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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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lunes, 20 de abril de 2026

El edificio 4 "Zenón de Somodevilla y Bengoechea, Marqués de la Ensenada", de Rodrigo y Felipe Medina Benjumea, Alfonso Toro Buiza, y Luis Fernando Gómez-Stern Sánchez, y sus jardines, en la Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el edificio 4 "Zenón de Somodevilla y Bengoechea, Marqués de la Ensenada", de Rodrigo y Felipe Medina Benjumea, Alfonso Toro Buiza, y Luis Fernando Gómez-Stern Sánchez, y sus jardines, en la Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla)
     Hoy, 20 de abril, es el aniversario (20 de abril de 1702) del nacimiento del Marqués de la Ensenada, así que hoy es el mejor día para ExplicArte el edificio 4 "Zenón de Somodevilla y Bengoechea, Marqués de la Ensenada", de Rodrigo y Felipe Medina Benjumea, Alfonso Toro Buiza, y Luis Fernando Gómez-Stern Sánchez, y sus jardines, en la Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla). 
     Edificio perteneciente al núcleo de la antigua Universidad Laboral, hoy Universidad Pablo de Olavide, ejemplo de arquitectura del Movimiento Moderno que constituye una expresión de vanguardia en el contexto andaluz por el grupo de arquitectos OTAISA. El edificio es concebido a partir de una volumetría simple y racionalista, su materialidad original exterior fue la del mampuesto cerámico o ladrillo visto. Sin embargo, en el presente dicha textura se ve cubierta por un revoco pintado, de cromatismo variable según partes del mismo. El lenguaje formal adoptado, por tanto, es de alta abstracción e identidad con el discurso racionalista propio de los años en que se construyó. 
     El edificio se ordena de acuerdo a un eje longitudinal, del cual dependen las circulaciones principales en sus cuatro niveles (planta baja y tres niveles superiores) y los distintos espacios servidos (despachos, aulas, depósitos). Tres líneas de circulación vinculan verticalmente los distintos pisos del edificio: una exterior -próxima al ingreso- y dos interiores. 
     Sólo una de dichas circulaciones se vincula a un sistema mecánico de ascensor. La respuesta funcional de esta arquitectura tiene una gran correspondencia con la disposición general en planta, estando también en directa relación con los espacios ajardinados exteriores. Al igual que las demás construcciones (edificios 2 al 14) se vincula en forma de peine con el pasillo central o llamado Pasaje de la ilustración, que hace las veces de columna vertebral del conjunto.
     Los actuales edificios Marqués de la Ensenada (edificio 4) y Antonio de Ulloa (edificio 2) de la Universidad Pablo de Olavide conformaban el Colegio Mayor Bartolomé Murillo de la antigua Universidad Laboral de Sevilla. Este edificio albergaba aulas para las enseñanzas teóricas y prácticas de los estudiantes de Aparejadores y Arquitectos Técnicos, mientras que la residencia se ubicaba en el cercano edificio que hoy conocemos como Antonio de Ulloa. 
     En la actualidad se mantiene la función docente en diversas áreas del conocimiento de la Universidad Pablo de Olavide (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     El jardín se conforma en un único espacio de apariencia rectangular rodeado por el acerado. Se sitúa en la cara este del edificio, y en él pueden observarse tres individuos de tres especies distintas: Álamo negro (Populus nigra), Brachichito (Brachychiton populneum) y Tipuana (Tipuana tipu).
     Su base se encuentra recubierta de hierba y el perímetro se delimita con una hilera de adoquines al mismo nivel del suelo. 
     El terreno presenta una leve pendiente conforme se aleja del edificio, y en la zona más elevada se encuentra un arriate que se extiende a lo largo de todo el lateral del jardín, y cuyo borde se encuentra por encima del nivel del suelo.
     En cuanto a los árboles, el Álamo negro (Populus nigra) es un árbol caducifolio que puede alcanzar los 30 metros de altura, sus hojas son verdes por ambas caras, presenta flores rojizas (masculinas) y amarillo verdosas (femeninas), y su fruto tiene forma de cápsula.
     El Brachichito (Brachychiton populneum) es un árbol de entre 8-10 metros de atura, con hojas entre ovales y lanceoladas de color verde brillante, y flores acampanadas de color crema, punteadas de rojo en el interior. Los frutos son leñosos y de color negro una vez que maduran; las semillas se encuentran en el interior, son amarillas y están cubiertas de pelitos.
     El último ejemplar es una Tipuana (Tipuana tipu), un árbol de tamaño medio, con flores amarillas y frutos con forma de legumbre alargada.
     Las Oficinas Técnicas de Arquitectura e Ingeniería S.A. (OTAISA), recibieron el encargo de construir la Universidad Laboral de Sevilla en 1949.
     Además de las edificaciones destinadas a acoger a los alumnos, los arquitectos encargados de proyecto tuvieron en cuenta la importancia de los jardines en un campus como este, creando diferentes composiciones, que van desde espacios verdes pequeños a jardines de mayor envergadura y trazado geométrico, pasando por grandes arboledas que limitan con las zonas de cultivo cercanas a la universidad.
     Actualmente estos jardines forman parte de la Universidad Pablo de Olavide, que se asienta en los terrenos de la Antigua Universidad Laboral (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Biografía del I Marqués de la Ensenada, personaje que da nombre a la obra reseñada;
     Zenón de Somodevilla y Bengoechea, I Marqués de la Ensenada. (Hervías, La Rioja, 20 de abril de 1702 – Medina del Campo, Valladolid, 2 de diciembre de 1781). Estadista.
     Su nacimiento lo reclaman dos pueblos vecinos a causa de la existencia de dos partidas de bautismo, la primera, la de Hervías, de 25 de abril —cinco días después del día de san Zenón, seguramente la fecha del nacimiento—, y la segunda, la de Alesanco, del 2 de junio, un documento fabricado con el propósito de justificar los derechos a la hidalguía que la familia del padre tenía reconocidos en este pueblo, y cuya transmisión exigía el agua de la pila de su parroquial como prueba de vecindad efectiva.
     El padre de Zenón, Francisco de Somodevilla y Villaverde, hidalgo pero pobre, tenía muy buenas relaciones con los eclesiásticos de estos pequeños pueblos de las cercanías de Santo Domingo de la Calzada —la madre tenía incluso algún familiar cura—, lo que debió de facilitar el segundo bautismo y la segunda acta (redactada por el “teniente de cura” de la parroquia de Alesanco, “en ausencia” de su titular). En cualquier caso, la hidalguía no le salvaba de la precariedad, que paliaba ocasionalmente con el desempeño de algunos oficios menores al servicio de las parroquias, yendo de un pueblo a otro. Fue notario apostólico, un cargo escasamente retribuido; llevó las cuentas de algunas cofradías y del Arca de Misericordia —por lo que cobraba algunas fanegas de trigo al año—, y en los últimos años de su vida, viviendo ya en Santo Domingo de la Calzada adonde se trasladó con la familia en 1706, llegó a ser maestro de primeras letras y doctrina cristiana en la escuela establecida en la catedral.
     En este entorno rural y pobre vivió Zenón de Somodevilla hasta algunos años después de la muerte del padre, ocurrida cuando él no contaba todavía los diez años. La madre viuda y sus cinco hijos siguieron residiendo en Santo Domingo de la Calzada —aquí dio testimonio la madre en 1742 para las pruebas de calatravo del ya flamante marqués—, y de aquí, en una fecha desconocida, Zenón salió con destino a Madrid para no volver jamás a su tierra natal.
     De su paso por Madrid no se sabe nada, pero se puede asegurar que nunca pisó una universidad, ni fue profesor de matemáticas, ni “catedrático de uno de los colegios reales”, como algunos biógrafos le atribuyeron antes de que Antonio Rodríguez Villa, el archivero que publicó en 1878 su más documentada biografía, afirmara con razón: “lo cierto es que hasta la entrada de Don Zenón al servicio del Estado no se tienen de él noticias verídicas y realmente históricas”, es decir, hasta que Patiño lo encontró en Cádiz, en 1720, sirviendo ya en la Marina, destacando por su buena letra, seguramente aprendida en el entorno escolar catedralicio, al lado de su padre. Contaba entonces dieciocho años, y Patiño le distinguió ya con el primer nombramiento, el de oficial supernumerario del Ministerio de Marina (1 de octubre de 1720).
     Desde aquí hasta que conoce al duque de Montemar, su siguiente protector, y se embarca en expediciones militares, Somodevilla recorre todo el escalafón civil de la Marina. En 1725 es nombrado oficial primero y comisario de matrículas en Cantabria; al año siguiente se le destina a Guarnizo, el astillero próximo a Santander que dirige José del Campillo. En 1728, Patiño le nombra comisario real de Marina con destino en Cádiz, desde donde pasa a Cartagena y luego, en 1730, a Ferrol. Su misión de mejorar la organización de los astilleros se hace explícita en la orden de Patiño de 6 de octubre de ese año, en la que se reconoce “el conocimiento y experiencias con que se halla el referido ministro (Somodevilla) de lo que se observa en el arsenal de Cádiz, cuyas reglas quiere Su Majestad se sigan en todo en el Ferrol”. En julio de 1731, de nuevo vuelve a Cádiz, al ser destinado a las labores de organización de la escuadra que, a las órdenes de Montemar, reconquistará Orán al año siguiente. Es el primero de sus éxitos y la ocasión de conocer a muchos de los que cuando llegue a ministro formarán parte de su red de parciales, como por ejemplo, sus leales amigos el general marqués de la Mina o el conde de Superunda (luego, virrey del Perú). La victoria le supone el ascenso a comisario ordenador, el cargo en el que destaca por lograr la coordinación de Marina y Ejército.
     A partir de 1733, Somodevilla se ocupó de organizar la potencia naval que culminará en la conquista de los Reinos de Nápoles y Sicilia al año siguiente, el gran éxito de la casa de Borbón que a él le valió el título de marqués. El infante don Carlos, coronado en Nápoles como Carlos VII, le nombró marqués por “merced espontánea” el 8 de diciembre de 1736. Probablemente la elección de “la Ensenada” para el título se debe a un juego de palabras que don Zenón fue el primero en manejar: él era un “En sí nada”, un “Adán” (al revés “Nada”); “en un accidente seré nada”, le dijo a su amigo el cardenal Valenti; en fin, en 1754 sería desterrado a Granada, la “Gran Nada”...
     Su humilde origen —del que siempre conservó memoria— contrastaba con el encumbramiento sorprendente y vertiginoso que experimentó su carrera, pues inmediatamente después del título nobiliario le llegó el encargo de servir al infante Felipe, una señal inequívoca de la confianza que depositaba en él la reina Isabel Farnesio, que le abrió las puertas de la Corte. El 21 de junio de 1737, Ensenada era nombrado secretario del Almirantazgo, un organismo a cuya cabeza, como almirante de España e Indias, figuraba el infante Felipe, la nueva pieza de negociación para completar la recuperación española en Italia tan brillantemente iniciada en Nápoles.
     La ocasión la traerá una nueva guerra, la que estallaba en octubre de 1740, al morir el Emperador Carlos VI. El joven infante Felipe, ya casado con una hija de Luis XV y almirante, encabezaría las tropas españolas, igual que su hermano unos años antes, pero ahora Ensenada sería mucho más que un comisario, incluso más que intendente de Marina, el cargo que le fue otorgado el 5 de julio de 1737: antes de partir, era nombrado secretario de Estado y Guerra del Infante e “intendente general del Ejército y la Marina de la expedición a Italia” (noviembre de 1741). Durante cuatro años había sido su secretario en el Almirantazgo, así que “por lo mismo será vuestra persona grata al infante”, decía el nombramiento. Además, en 1741, recibía el hábito de la Orden de Calatrava, la primera de las muchas distinciones honoríficas que iba a recibir antes de conseguir el preciado Toisón de Oro (1751).
     Como secretario del Almirantazgo, Ensenada desarrolló una gran actividad, continuando la labor de Patiño —por ejemplo, la famosa Ordenanza del Infante Almirante, antecedente de las Ordenanzas de Marina de 1748—, pero fue aún más importante la que le permitió entrar de lleno en el mundo de la diplomacia.
     Como secretario del Infante, fue corresponsal del marqués de Villarías, secretario de Estado de Felipe V, y del príncipe de Campoflorido, embajador en París, entre otros; mientras, seguía ampliando su círculo de lealtades políticas, también entre el personal de la Corte, donde aumentaba su reputación. Conoció a uno de sus íntimos, Pablo de Ordeñana, su mano derecha en el futuro, y también a quien le ocasionará la gran desgracia de su vida, el duque de Huéscar (luego, duque de Alba), entonces brigadier de infantería y ayudante de campo del Infante. Cuando Ensenada fue nombrado ministro en 1743 no todos se sorprendieron: los franceses sabían que desde 1737 Ensenada había entrado en el restringido círculo de los reyes por la vía segura del servicio a dos hijos de Felipe V e Isabel de Farnesio, y que además era un perfecto cortesano, la más perfecta “creatura” de los “vizcainos” de Villarías.
     La noticia del nombramiento la recibió Ensenada en Chamberí el 25 de abril de 1743 poco después de conocer la de la muerte de su antecesor, José Campillo.
     En medio de una guerra y entre los militares del ejército del Infante, recibía el encargo de dirigir cuatro secretarías (Hacienda, Guerra, Marina e Indias), una carga pesada que, protocolariamente, rechazó con pretextos de humildad extrema: “yo no entiendo una palabra de Hacienda; de Guerra, lo mismo con corta diferencia; el comercio de Indias no ha sido de mi genio, [...]”; pero su resistencia al nombramiento era más aparente que real. En cuanto llegó el correo oficial a Chamberí, salió camino de Aranjuez a besar la mano a los reyes, lo que tuvo lugar el 8 de mayo.
     Su papel como ministro de Felipe V e Isabel Farnesio se limitó a “pagar la guerra” y a ser un servicial peón de la reina a través de su mayordomo Scotti y del ministro Villarías. Durante los tres años de vida que le quedaban al viejo Rey, Ensenada no brilló por proponer ninguna medida. Como casi todos, esperó la llegada del nuevo rey (julio de 1746), lo que, sin embargo, para él, iba a suponer un gran riesgo. Ensenada no había podido dejarse ver demasiado en el “cuarto del Príncipe”, que vigilaba estrictamente la Farnesio; tampoco congeniaba con la postura de Villarías, opuesta a la nueva reina, Bárbara de Braganza, en quien se vio enseguida que dominaba la situación y que infundía una sorprendente entereza en su marido, Fernando VI. El embajador portugués, Vilanova de Cerveira, muy próximo a la Reina, sospechaba de Ensenada, mientras todo en la Corte se inclinaba hacia el nuevo ministro, José de Carvajal y Lancáster, el sustituto de Villarías en la secretaría de Estado desde el 4 de diciembre. En una situación tan adversa, Ensenada dejó hacer e incluso fingió estar al lado del nuevo ministro poderoso. Así, presenció el destierro de la reina viuda —primero al palacio de los Afligidos, luego a San Ildefonso— y fue haciéndose un hueco al lado de Bárbara, de quien logró ser nombrado secretario en 1747. Para ello le hicieron falta los apoyos de un “carvajalista” como fue inicialmente el nuevo confesor, el padre Rávago, que pronto fue captado por Ensenada, y de un hombre versátil, sensible y cultivado, de quien llegaría a ser gran amigo, Carlo Broschi, Farinelli. Con astucia y tenacidad, a mediados de 1747, Ensenada había conseguido evitar el “efecto” de “primer ministro” que pretendía ser Carvajal.
     Los dos ministros, opuestos en todo —Carvajal era un grande de España, universitario, colegial y togado—, se complementaron. El padre Rávago logró que el Rey confiara en que su “desunión” no fuera del todo perjudicial, pues así no “se tapaban uno a otro”; además, Carvajal, poco dado a hacer mudanza, sostuvo a Ensenada, seguro de que, a pesar de sus “machiaveladas”, la eficacia política del marqués era evidente.
     Mientras el ministro de Estado explotaba la nueva diplomacia que había creado nada más firmar la paz de Aquisgrán (1748), proponiendo a España como “lancilla” de la balanza de un equilibrio europeo “constructivo y vigilante”, Ensenada desplegaba su proyecto reformista en Hacienda y sus planes de reforzamiento de la Marina: una consecuencia de la paz, que Ensenada interpretó como “paz a la espera”, es decir, una “paz armada”.
     La paz de 1748 permitía poner en práctica los proyectos que los ministros soñaban, muchos de los cuales rondaban desde hacía tiempo por las secretarías; incluso habían pasado por la imprenta. A su manera, Ensenada también había escrito sus proyectos. Les llamó “representaciones”, pues su objetivo era “representar” al Rey sus ideas y proyectos de la manera más sencilla, incluso didáctica, pues como decía el padre Rávago, confesor de Fernando VI, “el rey se aflige con papeles largos”.
     Todo debía empezar por la Hacienda —“ el fundamento de todo es el dinero”, le decía Ensenada a su amigo el cardenal Valenti—, y también por convencer a Fernando VI de que no bastaba con ser un rey pacífico: se le exigía también ser un reformador. En la representación de 1747, Ensenada sintetizaba la reforma de la Hacienda en dos acciones complementarias: una, “irla descargando”; la otra, “aumentar su entrada”. La descarga, sin minorar sueldos ni pensiones, y atendiendo a “la decencia” del Rey y de su servicio; el aumento, “con alivio y no con gravamen del vasallo”, pues “la monarquía más opulenta es la más rica, y por eso las bien gobernadas cuidan, con preferencia a todo, del Real Erario y de que los vasallos no sean pobres”. En la misma representación, Ensenada anunciaba también el Catastro, la Única Contribución, la abolición de las rentas provinciales, el fin de los intermediarios, así como muchas de las reformas que aliviaron el gasto suntuario, entre ellas, la de las Casas Reales. Todo parecía sencillo: se trataba de ahorrar en gastos superfluos y de aplicar el sentido común a la recaudación: “Que pague cada vasallo a proporción de lo que tiene, siendo fiscal uno de otro para que no se haga injusticia ni gracia”. Pero había muchos riesgos.
     Lo que más preocupó al ministro, la abolición de las rentas y la supresión de intermediarios, se logró en medio de una gran tranquilidad, lo contrario de lo que produjo la reforma de las Casas Reales, una de las heridas que algunos nobles tenían abiertas todavía cuando cayó el marqués el 20 de julio de 1754.
     Algunos resentidos, como el conde de Montijo, que había sido desplazado al llegar Fernando VI al trono, vieron engrosar sus filas con los que no pudieron sufrir la reforma y presentaron su dimisión. Era la primera advertencia seria contra el “En sí nada”. Pero el marqués estaba en el cenit del poder, y además tenía dinero, lo que ya pudo exponer al Rey, eufórico, en la magna representación de 1751. La Hacienda tenía fondos —“ ni sé como los hubo, ni como los hay ahora para lo necesario”, decía el marqués—, y los tenía también el mismo Ensenada, convertido por “este arbitrio que descubrió la casualidad a impulsos de la economía” —así calificó a su invento, el Real Giro— en el primer banquero de España.
     Al crear el Real Giro, en 1749, para pagar las deudas en el extranjero, Ensenada pretendía evitar los beneficios de los intermediarios —la “tiranía de los banqueros”—, a quienes, como a los arrendadores de rentas provinciales, censuraba por sus ganancias, pero también por la inseguridad que suponían para el comercio exterior, pues “los hombres acaudalados y acreditados [...] han sido algunas veces engañados porque el cambista con poco dinero suyo gira mucho sobre el ajeno”. Con el tiempo, las sucursales del Real Giro —París, Roma, Ámsterdam, etc.—, dirigidas por ensenadistas de la máxima confianza, fueron verdaderas agencias al servicio del marqués. Igual eran utilizadas para “ayudar” a estudiosos, espías industriales, pensionados, en sus viajes por Europa; que para gratificar a un ministro, a un periodista o a un sicario; tanto para llenar el bolsillo del nepote del Papa, como para pagar el importe de unos diamantes, una sortija, unas perlas, regalo de los reyes en su cumpleaños (o de algún cortesano a quien se pagaba un favor, fuera en París o en San Petersburgo).
     Como él, que era ya inmensamente rico, la Monarquía opulenta de Fernando VI asombraba a Europa.
     El de Madrid era el mejor teatro de Europa —a decir del embajador Keene—, las joyas destinadas a Fernando VI y a Bárbara de Braganza llegaban de todo el mundo —encargadas por el experto Ensenada—; la villa y Corte se remozaba, y los Sitios Reales —el palacio Nuevo sobre todo— seguían siendo un Babel de artistas. La misma actividad se notaba en algunas reales fábricas, el “ramo” al que se dedicaba más tenazmente Carvajal; y en la construcción y arreglo de caminos —el de Madrid a Barcelona, o los que se abrían en Navarra y en Santander—, así como el del puerto de Guadarrama, que le hacía decir a Rávago que parecía obra de romanos. También se trabajaba en el canal de Castilla, en el canal de Lodosa, y pronto se reanudarían las obras en el Canal Imperial de Aragón, visitadas en tiempo del marqués de la Ensenada por un jovencísimo conde de Aranda que empezaría la revitalización de la célebre “acequia” antes que Pignatelli, su definitivo ejecutor.
     Era el cenit del poder ensenadista: a principios de 1753, el marqués podía blasonar también de haber logrado el Concordato, una pieza maestra de la negociación secreta, tan secreta que no se enteraron ni el cardenal Portocarrero, embajador en Roma, ni el nuncio Enríquez, ni el mismísimo ministro de Estado, Carvajal. Lo habían negociado en Roma dos acérrimos ensenadistas, Ventura Figueroa, y el cardenal Valenti, con el solo conocimiento del padre confesor.
     Fieles al estilo de Ensenada, no escatimaron gastos.
     Pagaron de golpe 1.148.333 escudos, además de 174.000 que se concedieron a Valenti, y otras sumas que fueron a parar a la bolsa de algunos cardenales.
     Sin embargo, las rentas que cedía Roma a la Hacienda del Rey pronto compensaron estas cantidades. En definitiva, el que parecía derrochador Concordato fue también un negocio y, desde luego, un nuevo mérito a sumar a los muchos que acumulaba el marqués de la Ensenada, del que su amigo el padre Isla decía que era el “secretario de todo”.
     Pero era en los arsenales donde se notaba especialmente la mano del marqués. Miles de artesanos y obreros, amén de vagos y gitanos, mano de obra barata apresada en las redadas —la cara más negra de Ensenada—, habían logrado poner en servicio más de cuarenta navíos artillados a la altura de 1752. En su célebre misión de espionaje en Londres, iniciada en marzo de 1749, Jorge Juan había conseguido hacer llegar a los arsenales de Cádiz, Cartagena y Ferrol más de cincuenta técnicos en diferentes artes náuticas, entre ellos los ingenieros Rooth, Mullan, Sayers, Clark, etc. Además, copió planos, compró instrumentos y libros, e informó de la estrategia naval inglesa, encaminada, como intuía Ensenada, al dominio de la América española. A la vez, el ministro había ido propiciando el entramado legal que orientaría su obra: la Ordenanza de Montes (31 de enero de 1748), que imponía la primacía de la Armada en el aprovechamiento de las maderas de los bosques; la Ordenanza de matrícula (1 de enero de 1751), que pretendía el aumento de la marinería, uno de los problemas que martirizaban a Ensenada, y, en fin, las célebres Ordenanzas Generales de la Armada, redactadas en 1748.
     A la altura de 1752, faltaban algunos años para conseguir la Marina de guerra que había planeado el ministro, pero ya podía hacer alguna demostración, y de hecho, iba a empezar a hacerla en la bahía de Mosquitos, hostigando a los ingleses que burlaban el monopolio español, sacando ilegalmente el palo de Campeche y fortificando posiciones en contra de todos los tratados firmados entre las dos naciones. Las protestas de los comerciantes ingleses llegaron al gobierno y al embajador Keene, que empezó a cambiar de opinión sobre el rearme ensenadista. Al principio lo consideró inviable, pero a partir de 1752 le pareció tan inquietante que ya sólo se dedicó a vigilar al que luego llamaría “enemigo de Inglaterra”. Conocedor de la permanente conspiración que había montada por los resentidos que envidiaban los éxitos del “En sí nada” —entre ellos Huéscar—, el embajador se sumó a ella, siempre pensando en impedir el rearme naval ensenadista, que no podía tener otro objeto, como él mismo advirtió, que el de “perjudicar a Inglaterra”.
     El sagaz Keene se convertía así en una nueva pieza desestabilizadora, pero habría otra más, también extranjera: el nuevo embajador francés, Enmanuelle Felicité, duque de Duras, tan excesivo en el cumplimiento de su misión de reforzar la alianza francesa —con Ensenada al frente—, que acabó dejando al ministro al descubierto frente al “Rey neutral”. Ensenada tenía que librarse de muchos enemigos —toda la facción carvajalista, con Huéscar y Wall a la cabeza—, pero debía cuidarse a la vez de aduladores tan torpes como Duras, que podían llegar a preocupar al Rey, convencido y gozoso de ser amigo de todos. Los dos embajadores, el inglés activamente, el francés por su simpleza, contribuyeron a preparar la conspiración que haría caer a Ensenada el 20 de julio de 1754; pero hacía falta algo más, un detonante. Éste fue la desaparición de Carvajal, que murió repentinamente el día 8 de abril de 1754. En ausencia de esta pieza clave ya nadie podrá parar los golpes contra el “hidalguillo medrado”.
     Con el nombramiento interino de Huéscar y luego el definitivo de Wall, que llegó de Londres el 17 de mayo, los conjurados se crecieron. Quizás hasta rumorearon que el “pícaro” Ensenada había querido colocar a su criatura Ordeñana para aumentar su poder; incluso que el marqués aspiraba al cardenalato o que era sospechosamente rico. Con éstos y otros “cargos”, verdaderos, abultados o falsos, fueron “tocando” todas las piezas. Primero cedió Wall, que pasó de respetar a Ensenada —el marqués intentó su amistad por todos los medios— a prestar su apoyo a Huéscar y Keene abiertamente; luego cedió Valparaíso, y por último, la Reina. Sólo se mantuvo en su lugar Rávago; luego pagaría su lealtad al marqués con la destitución (30 de septiembre de 1755).
     En este escenario ya dominado, los conjurados buscaban la manera de dar el golpe final, para lo que les hizo falta el embajador inglés, que aportó “la prueba”, o mejor dicho, prometió que la podía aportar. Keene divulgó que Ensenada había dado órdenes ofensivas a la escuadra de La Habana para que atacara a los ingleses en Mosquitos; dijo que tenía una copia —que nunca mostró—, y con la complicidad de Wall, lo comunicó a su gobierno, a sabiendas de que Su Majestad Británica presentaría una durísima queja en la embajada española, la que Abreu —el encargado que Wall había dejado en la embajada de Londres al venir a hacerse cargo del ministerio— enviaría a su ministro en el primer correo. Así fue. Abreu lo declara explícitamente: “Luego que el rey se enteró de mi carta del 9 pensó Su Majestad se asegurase al Sr. marqués de la Ensenada”. La carta llegó el 18 de julio y se la mostraron al Rey el 19. Al día siguiente, el Rey ya no recibió a Ensenada, que le estuvo esperando todo el día; al atardecer, tras despedir al marqués —que se dirigió a su casa, en la calle del Barquillo, sospechando ya lo peor—, el Rey tomó la decisión. Wall tenía todo preparado: las tropas, las órdenes de arresto, los destinos de los tres reos —Granada para Ensenada, Valladolid para Ordeñana, Burgos para Mogrovejo—, y desde luego, la (dis)culpa: hacer la guerra sin conocimiento del Rey, un delito de alta traición.
     Pero en realidad, la traición era la que cometían los conjurados, que necesitaron la ayuda de una potencia extranjera y de su hábil embajador. El propio Keene, que recibió en premio la orden del Baño, contó luego cómo sucedió: “Por fortuna —escribe el inglés en carta de 31 de julio— llegó en la mañana del 19 el correo portador de vuestros pliegos del 8, lo que dio nuevo vigor a las operaciones ya concertadas”. También se declaró el ministro de Estado Wall, al felicitar al embajador en la conocida carta del mismo 20 de julio, minutos después de enviar la tropa a prender a Ensenada: “Esto está hecho, mi querido Keene, por la gracia de Dios, el rey, la reina y mi bravo duque, y cuando leas esta nota, el mogol estará a cinco o seis leguas camino de Granada. Esta noticia no desagradará a nuestros amigos en Inglaterra. Tuyo, querido Keene, para siempre, Dik. A las doce de la noche del sábado”.
     Diez días después, el 30 de julio, el “preso” Ensenada llegaba a Granada, donde le recibía el presidente de la Chancillería, Manuel Arredondo, que debía vigilar sus movimientos y censurarle la correspondencia. Wall se valió también de un espía, que le informaba constantemente de todo. Pero pronto el marqués y el presidente se hicieron amigos, para desconcierto de Wall, que llegó a temer una conspiración de los ensenadistas. Lo mismo ocurrió en El Puerto de Santa María, el pueblo al que Ensenada solicitó ser trasladado, en 1757, a causa de sus achaques, reales o fingidos: también logró la amistad de sus guardianes, y el ayuntamiento le visitó oficialmente. Como se había propuesto desde el primer día, el desterrado observó silencio, esperanzado sólo por la ansiada llegada de Carlos III, el rey amigo que le había hecho marqués —del que el padre Isla esperaba “una feliz revolución”—, cuya aclamación, con Ensenada en primer plano, se celebró en El Puerto con toros y fiesta el día 15 de septiembre de 1759.
     Las demostraciones de lealtad a Carlos III continuaron hasta el 4 de noviembre, en que se celebró en casa de Ensenada el santo del Rey con un gran banquete.
     Poco después, el desterrado escribía a Esquilache solicitando su mediación ante Carlos III, a lo que el ministro respondió el 28 de diciembre trasladando la negativa regia: “es su Real voluntad que deje yo pasar algún tiempo y después le haga memoria”. Ensenada debería esperar casi cinco meses más hasta ver en la Gaceta de Madrid de 13 de mayo de 1760 la noticia del indulto regio, lo que ya debía conocer pues estaba en Madrid desde el día 6. En acudir a besar la mano del Rey se apresuró tanto ahora como cuando recibió en Chamberí la noticia de su nombramiento de ministro diecisiete años antes. El 21 se presentó en Aranjuez ante el Rey, luego fue a Madrid, donde se alojó en casa de su viejo amigo Nicolás de Francia, en la que esperó a sus amigos desterrados y exonerados.
     La cúpula del ensenadismo estaba ya en Madrid, sin embargo, lo que le interesaba a Ensenada no iba por buen camino. Carlos III parecía prevenido contra los ensenadistas; Tanucci le había sugerido que el regalo de los caballos que había enviado a Carlos III por su santo “no es regalo que pueda ni deba hacer un ministro”.
     De creer a Ferrer del Río, el Rey “luego que penetró el sistema del marqués, que no tardó mucho, no volvió a hablarle ni una palabra”. El marqués estaba “falto de subalternos y del poder, que eran los medios que le hacían brillar, y reducido a sí solo”. Conocido su triste papel en la Corte, se le incluyó entre los descontentos ante la primacía que el Rey concedía a sus ministros italianos. Cuando se produjo el motín contra Esquilache, en la primavera de 1766, el pueblo de Madrid le vitoreó, lo que hizo aumentar las sospechas sobre su participación en los alborotos. Marginado de los escenarios políticos impuestos por la nueva Corte, en la que ya no tenía amigos, sólo le quedó acatar la orden de destierro que le llegaba de manos del Rey, quien nunca le dio explicaciones sobre esa terrible decisión.
     Esta vez su destino era Medina del Campo, la ciudad que, como la “Gran nada”, permitía de nuevo el trampantojo barroco: la otrora opulenta ciudad mercantil floreciente, ahora triste y decaída, recibía al que lo fue todo y ahora de nuevo era nada. Allí murió Zenón de Somodevilla el 2 de diciembre de 1781, tras haber declarado a su amigo el conde de Ricla que nada entendía de política, que él sólo se preparaba para “vivir lo más que pueda” y “gozar del Altísimo”. En su retiro, habló con el padre Luengo, ante el que hizo sorprendentes revelaciones: Ensenada pensaba que eran las envidias que despertó el rumor de que le harían cardenal lo que le había perdido en julio de 1754.
     El que fue propuesto en el siglo XIX como “modelo de estadista” ha tenido fama siempre de hombre tenaz, hábil político y gran organizador. Goza de un enorme prestigio en la Marina y se le reconoce un acendrado catolicismo, pues fue amigo de eclesiásticos, como el padre Benito Marín, obispo de Jaén, el confesor Rávago, su hombre de confianza Isidro López, o el padre Isla, quien dijo del marqués los más exagerados elogios (le llamó “el mayor ministro que ha tenido la monarquía desde su erección”). A pesar de su fama de protector de los jesuitas, logró el Concordato más regalista de la historia; un pasquín decía “parecía buen cristiano, pero no se le conoció confesor”. Fue hombre barroco en sus apariencias, en extremo pragmático, pero autoritario; su obra más ilustrada fue el catastro; su proyecto más despótico, la persecución de los gitanos, que pretendió exterminar tras la “prisión general” del verano de 1749, llegando a poner en práctica la separación de hombres y mujeres para “impedir su generación”.
     Su primer biógrafo, Fernández de Navarrete, también riojano y de familia de marinos, hizo de él, en 1831, el primer panegírico, lo contrario que W. Coxe, cuya obra traducida, publicada en 1846, llevó a la opinión pública española la primera imagen negativa del marqués, que habría sido “codicioso de dinero”, intrigante y pérfido, opuesto a un Carvajal modélico.
     Las etiquetas de afrancesamiento de Ensenada y de probritánicos de sus enemigos que repartió Coxe fueron contestadas en la obra más documentada sobre Ensenada, la publicada en 1787 por el archivero A. Rodríguez Villa, que seguía manteniendo una evidente intención laudatoria hacia el hombre honesto y tenaz, al que atribuía ya la “españolización” de la política entreguista borbónica, la idea que retomará casi un siglo después M. D. Gómez Molleda.
     Menéndez Pelayo recreó estas ideas, católicas y nacionales, y sus seguidores, Joaquín M. Aranda, A. G. Amezúa y Mayo, por ejemplo, las exageraron hasta hacer de Ensenada el modelo de conservador.
     El sagastino, Amós Salvador, también riojano, intentó traer a sus filas al marqués, al que atribuyó nada menos que “el alivio de la clase jornalera”, pero, obviamente, su folleto, publicado en Logroño en 1885, no tuvo relevancia alguna. Más importancia ha tenido la obra de C. Fernández Duro, centrada en la Marina, que definitivamente proponía a Ensenada como el más grande organizador de la Armada española: el autor titulaba el capítulo relativo al marqués con un “¡Paso al genio!”. También han de ser destacados en ese apartado, los trabajos de Julio F. Guillén Tato, que glosó con brillantez, en 1936, la relación de Ensenada con Jorge Juan y Antonio de Ulloa.
     Ensenada ha sido destacado como hacendista —precisamente, al cumplirse su tercer centenario y el 250 aniversario del catastro, el Ministerio de Hacienda patrocinó una magna exposición y una no menos importante publicación—, pero es en la Marina donde su obra es universalmente reconocida. Un buque de la Armada Española lleva su nombre, mientras sus restos descansan en el Panteón de Marinos Ilustres, en San Fernando, en la bahía de Cádiz. Allí empezó de escribiente el joven y pobre hidalgo riojano que en el cenit de su poder le decía a su amigo M. Ventura Figueroa: “Dios por su infinita misericordia ha querido que de algunos pares de años a esta parte conozca que este mundo es una pura vanidad opuesta a gozar en gracia el Eterno, y su Divina Majestad me lo demuestra bien claramente en este caso con la memoria que permite conserve de mi humilde nacimiento y de la monstruosa fortuna que he hecho” (José Luis Gómez Urdáñez, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el edificio 4 "Zenón de Somodevilla y Bengoechea, Marqués de la Ensenada", de Rodrigo y Felipe Medina Benjumea, Alfonso Toro Buiza, y Luis Fernando Gómez-Stern Sánchez, y sus jardines, en la Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla). Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia sevillana.

Más sobre la localidad de Dos Hermanas (Sevilla), en ExplicArte Sevilla.

Un paseo por la avenida Expo 92

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la avenida Expo 92, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 20 de abril, es el aniversario de la inauguración de la Exposición Universal de Sevilla (20 de abril de 1992), así que hoy es el mejor día para ExplicArte la avenida Expo 92, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La avenida Expo 92 es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de Triana Oeste, en el Distrito Triana; y va del Puente Cristo de la Expiración, a la glorieta José Moya Sanabria.
     La avenida no posee siempre una adscripción precisa. En términos generales corresponde a un gran eje urbano, bien caracterizado desde el punto de vista genético, porque estructura el crecimiento de la ciudad; morfológico, ya que es ancha; y funcional, sobre todo por canalizar el tráfico rodado. Sin embargo, de acuerdo con esta definición, no hay razones, más que las convencionales, para considerar a unas vías como avenida y su prolongación, como calle. En otros casos, las avenidas constituyen el eje principal de un sector determinado o de una barriada, y si bien poseen las características de vía principal en relación a ese sector, no alcanzan dicho valor en el conjunto de la ciudad.
     La avenida posee sobre todo un valor simbólico, y prueba de ello es que en Sevilla la avenida por excelencia es la hoy denominada de la Constitución, centro neurálgico de la ciudad, tanto de sus fiestas religiosas como de la actividad bancaria, y así es es reconocida sólo como la avenida. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Fue rotulada con este nombre, en honor de la cercana ubicación del recinto de la Exposición Universal de 1992. Es una vía relativamente reciente, pues se formó a fines de la década de 1980, tras la remodelación prevista para la Exposición Universal de 1992. La única función actual de esta avenida, es la de comunicar el centro histórico de la ciudad con Triana y en general con la zona del Aljarafe y los accesos a las carreteras de Huelva y Extremadura. Funciona, pues, más como carretera de entrada y salida de la ciudad que como vía propia­mente urbana y soporta por ello un intenso tráfico rodado, con frecuencia de carácter pesado. En contraste con este hecho, apenas si registra tránsito peatonal [Rogelio Reyes Cano, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993]. 
    Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la avenida Expo 92, de Sevilla, dando un paseo por ella. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre el Callejero de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre el Camino de Santiago, a su paso por la ciudad de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

domingo, 19 de abril de 2026

Experiencia Explicarte Sevilla, con los Talleres "Conocer Sevilla, y Visitar Sevilla" de los Distritos Bellavista - La Palmera, Los Remedios, y Triana del Ayuntamiento de Sevilla

     Hoy, domingo 19 de abril, finaliza la vigésimo primera semana de otra Experiencia con ExplicArte Sevilla de las visitas organizadas para los Talleres Socio-Culturales "Conocer Sevilla, y Visitar Sevilla", de los Distritos Bellavista - La Palmera, Los Remedios, y Triana, del Ayuntamiento de Sevilla, desarrollados de lunes a viernes por las mañanas y tardes, y que se iniciaron el pasado 28 de octubre de 2025, con la primera presentación de los mismos.
     Gracias a la empresa Educomex Multiservicios, S.L., y Ocioambiente, S.L., por contar con nosotros para mostrarles, mediante los Talleres Socio-Culturales del Ayuntamiento de Sevilla, parte de la ciudad hispalense, porque con ExplicArte Sevilla tenemos la posibilidad de organizarte la visita que tu quieras.
     Nos pusimos manos a la obra, y fuimos ofreciendo distintas rutas a lo largo y ancho de nuestra ciudad, desde el lunes 13 al viernes 17 de abril.
 
     Los Talleres desarrollados fueron los siguientes:

- 18ª Sesión - Taller 20 "Conocer Sevilla - 6" del Distrito Bellavista - La Palmera (lunes 13, de 10 a 13 h.)
        - Catedral de Santa María de la Sede
                - Capilla de San Pedro
                - Capilla Real
                - Trasaltar del Retablo Mayor
                - Capilla de Santa Bárbara
                - Capilla de las Santas Justa y Rufina
                - Capilla del Mariscal
                - Antecabildo
                - Patio del Cabildo
                - Sala de las Columnas
                - Sala Capitular
                - Contaduría Baja                           
                                           
- 18ª Sesión - Taller 18 "Conocer Sevilla - 4" del Distrito Bellavista - La Palmera (lunes 13, de 17 a 20 h.)
        - Catedral de Santa María de la Sede
                - Capilla de San Pedro
                - Capilla Real
                - Trasaltar del Retablo Mayor
                - Capilla de Santa Bárbara
                - Capilla de las Santas Justa y Rufina
                - Capilla del Mariscal
                - Antecabildo
                - Patio del Cabildo
                - Sala de las Columnas
                - Sala Capitular
                - Contaduría Baja
                - Puerta del Perdón
                - Gradas de Alemanes
                - Gradas de Placentines
                - Puerta de los Palos
                - Puerta de la Campanilla
                - Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe
                               
- 19ª Sesión - Taller 15 "Conocer Sevilla - 1" del Distrito Bellavista - La Palmera (martes 14, de 10 a 13 h.)
       - IAPH (Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico)
       - antiguo Monasterio de la Cartuja (CAAC - Centro Andaluz del Arte Contemporáneo)
                      
- 20ª Sesión - Taller 49 "Visitar Sevilla" del Distrito Los Remedios (martes 14, de 17 a 20 h.)
        - Iglesia Conventual de Santa Clara
        - Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús
                          
- 18ª Sesión - Taller 21 "Conocer Sevilla - 7" del Distrito Bellavista - La Palmera (miércoles 15, de 10 a 13 h.)
        - IAPH (Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico)
                               
- 17ª Sesión - Taller 32 "Conocer Sevilla" del Distrito Triana (miércoles 15, de 17 a 20 h.)
                        
- 21ª Sesión - Taller 16 "Conocer Sevilla - 2" del Distrito Bellavista - La Palmera (jueves 16, de 10 a 13 h.)
        - Espacio Santa Clara
                - Exposición "Retroalimentación", de Luis Gordillo         
                          
- 20ª Sesión - Taller 54 "Visitar Sevilla" del Distrito Los Remedios (jueves 16, de 17 a 20 h.)
                                      
- 20ª Sesión - Taller 17 "Conocer Sevilla - 3" del Distrito Bellavista - La Palmera (viernes 17, de 10 a 13 h.)
                                       
- 19ª Sesión - Taller 19 "Conocer Sevilla - 5" del Distrito Bellavista - La Palmera (viernes 17, de 17 a 20 h.)
                - Capilla de San Pedro
                - Capilla Real
                - Trasaltar del Retablo Mayor
                - Capilla de Santa Bárbara
                - Capilla de las Santas Justa y Rufina
                - Capilla del Mariscal
                - Leyenda del Lagarto
                                
     Gracias a las empresas Educomex Multiservicios, S.L., y Ocioambiente, S.L, por contar con nosotros, a los coordinadores de los talleres de los Distritos de Bellavista - La Palmera, Los Remedios, y Triana del Ayuntamiento de Sevilla, y como no podía ser de otra manera a todos y cada unos de los amigos que estoy conociendo gracias a estos talleres, de los que me estoy llevando una inmejorable impresión, puesto que está siendo una relación de amistad, más que de monitor-alumno, y de colaboración y aportación mutua, que sin duda está siendo enriquecedora para todas las partes, y que esperamos que sea duradera en el tiempo. 
     Deseando continuar con dichos talleres porque con ExplicArte Sevilla tenemos la posibilidad de organizarte la visita que tu quieras.
     Os dejo unas fotografías, aportadas por los usuarios, de toda la Experiencia ExplicArte Sevilla, y si quieres vivir una experiencia privada y personalizada a tu gusto, sólo tienes que contactar con ExplicArte Sevilla en Contacto, y a disfrutar del patrimonio e historia del lugar que elijas.























Más Experiencias ExplicArte Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

viernes, 17 de abril de 2026

El desaparecido Convento de Santa María de las Dueñas (Cistercienses)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Convento de Santa María de las Dueñas (Cistercienses), de Sevilla.  
     Hoy, 17 de abril, en el monasterio de Molesmes, en Francia, San Roberto, abad, quien deseoso de una vida monástica más sencilla y estricta, fue fundador de monasterios y esforzado superior, director de ermitaños y restaurador eximio de la disciplina monástica, e instaurador del monasterio de Cister, que rigió como primer abad. Finalmente fue llamado de nuevo como abad a Molesmes, donde descansó allí en paz (1111) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy para Explicarte el desaparecido Convento de Santa María de las Dueñas, de las Cistercienses, orden fundador del Cister.
     El desaparecido Convento de Santa María de las Dueñas, se encontraba en la calle Gerona; entre las calles Doña María Coronel, y Dueñas (por donde se accedía a la iglesia del mismo), en el Barrio de la Encarnación-Regina, del Distrito Casco Antiguo.
Introducción.
     Sin duda alguna, la máxima diferencia entre este convento y todos los demás desaparecidos durante el siglo XIX consiste en que se conserva manuscrita toda su historia, aunque con lagunas importantes y comenzada a escribir el año 1629, siendo abadesa Dña. Juana Cortés, "en el primer año de su tercera abadía". Esta iniciativa se toma porque "los papeles i pergaminos de su archivo, estan tan rotos i deformados", que apenas se pueden leer "los privilegios i bullas pontificias". La abadesa pone en manos de la religiosa Dña. Micaela de Silva todos los papeles antiguos para que "las monjas que nos sucedieren sepan algo de la fundación de su casa... i poniendo los ojos de su alma en el agrado de su Majestad i tan ilustres principios, trabajen por irse llegando a aquella primera observancia que sus antecesoras profesaron, conque ganaron lo que agora goçan, en onra de Dios, de su religion y de su casa". La suerte que tenemos en este -repetimos- único caso, es que las cronistas siguen escribiendo hasta el mismo día de la extinción de la fundación, ocurrida no en 1868, cuando de forma violenta fueron expulsadas del convento, sino bastantes años después -tras varios intentos de formar uno nuevo, ya que el suyo fue bárbaramente destruido-, el jueves 9 de mayo de 1912, fecha en que parten hacia Toledo para unirse a la también comunidad cisterciense de Santo Domingo "el antiguo". Es conmovedora la historia de este viaje. Para pagar los 5.000 reales que cuesta el tren, venden los últimos enseres que les quedan y su importe lo añaden a las limosnas del Sr. Cardenal (dos mil reales), capellán y "los Rdos. Padres de S. Isidro de Dueñas", entre otros. Así termina la historia del quizás más rico y, si no el más, uno de los más antiguos conventos femeninos sevillanos.
     Después de comentar lo anterior, no deja de ser insólito que, a pesar de ello, se lleven consigo todos los papeles que conservaban de su archivo, sin duda el más completo de los conservados entre los conventos desaparecidos: 55 pergaminos de distintos tamaños, entre ellos, con una riqueza decorativa extraordinaria, cartas de profesión de religiosas -verdaderos cuadros algunas de ellas-. La más antigua data de 1643 y la más moderna de 1906. Hay también 24 libros de diversas épocas, algunos ricamente encuadernados, en los que se contienen las tomas de hábito, profesiones y defunciones, los títulos de propiedad de tierras, censos, juros, etc., que poseía el convento, así como libros de funciones, capellanías y memorias. Y, por último, 687 documentos en legajos, la mayoría de ellos referentes a casas propias del convento (arrendamientos, arreglos y ventas de ellas) y pleitos por casas o tierras de su propiedad, que indican la gran riqueza acumulada por este monasterio a través de su larga historia.
     Varios conventos sevillanos tuvieron como modelo, en su primera andadura, a monjas de las Dueñas, que en algunos casos se quedaban en la nueva fundación, pero generalmente volvían a su casa matriz. Por esta razón, a través de su archivo, hemos encontrado algunos datos de otros cuyos archivos no se conservan, y una constante alusión a parroquias, calles y tierras de Sevilla.
    Nuestro trabajo ha sido también el más sencillo por otra singularidad: el archivo de las Dueñas está perfectamente catalogado, por obra y gracia de una monja cisterciense toledana y recientemente publicado.
Fundación e Historia del convento hasta el siglo XVII.
     Seguiremos la historia conservada en el Convento de Santo Domingo el antiguo, la más completa, como es natural, y en la que se manejan documentos antiguos hoy desaparecidos y sólo nombraremos a los autores que brevísimamente se ocupan de este monasterio cuando haya alguna discrepancia en los datos.
     Cuando el rey Fernando "tercero de este nombre vino a conquistar Sevilla trajo a su servicio al caballero D. Juan Mate de Luna, natural de Aragón, a quien después el Santo rey dio título de mariscal, y el de almirante su hijo Don Alfonso el Sabio". En el repartimiento que se hace entre los conquistadores de "las heredades i casas principales de los moros, cupo la nuestra al almirante, asi como la bemos oi en forma de isla, sin admitir inmediato a si algún otro edi­ficio, argumento de su nobleza i calidad". Esta "isla" estaba situada entre las calles Dueñas, Sardinas (hoy Gerona) y Dña. María Coronel, y fue donada por el almirante a sus hermanas, Dña. Leonor y Dña. María de Aragón, funda­doras del monasterio, quienes "fueron subcesivamente sus primeras abadesas con la duracion que hubieron las prelacias antes del Santo Concilio de Trento". La donación se hizo con la carga "de decir perpetuamente en nuestro coro todos los lunes, despues de prima, una oración por su alma y las de sus descendientes, como se hace hasta oi en su memoria". Esto ocurrió, nos dicen, el año 1251, "tercero de la redención de esta ciudad".
     Todos los autores que tratan de este monasterio coinciden­ en la fecha de fundación y nombran al almirante y sus hermanas como fundadoras, pero advertimos que hoy día en el archivo de Toledo el más antiguo pergamino que se conserva tiene fecha de 4 de agosto de 1374. Trata de la donación que el jurado García Sánchez hace al monasterio de Sta. María de las Dueñas de una casa en la calle Sardinas (hoy Gerona) con la condición de que oren por él.
     El monasterio toma el nombre "de Santae Mariae Dominarum como se halla en bullas apostólicas y usamos en las cartas de profesiones, ebocación muy usada en la orden como se bé en muchos monasterios de Alemania, Francia y España, de donde vino a llamarse bulgarmente Sta. María de Dueñas por ser lo mesmo entonces en España Dueña que Señora". No coinciden en esta explicación O. de Zúñiga y González de León. Para el primero, el año 1292, en el que ya dice haber hallado noticias de este monasterio, se denominaban Dueñas las religiosas de los conventos de S. Clemente, S. Leandro y Sta. Clara -conventos que se nombran en el protocolo que cita, aquéllos cuyas abadesas estaban sujetas a la autoridad papal y no a la diocesana- y que, a través del tiempo, sólo en el de que ahora nos ocupamos "dura el estilo". González de León atribuye el nombre a que "quizás se fundó para que en él se recogiesen señoras casadas mientras sus maridos militaban contra los moros". Más convincente parece la explicación de la cronista.
     Quizás porque el nombre aparece en las "bullas aposto­licas" que hoy no existen, se afirma que el papa reinante cuando se funda el convento era Inocencio IV, quien desde luego fue contemporáneo de S. Fernando. De ser cierta, como­ parece, la fecha 1251, debió ser el primero -o de los primeros- entre los conventos femeninos que se fundaron en la ciudad después de la reconquista.
     No sabemos cuántos años -bastantes debieron ser quizás, como entonces era costumbre, hasta sus sucesivas muertes, fueron abadesas las hermanas del almirante. En 1293 lo era Doña Isabel Argomedo y durante su mandato reparan "algunas oficinas que se caían por su mucha antigüedad". Aquí la cronista no contenta con la real antigüedad de su monasterio, toma pie para suponérsela mayor: la confirmación de lo "que tantas beces abemos oído a muchos ombres dotos y graves, que fue este monasterio en tiempos de los godos i que perdida España conservo su oserbancia a pesar de los conquistadores, ilustrandola sus hijas con gloriosos martirios, como a otros de Andalucía". Se sabe, y es lógico, que hubo monasterios durante la época visigoda, pero después de cinco siglos de dominación musulmana, no hay ninguna noticia cierta para poder afirmar que precisamente en este lugar existió uno.
     Después de este inciso, la cronista nos cuenta que también en tiempo de la abadesa Dña. Isabel de Argomedo se escribió un libro de canto llano "de que an quedado reli­quias", y habla de cartas de profesiones de monjas, exis­tentes también cuando ella escribe, "de los años mil y trescientos", en las que es la abadesa sin autorización del prelado quien las recibe, y añade que esto sigue así hasta 1334, no 1322 como dice Arana de Varflora, siendo abadesa Dña. India Ruiz de Ribera, hija de D. Fadrique Afán de Ribera, Adelantado de Andalucía. Hasta entonces, que "dieron obediencia a los señores arzobispos de esta iglesia", las abadesas firmaban todos los documentos, teniendo solamente que obtener el consentimiento (voluntad, dice) de las monjas capitulares.
     No parece haber en el convento muchas noticias de largos períodos de su historia, pues de 1334 saltamos a 1448, en que fue elegida abadesa la señora Dña. Catalina de los Ríos, cuya abadía dura hasta 1487, es decir, treinta y nueve años. Después de ella "parece haberse perdido en esta casa el uso de escribir cosas notables della i se continuo hasta nuestro tiempo, hallando solamente lo que esta señora nos dice del suio en un libro escrito a mano". Esto, y la pérdida de muchos papeles importantes, hará que nuestra historiadora tenga que valerse "de la benerable tradicion de nuestras ancianas", que dan crédito "de haber echo nuestro Señor continuamente grandes misericordias a nuestras monjas". De ellas procede la tradición "de la imbencion milagrosa de la antiquisima imagen de Ntra. Señora de marmol". Esta preciosa imagen con el título de la Antigua, que la comunidad veneraba en el coro bajo, y por ella llevada a Toledo, donde se conserva, la describiremos al hablar del lugar donde la situaron. La tradición es similar a la Virgen de la Hiniesta: fue hallada, en este caso en el tronco de un árbol hueco, después de la Reconquista, por lo que se supone escondida por los godos ante la invasión musulmana. Esta tradición también la recoge Morgado. Pero, como en el caso de la Hiniesta, no cabe duda que es una bellísima talla gótica.
     Del libro escrito en época de Dña. Catalina de lo Ríos procede la noticia de un breve pontificio del año 1487 que les permite comer carne. Esta petición se hace por sufrir la comunidad graves enfermedades, achacadas a los ayunos de regla y continua asistencia al coro. Parece que hasta entonces duró la primitiva observancia, y desde aquí y hasta 1608 se mantuvo "pro forma" un refectorio aparte, llamado "del ayuno", que guardaban las oficialas y una novicia de coro, "de cada semana". Las religiosas que comían en este refectorio tomaban pescado los cuatro días a la semana que la comunidad tomaba carne. Se consuela la cronista de haber entrado en el convento cuando ya no se practicaba esta "permisión''.
     Entre las "apacibles antiguallas" que "se allan" en el libro escrito por Dña. Catalina, se nos cuenta "la gran de­voción" que los reyes y señores del reino tenían a este mo­nasterio, "enriqueciendolo i onrandole con grandes limosnas y dones preciosos que algunos duran asta oi". Destaca "un frontal y saia grande de brocado que la catolica reina Isabel mujer del rey D. Fernando el quinto dio a la imagen de Ntra. Sra. de estatura grande que esta en nuestro coro", ... "y ospedandose su magestad en nuestra clausura, que lo acia muchas veces por su debocion i favor grande que iço a esta prelada". Era Dña. Catalina, nos dice, hija del comendador de la Orden de Santiago Don Jº (Jerónimo?) Alfonso de los Ríos, y la califica como "eminente en religión y prudencia". Debía de serlo en grado sumo, pues "la obligaron los prelados" a que fuese al mismo tiempo (caso único que conocemos) abadesa de dos monasterios: las Dueñas -el suyo- y S. Clemente el Real "i ambos los gobernaba con alternatiba asistencia y tan importantes efectos que duró su prelacía lo quarenta que ia e dicho y consta de su libro".
El siglo XVII en el convento
     A partir de lo ya reseñado, comienza la historia del convento que ya está viviendo la narradora.
     Empieza por contarnos la fama de monjas de "mucha perfección y talento que tienen las de esta casa, por lo que han sido llevadas -lo hemos constatado en los conventos objeto de nuestro estudio- como fundadoras o reformadoras a los más calificados conventos de la ciudad, muchos lugares de Andalucía, Canarias y Portugal". Resume que en 150 años, han participado en veintiocho fundaciones, y, para que nadie lo dude, añade que al tiempo que esto escribe "están actualmente quatro monjas nuestras exerciendo tres fundaciones y una prelacía". Nombra los conventos: la Paz y la Encarnación -en Sevilla-, S. Plácido -en Madrid- y una reformadora "que ha restituido a la observancia" el convento del Monte Calvario de Paterna.
     De 1620 a 1625, en que se gana, el convento mantiene un pleito con la casa de Alba; exactamente "con el marqués de Villanueba, condestable de Navarra (navaRa, escribe) primogénito del Duque de Alba". El motivo del pleito fue la pretensión de la casa de Alba de "reedificar en nuestra iglesia una tribuna" a la cual tenían acceso directo desde su casa, situada justamente enfrente a la iglesia del convento. Esta tribuna "avia estado muchos años por inadbertida permision con notable deformidad del templo y otros inconvenientes que se seguian". La comunidad escribe al rey -Felipe IV- y a su confesor. El rey manda sea oída "la parte del combento en la justicia principal antes de restituir al condestable la posesión". Y ganan el pleito. La abadesa -Dña. Juana Cortés, la que mandó escribir la historia de su casa- hizo a su costa, para perpetua memoria de estos hechos, "levantar un retablo de la Pasion", en el que se colocó un cuadro de Cristo atado a la columna, que según tradición se veneraba en la sacristía del monasterio desde su fundación, aunque había sido mandado reparar recientemente por Sor Dionisa de Carbajal, "proporcionándose el aderezo a la cortedad de su caudal".
     Habla también de la gran inundación que sufrió la ciudad en 1626, y que ya hemos comentado al hablar de varios conventos que tuvieron que ser entonces desalojados­ Aquí vino la comunidad de concepcionistas del convento situado junto a la iglesia de S. Miguel. Este mismo año termina el mandato de Dña. Juana Cortés, y es elegida el 23 de julio la nueva abadesa, Dña. Constanza de Osorio. La elección se hace siendo Vicario D. Luis Benegas de Figueroa y Arzobispo de Sevilla D. Diego de Guzmán, "estando su ilustrisima en Madrid".
     En 1627 (7 de enero) se compran dos casas para derribarlas y hacer el jardín, "que asta aora no le habia i se deseaba como tan licita dibersion". Queda todavía sitio para edificar una casita, "conque fué poco costoso". También se hace campanario nuevo "i en el se puso la campana maior". Hace esta obra a su costa la abadesa, junto con otras obras menores que no se especifican.
     La buena situación económica del convento se confirma por las noticias del año 1628. Se nos dice fue terrible para España, "por temor a la baja de la moneda de bellón, que se publicó el 10 de agosto". En Sevilla "por más de cuatro meses estubieron los más días cerradas las tiendas y carni­cerías'',.pese a lo cual la comunidad no carece de nada de lo necesario.
     El año siguiente, 1629, termina su abadía -25 de julio-­ Dña. Constanza de Osorio y vuelve a ser elegida Dña. Juana Cortés ; Tampoco esta vez está presente el Arzobispo, au­sente "por aber ido a la jornada de Hungria acompañando a su reina la serenísima infanta Dña. María, donde murió". Por esta razón preside la elección el visitador, D. Rodrigo Caro. Es durante este mandato como abadesa cuando Dña. Juana Cortés "manda sacar los papeles del archivo", para iniciar la historia del convento que estamos siguiendo.
     Discretamente, no se nombra al mayordomo que en 1630 pasa "secretamente" a América, con gran quiebra económica para el monasterio, "abiéndole alcançado en más de veinte y seis mil reales de que con dificultad se pudo cobrar algo". Se nombra nuevo administrador a "D. Josefe de Madrid". En este año profesa una religiosa portuguesa, Dña. Catalina de Barderas, quien al ingresar aquí y al entrar en el coro y ver la imagen de piedra de la Virgen de la Antigua dice ser la que ella vio "antes" que le llamaba.
     En 1631, Dña. Micaela de Silva, autora del manuscrito que resumimos es elegida "clavera i secretaria capitular" Dios quiera -dice- sea acertada la elección, y el año siguiente, 1632, deja la abadía Dña. Juana Cortés, consiguiendo antes de cesar que se nombren "dos capellane­ maiores para el mejor servicio de la iglesia". La nueva abadesa se llama Dña. Lucrecia Ana de Andrada, que lo es en tiempo del "cardenal de Borja y Belloso, arzobispo de Sevilla", ausente entonces en Roma.
     Dña. Lucrecia nos parece de infausta memoria para la historia del arte pues durante su mandato, el año 1633, van a perderse totalmente las pinturas murales que adornaban el claustro y el refectorio. La reparación afectará a "las azoteas de los claustros i la claustra de la cruz que llamaban de los­ Reyes por estar en ella la imagen desos santos, porque antiguamente estaba toda la casa, asi lo alto como lo bajo adornada de ecelente pintura en las paredes y con eminencia los claustros y el refectorio, de figuras tan grandes como el natural que hacían debota y hermosa bista". La historiadora afirma haber conocido algo, "pero tan biejo que apenas tenia forma i asi se deshiço, no se pudiendo recuperar por su excesivo costo". Añade que de esto se infiere cuánto más ilustre y rica fue la casa en los principios que en los tiempos que ella conoce. Pero a pesar de esta "decadencia", todavía era un convento con grandes propiedades, a juzgar por las rentas que recibe el año 1634: "en efectivo, 62.600 reales, habiéndose producido un aumento de 4.988 respecto a la renta recibida en 1631". El aumento se produce "en partidas nuebas", y "crecimientos de casas y cortijos que se arriendan". Además, recibe 492 fanegas de trigo procedentes de cinco cortijos que el convento arrienda: "Neblinas" (en Utrera), "Malaguncia" (en Carmona), "Casa Gallega", "Cerro de S. Andrés" y "Heras de Manzanilla". Aquí el aumento en tres años ha sido de 148 fanegas. Las rentas fueron suficientes, pese a la carestía de estos años y el gasto que supuso la obra de las azoteas y "la claustra de la cruz'', cuyo costo fue "más de trece mil reales".
     En 1634 muere Dña. Juana Cortés, quien había sido elegida abadesa por cuarta vez. Con motivo de su muerte, la comunidad acepta el patronato que había fundado en 1619 Dña. Isabel Gurea y Guzmán, enterrada "ante el altar del señor S. José que iço a su costa", y del que había nombrado albacea y única patrona a Dña. Juana.
     El 5 de noviembre de 1635, festividad de S. Malaquías, a instancia de algunas religiosas propuso la abadesa volver a rezar completo el oficio divino. Así se hace, mandando a la autora de la crónica que lo escriba para que quede constancia de ello. Dice también que esta vuelta se debe a ser la comunidad de la línea reformada del císter -es decir de la reforma de S. Bernardo de Claraval-, cuyos monjes -agrega- vinieron a través de D. Alfonso de Portugal, pariente de S. Bernardo, fundándose muchos monasterios en Aragón y Castilla. La opinión de pertenecer a esta rama parece con­firmada por los escudos antiguos que aún -dice- hay en la casa: "banda y braço con el báculo", y por fray Angel Manrique "monge y general de nuestra congregación y catedrático de Salamanca'', quien el año anterior visitó el convento.
     Otra religiosa, Dña. Ana María de Aripe, va este año -1635- a petición del Cardenal de Borja, como abadesa a un nuevo monasterio que se funda en Villamanrique.
     Mal año es este y el siguiente por falta de trigo en toda Andalucía. Las monjas tienen suficiente "y fue Dios servido que pudieron socorrer muchas necesidades". Comprueban una vez más la promesa evangélica del ciento por uno, aun en lo temporal, "porque este año redimió el monasterio veinte mil reales de tributo que abía impuesto sobre su hacienda".
     Dña. Beatriz de Alcázar, abadesa durante sólo nueve meses y doce días por rápida muerte, hace en su corto mandato obras: "se recobró el lavadero i demas servicios del convento i el patio de la puerta reglar".
     De 1638 data la compra de "las atahonas que son fronteras a nuestra iglesia", en 1.300 ducados. También y en vista de la buena marcha económica a partir del 14 de junio, en los cuatro días que se da para que coma carne la comunidad, se añade "dos uebos o doce maravedies". Noticia que claramente indica no hacer ya la comunidad las comidas en común.
     Pocos datos más va a dar Dña. Micaela. Uno de los últimos se refiere a ella: el cardenal Borja quiera mandarla el año 1639 como priora al vecino convento del Espíritu Santo, pero es la propia comunidad de las Dueñas quien pide al prelado en lugar de Arzobispo la deje quedar, deducimos que por ser experta en temas económicos. La ya última noticia es de 1648, cuando se arregla la azotea "que está en el patio de las señoras abadesas". En la misma página del manuscrito, se señala la muerte de la redactora y que no hubo quien siguiera su obra, que no se reanudará hasta el año 1768, es decir 120 años después.
El siglo XVIII: Ultimas noticias sobre un Patronato fundado por Juan de Mesa.
     La nueva cronista, cuyo nombre ignoramos, no co­mienza su labor hasta el año 1768 y no va a ser tan prolija como su predecesora. Aprovechando esta falta de noticias del siglo y a propósito de que es en los años 1722-1723 cuando se tienen las últimas sobre un patronato fundado por Juan de Mesa -denominado ahora "el mozo"- el año 1522, resumimos aquí los datos obtenidos sobre dicho patronato, recogidos en tres legajos existentes en Sto. Domingo el an­tiguo. El primero trata de la fundación por testamento, otorgado el 26 de febrero de 1522, ante el escribano público Pedro Fernández, "en la collación del Salvador en el mesón de los Peros", de una Capellanía. Por este testamento "Iohan de Mesa, hijo legitimo del bachiller Ioan de Mesa et de Maria Bolaños, su mujer, difuntos que Dios aya", manda que cuando ocurra su fallecimiento lo entierren en las Dueñas, "en la sepultura en que esta enterrado el dicho bachiller Ioan de Mesa mi señor padre", y ordena se digan por él tres treintenarios de misas "et se pagen por los dezir lo que es costumbre". También han de decirse por su alma "las treze misas de luz rezadas" y dar una serie de limosnas: a la parroquia del Salvador, por los sacramentos que en ella recibió y espera recibir, a Sta. María de la Sede, a la órdenes de la Merced y Trinidad, para redimir cautivos, y al hospital de S. Lázaro. Dota también con 8.000 marvedíes de renta al año la capellanía que funda, por la que deberán decir "veinticinco misas rezadas cada mes" y todos los domingos del año una misa cantada en honor de la Concepció­n de Nuestra Señora, "con diacono e subdiacono, organos e sermon e responsa con agua bendita". Nombra por patrón a la entonces abadesa Dña. Catalina de los Ríos, y luego a quienes le sucediesen en este cargo y manda a los albaceas vendan sus bienes para cumplir el testamento. Juan de Mesa declara tener dos hermanas monjas en el monasterio: Dña. Leonor de Mesa y Dña. Catalina de Bolaños, a quienes mientras vivan han de darse 3.500 maravedíes, y celebrar solamente la mitad de las misas por él mandadas. Sus hermanas y su tío Juan de Bolaños son los albaceas que deberán hacer cumplir su voluntad.
     No sabemos para qué fin, el año 1618 -3 de septiembre- el entonces capellán perpetuo de esta capellanía, "Joan Caro de Texeda, clérigo", comparece ante el licenciado Pedro de Alanís y Barrionuevo, teniente de asistente de la ciudad, manifestándole "tenían necesidad de un traslado del testamento por el cual Juan de Messa", difunto, "había fundado la capellanía". Pagados los derechos -doce ducados- le entrega la copia Juan Gallegos, sucesor entonces de la escribanía de Pedro Fernández, ante el cual había sido otorgado el testamento en 1522.
     Al llegar aquí queremos hacer un inciso: el escultor Juan de Mesa, nacido en Córdoba en 1583, se traslada a Sevilla, muertos sus padres, y entra en el taller de Montañés en 1606. Se casa en 1613 y muere en 1627. Puede ser casualidad que el año 1618, viviendo en Sevilla, pida una copia el capellán Juan Caro, del testamento de otro Juan de Mesa, fundador de su capellanía, pero quizás estas noticias indiquen dos cosas: que lo atribuido a Montañés en las Dueñas fuese realmente obra de Juan de Mesa, desconocido hasta época muy reciente -1882- y cuyas obras, hasta entonces, se atribuían a su maestro, Montañés, y también los orígenes sevillanos de la familia de este escultor.
     El último de los legajos referentes a esta capellanía -ahora se dice fundada por Juan de Mesa "el mozo"- es de los años 1722 y 1723. El entonces capellán de ella, D. José Florencio Romero, una vez concedidas las debidas licencias por la comunidad de su visitador, D. Jerónimo Nicolás de Castro, cede al convento un solar y las ruinas que en él existen, propiedad de la capellanía, situados "en la esquina de la plazuela del Buen Suceso" a cambio de un tributo perpetuo anual de 22 reales y 2 maravedíes de vellón. El convento se compromete a labrar allí una casa, que deberá estar siempre en buenas condiciones de habitabilidad, para lo cual el capellán, o quien él mande, tendrán derecho a visitarla.
     La escritura entre las partes se firma el 4 de febrero de 1723 y se dice hacer esta operación a petición del capellán a la abadesa, para que, habiendo dinero en el convento para hacerlo, no se pierda la capellanía. Esta es la última noticia que se tiene de ella.
     Siguiendo con la historia del convento en el XVIII, sólo tres noticias nos da la nueva historiadora. La primera se refiere a la donación en el año 1768 que hace a la comunidad el canónigo lectoral D. Francisco Villar, de "la Verónica que está en el coro bajo", costeando también el retablo y la gotera del crucifijo.
     Del año 1777 es la segunda de las noticias. Un catalán, D. José de Casas, hace el órgano del coro alto. Previene que, por muchos años que pasaran, no consintieran le clavaran o desclavaran nada, solamente sería preciso afinar clarines y orlos, y si a fuerza de años se destemplaran, "quitarle por de dentro el polvo de los caños". Por último, en 1788, el 12 de agosto, el Marqués de Villamarín dona una caja con reliquias que se colocan "en el altar de Ntra. Sra. de la Concepción y nuestros padres S. Benito y S. Bernardo".
El siglo XIX.
Entrada en el siglo: frustrada vuelta a la vida en común.
     La entrada en el siglo XIX coincide con la exaltación al trono pontificio de Pío VII, a quien escribe con este motivo la comunidad. Al año siguiente, una religiosa hace un legado para que se compren tres arrobas de aceite para la lámpara "del Señor que está pintado en la pared del noviciado alto''.
     Poco va a durar el primer intento de volver a la vida en común. Se comienza "en 30 de noviembre de 1803", con aprobación del Visitador D. Pedro de Vera. El problema fue que no todas quisieron volver a esta primitiva observancia, y pese a que se reparten las rentas del convento de modo que las que vuelven a la vida común tienen una depositaria que se encarga de administrar la parte que les corresponde de ellas, mientras que a las otras se les sigue dando lo que era entonces costumbre -consistente en carne, pan (la ración era media hogaza), aceite y carbón-. Las no partidarias de la vida en común ponen pleito a las que la observan, y el arzobispo Borbón decide suspenderla de momento y que vuelvan a la particular. Había -dice la cronista- treinta y dos monjas profesas, dos novicias y dos legas siguiendo la vida en común frente a diecinueve haciendo la particular. La vuelta a esta vida se produce el 23 de octubre de 1805.
     No hubo fricciones gracias "a la humildad y obediencia", de que dio ejemplo la entonces abadesa, Dña. Ger­trudis de Castilla.
La invasión francesa y sus consecuencias.
     No deja de ser una visión singular la que se narra, pues sólo se habla de los detalles que conciernen a las distorsiones que la invasión causa en la vida monástica. La nota que primero se destaca es el terror que produce, pues se espera la destrucción de los monasterios.
     A las Dueñas llega el 13 de agosto de 1809 una religiosa huida del convento cisterciense de Consuegra llamada Sor María Ignacia de la Purificación Zabala. Estará hasta el 4 enero de 1814, en que, acompañada de su familia vuelve a su monasterio. Aquí, "hizo varios oficios, de campanillera, y dulcera, y en todo cumplió muy bien".
     Narra también la entrada de los franceses en la ciudad, y que por miedo a las atrocidades que se contaban de las tropas, salen las monjas a ocultarse en casa de sus familiares. Las que pueden, marchan a Cádiz y Portugal. De las Dueñas, una sola se va a Cádiz y cuatro a Portugal, volviendo todas ellas -sin llamarlas, puntualiza- al terminar la invasión. Las que salen a sus casas, al ver que los franceses no molestan a las monjas, el mismo día 1º de febrero siguiente, vuelven (naturalmente, de 1810).
     Si bien las monjas conservan sus conventos (no ocurre lo mismo con los frailes), se ven sin embargo gravemente afectadas por las contribuciones que imponen los invasores. Según la cronista, se cargaron "eccesivamente" de modo que llevaron la mayor parte de las rentas, reduciendo el convento a la mayor pobreza. Esto, unido a la carestía de los alimentos -"la ogaza de pan blanco de tres livras costava 24 reales y el de rosca a 30, la carne estava escasa y costava la libra a 12 reales, los huevos a mas de 8 reales, el arroz a 6 reales la livra"- hace que la comunidad tenga que tomar una serie de medidas para no "morirse de hambre o salir del monasterio a mendigar por las calles". La primera que se toma es "cercenar las raciones". Se reduce al principio a una libra de pan y dos reales diarios, pero luego se baja a sólo un cuarterón de pan y, en vista de que ni aún esto era posible mantener, "se arbirró como ultimo recurso vender la plata que havia para el culto, que era mucha". "Havia un altar magnífico de plata, parecido a el de la Catedral y una custodia de tres cuerpos, primorosisima, muy celebrada de los inteligentes". Creemos ser ésta "la riquisima custodia de plata de tres cuerpos labrada por el famoso artifice Francisco de Alfaro", que Tassara nombra como una de las joyas que poseía la comunidad y cuyo paradero ignora. También se venden, lámparas, "multitud de candeleros", misales etc., "todo se vendió para dar esta ración a las monjas", y, lo que es más doloroso: se vende a peso; "pagaban -dice- a catorce reales la onza, no más".
     En una de estas ventas, al traerles el producto de ella -30.000 reales- fueron decomisados "por una ronda de espa­ñoles coaligados con los franceses". La comunidad acude "al mariscal francés -Soult- y al conde de Montarco -Comisario regio- y les devuelven el dinero a pesar de que "pasó por varias manos, todas a cual peores, de avarientos, codiciosos y por decirlo de una vez, los mas famosos ladrones".
     Además de estos tristes acontecimientos relata nuestra historia algo que no sabemos hasta qué punto fue realidad, pero que sin duda debió influir en que la comunidad, en lugar de unirse a la también cisterciense de S. Clemente el Real, decida marchar a Toledo el año 1912. Sucedió en el 1811. Parece que las autoridades francesas, según la cronista, "trataron de derrivar este monasterio para hacer una plaza". Incluso hay quien les asegura que ya había comprado al­guien los posibles materiales de derribo "por muy bajo precio", aunque el proyecto no llega a realizarse, por "averse ido de la ciudad el que estaba empeñado hacer este sitio una plazuela". El mismo año, se trata de reunir -dice- en las Dueñas a la comunidad de S. Clemente. Esta comunidad hizo "lo imposible" para que la reunión fuese en el suyo. Al fin, los franceses deciden (único dato comprobado) hacer un fuerte en el monasterio de S. Clemente. La abadesa de aquí escribe a la de S. Clemente para que se vengan, pero "no quisieron admitir la oferta y se pasaron a Sta. Clara". Todo esto, que debió ser en su mayor parte producto de habladurías, pudo influir en cierto resquemor entre las dos comu­nidades, que quizás sin motivo real suficiente hacen "lo imposible" para que sea la otra la comunidad suprimida.
     Terminamos esta exposición de la vida del convento durante la etapa de la invasión francesa en Sevilla, única desde dentro de los conventos que hemos encontrado (salvo la alusión a las joyas vendidas en el de la Concepción de S. Juan de la Palma), por lo que nos ha parecido interesante relatarla con todo detalle. No es difícil concluir que lo mismo que aquí debió tener que hacerse, para subsistir, en todos los demás, por lo que deducimos que entonces, pese a la no supresión de las órdenes femeninas, debió comenzar la decadencia económica de sus conventos.
     La abadesa que gobernó las Dueñas durante estos difí­ciles años fue Dña. Manuela Ventura y Martínez, y, vuelto el rey el año 1814, la comunidad le felicita por carta, que Fernando VII agradece. También escriben a Pío VII, que vuelve al Vaticano del cautiverio a que fue sometido por Napoleón.
El trienio constitucional y la desamortización de Mendizábal.
     No pasan desapercibidos tampoco los sucesos ocu­rridos en España durante el trienio constitucional (1820 - 1823). Se anota en 1820 que hacen jurar al rey la Constitución y se coloca el 10 de marzo la placa que se había arrancado en 1814 y también que el 13 de junio de 1823 se vuelve a quitar la lápida de la Constitución. Durante estos tres años, "nos cargaron muchas contribuciones y también trataron de reunión por dos veces... Dieron también un decreto dando facultad a todas las monjas para que saliesen y mandando que se fijase en el sitio más público del monas­terio y así se hizo". Además lo hacen leer a la comunidad. Añade que estas medidas se hicieron cumplir en todos los conventos, pese a lo cual, de aquí no salió ninguna, y de otros "algunas, aunque pocas". Fijan el decreto "en el patio del palacio".
     Pasados estos tres años, sin duda mejora algo la si­tuación económica conventual y se hacen diversos gastos. El 8 de diciembre de 1823 se estrena un manifestador nuevo, para sustituir al altar de plata vendido durante la ocupación francesa de Sevilla. Cuesta el nuevo manifestador 139.160 reales. También se estrena este mismo día una cajonería para la sacristía "de caoba enchapada y sus espejos y tarima": supone un gasto de 3.866 reales. En 1824 (19 de marzo) se estrenan dos confesonarios, hechos con muebles que se tenían de un embargo, y, pocos días más tarde (24 de marzo) dos arañas de cristal, esmalte y hojalata para los ángeles lampareros. Estas arañas y el manifestador las hace D. Manuel Villarica, mayordomo del convento.
     Y ya comienza la última etapa de este monasterio. En 1841 se relata lo ocurrido en 1837. Con una sola frase: "despues de avernos quitado todas las rentas y caudal en febrero de 1837...", parece que "en 841 (1841) se empezó a desir y temer con algun fundamento, nos querian echar de nuestros conventos, aviendo sospechas fuera con tropelía". Se produce entonces una triste historia. La abadesa, Dña. Catalina Pacheco, entrega, por miedo a lo que pueda ocurrir, a persona de toda su confianza "las alhajas y plata del culto que todavia quedaba en el convento". Resultó la persona infiel a la confianza que se había depositado en ella, y empeñó en su provecho todas las joyas entregadas en el Monte de Piedad. Después de un largo pleito en que se gastaron 18.233 reales, la comunidad recobra todo lo perdido en octubre de 1848. No se dice cuáles fueron "la prendas rescatadas", "porque todo consta de los documentos", que quedan archivados. Es posible el pago de este pleito para rescatar las joyas gracias a la herencia de una religiosa (15.000 reales) poniendo la abadesa lo restante, "de lo que a covrado de las pagas de las muertas".
La larga agonía del convento
     El último de los legajos dedicado a la historia del convento comienza a escribirse el año 1868. Se titula "Memoria de la Sta. Comunidad de Sta. María de las Dueñas de Sevilla" y comienza así: "En el año 1868, sabado 10 de octubre a las cinco de la tarde, con motivo de la Revolucion fueron reunidas esta comunidad de las Dueñas en el monasterio de Sta. Paula, Orden jeronima; siendo priora Rda. Trinidad Dia". Con más detalle se narra esta llegada en el libro de actas de Sta. Paula. La clavera certifica la entrada clausura de las veinte religiosas que entonces componía la comunidad de las Dueñas, de la que era abadesa Sor María de los Reyes Morales. Las acompañaba D. Antonio Rodríguez Moreno, canónigo magistral de la S.I.C, el Visitador general, D. Fernando Martínez Conde, y el párroco de S. Juan de la Palma, D. Juan Reina. Aquí permanece durante nueve años. Durante su estancia muere la abadesa y siete religiosas más: se conserva en Sta. Paula una lápida bajo la cual están enterradas estas ocho religiosas, y también el acata levantada el día de su marcha: "el 24 de agosto del año de fecha (1877) a las cuatro de la mañana salieron de este monasterio la comunidad de religiosas de Sta. Maria de Dueñas", acompañadas del párroco de S. Román, D. Francisco Garcés, el secretario de la visita de las religiosas, D. Manuel de la Oliva, el sacerdote D. Manuel Caldera, y la Marquesa de S. Gil. Se apunta como en el acta de entrada el nombre de todas las religiosas, que ahora han quedado redu­cidas a doce, siendo abadesa Sor María de la Salud Mellado y Romero. Esta acta la firma la clavera de Sta. Paula, Sor Aniceta del Patrocinio Olavarría.
     La comunidad de las Dueñas sale de Sta. Paula para trasladarse a S. Benito de Calatrava, antigua residencia de los caballeros de esta orden, cuya casa e iglesia "con rectísima intención y con una benignidad de eterno agradecimiento" les concede el prelado de la diócesis. El edificio estaba en malas condiciones, y hay que repararlo y conseguir agua potable -que no tiene-. Para todo esto la comunidad tiene que recurrir a "personas piadosas" y vender "lo que nunca hubieramos enagenado ni aun para alimento de nuestro cuerpo: vasos sagrados, viriles, ornamentos y relicarios y contrajimos crecidas deudas que no hemos podido satisfacer". Pero la casa no reúne las condiciones adecuadas. por la proximidad al río -se arriaba casi todos los años- y sus cimientos estaban en malas condiciones. También sienten el alejamiento "del domicilio de ilustres y honrados bienhechores". Durante su estancia aquí muere una religiosa, pero entran cinco. Después de siete años, el 15 de octubre de 1884 se trasladan a una casa de la calle Lista, nº 12, comprada por la entonces abadesa Mª Jesús Pichardo, "no muy grande, pero estaba junto a la iglesia de Montesión, que fue de los Padres dominicos, exclaustrados, y tomando salida de la casa por medio de un pedazo hicieron el coro que era hermoso y muy alegre". Por desgracia en la calle Lista se encuentran con la misma dificultad de S. Benito de Calatrava, que les habían ocultado: se arrían los cimientos y tiene que pasar al coro y refectorio por borriquetes. Están aquí hasta el año 1909, entrando durante este período nueve religiosas más y cinco hermanas. Tienen que abandonarla porque, debido a las riadas y temblores de tierra, la casa sufre mucho, y, al ser reconocida por el arquitecto de la Mitra, éste comunica al cardenal Almaraz el mal estado en que se encuentran. Ahora se trasladan a Sta. Inés, cuya abadesa era la M. Gil de Sta. Cruz.
     La casa de la calle Lista se vende el 25 de septiembre de 1911 en 160.000 reales, pero les entregan en efectivo sola­mente 28.000, pues el resto se los reserva el comprador para pagar derechos del Estado producidos por el fallecimiento de la M. Sor Isabel Giménez, que figuraba como propietaria, "más los gastos de la venta".
     Pasados casi tres años en Sta. Inés, y sin esperanza de encontrar nueva casa, pues aunque acuden al prelado para que les ayude, éste dice no tener medios para hacerlo, reciben una carta de la abadesa de Sto. Domingo de Silos (el antiguo) pidiendo a la abadesa de las Dueñas que mande 2 ó 3 religiosas con buen espíritu, por tener entonces aquel monasterio solamente once religiosas. La contestación es que o van todas, o ninguna, y al decirles que eso era lo que deseaban, emprenden viaje, el 9 de mayo de 1912. Llegan a Toledo el día 10, por la mañana, día que podemos considerar como el de la extinción del monasterio.
Vicisitudes del edificio, una vez desalojado por sus moradoras.
     Con una rapidez extraordinaria se va a demoler casi totalmente el convento. Recordemos que la salida de las religiosas hacia Sta. Paula, entre gritos agresivos, se realizó el 10 de octubre de 1868. Pues bien, en un certificado del Cabildo municipal con fecha 17 de octubre el Sr. Casanova expone "que tanto para amparar a un crecido número de jornaleros que carecían de trabajo, como para completar la reforma emprendida por el concejo al demoler el ex-convento de S. Felipe de Neri, se principió a derribar el de las Dueñas luego como la evacuaron las monjas acojidas a este monasterio". El alcalde encarece la urgencia de la mejora "por deber de ensanchar el tránsito lóbrego y angosto que formaban los muros elevados de ambos edificios por sus cuatro esquinas a la calle Gerona", reconoce que autoriza a obra "para mantener ocupados a los braceros (empleados municipales) hoy sin empleo en sus tareas ordinarias'" dispone que "este gasto se cubriese con el producto de la venta de los materiales procedentes del derribo o en su defecto, se librara del capítulo de imprevistos".
     Con la misma fecha del anterior -17 de octubre- en otro certificado, se leen las instrucciones sobre la parte del edificio que debía ser demolido. En total se harían tres cortes: "el primero, en el trozo del edificio lindante con los jardines de D. Fernando Halcón y Mendoza, para prolongar su fachada en dirección recta hasta el ángulo más saliente de la iglesia del referido monasterio, o sea a la izquierda del altar­ mayor en la calle de la Inquisición", el segundo, más pequeño, "desde la puerta de entrada de los libratorios de las Madres, en la calle Gerona", y el tercero, "de cinco o seis varas de latitud, en el muro contiguo al convento de la Paz en sentido paralelo a la línea primeramente descrita". Se trata como vemos de ensanchar el último tramo recto de la calle Inquisición -hoy Dña. María Coronel- y también la calle Gerona (antes Sardinas).
     Termina diciendo el certificado que, a pesar de esta pre­cisión en lo que debía ser derribado, cuando el Sr. Casanova, visita el lugar, ve "con asombro", que desatendiéndose por completo sus mandatos, aparecía destruido "la mayor parte del edificio, disminuyendo considerablemente su valor en venta, por habérsele privado sin necesidad de suntuosos locales y aumentado los costos del derribo". Volviendo atrás­ unos días, hemos de aclarar que el expediente abierto sobre el indebido derribo de las Dueñas -único de los conventos incautados por la Revolución de septiembre del que no se levanta acta de incautación-, se incoa ante la reacción pública que provoca su bárbara destrucción y la desaparición. Dios sabe de cuántas obras de arte -retablos, imágenes, cuadros, etc.- que atesoraba. Es tal el escándalo, que el Ayuntamiento decide aclarar el tema y pedir responsabili­dades. Naturalmente, el expediente las aclara, pero lo perdido, ya no tiene remedio.
     Resumiendo, las prisas por derribar el edificio se deben al "excesivo número de braceros que clamaban por trabajo al municipio". Así lo dice el alcalde, D. Juan del Castillo, al urgir a D. Joaquín Casanova, encargándole se ponga rápida­mente de acuerdo con D. Laureano de la Concha, presidente de obras públicas del Ayuntamiento para que decidan que partes de edificio se deben derribar. Las monjas dejan el convento en la tarde del sábado 10 de octubre y el derribo comienza el lunes, día 12, y es que el mismo sábado 10, "se invirtieron de las arcas de propios 5.468 reales", y, "aún así son todavía muchos los que imploran la caridad del Ayuntamiento". Lo que "apetecen" y piden, es pan. Todo esto lo dice el alcalde.
     D. Joaquín Casanova y D. Laureano de la Concha in­tentan conciliar la necesidad de dar trabajo con los posibles beneficios de la venta del edificio, "teniendo en cuenta que se vende mejor lo edificado que lo derribado, y el costo del derribo" (para nada se habla del valor artístico).
     Será D. Joaquín Casanova, "iniciador de la reclamación de los abusos", junto con D. Teodoro Muñoz, "ecónomo de la corporación'', y D. José Gabriel Domínguez, secretario, los encargados de aclararlos. Toman declaración al arquitecto municipal D. Manuel Galiano y al aparejador D. Juan José Barrera. El arquitecto reconoce bajo juramento estar informado de los cortes que debían hacerse al edificio y dice haber dado órdenes al aparejador, quien distribuyó las cuadrillas de obreros. Reconoce que poco después de reti­rarse el Sr. Casanova del lugar lo hizo él, no volviendo hasta el jueves -tres días después- y este día no entra pues al preguntar si hay novedad le dicen que no. Al interrogarle sobre cuáles fueron las causas del exceso, declara que los operarios no obedecían al jefe y "derribaban por donde les parecía a su capricho''. A la pregunta de cuántos obreros trabajaban en el derribo, contesta que el lunes -día del inicio- eran 150, "elevándose después el número, de 450 a 500". Este número, a todas luces excesivo e incontrolable "fue para atender a los que llevaban tarjeta de los alcaldes de barrio e individuos del ayuntamiento y de la junta revolucionaria, cuyas recomendaciones tenían orden de atender porque así lo dispusieron sus jefes''.
     La comisión, una vez inspeccionados los derribos, re­suelve y aunque dice haber versiones diferentes, está claro que el arquitecto municipal D. Manuel Galiano es el principal responsable "de los daños y perjuicios irrogados por el escandaloso abuso cometido en los derribos de las Dueñas''. Es destituido el 26 de octubre.
     En una certificación acerca de lo vendido en el derribo de las Dueñas -recordemos se había programado pagar a los trabajadores con esta venta- se apostilla: "advirtiendo que no dejaría de haber desaparecido algunos enseres en los distintos tumultos de los trabajadores y en diferentes fracturas ocurridas en los candados o cerraduras de las habitaciones". También dice que aún hay sin vender "algunos restos de tableros y relieves dorados" y reconoce que los gastos "habrán de subir a un guarismo no exiguo" por haber obligado la necesidad a admitir a mayor número de obreros que el necesario.
     Por si las circunstancias no hubieran sido lo bastante adversas para el edificio, el 3 de diciembre se suprime la guardia de milicia ciudadana "existente en los derribos de las Dueñas y S. Felipe", "por imponer el pago de haberes un gravamen no exiguo a los escasos recursos de propios", señalándose solamente dos guardias municipales nocturnos a este fin.
     Del celo que ponen los trabajadores en el derribo, nos da una idea las quejas de un colindante, gracias a las cuales sabemos un dato más sobre el desaparecido convento de la Paz, con el que lindaba una manzana de las dos incompletas que ocupaba las Dueñas. D. Joaquín Casanova -sin duda el mismo munícipe encargado de determinar el año anterior la parte del convento que debía derribarse, "propietario del ex-convento de la Paz, lindante por la espalda con los derribos del convento que fue de las Dueñas"- pide el 28 de febrero de 1869 que le paguen los deterioros que su finca sufrió a causa de ellos. No sabemos si lo consigue, aunque apostaríamos que no.
     En el boletín del miércoles 2 de junio de 1869, sale a la venta el convento, haciendo tres lotes. El primero com­prende el núcleo primitivo lo deducimos por sus límites: calle Gerona (por donde se entraba), plaza del Espíritu Santo y calle de las Dueñas. Su superficie: 2.634 mt2, "distribuidos en grandes patios, habitaciones, iglesia, parte en ruina y el resto demolido". En el lote no entran los azulejos "que por su mérito artístico son dignos de conservarse en el museo provincial''. De la superficie se ha descontado ya "la nueva calle''. El precio en venta: 36.425 escudos, o bien 730 en renta.
     El segundo lote -1.848 mts2., 40 dcms.- es el colindante con el ex-convento de la Paz, lindando además con Bustos Tavera, Gerona y casas de la calle Inquisición. Se tasa en 12.840 escudos en venta.
     El tercer lote, con entrada por la calle Gerona, "linda a la derecha con casas de esta calle, por la izquierda con Dña. María Coronel y por su posterior con un jardín de esta­ misma calle". Mide 970 mts., 49 dms., y se tasa en 6.570 escudos -en venta- ó 365 en renta.
     Creemos que Francisco Domínguez Carrasco, citado por Suárez Garmendia como comprador del convento en el año 1871 y que ese mismo año construye casas en su solar, debe serlo solamente de uno de estos tres lotes. Pero debió venderse todo y pronto. Lo deducimos de la "exposición" ya citada que las monjas de las Dueñas, residente entonces en S. Benito de Calatrava, envían al Director General de propiedades y derechos del Estado el 8 de diciembre de 1879, escrito realmente patético en el que no piden se les devuelva el convento -que no existe- sino "indemnización", para "ver el modo de ampliar su actual residencia". Nada consiguen. No sabemos si cobrarían las "ocho mil cincuenta y dos pesetas" en que el Ayuntamiento valora los 847 m2 incorporados de su solar a la vía pública, indemni­zación acordada en sesión de 22 de febrero de 1884, y de cuyo acuerdo, existe un certificado expedido el 21 de enero de 1885.
Destino de los retablos y objetos artísticos que atesoraba el Convento.
     Como "borrón indeleble de la historia de las bellas artes, con mengua del nombre español", califica la comisión de académicos de Bellas Artes la bárbara destrucción del convento de las Dueñas. Su informe está fechado el 8 de noviembre, lo que parece nos da pie para pensar que, en este caso al menos, no se procedió con la urgencia necesaria. mucho más si pensamos que era conocida la riqueza artística del convento, aunque reconocemos que no hubo mucho tiempo entre la marcha de la comunidad -sábado por la tarde del 10 de octubre- y el comienzo del derribo el lunes día 12.
     Tassara recoge el informe que hace la comisión de académicos sobre lo que allí quedaba todavía, después del desastre, y debía salvarse y llevar urgentemente -¡ahora!- al Museo. Afirman que se han vendido como leña dos artesonados "ponderados por los escritores de nuestras antigüe­dades". Se refieren a los que cubrían el salón llamado de Isabel la Católica y el de la escalera. Dicen también que retablos atribuidos a Montañés han servido para alimentar hogueras.
     En cuanto a los retablos de su iglesia -de la que publica una fotografía en la que se ve prácticamente destruida-­ nombra una serie de "fragmentos de retablos" o medallones, procedentes del retablo mayor -que erróneamente atribuye a Montañés- llevados, en este último caso al Museo, y con los que se compone, en el primero, varios retablos: cinco, existentes en Sta. Marina, hasta que perecieron en el incendio de esta iglesia el año 1936, y con trozos de otro "buen retablo", llevado primero a S. Marcos, se hace el dedicado a Sta. Teresa, situado en la capilla de S. Francisco de la Catedral.
     Recomienda también la comisión llevar al Museo "el zócalo que forma los asientos del coro bajo" y "todos los santos pintados en azulejos del patio principal" y, por un oficio dirigido al provisor del Arzobispado, firmado por el presidente D. Miguel de Carvajal, insta a la autoridad eclesiástica a que recoja, para poner en otros templos, los restos de retablos -que atribuyen a Montañés- pidiéndole también que acepte la colaboración de una comisión de ar­tistas cuando llegue el caso de darles colocación. Este oficio tiene fecha de 9 de diciembre.
     Pasando por alto el ridículo inventario de los objetos procedentes de las Dueñas que ingresaron en los almacenes municipales el 18 de diciembre, veamos lo recogido por el Arzobispado y su paradero.
     Se nombra en primer lugar "un altar mayor dorado en mal estado e incompleto, faltándote los altos relieves que parece cogió la comisión de la academia para el Museo" (así fue), y a continuación "dos altares dorados en mal estado, faltándoles muchas piezas". En el margen se dice que todo esto se llevó a Sta. Marina, y ya sabemos que con todo ello se hicieron cinco retablos, hoy perdidos.
     A Castilleja se va "un altar pequeño, pintado de jaspe y medias columnas". Por el recibo que firma el párroco el 16 de enero de 1869 sabemos lo era de la iglesia de Ntra. Sra. de la Concepción y va, junto con otro de madera sin pintar, procedente del convento de Sta. Ana. Otro que no figura en el inventario, dorado, lo pide el párroco de la iglesia de Santiago, también de Castilleja. Se le entrega el 9 de abril de 1869 (lo pide el 12 de noviembre de 1868). No abemos si se utilizó como retablo mayor, pues en la petición dice necesitar "un retablo no grande de dimensión, pues el actual es viejísimo, raquítico y miserable para la categoría de la iglesia", declarada matriz -dice- hace dos años. Debido a los escasos datos sobre estos retablos, no hemos podido identificarlos. Figura también en el inventario otro retablo pequeño "pintado y algún dorado, destrozado", que se lleva a Mairena del Aljarafe. Dos pequeños, "uno pintado que estaba en la puerta del coro" y "otro también pequeño, dorado, destrozado" se conceden a petición de la Sra. Rull, de Cartaya. El cura del pueblo firma el "recibí" el 12 de febrero de 1871. Dña. María Cordero Lucena, de el Puerto, se lleva "un altar pequeño, también dorado". Y a otro señor -de nombre ilegible- se le entrega "un altar pequeño dorado que se encontraba en el coro".
     Incluye también el inventario citado una serie de objetos, procedentes del convento, con los siguientes destinos: "dos ángeles lampareros muy rotos", a S. Hermenegildo, "cuatro atrileras de un pie", a la Rinconada, y a S. Lázaro "2 triángulos del monumento", "un tabernáculo pintado figurando piedra" y varias cornisas que suponemos pertenecían a retablos destrozados.
     En una carta que la M. Dolores Márquez escribe a D. Francisco Florens, encargado de los objetos de culto de las iglesias suprimidas, fechada el 13 de julio de 1869, dice: "ya ve Vd. que hemos elegido el altar de las Dueñas que era destinado a S. Juan Bautista, porque hace mucha falta en esta iglesia".
     De otros dos retablos, encontramos la petición y con­ cesión, aunque no la firma del recibí. Uno de ellos "sin efigies" lo pide D. Manuel León Villalobos el 4 de diciembre de 1868, y se le concede el día siguiente. El segundo "que se encuentra en el que fue coro del Monasterio de las Dueñas" lo pide Dña. Amparo Cortés y Luna, directora del colegio de señoritas de la Inmaculada Concepción, en la parroquia de Sta. Cruz, pero este altar lo pide luego Dña. Francisca de Borja Rull que tenía "afecciones a la extinguida iglesia de religiosas de las Dueñas" y dice que Dña. Amparo "la actual poseedora" no tiene inconveniente en cedérselo. Ignoramos si se hizo este traspaso.
     En la petición de un órgano que hace el cura de Mairena del Aljarafe leemos: "y como quiera que los que pertenecieron a las Dueñas hayan sido destruidos...".
     También, desde Sta. Paula, la comunidad hará una serie de peticiones reclamando objetos de propiedad particular de las religiosas. El 3 de noviembre de 1868 Sor Juan Osuna, monja de las Dueñas "hoy en Sta. Paula", pide una imagen de la Virgen, con el Niño en brazos, de tamaño natural. Se le contesta que "no aparece". La abadesa, Sor María de los Reyes Morales Gallegos, el 20 de noviembre reclama varios cuadros, dos retablos "del interior del claustro de dicho monasterio", "una efigie de Ntra. Sra. del Rosario", que dice estar en el convento de la Purísima Concepción de S. Juan de la Palma, parte del órgano, las campanas y una pila de mármol. En la solicitud figura un "entréguese" con recha 17 diciembre de 1868.
     El 5 de diciembre, la abadesa y comunidad piden "dos­ altares dorados que están en el coro bajo y fueron costeados por una religiosa", que necesitan "para las imágenes que los ocupaban". Se les conceden el día 9. También piden varios cuadros. De ellos figura "no se ha hecho la entrega", aunque se acuerda hacerla el 12 de diciembre. En total, son cuarenta y ocho los cuadros reclamados.
     Para terminar, reproducimos la lista de los objetos procedentes de las Dueñas que todavía existen en Sto. Domingo el antiguo de Toledo.
        I. La Virgen de la Antigua (siglo XIV, alabastro cromado).
        II. Nacimiento grande, compuesto de seis piezas de­ madera estofada (siglo XVIII).
        III. Dos Niños Jesús de talla.
        IV. Vacío de plomo del Niño Jesús (atribuido a Montañés).
        V. Niño Jesús de Barro.
        VI. Ecce Homo grande.
        VII. Ecce Homo pequeño.
        VIII. Imagen de la descensión del Señor de la cruz a brazos de la Virgen.
        IX. Anforitas de plata con flores de abalorios y otras cuentas (siglo XVIII).
        X. Macetitas de plata con flores de abalorios y otras cuentas (siglo XVIII).
        XI. Algunos candelabros.
        XII. Cuatro blandones grandes de madera con pan de oro (siglo XVIII).
        XIII. Jaulita de nogal con alambritos de plata (si o XVI).
        XIV. Algunos cálices y ornamentos sagrados. Del palio -muy rico- se hizo un terno.
        XV. Cogulla negra de S. Benito, bordada en oro.
        XVI. Cogulla negra bordada en oro, de Sta. Gertrudis.
        XVII. Cogulla blanca bordada en oro, de S. Bernardo.
        XVIII. Manto pintado de la Virgen de la Antigua, representando la aparición de ésta al pastor.
        XIX. Cuadro del Nazareno (Señor de Completas).
        XX. Imagen pequeñita de la Virgen del Amparo.
        XXI. De las tablas del órgano se hizo un confesionario.
     Esta relación está hecha por las actuales religiosas de Sto. Domingo el antiguo, quienes recuerdan se habían vendido algunos objetos más procedentes de las Dueñas para poder subsistir después de la guerra de 1936.
Descripción del edificio. 
La iglesia.
     "Está como todas las de las Monjas dividida por rejas para los coros y forma capilla mayor un arco grande. La techumbre de la nave es de armadura de madera". Era pues de una sola nave "no muy grande" y "su portada no tiene más que unas pilastras". González de León dice también que la iglesia estaba frente a la casa de Alba, noticia que conocíamos a través del pleito que sostuvo en el XVII el convento con el primogénito de la casa por un pasadizo que permitía el acceso directo desde ella a una tribuna de la iglesia, y que entonces se suprimió. Ya veremos que en esta calle estaba la puerta del templo, lateral y situada en el lado del evangelio.
RETABLO MAYOR
     Debía ser magnífico a juzgar por los elogios de quienes lo describen, sin conocer sus autores: "de muy buen estilo" lo califica Ponz y González de León "del buen tiempo de las artes", quizás por ello fue tenido por obra de Martínez Montañés. Hoy sabemos que fue obra, documentada, de Jerónimo Hernández, quien lo contrata con la abadesa y monjas de las Dueñas el 19 de junio de 1581. No lo termina -hace la arquitectura, cuatro imágenes y varios medallones-. Su viuda, Luisa Ordóñez, traspasa, con otras obras inconclusas, a Andrés Ocampo "siete historias y cuatro figuras redondas que faltan para el retablo del Mo­nasterio de las Dueñas", el 2 de octubre de 1586 y en su testamento, el 2 de julio de 1593, afirma tener pagados a Andrés de Ocampo "la cantidad de maravedíes en que se concertó conmigo por la escultura que me hizo del retablo del monasterio de las Dueñas"... La pintura, dorado y estofado de este retablo fueron obra de "Basco de Perea e Juan de Sauzedo", quienes otorgan carta de pago el 10 de mayo de 1590, y será Juan de Oviedo quien lo ponga y asiente. Este último da carta de pago a Luisa Ordóñez el 1 de agosto de 1593.
     Por el contrato, y lo que del retablo dice González de León, podemos describirlo así: De dos cuerpos, con calles, separadas por columnas corintias. En la calle central del primer cuerpo, estaba la escultura de Ntra. Señora del Císter, titular del convento, "de bulto entero". En el segundo cuerpo de esta calle central, "un buen relieve de la Asunción de Ntra. Señora" y en el ático -"el óvalo del remate"- la figura de Dios Padre. Los relieves de la calle central eran "de bulto entero".
     En las calles laterales cuatro relieves "de medio bulto" y una serie de figuras -sibilas, profetas y evangelistas-, adornando los intercolumnios.
     Tanto en éste como en los pocos contratos que se conservan de retablos del convento hay una insistencia ma­chacona en la perfección y riqueza de los ornatos "anssi de la arquitectura como la escultura".
     Los relieves conservados en el Museo representan: la Anunciación; la Sagrada Familia (ambos atribuidos por Hernández Díaz a Andrés Ocampo); S. Plácido, su degollación; una Santa Faz y un trozo de zócalo con la representación de dos santos de medio cuerpo, y ya sabemos que lo salvado de su arquitectura ardió en Sta. Marina el año 36. Desconocemos el paradero de Sta. María del Císter, que suponemos sería una de las esculturas que dejó labrada Jerónimo Hernández. Como suposición queremos aportar que debió ser una Virgen sedente con el Niño en brazos -en este caso parecida a la Virgen de la Paz del mismo autor que hoy se venera en la iglesia de Sta. Cruz- pues insistentemente, en los pergaminos miniados de profesiones de monjas, aparece una Virgen con estas características que al no recordar en absoluto a la Virgen de la Antigua -existente y de gran devoción en la comunidad- pensamos debe tratarse de ver­siones aproximadas a la titular del convento, Sta. María del Císter.
OTROS RETABLOS
     Había tres en el lado de la epístola y dos en la del evangelio, donde además estaba la puerta de la iglesia. González de León nos proporciona noticia y lugar de todos ellos. Ponz y Amador de los Ríos sólo nombran a los dos dedicados a los Stos. Juanes, como de buena escultura, aunque de autores ignorados. Arana de Varflora destaca el altar del Sagrario.
     Comenzamos la descripción de estos retablos por el lado de la epístola y el más próximo a la capilla mayor. El primero estaba dedicado a S. Juan Evangelista. Descono­cemos su autor. Sólo sabemos pues que era un buen retablo a juicio de los que lo vieron.
     El segundo, "de muy buena arquitectura, en el que entre otras imágenes hay dos muy buenas de los Patriarcas de la religión del císter, S. Benito y S. Bernardo". No hay noticias de sus autores. Sólo sabemos que Jacinto Pi­mentel se compromete a hacer el 8 de abril de 1639 una escultura de madera de cedro "del Señor Patriarca S. Benito" de vara y media, al precio de 900 reales. Parece que la titular de este retablo era la Concepción, pues así se nombra en el año 1788 cuando se colocan en él una serie de reliquias donadas por el Marqués de Villamartín. Exactamente se dice fueron colocadas "en el altar de Ntra. Sra. de la Concepción y nuestros padres S. Benito y S. Bernardo".
     Del tercer retablo sabemos que "estaba dedicado a Sta. Gertrudis, imagen buena de ropas de telas".
     Siguiendo el mismo orden en el lado del evangelio, se hallaba en primer lugar, y frente al ya nombrado de S. Juan Evangelista, el dedicado a S. Juan Bautista. Fue contratado el 6 de agosto de 1592 por Miguel Adán y Vasco Pereira con Dña. Elvira de Pineda, Dña. Francisca Garfias y Dña. Catalina de Ayala, monjas de las Dueñas. Tendría 6 varas y cuarta de altura y 16 palmos de ancho. Para hacerlo en el plazo de dos años. Con tres historias "de más de medio relieve": la Visitación a Sta. Isabel, el nacimiento de S. Juan v el bautismo de Cristo. Claramente dice la M. Dolores Márquez que se llevó a Sta. Isabel el retablo dedicado a S. Juan Bautista de este convento. Gracias a esta noticia, y a la reproducción ideal hecha por Palomero Páramo, lo hemo encontrado en Sta. Isabel. Ha cambiado -y más de una vez- su programa iconográfico, y hoy está presidido por un Jesús Nazareno del siglo XVIII. Procedentes de este retablo e identificados como tales por Palomero Páramo, se guardan en el Museo los siguientes relieves: Bautismo de Cristo; Herodías con la cabeza de Bautista; Predicación del Bautista; Cristo curando enfermos; S. Juan Bautista mostrando el Redentor al pueblo, y la decapitación del mismo Santo. El relieve de la Visitación, procedente también de este retablo, está en el de Sta. Teresa de la Catedral.
     Pasada la puerta de la iglesia, estaba el segundo y último retablo de este lado. Era "el altar del comulgatorio, dedicado al Corazón de Jesús". De "un cuerpo formado por columnas estriadas de orden corintio y un ático".
LOS COROS
     Situados ambos en los pies de la iglesia, sabemos que el bajo tenía un zócalo de azulejos que formaba los asientos, que merece ser incluido por la comisión de Bellas Artes entre lo que debe salvarse del convento. Aquí recibía culto la magnífica talla de alabastro policromado de Ntra. Sra. de la Antigua, del siglo XIV, que adorna hoy el antiguo e in­menso coro bajo (con cabida para cincuenta religiosas) de la iglesia de Sto. Domingo el antiguo de Toledo, dedicado ahora con el antecoro a Museo, y donde también se guarda el Nacimiento del XVIII y el cuadro del Señor de Com­pletas, procedentes también de las Dueñas.
     Sabemos que al menos tres retablos había en el coro bajo; dos los reclama la abadesa desde Sta. Paula y otro un particular. Uno de ellos, dedicado a la Verónica, había sido donado por D. Francisco Luis Villar en 1768, y en otro debía estar colocada la Virgen de la Antigua.
El convento.
     Como "casa grande y magnífica con hermoso patio de columnas, etc.", describe González de León la casa matriz del convento, pero "no siendo bastante al número de reli­giosas, seglares y sirvientas que la habitaban, fue necesario ampliarla, y como quiera que ella sola era una manzana, no hubo otro arbitrio que atravesar calles y pasarse a las manzanas de enfrente". Se cruza la calle Sardinas (hoy Gerona) por "un arco en alto y por cima pasan a muchas viviendas del otro lado". El segundo era "un tránsito por debajo de la calle", pasando a la otra manzana donde "hay otros patios, dormitorios, corrales y otras oficinas, de modo que con estas agregaciones es uno de los más grandes de la ciudad". Si no sumamos mal, o midieron mal al hacer los tres lotes en que se dividió el convento para su venta y añadiendo los metros que se dedican al ensanche de calles, su superficie ascendía a 6.299 ms2.
     No existe más descripción de todo este conjunto que la ya citada, de González de León, por la que está claro ser realmente la casa primitiva el núcleo central del convento, con la iglesia y el claustro principal, adornado éste con un zócalo de azulejos -"santos pintados en azulejos"- que también se llevó al Museo. Este zócalo debió ser colocado en la obra realizada durante la abadía de Dña. Lucrecia Ana de Andrada, elegida para el cargo en 1632. Entonces se nombra como "la claustra de los reyes" por las pinturas murales que tenía, en muy mal estado con este tema. Supo­nemos ser este mismo claustro el nombrado como "patio del palacio". En él sabemos la existencia de al menos dos retablos -los reclaman desde Sta. Paula- uno, dedicado a S. Juan Evangelista, fue encargado por "Dña. Elvira Maldonado, doncella residente en el monasterio"... al "maestro escultor y ensamblador", Julián Jiménez, con quien firma el contrato el 28 de junio de 1661. El retablo se debía "acomodar a la imagen de S. Juan Evangelista que oy esta en el dicho altar", imagen que debería "de adereçar y ponerle su cabellera y peana". También se aprovecha "un tablero de la cena que está en el dicho altar". Francisco de Fonseca se obliga "a dorar y estofar el retablo" y la imagen de S. Juan "y hacer y poner en el dicho retablo dos lienços de pintura" con los temas que Dña. Elvira le pidiere, "porque los lienços que se an de poner en el retablo son los que sirben y estan en el dicho altar". Sería de madera de pino de flandes, con las cuatro columnas en madera de borne y los adornos de cedro, debía entregarse en la Navidad de este año y su precio fue 220 ducados. Pudo proceder de este retablo el relieve de la cena sacramental -aprovechado del retablo anterior- que el maestro Hernández Díaz nombra en el retablo de S. Francisco, de Sta. Marina, formado con elementos de acarreo procedentes de este convento y que allí se coloca en la predela. No se le pasa decir que este relieve perteneciente a su juicio al tercer cuarto del XVI, era distinto maestro al de la Natividad de S. Juan, colocado en el ático, que creemos podría proceder del retablo contratado en 1592 por Miguel Adán y Vasco Pereira.
     En el claustro alto "junto a la puerta del coro alto había otro retablo en el que se veneraba el cuadro, tenido por milagroso, del Señor de Completas. Desconocemos totalmente su autor y configuración, como asimismo la ubicación y autores de otros retablos, nombrados a través de la historia del convento: el de S. José, que Dña. Isabel Guerra hace a su costa en 1619 y el de Ntra. Sra. de Consolación nombrado en la fundación de un patronato por Dña. Inés de Sotomayor, cuyas misas han de celebrarse en este altar. Y suponemos que habría muchos más, dada la riqueza, antigüedad y tamaño del convento.
     Siguiendo con la descripción de la casa-palacio, más que del convento, queremos hacer hincapié en la noticia de Dña. Micaela -la cronista que comienza a redactar su historia- nos dió de que "antiguamente estaba toda la casa en lo alto como lo bajo adornada de ecelente pintura en paredes" -pintura mural, "ecelente", de un modo especial en los claustros y refectorio, y "de figuras de tamaño natural", y pese a que los azulejos -del XVI y XVII- dio la abadesa en la tantas veces nombrada "exposición"-  era tal categoría que merecieron ser salvados, suponemos que muy escasa parte y llevados al Museo, no nos acabamos de reconciliar con la abadesa Dña. Lucrecia Ana de Andrés, bajo cuyo mandato, iniciado en 1632, se arregló el claustro.
     También la escalera, cuyo magnífico artesonado se perdió, así como el salón, llamado de Isabel La Católica con valioso artesonado igualmente perdido, debían estar en su núcleo primitivo, y "una severa torrecilla de últimos del Siglo XV, de dos arcos para campanas con lindas medias columnas, losas estrelladas y una cruz de hierro por remate que figura en la descripción del edificio que la abadesa María de la Salud Mellado, hace en la tantas veces citada "exposición" del año 1879.
     De otros patios se hace mención a través de la historia del convento: "de la puerta reglar" -debía ser el compás de entrada- en una obra de 1637, "de las señoras abadesas" y otra de 1648. Se nombra también "el noviciado alto -también lo había bajo- y otras dependencias, como lavadero y demás servicios del convento". Y, por último, el jardín, en cuya formación se compran y derriban unas casas en él.
La riqueza pictórica que debió atesorar el convento.
     Aunque por falta de fuentes informativas casi no ha­blamos de las pinturas que con toda seguridad existían en los conventos desaparecidos, queremos recoger algunos datos encontrados, para que sirvan de testimonio de lo que aquí hubo y se perdió. El testimonio, una vez más, está recogido en la "exposición" de la abadesa Sor María de la Salud Mellado. Después de hacer mención de la riqueza del convento en retablos, esculturas y relieves "de esclarecidos artistas", continúa: "Poseíamos varias efigies sueltas y sobre trescientos cuadros, muchos de ellos originales y de excelente mérito las copias, conservados algunos desde la misma fundación del convento". De todos ellos, sólo nombra una tabla, colocada en el coro bajo, "representativa de Nuestra Señora, obra del concienzudo pincel de Antonio del Rincón, caballero santiaguista, y regalo de la ya nombrada Isabel la Católica". Tassara se pregunta, no sin cierta amarga, si no estaría incluida entre los "diez cuadros en tabla pintados al óleo" que figuran en el inventario de lo que entra en los almacenes municipales.
     Fueron cuarenta y ocho -y no sabemos si se los lle­garon a entregar- los reclamados por la abadesa Sor María de los Reyes Morales Gallegos desde Sta. Paula. Se dice sólo su título y tamaño, nunca su autor.
     En Sevilla se quedó, primero en Sta. Inés, y después en casa del presbítero D. José Sebastián Bandarán, un pequeño fresco del siglo XVI, de 0,49 por 0,42 cm., que representa una Virgen con el Niño en brazos. Ignoramos su paradero.
     Hoy en Toledo sólo se guarda el lienzo de Nuestro Padre Jesús, llamado de Completas, y quizás, como dice Tassara, "por carecer de todo mérito artístico".
     A tal extremo llegó el despojo al que fue sometido este convento, que durante su estancia en S. Benito de Calatrava y después en la calle Lista, donde se servían de la iglesia del ex-convento de Montesión, tenían en el presbiterio -Tassara lo afirma- ocho pinturas sobre tabla que les concedieron en depósito las órdenes militares, y que sin duda les debieron de devolver antes de su marcha a Toledo. ¡Habiendo poseído casi trescientos cuadros, tienen que pedirlos prestados para adornar su iglesia!
CUADROS RECLAMADOS DESDE SANTA PAULA
        I. El Señor en la calle de la amargura, como de media vara.
        II. Dos de Ntra. Sra. de Belén.
        III. Un cuadro de S. Bernardo recibiendo el favor de la leche de Ntra. Sra.
        IV. La Virgen de la Antigua.
        V. Sr. S. José de dos varas.
        VI. Uno chico con Jesús, María y José en piedra.
        VII. Otro chico de piedra con la cabeza de S. Juan. 
        VIII. Una Purísima como de a vara.
        IX. Dos cuadros de Ntra. Sra. del Rosario.
        X. Dos Vírgenes de Guadalupe, uno como de a dos varas y otro como de a vara.
        XI. Otro como de a dos varas con Ntra. Sra. del Císter y los dos Padres.
        XII. Otro de Ntra. Sra. del Pópulo.
        XIII. Otro de Jesús Nazareno con la cruz al contrario, como de dos varas.
        XIV. Nuestro Padre S. Bernardo abrazado a un crucifijo, de dos varas.
        XV. Otro del mismo tamaño con mi P. San Benito y su hermana Sta. Escolástica.
        XVI. Otro del mismo tamaño con Ntra. Sra. del Císter y los dos Padres.
        XVII. Otro del mismo tamaño con Sta. Gertrudis.
        XVIII. Otro igual de Sta. Lutgarda.
        XIX. Otro de Jesús Nazareno con la túnica blanca, de vara y media.
        XX. Otro como de tres cuartas con la Santísima Virgen y el Niño Jesús dormido y S. Juan.
        XXI. Nuestro P. S. Benito en el desierto, como de tres cuartas.
        XXII. Otro del mismo tamaño, de S. José.
        XXIII. Otro, casi del mismo tamaño de la Santísima Virgen y al lado S. José.
        XXIV. Otro de S. Pedro.
        XXV. Una Virgen de los Dolores en tabla redonda.
        XXVI. Dos chicos en cobre de S. Antonio y S. Francisco.
        XXVII. Otro de un rostro en cobre.
        XXVIII. Dos de a dos varas de dos Salvadores uno de negro y otro de color.
        XXIX. Dos cuadros de Sta. Gertrudis como de a vara.
        XXX. Otro de Ntra. Sra. del Amor del mismo tamaño con el marco de caoba.
        XXXI. Otro de un crucifijo como de a dos varas.
        XXXII. Otro como de a tres cuartas de Ntra. Sra. de Guadalupe.
        XXXIII. Otro de a vara de Ntra. Sra. del Císter con Nuestros Padres.
        XXXIV. Un resucitado de a vara.
        XXXV. Otro de a vara y media de Jesús, María y José.
        XXXVI. Otro de un crucifijo del mismo tamaño.
        XXXVII. Otro de Ntra. Sra. de Belén de más de a vara con el marco dorado.
        XXXVIII. Otro del mismo tamaño de un Ecce Homo.
        XXXIX. Dos cuadros de Ntra. Sra. de los Dolores con la corona de espinas y los clavos delante.
        XL. Otro de a vara de S. Paulo.
        XLI. Ntra. Sra de la Antigua coronándola los ángeles [Mª Luisa Fraga Iribarne, Conventos Femeninos Desaparecidos, Sevilla - Siglo XIX. Sevilla, 1993].
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Roberto, abad;

     Nació en 1024 y murió en 1110. En 1075 fundó, en primer lugar, la abadía de Molesme, y luego, en 1098, la orden cisterciense. Su fama resultó eclip­sada por la gloria de san Bernardo de Claraval.
     Fue canonizado en 1222.
     Está representado como abad, con el báculo abacial. Sus atributos son un anillo que su madre habría recibido de la Santísima Virgen, para él, un globo de de fuego, un libro donde escribió la regla de su orden, mientras un ángel le sostiene el tintero, y las maquetas de las abadías de Molesme y de Citeaux que fundara (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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