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jueves, 30 de abril de 2026

Un paseo por la plaza Ministro Indalecio Prieto

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la plaza Ministro Indalecio Prieto, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 30 de abril, es el aniversario del nacimiento (30 de abril de 1883) de Indalecio Prieto Tuero, político y gobernante, a quien está dedicada esta vía, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la plaza Ministro Indalecio Prieto, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La plaza Ministro Indalecio Prieto, en el Callejero Sevillano, es una vía que se encuentra en el Barrio del Arenal, del Casco Antiguo, entre las calles Tomás de Ibarra, Adolfo Rodríguez Jurado, y Santander.
     La plaza responde a un tipo de espacio urbano más abierto, menos lineal, excepción hecha de jardines y parques. La tipología de las plazas, sólo las del casco histórico, es mucho más rica que la de los espacios lineales; baste indicar que su morfología se encuentra fuertemente condicionada, bien por su génesis, bien por su funcionalidad, cuando no por ambas simultáneamente. Con todo, hay elocuentes ejemplos que ponen de manifiesto que, a veces, la consideración de calle o plaza no es sino un convencionalismo, o una intuición popular, relacionada con las funciones de centralidad y relación que ese espacio posee para el vecindario, que dignifica así una calle elevándola a la categoría de la plaza, siendo considerada genéricamente el ensanche del viario. Hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     El primer nombre relacionado con esta plaza es el de Vitoria, que aparece en un documento de 1345, probablemente apellido de algún vecino; documentos y autores posteriores la denominan, por error, Victoria. Desde la última década del  s. XV, a veces junto con Almirantazgo, se conoce como Cuernos, y desde 1700 aparece como Aceite, por la cantidad de almacenes de este articulo existentes en ella y la vecindad del mercado del mismo, hasta que en 1868 se le cambia por Aduana. Hasta esta fecha, su último tramo se había denominado plaza de la Casa de la Moneda y de la Aduana, por los dos edificios ubicados en ella, pero en dicho año la plaza y la calle quedaron unificadas bajo la denominación de Aduana, si bien algunos callejeros de dicho siglo incluyen ya la Aduana en la calle del Aceite, y después de la unificación algunos planos la siguen rotulando plaza de la Aduana. Finalmente, en 1918 se le dio el nombre actual, de la calle de la que se ha desmembrado, en memoria de Tomás de Ybarra González (1847-1916), hijo del primer conde de Ybarra, jefe provincial del Partido Liberal Conservador, diputado y senador, a cuyas expensas se restauraron algunas puertas de la Catedral. Durante los años de la II República se le devolvió el nombre de Aduana. En algunos textos se dice que también se llamó Conquista.
     Es un ensanche considerable a modo de plaza. Este diseño aparece en los primeros planos conservados (Olavid, 1771) y responde al hecho de que a la altura de la citada fachada iba la muralla de la ciudad, y mientras en el resto de la calle se fueron adosando casas a la misma, no ocurrió allí o fueron demolidas al ubicarse la Aduana en 1587. En cuanto a sus dotaciones, se adoquina en 1868, y sobre este pavimento se echó el riego asfáltico en los años sesenta-setenta. Las aceras son bastante estrechas. En 1926 se aprueba la sustitución del gas por la electricidad en el alumbrado público, que en la actualidad se apoya en brazos de fundición adosados a la pared. En su parte final estuvo la Aduana y el Almacén del Azogue del Rey, en varias naves de las antiguas Atarazanas, que a comienzos de la década de 1940, al trasladarse la Aduana, se demolieron y se construyó la Delegación Provincial de Hacienda (1942), obra de Miguel Durán Salgado. El ensanche delantero de Hacienda está convertido en aparcamiento. [Antonio Collantes de Terán Sánchez, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Conozcamos mejor la Biografía de Indalecio Prieto, personaje homenajeado en esta vía del callejero
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     Indalecio Prieto Tuero. (Oviedo, Asturias, 30 de abril de 1883 – Ciudad de México, México, 12 de febrero de 1962). Político socialista, gobernante y periodista.
     Aunque nació en Oviedo, Indalecio Prieto llegó a Bilbao antes de cumplir los ocho años, con su madre viuda y un hermano menor, por lo que su trayectoria vital no se comprende sin la ciudad vasca en la que creció y se formó como persona, como periodista y como líder político. La familia, empobrecida súbitamente en 1888 tras la muerte del padre, Andrés Prieto, se trasladó en 1891 a la capital vizcaína, donde vivió modestísimamente en el barrio obrero de las Cortes. Indalecio fue a clase en una escuela protestante, al parecer la única existente en la ciudad, y aprendió el oficio de taquígrafo con Miguel Coloma, gracias a una beca sufragada por la Diputación provincial.
     El tipógrafo socialista Rufino Laiseca le animó a solicitar empleo en La Voz de Vizcaya y así entró en contacto con el mundo del periodismo. El Liberal de Bilbao, diario fundado en 1901 por Miguel Moya, fue su “universidad política y periodística”. Empezó con 18 años a trabajar como taquígrafo y terminó siendo director gerente y propietario, pues el empresario Horacio Echevarrieta le vendió la cabecera en 1932. En la profesión periodística hizo de todo: vocear periódicos por la calle, escribir crónicas parlamentarias, crítica taurina y teatral, editoriales políticos y corresponsal de guerra en Marruecos.
     En el Bilbao de la revolución industrial, cuna del socialismo español, se produjo también su bautismo político. En cuanto cumplió la edad reglamentaria, dieciséis años, se afilió al Partido Socialista más “por sentimiento” que por “convicción teórica”. En 1904 fundó las Juventudes Socialistas con su amigo Tomás Meabe. Desde 1911 fue diputado provincial y, a partir de 1915, teniente de alcalde y concejal en el Ayuntamiento. Dio entonces la batalla interna a Facundo Perezagua, el hombre que había dirigido el socialismo vizcaíno desde sus orígenes y, a partir de 1915, sus tesis moderadas, afines al entendimiento con otras fuerzas democráticas, y especialmente con los republicanos, se impusieron en la organización. El suyo fue un socialismo reformista y humanitario, impregnado de la tradición liberal de su ciudad de adopción. Como dijo en una conferencia en la sociedad El Sitio en 1921, en la que citó extensamente al socialista francés Jean Jaurès y se declaró “socialista a fuer de liberal”, la libertad individual era “la base esencial del socialismo”.
     En 1916 abandonó la actividad política y se trasladó a Madrid con su familia: su esposa, Dolores Cerezo, con la que contrajo matrimonio civil en 1904 y que falleció en 1922, sus hijos Luis, Blanca y Concha, y su madre, Constancia Tuero, de la que se hizo cargo hasta su muerte en 1929. En Madrid, al tiempo que mantenía su colaboración con El Liberal, comenzó a trabajar como gerente de la Compañía Ibérica de Telecomunicación, fundada por varios empresarios amigos vascos y madrileños para explotar en España las patentes sobre telegrafía y comunicaciones inalámbricas del inventor Lee de Forest. En abril de 1917 incluso viajó a Nueva York para negociar la licencia de explotación de esas patentes en España. Mes y medio después, la Ibérica comenzó la construcción de una estación radiotelegráfica para el Ministerio de Marina y de otras instalaciones en la costa.
     Una llamada de Pablo Iglesias en julio de 1917 puso fin a la aventura empresarial de Prieto. El PSOE preparaba una huelga general para el mes de agosto y “el abuelo” le quería de vuelta en Bilbao al frente del movimiento revolucionario. Prieto aceptó “sin chistar”. Fracasada la huelga, el gobernador militar de Vizcaya pidió su captura vivo o muerto y le responsabilizó de todos los actos de violencia ocurridos durante las jornadas de lucha. También del descarrilamiento de un tren que dejó cinco muertos. Tuvo que ponerse a salvo al otro lado de la frontera. Desde Hendaya viajó a París, donde vivió el primero de sus cuatro exilios políticos (1917, 1930, 1934 y 1938) y sufrió en sus propias carnes los bombardeos aéreos alemanes de la Primera Guerra Mundial.
     En febrero de 1918 fue elegido por primera vez diputado a Cortes por Bilbao, elección que se repetiría de forma ininterrumpida hasta en siete ocasiones. La última, en 1936. Regresó a España, pasó por el Tribunal Supremo para aclarar su situación judicial, tomó posesión del escaño y el 17 de abril habló por primera vez en el Congreso de los Diputados, donde se reveló como notable orador y formidable polemista. Comentando esta primera intervención suya en el hemiciclo, Tomás Borrás escribió en La Tribuna: “Es en el debate como un descamisado, contundente, sincero y mordaz”.
     Entre 1921 y 1923, Prieto adquirió gran protagonismo en la política nacional por su exigencia de responsabilidades por el desastre colonial en Marruecos y por su denuncia constante del grado de corrupción al que había llegado el sistema de la Restauración. Su campaña apuntaba en última instancia al rey Alfonso XIII y solo se detuvo por la censura que se impuso tras el golpe de Estado del general Primo de Rivera.
     Su actitud ante la dictadura contribuyó a aumentar su prestigio ante la opinión democrática del país, pues mientras la dirección del PSOE (Besteiro y Largo Caballero) optó por contemporizar con los militares que habían cerrado las Cortes y disuelto por decreto los ayuntamientos, Prieto y Fernando de los Ríos encabezaron una corriente minoritaria que propugnaba un “apartamiento higiénico y saludable” respecto de quienes ocupaban el poder: “No producir insensatamente estorbos cuyo surgimiento justifique represiones y sirva, además, de explicación a la esterilidad de la función gubernativa; pero tampoco avenirse, a pretexto de mantener posiciones conquistadas, al desempeño de puestos de colaboración en organismo oficiales, cualquiera que sea su carácter”. Cuando en octubre de 1924 Largo Caballero ingresó en el Consejo de Estado, Prieto presentó su dimisión como vocal de la ejecutiva en señal de protesta.
     En la coyuntura de transición que se produjo entre el final de la dictadura en enero de 1930 y la caída de la monarquía en abril de 1931, Prieto se convirtió en la punta de lanza del proceso revolucionario en favor de la República con su famoso dilema de “con el rey o contra el rey”, que pronunció por primera vez en Irún en el recibimiento a Unamuno a su vuelta del exilio y que obligó a posicionarse a todas las fuerzas políticas. También a los socialistas, que en agosto de 1930 aún no habían decidido su adhesión al movimiento republicano. Por eso, la presencia de Prieto en el Pacto de San Sebastián, celebrado el 17 de agosto, fue a título personal y disgustó a la dirección de su partido. La esencia de dicho pacto consistió en el acuerdo alcanzado entre los líderes republicanos españoles y los catalanistas de centro-izquierda para que, en contrapartida al apoyo de estos últimos al cambio de régimen en España, la República otorgase la autonomía a Cataluña. La posibilidad de que la solución autonómica se aplicase también al País Vasco fue aceptada por Prieto con la condición de que fuese dentro del espíritu liberal y democrático de la República española. El Estatuto vasco, como dijo en 1931, debía ser “obra de concordia” y transigencia. El acuerdo con el PNV de Aguirre no fue posible hasta 1936, pero entonces Prieto fue uno de los artífices del Estatuto de autonomía que aprobaron las Cortes en el mes de octubre y jugó un papel clave en la constitución del primer Gobierno vasco de la historia.
     Como diputado por Vizcaya-capital en las tres legislaturas de la Segunda República, además de ministro de Hacienda y Obras Públicas en los gobiernos del primer bienio, Indalecio Prieto fue, con Manuel Azaña, el político más representativo del nuevo régimen republicano. En dos ocasiones recibió del presidente de la República, Alcalá-Zamora en junio de 1933 y el propio Azaña en mayo de 1936, el encargo de formar y presidir el Gobierno, pero en ambas fue incapaz de salvar los obstáculos impuestos por su propio partido.
     Como ministro de Hacienda, cargo que desempeñó durante ocho meses como una “penosa carga”, sorteó con éxito la triple crisis (cambiaria, bursátil y bancaria) del verano de 1931 y aprobó la Ley de Ordenación bancaria que tenía como objetivo reforzar la posición pública en el Banco de España, dominado entonces por intereses privados. Prieto dio con ello un primer paso, ciertamente moderado, hacia la nacionalización del banco emisor que se produciría en 1962.  
     En Obras Públicas su gestión brilló desde el primer momento. Desde el Centro de Estudios Hidrográficos, al frente del cual nombró al ingeniero Manuel Lorenzo Pardo, puso en marcha un sinfín de proyectos hidráulicos, como el de las vegas alta y baja del Guadiana (después llamado Plan Badajoz), el del valle inferior del Guadalquivir o el de la región levantina. Juan Velarde, después de estudiar todos estos planes en profundidad, concluye que “otra hubiera sido, probablemente, toda la historia española, si se hubiese nombrado desde el primer Gobierno Azaña a Indalecio Prieto ministro de la Reforma Agraria con poderes adecuados”. De hecho, la Ley de Obras de Puesta de Riego, de 13 abril de 1932, fue conocida también como “la Reforma Agraria de Prieto”. Otra línea de actuación prioritaria del ministro fue la relativa a los accesos a tres capitales, Madrid, Barcelona y Bilbao. Los trabajos más importantes en este sentido se llevaron a cabo en la capital de España, donde Prieto, asesorado por el arquitecto Secundino Zuazo, ejecutó un plan con dos ejes principales: la prolongación de la Castellana y la creación de los Nuevos Ministerios, y la solución del sistema de enlaces ferroviarios con un eje central subterráneo que desde la estación de Atocha atravesaba Madrid de sur a norte. En reconocimiento a su labor, el alcalde Pedro Rico le impuso en julio de 1936 la medalla de oro de la capital. Las obras ferroviarias de Bilbao y Barcelona, en las que fue de la mano de Ricardo Bastida y José Cabestany, no pasaron de la fase de estudio. Otros proyectos que llevó a cabo en esta etapa fueron las obras de dragado del puerto de Mahón (Menorca), la ampliación y mejora de los de Bermeo y Ondárroa (Vizcaya) y la urbanización de la playa de San Juan en Alicante.
     Desde el punto de vista político, Prieto fue el portavoz de la minoría socialista en las Cortes republicanas y su representante más significado durante el primer bienio. El compromiso del PSOE con el proyecto democrático que representaba la República se mantuvo hasta que, en el verano de 1933 y de forma bastante repentina, Largo Caballero y una parte mayoritaria del partido lo dieron por finiquitado. Prieto pensaba todavía que “el régimen republicano, aun con su matiz burgués, suponía un avance colosal en el orden político y social”, pero su posición quedó en minoría tras la salida de los socialistas del gobierno y la victoria de las derechas en las elecciones de noviembre de 1933.
     Decidido el recurso a la vía insurreccional para la toma del poder, Prieto se sumó a la revolución que los socialistas desencadenaron en octubre de 1934, tras la entrada de tres ministros de la CEDA en el Gobierno de Lerroux. El fracaso del movimiento, que años después llegó a calificar de error político, le llevó de nuevo al exilio en Francia y Bélgica, donde se volcó en reconstruir la alianza electoral del PSOE con los republicanos de Azaña, pues achacaba la derrota de las izquierdas en las elecciones de 1933 a la ruptura de esa coalición. Así lo expuso en un artículo, publicado en El Liberal el 14 de abril de 1935, que tuvo gran repercusión y por el que fue duramente atacado por el ala izquierda y las juventudes de su propio partido. No obstante, en diciembre de 1935 entró clandestinamente en España y consiguió imponer sus tesis en el Comité Nacional que acordó reeditar la coalición electoral con los republicanos de izquierda, junto con otros partidos obreros.
     Desde mayo de 1935, Prieto atisbó “negros nubarrones” sobre el horizonte político español. Dos eran las razones para este pesimismo: la extensión de la violencia política y el extremismo que estaba ganando a las masas obreras y desbordando a los líderes de izquierda. Un mes después, estimaba evidente, “porque las señales son harto claras en la designación de mandos militares y en otras medidas, que las cosas se preparan para un golpe de Estado”. Un golpe que estallaría en “el instante en que pudiera adivinarse un inmediato cambio de rumbo en la política”. Prieto hizo este pronóstico un año antes de la sublevación militar del 18 de julio y advirtió a sus inspiradores de la insensatez de sus propósitos. “Si creen que se va a repetir la mansedumbre del 13 de septiembre de 1923 (en alusión al golpe de Primo de Rivera durante la monarquía), se equivocan de medio a medio. Lo que harán será desencadenar sobre España una tormenta verdaderamente espantosa”.
     Azaña y Prieto, con la complicidad de Felipe Sánchez Román, pusieron las bases del Frente Popular que ganó las elecciones de febrero de 1936. Juntos maniobraron después para apartar a Alcalá-Zamora de la Presidencia de la República y elevar a Azaña a la jefatura del Estado. Desde allí, Azaña encargó a Prieto la formación de gobierno, pero éste declinó el ofrecimiento al no contar con el apoyo de su partido, decidido a no colaborar de nuevo con los republicanos en la gobernación del país. Se perdió así la ocasión de un gobierno de Prieto que, tras el discurso que pronunció en Cuenca el Primero de Mayo, era para muchos de sus contemporáneos, tanto de izquierda como de derecha, el hombre del momento y quizá el único político capaz de evitar un enfrentamiento entre españoles.
     Desde el inicio de la guerra civil, Prieto desplegó una actividad arrolladora con el objetivo de reforzar la autoridad del Estado republicano y contener la revolución social desencadenada por la sublevación militar. Aunque era solo diputado, pues no tuvo otro cargo oficial hasta que fue nombrado ministro de Marina y Aire en el Gobierno de Largo Caballero constituido el 4 de septiembre, se convirtió, en palabras del socialista italiano Pietro Nenni, en “el animador, el coordinador de la acción gubernativa”, atendiendo las demandas de todos los frentes y preparando a la población para una guerra larga desde las columnas de la prensa y las ondas radiofónicas. El 8 de agosto, pronunció por radio una arenga memorable en la que pidió a los combatientes “pechos duros, de acero, para el combate”, pero al mismo tiempo “corazones sensibles, capaces de contraerse ante el dolor humano y que sean albergue de la piedad” con el vencido. Hacía así el primer llamamiento de un líder político a no imitar en la retaguardia republicana los métodos de terror que los franquistas iban extendiendo en las zonas bajo su control para reprimir a sus enemigos políticos.
     Al acceder Juan Negrín a la presidencia del Gobierno por decisión de Azaña en mayo de 1937, Prieto se hizo cargo de la cartera de Defensa Nacional, pasando a ser el máximo responsable político del esfuerzo bélico de la República. En este tiempo, le tocó presidir el hundimiento de todo el frente del Norte, desde Bilbao hasta Asturias. No obstante el durísimo golpe moral que esto supuso, procedió a una profunda reforma del Ejército popular, orientada a reforzar la autoridad de los militares de carrera frente a los comisarios políticos, muchos de ellos comunistas, lo que le valió muy pronto la enemistad de este partido y de los influyentes asesores rusos. El ministro puso al entonces teniente coronel Vicente Rojo al frente del Estado Mayor y, junto a él, lanzó en 1937 tres operaciones ofensivas: Brunete (julio), Belchite (agosto) y Teruel (diciembre). Esta última ciudad aragonesa sería tomada el 8 de enero de 1938, convirtiéndose en la única capital de provincia que los republicanos lograron recuperar.
     El 5 de abril de 1938 el tándem Negrín-Prieto se partió por el eje. Prieto, acusado de derrotista por la prensa comunista, salió del Gobierno y Negrín se hizo cargo personalmente de la cartera de Defensa. Para entonces, sus visiones sobre el devenir de la guerra eran antagónicas: Negrín estaba decidido a continuar la lucha a toda costa (su lema sería “resistir es vencer”) y Prieto estaba ya convencido de que, sin el auxilio de las potencias democráticas, la República estaba perdida. Ante la inminente llegada de las tropas franquistas al Mediterráneo (que finalmente se produjo en Vinaroz, Castellón, el 15 de abril, partiendo en dos el territorio republicano), Prieto propuso que el Gobierno se trasladara a la zona centro. Negrín consideró más conveniente permanecer en Barcelona, cerca de la frontera por la que entraban los suministros soviéticos.
     Tras su salida del Gobierno, a finales de 1938, Prieto emprendió un viaje a Sudamérica con la misión oficial de representar a la República en la toma de posesión del presidente de Chile, Pedro Aguirre Cerdá, y con el encargo oficioso de la dirección del PSOE de preparar la evacuación de refugiados españoles a México. En diciembre había recibido la invitación personal del presidente Lázaro Cárdenas para trasladarse a la capital azteca, a la que llegó el 18 de febrero de 1939. De este modo, Prieto se convirtió en la primera personalidad política de la España republicana en instalarse de manera definitiva en México, circunstancia que unida a su amistad y sintonía ideológica con el presidente Cárdenas iba a ser determinante para la suerte de los exiliados.
     El 24 de marzo de 1939 se produjo la llegada del yate Vita al puerto mexicano de Veracruz con bienes procedentes de la Caja de Reparaciones del Gobierno republicano. Cárdenas confió su contenido a Prieto, aunque el destinatario era el doctor José Puche, enviado a México por Negrín (sin avisar a Prieto) para recibir el cargamento. Esta prueba de desconfianza hacia su persona, unida a los reproches mutuos que ambos se intercambiaron por carta durante los meses siguientes, motivó la ruptura definitiva entre los dos políticos socialistas, y la creación a la postre de dos organizaciones de auxilio a los refugiados enfrentadas: el Servicio de Evacuación de los Refugiados Españoles (SERE), en torno a Negrín, y la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE), auspiciada por Prieto, con representantes de los partidos republicanos, socialista, la UGT, la CNT y la Esquerra catalana.
     A finales de julio de 1939, Prieto reunió en París a la Diputación Permanente de las Cortes republicanas con el objeto de poner fin a la existencia del Gobierno que presidía Negrín. Por catorce votos a favor y cinco en contra, el Ejecutivo fue declarado disuelto. A pesar de que la decisión era constitucionalmente discutible, a partir de ese momento Indalecio Prieto se convirtió en el dirigente principal del exilio republicano. Entre 1939 y 1950, año en que dejó la presidencia del PSOE, y aun hasta su muerte en 1962, la recuperación de la libertad en España fue el objetivo central de su política. Casi desde el término mismo de la guerra, Prieto, sin abdicar de su lealtad republicana, fue consciente de que el restablecimiento de la democracia en España requería de una política de reconciliación nacional, y de que el logro de este objetivo exigía a su vez altas dosis de posibilismo y flexibilidad respecto a cuál había de ser la naturaleza –monárquica o republicana– del futuro régimen español, algo que habría de resolverse mediante un plebiscito tras la victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial y la desaparición de Franco.
     El 13 de febrero de 1945, nada más terminar la conferencia de Yalta, en la que Churchill, Roosevelt y Stalin se comprometieron a ayudar, no sólo “a los pueblos liberados del dominio de Alemania”, sino también “a los antiguos satélites del Eje a fin de que resuelvan por medios democráticos sus urgentes problemas políticos y económicos”, Prieto escribió a Fernando de los Ríos para advertirle de que en la conferencia de San Francisco, prevista para el mes de abril, iba “a ventilarse el porvenir político de España”. La carta fundacional de las Naciones Unidas condenó a los regímenes que habían recibido ayuda militar del Eje y, en consecuencia, dejó a la España franquista al margen de la ONU. Este triunfo, unido a la derrota definitiva de los fascismos en Europa, creó un ambiente de esperanza y optimismo entre los exiliados.
     En febrero de 1947, convencido de que la única posibilidad de sacar a Franco del poder pasaba por una restauración monárquica apoyada por una parte del ejército en el interior y por las potencias anglosajonas en el exterior, Prieto escribió un artículo titulado “O Plebiscito o monarquía”, con el que trataba de convencer a los republicanos de la necesidad de un pacto con otras fuerzas opositoras. En julio, se trasladó a Francia para imponer en el PSOE su plan de transición con plebiscito, y retomar personalmente los contactos con los monárquicos. El 28 de septiembre, gracias a las gestiones de Araquistain en el Foreign Office, se entrevistó con Bevin, quien le expresó la “gran simpatía” con que Gran Bretaña vería un acuerdo entre republicanos y monárquicos antifranquistas como paso previo para la formación de un gobierno provisional en España. El hombre clave en esta especie de “tercera vía” impulsada por Londres era José María Gil Robles, que se entrevistó con Prieto el 15 de octubre.
     Prieto regresó precipitadamente a México a finales de año por la enfermedad terminal de su hijo Luis, pero en marzo de 1948 volvió a Europa decidido a lograr que el III Congreso del PSOE en el exilio avalara sus tratos con los monárquicos y a dar a éstos un ultimátum: o cerraban ya el acuerdo o él se volvía a México dando por rotas las negociaciones. Entre el 7 y el 10 de mayo asistió en La Haya al primer Congreso de Europa, que reunió a 800 personalidades de 19 países en favor de una Europa unida, libre y democrática. El acuerdo entre monárquicos y socialistas españoles aún tardó unos meses, pero finalmente el Pacto de San Juan de Luz se firmó el 3 de septiembre de 1948. La declaración suscrita decía en su punto octavo: “Previa devolución de las libertades ciudadanas, que se efectuará con el ritmo más rápido que las circunstancias permitan, consultar a la Nación a fin de establecer, bien en forma directa o a través de representantes, pero en cualquier caso mediante voto secreto al que tendrán derecho todos los españoles, de ambos sexos, capacitados para emitirlo, un régimen político definitivo. El Gobierno que presida esta consulta deberá ser, por su composición y por la significación de sus miembros, eficaz garantía de imparcialidad”.
     El 4 de noviembre de 1950 la ONU eliminó su recomendación a los países miembros de no mantener a sus embajadores en Madrid. Era, en palabras de Prieto, “la última hoja que estaba por caer en este otoño agitado por vientos de tempestad, la hoja de parra que encubría la impudicia triunfante”. Dos días después, envió a la ejecutiva su carta de dimisión como presidente del Partido Socialista. Su posición política a partir de este momento y hasta el final de sus días quedó reflejada en la propuesta que redactó en octubre de 1951 y que fue aprobada por la asamblea de la Agrupación Socialista Española. Este texto proclamaba roto el Pacto de San Juan de Luz, arremetía contra las instituciones republicanas del exilio y recomendaba al Partido Socialista una “cura de aislamiento”, replegándose dentro de sí mismo (Luis Sala González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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Más sobre el Callejero de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

La plaza Ministro Indalecio Prieto, al detalle:
Monumento al Pali

miércoles, 29 de abril de 2026

El sitio arqueológico El Arenoso, en Dos Hermanas (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el sitio arqueológico El Arenoso, en Dos Hermanas (Sevilla).  
   El yacimiento está en parte destruido a causa de las labores agrícolas. Su presencia se detecta por la abundancia en superficie de materiales cerámicos (sigillatas claras) y elementos constructivos, además se delata por una gran mancha en el terreno, de color negruzco, que destaca claramente de la rojiza de los alrededores. La extensión del yacimiento es de 5000 metros cuadrados. Se trata de un asentamiento rural romano (villae), cuya cronología aunque no se puede precisar con exactitud por los materiales en superficie, iría desde la segunda mitad del s. III d. C. hasta mediados de la centuria siguiente (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
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Más sobre la localidad de Dos Hermanas (Sevilla), en ExplicArte Sevilla.

El Relieve de Santa Catalina de Siena, de Duque Cornejo, en los armarios de la Antesacristía, o paso a la Sacristía Mayor, de la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Relieve de Santa Catalina de Siena, de Duque Cornejo, en los armarios de la Antesacristía, o paso a la Sacristía Mayor, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.   
     Hoy, 29 de abril, Fiesta de Santa Catalina de Siena, virgen y doctora de la Iglesia, que, habiendo ingresado en las Hermanas de la Penitencia de Santo Domingo, deseosa de conocer a Dios en sí misma y a sí misma en Dios, se esforzó en asemejarse a Cristo crucificado. Trabajó también enérgica e incansablemente por la paz, por el retorno del Romano Pontífice a la Urbe y por la unidad de la iglesia, y dejó espléndidos documentos llenos de doctrina espiritual (1380) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy para ExplicArte el Relieve de Santa Catalina de Siena, de Duque Cornejo, en los armarios de la Antesacristía, o paso a la Sacristía Mayor, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
    En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Antesacristía [nº 051 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; Esta capilla, que sirve de tránsito o paso a la Sacristía Mayor, no parece haber tenido nombre específico. En ella existen dos grandes armarios de madera que labró, en 1743, Pedro Duque Cornejo (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
        La Sacristía Mayor está precedida por unos armarios que fueron realizados por Pedro Duque Cornejo en 1743 (Manuel Jesús Roldán, Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).
     Los grandes armarios, situados en el tránsito de la Sacristía Mayor, fueron decorados por Pedro Duque Cornejo y Roldán, en 1743, con relieves sin policromar, tallados en madera. 
     Figuran allí tres escenas bíblicas: Moisés y el éxodo de Egipto, Moisés y Aarón (miden 1,29 x 1,12 mts.) (identificadas por Vi­llar como el Maná y el Milagro de la peña), Adán y Eva en el Paraíso Terrenal y veinte figuras de Santas Mártires, singularizadas o agrupadas por parejas. No todas se pueden identificar, por haber perdido o no ha­ber tenido, sus símbolos parlantes; allí están las Santas Catalina de Alejandría, Inés, Cecilia, Águeda, Lucía, Leocadia, Rosa de Lima, Catalina de Siena y otras (miden 1,16 x 0,65 mts., 1,16 x 0,75 mts., y 1,16 x 0,52 mts.).
     El conjunto es de diversa calidad, sin pormenores; no obstante es de advertir que el artista cuidó más las imágenes femeninas, para no caer en monotonía. Las cuatro primeras muestran dinámica indumentaria y más acertada composición (José Hernández Díaz, Retablos y Esculturas, en La Catedral de Sevilla, Ediciones Guadalquivir, 1991).
     Los Relieves de los Armarios es una obra documentada de 1753, realizada en madera tallada, con unas medidas de 129 x 112 cm las escenas bíblicas, 116 x 65 y 116 x 75 cm las parejas de santas y 116 x 52 cm las santas, en la Antesacristía de la Sacristía Mayor de la Catedral de Sevilla.
     Son los últimos trabajos documentados de Pedro Duque Cornejo para la Catedral de Sevilla, para la cual estuvo trabajando desde 1724 cuando comenzó los trabajos escultóricos de las cajas de los órganos. Se tratan de diferentes relieves tallados en diversas puertas de grandes armarios que se ubican a ambos lados del tránsito de acceso a la sacristía mayor de la Catedral. En estos armarios el cabildo Catedral ha guardado parte de su inmenso ajuar litúrgico, tanto textil como de orfebrería.
     Para dichas puertas Pedro Duque talló veinte figuras de santas mártires y tres escenas bíblicas. Todos los relieves son rectangulares pues se adaptan a los casetones que conforman las puertas de los armarios. Son altorrelieves que se muestran sin policromar.
     Las santas se representan solas o por parejas, todas con marcos laterales de finas guirnaldas de frutas. Diversos historiadores han señalado la diferente calidad del conjunto, intuyendo diferentes manos además de la del maestro. Algunas de las santas no se han podido identificar por haber perdido sus símbolos. Con seguridad están representadas Santa Águeda, Santa Inés, Santa Catalina de Siena, Santa Catalina de Alejandría, Santa Cecilia, Santa Lucía, Santa Leocadia y Santa Rosa de Lima. Las figuras son de correcto dibujo y composiciones más comedidas a lo que nos acostumbra Cornejo, quizás por hallarse algo "encajonadas" por los rectos marcos en que se inscriben. Los rostros son de muy elegante y fina factura, característicos de las figuras femeninas de Cornejo, muy similares entre ellos.
     Mucho más pictóricas son las tres escenas bíblicas, todas ellas pertenecientes al Antiguo Testamento: Moisés haciendo brotar el agua de la peña, La Recogida del maná y Adán y Eva en el Paraíso. En estas sí se advierten composiciones más complicadas y dominio de la perspectiva mediante la utilización gradual del altorrelieve al plano (Álvaro Dávila-Armero del Arenal, José Carlos Pérez Morales, Carlos María López-Fe y Figueroa, y Guillermo Ramírez Torres. Pedro Duque Cornejo, Ed. Darte, Sevilla, 2019).
Conozcamos mejor, la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía, de Santa Catalina de Siena, virgen y doctora de la Iglesia; 
HISTORIA Y LEYENDA
      Santa dominica del siglo XIV cuya biografía ha sido desleída con prolija abundancia por su confesor Raimundo de Capua, y resumida por Tommaso Caffarini: es lo que se denomina Leyenda Mayor y la Leyenda menor.
      Nacida en Siena hacia 1347 (Según Fawtier, la fecha de su nacimiento debería situarse diez años antes, hacia 1337), era la vigésimoquinta hija de un tintorero que se llamaba Jacopo Benincasa.
      A los siete años hizo votos de virginidad. Como su madre quería casarla, se rasuró la cabeza. Recibida en la tercera orden de Santo Domingo a los dieciséis años de edad, a pesar de la oposición familiar, vistió el hábito negro de las terciarias o Hermanas de la Penitencia (Mantellate).
      En el convento llevó una vida ascética que arruinó su frágil salud. Durante cincuenta días sólo se alimentó de hostias. Curó leprosos y cancerosos. Como el olor fétido de las supuraciones de una cancerosa le producía náuseas, se obligó a chupar el pus que drenaba la llaga.
      Para recompensarla de ese valor sobrehumano, Cristo le mostró la herida de su costado, al igual que una madre presenta el pecho a su recién nacido, y le permitió apoyar los labios en ella, luego la desposó místicamente poniéndole un anillo en el dedo.
      La seráfica virgen profesaba una devoción particular a Sana Inés de Montepulciano. Cuando Catalina visitó la tumba de Santa Inés, en peregrinación, y se inclinaba ante el cuerpo de la Santa para besarle el pie, ésta la levantó hasta la altura de sus labios.
      Se la glorificaba por haber contribuido a traer al papa Gregorio XI a Roma, desde Aviñón. En ocasión del gran cisma de Occidente, tomó partido por Urbano VI.
      Aspiraba a la corona del martirio. Ese consuelo se le negó. Murió en Roma en 1380. Su cuerpo reposa bajo el altar mayor de la iglesia dominica de Santa María sopra Minerva, cerca de Fra Angélico. Pero su cabeza fue reclamada por Siena, su ciudad natal.
      La mayor parte de los rasgos de su leyenda son de origen dudoso. Es cierto que la historia de su Estigmatización fue inventada por los dominicos para competir con San Francisco de Asís. Además, los franciscanos que creían reservar a su patrón el monopolio de este milagro, se empeñaron en discutir la autenticidad de los estigmas de la terciaria dominica.
      Los franciscanos insistían acerca de las "conformidades" de San Francisco de Asís con Cristo. Los dominicos hicieron otro tanto en favor de Santa Catalina de Siena. Es por ello que pretenden que murió a los treinta y tres años, la presunta edad de Jesús en el momento de su Crucifixión. Y hasta le otorgaron el título de esposa de Cristo: "sponsa Christi".
      De ahí nació la leyenda de su Matrimonio místico con Cristo, que es una copia de la leyenda de su homónima, Santa Catalina de Alejandría.
CULTO
      Catalina fue canonizada en 1461 por su compatriota, el humanista de Siena Eneas Sylvius Piccolomini, elegigo papa con el nombre de Pío II.
      En Siena se la llamaba La Santa, a secas, de la misma manera que San Antonio, en Padua, era Il Santo.
      Demasiado tardía como para reivindicar los patronazgos de las corporaciones, ya provistos, su culto se habría mantenido en Siena, local, como el de los Santos Ansano y Galgano, si no lo hubiese difundido la orden de Santo Domingo y el papado.
ICONOGRAFÍA
      No existe retrato auténtico de Santa Catalina de Siena.
      El fresco atribuido a Andrea Vanni en la iglesia de S. Domenico in Camporeggi, al igual que el busto relicario (Sacra Testa) falsamente atribuido a Jacopo della Quercia, que posee la Biblioteca comunal de Siena, son ciertamente obras posteriores a su muerte. La pintura data aproximadamente de 1390 y la cabeza relicario de cobre repujado es del siglo XV.
      Por lo tanto, su iconografía es convencional.
      Vestida con una túnica blanca y el manto negro de las dominicas, lleva en la mano el lirio simbólico de las vírgenes o un crucifijo.
      A veces tiene como atributo un corazón, porque Jesús le habría dado su corazón a cambio del suyo. Tiene la frente ceñida por una corona de espinas, porque cuando Cristo, la invitó a elegir entre una corona de oro y otra de espinas, optó por la segunda. Por último, a la manera de San Francisco, se caracteriza por sus estigmas, de los cuales, a veces, brotan lirios  (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Duque Cornejo, autor de la obra reseñada;
     Pedro Duque Cornejo, (Sevilla, 14 de agosto de 1678 – Córdoba, 1757). Escultor y arquitecto.
     Perteneciente a una de las estirpes de artistas más importantes del barroco andaluz, Duque Cornejo, representa el máximo exponente y culmen de las escuelas sevillana y granadina en la escultura barroca.
     Además de escultor de tallas, trabajará como arquitecto de retablos, fundamentalmente realizando el diseño o traza, y también conociéndose obras suyas en pintura y grabado. Se le considera el imaginero y entallador más destacado del siglo XVIII en Andalucía.
     En su figura confluyen factores importantes, como es una rica formación en varias disciplinas artísticas, que le permiten no dedicarse exclusivamente a la talla; y la culminación de la idea de artista que ejerce las tres artes, que está presente en la tradición andaluza desde la figura singular de Alonso Cano. Conocedor de su propia valía, siempre tuvo un alto concepto de sí mismo, e intentó por ello la consecución del título de escultor de cámara del rey, que no logró nunca, aunque sí obtuvo el de escultor de la reina, así como privilegio de hidalguía, concedido por la Real Chancillería de Granada en 1751. Dejó muestra de su trabajo por gran parte de Andalucía, fundamentalmente Sevilla, Granada y Córdoba, y también trabajó en Madrid. Sus esculturas se van a caracterizar por las poses afectadas y el impulso barroco conseguido con las grandes ondulaciones de las telas, en sus retablos va a ser constante la aparición del estípite, como elemento definitorio de las arquitecturas.
     Sus padres fueron el escultor de origen granadino José Felipe Duque Cornejo y Francisca Roldán Villavicencio, pintora de oficio e hija a su vez del escultor Pedro Roldán. Pedro Duque Cornejo se formará en el entorno del taller familiar de su abuelo, al que hay que considerar su maestro, ya que su padre fue un escultor mediocre. El taller de Pedro Roldán era el más activo de la Sevilla del último cuarto del siglo XVII, y estaba nutrido por toda la saga familiar dedicada a oficios artísticos, como su tía Luisa Roldán, la Roldana. En este ambiente aprendería todo lo concerniente a la escultura y a la pintura y policromía de las imágenes. Su dedicación a la arquitectura vendrá algo más tardía, por el trabajo conjunto con dos arquitectos importantes, Jerónimo Balbás en Sevilla y Francisco Hurtado Izquierdo en Granada, figuras importantes para entender la obra retablística de Duque Cornejo.
     Sus primeras obras se fechan en torno a 1702, dedicándose en estos primeros momentos a la escultura de tallas y a los grabados. Empieza a granjearse cierta fama en Sevilla, lo que hace que se le encarguen las esculturas del retablo mayor de la iglesia del Sagrario de Sevilla (desaparecido en el siglo XIX), la parte arquitectónica corrió a cargo de Jerónimo Balbás, insistiendo el cabildo catedralicio en la participación de Duque Cornejo, esta empresa ocupó al escultor entre 1706 y 1709.
     En 1709 contrae matrimonio en Sevilla con Isabel de Arteaga, con la que tendrá un total de siete hijos, algunos de ellos dedicados a la pintura y escultura, van a destacar Enrique, José y María, que trabajarán como ayudantes en el taller paterno.
     Este trabajo junto a Balbás le anima a emprender su carrera como arquitecto y en 1711 contrata su primera obra como maestro arquitecto y escultor, el también desaparecido retablo de la iglesia parroquial de San Lorenzo de Sevilla; en sus retablos va a hacer gala de un barroquismo exaltado. Durante este período no deja de realizar también encargos propiamente escultóricos.
     En 1714 está documentado su traslado a Granada, ciudad en la que permanecerá hasta 1719. Su principal encargo es para la iglesia de la Virgen de las Angustias, donde va a realizar la transformación de la imagen titular y añade en la nave de la iglesia esculturas monumentales de tamaño superior al natural.
     También se le encarga la realización del retablo de la Virgen de la Antigua en la catedral granadina, donde se va a ocupar del diseño y ejecución de la arquitectura y escultura. Su diseño es deudor de Hurtado Izquierdo.
     De vuelta en Sevilla, recibe el encargo de dos retablos para la cartuja de Santa María de las Cuevas, primer contacto con la Orden cartuja, que le proporcionará otros dos encargos importantes: la realización de las esculturas para la cartuja de Granada y para la de El Paular en Madrid. Las esculturas de Granada las realizará en su segunda estancia en la ciudad entre 1723 y 1728, trabajando junto con los mejores escultores granadinos del momento. Mientras realiza el encargo granadino, recibe el de Madrid, donde viajará en 1725, alternando los dos proyectos. En ambos, la arquitectura corre a cargo de Hurtado Izquierdo. Las esculturas para las cartujas de Granada y El Paular son consideradas el mejor exponente de la escultura de Duque Cornejo.
     En estos años alternará su estancia en Granada y Madrid, con estancias también en Sevilla, donde realizará encargos importantes en la catedral.
     Durante la permanencia de la Corte de Felipe V en Sevilla, el llamado “Lustro Real”, entre 1729 y 1733, Duque Cornejo intenta entrar en la órbita de los artistas cortesanos, consiguiendo el nombramiento de escultor de la reina Isabel de Farnesio, gran aficionada a las Bellas Artes. La intención del artista es conseguir el nombramiento de escultor de cámara, que no logrará.
     En 1731 recibe su encargo más ambicioso: la realización de la arquitectura y las esculturas de los retablos de la iglesia de San Luis de los Franceses de Sevilla y de la capilla de los Novicios, para los Jesuitas. El retablo de la capilla de los Novicios es considerado su mejor intervención en el campo de la retablística.
     A partir de este momento, Duque Cornejo recibirá multitud de encargos de retablos, como los sevillanos de San Leandro o el de la parroquia de Nuestra Señora de la Consolación de Umbrete (Sevilla). En 1734 se ocupa del encargo de la realización del retablo de la Virgen de la Antigua de la catedral y del sepulcro del arzobispo Salcedo y Azcona, para situarlo en la misma capilla. El retablo es una realización en piedra.
     La obra que va a ocupar los últimos años en la vida del maestro es el encargo del coro de la catedral de Córdoba. Primero se le encomendará la ejecución de los laterales y luego el frente a modo de retablo, concertando lo primero en 1747 y el frente en 1752.
     Duque Cornejo diseña tanto la arquitectura como la escultura de esta inmensa obra repleta de ornamentación, relieves y esculturas de bulto. Cuando el coro se inauguró el 17 de septiembre de 1757, Duque Cornejo había fallecido unos meses antes, siendo enterrado en la misma catedral cordobesa (Cipriano García-Hidalgo Villena, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Relieve de Santa Catallina de Siena, de Duque Cornejo, en los armarios de la Antesacristía, o paso a la Sacristía Mayor, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Antesacristía, o paso a la Sacristía Mayor, de la Catedral de Santa María de la Sede, en ExplicArte Sevilla.

martes, 28 de abril de 2026

El Hotel Alfonso XIII, de José Espiau

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Hotel Alfonso XIII, de José Espiau, de Sevilla.
     Hoy, 28 de abril, es el aniversario de la inauguración (28 de abril de 1928) del Hotel Alfonso XIII, así que hoy es el mejor día para ExplicArte el Hotel Alfonso XIII, de José Espiau, de Sevilla.
     El Hotel Alfonso XIII se encuentra en la calle San Fernando, 2; en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.   
   En el límite del casco histórico, en la tradicional Puerta de Jerez, abriendo paso al sector sur de la ciudad de Sevilla, aquel que se desarrolla en torno al gran acontecimiento de la Exposición Iberoamericana, se levanta el Gran Hotel Alfonso XIII sobre los antiguos jardines de Eslava, que fueron donación real al pueblo de Sevilla (donde se ubicaban un café y teatro), dando respuesta al concurso convocado por los organizadores de la muestra, en el que se busca un hotel en el llamado "estilo sevillano".
     La parcela, de 13.088 m2, situada en un lugar protagonista de los aconteceres urbanos del primer tercio del siglo XX, coloca al edificio como puerta de acceso desde el centro histórico a los terrenos de la Exposición de 1929, con una impronta visual certeramente aprovechada por Espiau, quien lejos de reproducir referentes monumentales inmediatos (Fábrica de Tabacos, Palacio de San Telmo), busca su autonomía en una síntesis ecléctica de los elementos más reconocibles del regionalismo sevillano, enriqueciendo el trabajo de la fábrica de ladrillo con un uso magistral de las artes aplicadas en numerosos detalles artesanales del edificio, resolviendo con todo ello los referentes estilísticos mudéjares, renacentistas o barrocos que abundan en la conformación formal de sus fachadas.
     El edificio propuesto, de planta rectangular que gravita en torno a un gran patio cuadrado, es presentado bajo el lema Guadalquivir por Urcola y Espiau, realizando una sabia interpretación de valores espaciales, lingüísticos y constructivos, en una apuesta por la construcción de un palacio monumental que hace uso del más completo repertorio del estilo sevillano que había salido ya de las fronteras, urbanas o provinciales, en las que se había gestado, para extender su quehacer por el resto de España, alcanzando ya una singular parte de la producción hispano americana de la época. Las referencias historicistas, la singularización de una portada de carácter monumental, el recurso a una torre mirador que marca la esquina principal del conjunto, abierto por ella a las vías centrales de la ciudad y al río, y sobre todo, el uso de unos materiales sabiamente leídos desde una tradición que busca una máxima expresividad, en texturas, colores, formas y emplazamientos, hacen del edificio un importante referente de la arquitectura sevillana del primer tercio del siglo XX.
     El proyecto contempló la distribución: "en planta ático, 27 habitaciones a fachada con baño, 8 departamentos de dos habitaciones y baño, 4 habitaciones a fachada sin baño, 3 habitaciones al patio principal con baño, 8 habitaciones al patio principal sin baño, un departamento de 2 habitaciones interiores con baño, 9 habitaciones interiores sin baño, un salón de piso; en la planta segunda, 32 habitaciones a fachada con baño, 3 departamentos a fachada de dos habitaciones con baño, seis habitaciones a fachada sin baño, cuatro habitaciones al patio principal con baño, 8 habitaciones al patio principal sin baño, 4 habitaciones interiores en departamentos sin baño, 4 habitaciones interiores independientes sin baño, 3 salones, una antesala; piso principal con igual distribución al piso segundo; planta de honor, con 9 habitaciones a fachada con baño, un departamento a fachada con dos habitaciones con baño, cuatro habitaciones al patio principal con baño; en sótano, 7 habitaciones a fachada con baño, 18 habitaciones a fachada sin baño, 2 habitaciones interiores con baño".
     Desde que se inició el proyecto para la celebración de una Exposición Internacional en la ciudad de Sevilla se planteó, como prioridad, la necesidad de levantar en la ciudad un gran hotel con el que se diera respuesta a las demandas de un turismo de lujo, ausente hasta ese momento en una ciudad que comenzaba a mirar al visitante como una notable fuente de ingresos, explotando la importancia de un gran patrimonio histórico, arquitectónico y cultural. La búsqueda inicial de suelo de propiedad municipal señaló pronto los Jardines de Eslava como lugar de su posible ubicación, a veces cuestionada por la posibilidad de utilizar los cercanos Jardines del Cristina.
     En  abril de 1915 se decide que por delegación municipal sea el Comité Ejecutivo de la Exposición quien gestionaría la construcción del gran hotel. En mayo de ese mismo año se convoca el concurso realizado sobre bases que redacta Aníbal González. Previamente había habido anteproyectos de Francisco Urcola, Casalis y Templier que no se elevaron a definitivos.
     El concurso solicitaba la realización del hotel en dos fases de construcción, una primera que posibilitara alcanzar 200 habitaciones, que habrían de poder ampliarse definitivamente a 300.
     En opinión del profesor Manuel Trillo la propuesta presentada por Talavera bajo el lema "Euritmia" era la más interesante de todas. El proyecto ganador del concurso desarrolla el anteproyecto de Urcola. Este arquitecto construye la Plaza de Toros Monumental de Sevilla en Eduardo Dato, cuya dirección de obra compartía con Espiau. Ambos presentan su propuesta bajo el lema Guadalquivir. Sus planos están fechados el 14 de julio de 1916, con un presupuesto inicial de 2.342.576,93 ptas. (1916), comprendiendo las instalaciones de calefacción, ventilación y refrigeración que debía tener un edificio de la categoría buscada.
     Pocos años después José Espiau y Muñoz (1884-1938) renueva los planteamientos de este Hotel en el proyecto no realizado que propone para la construcción de un Hotel de lujo en la localidad gaditana de Sanlúcar de Barrameda, al final de La Calzada, en lugar que habría de presidir su naciente Paseo Marítimo.
     Las primeras actividades que se celebran en el edificio, aún sin terminar, son un congreso de oleicultura, recogido en el "Noticiero sevillano" de 4 de diciembre de 1924: "El Gran Hotel Alfonso XIII estaba poco menos que en esqueleto y por consiguiente carecía de condiciones para ser utilizado. En menos de un mes, el arquitecto del Hotel, señor Espiau, ha realizado el milagro de habilitar para comedor, bar y casino, el amplio salón que mira a San Telmo y a los jardines de la planta baja que rodean el edificio".
     El 19 de abril de 1925 se celebra una fiesta andaluza en el patio del Gran Hotel, para lo que se acondiciona el mismo, acto recogido en "El Liberal" de ese día. El patio principal quedaba inicialmente bajo la rasante de las galerías, con jardines y cuatro accesos laterales. La carpintería prevista para las galerías, de madera de caoba, se llevó a los salones de la Plaza de España por orden del Sr. Cruz Conde (Comisario Regio de la Exposición), sustituyéndose en el Hotel por carpinterías metálicas.
     En la zona del fondo había servicios y juegos de niños; se reformó posteriormente para ampliación de habitaciones y nuevo servicio. En la parte trasera se disponía de pista de patinaje.
     Si polémico fue el fallo del concurso, no menos lo fue la construcción del hotel, muy dilatada en el tiempo hasta su inauguración en marzo de 1928. Las últimas obras finalizaron entre 1927-1928. Los detalles de obra los dibujaba Espiau, a tamaño natural, en la misma obra.
     Ha sido restaurado en 1971 por Antonio Delgado Roig (1902 - titulado 1929 - 2002), y por Rafael Manzano Martos para la Exposición Universal de 1992 (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Desde su inauguración en 1928, el Hotel Alfonso XIII ha sido el punto de referencia de los sevillanos y viajeros elitistas de todo el mundo.
     Construido a instancias del rey Alfonso XIII para albergar a las personalidades invitadas a la Exposición Iberoamericana de 1929, el hotel lleva más de 85 años siendo el alojamiento favorito de miembros de la realeza, jefes de Estado y huéspedes seducidos por su aura histórica y su encanto. A día de hoy, su arquitectura de estilo mudéjar, caracterizada por grandes arcos, ladrillo visto, hierro forjado, torres ornamentales y remates de cerámica, sigue seduciendo a huéspedes y sevillanos y consolida aún más su consideración como símbolo de la ciudad. Bienvenidos al Hotel Alfonso XIII Sevilla.
     Redescubra las habitaciones y suites del Hotel Alfonso XIII, decoradas en elegantes estilos morisco, castellano y andaluz, amuebladas con el mayor lujo y confort y dotadas de todas las comodidades de un hotel majestuoso concebido para convertirse en un icono de Sevilla (Turismo de la Provincia de Sevilla).
San  Fernando, 2. HOTEL ALFONSO XIII. Obra del arquitecto José Espiau Muñoz, dentro del llamado "estilo sevillano". Utiliza los materiales típicos de la región, como ladrillo en limpio, azulejos, zó­calos y otros elementos decorativos de azulejos y patio de columnas [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984] 
Conozcamos mejor la Biografía de Alfonso XIII, a quien está dedicado el edificio reseñado;
   Alfonso XIII (Madrid, 17 de mayo de 1886 – Roma, Italia, 28 de febrero de 1941). Rey de España.
   Hijo póstumo de Alfonso XII y de su segunda esposa, M.ª Cristina de Austria, recibió en la pila bautismal los nombres de Alfonso, León, Fernando, María, Santiago, Isidro, Pascual, Antón. Le apadrinaron el papa León XIII —representado por el nuncio, cardenal Rampolla— y la infanta doña Isabel, su tía.
     Nació Rey, pero no asumió sus poderes en cuanto tal hasta alcanzar la mayoría de edad marcada por la Constitución, el 17 de mayo de 1902. Ejerció la regencia durante su minoría, con pulcritud intachable, la Reina viuda, su madre.
     Su educación estuvo marcada por la orientación militar: militares, fundamentalmente, integraron su Cuarto de Estudios, formado en 1896, bajo la presidencia del general Sanchiz, aunque en él tuvo lugar destacado su profesor de Derecho Constitucional y Administrativo, el ilustre jurista Vicente Santamaría de Paredes.
     El jesuita Fernández Montaña se encargó de su formación religiosa.
     Los ingenuos diarios escritos por el Rey niño en vísperas y en los inicios de su reinado revelan el impacto que en don Alfonso supuso la experiencia del Desastre: de aquí que haya podido decirse de él que fue “la conciencia del 98 en el trono”. La primera etapa de su reinado personal (1902-1907) coincidió con la crisis de jefatura en los partidos dinásticos. La rivalidad entre los posibles herederos de Cánovas y de Sagasta sólo quedó resuelta entre 1905 y 1907 con la designación de Antonio Maura, como jefe del Partido conservador, y la de Segismundo Moret, como jefe del Liberal. De aquí la fugacidad de los primeros gobiernos designados por el joven monarca, lo que daría pie al maligno apelativo de “crisis orientales” (en alusión al Palacio de Oriente), que acusaban injustamente a don Alfonso de manipulador de las distintas facciones políticas, para prevalecer sobre ellas.
     En 1904, durante un primer gobierno Maura, éste llevó al Rey a Barcelona, viaje que constituyó un gran éxito personal del Rey y de la Monarquía, pero no contribuyó a que don Alfonso captase el sentido integrador de la naciente Lliga Regionalista: el acendrado españolismo del Rey estuvo siempre matizado por un castellanismo a ultranza que no le permitía entender el catalanismo como potenciador de una gran España, según lo concebían Prat de la Riba y Cambó.
     Desde 1905 se iniciaron sus viajes por Europa (su visita a París quedó marcada por el primer atentado sufrido por don Alfonso, junto con el presidente Loubet, y del que ambos salieron ilesos). Estos viajes, multiplicados por el monarca a lo largo de su reinado, harían de él el más cosmopolita de los reyes españoles desde los días de Carlos I, y un gran experto en la política internacional de su tiempo.
     En esta línea, siempre se esforzó en recuperar para España “un lugar bajo el sol”, apoyándose sobre todo en una Inglaterra que en los comienzos de su reinado se hallaba enfrentada con Francia tras la crisis de Fashoda; las bodas hispano-británicas de 1906, de las que se trata a continuación fueron muy importantes a este propósito. La conferencia de Algeciras había asegurado una posible zona de influencia para España en Marruecos; las entrevistas de don Alfonso con Eduardo VII en aguas de Cartagena (1907) le permitieron salvar la situación de las Canarias, en las que ya habían puesto sus miras los alemanes, y en general proteger las costas españolas, en tanto reconstruía España sus fuerzas navales —gracias a la Ley de 1908, que dio paso a la creación de una escuadra moderna.
     El 31 de mayo de 1906 había contraído matrimonio con la princesa británica Victoria Eugenia de Battenberg, nieta de Victoria I hija de la princesa Beatriz y de Enrique de Battenberg. Al retorno de la ceremonia, celebrada en la madrileña iglesia de San Jerónimo, el cortejo nupcial se vio ensangrentado por la bomba que el anarquista Mateo Morral le lanzó desde un balcón de la calle Mayor. Aunque la pareja real salió indemne, el atentado causó numerosas víctimas que ensombrecieron el acontecimiento. 
   En este matrimonio coincidían el interés diplomático, según ya se ha señalado, y la elección sentimental, pero pronto se nublaría la felicidad doméstica de los esposos al detectarse la hemofilia en el primogénito, el príncipe Alfonso, nacido en mayo de 1907.
     En 1908 vino al mundo el infante don Jaime, libre de esta dolencia, pero que, a consecuencia de una mastoiditis mal curada, padecería siempre de sordomudez, apenas paliada por una esmeradísima educación.
     De los cuatro hijos restantes —dos mujeres, Beatriz (1910) y Cristina (1911)—, sólo el menor, Gonzalo, se vería afectado también por la hemofilia. Felizmente, la continuidad dinástica quedaría garantizada en la persona de don Juan, nacido en 1913 y perfectamente sano.
     Esta desgraciada situación distanciaría a la larga a los regios cónyuges. De aquí la evasión del Rey en aventuras extramatrimoniales, aunque sólo una de ellas revistió relativa importancia: la que le unió, en los años veinte, a la actriz Carmen Ruiz Moragas, de la que tuvo dos hijos.
     La segunda etapa del reinado (1907-1912) había registrado los dos grandes empeños regeneracionistas que, desde la vertiente conservadora asumió Maura, y desde la de un liberalismo democrático desplegó José Canalejas. El gobierno del primero naufragó en 1909 a raíz de los sucesos que, como réplica a la guerra de Melilla, ensangrentaron Barcelona (Semana Trágica), y cuya represión subsiguiente (fusilamiento del anarquista Ferrer Guardia) suscitó una desaforada campaña antimaurista y antiespañola, orquestada por las izquierdas europeas, y que en España se tradujo en la ruptura del Pacto del Pardo, al declararse el jefe del Partido liberal, Moret, incompatible con Maura.
     Este último no perdonaría nunca al Rey la inevitable crisis que le apartó del gobierno, aunque la única alternativa posible hubiera sido una dictadura maurista de difícil salida. Tras un breve gobierno de Moret, Canalejas, con una notable gestión de efectiva orientación democrática y de apertura social, iniciada en 1910, se esforzó en restaurar la normalidad constitucional, pero el crimen que acabó con su vida en 1912 aceleró la descomposición de los partidos y el ocaso del turnismo (a su vez, el propio Rey sería objeto de un nuevo atentado en 1913, del que salió ileso por fortuna).
     Al estallar la Primera Guerra Mundial (1914), Alfonso XIII afirmó la neutralidad española, respaldado por el entonces jefe del Gobierno, el conservador Eduardo Dato. Esta paz en la guerra propició una coyuntura excepcional a los mercados españoles —lo que sería determinante del notable salto hacia el desarrollo experimentado por el país en este reinado—, y, de otra parte, permitió al Rey entregarse a una extraordinaria labor humanitaria abierta a los dos campos combatientes, lo que le valdría un prestigio insólito a la hora de la paz, borrando la imagen negativa de España provocada por la ferrerada en 1909: el homenaje rendido a los Reyes en Bruselas, en 1922, hizo patente esta feliz realidad. 
     En este mismo año, la famosa expedición a las Hurdes —comarca que resumía todas las viejas lacras de la llamada “España negra”— ilustró la otra preocupación regeneracionista de don Alfonso; y la fundación del Patronato Real de las Hurdes daría continuidad a aquella expedición redentora, sugerida por Gregorio Marañón, que hubo de reconocer en el gesto del Rey “el comienzo de una reconquista del propio suelo descuidado durante siglos y que comienza valerosamente en el propio corazón de la miseria nacional”.
     Sin embargo, las salpicaduras de la gran conflagración y de sus derivaciones —la Revolución rusa, la eclosión de los nacionalismos—, llegaron a España con las perturbaciones internas de 1917: iniciativas anticonstitucionales del nacionalismo catalán (asamblea barcelonesa de parlamentarios) y huelga revolucionaria de agosto. Aunque Dato, jefe del Gobierno en aquellos momentos, consiguió superar ambos conflictos sin derramamiento de sangre, la llegada de la paz exterior tuvo dos graves contrapartidas en España: por una parte, la radicalización de los nacionalismos insolidarios, en Cataluña y en el País Vasco; por otra, la recesión económica debida al cierre de los mercados exteriores, al reconvertir los países beligerantes su economía de guerra a una economía de paz. Lo cual a su vez agudizó los conflictos sociales, que en Cataluña tomaron el carácter de una “guerra social”, culminante en la huelga de La Canadiense (1919). Aunque la debilidad de los viejos partidos fue paliada por el Rey con la nueva modalidad de los “gobiernos de concentración”, ello sólo permitiría poner de manifiesto la capacidad de estadista del catalán Francisco Cambó. Pero la grave crisis de fondo —que costó la vida, pese a sus notables iniciativas de reforma social, a Eduardo Dato, asesinado por los anarquistas en 1921—, vino a doblarse ahora con el problema de Marruecos, esto es, la necesidad de fijar sólidamente el protectorado reconocido a España mediante el acuerdo hispano-francés de 1912, en función de los acuerdos de la Conferencia Internacional de Algeciras (1906). La imprudencia e imprevisión del comandante general de Melilla, Fernández Silvestre, en su empeño de alcanzar la posición clave de Alhucemas, provocaron (julio de 1921) un desastre de enormes proporciones (Annual), frente a la rebelión del caudillo rifeño Abd el-Krim.
     La apertura del llamado “expediente Picasso” (por el general que lo instruyó), para fijar las responsabilidades derivadas del Desastre —que el socialista Indalecio Prieto se esforzó en que salpicaran al propio Rey— fue un ingrediente más de la inestabilidad generalizada, reverdeciendo la inquietud de jefes y oficiales —agrupados estos últimos, desde 1917, en las llamadas “juntas de Defensa”—. La llegada al poder de una coalición liberal de amplio espectro, presidida por García Prieto, no resolvió nada, y en septiembre de 1923 se produjo en Barcelona el golpe de Estado del general Primo de Rivera, que, acogido con entusiasmo por la mayoría del país —incluido, muy significativamente, el sector intelectual animado por Ortega y Gasset desde El Sol—, y ante la impotente pasividad del Gobierno, fue aceptado por el Rey (día 13). Aunque luego se acusaría a don Alfonso de haber sido el auténtico artífice del golpe, las fuentes documentales han desmentido irrefutablemente tal supuesto, que sostuvieron con alardes de escándalo Blasco Ibáñez en Francia y Unamuno en España.
     La dictadura aportó, de hecho, una pacificación social y un gran éxito exterior, el acuerdo con Francia que, tras el brillante desembarco en Alhucemas, permitió poner fin a la guerra de Marruecos (1927). En una segunda fase (Directorio Civil) llevó a cabo una impresionante labor de modernización de las infraestructuras viarias y un notable impulso a la economía (recogiendo el inicial balance favorable de la neutralidad española durante la Primera Guerra Mundial). 
   Pero cometió dos graves errores, enfrentándose con el nacionalismo catalán —supresión de la Mancomunidad—, y con el Arma de Artillería —a la que quiso imponer la llamada “escala abierta”—. Y dilató excesivamente la solución del problema político —una posible reforma constitucional que tardíamente intentó sin éxito mediante la asamblea consultiva convocada en 1927—. Desalentado en 1929 ante las primeras salpicaduras de la crisis de Wall Street, y sintiéndose desasistido por el sector militar, tras una disparatada consulta a sus mandos, el dictador acabó presentando su dimisión al Rey.
     El fracaso de la dictadura hizo a don Alfonso víctima de dos ofensivas: la de los representantes de la vieja política, resentidos con su presunta “traición” de 1923, y el de los defensores de la dictadura, que no le perdonaron el “cese” de Primo —fallecido en París apenas transcurridos dos meses—. A esa ofensiva se sumaron de forma decisiva los mismos intelectuales que en 1923 habían aplaudido el golpe militar. El intento de reconstruir el viejo orden constitucional, empeño en que fracasó el general Berenguer —que hubo de habérselas con el pronunciamiento republicano de Jaca—, desembocó en un último gobierno de concentración, presidido por el almirante Aznar, que apeló a una consulta electoral cuyo primer tramo (las elecciones municipales el 12 de abril de 1931) se interpretó por republicanos y socialistas —y por el propio presidente del Gobierno— como un referéndum perdido por la Monarquía. Decidido a evitar derramamientos de sangre, Alfonso XIII decidió exiliarse (14 de abril de 1931).
      De su reinado ha podido decir Laín Entralgo: “El Rey se fue, y con él se hundió la Monarquía de Sagunto [...] Pese a tantos y tan graves contratiempos vividos en su tiempo [...], el progreso de España durante su reinado fue, sin exagerar una tilde, sensacional [...]”, lo fue tanto en el despliegue demográfico como en la notable aproximación al desarrollo económico- social, pero sobre todo en el plano cultural, a través de tres generaciones intelectuales extraordinarias —la del 98, la del 14 y la del 27—, cauce de una “edad de plata”, o —según otros críticos— de una “segunda edad de oro”.
     El escritor Vilallonga ha trazado una semblanza personal de Alfonso XIII que parece bastante ajustada a lo que fue, como hombre y como rey, don Alfonso XIII: “El Rey de España se hubiera equilibrado con una crítica prudente y tranquilizadora. Era un hombre de una inteligencia razonable, afable, cortés, profundamente recto, prefiriendo de mucho a la lectura y al estudio el galope de un caballo y la caza de un faisán. Como todo hombre de su época nacido en buena posición, era naturalmente y sin esfuerzo un liberal. También era —eso sobre todo— un aristócrata-tipo, descendiente de una raza muy antigua, de un valor desconcertante, demasiado escéptico para no estar desengañado y siempre con un toque de tristeza en su mirada, frecuentemente ausente”. Semblanza que conviene completar con la que dedicó a don Alfonso en su libro Figuras contemporáneas, Winston Churchill: “Se sintió [...] el eje fuerte e indiscutible en torno al cual giraba la vida española [...] es [...] como estadista y gobernante, y no como monarca constitucional siguiendo comúnmente el consejo de sus ministros, como él desearía ser juzgado, y como la Historia habrá de juzgarle [...]”.
     En el exilio, centrado primero en Francia, y repartido luego entre Roma y Lausanne (la Reina, por su parte, acabó por marchar a Londres: se había llegado a un acuerdo de separación informal entre los regios cónyuges), Alfonso XIII hubo de reordenar la sucesión al trono, mediante la renuncia de sus hijos Alfonso y Jaime a favor de don Juan —que había ultimado su carrera de marino en la Escuela Naval británica (1934)—. Aquéllos contrajeron matrimonios morganáticos —don Alfonso con Edelmira Sampedro, y don Jaime con doña Enmanuela Dampierre. 
     Don Juan casaría, a su vez con doña María de las Mercedes de Orleáns-Borbón—. Apoyó, al estallar la guerra civil, al sector llamado nacional, dado que la revolución proletaria, desencadenada ya desde la llegada del Frente popular al poder, apuntó esencialmente sus tiros contra la Monarquía y contra la Iglesia. Pero cuando, terminado el conflicto, se vio rechazado por los franquistas, dado el carácter liberal que había tenido su reinado, y por el hecho de que su declarada aspiración, si volvía al trono, era lograr “la reconciliación de las dos Españas” decidió abdicar sus derechos en su hijo don Juan, de quien esperaba que un día llegase a reinar sobre “todos los españoles”.
     Un mes más tarde (28 de febrero de 1941) fallecía en un Hotel de Roma. Se había reconciliado con la reina Victoria, que le asistió en sus últimos días. Enterrado en la iglesia romana de Montserrat, sus restos no volverían a España hasta 1980, reinando su nieto don Juan Carlos (Carlos Seco Serrano, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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lunes, 27 de abril de 2026

La Fuente del Esparto, en Los Corrales (Sevilla)

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     La edificación corresponde a un abrevadero y fuente. El abrevadero es de forma rectangular y está ubicado a ras del terreno. El caño parte de un pilar con remate piramidal.   
     Materiales inorgánicos: arena y yeso.
     Materiales manufacturados: ladrillos y cemento.    
     Los elementos sustentantes son muros maestros de ladrillos revestido de cemento en el pilar y en el abrevadero.    
     Cemento en el interior del abrevadero, arena en el entorno.    
     El grifo se encuentra en el pilar (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
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