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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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viernes, 25 de octubre de 2019

El retablo de los Santos Crispín y Crispiniano (actual de la Borriquita), de Bartolomé García de Santiago, en la iglesia Colegial del Divino Salvador


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el retablo de los Santos Crispín y Crispiniano (actual de la Borriquita), de Bartolomé García de Santiago, en la iglesia del Divino Salvador, de Sevilla.      
   Hoy, 25 de octubre, Memoria, en Soissons, lugar de la Galia Bélgica, actual Francia, de los Santos Crispín y Crispiniano, mártires (c. s. III) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].     
     Y que mejor día que hoy para Explicarte el retablo de los Santos Crispín y Crispiniano (actual de la Borriquita), de Bartolomé García de Santiago, en la iglesia del Divino Salvador, de Sevilla.
     La Iglesia Colegial del Divino Salvador [nº 19 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 44 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la plaza del Salvador, 3 (también tiene acceso por la calle Córdoba, s/n); en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
    Junto al presbiterio se encuentra el retablo de estilo barroco, encargado por el gremio de los Zapateros a Bartolomé García de Santiago y montado por los hermanos José Fernando y Francisco José de Medinilla, realizado en 1730-33, lógicamente estaba dedicado a los santos patronos de dicho gremio, Crispín y Crispiniano de Soissons.
   El retablo fue encargado por el gremio de los Zapateros sustituyendo a uno anterior "de desensia no correspondiente a la que por lo general tienen las capillas de dicha fábrica (del Salvador)"; Fue finalizado en el año 1733 y dos años más tarde se añadió el frontal de madera tallada de la mesa de altar.
   Se trata de un retablo compuesto por mesa de altar, banco, cuerpo principal y remate o ático de formato semicircular. En el banco, la zona central, está ocupada por un Sagrario de potente volumetría que destaca sobre la superficie del retablo y que muestra decoración eucarística a base de espigas de trigo y vides. En el cuerpo principal se sitúa una hornacina central que aloja en su interior a la imagen de del Señor de la Sagrada Entrada en Jerusalén, "La Borriquita"; flanqueando esta hornacina se sitúan dos representaciones de los santos a los que está dedicado este retablo, San Crispín y San Crispiniano; todo este cuerpo principal está comprendido entre dos monumentales estípites en cuya zona inferior muestran figuras de ángeles atlantes.
   Finalmente, el remate presenta sección semicircular en forma de arco rehundido en el que se sitúa un templete-hornacina que aloja en su interior a las representaciones de los Santos Crispín y Crispiniano. La superficie de la mesa de altar y de los cuerpos superiores está decorada por una ornamentación menuda y carnosa basada en elementos procedentes del repertorio barroco y anticipando soluciones que serán desarrolladas bajo la estética rococó. 

   Los dos Santos Crispín y Crispiniano se ubicaban originalmente en la hornacina central del cuerpo principal -donde actualmente se encuentra la imagen - ignorándose qué figuraba en la hornacina del ático. 
   Se trata de la representación de los dos hermanos, Crispín y Crispiniano, que, en esta ocasión, aparecen diferenciados; así, el primero es el que figura en la zona de la derecha, mostrando unas barbas más largas que aluden a su mayoría de edad respecto al segundo, éste - cuyo nombre es un diminutivo del de su hermano- aparece a la izquierda con facciones más jóvenes. Por lo tanto se trata de la imagen más tradicional, una imagen conjunta ya que siempre aparecen emparejados, de estos hermanos que abandonaron su noble familia romana para residir en Soissons como zapateros y donde poder practicar la religión cristiana alejados de las persecuciones de Diocleciano. Sin embargo, el prefecto de Maximiano, Rictiovaro, les arrestaría y les haría sufrir las más terribles de las torturas y suplicios de los que los santos salieron sin daño alguno.      Ambas figuras son representadas como santos mártires, una vez que han vencido las torturas y sufrimientos de sus martirios; es por ello que muestran rostros beatíficos y serenos, actitudes sosegadas -un tanto hieráticas e inexpresivas- y portarían en una de sus manos la palma que alude a sus respectivos martirios y que ha desaparecido en la actualidad.
   Las figuras están ataviadas con indumentaria relacionada con su condición de santos; visten túnica y manto que cubre sus hombros y parte de su cuerpo, decorados profusamente con labores de estofado que representan motivos vegetales de amplias líneas; sobre su cabeza, un halo con perfiles estrellados manifiesta la santidad de las figuras (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de los Santos Crispín y Crispiniano, mártires;
LEYENDA
   Estos dos santos legendarios entran en la categoría hagiográfica tan numerosa de los santos emparejados, del tipo de Cosme y Damián, Gervasio y Protasio.
   Para huir de las persecuciones de Diocleciano, los dos hermanos, procedentes de una noble familia romana, se instalaron en Soissons donde aprendieron el oficio de zapateros.
   Atraían a los pobres a la fe cristiana, y les fabricaban zapatos de forma gratuita.
          Tous deux, pour un métier, quitterènt leur famille
          Et furent cordonniers pour prêcher l'Evangile.
          (Los dos por un oficio dejaron su familia / Y fueron zapateros para predicar el Evangelio.)

   Arrestados en su taller por orden del emperador Maximiano, los zapateros anargiros fueron entregados al prefecto Rictiovaro que les infligió toda la gama de los suplicios tradicionales en las Pasiones de los mártires.
   Después de haberlos suspendido del patíbulo y quebrado las piernas a garrotazos, los torturadores les sajaron las espaldas para quitarle largas bandas de piel, luego les hundieron leznas bajo las uñas de las manos. Pero las leznas escaparon de sus dedos martirizados para hundirse como flechas en la carne de los desolladores, que huyeron dando gritos de dolor.
   Esos suplicios, que parecen hechos a propósito para zapateros, fueron seguidos de muchos otros del modelo corriente, que podrían llamarse suplicios generales. Rictiovaro los hizo arrojar al río Aisne desde lo alto de un puente, con una muela de molino atada al cuello, un verdugo se esforzó en vano tratando de sumergirlos con ayuda de una larga pértiga; no obstante las piedras se desataron, y el agua helada se convirtió, como por encanto, en un baño tibio: los mártires ganaron a nado la orilla opuesta.
   Otra vez en manos del perseguidor, fueron atiborrados de plomo fundido que les echaron por la boca, después sumergidos en un caldero de aceite hirviendo. Una gota del líquido ardiente salpicó el ojo de Rictiovaro que enloquecido por el dolor cayó en el fuego. Al fin les cortaron la cabeza.
   Sus cadáveres fueron arrojados al vertedero de basuras para que los devorasen los perros y animales carroñeros, pero las bestias, escrupulosas, se abstuvieron de tocarlos, respetaron sus cuerpos santos.
   Muchos rasgos de esta leyenda se copiaron de la Passio de otro mártir de Picardía, san Quintín, e incluso de la leyenda paralela de los dos médicos anargiros  Cosme y Damián.
   Todas las escenas que se ven representadas en detalle en una vidriera del siglo XVI, donada por la cofradía de los zapateros a la iglesia de Nôtre Dame de Bourg en Bresse, han sido popularizadas por el teatro de los Misterios. Los artistas han ilustrado literalmente esas piadosas rapsodias.
          Le bourreau les fit dépouiller tous nus 
          Et prende haut par les aiselles,
          De verges battre et férir.
          Puis leur fit mettre en chacun doigt
          Puis, apres, pour les mettre afin,
          Si leur fit meules de moulin
          Mettre à leurs cols,
          Les fit jeter a la riviere
         Qui était gelé e forment,
         Mais comme ce fut en chantement,
         Devint chaude comme eau de bain
         Et en issirent hors tout sains.
   (El verdugo los hizo desnudar / Y colgar alto por las axilas / Azotar y herir con varas. / Luego les hizo meter leznas en los dedos; / Pero (los santos) ni se dieron cuenta. / Después, para acabarlos / Hizo que piedras de molino / Pusieran en sus cuellos, / Los hizo echar al río / Que estaba muy helado / Pero como si fuese encantamiento / Se volvió caliente como un baño / y salieron de él sanos y salvos.)
CULTO
   Bajo la ocupación inglesa, hacia 1430, el duque de Bedford, regente del reino, confirmó los privilegios de "la cofradía de  los benditos y gloriosos mártires, señores San Crispino el Grande y San Crispino (Crispiniano) el Pequeño" que tenían una capilla en Nôtre Dame de París puesta bajo su advocación.
   La abadía de Saint Crépin le Grand, en Soissons, fue incendiada en 1567 por los hugonotes.
   San Crispino y San Crispiniano son patrones, no sólo de Soissons sino también de Osnabrück, en Westfalia, adonde Carlomagno habría hecho transportar las reliquias. En el siglo XV también se volvieron muy populares en Inglaterra, puesto que que en el día de su fiesta los ingleses consiguieron la victoria de Azincourt. Por esa razón, después de la Reforma se conservaron sus nmbres en el calendario anglicano.   
   Su popularidad universal se debe sobre todo al hecho de ser patrones de los zapateros, y por extensión, de todas las corporaciones que trabajan el cuero: curtidores,talabarteros, guanteros.
   En Lieja se estableció una jerarquía entre los hermanos: San Crispino patrocinaba a los zapateros, San Crispiniano a los zapateros remendones.
   Como santos curadores, eran invocados contra los cólicos infantiles, a causa  del tranchiet (chaira) con que cortaban el cuero, y, claro está, por la afición a los juegos de palabras en la Edad Media.
ICONOGRAFÍA
   Los artistas de la Edad Media no tuvieron en cuenta el significado de sus nombres en latín: "de cabellos crespos, rizados".
   Ambos santos, siempre asociados, están representados con herramientas de zapateros, cortando cuero con la chaira (Schustermesser), o cosiendo con la hebra untada que tiran con una lezna.
   A veces las leznas están hundidas bajo las uñas de las manos, en alusión a sus martirios.
   Crispino casi siempre es más viejo y grande que Crispiniano, su diminutivo (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).   
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jueves, 24 de octubre de 2019

El relicario de San Antonio María Claret, anónimo, en la Capilla de las Doncellas, de la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el relicario de San Antonio María Claret, anónimo, en la Capilla de las Doncellas, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.    
     Hoy, 24 de octubre, Memoria de San Antonio María Claret, obispo, que, ordenado presbítero, durante varios años se dedicó a predicar al pueblo por las comarcas de Cataluña, en España. Fundó la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María y, ordenado obispo de Santiago de Cuba, trabajó de modo admirable por el bien de las almas. Habiendo regresado a España, tuvo que soportar muchas pruebas por causa de la Iglesia, y murió desterrado en el monasterio de monjes cistercienses de Fontfroide, cerca de Narbona, en el mediodía de Francia (1870) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
      Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el relicario de San Antonio María Claret en la Capilla de las Doncellas, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, calle Cardenal Carlos Amigo, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
     En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Capilla de las Doncellas [nº 059 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; García de Gibraleón fundó, en 1535, en esta capilla de la "Anunciata", o de la Encarnación, una institución asistencial para doncellas pobres, por lo que se llamó también "de las Vírgenes" (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
   En la Capilla de las Doncellas de la Catedral de Santa María de la Sede encontramos el relicario de San Antonio María Claret, pieza anónima sevillana datable entre 1870-1925, adscrita al movimiento artístico del Neobarroco, realizado mediante la técnica del repujado, conjugando los materiales vidrio, metal y tejido, y que recuerda por su forma a un portapaz o una pequeña sacra. El cuerpo central está formado por temas de roleos, "ces" y flores que enmarcan un óvalo central en el que contiene la reliquia, identificada con el nombre del santo a quien corresponde. El conjunto, con unas medidas de 19 x 12,5 x 2 cms., se remata con una cruz (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Biografía de San Antonio María Claret, obispo;
     San Antonio María Claret, (Sallent, Barcelona, 23 de diciembre de 1807 – Fontfroide, Francia, 24 de octubre de 1870). Misionero, escritor, fundador, arzobispo, confesor de Isabel II, santo.
     Nació en una familia de honda fe cristiana y fue el quinto de once hijos de Juan Claret y su consorte Josefa Clará. En el bautismo se le impuso el nombre de Antonio, pero en 1850, al ser consagrado obispo, añadiría a ese nombre el de María, porque —decía— “María Santísima es mi madre, mi madrina, mi maestra, mi directora y mi todo después de Jesús”.
     Ya desde su niñez bebió y respiró la piedad y mostró inteligencia despierta y buen corazón. A los cinco años, en lugar de dormir, pensaba en la eternidad: en la gloria de los que se salvan y en la desdicha de los que se condenan, y deseaba salvar a los pecadores de una eternidad desgraciada. Esta idea —decía— “es la que más me ha hecho y me hace trabajar aún, y me hará trabajar mientras viva, en la conversión de los pecadores”.
     Mientras la Guerra de la Independencia saturaba de patriotismo el ambiente, Antonio recibió una buena formación religiosa en el hogar, la escuela y la iglesia, ayudado por excelentes maestros. Ellos hicieron crecer en él los sentimientos de fe y caridad que marcaron su existencia. Dos grandes devociones marcaron su infancia abierta al mundo y a las cosas de Dios: la Eucaristía y la Virgen. Ya entonces se abrió paso en su mente una ilusión y un ideal fascinantes: ser sacerdote y apóstol, pero ésa sería una empresa difícil.
     Cumplidos los doce años (1818) y concluidos los estudios primarios, su padre le mandó que le ayudara en el taller de hilados y tejidos de algodón que tenía en su propia casa, y Antonio reveló bien pronto su talento, afición y destreza en el oficio.
     A los diecisiete años (1825), con el fin de perfeccionarse en ese oficio, pidió a su padre que le dejara ir a Barcelona, que era un punto de atracción para numerosos jóvenes. Allí se matriculó en la Lonja y estudió Gramática castellana y francesa, trabajando de día y estudiando de noche. Su afición, talento y tesón eran grandes y se convirtió en un técnico y un maestro en el arte textil. Seguía siendo un buen cristiano, pero su corazón se apegó tanto al trabajo que no le dejaba vivir ni rezar. En esa época —confiesa— “me enfrié mucho en el fervor que tenía cuando estaba en mi pueblo” y “durante la misa tenía más máquinas en la cabeza que santos había en el altar”. Su fama se propagó en la ciudad y algunos empresarios, admirados de su competencia, le propusieron fundar una compañía textil de la que Claret sería el jefe y director técnico. Pero él rechazó la propuesta aduciendo dos pretextos: su corta edad y su baja estatura. La razón última la dará más tarde: “Dios le quería eclesiástico y no fabricante”. Tres episodios le golpearon en esa época. Un día, en la playa de la Barceloneta, una ola gigantesca lo arrastró mar adentro y, no sabiendo nadar, estuvo a punto de morir ahogado, y, habiendo invocado a la Virgen, sin saber cómo, se vio en la orilla, sano y salvo y con la ropa totalmente seca. Un falso amigo, con quien jugaba a la lotería, tras haber ganado una fuerte suma de dinero, se lo robó todo para jugárselo y, cuando lo perdió, robó unas joyas de valor que también perdió en el juego. Siguiendo el rastro de las joyas, la policía lo detuvo y lo encarceló; y muchos pensaron que también Claret era cómplice de esas fechorías. Otro día fue a visitar a un amigo, que estaba ausente, y la dueña de la casa lo acosó e intentó detenerle, pero él se deshizo de aquella mujer y no volvió jamás a aquel lugar. Estas experiencias crearon en su corazón una gran decepción por las cosas del mundo, las amistades y las riquezas.
     Más tarde, durante la misa, evocó esta frase del Evangelio: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?”. Esta sentencia fue una saeta que le hirió el corazón y la pasión por los telares se fue apagando. Antonio expuso su situación con un sacerdote de san Felipe Neri, quien le oyó, celebró su resolución y le aconsejó que estudiara latín.
     El joven tomó la decisión de hacerse cartujo y así se lo comunicó a su padre, quien le dijo que prefería que fuera sacerdote secular. Al enterarse el obispo de Vic, quiso conocerlo. Antonio, a sus veintiún años, estaba decidido a ser sacerdote y con esa edad entró en el seminario (1829).
     En Vic fue seminarista externo, viviendo como fámulo en la casa del sacerdote Fortián Bres, mayordomo del obispo. Antonio destacó enseguida por su aplicación al estudio y, sobre todo, por su piedad.
     Bajo la dirección del padre Pedro Bach, reincidió en la idea de hacerse cartujo y se marchó al monasterio de Montealegre; pero en el camino le sorprendió un fuerte aguacero y le dio una sofocación. Al comprobar que su salud era frágil, comprendió que Dios no le quería monje cartujo y regresó a Vic.
     El ambiente del seminario era excelente y la formación sólida y esmerada. El fervor fue en aumento y, con él, también su progreso espiritual. Claret leía y meditaba con fruición la Palabra de Dios y oraba intensamente.
     Y esa rica experiencia le fue impulsando de forma irresistible a buscar el camino de las misiones.
     A los veintisiete años, el 13 de junio de 1835, el obispo de Solsona, Juan José Tejada, le ordenó de presbítero y su primer destino fue la parroquia de su villa natal (1835-1839).
     La situación política española era complicada tras la muerte de Fernando VII. Los liberales se hicieron con el poder (1835) y con él llegó la quema de conventos y la matanza de los frailes, la exclaustración de los religiosos y la desamortización de Mendizábal.
     Contra ese desorden se levantaron las provincias de Navarra, Cataluña y el País Vasco, estallando la guerra civil entre carlistas e isabelinos. Pero Claret no era un político, sino un apóstol, y con intrépida fortaleza se entregó en cuerpo y alma a su ministerio. Su acción pastoral fue intensa y su caridad sin confines. Esa experiencia le llevó a descubrir horizontes más amplios para dar pábulo a sus ansias misioneras. Tras haberlo consultado, decidió ir a Roma a presentarse a Propaganda Fide para ser enviado a predicar el Evangelio a cualquier parte del mundo.
     A sus treinta y un años (septiembre de 1839), a pie, sin dinero y con un pobre hatillo, emprendió viaje hacia lo desconocido. Atravesó los Pirineos, llegó a Marsella y allí tomó un vapor hasta Civitavecchia y luego una diligencia que le llevó a Roma. En la ciudad eterna iba a encontrar su primer fracaso: la ausencia del cardenal Franzoni, que quebró de golpe su sueño misionero.
     Claret, sin el menor desánimo, aprovechó la ocasión para hacer ejercicios espirituales con un padre jesuita y éste le invitó a pedir el ingreso en el noviciado de la Compañía de Jesús. En el noviciado todo era paz, alegría y fervor; pero a los pocos meses (febrero de 1840), “a causa de las muchas lluvias y humedades de aquel año”, le sobrevino un fuerte dolor reumático en la pierna derecha, que casi le dejó paralizado y los médicos temieron la parálisis total. Al fin vio claro que Dios no le quería ni misionero ad gentes ni jesuita. Habían pasado cuatro meses, en los que hizo acopio de grandes experiencias, y, al final, aconsejado por el padre general, tuvo que abandonar el noviciado.
     Al regresar a España, fue destinado como coadjutor a Viladrau, en la provincia de Gerona. En ese pueblo se dedicó con entusiasmo al ministerio sagrado; pero la falta de médicos, que habían huido a causa de la guerra, le obligaron a ejercer la medicina. A su casa llegaban todos los días muchos enfermos del pueblo y de la comarca, a quienes curaba con hierbas y oraciones, logrando aliviar sus dolores. Luego emprendió con ahínco su ministerio de predicador; y sucedía que, cuando se ausentaba, muchos enfermos fallecían y, al regresar, la gente le recriminaba su modo de proceder.
     En esta posición incómoda, se percató de que no había nacido para ser médico o curandero. Su vocación eran las misiones: sería un evangelizador itinerante. Expuso la cuestión al prelado y éste le destinó a la predicación, urgente en aquella época en la que el liberalismo minaba la fe y cortaba las alas a la esperanza.
     A sus treinta y tres años, en julio de 1841, recibió de Roma el título de “misionero apostólico”, que le destinaba al anuncio del Evangelio al estilo de los apóstoles.
     Desde entonces su único oficio sería misionar. La ciudad de Vic se convertiría en su cuartel general y su centro de irradiación para todo el Principado catalán.
     Siempre a pie, con un mapa de Cataluña forrado de lienzo, un simple hatillo y un breviario, caminaba con paso ligero con lluvias y nieves o con soles abrasadores.
     Se juntaba con arrieros y otra gente y les iba explicando la doctrina cristiana, y muchos se convertían.
     En sus misiones, las catedrales y las iglesias de muchos lugares reventaban de gente cuando predicaba el padre Claret. De él corrían de boca hechos prodigiosos, pero sobre todo se comentaban sus grandes virtudes y la fuerza de su palabra arrebatadora. No le faltaron enemigos que le calumniaron y obstaculizaron su labor misionera; pero su temple de acero todo lo resistía con gran serenidad y paciencia.
     Del joven misionero decía un testigo: “Su conducta privada es intachable, sus costumbres edificantes, sus obras conformes a su lenguaje de ministro del Evangelio; su abnegación y desinterés completo [...] La vida penitente, mortificada, laboriosa es de un verdadero misionero apostólico. Viaja siempre a pie y sin provisión de comida ni vestidos; lo sabe y lo publica la gente en Cataluña y aun en otras provincias”. Así cobró renombre y fama de predicador infatigable. Sus sermones tenían la marca de la misericordia: “Poco terror, suavidad en todo”.
     Además de las misiones, el padre Claret predicaba ejercicios espirituales al clero y a las religiosas. Todos los que le conocieron afirmaban que era un hombre incansable. Cuando alguien le invitaba a detenerse un poco porque estaba sudando, él respondía con aire festivo: “Yo soy como los perros, que sacan la lengua, pero nunca se cansan”.
     Buen escrutador de los signos de los tiempos, al ir misionado, captó el delirio de la gente por la lectura y su enorme eficacia: “Uno de los medios que la experiencia me ha enseñado ser más poderoso para el bien es la imprenta —decía—, así como es el arma más poderosa para el mal cuando se abusa de ella”. “No todos pueden escuchar sermones... pero todos pueden leer.” A lo largo de su vida escribió alrededor de veinte mil páginas. Entre sus obras destacan: los Avisos (a toda clase de personas), el Camino recto (1843) —el libro de piedad más leído del siglo XIX—, el Catecismo explicado (1848), El colegial instruido (1860-1861) y su Autobiografía (1861-1862).
     Convencido de que “los libros son la comida del alma” y “la mejor limosna que se puede hacer”, en 1847, junto con sus amigos José Caixal y Antonio Palau, fundó la Librería Religiosa, una editorial de gran alcance y prestigio, que difundió decenas de miles de libros, opúsculos y hojas volantes.
     Pero Claret no era sólo predicador y escritor; era también un gran propagandista de objetos piadosos y formativos: rosarios, medallas, libros, folletos y hojas sueltas. Jamás cobraba nada por la edición y venta de sus libros; al contrario, invertía en ello conspicuas sumas de dinero, procedentes en parte de los donativos que recibía de personas de bien a quienes implicaba en la obra de difusión de la verdad evangélica.
     En 1847 escribió los estatutos de la Hermandad del Santísimo e Inmaculado Corazón de María y Amantes de la Humanidad, compuesta por sacerdotes y seglares, hombres y mujeres, y destinada al apostolado directo en el campo religioso, social, de propaganda, etc. Esta iniciativa daría origen a los seglares claretianos, empeñados en la difusión de la verdad en la Iglesia en el mundo.
     La rebelión de los “matinés” o madrugadores en 1847 frenó las misiones de Claret en Cataluña, pero la Providencia vino en su ayuda. El obispo de Canarias, Buenaventura Codina, le invitó a misionar en su diócesis, y el 6 de marzo de 1848 salía del puerto de Cádiz hacia las islas afortunadas. Tenía cuarenta años y estaba pletórico de energías para afrontar cualquier tipo de trabajo. Su voz mansa y firme resonó en aquellas islas, desde Gran Canaria hasta Lanzarote, y el milagro de Cataluña se volvió a repetir. Se vio obligado a predicar en las calles, en las plazas y en el campo, entre multitudes que lo acosaban por todas partes. Allí tuvo una grave pulmonía, pero no cesó de trabajar. A petición del obispo, sacó tiempo incluso para escribir un precioso Catecismo brevísimo con los rudimentos de la doctrina cristiana (1848). En menos de quince meses de misión (marzo de 1848- mayo de 1849) dejó tras de sí un dulce aroma de santidad, que aún perdura, y además conversiones, profecías y prodigios sin cuento. Los canarios despidieron al “Padrito” con lágrimas en los ojos y añoranza en el corazón; y también él dejó un hermoso testimonio de su amor agradecido: “Estos canarios me han robado el corazón”. En los primeros días de mayo de 1849 regresaba a la Península en el vapor Magdalena.
     La experiencia canaria marcó un hito en la vida misionera de Claret. Allí había visto la gran escasez de evangelizadores y el hambre de la gente por oír la palabra evangélica. Inspirado por el Señor, decidió crear un instituto misionero; y el 16 de julio de 1849, a las tres de la tarde, en una celda del seminario de Vic, fundaba la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María con cinco jóvenes sacerdotes, cuya edad oscilaba entre los veintisiete y los treinta y siete años: Esteban Sala, José Xifré, Manuel Vilaró, Domingo Fábregas y Jaime Clotet. Todos tenían el mismo espíritu del que él se sentía animado: “Hoy comienza una gran obra” —dijo el fundador—; y quiso que los misioneros “fuesen y se llamasen Hijos del Corazón de María” y que, centrados en Jesucristo, ardieran en caridad y abrasaran por donde pasaran, trabajando, sufriendo y procurando siempre y únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación del mundo. Hoy más de tres mil miembros realizan su labor evangelizadora y de promoción social en sesenta y cinco países de los cinco continentes.
     En esta misma época daría origen también a una institución que entonces parecía revolucionaria: las Religiosas en sus casas o las hijas del Inmaculado Corazón de María, mujeres consagradas en el mundo para ser “levadura de sabiduría” bajo el estímulo y el amparo de la Virgen en su doble dimensión contemplativa y activa.
     Con el tiempo (1943) se convirtieron en el floreciente instituto secular Filiación Cordimariana. A sus cuarenta y dos años (1849), un evento insospechado puso en peligro la pervivencia de la congregación recién fundada. El padre Claret recibió con gran sorpresa el nombramiento de arzobispo de Santiago de Cuba (territorio perteneciente a la Corona de España). Sus reiteradas renuncias fueron inútiles, y, al fin, en el mes de octubre, se vio obligado a aceptar. Sólo la obediencia le pudo doblegar, “pero en el supuesto —decía— de que pudiera así dar más pábulo a la caridad, al amor a Dios y a mis prójimos en que quiero abrasarme”. El 6 de octubre de 1850 fue consagrado por el obispo Casadevall en la catedral de Vic, y antes de embarcarse, viajó a Madrid para recibir el palio de manos del nuncio Brunelli.
     La despedida en Barcelona (28 de diciembre) resultó apoteósica: un inmenso gentío se congregó en el muelle para desearle un viaje feliz. En la travesía aprovechó la oportunidad para dar una misión a bordo a los pasajeros, a los oficiales y a la tripulación.
     El 16 de febrero de 1851 desembarcaba en Santiago de Cuba, donde le esperaban seis años (1851-1857) de muchas alegrías y de fatigas, trabajando sin cesar, misionando y sembrando el amor y la paz en aquella tierra en la que la discriminación racial y la injusticia social reinaban por doquier. La diócesis necesitaba la guía de un pastor, desde que el arzobispo Alameda (futuro cardenal de Toledo) se ausentó hacía catorce años (1837).
     Claret fue un arzobispo misionero por excelencia. Renovó y promovió todos los aspectos de la vida eclesial y social: clero, seminario, educación de niños, jóvenes y adultos. Allí la esclavitud, oficialmente abolida, seguía en todo su auge; y él se enfrentó a los capataces, arrancándoles el látigo de las manos y exclamando: “blancos y negros, todos somos iguales a los ojos de Dios”. Allí, el arzobispo libró una larga y dura batalla en defensa de los más necesitados de justicia y dignidad.
     Con su capacidad de inventiva y organización y su gran sentido práctico, unido a un dinamismo arrollador, regeneró toda la diócesis. Fundó instituciones religiosas y sociales para niños y mayores, creó escuelas técnicas y agrícolas, construyó centros de acogida y de enseñanza para niños y ancianos. Visitó tres veces su inmensa diócesis. Lo hizo casi siempre a pie, o a lomo de mula para salvar las distancias. “En sus excursiones —decía un periodista— no le detiene ni el sol, ni el agua, ni la hora, ni la distancia, ni ninguna otra cosa semejante.” Con energía y prudencia logró la reforma del clero, que había perdido el fervor primero y se hallaba en una penosa situación material, científica y moral, y el seminario, en el que hacía más de treinta años que no se ordenaba ni un solo sacerdote.
     Para los campesinos pobres, artesanos y pequeños propietarios, dio vida a una institución genial: las Cajas de Ahorros, que implantó en todas las parroquias.
     En las cárceles, para los presos, puso escuelas y talleres de artes y oficios, “porque la experiencia enseñaba —decía— que muchos se echaban al crimen porque no tenían oficio ni sabían cómo procurarse el sustento honradamente”.
     En orden a la promoción económico-social, con sus propios ahorros creó en Puerto Príncipe la Casa de Caridad o Granja Agrícola (1855) para viejos pobres y niños abandonados. Era escuela, hogar y taller. Todo ello lo costeaba él.
     Para la educación de la niñez y de la juventud, fundó con la madre María Antonia París en 1855 el Instituto de Religiosas de María Inmaculada Misioneras Claretianas, que, en número de 650, fieles a su lema de “enseñar a toda criatura la ley santa del Señor”, actúan en varios continentes.
     “El Señor —decía— me ha dado un amor entrañable a los pobres”; y ellos eran el objeto de sus preferencias.
     En este campo, su labor se orientó en tres direcciones: ayuda material inmediata, promoción formativa y económica y acción evangelizadora. Para los campesinos escribió el precioso librito formativo titulado Las delicias del campo (1855).
     La tarea fue dura y también la persecución. Los políticos y los corruptos se unieron para perseguir al arzobispo combativo que daba la vida por defender a los explotados y a los oprimidos. El 1 de febrero de 1856 sufrió un atentado sangriento en Holguín. Al salir de la iglesia, donde había predicado un fervoroso sermón, un sicario de origen tinerfeño, Antonio Abad Torres, al que había sacado poco antes de la cárcel, le agredió sin piedad.
     Al anochecer, cerca de la iglesia, intentó degollarle con una navaja de afeitar, produciéndole una gran herida en la mejilla izquierda, “desde frente a la oreja hasta la punta de la barba”, y, de refilón, le hirió también en el brazo derecho. La herida pudo haber sido mortal. Sólo la Providencia le salvó de una muerte segura. Al volver en sí, dijo que perdonaba al agresor “como cristiano, como sacerdote y como arzobispo”, y, además, pidió que le sacaran de la isla para evitar un linchamiento, ofreciéndose a pagarle el viaje. Sus enemigos volverían a intentarlo, pero no lo consiguieron.
     En América, “viña joven”, dejó Claret mucho trabajo, sudor y mucha sangre. Al cabo de seis años, el 18 de marzo de 1857, le entregaron un despacho urgente del general Concha diciéndole que la Reina le llamaba a Madrid. Enseguida preparó el viaje y, tras haber celebrado la Semana Santa en La Habana, donde despertó gran entusiasmo, se embarcó en el vapor Pizarro y llegó a Cádiz, y luego, el 26 de mayo, a Madrid. Aquí Isabel II le dijo que le había elegido confesor y director de su conciencia. Él, con cierta repugnancia, aceptó ese cargo, pero impuso varias condiciones: no vivir en palacio, no implicarle jamás en enredos políticos ni obligarle a guardar antesalas y gozar de la debida libertad para ejercer su misión apostólica.
     Tenía ya casi cincuenta años y su salud le permitía seguir trabajando a lo grande. Sin embargo, él mismo reconocía que no había nacido para cortesano y así se lo decía a sus amigos: “Yo no tengo genio de político, ni de cortesano, ni de palaciego”; “Mire usted qué papel tan peregrino hago: cortesano y misionero a la vez”.
     En once años de permanencia en Madrid, con suma paciencia logró domeñar el corazón noble, pero algo indómito, de la Reina y reformar el ambiente cortesano.
     Su actividad evangelizadora fue intensísima. Su voz resonó con fuerza en casi todas las iglesias y conventos de la capital. Sus actividades fueron prodigiosas, e incontables los sermones al pueblo y los ejercicios al clero en diversos barrios de la capital, con una asistencia masiva.
     En la Corte se dedicaba a visitar a los enfermos, a los presos y sobre todo a socorrer a los pobres que llegaban a su casa diariamente. “La multitud de pobres me comen vivo”, decía. Por eso ahorraba avaramente.
     Era pródigo y se guiaba por este criterio evangélico: “Comer poco para tener más que dar a los pobres”. En cierta ocasión empeñó su pectoral de plata para poder socorrer a un enfermo. Todos los días por la tarde predicaba, visitaba hospitales y cárceles, colegios y conventos.
     Una de sus obras más geniales, que ideó en Cuba y plasmó luego en Madrid, fue la fundación de la Academia de San Miguel (1858), una asociación apolítica y universal, formada por seglares comprometidos —escritores, artistas y propagandistas— con el fin de combatir los errores y los vicios con la verdad y las virtudes. De esa asociación formaron parte un buen grupo de escritores y artistas españoles. En nueve años, la Academia publicó varios libros y promovió la propaganda religiosa.
     En 1864 crearía también las Bibliotecas populares y parroquiales, regidas y atendidas por seglares, que habían de tener una proyección apostólica, porque “en estos últimos tiempos —afirmaba— parece que Dios quiere que los seglares tengan una gran parte en la salvación de las almas”. Ya en su primer año de existencia, esta institución contaba con cuarenta y siete centros y tenía en circulación doce mil volúmenes.
     Nombrado protector de la iglesia y hospital de Monserrat, en Madrid, en 1859, atendió con esmero a los enfermos y restauró la iglesia material y espiritualmente.
     El mismo año Isabel II le nombró presidente del monasterio de El Escorial para que se ocupara de su restauración, debido al lastimoso estado en que había quedado a raíz de la exclaustración (1835). Claret desempeñó este cargo durante nueve años (1859- 1868); y ahí demostró una vez más su extraordinaria capacidad de iniciativa y su talento organizador, convirtiendo el monasterio, de palacio y panteón de reyes, en un centro importante de culto y de estudio.
     Todo lo restauró material y espiritualmente. Creó un colegio y un seminario modelo, con aire de universidad eclesiástica, en el que había una escolanía y banda de música, estudios de humanidades, lenguas clásicas y modernas, ciencias naturales, arqueología, además de los estudios filosóficos, teológicos, bíblicos y patrísticos. En esta empresa contó con la ayuda de excelentes colaboradores.
     En la Corte se sentía a disgusto, como un “pájaro enjaulado” o como “un perro atado a un poste”. Y decía: “No tengo reposo, ni mi alma halla consuelo sino corriendo y predicando”. Pudo dar cumplido desahogo a esas ansias en las giras de la Corte por España, evangelizando todas las regiones con una actividad muy intensa. El viaje más largo (cuarenta y nueve días) y más intenso tuvo lugar por Andalucía y Murcia en el otoño de 1862. El confesor llegó a predicar en él doscientos cinco sermones en catedrales, iglesias, conventos y hospitales, despertando admiración y entusiasmo por doquier. En algunas ocasiones llegó a predicar hasta diez o doce sermones en un solo día. En esa gira, según un testigo, repartió ochenta y cinco arrobas de propaganda religiosa. “En estos viajes —decía—, la reina reúne a las gentes y yo les predico.” Uno de los mejores servicios que prestó a la Iglesia, desde su cargo de confesor de la Reina, fue su activa y prudente intervención en el nombramiento de obispos, sugiriendo al nuncio los sacerdotes más cultos y ejemplares. Así consiguió un episcopado compacto y aguerrido, en orden a promover la reforma de la Iglesia tal como él la proponía en la obrita Apuntes de un plan para conservar la hermosura de la Iglesia (1857).
     En la España del siglo XIX fue el astro central de una gran constelación de fundadores y fundadoras, interviniendo con desinterés y sabiduría en asuntos de dirección espiritual o en el inicio y consolidación de numerosos institutos religiosos.
     No es extraño que un hombre tan influyente como Claret, que arrastraba a las multitudes, se concitara también las iras de los enemigos de la Iglesia. Fueron muchos los atentados que sufrió, la mayor parte frustrados por la conversión de los asesinos. Pero fue peor la campaña difamatoria montada a gran escala en toda España para desacreditarlo ante la gente sencilla. Se le acusó de influir en la política, de pertenecer a la “camarilla” de la Reina, de zafio, glotón, obsceno, ambicioso, ladrón y cobarde. Aunque le instaban a defenderse, él quiso callar, contento de sufrir algo por Jesucristo.
     El 15 de julio de 1865, el Gobierno en pleno se reunía en La Granja para arrancar a la Reina su firma del reconocimiento del reino de Italia, lo cual equivalía a la aprobación del expolio de los Estados Pontificios.
     La Reina, engañada, firmó ese atropello y Claret no quiso hacerse cómplice permaneciendo en la Corte.
     Con el fin de aquietar su conciencia en aquella delicada situación, se dirigió a Roma. Allí el papa Pío IX le consoló y le pidió que regresara a la Corte, y la Reina se alegró inmensamente de su retorno. A pesar de ello, no cesaron las calumnias y las persecuciones.
     El 18 de septiembre de 1868, tras el levantamiento de Cádiz, triunfó la revolución y la Reina perdió la Corona. Con la batalla de Alcolea, caía Madrid, y la revolución se extendió por toda España. El día 30, la Familia Real, con pocos cortesanos y el confesor de la Reina, buscó refugio en Francia, primero en Pau y luego en París.
     Claret vivió serenamente en la capital francesa, dedicándose a predicar, confesar, escribir y educar al príncipe Alfonso y a las infantas, sin descuidar en ningún momento las dos congregaciones por él fundadas.
     Tras la predicación cuaresmal de 1869, dejó establecidas en París las “Conferencias de la Sagrada Familia” en favor de los emigrantes españoles y latinoamericanos.
     El 30 de marzo de ese año se separó definitivamente de la ex Reina y se trasladó a Roma.
     En la ciudad eterna siguió realizando las mismas obras apostólicas y prestando ayuda en la preparación del Concilio Vaticano I. Ese evento eclesial, que contó con 774 Padres, se inauguró en la fiesta de la Inmaculada.
     Una de las cuestiones más debatidas fue la infalibilidad pontificia. En defensa de ella se alzó en la basílica vaticana la voz fervorosa de Claret el 31 de mayo de 1870: “Traigo la estigma o las cicatrices de nuestro Señor Jesucristo en mi cuerpo, como veis en la cara y en el brazo —dijo, aludiendo a las heridas de Holguín—. ¡Ojalá pudiese yo consumar mi carrera confesando y diciendo de la abundancia de mi corazón esta grande verdad: creo que el Sumo Pontífice romano es infalible!”. Él es el único Padre conciliar que ha sido canonizado.
     Acompañado por el padre Xifré, superior general de la congregación, el 23 de julio de 1870 llegaba el arzobispo a Prades, en el Pirineo francés. Los misioneros, desterrados también por la revolución, recibieron con inmensa alegría al fundador, ya enfermo y convencido de la inminencia de su muerte. Hasta allí llegó la mano de los perseguidores, que no le dejaron en paz. El 5 de agosto llegaba una mala noticia: el Gobierno español quería encarcelarle y el santo tuvo que huir, con un hatillo de misionero, refugiándose en el monasterio cisterciense de Fontfroide (Aude).
     En aquel cenobio, a doce kilómetros de Narbona, fue acogido por los monjes con gran alegría. Allí le cuidaron con todo cariño los padres Jaime Clotet y Lorenzo Puig. En la noche del 4 al 5 de octubre tuvo un ataque de apoplejía y el 8 hizo la profesión religiosa y recibió los últimos sacramentos. Finalmente, el 24 de octubre, entre plegarias y suspiros, el gran misionero del siglo XIX se durmió suavemente en el Señor: un santo eminentemente eucarístico y mariano, evangelizador infatigable, luchador incansable de la causa de Dios y del hombre y gran apóstol del rosario.
     Sobre su tumba se esculpieron estas palabras de san Gregorio VII: “Amé la justicia y odié la iniquidad, por eso muero en el destierro”. En 1897 sus restos se trasladaron a Vic, donde hoy se veneran. El 25 de febrero de 1934, el papa Pío XI le declaró beato, y Pío XII, el 7 de mayo de 1950, le canonizaba como santo. El humilde misionero apareció en la gloria de Bernini, mientras las campanas de la basílica de San Pedro alzaban al cielo un canto de gloria en su honor (Jesús Bermejo Jiménez, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
   Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el relicario de San Antonio María Claret, anónimo, en la Capilla de las Doncellas, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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miércoles, 23 de octubre de 2019

La pintura "San Juan de Capistrano", de Herrera el Viejo, en la bóveda del crucero de la Iglesia conventual de San Buenaventura


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura de San Juan de Capistrano en la bóveda del crucero de la Iglesia conventual de San Buenaventura, de Sevilla.    
   Hoy, 23 de octubre, Memoria de San Juan de Capistrano, presbítero de la Orden de Hermanos Menores, que luchó en favor de la disciplina regular, estuvo al servicio de la fe y costumbres católicas en casi toda Europa, y con sus exhortaciones y plegarias mantuvo el fervor del pueblo fiel, defendiendo también la libertad de los cristianos. En la localidad de Ujlak, junto al Danubio, en el reino de Hungría, descansó en el Señor (1456) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la pintura "San Juan de Capistrano", de Herrera el Viejo, en la bóveda del crucero de la Iglesia conventual de San Buenaventura, de Sevilla.
     La Iglesia del Convento de San Buenaventura se encuentra en la calle Carlos Cañal, 13; en el Barrio del Arenal, del Distrito Casco Antiguo.
   El Colegio franciscano de San Buenaventura, situado en el ámbito del desparecido convento Casa Grande de San Francisco de Sevilla y cuyos orígenes datan de 1600, fue instituido como centro de altos estudios teológicos de la orden, constituyendo la única institución de estas características de los franciscanos en España, durante la primera mitad del siglo XVII. En el año 1626, los alarifes Juan Bernardo de Velasco y Juan de Segarra conciertan la realización de la decoración estucada de la iglesia del colegio, diseñada por Francisco de Herrera “el Viejo”, quien, entre 1626 y 1627, acometía las pinturas murales de las bóvedas: retratos, empresas morales y escudos. El rico repertorio ornamental y figurativo que decora las bóvedas de este templo, presenta un programa intelectual y religioso de gran profundidad, entroncado en los principios filosóficos de San Buenaventura y en los caracteres generales de la espiritualidad seráfica. Martínez Ripoll estudió con profundidad este programa iconográfico, desentrañando el lenguaje simbólico que de su decoración emana, vinculándolo con los textos bonaventurianos e indicando las direcciones iconológicas de su contenido dentro de la actividad y función del Colegio. Recientemente Chavero Blanco ha propuesto una nueva lectura iconológica de la decoración de este templo concluyendo que su contenido exalta, a partir del lenguaje del barroco, la ciencia y la santidad desde el sentido y la obra bonaventurianos.
   En la decoración de las bóvedas de la nave central se distinguen cinco empresas teológico morales y la representación del Espíritu Santo, ubicadas en las claves de los cinco tramos y la cúpula, partiendo de los pies de la iglesia. Refieren estas pinturas en nuestra opinión, en orden progresivo, el camino de acercamiento del alma a Dios a través de los puntos fundamentales de la mística bonaventuriana recogidos de sus obras el Itinerario de la mente hacia Dios y el Soliloquio. Soportes intelectuales del programa son los diez filósofos, teólogos y escriturarios fraciscanos representados en las bóvedas de la nave, mientras que se reserva la cúpula, en torno al Espíritu Santo, para la presencia de ocho grandes Santos de la orden: San Buenaventura, San Antonio de Padua, San Juan de Capistrano, San Luis de Tolosa, San Pedro de Alcántara, San Jacobo de la Marca, San Bernardino de Siena y San Francisco de Asís (José Fernández López,  Pintura mural en el siglo XVII sevillano. IAPH. Boletín nº 34).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Juan de Capistrano, presbítero;   
     Predicador franciscano del siglo XV.
   Nació en 1385 en Capestrano (en castellano el nombre de la localidad italiana de la provincia y distrito de Aquila, se transcribe de dos maneras: Capestrano y Capistrano), en los montes Abruzos (Abruzzi monti), y en 1415 ingresó en la orden franciscana.
   Discípulo y auxiliar de san Bernardino de Siena, en principio trabajó en Italia en la difusión del Nombre de Jesús. Desde 1451 hasta su muerte cum­plió misiones apostólicas en Europa central. Se empeñó en la conversión de los husitas de Bohemia. En todas las ciudades donde predicaba, hacía que llevasen a la plaza pública las pinturas obscenas, barajas, dados, pelucas ... y echaba  todo al fuego. Ese auto de fe, cuyo uso fuera introducido por Savonarola y san Bernardino de Siena, se llamaba el Incendio del castillo del diablo.
   Pero sobre todo es célebre por haber predicado en Viena la cruzada contra los turcos que habían ocupado Constantinopla en 1453. En 1456 el papa lo envió junto a Juan Hunyade (Hunyade Janos), quien defendía Belgrado contra el sultán Mohamed II. Murió en Hungría ese mismo año, después de haber presenciado  la victoria  de los ejércitos cristianos.
   Se le atribuían más de dos mil curaciones milagrosas. No obstante, su proceso de beatificación  se concluyó en 1679 y fue canonizado en 1690.
   Es patrón de Belgrado y de Viena.
ICONOGRAFÍA
   Vestido con hábito franciscano con una cruz roja estampada, lleva en la mano un estandarte blasonado con la sigla de Cristo que inventara San Bernardino de Siena, y los tres clavos de la Crucifixión. Encima de su cabeza brilla una estrella.
   Una pintura alemana de 1490 (Museo de Bamberg) lo representa  predicando la Hoguera de las vanidades, como al dominico Savonarola.
   Para recordar sus inflamadas prédicas contra los turcos, pisotea a un otomano con turbante o una cimitarra partida (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Francisco de Herrera "El Viejo", autor de la obra reseñada;
     Francisco de Herrera, El Viejo. (¿Sevilla?, c. 1590 – Madrid, c. 1654). Pintor, grabador y arquitecto.
     El pintor, grabador y diseñador arquitectónico Francisco de Herrera el Viejo era, seguramente, natural de Sevilla, ciudad de la que fue vecino y donde desarrolló su carrera profesional durante casi toda su vida. Herrera el Viejo destaca por ser una de las tres figuras del primer naturalismo sevillano del siglo XVII, con una personalidad que le permitió imponerse en el ambiente artístico de su ciudad. Fue capaz, con la influencia de Roelas y, posteriormente, de pintores más jóvenes, de adaptar una forma de pintar totalmente retardataria a otra más naturalista y vivaz que en su madurez se acercó al pleno Barroco, sin dejar de desarrollar rasgos muy personales en la técnica de su pincelada y el nervio de sus composiciones.
     Fue hijo de un pintor de miniaturas y grabador llamado Juan de Herrera y, aunque nada seguro se sabe de su primera formación, parece lógico pensar que la profesión del padre le abrió el camino y que su aprendizaje tuvo lugar con su progenitor, aunque se le supuso discípulo de Francisco Pacheco. El primer dato conocido sobre él es el de su primera obra firmada y fechada en 1609, un grabado calcográfico para la portada de un libro, detalle que inmediatamente lo sitúa como artista vinculado a su padre, así como temprano grabador. En 1614, Herrera el Viejo contrató su primer encargo pictórico importante, una serie de lienzos destinados a la capilla de la Vera Cruz del convento de San Francisco de Sevilla, del que únicamente se conservan tres de los cuadros: La Inmaculada con monjas franciscanas, El rescate de San Luis y La visión de Constantino, que forman un ciclo dedicado a la Santa Cruz. Debía de ser, por lo tanto, un pintor ya valorado por la clientela de la ciudad y, si se ha de creer a Palomino, sería por estas fechas cuando el niño Diego Velázquez habría pasado fugazmente por su taller como aprendiz.
     Las primeras obras de Herrera demuestran que comenzó utilizando un lenguaje estilístico ligado al romanismo tardío de raíz flamenca, que era el habitual en su entorno cronológico y geográfico, vinculado especialmente a Vázquez y Pablo de Céspedes. De hecho, las pinturas del ciclo de la Vera Cruz muestran que Herrera fue en sus comienzos un pintor de estilo arcaico, anclado en un manierismo residual que, al menos, era capaz de mostrar su prometedora capacidad en el uso del color y en su técnica con el pincel, que empezaba a soltarse, detalles que había tomado de Juan de Roelas, el introductor del primer naturalismo de raíz veneciana en Sevilla. Nada en la obra de Herrera muestra ecos de caravaggismo. En 1617, firmó un lienzo con la representación de Pentecostés (Museo de El Greco, Toledo), que aún muestra bien a las claras su anclaje en la tradición manierista flamenquizante, por su composición. Otras obras de esta primera etapa son los cinco lienzos que contrató para la Merced de Huelva, que demuestran que su fama empezaba a extenderse incluso fuera de su ciudad.
     Todos los años, hasta 1619, en los que Herrera el Viejo trabajó como pintor en Sevilla, lo hizo de forma completamente irregular e ilegal, pues no había cumplido con el requisito imprescindible que exigía la organización laboral de su tiempo: el examen de maestría. Legalmente, para poder ejercer libremente como maestro pintor en la Sevilla del Seiscientos (como en otros lugares y en otras profesiones), había que pasar un examen ante representantes del gremio. Herrera había estado ejerciendo sin cumplir este requisito, por lo que en 1619 fue denunciado ante la justicia hispalense. Parece que Herrera tuvo una concepción de su profesión más moderna que la mayoría de sus compañeros y, primero, ignoró y, después, intentó evitar el control gremial, involucrando al también pintor Francisco Pacheco. Finalmente hubo de examinarse, para lo cual debió (como era habitual) realizar una “obra maestra”, y responder a varias preguntas de sus examinadores. Una vez realizado el trámite, se le expidió el correspondiente título, con el cual ejerció legalmente el resto de su carrera. El pleito no sólo habla de las nuevas ideas sobre el estatus del artista y su ejercicio en la Castilla de la época, sino también de la amistad de Herrera el Viejo con Pacheco, quien ya hemos visto que se ha venido, en ocasiones, a considerar su maestro.
     Desde 1619, tras el pleito con el gremio de pintores, Herrera entró en una fase de mucho trabajo. Hacia 1620 se le encargó una de sus obras de mayor importancia y trascendencia, el gran lienzo de la Apoteosis de san Hermenegildo, para el retablo mayor de la iglesia del Colegio de Teología de la Compañía de Jesús de Sevilla, dedicado a ese santo, seguramente junto al diseño de la decoración de las yeserías de la cúpula ovalada del mismo templo. Es una obra de gran tamaño, en la que se han separado dos registros superpuestos de un modo arcaizante, con una gloria de ángeles que evoca las de Roelas. La relación de Herrera con los jesuitas sevillanos fue bastante buena, lo que, además de esta obra, le aportó el encargo de grabados calcográficos. También en conexión con el colegio jesuita hispalense está la leyenda difundida por Palomino de que hacia 1624 Herrera el Viejo fue acusado de acuñación de moneda falsa, por lo que hubo de refugiarse en San Hermenegildo, y que fue absuelto por Felipe IV durante su visita a Sevilla en esas fechas, gracias a la habilidad de Francisco como pintor. La leyenda es seguramente una invención de Palomino, que pretendía añadir argumentos a la fama del artista como pintor y persona de carácter fuerte, se podría decir que antisocial, y a la del Rey como aficionado a la pintura. También tuvo por estos años numerosos pleitos y procesos judiciales, que en buena manera han contribuido a cimentar esa fama de persona de temperamento difícil y conflictivo. Hacia 1625, Herrera el Viejo contrajo matrimonio con María de Hinestrosa, dama de cierta alcurnia. De este matrimonio nació su hijo Francisco (1627), también famoso pintor sevillano y, según Palomino, otros dos vástagos, un varón conocido como Herrera el Rubio, también pintor, que murió muy joven, y una hija.
     En 1626 Herrera el Viejo entró en la que se puede considerar su fase más activa e importante como pintor. Realizó trazas y dibujos para la decoración de yeserías y pintura de la iglesia y coro del colegio franciscano de San Buenaventura de Sevilla, proyecto que plasmaron maestros de obras. Realizó para este conjunto las pinturas al fresco de la cúpula, las pechinas y las bóvedas del templo entre 1626 y 1627. Para esta casa religiosa hizo también cuatro lienzos del ciclo de cuadros previsto de la “Historia de san Buenaventura”, uno de cuyos originales se conserva en el Museo del Prado (Ingreso de san Buenaventura en la orden franciscana). Para el convento franciscano de Santa Inés realizó también en 1627 la pintura, dorado y estofado del retablo mayor de su iglesia. La fama de Herrera debía de ser elevada por aquel entonces, pues, además, los trinitarios de Andalucía le encargaron la estampa en folio que se ofrecería al valido, el conde duque de Olivares. También vio Herrera la aparición con fuerza de un rival profesional, Francisco de Zurbarán, con quien tuvo que compartir parte de las pinturas encargadas para San Buenaventura.
     En esta época Francisco de Herrera el Viejo estaba ya en su plena madurez como artista y, aunque muchos pintores más jóvenes ya se habían incorporado al mercado sevillano aportando novedades técnicas y estilísticas, él seguía asentado en la tradición, si bien enriquecida por un intenso y personal naturalismo, probablemente algo influido por las frescas aportaciones de sus jóvenes competidores. Los lienzos de la serie dedicada a san Buenaventura son el mejor ejemplo de esa madurez de estilo. Son composiciones de un naturalismo sobrio pero un tanto inestables y desmañadas, de colorido peculiar que busca armonías tonales de origen veneciano. Los rostros de las figuras quieren expresar individualidad —y a veces muestran fealdad—, y están realizados con amplias pinceladas sueltas, modeladoras y vibrantes. La técnica de su pincelada es tan enérgica que hizo surgir la leyenda de que pintaba con brochas, más que con pinceles.
     En 1628 Herrera el Viejo se obligaba a hacer un gran Juicio Final para un altar de la iglesia sevillana de San Bernardo. El retraso en su entrega motivó un pleito, pero la obra resultó ser un cuadro grandioso que le colmaría de gloria en su tiempo y que está en consonancia con su producción madura. En 1630 Herrera estuvo encarcelado por retrasos similares al aludido, mantuvo agrios pleitos y los problemas económicos parecían afectarle gravemente. A pesar de ello, su fama se había extendido incluso fuera de Sevilla, a juzgar por un elogio que le dedicó Lope de Vega en una de sus estancias de El Laurel de Apolo (1630).
     En 1631 murió su padre, Juan de Herrera, quien vivía con Francisco seguramente desde la muerte de la madre en 1618-1619. En esta década, en la que se constata su amistad con Alonso Cano, realizó obras diversas como el dibujo firmado y fechado de un San Miguel, quizás boceto para una pintura que se encontraba en la iglesia hispalense de San Alberto (1632), iluminó una estampa del rey san Fernando, e hizo, firmó y fechó (1636) un Santo Job (Museo de Rouen). En 1636 debió de empezar a trabajar en dos lienzos, pintura, dorado y estofado de dos retablos laterales (uno de La Venida del Espíritu Santo y otro de Santa Ana), para la iglesia del convento de Santa Inés de Sevilla, que le terminaron de pagar al año siguiente. El mismo año 1637 se comprometió con las monjas del convento de Santa Paula al dorado, estofado y encarnado de un retablo de talla que se hacía para su iglesia. El año siguiente Herrera hizo la pintura y los cuadros del retablo del altar mayor de la iglesia del convento de San Basilio Magno de la capital hispalense. Se trataba de un retablo con un ciclo pictórico completo, con varias pinturas en el banco, diez para los nichos entre pilastras laterales, dos tarjas y dos lienzos principales, de los que destaca el monumental Visión de San Basilio (Museo de Sevilla), compuesto en dos planos pero sin la rígida compartimentación de obras anteriores, resultando ser una considerable novedad, por la composición oblicua, la pincelada suelta y nerviosa, la energía en las actitudes de los personajes y en sus rostros, acercándose al pleno Barroco. Fue por estos años cuando su hijo Francisco comenzó su aprendizaje a su lado.
     En la década de 1640 realizó un grupo de obras de plena madurez, cuando su prestigio era completo y estimable su consideración social. Además de varios dibujos firmados de un apostolado, pertenecen a esta época una pintura firmada y fechada de un San José con el Niño Jesús (1645, Museo de Budapest) y un grupo de cuatro grandes lienzos que decoraron el salón principal del palacio arzobispal de Sevilla (1646-1647). Parecido a uno de ellos debe ser el Milagro de la multiplicación de los panes y los peces de Madrid. Destaca también el San José con el Niño del Museo Lázaro Galdiano (1648).
     En septiembre de 1647, su hijo Francisco contrajo matrimonio en la iglesia de San Andrés. El enlace duró poco tiempo, terminando en pleito, divorcio y devolución de dote el año siguiente. En julio de ese año, Herrera el Viejo estaba en Madrid. Ceán ya señaló que se había trasladado a la Corte en torno a 1650, lo que se puso en relación con la peste que asoló Sevilla el año anterior, pues el pintor habría trasladado su residencia en busca de mejores perspectivas laborales. Tampoco, se suponía, habría sido ajeno a ello el fallecimiento de su esposa por estos años, ni el viaje de su hijo y homónimo a Roma tras su divorcio, siempre en relación con la fama de mal carácter del padre y con la leyenda —que no pasa de invención—, recogida por Palomino y Ceán, según la cual Herrera el Mozo, no pudiendo soportar el temperamento violento y bronco de su padre, tras robarle una abultada cantidad de dinero en complicidad con su hermana, huía del hogar paterno rumbo a Italia.
     Hoy se sabe que, con anterioridad al matrimonio del hijo, seguramente no mucho antes de julio de 1647 (aunque se ignora cuándo exactamente y por qué), Herrera el Viejo se encontraba en la Corte. En Madrid, según su contemporáneo Díaz del Valle, pintó varias obras para diversas iglesias, pero hay pocas noticias de esta fase. Según Ceán (quien sigue a sus precedentes), Herrera el Viejo falleció allí en 1656, y fue enterrado en la parroquia de San Ginés de la Villa y Corte. No se sabe la fecha cierta, pero el 29 de diciembre de 1654 un Francisco de Herrera, que murió sin testar, fue enterrado en la parroquia citada. Quizás se trate de este pintor, quien habría muerto solo, olvidado y empobrecido (Roberto González Ramos, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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martes, 22 de octubre de 2019

Detalles de la calle Abades

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte algunos detalles de la calle Abades, dando un paseo por ella.     
   La calle Abades se encuentra en el Distrito Casco Antiguo, Barrios de San Bartolomé y Santa Cruz, y va de la calle Corral del Rey a la calle Mateos Gago
   En el inicio de la misma, encontramos en un balcón de una primera planta, esquina con la c/ Corral del Rey, un par de azulejos antiguos de un crucificado y de una dolorosa muy interesantes.
   Avanzando por su primer tramo, a la altura del cruce con la c/ Bamberg, encontramos un azulejo que veremos muy repetido por todo el Casco Antiguo de Sevilla en los que se nos informa que dicha vivienda está asegurada contra incendios con la Compañia de Seguros Mutuos Contra Incendio de Casas de Sevilla. A esa misma altura encontramos una flecha metálica incustrada en el muro de una vivienda, que indicaba el sentido de la marcha de los carruajes en tiempos pretéritos.
   Seguimos avanzando y encontramos tanto una decoración de azulejos cerámicos con temas vegetales y una placa cerámica del antiguo nomenclátor que nos indica que estamos en la calle Abades Alta. Este azulejo, de la época del Asistente Olavide (2ª 1/2 del siglo XVIII), lamentablemente se encuentra invadido por el cableado y tuberías que apenas deja ver la belleza del mismo.
   Continuamos y nos encontramos con la portada de acceso a la sede de la Real Academia Sevillana de Medicina, un acceso secundario de la Casa de los Pinelo, donde tiene su sede dicha institución. 
   Ya en la portada principal de la Casa de los Pinelo, esquina con la c/ Segovias, encontramos incrustadas en sus muros, piedras de molino  que los constructores del siglo XVI adosaron a las fachadas de las casas señoriales del centro de Sevilla para evitar el desgaste que producía el constante tráfico de carruajes, que con sus guardaejes iban limando los muros a fuerza del incesante roce. También en la misma portada de la Casa de los Pinelo, encontramos otra placa cerámica, de la época del Asistente Olavide (2ª 1/2 del siglo XVIII), que nos indica que estamos en el "Quartel B, Barrio 2, Manzana 20" de la ciudad de Sevilla.
   Prácticamente enfrente, en la vivienda que hace esquina con la c/ Guzmán el Bueno, encontramos de nuevo otra placa cerámica del antiguo nomenclátor que nos indica que estamos en la calle Abades Alta. Este azulejo es de la época del Asistente Olavide (2ª 1/2 del siglo XVIII).
   Seguimos avanzando y en el número 31 encontramos una vivienda señorial que sobre el dintel de su entrada aparece el texto: "SE ACABÓ - AÑO DE 1811" decorada con un esgrafiado geométrico y otra placa cerámica indicativa de estar asegurada contra incendios. En una esquina de dicha vivienda encontramos una columna marmórea incrustada en la misma, con la misma función que las piedras de molino antes mencionadas.
   En el número 43, frente a la c/ Cardenal Sanz y Flores, se encuentra otra casa-palacio del siglo XVI, actualmente ocupada por el Hotel Eurostars Sevilla Boutique (****), con otra columna marmórea incrustada en la esquina, en este caso con capitel incluido, con la misma función que las piedras de molino antes mencionadas.
   En la esquina de con la c/ Ángeles encontramos el achaflanamiento de la misma, que sin duda nos ayuda a entender mejor el urbanismo de la Sevilla antigua.
   Un poco más adelante encontramos en el número 30, otra casa señorial transformada en el Hostal Giralda Santa Cruz, y justo en el quiebro de la calle encontramos una muestra de la forja sevillana, en una cancela que tiene como motivo decorativo la Cruz de Jerusalén.
















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