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miércoles, 28 de enero de 2026

El desaparecido Colegio de Santo Tomás de Aquino, de los Dominicos

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Colegio de Santo Tomás de Aquino, de los Dominicos, de Sevilla.  
     Hoy, 28 de enero, Memoria de Santo Tomás de Aquino, presbítero de la Orden de Predicadores y doctor de la Iglesia, que, dotado de gran inteligencia, con sus discursos y escritos comunicó a los demás una extraordinaria sabiduría. Llamado a participar en el II Concilio Ecuménico de Lyon por el papa beato Gregorio X, falleció durante el viaje en el monasterio de Fossanova, en la región italiana del Lacio, el día siete de marzo, fecha en la que, años después, se trasladaron sus restos a la ciudad de Toulouse, en Francia (1274) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el desaparecido Colegio de Santo Tomás, de los Dominicos, de Sevilla.  
     El desaparecido Colegio de Santo Tomás, de los Dominicos, se encontraba en la calle Adolfo Rodríguez Jurado, s/n (ocupando la manzana formada por esta misma calle, la avenida de la Constitución, calle del Almirantazgo, y c/ Tomás de Ibarra); en el Barrio del Arenal, del Distrito Casco Antiguo Los Remedios.  
     La Orden de los Predicadores, también nombrada como de los Dominicos, fue fundada en los primeros años del siglo XIII por el castellano Domingo de Guzmán (Caleruega, Burgos, 1170 - Bolonia 1221), del linaje de los Guzmanes y canónigo de la catedral de Burgo de Osma, para combatir con la predicación, entre otros males de la Iglesia, la herejía albigense, que condenaba el uso de los sacramentos, el culto externo y la jerarquía eclesiástica, y también la herejía cátara. Entre 1203-1206, abandonando su retiro de Osma viaja a Dinamarca, Toulouse y otras comarcas de Europa acompañando al obispo don Diego de Acebes, de gran influencia en su vida espiritual, en empresas diplomáticas y apostólicas, conociendo de cerca el alcance de estas herejías y las luchas religiosas y feudales, a las que los legados pontificios y los cistercienses no podían poner fin. Impresionado por este estado de cosas, en 1207 comienza su labor apostólica con un grupo de compañeros en el sur de Francia. Muerto Acebes, Domingo se vincula al obispo Fulco de Toulouse, quien en 1215 lo admite junto con su "hermandad de predicadores" en el que sería el primer convento masculino, cuya regularización como nueva orden contravenía el mandato del IV Concilio de Letrán (1215) de no autorizar la formación de nuevos institutos religiosos. No obstante, los frutos que estaba dando este equipo de predicadores pobres atrajo la atención del papa Inocencio III que aconsejó a Domingo que tomara una regla ya existente, lo que enmascaraba un tanto la nueva fundación, escogiendo la de San Agustín. El 22 de diciembre de 1216 Honorio III expidió la bula de confirmación de la Orden de Predicadores como una corporación de clérigos regulares, siendo definitivamente confirmada el 21 de enero de 1217. Una vez conseguidas las preceptivas autorizaciones papales los dominicos iniciaron su vida de pobreza y evangelización itinerante por Europa, alentados por el fundador, que les imbuye la idea de una constante formación para así mejor ejercer su ministerio apostólico, siendo sin duda el siglo XIII decisivo para el desarrollo y crecimiento de la Orden y su fundamentación institucional, con un incremento rapidísimo de vocaciones. En 1220 se celebraba en Bolonia el primer capítulo general presidido por Domingo de Guzmán, el primer Maestro General, en el que se establecieron las bases de gobierno, las normas relativas al estudio, la predicación, las visitas y organización de los conventos y otras materias necesarias para el funcionamiento del nuevo instituto, instituyéndose el convento como la célula administrativa y territorial básica, que debía contar siempre con un maestro en teología. En el capítulo celebrado en mayo del año siguiente también en Bolonia, se crean cinco provincias: Provenza, Francia, Lombardía, Romana y España, y se ponen en marcha las de Hungría, Alemania e Inglaterra, cada una de ellas con un maestro provincial pertinente al frente. Un magnífico organizador resultó ser el Maestro general Raimundo de Peñafort, quien durante su mandato normalizó las Constituciones en un corpus jurídico que perduró hasta 1924.
     Hay que señalar que los dominicos junto con los francis­canos forman las órdenes mendicantes por antonomasia, cuya regla impone la pobreza no sólo para sus miembros sino para los conventos, obteniendo lo necesario para su sustento de la limosna de los fieles, en un deseo de vuelta a la pobreza como en los primeros tiempos de la Iglesia. Frente a la reclusión y aislamiento de los monjes, el fraile mendicante realiza un apostolado activo, itinerante, en constante contacto con la sociedad, estableciendo sus conventos en el interior de las ciudades en donde más directamente predican la fe y la moral dentro de la ortodoxia. Para ello era necesario que los frailes poseyeran una buena formación religiosa e intelectual, siendo este uno de los pilares fundamentales y definidores de los Dominicos, quienes desde su nacimiento se vinculan a las mejores universidades europea, como París o Bolonia, en las que la presencia de los Predicadores primero como estudiantes y luego en sus cátedras fue notable en número y calidad, y una baza fuerte en la consolidación de la Orden. A ello hay que sumar la creación de las Casas Generales de estudios -la primera se funda en 1248- en donde se forman los propios religiosos y colegiales externos, y en donde se imparte el trivium y filosofía, lo que en ocasiones acarreará conflictos con las universidades. La importancia del estudio era tal que a estudiantes y lectores (profesores) se les podían dispensar de algunas actividades de la observancia monástica, como la asistencia al coro, ciertos ayunos, y se les permitía poseer libros. A los conventos se les manda acrecentar las bibliotecas y se les prohíbe la venta de los libros.
     A la muerte de Domingo en 1221 (que será canonizado por el papa Gregario IX en 1234) la Orden contaba con veinte conventos y trescientos frailes. En 1303 son ya quinientos cenobios agrupados en dieciocho provincias con más de trece mil hermanos, crecimiento no exento de problemas con párrocos y obispos que encontraban una gran competencia en estos clérigos de gran formación teológica, que captaban rápidamente a los fieles que abandonaban a otros pastores por lo general peor preparados. Durante el siglo XIV la Orden pierde un poco el vigor de los primeros tiempos, con una relajación de la observancia y una disminución de vocaciones, a lo que hubo de contribuir el cisma de la Iglesia y la peste negra; la crisis será superada con la reforma llevada a cabo en el seno de la Orden que significó una vuelta a la observancia y al fervor primitivos. En el siglo XV se superarán los efectos religiosos de la llamada "claustra", para comenzar un gran resurgimiento que continuará en el XVI y XVII, sin duda los siglos de oro de los Dominicos. Las voca­ciones aumentan y las fundaciones se multiplican, favorecidas por la colonización de las tierras americanas y el extremo oriente. El setecientos, sin embargo, abrirá una nueva etapa de inflexión con el descenso en el nivel de los estudios y la pérdida de influencia sobre las masas, que los relaciona inexorablemente con la Inquisición; la Orden se aleja cada vez más de la sociedad y sus necesidades, para finalmente en el XIX, con las corrientes laicistas y los procesos desamortizadores vividos en Europa, quedar extinguida, no siendo restituida hasta el último tercio del XIX en varios países.
     En España, cuna del fundador, la Orden se implantó con rapidez, pues en las actas del capítulo provincial celebrado en Toledo en 1250 ya se da la cifra de veinte conventos en la península, que pronto se duplicará. Este crecimiento y expansión se debe en gran parte al paulatino avance de los monarcas castellanos en la reconquista, en cuyos campa­mentos consta la presencia de los frailes predicadores que asistían espiritualmente a los miembros del ejército y a los propios reyes. El mismo Fernando III eligió como confesor a un dominico y favoreció la fundación de conventos de la Orden en la ciudades andaluzas recién conquistadas, siendo el primero el de San Pablo de Córdoba. El incremento de casas y miembros hizo necesaria una reestructuración administrativa; de la inicial provincia de España o Castilla, el 10 de octubre de 1514 por bula del papa León X se creó la de Andalucía o Bética que comprendía los cuatro reinos de Andalucía (Córdoba, Sevilla, Jaén y Granada) el de Murcia y todo lo que de la Mancha y Extremadura quedaba a la izquierda del Guadiana que servía de línea fluvial divisoria, con un total de treinta dos conventos; en 1686 eran ya cincuenta y seis. Hay que señalar que los conventos fundados en estas fechas en tierras americanas, de gran potencial para ésta y el resto de las órdenes religiosas activas en España, se incluyeron en un primer momento en la provincia andaluza.
     Igualmente, los dominicos españoles pasaron por periodos de apogeo y decadencia como el que hemos referido anteriormente. También fue necesaria en las casas peninsulares una reforma en el siglo XIV semejante a la llevada a cabo allende de nuestras fronteras, lo que fue acometido por el beato Álvaro de Córdoba, y de la cual la Orden salió robustecida con la unión, finalmente, de las dos ramas, siendo los siglos XVI y XVII sin duda los más fecundos en cantidad de casas y en calidad de sus miembros. Por otro lado, los Predicadores se vincularon al mundo universitario hispano y fundaron colegios que alcanzaron elevadas cotas dentro de la vida intelectual del momento, y que dieron su fruto en personalidades que destacaron en variados campos del saber, desde la teología al derecho, la economía y la astronomía: fray Bartolomé de las Casas, fray Luis de Granada, Francisco de Vitoria, el mencionado San Raymun­do de Peñafort, San Vicente Ferrer, fray Diego Deza; destacando algunos de ellos también en santidad, lo que les llevó a subir a los altares. El siglo XVIII será en cambio un periodo de atonía y declive para este instituto religioso, que pierde el pulso de la historia y la sociedad que la protagoniza. Los aires laicistas y los cambios político-administrativos les llevarán a la exclaustración en 1836, quedando sólo abierto en España el colegio dominico de Ocaña para asistencia de las misiones ultramarinas. Merced a nuevos concordatos con la Santa Sede la Orden fue repuesta, en el último tercio del XIX; el 27 de enero de 1879 se reinstaura canónicamente la provincia de España y en 1897 se desgajó de nuevo la Provincia de Andalucía.
     En Sevilla la Orden de Predicadores contó con un total de seis conventos masculinos: San Pablo el Real, Santo Domingo de Portacoeli, Santo Tomás de Aquino, Regina Angelorum, Santa María de Montesión y San Jacinto. Los correspondientes femeninos fueron cinco: Madre de Dios el Real, Santa María de Gracia, Santa María de Pasión, Santa María de los Reyes y el de Nuestra Señora del Valle, de corta duración (fue vendido en 1529 a la orden franciscana y sus monjas pasaron al de Santa María la Real); de las fundaciones femeninas sólo ha permanecido el primero. En el primer censo demográfico conocido, fechado en 1615, la provincia de Andalucía tenía un total de 1.835 religiosos, aventajando a la de España en número; Sevilla daba un máximo absoluto de 430. Esta abundancia numérica aumentó a fines del XVII, lo que determinó que había que reducir el número, pues "sobraban frailes y faltaban viandas" y se fija en el año 1750 un numerus clausus en cada convento. Un interesante cuadro comparativo realizado por Huerga, del número de religiosos en los conventos masculinos sevillanos, a partir de los datos del capítulo provincial celebrado en Cádiz en 1750 y de la obra publicada en Sevilla en 1757, Breve expresión de lo que en sí contiene la ciudad de Sevilla, arrojan las siguientes cifras:

1750             1757
120 San Pablo     190
12 Portacoeli     33
20 San Jacinto     25
- Regina             48
- Montesión     18
-       Santo Tomás     29

total                     343

     Los funestos acontecimientos del XIX, terminaron finalmente con la expulsión de los Predicadores y cierre de estas seis casas, de las que sólo se ha restablecido la de San Jacinto.
COLEGIO DE SANTO TOMÁS DE AQUINO
     La fundación del Colegio de Santo Tomás de Aquino fue voluntad y obra del fray Diego de Deza, dominico natural de Toro, quien ostentó múltiples cargos como catedrático de Teología en la Universidad de Salamanca, maestro del príncipe don Juan, confesor de los Reyes Católicos, inquisidor general y arzobispo de Sevilla, entre otros. Su primera intención fue establecer el colegio con la misma advocación en el ámbito del convento salmantino de San Esteban, del que había sido profeso, obteniendo para ello bula de aprobación del Papa León X el 5 de junio de 1515. Sin embargo, consideró después el arzobispo que en Sevilla "había poco ejercicio de letras, pues sólo el Convento de San Pablo de Predicadores, era la Escuela de Artes y Teología", decidiendo trasladar la fundación a nuestra ciudad, porque así podía "personalmente asistir a su fundación y dirección y establecerla con más firmeza, lo cual no podía hacerse en Salamanca cómodamente por la distancia". Buscó acomodo en el propio San Pablo el Real, comprando unas casas paredañas con el convento, en la calle Cantarranas, para anexionarlas a éste, obteniendo de nuevo el correspondiente permiso pontificio el 14 de abril de 1516. No obstante, al procederse a la inspección de los cimientos de las casas, el terreno resultó poco apto por el alto nivel de humedad que presentaba, lo que determinó un cambio de emplazamiento. El 15 de marzo de 1516 Deza adquiría las casas que fueron de la reina doña María de Padilla, esposa de Pedro I, en esa fecha propiedad del Cabildo eclesiástico, en las que finalmente hizo la fundación, con la expedición de una nueva bula dada por León X el 14 de noviembre de 1516; el año 1518 el colegio era admitido por la Orden de Predicadores, siendo general fray García de Loaysa, que más tarde llegaría a ser también arzobispo de Sevilla.
     Quedó emplazado el centro de estudios en el corazón de la ciudad, en la collación de Santa María, a la sombra de la cercana Catedral, entre la muralla del Alcázar y las Ataraza­nas, y cerca del postigo del Carbón. El sábado 28 de noviembre de 1517, a las diez de la mañana, tenía lugar el otorgamiento por el arzobispo de Sevilla a los dominicos del edificio, que "está ya en estado que pueden los dichos Religiosos habitar, e estar en el, e la cappilla de el dicho Collegio esta bendicha, e dedicada... so la invocación e memoria del Bien Aventurado Santo Thomas de Aquino confesor e Doctor"; en el mismo acto tuvo lugar la toma de posesión, cuyos primeros miembros, por prerrogativa pontificia, fueron elegidos y nombrados por el propio fray Diego Deza, quien los llamó de diferentes conventos y provincias: fray Fernando de Santillana como rector, fray Juan de Victoria, fray Domingo de Murcia y fray Fulgencio como consiliarios, y los colegiales fray Bernardo, fray Diego de Alcántara, fray Lucas de Medina, fray Gaspar de Victoria, fray Antonio Romero, fray Sebastián de Vargas, fray Reginaldo Montecino, fray Alonso Montufar, fray Thomas Baptista, fray Alonso Gallego y fray Domingo de los Ryos. Estos actos de otorgamiento y toma de posesión culminaron con una oración en latín presidida por el arzobispo al que acompañaban numerosas dignidades eclesiásticas y caballeros de la ciudad entre los que se encontraban don Fadrique Enríquez de Ribera, Marqués de Tarifa y Adelantado Mayor de Andalucía, y don Luis Ponce de León. Según se establecía en los estatutos fundacionales, ya desde el primer intento de Salamanca, el Colegio acogería un total de veinte colegiales, frailes profesos de la Orden, parte perpetuos y parte temporales, a saber: doce permanecerían de por vida en Santo Tomás y los ocho restantes tras diez años se volverían a sus propios conventos, y en su lugar entrarían otros; los alumnos perpetuos no podían ser removidos sino era por un delito grave, y Colegio y colegiales quedaban sujetos al maestro general y prior provincial de la Observancia de la provincia de Andalucía. Para el sustento de la institución y sus miembros Deza otorgó una sustanciosa dote: la heredad de Alhabara en el término de Carmona, 100.000 maravedíes de tributo en la heredad de Boyana en Sevilla, un molino de aceite en Brenes, y la dehesa de la Aceñuela en Jerez de la Frontera; asimismo, dispuso que el patronato, tras su muerte, pasase al Cabildo eclesiástico.
     Las pretensiones del arzobispo Deza iban más allá del establecimiento de un mero colegio de religiosos y para reli­giosos en donde se impartían Teología, Artes y Gramática; su deseo era convertir a Santo Tomás en Universidad, cuyos grados fueran equiparables a los de las demás del reino. En este sentido, poco a poco y a través de sucesivas bulas papales, después de ya muerto el fundador, se fue consi­guiendo que primero sus colegiales y religiosos de la Orden, después los de otras y finalmente toda suerte de estudiantes, pudiesen obtener esta titulación cuyo respaldo definitivo vino de mano del Emperador Carlos V, quien el 28 de marzo de 1545 otorgaba al Colegio el rango de Universidad. Además, desde 1598 el Colegio-Universidad tenía establecidas de sus propias rentas dos cátedras de latín, a las que solían acudir unos doscientos alumnos. Por Real Cédula dada el 30 de julio de 1724, se añadió una cátedra de matemáticas, que regentó fray Pedro Vázquez Tinoco. Santo Tomás contribuyó sin duda a elevar el nivel cultural de la ciudad, -lo que en ocasiones ofreció cierta rivalidad con la Universidad Hispalense- prestando ayuda teológica y clarificando el ambiente religioso dentro de la estricta ortodoxia tridentina. De sus aulas salían frailes bien formados que emprendían el camino de la Evangelización americana o alcanzaban altas dignidades eclesiásticas. En él estudió gramática, filosofía y dos años de teología el bibliógrafo y humanista sevillano Nicolás Antonio. Por otro lado, los colegiales se hallaban sometidos a un riguroso plan de formación, y "para que no pierdan tiempo en sus estudios" se les eximía, según sus estatutos, de ciertas actividades habituales en la vida conventual como la asistencia al rezo en el coro. Tanto profesores como estudiantes tenían prohibida la predicación en iglesias dentro de la ciudad, a excepción de la Catedral, y los días de Cuaresma en las casas tanto masculi­nas como femeninas de su Orden, y en la colegial de El Salvador.
     El Colegio se integró plenamente en la vida piadosa de la ciudad como queda de manifiesto en las crónicas recogidas por Justino Matute, en donde hallamos a sus miembros participando activamente en diferentes actos públicos de carácter religioso como rogativas y rosarios, así como en otros de índole más festivos como subidas al trono de los monarcas, onomásticas reales, nacimientos de príncipes e infantes o el nombramiento de nuevo arzobispo. Así en 1704 el Colegio se sumó a la celebración del cumpleaños del rey, sacando el 3 de febrero una lucida máscara con un carro triunfal ricamente adornado con terciopelo rojo y galones de oro, y con el retrato del monarca; por su parte los alumnos iban a caballo con ostentosos ropajes proclamando ingeniosas cuartetas jocosas que amenizaban el cortejo mientras un coro de ninfas también a caballo portaba el retrato de la reina. Aún más lucida y costeada fue la mascarada organizada por la subida a la sede episcopal de Sevilla en 1741 del infante don Luis de Borbón, que dio lugar a grandes festejos de los que quedó constancia escrita: la Giralda repicó y se iluminó, las calles se engalanaron y se levantaron arcos de triunfo en la calle de la Mar, y un castillo de fuego en el Arenal. De esta fiesta barroca participó el Colegio, que el 18 de abril de 1742 anunció por medio de un pregón la salida de una cabalgata jocoso-seria en honor del nuevo prelado, formado por cuatro carrozas que recorrieron las calles de la ciudad el 2 de mayo y que nos son conocidas gracias a las grabados abiertos por Agustín Moreno sobre dibujos de Domingo Martínez, en cuyos fondos se aprecian varios edificios sevillanos como el Ayuntamiento, el Palacio Arzobispal, y en la cuarta estampa la fachada del propio Colegio, lo que constituye una de las pocas vistas que se conocen de él. Finalmente referiremos los regocijos que tuvieron lugar los días 22, 23 y 24 de febrero de 1784 para celebrar el nacimiento de los infantes gemelos y la paz con Inglaterra, en los que Santo Tomás participó levantando en el muro exterior del Colegio un pórtico sobre columnas coronado con estatuas que representaban las cuatro partes del mundo y en el centro, bajo dosel de terciopelo rojo, el retrato del rey, iluminando el conjunto seis arañas de plata y otras de cristal. Ante esta arquitectura efímera danzaron comparsas de colegiales ataviados con vestimentas representativas de las naciones francesa, holandesa, inglesa y española, y sobre la puerta del Colegio se colocó el retrato del fundador fray Diego de Deza, pintado por Murillo, que de ordinario presidía la biblioteca del centro.
     El devenir de Santo Tomás hubo de mantenerse sin grandes altibajos hasta que en 1810 las tropas francesas expulsaron a la comunidad y saquearon el edificio, que volvería a abrir sus cátedras en 1815 hasta 1835 en que la comunidad fue exclaustrada y sus bienes desamortizados, poniéndose fin a más de trescientos años de historia de este centro de altos estudios. En el edificio se instaló una fábrica de fusiles y el Gobierno Militar. Entre 1906 y 1912 tuvo lugar una importante operación urbanística de ensanche y alineamiento de las calles Génova y Gradas (hoy constituyen los dos primeros tramos de la avenida de la Constitución) con vistas a establecer una gran vía de comunicación entre la plaza de San Francisco y la Puerta Jerez. El proyecto significaba la demolición del viejo caserón del ya ex-Colegio, que avanzaba sobre el viario que se pretendía modificar. Y así, en 1927, el general Miguel Primo de Rivera, en un golpe de efecto, se encaramaba en una escalera sobre los muros de Santo Tomás y arrancaba la primera teja a lo que siguió su total demolición, abriéndose el último tramo de la avenida actual. Sobre los restos del solar se construyeron los edificios de Correos y Telégrafos y Seguros Aurora en la década de los años treinta del siglo pasado, poniendo fin a todo vestigio del inmueble.
ARQUITECTURA
     El Colegio Mayor de Santo Tomás de Aquino se instaló, como referimos, en las casas compradas por el arzobispo fray Diego de Deza al Cabildo eclesiástico, que según Rodrigo Caro fueron propiedad de doña María de Padilla, situadas en pleno corazón de la ciudad, en la collación de Santa María, entre las Atarazanas Reales y la muralla del Alcázar y próxi­mas al Postigo del Carbón. Quedaba así inserto en una gran manzana, como se puede apreciar en el plano de la ciudad de 1771, entre las calles de la Lonja, del Alfolí (en la actualidad rotulada como Almirantazgo), del Aceite (actual Tomás de Ibarra) y la que empezó a llamarse plaza de Santo Tomás (hoy calle Adolfo Rodríguez Jurado) por donde se accedía al colegio-convento, a través de un pequeño zaguán.
     No se conoce hasta el momento ningún dato sobre el autor o autores que pudieron intervenir en la construcción de Santo Tomás. Los religiosos hubieron de instalarse en las casas donadas, acomodándose a las estructuras preexistentes, para con el tiempo ir mejorando las instalaciones, levantando de nueva planta claustros, celdas, refectorios, aulas, biblioteca, etc. Recordemos que las casas fueron compradas por el arzobispo Deza el 15 de marzo de 1516 y cuando los dominicos tomaron posesión de ellas, en el documento firmado el 28 de noviembre de 1517 se indica que "está ya en estado que pueden los dichos Religiosos habitar, e estar en el, e la cappilla de el dicho Collegio esta bendicha, e dedicada"... Góngora señala que "con toda brevedad se dispuso la planta del Colegio, según la idea de su fundador, labrándose una capilla con tres altares y la puerta al el claustro, una librería baja muy capaz, un claustro grande con sus clases, refectorio, cocina, algunas celdas altas, y en los salones altos y bajos de una de las casas de dividieron celdas y otras oficinas". Ahondando en la idea de la reutilización de construcciones preexistentes hay que señalar que Rodrigo Caro al escribir en 1634 sobre el Colegio, afirma que, efecti­vamente, se asentaba sobre las casas que habían sido propiedad de la reina doña María de Padilla, de las que "permanece algo todavía de su antiguo edificio". Según Góngora, el arzobis­po Deza antes de morir, lo que aconteció en 1523, dejó labrado el claustro principal de dos plantas de altura, la capilla, la biblioteca, tres aulas, el refectorio y la sacristía, "sobre cuyos edificios quedaron labrados once celdas y un mirador muy espacioso. En las casas que fueron de la reina doña María de Padilla quedaron dispuestas dos clases, seis celdas bajas y diez celdas altas. En el claustro del refectorio quedaron señaladas la cocina y otras oficinas muy estrechas, y seis celda altas". En el transcurso de los años se verificaron modificaciones y añadidos para mejorar la habitabilidad del Colegio y aumentar su capacidad, edificándose nuevos aposentos. En 1636 se cons­truyeron dos celdas bajas y tres altas en uno de los lienzos del claustro del refectorio, y entre éste y el principal se labró la cocina, patio lavadero y despensa, y encima dos celdas agregándose "para mayor capacidad parte de la casa donde nací, a cuyo patio se abrieron ventanas para las celdas de el referido lienzo del claustro, y se labraron una bodega y dos celdas altas". Hacia 1640 se labró el otro lienzo del claustro, sobre lo que fue uno de los patios de las casas de la reina, en el que se dispuso tres celdas bajas, secretaría, claustro de doctores y maestros, encima se dispuso el granero y sobre éste tres celdas. Un paso más en el proceso constructivo de Santo Tomás tuvo lugar en 1698 en que se amplió la sacristía y el claustro principal a costa de una casa antigua; también se edificó una celda baja y un salón donde celebrar los actos públicos de conclusiones o las saba­tinas, lección o ejercicio literario que daban los estudiantes el sábado con el fin de acostumbrarse a argumentar.
     Para tener siquiera una idea aproximada de la disposi­ción de estos espacios hay que acudir a las someras descripciones de Góngora y González de León. Por otro lado, un croquis fechado en 1906 del proyecto de apertura y ensanche de la vía de comunicación entre la puerta Jerez y la plaza de San Francisco, nos permite conocer la inserción del inmueble en la trama urbana y la ordenación y distribución interior, aunque ya se habrían producido en él algunas remodelaciones para adecuarlo a los nuevos usos de fábrica de fusiles y sede del gobierno militar. El conjunto combina una serie de espacios abiertos o patios de mayor o menor envergadura -se aprecian un total de cuatro- en torno a los cuales se distri­buían las piezas del Colegio, configurando un entramado interior de cuya lectura no se deduce un plan organizativo "racional" sino más bien, como se desprende de las referencias de Góngora, una estructuración a base de anexiones, de acoplamiento a espacios y estructura preexistentes, conformando una arquitectura de adición, sistema por otra parte habitual en los recintos conventuales de la ciudad, determinado por las características de las fábricas y los espacios con que en origen contaban y las posibilidades económicas de la comunidad a la hora de proyectar una obra de nueva planta. 
     El Colegio poseyó al menos dos puertas principales, no sabemos si las dos en la plaza de Santo Tomás, como se aprecia en la estampa que se grabó en 1742 con motivo de la mascarada que organizaron los colegiales en honor del cardenal infante don Luis de Borbón, en el que aparecen las tapias de ladrillos sobre las que emerge una espadaña de dos cuerpos, un ábside que debe de ser el de la capilla de San Andrés, que se ubicaba en el interior de Santo Tomás y perte­neciente a la comunidad flamenca como veremos, varias ventanas y un vano de acceso al Colegio de arco sobre columnas con escudo de la Orden en la clave y enmarcado por alfiz. El zaguán de entrada daba paso a la derecha a un pequeño patio que a modo de distribuidor comunicaba con la iglesia conventual, el claustro principal, la capilla de Nuestra Señora del Rosario y la citada de San Andrés. La iglesia conventual, paredaña a uno de los lados del claustro principal, hubo de ser de modestas proporciones; de ella dice González de León que era como "poco más que una sala particular", no poseía puerta a la calle por no ofrecer culto al público; sabemos que tenía coro alto que caía sobre el mencionado zaguán, y sus paredes estaban recubiertas con azulejos polícromos, desconociéndose otras características arquitectónicas aunque sí que estaba cubierta con un alfarje mudéjar de principios del siglo XVI. Realizado en madera labrada, dorada y estofada, que afortunadamente se ha conservado cubriendo parte de la nave del Lagarto del Patio de los Naranjos de la Catedral, a donde fue llevado en 1889 a solicitud del cabildo eclesiástico al Ministerio de la Guerra, que en estos años tenía el edificio. Hemos de señalar que otro alfarje procedente también de Santo Tomás, de alguna estancia relevante, se salvó de su destrucción al ser llevado al Ayuntamiento, en donde se halla colocado en uno de los salones de la planta alta, que actualmente recibe el nombre de Salón Santo Tomás. Constituye un bello techo de madera formado con pequeños casetones con flores en su interior atravesados por vigas sobre ménsulas, adornadas con sogas anudadas en el centro.
     La sacristía, construida en tiempos del arzobispo Deza, se amplió en 1698 agregándosele una casa antigua y estuvo dotada con buenos ornamentos y relicarios según Góngora, y un arca o archivo con el breviario en que rezaba el arzobispo fundador, escrito en vitela y con bellas estampas. En ella había un oratorio con su correspondiente altar presidido por un Crucifijo.
     El claustro principal era cuadrado, de dos pisos de altura con arcos sobre columnas de mármol blanco; por un corto pasadizo se entraba a otro patio de similares características pero más pequeño, en donde hubo de estar el refectorio. En los referidos patios así como en la sacristía y cocina había pila de agua corriente, concedida por merced real desde la fundación de la casa. En ambos claustros se localizaban en la planta baja las aulas donde se impartían las clases de retórica, filosofía, teología, latín y matemáticas, de buen tamaño para albergar al numeroso alumnado que las frecuentaban. En el piso alto se disponían las celdas de los colegiales, "diáfanas y cómodas" y la biblioteca, en el principal, con muchos y buenos libros, antiguamente había unos cajones o gavetas grandes con sus llaves, donde estuvieron guardados muchos libros y papeles manuscritos de aprecio y estimación que los señores Reyes Católicos dieron al venerable fundador...valiose de ellos el bachiller Luis Peraza... para la historia de Sevilla que dejó manuscrita". Otros patios menores y piezas de servicio completaban el conjunto, como se aprecia en la planta de 1906.
     Situados de nuevo en el zaguán, a la izquierda se hallaba la capilla de San Andrés o de "las naciones flamen­cas y alemanas", por pertenecer a las personas de estas naciones residentes en Sevilla, dedicadas a actividades comerciales, quienes tuvieron frente al Colegio un hospital para atención de sus miembros también bajo la advocación de San Andrés. Era una capilla abierta al público pese a su carácter corporativo, en donde sus miembros recibían sepultura en tres bóvedas excavadas para ello, además de otras para familias más distinguidas como la de los Conigues o Peraltas. Se desconocen sus características arquitec­tónicas, sólo sabemos que por escritura firmada el 4 de agosto de 1604 los dominicos le otorgaron lo que fuera librería del Colegio para que en ella se estableciera la capilla, obligándose la corporación al pago de una renta y tributo perpetuos. La librería conventual pasó a una celda alta del claustro principal.
     De nuevo situados en el zaguán de entrada y pasando por el pequeño patio, a la izquierda se hallaba la capilla de Nuestra Señora del Rosario de pequeñas dimensiones, que se montó sobre la que fuera aula de gramática ante la gran devoción que alcanzó el rezo del santo Rosario entre los estudiantes, lo que llevó a realizar esta práctica en la capilla de la nación flamenca con el permiso de sus cónsules y mayordomos por los años 1630; la propia familia de los Conigues hicieron a su costa las imágenes de la Virgen y San José y las colocaron en nichos laterales del altar mayor. Como el piadoso rezo iba a más se constituyó una hermandad de seculares y eclesiásticos y se habilitó la citada aula para capilla de la Virgen del Rosario, de la que no se conocen datos arquitectónicos. Para ella se fabricó el correspondiente retablo y Murillo pintó la Virgen del Rosario con Santo Domingo de Guzmán.
RETABLOS Y ESCULTURAS
     En la iglesia conventual se constata la existencia de tres altares con sus correspondientes retablos, el mayor y dos en cada uno de los muros laterales. El retablo mayor no se ha conservado y su ejecución hay que adjudicarla al maestro Jerónimo Velázquez presente en la firma del contrato el 21 de enero de 1631 en el que Zurbarán concierta pintar el lienzo que lo presidía. En la escritura no se especifican las caracte­rísticas estructurales del mismo, que según las someras descripciones de las fuentes manejadas era de madera dorada y estofada y constaba de un banco en el que se insertaban seis pinturas, y un cuerpo a modo de gran guarnición que enmarcaba la pintura de la Apoteosis de Santo Tomás. Durante la ocupación francesa fue destruido y con la vuelta de los Dominicos al Colegio en 1815 se realizó uno nuevo formado por pilastras y ático, que tampoco se ha conservado. Los retablos laterales, de autor desconocido, eran igualmente de madera dorada y estofada; el del lado del evangelio con imágenes de Nuestra Señora del Rosario, flanqueada por San Francisco de Asís y Santo Domingo de Guzmán, y en el remate un Calvario de marfil, una Santa Teresa y Santa Rosa de Lima. El del lado de la epístola estaba dedicado a Santa Catalina de Siena. De ninguna de estas piezas tenemos más noticia. En el centro de la iglesia y delante del altar mayor se levantaba el sepulcro del fundador del Colegio, fray Diego de Deza, que murió el 9 de junio de 1523, a la edad de ochenta años, en el monasterio sevillano de San Jerónimo de Buenavista, de una "enfermedad apresurada", en donde se encontraba retirado antes de ir a tomar posesión de su nuevo cargo de arzobispo de Toledo. Atendiendo a su última voluntad que otorgó el 24 de mayo de 1523, de querer ser enterrado en la capilla de Santo Tomás, fue traído con gran solemnidad y colocado en el sepulcro realizado por un autor desconocido en mármol blanco, y formado por una estructura tumular con epitafio latino alrededor y la escultura yacente del fundador, de 2 metros de largo, en alto relieve, vestido de pontifical, con báculo y mitra frigia con adornos de estilo plateresco y un león a los pies. Destruido el sepul­cro y rota la estatua por las tropas napoleónicas, en 1814 se labró nueva urna de mármol blanco con inscripción latina y se le puso la antigua escultura, con el rostro un tanto mutilado al igual que el león que reposa a sus pies, al que le faltan la cabeza y las patas; se colocó en alto bajo un arco en el muro del evangelio de la iglesia conventual. Destinado el edificio a oficinas militares, a instancias del Cabildo eclesiástico y de don Francisco de Borja Palomo, antiguo alumno del Colegio, se pidió el mausoleo al Ministerio de la Guerra, consiguiéndose su traslado el 1 de junio de 1884 a la capilla de San Pedro de la Catedral de Sevilla, donde se conserva, no así el escudo del arzobispo, en poder por aquellos años de don José de Irureta Goyena quien lo ofreció para su colocación en el sepulcro, lo que no se llevó a efecto.
     Según Ceán Bermúdez y Justino Matute, en la iglesia había un Niño Jesús, cuya ejecución la adjudican a Luisa Roldana, obra de la que no se vuelve a tener noticia, dándose por perdida.
     Para la capilla de Nuestra Señora del Rosario, que se montó sobre lo que fueron dos aulas del Colegio para dar cabida a la hermandad formada por la comunidad y seglares para el rezo del santo Rosario, concertó Luis de Figueroa el 2 de noviembre de 1624 la ejecución de un retablo de madera de borne. El maestro ensamblador se comprometía a termi­narlo para el día de Pascua de Resurrección de 1625, y su precio que se estipuló en 2.500 reales sería costeado por don Domingo Fernández de Peralta. En el contrato no se detallan sus características estructurales ni decorativas, y es obra que hemos de dar por desaparecida. Para esta misma capilla consta la ejecución de otro retablo en 1701 por el maestro José de Escobar, que tampoco se ha conservado y del que se desconocen otros datos sobre su configuración y ubicación precisa en la referida capilla.
     La capilla de los Flamencos o de San Andrés poseyó igualmente un retablo mayor de madera, dorada y estofada cuyo autor se desconoce. Constaba de banco en el que se insertaban dos pinturas y un gran cuerpo central para albergar el lienzo con la representación del Martirio de San Andrés pintado por Roelas. En esta capilla señala González de León "otros dos altares de poco mérito", de los que no se poseen más datos. Por otro lado, sabemos que por los años 1630 la familia flamenca de los Coniques costeó las imágenes de la Virgen y San ]osé que fueron colocadas en dos nichos a los lados del retablo mayor, sobre las que no existen otras referencias.
PINTURAS
     El retablo mayor de la iglesia conventual poseía un lienzo de grandes dimensiones, representando la Apoteosis de Santo Tomás, concertado el 21 de enero de 1631 por Francisco de Zurbarán con el rector del colegio fray Alonso Ortiz Zambrano y los consiliarios fray Pedro de Ballesteros y fray Diego Pinel. El artista cobraría la suma de 400 ducados en moneda de vellón, comprometiéndose a terminarlo para el día de San Juan, 24 de junio, de ese mismo año. Con la llegada de los franceses en 1810, el cuadro fue depositado en el Alcázar donde constaba inventariado con el número 61, saliendo de España para engrosar los fondos del Museo Napoleón en París. Vuelto a nuestro país en 1814, no llega al colegio hasta 1819, siendo restaurado por el pintor local José Mª Arango, colocándose en la iglesia en un nuevo retablo-marco. Durante el trienio liberal 1820-1823 lo hallamos en la Catedral de Sevilla, pasando de nuevo a Santo Tomás hasta la exclaustración de 1835. En 1840 consta ya en el Museo de Bellas de nuestra ciudad, donde se conserva. Obra ampliamente conocida y estudiada, es considerada como una de las mejores y de mayor envergadura dentro de la producción del artista, plena de rico cromatismo y excelentes estudios fisonómicos. Su iconografía estuvo directamente señalada por los religiosos del Colegio, -"la advocación que se nos hordenare"-, que no fue otra que la del Santo cuya advocación tenía el centro universitario. Zurbarán planteó la composición tomando como refe­rentes a maestros de la escuela sevillana -Herrera "el Viejo", Alonso Vázquez- y otros foráneos -Carracci, Zuccaro, Callot­- a través de estampas grabadas. La figura de Santo Tomás -que según el canónigo Loaysa era el retrato del racionero Agustín Abreu Núñez de Escobar- aparece en el centro de la composi­ción, de pie sobre una base de vaporosas nubes, en actitud de recibir la inspiración del Espíritu Santo situado sobre él, para escribir sus importantes tratados en el libro abierto que sostiene, estando flanqueado por los Cuatro Doctores de la Iglesia, San Ambrosio y San Gregorio a izquierda de la imagen y San Jerónimo y San Agustín a la derecha, todos ellos como modelos a imitar por los colegiales a los que muestran sus grandes infolios abiertos. En el registro de tierra se disponen de forma equilibrada dos grupos de personajes arrodillados, venerando la apoteósica figura del Doctor Angélico; a la izquierda el arzobispo y fundador del Colegio, fray Diego de Deza acompañado de tres dominicos, quizás el prior y consiliarios que concertaron la pintura, y a la derecha el Emperador Carlos, quien otorgó al centro la condición de Universidad, acompañado de tres alumnos revestidos con sus mucetas. En el centro y respaldado por un fondo de arquitectura, se dispone una mesa cubierta con paño de terciopelo rojo que muestra la cédula plomada fundacional del Colegio, en la que se incluye la firma del pintor, un libro cerrado y un bonete, alusivos a la actividad docente. Completa la composición un luminoso rompimiento de gloria, en el que a los lados de la Paloma del Espíritu Santo se disponen Jesucristo y la Virgen así como San Pablo y Santo Domingo de Guzmán.
     El retablo mayor se completaba con la inclusión de un total de seis pinturas en el banco, según Góngora "de tres cuartos de largo y dos de ancho", que representaban santos de la Orden, de medio cuerpo, que Ponz duda fueran de Zurba­rán, y que Ceán las adjudica al maestro. De ellas señala González de León que fueron repuestas en 1815 pero que tras la Desamortización y en el traslado al Museo sevillano del cuadro central desaparecieron, perdiéndoseles el rastro desde entonces. Asimismo, cita Ponz en la iglesia un tabla pequeña con la imagen de la Virgen "que semeja al estilo de Miguel Ángel, copiado por un artífice de mérito", de la que no se posee otra noticia.
     Para la capilla de Nuestra Señora del Rosario realizó Murillo el lienzo que representa La Virgen entregando el Rosario a Santo Domingo, obra firmada por el maestro, la más temprana que hasta ahora se conoce ya que su ejecución se sitúa hacia 1638-1640, y en la que en su composición y estilo se advierte una clara influencia de los pintores locales ya consagrados, como su maestro Juan del Castillo -el dibujo y rasgos faciales- Juan de Roelas -el rompimiento de gloria- y Zurbarán -estudio de los ropajes-. Depositada por los franceses en el Alcázar, en donde fue inventariada con el nº 112, no tenemos la certeza de que volviera al Colegio pues cuando la menciona González de León lo hace en pasado. Actualmente se conserva en el Palacio Arzobispal de Sevilla. Rematada en semicírculo para acoplarse al retablo, presenta a la Virgen con el Niño sentada en un trono de vaporosas nubes con cabezas de querubines, rodeada de ángeles músicos y cantores y otros que derraman flores, y entregando el rosario al Santo que se encuentra arrodillado en el ángulo inferior izquierdo. La composición se completa con el can con la antorcha encendida en la boca y la bola del mundo, atributos de Santo Domingo, y un libro con azucenas, y en el extremo derecho un pilar con escudo de armas. Según Justino Matute el retablo en el que se inser­taba este lienzo de Murillo se remataba con otra Virgen que el erudito adjudica al maestro y sobre la que no se conoce otra referencia. Asimismo, señala Matute que tras la epidemia que se declaró en la ciudad en 1709, en la que sólo murió un miembro de la comunidad del colegio, ésta, agradecida a la intercesión de las Santas Justa y Rufina mandó pintar un lienzo de las Santas Patronas que fue colocado en la Capilla de la Virgen del Rosario, obra de la que no hay más noticia.
     En la capilla de la Nación Flamenca se hallaba el gran lienzo -en dimensiones y calidad- del Martirio de San Andrés, que presidía su retablo mayor, realizado por Juan de Roelas hacia 1610-1615. Incautado por los franceses, constaba en el Alcázar con el número 122; actualmente se conserva en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. Es obra de excepcional calidad en su composición, dibujo y colorido, de clara remi­niscencias de los maestros venecianos del último tercio del XVI. El Santo, de semblante sereno y resignado, y de admi­rable descripción anatómica, se halla amarrado a una cruz en aspa presidiendo la espectacular escena, en la que se distribuyen numerosas figuras a sus pies que muestran con sus gestos y expresiones faciales diferentes actitudes ante el espectáculo del martirio: complacencia, curiosidad, piedad. La composición se completa con un fondo de paisaje con arquitectura y un amplio rompimiento de gloria con ángeles músicos y querubines que portan coronas y ramilletes de flores y la palma del martirio. El retablo se completaba con dos obras más pequeñas que se disponían en el banco, que representan La vocación de San Pedro y de San Andrés y La predicación de San Andrés, respaldadas por bellos fondos de paisaje, igualmente realizadas por Roelas, obras que tras pasar por el comercio de arte se hallan actualmente en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. En la portezuela del sagrario figuraba un Niño Jesús que ha sido localizado en la colección Millán Delgado de Sevilla.
     En la sacristía de la capilla de los Flamencos refiere Ponz la existencia de pinturas nada "despreciables... en especial las que representan diversas Santas, y algunos Santos Obispos... otra del llamamiento de Christo a los Apóstoles, firmada: Gierolamo Lucerti da Correggio 1608; pero de mérito muy mediano". Ceán por su parte señala "otros quadritos con santos también en la sacristía, que pertenecen al citado retablo", obras que hasta la fecha están sin identificar.
     En la escalera del Colegio se hallaba una Virgen del Rosario con colegiales firmada por Sebastián de Llanos Valdés en 1667, que, incautada por los franceses, pasó a la colección del mariscal Soult en París, cuyos herederos la vendieron en 1852; en 1915 era propiedad de Mr. Hugh Lane quien la donó a la Galería Nacional de Arte de Dublín. Presenta una convencional composición, con la Virgen con el Niño ocupando la mayor parte del lienzo, sentada sobre un trono de nubes y extendiendo el brazo para ofrecer el rosario a los colegiales arrodillados agrupados a derecha e izquierda en la zona de tierra, gesto que repite igualmente el Niño. Equi­librio y armonía dominan la composición de evocación zurbaranesca y acentuado sentido claroscurista de rostros y manos iluminados, destacados de la penumbra general, en la que se disipan los cuerpos envueltos en negras vestimentas de los colegiales cuyas fisonomías evidencian correspon­der a retratos.
    Para la biblioteca del Colegio pintó Zurbarán el Retrato del Arzobispo de Sevilla fray Diego de Deza, y fundador del centro, que puede corresponder al que fue depositado en el Alcázar con el número 65 como "Retrato de Fundador" y próximo al de la Apoteosis de Santo Tomás que presidía el altar mayor de la iglesia conventual. Según Justino Matute en la celda prioral existió una réplica de este retrato que también adjudica a Zurbarán. En el Museo del Prado se conserva uno de estos retratos, que se considera el que estuvo en la biblioteca, en el que el Arzobispo está representado mirando al espectador con gran intensidad, sentado en un sillón frailero, tocado con bonete negro y vestido con muceta negra sobre un alba blanca. A la izquierda se dispone una mesa cubierta con tapete rojo, con libros, alusivos a su actividad literaria, y una campanilla. En el ángulo superior izquierdo se halla su escudo de armas y a la derecha una inscripción latina en la que se refiere algunos de los cargos que ostentó. Su ejecución se sitúa en torno al año 1631 y para ella Zurbarán hubo de inspirarse en la escultura de mármol que tenía la sepultura de Deza, que se hallaba en la iglesia del Colegio. Por otra parte, en el Norton Simon Museum of Art de Pasadena, en California se halla otro retrato del fundador de similares características que puede ser el de la celda prioral (Matilde Fernández Rojas. Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Benedictinos, Dominicos, Agustinos, Carmelitas y Basilios. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2008).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de Santo Tomás de Aquino, presbítero y doctor de la Iglesia; 
HISTORIA Y LEYENDA
   Nacido cerca de Aquino, en Campania, en 1225, en principio fue oblato en el monasterio de Montecasino, pero continuó sus estudios en Nápoles, don­de en el año l243, contra la voluntad de su familia, ingresó en la orden de los dominicos.
   Discípulo de Alberto Magno en Colonia y en París, en 1252 profesó como teólogo en la Sorbona y tuvo una segunda residencia en París entre 1269 y 1272.
   Murió en 1274 a los cuarenta y ocho años de edad, en la abadía cisterciense de Fossanova, mientras se dirigía al concilio de Lyon.
   Su obra capital es la célebre Summa theologica que le valió el título de Doctor angelicus, Scholarum prínceps, Lumen Ecclesiae.
   Su biografía ha sido engalanada con numerosas leyendas que inspiraron a los artistas.
   Un ermitaño anunció a su madre que el hijo que iba a parir se convertiría en un gran santo.Con un tizón encendido expulsó a una mujer impúdica que había entrado en su habitación para seducirle. Dos ángeles le ciñeron un cinturón de castidad para protegerlo, de allí en adelante, contra las tentaciones de la carne. Deseaba arenques frescos como los que comiera en París. Un pescador de Terracina se los proporcionó, aunque esa especie ictícola fuese desconoci­da en aquellas latitudes. Un monje dominico de la ciudad de Brescia lo vio aparecer junto a san Agustín, con el pecho adornado con un gran carbúnculo (rubí) que ilumi­naba a la Iglesia.
CULTO
   Canonizado en 1323 por el papa francés de Aviñón Juan XXII, se convinio en motivo de orgullo de la orden de los dominicos, que lo celebraba como el quinto Doctor de la Iglesia latina.
   En 1369 su cuerpo fue trasladado a la iglesia de los dominicos de Toulousse, casa matriz de la orden. El monumento funeral que se le erigió poco después del traslado de sus reliquias, en 1629 fue reemplazado por un nuevo mausoleo. El papa Urbano V concedió su brazo derecho al convento de Saint Jacques de París, de allí la denominación jacobinos (Jacobins), que se aplicó a los dominicos.
   En 1567 el papa Pío V decretó que la Iglesia, a partir de entonces, profesaría a santo Tomás de Aquino el mismo culto que a los Padres de la Iglesia. Así se explica el cuadro de Zurbarán que se conserva en el Museo de Sevilla, donde se lo representa de pie entre los cuatro doctores de la Iglesia latina: san Ambrosio, san Agustín, san Gregorio Magno y san Jerónimo.
   Particularmente venerado en Nápoles, era el patrón no sólo de la orden de santo Domingo, sino de los teólogos en general, de las escuelas y de las universidades católicas. Los libreros y fabricantes de lápices (fabbricanti di ma­tite) también se ponían bajo su protección.
   En España, el convento de los dominicos de Ávila, que hicieron construir los Reyes Católicos y donde se erigió la tumba de don Juan, está puesto bajo su advocación.
   A causa de un episodio de su leyenda, se lo invocaba como protector de la castidad. A su cinturón, que se conserva en Vercelli, se le atribuía la facultad de apaciguar los ardores lascivos (omnem libidinis motum).
ICONOGRAFÍA
   Según los testimonios de sus contemporáneos y su retrato de Montecasino, era muy corpulento, y hasta obeso. 
   Pero los artistas lo adelgazaron para idealizarlo, tal como lo hicieran con el franciscano san Antonio de Padua. Se complacieron en representarlo entre Aristóteles y Platón, pisoteando al herético árabe Averroes. Sobre la túnica lleva el cinturón de castidad (cingulum castitatis) que le colocaran dos ángeles. Sus atributos usuales son la paloma del Espíritu Santo, que le habla al oído, un emblema que comparte con el papa san Gregorio Magno, una estrella o un pequeño sol que, aludiendo a la visión del monje de Brescia, brilla como un carbúnculo ya sobre su pecho, ya sobre su hombro derecho.
   Aunque es infrecuente, en algunas representaciones sostiene una maqueta de iglesia, que significa que se encuentra situado entre los grandes doctores de la Iglesia; un cáliz y un lirio.
   A veces, en alusión a su título de Doctor angelicus se lo ha representado con alas, o tal vez haya sido a causa de una confusión con el predicador domi­nico san Vicente Ferrer (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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