Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

   Otra Experiencia con ExplicArte Sevilla :     La intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla" , presentado por Ch...

miércoles, 21 de enero de 2026

La pintura de Santa Inés, de Roelas, en el Retablo de San Juan Evangelista, de la Iglesia del Convento de Santa Paula

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura de Santa Inés, de Roelas, en el Retablo de San Juan Evangelista, de la Iglesia del Convento de Santa Paula, de Sevilla.
     Hoy, 21 de enero, Memoria de Santa Inés, virgen y mártir, que, siendo aún adolescente, ofreció en Roma el supremo testimonio de la fe y consagró con el martirio el título de la castidad. Victoriosa sobre su edad y sobre el tirano, suscitó una gran admiración ante el pueblo y adquirió una mayor gloria ante el Señor. Hoy se celebra el día de su sepultura [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la pintura de Santa Inés, de Roelas, en el Retablo de San Juan Evangelista, de la Iglesia del Convento de Santa Paula, de Sevilla.
     El Convento de Santa Paula [nº 36 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 74 en el plano oficial de la Junta de Andalucía] se encuentra en la calle Santa Paula, 3-5-7-9; en el Barrio de San Julián, del Distrito Casco Antiguo.
     En el muro izquierdo, en la parte más cercana al presbiterio se sitúa el retablo de San Juan Evangelista, con un excelente diseño protobarroco de Alonso Cano (1635) y talla principal de Martínez Montañés (1637). Muestra al Evangelista en la isla de Patmos, con actitud de inspiración para la escritura del Apocalipsis, teniendo el águila como símbolo iconográfico propio a sus pies y una pluma de plata en sus manos. El retablo, articulado mediante hornacinas y columnas estriadas, estaba decorado originalmente por pinturas realizadas por Alonso Cano, que, tras ser robadas por el mariscal Soult durante la invasión francesa en 1810, se diseminaron por diversos museos europeos como la Colección Wallace de Londres. Las pinturas actuales son de origen diverso, lo cual se constata en su variada iconografía, pudiéndose identificar a Santa Inés, Santa Rosa de Viterbo, Santa Catalina, Santa Teresa o San Juan de la Cruz. Algunas parecen provenir del primitivo retablo mayor, con atribución a Alonso Vázquez. El retablo se corona con un curioso altorrelieve que muestra el tema de San Juan ante Porta Latina, en su libre interpretación como San Juan en la tina, una apócrifa interpretación de un martirio aplicado a San Juan del que no se tiene constancia histórica (Manuel Jesús Roldán, Conventos de Sevilla, Almuzara, 2011).
     La santa aparece de pie vestida con túnica blanca y manto de tonos rojos que cae sobre los hombros y que recoge con sus manos. Entre éstas sostiene un pequeño cordero, a la vez que con su mano derecha lleva la palma de martirio. La imagen se representa con un celaje de fondo y algunas pequeñas hierbas en su zona inferior.
     Las pinturas originales del retablo fueron realizadas por Alonso Cano, siendo éstas arrancadas de allí por orden del Mariscal Soult, encontrándose en la actualidad dispersas en distintos museos. Las actuales fueron recortadas para adecuarse a los huecos dejados en 1810, tras la citada pérdida de los originales.
     Esta pintura hasta ahora anónima, ha sido recientemente atribuida al pintor Juan de Roelas por Antonio Gómez Arribas en la publicación, Dos pinturas de Juan de Roelas en el retablo de San Juan Evangelista del Monasterio de Santa Paula de Sevilla, realizándose en el primer cuarto del siglo XVII, con unas medidas de 0,84 x 0,43 mts, en estilo barroco sevillano, en óleo sobre lienzo. [consulta 23/09/2025]. https://www.safecreative.org/work/2509042975553-dos-pinturas-de-juan-de-roelas-en-el-retablo-de-san-juan-evangelista-del-monasterio-de-santa-paula-de-sevilla?4 (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Leyenda, Culto e Iconografía de Santa Inés, virgen y mártir;
LEYENDA
   Virgen y mártir romana.
   Su nombre se tomó del adjetivo griego agnê que al igual que Catalina (Katharos), significa «pura», «casta». Por otra parte, los romanos lo vincu­laron con el sustantivo latino agnus (cordero), aunque no haya relación eti­mológica alguna  entre agnê y agnus. Como escribe san Agustín: «Agnes latine agnam significar, graece castam.»
   De esta etimología popular deriva la leyenda de la santa, de quien se ha hecho un modelo de castidad y dulzura. La Leyenda Dorada  no pierde la oportunidad de jugar con las semejanzas de Agnès y Agna: «Agnes dicta est agna, quia mitis et humilis tanque magna fuit.» Inés es la Agna Dei, es de­cir, la personificación femenina del Cordero de Dios.
   Como es natural, se ha creído que semejante nombre podía ser un símbolo (virgo casta) antes que una persona real, tanto más por cuanto la existen­cia histórica de santa Inés resulta dudosa.
   El documento más antiguo que la concierne es el Cronógrafo del año 354, según el cual, el 21 de enero se celebraba la fiesta de Agnê (la Casta) en la catacumba de la Vía Nomentana.
   Al principio existían dos tradiciones distintas que se referían a dos mártires homónimas, que luego resultaron confundidas.
   Según san Ambrosio y san Dámaso, Inés sería una niña martirizada a los doce años de edad, no por decapitación sino por degüello. Su martirio habría ocurrido hacia 305, durante la persecución de Diocleciano.
   La tradición griega, diferente, concierne a una virgen adulta. Según el Menologio de Basilio, Inés, que se había negado a ofrecer sacrificios a los dioses, fue conducida a  un prostíbulo. Un joven libertino quiso aprovechar la situación violándola, pero cayó sin conocimiento. El prefecto la hizo comparecer ante su tribunal y le preguntó qué sortilegio había empleado para matar a ese hombre. Ella respondió que un ángel vestido de blanco le ha­bía servido de guardaespaldas para preservarla de todo ultraje. «Si quieres que te creamos -respondió el prefecto- invoca a tu Dios y resucita a este joven.» Inés oró y el muerto resucitó enseguida.
   El episodio del prostíbulo es un tópico en los relatos de la vida de las santas. La violación ritual era una costumbre entre los romanos porque la ley prohibía condenar a muerte a una virgen, de manera que se hacía violar a las vír­genes antes de enviarlas al suplicio, aunque todavía no fuesen núbiles.
   Tertuliano habla de cristianas condenadas «ad lenonem potius quam ad leonem», juego de palabras de bastante mal gusto para subrayar que antes de ser expuestas a los leones del anfiteatro, las mártires solían ser encerradas en lugares de mala fama.
   Las dos tradiciones, latina y griega, no demoraron en fundirse y enriquecerse con nuevos rasgos legendarios, entre otros, el milagro de los cabellos y el manto blanco que entregara un ángel, que fue popularizado en el siglo V por las Gesta, y en el XIII por la Leyenda Dorada (Legenda aurea).
   El hijo del prefecto se enamoró de Inés que se dirigía a la escuela en compañía de su nodriza, y le ofreció joyas. Ella rechazó el regalo con desdén, diciendo que ya tenía un novio que le había ofrecido adornos más bellos: "Ha adornado mi mano con una pulsera inestimable, ha puesto en mi cuello un collar de piedras preciosas, ha puesto en mis orejas perlas de infinito precio". Rechazado por la joven virgen, el pretendiente cayó enfermo de pena. Su padre, el prefecto, citó a la rebelde ante su tribunal, y al no poder obligarla a casarse con su hijo, la dejó elegir entre un sacrificio a los dioses o el deshonor.
   Al negarse a abjurar de su fe, fue conducida por las calles de Roma desnuda, al «fornix» (lenocinio). Pero sus cabellos se alargaron al instante para cubrir su desnudez con un sedoso vestido. El joven que la siguió para satisfacer su pasión, fue estrangulado por el demonio, ella lo resucitó.
   Condenada a la hoguera como maga, las llamas se alejaron de ella y se echaron sobre los verdugos. Entonces fue degollada.
   La Leyenda Dorada agrega detalles más precisos a esta novela llena de tópicos hagiográficos. El prefecto, que se llamaba Sempronio (Symphronius) dijo a Inés que si quería seguir virgen debía consagrarse a Vesta, de otra manera, la entregaría a los excesos de un prostíbulo. Ella respondió: «Tengo conmigo un ángel de Dios que guardará mi cuerpo de toda mancha.» El prefecto la hizo desnudar y conducir al burdel; pero de inmediato sus cabellos cayeron como una cortina para convertirse en un velo impermeable a las miradas. Como si esa melena no bastase, un ángel la envolvió en un manto luminoso de blancura deslumbrante. El joven que la deseaba resultó cegado y cayó de espaldas.
   Se advierte el progresivo enriquecimiento de la leyenda: al milagro de los cabellos, tomado de santa María Egipcíaca, se sumó el milagro del manto angélico: doble defensa que protege contra las codicias carnales el cuerpo incontaminado de Inés, «la casta».
   La leyenda no se detuvo, como es natural, en la muerte de la santa, degollada después de la extinción de la hoguera. Se la enterró en la Vía Nomentana. Los fieles que asistían a las exequias fueron asaltados por los paganos que les arrojaron piedras. Todos huyeron, salvo Emerenciana, pretendida hermana de leche de santa Inés, que se quedó en su sitio con valentía y fue lapidada. Los asesinos fueron tragados por un seísmo.
   La hija del emperador Constantino, Constantina o santa Constancia, enferma de úlceras que le cubrían el cuerpo, pasó toda una noche en oración cerca de la tumba de Inés. Cuando se durmió tuvo una visión: la santa le de­cía que creyese en Cristo que la curaría. Y así fue, al despertar, Constancia se encontró purificada de la lepra. En reconocimiento, hizo edificar una basílica a santa Inés. Esta leyenda no es más que una duplicación de la de Constantino, curado de la lepra por el papa san Silvestre.
CULTO
   Roma, cuna del culto de santa Inés, consagró a ésta dos iglesias. La primera , la de S. Agnese in Agone, en la Plaza Navona, señala, de acuerdo con los Mirabilia Romae, el emplazamiento del prostíbulo (fornices) donde su castidad fue salvaguardada por un milagro; la segunda, la basílica extramuros de S. Agnese fuori le mura se edificó sobre su tumba. El día de su fiesta (21 de enero), se celebraba allí la de la bendición de los corderos cuya lana, hilada por las monjas, servía para la confección de las pallia (mantos griegos) que en­tregaba el papa a los arzobispos.
   En Milán, era la patrona de los Visconti.
   Su culto pasó desde Italia a Francia, los Países Bajos y Alemania.
   Tres templos de Francia, las catedrales de Amiens y de Cambrai y la iglesia abacial de Saint Ouen, pretendían poseer la «chief sainte Agnes» (cabeza de santa Inés). Si se cree en la tradición, sus reliquias, ocultas por el temor a los piratas normandos, habrían sido confiadas en 965 a Baldric, obispo de Utrecht, quien las depositó en el tesoro de su catedral. La iglesia de Saint Eustache de París estuvo en su origen puesta bajo la advocación de santa Inés que siguió como patrona secundaria.
   En Alemania, el asiento principal de la devoción a santa Inés era Colonia, que en su iglesia de San Pantaleón creía conservar uno de sus brazos y uno de sus dedos.
   El culto de la joven mártir romana recibió los beneficios de la fundación de la orden de los trinitarios que habiendo sido aprobada por el papa el día de la octava de su fiesta, la adoptó como patrona. Su martirio se representaba en la mayoría de las iglesias de la orden.
   Era la patrona de las vírgenes romanas, de las novias porque eligió a Cristo como novio y de los jardineros porque la virginidad está simbolizada por un jardín cercado o cerrado (hortus conclusus).
ICONOGRAFÍA
   En los mosaicos bizantinos, santa Inés está representada como orante, adornada con ricos vestidos, una diadema de perlas en la cabeza y una larga estola de oro sobre los hombros: así se habría aparecido ocho días después de su muerte.
   En las realizaciones posteriores, sólo está vestida por su larga cabellera.
   Aunque los Padres de la Iglesia latina la hacen morir a los doce años, los pintores la representan adulta.
   La joven mártir romana es la primera santa que haya sido dotada con un atributo (siglo VI).
   Sus armas parlantes son el cordero blanco (o más bien la cordera), símbolo de su pureza. El animal está acostado a sus pies o apoya contra ella los remos delanteros, a menos que esté acurrucado, minúsculo, en el hueco de su mano. El cordero no es sólo una alusión a su nombre. Es también un recuerdo de la visión de sus padres, quienes, ocho días después de su muerte, vieron aparecer a su hija con un cordero a su derecha: ella los exhortó a no entristecerse sino a alegrarse con ella. Por otra parte, el cordero místico del Apocalipsis, símbolo de Cristo, está considerado como el novio celestial de Inés.
   Se la reconoce también por la hoguera encendida cuyas llamas se alejan sin tocarla siquiera, por la espada, instrumento del suplicio, y por la palma del martirio.
Escenas
Los Desposorios místicos de Santa Inés

   El Niño Jesús le coloca un anillo de oro en el dedo, igual que a Santa Catalina. Tema muy infrecuente, inspirado por un párrafo de la Leyenda Dorada. Al hablar de su novio celestial, ella dice: me ha puesto el anillo en el dedo.
El Milagro de Santa Inés
   Sus cabellos rubios se alargaron milagrosamente y la recubrieron con un manto opaco como una coraza. Por añadidura, un ángel la cubrió con una blanca vestidura.
   El diablo torció el cuello al hijo del prefecto que se acercó para violarla; ella lo resucitó.
El Martirio de Santa Inés
   Las llamas se alejan de ella. El verdugo la degüella sobre la hoguera apagada (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Juan de Roelas, autor de la obra reseñada;
     Juan de Roelas, (Bélgica, c. 1570 – Olivares, Sevilla, ¿1625?) Pintor.
     Fue el clérigo Roelas una de las figuras más importantes de la pintura sevillana en el primer cuarto del siglo XVII. Nació hacia 1570 en Flandes en un lugar desconocido y las primeras noticias suyas aparecen en Valladolid en 1597, donde trabajaba al servicio del duque de Lerma. Antes debió de haberse formado como pintor en su patria y también es posible que estuviese algunos años en Italia, concretamente en Venecia, ya que en sus pinturas se constatan numerosas referencias artísticas procedentes de dicha ciudad.
     En 1603 ya debía de haber recibido órdenes sacerdotales, puesto que en dicho año aparece ejerciendo como capellán en la Colegiata de Olivares (Sevilla); en 1604 ya trabajaba en Sevilla como pintor y a partir de 1606 figura como capellán en la iglesia del Salvador de dicha ciudad. Desde estas fechas emprendió una brillante carrera como artista que le llevó a acaparar los principales encargos pictóricos que se realizaban en Sevilla. En 1616, Roelas se trasladó a Madrid, donde aspiró a obtener el nombramiento de pintor del Rey, al tiempo que también ejerció como capellán.
     Sin embargo, no obtuvo el nombramiento al que aspiraba y, pasados varios años, desanimado, optó por regresar en 1621 a su antigua capellanía en Olivares, donde permaneció hasta el año de su fallecimiento.
     La pintura de Roelas fue decisiva en el desarrollo del arte sevillano en las primeras décadas del siglo XVII, aportando un considerable cúmulo de novedades que se inician con la práctica de un dibujo suelto, de una pincelada restregada y de la aplicación de un colorido basado fundamentalmente en tonos cálidos. Por otra parte, Roelas se especializó en la realización de grandes cuadros de altar, de amplio formato, en los que acertó a introducir una potente intensidad expresiva en sus personajes que aparecen imbuidos en sentimientos y afectos procedentes de la vida cotidiana.
     Provisto de estos recursos, Roelas acertó a humanizar el contenido de sus obras, en las que los aspectos populares poseen un gran protagonismo. Sus pinturas son a la vez grandiosas en lo espiritual y sencillas en lo material, percibiéndose en ellas que su condición de clérigo le permitía equilibrar con perfección la trascendencia religiosa con la normalidad de la existencia cotidiana. Los personajes que protagonizan sus composiciones muestran comúnmente fisonomías amables, tanto si pertenecen al mundo celestial como al terrenal y presentan siempre semblantes y actitudes que suscitan la atención y la confianza del espectador. Aspectos sublimes y anecdóticos se funden de manera espontánea en sus obras, sin que nunca pueda constatarse una vulgarización de su contenido.
     La aceptación que la pintura de Roelas tuvo en el ámbito sevillano estaba también motivada por el acierto de traducir aspectos naturalistas que, procedentes de la realidad, alternan con sensaciones y efectos místicos.
     Todos estos factores fueron motivo suficiente para que, durante el tiempo en que vivió en Sevilla, fuese sin duda el pintor más importante de la ciudad.
     Las primeras obras de Roelas realizadas en Sevilla debieron de llevarse a cabo entre 1604 y 1606 y son las que figuran en el retablo de la iglesia de la Casa Profesa de los Jesuitas. Allí realizó el lienzo principal donde se representa La circuncisión, momento que coincide con la imposición al Niño del nombre de Jesús, que es el mismo de la Compañía jesuítica y por ello su anagrama figura triunfante en la parte superior de la composición. En el mismo retablo pintó La adoración de los pastores, San Juan Bautista, San Juan Evangelista y El Niño Jesús, éste en la portezuela del tabernáculo; la fisonomía de este Niño muestra un modelo infantil mofletudo y sonriente que anticipa en medio siglo los modelos que había de crear Murillo en el futuro. El novedoso y sorprendente efecto de las pinturas de este retablo debió de mover a los jesuitas a encargarle también la terminación de las pinturas del retablo de la iglesia de la Compañía en Marchena, obra que había quedado inconclusa por la marcha a México en 1603 del primer encargado de realizarlas, que fue Alonso Vázquez. Roelas prosiguió en 1607 la conclusión de las pinturas que fueron San Joaquín, Santa Ana, la Virgen y el Niño, situada en el centro del retablo mientras que en la parte superior dispuso La anunciación, flanqueada por San Luis rey de Francia y San Rodrigo.
     En 1608, Roelas acometió en Sevilla la ejecución de una pintura de singular importancia: es El triunfo de san Gregorio, que se conserva actualmente en el Colegio de Ushaw en Durham, pero que fue destinada inicialmente a presidir el retablo del Colegio Inglés de Sevilla; en esta pintura se representa al santo presidiendo una asamblea compuesta por los principales obispos de la primitiva Iglesia española. Un año después para la Catedral de Sevilla Roelas realizó otro gran lienzo de altar, resuelto en una composición movida y aparatosa; es la escena que representa a Santiago en la batalla de Clavijo; en este mismo año ejecutó también una Piedad que se conserva igualmente en la Catedral, en la capilla de los Jácomes, en precario estado de conservación.
     Entre 1610 y 1611 puede situarse La visión de san Bernardo que, procedente del Hospital de los Viejos de Sevilla, se conserva actualmente en el Palacio Arzobispal.
     En esta obra se narra el premio de la lactación de su pecho, que la Virgen otorgó a san Bernardo, advirtiéndose en esta pintura logrados estudios en la expresión psicológica de los personajes. Otro cuadro importante de Roelas se documenta en 1612 y es La liberación de san Pedro, pintado para la capilla que la Hermandad de sacerdotes tenía en la iglesia de San Pedro; en esta pintura, el artista empleó marcados efectos de claroscuro que refuerzan un ambiente dramático, directo y emotivo.
     En torno a 1610-1612 pueden fecharse otras obras importantes de Roelas como La Inmaculada con santos, actualmente conservada en la residencia de los jesuitas sevillanos y La Inmaculada con el retrato de Fernando de Mata, que procedente del Convento de la Encarnación, se conserva actualmente en el Museo del Estado de Berlín; el retratado fue un importante clérigo sevillano que falleció el año citado y que fue un entusiasta defensor del dogma de la Inmaculada.
     Otra obra capital en la producción de Roelas es el Tránsito de san Isidoro, que preside el retablo mayor de la parroquia dedicada a este santo en Sevilla y que fue ejecutado en 1613. En esta pintura se narra la muerte de san Isidoro, rodeado de un cortejo de clérigos que, conmovidos y emocionados, le asisten en su postrer momento, advirtiéndose que muchos de estos personajes son retratos que Roelas tomaría del ambiente civil y religioso de Sevilla. También importante es La venida del Espíritu Santo, obra documentada en 1615 y que, procedente del Hospital del Espíritu Santo de Sevilla se encuentra actualmente en el Museo de Bellas Artes de esta ciudad. En esta obra Roelas acierta a plasmar un conjunto de gozosas expresiones en las figuras de los apóstoles y de la Virgen, al sentir que sus sencillas almas se revestían de la sabiduría que el Espíritu Santo les enviaba desde el Cielo.
     En el Museo Nacional de Escultura de Valladolid se conserva una Alegoría de la Inmaculada Concepción que Roelas pintó en 1616, con motivo de una procesión celebrada en Sevilla en honor a la Virgen; en esta pintura el artista intentó recoger todas las referencias que en la historia de la Iglesia se habían pronunciado a favor de la Inmaculada. También en torno a 1616, puede situarse la ejecución de una de las mejores obras de este artista; se trata de El martirio de san Andrés, que ejecutó para la capilla de los Flamencos del Colegio de Santo Tomás de Aquino de Sevilla. Como oriundo de Flandes que era, Roelas logró que sus paisanos residentes en Sevilla, que constituían una numerosa y próspera colonia, le encargasen esta obra que admira por el poderoso contraste que en ella se percibe entre la trascendencia espiritual que muestra el santo martirizado en la cruz, con la vulgaridad expresiva y de carácter popular de los numerosos testigos que presencian la escena.
     Igualmente hacia 1616, puede situarse la ejecución de la pintura que representa a Santa Ana enseñando a leer a la Virgen, que, procedente del Convento de la Merced de Sevilla, se conserva actualmente en el Museo de Bellas Artes de esta ciudad. La pintura muestra una escena imbuida de una belleza intimista y doméstica en un ambiente en el que madre e hija aparecen vinculadas en la hermosa tarea de enseñar y aprender.
     La misma fecha que las pinturas anteriores puede otorgarse a la representación de La Gloria, que se conserva en la Catedral de Sevilla, en la que se refleja claramente el venecianismo pictórico practicado por Roelas en el que se incluyen claras referencias estilísticas procedentes de Tintoretto.
     Entre 1616 y 1621, Roelas residió en Madrid con motivo de su fallido intento de recibir el título de pintor real. En estos años realizó algunas pinturas para Felipe IV, como Cristo flagelado y el alma cristiana que el Monarca donó al Convento de la Encarnación madrileño junto con una Oración en el huerto también de Roelas. Obra de esta etapa madrileña es también La resurrección de santa Leocadia, que pertenece al Hospital del Niño Jesús en Madrid. Pero la mayor creación pictórica que Roelas realizó en la Corte fue la que emprendió en 1619 al servicio del duque de Medina Sidonia destinada al retablo mayor de la iglesia de la Merced de Sanlúcar de Barrameda. El retablo se encuentra actualmente desmontado y sus pinturas están recogidas en el palacio de la duquesa de Medina Sidonia en dicha población. El conjunto pictórico estaba presidido por una representación de La Virgen de la Merced entregando el hábito de la orden a don Manuel Alonso, duque de Medina Sidonia; en los dos cuerpos del retablo La adoración de los Reyes, La adoración de los pastores, La predicación de san Juan Bautista, San Antonio Abad, El martirio de san Lorenzo, El martirio de santa Catalina, El martirio de san Ramón Nonato, estando todo el conjunto presidido por la Trinidad que figuraba en el ático.
     Obras pertenecientes al último período de la actividad de Roelas en Sevilla, trascurrido de 1621 a 1625, parecen ser La Sagrada Familia, conservada en la Diputación de Sevilla y también el Cristo con la cruz a cuestas del Museo de Bellas Artes de dicha ciudad y La Virgen de la Merced, que procedente del Convento sevillano de esta denominación se conserva actualmente en la Catedral de Sevilla, obra esta última en la que se exalta la grandeza histórica de esta Orden, al tiempo que su heroica dedicación a la redención de cautivos.
     Obra también de su período final debe de ser La conversión de san Pablo, perteneciente hasta fecha reciente a una colección privada en la República Checa.
     En 1624 Roelas volvió a trabajar para la iglesia de la Merced de Sanlúcar de Barrameda al servicio del duque de Medina Sidonia, realizando la pintura de un retablo lateral donde se representaba a Santa Úrsula y las once mil vírgenes. Para adornar los muros de la nave de dicha iglesia y también la sacristía, ejecutó también un amplio conjunto de lienzos entre los que destaca un Cristo en la cruz, que probablemente fue una de las últimas obras que realizó el artista. Todo este repertorio de obras se encuentra actualmente en el palacio de la duquesa de Medina Sidonia en Sanlúcar de Barrameda (Enrique Valdivieso González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
    Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura de Santa Inés, de Roelas, en el Retablo de San Juan Evangelista, de la Iglesia del Convento de Santa Paula, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre el Convento de Santa Paula, en ExplicArte Sevilla.

martes, 20 de enero de 2026

La Iglesia de San Sebastián (antiguo Convento de San Francisco), en La Campana (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte la Iglesia de San Sebastián (antiguo Convento de San Francisco), en La Campana (Sevilla).
    Hoy, 20 de enero, Memoria de San Sebastián, mártir, oriundo de Milán, que, como narra San Ambrosio, se dirigió a Roma en tiempo de crueles persecuciones, y sufrió allí el martirio. En la ciudad a la que había llegado como huésped obtuvo el definitivo domicilio de la eterna inmortalidad, y fue enterrado en este día en las catacumbas de Roma (s. IV inc.) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].  
   Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la Iglesia de San Sebastián (antiguo Convento de San Francisco), en La Campana (Sevilla). 
   La Iglesia de San Sebastián (antiguo Convento de San Francisco), se encuentra en la plaza del Convento, s/n; en La Campana (Sevilla).
   Su planta es de cruz latina inscrita en un rectángulo con capillas entre los contrafuertes interiores. En el lado izquierdo se abren dos capillas dedicadas al Niño Jesús y a San Francisco. Los pilares llevan pilastras adosadas de orden toscano, que soportan un entablamento dórico con triglifos y metopas decoradas. El templo se cubre con una media naranja sobre pechinas en el crucero y con bóvedas de medio cañón con lunetos en la nave. La capilla del Niño Jesús posee una bóveda semiesférica decorada con yeserías del siglo XVIII. La fachada de los pies presenta una portada de esquema clasicista, figurando sobre ella un óculo. La torre está adosada al lado derecho y consta de dos cuerpos y un remate octogo­nal. Al lado opuesto, sobre la capilla de San Francisco, se sitúa una espadaña.
     Se trata de un edificio datable, en su obra fun­damental, en la primera mitad del siglo XVIII, aunque con añadidos y decoraciones posteriores. 
     El retablo mayor se compone de banco, un cuerpo de tres calles entre estípites y ático. Está decorado con placas recortadas cuya policromía imita jaspes y debe de datar del último tercio del siglo XVIII. En la hornacina central se venera una imagen de la Inmaculada del mismo siglo. Sobre ella se dispone una escultura de San Roque de la primera mitad del siglo XVII. En las calles laterales aparecen las de Santo Domingo, San Luis Obispo, San Francisco y San Juan de Capistrano y en el ático las de San Sebastián, San Diego de Alcalá y San Bernardino de Siena, todas de la época del retablo. En el muro izquierdo del presbiterio está situado un lienzo del siglo XVIII representando a Cristo Fuente de la Vida. A ambos lados del arco triunfal aparecen dos retablos en ángulo de idéntico esquema pero distinta decoración. El del lado izquierdo se decora con talla de cardos y está dedicado a San José, imagen que aparece flanqueada por San Joaquín y Santa Ana, todas de mediados del siglo XVIII. El del lado opuesto se decora con rocalla y está dedicado a San Benito Negro, escultura flanqueada por las de San Diego de Alcalá y San Lorenzo, todas de la época del retablo. En el ático se sitúa una escultura de San Juanito, obra de la primera mitad del siglo XVII.
     En el lado izquierdo del crucero se sitúa un retablo del segundo tercio del siglo XVIII en el que se hallan las imágenes de San Antonio de Padua, San Blas, San Juan Evangelista y Santa Inés, todas contemporáneas del retablo. A ambos lados cuelgan dos lienzos de la primera mitad del siglo XVIII representando la Anunciación en un óvalo de flores y el Nacimiento de la Virgen.
     La capilla de Santa Ana está presidida por un retablo recompuesto con elementos del siglo XVIII donde se veneran la imagen titular y la de Santa María Magdalena, ambas de la misma época del retablo, y la de Santa Lucía, del siglo anterior. En la nave, entre esta capilla y la siguiente, se sitúa un lienzo de San Joaquín con la Virgen del último tercio del siglo XVIII. La capilla del Niño Jesús presenta un retablo también del XVIII en el que se halla la imagen del titular, datada en el primer tercio de dicho siglo. La capilla de San Francisco posee una bóveda semiesférica decorada con yeserías geométricas del siglo XVIII. El retablo que la preside es de columnas salomónicas y cardos de principios del mismo siglo. En él se sitúa la imagen del titular, de la misma época.
     Al lado derecho, en el crucero, hay un retablo de estípites y hojarasca dorado en 1753. En la primera capilla se sitúa un retablo del segundo tercio del siglo XVIII presidido por un Cru­cificado y una Dolorosa de vestir, de la misma época. En la segunda capilla figura un lienzo de medio punto del siglo XVIII que representan a la Piedad. En la siguiente capilla se sitúa un retablo de estípites del segundo tercio del citado siglo en el que se hallan una Virgen de Guadalupe, de talla, y un relieve, en el ático, con la Estigmatización de San Francisco, todos de la misma época. Por último, en la capilla de Nuestra Señora de Belén hay un lienzo representando a la titular, rodeada de San Bernardo y San Luis de Tolosa, fechado en 1732. Esta capilla conserva pinturas murales con escenas de la vida de la Virgen, de la primera mitad del refe­rido siglo (Alfredo J. Morales, María Jesús Sanz, Juan Miguel Serrera y Enrique Valdivieso. Guía artística de Sevilla y su provincia. Tomo II. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2004).
     Edificio dañable en la primera mitad del siglo XVIII cuya planta es de cruz latina dividida en cinco tramos y capillas entre los contrafuertes interiores, encontrándose la sacristía en la cabecera al lado de la Epístola. En este lado, a los pies, se sitúa la torre de tres cuerpos y chapitel.                     
     La nave aparece cubierta por bóveda de medio cañón con lunetos y arcos fajones y el crucero por media naranja sobre pechinas mientras que las capillas se cubren con cañones perpendiculares. La Capilla del Niño Jesús se cubre con media naranja sobre pechinas con decoración de yeserías.
     La única portada, situada a los pies, es adintelada entre pilastras almohadilladas y rematadas por un medallón oral entre jarrones. Es de destacar que bajo la cornisa del hastial se encuentra empotrada una cabeza de escultura romana (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     De principios del siglo XVIII. Edificio datado en la primera mitad del siglo XVIII cuya planta es de cruz latina dividido en cinco tramos y capillas entre los contrafuertes interiores, encontrándose la sacristía en la cabecera al lado de la epístola. En este lado, a los pies, se sitúa la torre de tres cuerpos y chapitel.
     La nave aparece cubierta por bóveda de medio cañón con lunetos y arcos fajones y el crucero por media naranja sobre pechinas mientras que las capillas se cubren con cañones perpendiculares. La capilla del Niño Jesús se cubre con media naranja sobre pechinas con decoración de yeserías.
     La única portada, situada a los pies, es adintelada entre pilastras almohadilladas y rematadas por un medallón oral entre jarrones. Es de destacar que bajo la cornisa del hastial se encuentra empotrada una cabeza de escultura romana.
     Alberga esculturas religiosas y lienzos de los siglos XVII y XVIII (Turismo de la Provincia de Sevilla).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Sebastián, mártir; 
LEYENDA
   Nacido en las Galias, en la localidad de Narbona, y según san Ambrosio, criado en Milán, era centurión de la primera cohorte en los tiempos del emperador Diocleciano.
   Denunciado porque exhortó a sus jóvenes amigos Marcos y Marcelino a permanecer firmes en su fe, por orden de Diocleciano fue atado a un pos­te en el centro del Campo de Marte, y sirvió de diana viva a los arqueros que lo asaetearon «hasta el punto de parecerse a un erizo (ut quasi  heridus videretur)». «El cuerpo del bendito mártir estaba lleno de saetas, como un erizo.»
   Pero al contrario de lo que asegura un error muy difundido no murió por ello, se salvó, igual que san Juan del baño en el aceite hirviente.
   La viuda Irene, que quería levantar su cuerpo para darle sepultura, advirtió que aún respiraba, vendó sus heridas y le salvó la vida.
   Después de su curación reapareció ante Diocleciano para reprocharle su crueldad contra los cristianos. Entonces fue flagelado, se le dio muerte a palos en el circo y su cadáver fue arrojado a la cloaca Máxima.
   Por lo tanto hay que diferenciar dos martirios de san Sebastián: el primero, el más popular, del cual escapa, y el último, menos noble y pictórico, que los artistas han preferido ignorar.
   San Sebastián se aparece a santa Lucila mientras ésta duerme, para revelarle el sitio donde se encuentran sus restos, y le pide que le dé sepultura en las catacumbas, junto a los restos de los apóstoles (vestigia Apostolorum).
CULTO
   San Sebastián estaba considerado, después de san Pedro y san Pablo, como el tercer patrón de Roma. Su cabeza, o más bien un fragmento de su cráneo, se conservaba desde el siglo IX en la iglesia de los Cuatro Santos Coronados sobre el Caelius, en un copón de plata cincelada que heredó el museo cris­tiano de la Biblioteca Vaticana.
   Sus reliquias fueron transportadas a la basílica de San Sebastián extramuros. En Francia se pretendía que sus reliquias estaban en posesión de la abadía de Saint Medard de Soissons, cuyo abad era gran maestre de la noble arquería y de los caballeros de san Sebastián. En el siglo XVI, durante las Guerras de Religión, fue víctima de la hagiofobia de los hugonotes.
   Las flechas, que habían sido el instrumento del suplicio y se convirtieron en su atributo, le valieron el patronazgo de numerosas corporaciones: arqueros y ballesteros; el de los tapiceros, porque las flechas que lo erizaban parecían gruesas agujas de tapicería; de los vendedores de hierro, porque las puntas de flecha eran de hierro.
   Pero su inmensa popularidad en la Edad Media deriva, esencialmente, del poder antipestoso que se le atribuía, en una época en que las epidemias de peste diezmaban a la humanidad. San Sebastián era el primero de los santos antipestosos (Pestheiligen), el «depulsor pestilitatis», y fue a ese título que se lo introdujo en Alemania en el grupo de los Catorce Intercesores.
   Tal como ocurriera con san Francisco de Asís, sus devotos llegaron a asimilarlo a Jesucristo. El árbol al que lo ataran se comparaba con la cruz de Jesús, y sus cinco heridas con las llagas de Cristo.
   ¿Por qué fue elegido como patrón contra la peste? Se han intentado dos explicaciones. La primera es que, según una antigua creencia, el pueblo se representaba la peste como una lluvia de flechas lanzadas por un dios irri­tado. En La Ilíada, es el arquero divino Apolo quien dispara las saetas de la plaga. Los judíos también estaban persuadidos de ello. En el Salmo 7: 13- 14, puede leerse que Yavé «tiende su arco y apunta. / Apareja los instrumentos de muerte, / hace encendidas sus saetas». Job, cubierto de úlceras, cree que «las flechas del Todopoderoso» lo han atravesado.
   A decir verdad, san Sebastián no lanza flechas, al contrario, sirve de blanco a éstas. No cabe duda, pero según la leyenda, habría sido atravesado por multitud de flechas sin morir por ello. Sus devotos llegaron a la conclusión de que él podría inmunizarlos también a ellos contra las saetas de la peste. Otra objeción, más difícil de rebatir y que se presenta inmediatamente al es­píritu, es que los otros santos antipestosos: san Antonio, san Adrián y san Roque, nunca tuvieron flechas como atributo.
   Además, esta explicación, demasiado sutil, fue cuestionada por el Padre Delehaye. El erudito bolandista atribuye el patronazgo de san Sebastián al éxito de su intervención, mencionada por Pablo diácono, durante la peste que devastó Roma en el año 680. En cualquier caso, fue a partir de entonces que san Sebastián fue considerado patrón de los apestados. Las Actas Sanct Sebastíaní (Hechos de san Sebastián) no dicen nada acerca de su «patrocinium contra pestem». En 590 fue al arcángel san Miguel a quien invocó el papa Gregorio Magno para que cesara una epidemia de peste en Roma. Por lo tanto parece probado que la función antipestosa de san Sebastián proce­de de finales del siglo VII.
   Desde entonces toda la cristiandad, siguiendo el ejemplo de Roma, lo invoca confiadamente contra «las flechas de Dios».
   Las flechas de san Sebastián servían como amuletos, y con ellas se tocaban los alimentos. Su nombre se consideraba protector contra la peste.
   El culto de san Sebastián perdió vigor a medida que las epidemias de peste fueron desapareciendo. Passato il perico / o, dimenticato il santo. Además, sufrió la competencia de otros santos especializados en el mismo servicio: san Roque de Montpellier y luego, en el siglo XVII, el milanés san Carlos Borromeo, patrocinado por los jesuitas. Ambos tenían sobre san Sebastián la ventaja de haber curado apestados de verdad, e incluso, en el caso de san Roque, haber enfermado de peste mientras asistían a los enfermos.
   De ahí que después de haber sido extremadamente popular, san Sebastián, víctima de los progresos de la higiene y de la competencia de patrones más calificados, en la actualidad haya pasado de moda.
   Sólo le queda el patronazgo, comprometedor e inconfesable de los sodomitas u homosexuales, seducidos por su desnudez de efebo apolíneo, glorifi­cada por Sodoma.
ICONOGRAFÍA

   Su Iconografía es extremadamente rica por tres razones. Durante toda la Edad Media, el miedo a la peste y la devoción de las cofradías de arqueros multiplica­ron sus imágenes. El Renacimiento lo adoptó porque su martirio era un có­modo pretexto para glorificar la belleza del cuerpo desnudo.
   Según que predominara uno u otro designio, se lo ha representado de muy diferente manera: ya viejo y barbudo, ya con los rasgos de un efebo imber­be, a veces vestido, y otras desnudo.
   El tipo anciano y barbudo prevaleció hasta el siglo XV, y está justificado por la leyenda que hizo de san Sebastián un capitán de la guardia del em­perador.
   Con ese aspecto se lo representó en el mosaico de la iglesia de San Pietro in Vincoli, que sin duda se encargó como exvoto después de la peste de 680, al igual que en los frescos romanos de la iglesia de San Saba (hacia 700) y de la iglesia de Santa Maria Pallara, sobre el Palatino (siglo XI).
   Ese tipo vuelve a encontrarse en el siglo XIII, en el ábside de la iglesia de San Giorgio in Velabro, en el siglo XV en un retablo de Marçal de Sà, en la Puebla de Vallbona, cerca de Valencia, y sobrevivió todavía en el siglo XVI (P. Veronés) e incluso en el siglo XVII (Pacheco).
   No obstante, a partir de finales del siglo XV, se impuso el tipo juvenil. La misma evolución se observa, paralelamente, en la indumentaria.
   En sus orígenes, san Sebastián siempre aparecía vestido a la manera antigua, según la moda de su época.
   Ese tipo se implantó en la escuela española que casi siempre representa a san Sebastián vestido, por escrúpulo de decencia. Pero en vez de atribuirle un traje militar o un aarmadura -lo cual, tratándose de un centurión romano, sería lo más lógico- los pintores españoles lo disfrazaron de doncel equipado para la caza, con un arco y flechas en la mano.
   El Renacimiento italiano rompe con esta tradición y difunde el tipo pagano del Apolo desnudo (Sodoma). El arte de los países del Norte se adhirió tímidamente a esa línea. El san Sebastián de Memling es sólo un semidesnu­do, hasta la cintura, que todavía conserva las calzas. Pero el paganismo italiano acabó por triunfar, incluso contra el pudor español, al menos en Cataluña y en Valencia, en donde pueden citarse numerosos ejemplos de san Sebastián desnudo (Marçal de Sà, Juan Reixach, Pedro Orrente).
   El santo está casi siempre de pie, atado a un árbol, a un poste o a una columna, a causa de una contaminación con Cristo atado a la columna, o La flagelación de Cristo. No obstante, en un cuadro de Honthorst, que se conserva en la National Gallery de Londres, está sentado. En la basílica de San Sebastián, en Roma, el escultor Antonio Giorgini, inspirándose en un modelo de Bernini, lo convierte en un yacente.
   A partir del siglo XV, el atributo casi constante de san Sebastián es una gavilla de flechas. Se citan sólo uno o dos ejemplos de omisión de tal emblema: una estatua de Rossellino, en Empoli, y un cuadro de la escuela de Guido Reni, en la iglesia de Meudon. Pero lo que debe subrayarse es que, a dife­rencia de los otros santos, casi nunca tiene los instrumentos de su martirio en la mano, al menos cuando está desnudo. Por una excepción infrecuen­te en la iconografía cristiana, que se explica por su carácter de intercesor con­tra la peste, que pretendía traducirse visualmente de una manera impresionante, está representado en el momento del suplicio, atado y atravesado por las flechas.
   Las flechas que lo traspasan suelen ser tres, pero a veces está erizado como un acerico, con los dardos ya repartidos en todo el cuerpo, ya agrupados en el pecho. Excepcionalmente, sostiene un arco.
   La escuela de escultura champañesa del siglo XVI le hace llevar el gran collar de la orden de san Miguel, insignia de la cofradía de los arqueros. Recordemos que el arcángel san Miguel también era invocado contra la peste.
   A causa de una contaminación con el tema de la Virgen de Misericordia y de santa Úrsula, en un fresco de Benozzo Gozzoli que se conserva en San Gimignano, se lo ve proteger con su manto a los fieles de las flechas de la peste.
   Con frecuencia aparece asociado en los exvotos con otros santos antipestosos: san Antonio, en el retablo de los Antonitas de Issenheim (Museo de Colmar), con san Roque, en un cuadro de Correggio (1525, Galería Dresde) y en el retablo de Hans Schaufelein, que se encuentra en la iglesia de Ober Sankt Veit(Viena).
   Suele formar pareja con el papa san Fabián, cuya fiesta se celebraba el mismo día (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte la Iglesia de San Sebastián (antiguo Convento de San Francisco), en La Campana (Sevilla). Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia sevillana.

Más sobre la localidad de La Campana, en ExplicArte Sevilla.

El Busto-Relicario de San Sebastián, del Retablo de Santa Gertrudis "Magna", en la Iglesia del Convento de San Clemente

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Busto-Relicario de San Sebastián, del Retablo de Santa Gertrudis "Magna", en la Iglesia del Convento de San Clemente, de Sevilla.
     Hoy, 20 de enero, Memoria de San Sebastián, mártir, oriundo de Milán, que, como narra San Ambrosio, se dirigió a Roma en tiempo de crueles persecuciones, y sufrió allí el martirio. En la ciudad a la que había llegado como huésped obtuvo el definitivo domicilio de la eterna inmortalidad, y fue enterrado en este día en las catacumbas de Roma (s. IV inc.) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el Busto-Relicario de San Sebastián, del Retablo de Santa Gertrudis "Magna", en la Iglesia del Convento de San Clemente, de Sevilla.   
     El Convento de San Clemente [nº 55 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 66 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Reposo, 9; en el Barrio de San Lorenzo, del Distrito Casco Antiguo.
      En el muro de la epístola de la Iglesia del Convento de San Clemente, junto a la puerta de acceso al coro, podemos contemplar el retablo de Santa Gertrudis, la monja que anticipó la devoción al Corazón de Jesús, es obra de fines del XVII. La pintura de la titular es obra atribuible a Lucas Valdés, apareciendo a sus pies una imagen de Cristo Yacente dentro de una urna, obra del siglo XVII (Manuel Jesús Roldán, Conventos de Sevilla, Almuzara, 2011).
     Se trata de la representación de San Sebastián en el momento de su martirio, de medio cuerpo y portando en su pecho una taca relicario en forma de cartela ovalada con tarjas doradas. Aparece casi desnudo, tan sólo con un manto terciado encarnado y estofado. Levanta su brazo izquierdo hacia el tronco trasero, con doble ramificación, donde recibió el martirio. Su rostro es ovalado y se yergue sobre un elegante, estilizado y torneado cuello. Su rostro, de facciones femeninas, presenta una fuerte expresividad gracias a la piedad que se advierte en sus ojos. Un cabello rizado y minucioso de recuerdo clásico completa esta portentosa cabeza, realizada en el último 1/4 del siglo XVI, en estilo barroco sevillano, de autoría anónima (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Leyenda, Culto e Iconografía de San Sebastián, mártir;
LEYENDA
   Nacido en las Galias, en la localidad de Narbona, y según san Ambrosio, criado en Milán, era centurión de la primera cohorte en los tiempos del emperador Diocleciano.
   Denunciado porque exhortó a sus jóvenes amigos Marcos y Marcelino a permanecer firmes en su fe, por orden de Diocleciano fue atado a un pos­te en el centro del Campo de Marte, y sirvió de diana viva a los arqueros que lo asaetearon «hasta el punto de parecerse a un erizo (ut quasi  heridus videretur)». «El cuerpo del bendito mártir estaba lleno de saetas, como un erizo.»
   Pero al contrario de lo que asegura un error muy difundido no murió por ello, se salvó, igual que san Juan del baño en el aceite hirviente.
   La viuda Irene, que quería levantar su cuerpo para darle sepultura, advirtió que aún respiraba, vendó sus heridas y le salvó la vida.
   Después de su curación reapareció ante Diocleciano para reprocharle su crueldad contra los cristianos. Entonces fue flagelado, se le dio muerte a palos en el circo y su cadáver fue arrojado a la cloaca Máxima.
   Por lo tanto hay que diferenciar dos martirios de san Sebastián: el primero, el más popular, del cual escapa, y el último, menos noble y pictórico, que los artistas han preferido ignorar.
   San Sebastián se aparece a santa Lucila mientras ésta duerme, para revelarle el sitio donde se encuentran sus restos, y le pide que le dé sepultura en las catacumbas, junto a los restos de los apóstoles (vestigia Apostolorum).
CULTO
   San Sebastián estaba considerado, después de san Pedro y san Pablo, como el tercer patrón de Roma. Su cabeza, o más bien un fragmento de su cráneo, se conservaba desde el siglo IX en la iglesia de los Cuatro Santos Coronados sobre el Caelius, en un copón de plata cincelada que heredó el museo cris­tiano de la Biblioteca Vaticana.
   Sus reliquias fueron transportadas a la basílica de San Sebastián extramuros. En Francia se pretendía que sus reliquias estaban en posesión de la abadía de Saint Medard de Soissons, cuyo abad era gran maestre de la noble arquería y de los caballeros de san Sebastián. En el siglo XVI, durante las Guerras de Religión, fue víctima de la hagiofobia de los hugonotes.
   Las flechas, que habían sido el instrumento del suplicio y se convirtieron en su atributo, le valieron el patronazgo de numerosas corporaciones: arqueros y ballesteros; el de los tapiceros, porque las flechas que lo erizaban parecían gruesas agujas de tapicería; de los vendedores de hierro, porque las puntas de flecha eran de hierro.
   Pero su inmensa popularidad en la Edad Media deriva, esencialmente, del poder antipestoso que se le atribuía, en una época en que las epidemias de peste diezmaban a la humanidad. San Sebastián era el primero de los santos antipestosos (Pestheiligen), el «depulsor pestilitatis», y fue a ese título que se lo introdujo en Alemania en el grupo de los Catorce Intercesores.
   Tal como ocurriera con san Francisco de Asís, sus devotos llegaron a asimilarlo a Jesucristo. El árbol al que lo ataran se comparaba con la cruz de Jesús, y sus cinco heridas con las llagas de Cristo.
   ¿Por qué fue elegido como patrón contra la peste? Se han intentado dos explicaciones. La primera es que, según una antigua creencia, el pueblo se representaba la peste como una lluvia de flechas lanzadas por un dios irri­tado. En La Ilíada, es el arquero divino Apolo quien dispara las saetas de la plaga. Los judíos también estaban persuadidos de ello. En el Salmo 7: 13- 14, puede leerse que Yavé «tiende su arco y apunta. / Apareja los instrumentos de muerte, / hace encendidas sus saetas». Job, cubierto de úlceras, cree que «las flechas del Todopoderoso» lo han atravesado.
   A decir verdad, san Sebastián no lanza flechas, al contrario, sirve de blanco a éstas. No cabe duda, pero según la leyenda, habría sido atravesado por multitud de flechas sin morir por ello. Sus devotos llegaron a la conclusión de que él podría inmunizarlos también a ellos contra las saetas de la peste. Otra objeción, más difícil de rebatir y que se presenta inmediatamente al es­píritu, es que los otros santos antipestosos: san Antonio, san Adrián y san Roque, nunca tuvieron flechas como atributo.
   Además, esta explicación, demasiado sutil, fue cuestionada por el Padre Delehaye. El erudito bolandista atribuye el patronazgo de san Sebastián al éxito de su intervención, mencionada por Pablo diácono, durante la peste que devastó Roma en el año 680. En cualquier caso, fue a partir de entonces que san Sebastián fue considerado patrón de los apestados. Las Actas Sanct Sebastíaní (Hechos de san Sebastián) no dicen nada acerca de su «patrocinium contra pestem». En 590 fue al arcángel san Miguel a quien invocó el papa Gregorio Magno para que cesara una epidemia de peste en Roma. Por lo tanto parece probado que la función antipestosa de san Sebastián proce­de de finales del siglo VII.
   Desde entonces toda la cristiandad, siguiendo el ejemplo de Roma, lo invoca confiadamente contra «las flechas de Dios».
   Las flechas de san Sebastián servían como amuletos, y con ellas se tocaban los alimentos. Su nombre se consideraba protector contra la peste.
   El culto de san Sebastián perdió vigor a medida que las epidemias de peste fueron desapareciendo. Passato il perico / o, dimenticato il santo. Además, sufrió la competencia de otros santos especializados en el mismo servicio: san Roque de Montpellier y luego, en el siglo XVII, el milanés san Carlos Borromeo, patrocinado por los jesuitas. Ambos tenían sobre san Sebastián la ventaja de haber curado apestados de verdad, e incluso, en el caso de san Roque, haber enfermado de peste mientras asistían a los enfermos.
   De ahí que después de haber sido extremadamente popular, san Sebastián, víctima de los progresos de la higiene y de la competencia de patrones más calificados, en la actualidad haya pasado de moda.
   Sólo le queda el patronazgo, comprometedor e inconfesable de los sodomitas u homosexuales, seducidos por su desnudez de efebo apolíneo, glorifi­cada por Sodoma.
ICONOGRAFÍA
   Su iconografía es extremadamente rica por tres razones. Durante toda la Edad Media, el miedo a la peste y la devoción de las cofradías de arqueros multiplica­ron sus imágenes. El Renacimiento lo adoptó porque su martirio era un có­modo pretexto para glorificar la belleza del cuerpo desnudo.
   Según que predominara uno u otro designio, se lo ha representado de muy diferente manera: ya viejo y barbudo, ya con los rasgos de un efebo imber­be, a veces vestido, y otras desnudo.
   El tipo anciano y barbudo prevaleció hasta el siglo XV, y está justificado por la leyenda que hizo de san Sebastián un capitán de la guardia del em­perador.
   Con ese aspecto se lo representó en el mosaico de la iglesia de San Pietro in Vincoli, que sin duda se encargó como exvoto después de la peste de 680, al igual que en los frescos romanos de la iglesia de San Saba (hacia 700) y de la iglesia de Santa Maria Pallara, sobre el Palatino (siglo XI).
   Ese tipo vuelve a encontrarse en el siglo XIII, en el ábside de la iglesia de San Giorgio in Velabro, en el siglo XV en un retablo de Marçal de Sà, en la Puebla de Vallbona, cerca de Valencia, y sobrevivió todavía en el siglo XVI (P. Veronés) e incluso en el siglo XVII (Pacheco).
   No obstante, a partir de finales del siglo XV, se impuso el tipo juvenil. La misma evolución se observa, paralelamente, en la indumentaria.
   En sus orígenes, san Sebastián siempre aparecía vestido a la manera antigua, según la moda de su época.
   Ese tipo se implantó en la escuela española que casi siempre representa a san Sebastián vestido, por escrúpulo de decencia. Pero en vez de atribuirle un traje militar o un aarmadura -lo cual, tratándose de un centurión romano, sería lo más lógico- los pintores españoles lo disfrazaron de doncel equipado para la caza, con un arco y flechas en la mano.
   El Renacimiento italiano rompe con esta tradición y difunde el tipo pagano del Apolo desnudo (Sodoma). El arte de los países del Norte se adhirió tímidamente a esa línea. El san Sebastián de Memling es sólo un semidesnu­do, hasta la cintura, que todavía conserva las calzas. Pero el paganismo italiano acabó por triunfar, incluso contra el pudor español, al menos en Cataluña y en Valencia, en donde pueden citarse numerosos ejemplos de san Sebastián desnudo (Marçal de Sà, Juan Reixach, Pedro Orrente).
   El santo está casi siempre de pie, atado a un árbol, a un poste o a una columna, a causa de una contaminación con Cristo atado a la columna, o La flagelación de Cristo. No obstante, en un cuadro de Honthorst, que se conserva en la National Gallery de Londres, está sentado. En la basílica de San Sebastián, en Roma, el escultor Antonio Giorgini, inspirándose en un modelo de Bernini, lo convierte en un yacente.
    A partir del siglo XV, el atributo casi constante de san Sebastián es una gavilla de flechas. Se citan sólo uno o dos ejemplos de omisión de tal emblema: una estatua de Rossellino, en Empoli, y un cuadro de la escuela de Guido Reni, en la iglesia de Meudon. Pero lo que debe subrayarse es que, a dife­rencia de los otros santos, casi nunca tiene los instrumentos de su martirio en la mano, al menos cuando está desnudo. Por una excepción infrecuen­te en la iconografía cristiana, que se explica por su carácter de intercesor con­tra la peste, que pretendía traducirse visualmente de una manera impresionante, está representado en el momento del suplicio, atado y atravesado por las flechas.
   Las flechas que lo traspasan suelen ser tres, pero a veces está erizado como un acerico, con los dardos ya repartidos en todo el cuerpo, ya agrupados en el pecho. Excepcionalmente, sostiene un arco.
   La escuela de escultura champañesa del siglo XVI le hace llevar el gran collar de la orden de san Miguel, insignia de la cofradía de los arqueros. Recordemos que el arcángel san Miguel también era invocado contra la peste.
   A causa de una contaminación con el tema de la Virgen de Misericordia y de santa Úrsula, en un fresco de Benozzo Gozzoli que se conserva en San Gimignano, se lo ve proteger con su manto a los fieles de las flechas de la peste.
   Con frecuencia aparece asociado en los exvotos con otros santos antipestosos: san Antonio, en el retablo de los Antonitas de Issenheim (Museo de Colmar), con san Roque, en un cuadro de Correggio (1525, Galería Dresde) y en el retablo de Hans Schaufelein, que se encuentra en la iglesia de Ober Sankt Veit (Viena).
   Suele formar pareja con el papa san Fabián, cuya fiesta se celebraba el mismo día (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Busto-Relicario de San Sebastián, del Retablo de Santa Gertrudis "Magna", en la Iglesia del Convento de San Clemente, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre el Convento de San Clemente, en ExplicArte Sevilla.

lunes, 19 de enero de 2026

El Relicario del Beato Marcelo Spínola, en la Capilla de las Doncellas, de la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el relicario del Beato Marcelo Spínola, en la Capilla de las Doncellas, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.    
     Hoy, 19 de enero, Memoria en la ciudad de Sevilla, en España, del Beato Marcelo Spínola Maestre, obispo, que fundó asociaciones de trabajadores para cooperar en su desarrollo social, combatió en defensa de la verdad y de la justicia y abrió su casa a los menesterosos (1906) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
      Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el relicario del Beato Marcelo Spínola en la Capilla de las Doncellas, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, calle Cardenal Carlos Amigo, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
     En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Capilla de las Doncellas [nº 059 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; García de Gibraleón fundó, en 1535, en esta capilla de la "Anunciata", o de la Encarnación, una institución asistencial para doncellas pobres, por lo que se llamó también "de las Vírgenes" (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
   En la Capilla de las Doncellas de la Catedral de Santa María de la Sede encontramos el relicario del Beato Marcelo Spínola, pieza anónima sevillana datable hacia 1910, adscrita al movimiento artístico del Neobarroco, realizado mediante la técnica del cincelado, y que recuerda por su forma a un ostensorio. Sobre una base de planta circular sin decoración, se levanta el astil con nudo. La urna es de forma circular quedando rematada con ráfagas y una cruz (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor al Beato Cardenal Marcelo Spínola;
UN BEATO AL FRENTE DE LA DIÓCESIS: DON MARCELO SPÍNOLA (1896-1906)
     El 13 de febrero de 1896 hacía su entrada en Sevilla procedente de Málaga, revestido con la dignidad de arzobispo, don Marcelo Spínola y Maestre. La llegada, al margen de algún problema de protocolo entre la autoridad gubernamental y eclesiástica, fue celebrada y bien recibida por todos, dando buena muestra de ello los comentarios aparecidos tanto en la prensa católica como liberal. No era un personaje extraño a la ciudad ya que su misión pastoral en la capital andaluza le había llevado a ocupar el cargo de obispo auxiliar durante el polémico pontificado de Lluch y Garriga y, con anterioridad, durante el Sexenio, había sido párroco de San Lorenzo y canónigo sufriendo persecución al ser acusado de carlista. Incluso el gobernador civil llegó a firmar su expulsión de la provincia mediante una orden que luego sería rectificada. Las razones de tales acusaciones provenían de su entorno familiar como demuestra su correspondencia particular.
     Spínola llegaba a Sevilla a los sesenta y un años recién cumplidos, procedente de la diócesis malacitana. Su actividad pastoral le había granjeado entre sus diocesanos el apelativo de «Apóstol de Málaga». En 1885, siendo obispo de Coria, fundó junto a Celia Méndez Delgado -marquesa viuda de la Puebla de Obando- la congregación de Esclavas del Divino Corazón de Jesús y de la Virgen Inmaculada, con el fin específico de la educación cristiana de las jóvenes sin distinción social.
     Los enfrentamientos entre los católicos por cuestiones de índole política habían situado a Spínola, por intereses puramente partidistas, entre los prelados españoles comprome­tidos con el carlismo. Las acusaciones de que fue objeto durante el Sexenio y los sucesos de 1882, anteriormente reseñados, junto al interés de estos sectores políticos de contar con un prelado comprometido en la defensa de sus ideales fueron buena muestra de esa intencionalidad. Sin embargo, es preciso señalar cómo diversos documentos de personas cercanas a él nos muestran un perfil bien distinto. En relación con aquellas acusaciones del Sexenio, la correspondencia con su director espiritual, Diego Herrero, revelan un Spínola preocupado ante todo por su ministerio y por no involucrarse en materias políticas; el consejo de su director frente a la, un tanto ingenua, actitud de Spínola, era que no sólo había que serlo sino también aparentarlo. De igual manera, diversas personalidades de la vida pública sevillana coincidieron en señalar su no beligerancia política en el carlismo e inte­grismo; de hecho, sería un feroz anticarlista, el cardenal Lluch, quien le nombró obispo auxiliar. El cruce de cartas con la regente con motivo de su nombramiento como arzobispo de Sevilla son igualmente expresivas de su acatamiento de la monarquía restaurada en Sagunto.
     Fiel intérprete del pensamiento de León XIII, Spínola supo encauzar a sus diocesa­nos en la difícil tarea de atajar los «males» de la sociedad moderna. Su discurso en el Congreso Católico de Sevilla resulta bastante ilustrativo de ese pensamiento. La necesidad de la unión de todos los católicos, sin divisiones partidistas, y la utilización de los mismos medios usados por los impíos serían el camino a seguir. Llegado a Sevilla el nuevo arzobispo puso manos a la obra. Un acontecimiento, el Desastre de 1898, será el revulsivo que le ponga en marcha de inmediato a fin de «salvar» a la patria en peligro.
     El patriotismo de que Spínola hizo gala en defensa de los territorios de ultramar se plasma tanto en su prosapia como en su condición de eclesiástico. Indiquemos somera­ mente cómo influyeron estos acontecimientos en su persona. El conflicto cubano consti­tuía para Spínola un problema religioso además de militar. Desde su perspectiva, si Estados Unidos se hacía con el control de las islas caribeñas no tardaría mucho en acabar con el catolicismo de sus gentes, como había ocurrido tras el conflicto de Las Carolinas. La causa misma de la pérdida respondía -según el prelado- a un castigo divino: Dios castigaba de esta manera a los pueblos que se alejaban de su rebaño: pérdida de la unidad católica, constitución de 1876. El Desastre  era sin duda un aviso profético.
     Así pues, para recuperar la «Gracia Divina», era necesario que la España oficial se postrase ante Dios, adoptando una política católica; cuestión que no había de confundirse con una teocracia o un Estado regido por clérigos o frailes; ni con un pueblo que sólo pudiera hablar de Dios y las cosas divinas, en el que no se ventilasen más que cuestiones ascéticas o místicas, ni más monumentos que las catedrales. En el pensamiento de Spínola el espíritu cristiano no era enemigo de las libertades si éstas no subvertían el orden moral; no era contrario al progreso y la investigación siempre y cuando éstos no se salieran de la órbita que le era propia; en definitiva, el espíritu cristiano gozaría en el bienestar común y no en la opresión o tiranía.
     Spínola no decía nada nuevo con respecto a los males que padecía la Iglesia. Lo real­ mente significativo era que la realidad concreta, la pérdida de los territorios de ultramar, sirvieron para producir una honda reflexión sobre los males de España que él, desde su silla hispalense, trató de remediar en la medida de sus posibilidades. Y ello desde la idea de que la regeneración de España consistía en acabar con la división de los católicos, a fin de recuperar la grandeza de tiempos pasados. Para ello nada mejor que organizarse y disponerse a la lucha en la consecución del fin propuesto.
     a) La propaganda católica
     Las denuncias de la Iglesia durante todo el siglo XIX, referidas a los excesos de la libertad de prensa, no traspasaron la frontera de la mera denuncia hasta la llegada al pontificado de León XIII. Con su proverbial magisterio, el sucesor de Pedro trazó la norma a seguir respecto a la propaganda católica en la prensa, abriéndose paso una actitud ofensiva desde la propia institución papal en contra de las publicaciones periódicas. «Scripta scripti concursu non irnpari» sería el lema de esta obra social católica. En Sevilla esta acción se tradujo en dos realizaciones fundamentales: la fundación de El Correo de Andalucía y la creación de la «Asociación de la Buena Prensa», ambas con un funcionamiento totalmente autónomo.
     El 1 de febrero de 1899 se cumplía una de las premisas que Spínola estableció en su discurso del congreso de 1892. Ese día salía a la luz en Sevilla el diario El Correo de Anda­ lucía, con el subtítulo de «Diario Católico de Noticias». Su aparición había que entenderla en la necesidad que sentía la Iglesia sevillana de disponer de un órgano de expresión pro­ pio, distinto de aquellos otros que, aún titulándose católicos, eran, al mismo tiempo, órganos de expresión de algunas de las tendencias políticas en que se dividía el catolicismo español. De otro lado, el papa, así como sus antecesores, había mostrado en reiteradas ocasiones la necesidad de disponer de "buena prensa" para difundir las sanas doctrinas de la Iglesia. El prelado hispalense, que había sufrido en sus propias carnes los ataques de la prensa liberal en otros momentos de su vida, era consciente de esta necesidad.
     La fundación del diario tuvo lugar en los últimos días de 1898. En su gestación parti­ciparon el rector del seminario, Modesto Abín y Pinedo; el director del integrista Diario de Sevilla, Rafael Sánchez Arráiz; el magistral de la catedral, José Roca y Ponsa, además del propio prelado. Secundaron la iniciativa prestigiosos clérigos como el P. Tarín, Muñoz y Pabón, además de numerosos laicos como Luis Abaurrea, Carlos Cañal y Manuel Rojas Marcos. El diario hubo de abrirse camino en el ya de por sí saturado panorama de la prensa diaria sevillana.
     La vinculación de El Correo con el prelado era evidente: los utensilios y el mate­rial eran de su propiedad. Su relación con el arzobispado era, asimismo, clara: las mismas páginas del Boletín Eclesiástico fueron el medio utilizado para la recomendación del diario por el propio prelado, quien insistió en que era el único de su género que tenía solicitada la censura eclesiástica, lo cual era una garantía. Su primer censor fue el magistral de la catedral hispalense.
     Al ser un diario noticiero, El Correo de Andalucía tuvo que aclarar ante sus lectores su vinculación con una determinada política, algo que en aquellos momentos era la razón de existir de la mayoría de sus colegas. En este punto su orientación quedó reflejada ya en el primer editorial: «ni carlista, ni integrista», sino eminentemente católico y noticiero; y en cuanto a la política concreta, «no pertenecerá a ninguna de las agrupaciones en que los católicos españoles se dividen. De esta manera El Correo se convertía en punto de encuentro de todos los sectores católicos divididos por cuestiones partidistas y, aunque marcaba las diferencias con respecto a las dos organizaciones más importantes, no les volvía las espaldas.
     Coetáneo  con este proceso  fue la fundación  en Sevilla, en marzo de  1898, de la «Asociación Diocesana para las Buenas Lecturas», con una Liga de Oraciones en su seno, a fin de trabajar y orar en la propagación de la «buena prensa», nombre genérico con el que se venía a denominar la prensa católica. La obra de la buena prensa había comenzado algunos años antes «en una escondida ciudad andaluza donde se reunieron algunos entu­siastas propagandistas que lograron ponerse en comunicación con otros católicos de diversas regiones». El lazo de unión y alma de esta incipiente obra fue el P. Tarín, que en sus constantes misiones por Andalucía, relacionaba a todos los hombres de acción que iba encontrando en su camino. Su empresa consistía en el reparto gratuito de propaganda en cuyo contenido se reflejasen actitudes moralizantes. Como dirigentes figuraban el P. Moreno Estévez -del Oratorio de la ciudad- y el presbítero Federico Roldán, amén de otros laicos y sacerdotes.
     Puesta bajo el patrocinio de san José, la Asociación justificaba su labor en el laicismo que imperaba en la sociedad española, el fin de la unidad católica, el materialismo y la intolerancia liberal... El aliento de Spínola les servía de base para lanzarse a esa «nueva cruzada». En otro lugar hemos escrito cómo «el plan a desarrollar consistía en la creación de núcleos defensores de esta acción social en todos los puntos de España, articulándose de tal manera que, a modo de nudo de una red, pudiesen formar de esta conjunción un todo homogéneo. Constituida esta flota, el mar en el que se debía librar la batalla era el mismo en donde navegaba el enemigo: la prensa».
     Imitando modelos franceses (la obra del abate Lemci de Armentieres) y germanos (conocidos a través de la obra de Kannengieser), los promotores de la Asociación asumieron el propósito de difundir la buena prensa, utilizando inicialmente como instrumento El Correo de Andalucía, si bien constituían -hemos de insistir en ello- medios propagandísticos católicos diferentes. Habiendo solicitado León XIII que en el último año del siglo se homenajease la figura del Redentor, propusieron que el monumento que la prensa debía levantar estuviera formado por los triunfos conseguidos en la batalla contra los enemigos, utilizando sus mismas armas.
     Así pues, la unidad nuclear de acción y propaganda pasaron a constituirlo los Centros de la Buena Prensa, formados por socios honorarios y activos, en contacto directo con un Centro general. Este editaría los periódicos, libros y hojas de propaganda a distribuir por los Centros locales. Los medios para difundir la Asociación eran las misiones, las conferencias impartidas en Círculos católicos y de obreros, y los sacerdotes, quienes podían influir en el ánimo de las personas piadosas.
     Un hito en la historia de esta Asociación fue el año 1904. A finales de 1903 y en junta ordinaria del Centro de Sevilla uno de los congregados propuso la realización de algún acto con motivo del cincuenta aniversario de la proclamación dogmática de la Inmaculada Concepción. De ahí surgió la idea de realizar la primera asamblea de la Buena Prensa que, bendecida por el prelado y por Roma, se celebró en mayo de 1904. A pesar de todas las bendiciones hubo que superar no pocas dificultades, incluidos los propios recelos de otra prensa católica más politizada. Dado este cariz, el propio nuncio excusó su asistencia.
     En el acto de apertura Spínola pronunció las siguientes palabras de aliento:
     «Y porque la amamos, queremos que la prensa no se degrade a sí propia, como hoy con inmoral escándalo lo verifica, sino antes se enaltezca ella misma con su cordura, sus miramientos, sus respetos a todo lo respetable, y así se gane las alabanzas de los presentes y la gratitud de los venideros. Empresa en esta, Sres., nobilísima. Quién la acometa y la lleve a término merecería bien y las letras, las ciencias, la pública moralidad y la moralidad privada, la Religión y la patria le decretarán honores. Tal es el fin de esta Asamblea, poner término a un mal de todos sentido, y que de no atajarse pronto, dará al traste con la sociedad humana, y acabaría hasta con la Iglesia, si la Iglesia no fuera inmortal».
     b) El Congreso Católico de Burgos
     Para Spínola 1899 fue uno de los años más problemáticos y tristes de cuantos vivió a lo largo de su pontificado; incluso, lo fue aún más que el de 1882 cuando se vio envuelto en los sucesos del Centenario de Murillo y de la frustrada peregrinación a Roma organizada por los Nocedal. A juicio de Vicente Cárcel se produjo en 1899 «el mayor incidente entre dos prelados en España, durante el pontificado de León XIII», protagonizado por el primado, cardenal Sancha, y Spínola. Las causas hay que situarlas en los preparativos para la celebración del V Congreso Católico Nacional, a celebrar en Burgos durante el verano de 1899.
     Con el fin de que los sevillanos acudiesen al congreso, escribió Spínola una circular el 26 de abril de 1899. Pretendía con ella que sus feligreses tomasen parte activa en Burgos y que de su asistencia se derivasen buenos y provechosos resultados. A su juicio con­trastaba la labor desplegada por los enemigos de la Iglesia y la escasa atención de los cató­ licos, «débiles, flacos, cobardes», incapaces de defenderse y retrocediendo ante la mínima dificultad. Las circunstancias eran difíciles -proseguía- por cuanto la unidad católica se había perdido, existía la tolerancia religiosa y la libertad de enseñanza e, incluso, se anunciaba la fundación de Universidades protestantes. Las causas de este mal se manifestaban en la profunda división de los católicos españoles, división que no era sino consecuencia de no saber distinguir lo puramente esencial de lo meramente accidental. Siguiendo el pensamiento de papas anteriores y en lo referido a la política, entendía que las formas de gobierno no eran esenciales como tampoco lo eran las personas; sólo la causa de Jesucristo era esencial y ante ella debían de unirse todos los católicos militantes.
     La empresa no la consideraba irrealizable. Las bases eran claras al respecto y necesariamente debían ser aceptadas por todos: «en materia de dogma y moral la voz de la Igle­sia», base de la verdad; en asuntos políticos, el Syllabus, «expresión fiel de lo que nuestra madre, nuestra Maestra, nuestro oráculo sentó en este género de asuntos», pero entendido según su autor y «del insigne Pastor que a éste ha sucedido»; y en cuanto a la conducta, la dirección del papa y los obispos. Esta era en síntesis -á juicio del arzobispo de Sevilla- la empresa que estaba llamada a efectuar el Congreso Católico de Burgos y, a fin de que los resultados fuesen lo más provechoso posibles, Spínola difundió un llamamiento a los intelectuales hispalenses para que remitiesen memorias y trabajos al Congreso.
     Semanas más tarde el censor de El Correo y magistral de la hispalense -el integrista José Roca y Ponsa- explicó el contenido de las palabras de su prelado. Refugiado bajo el anonimato que implicaba su pseudónimo, Un Católico Español, escribió una colección de artículos bajo el título genérico de «La unión de los católicos». Del texto se desprendía que la unión sólo era posible entre los que verdaderamente eran católicos, y no entre los que sólo se llamaban así (excluyendo de esta forma a toda la masa de liberales que se consideraban fieles al catolicismo); insistía en que la Iglesia representaba la máxima autoridad en materia de fe y de costumbres, y que el papa y los obispos marcarían la línea de conducta a seguir sin transformar la sociedad en una teocracia. Al final de su discurso introdujo algunas alteraciones muy sutiles, pero nada despreciables, en la interpretación de las palabras de Spínola que ponían al prelado en una situación delicada, tildado cuanto menos de tradicionalista. Al mismo tiempo se extendió por toda España un folleto del cardenal primado, Sancha y Hervás, escrito en febrero de ese año. En el mismo el purpu­rado indicaba, mediante consejos, cuál debía ser la participación de los católicos en los asuntos públicos. Recordaba Sancha los llamamientos a la unión efectuados por el papa, el mensaje de acatamiento a los poderes constituidos y la aceptación de la constitución de 1876 en previsión de males mayores.
     El magistral de Sevilla, amparado en un nuevo pseudónimo, Un Ciudadano Español, publicó con licencia eclesiástica un folleto en el que se refutaban los consejos impartidos por Sancha en el capítulo XID. Entre otras razones acusaba al purpurado de pedir la unión de los católicos en el terreno constitucional, algo que no podía hacerse porque todos los que aceptaban la constitución de 1876, aceptaban igualmente el liberalismo, utilizando de esta forma -y abusando- de Spínola como arma arrojadiza frente al primado.
     Obvio es decir que los integristas llenaron de elogios y alabanzas el folleto del magistral, a la vez que era utilizado por su jefe Nocedal como un poderoso argumento para atacar al primado, cuyo pensamiento no le era favorable. Sancha, por su parte, creyó que se estaban tergiversando sus consejos y mediante una pastoral del 12 de julio, enjuició severamente a los responsables de los ataques de que había sido objeto, a la vez que advertía de haber puesto el asunto en manos de la Santa Sede. Nocedal maniobró hábilmente presentando el asunto como un pleito entre Sancha y Spínola, el primero «colaboracionis­ta» y el segundo «antiliberal».
     Todos estos acontecimientos sucedieron a la par de una serie de hechos que produje­ ron hondo malestar entre los católicos españoles. El primero de ellos ocurrió en Cádiz, aunque luego se extendió a otras provincias, donde el alcalde había ordenado retirar de las fachadas una placa con la imagen del Corazón de Jesús. El hecho dio lugar a protestas, adhesiones, desagravios e incluso a llamadas a la desobediencia a la autoridad local por considerar el hecho un atropello inaceptable. Otro punto de fricción tuvo lugar en Sevilla, donde al atravesar una procesión por la plaza del Museo, ante una iglesia protestante, las autoridades provincial y gubernativa ordenaron su cierre; el hecho provocó una interpela­ción parlamentaria del diputado electo por Valencia y gran maestre de la masonería española, Miguel Morayta, quien se convirtió en blanco de las iras de la prensa católica. Un tercer asunto fue la propia elección de Morayta como diputado. Hasta entonces la masone­ría, «responsable» -a juicio de los católicos- de todas las catástrofes habidas en la historia de España, la última la derrota de ultramar, «dirigía entre bastidores la comedia política», pero, a partir de ahora -estimaban los sectores confesionales- lo haría a cara descubierta.
     Por si estos hechos no fueran suficientes para provocar una respuesta de los cató­ licos sevillanos en defensa de la causa de la Iglesia, un nuevo conflicto hizo saltar la chispa. En el congreso de los diputados Miguel Morayta y Blasco Ibáñez efectuaron sendas proposiciones en las que solicitaban la puesta en vigor del decreto de octubre de 1868 que extinguía todos los monasterios, conventos, colegios, congregaciones y demás casas religiosas fundadas con anterioridad al 19 de julio de 1837, y el restable­ cimiento del decreto que ordenaba la expulsión de la Compañía de Jesús.
     La reacción de Spínola no se hizo esperar. El 15 de julio de 1899 escribió una extensa pastoral a sus diocesanos que, aparte de publicarse en el Boletín del Arzobispado y en El Correo, se distribuyó por la ciudad en número superior a los veinte mil ejemplares. Con una visión apocalíptica de la situación de España, asaeteada por los ataques reseñados, subrayó que ante lo que significaba «un provocador reto a la frente de los católicos», creía necesario una actuación inmediata:
     «Unirnos en apretado haz; correr a ampararnos bajo los muros indestructibles de la Santa Iglesia, columna y firmamento de la verdad, como la ha llamado San Pablo; descargar de su electricidad las nubes de la ira celeste por medio del pararrayos y las corrientes de la oración; levantar diques, los fuertes diques contra los cuales se estrellan los impetuosos torrentes del mal, a saber, la fidelidad al deber, la constancia en la práctica de la virtud, el respeto a la legítima autoridad que de arriba procede; movemos incansables, y disputar en organizada hueste, y aún a costa de la propia vida, a la ola invasora los objetos que intenta arrastrar al abis­mo; las almas que escandaliza, el niño que destruye o pretende destruir, robándo­les primero el prestigio , y luego deshaciéndolas con la fuerza; tal es la obligación que nos imponen las circunstancias».
     Como resultado de esta pastoral se produjo una multitudinaria adhesión al prelado tanto de asociaciones y organismos religiosos como de significados tradicionalistas. Esto último exacerbó aún más los ánimos no calmados de la polémica entre Sancha y Spínola. Incluso la reina manifestó sus quejas al prelado hispalense. La prensa de Madrid llegó a afirmar que el apoyo de los liberales a Sancha había sido contestado con el de los carlistas a Spínola. En medio de tantas tergiversaciones fue un diario liberal sevillano quien dio una nota de sensatez: los carlistas eran tan hijos espirituales del prelado como los demás; el acto no tenía ningún sentido político. Y es cierto que los integristas prestaron su apoyo al prelado a la vez que lo hacían significados conservadores. Todo ello acontecía cuando el enfrentamiento entre Sancha y Spínola desbordaba su ámbito nacional e intervenía Roma ante la inminencia del comienzo del Congreso Católico de Burgos.
     Las adhesiones recibidas debieron influir en el ánimo de Marcelo Spínola cuando decidió congregar a sus feligreses para el día 20 de agosto, onomástica de León XIII. En un ambiente tenso, habiéndose acuartelado la tropa en previsión de algún enfrentamiento, gran número de católicos, presididos por Pablo Benjumea, entregaron una carta de adhesión al prelado, en la que se hacían consideraciones sobre la unión de los católicos. Spínola insistió en que el acto era ajeno a la política, quizás con la intención de dejar las cosas claras y evitar los quebraderos que le había ocasionado la visita de los carlistas el mes anterior. El acto fue considerado de inmediato como la «unión de los católicos», unión que no llegaría a buen término.
     Varios días después, el 30 de agosto, bajo la presidencia del cardenal Cascajares, se inauguró el Congreso de Burgos. Las normas dictadas en 1897 por León XIII para este encuentro apremiaban a redactar el programa de unidad del catolicismo español. Diversos discursos recogieron la postura de que la unión sólo era posible entre los verdaderos cató­ licos. El discurso del catedrático sevillano Francisco de Casso insistía en la importancia de la tradición en la Iglesia, a cuya defensa -decía- se había dedicado plenamente su prelado. La sección de propaganda se vio desbordada, por lo que se dio un voto de confianza a los prelados para que redactaran unas bases. Estas señalaban que la unión no era exclusivamente religiosa, de doctrina, sino que se establecía para la acción política. Los medios serían los que facilitase la legalidad y, en especial, la participación en la vida pública bajo la dirección de los prelados. Por primera vez éstos presentaron un programa en el que planteaban cuales eran sus reivindicaciones frente al Estado. No obstante, parecía que bases y programa correrían la misma suerte que otros documentos episcopales dados en el mismo sentido.
     c) El renacer del anticlericalismo
     En los años bisagra del tránsito al siglo XX arreciaron los enfrentamientos entre los sectores confesionales y los partidarios del sistema liberal. El profesor Cuenca ha señalado cómo las escasas diferencias en el ideario de los partidos del «tumo pacífico», conservado­ res y liberales, obligaba a los sectores del catolicismo político a establecer fronteras aun­ que sólo fueran de índole táctica. Junto a ello se insiste en cómo el positivismo pujante (a nivel de pensamiento y política) al igual que las medidas adoptadas en Francia y Portugal en materia eclesiástica, dieron al anticlericalismo un notable protagonismo en los inicios del siglo XX. En España fueron sucesos de escasa entidad, al menos individualmente con­siderados, los que actuaron como detonantes. El Gobierno proclerical del ministerio Silvela sirvió para ser calificado de «vaticanista»; pero fue en el breve Gobierno Azcárraga cuando se produjeron los hechos más graves. El estreno de «Electra» y las alteraciones de orden público que originó la celebración del Jubileo por la entrada del nuevo siglo, hicieron que la «cuestión religiosa» pasara a un primer plano de la actualidad. Recién llegado al poder Sagasta (en marzo de 1901) comprendió que su partido lograría una fuerte adhesión si enarbolaba la bandera del anticlericalismo. Así, es bastante posible que sus primeras medidas de gobierno estuvieran orientadas cara a la galería, utilizándolas hábilmente como arma política. Esto explica que la campaña para las elecciones de mayo de 1901 girara en tomo al problema religioso, asunto que pasa a segundo plano tras la celebración de las mismas y es recogido más tarde por la presión de ciertos grupos parlamentarios y por la prensa liberal, que temía una invasión de religiosos franceses tras las medidas adoptadas en Francia por Waldeck-Rousseau.
     La relativa tranquilidad de 1900 contrasta con la agitación de 1901. Los ataques, des­ de posiciones de mayores libertades a todo lo que se entendía como un recorte de las mis­ mas, dieron unas pinceladas de agitación al panorama de la capital andaluza. El Correo no se cansará de reseñar los agravios dirigidos contra la Iglesia por parte de los masones, quienes -a su juicio- eran casi sinónimo de liberales. La ofensiva de los «Poderes Ocul­tos» no era nueva, se decía, sino fruto maduro de una larga incubación durante la cual aquellos habían conseguido introducirse en todos los niveles de la organización del Estado. La Masonería se convertía así, una vez más, en la responsable de todos los disturbios que se producían en España.
     Los ataques a la Iglesia, reales o imaginarios, se producían con cualquier pretexto. Así, la boda de la princesa de Asturias con el hijo del conde de Caserta, militar carlista, acaecida en Madrid en febrero de 1901 fue otro argumento más que añadir a la ya de por sí tensa situación . El diario hispalense El Progreso , con su habitual perspicacia, señalaba cómo desde que se inició en el congreso la discusión del matrimonio se estaba más pen­ diente de lo que pudieran decir los oradores sobre los progresos y peligros del clericalismo y de los avances de los retrógrados, que de otra cosa.
     Considerando el grado de sensibilización, no es extraño que la aprobación en Francia de medidas contrarias a las asociaciones religiosas hiciera temer que algo parecido fuera adoptado en España, dado el influjo que -a juicio de El Correo- tenía siempre entre noso­tros cuanto acontecía en el país galo. En este mismo sentido, recordemos que en Portugal el Partido Republicano había desplegado una intensa campaña en la que se abogaba no sólo por la expulsión de las órdenes religiosas, sino por la separación absoluta de Iglesia y Estado, llegándose a crear una organización, el Centro Nacional, destinado a agrupar a los católicos lusos en la defensa de sus intereses. A juicio de El Correo, todas estas actuaciones obedecían obviamente a los impulsos y dictados de «la siniestra labor de las logias».
     Ante esta percepción de la realidad, tampoco es de extrañar que la subida al gobierno de Sagasta generase temores aún a mayor escala. El cambio, según la opinión católica, sig­nificaba el fracaso de los conservadores, pero también el triunfo de la masonería. No obs­tante, las primeras medidas ministeriales fueron de moderación en materia religiosa, impo­niéndose la prudencia materializada en una serie de disposiciones que hacían referencia al restablecimiento de la libertad de cátedra y la reorganización del clero castrense. Medidas que, sin embargo, tuvieron una honda repercusión en las masas católicas.
En cualquier caso, de todos los acontecimientos que estamos refiriendo el que más impactó a la opinión sevillana fue la representación en la ciudad de la obra teatral Elec­tra, de Benito Pérez Galdós. En enero de 1901 se había estrenado en Madrid, coincidiendo con el célebre «Caso Ubao». Lo que en principio era sólo un drama se convirtió en bandera para los liberales y en un grave ataque a la religión para los católicos más intransigen­ tes. La noticia de los escándalos producidos en la corte tras el estreno llegaron de inmedia­to a Sevilla, y la situación del momento convirtió este drama galdosiano en una manifestación política y en un pretexto para atacar al Gobierno conservador aún existente.
     Para el 23 de marzo, vísperas del domingo de Pasión, estaba prevista la primera representación en el Teatro San Femando de la capital andaluza. La coincidencia de fechas hizo exclamar al diario del arzobispado, quejoso ante la «bofetada dada en el rostro y con toda la mano a los sentimientos católicos de nuestro pueblo». El prelado dirigió el 15 de marzo, como era habitual en él, una circular desaconsejando la representación de dramas relativos a la pasión de Jesucristo, por estimar que era una profanación sacrílega convertir en espectáculo una cuestión tan sagrada. Al final de la circular y de pasada hizo algunas referencias a la próxima representación de la obra de Galdós. Aunque la desconocía, los comentarios que le habían llegado, procedentes -decía- de «críticas imparciales», y los sucesos acaecidos en Madrid durante su representación, entendía que eran suficientes para dar su opinión al respecto. Una opinión que consistía en considerar que «ninguna persona, pues, que a todo anteponga su respeto a la Iglesia, podrá no sólo teniendo en cuenta la idea inspirada del drama Electra que no es ni con mucho santa, sino por el escándalo que después de lo acaecido produciría su presencia en el teatro, concurrir a éste al ponerse en escena la obra de Pérez Galdós».
     La polémica estalló. El diario republicano El Baluarte censuró agriamente la prohibi­ción hecha por el prelado para asistir a una obra que ni tan siquiera había leído, a la vez que confirmaba que la obra podía ser anticlerical, pero no antireligiosa. El enfrentamiento de mayor dimensión se produjo con la edición sevillana de El Liberal, periódico que el 21 de marzo publicó un artículo con el título de «Electra y el arzobispo» en el que insistía en los mismos argumentos que el diario citado anteriormente, si bien aquí se tildaba a Spínola de ser más expeditivo que la Inquisición y la Congregación del Indice... Como era de esperar, ambos diarios suscitaron la replica de El Correo, que afirmó que nadie más cualificado que el titular de la diócesis, por la autoridad de la que estaba revestida su cargo, para seña­ lar cuál debía ser el modo de comportarse de sus feligreses e inculcar la enseñanza adecua­ da, a la vez que insistía en que el prelado no había condenado la obra sino que se había limitado a no recomendar la asistencia a su representación.
     En los días sucesivos El Correo de Andalucía continuó publicando artículos intentan­ do defender a su prelado de los ataques recibidos. A medida que pasaban los días, la cues­tión iba alcanzando repercusiones mayores, pues incluso se anunció en la prensa de Madrid que iba a producirse una entrevista del primado con Sagasta para abordar el contenido de la circular de Spínola.
     A pesar del beneficio propagandístico que, en aras de una mayor audiencia, podía ocasionar la polémica desatada, la representación en el día anunciado no llegó a traducirse en un lleno espectacular; eso sí, como era tradicional en cualquier acto teñido de anticleri­calismo, fueron cantadas durante la representación La Marsellesa y el Himno de Riego.
     La consecuencia más inmediata de esta polémica fue la organización de adhesiones mediante una recogida de firmas «de todas las clases sociales», para protestar por los ata­ques al prelado. En la adhesión, impulsada desde las columnas de El Correo, firmada por «ricos y pobres, plebeyos y nobles, niños y ancianos», los sevillanos que se sumaron decían al arzobispo: «a tu lado estamos, ordena y obedeceremos, nuestros pechos servirán de escudos a tu venerable persona, y en ellos se embotarán los dardos con que quieran herirte...». No tardaría Spínola en hacer uso del apoyo recibido.
     d) La fundación de la Liga Católica de Sevilla
     La llamada de El Correo de Andalucía, para que alguna personalidad tomase la ini­ciativa y convocase la unión de los católicos, tuvo sus efectos en los primeros días de mayo de 1901. El doctor Ramón de la Sota y Lastra enarboló la bandera desde las colum­nas del diario católico. En su adhesión recordó cual había sido su comportamiento en los momentos del Sexenio. Para que no se reprodujesen  aquellas escenas creía indispensable la unión y organización de los creyentes, quienes, utilizando todos los derechos que las leyes concedían, debían defender la religión. Los problemas que para el logro de este fin suponía la división de los católicos españoles en varios grupos, hacía puntualizar al doctor de la Sota las condiciones de esta unión. Los esfuerzos a realizar no iban encaminados a ninguna idea política en particular, ya que todas cabían dentro de la religión; la dirección de los católicos sólo la podían realizar quienes tenían autorización para ello, esto es, los prelados, garantía de que ninguna facción tomaría la religión como instrumento y la política como fin. El medio para alcanzar el triunfo de estas ideas se lograría enviando a las cor­tes representantes verdaderamente católicos, que reformarían las leyes en el sentido que marcaba el catolicismo . Había de sostener igualmente a la prensa católica; crear casinos y academias en donde se reunieran los que creían en estas mismas ideas; había que cristianizar la sociedad, el pueblo y fundamentalmente la clase obrera. Así, de esta manera, se engrandecería la patria.
     Nada nuevo venía a decir el doctor de la Sota. Palabras e ideas semejantes venían escuchándose con frecuencia en los últimos tiempos. Sin embargo, ahora, con el anticlericalismo emergente en la realidad nacional e internacional, con Sagasta en el poder y con el Partido Conservador en Sevilla en proceso de disgregación, la solicitud adquiría una dimensión distinta. De entrada, en la misma carta de la Sota emplazaba a los prelados, en general, y a Spínola, en particular, para que tomasen parte activa en la unión de los católicos.
     La idea de concentrar a los católicos fue tomando cuerpo. El 15 de mayo de 1901, en una reunión de personalidades procedentes de distintos partidos sevillanos, se acordó por unanimidad mostrarse a favor de la unión. Presentadas al prelado las bases redactadas al efecto, fueron aprobadas por éste. Ahora se trataba de organizar una junta pública en la que se expusiese su contenido.
     El emplazamiento que hizo de la Sota en su carta tuvo también un efecto inmediato. El mismo día en que El Correo informaba de la reunión anterior y de los acuerdos alcanzados, se difundía una circular de Spínola llamando a la unidad. Recordaba las muestras de adhesión recibidas en agosto de 1899 y cómo sus esperanzas de aglutinar a todos los católicos se vieron frustradas. Pero ahora, con el incremento de los peligros para la causa católica, la unión más que apremiante era necesaria, y, al igual que acontecía en otros lugares, los católicos sevillanos debían prestarse a la misma. Su actuación la justificaba por cuanto significaba inculcar a sus feligreses sus deberes en la política. Los católicos debían llevar a los centros de poder representantes «que piensen en católico y en católico sientan y en católico hablen», además de proteger a la prensa, exterminar la pornografía, la blasfemia, etc. La unión se efectuaría con orden. Por último, sin rehusar compartir los riesgos, dejaba claro que él no podía tomar parte directa en la misma, dada la índole del combate, por lo que los católicos se habrían de conformar con ser dirigidos desde lejos.
     Con el visto bueno del prelado, sólo restaba que comenzase de nuevo el salto a la arena de los partidarios de la unión. El primero de ellos fue el ex-diputado José Bares y Lledó, cuya adhesión apareció el 19 de mayo, el mismo día en que se celebraban elecciones al congreso y cuando su candidatura estaba descartada de antemano. En su adhesión se insistía en la necesidad de la unión dadas las actuales circunstancias y en la oportunidad de la voz autorizada del prelado. Para El Correo, la importancia de esta adhesión era grande: era el primero en «romper las filas del liberalismo y sus partidos» para engrosar la unión de los católicos, pues pertenecer a ésta siendo liberal era un contrasentido . El mismo diario apostillaba: «la causa católica no rechaza a ninguno de los que, aceptándola tal como es, deseen pelear los combates del Señor para que triunfando hagan la dicha de España».
     El 24 de mayo de 1901 se hacía público el Manifiesto de la unión de los católicos sevillanos al que se adjuntaban las bases del acuerdo alcanzado. La unión se consideraba necesaria a partir de dos argumentos fundamentales: la salvaguardia de los intereses reli­giosos y el deseo y amonestaciones del prelado en sus circulares. El acuerdo suscrito no significaba la fusión de los distintos partidos políticos a los que pertenecían los firmantes, sino tan sólo la constitución de una fuerza que contuviese los ataques a la religión. Por ello, no se arrogaban jefaturas de ningún tipo ni una dirección determinada. Para hacer efectivo el pensamiento de los congregados se acordaron las siguientes bases:
     "1. Pueden pertenecer a la Unión o Liga Católica, todos los católicos que acep­tando con plena y filial sumisión las enseñanzas de la Iglesia, especialmente con­ signadas en los documentos de Pío IX y León XIII condenatorios de los errores modernos, deseen trabajar y se comprometen a hacerlo en defensa de los sagrados derechos de la Religión,  siguiendo en su labor las instrucciones del papa y los obispos, y cuando otras no haya, las del propio Prelado.
     2. Sin perjuicio de coadyuvar a la acción moralizadora de la Iglesia, en todos los órdenes de la vida social, la Unión Católica se propondrá:
          a) Propagar la prensa católica, fomentándola y auxiliándola, para que se coloque a la altura conveniente.
          b) Favorecer a la clase obrera con cuantos medios sea posible, y principalmente fundando asociaciones y círculos, conforme a las enseñanzas de León XIII.
          c) Votar en las elecciones, tanto de concejales, como de diputados provinciales, diputados a Cortes y Senadores, candidatos netamente católicos, según estas mis­ mas bases.»
     El documento fue suscrito por carlistas, integristas y políticos hasta hacía muy poco influyentes en el conservadurismo local. La unión de los católicos sevillanos, que desde finales de mayo sería conocida como la «Liga Católica», comenzó a preparar un gran acto de presentación ante la opinión. En él se leerían las bases, que no admitirían discusión alguna puesto que habían sido aprobadas por el prelado, único autorizado para marcar el camino a seguir. Las bases se admitían o se rechazaban, pero no se discutían. El acto ten­ dría lugar en la Casa-Lonja, edificio situado a medio camino entre el alcázar y la catedral. La entrada sería mediante invitación personal. Según los organizadores acudirían muchos representantes de los pueblos; de hecho en Écija se publicó un Manifiesto, firmado por el arcipreste, secundando al prelado en todo lo referente a la unión de los católicos, a la vez que se anunciaba la constitución de una junta local.
     El 9 de junio de 1901 se celebró el acto. En la presidencia se encontraba Ramón de la Sota y Lastra, quien leyó la carta del papa al cardenal Benavides con motivo del Congreso Católico de Zaragoza de 1890. Junto a él se sentaron miembros de los distintos sectores políticos sevillanos. Por primera vez y en público se presentaban las bases de la unión de los católicos y la misma se hacía realidad en Sevilla. El tiempo se encargaría de demostrar el significado de un logro que, según medios informativos liberales, nacía «insuficiente­ mente cohesionado».
* * *
     Desde comienzos del nuevo siglo la diócesis de Sevilla disponía ya de medios para una acción propagandística eficaz, mediante la fundación de El Correo de Andalucía, y para la acción política y social, con la fundación de la Liga Católica. Los católicos sevillanos debían sentirse satisfechos. Sin embargo, la realidad fue bien difícil. De entrada, El Correo no terminaba de consolidarse como diario, sufriendo una fuerte competencia de la prensa liberal; la Liga Católica se presentó a las elecciones por primera vez en 1903, sien­ do derrotada por falta de experiencia y, sobre todo, porque el sistema de la Restauración no contaba con ella como organización política. Y esto, si no imprescindible, era necesario para obtener resultados positivos. Por otro lado, la gravedad de la llamada «cuestión social» se manifestaba con toda su crudeza. Esta primera década del nuevo siglo contemplaría también la transformación de los antiguos planteamientos de los Círculos Católicos de Obreros, en los que patronos y operarios participaban conjuntamente hacia la creación de auténticos sindicatos. 
   En enero de 1906, un mes después de recibir el capelo cardenalicio, fallecía en olor de santidad don Marcelo Spínola y Maestre. Su gran actividad, desarrollada con la inestimable ayuda de los hermanos Álvarez Troya, del P. Tarín, de Manuel González, y su bon­ dad, puesta de manifiesto con motivo de la hambruna de 1904, en la que el propio prelado fue postulante por las calles de la ciudad, dejaron una profunda huella que difícilmente pudo ser borrada del ánimo de quienes le conocieron. Incoado el proceso de canonización , en marzo de 1987 fue beatificado por el papa Juan Pablo II.
Obispos y Arzobispos de la Sede Hispalense:
   Marcelo Spínola y Maestre (1896-1906), párroco de San Lorenzo, canónigo, obispo auxiliar del cardenal Lluch (con el título de obispo de Milo) llegó al arzobispado proveniente de la diócesis malagueña. Fundador de las Esclavas del Divino Corazón, conocidas popularmente como las Esclavas Concepcionistas. Fundador del periódico El Correo de Andalucía. Beatificado en 1987 por Juan Pablo II.
Arzobispos de la Sede Hispalense que han ostentado el Cardenalato:
     La mayoría de ellos han sido promovidos cuando ya ocupaban la sede hispalense, y la rara excepción de algún arzobispo nombrado cardenal tras su renuncia a la archidiócesis de Sevilla. Sobre cada cardenal daremos su nombre, entre paréntesis las fechas de su permanencia en el arzobispado de Sevilla, fecha de su promoción al cardenalato con el título del mismo, fecha de su muerte, y nuevamente entre paréntesis el papa que lo ha creado cardenal.
     Marcelo Spínola y Maestre (1895 - + 1906), cardenal: 11 diciembre 1905. (Pío X). [José Leonardo Ruiz Sánchez, y Leandro Álvarez Rey, Sevilla Contemporánea, en Historia de la Iglesia de Sevilla. Editorial Castillejo. Sevilla, 1992].      
Conozcamos mejor la Biografía del Beato Cardenal Marcelo Spínola, personaje a quien está dedicada la obra reseñada;
     Marcelo Spínola y Maestre, (San Fernando, Cádiz, 14 de enero de 1835 – Sevilla, 19 de enero de 1906). Cardenal, fundador de congregación religiosa y beato.
     Hijo de Juan Spínola Osorno, marqués de Spínola y capitán de fragata, y Antonia Maestre, también hija de marinos y nacida en El Ferrol, fue el segundo de ocho hermanos, pero a él le correspondió, como primer varón, heredar el marquesado de su padre. Bautizado al día siguiente de su nacimiento en la iglesia parroquial castrense de San Fernando, pasó en esta ciudad los primeros años de su infancia; en 1845 comenzó el bachillerato en el Colegio de Santo Tomás de Cádiz, donde sólo estuvo un año, pues en 1846 continuó sus estudios en Motril, debido al traslado sucesivo de su padre. Destinada la familia a Alicante, comenzó Marcelo sus estudios de Derecho en la Universidad de Valencia en 1849. Pasó a Sevilla en 1852, donde culminó la carrera de la abogacía con el título de licenciado, conseguido el 29 de junio de 1856.
     Destinado su padre como comandante al puerto de Huelva, Marcelo abrió un bufete de abogado en la ciudad onubense donde recibió el calificativo de “abogado de los pobres”, por su generosidad en llevar los pleitos de la gente sencilla que no podía pagarle sus honorarios; muy pronto los trabajadores pobres comenzaron a pasarse las señas de un abogado joven, que tomaba con todo interés sus conflictos, los defendía, se interesaba de paso por las angustias de cada familia y al final no cobraba.
     En junio de 1858 sintió la vocación religiosa y comenzó a estudiar teología como alumno externo del seminario hispalense —entonces se decía “por libre”—, orientado espiritualmente por el canónigo Diego Herrero y Espinosa de los Monteros, que tenía fama de asceta y santo, además de estar considerado como excelente canonista. El 29 de mayo de 1863 vistió la sotana al ser ordenado de tonsura en la iglesia de Las Dueñas de Sevilla. Un año más tarde se preparó para la ordenación sacerdotal en el Oratorio de San Felipe Neri, dirigido espiritualmente por el filipense Francisco García Tejero, fundador de dos congregaciones religiosas femeninas sevillanas. Ordenado sacerdote el 21 de mayo de 1864 por el cardenal Luis de la Lastra, arzobispo de Sevilla, celebró su primera misa en la iglesia del Oratorio el 3 de junio sucesivo, en cuya ocasión le predicó otro célebre oratoriano de aquel tiempo: el padre Cayetano Fernández, autor de las Fábulas Ascéticas. Justo el mismo día moría en la isla de Cuba su hermano Rafael Spínola, capitán de Infantería de Marina. Fue destinado un año más tarde a Sanlúcar de Barrameda como capellán de la iglesia de la Merced, y enseguida se dejó notar por su estilo pastoral caritativo, predicando, oyendo confesiones en horas interminables y visitando a los enfermos.
     En 1868 opositó a una canonjía en la Catedral de Cádiz, pero no resultó elegido pues, habiendo empatado a votos con su opositor —Fernando Hüé Gutiérrez (1834-1893), futuro obispo de Tuy—, éste le ganó por ser mayor en edad. El 17 de marzo de 1871 el cardenal De la Lastra lo nombró párroco de San Lorenzo, de Sevilla. Ocho años rigió el templo de este típico barrio sevillano en el que dejó la impronta de su espíritu sacerdotal de su caridad pastoral, centrados en la celebración del culto divino y en la atención a enfermos y necesitados. Trabajó sirviéndose de las cofradías de la Semana Santa y, en particular, de la de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, de la que fue consiliario hasta su muerte, pues sólo cedió el puesto cuando estuvo de obispo en Coria y Málaga. También fue arcipreste y destacó por una serie de iniciativas apostólicas en sectores hasta entonces marginados de la sociedad, dedicadas a la formación religiosa y humana de sus feligreses, con la ayuda de un grupo de mujeres catequistas, entre las que se encuentra una futura santa: sor Ángela de la Cruz Guerrero (1846- 1932). En 1879 fue nombrado canónigo de gracia de la catedral hispalense, pero siguió trabajando pastoralmente como confesor de la parroquia de la Magdalena, situada en un rincón bastante apacible cerca del centro de Sevilla, lugar en el que pasaba largas horas dirigiendo almas y escuchando a los penitentes. Para entonces era ya popularmente conocido en toda la ciudad como “don Marcelo de Sevilla”.
     Un año más tarde, teniendo en cuenta el cardenal Joaquín Lluch, arzobispo de Sevilla, las cualidades de Spínola y las muchas relaciones que él y su familia tenían con la clase más elevada de la sociedad sevillana, lo pidió al Papa León XIII como obispo auxiliar, y en el consistorio del 16 de diciembre de 1880 fue preconizado obispo titular de Milo. Consagrado el 6 de febrero de 1881, de manos del mencionado cardenal en la Catedral de Sevilla, recorrió toda la archidiócesis, hasta que, en la cuaresma de 1882, cayó enfermo y hubo de guardar reposo. Ocurrida la muerte del cardenal, los párrocos de Sevilla, las damas de la aristocracia y muchos cabezas de familia de la sociedad más distinguida, dirigieron mensajes al nuncio para que, atendidas las grandes necesidades de aquella archidiócesis y las cualidades de Spínola, lo propusiese como sucesor del arzobispo Lluch. Sin embargo, al ser nombrado para aquella sede el dominico Ceferino González, y al resultar infructuosas las insistencias para que Spínola continuase como auxiliar del nuevo arzobispo, el 10 de noviembre de 1884 fue preconizado obispo de Coria y, aunque tuvo una estancia corta en ella, de apenas año y medio, le fue suficiente para recorrer una de las diócesis más pobre de España, en la que escribió unas ochenta cartas y exhortaciones pastorales y consagró la diócesis al Sagrado Corazón de Jesús. Durante el poco tiempo que gobernó la pequeña diócesis extremeña fue muy querido por el Cabildo catedralicio, por el clero y por el pueblo porque puso los cimientos de la regeneración de Coria en el orden moral, regulando tanto la disciplina y la enseñanza en el seminario, como la administración diocesana. Pero sobre todo Coria fue la cuna de las Esclavas Concepcionistas del Divino Corazón, congregación religiosa por él fundada el 26 de junio de 1885, en compañía de la marquesa viuda de la Puebla de Obando, Celia Méndez y Delgado (1844-1908), a la que había conocido en la mencionada parroquia sevillana de San Lorenzo, quien en religión tomó el nombre de María Teresa del Corazón de Jesús. Esta institución, dividida inicialmente en dos clases, de madres y hermanas, tenía como finalidad la educación y formación de la juventud, recibió su aprobación diocesana el 17 de junio de 1887, dada por el mismo fundador, y obtuvo su aprobación definitiva en 1909.
     Preconizado obispo de Málaga el 10 de junio de 1886, Spínola destacó como uno de los obispos más insignes de su tiempo por su espíritu apostólico, preocupación por los problemas sociales y como hombre de mucha oración y mortificación, así como de una adhesión ilimitada a la Santa Sede. Siendo de constitución física muy frágil, flaco y pálido, y alimentándose poquísimo, pudo desplegar una gran actividad, predicando continuamente, recibiendo a todos y dirigiendo los asuntos de las diócesis. Fue considerado como el nuevo apóstol de Andalucía, respetado por todas las clases de la sociedad, además de querido por sus virtudes. Fomentó especialmente la enseñanza religiosa y moral de niños y jóvenes a través de las diversas instituciones y asociaciones que abundaban en aquella ciudad, muchas de las cuales fueron restablecidas después de la revolución de 1868 y otras fueron creadas y organizadas durante su episcopado. Todo esto lo consiguió con el esfuerzo casi exclusivo de su propio celo pastoral, ya que las autoridades civiles generalmente no colaboraron en sus proyectos sociales.
     Al producirse nuevamente la vacante de la sede de Sevilla, se renovaron las súplicas del clero y de la alta sociedad en favor de Spínola y el 2 de diciembre de 1895 fue nombrado arzobispo de Sevilla. Eran tiempos políticamente difíciles, en los que Spínola fue tachado de integrista y carlista, aunque nunca manifestó sus opiniones políticas y vivió ajeno a todo partido, centrado exclusivamente en su ministerio pastoral. En 1899, tras el desastre del año anterior con la pérdida de las últimas colonias de Cuba y Filipinas y en un ambiente de división política y de pesimismo en la nación, el arzobispo de Toledo publicó un texto titulado Consejos del cardenal Sancha al clero de su arzobispado. El capítulo XIII de ese documento, dedicado a la posición política de los sacerdotes y católicos ante la situación del país, fue difundido por la prensa. Desde Sevilla, el canónigo magistral José Roca y Ponsa, antiguo director de la Revista de Las Palmas, quincenal de orientación carlista, contestó al cardenal de Toledo con unas Observaciones que el capítulo XIII del Opúsculo del Señor Cardenal Sancha, Arzobispo de Toledo, ha inspirado a un ciudadano español, que contaron con la aprobación de Spínola y desataron una furiosa polémica, pues el cardenal Sancha respondió inmediatamente con una carta pastoral en la que contestó al anónimo “ciudadano español” —que era mencionado canónigo magistral— aduciendo nuevos textos pontificios en defensa de su tesis y atacando directamente al arzobispo de Sevilla por haber dado autorización eclesiástica al folleto de José Roca. En realidad, Spínola, conforme al derecho canónico, había dado la obra a un censor que no encontró en el escrito nada que atentara a la fe y costumbres. El asunto llegó a la Santa Sede, que mandó cortar la polémica y ordenó al arzobispo de Sevilla que prohibiera a Roca y Ponsa la difusión de su folleto En propia defensa. Entre tanto tuvo que acudir a Madrid como senador del reino y en la discusión de la contestación del discurso de la Corona, Spínola propuso a los demás obispos presentes la abstención de voto. Lo que fue interpretado como un gesto más de oposición al régimen constitucional, porque estaba todavía viva la polémica entre el cardenal Sancha y el canónigo Roca y Ponsa: el cardenal de Toledo proponiendo la aceptación de las instituciones políticas y el magistral de Sevilla replicando que el Papa no mandaba a los católicos que aceptasen las instituciones, sino que guardasen sumisión respetuosa. Detrás de Roca y Ponsa, en Madrid creían ver la figura de Spínola, que hizo un gesto que tampoco gustó en la Corte, pues regresó precipitadamente a Sevilla, sin haber cumplido con la visita de protocolo a la Reina Regente. Por ello, tuvo que escribir una carta, firmada en Sevilla a 8 de agosto de 1899, donde al tiempo que se excusaba con la Reina por no haber podido saludarla conforme a protocolo, reafirmó que no se consideraba hombre de partido, sino sólo un prelado de la Iglesia Católica.
     Preocupado por la formación de sacerdotes y seminaristas, logró de la Santa Sede que el seminario hispalense fuese elevado al rango de Universidad Pontificia con la facultad de conferir los grados académicos de licenciado y doctor en filosofía, teología y derecho canónico (1897) y de la duquesa de Montpensier la donación testamentaria del magnífico palacio de San Telmo, que se estrenó como seminario el curso 1901- 1902. Convencido de que la integración social se lograría por la difusión de una buena prensa, fundó El Correo de Andalucía, que salió a la calle el 1 de febrero de 1899, con un editorial en el que se decía que dicho periódico no era “ni carlista ni integrista, sino eminentemente católico y noticiero”. En 1904 celebró en Sevilla la Primera Asamblea Nacional de la Buena Prensa. En 1905, con motivo de la terrible sequía, que provocó una situación desesperante, organizó cocinas económicas que paliaron el hambre de la gente y salió a la calle, como un mendigo, pidiendo limosnas para los pobres. Ese mismo año, el 11 de diciembre, Pío X le creó cardenal y el 31 de diciembre, en Madrid, el rey Alfonso XIII le colocó la birreta. Flaco y decaído, sufrió a causa de este viaje a Madrid, que repitió el 12 de enero de 1906 para asistir en la Corte a la boda de la hermana del Rey, la infanta María Teresa. El 13 de enero, acudió al santuario de la Virgen de Regla de Chipiona para la bendición de la nueva iglesia, y falleció seis días más tarde. Fue enterrado en la capilla de Los Dolores de la catedral. Tuvo siempre fama de santo, por ello se le abrió el correspondiente proceso canónico, que culminó con la beatificación celebrada en la Basílica Vaticana el 29 de marzo de 1987.
     Destacó por la heroicidad en el cumplimiento sacrificado de sus deberes episcopales; el amor y entrega a los pobres, desde el desprendimiento y la austeridad; la preocupación por la formación de los más humildes, que le llevó a fundar la Congregación de Esclavas del Divino Corazón, para el apostolado de la educación de la juventud; su independencia eclesial, por encima de divisiones y partidos, siendo portador de paz y comprensión, a la vez que defensor de la libertad de la Iglesia en el cumplimiento de su misión sagrada; todo ello alimentado por un amor encendido a Jesucristo y revestido de una profunda humildad personal (Vicente Cárcel Ortí, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
   Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el relicario del Beato Marcelo Spínola, en la Capilla de las Doncellas, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Capilla de las Doncellas de la Catedral de Santa María de la Sede, en ExplicArte Sevilla.