Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

   Otra Experiencia con ExplicArte Sevilla :     La intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla" , presentado por Ch...

domingo, 25 de abril de 2021

La escultura "Buen Pastor", anónima, en la Capilla de la Flagelación, de la Casa de Pilatos

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la escultura "Buen Pastor", anónima, en la Capilla de la Flagelación, de la Casa de Pilatos, de Sevilla.  
     Hoy, domingo 25 de abril (IV Domingo de Pascua), es el domingo del Buen Pastor, Cristo, que ha dado la vida por sus ovejas, que somos nosotros, para salvarnos del pecado y de la muerte. Y no solo ha muerto y resucitado por nosotros sino por todo el mundo: «Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor» (Ev.). La Iglesia, con sus diversos carismas y vocaciones —de manera especial por medio del orden sacerdotal— hace presente en el mundo a Cristo, el Buen Pastor. Hoy es un día especial para pedir al Señor que nos dé las vocaciones sacerdotales y consagradas que la Iglesia necesita para seguir evangelizando y creciendo en la unidad [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y qué mejor día que hoy para ExplicArte la escultura "Buen Pastor", anónima, en la Capilla de la Flagelación, de la Casa de Pilatos, de Sevilla.
   La Casa de Pilatos [nº 33 en el plano oficial del Ayuntamiento; y nº 56 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la plaza de Pilatos, 1; en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo.
   Una imagen de Cristo joven, de pie, con una oveja sobre los hombros, se venera en la Capilla de la Flagelación, de la Casa de Pilatos, de Sevilla. Era una iconografía frecuente entre los primeros cristianos, como puede verse en las pinturas de las catacumbas de Roma desde el siglo I; después vendrán los relieves, y más tarde las estatuas de bulto redondo y los mosaicos. Así se les hacía Cristo más cercano a los cristianos de los primeros siglos, como él mismo se había descrito en la parábola del Buen Pastor (Jn 10, 11).
   Esta imagen del Buen Pastor de Sevilla está hecha de mármol (mide 86 cm de altura), y representa a Cristo joven, con túnica corta ceñida a la cintura, y con botas de estilo romano. Con la mano derecha sujeta las patas de la oveja, y en la mano izquierda, que le falta totalmente, llevaría un cayado de pastor. Su cabeza, cubierta de cabello ensortijado, está ligeramente vuelta hacia la izquierda. Esta imagen se ha fechado hacia los principios del siglo IV, entre 320 y 330, y es una de las obras más sobresalientes del arte paleocristiano en nuestra región.
   No se sabe con certeza el origen de esta imagen, que bien pudo ser traída de Italia, aunque también se han encontrado en la región de Almería otras dos esculturas similares, según afirma el Prof. Fernández Gómez. En cualquier caso, estamos ante una de las imágenes más antiguas de Cristo, que se venera en Sevilla desde hace tanto tiempo (Fernando Gª Gutiérrez, S.J. - Delegado Diocesano de Patrimonio Artístico, en www.archisevilla.org).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía del Buen Pastor
   Así como Cristo es pez y pescador al mismo tiempo, es también cordero y pastor a la vez: pastor et agnus.
   El arte de las catacumbas ha tomado la idea de ese simbolismo pastoral del Antiguo y del Nuevo Testamento, en los libros de los profetas y en los Evangelios. Para realizarla de una manera plástica se ha inspirado en las figuras crióforas de la escultura griega.
Fuentes de las escrituras
   La parábola del Buen Pastor está prefigurada tres veces en el Antiguo Testamento: en los Salmos y en las profecías de Ezequiel e Isaías.
   Salmo 23: «El Señor es mi pastor; nada me falta. / En verdes prados me hace yacer, / me lleva a frescas aguas. Recrea mi alma, / me guía por las rectas sendas / por amor de su nombre. (...) no temo mal alguno, / porque tú estás conmigo. / Tu clava y tu cayado son mis consuelos.»
   Ezequiel, 34:12. «Como recuenta el pastor a sus ovejas el día en que la tormenta las dispersa, así recontaré yo mis ovejas y las pondré a salvo en todos los lugares en que fueron dispersadas (...) Buscaré la oveja perdida, traeré la extraviada, vendaré la perniquebrada y curaré la enferma...»
   Isaías, 40: 11. «El apacentará su rebaño como pastor, / Él le reunirá con su brazo, / El llevará en su seno a los corderos/ y cuidará a las paridas.»
   Son estas bucólicas comparaciones de la Biblia las que desarrollaron los evangelistas en la parábola de La oveja perdida. El texto que citamos se ha tomado del Evangelio de Lucas, 15: 3-7: «¿Quién habrá entre vosotros que, teniendo cien ovejas y habiendo perdido una de ellas, no deje las noventa y nueve en el desierto, y vaya en busca de la perdida hasta que la halle? Y una vez hallada. la pone alegre sobre sus hombros, y vuelto a casa convoca a los amigos y vecinos, diciéndoles: Alegraos conmigo, porque he hallado mi oveja perdida .»
   El mismo relato vuelve a encontrarse en el Evangelio de Juan, 10: 1-16.
   En el simbolismo cristiano, el Buen Pastor es la imagen de Cristo que reencuentra al pecador penitente y lo devuelve al redil.
Iconografía
Arte paleocristiano
   Este tema idílico es uno de los predilectos del arte cristiano primitivo. Aparece a partir del siglo II en los frescos de las catacumbas. 
   La parábola evangélica se asemeja al mito pagano de Orfeo encantando a los animales con la lira. Tocado con un gorro frigio, como Mithra y los Reyes Magos, Orfeo está sentado sobre una peña y tañe la cítara en medio de los animales cautivados por su música. Las bestias feroces o venenosas, leones y serpientes domes­ticados forman buenas parejas con los corderos y las palomas.
   Así, Orfeo prefigura a Cristo que enternece las almas más endurecidas.
   El Buen Pastor generalmente está representado con los rasgos de un joven pastor adolescente. Sin embargo, sobre ciertos sarcófagos lleva una barba corta.
   Está vestido con exomis, túnica sin mangas que descubre el hombro derecho y acaba encima de las rodillas. Lleva las piernas vendadas (fascia crurales). En las manos tiene un cayado (pedum), un recipiente para ordeñar (mulctra) o una flauta de Pan (syrinx).
   El tema comporta dos versiones diferentes, sugeridas una y otra por los profetas y los evangelistas, según que el pastor vigile su rebaño o conduzca una oveja perdida sobre los hombros.
          El Buen Pastor cuida su rebaño
   Está de pie o sentado en medio de sus ovejas, imagen de los fieles que defenderá del lobo rapaz si es necesario, y por los cuales está dispuesto a dar su vida.
   Los frescos de las catacumbas y los bajorrelieves de los sarcófagos han ilustrado muchas veces esta alegoría cuya más perfecta expresión es un mosaico del siglo V que decora el Mausoleo de Gala Placidia, en Ravena.
   Al Buen Pastor que defiende su rebaño se opone el Mercenario que huye frente al lobo (Puertas de madera de la iglesia S. Maclou de Ruán, atribuidas a Jean Goujon).
          El Buen Pastor trae sobre los hombros la oveja perdida
   Para crear este tipo, el arte cristiano sólo debió adaptar a su uso modelos griegos tales como el Hermes crióforo (portador de carnero).
   El tema ofrece dos variantes: casi siempre, el Buen Pastor que lleva el cordero sobre los hombros coge las patas traseras con una mano y las delanteras con la otra, pero a veces sujeta sólo con la diestra las cuatro patas del cordero cruzadas sobre su pecho.
   En la escultura paleocristiana, la primera versión está representada por la célebre estatuilla de mármol del Museo de Letrán (siglo III), cuyas piernas han sido reconstruidas (hay una réplica en la Casa de Pilatos, de Sevilla. Además, pueden citarse los sarcófagos de mármol de Tipasa, en Argelia, y de Ajaccio, en Córcega (siglo III). El segundo tipo está ilustrado por la estatua del Museo Santa Irene de Estambul.
   Sobre un sarcófago de Letrán Cristo está representado como Pastor de los Pastores entre los apóstoles, a su vez convertidos en pastores.
   Este tema resulta igualmente frecuente en la pintura, como lo prueban numerosas obras murales de los siglos III y IV, en la capilla cristiana de Doura Europos, en Siria y en las catacumbas romanas de Priscila, de Domitila y de Calixto, cuya cripta ha sido bautizada por ello cripta delle Pecorelle (oveja).
   El Buen Pastor está a veces duplicado, por razones de simetría, sobre la superficie de un mismo sarcófago: es el triunfo de la forma sobre el símbolo; pero también un verdadero despropósito iconográfico.
   El Buen Pastor, tan popular en el arte bucólico de las catacumbas, se eclipsó durante toda la Edad Media. El arte medieval románico o gótico prefirió glorificar a Cristo predicando, sufriendo o triunfando.
   Sin embargo, por un fenómeno de resurgencia, el motivo reapareció en Francia y Portugal en el siglo XVI.
          Variantes en el arte español de la Contrarreforma
          El Niño Jesús como Buen Pastor
   En la pintura española de la Contrarreforma, pero bajo diferentes formas, el Buen Pastor cambia de edad y de sexo, reaparece con los rasgos del Niño Jesús o de la Virgen pastora (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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Más sobre la Casa de Pilatos, en ExplicArte Sevilla.

sábado, 24 de abril de 2021

Un paseo por la calle Divina Pastora

   Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Divina Pastora, de Sevilla, dando un paseo por ella
   Hoy, 24 de abril (sábado anterior al IV Domingo de Pascua), es la Solemnidad Litúrgica de la Madre del Buen Pastor, fiesta instituida por S. S. Pio VI en 1795 gracias al empeño de los padres capuchinos, especialmente el Beato Diego José de Cádiz, que se celebra anualmente el sábado anterior a la dominica del Buen Pastor.
   Y que mejor día que hoy para Explicarte la calle Divina Pastora, de Sevilla. dando un paseo por ella.
   La calle Divina Pastora es, el Callejero de Sevilla, una vía que se encuentra en el Barrio de la Feria, del Distrito Casco Antiguo, y va de la calle González Cuadrado, a la calle San Luis
   La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
   La vía, en este caso una calle, está dedicada a la Divina Pastora, advocación de la imagen que recibía culto en la cercana Iglesia de Santa Marina, y que actualmente se encuentra en su propia capilla de la calle Amparo.
   La parte final era conocida desde el s. XV como calle del Adelantado, ya que lindaba con la casa-palacio de los adelantados de Andalucía. Dicha denominación se mantuvo hasta mediados del s. XVIII. En la segunda mitad del s. XVII, el primer tramo recibe el nombre de Acuña o Acuñas, probablemente por residir en ella alguna familia de este apellido, topónimo que se conserva hasta mediados del s. XVIII. A comienzos de esta centuria ha hecho su aparición el de Garguero o Garguero de Asno, que parece acabar sustituyendo a los anteriores. En 1845 fue sustituido por el de Alcalá, como recuerdo de que los citados adelantados recibieron en el s. XVI el título de duques de Alcalá de los Gazules. Finalmente, en 1898, a petición de los vecinos, se le dio el actual, por la imagen de esta advocación que recibía culto en la vecina Iglesia de Santa Marina. El espacio formado por la confluencia de San Blas y Cronista se denominaba en 1832 plaza del Adelantado de Castilla, por la razón antes mencionada, aunque con el error de que el adelantamiento no era de Castilla. En el plano de Olavide (1771), el segundo tramo aparece rotulado como San Blas, pero debe tratarse de un error, ya que no se ha localizado ninguna otra referencia a que el citado topónimo se diese a esta calle.
   Posee un trazado irregular, algo quebrado, sobre todo a partir del entronque con San Blas y plaza del Cronista. Al comienzo de la acera de los impares posee dos barreduelas, una de las cuales debe ser resto de la antigua Piedra Horadada. Frente a ésta desemboca en los pares Pedro Miguel. Casi al final posee otro entrante, que parece un retranqueo producto de un proyecto de ensanche, que no llegó a completarse, para anular uno de los quiebros de la calle. En 1885 estaba pavimentada con cantos rodados y losetas, sistema que se había pretendido sustituir por adoquines ya en 1879, aunque no se llevó a afecto hasta el presente siglo. En la actualidad, la parte final está pavimentada de cemento y tiene carácter peatonal. En las aceras, que son estrechas y se encuentran en mal estado, se emplea el cemento y losetas del mismo ma­terial. Las barreduelas carecen de acceso de coches y están pavimentadas también con cemento. En 1921 se sustituyó el gas por la electricidad, y los puntos de luz actuales son farolas sobre brazos de fundición, adosados a las fachadas. Predominan las casas de dos y tres plantas, varias antiguas, de tipo popular, cerradas o arruinadas, además existen diversos solares. En el segundo tramo se encuentra la tapia y fachada lateral de lo que fuera Noviciado de San Luis de los jesuitas y posteriormente hospicio; en este momento acaba de ser restaurado y dedicado a Centro Andaluz de Teatro. En general, presenta un aspecto de calle marginal, como todo el sector, poco transitada, si bien en el pasado siglo era recorrida frecuentemente por carros, probablemente con destino al mercado de la Feria [Antonio Collantes de Terán Sánchez, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Divina Pastora, 12. En este número existe un patio de dos plantas, con arquería en tres de sus frentes y galería adintelada en el cuarto. Los arcos son de medio punto en la planta baja y rebajados en la superior. Uno de los frentes de la inferior y dos de la planta alta están decorados con cartabones y ménsulas [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984] 
Conozcamos mejor la Solemnidad Litúrgica de la Madre del Buen Pastor; 
   El ocho de septiembre de 1703, en la Alameda de Hércules hispalense, el Venerable Padre Fray Isidoro de Sevilla, capuchino, presentó al pueblo sevillano una novedosa y consoladora advocación mariana que, desde la Ciudad del Betis, como el más precioso tesoro que esta ciudad ha hecho a la Iglesia, había de arraigar en todo el orbe católico: la Divina Pastora. Indisolublemente unido al origen de este venerado título mariano está el de su Primitiva y Real Hermandad, que habría de ser el cauce escogido por el capuchino fundador para consolidarlo y difundirlo: arzobispos, reyes, nobles, junto al pueblo de Sevilla, la honrarían y se honrarían desde entonces al inscribirse en sus filas. En un principio, el Padre Isidoro escogió la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María como la memoria litúrgica más apropiada para conmemorar a la Divina Pastora: María, plenamente glorificada y coronada, ejerce su pastorado sobre el cuerpo místico de su Hijo.  
   Consciente de la ventaja de tener una fiesta propia, en 1781 el Beato Diego José de Cádiz terminó un Oficio entero de la Divina Pastora, que envió al Ministro Provincial, José Félix de Sevilla, para que lo presentara en el Capítulo General de 1782 y se acordase pedir su aprobación y uso a la Sagrada Congregación de Ritos. Pero la gestión quedó infructuosa. Seis años después, en 1788, habiendo repasado sus textos eucológicos, que componen un segundo Oficio, decidió presentarlos a la Sagrada Congregación de Ritos para su aprobación, acompañados de un documento postulatorio razonando la oportunidad de la nueva fiesta, para lo que buscó el apoyo regio, pero la muerte primero del Confesor del Rey y a continuación la de este mismo frustró sus proyectos. Habiendo de celebrarse en Roma Capítulo General de la Orden Capuchino en mayo de 1789, por lo que les hace llegar a los vocales de su Provincia de Andalucía el expediente completo. El Padre Definidor de Lengua Española, Nicolás de Bustillo, se encargó de gestionarlo ante la Santa Sede, pero el asunto se quedó estancado. Intentó de nuevo el Beato Diego conseguir el apoyo regio, que se presentaba casi indispensable, presentando un memorial a la Reina María Luisa, fechado en Ronda, el siete de junio de 1793, en el que amplió su petición: no sólo a los capuchinos, sino a todo el clero secular y regular de España. La Reina debió consultar con el Rey Carlos IV, su marido, y remitieron el expediente a su primer ministro Manuel Godoy, que lo pasó al Inquisidor General, Manuel Abad y Lasierra, para que diera su parecer, que aconsejó desestimar la petición.
   La actitud regia debió cambiar a raíz de su Memorial a Carlos IV de 1794, sobre los medios espirituales necesarios en la guerra entablada contra la Francia revolucionaria en 1793, que resultó favorable a España. Fue finalmente Pío VI Braschi el que por el rescripto del uno de agosto de 1795, gracias al impulso del Beato Fray Diego José de Cádiz como vemos, el segundo gran apóstol de la Pastora, concedió a los capuchinos de España una fiesta con Oficio y Misa propios como Patrona de sus misiones para la Segunda Dominica de Pascua titulada Bienaventurada Virgen María, Madre del Buen Pastor Jesucristo con rito doble mayor, a los que se les dio rápidamente el regium exequátur. Este Oficio fue ampliado, a instancias del P. Nicolás de Bustillo, entonces General de la Orden, por rescripto de Pío VII Chiaramonti de once de enero de 1806 con las lecciones del primero y tercer nocturno de maitines como también la misa, si no obra del Beato Diego sí dependiente de su doctrina, todo revisado por el Prefecto de la Sagrada Congregación de Ritos y por el Promotor de la Fe.  De los textos, sabemos que la oración colecta fue compuesta por el citado capuchino Nicolás de Bustillo, y las lecciones son de San Bernardo, y no de San Ildefonso o de San Antonino como en los textos del Beato Diego, y en 1817 se nos transmite una noticia de que los Oficios del Beato Diego están pendientes de aprobación en Roma desde 1796; quedan por lo tanto en el anonimato.
   Por decreto de diez de enero de 1801 el mismo Pío VII citado concedió al episcopado del Gran Ducado de Toscana para el primer domingo de mayo con el rito de doble mayor que se pudiera rezar de la Bienaventurada Virgen María con el título de Madre del Pastor Divino. Esta devoción había arraigado la devoción gracias a uno de los oradores capuchinos italianos más importantes de su época, el P. Claudio de la Pieve, que la había adquirido en un viaje suyo a España.  La súplica al Papa había sido dirigida el uno de diciembre de 1800 por el Obispo de Colle di Val di Elsa, provincia de Siena y diócesis sufragánea de Florencia, en representación de los obispos del Estado de Toscana, en acción de gracias por haberse librado del traumático azote napoleónico. El Oficio y misa propios presentados por el episcopado toscano fueron revisados también por el Prefecto de la Sagrada Congregación de Ritos y por el Promotor de la Fe, y se extendieron a casi todos los sitios que celebraban la fiesta, incluidos los capuchinos, que abandonaron los suyos. El Beato Pío IX Mastai Ferretti concedió la fiesta a muchas diócesis y congregaciones: a los alcantarinos de Nápoles por el Breve Omnibus de doce de junio de 1849, que fue extendida a petición de Fernando II Rey de las Dos Sicilias a todo su reino, fijándola en veintiuno de mayo; a las religiosas del Buen Pastor y a las benedictinas de Campo Marzio, en Roma, en 1859; al Obispado de Bagnoreggio, Italia, en 1860; a los de Linares y Guadalajara, Méjico, en 1861. 
   Por decreto de ocho de enero de 1863 de la Sagrada Congregación de Ritos, con la anuencia del citado Beato Pío IX, tras petición firmada por diez cardenales, seis patriarcas, treinta arzobispos, noventa y cinco obispos, dieciocho generales de órdenes y congregaciones religiosas, nueve procuradores y tres comisarios apostólicos de otras tantas, fue establecido que se concediera esta fiesta con rito de doble mayor a todas las diócesis y familias religiosas que lo solicitaran, con los textos eucológicos toscanos. Entre las concesiones a partir de entonces podemos citar las siguientes: a los monasterios cistercienses de Francia en 1863; a la Diócesis de Alatri, Italia, en 1866; a los Misioneros de la Preciosísima Sangre para el primer viernes de junio; a los Mínimos para el primer domingo de octubre; a los Redentoristas y a las Religiosas del Buen Pastor para el tres de septiembre, pero con el Oficio de los capuchinos españoles; a los Euditas, que lo habían pedido en 1874, en 1895. No habiéndose instaurado la fiesta todavía en Sevilla, la cuna de la devoción, el presbítero José de la Fuente y Zabalegui, comisionado por el cabildo de oficiales del veintidós de mayo de 1875 de la Primitiva Hermandad de la Divina Pastora, dirigió una petición al Cabildo Catedral el dos de febrero de 1876 para que instara al Arzobispo lo solicitara de Roma.  
   Tras haber sido examinada la petición por la Diputación de Ceremonias, acordó el Cabildo elevarla al Cardenal Arzobispo de la Lastra y Cuesta para el domingo segundo después de Pascua con rito de doble de segunda clase. El prelado expidió sus letras para ello al Papa el ocho de abril de 1876. Pero menos de un mes después, el cinco de mayo, murió dicho cardenal, por lo que hubo de esperarse al plácet de su sucesor.  Habiendo tomado posesión su sucesor, Joaquín Lluch y Garriga, y obtenido de él el plácet, en este caso se extravió en Roma la petición citada, y fue preciso enviar un certificado de ella. El decreto fue expedido por fin el uno de febrero de 1878. Aunque se pidieron y fueron concedidos el Oficio y la misa de los capuchinos españoles aprobados en 1806, los textos que finalmente se instauraron fueron los toscanos. Por fin en 1882, se celebró el veintitrés de abril en Sevilla la Fiesta de la Madre del Divino Pastor, señalada en el II Domingo después de Pascua, con rito de segunda clase.  
   El veintinueve de octubre de 1885 el Procurador General de los Menores Capuchinos, Bruno de Vinay, a instancias del que hasta entonces había sido Comisario Apostólico de España, en nombre de sus súbditos, pidió al Papa la concesión a toda su Orden de la fiesta de la Madre del Pastor Divino para el segundo domingo después de Pascua con el rito mayor de segunda clase, con la misa y Oficio aprobados para los capuchinos españoles y de otras provincias. Fue aprobada la petición por rescripto de León XIII Pecci de diecinueve de noviembre de dicho año 1885, que el cuatro de diciembre de 1894 concedió a la Orden Capuchina, pero con el Oficio y misa de Toscana. En el actual Propio de la Diócesis de Sevilla, aprobado el diecisiete de junio de 1977 por la Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, está inserta como memoria libre para el sábado anterior al Domingo IV de Pascua, del Buen Pastor, La Bienaventurada Virgen María, Madre del Buen Pastor. Los textos eucológicos actuales se encuentran en el Misal Franciscano en español, aprobado por Decreto de la Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino el 17 de junio de 1980 para uso de las familias franciscanas hispanas (Prot. N. CD 892/79). 
    Éste señala para el sábado anterior al Domingo IV de Pascua para la Orden Capuchina la Fiesta de la Divina Pastora, Madre del Buen Pastor (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
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Más sobre el Callejero de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

La calle Divina Pastora, al detalle:
Retablo de la Pastora de Santa Marina, en la fachada del nº 1.
Azulejo con la antigua rotulación de la calle "Prior", en la fachada del nº 2.
Retablo del Stmo. Xto. de la Buena Muerte, en la fachada del nº 3.
El edificio, en el nº 12.
El Retablo de la Virgen de Gracia, de Carmona, en la fachada del nº 31.
La columna adosada a la fachada lateral del Noviciado Jesuita de San Luis de los Franceses.
El Retablo de la Pastora de Santa Marina, en la fachada lateral del Noviciado Jesuita de San Luis de los Franceses.

viernes, 23 de abril de 2021

Un paseo por la calle San Jorge

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle San Jorge, de Sevilla, dando un paseo por ella
     Hoy, 23 de abril, Memoria de San Jorge, mártir, cuyo glorioso combate, que tuvo lugar en Dióspolis o Lidda, en Palestina, actual Israel, celebran desde muy antiguo todas las Iglesias, desde Oriente hasta Occidente (s. IV) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy para Explicarte la calle San Jorge, de Sevilla. dando un paseo por ella.
     La calle San Jorge es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de Triana Casco Antiguo, del Distrito Triana, y va de la plaza del Altozano a la calle Callao
   La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
   La vía, en este caso una calle, está dedicada a San Jorge, advocación de la Iglesia ubicada en el Castillo que se encontraba allí mismo.
   Su primera denominación aparece en 1691 como calle de los Esparteros, aunque es probable que desde antiguo fuese un tramo de Castilla. En 1821 se la rotula como San Jorge, recordando la primera parroquia del barrio con esta denominación, instalada en el castillo tras la conquista de la ciudad. Ocupa el espacio conocido durante el siglo XVI como sitio de las Esparterías por los artesanos allí establecidos. Se trata de un espacio que se ha visto afectado por varias remodelaciones importantes, a causa de la construcción del mercado de abastos en el solar del castillo, así como del puente de Isabel II. La sustitución de un puente de tablas por el de hierro trajo consigo la necesidad de elevar las cotas de las zonas limítrofes, y al elevarse el Altozano las viviendas de San Jorge quedaron hundidas. Este hecho es constatable hoy día con la presencia de escaleras que dan acceso a la plaza de abastos, situadas en la acera derecha de esta vía. La remodelación de la zona tuvo lugar a principios del siglo, con lo que la calle gana considerablemente en anchura. Actualmen­te se trata de una vía de pavimento adoquinado, acerado de losetas de cemento y alumbrado de farolas adosadas. Su funcio­nalidad es eminentemente comercial, marcada por la presencia del mercado y una serie de tiendas. Las antiguas esparterías han sido sustituidas por zapaterías. Toda esta zona adquiere un fuerte carácter simbólico con el paso de las procesiones trianeras de Semana Santa, así como de la romería del Rocío y la "Velá" de Santa Ana, acudiendo en esas fechas incluso personas que por diversos motivos se han establecido en otros barrios de la ciudad. Antes de la remodelación de Chapina en 1950, todo el tráfico de entrada y salida de Sevilla hacia la carretera de Huelva y Extremadura y el Aljarafe circulaba por esta vía. Posteriormente se desvió por Cristo de la Expiración, aunque este es­pacio siguió soportando gran densidad de tráfico [Mª del Carmen Medina, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
   El ya veterano Antonio Arévalo realiza en estos años numerosas casas de viviendas repartidas por la ciudad antigua y por los nuevos barrios. Su tónica es la que hemos analizado en el período intermedio: u n barroquismo matizado de origen talaverano, a base de muros encalados en tonos claros y abundante molduraje de ladrillo tallado con ornamento geométrico casi siempre. Sus diseños de planta ofrecen poca novedad; más bien conservan un evidente lastre decimonónico, lo mismo que la contextura general de sus edificaciones, sólo modificada en determinadas ocasiones de manera sorprendente.
   De sus casas de viviendas y de su formulario reiterativo puede servir de ejemplo la siguiente obra: la casa de José Sánchez Gómez en San Jorge, 1 esquina a San Jacinto (1926), en la que se incluye ornamento de azulejo (Alberto Villar Movellán, Arquitectura del Regionalismo en Sevilla, 1900-1935. Diputación de Sevilla, 2010).  
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Jorge, mártir, a quien está dedicada esta calle;
LEYENDA
   Santo fabuloso a quien se considera oriundo de Capadocia, a causa de una confusión con otro san Jorge, obispo arriano de Alejandría.
   Su leyenda, que fue rechazada por el concilio del siglo V como apócrifa, según el presbítero Delehaye, es sólo un cuento de Las Mil y una Noches. Oficial de una legión romana, atravesó una ciudad aterrorizada por un dragón que devoraba hombres y animales. Para calmar el hambre del monstruo, los pobladores le entregaban dos ovejas diarias, y luego, cuando todo el ganado ovino fue sacrificado, le entregaban dos jóvenes elegidas por sorteo.
   Un día la suerte recayó en la hija del rey. Cuando la joven estaba a punto de ser devorada, apareció san Jorge, quien espoleó el caballo y cargó sobre el dragón al que a travesó con su lanza.
   Según la Leyenda Dorada, sólo lo habría herido, después de lo cual, habría pedido a la princesa que anudara su cinturón alrededor del cuello del monstruo que la seguía como un perro llevado por la correa. El santo distribuyó entre los pobres el dinero que le diera el rey como recompensa.
   Después de su victoria sobre el dragón, viene su Pasión. Habría sido martirizado en 303. El hagiógrafo enumera con complacencia los espantosos suplicios que debió padecer por haberse negado a ofrecer sacrificios a los ídolos durante la persecución de Diocleciano. 
   Para comenzar, fue estirado en un potro de tormento, desgarrado con garfios de hierro, sometido a la tortura de los borceguíes de hierro calentados al rojo y guarnecidos de clavos puntiagudos, suspendido cabeza  abajo encima de un brasero... Resistió  milagrosamente todas estas pruebas.
   Entonces un mago preparó veneno para darle muerte. En principio molió una serpiente venenosa en una copa, pero la dosis demostró ser insuficiente; luego reunió numerosas víboras en un mortero; pero Jorge se tragó la mezcla volviéndola inofensiva con una señal de la cruz, y no experimentó daño alguno.
   Como santa Catalina, fue atado a una rueda erizada de espadas, pero el instrumento de tortura fue partido por los ángeles que descendieron del cielo. Sumergido en un caldero lleno de plomo fundido, bastó que hiciera una señal de la cruz para que experimentara los efectos de un baño refrescante. En un templo pagano al que le condujeran por la fuerza, invocó a Dios y éste derribó a todos los ídolos. Luego fue atado a la grupa de un caballo y arrastrado desnudo sobre las calles empedradas. Cansados de tantos esfuerzos, sus verdugos acabaron decapitándole. Sus miembros, serrados por uno de los sayones, fueron arrojados a un pozo del cual un ángel retiró la cabeza.
   ¿Cuál es el origen de estas fábulas?
   El tema de la lucha contra el dragón y de la liberación de la princesa ya se encontraba en la leyenda griega de Perseo y Andrómeda y el Perseo de los griegos es a su vez una variante del dios egipcio Horus a quien se representa a caballo y atravesando con su lanza a un cocodrilo.
   Por tanto, san Jorge sería la réplica cristiana de Horus, vencedor de Set. Los cristianos de Siria hicieron de su lucha contra el dragón el símbolo de la conversión de Capadocia. Más tarde, la princesa salvada del dragón se interpretó como el símbolo de la Iglesia cristiana entera arrancada a sus perseguidores por el emperador Constantino. 
  El dragón parece haber sido en su origen una personificación del mar y del guardián de las fuentes. Es por eso que san Jorge, al igual que Apolo, Hércules y Perseo lo matan a orillas del mar, de un río o de una marisma. Entre los cristianos se convirtió en el símbolo del paganismo.
   Los cristianos de Oriente, en principio aplicaron esta leyenda de origen egipcio y griego a san Teodoro, otro santo militar que fue suplantado por san Jorge a partir del siglo XI.
   Por otra parte, es posible que en el origen del tema haya un error de interpretación de las imágenes del emperador Constantino.
CULTO
   Nacido en Oriente, el culto de san Jorge permaneció localizado durante mucho tiempo en Palestina, en Lidia y entre los coptos de Egipto, cuya ciudad de Gergeh está consagrada a él. Desde allí pasó a Constantinopla que en la Punta del Serrallo puso bajo la advocación de San Jorge de Manganes un gran monasterio.
   Pero es falso que se haya introducido en Occidente en la época de las cruzadas. Dicho aserto está desmentido por el estudio de los patronazgos datados. Numerosas iglesias estaban puestas bajo su advocación con anterioridad al siglo XII, por ejemplo, la de Lirnburgo an der Lahn, en Praga. Lo cierto es que fue adoptado por los cruzados en Tierra  Santa, tal como sucedió con el Apóstol Santiago de Compostela en la Cruzada de España. Corrían las mismas leyendas acerca de uno y otro santo. Después de la toma de Antioquía, san Jorge, montado sobre un caballo blanco, habría acudido en socorro de los cruzados junto a los santos militares Demetrio y Mercurio, y habrían con­seguido poner a los sarracenos en fuga. Desde entonces, se lo considera el tipo ideal del paladín, el parangón y el modelo de todas las virtudes caballerescas. 
   De ahí su popularidad en las novelas de caballería. San Jorge y la princesa liberada reaparecen en el Orlando furioso de Ariosto, con los nombres de Rogelio y Angélica, y a pesar de la deformación caricaturesca de la novela satírica de Cervantes, aún se lo reconoce en la pareja de Don Quijote y Dulcinea. En Italia fue elegido patrón por las Repúblicas de Génova y de Venecia que no le dedicaron menos de tres iglesias: San Giorgio Maggiore, S. Giorgio Dei Greci y San Giorgio degli Schiavoni. En Cataluña lo adoptó Barcelona, de manera que tres de los mayores puertos del Mediterráneo acordaban en rendirle homenaje. Además, tiene otras iglesias puestas bajo su advocación en Verona y en Roma (San Giorgio in Velabro).
   En Alemania,  su culto fue patrocinado a principios del siglo XI por el emperador san Enrique II que le dedicó una iglesia en Bamberg. Más tarde se convirtió en patrón de los caballeros de la orden Teutónica y se incluyó en el grupo de los Catorce Intercesores. En el siglo XV, el teatro de los Misterios puso en escena el auto de fe Ludus draconi o Juego del dragón, que en alemán se llamó Drachenstich, y en el cual un ángel entregaba su escudo a san Jorge. El emperador Maximiliano profesaba una devoción particular por el santo caballero a quien está dedicada la iglesia benedictina de Weltenburg, a orillas del Danubio.
   Pero sólo en Inglaterra  llegó a convertirse en un santo nacional a partir de 1222, año del sínodo de Oxford. Se contaba que había desembarcado en Gran Bretaña, como el apóstol Santiago en Galicia, y que llegó por el estrecho del mar de Irlanda, que lleva su nombre. Su popularidad data del reinado de Ricardo I quien, durante la cruzada, se puso con su ejército bajo la protección particular de san Jorge. Además, el santo fue elegido patrón de la orden de la Jarretera, instituida en 1349 por Eduardo III. En Inglaterra hay más de ciento sesenta iglesias puestas bajo su advocación. Sustituyó a san Eduardo el Confesor, quien era venerado desde el siglo IX como patrón de Gran Bretaña. Santo esencialmente militar a causa de su heroico combate contra el dragón, es el patrón de los caballeros y de los jinetes (patronus equitum, christianorum militum propugnator); de los arqueros y de los ballesteros, así como de las dos corporaciones de artesanos que proveen suministros a los combatientes: los armeros y los plumajeros o fabricantes de los grandes penachos de plumas para los morriones o cascos de guerra o de torneo, como el que lleva san Jorge en su cimera y de los guarnicioneros, puesto que el santo se mantenía bien en la silla.
   En griego, su nombre, que significa trabajador de la tierra, le ha valido el patronazgo de los labriegos.
   Se recurría a su protección para los caballos, porque es un santo jinete, y también se lo invocaba contra las serpientes venenosas porque mató un dragón. Además, se recurría a su protección contra la lepra, la peste y la sífilis.
   A partir del siglo XVI el culto de san Jorge, quien personificaba el ideal caballeresco de la Edad Media, perdió su razón de ser cuando la artillería reemplazó los combates singulares con lanza y espada. Y la Reforma le asestó el tiro de gracia.
ICONOGRAFÍA
   Está representado joven e imberbe, en armadura de caballero, ya a pie, ya en caballo. Su pelo rizado desciende muy abajo de la frente, a diferencia de san Demetrio que lleva el cabello corto.
   Además del dragón bramando a sus pies, tiene como atributos una lanza partida (lo que lo diferencia de san Longinos en la Madonna  della Vittoria de Mantegna), una espada desenvainada, un escudo con una cruz estampada y una bandera blanca con una cruz roja (en términos de heráldica: una cruz de gules sobre campo de plata)  que le había sido entregada por un ángel.
   La bandera de san Jorge se convirtió en la enseña nacional de Inglaterra. Cuando está representado como patrón de la orden de la Jarretera (como en el cuadrito de Rafael), tiene una jarretera anudada alrededor de la rodilla, sobre la cual se lee la divisa: Honni soit qui mal y pense.
   El caballo blanco que monta es quizá un recuerdo de muy antiguas tradiciones, puesto que entre los mazdeístas el blanco era el color de los caballos sagrados (Herodoto, VII, 40) y Capadocia estaba impregnada de influencias persas (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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La calle San Jorge al detalle:
La vivienda de la calle San Jorge, 1
La placa cerámica del Camino de Santiago - Vía de la Plata, en calle San Jorge, 1
El retablo cerámico de la Esperanza de Triana
El panel cerámico conmemorativo de la Hermandad de la O
El panel cerámico conmemorativo de Melchor Rodríguez García
Los paneles cerámicos de la fachada de Cerámica Ruiz

jueves, 22 de abril de 2021

Un paseo por la avenida (paseo) Isabel la Católica (III Puerta y avenida de Isabel la Católica durante la Exposición Iberoamericana de 1929), en el Parque de María Luisa

   Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la avenida (paseo) Isabel la Católica (III Puerta y avenida de Isabel la Católica durante la Exposición Iberoamericana de 1929), en el Parque de María Luisa, de Sevilla, dando un paseo por ella.
   Hoy, 22 de abril, es el aniversario del nacimiento (22 de abril de 1451) de Isabel la Católica, reina de Castilla, a quien está dedicada esta vía, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la avenida Isabel la Católica (III Puerta y avenida de Isabel la Católica durante la Exposición Iberoamericana de 1929), en el Parque de María Luisa, de Sevilla, dando un paseo por ella.
   La avenida (paseo) Isabel la Católica (III Puerta y avenida de Isabel la Católica durante la Exposición Iberoamericana de 1929), en el Callejero Sevillano, es una vía que se encuentra en el Barrio de El Prado-Parque de María Luisa, del Distrito Sur; y va de la confluencia de la glorieta de San Diego y avenidas de María Luisa, y Portugal, a la glorieta de Covadonga, en el Parque de María de Luisa.
      La Avenida no posee siempre una adscripción precisa. En términos generales corresponde a un gran eje urbano, bien caracterizado desde el punto de vista genético, porque estructura el crecimiento de la ciudad; morfológico, ya que es ancha; y funcional, sobre todo por canalizar el tráfico rodado. Sin embargo, de acuerdo con esta definición, no hay razones, más que las convencionales, para considerar a unas vías como avenida y su prolongación, como calle. En otros casos, las avenidas constituyen el eje principal de un sector determinado o de una barriada, y si bien poseen las características de vía principal en relación a ese sector, no alcanzan dicho valor en el conjunto de la ciudad. La avenida posee sobre todo un valor simbólico, y prueba de ello es que en Sevilla la avenida por excelencia es la hoy denominada de la Constitución, centro neurálgico de la ciudad, tanto de sus fiestas religiosas como de la actividad bancaria, y así es es reconocida sólo como la avenida.
   El Paseo es un espacio público con predominio de la linealidad que invita a la confusión, al menos actualmente, cuando muchos de ellos han perdido la funcionalidad que les dio nombre. El origen de esta denominación genérica se encuentra en su función como espacio de relación y esparcimiento. Tal sería el caso del Paseo de Catalina de Ribera; pero más difícil resulta encontrar hoy tal funcionalidad en el Paseo de la Palmera o en el Paseo de Cristóbal Colón, a consecuencia del intenso tráfico rodado.
   La vía, en este caso una avenida (paseo), está dedicada a quien fuera reina de Castilla, Isabel la Católica. 
   Fue rotulada en 1929 con su actual nombre dada la estrecha relación entre esta reina de Castilla (1451-1541) y el descubrimiento de América, idea central que justificaba la Exposición Iberoamericana de 1929, de la que la plaza de España, junto a la que discurre, era su principal pabellón. Surge como consecuencia de la construcción de la mencionada plaza en 1914 en lo que entonces era el parque de María Luisa y el Prado de San Sebastián, y fue trazada en 1915 por el jardinero francés J.C.N. Forestier para unir el complejo arquitectónico de la plaza, abierta al río, con el parque, ampliando de este modo la superficie del mismo y creando una vía de penetración hacia la plaza de América. Amplia, rectilínea con un boulevard en la mayor parte de su trazado, se estrecha en el último tramo en la confluencia con la glorieta de Covadonga. El pavimento de la calzada está asfaltado y las anchas aceras y el boulevard se recubren de albero. Se ilumina con farolas de hierro fundido sobre pilares de ladrillo con tulipa. Tanto sobre las aceras como en el paseo central hay hileras de castaños de Indias y  algunas  palmeras. Es de destacar el gigantesco laurel de Indias, gemelo de otro próximo a la avenida de María Luisa que da sombra a la terraza del bar-restaurante La Raza. En su comienzo está flanqueada por sendos pilares de piedra y ladrillo con remates piramidales, de mayor altura que los que jalonan la contigua avenida de Portugal, por haber sido acceso principal a la Exposición Iberoamericana. En el paseo central hay un pedestal con los primeros versos del poema "Salutación del optimista" de Rubén Darío:
"Ínclitas razas ubérrimas
sangre de Hispania fecunda, 
espíritus fraternos.
luminosa  almas, ¡Salve!
la Exposición Iberoamericana al inmortal Cantor de la Raza, MCMXXIX".
   La avenida, que constituye uno de los más bellos paseos de la ciudad, está delimi­tada en su margen derecha por los jardines del parque de María Luisa, del que lo separan una verja metálica de poca altura y algunos bancos de azulejos. La ausencia de edificación y la frondosidad de los árboles forman una bóveda vegetal que la hace especialmente agradable en los meses de calor. En su lado izquierdo se abre la gran elipse de la plaza de España, cuyos límites los forman la ría y una baranda de cerámica de Triana. Cumple funciones de paseo y de acceso al Gobierno Civil (Torre Norte) y Delegación del Gobierno (Torre Sur), instalados en la plaza de España. Es también lugar de aparcamiento y de juegos para los numerosos niños que visitan el parque, especialmente los domingos y festivos, y gustan de pasear en las barcas del lago. También hay un restaurante y un quiosco de chucherías. Este espacio y el contiguo de la plaza de Es­paña han sido utilizado en numerosas ocasiones como auditorio de festivales de mú­sica, teatro y danza. Por ella transcurren en Semana Santa las cofradías de la Paz el Domingo de Ramos, y la de Santa Genoveva el Lunes Santo. En 1990 se organizó en el mes de noviembre, por primera vez en este lugar, la feria del libro [Salvador Rodríguez Becerra en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Conozcamos mejor a Isabel la Católica, reina de Castilla, a quien está dedicada esta avenida (paseo);
   Isabel la Católica (Madrigal de las Altas Torres, Ávila, 22 de abril de 1451 – Medina del Campo, Valladolid, 26 de septiembre de 1504), reina de Castilla.
   Hija del rey Juan II de Castilla y de su segunda esposa —Isabel de Avís—, que pertenecía a la Casa de Braganza, nació en la tarde del Jueves Santo de 1451 en la residencia aneja al convento de Madrigal; su padre estaba ausente, por lo que hubo que enviarle un correo para comunicar la feliz noticia. Apenas pudo llegar a conocerlo, ya que el Rey falleció en 1453. En su testamento, Isabel ocupaba el tercer lugar en la sucesión, después de sus hermanos varones, Enrique IV y Alfonso, que llegaría a titularse rey durante una de las graves revueltas. La infanta creció alta, rubia, como su bisabuela Felipa de Lancaster, de tez blanca, lechosa, dulce en su apariencia y en el trato con las personas aunque, según todos los testimonios, se hallaba dotada de extraordinaria inteligencia y energía. Destacaba especialmente la intuición que le permitía desenvolverse con acierto en medio de problemas muy complejos que a lo largo de su vida surgieron. Sin embargo, fue la piedad religiosa la nota más destacada de su carácter. Algunas decisiones que hoy se consideran erróneas fueron fruto de dicha piedad.
   Alejada su madre de la Corte al producirse el relevo en el Trono, vivió sus primeros años en Arévalo, recibiendo una muy cuidada y austera educación. En ella participaron santa Beatriz de Silva, fundadora de las Concepcionistas, fray Martín de Córdoba —que le dedicó especialmente un ejemplar de su famoso libro El jardín de las nobles doncellas—, Gutierre de Cárdenas, Gonzalo Chacón y sus respectivas esposas, antiguos colaboradores de Álvaro de Luna, cuya reivindicación asumiría luego Isabel, y Gómez Manrique, tío del famoso autor de las Coplas. Todos coincidían en inculcarle profundos sentimientos religiosos a los que se mantuvo fiel toda su vida. Terciaria dominica, sintió especial apego a los jerónimos, de donde procedía el que habría de convertirse en su confesor y hombre de confianza, fray Hernando de Talavera. En Guadalupe, donde se había establecido el sepulcro de Enrique IV, ella se hizo reservar una celda, cara al altar mayor, a la que se retiraba a orar y meditar; la llamaba “mi paraíso”. Algunas de las decisiones importantes se tomaron precisamente en ese lugar.
   Su actividad política resulta inseparable de la de su marido Fernando, a quien se puede asegurar que profesó profundo amor. Ella le definiría, pocas horas antes de su muerte, como “el mejor rey de España”. En ocasiones resulta imposible distinguir en las decisiones que se tomaron, el protagonismo de una y otro. Curiosamente fue el de este infante aragonés el primer nombre, en el amplio abanico de posibles esposos que se manejaron, cuando la infanta era solamente una pieza en posibles alianzas. El nombre fue rechazado por el marqués de Villena y los otros consejeros de Enrique IV, porque parecía significar el retorno de los infantes de Aragón. Fueron para ella duros los años de estancia en Arévalo, pues desde 1454 su madre presentaba ya signos acusados de locura. Además, durante este tiempo la menguada Corte de la Reina viuda pasaba estrecheces que contribuyeron a aumentar el espíritu ahorrativo de Isabel.
   Mientras tanto, Enrique IV, en el momento mismo de comenzar a reinar, había contraído segundo matrimonio, tras divorciarse de Blanca de Navarra —hermanastra de Fernando—, alegando impotencia, con una pariente suya, Juana de Portugal. Matrimonio que, por la sentencia no confirmada en Roma y por las razones alegadas, era muy discutible en su legitimidad. Pasaron años sin descendencia, pero en 1461 Juana anunció que esperaba un hijo. Tendría más adelante otros dos, claramente adulterinos. Los rumores de la Corte negaban que Enrique pudiera ser el padre, dada la declarada impotencia. Para evitar peligrosas conspiraciones, Juana hizo traer a los dos infantes, Alfonso e Isabel, a la Corte. Los seis años en que Isabel estuvo alojada en el Alcázar de Segovia fueron definidos por ella como una prisión. Nació una niña, Juana, como su madre, a la que los calumniadores acabarían llamando “beltranica”, porque atribuían al valido Beltrán de la Cueva la paternidad. La Reina decidió que Isabel fuera una de las madrinas de bautismo, creando así vínculos espirituales, a los que la propia Isabel se sentiría luego obligada a responder. Como el derecho castellano daba preferencia a los varones, se produjo en la Corte una fuerte tensión y se comenzó a pensar en un matrimonio conveniente para Isabel. Juana prefería un candidato portugués, su propio hermano Alfonso V, ya viudo y de bastante edad.
   Estalló la revuelta y los nobles proclamaron rey a Alfonso, negando a Enrique IV la legitimidad de ejercicio. El marqués de Villena propuso al Rey un arreglo: le proporcionaría los medios necesarios para liquidar el movimiento si casaba a Isabel con su propio hermano, Pedro Girón, maestre de Calatrava. De este modo, Girón se instalaba en la dinastía real, en un puesto en aquel momento lejano, en la línea de sucesión. Isabel, desolada, se puso de rodillas pidiendo a Dios que la ayudara en aquel trance. Curiosamente Girón enfermó y murió durante el viaje a la Corte para celebrar su boda. Así, cuando los rebeldes que reconocían al autotitulado Alfonso XII tomaron el Alcázar de Segovia y “liberaron” a Isabel, ella exigió un juramento: no se la casaría contra su voluntad. Podían proponerle candidatos, pero a ella, en último término, correspondería la decisión.
   Los nobles negaban a Juana, “hija de la reina”, legitimidad de origen, pero recurrían con exceso a calumnias y otras falsedades vejatorias para el Rey. Enrique IV, demasiado dominado por Villena, que estaba con los rebeldes, accedió a negociar, porque no contaba con fuerzas suficientes para someter a los rebeldes. La base de la negociación consistía ahora en reconocer a Alfonso como sucesor bajo el compromiso de casarse con Juana. Estas negociaciones se vieron interrumpidas por la muerte del infante el 5 de julio de 1468. De acuerdo con el testamento de Juan II, Isabel pasaba a primera fila. Los nobles trataron de proclamarla reina, pero ella se negó; aunque estaba convencida de su propia legitimidad, dada la invalidez del segundo matrimonio de Enrique IV, no negaba en modo alguno que la legitimidad de origen pertenecía a éste. De nuevo el marqués de Villena indujo a Enrique IV a negociar, proponiéndole un plan muy complejo que alejaba definitivamente a los aragoneses y permitía restablecer la paz interior. Isabel sería reconocida como legítima heredera, obligándosela después a casar con Alfonso V, lo que le obligaría a residir, como reina, en Portugal y, al mismo tiempo, a Juana se la desposaría con el heredero de aquél, Juan, uniéndose de este modo los dos reinos y siendo ambas muchachas sucesivamente reinas. Isabel nada sabía de esta urdimbre. Las negociaciones culminaron el 18 de octubre de 1468 con un acuerdo personal (Cadalso/Cebreros), estableciendo que la legitimidad correspondía a Isabel, no porque Juana fuese adulterina, sino porque Enrique IV “ni estuvo ni pudo estar legítimamente casado” con doña Juana. Todo el reino volvía a la obediencia de Enrique, cuya legitimidad la princesa nunca había puesto en duda. Esta última contraería posteriormente matrimonio con quien el Rey propusiera, y ella aceptara. El acuerdo se ejecutó al día siguiente en un acto celebrado en la explanada de Guisando. Enrique firmó una carta que aún se conserva, asegurando que Isabel era la única legítima sucesora, lo cual desautorizaba a Juana de un modo definitivo.
   El plan secreto fue comunicado a los Mendoza, custodios a la sazón de la reina Juana, que iba a ser madre del primero de sus dos adulterinos. Se enviaron cartas a las ciudades, pero se evitó una convocatoria de Cortes, como figuraba también en el compromiso. Isabel rechazó la propuesta de matrimonio con Alfonso V, inconveniente para el reino, obligando a que se presentaran otros candidatos, y pudo recordar que Fernando había sido el primer nombre. A sus íntimos Chacón y Cárdenas reveló que “me caso con Fernando y no con otro alguno”. De este modo se cerraban las dos ramas de la dinastía y se lograba la incorporación de Castilla a la Corona de Aragón. Villena trató de impedir este matrimonio. 
   Ocultamente Fernando, que ya era sucesor en Aragón por muerte de su hermanastro el príncipe de Viana, entró en Castilla, llegando a Dueñas. Ambos príncipes —Fernando usaba título de rey de Sicilia— comunicaron en tono respetuoso a Enrique IV su propósito de casarse. El matrimonio tuvo lugar el 19 de octubre de 1469 en Valladolid y fue inmediatamente consumado. Dieron cuenta al Rey asegurándole que en nada se alteraba su fidelidad y obediencia. Pero el marqués de Villena, al ver desbaratados sus planes, propuso a Enrique IV repetir el acto de Guisando en otro lugar, reconociendo a Juana como sucesora, alegando que, por desobediencia, Isabel perdía sus derechos. Pero una vez establecida la no legitimidad de Juana, nada podía devolvérsela. En Val de Lozoya (26 de octubre de 1470) Enrique IV y su esposa juraron que Juana era hija suya y nacida de su unión. Isabel y su marido evitaron el recurso a las armas. Pero se ganaron la adhesión de Asturias y Vizcaya, los dos principales señoríos patrimoniales de la Corona, y muchas ciudades y la mayor parte de los nobles siguieron la misma conducta.
   La principal decisión de apoyo vino del papa Sixto IV, que envió a la Península a su principal consejero, el valenciano Rodrigo Borja, futuro papa. Él, sobre el terreno, llegó a la decisión de que Fernando e Isabel eran, para la Iglesia, la mejor de las soluciones: se bendijo su matrimonio y se impidieron otros que hubieran podido hacer sombra. En las Navidades de 1473 Enrique IV operó una reconciliación, reuniéndose con Fernando e Isabel en Segovia, cuyo Alcázar, con el tesoro que encerraba, les fue entregado.
   Se prometía para Juana un matrimonio digno, que la permitiera permanecer dentro del más alto nivel. De este modo, cuando, ausente Fernando por la guerra del Rosellón, murió Enrique IV (12 de diciembre de 1474), Isabel fue proclamada reina, sin que se produjese en las primeras semanas ninguna disensión. Los consejeros de Fernando, que no estaban convencidos de que una mujer pudiera reinar, reclamaron que se le entregara la Corona, siguiendo en esto las costumbres aragonesas. La querella quedó saldada mediante una sentencia arbitral que el cardenal Mendoza y el primado Carrillo elaboraron en Segovia: a falta de varón en la línea de sucesión, a la mujer correspondía ceñir la corona y reinar. Isabel compensó inmediatamente a su marido, firmando un documento que daba a éste los mismos poderes que ella misma, ausente o presente: en adelante todas las cosas se harían a nombre “del Rey y de la Reina”. Fueron cursadas órdenes a los cronistas para que así lo hicieran constar. Una curiosa anécdota pretende que, en el momento del nacimiento de Juana, el cronista Pulgar propuso escribir que “los reyes parieron una hija”. Las bromas son a veces muy reveladoras.
   Alfonso Carrillo, arzobispo de Toledo, se sintió defraudado: él había sido cabeza del bando isabelino y ahora le desplazaban los antiguos partidarios de Enrique IV. Uniéndose a los Pacheco (Villena) y a los Stúñiga, que temían verse despojados de señoríos que pertenecieran a los infantes de Aragón, reclamaron la ayuda de Portugal, que podía sentirse amenazado por esta unión de reinos, y promovió un alzamiento en favor de Juana, cuya madre fallecía en Madrid por estos mismos días. Juana, con trece años de edad, fue proclamada reina en Trujillo, concertándose su matrimonio con su tío Alfonso V, que le excedía en más de treinta años. El Papa nunca autorizó dicho matrimonio.
   Pocos nobles y casi ninguna ciudad se sumaron al alzamiento, que fracasó, provocando una guerra entre Castilla y Portugal, que culminó con la victoria de Fernando en Toro el 1 de marzo de 1476. Evitando incurrir en represalias, Fernando e Isabel firmaron pactos con cada uno de los nobles, garantizando sus rentas, y negociaron ampliamente con Portugal. Los acuerdos de Alcáçovas (1479) sellaban una fraternidad con Portugal: la primogénita de los Reyes Católicos, Isabel, se casaría con el nieto de Alfonso preparándose para ser reina, y a Juana se la prometía con el príncipe de Asturias, recién nacido, garantizándosele una indemnización. Se reconocía el monopolio portugués a las navegaciones más allá del cabo de Bojador. En un gesto de dignidad, Juana rechazó el matrimonio —se la estaba tomando por una simple pieza— e ingresó en un monasterio, con disgusto para Isabel. En cambio, la infanta de este nombre se casaría por dos veces en Portugal y sería Reina, muy bien amada por sus súbditos. Con los linajes de nobles se establecieron acuerdos de los que, en puridad, no podían tener queja. De este modo, se completaba el programa de Enrique II respecto a las relaciones entre los reinos peninsulares y a la consolidación de la nobleza en los tres niveles. Uno de los principales errores de la historiografía del siglo XIX es presentar a Isabel como enemiga de la nobleza; se sirvió de ella, y la consolidó como élite social.
   Terminada la guerra, Isabel y su esposo convocaron Cortes en Toledo (1480) —se habían celebrado ya otras en Madrigal—, donde se esbozó un ambicioso programa para el establecimiento de un orden institucional de la Monarquía. Sus leyes pueden considerarse como la primera constitución de ella. En estas Cortes se decidió establecer una definición concreta del poderío real absoluto, es decir, independiente de cualquier otro superior, ejercido en dos niveles, el del Rey y el de su sucesor el príncipe de Asturias. También se dispuso una codificación de todas las leyes vigentes para que Castilla dispusiese, como los reinos de la Corona de Aragón, de un código. Éste fue el Ordenamiento de Montalvo que, merced a la imprenta, pudo llegar a todos los rincones en donde se administraba justicia. Se logró una absorción completa de la deuda pública y se acometió un proceso de estabilización monetaria que fijaría las relaciones entre los dos patrones, oro y plata, asignando a las piezas acuñadas un precio que permanecería inalterable hasta el fin del reinado. Se mantuvieron sin variación los impuestos, y se renunció, en favor de la Hermandad general, a todas las ayudas y servicios extraordinarios que se solicitaban anteriormente a las Cortes. 
    Dos o tres años antes, en Guadalupe y en Sevilla, los Reyes celebraron importantes conversaciones con el nuncio de Sixto IV, Nicolás Franco. Coincidieron también con una asamblea del clero, en que abordaron los problemas de una reforma de la Iglesia extendida a sus miembros no religiosos. Con el nuncio se abordaron especialmente algunas líneas de actuación que marcaron el reinado. Aparte del fortalecimiento de la disciplina y del refuerzo de la fe como signo de unidad entre todos los súbditos que, por esta razón debían considerarse libres, entraban la eliminación del Reino de Granada, que se había independizado en rebeldía de la Corona de Castilla, a la que desde el principio perteneciera, la reforma de la Inquisición, introducida ya por Pío II a fin de acabar con las desviaciones de los falsos conversos, y la defensa del Mediterráneo frente a la amenaza turca. En 1480 se produjo el primer envío de barcos y tropas a Italia para colaborar en la recuperación de Otrantyo.
   La Guerra de Granada, que se justificaba reclamando a los nazaríes que volvieran al vasallaje castellano, como en el siglo XIII, fue enfocada desde una estrategia de desgaste para lograr la capitulación, de modo que sólo Málaga fue combatida hasta una entrega sin condiciones; en los demás casos, se permitía a la población rendida conservar su fe en ciertas condiciones. Fernando e Isabel hicieron una especie de reparto de papeles: el Rey estaba con sus tropas en primera línea, tomando decisiones y haciendo alarde, pero la Reina sostenía los ánimos y allegaba recursos.
   Por primera vez, Isabel organizó hospitales de campaña de gran eficacia. En determinados momentos, también ella acudía a la primera línea para estimular con su presencia a los combatientes. Al final, la resistencia se quebró. Algunos ilustres granadinos permanecieron recibiendo el bautismo y fueron incorporados a la nobleza. Boabdil recibió una muy fuerte compensación económica por sus propiedades y emigró a Marruecos en donde fue muy mal tratado.
   Como Ladero Quesada ha podido demostrar documentalmente, la experiencia adquirida en esta guerra permitió crear un ejército real, partiendo, sobre todo, de las llamadas lanzas de la Ordenanza, pagadas directamente por el Estado, las unidades de las Órdenes Militares, y las compañías de la Hermandad general que procedían de los grandes municipios. Al término de la guerra, cumpliendo un programa previamente esbozado, se suprimieron los maestrazgos de las Órdenes Militares, que fueron asumidos por el propio Rey, pasando éstas a ser una de las dimensiones de la Corona. Los comendadores, nombrados por el Rey, se hallaban así bajo su directa dependencia. Los nombres de las órdenes han sobrevivido hasta nosotros como títulos para distintos regimientos. En este ejército se daba preferencia a la Infantería sobre la Caballería, con resultados satisfactorios, y se inició el desarrollo de una potente artillería que permitía culminar con éxito los asedios.
   La entrega de la ciudad de Granada, en enero de 1492, marcó la que podemos considerar como la cúspide del reinado. Los cronistas afirmaron que se había remediado la “pérdida” del 711 y vieron en Isabel una restauradora de aquella Hispania. Este mismo año Nebrija entregó a la Reina el primer ejemplar de su Gramática, con las conocidas palabras de que “siempre fue la lengua compañera del Imperio”. Sin embargo, el Reino de Granada seguía contando con una población que era mayoritariamente musulmana. Isabel emprendió un intenso trabajo de adoctrinamiento para conseguir que se produjesen numerosos bautismos. Fray Hernando de Talavera ocupó la sede arzobispal, recién creada —el cristianismo había estado prohibido hasta entonces— y el Papa otorgó a los Reyes un derecho de patronato sobre las diócesis que se fueran creando, de modo que ellos escogían los obispos. Es el mismo sistema que se aplicaría luego en América, descubierta precisamente en ese mismo año.
   La Inquisición, que se puede llamar “nueva” porque se insertaba en las estructuras del Estado, había comenzado a funcionar en Sevilla con dos jueces nombrados por los Reyes, los cuales actuaron con tanta dureza, que Sixto IV pensó que se había excedido en las concesiones, pensó por un momento en suspenderlas y acabó decidiendo devolver a la Orden dominicana el control de la misma. Hubo tensas negociaciones en las que Isabel intervino preconizando ceder, hasta que se llegó al acuerdo de nombrar un inquisidor general de quien dependiesen todos los jueces. Fue escogido fray Tomás de Torquemada, subprior de Santa Cruz de Segovia, sobrino de un famoso cardenal y persona de confianza para el Papa y la Curia vaticana, ante quien se reconocía un derecho de apelación.
   La opinión de la Reina —aceptar las consignas del Papa— prevaleció en esta ocasión sobre la de su marido, si bien ambos dijeron haber obrado siempre de acuerdo. Muchas leyendas siniestras se han formado en torno a este personaje. Se debe, sin embargo, decir, a la vista de los documentos, que su línea de acción significó una evidente moderación en relación con el rigor de los últimos años. Esto no significa que no deba reconocerse un matiz desfavorable: la Iglesia, que es instrumento de perdón y reconciliación, se veía directamente comprometida en operaciones de represalia contra los que se consideraban peligrosos para el Estado. Pues la Monarquía se asentaba sobre el principio de que la religión católica era el signo de unidad y la condición indispensable para ser considerado súbdito y, en calidad de tal, recibir el status de libertad personal con los derechos naturales fundamentales. Y ahora, Torquemada, al ocuparse del problema de los falsos conversos que “judaizaban” pese a ser bautizados, recibió informes de otros inquisidores y los pasó a los Reyes. No era posible castigar las prácticas judaicas de algunos de estos conversos, cuando el judaísmo y su práctica se hallaban bajo la protección de la propia Corona. Prácticamente todos los reinos de Europa habían suprimido el judaísmo, siendo España una excepción y también un refugio para muchos emigrados de sus lugares de origen. Había que aplicar la doctrina enseñada por Ramon Lull: invitar a la conversión y prohibir luego la práctica de los que no la aceptasen. Los Reyes cedieron y Torquemada preparó el texto del Decreto de 31 de marzo de 1492, que daba un plazo para que cesase el culto judío en España. Abrabanel negoció con Isabel buscando una ampliación de los términos, pero la Reina hubo de desengañarle; se trataba de una opinión general. Los judíos tenían dos opciones: bautizarse integrándose en la comunidad con garantías frente a la Inquisición, o tomar sus pertenencias y emigrar. Isabel extendió luego una norma. Los que hubiesen salido, si tornaban para ser cristianos, podrían recobrar los bienes vendidos pagando por ellos el mismo precio que recibieron. Probablemente fueron bastantes los que se bautizaron, entre ellos el Rab mayor, Abraham Seneor y su familia, que fue integrada en la nobleza con el apellido Fernández Coronel. Pero, sin duda, fue muy superior el número de los que prefirieron el exilio; las persecuciones sufridas habían servido para fortalecer su fe.
   Análogo proceso se ensayó con los musulmanes, objeto de adoctrinamiento, al que muchos resistieron. Se produjeron revueltas, ya que los granadinos sostenían que se estaban quebrantando los pactos y no se respetaba su libertad religiosa. Ante la revuelta, en 1501, los Reyes decidieron que todos debían bautizarse o emigrar. De este modo, se estableció como norma la unidad religiosa, que Isabel consideró como una gran ventaja para sus reinos, ya que de este modo cobraban solidez moral al someterse todos los súbditos a un mismo principio de autoridad. Desde su punto de vista, inserto en la fe, éste era el mayor bien que podía procurar a sus reinos, al abrirles las puertas que conducen, en definitiva, a la salvación. Es necesario colocarse en su posición para entender dicha política, si bien es necesario recordar también que comportaba alcanzar una meta de reconocimiento de la libertad y de los derechos naturales humanos para todos.
   1492 contempla, pues, cuatro acontecimientos singulares, Granada, la Gramática de Nebrija, la expulsión de los judíos y América. En este último asunto, la participación de Isabel resultó decisiva. Fernando, más reflexivo y mejor informado, desconfiaba del proyecto de Colón, llegar a China desde las costas españolas, pues los expertos de su Corte lo juzgaban, con razón, imposible. Además, se mostraba reacio a las exigencias de aquel genovés que proyectaba construirse un señorío, sabe Dios de que límites, al otro lado del mar, usando para ello el dinero de la Corona. Las disponibilidades náuticas no permitían entonces viajes demasiado largos. Pero la intuición femenina triunfó esta vez de los recelos: valía la pena arriesgar los moderados recursos que se programaban —1.200.000 maravedís sería la aportación de la Corona— cuando se trataba de explorar posibles islas en el Atlántico al otro lado del espacio de reserva de Portugal. No hacía mucho tiempo que se hicieran los decisivos descubrimientos de Azores y Canarias, que estaban siendo incorporadas a la cristiandad. De este modo, gracias a Isabel, se abrió para la Monarquía española un nuevo horizonte. Pues islas se descubrieron en los primeros viajes.
   Aunque no es posible separar la política preconizada por ambos Reyes, se puede decir que Fernando desempeñó un papel predominante al de su esposa en relación con la política exterior. Titular de la Corona de Aragón, aspiraba a lograr el cierre poderoso de todo el Mediterráneo occidental sustrayéndolo a la amenaza turca, instalando fortalezas en el norte de África y abriendo, por medio de la fuerza naval, las rutas de Rodas y de Alejandría, en donde se estableció un consulado catalán. Esta política se vería bruscamente interceptada por las pretensiones de los sucesivos reyes de Francia, Carlos VIII y Luis XII, que reclamaban para sí la lejana herencia de los angevinos y, en suma, una hegemonía sobre Italia, incluyendo el Reino de Nápoles. A Isabel le disgustó profundamente aquella guerra, que se prolongaría en el tiempo, pero apoyó a su marido con todos los recursos a su alcance: soldados veteranos de Granada, barcos y dinero castellanos demostraron aquí que la Monarquía española estaba en condiciones de ejercer una verdadera hegemonía sobre Europa. Otros medios castellanos se emplearon también en conseguir la recuperación económica de Cataluña. En este principado Isabel tuvo oportunidad de recibir muchas muestras de afecto.
   Personalmente ella se volcó de modo especial en la política religiosa. Para ella la maduración y reforma del catolicismo romano eran tarea esencial. Así lo reconocieron los Papas y, por eso, Alejandro VI, a quien conocía desde su legación en España, le otorgó el título de Católica, compartiéndolo con su marido. En esta tarea pudo contar con tres importantes colaboradores: el cardenal Pedro González de Mendoza, arzobispo de Toledo, el ya mencionado fray Hernando de Talavera, su confesor, y el franciscano de la observancia fray Francisco Jiménez de Cisneros, que sucedería al segundo como confesor y al primero en la sede arzobispal de Toledo. Para ella elaboraron un amplio programa. 
   Volviendo a ciertos puntos que ya se han insinuado, Talavera, que había intervenido en todos los asuntos importantes del reinado, pasó a ser prelado de Granada, en donde la Iglesia partía de un punto cero, con el encargo preciso de conseguir que el mayor número posible de musulmanes se convirtiera a la fe católica. Se trataba de invertir los términos. Fray Hernando, profundamente religioso, aunque desde dentro de la Orden jerónima, rehuyó cualquier clase de presión o de violencia; había que demostrar a la gente común que la verdad cristiana tenía todas las características necesarias para ser preferida a cualquier otra. Sus modos fueron tan humanos que los musulmanes, refiriéndose a él, llegaron a llamarle “el alfaquí santo”. El procedimiento tenía un inconveniente; era lento. Por eso en 1499, al asumir la dirección de la Iglesia en España, Cisneros convenció a la Reina de que había que cambiar el modo, presionando, en algunos casos con violencia. Así fue como se produjo la rebelión de la que con anterioridad se ha hablado. La pragmática de mayo de 1501, firmada por Fernando, prohibía la práctica de la religión musulmana en todos los reinos de Castilla. Se tomaron, además, medidas que dificultaban la emigración, evitando así una salida en masa. La norma no fue aplicada en los reinos de Aragón y de Valencia, produciéndose un trasiego, ya que aquí la nobleza no quería prescindir de esta valiosa mano de obra. Bautizados prácticamente a la fuerza en el ámbito castellano o supervivientes de un islamismo poco eficiente en los reinos de la Corona de Aragón, fueron identificados, en la conciencia hispánica como “moriscos”. De este modo nacía un problema, el de la simpatía de estos moriscos hacia los turcos, que persistiría hasta principios del siglo XVII, causando injusticias, molestias y pequeñas ocasiones de revuelta.
   En el plano familiar, Isabel y Fernando tuvieron cinco hijos nacidos según este orden: Isabel, Juan, único varón, Juana, Catalina y María. Para la Reina fueron causa de experiencias muy amargas, que influyeron en el deterioro de su salud en los años posteriores a 1497. De acuerdo con los tratados de Alcáçovas, la mayor, Isabel, casó con el heredero de Portugal, Alfonso, a quien conocía, pues de niños vivieron en casa de su hija la condesa Beatriz de Braganza. De modo que al celebrarse la boda en 1491 se creó en torno a ellos la noticia de que estaban profundamente enamorados, cosa que al parecer era muy cierta; cuando Alfonso murió en 1491 de un accidente hípico, la viuda desgarró su velo, como una dama de la Corte de Arturo, y anunció que no volvería a casarse, haciendo vida religiosa. Sus padres consiguieron que rectificara: tenía que ser reina de Portugal, por lo que se casó en 1497 con Manuel, que había sucedido a Juan II. Al mismo tiempo se celebraba la doble boda de Juan y Juana con Margarita y Felipe, hijos de Maximiliano. Había que unir a los Habsburgo y a los Trastámara frente al poder de Francia.
   El príncipe de Asturias, que había padecido siempre mala salud, falleció el 4 de octubre de 1497 sin descendencia, de modo que Isabel fue reconocida como sucesora, con disgusto de Felipe el Hermoso. Ella murió también al dar a luz a su hijo Miguel. Hasta 1500 este niño fue la gran esperanza de unión entre España y Portugal. Falleció también en dicho año, cuando Juana ya tenía un hijo varón al que llamaron Carlos, como al Temerario.
   Consecuente con los principios que siempre defendiera, Isabel no dudó en ningún momento que Juana tenía derecho a sucederla en el Trono, y así fue reconocida y jurada por las Cortes en Toledo. Felipe no estaba conforme; compartía la doctrina francesa de que las mujeres deben transmitir los derechos a sus hijos o maridos. Quería, en consecuencia, ser rey. En el viaje que los nuevos príncipes de Asturias hicieron a España para ser jurados, Isabel y Fernando pudieron comprobar dos cosas: que la princesa Juana presentaba trastornos mentales, como su abuela, y que Felipe, ligado estrechamente a Francia, no mostraba hacia su esposa la debida corrección de conducta y la presionaba con dureza para que firmase un documento en que hiciera plena transmisión de sus funciones, pudiendo ser retirada de la escena. Estas circunstancias influyeron negativamente en la salud de la Reina, que ya estaba muy quebrantada, de modo que fallecería el 26 de noviembre de 1504, cuando contaba únicamente cincuenta y tres años de edad. Poco antes de morir, redactó un testamento que, contado entre las leyes fundamentales del reino, establecía, por primera vez en Europa, el reconocimiento de los derechos naturales humanos a todos los moradores de las islas y tierra firme recién descubiertas. Aunque conculcado muchas veces, como sucede con todas las leyes fundamentales que se promulgan, el principio se mantuvo en lo esencial, haciendo que América se constituyera en forma de reinos y no de colonias y se diera al principio de unidad religiosa el mismo valor que se le otorgaba en la Península. La Constitución de los Estados Unidos menciona en primer término el nombre de Dios. En ese mismo documento, Isabel, que acababa de expresar las elevadas cualidades de su marido, disponía que si Juana estaba ausente o no podía o no quería ejercer sus funciones, éstas fueran asumidas por Fernando, ya que así se lo habían solicitado las Cortes de Toledo. Esta cláusula no fue observada, porque Felipe el Hermoso, contando con el apoyo de una parte de la nobleza, lo impidió. Pese a todo, la temprana muerte de Felipe hizo que Fernando pudiera volver a sentarse en el Trono completando la obra de Isabel (Luis Suárez Fernández, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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