Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

   Otra Experiencia con ExplicArte Sevilla :     La intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla" , presentado por Ch...

lunes, 26 de agosto de 2019

La pintura "San Melquisedec", de Francisco Pacheco, en el Retablo Mayor, de la Iglesia de San Lorenzo


        Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "San Melquisedec", de Francisco Pacheco, en el Retablo Mayor de la Iglesia de San Lorenzo, de Sevilla.  
     Hoy, 26 de agosto, Conmemoración de San Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios altísimo, que saludó y bendijo a Abrahán cuando volvía victorioso, ofreciendo al Señor un sacrificio santo, una víctima inmaculada, y fue visto como prefiguración de Cristo, rey de paz y de justicia y sacerdote eterno, aun falto de genealogía [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la pintura "San Melquisedec", de Francisco Pacheco, en el Retablo Mayor, de la Iglesia de San Lorenzo, de Sevilla.
     La Iglesia de San Lorenzo [nº 64 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Eslava, 2 (aunque la entrada se efectúa por la plaza de San Lorenzo, 13: o por la calle Hernán Cortes, 7); en el Barrio de San Lorenzo, del Distrito Casco Antiguo.
   En la iglesia de San Lorenzo encontramos el retablo mayor, compuesto de banco, dos cuerpos de tres calles y ático, fue contratado en 1632 por Juan Martínez Montañés, que fue vecino de la parroquia en la cercana calle de los Tiros, hoy con su nombre. El maestro sólo trazó la arquitectura, ya que las esculturas fueron realizadas por Felipe y Francisco Dionisio de Rivas entre 1645 y 1652. Con una concepción típicamente manierista de dos cuerpos y tres calles, alterna la presencia de esculturas de bulto redondo (San Lorenzo con la parrilla y el Crucificado) con escenas en altorrelieve alusivas a la vida del santo (entregando limosna a los pobres y recibiendo los tesoros de la Iglesia de manos de Sixto II en el primer cuerpo; su flagelación y su martirio, en el segundo cuerpo). La pintura del sagrario-manifestador fue realizada por Francisco Pacheco, siendo el diseño de esta estructura de Diego López Bueno (1616), por tanto, anterior al resto del retablo (Manuel Jesús Roldán, Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).

      Sobre las hornacinas laterales del tabernáculo se sitúan dos pinturas sobre tabla que representan a Abraham y Melquisedec, sendos sacerdotes del Antiguo Testamento como prefiguración del sacerdocio instituido por Jesucristo en los apóstoles. Melquisedec aparece representado de medio cuerpo y tres cuartos y porta en las manos un jarro y una copa, respectivamente. Esta pintura al óleo sobre madera fue realizada por Francisco Pacheco en 1617.(Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Melquisedec, rey y sacerdote;
EL ENCUENTRO DE ABRAM Y MELQUISEDEC
   Génesis 14: 18-24. Salmo 110. Epístola a los Hebreos, 7.
   Es al regresar de esa expedición cuando Abram se encuentra con Melquisedec, rey y gran sacerdote de Salem, que sería, según ciertos Padres de la Iglesia y Lutero, Sem, hijo de Noé. Ofrece el diezmo de su botín al tiempo que Melquisedec le presenta el pan y el vino.
   En ese doble gesto, la escolástica de la Edad Media descubre dos símbolos. Abran prefigura la Ofrenda de los Reyes Magos a Cristo al ofrecer el diezmo; el Sacrificio de Melquisedec consagrando el pan y el vino es una prefiguración de la Cena (por ello en el siglo XV se llamaba Melquisedec al viril de la custodia que guardaba la hostia consagrada). Así, ese tema privilegiado anuncia La Adoración de los Magos y La Santa Cena al mismo tiempo. Pero no es ésta, sin embargo, la opinión de Calvino para quien la ofrenda del pan y del vino no comporta significado simbólico alguno y sólo trata "de restaurar a la gente cansada por el camino y de vuelta de la batalla".
   Esos dos aspectos del tema están a veces reunidos en la misma obra: por ejemplo en el retablo esmaltado de Nicola de Verdun (1181) donde Melquisedec aparece dos veces: recibiendo el diezmo y consagrando el pan y el vino. Pero habitualmente se eligió una u otra interpretación. El símbolo eucarístico es el preponderante, con gran ventaja.
   En consecuencia, Melquisedec está representado como rey-sacerdote (summum sacerdos), lo cual se traduce en el lenguaje de los atributos con la corona que lleva sobre la cabeza y el cáliz o incensario que tiene en la mano. La corona suele reemplazarse por la tiara pontificia o la mitra episcopal (Patena de Hildesheim, Biblia Pauperum) (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Francisco Pacheco, autor de la obra reseñada;
   Francisco Pérez del Río, Francisco Pacheco (Sanlúcar de Barrameda, Cádiz, 1564 – Sevilla, 1644). Pintor.
   Fueron sus padres Juan Pérez y Leonor del Río, advirtiéndose que nunca utilizó estos apellidos sino el de Pacheco, que pertenecía al tronco familiar. Un tío suyo, su homónimo Francisco Pacheco, fue canónigo de la Catedral de Sevilla y por ello el pintor optó por este apellido como importante apoyatura social en sus primeros años de actividad en Sevilla, donde debió de instalarse poco antes de 1580. Su aprendizaje artístico lo realizó con el pintor Luis Fernández, de quien se poseen escasas noticias; en cuanto a su formación humanística, debió de tener como guía en ella a su tío el canónigo, quien le orientaría para introducirle en el ámbito literario y artístico de Sevilla.
     En 1594 contrajo matrimonio con María del Páramo y a partir de esta fecha, con treinta años de edad, se perfiló como uno de los mejores pintores de la ciudad, junto con Alonso Vázquez, con el que mantuvo excelentes relaciones llegando a colaborar juntos en algunas ocasiones. Desde el inicio de su carrera artística, Pacheco se preocupó rigurosamente sobre el modo y manera de interpretar de manera correcta la iconografía de sus pinturas, revelándose como un artista plegado a los mandatos de la Iglesia, intentando siempre servir escrupulosamente el sentido ortodoxo de la doctrina católica.
    Por testimonio del propio Pacheco, se sabe que en 1559 comenzó la ejecución de su famoso Libro de los retratos en el que recogió a los más ilustres personajes de su época incluyendo, además de su efigie, una breve semblanza literaria de cada uno. En los años que inician el siglo xvii, Pacheco siguió siendo uno de los más importantes pintores sevillanos, aunque esta circunstancia dejó de tener vigencia a partir de 1604 cuando el clérigo pintor de origen flamenco Juan de Roelas se instaló en Sevilla y comenzó a acaparar la atención de la clientela, como consecuencia de su notoria superioridad artística. No por ello disminuyó la actividad de Pacheco, pero desde esas fechas se advierte que los principales encargos pictóricos que se demandaban en Sevilla recayeron sobre Roelas.
   Las inquietudes artísticas de Pacheco le motivaron en 1610 a emprender un viaje que le llevó hasta Madrid, El Escorial y Toledo, lugares en los que tomó contacto con numerosos artistas y al mismo tiempo vio importantes obras pictóricas, cuyo estudio y análisis mejoraron notablemente sus conocimientos teóricos y prácticos. En la Corte madrileña mantuvo contactos con Vicente Carducho y en Toledo con El Greco, entre otros artistas, circunstancias que le permitieron contrastar opiniones y pareceres que sin duda beneficiaron a sus facultades creativas.
    Cuando al cabo de varios meses de ausencia, Pacheco regresó a Sevilla, tuvo la fortuna de admitir en su taller a un muchacho de doce años llamado Diego Velázquez, que muy pronto mostró un talento excepcional y lejos de rechazar a un discípulo que evidenció enseguida ser superior a su maestro, potenció su talento y además le incorporó a su familia casándole con su hija Juana.
    En 1616 el clérigo pintor Juan de Roelas se trasladó a Madrid con la intención de ser nombrado pintor del Rey, abriéndose entonces para Pacheco mejores perspectivas de trabajo merced a la ausencia de su principal competidor. Las mismas pretensiones de llegar a ser pintor real fueron compartidas por Pacheco, quien en 1619 pidió a la Corte que le concedieran el citado título de forma honorífica y renunciando, por lo tanto, a recibir emolumento alguno. Esta petición no fue aceptada, pero posteriormente en 1626, con el apoyo de su yerno Velázquez, insistió en obtener el cargo oficial de pintor cortesano que igualmente no le fue concedido.
    En Sevilla, sin embargo, la preponderancia de Pacheco le permitió alcanzar un notorio prestigio social que se incrementó cuando consiguió ser nombrado “veedor del oficio de la pintura” cargo que le permitía ejercer como inspector al servicio del municipio y vigilar la actividad laboral del gremio de los pintores.
    También fue “veedor de pinturas sagradas” actividad que le autorizaba a controlar, al servicio del Tribunal de la Inquisición sevillano, la iconografía de las pinturas realizadas por sus colegas para evitar que no figurasen en ellas aspectos que fueran contra la moral, ni que contuvieran detalles indecorosos o lascivos.
    A partir de 1625, la progresiva aparición en Sevilla de jóvenes pintores como Francisco de Zurbarán y Francisco de Herrera el Viejo, fue determinante para iniciar un proceso de decadencia dentro la actividad de Francisco Pacheco, quien en esas fechas había cumplido ya los sesenta años. Su pintura, anclada en el pasado, no pudo competir con la de los jóvenes de la nueva generación que impusieron conceptos más modernos basados en principios naturalistas. En esta época, Pacheco orientó su experiencia y conocimiento hacia la recopilación de sus teorías que recogió a partir de 1630 en un libro que tituló Arte de la pintura, en el que plasmó su erudición y sabiduría artística.
    Este libro se concluyó en 1641 y a pesar de que quiso publicarlo de inmediato no llegó a verlo impreso, ya que falleció en 1644, cinco años antes de su edición.
   A la hora de perfilar las características del estilo pictórico de Pacheco puede señalarse que se configuró en los años de su juventud, entre 1580 y 1585, dentro del ambiente artístico manierista que imperaba en Sevilla, donde a la tradición pictórica local se unieron reminiscencias creativas procedentes de Italia y de Flandes. Con posterioridad, asimiló teorías y prácticas procedentes de los pintores italianos que trabajaban en Madrid y en el Escorial y de artistas hispanos que habían estado en Italia, como el cordobés Pablo de Céspedes, a quien Pacheco admiró profundamente en Sevilla. También conoció Pacheco en Sevilla, en sus años de juventud, al portugués Vasco Pereira y sobre todo a Alonso Vázquez, con quien llegó a colaborar y de quien sin duda hubo de aprender por ser maestro perteneciente a una generación mayor que la suya. El propio Pacheco señaló por escrito que vio pintar a Alonso Sánchez Coello, no se sabe si en Sevilla o en Madrid, pero puede intuirse que, por su solemnidad expresiva a la hora de configurar retratos, hubo de recibir influencias de dicho artista.
    El estilo de Pacheco quedó configurado hacia 1585, cuando tenía veintiún años, y aunque en él se produjeron algunas leves oscilaciones evolutivas, permaneció casi sin variar el resto de su existencia. Su forma de practicar la pintura estuvo basada en una sólida formación cultural, aunque su talento artístico fue tan sólo discreto, advirtiéndose que sus obras son escasamente expresivas y de rigurosa configuración.
    Probablemente fue mejor dibujante que pintor y, por otra parte, tuvo un manejo del color puramente convencional; impera en sus obras un sentido de severidad y de ortodoxia a la hora de plasmar en ellas su contenido espiritual, en el que destaca siempre una constante preocupación por no infringir la moral y el decoro. A partir de 1611, después de su regreso del viaje que emprendió por tierras castellanas, se advierte alguna mejoría en la técnica y en el espíritu de sus pinturas, constatándose a partir de entonces cierta dulcificación en sus composiciones. Pero nunca pudo superar su formación manierista que le impidió asimilar la nueva corriente naturalista que se fue imponiendo en su época. En sus últimos años, mermado de facultades, sólo hizo pinturas de pequeño formato, pero lejos de ponerse a la altura de artistas más jóvenes, como Herrera y Zurbarán, se refugió en la práctica de un arte que ya no estaba vigente y que, por lo tanto, pertenecía al pasado.
    La primera obra conocida de Pacheco data de 1589, año en que firmó un Cristo con la Cruz a cuestas que perteneció a la colección Ybarra de Sevilla y que actualmente se encuentra en paradero desconocido; es obra que deriva de varios grabados que le condicionan a la hora de configurar su dibujo que es riguroso y marcado. De 1590 es La Virgen de Belén que se conserva en la Catedral de Granada y que repite exactamente un original de Marcello Coffermans, que pertenecía a la iglesia de la casa profesa de los jesuitas en Sevilla.
    La discreción técnica de la obras de Pacheco en su juventud se reitera en pinturas como San Juan Bautista y San Andrés que formando pareja se conservan firmadas y fechadas en 1597 en la Iglesia de Santa María de las Nieves en Bogotá; en ellas se advierte la aplicación de un dibujo severo y de expresiones marcadamente esquemáticas. Se poseen noticias del envío frecuente de pinturas de Pacheco a tierras americanas, pero éstas de Bogotá son las únicas que allí se han conservado.
    A finales del siglo xvi, Pacheco poseía ya un estilo definido en el que se reflejaba un dibujo menos riguroso que en décadas anteriores. Pruebas de esta mejoría se encuentran en el San Antonio con el Niño firmado en 1599 que se encuentra actualmente en la iglesia de Nuestra Señora de los Dolores de las Hermanas de la Cruz en Utrera. También en este mismo año firmó y fechó la representación de El Salvador con San Juan Evangelista y San Juan Bautista, obra que estuvo destinada a la capilla de la Veracruz del Convento de San Francisco de Sevilla y que actualmente se encuentra en la iglesia parroquial de Carabanchel; en la composición de esta obra, el artista utilizó una disposición frontal y simétrica que motiva una ausencia de interrelación entre las figuras.
    El primer recinto conventual de España que decidió adornar con pinturas los muros de su claustro fue el Convento de la Merced de Sevilla, donde se configuró una serie de obras que narraban la historia, grandeza y santidad de dicha Orden; esto ocurrió en 1600, debiéndose la iniciativa al prior del convento fray Juan Bernal. La serie del claustro de la Merced se componía de doce cuadros de los cuales seis fueron encargados a Francisco Pacheco y otros tantos a Alonso Vázquez. La obras conservadas de las que realizó Pacheco son: San Pedro Nolasco recibiendo la bula de fundación de la orden de la Merced, cuyo paradero actual se desconoce, La aparición de la Virgen a San Ramón Nonato y San Pedro Nolasco embarcando para redimir cautivos, ambas conservadas en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, mientras que las escenas que describen a San Pedro Nolasco desembarcando con los cautivos redimidos y La última comunión de San Ramón Nonato se encuentran respectivamente en el Museo de Arte de Cataluña, en Barcelona y en el Bowes Museum, en Bernard Castle; esta última pintura está firmada en 1611, año en el que Pacheco debió de finalizar el encargo.
    La notoria posición social y artística de Pacheco en los primeros años del siglo xvii animó a la nobleza sevillana a encargarle importantes obras; así en 1602 el capitán García de Barrionuevo le encomendó la ejecución de las pinturas de un retablo que dicho personaje poseía en una capilla de la iglesia de Santiago, donde actualmente se conserva. En el banco de este retablo aparece el retrato de Barrionuevo y el de su esposa Inés y en los cuerpos superiores se representa La Anunciación, Santa Ana, la Virgen y el Niño, San José y San Juan Bautista.
    El principal noble sevillano a principios del siglo XVII era Fernando Enríquez de Ribera, duque de Alcalá; fue amigo y protector de Pacheco y, por ello, le encargó en 1603 la realización del techo del salón principal de la Casa de Pilatos de Sevilla, donde se representa un conjunto de pinturas de tema mitológico.
    La pintura que centra este techo es La Apoteosis de Hércules, en la que el artista quiso comparar con el héroe clásico la grandeza y la gloria del duque de Alcalá.
    Sin embargo, este encargo pareció estar por encima de las posibilidades artísticas de Pacheco, quien al enfrentarse a los problemas de perspectiva y anatomía que la resolución de las pinturas requería no los superó, quedando en evidencia sus deficiencias técnicas en unos momentos en los que ya contaba con cuarenta años de edad.
    Las pinturas realizadas para la Casa de Pilatos al servicio del duque de Alcalá debieron de incrementar, en cualquier caso, el prestigio de Pacheco en el ámbito artístico sevillano, propiciándole la consecución de nuevos encargos. Por ello en fechas inmediatas, en torno a 1605, debió de realizar las pinturas de un retablo dedicado a San Juan Bautista en el desaparecido Convento de la Pasión de Sevilla. Allí realizó representaciones pictóricas de San Francisco de Asís y Santo Domingo, junto con los evangelistas emparejados San Juan y San Mateo y San Marcos y San Lucas; todas estas obras pasaron después de la desamortización de 1836 al Museo de Bellas Artes de Sevilla. Otra obra cuya ejecución puede situarse en torno a 1605 es La Anunciación, que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Córdoba procedente del Convento de los Capuchinos de dicha ciudad.
    Una de los escasos restos conservados del Convento de San Francisco de Sevilla es la capilla de la Hermandad de San Onofre, que se encuentra actualmente embutida en un lateral de la Plaza Nueva. Para esta capilla y al servicio de Pedro de Cárdenas, familiar del Santo Oficio y miembro de dicha Hermandad, Pacheco realizó en 1606 un retablo donde figuran representaciones pictóricas de Santa Ana, San Juan Bautista, San Jerónimo, Santo Domingo, Santa María Magdalena, San Miguel, San Pedro Mártir y San Francisco de Asís. En 1608 está firmada una de las pinturas que componían el retablo que Francisca de León mandó pintar a Pacheco en la iglesia del Santo Ángel de Sevilla, donde se representa a Santa Inés, San Juan Evangelista, Santa Catalina y San Juan Bautista, obras que actualmente se conservan en el Museo del Prado.
    Entre 1608 y 1610 puede situarse la ejecución por parte de Pacheco de un San Pedro y un San Jerónimo que pertenecen a la iglesia de San Isidoro de Sevilla, pudiéndose advertir que el dibujo preparatorio para esta última pintura se conserva en la colección de los condes de Alcubierre de Madrid. La comparación entre la pintura y el dibujo evidencia claramente que Pacheco poseía mayores virtudes como dibujante que como pintor.
    En el Colegio de San Albano de Valladolid se conserva una serie de ocho pinturas en las que se representan a santos reyes de Inglaterra, obras que proceden del Colegio de San Gregorio de Sevilla, fundado para la formación religiosa de jóvenes ingleses, a quienes los mencionados Reyes servirían de modelo de santidad. Son estos monarcas San Lucio, San Edilberto, San Sebbus, San Oswaldo, San Ricardo, San Eduardo Mártir, San Edmundo y San Eduardo el confesor.
    Estas pinturas fueron realizadas hacia 1610 y en torno a este año Pacheco, con la colaboración de los ayudantes de su obrador, debió de realizar otra serie de doce santos reyes y reinas de Inglaterra para el English Bridgetine Convent de Lisboa, que actualmente se conservan en el Saint Mary‘s College de Oscott en Birminghan.
    En la segunda década del siglo xvii, después de sus viajes a Madrid, El Escorial y Toledo, la calidad del arte de Pacheco se elevó notablemente, circunstancia que se evidencia en las pinturas que firmó en 1612 para el retablo que el sombrerero Miguel Jerónimo poseía en una capilla de la iglesia sevillana del Santo Ángel y que actualmente se encuentran dispersas. El tema principal del retablo era La muerte de San Alberto, que se encuentra en el Museo de Pontevedra, mientras que en el banco figuraban los retratos del donante y de su esposa que actualmente están en paradero desconocido. Entre 1612 y 1614 Pacheco realizó obras importantes, como La Virgen del Rosario, que se conserva en la parroquia de la Magdalena de Sevilla, y La Inmaculada, que pertenece a la Universidad de Navarra, que es por ahora la primera versión que se conoce de Pacheco de las varias que realizó con esta iconografía. En 1613 están fechadas las pinturas que se integran en el retablo de San Juan Bautista en la iglesia del Convento de San Clemente, donde representó cuatro profetas, los cuatro evangelistas y los cuatro padres de la Iglesia.
    Obra importante en la producción de Pacheco es El Juicio Final realizado para un retablo lateral de la iglesia del Convento de Santa Isabel de Sevilla, expoliada por el mariscal Soult en 1810 y conservada actualmente en el Museo de Castres en Francia. Esta pintura es de grandes dimensiones y está compuesta con un esquema simple basado en la contraposición de masas de personajes; posee, sin embrago, el aliciente de presentar el autorretrato del propio Pacheco, quien quiso situarse entre los bienaventurados. También son importantes por su trascendencia iconográfica las versiones que Pacheco realizó del tema de Cristo crucificado, cuyo primer ejemplar fechado aparece en 1614, obra que se encuentra en la Fundación Rodríguez Acosta de Granada. En ellas se representa a Cristo en actitud serena y estática, pero al mismo tiempo con cierto rigor y notoria expresividad, lo que en cierto modo propició los versos anónimos que alguien escribió en propia vida de Pacheco calificando a este Cristo como “desabrido y seco”.
    Para el refectorio del Convento de San Clemente de Sevilla Pacheco realizó en 1616 la mejor pintura de toda su producción, en la que se representa a Cristo servido por los ángeles en el desierto, obra que también fue sustraída durante la invasión napoleónica en Sevilla y que actualmente se conserva en el Museo de Castres en Francia; en la composición destacan admirables detalles de bodegón sobre la mesa y bellas figuras de ángeles músicos que acompañan a Cristo en su frugal comida. De esta fecha era también la representación de San Sebastián atendido por Santa Irene, que Pacheco pintó para el Hospital de Alcalá de Guadaira y que se destruyó en 1936.
    Gran difusión e influencia sobre otros pintores tuvieron las diferentes versiones del tema de la Inmaculada que Pacheco realizó en Sevilla. Entre las más importantes que actualmente se conocen, pueden citarse La Inmaculada con el retrato de Miguel del Cid, fechada en 1619 y conservada en la Catedral de Sevilla y La Inmaculada con el retrato de Vázquez de Leca, fechada en 1621 y de colección particular en esta ciudad.
    Por estos años Pacheco debió de realizar las representaciones de San Joaquín y Santa Ana arrodillados ante la Puerta Dorada y El sueño de San José, cuyo destino fue la capilla de la Anunciación del Colegio de San Hermenegildo en Sevilla, conservadas actualmente en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid.
    Una de las mejores obras realizadas por Pacheco está firmada en 1624 y es La Inmaculada que se conserva en la iglesia de San Lorenzo de Sevilla; la descripción de la figura de la Virgen es similar a las anteriores Inmaculadas de 1619 y 1621 antes mencionadas, aunque en ésta se observa una mayor calidad técnica.
    También es relevante el Retrato de un caballero, firmado en 1625, que se conserva en el Museo de Williamstown y que muestra en su rostro una intensa expresividad anímica. De 1628 es una de las obras más amables de Pacheco: Los desposorios místicos de Santa Inés, que pertenece al Museo de Bellas Artes de Sevilla; en esta obra el artista consiguió plasmar, como nunca lo había hecho antes, profundos sentimientos imbuidos en un intenso intimismo espiritual.
    Hacia 1630, cuando aún le quedaban catorce años de vida, se percibe que el ciclo creativo de Pacheco estaba agotándose; por estos años, el empuje del naturalismo barroco protagonizado por pintores mucho más jóvenes que él, como Zurbarán y Herrera, sobrepasó su creatividad y ante estas circunstancias no supo o no quiso reaccionar y por el contrario se empeñó en mantener formas artísticas que ya eran parte del pasado. De 1630 es el Retrato de Francisco Gutiérrez de Molina y el de su esposa Jerónima Zamudio, que se conservan en la predela del retablo de la Inmaculada, llamada popularmente “la Cieguecita”, realizado por el escultor Juan Martínez Montañés en la capilla que dichos personajes poseían en la Catedral de Sevilla.
    Documentado en 1631 se encuentra el retablo que el ensamblador Jerónimo Vázquez realizó para el Convento de la Pasión de Sevilla, cuyas pinturas se atribuyen a Pacheco. Son estas obras: La oración del huerto, La coronación de espinas, La Flagelación y Cristo con la cruz a cuestas, advirtiéndose en ellas tan sólo una discreta calidad en la configuración del dibujo y en la plasmación del colorido. También posteriores a 1630 son los retratos por parejas de Una dama y un caballero jóvenes y de Una dama y un caballero ancianos, que proceden de la predela de un retablo del Convento del Santo Ángel de Sevilla. De muy modesta calidad técnica es la representación pintada en cobre de San Fernando recibiendo las llaves de Sevilla, fechada en 1634 y que pertenece a la Catedral de dicha ciudad. Igualmente modesta es también la factura del Cristo crucificado, fechado en 1637, que se conserva en una colección particular de Madrid.
    El último gran encargo que recibió Francisco Pacheco data de 1637 y es el San Miguel Arcángel que fue pintado para un retablo de la iglesia de San Alberto de Sevilla; esta obra se encuentra actualmente en paradero desconocido y sólo puede hacerse referencia a ella a través de una vieja fotografía. Dicha imagen testimonia que, al final de su vida, Pacheco tenía las mismas dificultades técnicas que había arrastrado durante toda su vida a la hora de configurar la anatomía humana, puesto que en la figura de san Miguel se advierten formas en exceso severas y rígidas.
    Ésta fue la postrera obra de importancia realizada por Pacheco y en ella se revela el arcaísmo de sus principios artísticos en una fecha en que el espíritu del Barroco comenzaba a triunfar ya en Sevilla, evidenciando que se había negado a aceptar las novedades estilísticas que habían impuesto los nuevos tiempos.
    Fue Francisco Pacheco un artista esencial dentro del panorama pictórico sevillano de la primera mitad del siglo xvii, pudiéndose afirmar, sin embargo, que no fue un pintor de primer orden, pero sí un importante intelectual y teórico que gozó de una intensa relevancia.
    En efecto, fue hombre docto y erudito y ejerció una notoria incidencia sobre sus colegas contemporáneos y también sobre los de generaciones más jóvenes que la suya (Enrique Valdivieso González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "San Melquisedec", de Francisco Pacheco, en el Retablo Mayor, de la Iglesia de San Lorenzo, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Iglesia de San Lorenzo, en ExplicArte Sevilla.

domingo, 25 de agosto de 2019

El Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla.    
   Hoy, 25 de agosto, Memoria de San Luis IX, rey de Francia, que se distinguió excepcionalmente por su activa fe, tanto en tiempo de paz como durante guerras interpuestas en defensa del cristianismo, y por la justicia en el gobierno, el amor a los pobres y la constancia en la adversidades. Tuvo once hijos en su matrimonio, a los que educó de una manera inmejorable y piadosa, y gastó sus bienes y fuerzas, y su vida misma, en la adoración de la cruz, la corona de espinas y el sepulcro del Señor, hasta que, estando acampado cerca de Túnez, en la costa de África del Norte, murió contagiado de peste (1270) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy para ExplicArte el Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla.
     El Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses [nº 40 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 78 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle San Luis, 37; en el Barrio de la Feria, del Distrito Casco Antiguo.
   "Del orbe la octava maravilla". Con estas palabras fue definida la iglesia de la antigua calle Real de San Luis tras su consagración y dedicación al santo francés en 1731. En aquel momento supuso el asentamiento definitivo de los jesuitas en Sevilla, instalados en la ciudad desde 1554 y cuya Casa Profesa (actual iglesia de la Anunciación y Facultad de Bellas Artes) se había iniciado en 1556. El origen del noviciado de los jesuitas estuvo en la donación de unas casas, por parte de Doña Lucía de Medina, que pasaron a la Compañía de Jesús en el siglo XVII. Este edificio llegó a nuestros días muy transformado por las reformas del siglo XVIII.

   El noviciado estuvo en uso hasta 1767, año en que los jesuitas fueron expulsados de España por Carlos III. Después se usó como seminario clerical; a partir de 1784 fue usado por los padres franciscanos del Convento de San Diego. Este uso se mantuvo hasta 1810 cuando, con la invasión francesa, se convirtió en residencia para sacerdotes ancianos. A partir de 1812, volvió a ser usado por los franciscanos, hasta que, en 1817, regresan los jesuitas. En 1835, vuelven a ser expulsados los jesuitas y en 1837 se convierte en Hospicio Provincial. En el siglo XX, a partir de 1931, pasó a ser usado como Residencia - Escuela para los acogidos por la beneficencia.
   La iglesia de San Luis es uno de los ejemplos más sobresalientes del arte barroco sevillano, suponiendo la incorporación de las formas espaciales y compositivas propias de la arquitectura romana. Su realización debe mucho a la presencia de la Corte de Felipe V en Sevilla (1729-1733), en el periodo conocido como lustro real. Una muestra de su carácter de propaganda barroca: la ceremonia de su dedicación, con procesión incluida de Arzobispo y personalidades de la nobleza, comenzó a las siete de la mañana y no concluyó hasta el mediodía, siendo incluso publicado el sermón que se proclamó en honor de San Luis Rey de Francia.

   El edificio presenta planta central, con forma de cruz griega inscrita en un rectángulo. El templo está precedido de un atrio que sirve de sotocoro, alojándose la sacristía y otras dependencias en la cabecera, tras el altar mayor. Los brazos de la cruz terminan en forma de exedra y en el centro del crucero se eleva una potente cúpula sobre tambor circular. Una tribuna con  arcos de medio punto apoyados en columnas constituye el coro, apareciendo otra serie de balcones cerrados con celosías sobre los machones que soportan la cúpula. A estos se adosan columnas salomónicas con capiteles compuestos y dados de entablamento, determinando una línea ascendente helicoidal. Acertados motivos decorativos y pinturas murales confieren al conjunto un aspecto de teatralidad barroca, llegándose a la total unidad entre arquitectura, escultura y pintura.
   La fachada exterior consta de dos cuerpos divididos  en cinco módulos, de los cuales el central está potenciado por medio de las columnas que enmarcan el vano y por la mayor abundancia de decoración. Los paramentos están realizados en ladrillo avitolado, mientras los soportes y elementos sustentantes se ejecutan en piedra, siguiendo la bicromía tan característica del barroco sevillano. Un frontón trilobulado, rematado por las figuras de los tres arcángeles (Miguel, Rafael y Gabriel), corona el módulo central. En los extremos de la fachada se elevan dos torres de sección octogonal en las que se sitúan las figuras de los Evangelistas.
   La construcción se inició en 1699 y se atribuye a Leonardo de Figueroa, el gran creador de la arquitectura barroca sevillana, aunque se considera que la planta vino impuesta por la Compañía de Jesús. En las obras intervinieron asimismo Antonio Matías de Figueroa y Diego Antonio Díaz. El templo lo inauguró el arzobispo Luis de Salcedo y Azcona en 1731.

   En el interior de la iglesia destacan por igual el conjunto de retablos, las pinturas que recubren los muros laterales y la cúpula. Las correspondientes a esta última zona están atribuidas a Lucas Valdés, representando temas eucarísticos y fingidas arquitecturas que contribuyen a dilatar el espacio del recinto. Antes de llegar a la cúpula pintada se nos muestra una variada muestra escultórica. Delectando docere. Enseñar deleitando. Un catecismo ilustrado para los futuros jesuitas. Esta concepción didáctica de la decoración motiva la aparición en el tambor de la cúpula de representaciones en barro policromado de fundadores de las principales órdenes religiosas: San Benito, Santo Domingo de Guzmán, el Profeta Elías, San Pedro Nolasco, San Francisco de Paula, San Juan de Mata, San Francisco de Asís y San Agustín. Por encima de estas figuras aparecen unas representaciones simbólicas de las virtudes que debían tener los novicios si se querían convertir en buenos religiosos: Caridad de Dios, Pobreza, Obediencia, Mortificación, Humildad, Oración, Castidad y Caridad al Prójimo. Todas estas esculturas salieron del taller de Pedro Duque Cornejo. 

El retablo mayor es un compendio de elementos barrocos, en el que no existe ningún criterio de ordenación. Esculturas, pinturas, elementos arquitectónicos, reliquias ... constituyen un abigarrado conjunto rematado con un gran dosel con corona real, coronamiento habitual en los retablos sevillanos del siglo XVIII que incide en su carácter teatral. Recopila cuadros y esculturas de diversa procedencia como el propio lienzo de San Luis o un lienzo de la Virgen con el Niño de influencia italiana. El diseño del retablo se debe al escultor Pedro Duque Cornejo y se fecha en 1730. Como pieza central de la iglesia llegó a sufrir numerosas críticas en el periodo neoclásico cuando fue definido como obra de "mal gusto y lleno de espejitos y laminitas".
   En los brazos laterales de la cruz se sitúan los retablos dedicados a San Francisco de Borja y San Estanislao de Kostka, obras asimismo realizadas por Pedro Duque Cornejo en 1730. El primero muestra al antiguo menino de la Corte de Carlos V en el acto de contemplar la calavera de Isabel de Portugal, toda una vanitas del barroco; el segundo es un santo de origen polaco modelo de virtudes jesuitas. Ambos retablos muestran el mismo esquema, componiéndose por un banco, un cuerpo separado por tres calles y un ático. La escultura del titular centra cada composición, repartiéndose por ambos diferentes pinturas en formatos mixtilíneos, alusivas a la vida de cada santo, realizadas por Domingo Martínez.

   En los cuatro machones que soportan la cúpula se sitúan otros tantos retablos dedicados a San Francisco Javier, San Ignacio de Loyola, San Juan Francisco de Regis y San Luis Gonzaga. Los dos primeros presentan estructura similar y se decoran con espejos, relicarios y pinturas relativas a la vida del santo debidas a Domingo Martínez. El diseño corresponde a Duque Cornejo, si bien se considera la intervención de Juan de Hinestrosa en la figura de San Francisco Javier. Los otros dos retablos presentan un esquema más recargado, presentando esculturas del Ecce Homo y la Dolorosa, imágenes cercanas al estilo de Pedro de Mena.
   En cuanto a las pinturas decorativas que cubren los muros de la iglesia, perfecto complemento de la decoración de los retablos, fueron realizadas por dos artistas: Lucas Valdés, que realizó la decoración pictórica del intradós de la cúpula; y Domingo Martínez, que en 1743 decoró la exedra de los pies de la iglesia con una Apoteosis de San Ignacio, obra de marcado carácter escenográfico que pretende continuar de forma fingida, la arquitectura real del edificio. Por último, en el muro del fondo del coro se muestran unas pinturas de ángeles que fueron realizadas en 1949 por Juan Miguel Sánchez (Manuel Jesús Roldán, Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010). 
     La iglesia del antiguo noviciado de la Compañía de Jesús constituye uno de los ejemplos más sobresalientes del barroco sevillano y supone la incorporación de soluciones espaciales y compositivas propias de la arquitectura seicentista romana. El edificio presenta planta central, con forma de cruz griega inscrita en un rectángulo. El templo está precedido de un atrio que sirve de sotocoro, alojándose las sacristías y otras dependencias en la cabecera, tras el altar mayor. Los brazos de la cruz terminan en forma de exedra y en el centro del crucero se eleva una potente cúpula sobre tambor circular. Una tribuna con arcos de medio punto apoyados en columnas, constituyen el coro, apareciendo otra serie de balcones cerrados con celo­sías sobre los machones que soportan la cúpula. A éstos se adosan columnas salomónicas con capiteles compuestos y dados de entablamento, que determinan una línea ascendente helicoidal. Acertados motivos decorativos y pinturas murales confieren al conjunto un aspecto de barroquismo nunca igualado, en el que se realiza la total unidad entre arquitectura, escultura y pintura.
     La fachada exterior consta de dos cuerpos divididos en cinco módulos, de los cuales el central está potenciado por medio de las columnas, que enmarcan el vano, y por la mayor abundancia de decoración. Los paramentos están realizados en ladrillo avitolado, mientras los soportes y elementos sustentantes se ejecutan en piedra, siguiendo la bicromía tan característica del barroco sevillano. Un frontón trilobulado rematado por las figuras de los tres arcángeles corona el módulo central. En los extremos de la fachada se elevan dos torres de sección octogonal, en las que se sitúan esculturas de los Evangelistas. Sendos campana­rios flanquean la monumental cúpula, rematada en linterna y cubierta con tejas de azulejería. La sugestión de obras romanas en la composición de estos volúmenes es bien patente.
     La construcción se inició en 1699 y se atribuye a Leonardo de Figueroa, aunque se considera que la planta le vino impuesta por la  propia Compañía de Jesús. En las obras intervinieron asimismo Antonio Matías de Figueroa y Diego Antonio Díaz, considerándose creación de éste los remates de las dos torres que enmarcan la fachada. El templo lo inauguró el arzobispo D. Luis de Salcedo y Azcona en 1731.
     En el interior de la iglesia destacan por igual el conjunto de retablos, las pinturas que recubren los muros laterales y la cúpula. Las correspondientes a esta última zona están atribuidas a Lucas Valdés, representan temas eucarísticos y fingidas arquitecturas, que contribuyen a dilatar la espacialidad del recinto. Las pinturas de la exedra de los pies fueron realizadas por Domingo Martínez a partir de 1743, según consta en una inscripción situada en el lateral izquierdo. Representan una Apoteosis de San Ignacio de Loyola y otros temas alusivos a la Compañía y al Libro de Ejercicios. En la pared de fondo del coro aparecen una serie de pinturas ejecutadas por Juan Miguel Sánchez en 1949. El retablo mayor es un auténtico compendio de elementos barrocos, en el que no existe ningún criterio ordenado de estructuración. Esculturas, pinturas, reliquias, elementos arquitectónicos y exuberantes motivos ornamentales constituyen un abigarrado conjunto, cobijado por un gran dosel, a modo de baldaquino, que se remata en corona real. El diseño de esta singular obra se debe al escultor Pedro Duque Cornejo y se fecha en 1730. A ambos lados del retablo se sitúan dos lienzos de mediano formato, que representan la Anunciación y la Adoración de los Pastores, fechables ambos a mediados del siglo XVII.
     En los brazos laterales de la cruz se sitúan los retablos dedicados a San Francisco de Borja y San Estanislao de Kostka, obras asimismo realizadas por Duque Cornejo en 1730. Ambos presentan el mismo esquema, componiéndose por un banco, un cuerpo con tres calles separadas por estípites, y un ático. Las esculturas de los titulares ocupan las hornacinas principales, distribuyéndose a su alrededor una serie de lienzos con emblemas y escenas de la vida de ambos san­tos, realizados por el pintor Domingo Martínez. Remata el retablo de San Francisco de Borja el escudo del arzobispo don Luis de Salcedo y Azcona, mecenas de la obra.
     En los cuatro machones que soportan la cúpula se sitúan otros tantos retablos dedicados a San Francisco Javier, San Ignacio de Loyola, San Juan Francisco de Regis y San Luis Gonzaga. Los dos primeros presentan estructura similar y se decoran con espejos, relicarios y pinturas con escenas relativas a la vida del santo, debidas a Domingo Martínez. El diseño de ambos retablos corresponde a Duque Cornejo, si bien se considera la intervención de Juan de Hinestrosa en el correspondiente a San Francisco Javier. Los otros dos retablos presentan un esquema bastante más recargado que los anteriores, decorándose igualmente con pinturas de Domingo Martínez y ofreciendo en el remate sendas esculturas del Ecce Homo y de la Dolorosa, relacionadas con la producción del escultor granadino del siglo XVII Pedro de Mena. Sobre los retablos de los ángulos se disponen dos series de cuatro interesantes tribunas, con celosías de madera dorada, angelitos de escultura, pinturas y antepechos de forja, de singular diseño. En el tambor de la cúpula, flanqueando las ventanas, se han colocado una serie de esculturas de  santos fundadores y de virtudes, muy próximas al estilo de Duque Cornejo.

     Bajo la iglesia se encuentra la cripta. Cercana a la iglesia, formando parte de las dependencias del antiguo noviciado jesuita se encuentra la Capilla Doméstica. Consta de una sola nave, cubierta con bóveda de cañón entre arcos fajones, presentando en el presbiterio una bóveda elíptica. La sacristía se encuentra tras el altar mayor. Su retablo se debe al escultor Pedro Duque Cornejo quien lo hizo en torno a 1733 y presenta una amplia iconografía de santos jesuitas. En el banco existen dos pequeñas vitrinas con esculturas de San Francisco Javier y San Estanislao de Kostka, siendo esta última copia de la realizada por Gross para la iglesia de San Andrés del Quirinal en Roma. En el Manifestador, que remata el Sagrario, se sitúa una escultura de la Inmaculada, que sigue el tipo creado por Gregorio Fernández. Ocupando las calles laterales y el ático, encontramos imágenes de San Luis Gonzaga, San Estanislao de Kostka, San Francisco de Borja con San Francisco Javier y San Ignacio de Loyola, San Juan Francisco de Regis y San Francisco Javier. En dos pequeños óvalos pintados por Domingo Martínez se representa a San Juan Bautista y San Juan Evangelista.

   Por los muros laterales de la capilla se distribuyen una serie de relicarios y de pinturas de los apóstoles, fechables a pirncipios del siglo XVIII, así como un conjunto de cobres flamencos del XVII con escenas de la Vida de la Virgen. Para completar esta serie, Domingo Martínez realizó en el XVIII la pintura que representa el Nacimiento de San Juan Bautista. Al mismo corresponde la decoración de las bóvedas, tarea en la que debieron colaborar sus discípulos. Las pinturas situadas en el presbiterio representan la Asunción y los cuatro arcángeles, correspondiendo a alegorías marianas, las de la nave, a San Ignacio en la cueva de Manresa, la de la tribuna del coro, y una alegoría del JHS con los Evangelistas, las que ocupan la bóveda de la sacristía [Alfredo J. Morales, María Jesús Sanz, Juan Miguel Serrera y Enrique Valdivieso. Guía artística de Sevilla y su provincia I. Diputación de Sevilla y Fundación José Manuel Lara, 2004].
     La Iglesia de San Luis de los Franceses se encuentra situada en la collación de Santa Marina, en la calle que se llamó Real y a la que hoy da nombre esta iglesia, dando uno de los frentes del inmueble a la calle Divina Pastora. Por su situación se encuentra aledaña a la Iglesia de Santa Marina, a la parroquial de San Julián, Omnium Sanctorum y San Marcos, así como a los conventos de Santa Isabel y Santa Paula y cercana a la Plaza del Pumarejo y a las antiguas Tahonas Reales.
     Desde el punto de vista volumétrico se encuentra embutida en el interior de las dependencias de lo que fue el colegio noviciado, con una fachada principal a la calle San Luis. Destacan los volúmenes de su fachada con el imafronte y las torres que lo flanquean así como la majestuosa cúpula que cubre esta iglesia de panta centrada.
     La iglesia del antiguo noviciado de la Compañía de Jesús constituye uno de los ejemplos más sobresalientes del barroco sevillano. La originalidad del edificio radica muy especialmente en el trazado de su planta, única en Sevilla, y de marcada influencia italiana. Es de planta central con forma de cruz griega inscrita en un rectángulo. Los brazos de la cruz, dirigidos a los cuatro puntos cardinales, terminan en forma de exedra y en el centro del crucero se eleva una potente cúpula sobre tambor circular y linterna.
     Los espacios que estos brazos dejan entre sí se utilizan para dependencias, extendiéndose las situadas más próximas a la fachada para formar el pórtico y las torres laterales, y las posteriores para dar lugar a la sacristía y almacenes, por lo que en su conjunto se presenta como un rectángulo.
     La intersección de los brazos se macizan con cuatro machones que se elevan para sostener la cúpula, cada uno de los cuales en el cuerpo bajo alberga una capilla. Éstos se alternan con cuatro grandes exedras que dan cabida a la puerta de acceso con tribuna, justo en frente el retablo mayor y los laterales a los retablos de San Estanislao de Kotska y San Francisco de Borja. Sobre estos machones estriban arcos, cuyos apoyos se adornan en su intradós por medias columnas, que son enteras en los ángulos. Todas ellas se presentan estriadas en el primer tercio inferior, y salomónicas en la parte superior, éstas se apoyan sobre pedestales y están coronadas por capiteles de orden corintio. Sobre estas columnas, y a
la altura de los arranques de los arcos, corre un entablamento con friso ricamente decorado con motivos vegetales y cornisa saliente.
     En el segundo cuerpo, sobre el acceso de entrada, se abre una tribuna con ocho arcos de medio punto apoyados en columnas, apareciendo otra serie de balcones cerrados con celosías sobre los machones que soportan la cúpula.
     El siguiente cuerpo presenta ocho vanos adintelados alternados por columnas estriadas con capiteles corintios, presentándose flanqueados por dos hornacinas con santos aquellos que indican cada uno de los cuatro puntos cardinales. Sobre las columnas corre un entablamento con cornisa movida y moldurada sobre la que apoya la cúpula, disponiéndose al hilo de los elementos verticales ocho figuras de las virtudes. Por último remata el conjunto la linterna, presentándose el interior profusamente decorado con pinturas murales.
     Las pinturas, la cal, el ladrillo, la piedra, el mármol y el yeso son los materiales empleados en la decoración del interior del templo.
     El alzado principal ofrece el tipo de las iglesias italianas, con superposición de órdenes y disposición de columnas y pilastras flanqueando los huecos centrales y laterales respectivamente.
     La fachada se eleva sobre cinco gradas, está precedida por un atrio que sirve de sotocoro y consta de dos cuerpos, el inferior, de orden jónico, en el que se abren cinco puertas que se corresponden en el superior, de orden corintio, con cinco ventanas. Se divide en cinco módulos, flanqueados los centrales por columnas profusamente talladas y el resto por pilastras. El central aloja la puerta de entrada, de mayor tamaño que las restantes, con arco de medio punto en cuyas enjutas aparecen medallones con bustos en relieve, orlados de tallos y frondas. En la segunda planta la ventana central es también de mayor tamaño que las demás, está flanqueada por medias columnas salomónicas y profusamente decorada, coronada por un frontón curvo roto y desventrado sobre el que se asienta el escuro real, alojado en el tímpano de un gran frontón trilobulado que rompe la cornisa y sirve de remata al cuerpo central de la fachada, coronado por tres esculturas de ángeles.
     En los módulos laterales las puertas del cuerpo bajo están coronadas por óculos decorados con figuras talladas en piedra, y las ventanas del segundo cuerpo por frontones curvos, en los inmediatos al cuerpo central y triangulares en los terminales.
     Dos torres campanario, de planta octogonal, se levantan a ambos lados de la fachada, siguiendo el eje de los huecos extremos. En ellas se alternan vanos de medio punto, doblados, moldurados, presentan orejeras superiores, y coronados por frontones triangulares, con hornacinas aveneradas que portan esculturas de santos y evangelistas, flanqueadas por columnas decoradas en su tercio inferior y superior y estriadas. Este cuerpo se presenta recorrido por un entablamento con cornisa decorada con casetones y cornisa moldurada y saliente. El segundo cuerpo, también octogonal, es macizo y presenta decoración de recortes y molduras mezclados con azulejos vidriados en azul. Las torres se encuentran rematadas por un cupulín con nervios y tejas vidriadas en azul y blanco, coronado por una linterna con veleta y cruz de forja.
     Entre los campanarios se eleva la gran cúpula central, con tambor, rematada en linterna y cubierta con tejas vidriadas en color blanco y azul.
     Consta de un gran tambor que presenta ocho grandes vanos rectangulares, moldurados y coronados por frontones triangulares y curvos desventrados, que se alternan con hornacinas rematadas por frontones triangulares, y flanqueadas por columnas con capiteles corintios. Sobre estas recorre el conjunto un entablamento con el friso a base de recuadros de azulejos cerámicos en azul, sobre cuya cornisa volada se disponen una serie de pilares rematados en bolas a eje con las columnas del cuerpo inferior, disponiéndose entre los pilares una baranda de forja que protege el deambularotio que recorre todo el perímetro del tambor. Del centro parte la base de la cúpula a modo de zócalo decorado con figuras geométricas entre las que destaca la alternancia de rombos, cuadrados, rectángulos y círculos. Sobre éste se dispone la media naranja de la cúpula cubierta a base de tejas azules y blancas. Por último la linterna presenta a su alrededor un espacio de circulación protegido por baranda de forja. Cuenta con ocho ventanales de medio pinto flanqueados por pares de medias columnas de tercio superior de forma salomónica sobre las que corre un entablamento en el que descansa un cupulín rematado por cruz de forja y rodeado de remates de bolas al hilo de las columnas del cuerpo inferior.
     Al exterior la fachada muestra los paramentos realizados en ladrillo avitolado, mientras que los soportes, elementos sustentantes y la decoración se ejecutan en piedra. En la cúpula los paramentos se muestran en amarillo albero, así como los fustes de las columnas, mientras que los elementos sustentantes verticales y horizontales lo hacen en rojo almagra, aumentando el efecto de claroscuro y de movimiento que se acentúa con los elementos realizados en cerámica vidriada.
En el año 1609 dispuso la Compañía de Jesús instalar un noviciado, bajo la advocación de San Luis Rey de Francia, en Sevilla. Desde los primeros momentos se preocupó la Orden de la edificación de un templo que satisficiese las necesidades del Noviciado, pero las obras no dieron comienzo hasta 1699, finalizándose en 1731 y siendo bendecida en Noviembre de ese mismo año. Fue consagrada la Iglesia en honor de San Luis, Rey de Francia y de los Santos mártires Benito y Casto en 1733.
     La iglesia se ha atribuido a Leonardo de Figueroa, aunque se considera que la planta vino impuesta por la Compañía de Jesús, llevándose a cabo intervenciones posteriores al cargo de Antonio Matías de Figueroa y Diego Antonio Díaz.
     El templo de San Luis y el Noviciado fueron poseídos por la Compañía de Jesús hasta que se decretó la expulsión de los miembros de la Orden, por el Rey Carlos III. Tras este hecho el edificio quedó sin uso, destinándose luego a Seminario Clerical.
     En 1784, es ocupado por la comunidad de franciscanos descalzos bajo la advocación de San Diego, cuyo convento situado en las espaldas de San Telmo, había sufrido graves daños en una gran avenida del Guadalquivir acaecida en 1783. Permanecieron aquí los religiosos durante veinticinco años, hasta que la invasión francesa provocará su exclaustración en 1810.
     Posteriormente los franceses establecieron un Hospicio donde se recogían a los religiosos ancianos y pobres de todas las órdenes. Pasada esta época volvieron a ocuparlo los dieguinos hasta su devolución a la Compañía de Jesús en 1817, que lo ocupó hasta que en 1835 volvieron a ser desposeídos de él por orden de la Reina.
     La iglesia y el noviciado, tras un breve destino como casa de beneficencia, fueron dedicados a Hospicio Provincial.
     En 1920 un rayo penetró por el lado occidental de la bóveda y en su recorrido hizo destrozo en ella, en la imagen alta, cornisa general y bóveda del coro; sufragando la restauración la Superiora Sor Dominica Erezuna con sus fondos particulares.
     La iglesia contiene un complejo programa iconográfico jesuítico en cuya ejecución trabajaron los mejores artistas sevillanos del siglo XVIII como Pedro Duque Cornejo, Lucas Valdés, Domingo Martínez, etc., destacando los retablos, las pinturas murales y la cúpula (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Prácticamente enfrente de Santa Marina se localiza este templo de San Luis, llamado de los Franceses, uno de los más singulares y bellos de Sevilla. Formó parte del antiguo noviciado de la Compañía de Jesús. La construcción, iniciada en 1699, responde al proyecto de Leonardo de Figueroa, el cual se inspiró en las iglesias italianas del momento. Ya la fachada resulta memorable. Como el resto del templo, su estilo es barroco y se alza como un monumental retablo de dos cuerpos y cinco calles, marcadas por columnas la central y por pilastras las laterales. La fábrica es mixta, los basamentos, de piedra y el muro, de ladrillo avitolado de color almagre, continuando el juego de doble color tan propio del barroco sevillano. Tres arcángeles de piedra rematan el frontón trilobulado que corona el cuerpo central. En los extremos se alzan dos potentes torres ochavadas, entre cuyas colum­nas aparecen esculturas de los evangelistas. Por encima de todo, sobresale la linterna de una monumental cúpula cubierta de tejas vidriadas y flanqueada por sendos campanarios. El interior es sencillamente inolvidable. Se compone de un atrio que hace las veces de sotacoro y a través del cual se pasa a la iglesia propiamente dicha. Consiste esta en una cruz griega cuyos brazos terminan en exedra, con un gran espacio circular en el centro sobre el que se alza la cúpula, fastuosa, de media naranja, sobre un gran tambor formado por columnas corintias, con ventanas y esculturas de diversos santos en los intercolumnios, cuyas pinturas, a base de trampantojos arquitectónicos en los que se inscriben alegorías eucarísticas, son obra de Lucas Valdés. Consagrado en 1731 por el arzobispo Luis de Salcedo y Azcona, la abrumadora decoración del templo, expresada tanto en los retablos como en las pintura de los muros, lo convierten en un habitáculo místico y aun iniciático. En esta decoración se incluyen las imponentes columnas salomónicas que, en las inter­secciones de los brazos de la cruz, sostienen el entablamento y la cubierta. El retablo mayor y los de los brazos laterales de la cruz son obra de Pedro Duque Cornejo, quien debió realizarlos hacia 1730. Aunque el mayor sobresale por su grandiosidad, los tres responden a esquemas parecidos, esquemas que, por otra parte, siguen también los demás, aunque sean de otros autores: abigarrado barroquismo, que, sin embargo, no pierde la elegancia ni el refinamiento, organización mediante estípi­tes y gran profusión de pinturas, esculturas, reliquias, espejos y elementos decorativos de diferentes tipos que abruman al espectador y lo desarman. La iglesia pertenece en la actualidad a la Diputación Provincial de Sevilla. Parte del antiguo noviciado de los jesuitas, además, lo viene ocupando el Centro Anda­luz de Teatro, dependiente de la Junta de Andalucía (Rafael Arjona, Lola Walls. Guía Total, Sevilla. Editorial Anaya Touring. Madrid, 2006).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Luis IX, rey de Francia;
HISTORIA
   Nació en Poissy en 1215, localidad donde aún se muestran las pilas de piedra donde lo bautizaran. Fue coronado rey en 1226, con el nombre de Luis IX. La regencia se confió a su madre Blanca de Castilla.
   En dos oportunidades el rey cristiano se embarcó en Aigües Mortes para mar­char en cruzada contra los musulmanes que habían conquistado toda la costa meridional del Mediterráneo, y en ambos casos, las expediciones acabaron desastrosamente. Fue derrotado tanto en Egipto como en Túnez. En ocasión de la cruzada de 1248, lo hicieron prisionero en Damieta , y en 1270, murió de peste frente a Túnez.
   Su hermano Cairlos de Anjou hizo depositar su corazón y sus entrañas en la iglesia abacial de Monreale, cerca de Palermo, mientras que su cuerpo se trasladó a Saint Denis.
   Su historia fue popularizada por la Crónica del señor de Joinville, pero el arte se ha inspirado más en el relato edificante de Guillaume de Saint Pathus, confesor de la reina Margarita. De ahí que en la Edad Media se lo haya representado muy poco en el ejercicio real, y en cambio se haya preferido tratarle como a un segundo san Francisco de Asís, coronado, haciéndose administrar la disciplina por su confesor, alimentando a un religioso enfermo de lepra de la abadía de Royaumont, y lavando los pies a los pobres, en imitación de Jesucristo.
CULTO
   El papa Bonifacio VIII canonizó al rey Luis IX de Francia el 11 de agosto de 1297, sólo veinte años después de su muerte.
   En 1306, durante el reinado de Felipe el Hermoso, tuvo lugar el traslado de la cabeza de San Luis a la Sainte Chapelle de París, que él hiciera construir para conservar y venerar la Corona de espinas de Jesucristo.
   En Francia, además de ser el patrón de París, es también el de Poissy, su ciudad natal, donde fuera bautizado, y también de la abadía cisterciense de Royaumont, que es fundación suya. En Notre Dame de Poissy los peregrinos rascaban el fondo de la pila bautismal para extraer un polvo al que se atribuían propiedades milagrosas.
   Su culto está probado desde principios del siglo XIV, especialmente por la consagración de la capilla del castillo de Enguerrand de Marigny, en Mainneville, cerca de Écouis, donde se encuentra la más antigua de sus estatuas de piedra policromada (hacia 1307).
   Pero fue en el siglo XVII cuando san Luis se convirtió en el patrón de la monarquía francesa y cuando su culto adoptó un carácter dinástico y nacional al mismo tiempo. El nombre de pila  Luis se convirtió en hereditario en la familia real borbónica. Luis XIV le dedicó numerosas iglesias, no sólo en Francia: la iglesia de Saint Louis en l'Ile, en París, las catedrales de Versalles, Blois, La Rochelle, Toulon; y en Alsacia  las iglesias de Sainte Marie aux Mines (1674), Neuf  Brisach (1699); pero también en el extranjero: por ello la iglesia de la colonia francesa de Roma se puso bajo la advocación de San Luigi dei Francesi.
   Al mismo tiempo, los jesuitas, para exhibir sus relaciones con la Casa real de Francia, adoptaron a san Luis como protector de su orden. Su iglesia parisina de la calle de Saint Antoine se puso bajo su advocación.
   En el siglo XVIII, Luis XV puso bajo la advocación del rey santo la capilla de la Escuela Militar, obra maestra de Gabriel.
   En Italia, san Luis se había hecho popular desde la Edad Media, gracias a la Casa de Anjou que reinaba en Nápoles y también a causa de la propaganda de los franciscanos que se jactaban de contar con un rey de Francia entre los miembros de la tercera orden de san Francisco.
Patronazgos de corporaciones y oficios
   San Luis había hecho componer al preboste de los comerciantes, Étienne Boileau, el Libro de los Oficios, por ello numerosas corporaciones parisinas lo habían elegido como patrón: los albañiles y los carpinteros de obra, porque había hecho construir la Sainte Chapelle, los merceros que tenían tienda en las galerías del Palacio de la Cité, los bordadores de casullas, costureros, pasamaneros y botoneros, a causa de su generosidad hacia las iglesias, los peluqueros, fabricantes de pelucas y barberos, porque, según Joinville, san Luis rey estaba mu bien  y se hizo rasurar la barba antes de la primera cruzada. Pero resulta más difícil explicar la devoción de los pescadores con caña (o línea), que también se habían puesto bajo su patronazgo.
   Según Sauval se habría convertido en el patrón de los fabricantes de ropa blanca, porque había concedido a los comercios de ese ramo la autorización para exhibir sus mercaderías en la calle de la  Lingerie, cerca del cementerio de los Inocentes.
   Se lo invocaba contra la sordera a causa de un juego de palabra con su nombre Luis ('Ouie: el Oído), contra la ceguera, porque fundó el Hospicio Quinze Vingts, y contra la peste, de la que fuera víctima.
   La Asociación de los Amigos de san Luis fue creada en 1945 para mantener el culto «nacional y religioso"  del más cristiano de los reyes de Francia.
ICONOGRAFÍA
   Aunque numerosas imágenes de san Luis se hayan destruido en los tiempos de la Revolución, a causa de las flores de lis que lo ofrecían al fanatismo iconoclasta  de los jacobinos, su iconografía es aún muy rica.
   Desgraciadamente, sólo tiene un escaso valor documental, puesto que la costumbre, en los tiempos monárquicos, era representar a san Luis con los rasgos del rey reinante. La estatua de la iglesia de Mainneville  (Eure), encargada por el Enguerrand de Marigny, quizá sea un retrato de Felipe el Hermoso; el San Luis del Louvre, que procede de la portada del hospital de los Quinze Vingts, reproduce los rasgos de Carlos V; en el retablo del Parlamento (siglo XV), el San Luis que forma pareja con Carlomagno es Carlos VII.
   Dicha tradición sobrevivió hasta el siglo XVII en las iglesias de los jesuitas (capilla del Liceo de Poitiers) donde bajo el nombre del rey santo se glorifica a sus sucesores, Luis XIII y Luis XIV. Todas esas pretendidas imágenes de San Luis, en verdad sólo conciernen a la iconografía de los reyes de Francia. Suele formar pareja con Carlomagno, otro patrón de la corona de Francia.
   Los atributos tradicionales de san Luis son el traje constelado de flores de lis de Francia, la corona y el cetro a los cuales se agrega la corona de espinas y los tres clavos de la Crucifixión considerados como sus más preciosas adquisiciones. A veces tiene en las manos la maqueta de la Sainte Chapelle (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
       Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Horario de apertura del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses:
            De Martes a Domingos: de 10:00 a 18:00

Página web oficial del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses: www.dipusevilla.es/sanluisdelosfranceses

El Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, al detalle:
- Cripta

Iglesia
    Cúpula
        San Juan de Mata

sábado, 24 de agosto de 2019

La Iglesia de San Bartolomé, de José Echamorro


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Iglesia de San Bartolomé, de José Echamorro, en Sevilla.     
     Hoy, 24 de agosto, Fiesta de San Bartolomé, apóstol, a quien generalmente se identifica con Natanael. Nacido en Caná de Galilea, fue presentado por Felipe a Cristo Jesús en las cercanías del Jordán, donde el Señor le invitó a seguirle, agregándolo a los Doce. Después de la Ascensión del Señor, es tradición que predicó el Evangelio en la India y que allí fue coronado con el martirio (s. I) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy para ExplicArte la Iglesia de San Bartolomé, de José Echamorro, en Sevilla.
     La Iglesia de San Bartolomé se encuentra en la calle Virgen de la Alegría, 5 (aunque la entrada al templo se efectúa por la calle San Bartolomé, 5, o por el lateral de la calle Virgen de la Alegría); en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo.
      En la antigua judería sevillana se encuentra una iglesia dedicada al apóstol que fue desollado, Bartolomé, llamado originalmente Natanael, el hijo de Tolomeo y acompañante de Felipe, el último elegido por Jesús. Evangelizó por Armenia, Persia, Arabia y la India. Cuentan que llegó a traducir al hindú el Evangelio de San Mateo. Y que un rey pagano, al que destruyó un ídolo, le quitó la piel a tiras. Toda una iconografía barroca que curiosamente en Sevilla, se plasma en una de sus iglesias neoclásicas, con una larga historia a sus espaldas.

      Junto a la calle Levíes, en la actual calle Virgen de la Alegría, se sitúa un templo que viene a suceder en el tiempo a una de las antiguas sinagogas del barrio judío de la ciudad. Tras la decadencia que supuso para los judíos el violento asalto de su barrio en 1391, la comunidad se mantuvo a duras penas hasta la definitiva expulsión en 1492. Precisamente este solar fue el único que mantuvieron los pocos judíos que se habían estabilizado en la ciudad en la época de Enrique II, ya que las otras dos sinagogas pasaron al patrimonio del cabildo catedralicio, siendo el germen de las iglesias de Santa Cruz y de Santa María la Blanca. Fue después de esa expulsión cuando se produjo el definitivo traslado  de la conocida como parroquia de San Bartolomé el Viejo, que ha existía en la ciudad desde la reconquista y que debía situarse en la zona actualmente ocupada por el convento de la Visitación (Salesas). El traslado al lugar actual debió producirse hacia 1500 y desde entonces comenzó a conocerse como parroquia de San Bartolomé el Nuevo, aunque mantuvo la antigua edificación judía. Así fue hasta 1779. En aquel año el edificio que fue mezquita, y que Alfonso X concedió a los judíos como sinagoga, estaba en estado ruinoso y fue demolido. Se comenzó la edificación de la actual iglesia con los donativos de los fieles y las limosnas del cardenal Delgado y Venegas. Especialmente importante fue la actuación del párroco José Granados, nombrado en 1781, que logró concluir las obras del nuevo templo.  

      La nueva edificación fue consagrada entre 1800-1806, dato que varía según las fuentes consultadas. La obra fue dirigida por el reconocido arquitecto neoclásico José Echamorro, que creó un edificio con planta de cruz latina, luminosa nave central cerrada con bóvedas de cañón y bóvedas laterales baídas. En el crucero dispuso airosa cúpula sobre tambor poligonal, colocando a los pies del templo el coro con su órgano en alto y el correspondiente sotocoro en la parte inferior. La entrada a la iglesia se realiza por el muro izquierdo, una puerta de austera decoración neoclásica coronada por frontón recto. Accede a un templo en cuya última restauración, muy discutida en algunos aspectos, se le añadieron nuevos canceles de madera, nuevo suelo y minimalistas pilas de agua bendita que contrastan con los otros estilos del edificio. Domina la blanca nave central un discreto retablo neoclásico presidido por una escultura de San Bartolomé, de época anterior. Está flanqueado por dos tallas que representan a San Juan Nepomuceno adorando al Crucifijo y a San Cayetano con el Niño en brazos, tallas anónimas de finales del siglo XVII, al igual que la Virgen con el Niño que se sitúa en la parte baja del conjunto. Sobre columnas clásicas de imitación marmórea se sitúa un ático presidido por el grupo escultórico de la Santísima Trinidad.

   En la cabecera de la nave derecha se encuentra la capilla de la Virgen de la Alegría, imagen del XVI atribuida al flamenco Roque Balduque, aunque fue transformada en la intervención a la que fue sometida en el siglo XVIII. Se sitúa en un retablo de plata de estilo neoclásico y está flanqueada por tallas de San Joaquín y Santa Ana, del siglo XIX. Una antigua leyenda hace provenir el título de la Alegría del próximo Oriente. En torno a la imagen se creó una hermandad cuyas primeras reglas datan de 1672, siendo la primera que, en 1690, celebró el primer rosario público cantado. Tras un periodo de decadencia, fue refundada en 1828 con nuevas reglas. Ya en 1972 se fusionó con la hermandad sacramental, siendo considerada la imagen de la Virgen la patrona del barrio. 

En el muro izquierdo del crucero se abre, tras una notable reja de forja del siglo XVII con figuras doradas, la capilla sacramental. Está presidida por un retablo de hacia 1650, en madera oscura y compartimentada por columnas estriadas. Lo preside el grupo escultórico de la Piedad, anónimo del siglo XVI, basado en iconografías centroeuropeas medievales y de gran expresividad. Lo flanquean diversas tallas de la segunda mitad del siglo XVII; San Juan de la Cruz, San Antonio de Padua, San Francisco de Asís y San Ignacio de Loyola. Por el estilo se puede atribuir ésta última a las manos de Pedro Roldán, que en 1672 contrató un retablo con la parroquia. Sobre el ático, también en madera sin policromar, se sitúa un gran relieve con el tema de la Imposición de la casulla a San Ildefonso, de la época del resto del retablo. De gran interés es el sagrario de la capilla, donado en 1630 por doña María de Arellano, y que se puede considerar como una copia, a menor escala, del gran tabernáculo que realizó Francisco de Alfaro para el retablo mayor de la Catedral sevillana. Precisamente, en la misma capilla se sitúa la lauda sepulcral de don Fernando López, de su mujer, María de Arellano, y de su hija doña Catalina, una notable obra de la primera mitad del siglo XVII. Dos lienzos de Esteban Márquez, un seguidor de Murillo de finales del siglo XVII, con los temas de Cristo Salvador y de la Dolorosa, completan la capilla. El mismo Esteban Márquez firma la mitad de un apostolado que se cuelga en las paredes del muro del crucero.

      Neoclásico, en blanco siguiendo las frías recomendaciones de los académicos, y sin gran interés, es el retablo del Corazón de Jesús, que se abre en la capilla colateral derecha, completándose con tallas de San Cayetano y de San Jerónimo. Ya en el lado derecho del crucero, un nuevo retablo neoclásico acoge a la talla de San José, del siglo XVII, con un relieve del Santo Patriarca en el ático del conjunto. El resto del apostolado de Esteban Márquez se sitúa en el testero del crucero. Por último, destaca en la nave derecha un retablo de estípites de hacia 1740, con un crucificado atribuido a Hernando de Uceda y una Dolorosa de candelero cercana al estilo de Cristóbal Ramos, que curiosamente sobrevivió a un incendio y cuyo rostro ha sido comparado por algunos autores con el de la dolorosa trianera de la Estrella. Destaca a los pies del templo un gran lienzo de la Asunción de la Virgen, firmado por Ignacio de Ríes en 1661.
      Tuvieron gran relación con la parroquia personajes como Bartolomé Esteban Murillo, que fue vecino y hermano de la hermandad sacramental, Miguel de Mañara, que fue allí bautizado, junto a su casa, y la familia Montoto, con sepulcro en la propia iglesia (Manuel Jesús Roldán, Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010). 
     Presenta planta de cruz latina con tres amplias naves separadas por pilares, cubriéndose las laterales con bóvedas de arista y la central con bóvedas de cañón, con arcos fajones y lunetos. En el crucero se dispone una cúpula sobre tambor octogonal, apareciendo bóvedas de cañón con lunetos en los brazos de la cruz. La fachada principal cuenta con una sencilla portada de estilo neoclásico, que concuerda con el esquema empleado en el cuerpo de campanas de la torre. En la iglesia intervinieron los arquitectos Antonio Matías de Figueroa y José Echamorro, inaugurándose en 1806.
     El retablo mayor, compuesto por banco, un cuerpo de tres calles y ático, puede fecharse en torno a 1800. Su hornacina principal alberga una escultura de San Bartolomé, del siglo XVII, situándose en las calles laterales y ático esculturas de San Juan Nepomuceno, San Félix Cantalicio y la Trinidad, todas ellas coetáneas del retablo.
     La capilla colateral izquierda está dedicada a la Virgen de la Alegría, cuya imagen de candelero, fechable en el siglo XVIII, ocupa el centro de un retablo de plata de estilo neoclásico. En las calles laterales se sitúan esculturas de San Joaquín y de Santa Ana, de principios del siglo XIX. De igual fecha son las imágenes de San Juan Bautista y San Fernando colocadas sobre ménsulas en el muro lateral izquierdo. En el lado izquierdo del crucero, precedida de una interesante reja realizada hacia 1600, se abre la Capilla Sacramental. El retablo que la preside, realizado en torno a 1650, presenta banco, un cuerpo de tres calles y ático. La calle central la ocupa un grupo escultórico de la Piedad de principios del siglo XVI, situándose en las calles laterales esculturas de San Juan de la Cruz, San Antonio de Padua, San Francisco y San Ignacio de Loyola, considerán­dose esta última parte del retablo contratada en 1672 por Pedro Roldán. En el ático aparece un relieve con la Imposición de la Casulla a San Ildefonso, coetáneo del retablo. El tabernáculo, de planta se­mioval y cubierto de cúpula, está inspirado en el del altar mayor de la catedral sevillana, habiendo sido do­nado por Doña María de Arellano y Sotomayor hacia 1630. En el muro derecho de la capilla se sitúa una espléndida lauda sepulcral realizada en mármoles de colores que corresponde al enterramiento de Don Femando López Ramírez, muerto en 1625, su esposa, Doña María de Arellano, fallecida en 1635, y la hija de ambos Doña Catalina Ramírez de Arellano, cuya sepultura está fechada en 1643. Frente al mencionado sepulcro se contemplan dos lienzos, uno de Cristo Salvador y otro de la Dolorosa, ambos de Esteban Márquez, de fines del siglo XVII. En medio de ellos se abre una hornacina con marco rococó que contiene una talla del Niño Jesús, de fines del siglo XVII.
     En el muro del crucero se halla un gran lienzo anónimo de la Sagrada Cena y la mitad de un Apostolado de Esteban Márquez, de finales del siglo XVII.
     En la capilla colateral derecha nos encontramos con un retablo neoclásico con el Sagrado Corazón en el centro y a los lados, esculturas de San Cayetano y San Jerónimo; se completa con un relieve de la Resurrección en el remate.
     A continuación, en el lado derecho del crucero, se sitúa la Capilla de San José con un retablo neoclásico que preside la imagen del titular, de fines del siglo XVII. En el ático va un relieve del Sueño de San José y en los laterales, figuras de santas. En el testero del crucero hay seis lienzos del Apostolado, también de Esteban Márquez.
     En la nave derecha se sitúa un retablo com­puesto por banco, tres calles y ático, organizado mediante estípites y fechable hacia 1740. En el centro va un Crucificado y a la derecha, una imagen de la Dolorosa, de vestir.
     En el testero a los pies del templo hallamos, en el lado derecho, una escultura de San Elías, de la segunda mitad del siglo XVII. A la izquierda, aparece un gran lienzo de la Asunción de la Virgen firmado por el pintor sevillano Ignacio de Ríes en 1661.
     La Capilla Bautismal es la más cercana a los pies de la nave izquierda y contiene una gran pila de mármol del siglo XVII y un relieve de la Coronación de la Virgen del siglo XVI.
     En la sacristía hay varios lienzos del siglo XVIII y en el despacho parroquial, tres pinturas de las llamadas de «enconchados», de hacia 1700 y procedencia mexicana, que representan a la Sagrada Familia, San Agustín y San Gregorio.
     Tanto la parroquia como la Hermandad Sacramental conservan magníficas piezas de orfebrería, entre las que destacan un cáliz con esmaltes de la segunda mitad del siglo XVIII marcado por Pinal y una magnífica custodia que puede situarse a comienzos del siglo XIX. La Hermandad de la Alegría posee además del retablo de plata ya mencionado, cuatro candeleros y dos atriles donados en 1680 y una gran bandeja a la que acompaña una pequeña jarra de pico donadas en 1697 y de origen mexicano (Alfredo J. Morales, María Jesús Sanz, Juan Miguel Serrera y Enrique Valdivieso. Guía artística de Sevilla y su provincia. Tomo I. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2004).
     La Iglesia parroquial de San Bartolomé se encuentra situada intramuros de la ciudad, en el sector Este, cercana a la antigua muralla y en pleno barrio de lo que fue la judería sevillana. Por su situación se halla cercana al Palacio de Miguel de Mañara, a los conventos de San José, de Madre de Dios y de las Salesas y a la parroquia de San Nicolás de Bari y de Santa María la Blanca.
     Desde el punto de vista volumétrico el buque de la iglesia sobresale del resto del caserío que lo circunscribe, presentando tres fachadas, que superponen sus volúmenes recreando una perfecta cruz latina con tejados a dos aguas con buhardillas que se corresponden con la nave central y el crucero, con cubiertas a dos aguas. Otro elemento que destaca es la torre, adosada a los pies de la nave del Evangelio.
     El templo presenta planta de cruz latina con cabecera plana. Cuenta con tres naves separadas por arcos de medio punto que campean sobre pilares cruciformes, situándose el coro alto y bajo a los pies. A los costados de las naves y junto a la cabecera se adosan una serie de capillas y dependencias, de menor alzado que el cuerpo principal para permitir la iluminación de éste. La nave central, de doble anchura que los laterales, está cubierta por bóveda de cañón con lunetos y arcos fajones, mientras que las laterales poseen bóvedas de arista. Este esquema se modifica en el crucero, pues mientras que los tramos laterales utilizan la bóveda de cañón con lunetos, en el central se alza una cúpula de media naranja sobre pechinas con tambor sin linterna.
     El exterior del templo resulta muy sencillo, consta de tres fachadas, y se encuentra unido al resto de casas colindantes mediante la cabecera. La fachada del lado del Evangelio comunica con la calle San Bartolomé, la de los pies de la iglesia con calle Virgen de la Alegría y la del lado de la Epístola con un callejón sin salida que se denomina igual a la anterior.
     La fachada de la calle San Bartolomé, considerada como la principal del templo, presenta la clara disposición de superposición volumétrica de capillas adosadas a la nave del Evangelio, de la que sobresale el potente crucero con tejados y buhardilla, la cúpula decorada con tejas vidriadas en azul y blanco y la torre a los pies. A la altura del tercer tramo se abre una portada de claros aires neoclásicos. Se estructura en torno a un vano escarzano rebajado, enmarcado por molduras con orejeras superiores. Éste se encuentra flanqueado por pilastras toscanas sobre pedestales sobre el que corre un entablamento con el friso decorado por metopas que alternan con triglifos, rematándose por un frontón triangular en cuyo tímpano presenta el escudo parroquial, coronándose el conjunto por tres pequeños pilares con copetes, algunos de ellos desaparecidos.
     La fachada de los pies de la iglesia refleja al exterior la estructura interna del edificio, nave central más ancha que las laterales, cubierta a dos aguas, con chaflán y buhardilla, y las naves laterales, la de la Epístola a un agua, mientras que la unión de la nave del evangelio con la torre, adosada a los pies de la misma, se realiza mediante una estructura horizontal, fruto de posteriores añadidos como dependencias de la propia iglesia. En los muros se abren vanos para iluminación interna tanto del coro bajo, como del coro alto, para este último se abre un rosetón.
     La fachada del lado de la Epístola presenta similares características a la de la calle de San Bartolomé con la salvedad de que la portada se encuentra realizada en ladrillo visto. Estructuralmente presenta los mismos elementos que la de la nave del Evangelio, un vano, en este caso rectangular, flanqueado por pilastras toscanas con arquitrabe y friso decorado solo con triglifos y remate de frontón triangular.
     La torre, de planta cuadrada, se ubica a los pies de la nave del Evangelio, cuenta con dos cuerpos claramente diferenciados. La caña o fuste, muestra un primer tramo liso, seguido de otro que presenta un óculo en cada uno de sus frentes, sobre los que se dispone un balcón. Éste se estructura en tono a un vano rectangular flanqueado por moldura plana rematado por frontón triangular y protegido por baranda de forja. Sobre éstos se vuelve a situar un nuevo óculo que se presenta cegado en alguno de sus frentes. Este cuerpo se separa del cuerpo de campanas mediante un gran entablamento en cuyo friso simulan grandes triglifos sobre los que apoya una saliente cornisa muy moldurada. Sobre ésta se sitúa el cuerpo de campanas de planta octogonal. Muestra un vano de medio punto con decoración e la clave y enmarcado por una especie de alfiz y protegido por antepecho de balaustres, en cada uno de sus cuatro frentes. Los vanos se encuentran flanqueados por pilastras toscanas, disponiéndose en los frentes achaflanados una columna con capitel jónico elevada sobre pedestal. El conjunto se encuentra recorrido por un arquitrabe muy moldurado, sobre el que se sitúa un antepecho con decoración de perinolas o jarrones al hilo de las columnas de los chaflanes.
     Hemos de mencionar la existencia de decoración mural geométrica en los paramentos de sus fachadas, simulando sillares y otros elementos, destacando los enfoscados en albero y almagra. En la actualidad la decoración de los paramentos exteriores del edificio presenta un estado lamentable de conservación que contrasta con la magnífica conservación del interior del mismo
     Según la investigadora Pilar Velela Gallego, en el lugar donde hoy se ubica el templo, existió una mezquita que en el siglo XIII, hacia 1252, Alfonso X se la concedió a los judíos, concesión que duró poco tiempo ya que en 1391, tras la revuelta de los cristianos, tres sinagogas de la judería desaparecieron convirtiéndose en capillas dependientes de la Catedral. Una fue Santa Cruz, otra Santa María la Blanca y a la tercera se trasladó de un primitivo templo con advocación de San Bartolomé. Dicha sinagoga conservó la misma forma e incluso los textos en hebreo que la adornaban, y se le dotó de suntuosas capillas. Pero en el siglo XVII el edificio se encontraba muy deteriorado por lo que se tuvieron que realizar restauraciones, siendo las más importantes las efectuadas en la segunda mitad del siglo XVII y primeros años del siglo XVIII.
     Sin embargo, el desperfecto general del templo aconsejó su derribo y construcción de nueva planta, proceso este que se dilató en el tiempo y en el que intervinieron diferentes maestros mayores, hasta su derribo definitivo en el año 1779.
     Para la construcción del nuevo edificio se plantearon diferentes alternativas, una de ellas es la propuesta de Pedro de Silva, que consistía en conservar los muros exteriores del edificio y rehacer los soportes formados por seis columnas de orden jónico. El proyecto resultó ser demasiado caro por lo que se decide llamar a Antonio Matías de Figueroa para que opine sobre el proyecto de Silva. Antonio, en principio, lo aprobó, aunque con algunas modificaciones, pero una vez iniciadas las obras de restauración propuso derribarlo por completo por ser muy poco lo que se podía aprovechar de lo existente. La propuesta de Figueroa consistía en una planta de salón, de testero plano, dividida en tres naves con pilares cruciformes a los que se adosaban pilastras. En el crucero una cúpula de media naranja sobre pechinas, y las naves se cubrían con bóveda de cañón con lunetos la central y los brazos del crucero, y con bóvedas de aristas las laterales. La iluminación se realizaba mediante ocho buhardillas, cuatro ventanas en el cuerpo de la nave central y tres claraboyas. Los interiores serían de orden dórico.
     Los trabajos se iniciaron bajo la dirección del maestro alarife José Echamorro y en sus ausencias por Juan Romero. El 21 de agosto de 1782 es bendecida la nave del Evangelio y se traslada a ella el Santísimo, pero la falta de medios económicos obliga a paralizar las obras que no se reanudan hasta diez años más tarde. En septiembre de 1792 se aprueba la continuación de las mismas bajo la dirección de Rafael de Ledesma que no llega a intervenir nada en ellas.
     En 1793 se encarga de su dirección el maestro mayor Manuel Núñez, teniendo lugar en este periodo las primeras alteraciones del primitivo plano, alteraciones que proyecta el propio Figueroa a instancias de Núñez. El antiguo campanario es derribado y se proyecta la nueva torre a los pies de la nave del Evangelio, y junto a ella un almacén para la Hermandad del Santísimo sobre el que se proyecta la Sala del Cabildo. En 1794 el proyecto de Figueroa es variado por Fernando Rosales, que a partir de ahora se encargará de la dirección de las obras hasta la terminación del edificio. El 11 de julio de 1796 la fábrica estaba finalizada, a excepción de la torre, el patinillo o camposanto y el remate del interior del cuarto taller. Los feligreses propusieron a José Echamorro, maestro mayor del Ayuntamiento, la ejecución del cuerpo de campanas y su remate hasta concluirla, cosa que llevó a efecto, estrenándose el templo en 1800 (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Es un templo de fachada muy sencilla que en estos momentos se encuentra en pleno proceso de restauración. Es un oratorio neoclásico, cuya inauguración se remonta sólo a 1806. Pero el interior es bastante coqueto y además guarda algunas obras de verdadero mérito. Tiene tres naves bastante amplias. En el crucero se alza una cúpula de media naranja sobre tambor octogonal. El retablo mayor se encuentra presidido por el titular de la parroquia, que data del siglo XVII. En la cabecera de la nave del evangelio se venera a la Virgen de la Alegría, imagen de candelero del siglo XVIII, instalada en un retablo neoclásico de plata. Por distintas partes del templo se reparte un buen conjunto de pinturas de Esteban Márquez, de finales del XVII. La capilla del Sagrario tiene un altar barroco de 1650 dividido en tres calles; en la central aparece el grupo escultórico de la Piedad y en las laterales, San Juan de la Cruz, San Ignacio de Loyola, San Francisco y San Antonio de Padua, obras estas cuatro atribuibles al taller de Pedro Roldán (Rafael Arjona, Lola Walls. Guía Total, Sevilla. Editorial Anaya Touring. Madrid, 2006).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Bartolomé, apóstol;
LEYENDA
   Los Evangelios sólo mencionan su nombre, que es un patronímico, Bar Tolmaï (hijo de Tomaï o de Tolomeo). Quizá sea Natanael a quien menciona San Juan (1:45), como uno de los doce apóstoles. No se lo mencionan en los Evangelios ni en los Hechos de los Apóstoles.
   Según la leyenda, después de la muerte de Cristo habría evangelizado Arabia, Mesopotamia y Armenia. Fue allí donde, según el martirologio romano, lo habrían desollado vivo (vivus decoriatus) por orden del rey Astiajer, furioso porque Bartolomé había convertido al cristianismo a gran número de sus vasallos.
   Esta versión resulta contradictoria con las tradiciones orientales que aseguran que habría sido crucificado, ahogado o decapitado.
   Pero como había muchos decapitados y crucificados entre los apóstoles, los hagiógrafos optaron por un martirio menos trivial y convirtieron a Bartolomé en un Marsias cristiano.
CULTO
Lugares de culto
   Sus reliquias fueron trasladadas desde Armenia a una de las islas Lipari en el siglo VI, más tarde, en 809, a Benevento y por último en 963, a Roma, a la isla Tiberina, donde el emperador de Alemania Otón III puso una iglesia bajo su advocación, que llamó San Bartolomeo all’Isola y que sustituyó la de San Adalberto.
   Se pretendía que su piel se conservaba en Pisa. Tenía otras iglesias italianas dedicadas, en Venecia, Foligno, Pistoia y Benevento. La catedral de Frankfurt del Meno que heredara en 1238 su bóveda craneana, se puso bajo su advocación. El día de la celebración de su fiesta señalaba el comienzo de la feria de otoño. La cartuja de Colonia se jactaba de poseer una de sus reliquias, al igual que la abadía benedictina de Lüne, cerca de Lüneburgo.
   San Eduardo el Confesor, de Inglaterra, ofreció el brazo del santo a la catedral de Canterbury y la más bella iglesia románica de Londres se llama de St. Bartholomew the Great.
   Su culto está probado también en Francia. Hay una iglesia puesta bajo su advocación en París, en la isla de la Cité, y otra en Taverny. Bénévent l’Ababaye (Creuse), adoptó ese nombre porque en el siglo XI se llevó hasta allí, desde Benevento, una reliquia del santo desollado.
Patronazgos
   Su martirio le valió la clientela de todas las corporaciones que se ocupaban de la preparación de pieles y manufactura o empleo del cuero: carniceros, curtidores, zurradores, guanteros, encuadernadores. Tal es lo que revela la advocación de las iglesias italianas como San Bartolomeo dei vaccinari (de los zurradores), dei pizziagnoli (de los chacineros).
   Lo reivindicaban los sastres porque lleva su piel bajo el brazo, como un abrigo.
   También tenía prestigio de santo curador. Se lo invocaba contra los espasmos, convulsiones y enfermedades nerviosas en general.
ICONOGRAFÍA
   De ahí procede la riqueza de su iconografía que contrasta con lo poco que se sabe de su persona.
   Se lo representa tanto cubierto como despojado de su piel, como el sátiro Marsias, víctima de los celos de Apolo.
   Sus atributos, en el primer caso, son el cuchillo grande con el cual lo desollaron, en el segundo caso su propia piel suspendida del brazo. Esa piel de recambio recuerda la cabeza de recambio de San Dionisio y de los cefalofóros.
   Los primeros estudios de Desollado (Écorché, Scorticato, Muskelmann) que servían de modelos en las academias de dibujo, se consideraban representaciones de San Bartolomé.
   En la pintura española, tiene además un demonio encadenado (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de José Echamorro, autor de la obra reseñada;
     José Echamorro, (Carmona, Sevilla, 1751 – Sevilla, agosto de 1825). Arquitecto, maestro de obras del Ayuntamiento de Sevilla.
     Nacido en Carmona en 1751, aprendió el oficio con su padre, el maestro de obras Antonio Echamorro, y también con el maestro alarife y vecino de Sevilla Francisco Romero, de quien fue su aprendiz.
     Echamorro aprobó el examen para el ejercicio profesional como maestro en 1775. A estos pasos de formación barroca y tradicional añadió Echamorro el aprendizaje en torno a instituciones docentes de la capital de signo más ilustrado: fue alumno de la Real Escuela de las Tres Nobles Artes de Sevilla desde el año de su titulación como maestro, al tiempo que cursaba también un año de Matemáticas en el Colegio de San Hermenegildo de Sevilla, materia sufragada por la Real Sociedad Patriótica y, según el propio maestro, mientras recibía clases en la Real Academia de San Carlos de Valencia por espacio de dos años. Del paso por estas instituciones fue especialmente relevante su aprendizaje en la Escuela de Artes de Sevilla, de cuyo director de Arquitectura, Lucas Cintora, se reconoció como discípulo.
     En 1786 optó a la plaza de maestro mayor de obras del municipio tras la renuncia del cargo por el arquitecto Félix Caraza, empleo que desempeñaría a lo largo de su vida en continuo litigio con el propio Caraza, que reivindicó posteriormente el puesto que abandonara, y desde 1809 con el arquitecto Cayetano Vélez.
     La arquitectura de Echamorro es fruto de superficial renovación hacia el academicismo de un arquitecto de formación tradicional y barroca. Pese a la eliminación del adorno y la introducción en sus obras de los soportes clásicos, éstos se disponen con una reiteración claramente retardataria. La incorporación de modelos y tipos cortesanos se efectúa de manera aislada, sin que sirvan para una renovación global de sus construcciones de acuerdo con los preceptos académicos.
     Obras suyas son la conclusión de la obra de la iglesia parroquial de Peñaflor, Sevilla (1794-1801), y las reformas de las iglesias de Utrera (Sevilla), de Santiago y Santa María (1794-1799). Su obra principal fue la construcción de la iglesia de San Ildefonso de Sevilla, iniciada en 1796 bajo diseño propuesto por la academia de Julián Barcenilla, con profundo ábside, modificado por Echamorro con carácter monumental al introducir dos torres en fachada. En su ciudad natal de Carmona amplió las casas capitulares (1790), edificó la cilla del arzobispado (1791), y sobre todo restauró la Puerta de Córdoba (1796 y 1800), acentuando el carácter representativo de este acceso a la ciudad desde época romana. Sin embargo, sus proyectos para arquitectura pública con destino a diversas localidades de la región fueron reprobados por la comisión de arquitectura de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Ya en la restauración fernandina, realizó el mercado de madera de la Encarnación en la plaza del mismo nombre de la capital sevillana, obra casi terminada en 1820, sobre un diseño inicial de Cayetano Vélez sobre el que introdujo importantes modificaciones. Echamorro elaboró al año siguiente otro proyecto de plaza de abastos para Triana, y por estos años de madurez de su carrera fue consultado sobre diversas operaciones urbanísticas en la ciudad de Sevilla, donde destaca su reforma de la plaza del Pan en 1820.
     La mejora de las condiciones de su vida profesional condujo a una situación económica favorable; era propietario de tres casas, situadas en la plaza de San Leandro y collación de Santa Cruz de la capital hispalense, y en la vecina población de San Juan de Aznalfarache.
     En 1803 fue acogido como hermano en la hermandad sacramental del Sagrario de la catedral.
     Estuvo casado con María de Torres, de la que enviudó en 1806. Fue enterrado en la capilla de Nuestra Señora del Coral de la iglesia de San Ildefonso el 8 de julio de 1825, en atención a sus servicios como constructor del templo (Francisco Ollero Lobato, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
    Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Iglesia de San Bartolomé, de José Echamorro, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

La Iglesia de San Bartolomé, al detalle:
Capilla de la Virgen de la Alegría