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miércoles, 4 de diciembre de 2019

La Capilla de Santa Bárbara, en la Catedral de Santa María de la Sede

 
   Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Capilla de Santa Bárbara, en la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.   
   Hoy, 4 de diciembre, Conmemoración de Santa Bárbara, de la cual se dice que fue virgen y mártir en Nicomedia, en la actual Turquía (s. III / IV) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la Capilla de Santa Bárbara, en la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.  
     En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Capilla de Santa Bárbara [nº 030 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; Esta fundación de Rodrigo de Solís, de 1544, rememora a la Sagrada Familia, y a la "Venida del Espíritu Santo", pero el nombre se lo da la mártir que ocupa un lugar lateral, cercana a una imagen llamada de "San Antonio el Chico"(Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).   
   La Capilla de Santa Bárbara que encontramos en la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla, flanqueando la puerta de las Campanilla, fue dotado por el canónigo Don Rodrigo de Solís en 1544, bajo las advocaciones de La Sagrada Familia y La Venida del Espíritu Santo. Se trata de una somera pieza que sirve de continente a la serie de pinturas que constituyen este retablo. Su composición consiste en dos cuerpos de tres calles cada uno, más una calle lateral dispuesta en forma de guardapolvo. Está formado por sencillas pilastras planas y estrechas que sirven de delimitación en las entrecalles y sujetan simples capiteles y un también sencillo entablamento; repitiéndose dicho esquema en ambos cuerpos.
   Las particularidades de esta pieza residen en el banco, el ático y en la decoración triangular que aportan a cada una de las tablas en los ángulos superiores, consistentes en lazadas que sinuosas se depliegan por un vástago central. El banco contiene un dorado bajorrelive recorrido por una serie de "puttis" y en el ático se disponen un conjunto de ángeles en movimiento policromados.
   El retablo de Santa Bárbara es de Antón Ruiz, de 1.544, siendo las diez pinturas que lo ocupan de Antonio Rodríguez, de regular calidad, realizadas en óleo sobre tabla. La calle central está ocupada por dos tablas de mayor tamaño, La Sagrada Familia (se trata de una representación muy sencilla de la Sagrada Familia, en una composición frontal y plana, tratada con deficiente dibujo, en la que el autor reúne con técnica modesta e ingenua referencias iconográfcas procedentes de Rafael, como el esquema general de la escena y la tipología de las figuras, pero sin salvar su incapacidad para tratar las proporciones de las anatomías, dotando además a sus personajes con expresiones muy simplistas. Centra la obra la Virgen María con su Hijo desnudo en su regazo, jugando éste a su vez con un ángel que se encuentra en uno de los laterales, y que le ofrece un racimo de uvas -motivo copiado de Durero-, acompañando la escena en el otro y en un segundo plano la figura de San José).
   Flanqueada por San Jerónimo (se trata, al igual que el resto de pinturas secundarias del retablo, de una pieza en la que se recoge la figura de pie y de cuerpo entero de este anciano doctor de la Iglesia, en una obra de estilo sencillo e ingenuo que evidencia las limitadas aptitudes de su autor, que debido a su deficiente dibujo trata las figuras con anatomías desproporcionadas, de canon corto y expresiones rudimentarias. Porta en sus manos una Biblia que lee ávidamente y está vestido con las dignidades de cardenal), Santa Bárbara (la protagonista porta en una de sus manos la típica torre de tres ventanas con que habitualmente se asocia su iconografía y en la otra, la palma que alude a su suplicio), San Lucas (está acompañado a sus pies de un buey o toro, símbolo iconográfico con el que se asocia habitualmente a este evangelista y muestra actitud de escribir, ya que porta una pluma en una mano y un libro abierto en la otra) y San Marcos (en esta ocasión carece de su habitual simbolo iconográfco, el león y sólo porta un libro abierto que parece leer ávidamente), y La venida del Espíritu Santo (esta obra intenta describir el relato del milagro de Pentecostés, narrado en los Hechos de los Apóstoles (2, 1-13): "al llegar el día de Pentecostés, estaban todos juntos. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas". Se trata de una composición de grupo muy forzada y de sensación muy plana. En el centro, entronizada en majestad, se encuentra la Virgen María con un libro abierto sobre su regazo, con expresión ensimismada y con las manos unidas en actitud de oración. 
   Su presencia honorífica se corresponde con la tradición que convierte a María glorificada en la personificación de la Iglesia misma. A su derecha San Pedro arrodillado mantiene una actitud muy parecida a la de la Virgen y a su izquierda se encuentra San Pablo, figuras que repiten esos lugares en las calles laterales. Alrededor de estos personajes y en doble fila se disponen el resto de los apóstoles hasta un número de trece, ya que el autor ha querido incluir a Matías, y sobre todos ellos levita la paloma radiante del Espíritu Santo. Técnicamente es una obra con dibujo y perspectiva deficientes, en la que las expresiones de los personajes se limitan a las distintas posturas que cada uno de ellos adoptan), con San Pedro (está acompañado por una piedra sobre la que posa uno de sus pies, uno de los símbolos iconográficos con el que se asocia su persona, al igual que las llaves que porta en una de sus manos, sujetando con la otra un libro abierto), San Pablo (se apoya sobre una gran espada, símbolo iconográfico con el que se le relaciona habitualmente, ya que fue utilizada en su martirio, a la vez que fija su atención sobre un libro abierto que porta en una de sus manos), San Juan (está acompañado a sus pies de un águila, símbolo iconográfico con el que se le asocia tradicionalmente, y se encuentra en actitud de escribir ya que posa su pluma sobre un libro abierto) y San Mateo (está acompañado por el ángel con el que se le relaciona de forma habitual iconográficamente. Éste le sirve de atril, y sobre él apoya el libro sobre el que está redactando sus escrituras) en los laterales (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Leyenda, Historia, Culto e Iconografía de Santa Bárbara, virgen y mártir:
LEYENDA
   Compilada tardíamente por Simeón Metafrasto en el siglo X, la Pasión de esta santa oriental se popularizó en Occidente en el siglo XIII, gracias al arzobispo de Génova, Santiago de Vorágine, y a su Leyenda Dorada.
   Hija del sátrapa Dióscuro, habría nacido en Nicomedia, a orillas del mar de Mármara. Para sustraerla al proselitismo cristiano, su padre la encerró en una torre iluminada sólo por dos ventanas.
   No obstante, gracias a un subterfugio, ella  encontró el medio de recibir las enseñanzas de un sacerdote enviado por Orígenes, que se hacía pasar por médico, y quien, después de haberla instruido en la religión cristiana le administró el bautismo. Para expresar su fe en la Santísima Trinidad, ella perforó en el muro de la torre una «tercera ventana».
   Al saber que a pesar de todas sus precauciones su hija se había convertido, el feroz Dióscoro la amenazó con la espada. Ella consiguió huir y se refugió en un peñón que se abrió milagrosamente para darle asilo. Pero fue denunciada por un pastor chivato que fue castigado por su traición con la metamorfosis de sus corderos en langostas.
   Presa, santa Bárbara se negó a abjurar del cristianismo y a casarse con un pagano. Por ello la entregaron al juez Marciano que le hizo padecer los peores tormentos. Estirada en un potro fue azotada con vergajos, desgarrada con peines de hierro, rodada sobre fragmentos de cerámica, quemada  con hierros candentes; y al fin los verdugos le arrancaron los pechos con tenazas.
   Cuando la paseaban desnuda por la ciudad, un ángel le cubrió el cuerpo martirizado con un velo.
   Para terminar, su padre, desnaturalizado, la llevó hasta la cima de una mon­taña y le cortó la cabeza con sus propias manos. El castigo del cielo no se hizo esperar: el monstruo fue fulminado por un rayo. «Fue asaeteado y consumido de tal manera que de su cuerpo no quedaron polvo ni cenizas.»
CULTO
   El culto de la "partenomártir" de Bitinia nació en Oriente.
   Fue la patrona del monasterio de Edesa a partir del siglo IV, y en el VII se convirtió en titular de una basílica construida por los coptos en El Cairo. León el Filósofo puso bajo su advocación una iglesia de Constantinopla.
   En Occidente, su popularidad se remonta al siglo XV. No obstante, en Roma se la representó a partir del siglo VIII, tal como se ve en un pilar de Santa María la Antigua, acompañada por un pavo real, símbolo de inmortalidad. Se ha imaginado que en ciertos casos su culto sustituyó al de una divinidad celta: Borbo o Borvo (Borbón), dios de las fuentes. Por otra parte, corno protegía contra el rayo, se le edificaron santuarios en las cumbres golpeadas por el fuego del cielo. 
 Se la veneraba sobre todo en Francia, en las provincias de Normandía y Bretaña, como lo prueban la fundación de un priorato de Sainte Barbe en Auge, a orillas del Dive y la advocación de la capilla de Sainte Barbe en Faouet . 
    En Italia, es la patrona de las ciudades de Ferrara, Guastalla y Mantua.
   En España se la invoca contra los truenos, rayos e incendios (abogada contra los truenos e incendios).
   La extensión de su culto en Alemania, a finales de la Edad Media, se debía sobre todo al hecho de que figurase en la cohorte de los Catorce Intercesores (vierzehn Nothelfer), en compañía de santa Catalina y santa Margarita. Las tres santas gozaban de envidiables privilegios en la devoción popular, ilustrada por este refrán :
   Barbara mit dem Thurm,
   Margarethe mit dem Wurm, 
   Katharina mit dem Räddel
   Sind die drei heiligen Mädel.
   La liturgia les sumó a santa Dorotea, para formar el grupo del Cuarteto de vírgenes capitales que se invocaba en estos términos en la colecta de la Missa de Sanctis quattuor capitalibu s virginibus:
   «Deus qui sanctissimas virgines tuas Catharinam, Barbaram, Margaretham et Dotoheam per martyrii palmam ad coelos pervenire fecisti, praesta, quaesumus, ut earum intervenientibus meritis a peccatorum nostrum maculis mereamus absolvi
   A Santa Bárbara suele asociársela  sobre todo con santa Catalina. Protectora de los militares, simboliza la vida activa, mientras que santa Catalina, patrona de los clérigos, es la imagen de la vida contemplativa.
Patronazgos
   Si el culto de santa Bárbara suele adquirir en Alemania una forma colectiva, sus patronazgos tienen un carácter muy individual. Y son tan numerosos que para esclarecerlos, deben clasificarse en dos series: l. La protección contra el rayo y la muerte súbita; 2. Los patronazgos de corporaciones y oficios.
1. Protección contra el rayo y la muerte súbita
   Uno de los privilegios más apreciados de santa Bárbara era el de proteger contra el rayo porque  su verdugo, que fue su propio padre, fue fulminado por el fuego del cielo. Se la llamaba la «conjuradora del rayo».
   Los viejos refranes populares prueban que hasta la invención del pararrayos por Franklin, ella tenía la tarea a su cargo:
   Quand le tonnerre grondera, 
   Sainte Barbe nous gardera. 
   Quand le tonnerre tambera,   
   Sainte Barbe le retiendra.
   Partout où Barbe passera, 
   Le tonnerre ne tambera.
   (Cuando el trueno rugirá,/ Santa Bárbara nos guardará./ Cuando el rayo caerá, / Santa Bárbara lo retendrá./ Por donde Bárbara pasará, /El rayo no caerá.)
   Las iglesias cuyos campanarios y techos protegía de los incendios, invocaban su protección. Por ello el nombre de la santa suele estar inscrito en las campanas, que durante las tormentas solían echarse a vuelo.
   La capilla de Sainte Barbe au Faouet fue edificada en 1489 a causa de una promesa formulada por un noble, quien sorprendido durante una cacería por una violenta borrasca, se salvó gracias a la santa que alejó de su cuerpo una gran roca desprendida que rodara hacia él.
   Como protege del rayo, se considera que santa Bárbara también preserva de la muerte fulminante, y del deceso sin confesión ni comunión, particularmente temido por los creyentes. Así, pertenece a la categoría de los santos eucarísticos.
   Esos dos patronazgos estaban estrechamente ligados en el espíritu de los cristianos de finales de la Edad Media. En un Libro de Horas de 1490, un devoto ruega a santa Bárbara «guardarle del rayo y de la tormenta / como de la muerte súbita, vil y deshonesta / puesto que Dios le ha dado poder» .
   Sin duda es esa una de las fuente principales de la popularidad de santa Bárbara, versión  femenina de san Cristóbal a quien también se invocaba contra «la muerte súbita». Los agonizantes recurrían a su intercesión para no expirar antes de haberse confesado. Por ese motivo se la llamaba Mater confessionis. Las cofradías de la Buena Muerte se ponían bajo su advocación.
2. Patronazgos de corporaciones y oficios
   Por el hecho de proteger contra el rayo y la mala muerte, santa Bárbara se convirtió en el siglo XV en la patrona de los artilleros, cuyos cañones tonantes lanzan el rayo, y que están expuestos a explosiones accidentales en tiempos de paz, y a la muerte súbita en tiempos de guerra. Los artificieros también la adoptaron como patrona. 
  Los arcabuceros, bombarderos, cañoneros y culebrineros nunca olvidaban situar su imagen protectora en los escudos de armas o piezas. La cofradía de santa Bárbara en París agrupaba a los salitreros, fabricantes de pólvora y oficiales de artillería. Se da el nombre de santa Bárbara a los polvorines, arsenales y fuertes; en los barcos de guerra, el  habitáculo del maestro artillero se denomina cámara de santa Bárbara.
   Por la misma razón, o tal vez a causa de la montaña que se abrió ante ella, santa Bárbara se convirtió en patrona de los mineros y canteros particularmente expuestos a los peligros del grisú y a los derrumbes. Muchos pozos de minas se bautizaron con el nombre de la santa. Su fiesta, el 4 de diciembre, era feriado para los mineros, y quienes trabajaban ese día se arriesgaban a sufrir accidentes mortales. Por extensión, también la adoptaron como patrona los obreros que perforan pozos petrolíferos, sobre todo en Pechelbronn, Alsacia.
   En el siglo XV, los mineros de Kutna Hora, Kuttenberg, (Bohemia) pusieron bajo su advocación una magnífica iglesia.
   Como en las tormentas se echaban a vuelo las campanas para prevenir los rayos, santa Bárbara también es patrona de los campaneros y carrilloneros. Otros patronazgos se explican por diferentes circunstancias de su leyenda. Puesto que era una virgen estudiosa que se inició en las verdades de la fe cristiana siendo muy joven, junto a santa Catalina comparte el patronazgo de los escolares y estudiantes. De ahí, el nombre del Colegio de Sainte Barbe sobre la colina de Sainte Genevieve, en París.
   La torre donde fue encerrada la santa y en la que ella perforó «una tercera ventana»  en honor de la Santísima Trinidad, le valió convertirse en la patrona no sólo de los presos sino también de los arquitectos y albañiles.
   En conmemoración de la metamorfosis de los ovinos del pastor que la denunciara, era invocada por los agricultores contra las plagas de langosta. Quizá el patronazgo de los canteros o pedreros se explique por la milagrosa apertura de la peña, que le sirviera de refugio. En cualquier caso, es por esa razón que ella curaba la enfermedad de la piedra (cálculos).
   La etimología popular le consiguió aún más clientes. A causa de un mal juego de palabras con su nombre, que evoca la idea de pelos, santa Bárbara era invocada por los tapiceros, fabricantes de brochas, sombrereros, fabricantes de verguetas y de raquetas. En Saone et Loire las mujeres visitan la capilla de Santa Bárbara en peregrinación, para tener hijos con pelo rizado.
   Puede apreciarse la extraordinaria diversidad de la clientela de santa Bárbara, a quien se recurría  no sólo a la hora de la muerte sino también  en la vida diaria, para infinidad de oficios. Era la protectora y abogada  celestial de los artilleros, mineros, campaneros, arquitectos, fabricantes de brochas y sombrereros.
   Ello explica la riqueza  de su iconografía.
ICONOGRAFÍA
Atributos
   Además de la palma del martirio y la corona, santa Bárbara se caracteriza por numerosos atributos que le pertenecen en propiedad exclusiva y permiten reconocerla fácilmente.
   Algunos se han tomado de su leyenda, otros de sus patronazgos.
1. La torre con tres ventanas
   Es el atributo más constante, y por decirlo así, obligatorio. En un auto sacramental del siglo XV puede leerse:
   Aussi faut qu 'elle ait une tour 
   En une main et puis en l 'autre
   Une palme; puis sans nulle faute 
   Ait sur la tête une couronne.
   (También es necesario que tenga una torre/ En una mano y luego en la otra/ Una palma; y luego sin falta alguna /  Que tenga una corona en la cabeza.)
   En vez de la pequeña torre simbólica en la mano, puede estar sentada al pie de una gran torre en construcción: así la representa Jan van Eyck en su célebre grisalla del Museo de Amberes (1437).
   Lo que caracteriza a la torre de santa Bárbara es que está abierta en tres Ventanas que simbolizan su adoración a la Santísima  Trinidad.
   A veces la torre, reducida a una pequeña escala, es sólo un simple ornamento aplicado como una insignia a su diadema o su tocado.
   En un cuadro del Museo de Bruselas, se ve a santa Bárbara cubierta con un vestido lleno de torres bordadas, formando pareja con santa Catalina que lleva el suyo constelado de ruedas.
2. La pluma de pavo real
   Las varas con que la azotaba su padre se habrían cambiado en plumas de pavo real.
   No obstante, puede que se trate de un símbolo de inmortalidad, como en el fresco de Santa María la Antigua, en Roma. Se trataría de una alusión a su patronazgo contra la muerte súbita.
3. Su padre y perseguidor hollado a sus pies
   Así forma pareja con el emperador Majencio a quien se ve a los pies de santa Catalina de Alejandría.
4. Un cáliz rematado con una hostia
   Este atributo que la señala como preservativo de la muerte repentina sin comunión, es menos universal que el precedente. Es particular del arte germánico, alemán y flamenco, e infrecuente en el francés.  
   Al tiempo que la torre alude a su leyenda, el cáliz la señala como patrona de la buena muerte (patronin eines seligen Todes).
   Los dos atributos suelen aparecer combinados: el cáliz está apoyado sobre una ménsula en saledizo, encima de las tres ventanas de la torre.
   Hasta se ha emitido la hipótesis de que en origen eran uno, es decir, que el cáliz sería una duplicación, una simple variante de la torre que a veces tenía la forma de un pimentero, bastante parecida a las píxides en que se conservaban las hostias consagradas para administrar a los agonizantes, en el siglo XV. De la torrecilla se habría pasado a la píxide, y luego al copón o cáliz sin tapa, encima del cual planea una hostia.
5. Un cañón o una bala de cañón
   Este atributo la señala como patrona de los artilleros.
   Resulta poco creíble que el cañón derive, como lo pretende Hourticq,  de la torre mal interpretada. La semejanza de formas es muy ligera, y además, los tubos de los cañones no se erigen según la vertical.
   Palma Vecchio la representa con un cañón a sus pies. Un alabastro inglés del siglo XV (Victoria & Albert Museum, Londres), la muestra con una bala de cañón en  la mano.
   La semejanza entre una bala de artillería y una pelota de frontón sin duda explica la elección de santa Bárbara como patrona de los fabricantes de pelotas y de raquetas (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).      
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Más sobre la Catedral de Santa María de la Sede, en ExplicArte Sevilla.

martes, 3 de diciembre de 2019

El retablo de San Francisco Javier de la Iglesia de San Luis de los Franceses

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el retablo de San Francisco Javier en la Iglesia de San Luis de los Franceses, de Sevilla.   
 Hoy, 3 de diciembre, Memoria de San Francisco Javier, presbítero de la Orden de la Compañía de Jesús, evangelizador de la India, el cual, nacido en Navarra, fue uno de los primeros compañeros de San Ignacio que, movido por el ardor de dilatar el Evangelio, anunció diligentemente a Cristo a innumerables pueblos en la India, en las Molucas y otras islas, y después en Japón. Convirtió a muchos a la fe y, finalmente, murió en la isla de San Xon, en China, consumido por la enfermedad y los trabajos (1552) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
    Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el retablo de San Francisco Javier en la iglesia de San Luis de los Franceses, de Sevilla
     La Iglesia (desacralizada) de San Luis de los Franceses [nº 40 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 78 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle San Luis, 37; en el Barrio de la Feria, del Distrito Casco Antiguo.
     En la Iglesia de San Luis de los Franceses podemos contemplar el Retablo dedicado a San Francisco Javier, presbítero.
    En uno de los cuatro machones que soportan la cúpula de la iglesia de San Luis de los Franceses, de Sevilla, se sitúa, flanqueando al retablo mayor, el retablo dedicado a San Francisco Javier, paladín de la faceta misionera de la milicia ignaciana, que aparece representado en el instante de su muerte, tal vez para resaltar a los jesuitas en formación la meditación de tan importante novísimo, el de la Epístola. Embutido en la parte baja formando una especie de capilla que se cierra con una baranda de forja dieciochesca. Su factura es idéntica a la de los otros tres retablos de los machones dedicados a San Ignacio de Loyola, San Luis Gonzaga y San Juan Francisco de Regis: una especie de hornacina con marcos de diferentes tamaños para pinturas y adornos, enmarcando la hornacina central, que flanquean dos estípites decoradas con espejuelos lo que acentúa el matiz rococó de estos retablos, sobre el cual, a modo de ático, hay otra pequeña para sostener esculturas o relicarios, a cuyos lados hay dos especies de acróteras y unas especies de volutas que se rizan sobre los estípites que enmarcan la hornacina central.
   La imagen de San Francisco Javier, que aparece arrodillado para recoger el Crucifijo que un cangrejo le rescató del agua y que tenía en gran estima por habérselo regalado San Ignacio, ha sito atribuido por Matute y Montero de Espinosa a Juan de Hinestrosa, autor de toda la decoración de animales y otros adornos de este altar y el de San Ignacio de Loyola y escultor de este tipo de obras bien cotizado en la Sevilla de comienzos del siglo XVIII, siendo, desde luego, más lejana a las documentadas de Duque Cornejo, existentes en la Iglesia, aunque a él se la hayan atribuido González de León, Gestoso y el propio Ceán.
   En cuanto a las pinturas que decoran el retablo, están atribuidas tanto por Gestoso como por Guichot a Domingo Martínez con la indicación de que las terminó en 1750; opinión que parece probable, a falta de una confirmación documental, pues el estilo concuerda con el del maestro que no es otro que el amanerado recuerdo del quehacer murillesco, típico en toda la escuela sevillana del siglo XVIII.
   Son dos las pinturas: la del lado del Evangelio, en la que aparece el excelso misionero confortado por unos ángeles en la hora de su solitario tránsito y la de la Epístola, que representa al mismo en la clásica apoteosis barroca; esto es, al Santo arrebatado a la gloria rodeado de varias criaturas de diferentes categorías angélicas (Antonio de la Banda y Vargas, La iglesia sevillana de San Luis de los Franceses, Diputación de Sevilla. Sevilla, 1977).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Francisco Javier, presbítero;
   El mayor santo de la orden de los jesuitas, después de San Ignacio de Loyola, apóstol de La India y Japón (Indorumac Japonum Apostolus). San Ignacio y él eran dos soles gemelos de la Compañía de Jesús (Societatis Jesu Soles gemini). Nació en 1506 en el castillo de Javier, cerca de Sangüesa, Navarra. Debió llamarse Francisco de Javier, puesto que este último es el nombre de su lugar de origen, una alteración castellana del vasco Etchaberri (Casanueva),  con­vertido en Jaberri, Javerri, Xaver, Javier.
   En París se vinculó con su compatriota, san Ignacio de Loyola, en cuyas manos prestó juramento en Montmartre.
   En 1540 fue enviado a La India como misionero, de allí viajó a Goa y a Japón,fiel a su divisa: Amplius.
   Abandonado por los portugueses (abomnibus desertus), murió en 1552 en una choza de ramas en la isla de Sancián, a la vista de la costa china (Cantón), donde se había hecho dejar por un barco mercante y mientras apretaba contra el pecho un crucifijo que le regalara san Ignacio.
   Gracias a su apostolado en el Lejano Oriente, adquirió muy pronto fama de taumaturgo, halagüeña para los jesuitas, y mucho mayor que la de san Ignacio de Loyola, cuya vida se prestaba menos para la leyenda.
   Se le atribuían numerosos milagros, sobre todo la resurrección de un muerto en La India. Pero la historia más popular es la de su crucifijo caído al mar que le fue devuelto por un cangrejo.
   Cuando san Francisco, como se dice en la bula de canonización, navegaba en el archipiélago de Las Molucas, se desató una gran borrasca. El santo hundió en el mar el crucifijo que llevaba. La fuerza de las olas se lo arrancó de las manos, y, para su gran desesperación, lo llevó a las profundidades. Pero Dios quiso devolver la alegría al alma de su siervo: después del desembarco, cuando caminaba por la orilla del mar, un enorme cangrejo salió súbitamente de las aguas y se detuvo ante los pies del santo, presentán­dole en las pinzas el crucifijo que se había abismado en las profundidades. Esta fábula derivaría de un cuento japonés recogido por Mitford en Tales of old Japan (Londres,1871).
CULTO
   Su cuerpo, transportado a Goa, fue sepultado en la iglesia del Bom Jesus. Su canonización se pronunció en 1622, tres años después de su beatificación. La primera iglesia de la orden de los jesuitas que se puso bajo su advocación es la de Burdeos. París le dedicó una iglesia moderna cerca de la Residencia de los Inválidos.
   La iglesia de Radrnirje, cerca de Gorny Grad (Oberburg) en Eslovenia, po­see una imagen milagrosa de san Francisco Javier.
   Apóstol de La India, es el patrón de los jesuitas, de los misioneros, de la Obra de la Propaganda de la Fe (De Propaganda Fide) y de los marinos que navegan en el Lejano Oriente. Se lo invocaba contra las tempestades y la peste.
ICONOGRAFÍA
   Aprieta un crucifijo contra su corazón, o entreabre la sotana para mostrar su corazón inflamado. Un cangrejo grande se arrastra a sus pies.
   A veces se lo representa en una choza, en el islote Sancián, donde murió, siguiendo con la vista una nave que se aleja. 
 En la decoración de las iglesias de la orden jesuita, san Francisco Javier suele aparecer asociado con san Ignacio. Así puede verse en las iglesias de Gesu (Roma), o de Gesu nuovo (Nápoles), donde las estatuas de ambos santos for­man pareja en las fachadas. Rubens recibió el encargo de pintar dos grandes cuadros para la iglesia de los jesuitas de Amberes: los Milagros de San Ignacio y los de San Francisco Javier que se turnaban sobre el altar mayor.
   Un escultor de la orden de los jesuitas, Charles Belleville, que residió en China entre 1698 y 1708, diseñó un modelo de pirámide y un altar en forma de mausoleo para su tumba.
   En la iglesia de los jesuitas de Mendelheim (Baviera), San Francisco Javier lleva a un indio sobre los hombros, y forma pareja con Jesús, como Buen Pastor, devolviendo a la oveja descarriada (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de San Francisco Javier, a quien está dedicada esta obra;
     San Francisco Javier, (Javier, Navarra, 7 de abril de 1506 – Shangchuan, China, 3 de diciembre de 1552). Santo, cofundador de la Compañía de Jesús (SI), misionero en Oriente.
     Nació en el castillo de Javier, ubicado en un lugar estratégico frente al reino de Aragón. Era el último hijo del matrimonio formado por el doctor Juan Jasso y María de Azpilcueta. El padre, doctor por Bolonia, era un destacado y principal servidor de la dinastía del reino de Navarra, ejerciendo el cargo de presidente del Consejo Real. Su hermana Magdalena, a la que conoció solamente de oídas, había sido dama de la reina Isabel la Católica y, antes de 1506, había ingresado en el convento de las clarisas de Gandía, donde murió en 1533. Sus hermanos mayores, Miguel y Juan, con los que se llevaba once y nueve años respectivamente, fueron muy destacados en el bando opositor a la anexión efectuada por Fernando el Católico.
     El conflicto político de Navarra se había convertido para los Jasso en familiar, viviendo la división de los navarros entre agramonteses y beamonteses.
     El rey Fernando ponía el pretexto de la necesidad de pasar por aquel viejo reino para atacar a su enemigo francés. En julio de 1512 se produjo la llamada “pacífica unión” y diez días después los monarcas navarros huyeron hacia Francia pasando antes por Javier.
     Tres años después, Navarra había desaparecido como reino independiente, tras muchos siglos de existencia, siendo incorporada a la Corona de Castilla. Poco tiempo después moría el doctor Jasso, cuando su hijo Francisco contaba con nueve años.
     En el castillo de Javier se reunieron los que “conspiraban” tras la muerte del rey Fernando en 1516.
     Fracasado el intento, el regente de Castilla, el cardenal franciscano Ximénez de Cisneros, mandó demoler parcialmente esa fortaleza donde vivía Francisco.
     Desde esos intentos por recuperar el reino, se entiende la construcción de la ciudadela de Pamplona, en cuya defensa cayó un joven vasco, vinculado al duque de Nájera, virrey de Navarra. Se llamaba Íñigo de Loyola. Por aquellos años, el futuro san Ignacio y la familia del que habría de ser san Francisco Javier, estaban enfrentadas por una cuestión de identidad nacional. Todavía los hermanos mayores de Francisco de Jasso tardaron en normalizar su situación política. Sus bienes fueron confiscados y sus personas condenadas a muerte por alta traición. Habrían de negociar una rendición honrosa, que pasaba por conservar la posesión sobre el castillo de Javier. Llegaba así, con el perdón del Emperador, el final de las consecuencias sombrías que la anexión de Navarra había ocasionado a esta familia de los Jasso.
     Tras las primeras letras a la sombra de su madre y los latines de la mano de su primo sacerdote, Miguel de Azpilicueta, en el horizonte de su formación apareció París, con su Universidad, por la cual ya habían pasado otros miembros de su familia. Hacia allí se dirigió en otoño de 1525. Se matriculó en Artes como clérigo de la diócesis de Pamplona. Empezó a vivir en el colegio de Santa Bárbara, compartiendo celda con un saboyano, llamado Pedro Fabro y con un profesor, el maestro Peña. La vida colegial contaba con su propia cotidianidad, además de su método académico, el llamado “modus parisiensis”, después adoptado con matices por la propia Compañía de Jesús.
     Pero no era todo disciplina, sino que también escapadas nocturnas y vida de ocio. No obstante, a Francisco le impresionaron vivamente las marcas de sífilis que contempló en el rostro de uno de los profesores.
     En 1530, se había licenciado en Artes, obteniendo el grado de magister e incorporándose al cuerpo de docentes. Ese mismo otoño inició su vida docente, pasando al colegio de Beauvais, por lo que recibía a cambio la comida y alojamiento. Desde esa nueva posición intelectual, solicitaba al emperador Carlos el reconocimiento público de su hidalguía, junto con la de sus hermanos. Al mismo tiempo, escribía a su hermano para que le consiguiese alguna prebenda en la catedral de Pamplona. No obstante, en aquellos momentos fue cuando apareció en su vida un vasco llamado Íñigo de Loyola.
     Había llegado este último a París, tres años después de Francisco, cuando era un hombre maduro de treinta y ocho años. No contaba con muy buena fama. Unos decían que había huido de la Inquisición, tribunal que le había perseguido en las ciudades universitarias castellanas de Alcalá y Salamanca. Otros destacaban la fascinación que nacía del uso de la palabra.
     Al principio, vivió en el colegio de Monteagudo; después se acogió a la caridad en el hospital de Saint Jacques e, incluso, se decía que había viajado a Flandes y Londres en busca de la ayuda de los mercaderes españoles. Cuando inició sus estudios en Filosofía, ingresó en el colegio de Santa Bárbara, compartiendo estancia y morada con el mencionado Pedro Fabro y Francisco Javier. Comprobó el maestro Peña la capacidad de atracción que demostraba aquel vasco, pues faltando a las disputas dominicales, se llevaba consigo a estudiantes, para que confesasen y comulgasen en la cartuja. Sin embargo, lo que antes fue oposición y acusaciones de “seducción de estudiantes”, concluyó en reconocimiento por parte del rector Gouvea.
     Parece ser que el encuentro entre Íñigo y Francisco puede ser definido por la indiferencia del segundo hacia el primero. Se puede decir, pues, que el maestro Francisco era recio, resistente y “duro de pelar”, pero Íñigo, a menudo, le recordaba que de nada servía al hombre triunfar en el mundo, si perdía su alma. Por fin, Francisco se unió a aquel grupo que acudía cada domingo a la cartuja, empezando a compartir ideales con unos compañeros que pensaban en la pobreza.
     Pasó por su cabeza la posibilidad de renunciar a su cátedra. Un proceso prolongado, ni momentáneo, ni espectacular, que se ha venido conociendo como conversión.
     Era la primavera de 1533.
     Si Francisco conoció una Navarra en ebullición en su infancia y adolescencia, la Europa religiosa de su tiempo era la del estallido de las diferentes reformas.
     En medio de aquellas circunstancias, el grupo de los “iñiguistas” se consolidaba. Ya eran seis: el mencionado saboyano Pedro Fabro, el navarro Francisco Javier, los castellanos Diego de Laínez, Alonso de Salmerón y Nicolás de Bobadilla y el portugués Simón Rodrigues. Todos ellos se habían acercado a Íñigo de Loyola a través de los ejercicios espirituales, siendo todos ellos seglares, salvo Fabro, que fue el primer sacerdote.
     El grupo se consagraba a la vida apostólica, aunque antes habrían de comprometerse en peregrinar a Tierra Santa, añadiendo el voto de pobreza y castidad.
     En el horizonte de Palestina, algunos de estos hombres ponían el fin de su vida, incluso a través del martirio.
     Eso sí, conociendo las circunstancias del Mediterráneo, sabían que podía ser imposible esa misión.
     Por ello, consideraron la posibilidad de que, pasado un tiempo, pudiesen ponerse a disposición del papa Pablo III en Roma y del trabajo apostólico que él considerase encomendarles. Unas decisiones que se plasmaron en el voto del día de la Asunción que pronunciaron en Montmartre, en una capilla que se llamaba, precisamente, “de los mártires”. Era el año 1534. Un gesto, intrascendente para sus contemporáneos que vivían en París en aquellos momentos pero que motivó, según subraya José Ignacio Tellechea, el nacimiento del grupo “internacional, más cohesionado afectivamente y guiado por un mismo ideal”.
     Pretendían finalizar los estudios de Teología, y así, acordaron salir de París el 25 de enero de 1537, camino de Venecia, para esperar a embarcarse hacia Tierra Santa. Este nuevo horizonte rompía las expectativas que había generado Francisco en su familia y las causas de este cambio se las detallaba en una carta que puso en manos de su hermano Juan Jasso, el propio Ignacio de Loyola cuando hubo de retirarse momentáneamente a su tierra para reponerse de su salud. Los primeros compañeros se disponían a dirigirse hacia Roma con el fin de solicitar licencia al Papa para su peregrinación. Entonces, ya eran doce, aunque Ignacio se quedó en Venecia. Francisco y los demás entraron en la Ciudad Eterna un Domingo de Ramos, 25 de marzo de 1537. Gracias al doctor Pedro Ortiz fueron recibidos en audiencia pontificia, sentándose a su mesa, donde discutieron sobre Teología con otros hombres de Iglesia. Pablo III no solamente les concedió la licencia, sino que les otorgó una limosna de 60 ducados. En el tiempo del regreso a la República Serenísima, los hagiógrafos de Francisco situaron aquel extraño sueño que le había dejado “molido” en su descanso: “Soñaba que llevaba a las espaldas un indio y que no lo podía llevar”. No solamente resulta una premonición de lo que iba a ser la memoria y la existencia de Francisco Javier, sino una muestra de que estos clérigos reformados eran hombres inquietos del Renacimiento y de sus nuevos horizontes.
     Mientras esperaban su embarque, Francisco vivía con Alonso Salmerón en Monselice, asistiendo después en el hospital de los incurables de Venecia.
     Juan III de Portugal había recibido información del rector del colegio de Santa Bárbara, Diego de Gouvea, acerca de la idoneidad de ciertos “sacerdotes reformados”, maestros parisienses, que ofrecían un apostolado activo, muy propio para los objetivos espirituales de este Monarca para con sus Indias. Con este fin, escribió a Mascarenhas, su embajador ante la Santa Sede: “De París eran partidos ciertos clérigos letrados y hombres de buena vida, los cuales por servicio de Dios tenían prometida pobreza y solamente vivir de las limosnas de los fieles cristianos y que andan predicando dondequiera que van, y hacen mucho fruto”. El papa Pablo debía conceder la licencia oportuna para permitir esta misión, aunque también consideró el Pontífice que era menester la opinión de Ignacio de Loyola. El embajador habló con él, solicitándole a seis de sus jesuitas cuando apenas habían sobrepasado la decena. La reacción fue contundente y refleja las intenciones y el proyecto con el que contaba la Compañía: “Jesús, señor embajador, y ¿qué me dejáis para el resto del mundo?”. La mies era mucha, todo el mundo geográficamente, aunque los obreros en un principio, tan escasos. Finalmente, Ignacio designó para tal misión al portugués Simón Rodrigues y al castellano Nicolás de Bobadilla.
     El primero se encontraba enfermo y, a pesar de ello, embarcó hacia Lisboa. Bobadilla se hallaba en Nápoles, afectado por las fiebres de Malta. Los médicos impidieron su salida. El único disponible en el tiempo en que el diplomático portugués emprendía camino hacia Lisboa era Francisco Javier, el cual trabajaba hasta entonces como secretario de Ignacio. Aquella escena ha sido numerosas veces recreada, por las artes plásticas, la literatura, e incluso por la ópera. Existió poco tiempo para pensar aquel ofrecimiento que le hacía quien actuaba como su superior y menos aún fue el necesario para preparar lo poco que para Francisco era imprescindible llevar. La despedida, para siempre, entre Ignacio y Francisco, se presentó como otra de las escenas más cantadas y retratadas.
     Cuando Francisco abandonó Roma, la Compañía de Jesús solamente estaba aprobada verbalmente por Pablo III. Estaban presentándose una serie de dificultades que fueron discutidas por diferentes cardenales antes de la aprobación solemne que habría de llegar por la bula que recibió el título de “Regimini militantes Ecclesiae” (1540). Con este fin, Francisco redactó dos documentos para fijar su posición en la futura Compañía: “Prometo de estar a todo aquello que ordenaren los que se pudieren juntar”. No iba a participar en el proceso de elaboración de las Constituciones, mostrando su plena confianza en lo que los demás decidiesen. Al mismo tiempo, había aprobado la permanencia en la unidad, incluso en la dispersión, dándose una cabeza de carácter vitalicia que les gobernase. Francisco, para el supuesto día de la elección, dejó también su voto escrito: “Que sea el perlado nuestro antiguo y verdadero padre don Ignacio, el cual, pues nos juntó a todos con no pocos trabajos”.
     Emprendía camino, dentro de la comitiva del embajador Mascarenhas, hasta Lisboa, alcanzándola a finales de junio de 1540. El camino fue aprovechado para el ejercicio de sus trabajos apostólicos. Aquella ciudad era una puerta abierta hacia un mundo de comercio, de las inquietudes descubridoras, de las mercancías desconocidas. Allí se encontró con su compañero Simón Rodrigues; conoció a Juan III y a su esposa Catalina de Habsburgo, hermana pequeña del emperador Carlos V. Ya mostró el Monarca su entusiasmo por el “modo de proceder” de los maestros de París, aunque en Portugal se les conoció como los “apóstoles”. Todavía era temprana la acepción de jesuitas.
     Gozando de la protección de la Corte, desde el principio los de la Compañía trataron de romper con esa imagen de clérigos relajados, desarrollando ministerios que sorprendían: los trabajos entre los presos en las cárceles o los “herejes” de las condenas inquisitoriales.
     El invierno de 1540 lo pasaron acompañando a la Corte en Almeirim. Desde allí conocieron la aprobación pontificia de la Compañía, aunque con algunas limitaciones de número. Algunos de los cardenales que rodeaban a Pablo III desconfiaban de ciertas novedades planteadas por el documento presentado por Ignacio de Loyola, la “Fórmula del Instituto”. Limitaciones que desaparecieron posteriormente.
     El interés real se intentó canalizar en la fundación de un colegio temprano, el de Coimbra, cantera para la formación de misioneros destinados a los lejanos territorios de la metrópoli. Quizás era mejor que estos misioneros renunciasen a la empresa de Indias y se estableciesen en Portugal. Era la misma filosofía que les había planteado Pablo III cuando les había dicho que buena Jerusalén era Roma cuando aquéllos manifestaron su deseo de peregrinar a Tierra Santa.
     La pelota estaba en el tejado del monarca portugués.
     Finalmente, se decidió que Francisco Javier viajaría a India, mientras que Simón Rodrigues permanecería en Portugal con el objetivo de poner en marcha el colegio de Coimbra. El jesuita navarro había viajado mucho, había probado los caminos polvorientos de Europa, pero no se había hecho nunca a la mar, no se había enfrentado jamás a sus peligros. Le intentaron convencer a Francisco Javier que era conveniente que le fuese asignado un criado, pues éste le confería el prestigio que era menester para dirigir su palabra de predicación. Esa evangelización de la apariencia fue contestada por el jesuita navarro: “El adquirir crédito y autoridad por ese medio que V. S. dice, ha traído a la Iglesia de Dios al estado en que ahora ella está y a sus prelados”. Quizás era la misma línea de la sublimitas evangelica que había defendido Erasmo de Rotterdam, asociada a los primeros apóstoles. Un gesto que demuestra, como indica Tellechea, que Francisco Javier era un misionero y no un funcionario o un político.
     En su despedida, Juan III le entregó los breves pontificios que el jesuita le había traído desde Roma. Era su nombramiento pontificio como nuncio apostólico, con competencias sobre tierras tan amplias como desconocidas y diversas. El medio de comunicarse, tanto con el Monarca —exponiéndole sus quejas y los abusos de los portugueses— como con sus compañeros y su superior Ignacio, iba a ser a través de la carta, auténtico cordón umbilical para conseguir la unidad en la dispersión: “Escribidnos largo”. Se embarcó en el pesado galeón Santiago, en el cual iba el nuevo virrey de aquellas tierras, zarpando el 7 de abril de 1541, fecha de su trigésimo quinto cumpleaños. Le acompañaban los también jesuitas Micer Paulo y el portugués Mansilha.
     Pasó la flota por el archipiélago de las Azores, se aproximó a las costas del Brasil tomando rumbo hacia el cabo de Buena Esperanza. Daba muestras el jesuita de una actitud servicial hacia sus compañeros de navegación: atendía a los enfermos, ayudaba a morir a los que alcanzaban sus últimos instantes en alta mar, siempre aplicando ese principio de adaptabilidad a las circunstancias que le tocase vivir en cada uno de los momentos. Recalaron en Mozambique, una importante factoría portuguesa surgida en 1507.
     En medio de un clima sofocante esperaron los vientos adecuados para proseguir a India. El virrey Sousa tuvo que adelantar su viaje ante las amenazas de los turcos frente a la ciudad de Goa. Llevaría consigo al padre Francisco. Pronto descubrió el jesuita, en las escalas que realizaba, la presencia de cristianos, descendientes de aquellas cristiandades primitivas y que habían permanecido aisladas. Divisaban Goa el 6 de mayo de 1542, en la India, un año después de haber zarpado de Lisboa. “Es una ciudad toda de cristianos —escribía Francisco en la primera carta que dirigió a Roma—, cosa de ver”, sede del obispo Alburquerque, un fraile franciscano que colaboró ampliamente con el padre Francisco. Era esta ciudad el principal apoyo del imperio portugués en Asia.
     Esperando un tiempo más propicio para navegar, evitando los monzones, inició sus labores catequéticas, visitando los domingos la leprosería y haciendo una realidad la frecuencia de los sacramentos. Estaba cercano el momento, en septiembre de 1542, en que el virrey habría de mandarle entre “moros y gentiles”, para la predicación del Evangelio y con este efecto solicitaba a Roma instrucciones precisas para ello. Antes, gracias al apoyo del virrey Sousa, propició el nacimiento del colegio de los jesuitas en Goa, con la pretensión de ser un seminario para la formación del clero indígena. Su condición de misionero le hizo exigente en las cualidades que debían mostrar los jesuitas que acudiesen en un futuro a estas tierras.
     El primer destino, pensado por el virrey, era el trabajo entre los indios paravas, en el extremo sur de la India y desde el cabo Comorín. Vivían en pequeños poblados costeros, dedicados de manera temporal a la extracción de perlas en el fondo del mar. Bajo la protección de Portugal habían sido bautizados en masa y sin ninguna doctrina o catequesis previa. Al padre Francisco le acompañaban tres indios paravas que se estaban preparando para el sacerdocio en el colegio de Goa, con el fin de servirle de introductores lingüísticos en la lengua tamil. Fue recorriendo todos los poblados de la costa, hasta alcanzar la capital de la Pesquería, Tuticorín. Empezó a combatir una religiosidad del terror, dialogó con los brahmanes más formados y se percató de la repelencia que le causaba la presencia de los ídolos. Con todo, el padre Francisco no profundizó en el alma india, como asevera Tellechea. Recorriendo estos poblados, surgió también su fama de hombre milagrero. En Goa, además, había preparado un catecismo con pronunciación figurada, poniendo en marcha estrategias de catequización que alcanzarían éxito: “Muchas veces me acaece —escribe en enero de 1544— tener los brazos cansados de tanto bautizar y no poder hablar de tantas veces decir el credo y los mandamientos en su lengua de ellos”. Se lamentaba en sus cartas de las inútiles controversias en las que se enfrascaban los hombres en los ámbitos intelectuales y teológicos europeos y la falta de intención de los que no se preparaban adecuadamente: “Cuántas ánimas dejan de ir a la gloria y van al infierno por la negligencia de ellos!”.
     El impacto de lo que afirmaba Francisco Javier en su epistolario empezó a contar con gran repercusión en toda Europa. Sus cartas comenzaron a ser editadas, en ocasiones de manera aislada, en otras convenientemente agrupadas, lo que generó fascinación misionera en algunas vocaciones y, por tanto, prestigio, incremento y expansión en la Compañía de Jesús. La primera colección fue preparada por Tursellinus en 1596, aunque en el siglo XVII Possino reunió ya noventa de ellas. Cuando regresó a Goa, le entregaron un mazo de cartas retrasadas que le habían ido escribiendo desde Roma. Conociendo que sus compañeros habían realizado la profesión solemne, la pronunció igualmente, recortando sobre el texto latino la firma con la que Ignacio de Loyola había concluido una de sus cartas. Una copia del texto de su profesión llevó siempre colgada al cuello dentro de una bolsita, como si se tratase de una auténtica reliquia.
     Volvió a las misiones del sur mucho más acompañado.
     Pasaron por la isla de Ceilán. Después empezó a confiar misiones a sus compañeros. Mansilha, por ejemplo, fue destinado a Manapar. Les insistía en la necesidad de que el pueblo amase a los misioneros, mostrando éstos de manera constante paciencia. Conocía el padre Francisco los enfrentamientos entre los reyezuelos de la zona, provocando tanta desolación y muerte en el pueblo, lo que generaba agonía en el misionero jesuita. “Su vida —afirmaba su compañero Mansilha— era más de hombre santo que de persona humana”. Prosiguió su camino hacia la isla de Santo Tomé, cerca de la actual Madrás, donde se decía que se encontraba el sepulcro del “apóstol Mellizo”. Decidió salir hacia Malaca, al tiempo que escribía una larga carta a Juan III. Afirmaba en ella con contundencia que los mayores impedimentos para la expansión del Evangelio eran los oficiales reales portugueses.
     Era un misionero a la sombra de esa Monarquía y autoridad de Portugal, pero padecía el influjo de los malos ejemplos de los portugueses.
     Se despedía momentáneamente de la India. Le esperaba, desde la costa oriental, el destino de Malaca.
     Era ésta la capital de las posesiones de los portugueses en el ámbito malayo, donde habría de incluir las Molucas, Java, Borneo y las islas Célebes, donde se encontraba el Macassar, que era el último destino en el horizonte del misionero. Se trataba este último de un emporio, donde llegaban manufacturas muy diversas.
     Con la ayuda de algunos portugueses tradujo su catecismo a lengua malaya, aunque escrito con caracteres latinos. En enero de 1546, prosiguió su viaje a Macassar, atravesó el estrecho de Singapur, arribando tras mes y medio al sur de las Molucas. Se sintió dispuesto a acabar con la ferocidad de unos hombres que eran cazadores de cabezas humanas —los alfuros—. Estuvo apunto de ahogarse en medio de aquella tempestad que calmó con un crucifijo que llevaba colgado en el cuello, deslizándose esta pieza entre los dedos en su contacto con el agua y cayéndose en el mar. Se libraron del naufragio, pero, de repente, un cangrejo sacaba ese crucifijo tan apreciado a la playa de entre las aguas con sus patas delanteras. Pasó ocho días entre aquellos hombres, no consiguiendo ninguna conversión.
     Cuando regresó a Amboina encontró buques de guerra portugueses que conducían a ciento treinta españoles que habían sido apresados y que habían intentado llegar desde México a las Molucas en la flota de Ruiz de Villalobos. Aquellas islas eran causa de litigio tras el reparto del tratado de Tordesillas. Entre ellos se encontraba un sacerdote llamado Cosme Torres, que decidió su entrada en la Compañía. Después, sería su colaborador en la misión de Japón.
     Le hablaron del reino de Ternate —enclave para el dominio del archipiélago de las Malucas— y decidió el padre Francisco visitarlo, consiguiendo pocas conversiones, sin faltar después en las islas del Moro, en septiembre de 1546. Su viaje de regreso a la India fue muy prolongado y con etapas intermedias. En los cuatro meses que permaneció en Malaca, mercaderes portugueses le hablaron de unas islas de gran tamaño llamadas Japón y que serían muy adecuadas para la predicación del Evangelio, pobladas por “gente deseosa de saber en gran manera”, con un mundo intelectual más atractivo que el de la India. Hasta el padre Francisco llegó un japonés que le buscaba para obtener la tranquilidad espiritual. Se llamaba Angino y será después el encargado de traducir el catecismo al japonés. Pero antes de alcanzar aquel horizonte, cumpliría con labores de gobierno entre los misioneros.
     Redactó unas “Instrucciones para los que trabajan en Pesquería y Travancor”. En Goa desde abril de 1548 escribió una doctrina cristiana, una declaración de los artículos de la fe y un orden o régimen de vida cristiana que podía ser entregado a los que se confesaban.
     Su balance sobre la propagación de la fe en este imperio portugués de factorías costeras no era del todo optimista, mostrando su esperanza en el Japón para la perpetuación del cristianismo. Al padre Barzeo, enviado a Ormuz, le dirigió una instrucción, que se convirtió en un manual del misionero, reflejando en sus palabras lo que había experimentado hasta el momento.
     Sus “libros vivos” no eran otros que los hombres que se había encontrado.
     Partieron de Cochín el 25 de abril de 1549 hacia Japón. Le acompañaba el mencionado padre Cosme Torres, el hermano Fernández y tres japoneses que habían hecho los ejercicios en el colegio de Goa. Alcanzaban Japón el 15 de agosto. Habían navegado en la nao de un mercader chino, al que tuvo que obligar Francisco Javier a culminar el trayecto, ante los deseos de la marinería de invernar en el puerto chino de Cantón. Arribaron, precisamente, en la tierra del mencionado Angino, Kagoshima. En sus cartas describe con la admiración del viajero, pero sobre todo con las coordenadas del misionero, el impacto que le fue causando el mundo japonés. Se producía el primer contacto de un europeo con el shintoísmo; conocía la forma de vida de aquellos bonzos que se convirtieron en enemigos de su predicación; contactó con gobernantes locales; obtuvieron los primeros pequeños éxitos pero vivieron las burlas también de los que les oían predicar. La intención del padre Francisco era caminar hasta la ciudad de Meako —la actual Kyoto— para poderse entrevistar con el Rey, proyecto que terminó en fracaso. Ni se presentaba de manera suntuosa, ni había preparado los convenientes regalos. Atraído por las universidades que había oído que existían allí, visitó además monasterios budistas donde pudo conversar, preguntar y responder.
     Mayores éxitos cosechó en la gran ciudad de Yamaguchi, sobre todo en su segunda visita, cuando se presentó como enviado del Papa y del rey de Portugal, con las oportunas credenciales y regalos, rodeado de una pomposidad que gustaba mucho en Japón. El duque le otorgó la licencia para predicar, autorizando a los súbditos para que se convirtiesen al cristianismo.
     Los que conformaban un embrión de reducida comunidad intentaron aminorar las dificultades lingüísticas, contribuyendo a compendiar mejor la doctrina cristiana. Todavía más boato desarrolló ante la llamada del príncipe de Bungo, vistiendo una sobrepelliz blanca sobre su sotana y una lujosa y bonita estola verde para presentarse ante él. Tras dos años sin saber nada de sus compañeros en India, Malaca y Molucas, era la hora de regresar. Era mediados de noviembre de 1551.
     Al recibir noticias del cierre de China a los extranjeros, por parte del capitán Pereira, Francisco Javier empezó a soñar con este nuevo horizonte. Decidió que al año siguiente viajaría hasta allí, siempre que el mencionado Pereira fuese nombrado embajador por el virrey. De nuevo, pretendía presentarse al rey de Pekín, con el objeto de pedirle permiso para predicar el Evangelio. Existía la necesidad de poner el catecismo japonés en caracteres chinos. En Singapur, en diciembre de 1551, tuvo conocimiento por un carta retrasada firmada por Ignacio de Loyola, que había sido nombrado provincial de la India, desmembrando estos territorios de la de Portugal. En las cartas con las que respondió, el misionero se mostró entusiasmado por China, “tierra muy grande, pacífica y sin guerras”.
     En esa impaciencia constante por abrir nuevos horizontes sin haber empezado ni siquiera a culminar los anteriores se entienden los sentimientos del padre Francisco Javier. Si triunfaba en China, el futuro de la misión de Japón tornaría a mejores resultados. Mientras que confesaba su incapacidad para hacerse cargo del provincialato, consideraba que había llegado la hora de enviar jesuitas a las universidades del Japón, personas que se arriesgasen a sufrir duras persecuciones.
     Pensó, incluso, que los alemanes y flamencos que conociesen el castellano o el portugués eran los más adecuados para llevar a cabo esta misión. Pero antes de China, debía de pasar por Goa como provincial. A finales de febrero de 1552 se encontraba allí con cuarenta jesuitas, algunos obrando por su cuenta, como el padre Gomes, el cual había optado por hacer de aquel colegio una universidad al estilo de Coimbra.
     Una acción que le había condenado, por parte de este provincial, a la expulsión. Cuando Gomes trató de dar cuenta en Roma y a Ignacio de Loyola del modo que tenía Francisco Javier de gobernar, murió en un naufragio en el cabo de Buena Esperanza.
     Tras redactar instrucciones destinadas a distintos jesuitas, iniciaba su viaje hacia China en abril de 1552. Por Malaca, llevaba consigo un amplio matalotaje con numerosos regalos para ofrecer a los más distinguidos. No pudo llevar desde aquel punto a Diego Pereira como embajador, gesto que truncaba mucho los planes. Partía Francisco Javier en la nao Santa Cruz, acompañado por el hermano Ferreira, Antonio China —educado en el colegio de Goa— y el criado Cristóbal. A fines de agosto llegaban al archipiélago de Cantón, en la isla de Sanchán. En una de las chozas que habían levantado los portugueses, celebraba el padre Francisco misa a diario, adoctrinaba a los niños y esclavos e intentaba buscar comerciantes chinos que le adentrasen en su país, aunque fuese oculto. Ante la falta de resultados de sus planes, pensó en otras posibilidades, como unirse en Siam a la comitiva de la embajada que su Monarca iba a enviar a China e, incluso, intentarlo de nuevo con Diego Pereira.
     Si confiaba en un desconocido comerciante chino, movido solamente por el soborno de lo que le pagase, podía ser abandonado en medio del mar o ser engañado y padecer martirio por orden del gobernador de Cantón. Al fin llegó el esperando mercader, aunque anunciando que habían sido apresados más portugueses.
     El hermano Ferreira no se atrevió a acompañar al padre Francisco, lo que le valió la expulsión. Los portugueses abandonaban la isla de Sanchán, llevando consigo las últimas cartas que escribió el misionero jesuita.
     Todavía en ellas manifestaba su esperanza en el éxito. Quedaba solo, con la única compañía de Antonio el Chino y del mencionado criado Cristóbal, cuando llegaron a Roma sus deseos, expresados anteriormente por carta, de reunirse con sus hermanos europeos. Ignacio de Loyola le llamó a su lado en la Ciudad Eterna. Sin embargo, cuando aquella carta del superior, fechada en mayo de 1552, llegó a su destino, el padre Francisco ya había fallecido. Padeció pulmonía en los últimos días de noviembre. Agonizaba delante de las costas de China, expirando, cuando amanecía el 3 de diciembre, día en el que la Iglesia recuerda su memoria y ejemplo, desde su canonización en 1622 por Gregorio XV y tras su beatificación por Pablo V en 1619. Subía a los altares junto a san Ignacio de Loyola. Precisamente, aquella jornada, el 12 de marzo, se recuerda a través de la celebración de la “Novena de la Gracia”, rememorando además uno de sus milagros más celebrados, el obrado en 1634 sobre el padre Marcello Mastrilli, mártir después en el Japón.
     Su sepultura se fijó, al principio, en esta pequeña isla, trasladándose después a Malaca y más tarde a la India, dando muestras su cuerpo de incorrupción. Se expandió y consolidó su fama, sus milagros, sus cartas y su vida. Fue declarado por Benedicto XV en 1927 Patrono de las Misiones junto con una contemplativa, la carmelita santa Teresa de Lisieux. Cada 3 de diciembre, su tierra celebra el Día de Navarra y el castillo de Javier es la meta de las famosas marchas de la juventud conocidas como las “Javieradas” (Javier Burrieza Sánchez, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el retablo de San Francisco Javier en la Iglesia de San Luis de los Franceses, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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lunes, 2 de diciembre de 2019

La Leyenda de Doña María Coronel, en el Convento de Santa Inés


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Leyenda de Doña María Coronel, en el Convento de Santa Inés, de Sevilla.      
  Hoy, 2 de diciembre, siguiendo una tradición secular, es expuesto a la veneración de los fieles en el Real Monasterio de Santa Inés de Sevilla el cuerpo incorrupto de Doña María Coronel, fundadora del monasterio y heroína de una de las leyendas más vivas en Sevilla, al quemarse el rostro con aceite hirviendo ante las solicitudes del rey don Pedro el Cruel.
   Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la Leyenda de Doña María Coronel, en el Convento de Santa Inés de Sevilla.
    El Convento de Santa Inés  [nº 29 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 50 en el plano oficial de la Junta de Andalucía] se encuentra en la calle Doña María Coronel, 5, del Barrio de la Encarnación-Regina, en el Distrito Casco Antiguo, está íntimamente ligado a la Leyenda de Doña María Coronel.
   Tal día como hoy, cuenta la leyenda, murió una de las mujeres más importantes en la historia de Sevilla. La suya había sido una vída salpicada por luchas de poder real, amenazas, acoso y una continua lucha por mantenerse íntegra, a su fe y a su señor.
   Nos encontramos en la Sevilla del siglo XIV, capital de la Andalucía del Guadalquivir, en una tierra reinada por Pedro I El Cruel. Doña María Coronel es el prototipo de la mujer sevillana del siglo XIV, extremadamente inteligente, pura y fiel a su círculo aristocrático.
   María era la hija mayor de Alfonso Fernández Coronel, noble sevillano, vasallo directo del rey Alfonso XI, alguacil mayor de la ciudad de Sevilla, que participa activamente dirigiendo las milicias municipales de la ciudad, en la batalla del Salado, 1340, y en el cerco de la ciudad de Algeciras. Es fiel al rey Alfonso XI y a su favorita, Leonor de Guzman, y a los hijos nacidos de ésta. Especialmente al futuro Enrique II, conocido infante Enrique de Trastamara. Por lo tanto, su esposo y padre son enemigos del rey Pedro I.
   Se trata de un momento histórico en el que dos linajes se disputan el trono de Castilla y Pedro I hará todo lo posible por conseguir el poder absoluto, y también el favor de Doña María Coronel de la que cae completamente prendado. Su obsesión por la dama sevillana no hará más que incrementarse por cada rechazo de ésta. Así que el monarca no lo dudó y acabó con su mayor obstáculo: mató al esposo de ésta, Juan de la Cerca y confiscó todos los bienes de Doña María.
   Hundida en un gran pesar, ya viuda toma los hábitos y se refugia en el convento de Santa Clara de Sevilla, en busca de una vida de recogimiento, y sobre todo, alejada del rey Pedro I. Sin embargo, los muros del convento no impedirían que el monarca prosiga en su intento por hacerse con el amor, o la entrega de María Coronel. Hasta que un día, tras escapar de las pretensiones de El Cruel, huyó hasta la cocina del convento y se vertió aceite hirviendo en su cuerpo.
   Prefirió desfigurar su bello y su armoniosa figura antes que caer en las manos de su acosador real. Fue su salvación, al menos, ya no tuvo que negar una y mil veces los requerimientos de Pedro I.
   Años más tarde, cuando muere Pedro I a manos de su hermanastro Enrique, el nuevo monarca devolvió los bienes a las hermanas Coronel. Nuevamente poseedora de una importante fortuna e inmuebles, María Coronel y su hermana Aldonza fundaron el convento de Santa Inés en el solar del antiguo palacio de su padre; allí se trasladaron en 1376 con las monjas del convento de Santa Clara.
   Según la tradición popular, Doña María Coronel falleció el 2 de diciembre de 1411, a los 77 años de edad y siendo la primera abadesa del nuevo convento.
  Su leyenda se acrecentó aún más cuando siglos más tarde, en 1626, durante el traslado de sus restos mortales, se descubrió su cuerpo incorrupto, y con las marcas de quemaduras aún en su rostro y el cuello.
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domingo, 1 de diciembre de 2019

La Capilla de la Hermandad del Museo

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Capilla de la Hermandad del Museo, de Sevilla.  
   Hoy, 1 de diciembre, Conmemoración en Noyon, lugar de Neustria, asimismo en Francia, a San Eloy, obispo, que siendo orfebre y consejero del rey Dagoberto edificó monasterios y construyó monumentos a los santos con gran arte y elegancia, y más tarde fue elevado a las sedes de Noyon y Tournai, donde se dedicó con gran celo al trabajo apostólico (660) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la Capilla de la Hermandad del Museo, de Sevilla, corporación fundada en 1575 por el gremio de plateros que tienen por patrón a San Eloy.
   La Capilla de la Hermandad del Museo, se encuentra en la plaza del Museo, 10; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
   Cuenta el Abad Gordillo que la hermandad del Cristo de la Expiración "tuvo su institución por devoción de unos mancebos oficiales de la platería, los cuales se propusieron, el día de Domingo de Ramos oyendo la Pasión en el dicho monasterio de la Merced, y se aficionaron en atender el particular paso y tiempo en que Cristo Nuestro Señor esperó las aflicciones que refiere el Santo Evangelista y consideraron que levantaba la cabeza al cielo en llamamiento de su Padre Eterno". Nacía así la hermandad del Cristo de la Expiración, fundada en 1575 en la parroquia de San Andrés, hoy conocida por la "del Museo", al residir junto al antiguo convento mercedario desde comienzos del siglo XVII. Antes pasaron unos años de desencuentro con los mercedarios, periodo en el que residieron en la parroquia de la Magdalena y, tras pasar por otra capilla, erigir definitivamente en 1613 el templo actual.
  Se trata de una iglesia de una sola nave, rectangular, contigua a la principal del antiguo convento mercedario, hoy Museo de Bellas Artes. Tiene acceso por una sencilla portada realizada en 1883, una actuación obligada tras la reforma a la que sometió Balbino Marrón a la antigua fachada monástica. Al derribarse el antiguo compás, la capilla se hizo visible desde el exterior, realizándose un nuevo diseño que parecer corresponder al académico Joaquín Fernández Ayarragaray. Decora su muro un excelente retablo cerámico firmado por Antonio Morilla Galea en 1963 y que representa al Cristo de la Expiración  a la Virgen de las Aguas. 
   El interior de la iglesia presenta un cubrimiento de madera acasetonado, que corresponde a una reforma posterior a la obra inicial, donde se estipulaba una cubrición por bóveda de cañón. Preside la alargada nave un retablo neoclásico, dorado en fecha posterior a su ejecución, que se sitúa hoy en el lado contrario al que estuvo originalmente. Los preside la impactante imagen del Cristo de la Expiración, realizada en pasta de madera por el escultor Marcos Cabrera en 1575 aunque durante mucho tiempo se creyó en la vieja leyenda de un tal capitán Cepeda, un soldado que estuvo en Italia y que tiró los moldes de la obra al río para que no se repitiera. La realidad nos habla de un impactante crucificado expirante que sigue los modelos del manierismo de la alargatura y, muy especialmente, del dibujo que Miguel Ángel realizó para Victoria Colonna, todo un compendio del arte convulso y crispado que se realizó en el último tercio del siglo XVI. La obra debió suponer todo un éxito ya que se citó como modelo para diversos crucificados posteriores. En 1895 fue levemente reformado por Gutiérrez Cano, que quiso imprimir un aire más dramático al añadir un paño de pureza  realizado con telas encoladas de acusado dinamismo. Menos afortunada fue la intervención de 1978 de Peláez del Espino: a los pocos años la talla sufrió un proceso de ennegrecimiento que motivó una feliz restauración en 1991 por los hermanos Cruz Solís. La otra titular de la hermandad es la Virgen de las Aguas, situada a los pies del Cristo, una obra realizada en barro policromado por Cristóbal Ramos en 1772. Originalmente genuflexa, debió cambiarse su posición en alguna intervención del siglo XIX. Ya en 1922, Infantes Reina le cambió el juego de manos entrecruzadas por unas separadas, al estilo del resto de las dolorosas sevillanas. En 1962, Sebastián Santos intervino de nuevo sobre la mascarilla de la imagen y le realizó un nuevo candelero. Aunque procesiona sobre elegante palio de malla, obra de Sobrinos de Caro, y con manto azul liso en el que antiguamente se colocaban las alhajas de las familias acomodadas del barrio, antaño procesionó a los pies del crucificado en posición de Stabat Mater. Completan el retablo principal las tallas que flanquean el paso de Cristo, cuatro excepcionales esculturas de Francisco Antonio Gijón que representan a los Evangelistas, con un sentido del dinamismo y de la expresión propios de uno de los mejores artistas del barroco. Del notable patrimonio  del resto de la capilla destaca, a los pies de la nave, la imagen sedente de la Virgen de la Merced, conocida como la Comendadora, que debió pertenecer al patrimonio del convento, donde presidiría el coro de los mercedarios. Es obra atribuida a Benito Hita del Castillo (h. 1750), aunque también se ha relacionado con el estilo de José Montes de Oca. Varios tallas destacan en el muro de la Epístola. Primero el Cristo atado a la columna de Jerónimo Hernández, pieza procedente de la sala de profundis del antiguo cenobio mercedario y que debe fecharse hacia 1580. Le sigue el santo del candado, San Ramón Nonato, el mercedario que fue martirizado con un candado que le cerró la boca (aunque dicen que "aún así evangelizaba"), una talla muy cercana a las obras de Juan de Mesa. Sus manos son un añadido posterior de peor calidad. Excelente talla es la imagen de la Virgen del Rosario, atribuida también a Jerónimo Hernández por su similitud con otras obras documentadas del mismo autor. Está sentada, con el aire romano que el autor imprimía a tallas como la Virgen de la Paz conservada en la Parroquia de Santa Cruz. A sus pies se sitúa una miniatura de un nazareno con los mismos rasgos que el Cristo de Pasión, considerado por algunos como un boceto y que, probablemente, sea una copia de la imagen que estuvo situada en los muros contiguos. Otras imágenes destacables son una talla de Santa Lucía, un grupo romántico de San José con el Niño y un buen grupo de Santa Ana y la Virgen del siglo XVIII.   
 Con la invasión francesa la capilla perdió dos obras pictóricas fundamentales: el lienzo de la Resurrección de Cristo, de Bartolomé Esteban Murillo, que hoy se expone en la Academia de San Fernando de Madrid y un San Miguel, firmado por Francisco Varela en 1626, hoy conservado en una colección particular (Manuel Jesús Roldán, Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Eloy, obispo;
HISTORIA Y LEYENDA
   Según su Vita, redactada por su amigo san Audoeno, nació en Chaptelat, Limousin, hacia 590. Después de haberse formado como aprendiz en el taller de Abbon, orfebre de Limoges, se relacionó en París con Bobbon, tesorero de ClotarioII, y obtuvo el cargo de monedero. El rey Dagoberto lo convirtió más tarde en tesorero y le confió misiones más importantes.
   Después de la muerte del rey Dagoberto se hizo ordenar sacerdote.
   En 632 fundó el monasterio de Solignac cerca de Limoges. Pero la última parte de su vida transcurrió en el norte de Francia, donde en 640 fue nombrado obispo de Noyon, cuya diócesis comprendía Tournai y todo el país de Flandes. Habría fundado la iglesia de las Dunes (las Dunas), cuna de Dunkerque. Murió en 659.
   Sus obras de orfebrería más importantes son los relicarios de san Martín de Tours, san Dionisio, san Severino -en Chateau Landon-, de los santos Crispino y Crispiniano en Soissons, que han desaparecido, al igual que el cáliz de la abadía de Chelles que fue fundido en 1792. La única obra que subsiste y que se le atribuye es el trono de Dagoberto, conservado en la Sala de las Medallas de la Biblioteca Nacional de Francia. En realidad se trata de una silla curul de bronce de la época románica, reformada  en la abadía de Saint Denis en el siglo XII.
   Según la leyenda, antes de convertirse en orfebre y luego en obispo, habría sido herrador. El milagro del caballo herrado y la historia del diablo metamorfoseado en mujer a quien cogió de la nariz con la tenaza, contribuyeron mucho a su popularidad.
   Con el objeto de herrar con mayor comodidad un caballo arisco, san Eloy le habría cortado una pata delantera, la habría puesto sobre el yunque, y después de haber herrado el casco, habría vuelto a colocar el miembro en el animal. Una variante de la historia asegura que ese milagro habría sido consumado por su  ayudante, que no  era otro que Cristo disfrazado.
   Un día, el diablo disfrazado de mujer (impudica femina) se presentó en su taller. San Eloy lo reconoció y le apretó la nariz con la tenaza de herrero calentada al rojo. Esta leyenda del diablo cogido por las narices puede ser una copia de la de san Apeles, herrero genovés. En Inglaterra se atribuye a San Dunstano. Gaidoz ha supuesto que el orfebre y el herrero eran dos personas diferentes y que hubo sincretismo y contaminación entre la leyenda del obispo de Noyon, Eloy, y los vestigios sobrevivientes del culto de un dios herrero. No se necesita esta hipótesis para explicar que un orfebre representado con un instrumento como el martillo haya podido confundirse con un herrero.
   Esta leyenda sólo pudo nacer mucho tiempo después de la muerte de san Eloy, puesto que éste vivió en la primera mitad del siglo VII, y la práctica de herrar los caballos no apareció en Occidente antes del siglo XI. Por lo tanto el milagro del caballo herrado es un anacronismo.
   San Hilonio, monje de Solignac a quien se considera su discípulo, quizá no sea más que una duplicación. En Bretaña, a causa de la semejanza fónica, suele confundírselo con san Alar, obispo de Quimper y con san Telo o Elo, que como él, es protector de los caballos.
CULTO
   Hay pocos santos más populares que san Eloy. Su fiesta se celebraba dos veces por año: en invierno y en verano (para la traslación de sus reliquias).
1. Lugares de culto
   El culto de san Eloy tiene como centros principales Limousin, su provincia natal, y el norte de Francia donde fue obispo de Noyon y de Tournai. Desde allí se expandió hacia Alemania e Italia.
   El monasterio que san Eloy había hecho construir en la isla de la Cité de París, bajo la advocación de san Marcial, patrón de Limousin, se puso bajo su patronazgo. La catedral de Notre Dame de París poseía un brazo de san Eloy que  donó en 1212 el capítulo de Noyon. Los barnabitas conservaban entre otras reliquias preciosas, un cobertor de cama manchado de sangre "que se cree fue de san Eloy que solía sangrar por la nariz". En el siglo XIV, el rey de Francia Carlos V ofreció reliquias del santo orfebre al emperador Carlos IV de Bohemia.
   La iglesia de Saint Éloi de Ruán fue dedicada al culto protestante.
   La principal iglesia de Dunkerque se puso bajo la advocación de san Eloy (Saint Éloi), a quien se considera el fundador de la ciudad. 
 Roma tiene tres iglesias consagradas al santo: San Eloy dei Ferrari, San Eloy deglo Orefici y San Eloy dei Sellai. En los tiempos de la dinastía angevina en Nápoles, se puso una iglesia bajo su advocación. Y también era venerado en Bolonia.
2. Patronazgos
   San Eloy había sido elegido como patrón por numerosas corporaciones: los orfebres, batidores de oro, doradores de cobre, fabricantes de campanillas, cuchilleros, cerrajeros, herreros, herradores, fabricantes de espuelas y guarnicioneros, los tratantes de caballos (a causa del caballo cuya pata repegara milagrosamente el santo después de haberla herrado), los carreteros y arrieros, los arrendadores de carrozas y los cocheros. En nuestros días, en la época del automóvil, los mecánicos y los arrendadores de cocheras o estacionamientos reemplazan en su clientela a los herradores y cocheros.
   Por la misma razón era el protector de los caballos a los cuales solían llevarse en peregrinación a las capillas de san Eloy, adornados con guirnaldas y empavesados con pequeños banderines de forma triangular sujetos a la collera. El clero participaba en esta procesión montando a caballo, y se bendecía a los animales con el martillo de san Eloy. El día de la fiesta del santo se eximía de trabajo a los caballos. La ceremonia de la bendición de los caballos todavía subsiste en numerosas provincias francesas, al igual que en Flastrolf, en Sarre.
   Su patronazgo de los caballos y el milagro del caballo herrado le habían valido también los sufragios de los palafreneros y la consideración de los veterinarios. A causa de la curación de un lisiado, se lo consideraba patrón de los hospitales. También se demandaba su intercesión para el tratamiento de las úlceras, y los cólicos o gastroenteritis infantil.
   Se lo invocaba contra los incendios porque había salvado del fuego la iglesia de Saint Martial de París.
ICONOGRAFÍA
   Los tejos de plomo historiados que se encontraron en los dragados del Sena, cerca del antiguo priorato de Saint Éloi, presentan siete tipos diferentes de la imagen del santo.
   Pero todos ellos pueden reducirse a tres tipos iconográficos: el herrador, el orfebre y el obispo.
   La mayoría de las obras de arte: estatuas, pinturas y vidrieras que lo representan, fueron donadas por corporaciones de herradores o de orfebres.
1. El herrador o herrero
   Está representado con tenaza y martillo rematado en una corona. Sus otros atributos son un yunque, una herradura o un caballo, del cual a veces tiene en la mano una pata cortada, en alusión al milagro del caballo herrado, y una vela enrollada cuyo significado no está claro.
2. San Eloy orfebre
   Ya realiza el trabajo de artesano como el de comerciante en su tienda.
   Sostiene un cáliz o un anillo de boda, símbolos de la orfebrería religiosa y laica.
3. San Eloy obispo
   Está tocado con la mitra y lleva el báculo (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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Horario de Misas de la Capilla de la Hermandad del Museo:
     Lunes a Sábados: 20:30.
     Domingos: 11:30.

Página web oficial de la Capilla de la Hermandad del Museo:  www.hermandaddelmuseo.org/patrimonio/