Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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jueves, 27 de agosto de 2026

Los Puentes sobre la Rivera del Jarrama

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el Puente sobre la Rivera del Jarrama, en El Madroño (Sevilla).    
     El primer puente se encuentra en la carretera local de Nerva al límite provincial con Sevilla, en el kilómetro 16,900, sobre la Rivera del Jarrama (frontera con Sevilla). Es un puente de cinco vanos con bóvedas de medio punto y pilas con tajamares semicilíndricos, sombreretes semicónicos y pretiles en los estribos. Está junto al puente antiguo.
     El puente tiene una longitud total de 78,30 metros, su altura máxima sobre rasante es de 7,90 metros y la anchura del tablero es de 8 metros. Se encuentra en uso y en buen estado de conservación.
     El segundo puente se encuentra en la carretera C-421 de El Madroño a Nerva, en el kilómetro 26,500, sobre la Rivera Jarrama, en la frontera con la provincia de Sevilla.
     Es un puente de siete vanos con bóvedas de medio punto de mampostería enfoscada. El vano central es mayor que los demás arrancando la bóveda desde abajo. Hay pretiles sobre cada vano y de su misma longitud. Es un puente muy simétrico, en la parte superior lleva una serie de tajeas (bóvedas de medio punto) a modo de rebosadero.
     El puente tiene una longitud total de 63,90 metros, su altura máxima sobre rasante es de 7,20 metros  y  la anchura del tablero es de 6,45 metros. El puente se encuentra en uso y sobre él pasa la carretera C-421, aunque está bastante deteriorado (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
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Un paseo por la calle Farnesio

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Farnesio, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 27 de agosto, es el aniversario del nacimiento (27 de agosto de 1545) de Alejandro Farnesio, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la calle Farnesio, de Sevilla, dando un paseo por ella.
    La calle Farnesio es, en el Callejero Sevillano, es una vía que se encuentra en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo; y va de la calle San José, a la calle Fabiola.
   La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. 
     En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     El plano de Olavide (1771) recoge la denominación de Señor San José, advocación bajo la que está la iglesia del desaparecido convento de los mercedarios frente a esta calle. En 1839 ya aparece rotulada como San Antonio por un nicho dedicado a este santo, aunque también era conocida como del Diablo. En 1868 se rotuló como Farnesio probablemente por el militar al servicio de España, Alejandro Farnesio (1545-1591). Estrecha y rectilínea, presenta un ligero ensanche a su mediación que ya recoge el plano de Olavide. En 1886 se aprobó un plan de alineación y en 1931 un proyecto de rectificación de líneas para su ensanche, aunque no parece que se llevara a efecto. Es peatonal y presenta pavimento de losetas de cemento de reciente construcción. Se ilumina con farolas de brazo tipo gas adosadas. La acera de los impares está delimitada por una tapia rematada con tejaroz en la que se abre el acceso a un amplio patio circundado por edificios de apartamentos construidos recientemente. La acera de los pares está formada por varias casas unifamiliares de dos plantas, de la segunda mitad del s. XIX y principios del XX. Cumple funciones residenciales y de alojamiento para viajeros con dos casas de huéspedes [Salvador Rodríguez Becerra, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Farnesio, 6. Casa de dos plantas y ático con vanos cuadrados separados por pilastras.
Farnesio, 8. Casa del siglo XVIII, que consta de dos plantas y un ático con vanos de medio punto separados por pilastras [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
Conozcamos mejor la Biografía de Alejandro Farnesio, personaje a quien está dedicada esta vía;
     Alejandro Farnesio, III Duque de Parma y de Piacenza. (Roma, Italia, 27 de agosto de 1545 – Arrás, Francia, 2 de diciembre de 1592). Hombre de gobierno y militar al servicio de España.
     Era hijo de Octavio Farnese (castellanizado Farnesio), segundo duque de Parma y Piacenza, y de Margarita, hija natural de Carlos V. Octavio se alió con los franceses para recuperar Piacenza, de la que se habían apoderado las tropas de Carlos V, en septiembre de 1544, siendo primer duque el desgraciado Pedro Luis (padre de Octavio), que resultó asesinado, pero el Emperador quiso conservarla por su gran importancia estratégica. El 15 de septiembre de 1556, en Gante, se pactó un acuerdo entre el nuevo rey, Felipe II, y los Farnesio, por el que esta familia quedaría sólidamente unida a España. Felipe II restituyó a Octavio la villa y ducado de Piacenza, pero se reservó la ciudadela de esta última y reclamó a su joven hijo, Alejandro, para residir y ser educado en España, como una especie de rehén de la fidelidad de los Farnesio a la Corona española. Así, Alejandro Farnesio, a finales de 1556, abandonó Parma, acompañado por su madre, para continuar su formación en la Corte de su tío, entonces en los Países Bajos. En ella conoció y trató a los grandes consejeros del monarca español. Formó parte del cortejo, en el que también iba su madre, Margarita, que acompañó a Felipe II a Inglaterra, para convivir un corto tiempo con su esposa María Tudor, con la esperanza de conseguir un descendiente. En septiembre de 1559 regresó con Felipe II y su Corte a España.
     Alejandro recibió la esmerada educación reservada a la más alta nobleza, en la que no faltaban los estudios de Humanidades, y probablemente los de francés y alemán, dirigido por su preceptor, el humanista Francesco Luisini, en los que mostró su precocidad y viva inteligencia; pero gustaba más de la equitación, de la caza y de los deportes. Desde que le conoció, a los trece años, hizo una gran amistad con don Juan de Austria, hermanastro de Felipe II, y tío, por tanto, suyo, que era prácticamente de la misma edad, y esta amistad duraría hasta la muerte del príncipe español.
     No es extraño que congeniaran, porque ambos poseían un carácter abierto, generoso, si bien Farnesio era más ponderado y tenía mayor control de sí mismo.
     En Alcalá, en 1561, ambos pasaron un breve tiempo con el enfermizo infante don Carlos, cumpliendo un plan de comportamiento y estudio bajo la dirección de los respectivos mayordomos y del humanista Honorato de Juan, hasta que la desgraciada caída sufrida por el infante, en abril de 1562, que tanto afectó a su comportamiento, aconsejó separarlos, y don Juan y Farnesio volvieron a Madrid.
     En 1559 la madre de Farnesio, Margarita, fue nombrada gobernadora de los Países Bajos, cargo que aceptó por complacer a su hermano y con la esperanza de que accediera a restituir a su familia la ansiada ciudadela de Piacenza. Cuando se trató del matrimonio de Farnesio, sus padres deseaban una princesa italiana, para establecer mejores relaciones con algunos altos nobles italianos, concretamente con los duques de Mantua, pero Felipe II deseaba asegurar la adhesión del príncipe a los intereses españoles y sugirió su matrimonio con la infanta portuguesa María, nieta del rey don Manuel, casi siete años más joven que Farnesio. El enlace se verificó en Bruselas, en la capilla de palacio, el 8 de noviembre de 1565. El 16 de mayo del año siguiente, Farnesio fue autorizado a marchar a Parma, donde estaba su padre el duque Octavio, y con su esposa se instaló en el palacio episcopal.
     La princesa permaneció dedicada a ejercicios piadosos y a obras de beneficencia durante los once años que viviría aún. Tuvieron tres hijos: Ranuccio, que sucedió a su padre en el ducado de Parma y Piacenza; Odoardo, cardenal en 1591; y Margarita, que se casó con Vicenzio, duque de Mantua. Alejandro Farnesio no dejaba pasar ocasión de galantear a damas y practicar sus ejercicios preferidos: la esgrima, la equitación y la caza. Tenía verdadera pasión por los buenos caballos y perros de caza. Su madre, Margarita, al ser nombrado, en septiembre de 1567, el duque de Alba capitán general de los Países Bajos, solicitó su relevo, lo que Felipe II le autorizó, reuniéndose en Parma con su marido e hijo a finales de 1568.
     La vida más bien ociosa de Parma no acababa de complacer a Farnesio, que, conforme a su temperamento y ambiciones, soñaba con aventuras militares.
     La ocasión se presentó al constituirse, el 20 de mayo de 1571, la Santa Liga contra el Turco entre la Santa Sede, la República de Venecia y España, de la que don Juan de Austria, victorioso general en la guerra de insurrección de los moriscos granadinos, fue nombrado jefe supremo. Farnesio escribió a Felipe II para que le autorizara a alistarse a las órdenes de su tío, el amigo de su infancia, y obtuvo consentimiento. Se reunió, en Génova, el 27 de julio de 1571, con don Juan, que enseguida le admitió entre los miembros de su consejo de guerra y le entregó el mando de las tres galeras de la República de Génova que se unieron a la flota cristiana. Participó así en el gran triunfo de Lepanto, el 7 de octubre de 1571, jornada en la que demostró su temerario arrojo al abordar una galera turca y apoderarse de los dineros destinados a pagar a marineros y jenízaros, y al año siguiente en el fracasado asedio de Navarino, en el Peloponeso, mostró nuevamente su gran valor y sangre fría para retirarse a tiempo de una emboscada que habían tendido los turcos a las tropas cristianas que había desembarcado (4 de octubre de 1572). Al disolverse la Santa Liga y dirigirse don Juan a la conquista de algunas plazas del norte de África, Farnesio se volvió a Parma, y Felipe II, al perderse Túnez a poco de conquistada, llamó a don Juan a España.
     La preocupación del monarca español estaba centrada entonces en los Países Bajos, donde Luis de Requesens, que había sustituido a finales de 1573 al duque de Alba y ensayado una política más conciliatoria, falleció en marzo de 1576, dejando un vacío de poder y un ejército amotinado, que con el brutal saqueo de Amberes se había enajenado la voluntad de los naturales del país. En estas difíciles circunstancias, Felipe II designó gobernador a su hermanastro don Juan, que el 12 de febrero de 1577, después de muchas discusiones con los Estados Generales, accedió a firmar el llamado Edicto Perpetuo, entre cuyas cláusulas estaba la salida de las tropas españolas hacia Italia. Pero don Juan no podía permanecer inactivo y rompió el convenio, apoderándose el 25 de junio de 1577 de la ciudadela de Namur. Esta precipitada acción fue mal acogida en Madrid, donde se desconfiaba de los contactos privados que don Juan mantenía con los príncipes católicos de la familia francesa de los Guisa y con el Papa, tramando casarse con María Estuardo e instalarse en el trono de Inglaterra. Don Juan, consciente de las dificultades ante las que se hallaba empeñado, pidió a Madrid que se le autorizara a llamar a Farnesio, en quien confiaba plenamente. Éste estaba dispuesto a colaborar a las órdenes de su viejo amigo, y además se hallaba libre, pues su esposa, María de Portugal, acababa de fallecer el 8 de julio. Así, Farnesio, el 17 de diciembre, estaba en Luxemburgo, donde le esperaba don Juan, que le ofreció el cargo de jefe general de la caballería, lo que rehusó prudentemente, pues sabía que lo ambicionaba Octavio Gonzaga, con quien no quería indisponerse, conformándose con estar a la disposición del gobernador. Don Juan, dispuesto a la guerra, forzó a Felipe II a que ordenara el regreso de los tercios. Disponía así de dieciocho mil infantes y dos mil caballos, españoles, borgoñones, franceses y alemanes, con los cuales estaba decidido a ganar una batalla que le diera autoridad. Aprovechando que varios jefes valones se habían desplazado a Bruselas, para participar en la boda de uno de ellos, el ejército español se lanzó al ataque y obtuvo un triunfo resonante en Gembloux, cerca de Namur, el 31 de enero de 1578. La perspicacia y pericia de Farnesio tuvieron buena parte en esta importante victoria, pues supo aprovechar un momento de debilidad fortuita del enemigo que, sorprendido, optó por la retirada y apenas tuvo ocasión de combatir. El triunfo fue rotundo: la caballería pudo salvarse en su mayor parte, pero la infantería perdió casi todos sus efectivos, más de seis mil hombres de un total de siete mil. Era una buena ocasión para marchar sobre Bruselas, pero don Juan carecía de dinero, aunque se conquistaron varias ciudades del Brabante oriental y Farnesio rindió alguna plaza fuerte del Limburgo (15 de junio de 1578), y se dispuso a conquistar Maastricht.
     Don Juan, desilusionado por el fracaso de sus planes personales (el asesinato de su secretario, Juan Escobedo, en Madrid, los había desvanecido) y aquejado de fiebres tifoideas, se había retirado a Namur, donde expiró la noche del 1 de octubre a la edad de treinta y tres años.
     Antes de su fallecimiento había nombrado sucesor a su sobrino y colaborador Alejandro Farnesio, a quien Felipe II confirmó en el cargo. Tenía entonces treinta y cuatro años; era de talla media, más bien pequeña, cuerpo delgado, pero musculoso y pleno de fuerza, y en su rostro, de tinte bronceado, destacaban sus ojos negros. Resistente a la fatiga, podía pasar noches sin dormir, y, aun con fiebre, no se quedaba en el lecho.
     En su madurez, su arriesgado carácter, templado por la experiencia, había adquirido una gran prudencia. Este conjunto de excelentes dotes hacía de él un jefe ejemplar, querido por sus soldados, que le seguían sin vacilar, pues además les trataba con afabilidad, hasta el punto de que se asegura que conocía a muchos de ellos por sus nombres. Sabía ejercer su autoridad y mantener una perfecta disciplina, mostrándose implacable con los insubordinados. Por añadidura, vestía con magnificencia y gusto, aun en campaña, lo que causaba mayor impresión. Era generoso, aunque demasiado pródigo en las recompensas, rasgo del que se le acusó —no sin razón— al Monarca. Desde los treinta años padeció gota, que le atormentaba con frecuencia. No era locuaz, sino de palabras pensadas. Ante un asunto importante, reunía a su consejo, le escuchaba atentamente, y después tomaba la decisión que consideraba oportuna.
     A pesar de las cualidades señaladas, Felipe II, aconsejado por Granvela, quiso que su madre, Margarita de Parma, la antigua gobernadora, estuviera a su lado en el gobierno. La idea de Granvela y de Felipe II era que Margarita llevara los asuntos propiamente de gobierno y su hijo se consagrara al mando del ejército y a las campañas militares. A Margarita, vieja y enferma, no le apetecía dejar Parma y volver a un puesto que le suscitaba amargos recuerdos, pero obedeció y llegó a Namur en 1580. Tampoco agradó a Farnesio que le pusieran limitaciones en su cargo, aunque se tratara de su madre, por lo que durante el tiempo que ella residió en Flandes, las relaciones entre ambos, anteriormente tan estrechas y cordiales, llegaron a relajarse a veces y tuvieron algunos enfrentamientos.
     Margarita pidió en varias ocasiones su relevo, que no se le concedió hasta 1583, y regresó inmediatamente a Parma a reunirse con su esposo.
     Después de Gembloux, los españoles se habían apoderado del Limburgo y mantenían la provincia de Namur y el ducado de Luxemburgo. Pero quedaba aún mucho territorio por reconquistar. Farnesio efectuó una reforma del Ejército y del Consejo de Estado. En éste tenían lugar preeminente el conde Pedro Ernesto de Mansfelt, maestre de campo general, y Octavio Gonzaga, general de la caballería, que no se entendían bien, por lo que Farnesio hubo de limar sus frecuentes discordias, y otros señores valones, españoles (entre ellos el valeroso y veterano coronel Francisco Verdugo), alemanes y borgoñones. Pero sus hombres de confianza eran su secretario, el italiano Cosme Massi, y el presidente del Consejo, el valón Jean Richardot.
     Con la llegada de tropas de socorro disponía de unos veinticinco mil infantes y ocho mil caballos. También había recibido dinero suficiente para pagar buena parte de los atrasos a la caballería. El soberano le concedió facultades para negociar con los rebeldes sobre la base del acatamiento de la autoridad de la Corona y la profesión del catolicismo. Aunque los brillantes éxitos que obtendría en el futuro fueron debidos fundamentalmente a sus brillantes cualidades militares y personal habilidad negociadora, no debe olvidarse que también contribuyeron a ellos las diferencias entre sus enemigos y a que dispuso de mayores sumas de dinero que los gobernadores que le antecedieron. Fueron estos años ochenta una de las décadas del siglo XVI en que llegó la plata americana a España en mayor abundancia.
     La idea de Farnesio consistía en apoderarse de una plaza importante y emprender negociaciones con los señores valones para tenerlos asegurados. Esta posibilidad de recuperar la confianza de las provincias meridionales venía facilitada por la creciente tensión que existía entre ellas y las provincias del norte. Los intentos de Guillermo de Orange de frenar a los fanáticos calvinistas de algunas ciudades del sur, como Bruselas o Gante, buscando la unión de todo el país contra el soberano español, fracasaron, pues se impusieron en el gobierno una especie de comités de defensa elegidos por los gremios. Estos comités trataron de ofrecer la soberanía de los Estados de las provincias meridionales al duque de Alençon, hermano del rey de Francia, lo que repugnaba a los norteños por tratarse de un francés y católico; preferían a un alemán, a ser posible protestante. Los excesos de los calvinistas en algunas ciudades norteñas provocaron una reacción en las provincias valonas, que en enero de 1579 acordaron formar una Unión en Arrás, a la que correspondieron, más tarde, las del norte con la Unión de Utrecht.
     Esta ruptura, que prefiguraba la actual formación de Bélgica y Holanda, no significaba que las provincias valonas hubieran vuelto a la obediencia del soberano español. Para ellas, tan odioso era el extremismo de los calvinistas del norte como la intransigente dominación española. Farnesio, que se dio cuenta de ello, combinando la astucia diplomática con los éxitos militares, consiguió atraerlas. Por el tratado de Arrás de 17 de mayo de 1579, los representantes de las provincias de Artois, Hainault y Flandes valona aceptaban la soberanía española y se comprometían a mantener el catolicismo como religión única, a cambio del pago de sus tropas y de la partida de los tercios. Farnesio ratificó los privilegios de tales provincias y prometió retirar de cargos civiles y militares a los extranjeros.
     Para rematar este éxito buscó un importante triunfo militar, que obtuvo a finales de 1579 al conquistar la estratégica plaza de Maastricht. Pero necesitaba más tropas, y consiguió convencer a los miembros de la Unión de Arrás que aceptaran los tercios españoles con una serie de garantías. A fines de 1582, Farnesio tenía bajo su mando casi sesenta mil hombres, incluyendo cinco mil españoles y cuatro mil italianos.
     Con este gran ejército, aprovechando las disensiones de los enemigos, Farnesio redujo durante los años 1582 y 1583 ciudades tan importantes como Iprés, Brujas y Gante; en marzo de 1585, Bruselas, y el 17 de agosto la gran metrópoli comercial de Amberes.
     Fue éste un hecho memorable en el que Farnesio usó no sólo la estrategia militar, sino también exhibió medios técnicos avanzados. Primeramente, había limpiado de enemigos las dos orillas del Escalda; después construyó un sólido y amplio puente de barcazas sobre el río, de Calloo a Oordam, además de varios fortines de defensa, que estuvo terminado el 25 de febrero de 1585; con dicho puente trataba de evitar que la ciudad fuera socorrida por mar. Los sitiados y sus aliados del exterior ensayaron todos sus medios, incluidos brulotes, hasta que, convencidos de la incapacidad de levantar el bloqueo, el 17 de agosto los responsables del gobierno de Amberes se vieron obligados a capitular. Se cuenta que cuando llegó la grata noticia a España era de noche, pero Felipe II no pudo contener su alegría y se levantó inmediatamente de la cama para anunciar con gran excitación a su hija Isabel: “Amberes es nuestra”. Fueron estos años ochenta los de mayor éxito de Farnesio, reconocido en toda Europa como estratega excepcional. El monarca español le había concedido la máxima condecoración de los Habsburgo, el Toisón de Oro, y, además, la muerte de su padre, Octavio, el 18 de septiembre de aquel mismo año 1585, le convirtió en duque de Parma y Piacenza. Los Países Bajos meridionales —la actual Bélgica— eran nuevamente españoles. Sólo las cinco provincias de Holanda, Zelanda, Utrecht, Frisia y Groninga resistían, así como parte de Güeldres, pero los rebeldes se hallaban desunidos y desmoralizados.
     Isabel de Inglaterra, asustada por el avance español, tres días después de la caída de Amberes, firmó un tratado con los rebeldes (Nonsuch, 20 de agosto de 1585) por el que acordaba suministrarles ayuda militar bajo mando inglés. Pero el duque de Leicester no pudo impedir que Farnesio se apoderara de Sluys (La Esclusa), en las bocas del Escalda, en agosto de 1587.
     Su intención de continuar la reducción de las provincias norteñas fue contenida por la determinación de Felipe II de conquistar Inglaterra, que desde finales de verano de 1585 cavilaba y que se convirtió en decisión firme tras la ejecución de María Estuardo (8 de febrero de 1587). La empresa contra Inglaterra estaba por entonces preparada, al menos en sus grandes detalles. La estrategia a seguir había sido aceptada por el Rey después de interminables consultas, sobre todo con el experto almirante Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, y con el propio Farnesio, por cartas o por enviados expresos. La intervención de éste era decisiva, ya que su ejército, embarcado en gabarras a la llegada de la Armada a las costas de Flandes y escoltadas por ella, debía poner pie en la costa inglesa.
     Fue éste el punto más discutido, pues exigía un alto grado de coordinación, teniendo en cuenta, además, que los Países Bajos más meridionales carecían de puertos de calado suficiente para acoger los grandes buques de la Armada. Farnesio, aparte de que le disgustaba el proyecto, porque dilataba sus planes de reconquista de los Países Bajos, pensaba que la operación era excesivamente arriesgada y que muy probablemente terminaría en un fracaso. Entre otras cosas había que asegurar que los franceses, especialmente los hugonotes, no pusieran obstáculos al paso de la Armada. Para lograr inmovilizarlos, se contaba con el levantamiento de la Liga Católica en París, encauzada por el embajador español, Bernardino de Mendoza, en colaboración con el duque Enrique de Guisa, pero el pueblo parisino se precipitó y la insurrección se produjo en mayo de 1588, antes de que la Armada llegara al Canal de la Mancha. Además, el proyecto español era demasiado conocido, por lo que, cuando los galeones españoles estuvieron ante Calais, a comienzos de agosto, se hallaron enfrentados a una escuadra inglesa dotada de gran movilidad y cañones de largo alcance, mientras que en Flandes pequeños barcos holandeses sin quilla patrullaban con facilidad por los bajos fondos de la costa de Dunkerque y Nieuwport, donde esperaban evitar el embarque de las tropas de Farnesio. En estas condiciones resultaba imposible tanto que los galeones se acercaran a puerto como que las barcazas preparadas por Farnesio salieran sin protección para alcanzar a los buques de la Armada.
     De esta manera, la operación fundamental, la del encuentro entre aquélla y las barcazas de Farnesio, nunca llegó a realizarse. Además, los ingleses lanzaron barcos incendiados contra la Armada que rompieron su formación, en tanto que terribles temporales la forzaron a levar anclas y, duramente hostigada por el enemigo, a poner rumbo hacia el noroeste. Sin embargo, en Madrid siempre quedarían sospechas de que Farnesio no estaba preparado en el momento oportuno para acudir de alguna forma a unirse a la Armada.
     Orange fue asesinado en julio de 1584, por mandato español, decisión que por cierto no gustó a Farnesio por considerarla contraproducente, y los rebeldes de las Provincias Unidas del Norte nombraron al joven hijo del príncipe, Mauricio de Nassau, capitán general, ayudado por su primo Guillermo-Luis de Nassau, que se revelaron como excelentes estrategas.
     Pero los proyectos de Farnesio de avanzar en el norte fueron nuevamente interrumpidos al ser llamado por Felipe II para intervenir en Francia, donde asesinado, en agosto de 1589, el rey Enrique III, se planteaba el problema de la sucesión, ya que no dejaba hijos.
     Antes de morir había designado como sucesor a Enrique de Borbón, príncipe de Bearne y titulado rey de Navarra, cabeza de los hugonotes. Pero la mayor parte de los franceses se oponía a admitir a un rey hereje y excomulgado por la Santa Sede. El Borbón, que era un gran soldado, consiguió una importante victoria sobre el duque de Mayenne, jefe de la Liga Católica, y puso sitio a París, donde se concentraban unas doscientas mil personas, que resistieron heroicamente, gracias a su fe, estimulada por los predicadores, durante cuatro meses, comiendo hierbas y animales repugnantes. El embajador español, Bernardino de Mendoza, se mostró incansable, animándolos a esperar la pronta llegada de los socorros prometidos por el monarca español. Pero Farnesio, que sufría fuertes ataques del enemigo, no veía el momento de abandonar los Países Bajos, donde se perdería lo conseguido con tanto esfuerzo. Así se lo comunicó a Felipe II, quien le contestó que el problema de Francia era prioritario, conminándole a acudir lo antes posible a desbloquear París. Aunque Farnesio trató de asegurar algunas plazas, obligado por las apremiantes órdenes del Monarca, el 16 de agosto partió de Bruselas, cruzó la frontera, reuniéndose en Meaux con las tropas de la Liga, y con solamente algo más de quince mil hombres se dirigió hacia París. El Borbón, abandonando allí a parte de sus tropas, acudió a cortarle el paso. Pero Farnesio, que no quería arriesgar batalla, durante la noche, realizó una hábil maniobra y se apoderó el 7 de septiembre de Lagny, llegando a las orillas del Marne pocos días después, con lo que quedaban abiertos todos los accesos por tierra y agua a la capital. Como le había encargado el Monarca, trató con los jefes de la Liga de los proyectos para instalar en el trono a la infanta Isabel Clara Eugenia, y a comienzos de diciembre regresó a los Países Bajos, dejando una parte de sus soldados en Francia. El desbloqueo de París había sido un éxito, pero la rápida partida de Farnesio, sin esperar órdenes de su Soberano —lo que le disgustó seriamente— dejó la capital prácticamente en el mismo estado que antes, aunque ahora el Borbón, sabiéndose dueño de la situación y mirando al futuro, permitió la entrada o salida de personas y de mercancías mediante salvoconductos y pago de peajes.
     A su regreso, Farnesio halló los Países Bajos en peor estado del que había previsto. Se había perdido buena parte de territorio y el ejército, al que no se le había podido pagar sus soldadas, estaba amotinado. En julio de 1591 se encaminó a Nimega, sitiada por las tropas de Mauricio de Nassau. Pero Felipe II volvió a reclamarle, esta vez para socorrer la importante ciudad de Ruán, cercada por las tropas de Enrique de Borbón. Farnesio, habiendo advertido nuevamente a Madrid, sin éxito, el riesgo que corrían los Países Bajos en su ausencia, levantando el cerco de Nimega, volvió a entrar en Francia. Unidas sus tropas a las de Mayenne, continuó hacia la ciudad sitiada. Negoció nuevamente con los jefes de la Liga sobre los planes para alcanzar los objetivos previstos por Felipe II, pero prontamente advirtió que no estaban dispuestos a secundar los designios del monarca español, y no insistió.
     Sin embargo, siguió camino hacia Ruán. El de Borbón le esperaba en la ruta normal, pero Farnesio escogió otro camino, más áspero y difícil, y logró en abril de 1592 liberar aquella plaza. En el sitio de Caudebec, Farnesio fue alcanzado en un brazo por un tiro de arcabuz. A pesar de las molestias que le ocasionaba la herida, para completar el desbloqueo de Ruán, emprendió el asalto a Ivetot. Pero el Borbón, que había reconstruido su ejército, era superior en número y le tuvo entretenido durante quince días con constantes escaramuzas. Este retraso sería fatal, pues el estado de salud de Farnesio, que no había podido curarse de la herida del brazo, empeoró hasta el punto de que hubo de dirigir las operaciones desde el lecho de campaña con ayuda de su joven hijo Ranuccio. Demasiado débil, decidió retirarse a los Países Bajos, y dando nuevas pruebas de su gran pericia militar, casi sin poder sostenerse sobre su caballo, eludió al enemigo, y en julio de 1592 estaba en Flandes.
     Aconsejado por sus médicos, se dirigió a la famosa fuente termal de Spa a recuperarse. En cuanto creyó hallarse algo mejorado, se dispuso a volver a Francia para continuar la campaña. Pero Felipe II no pensaba ya en él, pues aparte de su precario estado de salud, le había exasperado repetidamente con su renuencia en acudir a Francia y haber consumido buena parte del dinero preparado para aquella campaña en la defensa de sus posiciones en Flandes. El pundonoroso Farnesio, sin embargo, al tener noticia de la próxima llegada de Pedro Enríquez de Azevedo, conde de Fuentes, lo que parecía indicar que venía a hacerse cargo del gobierno y ejército, considerándolo una insoportable humillación, realizó un supremo esfuerzo.
     El 11 de noviembre dejó Bruselas decidido a unirse al ejército que luchaba en Francia, pero al llegar a Arrás, sintió que las fuerzas le flaqueaban y decidió reponerse unos días en la abadía de Saint Waas. Pero la enfermedad —“hidropesía”, según las fuentes coetáneas— seguía su curso y se hallaba sumamente enflaquecido, aunque no dejó de despachar cartas y papeles en los días que hubo de pasar en la citada abadía.
     El 1 de diciembre se acostó a la hora acostumbrada, pero horas después sintió que llegaba su fin. Atendido por su médico y su confesor, falleció en la madrugada del 2 de diciembre de 1592. Tenía cuarenta y siete años. Su cuerpo fue llevado a Bruselas, donde se le tributaron solemnes exequias, y fue sepultado en el mausoleo de Parma (Valentín Vázquez de Prada, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Farnesio, de Sevilla, dando un paseo por ella. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre el Callejero de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

La calle Farnesio, en detalle:
Edificio calle Farnesio, 6.
Edificio calle Farnesio, 8.

miércoles, 26 de agosto de 2026

Los principales monumentos (Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, Ermita de San Torcuato, Museo del Pueblo) de la localidad de Benalúa, en la provincia de Granada

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Granada, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, Ermita de San Torcuato, Museo del Pueblo) de la localidad de Benalúa, en la provincia de Granada.
     El municipio de Benalúa está asentado en la zona occidental de la vega de Guadix, a 870 metros de altitud. El terreno que lo rodea es arcilloso, característica que ha facilitado la excavación de cuevas a lo largo de toda su historia.
     De la mano de Manuel Fernández-Fígares, gran propietario agrícola e ingeniero, en la primera mitad del siglo XX nace un entramado industrial cuyo buque insignia es la fábrica azucarera Nuestra Señora del Carmen (1913). Tras ésta se crean la fábrica de pasta de esparto para papel Ntra. Sra. de las Angustias, la fábrica Harinas de Benalúa con los hornos anexos, la almazara El Carmelo, la fábrica de aceite de orujo Ntra. Sra. de la Esperanza, la fábrica de aguardientes León Vega, una fábrica de jabones y otros pequeños negocios, que constituyeron un próspero tejido industrial.
     Benalúa modifica su imagen con la construcción de los grandes volúmenes fabriles, el hábitat cuevero se expande aprovechando las excelentes condiciones del terreno y la población se multiplica por cuatro debido a la necesidad de mano de obra.
     Ya en la segunda mitad del siglo XX la economía local vive un segundo impulso con la creación de la fábrica Pastalfa -antecesora de Celsur-, Cerámica El Carmelo y una fábrica de conservas. La depresión económica vivida a principios de la década de 1980 fue el punto de inflexión del sector industrial, que supo salir adelante con la fórmula del cooperativismo.
     Región: Geoparque de Granada
     Código Postal: 18510
     Distancia desde Granada: 61 Km
     Gentilicio: Benaluenses
     Acceder a su website: www.benalua.es (Diputación Provincial de Granada).
     Los primeros datos documentales de esta población los tenemos en época romana, denominándose Pa­gus Minor, junto a la Vía Hercúlea. En sus proximidades, cuenta la tradición que fue martirizado y enterrado San Torcuato, en lo que se conocería como la Ermita del Sepulcro. A lo largo de la etapa musulmana se consolida como población. Tras la conquista se incluyó en los bienes del mayorazgo de los Condes de Alcudia, los Fernández Contreras. Hoy destaca su caserío, conformado mayoritariamente por casas-cueva. Como monumento más significativo destaca Iglesia parroquial de Nuestra Señora del Carmen, templo de planta de cruz latina con cubiertas lignarias que repiten los esquemas mudéjares de otras parroquiales de la zona, realizada en el siglo XVI, pero con aportaciones neomudéjares del siglo XIX (Rafael López Guzmán, María Luisa Hernández Ríos, José Policarpo Cruz Cabrera, Esther Galera Mendoza, Ana María Gómez Román, José Manuel Gómez-Moreno Calera, Esperanza Guillén Marcos, María Luisa Hernández Ríos, Rafael López Guzmán, José Manuel Rodríguez Domingo, Jesús Rubio Lapaz, Ana Ruiz Gutiérrez, y Miguel Ángel Sorroche Cuerva. Guía artística de Granada y su provincia. Tomo II. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     Benalúa (antes conocido como Benalúa de Guadix) está localizado sobre la depresión elevada de la Hoya de Guadix en la falda norte de Sierra Nevada, al norte de la capital comarcal. Su territorio, con una altitud media de 865 metros, es atravesado por el río Verde o Guadix, estando ocupados los fondos de las vegas por cultivos de regadío mientras las tierras más externas son el dominio del secano. El núcleo de Benalúa presenta un irregular paisaje urbano debido al gran desarrollo que en él poseen las viviendas trogloditas, dando el aspecto de un inmenso termitero que bordea la vega. Estos hábitats excavados se caracterizan por sus grandes propiedades térmicas. Al norte y oeste, junto a las vías de comunicación que acceden al núcleo, se sitúan hábitats construidos, ubicándose las principales fábricas en las cercanías de la línea férrea (Guía Digital del Patrimonio Cultural).
Historia.-
     En los alrededores de Benalúa se localizan varios yacimientos arqueológicos que evidencian el poblamiento antiguo y más o menos continuado de esta zona de la Hoya de Guadix. Entre las distintas interpretaciones del topónimo “Benalúa”, la más certera apunta al nombre del propietario musulmán de la alquería andalusí.
     A principios del siglo XVIII Benalúa es ya una gran cortijada. En 1752 contaba con 170 habitantes, 55 cuevas distribuidas en dos cañadas, una fuente pública y un molino harinero. Se trata de una comunidad agrícola y ganadera en la que ningún vecino es propietario de las tierras.
     En la década de 1830 se crea la Hermandad de Ánimas -origen de la devoción a la Virgen del Carmen- y se constituye el ayuntamiento. A mediados de siglo Benalúa cuenta ya con 146 vecinos y 663 almas. Los cultivos agrícolas principales son cereales, cáñamo, lino y judías, y se cría ganado diverso (Diputación Provincial de Granada).

Iglesia de Nuestra Señora del Carmen.-

     Cerca de la actual iglesia hubo desde el siglo XVII hasta mediados del XIX una ermita que dependía de la parroquia de Fonelas. En 1832 se constituyó la Hermandad de Ánimas y del Santísimo Sacramento, que explica la devoción en Benalúa a la Virgen del Carmen por la vinculación que siempre ha existido entre ésta y las ánimas del purgatorio.
     La iglesia que conocemos hoy en día -construida entre 1858 y 1864- se consagró bajo el título de Nuestra Señora del Carmen el 6 de febrero de 1864. Fue obra del arquitecto granadino Francisco Contreras, de planta basilical y estilo neomudéjar con muros de aparejo de ladrillo y cajones de tapial o piedra, además de una modesta cubierta de madera. Junto al campanario, detrás del presbiterio, se ubicó la sacristía y en los lados dos altares. Para dar cabida a la numerosa feligresía, en 1965 se añadió una nave en sentido perpendicular al eje de la primera con lo cual la nave decimonónica pasó a convertirse en un gran presbiterio.
     En 1868 se llevó a cabo una reestructuración parroquial en la diócesis accitana. La iglesia de Benalúa consigue la categoría de parroquia y queda bajo la advocación de Santa María de la Anunciación. Esa denominación perdurará hasta 1988, año en que se concede por parte del Obispado el título originario de Nuestra Señora del Carmen (Diputación Provincial de Granada).

Ermita de San Torcuato.-
     Se trata de una construcción simple, que alberga una imagen y varias reliquias de San Torcuato, patrón de Guadix (Diputación Provincial de Granada).
     En el paraje conocido como Face Retama se encuentra el complejo cultual de San Torcuato formado por las ermitas antigua y nueva y por un complejo monacal subterráneo de veinticinco salas. Se trata de una construcción de composición arquitectónica simple, que alberga en su interior una ima.gen y varias reliquias de San Torcuato, patrón de Guadix. La primera mención escrita de la ermita y las cuevas de Face Retama data del año 1696 (Ayuntamiento de Benalúa).

Museo del Pueblo de Benalúa.-
     La llamada Cueva del Centro, o Museo de Benalúa, fue excavada durante la II República por trabajadores del pueblo organizados en sindicatos, como centro de reunión y actividades culturales, de ahí su nombre, que no fue olvidado en el pueblo. Se trata de un centro expositivo que ha sido concebido con criterios actuales, y que se apoya en el uso intensivo de los recursos audiovisuales. Su contenido está basado en la historia y en los rasgos de la identidad de la localidad (Diputación Provincial de Granada).

     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Granada, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, Ermita de San Torcuato, Museo del Pueblo) de la localidad de Atarfe, en la provincia de Granada. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia granadina.

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La pintura "Retrato de Lucía Monti", de Villegas, en la sala XII del Museo de Bellas Artes

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Retrato de Lucía Monti", de Villegas, en la sala XII del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.        
     Hoy, 26 de agosto, es el aniversario del nacimiento de José Villegas Cordero (26 de agosto de 1844), así que hoy es el mejor día para ExplicArte la pintura "Retrato de Lucía Monti", de Villegas, en la sala XII del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
     El Museo de Bellas Artes, antiguo Convento de la Merced Calzada [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
     En la sala XII del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "Retrato de Lucía Monti", de José Villegas Cordero (1848 - 1921), realizado hacia 1880, siendo un óleo sobre lienzo en estilo romántico, con unas medidas de 1,12 x 0,72 m., y procedente de la donación de Dª Lucía Monti (1921).
     En este retrato de Lucía Monti, esposa del pintor, con perro, el centro de la composición está dominado por la figura de la retratada con un elegante y ceñido vestido gris plata, en una seductora y relajada actitud, apoyándose, desenfadada, sobre un gran cortinaje. Villegas utiliza en la composición una paleta de tonos cálidos y una marcada verticalidad enfatizada por la figura de Lucía Monti y el gran cortinaje sobre el que se apoya. Como contrapunto a la misma, el diván y el galgo, que aparecen a ambos lados de Lucía. 
     Mujer del pintor, nacida en 1852, parece tener en este retrato algo más de 25 años por lo que se puede fechar la obra hacia 1880.
     Datada hacia 1880, esta obra es reflejo de un momento en que Villegas se movía entre el preciosismo elegante que plasma en este ambiente y en el traje de la retratada, y una pincelada más rápida y descuidada propia del tableautin (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
     Célebre en vida y pronto olvidado es frase que puede aplicarse a la circunstancia de la fama de muchos pintores. Uno de ellos es Villegas quien después de conocer la gloria en vida pasó a ser ignorado durante mucho tiempo, hasta que en las últimas décadas ha vuelto a recibir la atención que sus méritos artísticos merecen.
     Nacido en Sevilla en 1844 y fallecido en Madrid en 1921, Villegas repartió su formación entre Sevilla y Madrid. A los veinte años marchó a Roma, que había de ser para él la ciudad definitiva en su vida tanto en sus aspectos artísticos como en los humanos. En sus primeros años de estancia en la capital italiana se esforzó en aprender y perfeccionar su formación, para después sentar plaza de pintor de categoría y hacerse una clientela de carácter internacional que fue adquiriendo sus pinturas sin reparar en el precio. Su carrera en Roma culminó con el nombramiento de director de la Academia española; años más tarde en Madrid fue nombrado director del Museo del Prado, cargo que desempeñó hasta 1918.
     La temática pictórica tratada por Villegas es muy amplia y con técnica magistral recreó temas históricos, escenas costumbristas, retratos y paisajes. Entre sus pinturas de tema histórico destaca un amplio conjunto que tiene como ámbito a Venecia, ciudad de la que supo extraer numerosas evocaciones del pasado. En Venecia transcurrieron numerosas estancias de Villegas y allí obtuvo una fecunda inspiración para recrear escenas que evocan el esplendoroso pasado de la ciudad. Al lado de escenas historicistas Villegas también plasmó temas que proceden del ámbito hispano, siendo un excepcional pintor de temas taurinos y también de asuntos vinculados al carácter popular.
     Un conjunto de dieciséis obras de Villegas se guardan en el Museo de Sevilla. La mayoría de ellas fue legada por Dª Lucía Monty, viuda del pintor quien había guardado los retratos que a lo largo de su vida le había realizado su marido. Es ésta una colección espléndida porque en ella y a través de los años el artista había empleado sus mejores virtudes técnicas junto con su más profundo sentimiento (Enrique Valdivieso González, Pintura, en El Museo de Bellas Artes de Sevilla. Tomo II. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Biografía de José Villegas Cordero, autor de la obra reseñada;
     José Villegas Cordero (Sevilla, 26 de agosto de 1848 – Madrid, 10 de noviembre de 1921). Pintor.
     Hijo de un modesto barbero, José Villegas recibió una sumaria educación orientada en su adolescencia hacia la pintura, pese a la oposición paterna, ya que su progenitor no veía futuro para su hijo en el ejercicio de dicha actividad. En 1862 entró como aprendiz en el taller de José María Romero pintor de retratos de la burguesía y aristocracia sevillana y también creador de escenas costumbristas y de pinturas religiosas; al mismo tiempo, se inscribió como alumno de la escuela de Bellas Artes sevillana donde destacó enseguida merced a sus innatas dotes artísticas. Convencido de la angostura de los criterios artísticos que se impartían en dicha escuela, Villegas aspiró muy pronto a marcharse a Madrid para complementar su formación, lo que llevó a cabo en 1867, después de cuatro años de estudios sevillanos. En Madrid acudió de inmediato al Museo del Prado donde se entusiasmó con el arte de Velázquez, al que se dedicó a copiar con especial delectación. La pincelada suelta y espontánea reflejada sobre todo en las postreras obras velazqueñas y también su sentido de la luz y del color le subyugaron especialmente y contribuyeron a elevar su técnica de forma muy sensible.
     Después de una breve estancia madrileña, Villegas regresó a Sevilla, pero lo hizo ya con la idea determinada de abandonar pronto su ciudad natal para viajar a Roma donde aspiraba a culminar sus conocimientos y a iniciarse en el ejercicio de la pintura con grandes pretensiones. Tras otra breve estancia en Madrid, donde siguió copiando en el Prado a los grandes maestros de la historia de la pintura, tomó camino de la ciudad eterna.
     La estancia de Villegas en Roma se inicia a mediados de 1868 y allí fue bien recibido por artistas españoles como Eduardo Rosales, que le ofreció compartir su estudio y que un año después, al regresar el maestro madrileño a España, pasó a ocupar él solo. El tener estudio propio en Roma, facilitó la carrera artística de Villegas, quien muy pronto intentó alcanzar una fama pareja a la que allí disfrutaba Mariano Fortuny, a quien admiraba profundamente y a quien había conocido años antes en Madrid.
     Muy pronto Villegas obtendría en Roma la recompensa a sus aspiraciones, puesto que enseguida encontró a coleccionistas y anticuarios que se interesaron por sus obras, lo cual le permitió forjar una clientela internacional que compraba directamente sus pinturas en su estudio a precios satisfactorios, que se elevaban a medida en que sus creaciones eran premiadas en las sucesivas exposiciones internacionales a las que se fue presentando. Todo ello movió a los principales marchantes parisinos a ofrecerle ventajosos contratos para trabajar para ellos. Villegas siguió residiendo en Roma aplicándose desde entonces al ejercicio de una pintura de moda en aquellos momentos, generalmente de pequeño formato, ejecutada con una técnica preciosista en la que trataba temas históricos, escenas costumbristas, paisajes o retratos. 
     La muerte de Fortuny en 1874 le convirtió en el pintor español más popular en Roma, merced, sobre todo, a que en 1898 fue nombrado director de la Academia Española de Bellas Artes de esta ciudad, perdurando su prestigio allí hasta su regreso a España en 1901. Al regresar a Madrid fue nombrado director del Museo del Prado y también de inmediato académico de Bellas Artes de San Fernando. En la capital se incorporó al mundo literario y artístico, convirtiéndose en una de las principales figuras de la intelectualidad, al tiempo que se le consideró el pintor de moda. En efecto, la alta sociedad madrileña y especialmente las damas suspiraban porque Villegas llegase a inmortalizarlas en retratos, elevándose notablemente su prestigio cuando, primero en 1902 y luego en 1906, retrató al monarca Alfonso XIII. En los últimos años de su vida Villegas padeció una afección visual que le apartó de la práctica de la pintura desde 1918 hasta la fecha de su muerte en 1921.
     La producción pictórica de Villegas es muy numerosa y en ella trató todos los géneros pictóricos como los temas de historia, el paisaje, escenas costumbristas, casacones y retratos. En el ámbito de la pintura de historia han de citarse obras relevantes como La Paz de las Damas y La última entrevista entre Don Juan de Austria y Felipe II, obras ejecutadas en 1879. Dentro de la retórica habitual que todos los artistas españoles de esta época introducían en la pintura de asunto histórico, Villegas se destaca por su esfuerzo en obtener en sus obras una máxima naturalidad en la descripción de los gestos y actitudes de los personajes. Al mismo tiempo, fue minucioso y preciso en la descripción arquitectónica de los escenarios de sus obras, de los vestuarios y de los objetos. Notable es en su producción la escena que representa a Pietro de Aretino en el taller de Tiziano, ejecutada en 1890 en homenaje al gran maestro de la pintura veneciana del Renacimiento. Villegas sintió siempre una especial predilección por la ciudad de Venecia, a la que viajó en numerosas ocasiones y en la que permaneció durante largas estancias que le proporcionaron numerosos temas de inspiración. Su mejor pintura de tema veneciano es El Triunfo de la Dogaresa, ejecutada en 1892 y que es un entusiasta homenaje a la elegancia y belleza de la figura femenina. Otras composiciones con argumento veneciano son La fiesta de las Marías y La procesión del redentor.
     El subyugante ambiente urbano de la ciudad de Venecia fue también motivo de inspiración para Villegas, quien plasmó allí atractivos paisajes como El canal de la Zatera, La Ca d’Oro, La iglesia de la Salute y El ponte della Paglia.
     Sin duda, la modalidad pictórica que más renombre proporcionó a Villegas fue la de asuntos costumbristas, con la que alcanzó un notable éxito de crítica y de público y la que fue adquirida con entusiasmo por su clientela. La moda por temas de inspiración española estuvo en boga en Europa en el último tercio del siglo xix y Villegas alcanzó con ella un excepcional resultado, merced a la calidad y el virtuosismo que plasmaba en este tipo de pinturas. Esta circunstancia le permitió ejecutar con prodigalidad numerosos temas protagonizados por toreros, bailaoras, pícaros o mendigos que por su acertada descripción fueron intensamente valorados. Al tiempo que temas de raigambre hispana, Villegas realizó también con gran fortuna temas populares de inspiración italiana, que igualmente interpretó con singular acierto. De esta índole son obras como La fiesta del quince de agosto en Nápoles y Al mercado en las cuales recrea especialmente hermosos prototipos femeninos que muestran un sentido elegante y refinado en su expresividad.
     Bien relacionado con los altos estamentos eclesiásticos de Roma, Villegas alcanzó a captar en varias ocasiones escenas protagonizadas por personajes pertenecientes a las jerarquías superiores de la Iglesia, como obispos o cardenales. En estas obras, que tuvieron una gran acogida entre la clientela, destacan La antesala de su Eminencia y El cardenal penitenciario. También con asunto religioso representó escenas que describen ceremonias o procesiones como La fiesta de las palmas en San Juan de Letrán que puede ser considerada como una de las mejores obras que el artista realizó en Roma.
     De forma inevitable Villegas incidió en la práctica de pintura de “casacones”, puesto que la clientela seguía demandando este tipo de obras; en esta modalidad su obra maestra es la representación de El bautizo del nieto del general, seguida de otra denominada El barbero de Sevilla. También siguiendo la moda vigente en su época, realizó representaciones de carácter orientalista, que recreó gracias a la experiencia visual que tenía de este ámbito y que obtuvo en un viaje a Marruecos que había realizado en su juventud. Como ejemplo de este tipo de pinturas puede señalarse La tienda del vendedor de babuchas.
     Uno de los temas hispanos de mayor éxito dentro del repertorio de Villegas fue el taurino, que recreó en obras como El descanso de la cuadrilla, Toreros en la capilla de la plaza, Toreros en la taberna y sobre todo La muerte del maestro, obra de grandes dimensiones de la cual realizó dos versiones diferentes (en 1893 y en 1910).
     Otras pinturas de inspiración popular fueron El jaleo, Los monaguillos, Matilde la gitana, Soledad la cantaora y Encarna. En todas estas pinturas Villegas supo captar atractivos modelos que recrean progresivamente una técnica fluida y diestra que hace lamentar que no se dedicase a una pintura más comprometida y trascendente, circunstancia que le hubiera otorgado un puesto de mayor preeminencia entre los artistas que marcaron la transición entre el siglo XIX y el XX.
     Muy notable, aunque minoritaria dentro de su producción, fue su dedicación al retrato, que practicó en repetidas ocasiones ejecutando varias versiones de su propio autorretrato y pintando también a su esposa Lucía Monti y a otros personajes familiares. Numerosos clientes quisieron también ser efigiados por Villegas, destacando entre ellas Las señoritas de San Gil y el Marqués de Polavieja, en el ámbito aristocrático, aunque quizás su mejor retrato fue el de Pastora Imperio, rebosante de gracia y desenfado.
     En los últimos años de su vida, Villegas se sintió captado por el espíritu artístico del simbolismo, al que llegó sin duda con notable retraso; sin embargo, con este espíritu artístico, llegó a concebir en los últimos años de su vida un magno proyecto en el que intentó reflejar la trascendencia del ser humano y los impulsos que mueven sus acciones y sentimientos. Todo ello lo recogió en su Decálogo, conjunto de doce pinturas en las que representó los diez mandamientos de la ley de Dios más un prólogo y un epílogo. En estas pinturas aparecen el hombre y la mujer, generalmente al desnudo y vinculados a la naturaleza, logrando efectos de una gran belleza que refuerzan el contenido narrativo de estas escenas (Enrique Valdivieso González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Retrato de Lucía Monti", de Villegas, en la sala XII del Museo de Bellas Artes, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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martes, 25 de agosto de 2026

Los principales monumentos (Iglesia de Santa Marina, y Ermita de Santa Ana) de la localidad de Valverde de Mérida, en la provincia de Badajoz

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Badajoz, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de Santa Marina, y Ermita de Santa Ana) de la localidad de Valverde de Mérida, en la provincia de Badajoz.
     Se localiza hacia el este de Mérida, sobre un asentamiento que se acoge también al seno de la gran curva del Guadiana, cerca del badén por donde se supera el río en dirección a Guareña.
     Tipo de Entidad: Municipio
     Superficie Término: 52,7 Km2
     Altitud: 267 m.
     Distancia Capital: 72 Km.
     Partido Judicial: Mérida
     Comarca: Tierra de Mérida - Vegas Bajas
     Gentilicio: Valverdeño
Ayuntamiento de Valverde de Mérida
     plaza de España, 1
     06890 Valverde de Mérida (Badajoz)
     Teléfono: 924321839
     Fax: 924321848
     Correo-e: ayuntamiento@valverdedemerida.es - secretaria@valverdedemerida.es
     Web: www.valverdedemerida.es
Historia.-
     Se localiza hacia el este de Mérida, sobre un asentamiento que se acoge también al seno de la gran curva del Guadiana, cerca del badén por donde se supera el río en dirección a Guareña.
     A partir de un enclave al que se atribuye origen remoto, el núcleo fue repoblado al amparo del fuero de Mérida en 1235, anejándose al mismo algunos caseríos ya existentes en el entorno, como Pedroche, Ureña y otros, como posesión de la Orden de Santiago dentro del Partido de Mérida. En 1630 se independizó de esta jurisdicción alcanzando el título de Villa exenta mediante el pago de 16.000 ducados.
     En el presente la población constituye un asentamiento de carácter rural con algo más de un millar de habitantes, de próspera economía agrícola, muy representativo de los centros de su especie (Diputación Provincial de Badajoz).

Monumentos.-
     El hito monumental más significado es la iglesia parroquial de Santa Marina, que se sitúa en el centro del caserío rodeada de diversas plazas agradablemente ajardinadas. Constructivamente se trata de obra de mampostería sin enlucir, con torre fachada a los pies e interior de una sola nave de acusada espacialidad, cuyas características generales evocan de modo directo la parroquial de Santa María de la vecina Guareña.
     Al exterior resultan de interés, además de la atractiva torre, las portadas clasicistas, alguna con decoración plateresca y escudos santiaguistas. Del interior merece reseñarse la credencia u hornacina- sagrario de estilo gótico renacentista de la capilla mayor, elemento peculiar de las iglesias del ámbito emeritense que se repite en casi todos los templos de la zona. También se distinguen el púlpito granítico, los canceles de gran cuerpo y buena labra de reminiscencia mudéjar, y las propias puertas, con carpintería y herrajes del siglo XVIII. Los retablos e imaginería antigua han desaparecido. Pieza notable es una pintura de buena factura, de autor no documentado, datable en la primera mitad del XVII, en la que se representa el encuentro de San Joaquín y Santa Ana ante la Puerta Dorada a partir del modelo de Durero. En reconocimiento a sus indudables méritos, esta iglesia ha sido declarada como Bien de Interés Cultural por parte de la Junta de Extremadura (Diputación Provincial de Badajoz).

Iglesia de Santa Marina.-
     Ese vetusto templo del siglo XVI, que se alza majestuoso en el centro de nuestro pueblo, por fin va a ser conocida y reconocida en otros lugares.
     Existen unas razones intrínsecas a la propia arquitectura de la obra por su mampostería de piedra y sillas de granito, que la dotan de una fortaleza y una solidez envidiables.
     La obra se resuelve en una sola planta de magníficas dimensiones compuestas por tres cuerpos, a la que se adosan en época posterior la sacristía y una pequeña capilla (la de San Antonio). La cubierta de los tres tramos está sustentada sobre semicolumnas cilíndricas de granito. En el diseño de las cubiertas destaca la cruz santiaguista, por lo demás es un estilo sobrio pero elegante.
     La cabecera del edificio está formada por tres tramos con las cubiertas de bóveda de crucería; el tesoro de la cabecera es poligonal de tres planos; el frontal de la misma se configura por una estructura labrada en piedra según el gusto gótico renacentista de la época.
     En el tramo central del presbítero se halla una pequeña capilla lateral comunicada con la nave principal mediante un arco de rica decoración.
     Al exterior se abren tres portadas con austera realización.
     La principal resulta la del perdón  o de los pies y consiste en un arco de medio punto con triple moldura; la del costado del evangelio, también de medio punto con sillares graníticos en cuya clave Figuera un escudo de la orden de Santiago; la del lado de la epístola está compuesta por dovelas graníticas coronada por el escudo santiaguista.
     La carpintería de las puertas está constituida por madera de gran escudería y herrajes de forja originarias del siglo XVIII.
     A los pies, la torre, cuyo cuerpo superior sobresale por encima de la cubierta y para configurar el campanario. Se diferencia de la morfología de la fachada por una somera imposta. El remate consiste en una cornisa de gran volumen.
     Este fabuloso edificio amplio, esbelto, sólido como pocos que ya en 1633 mereció el elogio del historiador Bernabé Moreno de Vargas y que en obras de historia y arte posteriores siempre había alguna mención. Moreno de Vargas, asombrado por la amplitud de su perímetro y altura: 120 mts. De longitud, 13 mts. De anchura, 19 mts. De altura que se eleva hasta los 40 mts. De la torre ya expuso en su libro sobre la historia de Mérida y su comarca que era un “edificio nuevo y suntuoso”.
     Además de su rica arquitectura, posee un famosísimo cuadro de san Joaquín y Santa Ana.
     Quizás sólo con esta magnificencia y majestuosidad sería posible haberla considerado como un monumento merecedor de todos los ciudadanos.
     Y, en efecto, el sostenimiento y conservación de este edificio ha sido siempre una preocupación por parte de las autoridades eclesiásticas. Pero la lástima es que únicamente se quedó en mera preocupación teórica (Ayuntamiento de Valverde de Mérida).

Ermita de Santa Ana.-
     La ermita de Santa Ana se encuentra situada al SO de Valverde en la confluencia de los términos de D. Álvaro, Mérida y Valverde, cerca del rio Guadiana, un poco apartada de éste, tal vez para preservarla de las crecidas ya que, si bien se encuentra en una pequeña elevación del terreno, está junto a una fértil vega de mencionado río.
     Su orientación no responde a la general de las construcciones religiosas cristianas (Este –Oeste) ya que su eje longitudinal se dirige hacia el Sur con un ligero desvío hacia el Oeste.
     En la actualidad el edificio se encuentra en un avanzado estado de ruina, habiendo desaparecido toda la cubierta, excepto la cúpula de la sacristía, parte de los muros y una buena parte del pórtico de entrada. Hasta principios del mes de Marzo del presente año conservaba parte de la cúpula de la capilla mayor, habiéndose derrumbado por tanto recientemente.
     De planta rectangular, posee una única nave dividida en dos tramos y capilla mayor al fondo configurando una cabecera cuadrada, todo ello está precedido de pórtico constituido por tres arcos de medio punto, uno al frente y dos laterales, si bien, al menos, el de la izquierda estuvo albergando en su centro una pequeña ventana adintelada, de granito. Tanto el arco central como el de la izquierda están realizados en ladrillo. En ambos ángulos de las esquinas delanteras se encuentran incrustadas dos pequeñas pero gruesas columnas, de granito la izquierda y de mármol la derecha.
     El muro de los pies de la nave, de mampostería, alberga un arco de medio punto, enmarcado por un alfiz realizado junto con dicho arco en el ladrillo.
     En el muro Este del primer tramo se encuentra una portada cegada, que es posible perteneciera a la entrada de una capilla, o quizás pudo ser una antigua puerta de acceso que comunicara la nave con el exterior. Dividiendo ambos tramos se encuentra un gran arco, de ladrillo, apuntando, que descansa sobre los contrafuertes exteriores.
     La capilla mayor, más elevada de la nave, se une a ésta por arco de medio punto, también realizado en ladrillo. Es la zona más rica de la ermita ya que se coronaba con una cúpula semiesférica sobre pechinas, construida de ladrillos y rematada al exterior por un pináculo cónico también de ladrillos. Los muros de la capilla superior se encontraban decorados con interesantes pinturas.
     El muro frontal de la cabecera se encuentra una ventana cegada, con reja al exterior, que junto con la otra situada en el muro Este, serían los principales puntos de luz que iluminarían la capilla mayor. Ambas ventanas resaltan sus bordes con granito.
     En cada ángulo de la capilla mayor se albergan algunas pilastras adosadas en las que descargan los arcos que aligeran el peso de la cúpula.
     Al exterior es de destacar la utilización de los sillares graníticos en los ángulos de las esquinas, así como la cornisa que recorre toda la parte superior de la capilla y en los pináculos piramidales que rematan la construcción en ambas esquinas de la cabecera.
     Comunicándose con la capilla mayor por una puerta adelantada, sobre la cual se extiende una pequeña cornisa, se encuentra la sacristía. En un espacio cuadrado, cubierto con una cúpula de media naranja, único cierre conservado en la actualidad del conjunto del edificio. Recibe la luz del exterior a través de una ventana pequeña situada en el muro del Norte.
     Lo más destacable respecto a la decoración arquitectónica es el alfiz que enmarca el arco de entrada a la ermita así como las importas de ladrillo resaltado donde descansa dicho arco, las impostas de las columnas adosadas existentes en la capilla mayor y una pequeña cornisa existente superpuesta a la puerta de la sacristía
     Tanto al exterior como al interior de la ermita se encontraba encalada, y sobre todo en el muro frontal de la capilla mayor abunda la decoración pictórica de motivos vegetales y geométricos con predominio de colores rojizos.
     La cúpula mayor, ya desaparecida, tenía unas bandas radicales con pinturas geométricas, cuyas formas romboidales de color rojizo se combinan con el blanco de fondo haciendo una especie de espigado que convergía en el centro de dicha cúpula.
     La cúpula de la sacristía poseía también decoración pictórica similar a la de la cúpula mayor.
     Recorría la parte inferior del muro un zócalo geométrico que combinaba el color azul con el rojo. Del mismo modo, rodeaba el exterior de la ermita otro zócalo de color rojo.
     Respecto a los cerramientos, aparte de los ya mencionados, la nave debió tener cubierta a dos aguas, de madera o cañas y tejas.
     El material básico para la realización de la construcción es mampostería, si bien se emplea el ladrillo para la configuración de arcos y cúpulas; el granito en los vanos de las ventanas, en parte de la cimentación, en una cornisa que remata los muros externos de la capilla mayor y, sobre todo, en los ángulos de las esquinas traseras de dicha capilla así como incrustado en forma de sillares más o menos regulares en algunas zonas de los muros. La madera o caña se emplearía para cerrar la cubierta de la nave.
     Es posible que los restos de la edificación apreciables en el presente estén asentados sobre la base de otra fábrica anterior, ya que en algunos tramos se pueden observar la existencia de grandes sillares, sobre todo en las partes más bajas de los muros incrustados en ellos.
     En la actualidad presenta dos tipologías constructivas bien diferenciadas:
     La primera que se correspondería con los dos primeros tramos de la nave y el pórtico, denota una clara influencia mudéjar, sobre todo por el empleo de ladrillo en sus dos arcos apuntados (el de la entrada y el que separa los dos primeros tramos de la nave) y el alfiz que enmarca al que da acceso a la ermita.
     La segunda que coincide con la parte de la capilla mayor de la sacristía, de factura más reciente, debió realizarse a juzgar por sus formas más estilizadas, en torno al siglo XVIII (Ayuntamiento de Valverde de Mérida).

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