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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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domingo, 25 de octubre de 2020

El Retablo de la Redención, de Juan Giralte, en la sala II del Museo de Bellas Artes

   Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Retablo de la Redención, de Juan Giralte, en la sala II del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.  
   Hoy, domingo 25 de octubre, como todos los domingos, ha de considerarse como el día festivo primordial para la Iglesia. Es el primer día de cada semana, llamado día del Señor o domingo, en el que la Iglesia, según una tradición apostólica que tiene sus orígenes en el mismo día de la Resurrección de Cristo, celebra el Misterio Pascual.
   Y qué mejor día que hoy para ExplicArte el Retablo de la Redención, de Juan Giralte, en la sala II, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
     El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
   En la sala II del Museo de Bellas Artes podemos contemplar el Retablo de la Redención, de Juan Giralte (+ 1574), siendo una serie de relieves de cedro tallado en estilo renacentista, realizado en 1562-63, con unas medidas de 1'10 x 0'58 m. (los tableros mayores) y de 0'58 x 0`48 m. los menores, y procedente del Convento de Santa Catalina de las Carmelitas de Aracena (Huelva), siendo adquirida por el Estado, para el Museo Arqueológico Nacional, que lo tiene depositado en el Museo en 1970 (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
    Varios hechos fundamentales conforman el panorama de la escultura hispalense de mediados del siglo XVI, vinculados no sólo a la evolución española, sino también al resto de Andalucía. De inicio, es una etapa de cierta cortedad cronológica, pues tan sólo abarca unos veinte años, pero en ella ocurre la interpretación indígena de los influjos renacientes italianos, apareciendo una producción mucho más autóctona, y la superposición, al final de su tiempo, de ciertos influjos ya manieristas florentinos. Por otro lado, no será Sevilla el foco prioritario del llamado Purismo, sino Granada, donde dos grandes empresas artísticas, la Catedral y el Palacio de Carlos V, atraerán los afanes de los mejores artistas -Silva, Niccolo da Corte, Juan de Orea, etc.-, que no poco tuvieron que ver con la plástica sevillana, que, como lógicamente cabe suponer, no abarca esta provincia tan sólo, sino que se extiende por las limítrofes, inte­grantes de su Archidiócesis. Por ello, la escultura purista hispalense es en este momento de escasa importancia numérica y aparece de la mano de artistas venidos de más allá de nuestras tierras, algunos de ellos de escasa fama, que trabajaron tanto en la realización de retablos como de imaginería.
   Bernales afirma que el clasicismo se manifiesta potente en la Sacristía Mayor de la catedral de Sevilla, a cuyas esculturas no es ajeno Diego de Siloé, y en donde trabajaron los artistas del círculo de Diego de Riaño. Algo parecido debió ocurrir con la primera etapa decorativa de la Capilla Real hispalense, realizada por Pedro de Campos y Lorenzo del Bao, y que luego se concluyera en tiempos de Diego de Pesquera. Al citado círculo de Diego de Riaño, que trabajó en la Sacristía Mayor catedralicia, perteneció Diego Guillén Ferrant, nacido probablemente en Clermont-Ferrant hacia el año 1500, y que es tenido por Palomero como «la figura más importante, después de Roque Balduque, del retablo sevillano de la primera mitad del siglo XVI». Artista poco estudiado, trabajó en Sevilla entre 1533 y 1547, dejándonos, como maestro imaginero la Virgen de la Granada, en la Colegiata de Osuna, muy bella y dotada de gran movimiento.
   Pero, como veremos más adelante, dos maestros flamencos, Roque Balduque y Juan Giralte, llenan el panorama escultórico sevillano del comedio de siglo, preparan el ambiente artístico que llenará el último tercio del XVI y el primero establece el tipo iconográfico que definirá las representaciones de la Madre de Dios, como demostró Hernández Díaz.
   Entre todo el grupo de colaboradores de Balduque destacó con luz propia este maestro, Juan Giralte, también flamenco, del que apenas si tenemos datos biográficos. Debió venir a Sevilla para trabajar en el taller de Roque Balduque, y allí permanece anónimamente hasta la muerte del maestro en 1561, fecha en la que le sucede para finalizar los encargos pendientes, según consta en el contrato de cesión que le otorga la viuda del maestro de Bois-le-Duc. Sabemos que, para esta fecha, estaba ya casado con una hija del pintor Juan de Zamora; en 1569 tuvo problemas con la justicia por asuntos económicos, y en 1572 figura en la nómina de la Capilla Real hispalense con el oficio de «moldurero». Muere en Sevilla, en 1574.
   Estilísticamente, Giralte sigue los cánones de Balduque, pero acentuando las notas flamencas, consiguiendo realizaciones nerviosas y de menor calidad. Como afirma Bernales, sus figuras son «alargadas, algo angulosas y de expresiones dramáticas», demostrando que su estilo «se desarrolla dentro del primitivismo nórdico -escribe Palomero-; y muestra las incorrecciones que suponen la forzada y falsa asimilación de las fórmulas renacentistas». Técnicamente, sus obras acusan una ejecución tendente a un relieve excesivamente plano y de vinculaciones todavía muy medievales. '
   Su producción, ahora comenzada a conocer, arrancaría de su trabajo en la parroquia de San Vicente, donde terminó el Crucificado del remate del retablo Mayor, comenzado por Balduque. Como obras personales se consideran el retablo de la Redención, de Aracena, y los de Cazalla de Almanzor y Bollullos de la Mitación; los apóstoles del Tenebrario de la Catedral hispalense, la figura de Jesús atado a la columna de la iglesia de la Trinidad, y la escultura de San Sebastián, en Jimena de la Frontera (Cádiz).
   En 1970, como depósito del Museo Arqueológico Nacional, ingresaron en el Museo las diez tablas que componen el total de los relieves de Giralte para el retablo de la Redención, con­tratado por el escultor, en 1562, con el presbítero  Bartolomé Vázquez, con destino a su Capilla funeraria en la iglesia conventual de Santa Catalina del Carmen, en Aracena (Huelva). Según el contrato y la tasación, hecha esta última en 1563 por Andrés Ramírez y Antonio de Arfián, los relieves se hicieron en madera de cedro y la policromía de oro bruñido, ciñéndose a  la siguiente iconografía: Las lágrimas de San Pedro (con la figura añadida de San Juan), la Coronación de espinas, la Oración en el huerto, la Anunciación y la Resurrección, en el único cuerpo del retablo; después, y como añadido al mismo, se hicieron por el propio Giralte, para el remate, las pequeñas tablas del Padre Eterno y los Evangelistas.
   Arrancado de su lugar de origen, ha desaparecido su arquitectura, de tipo políptico, con «columnas labradas de talla» y «friso con serafines», así como la policromía. Identificado en 1954 por  Hernández Díaz, la restauración nos permite admirarlo hoy «en blanco» (Enrique Pareja López, Escultura, en Museo de Bellas Artes de Sevilla, Tomo I. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
   Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Retablo de la Redención, de Juan Giralte, en la sala II del Museo de Bellas Artes, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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sábado, 24 de octubre de 2020

La Iglesia de San Antonio María Claret

    Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Iglesia de San Antonio María Claret, de Sevilla.    
     Hoy, 24 de octubre, Memoria de San Antonio María Claret, obispo, que, ordenado presbítero, durante varios años se dedicó a predicar al pueblo por las comarcas de Cataluña, en España. Fundó la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María y, ordenado obispo de Santiago de Cuba, trabajó de modo admirable por el bien de las almas. Habiendo regresado a España, tuvo que soportar muchas pruebas por causa de la Iglesia, y murió desterrado en el monasterio de monjes cistercienses de Fontfroide, cerca de Narbona, en el mediodía de Francia (1870) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
      Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la Iglesia de San Antonio María Claret, de Sevilla.
   La Iglesia de San Antonio María Claret se encuentra en la avenida Padre García Tejero, 8, en el Barrio Sector Sur-La Palmera-Reina Mercedes, del Distrito Bellavista-La Palmera.
   Esta iglesia se levantó por la necesidad de los que iban habitando el barrio, ya que los colegios estaban lejos de la zona, y la iglesia más cerca era la Parroquia del Corpus Christi, a 1.500 metros de distancia.
   D. Manuel Benjumea Burín centró su atención en la comunidad claretiana para que se encargara de cuidar y atender los aspectos religiosos y educacionales de la barriada. El Cardenal Segura dio su aprobación para ejercer su labor apostólica en el barrio. En un primer momento instalan su casa e iglesia en una de las casas de la calle Amazonas en 1940; y en 1941 instalan el colegio en el Mercado que tenían al lado, con una nueva capilla más grande.
   En 1942 el arquitecto Antonio Illanes del Rio, que tenía su familia en el barrio, hace el diseño de una nueva iglesia con el colegio, pero necesitaban los terrenos donde poder levantarlo. Un papel importante lo tuvieron D. Federico Mayo, por entonces Director del Instituto Nacional de la Vivienda y el Ministro de Hacienda, D. Joaquín Benjumea Burín, hermano de Manuel. Ambos presionaron al alcalde de Sevilla para que le concedieran los terrenos. En junio de 1943 ya se le adjudica la obra a la casa constructora Rojas Marcos.
   En mayo-junio de 1947 ya podían ser ocupadas la residencia y el colegio; la iglesia ya se había terminado la cúpula del crucero, muros y techumbre, aún faltaban la fachada de piedra, el revestimiento de los muros, el decorado y la solería.
   En agosto de 1949 la iglesia aún no estaba terminada, como consta en la primera procesión del Inmaculado Corazón de María, que salió por la puerta principal, puesto que no podía salir el paso por otra puerta.
   Según los términos que impuso D. Antonio Illanes cuando proyectó la iglesia fue: “fábrica de ladrillo, para los muros y bóvedas. Con esta solución queda fuera del retraso o de las interrupciones que pudieran ocasionar el tener que depender de suministros de hierros”. Por lo tanto la manufactura solamente es de ladrillo. “Necesaria para la iglesia, era la torre o campanil. Este elemento cumple, a la vez, su misión propia y otra, de orden compositivo. Se prefiere la forma de espadaña por ser tradicional en Sevilla y porque es siempre más económica que las torres”. Por lo tanto lo que se busca para el edificio es una construcción rápida y segura. También menciona: “Es curioso anotar la semejanza que tiene con la del Convento de la Encarnación”. Pero no la de Sevilla sino la iglesia del Convento de la Encarnación de Osuna, por el uso de arquitrabe, friso y cornisa escalonada, pero en el caso de la claretiana realizado de una manera muy sencilla y sobria.
   En primer lugar comentamos la fachada, realizada en forma de arco de medio punto y en piedra tallada. Tiene tres nichos, en la central se encuentra la Virgen con el Niño; a la derecha de ella una imagen de San Joaquín y a su izquierda, San Federico, como homenaje a los patronos de D. Joaquín Benjumea Burín y D. Federico Mayo. Encima de la imagen de la Virgen con el Niño, hay un gran medallón con la figura de Cristo en actitud solemne y mayestática, en bajorrelieve. Tiene en sus manos un libro abierto con la leyenda: “Rex Sum” (Yo soy Rey). A ambos lados, también en bajorrelieve, tiene dos ángeles en actitud de adoración con incensarios. En todo lo largo del arco, encontramos una serie de cabezas de ángeles debajo de los títulos de los diferentes misterios del rosario, comenzando por la derecha con los misterios del gozo, le siguen los del dolor, y, finalmente, los de la gloria. Lo curioso de ellos es que cada rostro presenta una expresión distinta bajo que misterios se encuentren, por ejemplo los del gozo están sonriendo; los de los misterios de dolor como si estuvieran sufriendo; y los de gloria, tienen un rostro radiante y feliz. Hay que añadir que en un primer momento estos rosetones iban a ser policromados, pero finalmente se pensó en dejarlo en piedra como el conjunto.
   En el altar mayor se proyectó en un primer momento colocar un retablo labrado, pero por falta de material y artistas, se adoptó la forma de nicho en vez de muro liso en el presbiterio; y en su centro se levantó un altar en forma de templete, de mármol rojo con aplicaciones de bronce dorado. Allí se cobija el Inmaculado Corazón de María, obra de Juan Luis Vasallo Parodi, que no estaba pensado para procesionar, ya que está realizado en piedra. Por ello la Archicofradía, que allí se asentó, adquirió una imagen de Olot de dicha advocación. Cuando la Hermandad adquirió importancia encargaron una nueva imagen al imaginero Rafael Barbero Medina en 1960, ya en madera de pino y hueca en su interior para ser procesionada. Esta hoy día se encuentra en el templo en la nave del evangelio en un retablo muy sencillo.
   Posteriormente, en la década de 1980, la Archicofradía adquiere otras imágenes que las integran como titulares, estas son: Nuestra Señora del Amparo, obra de D. Miguel Lainez Capote, San Juan Evangelista de Antonio Eslava Rubio y el Santo Cristo de la Misión, obra de José Manuel Bonilla Cornejo. Actualmente estas tres imágenes se encuentran juntas en un retablo igualmente sencillo, en la nave de la epístola.
   En la iglesia se encuentran otras imágenes, entre ellas la imagen del titular del templo, San Antonio María Claret, que procesiona cada 24 de octubre. En el crucero se encuentran una Virgen de Fátima y un Corazón de Jesús. Aquí también se halla un óleo del pintor Francisco Díaz de Córdoba, que representa a San Antonio María Claret en un episodio de su vida que él mismo nos cuenta, que en la noche de Navidad de 1864 la Virgen le puso el niño Jesús en sus brazos.
   En el 2013 se trajeron los restos de los catorce jóvenes que sufrieron martirio en la estación ferroviaria de Fernán Caballero en 1936, y se colocaron en un nicho. En la parte superior hay un cuadro de todos ellos junto al Inmaculado Corazón de María, obra de Diego Coca.
   En los últimos años la iglesia ha recibido donaciones de obras artísticas entre ellas un San José carpintero con el Niño Jesús, colocado en el presbiterio. Como también un Cristo en la Última Cena y Cristo en el Huerto de los Olivos, ambas obras restauradas por Antonio José Gallardo Montesinos.
   A los pies del templo, entrando a la derecha, se encuentra un cuadro de la Virgen del Perpetuo Socorro y una imagen de Cristo crucificado, proveniente este último de la capilla de la antigua y cercana Huerta de San Gonzalo; a la izquierda un Cristo en la Cruz de tamaño inferior al normal, llamado de la Misión como recuerdo de la Santa Misión dada por los misioneros claretianos al poco tiempo de ser inaugurado el templo (Juan Alba, Manuel Díaz, José Gómez, Fernando González-Vallarino, Francisco Reina y Alegría Roncero, Heliópolis, historia de un barrio).
Conozcamos mejor la Biografía de San Antonio María Claret, obispo;
     San Antonio María Claret, (Sallent, Barcelona, 23 de diciembre de 1807 – Fontfroide, Francia, 24 de octubre de 1870). Misionero, escritor, fundador, arzobispo, confesor de Isabel II, santo.
     Nació en una familia de honda fe cristiana y fue el quinto de once hijos de Juan Claret y su consorte Josefa Clará. En el bautismo se le impuso el nombre de Antonio, pero en 1850, al ser consagrado obispo, añadiría a ese nombre el de María, porque —decía— “María Santísima es mi madre, mi madrina, mi maestra, mi directora y mi todo después de Jesús”.
     Ya desde su niñez bebió y respiró la piedad y mostró inteligencia despierta y buen corazón. A los cinco años, en lugar de dormir, pensaba en la eternidad: en la gloria de los que se salvan y en la desdicha de los que se condenan, y deseaba salvar a los pecadores de una eternidad desgraciada. Esta idea —decía— “es la que más me ha hecho y me hace trabajar aún, y me hará trabajar mientras viva, en la conversión de los pecadores”.
     Mientras la Guerra de la Independencia saturaba de patriotismo el ambiente, Antonio recibió una buena formación religiosa en el hogar, la escuela y la iglesia, ayudado por excelentes maestros. Ellos hicieron crecer en él los sentimientos de fe y caridad que marcaron su existencia. Dos grandes devociones marcaron su infancia abierta al mundo y a las cosas de Dios: la Eucaristía y la Virgen. Ya entonces se abrió paso en su mente una ilusión y un ideal fascinantes: ser sacerdote y apóstol, pero ésa sería una empresa difícil.
     Cumplidos los doce años (1818) y concluidos los estudios primarios, su padre le mandó que le ayudara en el taller de hilados y tejidos de algodón que tenía en su propia casa, y Antonio reveló bien pronto su talento, afición y destreza en el oficio.
     A los diecisiete años (1825), con el fin de perfeccionarse en ese oficio, pidió a su padre que le dejara ir a Barcelona, que era un punto de atracción para numerosos jóvenes. Allí se matriculó en la Lonja y estudió Gramática castellana y francesa, trabajando de día y estudiando de noche. Su afición, talento y tesón eran grandes y se convirtió en un técnico y un maestro en el arte textil. Seguía siendo un buen cristiano, pero su corazón se apegó tanto al trabajo que no le dejaba vivir ni rezar. En esa época —confiesa— “me enfrié mucho en el fervor que tenía cuando estaba en mi pueblo” y “durante la misa tenía más máquinas en la cabeza que santos había en el altar”. Su fama se propagó en la ciudad y algunos empresarios, admirados de su competencia, le propusieron fundar una compañía textil de la que Claret sería el jefe y director técnico. Pero él rechazó la propuesta aduciendo dos pretextos: su corta edad y su baja estatura. La razón última la dará más tarde: “Dios le quería eclesiástico y no fabricante”. Tres episodios le golpearon en esa época. Un día, en la playa de la Barceloneta, una ola gigantesca lo arrastró mar adentro y, no sabiendo nadar, estuvo a punto de morir ahogado, y, habiendo invocado a la Virgen, sin saber cómo, se vio en la orilla, sano y salvo y con la ropa totalmente seca. Un falso amigo, con quien jugaba a la lotería, tras haber ganado una fuerte suma de dinero, se lo robó todo para jugárselo y, cuando lo perdió, robó unas joyas de valor que también perdió en el juego. Siguiendo el rastro de las joyas, la policía lo detuvo y lo encarceló; y muchos pensaron que también Claret era cómplice de esas fechorías. Otro día fue a visitar a un amigo, que estaba ausente, y la dueña de la casa lo acosó e intentó detenerle, pero él se deshizo de aquella mujer y no volvió jamás a aquel lugar. Estas experiencias crearon en su corazón una gran decepción por las cosas del mundo, las amistades y las riquezas.
     Más tarde, durante la misa, evocó esta frase del Evangelio: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?”. Esta sentencia fue una saeta que le hirió el corazón y la pasión por los telares se fue apagando. Antonio expuso su situación con un sacerdote de san Felipe Neri, quien le oyó, celebró su resolución y le aconsejó que estudiara latín.
     El joven tomó la decisión de hacerse cartujo y así se lo comunicó a su padre, quien le dijo que prefería que fuera sacerdote secular. Al enterarse el obispo de Vic, quiso conocerlo. Antonio, a sus veintiún años, estaba decidido a ser sacerdote y con esa edad entró en el seminario (1829).
     En Vic fue seminarista externo, viviendo como fámulo en la casa del sacerdote Fortián Bres, mayordomo del obispo. Antonio destacó enseguida por su aplicación al estudio y, sobre todo, por su piedad.
     Bajo la dirección del padre Pedro Bach, reincidió en la idea de hacerse cartujo y se marchó al monasterio de Montealegre; pero en el camino le sorprendió un fuerte aguacero y le dio una sofocación. Al comprobar que su salud era frágil, comprendió que Dios no le quería monje cartujo y regresó a Vic.
     El ambiente del seminario era excelente y la formación sólida y esmerada. El fervor fue en aumento y, con él, también su progreso espiritual. Claret leía y meditaba con fruición la Palabra de Dios y oraba intensamente.
     Y esa rica experiencia le fue impulsando de forma irresistible a buscar el camino de las misiones.
     A los veintisiete años, el 13 de junio de 1835, el obispo de Solsona, Juan José Tejada, le ordenó de presbítero y su primer destino fue la parroquia de su villa natal (1835-1839).
     La situación política española era complicada tras la muerte de Fernando VII. Los liberales se hicieron con el poder (1835) y con él llegó la quema de conventos y la matanza de los frailes, la exclaustración de los religiosos y la desamortización de Mendizábal.
     Contra ese desorden se levantaron las provincias de Navarra, Cataluña y el País Vasco, estallando la guerra civil entre carlistas e isabelinos. Pero Claret no era un político, sino un apóstol, y con intrépida fortaleza se entregó en cuerpo y alma a su ministerio. Su acción pastoral fue intensa y su caridad sin confines. Esa experiencia le llevó a descubrir horizontes más amplios para dar pábulo a sus ansias misioneras. Tras haberlo consultado, decidió ir a Roma a presentarse a Propaganda Fide para ser enviado a predicar el Evangelio a cualquier parte del mundo.
     A sus treinta y un años (septiembre de 1839), a pie, sin dinero y con un pobre hatillo, emprendió viaje hacia lo desconocido. Atravesó los Pirineos, llegó a Marsella y allí tomó un vapor hasta Civitavecchia y luego una diligencia que le llevó a Roma. En la ciudad eterna iba a encontrar su primer fracaso: la ausencia del cardenal Franzoni, que quebró de golpe su sueño misionero.
     Claret, sin el menor desánimo, aprovechó la ocasión para hacer ejercicios espirituales con un padre jesuita y éste le invitó a pedir el ingreso en el noviciado de la Compañía de Jesús. En el noviciado todo era paz, alegría y fervor; pero a los pocos meses (febrero de 1840), “a causa de las muchas lluvias y humedades de aquel año”, le sobrevino un fuerte dolor reumático en la pierna derecha, que casi le dejó paralizado y los médicos temieron la parálisis total. Al fin vio claro que Dios no le quería ni misionero ad gentes ni jesuita. Habían pasado cuatro meses, en los que hizo acopio de grandes experiencias, y, al final, aconsejado por el padre general, tuvo que abandonar el noviciado.
     Al regresar a España, fue destinado como coadjutor a Viladrau, en la provincia de Gerona. En ese pueblo se dedicó con entusiasmo al ministerio sagrado; pero la falta de médicos, que habían huido a causa de la guerra, le obligaron a ejercer la medicina. A su casa llegaban todos los días muchos enfermos del pueblo y de la comarca, a quienes curaba con hierbas y oraciones, logrando aliviar sus dolores. Luego emprendió con ahínco su ministerio de predicador; y sucedía que, cuando se ausentaba, muchos enfermos fallecían y, al regresar, la gente le recriminaba su modo de proceder.
     En esta posición incómoda, se percató de que no había nacido para ser médico o curandero. Su vocación eran las misiones: sería un evangelizador itinerante. Expuso la cuestión al prelado y éste le destinó a la predicación, urgente en aquella época en la que el liberalismo minaba la fe y cortaba las alas a la esperanza.
     A sus treinta y tres años, en julio de 1841, recibió de Roma el título de “misionero apostólico”, que le destinaba al anuncio del Evangelio al estilo de los apóstoles.
     Desde entonces su único oficio sería misionar. La ciudad de Vic se convertiría en su cuartel general y su centro de irradiación para todo el Principado catalán.
     Siempre a pie, con un mapa de Cataluña forrado de lienzo, un simple hatillo y un breviario, caminaba con paso ligero con lluvias y nieves o con soles abrasadores.
     Se juntaba con arrieros y otra gente y les iba explicando la doctrina cristiana, y muchos se convertían.
     En sus misiones, las catedrales y las iglesias de muchos lugares reventaban de gente cuando predicaba el padre Claret. De él corrían de boca hechos prodigiosos, pero sobre todo se comentaban sus grandes virtudes y la fuerza de su palabra arrebatadora. No le faltaron enemigos que le calumniaron y obstaculizaron su labor misionera; pero su temple de acero todo lo resistía con gran serenidad y paciencia.
     Del joven misionero decía un testigo: “Su conducta privada es intachable, sus costumbres edificantes, sus obras conformes a su lenguaje de ministro del Evangelio; su abnegación y desinterés completo [...] La vida penitente, mortificada, laboriosa es de un verdadero misionero apostólico. Viaja siempre a pie y sin provisión de comida ni vestidos; lo sabe y lo publica la gente en Cataluña y aun en otras provincias”. Así cobró renombre y fama de predicador infatigable. Sus sermones tenían la marca de la misericordia: “Poco terror, suavidad en todo”.
     Además de las misiones, el padre Claret predicaba ejercicios espirituales al clero y a las religiosas. Todos los que le conocieron afirmaban que era un hombre incansable. Cuando alguien le invitaba a detenerse un poco porque estaba sudando, él respondía con aire festivo: “Yo soy como los perros, que sacan la lengua, pero nunca se cansan”.
     Buen escrutador de los signos de los tiempos, al ir misionado, captó el delirio de la gente por la lectura y su enorme eficacia: “Uno de los medios que la experiencia me ha enseñado ser más poderoso para el bien es la imprenta —decía—, así como es el arma más poderosa para el mal cuando se abusa de ella”. “No todos pueden escuchar sermones... pero todos pueden leer.” A lo largo de su vida escribió alrededor de veinte mil páginas. Entre sus obras destacan: los Avisos (a toda clase de personas), el Camino recto (1843) —el libro de piedad más leído del siglo XIX—, el Catecismo explicado (1848), El colegial instruido (1860-1861) y su Autobiografía (1861-1862).
     Convencido de que “los libros son la comida del alma” y “la mejor limosna que se puede hacer”, en 1847, junto con sus amigos José Caixal y Antonio Palau, fundó la Librería Religiosa, una editorial de gran alcance y prestigio, que difundió decenas de miles de libros, opúsculos y hojas volantes.
     Pero Claret no era sólo predicador y escritor; era también un gran propagandista de objetos piadosos y formativos: rosarios, medallas, libros, folletos y hojas sueltas. Jamás cobraba nada por la edición y venta de sus libros; al contrario, invertía en ello conspicuas sumas de dinero, procedentes en parte de los donativos que recibía de personas de bien a quienes implicaba en la obra de difusión de la verdad evangélica.
     En 1847 escribió los estatutos de la Hermandad del Santísimo e Inmaculado Corazón de María y Amantes de la Humanidad, compuesta por sacerdotes y seglares, hombres y mujeres, y destinada al apostolado directo en el campo religioso, social, de propaganda, etc. Esta iniciativa daría origen a los seglares claretianos, empeñados en la difusión de la verdad en la Iglesia en el mundo.
     La rebelión de los “matinés” o madrugadores en 1847 frenó las misiones de Claret en Cataluña, pero la Providencia vino en su ayuda. El obispo de Canarias, Buenaventura Codina, le invitó a misionar en su diócesis, y el 6 de marzo de 1848 salía del puerto de Cádiz hacia las islas afortunadas. Tenía cuarenta años y estaba pletórico de energías para afrontar cualquier tipo de trabajo. Su voz mansa y firme resonó en aquellas islas, desde Gran Canaria hasta Lanzarote, y el milagro de Cataluña se volvió a repetir. Se vio obligado a predicar en las calles, en las plazas y en el campo, entre multitudes que lo acosaban por todas partes. Allí tuvo una grave pulmonía, pero no cesó de trabajar. A petición del obispo, sacó tiempo incluso para escribir un precioso Catecismo brevísimo con los rudimentos de la doctrina cristiana (1848). En menos de quince meses de misión (marzo de 1848- mayo de 1849) dejó tras de sí un dulce aroma de santidad, que aún perdura, y además conversiones, profecías y prodigios sin cuento. Los canarios despidieron al “Padrito” con lágrimas en los ojos y añoranza en el corazón; y también él dejó un hermoso testimonio de su amor agradecido: “Estos canarios me han robado el corazón”. En los primeros días de mayo de 1849 regresaba a la Península en el vapor Magdalena.
     La experiencia canaria marcó un hito en la vida misionera de Claret. Allí había visto la gran escasez de evangelizadores y el hambre de la gente por oír la palabra evangélica. Inspirado por el Señor, decidió crear un instituto misionero; y el 16 de julio de 1849, a las tres de la tarde, en una celda del seminario de Vic, fundaba la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María con cinco jóvenes sacerdotes, cuya edad oscilaba entre los veintisiete y los treinta y siete años: Esteban Sala, José Xifré, Manuel Vilaró, Domingo Fábregas y Jaime Clotet. Todos tenían el mismo espíritu del que él se sentía animado: “Hoy comienza una gran obra” —dijo el fundador—; y quiso que los misioneros “fuesen y se llamasen Hijos del Corazón de María” y que, centrados en Jesucristo, ardieran en caridad y abrasaran por donde pasaran, trabajando, sufriendo y procurando siempre y únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación del mundo. Hoy más de tres mil miembros realizan su labor evangelizadora y de promoción social en sesenta y cinco países de los cinco continentes.
     En esta misma época daría origen también a una institución que entonces parecía revolucionaria: las Religiosas en sus casas o las hijas del Inmaculado Corazón de María, mujeres consagradas en el mundo para ser “levadura de sabiduría” bajo el estímulo y el amparo de la Virgen en su doble dimensión contemplativa y activa.
     Con el tiempo (1943) se convirtieron en el floreciente instituto secular Filiación Cordimariana. A sus cuarenta y dos años (1849), un evento insospechado puso en peligro la pervivencia de la congregación recién fundada. El padre Claret recibió con gran sorpresa el nombramiento de arzobispo de Santiago de Cuba (territorio perteneciente a la Corona de España). Sus reiteradas renuncias fueron inútiles, y, al fin, en el mes de octubre, se vio obligado a aceptar. Sólo la obediencia le pudo doblegar, “pero en el supuesto —decía— de que pudiera así dar más pábulo a la caridad, al amor a Dios y a mis prójimos en que quiero abrasarme”. El 6 de octubre de 1850 fue consagrado por el obispo Casadevall en la catedral de Vic, y antes de embarcarse, viajó a Madrid para recibir el palio de manos del nuncio Brunelli.
     La despedida en Barcelona (28 de diciembre) resultó apoteósica: un inmenso gentío se congregó en el muelle para desearle un viaje feliz. En la travesía aprovechó la oportunidad para dar una misión a bordo a los pasajeros, a los oficiales y a la tripulación.
     El 16 de febrero de 1851 desembarcaba en Santiago de Cuba, donde le esperaban seis años (1851-1857) de muchas alegrías y de fatigas, trabajando sin cesar, misionando y sembrando el amor y la paz en aquella tierra en la que la discriminación racial y la injusticia social reinaban por doquier. La diócesis necesitaba la guía de un pastor, desde que el arzobispo Alameda (futuro cardenal de Toledo) se ausentó hacía catorce años (1837).
     Claret fue un arzobispo misionero por excelencia. Renovó y promovió todos los aspectos de la vida eclesial y social: clero, seminario, educación de niños, jóvenes y adultos. Allí la esclavitud, oficialmente abolida, seguía en todo su auge; y él se enfrentó a los capataces, arrancándoles el látigo de las manos y exclamando: “blancos y negros, todos somos iguales a los ojos de Dios”. Allí, el arzobispo libró una larga y dura batalla en defensa de los más necesitados de justicia y dignidad.
     Con su capacidad de inventiva y organización y su gran sentido práctico, unido a un dinamismo arrollador, regeneró toda la diócesis. Fundó instituciones religiosas y sociales para niños y mayores, creó escuelas técnicas y agrícolas, construyó centros de acogida y de enseñanza para niños y ancianos. Visitó tres veces su inmensa diócesis. Lo hizo casi siempre a pie, o a lomo de mula para salvar las distancias. “En sus excursiones —decía un periodista— no le detiene ni el sol, ni el agua, ni la hora, ni la distancia, ni ninguna otra cosa semejante.” Con energía y prudencia logró la reforma del clero, que había perdido el fervor primero y se hallaba en una penosa situación material, científica y moral, y el seminario, en el que hacía más de treinta años que no se ordenaba ni un solo sacerdote.
     Para los campesinos pobres, artesanos y pequeños propietarios, dio vida a una institución genial: las Cajas de Ahorros, que implantó en todas las parroquias.
     En las cárceles, para los presos, puso escuelas y talleres de artes y oficios, “porque la experiencia enseñaba —decía— que muchos se echaban al crimen porque no tenían oficio ni sabían cómo procurarse el sustento honradamente”.
     En orden a la promoción económico-social, con sus propios ahorros creó en Puerto Príncipe la Casa de Caridad o Granja Agrícola (1855) para viejos pobres y niños abandonados. Era escuela, hogar y taller. Todo ello lo costeaba él.
     Para la educación de la niñez y de la juventud, fundó con la madre María Antonia París en 1855 el Instituto de Religiosas de María Inmaculada Misioneras Claretianas, que, en número de 650, fieles a su lema de “enseñar a toda criatura la ley santa del Señor”, actúan en varios continentes.
     “El Señor —decía— me ha dado un amor entrañable a los pobres”; y ellos eran el objeto de sus preferencias.
     En este campo, su labor se orientó en tres direcciones: ayuda material inmediata, promoción formativa y económica y acción evangelizadora. Para los campesinos escribió el precioso librito formativo titulado Las delicias del campo (1855).
     La tarea fue dura y también la persecución. Los políticos y los corruptos se unieron para perseguir al arzobispo combativo que daba la vida por defender a los explotados y a los oprimidos. El 1 de febrero de 1856 sufrió un atentado sangriento en Holguín. Al salir de la iglesia, donde había predicado un fervoroso sermón, un sicario de origen tinerfeño, Antonio Abad Torres, al que había sacado poco antes de la cárcel, le agredió sin piedad.
     Al anochecer, cerca de la iglesia, intentó degollarle con una navaja de afeitar, produciéndole una gran herida en la mejilla izquierda, “desde frente a la oreja hasta la punta de la barba”, y, de refilón, le hirió también en el brazo derecho. La herida pudo haber sido mortal. Sólo la Providencia le salvó de una muerte segura. Al volver en sí, dijo que perdonaba al agresor “como cristiano, como sacerdote y como arzobispo”, y, además, pidió que le sacaran de la isla para evitar un linchamiento, ofreciéndose a pagarle el viaje. Sus enemigos volverían a intentarlo, pero no lo consiguieron.
     En América, “viña joven”, dejó Claret mucho trabajo, sudor y mucha sangre. Al cabo de seis años, el 18 de marzo de 1857, le entregaron un despacho urgente del general Concha diciéndole que la Reina le llamaba a Madrid. Enseguida preparó el viaje y, tras haber celebrado la Semana Santa en La Habana, donde despertó gran entusiasmo, se embarcó en el vapor Pizarro y llegó a Cádiz, y luego, el 26 de mayo, a Madrid. Aquí Isabel II le dijo que le había elegido confesor y director de su conciencia. Él, con cierta repugnancia, aceptó ese cargo, pero impuso varias condiciones: no vivir en palacio, no implicarle jamás en enredos políticos ni obligarle a guardar antesalas y gozar de la debida libertad para ejercer su misión apostólica.
     Tenía ya casi cincuenta años y su salud le permitía seguir trabajando a lo grande. Sin embargo, él mismo reconocía que no había nacido para cortesano y así se lo decía a sus amigos: “Yo no tengo genio de político, ni de cortesano, ni de palaciego”; “Mire usted qué papel tan peregrino hago: cortesano y misionero a la vez”.
     En once años de permanencia en Madrid, con suma paciencia logró domeñar el corazón noble, pero algo indómito, de la Reina y reformar el ambiente cortesano.
     Su actividad evangelizadora fue intensísima. Su voz resonó con fuerza en casi todas las iglesias y conventos de la capital. Sus actividades fueron prodigiosas, e incontables los sermones al pueblo y los ejercicios al clero en diversos barrios de la capital, con una asistencia masiva.
     En la Corte se dedicaba a visitar a los enfermos, a los presos y sobre todo a socorrer a los pobres que llegaban a su casa diariamente. “La multitud de pobres me comen vivo”, decía. Por eso ahorraba avaramente.
     Era pródigo y se guiaba por este criterio evangélico: “Comer poco para tener más que dar a los pobres”. En cierta ocasión empeñó su pectoral de plata para poder socorrer a un enfermo. Todos los días por la tarde predicaba, visitaba hospitales y cárceles, colegios y conventos.
     Una de sus obras más geniales, que ideó en Cuba y plasmó luego en Madrid, fue la fundación de la Academia de San Miguel (1858), una asociación apolítica y universal, formada por seglares comprometidos —escritores, artistas y propagandistas— con el fin de combatir los errores y los vicios con la verdad y las virtudes. De esa asociación formaron parte un buen grupo de escritores y artistas españoles. En nueve años, la Academia publicó varios libros y promovió la propaganda religiosa.
     En 1864 crearía también las Bibliotecas populares y parroquiales, regidas y atendidas por seglares, que habían de tener una proyección apostólica, porque “en estos últimos tiempos —afirmaba— parece que Dios quiere que los seglares tengan una gran parte en la salvación de las almas”. Ya en su primer año de existencia, esta institución contaba con cuarenta y siete centros y tenía en circulación doce mil volúmenes.
     Nombrado protector de la iglesia y hospital de Monserrat, en Madrid, en 1859, atendió con esmero a los enfermos y restauró la iglesia material y espiritualmente.
     El mismo año Isabel II le nombró presidente del monasterio de El Escorial para que se ocupara de su restauración, debido al lastimoso estado en que había quedado a raíz de la exclaustración (1835). Claret desempeñó este cargo durante nueve años (1859- 1868); y ahí demostró una vez más su extraordinaria capacidad de iniciativa y su talento organizador, convirtiendo el monasterio, de palacio y panteón de reyes, en un centro importante de culto y de estudio.
     Todo lo restauró material y espiritualmente. Creó un colegio y un seminario modelo, con aire de universidad eclesiástica, en el que había una escolanía y banda de música, estudios de humanidades, lenguas clásicas y modernas, ciencias naturales, arqueología, además de los estudios filosóficos, teológicos, bíblicos y patrísticos. En esta empresa contó con la ayuda de excelentes colaboradores.
     En la Corte se sentía a disgusto, como un “pájaro enjaulado” o como “un perro atado a un poste”. Y decía: “No tengo reposo, ni mi alma halla consuelo sino corriendo y predicando”. Pudo dar cumplido desahogo a esas ansias en las giras de la Corte por España, evangelizando todas las regiones con una actividad muy intensa. El viaje más largo (cuarenta y nueve días) y más intenso tuvo lugar por Andalucía y Murcia en el otoño de 1862. El confesor llegó a predicar en él doscientos cinco sermones en catedrales, iglesias, conventos y hospitales, despertando admiración y entusiasmo por doquier. En algunas ocasiones llegó a predicar hasta diez o doce sermones en un solo día. En esa gira, según un testigo, repartió ochenta y cinco arrobas de propaganda religiosa. “En estos viajes —decía—, la reina reúne a las gentes y yo les predico.” Uno de los mejores servicios que prestó a la Iglesia, desde su cargo de confesor de la Reina, fue su activa y prudente intervención en el nombramiento de obispos, sugiriendo al nuncio los sacerdotes más cultos y ejemplares. Así consiguió un episcopado compacto y aguerrido, en orden a promover la reforma de la Iglesia tal como él la proponía en la obrita Apuntes de un plan para conservar la hermosura de la Iglesia (1857).
     En la España del siglo XIX fue el astro central de una gran constelación de fundadores y fundadoras, interviniendo con desinterés y sabiduría en asuntos de dirección espiritual o en el inicio y consolidación de numerosos institutos religiosos.
     No es extraño que un hombre tan influyente como Claret, que arrastraba a las multitudes, se concitara también las iras de los enemigos de la Iglesia. Fueron muchos los atentados que sufrió, la mayor parte frustrados por la conversión de los asesinos. Pero fue peor la campaña difamatoria montada a gran escala en toda España para desacreditarlo ante la gente sencilla. Se le acusó de influir en la política, de pertenecer a la “camarilla” de la Reina, de zafio, glotón, obsceno, ambicioso, ladrón y cobarde. Aunque le instaban a defenderse, él quiso callar, contento de sufrir algo por Jesucristo.
     El 15 de julio de 1865, el Gobierno en pleno se reunía en La Granja para arrancar a la Reina su firma del reconocimiento del reino de Italia, lo cual equivalía a la aprobación del expolio de los Estados Pontificios.
     La Reina, engañada, firmó ese atropello y Claret no quiso hacerse cómplice permaneciendo en la Corte.
     Con el fin de aquietar su conciencia en aquella delicada situación, se dirigió a Roma. Allí el papa Pío IX le consoló y le pidió que regresara a la Corte, y la Reina se alegró inmensamente de su retorno. A pesar de ello, no cesaron las calumnias y las persecuciones.
     El 18 de septiembre de 1868, tras el levantamiento de Cádiz, triunfó la revolución y la Reina perdió la Corona. Con la batalla de Alcolea, caía Madrid, y la revolución se extendió por toda España. El día 30, la Familia Real, con pocos cortesanos y el confesor de la Reina, buscó refugio en Francia, primero en Pau y luego en París.
     Claret vivió serenamente en la capital francesa, dedicándose a predicar, confesar, escribir y educar al príncipe Alfonso y a las infantas, sin descuidar en ningún momento las dos congregaciones por él fundadas.
     Tras la predicación cuaresmal de 1869, dejó establecidas en París las “Conferencias de la Sagrada Familia” en favor de los emigrantes españoles y latinoamericanos.
     El 30 de marzo de ese año se separó definitivamente de la ex Reina y se trasladó a Roma.
     En la ciudad eterna siguió realizando las mismas obras apostólicas y prestando ayuda en la preparación del Concilio Vaticano I. Ese evento eclesial, que contó con 774 Padres, se inauguró en la fiesta de la Inmaculada.
     Una de las cuestiones más debatidas fue la infalibilidad pontificia. En defensa de ella se alzó en la basílica vaticana la voz fervorosa de Claret el 31 de mayo de 1870: “Traigo la estigma o las cicatrices de nuestro Señor Jesucristo en mi cuerpo, como veis en la cara y en el brazo —dijo, aludiendo a las heridas de Holguín—. ¡Ojalá pudiese yo consumar mi carrera confesando y diciendo de la abundancia de mi corazón esta grande verdad: creo que el Sumo Pontífice romano es infalible!”. Él es el único Padre conciliar que ha sido canonizado.
     Acompañado por el padre Xifré, superior general de la congregación, el 23 de julio de 1870 llegaba el arzobispo a Prades, en el Pirineo francés. Los misioneros, desterrados también por la revolución, recibieron con inmensa alegría al fundador, ya enfermo y convencido de la inminencia de su muerte. Hasta allí llegó la mano de los perseguidores, que no le dejaron en paz. El 5 de agosto llegaba una mala noticia: el Gobierno español quería encarcelarle y el santo tuvo que huir, con un hatillo de misionero, refugiándose en el monasterio cisterciense de Fontfroide (Aude).
     En aquel cenobio, a doce kilómetros de Narbona, fue acogido por los monjes con gran alegría. Allí le cuidaron con todo cariño los padres Jaime Clotet y Lorenzo Puig. En la noche del 4 al 5 de octubre tuvo un ataque de apoplejía y el 8 hizo la profesión religiosa y recibió los últimos sacramentos. Finalmente, el 24 de octubre, entre plegarias y suspiros, el gran misionero del siglo XIX se durmió suavemente en el Señor: un santo eminentemente eucarístico y mariano, evangelizador infatigable, luchador incansable de la causa de Dios y del hombre y gran apóstol del rosario.
     Sobre su tumba se esculpieron estas palabras de san Gregorio VII: “Amé la justicia y odié la iniquidad, por eso muero en el destierro”. En 1897 sus restos se trasladaron a Vic, donde hoy se veneran. El 25 de febrero de 1934, el papa Pío XI le declaró beato, y Pío XII, el 7 de mayo de 1950, le canonizaba como santo. El humilde misionero apareció en la gloria de Bernini, mientras las campanas de la basílica de San Pedro alzaban al cielo un canto de gloria en su honor (Jesús Bermejo Jiménez, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Iglesia de San Antonio María Claret, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Horario de misas de la Iglesia de Sant Antonio María Claret:
     Invierno (15 de septiembre a 31 de mayo):
                   Lunes a Viernes: 9:00, 12:30 (menos lunes) y 20:00
                   Sábados: 9:00, 19:00 y 20:00
                   Domingos y festivos: 9:30, 11:30 (familiar), 12:30 (parroquial), 19:00 y 20:00

     Mes de junio:
                   Lunes a Viernes: 9:00, 12:30 (menos lunes) y 21:00
                   Sábados: 9:00, 20:00 y 21:00
                   Domingos y festivos: 9:30, 11:30 (familiar), 12:30 (parroquial), 20:00 y 21:00

     Verano (1 de julio a 14 septiembre):
                   Lunes a Sábados: 9:00 y 21:00
                   Domingos y festivos: 9:30, 12:30 (parroquial) y 21:00

Enlace a la web oficial de la Iglesia de San Antonio María Claret:  www.parroquiaclaret.org

La Iglesia de San Antonio María Claret, al detalle:

viernes, 23 de octubre de 2020

El Arca - Relicario de los Santos Servando y Germán, de Hernando de Ballesteros El Viejo, en la Sacristía Mayor de la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Arca - Relicario de los Santos Servando y Germán, de Hernando de Ballesteros El Viejo, en la Sacristía Mayor de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
   Hoy, 23 de octubre, cerca de Cádiz, en la provincia hispánica de Bética, Memoria de los Santos Servando y Germán, mártires en la persecución bajo el emperador Diocleciano (s. IV) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el Arca - Relicario de los Santos Servando y Germán, en la Sacristía Mayor de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
   La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
    En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Sacristía Mayor [nº 091 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; No ha cambiado de nombre desde su construcción. En el siglo XVII tenía dos altares, uno del "Calvario" y otro de San Miguel (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
   En la Sacristía Mayor de la Catedral de Santa María de la Sede podemos contemplar en una de sus vitrinas, el Arca - Relicario de los Santos Servando y Germán, mártires, realizado por Hernando de Ballesteros el Viejo en 1558-59, en plata cincelada y repujada, en estilo renacentista, con unas medidas de 0'38 x 0'56 x 0'37 mts.
   La arqueta relicario de los San­tos Servando y  Germán, labradas, como quedó dicho en la biografía, entre los años 1558 y 1559. 
   Mucha más tradición tiene este tipo de relicario en forma de arca, los cuales se desarrollaron tanto en el Románico como en el Gótico. Tal y como veíamos en el ejemplar anterior, estas cajas fueron evolucionando y adaptándose a las nuevas corrientes estéticas que se iban imponiendo, llegando con estos dos ejemplos hispalenses, a los modelos renacentistas más depurados, en los que además se aprecian algunas desviaciones manieristas en su ornamento.
   Se trata de cajas rectangulares con paredes abiertas por arcos de medio punto y tapadera a cuatro aguas con cúspide plana rectangular, que recuerda en mucho a los sarcófagos de la antigüedad clásica, algo que presumiblemente fuese intención de su tracista, aunque añadiendo los huecos en sus frentes para la con­templación y veneración pública de su contenido. En ambas, se repite el apoyo de las garras de león asiendo esferillas, tradicional en este tipo de piezas. La arquitectura empleada, al igual que sucedía en sus obras anteriores, vuelve a presentar fuertes semejanzas con construcciones contemporáneas, utilizando los soportes antropomorfos que también fueron diseñados para algunos ventanales del cabildo municipal hispalense, como para retablos de entalladores como Roque Balduque y Juan Bautista Vázquez el Viejo, todos ellos inspirados en la estampa europea. En concreto, fueron muy recurridas para estos hermes las de Marcoantonio Raimondi, y si Ballesteros no las tuvo, sí el arquitecto que dictara el diseño que debía seguir en la obra. Así, tenemos las dos vertientes, por un lado el varón hercúleo con los brazos cruzados o portando el cesto sobre su cabeza, y por otro, la fémina también musculosa que desnuda plantea similares actitudes. No obstante, habría que advertir que en la arqueta de San Florencio, las esquinas están ocupadas por estilizados ángeles orantes, los cuales, nos parecen de estética muy posterior, siendo un añadido decimonónico con total seguridad. Muy interesante igualmente es el friso del entablamento, que en ambos casos está compuesto por querubes entre guirnaldas de laurel, muy similares a uno que dictara el tratadista Sagredo en sus diseños para arquitectura y cuya repro­ducción aparecía en la referida edición de Medidas del Romano de 1549, además de tondos a la manera romana, bebiendo por tanto de los modelos platerescos comunes en la época. 
   La cubierta de ambas piezas es la parte más rica en decoración y de nuevo plantea un repertorio de grutescos, roleos vegetales y putis, además de otros elementos de traza fantástica, que recuerda en mucho a los utilizados en las partes traseras de los referidos portapaces. En las cuatro caídas, aparecen tondos cir­culares moldurados enmarcados por seres antropomorfos en composiciones que se acercan en mucho a estampas decorativas de Zoan de Andrea, Giovanni Antonio de Brescia, Nicoletto da Modena, Marcoantonio Raimondi, Heinrich Aldegrever y Jacob Bink. Sin embargo, y a pesar de tener fuentes comunes, este adorno se plantea en ambos casos de diferente forma, dominando los temas religiosos en una y en otra los paganos.
   Donde apreciamos un repertorio más acorde con el mundo cristiano es en la arqueta de San Florencio. En él, carnosos y gruesos angelotes revolotean, juegan y se retuercen entorno a tallos florales y frutos, sin que falte tampoco algún elemento de tinte fantástico. Todos ellos están rodeando a los tondos figurativos que centran la iconografía de la pieza y se amoldan perfectamente a los espacios dedicados a ellos. Aquí observamos la huella de los grabados de Durero y Van der Leiden, aunque estos putis muestran una gran originalidad en sus posturas y formas. Más individualizado es el ornato labrado en la tapa superior. En ella, dos bellos angelotes muestran, entre cintas pendientes y elementos vegetales, los símbolos de la Pasión. Éstos van acorde con la iconografía que aparece en el medallón central de la tapadera, el Ecce Horno, un Cristo Varón de Dolores de inspiración germana, basado posiblemente en alguna de las representaciones que Durero difundió por toda Europa durante los primeros años del siglo XVI. Igualmente de inspiración nórdica son los cuatro evangelistas que aparecen en los tondos laterales, en los cuales además se aprecia el vigor y el nerviosismo de la escultura española contemporánea, con posturas y movimiento de traza grandilocuente, y una fuerte expresividad en sus rostros, que los ponen en conexión con maestros de la talla de Alonso de Berru­guete y Juan de Juni.
   En el otro ejemplar donde se guardan las reliquias de San Servando y San Germán, en el panel central de la tapadera, aparece un tondo con un busto femenino velado, a la manera romana y basada en la estampa italiana cuatrocentista. Este medallón está enmarcado por dos seres muy estilizados que, a modo de pajes, muestran el tondo al espectador, rodeándose éstos de un paisaje bucólico muy al estilo de los grabados germanos de la época. Sobre lo que representa esta dama, se ha señalado reiteradamente que se podría tratar de la Virgen María, aunque sus rasgos y formas no concuerdan con la habitual en la iconografía mariana. En concreto, para  nosotros, y en contraposición a la simbología neotestamentaria de la arqueta anterior, creemos que pudiera reproducir la alegoría de la Sinagoga. Si tenemos en cuenta su descripción realizada por Alberto Magno en el siglo XIII, ésta tomaría la forma de una mujer con los ojos vendados, con la cabeza baja y privada de su corona, rasgos que también se describen en este busto. Asimismo, este símbolo de la anti­gua tradición encaja perfectamente con la iconografía de las caí­ das. En ellas, otros tantos medallones recogen las representaciones de profetas del Antiguo Testamento y no evangelistas como la historiografía los había denominado. De hecho, todas las figuras muestras filacterias en la que, en dos de los profetas ancia­nos, se leen en letras latinas Jeremías e Isaías, estando las otras dos totalmente borradas, aunque no es dificultoso concretar que se tratan de Ezequiel y Daniel, conformando el grupo de los cuatro profetas mayores del Antiguo Testamento. Todos ellos representados de busto, nuevamente a la manera de los retratos romanos, como ya desde tiempo atrás se venía  describiendo a las personalidades y a los santos en las artes plásticas hispalenses del Renacimiento. Geniales nos parecen los seres monstruosos y fantásticos que los rodean, donde encontramos tritones, sirenas, guerreros con extremidades vegetales, etc., sacados todos de los mejores y más variados repertorios deco­rativos de la época, tales como los grabados de Aldegrever por ejemplo, y que también se pueden apreciar  la ornamentación del Ayuntamiento hispalense.
   Finalmente, tampoco podemos olvidar las pequeñas perillas que aparecen en los cuatro ángulos de la arqueta, con formato panzudo y bulboso, recordando las manzanas de los cálices de esta época, y como no, los bellísimos angelitos sedentes que portan cestos de frutos, de nuevo sacados de los repertorios de
grabados aludidos de origen tanto germano como italiano (Antonio Joaquín Santos Márquez, Los Ballesteros. Una familia de plateros en la Sevilla del Quinientos. Diputación de Sevilla, 2007).
   El Arca - Relicario de los Santos Servando y Germán cuyo autor es Hernando de Ballesteros el Viejo, tiene las marcas repartidas por el borde de la caja, bajo la garra delantera derecha, aureolando  la cabeza de las cariátides, en la cubierta y en los cuatro taludes de la artesa: DOIFR con una ballesta en sentido diagonal (punzón de autoría de Hernando de Ballesteros el Viejo). BZERA (punzón de contrastía de Diego de la Becerra, Ensayador de Sevilla) y SE/VILLA en el interior de la Giralda (punzón de la ciudad de Sevilla). Su fecha de ejecución es 1558-1559., realizada en plata en su color, mediante el cincelado y repujado, con unas medidas de 337 mm. de alto, 516 de ancho y 323 de fondo. Su peso es de 72 marcos, 7 onzas y 3 reales (16.771 gs.), y su coste fue de 3.000 maravedís el marco labrado. El coste total de los relicarios  ascendió  a 383.253  maravedís.
   Ambos relicarios constituyen  la obra más perfecta  y acabada del maestro platero de la Catedral sevillana, Hernando de Ballesteros el Viejo, y la que mejor expresa su estilo, enraizado en el formulario decorativo del primer renacimento al que guardó siempre fidelidad irreductible. Le fueron encargados por el Cabildo tras la visita realizada en 1557 al relicario de la Iglesia, con la intención expresa de que sustituyeran a las «dos arquetas de madera doradas»  que  se encontraban deterioradas y escasas de policromía, y que contenían los restos de los mártires y patronos de Cádiz, San Servando y San Germán, y del confesor San Florencio.
   Su construcción puede rastrearse puntualmente a través de las partidas anotadas en los Libros de Mayordomía y Adventicios de la Catedral, donde se especifica que el 27 de abril de 1558 Ballesteros cobraba 30.000 maravedís  a cuenta «de los relicarios que haze para reliquias de sanctas», que se incrementaban el 24 de septiembre con otros 56.250 maravedís más por idéntico concepto. Finalmente el  19 de mayo de 1559 se pesaba la plata empleada en su confección y el 14 de junio recibía el platero el finiquito del encargo.
   Condicionado por la estructura de los relicarios de madera, Ballesteros realizó dos arcas funerarias de base rectangular, que descansan sobre cuatro garras y se cierran con una tapadera en forma de artesa. Además, para que puedan contemplarse las reliquias, Ba­llesteros perforaba los frentes de estas cajas con arcadas sostenidas por pilastras, a las que se adosan atlantes y cariátides con un cesto de fruta sobre la cabeza en postura y actitud análoga a la empleada por los entalladores Roque de Balduque y Juan Bautista Vázquez el Viejo en los retablos que durante estas fechas realizaban para la Diócesis.
   Tanto la tipología de los soportes como el abigarrado repertorio ornamental de las arcas procede de la escuela de Fontainebleau y fue conocido en Sevilla a través de las fuentes grabadas. Sin embargo la transposi­ción no llega a ser literal ya que Ballesteros sustituye, aunque sólo en determinadas partes, el grutesco que anima a las estampas francesas por las cabezas aladas recomendadas por Sagredo a los artistas españoles en sus Medidas del Romano (Toledo, 1526) y cristianiza, en otras, los bestiones, mascarones y trofeos clásicos al convertirlos en atributos pasionarios, ofreciendo un es­pléndido testimonio de conciliación artística, al tiempo que revela las ideas que circulaban en Sevilla sobre el decoro exigido por la Iglesia en la ornamentación de una pieza destinada al ajuar litúrgico (Jesús M. Palomero Páramo, La Platería en la Catedral de Sevilla, en La Catedral de Sevilla. Ed. Guadalquivir. Sevilla, 1991).
   Pareja de arcas relicarios. Tienen forma de arca funeraria rectangular, con los frentes mayores formados por tres arcos de medio punto que descansan sobre pilastras a las que se le adosan atlantes con un cesto de fruta en la cabeza. En los lados menores sólo existen dos arcos con la misma composición. La tapa, en forma de arqueta, se decora con motivos vegetales y medallones centrales. Se completa con las patas en forma de garra, pináculos en los ángulos del arca y niños con cestos de flores en el remate de la tapa. En el interior, sobre un almohadón y envueltos en paños aparecen los restos de los santos con cartelas de papel rectangular en el que aparecen escritos los nombres de los santos.
   Los relicarios fueron encargados por el Cabildo tras la visita realizada en 1557 al relicario de la Iglesia, con la intención de sustituir las arquetas de madera dorada donde se encontraban las reliquias de los Santos mártires y patronos de Cádiz, San Servando y San Germán y de San Florencio, confesor. El 27 de abril de 1558, Ballesteros recibe 30.000 maravedíes a cuenta de los relicarios. Posteriormente, se le pagan 56.250 maravedíes y el 14 de julio del mismo año se le hace entrega del finiquito. Anteriormente, el 19 de mayo se habían pesado los relicarios. El costo total de los mismos ascendió a 383.253 maravedíes. La marca "BZERA" hace alusión al contraste de Diego de la Becerra, Ensayador de Sevilla desde 1566 (Guía Digital de Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Biografía de los Santos Servando y Germán, mártires
;
     Santos Servando y Germán (¿Mérida (Badajoz)?, p. m. s. III – Cádiz, ú. t. s. III). Mártires y santos.
     La pasión con el relato del martirio de los santos Servando y Germán es un texto compuesto en el siglo viii, pero que contiene algunos datos históricamente aprovechables. Estos santos serían originarios de la ciudad de Mérida, de donde fueron conducidos prisioneros hasta un fundus Ursianus (“finca”), situado en las cercanías de la ciudad de Cádiz, donde fueron degollados. Las reliquias de Servando fueron veneradas en Cádiz, mientras que las de Germán volvieron a su ciudad natal, de donde quizás pasaron más tarde a Sevilla. Como patronos de la ciudad de Cádiz son venerados el día 23 de octubre.
     Una leyenda que no remonta más allá del siglo XIII hizo de estos mártires soldados romanos e hijos del centurión san Marcelo de León (Miguel C. Vivancos Gómez, OSB, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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Más sobre la Catedral de Santa María de la Sede, en ExplicArte Sevilla.

jueves, 22 de octubre de 2020

El Monumento a San Juan Pablo II, de Miñarro, en la plaza Virgen de los Reyes

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Monumento a San Juan Pablo II, de Miñarro, en la plaza Virgen de los Reyes, de Sevilla.     
     Hoy, 22 de octubre, en Roma, en la basílica de San Pedro, Memoria de San Juan Pablo II, papa, que gobernó la Iglesia por veintisiete años, llevando su presencia misionera a todos los puntos de la tierra, alimentando la doctrina con abundantes y esclarecidos documentos, y convocando a todos los hombres de nuestra época a abrir sus puertas al Redentor (2005) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II]. 
   Y qué mejor día que hoy, para ExplicArte el Monumento a San Juan Pablo II, de Miñarro, en la  plaza Virgen de los Reyes, de Sevilla.
   El Monumento a San Juan Pablo II se ubica en la plaza Virgen de los Reyes, del Barrio de Santa Cruz, en el Distrito Casco Antiguo, junto a la fachada del Convento de la Encarnación, frente a la Catedral de Santa María de la Sede y al Palacio Arzobispal.
   El monumento a San Juan Pablo II fue diseñado en 2006 por la Asociación Promonumento a Juan Pablo II. Fue realizado por Juan Manuel Miñarro  y se expuso en el Centro Cajasol de la plaza San Francisco. Se barajaron diferentes lugares para su colocación: la plaza de la Contratación, la Puerta de Jerez y la calle Adolfo Rodríguez Jurado. Finalmente, se acordó situarlo en la plaza Virgen de los Reyes, cerca de la catedral de Sevilla y frente al palacio Arzobispal.
   ​Escultura de busto redondo hecha en bronce fundido y con pátina química, tiene una altura de 2,45 metros, y representa al Papa San Juan Pablo II vestido con palio y casulla. Realizada por el escultor sevillano Juan Manuel Miñarro en 2012, está ubicada frente a la fachada de la iglesia del convento de la Encarnación, a unos 40 metros de la Puerta de los Palos de la Catedral.
   El arzobispo de Sevilla, Juan José Asenjo, la bendijo la noche del 14 de agosto de 2012 durante un acto al que asistió el alcalde de la capital sevillana, Juan Ignacio Zoido.
Conozcamos mejor a San Juan Pablo II, papa;
   Karol Józef Wojtyla, elegido Papa, con el nombre de Juan Pablo II, el 16 de octubre de 1978, naciò en Wadowice (Polonia) el 18 de mayo de 1920.
   Fue el menor de los tres hijos de Karol Wojtyla y Emilia Kaczorowska, que falleció en 1929. Su hermano mayor, Edmund, médico, murió en 1932 y su padre, suboficial del ejército, en 1941.
   A los nueve años recibió la Primera Comunión y a los dieciocho el sacramento de la Confirmación. Terminados los estudios en la escuela superior de Wadowice, en 1938 se inscribió en la Universidad Jagellónica de Cracovia.
   Cuando las fuerzas de ocupación nazis cerraron la Universidad en 1939, el joven Karol trabajó (1940-1944) en una cantera y luego en la fabrica química Solvay para poder subsistir y evitar la deportación a Alemania.
   A partir de 1942, sintiéndose llamado al sacerdocio, asistió a los cursos de formación del seminario mayor clandestino de Cracovia, dirigido por el Arzobispo Adam Stefan Sapieha. Al mismo tiempo, fue uno de los promotores del "Teatro Rapsódico", también clandestino.
   Después de la guerra, continuo sus estudios en el seminario mayor de Cracovia, abierto de nuevo, y en la Facultad de Teología de la Universidad Jagellónica, hasta su ordenación sacerdotal, en Cracovia, el 1 de noviembre de 1946. Después fue enviado por el Cardenal Sapieha a Roma, donde obtuvo el doctorado en teología (1948), con una tesis sobre el tema de la fe en las obras de San Juan de la Cruz. En esos años, durante sus vacaciones, ejerció el ministerio pastoral entre los emigrantes polacos de Francia, Bélgica y Holanda.
   En 1948 regresó a Polonia y primero fue coadjutor en la parroquia de Niegowić, a las afueras de Cracovia, y luego en la de San Florián, dentro de la ciudad. Fue capellán de los universitarios hasta 1951, cuando reanudó sus estudios filosóficos y teológicos. En 1953 presentó, en la Universidad Jagellónìca de Cracovia, una tesis sobre la posibilidad de fundar una ética cristiana a partir del sistema ético de Max Scheler. Después fue profesor de Teología Moral y Ética en el seminario mayor de Cracovia y en la Facultad de Teología de Lublín.
   El 4 de julio de 1958, el Papa Pío XII lo nombró Obispo Auxiliar de Cracovia y titular de Ombi. Recibió la ordenación episcopal el 28 de septiembre de 1958 en la catedral de Wawel (Cracovia), de manos del Arzobispo Eugeniusz Baziak.
   El 13 de enero de 1964 fue nombrado Arzobispo de Cracovia por el Papa Pablo VI, que lo creó Cardenal el 26 de junio de 1967.
   Participó en el Concilio Vaticano II (1962-1965), contribuyendo especialmente en la elaboración de la constitución Gaudium et spes. El Cardenal Wojtyla participó en las 5 asambleas del Sínodo de los Obispos, anteriores a su Pontificado.
   Fue elegido Papa el 16 de octubre de 1978 y el 22 de octubre dio inicio a su ministerio como Pastor Universal de la Iglesia.
   El Papa Juan Pablo Il realizó 146 visitas pastorales en Italia y, como Obispo de Roma, visito 317 de las 332 parroquias con que cuenta Roma en la actualidad. Realizó 104 viajes apostólicos por el mundo, expresión de la constante solicitud pastoral del Sucesor de Pedro por todas las Iglesias. 
  Entre sus principales documentos se encuentran 14 Encíclicas, 15 Exhortaciones apostólicas, 11 Constituciones apostólicas y 45 Cartas apostólicas. Al Papa Juan Pablo II se deben también 5 libros: Cruzando el umbral de la esperanza (octubre de 1994); Don y misterio: en el quincuagésimo aniversario de mi sacerdocio (noviembre de 1996); Tríptico romano, meditaciones en forma de poesía (marzo de 2003); ¡Levantaos! ¡vamos! (mayo de 2004) y Memoria e identidad (febrero de 2005).
   El Papa Juan Pablo II celebró 147 ceremonias de beatificación, en las cuales proclamo 1338 beatos, y 51 de canonización, con un total de 482 santos. Tuvo 9 consistorios, en los que creo 231 Cardenales (+ 1 in pectore). Presidio también 6 reuniones plenarias del Colegio de Cardenales.
   Desde 1978 convoco 15 asambleas del Sínodo de los Obispos: 6 generales ordinarias (1980, 1983, 1987, 1990,1994 Y 2001),1 asamblea general extraordinaria (1985) y 8 asambleas especiales (1980, 1991, 1994, 1995,1997,1998 [2] y 1999).
   El 13 de mayo de 1981, en la Plaza de San Pedro, sufrió un grave atentado. Salvado por la mano maternal de la Madre de Dios, tras una larga convalecencia, perdonó a su agresor y, consciente de haber recibido una nueva vida, intensificó sus compromisos pastorales con heroica generosidad.
   Su solicitud de pastor encontró, además, expresión en la erección de numerosas diócesis y circunscripciones eclesiásticas, en la promulgación de los Códigos de Derecho Canónico —el latino y el de las Iglesias Orientales—, del Catecismo de la Iglesia Católica. Proponiendo al Pueblo de Dios momentos de particular intensidad espiritual, convoco el Año de la Redención, el Año Mariano y el Año de la Eucaristía, además del Gran Jubileo del año 2000. Se acercó a las nuevas generaciones instituyendo la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud.
   Ningún Papa se había encontrado con tantas personas como Juan Pablo II. En las Audiencias Generales de los miércoles (no menos de 1160) participaron más de 17.600.000 peregrinos, sin contar todas las demás audiencias especiales y las ceremonias religiosas (más de 8 millones de peregrinos solo durante el Gran Jubileo del año 2000). También se encontró con millones de fieles en el curso de las visitas pastorales en Italia y en el mundo. Igualmente fueron numerosos los mandatarios recibidos en audiencia: baste recordar las 38 visitas oficiales y las 738 audiencias o encuentros con Jefes de Estado, así como las 246 audiencias y encuentros con Primeros Ministros. 
 Murió en Roma, en el Palacio Apostólico Vaticano, el sábado 2 de abril de 2005, a las 21h 37m, la víspera del Domingo in Albis o de la Divina Misericordia, fiesta instituida por él. Los funerales solemnes en la Plaza de San Pedro y la sepultura en las Grutas Vaticanas fueron celebrados el 8 de abril.
   La solemne ceremonia de beatificación, en el atrio de la Basílica Papal de San Pedro, el 1 de mayo de 2011, fue presidida por el Sumo Pontífice Benedicto XVI, su inmediato sucesor y valioso colaborador durante muchos años como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.
   El Papa Francisco celebró el rito de canonización de Juan Pablo II  el 27 de abril de 2014 (web oficial del Vaticano).
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miércoles, 21 de octubre de 2020

El Pabellón Domecq, de Aurelio Gómez Millán, para la Exposición Iberoamericana de 1929, en el Parque de María Luisa

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Pabellón Domecq, de Aurelio Gómez Millán, para la Exposición Iberoamericana de 1929, en el Parque de María Luisa, de Sevilla.
   Hoy, 21 de octubre, es el aniversario de la inauguración (21 de octubre de 1929) del Pabellón Domecq para la Exposición Iberoamericana de 1929, así que hoy es el mejor día para ExplicArte el Pabellón Domecq, de Aurelio Gómez Millán, para la Exposición Iberoamericana de 1929, en el Parque de María Luisa, de Sevilla.
   El Pabellón Domecq (nº 12 en el plano oficial del Parque de María Luisa; y nº 31 en el plano oficial de la Exposición Iberoamericana de 1929) se encuentra en el Parque de María Luisa (nº 64 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla), en el Barrio de El Prado - Parque de María Luisa del Distrito Sur, y se sitúa en la avenida de Don Pelayo, 1.
   La Exposición Iberoamericana de 1.929 supone la transformación urbana más importante de la ciudad en época contemporánea hasta 1992. El recinto se desarrolla en un entorno ajardinado en el que se disponen arquitecturas singulares que lo monumentalizan: apoyado en el curso del río y en edificios existentes de la importancia de la Fábrica de Tabacos o del Palacio de San Telmo, da forma al deseo de crecimiento hacia el sur que la ciudad ya había manifestado en proyectos como el trazado del Salón de Cristina o El Jardín de las Delicias de Arjona.
   El escenario fundamental es el del sector segregado de los jardines del Palacio de los Montpensier y que constituyeron el Parque de María Luisa en honor de la cesión por la infanta María Luisa Fernanda de Borbón, duquesa Viuda de Montpensier, prolongado en el Jardín de las Delicias y a lo largo de la Avenida Reina Victoria (hoy Paseo de las Delicias y de la Palmera) hasta el Sector Sur. Otros edificios dispersos se situaron en los jardines de San Telmo o, en el caso singular del Gran Hotel "Hotel Alfonso XIII- en el Jardín de Eslava.
   El trazado inicial surge como consecuencia del concurso de anteproyectos celebrado en 1911 y del que se eligió la propuesta de trazado unitario presentada por el arquitecto Aníbal González y que, en los que le siguieron (1913, 1924, 1925 y 1928), se fue desfigurando en aras de una implantación dispersa con la intervención de un número más amplio de profesionales. El arquitecto dimitió falleciendo poco antes de inaugurarse el certamen.
   Es uno de los pabellones de las empresas que participaron en el certamen de la Exposición Iberoamericana de 1929, que sin duda alcanzó mayor éxito por la aproximación de su modelo arquitectónico a otros recintos que se levantaron en sus proximidades, como el Pabellón Real, o la propia Plaza de España. Se ha apuntado la inspiración de la planta en un pabellón anterior de la Exposición de Artes Decorativas de París, expresado en una imagen plena de regionalismo en su lenguaje, con un magnífico trato del ladrillo visto, especialmente en el trazo de los arcos de planta curva que presentan las galerías laterales, con dovelas cortadas en doble cuña. Actualmente conservado por las Juventudes Musicales de Sevilla, tras ser sede también del Instituto de Meteorología.
   El actual PGOU le otorga un Grado de Protección C, estando incluido en su Catálogo Complementario CC.S26.14, y en el sector BIC Recinto de la Exposición Iberoamericana y en el BIC Parque de María Luisa (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía). 
   El Pabellón Domecq es el único netamente comercial  que se conserva de los construidos para la Exposición Iberoamericana. Juan Pedro Domecq, encargó directamente al arquitecto Aurelio Gómez Millán la realización del edificio entregándole 250.000 pts. para su ejecución. Las obras ya se encontraban iniciadas en mayo de 1928, concluyéndose en el verano de 1929.
   A pesar de no ser un edifico de grandes dimensiones, es un alarde de construcción, con unas características similares al Pabellón Real pero de tamaño más reducido, y que en definitiva “es una de esas obras que realmente dan fama merecida a su arquitecto”.
   “La planta sigue el diseño visto por el arquitecto en la Exposición parisina de Artes Decorativas, consistente en un cuerpo central de ocho lados, ampliado en la planta baja por los cuatro lados de mayor anchura, creando otros tantos brazos que van unidos por medio de arquerías curvas”.
   Con una superficie de casi 400 m2, el edificio básicamente se compone de tres alturas, semisótano, baja y alta; su planta se organiza por medio de cuatro cuerpos formando una cruz griega, dentro de la cual en su centro se inscribe un octógono irregular, éste se eleva sobre el resto del edificio formando la planta superior. Los espacios formados por los brazos de la cruz, se unen por un deambulatorio exterior en forma de claustro de triple arquería curva. El cuerpo delantero sirve de vestíbulo de entrada, mientras que el situado en el eje opuesto, se instala la escalera que accede al piso superior.
   La composición de cuidado diseño en los detalles constructivos, guarda gran semejanza con el Pabellón Real, como se ha dicho antes, y su apariencia ecléctica es el resultado de una sabia mezcla de elementos de diferentes estilos, como el gótico en la crestería del segundo cuerpo (hoy desaparecida) así como la venera que remata el escudo de la fachada, ó el manierismo de la galería abierta con sus bellas arcadas, y el barroco de la monumentalidad del acceso.
   Al pabellón se accede tras subir la amplia grada en forma de U, previamente podemos disfrutar de una magnífica fachada, con una cuidada y severa ornamentación, llamando poderosamente la atención el tratamiento del ladrillo visto tallado con un cuidado diseño. El alzado netamente regionalista evidencia el gran oficio de los artesanos del momento, con los arcos de planta curva de las galerías laterales, cuyas dovelas fueron cortadas en doble cuña.
   El escudo de Real, con las armas de Alfonso XIII en ático de la fachada bajo una venera, fue realizado en la fábrica J.F. Martínez de Triana, y pintado por C.D. Sala.
   El pórtico a manera de arco triunfal, se abre mediante arco rebajado entre dos parejas de pilastras corintias de ladrillo tallado. Las fachadas de los dos cuerpos laterales, se resuelve mediante un arco de medio punto que encierra una vidriera enmarcada por parejas de pilastras corintias, la fachada trasera es de ladrillo liso sin hueco, en el que se encuentra instalado el escudo de la familia Domecq en cerámica vidriada de colores. En la planta alta se pueden observar panelas con motivos florales de ladrillo tallados.
   Los arcos de las galerías laterales de medio punto se apoyan en columnas de mármol blanco, sobre balaustrada de barro con motivo vegetal. Las puertas de acceso a los salones desde la galería, se enmarcan con molduras rectas y frontón de ladrillo tallado.
   El vestíbulo se decora con unos magníficos zócalos cerámicos de la fábrica trianera de Ntra. Sra. de las Nieves, pintados por Francisco Hohenleiter de Castro, en los cuales se representan escenas agrícolas y ganaderas como: la vendimia, la siega, la caza de la liebre, el arado del campo, la monta de caballos y el abrevadero del ganado.
   Las escenas centrales están pintadas con técnica colorista sobre un fondo blanco con hojarasca en azul cobalto, enmarcado todo ello por amplias cenefas con motivos frutales sobre fondo amarillo.
   También es digno de reseñar, el artesonado original que se conserva en este espacio, que era igual al de las galerías exteriores, y el enmarcado de las puertas de acceso al salón central y a las galerías exteriores laterales, con ladrillos tallados de forma magistral.
   Ya en el interior del edificio, al fondo del salón central, se encuentra la escalera que accede al piso alto, esta diseñada para dar grandiosidad al edificio. Se trata de una escalera de doble tramo, siendo el primero de ellos inscrito en un óvalo, no hay en el una sola línea recta, sino una sabia combinación de formas cóncavas y convexas. Según Amparo Graciani, esta composición podría recordar ciertos recursos escenográficos como el empleado por Miguel Ángel en la escalera de la Biblioteca Laurenciana de Florencia. 
   En la planta superior, se instaló el Salón de Honor de carácter protocolario, decorado con excelente gusto, con acceso directo a la terraza. Este salón de forma octogonal como el central de la planta baja, en sus cuatro lados de mayor longitud se instalaron vidrieras con el escudo de la familia Domecq, de la afamada casa Haumejean, conservándose en la actualidad solo la que da frente a la fachada principal, consistente en un sable terciado con guantes en los ángulos opuestos, coronado de yelmo y lambrequines. En los lados menores, se sitúan las puertas que acceden a la terraza, sobre las cuales se hallan cuatro pequeños paneles pintados al fresco también por Hohenleiter.
   En ellos se representan escenas nobiliarias, que se desarrollan en una casa o palacio en el campo, con una bucólica y frondosa vegetación. En la primera escena, un joven noble saluda con el sombrero a una muchacha que le sale al encuentro bajando las escalinatas de una mansión. La siguiente es el momento en que la muchacha llega a los pies de la escalera y saluda al joven, ante la mirada de un grupo nobles al fondo. En la tercera, bajo un árbol, el joven del sombrero corteja a la muchacha. Y en la última escena el joven habla animadamente con dos muchachas junto a una fuente, mientras al fondo una pareja sentada se cortejan.
   La planta baja sirvió para la exposición de los productos de la firma, adecuándose perfectamente la distribución del edificio a los fines expositivos del mismo, por la fácil circulación interior.
   Entre los productos mostrados, se aprovechó el evento para promocionar un vino creado en 1892, con motivo del 400 aniversario del Descubrimiento de América, de nombre “La Raza”, bautizado así como reconocimiento a la riqueza cultural del mestizaje de razas tras dicho descubrimiento. El 12 octubre (día de la Hispanidad) de 1929 fue la fecha elegida para la presentación del producto, incluso antes de la inauguración oficial del pabellón. También se exhibían barriles de brandy Fundador con las firmas de los reyes en recuerdo de una visita a esas bodegas, y en vitrinas otros famosos brandis como Carlos I y III.
   El pabellón fue inaugurado por los Reyes y el general Primo de Rivera el 21 de octubre de 1929, cuando ya había empezado la Muestra.
   Según las crónicas de la época, “Los reyes empezaron su visita por las dependencias de la planta de honor, deteniéndose antes las vitrinas en que se exponen las botellas napoleónicas y las cajas consignadas a los numerosísimos representantes que la casa tiene en toda América.
   De allí pasaron a otra sala de exposición en la que aparecen los facsímiles de las botas que firmaron el rey don Alfonso en el año 1904, y la reina doña Victoria en 1915, artísticamente protegidas con detalles de excelente gusto.
   Aparte contemplando don Alfonso los envases de los coñacs Carlos I y III recordó complacido que los había degustado en la propia destilería de la casa Domecq e hizo de ellos cumplidos elogios.
   Subieron luego a la planta principal, en cuyo salón central, decorado con excelente gusto, que da acceso a una magnífica terraza habíase instalado el buffet.”
   Una vez concluida la Exposición, el edificio continuó algunos años siendo ocupado por la Casa Domecq, aunque desconocemos que tipo de utilidad se le dio, debió ser de forma esporádica, ya que los importes de las facturas por consumo eléctrico eran muy pequeños. Al parecer en 1935 el edificio pasó a poder del Ayuntamiento, aunque desconocemos la fecha exacta y el modo en que se produjo la cesión.
   Durante la Guerra Civil, estuvo ubicado en el pabellón el Servicio de Propaganda, donde prestaban su colaboración personas relevantes de la cultura huidos de Madrid, escritores como Marquina o Eugenio d'Ors, poetas como Ridruejo, Diez Crespo o Vivancos, y pintores como Caballero, Escassi y Summers.
   Finalizada la contienda  nacional, fue utilizado por Falange Española Tradicionalista y de las JONS, así como por la Sección Femenina de esta organización como centro de formación para sus cuadros de mando provinciales. Durante la Segunda Guerra Mundial se le adosó una dependencia, en la parte trasera de la azotea, con exterior en ladrillo visto que funcionó durante la guerra como emisora de radio alemana.
   A finales de 1956, el Ayuntamiento autorizó la cesión del Pabellón Domecq al Servicio Nacional de Meteorología, para la instalación de una estación meteorológica, que daría lugar al traslado a este edificio de su Jefatura regional, permaneciendo en él durante más de cuarenta años.
   Durante todo este tiempo, el edifico ha sufrido algunas alteraciones para adaptarlo a los nuevos usos, y con el aumento del personal y equipos de meteorología, se hizo necesaria una intervención más compleja realizada en 1981, consistente en bajar la altura de los techos, acondicionar la planta semisótano, baja y alta para oficinas, así como el cerramiento de las cuatro galerías exteriores, a fin de conseguir más espacio útil. Quizás esta sea la actuación que más ha modificado el aspecto exterior del pabellón, perdiéndose la posibilidad de disfrutar de las bellas columnas exentas de las galerías y las portadas de las puertas de acceso a las salas.
   Pero los nuevos tiempos y el aumento de la plantilla de personal e instrumentos necesarios para prestar los servicios que la sociedad demandaba, hicieron que fuera imposible continuar en un espacio tan pequeño. Por lo que entre 1996 y 1997, se produce el traslado del Centro Meteorológico Territorial de Andalucía Occidental a sus actuales instalaciones en la Cartuja, aunque mantuvo el taller de mantenimiento de equipos en el antiguo pabellón prácticamente hasta el año 1998, en que lo ocupó la Asociación Juventudes Musicales de Sevilla, gracias a la intervención del tristemente asesinado concejal Alberto Jiménez Becerril.
   En este edificio se encuentran tanto las oficinas administrativas como el salón de conciertos donde se ofrece parte de la programación musical de esta Asociación, y cuyas butacas proceden del Teatro Lope de Vega. 
   Como anécdota hemos de decir, que el edifico estuvo a punto de convertirse en capilla para alojar a la entonces recién fundada Hermandad de la Paz.
   El autor del edificio, fue considerado heredero directo del entonces desaparecido Aníbal González, destacando de esta obra el afiligranado del ladrillo tallado, siendo uno de los pabellones comerciales que se construyeron más destacados, por ello se le concedió un Diploma de Honor, en reconocimiento por la extraordinaria valía del edificio.
   Hoy día podemos disfrutar de este magnífico pabellón, algo mutilado por la falta de la hermosa crestería superior que le daba mayor realce al conjunto, y por culpa del cerramiento instalado en las galerías curvas, que nos impide la visión de las arcadas de esta preciosa zona. Tomando las propias palabras de su autor “es la obra de ladrillo de mayor interés de Sevilla”.
   Aunque el estado en general del edificio se puede considerar bueno, se aprecian faltas de mantenimiento más profunda, que quizás por lo exiguo del presupuesto de la Asociación, no hayan podido ser atendido. Principalmente estas actuaciones se centrarían en la impermeabilización de la planta superior, que está ocasionando considerables humedades en los paramentos de esta sala, y que podría acarrear a corto plazo la pérdida de los frescos de Hohenleiter.
   Otros puntos que merecen una atención especial, sería la fachada trasera y laterales, por la acumulación de excrementos de aves y residuos vegetales de la masa arbórea que rodea al edificio, que podrían ocasionar el deterioro de zonas de ladrillo visto (María del Valle Gómez de Terreros Guardiola, Aurelio Gómez Millán, Arquitecto. 1988).
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