hermenegildo y san Fernando, que se conserva en la capilla del Alcázar de Sevilla; en torno a esta misma fecha puede situarse El nacimiento del profeta Elías, que pertenece al Banco Bilbao Vizcaya Argentaria en Madrid. También obras importantes de esta época son la representación de San Ignacio en la cueva de Manresa, que pertenece al convento de Santa Isabel de Sevilla y La Coronación de la Virgen, que se conserva en la iglesia de la Hermandad de las Cigarreras de esta misma ciudad. Hacia 1675 finalizó en Sevilla el proceso decorativo llevado a cabo en los muros de la iglesia de San Luis de los Franceses, donde se representa una Apoteosis de la Orden jesuítica y de estos mismos años debe de ser la pintura de La Divina Pastora que se guarda en el convento de los capuchinos de Sevilla.
     Obras realizadas para Jaén hacia 1745, son La Transfixión de la Virgen, conservada en la catedral de dicha ciudad y El Niño Jesús pasionario que figura en la portezuela de un sagrario en la parroquia de San Mateo de Baños de la Encina.
     Importante es también el conjunto pictórico realizado por Martínez para decorar la iglesia del Antiguo Hospital de Mujeres de Cádiz, obra ejecutada hacia 1748 y que es, por lo tanto, una de las últimas realizaciones artísticas de este pintor.
     Fue también Martínez excelente intérprete de temas profanos, como reflejo de la existencia en Sevilla en el segundo tercio del siglo XVIII de un intenso ambiente cultural que proporciona a los artistas referencias literarias o mitológicas; así lo constata el precioso conjunto de cuatro pinturas que representan las estaciones del año y que se conservan en una colección particular de Vigo, o El Niño pastor flautista, que pertenece a una colección de Hamilton (Canadá). Sin embargo, la obra culminante de asunto profano de Martínez fue la realización de ocho pinturas en las que se representan otros tantos Carros alegóricos que la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla le encargó para que sirvieran de testimonio y recuerdo de las fiestas y desfiles celebradas en esta ciudad con motivo de la exaltación al trono de España de los reyes Fernando VI y Bárbara de Braganza. Constituyen estas pinturas una extraordinaria aportación para el conocimiento del ambiente urbano de la Sevilla de aquella época y también de la fisonomía de las distintas clases sociales que participaron o contemplaron los citados festejos (Enrique Valdivieso González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
       Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "San Ignacio de Loyola", de Domingo Martínez, en la Sala VII-B (antigua Sacristía principal) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Sala VII-B (antigua Sacristía secundaria) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, en ExplicArte Sevilla.