Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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jueves, 23 de julio de 2026

El derribo de las Puertas y Murallas

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el derribo de las Puertas y Murallas, de Sevilla.
      El proceso de demolición de las defensas sevillanas viene susci­tando en los últimos tiempos debates e interpretaciones que no solo lamentan la pérdida de gran parte del que fue el mayor conjunto amurallado de su momento, sino que, además, vierten opiniones que prácticamente responsabilizan de aquel monumental derribo a los gobiernos municipales del Sexenio Democrático, cuando hoy sabemos que el proceso demoledor se había iniciado mucho antes de la Revolución de 1868, formando parte de una compleja trama de factores que afectó a la mayoría de las ciudades europeas en los años centrales del siglo XIX.
     A mediados de dicho siglo, los avances de la moderna tecnología militar habían vuelto a corroborar la escasa eficacia de las defensas medievales en los conflictos armados, una situación agravada en el caso de Sevilla con los informes negativos (años 1837 y 1850) del Cuerpo de Ingenieros del Ejército que denuncian el pésimo estado de conservación de la cerca por parte de la entidad responsable, el Ayuntamiento hispalense, así como la inutilidad militar del conjunto murado, oculto en la mayor parte del recorrido por viviendas y construcciones de todo tipo adosadas a la muralla. Una situación que explicaría que Sevilla, siendo sede de la Capitanía General de Andalucía, no tuvo la categoría de plaza fuerte, un elemento que podría haber retrasado o evitado la demolición de la mayor parte del perímetro amurallado, aunque a su vez ello no condicionó el crecimiento urbanístico. Al mismo tiempo, la carencia de dicha categoría en Sevilla provocó la ausencia de todo tipo de control militar sobre el área extramuros adyacente a la cerca, dada la ocupación residencial de gran parte de estos espacios, y, por tanto, no se dieron aquí los litigios por la propiedad de los suelos de uso militar que se dieron en otras ciudades españolas tras el derribo de sus murallas.
     Esta constatación tecnológico-militar, sin ser el condicionante principal del proceso de demolición de la cerca, vino a coincidir a su vez con una dinámica de crecimiento demográfico urbano el cual vino a colmatar y sobrepasar las superficies encerradas tras las viejas murallas. Sin embargo, el aumento de la población tampoco fue la principal razón esgrimida para postular el derribo del corsé que representaban esos muros en la mayoría de las ciudades europeas. 
     El fenómeno de la demolición de los recintos murados hay que entenderlo como la suma de diferentes argumentos de todo tipo que venían a coincidir en la identificación del progreso con la destrucción de las murallas medievales. Para entender este proceso demoledor hay que tener en cuenta la consolidación del triunfo de las revoluciones burguesas a lo largo del continente europeo, especialmente tras la Revolución de 1848. La caída del canciller Metternich al frente del Imperio austríaco, el más firme baluarte de las monarquías absolutas europeas, y la subida al poder de Luis Napoleón Bonaparte en Francia vino a confirmar el ascenso de la burguesía y con ella la implantación del liberalismo económico y su nuevo esquema ideológico. En este sentido, las murallas, con sus escudos reales y nobiliarios sobre las puertas, venían a significar la huella material del Antiguo Régimen feudal y absolutista, un símbolo de los viejos tiempos, incómodo para los nuevos dirigentes liberales, pero también para las masas populares que no dejaban de ver en las murallas y sus puertas el aborrecido control fiscal y de libertad de movimientos.
     En España, sin embargo, el debate acerca de la demolición de las murallas no estuvo condicionado exclusivamente por el componente puramente ideológico, puesto que el factor económico en todas sus perspectivas constituyó el argumento definitivo en la mayoría de los casos. Por un lado, el costoso mantenimiento de unas murallas viejas, arruinadas tras las guerras napoleónicas y las carlistas, además de militarmente ineficaces, animó a los municipios a descuidar su reparación y con la excusa de su ruina buscar la autorización del Gobierno central para su derribo. Por otro lado, las ciudades más dinámicas reclamaban la ampliación del espacio urbanizable para ubicar las nuevas industrias que no dejaban de cre­cer, toda vez que los espacios intramuros desamortizados al clero se habían mostrado insuficientes para albergar la compleja tecnología moderna.
     De este modo, las industrias van saliendo progresivamente de los cascos amurallados para instalarse extramuros y con este traslado van desapareciendo las huertas periurbanas e incrementando su valor de mercado los solares al otro lado de las murallas, como fue el caso de Sevilla, donde la llegada del ferrocarril a partir de 1850 había generado importantes movimientos especulativos. La idea más repetida en los cabildos municipales era la necesidad del ensanche urbano, planteado como una solución necesaria para la planificación de las ciudades modernas, donde alojar nuevos barrios residenciales y nuevas áreas industriales, escaparates del progreso de las nuevas élites triunfantes. Tras la aprobación de los ensanches de Barcelona y Madrid (Plan Cerdá, 1859; Plan Castro, 1860), toda ciudad española moderna que se tuviera por tal, y así se tenía Sevilla, quiso seguir los pasos de ambas capitales, y para todo ello, las murallas y su sistema de puertas representaban un obstáculo cuya demolición encontraba pocos detractores. Por si fuera poco, las corrientes higienistas del momento, representadas en nuestra ciudad por los escritos del Dr. Hauser, venían denun­ciando las pésimas condiciones higiénico-sanitarias dentro de las ciudades, con viviendas viejas y estrechas, mal ventiladas, peor abastecidas de agua potable y deficiente servicio de alcantarillado, donde el cinturón amurallado se representaba como un gigantesco corsé que impedía respirar un aire más limpio y saludable: el que se encontraba al otro lado de las murallas, y que se empezaba a disfrutar cada vez más en los numerosos paseos y jardines que florecían extramuros.
     En definitiva, las murallas habían perdido la gran mayoría de las funciones seculares que las justificaban, aunque los mismos informes militares que señalaban su inutilidad en caso de guerra respondían al ayuntamiento en 1861 ...si es prudente demoler unas murallas que son un monumento histórico de las glorias de Sevilla.
     Como ya hemos avanzado anteriormente, la defensa del valor patrimonial de las puertas y los lienzos amurallados, tal como hoy lo entendemos, demostró ser una lucha contracorriente, enarbolada por sectores minoritarios de la sociedad reunidos en torno a las academias de Bellas Artes y las comisiones de monumentos. Estas instituciones intentaron atender a los deseos mayori­tarios de un mayor desarrollo urbano (Ayuntamiento, Gobierno Civil, prensa local, círculos industriales, etc.) y para ello llegaron a permitir la apertura de portillos en las murallas que facili­taran la comunicación entre uno y otro lado de los muros, a la vez que autorizaron los derribos solo en circunstancias excep­cionales, pero manteniendo en todo momento la importancia del amplio tramo amurallado entre la puerta de la Macarena y la del Sol, el mejor conservado, más visible y menos presionado urbanísticamente, dada la práctica ausencia de viviendas adosadas a la cerca. Pero, sobre todo, dichas instituciones urgieron a las autoridades municipales a respetar las puertas de la ciudad, dado su indudable carácter monumental. Sin embargo, la política de hechos consumados por parte del Ayuntamiento sevillano a partir de septiembre de 1868 condujo a la demolición del tramo entre las puertas del Sol y la de Córdoba, permaneciendo el resto del tramo hasta la Macarena como el único exento con su foso y barbacana. Como recoge acertadamente el profesor Morales Martínez, el gran arquitecto y restaurador Leopoldo Torres Balbás ya denunciaba en 1922 que las murallas 
     ...no caen de vejez, ni las arruinan los temporales, derríbanlas los Municipios como cosas viejas, inservibles y molestas.
     Y este fue el caso de las murallas de Sevilla. En nuestra ciudad, la primera agresión contra la integridad del cerco amurallado se desarrolló bajo el mandato del asistente José Manuel de Arjona (1825-33), aunque su actuación venía a ser, en cierto modo, una continuidad de la política ilustrada más que una operación de sesgo liberal, ya que buscaba fundamentalmente el embellecimiento de la ciudad y la creación de amplios paseos arbolados a lo largo de la orilla izquierda del río. En este sentido, ordenó la demolición de la coracha y sus edificaciones anexas, los antiguos corrales de Valdovinos, que enlazaban la torre del Oro con el sector amurallado de la torre de la Plata. Esta medida era una vieja aspiración municipal que buscaba facilitar el tránsito de todo tipo hacia el puerto, así como enlazar el paseo del Arenal con las nuevas áreas de esparcimiento habilita­das durante el gobierno de Arjona, el salón del Cristina y el paseo de las Delicias, labrándose así una nueva fachada urbana frente a la torre del Oro donde más tarde se ubicaron unos almacenes milita­res. A partir de ahí, los sectores más activos de la burguesía local, a través de la prensa y de sus representantes municipales, no dejaron de presentar mociones solicitando la demolición del conjunto de las murallas, dada la colmatación del casco urbano a raíz del fuerte aumento demográfico y el freno al desarrollo económico que representaban los viejos muros defensivos, una actitud que no escondía el afán especulativo del incremento del valor de los solares extra­muros, sobre todo tras la llegada del ferrocarril a Sevilla.
     El impulso definitivo a la expansión del transporte ferroviario en nuestro país se produjo a partir de la aprobación por el Gobierno de la Ley General de Caminos de Hierro en 1855. Entre otros aspectos, dicha ley establecía amplias facilidades para la ocupación del espacio público que las compañías ferroviarias necesitasen para establecer sus líneas y estaciones, que en el caso de Sevilla afectó al trazarse la línea ferroviaria por el paseo entre el río y la muralla hasta la primitiva estación de plaza de Armas. A tal fin, la Compañía del Ferrocarril de Córdoba a Sevilla firmó en 1856 un convenio con el Ayuntamiento que le autorizaba a demoler las puertas de la Barqueta y de San Juan, puesto que obstaculizaban el trazado de las vías y del área prevista para los talleres, aunque se comprometía a trasladarlas a una nueva ubicación, presentando dos años más tarde el proyecto al Ayuntamiento en el marco de las obras del nuevo acceso ferroviario a la ciudad por la orilla izquierda del Guadalquivir. Sin embargo, esa reubicación nunca se produjo, mientras que sí se produjeron los derribos de las puertas y, sobre todo, del patín de las Damas y su complejo sistema de coracha y barbacana en torno a 1858, junto con el edificio del husillo real de la calle Lumbreras y el tramo de muralla entre la Barqueta y la Puerta Real. Años más tarde, en 1864, culminarían los derribos en ese área urbana con la demolición de la Puerta de San Juan y de gran parte del arrabal de los Humeros, al calor de las exigencias del ferrocarril y del trazado de la nueva calle Torneo, cuyo suelo resultó más elevado respecto a los niveles previos, para mantener la función de contención y defensa frente a la avenidas del río que anteriormente tuvieron las murallas ahora desaparecidas.
     Por otro lado, en 1856 se había iniciado el proceso constructivo de la línea de Sevilla a Jerez, a cargo de otra compañía ferroviaria, lo que exigió la construcción de una nueva estación en la huerta de la Borbolla frente al arrabal de San Bernardo, y una línea que empalmaba en San Jerónimo con la que subía hacia Madrid. De este modo, como tantas veces se ha expresado, caían las murallas medievales y eran sustituidas por un nuevo cinturón que encerraba la ciudad, el llamado «dogal ferroviario» por la prensa.
     Con anterioridad, en 1861 ya había sido abatido el tramo de muralla que discurría por la calle San Fernando, el cual separaba la Fábrica de Tabacos del conjunto urbano, siendo sustituido por la verja de hierro que hoy contemplamos, aunque retranqueada respecto a su ubicación original. El proceso demoledor había comenzado de manera imparable. 1864 es un año fatídico para las murallas, al aprobar el Ayuntamiento el derribo de la Puerta Real, argumentando que el nuevo terraplén del ferrocarril hacía innecesario mantener la puerta como defensa frente a las avenidas del río, amén de perjudicar la comunicación desde el centro urbano a la estación de la plaza de Armas. De manera similar, para favorecer el acceso desde la ciudad hacia la estación que la Compañía de los Ferrocarriles del Sur había abierto frente al arrabal de San Bernardo, también se autorizó la demolición de la puerta de la Carne en la misma fecha, así como la puerta del Arenal, en este caso a peti­ción del vecindario y para facilitar la comunicación entre el puerto y el centro urbano. Finalmente, ese mismo año también se inició la demolición de la Puerta de Jerez, justificada por su ineficacia de cara a la expansión urbana y, sobre todo, por el nuevo polo de atracción social y político que representaba el palacio de San Telmo con los duques de Montpensier, a pesar de que el arquitecto municipal, Balbino Marrón, había sustituido la vieja puerta, arruinada tras el paso de las guerras carlistas, por otra nueva de corte neo­clásico en 1846. Un gasto reciente que quiso compensarse con la propuesta de traslado de la puerta al nuevo cementerio municipal de San Fernando que comenzaba a levantarse al norte de la ciudad, una mudanza que finalmente tampoco se llevó a cabo y sus materiales acabaron desmontados y vendidos como material de acarreo. Por último, el triunfo de la Revolución Gloriosa, el 18 de septiem­bre de 1868, había puesto punto final a la monarquía de Isabel II y situado al liberalismo progresista al frente de las instituciones del Estado en el llamado Sexenio Democrático. Sin embargo, con ella se abrió la siguiente etapa de demolición de las puertas y murallas a partir de la constitución de los nuevos gobiernos municipales. En Sevilla, el nuevo Ayuntamiento quedó constituido el 20 de septiembre y tan solo dos días más tarde quedaba aprobado el derribo de las Puertas de Triana, Osario, Carmona y San Fernando. El nuevo Ayuntamiento aprovechaba así la incertidumbre política para acelerar el proceso de demolición de las murallas iniciado años atrás, al tiempo que abolía los impopulares impuestos que se cobraban en las puertas de la ciudad, una medida que vino a mostrar una vez más la pérdida de significado de dichas puertas. A su vez, el plan de derribos fue presentado como una ocasión para paliar el alarmante número de parados en la ciudad, llegando a emplearse en los derribos a más de 1500 obreros, cuyo coste salarial llegaría a arruinar el presupuesto municipal, ya que la venta de los materiales procedentes de las puertas abatidas no llegó a compensar el gasto realizado.
     Este es el caso de la Puerta de Triana, demolida completamente en noviembre de 1868, y cuyas pérdidas económicas para el erario público llevaron a la dimisión del arquitecto municipal, envuelto en una fuerte polémica entre acusaciones de corrupción. Por su parte, la Puerta de San Fernando tenía firmada su propuesta de derribo desde aquel año destructor de 1864, pero la oposición del Alcázar había paralizado el proyecto, hasta que este se aceleró con el nuevo gobierno municipal. De manera similar, la Puerta de Carmona también corrió la misma suerte y no la salvó ni su calidad ni su belleza, «Una de las más hermosas del recinto», en palabras de la escritora Fernán Caballero. Finalmente, la Puerta Osario tam­bién cayó víctima de la piqueta en las mismas fechas, a pesar de que Balbino Marrón la había reconstruido veinte años atrás, en 1849, para sustituir la anterior, arruinada durante el asedio de las tropas del general Espartero contra la ciudad enfrentada a su política. Por último, a pesar de que la Comisión de Monumentos había defendido el mantenimiento del tramo amurallado entre la puerta del Sol y de la Macarena, desde años atrás se había venido produciendo una política de hechos consumados ante los derribos que vino a certificar la desaparición de la Puerta del Sol y la Puerta moderna de Córdoba, así como el tramo amurallado entre ambas, en 1870. Con ellas desaparecían las últimas puertas de la ciudad, salvo la de la Macarena, defendida in extremis por académicos y autoridades, la islámica Puerta de Córdoba integrada en el templo de San Hermenegildo, y el Postigo del Aceite, a cuyo derribo se opuso en los tribunales el duque de Medinaceli, propietario de la vivienda interior del arco.
     A partir de ese momento las murallas, en su mayor parte, desa­parecen del paisaje urbano de Sevilla, aunque su función fiscal permanecerá hasta bien entrado el siglo XX a través del fielato y los arbitrios, como podemos observar en el interesante plano de Espínola de 1827, donde se reflejan los puestos de control o «fieldad» ubicados en distintos puntos de acceso a la ciudad. El recuerdo de aquellas puertas sería recogido por Bartolomé Tovar en la serie de dibujos que realizó en 1878 para ilustrar el libro de Francisco de Borja Palomo sobre las riadas en Sevilla, pero cuando dichos accesos ya estaban demolidos y tiene, por tanto, que reconstruir su imagen a partir de algunas descripciones anteriores, por lo que sus dibujos no son completamente rigurosos.
     Por otro lado, una consecuencia fundamental de este proceso demoledor fue el desarrollo de un amplio programa urbanístico sobre los terrenos liberados de puertas y murallas, en los que el Ayuntamiento procedió a diseñar un nuevo paisaje de rondas urbanas, plazas y alineaciones de fachadas que han conformado la imagen de estos sectores de nuestra ciudad hasta hace unos años. No solo se ha mantenido la alineación de las fachadas y la organización de las nuevas manzanas, sino que en muchos casos aún permanecen muchos de los edificios levantados en aquellos momentos, caracterizados por una arquitectura bastante uniforme producto del plan diseñado por los arquitectos municipales, entre los que destacó la obra de Balbino Marrón. La nueva fachada urbana de las rondas extramuros fruto de dichos planes contribuyó por su parte a ocultar los restos de las murallas, que permanecieron como medianeras entre edificaciones y que aparecen con frecuen­cia cuando se realizan obras en dichas viviendas.
     Sin embargo, el proceso especulativo desatado no previó la grave consecuencia que había provocado el derribo de las murallas, ya que éstas habían constituido durante siglos un eficaz sistema de contención de las periódicas avenidas del Guadalquivir, por lo que Sevilla quedó a partir de ese momento completamente desprotegida, como nos muestran las numerosas imágenes publicadas por la moderna fotografía. Esta desprotección obligó, por tanto, a levantar los llamados muros de defensa contra inundaciones que rodean la ciudad, siendo el propio talud ferroviario entre la Barqueta y plaza de Armas el primero de ellos, además de iniciarse una serie de gran­des proyectos de intervención sobre el cauce del río con objeto de eliminar los numerosos meandros y planificar un cauce artificial rectilíneo, desde aguas arriba de San Jerónimo hasta San Juan de Aznalfarache, que no solo alejase al río vivo del casco urbano, sino que, sobre todo, facilitase el rápido desagüe del mismo en los momentos coincidentes de fuertes lluvias y la pleamar en el estuario, amén de facilitar las actividades portuarias. De este modo, podríamos afirmar que con el derribo de las murallas Sevilla perdió también el río histórico que la había abrazado y castigado durante siglos, iniciándose así el proceso de reformas y actuaciones que darían forma a la ciudad del siglo XX.
     Por último, aunque de manera tardía, el Gobierno central aprobó en 1908 la declaración de monumento nacional del conjunto de las murallas sevillanas que se mantenía en pie, tras la alarma generada por la apertura de nuevos portillos en las murallas de la Macarena, lo que vino a establecer una tutela y protección más eficaz sobre los restos de la cerca medieval, sean estos emergentes u ocultos entre viviendas, un nivel de protección que se amplió en 1949 con el decreto que responsabilizaba a los ayuntamientos de su estado de conservación, lo que no impidió que continuaran los ataques demoledores a los restos de la muralla en las actuaciones urbanísticas municipales realizadas a lo largo de la etapa franquista, como el ensanche del sector sobre la antigua Puerta de Triana, por ejemplo, que eliminó los últimos restos visibles de dicho acceso. Podemos concluir que con las normativas estatales, autonómicas y municipales actuales se ha alcanzado recientemente un mayor nivel de protección, aunque insuficiente en casos cercanos como la muy discutible vivienda sobre el muro de la Puerta Osario, por lo que, a pesar de todo, la concienciación de la ciudadanía en defensa de su patrimonio histórico siempre será una herramienta imprescindible para ello (Esteban Moreno Hernández. En torno a las murallas de Sevilla. Guía por las puertas y límites de un casco antiguo. El Paseo editorial. Sevilla, 2023).
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miércoles, 22 de julio de 2026

Los principales monumentos (Iglesia de la Concepción, Iglesia de Nuestra Señora de Gracia, y Castillos) de la localidad de Alpujarra de la Sierra, en la provincia de Granada

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Granada, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de la Concepción, Iglesia de Nuestra Señora de Gracia, y Castillos) de la localidad de Alpujarra de la Sierra, en la provincia de Granada.
     Limitando con la vertiente izquierda del río Grande se encuentra ubicada Alpujarra de la Sierra. Mecina Bombarón, Yegen y Golco son las poblaciones que componen el municipio.
     Yegen goza de fama universal tras haber sido inmortalizada por el inglés Gerald Brenan en las páginas de su libro Al sur de Granada. El escritor hispanista explica así su atracción por el lugar donde a principios de los años 20 del siglo XX decidió fijar su residencia: “El lugar tenía algo que me resultaba atractivo. Era una aldea pobre, elevada sobre el mar, con un panorama inmenso a su frente. Sus casas grises en forma cúbica, con un mellado estilo Le Corbusier, en rápido descenso por la ladera de la colina y pegadas una a otra, con sus techos de greda planos y sus pequeñas chimeneas humeantes, sugerían algo construido por insectos”. Visitar este municipio brinda la oportunidad de conocer la típica arquitectura alpujarreña. De calles empinadas, los tinaos y azoteas de sus casas sirven de salidas a otras, formando la estructura escalonada. Su situación hace de Alpujarra de la Sierra el lugar ideal para entrar en contacto con la naturaleza, bien practicando el senderismo o siguiendo las rutas a caballo o en bicicleta. También cuenta con una amplia oferta de casas rurales. Todavía está abierta al público la pensión donde se hospedó Don Geraldo, como se conoce a Brenan en Yegen, antes de alquilar la casa que sería su hogar durantes catorce años y que hoy es uno de los atractivos de la población.
     Por su parte, Mecina Bombarón es la principal población de Alpujarra de la Sierra. El río Mecina Bombarón y la cascada Las Chorreras son los lugares más interesantes de este pueblo. El río es un afluente del río Adra, donde se levanta un puente romano. La cascada Las Chorreras se encuentra en la Sierra de Mecina y para acceder a ella se ha de atravesar una carretera forestal.
     Región: Alpujarra y Valle de Lecrín
     Código Postal: 18450
     Distancia desde Granada: 108 Km
     Gentilicio: Mecineros, yegeros o golgueños
     Acceder a su website: www.alpujarradelasierra.es (Diputación Provincial de Granada).
     Término municipal que aglutina a las localidades de El Golco, Mecina Bombarón y Yégen. Las tres ya existían en época musulmana, teniendo que ser repobladas tras el levantamiento morisco de 1568 con gentes de otras regiones, sobre todo castellanas. Conservan sus características urbanas y arquitectónicas alpujarreñas, con calles estrechas y adaptadas a las curvas del nivel, articulación en barrios y la presencia de la arquitectura de cubierta plana de launa. Como patrimonio de interés, destacar un puente romano en Mecina Bombarón, así como la parroquia mudéjar de San Miguel, siendo la iglesia más antigua de la zona la que se localiza en El Golco (Rafael López Guzmán, María Luisa Hernández Ríos, José Policarpo Cruz Cabrera, Esther Galera Mendoza, Ana María Gómez Román, José Manuel Gómez-Moreno Calera, Esperanza Guillén Marcos, María Luisa Hernández Ríos, Rafael López Guzmán, José Manuel Rodríguez Domingo, Jesús Rubio Lapaz, Ana Ruiz Gutiérrez, y Miguel Ángel Sorroche Cuerva. Guía artística de Granada y su provincia. Tomo II. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     Alpujarra de la Sierra tiene una extensión de  68.48 km2. El municipio consta de cuatro núcleos de población, Mecina Bombarón, Yegen y El Golco, y la cortijada de Montenegro. Se sitúa en la falda sur de Sierra Nevada, en la Demarcación Paisajística de las Alpujarras y el Valle de Lecrín (Guía Digital del Patrimonio Cultural).
Historia.-
     No se conoce con exactitud el origen de esta población, aunque existen restos de un puente romano en el núcleo urbano de Mecina Bombarón. Experimentó un importante desarrollo durante la dominación árabe y fueron creados dos núcleos de población: Mecina Bombarón, compuesta por ocho barrios con mezquita y depósito de grano propios, y el núcleo de Yegen, con otros dos barrios. Mecina Bombarón fue la patria de Diego López Abén Aboo, primo y sucesor de Abén Humeya.
     Alpujarra de la Sierra pasó a formar parte de la Corona de Castilla en 1492, cuando los Reyes Católicos tomaron Granada. Después, la población fue sometida a gran presión durante años por los cristianos, siendo obligada a prescindir de sus costumbres y creencias religiosas. En 1568, un rico terrateniente de la zona, Abén Humeya, se levantó en armas contra Felipe II, encabezando la rebelión de los moriscos en la Alpujarra. Le sucedió al frente de la revuelta su primo hermano Aben Aboo, tras haberlo traicionado para convertirse en líder de los insurrectos. La rebelión fue sofocada en 1569 y los moriscos finalmente expulsados en 1609. Posteriormente se repobló con colonos procedentes de otros lugares del Reino (Diputación Provincial de Granada).

Iglesia de la Concepción de Yegen.-

     Templo de una sola nave con capilla mayor di­ferenciada mediante un arco toral. La nave se cubre con una armadura que deja ver las distintas fases constructivas, antes y después del levantamiento morisco, visibles mediante la utilización de canes con distinta traza y dibujo. Tiene una sola portada en los pies, abierta con un sencillo arco de medio punto.
     La iglesia ha sufrido numerosas reformas a lo largo de su historia. Entre 1602 y 1605 se construye un nuevo templo que sustituye al primero, siendo sus artífices Juan Bautista, albañil, y Juan Alonso, carpintero. En 1634 se repara la arma­dura, que se tasa en 1642 (Rafael López Guzmán, María Luisa Hernández Ríos, José Policarpo Cruz Cabrera, Esther Galera Mendoza, Ana María Gómez Román, José Manuel Gómez-Moreno Calera, Esperanza Guillén Marcos, María Luisa Hernández Ríos, Rafael López Guzmán, José Manuel Rodríguez Domingo, Jesús Rubio Lapaz, Ana Ruiz Gutiérrez, y Miguel Ángel Sorroche Cuerva. Guía artística de Granada y su provincia. Tomo II. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).

Iglesia de Nuestra Señora de Gracia.-
     Situada en el anejo de Golco se encuentra una los templos más antiguos de la zona, construido en el siglo XVI. Se trata de una iglesia de planta rectangular y bóveda sobre pechinas, de una nave y capilla mayor diferenciada de planta cuadrada. Lo más destacable es la fachada, que es testimonio de la intervención clasicista. La actual torre se elevó en la segunda mitad del siglo XVIII con un nuevo cuerpo de campanas (Diputación Provincial de Granada).

Castillo de Yegen.-
     Este castillo, conocido como Piedra Fuerte de Yegen, debió disponer de tres recintos, correspondiendo cada uno de ellos con una de las paratas escalonadas que tiene la cumbre. Pocos restos quedan de la fortaleza, si bien puede saberse el recorrido del perímetro del recinto exterior, dado que aún hay restos suficientes para conocer el trazado de la muralla de mampostería que bordeaba la gran piedra. Donde más restos quedan de los muros de este recinto es en la parte orientada al noreste, sobre el primitivo camino de acceso al conjunto que aún existe. De los otros dos recintos quedan muy pocos indicios de muros de mampostería, si bien existe en el interior de la plataforma gran cantidad de piedras 
acumuladas, procedentes de la demolición.
     Al oeste del segundo recinto se encuentran los restos de un aljibe, consistentes en parte de los muros más largos, construidos con tapial de cal y canto, enlucidos por su interior y con indicios del arranque de una bóveda de mampostería.
     Por las fuentes existentes se conoce que la alquería existía a finales del periodo nazarí (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     
Castillo de Golco.-
     Son muy escasos los restos conservados de este castillo, que se componía, al parecer, de tres recintos de pequeñas dimensiones. Esto, unido a la aparente ausencia de aljibe así como de restos de otras construcciones habitacionales, indicaría una ocupación eventual ligada al control de la vía de acceso a través del río Mecina o bien como recinto fortificado para refugio de las alquerías ubicadas en las inmediaciones (Mecina y Golco) en caso de ataque castellano.
     Del primero se conserva un buen trozo de muro de mampostería en su única cara exterior, la noroeste. Tiene una altura de unos tres metros y está construido con piedras de mediano tamaño tomadas con mortero de cal, apreciándose en su paramento las huellas del encofrado.
     Del segundo, situado al oeste del anterior y que rodea al primero por tres de sus lados, quedan restos de muros al sur, también construidos con mampostería.
     Del tercero, que ocupaba la parte noreste de la fortaleza, quedan restos de dos posibles torres, construidas con mampostería sobre dos espolones rocosos ubicados en los ángulos norte y este.
     El cronista Al Udri menciona la existencia del Yuz de Gutquh, citándose en fuentes castellanas posteriores a la conquista como la alquería de Gotco, constituida por dos barrios: barrio alto (Gotco Alfavquia) y barrio bajo (Gotco la Baxa) (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Granada, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de la Concepción, Iglesia de Nuestra Señora de Gracia, y Castillos) de la localidad de Alpujarra de la Sierra, en la provincia de Granada. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia granadina.

Más sobre la provincia de Granada, en ExplicArte Sevilla.

La pintura "Retrato del Conde-Duque de Olivares", del taller de Velázquez, en la Sala IV del Museo de Bellas Artes

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Retrato del Conde-Duque de Olivares" del taller de Velázquez, en la sala IV, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
      Hoy, 22 de julio, es el aniversario del fallecimiento (22 de julio de 1645) de Gaspar de Guzmán y Pimentel, Rivera y Velasco y de Tovar, I Conde-duque de Olivares, y que mejor día que hoy, para ExplicArte la pintura "Retrato del Conde-Duque de Olivares" del taller de Velázquez, en la sala IV del Museo de Bellas Artes, de Sevilla
     El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
      En la sala IV del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "Retrato del Conde-Duque de Olivares", obra del taller de Velázquez (1599-1660), siendo un óleo sobre cobre en estilo barroco, pintado hacia 1638-40, con unas medidas de 0,09 m., y procedente del depósito de la Asociación Gaspar de Guzmán. Conde Duque de Olivares, en 2025, y a su vez del legado de John Elliot.
     Como una figura de busto se presenta este retrato de Gaspar de Guzmán y Pimentel, el personaje político más relevante del reinado de Felipe IV. La obra sigue el modelo de la miniatura conservada en la Galería de las Colecciones Reales de Madrid, que a su vez deriva del retrato del Hermitage de San Petersburgo, ambos atribuidos a la mano del propio Velázquez.
     Ante un fondo con un amplio cortinaje, la figura representa la conocida fisonomía del conde-duque: un hombre en la cincuentena con el característico peinado de la época, melena con patillas; bigote de puntas elevadas y perilla. Viste la indumentaria de moda del momento: un sobrio traje negro con golilla almidonada y la cruz de la orden de Alcántara en el pecho y las mangas.
     Podemos fechar la obra en torno a 1638-1640, años en los que el taller de Velázquez realizó múltiples retratos suyos para reforzar su papel como valido y enviarlo a otras cortes europeas, lo que nos resulta fundamental para conocer su carácter. Lafuente Ferrari ve en esta fisonomía al personaje en su decadencia, cuando su mirada se entristece, la sonrisa se vuelve mueca, su rostro se llena de marcas de grasa y sus ojos se achican, lejos de otros retratos anteriores de aparato que lo representan de cuerpo entero a pie o a caballo.
     El conde-duque es un personaje clave en la biografía de Velázquez ya que fue gracias a la pequeña corte que los amigos de su maestro y suegro, Francisco Pacheco, formaron alrededor de Olivares como consiguió su recomendación en la Corte.
     El hispanista británico John Elliott (Reading, 1930 - Oxford, 2022) fue uno de los más prestigiosos historiadores de la época moderna, así como un de referente de la historiografía espaflola de las últimas décadas.
     Su interés en la historia de España y de su Imperio, que ha marcado toda su carrera, se inició muy pronto, al quedar impresionado por el monumental retrato del conde-duque de Olivares a caballo, pintado por Velázquez, durante una visita al Museo del Prado en 1950. Allí nació su pasión por la pintura española, principalmente, por los retratos de los personajes del reinado de Felipe IV, así como por las vistas de ciudades españolas de la Edad Moderna. Interés que le llevó a reunir una notable colección.
     Formado en el Eton College, se doctoró en Historia Moderna por la Universidad de Cambridge con una tesis sobre la política centralizadora del conde-duque de Olivares. Su trayectoria académica se desplegó entre el Trinity College de Cambridge, el King's College de Londres y el Institute for Advanced Study de Princeton (EEUU), hasta su regreso a Inglaterra en 1990 para ser nombrado Regius Professor de Historia Moderna en el Oriel College de Oxford, institución a la que permaneció vinculado hasta su jubilación en 1997 cuando contaba con 67 años de edad.
     Galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 1996, previamente fue reconocido con el título de Sir, otorgado por la reina Isabel II en 1994. También posee la Gran Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio (1988), la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica (1996), la Medalla de Oro de las Bellas Artes del Ministerio de Cultura (1990), así como numerosos doctorados Honoris Causa por diversas universidades, entre ellas la de Sevilla en 2011 (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
      La vida de Diego Rodríguez de Silva y Velázquez es en exceso conocida para volver a narrarla en estas líneas y aquí señalaremos tan sólo para situarle en el tiempo su nacimiento en Sevilla en 1599 y su muerte en Madrid en 1660. Subrayaremos en todo caso algunos aspectos de su existencia sevillana hasta 1623, fecha en que abandona la ciudad y se integra en la corte madrileña como pintor del rey.
      Importante y decisivo en su vida fue el aprendizaje que realizó con Pacheco que se desarrolló a partir de 1610 hasta 1618 y también el matrimonio que contrajo con la hija de su maestro, a quien así consiguió retener el talento de su joven discípulo en el seno  de su propia familia. En torno  a la fecha de su matrimonio Velázquez adquirió el título de maestro pintor y a partir de estos momentos, de forma pausada pero firme, se convirtió en un pintor de talento que hubo de asombrar por su precocidad y al mismo tiempo por las novedades que supo introducir en su pintura.
      En las obras realizadas por Velázquez en su etapa sevillana se advierte el empleo de fuertes contrastes de luces y de sombras, utilizadas para iluminar a personajes captados directamente de la realidad. En sus pinturas se constatan dos temáticas esenciales, una de ellas de carácter religioso y la otra de contenido profano, en la cual narra episodios de la vida cotidiana animados con magníficos detalles de bodegón. A estas dos direcciones fundamentales de su pintura hay que añadir la práctica del retrato, que prodigó en menos ocasiones pero con notable acierto (Enrique Valdivieso González, Pintura en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. Tomo II. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Biografía del Conde-Duque de Olivares, personaje representado en la obra reseñada
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     Gaspar de Guzmán y Pimentel, Rivera y Velasco y de Tovar, I Conde-duque de Olivares, I duque de Sanlúcar la Mayor, I duque de Medina de las Torres (I). (Roma, Italia, 6 de enero de 1587 – Toro, Zamora, 22 de julio de 1645). Estadista.
     El futuro conde-duque de Olivares nació en Roma, donde su padre, Enrique de Guzmán, II conde de Olivares, era embajador en la Santa Sede. Don Enrique pertenecía a una rama menor de la casa ducal de Medina Sidonia, aunque su queja de haber sido despojado del título de duque pasó de generación en generación, y don Gaspar acabaría heredando las ambiciones frustradas de su padre de obtener una Grandeza de España y establecer una línea familiar que eclipsara a los duques de Medina Sidonia en riqueza y reputación. En 1594, cuando Gaspar tenía siete años, su madre, María Pimentel de Fonseca, hija del IV conde de Monterrey, murió al volver a dar a luz. Gaspar fue el tercero de los tres hijos que tuvo el matrimonio, de los cuales el primero murió en un accidente durante el primer año de la vida del futuro conde-duque. Dado que Gaspar era el hijo menor, se le destinó a la carrera eclesiástica, pero la muerte de su hermano mayor en 1604 le dejó como el único heredero al título y le forzó a rechazar una carrera en la iglesia que había comenzado ya con el ofrecimiento de una canonjía en Sevilla por parte del Papa.
     El nombramiento de su padre como virrey de Sicilia (1591-1595) y Nápoles (1595-1599) hizo que pasara su niñez en el extranjero; no vería su país hasta 1599, cuando su padre volvió de Italia para servir como contador mayor de cuentas y, posteriormente, ser nombrado consejero de Estado en 1601. Ese mismo año Gaspar, acompañado de diecinueve criados, dejó Sevilla para irse a Salamanca a estudiar Derecho Canónico.
     En Salamanca conoció a prometedores eruditos de su propia generación y, probablemente, fue allí donde adquirió el amor por los libros que iba a convertirle en uno de los grandes coleccionistas de libros de la época. En 1603 fue elegido rector por sus compañeros. Su hermano mayor, Jerónimo, murió al final de su año como rector y Gaspar fue llamado para unirse a su padre en Valladolid, donde la Corte estaba instalada entonces. Sucedió a su padre en 1607 como III conde de Olivares, con la obligación de perpetuar la línea familiar. Con el fin de reforzar sus alianzas familiares y fortalecer sus pretensiones de alcanzar un título de Grande, se dedicó a cortejar del modo más ostentoso a su prima, Inés de Zúñiga y Velasco, hija del V conde de Monterrey y dama de honor de la reina Margarita. De los tres hijos que iba a tener el matrimonio, sólo una hija, María, nacida en 1609, pasaría de la infancia.
     De 1607 a 1615 permaneció en Sevilla, donde había heredado de su padre el oficio de alcaide de los Alcázares Reales. Allí se dedicó a la administración de los bienes de su mayorazgo, que se concentraban alrededor de la villa de Olivares, pero también se propuso convertirse en una figura de la vida pública, haciendo gastos sin medida y llegando a ser un brillante mecenas de poetas y hombres de letras. Fue precisamente durante esos años cuando llegó a granjearse muchas de las amistades que llegarían a imprimir un carácter tan marcadamente sevillano en la Corte de Madrid, una vez que él llegara al poder. Entre sus amigos y conocidos en Sevilla se contaban el artista Francisco Pacheco, cuyo yerno, Diego de Velázquez, emprendería su brillante carrera en la Corte en 1623, y el poeta y erudito Francisco de Rioja, que llegaría a ser el bibliotecario del conde y su confidente.
     Aunque se jactaba de ser un “hijo de Sevilla”, aspiraba claramente a labrarse una carrera en la Corte. El duque de Lerma, que sospechaba ya de un joven tan inquieto e inteligente y cuyas ambiciones eran tan obvias, consintió finalmente, en 1615, que fuera elegido como uno de los gentilhombres de la cámara del príncipe de Asturias, a quien se le iba a poner casa, tras casarse con Isabel de Borbón. Portador de un puesto oficial en la Corte, parecía estar bien situado para llevar a cabo sus ambiciones políticas; no obstante, le llevó mucho tiempo y esfuerzo ganarse la confianza del joven príncipe, que no debió encontrarle de su agrado y al que parecía intimidarle su dominante personalidad.
     Mientras fue ganándose el favor del príncipe, comenzó a buscar, al mismo tiempo, el modo de aprovecharse de las fisuras que empezaban a abrirse en el régimen de Lerma. En esta empresa gozaba del indispensable apoyo de su tío materno, Baltasar de Zúñiga, un diplomático experimentado al que se reclamó en 1617 de su cargo como embajador del Emperador en Praga para que ocupara una plaza en el Consejo de Estado.
     La caída de Lerma en 1618 y su sustitución por su incompetente hijo, el duque de Uceda, señaló el declive de poder de la casa de Sandoval, que había venido dominando la vida política española desde la subida al trono de Felipe III en 1598. Al tiempo que iba creciendo la preocupación en la Corte y en el país sobre el estado de la Hacienda Real y el agotamiento de la economía castellana, Baltasar y su sobrino intentaron sacar partido de las debilidades e insuficiencias de la administración de Uceda. Las Cortes de Castilla y los arbitristas demandaban reformas radicales, que Uceda parecía incapaz de llevar a la práctica. Al mismo tiempo, en el régimen iba en ascenso la presión para que se enviasen refuerzos militares a los Habsburgo austríacos, amenazados por la rebelión en Bohemia, mientras que, en 1621, el esperado vencimiento de la Tregua de los Doce Años entre España y los holandeses prometía nuevos e ingentes desembolsos militares y navales. Zúñiga estaba por fin a cargo de la política exterior de Madrid, pero Uceda seguía siendo, al menos nominalmente, el principal ministro de la Corona. Todo esto cambió cuando murió Felipe III, el 31 de marzo de 1621, y el príncipe de Asturias, de dieciséis años de edad, le sucedió en el trono. Olivares se sentía tan seguro que, aún estando el Rey de cuerpo presente, le comentó a Uceda: “Hasta ahora todo es mío”. Y a la pregunta de Uceda: “¿Todo?”, replicó: “Sí, todo sin faltar nada”. Los acontecimientos que se sucederían más tarde iban a demostrar que no se equivocaba.
     A la subida al trono de Felipe IV le siguió el inmediato despido de Uceda. En su lugar, el Rey confió los despachos a Baltasar de Zúñiga, y hasta su muerte, el 7 de octubre de 1622, se ocupó de ellos, pero nadie podía dudar que Olivares era el verdadero valido del nuevo Monarca. Designado para el puesto de Uceda de sumiller de corps, y posteriormente también para el de caballerizo mayor, tenía acceso inmediato al Rey dentro y fuera de palacio. Diez días después de subir el Rey al trono, recibió la Grandeza que su familia había codiciado desde hacía tanto tiempo. La merced hizo ver al mundo que la era de los Sandoval había acabado y que una nueva época de dominio de la alianza familiar Guzmán-Zúñiga-Haro había comenzado.
     Aunque en un principio, Olivares prefería trabajar entre bastidores, y aun cuando fingía deferir a un triunvirato compuesto por el marqués de Montesclaros, Agustín Mexía y Fernando Girón tras su nombramiento como consejero de Estado en octubre de 1622, estaba muy claro desde el principio que iba haciéndose con las riendas del poder sistemáticamente.
     Era el valido real, y de manera gradual, conforme fueron muriendo los ministros de más avanzada edad, pasó a ocupar el lugar del ministro principal del Rey.
     De hecho, durante casi dos décadas, la mayor parte del tiempo, hasta su caída del poder en enero de 1643, dirigió la política interna y externa de la Corona española y se vio colmado de los favores de un Monarca agradecido. En 1625 se le elevó a duque, y a partir de entonces, como conde de Olivares, duque de Sanlúcar la Mayor y duque de Medina de las Torres, se le llamó “el conde-duque”. El matrimonio de su hija María ese mismo año con un familiar hasta la fecha poco conocido, el marqués de Toral —futuro duque de Medina de las Torres por cesión de quien sería su suegro—, estaba concebido para culminar su estrategia familiar de asegurarse la sucesión, pero el fallecimiento de María en 1626, tras dar a luz a una niña muerta, iba a arruinar esa estrategia. De ahí en adelante no había otra cosa por la que luchar que por la grandeza de su real señor y por la salvación de España.
     Zúñiga y Olivares llegaron al poder como los abanderados de un movimiento de reforma que pretendía restaurar la reputación de España en el exterior e invertir un proceso de decadencia interna, económica, administrativa y moral, después de lo que ellos y sus aliados describieron como dos décadas de corrupción y mala administración bajo el régimen del duque de Lerma. Como símbolo de su intención de devolver la limpieza de manos a la vida política española, el nuevo gobierno emprendió la tarea de hacer una purga de los ministros más célebres del régimen de Lerma, para lo cual inició una investigación sobre las fuentes de la riqueza ministerial y, el 21 de octubre de 1621, hizo ejecutar a Rodrigo Calderón, hechura de Lerma, en la Plaza Mayor. La consigna del nuevo régimen iba a ser “reformación”. En agosto de 1622 se estableció una Junta Grande de Reformación para coordinar las numerosas propuestas de reforma que habían presentado, durante los pasados años, ministros, arbitristas y las Cortes de Castilla. Sus recomendaciones, anunciadas a las principales ciudades de Castilla en una carta real con fecha de 20 de octubre de 1622, incluían planes para la reforma de la justicia y la administración, y propuestas para invertir la disminución de la población y fomentar la agricultura y la industria, en especial mediante la creación de una red nacional de erarios y montes de piedad. Se esperaba reformar también el sistema fiscal reemplazando el impuesto aborrecido y poco eficiente de los millones, que era excesivo y no contaba con la aprobación popular, con contribuciones directas de las localidades de Castilla de treinta mil hombres pagados para la defensa del país. A los demás reinos pertenecientes a la Península se les pediría las contribuciones correspondientes.
     Las recomendaciones de la Junta Grande incorporaban muchas de las reformas por las que el régimen de Olivares iba a luchar, con resultados dispares, durante los años venideros. En febrero de 1623 hizo evidentes sus intenciones con la publicación de los famosos Artículos de Reformación, que incluían una serie de medidas de austeridad que tuvieron que ser suspendidas un mes más tarde, cuando el príncipe de Gales llegó inesperadamente a Madrid a pedir la mano de la hermana del Rey, la infanta María. En el fondo del programa de recuperación nacional de Olivares residía la persona del Rey. Su objetivo era hacer de Felipe IV el monarca más poderoso y célebre del mundo, y esto sólo podía lograrse si se le preparaba cuidadosamente para tan elevada condición.
     Olivares, por lo tanto, se propuso instruir a Felipe IV en el arte de reinar y prepararle para ser un Monarca activo según el modelo de su abuelo, Felipe II. En su famosa “Instrucción secreta” del 21 de diciembre de 1624, le proporcionó al Monarca un informe del sistema de gobierno de sus reinos, con recomendaciones sobre el modo en que podría mejorarse.
     Entre sus recomendaciones más famosas se encuentra la que sigue: “Tenga V. Majd. por el negocio más importante de su Monarquía el hacerse rey de España; quiero decir, señor, que no se contente V. Majd. con ser rey de Portugal, de Aragón, de Valencia, conde de Barcelona, sino que trabaje y piense con consejo maduro y secreto por reducir estos reinos de que se compone España al estilo y leyes de Castilla sin ninguna diferencia en todo aquello que mira a dividir límites, puertos secos, el poder celebrar cortes de Castilla, Aragón y Portugal en la parte que quisiere, a poder introducir V. Majd. acá y allá ministros de las naciones promiscuamente [...], que si V. Majd. lo alcanza será el príncipe más poderoso del mundo”.
     Estas palabras reflejan una de las principales preocupaciones que llegó a dominar la carrera política de Olivares. Dada la naturaleza compuesta de la Monarquía española, el Rey carecía de autoridad en otros reinos y territorios de la Península, autoridad de la que disfrutaba en Castilla. El efecto que esto tenía, desde su punto de vista, era que esos territorios pagaban menos impuestos en comparación con Castilla y hacían recaer toda la carga fiscal sobre los hombros castellanos, con desastrosas consecuencias para su economía. En un momento en el que España estaba rodeada de enemigos, eso también significaba que fuera difícil movilizar recursos humanos y monetarios y que no hubiera colaboración real entre unos reinos que, a pesar de estar sujetos al mismo Soberano, no estaban dispuestos a salir unos en ayuda de otros en momentos de emergencia. El objetivo a largo plazo de la política real tenía que ser, por lo tanto, romper las barreras de separación entre los diferentes reinos de la Monarquía y asegurarse de que fuera posible eliminar cualquier impedimento legal o institucional que amenazara el ejercicio eficaz de la autoridad real.
     Como primer paso para llevar a cabo ese ambicioso programa propuso la introducción de una “Unión de Armas”, un proyecto esbozado en un documento de octubre de 1625, momento en el que se temía el ataque inminente de una flota inglesa. Olivares proponía un sistema de cuotas por el que cada parte de la Monarquía, incluido Flandes, los territorios italianos y las Indias, debía proveer un número fijo de hombres en nómina, en proporción a los recursos asumidos, para crear un ejército de reserva con ciento cuarenta mil efectivos con el que poder contar cuando cualquier reino fuera atacado. A comienzos de 1626, Olivares acompañó al Rey a la Corona de Aragón, donde se tenía que convencer a las Cortes de Aragón, Valencia y Cataluña para que firmaran la unión. Tras intensas negociaciones, los valencianos accedieron a suministrar dinero, pero no hombres, y los aragoneses accedieron al dinero o bien a un reducido número de hombres. Las Cortes de Cataluña, por su parte, no accedieron ni a lo del dinero ni a los hombres y la sesión tuvo que ser suspendida. En 1632 se volvió a intentar conseguir fondos de las cortes catalanas, pero el intento volvió a ser fallido.
     Las dificultades que Olivares tuvo que afrontar para lograr una aceptación de la Unión de Armas fueron sintomáticas de la resistencia que su programa de reformas iba encontrándose en cada frente a mitad de la década de los veinte. En todas partes, el programa entraba en conflicto con los intereses creados de los grupos privilegiados, que temían la pérdida de sus privilegios y que se oponían abiertamente o de manera subversiva. La poca popularidad del régimen llegó a hacerse patente el verano de 1627 cuando el Rey cayó peligrosamente enfermo. Los miembros de la vieja nobleza eran particularmente hostiles al conde-duque, estaban molestos por el poder que éste ejercía sobre el Rey y estaban conspirando para derrocarle si el Rey perecía. Si bien gran parte de la oposición contra Olivares y su programa de reformas era por intereses propios, existía también el sincero temor de que las reformas perseguidas en nombre de la “necesidad” acabaran por erosionar derechos y libertades constitucionales preciados y por otorgar un poder excesivo a la Corona.
     Enfrentado a una fuerte oposición por parte de las Cortes de Castilla y de diferentes estamentos de la nobleza, de la administración real y las elites urbanas, Olivares acabó dependiendo cada vez más de un reducido grupo de amigos, familiares y confidentes para llevar a cabo sus planes. Con el fin de burlar la oposición librada por los consejos, recurrió a juntas especiales que llenaba de hombres en los que podía confiar, como su consejero legal, José González, su confesor jesuita, Hernando de Salazar, y el protonotario de la Corona de Aragón, Jerónimo de Villanueva.
     Al mismo tiempo, perdidas las esperanzas en la vieja generación de nobles, depositó sus ilusiones en la reforma de la educación, diseñada para producir una nueva generación con un mejor sentido de la dedicación al servicio real. Pero a ese respecto el Colegio Imperial, establecido en Madrid en 1625, resultó ser una decepción y, a comienzos de la década de los treinta, Olivares acarició la idea de presentar nuevas propuestas para la “crianza de la juventud española”. Muy influido por la filosofía neoestoica de Justo Lipsio, el conde-duque aspiraba a crear una sociedad disciplinada en España, con la “obediencia” como consigna. Pero, si bien por una parte le motivaba el deseo de restaurar los valores tradicionales asociados a un período más austero y heroico en la historia de la nación, estaba también ansioso por introducir en España los métodos y las técnicas que empleaban otros estados rivales contemporáneos, muy especialmente los holandeses.
     Olivares quería hacer de España una sociedad dinámica y empresarial, “poniendo el hombro en reducir los españoles en mercaderes”, tal y como apuntó en su Instrucción secreta. Los ríos españoles tenían que hacerse navegables mediante el empleo de las últimas innovaciones tecnológicas. Las compañías de comercio tenían que fundarse siguiendo el modelo de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, y había que modificar los estatutos de limpieza de sangre para permitir que aquellos que sufrían discriminación por causa de su origen converso pudieran contribuir plenamente a la vida nacional. También recurrió a hombres de negocios portugueses, algunos de ellos develados posteriormente como judaizantes, para ayudar a romper el dominio que tenían los asentistas genoveses sobre las finanzas de la Corona.
     No obstante, sus ingentes proyectos para la reforma de la economía castellana y la hacienda real no lograron mayor éxito que el resto de sus reformas internas.
     Se vieron frustrados no solo por oposición interna, sino también por las consecuencias de una política exterior pensada para restaurar la preeminencia internacional de España. La intervención militar española en Europa Central y la reanudación de la guerra con Holanda en 1621 requirieron nuevos y copiosos desembolsos militares y navales, en un momento en el que las remesas anuales de plata provenientes de las Indias estaban en declive. El déficit en los ingresos reales se cubrió en parte acuñando grandes cantidades de moneda de vellón durante los primeros años del reinado; para el momento en que se suspendió la emisión de vellón, el daño ya estaba hecho. La depreciación de la moneda socavó la confianza y precipitó una aguda crisis monetaria en 1627-1628, al tiempo que los ministros luchaban por controlar la inflación. La posterior manipulación de la moneda que tuvo lugar en la década de los treinta sirvió únicamente para aumentar la confusión monetaria de los años de Olivares.
     A pesar de las dificultades financieras de la Corona, los ejércitos españoles, en los primeros años del reinado, disfrutaron de una serie de éxitos que culminaron en un año de notables victorias en 1625, cuando los holandeses se rindieron en Breda y fueron expulsados de Brasil. Sin embargo, en los últimos años de la década, la tensión entre una política de reformas internas y la reputación en el exterior comenzaba a hacerse notar.
     La política de Olivares se basaba en mantener la presión militar en la República de Holanda y, al mismo tiempo, intentar ahogar su comercio, con la esperanza de que los holandeses se vieran forzados a aceptar un acuerdo de paz más favorable para España que la humillante tregua de 1609. Pero los términos que estaban dispuestos a aceptar nunca parecían ser lo suficientemente favorables y la paz se le escapaba de las manos.
     Tras la muerte del duque de Mantua a finales de 1627, el conde-duque decidió intervenir en la disputa de la sucesión de Mantua, en un intento de fortalecer la posición de España en el norte de Italia. La intervención resultó ser un costoso error de cálculo que iba a tensar temporalmente las relaciones entre Olivares y el Rey, y jugó a favor de sus enemigos en la corte.
     La guerra por la sucesión de Mantua (1628-1631) supuso nuevas y fuertes presiones para los recursos humanos y monetarios, ya que España se vio luchando de manera simultánea en dos frentes, Italia y los Países Bajos. Provocó también la intervención de Francia bajo la dirección del cardenal Richelieu y colocó a Francia y España frente a frente, aunque la guerra abierta entre ambos no se declararía hasta 1635, ya que ninguno de ellos estaba preparado para una confrontación directa.
     El afán incansable de Olivares y sus ministros, y el hecho de que recurrieran a ingeniosos mecanismos fiscales, hizo posible que España se desentendiera del embrollo de Mantua y desarrollara un considerable esfuerzo militar en Alemania, donde los Habsburgo austríacos se hallaban asediados por las fuerzas del protestantismo internacional bajo el liderazgo de los suecos. Este esfuerzo culminó en el triunfo de las fuerzas imperiales y españolas en Nördlingen en 1634. Se encontró, al mismo tiempo, la financiación necesaria para la construcción de un palacio real de recreo en las afueras de Madrid, el Buen Retiro, que fue inaugurado oficialmente en 1633, pero que estaría sujeto a una mayor expansión y embellecimiento a lo largo de la década. El palacio se pensó para ofrecer al Rey distracción de los asuntos del estado, a los que se había venido dedicando más asiduamente desde que cayera enfermo en 1627, así como para servir de centro ceremonial para festejos y otras actividades de la corte que realzaran la reputación internacional del Rey como monarca supremo no solo en el arte de la guerra, sino también en las artes de la paz. Tras la declaración de guerra por parte de Francia en 1635, existían pocas posibilidades de llevar a cabo las políticas reformistas de Olivares, a no ser que repercutieran directamente en los esfuerzos puestos en la guerra. Aunque el conde-duque continuaba protestando para que no se abandonaran sus planes de reforma, la movilización de hombres y de dinero para la guerra se convirtió en asunto prioritario y principal.
     Este intenso esfuerzo dio como fruto valiosos dividendos durante los primeros años de la confrontación con Francia. Se enviaron los suficientes suministros al ejército de Flandes como para permitir que el cardenal- infante iniciara una invasión de Francia en 1636.
     Cuando los franceses, a su vez, cruzaron la frontera en Irún en 1638 y sitiaron Fuenterrabía, el condeduque se hizo cargo personalmente desde Madrid de liberar la fortaleza asediada. La liberación del sitio se presentó como un triunfo personal del conde-duque, que fue aclamado por el Rey como el “librador de la patria” y recompensado con numerosas mercedes.
     Probablemente, Velázquez pintó su gran retrato ecuestre (Museo del Prado) en conmemoración de la victoria en Fuenterrabía.
     El incesante esfuerzo para orquestar la guerra con franceses y holandeses le pasó factura a la salud del conde-duque. Conservaba la total confianza del Rey, pero su cada vez más autoritario régimen les convirtió a él y a sus hechuras en objeto de odio generalizado.
     Habida cuenta del agotamiento de Castilla, aún tenía la esperanza de mitigarlo estableciendo de algún modo la Unión de Armas para asegurar un mayor grado de ayuda por parte del resto de los reinos y provincias de la Monarquía. Recurrió específicamente a Portugal, donde los intentos por establecer nuevos impuestos provocaron revueltas en Évora en 1637, y a Cataluña, que ya había rechazado ese servicio en las Cortes celebradas en 1626 y 1632, respectivamente.
     El intento de invadir Francia desde Cataluña en 1637 terminó como una humillación y las relaciones entre Madrid y los catalanes empezaron a tensarse. Cuando Richelieu pretendió aprovecharse de esa tensión en 1639 atacando la fortaleza fronteriza catalana de Salces, Olivares vio la oportunidad perfecta para involucrar plenamente a los catalanes en la guerra y hacerles partícipes genuinos de su Unión de Armas.
     Salces fue liberada en enero de 1640 con un alto saldo de bajas humanas catalanas. Pero Olivares consideraba que el esfuerzo catalán era insuficiente y que el excesivo apego catalán a sus constituciones era lo que impedía su participación efectiva en la guerra contra Francia. Durante la primavera de 1640 hizo presión en el principado, ayudado por la presencia del ejército real, que se alojaba allí preparándose para la campaña de verano. Hubo numerosos choques entre los soldados y los campesinos, que fueron aumentando en la primavera y al comienzo del verano y acabaron en un alzamiento de los campesinos. La Diputació Catalana, bajo el mando de Pau Claris, declaró que se estaban violando sus constituciones y, en junio de 1640, después de que el virrey, el conde de Santa Coloma, fuera abatido por los rebeldes el día del Corpus Christi, Olivares se dio cuenta de que afrontaba una rebelión general.
     La rebelión catalana transformó la situación internacional.
     Los catalanes pidieron ayuda a los franceses y Olivares tuvo que levantar un nuevo ejercito para combatir una guerra dentro de la Península, en un momento en que ya se había forzado suficientemente la situación del cuerpo militar español y era prácticamente imposible enviar refuerzos al ejército en Flandes, como resultado de la derrota de la flota de don Antonio de Oquendo a manos de los holandeses en la batalla de las Dunas en septiembre de 1639. La rebelión catalana animó a los portugueses a seguir el ejemplo. La unión de las coronas había fracasado en su empresa de salvar el imperio portugués de ultramar de los holandeses y, como había ocurrido en Cataluña, las políticas fiscales de Olivares habían provocado un intenso resentimiento. Cuando el conde-duque decidió apelar a la nobleza portuguesa para que participara en la campaña catalana, puso en funcionamiento los resortes que acabarían por provocar un golpe de estado en Lisboa el 1 de diciembre de 1640 y la proclamación del duque de Braganza como rey de Portugal. La humillación personal fue todavía más acuciante por ser la nueva reina de Portugal, la hermana del duque de Medina Sidonia, miembro de la casa de los Guzmán.
     Después de las revueltas de Cataluña y Portugal, y la derrota en Monjuic en enero de 1641, del ejército real enviado bajo el mando del marqués de Los Vélez para recuperar la lealtad catalana, el conde-duque tenía los días contados. Sin embargo, siguió luchando durante dos años más, albergando aún la esperanza de darle la vuelta al resultado de la guerra. En 1641 hubo de soportar una nueva humillación, cuando comenzó a circular el rumor de que existía una conspiración para proclamar a su pariente, el duque de Medina Sidonia, rey de una Andalucía independiente.
     El año siguiente, cuando el Rey decidió iniciar una campaña contra los catalanes, Olivares le acompañó a Molina de Aragón y a Zaragoza, donde se instaló la corte. Pero la campaña catalana fue muy mal y empezaron a abundar los cortesanos deseosos de insinuarle al Rey que ya era hora de prescindir de los servicios del conde-duque. Cuando la Corte regresó a Madrid a final de año, Olivares parecía seguir empeñado en aferrarse al poder, pero física y mentalmente era un hombre roto y sus enemigos estaban al acecho.
     El modo en que ocurrieron exactamente los acontecimientos que condujeron a la caída del condeduque del poder está aún por determinarse. Se sabía que Olivares no era del agrado de la Reina, que había actuado como regente durante la ausencia de su marido en campaña. El conde de Castrillo, pariente del conde-duque, la había venido atendiendo, y parece que Castrillo y su sobrino, Luis de Haro, habían estado maquinando para salvar lo que pudieran de la fortuna familiar del desastre que amenazaba con sobrevenirle al conde-duque. Pero tanto la situación nacional como la internacional ya estaban en contra y habían hecho que la posición del conde-duque fuera insostenible, y el Rey ya había visto por sí mismo, en la jornada de Aragón, parte de la miseria que sufría el país. No fue fácil para él prescindir de un ministro del que había dependido durante más de veinte años, pero el 17 de enero de 1643 le envió un billete a Olivares desde la Torre de la Parada en el que le comunicaba que ya estaba dispuesto a acceder a sus reiteradas peticiones de licencia para retirarse. Muy a su pesar, el 23 de enero de 1643, el conde-duque abandonó sus aposentos en el Alcázar y salió de Madrid en un coche con las cortinillas echadas hacia la casa que se había construido diez años antes en Loeches.
     La caída del conde-duque hizo visibles a sus numerosos enemigos. Fue injuriado y acusado de tirano y en febrero apareció un panfleto que contenía una lista de “Cargos contra el Conde-Duque” que incluía entre sus múltiples delitos haber involucrado a España en la guerra por la sucesión de Mantua, ser responsable de las revueltas de Cataluña y Portugal, haber perseguido a los grandes, haber gobernado por medio de juntas y haber malgastado el dinero con el Buen Retiro. Tres meses más tarde salió a la luz un impreso clandestino en el que se refutaban las acusaciones, el Nicandro, redactado probablemente por Francisco de Rioja y que contenía una defensa enérgica de la política de Olivares.
     La aparición del Nicandro sirvió únicamente para aumentar aún más la indignación de los grandes, que fueron en una delegación a protestar frente al Rey.
     Estaba claro que la tormenta no pasaría mientras que el derrocado ministro siguiera estando tan próximo a Madrid y, el 12 de junio, se le obligó a marcharse de Loeches a Toro, donde se instaló en casa de su hermana, la marquesa de Alcañices.
     Durante su destierro en Toro tuvo que presenciar con angustia cómo seguían vertiendo humillaciones sobre él. A la condesa de Olivares, que tenía el puesto de camarera mayor de la reina, se le pidió que abandonara el palacio y el propio conde-duque tuvo que renunciar a sus puestos de caballerizo mayor y gran canciller de las Indias. Aquejado de una creciente melancolía, encontró algo de consuelo intentando mejorar el cultivo de su propiedad en Toro y pasó mucho tiempo dedicado a su devoción religiosa. Con la salud quebrantada y la mente deteriorada, murió en un estado de demencia el 22 de julio de 1645 y su cuerpo fue trasladado a Loeches para ser enterrado allí.
     Al conde-duque le sobrevivió la condesa y un hijo ilegítimo, al que había reconocido, para sorpresa de todos, en 1641, y al que le había dado el nombre de Enrique Felípez de Guzmán. Pero el marqués de Mairena, que fue el título que recibió, murió en 1646 dejando un único hijo que también moriría en la infancia.
     Los inconmensurables esfuerzos que hizo Olivares para perpetuar una línea familiar habían vuelto a resultar fallidos. Dejó en herencia una propiedad gravemente endeudada y su testamento, descifrado en 1642, estaba lleno de disposiciones nada realistas. Los miembros de la familia contestaron la herencia con dureza. El ducado de Sanlúcar la Mayor se le adjudicó finalmente a su antiguo yerno, el duque de Medina de las Torres, mientras que la sucesión al condado de Olivares pasó a su sobrino, Luis de Haro, que a su debido tiempo sucedió a su tío no sólo en el título sino también en el valimiento y en muchas de sus obligaciones gubernamentales. Sin embargo, como si quisiera simbolizar que se estaba cerrando una era, don Luis prefirió que no se le conociera como el condeduque de Olivares. Sólo hubo un verdadero condeduque de Olivares y toda España trató de olvidarse de él (John Elliott, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
Conozcamos mejor la Biografía de Velázquez, autor de la obra reseñada;
   Diego Rodríguez de Silva y Velázquez (Sevilla, 6 de junio de 1599 -bautismo- – Madrid, 6 de agosto de 1660). pintor.
   Nacido en Sevilla, de familia paterna de origen portugués (Rodríguez de Silva) y materna sevillana (Velázquez), fue bautizado el 6 de junio de 1599. Su padre era notario eclesiástico del Cabildo de Sevilla, circunstancia que le propició, desde su infancia, una temprana familiaridad con los libros y con personas de cultura.
   En 1609, apenas cumplidos los diez años, pasó algunos meses en el obrador de Francisco de Herrera el Viejo.
   El mal carácter del maestro le alejó pronto de su taller y el 17 de septiembre de 1611 formalizó contrato de aprendizaje con Francisco Pacheco, comprometiéndose a permanecer en casa de su nuevo maestro seis años.
   Pacheco era hombre de sólida cultura, relacionado con toda la sociedad literaria sevillana —nobles, clérigos, médicos, poetas— que se reunían en su casa, a modo de Academia, a comentar y discutir temas de literatura y artes. A eso debió Velázquez su formación intelectual, que hubo de ser mucho más amplia de lo usual en artistas españoles de su tiempo, y un deseo de ascenso social que iba a ser, desde muy pronto, motor de su actividad.
   Cumplido el plazo del contrato de aprendizaje, el 14 de mayo de 1617, se examinó ante los “alcaldes veedores” del arte de la pintura y obtuvo licencia para establecerse como pintor independiente, recibir aprendices y abrir tienda pública de acuerdo con la norma del gremio de pintores de la ciudad.
   El año siguiente, 1618, contrajo matrimonio el 23 de abril con la hija de su maestro, Juana Pacheco, que le daría dos hijas, de las que sólo sobrevivió una.
   En los cuatro años siguientes, pintó para los conventos de Sevilla y abrió un camino nuevo con sus bodegones o escenas populares de inspiración flamenca, y en los que seguramente subyacen alusiones literarias o juegos de ingenio, apoyados en dichos o refranes como puedan ser la Vieja friendo huevos, Los músicos o su famoso Aguador de Sevilla. Asimismo, hizo algunos bodegones a lo divino, entre los que destaca Cristo en casa de Marta y María o La mulata. Entre sus obras de carácter religioso, que evidencian el más intenso y veraz naturalismo, sobresalen Adoración de los Reyes del Museo del Prado o Inmaculada y San Juan en Patmos que, procedentes de la sala capitular del Convento de Nuestra Señora del Carmen de Sevilla, hoy se encuentran en la National Gallery de Londres.
   En 1621 falleció Felipe III y subió al Trono Felipe IV, asistido como “valido” por un noble de estirpe sevillana, Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, muy pronto conde duque. Muchos intelectuales y artistas sevillanos vieron posibilidades de encontrar en Madrid protección, y Velázquez, aconsejado seguramente por su suegro, hizo un viaje a la Corte en 1622 estableciendo provechosos contactos con el círculo próximo al conde duque y empezando a darse a conocer como excelente retratista, aunque no llegase a retratar a personas reales, pero sí, en cambio, a intelectuales como Góngora.
   En el verano del año siguiente, 1623, volvió a Madrid reclamado por Juan de Fonseca, amigo de Pacheco y favorecido del conde duque, para retratar al Rey, y el éxito de su primer retrato facilitó de inmediato su nombramiento de pintor del Rey el 6 de octubre de 1623. Comenzó con ello una carrera administrativa que, paralelamente a su éxito de pintor, le llevó a ocupar puestos de importancia en la vida palaciega que le liberarán de ataduras sociales y económicas, que eran comunes en los pintores españoles de su tiempo. La protección del Monarca y de su valido —que le proporcionó muchas envidias y maledicencias en la Corte— le liberó, entre otras cosas, de la clientela religiosa, que era casi única para sus colegas sevillanos. No obstante, en el primer período de su estancia en Madrid, el poso de recuerdo de lo sevillano subyace en algunas de sus obras, como en su Santa Rufina, retrato a lo divino de un personaje concreto e íntimo y en directa relación con una de sus últimas obras sevillanas, la Imposición de la casulla a san Ildefonso del Ayuntamiento de Sevilla y depositada hoy en el Centro de Investigación Diego Velázquez de Sevilla (Fundación Focus-Abengoa).
   En marzo de 1627 recibió el título de ujier de Cámara que llevaba aparejado, además de su sueldo, alojamiento, médico y botica. Este mismo año, al ver que los cortesanos y que los demás pintores del Rey le acusaban de no saber pintar otra cosa que retratos, por iniciativa del Monarca pintó, en competencia, casi en desafío, con los pintores del Rey (Carducho, Caxés y Nardi), un lienzo de compleja composición, La expulsión de los moriscos, que un jurado compuesto por el padre Maíno y Juan Bautista Crescenci consideraron el mejor y que fue colocado en el salón grande de Palacio, donde pereció en el incendio de 1734.
   En 1628 llegó a Madrid Rubens, en difícil misión diplomática, permaneciendo en la Corte casi un año.
   Velázquez le acompañó en su visita a El Escorial y seguramente compartió su entusiasmo por Tiziano.
   El 18 de junio de 1629, poco tiempo después de la partida de Rubens, Velázquez solicitó licencia para ir a Italia, lo que se le concedió de inmediato. Se le proveyó de cartas de recomendación e introducción en diversas Cortes italianas que le franquearon la entrada de palacios y colecciones. Partió de Barcelona, en el séquito del marqués de los Balbases, Ambrosio Spinola, y visitó Génova, Venecia, Ferrara, Cento, Loreto, Bolonia y Roma, donde permaneció un año.
   En 1630 viajó a Nápoles para retratar a la hermana de Felipe IV, María, que se hallaba allí en ocasión de su viaje a Hungría para contraer matrimonio.
   El artista aprovechó bien la oportunidad y asimiló todo lo que vio, y muy especialmente la serena gravedad y el gusto por la belleza desnuda de los cuerpos del clasicismo romano-boloñés entonces triunfante y tocado de “neovenecianismo”. Los cuadros que pintó en Roma (La fragua de Vulcano, La túnica de José) dan cuenta de su asimilación de todo lo visto y a la vez aseguran su perfecto conocimiento de la fábula clásica y de los textos bíblicos que le permitieron sacar de ellos ejemplos de profunda significación moral.
   En enero de 1631 ya estaba de regreso en Madrid, retomando su actividad cortesana y la evidente protección real que le proporcionó nuevos gajes y títulos.
   En esta década trabajó activamente para el Palacio del Buen Retiro, que se construyó por deseo del conde duque. Para el Salón de Reinos del nuevo palacio pintó una serie de retratos ecuestres de los soberanos y sus herederos, el Príncipe Baltasar Carlos y el gran cuadro de la Rendición de Breda. También en esta década pintó la serie de retratos del Rey, sus hermanos y su hijo en traje de cazadores, para el Palacete de la Torre de la Parada y, para el mismo Palacete, retratos de personajes de la Corte, locos, enanos, “hombres de placer” que pululaban por el Alcázar, en imágenes emocionantes de una tierna y piadosísima humanidad.
   Las identificaciones personales que se han hecho no siempre son convincentes y en algún caso imposibles.
   Quizás, como se ha sugerido recientemente, oculten también intenciones alegóricas o alusiones conceptuosas. Pero la maestría del pincel y la profunda capacidad del pintor para penetrar en las almas hacen de estas imágenes algo inolvidable.
   En 1636 recibió el título de ayuda de Guardarropa y sus ambiciones cortesanas eran ya bien conocidas, pues un aviso anónimo anota “que tira a querer ser un día Ayuda de Cámara y a ponerse un hábito a ejemplo de Tiziano”.
   Y en efecto, en enero de 1643, el mismo año de la caída del conde duque, se le nombró ayuda de Cámara y en junio se le encomendó la superintendencia de las Obras de Palacio, lo que le supuso un conocimiento y autoridad en obras de arquitectura. Prueba de la confianza y familiaridad del Rey es que le nombró, en 1647 veedor y contador de las obras de la “pieza ochavada”, lujosa obra nueva que se construía en Palacio.
   La renovación del viejo Alcázar, en una dirección más moderna, emprendida después de la viudez del Rey y del fallecimiento del príncipe Baltasar Carlos, tuvo consecuencias para Velázquez, que se ofreció para ir a Italia a comprar cuantos cuadros de pintores famosos y esculturas antiguas encontrase, “y en tanta cantidad como V. M. tendrá con la diligencia que yo haré”, según palabras recogidas por Jusepe Martínez.
   Este segundo viaje tuvo un carácter bien distinto del primero, que puede llamarse viaje de estudios. Ahora, consciente de su maestría, con cincuenta años, y seguro del favor real, hace que sea muy tenido en cuenta en los ambientes artísticos y nobiliarios romanos, aunque no faltan interpretaciones negativas por parte de algunos españoles ante el considerable gasto que comportaba en tiempos de penuria, y la sospecha, también, que se procuraba forzar regalos.
   El viaje se inició en Málaga, en enero de 1640, con el cortejo que iba a Italia a recibir a la nueva esposa del Monarca, su sobrina, la archiduquesa Mariana de Austria. Mientras que el cortejo se quedó en Milán, Velázquez pasó a Venecia, donde el embajador le puso en contacto con algunos vendedores que le procuraron obras importantes de Tintoretto y Veronés. Allí conoció a Marco Boschini que, en su Carta dell navegare pintoresco, subrayó las preferencias del pintor español por la pintura veneciana y especialmente Tiziano.
   Luego fue a Bolonia, Módena y Parma. Pasó por Florencia y llegó a Roma, donde se insertó con facilidad en el medio artístico romano. Su condición de ayuda de Cámara y pintor del Rey de España, en la Corte de Inocencio X, que había sido nuncio de España y era favorable a los españoles, facilitaron que pudiese retratar al Papa en el soberbio retrato de la colección Doria Pamphili. El éxito de este retrato, el de su esclavo Juan de Pareja, que le acompañó en el viaje y al que dio carta de libertad en Roma y los de algunas personalidades romanas, le abrieron las puertas de la Academia de San Lucas romana y de la Congregación de Virtuosi al Panteón, prueba de la admiración de los pintores romanos. Las difíciles gestiones para obtener vaciados de esculturas clásicas y un episodio amoroso del que nació un hijo, que debió de morir muy niño, le retuvieron en Italia más de dos años, a pesar de las constantes solicitudes del Rey que reclamaba su vuelta y comentaba su “flema”.
   Las gestiones para traer un fresquista para decorar el Alcázar no dieron resultado con Pietro da Cortona pero, por un trámite del marqués Virgilio Malvezzi, estableció contacto con los boloñeses Agostino Mitelli y Michael Angelo Colonna, que aceptaron la invitación, aunque no llegaron a Madrid hasta 1658.
   El regreso de Velázquez a España tuvo lugar en junio de 1651 reincorporándose de inmediato a su trabajo en la decoración del Alcázar. En marzo de 1652 fue nombrado, por decisión del Rey, aposentador mayor de Palacio, cargo de importancia y responsabilidad que supuso una culminación en su carrera palaciega pero que limitó mucho el tiempo que podía dedicar a la pintura, lo que propició la intervención de su yerno, Juan Bautista Martínez del Mazo, en la repetición de los retratos reales que habían de pintarse por encargo oficial.
   El arte del pintor ya había llegado a la cima. Los cuadros que pintó en la última década de su vida son los que llevan a su límite la ligereza del pincel y la capacidad, casi mágica, de hacer vivir con vida propia los temas que representa en clave realista hasta el punto de que Las hilanderas ha podido engañar por siglos a la crítica creyendo que se trata de un cuadro realista, y se ha revelado un cuadro mitológico: la fábula de Minerva y Aracne, y Las meninas, aparente escena casual en la vida en Palacio, pero en realidad complejo y enigmático lienzo donde se funden elementos políticos, de exaltación de la Monarquía y de la afirmación de la nobleza del arte en cuya defensa tanto empeño ponía el pintor.
   Y a la vez culminó su deseo de personal ennoblecimiento.
   Durante su estancia en Italia ya había iniciado contactos con altos personajes de la Curia para encontrar apoyo en su deseo de obtener un título de nobleza o su ingreso en alguna Orden de Caballería, y al llegar a España debió de intensificar esos contactos y expresar abiertamente su deseo. El Rey le ofreció un hábito de caballero de Santiago, pero las severas ordenanzas no satisfacían el Consejo de Órdenes que no aceptaron los testimonios relativos a condiciones de “nobleza y calidades” del aspirante y fue preciso obtener una dispensa papal, para lo cual, y a demanda del Rey, usó las relaciones logradas en Roma. El breve pontificio llegó al fin en octubre de 1659 y Velázquez se ennobleció no por la sangre sino por su arte, que a todos deslumbró.
   En el año 1656 había recibido un encargo real de instalar en el Monasterio de El Escorial algunos de los lienzos traídos de Italia y de los comprados en la “almoneda del siglo” procedentes de la colección del rey Carlos I de Inglaterra. Su condición de aposentador mayor se expresó en esta ocasión al modo de un museólogo, preparando incluso una Memoria, recientemente reconstruida por Bassegoda, comentando los lienzos y su instalación.
   Ese mismo año, se sabe, por el testimonio de Palomino, que se pintaron Las meninas, pero el hecho de que sobre el pecho del pintor se ostente la Cruz de Santiago —que no se presenta como un repinte, tal como se había creído—, obliga a retrasar la fecha hasta 1659.
   Todavía como alto funcionario palaciego, hubo de participar en una ceremonia cortesana de alto significado: la entrega en junio de 1660, de la infanta María Teresa, hija de Felipe IV, a su prometido el rey Luis XIV de Francia, celebrada en la frontera francesa en la isla de los Faisanes, que sellaba, con la Paz de los Pirineos, la guerra con Francia.
   En esta ocasión Velázquez, que había dispuesto la ceremonia en todos sus detalles, asistió con galas palaciegas de subido valor y vio, sin duda, culminar sus aspiraciones de ennoblecimiento.
   A su regreso a Madrid, y tras una rápida enfermedad, murió el 6 de agosto de 1660, y siete días después falleció su esposa. El inventario de sus bienes informa detalladamente de su tono de vida, con lujos no frecuentes, incluso excepcionales, en el quehacer habitual de los pintores, pero no extraños en un noble.
   Su biblioteca era también muy notable, con abundantes libros de teoría arquitectónica, matemáticas, astronomía y astrología, filosofía e historia antigua, y bastantes obras poéticas en español, italiano y latín. Sorprende la escasez de obras religiosas, que eran siempre las más abundantes entre sus contemporáneos.
   Una acusación de sus enemigos, evidentemente muchos y poderosos, puso sus bienes bajo secuestro con el pretexto de haber defraudado a la Corona en el ejercicio de sus cargos, pero la investigación abierta le demostró libre de toda culpa.
   Hombre reservado, se conservan abundantes testimonios de su “flema”, a la que alude varias veces el propio Rey, y de su mesura en gesto, actitudes y su constante preocupación por su ascenso social y la carrera profesional y social de su yerno. Sus ambiciones, que en lo personal culminaron con su hábito de Santiago, se prolongaron muchos años después de su muerte con sus nietos, que entroncaron con la casa ducal de Liechtenstein (Alfonso E. Pérez Sánchez, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Retrato del Conde-Duque de Olivares", del taller de Velázquez, en la sala IV, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la sala IV del Museo de Bellas Artes, en ExplicArte Sevilla.