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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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viernes, 10 de abril de 2020

La Capilla de los Jácome, en la Catedral de Santa María de la Sede


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Capilla de los Jácome, en la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     Hoy, 10 de abril, es Viernes Santo. En este día, en que "ha sido inmolada nuestra Víctima Pascual: Cristo (1 Cor 5, 7), lo que por largo tiempo había sido prometido en misteriosa prefiguración se ha cumplido con plena eficacia: el cordero verdadero sustituye a la oveja que lo anunciaba, y con el único sacrificio se termina la diversidad de las víctimas antiguas" (cf. san León Magno).
      Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la Capilla de los Jácome, en la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla, en cuyo retablo, la escena principal representa una Piedad.
     La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.  

     En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Capilla de los Jácome [nº 065 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; Se conoce por el apellido de sus primeros patronos este espacio, que ha sido construido a costa de un caracol de la parte más antigua de la catedral gótica; recibió la advocación de la "Santa Angustia", pues aquí se trasladó el retablo que presidía el Baptisterio (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
      Entre las capillas que alberga la Santa Iglesia Catedral de Sevilla se encuentra la de Nuestra Señora de las Angustias, también conocida por el nombre de Capilla de los Jácomes, situada a los pies del templo. En su interior se conserva un retablo tallado por Francisco Dionisio de Ribas en 1658, cuya parte central la ocupa el lienzo de Nuestra Señora de las Angustias pintado por Juan de las Roalas en 1609.
      La mencionada capilla fue edificada después de 1650, cuando el Cabildo catedralicio decidió abrir una puerta que comunicase con el Sagrario. Para ello se escogió, como lugar más idóneo el que ocupaba la pila del Bautismo, de manera que ésta hubo de ser trasladada al lugar que hoy ocupa. Aprovechando el hueco que quedaba en el muro junto a la nueva puerta se mandó labrar una pequeña capilla con el fin de venerar en ella el cuadro de la Virgen de las Angustias, que gozaba de gran devoción en la ciudad.

     En 1658 la viuda y herederos de Don Adrián Jácome, siguiendo las disposiciones testamentarias de éste, solicitaron del Cabildo la adjudicación de la capilla como lugar de enterramiento de la familia Jácome y sus descendientes. Reunido el Cabildo en sesión ordinaria el 29 de julio de 1658 se acordó acceder a la petición y el día 8 de agosto, el arcediano don Alonso Ramírez de Arellano de una parte, y doña Francisca de Linden y su hijo don Adrián Jácome de Linden por otra, formalizaban la cesión. Además de una cantidad en metálico, la familia debía encargarse de todo lo concerniente al exorno de la capilla. El retablo se concertó con Francisco Dionisio de Ribas; aunque no hemos podido hallar el contrato de la obra, tenemos el finiquito otorgado por el artista en 1660, de lo cual deducimos que el citado retablo debió ejecutarse entre 1658 y 1660.

     El conjunto realizado por Francisco de Ribas es de medianas proporciones, formado por un banco en el que aparecen 4 angelitos atlantes desnudos que soportan las peanas sobre las que descansan las correspondientes columnas del primer cuerpo; la parte central la ocupa una gran cartela enmarcada a los lados por roleos y rematada por un querubín. El primer cuerpo lo constituye un gran espacio central en el que se halla el cuadro de Nuestra Señora de las Angustias; a ambos lados dos columnas salomónicas cobijan la figura de un ángel pasionario colocado sobre una enorme voluta. En el ático, un relieve con el tema del paño de la Verónica mostrado por dos ángeles; a los lados dos grandes volutas sobre las que descansan la Fe y la Esperanza. 
     La capilla se cierra por una magnífica reja con los blasones de la familia y en el suelo delante del altar hay tres lápidas sepulcrales alusivas a los enterramientos de la familia. Al exterior la capilla está decorada como si se tratase de una gran portada, con estilo muy semejante al del retablo.

     La importancia de esta obra dentro de la producción artística de Francisco de Ribas estriba en que, de momento, es el primer retablo en el que el arquitecto emplea la columna salomónica como soporte, al mismo tiempo que es una de las primeras apariciones de este tipo de columnas en la retablística sevillana de la segunda mitad del siglo XVII. El esquema del retablo es ya francamente barroco (María Teresa Dabrio González, La capilla de los Jácomes en la Catedral de Sevilla, Sevilla 1980)
      El retablo de la Capilla de las Angustias o de los Jácomes se compone de cuerpo y ático. Aquel está formado por una ordenación de tetrástilas columnas salomónicas y en los intercolumnios ángeles pasionarios. En el remate, la Santa Faz y las figuras de la Fe y la Esperanza.
      Fue ejecutado por el artista cordobés Francisco Dionisio de Ribas de 1658 al 60 y en él se halla una pintura muy restaurada de Juan de Roelas (José Hernández Díaz, Retablos y esculturas de la Catedral de Sevilla, en La Catedral de Sevilla, Ed. Guadalquivir, 1991). 

     La Catedral de Sevilla posee un importante conjunto de obras de Roelas, siendo la más temprana en fecha la Piedad que se conserva en el retablo de la Capilla de los Jácomes. Fue realizada esta pintura en 1609 y se encuentra actualmente en un lamentable estado de conservación a causa de las torpes restauraciones a las que ha sido sometida a lo largo de los siglos. En la composición destacan sobre un fondo intensamente tenebrista las figuras de la Virgen con su hijo en su regazo, flanqueadas por San Juan a la izquierda de pie y la Magdalena que aparece arrodillada a la derecha. Las escasas texturas originales que se intuyen en la pintura muestran un excelente dibujo que trasluce un patetismo intensamente realista. El color de esta obra está totalmente alterado, siendo muy pocas las tonalidades primitivas que subsisten bajo los repintes (Enrique Valdivieso González, La pintura en la Catedral de Sevilla. Siglos XVII al XX, en La Catedral de Sevilla, Ed. Guadalquivir, 1991).
      A ambos lados del retablo de la Capilla de los Jácomes, encontramos dos vidrieras: la primera, anónima realizada en 1777, representa el Escudo del Cabildo con la Giralda y dos jarras de azucenas, en un vano circular de 1,80 mts. de diámetro aproximadamente, mientras que la segunda, también anónima, representa la Cruz rematada por el INRI, dos escaleras y calavera sobre tibias cruzadas, en el calvario, en un vano rectangular de 1 x 0,50 mts. (Víctor Nieto Alcalde, Las vidrieras de la Catedral, en La Catedral de Sevilla, Ed. Guadalquivir. Sevilla, 1991).   
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía del tema de la Piedad;
 

    El arte patético de finales de la Edad Media concedió un amplio espacio en su iconografía a la Virgen Dolorosa, representada ya con Cristo muerto sobre las rodillas, después del Descendimiento de la cruz, ya sola después del Enterramiento de Cristo.
      Estos dos tipos iconográficos se designan con los nombres de Virgen de la Piedad y Virgen de los Siete Dolores. Aquí no hablamos de la Virgen de pie frente a la Cruz (Stabat Mater), o desvanecida  en los brazos de san Juan o de las Santas Mujeres, porque esos temas no han sido representados aisladamente y son inseparables de la Crucifixión.
La Virgen de la Piedad  
   El grupo de la Virgen de la Piedad se compone, estrictamente, de dos personajes: María y su Hijo desclavado de la cruz, cuyo cuerpo inanimado ella sostiene sobre las rodillas.
   A veces ocurre que la Virgen esté rodeada o enmarcada por san Juan, Magdalena, las tres Marías e incluso por los donantes; pero casi siempre está sola con el cadáver de su Hijo, y esta concentración refuerza el poder emotivo del tema. Así es como se distingue de la escena de la Lamentación al pie de la Cruz (Beweinung Christi) que comporta numerosas figuraciones.

   Se ha querido ver en este grupo conmovedor un fragmento separado de la Lamentación, reducida a dos personajes esenciales por un procedimiento análogo al que permitió extraer del grupo de la Cena el de Jesús con su discípulo preferido. Pero esa hipótesis no puede probarse, al menos en el arte alemán cuyos Vesperbilder son muy anteriores a los bajorrelieves de la Beweinung que se hizo popular en el siglo XVI. Según parece, la Virgen de la Piedad deriva más bien del tipo tradicional de la Virgen sentada, por simple sustitución del Niño Jesús por el Crucificado.
Fuentes místicas
   La Virgen de la Piedad, que en italiano se llama Pietà y en alemán Vesperbild, -porque la hora de vísperas, de cinco a siete de la tarde, corresponde en el Breviario al Descendimiento de la Cruz-, es la flor más delicada del misticismo de finales de la la Edad Media, una flor de la Pasión, una pasionaria que hizo eclosión en los jardines de monjas.
   El tema ni siquiera está esbozado en los Evangelios ni procede tampoco culto oficial: es una creación de la imaginación mística que surgió a principios del siglo XIV, al mismo tiempo que los temas de la Virgen de Misericordia y del Varón de Dolores.
   Basta referirse a las Meditaciones franciscanas del Seudo Buenaventura, o mejor aún a las Efusiones del beato Enrique de Berg y a las Revelaciones de santa Brígida para comprender en qué ambiente nació este tema realista y visionario a la vez. Las descripciones de Cristo muerto sobre las rodillas de su madre (in sinu matris) que se leen allí, donde parecía más cercano y accesible al corazón de los fieles que levantado sobre la madera de la cruz, concuerdan rasgo tras rasgo con las realizacion plásticas de los artistas.
   El Minnebüchlein atribuido a Enrique de Berg, llamado Suso, también describe a Cristo muerto en una suerte de treno lírico: «Sus ojos, que brillaban como carbunclos, ahora están apagados. Sus labios, que parecían rosas rojas recién abiertas, están secos y su lengua pegada al paladar. Su cuerpo sangrante ha sido tan cruelmente estirado sobre la cruz que pueden contarse todos sus huesos.»

   Santa Brígida de Suecia atribuye a la propia Virgen esta descripción emotiva de su Hijo descendido de la Cruz: «Lo recibí sobre mis rodillas como un leproso, lívido y magullado, porque sus ojos estaban muertos y llenos de sangre, su boca fría como la nieve, su barba rígida como una cuerda.»
   La mayoría de los historiadores del arte no resistieron la tentación de establecer una relación no sólo de paralelismo sino de filiación entre dichos textos y las obras de arte que parecen derivar de ellos, sin preocuparse por la cronología. Pero las investigaciones recientes condujeron a una inversión del orden de los factores. En la actualidad se admite, en general, que las descripciones realistas de Enrique de Berg y de santa Brígida, lejos de haber inspirado las obras de arte son sólo la transcripción  poética  de éstas. Esos textos  son para nosotros un muy precioso comentario de las Vírgenes de Piedad, y nos informan acerca del «clima» místico que les dio nacimiento; pero debe renunciarse a ver programas plásticos en ellos.
Orígenes en el arte alemán y francés del siglo XIV
   Lo que prueba esta teoría es que los primeros Vesperbilder alemanes se remontan a 1320, es decir, son muy anteriores a las Visiones del Seudo Buenaventura y de santa Brígida.
   Nacido en los conventos de monjas místicas del valle del Rin, ese tema tan femenino y maternal de la Virgen de la Piedad, se difundió algo más tarde en Francia gracias a las numerosas cofradías de Nuestra Señora de la Piedad que encargaron grupos para la decoración de sus capillas, que en los libros de contabilidad se designa con los nombres La Compasión de la Virgen, Imagen de Nuestra Señora la cual sostiene abrazado a Nuestro Señor, Imagen de Nuestra Señora sosteniendo en su regazo otra Imagen de un Dios de Piedad, Dios estando en brazos de Nuestra Señora.
   En todo caso, aunque el nombre italiano de Pietà haya sustituido abusivamente a esas viejas expresiones francesas, es muy cierto que el tema es una creación del arte gótico germano francés y no del arte italiano. En las pinturas del Trecento que cita Mâle, la Virgen está sentada al lado del cadáver de Cristo: ella no lo sostiene sobre las rodillas, en su regazo. Ese tema penetró tardíamente en Italia, donde nunca gozó de la misma popularidad que en Alemania y en Francia. Es interesante recordar en tal sentido que la célebre Pietà de Miguel Ángel, esculpida en 1496 para una capilla de la antigua basílica de San Pedro de Roma, fue encargada por un cardenal francés.
Clasificación y evolución de los tipos iconográficos
   La evolución de la iconografía de la Virgen de la Piedad prosiguió entre los siglos XIV y XVI.
   Tanto en Alemania como en Francia e Italia se encuentran dos tipos principales, el primero de los cuales comporta numerosas variantes: entre los siglos XIV y XV Cristo está acostado sobre las rodillas de su madre; en el siglo XVI, influenciado por el nuevo ideal del Renacimiento, más preocupado  por  la  belleza  formal,  está extendido a sus pies, y sólo tiene apoyada la cabeza sobre las rodillas maternales.
A) Cristo sobre las rodillas de la Virgen
   En los monumentos más antiguos (Grupo de madera de Coburgo, hacia 1330; Vesperbild del convento de las ursulinas de Erfurt, hacia 1340), Cristo sentado sobre las rodillas de su madre tiene el torso echado hacia atrás y la cabeza inerte, caída.
   A veces está representado con la estatura de un niño, como la propia Virgen en los brazos de santa Ana (Anna selbdritt). En ese caso, la Virgen que tiene la ilusión de acunar a su Hijo en brazos, como en los felices tiempos de la infancia, está representada más joven. Esta desproporción no se debe a la torpeza de los escultores, sino a una concepción de los místicos franciscanos. Según san Bernardino de Siena, la Virgen, extraviada por el dolor, sueña que tiene a su Hijo sobre las rodillas, y que lo acuna envuelto en la  mortaja como antes en los pañales.
   En el siglo XV se volvió a la representación de Jesús adulto, en la edad en que murió en la cruz. El grupo se desarrolla en la dimensión  horizontal, crece en ancho. A veces el cadáver de Cristo está dispuesto horizontalmente, como el cuerpo de un nadador que flota de espaldas, con la herida del costado bien visible; otras, por el contrario, se presenta oblicuamente, en diagonal, apoyando los pies magullados en el suelo.
   Es difícil determinar el lugar de origen de estas variantes. No obstante, parece que la escultura  alemana haya tomado el tipo de Cristo horizontal de la escuela de Bohemia y el Cristo en diagonal, del cual se ven numerosos ejemplos en Westfalia de la escuela de pintura de los Países Bajos, especialmente de Van der Weyden y de Dirk Bouts que habían, uno y otro, adoptado esta  preceptiva. Es también el concepto que prima en la Pitié de Villeneuve de Aviñón (Louvre), la más monumental del arte de la Edad Media.
B) Cristo a los pies de la Virgen
   Este grupo de la madre y el hijo adulto que ella apenas puede sostener sobre sus rodillas, fue abandonada a partir del Renacimiento por un arte más preocupado por las proporciones y la lógica. A partir de ese momento casi siempre se ve cuerpo de Cristo simplemente apoyado contra las rodillas de su madre. El grupo pierde así su profunda unidad, el acento de intimidad y ternura desgarradora, pero gana en verosimilitud y en armonía estructural.
   Esta preceptiva que reemplaza el esquema gótico no es -tal como lo creyera Mâle- una innovación introducida después del Concilio de Trento por la iconografía revisada y corregida por la Contrarreforma. Pueden citarse ejemplos a partir del siglo XV, como el Vesperbild de la iglesia San Cristóbal, en Maguncia. Lo cierto es que esta fórmula ha sido adoptada por el arte barroco italiano (Correggio, Carracci) del cual pasó enseguida a España y a los Países Bajos.
   Aunque no pueda servir como principio de clasificación, porque su actitud es siempre la misma, el personaje de la Virgen no es menos importante que el de Cristo: la verdad de la expresión del dolor maternal la convierte en uno de los más bellos temas de estudio de la historia de la plástica.
   Es sobre todo el arte francés de los siglos XV y XVI el que ha sacado partido de este tema con una admirable delicadeza en la expresión de los sentimientos, que contrasta con las exageraciones germánicas.
   A veces María observa llorando el cuerpo inerte de su Hijo desfigurado, cuyos brazos rígidos no consigue cruzar; otras, lo abraza con todas sus fuerzas para impedir que los sepultureros se lo quiten. 
   El arte español gótico y barroco introdujo en este tema vesperal un ardor más sombrío, y una suerte de voluptuosidad del dolor que está de acuerdo con el carácter de este pueblo.
   Muchas veces la Piedad suele combinarse con el motivo de la Dolorosa (Nuestra Señora de las Angustias) o Virgen de los cuchillos, que España tomó de los Países Bajos. Se encuentran ejemplos de esta amalgama  en Sigüenza y en Calatayud  (colegiata de Santa María).
   Subrayemos finalmente que en el arte de la Edad Media se encuentra una variante menos difundida de la Piedad de Nuestro Señor (Not Gottes): en vez de estar extendido sobre las rodillas de su Madre, Cristo muerto está sobre las rodillas de Dios Padre.
   A diferencia de numerosos temas religiosos de la Edad Media de los cuales se ha retirado la vida, éste, tan profundamente humano, ha conservado hasta nuestros días su conmovedora eficacia. Todavía se descubren bellos ejemplos en el arte francés de los tres últimos siglos (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Solemnidad de la Virgen de los Dolores; 
   En primer lugar debemos decir que la advocación de los Dolores de María se encuentra entre los títulos soteriológicos de la Madre de Dios, vividos a lo largo de toda su vida, en torno a los misterios de su Maternidad Divina (nacimiento, infancia y vida pública de Jesús) y de su Compasión (Pasión y Muerte del Señor).  Aunque los dolores de María aparecen en las Sagradas Escrituras y la reflexión sobre ellos se remonta a la época patrística, esta devoción sólo ha tenido un desarrollo litúrgico en Occidente.  En Oriente sólo los Católicos Rutenos tienen una fiesta de la Madre Dolorosa el Viernes posterior a la Octava del Corpus Christi, aunque en la iglesia bizantina el recuerdo de la Dolorosa está muy presente en el oficio del Viernes Santo y todos los miércoles y jueves del año, en que se conmemora el sacrificio del Calvario de una manera especial, y se reza una antífona mariana llamada staurotheotókion, que canta a María al pie de la Cruz. Esta memoria mariana se gestó en el corazón de Europa. Fue preparada por la literatura ascético-mística renana de los siglos XII y XIII, en la que, insistiendo en la humanidad de Cristo, revaloriza también la figura de María, indisolublemente unida a Él, sobre todo en lo referente a la pasión: junto al Varón de Dolores, se contempla a la Reina de los Mártires. La conmemoración litúrgica de los dolores de Nuestra Señora, en la opinión más extendida, se remonta al siglo XIV, con Alemania como foco principal. En principio fue colocada en diversas fechas y recibió distintos nombres: Angustias, Compasión, Conmiseración, Desmayo, Lamentación de María, Llanto de María, Martirio del Corazón de María, Pasmo, Piedad, Siete Dolores, Transfixión, Traspaso... Mas los testimonios más antiguos de una fiesta litúrgica anual provienen de Iglesias locales. Los encontramos en la Fiesta de la Transfixión, establecida por el Obispo Lope de Luna en Zaragoza el año 1399, y en el Concilio Provincial de Colonia, presidido por el Arzobispo Teodorico de Meurs, que el veintidós de abril de 1423 instituye la Commemoratio angustiae et doloris B. Mariae Virginis, para el viernes posterior al domingo Jubilate, actual cuarta semana de Pascua, por decreto sinodal, como desagravio de los sacrílegos ultrajes de los herejes husitas a las imágenes de Cristo y de la Virgen, y para venerar exclusivamente los dolores de María en el Calvario.   
  En 1482 el Papa Sixto IV della Rovere introdujo en el rito romano una misa centrada en los sufrimientos de María al pie de la cruz, denominada de Nuestra Señora de la Piedad, que se fue extendiendo por todo Occidente. A fines de la Edad Media una fiesta de María Dolorosa estaba establecida en las diócesis del norte de Alemania, Escandinavia y Escocia, con diferentes denominaciones y fechas, la mayoría movibles (durante el tiempo pascual o poco después de Pentecostés), aunque algunas eran fijas (sobre todo en julio: el dieciocho en Merseburg; el diecinueve en Halberstadt, Lübeck o Meissen, el veinte en Naumberg). Sus textos eucológicos son variados, limitándose desde la consideración de las angustias de María durante la Pasión hasta extenderla a todos los dolores de la vida de la Madre de Dios. Durante el siglo XVI, esta memoria de la Compasión de la Virgen se va extendiendo por toda la Iglesia Occidental con sus varias denominaciones y fechas. En 1506 fue confirmada a las monjas de la Anunciación bajo el título de Pasmo de la Bienaventurada Virgen María para el lunes siguiente al Domingo de Pasión. En el Breviario de Erfurt, impreso en Mainz (Maguncia) en 1518, encontramos la fiesta con el título de Commendatio B. Mariae Virginis el viernes después del Domingo in Albis (actual Segundo de Pascua). En algunos lugares se le asignó el día que luego se extendería, el viernes anterior al Viernes Santo, como el caso de la concesión en 1600 a las monjas servitas de Valencia bajo el título de Bienaventurada Virgen María al pie de la Cruz; en otros se coloca el sábado siguiente, día por excelencia de la Virgen, o incluso un día fijo, el dieciocho de marzo, ocho días antes del veinticinco, que es el día en que la Tradición señala la muerte de Cristo.  En Francia se hizo popular esta fiesta en el siglo XVII, y la llamaban de Nuestra Señora del Pasmo o Nuestra Señora de la Piedad, celebrándose el viernes de la Semana de Pasión. Clemente X Altieri (1670-6) concedió esta memoria de los Dolores de Nuestra Señora a toda España. Esta misma fecha fue asignada a todo el Imperio Alemán en 1674.  El dieciocho de agosto de 1714 el Papa Clemente XI Albani la concede a los Siervos de María. El Papa Benedicto XIII Orsini, a petición de éstos, el veintidós de agosto de 1727, la extendió a toda la Iglesia Romana, con el nombre de Fiesta de los Siete Dolores de la Bienaventurada Virgen María, fijándola el Viernes de la Semana de Pasión o Quinta de Cuaresma.  En este día la celebraban la fiesta los servitas y los dominicos, Orden a la que pertenecía el Pontífice, así como los franceses, españoles y alemanes. Esta jornada acaba recibiendo el nombre popular de Viernes de Dolores. A pesar del título de la fiesta, contempla la compasión de María al pie de la cruz.  Suprimida como una duplicación en la reforma del calendario de 1969 en beneficio de la del quince de septiembre, aunque fuera más antigua para no oscurecer la austeridad cuaresmal, en la última edición del Misal Romano se ha rescatado esta memoria, tan arraigada en nuestra tierra, en una colecta alternativa a la del día. “Señor Dios, que en este tiempo ayudas con bondad a tu Iglesia: concédenos imitar a la Santísima Virgen María en la contemplación de la Pasión de Cristo, con un corazón sinceramente entregado. Te pedimos, por la intercesión de la misma Virgen, unirnos en estos días con firmeza a tu Hijo Unigénito, y así poder llegar a la plenitud de su gracia”. Los servitas la siguen celebrando como fiesta con el título de Santa María al pie de la Cruz (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
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Más sobre la Catedral de Santa María de la Sede, en ExplicArte Sevilla.

jueves, 9 de abril de 2020

El Altar del Jubileo, o Monumento, de Juan Laureano de Pina y Manuel Guerrero de Alcántara, en el brazo norte del crucero, de la Catedral de Santa María de la Sede


    Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Altar del Jubileo, o Monumento, de Juan Laureano de Pina y Manuel Guerrero Alcántara, en el brazo norte del crucero, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.  
      Hoy, 9 de abril, es Jueves Santo. La Iglesia comienza el Triduo pascual y evoca aquella Cena en la cual el Señor Jesús, en la noche que iba a ser entregado, habiendo amado hasta el extremo a los suyos que estaban en el mundo, ofreció a Dios Padre su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino y los entregó a los apóstoles para que los sumiesen, mandándoles que ellos y sus sucesores en el sacerdocio también lo ofreciesen (Caeremoniale Episcoporum, nº 297). 
      Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el Altar del Jubileo, o Monumento, de Juan Laureano de Pina y Manuel Guerrero de Alcántara, en el brazo norte del crucero, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.  

     En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar el Brazo Norte del Crucero, donde se ubica el Altar del Jubileo, o Monumento [nº 016 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede] (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
      El llamado Altar de Plata es un monumento efímero que se montaba para ensalzar las celebraciones litúrgicas y para mayor gloria del Sacramento. Antiguamente se levantaba ante el Altar Mayor durante las octavas del Corpus y de la Inmaculada.
      El proyecto inicial se debe al arcediano Mateo Vázquez de Leca, muy proclive a ambos cultos, que en el año 1.647 encargó al platero Mateo Gutiérrez la construcción de una urna con dos ángeles, que complementaran las piezas del ajuar eucarístico de la catedral que se exponían.
     En 1.672, el canónigo Francisco de la Puente Verástegui solicitó a Luis de Acosta la realización de un trono de plata y, nueve años después, el cabildo encomendaba al platero de la catedral, Diego de Gámez, la ejecución de un frontal de plata que sirviese de peana al trono. Sin embargo, el proyecto definitivo, con forma de retablo, altar de gradillas y remate de un gran sol, tal como se reproduce en la pintura de Domingo Martínez que se expone en el Pabellón de Entrada, se debe a los arzobispos Jaime de Palafox (1.685-1.701) y Luis de Salcedo (1.724-1.741) y a los plateros Juan Laureano de Pina y Manuel Guerrero de Alcántara. Este montaje incluía los bustos-relicario de San Pío y San Laureano (que actualmente se exponen en la Sacristía Mayor) y las esculturas de cuerpo entero de San Isidoro y San Leandro. Por último, entre 1.770-1.772, el canónigo Pedro José del Campo mandó construir una urna nueva y restaurar el conjunto a los plateros José Alexandre y Juan Bautista Zuloaga y al escultor Cayetano de Acosta, entre otros.  

    Durante la invasión francesa las piezas que conforman el altar fueron trasladadas a Cádiz para evitar el expolio, y estando allí se perdieron varias de sus partes, fundidas para sufragar gastos de guerra.
      Como puede apreciarse en la mencionada pintura de Domingo Martínez, el altar se configuró como una monumental estructura efímera desmontable, que servía de trono eucarístico para la apoteosis del Santísimo Sacramento, expuesto en un gran ostensorio con forma de sol que ocupaba el centro de este suntuoso y espectacular escenario de plata. 
   En la actualidad se expone permanentemente delante de la Puerta de la Concepción, En el centro, bajo el sol, se sitúa una imagen policromada de la Virgen de la Granada, de autor anónimo sevillano. A sus lados vemos las magníficas tallas en plata de San Isidoro y San Leandro, realizadas por Duque Cornejo y Guerrero de Alcántara. Ante ellos se muestran siete de los doce grandes candeleros de Andrés Segura, que el arzobispo de Méjico y virrey de Nueva España, Juan Antonio de Vizarrón, regaló en 1.741 al cabildo catedralicio.
     En la esquina izquierda más cercana al visitante podemos admirar un atril de plata, cincelado con forma de ángel, anónimo del siglo XVIII. En la esquina derecha de ese mismo lado se encuentran otro atril, este con la forma habitual, y una peana barroca con ciriales neoclásicos del siglo XIX, así como una cruz procesional de plata sobredorada con esmaltes, del XVII.
      El altar de plata era colocado en las festividades del Corpus y de la Inmaculada. La idea del mismo se debe al arcediano Mateo Vázquez de Leca, encargándose al platero Mateo Gutiérrez la construcción del mismo en 1647. En 1672, esta vez por iniciativa del canónigo Francisco de la Puente Verástegui, se le encarga al platero Luis de Acosta un trono para colocar el Santísimo Sacramento, "sobre el solio de ángeles". Posteriormente, en 1681, será el platero Diego de Gámez el que realice un frontal de plata que sirviese de peana al trono. Sin embargo, su estructura definitiva, a modo de retablo de tres calles con sol y corona de remate, no será realizada hasta las reformas de los obispos Jaime de Palafox (1685-1701) y Luis de Salcedo (1724-1741). 
     En esta ocasión, trabajarán en el mismo Juan Laureano de Pina y Manuel Guerrero de Alcántara. Más tarde, entre el 1 de julio de 1770 y el 30 de junio de 1772, por orden del canónigo Pedro José del Campo, fue nuevamente reformado por los plateros José Aleixandre y Juan Bautista Zuloaga, el entallador José de Rivera, el escultor Cayetano de Acosta, el carpintero Gregorio de Oviedo, el pintor Fernando de Cázeres, el hojalatero Francisco Gutiérrez y los herreros Dionisio Rodríguez y Juan Márquez. Durante la guerra de la Independencia, el altar fue trasladado a Cádiz, volviendo a Sevilla en 1814. En estas fechas se reparó por Juan Ruiz, aunque algunas de sus piezas habían sido fundidas para costear los gastos de la guerra.
      Actualmente, el altar es montado, en el brazo del crucero o a los pies de la nave central, durante la Semana Santa, para que sirva de Monumento (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Biografía de Juan Laureano de Pina, autor de la obra reseñada;
     Juan Laureano de Pina (Jerez de la Frontera, Cádiz, junio de 1642 – Sevilla, 11 de abril de 1723). Platero.
     Los primeros años de este longevo artífice trascurrieron en su ciudad natal, donde se formó e hizo sus primeros trabajos. En 1664 comenzó su fructífera carrera. En 1669 estaba concluyendo la urna que la cofradía del Calvario le encargó para la imagen de Cristo yacente, aunque no se estrenaría hasta el Viernes Santo de 1694. En 1674 concluyó el ostensorio de la parroquia de San Miguel que, frente a la obra anterior, marcaba un quiebro significativo en su trayectoria hacia las formas del barroco pleno. En Sevilla se encontró, al menos desde 1676, haciendo oficial su ingreso en el gremio, con el examen de maestro. Lo hizo a una edad muy avanzada, sin duda por la necesidad de cumplir con los requerimientos del oficio, que obligaba a superar la prueba para poder abrir tienda. En apenas unos meses estaba a disposición del Cabildo catedralicio, ocupándose de su platería. Inició entonces una trayectoria larga y jalonada por numerosas obras de singular importancia. Empezó por renovar el sagrario del altar mayor, en torno a 1687, construir un tabernáculo para la efigie de Santa Rosalía que había traído de Palermo el arzobispo Palafox (1688), y continuó con otros encargos del propio prelado. De especial relevancia es el altar eucarístico de las festividades litúrgicas, que con la intervención de Pina cobrará una nueva dimensión monumental, próxima a la que hoy tiene. De 1689 es la corona grande y de 1695 los rayos, legados por el propio prelado.
     Enviudaba en 1697 y volvió a contraer matrimonio en 1711 con Francisca Guerrero de Alcántara, tía de uno de los plateros más influyentes de la ciudad. Además, emparentó con el matrimonio de sus hijas con otros maestros de la ciudad, constituyendo así un verdadero clan que le permitió capitalizar los principales encargos de platería de mazonería hasta el primer cuarto del siglo. De esta época hay que señalar, al margen de la obra en la catedral, dos de las más importantes custodias realizadas en el barroco sevillano, la de la Magdalena y la que posee la sacramental de Santa María de la Mesa, en Utrera. La primera fue diseñada probablemente por Cristóbal Sánchez de la Rosa y realizada por Pina. La otra es fruto de un proceso más largo que rebajó el carácter unitario de la pieza, que hubo de tener de acuerdo con el diseño de Juan Laureano, el mismo que por las mismas fechas había utilizado para hacer el Sagrario de la parroquial de Morón de la Frontera. Obras que tienen en común detalles estructurales tan significativos como las columnas salomónicas.
     A medida que su popularidad se extendía por el reino sevillano, aumentó la participación de su taller. Por las poblaciones sevillanas se repartían otras obras, como una cruz para el Arahal, documentada, pero no identificada (1689), el copón de la parroquia de Alcalá del Río (1689), la cruz parroquial de Guillena (1707) o la cruz procesional de San Miguel de Morón. Ello sin olvidar un conjunto de piezas que trascienden estas fronteras: las obras de Tierra Santa, realizadas en la última década del siglo XVII. Está compuesto por un tabernáculo, un portapaz y un cuadro de la Sagrada Familia, todos ellos regalados por el propio artífice entre 1691 y 1699. Las últimas piezas llevan incisas sendas dedicatorias, la del portapaz dice así: “Ioannes Laureanus hispalensis, provintiae vaeticae in regon hispaniae offert hanc portam pacem sanctuario ubi natus est, beatus Ioannes Baptista. Anno Domini 1699”.
     Como colofón a su carrera hay que colocar dos piezas singulares hechas para la catedral sevillana, la lámpara que cuelga en el presbiterio del Sagrario, encargada por el arzobispo Arias, como complemento lumínico a la obra del altar (hecho en 1711 y entregado al año siguiente) y la urna de San Fernando. La urna, relicario de San Fernando, fue trabajo prolijo y que comienza prácticamente desde que el santo rey subió a los altares (1671) hasta 1719 (Fernando Quiles García, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Altar del Jubileo, o Monumento, de Juan Laureano de Pina y Manuel Guerrero de Alcántara, en el brazo norte del crucero, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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miércoles, 8 de abril de 2020

La Puerta del Perdón, de la Catedral de Santa María de la Sede


      Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Puerta del Perdón de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.  
     En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Puerta del Perdón [nº 120 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; También se la denominado por las imágenes de los santos que la flanquean en el exterior, es decir "de San Pedro y San Pablo"; en 1496 ya se llamaba "del Perdón Vieja", señal de que la puerta [de la Asunción] era por entonces la "del Perdón Nueva". En su azotea existe una espadaña del tercer cuarto del siglo XVI (lado Norte), un merlón intacto de la aljama y la fachada de un aposento mudéjar del siglo XV, con un extraño cuadrante solar que mira al Patio (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).

        La Puerta del Perdón es uno de los más notables restos que de la mezquita mayor almohade conserva todavía la Catedral de Santa María de la Sede. El hecho de estar situada en el centro del frente Norte del edificio, la convertía no sólo en el acceso principal al sahn -hoy Patio de los Naranjos- sino al propio oratorio, de ahí su marcado carácter monumental y preeminente.
      No obstante, el estado actual de esta portada dista mucho de ser el que tuvo en el último tercio del siglo XII, cuando fue construida, ya que ha sufrido profundas alteraciones a lo largo de su dilatada historia. Aparte de otras intervenciones, su primera gran reforma fue la llevada a cabo entre 1519 y 1522, por Bartolomé López, cuando se le añadieron las yeserías y la estatuaria que todavía podemos ver en tomo al arco túmido que dibuja la puerta. No ha sido poco lo que se ha dicho sobre la autoría de estas obras, especialmente por lo que se refiere a la labor escultórica -el relieve de la Expulsión de los mercaderes del Templo, la Anunciación y las figuras de los santos Pedro y Pablo-, rematándose el conjunto por una espadaña.
     Cuando todavía no había terminado el siglo XVI, concretamente entre 1578 y 1580, se llevó a cabo una nueva y profunda transformación de la Puerta del Perdón, que le dio su fisonomía definitiva. Si la anterior reforma se centró en las yeserías y las esculturas, esta segunda estuvo dedicada a aspectos arquitectónicos, pictóricos e incluso iconográficos (Álvaro Recio Mir, La reforma y restauración de la Puerta del Perdón de la Catedral de Sevilla de 1578-1580, Laboratorio de Arte, Universidad de Sevilla, Sevilla, 9-1996). 

      Es la que da acceso al patio de los naranjos, en el frente norte del templo catedralicio.
      La parte escultórica, en terracota, la componen el relieve de la Expulsión de los mercaderes del Templo, la Anunciación y las grandes estatuas de los Santos Pedro y Pablo.
      El citado relieve, enmarcado en un recuadro sobre la puerta, interpreta la escena de un templo columnario, a través de cuyos vanos se observa un fondo urbano amurallado. En el primer plano, Jesús, enhiesto el flagelo, pone en trepidante huida a una docena de personas, portando sus enseres comerciales o sacando a bóvidos, carneros, cabras, etc.

   
     A derecha e izquierda de la portada, la Virgen Anunciada, el Arcángel Gabriel, San Pedro y San Pablo.
     Cean Bermúdez nos informa que Maestre Miguel Florentín, ejecutó en 1519 las estatuas de los citados santos y tres años después la referida escena, por la que se le abonaron 25.000 maravedíes.
     Gestoso dio a conocer, que en 1519 se pagan a Maestre Miguel por la obra de los santos (restauradas en 1741), y en la siguiente anualidad por el precitado relieve. Verosímilmente las imágenes de la Encarnación estarían incluidas también en estos u otros pagos, aunque no conste de manera expresa hasta ahora.
     Respecto a la personalidad de este imaginero, surge la duda de su origen, pues, mientras Gestoso, siguiendo a Cean, le llama en sus escritos Maestre Miguel Florentín (sin que aporte ningún documento en que conste dicha patria). Gómez Moreno con su sapiente autoridad, afirma que Maestre Miguel, nunca se llamó Florentín, que hizo esculturas de barro para la Catedral, que el sobrenombre se debe a una ligereza de Cean, y manifiesta que era extranjero, probablemente francés y reeducado artísticamente en Lombardía. La confusión podía estar relacionada con Fancelli, autor del sepulcro del Cardenal Hurtado de Mendoza, atribuido también por Cean al susodicho Miguel Florentín.

     Posteriormente en mis investigaciones documenté de Maestre Miguel, el grupo de barro de la Quinta Angustia de la Capilla de Mondragón, en la Catedral de Santiago de Compostela, firmando de modo ilegible para mi, entonces que, más tarde comprobé que era la de un Maestre Miguel Perin o Perrin, indudablemente francés. Mas estas figuras compostelanas son análogas en estilo y morfologías a las asignadas a Maestre Miguel Miguel Florentín en la catedral hispalense (aunque más logradas por ser posteriores en unos años), razón por la que se atribuyeron a Maestre Miguel Perrin.
     Con el avance investigador, el profesor Falcón Márquez halló en el archivo catedralicio hispalense una nota en un libro de Varios en que se citan a "Maestre Miguel y Maestre Jacobo florentines que vinieron de Granada a concertarse sobre losas para el altar mayor", remitiendo dicha nota a un acuerdo capitular de 1519.
     Por tanto, ya hay noticias fidedignas de la existencia de un Maestre Miguel Florentín, aunque no conste su intervención en esta portada y en otras dos (Palos y Campanilla), sino tan solo como Maestre Miguel.
     Por otra parte, no se encontró en el citado archivo ninguna referencia a un Maestre Miguel Perrin, aunque, desde luego, trabajó en la Catedral, pues en el documento compostelano ya citado, dice textualmente "... a de fazer esta dicha obra bien fecha e bien acabada e bien cozida como a fecho a suelo facer las obras para esta dicha santa iglesia de Sevilla e para otras partes e en el oficio de barro se acostumbra fazer".

      Asimismo antes de ahora señalé los dos nombres de Maestre Miguel Florentín y Maestre Miguel Perrin, trabajando posiblemente en la Metropolitana hispalense.
        Ante esta disyuntiva y disparidad de opiniones, queda apelar a la estilística y esta parece indicar que los relieves y esculturas de las citadas tres portadas catedralicias no son de ningún florentino, ni siquiera itálico; se relacionan con obras del grupo de Solesmes, es decir, gálicas, como afirmó Gómez Moreno y han repetido Angulo y otros más, que ponen dichas obras bajo el nombre de Perrin; aunque, asimismo, hay quienes las clasifican como de Florentin. Esperemos, pues, a que nuevos estudios e investigaciones arrojen más luz sobre esta polémica cuestión: en tanto me reafirmo en la adscripción al maestro francés, no sin declarar que el relieve y probablemente la Anunciacion, ofrecen algún mayor sentido clásico que los santos y la estatuaria de las otras dos portadas (José Hernández Díaz, Retablos y esculturas de la Catedral de Sevilla en La Catedral de Sevilla, Ed. Guadalquivir. Sevilla, 1991).
     Sin embargo, por su cara interior, que da al Patio de los Naranjos, la puerta conserva más claramente el aspecto con que la concibieron los alarifes almohades. De nuevo se repite el arco de herradura, del que ahora podemos observar su primitiva fábrica de ladrillos, sobre la que se levanta un imponente tejaroz, rematado por un cuerpo con arcos lobulados, paños de sebka y, en el centro, una ventana geminada, y coronándose con merlones en escalera.

     Pero tal vez sea la puerta en sí misma el elemento más interesante del conjunto. Sus dos hojas, de grandes dimensiones, son de madera de cedro y están revestidas de chapas de bronce, que presentan un interesante repertorio decorativo compuesto por motivos de lacerías y atauriques completados con inscripciones en caracteres que repiten versículos del Corán: "el poder pertenece a Alá" y "la eternidad es de Alá". Los grandes aldabones son copias de los originales almohades, también de bronce labrado, que se guardan en el Museo Catedralicio. Esta decoración vegetal estilizada alcanza aquí el cénit del arte de Al-Andalus.
      Conozcamos mejor las Fuentes, el tema, el problema de la historicidad e Iconografía de la La Expulsión de los mercaderes del Templo, tema principal de la decoración de la Puerta del Perdón de la Catedral de Santa María de la Sede;
Fuentes
Mateo, 21: 12 - 14; Marcos, 11: 15 - 18; Lucas, 19: 45 - 47; Juan, 2: 13 - 17.
El tema
      Cuando Jesús entra en el templo, se irrita contra los comerciantes y cambistas que profanaban el santuario. Sus caballetes atestaban el recinto sagrado. Había mesas instaladas para el cambio de moneda. Se vendían palomas para  las ofrendas de los pobres, corderos y bueyes para los sacrificios de los ricos. En suma, era una especie de bazar o feria, como las que suelen instalarse en todo lugar de peregrinación.

     Jesús interpeló coléricamente a los profanadores que transformaban la casa de oración (domus orationis), de la que habla Isaías (56: 7), en cueva de ladrones (spelunca latronum). Con una rudeza que constrasta con la mansedumbre que le atribuye cierta literatura devota, más tranquilizadora que edificante, empuña un látigo de cuerdas, vuelca las mesas de los cambistas y los mostradores de los comerciantes, quienes emprenden la retirada de inmediato, y se dispersan como una bandada de cuervos.
      Quizá haya algún exceso de intolerancia en esta «operación de policía », sobre todo si es verdad, como lo dice el Talmud, que los comerciantes estaban instalados fuera del recinto del templo, en el atrio (hieron), y no en el santuario (naos), reservado a los sacerdotes. El cambio de moneda era una necesidad para los peregrinos, puesto que el tesoro sagrado sólo admitía la moneda nacional, es decir, los siclos, que se conseguían vendiendo didracmas griegas o estáteres romanos con la efigie del emperador, que eran las monedas que circulaban en Palestina. Además, en las iglesias católicas se venden muchos cirios y recuerdos de peregrinación sin que el clero encuentre nada cuestionable en ello ni haya prohibido nunca dicho tráfico.

     En esta hazaña, que los humanistas del Renacimiento comparaban con la de Hércules limpiando los establos de Augías, los teólogos de la Reforma se complacieron en reconocer el símbolo de los esfuerzos de Lutero en depurar la religión católica contaminada por el tráfico de indulgencias.
El problema de la historicidad
      ¿En qué momento se sitúa esta purificación? El desacuerdo de los evangelista acerca de este punto induce a la perplejidad.
      Juan, que no comprende cómo Jesús, que había ido más de una vez a Jerusalén antes de la Pasión, haya esperado tanto tiempo para indignarse y actuar, atribuye el acontecimiento al principio de su ministerio. Según Mateo y Lucas, habría tenido lugar el mismo día de la Entrada en Jerusalén, de acuerdo con Marcos, al día siguiente. De manera que los cuatro testimonios dan tres fechas diferentes.
      Para resolver esta dificultad, los teólogos supusieron que Jesús había expulsado a los mercaderes del templo en tres oportunidades: al comienzo de su misión evangélica, y luego algunos días antes de su Pasión.
     La crítica racionalista, menos conciliadora, estima que el hecho no ocurrió tres veces, y ni siquiera una vez, en suma, que es puramente ficticio. 
   Los evangelistas recordaron la ira de Moisés partiendo las Tablas de la Ley ante la visión de Becerro de Oro. Lo más probable es que el episodio de los mercaderes haya sido interpolado, al igual que la Entrada de Jesús en Jerusalén, para mostrar la consumación de las profecías por el Redentor. En Zacarías (14: 21) puede leerse, en efecto: "... y no habrá aquel día más mercader en la casa de Yavé de los ejércitos."; y en Malaquías (3: 1): "... en seguida vendrá  a su templo / el Señor a quien buscáis ( ...) y se pondrá a fundir y depurar la plata / y a purgar a los hijos de Leví." Se trataría de uno de los numerosos ejemplos de «realización mesiánica » que ofrece el Nuevo Testamento.
      En el origen de este relato puede admitirse una protesta puramente verbal de Cristo contra la presencia de los mercaderes en el templo, que los evangelistas habrían dramatizado, transpuesto a la acción, al gesto. En cualquier caso, la realidad o historicidad de este episodio parece muy dudosa.
Iconografía
      Esta escena de violencia, prefigurada en el Antiguo Testamento por el Castigo de Heliodoro expulsado por los ángeles flagelantes del templo de Jerusalén cuyos tesoros quería robar, resultaba adecuada para una puesta en escena pictórica.
     Jesús, que de acuerdo con san Juan, se había construido un látigo de cuerdas, expulsa a azotes a los mercaderes que huyen con sus bolsas, o arreando a los bueyes y ovinos destinados a los sacrificios. Es una fuga a la desbandada, que acompaña el ruido de las alas de las palomas que echan a volar, y el estrépito de los perros que ladran. Un aire de pánico sopla sobre la feria del templo.
      A veces la escena está repartida en dos episodios: la expulsión de los cambistas y la expulsión de los mercaderes.
      En el siglo XVI degeneró en escena de género. Los Bassano la convirtieron en una escena de mercado atestado de cestos de huevos, aves. Es también uno de los temas favoritos de su discípulo, El Greco, y de los romanistas flamencos, como Jan van Hemessen.
      En el siglo XVII, el genovés Giovanni Castiglione exageró aún más esta tendencia. Cristo empuñando el látigo pasa a un segundo plano y lo accesorio se convierte en lo esencial (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
         Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Portada del Perdón de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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martes, 7 de abril de 2020

La imagen "San Juan Bautista de la Salle", de Miguel Ángel Pérez Fernández y Ricardo Llamas León, de la Hermandad de la Resurrección, en la Iglesia de Santa Marina


      Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen "San Juan Bautista de la Salle", de Miguel Ángel Pérez Fernández y Ricardo Llamas León, de la Hermandad de la Resurrección, en la Iglesia de Santa Marina, de Sevilla.
      Hoy, 7 de abril, es la memoria de San Juan Bautista de la Salle, presbítero, que en Reims, en la región de Normandía, en Francia, se dedicó con ahínco a la instrucción humana y cristiana de los niños, en especial de los pobres. Instituyó la Congregación de Hermanos de las Escuelas Cristianas, a causa de lo cual soportó muchas tribulaciones, si bien fue merecedor de gratitud por parte del pueblo de Dios (1719) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y qué mejor día que hoy para ExplicArte la imagen "San Juan Bautista de la Salle", de Miguel Ángel Pérez Fernández y Ricardo Llamas León, de la Hermandad de la Resurrección, en la Iglesia de Santa Marina, de Sevilla. 
      La Iglesia de Santa Marina [nº 39 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 77 en el plano oficial de la Junta de Andalucía] se encuentra en la calle San Luis, 60 (con portadas laterales a las calles Padre Manjón, y Santa Marina); en el Barrio de San Julián, del Distrito Casco Antiguo. 

     En la cabecera de la iglesia de Santa Marina encontramos la imagen de San Juan Bautista de La Salle (1651-1719), Fundador de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, es Patrono de los Maestros Cristianos. Desde 1972 es titular de la Hermandad de la Santa Cruz y Sagrada Resurrección y desde 1987 es cotitular del templo, junto a Santa Marina, lo que motiva su ubicación en la cabecera de la iglesia.
      Se le representa aquí en una de sus usuales iconografías: edad mediana, con su hábito propio, junto a un niño con un libro abierto, símbolo de los destinatarios (juventud necesitada) y de la metodología apostólica (la educación) de su misión; con su mano izquierda realiza el gesto de señalar la estrella del “Signum Fidei”, emblema del Instituto de La Salle.
     Tallada en madera de cedro, a tamaño natural (obra de Ricardo Llamas León y Miguel Ángel Pérez Fernández en 2008), el estatismo frecuente en las imágenes de este santo quiere contrarrestarse en ésta con el gesto enérgico del brazo y el movimiento ondulante de las vestiduras del Fundador. Por deseo expreso de los donantes, se ha prescindido en la policromía de la técnica del dorado y estofado, por lo que se procura evitar la consecuente monotonía cromática negra dotando de vivos colores la indumentaria del niño, matizando de pardos casi inadvertidos el hábito del Santo y acabando todo con una pátina de brillo céreo que resalta los volúmenes de la talla.
      A los pies de la imagen se expone a la veneración una reliquia del Santo de Reims. El relicario, inspirado en el escudo del Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, está labrado en plata de ley por los orfebres Hermanos Delgado (2008), autores también del nimbo (www.hermandaddelaresurreccion.com/otros-titulares/).
Conozcamos mejor a San Juan Bautista de la Salle, presbítero; 
     Fundador del Instituto de los Hermanos de la doctrina cristiana o de los cristianos, nacido en Reims en 1651, muerto en 1719.
      Sobre todo ha realizado una obra de pedagogo y educador.
     Fue canonizado en 1900. Sus reliquias fueron transferidas a Roma en el año 1937 (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
   Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen "San Juan Bautista de la Salle", de Miguel Ángel Pérez Fernández y Ricardo Llamas León, de la Hermandad de la Resurrección, en la Iglesia de Santa Marina, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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lunes, 6 de abril de 2020

El Convento de las Mercedarias de San José


      Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Convento de las Mercedarias de San José, de Sevilla.   
   Hoy, 6 de abril, es el aniversario de la fundación (6 de abril de 1625) del Convento de las Mercedarias de San José, así que hoy es el mejor día para ExplicArte el Convento de las Mercedarias de San José, de Sevilla.
   El Convento de las Mercedarias de San José, se encuentra en la plaza de las Mercedarias, 6 (tiene otro acceso, al colegio, por la calle Levíes, 21); en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo.
   Entre Levíes y la Plaza de las Mercedarias. Dos nombres que definen una zona de la ciudad. El antiguo apellido judío y el nombre de la orden que desde la Edad Media redimió a los cautivos. Un convento hoy conocido por su función educativa que se sitúa en pleno centro de la antigua judería sevillana, la ciudad dentro de la ciudad que superó ataques y asaltos como el de 1391; que conoció momentos de cierta convivencia y que sucumbió definitivamente con la expulsión de la comunidad judía en 1492. Quedó su urbanismo de calles irregulares, propio de la Sevilla medieval, con progresiva cristianización de los solares de sus antiguas sinagogas (convento de Madre de Dios, parroquia de San Bartolomé, Santa María la Blanca o la antigua iglesia de Santa Cruz). Un rincón donde perviven las mercedarias, rama femenina de la Orden Real y Militar de Nuestra Señora de la Merced y la Redención de los Cautivos, más conocida como Orden de la Merced (Ordo Beatae Mariae Virginis de Redemptione Captivorum).
   Fue fundada en 1218 para la redención de los cristianos cautivos en manos de musulmanes por San Pedro Nolasco, joven mercader de telas barcelonés que tuvo especial dedicación a la compra y rescate de cautivos en manos musulmanes. Su biografía refiere la aparición milagrosa de la Virgen María en la noche del 1 de agosto de 1218, dándole el mandato de fundar la orden religiosa de la Merced para la redención de cautivos. Protegida por la casa Real de Aragón y especialmente por el rey Jaime I, que le daría las barras del Reino y la corona real al escudo, la orden se instituiría en la catedral de Barcelona con la bendición del obispo Berenguer de Palou, que añadió al escudo de la nueva institución la cruz blanca, símbolo de la citada catedral. Es el origen de una orden y una advocación mariana que se expandió rápidamente por todo el mundo, de hecho, la historiografía tradicional sitúa el primer convento mercedario masculino en Sevilla en los momentos posteriores a la reconquista de la ciudad en 1248, convento conservado en la actualidad con numerosas reformas posteriores como Museo de Bellas Artes.

   La Orden Mercedaria fue aprobada por el Vaticano en 1265, con especial dedicación a la “merced” (una buena acción que se realiza sin esperar nada a cambio), llegando a cambiar muchos de sus miembros sus propias vidas por la de presos y esclavos. La rama femenina nacería pronto, hacia el año 1265, organizada por María de Santa Cervelló. Unidos al proceso de reconquista y repoblación de la Península, tomaron a la Virgen María como patrona, presidiendo siempre una imagen de la Virgen de la Merced los coros de los cenobios mercedarios. La orden fue definitivamente aprobada por el papa Gregorio IX el 17 de enero de 1235.
   A comienzos del siglo XVII (1603), en la madrileña capilla de Nuestra Señora de los Remedios, cuatro frailes iniciaron el camino de la reforma, cambiando el tejido de su hábito y sus zapatos por unas sandalias. Era el inicio de la que será rama de la Merced Descalza, cuyo reformador fue fray Juan González de San Juan Bautista o del Santísimo Sacramento, llegando la reforma rápidamente a las cercanías de Sevilla, al convento de El Viso del Alcor. También la rama femenina tendrá sus conventos de descalzas como el de Lora del Río (1617) o el de Fuentes de Andalucía, precisamente los conventos de los que procederían las primeras moradoras del convento sevillano de San José.
   En la historia de la orden, las últimas redenciones de cautivos se produjeron en el siglo XIX, redefiniéndose las reglas con la restauración de la orden en 1880 por el maestro general Pedro Armengol Valenzuela. Desde entonces se orientó su acción hacia el ámbito educativo y el misionero, buscando  luchar contra “las nuevas formas de cautividad”, elemento propio del llamado cuarto voto mercedario.
   En Sevilla llegó a tener hasta cinco sedes, tres masculinas y dos femeninas. Fundaciones masculinas fueron el titulado convento de Nuestra Señora de la Merced (que funcionó como Casa Grande de la orden, actual Museo de Bellas Artes), el llamado colegio de San Laureano (en la zona de la Puerta Real), hoy adaptado a uso residencial y con iglesia en estado de abandono) y el convento de mercedarios descalzos de San José (en la calle de su nombre, hoy se conserva la iglesia como sede del Opus Dei). En la actualidad los mercedarios tienen su sede en la iglesia de San Gregorio, antiguo colegio jesuita situado en la calle Alfonso XI. La rama femenina de la orden se asentó en el convento de la Asunción (originalmente en la plaza del Museo, hoy en la calle Guadalquivir) y en el convento que nos ocupa.

   La fundación del convento de San José por la comunidad de madres mercedarias, data del día 6 de abril del año 1625, siendo su fundadora doña Lucía de Uturbia, que elegiría a las mercedarias descalzas para poblar un cenobio que originalmente se situó en Santa María la Blanca, en la plaza llamada entonces del Marqués de Villamanrique. En 1626 pasaría a la collación de San Esteban, llegando a su ubicación actual, junto al palacio de Miguel de Mañara, el día de San Andrés de 1633. Algunos autores piensan que la comunidad ocupó en aquel traslado el terreno del antiguo palacio del marqués de Villanueva del Río, que daba nombre entonces a la antigua plaza de San Bartolomé y que acabaría siendo conocida como Mercedarias en alusión a la nueva comunidad. En la fundación del convento apenas hubo dificultades por el gran apoyo recibido por el arzobispo, Luis Fernández de Córdoba. Junto a la fundadora, las primeras monjas de la nueva fundación llegaron de Fuentes de Andalucía y de Lora del Río.
   En la historia de la comunidad fue especialmente difícil el siglo XIX, periodo en el que se conocieron dos exclaustraciones de las monjas. La primera obligó al traslado de la comunidad al convento de Santa María de los Reyes (en la actual calle Santiago, hoy sala de exposiciones de la Junta de Andalucía), volviendo la comunidad el 6 de junio de 1831. La segunda exclaustración se produjo durante los sucesos revolucionarios de septiembre de 1868, regresando de nuevo en 1874. En los disturbios y el asalto al convento de 1868 se perdió el retablo mayor, obra de notable interés que había dorado y estofado el pintor Juan de Valdés Leal. La otra gran calamidad en la historia del convento se produjo en la noche del 18 de julio de 1936, cuando el edificio fue incendiado por grupos revolucionarios, en una noche negra para el patrimonio sevillano en la que ardieron numerosas iglesias y algunos recintos conventuales como el vecino de las Salesas. El incendio supuso la práctica destrucción del edificio y la pérdida de notables obras de arte como un retablo barroco con un lienzo de la Virgen de la Soledad y cartelas de la Pasión de Cristo, las yeserías de la capilla sacramental o tallas como la del Cristo de la Misericordia, crucificado realizado en el siglo XVI que estaba flanqueado por las efigies de San Juan y de Santa María del Socorro, de la misma época. Durante el tiempo que duraron las obras de restauración las monjas mercedarias fueron acogidas en el convento de franciscanas de Santa Inés.

   La nueva orientación de la comunidad llegó en 1966, cuando la comunidad abrió una pequeña escuela para párvulos, cuatro clases a cargo exclusivo de religiosas. La gran aceptación en el barrio supuso la progresiva implantación de unidades, llegándose en 1975 a la autorización definitiva para cuatro unidades de preescolar y los ocho cursos de la EGB. Tras la implantación de la LOGSE el centro consigue en 1996 ampliar el ámbito de sus estudios hasta la secundaria obligatoria, estudios que mantiene en la actualidad junto a una unidad de apoyo a la integración. En el ideario actual de la comunidad se mantiene la idea de la lucha contra la esclavitud, entendida en un amplio sentido actual de la lucha contra la ignorancia y la falta de libertades de niños y jóvenes, por lo que su atención incide especialmente en atender a alumnos desfavorecidos y con necesidades educativas especiales, formando íntegramente a personas con ideales cristianos.
   Las vicisitudes históricas y los cambios funcionales del edificio han conllevado el mantenimiento de un escaso patrimonio histórico en detrimento de la funcionalidad. Es el convento  de San José el de menor extensión de todos los conventos sevillanos, incluyendo todas las estancias colegiales, lo cual habla de la modestia del edificio. Su sencilla iglesia corresponde al momento de fundación del convento, una edificación de planta basilical con una sola nave. La bóveda de cañón que recubre el templo es una creación moderna, del momento de la reconstrucción del edificio en los años cuarenta tras el incendio de 1936. El presbiterio presentaba  originalmente una bóveda semiesférica que posteriormente se tapó con un techo raso. La adaptación a un terreno irregular conlleva que no siga el modelo habitual de los conventos sevillanos, ya que el coro bajo (también usado como lugar de enterramiento) se sitúa en el muro derecho y la capilla sacramental, obra del siglo XVIII, en el muro izquierdo. Las necesidades educativas actuales del convento hacen que incluso se puedan alterar  el uso de estas estancias. En el muro, sin el cancel de madera habitual en otras iglesias conventuales, se abre la sencilla portada de acceso lateral al templo, posiblemente la original por sus austeras ménsulas protobarrocas y con un retablo de azulejos moderno que representa a la Virgen de la Merced. Comunica con la plaza donde antaño estuvo la conocida como pila del pato, sustituida posteriormente por una cruz de forja.

   El interior de la iglesia es de gran sencillez, llamando la atención la desnudez de sus muros y la inexistencia de retablo mayor. Conserva la imagen de la Virgen de la Merced, que preside el presbiterio en una sencilla hornacina sobre el muro. Es talla del siglo XVIII, muy reformado en intervenciones posteriores, situada sobre un simple pedestal de mármol rojo. Tras la pérdida del retablo original en la Revolución de 1868, la iglesia estuvo presidida por otra obra más modesta en la que situaban piezas barrocas del siglo XVII de diferente calidad que representaban a San José, a la Virgen de la Merced y a San Pedro Nolasco, desapareciendo todas en el incendio de 1936. Se conserva una talla de la Inmaculada de la primera mitad del siglo XVIII situada en la capilla sacramental. La otra talla de interés de la iglesia es la dolorosa también advocada de la Merced, antigua titular de la hermandad de Pasión, que fue sustituida por la actual de Sebastián Santos, y que pudo ser en su origen la talla de una santa que se remodeló para su transformación en Dolorosa. De autoría anónima, quizás datable hacia 1800, fue adquirida en 1842 por un grupo de hermanos de la hermandad de Pasión, pasando a ser la nueva titular de la cofradía en su nueva andadura en la desaparecida parroquial de San Miguel. Recibió culto como tal hasta su sustitución por la talla de Sebastián Santos, llegando al convento mercedario en 1966. En el año 2011 ha procesionado de forma extraordinaria por las calles de la feligresía.
   En los blancos muros de la iglesia mercedaria destaca un lienzo con el tema de la Circuncisión, del siglo XVII, y algunos lienzos del siglo XVIII. Especialmente reseñable es la pintura que representa a Jesús como Buen Pastor, enmarcada en un barroco marco de profusa decoración rocalla. También hay lienzos del siglo XVIII en el coro bajo, con representaciones de santos mercedarios como San Roberto Belarmino o San Pedro Nolasco. La planta de la iglesia fue alterada en la restauración posterior a su incendio, situándose a los pies una pequeña sacristía con una tribuna que puede realizar la función de pequeño coro alto.
   La antigua clausura conventual se encuentra reducida al claustro conventual, trazado en paralelo a la iglesia, y a algunas dependencias anexas. El reformado claustro presenta planta cuadrada y dos pisos, con arcos de medio punto en el cuerpo superior y muros tabicados en el cuerpo inferior. El cuerpo bajo del claustro acoge el refectorio de las monjas, uno de los pocos espacios tradicionales que se conservan como tales. También se sitúan en esta zona la modesta sala capitular, la sala de labor baja, el despacho de la priora y algunas celdas. Por la escalera principal se accede a la planta alta, donde se sitúan el resto de los dormitorios de las hermanas. En esta planta también se sitúa la ropería, en un espacio sobre el antecoro, así como la llamada sala de labor alta, en el otro extremo del claustro. En esta estancia cuelgan diversos lienzos barrocos como un cuadro de San Juan Bautista de finales del siglo XVII y otro que representa la Adoración de los Pastores, ya del siglo XVIII. En la escalera principal destaca un lienzo de la Virgen de la Merced representada como Mater Misericordia, pieza de finales del siglo XVII, además de un cuadro de la Beata Mariana de Jesús de finales del siglo XVIII según atestigua la firma y rúbrica parcial que conserva. Se conserva un pequeño patio contiguo al claustro donde se sitúa un retablo de azulejos del siglo XVIII que representa a la Sagrada Familia, formando parte de una fuente muy reformada posteriormente.

   El resto de dependencias del edificio ha sido adaptado para la función educativa por lo que son difícilmente reconocibles otras salas habituales en los conventos, sustituidas hoy por aulas, salas de profesores, despachos o patios de recreo. En la sencillez exterior del edificio destaca una imagen barroca de San José realizada en mármol que se sitúa en la entrada al edificio por la calle Levíes y que puede fecharse en el siglo XVIII (Manuel Jesús Roldán, Conventos de Sevilla, Almuzara, 2011).
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Horario de apertura del Convento de las Mercedarias de San José:
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Horario de misas del Convento de las Mercedarias de San José:
     Lunes a Viernes: 09:10
     Domingos y festivos: 13:00

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El Convento de las Mercedarias de San José, al detalle:

domingo, 5 de abril de 2020

La Puerta de la Campanilla, de la Catedral de Santa María de la Sede


      Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Puerta de la Campanilla, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
  Hoy, 5 de abril, es Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, cuando Nuestro Señor Jesucristo, como indica la profecía de Zacarías, entró en Jerusalén sentado sobre un pollino de borrica, y a su encuentro salió la multitud con ramos de olivos [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy para ExplicArte la Puerta de la Campanilla de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla puesto que en ella se representa la Entrada en Jerusalén de Nuestro Señor Jesucristo.
   La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, calle Cardenal Carlos Amigo, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.  
   En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Puerta de la Campanilla [nº 070 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; Su advocación es de la "Entrada de Cristo en Jerusalén"; por su ubicación ha sido llamada también "del Cabildo" y "del Consistorio", dada su cercanía a la Sala Capitular, y "de San Cristóbal", por la vidriera que campea sobre ella; su uso habitual por el personal de la obra le daba en 1649 el apelativo "de los Peones". El nombre actual era el de una puerta exterior que al parecer lo recibía de la esquila con la que se llamaba al trabajo a los obreros de la catedral (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
   La portada de la Campanilla de la Catedral de Santa María de la Sede se sitúa entre la Capilla Real y la Sala de Ornamentos, en el muro de levante de la Catedral, y fue construida por Juan de Hoces hacia 1.480. Su imaginería se compone de la Entrada de Cristo en Jerusalén en el tímpano, así como seis profetas en las jambas de la puerta y cuatro ángeles en la parte superior, talladas entre 1.522 y 1.523 y se han atribuido a Lope Marín y a Miguel Florentín, aunque últimamente se está barajando la posibilidad de que fueran obras del francés Michel Perrín (Teodoro Falcón Márquez, El edificio gótico en La Catedral de Sevilla, Ed. Guadalquivir, Sevilla, 1991).
   Antiguamente, la puerta estaba dedicada a san Mateo por la proximidad a la capilla de este Evangelista y, aunque su advocación actual es la de la “Entrada en Jerusalén”, se le denomina popularmente como “de la Campanilla”, que era el nombre de un postigo ubicado cerca y que fue derribado a fines del siglo XVIII. El apelativo lo recibía por una esquila, actualmente en la parroquia catedralicia de san Sebastián, que convocaba a los obreros de la fábrica. En la actualidad se accede por su atrio a la Capilla Real mientras está funcionando la visita cultural.

   Situada en el muro de levante de la Catedral, junto a la Capilla Real y la Sala de Ornamentos [Tesoro o Contaduría Mayor].
   La composición, en terracota, está integrada por la escena de la Entrada de Jesús en Jerusalén, inscrita en el tímpano de la portada, seis figuras de Profetas y cuatro Ángeles, a derecha e izquierda del vano de acceso.
   La Entrada, es una amplia escenografía con cinco figuras de bulto redondo en el primer plano (Jesús cabalgando sobre el pollino, un Apóstol, a su lado dos judíos que extienden mantos, alfombrando el pavimento para el camino del Señor, y otra en actitud sorpresiva). Detrás, un nutrido grupo de hebreos que contemplan el paso del Salvador, destacando su relieve sobre un fondo urbano, amurallado y torreado.
   Los Profetas y Ángeles están representados en dinámicas composiciones, variada morfología en las indumentarias y efectista expresividad, en función del tema principal.
   Ceán Bermúdez asignó esta y las otras portadas del Nacimiento, Baptisterio y Palos, a Lope Marín, fechándolos por los años de 1548, en tanto que Gestoso atribuye esta obra al que se llama Maestre Miguel Florentín (sin otra aportación documental que la referida a un tal Maestre Miguel), consignando pagos a éste por la Entrada en 1522 y otros, un año después, referidos a Ángeles y Profetas.
   Respecto a la polémica -Maestre Miguel Florentín y el francés Maestre Miguel Perrin, a quien también ha sido atribuido el conjunto- remitimos al texto correspondiente de las portadas del Perdón y Palos, para no pecar de reiterativos.

   Entretanto y mientras no aparezcan estudios o investigaciones que permitan consignar de modo fehaciente la autoría de esta portada, como de las otras, reafirmo que estilísticamente, el imaginero no es itálico, sino extranjero, seguramente francés, posiblemente el citado Perrin. No olvidemos que Ceán aseguró que por los pliegos de los paños, podía advertirse las huellas de la escuela alemana (José Hernández Díaz, Retablos y esculturas de la Catedral de Sevilla en La Catedral de Sevilla, Ed. Guadalquivir. Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor los Relatos de los Evangelistas, el Culto y la Iconografía de la Fiesta de La Entrada en Jerusalén de Nuestro Señor Jesucristo;
Fuentes
Mateo, 21: 1 - 11. Marcos, 11: 1 - 10. Lucas, 19: 29 - 40. Juan, 12: 12 - 19.
   Según los Evangelios canónicos, Jesús, seguido por los apóstoles, desciende desde Betania hacia Jerusalén, montado en un asno requisado por los apóstoles. Los habitantes de la ciudad santa salen a su encuentro cantando Hosanna.
   Mateo, que interpreta literalmente una profecía mal comprendida de Zacarías, dice que los discípulos llevaron a Jesús una borrica y con ella el pollino, aunque una sola montura bastara. Marcos y Lucas hablan de un pollino que todavía no había sido montado.
   El Evangelio apócrifo de Nicodemo completa esta breve narración agregando que "los hijos de los Hebreos" (pueri Hebraeorum) llevaban ramos en las manos y extendían sus ropas sobre el camino alfombrado de palmas, al tiempo que el publicano Zaqueo, perjudicado por su baja estatura, para ver mejor se había subido a una palmera.
   El Evangelista Lucas también cuenta la historia del enano Zaqueo subido a un árbol; pero la sitúa en Jericó (19: 1 - 10).
   Tales son los elementos que los Evangelios canónicos y apócrifos ofrecen a los artistas para representar esta entrada mesiánica, humilde, y a la vez triunfal.

   No obstante, la curiosidad popular, siempre insaciable, no se daba por satisfecha. La borrica que tuviera el honor de servir de montura a Cristo fue provista de una genealogía o de un pedigree: se la consideraba descendiente de aquella que condujera al adivino Balaam. E interesaba conocer su suerte después de aquel triunfo. Después de la crucifixión no se resignaba a vivir en Jerusalén, la ciudad deicida. Habría emigrado a Italia y muerto de vieja, en Verona. En dicha ciudad, el siglo XVII todavía se veneraban sus huesos. Calvino aseguraba que su cola formaba parte del tesoro de reliquias de la catedral de Génova.
Crítica racionalista
   El racionalismo ha sido despiadado con estas historias. De acuerdo con las conclusiones de la crítica  moderna, la Entrada de Cristo en Jerusalén forma parte de la serie de episodios inventados para realizar las profecías. Su fuente, admitida sin subterfugios en los Evangelios de Mateo y de Juan, es una profecía de Zacarías (9: 9, "Alégrate sobremanera, hija de Sión. / Grita exultante, hija de Jerusalén. / He aquí que viene a ti tu Rey, / justo y victorioso, / humilde, montado en un asno, / en un pollino hijo de asna.". La correspondencia del Evangelio con ese pasaje del Antiguo Testamento es evidente. Mateo creyó que se trataba de dos animales, y ese despropósito ha pasado al arte cristiano.
   La historicidad de la Entrada de Cristo en Jerusalén resulta dudosa. Se ha formulado la hipótesis de que Jesús se haya inspirado en la predicción de Zacarías para hacer una entrada mesiánica en Jerusalén; pero ello significa atribuirle una puesta en escena indigna de él.
   Lo que prueba mucho más aún que el episodio está desprovisto de todo fundamento histórico, o que al menos la ovación fue modesta, es que una entrada triunfal en Jerusalén, habría provocado una reacción, inevitable, de las autoridades religiosas y civiles, judías y romanas. Pero no ocurrió nada parecido y Jesús no fue molestado.
Culto
   La Entrada de Cristo en Jerusalén se conmemora mediante el Domingo de Ramos con palmas, boj o laurel, que son plantas de la estación pascual. También se lo llama Domingo de Hosanna en memoria de las aclamaciones que acogieron al Salvador en la puerta  de la ciudad santa.
Iconografía
1. Dos apóstoles van a buscar la borrica y al pollino para la entrada de Cristo
   Mateo, 21. Tema infrecuente que sirve de preludio a la Entrada de Cristo.
2. La Entrada de Cristo en Jerusalén

   Descendió del monte de los Olivos en una borrica blanca, color simbólico del triunfo, escoltado por los apóstoles que lo siguen a pie. Ese detalle permite distinguir con seguridad la Entrada en Jerusalén de la Entrada en Jericó, que Jesús, según escribe Lucas, realizó a pie.
   También  allí encontramos oposición entre la fórmula siria y la griega.
   En Oriente, Cristo está sentado de costado sobre su montura, como sobre un trono; por el contrario, en el arte de Occidente, inspirado en los modelos griegos, Jesús que aparece con mayor frecuencia con la cabeza desnuda que coronado, está montado a horcajadas, y casi toca el suelo con los pies colgantes. Como excepción, en las vidrieras de Chartres y de Bourges tiene una rama de palmera.
   Su prefiguración bíblica es el triunfo del joven David aclamado después de su victoria sobre Goliath.
   Los pintores nunca dejan de representar niños que ofrecen palmas y cantan Hosanna, o que extienden sus ropas bajo los pasos de la borrica cristófora. Se ha pretendido que ese motivo había salido de un despropósito iconográfico y que, como en la leyenda de san Nicolás, adultos imberbes habían sido tomados por niños a causa de su escasa estatura. Parece más bien que se trata de la traducción literal del Evangelio de Nicodemo, donde se habla de los «hijos de los hebreos». Pero los hebreos se llamaban  «hijos»  mientras  no hubiesen superado la edad de treinta años. Al menos así se explica el pasaje de Jeremías, 1, 6: «Y dije: ¡Ah Señor, Yavé! / He aquí que no sé hablar, / pues soy un niño.»
Cristo montado en la borrica
   En la escultura, la escena está a veces reducida a su más simple expresión. Se eliminan los discípulos y la multitud jubilosa, y sólo queda Cristo bendecidor a horcajadas del asno. Esta concentración del tema es un fenómeno corriente en la iconografía: así es como la Santa Cena se reduce al grupo de Jesús y san Juan apoyado sobre su pecho (Die Christus-Johannes Minne) y la Lamentación al pie de la cruz al grupo de la Virgen de Piedad que sostiene el cadáver de Jesús sobre las rodillas.
   El grupo de Cristo montado en la borrica, que en alemán se llama Palmesel, se explica por el culto. Se acostumbraba organizar el domingo de Ramos una procesión (Palmsonntagsprozession) que reconstruía la Entrada de Cristo en Jerusalén. A veces era un cuadro vivo en el cual Cristo estaba personificado por el obispo, seguido de sus acólitos; pero en la mayoría de los casos se limitaba a pasear por las calles, de una iglesia a otra, una imagen de Cristo a horcajadas sobre un asno real o sobre un jumento de madera pintada montado sobre ruedas. Los devotos lo arrastraban para conseguir el perdón de sus pecados. También se permitía a los niños montar por turnos en la grupa, detrás de la imagen de Cristo.
   Esos burros evangélicos eran particularmente populares en el sur de Alemania y en las comarcas limítrofes, como Alsacia y Suiza. En esas regiones se ha encontrado el mayor número: en el Museo Bávaro de Munich, en el Museo Germánico de Nurembert, en el Museo de la Obra Notre Dame de Estrasburgo, en el Museo de Basilea, en el Schweizerisches Landesmuseum de Zurich, en el Museo Bolzano (Bozen) del Tirol welche o italiano... Uno de los más  notables es el Palmesel de Wettenhausen (1456), atribuido a Hans Multscher. En el norte de Alemania, donde son más escasos, el Museo Schnütgen de Colonia posee un asinus ligneus procedente de la iglesia de la Santa Paloma .
   Grupos semejantes debieron ser en otros tiempos muy numerosos, pero la Reforma que los reprobaba como un signo de idolatría (antichristliche Abgötterel) y que se indignaba por la introducción de animales en las iglesias, los destruyó sistemáticamente: el Palmesel de Zurich fue arrojado al lago en 1521; otros fueron quemados. La procesión del asno, animal que se guardaba bajo la portada de las iglesias y que servía para diversión de los niños, fue prohibida en Austria por el emperador José II -que se jactaba de ser un monarca esclarecido- en el siglo XVIII. 
   Así se explica la desaparición del asno de los Ramos, víctima, como el asno del Pesebre, del rigor protestante y del escepticismo del siglo de las Luces.
La comida en casa de Zaqueo
   Zaqueo, que para  ver mejor se había subido a una higuera, invitó a Jesús a su mesa.
   Es una de las numerosas Cenas de Cristo, que vienen después de la Comida en casa de Leví (Mateo) y de la Comida en casa de Simón el fariseo (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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