Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

   Otra Experiencia con ExplicArte Sevilla :     La intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla" , presentado por Ch...

miércoles, 1 de julio de 2026

La Morería de la ciudad

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Morería de la ciudad, de Sevilla.
      Tras la conquista castellana en 1248, la ciudad llegó a contar con una morería donde fue reagrupada la escasa población mudéjar autorizada a vivir entre cristianos, un pequeño porcentaje de la población dedicado fundamentalmente a tareas agrícolas y artesanales, que fue ubicándose en distintas collaciones hasta establecerse finalmente en el Adarvejo, un barrio cerrado frente a la parroquia de San Pedro donde vivieron los últimos musulmanes sevillanos hasta su expulsión en 1502. No quedan restos visibles del tipo de cerramiento de la Morería, probablemente dos postigos que se cerrarían de noche, frente a la parroquia de San Pedro y frente al convento de los Trinitarios Descalzos, aunque con el establecimiento allí de la primera fábrica de tabacos de la ciudad, se procedió a derribar las puertas de acceso en 1572. Finalmente, en el siglo XIX el ayuntamiento ordenó la demolición de la vieja fábrica y de las viviendas adyacentes para proceder a una amplia remodelación urbanística que daría paso a la actual plaza del Cristo de Burgos en 1865, arrasando con ello cualquier resto del urbanismo medieval de la zona (Esteban Moreno Hernández. En torno a las murallas de Sevilla. Guía por las puertas y límites de un casco antiguo. El Paseo editorial. Sevilla, 2023).
     Donde hoy se ubica la Plaza del Cristo de Burgos fue el lugar donde vivieron los pocos musulmanes a los que se les permitió quedarse tras la conquista de Sevilla por los cristianos, en 1248.
     Las ciudades del Antiguo Régimen, anteriores a los grandes cambios urbanísticos que trajeron consigo las revoluciones industrial y liberal, se distinguían de las actuales en numerosos aspectos, de los que hoy nos interesa destacar dos: un caserío muy compacto, en el que apenas se abrían plazas y avenidas, y la existencia de barrios étnicos (lo que después se denominarían con la palabra italiana ghetto) en los que, voluntaria o involuntariamente, vivían gentes de una determinada raza o religión. Aunque no son los que hoy nos interesan, también hubo barrios que se salían de la jurisdicción del Cabildo de la ciudad y tenían sus propias leyes e impuestos, como el de la Orden de San Juan de Acre en las cercanías del convento de San Clemente, con puerta propia en la murallas. Pero a este interesante asunto ya le dedicaremos una próxima entrega del Rastro de la Historia.
     Estos barrios étnicos, que en la Sevilla bajomedieval cristiana fueron la Judería o Morería (ambos se identificaban en castellano antiguo con la misma palabra: aljama), tenían sus propias murallas, puertas, templos e instituciones. En la calle Fabiola queda uno de los lienzos de la Judería y, tras la reciente reurbanización de la calle Mateos Gago, se ha marcado con un pavimento distinto el trazado de otro de los muros. Sin embargo, nada queda del antiguo barrio de la Morería, que se ubicó en lo que hoy es la Plaza del Cristo de Burgos (que no se construyó hasta 1840) y sus alrededores. Otras fuentes apuntan a la existencia de una morería en la llamada Costanilla de San Isidoro, hoy la Plaza de la Pescadería.
     Como recuerdo de aquel barrio de la actual Plaza del Cristo de Burgos, hoy queda la pequeña calle Morería, una revuelta que nace en la misma plaza y desemboca en Ortiz de Zúñiga. Es obvio que la Morería fue un barrio mucho más modesto, pequeño y efímero que la gran judería de Sevilla, por lo que su memoria en la Sevilla contemporánea es mucho más débil, casi inexistente. De hecho, sus murallas no tuvieron que ser más que modestas empalizadas, un adarvejo en castellano antiguo, palabra con la que se llegó, incluso, a denominar al barrio.
     Como nos recuerda Esteban Moreno Hernández, tras la conquista de Sevilla por Fernando III en 1248, en la Morería se concentraron los pocos mudéjares (musulmanes que viven en territorios cristianos) a los que se les permitió residir en la ciudad. Eran gentes que se dedicaban, fundamentalmente, a la agricultura y la artesanía. Recuerdan a aquel verso de Villalón: "¡Yslas del Guadalquivir! / ¡Donde se fueron los moros / que no se quisieron ir!".
     Aunque, como decíamos, no quedan restos visibles de este barrio, se ha especulado con que probablemente contaría con dos postigos de acceso que se cerrarían por las noches con la doble función de proteger y recluir a sus vecinos. Uno de estos postigos estaría situado junto a la Iglesia de San Pedro y el otro frente al Convento de los Trinitarios Descalzos. En cualquier caso, ambos serían derribados cuando se construyó la primitiva Fábrica de Tabacos que se ubicó en aquella zona a partir de 1572, mucho después de que los musulmanes hubiesen sido expulsados en 1502.
     En un texto recogido por Julio Domínguez Arjona, Félix González de León, en su libro Noticia histórica del origen de los nombres de las calles de esta M.N.M.L.Y M.H. Ciudad de Sevilla, nos dice: "Esta morería tenia una mezquita que sino mienten las congeturas estaba en donde aliora está el cuartel de caballería en la esquina de la calle de san Pedro á la entrada de ésta y dicha mezquita con toda la morería existió hasta el dia 15 de febrero de 1502 que por mandado de los Reyes Católicos fueron estrañados de los reinos de España todos los moros que habían quedado en Sevilla".
     El aspecto de dicho barrio no tuvo que ser precisamente hermoso. Según indica Manuel Chaves Rey en un artículo con más retórica que datos extraídos de los archivos, "estaba formado por un laberinto de encrucijadas y callejuelas de feísimas y miserables casuchas". Parece claro que la comunidad islámica nunca tuvo la pujanza económica y social que la hebrea. Eso sí, tampoco sufrió sus terribles matanzas o progromos, como el que dio la puntilla a la judería sevillana en 1391. Después de que los moros abandonasen su barrio, la zona que no fue ocupada por la Fábrica de Tabacos -que más tarde fue cuartel, cuando la factoría se trasladó a la calle San Fernando en el siglo XVIII- quedó ocupada por gentes del hampa y la prostitución hasta que el higiénico siglo XIX lo derribó para abrir la gran plaza rectangular que tuvo varios nombres (Príncipe Alfonso, Argüelles, del Pilar) antes del actual de Cristo de Burgos, algo que no ocurrió hasta 1951 (Silverio. El Rastro de la Historia: La desaparecida y desconocida Morería de Sevilla. Diario de Sevilla, 13 de marzo de 2024).
Conozcamos mejor la Historia de los Moriscos de Sevilla:
Los moros vencidos en la guerra de Granada, instalados en Sevilla
     Sevilla acogió en su seno a parte de la nobleza mora, conforme el reino musulmán de Granada tocaba a su ocaso. La ciudad fue el escenario de la historia de Ozmín y Daraja -breve cuento amoroso de dos jóvenes de diferente religión, que Mateo Alemán incluyó en su Guzmán de Alfarache de 1599-, supuestamente acaecida antes de la conquista de Baza (1489), románticos amoríos con cuyo relato un clérigo amenizó las fatigas del camino al pícaro Guzmán y a sus acompañantes. Después de 1492 residieron asimismo por algún tiempo en Sevilla la reina madre y los infantes de Granada.
     El 22 de mayo de 1485 fue tomada Ronda por las fuerzas cristianas. Cuenta el Cura de los Palacios que D. Fernando, después de entregada la ciudad, dio a sus habitantes quince días de plazo para ir adonde quisiesen; y añade que algunos musulmanes, quizás los más proclives a la rendición, -el "Cordo", alcaide de Setenil, y el alguacil de Ronda, con más de cien casas- se fueron a vivir a Alcalá del Río. Pero todavía cabe puntualizar más, pues estos principales, en su mayoría, optaron por instalarse no en Alcalá, sino en Sevilla, decididos a vivir tranquilos en una ciudad cristiana por el resto de sus días: fueron éstos el alguacil de Ronda Abrahén de Alhaquime, su hermano Mahomad de Alhaquime, Alcabecén Hamete Alhaquime, Al Alcatid Hamete Alcordí ("el Cordo" que habla Andrés Bernal, el cura de Los Palacios), Aben Yaya Alhaquime y Mahomad Taupí, entre otros.
     Llegados a Sevilla, los moros fueron tratados con toda suerte de consideraciones y miramientos, como convenía a los intereses de la política de conquista. Por orden regia, el receptor de la Inquisición Luis de Mesa y el alcalde mayor Juan Guillén les dieron como morada algunas de las casas de los conversos condenados.
     Pasó el tiempo y la estancia en Sevilla no debió de resultar tan cómoda y agradable a los notables musulmanes como se imaginaron en principio: la intolerancia religiosa que allanaba el camino a la expulsión de 1492 no podía sufrir ya que llevaran una existencia apacible las minorías islámicas, con las que encima se libraba en el frente una guerra sin cuartel. Cabizbajos, los mahometanos resolvieron pedir licencia los reyes para "pasar en Africa, que es allende el mar, para estar e vivir entre los moros de nuestra ley". Su ruego fue antendido. Y es más: los monarcas accedieron asimismo a otra petición suya, haciéndoles merced de poder vender las casas como y a quien quisiesen, por carta dada en Córdoba el 22 de marzo de 1487. Ante el temor de que retrajesen los posibles compradores, en la idea de que los inquisidores darían las casas a otras personas o bien de que los moros no estaban facultados a ponerlas en venta, el 31 de octubre de 1487 Mahomad Taupí pidió testimonio de sus derechos a Luis de Mesa ante el escribano de Sevilla Martín Rodríguez de Tabladillo. Conseguida la ratificación del receptor, el 2 de noviembre de 1487 Taupí vendió su casa a Diego el Zurdo, criado de Dª Teresa de Guzmán, la mujer de D. Pedro de Estúñiga, por precio de 5.000 mrs. El mismo día Hamete Alcordí vendió por 21.700 mrs. a Pedro Fernández de Sevilla su casa en la collación de Santa María la Blanca.
     Pensándolo bien, no les salió del todo mal a los moros la permanencia en Sevilla, sobre todo teniendo en cuenta que muy poco después, en 1502, culminando la vertiginosa espiral de intolerancia, se les iba a prohibir a los musulmanes la venta de sus bienes, tanto muebles como raíces. Las propiedades vendidas o dejadas en 1487 plantearon problemas: el 11 de octubre de 1495 los monarcas se preocuparon de la situación de las tiendas "olvidadas" por los moros de ronda pasados a África, que habían sido ocupadas por otras personas sin licencia real.
De moriscos, esclavos y gitanos
Los grupos marginales en la Sevilla del siglo XVI
     Junto a la sociedad oficial existían unos grupos de personas que, por su origen, su forma de vida o su propia condición, llevaban una existencia aparte, aunque viviesen en la misma ciudad. En algunos casos la asimilación se producía trabajosamente, en otros, la fusión con el resto de la sociedad se hacía imposible. Se trata de los moriscos, los esclavos y los gitanos. Otro colectivo mal visto pero sin embargo, integrados y poderosos, son los judeoconversos; las cláusulas de "limpieza de sangre" fueron una auténtica persecución, aunque la sorteaban con cierta facilidad.
Los moriscos de Sevilla
     En 1502 se obligó a los mudéjares de la Corona de Castilla a convertirse al cristianismo, recibiendo el nombre de "moriscos" (recordemos que los mudéjares eran musulmanes en tierras cristianas permitiéndoseles conservar su religión y cultura). Morisco en su sentido más propio es cristiano nuevo de moro, converso de moro o nuevamente convertido, como aparece variablemente en la documentación a partir de esa fecha. Así de preciso es su significado, por el contrario del uso que en sentido amplio se hacía del término con anterioridad, en que venía a significar "alusivo a lo moro".
     El proceso había empezado dos años antes cuando los Reyes Católicos fuerzan a los mudéjares granadinos a la conversión. La política de la Corona española fue que no sólo se convirtiesen sino que se aculturasen completamente abandonando lengua, trajes y costumbres propias. La mayor parte de ellos, sin embargo, continuaron manteniendo su lengua, sus costumbres y su antigua religión. Prueba de ello son los textos aljamiados, escritos en castellano pero con grafía árabe. Así nace otra connotación más al término morisco: la de criptomusulmán. Pasados los primeros años del siglo XVI, se confirman las sospechas sobre la forma de conversión. He aquí cómo veía el mejor historiador coetáneo, Luis del Mármol Carvajal, a los moriscos y su criptoislamismo:
     "... y si con fingida humildad usaban de algunas buenas costumbres morales en sus tratos, comunicaciones y trajes, en lo interior aborrecían el yugo de la religión cristiana, y de secreto se doctrinaban y enseñaban unos a otros en los ritos y ceremonias de la secta de Mahoma. Esta mancha fue general en la gente común, y en particular hubo algunos nobles de buen entendimiento que se dieron a las cosas de la fe, y se honraron de ser y parecer cristianos, y destos tales no trata nuestra historia. Los demás, aunque no eran moros declarados, eran herejes secretos, faltando en ellos la fe y sobrando el baptismo, y cuando mostraban ser agudos y resabidos en su maldad, se hacían rudos e ignorantes en la virtud y la doctrina. Si iban a oír misa los domingos y días de fiesta, era por cumplimiento y porque los curas y beneficiados no los penasen por ello. Jamás hallaban pecado mortal, ni decían verdad en las confesiones. Los viernes guardaban y se lavaban, y hacían la zalá en sus casas a puerta cerrada, y los domingos y días de fiesta se encerraban a trabajar. Cuando habían baptizado algunas criaturas, las lavaban secretamente con agua caliente para quitarles la crisma y el oleo santo, y hacían sus ceremonias de retajarlas, y les ponían nombres de moros; las novias, que los curas les hacían llevar con vestidos de cristianas para recibir las bendiciones de la Iglesia, las desnudaban en yendo a sus casas y vistiéndolas como moras, hacían sus bodas a la morisca con instrumentos y manjares de moros..."
     Durante la primera mitad del siglo XVI hubo cierta tolerancia. La autoridad reprobaba esta fidelidad al Islam que combatía mediante la Inquisición y la toleraba al mismo tiempo, esperando la conversión.
     Esta política más o menos condescendiente empezó a cambiar a partir de la rebelión de las Alpujarras (1568-1570). A partir de este momento el morisco ya no sólo es un mal cristiano o incluso un mahometano disfrazado. Es, además, un enemigo del estado y como tal empieza a ser acusado de conspirar y de constituir la quinta columna de los enemigos de la monarquía, como bien refleja el cronista Mármol de Carvajal en el texto siguiente. La revuelta se erige en hito fundamental en la consideración del morisco y en el desenlace de su drama. Finalmente en 1609 Felipe III ordenó su expulsión del país.
     "... los Católicos Reyes les fueron regalando con nuevas mercedes y favores... Más luego se entendió lo poco que aprovechaban estas buenas obras para hacerles que dejasen de ser moros, porque, si decían que eran cristianos, veíase que tenían más atención a los ritos y ceremonias de la secta de Mahoma, que a los preceptos de la Iglesia Católica... Y de secreto se doctrinaban y enseñaban unos a otros en ritos y ceremonias de la secta de Mahoma.
     Esta mancha fue general en la gente común. Los demás aunque no eran moros declarados en el aspecto religioso, eran herejes secretos, acogiendo a los turcos y moros berberiscos en sus alquerías y casas, y ahí está el peligro de las Marinas, de donde pasaban a las Alpujarras y Sierras. Dábanle avisos para que matasen, robasen y cautivasen cristianos, y aún ellos mismos cautivaban y vendían."
Mármol de Carvajal, cronista de la época.
     En cuanto a su número en la capital sevillana, a primeros del siglo XVI no pudo ser importante por una sencilla razón: los mudéjares o musulmanes que habitaron en la Sevilla medieval cristiana fueron muy pocos, lo mismo que ocurre en el resto de la Andalucía occidental. La evacuación de la ciudad en 1248 tras la conquista cristiana y la posterior emigración masiva de musulmanes a raíz de la revuelta de 1264 fueron las causas principales.
     A raíz de las rebeliones de Granada (1500), se realizó un padrón de la Morería o Adarvejo y en él sólo aparecen 32 individuos con diversas profesiones, en las que predomina la de albañil. Aún admitiendo que había moros en otras collaciones, como lo demuestran los documentos notariales, la comunidad morisca debía ser pequeña a primeros de siglo. No sabemos cuántos se quedaron aceptando la conversión, ni cuántos se fueron. A partir de aquella fecha fatídica para ellos se inicia una era de restricciones, la primera de las cuales fue la orden de los Reyes Católicos vetándoles vender "bienes algunos suyos muebles ni rayces", lo mismo que se prohibía a los cristianos comprarlos.
     Sin embargo, en Sevilla sí existió una comunidad morisca importante en la segunda mitad del siglo; en concreto, su número se incrementó a partir de 1570 con el flujo procedente de Granada, de donde habían sido dispersados tras la rebelión de las Alpujarras. De los 11.500 moriscos granadinos deportados que salieron por mar desde Almería y Vera desembarcaron en Sevilla a finales de noviembre unos 5.500. Los restantes se perdieron entre naufragios, enfermedades y otras vicisitudes de la travesía. Ya en los primeros días de estancia en la capital hispalense escaparon unos 1.200, quedando según el recuento de las autoridades unos 4.300. En Sevilla capital se instalaron unos 3.000 y el resto fueron repartidos por los pueblos de la provincia, formando pequeñas comunidades de 40 a 150 individuos. El largo trasiego que habían sufrido los moriscos granadinos provocó que muchos de ellos llegaran a su destino en un estado lamentable, extenuados y enfermos. Entre los llegados a Sevilla se propagó el tifus y muchos de ellos, gracias a la protección de los padres jesuitas, fueron hospitalizados.
     Se calcula que en 1580 había en Sevilla más de 6.000. Un porcentaje muy elevado vivía en Triana -se cree que más de 2.000- y el resto se repartía por otros barrios periféricos e incluso más céntricos como el de San Marcos. Estos datos se conocen con precisión debido a un censo que se efectuó dicho año, tras un intento de rebelión bajo el caudillaje de un tal Fernando Enríquez o Muley. Tras él, calle por calle, casa por casa, se va anotando sus nombres, estado y descripción física. También se hace porque los moriscos no cumplen lo que se les ha ordenado: hablan su algarabía, viven agrupados en corrales, poseen armas, originan trifulcas y llegan a matar y, sobre todo, porque pueden originar algunos inconvenientes, dadas sus malas intenciones. Se observan en los distintos padrones que los esclavos figuran reducidamente y que su número, cuando los hay, es de uno o de cuatro por vivienda. Se percibe una mayoría de personas del sexo femenino y, en general, abundan los jóvenes. En San Andrés habitaban 109, de los cuales 40 eran esclavos; en San Ildefonso 71 (de ellos 44 esclavos); en San Gil 195 (de ellos sólo 6 eran esclavos); en San Bernardo había unos 350.
     A finales del siglo XVI la población morisca urbana puede estimarse en 7.000 individuos, la mayoría de ellos vecinos de Triana. Sevilla era pues la ciudad de España que contaba con mayor número de ellos, casi el 10% de la población total. Diego Ortiz de Zúñiga pretende que había pocos. La explicación, nos dice el marqués de San Germán, es que estos moriscos sevillanos estaban muy mezclados con los "cristianos viejos"… y "los moriscos de la Andaluzía les tengo por muy ricos y que en el traje y lengua se nos parecen mucho mas que los del Reyno de Valencia" (carta de San Germán en octubre de 1609, citada por Lapeyre, 1986, p. 182). Domínguez Ortiz y Vincent, 1978, recogen la publicación de Gestoso, 1904, según el cual "moriscos eran los alfareros que bajo el disfraz de nombres cristianos poblaban los barrios de Sevilla, siéndolos también los que en pobres viviendas producían riquísimas telas, labrados cueros, artísticas obras de metal de cobre o de plata, armas, jaeces de caballos y demás objetos de arte suntuario. Los libros bautismales de la parroquia de Santa Ana nos muestran a cada paso pruebas de la clase de pobladores del extenso arrabal de Triana en el siglo XVI".
     Era gente de muy escasos medios, que vivía hacinada en casas de vecinos y que desempeñaba trabajos humildes, como hortelanos, especieros, fruteros, taberneros, buñoleros, panaderos, tenderos, cargadores en el puerto, sirvientes domésticos, o simples jornaleros eventuales. Los moriscos eran personas especialmente habilidosas en las labores de la jardinería y de las huertas, y tenían también la especialidad de fabricar ricos buñuelos que vendían por las calles de la ciudad (esta tradición la heredarían los gitanos tras la expulsión morisca y aún hoy puede disfrutarse en la Feria de Sevilla). Recordemos que uno de los postres favoritos de los moros granadinos era los buñuelos fritos en aceite y metidos en miel hirviendo. Pero el oficio morisco que dejó más huella en Sevilla era el de alarife o albañil; fueron autores de azulejos, techumbres y magníficas yeserías que aún persisten en la ciudad como prueba del arte mudéjar.
     Aunque vivían pobremente, los cristianos viejos los despreciaban por su espíritu de grupo cerrado que mantenían y por los hábitos tan peculiares que los distinguían del resto de los ciudadanos. Su abstención de carne de cerdo y de vino y su preferencia por las legumbres en su dieta alimenticia eran objeto de burla en muchas ocasiones. Guisaban con aceite, huyendo de grasas y mantecas propias de los usos castellanos, que los impregnaba de un olor vivamente rechazados por éstos (y viceversa), procurando marcar el contraste con la inevitable olla castellana. Y entre las bebidas, la leche.
     Su solidaridad les llevaba a practicar la endogamia. Presionados sin duda por el entorno socio-político-religioso y por el veto que pesaba sobre ellos para emigrar a las Indias y formar parte de la Iglesia y del Estado, se vuelcan sobre sí mismo y contraen matrimonio cuando aún son jóvenes. Matrimonios que tienen una mayor fertilidad que la de los cristianos viejos, como estos mismos reconocen con temor. Dados al robo, al vino (desoyendo su religión), a la gresca y a la camorra, no originaban mucho entusiasmo y sí el recelo y las reservas. Unas ordenanzas de 1569 - a raiz del alzamiento en Sierra Bermeja (1568)- impidió que más de dos moriscos vivieran en un mismo edificio, celebraran juntos, portaran armas, hablaran su algarabía (árabe vulgar o dialectal) y fueran acogidos en mesones y tabernas. Su número es posible que fuera considerable ya entonces, pues entre ellos mismos se elegían unos cuadrilleros destinados a su propia vigilancia y a empadronarlos clasificándoles en útiles o no útiles para el trabajo.
     Los moriscos sevillanos fueron frecuentemente perseguidos por la justicia, por delitos ciertos pero también por mala fama. Las memorias del padre Pedro de León, un jesuita que fue confesor en la Cárcel de Sevilla a finales del siglo XVI, ilustran con algún caso concreto la falta de escrúpulos de la justicia para aplicar las penas más severas a los moriscos aún sin pruebas suficientes. Cuenta el padre León que cuatro moriscos fueron acusados de haber asaltado una venta en Carmona, y confesaron el delito que no habían cometido, por miedo al tormento. Fueron sentenciados a la pena de muerte, cuya ejecución tuvo lugar en la Plaza de San Francisco. Los verdaderos malhechores, que por coincidencia habían presenciado la escena, cometieron al poco tiempo otro delito semejante en las cercanías de Cazalla. Esta vez fueron tomados presos y traídos a la Cárcel de Sevilla. Allí confesaron todos sus delitos y se pudo comprobar que los moriscos habían sido ejecutados por un crimen del que eran del todo inocentes.
     "Y digamos una, que pasó en la plaza de San Francisco estando ajusticiando a cuatro moriscos por un salteamiento, que se había hecho en la Venta Quemada, camino de Carmona. Los cuales no lo habían hecho y padecían sin culpa, porque habían confesado el delito por miedo del tormento, y estándolos ahorcando estaban dos hombres en la dicha plaza mirando cómo se hacía justicia de ellos; y éstos eran los que habían hecho el salteamiento. Los cuales preguntaron a la gente que por allí había la causa por qué los ahorcaban y respondieron: Por un salteamiento, que habían hecho en la dicha venta. Y ellos: Pues si son salteadores ahórquenlos a los bellacos que muy bien lo merecen, y también parecen los tales en la horca, como el clérigo en el altar. Sentencia fue ésta que se dieron estos hombres contra sí mismos, muy bien merecida y quiso Dios que se cumpliera y ejecutara en ellos dentro de veinte días.
     Y pasó así: que yendo estos dos hombres camino de Cazalla hicieron otro salteamiento por lo cual fueron traidos presos a la cárcel de Sevilla, adonde haciendo la justicia las diligencias ordinarias, y queriéndolos poner a cuestión de tormento, confesaron este delito y el pasado de los cuatro moriscos, a cuya justicia ellos se habían hallado presentes, declarando cómo cuando se hizo el castigo no merecido en ellos, se habían hallado los dos en la misma plaza, y cómo habían dicho lo referido." (Compendio..., Pedro de León, 2ª parte, Cap. 27)
     Antes que el P. León, había sido famoso confesor de la Cárcel sevillana el P. Juan de Albotodo que, curiosamente, era hijo de moriscos granadinos. A pesar de su ascendencia, llegó a ser un jesuita célebre, trabajando especialmente por los moriscos y los presos. La Inquisición acudía a él para la reducción de los apóstatas.
     El intento de sublevación de Muley en 1580 provocó una mayor desconfianza y un deseo de asimilación, pero esta era casi imposible. Y lo era, sobre todo, por su resistencia. Se dictaron entonces medidas para evitar que practicaran costumbres musulmanas o que viviesen juntos en determinadas cantidades con el fin de cortar toda solidaridad, cohesión, crímenes y robos a los que parecen eran dados. El sobrecogedor "Apéndice de ajusticiados" del padre Pedro León también recoge diversos casos de moriscos y moriscas ajusticiados por hechiceros, por asesinar a sus amos, por robar, por practicar la religión musulmana, por usar métodos abortivos, por envenenar a su ama o vender filtros de amor.
     En Sevilla se hicieron grandes esfuerzos por parte de la Iglesia para conseguir su integración, asignándosele a la población morisca sacerdotes especialmente dedicados. El arzobispo Don Fernando Niño de Guevara publicó unas disposiciones en 1604 en las que mandaba un estricto control sobre la población morisca para procurar el cumplimiento de los preceptos de la iglesia y para que los niños fuesen educados en la fe cristiana.
     Pero todos los esfuerzos fueron inútiles. La resistencia a la integración, la alta tasa de crecimiento demográfico y su posible entendimiento con los turcos, hugonotes y piratas berberiscos, originaban una tensión, miedo y desconfianza que afloraban en cualquier momento. La actitud de recelo y hostilidad hacia los moriscos sevillanos -como hacia los extranjeros- hay que entenderla en el contexto de la coyuntura internacional. Como hemos visto en el texto de Mármol de Carvajal, se temía que ellos pudieran ser una especie de caballo de Troya. Así, por ejemplo, cuando el ataque británico a Cádiz de 1596 se pensó en un entendimiento entre los moriscos y los ingleses y se tomaron medidas de control. En 1600 se habla de una posible conjura entre los moriscos de Triana y los de Córdoba.
     Al final el destierro de todos fue la solución que se adoptó. El 22 de septiembre de 1609 se publicó en Valencia el decreto de expulsión cuyas principales disposiciones son como siguen: Todos los moriscos, así los nacidos en el reino como los extranjeros, excepto los esclavos, debían presentarse en los puertos de embarque dentro de los tres días de comunicada la orden; se les autorizaba para llevarse consigo todos los bienes muebles que pudiesen, y los que no, como los inmuebles, quedarían a beneficio de los señores; embarcarían en los buques del Estado dispuesto para llevarlos a Berbería gratuitamente.
     El bando que regulaba la expulsión de los de Andalucía no fue publicado hasta el 10 de enero de 1610. A Sevilla le afectó menos que a otras zonas del país. Merecieron una defensa por parte del arzobispo, quien en carta del 24-1-1610 manifestaba que eran pocos, humildes y no ofrecían peligro. Algunas moriscas habían casado con cristianos viejos debidamente autorizados y merecían gozar los mismos privilegios que sus esposos. Algunos moriscos leían cátedra en la Universidad, otros habían recibido órdenes y en general se les necesitaban pues ejercían oficios que sólo ellos dominaban.
     En realidad, hubo cierta flexibilidad para que pudiesen sacar los bienes que quisiesen llevar consigo, como hemos visto. Con respecto al bando de expulsión de Valencia, en Andalucía fue menos dramático. Existían dos diferencias sustanciales: primero, los moriscos andaluces podrían vender libremente sus bienes, excepto los raíces, y con el beneficio adquirir el dinero para el viaje y mercancías no prohibidas para comerciar; la segunda diferencia concernía a los menores de siete años de edad, que deberían ser abandonados por sus padres para continuar con su adoctrinamiento en España. Esto último obligó a algunos a dar un gran rodeo por Francia para llegar a sus destinos en Berbería o a renegociar con los patrones de los barcos para que les llevasen a Berbería.
     Consumada la expulsión, algunos se resistieron a salir pero, salvo los 300 niños que quedaron al cuidado del Cabildo, todos los demás abandonaron la ciudad. Los que no lo hacían se arriesgaban a ser ajusticiados en la horca. Así nos cuenta un contemporáneo, el Padre León, un caso en Sevilla en 1610:
     "Luis López, morisco, ahorcado porque quebrantó el bando que dentro de treinta días se fuesen de España. Murió como muy buen cristiano y decía que más quería morir ahorcado en tierra de cristianos que en su cama en tierra de moriscos. Y no hay duda sino que en esta expulsión de los moriscos se echó muy bien de ver quiénes eran los que estaban bien fundados en nuestra Fe y Religión, porque así a la salida de España como en la estada por allá, se conoció en ellos que lo estaban y en otros lo contrario."
     Por Sevilla salieron, no sólo los que en ella residían, sino otros venidos de fuera, que con aquellos sumaron un total de 18.000, la mayor parte de los cuales se asentaron en la zona del norte del Magreb (Ceuta y Tánger), donde ya existían importantes colonias andalusíes procedentes de anteriores diásporas y cuya llegada resultó muy beneficiosa para su desarrollo económico.
     En el ámbito económico se perdió una mano de obra laboriosa y barata. Sin embargo, Domínguez Ortiz señaló que fue en Andalucía donde permanecieron más moriscos, ya fuera por la gran extensión de la esclavitud, ya fuera por las peticiones de los concejos municipales de eximir de la partida a su población morisca, alegando motivos económicos, ya fuera porque demostraron estar sinceramente (Alma Mater Hispalense).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Morería de la ciudad, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre las Murallas de la ciudad de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

martes, 30 de junio de 2026

Las Murallas del Alcázar

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte las Murallas del Alcázar, de Sevilla.
      Sevilla llegó a tener, al menos, hasta cinco grandes espacios amurallados o cercados intramuros, originados por diversas circunstancias: el control de las minorías judía y mudéjar, la vigilancia de la Mancebía, la jurisdicción exenta de San Juan de Acre y la protección del entramado urbano de los Reales Alcázares, sin lugar a dudas, el conjunto amurallado intramuros más imponente y complejo de todos.
     En efecto, las murallas del Alcázar en la plaza del Triunfo destacan por su porte y su potencia constructiva, del mismo modo que no deja de sorprendernos la aparición de restos de puertas, torres y murallas intramuros asociadas a la protección del amplio conjunto palaciego, las cuales llegaron a conformar un entramado fortificado que separaba la ciudad propiamente dicha, la madina, de la ciudad áulica formada por los diferentes recintos del alcázar islámico. Sin embargo, la formación de este imponente conjunto no se produjo en un único momento histórico, sino que fue desarrollándose a lo largo de varias etapas, desde finales del siglo XI hasta el primer tercio del siglo XIII, permaneciendo muchas de sus huellas en la toponimia y el paisaje urbano actual. Hoy en día, conocemos bastante bien el desarrollo del proceso constructivo del conjunto gracias, entre otros, a los exhaustivos trabajos de investigación arqueológica patrocinados por el Patronato del Real Alcázar y dirigidos por el profesor Miguel Ángel Tabales, que le han permitido esbozar la hipótesis de un conjunto fortificado distribuido en once recintos separados entre sí por tramos de muralla interior.
     El primer recinto correspondería al llamado «palacio fundacional» o primer alcázar del conjunto, recientemente excavado bajo las casas 7 y 8 del Patio de Banderas, trabajos que han permitido documentar fehacientemente la erección de dicho alcázar en la segunda mitad del siglo XI, por lo que estaríamos ante el Dar al-Imara (el palacio del gobernador mencionado en las fuentes) levantado por la taifa sevillana Abbadí. Esta dinastía, dentro de su programa polí­tico de prestigio y rivalidad frente a otras taifas, ordenó levantar una alcazaba en el ángulo meridional de la ciudad, protegida por un potente recinto amurallado cuadrangular, el denominado recinto I, cuyos muros contemplamos en la calle Joaquín Romero Murube y en el tramo emergente desde la plaza del Triunfo hasta la puerta del León. El análisis de este amurallamiento ha permitido conocer su construcción con materiales de acarreo procedentes de la antigua muralla romana, que debería encontrarse entonces en el área cercana.
     En un momento posterior, en el siglo XII, se sustituyó el acceso original, probablemente una puerta de la ampliada muralla urbana oriental, por otro más complejo en recodo cuyos restos se advierten en la calle Joaquín Romero Murube y que obligaría a modificar el trazado del muro oriental que hoy contemplamos en la plaza de la Alianza. En este siglo, se desarrollaron los grandes cambios que produjeron una impresionante ampliación del recinto palaciego para alojar al califa almohade y a su corte, así como a los destacamentos militares que sostenían el nuevo dominio de los norteafricanos.
     En primer lugar, se amplió el recinto I en dirección al sur, lo que provocó la demolición del muro meridional anterior y la erección de uno nuevo que enlazaba con la a su vez ampliada muralla urbana en la llamada «torre del Agua», donde se abrió el postigo del Alcázar. Dentro del nuevo recinto II se construyeron los palacios que hoy conoce­mos como del Yeso y del patio del Crucero, al tiempo que se edifica­ron nuevas áreas palaciegas hacia el oeste en el recinto III, entre las que se encuentran los restos excavados en el patio de la antigua Casa de Contratación. Esta formidable ampliación vino acompañada por la incorporación de la llamada Mary al-Fidda o pradera de la Plata al sur (recintos IV y V), donde se ubicaron las huertas que abastecían a los palacios y que exigió la construcción de nuevos lienzos de muralla frente al Tagarete, convertido en auténtico foso defensivo de los alcázares. Un primer sector de esta muralla se advierte hoy, muy enmas­carado, en la galería de los Grutescos dentro de los jardines del Alcázar, y el resto fue muy modificado en el siglo XVIII con motivo de la construcción de la fábrica de tabacos.
     Por occidente, el amplio conjunto quedaba protegido por las murallas y torres que vemos hoy en la calle Santo Tomás, donde destaca la hexagonal torre de Abdelaziz, cercana al arquillo de la Plata el cual era el acceso principal que comunicaba el puerto fluvial con los alcázares, aunque en el siglo XIX se cegaría la comunicación de la actual calle Miguel de Mañara con el apeadero del patio del León. De este mismo conjunto fortificado, formaba parte el lienzo de muralla cuyos restos advertimos en la acera de los pares de la calle San Gregorio, en el espacio donde se ubicaba un arquillo que en el siglo XVI comunicaba el área de la Casa de Contratación con el corral de Jerez, ubicación de la última judería hispalense en 1483 y posterior sede del Colegio-Universidad de Santa María de Jesús.
     Por último, la protección del flanco suroccidental de los alcázares se completó con la construcción de la alcazaba exterior, o de Abu Hafs según las fuentes islámicas, el recinto XI adosado a la muralla urbana, cuyo acceso se realizaría por la Bab al-Kuhl de las citadas fuentes, que algunos investigadores han identificado al rehabilitar el edificio de la fachada principal de la Casa de la Moneda y la antigua casa del Tesorero, donde también se ha localizado la llamada «torre del Bronce» por algunos medios de comunicación. Esta nueva alcazaba encerraría un espacio no construido o albacara, donde un siglo más tarde el rey Alfonso X ordenaría ubicar la cárcel de Caballeros. Sin embargo, estudios recientes plantean que este recinto se levantó en 1184 para ubicar en él las atarazanas almohades o bien el embarcadero califal, cuyos únicos restos visibles serían el arco, actualmente cegado, en la muralla suroccidental junto a la torre de la Plata y el doble almenado del paseo de ronda. Precisamente, para reforzar la defensa de este espacio vital para la ciudad, en 1221 se construyó la torre del Oro y la muralla coracha que la conectaba con la muralla urbana.
     Hacia el norte, el crecimiento de la ciudad palatina bajo el poder almohade generó nuevos recintos murados que encerraron la nueva mezquita aljama y sus construcciones anexas, separando por completo la ciudad, la madina, de todo el complejo palaciego.
     La comunicación entre el alcázar y la mezquita se realizaba a través de una muralla, de la que pudo formar parte una magnífica torre encalada rematada con una decoración de arquillos ciegos que podemos ver desde el callejón de santa Marta, ya que se encuentra en el interior del actual monasterio de la Encarnación. Dicha muralla arrancaba de la puerta de acceso en la actual calle Romero Murube y conectaba con el alminar de la mezquita, encerrando un espacio (recintos VIII y IX) donde se ubicó la mida'a, la letrina pública para las necesarias abluciones de los ritos musulmanes. Esta muralla entestaba en el lado este de la Giralda y ahí se abría un portillo a la ciudad que da origen al topónimo de puerta de Palos, sirviendo más tarde este lienzo de muralla para comunicar el palacio arzobispal con la catedral hasta la demolición del pasadizo tras los daños sufridos con el terremoto de Lisboa en 1755. Con este planteamiento murario, el alminar añadía diversas funciones a la religiosa habitual, ya que se presentaba no solo como un bastión formidable frente a la madina (de ahí la presencia de las saeteras), sino como una gigantesca atalaya de control y vigilancia del río y de la propia ciudad, amén de la fuerte carga simbólica de la propia torre. Por otro lado, otra muralla partía desde el sector de Santa Marta (mezquita de los Ossos, hospitales de Santa Marta y del Rey) y con­tinuaba tras el muro de quibla de la mezquita aljama para alojar el llamado sabat, el pasaje cubierto que permitía al califa acce­der directa y discretamente a la maqsura sin pisar la calle. Esta muralla interior continuaba hacia el oeste, encerrando la explanada de Ibn Jaldun entre la mezquita y el alcázar (recintos VI y VII) a la vez que conectaba con la muralla urbana a la altura del postigo del Aceite, abriéndose una puerta, el portillo de San Miguel o del Almirantazgo, en el muro entre la mezquita y la llamada alcazaba de San Miguel. Hoy podemos recrear la imagen de esta puerta interior en el siglo XVIII a través de la serie de pinturas de Domingo Martínez realizadas con motivo de la coronación de Fernando VI, ya que posteriormente esta puerta y gran parte de las murallas de las alcazabas fueron demolidas, en un proceso de racionalización y ensanche de espacios interiores de la ciudad.
     Finalmente, la citada alcazaba de San Miguel estaba separada de la madina por una última línea de murallas (recinto X) que partía desde el lado occidental del patio de abluciones de la mezquita, el sahn, hacia la cerca urbana y de la que hoy podemos contemplar un amplio lienzo en la moderna plaza del Cabildo y restos de una torre en el aparcamiento del edificio del Servicio Andaluz de Salud.
     Todo un complejo sistema de fortificaciones interiores que aseguraban la protección de la dinastía almohade, de origen norteafricano, frente a la población sevillana, a la vez que con su alejamiento y aislamiento contribuía a establecer una imagen sacralizada del poder. Con posterioridad, los nuevos señores cris­tianos, mantendrán el carácter oficial de este área de la ciudad, autorizando la instalación de determinados establecimientos públicos y eclesiásticos que vendrán a caracterizar el conjunto del ángulo suroccidental de la ciudad en los siglos modernos, como fueron las Atarazanas, las Herrerías Reales, la Aduana, el almacén del Azogue, la Casa de la Moneda y de la Contratación, la Lonja o los colegios de San Miguel, Santa María de Jesús y de Santo Tomás (Esteban Moreno Hernández. En torno a las murallas de Sevilla. Guía por las puertas y límites de un casco antiguo. El Paseo editorial. Sevilla, 2023).
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lunes, 29 de junio de 2026

Los sitios arqueológicos San Pedro, en Fuentes de Andalucía (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte los sitios arqueológicos San Pedro, en Fuentes de Andalucía (Sevilla).      
     Hoy 29 de junio, la Iglesia celebra la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, apóstoles. Simón, hijo de Jonás y hermano de Andrés, fue el primero entre los discípulos que confesó a Cristo como Hijo de Dios vivo, y por ello fue llamado Pedro. Pablo, apóstol de los gentiles, predicó a Cristo crucificado a judíos y griegos. Los dos, con la fuerza de la fe y el amor a Jesucristo, anunciaron el Evangelio en la ciudad de Roma, donde, en tiempo del emperador Nerón, ambos sufrieron el martirio: Pedro, como narra la tradición, crucificado cabeza abajo y sepultado en el Vaticano, cerca de la vía Triunfal, y Pablo, degollado y enterrado en la vía Ostiense. En este día, su triunfo es celebrado por todo el mundo con honor y veneración (s. I) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy para ExplicArte los sitios arqueológicos San Pedro, en Fuentes de Andalucía (Sevilla).
San Pedro I. Este sitio arqueológico se emplaza en un cerro amesetado, siendo el más prominente del conjunto de los Cerros de San Pedro. De este lugar hay que destacar dos características: su perduración en el tiempo y un manifiesto interés por fortificar el asentamiento.
     Las primeras fuentes que mencionan estos cerros son los autores del Catálogo arqueológico y artístico de la provincia de Sevilla, quienes encuentran vestigios de población antigua, notando en los bordes de la meseta señales de trabajos de explanación y regularización del talud, que debió de constituir la base de las obras defensivas del poblado. Según estos autores, los restos arqueológicos que cubren el suelo revelan la persistencia en este sitio de pobladores durante varios siglos, habiendo encontrado algunos trozos de cerámica de tipo argárico, abundando los fragmentos de vasijas ibéricas pintadas con bandas así como cerámicas romanas.
     Los Cerros de San Pedro han sido estudiados más recientemente por Ignacio Rodríguez Temiño y por Fernández Caro. 
     Rodríguez Temiño encuentra distintos momentos de habitación, sin solución de continuidad, entre el siglo VIII a.C. y la época republicana. Por otro lado, Fernández Caro en su Carta arqueológica, distingue en la mesa dos subsectores: San Pedro I-A y San Pedro I-B.
     El sector San Pedro I-A, situado en el borde Sur de la mesa, lo interpreta Fernández Caro como un posible hábitat desde finales del Neolítico, detectando una gran actividad en los momentos iniciales del campaniforme a juzgar por la relativa profusión de fragmentos cerámicos campaniformes de tipo marítimo y Palmela. Del Bronce Pleno, localiza varios cuencos hemiesféricos de borde reentrante y de casquetes esféricos. Por otro lado, los cuencos de carena baja enlazan perfectamente con el mundo del Bronce Final, iniciándose a finales del período orientalizante una regresión del poblamiento que acabará con el abandono del lugar hacia el cambio de era.
     En el sector que denomina San Pedro I-B, situado en el extremo Oeste-Noroeste de la mesa y flanqueado al Sur por la cañada del Diablo, plantea una primera ocupación en un momento muy temprano del Calcolítico. El mundo campaniforme aparece con cierta pujanza a juzgar por los hallazgos de superficie, advirtiendo una recesión en el hábitat durante el Bronce Pleno y adquiriendo un mayor protagonismo en el Bronce Final, representado en todas sus etapas. La cerámica gris de Occidente se encuentra presente en el yacimiento, acompañada de cerámica con decoración pintada con motivos vegetales. El período ibérico representa un crecimiento enorme en toda la mesa, y los fragmentos de ánforas púnicas enlazan ya con el mundo ibérico y con la romanización. El inicio del mundo romano se halla bien patente por las cerámicas campanienses, mientras que el poblamiento parece difuminarse en época altoimperial cuando se transforma en una villa agrícola, restringiéndose el área habitada.
     Igualmente, en el cerro se advierte la presencia de restos islámicos. En época medieval se reutilizó el lugar para un asentamiento agrícola.
     Los restos actualmente observables en el yacimiento permiten corroborar la secuencia cultural establecida por Fernández Caro. Se han detectado numerosísimos restos constructivos y cerámicos, predominando la cerámicas bruñidas, gris de Occidente, cerámica pintada orientalizante y a bandas ibéricas, así como numerosos fragmentos de campaniense y terra sigillata aretina. Asimismo, se aprecian bastantes restos cerámicos de época islámica, destacando varios fragmentos de cerámica almohade con digitaciones en negro y algunos vidriados en melado.
San Pedro II.
Este sitio arqueológico se emplaza en un cerro de cota ligeramente inferior al cerro de mayor altura del conjunto, es decir, se sitúa al Oeste de San Pedro I con el que se comunica a través de un paso artificial que se alza sobre la depresión conocida como cañada del Diablo, que separa ambos cerros. Este lugar, citado por Fernández Caro como San Pedro II,  corresponde al denominado Cerros de San Pedro III en la Carta arqueológica de Rodríguez Temiño.
     En la prospección del sitio arqueológico se observan numerosos vestigios concentrados sobre todo en la cima del cerro y en su vertiente Sur debido a rodamientos. Se Encuentran abundantes fragmentos de piedra sin escuadrar y fragmentos de tegule, ladrillos e ímbrices en una densidad apreciable. Entre el material cerámico destacan varios fragmentos de cerámica gris de Occidente, cerámica Orientalizante e ibérica, así como numeroros fragmentos de cerámica común romana.
     Para Rodríguez Temiño existen dos momentos de ocupación, el campaniforme y el ibero-púnico sin que haya continuidad entre ellos. Detecta piedras de mampostería junto con cerámicas a mano y a torno, interpretando que el yacimiento sería presumiblemente una necrópolis.
     Fernández Caro halló significativos restos prehistóricos y protohistóricos como tres dientes de hoz en sílex, un fragmento de brazal de arquero, un hacha y una azuela pulimentada sobre piedra volcánica. Recogió además, entre otros restos cerámicos, un fragmento de plato de borde engrosado del Calcolítico Pleno, otro de cerámica campaniforme de tipo marítimo adscribible al Calcolítico Final, varios fragmentos de cuencos de cerámica gris de Occidente, numerosos fragmentos de vasos con decoración pintada a bandas ibéricos y bocas de ánforas ibero-púnicas de los siglos VII a III a.C. Recoge además un fragmento de boca de ánfora de tipo Dressel I y otro de redoma con decoración pintada islámica. 
     Cita finalmente la aparición de tres molinos naviformes. Fernández Caro sitúa el origen de este asentamiento hacia el Calcolítico Final, con una continuidad más o menos clara hasta época romana, situando los momentos más intensos en el Bronce Final y en época ibérica
San Pedro III. El sitio arqueológico se emplaza sobre un cerro amesetado de altitud media en forma de L, situado a unos 550 metros al Nordeste del cortijo de La Pepa o del Carmen. La tierra está sin cultivar y una alambrada divide en dos al sitio, perteneciendo la mayor de ambas partes a las tierras de La Herradura.
     Los restos arqueológicos observables en superficie son escasos y dispersos. Entre ellos se encuentran varios fragmentos de cerámica bruñida adscribibles al Bronce Final, destacando un fragmento de cazuela de borde almendrado. 
     Las escorrentías de las últimas lluvias han propiciado la aparición de varios fragmentos amorfos de cerámica campaniense. Fernández Caro recoge además otros restos cerámicos entre los que destacan fragmentos de bordes de cuencos con carenas altas y suaves, un fragmento de hombro de vaso grande, algunos fragmentos de cuenco de borde engrosado y algunos restos líticos (dos dientes de hoz y una pieza foliácea apuntada), así como un fragmento de molino naviforme en granito.
     Rodríguez Temiño, quien incluye en su Carta arqueológica este mismo yacimiento con la denominación de Cerros de San Pedro I, adscribe este posible hábitat a un momento del Bronce Final precolonial.
San Pedro IV. El yacimiento se emplaza sobre una pequeña elevación al pie de la ladera del cerro donde se ubica San Pedro III.
     Se Observan escasos restos de materiales constructivos, siendo más abundantes los restos cerámicos. Cabe destacar un fragmento de cerámica con engobe a la almagra, un fragmento de cerámica pintada en blanco sobre gris de época califal y varios fragmentos de cerámica pintada con digitaciones en negro de época almohade. A esto hay que añadir los restos cerámicos localizados por Fernández Caro, consistentes en fragmentos de cerámica común vidriada y pintada, además de estructuras de cimentación rectangulares observables después de las lluvias.
     Se trataría pues, de una pequeña explotación islámica situada a los pies de los Cerros de San Pedro y en plena vega del Corbones, donde se habrían reaprovechado materiales de construcción de los yacimientos romanos cercanos.
San Pedro V. El yacimiento se emplaza en la ladera Oeste y Norte de una pequeño cerro donde se observan escasos restos de materiales constructivos de época romana, compuestos fundamentalmente por tegulae, ladrillos e ímbrices. Entre el material cerámico hallado, cabe destacar dos fragmentos de terra sigillata hispánica, uno de ellos con decoración fechado en torno al 50 d.C. y otro con sigillum ilegible. 
     Fernández Caro menciona el hallazgo de un epígrafe funerario sobre piedra arenisca con la siguiente inscripción: C C I A / P. F. / C I I I A / I C I T. Este epígrafe fue levantado por un arado junto con restos cerámicos consistentes en un borde de plato de cerámica gris romana tipo 14A de Vegas y un fragmento amorfo de terra sigillata hispánica fechado en la segunda mitad del siglo I d.C. y II. 
     A juzgar por los materiales hallados, se trataría de una necrópolis de época romana altoimperial.
San Pedro VI. El yacimiento se emplaza en la ladera Este de una pequeño cerro donde se observan en superficie escasos fragmentos de tegulae y un borde de cerámica medieval. Según Fernández Caro, apenas se veían fragmentos de cerámica común y algunos de cerámica vidriada, habiendo recogido un sólo fragmento de cerámica pintada musulmana, pudiendo pertenecer a un establecimiento agropecuario fundado en tiempos musulmanes con reutilización de materiales constructivos romanos.
San Pedro VII. El yacimiento se emplaza en un gran cerro situado en el extremo Sureste de los Cerros de San Pedro y a unos 200 metros al Sur del arroyo del Tarajal.
     Se puede observar en superficie una escasa dispersión de materiales ocupando una amplia extensión en la cima del cerro y su ladera Este. No se han detectado materiales constructivos, pero sí algunos restos cerámicos entre los que destacan varios fragmentos amorfos y un fondo de cerámica gris de Occidente, algunos fragmentos de cerámica pintada a bandas de tipo ibérico y varias asas bífidas de tradición ibero-púnica. Fernández Caro identificó varios fragmentos de cerámica gris de Occidente de tipo B y D, así como media docena de cerámicas pintadas a bandas y un fragmento de ánfora fenicia tipo A. Este autor supo, por información oral, de la destrucción en este lugar de varias tumbas provocada por el uso de arados, así como del hallazgo de un tesorillo de 200 monedas hispano-cartaginesas.
     Según lo expuesto, tal y como expone  Fernández Caro, se trataría de un sitio arqueológico que podría clasificarse como una necrópolis de época ibérica (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Pedro, apóstol;
HISTORIA Y LEYENDA

   Pescador en Cafarnaúm, Galilea, en el lago de Genezaret, él y su hermano Andrés fueron los primeros apóstoles reclutados por Jesús.
   Su verdadero nombre era Simón. Recibió de Cristo el mote arameo Kefás (gr.: Petras), para significar que sería la piedra angular de la Iglesia. Su mote ha suplantado por completo a su nombre.
   Su vida se divide en tres períodos muy claros:
   1. Envida  de Jesús, lo acompañó, con los otros discípulos, desde el co­mienzo del ministerio galileo hasta su Prendimiento en el Huerto de los Olivos, luego, después de la Resurrección, hasta la Ascensión.
   2. Después de la desaparición de su maestro, residió en Jerusalén, donde fue encarcelado por el tetrarca Herodes Agripa.
   3. Luego habría viajado a Roma de la cual fue el primer obispo. Otra vez fue encarcelado y crucificado por orden de Nerón.
   Durante el primer período, la actividad de san Pedro estuvo estrechamente ligada a la de Jesucristo, siguió tras los pasos de éste, por decirlo así. De ahí que hayamos debido remitir a la iconografía del Nuevo Testamento todas las escenas de la Vida de Jesús donde san Pedro tiene algún papel: la Vocación y la Tradición de las llaves, el Lavatorio de los pies y la Santa Cena, el Prendimiento en el Monte de los Olivos, donde corta la oreja de Malco, la Negación, la Transfiguración  y las Apariciones de Galilea. Tampoco volveremos a tratar ciertas escenas posteriores a la Ascensión de Cristo, tales como la Pentecostés y el Tránsito de la Virgen, donde él está, por fuerza. El apostolado y los milagros de san Pedro en Jerusalén y en Roma son los únicos hechos de su leyenda que comportan hagiografía propiamente dicha. Abandonamos por  ello el terreno de los Evangelios para abordar los dominios de los Hechos de los Apóstoles y de la Leyenda Dorada.
   Antes de abordar el estudio del culto y de la iconografía de san Pedro, es menester discernir entre la leyenda y la historia, exponiendo objetivamente las doctrinas contradictorias de los católicos y de los racionalistas, ya protestantes, ya agnósticos.
   Oigamos las dos campanas, porque si debemos creer en un viejo proverbio «Quien oye sólo una campana no oye más que un sonido».
1. La tradición católica

   La actividad de Pedro en Palestina después de la Ascensión de Jesús se ha­bría prolongado hasta el año 44. Fue entonces cuando, después de haber consumado numerosos milagros (Resurrección de Tabita, Curación de los en­fermos con su sombra), habría sido encarcelado por Herodes y liberado por un ángel.
   Según una tradición, venerable por su antigüedad, habría pasado en Roma los veintitrés últimos años de su vida, desde 44 hasta 67. Triunfó contra los sortilegios de Simón el Mago, favorito del emperador Nerón. Preso en la cár­cel Mamertina, se fugó con la complicidad de sus carceleros a quienes había convertido. Dándose a la fuga por temor a las persecuciones, en la Vía Apia se encontró con Cristo con la cruz a cuestas, a quien preguntó: Qua vadis, Domine y éste le respondió: «Voy a Roma para ser crucificado allí otra vez». Pedro, avergonzado por su cobardía, regresó entonces a Roma donde padeció el martirio al mismo tiempo que san Pablo; pero mientras a éste, que era ciudadano romano, lo decapitaron, Pedro, que sólo era un ju­dío, fue crucificado.
   Los Padres de la Iglesia enseñaban que san Pedro, que no quería  morir de la misma manera que Jesucristo, por humildad había pedido que lo crucificasen cabeza abajo. Se contaba que su cruz había sido levantada inter duas metas, es decir, entre los dos hitos del circo de Nerón. A finales de la Edad Media se creyó que se trataba de los dos hitos antiguos de Rómulo, cerca del Vaticano  (Meta Romuli), y Cestio, en la puerta de San Pablo. Se buscó un sitio intermedio entre estos dos puntos de referencia, y fue así como el martirio se localizó sobre el Janículo, en el lugar donde se levanta la iglesia de San Pietro in Montorio. La disputa entre el Janículo y el Vaticano aún continúa abierta.
   A falta de testimonios que sirvan de prueba de la llegada de san Pedro a Roma, la fecha de ésta y la duración de su estadía, así como acerca del lugar en que se realizó su crufixión, los defensores de la tradición católica  recurrieron a dos argumentos indirectos: el silencio de las iglesias rivales de Oriente (Palestina o Siria) que nunca reivindicaron las reliquias del Príncipe de los apóstoles y la edificación de la Basílica Constantiniana a orillas del Tíber, sobre la colina del Vaticano.
   1. Si san Pedro estaba muerto y había sido sepultado en Jerusalén, las Iglesias orientales nunca habrían dejado de invocarlo para apoyar sus pretensiones al primado en la Iglesia cristiana. Ahora bien, nunca se produjo ninguna rei­vindicación de ese género.
   2. ¿Se habrían atrevido a construir la Basílica Constantiniana sobre el em­plazamiento de un cementerio, profanando una multitud de tumbas no sólo paganas sino también cristianas si no hubiesen  estado persuadidos de que allí se encontraba la tumba de san Pedro?Esta suposición parece también más inverosímil por cuanto la naturaleza del terreno arcilloso, sobre la ladera de una colina, impuso enormes trabajos de nivelación; se necesitaban poderosas razones para emprenderlos.
   Después de las excavaciones dirigidas por Enrico Josi bajo las grutas del Vaticano, estos argumentos fueron esgrimidos en numerosas oportunidades por G. Carcopino. Según sus propios términos, «las investigaciones de los arqueólogos han confirmado la tradición y puesto fin a las polémicas de los eruditos.  A partir de ahora queda probado que san Pedro fue inhumado  en el Vaticano. Las reliquias del Príncipe de los apóstoles habrían sido trasladadas hacia 258 ad Catacumbas, sobre la Via Apia, pero de vueltas por Constantino al Vaticano en 336».
2. La tesis protestante y racionalista
   La crítica racionalista cuestiona el valor de estos argumentos y la base en que se fundan estas tradiciones.
   Pretende que no se ha probado que san Pedro haya estado en Roma, y que en cualquier caso, la tradición acerca de su cuarto de siglo de episcopado ro­mano no reposa en fundamento histórico alguno.
   El silencio de las Iglesias de Oriente sin duda resulta impresionante, pero el argumentum e silentio del cual se ha abusado con frecuencia, a lo sumo no cons­tituye más que una presunción.
   La verdad es que ningún texto contemporáneo digno de fe menciona   el viaje de san Pedro a Roma. Los Hechos de los Apóstoles (12: 17) nos in­forman, simplemente, que después de haber dejado la prisión de Herodes, Pedro salió, yéndose a otro lugar, sin aclarar cual fuese. Aunque un proverbio
dice que «todos los caminos conducen a Roma» es de desear una información más precisa. Dicho silencio es tanto más sorprendente por cuanto el autor insiste con abundancia (capítulos 27 y 28) en las peripecias del viaje de Pablo a Roma.
   La creencia en que Pedro pasó a orillas del Tíber los últimos años de su vida sólo aparece en los escritos de Ireneo y Tertuliano.
   Y hasta los católicos admiten que las fábulas populares de origen romano no pueden considerarse como pruebas.
   El arqueólogo pontificio Enrico Josi no vacila en calificar él mismo de «leyendas», el encarcelamiento de san Pedro en la cárcel Mamertina, donde habría bautizado a sus carceleros, el duelo con Simón el Mago en presencia del emperador Nerón y el diálogo con Jesucristo con la cruz a cuestas en la Vía Apia (Quo vadis).
   Estos relatos dramáticos o poéticos apuntan a acreditar la apostolicidad de la fundación de la Santa Sede, que no lo está más que la de una multitud de sedes episcopales donde no se vaciló en antidatar la fundación, a veces en muchos siglos, con el objeto de aumentar su prestigio y justificar su primado.
Hasta el mismo hecho de la crucifixión del Príncipe de los apóstoles es dudoso. Se trataría de una falsa interpretación de las palabras: «Extenderás tus manos».
   En cuanto a su localización  en el Janículo, no fue imaginada antes del siglo XV, cuando los franciscanos de Roma quisieron justificar las pretensiones de su iglesia de San Pietro in Montorio, patrocinada por los reyes de España. El teólogo protestante Cullmann consiente en admitir la historicidad de una tardía residencia de san Pedro en Roma. Según dicho autor, el apóstol habría abandonado Jerusalén en 44, dejando al apóstol Santiago como suce­sor y jefe de la comunidad cristiana, para contentarse, como san Pablo, con el papel de misionero. Pero jamás habría ejercido funciones episcopales en la capital de los césares, de manera que los papas no pueden pretenderse sucesores suyos.
   De hecho, san Pedro nunca fue representado con el báculo, atributo episcopal por excelencia.
   Acerca de la duración de su estadía en Roma, reina la misma incertidumbre. En su Dictionnaire d'Archeologie chrétienne, el erudito benedictino Dom Henri Le clerq, admite que si la estadía de san Pedro en Roma es a sus ojos un hecho cierto «suduración no lo es».
   La fecha de su crucifixión sigue siendo problemática, o más bien, puede presumirse que se la hizo coincidir artificialmente con la decapitación de san Pablo, para asociar en la muerte a los dos Príncipes de los apóstoles. Las fechas propuestas son muy variables: 55, 58, 64, 67, tanto como decir que no se sabe nada. 
   Si en la Roma del siglo IV se creía que las reliquias de san Pedro habían sido devueltas al Vaticano, sólo se trata de una tradición.
   A falta de textos habría podido esperarse que la arqueología nos deparase la solución del enigma. Desgraciadamente, las excavaciones dirigidas en 1939 y 1949 por Enrico Josi, director del Museo de Letrán y realizadas en el cementerio cristiano sobre el que se edificó la basílica de San Pedro no arrojó los resultados que se esperaban.
   No pusieron a la luz la tumba primitiva del Príncipe de los apóstoles, que se supone destruida por los vándalos. El papa Gregorio Magno la habría reemplazado en el siglo VI por un trofeo cenotafio o memorial: simple monumento conmemorativo que no contiene reliquias.
   Los resultados de las excavaciones vaticanas fueron cuestionados por Charles Delvoye (Latomus, 1954), Amable Audin (Byzantion, 1954), quien concluye que el memorial de san Pedro habría abrigado su púlpito y no su tumba.
   Si el papa Pío XII hubiera estado convencido que los huesos del Príncipe de los apóstoles habían sido inhumados  efectivamente en las criptas de la basílica vaticana ¿no se habría apresurado a proclamar Urbi et Orbi esta feliz nue­va?¿Si no lo hizo no fue porque su conciencia escrupulosa se lo prohibió? Para no decepcionar la esperanza de los peregrinos debió contentarse con decretar al fin del Jubileo del Año Santo de 1950, el dogma de la Asunción de la Santísima Virgen, en vez de promover la unión tan deseable de las iglesias cristianas, y aún a riesgo de profundizar las diferencias entre protestantes y católicos.
   En suma, ni las investigaciones arqueológicas ni los textos nos permiten hasta el presente poner fin a un debate que siempre permanece abierto, y agregar así a las afirmaciones de la fe las certezas de la ciencia.
CULTO
   Considerado muy pronto como «el Moisés de la Nueva Ley», san Pedro no es sólo un santo palestino, sino el santo universal por excelencia.
   Además, si en su condición de fundador del papado es el principal personaje de la Iglesia oficial, al mismo tiempo, a título de portero del Paraíso, es un santo eminentemente popular.
Fiestas
   Esta popularidad está probada por el número de sus fiestas que, excepcionalmente, son tres.
   l. Su natalicio, es decir, el aniversario de su muerte, que se celebra el 29 de junio.
   2. La fiesta de San Pedro ad Víncula (Petri Kettenfeier) ,que conmemora su liberación de la prisión,  y se celebra el 1 de agosto. 
 3. Finalmente, la fiesta de la Cátedra de san Pedro Apóstol (Cathedra Petri, Petri Stuhlfeier), que conmemora su primado, y que fue fijada el 22 de febrero.
Reliquias
   Roma posee las más preciosas reliquias del Príncipe de los apóstoles: sus llaves (claves), sus cadenas (vincula) y su púlpito (cathedra); pero se trata de reliquias indirectas y no corporales.
   El púlpito que Bernini introdujo en un relicario de suntuosa ejecución barroca se conserva en la basílica de San Pedro, reconstruida en el siglo XVI por Bramante y Miguel Ángel.
   Las cadenas, cuyos eslabones proceden de la cárcel de Jerusalén y de la cárcel Mamertina de Roma y que se habrían soldado milagrosamente, se veneran en la basílica de San Pietro in Vincoli. Una tercera iglesia, San Pietro in Montorio, sobre el Janículo, señalaría el lugar de su martirio.
   Su báculo milagroso, también embutido en una montura (Petrus stabhülle), se conserva en Alemania, en la catedral de Limburg del Lahn. En Venecia, en la iglesia del Redentor, se mostraba el cuchillo que usó el apóstol para cor­tar la oreja de Malco.
Lugares de culto
   En Pavía, Lombardía, debe mencionarse la iglesia romana de San Pietro in Ciel d'Oro, cuyó ábside, como el de la iglesia de la Daurade, en Toulouse, estaba cubierto de mosaicos de esmalte dorado.
   Además de protector de Roma y de Pavía, a san Pedro también se lo consideraba el de Milán, Lucca, Ancona, Orvieto, Nápoles, Calabria y Sicilia. En 1140 el rey Rogerio II de Sicilia, de origen normando, puso bajo su advo­cación la Capilla Palatina de Palermo.
    Francia tiene numerosas iglesias puestas bajo la advocación de san Pedro. Su culto fue difundido por la orden de Cluny, cuya casa matriz, y casi todos los prioratos, comenzando por el de Moissac, estaban consagrados al Príncipe de los apóstoles, primer representante del papado al cual la orden respondía  directamente, por derecho de exención. 
   Entre las catedrales góticas que llevan su nombre, basta recordar las de Beauvais, Troyes, Lisieux, Nantes, Poitiers, Angulema y Montpellier. Entre las iglesias abaciales o parroquiales, cabe citar, en París, la antigua capilla de Saint Pierre aux boeufs (Capella Sanct Petri de bobus), cuya  portada decoraba la fachada de la actual Saint Severin; en Sens, la de Saint Pierre le Vif (invko); en Estrasburgo, la de Saint Pierre le Vieux y Saint Pierre le Jeune; en l'ours, la de Saint Pierre le Puellier (Monasterium S.Petri  puellarum) y Saint Pierre des Corps; en Toulouse, la de Saint Pierre des Cuisines; en Normandía, Caen y Jumieges, en las regiones de Poitou, Saintonge, Airvault, Chauvigny y Aulnay. Además, numerosas localidades se bautizaron Dompierre o Dampierre. En España, mencionemos las de San Pedro de las Puellas, en Barcelona y San Pedro el Viejo en Huesca, Aragón.
   En Suiza, la catedral de Ginebra, convertida en el santuario principal  de la Roma protestante, estaba bajo la advocación de San Pierre es Liens (ad Vincula; cast.: encadenado, encarcelado).
   En los Países Bajos, san Pedro era particularmente venerado en Lovaina, Bélgica y Maastricht,  Holanda.
   Antes de la Reforma Inglaterra no era menos devota, a juzgar por la advocación de la abadía de Westminster, y las de las catedrales de Norwich, Exxeter y Peterborough.
   Para acabar con una nomenclatura, muy incompleta ciertamente, mencionemos la célebre abadía de San Pedro de Salzburgo, en Austria, y la Peterkirche de Munich, en Baviera.
Patronazgos de corporaciones
   La popularidad del pescador de Cafarnaúm, convertido en el primero de los papas de Roma, además está probada por el gran número de corporaciones y gremios que reivindican su patronazgo: los pescadores,  pescaderos. co­merciantes de pescado, fabricantes de redes -en conmemoración de la Pesca milagrosa- albañiles -a causa del nombre del primer papa, que es la piedra viviente sobre la cual Cristo ha edificado la Iglesia; los herreros y doradores de metales, a causa de las cadenas de las cuales fue liberado; los cosechadores y cesteros porque se sirven de ligaduras; los cerrajeros, al igual que los relojeros quienes formaban parte de la misma corporación, porque san Pedro posee la llave del Paraíso.
   No se lo apreciaba menos como santo curador. Se lo invocaba contra la fiebre, los ataques de locura, las picaduras de serpiente. Para curar la rabia, enfer­medad contra  la cual se lo consideraba idóneo porque pusiera en fuga a los perros que lanzara contra él Simón el Mago, se aplicaba, tanto a hombres como a animales, un hierro calentado que se llamaba «llave de san Pedro».
ICONOGRAFÍA
   La iconografía del Príncipe de los apóstoles (Iconografía petriana) es de tal riqueza  que desafía todo intento de enumeración.
l. Figuras
Tipo iconográfico, vestiduras y atributos
l. Tipo.

   San Pedro se caracteriza no sólo por sus atributos sino por su tipo físico que es fácilmente reconocible.
   El arte oriental le atribuyó una cabellera rizada. En Occidente, por el contrario, se lo representa calvo, con sólo un mechón de pelo sobre la frente. La tonsura recuerda que fue el primero de los sacerdotes cristianos.
   Se contaba que los judíos de Antioquía le habían tonsurado la cabeza para escarnecerlo. Tal sería el origen de la tonsura clerical, convertida en un signo de honor, porque según los simbolistas evoca la corona de espinas de Jesucristo. Esta clase de tonsura se denomina tonsura scotica porque fue pues­ta de moda entre los clérigos por los misioneros irlandeses.
   La barba rizada de san Pedro siempre es corta.
2.Vestiduras
   Su indumentaria es muy diferente, según que esté representado como após­tol o como papa.
   En el arte cristiano primitivo, como todos los apóstoles, lleva la toga anti­gua, la cabeza descubierta y los pies descalzos.
   En la Edad Media su indumentaria era la de los papas, sus sucesores. Viste el palio, y a partir del siglo X, está tocado con la tiara cónica o la triple corona (triregnum). Estos ornamentos pontificios se convirtieron en la regla en el siglo XV: «San Pedro estará vestido de papa», se lee en un contrato acordado con un pintor en 1452.
ATRIBUTOS
   Los atributos de san Pedro son excepcionalmente numerosos, y los lleva, ya él mismo, ya los ángeles que lo acompañan; unos le caracterizan como após­tol, otros como papa.
l. El más antiguo y difundido es la llave (clavis), que aparece por primera vez en un mosaico de mediados del siglo V, y que desde entonces se convirtió en su atributo constante. Pedro siempre es clavígero (Petrus claviger coeli).
   A veces la llave es única, pero generalmente hay dos ,una de oro y otra de plata, llaves del cielo y de la tierra que sim­bolizan el poder  de atar y desatar, de absolver y de excomulgar, que Cristo concediera al Príncipe de los apóstoles (Tibi daba claves regni coelorum). Dichas llaves están juntas porque el poder de abrir y el de cerrar es uno solo.
   A causa del pasaje del Evangelio de Mateo acerca de la «Tradición de las llaves», san Pedro, en la creencia popular, se convirtió en el portero del Paraíso (jnnitor Coeli).
   Cuando el número de llaves es tres, simbolizan el triple poder de san Pedro sobre el cielo, la tierra y el infierno.
2. La barca alude a su primer oficio, pescador, y la pequeña barca de remos, es símbolo de la Iglesia.
3. El pez tiene el mismo significado, salvo que caracteriza no sólo al pescador de peces, sino también al pescador de hombres (Menschertfischer).
4. El gallo posado sobre una columna es el emblema de la negación y de su arrepentimiento. Dicho atributo, muy tardío, se difundió con el arte barro­co del siglo XVIII.
5. Las cadenas recuerdan sus «cárceles», su triple encarcelamiento, en Antioquía, Jerusalén y Roma. La cadena partida simboliza su liberación por un ángel.
6. La cruz invertida evoca su crucifixión cabeza abajo.
7. La cruz de triple crucero, uno más que la de los arzobispos, es la insignia de la dignidad papal.
   A  estos numerosos atributos puede sumarse la imagen de Simón el Mago, padre de los simoníacos, quien le ofreciera dinero para adquirir el don del Espíritu Santo, ya quien el apóstol pisotea. A veces, aunque es muy infre­cuente, derriba al emperador Nerón (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
         Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte los sitios arqueológicos San Pedro, en Fuentes de Andalucía (Sevilla). Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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El relieve "Las Lágrimas de San Pedro (Cristo atado a la Columna)", de Juan Giralte, perteneciente al Retablo de la Redención, en la sala II del Museo de Bellas Artes

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el relieve "Las Lágrimas de San Pedro (Cristo atado a la Columna)", de Juan Giralte, en el Retablo de la Redención, en la sala II del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.  
     Hoy 29 de junio, la Iglesia celebra la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, apóstoles. Simón, hijo de Jonás y hermano de Andrés, fue el primero entre los discípulos que confesó a Cristo como Hijo de Dios vivo, y por ello fue llamado Pedro. Pablo, apóstol de los gentiles, predicó a Cristo crucificado a judíos y griegos. Los dos, con la fuerza de la fe y el amor a Jesucristo, anunciaron el Evangelio en la ciudad de Roma, donde, en tiempo del emperador Nerón, ambos sufrieron el martirio: Pedro, como narra la tradición, crucificado cabeza abajo y sepultado en el Vaticano, cerca de la vía Triunfal, y Pablo, degollado y enterrado en la vía Ostiense. En este día, su triunfo es celebrado por todo el mundo con honor y veneración (s. I) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II]. 
     Y qué mejor día que hoy para ExplicArte el relieve "Las Lágrimas de San Pedro (Cristo atado a la Columna", de Juan Giralte, en el Retablo de la Redención, en la sala II del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
        El Museo de Bellas Artes, antiguo Convento de la Merced Calzada [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
     En la sala II del Museo de Bellas Artes podemos contemplar el relieve "Las Lágrimas de San Pedro (Cristo atado a la Columna)", perteneciente al Retablo de la Redención, de Juan Giralte (activo en el 2º y 3º 1/4 del siglo XVI, falleciendo en 1574), de cedro tallado en estilo renacentista, realizado en 1562-63, con unas medidas de 1'10 x 0`84 m., y procedente del Convento de Santa Catalina de las Carmelitas de Aracena (Huelva), siendo adquirida por el Estado, para el Museo Arqueológico Nacional, que lo tiene depositado en el Museo en 1970 (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
    Varios hechos fundamentales conforman el panorama de la escultura hispalense de mediados del siglo XVI, vinculados no sólo a la evolución española, sino también al resto de Andalucía. De inicio, es una etapa de cierta cortedad cronológica, pues tan sólo abarca unos veinte años, pero en ella ocurre la interpretación indígena de los influjos renacientes italianos, apareciendo una producción mucho más autóctona, y la superposición, al final de su tiempo, de ciertos influjos ya manieristas florentinos. Por otro lado, no será Sevilla el foco prioritario del llamado Purismo, sino Granada, donde dos grandes empresas artísticas, la Catedral y el Palacio de Carlos V, atraerán los afanes de los mejores artistas -Silva, Niccolo da Corte, Juan de Orea, etc.-, que no poco tuvieron que ver con la plástica sevillana, que, como lógicamente cabe suponer, no abarca esta provincia tan sólo, sino que se extiende por las limítrofes, inte­grantes de su Archidiócesis. Por ello, la escultura purista hispalense es en este momento de escasa importancia numérica y aparece de la mano de artistas venidos de más allá de nuestras tierras, algunos de ellos de escasa fama, que trabajaron tanto en la realización de retablos como de imaginería.
   Bernales afirma que el clasicismo se manifiesta potente en la Sacristía Mayor de la catedral de Sevilla, a cuyas esculturas no es ajeno Diego de Siloé, y en donde trabajaron los artistas del círculo de Diego de Riaño. Algo parecido debió ocurrir con la primera etapa decorativa de la Capilla Real hispalense, realizada por Pedro de Campos y Lorenzo del Bao, y que luego se concluyera en tiempos de Diego de Pesquera. Al citado círculo de Diego de Riaño, que trabajó en la Sacristía Mayor catedralicia, perteneció Diego Guillén Ferrant, nacido probablemente en Clermont-Ferrant hacia el año 1500, y que es tenido por Palomero como «la figura más importante, después de Roque Balduque, del retablo sevillano de la primera mitad del siglo XVI». Artista poco estudiado, trabajó en Sevilla entre 1533 y 1547, dejándonos, como maestro imaginero la Virgen de la Granada, en la Colegiata de Osuna, muy bella y dotada de gran movimiento.
   Pero, como veremos más adelante, dos maestros flamencos, Roque Balduque y Juan Giralte, llenan el panorama escultórico sevillano del comedio de siglo, preparan el ambiente artístico que llenará el último tercio del XVI y el primero establece el tipo iconográfico que definirá las representaciones de la Madre de Dios, como demostró Hernández Díaz.
   Entre todo el grupo de colaboradores de Balduque destacó con luz propia este maestro, Juan Giralte, también flamenco, del que apenas si tenemos datos biográficos. Debió venir a Sevilla para trabajar en el taller de Roque Balduque, y allí permanece anónimamente hasta la muerte del maestro en 1561, fecha en la que le sucede para finalizar los encargos pendientes, según consta en el contrato de cesión que le otorga la viuda del maestro de Bois-le-Duc. Sabemos que, para esta fecha, estaba ya casado con una hija del pintor Juan de Zamora; en 1569 tuvo problemas con la justicia por asuntos económicos, y en 1572 figura en la nómina de la Capilla Real hispalense con el oficio de «moldurero». Muere en Sevilla, en 1574.
   Estilísticamente, Giralte sigue los cánones de Balduque, pero acentuando las notas flamencas, consiguiendo realizaciones nerviosas y de menor calidad. Como afirma Bernales, sus figuras son «alargadas, algo angulosas y de expresiones dramáticas», demostrando que su estilo «se desarrolla dentro del primitivismo nórdico -escribe Palomero-; y muestra las incorrecciones que suponen la forzada y falsa asimilación de las fórmulas renacentistas». Técnicamente, sus obras acusan una ejecución tendente a un relieve excesivamente plano y de vinculaciones todavía muy medievales. '
   Su producción, ahora comenzada a conocer, arrancaría de su trabajo en la parroquia de San Vicente, donde terminó el Crucificado del remate del retablo Mayor, comenzado por Balduque. Como obras personales se consideran el retablo de la Redención, de Aracena, y los de Cazalla de Almanzor y Bollullos de la Mitación; los apóstoles del Tenebrario de la Catedral hispalense, la figura de Jesús atado a la columna de la iglesia de la Trinidad, y la escultura de San Sebastián, en Jimena de la Frontera (Cádiz).
   En 1970, como depósito del Museo Arqueológico Nacional, ingresaron en el Museo las diez tablas que componen el total de los relieves de Giralte para el retablo de la Redención, con­tratado por el escultor, en 1562, con el presbítero  Bartolomé Vázquez, con destino a su Capilla funeraria en la iglesia conventual de Santa Catalina del Carmen, en Aracena (Huelva). Según el contrato y la tasación, hecha esta última en 1563 por Andrés Ramírez y Antonio de Arfián, los relieves se hicieron en madera de cedro y la policromía de oro bruñido, ciñéndose a  la siguiente iconografía: Las lágrimas de San Pedro (con la figura añadida de San Juan), la Coronación de espinas, la Oración en el huerto, la Anunciación y la Resurrección, en el único cuerpo del retablo; después, y como añadido al mismo, se hicieron por el propio Giralte, para el remate, las pequeñas tablas del Padre Eterno y los Evangelistas.
   Arrancado de su lugar de origen, ha desaparecido su arquitectura, de tipo políptico, con «columnas labradas de talla» y «friso con serafines», así como la policromía. Identificado en 1954 por  Hernández Díaz, la restauración nos permite admirarlo hoy «en blanco» (Enrique Pareja López, Escultura, en Museo de Bellas Artes de Sevilla, Tomo I. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Pedro, apóstol;
HISTORIA Y LEYENDA
   Pescador en Cafarnaúm, Galilea, en el lago de Genezaret, él y su hermano Andrés fueron los primeros apóstoles reclutados por Jesús.
   Su verdadero nombre era Simón. Recibió de Cristo el mote arameo Kefás (gr.: Petras), para significar que sería la piedra angular de la Iglesia. Su mote ha suplantado por completo a su nombre.
   Su vida se divide en tres períodos muy claros:
   1. Envida  de Jesús, lo acompañó, con los otros discípulos, desde el co­mienzo del ministerio galileo hasta su Prendimiento en el Huerto de los Olivos, luego, después de la Resurrección, hasta la Ascensión.
   2. Después de la desaparición de su maestro, residió en Jerusalén, donde fue encarcelado por el tetrarca Herodes Agripa.
   3. Luego habría viajado a Roma de la cual fue el primer obispo. Otra vez fue encarcelado y crucificado por orden de Nerón.
   Durante el primer período, la actividad de san Pedro estuvo estrechamente ligada a la de Jesucristo, siguió tras los pasos de éste, por decirlo así. De ahí que hayamos debido remitir a la iconografía del Nuevo Testamento todas las escenas de la Vida de Jesús donde san Pedro tiene algún papel: la Vocación y la Tradición de las llaves, el Lavatorio de los pies y la Santa Cena, el Prendimiento en el Monte de los Olivos, donde corta la oreja de Malco, la Negación, la Transfiguración  y las Apariciones de Galilea. Tampoco volveremos a tratar ciertas escenas posteriores a la Ascensión de Cristo, tales como la Pentecostés y el Tránsito de la Virgen, donde él está, por fuerza. El apostolado y los milagros de san Pedro en Jerusalén y en Roma son los únicos hechos de su leyenda que comportan hagiografía propiamente dicha. Abandonamos por  ello el terreno de los Evangelios para abordar los dominios de los Hechos de los Apóstoles y de la Leyenda Dorada.
   Antes de abordar el estudio del culto y de la iconografía de san Pedro, es menester discernir entre la leyenda y la historia, exponiendo objetivamente las doctrinas contradictorias de los católicos y de los racionalistas, ya protestantes, ya agnósticos.
   Oigamos las dos campanas, porque si debemos creer en un viejo proverbio «Quien oye sólo una campana no oye más que un sonido».
l. La tradición católica
   La actividad de Pedro en Palestina después de la Ascensión de Jesús se ha­bría prolongado hasta el año 44. Fue entonces cuando, después de haber consumado numerosos milagros (Resurrección de Tabita, Curación de los en­fermos con su sombra), habría sido encarcelado por Herodes y liberado por un ángel.
   Según una tradición, venerable por su antigüedad, habría pasado en Roma los veintitrés últimos años de su vida, desde 44 hasta 67. Triunfó contra los sortilegios de Simón el Mago, favorito del emperador Nerón. Preso en la cár­cel Mamertina, se fugó con la complicidad de sus carceleros a quienes había convertido. Dándose a la fuga por temor a las persecuciones, en la Vía Apia se encontró con Cristo con la cruz a cuestas, a quien preguntó: Qua vadis, Domine y éste le respondió: «Voy a Roma para ser crucificado allí otra vez». Pedro, avergonzado por su cobardía, regresó entonces a Roma donde padeció el martirio al mismo tiempo que san Pablo; pero mientras a éste, que era ciudadano romano,lo decapitaron, Pedro, que sólo era un ju­dío, fue crucificado.
   Los Padres de la Iglesia enseñaban que san Pedro, que no quería  morir de la misma manera que Jesucristo, por humildad había pedido que lo crucificasen cabeza abajo. Se contaba que su cruz había sido levantada inter duas metas, es decir, entre los dos hitos del circo de Nerón. A finales de la Edad Media se creyó que se trataba de los dos hitos antiguos de Rómulo, cerca del Vaticano  (Meta Romuli), y Cestio, en la puerta de San Pablo. Se buscó un sitio intermedio entre estos dos puntos de referencia, y fue así como el martirio se localizó sobre el Janículo, en el lugar donde se levanta la iglesia de San Pietro in Montorio. La disputa entre el Janículo y el Vaticano aún continúa abierta.
   A falta de testimonios que sirvan de prueba de la llegada de san Pedro a Roma, la fecha de ésta y la duración de su estadía, así como acerca del lugar en que se realizó su crufixión, los defensores de la tradición católica  recurrieron a dos argumentos indirectos: el silencio de las iglesias rivales de Oriente (Palestina o Siria) que nunca reivindicaron las reliquias del Príncipe de los apóstoles y la edificación de la Basílica Constantiniana a orillas del Tíber, sobre la colina del Vaticano.
   1. Si san Pedro estaba muerto y había sido sepultado en Jerusalén, las Iglesias orientales nunca habrían dejado de invocarlo para apoyar sus pretensiones al primado en la Iglesia cristiana. Ahora bien, nunca se produjo ninguna rei­vindicación de ese género.
   2. ¿Se habrían atrevido a construir la Basílica Constantiniana sobre el em­plazamiento de un cementerio, profanando una multitud de tumbas no sólo paganas sino también cristianas si no hubiesen  estado persuadidos de que allí se encontraba la tumba de san Pedro?Esta suposición parece también más inverosímil por cuanto la naturaleza del terreno arcilloso, sobre la ladera de una colina, impuso enormes trabajos de nivelación; se necesitaban poderosas razones para emprenderlos.
   Después de las excavaciones dirigidas por Enrico Josi bajo las grutas del Vaticano, estos argumentos fueron esgrimidos en numerosas oportunidades por G. Carcopino. Según sus propios términos, «las investigaciones de los arqueólogos han confirmado la tradición y puesto fin a las polémicas de los eruditos.  A partir de ahora queda probado que san Pedro fue inhumado  en el Vaticano. Las reliquias del Príncipe de los apóstoles habrían sido trasladadas hacia 258 ad Catacumbas, sobre la Via Apia, pero de vueltas por Constantino al Vaticano en 336».
2. La tesis protestante y racionalista
   La crítica racionalista cuestiona el valor de estos argumentos y la base en que se fundan estas tradiciones.
   Pretende que no se ha probado que san Pedro haya estado en Roma, y que en cualquier caso, la tradición acerca de su cuarto de siglo de episcopado ro­mano no reposa en fundamento histórico alguno.
   El silencio de las Iglesias de Oriente sin duda resulta impresionante, pero el argumentum e silentio del cual se ha abusado con frecuencia, a lo sumo no cons­tituye más que una presunción.
   La verdad es que ningún texto contemporáneo digno de fe menciona   el viaje de san Pedro a Roma. Los Hechos de los Apóstoles (12: 17) nos in­forman, simplemente, que después de haber dejado la prisión de Herodes, Pedro salió, yéndose a otro lugar, sin aclarar cual fuese. Aunque un proverbio
dice que «todos los caminos conducen a Roma» es de desear una información más precisa. Dicho silencio es tanto más sorprendente por cuanto el autor insiste con abundancia (capítulos 27 y 28) en las peripecias del viaje de Pablo a Roma.
   La creencia en que Pedro pasó a orillas del Tíber los últimos años de su vida sólo aparece en los escritos de Ireneo y Tertuliano.
   Y hasta los católicos admiten que las fábulas populares de origen romano no pueden considerarse como pruebas.
   El arqueólogo pontificio Enrico Josi no vacila en calificar él mismo de «leyendas», el encarcelamiento de san Pedro en la cárcel Mamertina, donde habría bautizado a sus carceleros, el duelo con Simón el Mago en presencia del emperador Nerón y el diálogo con Jesucristo con la cruz a cuestas en la Vía Apia (Quo vadis).
   Estos relatos dramáticos o poéticos apuntan a acreditar la apostolicidad de la fundación de la Santa Sede, que no lo está más que la de una multitud de sedes episcopales donde no se vaciló en antidatar la fundación, a veces en muchos siglos, con el objeto de aumentar su prestigio y justificar su primado.
Hasta el mismo hecho de la crucifixión del Príncipe de los apóstoles es dudoso. Se trataría de una falsa interpretación de las palabras: «Extenderás tus manos».
   En cuanto a su localización  en el Janículo, no fue imaginada antes del siglo XV, cuando los franciscanos de Roma quisieron justificar las pretensiones de su iglesia de San Pietro in Montorio, patrocinada por los reyes de España. El teólogo protestante Cullmann consiente en admitir la historicidad de una tardía residencia de san Pedro en Roma. Según dicho autor, el apóstol habría abandonado Jerusalén en 44, dejando al apóstol Santiago como suce­sor y jefe de la comunidad cristiana, para contentarse, como san Pablo, con el papel de misionero. Pero jamás habría ejercido funciones episcopales en la capital de los césares, de manera que los papas no pueden pretenderse sucesores suyos.
   De hecho, san Pedro nunca fue representado con el báculo, atributo episcopal por excelencia.
   Acerca de la duración de su estadía en Roma, reina la misma incertidumbre. En su Dictionnaire d'Archeologie chrétienne, el erudito benedictino Dom Henri Le clerq, admite que si la estadía de san Pedro en Roma es a sus ojos un hecho cierto «suduración no lo es».
   La fecha de su crucifixión sigue siendo problemática, o más bien, puede presumirse que se la hizo coincidir artificialmente con la decapitación de san Pablo, para asociar en la muerte a los dos Príncipes de los apóstoles. Las fechas propuestas son muy variables: 55, 58, 64, 67, tanto como decir que no se sabe nada.
   Si en la Roma del siglo IV se creía que las reliquias de san Pedro habían sido devueltas al Vaticano, sólo se trata de una tradición.
   A falta de textos habría podido esperarse que la arqueología nos deparase la solución del enigma. Desgraciadamente, las excavaciones dirigidas en 1939 y 1949 por Enrico Josi, director del Museo de Letrán y realizadas en el cementerio cristiano sobre el que se edificó la basílica de San Pedro no arrojó los resultados que se esperaban.
   No pusieron a la luz la tumba primitiva del Príncipe de los apóstoles, que se supone destruida por los vándalos. El papa Gregorio Magno la habría reemplazado en el siglo VI por un trofeo cenotafio o memorial: simple monumento conmemorativo que no contiene reliquias.
   Los resultados de las excavaciones vaticanas fueron cuestionados por Charles Delvoye (Latomus, 1954), Amable Audin (Byzantion, 1954), quien concluye que el memorial de san Pedro habría abrigado su púlpito y no su tumba.
   Si el papa Pío XII hubiera estado convencido que los huesos del Príncipe de los apóstoles habían sido inhumados  efectivamente en las criptas de la basílica vaticana ¿no se habría apresurado a proclamar Urbi et Orbi esta feliz nue­va?¿Si no lo hizo no fue porque su conciencia escrupulosa se lo prohibió? Para no decepcionar la esperanza de los peregrinos debió contentarse con decretar al fin del Jubileo del Año Santo de 1950, el dogma de la Asunción de la Santísima Virgen, en vez de promover la unión tan deseable de las iglesias cristianas, y aún a riesgo de profundizar las diferencias entre protestantes y católicos.
   En suma, ni las investigaciones arqueológicas ni los textos nos permiten hasta el presente poner fin a un debate que siempre permanece abierto, y agregar así a las afirmaciones de la fe las certezas de la ciencia.
CULTO
   Considerado muy pronto como «el Moisés de la Nueva Ley», san Pedro no es sólo un santo palestino, sino el santo universal por excelencia.
   Además, si en su condición de fundador del papado es el principal personaje de la Iglesia oficial, al mismo tiempo, a título de portero del Paraíso, es un santo eminentemente popular.
Fiestas
   Esta popularidad está probada por el número de sus fiestas que, excepcionalmente, son tres.
   l. Su natalicio, es decir, el aniversario de su muerte, que se celebra el 29 de junio.
   2. La fiesta de San Pedro ad Víncula (Petri Kettenfeier) ,que conmemora su liberación de la prisión,  y se celebra el 1 de agosto.
   3. Finalmente, la fiesta de la Cátedra de san Pedro Apóstol (Cathedra Petri, Petri Stuhlfeier), que conmemora su primado, y que fue fijada el 22 de febrero.
Reliquias
   Roma posee las más preciosas reliquias del Príncipe de los apóstoles: sus llaves (claves), sus cadenas (vincula) y su púlpito (cathedra); pero se trata de reliquias indirectas y no corporales.
   El púlpito que Bernini introdujo en un relicario de suntuosa ejecución barroca se conserva en la basílica de San Pedro, reconstruida en el siglo XVI por Bramante y Miguel Ángel.
   Las cadenas, cuyos eslabones proceden de la cárcel de Jerusalén y de la cárcel Mamertina de Roma y que se habrían soldado milagrosamente, se veneran en la basílica de San Pietro in Vincoli. Una tercera iglesia, San Pietro in Montorio, sobre el Janículo, señalaría el lugar de su martirio.
   Su báculo milagroso, también embutido en una montura (Petrus stabhülle), se conserva en Alemania, en la catedral de Limburg del Lahn. En Venecia, en la iglesia del Redentor, se mostraba el cuchillo que usó el apóstol para cor­tar la oreja de Malco.
Lugares de culto
   En Pavía, Lombardía, debe mencionarse la iglesia romana de San Pietro in Ciel d'Oro, cuyó ábside, como el de la iglesia de la Daurade, en Toulouse, estaba cubierto de mosaicos de esmalte dorado.
   Además de protector de Roma y de Pavía, a san Pedro también se lo consideraba el de Milán, Lucca, Ancona, Orvieto, Nápoles, Calabria y Sicilia. En 1140 el rey Rogerio II de Sicilia, de origen normando, puso bajo su advo­cación la Capilla Palatina de Palermo.
    Francia tiene numerosas iglesias puestas bajo la advocación de san Pedro. Su culto fue difundido por la orden de Cluny, cuya casa matriz, y casi todos los prioratos, comenzando por el de Moissac, estaban consagrados al Príncipe de los apóstoles, primer representante del papado al cual la orden respondía  directamente, por derecho de exención.
   Entre las catedrales góticas que llevan su nombre, basta recordar las de Beauvais, Troyes, Lisieux, Nantes, Poitiers, Angulema y Montpellier. Entre las iglesias abaciales o parroquiales, cabe citar, en París, la antigua capilla de Saint Pierre aux boeufs (Capella Sanct Petri de bobus), cuya  portada decoraba la fachada de la actual Saint Severin; en Sens, la de Saint Pierre le Vif (invko); en Estrasburgo, la de Saint Pierre le Vieux y Saint Pierre le Jeune; en l'ours, la de Saint Pierre le Puellier (Monasterium S.Petri  puellarum) y Saint Pierre des Corps; en Toulouse, la de Saint Pierre des Cuisines; en Normandía, Caen y Jumieges, en las regiones de Poitou, Saintonge, Airvault, Chauvigny y Aulnay. Además, numerosas localidades se bautizaron Dompierre o Dampierre. En España, mencionemos las de San Pedro de las Puellas, en Barcelona y San Pedro el Viejo en Huesca, Aragón.
   En Suiza, la catedral de Ginebra, convertida en el santuario principal  de la Roma protestante, estaba bajo la advocación de San Pierre es Liens (ad Vincula; cast.: encadenado, encarcelado).
   En los Países Bajos, san Pedro era particularmente venerado en Lovaina, Bélgica y Maastricht,  Holanda.
   Antes de la Reforma Inglaterra no era menos devota, a juzgar por la advocación de la abadía de Westminster, y las de las catedrales de Norwich, Exxeter y Peterborough.
   Para acabar con una nomenclatura, muy incompleta ciertamente, mencionemos la célebre abadía de San Pedro de Salzburgo, en Austria, y la Peterkirche de Munich, en Baviera.
Patronazgos de corporaciones
   La popularidad del pescador de Cafarnaúm, convertido en el primero de los papas de Roma, además está probada por el gran número de corporaciones y gremios que reivindican su patronazgo: los pescadores,  pescaderos. co­merciantes de pescado, fabricantes de redes -en conmemoración de la Pesca milagrosa- albañiles -a causa del nombre del primer papa, que es la piedra viviente sobre la cual Cristo ha edificado la Iglesia; los herreros y doradores de metales, a causa de las cadenas de las cuales fue liberado; los cosechadores y cesteros porque se sirven de ligaduras; los cerrajeros, al igual que los relojeros quienes formaban parte de la misma corporación, porque san Pedro posee la llave del Paraíso.
   No se lo apreciaba menos como santo curador. Se lo invocaba contra la fiebre, los ataques de locura, las picaduras de serpiente. Para curar la rabia, enfer­medad contra  la cual se lo consideraba idóneo porque pusiera en fuga a los perros que lanzara contra él Simón el Mago, se aplicaba, tanto a hombres como a animales, un hierro calentado que se llamaba «llave de san Pedro».
ICONOGRAFÍA
   La iconografía del Príncipe de los apóstoles (Iconografía petriana) es de tal riqueza  que desafía todo intento de enumeración.
l. Figuras
Tipo iconográfico, vestiduras y atributos
l. Tipo.
   San Pedro se caracteriza no sólo por sus atributos sino por su tipo físico que es fácilmente reconocible.
   El arte oriental le atribuyó una cabellera rizada. En Occidente, por el contrario, se lo representa calvo, con sólo un mechón de pelo sobre la frente. La tonsura recuerda que fue el primero de los sacerdotes cristianos.
   Se contaba que los judíos de Antioquía le habían tonsurado la cabeza para escarnecerlo. Tal sería el origen de la tonsura clerical, convertida en un signo de honor, porque según los simbolistas evoca la corona de espinas de Jesucristo. Esta clase de tonsura se denomina tonsura scotica porque fue pues­ta de moda entre los clérigos por los misioneros irlandeses.
   La barba rizada de san Pedro siempre es corta.
2.Vestiduras
   Su indumentaria es muy diferente, según que esté representado como após­tol o como papa.
   En el arte cristiano primitivo, como todos los apóstoles, lleva la toga anti­gua, la cabeza descubierta y los pies descalzos.
   En la Edad Media su indumentaria era la de los papas, sus sucesores. Viste el palio, y a partir del siglo X, está tocado con la tiara cónica o la triple corona (triregnum). Estos ornamentos pontificios se convirtieron en la regla en el siglo XV: «San Pedro estará vestido de papa», se lee en un contrato acor­dado con un pintor en 1452.
ATRIBUTOS
   Los atributos de san Pedro son excepcionalmente numerosos, y los lleva, ya él mismo, ya los ángeles que lo acompañan; unos le caracterizan como após­tol, otros como papa.
l. El más antiguo y difundido es la llave (clavis), que aparece por primera vez en un mosaico de mediados del siglo V, y que desde entonces se convirtió en su atributo constante. Pedro siempre es clavígero (Petrus claviger coeli).
   A veces la llave es única, pero generalmente hay dos ,una de oro y otra de plata, llaves del cielo y de la tierra que sim­bolizan el poder  de atar y desatar, de absolver y de excomulgar, que Cristo concediera al Príncipe de los apóstoles (Tibi daba claves regni coelorum). Dichas llaves están juntas porque el poder de abrir y el de cerrar es uno solo.
   A causa del pasaje del Evangelio de Mateo acerca de la «Tradición de las llaves», san Pedro, en la creencia popular, se convirtió en el portero del Paraíso (jnnitor Coeli).
   Cuando el número de llaves es tres, simbolizan el triple poder de san Pedro sobre el cielo, la tierra y el infierno.
2. La barca alude a su primer oficio, pescador, y la pequeña barca de remos, es símbolo de la Iglesia.
3. El pez tiene el mismo significado, salvo que caracteriza no sólo al pescador de peces, sino también al pescador de hombres (Menschertfischer).
4. El gallo posado sobre una columna es el emblema de la negación y de su arrepentimiento. Dicho atributo, muy tardío, se difundió con el arte barro­co del siglo XVIII.
5. Las cadenas recuerdan sus «cárceles», su triple encarcelamiento, en Antioquía, Jerusalén y Roma. La cadena partida simboliza su liberación por un ángel.
6. La cruz invertida evoca su crucifixión cabeza abajo.
7. La cruz de triple crucero, uno más que la de los arzobispos, es la insignia de la dignidad papal.
   A  estos numerosos atributos puede sumarse la imagen de Simón el Mago, padre de los simoníacos, quien le ofreciera dinero para adquirir el don del Espíritu Santo, ya quien el apóstol pisotea. A veces, aunque es muy infre­cuente, derriba al emperador Nerón (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de Cristo atado a la Columna y la Flagelación de Cristo; 
La Flagelación o Cristo atado a la columna
     Mateo, 27: 26; Marcos, 15: 15; Lucas, 23: 16 y 22; Juan, 19: l.
     Los cuatro evangelistas mencionan la Flagelación; pero se limitan a decir en pocas palabras que Jesús fue azotado o incluso, simplemente, «castigado» (Lucas), sin agregar que fue atado a una columna. La abundante iconografía de la Flagelación nació de esa mera palabra. No se puede citar otro ejemplo de una tan flagrante desproporción entre el laconismo de los textos y la prodigiosa riqueza de la imaginería que produjo.
     Se ha pretendido que en el espíritu de Pilato, la Flagelación no tenía como objetivo atormentar a Jesús, a quien aquél creía inocente, sino por el contrario salvarle la vida intentando apiadar a los judíos. De hecho, la Flagelación siempre era como lo atestiguan el historiador Josefo y el filósofo alejandrino Filón, el preludio de la crucifixión. Se desgarraba a los condenados a latigazos, antes de ejecutarlos, era un medio de arrancarles confesiones en una época que aún no había perfeccionado la técnica de las confesiones espontáneas.
Culto
     Se veneraban dos columnas de la Flagelación, una en Jerusalén y la otra en Roma.
     La abadía de Saint Étienne de Bassac, en Saintonge, pretendía poseer, antes de la Revolución, la Santa Ligadura con la que se había atado a Jesús a la columna.
     Las cofradías de Flagelantes, que todavía hoy subsisten en España, mantenían esta devoción cuyos excesos debieron reprimir los obispos.
     En Baviera, la iglesia de peregrinación de Wies está puesta bajo la advocación del Salvador flagelado (zum gegeisselten Heiland).
Análisis Iconográfico
     En el arte prefigurativo de la Edad Media, Cristo flagelado está enmarcado por las prefiguraciones del Antiguo Testamento: l. Lamec golpeado por sus dos mujeres. 2. Job golpeado por su mujer con una horquilla de estiércol. 3. El rey Aquior atado a un árbol y flagelado por orden de Holofernes, por haber dicho la verdad.
     En el siglo XV, este tema fue representado con frecuencia como frontispicio, en las sedes (marieegole) de las cofradías de Flagelantes.
     Los personajes que participan en esta escena, son, por orden de importancia decreciente:  l  Cristo. - 2. Los verdugos. - 3. Los espectadores.
1. Cristo
     Según la ley romana, el condenado al suplicio de la Flagelación, recibía los golpes de pie, y de acuerdo con la ley levítica, acostado. Cristo es flagelado de pie.
     Tal como ocurre en la Crucifixión, la larga túnica con la que en principio estaba vestido, a partir del siglo XII es reemplazada por un simple trozo de tela en torno a la cintura, de manera que los azotes se imprimen en trazos de sangre sobre la carne viva.
     El Speculum Humanae Salvationis cuenta que los judíos sobornaron a los soldados de Pilato para que Cristo recibiera más de cuarenta azotes, que es la cifra usual prescrita por la ley mosaica. Pero hacia finales de la Edad Media, por influencia de las Revelaciones de santa Brígida, la crueldad del suplicio se acentuó. La visionaria sueca describe el cuerpo del supliciado cuya carne se desprendía con la sangre y cuyas costillas se dibujaban bajo la piel como una rejilla. Con precisión de estadística, Santa Brígida calcula  que Cristo habría recibido cinco mil cuatrocientos setenta y cinco azotes, lo cual sería, posiblemente, un record.
     La Flagelación casi nunca se representa sin la columna. No obstante, en la miniatura de un Evangeliario bizantino del siglo XI que se encuentra en la Biblioteca Nacional de Francia, en París, Cristo flagelado carece de todo apoyo: lo sostienen los verdugos que lo sujetan por los brazos extendidos. A veces tiene las manos atadas encima de la cabeza.
     La forma y las proporciones del instrumento del suplicio han variado en el transcurso de los siglos. En el arte de finales de la Edad Media, la columna a la cual está atado Jesús, es fina y alta, casi filiforme (Marfiles parisinos, Frontal de Colonia), de manera que que Cristo atado a la columna podría llamarse, con mayor exactitud, Cristo atado a la columnilla. En el arte barroco de la Contrarreforma, fue reemplazada por una columna baja y gruesa, hinchada como un balaustre cilíndrica como un hito, que no ofrece apoyo ni protección alguna a la espalda de Cristo, de manera que los golpes llueven tanto sobre su espalda como su pecho.
     ¿A qué se debe este cambio radical? La tentación podría ser invocar razones estéticas, oponer a la elongación sostenida de las formas góticas, la dilatación masiva del ornamento barroco; pero sería tomar un mal camino. La estética nada tiene que ver con este problema iconográfico, es en la historia de las reliquias donde se encuentra la clave.
     En efecto, existían dos columnas de la Flagelación, la primera en Jerusalén, y la segunda en Roma. Ambas, competidoras, influyeron sucesivamente en la iconografía de la Flagelación.
     El arte de la Edad Media se inspira en la columna de Jerusalén, que resultaba familiar a los peregrinos de Tierra Santa y a los cruzados. Esa era la columna alta ya que el fragmento expuesto en la capilla de los franciscanos de la iglesia del Santo Sepulcro mide por sí solo unos setenta centímetros. Pasaba por haber sido hallada en las ruinas de la casa de Caifás, lo cual debió hacerla sospechosa, puesto que la Flagelación no tuvo lugar en la casa de Caifás sino en la de Pilato. Se reafirmaba la fe poco exigente de los peregrinos,  mostrándoles sobre el fuste de la columna unas manchas rojizas que sólo podían proceder de la sangre de Jesús, y hasta las dos manos del Redentor impresas en la piedra.
     Durante mucho tiempo el arte despreció la segunda columna con forma de balaustre, que se conserva desde 1233 en la basílica  de Santa Praxedis, en Roma. Aunque haya sido traída del pretorio de Pilato por el cardenal Juan (Giovanni) Colonna, no parecía ofrecer las mismas garantías de autenticidad que su rival de Jerusalén. Pero después del concilio de Trento se le devolvieron los honores, y esta columna baja, cuya altura total es de sesenta centímetros, fue la que reprodujeron los pintores de la Contrarreforma en el siglo XVII.
2. Los verdugos
     Por la influencia del teatro de la Pasión, los verdugos, cuyo aspecto suele ser caricaturesco, rivalizan en brutalidad.
     Generalmente hay tres: uno de ellos tiene un látigo de correas de cuero (flagellum), en ocasiones guarnecidas de huesecillos o bolas de plomo; el segundo tiene un haz de varas cuyos fragmentos desprendidos alfombran el suelo; y el tercero, sentado en primer plano, está atando un nuevo paquete de varas para reemplazar a las que se han partido por la violencia de los golpes.
     En el Libro de Horas de Juan sin Miedo (B.N., París), uno de los verdugos deja de golpear para levantarse las calzas que se le han caído sobre los zapatos.
     En un grabado flamenco de J. Wierix, uno de los verdugos apoya el pie derecho sobre el costado del cuerpo de Cristo, para golpear más fuerte.
     Los pintores alemanes del siglo XV visten a los torturadores con el traje pictórico y desaliñado de los criados de verdugos. Pero los italianos del Renacimiento, que de buena gana exhiben su ciencia anatómica, no resisten la tentación de mostrar los músculos en acción, y en un cuadro de la escuela de Perugino (antigua colección Cook, en Richmond), los verdugos están desnudos igual que su víctima.
3. Los espectadores
     La Flagelación generalmente tiene lugar sin testigos. En la mayoría de las realizaciones figurativas del siglo XII, la escena se reduce a tres personajes, Cristo y los dos verdugos, que alternan los golpes sobre su carne viva como herreros sobre el yunque.
     Pero la búsqueda  de lo patético  y de lo pictórico incitó a los artistas a multiplicar a los espectadores. El arte bizantino los introdujo a partir del siglo XI, y el arte italiano y francés siguió dicho ejemplo desde el siglo XIV.
     Esos espectadores, cuya presencia no está mencionada en los Evangelios, están elegidos de manera arbitraria. Podría suponerse con cierta verosimilitud, que Pilato, después de dar la orden, haya controlado la ejecución.
     Duccio en su retablo de Siena, y después de él los hermanos de Limbourg en  las Muy Ricas Horas del duque de Berry, muestran a Jesús flagelado en presencia de Pilato.
     La presencia de la Virgen también debía imponerse al espíritu de los místicos, porque intensifica la emoción duplicando la Passio del hijo en la Compassio de su madre. Por ello, santa Brígida de Suecia asegura que la Virgen habría asistido a la Flagelación, y que habría caído desvanecida ante la visión de la sangre. Los pintores se han inspirado poco en esta revelación; en cambio, solían evocar con frecuencia a la Mater dolorosa que observa a través de una ventana enrejada el cuerpo estropeado de su hijo, retorciéndose las manos de desesperación. A veces, la Virgen María está acompañada por San Juan.
     Otra variante no menos patética consiste en asociar la Flagelación de Cristo con el arrepentimiento de San Pedro después de la Negación y el remordimiento de Judas después de la traición. San Pedro, arrodillado ante Cristo flagelado, suplica a su Señor que le perdone; el gallo está posado sobre la columna a la cual está atado Jesús. A veces también Judas, que tiene en sus manos crispadas las treinta monedas de plata de la traición, observa el espantoso espectáculo por la ventana, aunque de acuerdo con el Evangelio de Mateo (27: 5) se haya  ahorcado antes de la Flagelación.
La evolución del tema
     En suma, la iconografía de la Flagelación evoluciona en un sentido cada vez más realista.
     Cristo desnudo estaba al principio atado de espaldas a la columna, de manera que los golpes sólo podían lloverle sobre el pecho. Más tarde la columna se volvió tan baja que los verdugos podían azotarle el pecho y la espalda al mismo tiempo: ninguna parte de su cuerpo escapa a los mordiscos de las correas o de las varas. En las imágenes alemanas del siglo XV todo su cuerpo está cubierto de estrías rojas y su carne atormentada llora lágrimas de sangre. Esos verdugones están dispuestos de manera tan regular como un patrón decorativo estampado.
     Al mismo tiempo, la ferocidad y salvajismo de los verdugos va siempre en aumento. Los pintores alemanes cedieron a su inclinación por los ultrajes caricaturescos y dieron a la escena rasgos de repugnante bestialidad.
     El arte italiano de estilo barroco tampoco ahorró emociones a sus espectadores. Ludovico Carracci, en su cuadro de la Pinacoteca de Bolonia, nos muestra a Jesús cogido por los pelos que cae de rodillas al pie de la columna mientras sus verdugos furiosos lo azotan con varas.
Cristo al pie de la columna
     De la misma manera que después de la Crucifixión tiene lugar el Descendimiento de la cruz, a veces, después de la Flagelación se representa a Cristo jadeante al pie de la columna.
     Este tema tardío apareció en el arte italiano en el siglo XVI, con Luini, que lo representó en un fresco del monasterio Maggiore, en Milán.
     Pero sobre todo fueron los pintores españoles del siglo XVII, Zurbarán, Murillo y Velázquez quienes se aficionaron a evocar a Cristo después de la Flagelación, quizá inspirados por la puesta en escena de los autos sacramentales. Ya agotado por el largo suplicio, Jesús, derrumbado al pie de la columna, es reconfortado por los ángeles, ya enteramente desatado, anda a gatas por el suelo para recoger sus ropas. Ese Cristo arrastrándose es una verdadera visión de pesadilla, endulzada por el pincel de Murillo; es una lástima que no haya tentado al genio más áspero de Goya.
     Esta escena patética a veces tiene testigos: la Virgen a quien una espada atraviesa el corazón, San Juan e incluso, en las imágenes de devoción, santos y donantes. La presencia de la Virgen se tomó de las Revelaciones de Santa Brígida de Suecia.
     Cristo está sentado en el suelo. Todavía tiene las manos atadas con la cuerda que lo sujetaba a la columna. Junto a él hay látigos y varas partidas. Detrás hay un niño arrodillado con las manos unidas, protegido por su ángel guardián: es el símbolo del alma cristiana. Este tema, que se interpretaba en otro tiempo como una visión de Santa Brígida de Suecia, sólo se encuentra en la pintura española del siglo XVII (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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Más sobre la sala II del Museo de Bellas Artes, en ExplicArte Sevilla.