Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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sábado, 1 de agosto de 2026

Los principales monumentos (Iglesia de la Purísima Concepción, y Dolmen de Sierra Gorda) de la localidad de Valle de la Serena, en la provincia de Badajoz

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Badajoz, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de la Purísima Concepción, y Dolmen de Sierra Gorda) de la localidad de Valle de la Serena, en la provincia de Badajoz.
     Se encuentra próximo a Quintana y Zalamea, sobre un paraje llano al que rodean las sierras del Arrozao, Guadámez y otras formaciones locales. Constituye un enclave de entidad mediana. Hasta el siglo pasado fue llamado Valle de Zalamea, dado su carácter de aldea de esta localidad.
     Tipo de Entidad: Municipio
     Superficie Término: 121,4 Km2
     Altitud: 423 m.
     Distancia Capital: 130 Km.
     Partido Judicial: Castuera
     Comarca: La Serena
     Gentilicio: Vallejo
Ayuntamiento de Valle de la Serena
     plaza de España, 3
     06458 Valle de la Serena (Badajoz)
     Teléfono: 924778088 - 924778003
     Fax: 924778001
     Correo-e: ayuntamiento@valledelaserena.es - secretario@valledelaserena.es
     Web: www.valledelaserena.es
Historia.-
     Villa con Ayuntamiento propio, en la provincia de Badajoz, Partido Judicial de Castuera, en tiempos pasados, perteneció a la Audiencia Territorial de Cáceres, diócesis nullius correspondiente al priorato de Zalamea, Capitanía General de Extremadura. Esta villa está situada en valle formado por dos cerros. Es de clima cálido. . Confirma el Término: por el Norte: con los de Don Benito y haba; Este: Quintana y Zalamea; Sur: Higuera y Retamar y Oeste: Oliva de Mérida y Manchita. Comprende tierras de labor y monte bajo.
     La baña el río Guadámez en dirección al Oeste, al cual se le une el arroyo de Arroyocampo. En tiempos no muy lejanos, las aguas de este río, movían a nueve molinos harineros.
     Se encuentra próximo a Quintana y Zalamea, cuyo núcleo urbano se sitúa a una altitud de 423 m., presenta una topografía accidental y donde destacan las sierras del Medio, Hermosas y del Moro y los cerros de la Grana y Pocitos y la Loma de las Cruces. Superficie del término: 131,4 Km2.
     El clima es de tipo mediterráneo.
     Con sus 1.662 habitantes, constituye un enclave de entidad mediana. Hasta el siglo pasado fue llamada Valle de Zalamea, dado su carácter de Aldea de esta localidad.
     Su origen se sitúa en la época medieval, cuando se reunieron en este lugar, por iniciativa del Maestre Don Arias Pérez, diversas arquerías diseminadas por el entorno, entre ellas, las llamadas Ventas de Bolero o Botello, situadas a pie de la inmediata Sierra Hermosa. El núcleo perteneció a la Orden de Santiago, en cuya jurisdicción se mantuvo desde el siglo XIII hasta el XVII, en que fue enajenado en señorío a Don Rodrigo de Murillo y Velarde, permaneciendo desde entonces y hasta el fin del régimen Señorial en 1.811, en poder de sus sucesores.
     En esta villa vino al mundo el gran escritor y político D. Juan Donoso Cortés, el 6 de marzo de 1809, primer Marqués de Valdegama, cuya familia, oriunda de Don Benito, se había refugiado aquí, huyendo de las vicisitudes ocasionadas en su localidad por la Guerra de la Independencia.
     Gran importancia en la Historia Económica y social, han tenido las minas de wolframio (tungstato, manganeso y férico) existentes en este término en los cerros llamados de Martín Pérez. Su descubrimiento es muy remoto, a principio de este siglo, desde entonces y a lo largo de más de siete décadas, aunque no de una forma continuada, han alterado diversas empresas comerciales y otras explotaciones, pero debemos destacar las explotaciones a partir de 1940, coincidiendo con la segunda Guerra Mundial. Fue entonces cuando una empresa alemana, afrontó la explotación, se perforaron kilómetros de galerías dotadas de rieles para vagonetas transportadoras, se construyó un funicular desde la solana de Sierra de Guadámez -mina sastre-, hasta el Cerro Martín Pérez, con una longitud de 2.500 m.; se construyó asimismo un poblado para un centenar de familias, con economato, escuelas, casa cuartel... Durante ésta gestión surgió un fenómeno de marcada influencia para la población de Valle de la Serena, el wolframio en el mercado mundial alcanzó precios exorbitantes, se le dio el nombre de oro negro y peculiarmente en la localidad, se le conocía como EL BOLO (Diputación Provincial de Badajoz).
     Entre las sierras de Guadámez y Arrozao, se encuentra Valle de la Serena, cuna del brillante orador y político tradicionalista Juan Donoso Cortés (1809-1853). Hay en derredor suyo hermosos parajes serranos y anti­guas minas en las cercanías del río Guadámez (Alfredo J. Ramos, y Santiago Llorente. Guía Total, Extremadura. Editorial Anaya Touring. Madrid, 2005). 

Monumentos.-

     En el centro de la localidad y como su hito más significado se yergue la iglesia parroquial de la Purísima Concepción, (la patrona de la localidad es la Virgen de la Salud) también llamada en otro tiempo de Ntra. Sra. del Valle. Se trata de obra de modestas proporciones originaria del siglo XVI, con cuerpo de mampostería encalada al que se anejan diversas capillas y torre fachada de piedra. Esta se adelanta de la nave presentando atrio porticado cobijando la portada y cuerpo superior de época moderna al que sirve de remate un agudo chapitel añadido sobre el cuerpo de campanas. Sobre el costado de la Epístola ostenta sencilla portada con arco de medio punto.
     Cabe destacar el Dolmen de Sierra Gorda, monumento funerario megalítico de la época Eneolítica (3000 a.C.), del que se conserva buena parte. Está ubicado a 5 km. del pueblo en la sierra denominada Gorda, en el interior de una finca privada llamada de Don Damián (Vitorina) (Diputación Provincial de Badajoz).

Iglesia de la Purísima Concepción.-
     Es uno de los edificios más representativos de nuestro patrimonio. Catalogado como protegido en primer grado. De planta basilical y cabecera de estructura poligonal. Data del siglo XVI. Destaca la torre situada en la fachada de los pies por su portada gótico- mudéjar de arcos inyectados. En 1945 se le añadieron dos cuerpos: La balaustra y el Capitel con remate piramidal. En su interior nos encontramos con el presbiterio, elemento más antiguo que se conserva de la construcción inicial. Destaca su coro en piedra granítica, del siglo XVII y las dos capillas laterales que fueron añadidas en el siglo XVIII cambiando su estructura inicial a la de cruz latina (Ayuntamiento de Valle de la Serena).

Dolmen de Sierra Gorda.-
     Uno de los elementos patrimoniales más representativos de Valle de la Serena es este dolmen, una construcción de tipo funerario de la cultura dolménica, en el periodo del Eneolítico. (1.500 a. C.) Está realizado con grandes piedras de las que abundan en el lugar, hincadas verticalmente y adosadas unas a otras formando un túmulo circular de unos 4 m de diámetro al que se accede por un corredor (Ayuntamiento de Valle de la Serena).

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Más sobre la provincia de Badajoz, en ExplicArte Sevilla.

Ruta por las Murallas y Puertas de Sevilla IV: desde la Puerta Osario hasta la Puerta de la Carne

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Ruta por las Murallas y Puertas de Sevilla IV: desde la Puerta Osario hasta la Puerta de la Carne, de Sevilla.
     La antigua calle Ancha de San Roque se formó extramuros entre las puertas de Osario y de Carmona, delante de las casas que se apo­yaban en la propia muralla desde el siglo XV, un ámbito que sería reurbanizado tras la demolición de la puerta Osario de acuerdo con los planes urbanísticos municipales elaborados por el arquitecto Balbino Marrón. La calle presenta edificaciones de gran interés arquitectónico, aunque se han derribado otras construcciones modernas. En la esquina con Gonzalo Bilbao se ha conservado la antigua Fábrica de Harinas Santa Ana de Francisco Clavero Hernández, obra del arquitecto Francisco Ortiz Santaella en 1883 en estilo neoclásico-modernista, cuya ejecución supuso el abandono definitivo del proyecto municipal para proporcionar mayor anchura a la nueva ronda. Por su parte, en la otra esquina de la calle Gonzalo Bilbao, se levantaba la antigua cochera de la Compañía de Tranvías de Sevilla, construida en 1897 en el llamado «campillo del Boquete» por iniciativa de su primer director, Otto Engelhardt, el ingeniero alemán a quien se debe la electrificación de este sis­tema de transporte desde su puesto en la Compañía Sevillana de Electricidad fundada en 1894. Estas instalaciones se derribaron en 1972, tras el traslado de los últimos tranvías a las otras cocheras de la compañía en la avenida de Coria en Triana, las cuales acogieron las líneas de Camas y Puebla del Río, las últimas en desaparecer al sustituir el Ayuntamiento el sistema de tranvías eléctricos por el de autobuses de motor de combustión en los años 60.
     En el número 41 actual de la calle Recaredo se levanta el CEIP Jardines del Valle y Centro de Educación Especial Virgen de la Esperanza, antiguo colegio y posteriormente Escuela Normal de Magisterio hasta su traslado a Ciudad Jardín en los años 60. Fue diseñado en 1929-32 por el arquitecto Juan Talavera y Heredia, en el que puede ser su proyecto de edificio escolar más completo en la etapa republicana. De este modo, a lo largo de los primeros decenios del siglo XX, la antigua calle Ancha de San Roque fue transformándose en todo un muestrario de los diferentes estilos arquitectónicos que se estaban desarrollando en la ciudad, aprovechando la libertad que proporcionaban los nuevos espacios urbanos planificados. Así pues, nos encontramos en este tramo urbano con edificios del arquitecto Juan José López Sáez (en los números 3 y 5, 35 y 37 ); de José Espiau y Muñoz en los números 8 y 9; de Antonio Gómez Millán en el número 28; de Antonio Arévalo Martínez (n.º 13 y 33 ); de José Sáez y López, el Colegio Santo Tomás de Aquino en el número 31, y el más alejado Colegio de Carmen Benítez, de Francisco Aurelio Álvarez Millán, entre otros autores presentes en esta avenida. Todo un catálogo de arquitectura ecléctica, neomudéjar y regionalista, característico del momento en que se moderniza esta vía. No obstante, merece la pena destacar el pequeño pero interesante edificio neomudéjar que Antonio Arévalo Martínez diseñó para la Compañía Sevillana de Electricidad en 1912 en el número 30 de la calle, ya que este tipo de construcciones destinadas a albergar los centros de transformación eléctrica, hoy en desuso, se distribuyeron por numerosos puntos del callejero sevillano, como los que aún permanecen en las calles Postigo del Carbón, Carmen, Feria, Pagés del Corro o avenida de Miraflores, entre otros, reconvertidos en viviendas o abandonados.
     Otro aspecto que hay que destacar es la manzana de viviendas que se organizó entre la muralla urbana y la ronda exterior, formando la calle Conde Negro, su eje central. Este arrabal adosado a la muralla surgió en el siglo XV, cuando el arzobispo don Gonzalo de Mena fundó aquí un hospital para esclavos negros, lo que facilitó la ocupación de este espacio por corrales de vecinos ocupados por esta minoría. Esta calle recibe el nombre de un tal Juan de Valladolid, que había sido nombrado juez de negros por los Reyes Católicos. La calle hoy se abre en dos direcciones, pero hasta el siglo XIX, como podemos ver en los planos antiguos, era un callejón sin salida al que se accedía desde la antigua calle Ancha de San Roque (actual Recaredo) por el primer tramo de la calle Guadalupe. Precisamente, la existencia de esta minoría explica la fundación de la Hermandad de los Negritos en la actual capilla de Ntra. Sra. de los Ángeles (1965), documentada en 1554 (aunque puede ser una fundación más antigua) en el hospital mencionado anteriormente.
     Por otro lado, el aumento demográfico de este arrabal originó la fundación de la parroquia de San Roque en 1574 y la construcción del templo por el arquitecto Pedro Silva en 1764, aunque el edificio actual es el fruto de su reconstrucción tras el incendio sufrido en julio de 1936 en el contexto del golpe de Estado que dio inicio a la guerra civil. Más adelante, en dirección a la puerta de Carmona, se encuentran los restos del convento de San Agustín, del que tan solo quedan en pie algunas dependencias en torno al claustro (donde permanece en el suelo, despiezada, la portada renacentista diseñada por Hernán Ruiz), el refectorio gótico y la escalera principal, ya que el conjunto fue desamortizado en 1835 y convertido en cárcel hasta 1880. Después de esta fecha, se utilizó como mercado y posteriormente se parceló y se vendió por lotes cuyas construcciones modernas han acabado por ocultar las dependencias monacales. El convento era la sede principal de la Orden de San Agustín en Andalucía desde su fundación en el siglo XIII y aquí se veneraba, hasta la exclaustración de la orden, la magnífica imagen del Cristo de San Agustín, que lamentablemente también se perdió en el incendio de la iglesia de San Roque, junto con el resto de imágenes y enseres del templo.
Puerta de Carmona
     La antigua puerta de Carmona se localizaba donde ahora confluyen la calle Muro de los Navarros y la actual calle Puerta de Carmona, frontera al convento de San Agustín. Recibía este nombre (Bab Qarmuna) por el camino Real, la antigua vía Augusta, que comunicaba Sevilla con Carmona. Era una de las puertas principales de la ciudad, probablemente el antiguo eje oriental del decumanus de la Híspalis romana, por la que entraban todo tipo de viajeros y mercancías para los mercados intramuros y, sobre todo, el agua que se suministraba a la ciudad desde las minas subterráneas de Alcalá de Guadaíra a través de un acueducto de más de 17 km, los llamados "Caños de Carmona", del que se conservan algu­nos tramos modernos en la barriada de los Pajaritos y en la calle Luis Montoto, el último de ellos descubierto al derribar el antiguo puente sobre el ferrocarril en 1991.
     El acueducto fue construido en el siglo XII durante el mandato del califa almohade Abu Yaqub Yusuf aprovechando los restos de un viejo conducto romano que traía el agua desde la alcalareña fuente de Santa Lucía para su transporte a las huertas extramuros, como la almunia de la Buhayra, a diversos lavaderos y molinos y, sobre todo, para el consumo de la propia ciudad. La conducción era subterránea hasta acercarse a la actual Torreblanca, donde el acueducto se hacía visible y sus aguas discurrían por un canal que abastecía diversas huertas y molinos cuyas rentas pertenecían al Cabildo hispalense por donación de Alfonso X en el siglo XIII. Pero, al acercarse al humilladero de la Cruz del Campo, el acueducto se elevaba progresivamente sobre arca­das con objeto de superar la muralla, hasta alcanzar su mayor altura al llegar a la puerta de Carmona donde el agua se almacenaba en un depósito adosado, el Arca del Agua, para ser repartida posteriormente a diversas fuentes de la ciudad (la fuente de Mercurio en la plaza de San Francisco, por ejemplo), conventos y casas nobiliarias (el palacio de los Medinaceli o Casa de Pilatos, entre otros) y el Alcázar de la ciudad (a través del callejón del Agua).
     Más tarde, en el siglo XIX, el asistente Arjona ordenó la reforma del acueducto y la construcción de un tramo rectilíneo y elevado entre Torreblanca y la Cruz del Campo que evitase el rodeo por las huertas y molinos que podemos ver en el plano del siglo XVII.
     Esta distribución se mantuvo hasta la instalación del suminis­tro de agua por la Seville Water Works a comienzos del siglo XX, a pesar de haber sido demolida la puerta en 1868.
     El otro gran aporte de agua a la ciudad procedía de la cercana Fuente del Arzobispo, la cual abastecía a los barrios del cuadrante septentrional aproximadamente, a lo que habría que sumar otros recursos hídricos de menor calidad como los procedentes de pozos particulares e, incluso, del mismo río Guadalquivir en los espacios recomendados para ello.
     La puerta primitiva de la cerca islámica fue sustituida por otra de carácter monumental, diseñada por Asensio de Maeda en 1578, bajo el mandato del conde de Barajas, dentro de una operación urbanística que buscaba la alineación de la calle San Esteban con la puerta, para lo que fue preciso derribar el viejo Hospital de la Veintena, sin uso desde la reforma hospitalaria del cardenal Rodrigo de Castro en 1586. Los espacios del interior de la puerta fueron utilizados como cárcel de caballeros bajo la autoridad del duque de Alcalá hasta bien entrado el siglo XVII y posteriormente como vivienda para el encargado de la vigilancia del Arca del Agua. Hay noticias acerca del escaso cumplimiento de la normativa de cierre de la puerta en el horario establecido por las ordenanzas, ya que los vecinos del arrabal de San Roque, así como los intereses de los cercanos con­ventos de San Agustín, San Benito, Santo Domingo de la Calzada y del vecindario del área de Santa Justa, reclamaban que la puerta se mantuviera siempre abierta para atender sus diferentes necesidades, lo que se conseguiría finalmente a comienzos del siglo XIX.
     Por otro lado, también era un viario muy utilizado por la pobla­ción sevillana al realizar el vía crucis que partía de la Casa de Pilatos, atravesaba la puerta de Carmona y tras diferentes estaciones concluía en el humilladero de la Cruz del Campo levantado en el siglo XV sobre una pequeña elevación junto al camino y el acueducto. Dicho vía crucis había sido instaurado en 1521 por el primer marqués de Tarifa, don Fadrique Enríquez de Ribera tras su viaje a Tierra Santa, y hoy podemos recordar sus estaciones a través de los paños de azulejos colocados en 1958, los cuales recogen diver­sas escenas de la Pasión según la iconografía cofradiera sevillana. Como ya hemos visto anteriormente, la puerta fue derribada en 1868, pero afortunadamente han llegado hasta nosotros retazos de su historia como los restos de la muralla que podemos observar tras una verja metálica en el número 2 de la calle Puerta de Carmona o el curioso caso de una bomba embutida en el muro exterior del número 1 de la calle Mosqueta, recuerdo del bombardeo que sufrió este sector de la ciudad por las tropas gubernamentales del general Pavía enviadas desde Madrid para aplastar el levantamiento cantonal andaluz iniciado tras instaurarse la I República en 1873.
     Tras el derribo de la puerta todo el área extramuros fue planificada en torno a 1872 con el diseño de nuevas edificaciones que ocultaron la muralla y nuevas calles y manzanas entre esta y el arroyo Tagarete. Entre las nuevas construcciones sobresale la man­zana triangular de la Florida, en cuyo solar la prensa se ha hecho eco de las excavaciones arqueológicas que descubrieron en 2009 los restos de un arrabal islámico y bajomedieval cristiano, quizás el de Benialofar junto al Tagarete mencionado en algunas fuentes. Con posterioridad, nuevos trabajos arqueológicos han sacado a la luz en 2019 restos más profundos que se han interpretado como pertenecientes a un santuario de época republicana romana, almacenes e infraestructuras portuarias junto al Tagarete, así como un tramo de calzada romana, quizás la vía Heraclea, un conjunto que muestra la pujanza de este sector hace más de dos mil años.
     Lamentablemente, del interesante conjunto de hotelitos que ocu­paba la acera frontera de la Florida, obra del arquitecto Jacobo Geli Lassaleta, tan solo uno de ellos ha sobrevivido, modificado y encajonado entre edificaciones recientes que le hacen perder su carácter original.
     A partir de la puerta de Carmona, la muralla discurre entre la calle Tintes y la avenida Menéndez Pelayo, como se puede intuir en un pasaje cerrado a la altura de donde se situaría la puerta. Durante la Baja Edad Media, el espacio de la calle Tintes junto a la muralla estaría sin edificar, debido a las normas municipales que prohibían obstaculizar el libre acceso a los caminos de ronda de la muralla, pero finalmente se ocuparía todo el espacio intramuros de la calle, donde se localizarían industrias molestas para el vecindario, como el trabajo de los caleros o el curtido y tintado de las pieles, lo que explicaría el alejamiento de estas actividades en una zona marginal. Algunos textos mencionan también la existencia en este tramo de la calle del llamado «postigo del Jabón», que comunicaría este espacio con las huertas extramuros, como la de Espantaperros, Mataperros y Mataperrillos, junto al cauce del Tagarete, pero no se ha podido ubicar con exactitud dicho portillo, quizás en las cercanías de la plaza de los Zurradores. El derribo de la muralla en este área, permitió la apertura de nuevas calles en los años 70 del siglo XIX: Estella, Irún, Pasaje Zamora, González de León, Juan de la Cueva, Juan Hispalense y Conquista, las cuales comunican la avenida Menéndez Pelayo con el interior de la ciudad.
     Por otro lado, los trabajos arqueológicos desarrollados en los solares de nueva construcción del tramo de Menéndez y Pelayo hasta la puerta de la Carne, permitieron a sus excavadores confirmar que la liza, el espacio entre la muralla y el antemuro, adquiría en este tramo una distancia entre muros cercana a los 7 metros, mayor que la que presenta regularmente, lo que ha llevado a pensar que en los espacios cercanos a las puertas los arquitectos almohades diseñaron algún tipo de sistema defensivo más complejo para proteger mejor los accesos a la ciudad (Esteban Moreno Hernández. En torno a las murallas de Sevilla. Guía por las puertas y límites de un casco antiguo. El Paseo editorial. Sevilla, 2023).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Ruta por las Murallas y Puertas de Sevilla IV: desde la Puerta Osario hasta la Puerta de la Carne, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre las Murallas de la ciudad de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

viernes, 31 de julio de 2026

Los sitios arqueológicos del Cortijo de San Ignacio del Alamillo, en Écija (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte los sitios arqueológicos del Cortijo de San Ignacio del Alamillo, en Écija (Sevilla).
     Hoy, 31 de julio, Memoria de San Ignacio de Loyola, presbítero, el cual, nacido en el País Vasco, en España, pasó la primera parte de su vida en la corte como paje hasta que, herido gravemente, se convirtió a Dios. Completó los estudios teológicos en París y unió a él a sus primeros compañeros, con los que más tarde fundó la Orden de la Compañía de Jesús en Roma, donde ejerció un fructuoso ministerio escribiendo varias obras y formando a sus discípulos, todo para mayor gloria de Dios (1556) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
      Y que mejor día que hoy para ExplicArte los sitios arqueológicos del Cortijo de San Ignacio del Alamillo, en Écija (Sevilla).
Cortijo de San Ignacio del Alamillo.- En superficie se localizaron ladrillos, tegulae, mármol de revestimiento, cerámica común, sigillata sudgálica, hispánica y clara D. A destacar la ausencia de ánforas de aceite. La villa estaría ocupada en torno al s. IV d. C. 
Cortijo de San Ignacio del Alamillo Oeste.-  Se localizó una amplia zona de restos de ánforas, ladrillos, tegulae, fondos de cisternas revestidos de opus signinum muy compacto, fragmentos de sigillata hispánica (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Ignacio de Loyola, presbítero;
HISTORIA

   Nacido hacia 1491 en el castillo de Loyola, en la provincia vasca de Guipúzcoa, Íñigo López adoptó en Roma, en 1537, el nombre de pila italiano Ignazio, que correspondía, más o menos, a su nombre español, tomado de San Íñigo, abad de San Salvador de Oña, cerca de Burgos.
    Las armas parlantes de su familia son dos lobos de sable (negros) enfrentados sobre campo de plata.
   En principio fue soldado, y esta primera vocación militar ha dejado una marca indeleble en la combativa orden religiosa que fundaría más tarde. Una herida grave que recibió en Pamplona, cuando los franceses sitiaban la ciudad, decidió su conversión. En el lecho de hospital leyó la Vida de Jesús. Cuando hubo curado, hizo un retiro en Cataluña; primero en la gruta de Manresa, donde escribió sus Ejercicios Espirituales, y luego en la cercana abadía de Montserrat. 
 Cuando había decidido emprender una peregrinación a Tierra Santa, antes de embarcar en Barcelona se desprendió de sus últimas monedas, llegó a Venecia, donde por caridad se le concedió un pasaje en un navío que zarpaba hacia Chipre, y llegó a Jerusalén en 1523.
   De vuelta en España, completó sus estudios en las universidades de Alcalá y de Salamanca. Luego, en 1528, partió a pie hacia París. El 15 de agosto de 1534, pronunció los votos junto a seis compañeros en la cripta de la capilla de Saint Denis, en Montmartre. Es lo que se llama el Voto de Montmartre.
   Puso a su pequeña tropa, organizada militarmente, bajo las órdenes de un general y a disposición del papa, que en 1540 aprobó la regla de la nueva orden, llamada la Compañía de Jesús. Suprimida en Francia por el Parlamento de París, en 1761, y luego por el papa Clemente XIV, en 1773, fue restablecida por Pío VI en 1814.
   Durante los dieciséis años que le quedaban por vivir, San Ignacio de Loyola contribuyó poderosamente al éxito de la Contrarreforma, organizando la predicación, la educación de la juventud, distribuida en numerosos colegios, y finalmente la evangelización de las comarcas más remotas del Lejano Oriente que aún no habían sido alcanzadas por el proselitismo de las misiones.
   La primera edición de sus Ejercicios Espirituales fue impresa en 1548.
   Murió en 1556 y fue enterrado en Roma, en la iglesia que lleva su nombre. En el siglo XVII se edificó una basílica de cúpulas en el sitio de su nacimiento, en Loyola, según los planos del arquitecto romano Fontana.
CULTO
   Beatificado en 1609, fue canonizado en 1622.
   Su culto, en principio localizado en las provincias vascas y también en Navarra, se irradió y difundió gracias a los progresos de la orden jesuítica en el mundo entero, que en la actualidad cuenta con alrededor de treinta mil miembros.
   Se lo invocaba para la curación de los poseídos, contra la fiebre y contra los lobos (juego de palabras con su apellido López).
ICONOGRAFÍA
   Su tipo iconográfico, caracterizado por una frente calva, nariz fugitiva y barba mal rasurada, deriva de un retrato de Alonso Sánchez Coello ejecutado en el siglo XVI según su máscara mortuoria. De ahí sus ojos inmóviles, que parecen no ver.
   Está vestido con el hábito negro de los jesuitas, o, cuando oficia en el altar, con una casulla. Los pintores barrocos, especialmente Rubens, que encontraban el oscuro uniforme de los jesuitas poco pictórico, prefieren vestirlo con prendas litúrgicas ricamente bordadas.
   Sus atributos son un corazón inflamado, la sigla de la Compañía de Jesús IHS rodeada de rayos, y la divisa de la orden: AMDG (Ad Majoren Dei gloriam) e incluso el Libro de su regla. 
 Está representado escribiendo sus Exercitia spiritualia, ya pisoteando la herejía luterana, ya en éxtasis, con los ojos elevados al cielo y la mano apoyada sobre el corazón.
   En los ciclos barrocos de la Contrarreforma su imagen suele adornar los púlpitos rodeada por las alegorías de las Cuatro partes del mundo, que aluden a la expansión universal de su orden (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de San Ignacio de Loyola, presbítero;
     San Ignacio de Loyola, (Loyola, Guipúzcoa, 1 de junio de 1491 sup. – Roma (Italia), 31 de julio de 1556). Fundador y primer general de la Compañía de Jesús, santo.
     Su patrono era el abad san Íñigo (Enneco, fiesta el 1 de junio). En un proceso de 1515 se le llama Ynigo (pronúnciese Íñigo) y Enecus de Loyola; en el registro de la Universidad de París (1531) es ya Ignatius de Loyola (¿descubrimiento de las inflamadas cartas del obispo de Siria?: conjetura de H. Rahner, cf. MHSI, Epp. Ign., I: 529). Pero en el trato familiar y amistoso será Íñigo hasta finales de la década de 1540. Íñigo López de Loyola fue hijo de Beltrán Ibáñez o Yáñez (II) de Oñaz, señor de la casa y solar de Loyola, y de Marina Sánchez o Sáenz de Licona, casados en 1467. La madre ya había muerto en 1508; quizá bastante antes, si puede ser indicio de poca salud haber confiado la lactancia de Íñigo a María Garín, del caserío de Eguíbar, a poca distancia de la casa-torre.
     Su padre falleció el 23 de octubre de 1507 o pocos días después. Los testigos coetáneos coinciden en que Íñigo fue el último de ocho hijos varones; para los del proceso eclesiástico de 1595, el último de trece hermanos.
     En torno a 1507 fue confiado Íñigo a Juan Velázquez de Cuéllar, contador mayor de Castilla, y a su mujer, María de Velasco, hija de María de Guevara, pariente de la madre de Íñigo. Como uno más de los doce hijos del matrimonio, residió en el palacio de Arévalo, que había sido real con Juan II, y sin duda acompañó a su tutor en la Corte itinerante. Fueron diez años vividos en plena Castilla, tan distinta en todo de su valle natal; en un ambiente aristocrático, enriquecido con las alhajas y objetos preciosos provenientes de la almoneda de la reina Isabel (1504), que tasaba el contador y testamentario, y adquiría luego su esposa. Durante esos años, el rey Fernando se hospedó siete veces en el palacio del contador, en ocasiones por más de una semana, y cinco de los hijos de éste fueron pajes reales. Del “paje Loyola” consta que se sirvió el contador, en mayo de 1510, para enviar de Madrid a Alcalá una carta de pago por 80.000 maravedís al cronista Antonio de Nebrija.
     Su educación sería caballeresca y cortesana, completada en lo literario con la lectura de los cancioneros y, más tarde, de los libros de caballerías, y la iniciación a la música, para la que mostró muy pronto excepcional sensibilidad, que le duraría toda la vida. Adquirió también fama de “buen escribano”. Su vida moral quedará condensada por Alfonso de Polanco, uno de los hombres de su máxima confianza y de indiscutida devoción al fundador: “No vivió nada conforme [a la fe], ni se guardaba de pecados, antes especialmente travieso en juegos y cosas de mujeres, y en revueltas y cosas de armas”. En este contexto, más que la polisemia de la voz “travieso”, se puede recordar que su padre tuvo dos hijos naturales; sus hermanos Juan (muerto en 1496) y Martín, el mayorazgo (fallecido en 1538), dos cada uno; Pedro (muerto en 1526), clérigo y su compañero de acechanzas nocturnas durante el carnaval y en la cárcel episcopal de Pamplona, dos; y el sobrino Beltrán, todavía soltero, cuatro.
     Esta vida “desgarrada y vana” se quebró brusca y dramáticamente, cuando en 1516 el joven rey Carlos decidió desde Flandes traspasar a la reina viuda, Germana de Foix (hasta entonces íntima amiga de María de Velasco), la tenencia de las villas que poseía su marido por firmes y perpetuas decisiones de la reina Isabel. El contador —bajo el influjo quizá de razones muy personales de su esposa— se rebeló y se hizo fuerte en el castillo de Arévalo; finalmente, la muerte del hijo mayor y las amenazas del enviado de Cisneros le llevaron a la rendición y a retirarse a Madrid con todos los suyos; una profunda melancolía acabó con su vida en agosto de 1517. Íñigo quedaba súbitamente sin protector y sin porvenir cierto; la generosa viuda le proporcionó dos caballos y 500 escudos para ponerse al servicio del duque de Nájera, virrey de Navarra, como gentilhombre, no como capitán.
     Allí mostraría su capacidad de “hombre ingenioso y prudente”, al contribuir a la pacificación de algunas villas guipuzcoanas, renuentes a las disposiciones del virrey, y a la pacificación de la misma villa de Nájera, sublevada con ocasión de las Comunidades.
     ¿Qué huellas dejó en su espíritu, tan tenazmente reflexivo, esta prueba flagrante de ingratitud real, con la ruina económica y social de una vida, consagrada a la devoción y servicio de la Corona? Los “veintiseis años dados a las vanidades del mundo” lo sitúan precisamente en 1517, como primer acto —muy vago sin duda— de mutación espiritual.
     Cuando en 1521 el ejército francés invadió Navarra y puso cerco a Pamplona, Íñigo —que con su hermano Martín había acudido al frente de milicias guipuzcoanas— se negó a retirarse hacia Logroño con su hermano y el representante del virrey; con un puñado de leales entró en la ciudad y se encerró en el castillo. El domingo de Pentecostés, 19 de mayo, los franceses ocuparon la ciudad; los del castillo se inclinaban a la capitulación, pero Íñigo, elegido para discutirla, no la creyó honrosa y convenció al alcaide y a sus compañeros a la resistencia. El lunes 20 se preparó a la lucha confesando sus pecados a un compañero de armas; en el duelo de artillería, una bala le destrozó la tibia derecha e hirió la otra pierna. El alcaide, privado de su apoyo más decidido, entró en tratos, que duraron tres días.
     Después de las primeras curas, cortésmente procuradas por los vencedores, fue transportado hasta Loyola por un equipo de amigos, reunido por Esteban de Zuasti, primo de Francisco Javier. Los médicos juzgaron necesario reajustar los huesos de la pierna, mal ensamblados o descompuestos por el camino; el herido soportó la nueva carnicería en silencio, a puños cerrados. En el postoperatorio se agravó; fue sacramentado, y en la fecha límite calculada por los médicos (víspera de San Pedro), comenzó la mejoría.
     Pronto se advirtió que un hueso quedaba encabalgado, lo que acortaba y afeaba la pierna, impidiéndole calzar las altas y ajustadas botas de caballero; esto bastó para que se sometiera a una segunda carnicería, que prolongó por largos meses la convalecencia.
     Paralelamente, se desarrollaba en su conciencia una profunda crisis espiritual. A falta de los libros de caballería que había pedido, le entregaron “una Vita Christi del Cartujano en romance” (J. Nadal), y el Flos Sanctorum o Leyenda dorada, del dominico Jacobo de Varazze o Voragine. Estas lecturas, pronto absorbentes, conmovieron en sus fundamentos los valores que hasta entonces habían vertebrado sus esperanzas. El ímpetu heroico, esencial constitutivo de su personalidad, el apetito de superación y excelencia se enfrentaron de pronto a nuevos horizontes. Los proyectos de imitación y aun de superación de los santos alternaron en las largas horas con las hazañas soñadas por amor a su dama, “mucho más alta que condesa o duquesa”; pero con el resultado, descubierto por introspección, de alegría, confianza y paz, después de los primeros; y de insatisfacción y vacío pasadas las segundas. Una meta inmediata se imponía obsesivamente con la lectura del Vita Christi: la peregrinación y la permanencia indefinida en Jerusalén, dado a la oración y penitencia. Una a modo de visión o imaginación nocturna de Nuestra Señora y el divino Niño borró de su mente toda especie sensual, y le dio el impulso definitivo para una decisión, que nunca será ya cuestionada.
     En febrero de 1522, y con la excusa de presentarse al duque de Nájera, salió de Loyola, con intención de embarcarse en Barcelona y alcanzar en Roma la necesaria licencia pontificia para la peregrinación. El temor a ser reconocido le forzó a no acudir a Vitoria, donde el regente Adriano había recibido el 5 de febrero la confirmación de su elección al pontificado, y comenzaba el 12 de marzo el lento desplazamiento, rodeado de la nobleza eclesiástica y civil castellanas, a lo largo del valle del Ebro. En el santuario de Aránzazu hizo voto de castidad y llegó a Montserrat, quizá no el 21 de marzo, como se ha calculado para el triduo de confesión general, sino a principios de ese mes, lo que hace verosímil unos quince o veinte días de retiro en algún lugar de la montaña, y de trato más prolongado con el que sería su confesor, dom Chanon; éste le inició en la “oración metódica” según el Exercitatorio del abad García de Cisneros, de lo que nada había podido aprender con la lectura del Cartujano loyoleo. Y la necesidad de profundizar en esta nueva vida fue muy probablemente lo que le decidió a renunciar por aquel año a la peregrinación. Después de la confesión y de la vela de armas del 24 al 25 de marzo, continuó hacia Manresa.
     En los once meses siguientes se sucedieron períodos de calma, de terribles dudas y escrúpulos —que le llevaron a la tentación del suicidio— y de consolaciones e ilustraciones espirituales sobre los fundamentos mismos de la fe. Especialmente iluminadora fue la recibida a orillas del río Cardoner, de la que comentó en su vejez —él, tan poco inclinado a la hipérbole— que todo lo aprendido en el resto de su vida “no le parecía haber alcanzado tanto como de aquella vez sola”. De aquí sacó las líneas maestras de sus Ejercicios espirituales, que vivió y practicó en esos meses.
     En febrero de 1523 emprendió el viaje a Roma; recibió la licencia pontificia el 31 de marzo y, pasada la Pascua, se dirigió a Venecia, donde embarcó el 14 de julio. Por dos peregrinos centroeuropeos se conocen las peripecias del viaje. Íñigo deseaba quedarse, pero los superiores de la Custodia franciscana le conminaron con penas eclesiásticas al regreso. De nuevo, llegaba a Barcelona a principios de marzo de 1524.
     De las iluminaciones de Manresa brotó un nuevo proyecto: estudiar para “ayudar a las ánimas”. En Barcelona encontró antiguas bienhechoras —Inés Pascual, Isabel Roser y otras— que aseguraron su sustento, y el maestro Ardévol, que se ofreció de balde a guiarle en el aprendizaje latino. En marzo de 1526, el maestro y un doctor teólogo juzgaron que podía comenzar la Filosofía en Alcalá. Comenzó mendigando hasta que fue recogido en el Hospital de la Misericordia o de Antezana. A los tres compañeros de Barcelona se había añadido un joven francés, Juan de Reinalde (de una mala lectura de copista saldrá “Íñigo López de Recalde”, un craso error). Las conversaciones espirituales con mujeres devotas levantaron sospechas de iluminismo entre los inquisidores toledanos; los autos del interrogatorio se transmitieron al vicario episcopal Figueroa. Se les notaba de hacer “vida exemplar a manera de apóstoles”. Íñigo estuvo en la cárcel cuarenta y dos días. La sentencia de junio de 1527 les imponía el abandono de los vestidos no comunes y la abstención de enseñanzas teológicas o morales hasta el fin de sus estudios. Determinaron trasladarse a Salamanca, confiados en las vagas promesas que le había hecho a Íñigo el arzobispo Fonseca, visitado en Valladolid.
     Otras sospechas se suscitaron en Salamanca, consecuencia de las conferencias sobre el erasmismo que los mejores teólogos acababan de mantener en Valladolid.
     Los dominicos de San Esteban (con uno de ellos se confesaba) le interrogaron sobre esto, y le mantuvieron en el convento hasta que el provisor lo encarceló con cadenas mientras estudiaba con otros tres letrados “sus papeles, que eran los Exercicios”. La sentencia reconocía su plena ortodoxia, pero imponía las mismas restricciones. Íñigo pensó en la Universidad de París, donde estaría aislado por la lengua y a la que acudían los mejores estudiantes. Llegó el 2 de febrero, en plena guerra franco-española, y, tras algunos tanteos, se acomodó en el austero colegio de Monteagudo.
     Consciente de sus carencias, decidió comenzar los estudios desde el principio, pero antes tuvo que atender a cuestiones elementales. Un español había dilapidado el depósito de lo que había recibido de sus protectoras barcelonesas; mendigar o servir a un maestro era reincidir en los impedimentos pasados. Siguiendo un consejo, viajó tres años consecutivos a Flandes (una vez hasta Londres), para recoger en dos meses lo que le permitía, además, socorrer a otros. Mostró en esto un conocimiento no vulgar del mundo financiero, de los tiempos de mayor circulación de instrumentos crediticios manejados por españoles (quizá conocidos en los años de Arévalo), y la escrupulosa “asepsia” espiritual con la que recibía y transmitía limosnas que no tocaba con sus manos.
     Cursó la Filosofía en el colegio de Santa Bárbara, donde sus contactos con los estudiantes suscitaron inicialmente las iras del rector, el portugués Diogo de Gouveia, pronto aplacadas; allí ganó a los que serían puntales de su obra futura: el saboyano Pedro Fabro (nacido en 1505) y el navarro Francés o Francisco de Jassu o Javier (nacido en 1506), a los que se añadieron poco después otros condiscípulos que le habían visto en Alcalá. Obtuvo el grado de bachiller en 1532 y la licenciatura en 1533; para el doctorado, que no requería especiales estudios, pero sí numerosos gastos, esperó hasta 1535. Paralelamente, dedicó año y medio al estudio de la Teología con los dominicos de Saint-Jacques. Aún sin acudir a las eximias ilustraciones manresanas, su connatural animus theologicus y su felicísima memoria le concitaron un prestigio cierto entre sus contemporáneos.
     En el torbellino religioso e ideológico que sacudió a Francia y especialmente a París en los años 1530- 1534, Ignacio fue un espectador atento y reflexivo, que ayudó a sus compañeros —Javier lo reconoció sinceramente— a mantener el rumbo en la vía media de la ortodoxia. El 15 de agosto de 1534, reunidos Ignacio, Fabro (único sacerdote), Javier, Laínez, Salmerón, Rodrigues y Bobadilla en la cripta de una vieja capilla de Montmartre, emitieron tres votos: de pobreza —condicionado al fin de sus estudios—, de castidad perpetua y de peregrinación a Jerusalén; en caso de no poder realizar ésta tras un año de espera en Venecia, se pondrían a la disposición del Sumo Pontífice, vicario de Cristo. Por primera vez se menciona la estrella polar que orientará sus vidas. No se habla de voto de obediencia, porque aquellos “amigos en el Señor” no pensaban en corporación religiosa estable. Los votos se renovaron en los dos años siguientes, con tres nuevos voluntarios: el saboyano Le Jay, el picardo Broët y el provenzal Codure. Otro estudiante rechazó por un tiempo las invitaciones de Ignacio: el mallorquín Jerónimo Nadal, decidido firmemente a ser “cristiano del Evangelio”, pero nada inclinado a hacerse “iñiguista”.
     Diez años más tarde, una de las primeras cartas de Javier le dará el impulso para llegar a identificarse como pocos con el pensamiento y el espíritu del fundador.
     Puesta la piedra fundamental de su obra, Ignacio decidió volver a España. Además del cuidado de su salud, deseaba visitar a las familias de sus compañeros y dar en su tierra de Loyola una reparación social por su escandalosa juventud. En Azpeitia se alojó por tres meses en el hospital, desoyendo las apremiantes invitaciones de su hermano; con su voz aguda y clara —recordaba una oyente distante— habló a todo el pueblo; promovió prácticas piadosas colectivas, enseñó la doctrina a los niños, condenó el juego y el amancebamiento, promovió el socorro de los pobres vergonzantes y compuso las disensiones del clero local.
     A su paso por Madrid, visitó a su gran admiradora y protectora, la portuguesa Leonor Mascareñas, aya del joven príncipe. Cuando en 1586, el pintor de Corte, Sánchez Coello, presentó a Felipe II el retrato de Ignacio, el anciano Rey recordó el encuentro y las ponderaciones de santidad, que le hacía su aya; elogió el parecido, “pero entonces —¡memoria de un niño de ocho años!— traía más barba”.
     El año 1536 lo dedicó al estudio privado en Venecia y a sus habituales conversaciones y Ejercicios. Sus compañeros salieron de París en noviembre y llegaron a Venecia en enero de 1537; en marzo continuaron, sin Ignacio, a Roma, para obtener la licencia de peregrinación y las necesarias para la ordenación sacerdotal. Venecia era en aquel momento un potente foco de reforma católica: de la floreciente “Compagnia del Divino Amore” había nacido la Orden de los Teatinos (1524), en la que la amable espiritualidad de san Gaetano de Thiene atemperaba el ímpetu inquisidor de Gianpietro Caraffa, obispo dimisionario teatino (de Teate) y futuro papa Pablo IV. Los dos grupos de clérigos regulares parecían nacidos para entenderse y fundirse; Ignacio mantuvo un contacto con Caraffa, seguido de una larga carta, probablemente no enviada, en la que marcó las distancias con la vida cuasi eremítica que imponía a los suyos el terrible napolitano. Había otras coincidencias, lo que explica que, durante muchos años, se identificase a los jesuitas como “teatinos”.
     Reunidos de nuevo en Venecia, recibieron el sacerdocio el día de san Juan de 1537. Ignacio retrasó la primera misa hasta la Navidad del año siguiente, en Roma. La guerra con los turcos había cortado, el único año, toda la navegación. Se abría el período de espera; para llenarlo, se repartieron en binas por las ciudades del Véneto. Antes de dispersarse, deliberaron sobre la respuesta que debían dar a los que les preguntasen por su nombre y profesión. Unánimemente decidieron llamarse “Compañía de Jesús” (al principio “Compañía del Nombre de Jesús”): el genérico no tenía primariamente una connotación militar; de todos modos, para Ignacio, lo esencial —y en lo que no estaba dispuesto a ceder— era lo especificativo.
     Con Fabro y Laínez, Ignacio se dirigió a Roma.
     A catorce kilómetros de la capital, en la aldea de La Storta, entraron en una capilla a hacer oración. Ignacio, en su larga preparación para la primera misa, venía pidiendo insistentemente a Nuestra Señora que se dignase “ponerle con su Hijo”, y a éste, que le recibiese bajo su bandera. A lo que vio o sintió en esos momentos se refirió siempre con su sobriedad acostumbrada, incluso en su diario privado; todo lo resumía en la certeza que adquirió de que “el Padre le ponía con su Hijo”, y que éste le decía, “quiero que tú nos sirvas” o “Yo os seré propicio en Roma”. Fue un momento central en su vida, que resumía todo su pasado y lo orientaba hacia un futuro, incierto en lo concreto, pero asegurado con la protección divina.
     Llegados a Roma, se presentaron a Pablo III. Fabro y Laínez se ofrecieron a dar lecciones gratis en La Sapienza, la Universidad romana. Ignacio se entregó a dar Ejercicios: el doctísimo cardenal laico Gasparo Contarini, el embajador de Siena, Lactancio Tolomei y el catedrático de Salamanca y agente imperial en Roma, Pedro Ortiz. No todo el mundo los veía con agrado.
     Comenzaron las insinuaciones sobre antiguos procesos, las sospechas de heterodoxia, las calumnias abiertas de un fraile apóstata. Ignacio obtuvo del Papa —tras una audiencia personal de una hora, en latín— la incoación de un proceso, en el que declararon los antiguos jueces de Alcalá, París y Venecia, presentes providencialmente en Roma. La sentencia fue plenamente absolutoria e Ignacio procuró su amplia difusión.
     Pocos días después se ofrecieron colectivamente al Papa, quien les señaló como campo apostólico la ciudad de Roma. Pero pronto llegaron invitaciones de otras diócesis italianas. En previsión de la dispersión inminente, deliberaron en la primavera de 1539 sobre sus relaciones futuras. Dos cuestiones fundamentales quedaron resueltas: establecer una congregación durable y hacer voto de obediencia a uno de ellos como a superior. Con sucesivas resoluciones fue perfilándose una Fórmula del Instituto de la Compañía en cinco capítulos, que redactó Ignacio en Roma por delegación de sus compañeros. El cardenal Contarini la presentó al Papa, quien la aprobó el 3 de septiembre y ordenó que se preparase la bula correspondiente. No fue fácil convencer a los dos cardenales encargados de hacerlo; uno desaprobaba las novedades que se pedían: omisión de hábito propio y del rezo coral, voto de obediencia al Papa, supresión de penitencias obligatorias...; otro propugnaba la reducción de las órdenes religiosas a los cuatro tipos existentes, dos de monjes y dos de mendicantes.
     Ignacio ofreció por esta intención tres mil misas y movilizó a los más eficaces intercesores. La aprobación definitiva se dio el 27 de septiembre de 1540, pero limitando el número de profesos a sesenta.
     Un proyecto de Constituciones fue aprobado por los seis cofundadores presentes en Roma y en abril se procedió a la elección del general (los ausentes habían dejado sus votos por escrito). Por dos veces recayó el voto unánime sobre Ignacio, quien se resistió y pidió que se dejase al arbitrio de su confesor franciscano, con el que hizo una confesión de tres días. Su parecer, expresado por escrito, fue decisivo, y la elección se verificó el 19 de abril. El 22 hicieron todos la profesión en San Pablo Extramuros.
     La actividad de Ignacio en los quince años de generalato se repartió entre el apostolado directo en Roma y su función de gobernante. Entre lo primero destaca la promoción de una asociación para acoger a los catecúmenos provenientes del judaísmo; la Casa de Santa Marta para las pecadoras arrepentidas; el apoyo a la Inquisición, fundada por Pablo III, y la apertura y sostenimiento de los dos colegios, el Romano, dedicado a los estudios sacerdotales, y el Germánico, que alojaba a los estudiantes centroeuropeos. Como fundador, tenía dos metas esenciales: la aprobación por la Santa Sede del libro de los Ejercicios (caso único entre los libros de devoción) y su publicación en 1548 (el texto castellano no se publicará hasta 1615, y en Roma), y la redacción definitiva de las Constituciones (texto a), precedidas de un Examen, que propicia un conocimiento mutuo entre la Orden y el candidato. A mediados de 1550 se había concluido, aunque se añadieron unas doscientas cincuenta enmiendas (texto A). Entonces convocó a todos los profesos para someterles la obra y su propia renuncia al generalato (30 de enero de 1551), que no fue aceptada. De 1552 es el texto B, llamado autógrafo por las correcciones añadidas. En 1550, Julio III había dado su aprobación, y suprimido la limitación de los sesenta profesos. Pero Ignacio quiso expresamente que las Constituciones quedaran “abiertas”, y sólo la primera congregación general (1558) las hará obligatorias.
     Del texto de hizo un Sumario, con los grandes principios espirituales, y se dieron Reglas comunes y de varios oficios.
     La múltiple expansión —geográfica y funcional— de la Orden fue rápida, forzando con frecuencia el límite de la escasez de sujetos. La visión sobrenatural del fundador quedó expresada en una brevísima carta a Francisco Javier fechada el 31 de enero de 1552: “Las cosas de la Compañía, por sola bondad de Dios, van adelante, y en continuo aumento por todas partes de la cristiandad; y sírvese de sus mínimos instrumentos el que sin ellos y con ellos es autor de todo bien”.
     Los diversos colegios y casas —unos para estudiantes, otras para novicios y operarios apostólicos— se agrupaban en once provincias: Portugal (1546), España (1547), dividida en tres (1554); India (1549), Italia (1551), Sicilia (1553), Brasil (1553), Francia (1555), Germania del Sur y del Norte (1556). El número de jesuitas en 1556 giraba en torno al millar.
     Se ha presentado a Ignacio como el anti-Lutero.
     Oposición más retórica que real. Sin duda, era consciente de la crisis abierta en la cristiandad centroeuropea.
     Tres de los cofundadores —Fabro, Bobadilla y Le Jay— trabajaron allí. El fiel discípulo Nadal dirá más tarde que la Compañía avanzaba con dos alas, la India y Germania. Fabro pretendió encontrarse con el discípulo de Lutero, Melanchton; pero su mejor logro fue la vocación del joven holandés Pedro Canis o Canisio. Para obtener bases estables, se fundaron colegios: Colonia (1554), Ingolstadt (1549-1556), Viena (1551), Praga (1556). Las consignas que daba a los moradores, supuesta la “unión del instrumento con Dios”, se cifraban en la ejemplaridad de vida, la predicación positiva de las verdades de la fe, más que la discusión de puntos controvertidos; y los métodos de contacto personal. A las autoridades eclesiásticas y civiles les recordaba la importancia de los maestros en las escuelas y la prohibición de libros heréticos o sospechosos. No fue partidario de introducir la Inquisición en el Imperio. Coincidía aún literalmente con Lutero y san Juan de Ávila al afirmar que “la educación de la juventud es la renovación del mundo”.
     Los problemas europeos no le ocultaban más amplios horizontes. Las esperanzas de reunión de los cristianos de Etiopía con Roma —una primera etapa hacia Jerusalén, nunca olvidada— atrajeron su atención preferente. Para ello, hizo la excepción de admitir el nombramiento de un jesuita como patriarca, con dos obispos que aseguraran la sucesión, y dirigió al Negus todo un tratado del más acendrado ecumenismo. Al mismo tiempo, sostuvo la epopeya de Javier; pero no vaciló para asegurarla y remediar la profunda crisis por la que atravesaba la provincia portuguesa, vivero de misioneros, en darle la sorprendente orden perentoria de regresar a Portugal; el santo misionero había ya fallecido a las puertas de China.
     En la estructura de la Orden introdujo importantes novedades: dos años de noviciado, profesión retrasada al menos por diez años y entretanto votos particulares o simples, perpetuos para el sujeto, pero no incondicionalmente para la Orden; distinción de grados entre los incorporados; generalato vitalicio, pero supremo poder legislativo en la congregación general, compuesta por los provinciales en función y dos vocales elegidos por el cuerpo de la provincia; el cuarto voto de los profesos, que informa de algún modo de todas las relaciones con la Santa Sede; exclusión de una rama femenina o dirección habitual de religiosas. Tampoco dignidades eclesiásticas, salvo imposición pontificia.
     Ignacio fue hombre de acción y profundamente contemplativo. Su vida mística, prácticamente ignorada durante siglos, hoy es universalmente reconocida.
     Amaba paternalmente —con detalles maternales— a sus súbditos, y era correspondido por ellos; intuía el valor oculto de las personas y potenciaba su libertad, nunca sojuzgada despóticamente. Fue capaz de transmitir, a caracteres muy diversos, su experiencia esencialmente personal.
     Su salud se resintió toda la vida de las penitencias y fatigas de los años de peregrinación. Las indisposiciones, que le retenían en cama, fueron frecuentes; en 1555 nombró vicario al padre Nadal, con plenos poderes.
     Murió inesperadamente y solo en la madrugada del 31 de julio de 1556. La autopsia reveló grave litiasis biliar y cirrosis epática secundaria. Fue sepultado en la iglesia de Santa María de la Strada; beatificado el 27 de julio de 1609, y canonizado el 12 de marzo de 1622.
     En cuanto a su iconografía, hay que anotar que, ante el cadáver, hizo un boceto el retratista Giacopino del Conte, que dejó un modelo muy rejuvenecido. Se sacó una mascarilla en yeso y de ella varios positivos en cera; uno trajo a España el padre Ribadeneira, y en él se inspiró Sánchez Coello. Hacia 1600, varios jesuitas belgas, que lo habían conocido, lograron una miniatura que trata de reproducir la irradiación de su semblante, atestiguada por san Felipe Neri, y el aspecto juvenil que mantuvo en vida (en Alcalá, un franciscano lo había descrito como “hombre de poca edad, que podría tener hasta veinte años”, cuando contaba treinta y cinco) (José Martínez de la Escalera, SI, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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     Ruta del Barrio del Arenal: Desde ExplicArte Sevilla te mostraremos este Barrio tan ligado a la aventura americana, al mundo taurino, a la Mancebía,...

     Ruta del Barrio de Santa Cruz: Desde ExplicArte Sevilla te mostraremos las callejuelas imposibles de esta parte de la Judería, el Barrio más turístico de la ciudad, remozado por completo con ocasión de la Exposición iberoamericana de 1929.

     Ruta del Barrio de la Macarena - San Julián: Desde ExplicArte Sevilla te mostraremos esta zona norte del Casco Antiguo de la ciudad, teniendo como núcleo principal el eje de la c/ San Luis con inicio en la Basílica de la Macarena, y final en el Hospital de las Cinco Llagas tras pasar por la zona de San Julián.

     Ruta del Barrio de Triana: Desde ExplicArte Sevilla te mostraremos el barrio con la idiosincracia más personal y particular de la ciudad marcada por esa frontera que es el Río Guadalquivir, cuna de la Artesanía Ceramista, el Flamenco,...


     Ruta del Barrio de Santa María la Blanca - San Bartolomé: Desde ExplicArte Sevilla te mostraremos esta parte de la Judería, que es sin duda la más genuina que nos han legado nuestros antepasados, centralizados por las antiguas sinagogas, hoy iglesias, de Santa María la Blanca, y San Bartolomé.


     Ruta del Barrio San Vicente - San Lorenzo: Desde ExplicArte Sevilla te mostraremos los barrios señoriales de San Vicente y San Lorenzo, desde el Museo de Bellas Artes hasta el Convento de San Clemente, teniendo como ejes las calles San Vicente y Santa Clara.


     Ruta del Barrio de San Bernardo: Desde ExplicArte Sevilla te mostraremos otro de los arrabales históricos de la ciudad, el Barrio torero de San Bernardo, con su iglesia parroquial como emblema, marcado por instalación en él de varios edificios emblemáticos como la Real Fábrica de Artillería, y los restos de la Buhaira, la Plaza de Toros Monumental, y los cimientos de la Basílica de la Milagrosa.


     Y muchas más rutas... tú decides. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.