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jueves, 4 de junio de 2020

La pintura "Jesús entre los doctores", de Zurbarán, en la sala VI del Museo de Bellas Artes


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Jesús entre los doctores", de Zurbarán, en la sala VI, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
     Hoy, 4 de junio (jueves posterior a la Solemnidad de Pentecostés), se celebra la Fiesta de Nuestro Señor Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, según el rito de Melquisedec, en quien el Padre se ha complacido desde toda la eternidad, mediador entre Dios y los hombres que, para cumplir la voluntad del Padre, se ofreció a sí mismo en el altar de la cruz de una vez para siempre como víctima de salvación en favor de todo el mundo. Al instituir el sacrificio de la eterna alianza, elige con amor de hermano a hombre de este pueblo para que, al repetirlo constantemente en la Iglesia, se renueve la abundancia de la divina gracia con la que nacerá el cielo nuevo y la tierra nueva, y se realizará hasta los confines del mundo lo que el ojo no vio ni el oído oyó ni el hombre puede pensar [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la pintura "Jesús entre los doctores", de Zurbarán, en la sala VI del Museo de Bellas Artes, de Sevilla
     El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
   En la sala VI del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "Jesús entre los doctores", obra de Francisco de Zurbarán (1598-1664), siendo un óleo sobre lienzo en estilo barroco, pintado hacia 1629-30, con unas medidas de 1,25 x 1,04 m., y procedente del Convento de la Trinidad Calzada de Sevilla, mediante la donación de Dª Isabel López de la Orden (1981).
   La escena representa el pasaje del evangelio de San Lucas. También aparece en los evangelios apócrifos, en los que Jesús aparece en el templo discutiendo con los doctores, ante la presencia de San José y La Virgen. La concepción de la obra es característica del hacer zurbaranesco, como la cortina-dosel que se sitúa sobre Jesús o los detalles arquitectónicos con la escalera y las columnas del fondo, se representa la figura del Niño a mayor altura que el resto de los personajes. En cuanto al color, utiliza un rico contraste de tonalidades, lleno de armonía cromática que con el tratamiento de la luz, fuertemente dirigida, crea un fuerte efecto claroscurista muy característico de las primeras obras del autor.
   Jesús entre los doctores. La escena ilustra el pasaje del evangelio de San Lucas que también recogerían los evangelios apócrifos, en el que Jesús aparece en el templo discutiendo con los doctores, vislumbrándose al fondo la presencia de la Virgen y San José (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
   El nacimiento de Francisco de Zurbarán tuvo lugar en 1598 en Fuente de Cantos, una pequeña población de la provincia de Badajoz. Desde muy joven vivió en Sevilla, donde hizo su aprendizaje con Pedro Díaz de Villanueva, pintor que actualmente es desconocido. Durante los años de juventud, transcurridos en Sevilla, debió de conocer a Velázquez puesto que prácticamente tenían la misma edad y ambos se estaban formando en el oficio de pintor. Cuando terminó su aprendizaje volvió a su tierra natal y allí comenzó su carrera como artista. Sin embargo pronto comenzó a recibir peticiones de pinturas desde Sevilla, lo que en 1626 le movió a instalarse en esta ciudad.
   En pocos años Zurbarán se convirtió en el pintor preferido de las órdenes religiosas sevillanas, por ello realizó numerosas obras para dominicos, mercedarios, cartujos, franciscanos y jesuitas; igualmente fue solicitado por la burguesía y la aristocracia realizando para ellos composiciones religiosas, naturalezas muertas y retratos.
   En 1634 su fama era muy elevada por lo que fue llamado a Madrid, quizá recomendado por Velázquez, para pintar al servicio del rey Felipe IV en el palacio del Buen Retiro. Cuando volvió a Sevilla, continuó su trayectoria triunfal, al estar considerado como el pintor más importante de la ciudad. Igualmente recibió  encargos para pintar en poblaciones próximas y así fue solicitado por los cartujos de Jerez y los jerónimos de Guadalupe.
   Sin embargo, a partir de 1645 coincidiendo con los comienzos de la actividad de Murillo en Sevilla, su estilo comenzó a quedarse anticuado y la clientela por ello se dirigió a otros pintores buscando un arte más dinámico y descriptivo. En 1658 Zurbarán abandonó Sevilla y se trasladó a vivir a Madrid, pensando que allí su fama le serviría para seguir obteniendo el favor de la clientela y quizá también con la esperanza de ser nombrado pintor del rey. Pero su momento de esplendor ya había pasado y murió en 1664 en Madrid sin haber conseguido sus objetivos.
   No murió Zurbarán pobre y olvidado como algunas veces se ha indicado, puesto que en su testamento se señala que no tenía deudas que pagar. Se ha precisado también que el ambiente doméstico en el que falleció era modesto tal y como se deduce del inventario de sus bienes. La explicación radica en que Zurbarán tenía sus recursos económicos en Sevilla y su domicilio, situado en esta ciudad en el Callejón del Alcázar, no había sido trasladado a Madrid lo que justifica la escasez mobiliaria y la provisionalidad de su domicilio madrileño, circunstancia impuesta por la espera del nombramiento de pintor real que nunca llegó a obtener.
   La pintura de Zurbarán en sus momentos de plenitud refleja perfectamente el espíritu calmado y sereno de la vida española en su época. Pintó formas sólidas y estables que traducen la quietud del cuerpo y del alma, captando con asombroso realismo los aspectos exteriores de los objetos y las texturas y brillos de las telas. Es Zurbarán el pintor del silencio y de la vida interior, aspectos que dan siempre a sus personajes una potente trascendencia espiritual.
"Jesús entre los doctores", Fco. de Zurbarán, 1629-30.
   La representación de Cristo ante los doctores, obra que parece proceder de un pequeño retablo colateral del convento de la Trinidad Calzada de Sevilla. Es pintura temprana dentro de la actividad de Zurbarán en la ciudad, puesto que junto con otras composiciones su ejecución se contrató en 1629. Las características técnicas de esta pintura evidencian la intervención de ayudantes lo que disminuye notablemente la calidad original que el propio artista tenía cuando realizaba las obras de forma personal (Enrique Valdivieso González, Pintura en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. Tomo II. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de la escena "Jesús en medio de los doctores"
   Esta escena, que es la última del ciclo de la Infancia de Jesús, está relatada sólo en el Evangelio de Lucas 2: 41-51. Pero también se encuentra en los Evangelios apócrifos, especialmente en el Evangelio árabe de la Infancia.
   Los israelitas estaban obligados a asistir a las grandes fiestas de Jerusalén. A los doce años de edad Jesús acompañó por primera vez a sus padres a la fiesta de la Pascua. Se sentó en el templo, en medio de los doctores de la Ley y les declaró que los tiempos se habían consumado, que el Mesías había venido como lo anunciara Isaías. Los doctores estaban estupefactos por su precoz sabiduría (Stupebant om­ nes qui eum audiebant  super prudentia  et responsis  ejus).
   No obstante, José y María habían regresado a Nazaret sin él creyendo que él iría con otros peregrinos. Inquietos, volvieron sobre sus pasos y acabaron por encontrarle en el templo después de tres días de búsqueda. La Virgen le hizo tiernos reproches, y le preguntó: «Hijo, ¿por qué has obrado así con nosotros? Mira que tu padre y yo, apenados, andábamos buscándote.»
   La historicidad de este episodio es sospechosa. De acuerdo con la tradición hebrea es igualmente a la edad de doce años que Moisés se separa de su familia, que Daniel se revela, que Salomón se convierte en rey y profetiza. El evangelista, que quería poblar el período vacío de la adolescencia del Salvador, sin duda se inspiró en esos precedentes para demostrar que desde la niñez Jesús había tenido consciencia de su misión.
   Los hagiógrafos copiaron a su vez ese tema bíblico en la Disputa de santa Catalina con los doctores de Alejandría. Es el modelo de los escolares que dan lecciones a sus maestros.
Iconografía
   El relato de Lucas ha provisto el tema con tres escenas diferentes que aparecen ya separadas, ya yuxtapuestas.
          l. Jesús discutiendo con los doctores.
          2. Jesús perdido.
          3. Jesús encontrado por sus padres.
   a) El niño Jesús disputando con los doctores
   Evangelio de Tomás, cap. XIX .
   Es la primera manifestación de Cristo maestro. Jesús adolescente está sentado, sus pies descalzos descansan sobre un taburete, o está representado a medio cuerpo. Ya eleva la mano en gesto oratorio, ya cuenta sus argumentos con los dedos. Este último gesto, llamado el cómputo digital, era tradicional en las disputas teoló­gicas e ilustra el método de argumentación escolástica.
   Los libros a los que se refieren Jesús y los doctores son diferentes. Jesús muestra un codex al tiempo que los judíos sostienen rollos. Ellos conservaron, en efecto, la costumbre de escribir los textos santos en rollos. En ese detalle significativo puede advertirse la oposición entre el Evangelio y la Torá, entre la Antigua y la Nueva Ley. Agrupados en semicírculo alrededor  de Jesús, los doctores,  a  quienes los artistas se complacen en conferir un tipo semítico muy acentuado, se asombran por la precocidad del Niño prodigio: Sus reacciones son muy diversas: uno dirige el oído hacia él, el otro, perplejo, se lleva la mano al mentón.
   Infrecuente en el arte paleocristiano, el tema se hizo popular en la Edad Media que lo enmarcó entre dos prefiguraciones del Antiguo Testamento: José interpretando los sueños del faraón y Daniel explicando los sueños de Nabucodonosor.
   Los siglos XVI y XVII también ofrecen numerosos ejemplos. En la imaginería popular el Niño se convierte en un pequeño predicador que habla desde el púlpito.
   b) El niño Jesús perdido en el templo
   c) El niño Jesús hallado en el templo
   La Virgen, inquieta, regresa al templo con José y pone la mano sobre el hom­bro de Jesús.
   De acuerdo con otra versión, José habría salido solo en busca del Niño y lo habría conducido a la Virgen. Ella acoge a Jesús, que tiene el libro apretado contra el pecho, con un gesto de reproche.
   El tema, que en francés arcaico se llamaba La Recouvrance (La Recuperación), adquirió mayor popularidad a finales del siglo XV, gracias a la nueva devoción del Rosario, porque se inserta, efectivamente, igual que una cuenta en un rosario, en el ciclo de los Siete Gozos de la Virgen. La pérdida del Niño es uno de los Siete Dolores y su regreso al hogar, uno de los Siete Gozos.
   Esta escena, que cierra el ciclo de la Infancia y que puede considerarse como la primera Predicación de Jesús, sirve de transición entre su Vida oculta y su Vida pú­blica. Entre una y otra transcurrieron muchos años de los que no sabemos nada. Entre su duodécimo y su trigésimo año, es decir, durante más de la mitad de su vida, Jesús desaparece de la historia.
   Puede conjeturarse que durante este período fue discípulo de san Juan Bautista. Pero para que el Mesías no apareciese en una posición subordinada en relación con aquél, los evangelistas prefirieron guardar silencio acerca de ese período de aprendizaje, con el objeto de reducir al mínimo la deuda que Cristo contrajo con el Precursor (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Francisco de Zurbarán, autor de la obra reseñada;
   Francisco de Zurbarán y Salazar (Fuente de Cantos, Badajoz, 7 de noviembre de 1598 – Madrid, 27 de agosto de 1664). Pintor.
   De madre extremeña, Isabel Márquez, su padre, Luis de Zurbarán, de origen vasco, tenía una mercería y posición desahogada. No se sabe de dónde proviene su segundo apellido, Salazar. El 15 de enero de 1614, Zurbarán, entra en el obrador del “pintor de imaginería”, Pedro Díaz de Villanueva, por un periodo de tres años. Al terminar su aprendizaje regresa a Extremadura, concretamente a Llerena, donde se casa con María Páez en torno a 1617 y bautiza a su hija María, el 22 de febrero de 1618.
   En este año, realiza para la fuente de la Plaza Mayor de Llerena un dibujo preparatorio por encargo del Ayuntamiento y pinta una imagen de la Virgen para la puerta de Villagarcía de esa localidad. A los pocos años, nacería su hijo Juan, concretamente en 1620, uno de los más interesantes bodegonistas del XVII, quien probablemente se formaría con su padre, y que moriría tempranamente en 1649 por la peste que asoló a la ciudad de Sevilla. 
    A pesar de residir en Llerena, sigue contratando trabajos para Fuente de Cantos, como es el dorado de las andas para la Hermandad de Madre de Dios de su pueblo natal. En 1623 nacería su hija, Isabel Paula, y al poco queda viudo, pues su esposa María Páez, es enterrada el 7 de septiembre de 1623 en la iglesia de Santiago de Llerena. De estos momentos no se conocen obras, tan solo encargos de piezas no localizadas como el contrato publicado por Garraín-Delenda de 1624 entre el artista y los Mercedarios de Azuaga para la ejecución de una escultura de un crucificado. Al poco tiempo, vuelve a casarse con una mujer viuda de edad avanzada y posición acomodada, Beatriz de Morales, y en 1625 se documenta su trabajo para el retablo de la iglesia de Montemolín, para el que pinta un lienzo.
   El 17 de enero de 1626, siendo todavía vecino de Llerena, firma contrato con el prior del Convento Dominico de San Pablo de Sevilla para realizar en ocho meses veintiún cuadros sobre la vida de santo Domingo y padres y doctores de la Iglesia. El Museo de Bellas Artes de Sevilla conserva un San Ambrosio, San Jerónimo y San Gregorio y la actual iglesia de la Magdalena de la ciudad hispalense, guarda dos lienzos representando La curación milagrosa del Beato Reginaldo de Orleáns y Santo Domingo en Soriano, sin duda, obras de este conjunto. Lo sorprendente es que en estas primeras pinturas están ya presentes las características definitorias de su estilo: robustez en las figuras, volumetría escultural y un tratamiento de las telas rico y quebrado, además del gusto por los detalles de naturaleza muerta, tal y como se aprecia en la pequeña mesa del beato Reginaldo donde aparece una taza de peltre en un plato con una rosa y una fruta. Errores de perspectiva evidentes en la articulación de las figuras y, sobre todo, en el tipo de santas vestidas de ricas telas.
   De este convento de San Pablo el Real de Sevilla también procede una obra magistral: El Crucificado del Chicago Art Institute fechado en 1627 y verdadero ejemplo de naturalismo y verismo. El éxito de esta pintura fue notable e incluso se le solicitó que se quedara en Sevilla, pero regresaría a Llerena, pues el 29 de agosto de 1628 recibe el encargo del comendador de la Orden de la Merced de la ejecución de veintidós escenas de la vida de San Pedro Nolasco destinados para el segundo claustro del Convento de la Merced Calzada de Sevilla. Para la ejecución de este conjunto quedaba claro que se trasladaba con los ayudantes y oficiales de su obrador desde Llerena, por lo que en fecha tan temprana estaba completamente establecido de una forma casi empresarial y concluiría la serie entre 1629 y 1630. De los lienzos del conjunto, los más sobresalientes son los conservados en el Museo del Prado: La visión de san Pedro Nolasco y Aparición de San Pedro a San Pedro Nolasco (1629) además del recientemente localizado por Odile Delenda, La Virgen entrega el hábito de mercedario a San Pedro Nolasco y conservado en colección particular. Al conjunto también pertenecen la Salida de San Pedro Nolasco para Barcelona (Museo Franz Mayer, México), La entrega de la Virgen del Puig a Jaime I (1630) (Museo de Cincinati, Estados Unidos) y La rendición de Sevilla (1634) (colección del Duque de Westminster). Dado que se trata de retratos de mercedarios, probablemente pertenecerían también a este conjunto, los que conserva la Academia de Bellas Artes de San Fernando. De estas obras destacan por su monumentalidad y magnetismo Fray Jerónimo Pérez, Fray Francisco Zumel y Fray Pedro Machado obras en las que se advierte nuevamente el tratamiento escultural de la figura y el contraste lumínico donde brillan los blancos.
   Precisamente de esta serie hay que mencionar una obra que sobresale por su fuerza tremendista y su verismo: el San Serapio conservado en el Wadsworth Atheneum de Hartford, pintura procedente de la sala de Profundis del Convento de la Merced, firmada en 1628, que ha sido citada en varias ocasiones, de modo un tanto equivocado, para justificar el carácter tremendista y cruel de la pintura barroca española.
   El éxito público alcanzado con esta serie debió valerle a Zurbarán el deseo de quedarse en la ciudad de Sevilla, dado el alto número de encargos que podía acometer. No en balde el cabildo, representado por uno de los caballeros Veinticuatro, Rodrigo Suárez, le pidió que se instalara en ella “por las buenas portes que se han conocido de su persona [...]”. Al poco tiempo, en 1629, se instala definitivamente con su familia, lo que sin duda despertó la animadversión del gremio de pintores, ya que nunca se examinó ante los maestros veedores del arte de la pintura. El duro esquema gremial imperante en la ciudad de Sevilla exigía al artista que pasara por el examen, encabezada la petición por Alonso Cano. Finalmente nunca se examinó y siguió contratando obras sin mayores problemas, evidenciándose la protección del Cabildo por el encargo de una Inmaculada para el Ayuntamiento. Ejemplo de estos contratos fue el que contrajo el 29 de septiembre de 1629 con la Trinidad Calzada. Al año siguiente, firma la Visión del Beato Alonso Rodríguez conservada en el museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Esta obra presenta ya la división de planos con la nebulosa intermedia, además de los fondos arquitectónicos realizados con una torpe perspectiva y la presencia de las criaturas angélicas, de rostro andrógino, y vestidas con amplias telas quebradas.
   En el momento en que se llevan a cabo estos encargos, y desde 1627, Francisco de Herrera el Viejo había estado trabajando para la iglesia del Colegio de San Buenaventura para donde realizó cuatro lienzos con escenas de la vida de san Buenaventura. Por razones que se desconocen Herrera abandona el proyecto y el encargado de terminar las escenas es Zurbarán, quien ejecuta otras cuatro: San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino ante el crucifijo (firmado y fechado en 1629) (destruido en 1945 en el Museo Kaiser Friedrich de Berlín), San Buenaventura en oración (Gemäldegalerie, Dresde), San Buenaventura en el concilio de Lyon (Museo del Louvre) y Exposición del cuerpo de San Buenaventura (Museo del Louvre).
   Estas obras pueden considerarse, por su calidad, de las mejores ejecutadas por Zurbarán hasta el momento y en ellas se advierte la maestría del artista cuando interviene solo en los encargos, mostrando las telas, la intensidad de los rostros y los detalles de naturaleza muerta de un modo portentoso.
   A partir de este momento, comienza la etapa en la que Zurbarán da lo mejor de sí mismo y este ciclo comienza con la pintura colosal de la Apoteosis de Santo Tomás de Aquino encargada en 1631 para el colegio mayor de los dominicos. En este lienzo ya se advierten los modos de trabajo del artista: la dependencia de las estampas nórdicas editadas por Philippe Galle sobre composición de Vredeman de Vries en su serie de pozos para los fondos arquitectónicos, así como la distribución de los personajes en un esquema ordenado que dependen de la tradición del último manierismo en la pintura sevillana, tomando como referente la Apoteosis de San Hermenegildo de Juan de Uceda y Alonso Vázquez.
   Del año siguiente es la Inmaculada del Museo Nacional de Arte de Cataluña en la que Zurbarán sigue apegado a esa ordenación armónica, equilibrada y simétrica que apreciamos igualmente en estampas de Sadeler. De igual modo se observa que la precisión, el análisis y el ritmo equilibrado de las composiciones se aprecian en las naturalezas muertas. Ejemplo de éste último género es la conservada en la Norton Simon Fundation (Pasadena, Estados Unidos) firmada en 1632 y donde la serenidad que ofrece la disposición de los elementos así como el contraste lumínico y la calidad táctil de los limones y naranjas, hacen de este bodegón una de las piezas más singulares de este género en la España del siglo XVII.
   1634 es un año trascendental en la vida del artista, la maestría que iba alcanzando con sus obras, le vale la invitación para trabajar en la Corte en la decoración del Salón de Reinos. El 12 de junio de ese año recibe ya 200 ducados a cuenta por el trabajo de pintar doce cuadros con Las Fuerzas de Hércules. Finalmente fueron diez las obras ejecutadas más dos lienzos dedicados al Socorro de Cádiz. De estas obras conservamos en el Museo del Prado los citados Trabajos de Hércules y la Defensa de Cádiz contra los Ingleses, ya que la otra pintura que escenificaba la batalla se perdió.
   Son obras que acercan al artista a la pintura al aire libre, aunque hay algunas escenas tenebrosas, pero que adolecen de la falta de conocimientos de perspectiva y de anatomía en los Hércules, que dependen de estampas de Hans Sebald Beham.
   La importancia de la estancia en la corte reside fundamentalmente en su conocimiento de la pintura italiana y flamenca, crucial para la evolución de su pintura y sobre todo para que su paleta se llene de luminosidad.
   La pintura de la Defensa de Cádiz se integraba en el complejo conjunto de series de batallas destinadas al Salón de Reinos y tenían como objeto dignificar a los Austrias. En el conjunto participaron también Vicente Carducho, Eugenio Cajés, Juan Bautista Maino, Diego Velázquez, Antonio Pereda, Jusepe Leonardo y Félix Castello.
   El cuadro de Zurbarán se concibe como un gran cartelón donde la maestría del pintor reside en el modo de solucionar los trajes y sobre todo la fuerza de los rostros. La composición no resulta coherente y el fondo no parece creíble.
   De este momento, y vinculable con los trajes que aparecen en esta pintura, que selecciona del libro de Thibault de Ambers, Academia de la Espada, Zurbarán acomete el retrato de Alonso Verdugo de Albornoz probablemente en 1635 y conservado actualmente en el Museo de Berlín. Tras su paso por la Corte el primer documento nos lo sitúa en Llerena el 19 de agosto de 1636, comprometiéndose a realizar un retablo para la iglesia, lo curioso es que en el contrato se deja claro que habría de hacerse en Sevilla “por la comodidad de madera y oficiales” comprometiéndose Zurbarán “a poner su nombre”. Pero el regreso a Sevilla supone el establecimiento de un importante obrador que tendrá como objetivo el atender a la cuantiosa demanda de pinturas para el mercado americano. Se conoce, gracias a las investigaciones del profesor Palomero, un pleito que Zurbarán interpuso y en el que aparecen testificando oficiales, aprendices y ayudantes que eran los encargados de atender la demanda de este tipo de pinturas, generalmente series de apostolados, fundadores de órdenes, ángeles, santas vírgenes, césares romanos a caballo, patriarcas y sibilas. Series de pinturas en las que la mecánica de trabajo en el obrador se basaba fundamentalmente en el uso de estampas ajenas para solventar las composiciones, generalmente de una sola figura y de una calidad muy inferior a lo que se solía hacer para el mercado sevillano. De entre sus oficiales, sin duda el que destacó y consiguió independizarse como pintor fue Ignacio de Ries, quien a pesar de estar marcado por la huella del maestro, fraguó una personalidad diferente, con un catálogo de obra independizado de la del maestro y al que recientemente le dedicamos una monografía.
   Generalmente estas pinturas eran enviadas a América sin que existiera un contrato de parte. El hecho de desconocer a la parte contratante hacía que las exigencias fueran menores pues además, en un envío podían mandarse hasta dos y tres docenas de pinturas. Las ferias de Portobelo eran los principales puntos de entrada de esta mercancía, desde donde se redistribuían al virreinato del Perú y al de la Nueva España.
   Ejemplo de este tipo de trabajos para el mercado andaluz es el Apostolado y una Inmaculada que contrata el propio Zurbarán en 1637 para la iglesia parroquial de Marchena y que presenta una gran desigualdad de calidad en relación con otros trabajos que acomete el artista en solitario. Este mismo año firma un contrato para las Clarisas de la Encarnación de Arcos de la Frontera y en el finiquito publicado por Delenda el artista se declara “pintor de su majestad”.
   Sin embargo, entre 1638 y 1639 Zurbarán va a acometer los dos conjuntos más relevantes de su vida: el de la Cartuja de Jerez y el del Monasterio de Guadalupe. Desgraciadamente el primer conjunto se dispersó por diferentes circunstancias, encontrándose hoy entre el Museo de Grenoble, el Metropolitan de Nueva York, Museo de Poznan en Polonia y el Museo de Cádiz. Se trataba de las pinturas del retablo mayor de la Cartuja de Nuestra Señora de la Defensión y del Sagrario que se situaba tras el retablo, verdadero santa santorum y adornado con una belleza sin igual, donde los jaspes y mármoles rivalizaban con la belleza de las tablas de los monjes cartujos entre los que destacaban: San Bruno, San Hugo de Grenoble, San Antelmo, San Airaldo, San Hugo de Lincoln, Cardenal Nicolás de Albergati y el Beato John Houghton, además de dos ángeles turiferarios.
   La calidad a la que llega Zurbarán en este conjunto, sobre todo en las tablas del sagrario y en los lienzos del retablo: Anunciación, Adoración de los Reyes, Circuncisión (firmada y fechada en 1639), Adoración de los pastores (firmada y fechada en 1638, llamándose “Pintor del Rey”), Batalla del Sotillo y Apoteosis de San Bruno es realmente sobrecogedora. No sólo por el tratamiento de las telas, sino por el conocimiento de la pintura al aire libre y por la intensidad y el recogimiento que logra en algunas de sus escenas de los cartujos en meditación.
   El conjunto destinado al Monasterio de Guadalupe se concentra en la Sacristía, donde los lienzos de Zurbarán se sitúan en un complejo conjunto iconográfico destinado a exaltar a la Orden Jerónima y a las virtudes de sus monjes, como estudió el profesor Palomero, además de la histórica relación del Monasterio de Guadalupe con la Monarquía. De los lienzos que se sitúan en la Sacristía destacan, entre los demás, por la belleza e intensidad del retratado: Fray Gonzalo de Illescas así como La misa del padre Cabañuelas donde encontramos una construcción de espacios arquitectónicos totalmente artificial y, como ya demostramos, dependientes directamente de las estampas de Philippe Galle sobre composición de Maarten van Heemsckerk. La obra que representa al Hermano Martín de Vizcaya repartiendo pan a los pobres es un prodigio de naturalismo al apreciar el modo totalmente realista y casi crujiente de lo panes de la cesta.
   También para Guadalupe Zurbarán pintó entre otras obras las Tentaciones de San Jerónimo y La flagelación de San Jerónimo, sendas pinturas son prodigio de quietud y prudencia así como pretexto para una atención a las telas en las jóvenes que intentan hacer pecar a san Jerónimo, ciertamente deslumbrante y que contrastan con las movidas y dinámicas mujeres que plasma Valdés Leal en su representación para el Convento de San Jerónimo de Buenavista de Sevilla.
   En 1641 su hijo Juan de Zurbarán se independiza y comienza a contratar pinturas en solitario, a los pocos años en 1644, su padre vuelve a contraer matrimonio con Leonor de Tordera, una joven viuda de veintiocho años. En estas fechas hay constancia documental de la ejecución del retablo de la Virgen de los Remedios en la iglesia mayor de Zafra, conservado in situ en la actualidad y ejecutado entre 1643 y 1644, destacando en él La Imposición de la casulla a San Ildefonso y un San Miguel Arcángel de gran belleza y refinamiento. A partir de estos años se documentan todavía envíos al Nuevo Mundo, lo que constata lo activo de su obrador y el contrato de 22 de mayo de 1647 con la abadesa del Convento de la Encarnación de la Ciudad de los Reyes (Lima) entre las que se le pedían veinticuatro vírgenes de cuerpo entero. Se puede decir que Zurbarán puso de moda a estas santas vírgenes que con paso lento hacen crujir sus telas y se hallan en pleno estado de éxtasis al asumir con resignación su martirio y convertirse en modelos de belleza persuasiva y devoción cristiana.
   Estas santas mandadas a América no eran más que la corrupción y degeneración formal de otras mucho más refinadas y exquisitas en su ejecución, presuntos retratos a lo divino, de señoritas de su época y de las que destacan por su calidad la Santa Casilda del Museo del Prado, la Santa Margarita de la National Gallery de Londres o las Santa Catalina y Santa Eulalia del Museo de Bellas Artes de Bilbao. El Museo de Bellas Artes de Sevilla conserva un conjunto interesante de santas debidas al obrador del pintor, tal y como eran las que se mandaban al Nuevo Mundo y donde se advierte el seguimiento de los modelos del maestro, pero sin tanta calidad.
   Es habitual encontrar santos aislados de una gran calidad de los que luego el propio artista repitió merced a su popularidad y a requerimiento de la clientela piadosa. El caso de San Francisco es de los más frecuentes. El ejemplar de la National Gallery de Londres o el del Museo Soumaya de México nos hablan de la calidad e intensidad a las que puede llegar el maestro en el tratamiento de las telas remendadas y raídas.
   Por los años de 1655 se suelen situar los tres lienzos para la Cartuja de las Cuevas de Sevilla representando a la entrevista de San Bruno y el Papa Urbano II, San Hugo visitando el refectorio y La Virgen de los cartujos. Obras quizás pintadas en un estilo retardatario tal y como se aprecia en el tratamiento de telas e intensidad de los volúmenes más cortantes y rotundos. Sin embargo en este conjunto la deuda con las estampas sigue estando presente, por lo menos en San Hugo visitando el refectorio siguiendo una antigua estampa florentina para la novela de Gualteri e Griselda donde se plantea la composición tal cual y en la Virgen de los cartujos una estampa de Schelte a Bolswert de San Agustín protegiendo a la iglesia.
   En fechas cercanas al verano de 1658 Zurbarán debió trasladarse a la Corte, dejando la ciudad de Sevilla. El posible ocaso del mercado americano y la necesidad de buscar otro tipo de clientes le hacen marchar a Madrid, dejando todavía probablemente activo su obrador sevillano, ya que es de suponer que sus ayudantes y oficiales seguirían con esta actividad que repetía los modelos y la “marca de la casa”.
   Zurbarán, una vez instalado en Madrid, cambia por completo la temática de sus obras y reorienta su producción hacia la clientela privada con lienzos de pequeño formato, devocionales y mostrando una blandura y dulzura poco habitual en sus años anteriores y dando entrada a la luz y los aportes italianos sublimados en las formas de Guido Reni y con una sutileza en los colores notable. Obras como El descanso en la huida a Egipto de 1659 del Museo de Budapest o La Virgen con el Niño y San Juan de 1662 del Museo de Bellas Artes de Bilbao, dan buena prueba de su talento y del dominio del color, además de la seguridad de que son obras ejecutadas exclusivamente por él. También en este periodo final ejecutó varias versiones de la Inmaculada con una belleza en la matización de los azules y elegancia en la estilización de la figura notables, casos como la de la iglesia de San Gervasio y San Protasio de Langon de 1661 o la del Museo de Budapest.
   En sus último años y para Alcalá de Henares realizó en torno a 1660 para el retablo mayor de la iglesia del Convento de las Magdalenas, perteneciente a las Agustinas dos obras representando en una a Santo Tomás de Villanueva dando limosna (actualmente en la colección de Várez Fisa) y a San Agustín en su celda (Madrid, San Francisco el Grande). Son obras que dejan entrever lo que ha asimilado en la corte y la blandura en la que ha desembocado su estilo.
   El 26 de agosto de 1664, Zurbarán había hecho testamento pidiendo ser enterrado en el convento de agustinos descalzos de Madrid (lo que hoy es la Biblioteca Nacional), moriría un día después, dejando como herederas a sus dos hijas del primer matrimonio, María y Paula. De los bienes que aparecen en él destacan mercaderías, algunos muebles de cierta calidad, paisajes y lienzos preparados para pintar y bastantes estampas, elemento este último muy preciado a lo largo de su carrera merced al socorrido uso que encontró en ellas. Probablemente murió sin ver cumplido su deseo más secreto, ser nombrado alguna vez pintor del rey (Benito Navarrete Prieto, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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miércoles, 3 de junio de 2020

La Torre de Don Fadrique, en el Convento de Santa Clara (Espacio Santa Clara)


      Por Amor al Arte, Déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Torre de Don Fadrique, en el Convento de Santa Clara (Espacio Santa Clara), de Sevilla
   Hoy, 3 de junio, es el aniversario del Decreto de la declaración de la Torre de Don Fadrique como  Monumento Histórico Artístico (3 de junio de 1931), así que hoy es el mejor día para ExplicArte la Torre de Don Fadrique, en el Convento de Santa Clara (Espacio Santa Clara), de Sevilla.
   La Torre de Don Fadrique, en el Convento de Santa Clara (Espacio Santa Clara) [nº 56 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 65 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Santa Clara, 40 (aunque, también tiene acceso por la calle Becas, 7); en el Barrio de San Lorenzo, del Distrito Casco Antiguo.
   Construida en 1252, es de planta cuadrada y posee tres cuerpos. El primero cubierto con bóveda ojival en el que se sitúan la puerta, tiene ventanas tipo saeteras. El segundo con bóvedas también ojivales tiene ventanas románicas y el tercero con bóvedas octogonales posee ventanas góticas.
   La torre de Don Fadrique formaba parte del palacio del citado infante, el mayor de los quince hijos del Rey Fernando III, 'El Santo'. La construcción del conjunto arquitectónico se inició en 1252 para en 1289 donarse a las monjas clarisas, que se instalaron en la casa del infante para mas tarde construir el actual Convento de Santa Clara (siglos XV-XVI). En esa remodelación que las religiosas efectuaron dentro del conjunto arquitectónico, desapareció toda la casa-palacio quedando únicamente la Torre.
   El interés arqueológico estriba en conocer con precisión el carácter exento que hasta ahora se ha atribuido a la Torre o si por el contrario ésta estuvo conectada con algunas dependencias de la desaparecida casa-palacio (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
   Santa Clara, 40. TORRE DE DON FADRIQUE. En el compás de este convento se ha instalado la portada del Colegio Mayor de Santa María de Jesús. Es de principios del siglo XVI y pertenece al estilo de transición del gótico al renacimiento. Esta portada sirve de acceso a un jardín de propiedad municipal, en cuyo centro se alza la Torre de don Fadrique, construida por éste en 1252, en la huerta de las casas que le correspondieron en el repartimiento. Es de planta cuadrada y consta de tres pisos, el inferior de cantería y los dos superiores de ladrillo. Los vanos de los pisos bajos son de tradición románica, mientras que los del tercero pertenecen al estilo ojival. Las salas se cubren con bóvedas de crucería y de planta octogonal [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].

Conozcamos mejor la Leyenda de la Torre de Don Fadrique:
     El Infante de Castilla don Fadrique, nació en 1224, siendo hijo de Fernando III, rey de Castilla, y de su primera esposa, la reina Beatriz de Suabia. Su hermano Alfonso X lo hizo matar en 1277. Fue acusado de conspiración y su ejecución desencadenó una sublevación contra el monarca. A él se debe la construcción de la Torre de don Fadrique en 1252, situada en el convento de Santa Clara. Sin embargo, el infante es un personaje misterioso, a caballo entre leyenda e historia.
   Históricamente, participó junto a su padre Fernando III y sus hermanos en la Reconquista. En 1235 falleció su madre, la reina Beatriz de Suabia. En 1240 el infante Fadrique fue enviado por su padre a la Corte de Federico II Hohenstaufen, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, con el propósito de que recibiera la herencia de su madre, consistente en diversas posesiones en el Imperio y en el ducado de Suabia.
   El infante fue recibido por el emperador Federico II Hohenstaufen en la ciudad italiana de Foggia, donde se hallaba en esos momentos la Corte imperial, y en el mes de abril, el emperador agradeció a Fernando III el Santo en una carta que hubiese enviado a su hijo a su Corte, demostrando con ello que las buenas relaciones entre ambos países. Sin embargo, no queda demostrado que le fuera entregada propiedad alguna.
   No obstante, también se considera que la reclamación de los bienes que pertenecieron a Beatriz de Suabia fue la excusa utilizada por el infante para permanecer en la Corte al lado de su tío.
   En el mes de julio de 1245, y poco después de la huida del infante Fadrique a Milán, el emperador Federico II Hohenstaufen manifestó su descontento a su padre, Fernando III de Castilla, calificando el comportamiento del infante de ingrato y traicionero.

   En el reparto de Sevilla, y a diferencia de su hermano el infante Enrique de Castilla, el infante Fadrique recibió numerosas propiedades, entre ellas villas y alquerías repartidas por toda la ciudad. De los palacios que poseyó se conservan en la actualidad, además de la Torre de Don Fadrique, otros restos incorporados al clausurado convento de Santa Clara de Sevilla.
   El rey Fernando III de Castilla, que había enviudado con casi 50 años de edad de su primera esposa Beatriz de Suabia, contrajo nuevo matrimonio con Juana de Danmartín, para acercarse políticamente a Francia. La diferencia de edad entre el rey y su nueva esposa, era cercana a los 30 años, pues ella tenía 17.
La Leyenda
   Cuatro años después el falleció el rey, quedando la viuda en Sevilla. Un día visitó el Alcázar el infante Fadrique, hijastro de Juana aunque sus edades, eran de 27 y 25 años respectivamente. Don Fadrique que nunca había vivido en Sevilla, acudió a presentar sus respetos a doña Juana. Desde ese día, las salidas se hicieron cada vez más frecuentes, a pesar de las críticas.
   Con la llegada del invierno, el infante mandó construir una torre para que la reina viuda pudiese cazar teniendo cerca un fuego aunque él argumentó que era para prácticas defensivas, aunque los entendidos no estaban de acuerdo con éste.
   El rey Alfonso X ante los rumores de la corte decidió trasladarla a Toledo, pero la nobleza de Sevilla y el pueblo se unieron a una guerra contra los amantes, ya que una reina viuda no podía volverse a casar ni tener amores secretos.
   La reina decidió volver a Francia y mientras surcaba el río camino al Atlántico, dirigió una última mirada con los ojos llenos de lágrimas a la torre, que durante tres años había sido su nido de amor. Con un pañuelo hizo una señal en dirección a la torre donde el infante le hacía una señal de adiós con la mano.
   El rey Alfonso X de Castilla autorizó el proceso contra éste obligado por la nobleza y el clero. Don Fadrique fue sentenciado a muerte por haber ofendido el decoro real al tener relaciones ilícitas con la viuda del rey, tras lo cual, fue ejecutado en Burgos. Desde entonces la Torre de don Fadrique no volvió a ser utilizada.
La Historia
   La realidad, según la documentación de la época, es que el infante don Fadrique murió por orden del rey Alfonso X, acusado de intrigar contra el soberano: «el rey mandó afogar a don Fadrique», el ahogamiento en agua, pena generalmente usada para actos de traición. La actitud del infante no fue nueva, traicionando a su hermano en varias ocasiones.
   La torre se entendería como una estructura militar y su similitud con torres militares ubicadas en Italia donde el infante residió; algunos investigadores también han apuntado a un pabellón de caza.
Conozcamos mejor la Biografía de Don Fadrique, quien le da nombre al monumento reseñado;
     Fadrique de Castilla, (Guadalajara, 1223 – Burgos, abril de 1277). Infante de Castilla y León, hijo de Fernando III.
     Segundo de los hijos varones de Fernando III, rey de Castilla y León, y su esposa Beatriz de Suabia, hija del emperador Felipe Hohenstaufen y la princesa bizantina Irene Angelos.
     Desde su nacimiento, su madre le destinó a heredar el ducado de Suabia, que le pertenecía por linaje. Por eso, en 1240, fue enviado a Italia para solicitar un reconocimiento de este derecho de estirpe al emperador Federico II. Durante un lustro, hasta 1245, permaneció en Italia sin obtener otro resultado que las buenas palabras de su poderoso pariente, más comprometido en los asuntos con el Papado que condujeron a un enfrentamiento abierto durante esa misma etapa. En recuerdo de esta vinculación de linaje, siempre portó en sus armas las águilas de los Hohenstaufen cuarteladas con los emblemas paternos.
     A su vuelta de Italia, participó en las empresas militares de su padre al frente de su propia mesnada, al igual que sus hermanos Alfonso y Enrique. En 1248, después de la toma de Sevilla, recibió un extenso patrimonio, tal y como figura en el posterior Repartimiento en Sanlúcar, La Algaba, Albaida, Cambullón, Gelves, Gicirat, Brenes, Rianzuela, La Isla, Chozas, Puslena, la Torre de Alpechín, y, por supuesto, diversas propiedades sitas en la propia ciudad de Sevilla, en su parte norte. Señor de Guadalajara, su ciudad natal, allí residió durante varios años.
     A la muerte de su padre se mantuvo fiel al sucesor, Alfonso X, especialmente en 1255 mientras duró la revuelta de su hermano el infante Enrique, que capitaneaba a un amplio sector de la nobleza en el que se encuentra a los últimos mayordomo mayor y alférez del difunto Fernando III y aún al señor de Vizcaya.
     Durante esos años, don Fadrique ordenó traducir el Sendebar, llamado en Castilla El libro de los engaños y de los ensañamientos de las mujeres, una colección de cuentos árabes de raíz persa o hindú. Si de su interés por el mundo de la cultura resta el ejemplo antes referido, de sus inquietudes arquitectónicas han sobrevivido a los siglos la torre hispalense llamada de don Fadrique que forma parte de las posesiones del convento de Santa Clara de Sevilla así como las ruinas de otra que se conserva en Albaida del Aljarafe.
     Junto a Alfonso X permaneció hasta 1260, fecha en la que desaparece de los diplomas de la cancillería real, aunque tampoco se rastrea su presencia en las Cortes de Toledo de 1259. De ambas situaciones se desprende que las pretensiones al Imperio de su hermano mayor, gestadas durante esos mismos años (1256-1260), fueron consideradas por el infante como una intromisión del Monarca en sus derechos hereditarios, pues no en vano la madre de ambos, Beatriz Hohenstaufen, había cedido los suyos a Fadrique respecto al ducado de Suabia y la herencia alemana.
     En 1260 le encontraremos como mercenario junto a su hermano menor don Enrique al servicio del califa de Túnez. Junto a él, participa en la toma de la ciudad de Miliana. Los beneficios obtenidos por estos servicios permitieron a ambos príncipes gozar de suficiente fortuna para mantener a sus mesnadas e, incluso, optar a intervenir en el reino de Sicilia pocos años más tarde.
     En 1265, Manfredo, hijo ilegítimo del emperador Federico II, se hace con el trono de Sicilia. El Papa, ante el creciente poder del Soberano y sus apoyos gibelinos, se inclina por un aliado capaz de enfrentarse a éstos con garantías de éxito: el conde Carlos de Anjou, hermano del rey de Francia, a quien corona como nuevo Monarca de Sicilia. Los partidarios de ambos contendientes buscaron la ayuda de los dos infantes castellanos en Túnez, aunque con diferentes resultados: si el dinero de don Enrique ayudó a pagar las pretensiones de Carlos, el infante Fadrique con sus hombres, conocidos como los caballeros de la muerte en las crónicas italianas que registran estos episodios, optan por acompañar a Manfredo, causa que apoya el señor de Túnez con el envío de arqueros. El 26 de febrero de 1266, en Benevento se enfrentan ambos ejércitos y consta la presencia de Fadrique de Castilla entre las huestes de su pariente Manfredo, que es derrotado y muerto en el campo de batalla.
     Después de unos meses de prudente regreso a Túnez, el infante volverá a reaparecer en el teatro de operaciones italiano, si bien en esta ocasión compartiendo suerte con su hermano Enrique. Éste, deseoso de recuperar el dinero prestado a Carlos de Anjou u obtener en contrapartida por el mismo un feudo digno, obtuvo sendas negativas del ahora único Monarca de Sicilia, por lo que optó por solicitar la intervención del Papa, que le nombró senador de Roma.
     Mientras Enrique afianza su posición en el centro de Italia, don Fadrique, en 1267, es reclamado por Conrado Capece y otros nobles del partido gibelino para que invada Sicilia. Con sus propios caballeros, a los que se sumarán teutones, toscanos y tunecinos, amén de los propios sicilianos favorables a la causa gibelina, el infante castellano se hace con Palermo, Mesina y Siracusa.
     Entretanto, su hermano Enrique el Senador abre las puertas de Roma a las tropas de Konrad, nieto del emperador Federico II, y se suma a su deseo de recomponer la herencia italiana de los Staufen. Ambos infantes, Enrique y Fadrique, son excomulgados por el Papa.
     Carlos de Anjou, empujado por el norte, invadido por Sicilia, se enfrentará en Tagliacozzo a Enrique en 1268, capturando a sus adversarios en el campo de batalla o en su huida. Pero si en Tagliacozzo concluye el desafío gibelino peninsular, en Sicilia será necesario enviar a Guillermo de Stendardo, senescal de Carlos de Anjou, para que expulse a los gibelinos comandados por don Fadrique, a cuyas órdenes se suman los supervivientes alemanes e hispanos de la desafortunada batalla. Después de diversos encuentros, el infante castellano, ante la imposibilidad de recuperar el dominio de la isla, decide cruzar de nuevo a Túnez, no sin antes cobrarse venganza dando muerte a Stendardo y muchos otros caballeros franceses en 1269.
     Al servicio, de nuevo, del tunecino, don Fadrique se convierte en el jefe de la mesnada cristiana gibelina y castellana. Junto a él encontraremos a nobles destacados defensores de los Staufen como el conde Federico Lancia, entre otros.
     En 1270 el rey de Francia convoca una nueva Cruzada para luchar contra los musulmanes, siendo su objetivo el Monarca de Túnez. Su hermano, Carlos de Anjou, rey de Sicilia, se sumará a su empeño, participando en la empresa africana, al igual que otros príncipes y nobles europeos. Entre los defensores, don Fadrique, quien, reunido con el señor de Túnez, aconseja que no se llegue a una confrontación armada so riesgo de sufrir una derrota. Entretanto, mientras las negociaciones siguen su curso, en el ejército cristiano invasor se propaga la peste, que causa estragos entre los franceses, falleciendo su mismo Soberano.
     El consejo del castellano es aceptado por los musulmanes y, a cambio de la entrega de ciento cinco mil onzas de oro, los cruzados abandonan para siempre Túnez.
     Meses después, don Fadrique regresa a Castilla, junto a su hermano Alfonso X, que le devuelve parte de su patrimonio original y de quien ha de convertirse, hasta la víspera de su muerte, en uno de sus más leales vasallos. Pero si el rey sabio supo recuperar la lealtad del infante y le regaló el perdón, no ocurrirá lo mismo con el Papa de Roma, que renovará en dos ocasiones más su excomunión a don Fadrique, en recuerdo de los turbulentos episodios vividos pocos años antes.
     Quedaba por resolver, además, un complicado asunto que implicaba tanto al Pontífice como al señor de Castilla: la cuestión del Imperio. En 1275 Alfonso X decide acudir a entrevistarse con el Papa para revocar el nombramiento reciente de Rodolfo de Habsburgo. 
   En lugar del Rey se encontrará al infante heredero: Fernando de la Cerda. Junto a él, don Fadrique, uno de sus pilares más sólidos.
     La prematura muerte del joven príncipe, en 1275, abrirá la difícil cuestión sucesoria, que ha de marcar los años finales del reinado de Alfonso X, dividido entre la tradición hereditaria, representada por el infante Sancho, y las nuevas costumbres que desea imponer y que transmiten los derechos de Fernando de la Cerda a sus vástagos.
     Se desconoce qué papel exacto jugó en esta compleja situación el infante Fadrique, mas lo cierto es que, apenas unos meses después del retorno del Monarca castellano, los recelos hacia su hermano aparecen en el horizonte político. Suspicacias que, en 1277, conducen a la fulminante ejecución del príncipe y su yerno, Simón Ruiz de los Cameros, sin juicio previo ni explicación de motivos, pues las fuentes se limitan a caminar de puntillas sobre las órdenes del Monarca, que mandó prender a Simón Ruiz y quemarle vivo y ese mismo día de la captura, envió a Diego López de Salcedo a apresar a don Fadrique, a quien, por decisión de Alfonso X, se ejecutó por ahogamiento en Burgos, donde su cadáver, después de ciertos episodios, recibiría sepultura en el convento de la Trinidad de dicha ciudad castellana.
     La dureza de ambas muertes ha despertado múltiples interpretaciones que oscilan desde el supuesto castigo a la descubierta homosexualidad de ambos reos hasta el escarmiento por sus actividades conspiradoras contra el Rey. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos por encontrar cierta racionalidad en estos hechos, sólo se puede suponer un cierto apoyo a la segunda de las hipótesis mencionadas, ya que varios magnates castellanos optaron por extrañarse del reino apenas tuvieron noticia de esta muestra de contundencia jurídica del Monarca.
     Gil de Zamora nos dejó una descripción del infante Fadrique, a quien califica de discreto, ingenioso, astuto en los negocios, valiente en la lid, sereno y reflexivo en todas las situaciones militares y civiles. A este esbozo psicológico se suma el perfil que se debe, según es tradición, al mismo Alfonso X cuando, en 1258, hubo de desposar a la princesa Cristina de Noruega y elegir a uno de sus hermanos para tal menester.
     Afirmaba el Monarca que Fadrique era valiente, gran jinete, amante de la justicia, buen cazador y que tenía el labio partido por culpa de un desafortunado incidente venatorio. Su trayectoria vital, como se ha comprobado, no desmerece de tales calificativos coevos.
     Por lo que respecta a su vida familiar, se sabe que, en 1258, o bien se encontraba viudo o todavía no había desposado, pues su mano es una de las que se barajan para unir a la de la infanta noruega. El exilio en 1260 le alejará del reino los años necesarios para que sobre su matrimonio y descendencia existan algunas lagunas y dudas de difícil resolución.
     Pellicer y otros genealogistas posteriores aceptaron su enlace con una dama de nombre Catalina Dukas, hija del déspota del Épiro, aunque más recientes investigaciones localizan este desposorio en el seno de la familia Malaspina, concretamente en una de las hijas del marqués Conrado Malaspina, destacado gibelino italiano cuyo patrimonio se apoya en posesiones de la Toscana y vinculado espúreamente por parentesco con Federico II. Esta dama, de nombre Beatrice, se habría unido al infante durante sus estancias discontinuas en Italia. Sea de un linaje o de otro, lo único que se puede aseverar con certeza es que don Fadrique hubo de este matrimonio una hija de nombre Beatriz, mujer en primeras nupcias de Alfonso Téllez de Meneses y, en segundas, de Simón Ruiz de los Cameros.
     Durante su vida italiana se sabe que mantuvo el príncipe castellano al menos una relación amorosa que generó prole en la estirpe di Troia. Un hijo de Fadrique, de nombre Alfonso, le acompañará a su regreso desde Túnez, y, en tiempos de Enrique III de Castilla, a las costas hispanas arribó un tal Lancelotto, hijo de Federico di Troia, que era biznieto del infante Fadrique y como a tal se le reconoce en 1394 (Margarita Torres Sevilla, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
   Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Torre de Don Fadrique, en el Convento de Santa Clara (Espacio Santa Clara), de Sevilla, dando un paseo por ellos. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Horario de apertura de la Torre de Don Fadrique, en el Convento de Santa Clara (Espacio Santa Clara):
            De Martes a Sábados: de 10:00 a 19:00
            Domingos y Festivos: de 10:00 a 15:00

Página web oficial de la Torre de Don Fadrique, en el Convento de Santa Clara (Espacio Santa Clara):  www.icas.sevilla.org/espacios/espacio-santa-clara

Más sobre el Convento de Santa Clara (Espacio Santa Clara), en ExplicArte Sevilla.

martes, 2 de junio de 2020

Un paseo por la calle Aire


      Por amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Aire dando un paseo por ella
      La calle Aire es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en los Barrios de San Bartolomé y Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo; y va de la confluencia de las calles Abades y Bamberg a la confluencia de las calles Fabiola, Madre de Dios y Federico Rubio.
     La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     La vía, en este caso una calle, está dedicada al Aire, quizás por su estrechez, lo que imposibilitaba el tránsito habitual de una calle. 
     Al menos desde el primer cuarto del s. XVII se conocía con este nombre a una calle que arrancaba en Abades y terminaba, se­gún el plano de Olavide (1771), en la actual Fabiola y, según González de León (1839) en la confluencia con Mateos Gago; en la reforma del callejero de 1845, se extendió este rótulo hasta la confluencia de Ximénez de Enciso, permaneciendo con estos límites hasta 1868 en que se desgajó Fabiola. En 1886 se cambió por el de Conde de Benomar, en honor de Francisco Merry y Colón, sevillano y embajador ante el emperador Guillermo de Alemania, de quien obtuvo el reconocimiento de nuestra soberanía sobre las islas Carolinas y Palaos, en 1885. En 1931 se restituyó el de Aire, y en 1943 se intentó recuperar el de Conde de Benomar, a instancias de un descendiente, pero no fue aprobado.

      Larga y estrecha, "quizás la más angosta de Sevilla", según González de León (1839), salvo en la confluencia con Mármoles que presenta cierta anchura por retranqueo de la casa núm. 6. A principios del siglo XX fue demo­lida la casa esquina a Abades y Bamberg, creándose un ensanche que permite el giro a los vehículos. Confluye por la izquierda la ya citada Mármoles. El pavimento, hasta poco después de la confluencia con Mármoles, está formado por adoquines pequeños y estrechas aceras de losetas de cemento colocados probablemente en 1941; el resto es peatonal y está encementado. Anteriormente estuvo adoquinada sin firme de hormigón y previamente, a mediados del XIX, embaldosada. En 1921 se sustituyó la iluminación a gas por la eléctrica, luciendo actualmente farolas de fundición adosadas. Predominan las casas-patio de dos plantas y ático, algunas de ellas restauradas recientemente, destaca la núm. 22 en la confluencia con Fabiola, construcción del s. XVIII en muy buen estado de conservación. En su fachada hay un azulejo con el núm. 3, probablemente de la época de su edificación. En el comienzo de la acera de los impares hay un grupo de casas de dos plantas de tipo popular en mal estado de conservación.

      Tiene funciones exclusivamente residen­ciales, en su primer tramo hay un taller de un artesano dorador y hasta hace algunos años un zapatero remendón ocupaba un rincón del espacio dejado por la casa demolida, antes citada. En la segunda mitad del s. XIX estaba abierta al tráfico rodado y constituía una de las vías de unión del sector con la estación de ferrocarril de San Bernardo. Las numerosas quejas de los vecinos y de la prensa, dada su estrechez, determinaron su cierre, y así todavía en 1926 podía verse el cartel "Prohibido el tránsito de carruajes". Hoy mantiene su carácter peatonal indicado por la elevación de su pavimento sobre la calzada. Solitaria, silenciosa, fresca y hasta íntima, estuvo en otros tiempos (s. XIX) sucia e incluso fue peligroso su tránsito. Pedro Salinas, rememorando una visita a la casa de Luis Cernuda, que vivió en el núm. 4 [actual número 18], la describe así: "Allí no entraba la rueda, como en las civilizaciones felices. En aquella caja de resonancia no sonaban más que los cascos del mulo del panadero: ¡Pan de Alcalá!. O el taconeo de las niñas-mantilla de diario, peina baja- de vuelta de la misa de la iglesia de junto, tan humana, tan hecha a la medida del hombre que no había más que extender los brazos, y una mano tocaba con la pintura rosa de la casa de la derecha, y la otra, con la cal de la pared de enfrente. Se tapaba la calle". (Nueve o diez poetas. Ensayos de literatura hispánica). En ella tuvieron su residencia los clérigos menores hasta 1654 que se trasladaron a Mateos Gago, y procesionaba en el s. XIX la Virgen de la Alegría que salía de San Bartolomé y se acercaba al centro [Salvador Rodríguez Becerra, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].

Aire, 12. En este número hay que reseñar el patio interior con arquería en uno de los frentes, de estilo renacentista, con trasdós moldurado y bolas en las enjutas. También se conserva una ménsula de madera tallada.
Aire, 15 [actual sede de los Baños "Aire de Sevilla"]. En esta casa destaca la escalera de dos tramos cubierta con un artesonado, así como el del salón principal en la crujía de fachada.
Aire, 22. Casa del siglo XVIII, de dos plantas y ático con los vanos separados por pilastras [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
   Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Aire dando un paseo por ella. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre el Callejero de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

La calle Aire, al detalle:
Edificio c/ Aire, 15
Edificio c/ Aire, 22

lunes, 1 de junio de 2020

Soy Historiador del Arte y soy el profesional competente para ExplicArte Sevilla y sus monumentos

     ¡¡SOY HISTORIADOR DEL ARTE Y SOY EL PROFESIONAL COMPETENTE PARA EXPLICARTE SEVILLA, Y SUS MONUMENTOS!!
   Hoy, 1 de junio, es el Día de los Historiadores del Arte en España, y por ello es uno de los días más indicados para reivindicar la injusta situación que padecemos los historiadores/as del arte en relación a la visita cultural y turística, así como para exponer cuál es nuestra principal reivindicación en torno a esta cuestión: el grado de historia del arte (o la anterior licenciatura) es el que capacita para desempeñar profesionalmente la actividad de visita cultural y turística sobre el Patrimonio Histórico-Artístico, por lo que debe ser el principal criterio para habilitar el ejercicio de dicha profesión, sea a través de la figura de interprete del Patrimonio, que es la reconocida internacionalmente, o cualquier otra que se establezca desde la legislación (y no de otra) de Patrimonio Cultural. 
   Hoy más que nunca sigue siendo vigente nuestro lema: ¡SOY HISTORIADOR DEL ARTE Y SOY EL PROFESIONAL COMPETENTE PARA EXPLICARTE SEVILLA, Y SUS MONUMENTOS!
   O si lo prefieres ¡SOY HISTORIADOR DEL ARTE Y NO ME PERMITEN EXPLICARTE LOS MONUMENTOS!
   El 1 de junio es la fecha para la celebración del Día del Historiador del Arte en España en conmemoración de la aprobación el 1 de junio de 1900 del Real Decreto para la formación del Catálogo Monumental y Artístico de la Nación.
   Las razones que han llevado a elegir este acontecimiento han sido las siguientes:
            – En primer lugar, queríamos elegir una fecha que estuviera relacionada no con el Arte (donde hay muchas disciplinas y dimensiones relacionadas, además de celebraciones vinculadas a él como el Día Mundial del Arte, coincidiendo con la fecha de nacimiento de Leonardo da Vinci) sino con la Historia del Arte, para remarcar así nuestra condición profesional.
            – Aunque lo habitual es vincular esa fecha con algún personaje de reconocimiento indiscutible y principal por toda la comunidad científica, en este caso un historiador o historiadora del arte, no consideramos que haya ninguno que cumpla con estos requisitos y pueda considerarse de forma incontestable como el padre (o madre) de la Historia del Arte en España.
            – No obstante, sí creíamos conveniente que esta fecha debiera estar relacionada con aquellas personas que sentaron las bases de la Historia del Arte como disciplina científica en nuestro país, por lo que necesariamente debíamos acudir a la denominada primera generación de historiadores del arte españoles que, según la asentada identificación de Gaya Nuño, serían Elías Tormo y Monzó, Manuel Bartolomé Cossío y Manuel Gómez-Moreno Martínez.
            – Además, y en parte derivado por la dificultad para elegir una figura de entre las tres citadas, queríamos que la fecha elegida estuviera vinculada no sólo con la investigación o la docencia (la fecha de las primera cátedra de Historia del Arte o de la publicación periódica pionera de la Historia del Arte, el Archivo Español de Arte, han sido otras de las opciones barajadas aunque no hemos encontrado fechas concretas que nos sirvan de referencia), sino también con la capacidad de la misma para intervenir en la realidad social y cultural de nuestro país, en este caso a través del reconocimiento de los objetos de arte como Patrimonio Histórico-Artístico, un concepto éste hoy denostado pero que reivindicamos como nuestro legítimo objeto de estudio, de ahí que defendamos su reconocimiento singular dentro de la legislación de Patrimonio Cultural.
   Por todas estas razones la fecha elegida ha sido la del 1 de junio de 1900, que es el día en que se aprueba el Real Decreto para la formación del Catálogo Monumental y Artístico de la Nación (Gaceta de Madrid de 2 de junio). En esta iniciativa concurren una serie de circunstancias especialmente relevantes para la Historia del Arte que justifican, según el razonamiento expuesto anteriormente, su elección:
            – Su conexión con los personajes que están en el origen de la Historia del Arte en España, incluida la figura historiográfica más destacable del siglo XIX, Juan Facundo Riaño, que es quien propone el nombre de Manuel Gómez-Moreno Martínez como artífice del Catálogo Monumental, una vasta empresa que debió acometer en solitario.
            – Su vinculación con el primer instrumento de análisis y registro formal y sistemático del patrimonio histórico-artístico de nuestro país que, aunque identificado con el concepto de Monumento (el cual debemos reivindicar como tipología patrimonial principal de la Historia del Arte), trascendía la simplista identificación de éste con lo arquitectónico para entenderlo desde una perspectiva integral (en concordancia con los postulados científicos de la propia disciplina), de ahí las referencias a la escultura, pintura, armaduras u otras artes hasta entonces poco consideradas como la miniatura, la orfebrería, la azulejería o los textiles.
            – Su relación con la Real Academia de Bellas Artes (de quien dependía el nombramiento de las personas responsables del Catálogo), una de las instituciones más vinculadas con la Historia del Arte y responsable desde su creación tanto del control de la actividad artística contemporánea como (esto a partir de 1854) de las actuaciones sobre las obras de arte del pasado.
            – La presencia fundamental de la familia Gómez-Moreno. Quizás considerada la saga más importante y reconocible de la Historia del Arte en España, la presencia de Manuel Gómez-Moreno Martínez nos permite, a través de su figura (y en la que se aúna de forma inseparable la Historia del Arte con la arqueología, hecho éste también muy relevante para el devenir de la disciplina), hacer un reconocimiento tanto a su padre Manuel Gómez-Moreno González, pionero en la defensa del Patrimonio Histórico-Artístico, como, especialmente, a su hija María Elena Gómez-Moreno, la primera mujer historiadora del arte en España, la cual se merece todo nuestro reconocimiento y consideración.
            – La vinculación de todos ellos con la Institución Libre de Enseñanza y con el Centro de Estudios Históricos (donde habría que hacer mención al apoyo que Francisco Giner de los Ríos presta a Gómez-Moreno para continuar con el Catálogo Monumental a la muerte de Facundo Riaño), el origen de la modernidad científica y cultural de España.
   En definitiva muchas razones que creemos justifican la fecha elegida para ser el Día de los Historiadores/as del Arte en España, tal y como lo refleja el propio texto del Real Decreto: “Desde los comienzos de este siglo se viene reconociendo la alta conveniencia de llevar á cabo Catálogos completos de las riquezas artísticas de la Nación, que á un mismo tiempo sirvan de guía provechosa á los que se dedican al estudio de la Historia del Arte nacional, y de inventario seguro que garantice la conservación de riquezas inestimables expuestas á desaparecer à impulsos de la codicia de los propios ó de los manejos empleados para adquirirlas por los extraños”.
   Por todo ello, si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte sus monumentos, su historia, sus personajes, sus costumbres, sus fiestas,... Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.
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La Capilla de Scalas, en la Catedral de Santa María de la Sede


     Por amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Capilla de Scalas, en la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.     
     Hoy, 1 de junio (cincuenta días despúes del domingo de Resurrección), es la Solemnidad de Pentecostés, día en el que se concluyen los sagrados cincuenta días de la Pascua y se conmemoran, junto con la efusión del Espíritu Santo sobre los discípulos en Jerusalén, los orígnes de la Iglesia y el inicio de la misión apostólica a todas las tribus, lenguas, pueblos y naciones [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
      También se celebra hoy la Memoria de la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, a quien Cristo encomendó sus discípulos para que, perseverando en la oración al Espíritu Santo, cooperaran en el anuncio del Evangelio [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
      Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la Capilla de Scalas, en la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla, puesto que el retablo principal de la misma está dedicado a la Pentecostés.
   La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.  
     En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Capilla de Scalas [nº 062 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; La capilla de la "Consolación y los doce Apóstoles", recibe el nombre del título episcopal honorífico de su patrono; la misma advocación ha sido denominada de la "Venida del Espíritu Santo"; anteriormente fue de san Felipe y Santiago. Contiene hoy una "Virgen de la Granada", que estaba en la capilla de su nombre, en la aljama, situada probablemente por donde hoy está el altar del Sagrario. Es necesario advertir que esta advocación, "de la Granada", ha estado duplicada y quizás triplicada en el edificio (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
     La Capilla de Scalas es la situada en el lado norte de la Catedral, entre las de Santiago y San Antonio.
      Su advocación es la de Nuestra Señora de Consolación y doce Apóstoles; el nombre por el que es conocida se debe a D. Baltasar del Río, Obispo de Scalas, Arcediano de Niebla y canónigo de la catedral, cuyo cenotafio se halla en este lugar, por haberla dotado munificentemente.
      La estatuaria está distribuida dualmente; el retablo de Pentecostés y el mausoleo del Prelado.
      Sobre una tribuna, se alza dicho retablo marmoreo, compuesto de amplio banco o predella, cuerpo y ático. En el banco se sitúa en relieve la Multiplicación de los panes y los peces, finamente modelado y tallado. El cuerpo del retablo se compone de un gran altorrelieve, representando la escena de Pentecostés en el Cenáculo, interpretada en estancia de profunda perspectiva ricamente decorada, cobijada la Virgen en hornacina avenerada. Dos columnas corintias retalladas flanquean la composición, sosteniendo el entablamento y en sus pedestales se hallan pequeños relieves representando al Obispo genuflexo en oración, en un lado y en el otro, su escudo. El Padre Eterno ocupa el ático, en medio punto, con ángeles a sus lados.
      Bajo la tribuna, el rico catafalco del Obispo, también pétreo, donde yace revestido de Pontifical, con Casulla, Túnica, Tunicela, Mitra y báculo; las manos puestas oracionalmente. Los almohadones, mitra y tira de la casulla, están ornamentados. Bajo el mausoleo, angelitos con escudos. Detrás, en el fondo del paramento, un tondo, con media figura de la Virgen de Consolación con el Niño, en deífica actitud. A derecha e izquierda, San Pedro y San Pablo y unos balaustres.
      Se sabe que el conjunto se colocó en 1539 y aunque la inscripción dice "aquí yace D. Baltasar del Río Obispo de Scalas, Arcediano de Niebla y Canónigo de esta Santa Iglesia de Sevilla", consta que falleció en Roma dos años después, donde está sepultado, residiendo en ella largo tiempo al servicio de Julio II y León X.
      La obra tiene destacado carácter italiano, pudiendo relacionarse con talleres ligures y de los Gazini de Bissone, de los cuales hay espléndidos ejemplares en nuestra ciudad.
        En el muro opuesto encontramos a la Virgen de la Granada. Es un altorrelieve de barro cocido y policromado (azul cobalto el fondo, blanco lechoso las figuras), que representa a la Virgen y Santos, inscritos en un retablo.
      La Virgen, de figura completa, lleva el Niño, sedente en su pierna derecha, a quien ofrece una granada, símbolo de la Redención; y ambos muestran en sus rostros la gravedad propia de la melancolía de la Pasión. La Madonna recibe la corona portada por querubines. A derecha e izquierda, San Francisco de Asís y San Sebastián, en figuras completas, Santo Domingo de Guzmán? y Santa Casilda?.

      En el friso del retablo, cabecitas de ángeles alados y en el tímpano del curvo frontón, una Deesis, con el Cristo, Varón de dolores en el centro, la Virgen y San Juan en latréutica actitud.
      "Es obra admirable", según Guerrero, florentina y del taller cuatrocentista de Andrea della Robbia.
      Procede de la nave de la Granada, pasó a la cripta arzobispal en 1654 y en 1904 se instaló en el sitio actual (José Hernández Díaz,  Retablos y Esculturas, en La Catedral de Sevilla, Ediciones Guadalquivir, 1991).
      En cuanto al arte pictórico de la Capilla de Scalas, comenzaremos por la obra de Sebastián de Llanos Valdés, pintor secundario, pero interesante dentro de la pintura sevillana de la segunda mitad del siglo XVII. Se ignora la fecha de su nacimiento, que puede situarse hacia 1605, probablemente en Sevilla. Su estilo artístico muestra en sus comienzos derivaciones de arte de Zurbarán y posteriormente referencias de Herrera el Viejo, de quien fue discípulo. Su eclecticismo pictórico le llevó también a resumir en su arte referencia procedentes de Murillo y Valdés Leal. Llanos Valdés fue de condición hidalga y por ello dispuso de fortuna propia, por lo que su subsistencia no dependió de su actividad pictórica. Murió en Sevilla en 1677.
      En 1666 firma la Piedad que figura en la Capilla de Scalas, es una obra que puede situarse entre las mejores que realizó este artista. Las figuras están realizadas con un correcto dibujo y por otra parte muestra un sentimiento emocional perfectamente captado y que se refuerza con el tratamiento lumínico de carácter tenebrista que el pintor ha otorgado a la escena.
      También en los muros de la Capilla de Scalas se conserva una magnífica copia de mediados del siglo XVII, que representa a Salomé con la cabeza del Bautista, cuyo original de Rubens se conserva en el Museo de Edimburgo (Enrique Valdivieso González, La pintura en la Catedral de Sevilla. Siglos XVII al XX, en La Catedral de Sevilla, Ediciones Guadalquivir, 1991).
      En el siglo XIX la vidriera experimentó una valoración que determinó que se iniciase su estudio, se emprendieran restauraciones de los principales conjuntos y se volviesen a realizar nuevas obras. Frutos de esta nueva estimación son algunas vidrieras de carácter secundario de la catedral y la de La Venida del Espíritu Santo de la Capilla de Scalas, realizada en 1880 por la Casa Zettler de Munich, sobre un vano alargado, terminado en forma de arco apuntado con unas medidas de 7,00 x 3,25 mts.
      Sobre la Capilla de Scalas en la nave lateral del Evangelio, tenemos una vidriera realizada por Enrique Alemán en 1478, en la que se a un Apóstol?, Santiago el Mayor, San Felipe, Santiago el Menor? o San Judas Tadeo, en cuatro vanos alargados terminados en forma de arco lobulado con sus claraboyas con unas medidas de 7,75 x 3,25 mts. (Víctor Nieto Alcalde, Las vidrieras de la Catedral, en La Catedral de Sevilla, Ed. Guadalquivir. Sevilla, 1991).
      Importante ejemplo de la rejería renacentista en la catedral es la de la Capilla de Scalas, datada en 1564, destacando en ella las labores en chapa de sus coronamientos. Su remate ofrece, a la manera del Árbol de Jessé, la figura de la Virgen rodeada por los apóstoles (Alfredo J. Morales, Artes Aplicadas e Industriales en la Catedral de Sevilla, en La Catedral de Sevilla, Ediciones Guadalquivir, 1991).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de la Solemnidad de Pentecostés:
La Pentecostés 

      Puede parecer ilógico a primera vista incluir la Venida del Espíritu Santo en el cielo de la Glorificación de Cristo, puesto que Cristo está ausente en esta escena, y los Apóstoles se reúnen alrededor de la Virgen.
      Pero es Cristo resucitado quien envía el Espíritu Santo a los apóstoles, y la Virgen, a pesar del lugar que se le atribuye en el centro del grupo, sólo tiene un papel secundario en esta escena de glosolalia, donde ella es la única que se mantiene en silencio. El protagonista invisible es Cristo, quien infunde el Espíritu Santo en los apóstoles, para permitirles hablar todas las lenguas necesarias para la predicación del Evangelio entre los gentiles, aunque no las hayan estudiado nunca.
   Por otra parte, basta leer el Evangelio de san Juan para comprender cuál era el pensamiento de los apóstoles. Jesús les promete que una vez desaparecido de esta tierra, no los dejará huérfanos, sino que les enviará de parte del Padre otro consolador, el Paracleto o el Espíritu de verdad, que estará con ellos eternamente (Juan, 14: 16 y 15: 26). Y en otra conversación que se sitúa después de la Resurrección (20: 21 - 22), vuelve aún más explícitamente acerca de esta  misión: «Como me envió mi Padre, así os envío yo. Diciendo esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo.» La misma idea está expresada en el Evangelio de Mateo, a propósito de la predicación de San Juan Bautista  (3: 11): «Yo, cierto, os bautizo en agua con vistas a la penitencia; pero en pos de mí viene otro más fuerte que yo ( ...) él os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego.»
   De manera que es Cristo quien en verdad otorga el Espíritu Santo, y el principal personaje de la Pentecostés; pero no aparece en la escena. Salvo raras excepciones está, como los muertos, presente e invisible.

La Misión encomendada a los apóstoles
   Es por un error de interpretación, en efecto, que Émile Mâle creyó reconocer la Pentecostés en el célebre tímpano del nártex de Vézelay, donde un Cristo gigantesco extiende los brazos y muestra las palmas agujereadas de las que irradia luz que ilumina a los apóstoles.
   No es el único ejemplo del tema en el arte francés del siglo XII. Aparece por primera vez en Borgoña, hacia el 1100, en una miniatura del Leccionario de Cluny (B.N., París) que ha podido inspirar al escultor de Vézelay. Pero no es particular de esa región, puesto que en la misma época se lo encuentra en una miniatura del Sacramentario de Limoges (B.N., París) y en un fresco de la iglesia de Saint Gilles de Montoire (Loir et Cher), donde pueden verse claramente los rayos rojos que brotan de las llagas sangrantes de Cristo, que se fijan sobre las cabezas de los apóstoles.
   El tema representado no es en absoluto la escena que tiene lugar en el cenáculo cincuenta días después de la Pascua, y que es la única que merece, estrictamente, el nombre de Pentecostés; se trata de la Aparición de Cristo resucitado a los apóstoles, quienes reciben de su Señor la misión de evangelizar el mundo.
   La fuente no es el relato de los Hechos de los Apóstoles, sino un pasaje del Evangelio según San Mateo (28: 19), reproducido en el suplemento del Evangelio de Marcos (16: 15), donde Cristo dice a sus discípulos: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura (Ite et docete omnes gentes).»

   Las naciones cuya evangelización constituye la misión de los apóstoles, están evocadas de manera pintoresca en el dintel y en los marcos del tímpano de Vézelay, y en las obras similares del siglo XII que son seudos Pentecostés.
   También debe procurarse no confundir con la Pentecostés el Descenso del Espíritu Santo sobre los fieles, tema muy infrecuente, cuyo ejemplo más conocido es una página del Libro de Horas de Étienne Chevalier, de Jean Fouquet.
La Pentecostés propiamente dicha
1. Fuentes e Interpretación
   A diferencia de los temas precedentes, el relato del milagro no está en los Evangelios sino en los Hechos de los Apóstoles (2: 1 - 41).
   «Al cumplirse el día de Pentecostés, estando todos juntos en el lugar, se produjo de repente un ruido proveniente del cielo como el de un viento que sopla impetuosamente, que invadió toda la casa en que residían. Aparecieron, como divididas, lenguas de fuego, que se posaron sobre cada uno de ellos, quedando todos llenos del Espíritu Santo; y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según que el Espíritu les otorgaba expresarse.»
   Estupefactos al oír a esos galileos hablar tantos idiomas que les resultaban incomprensibles, los judíos supusieron en principio que se habían embriagado, y que esa súbita glosolalia era el efecto de la borrachera. Pero Pedro replicó que a las nueve de la mañana era demasiado temprano para estar ebrios, y explicó que ese milagro realizaba la profecía de Joel (2: 28): «( ....) derramaré mi espíritu sobre toda carne ( ...)»
   Así, en el origen de la Pentecostés encontramos la consumación de una profecía del Antiguo Testamento. Pero la manifestación del Espíritu en forma de soplo, e incluso de tormenta acompañada de relámpagos, es en verdad una creencia común a todas las sectas espiritistas de la antigüedad y de los tiempos modernos. La llama del relámpago en la lengua hebrea se compara con una lengua de fuego, de allí procede la idea de que el Espíritu Santo se había manifestado por el don de lenguas, y que así había dotado a los apóstoles con las habilidades políglotas indispensables para la evangelización de los gentiles.

   La Pentecostés aparece como la continuación necesaria de la Misión de los apóstoles y el preludio de su acción, que sin ese milagro les habría resultado imposible. Por ello, esta escena inicia lógicamente el relato de los Hechos de los Apóstoles. Por una curiosa inversión de ideas, la Confusión de las lenguas, que en el Génesis se presenta como un castigo del orgullo humano, aquí se convierte en una gracia concedida por el Espíritu Santo.
   En la interpretación prefigurativa de la Biblia, la Venida del Espíritu Santo, que confiere el don de lenguas a los apóstoles, se compara con la Confusión de las lenguas que detiene la construcción de la Torre de Babel.
   El don de lenguas acordado a los apóstoles debe reunir a aquellos a quienes la «torre de la confusión» volviera extranjeros. Por sus esfuerzos se elevará un edificio que sin presunción ni locura podrá pretender subir hasta el cielo, y en lugar de desafiar al Señor, aportará la reconciliación del mundo con su Creador. La nueva torre espiritual de la Gracia ya no será construida, como la de Babel, símbolo de la desmesura y el orgullo humanos, con piedras o ladrillos, sino con las virtudes de Cristo Redentor (non lapidibus, sed de virtutibus Christi).
2. Culto
   La Pentecostés estaba considerada la fiesta colectiva de los apóstoles. Y se celebraba muy especialmente en Saint Sernin de Toulouse, que se jactaba de poseer reliquias del colegio apostólico.
   Además, señalaba la fecha de nacimiento de la Iglesia cristiana (Natale della Chiesa).
   En la Edad Media, en Notre Dame de París y en Saint Jacques la Boucherie, se reconstruía el milagro haciendo descender desde lo alto de la bóveda una paloma y trozos de estopa encendida.
3. Iconografía
   Se distinguen tres tipos principales, con y sin la Virgen.
l. La Pentecostés con la Virgen
   Bizantinos y occidentales coinciden en atribuir a la Virgen el lugar central, aunque no el papel principal.

    El hecho no deja de ser sorprendente, puesto que María, al haber recibido en su persona el Espíritu Santo, el día de la Anunciación, no necesitaba recibirlo una segunda vez, tanto más por cuanto no participaba del apostolado. Además, su presencia no se menciona explícitamente en los Hechos de los Apóstoles.
   La única justificación de esta tradición iconográfica es un pasaje del capítulo que precede al relato de la Pentecostés (Hechos, 1: 13), donde se dice que los apóstoles reunidos en Jerusalén, en el piso alto, es decir, en la habitación principal de la casa, «perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María, la madre de Jesús...». De ello no debe deducirse en modo alguno que la Virgen estuviese con ellos el día de la Pentecostés. Su presencia es una simple suposición que los teólogos admitieron, y que luego se impuso a los artistas, tanto más fácilmente por cuanto éstos tenían la costumbre de representarla en medio de los apóstoles en la escena de la Ascensión.
   Madre adoptiva de San Juan y Reina del cielo, fue considerada muy pronto la reina y la madre espiritual de los doce apóstoles (regina et mater Apostolorum). También puede admitirse que la Virgen sea aquí, como en la escena de la Ascensión, sólo el símbolo de la Iglesia.
   Los apóstoles forman un círculo alrededor de la Virgen que preside la asamblea sin participar en el milagro. Encima de las cabezas planea la paloma del Espíritu Santo, que deja caer sobre ellos una lluvia de pavesas o de lenguas de fuego.
   De inmediato los doce comienzan a hablar todos a la vez, y gesticulan, convirtiendo el cenáculo en una pequeña torre de Babel. Tienen el gesto de alocución, para indicar que están en condiciones de conversar en diversos idiomas.
2. La Pentecostés con los apóstoles solos
   Existen representaciones de la Pentecostés donde los doce apóstoles reunidos en la habitación alta y sobrevolados por la paloma del Espíritu Santo están representados sin la Virgen, cuya presencia no está clara mente señalada en los Hechos de los Apóstoles.

   Además del grupo de los apóstoles deben tenerse en cuenta dos elementos iconográficos importantes: la irradiación del Espíritu Santo y la representación del Mundo, que los apóstoles, convertidos súbitamente en políglotas,  podrán evangelizar.
     1. La irradiación o el don de lenguas
   En las representaciones de la Pentecostés se han empleado, como es natural, los motivos solares o planetarios que ya hemos visto en la iconografía de los Siete Dones del Espíritu Santo.
   El Libro de los Perícopes de la Biblioteca de Munich (siglo XI), simboliza la efusión del Espíritu Santo mediante una rueda inflamada en torno a la cual se agrupan los apóstoles. En la Biblia de Floreffe (siglo XII), los apóstoles están sentados en las molduras inferiores de un enorme disco, y reciben los rayos emitidos por las siete palomas del Espíritu Santo.
   A veces la paloma emisora está reemplazada por la Mano de Dios cuyos dedos separados irradian.
   La inspiración divina generalmente está simbolizada por una lluvia de lenguas de fuego. Muchas veces, esas lenguas inflamadas toman la forma de cintas o cuerdas que descienden sobre la cabeza de cada uno de los apóstoles (Capitel de la Daurade, en Toulouse).

   En ciertas miniaturas bizantinas (Homilías de San Gregorio Nacianceno, B.N., París) se advertirá que el Espíritu Santo no desciende directamente sobre los apóstoles, sino sobre el Trono Venerable (Vacua Sedes, Trono vacío del Juicio Final), donde reposa el libro del Evangelio, y es allí donde rebrotan o rebotan los rayos.
     2. El Cosmos
   Lo que caracteriza a las representaciones bizantinas de la Pentecostés es que los diferentes pueblos que serán evangelizados en sus respectivas lenguas, están personificados colectivamente por la figura del Cosmos, es decir, del mundo con el aspecto de un rey coronado de pie ante la puerta del cenáculo, que tiene en las manos un lienzo con los doce rollos, que corresponden a las predicaciones de los doce misioneros. Esta alegoría del Cosmos, que traduce el pasaje de las Escrituras acerca del Espíritu de Dios llenando el mundo (Spiritus Domini replevit Orbem terrarum), ha permanecido extraña a la iconografía occidental.
   Por error se había creído que ese misterioso personaje representaba al rey David, e incluso al profeta Joel, que hace decir a Yavé (2: 28): «Después de esto derramaré mi espíritu sobre toda carne».
     Catálogo
   Las representaciones de la Pentecostés son numerosas, tanto en el arte paleocristiano (miniaturas y mosaicos) como en el románico y el gótico; pero se multiplicaron sobre todo a finales de la Edad Media, a consecuencia de la fundación de las cofradías del Espíritu Santo, y luego, en el siglo XVI, a causa de la institución de la orden del Espíritu Santo por Enrique III (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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