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lunes, 9 de febrero de 2026

El azulejo conmemorativo a Manuel García López "Maera", en la fachada del edificio de la calle Betis, 14

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el azulejo conmemorativo a Manuel García López "Maera", en la fachada del edificio de la calle Betis, 14; de Sevilla.
     Hoy, 9 de febrero, es el aniversario del nacimiento (9 de febrero de 1896) de "Maera", personaje a quien está dedicado la obra reseñada, así que hoy es el mejor día para ExplicArte el azulejo conmemorativo a Manuel García López "Maera", en la fachada del edificio de la calle Betis, 14; de Sevilla.
     El edificio de la calle Betis, 14; se encuentra en el Barrio de Triana Casco Antiguo, del Distrito Triana.  
     En su fachada, encontramos un azulejo conmemorativo muy interesante. Es un retablo realizado en la fábrica "Cca. Sta. Ana - Triana", por el ceramista J. Vázquez. Es una obra de 20 piezas (4 x 5), con el busto de perfil del personaje homenajeado, siendo la parte más destacable el propio texto en sí, ornamentado con una cenefa vegetal, muy sencilla, y un sogueado realizado con material cerámico, todo el conjunto realizado en blanco y añil. El texto es el siguiente:
"EN 1896 NACIO,
MIRANDO A LA
MAESTRANZA, MANUEL
GARCÍA LÓPEZ,
"MAERA" UNA DE LAS
GRANDES FIGURAS DEL TOREO SEVILLANO.
MURIÓ POR ENFERMEDAD EN 1924 CUANDO
MAYOR ERA SU ÉXITO ARTÍSTICO. EN TRIANA
DEJÓ EL RECUERDO DE SU ALEGRÍA Y DE
SU GLORIA TAURINA."
Conozcamos mejor la Biografía de Gitanillo de Triana, a quien está dedicada el azulejo conmemorativo;
     Manuel García López, "Maera" (Sevilla, 9 de febrero de 1896 – 11 de diciembre de 1924). Torero.
     “¿Quién hubiera dicho que aquel banderillero —escribe Don Ventura— de elevada estatura, subalterno en la cuadrilla de Juan Belmonte, habría de remontarse como matador de toros a la primera fila? ¡Oh, poder del valor, del tesón y de la voluntad! Largo, desgarbado y con todas las desventajas que un pergeño físico puede ofrecer, sabía, no obstante, llegar a los públicos en seguida, y tanto se estrechaba con los toros, tal valentía puso en la ejecución de las suertes, que no sólo resultaban éstas emocionantes en alto grado, sino que incluso le prestaban a él una gallardía y una arrogancia tan varoniles que le permitían rendir a los escépticos”.
     Amigo y compañero de correrías de Juan Belmonte, aprendió el oficio en las capeas y en el toreo furtivo por la noche en las ganaderías de Tablada. Dice Cossío: “Se daba buena maña; así lo reconocían sus amigos y cuantos le veían torear y así lo comprendía él mismo. Pero no lograba salir en plazas de alguna importancia. Su obsesión era torear en la de Sevilla: inútil empeño”.
     En 1915 entró como banderillero en la cuadrilla de Juan Belmonte, convirtiéndose al poco tiempo en su subalterno de confianza. Añade Cossío: “Ha llegado a reunir todas las cualidades de un gran peón, eficaz, oportuno y valiente y de un gran banderillero. Clava en todos los terrenos, ejecuta con gran perfección”.
     En 1919 y 1920 actuó ya como novillero. El 14 de marzo de este último año se presentó en Madrid, en compañía de Bernardo Muñoz, Carnicerito, y Bernardo Casielles (este torero ingresó años después en una logia masónica). Tomó la alternativa el 28 (o el 21, según otros autores) de agosto en 1921 en El Puerto de Santa María. Rafael el Gallo le cedió el toro Barquillero, de Gallardo González, en presencia de nuevo de Carnicerito. Confirmó el doctorado en Madrid el 15 de mayo de 1922, de manos de Diego Mazquiarán, Fortuna, y con Chicuelo como testigo.
     El toro se llamó Verdugo y pertenecía al hierro de los Herederos de Esteban Hernández. En esa corrida resultó lesionado, lo mismo que en su siguiente actuación en esa misma plaza, el 5 de julio, en la corrida de la prensa. Toreó mucho ese año de 1922 y también el siguiente. En 1924 fue galardonado con la preciada Oreja de Oro, trofeo en disputa en la corrida de la prensa celebrada el 11 de julio.
     La última corrida de su vida la toreó en Melilla, en compañía del rejoneador Antonio Cañero y de Ignacio Sánchez Mejías, a beneficio de los legionarios del Tercio Extranjero, el 18 de noviembre de 1924. Cortó las dos orejas a sus dos toros. Maera, que tuvo fama de bohemio y juerguista, acudió a torear a Melilla ya enfermo. Explica Cossío: “Al terminar la corrida no pudo asistir al banquete con que las autoridades militares [el general Sanjurjo, entre otros] obsequiaron a los toreros. Tuvo que guardar cama y esperar en Melilla hasta que una ligera y aparente mejoría le permitió regresar a su casa de Sevilla”, en la que en diciembre falleció de tuberculosis.
     Y añade Cossío: “Maera fue un torero valiente, de los más valientes que hemos conocido; ésta fue su característica, el valor; un valor tranquilo, sereno, frío, sin teatralerías ni exteriorizaciones espectaculares; estaba en la plaza con la misma seguridad, con la misma tranquilidad que en el café o en su casa”.
     Sus cualidades de torero valiente, además de su rápida fama, pronta muerte y la fatalidad de su destino, impresionaron a Ernest Hemingway, que en Muerte en la tarde (1968) le retrató con los caracteres de un héroe romántico y trágico, que, conocedor de su final, no sólo no pone remedio, sino que le hace frente con despreocupación y hombría. Según el premio Nobel norteamericano, el toreo de Maera “siempre proporcionaba emoción y, poco a poco, a medida que fue perfeccionando su estilo, logró ser un artista. Sin embargo, durante el último año que toreó, se pudo apreciar que iba a morir. Padecía una tisis galopante y él mismo esperaba fallecer antes de que acabara la temporada.
     Pero, mientras tanto, estuvo muy ocupado. Sufrió dos cornadas de gravedad, pero no les prestó atención. Un domingo lo vi torear con una herida de doce pulgadas en la axila que había recibido el jueves anterior. Vi la herida, vi cómo se la vendaban antes y después de la corrida, sin que él le hiciera el menor caso. Dolía como sólo duele un desgarro hecho por un cuerno astillado pasados dos días, pero el dolor le traía sin cuidado. Actuaba como si no existiera. No mostraba miramientos con la herida ni evitaba levantar el brazo; se limitaba a ignorarla. Se hallaba mucho más allá del dolor. Nunca he visto a un hombre a quien el tiempo le resultara tan breve como él aquella temporada. [...] Era generoso, divertido, orgulloso, resentido, malhablador y un gran bebedor. No daba coba a los intelectuales ni sentía apego por el dinero. Le gustaba matar toros y vivía con gran pasión y deleite, aunque los últimos seis meses de su vida estuvo muy amargado. Sabía que padecía tuberculosis, pero no se cuidaba en absoluto; como no tenía miedo a la muerte, prefirió consumirse, pero no como una bravata, sino por elección” (José Luis Ramón Carrión, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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Más sobre la calle Betis, en ExplicArte Sevilla.

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