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viernes, 24 de febrero de 2023

Los principales monumentos (Ermita de Nuestra Señora de la Coronada; e Iglesia de Nuestra Señora de los Remedios) de la localidad de Cortelazor la Real, en la provincia de Huelva

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte la provincia de Huelva, déjame ExplicArte los principales monumentos (Ermita de Nuestra Señora de la Coronada; e Iglesia de Nuestra Señora de los Remedios) de la localidad de Cortelazor la Real, en la provincia de Huelva.
Ubicación
     En la Sierra de Aracena y Picos de Aroche
Reseña histórica breve
     La historia de esta villa, que en tiempos pasados fue aldea de Aracena, se remonta a épocas romanas de la que se han encontrado vestigios cerca del Santuario de Nuestra Señora de la Coronada, donde se han hallado monedas del emperador Augusto y del tiempo de la República. Obtuvo el título de Villa en 1631, por la concesión realizada por Felipe VII, y que fue confirmada por Fernando VII en 1818. Desde su reconquista efectuada por Alfonso X, había pertenecido a Sevilla hasta la creación de la provincia de Huelva en 1833. Durante el reinado de Alfonso X, y continuando con la costumbre heredada del su padre Fernando III el Santo en el repartimiento de las tierras conquistadas, Cortelazor pasó a pertenecer a los hermanos Palomeros, a quienes les fue concedida una franja de territorio. Cortelazor deriva su nombre de Corte del Rey Azor, un cabecilla árabe que se hizo independiente por estas tierras en tiempos de los reinos de Taifas.
     Las Romería tiene un marcado carácter de fiesta tradicional de Andalucía, suponen una señal de identidad y por ello es necesario y muy importante conservarlas y potenciarlas.
     El origen de la Romería de Ntra. Sra. de la Coronada es difícil de precisar y concretar, ya que nos encontramos ante una localidad altamente devota y dedicada al cuidado y culto de la imagen. El primer dato fehaciente que se posee, consta del siglo XIV-XV fecha en el que algunos historiadores sitúan esta bellísima imagen de estilo gótico decadente con el niño Jesús en sus brazos, portando en su mano dicho niño, una tierna paloma. La formación de la hermandad del mismo nombre arranca hacia el año 1881, presidida por el párroco padre López Marín, siendo sus reglas aprobadas el 25 de Noviembre del mismo año. La ermita vieja debido al estado de ruina se demolió y se restauró en 1962. Esta hermandad realizaba su estación de penitencia el lunes de Pascua de Resurrección con una función homenaje en su ermita, a la que acude todo el pueblo unos andando y otros a caballo dándole un colorido a las fiestas muy destacable.
     En la actualidad se celebra cada 2º domingo de Mayo. A las 9 de la mañana sale de la iglesia del pueblo el simpecado de la virgen (con una imagen de plata en la parte superior, en una carreta adornada y tirada por mulos). Los hermanos son más de 250 y todos colaboran con gran entusiasmo al esplendor de la fiesta, a la que acuden los vecinos del pueblo que están fuera de la localidad y muchos romeros de toda la sierra siendo muy importante la convivencia entre los familiares que a veces se ven sólo en esa época del año y que vienen para ese evento religioso y cultural, permaneciendo unidos venerando a la patrona.
     Otro aspecto a destacar es el triduo que cada año realiza el párroco del pueblo y cada vez va tomando mayor auge, la tradición y la belleza de la romería de la Virgen de la Coronada la han hecho popular en la zona de la sierra y fuera de ella, son muchas las personas que visitan la localidad para contemplarla.
     Sin duda, es una importante potencialidad turística que tiene el municipio que aprovechar, ya que hasta el momento no se ha canalizado adecuadamente, teniendo el ayuntamiento actual entre sus ejes prioritarios de desarrollo el turismo e intentando completar una importante oferta, alrededor de la fiesta de Ntra. Sra. de la Coronada realzando su atractivo turístico, su riqueza cultural, histórica y tradicional así como lo que supone de valor añadido para el municipio en cuanto a promoción.
Patrimonio cultural y artístico
     La Iglesia parroquial de Nuestra Señora de los Remedios datando dicha parroquia del 1565. Este templo parroquial, construido entre 1565 y 1587, consta de cinco tramos en su única nave. Los primeros pertenecían a la iglesia original y el último fue añadido en la ampliación del siglo XVIII. En esta misma ampliación se cambió la espadaña por la torre que corona el templo, adosada al lateral derecho de la fachada. En la actualidad tiene dos hermosas campanas, llamadas “Ave María”, la mayor y “Jesús, María y José” la pequeña. Ambas fueron refundidas en 1.834.
     El porche que la rodea por completo se mantiene en tres fachadas, habiendo desparecido de la parte delantera la integración en la plaza. Sobre la fachada sur se encuentra un reloj de sol que data de 1.701.
En el interior del templo se encuentran el altar Mayor, el de la Virgen del Rosario, el de las ánimas, el de San Antonio, el de la Virgen de los Dolores y el de San Agustín.
     Dos tesoros que encierra son las Pinturas Murales del siglo XVI y el cuadro de la Divina Pastora de Alonso Miguel de Tovar (en exposición en Sevilla en estos momentos). La Parroquia es el pequeño corazón de Cortelazor, cuyas épocas de prosperidad o decadencia se van a reflejar en la ampliación o abandono de la misma, siendo la ultima ampliación la realizada en el siglo XVIII.
      Igualmente son destacables los frescos que aparecen en el retablo de la parroquia y que aún están por descubrir en parte, permaneciendo desmontado una parte del altar por esta causa.
Fiestas y tradiciones
     Cruces de mayo día 3 (05/2009).
     Día de San Juan. Fiesta del Chopo. Sábado 20 de junio. Domingo 21 de junio Comuniones.
     Certamen Nacional de Pintura al Aire Libre. Día 2 de agosto.
     Fiestas Patronales 14/15/16 de agosto.
Recursos económicos y sociales
     Agricultura, ganadería y turismo rural.
Gastronomía
     El jamón y carne ibérica (Diputación Provincial de Huelva).
       Los primeros indicios de poblamiento en su término municipal se remontan a la Edad del Bronce ya que en los parajes próximos a la Rivera de Verba han sido localizados numerosos yacimientos. De época romana, se conservan restos arquitectónicos en los alrededores de la ermita de Nuestra Señora de la Coronada, de donde proceden fragmentos de columnas de mármol y de granito, conservadas hoy en un cortijo próximo. Tras la Reconquista cristiana, a mediados del siglo XIII, debió ser fundado el núcleo actual de población, que quedó administrativamente bajo la jurisdicción de Aracena en calidad de aldea. En 1631, reinando Felipe IV, le fue concedido el título de villa, confirmado en 1818 por Fernando VII (Manuel Jesús Carrasco Terriza, Juan Miguel González Gómez, Alberto Oliver Carlos, Alfonso Pleguezuelo Hernández, y José María Sánchez Sánchez. Guía artística de Huelva y su provincia. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2006).
     Cortelazor la Real dista 4 km de Los Marines y guarda cierta semejanza en el aseo de casas y calles, así como en la ar­monía de fachadas. El templo parroquial de Nuestra Señora de los Remedios, alzado en la segunda mitad del siglo XVI y ampliado posteriormente, encierra el interés adicional de no haber sufrido los efectos devastadores de la Guerra Civil. Conserva unas pinturas murales detrás del retablo mayor realizadas en el último cuarto del siglo XVI y un lienzo que representa la Divina Pastora y está fechado en 1748. Es una obra de Alonso Miguel de Tovar, pintor de cámara del monarca Felipe V (Pascual Izquierdo, Un corto viaje a Huelva. Guiarama compact. Anaya Touring. Madrid, 2012). 
     En una ladera sin excesivos desniveles, orientada al norte-nordeste, en plena Sierra de Aracena, junto a la vaguada de un pequeño arroyo, y rodeado de importantes masas arboladas y algunas zonas de cultivos. Sus altitudes más significativas: Plaza, 622,5 m.; Escuela, 650,0 m.; Borde norte, 624,0 m.
     En general el trazado se adapta a la topografía produciéndose vías sensiblemente paralelas o perpendiculares a las líneas de nivel, lo que provoca que estas últimas calles tengan una gran pendiente. Su trama viaria urbana se caracteriza además por varias cuestiones. En primer lugar, la carretera principal de acceso posee un trazado tangente al núcleo urbano y sirve de apoyo para el desarrollo lineal de la edificación, convirtiéndose en parte del viario urbano.
     En el interior se diferencian dos zonas claramente diferenciadas en su forma urbana: la correspondiente al núcleo originario, con una trama más densa, formada por calles de trazado muy irregular y en la que existen todavía algunos adarves; y la zona de expansión, con calles de mayor anchura y trazado algo más rectilíneo y regular. Existe también cierta diferencia entre calles principales y calles de servicio, que en general son vías de acceso a las traseras de las viviendas y a los corrales. De éstas parte un trazado más confuso surgido de la necesidad de conectarlas con determinadas vías pecuarias y caminos de servidumbre entre parcelas. Estas vías tienen el carácter de caminos semiurbanos y no están dotados de servicios ni pavimentados.
     Núcleo formado por la unión de varios de pequeño tamaño. La estructura actual se apoya en la de estos núcleos originales (casi inexistente) y en los ejes de unión entre ellos, así como en los trazados de los diferentes caminos/carreteras que salen del Casco. Las calles de trazado retorcido y anchuras variables, en ocasiones con importantes pendientes (en aquellas perpendiculares a las curvas de nivel), que en ocasiones deben resolverse con tramos de escaleras. Manzanas muy irregulares (con tamaños y formas variados), de menor tamaño en la parte más antigua. Son pocas las manzanas completas, mientras que son mayoría las de borde, con fachada principal a calle, y traseras dando a patios o parcelas cultivadas.
     Sus manzanas, generalmente cerradas, responden a una ocupación extensiva y suelen ser irregulares. En el núcleo originario son más densas y de menor tamaño. Por contra las situadas en las zonas de crecimiento son menos densas y de mayor dimensión. De carácter singular son aquellas que se sitúan en los bordes del núcleo o a lo largo del camino de entrada, convirtiéndose en mediadoras entre el espacio urbano y el rural. Las parcelas tienen una lógica correspondencia con las tres situaciones descritas. En la primera suelen ser más irregulares y más pequeñas y su ocupación se acerca bastante al 100%.. No obstante, en este núcleo primitivo, existen parcelas de buen tamaño ocupados por la Iglesia y algunas casas de mayor importancia. En la zona de expansión las parcelas adquieren mayor tamaño y la edificación sólo ocupa la parte delantera de la misma, reservándose el fondo como patio, huerto o corral; su ocupación no suele sobrepasar por tanto el 70%. En las manzanas de borde las parcelas son también de buen tamaño y tienen gran parte de su superficie utilizada como corral, huerto o prado para pastos. Este tipo de parcelas se encuentra en ocasiones en el interior del núcleo creándose grandes vacíos urbanos cerrados con cercas de piedra.
     La tipología residencial predominante responde a la vivienda unifamiliar entre medianeras, que incorporan en la mayoría de los casos espacios para el uso agrícola o ganadero, especialmente almacenes. La altura de estas edificaciones es de una o dos plantas con soberado, desván o granero en la planta superior. Sólo en casos excepcionales aparecen edificaciones de tres plantas. Suelen tener dos o tres crujías paralelas a la fachada a las que se le agrega un cuerpo de edificación en el patio donde se ubican las dependencias, relativamente recientes, como la cocina y el baño. En el sentido perpendicular a la fachada, las viviendas pueden constar con uno, dos o tres portales, según el ancho de la parcela y la
importancia del edificio. En el fondo de la parcela se sitúa el corral y a veces tiene acceso desde la calle trasera, disponiéndose en el mismo piezas complementarias para el uso agrario. Constructivamente, los muros suelen ser de tapial, pudiendo ser de piedra granítica o caliza la planta baja, o simplemente el zócalo. La estructura es de madera y la cubierta, a dos aguas está formada por teja árabe curva. Los paramentos están enfoscados con mortero de cal y encalados. La carpintería es de madera, aunque se está sustituyendo por materiales metálicos.
     Conviven dos variantes de esta arquitectura una de mayor escala y residencia de las clases más pudientes, y otra más popular que constituye la mayor parte del caserío. En las primeras destacan el mayor tamaño de los huecos, la mayor altura de plantas, el remate de la fachada con pretiles que ocultan las tejas y una composición donde prima la simetría y un cierto ornato. Las segundas responde a una disposición de los huecos más aleatorio y una mínima ornamentación. El predominio del macizo sobre el hueco y los aleros son prácticamente generalizados. Un elemento que se repite con cierta asiduidad es la solana, producida por el retranqueo de la primera crujía en la planta alta, y con cubiertas sostenidas por pilares que sostienen arcos de medio punto o de carpanel (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Ermita de Nuestra Señora de la Coronada
     Este edificio se levanta sobre un yacimiento arqueológico de época romana, de donde proceden cierto numero de sillares y fragmentos de fustes de columnas que fueron reutilizados en la construcción de la primitiva ermita. La actual es un edificio levantado en 1962, con la peculiaridad de mantener estructuralmente la tipología medieval de arcos transversales. La imagen de Nuestra Señora de la Coronada es una interesante escultura de la primera mitad del siglo XVI muy restaurada posteriormente (Manuel Jesús Carrasco Terriza, Juan Miguel González Gómez, Alberto Oliver Carlos, Alfonso Pleguezuelo Hernández, y José María Sánchez Sánchez. Guía artística de Huelva y su provincia. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2006).
     La ermita se encuentra junto a un cortijo; en la parte trasera de la misma nos encontramos una vivienda y en los alrededores hay diversas instalaciones relacionadas con la ganadería. La antigua ermita fue totalmente destruida en los años sesenta construyéndose la ermita actual.
     Esta ermita consta básicamente en el exterior de un campanario y un porche cubierto donde se encuentra la entrada principal. Sobre la misma hay una placa conmemorativa que fecha el año de inauguración de la ermita en 1962. Antes de entrar en la ermita nos encontramos con unas gradas en la carretera, a mano derecha, en el otro lado de la carretera, se encuentra el mostrador del kiosco utilizado durante la romería y a su lado un cercado habilitado como plaza de toros, donde algunos años se ha soltado una vaquilla. Frente a la puerta principal de la ermita se encuentran los servicios y una pequeña fuente. En el lado derecho de la entrada hay una pequeña edificación exenta que es utilizada para guardar la carroza de la Virgen que ha sido inaugurada en 1996. La ermita está constituida por una sola nave, con un pequeño altar y en la pared en una modesta peana está la imagen de la Coronada. A la izquierda del altar se encuentran las lámparas que son encendidas por los devotos. En la parte de la puerta a mano derecha, colgadas de una percha, aparecen algunas ropas con papeles escritos en señal de agradecimiento a la Virgen (exvotos).
     El primer aspecto que llama la atención del visitante es el carácter totalmente nuevo de la ermita, hecho que podría llevarnos a pensar que la devoción de la Virgen de la Coronada es de reciente implantación. Sin embargo, y como veremos en la fecha extensa, nada más lejos de la realidad. La desaparecida ermita podría datar del siglo XV, y la hermandad es de finales del siglo XIX. El edificio pese a su escaso interés artístico es el centro ceremonial más importante de Cortelazor. La devoción a la Coronada es mucho más fuerte que la existente a la Virgen de los Remedios (patrona de la localidad). A pesar de la apariencia externa de la edificación, responde a un esquema plenamente tradicional, tanto en su uso como en las creencias asociadas al espacio. De hecho es significativo como en este renovado espacio nos encontramos aún con la costumbre desaparecida ya en buena parte de las ermitas (desaparición alentada por la iglesia oficial) de llevar exvotos.
     Tan interesante como la ermita es el espacio que la rodea. En los últimos años estamos asistiendo a la construcción de espacios anexos a las ermitas. Junto a estos nuevos espacios nos encontramos con algunos usos que en ocasiones, como en este caso, tienden a desaparecer por las imposiciones administrativas como es el hecho de las novilladas.
     Próximo a la ermita, al otro lado de la carretera, nos encontramos con un corral construido de forma totalmente tradicional que ha sido habilitado como plaza de toros. Este hecho no es inusual en la Sierra, en muchos casos nos encontramos con plazas de toros en las proximidades de los lugares romeros. Un buen ejemplo lo tenemos en otro de los espacios inventariados, como es la ermita de San Bartolomé en Alájar (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Iglesia de Nuestra Señora de los Remedios
     El planteamiento general del edificio responde a la tipología de iglesias de arcos transversales de nave única con presbiterio cuadrado, datable en la segunda mitad del siglo XVI. Las obras debieron iniciarse en torno al año 1570, momento en que sabemos que se trabajaba en su cimentación y comenzaban a levantarse sus mu­ros perimetrales. En 1575 ya se cubría el presbiterio con su bóveda vaída de nervios radiales y concéntricos, continuando las obras a buen ritmo hasta quedar su nave concluida a comienzos del XVII. Posiblemente, el diseño de este nuevo templo se debió al arquitecto Hernán Ruiz II. La portada de la fachada Sur presenta un esquema muy empleado por este arquitecto, tipología que se repite en las parroquias de Corterrangel, Puerto Moral, El Cerro del Andévalo o el Real de la Jara. A mediados del siglo XVII se levantó la capilla Bautismal.
     Más importantes fueron las obras de la segunda mitad del siglo XVIII cuando se decidió ampliar la nave con un tramo más por los pies. Ello obligó a labrar una nueva fachada con su correspondiente portada y a construir una torre adosada a su flanco derecho. Todas estas reformas fueron proyectadas y ejecutadas por el arquitecto neoclásico Fernando Rosales en la década de 1780.
     La visita a este templo resulta muy interesante dado que es uno de los pocos en la comarca que conserva muy completo el conjunto de sus retablos y el ajuar litúrgico acumulado a lo largo de la historia.
     Preside el presbiterio, un retablo mayor, neoclásico, tallado en 1817 por el escultor sevillano Luis de las Águilas. La imagen titular de la parroquia, Nuestra Señora de los Remedios, es una escultura de vestir realizada a principios del siglo XVII por el tallista Luis de Cazalla, aunque muy intervenida posteriormente. En las hornacinas laterales, se sitúan imágenes de San José con el Niño y San Juan Bautista, ambas del siglo XVIII.
     Recientemente,  tras este retablo, ha sido encontrado un interesante conjunto de pinturas murales de carácter popular, datables en el último cuarto del siglo XVI. En el centro se representa un Calvario, flanqueado a su izquierda por el Bautismo de Cristo, sobre la puerta de la capilla del «reservado  eucarístico», y, a la derecha, por una Santa sin atributos. En la parte superior del muro testero, aparece Dios Padre junto a San Miguel arcángel y un Santo Obispo -posiblemente San Blas-, y dos pequeños escudos. Se des­conoce su autor, aunque sabemos con certeza que el con­junto se realizó entre 1575, año en que se concluyeron los muros del presbiterio, y 1602 momento en que se encargó su primer retablo.
     En los muros laterales y en la bóveda se han descubierto parcialmente otras pinturas que podrían datarse en los siglos XVII o XVIII. Tam­bién en este espacio se conservan dos lienzos de buena factura: el primero representa a la Divina Pastora está fechado en 1748 y es su autor Alonso Miguel de Tovar, pintor natural de Higuera de la Sierra que, como consta en una inscripción del mismo cuadro, pintó la obra en Madrid siendo entonces pintor de Su Majestad. El segundo cuadro es anónimo y representa la Imposición de la casulla a San Ildefonso, siendo datable en la primera mitad del siglo XVII.
     Ocupa el testero de la nave izquierda el retablo de la Virgen del Rosario, obra del segundo tercio del siglo XVIII. Preside su hornacina central una escultura de madera policromada de la Virgen del Rosario, vinculable con el círculo de Benito de Hita y Castillo, flanqueada por dos imágenes de San José con el Niño y San Antonio de Padua, ambas de la época del retablo.
     El retablo de San Antonio de Padua, de orden salomónico y datable a principios del siglo XVIII contiene, el Santo titular, San .Joaquín y Santa Ana, junto con el lienzo de San Cristóbal en el ático, también de la época del retablo.
     En el último tramo, se sitúa el retablo de la Vir­gen de los Dolores, de estilo neoclásico y orden corintio, tallado en el siglo XIX. La imagen titular es de vestir, de la misma época, al igual que la pintura del ático.
     Pasando a la nave de la derecha, hallamos en primer lugar el retablo del Sagrado Corazón de Jesús, obra neoclásica de principios del siglo XIX. Todas las esculturas que contiene son de telas encoladas y datables en la época del retablo.
     El retablo-marco de la Trinidad y Ánimas Benditas del Purgatorio, según consta en una inscripción, fue realizado en 1711, siendo mayordomo de la parroquia Juan García Durán. Su marco, de madera tallada, data de esa época aunque el lienzo que contiene pudo ser renovado al datar el que se conserva hoy de 1806.
     En el testero de la nave de la derecha se encuentra el retablo del Crucificado, de estípites y datable en el segundo tercio del siglo XVIII. El Cristo es de mediados de ese siglo y está acom­pañado de una escultura de madera policromada de la Inmaculada Concepción, vinculada con la producción del imaginero Hita del Castillo y una Virgen de la Asunción, obra anónima sevillana, de hacia 1800.
     También, junto a este retablo, en el interior de una hornacina abierta en el muro, se localiza una pequeña imagen de San Rafael, del siglo XIX. Dispersos por la nave se ubican distintos bancos y sillones fraileros, fechables entre finales del siglo XVI y el siglo XVIII.
     En la Sacristía, además de la cajonería y de un Niño Jesús, de la segunda mitad del siglo XVII, se conserva un interesante conjunto de platería y ornamentos, del que destacan un cáliz plateresco del segundo cuarto del siglo XVI, unas crismeras manieristas de hacia 1600 y varias piezas rococó, del tercer cuarto del siglo XVIII, junto a un rico repertorio de casullas del siglo XIX (Manuel Jesús Carrasco Terriza, Juan Miguel González Gómez, Alberto Oliver Carlos, Alfonso Pleguezuelo Hernández, y José María Sánchez Sánchez. Guía artística de Huelva y su provincia. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2006).
     La iglesia se sitúa en la plaza de la localidad, uno de los espacios centrales de la sociabilidad local. Se trata de una obra fechada en el siglo XVI con añadidos posteriores. La portada y la torre parecen ser del siglo XVIII, posteriores al terremoto de 1755 que desoló gran parte de los monumentos de la provincia.
     Se compone de una nave central cuya cabecera es un ábside abovedado, anexo al ábside se sitúa un cuerpo de dos plantas, donde se ubica la sacristía, y a los pies de la nave se sitúa la torre y otras dos dependencias a las que se accede a través de ésta. A la sacristía se accede por el altar mayor, y a la segunda planta del anexo por una escalera exterior de 13 peldaños adosada al muro.
     La estructura de la iglesia es de gran sencillez y al mismo tiempo de gran belleza, está formada por cuatro crujías separadas entre sí por muros traveseros en los que se abren grandes vanos mediante arcos de medio punto.
     La cubierta es de vigas de madera y tablazón vista, con cubrición a dos aguas de teja árabe.
     En el proceso constructivo de la Iglesia, la nave y el cuerpo anejo al ábside parecen ser de la misma época, y posteriores el servicio adjunto a la sacristía, los cuerpos añadidos de ambos lados de la nave central, la portada y la torre.
      Los volúmenes y los elementos decorativos de las distintas dependencias nos dan evidencias de las distintas fases del proceso constructivo. La nave y el cuerpo anejo al ábside presentan el mismo artesonado, decoración y otros elementos comunes, el volumen del servicio adjunto a la sacristía se superpone claramente a estructura clara y pura de la fachada trasera, los cuerpos laterales presentan una cornisa distinta a la formada por ladrillo a 45º en esquina que recorre el conjunto del edificio, y la planta de la torre no coincide ni guarda relación con las medidas de la crujía.
     En la torre se distinguen decorativamente los elementos portantes de los decorativos, estando los primeros, incluido el cuerpo central de la torre pintados a calamocha y los segundos (cornisas, molduras, pilastras, capiteles...) enfoscados y pintados en almagra (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     
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El busto de Don Juan de Austria, en la enjuta, entre los arcos de las provincias de Lérida y de Logroño (La Rioja), de la Plaza de España

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el busto de Don Juan de Austria, en la enjuta, entre los arcos de las provincias de Lérida, y de Logroño (La Rioja) de la Plaza de España, de Sevilla.
    Hoy, 24 de febrero, es el aniversario del nacimiento (24 de febrero de 1547) de Don Juan de Austria, personaje representado en esta enjuta de la Plaza de España, así que hoy es el mejor día para Explicarte el busto de Don Juan de Austria, en la enjuta, entre los arcos de las provincias de Lérida, y de Logroño (La Rioja) en la Plaza de España, de Sevilla.
     La plaza de España consta de cuatro tramos de catorce arcos cada uno, en cuya parte inferior se sitúan bancos de cerámica dedicados a cada provincia española. Flanquean el conjunto dos torres, denominadas Norte y Sur, intercalándose tres pabellones intermedios, que corresponden a la Puerta de Aragón, la Puerta de Castilla y la Puerta de Navarra. El central o Puerta de Castilla es de mayor envergadura y alberga la Capitanía General Militar.
     En las enjutas de los arcos que componen la gran arcada que circunda toda la plaza, dentro de unos tondos de profundo sabor renacentista italiano, modelados en alto relieve y esmaltados en blanco sobre fondo azul cobalto, aparecen los bustos de personajes de especial relevancia en la historia de España. Su ejecución original corrió a cargo de las Fábricas de Mensaque Rodríguez y Cía. y de Pedro Navia.
     En orden cronológico, figuran tanto aquellos destacados en las ciencias, en las humanidades, en las artes o en las armas, como reyes o santos.
     Son un total de cincuenta y dos, distribuidos en cuatro series de trece personajes, dispuestos entre los catorce arcos de cada tramo de la plaza.
     Es sorprendente el repertorio  de estos personajes ilustres que desde sus privilegiados balcones en la arcada, disfrutan del ancho espacio de la hermosa plaza. Simultáneamente, ellos son vistos por los paseantes  como muestra de la gloria de España y como ejemplo a seguir (La Cerámica en la Plaza de España de Sevilla, 2014). 
     En este caso el personaje histórico representado es Don Juan de Austria, en un busto que directamente hay que relacionarlo con la pintura anónima existente en el Museo del Prado, realizada hacia 1575.
Conozcamos mejor a Juan de Austria (1547-1578), personaje representado en la enjuta entre los arcos de las provincias de Lérida, y de Logroño (La Rioja), de la Plaza de España:     
     Juan de Austria. (Ratisbona, Alemania, 24 de febrero de 1547 – Namur, Bélgica, 1 de octubre de 1578). Hijo natural de Carlos V, almirante y general, gobernador de los Países Bajos, consejero de Estado.
     La biografía de Juan de Austria es, sin duda, una de las más desconcertantes del Renacimiento, aunque esta época fuese tan rica en personajes extraordinarios.
     Trayectoria tan excepcional se entiende con facilidad cuando se recuerdan los orígenes del personaje.
     Fue hijo natural del emperador Carlos V —ya viudo de la emperatriz Isabel desde hacía más de siete años— y de una joven alemana, de dieciocho o diecinueve años, Bárbara Plumberger (luego llamada Blomberg en Flandes), hija de burgueses o de artesanos, que Carlos V tuvo la oportunidad de conocer durante una estancia de varios meses en la ciudad de Ratisbona, con motivo de un importante coloquio y de la Dieta del Imperio. El mismo Emperador lo confiesa en el codicilo de su testamento redactado en Bruselas el 6 de junio de 1554, que entregó a su hijo Felipe en septiembre de 1556.
     La fecha de nacimiento de este hijo dio lugar a debate y varios autores siguen atribuyendo ésta al año 1545. Pero, además de ser casi imposible, considerando las idas y vueltas del Emperador, hay pruebas contundentes, especialmente una medalla del busto de don Juan con el Collar del Toisón de Oro, acuñada en Nápoles por Giovanni Melon, que ya no deja lugar a duda.
     No se sabe casi nada de los primeros años de la vida de Juan de Austria, cuyo nombre de pila fue Jerónimo.
     Se sabe que el Emperador, “por consolar la soledad”, tuvo varios amores “dondequiera ha estado [...] con mujeres de alta o baja condición”, según la Relación de España del embajador veneciano Federigo Badoaro.
     Pero el César no deseaba dar la menor publicidad a sus deslices amorosos. Por otra parte, la madre del recién nacido no ofrecía garantías de criar bien al niño.
     De modo que el Emperador quitó pronto el niño a su madre, tal vez cuando aún era lactante. Se sabe que le puso al cuidado de su ayuda de cámara, Luis de Quijada, a la sazón aún soltero, y la única hipótesis correcta es que este último se lo encargó a una mujer de confianza, quizás una nodriza elegida con esmero, y que no la perdió de vista. Sólo tres o cuatro personas estaban informadas y ni siquiera el heredero de la Monarquía, don Felipe, lo supo hasta 1556.
     En cambio, a partir de los tres años y medio, se conoce bastante bien la educación del hijo natural del Emperador, que no sospechaba cuál era su estirpe. Lo cierto es que se puede afirmar que desde entonces, desde su llegada al pueblo castellano de Leganés, la educación del desconocido príncipe casi fue modélica.
     De 1550 a 1564, dicha educación se desarrolló en tres fases y, durante las dos primeras, el joven Jerónimo siguió ignorando el secreto de su nacimiento y las mismas personas que le cuidaban también, con la excepción de Luis de Quijada.
     Del verano de 1550 al de 1554, el joven vivió en una casa sencilla de Leganés bajo la tutoría de un violero de Su Majestad, Francisco Massy, ya jubilado, y de su mujer, Ana de Medina. La pareja se encargó del niño un año antes, en Flandes, según lo testifica un recibo firmado por Francisco Massy, y se lo llevó con ella en el viaje a Castilla. Como Ana de Medina era analfabeta, el cura de Leganés, Bautista Vela, tenía teóricamente el deber de enseñar al chico las primeras letras y los rudimentos de la religión. Pero, muy holgazán y sin sospecha de la identidad del rapaz, Bautista Vela no le hizo caso, de modo que, durante tres años completos, Jerónimo vivió con toda libertad.
     Compartió la vida sana de los pilluelos de Leganés, corriendo en el campo, cazando pájaros y conejos, jugando a combates de moros y cristianos. Evidentemente, a los siete años, el muchacho era fuerte, ágil, despabilado, pero no sabía nada: a duras penas podía deletrear el alfabeto.
     Luis de Quijada, que, entre tanto, se había casado con una mujer de elite, Magdalena de Ulloa, enterado de los resultados de este modo de vida muy elemental, los dio a conocer al Emperador. Ambos resolvieron dar rumbo nuevo a la crianza de Jerónimo, con un cambio drástico de su medio ambiente y de los responsables de su educación.
     La segunda fase de esta pedagogía original, desde 1554 a 1559, fue a cargo de Luis de Quijada y de su joven esposa, inteligente y cariñosa, que tampoco estaba enterada de la estirpe de Jerónimo: para el niño, ya bien vestido, que vivía en una casa señorial, en Villagarcía de Campos, el cambio fue asombroso. La misma Magdalena cuidó de la formación espiritual de su pupilo, oyendo con él la misa diaria, incitándole más bien a una caridad activa. Unos capellanes dieron a Jerónimo lecciones de Gramática, Retórica, Matemáticas, Astronomía y Latín, estas últimas con poco éxito. En cambio, el joven supo rápidamente expresarse con soltura y la historia le apasionaba. Cuando llegaba Luis de Quijada a casa, Jerónimo no se cansaba de escuchar, durante horas, las relaciones políticas y militares del ayuda de campo del Emperador, las sutilezas de la diplomacia, los juegos complicados de la Europa del siglo, con los problemas que planteaban la Reforma protestante, la competencia con Francia, el auge del imperio turco. Por otra parte, Jerónimo aprovechaba con éxito la enseñanza de un antiguo escudero de Luis Luis de Quijada, Juan de Galarza: equitación, manejo de armas, táctica, uso de la artillería, etc.
     Quizá, más inesperadas aún para el joven fueron unas visitas al Emperador en Yuste. Cuando, en febrero de 1557, Carlos V se estableció en el monasterio extremeño, pidió a Luis y a Magdalena tomar residencia en el pueblo vecino de Cuacos. Luego invitó varias veces a Magdalena a visitarle con su paje, es decir, Jerónimo. Pero el Emperador no quiso reconocer a su hijo en público ni en privado. Murió el 21 de septiembre de 1558 sin haberlo hecho, confiando esta misión a Felipe II que, el 28 de septiembre de 1559, aprovechando una cacería, en presencia de unos grandes señores, reveló el secreto. El muchacho, de doce años y medio, quedó mudo.
     Ya incorporado a la Casa Real como un príncipe más, el nuevo don Juan recibió el tratamiento de un infante de Castilla con casa propia. Ahora empieza la tercera fase de su educación: la experiencia de la Corte, con un trato privilegiado de parte del Rey y de la Reina (incluso llevaría en sus brazos el día de su bautismo a la recién nacida Isabel Clara Eugenia), pero el tiempo fuerte de esta tercera fase sería el de los estudios en la Universidad de Alcalá de Henares, con dos príncipes más: sus “sobrinos” don Carlos, el hijo de Felipe, heredero de la Monarquía, ya que, según el Rey la influencia de don Juan podía ser positiva, y Alejandro Farnesio, hijo de Margarita de Parma y de Octavio Farnesio, nieto a la vez de un Papa y de un Emperador (caso poco corriente), que se revelaría como uno de los políticos y generales más dotados de su tiempo. El programa de estudios que Juan y Alejandro siguieron puntualmente (Carlos algo menos) durante cuatro años académicos era muy completo: Artes Liberales, Gramática, Derecho, Arte Militar más ejercicios físicos. Es cierto que don Juan, al contrario de Alejandro, no se entusiasmó por las Artes Liberales, a pesar de la excelencia de los maestros, pero sí por la estrategia. El joven príncipe cumplía con los deberes religiosos, pero sin mucho fervor. Ya se podía vaticinar que la ilusión de Carlos V, expresada explícitamente en el codicilo de su testamento, que su hijo “de su libre y espontánea voluntad tomase hábito en alguna religión de frayles reformados”, quedaría frustrada.
     Llama la atención esta propensión de los reyes de esta época a que sus hijos o hijas naturales redimiesen por una vida de oraciones y penitencias los pecados de sus padres.
     Así, a los dieciocho años, concluyó esta educación variada, original, tal vez más pertinente que la de muchos príncipes. Empezó entonces un período relativamente corto de transición (1564-1568): en 1565, don Juan, con ansias de demostrar sus dotes y dejar patente la cualidad de su “sangre real”, cabalgó hasta Zaragoza con dos jóvenes caballeros, a pesar de la prohibición de su hermano, para acudir al socorro de Malta sitiada por los turcos. Fue también el tiempo de los primeros amores, con María de Mendoza, pariente de la princesa de Éboli, de quien tuvo una niña que cuidó Magdalena de Ulloa. En diciembre de 1567, don Juan no se dejó ya seducir por las locuras de don Carlos, cuando éste quiso huir de la Corte para viajar a Flandes, y avisó a Felipe II. Así demostró ser digno de la confianza del Rey y poseer sentido de la responsabilidad.
     Como dos de sus primeras hazañas destacan la Guerra de Granada, durante dos años (desde abril de 1569 hasta noviembre de 1570) y el mando de la Santa Liga con el colofón de la extraordinaria victoria de Lepanto, el 7 de octubre de 1571. Asimismo, se puede aludir a la conquista efímera de Túnez. El asunto de Flandes, por su parte, fue una trampa que acabaría con la vida de don Juan.
     Felipe II, convencido de las cualidades de su hermano y deseoso de brindarle oportunidades para demostrarlas, aprovechó, en abril de 1568 la dimisión de García de Toledo de su doble cargo de virrey de Sicilia y capitán general del mar para nombrar a don Juan en este último cargo. Para más seguridad Felipe nombró al lado de don Juan a Luis de Requesens y Zúñiga, vicealmirante de la Armada. Así, durante tres meses y medio, navegando en las zonas costeras de Levante y Andalucía, en busca de los corsarios, don Juan aprendió las técnicas de navegación, el conocimiento de las maniobras delicadas de las galeras, especialmente de la boga, supo leer los movimientos del viento y los colores del mar, adivinar la venida de los temporales. Pero, en octubre de 1568, en una escala en Barcelona, se enteró de la mala salud de la reina Isabel, cuyo nuevo embarazo llevaba un rumbo fatal.
     Viajó pronto a Madrid, donde estuvo presente en los últimos días de la joven reina.
     El levantamiento de Fernando de Córdoba y Valor, veinticuatro de Granada, elegido Rey bajo el nombre de Aben Humeya en vísperas de la Navidad de 1568 en el valle de Lecrín, y la extensión rápida del movimiento a gran parte de las Alpujarras, se convirtió en pocas semanas en una gran preocupación de Felipe II: en febrero de 1569, los rebeldes eran unos ciento cincuenta mil, cuarenta y cinco mil de ellos con capacidad de luchar. Al principio, el marqués de Mondéjar, virrey de Granada, cosechó unos éxitos, pero la irrupción del Ejército del marqués de Los Vélez en la parte oriental del reino de Granada acabó con la unidad de mando, ya que los dos marqueses se odiaban cordialmente.
     Harto de estas discrepancias, cuyo efecto era fatal, el Rey resolvió en abril poner a todos bajo un mando único, el de su hermano don Juan, que había reivindicado el puesto. Felipe no fue tan acertado con la elección del Consejo encargado de asesorar a don Juan, pues en él entraban personalidades que no se llevaban bien; así, el marqués de Mondéjar y Diego de Deza, presidente de la Audiencia de Granada, y un jefe militar competente pero muy suyo, el duque de Sessa. Por suerte, entró también en el Consejo el preceptor de don Juan, tan querido por él, Luis de Quijada.
     En el pensamiento de Felipe II, don Juan no tenía que participar directamente en la guerra. Hasta había prohibido a su hermano salir de Granada. De hecho, don Juan no tuvo parte en las operaciones de la primera fase de la guerra. Además, los jefes militares despreciaron las instrucciones de don Juan: así en junio de 1569, el marqués de Los Vélez no acudió al socorro de la plaza de Serón y la dejó caer a manos de Aben Humeya. Tampoco al principio don Juan logró imponer la disciplina y la prohibición del saqueo a su ejército. La primera intervención de don Juan, la reconquista de Serón, acabó muy mal: las tropas cayeron en la trampa de los moros, se entregaron al pillaje, el contraataque las cogió de sorpresa y los españoles huyeron sin vergüenza. Para colmo de males, Luis de Quijada fue herido mortalmente.
     En esta coyuntura desafortunada, don Juan, al frente de tropas de poco valor, que no tenían nada que ver con los famosos tercios, demostró dotes de caudillo.
     Fue capaz de exaltar a sus hombres y de llevarlos a superarse. Por otra parte, dio pruebas de un sentido estratégico agudo. Así, en el sitio de Galera, plaza que el marqués de Los Vélez no lograba vencer, don Juan entendió inmediatamente la importancia de la artillería gruesa y no dio el asalto antes de abrir brechas profundas en las murallas. Lo mismo hizo, tomar todas las ventajas, antes de asaltar Serón, Tíjola, Purchena, Padules... Por otra parte, supo negociar. Por fin, aunque hubiera preferido una solución más suave, el 1 de noviembre de 1570, conformándose a las órdenes de Felipe II, decretó la expulsión de los moriscos. Había cumplido con su misión, y Felipe II, satisfecho por los éxitos de su hermano y por el temperamento de jefe que acababa de exhibir, estaba dispuesto a confiarle otra de alcance mayor, y con mucho.
     Desde hacía casi un año, el papa Pío V se empeñaba en fomentar la concordia entre estados o príncipes cristianos para organizar una Santa Liga dirigida contra el turco. La empresa era difícil por los recelos que existían entre los aliados potenciales, especialmente venecianos y españoles, por la tentación veneciana de concluir una paz separada con los turcos, por las maniobras francesas que lo intentaban todo para conseguir el fracaso del proyecto. El mismo Felipe II formulaba un pronóstico pesimista a principios del año 1571. A pesar de todo, gracias a la energía del Sumo Pontífice, la Liga fue proclamada el 25 de mayo de 1571 en la basílica de San Pedro de Roma, con participación de España, Venecia, Génova, la Santa Sede y caballeros de Malta. Un detalle importante se había resuelto: el generalísimo de la armada aliada sería don Juan de Austria. Era el deseo de Felipe II pero, aunque España tomase a su costa la mitad de los gastos de la empresa, el Rey dejó la última palabra al Papa. Se conoce la premonición de Pío V, citando al Evangelio de san Juan: “Fuit homo missus a Deo, cui nomen era Joannes”.
     Este nombramiento pudo parecer, sino una locura, por lo menos un atrevimiento arriesgado. Don Juan había probado ser un buen caudillo, pero carecía de la experiencia de la batalla naval, en contraste con la del marqués de Santa Cruz, Álvaro de Bazán, un marino prestigioso, y de Gil de Andrade, con Juan Andrea Doria, el genovés, otro marino de gran talento, con los almirantes venecianos Sebastián Veniero, Agostino Barberigo y Marco Quirini. Pero con este cargo, don Juan, un joven de veinticuatro años, llevaba una responsabilidad aplastante. La armada turca, a pesar de su fracaso en el sitio de Malta, tenía fama de ser casi invencible en un combate naval de gran vuelo. Por si fuera poco, la concentración en Mesina de todas las fuerzas de la armada, iniciada a fines de julio, no se acabó antes del 5 de septiembre, fecha tardía, pues se consumía el verano y muchos pensaban que era demasiado tarde para emprender una campaña decisiva.
     El equilibrio de las fuerzas que se enfrentaron en Lepanto fue impresionante. Casi el mismo número de hombres: noventa y tres mil los cristianos y noventa y dos mil los turcos, sumando remeros, hombres de mar y soldados. Si los turcos tenían más galeras (doscientas treinta contra doscientas siete) y navíos ligeros (setenta contra cuarenta) les faltaban galeazas con gran poder de fuego, tales como las seis venecianas, y la masa de fuego de la Santa Liga era algo superior.
     Considerando este equilibrio, hay que explicar porqué una victoria tan amplia y cuál fue el papel personal de don Juan.
     Se puede esgrimir el derroche de energías previo de la armada turca durante mes y medio en su campaña de Creta, islas Jónicas y Adriática, mientras las chusmas y los soldados cristianos estaban frescos, y no gastados por meses de boga; también ha de contarse el deseo de venganza de los cristianos, especialmente de los venecianos cuando supieron, el 3 de octubre, la falta de palabra de los turcos que habían degollado a los defensores de Famagusta, en Cipra. Sin embargo, los méritos de don Juan fueron sobresalientes, quizá decisivos.
     Primero, sobresalió la voluntad ofensiva de don Juan, bien entendida por Pío V. Se hizo patente en el Consejo de Guerra casi dramático del 1 de octubre, en Igumenitza (Albania). Contra los prudentes que aconsejaban una estrategia defensiva, y aprovechando la obligación de los venecianos de lograr resultados, don Juan resolvió atacar. Es muy probable que Alí Bajá, el almirante turco, se dejara encerrar en el golfo de Lepanto, porque no creía que los cristianos se atreverían a tomar la iniciativa. Así, no pudo desplegar su armada como lo hubiera hecho con más espacio.
     En segundo lugar, destacó la táctica elaborada en el consejo, en que don Juan tuvo un gran papel: colocar a dos galeazas delante de cada ala y del centro, para abrir brechas al principio en la armada enemiga, poner en las alas a dos marinos de gran experiencia, Barberigo y Doria, situar a Álvaro de Bazán en la reserva, contando con su rapidez de decisión, y poner a su lado con el pretexto de honrarles, a Veniero y Colonia, pero con el fin de controlarles. Esta táctica dio frutos magníficos.
     Por último, y tan importante como todo lo anterior, fue la energía y el entusiasmo que don Juan supo comunicar a todo el personal de la armada.
     La victoria cristiana tuvo un carácter absoluto. Provocó en toda la cristiandad un fervor extraordinario: en Venecia, en Roma, en Génova, en España, en Viena. Hasta el rey de Escocia, Jaime VI, compuso un poema a la gloria de Lepanto. De la noche a la mañana, don Juan se volvió uno de los hombres más famosos del siglo, un auténtico héroe. Los artistas se apoderaron del tema de Lepanto y de sus vencedores: lienzos, frescos, retablos, grabados, medallas. Por otra parte, a pesar de lo que pretenden algunos historiadores, las consecuencias no fueron nulas: Fernand Braudel demostró lo contrario.
     Es cierto que la Santa Liga no cosechó los frutos esperados. La campaña de 1572 no resultó, a pesar de que la armada era tan poderosa como en 1571: la falta de conexión entre los aliados, la estrategia defensiva del almirante Uluch Ali, la pérdida de dos oportunidades en Navarino y Modon (la segunda quizá por culpa de don Juan, que no intentó forzar el puerto de Modon) explican esta frustración que provocó discrepancias entre aliados. Además, Pío V había muerto. Luego, la paz separada acordada entre Venecia y los turcos, el 7 de marzo de 1573, significaba el fin de la Santa Liga.
     Don Juan vivió dos inviernos de ensueño en Nápoles. El cardenal Granvelle, virrey de Nápoles, le acogió, según ciertos autores, con estas palabras: “Nápoles es la ciudad apropiada para que de las hazañas en el campo de Marte, paséis, aunque novicio, al jardín de Venus”. De hecho, don Juan, a sus veinticinco o veintiséis años, gozaba de condiciones óptimas para triunfar en las lides de Venus. El francés Brantome lo describe así: “Un príncipe hermoso y muy cabal. Era muy guapo, como acabo de decirlo, de buen tono, muy gentil en todas sus actuaciones, cortés, afable, de gran espíritu, sobre todo muy bravo y valiente [...]”.
     Otros contemporáneos opinaban lo mismo.
     Al parecer, don Juan cambió algo en el curso de estos años: quizá, por los humos de la gloria, por el ambiente especial de Nápoles. Antes tan moderado y discreto en su comportamiento amoroso, ahora casi libertino, dando rienda suelta a su libido. Fue el tiempo de los amores con Diana de Falangola, la piu bella donna de Napoli. Poco tiempo después de salir don Juan a la conquista de Túnez (10-11 de octubre de 1573), Diana dio a luz a una niña, Juana, que cuidaría la hermana de don Juan, Margarita de Parma. Pero, al volver de Túnez, don Juan no hizo caso a Diana (sí que le otorgó una pingüe dote) y vivió otra aventura con una tal Zenobia Saratosia. El episodio siguiente olía a escándalo y perjudicó la fama de don Juan, porque la querida, esta vez, era nada menos que Ana de Toledo, esposa del gobernador militar de Nápoles, la cual aprovechó la circunstancia para enriquecerse.
     En aquellos tiempos, don Juan soñaba ser rey. Le parecía que sólo un Trono real podría borrar la mácula de su nacimiento. Primero, recibió una oferta de los cristianos de la Morea, pero el país quedaba por conquistar y don Juan hubo de admitir que el proyecto tenía poca sustancia. Luego, se perfiló la hipótesis del reino de Túnez: la conquista la realizó el propio don Juan, con cierta facilidad, pero sin destruir las tropas turcas que se retiraron tierra adentro. Desde el punto de vista geopolítico, un reino de Túnez con un soberano español era un proyecto coherente pero, en 1574, la hacienda de Felipe II, al borde de la quiebra, no podía aguantar la inversión precisa. Así Felipe II resolvió alejar a don Juan de Túnez y le envió a Génova con la misión de apaciguar un conflicto entre los bandos de la ciudad. Entre tanto, los turcos reconquistaron Túnez. Felipe II, ya en ese momento, pensaba en su hermano para el tan difícil gobierno de los Países Bajos, y una carta del Rey alcanzó a don Juan, el 3 de mayo de 1576, en Vigevano, cerca de Milán, donde tomaba las aguas para curar dolores de hígado.
     La carta le ordenaba “volar” hasta Flandes para asumir el gobierno de los Países Bajos.
     Don Juan no obedeció. Remitió a su secretario Juan de Escobedo un memorándum en que exponía sus condiciones para aceptar tal cargo: trato personal con presupuesto adecuado, respecto de los usos del país y empleo casi exclusivo de agentes de la tierra, y, por último, last but not least, una política inglesa conforme al sueño real de don Juan: se trataba de la restauración del catolicismo en Inglaterra con la liberación de María Estuardo que se casaría con un príncipe cristiano, evidentemente el mismo don Juan. El príncipe contaba con el apoyo entusiasta del papa Gregorio XIII.
     Ya que no recibía contestación al memorándum, don Juan zarpó hacia Barcelona y se fue hasta El Escorial donde forzó a su hermano a recibirle. La discusión fue larga y difícil pero, a la postre, los dos hombres se pusieron de acuerdo, por lo menos teóricamente.
     Felipe II aprobaba el proyecto de don Juan, pero con la condición previa de la pacificación de los Países Bajos. Durante la estancia de don Juan en la Corte, que se prolongó hasta mediados de octubre de 1576, el príncipe entabló una relación con Antonio Pérez, secretario del Rey y amante de la princesa de Éboli. Don Juan, aún cándido, no se dio cuenta de que el turbio personaje jugaba con dos barajas y pagaría el precio muy pronto.
     El 17 de octubre, don Juan salió disfrazado de mozo de cuerda (de manos de Magdalena de Ulloa) para atravesar clandestinamente Francia con Octavio Gonzaga.
     El 3 de noviembre de 1576 estaba en Luxemburgo.
     La coyuntura no podía ser peor: el día anterior, las tropas españolas (también alemanas, italianas, etc.), exasperadas por el retraso de varios años en el abono de su paga, habían saqueado la gran ciudad de Amberes, cometiendo una matanza y toda clase de atrocidades. La misión de don Juan, encargado de conseguir la paz, parecía imposible. Tuvo que aceptar la salida del Ejército, que empezó el 21 de abril de 1577. Se esfumaba su esperanza de conquista de Inglaterra, ya que no le quedaba instrumento militar.
     Sin embargo, en julio, don Juan, convencido de que Guillermo de Orange y sus partidarios no querían la paz, envió a Escobedo a España con una relación detallada.
     Por otra parte, gracias a las remesas de las Indias, en especial de Potosí, la hacienda de Felipe II mejoró mucho. A principio de 1578, los regimientos españoles de elite estaban de vuelta en los Países Bajos y, el 31 de enero de 1578, en Gembloux, aprovechando el genio militar de Alejandro Farnesio, su querido compañero de Alcalá, don Juan lograba una victoria total sobre el Ejército de los Estados de los Países Bajos. La empresa inglesa se volvía posible: la carta de don Juan a Felipe II del 6 de febrero formulaba explícitamente el proyecto.
     Don Juan ignoraba que, en España, Antonio Pérez tejía su red de mentiras y calumnias para desprestigiarle, sugiriendo que don Juan preparaba una traición por ambición. Pérez insinuó que Escobedo, que seguía en Madrid y que había entendido el juego doble de Pérez, era el mal consejero de don Juan y consiguió el asentimiento tácito del Rey para asesinarle. Simultáneamente, el Rey no contestaba a las cartas de don Juan y no hacía caso a sus sugerencias; al contrario exigía un arreglo pacífico con los Estados, que la voluntad de Guillermo de Orange hacía ilusorio. Cuando, en abril de 1578, don Juan, ya gravemente enfermo, se enteró de la muerte de Escobedo, apuñalado, sospechó lo que pasaba en la Corte. Pero, gastado por las fiebres y la disentería, no podía más. El 28 de septiembre nombró a Alejandro Farnesio por su sucesor y murió el 1 de octubre de 1578 a la una de la tarde.
     Quedaba el problema del doble funeral: el de Namur, a los dos días de la muerte, y el traslado al panteón de San Lorenzo de El Escorial de marzo a mayo de 1579, conforme al deseo de don Juan y por orden del Rey. ¿Por qué este traslado con todos los honores, este recorrido solemne a través de Castilla? La explicación parece sencilla; Mateo Vázquez de Leca, otro secretario del Rey, le hizo descubrir a Felipe la perfidia de Antonio Pérez; luego, la consulta de los archivos de don Juan, llevados a El Escorial, demostró que el príncipe no traicionó nunca a su hermano. Nada se oponía al desarrollo del mito. Don Juan, ya presente en la pintura, el grabado, los tapices y la escultura, entró en la gran literatura: todo el canto XXIV de la Araucana de Alonso de Ercilla está dedicado a Lepanto y a don Juan. Y don Juan aparece en la Galatea y en el capítulo XXXIX de la primera parte del Quijote.
     Su retrato aparece en cuadros de artistas famosos como Alonso Sánchez Coello, en grabados, en medallas, y sigue en pie, en Mesina, su estatua colosal (Bartolomé Bennassar, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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jueves, 23 de febrero de 2023

La Casa Huerta del Corcho, en El Real de la Jara (Sevilla)

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte la Casa Huerta del Corcho, en El Real de la Jara (Sevilla).
     La Casa Huerta del Corcho, se encuentra en la ctra. A-5301, al sureste del núcleo urbano de El Real de la Jara (Sevilla).
      Cortijo de dehesa de estructura arquitectónica en forma de U con majada para las ovejas y pajar. Señorío; almacén; majada o zona para ovejas; pajar. El almacén es utilizado para guardar maquinaria y como cochera. Conserva la caldera donde se cocían los chochos situado en la endulcera cercana al inmueble. 
     La endulcera de chochos con dos albercas y un venero de agua. Hornilla para cocción (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte la Casa Huerta del Corcho, en El Real de la Jara (Sevilla). Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia sevillana.

Más sobre la localidad de El Real de la Jara (Sevilla), en ExplicArte Sevilla.

Un paseo por la calle San Florencio

     Por amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle San Florencio, de Sevilla, dando un paseo por ella
     Hoy, 23 de febrero, en Sevilla, de España, Memoria de San Florencio, confesor (485) [según el Martirologio Romano, de 1956].
      La calle San Florencio es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de la Calzada, del Distrito Nervión; y va de la calle Luis Montoto, a la calle Sacrificio
      La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta, constituida por bloques exentos, la calle, como ámbito lineal de relación, se pierde, y el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta.
     También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Al menos desde 1665 recibió el nombre de Santa Ana; en 1859, para evitar confusiones con la existente en el barrio de Triana, se le dio el de San Florencio (+485), según se dice en el expediente de rotulación, "como tributo a este santo sevillano". Esta calle se forma, junto con otras integrantes del arrabal de la Calzada, en el s. XVII, como resultado de la construcción varias manzanas de casas apoyadas en la entonces denominada Calzada de la Cruz del Campo, hoy Luis Montoto. Desde entonces mantiene el mismo trazado corto y rectilíneo constituido por una única manzana de casas en cada acera. En el momento actual se encuentra afectada por el Plan Especial la Calzada y sometida a un proceso de remodelación global, al encontrarse dentro del sector afectado por la construcción de una nueva avenida sobre el túnel ferroviario que parte de la estación de Santa Justa. Por ello toda la calle se encuentra, junto con Vía-Crucis, plaza del Sacrificio y parte de Mallén y Pilar, reducida a un gran solar. El plan especial prevé la reconstrucción de la trama viaria preexistente y con ella, la de esta calle [Josefina Cruz Villalón, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].          
Conozcamos mejor a San Florencio, confesor
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     El fundamento del culto tributado a este santo, no es otro que la aparición de una lápida sepulcral y algunos restos humanos cuando, a principios del siglo  XV, se estaban colocando los cimientos de parte de la catedral hispalense. La lápida decía: "Requievit in pace Florentius, vir sanctus, die VII Kalendas Marlias. Vixit annis LIII et depositus est die III Idus Marlias era DXXIII" (Florencio descansó en paz el día 23 de febrero, a la edad de cincuenta y tres años y fue sepultado el 15 de marzo del 485). La anotación "vir sanctus" que ponía la lápida, se tomó en sentido canónico, cuando bien es verdad que en los primeros siglos del cristianismo, este apelativo se le daba a cualquier cristiano que viviera como tal. Sus restos fueron trasladados inmediatamente a la Catedral y se empezó a darle culto que quedó confirmado cuando Baronio lo introdujo en el Martirologio Romano el día 23 de febrero: "En Sevilla de España, san Florencia confesor''. Su fiesta fue aprobada finalmente por el Papa León XIII en el año 1895. Algunos hagiógrafos le dan la categoría de mártir, aunque sin causa justificada, ya que en aquella época, en Hispania no había persecución alguna. 
     Algunos autores sugieren que el tiempo transcurrido entre su muerte (23 de febrero) y su entierro (15 de marzo) tal y como lo dice la lápida, era un indicio de que fue objeto de  culto  por  parte  de  quienes  lo  tuvieron  tanto  tiempo  sin  enterrar, pero esa interpretación, como poco, es discutible, aunque hay que recordar que no es el único caso en el que la inscripción de una lápida sepulcral, se convierte en un motivo de canonización. Según la leyenda pertenecía a una noble familia goda, defensora de la fe ortodoxa contra los arrianos y famoso por sus milagros.
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