Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

   Otra Experiencia con ExplicArte Sevilla :     La intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla" , presentado por Ch...

viernes, 27 de noviembre de 2020

Un paseo por la Glorieta Gabriela Ortega Gómez, en el Parque de María Luisa

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Glorieta Gabriela Ortega Gómez, en el Parque de María Luisa, de Sevilla, dando un paseo por ella.
   Hoy, 27 de noviembre, es el aniversario de la aprobación en pleno municipal de la rotulación de la Glorieta Gabriela Ortega Gómez, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la Glorieta Gabriela Ortega Gómez, en el Parque de María Luisa, de Sevilla.
     El Parque de María Luisa [nº 64 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla], se encuentra en la glorieta de San Diego, s/n (entrada principal, aunque tiene entradas por el paseo de las Delicias y las avenida de María Luisa, y de la Borbolla), en el Barrio de El Prado-Parque de María Luisa, del Distrito Sur.   
    La Glorieta Gabriela Ortega Gómez [nº 42 en el plano oficial del Parque de María Luisa], en el Callejero Sevillano se encuentra en el Barrio de El Prado-Parque de María Luisa, del Distrito Sur; en la confluencia de las avenidas de Bécquer, del Conde de Urbina, y del Conde de Colombí.
   Esta glorieta es la más sencilla del parque, ya que sólo un enorme ficus acompaña al nombre de la artista.
   Pero, ¿quién era Gabriela Ortega Gómez para que mereciera una glorieta en el Parque de María Luisa?
   Gabriela Ortega Gómez (Sevilla, 15 de agosto de 1915 – Aznalcázar, 11 de agosto de 1995), artista y creadora de la poesía escenificada, está considerada la recitadora universal del toreo, inimitable en el arte de unir a los poemas el compás del baile flamenco. Gitana, universitaria y artista proveniente de la más amplia y fabulosa dinastía gitana de flamencos y toreros. Hija de Gabriela Gómez, hermana de Joselito el Gallo y de Enrique Ortega Fernández, Cuco, banderillero de su tío José, prima de Manolo Caracol… Heredera de seis generaciones de cantaores y bailaores flamencos y de los toreros más importantes de aquella época.
   Gabriela Ortega estudió Arte Dramático en la Universidad de Sevilla, y llegó a ser primera actriz del Teatro Español Universitario. Fue enviada por el Ayuntamiento de Sevilla a la boda en Roma de los Condes de Barcelona en representación del Colegio de las Irlandesas, donde fue compañera de estudios de Doña María de las Mercedes. Estuvo contratada en los espectáculos que presentaba su primo Manolo Caracol. También fue solicitada por doña Concha Piquer y por el Príncipe Gitano, con quienes actuó por toda España. En 1950 dio su primer recital y montó espectáculo propio en solitario en el Teatro Lara de Madrid.
   Admirada por Gregorio Marañón, musa de Rafael Alberti… Exiliada durante el franquismo, cosechó grandes éxitos en Latinoamérica. En el palco principal del Teatro Nacional de Buenos Aires tiene un sillón con su nombre grabado en letras de oro. En México le fue concedido el Azteca de Oro, la distinción más importante que se otorga a un artista extranjero. A su vuelta a España en 1957 cayó en el olvido, aunque hasta el final de su vida se dedicó a la pintura y a la escritura. Murió el 11 de agosto de 1995 en una residencia de ancianos de Aznalcázar, lejos de la sevillana casa familiar de la Alameda de Hércules, donde nació un 15 de agosto de 1915. Fue enterrada en el panteón de José Gómez Ortega («Joselito el Gallo»), en el cementerio de San Fernando de Sevilla (www.canalsur.es).
   Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte La Glorieta Gabriela Ortega Gómez, en el Parque de María Luisa, de Sevilla, dando un paseo por ella. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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jueves, 26 de noviembre de 2020

El Retablo de los Desposorios de la Virgen, en la Capilla de San José

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Retablo de los Desposorios de la Virgen, en la Capilla de San José, de Sevilla.   
   Hoy, 26 de noviembre, Solemnidad de los Desposorios de Santa María Virgen con San José, en las iglesias hispanas, puesto que en el resto de la cristiandad se celebran el veintitrés de enero [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el Retablo de los Desposorios de la Virgen, en la Capilla de San José, de Sevilla
   La Capilla de San José [nº 18 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 46 en el plano oficial de la Junta de Andalucía]  se encuentra en la calle Jovellanos, 12, del Barrio de la Alfalfa en el Distrito Casco Antiguo.
     En el muro de la Epístola de la Capilla de de San José, se encuentra el Retablo de los Desposorios de la Virgen.
   Retablo barroco anónimo fechable en 1690-1710, y con unas medidas de 5'40 x 2'92 x 0'71 mts.; es un arcosolio constituido por banco, un cuerpo y un remate. Sobre pedestales se disponen ménsulas que apean las columnas salomónicas que enmarcan el cuerpo. La retropilastra enlaza con el cuerpo central mediante paneles semicirculares. El banco presenta tres registros, rectangulares, siendo mayor el central. Los tres están ocupados por roleos vegetales, de mayor relieve y más complejos en el central. Los mismos motivos se emplean en los paneles que enlazan el cuerpo y las retropilastras. Las ménsulas que soportan las columnas se cubren por hojas de acanto, apareciendo en el frente de las columnas pámpanos y racimos de uvas. El cuerpo central presenta un marco mixtilíneo rodeando un registro ovalado en el que se representa los Desposorios de la Virgen. Entre el marco y el óvalo aparece una decoración de roleos. Sobre las columnas y sobre los paneles curvilíneos se ofrecen metopas ocupadas por "ces" y frutas. En los paneles curvos hay dos registros con cartelas ovaladas entre roleos vegetales. Estos mismos motivos se pintan en las cartelas donde también se representan la palma, en las superiores, y cipreses en las bajas. La cornisa presenta ménsulas cubiertas por acantos.
   El ático está cobijado por el arcosolio cuyo intradós ofrece cuatro registros, con cartelas ovales entre roleos vegetales. El muro de fondo del ático figura un despiece de sillares. Al centro se dispone una hornacina con jambas en degradación, flanqueadas por pilastras con el fuste ocupado por talla y con una ménsula haciendo las veces de capitel, y unos voluminosos tallos vegetales enlazan lateralmente la hornacina con el cuerpo inferior. El intradós del arco de la hornacina y las jambas están distribuidas en registros rectangulares decorados con flores pintadas. La hornacina la ocupa la imagen de San Diego de Alcalá, talla anónima de la 1ª 1/2 del siglo XIX (El santo, vestido con hábito franciscano, aparece de pie con su pierna izquierda adelantada, las manos cruzadas sobre el pecho para sostener la cruz. La cabeza está ligeramente inclinada hacia la derecha con la mirada hacia el cielo). Sobre el arcosolio, que al igual que los laterales del cuerpo del retablo se enmarcan por roleos vegetales, aparece un coronamiento en forma de ménsula sobre la que se sitúa un panel rematado en semicírculo, todo enmarcado por roleos.
   Se conoce que en 1932 se restauraron dos de las imágenes del grupo escultórico de los Desposorios de la Virgen (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
   Bonito mediorrelieve escultórico en talla policromada, inscrito dentro de un óvalo casi circular, de aprox. 1,40 de diámetro. Centra un altar flanqueado por columnas salomónicas, en grato y afortunado conjunto decorativo, pudiendo fecharse a principios del s. XVIII. Lo componen cinco figuras, dispuestas con rigurosa simetría; Al centro el Sacerdote Levítico, perfectamente caracterizado con su túnica ribeteada de tirsos y campanitas. A un lado la Virgen, de juvenil pero noble prestancia, y al otro lado San José, cerrando la escena dos personajes (masculino y femenino) representados en bajorrelieve con fines puramente decorativos (Juan Martínez Alcalde. Sevilla mariana, repertorio iconográfico. Ediciones Guadalquivir. Sevilla, 1997). 
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de los Desposorios de Santa María Virgen;
   Los Evangelios canónicos no dicen nada acerca de este tema. Los artistas siguen el relato de los Evangelios apócrifos y de la Leyenda Dorada.
   Cuando María, criada en el Templo, alcanza la edad de catorce años, el sumo sacerdote quiere darle un esposo para cumplir con la ley de Moisés.
   Convoca al son de la trompa a todos los descendientes de David, solteros o viudos. Aquel a quién roce su vara será el esposo de María.
   Es José el designado por el roce de su vara, sobre la cual se posa, por añadidura, la paloma del Espíritu Santo. José aduce ser muy viejo y se niega, dice que ya tiene hijos y que no desea en absoluto ser objeto de burla de los israelitas. Pero el sumo sacerdote le explica que no debe transgredir la voluntad de Dios, claramente manifestada por un milagro. «Dios te ha elegido para esposo de la Virgen. Tómala.»
   El tema a veces aparece resumido, y otras desarrollado. Cuando alcanza su pleno desarrollo, como en los manuscritos bizantinos de las Homilías del monje Santiago (siglo XII) y en el ciclo de Giotto en la Arena de Padua, se divide en tres escenas: la Prueba de los pretendientes, los Desposorios celebrados por el sumo sacerdote y el Cortejo nupcial.
A) El florecimiento de la vara de San José
   La reunión de los solteros y de los viudos se convocó al son de la trompa. Sorprendido en plena faena, José, que trabajaba en el armazón de un techo, dejó caer el hacha y descendió precipitadamente por una escalera (Homilías del monje Santiago). Los pretendientes llevan al templo cada cual su vara que depositan so­bre el altar, y se arrodillan a esperar el signo divino que señalará al elegido.
   Es la rama de almendro del viejo José la que florece. El sumo sacerdote se la alcanza, a menos que no sea designado por una paloma que se posa sobre su vara o su cabeza.
   El despecho de los jóvenes despojados por ese vejete se expresa de manera más o menos violenta: uno de ellos parte su vara sobre la rodilla; otro se adelanta con el puño levantado para golpear a su rival, más confuso que triunfal.
   La Contrarreforma rechaza el milagro de la vara florecida, tomado del repertorio del Antiguo Testamento, y que honraba al sumo sacerdote Aarón. No obstante, ese tema legendario no desapareció totalmente del arte cristiano y pueden advertirse vestigios suyos en el siglo XVII, en los bajorrelieves de las sillas del coro de Notre Dame de París.
B) Los desposorios
   José que lleva vara florecida 
   Desposa a la Virgen María
   Entre los judíos, el matrimonio era un simple contrato civil y no un rito religioso. Pero la escena está adaptada a las costumbres de Occidente, y como éstas no eran las mismas en Francia y en Italia, la ceremonia se representa de dos maneras muy diferentes.
   En el arte francés, los novios, de pie o arrodillados, se dan simplemente la mano frente al sumo sacerdote que los bendice. Es lo que se llama en derecho romano Dextrarum junctio o Conjunctio manuum, gesto simbólico de la unión conyugal.
   En el arte italiano, por el contrario, San José que tiene como cetro su vara florecida rematada con la paloma del Espíritu Santo, coloca el anillo nupcial en el dedo de la Virgen. Dicho anillo se consideraba conservado en Perussa, Italia. Por esa razón los Desposorios de la Virgen se convirtieron en uno de los temas preferidos de la escuela de Umbría, como lo prueban los cuadros de Spagna y de Rafael.
   El anillo no es de oro ni de plata u otro metal, sino tallado en una piedra preciosa ahuecada: ónix o amatista.
   El rasgo común de todas estas representaciones es que la composición tiene como eje un grupo ternario, generalmente escalonado en pirámide, con tres actores principales: el sumo sacerdote, la Virgen y José.
   Aunque la leyenda no mencione la presencia de los padres de la Virgen, Joaquín y Ana, los artistas suelen invitarlos por su propia cuenta para que asistan a la ceremonia.
   Se les agregan las compañeras de María y los pretendientes despojados.
   Aunque la ceremonia concuerde con los usos de Occidente, el decorado permanece fiel a las costumbres de los judíos para quienes el matrimonio no era un sacramento. La escena no tiene lugar en una iglesia o capilla sino al aire libre, frente al templo de Jerusalén donde la Virgen se había criado.
C) El cortejo nupcial
   La Leyenda Dorada habla de un cortejo de siete vírgenes que llevan antorchas, y de músicos que tocan trompetas y violines, y conducen a la desposada a la casa de José.
   En las Homilías del monje Santiago se ve a la pareja, muy desigual, al llegar a la casa donde la esperan los cuatro hijos de José.
   Este tema, muy infrecuente, ha sido retenido por Giotto que lo representó en la capilla de la Arena de Padua. Los esposos van precedidos por los músicos que se dirigen hacia la casa sobre cuya ventana pende una gran palma (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Solemnidad de los Desposorios de Santa María Virgen
   Jean Charlier, llamado Gerson, discípulo de Pierre d'Ailly, Canciller de la Universidad de París (+1420), propagador de la devoción en honor de San José por influencia de su maestro, intentó instituir una fiesta votiva especial el jueves de témporas en Adviento para conmemorar los esponsales virginales de María y José, lo que parece que logró con un legado de un canónigo de la Catedral de Chartres, Henri Chicoti, para la cual compuso un Oficio. Tras este intento medieval, pasamos al primer dato seguro de esta fiesta que data del veintinueve de agosto de 1517, también en el ámbito francés, en que León X Médici la otorgó, junto a otras nueve fiestas marianas, a las monjas de la Anunciación, fundadas por Santa Juana de Valois. 
   Se celebraba el veintidós de octubre como doble de segunda clase. Pero ya no está centrada, como la de Gerson, en la figura de San José, sino en la de la Virgen. Con este enfoque de fiesta mariana les fue concedida a los Menores el veintiuno de agosto de 1537 para el siete de marzo como doble mayor, y por el mismo tiempo a los servitas para el día siguiente, ocho de marzo. Se recitaba el Oficio de la Natividad sustituyendo la palabra nativitas por desponsatio. Arras fue la primera diócesis que la adoptó por decreto del veintitrés de enero de 1556.  Fue compuesto un Oficio propio por el dominico Pierre Doré (+1569), confesor del Duque Claudio de Lorena. En él, volviendo a la línea de Gerson, se exaltaba la figura de José junto a la de María. En 1546 suplicó sin éxito a Paulo III Farnese la extensión de esta fiesta a toda la Iglesia Latina. A pesar de todo se siguió extendiendo. Desde que el Papa San Pío V Ghislieri abolió el Oficio de Pierre Doré e introdujo el oficio moderno, es otra vez fiesta de María. La conmemoración de San José en la Misa, laudes y vísperas sólo se puede hacer por un privilegio especial establecido en el decreto del 5 de mayo de 1736. 
   Durante algún tiempo no se aprobó la adopción de la fiesta; así en 1655 se le negó al Rey de España. Pero se volvieron a aprobar peticiones en el último tercio del XVII: se le concedió a Austria el veintisiete de enero de 1678 para el veintitrés enero, a España el trece de julio de 1682 trasferida al veintiséis de noviembre (porque el veintitrés de enero estaba ocupado por San Ildefonso de Toledo), a todo el Imperio Germano en 1680, en 1689 a Tierra Santa, en 1702 a los cistercienses, en 1720 a la Toscana y en 1725 a los Estados Pontificios. En nuestros días se celebra el veintitrés de enero, y en los países hispanos el veintiséis de noviembre (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
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Más sobre la Capilla de San José, en ExplicArte Sevilla.

miércoles, 25 de noviembre de 2020

La Glorieta de los Cipreses, en el Parque de María Luisa

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Glorieta de los Cipreses, en el Parque de María Luisa.
   Hoy, 25 de noviembre, es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, es el mejor día para ExplicArte la Glorieta de los Cipreses, en el Parque de María Luisa, de Sevilla.
     El Parque de María Luisa [nº 64 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla], se encuentra en la glorieta de San Diego, s/n (entrada principal, aunque tiene entradas por el paseo de las Delicias y las avenida de María Luisa, y de la Borbolla), en el Barrio de El Prado-Parque de María Luisa, del Distrito Sur.
    En el Parque de María Luisa se encuentra la Glorieta de los Cipreses, junto a la Glorieta de Concha Piquer, entre las avenidas de Isabel la Católica, de los Cisnes, y de Hernán Cortés.
   Es apenas una ampliación de unos de los caminos que surcan el parque, ornamentado con una serie de cipreses formando dos semicírculos, ante un pedestal con una placa en la que podemos leer el siguiente texto:
GLORIETA DE LOS CIPRESES

ÁRBOL DE LA VIDA

Un árbol es siempre testimonio de la vida y de la historia.
Hoy recordamos las de tantas mujeres a quienes la irracionalidad les
robó la oportunidad de echar raíces y crecer.

DELEGACIÓN DEL GOBIERNO EN ANDALUCÍA
SUBDELEGACIÓN DEL GOBIERNO EN SEVILLA

25 DE NOVIEMBRE
DÍA INTERNACIONAL CONTRA LA
VIOLENCIA DE GÉNERO

Conozcamos mejor a los Cipreses, protagonista de su Glorieta:
   El ciprés común, ciprés mediterráneo o ciprés italiano (Cupressus Sempervirens) es un árbol tradicionalmente asociado con la muerte, el duelo y el inframundo, pero también con la longevidad. No se regenera fácilmente si se corta, pero es capaz de vivir 1,000 años y de resistir el embate del fuego. Su imagen está ligada a la región mediterránea, donde es abundante y apreciado.
   Vincent van Gogh no pasó por alto su belleza y los pintó en algunas de sus obras, como las famosas Noche estrellada y Camino con ciprés y estrella.
Orden: Pinales
Familia: Cupressaceae
Género: Cupressus
DESCRIPCIÓN
   Esta especie de conífera es un árbol de hoja perenne que alcanza una altura de hasta 35 metros. Posee hojas pequeñas de 2 a 5 milímetros de longitud, color verde oscuro y textura escamosa, que crecen en brotes redondeados. Cuando se aplastan, despiden un agradable aroma.
   Desarrolla flores unisexuales que se agrupan en conos masculinos y femeninos. Los primeros miden entre 3 y 5 milímetros, y los segundos pueden ser ligeramente más pequeños. Generalmente, la forma del árbol es cónica, y aquellos de mayor edad pueden tener un follaje más amplio. Los cipreses del grupo Stricta son exclusivamente de forma columnar. En realidad, aquellos cipreses con forma de columna son cultivados o provienen de árboles de cultivo; aquellos que crecen de forma natural tienden a ser un poco más anchos e incluso muestran varios tallos y ramas.
DISTRIBUCIÓN
   Cupressus sempervirens es una especie nativa de la parte oriental de la región mediterránea, y se extiende a través de Chipre, Grecia, Irán, Israel, Libia, Turquía, Líbano y Jordania. También se encuentra en partes de Albania, Croacia, Egipto, Malta e Italia. La población mundial está muy dispersa, es decir, no se distribuye de forma continua, sino que su presencia se interrumpe en algunas partes. En algunas regiones hay subpoblaciones grandes que se reproducen exitosamente, mientras que en otras solo hay algunos árboles aislados.
   En estado silvestre, la especie prospera en matorrales y bosques de pinos y enebros, en sitios cuya elevación es de 90 a 1,700 metros sobre el nivel del mar y con clima mediterráneo e incluso semiárido. Generalmente, sus hábitats experimentan veranos secos y calurosos e inviernos lluviosos. Los cipreses comunes cultivados crecen en muchas partes del mundo, aunque sus climas sean un poco diferentes. Algunos cultivares están en Estados Unidos, el sur de Australia, el suroeste de Sudáfrica, Nueva Zelanda y las Islas Británicas.
REPRODUCCIÓN Y VARIEDADES
   El ciprés común es una especie monoica, pues desarrolla flores individuales masculinas y femeninas en la misma planta. Los conos masculinos comienzan a liberar polen a finales de invierno. Los conos femeninos son polinizados por el viento, y los insectos no tienen ningún papel en la tarea.
   Los cipreses de cultivo se propagan principalmente por semillas que suelen sembrarse a finales de invierno. Las semillas germinan de forma relativamente lenta, alrededor de 1 o 2 meses después de su siembra a un clima de unos 20 ºC. Crecen bien a pleno sol en suelos arenosos bien drenados y condiciones de humedad moderada. Toleran la sequía, e incluso se adaptan a suelos un poco pobres en nutrientes. Algunos resisten la nieve y temperaturas en torno a -20 ºC. Son resistentes al fuego, como se comprobó tras un incendio que en 2012 asoló una comunidad de España; de los más de 940 cipreses, solo 12 fueron destruidos.
   Cupressus sempervirens tiene algunas variedades. Cupressus sempervirens var. horizontalis, como su nombre indica, desarrolla ramas y follaje que se extienden de forma horizontal, pero crece de forma silvestre y no se le comercializa. La variedad “Sempervirens” o “Stricta” es aquella comúnmente encontrada en paisajes urbanos, de forma típicamente columnar. Otras variedades son “Umbilicata”, “Globulifera”, “Pendula”, “Indica”, “Atlantica” y “Dupreziana”.
USOS
   Ha sido aprovechado desde la Antigüedad. No tiene usos comestibles, pero sí se le atribuyen algunas propiedades medicinales. Los conos y las ramas jóvenes son antisépticos, astringentes y vasoconstrictores, por lo que han sido usados para tratar la tos, la gripe, el resfriado y los dolores de garganta. La resina del árbol extraída mediante incisiones puede ayudar a cicatrizar heridas. Su madera es valorada por su resistencia a la pudrición, su aroma y su acción repelente a las polillas por lo que se le usa en la construcción de armarios, gabinetes y algunos otros muebles. El aceite esencial que se obtiene de los brotes es muy valorado por su olor, así que se agrega a jabones y perfumes.
   Por supuesto, el ciprés común es un árbol de uso ornamental que se coloca en jardines y contextos urbanos. El ciprés “Stricta” es el que adorna jardines clásicos italianos desde la época del Renacimiento, y es muy común en jardines de muchas partes del mundo.
AMENAZAS Y CONSERVACIÓN
   De acuerdo con la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, el ciprés común es una especie de “Preocupación Menor”: su población mundial no está amenazada. Sin embargo, los cipreses en estado silvestre son ya raros en algunas porciones de su rango de distribución, debido a factores como la explotación para obtener madera. Hongos, bacterias, virus y otros organismos no suelen enfermarlo, sus hojas son susceptibles a las arañas de la familia Tetranychidae (www.bioenciclopedia.com).
Conozcamos mejor la conmemoración del Día Internacional contra la Violencia de Género;
   La violencia contra mujeres y niñas es una de las violaciones de los derechos humanos más extendidas, persistentes y devastadoras del mundo actual sobre las que apenas se informa debido a la impunidad de la cual disfrutan los perpetradores, y el silencio, la estigmatización y la vergüenza que sufren las víctimas.
   En forma general, la violencia se manifiesta de forma física, sexual y psicológica e incluye:
   - violencia por un compañero sentimental (violencia física, maltrato psicológico, violación conyugal, femicidio);
   - violencia sexual y acoso (violación, actos sexuales forzados, insinuaciones sexuales no deseadas, abuso sexual infantil, matrimonio forzado, acecho, acoso callejero, acoso cibernético);
   - trata de seres humanos (esclavitud, explotación sexual);
   - mutilación genital, y
   - matrimonio infantil.
   Para mayor clarificación, la Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer emitida por la Asamblea General de la ONU en 1993, define la violencia contra la mujer como “todo acto de violencia que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o sicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada.”
   Los efectos psicológicos adversos de la violencia contra las mujeres y niñas, al igual que las consecuencias negativas para su salud sexual y reproductiva, afectan a las mujeres en toda etapa de sus vidas. Por ejemplo, las desventajas tempranas en materia de educación no solo constituyen el obstáculo principal para alcanzar la escolarización universal y hace cumplir el derecho a la educación de las niñas, luego también le restringe el acceso a la educación superior a la mujer y limita sus oportunidades de empleo.
   Aunque todas las mujeres, en todas partes del mundo, pueden sufrir violencia de género, algunas mujeres y niñas son particularmente vulnerables, ejemplo de ellas son las niñas y las mujeres más mayores, las mujeres que se identifican como lesbianas, bisexuales, transgénero o intersex, las migrantes y refugiadas, las de pueblos indígenas o minorías étnicas, o mujeres y niñas que viven con el VIH y discapacidades, y aquellas en crisis humanitarias.
   La violencia contra la mujer sigue siendo un obstáculo para alcanzar igualdad, desarrollo, paz, al igual que el respeto de los derechos humanos de mujeres y niñas. Lo que es más, la promesa de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de no dejar que nadie se quede atrás, no podrá cumplirse sin primero poner fin a la violencia contra mujeres y niñas (www.unesco.org).
   Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte La Glorieta de los Cipreses, en el Parque de María Luisa, de Sevilla, dando un paseo por él. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre el Parque de María Luisa, en ExplicArte Sevilla.

martes, 24 de noviembre de 2020

La Capilla de la Virgen de la Antigua, en la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte  Sevilla, déjame ExplicArte la Capilla de la Virgen de la Antigua, en la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
   Hoy, 24 de noviembre, es el aniversario de la Coronación Canónica de Nuestra Señora de la Antigua (24 de noviembre de 1929), así que hoy es el mejor día para ExplicArte la Capilla de la Virgen de la Antigua, en la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
   La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, calle Cardenal Carlos Amigo, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
     En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Capilla de la Antigua [nº 048 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; Cuando estaba dedicada a san Pedro albergó los altares de la Virgen de la Antigua (capilla de san Pedro) y de la Alcobilla, es decir, de la qubba que fue mihrab de la aljama. Sus patronos, entre otros muchos clérigos, han sido los arzobispos Hurtado de Mendoza, Zúñiga y Avellaneda y Salcedo y Azcona, que en ella están enterrados (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
     El Cardenal Diego Hurtado de Mendoza había tenido la iniciativa de ampliar la Capilla de la Virgen de la Antigua, obra de Alonso Rodríguez. Tras su fallecimiento en 1502, las obras continuaron para concluirse en 1504. Hasta que Doménico Fancelli labró el sepulcro en 1508, sus restos estuvieron depositados delante de la Virgen (Teodoro Falcón Márquez, El edificio gótico, en La Catedral de Sevilla. Ediciones Guadalquivir, Sevilla, 1991).
   En 1533, las halagüeñas perspectivas de la edificación aumentaron el interés constructivo de los capitulares, decidiéndose entonces convertir el postigo de la Capilla de la Antigua «en una puerta tan granbde quanto se pue­ da abrir e que sea muy bien fecha y obrada por traza de maestro».
   Un mes después se decidió «fazer el escalera de la sacristía de la Antigua» y romper «la pared por donde parescio que noavia ruina». Aunque no está claro que las mencionadas obras fuesen en realidad una sola, si es seguro que en todas ellas intervino Diego de Riaño. Cabe pensar que la finalidad de dichas obras fuese eminentemente funcional, aunque no puede descartar­ se la posibilidad de que se pretendiese una renovación estilística del recinto, tendente a emular el sepulcro del cardenal Hurtado de Mendoza, instalado por Fancelli algunos años atrás. De esta posible operación renovadora, en la que habría que incluir la construcción de una nueva reja, nada se ha conservado, debido a las muchas transformaciones efectuadas desde fines del siglo XVI y especialmente en el XVIII, a excepción de la portada lateral. El diseño de esta correspondió indudablemente a Riaño, aunque en la construcción debió participar Martín de Gainza. Las fechas precisas de la obra se desconocen, aunque gracias a Luis de Peraza puede asegurarse que se trabajaba en ella en 1535. Este historiador sevillano indica que las columnas «de fino jaspe verde» que figuran en la portada «solían estar debajo de los púlpitos del Evangelio y Epístola del altar mayor». Esta noticia -probablemente cierta habida cuenta de la finalización por aquellos años de los nuevos púlpitos del citado altar explica el reducido fuste de las columnas, lo que obligó al arquitecto a elevarlas sobre un doble pedestal y a situar sobre los capiteles dados de entablamento. De enlace cromá­tico con las columnas funcionan los tondos de las enjutas. En el ático de la portada, además de los temas figurativos -San Pedro y San Pablo en los extremos, la Adoración de los Pastores y el Padre Eterno, en el centro, es de destacar la utilización de volutas que permiten enlazarlo con el cuerpo inferior. El vano de ingreso es un arco abocinado por sus dos frentes, cuyos intradoses se decoran con grutescos y con imágenes de los apóstoles. Compositivamente la portada es de una gran novedad, si bien muchos de sus elementos son si­milares a los utilizados por Riaño en otras ocasiones. Además hay que considerar la incidencia de esta portada en las obras de Martín de Gainza, especialmente en la Capilla Real. El esquema de aquella pudo ser tenido en cuenta a la hora de diseñar las hornacinas en que hoy se encuentran los sepulcros de Alfonso X y Beatriz de Suabia. De la misma manera, la presencia de los apóstoles cubriendo el intradós pudo dar lugar a los Reyes de Judá del arco de ingreso a la Capilla. Como idea general pudo servir, asimismo, de base para una de las credencias que figuran en las capillas laterales del mismo recinto. Pasando ya a analizar individualmente los elementos pueden establecerse conexiones entre los capiteles de esta portada y los de las hornacinas antes citadas; entre las ménsulas en que descansan los apóstoles del intradós y las que sirven de apoyo a las tribunas altas de la Capilla; entre las veneras que cubren a los apóstoles y las que coronan a las figuras situadas en los grandes balaustres que articulan el interior de la misma (Alfredo J. Morales, La arquitectura de la Catedral de Sevilla en los siglos XVI, XVII y XVIII, en La Catedral de Sevilla. Ediciones Guadalquivir, Sevilla, 1991).
   El Sepulcro del Cardenal Dº Diego Hurtado de Mendoza, se halla en el paramento, lado del Evangelio, de la Capilla de la Virgen de la Antigua.
   Es del tipo de mausoleo parietal, marmóreo alabastrino, y se compone de varias partes: un gran arco de medio punto, apilastrado y decorado con candelieri, rematado por una robusta imposta surmontada por flameros abalaustrados y cabecitas de ángeles alados a manera de acróteras; en las enjutas los escudos del Prelado.
   Inscrita en él, otra ordenación también en arco semicircular, casetonado en su intrados, sobre dos columnas con fustes retallados. Entre estas dos composi­ciones, seis pequeñas hornacinas aveneradas con estatuas de dos Apóstoles (Santiago el mayor y San Felipe?), los Santos Pedro, Pablo, Juan Bautista y un mitrado.
   Bajo este arco, un opulento catafalco, con la escultura yacente del cardenal arzobispo, revestido de pontifical, según costumbre litúrgica, con Mitra, Casulla, Tú­nica y Tunicela; las manos unidas oracionalmente.
   En el muro del fondo, varias escenas; en el tímpano alto relieve de la Ascensión del Señor y bajo él otros tres más pequeños representando la Resurrección, Santa Ana maestra de la Virgen y la Madonna con el Niño en brazos; en un pequeño friso, guirnaldas y dos bajorrelieves con figuras angélicas?, de busto.
   En un podio bajo, el epígrafe dedicatorio y dos medias imágenes femeninas, también un relieve efigiando la Justicia y la Caridad (la Templanza?, la Providencia?), además de escudos.
   Enjoyando todo el conjunto, una profunda decoración con sentido de «horror vacui», matizada por los referidos candelieri, flores, frutas, etc.
   Consta que el sepulcro fue encargado por el Conde de Tendilla, D. Íñigo López de Mendoza, hermano del Cardenal, fallecido este en 1502; y que se ejecutó en Génova entre 1508-9, asentado un año después.
   Según Ceán Bermúdez, fue construido por el maestro Miguel Florentín, afirmación aceptada por Gestoso y duramente rebatida por Gómez Moreno, quien lo asigna a Doménico Alesandro Fancelli de Settignano, autorizado juicio que ha sido admitido unánimemente por la crítica histórico-artística, por las calidades finísimas del plateresco toscano y por comparación con varias obras suyas análogas en Castilla y Andalucía. Se le ha puesto en relación con el mausoleo que Mino da Fiesole y Giovanni Dalmata ejecutaron en el Vaticano, para el Papa Paulo II.
   La huella artística y la categoría estética del sepulcro sevillano fue extraordinaria en los ambientes local, regional y aún nacional; era la presencia del renacimiento italiano, de carácter clásico, para relacionar con el otro renacimiento norteño, epílogo de la evolución de lo medieval, representado en la propia Catedral por Lorenzo Mercadante de Bretaña, que laboraba cincuenta años antes. Así, pues, los sepulcros de los cardenales Cervantes y Hurtado de Mendoza, situados en capillas vecinas, fueron algo más que vanidad humana: hitos fundamentales en dos polos de la cultura europea.
   Estatuaria de la Portada lateral de la Capilla de la Virgen de la Antigua: esta portada, labrada por Martín de Gainza o Hernán Ruiz II, contiene un importante programa iconográfico.
   Se compone de cuerpo y  ático. El primero  inscribe un vano en arco de medio punto, en cuya entrada se sitúan en altorrelieve seis figuras de los Apóstoles, Santos Juan Evangelista, Santiago el Menor, Tomás, Santiago el Mayor, Andrés y Felipe.
   En el amplio y elegante ático, relieve de la Natividad del Señor, situado sobre el entablamento y flanqueado por las estatuas de San Pedro y San Pablo.
   En el tímpano del frontón, el Padre Eterno y, como acróteras, tres flameros abalaustrados, sostenidos por dos figuras masculinas desnudas a manera de atlantes.
   Según Ceán Bermúdez todo ello lo labró el escultor y rejero Juan López, rematándolo su hijo y su yerno en 1568-71. 
   Retablo y esculturas de la Capilla de la Virgen de la Antigua; es de mármoles y jaspes. Documentalmente sabemos que se había de «... labrar y fabricar de nuevo un retablo de piedra siguiendo el que está», según diseño y trazas de Pedro Duque Cornejo y Roldán, «... de piedra de­ jaspe... a  imitación  de la que hoy tiene lo que está puesto en el altar de dicha santa imagen».
   El retablo en lo que ahora se hiciera, parece lo ejecutó Juan Fernández Iglesias y las esculturas marmóreas quedaron a cargo de Duque Cornejo. Está distribuido horizontalmente en dos cuerpos con hornacinas y parejas de columnas corintias acanaladas verticalmente, de indudable gusto clasicista. Ángeles sobre los frontones y unas cartelas de remate que recuerdan las de Duque. Es poco expresivo de la tarea de este maestro, en el momento cumbre de su producción  (1733-34-38), posiblemente un arreglo, mejora o adaptación de algo ya existente.
   Allí se veneran varias imágenes pétreas, originales de Duque Cornejo. A derecha e izquierda de la efigie de la Titular, los Santos Joaquín y Ana, padres de la Virgen; sobre las respectivas hornacinas, sendas cartelas con medias figuras de las Santas Justa y Rufina. El segundo cuerpo contiene las esculturas del Salvador y de los Santos Juanes Bautista y Evangelista. Ángeles alados sobre el frontón triangular, con cuernos de la­ abundancia y rematando las Virtudes Teologales. Destacan las estatuas del Salvador, Santa Ana y el Bautista, inspiradas -ropaje y expresión- en lo sevillano; las de San Joaquín y el Evangelista, son inferiores. Las Virtudes no han podido ser analizadas por falta de luz ¿Modelaría también Duque la Santa Faz de plata de la portada del Sagrario de este retablo?. El Crucifijo de marfil se atribuye a Cortezo, pero Ceán (Descripción...) no dice sino correcto (José Hernández Díaz, Retablos y esculturas, en La Catedral de Sevilla. Ediciones Guadalquivir, Sevilla, 1991).
   Antón Pérez actuó sobre la Virgen  de la Antigua desde finales de julio de 1547 hasta mediados de mayo del año siguiente este maestro restauró el retablo de la Virgen de la Antigua. Con tal motivo intervino a fondo sobre el mural de la Virgen, situado todavía en su primitivo emplazamiento. Al­ poco tiempo de iniciar este trabajo, en la segunda semana de agosto, le pagaron el importe de los setecientos panes de oro que destinaba al retablo y a la corona­ de la Virgen. Unos meses después, el  16 de noviembre, recibe 5.625 maravedíes «en quenta de lo que se adereza en la ymagen de Nuestra Señora El Antigua", abonándosele el 8 de diciembre 30 ducados por ese mismo concepto. Tasadas sus actuaciones en el retablo y en el mural la cuarta semana de mayo del año siguiente, al pagársele el 27 de ese mismo mes los 28.125 maravedíes que aún se le debían, expresamente se dice que se los abonaban, entre otras cosas, «por lo que pintó en la ymagen de Nuestra Señora El Antigua..." 
 Trasladado el mural la noche del 7 al 8 de noviem­bre de 1578 a su actual emplazamiento, con tal motivo es de suponer que «refrescarían» de nuevo la pintura, que sin duda volverían a «renovar» cuando en 1734 se le adicionó un nuevo retablo. Aunque de haberse efectuado esas restauraciones lo lógico es que se hubiera alterado, aunque fuera parcialmente, lo realizado en el siglo XVI, en algunos sectores del mural aún se detecta con toda claridad la intervención llevada a cabo en 1547 por Antón Pérez. De éste son, creo, los tres ángeles de la parte superior; figuras típicas de mediados del siglo XVI que nada tienen que ver estilísticamente con el resto del mural y que presentan, por el contrario, grandes similitudes con las que aparecen en obras de Antón Pérez. Constando que éste intervino sobre la corona de la Virgen -oculta en la actualidad por la de pedrería con la que la coronaron canónicamente el 24 de noviembre de 1929- no  debe resultar extraño que hiciera lo mismo con los ángeles situados a su alrededor, que más que restaurar, pintó de nuevo de acuerdo a su estilo, no al del mural. Incorporadas rápidamente, no obstante, estas figuras de Antón Pérez a la iconografía de la Virgen de la Antigua, la fidelidad con que se reproducen en las numerosas copias que a partir de mediados del siglo XVI se hacen de la Virgen testimonia su armoniosa e irreversible fusión con el resto del mural (Juan Miguel Serrera, Pinturas y pintores del siglo XVI en la Catedral de Sevilla, en La Catedral de Sevilla. Ediciones Guadalquivir, Sevilla, 1991).
   Una réplica de la Virgen de Belén, de Alonso Cano, que preside la Capilla del mismo nombre de la propia Catedral, la encontramos en la sacristía de la Capilla de la Antigua.
   Un San Fernando que se encuentra en la Sacristía de la capilla Virgen de la Antigua es obra interesante que pertenece a un desconocido pintor que sin embargo posee un estilo muy característico y personal. Puede situarse la ejecución de esta pintura en los últimos años del siglo XVII o en los primeros del XVIII.
   La capilla de la Virgen de la Antigua de la Catedral aparece revestida en sus muros por un amplio conjunto pictórico de gran formato, realizado por Domingo Martínez entre 1734 y 1738. Nació en Sevilla Martínez en 1688 y en esta ciudad murió en 1749. Se formó en la tradición del arte de Murillo, aunque hacia 1730 su estilo recibió influencias de los pintores franceses de la Corte de Felipe V, que en aquella fecha residía en Sevilla. El espíritu murillesco y la elegancia de la pintura francesa configuraron en Martínez un arte perso­nal y atractivo con el que dominó el panorama pictórico sevillano a lo largo del segundo cuarto del siglo XVIII.
   La realización de las pinturas de la capilla de la An­tigua se llevó a cabo a expensas del entonces Arzobis­po de Sevilla D. Luis de Salcedo y Azcona, quien por devoción a la Virgen mandó construir en la capilla su sepulcro. El conjunto pictórico que recubre las paredes de este recinto narra la leyenda de la Virgen de la An­tigua estando realizados los principales episodios en composiciones de gran formato horizontal. Por otra parte estas pinturas se encuentran situadas a gran altura por lo que, unido a la escasa iluminación de la capilla, no han podido ser nunca bien estudiadas. De todas formas en aquellas a las que se ha podido acceder directamente a su contemplación se advierte una técnica apresurada y débil, muy inferior en calidad a la que normalmente alcanza ese pintor. Por otra parte parece ser cierta la afirmación de Ceán Bermúdez cuando señala que en la realización de este conjunto pictórico participó el pintor Andrés Rubira como colaborador de Martínez.
   En el muro izquierdo de la capilla se encuentra, en su parte alta, La aparición de la Virgen de la Antigua a los musulmanes a través de un muro que la ocultaba. Representa esta pintura el momento en que, al levantar los musulmanes un muro en la mezquita sevillana para tapiar la imagen de la Virgen, percibieron aterrados cómo dicha imagen se transparentaba con grandes resplandores a través del muro.
   Debajo de esta obra anterior se encuentra La Traslación de la imagen de la Virgen de la Antigua, escena que plasma la ceremonia acaecida en 1578 en la que la pintura de la Virgen fue instalada en su actual emplazamiento en la Catedral. Con ayuda de un ingenio accionado con poleas la imagen fue colocada en su capilla en presencia del arzobispo Cristóbal de Rojas y Sandoval, el Duque de Medina Sidonia y del Conde de Barajas, entre otras gentes principales. En el rostro del arzobispo parece que Martínez  ha captado el retrato de D. Luis Salcedo y Azcona, patrono de la capilla.
   Otras pinturas de tamaño menor figuran también en este muro, representándose en ellas a San Leandro, San Laureano, Sor María de Ágreda, y El Venerable Contreras presentando cautivos redimidos a la Virgen. Esta última pintura es totalmente ajena al estilo de Martínez y por otra parte de muy escasa calidad; debió de se colocada con posterioridad a la realización de este conjunto pictórico con la intención de completar su iconografía.
   Cuatro pequeñas tablas con formato ovalado que re­presentan Santos que llevan el nombre del arzobispo patrono de la capilla completan la decoración de este muro. Son San Luis de Francia, San Luis de Tolosa, San Luis Gonzaga y San Luis Beltrán.
   En el lateral derecho de la capilla figura en la parte alta La caída del muro que ocultaba a la imagen de la Virgen de la Antigua, donde se representa el hecho prodigioso del derrumbamiento del muro que los musulmanes habían levantado para sepultar la imagen, quedando ésta al descubierto. Este suceso acaeció cuando Sevilla estaba sitiada por las tropas de San Fernando, lo que según la leyenda fue interpretado por los musulmanes como un mal presagio. 
 Debajo de la anterior pintura se encuentra La visita nocturna de San Fernando a la Virgen de la Antigua en la cual se describe el episodio sucedido durante el cerco de  Sevilla por las tropas cristianas. San Femando logró burlar por la noche la vigilancia de los musulmanes, consiguiendo entrar en la ciudad e introducirse en la mezquita para orar ante la imagen de la Virgen la Antigua, allí custodiada.
   El resto de las pinturas que figuran en el muro derecho de la capilla efigian a San Carpóforo, San Isidoro y el Doctor Duns Scoto. Otras dos obras pictóricas que se encuentran en este muro y que representan a San Diego de Alcalá curando enfermos y Cristo curando al ciego, son obras ajenas al estilo de Martínez. Igualmente hay que precisar  que las representaciones en óvalo que figuran en la parte baja de este muro y que efigian a San Fernando, Santa Florentina, San Hermenegildo y San Abundio, son obras de finales del siglo XIX , puesto que fueron pintadas en sustitución de los originales de Martínez que se perdieron en un incendio producido en la capilla en el año 1889.
   En la Sacristía de esta capilla de la Virgen de la Antigua se conservan otras dos pinturas de Domingo Martínez, formando pareja. Representan un Milagro de la Virgen de la Antigua, en el que un niño es salvado al caerse por un balcón y un Milagro de San Diego de Alcalá, en el que este santo salva a un niño de morir abrasado en un horno. Ambas son obras típicas del estilo de Domingo Martínez, aunque de secundaria calidad.
   Francisco Preciado de la Vega fue un pintor sevillano nacido en 1712; realizó su formación en su ciudad natal en el taller de Domingo Martínez y una vez concluida, a los veinticinco años, marchó a  Roma en 1737, donde residió ya el resto de su vida hasta 1789 , fecha de su fallecimiento.
   En la Sacristía de la Virgen de la Antigua se conserva una buena pintura de este artista, realizada en Roma y regalada a la Catedral por el arzobispo D. Alonso de Llanes. Se representa en ella al Venerable Contreras en calidad de proteger a unos niños cautivos. Las figuras que protagonizan esta escena muestran las fisonomías amables y delicadas, habituales en la producción de este artista, que adolecen claramente de fuerza expresiva. La escena se enmarca en la dere­cha con solemnes elementos arquitectónicos, mientras que a la izquierda se abre a un paisaje arbolado que enmarca una profunda perspectiva.
   Una  pintura que se conserva en la sacristía de la Virgen de la Antigua, que representa a San Blas y que se encuentra atribuida a Vicente Carducho. Fue este pintor el más importante de cuantos estuvieron activos en Madrid a lo largo del primer tercio del siglo XVII. Nació Carducho en Florencia en 1576, llegando muy joven a España, donde se formó al lado de su hermano Bartolomé, que era pintor del rey Felipe III, cargo que él mismo ostentó desde 1609 hasta su muerte acaecida en Madrid en 1638. En esta pintura de San Blas destaca el buen dibujo de la figura del Santo Obispo, cuya presencia solemne y monumental contrasta con la amable presencia del niño que aparece a su lado recibiendo su protección.
   De la escuela flamenca del siglo XVII, en la Sacristía de la Virgen de la Antigua se encuentran dos cobres que narran La partida del hijo pródigo y El regreso del hijo pródigo, obras pertenecientes a un artista anónimo de segundo orden, fechables en la segunda mitad del siglo XVII. En la misma Sacristía se localizan una serie de seis cobres que narran episodios de la vida de la Virgen, obras anónimas de desigual calidad de mediados del siglo XVII (Enrique Valdivieso, La pintura en la Catedral de Sevilla, siglos XVII al XX, en La Catedral de Sevilla. Ediciones Guadalquivir, Sevilla, 1991).
   En la Capilla de la Virgen de la Antigua encontramos una vidrieras, en la que se representa a San Fernando, según diseño de José Gestoso, realizada por la casa Zettler, en un vano alargado, terminado en forma de medio punto con unas dimensiones de 7'50 x 2'20 m. realizada en el último 1/4 del siglo XIX (Víctor Nieto Alcaide, Las vidrieras de la Catedral, en La Catedral de Sevilla. Ediciones Guadalquivir, Sevilla, 1991).
   No sobresalen por sus valores escultóricos las puertas del presbiterio de la Capilla de la Antigua. Son los materiales en que están ejecutadas las que les otorgan especial significación. Las puertas de la Capilla de la Antigua, en comunicación con la sacristía de la misma y con una alacena, son de ébano, carey e incrustaciones de bronce. Su construcción hay que situarla en tomo a 1738, año en que se completó la decoración de la capilla a expensas del arzobispo Don Luis de Salcedo y Azcona, quien la había elegido como lugar de su enterramiento. 
   Un origen civil tiene otra serie de sillas utilizadas también por el arzobispo. Algunas se colocaban ante el altar mayor durante las ceremonias que presidía el prelado, otras, sin embargo, figuraban en las procesiones a las que el arzobispo asistía. Estas últimas reciben el nombre de sillas de respeto, identificándose por las cuatro asas que permitían a los servidores su traslado. De estas sillas se conserva un ejemplar, en bastante mal estado, en la sacristía de la Capilla de la Antigua. Corresponde a comienzos del siglo XIX, presentando asiento y respaldo de tela blanca bordada en oro. Las patas son cabriolé y el respaldo con caída se corona por un copete de hojarasca rodeado por una mitra. En los laterales del asiento presenta las cuatro asas de bronce características.
   De mayor interés es otra silla, también conservada en la sacristía de la Antigua. Su estructura  corresponde a la de un frailero, pero sus líneas son más movidas y su decoración más abundante. Por fortuna existe en el Archivo de la Catedral un dibujo coloreado de dicha silla, pero sin firma ni fecha. A pesar de ello creo que puede identificarse con la que se documenta como de Pedro Gómez en 1682. La nota documental, demasiado escueta, nada indica sobre la forma y características de dicha silla, por lo que me baso para la identificación en razones de estilo. La estructura básica del frailero se ha complicado en esta silla al curvar­se algunos elementos, tales como los brazos, patas y chambranas. Asimismo la ornamentación se ha incrementado tanto en las chambranas como en los apoyos de los brazos, en donde figuran sirenas, y en el copete. En el dibujo éste presenta una mitra, báculo y cruz patriarcal, que la obra definitiva no tiene. Por el contrario, la silla cuenta con una chambrana posterior que en el dibujo no existe. Tanto ésta como la delantera se organizan mediante carnosos tallos vegetales rodeando una amplia cartela, en similar esquema al del copete. La parte inferior de las cuatro patas se decora con una hoja de acanto, mientras el resto de su superficie presenta una labor imitando escamas. En el dibujo aparecen asiento y respaldo almohadillados y decorados por bordados florales, pero ninguno de los dos se conserva. En la actualidad presentan un tejido de seda en color celeste, a la manera de las sillas de cadera. En el proceso de sustitución se eliminarían las cuatro asas, que sí figuran en el dibujo, y que permitían transportar la silla en la forma y circunstancias anteriormente comentadas.
   Son muchas las rejas existentes en la catedral sevillana. Algunas poseen un indudable valor artístico producto de su estructuración y ornamentación y de proporciones monumentales, como las del altar mayor y la principal de la Capilla de la Antigua. 
   La reja más interesante de la segunda mitad del siglo XVI, por las numerosas incidencias de su construcción, es la principal de la Capilla de la Antigua. Existe un gran confusionismo sobre ella, debido a las numerosas referencias documentales que se conservan. Las primeras noticias corresponden a 1533, cuando fray Francisco de Salamanca solicitó permiso al Cabildo  para regresar a su tierra y éste acordó darle más trabajo, siendo uno de ellos el de la reja de la Antigua. Dos años más tarde se encargó a varios canónigos que vieren «el debuxo questa fecho de la rexa» para que iniciaran los trámites de su construcción. Nada se debió resolver, pues  en 1553 se insiste en la idea de revisar las trazas y mode­los de la citada reja. Al siguiente año se solicitó un nuevo diseño a un tal «Miçer Antonio», que Gestoso supone sea Antonio Florentín. Tampoco en esta ocasión debió iniciarse la obra, pues ninguna noticia documental existe al respecto. Al fin, en junio de 1565, se firmó contrato con el rejero Juan López, vecino de Granada, para que construyese la reja conforme al modelo de Hernán Ruiz el cual es posible que guardara alguna relación con el dibujo del folio 113 del manuscrito de arquitectura del maestro cordobés. Lo más interesante del contrato es una de las cláusulas finales en que señalaba que la reja cerraría «todo el arco dende el suelo hasta arriba... apartada de la pared espasio de un pie... y.... a... las espaldas del tabernáculo de la ymagen de nuestra señora donde esta pintado el bienaventurado san Christoval... cubriendo todo lo hueco de todo el arco como si el dicho tabernáculo no estuviera en el dicho arco». Con ello se indicaba que la reja se situaría por delante del muro en que ambas imágenes estaban pintadas, dejando una distancia pru­dencial entre ambos.
   La construcción de la reja debió iniciarse de inme­diato, pues en los Libros de Fábrica, a partir de 1568, se suceden los pagos a Juan López y a diversos mercaderes suministradores de hierro y de otros metales. Las noticias correspondientes a 1570 y 1571 indican que buena parte de los elementos estructurales se habían ya realizado. Pero al llegar 1572 las noticias escasean y las pocas existentes no hablan ya de Juan López, sino de Juan Barba y Francisco López. Este cambio de artistas hace suponer que el primero de ellos hubiera fallecido o regresado a su tierra y que los dos últimos tuvieron que continuar la tarea interrumpida. Esta circunstancia retrasaría el proceso constructivo y sería causa de las numerosas dudas respecto a la obra, por lo que en la reunión capitular de 14 de octubre de 1573 se encargó a varios canónigos que tratasen con "maestro y officiales" sobre las trazas de la reja y encargasen un modelo. No hay constancia del resultado de tales charlas, si es que estas se produjeron, lo único cierto es que las noticias sobre la reja desaparecen en los años siguientes, prueba inequívoca de la paralización de su construcción. Mientras tanto se encargó al rejero Juan Barba la adaptación de un arca de hierro como cepillo y la construcción de otra, con idéntica finalidad. Para la primera hizo un balaustre, que serviría de soporte, y otros aparejos con que asegurarla a la pared. En la segunda repitió el modelo anterior, con diferentes proporciones, incorporándole un balaústre, unos canes y tornapuntas para reforzarla. Todas estas labores, efectuadas en el segundo semestre de 1572, se construyeron en hierro, siendo posteriormente doradas y policromadas por el pintor Antón Pérez. Nada que­ da, sin embargo de estas labores pictóricas, pues aunque ambos cepillos se conservan próximos a los altares de la Asunción y de Santa Bárbara, junto a las puertas de Palos y de Campanillas, aparecen actualmente pin­tados de negro.
   Posiblemente por estas mismas fechas estuviese ya sopesando el Cabildo la posibilidad de efectuar el traslado del muro en que estaba pintada la Virgen de la Antigua, operación que se produciría en 1578. Curiosamente en abril de este año se acuerda que no se haga la reja "hasta que se pase la ymagen y se bacie el pilar donde esta y se ponga lo questa hecho de dicha reja". Así se debió hacer, pues una vez concluido el traslado vuelven las referencias a la obra de la reja. Una que corresponde a fines del citado año cita a Juan Barba en un pago por "una traviesa de hierro para hazer fuerte lo alto de la rexa". En 1586 se asentaron los dos cuerpos bajos de la reja, a la que aún faltaban muchos elementos. El aspecto de lo construido, una vez en su emplazamiento, no debió agradar al Cabildo, que decidió pedir a su maestro mayor Asensio de Maeda una rectificación del diseño. Así se hizo, y en junio de 1591 se ordenó a Juan Barba deshacer algunos elementos y construirlos nuevamente, según las trazas actualizadas. La operación fue rápida y dos años más tarde se labraba el jaspe que había de servir de pedestal al primer cuerpo, el cual fue trasladado desde el taller a la iglesia en mayo del mismo año. Allí fueron limpiadas las piezas antiguas, con objeto de que no existiesen diferencias con las nuevas, que aún se continuaban elaborando. Pero la obra fue nueva­ mente paralizada cuando se labraban los balaústres del tercer cuerpo. Al parecer falleció Juan Barba y se hizo preciso buscar un nuevo maestro rejero, lo cual parece que aún no se había resuelto en 1598, cuando el Cabildo acordaba, una vez más, que se con­tinuase la reja. El artista encargado de completarla fue Rodrigo de Segovia, quien fallecería en 1601, cuando se iniciaban las tareas de dorado y pintura por Juan de Salcedo. Así pues, la construcción de la reja principal de la Capilla de la Antigua duró más de setenta años. De ella hubo, al menos, cuatro proyectos correspon­dientes a Fray Francisco de Salamanca, Miçer Antonio, Hernán Ruiz II y Asensio de Maeda, siendo la obra final el resultado de las reformas introducidas por el último en las trazas de su antecesor. En la construcción intervinieron Juan López, Juan Barba, Francisco López y Rodrigo de Segovia, además de los oficiales, ayudantes, peones y demás personas de sus respectivos talleres.
   En la misma capilla de la Antigua hay una reja, de menores proporciones, correspondiente a la portada lateral que comunica con el crucero del templo. Es una obra concertada en 1605 por Hernando de Pineda y diseñada por Miguel de Zumárraga, en aquel tiempo aparejador y maestro mayor interino de la Catedral. Lo más interesante de ella es que en la misma se aprovecharon elementos de una obra anterior, tal es el caso de los balaústres lisos de las puertas y de los cuatro ba­laústres del coronamiento. En esta ocasión, en vez de fundirse las piezas antiguas y aprovechar el hierro en la obra nueva, como era frecuente, se prefirió reutilizarlas después de limarlas y pulirlas hasta dejar­ las con el aspecto de las recién construidas (Alfredo J. Morales, Artes aplicadas e industriales en la Catedral de Sevilla, en La Catedral de Sevilla. Ediciones Guadalquivir. Sevilla, 1991).
   De entre el mecenazgo artístico por parte de la bur­guesía sevillana, entre otros ejemplos se pueden recordar la araña de plata que el mercader Juan de Ochoa regala a la Capilla de la Antigua. 
   Como ejemplo de la fundición de piezas de plata antigua, el 26 de junio de 1769 el Cabildo metropolitano  acordaba que todas las alhajas de plata inservibles de la Capilla de Nuestra Señora de la Antigua se refundiesen en otras nuevas. Cuando el donante toma conciencia de esta costumbre tratará por todos los medios de defender la permanencia de sus legados y a partir del siglo XVIII impuso como condición a los Cabildos que las obras que costeaba no podían deshacerse ni consumirse (Jesús M. Palomero Páramo, La platería en la Catedral de Sevilla, en La Catedral de Sevilla. Ediciones Guadalquivir. Sevilla, 1991).
   Se remonta a los primeros años del Templo catedralicio actual la existencia de un órgano en la Capilla de Ntra. Señora de la Antigua, si bien el tama­ño de los instrumentos de esta capilla fue siempre sensiblemente inferior a los de las dos capillas anteriores. Desde que en 1486 se encarga a fray Juan (el organero que construyó en 1478 el órgano del Coro) el «reparo de los órganos pequeños de la Antigua», hasta 1903, año en que, D. Aquilino Amezua regala un nuevo «Positivo» para esta capilla y lo coloca en la cadereta exterior lateral del mueble del órgano del Coro del Sr. Deán que da frente a dicha capilla, pasando por el que en 1640 realizarán Francisco Franco y Claudia Ossorio y otros posteriores, siempre se acompa­ñarán con órgano, entre otros actos, los organizados ahí por el Cabildo, como determinadas misas, las «Salves» de los sábados, etc. (José Enrique Ayarra Jarne, La música en el culto catedralicio hispalense, en La Catedral de Sevilla. Ediciones Guadalquivir. Sevilla, 1991).
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lunes, 23 de noviembre de 2020

El Retablo Mayor, de Felipe y Gaspar de Ribas, en la Iglesia del Convento de San Clemente

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Retablo Mayor de la Iglesia del Convento de San Clemente, de Sevilla. 
   Hoy, 23 de noviembre, Memoria de San Clemente I, papa y mártir, tercer sucesor del apóstol San Pedro, que rigió la Iglesia Romana y escribió una espléndida carta a los corintios, para fortalecer entre ellos los vínculos de la paz y la concordia. Hoy se celebra el sepelio de su cuerpo en Roma (s. I) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy para ExplicArte el Retablo Mayor de la Iglesia del Convento de San Clemente, de Sevilla.
   El Convento de San Clemente [nº 55 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 66 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Reposo, 9; en el Barrio de San Lorenzo, del Distrito Casco Antiguo.
   El retablo mayor es pieza fundamental del siglo XVII, cronistas del mismo siglo como Ortiz de Zúñiga lo catalogaron ya como “de los más admirables de Sevilla”. 
   Tiene una larga historia que comienza en 1624 cuando la comunidad decide sustituir el retablo anterior y acude al afamado Juan Martínez Montañés para la realización de una nueva obra. Problemas en los pagos motivaron un complicado pleito que acabó con la renuncia del maestro a la realización del retablo al año siguiente, rescindiéndose el contrato en septiembre de 1625. En 1639 la abadesa del convento, Ana de Santillán y la priora, Juana de León, firmaron un documento solicitando la autorización para retirar el viejo retablo, firmaron un documento solicitando la autorización para retirar el viejo retablo, que por su mal estado llegaba a ser peligroso para la integridad de la comunidad. Tras la experiencia frustrada de Montañés y la salida de Alonso Cano de la ciudad, el mejor retablista de Sevilla era Felipe de Ribas, con quien las monjas entablarán contacto en breve plazo de tiempo. Era una oportunidad que el artista no podía desaprovechar por lo que el 12 de marzo de 1639 firma, junto a Gaspar de Ribas, un meticuloso contrato en el que se estipulan de forma pormenorizada las condiciones de realización de la obra.
   Los dos autores realizarían la obra en borne y cedro, según estipulaba el contrato, concluyéndose al final de la década de 1640. La policromía y dorado son de Valdés Leal y fueron realizadas en fecha más tardía (hacia 1680), en una obra que rompe el planismo de los retablos realizados hasta la fecha e inicia una nueva concepción escenográfica plenamente barroca. A este pintor se atribuye la interesante iconografía de Cristo como fuente de vida que aparece en la puerta del Sagrario. La magna obra se estructura en un banco, dos cuerpos con tres calles y ático. Destacan, sobre todas, las esculturas de la calle central que nos muestran a San Clemente con el ancla como símbolo de su martirio (fue arrojado al mar con un ancla al cuello).  La Inmaculada y un excepcional Crucificado. En los laterales del primer cuerpo aparecen San Benito de Nursia (de negro), como creador del monacato occidental, y San Bernardo (de blanco), como el gran reformador medieval de ese monacato. El segundo cuerpo recoge las tallas de San Hermenegildo (con un hacha que recuerda su martirio) y San Fernando (vestido según la estampa de Bernardo del Toro que se anticiparía a la iconografía de su posterior canonización), como símbolos de la vinculación del monasterio con la monarquía y Sevilla. 
   El retablo se estructura siguiendo el canon tardorrenacentista, empleándose columnas pareadas, decoración de cartones recortados en sus fustes y ángeles en los frontones que barroquizan la estructura original. En la zona del presbiterio aparece el enterramiento de doña María de Portugal, esposa de Alfonso XI y algunos restos de las primitivas pinturas de Vasco Pereira (siglo XVI) que decoraron inicialmente la iglesia. Hasta hace algunos años era costumbre la colocación sobre el féretro de un cojín, un cetro y una corona como símbolos del enterramiento real (Manuel Jesús Roldán, Conventos de Sevilla, Almuzara, 2011).
   El Retablo Mayor de la Iglesia del Convento de San Clemente de Sevilla fue concertado el 13 de marzo de 1639 por Felipe Ribas en colaboración  con su hermano Gaspar que se encargaría de las labores de dorado y estofado. El retablo ocupa en su totalidad el testero de la capilla mayor de la iglesia con una fuerte tendencia hacia la verticalidad que se ve reforzada al añadirle un sobreático que sobrepasa la cornisa del muro y lo enlaza con el arranque de la bóveda semiesférica que cubre la capilla. Configurado mediante dos cuerpos, ático, sobreático y tres calles, Ribas plantea un retablo en el que la arquitectura juega un papel primordial al concebirlo sostenido por ocho soportes en ambos cuerpos, agrupados en parejas, y apoyados, en el primer cuerpo, sobre ménsulas decoradas con racimos de frutos y, en el segundo, sobre pedestales. 
   Incluye en el banco dos puertas de servicio, ornamentadas con un aparejo de ladrillo y rematadas por un frontón curvo partido, sobre el que se sientan dos angelillos y el sagrario a modo de templete enmarcado por dos hornacinas y niños atlantes. Destacan las cuatro columnillas que flanquean las hornacinas de esta pieza cuya decoración helicoidal de hojas de parra simulan la columna salomónica que emplearía posteriormente en el desaparecido retablo mayor del convento de la Merced de Sevilla. Lo más novedoso de este espectacular conjunto es la decoración de las columnas que aparecen revestidas de una abigarrada ornamentación de motivos geométricos vegetales que tendrán una gran repercusión en la retablística sevillana posterior. Las hornacinas del primer cuerpo están enmarcadas por un perfil mixtilíneo decorados con roleos y rematadas por un frontón curvo partido donde se incluye un angelillo aposentado sobre una repisa que sirve de enlace a las hornacinas del segundo cuerpo. Éstas presentan una ligera variante con respecto a las anteriores al estar decoradas por volutas situadas en las enjutas del arco resaltadas mediante una ménsula que sirve de apoyo a un frutero situado en medio del frontón curvo. 
   La focalización de esta obra lo ocupa la calle central al estar sobredimensionada en anchura con respecto a las laterales y al vincular los dos cuerpos mediante una gran tarja sostenida por ángeles y la Paloma del Espíritu Santo entre nubes y ráfagas. El ático está configurado mediante un marco mixtilíneo entre pilastras rematado por un frontón curvo partido con volutas sobre el que apoya un sobreático. Ribas realizó, asimismo, toda la escultura del retablo situando en la calle central la imagen del titular del templo, San Clemente, seguido de la Inmaculada, Cristo Crucificado y el Padre Eterno. En las calles laterales se hallan las imágenes San Benito, San Bernardo, San Hermenegildo, San Fernando y en el ático la representación de la Esperanza y la Caridad.
   El Retablo Mayor de San Clemente puede considerarse como uno de los ejemplos más fehacientes de la transición hacia el retablo barroco tanto por las novedades estructurales que presenta -dobles columnas, el tratamiento de la calle central con nichos muy profundos, los frontones partidos, etc..- como por la recargada ornamentación entre las que cabe señalar el revestimiento de las columnas, la proliferación de ángeles sedentes y tenantes y caras de angelillos que aparecen por doquier, las guirnaldas de frutos, los festones colgados de un clavo o de una flor y la decoración de roleos de los frisos. 
   Aparece ya en este retablo el horror vacui que caracterizará la retablística barroca sevillana de la segunda mitad del siglo (Fátima Halcón, El retablo sevillano de la primera mitad del siglo XVII, en El Retablo Sevillano: desde sus orígenes a la actualidad, Diputación Provincial de Sevilla - Real Maestranza de Caballería de Sevilla - Fundación Cajasol. Sevilla, 2009).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Clemente I, papa y mártir;
   Papa y mártir del siglo I (92-101).
   De origen judío, habría sido convertido al cristianismo por san Pedro. 
   Sisinio, a cuya mujer había convertido, quiso perseguirlo pero fue castigado con la ceguera. Enfurecido, ordenó a sus esclavos que ataran a Clemente a quien acusaba de ser mago. Pero también éstos fueron cegados: amarra­ron una columna a la que tomaron por el santo y que intentaban desplazar en vano.
   El emperador Trajano lo desterró al Quersoneso (Crimea) donde fue condenado a partir piedras en una cantera. Para calmar la sed de sus compañeros que estaban muriéndose por la falta de agua, invocó al Cordero de Dios quien, rascando el suelo, hizo brotar una fuente de la roca.
   Finalmente fue ahogado en el mar Negro con un ancla al cuello. Los ángeles le construyeron una magnífica tumba de mármol en el fondo del mar. Todos los años, el día del aniversario de su martirio, las aguas se retiran para permitir a los cristianos llegar a pie seco hasta la capilla submarina. Sucedió una vez que cierta madre demasiado devota olvidó a su hijo allí, al año siguiente lo recuperó vivo cerca del altar.
   Se trata del tipo de leyenda que se origina en un atributo. En su origen, el ancla simbolizaba su firmeza en la fe, su esperanza cristiana. Para explicar este atributo se imaginó que había sido arrojado al mar con un ancla en el cuello.
CULTO
   En 867 los apóstoles de los eslavos, Cirilo y Metodio, transportaron sus reliquias desde Crimea hasta Roma, donde se le dedicó una basílica. Venecia le reservó una capilla en la catedral de San Marcos. La ciudad de Velletri lo adoptó como patrón y otro tanto hizo Pescara, en la costa del Adriático. En Francia, la iglesia de Arpajon (antiguamente Charres) está puesta bajo su advocación. También lo invocaban las madres nodrizas en Saint Lactansin (Indre), que se hacía derivar de lac in sinu, y en Saint Euphrone (Cüte d'Or). Inglaterra, país de marinos, puso bajo su advocación cuarenta y siete iglesias, entre ellas la de San Clemente de Terrington. Una iglesia de Londres, en el Strand, a orillas del Támesis, también está consagrada a él. El emblema de la parroquia es un ancla que los sacristanes llevan sobre los botones y que, paradójicamente, remata la veleta del campanario. Quizá sea el úni­co caso en que se haya elegido el ancla, símbolo de estabilidad, para decorar una veleta que es la imagen de la movilidad por excelencia.
   En Colonia, el obispo Cuniberto le dedicó una iglesia que más tarde adoptó el nombre de San Cuniberto. También era venerado en Schwarz Rheindorf, frente a Bonn.
   Cirilo y Metodio difundieron su culto en los países eslavos. Era el patrón de los marmolistas, sobre todo en Sablé, Anjou, a causa de sus trabajos forzados en una cantera; y también de los barqueros y marineros a causa de su ancla. Curaba a los gotosos.
ICONOGRAFÍA
   San Clemente, que está representado sin atributos en los mosaicos de San Apolinar il Nuovo de Rávena, en el arte de la Edad Media se reconoce no sólo por la tiara pontificia y la cruz de triple travesaño, sino por el ancla, instrumento supuesto de su martirio, en la que se apoya, o que lleva atada al cuello.
   Las escenas más populares de su leyenda son el prodigio de la fuente que el cordero hace brotar en una cantera del Quersoneso, los milagros de la capilla funeraria construida por los ángeles en el fondo del mar Negro y el niño extraviado y recuperado por su madre en esa capilla acuática (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Felipe de Ribas, uno de los autores de la obra reseñada;
     Felipe de Ribas, (Córdoba, 20 de mayo de 1609 – Sevilla, 1 de noviembre de 1648). Arquitecto de retablos y escultor.
     Este maestro, considerado como uno de los retablistas más significativos de la Sevilla de la primera mitad del siglo XVII, había nacido en Córdoba el 20 de mayo de 1609, siendo bautizado al día siguiente en la parroquia del Sagrario; fue el tercero de los nueve hijos habidos entre Andrés Fernández y María de Ribas; su padre era un pintor de mediana valía que ejerció también oficio de mesonero. Además de Felipe, otros dos hermanos, Gaspar y Francisco Dionisio, desarrollarán actividades artísticas.
     Aunque no es descartable que Felipe de Ribas comenzara su etapa de formación en su ciudad natal, lo cierto es que en 1621 su padre lo lleva a Sevilla y lo pone como aprendiz en el taller del imaginero Juan de Mesa. Allí permanece hasta 1626, en que se ve obligado a regresar a Córdoba debido al fallecimiento de su progenitor. Tras unos años de infructuosos intentos por establecerse en la ciudad, Ribas opta en 1630 por trasladarse de nuevo a Sevilla llevando consigo a toda su familia. Éste será el origen de un importante taller familiar que se mantendrá activo hasta muy avanzada la segunda mitad del Seiscientos.
     El maestro logró mantener relaciones armoniosas con la mayoría de los otros artistas que laboraban por entonces en la capital hispalense, colaborando en diversas ocasiones con muchos de ellos. Esta relación fue especialmente fructífera con Juan Martínez Montañés y con Alonso Cano, algunas de cuyas obras se encargará de concluir. Estableció su primer taller en el barrio de San Vicente de donde se traslada en 1635 al de Santa Catalina, para recalar finalmente en el barrio de Santa Marina, en una casa situada cerca del noviciado jesuita de San Luis de los Franceses.
     Desde 1635 y hasta el final de su vida, los encargos se suceden en el taller del maestro, especialmente retablos, tanto de mediano tamaño como de gran envergadura, que confirman la fama adquirida y la calidad del producto salido de sus manos. Es también por entonces cuando contrae matrimonio con Rufina de Albornoz y de esta unión nacerá una única hija, Ana, que morirá víctima de la famosa peste en abril de 1649, cuando contaba apenas diez años de edad.
      La muerte del artista se había producido unos meses antes, en noviembre de 1648, pasando entonces la dirección del taller a su hermano Francisco Dionisio de Ribas, quien se encargará asimismo de terminar las obras inconclusas.
     La producción artística de Felipe de Ribas abarca tanto escultura exenta y relivaria como arquitectura de retablos. En esta modalidad, su obra es el punto de unión entre la corriente tardomanierista de la primera mitad del Seiscientos y el barroco salomónico que caracteriza a la segunda. En sus obras hay elementos que remiten a las creaciones de Juan de Oviedo o Martínez Montañés, junto a otros que aparecen en las obras de Alonso Matías y Alonso Cano. Pero sobre todo, el empleo por parte de Felipe de Ribas del fuste salomónico con pleno sentido estructural supondrá un hito fundamental en la fijación tipológica de la segunda mitad del siglo xvii en materia de retablos.
     En el terreno de las formas, Felipe de Ribas se decanta por un lenguaje variado, tendente a la volumetría y a la turgencia, en el que alternan los motivos puramente arquitectónicos con los elementos vegetales y figurativos; entre los primeros destacan los resaltos, las grandes ménsulas, los frontones rotos y, quizá lo más característico, las columnas revestidas, que aportan un sello muy personal a sus creaciones; entre los segundos, las guirnaldas, los mazos, las cartelas carnosas, las figuras infantiles.
     Como se ha dicho, sus creaciones en el campo de la retablística abarcan desde piezas de pequeño tamaño, formadas por banco, cuerpo tetrástilo y ático para relieve, hasta las máquinas de grandes proporciones destinadas a cubrir testeros de capillas mayores, tanto parroquiales cuanto conventuales. En este caso, la composición se ajusta a la preceptiva clasicista, con dos cuerpos por lo general de tres calles, y un remate en ático, usando como soporte sus peculiares columnas de fuste revestido. En una u otra modalidad recurre casi siempre al empleo de imaginería tallada, bien exenta, bien en relieve. Entre las obras de menor tamaño ocupan lugar de primer orden piezas como el Retablo del Bautista (1637), acaso la más conseguida dentro de esta tipología, y el del Santo Cristo (1638), ambos en el monasterio jerónimo de Santa Paula de Sevilla.
     Entre las de gran formato han de mencionarse el Retablo del Convento del Socorro (1636), el Retablo mayor del Monasterio de San Clemente (1639), el de la parroquia de San Pedro (1641) todos en la capital hispalense, y el Retablo mayor del convento de Santa Clara de Carmona (Sevilla); en ellos queda perfectamente claro el papel concedido por el artífice a la arquitectura, digno marco para la imaginería que en ellos luce.
     Asimismo hay que aludir al Retablo mayor de San Lorenzo, también en Sevilla, obra de azarosa trayectoria, iniciada por Montañés y traspasada luego a Felipe de Ribas, quien tampoco podrá concluirla, por lo que pasará a su hermano. Pieza de especial significación fue, sin duda, el Retablo mayor de la Casa Grande de la Merced de Sevilla, donde el maestro empleó como soportes columnas salomónicas, lo que supondrá un sustancial avance en la concepción retablística sevillana del momento; desgraciadamente este conjunto desapareció en el siglo xix.
     Su faceta de escultor está avalada por la presencia de relieves y esculturas en sus retablos, si bien también realizó imaginería exenta. Son figuras de amplios volúmenes y porte elegante, con rostros de expresión serena teñida de un cierto aire melancólico, especialmente palpable en sus imágenes marianas. Las figuras infantiles se muestran por lo común desnudas, con cuerpos gordezuelos y rostros de expresión triste, enmarcados por cabellos que forman copete sobre la frente.
     Las imágenes de Cristo son las que mejor prueban su temprana relación con Juan de Mesa, frustrada por la prematura muerte de éste, aunque Ribas no alcanza la hondura dramática de su maestro; así sucede con el Nazareno de las Concepcionistas de Lebrija, y el Nazareno de la Misericordia de la iglesia de San Vicente (1641), que ha sufrido importantes retoques en época contemporánea. De sus imágenes son reseñables las que figuran en el retablo del Bautista de Santa Paula (1637), así como las esculturas que adornan los retablos de San Clemente y Santa Clara, ya citados. En el campo del relieve, además de los del desaparecido retablo de la Concepción de San Juan de la Palma, algunos de los cuales se conservan en la colección March de Palma de Mallorca, cabe citar los del Bautismo de Cristo y los ángeles con la cabeza del Bautista, del retablo de Santa Paula y la Bajada al Limbo del retablo del Cristo del mismo monasterio, desusada iconografía, probable fruto de su relación con Alonso Cano. Muy interesantes son también los relieves que adornan el Retablo mayor de San Pedro de Sevilla, centrados en los principales momentos de la vida del apóstol, si bien únicamente son de su mano los que adornan el primer cuerpo (María Teresa Dabrio González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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