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domingo, 2 de agosto de 2020

La imagen "Nuestra Señora de los Ángeles", anónima, titular de la Hermandad de los Negritos, en la Capilla de Nuestra Señora de los Ángeles


      Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen "Nuestra Señora de los Ángeles", anónima, titular de la Hermandad de los Negritos, en la Capilla de Nuestra Señora de los Ángeles.
      Hoy, 2 de agosto, Festividad de Nuestra Señora de los Ángeles,
      Y que mejor día que hoy para ExplicArte la imagen "Nuestra Señora de los Ángeles", anónima, titular de la Hermandad de los Negritos, en la Capilla de Nuestra Señora de los Ángeles, de Sevilla.
      La Capilla de Nuestra Señora de los Ángeles (Los Negritos), se encuentra en la calle Recaredo, 19; en el Barrio de Santa Catalina, del Distrito Casco Antiguo.
     La Capilla de Nuestra Señora de los Ángeles está presidida por la talla de Nuestra Señora de los Ángeles, titular de la Hermandad de los Negritos, La Antigua, Pontificia y Franciscana Hermandad y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Fundación y Nuestra Señora de los Ángeles, "vulgo de Los Negritos"; es ésta una corporación  fundada a finales del siglo XIV y con residencia  canónica  en la capilla de los Ángeles  de la calle Recaredo, siendo  sus  imágenes titulares el Santísimo  Cristo de la Fundación, obra de  Andrés  de Ocampo  en  1622  y Nuestra Señora de los Ángeles, obra anónima de la primera mitad del siglo XVII.
Consideraciones generales sobre la imagen de Nuestra Señora de los Ángeles 
   La imagen de la Virgen de los Ángeles ha sido destacada tradicionalmente en la historiografía por su vinculación histórica con la cofradía étnica del barrio de San Roque. Desde el punto de vista histórico-artístico las cuestiones que han suscitado mayor interés respecto a esta imagen son las relativas a su origen y posteriores restauraciones.
   Con este texto se pretende analizar esos aspectos, su origen y configuración como imagen de culto inserta en un proceso histórico concreto, vinculado con la situación socio religiosa de Sevilla en las primeras décadas del siglo XVII, además de aquellas transformaciones de las que fue objeto que han facilitado su continuidad como imagen devocional.
Un origen no resuelto
   Tradicionalmente se había catalogado la imagen como obra anónima del siglo XVIII. Los primeros acercamientos a su estudio se realizan en el siglo XX en relación con la historia de la hermandad que fue estudiada en profundidad por Isidoro Moreno y de manera individualizada formando parte de obras específicas sobre la imaginería procesional de la Semana Santa sevillana.
   Se concreta su cronología en la primera mitad del siglo XVII y se aportan datos sobre dos restauraciones realizadas en el siglo XX que supusieron cambios en la imagen. Dicha adscripción cronológica se fundamenta, por un lado, en la información proporcionada por un inventario de la hermandad, fechado en 1625, que cita la existencia de dos tallas marianas, una imagen de Nuestra Señora de alegría vestida en su altar y otra de pasión grande que sale en procesión de disciplina. Desde esa fecha se incluye en los inventarios de la hermandad una imagen dolorosa. Por otro lado, en un estudio de la imagen previo a las restauraciones comentadas, que identifica en su morfología recursos plásticos vigentes ya desde finales del siglo XVI. Entre ellos la forma tubular del cuello, el carácter frontal del rostro que aportaba a la imagen mariana una actitud hierática o la forma ovalada del rostro, como indican González Gómez y Roda Peña.

   Características que continúan siendo evidentes en la escultura mariana hispalense de vestir del primer tercio del XVII, como la escultura denominada La Sevillana del templo franciscano hispalense de San Buenaventura o la Virgen de la Encarnación de la iglesia sevillana de los Terceros, por poner algunos ejemplos.
La consolidación de la imagen
   A principios del siglo XVII la situación de la hermandad de los negros no era tan favorable como en siglos anteriores, no contaba con el apoyo arzobispal ni el de otras jerarquías eclesiásticas. Se había prohibido su salida procesional en 1604 tras el pleito con la Hermandad de la Antigua, Siete Dolores y Compasión. Situación agravada con lo dispuesto en el Sínodo diocesano 1604-1609 impulsado por el arzobispo Fernando Niño de Guevara (1601-1609) que entre otras cuestiones planteó una serie de preceptos sobre la organización de las procesiones de las cofradías y sus gobiernos.
   En 1610 llegó a Sevilla el nuevo arzobispo don Pedro de Castro y Quiñones (1534-1623) gran defensor del dogma concepcionista. La historiografía ha interpretado su actuación con la hermandad como una continuación de la situación restrictiva anterior.
   Sin embargo, según apuntan los estudios de Vila Vilar, supuso un cambio respecto a la consideración de este grupo de población. A partir de 1613, Pedro de Castro realizó una importante acción apostólica en la diócesis con el objetivo de asegurar la correcta cristianización de la población negra mediante unas normas de adoctrinamiento y catequesis. Algunas de ellas pensadas con un fin catequético y otras eran simplemente de control social. Incluso hizo llegar al Papa un memorial informando sobre este asunto en 1617.
   Por esta época la posición de la hermandad comenzó a ser más favorable. En 1625 el papa Urbano VIII concedió una bula a la cofradía por la que fueron confirmadas sus reglas. Aunque no hay acreditación documental que lo certifique, se apunta la posibilidad de que fuera por mediación del mencionado arzobispo don Pedro de Castro y Quiñones.
   La bula pontificia, la participación y el protagonismo de la hermandad en cultos concepcionistas, con la celebración de algunas fiestas, fueron los puntos de partida para la normalización de la corporación y la nueva aceptación de su existencia. Supuso el inicio de una nueva etapa como hermandad de penitencia, su participación en los actos colectivos junto a otras cofradías y probablemente a partir de entonces surge la necesidad de renovar su ajuar y enseres.
   Precisamente desde esa fecha hay constancia del registro de sus bienes mediante los citados inventarios. Posteriormente en 1635 compraron la imagen del Crucificado, realizado por Andrés de Ocampo (1622), cuyo contrato de compra lo firman entre otros miembros de la hermandad Francisco de Góngora, por entonces diputado mayor, si bien en 1604 ya había ostentado el cargo de mayordomo.

   Las últimas investigaciones han documentado que este mismo hermano, Francisco de Góngora, había adquirido o encargado una imagen mariana para su devoción que ya en 1630 consta prestaba a la hermandad para la procesión de disciplina del viernes santo y es posible que la cediera de manera definitiva. En el documento que se firma el 5 de marzo, los hermanos Luis de Mendoza como alcalde, Melchor de los Reyes como mayordomo, y los cofrades Agustín de Araujo y Luis de Albaute, referían lo siguiente:
   «…que la santa imagen de nuestra señora que la dicha coffradia saca en la procesión de disciplina que hace el viernes santo por la mañana Es propia de francisco de gongora uno de los cofrades de la dicha cofradía que hiço hechura de imagen por su devoción la qual a prestado y presta para las dichas procesiones…y se obligaron que la bolberan a el dicho francisco de gongora luego que pase el dicho dia y se aya hecho la dicha prosecion…»
   Según se desprende de la escritura, con anterioridad a 1630 fue costumbre que Góngora prestara la imagen a su hermandad y como ya se ha indicado, Francisco de Góngora pertenecía a la hermandad al menos desde 1604. Por lo tanto, la actual imagen de Nuestra Señora de los Ángeles podría corresponder al primer cuarto del siglo XVII. En la década siguiente constan en los libros de cuentas anotaciones de gastos relativos a la nueva indumentaria, ajuar y paso de la Virgen Dolorosa y a mediados del XVII está establecida como fiesta principal de la hermandad, la de la Virgen de los Ángeles.
   En 1625, la Virgen de los Ángeles procesionaba en un paso «con diez varas negras, con perillas doradas» y «un palio de tafetán negro doble, con flecos, alamares y borlas de seda amarilla y negra». Acompañando, en un tramo separado de los hombres como se recogía ya en las reglas de 1554, las hermanas negras llevaban en la procesión «un guión de mujeres de raso azul, pasamanos, flecos y borlas de seda azul y blanco».
   En 1641 se compró una tela de lana asargada de color negro para hacer un manto de salida para la Virgen. Al año siguiente se encargó a un platero la realización de 6 cañones de plata con sus cruces pendientes para poner en las varas del palio. Este mismo año de 1642 se pagó a un carpintero por la realización en madera de una parihuela y calvario para el Cristo y un verdugado de la imagen de Pasión (prenda interior del vestuario que se colocaba debajo de la basquiña o falda para ahuecarla) y
unas manos. Respecto a este último dato se desconoce si se refiere a la realización de otro juego de manos.
   La imagen dolorosa, por esa época, estaba configurada en su interior con una estructura, al parecer de madera, que permitía colocarle y adaptarle distintas vestimentas y a su vez dar volumen a la prenda exterior, la basquiña, una falda de forma trapezoidal propia del vestuario femenino del XVII. En las manos portaba un sudario o mortaja de tela blanca y se cubría con un manto de terciopelo negro. Tenía también dos tocas una de reina y otra de beatilla y varios velos y una corona de hojalata. Posteriormente en 1676 dos hermanos esclavos donaron una corona de plata a la Virgen.

   Por tanto, es en las primeras décadas del siglo XVII donde creemos hay que situar el origen de la talla dolorosa de la Virgen de los Ángeles que terminó por consolidarse como imagen devocional mariana de la Hermandad durante el siglo XVIII, un periodo próspero para la corporación
   En 1712, aparece descrita con más detalle y una indumentaria más rica y ornamentada. Vestida con saya, bocamangas y manto de terciopelo negro y una estola de terciopelo negro pendiente de los hombros con los atributos de la Pasión de plata y en medio estrellas. Portaba en los brazos una sábana de encajes y en las manos una corona de espinas y un rosario con su cruz y medallas todo de plata.
   En el año 1727, se produce una renovación del paso de la Virgen. Se gastan 420 reales por «hacer y poner la urna de Nuestra Señora y verdugado, con las dos varas y lo correspondiente». Urna o canastilla que era dorada. También se diseña y ejecuta un nuevo palio, de color negro, como sus goteras o bambalinas, «de terciopelo viejo», con un coste de 750 reales. El manto también era de terciopelo negro, el cual «lleva a Su Majestad» en el centro. Para los faldones se aprovechan varios frontales de altar de felpa que tenía la hermandad, tiñéndolos de negro.
   Sobre ese nuevo paso, figuraba deslumbrante la imagen de Nuestra Señora de los Ángeles, con corona de plata «con sus dos soles y dos cercos de rayos» y «en el medio tiene una pieza de plata como Santísimo». A sus pies tenía «una media luna de plata, con una María en medio, y en cada punta una estrella de lo mismo», donación de un devoto bajo la condición de no poderse prestar ni enajenar por motivo alguno.
   La Imagen estaba rodeada por una ráfaga de rayos, también de plata, compuesta por doce piezas, dos de ellas con ángeles cincelados, y llevaba «una estola pendiente de los hombros, negra, con los atributos de la Pasión de veintinueve piezas de plata de los dichos atributos y dieciséis estrellas de plata en medio», además de «tres milagros de plata, chicos». Sobre su pecho, «un corazón de plata» y «una coronita». En sus brazos portaba una sábana o toalla de encajes y en sus manos una corona de espinas y «un rosario de Jerusalén con su cruz y medallas, todo de plata». Vestía saya y bocamangas de terciopelo negro, llevando tocas de gasa. Esta magnífica descripción que se conserva en los libros de la Hermandad, se asemeja notablemente a la pintura que figura en el Simpecado.
Evolución de la imagen
   Desde el siglo XIX la hermandad había ido cambiado su significación materializada en el siglo XX, que pasó de ser una cofradía étnica a una cofradía de barrio. Se produjeron una serie reformas y de cambios, entre ellos la renovación y restauración de su patrimonio. Algunas actuaciones de carácter menor quedan reflejadas en los libros de cuentas, como la colocación de unas lágrimas en 1898 pagándose a un escultor por ello cinco pesetas. Se desconoce quién lo hizo y si efectuó una intervención de mayor envergadura.

   Las restauraciones documentadas son las realizadas en 1952 por el catedrático de pintura de la Escuela Superior de Bellas Artes y académico Juan Miguel Sánchez Fernández y por el imaginero Antonio Dubé de Luque en 1984.
   Juan Miguel Sánchez llevó a cabo el arreglo de la cara por los desperfectos que presentaba, aunque no especifica cuáles eran. Respecto a la efectuada en 1984 por Antonio Dubé de Luque en su informe exponía que la talla se encontraba en mal estado de conservación tanto el candelero (deteriorado por la acción de los xilófagos) como la policromía del rostro. Esta última, según él, mostraba bastantes desperfectos en la mejilla izquierda, el seno nasal derecho, la boca y además una pequeña falta en la frente. Además tenía una grieta en la cabeza provocada por el perno de la corona.
   Dubé realizó un nuevo cuerpo a la imagen, los brazos articulados y el candelero al encontrarse deteriorado (dando mayor volumen a las caderas). También le colocó un nuevo perno de sujeción de la corona y planteó restaurar el rostro.
   Posteriormente, en el siglo XXI fue restaurada por el Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico (IAPH) aplicando una metodología de trabajo y unos criterios científicos que se fundamentaban en una fase de estudio previa a la intervención. Se realizó entonces un Informe diagnóstico (2004) que permitió identificar de manera más detallada y exhaustiva, sus características técnicas y el alcance de esas modificaciones.
   A través de los estudios y análisis realizados por el IAPH se pudo constatar que únicamente el busto de la imagen y las manos son partes originales de la antigua talla. El volumen del cuerpo está formado por varias piezas de madera ensambladas que crean un hueco interno donde se inserta el busto de la imagen. Este está constituido por dos piezas de madera ensambladas a unión viva y en sentido longitudinal de la fibra, una de ellas forma la mascarilla y está ahuecada para alojar los ojos de cristal y la otra configura el resto del volumen.
   Con respecto a la policromía de la imagen se identificaron la actual, realizada por Dubé de Luque en 1984 y debajo restos de otras dos aunque no siempre aparecían juntas. Mediante el análisis radiográfico se pudo observar que las policromías que se encuentran bajo la actual, por tanto más antiguas, no están completas al haberse eliminado totalmente en la zona central del rostro, los ojos, el labio inferior y la cara anterior del cuello. La intervención de Dubé de Luque no afectó por tanto sólo a la policromía, también supuso una modificación de la talla.
   La primera capa de color de las policromías subyacentes está compuesta, entre otros pigmentos, por blanco de cinc, descubierto en 1850 por lo tanto su ejecución es posterior a esa fecha. No se pudo determinar la estructura de las capas que forman los restos de las policromías inferiores y por tanto de mayor antigüedad.
Una mirada formal
   Los recursos plásticos empleados aluden a un lenguaje establecido y regulado propio del arte religioso. La escultura es el sistema de representación visual adoptado por la Iglesia Católica como medio de trasmisión más directo e instrumento más adecuado para lograr sus objetivos doctrinales y devocionales. Fue utilizada para enseñar a imitar las acciones de Cristo, la Virgen y los Santos y afirmar el culto divino, representaciones que debían hacerse dentro de los cánones de decoro y verdad impuestos por el Concilio de Trento (1563) y las normas y recomendaciones canónicas posteriores.

   Durante la época barroca la imagen se convirtió en un objeto simbólico necesario para el ritual litúrgico con el objetivo de adquirir un estado emocional. Con esta intención la escultura barroca generó un lenguaje formal realista reforzado con los recursos técnicos de la talla y la policromía. Se desarrollaron unos modelos iconográficos que se adaptaron a la imaginería sacra devocional y la comunidad de fieles los aceptó y asumió. De esta manera se fijaron determinados esquemas devocionales que perduran durante un largo periodo de tiempo hasta la actualidad.
   En relación con su iconografía, la Virgen de los Ángeles representa el modelo iconográfico de Dolorosa. Una escultura de vestir que tanto en su morfología interna como en su indumentaria responden a un esquema cuyo antecedente es la desaparecida imagen de la Virgen de la Soledad que realizó Gaspar de Becerra (1568) en 1565 para el convento madrileño de la Victoria. Talla de vestir, con la cabeza y las manos talladas y policromadas, la estructura interior formada por una pieza abocetada y un bastidor de madera. El origen anacrónico de su atuendo, saya y manto negro más una toca de viuda a la española era la indumentaria habitual de una aristócrata de esa época. Este modelo, perfectamente definido en España a finales del siglo XVI, se convirtió en uno de los tipos iconográficos más repetidos en la imaginería barroca española y sobre todo andaluza.
   La imagen de la Virgen de los Ángeles, como se ha comentado, es una escultura de candelero realizada en madera tiene talladas la cabeza y las manos, son las partes más antigua de la talla. Los brazos son articulados y el busto tallado desde los hombros hasta las caderas a partir de la cual se unen los listones de madera que forman el candelero, estos están ensamblados en la base a una pieza, también de madera, con forma ovalada, realizados en la intervención de 1984. Esta intervención supuso también un cambio en los rasgos faciales para acercarlos hacia la estética neobarroca imperante en la imaginería sacra sevillana de esa época.
   Aunque es arriesgado realizar un análisis formal exclusivamente a través de imágenes gráficas es posible apreciar en las fotos anteriores a 1984 una mayor contención expresiva en el rostro. El cuello, ahora tiene tallada la horquilla esternal, antes mostraba una forma tubular y sin anatomizar. La posición marcadamente frontal del rostro y la actitud hierática de la talla eran también más evidentes.    Rasgos propios de una estética más antigua, empleadas en este tipo de esculturas desde finales del siglo XVI cuya vigencia continúa en las primeras décadas del siglo XVII. Ambas manos presentan prácticamente la misma forma y disposición, como así mismo no muestran excesivos detalles anatómicos. Tienen ambas las palmas anchas poco modeladas y los dedos son largos con las uñas acentuadas. Por el dorso se señalan unos hoyuelos en la zona del arranque de los dedos y por la palma algunas líneas de la mano de manera muy esquemática. Los dedos se encuentran separados pero el corazón y el anular están más juntos.
Valores, usos y significados
   La Virgen de los Ángeles ha mantenido su uso para el culto, como imagen devocional y procesional, por ello se entiende que las características formales y estéticas que la configuran actualmente son fruto de su naturaleza histórica no homogénea. Algunas de ellas necesarias para garantizar y asegurar el cumplimiento de esas funciones. Y otras, como imagen en culto activo, que ha estado inmersa en diferentes contextos históricos, han tenido como resultado transformaciones en su materialidad que responden a criterios estéticos, de gusto, moda o apariencia. Estos cambios han permitido su vigencia en el tiempo y el hecho de ser una imagen de vestir ha facilitado preservar y perpetuar su singular identificación.

   La imagen de la Virgen de los Ángeles reúne una riquísima pluralidad de contenidos acumulados a lo largo del tiempo, en ella confluyen valores histórico-artísticos e inmateriales. Como imagen sagrada con su ritualidad asociada sintetiza los signos símbolos de carácter universal propios de la fe cristiana. Desde una perspectiva histórica, es un testimonio de la religiosidad popular vinculada a la devoción secular que distintos grupos de población han manifestado a esta talla mariana. Su importancia reside tanto en lo simbólico como en lo material, siendo fundamental su continuidad patrimonial, en permanente actualización a través de las prácticas devocionales (Eva Villanueva Romero, en Expediente coronación canónica de Nuestra Señora de los Ángeles. Sevilla, 2018).
     Dolorosa de la Semana Santa, cofradía de la Fundación (vulgo "Los Negritos"), Jueves Santo. Obra anónima siglo XVII, muy remodelada modernamente, a cargo de Antonio Dubé de Luque. Mide 1,62 m. Posee singular paso de palio único en su estilo, concebido con originalísima y visionaria inspiración colorista por un pintor contemporáneo: Juan Miguel Sánchez. Muy discutido el conjunto en su momento, y aún hoy, a nosotros nos cupo la visión progresista de haberlo defendido a contra corriente, por estimar que supone una obra de indudable originalidad, de "creación auténtica", y no la habilidosa repetición de otros esquemas artesanales, ya inventados y archisabidos. Personalmente creemos que está más logrado el manto que el palio, ambos sobre fondo de llamativo tisú celeste, casi oculto por bordados de gruesa trama, en delirante y fastuosa cubrición vegetal: palmas, losanges, rosetas nilóticas... Las cabezas angelicales en marfil y en otras materias, aluden al título de la Señora. Imitaciones de pedrería (turquesas sobre todo) realzan respiraderos y corona, produciendo notable efecto polícromo, con evidente regusto oriental. Del mismo tenor, los florones que sirven como macollas a varales y candelabros. Todo ello brota o se transmuta en forma exuberante y proteica, "cual si lo regara una encendida savia oculta", remitiéndonos imaginativamente al cálido esplendor de los ambientes tropicales. También es notable el Simpecado antiguo, donde la Virgen María aparece figurada como Celestial Sacerdotisa, portando algunos elementos litúrgicos. Su hermandad se distinguió en la defensa del Inmaculismo, y utiliza los colores concepcionistas como túnicas de sus nazarenos (Juan Martínez Alcaide. Sevilla Mariana, repertorio iconográfico. Ediciones Guadalquivir, Sevilla. 1997).
Nuestra Señora de los Ángeles.
Iconografía: Virgen al pie de la Cruz, tras la Crucifixión de Jesucristo.
Autor: Anónima.
Cronología: Siglo XVII.
Intervenciones: Francisco de Torres (1642), Juan Miguel Sánchez (1955) y Antonio Joaquín Dubé de Luque (1984).
Altura: 162 centímetros.
     Tradicionalmente, esta imagen se fechaba en el siglo XVIII, pero con posterioridad se adelantó su datación hasta la primera mitad del XVII, debido a una serie de recursos que ya se utilizaban a finales del siglo XVI: "estructura tubular del cuello, el eminente carácter frontal del rostro mariano que dotaba a todo el simulacro de un cierto tinte hierático, el trazado oval del mismo sin los afinamientos propios del siglo XVIII, etc".
     Desde el año 1625 se tiene constancia documental de la existencia en el seno de la hermandad de dos imágenes marianas, una de gloria y otra de dolor: "Yten vna ymagen de nra. sa. de alegria grande vestida en su altar. Yten vna ymagen de pasión grande que sale en la procesión de disciplina" Sin embargo, con el tiempo la devoción a la imagen de Gloria va decreciendo y, en consecuencia, va aumentando la de la Dolorosa. En Libros de cuentas custodiados en el archivo de la hermandad se constatan dos intervenciones en la imagen mariana, una realizada por el carpintero Francisco de Torres en mayo de 1642 y otra del también maestro carpintero Francisco de Santiago en 1727. Igualmente, en 1955, el pintor Juan Miguel Sánchez reencarna la imagen.
     Sin embargo, será la profunda y muy cuestionada intervención que realice el escultor Antonio Dubé de Luque en 1984 la que nos devuelva la imagen en el estado en que hoy podemos contemplarla. En el rostro, el escultor interviene en los párpados, desechando los de pasta y tallando unos nuevos de madera, trazado de las cejas, apertura de los labios, y nuevo tallado de dentadura superior y lengua, además de anatomizar el cuello. A todo ello hay que incluir la gran modificación de la policromía; tras encontrar siete capas, rescató la original y completó las lagunas existentes en las manos, las cuales sí poseían la primitiva encarnación. Asimismo adapta un nuevo candelero de caoba y un cuerpo de madera de cedro, modificando la posición del busto inclinándolo más hacia delante para ganar expresividad.
     La efigie mariana conserva en la redondez de su cabeza vestigios formales del siglo XVII. Además se ve influida por la bella estética de José Montes de Oca patente sobre todo en el modelado blando y carnoso de los labios y la existencia del hoyuelo de la barbilla.
     La corona de salida sigue el diseño realizado por Juan Miguel Sánchez y cuya ejecución material corrió a cargo de Manuel Román Seco en 1970. Esta original pieza se encuentra cuajada de motivos ornamentales que nos recuerdan el estilo modernista patente en todo el conjunto del palio, tanto en bordados como en orfebrería. El aro posee, al igual que todo el conjunto, apliques de esmalte azul. Sore él motivos vegetales y racimos de uvas conforman un canasto que se enriquece con apliques de pedrería, turquesas, erigiéndose unos sinuosos imperiales en cuyo punto de encuentro emerge una estrella y una ráfaga de perfil trilobular con la leyenda Regina Angelorum. Cabezas aladas de querubines, grandes espigas doradas y flores estrelladas se alternan en una movida ráfaga en la cual destaca el azul inmaculado sobre un intenso fondo de tonos dorados.
     Desde los inicios de la Cofradía Penitencial de los negros, la primitiva Virgen de los Ángeles contó con un amplio ajuar, como así consta en las fuentes documentales que ha analizado Isidoro Moreno. En 1641 se fecha la primera noticia de configuración de un manto procesional al comprar veinte varas de anascote de color negro para su realización, con un costo de doscientos reales de vellón. Posteriormente, en 1679, la hermana negra Gracia Josefa se obligaba a dar un palio y un manto a la Corporación, que sustituiría a la anterior, que desgraciadamente no pudo terminar de pagar, por lo que durante varios años estuvo en poder del mercader de la alcaicería Thomas Sánchez. En algunos inventarios de finales del siglo XVII consta que la Dolorosa poseía dos camisas, varios vestidos "uno de damasco azul de la China sin forro ni guarnición y otro de felpa y de terciopelo" Ya durante la segunda mitad del siglo XVIII el atavío de la Dolorosa cambiaría, ya que vestía "una estola pendiente de los hombros, negra, con los atributos de la Pasión de veintinueve piezas", con saya y bocamanga de terciopelo negro, que regaló un devoto en 1727, llevando toca de gasa. Curiosamente, la fisonomía de la Dolorosa en estos años se puede observar en el Simpecado que estrenó la Congregación de Mujeres en 1782, que ha llegado hasta nuestros días. Gracias a la documentación y como dato anecdótico podemos incluir la firma del primer vestidor que probablemente podemos conocer de la Semana Santa hispalense Francisco Marcelo, que era pagado como especialista en este laborioso trabajo. En el inventario de 1712 consta un vestido de felpa entero, saya y manto para el altar, donado por un hermano. En cuanto a los enseres de la Virgen consta que estaba formado por  "tres sayas de Nuestra Señora, dos de felpa y una de sayal de la Reina, todas negras", "cuatro pares de mangas de lo mismo, y paño y medio de manto y sus pedazos, todo viejo", "unos manguillos de felpa negra", "una toca de vestir, de gasa", y "un velo de la Virgen Santísima, de raso chorreado y, una toquilla nueva", "un manto de altar entero" Cabe añadir que el manto de la Dolorosa, lo "lleva su Majestad en la cofradía" Los grabados de finales del siglo XVIII nos muestran ya a la imagen de la Virgen de los Ángeles, siguiendo la tipología dieciochesca con el manto negro, ráfaga, corona, y el pañuelo en sus manos, como la del famoso grabado de A. Molina fechado hacia 1803. Del Inventario de 1888 se deduce que el ajuar de la Dolorosa era amplísimo, ya que poseía en estos difíciles años "un vestido de terciopelo celeste y manto con blondas de plata; un manto azul con guardilla de oro y otro negro con puntilla de oro falso; un blanco de hueso completo, con encaje de hilo; otro de nipe blanco completo; cinco tocas con puntillas de oro (...)"
     Del Inventario de 1899 se desprende que estrenó una saya de terciopelo granate bordada en oro fino, que era con la que procesionaba, a la que se unen dos mantos de camarín, uno de terciopelo azul bordado en oro, y otro de terciopelo verde bordado en plata, así como otras sayas. Por fin, en 1915 se estrenaría el palio de Juan Manuel Rodríguez Ojeda, junto con un magnífico manto de terciopelo azul bordados en oro, que haciendo juego con el palio, presentaba los motivos de hojas de acantos y espirales que recuerda el manto diseñado para la Virgen del Subterráneo. Con este manto procesionaría hasta 1960, siendo adquirida por la hermandad de la Misericordia de Écija.
     Desde 1956 se había comenzado a madurar la confección de un nuevo manto, probablemente por el mal estado en que se encontraba el realizado por Juan Manuel, en vez de intentar recuperar la pieza. En realidad, la idea surgió del ofrecimiento de un hermano, Serafín Méndez, de donar a la hermandad la tela necesaria para que pudiera confeccionarse un manto de tisú de oro celeste. Al mismo tiempo comenzaría la actividad del pintor Juan Miguel Sánchez en la confección del manto, quien posteriormente haría lo propio con el palio. La prenda se realizó gracias a los apoyos de dos hermanos de la Corporación, Don Luis Rivas y Don Enrique García Carnerero, que ocuparon cargos en sucesivas Juntas de Gobiernos, y se convirtieron en los verdaderos propulsores del nuevo estilo juanmanuelino, que pronto ostentaría la estética novedosa de la Corporación. Así, en la Junta del 4 de mayo de 1958, fue aprobado el boceto de Juan Miguel Sánchez, y confeccionado durante dos años en el convento de las Trinitarias, cuyo coste ascendió a millón y medio de pesetas. Se estrenaría en 1961, provocando una gran curiosidad entre los cofrades, pudiendo apreciarse ésta ya desde el Domingo de Ramos, en un momento en que se estaba viviendo en el seno de la Corporación la transformación completa del paso de palio. En 1963, se estrenaría la saya de la Virgen, de un delicado color hueso, bordado en oro y pedrerías en el convento de las Trinitarias.
     Javier Pérez Rojas analizó ampliamente el magnífico manto juanmanuelino que abrió un nuevo capítulo revolucionario en la estética cofrade hispalense. Presenta en su ordenación simétrica fantásticos motivos vegetales, con dos ángeles a los pies, en cuya base se sitúa una cenefa con cabezas de querubines y palmas. El eje central lo forma una palmera de la que salen, lateralmente, dos ramos de naranjo con sus flores de azahar; de esta misma palmera sale un ramo de azucenas, rematado éste con una flor de lis de la que, a su vez, surge un rosal. El léxico estético utilizado en el manto ya estaría presente en otras composiciones del propio autor, especialmente en los murales que había realizado en estos años el artista, sobre todo los de la Iglesia de Santa Teresa, concretamente en la ondulación que se puede apreciar en los motivos decorativos del propio manto. En las pinturas de la Maestranza había dejado una preciosa muestra de diversos motivos florales con una determinada simbología religiosa, que lo volvería a repetir en el manto. El mismo léxico estilístico volvería a utilizarse en la magnífica saya que confeccionaría Juan Miguel Sánchez, con un precioso diseño cuyo eje central forma un amplio tallo de forma muy estilizada, de donde salen varios ramajes que cubre todo el espacio de la composición (Álvaro Dávila-Armero del Arenal, José Carlos Pérez Morales y José Fernando Gabardón de la Banda, en Palios de Sevilla. III La virgen dolorosa sevillana. Ediciones Tartessos, Sevilla. 2006). 
Conozcamos mejor la Historia de la Festividad de Nuestra Señora de los Ángeles;
   Es fiesta propia de la Orden Franciscana, vinculada al famoso Perdón de Asís o Jubileo de la Porciúncula. En la segunda mitad de julio de 1216, San Francisco de se presentó con Fray Maseo ante el papa, y le pidió “una indulgencia especial para los que visitaren la ermita, sin necesidad de limosnas”. El papa se sorprendió, pues la ayuda económica era imprescindible en estos casos. Con todo, le ofreció un año, más de lo habitual, pero al Santo le pareció poco, y replicó: “Plazca a vuestra santidad concederme almas, no años”. Y, ante la extrañeza del pontífice, le explicó: “Quiero, si place a vuestra santidad, por los beneficios que Dios ha hecho y aún hace en aquel lugar, que quien venga a dicha iglesia confesado y arrepentido quede absuelto de culpa y pena, en el cielo y en la tierra, desde el día de su bautismo hasta el día y hora de su entrada en ella”. La perplejidad del papa estaba más que justificada: el Concilio Lateranense IV, pocos meses antes, había limitado a un año la indulgencia para la dedicación de una iglesia, y a sólo cuarenta días para el aniversario, con el fin de favorecer la única indulgencia plenaria que existía entonces, la de Ultramar, establecida por el Concilio de Clermont (1095) con motivo de la Primera Cruzada. En un principio estaba reservada a los peregrinos de Tierra Santa y a los cruzados, pero el Concilio acababa de hacerla extensiva a quienes colaboraran materialmente con la Cruzada. Por tanto, una indulgencia plenaria sin riesgo físico ni coste económico, con la sola condición de acudir a la Porciúncula sinceramente arrepentidos, era algo inconcebible; de ahí que el papa respondiera: “Mucho pides, Francisco. La Iglesia no suele conceder tales indulgencias”. A lo que él replicó: “lo que pido no viene de mí, es el Señor quien me envía”. Entonces el pontífice exclamó, por tres veces: “¡Me place que la tengas!”. Pero los cardenales, temiendo el golpe que tal indulgencia podía suponer para la Quinta Cruzada que se estaba organizando, hicieron notar enseguida al pontífice que tal concesión echaba por tierra la de Ultramar, mas él argumentó: “Se la hemos concedido y no podemos echarnos atrás, pero la limitaremos a un solo día natural”, y así se lo comunicó a San Francisco, quien, por respuesta, hizo una reverencia y se dispuso a marcharse, pero el Papa lo detuvo, diciéndole: “¡Simple! ¿A dónde vas sin documento alguno?”. “Me basta vuestra palabra -replicó él, alérgico como era a los privilegios-. Si es de Dios, ya se encargará de manifestarla. No quiero documentos. Que la Virgen sea el papel, Cristo el notario y los ángeles, testigos”. Logrado su objetivo, Francisco regresó, contento, a Asís. Al llegar a Collestrada se detuvo a descansar y a orar junto a la leprosería. Poco después llamó al Hermano Maseo y le dijo: “De parte de Dios te digo que la indulgencia concedida por el papa ha sido confirmada en el cielo”.Los biógrafos más antiguos no mencionan expresamente esta importante concesión pontificia, pero cuentan que un hermano muy espiritual, a quien San Francisco quería mucho (probablemente fray Silvestre), antes de su conversión, soñó que en torno a la ermita de la Porciúncula había una multitud de personas ciegas, de rodillas, con el rostro y las manos levantadas al cielo y pidiendo a Dios, con lágrimas, luz y misericordia. Y, de repente, un gran resplandor del cielo los envolvió y les devolvió la vista. La referencia explícita más antigua y autorizada sería una carta de San Buenaventura, ministro general entre 1257 y 1273, hoy desaparecida, inventariada en 1375 en la biblioteca papal de Aviñón bajo el título: “De indulgentia Beatae Mariae Portuensi (léase Portiunculae) Assisii”. Pero los testimonios más importantes fueron los recogidos por fray Ángel de Perugia, ministro de la provincia umbra de San Francisco (1276-7), que sirvieron de base para el Diploma del obispo Teobaldo de Asís (1310), que es el relato más completo y autorizado. Entre los testigos estaba Pedro de Zalfano, presente el 2 de agosto de 1216 en la Porciúncula, donde “oyó predicar a San Francisco en presencia de siete obispos, y llevaba un papel en la mano, y dijo: Os quiero llevar a todos al paraíso, y os anuncio una indulgencia que tengo de boca del sumo pontífice.   

   Y todos los que vengan hoy, y los que vendrán cada año, este mismo día, con corazón bueno y contrito, tendrán la indulgencia de todos sus pecados. Yo la quería para ocho días, pero sólo pude conseguir uno”. Aunque Pedro de Zalfano hace coincidir la proclamación con “la consagración”, según una nota del Sacro Convento de Asís, de la primera mitad del siglo XIII, y el testimonio de Giacomo Coppoli, que se lo oyó decir a fray León, lo que se celebraba ese día era el primer aniversario de la consagración. La concesión, por voluntad de San Francisco, nunca estuvo avalada por ninguna bula, de ahí que, años más tarde, algunos dudaran de la misma, y fue por ese motivo por el que frailes y fieles de Asís se vieron obligados a recoger testimonios jurados de los pocos testigos directos e indirectos que aún vivían. Sin embargo, ningún papa se manifestó nunca contrario, más bien la confirmaron y, poco a poco, la fueron haciendo extensiva a otras muchas iglesias. Además, la ignorancia sobre el tema unos siglos después llevó a creer que la Indulgencia se podía obtener en la Porciúncula todos los días del año, y también esto fue aceptado por diversos pontífices, no sólo para Santa María, sino también para la Basílica de San Francisco. En cierto modo se han cumplido las palabras del Santo, cuando dijo: “Si es obra de Dios, ya se encargará él de manifestarla” (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen "Nuestra Señora de los Ángeles", anónima, titular de la Hermandad de los Negritos, en la Capilla de Nuestra Señora de los Ángeles, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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sábado, 1 de agosto de 2020

La Capilla de San Pedro Ad Víncula, de la Iglesia de San Pedro


      Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Capilla de San Pedro Ad Víncula de la Iglesia de San Pedro, de Sevilla. 
      Hoy, 1 de agosto, en Roma, en el monte Esquilino, la Dedicación de San Pedro Apóstol ad Víncula, celebrada hasta febrero de 1969, cuando fue retirada del Martirologio Romano por Pablo VI.
      Y que mejor día que hoy para ExplicArte la Capilla de San Pedro Ad Víncula de la Iglesia de San Pedro, de Sevilla.
     La Iglesia de San Pedro [nº 28 en el plano oficial del Ayuntamiento; y nº 52 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Santa Ángela de la Cruz, s/n (aunque la entrada al templo se efectúa por la plaza de San Pedro, 1); en el Barrio de la Encarnación - Regina, del Distrito Casco Antiguo.
      En la Iglesia de San Pedro podemos contemplar la Capilla de San Pedro Ad Víncula, la última capilla del muro de la epístola; es de planta rectangular y fue la sede de la hermandad de San Pedro Ad Víncula, formado por sacerdotes. Destaca en ella el efectista lienzo barroco con el tema de la Liberación de San Pedro por el ángel, obra del pintor y clérigo Juan de Roelas (1612). Otras pinturas menores con escenas de la vida de San Pedro se distribuyen por los muros. Ya en los pies de la nave, muy olvidado pero de gran interés, se sitúa un retablo recompuesto con pinturas italianas del siglo XVI entre las que destacan el Crucificado central y una escena con el tema de Adán y Eva, uno de los escasos ejemplos de desnudo en el arte sevillano de siglos pasados (Manuel Jesús Roldán, Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).

   Es la capilla más amplia de cuantas existen en la Iglesia y además cuenta con un piso superior, al que se accede por una escalera situada en el ángulo derecho del altar.
   Da la impresión de que esta capilla es una construcción un tanto independiente del resto del templo, tal como ya había ocurrido con la torre.
   En efecto, la investigación histórica acerca de la obra, nos da a conocer, con precisión, los detalles de la misma y sus vicisitudes.
   La autonomía visual que produce el aspecto exterior, con su tejado aparte, sus dos ventanas y el cierro encima, no se corresponde con la impresión que produce su examen desde el interior del templo, pues en este caso la capilla está perfectamente integrada en la globalidad de la iglesia.
   Los hechos se desarrollaron poco más o menos así: El capitán y miembro del Juzgado de Fieles Caballeros Executores de esta Ciudad, don Fernando de Vega, vecino de la collación de El Salvador, pide al Obispo Provisor de la curia Hispalense, don Juan Ovando, el permiso para labrar una capilla en un solar adjunto a la Iglesia del Señor San Pedro de la ciudad.
   En su petición expone que desea realizar una hermosa capilla que sea, al mismo tiempo, panteón familiar.
   Conseguida la autorización eclesiástica, don Fernando se pone en contacto con el maestro mayor de la Catedral de Sevilla, Hernán Ruiz, para que, bajo contrato haga los planos y el estudio en vistas a la realización de la citada capilla. El señor Obispo ha concedido cuatro años como plazo máximo para la terminación de la obra.
   Era el día uno de octubre del año del Señor de 1563, cuando el mayordomo de Fábrica de la Iglesia Parroquial de San Pedro, don Pedro Ximénez Bejarano, un poco a regañadientes, concede licencia para el uso del solar existente entre la torre de la iglesia y la fachada de la parte que mira a poniente.
   Ha exigido ver y poseer los permisos del señor provisor, los planos y pliegos de condiciones del maestro mayor y el depósito de cien ducados en concepto de limosna. También hay una condición consistente en que no se puede empezar la obra hasta un año más tarde que es el tiempo calculado para abrir el acceso interior a la torre, recién incorporada.
   En el primitivo proyecto se contempla una capilla cuadrada
   "la dicha capilla sele a de dar sitio por hueco seis varas"
   Se hace preciso construir tres paredes, dos de ellas enrasan con las dos fachadas del templo, la tercera sería una pared paralela a la torre que albergaría la escalera de subida a la misma, y la cuarta
   "es la que sale a la yglesia a la nave lateral de la parte del mediodía, el dicho sitio es donde agora está una pieça que sirve de ataraçana"
   Por esta parte hay que abrir la capilla al templo, mediante un arco que ha de tener doce pies de ancho, y veinte de alto.
   "rompiendo la muralla de la dicha iglesia y el arco labrado bien y firmemente de manera que la muralla de la dicha yglesia no resçiba perjuizio"
   Añade además que la puerta existente y la reja se reconoce que pertenece a la iglesia, incluso el bastidor
   "se entiende que es dela yglesia e fabrica della, e asy mismo la rexa y madera que en la dicha pieça de ataraçana esta oy dia"
   La capilla tendrá el suelo de ladrillo y las paredes bien enlucidas y encaladas de albañilería pulida
   "hermoseada como se suele hazer en obras semejantes"
   Se techará mediante una bóveda de las llamadas de "media naranja" sobre cuatro pechinas, con azulejos por la parte exterior, y una amplia linterna que iluminase directamente el altar.
     El maestro se compromete también a preparar el altar y el retablo, dejado un espacio detrás, de siete pies de ancho. Asimismo se hace cargo de la reja que da al interior de la iglesia.
     El proyecto termina con una hermosa frase que no nos resistimos a copiar:
     "todo con moderado hornato, así como conviene en capilla con la qual la yglesia recibe hornamento".
     Las dificultades y el abandono del proyecto.- Empezada la obra, pronto empezaron las dificultades. El caballero debía ser hombre de decisiones poco firmes, o de criterio cambiante, pues si al poco tiempo, no quiere la bóveda y pide, a cambio, añadir un piso con luz exterior a través de un cierro, y cubrir con tejado.
     La cosa no queda ahí, y mueve sus influencias en el palacio arzobispal, para conseguir que la capilla tenga una puerta propia a la calle. Lograda la autorización se hace una portada con un arco de medio punto.
     Con todo ello, las obras se eternizan, ante el lógico disgusto del mayordomo y demás miembros de la iglesia que veían entorpecidas sus funciones. El maestro mayor tampoco debía andar muy contento con tantas modificaciones de su estimable proyecto, aprobado y aceptado.
     El resultado es que en el año de 1688, el Caballero Ejecutor, renuncia a la capilla, dejando la obra sin terminar. Es sabido que finalmente decide construir otra capilla, con enterramiento, en el Hospital de Santa María de la Paz, en la iglesia del Salvador. Ante el carácter de don Fernando, no resulta demasiado seductor conocer las vicisitudes por la que pararía el nuevo proyecto.
     La Hermandad de San Pedro "Ad Víncula".- En los años postreros del siglo XVI, exactamente el quince de junio de 1583, la capilla pasa a manos de la "Hermandad Sacerdotal de San Pedro "Ad Víncula". La Regla y Estatutos de dicha Hermandad, se remontan al año 1582, atribuyéndose la fundación al Licenciado don Andrés de Segura, Racionero de la Santa Iglesia Metropolitana. Durante el primer año de su fundación estuvo en el Convento de la Paz de la calle de Bustos Tavera.
     Los Estatutos se han renovado varias veces, en 1609, 1686, 1730 y muy importante es la de 1868, en la cual del número clausus de hermanos, fijado en noventa y nueve, se pasó a duplicar la cifra.
     Esta Hermandad a mediados del siglo XX, se unió a otra Asociación también de sacerdotes, la llamada "Ilustrísimas Universidad señores Curas de Sevilla", para constituir la actualmente conocida como "Ilustrísima Universidad de señores Curas de Sevilla y Hermandad Sacerdotal de San Pedro "Ad Víncula".
     Desde 1869, por cédula papal, la Hermandad está adherida a la Archicofradía de los Santos Vínculos de Roma.
     Lo primero que los hermanos decidieron es el cerramiento de la puerta exterior, lo que se hizo con pulcritud, aunque todavía se aprecia muy atenuadamente en la fachada.
     Se terminan las obras y en el altar se coloca el San Pedro de Andrés de Ocampo que actualmente está presidiendo el templo. Al poco tiempo, Juan de Roelas, que era clérigo adscrito a la Parroquia del Salvador, es admitido en la Hermandad y el veintiuno de marzo de 1612 ofrece el magnífico cuadro titulado, "Liberación de San Pedro por un Ángel", que encaja a la perfección con el título de la Hermandad.
     Cuando se monta el correspondiente retablo y el lienzo ocupa su sitio, la imagen de San Pedro es donada a la Parroquia.
     El retablo es bastante sencillo, dos columnas planas de mármol jaspeado en verde, con adornos dorados en su parte superior.
     Entre ambas un marco dorado, cerrado por arriba en medio punto, que alberga la magnífica pintura.
     En la parte más alta, tocando el techo, un escudo pontificio dorado, sostenido, a los lados, por dos pequeños angelitos policromados.
     Los demás adornos son complementarios. La belleza, intensidad y majestuosidad del cuadro no necesitan más.
     En él dos figuras: San Pedro arrodillado y en pie el Ángel que sostiene la reja de la cárcel abierta. Hay dos maravillosos puntos de luz, uno arriba a la derecha, una vela encendida de un realismo y dramatismo sobrecogedor, y el aura del Ángel que se extiende en blanco sobre sus hombros, en franco contraste con el color rojizo de las vestiduras que le cubren. El estudio del claro-oscuro es de una perfección total.
     Entrando en la capilla, a mano izquierda, se encuentra una pequeña vitrina que contiene un San Pedro, sentado sobre un sillón de mármol blanco, de una hechura realmente admirable.
     La capilla tiene además cuatro puertas, tres cierran sendas alacenas y la situada al fondo a la derecha, abre a una escalera de caracol, mediante la cual se sube a la planta superior.
     La parte alta de las paredes, pintadas de blanco muestran unas sencillas y espaciadas pinturas murales con grecas, dibujos y ángeles, entre ellas, dos medallones uno a cada lado, con retratos desconocidos para nosotros.
     En las paredes están repartidos un total de diez cuadros, con escenas de la vida de San Pedro. De ellos, al menos ocho son murales enmarcados por unos originales marcos dorados, de forma poco corriente, pues en un parte superior tienen a modo de un entrante, que inicia una apariencia evasiva de división de la pintura.
     Partiendo de la izquierda del retablo, el primer cuadro representa "Las negaciones de San Pedro". Debajo hay una lápida que recuerda a don Francisco Mateos-Gago Fernández, hermano de la Cofradía, fallecido  el veintinueve de octubre de 1890. El segundo cuadro es "El llamamiento de San Pedro". El tercero "La crucifixión de San Pedro cabeza abajo". Estos dos están pintados sobre tabla, según el inventario de 1879 (nota escrita a mano). El siguiente representa la escena en que, después de una jornada infructuosa, "Jesús pide que echen las redes nuevamente". El quinto "San Pedro en oración". Este cuadro y el primero, tiene serios deterioros.
     Al lado de la cancela, en el interior del templo, se encuentra un magnífico retrato de San Millán de la Cogolla, cubierto con un birrete y un libro en la mano. En la parte derecha hay una inscripción, situada sobre una cartela que dice textualmente: "Retrato de San Millán de la Cogolla", patrón de esPaña (i) con Satiago, fue clérigo y después monje del Orden de San Benito".
     Dicha cartela está rematada por un pequeño escudo en el que se ve a Santiago combatiendo a los herejes.
     Seguidamente están las "Lagrimas de San Pedro" y al lado "San Pedro predicando a los gentiles". Más allá, "San Pedro ante Herodes" y Finalmente el último cuadro representa a "San Pedro, ante Cristo atado a la columna".
     A la izquierda, sobre una reducida peana, una pequeña y entrañable imagen de la Virgen.
     Finalmente en el centro del techo, se encuentra un hermoso relieve policromado, con un bonito marco dorado y en el centro una Virgen sentada con el Niño sobre la rodilla izquierda.
     Creemos que por la originalidad y especial personalidad de Roelas, así como por el gran valor artístico del cuadro de "La Liberación de San Pedro", bien merece apuntar aquí un breve resumen de tan genial pintor.
     Don Juan de Roelas.- Es cosa sabida que en todos los tiempos y todos los lugares y especialmente en España, ha habido hombres y mujeres de vida consagrada, que han destacado también como grandes escritores, literatos, poetas, historiadores, pensadores, polígrafos y humanistas. Otros han cultivado de forma relevante la música, tanto en la composición, como en la interpretación. Y no han faltado científicos e investigadores de nota.
     Sin embargo, el binomio de clérigo y pintor de altos vuelos, es mucho más extraño y la memoria no se ve favorecida con recuerdo notable.
     Roelas es esa rara excepción que sobresale con pujanza entre los artistas de una época. Nacido en Sevilla en 1558, tuvo su taller de arte, del que salieron no sólo una ingente cantidad de cuadros, todos de excelente, brillante y original factura, sino también algunos discípulos destacados como el genial Zurbarán.
     Hombre a la par, de extensa cultura, se licenció en Humanidades por la Universidad hispalense. Recibió órdenes mayores y en 1603, se le nombró prebendado de la Colegiata de Olivares desde su fundación, para llegar a obtener el título de canónigo de la misma.
     De él nos habla Cean Bermúdez, encuadrándole en la escuela de Luis de Vargas, pintor sevillano formado en Roma, donde permaneció veintiocho años y
     "Fue el primero que traxo a esta cibdad la manera italiana i nueba de pintar al fresco"
     Es sabido que Roelas, en 1604, recaba el permiso de su pastor y, al igual que su mentor, marcha a Italia, para conocer los maestros venecianos. Allí permanece unos años, hasta 1608, en que regresa a España.
     Permanece en Madrid, y solicita la plaza de pintor de la Corte de Felipe III, pero no obtiene el favor del rey y regresa a Olivares. En su estudio de Sevilla, acomete una fase importante de su producción, especialmente de asuntos religiosos que se hallan repartidos por iglesias, conventos y oratorios y también entre particulares.
     El relicario y las tres cadenas.- En la capilla de San Pedro Ad Víncula, y como cosa realmente excepcional, se encuentra, en la pared de la derecha, según se mira al altar, una mesa de madera dorada a modo de altar. Sobre ella una urna, también de madera dorada, que es, en realidad, un gran relicario cerrado con dos puertas, las cuales se adornan externamente, con la talla de unas simbólicas cadenas. Al abrirse y protegida por un cristal, se encuentra una gruesa cadena de hierro, colgando de la parte alta. Se trata de una réplica exacta de las cadenas que aprisionaron a San Pedro y que se guardan en la Basílica de San Pedro Ad Víncula, llamada también Basílica Eudoxiana, de Roma.
     En el frontal bajo de este altar, se ha tallado una cruz invertida, símbolo de la crucifixión de San Pedro. Por encima del altar hay una hermosa cruz de marfil (inventario de 1879, nota a mano).
     En cuanto a las cadenas, hemos leído la Memoria que en 1907, publicara don José María Tobia y Fernández, a la sazón Rector de la Hermandad, el cual, con licencia de la Autoridad Eclesiástica, expone el proceso de la consecución de tan notable recuerdo.
     Es tradición cristiana que San Juan Crisóstomo, adquirió las cadenas de los mismos soldados romanos que custodiaron a San Pedro en la cárcel. En el año 439, el Obispo Juvenal, Patriarca de Jerusalén, las donó a la Emperatriz Eudoxia, esposa de Teodosio II. Eran dos cadenas que la Emperatriz envió, una a Constantinopla y otra a Roma, siendo Papa Sixto III.
     Sabemos que San Pedro estuvo preso en dos ocasiones: la primera en Jerusalén, de la que le liberó el Ángel. "El Ángel del Señor tocó a Pedro en el costado y lo despertó diciendo: Levántate enseguida. Y se le cayeron las cadenas de las manos". (Hechos, 12- 1, 10). La segunda fue durante la persecución de Nerón, y lo encerraron en la cárcel Mamertina de Roma, donde estuvo nueve meses, antes de ser crucificado.
     Primera cadena.- La Hermandad, desde muy antiguo tenía una cadena, con el documento de autentificación de que había sido tocada por la verdadera de Roma. Había sido una donación de don Diego Espino y Guzmán y su existencia constaba en inventario hasta el año 1700. Las gentes le tenían mucha devoción e incluso se sacaba en procesión la víspera del día de San Pedro. Al paso de los años, el símbolo desapareció y los actos piadosos se abandonaron.
     Segunda cadena.- El veinticinco de abril de 1869, el Prior de la Basílica romana, envió una segunda copia de la verdadera cadena, con su autentificación, aunque de un tamaño de "una tercia" menor, por estar prohibido hacerlas exactamente iguales.
     La Hermandad agradeció el envío, pero no quedó del todo satisfecha con la pieza recibida. Así y todo, se dio en adoración a los fieles y volvió a salir en procesión.
     Tercera cadena.- Su Santidad el Papa León XIII, decretó el año 1900, como Año Santo. De Sevilla salió una peregrinación, camino de Roma, encabezada por el señor Arzobispo don Marcelo Spínola y Maestre, donde van el señor Rector de la Hermandad y doce hermanos más.
     El veintiséis de diciembre de 1900, llega a Sevilla la tercera cadena con una carta que dice:
     "Dicha cadena se ha labrado en un todo igual á la verdadera. Después de tocar á ésta todos y cada uno de sus eslabones, se le practicó un agujerito en la barra de unión, colocando en el mismo raspaduras de la legítima, cerrándolo herméticamente y envolviéndolo en una pequeña cinta en la que se estampó el sello de lacre del P. Prior de la Basílica, al par que Presidente de la Archicofradía; cuyo permiso se obtuvo en una Junta recientemente celebrada por no ser común la concesión de esta gracia. Es la segunda que se concede".
     La urna se estrenó en 1907 y en su interior, están además de la tercera cadena y su certificación de autenticidad, una caja que guarda la segunda cadena y pendiente de un costado una más pequeña, facsímile de la de San Pablo.
     La defensa de la Inmaculada Concepción de María.- La Hermandad fue la primera, en todo el mundo católico, que tributó un nuevo culto a la Concepción en gracia de María Santísima, haciendo un voto solemne al pie del Altar, delante de Jesús Sacramentado, al tiempo del Ofertorio de la Misa, comprometiéndose a la defensa de lo que era entonces sólo una opinión piadosa.
     El día ocho de diciembre de 1854, el Papa Pío IX, definió solemnemente el Dogma de la Inmaculada Concepción, con grande júbilo por parte de la Hermandad de San Pedro Ad Víncula de Sevilla. Decía así:
     "Que pertenece al sagrado depósito de la Revelación y de la Fe, el que María Santísima fue concebida sin la mancha del pecado original, por la misericordia de Dios, y en virtud de los méritos previstos de su Divino Hijo"
     En la sala capitular se encuentra un cuadro de la Inmaculada Concepción, del que dice el inventario:
     "con moldura dorada y otra encima a manera de dosel. Otro lienzo grande sin moldura de S. Pedro ad-Víncula. Dos marcos negros con cristal que contienen los retratos de los Sumos Pontífices Pío IX y León XIII y otros dos con cartas del primero de dichos papa" (José María Montaña Ramonet, y Josefina Montaña González, La Iglesia Parroquial de San Pedro Apóstol de Sevilla. Sevilla. 2009).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto, Iconografía y Atributos de San Pedro, apóstol:
HISTORIA Y LEYENDA
   Pescador en Cafarnaúm, Galilea, en el lago de Genezaret, él y su hermano Andrés fueron los primeros apóstoles reclutados por Jesús.
   Su verdadero nombre era Simón. Recibió de Cristo el mote arameo Kefás (gr.: Petras), para significar que sería la piedra angular de la Iglesia. Su mote ha suplantado por completo a su nombre.
   Su vida se divide en tres períodos muy claros:
   1. Envida  de Jesús, lo acompañó, con los otros discípulos, desde el co­mienzo del ministerio galileo hasta su Prendimiento en el Huerto de los Olivos, luego, después de la Resurrección, hasta la Ascensión.
   2. Después de la desaparición de su maestro, residió en Jerusalén, donde fue encarcelado por el tetrarca Herodes Agripa.
   3. Luego habría viajado a Roma de la cual fue el primer obispo. Otra vez fue encarcelado y crucificado por orden de Nerón.
   Durante el primer período, la actividad de san Pedro estuvo estrechamente ligada a la de Jesucristo, siguió tras los pasos de éste, por decirlo así. De ahí que hayamos debido remitir a la iconografía del Nuevo Testamento todas las escenas de la Vida de Jesús donde san Pedro tiene algún papel: la Vocación y la Tradición de las llaves, el Lavatorio de los pies y la Santa Cena, el Prendimiento en el Monte de los Olivos, donde corta la oreja de Malco, la Negación, la Transfiguración  y las Apariciones de Galilea. Tampoco volveremos a tratar ciertas escenas posteriores a la Ascensión de Cristo, tales como la Pentecostés y el Tránsito de la Virgen, donde él está, por fuerza. El apostolado y los milagros de san Pedro en Jerusalén y en Roma son los únicos hechos de su leyenda que comportan hagiografía propiamente dicha. Abandonamos por  ello el terreno de los Evangelios para abordar los dominios de los Hechos de los Apóstoles y de la Leyenda Dorada.
   Antes de abordar el estudio del culto y de la iconografía de san Pedro, es menester discernir entre la leyenda y la historia, exponiendo objetivamente las doctrinas contradictorias de los católicos y de los racionalistas, ya protestantes, ya agnósticos.
   Oigamos las dos campanas, porque si debemos creer en un viejo proverbio «Quien oye sólo una campana no oye más que un sonido».
l. La tradición católica
   La actividad de Pedro en Palestina después de la Ascensión de Jesús se ha­bría prolongado hasta el año 44. Fue entonces cuando, después de haber consumado numerosos milagros (Resurrección de Tabita, Curación de los en­fermos con su sombra), habría sido encarcelado por Herodes y liberado por un ángel.
 Qua vadis, Domine y éste le respondió: «Voy a Roma para ser crucificado allí otra vez». Pedro, avergonzado por su cobardía, regresó entonces a Roma donde padeció el martirio al mismo tiempo que san Pablo; pero mientras a éste, que era ciudadano romano,lo decapitaron, Pedro, que sólo era un ju­dío, fue crucificado.

 Según una tradición, venerable por su antigüedad, habría pasado en Roma los veintitrés últimos años de su vida, desde 44 hasta 67. Triunfó contra los sortilegios de Simón el Mago, favorito del emperador Nerón. Preso en la cár­cel Mamertina, se fugó con la complicidad de sus carceleros a quienes había convertido. Dándose a la fuga por temor a las persecuciones, en la Vía Apia se encontró con Cristo con la cruz a cuestas, a quien preguntó:
  Los Padres de la Iglesia enseñaban que san Pedro, que no quería  morir de la misma manera que Jesucristo, por humildad había pedido que lo crucificasen cabeza abajo. Se contaba que su cruz había sido levantada inter duas metas, es decir, entre los dos hitos del circo de Nerón. A finales de la Edad Media se creyó que se trataba de los dos hitos antiguos de Rómulo, cerca del Vaticano (Meta Romuli), y Cestio, en la puerta de San Pablo. Se buscó un sitio intermedio entre estos dos puntos de referencia, y fue así como el martirio se localizó sobre el Janículo, en el lugar donde se levanta la iglesia de San Pietro in Montorio. La disputa entre el Janículo y el Vaticano aún continúa abierta.
   A falta de testimonios que sirvan de prueba de la llegada de san Pedro a Roma, la fecha de ésta y la duración de su estadía, así como acerca del lugar en que se realizó su crufixión, los defensores de la tradición católica  recurrieron a dos argumentos indirectos: el silencio de las iglesias rivales de Oriente (Palestina o Siria) que nunca reivindicaron las reliquias del Príncipe de los apóstoles y la edificación de la Basílica Constantiniana a orillas del Tíber, sobre la colina del Vaticano.
   1. Si san Pedro estaba muerto y había sido sepultado en Jerusalén, las Iglesias orientales nunca habrían dejado de invocarlo para apoyar sus pretensiones al primado en la Iglesia cristiana. Ahora bien, nunca se produjo ninguna rei­vindicación de ese género.
   2. ¿Se habrían atrevido a construir la Basílica Constantiniana sobre el em­plazamiento de un cementerio, profanando una multitud de tumbas no sólo paganas sino también cristianas si no hubiesen  estado persuadidos de que allí se encontraba la tumba de san Pedro? Esta suposición parece también más inverosímil por cuanto la naturaleza del terreno arcilloso, sobre la ladera de una colina, impuso enormes trabajos de nivelación; se necesitaban poderosas razones para emprenderlos.
   Después de las excavaciones dirigidas por Enrico Josi bajo las grutas del Vaticano, estos argumentos fueron esgrimidos en numerosas oportunidades por G. Carcopino. Según sus propios términos, «las investigaciones de los arqueólogos han confirmado la tradición y puesto fin a las polémicas de los eruditos.  A partir de ahora queda probado que san Pedro fue inhumado  en el Vaticano. Las reliquias del Príncipe de los apóstoles habrían sido trasladadas hacia 258 ad Catacumbas, sobre la Via Apia, pero de vueltas por Constantino al Vaticano en 336».
2. La tesis protestante y racionalista
   La crítica racionalista cuestiona el valor de estos argumentos y la base en que se fundan estas tradiciones.
   Pretende que no se ha probado que san Pedro haya estado en Roma, y que en cualquier caso, la tradición acerca de su cuarto de siglo de episcopado ro­mano no reposa en fundamento histórico alguno.
   El silencio de las Iglesias de Oriente sin duda resulta impresionante, pero el argumentum e silentio del cual se ha abusado con frecuencia, a lo sumo no cons­tituye más que una presunción.

   La verdad es que ningún texto contemporáneo digno de fe menciona   el viaje de san Pedro a Roma. Los Hechos de los Apóstoles (12: 17) nos in­forman, simplemente, que después de haber dejado la prisión de Herodes, Pedro salió, yéndose a otro lugar, sin aclarar cual fuese. Aunque un proverbio dice que «todos los caminos conducen a Roma» es de desear una información más precisa. Dicho silencio es tanto más sorprendente por cuanto el autor insiste con abundancia (capítulos 27 y 28) en las peripecias del viaje de Pablo a Roma.
   La creencia en que Pedro pasó a orillas del Tíber los últimos años de su vida sólo aparece en los escritos de Ireneo y Tertuliano.
   Y hasta los católicos admiten que las fábulas populares de origen romano no pueden considerarse como pruebas.
   El arqueólogo pontificio Enrico Josi no vacila en calificar él mismo de «leyendas», el encarcelamiento de san Pedro en la cárcel Mamertina, donde habría bautizado a sus carceleros, el duelo con Simón el Mago en presencia del emperador Nerón y el diálogo con Jesucristo con la cruz a cuestas en la Vía Apia (Quo vadis).
   Estos relatos dramáticos o poéticos apuntan a acreditar la apostolicidad de la fundación de la Santa Sede, que no lo está más que la de una multitud de sedes episcopales donde no se vaciló en antidatar la fundación, a veces en muchos siglos, con el objeto de aumentar su prestigio y justificar su primado.
Hasta el mismo hecho de la crucifixión del Príncipe de los apóstoles es dudoso. Se trataría de una falsa interpretación de las palabras: «Extenderás tus manos».
   En cuanto a su localización  en el Janículo, no fue imaginada antes del siglo XV, cuando los franciscanos de Roma quisieron justificar las pretensiones de su iglesia de San Pietro in Montorio, patrocinada por los reyes de España. El teólogo protestante Cullmann consiente en admitir la historicidad de una tardía residencia de san Pedro en Roma. Según dicho autor, el apóstol habría abandonado Jerusalén en 44, dejando al apóstol Santiago como suce­sor y jefe de la comunidad cristiana, para contentarse, como san Pablo, con el papel de misionero. Pero jamás habría ejercido funciones episcopales en la capital de los césares, de manera que los papas no pueden pretenderse sucesores suyos.
   De hecho, san Pedro nunca fue representado con el báculo, atributo episcopal por excelencia.
   Acerca de la duración de su estadía en Roma, reina la misma incertidumbre. En su Dictionnaire d'Archeologie chrétienne, el erudito benedictino Dom Henri Le clerq, admite que si la estadía de san Pedro en Roma es a sus ojos un hecho cierto «suduración no lo es».
   La fecha de su crucifixión sigue siendo problemática, o más bien, puede presumirse que se la hizo coincidir artificialmente con la decapitación de san Pablo, para asociar en la muerte a los dos Príncipes de los apóstoles. Las fechas propuestas son muy variables: 55, 58, 64, 67, tanto como decir que no se sabe nada.
   Si en la Roma del siglo IV se creía que las reliquias de san Pedro habían sido devueltas al Vaticano, sólo se trata de una tradición.
   A falta de textos habría podido esperarse que la arqueología nos deparase la solución del enigma. Desgraciadamente, las excavaciones dirigidas en 1939 y 1949 por Enrico Josi, director del Museo de Letrán y realizadas en el cementerio cristiano sobre el que se edificó la basílica de San Pedro no arrojó los resultados que se esperaban.

   No pusieron a la luz la tumba primitiva del Príncipe de los apóstoles, que se supone destruida por los vándalos. El papa Gregorio Magno la habría reemplazado en el siglo VI por un trofeo cenotafio o memorial: simple monumento conmemorativo que no contiene reliquias.
   Los resultados de las excavaciones vaticanas fueron cuestionados por Charles Delvoye (Latomus, 1954), Amable Audin (Byzantion, 1954), quien concluye que el memorial de san Pedro habría abrigado su púlpito y no su tumba. 
   Si el papa Pío XII hubiera estado convencido que los huesos del Príncipe de los apóstoles habían sido inhumados  efectivamente en las criptas de la basílica vaticana ¿no se habría apresurado a proclamar Urbi et Orbi esta feliz nue­va? ¿Si no lo hizo no fue porque su conciencia escrupulosa se lo prohibió? Para no decepcionar la esperanza de los peregrinos debió contentarse con decretar al fin del Jubileo del Año Santo de 1950, el dogma de la Asunción de la Santísima Virgen, en vez de promover la unión tan deseable de las iglesias cristianas, y aún a riesgo de profundizar las diferencias entre protestantes y católicos.
   En suma, ni las investigaciones arqueológicas ni los textos nos permiten hasta el presente poner fin a un debate que siempre permanece abierto, y agregar así a las afirmaciones de la fe las certezas de la ciencia.
CULTO
   Considerado muy pronto como «el Moisés de la Nueva Ley», san Pedro no es sólo un santo palestino, sino el santo universal por excelencia.
   Además, si en su condición de fundador del papado es el principal personaje de la Iglesia oficial, al mismo tiempo, a título de portero del Paraíso, es un santo eminentemente popular.
Fiestas
   Esta popularidad está probada por el número de sus fiestas que, excepcionalmente, son tres.
   l. Su natalicio, es decir, el aniversario de su muerte, que se celebra el 29 de junio.
  2. La fiesta de San Pedro ad Víncula (Petri Kettenfeier), que conmemora su liberación de la prisión, y se celebra el 1 de agosto.
   3. Finalmente, la fiesta de la Cátedra de san Pedro Apóstol (Cathedra Petri, Petri Stuhlfeier), que conmemora su primado, y que fue fijada el 22 de febrero.
Reliquias
   Roma posee las más preciosas reliquias del Príncipe de los apóstoles: sus llaves (claves), sus cadenas (vincula) y su púlpito (cathedra); pero se trata de reliquias indirectas y no corporales.
   El púlpito que Bernini introdujo en un relicario de suntuosa ejecución barroca se conserva en la basílica de San Pedro, reconstruida en el siglo XVI por Bramante y Miguel Ángel.
   Las cadenas, cuyos eslabones proceden de la cárcel de Jerusalén y de la cárcel Mamertina de Roma y que se habrían soldado milagrosamente, se veneran en la basílica de San Pietro in Vincoli. Una tercera iglesia, San Pietro in Montorio, sobre el Janículo, señalaría el lugar de su martirio.
   Su báculo milagroso, también embutido en una montura (Petrus stabhülle), se conserva en Alemania, en la catedral de Limburg del Lahn. En Venecia, en la iglesia del Redentor, se mostraba el cuchillo que usó el apóstol para cor­tar la oreja de Malco.

Lugares de culto
   En Pavía, Lombardía, debe mencionarse la iglesia romana de San Pietro in Ciel d'Oro, cuyó ábside, como el de la iglesia de la Daurade, en Toulouse, estaba cubierto de mosaicos de esmalte dorado.
   Además de protector de Roma y de Pavía, a san Pedro también se lo consideraba el de Milán, Lucca, Ancona, Orvieto, Nápoles, Calabria y Sicilia. En 1140 el rey Rogerio II de Sicilia, de origen normando, puso bajo su advo­cación la Capilla Palatina de Palermo.
    Francia tiene numerosas iglesias puestas bajo la advocación de san Pedro. Su culto fue difundido por la orden de Cluny, cuya casa matriz, y casi todos los prioratos, comenzando por el de Moissac, estaban consagrados al Príncipe de los apóstoles, primer representante del papado al cual la orden respondía  directamente, por derecho de exención.
   Entre las catedrales góticas que llevan su nombre, basta recordar las de Beauvais, Troyes, Lisieux, Nantes, Poitiers, Angulema y Montpellier. Entre las iglesias abaciales o parroquiales, cabe citar, en París, la antigua capilla de Saint Pierre aux boeufs (Capella Sanct Petri de bobus), cuya  portada decoraba la fachada de la actual Saint Severin; en Sens, la de Saint Pierre le Vif (invko); en Estrasburgo, la de Saint Pierre le Vieux y Saint Pierre le Jeune; en l'ours, la de Saint Pierre le Puellier (Monasterium S.Petri  puellarum) y Saint Pierre des Corps; en Toulouse, la de Saint Pierre des Cuisines; en Normandía, Caen y Jumieges, en las regiones de Poitou, Saintonge, Airvault, Chauvigny y Aulnay. Además, numerosas localidades se bautizaron Dompierre o Dampierre. En España, mencionemos las de San Pedro de las Puellas, en Barcelona y San Pedro el Viejo en Huesca, Aragón.
   En Suiza, la catedral de Ginebra, convertida en el santuario principal  de la Roma protestante, estaba bajo la advocación de San Pierre es Liens (ad Vincula; cast.: encadenado, encarcelado).
   En los Países Bajos, san Pedro era particularmente venerado en Lovaina, Bélgica y Maastricht,  Holanda.
   Antes de la Reforma Inglaterra no era menos devota, a juzgar por la advocación de la abadía de Westminster, y las de las catedrales de Norwich, Exxeter y Peterborough.
   Para acabar con una nomenclatura, muy incompleta ciertamente, mencionemos la célebre abadía de San Pedro de Salzburgo, en Austria, y la Peterkirche de Munich, en Baviera.
Patronazgos de corporaciones
   La popularidad del pescador de Cafarnaúm, convertido en el primero de los papas de Roma, además está probada por el gran número de corporaciones y gremios que reivindican su patronazgo: los pescadores,  pescaderos. co­merciantes de pescado, fabricantes de redes -en conmemoración de la Pesca milagrosa- albañiles -a causa del nombre del primer papa, que es la piedra viviente sobre la cual Cristo ha edificado la Iglesia; los herreros y doradores de metales, a causa de las cadenas de las cuales fue liberado; los cosechadores y cesteros porque se sirven de ligaduras; los cerrajeros, al igual que los re­lojeros quienes formaban parte de la misma corporación, porque san Pedro posee la llave del Paraíso.

   No se lo apreciaba menos como santo curador. Se lo invocaba contra la fiebre, los ataques de locura, las picaduras de serpiente. Para curar la rabia, enfer­medad contra  la cual se lo consideraba idóneo porque pusiera en fuga a los perros que lanzara contra él Simón el Mago, se aplicaba, tanto a hombres como a animales, un hierro calentado que se llamaba «llave de san Pedro».
ICONOGRAFÍA
   La iconografía del Príncipe de los apóstoles (Iconografía petriana) es de tal riqueza  que desafía todo intento de enumeración.
l. Figuras
Tipo iconográfico, vestiduras y atributos
l. Tipo
   San Pedro se caracteriza no sólo por sus atributos sino por su tipo físico que es fácilmente reconocible.
   El arte oriental le atribuyó una cabellera rizada. En Occidente, por el contrario, se lo representa calvo, con sólo un mechón de pelo sobre la frente. La tonsura recuerda que fue el primero de los sacerdotes cristianos.
   Se contaba que los judíos de Antioquía le habían tonsurado la cabeza para escarnecerlo. Tal sería el origen de la tonsura clerical, convertida en un signo de honor, porque según los simbolistas evoca la corona de espinas de Jesucristo. Esta clase de tonsura se denomina tonsura scotica porque fue pues­ta de moda entre los clérigos por los misioneros irlandeses.
   La barba rizada de san Pedro siempre es corta.
2.Vestiduras
   Su indumentaria es muy diferente, según que esté representado como após­tol o como papa.
   En el arte cristiano primitivo, como todos los apóstoles, lleva la toga anti­gua, la cabeza descubierta y los pies descalzos.
   En la Edad Media su indumentaria era la de los papas, sus sucesores. Viste el palio, y a partir del siglo X, está tocado con la tiara cónica o la triple corona (triregnum). Estos ornamentos pontificios se convirtieron en la regla en el siglo XV: «San Pedro estará vestido de papa», se lee en un contrato acor­dado con un pintor en 1452.
ATRIBUTOS
   Los atributos de san Pedro son excepcionalmente numerosos, y los lleva, ya él mismo, ya los ángeles que lo acompañan; unos le caracterizan como após­tol, otros como papa.
l. El más antiguo y difundido es la llave (clavis), que aparece por primera vez en un mosaico de mediados del siglo V, y que desde entonces se convirtió en su atributo constante. Pedro siempre es clavígero (Petrus claviger coeli).
   A veces la llave es única, pero generalmente hay dos ,una de oro y otra de plata, llaves del cielo y de la tierra que sim­bolizan el poder  de atar y desatar, de absolver y de excomulgar, que Cristo concediera al Príncipe de los apóstoles (Tibi daba claves regni coelorum). Dichas llaves están juntas porque el poder de abrir y el de cerrar es uno solo.

   A causa del pasaje del Evangelio de Mateo acerca de la «Tradición de las llaves», san Pedro, en la creencia popular, se convirtió en el portero del Paraíso (jnnitor Coeli).
   Cuando el número de llaves es tres, simbolizan el triple poder de san Pedro sobre el cielo, la tierra y el infierno.
2. La barca alude a su primer oficio, pescador, y la pequeña barca de remos, es símbolo de la Iglesia.
3. El pez tiene el mismo significado, salvo que caracteriza no sólo al pescador de peces, sino también al pescador de hombres (Menschertfischer).
4. El gallo posado sobre una columna es el emblema de la negación y de su arrepentimiento. Dicho atributo, muy tardío, se difundió con el arte barro­co del siglo XVIII.
5. Las cadenas recuerdan sus «cárceles», su triple encarcelamiento, en Antioquía, Jerusalén y Roma. La cadena partida simboliza su liberación por un ángel.
6. La cruz invertida evoca su crucifixión cabeza abajo.
7. La cruz de triple crucero,uno más que la de los arzobispos, es la insignia de la dignidad papal.
   A  estos numerosos atributos puede sumarse la imagen de Simón el Mago, padre de los simoníacos, quien le ofreciera dinero para adquirir el don del Espíritu Santo, ya quien el apóstol pisotea. A veces, aunque es muy infre­cuente, derriba al emperador Nerón (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
La Fiesta de San Pedro Ad Víncula
   Propiamente hablando, esta fiesta fue establecida con motivo de la dedicación de la basílica de San Pedro en el Esquilino, donde se conservaban las cadenas (vincula) con que fue aherrojado San Pedro durante su prisión romana en la cárcel Mamertina. Pero la fiesta litúrgica, por curiosas circunstancias que después veremos, hace resaltar el prendimiento y liberación del apóstol en Jerusalén, que San Lucas nos ha transmitido en uno de los más bellos y pormenorizados episodios de su libro Hechos de los Apóstoles.
   "Por aquel tiempo —comienza el capítulo 12 de los Hechos— el rey Herodes se apoderó de algunos de la Iglesia para atormentarles."
   Este era Herodes Agripa, el tercero de tal nombre, nieto de Herodes el Grande, que diera muerte a los Inocentes. Había recibido el reino del emperador Cayo Caligula el año 40, y el suceso que ahora se refiere ocurrió el año 44.
   "Dio muerte por la espada a Santiago, hermano de Juan, y, viendo que daba gusto con ello a los judíos, llegó a prender también a Pedro. Era por los días de los ázimos."
   Santiago, puntual a la predicción del Maestro y a su propia promesa, había conseguido morir "en los días de ázimos", durante la solemnidad pascual, bebiendo de esta suerte el cáliz de la amargura por las mismas fechas en que lo apurara el Señor.
   Pedro es puesto en la cárcel, encargando de su custodia a cuatro piquetes de soldados, teniendo Herodes el propósito de ofrecérselo al pueblo después de la Pascua. Pero la Iglesia oraba incesantemente a Dios por él.

   Se comprende la enorme emoción de la comunidad cristiana de Jerusalén con tal motivo.
   Después de la muerte del diácono Esteban, ya algo lejana, pero que tan profundamente consternados dejó a los fieles, se junta ahora la muerte de Santiago en tan señalados días, y la prisión de Pedro, que todo hacía presentir un fin trágico. Incapaz de tomar resoluciones más expeditivas y heroicas, "la Iglesia oraba incesantemente a Dios por él". Oración por el Papa prisionero, con el que Herodes había extremado las precauciones, montando tan excepcional vigilancia para un solo hombre.
   Y aquí viene el contraste entre el sobresalto de la Iglesia y la paz de Pedro. Porque la noche anterior al día en que Herodes pensaba entregar su prisionero al pueblo, hallábase éste durmiendo entre dos soldados, sujeto con dos cadenas y guardada la puerta de la prisión con centinelas.
   Hace bien el narrador en aportar tantos detalles. La víspera de su martirio Pedro duerme tranquilamente.
   Queremos imaginarnos que su sueño sería bien distinto del de Getsemaní, la víspera del prendimiento del Señor, cuando le rendía el cansancio y la pena, no dejándole su inconsciencia presentir lo que se avecinaba. Ahora, aunque sujeto con dos cadenas que los soldados asían por los extremos, el santo apóstol duerme sosegadamente, sin importarle la incomodidad de la prisión, dejando su porvenir en las manos de Dios, ajeno al futuro, tan preñado de temores.
   Y entonces se opera el milagro.
   "Un ángel del Señor se presentó en el calabozo, que quedó iluminado, y, golpeando a Pedro en el costado, le despertó, diciendo, "Levántate pronto"; y se cayeron las cadenas de sus manos. El ángel añadió: "Cíñete tus vestidos y cálzate tus sandalias". Hízolo así. Y agregó: "Envuélvete en tu manto y sígueme". Y salió en pos de él. No sabía Pedro si era realidad lo que el ángel hacía; más bien le parecía que fuese una visión."
   San Lucas ha sabido captar magníficamente el estado psicológico del Príncipe de los Apóstoles, y Rafael, en las "estancias" del Vaticano, supo pintar con singular maestría la "liberación de San Pedro" y las distintas fases de la luz que alumbra la escena. El prisionero despierta de su pesado sueño y obedece como un autómata. Todo es extraño y tan rápido, que no tiene tiempo de discernir el sueño de la realidad.
   "Atravesando la primera y la segunda guardia llegaron a la puerta de hierro que conduce a la ciudad. La puerta se les abrió por sí misma, y salieron y avanzaron por una calle, desapareciendo después el ángel. Entonces Pedro, vuelto en sí, dijo: "Ahora me doy cuenta de que realmente el Señor ha enviado su ángel, y me ha arrancado de las manos de Herodes y de toda la expectación del pueblo judío."
   La impresión inusitada continúa. Como por arte de encantamiento, y sin ser notados de los centinelas, atraviesan los retenes de las guardias y salen a la ciudad al abrírseles por sí sola la puerta de la cárcel. Es en la calle, al encontrarse solo, cuando Pedro advierte con toda claridad que aquello no es un sueño, sino el ángel del Señor que le ha libertado. ¿Qué hacer en tal caso? ¿Adónde dirigirse en tales horas? La noche estaba avanzada, y el día era menester que le encontrase muy lejos de Jerusalén.
   "Reflexionando, se fue a casa de María, la madre de Juan, por sobrenombre Marcos, donde estaban reunidos y orando. Golpeó la puerta del vestíbulo y salió una sierva llamada Rode, que, luego que conoció la voz de Pedro, fuera de sí de alegría, sin abrir la puerta corrió a anunciar que Pedro estaba en el vestíbulo. Ellos le dijeron: "Estás loca". Insistía ella en que era así; y entonces dijeron: "Será su ángel". Pedro seguía golpeando, y cuando le abrieron y le conocieron quedaron estupefactos."

   Esta María debía ser la madre de Marcos, el evangelista, y seguramente que su casa era el cenáculo donde acostumbraba a reunirse la Iglesia o comunidad cristiana de Jerusalén, en aquel momento, en patética asamblea de plegarias por el apóstol cautivo.
   San Lucas relata con gracia y ternura la deliciosa escena. La impresión de la criada Rode, que se olvida de abrir; la incredulidad de los reunidos, la impaciencia de San Pedro en la calle, solo y temiendo que pudieran buscarle al darse cuenta en la cárcel que el preso había escapado. Al fin le abren y, después de referir brevemente su liberación y dar algunas órdenes, "salió, yéndose a otro lugar".
   No había tiempo que perder. Con ligereza y cautela Pedro organizó su huida. El autor de los Hechos no quiso decir hacia dónde emprendió su marcha, tal vez para no traicionar su retiro. La tradición nos refiere que marchó a la misma Roma. Dejaba la capital del judaísmo por la del mundo pagano. Su misión entre los de su raza había concluido. Era el momento de llevar la Buena Nueva "hasta el último confín del mundo".
   Este es el bello relato que sirve de epístola en la misa del día y también como lecciones del primer nocturno del oficio divino. Una demostración de la Providencia divina sobre su Iglesia, que desbarata los planes de Herodes, porque todavía no era el momento en que Pedro "extendiera los brazos y otro le ciñera, llevándole adonde no quisiera ir".
   Del Príncipe de los Apóstoles celebra la Iglesia varias festividades, la de su martirio (29 de junio), las dos cátedras (18 de enero y 22 de febrero) y ésta de sus cadenas (1 de agosto).
   Desde el siglo IV existía en Roma, en el barrio aristocrático del monte Esquilino, una iglesia dedicada a San Pedro y San Pablo. Al siglo siguiente hizo una restauración a fondo de la misma el papa Sixto III († 440) con las limosnas que proporcionó el presbítero Felipe, legado suyo en el concilio de Efeso (año 431), y donde trabó amistad con la princesa Eudoxia, siendo ella quien sufragó las obras del templo, con tal esplendidez que la basílica mereció llamarse con el título de Eudoxia.
   Consta que en este templo se guardaban ya desde principios del siglo V las cadenas con que fuera aprisionado en Roma el Príncipe de los Apóstoles en tiempos de Nerón, porque el obispo Aquiles de Spoleto consiguió el año 419 algunos eslabones de la misma, que depositó en su iglesia, en cuyas paredes mandó grabar unos versos de los que son este dístico que hoy figura como antífona en el oficio litúrgico:
   Solue ivvente Deo terrarum Petre catenas
   qui facis,vt pateant caelestia regna beatis.
   "Desata, oh Pedro, por orden de Dios las cadenas de la tierra, tú que abres los reinos celestiales a los bienaventurados."

   Estas mismas ideas las expresaba el diácono Arator en el poema que declamó en la iglesia romana de San Pedro ad vincula, donde una lápida las reproduce para el visitante:
   "Estas cadenas, oh Roma, afirman tu fe. Este collar que te rodea hace estable tu salvación. Serás siempre libre, por que ¿qué no podrán merecerte estas cadenas, que han atado a aquel que todo lo puede desatar? Su brazo invencible, piadoso aun en el cielo, no permitirá que estos muros sean abatidos por el enemigo. El que abre las puertas del cielo impedirá el paso a los que te hagan guerra".
   La devoción a las cadenas de San Pedro dio pie a una fiesta que se procuró fuera muy popular, para contrarrestar con ella la memoria de otra pagana que se celebraba en la misma fecha en honor de Marte. El calendario jeronimiano la menciona con estas palabras: "En Roma, estación en San Pedro ad vincula". O en esta otra redacción: "Estación en el título de Eudoxia, donde los fieles besan las cadenas del apóstol Pedro".
   Era de tanta fama esta devoción que el propio emperador Justiniano llegó a pedir desde Constantinopla una reliquia de las cadenas del apóstol, "si era posible". Y San Gregorio Magno refiere que de todas partes ambicionaban, por lo menos, unas limaduras de dichas cadenas, con las que se fabricaban piezas de orfebrería en oro y plata, añadiéndoles dichas limaduras.
   Alguna vez se regalaron hasta eslabones, como a la catedral de Metz, que conserva uno, de suerte que la cadena guardada en el Esquilino no está completa. Comprende dos pedazos, uno de veintitrés eslabones, terminado en dos argollas semicirculares que servirían para aherrojar las manos o el cuello, y otro que sólo tiene once eslabones idénticos a los primeros y cuatro más pequeños. Son obra tosca de herrero, de la misma factura que otras cadenas antiguas que han llegado a nosotros. Pocas reliquias llegan a poseer tantos títulos de autenticidad como ésta.
   Sin embargo, la leyenda vino a hacerlas sospechosas. Siempre se pensó que tales cadenas fueron las que aprisionaron en la cárcel Mamertina a San Pedro, en la misma Roma. Pero en el siglo VII un predicador relacionó la prisión romana del Príncipe de los Apóstoles con la de Jerusalén, y en sí la idea era feliz, y pasó a la liturgia; pero, desgraciadamente se añadió como consecuencia que la cadena de Jerusalén había sido llevada a Roma por Eudoxia, la emperatriz que contribuyera a reedificar la basílica del Esquilino. En el siglo XIII se propagó la leyenda definitiva. La emperatriz Eudoxia, al ir en peregrinación a Jerusalén el año 429, recibió del patriarca Juvenal las cadenas que habían atado a San Pedro cuando la prisión de Herodes Agripa. Una parte de ellas las conservó en Jerusalén y la otra la regaló a su hija Eudoxia, que dos años antes había casado con el emperador Valentiniano III. La joven emperatriz mostró tan preciada reliquia al papa Sixto III, quien correspondió mostrando a su vez la otra cadena con que Nerón había aprisionado al santo apóstol antes de sentenciarle a muerte. Habiendo acercado el Papa una cadena a otra al instante se soldaron las dos tan perfectamente que parecían una sola.
   Como consecuencia del milagro Eudoxia habría mandado edificar la basílica de San Pedro ad vincula en honor de la preciada reliquia.
   Ya hemos visto el origen de este hermoso templo, que posteriormente fue título cardenalicio, ligado de forma tradicional a la familia florentina de los Rovere, que lo restauraron en la época del Renacimiento, dándole el aspecto actual. Posee frescos y pinturas del Pollaiolo, del Guercino, del Domenichino y del Pomarancio, y sobre todo guarda la obra cumbre de Miguel Angel, el famoso Moisés, que habría sido una de las cuarenta estatuas que decorasen el mausoleo de Julio II, el cual, sin embargo, fue enterrado en una relativamente modesta tumba.
   Las cadenas se guardan bajo el baldaquino del altar mayor, en un tabernáculo de bronce con bajorrelieves del Caradosso (1477). Se muestran al pueblo el día 1 de agosto, y la historia habla de numerosos milagros atribuidos al contacto con las mismas, sobre todo para la liberación de los posesos. Algunas de estas escenas decoran la bóveda de la nave central (Casimiro Sánchez Aliseda, en www.mercaba.org).
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