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viernes, 8 de noviembre de 2019

La pintura del Beato Juan Duns Escoto, de Domingo Martínez, en la Capilla de la Virgen de la Antigua, de la Catedral de Santa María de la Sede


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura del Beato Juan Duns Escoto, de Domingo Martínez, en la Capilla de la Virgen de la Antigua, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.   
   Hoy, 8 de noviembre, Memoria, en Colonia, ciudad de Lotaringia, en Germania, Alemania actualmente, del Beato Juan Duns Escoto, presbítero de la Orden de los Hermanos Menores, que, oriundo de Escocia, enseñó las disciplinas filosóficas y teológicas en Cantorbery, Oxford, París y, finalmente, en Colonia, como maestro preclaro de sutil ingenio y fervor admirable (1308) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la pintura del Beato Juan Duns Escoto, de Domingo Martínez, en la Capilla de la Virgen de la Antigua, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, calle Cardenal Carlos Amigo, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
     En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Capilla de la Antigua [nº 048 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; Cuando estaba dedicada a san Pedro albergó los altares de la Virgen de la Antigua (capilla de san Pedro) y de la Alcobilla, es decir, de la qubba que fue mihrab de la aljama. Sus patronos, entre otros muchos clérigos, han sido los arzobispos Hurtado de Mendoza, Zúñiga y Avellaneda y Salcedo y Azcona, que en ella están enterrados (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
  La capilla de la Virgen de la Antigua es uno de los espacios más privilegiados dentro del recinto catedralicio, tanto por tamaño, riqueza y devoción que el antiguo icono despertaba a lo largo de los siglos. Esta devoción favoreció numerosas obras de mecenazgo como la que protagonizó en el siglo XVIII uno de los prelados de la sede hispalense, el arzobispo don Luis Salcedo y Azcona. Dicho prelado había nacido en Valladolid en 1667 pero al ser nombrado su padre Asistente de Sevilla, se traslada a ella y cursa estudios en el Colegio de Santo Tomás. Será designado para la mitra hispalense en 1722, tomando posesión de la misma en enero del año siguiente aunque no entrase en la ciudad hasta dos meses más tarde.
   Uno de los artistas que más trabajaron para este prelado y que se puede considerar casi como su pintor oficial fue Domingo Martínez. Nacido en Sevilla en 1688, se formó dentro del estilo murillesco y llegó a ser el pintor más importante de la ciudad durante la primera mitad del siglo XVIII, hasta su muerte en 1749. Prueba de ello es el retrato del arzobispo que se conserva en el Palacio Arzobispal y que muestra a Salcedo rodeado de planos de las principales obras de mecenazgo realizadas hasta entonces y, sobre ellas, una pequeña reproducción de la Virgen de la Antigua rodeada de ángeles y que demuestra la devoción que este arzobispo tenía por dicha pintura.
   Esta devoción le llevó a renovar la decoración que poseía esta capilla, la cual eligió para enterramiento, realizando el vasto conjunto pictórico el mencionado Domingo Martínez. Estas obras se ejecutaron entre 1734 y 1738, necesitando sin lugar a dudas la colaboración de su taller para completar estos lienzos, aportando el conde del Águila el nombre de Andrés Rubira como uno de los que "manchaba" el lienzo que luego era terminado por Martínez. Junto con estas pinturas parece que también este artista se ocuparía previsiblemente de la decoración de la bóveda de la capilla, en la que aparecía un sol que emanaba luminosos rayos en cuyo interior aparecía la paloma del Espíritu Santo rodeado de ángeles que arrojaban flores a la Virgen de la Antigua.
   Lamentablemente estas pinturas no han llegado hasta nuestros días, al igual que algunas de las del primitivo conjunto de Martínez, las cuales desaparecieron en el incendio acaecido en esta capilla el 24 de marzo de 1889, afectando este hecho sobre todo a aquellas situadas en el muro derecho, a los pies de la capilla. La labor restauradora de las pinturas así como la sustitución de las mismas fue obra del pintor José Escacena y Diéguez, el cual no igualó en absoluto las calidades de las obras dieciochescas. Sobre 1990 se pudieron restaurar todas estas pinturas lo que permitió dilucidar concretamente las salidas de la mano de Martínez y las sustituidas a fines del XIX, valorando justamente su calidad artística.
   La capilla se estrenó el catorce de junio de 1738, incluyendo además de las labores arquitectónicas y las pinturas, el retablo de mármoles y jaspes, la orfebrería y el sepulcro del arzobispo Salcedo.
   Una de las pinturas que salieron indemne del fuego fue esta que representa a Juan Duns Escoto, entusiasta defensor del culto mariano. En el tarjetón del marco se lee la inscripción latina "Dignare, me laudare te, Virgo Sacrata" cuya traducción es "Concédeme alabarte, Virgen sagrada". Juan Duns Escoto nace en Duns (Escocia) en 1274 y fallece en 1308 en Colonia. Fue una de las principales figuras de la filosofía escolástica, enseñando en Oxford y París, donde su exacerbada defensa del misterio de la Inmaculada Concepción le valió el título de Doctor Sutil. Gran teólogo en una época donde su orden franciscana tenía grandes controversias con los dominicos, dejó un gran repertorio literario como fue su Opus oxoniense, Reportata parisiensia o Quaestiones quodlibetales. Forma pareja con la Venerable María Jesús de Ágreda.
   Pintura, obra de Domingo Martínez en 1734-38, en estilo barroco, pintado al óleo sobre lienzo de 67 x 55 cms, es de disposición vertical, de sencilla composición, situada en el interior de una estancia arquitectónica. Delante de una vano rematado en medio punto, cuyo intradós se encuentra acasetonado, se encuentra una hornacina en la que se encuentra una imagen de la Inmaculada Concepción, cuya mirada se dirige hacia el monje que se encuentra en la mitad inferior derecha. Este religioso, Juan Duns Escoto, se encuentra vestido con el hábito franciscano, con sandalias negras, y su cabeza aparece configurada por la tonsura. Genuflexo, su mirada se cruza con la de la pequeña imagen concepcionista, abriendo los brazos y produciendo el efecto de estar en comunicación emotiva con la divinidad. La iluminación parece provenir de un vano que se encontraría fuera de la composición en la zona superior derecha, alumbrando parte de la estancia y dejando a la zona donde se encuentra el franciscano en una tenuemente contrastada, que se distingue igualmente de una iluminada habitación que queda en último plano (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Biografía de Domingo Martínez, autor de la obra reseñada
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     Domingo Martínez, (Sevilla, 1688 – 1749). Pintor.
     Fue este artista la personalidad dominante dentro del ámbito de la pintura sevillana a lo largo de la primera mitad del siglo XVIII; fueron sus maestros Lucas Valdés y Juan Antonio Osorio. Las escasas noticias biográficas que de él se poseen lo presentan como hombre de buen temperamento, ingenioso y emprendedor al tiempo que culto y estudioso, poseedor de una amplia biblioteca. Tuvo numerosos discípulos, entre los que sobresalieron Juan de Espinal, Andrés de Rubira y Pedro Tortolero.
     La labor pictórica de Martínez le revela como uno de los mejores pintores hispanos en la época en que le correspondió vivir, circunstancia que le fue reconocida en su propia existencia. En efecto, en 1733 cuando la Corte de Felipe V e Isabel de Farnesio dio por concluida en Sevilla una estancia que se había iniciado en 1729, Martínez fue invitado a viajar a Madrid para trabajar allí como pintor real. Esta propuesta debió de estar motivada por la estrecha amistad que Martínez mantuvo en Sevilla con el pintor francés Jean Ranc, quien debió de realizarle la oferta de trabajar en Madrid. Sin embargo, el artista sevillano declinó esta proposición y optó por continuar su actividad artística en su ciudad natal.
     El estilo artístico de Domingo Martínez presenta características perfectamente definidas y en ellas se constata en primer lugar una base fundamental que se apoya en la pervivencia en él del influjo de Murillo, que es general en todos los pintores sevillanos activos en el primer cuarto del siglo XVIII. En segundo lugar, Martínez, a partir de 1729, fue receptivo a los efluvios estilísticos que emanan de la pintura francesa con la cual conectó durante los años en que la Corte residió en Sevilla; su amistad con Ranc, con quien convivió estrechamente durante cinco años, fue fundamental en este sentido. Finalmente, en la época postrera de su vida, a partir de 1745, Martínez asimiló en su arte referencias estilísticas procedentes del estilo Rococó, que en aquellos momentos comenzaba a difundirse por España.
     Como artista prolífico que fue, se advierte en la producción de Domingo Martínez una gran diferencia entre las pinturas realizadas por él personalmente y las que ejecutó contando con la colaboración de los discípulos y ayudantes que trabajaban en su obrador.
     En las creaciones efectuadas mayoritariamente por él mismo se constata una gran facilidad compositiva, un dibujo fácil y virtuoso y un marcado dominio del color, estando todos estos factores puestos al servicio de un arte amable, vistoso y decorativo que plasma un gusto totalmente coincidente con el espíritu de su época. Dominó, además, el arte de la perspectiva, aspecto que le permitió dedicarse con éxito a la pintura mural, modalidad en la que realizó excelentes creaciones.
     La amplitud del repertorio de obras conocidas de Domingo Martínez evidencia que fue un artista prolífico, ampliamente solicitado por la clientela civil y eclesiástica sevillana y también demandado por foráneos que llevaron las obras adquiridas a lugares tan alejados de Sevilla como Madrid, Jaén, Burgos, Soria y Cuenca.
     Entre sus realizaciones artísticas más importantes destaca en primer lugar su participación en 1718, con Gregorio Espinal, en la decoración mural de la capilla sacramental de la iglesia de San Lorenzo de Sevilla, donde ejecutó obras de simbología eucarística que han llegado muy mal conservadas hasta hoy. Posteriormente, en 1724 llevó a cabo el amplio conjunto pictórico que decora el interior de la capilla del colegio de San Telmo de Sevilla, entidad dedicada a educar a niños que en el futuro serían marinos de la flota española. Allí pintó, por lo tanto, un repertorio de lienzos donde los niños son protagonistas, como La presentación del Niño en el templo, Cristo discutiendo con los doctores en el templo, Cristo bendiciendo a los niños y Cristo entrando en Jerusalén.
     En 1727, Martínez aparece realizando la decoración al temple de la bóveda del presbiterio de la iglesia de la Merced de Sevilla, con personajes bíblicos y escenas alegóricas de la misión redentora de los mercedarios.
     También hacia 1727 decoró con dos grandes lienzos el presbiterio de la iglesia del convento de Santa Paula de Sevilla en los que se representa La partida de santa Paula a Oriente y La muerte de santa Paula y hacia 1733 ejecutó los treinta y dos pequeños lienzos que se integran en el retablo de la iglesia del Buen Suceso de Sevilla y también las pinturas que se encontraban en los altares laterales de la nave de la iglesia. De 1733 es también la hermosa Inmaculada que se conserva en la iglesia de San Lesmes de Burgos, y en torno a esta fecha realizaría también La Sagrada Familia con san Francisco y santo Domingo que fue adquirida por la reina Isabel de Farnesio, quien la donó después al convento de Santa Isabel de Madrid.
     En torno a 1735, al servicio del arzobispo de Sevilla, Luis de Salcedo y Azcona, ejecutó para la iglesia parroquial de Umbrete dos pinturas de excelente calidad y de gran formato en las que representó a Santa Bárbara y a San Juan Bautista. Al servicio también del mismo arzobispo, Martínez decoró también con lienzos de gran formato la capilla de la Virgen de la Antigua de la catedral de Sevilla, narrando los principales milagros que dicha Virgen había realizado durante la conquista de Sevilla por san Fernando. La vinculación de Martínez con el arzobispo Salcedo culminó con la realización por parte del artista del magnífico Retrato que representa a dicho prelado y que se conserva actualmente en el palacio arzobispal de Sevilla.
     Otras obras importantes de Martínez son La apoteosis de la Inmaculada, que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, obra que puede fecharse en torno a 1735. De 1740 es la representación de La Virgen de los Reyes con san Hermenegildo y san Fernando, que se conserva en la capilla del Alcázar de Sevilla; en torno a esta misma fecha puede situarse El nacimiento del profeta Elías, que pertenece al Banco Bilbao Vizcaya Argentaria en Madrid. También obras importantes de esta época son la representación de San Ignacio en la cueva de Manresa, que pertenece al convento de Santa Isabel de Sevilla y La Coronación de la Virgen, que se conserva en la iglesia de la Hermandad de las Cigarreras de esta misma ciudad. Hacia 1675 finalizó en Sevilla el proceso decorativo llevado a cabo en los muros de la iglesia de San Luis de los Franceses, donde se representa una Apoteosis de la Orden jesuítica y de estos mismos años debe de ser la pintura de La Divina Pastora que se guarda en el convento de los capuchinos de Sevilla.
     Obras realizadas para Jaén hacia 1745, son La Transfixión de la Virgen, conservada en la catedral de dicha ciudad y El Niño Jesús pasionario que figura en la portezuela de un sagrario en la parroquia de San Mateo de Baños de la Encina.
     Importante es también el conjunto pictórico realizado por Martínez para decorar la iglesia del Antiguo Hospital de Mujeres de Cádiz, obra ejecutada hacia 1748 y que es, por lo tanto, una de las últimas realizaciones artísticas de este pintor.
     Fue también Martínez excelente intérprete de temas profanos, como reflejo de la existencia en Sevilla en el segundo tercio del siglo XVIII de un intenso ambiente cultural que proporciona a los artistas referencias literarias o mitológicas; así lo constata el precioso conjunto de cuatro pinturas que representan las estaciones del año y que se conservan en una colección particular de Vigo, o El Niño pastor flautista, que pertenece a una colección de Hamilton (Canadá). Sin embargo, la obra culminante de asunto profano de Martínez fue la realización de ocho pinturas en las que se representan otros tantos Carros alegóricos que la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla le encargó para que sirvieran de testimonio y recuerdo de las fiestas y desfiles celebradas en esta ciudad con motivo de la exaltación al trono de España de los reyes Fernando VI y Bárbara de Braganza. Constituyen estas pinturas una extraordinaria aportación para el conocimiento del ambiente urbano de la Sevilla de aquella época y también de la fisonomía de las distintas clases sociales que participaron o contemplaron los citados festejos (Enrique Valdivieso González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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