Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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martes, 3 de octubre de 2023

Los principales monumentos (Iglesia de Santa María la Mayor, la Coronada; Conjunto arqueológico El Castillo; Convento de Jesús, María y José; Capilla del Hospital del Amor de Dios; Puerta del Sol; y Museo Etnográfico) de la localidad de Medina Sidonia (II), en la provincia de Cádiz

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Cádiz, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de Santa María la Mayor, la Coronada; Conjunto arqueológico El Castillo; Convento de Jesús, María y José; Capilla del Hospital del Amor de Dios; Puerta del Sol; y Museo Etnográfico) de la localidad de Medina Sidonia (II), en la provincia de Cádiz.

    
Iglesia de Santa María la Mayor, la Coronada
     Este templo es uno de los más destacados con­ juntos histórico-artísticos de la provincia, tanto por su arquitectura como por los bienes muebles que ha conservado. Inicialmente debió existir en este solar una iglesia de tipo mudéjar que reemplazaría a la mezquita musulmana tras la toma de la ciudad por las tropas cristianas. La idea de levantar la actual fábrica se relaciona con la residencia del cabildo catedralicio gaditano en Medina a partir de 1472, pues Cádiz se vio sometida a continuos ataques y en 1473 sería saqueada por los portugueses, lo que llevó incluso a que el II duque de Medina Sidonia plantease, sin éxito, el traslado definitivo de la sede episcopal a esta población. Sin lugar a dudas estos hechos hicieron que se llevaran a cabo importantes reformas en el templo y a esta época corresponde, por ejemplo, la construcción del claustro, que promovió el obispo Fernández de Solís, pero la ocasión más propicia para levantar un edificio de gran entidad se plantearía tras la toma de Granada, que trajo la seguridad a la zona, hasta entonces fronteriza. El propio obispo Solís o su sucesor, Oliverio Caraffa, debieron idear en los años situados en torno al cambio de siglo la sustitución de la vieja fábrica.
     Las obras dieron comienzo por los pies del templo, avanzando hacia la cabecera y se ha planteado la intervención de diversos maestros, como Alonso Rodríguez, Francisco Rodríguez «El Viejo» o Francisco Rodríguez Cumplido. El primero fue maestro mayor de la catedral sevillana y los dos últimos de los duques  de  Medina  Sidonia. Es evidente la dependencia del modelo sevillano que, como es bien sabido, impactó intensamente en el arzobispado y existen claros paralelismos entre este templo y otros contemporáneos del entorno, como Santa María de Carmona, San Miguel de Jerez o San Mateo de Tarifa. Es evidente que en un momento determinado hubo un cambio en las trazas, pues el tramo de los pies presenta características que le diferencian del resto del templo y hay un claro desajuste entre su estructura y la del tramo siguiente. En esta zona las bóvedas apoyan en los muros de las naves laterales sobre pilares adosados, en vez de las repisas utilizadas en el resto del templo, y la bóveda correspondiente a la nave central es de terceletes, a diferencia de la crucería simple del resto de la nave.
     La fábrica se completó casi en su totalidad según el proyecto gótico inicial, y en 1533 estaba lo suficientemente adelantada como para que se concertase la hechura del retablo mayor. Pero con el paso del tiempo se introdujeron otros estilos, como el plateresco de la zona alta del presbiterio y portada interior del claustro o las formas escu­rialenses, a las que responden dos importantes intervenciones, la portada lateral y la torre, am­bas realizadas a finales del siglo XVI por Agustín de Argüello. En el primer cuarto del siglo XVII el conjunto parroquial quedó configurado, si bien a lo largo de toda la Edad Moderna serán continuas las aportaciones de arte mueble.
     El claustro se sitúa junto al lado del evange­lio de la cabecera del templo y presenta planta cuadrangular con cuatro crujías sustentadas por arcos de medio punto peraltados y cubiertas por bóvedas de aristas. Tanto las roscas de los arcos como las nervaduras son de ladrillo visto y sus formas mantienen el eco del mudejarismo. En una de las crujías se conservan los restos de una capilla levantada a inicios del siglo XVI en estilo tardogótico. Sobre la sencilla portada exterior se sitúa un escudo con las armas del obispo Solís, lo que permite fechar esta dependencia en los últimos años del siglo XV.
     Presenta la iglesia planta de cruz latina con tres naves, la mayor más alta que las laterales, y cabecera ochavada. Los pilares son de sección cir­cular y a ellos se adosan delgados baquetones de los que surgen arcos apuntados sobre los que se abren a la nave mayor vanos abocinados y apuntados con tracerías. En los muros laterales se disponen vanos del mismo tipo. Las bóvedas son de crucería simple, salvo en el crucero y capilla mayor, donde presentan complejas formas estrelladas con nervios combados que en el presbi­terio albergan medallones con bustos de formas claramente renacentistas. También son platerescos los vanos abiertos a este recinto, flanqueados por hornacinas y tondos, que se abren entre pilastras, todo ello con abundante decoración de candelieri. Las bóvedas de las naves laterales apean sobre los muros en ménsulas voladas con decoración tardogótica. Adosadas al lateral de la epístola y trasera de la capilla mayor se disponen la antesacristía y sacristía, levantadas a mediados del siglo XVI y cuyo diseño se ha relacionado con Bartolomé Sánchez. Son piezas rectangulares cubiertas por bóvedas estrelladas en las que la irrupción de los detalles platerescos es intensa. El acceso a las dependencias superiores, algunas de ellas abovedas, se realiza por una interesante escalera de caracol de cantería contemporánea de las salas inferiores.
     Al exterior los contrafuertes van decorados por baquetones y tracerías ciegas, mientras que los antepechos se solucionan mediante cesterías caladas de formas también góticas en la que se intercalan pináculos. La portada de los pies es plateresca y presenta vano de medio punto flanqueado por columnas adosadas de orden corin­tio que sustentan un frontón triangular decorado con diversos ángeles. La lateral, que al abrirse a la plaza de la iglesia se conformó como el acceso principal al templo, fue levantada a finales del siglo XVI bajo la dirección de Agustín de Argüello, maestro de cantería. Se trata de una interesante muestra de la estética herreriana muy poco fre­cuente en el entorno. Habitualmente se relaciona con Argüello el diseño de esta pieza y de la torre, que comenzó a levantarse junto a ella por las mismas fechas, pero parece posible que las trazas fuesen encargadas a otro maestro que en este caso podría tratarse de Francisco de Mora, a quien sabemos que el cabildo catedralicio gaditano había encargado en 1595 la planta para una nueva Catedral. Su concepción es muy severa y consta de dos cuerpos, el primero lo articulan columnas dóricas adosadas que albergan en los laterales hornacinas sobre las que van molduras cuadrangulares. En el segundo cuerpo las colum­nas son jónicas y sustentan un frontón triangular. Los remates decorativos se resuelven mediante bolas y pirámides y ocupan las hornacinas escul­turas manieristas de origen italiano realizadas en mármol que representan a san Pedro y san Pablo en el cuerpo inferior y la Asunción de María en el superior. La torre se construyó con gran lentitud y, tras paralizarse las obras, se reemprendieron a mediados del siglo XVII. Tiene planta cuadrada y consta de un alto fuste dividido en tres cuerpos. Los dos primeros se decoran con gran­des molduras rectangulares y el tercero presenta pilastras dóricas en los ángulos que flanquean los vanos para campanas, rematados en medio punto, sobre los que se disponen pequeños vanos ciegos del mismo tipo. Remata el conjunto una  cupulilla semicircular que descansa sobre una arcada octogonal.
     Preside la capilla mayor un gran retablo de madera dorada y policromada iniciado en 1533, que constituye una de las más valiosas muestras de la retablística del primer renacimiento en Andalucía. Su hechura fue concertada con Andrés López del Castillo, que se haría cargo de la arquitectura, y a quien se unió dos años más tarde Nicolás de León. Durante varios años se debió trabajar en la estructura y en 1559 se concierta con Roque Balduque un importante grupo de esculturas de las que sólo concluyó el calvario que remata el conjunto. Muerto este maestro en 1560 se hizo cargo de los trabajos Juan Bautista Vázquez «El Viejo», quien ayudado por Melchor de Turín y, posiblemente, por su hijo Juan Bautista Vázquez «El Joven», culminará todo el programa en 1577. El encargado del dorado y la policro­mía fue Miguel Vallés, que concluyó dicha tarea en 1584. El aumento del número de tableros a realizar cuando Vázquez se hizo cargo de la obra -Balduque había concertado catorce y él veintidós- ha llevado a plantear la posibilidad de una ampliación del proyecto original, pero la coherencia del conjunto hace difícil tal posibilidad.
     Presenta planta ochava y se resuelve según una retícula de tradición tardogótica que consta de cinco calles divididas en cuatro cuerpos que descansan sobre un banco y amplio ático. Los soportes son balaustres, pareados en la calle central y en los extremos, y en el segundo cuerpo de la calle principal se dispone un gran remate con frontón curvo sustentado por ángeles niños que debe obedecer a la intervención de Vázquez «El Viejo». El ático se centra por un gran edículo a cuyos lados van paneles y en los extremos hornacinas, todo ello rematado por complejas composiciones, pequeños frontones y doseletes. Recorre toda la superficie del retablo una minuciosa decoración a base de candelieri, ángeles, cartelas, bichas y otros elementos típicos de la estética plateresca.
     El programa iconográfico se dedica fundamental a las vidas de Cristo y de la Virgen, si bien se intercalan numerosas representaciones de profetas y santos, sobre todo ocupando las pequeñas hornacinas que se distribuyen por todo el retablo. En el calvario que remata el ático se hace evidente la expresividad goticista de Balduque, mientras que el resto de las tallas muestran los nuevos cánones manieristas de Juan Bautista Vázquez y sus colaboradores.
     El frontal de altar es de plata y fue realizado a inicios del siglo XIX.
     En el muro del lado de la epístola del presbiterio se abre la portada que da acceso a la antesacristía obra tardogótica rematada por gable­te conopial sobre la que va una arquería ciega de complejas tracerías. Sobre ella y en el muro frontero hay dos lienzos dieciochescos que representan la Encarnación y la Imposición de la casulla a san Ildefonso, con marcos rococó de madera tallada. Los ángeles lampareros son tallas de mediados del siglo XVIII que proceden de talleres jerezanos y portan lámparas de plata de igual cronología. A ambos lados de las gradas de acceso al presbiterio se disponen dos púlpitos sobre repisas de mármol con atriles de madera dorada en forma de águilas, todo realizado a finales del siglo XVI. Frente al presbiterio, ocupando el pe­núltimo tramo de la nave central, se sitúa el coro, cuyo aspecto actual responde a una reconstruc­ción llevada a cabo hacia 1730, cuando se levantaron los muros perimetrales articulados por pilastras cajeadas de orden toscano. La sillería fue realizada por Juan de Gatica en 1732 y presenta doble hilera de asientos, la superior con respaldos articulados por columnillas salomónicas entre las que van lienzos con diferentes santos, todos ellos contemporáneos del coro. El órgano fue construido en 1742 por Juan de Hotigues y su caja presenta decoración rococó y diversas esculturas de ángeles músicos. La sencilla reja que cierra el ámbito es de hierro forjado y fue rea­lizada en 1631 por Pedro Gómez de Castilla. A los muros del trascoro se adosan tres retablos. El situado en el lado del evangelio es una estructura plateresca fechable hacia 1550 sustentada por balaustres y muy reformada a mediados del siglo XVIII, que contiene pinturas sobre tabla del siglo XVII que representan a san Bartolomé en el centro y a sus lados san Nicolás y san Basilio y sobre ellos tondos con san Pedro y san Pablo. Se fecha hacia 1540 y está muy modificado por intervenciones posteriores. El correspondiente al lado de la epístola tiene origen similar, si bien ha sufrido una intervención más radical en el siglo XVIII. El retablo del trascoro sufrió importantes daños en un incendio acaecido a finales del siglo XX. Su titular es un crucificado sevillano de ini­cios del siglo XVII. Ante el coro hay un púlpito de hierro forjado con tornavoz de madera talla­da, realizado a comienzos del siglo XVII y junto a él cuelga una gran lámpara de plata fechable a finales de la misma centuria.
     La primera capilla del lado del evangelio es el sagrario de la parroquia y para ella concertó Roque Balduque en 1554 un retablo que fue re­ emplazado por el actual en 1763. Entre 1868 y 1870 se le abrió un gran camarín para albergar a la Virgen de la Paz, patrona de la ciudad, que se instaló aquí procedente del convento de San Agustín. Es una obra en madera dorada y policromada con decoración rococó que consta de un cuerpo dividido en tres calles por columnas corintias y ático tripartito. En sus hornacinas la­terales se distribuyen las imágenes de los cuatro doctores de la Iglesia realizadas por Roque Balduque y las de santo Tomás y la Fe que rematan el conjunto son piezas rococó contemporáneas del retablo. La Virgen de la Paz, patrona de la ciudad, es una talla de candelero de origen bajo­ medieval cuyo antiguo rostro fue encontrado en el interior de la talla al procederse a su restauración a finales del siglo XX. La cabeza actual fue realizada en 1737 y consta que la policromó Antonio de Escuda, maestro a quien puede atribuirse también su hechura. Una imagen del Niño Jesús es obra rococó de mediados del siglo XVIII. El frontal de altar está realizado en plata a inicios del siglo XIX, periodo al que también corresponde la candelería. En uno de los muros se sitúa una imagen de Cristo crucificado, de escuela sevillana, realizado a inicios del siglo XVII, si bien presenta importantes repintes posteriores. A continuación se abre la portada del claustro, obra plateresca realizada hacia 1550; consta de dos cuerpos, el inferior se resuelve a modo de arco de triunfo con un vano central rematado en medio punto sobre el que va una hornacina con doselete gótico con una imagen en alabastro de la Virgen, que según la tradición es obra del siglo XIII, aunque parece contemporánea de la portada. A ambos lados se disponen pares de pilastras cajeadas de orden corintio, entre las que van tondos con bustos. Toda la zona superior de la por­tada lleva una profusa decoración de candelieri y otros elementos. El segundo cuerpo se resuelve mediante un gran arco, rebajado y abocinado, al que flanquean columnas adosadas de orden corintio. Este conjunto fue ideado para servir de tribuna a la cantoria, que hubo de ser cegada al construirse la torre.
     En el segundo tramo se sitúa el antiguo reta­blo de Ánimas, obra rococó de madera dorada, que inicialmente estuvo presidido por el relieve de san Miguel con las Ánimas que ahora ocupa el ático. En su lugar se abre una hornacina que alberga la imagen del Cristo del Perdón, excelente talla de Pedro Roldán realizada en 1679, que representa a Cristo suplicante mostrando las llagas de la Pasión y apoyando una de sus rodillas sobre la bola del mundo, donde se representa el pecado original. Junto a la puerta lateral hay un pequeño retablo decimonónico de madera policromada a imitación del mármol, que contiene una imagen dieciochesca de tipo popular de san Isidro Labrador. En el último tramo se levanta el retablo de san Pedro, obra rococó de estuco policromado realizada en 1763 para albergar al Cristo del Perdón. Consta de un cuerpo con movida planta, sustentado por pilastras pareadas de orden corintio y rematado por ático. El san Pedro que lo preside es una talla del candelero realizada a mediados del siglo XVIII procedente del retablo del sagrario y en una de las hornacinas laterales hay una imagen de san Sebastián, también del siglo XVIII. Junto a este retablo hay uno decimonónico que alberga un interesante lienzo de mediados del siglo XVII que representa a san Jerónimo y en el que son evidentes los ecos de la obra de Rubens.
     A ambos lados de la puerta de los pies se localizan dos grandes cipos romanos de mármol con inscripciones fechados en el siglo I d.C. La última capilla del lado de la epístola es la del bautismo, cuya construcción puede fecharse a finales del siglo XVI y sus trazas pueden corresponder a Ginés Martínez de Aranda. Se accede a través de una portada sustentada por colum­nas dóricas adosadas sobre las que va un frontón triangular que alberga el escudo del obispo García de Haro y se cubre por bóveda vaída con decoración geométrica. La pila es de alabastro con decoración gallonada de formas tardogóticas y fue donada por el obispo Caraffa a inicios del siglo XVI, como consta en una inscripción que la recorre. En este recinto se ha instalado el expresivo grupo escultórico de la Última Cena, cuyas tallas realizó Roque Balduque en 1554 para el desaparecido retablo de la capilla del sagrario. A continuación hay un pequeño retablo rococó y en el tramo siguiente otro dedicado a san José, que fue concertado en 1692 por Francisco Bartolomé de Medina. Es de madera policromada y dorada y consta de un cuerpo dividido en tres calles por columnas salomónicas y ático. Está presidido por una imagen del titular de candelero y a sus lados van san Lorenzo y san Esteban. En el ático hay un relieve de los Desposorios de la virgen y se corona por un busto del Padre Eterno. El retablo de la Virgen de la Antigua es una pieza rococó de hacia 1770 realizada en madera dorada y policromía tipo biscuit sustentada por estípites. Con­tiene una interesante colección de pinturas que formaban parte de la colección pictórica de Luis Novela, centradas por una tabla  de la Virgen de la Antigua realizada por Juan Ruiz Soriano, bajo la que va un pequeño cobre de la Santa Faz. Las calles laterales están ocupadas por una su­perposición de tres pinturas. En la zona inferior hay dos lienzos que representan la Epifanía y la Adoración de los pastores de Pedro de Oriente, en el centro van otros que representan doctores de la Iglesia y son obras tenebristas del siglo XVII, y sobre ellos dos pequeñas tablas de san León Magno y san Gregorio con donantes, obras hispano-flamencas del siglo XV. Completa el repertorio iconográfico una colección de pinturas del siglo XVII sobre pequeños tondos de ágata y una talla dieciochesca de candelero del Niño Jesús pasionario, que viste túnica de terciopelo bordado en oro de la misma época. Contemporáneas de esa talla son las imágenes de san Mi­guel Arcángel, realizado en barro policromado, y san Jerónimo, realizado en cera. Los escudos de los laterales corresponden a los caballeros de la Orden de la Banda y a la cuadratura de los condes de Niebla y los Portocarrero.
     La capilla de la Concepción, perteneció a la hermandad del mismo título y ocupa el tramo siguiente, aunque inicialmente se ubicó en el lado del evangelio, pero al plantearse la construcción de la torre hubo de ser derribada, por lo que se le concedió la actual. Está presidida por un retablo de formas neoclásicas en madera policroma­da a imitación del mármol que realizó en 1868 José Vicente Hernández. La talla de la Concepción que lo preside es obra de inicios del siglo XVII y puede relacionarse con la producción de Andrés de Castillejos, quien realizó por aquellas fechas otras imágenes para la hermandad y a sus lados van las de san Juan Bautista y san Fernan­do, contemporáneas del retablo. En el banco hay un fanal con un san Antonio de pequeñas proporciones fechable en la segunda mitad del siglo XVIII, que puede relacionarse con producción de Luis Salvador Carmona. El colateral del la epístola del presbiterio está ocupado por un retablo, de cronología y características similares al anterior, dedicado a la Virgen del Rosario, la imagen es de candelero y puede identificarse con la concertada en 1612 con Alonso Albarrán, si bien ha sido modificada en el siglo XVIII. El manifestador está ocupado por una talla dieciochesca del Niño Jesús pasionario. Ocupa el ático un lienzo de finales del siglo XVII con san Francisco de Paula.
     En el testero sobre el que apoya este retablo hay un rosetón de tracerías tardogóticas y restos de una potada plateresca. Adosados al muro de esta nave se conservan algunos bancos de los siglos XVI y XVII, que fueron utilizados por los miembros del tribunal de la Inquisición.
     Las dependencias parroquiales guardan una importante colección de piezas suntuarias de orfebrería y bordados. Entre las primeras destaca especialmente la custodia de plata del Corpus que realizó en 1575 el orfebre sevillano Juan Tercero. Consta de un templete cuadrangular sustentado por cuatro balaustres sobre los que apoya una cubierta a cuatro aguas en la que se abren óculos ovales y que se corona mediante una linterna con delgadas columnillas, rematada por la representación de la Fe. Sobre las esquinas se disponen remates calados de forma piramidal rematados por águilas. Toda la superficie de esta pieza va cubierta de una delicada decoración en la que abundan las cartelas con escenas en relieve y otros elementos vegetales, geométricos y figurativos. El ostensorio es turriforme y se levanta sobre un peana gallonada y decorada con ganchos en cuyos ángulos se sitúan remates piramidales semejantes a los de la cubierta. El expositor es un templete de planta cuadrada sustentado por balaustres y rematado por linterna que corona una imagen de Cristo resucitado. La cruz parroquial es obra tardogótica con cartelas de imaginería, cuyo basamento se realizó a inicios del siglo XVII en estilo manierista. Otras piezas renacentistas son las vinajeras, acetre, hisopo y fuente que realizó Antonio Láinez a finales del siglo XVI. Hay también diversos cálices, copones y otras piezas que pertenecen fundamentalmente a los siglos XVII y XVIII. Importante es el gran manifestador portátil, obra en plata realizada en los primeros años del siglo XIX, si bien en su estructura se reaprovechan diversos elementos anteriores, algunos de ellos de procedencia americana.
     La antesacristía y sacristía tienen armarios y bancos del siglo XVIII y una cajonera rococó tallada en 1772 de movida planta. La fuente es una pieza manierista realizada en mármol con taraceas cuya zona central fue reformada en el siglo XVIII. Entre los bordados y tejidos, de los que guarda esta parroquia una rica colección, cabe destacar el terno de san Pedro, realizado a inicios del siglo XVII con bordados en oro y escenas de imaginería en sedas de colores sobre terciopelo granate. Sobre la cajonera de la sacristía van dos lienzos que representan a san Leandro y san Isi­doro, modestas copias de Murillo que se han vinculado a la producción de Juan Simón Gutiérrez. Otro lienzos dieciochescos representan a Cristo crucificado, los dolores de María y a santa María Novella, obra realizada por Juan de Espinal para Luis Novela. Dos pequeños cobres de suelta factura representan la Oración en el huerto y la Virgen con el Niño. En las dependencias parroquiales se guardan las imágenes policromadas de san Francisco de Asís y san Diego de Alcalá, obras realizadas por Juan Martínez Montañés hacia el año 1636 (Juan Alonso de la Sierra, Lorenzo Alonso de la Serra, Ana Aranda Bernal, Ana Gómez Díaz-Franzón, Fernando Pérez Mulet, y Fernando Quiles García. Guía artística de Cádiz y su provincia. Tomo II. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).   
     El edificio se levanta de forma casi exenta, adosado únicamente por una pequeña zona del claustro a la finca colindante, sobre una plataforma que realza su monumentalidad, estructurándose en varios cuerpos de edificación claramente diferenciados:
        - La Iglesia tiene planta rectangular, dividida en tres naves de altura desigual. Esta diferencia de alturas se compensa constructivamente con arbotantes de inspiración gótica, que se ocultan con espléndidas crestería horizontales en las fachadas principales de acceso. Su esquema tipológico se organiza en base a una cruz latina de tradición grecorromana con orientación noreste-suroeste sin que sobresalga el crucero con ensanche y alzado en la nave central, así como en el transepto, con capilla mayor en alto y en ochavo que profundiza unos 6 metros. Esta estructura responde al gótico isabelino adaptado a iglesias de grandes proporciones. Todo el templo está cubierto por bóvedas de crucería sencillas, sin ornamentación, salvo las bóvedas estrelladas situadas en la capilla mayor, crucero, capillas absidiales y puerta del claustro, ricamente decoradas con motivos platerescos. Estas bóvedas descargan mediante arcos ojivales sobre pilares baquetonados.
        -Las dependencias de servicio se emplazan en la cabecera de la iglesia, accediéndose a las mismas a través de la nave de la Epístola. La antesacristía es una pieza rectangular separada por una verja de hierro de la sacristía propiamente dicha, pieza asimismo rectangular situada tras la Capilla Mayor.
        -El Claustro es una pieza de traza cuadrangular que se compone de una estructura simple de un solo piso de arcos en ladrillo que apoyan en el paramento por medio de ménsulas en forma de capitel, cubierto por bóvedas de arista, presentando estribos de ladrillo a modo de contrafuertes. El claustro se estima anterior o construido independientemente a la iglesia actual, obligando al estrechamiento de la nave del Evangelio.
        -La Torre del templo es de planta cuadrangular. Se encuentra edificada en sillería de piedra y adosada a la fachada norte.
     Es de estilo renacentista, en su vertiente purista escurialense, finalizada en 1623. Para su edificación se emplea el mismo material de piedra arenisca del templo. Se compone de tres cuerpos; el primero de gran elevación se subdivide en dos zonas mediante ancha moldura. Un pronunciado cornisamiento da paso al segundo cuerpo que actúa como campanario, abriéndose huecos de medio punto moldurados en sus cuatro frentes que albergan las campanas. Delimita cada frente de este segundo cuerpo pilastras adosadas en los ángulos con cornisa superior y sobre ellas aparecen clásicos triglifos que sostienen el cornisamiento superior. Sobre esta cornisa se alza el tercer cuerpo de la torre, rodeado por un pretil abalaustrado que sustenta la cornisa y en cuyos ángulos aparecen pedestales sosteniendo remates dobles de triples bolas superpuestas. De planta octogonal, presenta huecos de medio punto en cada lado. El cuerpo se cubre con una pequeña bóveda, subdividida en cuatro tramos por pilastras adosadas, alzándose una linterna superior esférica conformada por arquillos ciegos.
     El edificio además de la portada del claustro sin gran interés arquitectónico presenta dos portas relevantes; la de los pies del templo, denominada "Portada del Castillo", por situarse frente a este y la portada principal en la fachada lateral del evangelio, frontera a la plaza. De ellas la más antigua en época y estilo es la del Castillo. En la actualidad esta portada está en desuso, aunque en época señorial tuvo un papel destacado.
     La portada principal se ubica en uno de los laterales del Evangelio y está configurada por dos cuerpos con superposición de órdenes que abarcan todo el paramento de la fachada, sobresaliendo el frontón triangular de remate sobre la crestería ornamental.
     Estas dos portadas y la torre son muy clásicas en su composición. Se hallan insertas en el bajo renacimiento andaluz de inspiración serliana, aunque la de los pies, más antigua, se aproxima más al estilo plateresco, mientras que la principal, aunque de esquema serliano alcanza ya al primer barroco en ciertos elementos.
     La Iglesia Mayor de Santa María, construida en el siglo XVI y primer tercio del XVII, a excepción del claustro que parece anterior por su estilo gótico mudéjar. Se ubica sobre el solar de otra antigua iglesia, probablemente de estilo mudéjar, que a su vez se asentó sobre el espacio dejado por la primitiva mezquita mayor de la ciudad musulmana, aunque no se han encontrado hallazgos de ninguna de ellas. No se conoce de quien partió la idea de construir una nueva iglesia mayor.
     La construcción del templo parece que se hizo en dos fases; una primera, en vida del VI Duque de Medina-Sidonia, entre 1518 y 1558, y una segunda fase bajo el dominio de su sucesor, el VII Duque D. Alonso IV, entre 1558 y 1615 en que se concluiría, lo cual parece indicar la presencia del escudo de éste último, situado en la bóveda de la Capilla Mayor. La torre se finalizó en 1623.
     La carencia de fuentes documentales y la mezcla estilística que presenta el templo dificulta la identificación de sus tracistas, pero si se constata en su ejecución la intervención de arquitectos y maestros mayores diocesanos vinculados a los círculos artísticos que giran en Sevilla y Jerez en torno a la escuela manierista bajo-andaluza de Hernán Ruiz II, tales como Agustín de Arguello, Ginés Martínez de Aranda, Bartolomé Sánchez, Francisco Rodríguez Cumplido y su hijo Francisco Rodríguez, el Joven, entre otros de menor relevancia (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Conjunto arqueológico El Castillo
     La fortificación de Medina-Sidonia se remonta a los primeros momentos de la presencia musulmana. Se configuró mediante un triple  recinto con una cerca exterior que circundaba la villa, por encima de la cual se situaba otra donde estaba el alcázar, y finalmente, dominando todo, el castillo. Su estructura era cuadrangular con grandes torreones y ya en tiempos de Carlos V fue desmochado, aunque fue durante el siglo XIX cuando sufrió las mayores pérdidas.
     El recinto fortificado estaba formado por lienzos de muros entre los que se alzaban cubos y, aunque en la actualidad sean muy escasos los restos visibles aún se conserva la mayor parte del trazado embutido en las construcciones actuales. Entre las torres destaca la denominada de Doña Blanca, llamada así porque, según la tradición, en ella permaneció presa y fue ejecutada doña Blanca de Borbón, esposa de Pedro I el Cruel. El volumen cúbico de la torre fue desmochada en el siglo XVIII para mejorar la iluminación de la iglesia mayor. Tuvo cuatro puertas, de las que aún se conservan tres: el arco de Belén, simple postigo cuyo vano original ha sido tapiado para sustituirlo por el actual, la Puerta del Sol, muy transformada en la Edad Moderna, y el arco de la Pastora, excelente muestra de arquitectura militar califal, con doble arco de herradura apuntada enmarcados por alfiz y sustentados en la calle exterior por grandes fustes romanos. En sus cercanías se conservan restos de las murallas y de una torre albarrana que en el siglo XVI sirvió de cárcel, embutida actualmente en una construcción civil. También se conoce esta puerta como arco de la Salada, por la fuente que se abre junto a ella.
     En las proximidades del arco de Belén se conservan las llamadas Caballerizas del Duque, dependencias cubiertas por una gran bóveda de cañón, levantadas por los duques de Medina Sidonia posiblemente en el siglo XVI (Juan Alonso de la Sierra, Lorenzo Alonso de la Serra, Ana Aranda Bernal, Ana Gómez Díaz-Franzón, Fernando Pérez Mulet, y Fernando Quiles García. Guía artística de Cádiz y su provincia. Tomo II. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     Conserva los restos de un castillo andalusí, al que algunos autores atribuyen origen romano. De este periodo aparecieron tres cabezas romanas de la familia de Augusto, terra sigillata impresa, cadena y monedas romanas.
     Su situación en la cima de un cerro de gran altura le convierte en un punto estratégico.
     La fortificación de Medina-Sidonia formaba un triple recinto, la cerca exterior que circundaba la villa, por encima de ella se situaba el alcázar, y dominando todo, el castillo, levantado en el siglo X sobre una antigua fortaleza romana y cuyos adarves abrazaban la totalidad del conjunto.
     Durante el proceso de excavación las actuaciones arqueológicas realizadas en este cerro han demostrado la existencia de tres fortificaciones superpuestas diacrónicamente: un castellum militar romano, un alcázar árabe y un castillo medieval.
     El Castillo de Medina- Sidonia, corona la acrópolis de la ciudad, defendida por un encintado de murallas. Los restos conservados en mayor número datan del periodo andalusí, en cuyos tiempos al nombre de Sidonia se unió el de Medina, indicando la importancia de la ciudad en esta época. En las ruinas visibles que quedan del Castillo, los restos reconocibles no son anteriores al siglo X, aunque ciertamente la fortaleza es muy anterior.
     Posiblemente la Orden Real de 1523, disponiendo la demolición de gran parte de los fortines fronterizos, debió ser la causa de la casi total demolición, aunque se sabe que a fines del siglo XVI aún se utilizaba (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Convento de Jesús, María y José
     La fundación del convento de monjas agustinas recoletas de Jesús, María y José, se debe a la iniciativa del comerciante de origen vasco afincado en Cádiz Diego de Iparraguirre, quien financió gran parte de su construcción. Las obras dieron comienzo en 1688 sobre un solar donde se situaba la antigua ermita de la Consolación, y concluyeron en 1692, estando la dirección a cargo del maestro de obras de la ciudad Juan Bautista de la Rica. Las dependencias conventuales se centran en torno a un claustro de dos cuerpos, el primero con arcos de medio punto sobre columnas toscanas de mármol y el segundo con sencillos vanos rectangulares. La iglesia es de planta octogonal cubierta por una bóveda vaída con presbiterio y coro rectangulares con bóvedas de cañón con lunetas. La bóveda presenta una interesante decoración al fresco rococó realizada hacia 1760 a modo de trampantojo. En ella se simula una cúpula sobre tambor a la que se adosan cuatro grandes pabellones columnados, todo ello inspirado en el tratado de Andrea Pozzo. En los pabellones se representan diferentes escenas de la vida de san Agustín sobre las que van tondos enmarcados por rocallas con el escudo agustiniano y los bustos de santa Rita, santa Limbania y santa Clara de Montefalco. La clave presenta una pintura de la Coronación de la Virgen con marco tallado y dorado, todo ello realizado a finales del siglo XVII. Al exterior la iglesia presenta líneas muy sencillas con vanos rematados por frontones triangulares, destacando la torre, que construyó entre 1739 y 1742 Fernando Cebada. Apoyan sobre los muros diversos cañones procedentes de navíos de guerra. Presenta planta cuadrada y un cuerpo de campanas tiene un alto zócalo en el que se disponen paneles de azulejos sevillanos con diferentes santos. Los vanos, abiertos entre fajas a modo de pilastras son de medio punto y corona el conjunto un cuerpo octogonal con chapitel, todo ello cubierto de azulejos sevillanos.
     El retablo mayor fue realizado en 1692 por Francisco de Bartolomé y Medina y dorado por Juan Bautista Severino. Consta de un cuerpo dividido en tres calles por columnas salomónicas y ático tripartito con columnas del mismo tipo. Preside el conjunto un grupo escultórico de la Sagrada Familia a cuyos lados se sitúan las imágenes de san Agustín y santa Mónica, sobre los que hay recuadros que originalmente debieron contener pinturas. El ático está centrado por un calvario de talla sobre el que va un busto del Padre Eterno y a sus lados las imágenes de santo Tomás de Villanueva y san Nicolás de Tolentino. A ambos lados del presbiterio se levantan retablos de características semejantes, destacadas obras en madera dorada realizadas, como el resto de los que contiene el templo, a finales del siglo XVII. Se disponen a modo de arcosolios cuya estructura interior se sustenta por medio de gruesas ménsulas de formas carnosas en las que aparecen ángeles atlantes. El del lado del evangelio está ocupado por una talla de Jesús Nazareno y el de la epístola está dedicado a los ángeles, cuyas representaciones se distribuyen en la hornacina superior y los laterales . En la hornacina inferior hay una talla de candelero dieciochesca de la Virgen dolorosa. Todas las imágenes son contemporáneas de los retablos. En el tramo central del lado del evangelio se sitúa el retablo de la Virgen de la Consolación, cuya estructura fue algo reformada y policromada de nuevo a mediados del siglo XVIII, por lo que presenta algunas adiciones decorativas de tipo rococó. Está sustentado por dos columnas corintias con fuste retallado en el que se incluyen cartelas con las letanías lauretanas. La Virgen es de candelero y corresponde a la reforma dieciochesca, mientras que las pequeñas tallas de san Antonio de Padua, san Francisco de Asís, santo Domingo de Guzmán y san Agustín que la flanquean son de finales del XVII. El último retablo de este lado de la nave es una interesante obra con rica policromía, resuelta mediante un gran arco sustentado por gruesas ménsulas que alberga un altorrelieve que representa al Niño Jesús adorado por san José, la Virgen, san Joaquín y santa Ana, obra vinculable al círculo roldanesco.
     En el último tramo del lado de la epístola hay un retablo dorado compuesto por un cuerpo dividido en tres calles y flanqueado por columnas corintias y ático. Ocupan las calles laterales tallas de santa Clara de Montefalco y santa Rita y en el ático hay un lienzo de san Nicolás de Bari. Los canceles que cierran las puertas de acceso al templo son de madera tallada y policromada realizados en los últimos años del siglo XVII, etapa a la que también corresponden las pilas de agua bendita y la fuente de la sacristía, piezas de procedencia genovesa realizadas en mármoles de colores. El púlpito, de madera oscura y tornavoz policromado y dorado es obra del primer tercio del siglo XVIII con algunos elementos rococó añadidos posteriormente.
     En las dependencias conventuales se guardan diversas obras de interés, entre ellas un lienzo que representa a la  Sagrada Familia, firmado por Juan Simón Gutiérrez en 1689 y una Virgen de África, talla seiscentista, conocida como «la Galeona», que portaba Diego de Iparraguirre en sus travesías comerciales. Entre las piezas de orfebrería  destaca un ostensorio de plata con aplicaciones de esmaltes de formas manieristas realizado en el primer tercio del siglo XVII, si bien el sol y el viril, con abundante pedrería, fueron realizados en 1777. También cuenta con varios cálices y otras piezas de platería de los siglos XVII y XVIII (Juan Alonso de la Sierra, Lorenzo Alonso de la Serra, Ana Aranda Bernal, Ana Gómez Díaz-Franzón, Fernando Pérez Mulet, y Fernando Quiles García. Guía artística de Cádiz y su provincia. Tomo II. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).   
     La portada del convento es de gran sencillez, consistente en vano rectangular rematado por frontón triangular, en cuyo tímpano se aloja una imagen de la Virgen; dos cañones flanquean la entrada y, sobre la misma, dos ventanas con orejetas y rejas. El edificio estuvo rematado por una airosa espadaña, demolida al levantarse el actual campanario, rematado en octógono, que es la última torre levantada en Medina, obra que terminó en 1742.
     Las dependencias comunes del convento se estructuran en torno al claustro principal, de forma cuadrada y galería porticada sobre columnas toscanas. En el noroeste del cenobio se encuentran ubicadas las celdas.
     La iglesia es de planta octogonal, con dos volúmenes rectangulares añadidos a la cabecera y a los pies, que sirven de presbiterio y coro, respectivamente. Tanto uno como otro se hallan cubiertos por bóveda de cañón con lunetos y por bóveda vaída el espacio central. En su interior, dicha cubierta se decora con pinturas murales que dan la falsa sensación de poseer una gran cúpula.
     Este convento de monjas agustinas recoletas está vinculado, en su fundación, al capitán vizcaíno y caballero de la Orden de Santiago Don Diego de Iparraguirre, establecido en el comercio de Cádiz, que en 1687 compra una manzana de casas en Medina Sidonia y en octubre del mismo año se establecían las agustinas en la nueva Casa. Las obras, no obstante, durarían hasta 1692, dando como resultado una obra de rara fisonomía (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     
Capilla del Hospital del Amor de Dios
     Se fundó este hospital por voluntad del regidor Alonso Picazo en 1544. Tras sufrir numerosos avatares sólo se ha conservado de la edificación histórica la capilla, que fue reconstruida totalmente en 1796. Presenta planta rectangular con una sola nave cuyos muros se articulan por pilastras dóricas entre las que se abren vanos de medio punto, excepto en el tramo correspondiente al presbiterio. Se cubre con bóveda de medio cañón con lunetos, en los que se abren vanos mixtilíneos de tradición barroca. Preside la capilla mayor un calvario de madera policromada. El crucificado es una excelente talla del primer tercio del siglo XVI relacionable con el estilo de Diego de Siloé. Las imágenes de la dolorosa y san Juan son contemporáneas del templo. A ambos lados del retablo mayor hay vitrinas con los bustos en madera tallada del Ecce Homo y la Virgen, cuidadas obras de finales del siglo XVII derivadas de los modelos de Pedro de Mena. A los lados de la nave hay dos retablos gemelos de corte academicista realizados en madera policromada a imitación del mármol hacia 1800. Constan de un cuerpo sustentados por columnas jónicas y ático, ocupando el situado en el lado del evangelio una talla de candelero de san Francisco de Asís contemporánea del retablo. En el primer tramo de este lado de la nave hay una pintura de la segunda mitad del siglo XVII que representa la institución de la orden trinitaria. Conserva la capilla algunas piezas de orfebrería, entre ellas una lámpara de mediados del siglo XVII y varios cálices del XVIII (Juan Alonso de la Sierra, Lorenzo Alonso de la Serra, Ana Aranda Bernal, Ana Gómez Díaz-Franzón, Fernando Pérez Mulet, y Fernando Quiles García. Guía artística de Cádiz y su provincia. Tomo II. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).   
     Realizado gracias a la obra piadosa de Alonso de Picazo quien en su testamento manifiesta su deseo de que en sus propiedades se erija el hospital en 1544.
     En 1573 encontramos ya noticias sobre el uso del hospital siendo el primero de la ciudad en el que se admitían mujeres. Del primitivo edificio solo se conserva en la actualidad la capilla aunque la misma fue reconstruida casi en su totalidad en 1796.
     Tras la desamortización del siglo XIX se abandonó la asistencia hospitalaria siendo rescatada esta actividad por el Marqués de Francos. Posteriormente en 1874 el padre Siñigo funda en la casa contigua la casa de huérfanos.
     En la actualidad es un asilo de ancianos regentado por la fundación “Alonso Picazo”.
     La portada exterior está formada por un vano de entrada adintelado franqueado por columnas toscanas, entablamento y frontón en cuyo tímpano hay una cruz. Sobre la portada un vano adintelado que hace de ventana y sobre la misma un ojo de buey.
     La capilla consta de una planta rectangular dividida en tramos por pilastras de orden dórico entre las que se distribuyen capillas. Una bóveda de cañón con molduras y lunetos cubre la nave incorporando huecos de trazado mixtilíneo. En la parte superior está localizado el coro aunque parece ser que es un añadido posterior.
     El altar-calvario situado en el testero principal data del siglo XVI, está formado por un Cristo, San Juan y la Virgen Dolorosa. Se datan a la época fundacional del hospital con rasgos de la imaginería renacentista castellana.
     El resto de retablos son en su mayoría obras barrocas destacándose en una dependencia anexa a la iglesia una pintura del Cristo de la Humildad y Paciencia obra del siglo XVII de carácter tenebrista, famoso en la ciudad por los exvotos colocados por los fieles (Ayuntamiento de Medina Sidonia).

Puerta del Sol
    Puerta medieval junto a la que también se conservan restos de murallas. Hoy se encuentra restaurada (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
  Llamada así por estar orientada hacia el este, por donde despunta el sol todas las mañanas. Tradicionalmente ha sido el mejor paso de entrada y salida desde las huertas del perímetro de la ciudad.
     Inmediato a esta puerta se encontraba el palacio de los duques de Medina Sidonia, que se mantuvo en pie hasta los años treinta del siglo XX, y la también desparecida casa natal del almirante Pascual Cervera (Ayuntamiento de Medina Sidonia).

Museo Etnográfico
    Situado en un palacete localizado en la calle Altamirano, el museo etnográfico de Medina Sidonia cuenta con un rico patrimonio que pretende poner en valor los oficios, modos de vida, tradiciones y costumbres de la localidad.
     Se estructura en cuatro salas en las que se desarrollan tres temáticas: las actividades agropecuarias, vida cotidiana y los oficios artesanales Cervera (Ayuntamiento de Medina Sidonia).

     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Cádiz, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de Santa María la Mayor, la Coronada; Conjunto arqueológico El Castillo; Convento de Jesús, María y José; Capilla del Hospital del Amor de Dios; Puerta del Sol; y Museo Etnográfico) de la localidad de Medina Sidonia (II), en la provincia de Cádiz. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia gaditana.

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Las Gradas de Alemanes, de la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte las Gradas de Alemanes, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     Hoy, 3 de octubre, es el aniversario (3 de octubre de 1990) de la entrada en vigor de la reunificación alemana, celebrándose el Día de la Unidad Alemana, así que hoy es el mejor día para ExplicArte las Gradas de Alemanes, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla, dando un paseo por ellas.
     La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.  
     En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar las Gradas de Placentines, o de Levante [nº 172 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede], en la actual calle Alemanes, en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
     En el s. XIII el tramo final de la calle formaba parte de un espacio conocido por plazuela de Santa María o de Santa María la Mayor, topónimo que subsiste a comienzos del s. XVI. A fines del s. XIV o comienzos del XV aparece el topónimo Gradas, que identifica tanto esta calle como las otras dos que flanquean la Catedral. En algunos documentos del s. XVII es citada como Gradas Altas, y en otros del XVIII y XIX como Gradas Bajas. En un acta capitular de 1607 se encuentra la expresión Gradas de los Boneteros. En 1868 se la rotula oficialmente Sagrario, ya que en su comienzo se encuentra la fachada posterior de la iglesia del mismo nombre. Sin em­bargo, el nuevo topónimo no prospera y recupera inmediatamente el de Gradas.  
        A los pocos años aparece ya el de Alemanes, que se relaciona con unas tiendas de comerciantes de dicha nacionalidad establecidos en ella, y que aparecen citados a mediados del s. XVIII. Es posible que en algún momento se emplee la expresión Grada de los alemanes, y en un documento de 1825 ya se decía "la acera comúnmente llamada de los alemanes". En 1913 se le dio el de Moret, en memoria de Segismundo Moret Prendergast (1838-1913), político liberal, varias veces ministro, que murió dicho año siendo presidente del Congreso. En 1936 recuperó el nombre actual. En 1885 hubo una propuesta de socios del Círculo Mercantil para que se le cambiase por Islas Carolinas, como desagravio por la toma de las citadas islas por Alemania. Otros nombres se relacionan con esta calle: su confluencia con la avenida de la Constitución, el de Punta del Diamante, y el otro extremo, Punta de las Esmeraldas, en el s. XIX, según Álvarez-Benavides, quien también la llama Grada de los Alemanes; un documento de 1816 alude al Sitio de los Malteses, entre la avenida y Hernando Colón. 
       Sus orígenes hay que situarlos en los años finales del s. XII, en que se construye la nueva mezquita aljama, que tenía en esta calle su fachada principal, la actual Puerta del Perdón o del Patio de los Naranjos, y frente a ella la también nueva alcaicería. 
       Se trata de una calle recta y relativamente ancha, característica acentuada por el andén o lonja elevada que bordea la Catedral y corre a todo lo largo de la acera de los pares. Dicha lonja está separada de la calle por medio de columnas y cadenas, instaladas en el s. XIV. En la acera de los impares desembocan Hernando Colón y Álvarez Quintero, y hasta el primer cuarto del pasado siglo dos callejas que formaban parte del complejo de la desaparecida alcaicería. Su parte final, en la confluencia con Cardenal Amigo Vallejo, se amplió a finales del s. XV: en 1479 se compró la lonja de los placentines para derribarla y ensanchar el citado espacio. Un elemento que la individualiza son los soportales, ya que son de los pocos que quedan, de todos los que existieron en la ciudad. No forman una línea continua, pues algunos de­saparecieron al construirse casas nuevas en el pasado siglo. Se sabe que estaban pintados de diversos colores por las denuncias de la prensa de dicha centuria. Aunque hay va­rios pilares, la mayor parte son de columnas. En la que se encuentra en la esquina de Hernando Colón, hay una inscripción, que dice: "Arias Correa labró esta su casa Año de 1591"; y en una viga delante del núm. 9 "Soy de Kreibig", uno de los comerciantes alema­nes que estaban establecidos a comienzos del XIX.
       Dada la importancia de la calle, desde fines del s. XV aparece enladrillada sistema que será sustituido por el empedrado, citado a comienzos del s. XVII, aunque también se habla de enladrillado en esta centuria. Posteriormente fue enlosada y contó con aceras de losetas de Tarifa, ya en el s. XIX. A comienzos de la presente centuria se habla de pavimento de cemento, y de sustituir la losa de las aceras por asfalto; en las décadas siguientes se adoquinará, y en la de 1960 se tenderá la capa asfáltica actual. Las aceras son de losetas, y en los alcorques hay plan­tados naranjos. En 1958 se instaló el alumbrado fluorescente, y en 1971 las farolas de estilo fernandino sólo en la acera de los pares. Entre los siglos XIV y XVII existió en su confluencia con la avenida una fuente, conocida como la Pila de Hierro. Las casas cuentan con tres y cuatro plantas; las mas antiguas son de la segunda mitad del pasado siglo. Su aspecto contrasta con la fachada opuesta, que es el frente norte del Patio de los Naranjos, primitivo patio de abluciones de la mezquita aljama, inaugurada en 1176, que presentaba originariamente un paramento liso con entrantes y salientes, a modo de torreones de una muralla. En el s. XVII fue alterado por la construcción de dos capillas, abiertas a Gradas, y por la fachada posterior de la iglesia del Sagrario, con una tribuna de arquerías, para la que Valdés Leal pintó tres escenas de la Pasión. 
       La importancia de los edificios que la flanquean desde sus orígenes debió convertirla en un lugar de gran animación, que continuó en la etapa cristiana, ya que se mantuvieron las funciones. En el s. XV tenían allí sus tiendas y bancos escribanos públicos, cambiadores y plateros; muchos tenderetes estaban instalados sobre las Gradas pegados a la fachada. Incluso hay noticias de que en el Patio se celebraba una feria o mercado, coincidiendo con la Asunción, hasta 1432. A finales del s. XV en esta calle se instaló el cadalso para las herejes, en el que tuvieron lugar varios autos de fe en la primera mitad del siguiente.
       La actividad económica que tenía por marco las gradas se incrementó en el s. XVI con el descubrimiento del Nuevo Continente y la concesión del monopolio comercial con él. Es significativo que el relieve que se encuentra sobre la Puerta del Perdón, instalado en 1519, represente a Jesús expulsando a los mercaderes del templo. Formará parte de ese gran espacio comercial que durante los siglos XVI y XVII será conocido mundial­mente como Gradas. Aparte de estas actividades, en esta calle se vendían esclavos; establecían sus tenderetes buhoneros y merceros; a ella y al Patio acudían las amas de cría, en busca de quien las contratase, a fines del s. XVI. Al ser lugar sagrado, a el se acogerían también numerosos delincuentes para huir de la justicia, como refleja el siguiente romance de germanía:
          "-Digasme tu, el picañuelo 
          Donde dejas a tu amo?
          -Alla lo dejo, pelota,
          al Corral de los Naranjos.
          Queda con otros jayanes
          que muy mal le habían tratado, 
          perdidas todas las quinas,
          que nada le habrá quedado."
       Tras la construcción de la Lonja de Mercaderes y la posterior pérdida del monopolio, las Gradas fueron perdiendo su impor­tancia económica. A partir de entonces, la animación estará más ligada a la religiosidad, pues desde siglos atrás venía formando parte dcl recorrido de numerosas procesiones, en especial la de la Virgen de los Reyes, pero también de las de Semana Santa, de las de rogativas y otras. Además estaban las hermandades surgidas en torno a los retablos, construidos en el s. XVII. Uno dedicado a la Inmaculada, con una pintura de Herrera el Viejo (1616), mantenido por gorreros y sederos; aquellos celebraban grandes fiestas el día de la Asunción. Otro a Jesús con la Cruz a cuesta, conocido por el Señor de las Fatigas, ante el que, según la tradición, se detenían a orar los que iban a ser ajusticia­dos. De aquí partían varios rosarios en el s. XVII, conocidos por las advocaciones de la Antigua y de la Asunción.
       Ya en el s. XIX, por lo que se refiere a las actividades económicas, a comienzos del mismo, los citados alemanes se dedican al comercio de cristalería y quincalla; otras plantas bajas están ocupadas por cocheras de calesas de alquiler. En su segunda mitad hay referencias a iluminación especial en el Corpus, y a una velada en la fiesta de la Asunción, que se veía muy animada con gente llegada de los pueblos. Por estos años parece que recobra animación, al decir de Álvarez-Benavides. Hoy sus actividades están muy ligadas al turismo, predominan los bares-restaurantes y las tiendas de recuerdos, sobre todo en la primera mitad, pues la segunda carece de establecimientos en los bajos. 
       Se advierte un constante movimiento de turistas, que ocupan los veladores de la aceras; además existe una parada de coches de caballos a todo lo largo de la acera de las gradas. Posee un cierto trafico de vehículos [Antonio Collantes de Terán Sánchez, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993]
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lunes, 2 de octubre de 2023

Los principales monumentos (Iglesia de Santa Bárbara) de la localidad de Tharsis, en la provincia de Huelva

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte la provincia de Huelva, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de Santa Bárbara) de la localidad de Tharsis, en la provincia de Huelva.
     Tharsis se encuentra situada en el centro de la comarca del Andévalo y constituye una localidad de carácter peculiarmente minero. En 1857 la compañía francesa «Cie. des Mines de Cuivre de Huelva» comenzó el nuevo poblado de Tharsis con la construcción de 238 viviendas, agrupadas en hileras para residencia de los trabajadores. En 1867, la compañía inglesa «The Tharsis Sulphur and Copper Company Limited», se hace con la concesión de su explotación y amplía las edificaciones, de forma que en 1873 había 700 viviendas. En un plano del poblado minero de 1880, este cuenta ya con hospital e iglesia protestante, además de las oficinas y talleres (Manuel Jesús Carrasco Terriza, Juan Miguel González Gómez, Alberto Oliver Carlos, Alfonso Pleguezuelo Hernández, y José María Sánchez Sánchez. Guía artística de Huelva y su provincia. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2006).
     Tharsis se encuentra situado a 50 km al noroeste de la ciudad de Huelva y a escasos 7 km al norte del municipio de Alosno. En su territorio se localizan cinco cortas a cielo abierto junto a los espacios de almacén de los residuos extraídos, las instalaciones para el preparado del mineral, y el pueblo para el alojamiento de los trabajadores.
     Distribuidas en torno a la Sierra Bullones y los pies del monte Mazmorras, las labores de Tharsis son cinco. Siguiendo el orden de las agujas del reloj desde la situada más al norte, toman la denominación de: Filón Norte, Esperanza, Filón Sur o Corta del Oro, Filón Centro y Corta de Sierra Bullones. Los residuos generados por la actividad de estas minas, sólidos y líquidos, definen, con igual intensidad que las cortas, este paisaje.
     Por su parte, los residuos líquidos, también denominadas aguas ácidas, se contienen en presas o balsas, se vierten directamente al terreno o inundan espontáneamente las cortas. Como sistema de aprovechamiento máximo de las aguas ácidas de la mina, cabe destacar el conjunto de canaleos construidos para la obtención de cáscara de cobre por lixiviación.
     En las minas de Tharsis se conservan numerosas instalaciones de apoyo a la actividad minera. Como parte de la primera fase del proceso, y en apoyo a las tareas de extracción, se encuentra el único malacate de achique de agua que se conserva en el conjunto. A pocos metros al norte, al otro lado del trazado del ferrocarril, se conserva un ejemplo de la necesidad de ventilación de la mina, la conocida como chimenea gorda.
     Para la transformación del mineral una vez extraído, se encuentra, junto a la Corta de Filón Norte, la planta de triturado de mineral, de colosales dimensiones. Para los mismos fines pero esta vez del mineral de oro y plata, junto a la Corta del Oro se conservan aún restos de la planta de tratamiento de oro y plata (1937-1960).
     El mineral triturado era conducido y almacenado en los silos para su posterior vertido en vagones de ferrocarril. Para tales fines se utilizaban los silos de descarga. En la actualidad se conservan dos: el de Sierra Bullones y el de Filón Norte.
     Además de las enumeradas, se conservan otras instalaciones auxiliares como la necesaria para la producción de energía: la subestación eléctrica (1918); para las tareas administrativas y de control: el mirador de control de trabajos, la caseta de cambio de vía, las oficinas de Filón Norte, y los embalses de agua dulce como el embalse del Pino.
     En Tharsis se puede distinguir el núcleo urbano principal, destinado a la vida de las familias mineras, y el núcleo de Pueblo Nuevo, barrio de las familias inglesas, separado varios kilómetros al sur del anterior.
     En el poblado de trabajadores, formado por los característicos espacios de las calles curvas Doctor Fleming y Ciudad de Huelva (que rodea a la iglesia) y las plazas San Benito, del casino y del mercado antiguo, destacan los equipamientos siguientes: la iglesia parroquial de Santa Bárbara en Tharsis (1880, con su gemela en Corrales), el campo de fútbol, el antiguo mercado de abastos, el antiguo teatro, la posada, el casino minero y la casa de huéspedes.
     En el núcleo de Pueblo Nuevo, estructurado en base a una única calle, de trazado recto, que conduce a la corta del oro, cabe destacar la casa  Cuartel de la Guardia Civil con garita de control, las oficinas de la Compañía, el club inglés, la casa de la señorita Grey y la casa del general manager. A pocos kilómetros al sur se encuentra el cementerio inglés (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     La población de Tharsis muestra de forma muy visible las huellas dejadas por su estrecha vinculación con la minería. Nació en 1857 cuando la compañía francesa Cie. des Mines de Cuivre de Huelva construyó una serie de barracones para trabajadores. Y creció cuando en 1873 la británica The Tharsis Sulphur and Copper Company Limited, nueva propietaria de la explotación, amplió instalaciones y viviendas hasta alcanzar el número de 700. Se sabe que, en 1880, la localidad tenía hospital e iglesia protestante, además de oficinas y casas para ingleses.
     En el caserío de Tharsis se advierte la dispersión propia de los enclaves mineros y se constata que todo gira alrededor de la extracción de la riqueza oculta en el subsuelo: el monumento al minero, el paseo alrededor de una corta, las casas de los ingleses, el ferrocarril de vía estrecha que transportaba el mineral a Corrales, la llamada chimenea gorda o el malacate (Pascual Izquierdo, Un corto viaje a Huelva. Guíarama compact. Anaya Touring. Madrid, 2012).

Iglesia de Santa Bárbara
     El edificio que ocupa esta moderna parroquia es un ejemplo de la arquitectura regionalista sevillana de la década de 1950, cuya planta se resuelve con una diáfana nave única acabada en un crucero. Su exterior pretende evocar la época barroca del siglo XVIII, con detalles ornamentales como las placas recortadas visibles en la base de  la espadaña.
     De su interior, sólo podemos destacar una escultura de la Inmaculada Concepción, de madera policromada, tallada por Antonio León Ortega en 1958 (Manuel Jesús Carrasco Terriza, Juan Miguel González Gómez, Alberto Oliver Carlos, Alfonso Pleguezuelo Hernández, y José María Sánchez Sánchez. Guía artística de Huelva y su provincia. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2006).
     La iglesia parroquial de Santa Bárbara de Tharsis se encuentra situada en uno de los barrios más singulares del casco urbano de Tharsis, un barrio de trazado curvo de viviendas mineras en hilera que toma el nombre de ella. Esta iglesia, de planta basilical con cubierta a dos aguas de tejas curvas, sustentadas por muros de carga de fábrica de ladrillo, muestra nave central y dos naves laterales. La entrada principal se encuentra abocinada en su fachada, enmarcando la portada principal y un vano circular a modo de rosetón. La espadaña es de dos cuerpos, composición tripartita en la base, aunque con una sola campana y con un único vano en el cuerpo más elevado, rematado por la tradicional cruz griega de acero. Las capillas laterales se encuentran rematadas por vanos circulares como el de la portada principal, mostrando una composición homogénea de huecos al exterior. Construida por la Tharsis, Sulphur and Copper, esta iglesia es gemela a la del pueblo de Corrales, en Aljaraque, Huelva.       Esta iglesia se construyó tras la demolición en los años 50 del pueblo antiguo de Tharsis, de origen francés, situado entre las cortas de Filón Norte y Sierra Bullones. Es importante no confundir en archivos con la fecha de construcción de la anterior iglesia la cual fue efectivamente construida al principio de los años 80 del siglo XIX (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

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La imagen "Ángel Custodio", de Buiza, en el retablo y paso procesional del Santísimo Cristo de la Sangre, de la Iglesia de San Benito

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen "Ángel Custodio", de Buiza, en el Retablo y paso procesional del Santísimo Cristo de la Sangre, de la Iglesia de San Benito, de Sevilla.
   Hoy, 2 de octubre, Memoria de los Santos Ángeles Custodios, que, llamados ante todo a contemplar en la gloria el rostro del Señor, han recibido también una función en favor de los hombres, de modo que con su presencia invisible, pero solícita, los asistan y aconsejen [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la imagen "Ángel Custodio", de Buiza, en el Retablo y paso procesional del Santísimo Cristo de la Sangre, de la Iglesia de San Benito, de Sevilla.
    La Iglesia de San Benito, abad; se encuentra en la calle San Benito, 2; en el Barrio de La Calzada, del Distrito Nervión.
     En el Retablo del Santísimo Cristo de la Sangre, al igual que en su paso procesional, podemos contemplar el Ángel Custodio, de tamaño algo menor del natural, portando una custodia en su mano, alusiva al carácter Sacramental de la corporación, de Francisco Buiza, en 1969, siendo la Custodia obra del taller de Villarreal, en 1972 [Federico García de la Concha, en Crucificados de Sevilla, Tomo I. Ediciones Tartessos. Sevilla, 2002].
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de los Ángeles;
Los Ángeles
   El Dios uno y trino de los cristianos no está solo en su Paraíso. Como un monarca en su corte, alrededor de él hay guardianes y milicias, ministros que le sirven de intermediarios con los hombres y transmiten a éstos sus instrucciones: son los ángeles. Los espíritus del Mal contra los cuales debe luchar, se reclutan entre los ángeles rebeldes: son los demonios.
I. Orígenes orientales
   Esta concepción antropomórfica de la divinidad se tomó de las religiones orientales, principalmente del mazdeísmo persa. Como escribía muy justamente Franz Cumont: «El hombre siempre organiza el cielo a imagen de la tierra y la creencia en los mensajeros divinos ha debido desarrollarse en la época de los Aqueménidas, cuando se representaba a Dios como a una especie de gran rey sentado en un trono, rodeado por sus dignatarios y enviando constantemente a través de su vasto imperio correos encargados de transmitir sus órdenes. El reino celeste se mantuvo, incluso en la tradición cristiana, como una reproducción de la corte del rey de Persia.» La mejor prueba  de estos orígenes extranjeros es que los ángeles no han recibido un nombre hebreo como su señor Yavé, sino que se designan con el vocablo griego aggelos (anguelos), mensajero, del cual deriva el latino angelus y tienen un papel muy secundario en los Libros de Moisés donde se los llama, simplemente, hom­bres.
   En el Génesis (18:2, 19:1) se trata de tres «hombres» que vienen a predecir a Abraham el nacimiento de su hijo Isaac, de dos jóvenes alojados por Lot que le agradecen la hospitalidad haciéndole escapar del incendio de Sodoma. Un ángel solitario llega con la contraorden del sacrificio de Isaac en el último minuto, lucha con Jacob en la orilla de un vado, predice a Manoab el nacimiento de Sansón, alimenta a Elías en el desierto... Pero tales intervenciones son escasas. Será en la época del Exilio cuando los ángeles, asimilados a los querubines alados de Nínive y de Babilonia, tendrán mayor espacio en los escritos de los profetas que los representan, inconscientemente, como los servidores jerarquizados de un monarca asirio. 
   El Libro de Tobías, fuente esencial de la angelología y de la demonología hebreas, en el cual el papel principal corresponde al arcángel Rafael al que se opone el demonio Asmodeo (persa Eschma), príncipe de las tinieblas en la religión iraní, no es otra cosa que un cuento persa.
   Pero aunque la concepción de los servidores y los adversarios de Dios es persa, su representación en el arte cristiano debe más al arte griego o grecorromano que al de Persia, como lo veremos más detalladamente al estudiar la iconografía de los ángeles y los demonios.
   Sin dejar de lado el recuerdo de los toros alados de Nínive (kherubim) que obsesionaron a los profetas del Exilio, todo parece indicar que los ángeles alados del arte cristiano son sólo imitación de las Nikés griegas. La filiación iconográfica es evidente. Se la puede seguir en los bajorrelieves de ciertos sarcófagos paleocristianos, donde los ángeles que planean sosteniendo coronas triunfales tienen exactamente la misma actitud que las Victorias antiguas. Por ello es cierto que así como los angelitos proceden de los Eros niños o Cupidos paganos, sus hermanos mayores, los grandes ángeles alados, son sólo Nikés viriles.
II. Funciones de los ángeles
   Antes de estudiar la iconografía de los ángeles, anónimos e individuales, conviene precisar las funciones que tienen en el reino celestial.
   Las funciones de los ángeles son múltiples y de extrema diversidad.  En general. puede decirse que son instrumentos de la voluntad divina. Así como una herramienta es una prolongación de la mano humana, ellos prolongan y acaban por reemplazar en la iconografía a la Mano de Dios (Manus Domini).
   Pero no están sólo al servicio de la divinidad, también se ponen al servicio de los hombres. Pueden distinguirse estos dos aspectos de su actividad.
a) Los ángeles al servicio de Dios
   De acuerdo con el sentido etimológico de su nombre, los ángeles son esencialmente los mensajeros de Dios. En la religión judeocristiana tienen las mismas funciones y los mismos atributos que el dios griego Hermes, el Mercurio de los romanos. Ese papel corresponde sobre todo al arcángel Gabriel que anunciará a la Virgen María que fue elegida entre todas las mujeres para ser la madre del Salvador. Pero son ángeles anónimos los que anunciaron a Abraham el nacimiento de Isaac, quienes advirtieron a los Reyes Magos y a José los peligros a evitar, los que explicaron a las Santas Mujeres que Cristo había resucitado frente a la piedra caída que cerraba el Sepulcro vacío. 
   El papel de los mensajeros no consiste sólo en transmitir consignas, advertencias o amenazas. De las palabras pasan a la acción: uno de ellos detuvo el cuchillo de Abraham.
   Los ángeles no se limitan a llevar los mensajes de Dios. Entre ellos se recluta la corte, la milicia y el tribunal celestiales. Hay ángeles cortesanos, guerreros y justicieros. 
   Para rendir homenaje a su soberano, de acuerdo con las costumbres orientales, llevan las manos veladas en signo de respeto. Los occidentales están inspirados en la liturgia de la misa, se los concibe más bien como diáconos o niños del coro celestial, balanceando un incensario o sosteniendo un cirio en la mano, son los ángeles turiferarios y ceriferarios.
   Dios Padre no es su objeto único de adoración. Se ponen al servicio de Cristo Encarnado, hijo unigénito de su Señor, desde su nacimiento hasta su muerte en la Cruz. Anuncian su Natividad a los pastores, guían la estrella que señala a los Reyes Magos el camino de Belén. Se posan sobre el techo de paja de la cabaña para entonar el Gloria in Excelsis y ofrecen al recién nacido un concierto de voces e instrumentos. Lo siguen durante la Huida a Egipto ofreciéndole agua en una concha y dátiles, para calmar su sed y su hambre; se convierten en sus compañeros de juego sin olvidar nunca el respeto que le deben.
   Cuando Jesús llega a la edad adulta, asisten a su Bautismo y cuidan sus ropas a orillas del Jordán. No lo abandonan en la Pasión, lo reconfortan durante la agonía en el monte de los Olivos, y recogen su preciosa sangre en cálices revolando en torno a la cruz como una bandada de golondrinas quejumbrosas.
   La Madre de Cristo también tiene derecho a sus homenajes: ellos la alimentan en el Templo; la rodean gozosamente en el momento de su resurrección para elevarla al cielo donde se convertirá en su Reina; le sirven como pajes en la ceremonia de la Coronación llevando la cola de su traje sobre las nubes, y en el Paraíso forman su guardia de honor.
   A veces los pajes se transforman en caballeros, son los defensores de la ciudad celeste. Al mando del arcángel Miguel, general en jefe (archiestratega) de las milicias celestes, rompen lanzas contra los enemigos de su soberano y precipitan en el abismo a los rebeldes.
   Finalmente, son los ejecutores de la justicia divina. Un ángel expulsa del Paraíso a Adán y Eva y les prohíbe la entrada, armado de una espada flamígera. Cuando el faraón se obstina en desafiar las órdenes de Dios y se niega a liberar a los israe1itas, lo castigan ángeles exterminadores que matan a su hijo mayor y a los primogénitos de los egipcios. En el Juicio Final, los ángeles rodean a Cristo Juez y llevan como triunfos los instrumentos de su Pasión; en el arte bizantino los dos comandantes de taxiarquía, Miguel y Rafael, montan guardia a ambos lados del trono divino. Resucitan a los muertos soplando sus olifantes, introducen en el Paraíso a los elegidos y empujan a los réprobos hacia la boca del Infierno.
b) Los ángeles al servicio de los hombres
   Los hombres con derecho a la asistencia de los ángeles son, sobre todo, los profetas, mártires y santos.
   Elías en el desierto, Daniel en la fosa de los leones, son aprovisionados gracias a ellos.
   Los ángeles no sólo protegen contra las trampas y las tentaciones del demonio a los mártires, durante su vida; además, en el momento en que van a morir, aparecen en el cielo para recibir sus almas y otorgarles la corona de los elegidos. Los «cefalóforos», que después de haber sido decapitados, llevan su cabeza en las manos, están enmarcados y guiados fraternalmente por dos ángeles hasta el lugar de su sepultura. Un ángel inspirador, semejante a la Musa antigua, se ocupa del escritorio de los Evangelistas, guía la mano de San Lucas que pinta el retrato de la Virgen, dicta a San Gregorio las Homilías.
   La protección de los ángeles se extiende a los simples pecadores. Cada uno de ellos tiene su ángel guardián, o de la guarda, semejante al misterioso compañero del joven Tobías, que lo reconforta a la hora de la muerte y que conducirá su alma al Paraíso para depositarla en el seno de Abraham, si el mortal es digno de ello. En la escultura funeraria se ven ángeles que separan piadosamente la cortina del lecho mortuorio y deslizan una almohada bajo la cabeza del yacente.
   En el día del Juicio, ayudan a los muertos a salir de sus tumbas y transportan a los justos en sus brazos fraternales.
   Tales son las principales funciones de los ángeles, vínculos entre un Dios eterno, inaccesible e invisible, y los hombres efímeros. Van y vienen del cielo a la tierra, suben y bajan la escala celeste de la visión de Jacob. «Videbitis coelos apertos et angelos Dei ascendentes et descendentes.» Mas por multiforme que resulte su actividad, no debe creerse que el arte cristiano los represente siempre activos en el cumplimiento de sus trabajos de mensajeros, guerreros, justicieros ... Las iglesias están pobladas de innumerables ángeles adoradores y no actores, cuya función es puramente contemplativa.
III. Iconografía de los ángeles en general
   Si la representación de la Trinidad tal como la definen los teólogos presenta a los artistas dificultades insuperables, la figuración de los ángeles plantea problemas de solución igualmente ardua.
   La imprecisión de los relatos de la Biblia no sirve para guiar la imaginación de pintores y escultores. En cuanto a las visiones proféticas o apocalípticas, son tan amorfas y a veces tan monstruosas que parecen desafiar toda transposición plástica.
   El problema es tanto más insoluble por cuanto los ángeles son por definición puros espíritus (pneumata). Al ser incorporales (asomatoi), serán en consecuencia invisibles ¿Cómo dar un cuerpo a lo que no es más que un soplo? Es como si se pretendiera representar el viento o la tormenta.
   El realista Gustave Courbet, burlándose de Delacroix, que había pintado ángelitos en una capilla de Saint-Sulpice, decía con sorna: «Antes de pintar ángeles esperaría que me los mostrasen.» Los maestros anteriores no habían visto más que él; pero ello no les impidió pintarlos a montones ¿De qué forma los encarnaron?
a) El sexo de los ángeles
   Hemos visto que los primeros artistas cristianos habían salido bien del paso representando ángeles según el modelo de las Victorias paganas. La copia no es del todo exacta, puesto que la Niké griega es una figura femenina a diferencia de los ángeles que hasta el final de la Edad Media serían siempre de sexo masculino.
   Los ángeles mancebos representa n el tipo más antiguo.
   La Biblia los describe en sus misiones terrestres como bellos adolescentes capaces de excitar los deseos culpables de los sodomitas que insisten a Lot para que se los entregue. Virilidad y juventud: tal es la imagen que se construyó. Se los represen­ta imberbes (los ángeles barbudos son la excepción) y casi siempre rubios; la idea de belleza está con frecuencia asociada con los cabellos dorados.
   Los ángeles mujeres, inspirados sin duda por el sueño de una belleza aún más perfecta que la de los efebos, o tal vez porque la larga túnica blanca que visten habitualmente evoca una vestidura femenina, aparecieron en el siglo XV. Se dice que el pintor italiano Giovanni di San Giovanni escandalizó a sus contemporáneos introduciendo por primera vez ángeles femeninos en una gloria que rodea a la Virgen. Este tipo sensual hizo fortuna en el arte barroco: Correggio, Bernini y más tarde Goya, que hace planear Majas aladas bajo la cúpula de San Antonio de la Florida, han extraído de este motivo obras maestras más seductoras que edificantes.
   En cuanto a los ángeles niños, tienen un origen más remoto. Quizá hayan nacido, como los tres escolares de la leyenda de San Nicolás, de una falsa interpretación de las imágenes, en las cuales, de acuerdo con la reglas de la jerarquía espiritual, estaban representados en pequeño tamaño junto a un Dios gigantesco. La costumbre de representar las almas de los muertos en forma de niños recién nacidos también pudo contribuir a su proliferación. El tema parece ausente en el arte bizantino, pero se lo ve aparecer en Francia a partir de finales del siglo XII, en el dintel del pórtico de Senlis, donde retozan alegremente alrededor de la Virgen resucitada.
   El arte italiano del Quattrocento se apoderó de este gracioso tema, cuyos modelos encontraba en los genios antiguos del arte romano, y se entusiasmó con él. El carácter pagano de estas representaciones está muy marcado. Los deliciosos «putti» que Giovanni Bellini, y después Rafael y Correggio han situado sobre los altares en los cuadros de santidad, en verdad no son sino Eros niños, Cupidos bautizados, apenas rociados por una gota de agua bendita.
   A partir del Renacimiento y en el arte de tema religioso del siglo XVIII, esos angelitos están a veces reducidos a cabezas aladas. Se ha querido ver en ello una reminiscencia de los abanicos litúrgicos o flabelos, cuyas decoraciones muy reducidas por falta de espacio sólo comportan, habitualmente, cabezas de serafines. Es lo que Molanus llama ángeles in imperfecta forma. Éste recomienda la fórmula como la más apropiada a los seres inmateriales. Una cabeza y alas bastan para simbolizar sus caracteres esenciales: la inteligencia y la velocidad de los movimientos. Desde el punto de vista estético no es una creación muy feliz, pero sí el medio más simple y probablemente el único que permite evocar espíritus alados.
b) La vestimenta
   Los angelitos pueden permitirse estar desnudos sin indecencia. Y así los representa Giotto en sus frescos de la Arena (anfiteatro). Los ángeles adolescentes o adultos sólo llevan desnudos los pies, como Cristo y los Apóstoles. Aunque la desnudez sea a veces más casta que ciertas vestiduras, el cristianismo medieval la considera vergonzosa, una humillación, y la reserva a los demonios y a los réprobos.
   Puesto que irradian luz divina y que su pureza es inmaculada, el arte cristiano primitivo los representa vestidos con una larga túnica blanca (stolis amicti candidis, in vestibus albis). Esta túnica de blancura nívea con la que se cubría a los catecúmenos, tiene el mismo significado simbólico que el alba cándida de los sacerdotes. Para resaltar su dignidad se les confiere a veces una toga laticlavia que los asemeja a los senadores romanos.
   El arte bizantino, heredero de esta tradición, se complace en revestir a los ángeles de ropas fastuosas que eran de rigor en las ceremonias de la corte imperial. Como los grandes dignatarios que rodeaban al basileus (emperador bizantino), llevan lorum, botas ligeras de piel púrpura: convertidos en chambelanes celestiales, tienen como insignia la larga vara rematada en bola que enarbolaban los ostiarios del palacio imperial.
   Occidente adopta otras fórmulas que además varían con las modas en el vestir. Los ángeles a veces llevan una simple túnica fruncida y ceñida a la cintura por un cordón, y sobre la frente una delgada diadema rematada en una cruz o una estrella. Pero a partir del siglo XIII, por la influencia del drama litúrgico o auto sacramental, en el cual el papel de los ángeles era representado por diáconos, se extendió la costumbre de conferirles vestiduras sacerdotales (priesterliche Gewandung) que reemplazaron el traje de corte bizantina (byzantinische Hof tracht). Así como Dios Padre lleva la tiara y el palio del papa, los ángeles están cubiertos por una capa eclesiástica, y sobre todo, a causa de su juventud, por una dalmática de diácono con pasamanería, sujeta al pecho por un broche de orfebrería. Con esta pompa los representó Jan Van Eyck en los postigos del políptico de Gante, y Gérard David en
El Bautismo de Cristo del Museo de Brujas.
   Hacia finales de la Edad Media proliferaron los ángeles emplumados como pájaros (gefiederte Engel), o más exactamente revestidos por una malla de plumas que sin duda se tomó en préstamo del guardarropas  teatral de los autos sacramentales. La escultura del siglo XV y principios del XVI ofrece numerosos ejemplos, desde el Pozo de Moisés de Sluter y los retablos de Riemenschneider, hasta la capilla de Enrique VII en Westminster.
c) Las alas y el problema del vuelo
   La característica esencial de los ángeles son las alas, atributo del mensajero celeste que comparten con su colega olímpico, el dios griego Hermes, mensajero y furriel de Zeus.
   Contrariamente a lo que pueda suponerse, los ángeles no siempre han llevado alas. El Antiguo Testamento no las menciona. En el Sueño de Jacob los ángeles necesitan una escala para bajar del cielo y volver a subir, por lo tanto no tienen alas para volar. La idea de ángeles planeando o volando sólo está probada en el judaísmo tardío (I Cron. 21).
   De hecho, el arte cristiano comenzó por representar a los ángeles en forma de hombres jóvenes ápteros. En los mosaicos de Santa María la Mayor todavía están representados sin alas. Es sólo en el siglo IV, en el mosaico del ábside de Santa Pudencia, donde vemos por primera vez un ángel alado, y aun a título de símbolo del evangelista San Mateo.
   Las visiones proféticas de los serafines y querubines polípteros inspirados por la vista de los kerubim babilonios, la imitación de las Victorias y de los genios alados del arte grecorromano,  bastan para dar cuenta de la generalización de este atributo que convenía particularmente a los mensajeros celestiales. El texto de Tertuliano no es el punto de partida de esta innovación iconográfica: él se limitó a registrarla.
   Rígidas como hojas de guadaña o cruzadas como tijeras, las alas de los ángeles resultan visiblemente insuficientes para transportarlos. Es sobre todo el signo, el em­blema del vuelo, antes que un órgano adaptado a su función. Cuando los imagineros carecen de espacio no vacilan en representar un ala desplegada y la otra replegada.
   Con frecuencia son del mismo color que los vestidos que parecen prolongar. Pero para darles más esplendor a estos pájaros del Paraíso que Dante denomina poéticamente los pájaros de Dios (uccelli di Dio), los pintores de la Edad Media se complacen en fijar a los hombros de los ángeles alas multicolores: rojas, azules, doradas, irisadas, oceladas como plumas de pavo real. En las esculturas medievales las alas de los ángeles, generalmente, son doradas.
   ¿Cómo sugerir el vuelo? Este problema, infinitamente más difícil que el de la representación de la marcha o la carrera, en principio fue eludido, o, para decirlo mejor, escamoteado, por los artistas novatos que al no poder resolverlo de una manera satisfactoria se evadieron distrayendo a los espectadores con cortinas de nubes o torbellinos de paños flotantes.
   En el siglo XVI, gracias a los progresos del escorzo, es decir, de la perspectiva aplicada a la figura, los artistas italianos pudieron abordarlo francamente. Para sugerir el vuelo planeado o el aterrizaje en inmersión, se inspiraron en los movimientos de la natación. Los ángeles atraviesan el cielo como los nadadores hienden las olas; descienden verticalmente hacia la tierra como el submarinista se echa de cabeza en el agua. La posición intermedia de las alas invita a la imaginación del espectador a proseguir el movimiento comenzado.
   El arte italiano del alto Renacimiento y de la época barroca consiguió crear la ilusión del vuelo gracias a los escorzos audaces; pero el problema científico, una vez resuelto, se convierte con excesiva frecuencia en lo esencial, a expensas del significado espiritual. La Anunciación, convertida en una ecuación, ya sólo sirve a los virtuosos para exhibir sus conocimientos de mecánica y dinámica. 
   A pesar de la unidad fundamental del arte cristiano, especialmente en la Edad Media, es posible preguntarse si los diferentes países, las diferentes escuelas, no han impreso una marca particular en este tema pancristiano ¿Pueden distinguirse los ángeles italianos de los franceses, alemanes e ingleses? Yo creo que en cierta me­dida puede responderse que sí.
   En Italia, a partir del Quattrocento, después del misticismo de Fra Angélico de cuyos ángeles espiritualizados podría decirse que no tienen cuerpo, prevalece un tipo de ángeles carnales de carácter ingenua o cínicamente pagano.
   Los putti músicos, auténticos niños prodigio que en los cuadros de Bellini tocan el laúd a los pies de la Virgen, tienen la gracia regordeta de la infancia; pero una gracia del todo humana. Los ángeles bailarines de Donatello, que se arremolinan sobre el parapeto del antiguo coro de la catedral de Florencia, son pequeños sátiros desatados. En el siglo XVI, Correggio va todavía más lejos por este camino. Para este voluptuoso artista, los ángeles no son más que Ganímedes de equívoca belleza, a menos que los presente como diablillos traviesos que se permiten toda clase de bromas: el ángel de San Mateo abre las fauces del león bonachón de San Marcos, otro se apodera del casco de San Jorge para tocar la cabeza de un compañero, un tercero olisca como un experto la fragancia del pote de perfume de la Magdalena.
   El arte de los Países Bajos es más respetuoso. Los ángeles de Van Eyck y de Memling ofician gravemente con vestiduras litúrgicas de diáconos.
   En Alemania, especialmente en los grabados litúrgicos de Durero, se observa la búsqueda de la expresión a expensas de la belleza formal.
   Los ángeles tienen amplio espacio en la escultura inglesa de la Edad Media que ha sentido verdadera pasión por ellos, no sólo porque sus alas desplegadas decoran maravillosamente las enjutas triangulares de las arcadas, sino además, porque según un muy popular juego de palabras, Inglaterra se jactaba de ser el país de los angles (Engel-land), es decir, de los ángeles.
   En cuanto a los ángeles franceses, los más exquisitos de los cuales son los del pórtico de Senlis, el Ángel de la sonrisa de Reims y los ángeles irisados del tríptico de Moulins, se distinguen entre todos por su gracia sonriente.
IV. Las jerarquías angélicas
   Los ángeles no son todos iguales. Además de estar especializados también están jerarquizados, como los servidores de los monarcas orientales. Existe, para em­plear una expresión rusa derivada del ceremonial bizantino, una Tchin celeste que comporta numerosos Órdenes, dispuestos de acuerdo con un inmutable protocolo.
   San Pablo habla sólo de cinco jerarquías angélicas. Fue el Seudo Dionisio Areopagita quien, en su tratado De la Jerarquía Celeste, fijó el número en nueve. Dicho tratado, introducido en Occidente por el papa San Gregorio Magno, fue traducido al latín hacia 870 por Juan Escoto Eriugena. La doctrina fue consagrada por la autoridad de Santo Tomás de Aquino y de Dante, que reserva un sitio a San Dionisio Aeropagita en su Paraíso. Bertoldo de Ratisbona sostiene que en los orígenes había diez jerarquías, pero una de ellas se habría  unido a Lucifer, por lo tanto su cuenta concuerda con la de Dionisio Areopagita.
   Desde entonces, teólogos y artistas admiten que los ángeles están divididos en nueve jerarquías, que agrupadas forman tres Órdenes. El primer Orden incluye a los Serafines, los Querubines y los Tronos; el segundo a las Dominaciones, las Virtudes y las Potestades; El tercero a los Principados, los Arcángeles y los Ángeles.
   Según la letanía de Loreto, la Virgen es la reina de las nueve jerarquías de los ángeles.
   Este tema de origen bizantino que decora sobre todo la mesa del monasterio de Chilandari, en el monte Athos, se volvió frecuente en el arte occidental a partir del siglo XII.
   Se lo encuentra dos veces en Chartres, en las arquivoltas del pórtico meridio­nal, en torno al Cristo del Juicio Final, y en la parte superior de la vidriera de Saint Apollinaire. En el siglo XIV vuelve a encontrárselo en la Sainte Chapelle de Vincennes, y en el XV en la catedral de Cahors.
   El arte italiano no lo ha ignorado, como lo demuestran los mosaicos de la cúpula del baptisterio de Florencia, las esculturas del arca de San Pedro Mártir en San Eustorgio de Milán (1339) y las del arca de San Agustín en San Pietro in Ciel d 'Oro de Pavía (1380).
   El retablo del artista primitivo catalán Luis Borrassà, en la catedral de Amberes, no es anterior al siglo XV.
   En Inglaterra, citemos las vidrieras del Priorato de Great Malvern (Worcestershire), y en Austria, un  ciclo muy original pintado hacia 1435 para la iglesia de los Carmelitas de Viena, que estaba dedicado a  las nueve jerarquías de los ángeles (Museo de la abadía de Klosterneuburg) donde la Virgen se encuentra en el centro de cada jerarquía angélica. Para presidir la de las Dominaciones, está acorazada de pies a cabeza como una Juana de Arco.
   Dicho tema se vuelve infrecuente después de la Contrarreforma. No obstante, monseñor Abelly, obispo de Rodez, encargó a Louis Licherie, en el siglo XVII, un cuadro que representa a las nueve jerarquías celestes, a cuyo culto era particularmente adepto (Igl. de S. Étienne-du-Mont, París). En Viena vuelven a encontrarse en 1679 las nueve jerarquías angélicas escalonadas sobre la columna votiva de la Trinidad, levantada sobre la plaza de Graben por Ludovico Bumacini.
   Las jerarquías de los ángeles se insertan en el sistema de los astros. En el Liber Scivias de Santa Hildegarda, las jerarquías agrupadas bajo las arcadas enmarcan la figura de Cristo en su gloria. En el ejemplar de Wiesbaden (siglo XIII), los ángeles mueven las alas alrededor de un disco luminoso, de brillo deslumbrante, que re­presenta a Dios.
   La descripción de Dante en el Paraíso (canto XXVIII) es sólo la transcripción poética de estas miniaturas.
Serafines y Querubines
   Los querubines y los serafines son las dos clases más altas de ángeles de la jerarquía celestial. No son, hablando estrictamente, ángeles en el sentido etimológico de mensajeros, puesto que se mantienen siempre alrededor del trono de Dios, a menos que vigilen el símbolo de éste, el Arca de la Alianza. Son genios toma­dos en préstamo de la mitología babilónica, que personifican la luz cegadora de los relámpagos en un cielo de tormenta. E igual que las nubes ocultan la morada de la divinidad, sus alas replegadas forman la tapa protectora del Arca santa. Serafines y Querubines se diferencian por el número de las alas. Los serafines se caracterizan por seis alas oceladas (son hexápteros), mientras que los querubines sólo tienen cuatro. La fuente de esta iconografía es una visión de Isaías (6: 2): «Alrededor del solio estaban los serafines, cada uno de ellos tenía seis alas: con dos cubrían su rostro, con dos cubrían los pies y con dos volaban.»
   Esta visión de Isaías se explica por las estelas hititas que representan diosas hexápteras del tipo de aquellas que M. von Oppenheim descubrió en Tell Halaf, en Mesopotamia.
   Los serafines decoran con frecuencia los abanicos litúrgicos o flabelos que en Oriente llevan justamente el nombre griego «hexaptériga». Uno de los más bellos ejemplos es el flabelo del tesoro de Stuma (siglo XVI) del museo de Estambul. Esas dos clases de ángeles se distinguen además por su color: los serafines son rojos como el fuego, los querubines azules como el cielo.
   En Occidente, tienen un papel en la decoración de las iglesias romanas: arquivoltas de Saint Révérin (Nièvre), tímpanos de Perrecy les Forges y de Notre Dame du Port en Clermont. En el siglo XVIII, decoran una de las arquivoltas de la portada del Juicio final, en la catedral de Bourges. El tímpano de Semur-en­ Brionnais, donde Cristo aparece entre los cuatro animales del Tetramorfos y dos serafines, ofrece una amalgama de las visiones de Ezequiel e lsaías.
   Agreguemos que un serafín convertido en crucifijo alado aparece en la estigmatización de San Francisco de Asís.
Tronos, Dominaciones, Virtudes, Potestades y Principados
   Los Tronos son las ruedas del carro de Dios. Tienen forma de ruedas ceñidas y aladas, sembradas de ojos, según la Guía de la Pintura.
   Los atributos de los otras jerarquías angélicas son más vagos y variables.
   Las Dominaciones portan el cetro y la corona, salvo que lleven casco y empuñen una espada. Las Virtudes llevan un libro. Los Principados están vestidos ya como guerreros, ya como diáconos, y llevan una rama de lis.
   Los Arcángeles luchan contra los demonios; los Ángeles, simples soldados del ejército celeste, llevan antorchas o incensarios (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la biografía de Francisco Buiza, autor de la obra reseñada;
     Francisco Buiza Fernández, (Carmona, Sevilla, 23 de abril de 1923 – Sevilla, 1 de marzo de 1983). Escultor.
     Fue discípulo de Sebastián Santos Rojas. Sus obras son numerosas, destacando en los Crucificados. Entre ellas se encuentran el de la Sangre, de la Hermandad de San Benito, de 1966, asimismo hizo para esta Cofradía las figuras que adornan las andas del misterio y Crucificado.
     En 1974 realizó el misterio de la Hermandad de las Cigarreras y ha restaurado diversas imágenes titulares de las cofradías, como también un sinnúmero de modelos para los orfebres y obras escultóricas para fuera de Sevilla. El Ayuntamiento de Sevilla concedió en 2002 rotular una calle del distrito de la Macarena sevillana con el nombre Escultor Francisco Buiza (Juan Carrero Rodríguez, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen "Ángel Custodio", de Buiza, en el Retablo y paso procesional del Santísimo Cristo de la Sangre, de la Iglesia de San Benito, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Iglesia de San Benito, en ExplicArte Sevilla.

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domingo, 1 de octubre de 2023

La Casa del Ave María (Casa-Palacio Coullaut Valera), en Marchena (Sevilla)

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte la Casa del Ave María (Casa-Palacio Coullaut Valera), en Marchena (Sevilla).  
     Hoy, 1 de octubre, es el aniversario (1 de octubre de 1889) de la primera fundación por parte del Padre Manjón, de una escuela del Ave María, en este caso en Granada, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la Casa del Ave María (Casa-Palacio Coullaut Valera), en Marchena (Sevilla).
     La Casa del Ave María (Casa-Palacio Coullaut Valera), se encuentra en la plaza Miguel de Cervantes, 10; en Marchena (Sevilla).
     El Señorío de Marchena, en propiedad desde la reconquista en manos de los Ponce de León, está íntimamente relacionado con Jerez y Arcos de la Frontera. Alrededor del Señorío y emparentados con ellos se crea una Corte Ducal. Distribuyendo cargos, capellanías y alferecías se construyen palacios en los aledaños de la Plaza Ducal, pequeños alcázares y otras dependencias.
     A finales del siglo XV, se construye La Casa Palacio del Ave María por Don Juan Manuel Montiel Paz Ponce de León, siendo residencia de los alcaides de la Mota, de los capitanes del estado de arcos y alférez mayor en la toma de Gibraltar y residencia del alcalde perpetuo de la Real Chancillería de Granada (Ramírez Cartagena).
     El edificio tiene un patio abierto de doble arcada apoyados sobre columnas toscanas.
     La Casa-Palacio del Ave María está situada en el corazón del barrio de San Juan, en las inmediaciones del Palacio Ducal y frente a la antigua cárcel de la villa.
     La primera fábrica de esta mansión data de finales del siglo XV, siendo objeto de numerosas ampliaciones y modificaciones en siglos posteriores.
     Entre 1610 y 1620 sufrió remodelaciones en el patio claustral y en la construcción de dos grandes artesonados en la parte superior, obra que recuerda al maestro carpintero, alarife y tratadista marchenero Diego López de Arenas.
     El edificio posee forma de "U" y crujías perpendiculares con cubiertas a dos aguas.
     Interiormente, se configura con una doble galería de arcos de ladrillos sobre columnas de toscanas. Los que se hallan en la galería inferior son de medio punto y los de galería superior son son rebajados.
     En 1628, La Casa fue cedida a las hermanas Franciscanas Clarisas, estando habitada por la comunidad hasta 1631, fecha en la que pasaron a unas moradas de palacio cedida por el Duque de Arcos, situación actual del convento.
     Entre muchos moradores se encuentran: Doña María Ponce de León (Duquesa de Arcos), Los Alguaciles mayores de la Real Chancillería de Granada, el Marqués D. José Miguel de Hinojosa, caballero de la Real Maestranza de Sevilla; El Marqués Don Juan de Montiel Ponce de León Cabeza de Vaca, rector de la Hermandad de la Soledad de Marchena, etc.
     Por descendencia, recayó en manos de las hermanas Dª María Teresa y Dª Ana María Mendigutía de Morales Hinojos y Montero de Espinosa, que contrajeron matrimonio con los hermanos Don León y Don Lorenzo Coullaut Valera y Diez de la Cortina, el famoso escultor marchenero.
     La Casa ha sido recientemente restaurada y acondicionada por el instituto Rafael Coullaut-Valera y Mendigutía de psiquiatría, bajo la dirección de los descendientes de los antiguos propietarios y fundadores de la casa (Ayuntamiento de Marchena).
     La casa palacio Coullaut Valera de Marchena, también conocida como casa del Ave María, se encuentra situada en el histórico barrio de San Juan, intramuros a la villa histórica medieval. Es uno de los edificios más importantes e interesantes de la arquitectura civil en Marchena del siglo XVII. Cronológicamente la casa es de finales del siglo XVI, aunque entre 1610 y 1620 fue objeto de una gran remodelación que debió afectar principalmente a la configuración del patio y a la fábrica de los dos bellos artesonados que posee (Turismo de la Provincia de Sevilla).
Conozcamos mejor la Biografía del Padre Manjón, fundador de las Escuelas del Ave María;
     Andrés Manjón y Manjón, (Sargentes de la Lora, Burgos, 30 de noviembre de 1846 – Granada, 10 de julio de 1923). Sacerdote, canonista y pedagogo.
     Vio la luz en un hogar de modestos labradores castellanos familiarizado con la sobriedad y con la penuria económica. En su casa paterna padeció, durante su infancia, los rigores de una vida austera, pero también encontró ejemplos de laboriosidad y reciedumbre moral que le marcaron para toda su vida. Su madre, Sebastiana Manjón, huérfana desde la más temprana edad y obligada a trabajar desde niña, al poco de casarse hubo de tomar la dirección de la familia para sacar adelante cinco hijos por encontrarse permanentemente enfermo su esposo Lino. Mujer “pequeña, pero fuerte y briosa”, al decir de su propio hijo, nunca pudo asistir a una escuela, pero sintió vivamente la necesidad imperiosa de instruir a la juventud. Poseedora de un acendrado espíritu religioso y de profundos sentimientos caritativos, Andrés Manjón la definió en su Diario como “una santa sin ruido” y llegó a tenerla como su principal modelo de identidad.
     Debido a las pésimas condiciones de enseñanza rural en la época isabelina, la formación escolar del joven Andrés fue muy deficiente. J. M. Prellezo, gran conocedor de su vida y obra, advierte que acudió muy irregularmente a la “lóbrega y angustiosa” escuela de la aldea de Sargentes, viviendo como un niño “pobre e inculto”, como él mismo atestiguaba, “por falta de una buena instrucción primera”. Por mediación de su tío Domingo Manjón, párroco del lugar, a los doce años dejó los trabajos del campo y se desplazó a Porlientes (Cantabria), donde funcionaba una pequeña academia preparatoria a la carrera sacerdotal.
     Durante tres años, aparte de recibir bajo una severa disciplina una formación muy sencilla en principios fundamentales del cristianismo y de cumplir rigurosamente las prácticas religiosas, apenas aprendió otra cosa que Gramática Latina. Posteriormente, para cubrir las carencias que arrastraba en retórica y poder acceder a los estudios sacerdotales superiores, tuvo que cursar cuarto año de Latinidad y Humanidades en el seminario de San Carlos de Burgos, regido por la Compañía de Jesús. A pesar de que su experiencia entre los padres jesuitas le resultó académicamente infructuosa, si bien humanamente gratificante, en 1862 ingresó por fin en el seminario conciliar de San Jerónimo de la misma ciudad. Un profesorado más bien mediocre y con pocos medios didácticos a su alcance le instruyó durante seis años en las ciencias filosóficoteológicas, debiendo trasladarse en 1868 a Valladolid al cerrarse San Jerónimo por los acontecimientos derivados de la Revolución de septiembre.
     Aunque los años del Sexenio no fueron propicios para la Iglesia, el seminarista burgalés logró concluir sus estudios teológicos y empezar simultáneamente los jurídicos en la universidad. La empresa no le resultó fácil, pues, como él mismo escribía a su tío Domingo en noviembre de 1869, tuvo que sobreponerse a la incertidumbre de no saber “a donde marcha España” y a la angustia de ver las deserciones masivas del seminario.
     En lugar de amedrentarse, se puso a la cabeza de los universitarios católicos enfrentados a los exaltados y participó con entusiasmo en las actividades de la Acción Católica y de la Academia Jurídico-Escolar.
     Su activismo propagandista no le impidió culminar con éxito su doctorado en Derecho Civil en junio de 1873, y sin solución de continuidad comenzó una carrera docente universitaria, interrumpida tan sólo en una ocasión, hasta su jubilación en 1918.
     En los estertores del Sexenio Liberal entró de profesor interino en la cátedra de Historia de la Iglesia, Concilios y Colecciones Canónicas en la Universidad de Valladolid, a la par que abrió una academia para estudiantes de secundaria para poder subsistir. La insuficiencia del pluriempleo para solventar sus apremios económicos y otras contrariedades varias le empujaron en 1874 a cambiar su plaza de interino por la de auxiliar de la cátedra vacante de Derecho Romano en la Universidad de Salamanca. Al no ganar la oposición a la titularidad de la cátedra que salió a concurso aquel mismo año, decidió cambiar de nuevo de residencia y trabajo. Recomendado por un tío suyo lejano, fue contratado en 1875 como inspector y profesor de Historia y Geografía en el colegio de San Isidro de Madrid, estrenando, así, una experiencia en la enseñanza secundaria que duró cinco años. En ese tiempo compaginó su trabajo docente con otras actividades propias de su vocación jurídica, frecuentando la Academia de Jurisprudencia y manteniendo una enconada polémica con el presidente de la misma, E. Montero Ríos, sobre la derogación de la Ley sobre el Matrimonio Civil. Tras este largo paréntesis en el madrileño colegio de San Isidro, en 1879 volvió a las aulas universitarias al ganar la oposición a la cátedra de Derecho Canónico de la Universidad de Santiago de Compostela. Por razones no aclaradas todavía, no se sintió cómodo en Galicia, y un año más tarde concursó y ganó la cátedra vacante de Canónico de la Universidad de Granada. En la ciudad de los cármenes fijó definitivamente su residencia y con ello acabó su deambular por las universidades españolas.
     La actividad de Andrés Manjón en Granada, coincidente con el proceso de recuperación eclesiástica que se produjo durante la Restauración, fue intensísima.
     Su vida giró en torno a tres ejes fundamentales anclados en un acendrado catolicismo social: el trabajo universitario, la misión pastoral y la obra fundacional del “Ave María”. Su pensamiento y acción estuvieron siempre determinados por el servicio intelectual a la Iglesia y por la atención educativa a los más pobres, e ideológicamente se encuadró en la corriente “casticista”, originada por Menéndez Pelayo y defensora de la regeneración de España mediante la recuperación de sus valores tradicionales y católicos, frente a la “europeísta”, propugnada, entre otros, por los krausistas y por los hombres de la Institución Libre de Enseñanza y partidaria de abrir el horizonte cultural español a la nueva mentalidad científica europea.
     Desde que el 28 de mayo de 1880 tomó posesión de la cátedra de Derecho Canónico, se convirtió en un miembro emblemático del sector católico-conservador del claustro de la Universidad de Granada. Aunque todavía se adolece de la falta de un estudio pormenorizado sobre su extensa labor universitaria, desde 1885 compaginó sus clases en la Universidad pública con otras nuevas de Derecho Canónico en la Facultad de Derecho de la abadía del Sacromonte, donde se alojaba, y durante sus primeros años de profesorado escribió su elogiado Derecho Eclesiástico General y Español, publicado por primera vez en 1885 y que en 1913 se encontraba en su cuarta edición, y posteriormente tradujo la difundida obra de Tarquini Instituciones de Derecho Público Eclesiástico. Enemigo de cargos y ostentaciones, rechazó las propuestas a rector de la Universidad y a decano de la Facultad de Derecho Canónico que se le hicieron en mayo y diciembre de 1899 respectivamente, a senador por la Universidad en 1902 y a vicerrector en 1908; sin embargo se implicó seriamente en la vida universitaria, formando parte de numerosos tribunales y desarrollando brillantes lecciones magistrales. Entre sus intervenciones académicas destacaron el discurso de apertura del curso académico 1897-1898 en la Universidad sobre Las Condiciones pedagógicas de una buena educación y cuáles nos faltan, en el que expuso su concepción de una enseñanza centrada en el alumno, gradual, continua, progresiva, activa, estética, moral y religiosa, y el discurso inaugural del curso 1903-1904 en la Facultad de Derecho de la abadía del Sacromonte sobre la Soberanía de la Iglesia.
     En la primera etapa de la Restauración, Manjón despegó también en su carrera eclesiástica formal. A pesar de su buena formación, no decidió ordenarse presbítero hasta los treinta y nueve años de edad (17 de junio de 1886), ganando simultáneamente por oposición una canonjía en la abadía del Sacromonte (tomó posesión el 15 de agosto). Además de los muchos trabajos propios de su ministerio sacerdotal, durante años fue consiliario del Centro Social Católico de Obreros de Granada y aportó sustanciosas colaboraciones en los más importantes foros eclesiásticos nacionales. La memoria y ponencia sobre la escuela católica como alternativa pedagógica, presentadas en V Congreso Católico Nacional, celebrado en Burgos en 1899, y, sobre todo, su discurso sobre Derechos de los padres de familia sobre la educación de sus hijos, leído en el VI Congreso Católico Nacional, celebrado en Santiago de Compostela en 1902, alcanzaron verdadera resonancia nacional. Posteriormente, en noviembre de 1907, leyó una memoria en la Asamblea Regional de Asociaciones Obreras Católicas, convocada para debatir sobre La acción social del clero, y simultáneamente mantuvo una enconada lucha contra las escuelas laicas, o “escuelas sin Dios”, que endureció tras el fusilamiento del anarquista Francisco Ferrer Guardia.
     De 1910 data su difundido folleto, Las escuelas laicas, que disfrutó de una tirada de 30.000 ejemplares y que constituyó un severo alegato contra aquellos centros, considerados, sin ningún tipo de matices diferenciales, anticristianos, antihumanos y ateos. En su cruzada contra la secularización de la enseñanza, no dudó en desplazarse a Valladolid en 1913 para defender en el Congreso Catequético Nacional una memoria sobre la conveniencia de establecer el Catecismo como asignatura central en la escuela.
     Pero la obra maestra de Andrés Manjón fue la fundación de las “Escuelas del Ave-María”. Movido por la pobreza y la incultura de los numerosos niños que encontraba diariamente en su tránsito hacia la Universidad, y espoleado por el ejemplo de una semianalfabeta “maestra de migas” que enseñaba canturreando el catecismo a un grupito de párvulos en una cueva, el 1 de octubre de 1889 fundó una escuela para niñas indigentes en el camino del Sacromonte y cumplió así un viejo sueño. Desde el principio, se trazó como meta “enseñar a quien no pudiera pagarlo”, y a ese fin dedicó íntegramente sus ingresos de la canonjía y se lanzó a recolectar donativos y limosnas de numerosos benefactores. Coronada por el éxito su experiencia del Sacromonte, progresivamente fue tejiendo una red escolar por España y América que vertebró un poderoso movimiento de educación católica popular. Para reforzar su acción educativa fue publicando periódicamente las Hojas del Ave-María, artículos ágiles y breves destinados a informar sobre el desarrollo de la institución avemariana, a proporcionar una orientación catequístico-didáctica y a examinar problemas específicamente pedagógicos, y en 1905 fundó un seminario de maestros acorde con sus planteamientos.
     Andrés Manjón compaginó paradójicamente su ideología católica, rigurosamente ortodoxa y enemiga de toda forma de liberalismo, con una práctica pedagógica progresista y abierta a toda innovación didáctica.
     Sus procedimientos educativos, basados en la actividad de los alumnos y en las prácticas escolares al aire libre, fueron pioneros en España y coincidieron con la avanzada metodología de la Escuela Nueva. Esta enseñanza popular, sencilla e intuitiva llamó la atención de la sociedad de su tiempo y atrajo la mirada de pedagogos, intelectuales y políticos de todas las tendencias y partidos. En reconocimiento a sus aportaciones y méritos, en abril de 1902 el ministro Romanones le nombró consejero correspondiente de Instrucción Pública; dos meses después se le concedió la Gran Cruz de Alfonso XII, cuyas insignias las costeó personalmente Su Majestad Alfonso XIII; en 1908 fue elegido académico correspondiente de la Real Academia Española y en 1914 ocupó el cargo de vocal del Patronato del Museo Provincial de Bellas Artes de Granada. El 1 de febrero de 1923, pocos meses antes de su muerte, el municipio de Granada, a propuesta de su alcalde, aprobó la erección de una estatua en la ciudad para perpetuar su memoria (Pedro Álvarez Lázaro, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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Procesiones de hoy, domingo 1 de octubre

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     Hoy, domingo 1 de octubre, continúa el ciclo de las Glorias de Sevilla procesionando la Hermandad de Santa Lucía.   
 
     Hdad. de Sta. Lucía: La Hermandad de Santa Lucía, Virgen y Mártir; es ésta una corporación fundada en 1931, con sede canónica en la iglesia de Santa Catalina de Alejandría, siendo su imagen titular Santa Lucía, talla anónima barroca del siglo XVIII.   
Enlace a la web oficial de la Hermandad de Santa Lucía: www.hermandadsantalucia.blogspot.com

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El edificio de la calle Pajaritos, 12

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     El edificio de la calle Pajaritos, 12; se encuentra en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
     Casa neoclásica de trazas muy regulares, levantada a mitad del siglo XIX, probablemente sobre una construcción anterior. Fue colegio de jesuitas hasta 1940. Cuenta con tres patios, el principal y dos más pequeños, situado uno de ellos frente a aquel y el otro, de mayores dimensiones, a su derecha.
     El patio principal, de buenas dimensiones (10 x 10 m.), está situado en tercera crujía, situación atípica en la organización de la casa sevillana, que suele disponerlo en la segunda. Cuenta con arquerías en planta baja, de arcos semicirculares sobre columnas toscanas y galería cerrada con balcones y antepechos metálicos en la alta. Se cubre este patio con una espléndida montera de cristal, que dibuja un octógono en su centro.
     En el patio más pequeño existe una bella fuente de traza neoclásica, fechada en 1851. Las dos cancelas de la casa aparecen fechadas en 1872.
     Parte de la casa consta de una segunda plan­ta, y centrado con el patio principal aparece un torreón que añade una nueva planta al edificio. Las dependencias de la casa se incluyen en crujías de bastante anchura, que permiten gran flexibilidad de uso de estos espacios.
     La fachada de la casa está dividida en tres fajas horizontales con una composición neoclásica, absolutamente simétrica. Del plano de fachada se adelanta levemente el cuerpo central, con un balcón corrido en toda su longitud -sobre el portón de acceso- y rematado por un gran frontón triangular.
     La casa ocupa en planta baja una superficie de 1.400 m2, pudiendo estimarse para toda la casa una superficie construida total de 2.500 m2 (Guillermo Vázquez Consuegra, Cien edificios de Sevilla: susceptibles de reutilización para usos institucionales. Consejería de Obras Públicas y Transportes. Sevilla, 1988).
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