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sábado, 3 de octubre de 2020

La pintura "San Francisco de Borja", de Alonso Cano, en la sala IV del Museo de Bellas Artes

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "San Francisco de Borja", de Alonso Cano, en la sala IV del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.        
   Hoy, 3 de octubre, San Francisco de Borja, presbítero, quien, muerta su mujer, con la que había tenido ocho hijos, ingresó en la Orden de la Compañía de Jesús, y pese a haber abdicado de las dignidades del mundo y recusado las de la Iglesia, resultó elegido prepósito general, y fue memorable por su austeridad de vida y oración. Falleció en Roma (1572) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la pintura "San Francisco de Borja", de Alonso Cano, en la sala IV del Museo de Bellas Artes, de Sevilla
     El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
   En la sala IV del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "San Francisco de Borja", obra de Alonso Cano (1601-1667), siendo un óleo sobre lienzo en estilo barroco, realizada en 1624, con unas medidas de 1'86 x 1'20 m., y procedente de la Casa Profesa de la Compañía de Jesús, de Sevilla, tras la Desamortización (1840).
   El santo, representado de cuerpo entero, es una figura de tamaño natural, aparece vistiendo el hábito negro de los jesuitas y contemplando con expresión mística y concentrada una calavera coronada que sostiene con su mano izquierda, atributo que alude a su renuncia a las glorias terrenales. A sus pies tres capelos de Cardenal, significando éstos su renuncia a aceptar esta distinción por tres veces. El monograma de los jesuitas, IHS con tres clavos, aparece en la parte superior izquierda en un fondo de gloria. La figura del santo, de una gran verticalidad, se recorta sobre un fondo oscuro, del que emerge gracias a un estudiado juego de luces y sombras que, como en el caso de algunas obras de Zurbarán, confiere a la imagen valores escultóricos que lo aproximan también a la obra del escultor Martínez Montañés, quien realizó en la misma fecha una escultura del santo jesuita para la Casa Profesa de la Compañía de Jesús de Sevilla.
   La luz que incide directamente sobre la cabeza y las manos del santo intensifica el dramatismo expresivo de éste, lo que testifica una cierta reminiscencia de las fórmulas manieristas. La gama de negros y verdes oscuros dominan la composición. Las únicas notas de color vienen dadas por el rojo de los capelos y la luz amarillenta-dorada del monograma en la zona superior izquierda.
   Este lienzo procede, casi con toda seguridad, de la Capilla del Noviciado de la Compañía de Jesús de Sevilla en San Luis de los Franceses, para la que Alonso Cano debió de pintarlo por encargo de los jesuitas con motivo de la beatificación del santo en el año 1624 (año en que está fechado el cuadro), según el dato aportado por D. Antonio Ponz en su correspondencia con el Conde del Aguila, en el que menciona en dicho Noviciado un cuadro de Zurbarán que representa un San Francisco de Borja de cuerpo entero, dato que hace sugerir a Ignacio Cano que pueda tratarse de este cuadro aunque Ponz lo atribuya a Zurbarán. En 1810 aparece en los salones del Alcázar como obra original de Alonso Cano, en el Inventario de los cuadros sustraídos por el Gobierno intruso en Sevilla , publicado por Gómez Imaz. En fecha aún indeterminada, pero próxima a la Desamortización de los bienes eclesiásticos, debió pasar a formar parte de los fondos del Museo de Bellas Artes de Sevilla. Aunque en los primeros inventarios manuscritos del museo no aparece, sí lo hace en el catálogo publicado en 1897, p. 79, nº 15, como San Francisco de Borja, autor Francisco de Zurbarán?. En el catálogo de José Gestoso publicado en 1912, nº 189, también aparece atribuído a Zurbarán? (Web oficial del Museo de Bellas Artes).
   Pertenece Alonso Cano, en los años que constituyen la primera etapa de su vida, a la escuela sevillana. Nació en Granada en 1601 en el seno de una familia artística, puesto que su padre fue un ensamblador de retablos que en 1614 se trasladó  con toda su familia. En 1616 ingresó en el taller de Francisco Pacheco donde hubo de conocer personalmente a Velázquez que en aquellos momentos también era aprendiz. En 1626, contando con veintiún años realizó en Sevilla su examen como maestro pintor, profesión que alternó con la de escultor. En Sevilla permaneció hasta 1638, año en que, en busca de mejores perspectivas para su carrera, se trasladó a Madrid, donde estuvo protegido por el Conde-Duque de Olivares.
   A lo largo de su estancia madrileña recuperó la amistad que había tenido con Velázquez desde su adolescencia y también asimiló las virtudes de su estilo, que se complementó notablemente estudiando las colecciones de pinturas reales en las que captó el espíritu de la pintura italiana y flamenca.
   Desgraciadamente en su época madrileña Alonso Cano sufrió las consecuencias de adversas circunstancias que modificaron intensamente el curso de su vida. Así en 1644 fue acusado del asesinato de su joven esposa que sin embargo había realizado un discípulo suyo. El discípulo huyó y sobre Cano recayó la sospecha de haber sido el inductor del crimen; esta circunstancia le hizo apartarse de la corte y trasladarse a Valencia donde pretendió profesar como monje de la Cartuja. Poco tiempo después desistió de estos propósitos porque al año siguiente ya había vuelto a Madrid donde prosiguió sus labores artísticas.
   Al cumplir los cincuenta años de edad quiso dar un giro notable a su existencia ordenándose sacerdote y retirándose a su ciudad natal, Granada, para pasar allí los últimos años de su vida. Por ello desde 1652 hasta 1667, fecha de su fallecimiento, Cano trabajó en Granada al servicio fundamentalmente del cabildo de la Catedral, realizando obras pictóricas, escultóricas y también proyectos de arquitectura, entre los que se incluye la realización de la fachada de la catedral de aquella ciudad.
   Dos obras de Alonso Cano se conservan en el Museo de Sevilla las cuales no son especialmente significativas. Habrá de citarse en primer lugar un San Francisco de Borja firmado en 1624, procedente de la Casa Profesa de la Compañía de Jesús, Es pintura de concepción rigurosa y expresión severa que por otra parte no ha llegado a nuestros días en buen estado de conservación (Enrique Valdivieso González, Pintura en Museo de Bellas Artes de Sevilla. Tomo II. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Francisco Borja, presbítero
     Santo español de la orden de los jesuitas.
   Nació en 1510 en Gandía, Valencia, entre 1539 y 1543 fue virrey de Cataluña. En 1548, después de la muerte de su mujer, entró en la compañía de Jesús de la cual se convirtió en el tercer general.
   El papa lo nombró cardenal. Murió en Roma en 1572.
CULTO
   Canonizado en 1721 por el papa Benedicto XII, se lo invoca contra los terremotos.
ICONOGRAFÍA
 No existe ningún retrato auténtico de él. La pobreza de su iconografía se explica por la canonización tardía.
     Si atributo habitual es una calavera coronada que recuerda que su decisión de renunciar al mundo fue provocada por la vista del cadáver de la reina Isabel. Se lo reconoce, además, por su capelo cardenalicio, o una custodia ante la cual está en adoración (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de San Francisco de Borja, presbítero, personaje representado en la obra reseñada;
     Francisco de Borja y Aragón, San Francisco de Borja. Duque de Gandía (IV), marqués de Lombay (I) (Gandía, Valencia, 28 de octubre de 1510 – Roma, Italia, 30 de septiembre de 1572). Jesuita (SI), III prepósito general de la Compañía de Jesús, santo.
     Los Borja proceden del pueblo homónimo aragonés, pero pronto se establecieron en Játiva. Su primer gran vástago fue el papa Calixto III (1456-1458).
     El linaje se extendió gracias a la política matrimonial de Rodrigo de Borja, más tarde Alejandro VI (1492- 1503). El primogénito de Rodrigo Borja, siendo cardenal, nació de la unión con Julia Farnesio, hermana del cardenal Alejandro Farnesio, futuro Pablo III. Se llamó Pedro Luis (Roma, 1462-1488) y fue el I duque borgiano de Gandía por la compra del ducado y del castillo de Bayrent, cuando Rodrigo Borja fue legado a latere en España en 1471. Se desposó en 1486 por poderes con María Henríquez (c. 1469-1539), hija de Enrique Henríquez y de María de Luna. Pero el matrimonio no se llegó a consumar y el esposo murió dos años después, al poco de entrar en Roma, en agosto de 1488. Sucedió al duque Pedro Luis su hermanastro Juan (1476-14 de junio de 1497), que acrecentó enormemente su influjo a la sombra de su pontificio padre. La llegada del II duque Juan de Borja a Barcelona y luego a Gandía a finales de 1494 marcó una nueva etapa. Había casado con la prometida de su hermano, María Henríquez, en Barcelona, el 31 de agosto de 1493 —previa dispensa papal—, con quien tuvo a Juan de Borja y Henríquez (10 de noviembre de 1494-9 de enero de 1543), que le sucedió como tercer duque borgiano —tras trágica y todavía oscura muerte de su padre—; y a Isabel (1498-1547), que se hizo monja clarisa en Gandía.
     Juan de Borja y Henríquez casó en Valladolid el 31 de enero de 1509 con Juana de Aragón (c. 1493- 1521), nieta de Fernando el Católico, hija del arzobispo de Zaragoza Alonso de Aragón. Este arzobispo tuvo con Ana de Gurrea cuatro hijos: Juan de Aragón, obispo de Huesca (1484-1519); Fernando de Aragón, también arzobispo de Zaragoza (1539-1577); Ana de Aragón, casada con el duque de Medina Sidonia Juan Alonso de Guzmán; y Juana de Aragón. El primer fruto del enlace entre Juan de Borja y Juana de Aragón fue Francisco de Borja y Aragón, que nació en Gandía el 28 de octubre de 1510. Era, por tanto, bisnieto de Alejandro VI por línea paterna y bisnieto de Fernando el Católico por línea materna.
     Como todos los primeros Borja, Juan tuvo dilatada descendencia. Del primer matrimonio con Juana de Aragón le nacieron siete hijos: Francisco (1510-1572); Alonso (1511-1537), abad comendatario del monasterio bernardo de Nuestra Señora de Valldigna; María (1513-1569), clarisa (María de la Cruz); Ana (1514-1568), clarisa (Juana Evangelista); Isabel (1515-1568), clarisa (Juana Bautista); Enrique (1519-1540), comendador mayor de Montesa y cardenal; y Luisa (1520-1560), casada con Martín de Aragón y de Gurrea, conde de Ribagorza y duque de Villahermosa, que mereció la consideración de “santa duquesa”. De la unión adulterina con la noble señora Catalina Díaz nació Juan Cristóbal (1517-1573). Un autor añade otro hijo adulterino, Pedro de Borja, que fue regente vicario general del reino de Nápoles.
     Juan de Borja casó en 1523 en segundas nupcias con Francisca de Castro (muerta en 1576), hermana del vizconde de Évol. Los hijos de este matrimonio fueron doce: Jerónimo, caballero de Santiago; Rodrigo (1523-1536), cardenal; Pedro Luis Galcerán (1528- 1592), gran maestre de Montesa, I marqués de Navarrés, capitán general de Orán y virrey de Cataluña; Diego (1529-1562); Felipe-Manuel (1530-1587), caballero de Montesa; María (1533-?), la clarisa sor María Gabriela; Leonor (1534-1564), casada con Miguel de Gurrea; Ana (1535-1565?), la clarisa sor Juana de la Cruz; Magdalena Clara (1536-1592), casada con el conde de Almenara Francisco de Próixita; Margarita (1538-1573), casada con Fadrique de Portugal; Juana (1540-?); y Tomás (1541-1610), obispo de Málaga, arzobispo de Zaragoza y virrey de Aragón.
     Después de los primeros pasos en su educación, bajo la supervisión de su abuelo el arzobispo de Zaragoza, y tras la muerte de éste, acaecida en Lécera el 23 de febrero de 1520, se abrió la posibilidad de enviar a Borja a la Corte, toda vez que el Emperador regresaría a España en 1522. Fue destinado a Tordesillas, que no era, sin embargo, un destino cortesano envidiable, como lo habría sido la propia Corte de Carlos V, y habrían merecido los hijos del duque. En el palacio también vivía la hija póstuma de Felipe el Hermoso, doña Catalina de Austria, la primera persona a quien don Francisco sirvió, como él recordará; y su tía abuela Francisca Henríquez, mujer del marqués de Denia, custodio de Juana la Loca. La infanta hizo compañía a su trastornada madre hasta que por orden de Carlos V hubo de contraer matrimonio con Juan III de Portugal en 1524. En Tordesillas, de 1522 a 1526, conoció personalmente al Emperador. Regresó a Zaragoza, donde estudió Filosofía, teniendo por maestro a Gaspar de Lax. A mediados de 1529 Carlos V convino con Juan de Borja el matrimonio de su primogénito con Leonor de Castro (1509-1546), una portuguesa, dama de la Emperatriz, hija de Álvaro de Castro e Isabel Barreto. El 26 de julio de 1529 se realizó el enlace por poderes en Barcelona. El 15 de agosto de ese año celebró la boda eclesiástica en Toledo. En septiembre de 1529 Carlos V elevó a marquesado la baronía de Llombay, que poseía Borja, y nombró a éste caballerizo mayor de la Emperatriz. Los hijos del matrimonio fueron ocho: Carlos (1530-1592), V duque de Gandía; Isabel (1532-1566), casada con Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, III conde de Lerma; Juan (1533-1606), I conde de Mayalde y Ficalho; Álvaro (1534-1594), marqués de Alcañices, casado con Elvira de Almansa; Juana (1535-?), casada con Juan Henríquez de Almansa; Fernando (1535-?), comendador de Calatrava; Dorotea (1537-1552), clarisa; y Alfonso (1539-), casado con Leonor de Noroña.
     La emperatriz Isabel ocupó la primera regencia en 1530, que se prolongó hasta 1533. Durante este tiempo Borja estuvo cerca de la Emperatriz, desempeñando su cargo. Enseñó a cabalgar al futuro Felipe II.
     En 1535 padeció disentería en Madrid, iniciando una serie de enfermedades que se prolongarán durante toda su vida. En abril y mayo de 1536 tomó parte en la guerra de Provenza contra el rey de Francia y asistió a la muerte de Garcilaso de la Vega. El 27 de abril de 1539 comenzó el cambio espiritual denominado por él como “conversión”, coincidiendo con la inesperada enfermedad de la Emperatriz, cuya muerte (1 de mayo de 1539) produjo en su ánimo una viva impresión.
     Encargado de conducir el cadáver a Granada y de dar testimonio de su identidad antes de la sepultura (17 de mayo), tuvo un sentimiento profundo de la caducidad de las cosas terrenas. De aquí se originó su decisión de dedicarse a una vida más perfecta, pero no de hacerse religioso, y menos todavía jesuita.
     Muerta Isabel, la Corte trataba de formar la casa de las infantas María y Juana, puesto que Felipe tendría su propia casa. Una de las personas que podía participar como aya era la marquesa de Llombay, pero Carlos V no quiso contar con ella, “porque era mujer muy atrevida” y capaz de “cartearse con reyes extranjeros”. El Emperador confiaba más en Leonor de Mascareñas.
     Las damas Leonor de Mascareñas y Beatriz de Melo, que formaban parte de la casa de la Emperatriz, con quienes estaban los marqueses de Llombay, empezaron a tener contactos con san Ignacio de Loyola en fecha muy temprana. Leonor de Mascareñas conocía a san Ignacio desde 1527, cuando desde Alcalá fue a Salamanca pasando por Valladolid, donde estaba la Corte, y a Beatriz de Melo desde 1533, cuando la Emperatriz estaba en Barcelona. Otro encuentro de san Ignacio con Mascareñas fue también en Valladolid en 1535. Por tanto, Borja pudo conocer a san Ignacio en Valladolid en 1527 y en 1535, si bien no hay constancia documental de tales encuentros.
     El Emperador nombró a Borja, exactamente diez años después de su matrimonio con Leonor, es decir, el 26 de julio de 1539 —como si quisiera dejar claro que reconocía y agradecía así su enlace con la portuguesa—, su lugarteniente general en Cataluña. A partir de ese momento fue el “marqués de Llombay, lugarteniente general en el principado de Cataluña y los condados de Rosellón y Cerdaña”. Sin embargo, siempre firmó sus cartas como lo que era desde el punto de vista nobiliario, es decir, como marqués, y como duque cuando lo fue. La correspondencia de su virreinato es muy abundante. Desde el punto de vista de su cargo, mantuvo correspondencia con Carlos V y el príncipe Felipe, y casi diaria con Cobos, el secretario del Emperador, y con el cardenal regente Tavera.
     También en razón de su oficio mantuvo intensos y frecuentes contactos con embajadores, especialmente con los de Génova y Francia; con virreyes y gobernadores, como el duque de Calabria o el arzobispo de Valencia; con el consejo de Aragón; con militares como el príncipe Doria, Bernardino de Mendoza, con el capitán general de Perpiñán Juan de Acuña; con el duque de Cardona, con el duque de Gandía, su padre; con la nobleza catalana como el conde de Módica, Luis Enrique Girón; con Fernando de Cardona y Soma, almirante de Nápoles; con Juan de Cardona, obispo de Barcelona; y también con secretarios reales como Juan Vázquez, Juan de Idiáquez y Gonzalo Pérez. En muchas ocasiones la responsabilidad de su oficio se mezclaba con la amistad personal que iba creando con sus interlocutores, como lo demuestra el caso del embajador de Génova, Gómez Suárez de Figueroa, con el tiempo duque de Feria, con quien mantendrá continua correspondencia. Respecto a su vida de piedad, se confesaba con los dominicos valencianos Juan Michol y Tomás Guzmán, provincial.
     Los puntos más ingratos del virreinato fueron los referentes a la justicia, la cual implicaba persecución, captura, juicio y castigo contra los bandoleros, contrabandistas, e incluso contra luteranos y moriscos.
    Para solucionar este problema, el Emperador le ordenó que tuviera buena comunicación con el virrey de Aragón para evitar que los bandoleros pasaran del reino al principado y viceversa y librarse así de recibir el justo castigo a causa de los problemas jurisdiccionales.
     En este mismo sentido, otros alegaron los fueros eclesiásticos para no cumplir con las órdenes del Emperador. La mayor dificultad fue, sin embargo, la presión militar francesa en las fronteras. Durante el virreinato de Borja se pusieron de manifiesto las tensiones entre España y Francia. Aunque había paz, se vivía con inquietud, pues el principado era, de hecho, una base militar de primer orden. No sólo se debía contener un posible ataque francés, sino también atacar al turco, aliado de los franceses y de los corsarios berberiscos. El cénit llegó con la fracasada jornada de Argel del Emperador, en el otoño de 1541, operación largamente desaconsejada por sus generales, pero que se malogró por los temporales.
     En los primeros meses de 1542 se celebraron Cortes en Monzón, donde se juró al príncipe Felipe estando Borja presente. Según el biógrafo Ribadeneira, el Emperador insinuó a Borja y éste a aquél el mutuo propósito de abandonar su cargo y llevar una vida retirada.
     El Emperador, que visitó la ciudad en octubre de 1542 para supervisar las fortificaciones, presionó a Borja para que éstas estuvieran bien protegidas por la parte que daban a la costa, pues se tenían avisos de que el turco hacía armada para invadir por cualquier parte.
     Al día siguiente de la muerte de Juan de Borja (9 de enero de 1542), deseoso de retomar la deseada empresa de Argel, Borja escribió a Carlos V sobre los progresos en las fortificaciones y en la construcción de galeras, y que en el nido berberisco estaban desprevenidos y sin apenas provisiones. Pero el Emperador, desde que supo la muerte de Juan de Borja, pensaba apartarle del virreinato y ponerle en otro lugar, aunque antes quiso reconocerle su justo título de duque. Desde Madrid, el 22 de enero, el Emperador envió una misiva a su virrey con estas nuevas palabras: “Ilustre duque primo, nuestro lugarteniente general en el principado de Cataluña”. Carlos V hizo saber al nuevo duque que antes de recibir su carta del 14 de enero comunicándole la muerte de su padre ya se había enterado por otros conductos. Aparte del pésame, el Emperador le dijo que se complacía mucho de que sucediera a su padre en aquella casa ducal, por lo que no había necesidad de nuevo “ofrescimiento”, pues por sus palabras y por la experiencia bien sabía que siempre le había de servir. Asimismo le comunicó que en pocos días se presentaría en Barcelona, por lo que le pidió que dejara para más adelante su viaje a Gandía para arreglar los asuntos del ducado. Borja dejó su cargo el 18 de abril de 1543, obedeciendo una orden imperial, si bien él deseaba seguir allí. Carlos V le apartó no por haber sido ineficaz, sino porque tenía previsto para él otro cargo junto al príncipe Felipe.
     Es posible también que el Emperador esperara más iniciativas en la defensa del principado, y si hubiera mantenido en contacto más estrecho con el duque de Alba, capitán general, quizá habría evitado su apartamiento del poder.
     Durante este período se sintió más inclinado al “propio conocimiento”, al cual continuó dedicándose en adelante y sobre el que escribió varios métodos.
     Siguió los consejos del lego franciscano fray Juan de Tejeda, que después llevó consigo a Gandía. En Barcelona conoció también a san Pedro de Alcántara y en 1541 tuvo el primer contacto con la Compañía de Jesús en la persona del beato Pedro Fabro, a su paso por la Ciudad Condal.
     En 1543, Carlos V lo designó para el importante cargo de mayordomo mayor de la princesa María, hija del rey de Portugal, que iba a contraer matrimonio con el príncipe Felipe. Pero la reina de Portugal, madre de la esposa, se opuso a este nombramiento, a lo que parece, a causa del carácter de Leonor de Castro.
     Al oponerse la Corte al nombramiento, Borja perdió la oportunidad de ser consejero de Estado. Borja se retiró a Gandía, para asumir la dirección de su ducado.
     El 27 de marzo de 1546 murió su esposa y al mismo tiempo intensificó su vida espiritual. El 5 de mayo se puso la primera piedra del colegio de jesuitas que allí inauguró, y el 22 de mayo —tras unos ejercicios espirituales con el padre Oviedo— decidió hacerse jesuita; es decir, apenas dos meses después de la muerte de su esposa. Llama la atención que en su Diario espiritual recuerde siempre la fecha del 1 de mayo —muerte de la Emperatriz—, y que no haga ninguna mención a la fecha de la muerte de su esposa.
     El 2 de junio de 1546 hizo sus votos, y el 1 de febrero de 1548 la profesión, todo llevado con el máximo secreto posible por indicación de Ignacio de Loyola.
     El colegio de la Compañía de Jesús de Gandía fue el primero en Europa de los que se abrieron para alumnos no jesuitas, el cual, con bula emanada de Pablo III el 4 de noviembre de 1547, fue elevado a la categoría de Universidad. Borja cursó los estudios de Teología y recibió el grado de doctor el 29 de agosto de 1550 en esa Universidad. Entre tanto, el 1 de febrero de 1548 hizo secretamente la profesión solemne en la Compañía —sin voto de pobreza—, con permiso de seguirse ocupando de la administración de su ducado y vistiendo traje seglar. Gracias a su intervención, el papa Pablo III concedió, el 31 de julio de 1548, la aprobación del Libro de los Ejercicios de Ignacio de Loyola. Hecho testamento el 26 de agosto de 1550, partió cinco días después para Roma, acompañado de algunos padres y de personas de su séquito, con intención de ganar el jubileo del Año Santo y de tomar con san Ignacio los últimos acuerdos respecto a su paso a la vida de la Compañía. El 4 de febrero de 1551 volvió a España, dirigiéndose al País Vasco, donde, después de renunciar a sus títulos y posesiones y con el permiso de Carlos V, tomó el hábito religioso (11 de mayo de 1551). Fue ordenado sacerdote en Oñate el 23 de mayor de 1551 por el obispo auxiliar de Logroño y el 1 de agosto celebró su primera misa en el oratorio de la casa de Loyola con gran asistencia de fieles. Entre 1551 y 1554 alternó la predicación con los ejercicios de la vida interior y la composición de sus Tratados espirituales. Propuesto por Carlos V para el cardenalato, renunció a él en varias ocasiones.
     El 10 de mayo de 1544 comenzó la dirección espiritual de Juana de Austria, hermana de Felipe II, que llegará a emitir los primeros votos de jesuita, y hubo de contribuir con sus consejos a la gobernación durante la regencia de Juana. El 22 de agosto de 1554 Juana pronunció en Simancas los votos simples que hacen los profesos de la Compañía. La única “profesa” fue Catalina de Mendoza (1602), hija natural del IV conde de Tendilla, cofundadora con su tía María del colegio de Alcalá.
     San Ignacio nombró a Borja comisario general para las provincias de España y Portugal. Fue amplio en admitir nuevos colegios, de lo que se le tachará más tarde; unos veinte se comenzaron en España. Visitó a Juana la Loca en Tordesillas, madre del Emperador, por deseo de la propia demente, que quería saber cómo se preparaba el matrimonio del príncipe Felipe con María de Inglaterra, si bien es verdad que el príncipe Felipe le había pedido que la consolara en su inminente muerte e intentara librarla de sus locuras, que rayaban con la herejía. Asistió en su última agonía a la reina Juana.
     En 1554 fundó en Simancas el primer noviciado de la Compañía en España. Carlos V, que en 1555, después de haber abdicado al trono, se había retirado a Yuste, llamó dos veces a aquella soledad a Borja para pedirle consejo. En la hora de la muerte deseó tenerle a su lado y lo nombró su ejecutor testamentario, junto con su hijo Felipe. La confianza con que Felipe II y su hermana, la princesa Juana, lo distinguieron, atrajo a Borja la envidia de algunos por participar en el gobierno secretamente. Pero la prueba más dura le vino con ocasión de la publicación abusiva de un libro titulado Las obras del cristiano, en el que, junto con algunos tratados auténticos, se insertaron otros que no eran del santo. Eran los tiempos en que la Inquisición en España vigilaba atentamente para reprimir cualquier forma de luteranismo. El libro atribuido a Borja fue insertado en el Catálogo de libros prohibidos, publicado en 1559 por el inquisidor general de España, Fernando de Valdés. Borja tuvo que huir el 31 de octubre a Portugal. Aunque su inocencia quedó plenamente demostrada mediante acta notarial, la dificultad perduró, sobre todo por la desconfianza de Felipe II hacia la casa Borja. La solución que ofreció la Compañía fue proponer al papa Pío IV que llamase a Borja a Roma para atender importantes asuntos, adonde llegó el 7 de septiembre de 1561.
     Por entonces se creía en la Corte que su vida pública había terminado.
     Cuando a fines de 1562 se reanudó el Concilio de Trento, el general Diego Laínez y el vicario Alfonso Salmerón tuvieron que trasladarse a dicha ciudad.
     Entonces quedó Borja en Roma con facultades de vicario, hasta el regreso del padre Laínez, el 12 de enero de 1564. Al mes siguiente Laínez nombró a Borja asistente de España y Portugal. A la muerte del padre Laínez (19 de enero de 1565), Borja fue nombrado vicario y como tal convocó la Congregación General segunda. Ésta nombró a Borja general de la Compañía el 2 de julio de 1565. Su generalato coincidió casi del todo con el pontificado de san Pío V (1566-1572), que dio muestras de estima hacia la Compañía, pero le impuso dos obligaciones contrarias al instituto: la obligación del coro y la emisión de la profesión solemne antes de la ordenación sacerdotal.
     Gregorio XIII, en 1572, devolvió a la Compañía su forma genuina.
     En su gobierno, Borja potenció los estudios y se interesó por la formación de los novicios, procurando que cada provincia tuviese su noviciado. Revisó y completó las Reglas de la Compañía, de las que hizo una edición en Roma el año 1567 y otra en Nápoles al año siguiente. En 1570 hizo también una edición de las Constituciones. Usando de la facultad que le confirió la Congregación General, impuso a todos la hora de oración, con algunas modalidades según las provincias. A sus gestiones se debió la iglesia del Gesù, en Roma, construida gracias a la munificencia del cardenal Alejandro Farnesio, sobrino de Pablo III, así como el Colegio Romano, futura Universidad Gregoriana. En el campo del apostolado cabe destacar la fundación de las primeras misiones jesuíticas en los territorios de América sometidos a la Corona de España: Florida, México y Perú.
     Tuvo amistad con santa Teresa de Jesús, de la que fue su confesor, con los obispos reformadores santo Tomás de Villanueva, san Carlos Borromeo y san Juan de Ribera, con el asceta san Pedro de Alcántara, con el misionero valenciano san Luis Bertrán, con el papa dominico san Pío V, con el gran maestro de Andalucía patrono de los sacerdotes españoles san Juan de Ávila, con el rector del Colegio Romano san Roberto Belarmino, con el apóstol jesuita de Alemania san Pedro Canisio, con el valenciano el beato franciscano Nicolás Factor. Aconsejó al docto fray Luis de Granada en materia de oración. Se relacionó con casi todos los cardenales de la Iglesia, desde el gobernador Tavera pasando por Granvela, Farnesio, Crivelli, Morone, Paleotti. Formaba parte del selecto grupo de eclesiásticos reformadores, y por eso tras la muerte de Pío V hubo importantes conatos para elegirlo Papa. Hizo todo lo posible por ayudar al desdichado arzobispo de Toledo Bartolomé de Carranza, con quien disfrutó de una profunda amistad. Se relacionó estrechamente con personajes que luego serían Papas, como el nuncio en España Juan Bautista Castagna —Urbano VII— y con el auditor de la Rota, Aldobrandini —Clemente VIII—.
     El 30 de junio de 1571, por orden de Pío V, acompañó como consejero en su viaje a España, Portugal, Francia e Italia al cardenal Miguel Bonelli, encargado de coordinar los esfuerzos de las potencias católicas en la lucha contra los turcos, y de procurar que la princesa francesa Margarita de Valois se desposara con el rey Sebastián de Portugal y que ambos reinos entraran en la Liga Santa. Este viaje significó su rehabilitación ante la Corte española y el Rey, al que enviaba informes confidenciales de las gestiones realizadas. Regresó a Italia ya muy enfermo, pero quiso, a pesar de todo, visitar el santuario de la Virgen de Loreto. A los tres días de su llegada a Roma murió (30 de septiembre de 1572). Fue beatificado por Urbano VIII, el 24 de noviembre de 1624, y canonizado por Clemente X, el 12 de abril de 1671. Su fiesta se celebra el 3 de octubre. Es patrono de Gandía, de Lisboa, de la nobleza española y de la Curia General de la Compañía de Jesús. Durante el Barroco la Compañía de Jesús y su propia familia, en especial su nieto el duque de Lerma, exaltaron su figura por medio del teatro, la literatura, la pintura, la escultura, e impulsaron el proceso de canonización. Su cuerpo fue trasladado a España por disposición del duque de Lerma y se conservó en la iglesia de la casa profesa de Madrid hasta que fue carbonizado en el incendio de dicha iglesia y casa provocado el 14 de abril de 1931. Sólo algunas reliquias pudieron ser recogidas, que actualmente se veneran en la nueva iglesia de San Francisco de Borja de la Compañía de Jesús en Madrid (Enrique García Hernán, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
Conozcamos mejor la Biografía de Alonso Cano, autor de la obra reseñada;
     Alonso Cano (Granada, 19 de febrero de 1601 – 3 de septiembre de 1667). Pintor, escultor y arquitecto.
     Hijo de Miguel Cano, un ensamblador prestigioso, pasó con su familia a Sevilla en 1614. En agosto de 1616 entró en el taller de Francisco Pacheco, donde Velázquez estaba concluyendo su aprendizaje, quedando los dos artistas amigos por toda la vida. No se sabe cuánto duró la estancia de Cano en el taller de Pacheco. Díaz del Valle, escribió cuarenta años más tarde, que sólo ocho meses, pero el contrato de aprendizaje disponía que debía permanecer por un período de cinco años. La primera obra de pintura conservada de su mano es un San Francisco de Borja firmada en 1624 (Museo de Sevilla) que muestra la dependencia, en el dibujo, de Pacheco, y en la ilumi­nación tenebrista, de su compañero, el joven Veláz­quez. En 1625 se casa con María de Figueroa, de fa­milia de artistas, que falleció a los dos años. En 1626 obtiene la licencia “como pintor de imaginería” que le autorizaba a tener taller abierto y a contratar oficiales. En el gremio de pintores se le ve con autoridad, pues es uno de los examinadores que presenta el gre­mio para dar licencias de maestro pintor. En 1628 contrata las pinturas del retablo de Santa Teresa en la iglesia de San Alberto de Sevilla del que subsisten dos lienzos (ex colección José Gudiol) y contrata con su padre diferentes labores de talla de retablos y dorado que no se han conservado. Esto hace suponer que, además de las enseñanzas de su padre, Cano estaba atento a lo que el escultor más importante de Sevi­lla, Juan Martínez Montañés hacía, pues en sus labo­res escultóricas se advierte la huella del gran artista, y aunque no hay documentación que los ligue profe­sionalmente, hay documentos que acreditan que se conocieron y que Montañés dio poderes a Cano para que lo representase, a él y a otros escultores y ensam­bladores de Sevilla en pleitos, en 1635 y 1637.
     La obra más significativa de arquitectura (de reta­blos) y de escultura es el retablo del altar mayor de Santa María de la Oliva en Lebrija (Sevilla). El con­trato se hizo con su padre Miguel Cano el 18 de enero de 1629, pero el 3 de agosto se hizo cargo de él su hijo Alonso. El diseño del retablo contrasta con los que se hacían en Sevilla hasta entonces, con un orden colo­sal a la manera paladiana, de cuatro columnas estria­das que soportan unas grandes ménsulas, sosteniendo un ático tripartito. Las calles laterales, apenas más es­trechas que la central, llevan dos lienzos, encomenda­dos a Pablo Legot, y el ático, en el centro, un Cristo Crucificado de escultura y, a los lados, pinturas de la Virgen Anunciada y San Gabriel del mismo Legot. La escultura de Cano, en su primera obra que ha llegado hasta nosotros, es también excepcional: La Virgen con el Niño, en pie, es un modelo de equilibrio armonioso y el Niño se presenta desnudo sobre el brazo de su madre, como una madona renacentista italiana con la mirada perdida en melancólicos pensamientos. Las fi­guras de San Pedro y San Pablo, que figuran en el ático sobre las columnas laterales, son también evocadoras del tiempo romano. En cuanto al Cristo Crucificado que corona el retablo, Cano traspasó su realización a Felipe de Rivas, en 1628 y 1631, y sus pagos se escalo­nan a lo largo de muchos años hasta el de 1635.
     El retablo que queda en Sevilla, en el convento de Santa Paula, documentado en 1635-1638, no con­serva de Cano más que la ensambladura, pues los cuadros se dispersaron en la Guerra de la Indepen­dencia. Estaba dedicado a San Juan Evangelista, cons­taba de ocho pinturas, que, dispersas, se hallan en el Museo del Louvre (Santiago y San Juan Evange­lista), San Juan Evangelista y la visión del Cordero y los siete sellos y San Juan Evangelista en la visión del Pa­dre (Ringling Museum, Sarasota, Florida), San Juan Evangelista y la Visión de la Jerusalén celeste (Galería Wallace, Londres) más unos discutidos, en México y Génova, pues al ausentarse a Madrid encargó su ter­minación a Juan del Castillo. La escultura titular del retablo es de Montañés pero dos ángeles del ático son obra de Cano con extremada delicadeza que será lo que le distinga en sus obras posteriores.
     Los cuadros se reconocen por la exquisita colora­ción que se diferencia de los contemporáneos sevilla­nos, y una distinción que le singulariza.
     En julio de 1631, volvió a contraer matrimonio con María Magdalena de Uceda, sobrina del pintor Juan de Uceda Castroverde, de unos doce años de edad, provista de una cuantiosa dote. Pero en 1636 se en­cuentra preso por deudas. Lo sacó de la cárcel su amigo y colaborador Juan del Castillo, que pagó la fianza.
     En enero de 1638 “por estar de partida para la villa de Madrid”, traspasa la conclusión del retablo de San Juan Evangelista en el convento de Santa Paula, y el Cristo para el retablo de Lebrija a Felipe de Rivas. La causa de su ida a Madrid es una posible llamada del conde duque de Olivares quizás a sugerencia de Ve­lázquez —en Madrid desde 1623—, pues en julio del mismo año de 1638 se llama “pintor del Excmo. Se­ñor Conde Duque de Olivares” y en agosto apadrina una nieta de Velázquez, hija de Martínez del Mazo, lo que prueba su íntima relación con el genial pintor sevillano. Una prueba es que inmediatamente le en­cargan un lienzo en Palacio, para el Salón Grande o de las Comedias del Alcázar que se estaba decorando con retratos de los reyes de Castilla, y donde trabaja­ban Camilo, Francisco Rizi, Jusepe Leonardo, Pedro Núñez, Antonio Arias y otros pintores. Se le paga en septiembre de 1639. En el Museo del Prado se conser­van unos lienzos, con una pareja de Reyes de Castilla y otro con un solo Rey, que se han atribuido por razones estilísticas a Cano, vinculándoles a un pago de 1641 por dos lienzos para la Alcoba del Rey, aunque sólo está documentado un lienzo que representaba a los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, desaparecido.
     En octubre de ese mismo año se asienta en su casa como aprendiz por cuatro años Benito Manuel Agüero, el pintor de paisajes que ha sido siempre re­lacionado con Mazo. Testimonio de la estrecha re­lación de Cano con la familia de Velázquez, es que Cano y su mujer Magdalena de Uceda, apadrinan a otro nieto de Velázquez, hijo de Mazo, el 18 de marzo de 1640.
     Tras el incendio del Palacio del Buen Retiro de fe­brero de 1640, donde muchos cuadros fueron destruidos y muchos dañados, se encomendó a Veláz­quez y a Cano la labor de buscar en Castilla con qué reemplazarlos. Los dos pintores recurrieron a Valla­dolid en el abandonado palacio, y Cano fue el en­cargado de restaurar los cuadros dañados, lo que ha sido usado como explicación de su familiaridad con la técnica de los maestros venecianos, que se acusa en su labor de sus años madrileños, donde se va despren­diendo de la precisión de dibujo y de la iluminación tenebrista de sus comienzos sevillanos.
     En 1643, año de la caída en desgracia de su protector el conde duque de Olivares, pensando que tal vez pe­ligrase su posición, en el verano de dicho año solicitó la plaza de maestro mayor de la catedral de Toledo, vacante por muerte de Lorenzo de Salazar, que no se le concedió, y a la vez solicitó el puesto de maestro mayor de obras del Alcázar de Toledo. El informe de Juan Gómez de Mora, que se inclina por Felipe Lázaro de Goiti, a quien se le otorgó la maestría mayor de la catedral dice a propósito de Cano: “pintor grande, en esta facultad traça para todo género de Retablos y otras obras de ensamblaje y adorno con grande primor pero no ha tratado en obras de la calidad de las que hoy tiene en el Alcázar de Toledo [...]”.
     Tras estos intentos fallidos no parece que se alte­rase su posición en la Corte, pues en marzo del año siguiente, 1644, asienta por seis años a un aprendiz diciéndose “pintor de su Magestad”. Pero el 10 de ju­nio del mismo año su mujer apareció asesinada y a él le prendieron y dieron tormento, sospechando que fuese inductor del crimen. Pero quedó libre. Cano, sin duda impresionado por el suceso, fue a Valen­cia buscando refugio en la cartuja de Portacoeli. Pa­rece que fue con propósito de quedarse para siempre porque llevó la biblioteca y los modelos que, a su re­greso precipitado a Madrid en el año 1645, quedaron allí, y en su testamento dio instrucciones para que se recuperasen sus pertenencias en Valencia.
     Vuelto a Madrid en septiembre de 1645 concertó los lienzos del retablo del Nombre de Jesús de la igle­sia de la Magdalena de Getafe (in situ) y en 1647, la Cofradía de los Siete Dolores le nombró mayor­domo, y se resistió a aceptar el cargo, que suponía sa­car el Paso en Viernes Santo, y se vio envuelto en un pleito en que se implicaban muchos de los pintores de Madrid.
     En 1649, para las fiestas del matrimonio de Felipe IV con Mariana de Austria trazó el Arco Triunfal de la Puerta de Guadalajara, del cual dice Palomino que “se apartó de la manera que hasta aquellos tiempos habían seguido los antiguos”, y en 1650, sin duda apoyado por el éxito del arco del año anterior, es convocado para dar “trazas y pareceres” en Toledo para el trono de la Vir­gen del Sagrario y para el ochavo de la catedral.
     En 1651, Cano pide al cabildo de Granada que se le adjudique una prebenda o “ración” vacante. Se le concede, porque el Rey, a quien se consulta y pide autorización, recomienda muy calurosamente que se le conceda, pues ha de ser muy beneficiosa para la ca­tedral la presencia de un artista “gran arquitecto y ex­celente pintor”. El cabildo impone condiciones: ha de ordenarse y aprender música y latín. Cano se instala en Granada y se le encarga la decoración de la gran rotonda de la iglesia con siete grandes lienzos de la Vida de la Virgen, a partir del 24 de febrero de 1652. Pero el cabildo no está conforme con la conducta de Cano, que en tres meses no ha comenzado la obra, y no da pruebas de querer ordenarse en el plazo que se ha dado de un año. Pide prórrogas y la tensión estalla en 1656, en que el cabildo le expulsa de la catedral y declara vacante su ración.
     En los cuatro años transcurridos, Cano ha pintado dos lienzos de los siete de la catedral, empezados otros dos, y hecho el facistol, cuya imagen del remate —la Inmaculada pequeña— el cabildo decidió que se pu­siese en la sacristía en una urna. Pero ha realizado pin­turas para diversos conventos de Granada: en el del Ángel Custodio y en el de San Antonio y San Diego y diversas Inmaculadas y otros lienzos para particulares.
     El pleito con el cabildo hizo que Cano volviese a Madrid a solicitar la ayuda real, que se le concede y tras ser examinado de latín y de teología, fue orde­nado de presbítero directamente por el nuncio en Sa­lamanca en marzo de 1658.
     Pero aunque el Rey, dando pruebas de su estima­ción, ordenó le repusieran en su plaza y se le abonase los salarios atrasados, el cabildo interpuso pleito, y su incorporación se retrasó hasta junio de 1660. Durante esos dos años de estancia en Madrid hizo diversas pin­turas entre las cuales destacan la Visión de San Bernardo del Museo del Prado, que seguramente procede de los capuchinos de Toledo, los lienzos de San Antonio de Padua y San Francisco recibiendo los estigmas para el convento de San Diego en Alcalá de Henares (hoy en San Francisco el Grande de Madrid), y el Cristo a la Columna de los carmelitas de Ávila. El 23 de diciem­bre de 1658 testificó en las informaciones acerca de la hidalguía de Velázquez para la concesión del hábito de Santiago, afirmando que le conocía desde “quarenta y cuatro” años, es decir, desde que llegó a Sevilla.
     A su regreso a Granada, ya resuelto el pleito, se re­incorpora a su trabajo en la catedral y concluye la se­rie mariana de la capilla mayor, que queda instalada en 1664. También la Virgen del Rosario con Santos de la catedral de Málaga, pintada en esa ciudad entre 1665-1666 por encargo del obispo fray Alonso de Santo Tomás, y un sinnúmero de pequeños lienzos de devo­ción, Vírgenes con el Niño, Inmaculadas y esculturas.
     Al ser nombrado, “por ahora”, maestro mayor de las obras de la catedral, se encarga de la construcción de la fachada para la cual da trazas en mayo de 1667. Murió en agosto de ese año. Su testamento incluye una memoria de deudas y nombra a Fernando Cha­rrán, también racionero de la catedral, por su univer­sal heredero.
     Cano es una de las personalidades más singulares de nuestro arte. Hombre atormentado, de vida llena de incidencias dramáticas, enérgico de carácter, vio­lento y atrabiliario a veces, su arte resulta de una sen­sibilidad exquisita, de una belleza serena y una consciente búsqueda de la perfección.
     La obra de Cano ejerció una influencia tanto en Madrid como —y especialmente— en Granada. En la Corte fue su fiel discípulo Sebastián de Herrera Barnuevo, y su influjo llega también a Juan Antonio Escalante y a otros pintores. En Granada y Málaga todos los pintores y escultores que trabajan allí en la segunda mitad del siglo xvii pueden considerarse sus discípulos: Juan de Sevilla, Atanasio Bocanegra, Niño de Gue­vara, entre los pintores, y Pedro de Mena y José de Mora entre los escultores, y fue referencia y modelo para otros muchos artistas.
    Junto a su labor de pintor, escultor y tracista de ar­quitectura, Cano ha dejado una gran cantidad de di­bujos que acreditan su cuidadoso sistema de trabajo y hacen de él el más fecundo y personal de los dibujan­tes españoles con una inventiva y una maestría en el trazo del lápiz y la pluma absolutamente singulares (Alfonso E. Pérez Sánchez, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "San Francisco de Borja", de Alonso Cano, en la sala IV del Museo de Bellas Artes, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la sala IV del Museo de Bellas Artes, en ExplicArte Sevilla.

viernes, 2 de octubre de 2020

La Capilla del Ángel de la Guarda, en la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Capilla del Ángel de la Guarda, en la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
   Hoy, 2 de octubre, Memoria de los Santos Ángeles Custodios, que, llamados ante todo a contemplar en la gloria el rostro del Señor, han recibido también una función en favor de los hombres, de modo que con su presencia invisible, pero solícita, los asistan y aconsejen [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la Capilla del Ángel de la Guarda, en la Catedral de Santa María de la Sede.
     La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.  
     En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Capilla del Ángel de la Guarda [nº 021 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; Este lienzo de Murillo ha sustituido en 1818 al altar que estaba dedicado a San José, y que antes fue el de "la Pasión Grande", dotado por el licenciado Pedro Ruiz de Porras en 1478; también se llamaba "de la Candelaria" en los inicios del siglo XIX (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
   La Catedral de Santa María de la Sede; dotado en 1.478 por Pedro Ruiz de Porras, el Altar del Ángel de la Guarda fue conocido como Altar de la Pasión Grande; más tarde estuvo bajo la advocación de la Virgen de la Candelaria y San José. Se encuentra situado en el interior de un antiguo arcosolio gótico, a la izquierda de la Puerta de Asunción.
   Posee la Catedral de Sevilla un admirable conjunto de pinturas de Bartolomé Esteban Murillo, pintor que nació en esta ciudad en 1617 y murió en ella en 1682. Fueron varias las ocasiones en que Murillo tuvo oportunidad de pintar para la Catedral, estando todas sus obras en los mismos lugares para donde fueron realizadas, excepto La Natividad de la Virgen, pintura que el Cabildo se vio obligado a entregar al Mariscal Soult en 1810, durante la invasión napoleónica para evitar un expolio de mayores proporciones.
   Una importante obra de Murillo que posee la Catedral de Sevilla es El Ángel de la Guarda, que preside el altar de esta advocación situado en el muro de los pies del templo. Procede esta pintura del convento de los Capuchinos de Sevilla, donde estuvo colocada sobre una de las puertas que comunican la cabecera de la iglesia con el interior del edificio conventual. En 1814 la comunidad de los Capuchinos la regaló a la Catedral en agradecimiento por haberse custodiado allí su tesoro artístico, antes de ser trasladado a Gibraltar para evitar que fuese robado por los franceses.
   No puede precisarse con exactitud la fecha de la ejecución de esta pintura dentro del amplio ciclo que Murillo realizó para los Capuchinos, pero puede suponerse por sus características de estilo que fue una de las obras efectuadas en la primera de las dos etapas en que el artista trabajó para el convento, que se desarrolló entre 1665 y 1666. Es ésta una de las pinturas en que Murillo muestra con mayor plenitud el concepto de belleza, amable y serena que supo crear para configurar a sus personajes celestiales, puesto que el ángel que la protagoniza proyecta hacia el niño y lógicamente hacia el espectador un profundo sentimiento de confianza. Murillo interpretó el Ángel de la Guarda tal y como la mentalidad popular podría imaginarlo, manifestando una intensa voluntad de amparo y protección hacia el niño en el difícil camino de la vida para llevarle salvo al cielo (Enrique Valdivieso González, La pintura en la Catedral de Sevilla. Siglos XVII al XX, en La Catedral de Sevilla, Ed. Guadalquivir, 1991).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de los Ángeles;
Los Ángeles
   El Dios uno y trino de los cristianos no está solo en su Paraíso. Como un monarca en su corte, alrededor de él hay guardianes y milicias, ministros que le sirven de intermediarios con los hombres y transmiten a éstos sus instrucciones: son los ángeles. Los espíritus del Mal contra los cuales debe luchar, se reclutan entre los ángeles rebeldes: son los demonios.
I. Orígenes orientales
   Esta concepción antropomórfica de la divinidad se tomó de las religiones orientales, principalmente del mazdeísmo persa. Como escribía muy justamente Franz Cumont: «El hombre siempre organiza el cielo a imagen de la tierra y la creencia en los mensajeros divinos ha debido desarrollarse en la época de los Aqueménidas, cuando se representaba a Dios como a una especie de gran rey sentado en un trono, rodeado por sus dignatarios y enviando constantemente a través de su vasto imperio correos encargados de transmitir sus órdenes. El reino celeste se mantuvo, incluso en la tradición cristiana, como una reproducción de la corte del rey de Persia.» La mejor prueba  de estos orígenes extranjeros es que los ángeles no han recibido un nombre hebreo como su señor Yavé, sino que se designan con el vocablo griego aggelos (anguelos), mensajero, del cual deriva el latino angelus y tienen un papel muy secundario en los Libros de Moisés donde se los llama, simplemente, hom­bres.
   En el Génesis (18:2, 19:1) se trata de tres «hombres» que vienen a predecir a Abraham el nacimiento de su hijo Isaac, de dos jóvenes alojados por Lot que le agradecen la hospitalidad haciéndole escapar del incendio de Sodoma. Un ángel solitario llega con la contraorden del sacrificio de Isaac en el último minuto, lucha con Jacob en la orilla de un vado, predice a Manoab el nacimiento de Sansón, alimenta a Elías en el desierto... Pero tales intervenciones son escasas. Será en la época del Exilio cuando los ángeles, asimilados a los querubines alados de Nínive y de Babilonia, tendrán mayor espacio en los escritos de los profetas que los representan, inconscientemente, como los servidores jerarquizados de un monarca asirio. 
   El Libro de Tobías, fuente esencial de la angelología y de la demonología hebreas, en el cual el papel principal corresponde al arcángel Rafael al que se opone el demonio Asmodeo (persa Eschma), príncipe de las tinieblas en la religión iraní, no es otra cosa que un cuento persa.
   Pero aunque la concepción de los servidores y los adversarios de Dios es persa, su representación en el arte cristiano debe más al arte griego o grecorromano que al de Persia, como lo veremos más detalladamente al estudiar la iconografía de los ángeles y los demonios.
   Sin dejar de lado el recuerdo de los toros alados de Nínive (kherubim) que obsesionaron a los profetas del Exilio, todo parece indicar que los ángeles alados del arte cristiano son sólo imitación de las Nikés griegas. La filiación iconográfica es evidente. Se la puede seguir en los bajorrelieves de ciertos sarcófagos paleocristianos, donde los ángeles que planean sosteniendo coronas triunfales tienen exactamente la misma actitud que las Victorias antiguas. Por ello es cierto que así como los angelitos proceden de los Eros niños o Cupidos paganos, sus hermanos mayores, los grandes ángeles alados, son sólo Nikés viriles.
II. Funciones de los ángeles
   Antes de estudiar la iconografía de los ángeles, anónimos e individuales, conviene precisar las funciones que tienen en el reino celestial.
   Las funciones de los ángeles son múltiples y de extrema diversidad.  En general. puede decirse que son instrumentos de la voluntad divina. Así como una herramienta es una prolongación de la mano humana, ellos prolongan y acaban por reemplazar en la iconografía a la Mano de Dios (Manus Domini).
   Pero no están sólo al servicio de la divinidad, también se ponen al servicio de los hombres. Pueden distinguirse estos dos aspectos de su actividad.
a) Los ángeles al servicio de Dios
   De acuerdo con el sentido etimológico de su nombre, los ángeles son esencialmente los mensajeros de Dios. En la religión judeocristiana tienen las mismas funciones y los mismos atributos que el dios griego Hermes, el Mercurio de los romanos. Ese papel corresponde sobre todo al arcángel Gabriel que anunciará a la Virgen María que fue elegida entre todas las mujeres para ser la madre del Salvador. Pero son ángeles anónimos los que anunciaron a Abraham el nacimiento de Isaac, quienes advirtieron a los Reyes Magos y a José los peligros a evitar, los que explicaron a las Santas Mujeres que Cristo había resucitado frente a la piedra caída que cerraba el Sepulcro vacío. 
   El papel de los mensajeros no consiste sólo en transmitir consignas, advertencias o amenazas. De las palabras pasan a la acción: uno de ellos detuvo el cuchillo de Abraham.
   Los ángeles no se limitan a llevar los mensajes de Dios. Entre ellos se recluta la corte, la milicia y el tribunal celestiales. Hay ángeles cortesanos, guerreros y justicieros
   Para rendir homenaje a su soberano, de acuerdo con las costumbres orientales, llevan las manos veladas en signo de respeto. Los occidentales están inspirados en la liturgia de la misa, se los concibe más bien como diáconos o niños del coro celestial, balanceando un incensario o sosteniendo un cirio en la mano, son los ángeles turiferarios y ceriferarios.
   Dios Padre no es su objeto único de adoración. Se ponen al servicio de Cristo Encarnado, hijo unigénito de su Señor, desde su nacimiento hasta su muerte en la Cruz. Anuncian su Natividad a los pastores, guían la estrella que señala a los Reyes Magos el camino de Belén. Se posan sobre el techo de paja de la cabaña para entonar el Gloria in Excelsis y ofrecen al recién nacido un concierto de voces e instrumentos. Lo siguen durante la Huida a Egipto ofreciéndole agua en una concha y dátiles, para calmar su sed y su hambre; se convierten en sus compañeros de juego sin olvidar nunca el respeto que le deben.
   Cuando Jesús llega a la edad adulta, asisten a su Bautismo y cuidan sus ropas a orillas del Jordán. No lo abandonan en la Pasión, lo reconfortan durante la agonía en el monte de los Olivos, y recogen su preciosa sangre en cálices revolando en torno a la cruz como una bandada de golondrinas quejumbrosas.
   La Madre de Cristo también tiene derecho a sus homenajes: ellos la alimentan en el Templo; la rodean gozosamente en el momento de su resurrección para elevarla al cielo donde se convertirá en su Reina; le sirven como pajes en la ceremonia de la Coronación llevando la cola de su traje sobre las nubes, y en el Paraíso forman su guardia de honor.
   A veces los pajes se transforman en caballeros, son los defensores de la ciudad celeste. Al mando del arcángel Miguel, general en jefe (archiestratega) de las milicias celestes, rompen lanzas contra los enemigos de su soberano y precipitan en el abismo a los rebeldes.
   Finalmente, son los ejecutores de la justicia divina. Un ángel expulsa del Paraíso a Adán y Eva y les prohíbe la entrada, armado de una espada flamígera. Cuando el faraón se obstina en desafiar las órdenes de Dios y se niega a liberar a los israe1itas, lo castigan ángeles exterminadores que matan a su hijo mayor y a los primogénitos de los egipcios. En el Juicio Final, los ángeles rodean a Cristo Juez y llevan como triunfos los instrumentos de su Pasión; en el arte bizantino los dos comandantes de taxiarquía, Miguel y Rafael, montan guardia a ambos lados del trono divino. Resucitan a los muertos soplando sus olifantes, introducen en el Paraíso a los elegidos y empujan a los réprobos hacia la boca del Infierno.
b) Los ángeles al servicio de los hombres
   Los hombres con derecho a la asistencia de los ángeles son, sobre todo, los profetas, mártires y santos.
   Elías en el desierto, Daniel en la fosa de los leones, son aprovisionados gracias a ellos.
   Los ángeles no sólo protegen contra las trampas y las tentaciones del demonio a los mártires, durante su vida; además, en el momento en que van a morir, aparecen en el cielo para recibir sus almas y otorgarles la corona de los elegidos. Los «cefalóforos», que después de haber sido decapitados, llevan su cabeza en las manos, están enmarcados y guiados fraternalmente por dos ángeles hasta el lugar de su sepultura. Un ángel inspirador, semejante a la Musa antigua, se ocupa del escritorio de los Evangelistas, guía la mano de San Lucas que pinta el retrato de la Virgen, dicta a San Gregorio las Homilías.
   La protección de los ángeles se extiende a los simples pecadores. Cada uno de ellos tiene su ángel guardián, o de la guarda, semejante al misterioso compañero del joven Tobías, que lo reconforta a la hora de la muerte y que conducirá su alma al Paraíso para depositarla en el seno de Abraham, si el mortal es digno de ello. En la escultura funeraria se ven ángeles que separan piadosamente la cortina del lecho mortuorio y deslizan una almohada bajo la cabeza del yacente.
   En el día del Juicio, ayudan a los muertos a salir de sus tumbas y transportan a los justos en sus brazos fraternales.
   Tales son las principales funciones de los ángeles, vínculos entre un Dios eterno, inaccesible e invisible, y los hombres efímeros. Van y vienen del cielo a la tierra, suben y bajan la escala celeste de la visión de Jacob. «Videbitis coelos apertos et angelos Dei ascendentes et descendentes.» Mas por multiforme que resulte su actividad, no debe creerse que el arte cristiano los represente siempre activos en el cumplimiento de sus trabajos de mensajeros, guerreros, justicieros ... Las iglesias están pobladas de innumerables ángeles adoradores y no actores, cuya función es puramente contemplativa.
III. Iconografía de los ángeles en general
   Si la representación de la Trinidad tal como la definen los teólogos presenta a los artistas dificultades insuperables, la figuración de los ángeles plantea problemas de solución igualmente ardua.
   La imprecisión de los relatos de la Biblia no sirve para guiar la imaginación de pintores y escultores. En cuanto a las visiones proféticas o apocalípticas, son tan amorfas y a veces tan monstruosas que parecen desafiar toda transposición plástica.
   El problema es tanto más insoluble por cuanto los ángeles son por definición puros espíritus (pneumata). Al ser incorporales (asomatoi), serán en consecuencia invisibles ¿Cómo dar un cuerpo a lo que no es más que un soplo? Es como si se pretendiera representar el viento o la tormenta.
   El realista Gustave Courbet, burlándose de Delacroix, que había pintado ángelitos en una capilla de Saint-Sulpice, decía con sorna: «Antes de pintar ángeles esperaría que me los mostrasen.» Los maestros anteriores no habían visto más que él; pero ello no les impidió pintarlos a montones ¿De qué forma los encarnaron?
a) El sexo de los ángeles
   Hemos visto que los primeros artistas cristianos habían salido bien del paso representando ángeles según el modelo de las Victorias paganas. La copia no es del todo exacta, puesto que la Niké griega es una figura femenina a diferencia de los ángeles que hasta el final de la Edad Media serían siempre de sexo masculino.
   Los ángeles mancebos representa n el tipo más antiguo.
   La Biblia los describe en sus misiones terrestres como bellos adolescentes capaces de excitar los deseos culpables de los sodomitas que insisten a Lot para que se los entregue. Virilidad y juventud: tal es la imagen que se construyó. Se los represen­ta imberbes (los ángeles barbudos son la excepción) y casi siempre rubios; la idea de belleza está con frecuencia asociada con los cabellos dorados.
   Los ángeles mujeres, inspirados sin duda por el sueño de una belleza aún más perfecta que la de los efebos, o tal vez porque la larga túnica blanca que visten habitualmente evoca una vestidura femenina, aparecieron en el siglo XV. Se dice que el pintor italiano Giovanni di San Giovanni escandalizó a sus contemporáneos introduciendo por primera vez ángeles femeninos en una gloria que rodea a la Virgen. Este tipo sensual hizo fortuna en el arte barroco: Correggio, Bernini y más tarde Goya, que hace planear Majas aladas bajo la cúpula de San Antonio de la Florida, han extraído de este motivo obras maestras más seductoras que edificantes.
   En cuanto a los ángeles niños, tienen un origen más remoto. Quizá hayan nacido, como los tres escolares de la leyenda de San Nicolás, de una falsa interpretación de las imágenes, en las cuales, de acuerdo con la reglas de la jerarquía espiritual, estaban representados en pequeño tamaño junto a un Dios gigantesco. La costumbre de representar las almas de los muertos en forma de niños recién nacidos también pudo contribuir a su proliferación. El tema parece ausente en el arte bizantino, pero se lo ve aparecer en Francia a partir de finales del siglo XII, en el dintel del pórtico de Senlis, donde retozan alegremente alrededor de la Virgen resucitada.
   El arte italiano del Quattrocento se apoderó de este gracioso tema, cuyos modelos encontraba en los genios antiguos del arte romano, y se entusiasmó con él. El carácter pagano de estas representaciones está muy marcado. Los deliciosos «putti» que Giovanni Bellini, y después Rafael y Correggio han situado sobre los altares en los cuadros de santidad, en verdad no son sino Eros niños, Cupidos bautizados, apenas rociados por una gota de agua bendita.
   A partir del Renacimiento y en el arte de tema religioso del siglo XVIII, esos angelitos están a veces reducidos a cabezas aladas. Se ha querido ver en ello una reminiscencia de los abanicos litúrgicos o flabelos, cuyas decoraciones muy reducidas por falta de espacio sólo comportan, habitualmente, cabezas de serafines. Es lo que Molanus llama ángeles in imperfecta forma. Éste recomienda la fórmula como la más apropiada a los seres inmateriales. Una cabeza y alas bastan para simbolizar sus caracteres esenciales: la inteligencia y la velocidad de los movimientos. Desde el punto de vista estético no es una creación muy feliz, pero sí el medio más simple y probablemente el único que permite evocar espíritus alados.
b) La vestimenta
   Los angelitos pueden permitirse estar desnudos sin indecencia. Y así los representa Giotto en sus frescos de la Arena (anfiteatro). Los ángeles adolescentes o adultos sólo llevan desnudos los pies, como Cristo y los Apóstoles. Aunque la desnudez sea a veces más casta que ciertas vestiduras, el cristianismo medieval la considera vergonzosa, una humillación, y la reserva a los demonios y a los réprobos.
   Puesto que irradian luz divina y que su pureza es inmaculada, el arte cristiano primitivo los representa vestidos con una larga túnica blanca (stolis amicti candidis, in vestibus albis). Esta túnica de blancura nívea con la que se cubría a los catecúmenos, tiene el mismo significado simbólico que el alba cándida de los sacerdotes. Para resaltar su dignidad se les confiere a veces una toga laticlavia que los asemeja a los senadores romanos.
   El arte bizantino, heredero de esta tradición, se complace en revestir a los ángeles de ropas fastuosas que eran de rigor en las ceremonias de la corte imperial. Como los grandes dignatarios que rodeaban al basileus (emperador bizantino), llevan lorum, botas ligeras de piel púrpura: convertidos en chambelanes celestiales, tienen como insignia la larga vara rematada en bola que enarbolaban los ostiarios del palacio imperial.
   Occidente adopta otras fórmulas que además varían con las modas en el vestir. Los ángeles a veces llevan una simple túnica fruncida y ceñida a la cintura por un cordón, y sobre la frente una delgada diadema rematada en una cruz o una estrella. Pero a partir del siglo XIII, por la influencia del drama litúrgico o auto sacramental, en el cual el papel de los ángeles era representado por diáconos, se extendió la costumbre de conferirles vestiduras sacerdotales (priesterliche Gewandung) que reemplazaron el traje de corte bizantina (byzantinische Hof tracht). Así como Dios Padre lleva la tiara y el palio del papa, los ángeles están cubiertos por una capa eclesiástica, y sobre todo, a causa de su juventud, por una dalmática de diácono con pasamanería, sujeta al pecho por un broche de orfebrería. Con esta pompa los representó Jan Van Eyck en los postigos del políptico de Gante, y Gérard David en
El Bautismo de Cristo del Museo de Brujas.
   Hacia finales de la Edad Media proliferaron los ángeles emplumados como pájaros (gefiederte Engel), o más exactamente revestidos por una malla de plumas que sin duda se tomó en préstamo del guardarropas  teatral de los autos sacramentales. La escultura del siglo XV y principios del XVI ofrece numerosos ejemplos, desde el Pozo de Moisés de Sluter y los retablos de Riemenschneider, hasta la capilla de Enrique VII en Westminster.
c) Las alas y el problema del vuelo
   La característica esencial de los ángeles son las alas, atributo del mensajero celeste que comparten con su colega olímpico, el dios griego Hermes, mensajero y furriel de Zeus.
   Contrariamente a lo que pueda suponerse, los ángeles no siempre han llevado alas. El Antiguo Testamento no las menciona. En el Sueño de Jacob los ángeles necesitan una escala para bajar del cielo y volver a subir, por lo tanto no tienen alas para volar. La idea de ángeles planeando o volando sólo está probada en el judaísmo tardío (I Cron. 21).
   De hecho, el arte cristiano comenzó por representar a los ángeles en forma de hombres jóvenes ápteros. En los mosaicos de Santa María la Mayor todavía están representados sin alas. Es sólo en el siglo IV, en el mosaico del ábside de Santa Pudencia, donde vemos por primera vez un ángel alado, y aun a título de símbolo del evangelista San Mateo.
   Las visiones proféticas de los serafines y querubines polípteros inspirados por la vista de los kerubim babilonios, la imitación de las Victorias y de los genios alados del arte grecorromano,  bastan para dar cuenta de la generalización de este atributo que convenía particularmente a los mensajeros celestiales. El texto de Tertuliano no es el punto de partida de esta innovación iconográfica: él se limitó a registrarla.
   Rígidas como hojas de guadaña o cruzadas como tijeras, las alas de los ángeles resultan visiblemente insuficientes para transportarlos. Es sobre todo el signo, el em­blema del vuelo, antes que un órgano adaptado a su función. Cuando los imagineros carecen de espacio no vacilan en representar un ala desplegada y la otra replegada.
   Con frecuencia son del mismo color que los vestidos que parecen prolongar. Pero para darles más esplendor a estos pájaros del Paraíso que Dante denomina poéticamente los pájaros de Dios (uccelli di Dio), los pintores de la Edad Media se complacen en fijar a los hombros de los ángeles alas multicolores: rojas, azules, doradas, irisadas, oceladas como plumas de pavo real. En las esculturas medievales las alas de los ángeles, generalmente, son doradas.
   ¿Cómo sugerir el vuelo? Este problema, infinitamente más difícil que el de la representación de la marcha o la carrera, en principio fue eludido, o, para decirlo mejor, escamoteado, por los artistas novatos que al no poder resolverlo de una manera satisfactoria se evadieron distrayendo a los espectadores con cortinas de nubes o torbellinos de paños flotantes.
   En el siglo XVI, gracias a los progresos del escorzo, es decir, de la perspectiva aplicada a la figura, los artistas italianos pudieron abordarlo francamente. Para sugerir el vuelo planeado o el aterrizaje en inmersión, se inspiraron en los movimientos de la natación. Los ángeles atraviesan el cielo como los nadadores hienden las olas; descienden verticalmente hacia la tierra como el submarinista se echa de cabeza en el agua. La posición intermedia de las alas invita a la imaginación del espectador a proseguir el movimiento comenzado.
   El arte italiano del alto Renacimiento y de la época barroca consiguió crear la ilusión del vuelo gracias a los escorzos audaces; pero el problema científico, una vez resuelto, se convierte con excesiva frecuencia en lo esencial, a expensas del significado espiritual. La Anunciación, convertida en una ecuación, ya sólo sirve a los virtuosos para exhibir sus conocimientos de mecánica y dinámica. 
   A pesar de la unidad fundamental del arte cristiano, especialmente en la Edad Media, es posible preguntarse si los diferentes países, las diferentes escuelas, no han impreso una marca particular en este tema pancristiano ¿Pueden distinguirse los ángeles italianos de los franceses, alemanes e ingleses? Yo creo que en cierta me­dida puede responderse que sí.
   En Italia, a partir del Quattrocento, después del misticismo de Fra Angélico de cuyos ángeles espiritualizados podría decirse que no tienen cuerpo, prevalece un tipo de ángeles carnales de carácter ingenua o cínicamente pagano.
   Los putti músicos, auténticos niños prodigio que en los cuadros de Bellini tocan el laúd a los pies de la Virgen, tienen la gracia regordeta de la infancia; pero una gracia del todo humana. Los ángeles bailarines de Donatello, que se arremolinan sobre el parapeto del antiguo coro de la catedral de Florencia, son pequeños sátiros desatados. En el siglo XVI, Correggio va todavía más lejos por este camino. Para este voluptuoso artista, los ángeles no son más que Ganímedes de equívoca belleza, a menos que los presente como diablillos traviesos que se permiten toda clase de bromas: el ángel de San Mateo abre las fauces del león bonachón de San Marcos, otro se apodera del casco de San Jorge para tocar la cabeza de un compañero, un tercero olisca como un experto la fragancia del pote de perfume de la Magdalena.
   El arte de los Países Bajos es más respetuoso. Los ángeles de Van Eyck y de Memling ofician gravemente con vestiduras litúrgicas de diáconos.
   En Alemania, especialmente en los grabados litúrgicos de Durero, se observa la búsqueda de la expresión a expensas de la belleza formal.
   Los ángeles tienen amplio espacio en la escultura inglesa de la Edad Media que ha sentido verdadera pasión por ellos, no sólo porque sus alas desplegadas decoran maravillosamente las enjutas triangulares de las arcadas, sino además, porque según un muy popular juego de palabras, Inglaterra se jactaba de ser el país de los angles (Engel-land), es decir, de los ángeles.
   En cuanto a los ángeles franceses, los más exquisitos de los cuales son los del pórtico de Senlis, el Ángel de la sonrisa de Reims y los ángeles irisados del tríptico de Moulins, se distinguen entre todos por su gracia sonriente.
IV. Las jerarquías angélicas
   Los ángeles no son todos iguales. Además de estar especializados también están jerarquizados, como los servidores de los monarcas orientales. Existe, para em­plear una expresión rusa derivada del ceremonial bizantino, una Tchin celeste que comporta numerosos Órdenes, dispuestos de acuerdo con un inmutable protocolo.
   San Pablo habla sólo de cinco jerarquías angélicas. Fue el Seudo Dionisio Areopagita quien, en su tratado De la Jerarquía Celeste, fijó el número en nueve. Dicho tratado, introducido en Occidente por el papa San Gregorio Magno, fue traducido al latín hacia 870 por Juan Escoto Eriugena. La doctrina fue consagrada por la autoridad de Santo Tomás de Aquino y de Dante, que reserva un sitio a San Dionisio Aeropagita en su Paraíso. Bertoldo de Ratisbona sostiene que en los orígenes había diez jerarquías, pero una de ellas se habría  unido a Lucifer, por lo tanto su cuenta concuerda con la de Dionisio Areopagita.
   Desde entonces, teólogos y artistas admiten que los ángeles están divididos en nueve jerarquías, que agrupadas forman tres Órdenes. El primer Orden incluye a los Serafines, los Querubines y los Tronos; el segundo a las Dominaciones, las Virtudes y las Potestades; El tercero a los Principados, los Arcángeles y los Ángeles.
   Según la letanía de Loreto, la Virgen es la reina de las nueve jerarquías de los ángeles.
   Este tema de origen bizantino que decora sobre todo la mesa del monasterio de Chilandari, en el monte Athos, se volvió frecuente en el arte occidental a partir del siglo XII.
   Se lo encuentra dos veces en Chartres, en las arquivoltas del pórtico meridio­nal, en torno al Cristo del Juicio Final, y en la parte superior de la vidriera de Saint Apollinaire. En el siglo XIV vuelve a encontrárselo en la Sainte Chapelle de Vincennes, y en el XV en la catedral de Cahors.
   El arte italiano no lo ha ignorado, como lo demuestran los mosaicos de la cúpula del baptisterio de Florencia, las esculturas del arca de San Pedro Mártir en San Eustorgio de Milán (1339) y las del arca de San Agustín en San Pietro in Ciel d 'Oro de Pavía (1380).
   El retablo del artista primitivo catalán Luis Borrassà, en la catedral de Amberes, no es anterior al siglo XV.
   En Inglaterra, citemos las vidrieras del Priorato de Great Malvern (Worcestershire), y en Austria, un  ciclo muy original pintado hacia 1435 para la iglesia de los Carmelitas de Viena, que estaba dedicado a  las nueve jerarquías de los ángeles (Museo de la abadía de Klosterneuburg) donde la Virgen se encuentra en el centro de cada jerarquía angélica. Para presidir la de las Dominaciones, está acorazada de pies a cabeza como una Juana de Arco.
   Dicho tema se vuelve infrecuente después de la Contrarreforma. No obstante, monseñor Abelly, obispo de Rodez, encargó a Louis Licherie, en el siglo XVII, un cuadro que representa a las nueve jerarquías celestes, a cuyo culto era particularmente adepto (Igl. de S. Étienne-du-Mont, París). En Viena vuelven a encontrarse en 1679 las nueve jerarquías angélicas escalonadas sobre la columna votiva de la Trinidad, levantada sobre la plaza de Graben por Ludovico Bumacini.
   Las jerarquías de los ángeles se insertan en el sistema de los astros. En el Liber Scivias de Santa Hildegarda, las jerarquías agrupadas bajo las arcadas enmarcan la figura de Cristo en su gloria. En el ejemplar de Wiesbaden (siglo XIII), los ángeles mueven las alas alrededor de un disco luminoso, de brillo deslumbrante, que re­presenta a Dios.
   La descripción de Dante en el Paraíso (canto XXVIII) es sólo la transcripción poética de estas miniaturas.
Serafines y Querubines
   Los querubines y los serafines son las dos clases más altas de ángeles de la jerarquía celestial. No son, hablando estrictamente, ángeles en el sentido etimológico de mensajeros, puesto que se mantienen siempre alrededor del trono de Dios, a menos que vigilen el símbolo de éste, el Arca de la Alianza. Son genios toma­dos en préstamo de la mitología babilónica, que personifican la luz cegadora de los relámpagos en un cielo de tormenta. E igual que las nubes ocultan la morada de la divinidad, sus alas replegadas forman la tapa protectora del Arca santa. Serafines y Querubines se diferencian por el número de las alas. Los serafines se caracterizan por seis alas oceladas (son hexápteros), mientras que los querubines sólo tienen cuatro. La fuente de esta iconografía es una visión de Isaías (6: 2): «Alrededor del solio estaban los serafines, cada uno de ellos tenía seis alas: con dos cubrían su rostro, con dos cubrían los pies y con dos volaban.»
   Esta visión de Isaías se explica por las estelas hititas que representan diosas hexápteras del tipo de aquellas que M. von Oppenheim descubrió en Tell Halaf, en Mesopotamia.
   Los serafines decoran con frecuencia los abanicos litúrgicos o flabelos que en Oriente llevan justamente el nombre griego «hexaptériga». Uno de los más bellos ejemplos es el flabelo del tesoro de Stuma (siglo XVI) del museo de Estambul. Esas dos clases de ángeles se distinguen además por su color: los serafines son rojos como el fuego, los querubines azules como el cielo.
   En Occidente, tienen un papel en la decoración de las iglesias romanas: arquivoltas de Saint Révérin (Nièvre), tímpanos de Perrecy les Forges y de Notre Dame du Port en Clermont. En el siglo XVIII, decoran una de las arquivoltas de la portada del Juicio final, en la catedral de Bourges. El tímpano de Semur-en­ Brionnais, donde Cristo aparece entre los cuatro animales del Tetramorfos y dos serafines, ofrece una amalgama de las visiones de Ezequiel e lsaías.
   Agreguemos que un serafín convertido en crucifijo alado aparece en la estigmatización de San Francisco de Asís.
Tronos, Dominaciones, Virtudes, Potestades y Principados
   Los Tronos son las ruedas del carro de Dios. Tienen forma de ruedas ceñidas y aladas, sembradas de ojos, según la Guía de la Pintura.
   Los atributos de los otras jerarquías angélicas son más vagos y variables.
   Las Dominaciones portan el cetro y la corona, salvo que lleven casco y empuñen una espada. Las Virtudes llevan un libro. Los Principados están vestidos ya como guerreros, ya como diáconos, y llevan una rama de lis.
   Los Arcángeles luchan contra los demonios; los Ángeles, simples soldados del ejército celeste, llevan antorchas o incensarios (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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jueves, 1 de octubre de 2020

El Retablo de Santa Teresa del Niño Jesús, en la Iglesia del Convento de San José del Carmen "Las Teresas"

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Retablo de Santa Teresa del Niño Jesús en la Iglesia del Convento de San José del Carmen "Las Teresas", de Sevilla.     
   Hoy, 1 de octubre, Memoria de Santa Teresa del Niño Jesús, virgen y doctora de la Iglesia, que entró aún muy joven en el monasterio de las Carmelitas Descalzas de Lisieux, en Francia, y llegó a ser maestra de santidad en Cristo por su inocencia y simplicidad. Enseñó el camino de la perfección cristiana por medio de la infancia espiritual y demostró una mística solicitud en bien de las almas y del incremento de la Iglesia. Terminó su vida a los veinticinco años de edad, el día treinta de septiembre (1897) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy para explicarte el Retablo de Santa Teresa del Niño Jesús, en la Iglesia del Convento de San José del Carmen "Las Teresas", de Sevilla.
     El Convento de San José del Carmen (Las Teresas), se encuentra en la calle Santa Teresa, 5; en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
   En la Iglesia del Convento de San José del Carmen "Las Teresas" encontramos el Retablo de Santa Teresa del Niño Jesús (antes de San Juan de la Cruz), situado en el lado de la Epístola, junto a la puerta de la Sacristía, se trata de un retablo muy bien documentado, cuya realización se debe a una iniciativa de la Orden Descalza, conservándose el documento del contrato en el Archivo Conventual.
   Efectivamente, su hechura fue concertada el 10 de julio de 1732 por el artista Joseph Maestre, siendo la escritura del concierto muy interesante ya que en ella se detallan las medidas de la capilla donde debía ir el retablo, así como los santos que debían estar en él: San Juan de la Cruz, en el camarín principal y en los intercolumnios San José y Santa Teresa, actualmente sustituidos por Santa Teresita, Santa Inés y San Antonio de Padua, y sobre los santos de los intercolumnios debían ir dos medallas con santos de medio relieve de «la devoción de la Madre priora», que resultaron ser San Pedro y San Pablo, e incluso se especifican las esculturas de Niños que debían ir adornando el retablo: dos sobre las cornisas prin­cipales, con unos jeroglíficos en las manos, que actualmente han perdido, otros dos al pie del Santo principal, que finalmente no debieron ser realizados, y en el último cuerpo debía ir la imagen de la Concepción, con otros dos Niños a sus pies, que parece que no llegaron a realizarse, rema­tando el retablo por una tarja que debían tenerla otros dos Niños.
   Tras la enumeración de las esculturas que debía llevar el retablo, el documento especifica que tales imágenes debía darlas el convento, excepto los Niños y las dos medallas de relieve, que habrían de ser realizadas por Maestre.
   Así pues, en líneas generales, la hechura del retablo corresponde a lo estipulado en el contrato, con  las excepciones a que hemos aludido y la inclusión sobre la hornacina principal de un medallón con la cabeza degollada de San Juan Bautista, figura que no se nombra en el contrato y que debió añadirse una vez comenzada la realización del mismo.
   El precio estipulado fue de 7.000 reales de vellón que se cobraron en seis plazos, siendo la fecha de su finalización el mes de abril de 1733, en que se colocó en su capilla, y corriendo los gastos del traslado desde la casa del oficial, la colocación en su capilla y los jornales de los que la realizaron, por cuenta de la Comunidad Carmelita.
   Por lo tanto, éste es uno de los retablos de la iglesia que no pertenece a particulares, sino que fue contratado y costeado por la Orden de Carmelitas Descalzas, de forma que el diseño del mismo debía ser aprobado por el Padre General de dicha Orden, por lo que deducimos que debió ser realizado para ensalzar a San Juan de la Cruz tras un hecho muy importante dentro de la vida religiosa de la Orden, como fue la canonización del Santo realizadas por el Papa Benedicto XIII en 1728.
   San Juan de la Cruz tenía ya un retablo en la iglesia, que debió construirse sobre las fechas de su beatificación, pero al ser canonizado se decidió realizar otro de mayor categoría, como debía corresponder al primer Santo de la Reforma. 
   Al realizar el análisis de los acontecimientos históricos que han tenido lugar en el Convento sevillano, vimos la gran trascendencia que tuvo en él la Canonización de San Juan de la Cruz, y la detallada relación que ya conocemos de las fiestas celebradas con tal ocasión, nos permiten saber que la capilla donde en 1712 se iba a construir el retablo de San Juan de la Cruz, en el año de la Canonización (1728) se hallaba todavía ocupada por un cuadro con la advocación de dicho Santo, desconociéndose la época en que dicho cuadro fue colocado allí, ya que anteriormente la ca pilla estaba consagrada a la Virgen del Rosario.
   Analizando el retablo, vemos que su estructura arquitectónica se adapta una vez más al arco abierto en el muro de la nave, constando de un doble elemento: el exterior, cuyos soportes son unos potentes estípites que sostienen cornisas partidas, sobre las que apoyan angelitos; y el interior en el que llama la atención el sentido de verticalidad del cuerpo central, cuya parte inferior, constituida por la hornacina para la imagen titular, se enlaza con la superior mediante un medallón con la cabeza degollada de San Juan Bautista y una venera, rodeada de carnosa hojarasca. Estos rasgos, así como el intradós del arco con repisas para esculturas y medallones en relieve sobre ellas, son características de la obra de Maestre, apareciendo en varios de sus retablos conocidos.
   José Maestre es un ensamblador y arquitecto natural de Carmona, pueblo para el que realizó la mayor parte de sus trabajos, siendo el primero de ellos el retablo de la iglesia de Nuestra Señora de las Nieves de Alanís, fechado en 1709. Posteriormente se encarga de la construcción del retablo de Nuestra Señora de Guadalupe para las Carmelitas de su pueblo natal, el del Salvador de la misma población, y el de la Virgen de las Aguas de la iglesia del Salvador de Sevilla, que fechado en 1724, constituía hasta ahora su última obra. Así pues, el hallazgo del contrato para el retablo de San Juan de la Cruz aporta un interesante dato a la biografía de Maestre demostrando que éste seguía trabajando casi diez años después de lo que hasta ahora era su última producción, si bien su enfermedad, o quizás su fallecimiento debió tener lugar tras la realización de éste, pues mientras el primer pago lo cobra él personalmente, los siguientes, efectuados a partir de enero de 1733, son cobrados por sus hijos Diego Maestre y Salvador Romero, en nombre de su padre. 
   Sin embargo, a pesar de su tardía fecha, el retablo de San Juan de la Cruz, sigue manteniendo los rasgos característicos de su autor, que se muestra un profundo conocedor de la obra de Jerónimo Balbás, representante de corrientes innovadoras dentro de la retablística sevillana del siglo XVIII, en la que se introdujo el estípite, de los que son muestra los que proyectó para la Sillería de Coro de la Iglesia de San Juan de Marchena en 1714. Precisamente en el concurso para realizar el proyecto de dicha sillería pudo surgir la relación de Maestre con Balbás, ya que también el primero participó en la puja, y en este contacto es evidente que debió recibir las influencias del maestro, inspirándose en su obra para su propia producción: así los angelotes sobre frontones curvos que repite en todos sus retablos, el mismo tipo de talla, la venera que constituye el centro de los tableros de relieve, el penacho superior muy quebrado parecido al remate del Coro de Marchena, las asas que aparecen en los capiteles de los estípites principales, etc., son elementos que Maestre pudo tomar de Balbás. 
   Otros rasgos muy característicos de Maestre que vemos en este retablo, y anteriormente en los de la Virgen de las Aguas y en el de Carmona, son los estípites con la típica pirámide invertida rematada en semi­círculo y los medallones de relieve con San Pedro y San Pablo.
   Aunque el contrato del retablo estipula que en la rosca del arco Maestre debía hacer dos medallones en relieve con Santos de la devoción de la Priora, finalmente lo que ejecuta son las efigies de San Pedro y San Pablo, como es habitual en numerosos retablos, colocándose a San Pedro, Padre de la Iglesia, en el lado del Evangelio y San Pablo, apóstol de los gentiles, en el de la Epístola. Estas figuras ofrecen gran semejanza con las de la rosca del arco del retablo de la Virgen de las Aguas, y en ambas ocasiones Maestre nos muestra que poseía más cualidades como arquitecto de retablos, que como escultor.
    Mucha mayor calidad posee el relieve con la Cabeza degollada de San Juan Bautista, cuya autoría no parece corresponder a Maestre, ya que a parte del hecho de no ser nombrado en el contrato, su realización es más acabada y perfecta que los otros dos medallones. Una vez más San Juan Bautista es representado en relación con San Juan de la Cruz, reflejándose de esta manera el paralelismo existente entre ellos. 
 La representación de la cabeza del Bautista sobre una bandeja alude a la cita evangélica, según la cual, decapitado el Santo, su cabeza fue llevada en una fuente a presencia de Herodes Antipas, siendo este tema iconográfico muy popular y frecuentemente representado en la España barroca, destacando las versiones que sobre él hicieron artistas de la talla de Montañés. 
   La imagen titular de Teresa del Niño Jesús, o Teresa de Lisieux, como se la prefiere llamar para evitar confundirla con Santa Teresa de Jesús, representa a la Santa carmelita, nacida en 1873 en Alençon (Francia), que ingresa en el Carmelo de Lisieux, donde muere a los 24 años rodeada de una gran fama de santidad. Lleva en los brazos su principal atributo: un crucifijo y un ramillete de rosas aludiendo a lo que dice en su Autobiografía: "después de mi muerte haré llover rosas". Beatificada en 1923, fue canonizada a los dos años, siendo nombrada Patrona de las Carmelitas y promovida al rango de Patrona de Francia. 
   La actual escultura de la Santa corresponde a una imagen de la Virgen del Carmen del siglo XVIII, que ha sufrido una serie de transformaciones para adaptarla a su nueva iconografía, y ha debido ser colocada en este retablo muy recientemente, pues todavía en 1892 se hallaba en él la imagen de San Juan de la Cruz que hoy vemos en el retablo mayor, como se aprecia en una fotografía conservada en la Fototeca del Laboratorio de Arte. 
   La imagen de Santa Inés, situada sobre la repisa derecha, también ha sido objeto de numerosas transformaciones,  pues mientras su cuerpo parece obra de finales del XVII, su cabeza es bastante anterior, de comienzos de la misma centuria, apreciándose claramente la defectuosa unión entre el cuerpo y la cabeza.
   Efectivamente, la sobriedad de su rostro evoca el de los bustos relicarios del retablo de la Virgen de los Reyes, y contrasta con el dinamismo de los paños de su túnica, que tras recogerse formando una curva bajo el brazo derecho, caen hasta los pies.
   Sobre la repisa opuesta se encuentra la imagen de San Antonio de Padua con el Niño Jesús, sentado sobre un libro abierto, símbolo de sus facultades como predicador y doctor en Teología, en las que destacó notablemente. Estilísticamente las características formales de esta obra nos permiten considerarla una producción de mediados del XVIII.
   Finalmente en la hornacina superior del retablo hay una escultura de la Inmaculada, cuya cronología parece corresponder a la época del retablo, si bien su elevada colocación no nos permite un detallado estudio Su iconografía posee un rasgo duramente criticado por el erudito intérprete del Apocalipsis, Luis del Alcázar, cuando afirma que «la luna situada bajo los pies de la Soberana debe tener sus puntas vueltas hacia abajo, y no hacia arriba como la representan erróneamente algunos artistas», y se ve en esta imagen (María Luisa Cano Navas, El Convento de San José del Carmen de Sevilla. Estudio histórico-artístico. Universidad de Sevilla, 1984).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de Santa Teresa del Niño Jesús, virgen y doctora de la Iglesia
   Carmelita descalza, como Santa Teresa de Ávila, el nombre de Santa Teresa del Niño Jesús puede hacer que se la confunda con Santa Teresa de Jesús, por ello es preferible llamarla Santa Teresa de Lisieux.
   Nació en 1873 en Alençon, a los quince años ingresó en el convento carmelita de Lisieux, en Normandía, donde murió de tuberculosis a los veinticuatro años, en 1897, después de haber escrito su autobiografía, con el título Histoire d'une âme (Historia de un alma. La primera edición apareció en 1898 y había sido "retocada" con intenciones edificantes por la Madre Inés (Agnès) de Jesús. El convento carmelita de Lisieux decidió publicar en 1955 un facsímil del texto original de los cuadernos que caligrafiara la santa).
   Después de mi muerte, decía, "haré llover rosas", es decir, gracias del cielo. Beatificada en 1923 por el papa Pío XI, fue canonizada en 1925.
   En Lisieux se puso bajo su advocación una basílica monumental, y así, la localidad se convirtió en el sitio de peregrinación más popular de Francia, después de Lourdes.
   Es patrona de las carmelitas. Los misioneros la adoptaron como protectora, formando pareja con San Francisco Javier.
   En 1945 fue promovida, después de Juana de Arco, al rango de patrona de Francia.
ICONOGRAFÍA
   Está representada en hábito de carmelita, sostiene en los brazos un crucifijo y un manojo de rosas. Los pétalos de las rosas celestiales se desprenden y caen sobre la tierra en forma de lluvia (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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