Por Amor al Arte, déjame
ExplicArte Sevilla, déjame
ExplicArte el desaparecido Convento de Regina Angelorum, de los Dominicos, de Sevilla.
Hoy, 2 de agosto, Festividad de Nuestra Señora de los Ángeles.
Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el desaparecido Convento de Regina Angelorum, de los Dominicos, de Sevilla.
El desaparecido Convento de Regina Angelorum, de los Dominicos, se encontraba aproximadamente en la manzana formada por las calles Regina, plaza de la Encarnación, Misericordia, y Jerónimo Hernández; en el Barrio de la Encarnación-Regina, del Distrito Casco Antiguo.
La Orden de los Predicadores, también nombrada como de los Dominicos, fue fundada en los primeros años del siglo XIII por el castellano Domingo de Guzmán (Caleruega, Burgos, 1170 - Bolonia 1221), del linaje de los Guzmanes y canónigo de la catedral de Burgo de Osma, para combatir con la predicación, entre otros males de la Iglesia, la herejía albigense, que condenaba el uso de los sacramentos, el culto externo y la jerarquía eclesiástica, y también la herejía cátara. Entre 1203-1206, abandonando su retiro de Osma viaja a Dinamarca, Toulouse y otras comarcas de Europa acompañando al obispo don Diego de Acebes, de gran influencia en su vida espiritual, en empresas diplomáticas y apostólicas, conociendo de cerca el alcance de estas herejías y las luchas religiosas y feudales, a las que los legados pontificios y los cistercienses no podían poner fin. Impresionado por este estado de cosas, en 1207 comienza su labor apostólica con un grupo de compañeros en el sur de Francia. Muerto Acebes, Domingo se vincula al obispo Fulco de Toulouse, quien en 1215 lo admite junto con su "hermandad de predicadores" en el que sería el primer convento masculino, cuya regularización como nueva orden contravenía el mandato del IV Concilio de Letrán (1215) de no autorizar la formación de nuevos institutos religiosos. No obstante, los frutos que estaba dando este equipo de predicadores pobres atrajo la atención del papa Inocencio III que aconsejó a Domingo que tomara una regla ya existente, lo que enmascaraba un tanto la nueva fundación, escogiendo la de San Agustín. El 22 de diciembre de 1216 Honorio III expidió la bula de confirmación de la Orden de Predicadores como una corporación de clérigos regulares, siendo definitivamente confirmada el 21 de enero de 1217. Una vez conseguidas las preceptivas autorizaciones papales los dominicos iniciaron su vida de pobreza y evangelización itinerante por Europa, alentados por el fundador, que les imbuye la idea de una constante formación para así mejor ejercer su ministerio apostólico, siendo sin duda el siglo XIII decisivo para el desarrollo y crecimiento de la Orden y su fundamentación institucional, con un incremento rapidísimo de vocaciones. En 1220 se celebraba en Bolonia el primer capítulo general presidido por Domingo de Guzmán, el primer Maestro General, en el que se establecieron las bases de gobierno, las normas relativas al estudio, la predicación, las visitas y organización de los conventos y otras materias necesarias para el funcionamiento del nuevo instituto, instituyéndose el convento como la célula administrativa y territorial básica, que debía contar siempre con un maestro en teología. En el capítulo celebrado en mayo del año siguiente también en Bolonia, se crean cinco provincias: Provenza, Francia, Lombardía, Romana y España, y se ponen en marcha las de Hungría, Alemania e Inglaterra, cada una de ellas con un maestro provincial pertinente al frente. Un magnífico organizador resultó ser el Maestro general Raimundo de Peñafort, quien durante su mandato normalizó las Constituciones en un corpus jurídico que perduró hasta 1924.

Hay que señalar que los dominicos junto con los franciscanos forman las órdenes mendicantes por antonomasia, cuya regla impone la pobreza no sólo para sus miembros sino para los conventos, obteniendo lo necesario para su sustento de la limosna de los fieles, en un deseo de vuelta a la pobreza como en los primeros tiempos de la Iglesia. Frente a la reclusión y aislamiento de los monjes, el fraile mendicante realiza un apostolado activo, itinerante, en constante contacto con la sociedad, estableciendo sus conventos en el interior de las ciudades en donde más directamente predican la fe y la moral dentro de la ortodoxia. Para ello era necesario que los frailes poseyeran una buena formación religiosa e intelectual, siendo este uno de los pilares fundamentales y definidores de los Dominicos, quienes desde su nacimiento se vinculan a las mejores universidades europea, como París o Bolonia, en las que la presencia de los Predicadores primero como estudiantes y luego en sus cátedras fue notable en número y calidad, y una baza fuerte en la consolidación de la Orden. A ello hay que sumar la creación de las Casas Generales de estudios -la primera se funda en 1248- en donde se forman los propios religiosos y colegiales externos, y en donde se imparte el
trivium y filosofía, lo que en ocasiones acarreará conflictos con las universidades. La importancia del estudio era tal que a estudiantes y lectores (profesores) se les podían dispensar de algunas actividades de la observancia monástica, como la asistencia al coro, ciertos ayunos, y se les permitía poseer libros. A los conventos se les manda acrecentar las bibliotecas y se les prohíbe la venta de los libros.
A la muerte de Domingo en 1221 (que será canonizado por el papa Gregario IX en 1234) la Orden contaba con veinte conventos y trescientos frailes. En 1303 son ya quinientos cenobios agrupados en dieciocho provincias con más de trece mil hermanos, crecimiento no exento de problemas con párrocos y obispos que encontraban una gran competencia en estos clérigos de gran formación teológica, que captaban rápidamente a los fieles que abandonaban a otros pastores por lo general peor preparados. Durante el siglo XIV la Orden pierde un poco el vigor de los primeros tiempos, con una relajación de la observancia y una disminución de vocaciones, a lo que hubo de contribuir el cisma de la Iglesia y la peste negra; la crisis será superada con la reforma llevada a cabo en el seno de la Orden que significó una vuelta a la observancia y al fervor primitivos. En el siglo XV se superarán los efectos religiosos de la llamada "claustra", para comenzar un gran resurgimiento que continuará en el XVI y XVII, sin duda los siglos de oro de los Dominicos. Las vocaciones aumentan y las fundaciones se multiplican, favorecidas por la colonización de las tierras americanas y el extremo oriente. El setecientos, sin embargo, abrirá una nueva etapa de inflexión con el descenso en el nivel de los estudios y la pérdida de influencia sobre las masas, que los relaciona inexorablemente con la Inquisición; la Orden se aleja cada vez más de la sociedad y sus necesidades, para finalmente en el XIX, con las corrientes laicistas y los procesos desamortizadores vividos en Europa, quedar extinguida, no siendo restituida hasta el último tercio del XIX en varios países.

En España, cuna del fundador, la Orden se implantó con rapidez, pues en las actas del capítulo provincial celebrado en Toledo en 1250 ya se da la cifra de veinte conventos en la península, que pronto se duplicará. Este crecimiento y expansión se debe en gran parte al paulatino avance de los monarcas castellanos en la reconquista, en cuyos campamentos consta la presencia de los frailes predicadores que asistían espiritualmente a los miembros del ejército y a los propios reyes. El mismo Fernando III eligió como confesor a un dominico y favoreció la fundación de conventos de la Orden en la ciudades andaluzas recién conquistadas, siendo el primero el de San Pablo de Córdoba. El incremento de casas y miembros hizo necesaria una reestructuración administrativa; de la inicial provincia de España o Castilla, el 10 de octubre de 1514 por bula del papa León X se creó la de Andalucía o Bética que comprendía los cuatro reinos de Andalucía (Córdoba, Sevilla, Jaén y Granada) el de Murcia y todo lo que de la Mancha y Extremadura quedaba a la izquierda del Guadiana que servía de línea fluvial divisoria, con un total de treinta dos conventos; en 1686 eran ya cincuenta y seis. Hay que señalar que los conventos fundados en estas fechas en tierras americanas, de gran potencial para ésta y el resto de las órdenes religiosas activas en España, se incluyeron en un primer momento en la provincia andaluza.
Igualmente, los dominicos españoles pasaron por periodos de apogeo y decadencia como el que hemos referido anteriormente. También fue necesaria en las casas peninsulares una reforma en el siglo XIV semejante a la llevada a cabo allende de nuestras fronteras, lo que fue acometido por el beato Álvaro de Córdoba, y de la cual la Orden salió robustecida con la unión, finalmente, de las dos ramas, siendo los siglos XVI y XVII sin duda los más fecundos en cantidad de casas y en calidad de sus miembros. Por otro lado, los Predicadores se vincularon al mundo universitario hispano y fundaron colegios que alcanzaron elevadas cotas dentro de la vida intelectual del momento, y que dieron su fruto en personalidades que destacaron en variados campos del saber, desde la teología al derecho, la economía y la astronomía: fray Bartolomé de las Casas, fray Luis de Granada, Francisco de Vitoria, el mencionado San Raymundo de Peñafort, San Vicente Ferrer, fray Diego Deza; destacando algunos de ellos también en santidad, lo que les llevó a subir a los altares. El siglo XVIII será en cambio un periodo de atonía y declive para este instituto religioso, que pierde el pulso de la historia y la sociedad que la protagoniza. Los aires laicistas y los cambios político-administrativos les llevarán a la exclaustración en 1836, quedando sólo abierto en España el colegio dominico de Ocaña para asistencia de las misiones ultramarinas. Merced a nuevos concordatos con la Santa Sede la Orden fue repuesta, en el último tercio del XIX; el 27 de enero de 1879 se reinstaura canónicamente la provincia de España y en 1897 se desgajó de nuevo la Provincia de Andalucía.

En Sevilla la Orden de Predicadores contó con un total de seis conventos masculinos: San Pablo el Real, Santo Domingo de Portacoeli, Santo Tomás de Aquino, Regina Angelorum, Santa María de Montesión y San Jacinto. Los correspondientes femeninos fueron cinco: Madre de Dios el Real, Santa María de Gracia, Santa María de Pasión, Santa María de los Reyes y el de Nuestra Señora del Valle, de corta duración (fue vendido en 1529 a la orden franciscana y sus monjas pasaron al de Santa María la Real); de las fundaciones femeninas sólo ha permanecido el primero. En el primer censo demográfico conocido, fechado en 1615, la provincia de Andalucía tenía un total de 1.835 religiosos, aventajando a la de España en número; Sevilla daba un máximo absoluto de 430. Esta abundancia numérica aumentó a fines del XVII, lo que determinó que había que reducir el número, pues "sobraban frailes y faltaban viandas" y se fija en el año 1750 un numerus clausus en cada convento. Un interesante cuadro comparativo realizado por Huerga, del número de religiosos en los conventos masculinos sevillanos, a partir de los datos del capítulo provincial celebrado en Cádiz en 1750 y de la obra publicada en Sevilla en 1757, Breve expresión de lo que en sí contiene la ciudad de Sevilla, arrojan las siguientes cifras:
1750
1757
120
San Pablo
190
12
Portacoeli
33
20
San Jacinto
25
-
Regina
48
-
Montesión
18
- Santo Tomás
29
total 343
Los funestos acontecimientos del XIX, terminaron finalmente con la expulsión de los Predicadores y cierre de estas seis casas, de las que sólo se ha restablecido la de San Jacinto.
CONVENTO DE REGINA ANGELORUM La fundación del convento de Regina Angelorum de la Orden de Predicadores está vinculada a los marqueses de Ayamonte, especialmente a doña Teresa de Zúñiga, linajuda dama en quien se unían los estados de Ayamonte, Béjar y Gibraleón, esposa que fue de don Francisco de Sotomayor, conde de Benalcázar. Esta señora, cumpliendo la manda testamentaria de su madre doña Leonor Manrique de Castro -esposa de don Francisco de Zúñiga y Guzmán, marqués de Ayamonte- procede a la fundación y dotación del monasterio en 1553 en las casas próximas a su palacio, en la collación de San Pedro. Anteriormente, en 1521, la referida doña Leonor en ejecución de la última voluntad de su madre doña Guiomar de Castro, esposa del duque de Nájera don Pedro Manrique, fundó en estas mismas casas y con el título de Regina Angelorum un convento de monjas dominicas para doce religiosas y una abadesa, de noble cuna pero de pocos recursos económicos, fundación que según Margado sólo duró nueve años, en que por acuerdo de un capítulo general de la Orden de los Predicadores a quienes estaban sujetas, se decretó que debía deshacerse el monasterio, entre "otras razones" "porque la casa no era realenga, ni la podían tener la monjas mas de por espacio de nueve veces nueve años, y porque su renta no era competente para su menester y gasto". Las monjas fueron repartidas por otros conventos de Sevilla y Regina Angelorum se dedicó a hospedería para los frailes que andaban de paso en la ciudad, y así permaneció hasta que doña Leonor murió. Será su hija Teresa de Zúñiga, como hemos señalado, quien cumpliendo su última voluntad proceda a la fundación efectiva del convento masculino, que mantuvo la advocación de Regina Angelorum, dotándolo según Ortiz de Zúñiga copiosamente y fabricando con magnificencia vivienda y templo con el que se comunicaba por una tribuna con el adyacente palacio de la señora, quien fue sepultada en la capilla mayor de la iglesia junto con su marido.
Era la cuarta casa que la Orden dominica abría en Sevilla, en la que a los tradicionales fines de la oración, estudio y predicación, añadió la actividad complementaria de la enseñanza, pues desde 1601 ostentó la condición de colegio al establecerse en él, a petición de su patrono el marqués de Ayamonte, los Estudios Generales, lo que no se mantuvo durante mucho tiempo ya que en el capítulo provincial celebrado en Sevilla en 1620 se atendía la petición del patrono para la reducción del colegio a convento, creemos que por falta de recursos para sustentarlo como tal, aunque se siguieron impartiendo clases de teología moral.
Regina Angelorum y la comunidad que lo habitó con el apoyo y ayuda de la casa de Ayamonte y otros miembros de la oligarquía local, vivieron años de esplendor; en 1625 sus miembros rondaban el medio centenar, contaban con recursos económicos suficientes para su sustento, y el convento y la iglesia estaban edificados y adornados de buenas obras artísticas que lo hermoseaban. En Regina tenía su sede la Cofradía del Santo Crucifijo y la Purísima Concepción de la Virgen, fundada por miembros de la nobleza sevillana, primero como hermandad de penitencia y luego de luz, con capilla propia en la iglesia conventual, que se disolvió en los días de la ocupación francesa del convento. También tuvo su sede en él la Hermandad de Nuestra Señora del Rosario, perteneciente a la Real Maestranza de Caballería, que tuvo capilla propia en el interior del templo del que se separaba con una artística reja, y con puerta independiente a la calle.
Un desafortunado acontecimiento vino a nublar un tanto la vida de la comunidad cuando el 8 de septiembre de 1613 el prior fray Domingo de Molina en el sermón que realizaba en el monasterio con motivo de la celebración de la fiesta de la Natividad de la Virgen, ocasionó uno de los mayores alborotos inmaculadista vividos en Sevilla. Este religioso, fiel a la doctrina de Santo Tomás que al parecer nunca defendió la tesis de la concepción inmaculada de la Virgen, la cuestionó públicamente, lo que desató airadas críticas de jesuitas, franciscanos, el arzobispado y el pueblo en general; se imprimieron panfletos, y se cantaron coplillas que desacreditaban a los dominicos, que tuvieron que acatar el Breve del Papa Paulo V que imponía silencio a los detractores de la piadosa creencia.
Regina Angelorum, al decir de Gestoso, fue uno de los conventos que más padeció con la llegada de las tropas napoleónicas, quienes expulsaron a los religiosos y lo usaron como cuartel. La comunidad regresó tras la marcha de los franceses, pero de nuevo fue desalojada durante el Trienio Constitucional, entre 1821-1833, estableciéndose la Sociedad Patriótica en el inmueble. Finalmente, en 1835 fueron exclaustrados definitivamente y sus bienes desamortizados; la iglesia se mantuvo abierta durante unos años a cargo de un capellán hasta que fue derribada en 1868; en el convento se estableció una fábrica de sombreros, almacenes, y también sirvió como casa de vecinos. Cada vez más desfigurada su fábrica, en 1861 se procedía al derribo del arco que comunicaba el palacio de los Marqueses de Ayamonte con la iglesia, y a principios del XX la Real Maestranza donaba al Ayuntamiento los terrenos en que se levantaba la capilla de esta corporación, siendo derribada en 1905; las últimas demoliciones tuvieron lugar en los años treinta del siglo XX que posibilitaron una operación de ensanche de la estrecha callejuela de Regina que le dio la fisonomía de plaza que hoy tiene en su comienzo.
.jpg)
ARQUITECTURA
El convento de Regina Angelorum se insertaba en una gran manzana de la collación de San Pedro, frente a la plaza de la Encamación, cuyo perímetro -que conocemos gracias al plano de Sevilla de 1771- estaba definido por las calles Correo, Misericordia, del Moro y "caballerizas del duque de Béjar", en alusión al acceso al palacio del duque en este ámbito, y que a partir de la instalación de los Dominicos se denominó callejuelas de Regina Angelorum, cuyo trazado quebrado iba bordeando las tapias del convento; delante de su portada principal se abría una plaza que en la documentación manejada se denominaba de Regina o del "duque de Béjar" y también "de la duquesa de Béjar".
Para conocer su configuración arquitectónica hemos de recurrir una vez más a la descripción de González de León, quien aún llegó a ver en pie el inmueble y del que refiere que "era muy cómodo y capaz de 60 individuos que algún tiempo los hubo. Su Iglesia de solo una nave, es una de las mas espaciosas que tiene la ciudad". Ortiz de Zúñiga por su parte indica que "la casa, claustros y oficinas son muy competentes, la iglesia grande y desahogada". El proceso constructivo del monasterio parece que fue rápido; hay una temprana referencia del año 1548, en la que el maestro general de la Orden encomendaba a fray Tomás Ordóñez se encargase "preferentemente de la fábrica de Regina", cuando todavía estaba dedicada a hospedería. Se desconoce quién dio las trazas de sus espacios principales como claustros e iglesia. Sabemos que el templo era de planta de cajón, de nave única muy elevada, la cabecera ochavada, con un gran arco toral sobre dos columnas de orden gigante ante la capilla mayor, y coro alto a los pies. Estaba realizado en ladrillo y la cubierta tanto de la nave como del presbiterio era de alfarje de maderas talladas, que lamentablemente se perdió pese a los llamamientos para su conservación de la Academia de Bellas Artes durante el periodo revolucionario de 1868. Se abandonó a su suerte y Gestoso aún llegó a verlo pero en estado ruinoso. En el lado de la epístola de la capilla mayor se hallaba la capilla de los patronos, los marqueses de Ayamonte, y a los pies de la nave también en el muro de la epístola se situaba la de los Maestrantes que se cerraba con una gran verja y que poseía puerta directa a la calle. Bajo el coro tenía su capilla la Hermandad de la Concepción. Ortiz de Zúñiga refiere la existencia de otra capilla, sin detallar su ubicación, dedicada a Santo Domingo en Soriano. Los muros de la iglesia estaban recubiertos con zócalos de azulejos polícromos a base de azules, blanco, toques de amarillo claro y anaranjado, y con una interesante disposición: cada paño se componía de losetas con cabezas de clavos repetidas y en el centro de la parte superior un pequeño recuadro con adornos de volutas y con el busto de un santo o santa de la Orden; en la capilla mayor estas imágenes eran sustituidas por los escudos de los patronos, los marqueses de Ayamonte. Algunos fragmentos de estos paneles decorativos se salvaron de su destrucción en la revolución de 1868 merced al informe emitido por la Real Academia de Bellas Artes al Ayuntamiento para que fueran conservados, siendo llevados los que se pudieron salvar al Museo de Bellas Artes de Sevilla; su ejecución se sitúa en torno a 1625 y se vincula a la factoría trianera de la familia Valladares. No corrió la misma suerte el artesonado de la iglesia, que pese a las recomendaciones de la Academia, no se salvó de su destrucción.
La puerta al público de la iglesia, no sabemos si situada a los pies o en uno de los laterales del templo, se abría a la plaza de Regina y su portada de piedra, mandada hacer por el marqués de Villamanrique, fue realizada por el maestro de cantería Juan Bautista de Zumárraga quien concertaba su ejecución el 18 de julio de 1581, a terminar en el plazo de cuatro meses, según la traza y modelo dadas por Jerónimo Hernández. En el mismo contrato el maestro se obliga a labrar el sepulcro de la duquesa de Béjar para la capilla mayor, de jaspe de Portugal blanco y rojo, del que no se especifican más datos; en la realización de los trabajos no se descarta la intervención de su hijo Miguel de Zumárraga, quien aún vivía en el hogar paterno por esas fechas. De la portada sabemos que era de mármol blanco y rojo de Portugal, de 40 pies de alto, "
a carne y cuero", con pilastras corintias y esculturas a los lados, una ventana, y en el remate una escultura de la Virgen de la Asunción todo ello del mismo material. El 23 de abril de 1582 el pintor Vasco Pereira concertaba la pintura al fresco de "
toda la delantera de la puerta principal de la iglesia conforme a un dibujo y modelo que está firmado de Jerónimo Hernández, escultor de la obra que se hizo para este efecto", que debía fingir piedra y ladrillo, a realizar en el plazo de dos meses por el precio de 50 ducados; esta decoración si se conservó hasta 1789, no fue del gusto de Ponz quien hablando de la portada y de la bella escultura de la Asunción dice que "
tuvieron la extravagancia de pintarla". La iglesia tubo su correspondiente torre-campanario, aunque no conocemos su ubicación exacta ni sus características arquitectónicas, sí que se "
abrió" en el terremoto acaecido el sábado 1 de noviembre 1755. Según Tassara "
la célebre campana, lo mejor de Sevilla", pasó tras la revolución de 1868 a la parroquia sevillana de Omniun Sanctorum.
A los pies del muro de la epístola de la iglesia se hallaba la
Capilla de Nuestra Señora del Rosario perteneciente a la hermandad de este título, formada por miembros de la nobleza local entre ellos los caballeros maestrantes, lo que explica su vinculación con la Real Maestranza de Caballería, institución que finalmente se vinculará plenamente con la hermandad. Su construcción se inicia, según la fecha de las primeras cuentas, hacia 1659 y la planta fue dada por Pedro Sánchez Falconete, maestro mayor del Alcázar, y Sebastián de Ruesta, asiduo colaborador del maestro, aunque no se han encontrado los planos que se mandaron a Madrid para su aprobación real. La ejecución material de la obra se contrató con el maestro alarife Juan González vinculado al taller de Falconete, que por esas fechas trabajaba en la iglesia del Hospital de la Caridad, y que cobró "
por el tiempo que corrió de su cargo" la capilla 16.215 reales. La planta era de cruz latina, de nave única, con testero plano y cúpula sobre el crucero. También aparecen trabajando en la capilla los maestros albañiles, Juan Garzón y Juan Torres quienes labraron doce basas, el asiento de las pilastras y realizaron la enchapadura de los muros con jaspes rojos de la sierra de Cabra, cuyo diseño corrió a cargo de Pedro Roldán. Para la solería se utilizaron mil losas blancas y negras de mármol genovés colocadas en alternancia. La capilla poseía puerta propia a la callejuela de Regina y se separaba de la iglesia conventual mediante una rica reja de hierro, diseñada igualmente por Pedro Roldán y forjada y cincelada por los maestros herreros Francisco de la Chica y Pedro Muñoz, quienes en el contrato se obligaban a labrarla y ponerla en su sitio, a satisfacción del propio Roldán y del hermano mayor don Nicolás de Bucareli, marqués de Vallehermoso, en el plazo de ocho meses; por los trabajos cobraron 44.137 reales y 25 maravedíes, siendo colocada en 1670. En medio de la nave se disponía otra verja de hierro que servía de separación entre el público y los maestrantes. La capilla quedó inaugurada el 29 de septiembre de 1669, y todos los gastos de su construcción ascendieron a 340.456 reales; quedaban pendientes algunas labores decorativas que no se remataron hasta 1682 por Pedro Roldán quien desarrolló una profusa decoración a base de yeserías que representaban ocho escenas de la vida de la Virgen, que analizaremos en el apartado de esculturas. En 1798 tuvo lugar una reparación arquitectónica por el maestro mayor de obras Juan de Silva, desconociéndose la naturaleza de ésta, cuyo costo ascendió a 2.749 reales. La capilla poseyó su correspondiente sacristía aunque se desconoce el lugar concreto de su ubicación, en la que la hermandad gastó 333 reales en palo de castaño para la realización de un escaparate. Como ya referimos, la Real Maestranza donó a principios del siglo XX los terrenos en que se levantaba la capilla al Ayuntamiento, que procedió a su derribo en 1905 para ensanchar la calle de Regina. Los enseres fueron recogidos y guardados por los hermanos: retablo, imágenes, yeserías, zócalos y la magnífica verja que la separaba de la iglesia conventual. Según Guichot la verja fue quitada en 1818 en el transcurso de unas obras de reparación de la capilla, y llevada a la plaza de toros para volver a su lugar en 1820. En 1821 fue llevada a casa de la marquesa de Moscoso y de aquí otra vez a la plaza de toros, con otra vuelta a la capilla en 1824. Tras estos vaivenes y ante la inminente demolición de la capilla en 1905 fue quitada y en la reforma del coso taurino de 1915 fue colocada en el arco de acceso principal, la llamada Puerta del Príncipe, donde permanece. En 1956 se inauguraba la nueva capilla de la Maestranza, contigua a la plaza de toros, cuya configuración se asemeja a la original de
Regina Angelorum, aunque algo más alargada y con linterna rematando su cúpula. La imagen titular, retablos, relieves en yeso y demás enseres se han distribuido en ella de forma muy similar a la originaria.
El convento, según González de León, estaba al lado diestro de la iglesia; contaba con dos patios claustrados, el principal muy grande, de dos plantas de altura, articulados mediante columnas en los dos pisos. "Había dilatados dormitorios, refectorio, cocinas y otras muchas oficinas de utilidad y conveniencia", siendo éstos los únicos datos que se conocen hasta el momento de la arquitectura del monasterio de Regina Angelorum.
RETABLOS Y ESCULTURAS
El retablo mayor. El primer retablo mayor de la iglesia de Regina fue sufragado por la Casa de Ayamonte que ejercía su patronato, como ya referimos. El marqués Francisco de Guzmán antes de su marcha a Nueva España, encomendó a Jerónimo Hernández las trazas del retablo, altar, gradas y sepultura de la capilla mayor, por haber quedado muy contento con la portada de la iglesia que hizo el maestro. El 20 de marzo de 1585 la marquesa de Ayamonte, doña Ana de Zúñiga, en nombre de su hijo, daba el visto bueno al diseño que se le presentaba y autorizaba a su administrador Pedro de Esquivel y al prior del convento a proceder a los pagos correspondientes de estos trabajos de los 150.000 maravedíes anuales que la duquesa difunta, su patrona, reservó para las obras del monasterio. El fallecimiento de Jerónimo Hernández determinó a su viuda Luisa Ordóñez a establecer una compañía laboral con su cuñado Andrés de Ocampo, firmada el 2 de octubre de 1586, para terminar las obras que el artista había dejado inconclusas, entre ellas el retablo de Regina, cediendo a Ocampo la ejecución de la mitad de éste. Sin embargo, el 18 de abril de 1587 el marqués de Ayamonte a través del prior fray Juan Tirado y de su apoderado el citado Pedro de Esquivel firma con Andrés de Ocampo directamente el concierto del retablo, a realizar en madera de borne y pino de Segura y acabarlo en el plazo de dos años. La cancelación con Luisa Ordóñez se firmaba el 23 de julio de 1587, pero Ocampo no obstante le concede la ejecución de la mitad del retablo al maestro que su cuñada designara, según escritura de fecha 18 de diciembre de 1587. El 24 de octubre de ese año el escultor acuerda con el prior fray Antonio de Xaymes la tasación del retablo en el plazo de dos meses para equilibrar su precio de tal manera que cuando estuviera acabado la demasía no fuera pagada por el monasterio, y si valiera menos no se descontara al maestro. Por otro lado, el 26 de octubre de ese año de 1587, Andrés de Ocampo da la ejecución de la arquitectura, talla y ensamblaje del segundo cuerpo del retablo a Juan Bautista Vázquez y las esculturas de este segundo cuerpo a Gaspar Núñez Delgado. El 29 de enero de 1588 se produce un nuevo traspaso; Juan Bautista Vázquez por trasladarse a la ciudad de Granada, cede a Gaspar del Águila su parte del retablo, es decir el segundo cuerpo, quien acepta la cesión y procede a la ejecución de los trabajos como se constata en diferentes cartas de pago otorgadas a Andrés de Ocampo, entre las que citaremos la de 17 de julio de 1590 y de 18 de abril de 1594, por 800 reales y por 451 reales más, entre otras, lo que testimonia que en fechas tan tardías aún estaba en ejecución el retablo mayor. Por su parte Ocampo también iba cobrando a través de los sucesivos priores del monasterio diversas cantidades por los trabajos que iba desarrollando: el 24 de octubre de 1587 recibía de fray Juan Tirado 1.200 reales y 400 reales más; el 5 de diciembre de 1589 de fray Andrés Arias, 6.490 reales; el 31 de mayo de 1590, 1.770 reales y el 11 de diciembre de ese mismo año, 900 reales "por cuenta de las seis sillas que estoy haciendo para el altar mayor". El 7 de noviembre de 1592 Andrés de Ocampo hacía entrega a fray Andrés Arias la parte del retablo que le correspondía para su dorado y pintura por Vasco Pereira y Juan de Salcedo, a saber: "22 columnas de borne estríadas-24 traspílares-8 entrecalles con sus nichos redondos 4 del cuerpo primero con los doctores de la iglesia labrados de medio rrelíebe y 4 entrecalles del cuerpo 3° con sus paneles y cartelas-4 caxas laterales y dos historias la una del nazymíento de jesuxpo y la otra de la salutazíon de nª sra-dos escudos de las armas de la duquesa de bexar con unas figuras a los lados-seis sillas madera de borne talladas con las misericordias y dos angeles a los lados con las armas de santo domingo en los rrespaldos-más dos figuras del primer cuerpo del retablo santo domingo y santa catalina martír de Relibe entero al natural-cuatro niños de madera de acíprez el sagrario que contiene seis figuras de bulto rredondad las 4 sentadas y las dos en píe de ciprés con 4 columnas talladas de borne y dos repisas donde bíene san pedro y san pablo-yten dos sanjuanes bautista y ebangelista de talla entera". El artista otorgaba carta de pago al monasterio por valor de 50.000 maravedíes el 19 de enero de 1593. El retablo no estuvo terminado hasta 1599, año en que Martínez Montañés y Pedro de la Cueva actuaban como tasadores de la obra, lamentablemente desaparecida, que habría que clasificarla dentro los esquemas montañesinos imperantes en estas fechas. Para finalizar esta sucesión de contratos, cesiones y pagos diremos que el dorado, estofado y pintura del retablo los concertó Vasco Pereira el 18 de abril de 1587 con el marqués de Ayamonte y patrono, don Francisco de Guzmán, labores por las que cobraría 400 ducados. El 29 de octubre de 1592 Pereira traspasaba la mitad de la pintura a Juan de Salcedo, quien otorgaba carta de pago el 18 de junio de 1595 por valor de 25.000 maravedíes de los 50.000 en que había acordado "la pintura del retablo del altar mayor del monasterio de Regina angelorum".
Por los datos que se manifiestan en esta prolija sucesión de documentos podemos conocer la estructura arquitectónica que decoró el altar mayor de la iglesia conventual, y su programa iconográfico dedicado a ensalzar la figura de la Virgen a la que estaba dedicado, con el complemento de un nutrido grupo de santos de la Orden. Ponz, que aún llegó a verlo antes de ser desmantelado, dijo de él que "
es cosa buena, aunque sería mejor para mi gusto si no contase de tantos cuerpos: son tres de orden corintio, y un ático encima. En todo el retablo hay porción de estatuas, y baxos relieves de no poco mérito. El medio lo ocupa nuestra Señora sobre trono de Angeles; pero ridículamente adornada de tocas sobrepuestas, con lo que no se conoce bien toda la excelencia de la estatua". El erudito adjudicó erróneamente su arquitectura y escultura a un tal Pedro Delgado, por indicación del Conde del Águila, atribución que repiten los sucesivos eruditos y cronistas decimonónicos, como Ceán, González de León, Justino Matute o José Gestoso. El retablo era de planta ochavada para acomodarse a la cabecera del templo, de 30 pies de alto en su parte central desde el altar hasta la punta del frontispicio, mientras que los latera les iban decreciendo en altura; y de ancho 25 pies en línea recta. Constaba de banco, tres cuerpos, tres calles con cuatro entrecalles y ático, y se articulaba mediante columnas corintias de fuste estriado con sus traspilares. En el banco se disponían a los lados del altar dos escudos de armas de los marqueses de Ayamonte, adornados con labores de talla, y los relieves de los
Cuatro Doctores de la Iglesia. En el centro del primer cuerpo se hallaba el sagrario con su custodia de borne, de planta redonda, adornada con cuatro figuras de bulto sentadas, seguramente los Evangelistas, y dos de pie,
San Pedro y
San Pablo. En las calles laterales se ubicaban los relieves de la
Anunciación y el
Nacimiento de Cristo, y en las entrecalles
Santo Domingo de Guzmán, Santa Catalina de Siena, San Juan Bautista y
San Juan Evangelista. El segundo cuerpo estaba presidido por una
Asunción de la Virgen, de tamaño natural y sobre un trono con seis ángeles niños, desconociéndose los temas de las calles laterales, de éste y del tercero, aunque según el contrato debían ser escenas de la vida de la Virgen de medio relieve; en las entrecalles se disponían santos de la Orden dominica, al igual que el tercer cuerpo, en cuyo centro iría "
un crucificado o una resurrección u otra historia de bulto que se le indicare". En los resaltos del pedestal del segundo cuerpo se colocarían cuatro figuras de profetas sentados, de bulto redondo, y sobre los frontispicios laterales del primer cuerpo cuatro niños "
arrojados" y otros dos en los lados de la cartela central ubicada en el frontón partido del primer cuerpo, todo ello de escultura completa. El ático estaba presidido por el
Padre Eterno, y se completaría con otros elementos decorativos, quizás los escudos de la Orden. El conjunto del retablo se completaba con toda una serie de elementos decorativos como angelotes, cartelas, molduras, hojas y frutas, molduras, tarjas, etc., como queda de manifiesto en las diferentes escrituras referidas.
En 1795 el retablo manifestaba un gran deterioro, por lo que fue sustituido por otro, igualmente de tres cuerpos, con pilastras corintias, en el que se distribuyeron algunas estatuas que se pudieron salvar del antiguo, así como relieves y demás adornos que estaban en buen estado. No así la imagen titular que al parecer se hallaba atacada por la carcoma, por lo que fue encargada otra al escultor Cristóbal Ramos, quien la realizó en barro cocido y que tampoco se ha conservado. Este retablo fue desmantelado en fecha no conocida, y en el testero de la capilla mayor el pintor local Antonio Cabral Bejarano pintó unas arquitecturas fingidas que llegó a conocer Gestoso. Cinco esculturas de las antiguas fueron vendidas a las monjas dominicas de Santa María la Real.
En la capilla mayor existieron dos ángeles lampareros atribuidos a Luisa Roldana, que fueron adquiridos tras el cierre de la iglesia por un anticuario a bajo precio, quien los retuvo durante largo tiempo. A principio del siglo XX el padre Gumersindo Parro, de la Compañía de Jesús los adquirió para la iglesia de esta congregación sita en el antiguo templo de San Francisco de Paula, en donde lucieron durante unos diez años, hasta que por no armonizar bien con el estilo del retablo de mármol del altar mayor se quitaron. El canónigo don Miguel Barrera y Benítez los pidió para cederlos a las religiosas del Santo Ángel residentes en el antiguo convento de mercedarios descalzos de San José, situado en la calle del mismo nombre de nuestra ciudad, siendo colocados en la capilla mayor por una mano inexperta que los puso al revés, es decir mirando hacia el altar en vez de para la nave. Allí permanecen estos magníficos ángeles que sin embargo, no se hallan recogidos en la actual bibliografía sobre la escultora.
Por referencias documentales sabemos de la existencia de otros retablos en la iglesia conventual que no han llegado a nuestros días. Una carta de pago otorgada por Pedro de Campaña el 7 de agosto de 1561 nos indica que este artista había concertado el 12 de febrero de ese año la ejecución de un retablo con don Diego de Herrera, de tres varas de alto y de vara y tres cuartos de ancho, en donde pintó el tema de la Quinta Angustia para el cuerpo principal y un Dios Padre en el ático. Por estos trabajos el maestro cobró de los herederos del mencionado Diego de Herrara, ya difunto, 441 reales y 6 maravedíes.
En el año 1614 el maestro de arquitectura Diego López Bueno tomó a su cargo la ejecución del retablo mayor de la Capilla de la Concepción, perteneciente a la Hermandad del mismo título, cuya ubicación en el templo era bajo el coro alto. El 12 de noviembre de ese año el maestro concertaba su realización, según las trazas que el mismo había dado, con fray Francisco de Abrego, religioso profeso de Regina Angelorum, a entregar en el plazo de seis meses y por el precio de 3.000 reales, "del tamaño que hinche y llene todo el testero del dicho altar así en ancho como en alto". Por las condiciones del contrato sabemos que era de madera de borne y se articulaba mediante cuatro columnas corintias de fuste estriado, constando de banco, un cuerpo con tres calles y ático. El núcleo principal estaba presidido por la Virgen de la Concepción que ya poseía la Hermandad, cuya caja debía ser de buenas labores, capialzada y enriquecida con unos artesones moldurados donde poder pintar los atributos marianos; además de hacer una peana para los pies de la Virgen en forma de "urneta bien adornada y enriquecida de muy graciosos gallones y otras labores". Asimismo, el maestro realizó para las calles laterales las esculturas de San Juan Bautista y San Juan Evangelista en madera de cedro de La Habana, obras que hay que dar por perdidas. Con la ocupación francesa del convento la imagen titular pasó a la parroquia sevillana de San Martín, entrando a formar parte de la Hermandad Sacramental de dicho templo, colocándose en la capilla del sagrario, siendo mutilada para convertirla en imagen de candelero. No podemos establecer con certeza, en el estado actual de nuestras investigaciones, una identificación clara entre la Virgen de la Concepción de Regina con algunas de las que existen hoy en la iglesia de San Martín.
Por la escritura de aprecio fechada el 30 de diciembre de 1594, firmada por el maestro de arquitectura Juan de Figueroa y el escultor Juan Martínez Montañés sabemos que en la iglesia de Regina existió un retablo dedicado a
Santa Catalina de Siena, que fue ejecutado por el maestro Jerónimo de Guzmán por orden de fray Miguel de Ribera para las señoras doña María Díaz de Ribera y doña Beatriz de Ribera su hija, desconociéndose en que lugar del templo estuvo situado. La valoración fue en todo favorable, tasándose el retablo y la imagen de la Santa que estaban en blanco, en 260 ducados. El 4 de septiembre de 1598 Alonso Vázquez concertaba el dorado, estofado y pintura de dicho retablo y de la escultura de Santa Catalina y la realización de ocho paneles pictóricos con escenas de la vida de la Santa y de santos o santas que se le indicasen. No se ha conservado nada de estos trabajos.
Para la Capilla de Nuestra Señora del Rosario perteneciente a la hermandad de este título formada por caballeros maestrantes, diseñó Pedro Roldán su retablo mayor, cuya realización material corrió a cargo Francisco Dionisia de Ribas, quien cobró 40.124 reales de los que había que descontar la traza y la
propina para los oficiales, según consta en el archivo de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla; su ejecución se ha establecido en 1668. Afortunadamente el retablo y su titular, la
Virgen del Rosario, se han conservado, pues, como ya vimos, los enseres fueron recogidos antes de la demolición de la capilla y han sido colocados en una nueva, construida junto a la Plaza de Toros sevillana. Se trata de un retablo camarín, de nueve metros de altura, de madera dorada y policromada, articulado mediante dos columnas salomónicas de seis espiras adornadas con guirnaldas de hojas y rosas, y angelotes, que descansan sobre ángeles a modo de tenantes. Se compone de banco, un cuerpo y ático. El espacio central está ocupado por una hornacina decorada con volutas, cabezas de querubines y la Paloma del Espíritu Santo. A los lados se disponen las cuatro columnas salomónicas separadas mediante pilastras rehundidas, que forman unas entrecalles, en cuyos fustes se abren hornacinas para cuatro parejas de ángeles que portan los símbolos de las letanías lauretanas. Un friso corrido y profusamente decorado con cabezas de angelotes y una cornisa de perfil quebrado y dos volutas enrolladas dan paso al ático de forma cuadrangular adornada con segmentos curvos y en el interior la figura del
Niño Jesús vestido sobre peana flanqueado por dos ángeles sentados en los extremos. El conjunto se ve enriquecido en los espacios libres por abundantes elementos decorativos a base de tarjas, volutas enrolladas y angelitos. Posee algunos añadidos posteriores como el sagrario y los angelotes de la parte superior sosteniendo el escudo de España y el de la Maestranza. El retablo, de estilo plenamente barroco, resulta de una gran belleza, en donde se manifiesta el empleo de la columna salomónica con un sentido unitario y una hábil combinación de los elementos decorativos, hallándose semejanzas con el de la antigua Capilla de los Vizcaínos hoy en la iglesia sevillana de El Sagrario. La imagen de
Nuestra Señora del Rosario que
lo preside está adjudicada a Pedro Roldán (año 1668). Se halla realizada en madera, de gran realismo y belleza, y se asienta sobre una bella peana con seis ángeles, cuya ejecución también se debe a Roldán.
Pedro Roldán fue sin duda el artífice del conjunto de la Capilla de Nuestra Señora del Rosario, al que hemos visto interviniendo en trabajos arquitectónicos, en el diseño del retablo y de la hermosa reja, en la ejecución de la imagen titular, y finalmente en las labores de ornamentación de la misma a base de ocho paneles yeseros con escenas de la vida de la Virgen, repartidos por los muros de la capilla, conformando un espacio verdaderamente sugestivo, al decir de Gestoso "modelo de barroquismo". Ya reparó en ellos Ponz, y durante la revolución de 1868 la Academia de Bellas Artes informó al Ayuntamiento sobre su calidad y mérito para preservarlos de su destrucción. Afortunadamente hoy se hallan decorando la actual Capilla de la Maestranza. Adjudicados desde antiguo a Roldán, hasta ahora no se ha encontrado el documento que lo corrobore, sí se sabía que costaron 39.425 reales de vellón; su calidad en el tratamiento de rostros y ropajes, su depurada técnica, su equilibrada composición con excelentes juegos de perspectiva y la semejanza con obras documentadas del maestro, le adjudican la plena autoría a Roldán. Los ocho paneles presentan distintos tamaños y formatos, dos mayores representan La Anunciación de la Virgen y La Virgen del Rosario con Santo Domingo de Guzmán y Santa Rosa de Lima, de magnífico tallado, que se rematan en la parte superior con dos ángeles recostados flanqueando un frutero. Otros dos de menor tamaño y forma rectangular representan los pasajes de El sueño de José y La huida a Egipto. Otros dos recogen las bellas escenas domésticas de El taller de Nazaret y La Visitación de la Virgen a Santa Isabel. Finalmente, dos relieves más de forma ovalada con el Nacimiento de la Virgen y La presentación de la Virgen en el templo.
PINTURAS
En el ámbito de la iglesia constatamos la existencia de una serie de pinturas contratadas para formar parte de retablos laterales. La primera referencia documental es de 12 de febrero de 1561, en la que Pedro de Campaña concierta la ejecución de un retablo con don Diego de Herrera, en el que el artista pintó al óleo para su cuerpo principal la Quinta Angustia y un Dios Padre para el ático, obras que no han sido identificadas.
Tampoco están identificadas hasta la fecha las pinturas que Alonso Vázquez realizó para el retablo de Santa Catalina de Siena, que como ya estudiamos fue realizado en 1594 por Jerónimo Guzmán, corriendo el dorado, estofado y policromía a cargo de Vázquez según escritura concertada con fray Andrés Arias el 4 de septiembre de 1598. En este contrato el pintor se obligaba a realizar ocho pinturas para los tableros de dicho retablo, que estaba presidido por la escultura de la Santa que había sido policromada por él; los temas señalados eran: Los desposorios místicos de Santa Catalina, en el banco, en el remate El entierro de Santa Catalina, en el lateral derecho "quando Jesuxpo le sacaba el coraçon a la Santa y le ponía otro con sus propias manos" y en el izquierdo "quando la Santa recogía en su escudillo las podres y materias que salían de las piernas de un enfermo y se las bebía para mortificarse"; en los recuadros encima y debajo de estas escenas los Cuatro Evangelistas.
Hemos de señalar que el pintor romántico Antonio Cabral Bejarano realizó en el testero de la capilla mayor de la iglesia una decoración pictórica en perspectiva, cuya temática desconocemos, que vendría a suplir la pérdida del retablo mayor en los aciagos días de la ocupación francesa.
Todas las fuentes manejadas refieren la existencia en el claustro principal de dos lienzos: la Virgen con San Pedro y San Pablo y Santo Domingo de Guzmán arrodillado, que fue atribuido a Murillo por Ponz y Arana de Varflora mientras que el Conde del Águila, Ceán Bermúdez y Matute lo adjudicaron a su maestro Juan del Castillo, constando con esta atribución en los salones del Alcázar en donde fue depositado en 1810 con el número 114, perdiéndosele la pista desde entonces y quedando en suspenso su autoría. El segundo cuadro representaba a La Virgen con fray Lauterio y Santos, el cual pasó en 1810 al Alcázar de Sevilla con el número de inventario 111, de donde parece no volvió a Regina. En 1833 estaba en poder del canónigo Pereira pasando luego a poder de Joaquín Reinoso quien lo vendió por los años de 1852 a Willian George Clarke, siendo donado por su heredero Joseph Prior, al Museo Fizwilliam de Cambridge donde se conserva. La escena representa el episodio acontecido a fray Lauterio quien azorado por las dudas espirituales a raíz de sus estudios de teología pidió ayuda San Francisco quien se le apareció junto con Santo Tomás de Aquino y la Virgen y le indicó que siguiera las indicaciones que el Doctor Angélico exponía en su Summa Theologica. En la parte superior, en dorado rompimiento de gloria y acompañada de angelotes que revolotean sobre vaporosas nubes, se halla la Virgen que se dispone coronar a San Francisco y Santo Tomás que se hallan en el plano de tierra junto a fray Lauterio, quien con gesto asombrado contempla la aparición a la vez que sostiene el gran infolio apoyado en una mesa y en cuyo lomo se lee el título "SUMMA D. THOMAE". De la boca de San Francisco parte el letrero "CREDE HUIC QUIA EIUS DOCTRINA NON DEFICIET IN AETERNUM", que traducido quiere decir "Cree a éste porque su doctrina no faltará eternamente". En el ángulo inferior derecho una larga inscripción explica el asunto iconográfico de la pintura, cuya técnica evidencia que pertenece a la producción juvenil de Murillo, próxima al lienzo de la Virgen del Rosario con Santo Domingo que el maestro pintara para el Colegio de Santo Tomás de la misma Orden de Predicadores, con el que presenta gran similitud estilística. En ella se halla una clara influencia de los pintores locales dominantes en estos momentos en Sevilla, como Juan del Castillo, su maestro, de quien toma la configuración de los rostros de los personajes; de Francisco de Zurbarán la disposición de éstos, con actitudes graves y estáticas; y de Roelas el vaporoso rompimiento de gloria que surge en el medio punto de la parte superior. La fecha de ejecución ha sido establecida entre los años 1638-1640.
El Conde del Águila es el único de los autores manejados que cita en el claustro la existencia de una
Santa Úrsula, que adjudica a Juan de Roelas, de la que no se conoce otra referencia. Por su parte Justino Matute refiere que en el último descanso de la escalera había una "
Nuestra Señora" de medio cuerpo con el Niño que atribuye a Juan Simón Gutiérrez, obra de la que también se hace eco Ceán, y hasta la fecha no ha sido identificada. También cita Matute en la portería una
Batalla de Lepanto que sin dar autoría dice que es de escuela veneciana y que en ella estaba el retrato a pequeño tamaño de don Álvaro de Bazán (Matilde Fernández Rojas.
Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Benedictinos, Dominicos, Agustinos, Carmelitas y Basilios. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2008).
Conozcamos mejor la Historia de la Festividad de Nuestra Señora de los Ángeles;
Es fiesta propia de la Orden Franciscana, vinculada al famoso Perdón de Asís o Jubileo de la Porciúncula. En la segunda mitad de julio de 1216, San Francisco de se presentó con Fray Maseo ante el papa, y le pidió “una indulgencia especial para los que visitaren la ermita, sin necesidad de limosnas”. El papa se sorprendió, pues la ayuda económica era imprescindible en estos casos. Con todo, le ofreció un año, más de lo habitual, pero al Santo le pareció poco, y replicó: “Plazca a vuestra santidad concederme almas, no años”. Y, ante la extrañeza del pontífice, le explicó: “Quiero, si place a vuestra santidad, por los beneficios que Dios ha hecho y aún hace en aquel lugar, que quien venga a dicha iglesia confesado y arrepentido quede absuelto de culpa y pena, en el cielo y en la tierra, desde el día de su bautismo hasta el día y hora de su entrada en ella”. La perplejidad del papa estaba más que justificada: el Concilio Lateranense IV, pocos meses antes, había limitado a un año la indulgencia para la dedicación de una iglesia, y a sólo cuarenta días para el aniversario, con el fin de favorecer la única indulgencia plenaria que existía entonces, la de Ultramar, establecida por el Concilio de Clermont (1095) con motivo de la Primera Cruzada.
En un principio estaba reservada a los peregrinos de Tierra Santa y a los cruzados, pero el Concilio acababa de hacerla extensiva a quienes colaboraran materialmente con la Cruzada. Por tanto, una indulgencia plenaria sin riesgo físico ni coste económico, con la sola condición de acudir a la Porciúncula sinceramente arrepentidos, era algo inconcebible; de ahí que el papa respondiera: “Mucho pides, Francisco. La Iglesia no suele conceder tales indulgencias”. A lo que él replicó: “lo que pido no viene de mí, es el Señor quien me envía”. Entonces el pontífice exclamó, por tres veces: “¡Me place que la tengas!”. Pero los cardenales, temiendo el golpe que tal indulgencia podía suponer para la Quinta Cruzada que se estaba organizando, hicieron notar enseguida al pontífice que tal concesión echaba por tierra la de Ultramar, mas él argumentó: “Se la hemos concedido y no podemos echarnos atrás, pero la limitaremos a un solo día natural”, y así se lo comunicó a San Francisco, quien, por respuesta, hizo una reverencia y se dispuso a marcharse, pero el Papa lo detuvo, diciéndole: “¡Simple! ¿A dónde vas sin documento alguno?”. “Me basta vuestra palabra -replicó él, alérgico como era a los privilegios-. Si es de Dios, ya se encargará de manifestarla. No quiero documentos. Que la Virgen sea el papel, Cristo el notario y los ángeles, testigos”.
.jpg)
Logrado su objetivo, Francisco regresó, contento, a Asís. Al llegar a Collestrada se detuvo a descansar y a orar junto a la leprosería. Poco después llamó al Hermano Maseo y le dijo: “De parte de Dios te digo que la indulgencia concedida por el papa ha sido confirmada en el cielo”.Los biógrafos más antiguos no mencionan expresamente esta importante concesión pontificia, pero cuentan que un hermano muy espiritual, a quien San Francisco quería mucho (probablemente fray Silvestre), antes de su conversión, soñó que en torno a la ermita de la Porciúncula había una multitud de personas ciegas, de rodillas, con el rostro y las manos levantadas al cielo y pidiendo a Dios, con lágrimas, luz y misericordia. Y, de repente, un gran resplandor del cielo los envolvió y les devolvió la vista. La referencia explícita más antigua y autorizada sería una carta de San Buenaventura, ministro general entre 1257 y 1273, hoy desaparecida, inventariada en 1375 en la biblioteca papal de Aviñón bajo el título: “De indulgentia Beatae Mariae Portuensi (léase Portiunculae) Assisii”. Pero los testimonios más importantes fueron los recogidos por fray Ángel de Perugia, ministro de la provincia umbra de San Francisco (1276-7), que sirvieron de base para el Diploma del obispo Teobaldo de Asís (1310), que es el relato más completo y autorizado. Entre los testigos estaba Pedro de Zalfano, presente el 2 de agosto de 1216 en la Porciúncula, donde “oyó predicar a San Francisco en presencia de siete obispos, y llevaba un papel en la mano, y dijo: Os quiero llevar a todos al paraíso, y os anuncio una indulgencia que tengo de boca del sumo pontífice.
Y todos los que vengan hoy, y los que vendrán cada año, este mismo día, con corazón bueno y contrito, tendrán la indulgencia de todos sus pecados. Yo la quería para ocho días, pero sólo pude conseguir uno”. Aunque Pedro de Zalfano hace coincidir la proclamación con “la consagración”, según una nota del Sacro Convento de Asís, de la primera mitad del siglo XIII, y el testimonio de Giacomo Coppoli, que se lo oyó decir a fray León, lo que se celebraba ese día era el primer aniversario de la consagración. La concesión, por voluntad de San Francisco, nunca estuvo avalada por ninguna bula, de ahí que, años más tarde, algunos dudaran de la misma, y fue por ese motivo por el que frailes y fieles de Asís se vieron obligados a recoger testimonios jurados de los pocos testigos directos e indirectos que aún vivían. Sin embargo, ningún papa se manifestó nunca contrario, más bien la confirmaron y, poco a poco, la fueron haciendo extensiva a otras muchas iglesias. Además, la ignorancia sobre el tema unos siglos después llevó a creer que la Indulgencia se podía obtener en la Porciúncula todos los días del año, y también esto fue aceptado por diversos pontífices, no sólo para Santa María, sino también para la Basílica de San Francisco. En cierto modo se han cumplido las palabras del Santo, cuando dijo: “Si es obra de Dios, ya se encargará él de manifestarla” (Ramón de la Campa Carmona,
Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
Si quieres,
por Amor al Arte, déjame
ExplicArte Sevilla, déjame
ExplicArte el desaparecido Convento de Regina Angelorum, de los Dominicos, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en
Contacto, y a disfrutar de la ciudad.