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viernes, 7 de agosto de 2026

El desaparecido Colegio de San Alberto de Sicilia, de los Carmelitas Calzados

     Por Amor a Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Colegio de San Alberto de Sicilia, de los Carmelitas Calzados, de Sevilla.          
     Hoy, 7 de agosto, se celebra en Mesina, en la región de Sicilia, en Italia, Memoria de San Alberto degli Abbate, presbítero de la Orden de Carmelitas, que con su predicación convirtió a muchos judíos a la fe en Cristo y proveyó de víveres a la ciudad en su asedio (c. 1306 / 1307) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].  
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el desaparecido Colegio de San Alberto de Sicilia, de los Carmelitas Calzados, de Sevilla.
     El desaparecido Colegio de San Alberto de Sicilia, de los Carmelitas Calzados, se encontraba delimitado por la manzana formada por las calles San Isidoro, Estrella y Manuel Rojas Marcos; en el Barrio de San Vicente, del Distrito Casco Antiguo.
   La Orden Carmelita, de lejanas resonancias bíblicas y eremíticas, toma su nombre del lugar donde tuvo sus orígenes: el Monte Carmelo, cordillera de Palestina asociada al recuerdo del profeta Elías quien llevó allí una vida eremítica junto con sus discípulos, narrada en el Antiguo Testamento (Libro II de los Reyes, 2), lugar que fue considerado santo según la más antigua tradición cristiana apoyada por los Padres de la Iglesia (San Gregorio, San Jerónimo, San Agustín, San Basilio). Las masivas peregrinaciones a Tierra Santa de los cruzados y la conquista de ésta a los musulmanes con la tercera cruzada a fines del siglo XII, posibilitó la instauración del Reino Latino de Jerusalén y el establecimiento de grupos de ermitaños latinos en el Monte Carmelo, en donde el recuerdo de Elías estaba vivo gracias a las narraciones bíblicas y a la tradición patrístico-eremita. Con el paso del tiempo y especialmente en la época de la Contrarreforma, los carmelitas sintieron la necesidad de tener a una figura santa que personificase su forma de vida, toda vez que no poseían un fundador al estilo de las otras órdenes religiosas, lo que propició el desarrollo de la conciencia eliana, ante el hecho de habitar en el Monte Carmelo, integrándose en la espiritualidad carmelitana como nota específica e individualizante. Según la narración de un peregrino francés que escribe en 1231, sabemos que existía un oratorio en medio de las lauras de los ermitaños, dedicado a la Virgen, por lo que fueron conocidos como Hermanos de Nuestra Señora del Monte Carmelo, título que aparece ya en una bula pontificia de 1252. Estos eremitas que mantenían vivo el "espíritu" de Elías, solicitaron a principios del siglo XIII a Alberto, patriarca latino de Jerusalén, una regla o norma de vida para organizarse, que quedó redactada en 1209 y es conocida como Regla Primitiva o Regla de San Alberto, que se caracteriza por su esencia eremítica con algunas concesiones a la vida comunitaria, insistiendo en el silencio, la oración, el ayuno riguroso, la abstinencia, y el trabajo manual como medio de subsis­tencia, a lo que se añadían los tres tradicionales votos de pobreza, obediencia y castidad. La aprobación pontificia fue dada por Honorio III en 1226 y confirmada por Gregorio IX tres años más tarde en la bula Ex Offici Nostri.
     Pero los conventos o eremitorios de Oriente vivían bajo la amenaza constante de los ataques de los musulmanes, lo que hizo que muchos de sus miembros se trasladasen a Europa, considerándose la primera fundación carmelita en el continente la de Valenciennes en 1235, experimentando a lo largo de todo el siglo XIII un notable crecimiento. Finalmente, con la conquista sarracena de San Juan de Acre en 1291 y la matanza de los carmelitas que quedaban en el Monte Carmelo se pone fin a la Orden en Tierra Santa, rompiéndose las raíces orientales e inaugurándose definitivamente su ciclo europeo. El establecimiento en Europa coincidió con la proliferación de las órdenes mendicantes, que planteó a los ermitaños de Santa María del Monte Carmelo la alternativa de adaptarse a la forma de vida mendi­cante o continuar con su estilo eremítico y contemplativo. Se resolvió hacer una adaptación de la Regla, siendo el inglés Simón Stock, prior general durante veinte años, quien puso las bases de la nueva espiritualidad. Fue aprobada en 1247 por el papa Inocencia IV y aunque conservaba su espíritu contempla­tivo, se encamina hacia el apostolado característico de los mendicantes, se mitigaba el silencio y el ayuno, y se podía fundar con libertad, constituyéndose provincias con sus priores provinciales y sus capítulos, centralizadas todas en un Capítulo General como órgano supremo de gobierno con un prior general al que estaban sometidos todos los frailes. El papa Juan XXII extendió a los carmelitas en el año 1317 los privilegios que gozaban franciscanos y dominicos, con lo que alcanzaron plenamente la condición de mendicantes.
     El Capítulo General celebrado en el año 1256 autorizó la fundación de conventos en España, comenzando la expansión en la Península por Cataluña y Aragón y extendiéndose rápi­damente a lo largo del XIV. Durante el siglo XV el Carmelo padeció, al igual que el resto de las órdenes, la relajación de la vida espiritual y el desgobierno en sus conventos, surgiendo movimientos de observancia que insistían en la pobreza, el espíritu contemplativo y en la devoción mariana. Fundamental movimiento reformista en España fue el llevado a cabo por Santa Teresa de Jesús, quien habiendo reformado la rama femenina promovió la del Carmelo masculino. Con licencia del padre Rubeo, General de la Orden, en 1567, los padres Alonso González, provincial de Castilla, y Ángel Salazar, prior de los carmelitas de Ávila fundan las dos primeras casas de descalzos, manteniéndose aún la Orden unida. Rápidamente, a pesar de la austera vida adoptada, comenzaron a crecer las vocaciones y aumentar el número de monasterios que se reformaron. Este nuevo estado de cosas creó problemas de jurisdicción que determinaron la intervención papal, que nombró a tres dominicos para solucionar las fricciones entre calzados y descalzos. Pero la realidad fue otra, creándose un clima de conflicto y protesta que duró varios años. Con la mediación de Felipe II, el Papa Sixto V otorgó un breve en 1586 por el que concedía la separación de los calzados como Orden independiente, que fue ratificado posteriormente por Clemente VIII. Poco después se produciría una nueva disgregación en los conventos italianos que dará lugar a la separación por congregaciones de la gran familia carmelita, por un lado los conventos italianos y europe­os con su propio general superior, y por otro los de España, Portugal y América. En el siglo XVIII la Orden alcanzó su mayor desarrollo en número de casas y de miembros; sin embargo, tras la revolución francesa vinieron las sucesivas supresiones de instituciones religiosas. En la actualidad los Carmelitas tanto calzados como descalzos cuentan con un extenso número de conventos en todo el mundo.
COLEGIO DE SAN ALBERTO DE SICILIA (CARMELITAS CALZADOS)
     En el siglo XVII la Orden carmelita se halla plenamente afianzada en la Península contando, sólo en Andalucía en el año 1602, con veinte casas. En un deseo de perfeccionar la formación de los religiosos pera mejor capacitarlos en su tarea evangelizadora no exclusivamente entre los feligreses locales sino en la labor misionera de evangelizar el Nuevo Mundo, los prelados de la congregación deseaban, al igual que el resto de las órdenes venían haciendo desde el XVI, segregar los estudios de teología, filosofía y artes de los conventos que tenían asumidas tales enseñanzas -los denominados "studia" de Osuna, Córdoba, Granada y la Casa Grande de Sevilla-, y crear un colegio en el que concentrar esta actividad y en donde formar gran número de carmelitas bien instruidos para tal fin. La oportunidad para desarrollar este proyecto vino de la mano de fray Benito Enríquez, religioso de la Casa Grande del Carmen de nuestra ciudad y confesor de Dª Bernardina de Salazar, acaudalada dama, viuda del jurado Luis Álvarez de Soria, quien deseosa de realizar una obra piadosa y conocedora por fray Benito de los anhelos de la Orden, ayudó con parte de sus bienes a fundar el Colegio. El prior del Carmen fray Fernando Suárez (1563-1610) que llegaría a ser rector de San Alberto, previo permiso del provincial, pidió la licencia correspondiente para fundar al cardenal D. Fernando Niño de Guevara, arzobispo de Sevilla, quien la concedió el 19 de diciembre de 1602. Por escritura pública ante el escribano Simón de Pineda, el 2 de diciembre de ese mismo año se había procedido a la compra por parte de fray Benito Enríquez de unas casas en la collación de San Isidoro, propiedad y mayorazgo de D. Juan Manuel de León y Lando, hijo de D. Francisco Manuel de León y de Dª Elvira de Guzmán, quien las vendía por 13.000 ducados. Doña Bernardina aportaba la cantidad de 8.000 ducados y los 5.000 restantes fueron completados por los carmelitas. La señora quedaba como fundadora y se comprometía a labrar a su costa la capilla mayor que sería su enterramiento y de los herederos que ella designase, "con rexa de hierro, lámpara de plata, tres cálices, incensario, naveta y los ornamentos necesarios para toda las festividades", quedando el padre Enríquez como rector perpetuo. Los hechos se desarrollaban rápidamente, pues el 20 de diciembre por la mañana en el oratorio existente en la casa, "que estaba donde hoy hace fachada el refectorio en el asiento rectoral", se celebraba la primera misa y por la tarde el referido cardenal visitaba la nueva institución que quedaba establecida con la advocación de San Alberto de Sicilia, en la que se cursarían los estudios completos de Teología y Filosofía, estableciéndose en los estatutos que los escolares serían seleccionados para su ingreso en el Colegio mediante una oposición además de contar con la aprobación del padre provincial, rector y lectores para dicho ingreso.
     El 2 de febrero de 1603 consta la bendición de "la iglesia formada por crecidísimas limosnas", y la celebración al día siguiente de la solemne misa de pontifical oficiada por el cardenal arzobispo, iglesia que, en contra de lo que se viene señalando, no es la que existe hoy, sino un primer templo que con carácter provisional fue levantado en el patio mientras se construía el definitivo cuyos trabajos parece dieron comienzo seguidamente a la fundación de San Alberto. Será el 4 de febrero de 1626 cuando se diga la primera misa en la nueva y definitiva iglesia, que fue bendecida solemnemente el 15 de marzo por don Diego Guzmán, Patriarca de las Indias y Arzobispo de Sevilla. Sin embargo, según Ortiz de Zúñiga en 1649 la capilla mayor aún no estaba construida a causa de problemas con el heredero de Dª Bernadina, don Antonio Laredo, quien a pesar de los requerimientos judiciales no cumplió con la obligación de patronazgo de la fundadora. Finalmente, por ejecución de la sentencia, en agosto de 1632 la capilla pasó a mano de los carmelitas quienes hubieron de buscar un nuevo patrono o levantarla a sus expensas.
     Por el protocolo testamentario de Dª Bernardina de Salazar en el que fray Benito Enríquez, a instancias del albacea de ésta, hace relación de los bienes recibidos de la benefactora, conocemos la primera dotación del Colegio entre los que destacan un censo de 2.000 ducados mientras ella viviese -murió en agosto de 1604-, numerosos ornamentos religiosos, vasos sagrados, manteles y frontales para el altar, ajuar doméstico y ropas. Entre las piezas de valor artístico se señala una imagen de la Virgen "que está en el altar mayor y dos vestidos para la misma imagen el uno de tela morada guarnecido con unas bordaduras y el otro de rraso blanco de la Ozina guarnecido con unos pasamanos de oro", un Cristo atado a la columna "que lo enbió de Nueva España Gil Verdugo Dávila por quenta de la dicha fundadora que según parezio por sus cartas costo allá zinquenta y quatro pessos de ocho rreales cada uno sin el fiete".
     El Colegio de San Alberto prosiguió su andadura conso­lidándose como centro destacado de enseñanza de la ciudad, del que se hallan referencias sobre la participación de sus colegiales en actos piadosos, justas literarias y eventos de carácter conmemorativo, como el que tuvo lugar tras la canonización de Santa Teresa el 12 de marzo de 1622, por la que se hicieron fiestas durante cinco días en su honor, actividades de las que se formó relación escrita, siendo rector del centro fray Diego de Miranda. Asimismo, las instalaciones y dotación se iban mejorando gracias a donaciones de particulares y de los propios carmelitas, como la de fray Francisco de Ojeda, lector de filosofía, maestro de novicios de la Casa Grande y Provincial de la Orden, quien a su muerte hizo donación de su valiosa librería a San Alberto. La comunidad fue creciendo progresivamente en calidad y cantidad; de veinticuatro miembros en 1606 pasó a tener cuarenta y cuatro en el año 1664, y el número de colegiales se mantuvo casi constate en cuarenta alumnos hasta el último tercio del XVIII en que un acelerado descenso hizo pensar en 1771 al General de la Orden fray José Alberto Ximénez el suprimir el Colegio y reunir a sus miembros en la Casa Grande de El Carmen, lo que finalmente no se llevó a efecto.
     En la iglesia residían, según Ortiz de Zúñiga, algunas cofradías y hermandades, señalando el analista como más notable la de Nuestra Señora de la Encarnación, fundada en 1411 en la parroquia de San Pedro por los "porteros de emplazar'', que habiendo decaído en sus cultos y celebraciones se restableció por los porteros del cabildo de la ciudad y otros oficiales y escribanos, corporación que desapareció en fecha desconocida.
     Se inició el 12 de septiembre de 1735 por unos niños el rezo del Santo Rosario, para lo que contaban con una imagen de la Virgen del Carmen que veneraban en una capilla labrada contigua a la puerta de acceso a la iglesia del Colegio. A este acto piadoso se unieron los adultos, saliendo en la madrugada del 5 de noviembre por las calles de la collación para a la vuelta oír misa en el templo. La congregación se formalizó e 16 de mayo de 1736, siendo aprobadas sus reglas por el arzobispo D. Luis de Salcedo el 28 de junio del mismo año, asignándoles el provincial carmelita fray Diego Tomás de los Ríos una capilla.
     El 26 de mayo de 1768 y de acuerdo con las ideas ilus­tradas del momento se decretaba por el Supremo Consejo de Castilla el plan para la reforma de la enseñanza, que se hacía recaer en profesores seculares y suprimiendo las escuelas de Teología en manos de las órdenes religiosas, siendo éstas y otras disciplinas absorbidas por la Universidad Hispalense. Sin embargo, la fuerte oposición de la Iglesia y la intervención del Santo Oficio que llevó al procesamiento del asistente Pablo de Olavide, uno de los promotores de estas medidas, hizo que éstas quedasen en suspenso y posibilitó la continuidad de la actividad docente de los centros religiosos, como parece el caso de San Alberto, que se mantuvo abierto aunque con un número menor de colegiales.
     Con la llegada de los franceses en 1810 San Alberto padeció no pocos estragos, la iglesia fue expoliada y el convento se destinó a cuartel de la milicia nacional, padeciendo numerosos destrozos el patrimonio artístico del templo que fue, en buena medida, reparado por los carmelitas a su regreso, siendo nuevamente consagrada la iglesia el 16 de mayo de 1815. El 2 de septiembre de 1835 serían definitivamente exclaustrados, la iglesia continuó abierta al culto a cargo de sucesivos capellanes y en el ya ex-colegio se instaló la Academia Sevillana de Buenas Letras hasta que sacado el inmueble a licitación por las Oficinas del Crédito Público en 1840, fue comprado por D. Matías Ramos Calonje, fabricante de tisúes y cordonería de oro y plata; durante unos años se acomodó en el inmueble un colegio de segunda enseñanza.
     El 28 de noviembre de 1877 el arzobispo de Sevilla D. Joaquín Lluch y Garriga cede la iglesia de San Alberto a la comunidad filipense, que desde el año anterior celebraba sus cultos en ella; estos padres realizan los primeros trabajos de reparación que se presupuestaron en esta primera fase en 12.000 reales. En julio de 1878 se colocaba la solería de mármol, que aún subsiste, sufragada por la familia de D. Francisco Bocanegra. Se instalan imágenes y cuadros procedentes, algunas del primitivo Oratorio, se redecora la iglesia con nuevas pinturas en sus muros y en el camarín del altar mayor. En los años noventa se coloca el alto zócalo de azulejos en todo el perímetro interior del templo. Los filipenses intentan comprar la casa-colegio pero el alto precio pedido por su entonces propietario D Matías Ramos -340.000 reales- hizo que desistieran en e empeño. El 16 de noviem­bre de 1893, previa autorización del papa León XIII el arzo­bispo Sanz y Forés entrega en propiedad la iglesia a los oratorianos, con el mandato "que en breve plazo se haga entrega por el P. Prepósito al R.P. Provincial de los Carmelitas Calzados de todas las imágenes, alhajas y ornamentos que pertenecieron a la misma iglesia y son propiedad de la Orden". Finalmente, en 1944 consiguen la adquisición de la zona conventual en donde permanecen actualmente.
     El régimen de protección de inmueble es el de edificio incluido dentro del Conjunto Histórico de Sevilla, por Decreto de 27/VIII/1964.
ARQUITECTURA
     Tanto el colegio como la iglesia de San Alberto han llegado hasta nuestros días prácticamente íntegros en lo que a su estructura arquitectónica se refiere. Está situado en la collación de San Isidoro inserto en una manzana entre las calles San Isidoro, Estrella y Manuel Rojas Marcos -estas dos calles se citan en el momento de la fundación como Alta por ser una de las zonas más elevadas de la ciudad, y posterior­mente "Alta de San Alberto"-. No es de los conventos más grande que hubo en la ciudad pero contó con todas las piezas necesarias para sus fines, en una ya habitual distribución en torno a unos patios en donde se disponen las estan­cias, con la iglesia adosada a uno de los lados del claustro principal. El acceso al Colegio se realiza por la calle Estrella, en origen llamada Alta, por el que se llega a un pequeño zaguán que da paso a un espacio que hace las veces de reci­bidor y que cae debajo de la escalera, comunicando con el patio principal claustrado, de planta rectangular, formado en planta baja por una arquería de medio punto que apea sobre seis columnas de mármol blanco en los lados mayores y cinco en los menores, toscanas las de los ángulos y las restantes con capiteles corintios estilizados, todas ellas con peralte cúbico. Como únicos elementos decorativos, unos sencillos círculos y cartabones en las enjutas de los arcos. Un friso corrido y una comisa dan paso al segundo piso en donde abren ventanas y balcones con molduras, separados entre sí por pilastras. En este claustro se situaban las princi­pales estancias del Colegio, en la planta baja el refectorio, la sala de profundis, etc. y en la alta los dormitorios, la librería y sala de estudios. En el costado sur se sitúa la escalera, de un solo tiro y tres tramos, cuya caja se cubre con una bóveda esquifada, adornada con yeserías barrocas policromadas. Por este patio se pasa a otro más pequeño y doméstico, que en origen tenía puerta a la calle San Isidoro -hoy inexistente- en donde se disponían la cocina y otras salas de servicios, como se declara en el documento fechado el 4 de noviembre de 1779 en el que Francisco Tirado y Nicolás González aprecian una pared medianera que ha labrado María Sánchez de Aguilera, en una casa de la calle San Isidoro "... y que caen a las cocinas y cuarto del dicho colegio". 
     La iglesia, situada en el ala este del patio principal y calle Manuel Rojas Marcos, fue consagrada el 15 de marzo de 1626 por el arzobispo don Diego de Guzmán aunque su capilla mayor fue concluida en la década de los cuarenta. Como señalamos en el epígrafe anterior, no fue ésta la primera que se levantó, sino que los carmelitas construyeron provisionalmente otra en "un ángulo del claustro", consagra­do el 1 de febrero de 1603 por el cardenal don Fernando Niño de Guevara. Mientras se procedía a la edificación de la definitiva cuyas obras parece comenzaron enseguida tras la fundación del Colegio en 1602, por un autor desconocido hasta el momento, siendo bendecida el 15 de marzo de 1626 por el entonces arzobispo de la ciudad don Diego de Guzmán. El hallazgo de una serie de documentos ha puesto de manifiesto que en agosto de 1626 se buscaban patronos para ayudar "a costear la obra della", y que el 19 de septiem­bre de 1626 se compra una casa anexa para construir sobre ella la capilla mayor, vendida a los religiosos por el capitán Pedro Suárez de Deza, por el precio de 10.400 ducados en moneda de vellón. Las dificultades económicas retrasan la construcción, pues sabemos que en 1629 aún no se había iniciado las obras de la capilla mayor, que como ya señalamos era patronato de doña Bernardina de Salazar, quien muerta en 1604 no pudo ver cumplido su deseo de verla culminada. Su sucesor en el patronato don Alonso de Laredo se desentendió de la obligación de cumplir lo concertado con la dama, y tras una serie de plazos concedidos e incumplidos el colegio deshizo el patronazgo y dispuso de la capilla mayor.
     La iglesia presenta una sencillez estructural en corres­pondencia con los presupuestos manieristas imperantes en la arquitectura local por estas fechas. Es de planta rectangular de amplia nave única de cinco tramos, cubierta con bóveda rebajada con lunetos y arcos fajones, crucero con bóveda elíptica sobre pechinas horadada con ocho óculos circulares en cada uno de sus gallones. Al presbiterio, en alto, se accede mediante tres gradas. En el lado del evange­lio se sitúan cuatro capillas y tres en el de la epístola, que miden 3,50 m. de ancho por unos 7 de alto, y se ordenan mediante arcos de medio punto entre robustos pilares que están recorridos por pilastras toscanas. Sobre las capillas pisan tribunas con antepechos de hierro y con ventanales a la calle. A los pies del templo se dispone el coro alto también con baranda metálica y cubierta abovedada rebajada, para el cual fray Francisco Muñoz, ex provincial que murió en San Alberto en 1782, labró a su costa la hermosa sillería y un facistol. Desde el coro bajo se accede al claustro principal.
     El acceso a la iglesia para los fieles se realiza por la portada situada a los pies del lado de la epístola, sobre el gran paramento de ladrillo que corre paralelo a la calle. Labrada en piedra martelilla y de sencilla traza manierista, se ha relacionado con el arquitecto Diego López Bueno. El vano de entrada es de medio punto adovelado, con pinjante en la clave; está enmarcado por finas pilastras toscanas que sostienen un friso clásico de triglifos y metopas; sobre una cornisa caneada monta un segundo cuerpo o ático con escudos laterales de la Orden carmelita en sendas tarjas sobre el frontón curvo y roto que alberga en su centro una hornacina, coronado el conjunto con un frontón recto con bolas en los extremos y cruz en el vértice superior. La hornacina cobija una imagen de piedra de San Alberto de Sicilia realizada por el escultor jerezano, discípulo de Martínez Montañés, Alonso Álvarez de Albarrán quien el 5 de diciem­bre de 1626 acuerda labrar la imagen con su peana, con Fran­cisco de Herrera Hurtado, quien ha de proporcionar la piedra o la cantidad de 100 reales para su compra. El santo había de tener un crucifijo de cedro encarnado en la mano derecha, los ojos abiertos, un ramo de azucenas en la izquierda y una diadema de hilo de oro, elementos que no se han conservado. El maestro se comprometía terminar y dejar puesta la escultura el día 15 de enero de 1627, "a contento e satisfacción de Marcos de soto" arquitecto que fue Maestro Mayor de la ciudad quien debía supervisar la escultura, y que quizás intervino en la obra de la portada, cobrando por todo ello 850 reales en moneda de vellón. Los restos de policromía que se aprecian corresponden a una intervención decimonónica, al igual que el retablo cerámico de San Felipe y la pintura de la Virgen del Perpetuo Socorro que son obras recientes de los filipenses. La fachada ha sido restaurada en 1993 al igual que la capilla púbica dieciochesca dedicada a la Virgen del Carmen que se sitúa contigua a ella aunque ya en la calle Estrella. Se configura mediante un arco trilobulado entre escuetas pilastras que sostienen la cornisa sobre la que se dispone un segundo cuerpo formado por una hornacina de medio punto (actualmente con un panel cerámico moderno de la Virgen del Perpetuo Socorro) entre pilastras con una cornisa de perfil quebrado rematada por tres pináculos con bolas cerámicas sobre pedestales. La capilla se cierra con una verja de hierro y actualmente está vacía.
     La torre campanario se sitúa a los pies del templo hacia el lado del evangelio, y está formada por un esbelto prisma rectangular de ladrillo sobre el que monta el campanario constituido por un cuerpo rectangular con un vano circular por cada cara, flanqueado por finas pilastras decoradas con ribetes cerámicos de color azul. Tras la cornisa monta un airoso remate apiramidado formado por varios cuerpos en decreciente en el que se suceden formas octogonales y onduladas con decoración cerámica, rematándose el conjunto con una cruz de hierro. El cuerpo de campanas aparece fechado en 1739, año de la posible restauración a que fue sometido al quedar dañado por un rayo el 23 de abril de 1736. También padeció desperfectos en el terremoto de 1755, al igual que la iglesia, en donde hubieron de realizarse trabajos de reparación -a este momento puede corresponder la construcción de la cúpula y el camarín del altar mayor- y también de carácter decorativo como queda de manifiesto en las yeserías que se reparten por las bóvedas siendo la más destacada la situada en el centro de la cúpula del crucero que representa el Éxtasis de Santa Teresa entre San José y San Alberto
     Por el lado del evangelio del crucero de la iglesia se accede a la sacristía, de planta rectangular con tres arcos sobre columnas pareadas, que actualmente se encuentra decorada con esculturas, pinturas, mobiliario y ajuar litúrgi­co procedentes del antiguo Oratorio filipense, como es la rica cajonería tardo-barroca tallada en cedro y caoba. Se guarda en ella un gran ostensorio recubierto de decoración barroca y adornos de perlas blancas en el centro de unas rosas, fechable a fines del XVII, pieza de la que no podemos afirmar con certeza que sea la que costeó fray Agustín de Valderrama junto con la de la casa grande del Carrnen.
RETABLOS Y ESCULTURAS
     Sabemos que la patrona doña Bernardina de Salazar donó al Colegio una "Imagen de Nuestra Señora" que presidió el altar mayor de la iglesia, obra desaparecida. Asimismo, también entregó la piadosa dama a la comunidad carmelita un "Cristo a la columna" que se trajo de Nueva España, que tampoco parece que se halla conservado. Por un contrato firmado el 18 de enero de 1614 entre el sacristán del conven­to fray Antonio de Esquivel y el escultor Francisco de Ocampo, sabemos que el Colegio poseyó una escultura de San Alberto, por la que se debía guiar el maestro para realizar un Santo Ángel, con sus mismas medidas y en madera de cedro. Ocampo se comprometía a finalizarla en el plazo de dos meses, por la que cobraría 600 reales. Ambas obras están sin identificar.
     Tanto el retablo mayor corno los que se distribuyen actualmente por la iglesia son de corte neoclásico y de poco interés artístico, realizados después de 1812 tras la marcha de los franceses. Nada sabemos de primer retablo salvo la escueta y despectiva referencia de Ponz, quien lo califica junto con los del crucero "muy disparatados", aludiendo sin duda al barroquismo de sus formas y decoración; retablos que tuvieron que desaparecer en los aciagos días de la ocupación francesa. El que preside hoy el templo es de autor anónimo y consta de banco con tabernáculo en el centro y postigos laterales para subir al camarín central del cuerpo principal, dividido en tres calles mediante cuatro columnas corintias doradas y jaspeadas que albergan esculturas proce­dentes del Oratorio de San Felipe Neri así como el Crucificado realizado en 1791 por Ángel Iglesias y la Dolorosa dieciochesca del camarín que en origen estuvo presidido por una imagen de candelero de la Virgen del Carmen que no se ha conservado. El retablo remata en un gran ático con dos volutas en los laterales que dan cabida a las imágenes de San Elías y Santa Teresa, y en el centro un relieve que representa la Apoteosis de San Alberto. Estas tres piezas son del periodo carmelita del templo y quizás del anterior retablo mayor. El camarín central es de planta trilobulada cubierto con cúpula ovoidal, está decorado con pinturas de fines del XIX realiza­das a instancias de los filipenses, en donde aparecen símbolos pasionistas, efigies de santos y santas y siete escenas de la vida de Cristo. En las calles laterales del primer cuerpo del retablo se disponen dos esculturas de Santa María Magdalena y Santa María Egipcíaca, realizadas por Duque Cornejo para el retablo del Oratorio de San Felipe Neri, de donde proceden. 
     Dos espléndidos ángeles lampareros decoran la capilla mayor suspendidos de los pilares laterales, que se asientan sobre onduladas peanas con ornamentación  de rocallas rococó sostenidas por un niño y tres cabezas de querubines. Su parecido con obras documentadas de Cayetano de Acosta (ángeles de la colegiata del Salvador o del convento de Santa Rosalía, de Sevilla) los adscribe a la producción de este artista, pudiéndose situar su ejecución a mediados del XVIII.
     Las capillas laterales de la iglesia poseyeron una serie de retablos pictóricos y escultóricos de calidad, realizados por artífices de primera fila, los cuales no se han conservado aunque sí algunas de sus pinturas y esculturas. En el lado del evangelio del crucero González de León dice que el antiguo retablo, en ese momento presido por un Cristo de la Veracruz, estaba dedicado a San Elías, sin detallar si el santo estaba efigiado en una escultura o pintura, de cuya imagen no conocemos ninguna otra referencia. Actualmente vemos una escultura de la Virgen de Valvanera. Sobre el retablo que existió en este lado del crucero hay que señalar que las antiguas referencias adjudican su ejecución a Alonso Cano, así como las pinturas que lo adornaron, de lo que daremos cuenta en el capítulo correspondiente. Igualmente se atribuye a este maestro el retablo correspondiente al lado de la epístola del crucero, que tampoco se ha conservado, sobre el que señala González de León que estaba presidido por una escultura de San Alberto de Sicilia realizada por Cano y que actualmente se conserva en la iglesia del Buen Suceso de Sevilla, muy alterada con repintes dieciochescos que desvirtúan su fisonomía original; la historiografía actual mantiene reservas con tal atribución. Fue el primer santo de la Orden y, considerado como el padre de la misma, se le profesaba gran devoción, estando en este caso representado de pie con el hábito del Carmelo ricamente policromado, los brazos abiertos, con crucifijo en la mano derecha y azucenas en la izquierda alusivas a su pureza, y con rostro de expresiva mirada.
     Las capillas de cuerpo de la iglesia tienen unas dimen­siones de 3,50 metros de ancho por unos 7 de alto, por lo que los retablos que las decoraban debieron de tener similar tamaño. En la primera capilla de la nave en el lado del evangelio, más próxima al presbiterio, destinada a comulgatorio cuando es citada por González de León, se ubicaba un retablo que adjudica a Alonso Cano con pinturas en las calles laterales de su mano y del que hoy sabemos que fue concertado en 1633 por los albaceas de Francisco Bernardino Palacios, propietario de la capilla, con el ensamblador Matías Cardoso, y el dorado y estofado con Alberto Montero. La hornacina central cobijaba el grupo escultórico de Santa Ana con la Virgen realizado entre 1632-33 por Juan Martínez Montañés, quien el 9 de octubre de 1632 concierta con los albaceas testamentarios de Francisco Bernardino Palacios estas imágenes, de madera de cedro, "en pie que puedan traerse en procesión por ser así la voluntad del dicho patrono". Montañés se compromete terminarlas para mayo de 1633, siendo firmada la carta de finiquito el 11 de julio de ese año, y su costo ascendió a 600 ducados. El retablo no se conser­va y del grupo escultórico, actualmente en la iglesia del Buen Suceso, sólo la Santa Ana es de mano de Montañés pues la imagen de la Virgen fue destruida en 1931, siendo la actual una copia realizada por el maestro Barbero. Montañés realiza en esta composición una interpretación bastante barroquizante de Santa Ana como guía y conductora de la Virgen, representadas de pie en actitud de caminar y dándose la mano El tratamiento de los ropajes resulta cierta­mente espectacular, con pliegues y caídas profundos y abul­tados que crean un intenso claroscuro realzado por la policromía con decoración en rojo y oro, otorgando a las figuras una voluminosa corporeidad. El expresivo rostro de Santa Ana de mirada baja, está enmarcado por una toca blanca de bellos pliegues que subraya su serenidad anímica de aires melancólicos.
     Hay que señalar que en San Alberto hubo de existir otra Santa Ana con la Virgen realzada por Francisco de Ocampo, no identificada, y cuya única referencia la hallamos en el contrato que firma el artista con el padre trinitario fray Gaspar de Vargas el 10 de abril de 1631 para realizar una Santa Ana con la Niña para el convento de esta Orden, "...conforme a una imagen questá fecha de mi mano en el convento de san Alberto desta ciudad y del mismo tamaño y modelo". Ceán Bermúdez al mencionar la Santa Ana del Colegio de San Alberto situada en uno de los retablos realizados por Alonso Cano la describe como "sentada dando lección a su hija santísima", descripción que no concuerda con la realizada por Montañés que está de pie, por lo que si no es una equi­vocación debe tratarse de la realizada  por Francisco de Ocampo que hasta la fecha no ha sido identificada.
     La capilla siguiente era de patronato de D. Melchor del Pozo, miembro del Santo Oficio y quien a su vez la traspasó a la Hermandad de San Pedro Mártir, formada por miembros de la Inquisición, uno de ellos el consultor Jorge de la Peña encarga en 1629 un retablo para dicha capilla con Luis Ortiz de Vargas por 600 ducados y a terminar en el plazo de un año. El dorado fue concertado con Juan del Castillo el 13 de mayo de 1631 por 2.500 reales. El retablo no se ha conservado desconociéndose sus características estructurales y decorativas, aunque sí sabemos que estuvo presidido por una Adoración de los Reyes atribuida a Pacheco, en paradero desconocido. El retablo hubo de completarse con cinco pinturas más realizadas por Angelino de Medoro, quien actuó como fiador en el contrato del retablo. Hay que señalar que el referido patrono del Pozo había concertado anterior­mente la realización de un retablo con Cristóbal Ortiz, que no se llevó a efecto.
     En las dos capillas siguientes de este lado de la iglesia menciona González de León "una pintura de San Ildefonso colocada en el retablo, de mediano mérito. En la siguiente sólo está en su retablo el simpecado o estandarte del Rosario", obras de las que no se vuelve a tener noticia. La tercera capilla del lado del evangelio del cuerpo de la iglesia de San Alberto tuvo como patrono desde 1629 a Gregorio de Ribera y su mujer doña Violante de Ayrolo, quienes realizaron el correspondiente retablo y altar, cuya autoría y características se desconocen, y que estuvo adornado por pinturas realizadas por Francisco Pacheco, formada por una Coronación de la Virgen, los cuatro Evangelistas y la Misa de San Gregorio que lo presidía, pinturas de las que daremos cuenta en el próximo apartado.
     Hoy sabemos que la última capilla del evangelio era patronato de mercader Pedro de la Faja y su esposa Antonia de Antiñaque, que se adornó con el correspondiente retablo que Ceán adjudicó a Alonso Cano y adornado con pinturas de este artista entre ellas el Cristo en la calle de la Amargura o Vía Dolorosa de los eruditos decimonónicos. El retablo no se ha conservado y se desconocen sus características arquitectónicas y ornamentales.
     La primera capilla de la nave de la iglesia del lado de la epístola estaba dedicada a Santa Teresa de Jesús, con retablo, escultura y pinturas de Alonso Cano, quien el 27 de noviembre de 1628 concierta la ejecución del retablo, todas sus pinturas, que estaría presidido por una escultura de la Santa en su nicho principal, comprometiéndose el artista a terminar los trabajos para Pascua de Resurrección de 1629. El retablo y parte de las pinturas se perdieron durante la ocupación francesa o la desamortización de 1835, y la talla se conserva en la iglesia del Buen Suceso a donde pasó en el año 1892. Por el número de pinturas contratadas y su distribución en el retablo sabemos que éste se componía de banco con sagrario en el centro y cuatro tableros para pinturas, dos cuerpos divididos en tres calles y ático con relieve del Espíritu Santo y tarjas con los escudos de los patronos Francisco de Ortega y Sebastiana de Aldarete, su mujer. Era un retablo de carácter pictórico cuyas obras conservadas analizaremos en el próximo epígrafe. La imagen de la Santa Teresa ya existía antes de la construcción del retablo, ya que fue cedida por la comunidad carmelita al referido patrono Francisco Ortega para presidir el retablo que hiciera en su capilla, por lo que la ejecución de esta talla de Cano habrá que retrotraerla a 1628, año del concierto del retablo. Actualmen­te se encuentra en la iglesia sevillana del Buen Suceso; es una escultura de bulto que constituye, por otra parte, una buena muestra de las primeras obras escultóricas ejecutadas por Alonso Cano. Realizada en madera de cedro policromada, mide 1,49 m. de altura, la Santa está plasmada como Doctora de la Iglesia, de pie, con hábito carmelita de pliegues verticales ricamente decorado con un brocado negro y marrón sobre pan de oro, vestimenta con la que el artista consigue una gran solidez plástica que se refuerza con el vuelo de la capa que se recoge en su brazo derecho, cuya mano sostiene una pluma alusiva a su actividad literaria. En su expresivo rostro los ojos se elevan al cielo en actitud de recibir inspiración divina para escribir sus bellas obras. Padeció algunos daños en las revueltas anticlericales en 1931, siendo posteriormente restaurada; es cuando se le retiran añadidos anteriores: las falsas pestañas y las cejas, el esmalte de rostro aproximándose más a cómo la ideó Cano; las manos son nuevas, como puede apreciarse comparando fotografías de 1948 y 1929.
     De la capilla contigua González de León refiere que se había instalado en ella la Hermandad de los castellanos de San Antonio de Padua, al haber sido derribado el convento de San Francisco donde residía. En la siguiente capilla menciona el mismo autor "un Crucifijo de poco mérito". Quizás a una de ellas pueda corresponder la que fuera "comulgatorio" o sagrario que en 1633 pasó a ser patronato de Rodrigo Matías, cuyo retablo no conservado, tuvo dos cuerpos que acogían dos pinturas, parece las citadas por los eruditos como un Nacimiento y una Presentación vinculadas a la escuela flamenca. Sobre el retablo hoy sabemos que el patrono lo concertó ese mismo año de 1633, el 14 de mayo, con el maestro Luis de Figueroa, por 2.400 reales y a terminar en el plazo de un año. Se articulaba mediante columnas corintias de fuste estriado, decoración de frutas con niños, y constaba de banco dos cuerpos y ático. En el banco se situaba el sagrario con seis columnas dóricas entorcha­das.
     El contrato para realizar un retablo en el convento sevillano de San José del Carmen (las Teresas) informa de manera indirecta de la existencia de un retablo, hoy perdido, en el coro bajo de la iglesia de San Alberto, perteneciente a los herederos de Miguel de Noguera. En el citado documento fechado el 24 de noviembre de 1633, Bartolomé de la Puerta concierta con el racionero Antonio de Cepeda un retablo para su capilla en el citado convento, declarando el artista que "... por sí acaso la trasa del dicho retablo se perdiere que el dicho arco el asunto es conforme a el retablo que los herederos de miguel noguera tienen en el convento de san alberto desta ciudad debajo del coro". El concierto del retablo carmelita pudo efectuarse entre 1631 año en que se adjudica el sitio al referido Bartolomé Noguera y el año 1633. Por Matute sabemos que contaba con un tabernáculo o sagrario en su basamento de buen gusto, desconociéndose otros datos sobre sus características estructurales y decorativas, estando presidido por un lienzo del Arcángel San Miguel y otros en el banco, que analizaremos en el apartado corres­pondiente a pinturas.
     Por la carta de finiquito fechada el 11 de abril de 1633 conocemos la existencia de otro retablo en la iglesia del Colegio realizado por Ortiz de Vargas, para la capilla del doctor Andrés Salcedo de Cuervas, por cuyo trabajo cobró 400 ducados.
     Hay que señalar que en el presbiterio de la antigua capilla del Patrocinio, actualmente capilla sacramental de la iglesia del Cachorro, se sitúa un retablo procedente de San Alberto, de alguna de sus capillas laterales, a donde pasó tras la incautación del colegio por los franceses. Se trata de un retablo formado por banco con postigos, gran cuerpo de tres calles estructurado mediante estípites de gran tamaño y ático formado por un medallón de perfil mixtilíneo con relieve en su interior representando la muerte de San José, rematado por una corona sostenida por ángeles; dos esculturas de santos carmelitas completan este cuerpo La hornacina central del cuerpo principal alberga hoy una pequeña imagen vestida de Nuestra Señora del Patrocinio, y se articula igualmente mediante estípites de menores dimensiones. En las calles laterales se sitúan las esculturas, sobre abultadas peanas con cabezas de querubines, de San Isidoro y San Leandro y sobre estos sendos óvalos con los bustos de San Francisco y San Lorenzo. Todo el retablo posee una profusa decoración a base de flores y frutos, hojas de cardo, estípites, pinjantes, etc. En el XIX hubo de ser repintado, y dorado como evidencia la tonalidad verdosa, y también alterada en parte su estructura para adaptarse a su nueva ubicación. Hasta el momento se desconoce su autor; su fecha de ejecución se sitúa en el segundo cuarto del XVIII.
PINTURAS
     Las paredes y bóvedas de la iglesia de San Alberto se encontraban decoradas además de con yeserías de corte barroco, con pinturas al fresco de las que sólo existe la referencia proporcionada por Ceán Bermúdez, quien escuetamente dice que "los lunetos de la iglesia del colegio de San Alberto" fueron realizados por Andrés Rubira. Con los avatares padecidos en el siglo XIX, el templo perdió su ornamentación primitiva, siendo la actual, alusiva a pasajes y emblemas de la vida de la congregación filipense, realizada en el último tercio del XIX cuando dicha comunidad adquie­re San Alberto.
     Ninguna referencia existe sobre pinturas en el retablo mayor y colaterales del presbiterio, y sí de las que adornaban las capillas laterales de la iglesia.
     El retablo dedicado a Santa Ana se completaba con una serie de pintura que de antiguo se adjudicaban a Alonso Cano; de este retablo se hacía proceder la Santa Inés de este maestro, destruida en 1945 por un incendio en el Museo de Berlín donde se conservaba. Recientes investigaciones han resuelto que las pinturas de este retablo fueron realizadas por Francisco de Herrera "el Viejo", quien las concertó el 8 de mayo de 1633, por la cantidad de 2.000 reales debiendo estar terminada la serie en el plazo de un mes y medio. Los temas representados era: La Presentación de la Virgen en el templo, San Ambrosio, San Carlos Borromeo, San Juan Bautista y San Juan Evangelista, un Dios Padre para el ático, un San Francisco y San Bernardino, y cinco retratos de medio cuerpo para el banco del retablo. De todos ellos lo único identificado hasta ahora es La Presentación de la Virgen en el templo, conservada en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, cuyas medidas delatan que debió presidir el referido retablo. Se cree que debe corresponder a la inventariada en el Alcázar de Sevilla en 1810 con el número 58 como perteneciente a Cano. Para la ejecución de esta pintura Herrera hubo de valerse de estampas grabadas, como evidencia la composición algo forzada de las figuras y el fondo arquitectónico. No obstante el maestro desarrolla una ambiciosa escena, en la que los personajes en distintos planos reflejan emotivas actitudes, con el complemento cromático de un rico y equilibrado colorido.
     A continuación de la capilla de Santa Ana estuvo el retablo encargado por el patrono Melchor del Pozo a Luis Ortiz de Vargas, retablo que estuvo presidido por una Adoración de los Reyes atribuida por Ponz, que la califica de "bellísima", Arana y Ceán a Francisco Pacheco y que hasta la fecha se encuentra en paradero desconocido. El exorno de este retablo se completaba con cinco lienzos más realizados por Angelino de Medoro, quien en una carta de pago de 24 de noviembre de 1631 declara haberlos realizado, desconociéndose los temas representados; obras que hemos de dar por perdidas.
     La tercera capilla del lado del evangelio del cuerpo de la iglesia, con patronazgo de Gregorio Ribera, contó con un retablo pictórico cuyos lienzos fueron adjudicados a Francisco Pacheco por los antiguos eruditos y que los profesores Valdivieso y Serrera los citaron como de Juan del Castillo. El cuerpo principal lo presidía un "santo diciendo misa" que corresponde iconográficamente a la Misa de San Gregorio, la única que no se ha conservado. El resto permanecen en su lugar en un retablo decimonónico. Son pinturas de mediana calidad a lo que contribuye su mal estado de conservación. Los temas representados son La Coronación de la Virgen (1 x 1,10 m. aproximadamente) en el ático, y Los Cuatro Evangelistas en las calles laterales. El lienzo de la Coronación resulta bastante convencional, en el que la Virgen arrodillada sobre un cúmulo de nubes sostenidas por angelotes, recibe en actitud recogida la corona que se disponen a colocarle Jesucristo y Dios Padre, situados a derecha e izquierda respectivamente, mientras que en la parte superior, inmersa en una aureola de nubes, aparece la paloma del Espíritu Santo. San Mateo (0,98 x 0,42) se dispone en el lateral superior izquierdo del retablo, y aparece sentado escribiendo un libro y acompañado por el ángel que le simboliza, situado en un segundo plano. San Marcos está en correspondencia con el anterior en el lateral superior derecho del retablo, la figura se vuelve hacia la izquierda y sentado aparece en actitud de escribir sobre el gran libro que sostiene. San Juan Evangelista se sitúa en lateral inferior izquierdo y está vuelto tres cuartos hacia la derecha, sentado, en actitud de escribir en un libro y respaldado por un fondo de paisaje. San Lucas ocupa el lateral inferior derecho del retablo y sentado casi frontalmente al espectador, igualmente escribe en el gran libro que sostiene sobre sus rodillas; asimismo está respaldado por un fondo de paisaje.
     La última capilla del lado del evangelio tuvo un retablo adjudicado a Alonso Cano, maestro al que también se le adscriben las pinturas que lo adornaban. Según las antiguas referencias constaba de varios santos, de los que no se conocen número ni iconografía, una Concepción y Cristo en la calle de la Amargura, en el centro .del retablo, tema también denominado Vía Dolorosa (1,66 x 1,01 m), siendo ésta la única obra identificada hasta ahora, que lleva la firma en monograma de Cano. Se conserva en el Museo de Arte de Worces­ter, en el estado de Massachussets (EE.UU). En 1810 figuraba depositada en el Alcázar de Sevilla clasificada como obra del artista, con el nº 55. En 1811 es citada de nuevo en la iglesia, de donde salió en fecha incierta pasando a la colección de Max Rotheschild de Londres, en la que permaneció hasta que el 22 de octubre de 1920 en que fue adquirido por el pequeño museo norteamericano. Alterado su colorido por espesas capas de barniz que la desvirtúan, en esta obra Cano sigue los antiguos esquemas compositivos usuales en la plasmación de este tema, con un primer plano ocupado casi exclusivamente con la figura postrada de Cristo con la cruz al hombro, y el contundente Simón de Cirene que intenta aliviarle la carga, en un acentuado escorzo de cabeza, hombros y brazos. La composición se completa con figuras distantes de pequeño tamaño en un segundo nivel, algunas de ellas muy repintadas. Respecto a la Concepción fue citada por Arana de Varflora y Ponz, que puede ser la que estuvo inventariada en el Alcázar a continuación de la Vía Dolorosa con el nº 60, y que desde entonces se encuentra en paradero desconocido, al igual que los "varios santos" que la acompañaban.
     Las pinturas del retablo de Santa Teresa, situado en la primera capilla de la epístola, comenzando por el presbiterio, fueron igualmente realizadas por Alonso Cano, artista que igualmente hizo el retablo y la escultura de la Santa, como ya quedó expuesto en el epígrafe anterior. Según el contrato fechado el 27 de noviembre de 1628, Alonso Cano convenía con Francisco de Ortega, quien poseía la capilla, la ejecución de los siguientes lienzos: en el banco un sagrario en el centro, con una pintura del Niño Jesús en la puerta y a los lados San Sebastián y San Roque y los retratos de los donantes Francisco de Ortega y su mujer Sebastiana de Aldarete; en las calles laterales del primer cuerpo el Milagro del dardo, y el alabo (?) que le dio Cristo; encima de éstos San Juan Bautista y San Francisco de Asís en un lado y en el otro San Blas y San Francisco de Padua (sic), en el centro se situaba la escultura de Santa Teresa; en el centro del segundo cuerpo el desposorio de Cristo y santa Teresa y en los lados "la historia que el dicho Francisco de Hortega me dixere". El conjunto se remataba con los escudos de la familia y el Espíritu Santo. Las pinturas se dispersaron con la invasión francesa y la desamortización, constando tres de ellas en la subasta de la colección Louis Philippe en 1853. Hasta el momento sólo han sido identificadas tres de las pinturas de este conjunto. La Aparición de Cristo crucificado a Santa Teresa y la Aparición de Cristo resucitado a Santa Teresa, que de la colección José Gudiol de Barcelona han pasado a la Funda­ción Forum Filatélico. Son lienzos de formato estrecho y vertical (0,98 x 0,42 m), apropiados a la estructura de las calles laterales del retablo y en ambos la figura de la Santa destaca fuertemente iluminada sobre un fondo de densa penumbra en el que se presenta Jesucristo a menor tamaño en el ángulo superior, todo ello resuelto con actitudes solem­nes y estáticas. En la pintura en que se aparece Cristo crucifi­cado, Santa Teresa se halla sentada ante una mesa en donde escribe sus trascendentales obras y mira anhelante al Crucificado en busca de inspiración para sus escritos religiosos. En la Aparición de Cristo resucitado, la Santa está arrodillada con los brazos entreabiertos en actitud contemplativa ante la celestial visión. En 1998 apareció en el comercio de arte de Londres una Santa María Magdalena de Pazzi, considerada como de Alonso Cano aunque sin referencia de su proceden­cia e identificada erróneamente como Santa Catalina de Siena, y que actualmente se halla en una colección particular londinense. Técnicamente relacionada en lo que a configuración de volúmenes y expresividad se refiere con los anteriores cuadros de Santa Teresa, se la considera perteneciente a este retablo. La Santa de origen florentino está representada de cuerpo entero, de pie y vestida con el sobrio hábito carmelita que le otorga una fuerte volumetría. Ciñe su cabeza con corona de espinas y sostiene los instrumentos de la pasión de Cristo: los clavos, la lanza, la caña y el flagelo alusivos a su visión en la que le desclavaba de la cruz y bebía la sangre de sus llagas.
     La capilla contigua a la de Santa Teresa debió corres­ponder a la que se cita como "comulgatorio" o sagrario, que cuando es referida por González de León se había instalado en ella la Hermandad de los Castellanos a causa del derribo del convento de San Francisco donde radicaba. Sabemos que la capilla del Comulgatorio tuvo como patrono a Rodrigo Matías desde 1633, con un retablo realizado por Luis de Figueroa que acogía un Nacimiento del Señor y una Presenta­ción que se adscribían a la escuela flamenca. Ponz, años antes, indica que en ella había una bella pintura del Naci­miento del Señor y otra de la Presentación que seguía el estilo de Rubens, aunque considera que fueron pintadas por Juan Niño de Guevara quien imitaba el estilo del artista flamenco; Ceán sólo hace referencia al Nacimiento del Señor y también lo atribuye a Niño de Guevara. Estos cuadros fueron lleva­dos al Alcázar por los franceses, pudiendo corresponder a los atribuidos a Rubens con los números 100 y 101, y que desde entonces se les pierde la pista.
     En la siguiente capilla y última del lado de la epístola del templo de San Alberto Ponz dice que hay "porción de bellas pinturas de Zurbarán". Arana de Varflora señala la existencia de pinturas de Zurbarán pero en el coro bajo según se entra a la derecha, mientras que Ceán Bermúdez indica que son de Zurbarán "los lienzos del primer retablo que está a mano derecha por la puerta de la iglesia". González de León lamenta la pérdida de valiosas pinturas de diferentes autores, entre ellos Zurbarán, sin especificar número, temas ni lugar en que se situaban. En cualquier caso, en la tercera y última capilla del lado de la epístola de la iglesia y contigua a la puerta de entrada al templo existió un retablo del que se desconoce su autor, y que contuvo una serie de pinturas realizadas por Zurbarán, de la que no se ha hallado documento contractual hasta el momento. Las pinturas fueron confiscadas en 1810 por el mariscal Soult y llevadas al Alcázar en donde parece que al menos parte de la serie permaneció agrupada con la siguiente numeración, medidas y títulos: "268 un quadro de 1 v.ª de alto y 1/3 de ancho S. Blas, 269 otro igual tamaño, Sto.Tomás, 270 Otro id. Sto. Cirilo, 271, otro id. Sn. Francisco, 272 dos de ? de alto y ? de ancho, San Pedro y San Pablo". Los cuadros del Alcázar salieron del país y pronto fueron vendidos y desper­digados por diferentes colecciones. El San Pedro Tomás y el San Cirilo (0,91 x 0,32 ambos) que permanecían en la colección Soult de París, fueron vendidos antes de 1836 pasando por varios propietarios hasta su donación en 1922 al Museum of Fines Arts, de Boston en donde se conservan. Su fecha de ejecución la sitúan algunos autores entre 1630-34 mientras se hallaba la iglesia en pleno proceso decorativo, para otros son posteriores a esta fecha. Ambos llevan una inscripción abajo con los nombres que los identifican, "S. Pº THOMAS y S. CIRILLO", y están representados en pie sobre un fondo oscuro en que se recortan las figuras intensamente iluminadas. A San Pedro Tomás, notable carmelita francés que vivió en la primera mitad del siglo XIV y ardiente defensor de la Inmaculada Concepción, como queda plasmado en sus escritos, Zurbarán lo representa en actitud de atenta lectura del libro que sostiene en sus manos. Situado de perfil al espectador, con rostro maduro y barbado, y sombrero oscuro, presentan­do una lograda sensación volumétrica merced al contraste lumínico sobre los pliegues de la sobria capa. El San Cirilo, que sólo poseía la dignidad de beato y que llegó a ser patriarca de Constantinopla en el siglo XIII, está representado frontalmente, de rostro juvenil tocado con sombrero, la mirada hacia lo alto y con un gran libro abierto entre las manos. Revestido igualmente con hábito gris oscuro y manto blanco con capucha, el tratamiento lumínico es similar al anterior.
     En la venta de la colección Soult figuraba un San Blas con las mismas dimensiones que los anteriores, representado de perfil hacia la izquierda en clara correspondencia con el San Pedro Tomás, y que actualmente se conserva en el Museo de Arte de Bucarest. Y un San Francisco de Asís con las mismas medidas, que se halla en el Museo de San Luis, en Missouri, representado frontalmente y sosteniendo una calavera. Hay que señalar la dificultad que hoy por hoy presenta la reconstrucción de este retablo por la escasez de datos que sobre él se poseen, la pérdida de obras de carácter pictórico o escultórico que sin duda lo completaban y las dudas que nos asaltan sobre algunas obras identificadas hasta la fecha, que algunos autores suponen pudieron pertenecer a él, por lo que hemos de dejar en suspenso la completa reconstrucción de dicho retablo.
     En el coro bajo existió un altar de patronazgo de la familia Noguera desde 1631, cuyo retablo estaba dedicado a San Miguel, con una pintura de este arcángel "derrocando al demonio" firmada y fechada en 1637 por Francisco Pacheco, sobre la que el propio autor habla en su libro Arte de la Pintura, señalando que fue de las últimas obras que realizó. La pintura se mantuvo en su lugar hasta la revolución de 1868 en que fue llevada a Londres para ponerla en venta por los patronos de la capilla. A principios del siglo XX se encontraba en el comercio del arte de Barcelona, en 1954 fue ofre­cida al Museo del Prado y actualmente está en paradero desconocido. Por una antigua foto se aprecia que está inspirada en el San Miguel de Rafael que se conserva en el Museo de El Louvre, y que pese a ser una obra de madurez, Pacheco se mantiene fiel a las formas manieristas pretéritas por él utilizadas a lo largo de toda su trayectoria artística, con formas y esquemas rigurosos y esquemáticos, y un colorido frío y convencional. Según Ceán Bermúdez el retablo lo completaba "un crucifixo en la cruz de la mesa de altar" y en el banco San Vicente Mártir y San Vicente Ferrer, de medio cuerpo. Este último santo se ha vinculado con el que se conserva en una colección particular madrileña, cuyas carac­terísticas estilísticas son muy similares a las del artista, de dibujo seco y anguloso como se aprecia en el rostro, manos y en el tratamiento de los pliegues del hábito análogo a su Santo Domingo de Museo de Bellas Artes de Sevilla. El Crucificado que se cita en la mesa de altar podría relacionarse con el que conservado en una colección particular sevillana, pintado sobre tabla recortada en forma de cruz.
     Hay que señalar que en el coro se cita por algunos autores la existencia de otra pintura de San Miguel Arcángel realizada hacia 1632 por Francisco de Herrera "el Viejo", de la que según el conde del Águila existió un dibujo firmado y fechado por el artista en esa fecha, que se conservaba en la colección del Conde de Bruna. Ni la pintura, si es que alguna vez existió, ni el dibujo están identificados (Matilde Fernández Rojas. Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Benedictinos, Dominicos, Agustinos, Carmelitas y Basilios. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2008).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Alberto degli Abbate, presbítero;
   Carmelita siciliano nacido en Trápani hacia 1240 y muerto en 1306.
   Provincial de la orden, con frecuencia confundido con Alberto de Vercelli o de Jerusalén, quien murió a principios del siglo XIII.
   Salvó a los habitantes de Mesina de la hambruna, haciendo entrar al puerto sitiado tres barcos cargados de víveres.
   Canonizado en 1476. Patrón de Mesina, donde se lo invoca contra los seísmos, también se recurre a él en los casos de esterilidad matrimonial, para curar fiebres y exorcizar poseídos.
   Su atributo es un crucifijo entre dos tallos de lirio.
   A veces se lo representa, como a tantos otros santos, recibiendo al Niño Jesús en las manos e incluso dominando a un diablo encadenado, alusión a la liberación de endemoniados (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Colegio de San Alberto de Sicilia, de los Carmelitas Calzados, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Iglesia de San Alberto (Oratorio de San Felipe Neri), en ExplicArte Sevilla.

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jueves, 6 de agosto de 2026

Los sitios arqueológicos Salvador, en Carmona (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte los sitios arqueológicos Salvador, en Carmona (Sevilla).
     Hoy, 6 de agosto, Fiesta de la Transfiguración del Señor, en la que Jesucristo, el Unigénito, el amado del Eterno Padre, manifestó su gloria ante los santos apóstoles Pedro, Santiago y Juan, con el testimonio de la Ley y los Profetas, para mostrar nuestra admirable transformación por la gracia yen la humildad de nuestra naturaleza asumida por Él, dando a conocer la imagen de Dios, conforme a la cual fue creado el hombre, y que, corrompida en Adán, fue renovada por Cristo [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y qué mejor día que hoy para ExplicArte los sitios arqueológicos Salvador, en Carmona (Sevilla).
Salvador I. Se detectan restos de construcción romanos diseminados por el arado junto a cerámicas de época medieval. 
Salvador II. Se detectan restos constructivos romanos y cerámica medieval. Posiblemente se trate de un yacimiento romano con reaprovechamiento medieval (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Leyenda, Historia, Culto e Iconografía de la Solemnidad de la Transfiguración del Señor;
   En los Evangelios sinópticos y en la liturgia de la Cuaresma, la Transfiguración está presentada como un acontecimiento de la vida pública de Jesús que habría ocurrido durante su ministerio en Galilea, antes de la Pasión. Se trataría entonces de una Cristofanía «ante mortem».
   Pero esta escena no parece estar en su sitio. Se integra mal en la vida de Jesús donde da la  impresión de ser una interpolación. Todo parece indicar que esta visión estaba originalmente, al igual que la Pesca milagrosa, entre las Apariciones de Cristo resucitado.
   En cualquier caso, desde el punto de vista iconográfico, corresponde clasificar el tema en el ciclo de la Glorificación, antes de la Ascensión, de la que es una suerte de anticipo o de bosquejo, y con la cual acaba confundiéndose.
l. El tema
     Mateo, 17: 1-13; Marcos, 9: 1-12; Lucas, 9: 28-36.
   La Transfiguración de Cristo sobre el monte, donde su divinidad se revela a lo ojos deslumbrados de sus discípulos, se narra más o menos en los mismos términos en los tres Evangelios sinópticos.
   « (...) después tomó Jesús a Pedro, a Santiago y a Juan, su hermano, y los llevó aparte, a un monte alto. Y se transfiguró ante ellos; brilló su rostro como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías hablando con Él.
   «Tomando Pedro la palabra dijo a Jesús: Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, haré aquí tres tiendas: una para ti, una para Moisés y otra para Elías. Aún estaba él hablando, cuando los cubrió una nube resplandenciente, y salió de la nube una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia; escuchadle.»
   La fuente de este relato se encuentra en el Antiguo Testamento.
   La Transfiguración  de Cristo está copiada de la que experimenta Moisés descendiendo del monte  Sinaí (Éxodo, 24: 9; 34: 29). Esta filiación está indicada por la Aparición del Redentor entre Moisés y Elías, que simbolizan la Ley y los profetas. Y, además, porque ambos se consideran arrebatados hacia el cielo. Se trata de un nuevo ejemplo de la consumación de la Antigua Ley en el Mesías.
   Para los teólogos como San Agustín y Santo Tomás de Aquino, la transfiguración presenta otro aspecto: es una teofanía, como el Bautismo, una manifestación de la Santísima Trinidad. Dios Padre hace oír nuevamente su voz para proclamar que Jesús es su Hijo, en medio de una nube luminosa que simboliza al Espíritu Sanie (Spiritus fuit nubes lucida in die Transfigurationis).
   La Transfiguración  no sólo recuerda la Revelación del Sinaí y la Teofanía del Bautismo, sobre todo hace juego con la Oración en el monte de los Olivos. En ambos casos, Jesús lleva con él a los tres apóstoles que prefería: Pedro, Juan y Santiago, para orar retirados. En el Tabor, como en Getsemaní, los discípulos se durmieron mientras el Maestro hablaba con Dios. Las dos escenas son absolutamente paralelas, como la estrofa y la antistrofa, con esta única diferencia, que una pertenece al ciclo de la Pasión y la otra al de la Glorificación. Después de la Agonía, la Apoteosis.
   Los exegetas racionalistas niegan, como es natural, la historicidad de la Transfiguración, que sólo consideran una visión extática de san Pedro. La Aparición de Cristo resucitado en una mandorla -in gloriae- más tarde habría sido transformada por los evangelistas en una manifestación del carácter mesiánico de Jesús, que se sitúa a continuación de la que corresponde al Bautismo.
2. El culto
   En la Iglesia griega, la Transfiguración o Metamorfosis de Cristo se ha clasificado a partir del siglo VI entre las Doce grandes Fiestas y nunca ha perdido popularidad.
   La Iglesia principal, o Protaton del monte Athos, está consagrada a ella. Por eso en el arte bizantino este tema es mucho más precoz y difundido.
   En Occidente, por el contrario, la fiesta de la Transfiguración, probada por primera vez en España, en el siglo IX, difundida por la orden de Cluny, debió esperar hasta mediados del siglo XV, hasta 1457, para que el papado la declarase universal. El 21 de julio de 1456, el húngaro Janos Hunyadi había liberado Belgrado sitiada por el sultán Mahomed II. La noticia llegó a Roma el 6 de agosto, y el papa Calixto III, para conmemorar la victoria de la cristiandad sobre los turcos, decretó que la fiesta de la Transfiguración se celebraría en esta fecha a partir de entonces.
   La orden de los carmelitas se empeñó en popularizar esta fiesta en especial, porque su pretendido fundador, el profeta Elías tenía un papel en la Transfiguración, junto a Cristo.
   En la Edad Media, la corporación de los tintoreros había adoptado el patronato del Cristo de la Transfiguración, sin duda porque éste había cambiado de color y su rostro había adquirido tono dorado.
3. Iconografía
   Dificultades de la traducción plástica. Este tema imaginado en Oriente, país de los espejismos, era difícil de traducir plásticamente.
   La descripción imprecisa de los Evangelios no simplificaba la tarea de los artistas. El lugar de la Transfiguración ni siquiera está determinado. Se habla sólo de «un monte alto» (mons excelsus). La aparición ha sido localizada por la tradición cristiana en el Tabor, monte sagrado de Galilea, cercano a Nazaret, donde los franciscanos construyeron una basílica; y por la crítica moderna, en el Hermón, cuya cima está cubierta de un blanco manto de nieves eternas. El epíteto de excelsus no se co­rresponde con el Tabor, un «globo» de sólo quinientos sesenta metros de altura. La cima nevada del Hermón, que se eleva hasta los dos mil ochocientos metros, parece un decorado más a la medida de una teofanía.
   Estas localizaciones conjeturales fueron evidentemente sugeridas por el Salmo 89, donde se dice, hablando de Dios: «el Tabor y el Hermón saltan (al oír) tu nombre.»
   Las expresiones Metamorfosis, que emplean los griegos, o Transfiguración, que emplean los latinos, son ambiguas. En verdad no se trata de un cambio de forma o de figura. El cuerpo y el rostro de Cristo conservan su apariencia terrenal, su cuerpo mantiene las mismas dimensiones y su fisonomía los mismos rasgos. No hay sustitución de persona sino cambio de sustancia. El cuerpo del Hombre Dios se envuelve durante un momento en un esplendor desacostumbrado; escapa a las leyes de la gravedad, se desmaterializa o espiritualiza. Se convierte en eso que los místicos llaman un cuerpo glorioso, cuyas carnes, que se han vuelto transparentes, pierden sus contornos y se diluyen en la luz. El problema consistía en crear la ilusión de un cuerpo «desencarnado».
   Los recursos de la pintura medieval sólo permitían dos soluciones: la aureola y el dorado.
   En una miniatura del manuscrito bizantino de las Homilías de Gregorio Nacianceno (B.N., París), el cuerpo de Cristo está rodeado por una aureola amari­llo rosada, de acuerdo con la expresión de San Crisóstomo, que compara a Cristo con «el sol naciente» .
   Como resultaba complicado expresar la transmutación de un cuerpo humano en un cuerpo astral, los artistas de la Edad Media se contentaron, en la mayoría de los casos, con la copia de la puesta en escena de los Misterios.
   Sabemos, en efecto, que en el teatro, Cristo transfigurado aparecía en la escena cubierto con una túnica blanca y el rostro de color amarillo dorado. La Pasión de Gréban y la de Jean Michel dan a este tema indicaciones concordantes. «Aquí, las ropas de Jesús deben ser blancas y su rostro resplandeciente  como el oro.»
   «Aquí, entra Jesús en el monte para vestir la túnica más blanca que se pueda y tener la cara y las manos de oro bruñido.»
   Los pintores del siglo XV se adecuaron a estas indicaciones de director escénico con tanta docilidad como los actores. Hubo que esperar a los grandes maestro del Renacimiento, virtuosos del color y del claroscuro, para superar esta fase primitiva.
   Los evangelistas no dicen que Jesús fuera visto planeando en el aire. Pero muy temprano se produjo una contaminación entre el tema de la Transfiguración y el de la Ascensión. El célebre cuadro de Rafael en la Pinacoteca Vaticana sólo consagra un tradición  que se remonta a Giotto.
   Observemos, además, que a causa de la influencia del Evangelio de Mateo, donde los dos relatos son sucesivos, Rafael, y después de él. Rubens, agregaron a la Transfiguración el Milagro de la curación de un joven poseído, que operó Cristo al descender del monte. Se trata de un medio de corregir la superposición de dos grupos de tres figuras.
La evolución del tema
   En la evolución histórica del tema pueden distinguirse tres fases:
   1. La Transfiguración simbólica. Al igual que la Crucifixión, la Transfiguración ha sido en principio evocada de manera indirecta, en forma simbólica.
   En el mosaico del ábside de San Apolinar in Classe, cerca de Ravena (siglo VI), Cristo no aparece in figura sino mediante el emblema de una cruz gemmada aérea, inscrita en un gran círculo y destacándose sobre un campo de estrellas que simbo­liza el cielo. Encima de la cruz se lee Ikhtus, en los extremos del travesaño, Alfa y Omega, debajo, en latín, Salus Mundi. A derecha e izquierda, los bustos de Moisés y de Elías emergen de las nubes. Los tres apóstoles están simbolizados por tres corderos.
   Este ejemplo es único. A partir del siglo VI, en la iglesia de los Santos Apóstoles de Constantinopla y en el convento de Santa Catalina, en el monte Sinaí, Cristo transfigurado y sus tres discípulos están representados en persona.
   2. Jesús está de pie sobre la cima del monte. Está rodeado por una mandorla. Es la fórmula que se impondrá en el arte de Occidente hasta el siglo XIV.
   3. Jesús planea encima del monte con las manos extendidas. Esta nueva versión que se explica por una contaminación con los temas de la Resurrección y de la Ascensión, también es de origen bizantino. Se introdujo en la pintura italiana a partir de Giotto. Pero no triunfó sin resistencia. La primera fórmula se mantuvo en la escuela veneciana (Giovanni Bellini)  hasta finales del siglo XV.
   La actitud de los otros cinco personajes, los dos profetas, Moisés y Elías, y los tres apóstoles, Pedro, Santiago y Juan, puede  ser brevemente bosquejada.
   Moisés y Elías a veces aparecen en busto o medio cuerpo. Cuando planean flanqueando a Cristo transfigurado, no suelen estar envueltos en la misma aureola (Tetraevangelio de Iviron); generalmente la mandorla se reserva a Cristo, y los dos profetas están iluminados por los rayos que emite ésta. A finales de la Edad Media, Moisés se representaba con dos cuernos luminosos en la frente.
   Los tres apóstoles, despertados con brusquedad, cegados por la luz deslumbrante que irradia la Aparición y como «fundidos por el fuego», se aplastan contra el suelo. Juan y Santiago se protegen los ojos con la mano en visera. Sólo Pedro se atreve a levantar la cabeza un momento después, y se enardece hasta el punto de proponer al Señor la construcción de tres tiendas de ramas.
   En conmemoración de esas tres tiendas (tria tabernacula), los cruzados habían edificado sobre el Tabor tres pequeñas basílicas recordatorias, son los tres edículos que se ven representados en un capitel románico de Saint Nectaire (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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El Retablo del Salvador, en la sala II del Museo de Bellas Artes

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Retablo del Salvador, en la sala II del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.  
     Hoy, 6 de agosto, Fiesta de la Transfiguración del Señor, en la que Jesucristo, el Unigénito, el amado del Eterno Padre, manifestó su gloria ante los santos apóstoles Pedro, Santiago y Juan, con el testimonio de la Ley y los Profetas, para mostrar nuestra admirable transformación por la gracia yen la humildad de nuestra naturaleza asumida por Él, dando a conocer la imagen de Dios, conforme a la cual fue creado el hombre, y que, corrompida en Adán, fue renovada por Cristo [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y qué mejor día que hoy para ExplicArte el Retablo del Salvador, en la sala II, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
     El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
   En la sala II del Museo de Bellas Artes podemos contemplar el Retablo del Salvador, anónimo, siendo una serie de pinturas en óleo sobre tabla en estilo renacentista, realizado hacia 1530, con unas medidas de 2'08 x 1'46 m., y procedente de la Desamortización (1840).
     Retablo compuesto por ocho escenas de la vida de Cristo y varios santos. La principal representa la bajada de Cristo Resucitado al seno de Abraham. Debajo de esta escena se encuentra el Nacimiento. En menor tamaño, a la izquierda vemos, de arriba a abajo, a Jesús y la samaritana, a Jesús apareciéndose a la Virgen después de la resurrección y, finalmente, a santo Domingo de Guzmán. En la parte derecha se han presentado las siguientes escenas: Job rechazando los consejos de su mujer de maldecir a Dios, Tobías y el ángel, y san Francisco de Asís.
     Esta obra está realizada en un solo soporte de madera de castaño, sobre el que se han pintado ocho escenas, separadas por unas sencillas molduras de madera de cedro clavadas a la obra y doradas. La tabla está compuesta por cinco paneles verticales, a unión viva ¿encolados por su canto- y reforzados con espigas de hierro a media madera y barrotes al dorso, clavados desde el anverso.  A la madera se encuentra adherida algo de estopa y una tela que cubre toda la superficie sobre la que se aplicó el aparejo. La técnica utilizada es óleo, y pan de oro para los nimbos y cenefas de los ropajes. La reflectografía muestra la existencia del dibujo subyacente preparatorio.
     Los daños sufridos son diversos y de importancia, como el fuerte ataque de insectos xilófagos que ha debilitado el soporte y producido considerables pérdidas de materia. También encontramos varias fendas o rajas naturales provocadas por los movimientos de la madera o por clavos, y las más grandes fueron sujetadas con grapas de hierro. La zona inferior de la Natividad fue mutilada de antiguo y se reforzó toscamente por el dorso con pasta de madera y yeso coloreado, además de sustituir los barrotes debilitados por otros atornillados. Debido a la pérdida de soporte, la capa pictórica muestra una superficie irregular y tiene muchas faltas, más abundantes en la parte inferior, y también mostraba barridos por una antigua limpieza muy agresiva. Estos problemas estaban enmascarados con gruesas capas de estucos y repintes. 
     Los trabajos comenzaron por la eliminación de toda la capa que enmascaraba el reverso y se procedió a su consolidación, añadiendo en las aperturas chirlatas o pequeñas piezas de refuerzo de la misma madera de castaño, adaptadas a las pérdidas de mayor profundidad.
     Se sustituyeron los barrotes por otro sistema de travesaños que no necesitan ser atornillados y mantienen la estabilidad del conjunto. Una vez consolidada la capa pictórica, se eliminaron todas las intervenciones anteriores, tanto de estucos como de pintura y barniz. Posteriormente se estucaron las faltas de policromía y fueron reintegradas cromáticamente. En el caso de las escenas con santo Domingo y la Natividad, se han reintegrado con una tinta plana como criterio de diferenciación, debido a la abundancia de pérdidas. 
     Restaurado por  Alfonso Blanco López de Lerma. Ebanistería: Miguel Domínguez Jiménez. Dorado: Ignacio Bolaños Figueredo.
     La inclusión de esta obra en el inventario del Museo del año 1845 hace suponer que ingresó tras la Desamortización de 1835. La presencia de los santos Domingo de Guzmán y Francisco de Asís en el cuerpo bajo, podrían señalar su pertenencia a algún convento Franciscano o Dominico.
     El conjunto está compartimentado en ocho escenas a modo de retablo, distribuidas en tres cuerpos horizontales y tres calles verticales. El tema principal es poco frecuente en la pintura sevillana: la bajada de Cristo resucitado al seno de Abraham. Vemos a Cristo con Adán, arrodillado y de aspecto avejentado, como patriarca del género humano. A la izquierda, la Virgen acompañada por una de las santas mujeres, y a la derecha se encuentran Eva y San Juan Bautista, que porta el lábaro. Ocupando las hornacinas de la arquitectura italianizante y en perspectiva, se encuentran Moisés, con las tablas de la Ley, y Aarón, con la vara y el fuego, antecedentes bíblicos de la salvación.
     La Natividad, en la parte inferior, alude a la venida de Jesús como augurio de la redención. A la izquierda del cuerpo central está la escena de Jesús y la mujer cananea, y arriba, Cristo con la samaritana. A la derecha en el cuerpo superior, aparece el Santo Job con su mujer, y debajo, Tobías y el ángel.
     El conjunto muestra que el descenso de Jesús a los infiernos cumple el anuncio evangélico de la salvación universal. Como manifiestan las escenas circundantes a la central, la misión mesiánica de Jesús se amplía a los hombres y mujeres justos de todos los tiempos y de todos los lugares sin distinción, siendo todos los partícipes de la Redención (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
     La boyante economía sevillana a lo largo del siglo XVI produjo una favorable repercusión en al actividad artística, siendo la pintura una de las manifestaciones más favorecidas. En una época en que hubo gran demanda de pinturas es lógico que al lado de grandes maestros aparecieran artistas menores que, por no haber firmado ninguna obra ni poseer documentos que avalen la autoría de alguna de ellas, permanecen totalmente en el anonimato. Un grupo de interesantes obras de artistas desconocidos se conservan en el Museo, aunque en alguna de ellas puede sugerirse o esbozarse alguna atribución para aproximarse a su posible estilo.
     En primer lugar y por imperativo cronológico comentaremos entre los anónimos del siglo XVI un pequeño retablo compuesto por ocho pinturas cuya ejecución puede situarse en el primer tercio de dicho siglo. Se denomina a este conjunto pictórico el Retablo del Salvador en cuya tabla central aparece una iconografía poco común en la historia de la pintura sevillana: es La bajada de Cristo resucitado al seno de Abraham, mostrándose en la composición la posterior presentación de los redimidos ante la Virgen. El resto de las tablas tienen interesante iconografía puesto que en la calle lateral izquierda aparecen Cristo y la Samaritana, Cristo apareciéndose a su madre después de la resurrección y Santo Domingo, mientras que a la derecha aparecen Job rechazando los consejos de su mujer de maldecir a Dios, Tobías, el ángel y San Francisco. En el centro y bajo la tabla principal aparece la escena de la Natividad (Enrique Valdivieso González, Pintura, en Museo de Bellas Artes de Sevilla. Tomo II. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Leyenda, Historia, Culto e Iconografía de la Solemnidad de la Transfiguración del Señor;
   En los Evangelios sinópticos y en la liturgia de la Cuaresma, la Transfiguración está presentada como un acontecimiento de la vida pública de Jesús que habría ocurrido durante su ministerio en Galilea, antes de la Pasión. Se trataría entonces de una Cristofanía «ante mortem».
   Pero esta escena no parece estar en su sitio. Se integra mal en la vida de Jesús donde da la  impresión de ser una interpolación. Todo parece indicar que esta visión estaba originalmente, al igual que la Pesca milagrosa, entre las Apariciones de Cristo resucitado.
   En cualquier caso, desde el punto de vista iconográfico, corresponde clasificar el tema en el ciclo de la Glorificación, antes de la Ascensión, de la que es una suerte de anticipo o de bosquejo, y con la cual acaba confundiéndose.
     l. El tema
     Mateo, 17: 1-13; Marcos, 9: 1-12; Lucas, 9: 28-36.
   La Transfiguración de Cristo sobre el monte, donde su divinidad se revela a lo ojos deslumbrados de sus discípulos, se narra más o menos en los mismos términos en los tres Evangelios sinópticos.
   « (...) después tomó Jesús a Pedro, a Santiago y a Juan, su hermano, y los llevó aparte, a un monte alto. Y se transfiguró ante ellos; brilló su rostro como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías hablando con Él.
   «Tomando Pedro la palabra dijo a Jesús: Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, haré aquí tres tiendas: una para ti, una para Moisés y otra para Elías. Aún estaba él hablando, cuando los cubrió una nube resplandenciente, y salió de la nube una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia; escuchadle.»
   La fuente de este relato se encuentra en el Antiguo Testamento.
   La Transfiguración  de Cristo está copiada de la que experimenta Moisés descendiendo del monte  Sinaí (Éxodo, 24: 9; 34: 29). Esta filiación está indicada por la Aparición del Redentor entre Moisés y Elías, que simbolizan la Ley y los profetas. Y, además, porque ambos se consideran arrebatados hacia el cielo. Se trata de un nuevo ejemplo de la consumación de la Antigua Ley en el Mesías.
   Para los teólogos como San Agustín y Santo Tomás de Aquino, la transfiguración presenta otro aspecto: es una teofanía, como el Bautismo, una manifestación de la Santísima Trinidad. Dios Padre hace oír nuevamente su voz para proclamar que Jesús es su Hijo, en medio de una nube luminosa que simboliza al Espíritu Sanie (Spiritus fuit nubes lucida in die Transfigurationis).
   La Transfiguración  no sólo recuerda la Revelación del Sinaí y la Teofanía del Bautismo, sobre todo hace juego con la Oración en el monte de los Olivos. En ambos casos, Jesús lleva con él a los tres apóstoles que prefería: Pedro, Juan y Santiago, para orar retirados. En el Tabor, como en Getsemaní, los discípulos se durmieron mientras el Maestro hablaba con Dios. Las dos escenas son absolutamente paralelas, como la estrofa y la antistrofa, con esta única diferencia, que una pertenece al ciclo de la Pasión y la otra al de la Glorificación. Después de la Agonía, la Apoteosis.
   Los exegetas racionalistas niegan, como es natural, la historicidad de la Transfiguración, que sólo consideran una visión extática de san Pedro. La Aparición de Cristo resucitado en una mandorla -in gloriae- más tarde habría sido transformada por los evangelistas en una manifestación del carácter mesiánico de Jesús, que se sitúa a continuación de la que corresponde al Bautismo.
     2. El culto
   En la Iglesia griega, la Transfiguración o Metamorfosis de Cristo se ha clasificado a partir del siglo VI entre las Doce grandes Fiestas y nunca ha perdido popularidad.
   La Iglesia principal, o Protaton del monte Athos, está consagrada a ella. Por eso en el arte bizantino este tema es mucho más precoz y difundido.
   En Occidente, por el contrario, la fiesta de la Transfiguración, probada por primera vez en España, en el siglo IX, difundida por la orden de Cluny, debió esperar hasta mediados del siglo XV, hasta 1457, para que el papado la declarase universal. El 21 de julio de 1456, el húngaro Janos Hunyadi había liberado Belgrado sitiada por el sultán Mahomed II. La noticia llegó a Roma el 6 de agosto, y el papa Calixto III, para conmemorar la victoria de la cristiandad sobre los turcos, decretó que la fiesta de la Transfiguración se celebraría en esta fecha a partir de entonces.
   La orden de los carmelitas se empeñó en popularizar esta fiesta en especial, porque su pretendido fundador, el profeta Elías tenía un papel en la Transfiguración, junto a Cristo.
   En la Edad Media, la corporación de los tintoreros había adoptado el patronato del Cristo de la Transfiguración, sin duda porque éste había cambiado de color y su rostro había adquirido tono dorado.
     3.Iconografía
   Dificultades de la traducción plástica. Este tema imaginado en Oriente, país de los espejismos, era difícil de traducir plásticamente.
   La descripción imprecisa de los Evangelios no simplificaba la tarea de los artistas. El lugar de la Transfiguración ni siquiera está determinado. Se habla sólo de «un monte alto» (mons excelsus). La aparición ha sido localizada por la tradición cristiana en el Tabor, monte sagrado de Galilea, cercano a Nazaret, donde los franciscanos construyeron una basílica; y por la crítica moderna, en el Hermón, cuya cima está cubierta de un blanco manto de nieves eternas. El epíteto de excelsus no se co­rresponde con el Tabor, un «globo» de sólo quinientos sesenta metros de altura. La cima nevada del Hermón, que se eleva hasta los dos mil ochocientos metros, parece un decorado más a la medida de una teofanía.
   Estas localizaciones conjeturales fueron evidentemente sugeridas por el Salmo 89, donde se dice, hablando de Dios: «el Tabor y el Hermón saltan (al oír) tu nombre.»
   Las expresiones Metamorfosis, que emplean los griegos, o Transfiguración, que emplean los latinos, son ambiguas. En verdad no se trata de un cambio de forma o de figura. El cuerpo y el rostro de Cristo conservan su apariencia terrenal, su cuerpo mantiene las mismas dimensiones y su fisonomía los mismos rasgos. No hay sustitución de persona sino cambio de sustancia. El cuerpo del Hombre Dios se envuelve durante un momento en un esplendor desacostumbrado; escapa a las leyes de la gravedad, se desmaterializa o espiritualiza. Se convierte en eso que los místicos llaman un cuerpo glorioso, cuyas carnes, que se han vuelto transparentes, pierden sus contornos y se diluyen en la luz. El problema consistía en crear la ilusión de un cuerpo «desencarnado».
   Los recursos de la pintura medieval sólo permitían dos soluciones: la aureola y el dorado.
   En una miniatura del manuscrito bizantino de las Homilías de Gregorio Nacianceno (B.N., París), el cuerpo de Cristo está rodeado por una aureola amari­llo rosada, de acuerdo con la expresión de San Crisóstomo, que compara a Cristo con «el sol naciente» .
   Como resultaba complicado expresar la transmutación de un cuerpo humano en un cuerpo astral, los artistas de la Edad Media se contentaron, en la mayoría de los casos, con la copia de la puesta en escena de los Misterios.
   Sabemos, en efecto, que en el teatro, Cristo transfigurado aparecía en la escena cubierto con una túnica blanca y el rostro de color amarillo dorado. La Pasión de Gréban y la de Jean Michel dan a este tema indicaciones concordantes. «Aquí, las ropas de Jesús deben ser blancas y su rostro resplandeciente  como el oro.»
   «Aquí, entra Jesús en el monte para vestir la túnica más blanca que se pueda y tener la cara y las manos de oro bruñido.»
   Los pintores del siglo XV se adecuaron a estas indicaciones de director escénico con tanta docilidad como los actores. Hubo que esperar a los grandes maestro del Renacimiento, virtuosos del color y del claroscuro, para superar esta fase primitiva.
   Los evangelistas no dicen que Jesús fuera visto planeando en el aire. Pero muy temprano se produjo una contaminación entre el tema de la Transfiguración y el de la Ascensión. El célebre cuadro de Rafael en la Pinacoteca Vaticana sólo consagra un tradición  que se remonta a Giotto.
   Observemos, además, que a causa de la influencia del Evangelio de Mateo, donde los dos relatos son sucesivos, Rafael, y después de él. Rubens, agregaron a la Transfiguración el Milagro de la curación de un joven poseído, que operó Cristo al descender del monte. Se trata de un medio de corregir la superposición de dos grupos de tres figuras.
     La evolución del tema
   En la evolución histórica del tema pueden distinguirse tres fases:
   1. La Transfiguración simbólica. Al igual que la Crucifixión, la Transfiguración ha sido en principio evocada de manera indirecta, en forma simbólica.
   En el mosaico del ábside de San Apolinar in Classe, cerca de Ravena (siglo VI), Cristo no aparece in figura sino mediante el emblema de una cruz gemmada aérea, inscrita en un gran círculo y destacándose sobre un campo de estrellas que simbo­liza el cielo. Encima de la cruz se lee Ikhtus, en los extremos del travesaño, Alfa y Omega, debajo, en latín, Salus Mundi. A derecha e izquierda, los bustos de Moisés y de Elías emergen de las nubes. Los tres apóstoles están simbolizados por tres corderos.
   Este ejemplo es único. A partir del siglo VI, en la iglesia de los Santos Apóstoles de Constantinopla y en el convento de Santa Catalina, en el monte Sinaí, Cristo transfigurado y sus tres discípulos están representados en persona.
   2. Jesús está de pie sobre la cima del monte. Está rodeado por una mandorla. Es la fórmula que se impondrá en el arte de Occidente hasta el siglo XIV.
   3. Jesús planea encima del monte con las manos extendidas. Esta nueva versión que se explica por una contaminación con los temas de la Resurrección y de la Ascensión, también es de origen bizantino. Se introdujo en la pintura italiana a partir de Giotto. Pero no triunfó sin resistencia. La primera fórmula se mantuvo en la escuela veneciana (Giovanni Bellini)  hasta finales del siglo XV. 
   La actitud de los otros cinco personajes, los dos profetas, Moisés y Elías, y los tres apóstoles, Pedro, Santiago y Juan, puede  ser brevemente bosquejada.
   Moisés y Elías a veces aparecen en busto o medio cuerpo. Cuando planean flanqueando a Cristo transfigurado, no suelen estar envueltos en la misma aureola (Tetraevangelio de lviron); generalmente la mandorla se reserva a Cristo, y los dos profetas están iluminados por los rayos que emite ésta. A finales de la Edad Media, Moisés se representaba con dos cuernos luminosos en la frente.
   Los tres apóstoles, despertados con brusquedad, cegados por la luz deslumbrante que irradia la Aparición y como «fundidos por el fuego», se aplastan contra el suelo. Juan y Santiago se protegen los ojos con la mano en visera. Sólo Pedro se atreve a levantar la cabeza un momento después, y se enardece hasta el punto de proponer al Señor la construcción de tres tiendas de ramas.
   En conmemoración de esas tres tiendas (tria tabernacula), los cruzados habían edificado sobre el Tabor tres pequeñas basílicas recordatorias, son los tres edículos que se ven representados en un capitel románico de Saint Nectaire (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
   Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Retablo del Salvador, en la sala II del Museo de Bellas Artes, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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