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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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miércoles, 2 de julio de 2025

Los principales monumentos (Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, Ermita de Nuestra Señora del Rosario, Iglesia de Nuestra Señora de la Aurora, Iglesia de San Bartolomé, Iglesia de San Nicolás de Tolentino, Búnkeres de El Alamillo, Cueva de la Encantada, Hospital de Nuestro Padre Jesús Nazareno, y Castillo) de la localidad de Luque, en la provincia de Córdoba

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Córdoba, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, Ermita de Nuestra Señora del Rosario, Iglesia de Nuestra Señora de la Aurora, Iglesia de San Bartolomé, Iglesia de San Nicolás de Tolentino, Búnkeres de El Alamillo, Cueva de la Encantada, Hospital de Nuestro Padre Jesús Nazareno, y Castillo) de la localidad de Luque, en la provincia de Córdoba.
     Luque, puerta nordeste de la Subbética, al pie del Tajo del Algarrobo, vigilado por el castillo medieval, perenne flor de piedra en escarpada roca. A la espaciosa Plaza de España le da una suprema categoría monumental la parroquia renacentista, de proporciones catedralicias. Esta plaza es un hermoso mirador sobre el caserío, que se extiende a los pies, desparramado en calles quebradas sobre la ladera, cuyo eje es la calle Carrera.
     Villa situada al sureste de la provincia, a corta distancia de la carretera N-432.
     Distancia a Córdoba: 74 Km.
     Altitud: 664 m.
     Extensión: 139,6 Km2
     Habitantes: 3.293.
     Gentilicio: Luqueños.
     Mancomunidad: La Subbética Cordobesa.
     Se cree que en el actual emplazamiento de Luque pervivía en época visigoda una pequeña aldea (Lucus) de origen anterior. En el 909, el cronista árabe Ibn Hayyan cita Hisn Lukk o castillo de Luque al relatar su ocupación por el rebelde Ben Mastana. Hasta el final del Califato, Hisn Lukk perteneció a la cora de Cabra, y en 1240 fue conquistado por Fernando III mediante capitulación. A partir de entonces ostentó sucesivas titularidades señoriales, y durante la primera mitad del siglo XIV sufrió diversas incursiones musulmanas, por su situación fronteriza con el reino de Granada. En 1374 Enrique II cedió la villa en señorío al alcalde mayor de Córdoba Egas Venegas, a cuya familia siguió vinculada en los siglos siguientes, que más tarde lo elevaron a condado.
Oficina de Turismo de Luque
     +34 957 66 75 74
     http://www.turismodeluque.es (Diputación Provincial de Córdoba).
     Tuvo su origen durante la dominación islámica, en torno al castillo de Lukk, siendo mencionada ya en 909. Integrada en la cora de Cabra hasta la desaparición del Califato, pasó con los almohades de la cora de Córdoba. Conquistada mediante pacto en 1240, fue de la reina Juana de Ponthieu hasta su muerte en 1252. A fines del siglo XIII era de Gonzalo Yáñez Dovinal, señor de Aguilar, y en 1374 Enrique II la cedió a Egas Venegas, alcalde mayor de Córdoba, con cuya familia se convirtió en condado. De la arquitectura civil merece citarse el viejo castillo roquero, original del siglo IX y reconstruido en el XIII, y entre la religiosa, además de lo aquí reseñado, la iglesia de Jesús Nazareno, que es lo único que subsiste del antiguo hospital de esa advocación, fundado en 1752 (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     Luque, sobre un bastión pétreo, en el que se yergue poderosa la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción (Rafael Arjona. Guía Total, Córdoba. Editorial Anaya Touring. Madrid, 2009).
     
Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción.-

     Esta parroquia, patrocinada por el obispo Cristóbal de Rojas y Sandoval, fue iniciada por Hernán Ruiz el Joven en 1567 y proseguida por Hernán Ruiz III, Martín Ruiz y Juan de Ochoa, terminándose en 1598. La cubierta de armadura se recompuso en 1647. Tiene tres naves, separada por arcos sobre pilares cruciformes, y cabecera triple. La cabecera central se cubre con media naranja, rehecha hace varios años, y las laterales con bóveda baídas.
     El retablo mayor salomónico lo talló en 1683 Acisclo Manuel Balén y lo doró en 1698 José de Olivares. Se restauró en 1993. En el manifestador se ve la imagen de la Virgen de la Asunción, titular de la parroquia, flanqueada por las de San Bartolomé y Santiago; en el ático, San Pedro y San Pablo, y al centro un calvario, con el Padre Eterno arriba y el Espíritu Santo abajo; el Crucificado es de talla, atribuido a Manuel Miranda, y la Virgen y San Juan pintados. En el presbiterio hay dos interesantes cobres del XVI con el Crucificado, el de la izquierda copia del modelo de Miguel Ángel.
     La nave izquierda tiene en la cabecera una talla de la Inmaculada de mediados del XVII. En el muro cuelga un lienzo de escuela granadina con la Inmaculada Apocalíptica, de igual fecha. Siguen la Virgen de los Dolores, de hacia 1700, el lienzo con el martirio de San Bartolomé, de hacia 1600, y la imagen de San Antonio de Padua, del XVIII. Junto a la puerta hay un lienzo grande del XVIII con la Virgen del Rosario venerada por Fernando III y Fernando VI. Pasada la puerta hay un lienzo murillesco de San Antonio de Padua, del XIX.
     La capilla de la cabecera derecha conserva restos de pinturas en la bóveda, muy deteriorados, un retablo de principios del XVIII y, en la pared derecha, un cuadro de la Ascensión. La primera capilla de la nave, cerrada por cancel de madera, tiene al Cristo Yacente, talla local del XVII, con rostro arcaizante, y San Juan, de vestir de igual fecha, procedente de San Nicolás de Tolentino. Sigue la capilla de la Virgen del Carmen, imagen de vestir del Setecientos. La tercera capilla es la más interesante y estuvo dedicada a San Juan Bautista. Conserva un retablo anónimo, de hacia 1630, con una talla de San José con el Niño, obra granadina de finales del XVII.
     En el muro de la nave cuelgan dos lienzos que representan la Sagrada Cena, de principios del XVII, y Cristo camino del Calvario, obra de calidad, de la segunda mitad del XVII. A con tinua­ción se ha colocado la imagen del Cristo de la Expiración o del Silencio, con cuatro clavos, que procede de San Nicolás de Tolentino. La capilla bautismal tiene un lienzo del Bautismo de Cris­to, fechable en el siglo XVII, y las imágenes de la Dolorosa y San Juan, de estética granadina de la segunda mitad del Setecientos.
     En la sacristía se conservan, entre otras piezas, un crucificado pequeño de buena factura, de hacia 1600, y un cobre con la Flagelación, de modelo italiano. En la sala del tesoro se ha  reunido la colección de piezas de orfebrería, entre ellas, un ostensorio dorado con cabujones de esmalte del siglo XVII, un cáliz con punzones poco legibles de Castro y Leiva, un portaviático con marca de Castro y otro cáliz contrastado por Manos en 1843. Se ven también las tallas de la Inmaculada, de mediados del XVII, y de San Juan Bautista, atribuida a Alonso de Mena, en torno a 1640, muy deteriorada (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     Situada en una de las cotas más altas de la población, sus volúmenes se muestran casi exentos, rodeados de espacios diáfanos que permiten una visión generalizada del conjunto.
     Su interior sorprende por la excepcional altura, en tanto que la estructura responde a la de un templo de tres naves con cabecera triple de testero plano intercomunicada; la capilla  mayor se cubre con una bóveda de horno sobre pechinas, recientemente rehecha, mientras que las capillas laterales tienen bóvedas vaídas. El presbiterio se separa del cuerpo de la iglesia por un arco toral de medio punto rebajado, cuyo intradós va decorado con recuadros, igual que las pilastras que lo soportan. 
     Las naves están divididas en cinco tramos por pilares con columnas y pilastras adosadas sobre los que descansan arcos de medio punto, y se cubren, la principal con artesonado de lacería fechado en 1647, mientras que las laterales tienen cubierta simple de madera a un agua.
     El muro de la izquierda tiene dos arcosolios, en tanto que a la nave de la derecha abren tres capillas. A ambos lados del presbiterio se disponen dos habitaciones; la de la izquierda es de planta cuadrangular y cubierta de cañón, conocida en tiempos como la Capilla del Gobernador y destinada en la actualidad para guardar el tesoro del templo; la del lado derecho es rectangular con cubierta plana de madera y cumple funciones de sacristía.
     Al principio, la iglesia tenía sólo estas dos capillas a ambos lados de la capilla mayor. Posteriormente, a principios del siglo XVII se construyeron otras capillas, dos de las cuales tienen portadas renacentistas.
     Al exterior, la iglesia, realizada con sillares y mampuestos tiene dos portadas una a los pies y otra que abre a la nave del lado izquierdo. La primera se constituye por un medio punto enmarcado a su vez por pilastras de orden dórico con acanalada que soportan entablamento de arquitrabe trifajado, friso decorado con motivos de espirales y frontón triangular partido; al centro presenta una hornacina realzada con una imagen nueva del Corazón de Jesús, que remata con frontón partido con bolas y escudo central. La portada lateral está flanqueada por dos potentes contrafuertes rematados con bolas y se compone de dos columnas de piedra gris con el tercio inferior diferenciado que apoya en resaltos; el vano es de medio punto con la rosca moldurada por un contario y la clave resaltada. El conjunto se corona con entablamento y frontón curvo y quebrado, también de piedra gris, rematado por bolas que lleva la fecha de 1659. La obra de esta portada se relaciona con los maestros Pedro Freile de Guevara y Juan de Aranda Salazar.
     La torre que se encuentra adosada al ángulo inferior del edificio es de planta cuadrada, con dos cuerpos de desigual desarrollo y chapitel; el primero de estos presenta vanos cuadrangulares en la cara frontal y recuadros ciegos en las laterales, y se separa del otro cuerpo por una cornisa con ménsulas. El cuerpo de campanas tiene un vano  por cada lado, flanqueado por pares de columnas toscanas. Consta que se terminó en 1697.
     Hacia el año 1567 Don  Cristóbal de Rojas y Sandoval, Obispo de la diócesis cordobesa aprobó el decreto por el que se ordena la construcción del nuevo templo, la Iglesia de Ntra. Sra. de la Asunción, conforme a las trazas de Hernán Ruiz en íntima colaboración con Sebastián de Peñarredonda, quien la continúa un año más tarde a la muerte de aquel. 
     En 1576 se hace cargo de la obra Hernán Ruiz III, a quien se debe la traza del actual edificio. Sin embargo, este arquitecto dejaría unos años sin dirigir la construcción del templo al haber cesado como Maestro Mayor por enemistad con el Obispo Don Antonio Pazos. Así en 1590 se hacen cargo de las obras su hermano Martín Ruiz y Juan de Ochoa, aunque por poco tiempo, pues en 1592 vuelve  a tomar las riendas de la construcción Hernán Ruiz, aportando las trazas de la torre que se pretende ejecutar. En 1598 finalizan las obras de la iglesia a excepción de las portadas del Perdón y Occidental.
     Entre 1631 y 1633 se ejecuta la torre bajo la dirección de Juan de Aranda Salazar (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
      El principal edificio que contiene la plaza de España de Luque, a la que domina con su monumentalidad, es la parroquia renacentista de la Asunción, construida entre 1567 y 1697, con intervención de los afamados arquitectos Hernán Ruiz II y III, Sebastián de Peñarredonda y Juan de Ochoa.
     Consta de tres amplias naves separadas por esbeltos arcos de medio punto apoyados por pilares cruciformes; la central se cubre con artesonado de par y nudillo y lacerías mudéjares.
     En la triple cabecera destaca la capilla mayor, cubierta por cúpula, en la que se encuentra un hermoso retablo barroco de finales del XVII, al que una reciente restauración le ha devuelto su esplendor original.
     Posee el templo algunas capillas de finales del XVI y principios del XVII.
     Al exterior muestra dos interesantes portadas, abiertas en el lado del evangelio y en los pies, ambas con ingreso de medio punto flanqueado por columnas acanaladas y frontón superior; en la esquina situada entre ellas se alza la hermosa torre construida entre 1592 y 1697, que ostenta un bello cuerpo de campanas (Diputación Provincial de Córdoba).

Ermita de Nuestra Señora del Rosario.-
     Conocida también como Ermita de Nuestra Señora del Castillo o de Jesús Nazareno, se remonta su fundación a 1553; fue reedificada en el siglo XVIII, siendo ésta la fábrica que, en lo esencial, ha llegado hasta nosotros. El interior muestra nave única con capillas y crucero poco acusado. La cubierta es de cañón en la nave y oval en el crucero. La cabecera muestra un retablo en yeso que sirve de marco al camarín de la Virgen del Rosario, de vestir, obra local de estética barroca.
     A la izquierda del crucero destacan Nuestro Padre Jesús Nazareno, de estética granadina de hacia  1700, pero muy restaurado, y la pequeña e interesante talla del Niño Jesús, obra grana­dina del círculo de José Risueño. A la derecha del crucero hay dos tallas, una de santo no identificado hoy venerado como San José, de taller granadino del siglo XVII, y Santo Domingo, de hacia 1700 (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     La Ermita es de planta de cruz latina con capillas laterales en la nave del brazo principal, una de las cuales se encuentran cerradas. Se cubre con bóveda de cañón y media naranja en el crucero. La fachada presenta una portada adintelada flanqueada por dos columnas toscanas que soportan un cimacio con triglifos y un entablamento completo. 
     Sobre éste, un frontón partido, muy rebajado, que sirve de base al escudo de los Condes de Luque (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     La Ermita del Rosario se encuentra a pocos minutos de la Plaza de España y de la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, junto al Castillo de Venceaire, en Luque.
     La Ermita del Rosario es de planta de cruz latina con capillas laterales en la nave del brazo principal, muchas de las cuales se encuentran cerradas. Se cubre con bóveda de cañón y media naranja en el crucero. La fachada presenta una portada adintelada flanqueada por dos columnas toscanas que soportan un cimacio con triglifos y un entablamento completo. Sobre éste, un frontón partido, muy rebajado, que sirve de base al escudo de los Condes de Luque (Diputación Provincial de Córdoba).

Iglesia de Nuestra Señora de la Aurora.-

     La fábrica corresponde a los comedios del XVIII y está formada por una nave única con bóveda de cañón y cabecera plana con camarín. En el retablo neoclásico está Nuestra Señora de la Aurora, talla de estética granadina del primer cuarto del siglo XVIII. A los lados hay capillas con las imágenes del Señor de la Humildad y María Santísima de la Compasión; el Señor lo restauró Salvador Guzmán en 1996 y la Virgen, Miguel Arjona en 1999 (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
      La Ermita presenta una sencilla portada con la clave del arco de medio punto que le sirve de acceso resaltado. Presenta una sola nave cubierta con bóveda de cañón rebajado y dividida por arcos fajones que descansan en pilastras cajeadas de orden dórico. El último tramo de la nave, correspondiente al presbiterio, se cubre con casquete semiesférico soportado por pechinas. Detrás, el camarín de planta cuadrada, se cubre con  bóveda de medio punto. En el tramo inmediato al presbiterio se han abierto dos pequeñas capillas (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía). 
    La Ermita presenta una sencilla portada con la clave del arco de medio punto que le sirve de acceso resaltado. Presenta una sola nave cubierta con bóveda de cañón rebajado y dividida por arcos fajones que descansan en pilastras cajeadas de orden dórico. El último tramo de la nave, correspondiente al presbiterio, se cubre con casquete semiesférico soportado por pechinas.
     Detrás, el camarín de planta cuadrada, se cubre con bóveda de medio punto. En el tramo inmediato al presbiterio se han abierto dos pequeñas capillas (Diputación Provincial de Córdoba).

Iglesia de San Bartolomé.-
     Tenida por ermita muy antigua, la actual es del siglo XVIII. Tiene planta rectangular con nave única de tres tramos cubierta por cañón simple y coro alto a los pies; el presbiterio se cubre con bóveda sobre pechinas decorada con rocalla, igual que el camarín. Presiden tres imágenes: el Cristo de la Vera Cruz, de magnífica cabeza, obra arcaizante de fines del XVI; la Virgen de los Dolores, de candelero del siglo XVIII, y San Bartolomé, titular de la ermita y patrón de la villa, de estética granadina de primera mitad del XVII, restaurada en 2005 por Sara Cantero. De las otras imágenes son reseñables, a la derecha, Santa Lu­cía, de taller local de segunda mitad del XVII, sobre modelo derivado de Alonso de Mena, y, en la nave, la talla de San Marcos, de tipo granadino del siglo XVII. También un lienzo barroco del mismo tema (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     Este es de planta cuadrada y cubierto con bóveda semiesférica. este último presenta una amplia decoración de yeserías, que actualmente están pintados. En 1881 se arreglaron las puertas de acceso a la ermita.
     Del 23 al 26 de Abril se celebra la feria de San Bartolomé. El santo es sacado por las calles del pueblo (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Es una ermita de factura popular, con pequeña espadaña y sin portada. Es de planta cuadrada y cubierto con bóveda semiesférica, este último presenta una amplia decoración de yeserías, que actualmente están pintados.
     Data de mediados del siglo XIII y en 1881 se arreglaron las puertas de acceso a la ermita. En ella tenía cobijo la primera hermandad penitencial de Luque, la Vera Cruz, nacida en los años 70 del siglo XVI (Diputación Provincial de Córdoba).
 
Iglesia de San Nicolás de Tolentino.-

     Esta iglesia es lo único que pervive del antiguo convento agustino fundado en 1626. Se la conoce también por Nuestra Señora de Gracia o Santa Rita, a causa de las devociones predominantes. Reformada en el XVIII, es de cruz latina cubierta por cañón y media naranja sobre pechinas en el crucero. En 2005 se encuentra cerrada, sometida a restauración.
     El retablo mayor, de estípites, es del último tercio del XVIII y recuerda obras antequeranas. Conserva a los lados imágenes de talla de San Agustín y San Nicolás de Tolentino. El frontal de mármoles embutidos, coetáneo del  retablo, fue realizado por Salvador de León. En el presbiterio hay dos lienzos, uno de Santo Tomás de Villanueva, fechable hacia 1750, y otro con la Aparición de Cristo Resucitado y la Virgen a San Agustín, de fines del XVII. De los otros retablos puede mencionarse el de la izquierda del crucero, con imagen de San Pedro pontífice, de hacia 1700, procedente de la parroquia. Se ven por los muros algunos lienzos con santos agustinos, y otros del siglo XVIII pero de escaso valor. La primera capilla del lado derecho de la nave tiene un pequeño retablo con una talla de calidad de Santa Rita, fechable en la primera mitad del XVII (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     Edificio barroco, siglo XVIII, de reducidas dimensiones, con una planta en cruz latina. La nave se divide en tres tramos por arcos fajones sobre pilastras en los que monta una cornisa recta y muy moldurada que recorre todo el ámbito interior; cubierta con bóvedas de medio cañón con lunetos, salvo en el tramo central del crucero, que lleva un cúpula sobre pechinas, estando decorada con ricas yeserías.
     Su fachada es de gran sobriedad, donde el empleo de sillería en sus paramentos le reportan un aire de ennoblecimiento (Diputación Provincial de Córdoba).

Búnkeres de El Alamillo.-
      Estas estructuras defensivas se encuentran en la parte superior del cerro del Alamillo.
     Se trata de un complejo formado por bunkers, casamatas, nidos de ametralladoras, pasadizos, etc. situados en la cumbre de este cerro. El complejo se organiza en torno a un refugio de planta poligonal, con dos pisos interiores y techo horizontal desaparecido en buena parte. En toda su circunferencia aparecen puestos de tiradores. De este refugio parten dos túneles, actualmente parcialmente descubiertos, que conducen a sendos nidos de ametralladoras de planta circular y cubierta cupular. A ambos lados de estos túneles aparecen pozos de tiradores. Todas estas estructuras están construidas con hormigón armado. Según consta en unas inscripciones, los bunkers del cerro del Alamillo fueron construidos por la 20 Compañía de Zapadores (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Testigos de hormigón de los últimos avatares bélicos que sufrió nuestro país, la Guerra Civil. Estos servían de frontera y puerta inexpugnable de la carretera Córdoba-Granada y el ferrocarril Linares-Puente Genil, siendo un lugar de vital importancia como zona de frontera.
     Luque juega un papel muy importante en la Guerra Civil en Córdoba.
     El Coronel Cascajo, cabeza visible del alzamiento militar en Córdoba, nació en Luque e influirá desde el principio en el devenir de la misma en este pueblo (Diputación Provincial de Córdoba).

Cueva de la Encantada.-

     Diaclasa de unos 40 metros de profundidad, en el casco urbano de la localidad, en la que se representan diferentes escenas de pintura esquemática del neolítico  calcolítico, aparecidos en diferentes cuevas y covachas de la localidad.
     La cueva se presenta al visitante como una oportunidad de poder contemplar estas pinturas que debido a la dificultad de los accesos originales los hacen prácticamente imposibles de visitar, en las mismas o parecidas condiciones de humedad, temperatura y oscuridad.
     Visitas muy didácticas para colegios e institutos. Se realizan también dos tipos de talleres, uno dedicado a pintura prehistórica de estos momentos y otro a la realización de lámparas de tuétano (lámparas prehistóricas) (Diputación Provincial de Córdoba).

Hospital de Nuestro Padre Jesús Nazareno.-
     Edificio articulado en torno a un patio principal con claustro bajo abierto, cuyas arcadas, de medio punto, están sustentadas por pesadas columnas toscanas.
     Destaca sobre todo su portada, de jaspe multicolor. El ingreso, con remate semicircular y dovelas en que se combinan mármoles blancos y negros, con la clave en jaspe rojo, está flanqueado por columnas de fustes lisos, con capiteles compuestos, realzados sobre pedestales prismáticos.
     Obra de la segunda mitad del siglo XVIII, habiendo quien ve en ella trazas del lucentino José Bada Navajas. (Diputación Provincial de Córdoba).

Castillo.-
     El castillo se encuentra estratégicamente situado sobre la cima de una escarpada roca a cuyos pies se encuentra el pueblo de Luque.
     Está constituido por dos torres, una al Norte y otra al Sureste, con un recinto adosado, unidas por diversos lienzos de muralla ocupando en su totalidad una superficie de 490 metros cuadrados.
     Al extremo Norte se eleva el torreón, que es el elemento más importante de la defensa del castillo. Éste ocupa una superficie de 12 x 7 metros, con espesor de muros en exteriores de 1,90 metros. Este torreón  tiene dos plantas, cada una compartimentada en dos cámaras o habitaciones. A la planta baja se ingresa desde el patio, por un hueco practicado en el muro sureste rematado en su interior por bóveda de ladrillo abocinada, y cuyo desnivel de 1,20 metros se salvaría por rampa o escalera, hoy desaparecidas. Salvada esta entrada, aparece una meseta o rellano, del que por un lado arranca la escalera al piso superior, de la que se conservan los primeros peldaños; por el otro lado hay un hueco de 0,50 metros de ancho que servía de apoyo lateral a la escalera y de puerta de ingreso a las habitaciones de la planta baja que están separadas por arco toral de medio punto de ladrillo, sostén de las desaparecidas bóvedas de ladrillo del forjado de planta superior. 
     En el recinto existen dos troneras; la Nordeste, que domina una extensa superficie de llano y la Suroeste, que enfila el segundo pasillo de la triple muralla en el recinto. La tronera nordeste es análoga a la anterior, pero el hueco Suroeste que se eleva sobre el piso sólo 0,40 metros, debió ser un balcón protegido para dominar la entrada del patio a modo de matacán o voladizo cadalso de madera. 
     La planta alta, con cubierta de bóvedas de ladrillo, tendría distribución análoga a la baja, pero con huecos en el muro Noroeste, para batir la explanada, y en el muro Nordeste para dar luz y ventilación a la escalera.
     El castillo fue construido hacia el año 879 por Muhammad y reconstruido o reformado a finales del siglo XIII (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Parece que tiene su origen en las postrimerías del Emirato Omeya (S. IX), y que está ubicado sobre la base de una antigua fortaleza romana.
     A finales del siglo IX sería conquistado por el rebelde muladí Omar Ben Hafsun y su aliado Ibn Mastana, los cuales lo fortificaron y lo convirtieron en el centro de sus operaciones.
     Jugó un papel importante en la lucha entre el rey Lobo de Murcia y los Almohades, pues fue en su término donde se celebró la batalla del río Lukk, en el que comenzaría el declive de Mardanish, rey de la taifa murciana.
     Fernando III el Santo lo conquistó en 1240 y lo convirtió en plaza fuerte contra el poder de la media luna, ya que se mantuvo en territorio fronterizo más de cien años. Los restos que hoy se conservan son principalmente del siglo XIII.
     Castillo roquero, infranqueable por tres de sus lados, que consta de dos grandes torreones y tres lienzos de murallas que defienden el acceso a su interior por medio de una entrada recodo y una puerta que en su día fue levadiza. Construido con mampuesto y sillarejos (Diputación Provincial de Córdoba).

     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Córdoba, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, Ermita de Nuestra Señora del Rosario, Iglesia de Nuestra Señora de la Aurora, Iglesia de San Bartolomé, Iglesia de San Nicolás de Tolentino, Búnkeres de El Alamillo, Cueva de la Encantada, Hospital de Nuestro Padre Jesús Nazareno, y Castillo) de la localidad de Luque, en la provincia de Córdoba. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia cordobesa.

Más sobre la provincia de Córdoba, en ExplicArte Sevilla.

El Retablo de Nuestra Señora de las Madejas, de Rafael del Río, en la Iglesia de San Roque

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Retablo de Nuestra Señora de las Madejas, de Rafael del Río, en la Iglesia de San Roque, de Sevilla.  
     Hoy, 2 de julio, es el aniversario del acuerdo (2 de julio de 1993) para la realización de una nueva imagen de la Virgen de las Madejas, así que hoy es el mejor día para ExplicArte el Retablo de Nuestra Señora de las Madejas, en la Iglesia de San Roque, de Sevilla
     La Iglesia de San Roque se encuentra en la plaza Carmen Benítez, 7; en el Barrio de San Roque, del Distrito Nervión.
     En la zona del presbiterio se sitúa una talla de la Virgen de las Madejas, copia moderna de Rafael del Río de la antigua devoción colocada en los Caños de Carmona que, tras ser profanada en su lugar original, fue trasladada a la parroquia, desapareciendo definitivamente en el incendio de 1936 (Manuel Jesús Roldán, Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).
     Imagen de gran tradición y abolengo en el barrio, renovada a fines del s. XVIII por el acreditado escultor Cristóbal Ramos. Era una pequeña terracota de 65 cms. con mucha sencillez, encanto y naturalidad. La Virgen lucía policromada su túnica de color encarnado y el manto azul, mientras que el Niño estaba vestido de blanco. Antes de pasar a San Roque, se veneró por espacio de mucho tiempo en su retablo situado en uno de los arcos del acueducto llamado "Los Caños de Carmona". La etimología de su nombre "Ntra. Sra. de las Madejas" se deduce de que en dicho acueducto estaban colocadas también las armas del Municipio Hispalense, el popular jeroglífico "No-8-Do" que sirve como escudo o emblema al Ayuntamiento de Sevilla. La tradición dice incluso que la imagen se puso en aquel sitio por orden de Alfonso X, el mismo que otorgó dicho emblema. Gozó de altísima estima y veneración. Por ello, tras su destrucción durante la última guerra civil, resultaba muy lamentable que no se hiciera por lo menos una copia de la imagen (se conservan fotografías que pueden ayudar al intento), para que siquiera su nombre y su recuerdo hubiesen perdurado en el corazón del barrio. Según parece, logró salvarse del fuego el rostro de la Virgen, por lo cual todavía resulta más extraño y más incomprensible que no se intentara reconstruir la imagen en su día (luego ese rostro se perdió y ya no pudo ser localizado). Casi en prensa este libro, nos enteramos de que nuestros reiterados llamamientos han encontrado por fin eco: Durante el año 1992 el escultor Rafael del Río ha modelado una nueva versión de la imagen, que ha sido costeada por el Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, a propuesta de la cofradía de Ntro. Padre Jesús de la Penas. Queremos expresar aquí nuestra gratitud al Jefe de Protocolo de dicho Ayuntamiento, don Mauricio Domínguez Adame, y al Hermano Mayor de la citada cofradía, don Rafael Durán, por el cariñoso interés con que acogieron la idea. Al renovarse el culto a Nuestra Señora de las Madejas (día 2-7-93), Sevilla recupera uno de sus títulos marianos más singulares: Aquel que simboliza el propio escudo o anagrama. Poco después de hacerse la imagen, se ha colocado también un azulejo de ella en los restos del primitivo acueducto de calle Oriente (gracias a una iniciativa de EMASESA), despertando popular devoción, como se deduce de las espontáneas y sencillas ofrendas florales que generalmente tiene a sus plantas (Juan Martínez Alcalde. Sevilla Mariana, Repertorio Iconográfico. Ediciones Guadalquivir. Sevilla, 1997).
     Bajo el retablo-repisa en el que se encuentra la imagen de la Virgen de las Madejas podemos contemplar un placa pétrea con la siguiente inscripción:
"VIRGEN DE LAS MADEJAS

EN UN ARCO DE LOS CAÑOS DE CARMONA, SOBRE LA ALCANTARILLA DE LAS
MADEJAS Y EL ARROYO TAGARETE, TUVO SU RETABLO DESDE LOS MÁS
REMOTOS TIEMPOS LA VIRGEN CUYA ADVOCACIÓN ESTÁ UNIDA A LA MÁS
ANTIGUA REPRESENTACIÓN DEL NO8DO, QUE LA TRADICIÓN AFIRMA
CONCEDIÓ A SEVILLA POR SU FIDELIDAD EL REY DON ALFONSO X EL SABIO.

PROFANADA LA CAPILLA EN 1868, FUE TRASLADADA LA VIRGEN A LA IGLESIA
DE SAN ROQUE Y VENERADA HASTA 1936 EN QUE ARDIÓ EN EL GRAN
INCENDIO QUE DESTRUYÓ TODO EL TEMPLO TAN VINCULADO DESDE SUS
ORÍGENES AL AYUNTAMIENTO.

A SOLICITUD DE LA HERMANDAD DE SAN ROQUE, LA CORPORACIÓN
MUNICIPAL ACORDÓ COSTEAR NUEVO RETABLO E IMAGEN SEMEJANTE A
LA DESAPARECIDA PARA REANUDAR SU CULTO AL CUMPLIRSE CIENTO
VEINTICINCO AÑOS DE SU LLEGADA A ESTA PARROQUIA.

SEVILLA, 2 DE JULIO DE 1993."
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de la Virgen con el Niño
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     Tal como ocurre en el arte bizantino, que suministró a Occidente los prototipos, las representaciones de la Virgen con el Niño se reparten en dos series: las Vírgenes de Majestad y las Vírgenes de Ternura.
La Virgen de Majestad
     Este tema iconográfico, que desde el siglo IV aparecía en la escena de la Adoración de los Magos, se caracteriza por la actitud rigurosamente frontal de la Virgen sentada sobre un trono, con el Niño Jesús sobre las rodillas; y por su expresión grave, solemne, casi hierática.
     En el arte francés, los ejemplos más antiguos de Vírgenes de Majestad son las estatuas relicarios de Auvernia, que datan de los siglos X u XI. Antiguamente, en la catedral de Clermont había una Virgen de oro que se mencionaba con el nom­bre de Majesté de sainte Marie, acerca de la cual puede dar una idea la Majestad de sainte Foy, que se conserva en el tesoro de la abadía de Conques.
     Este tipo deriva de un icono bizantino que el obispo de Clermont hizo emplear como modelo para la ejecución, en 946, de esta Virgen de oro macizo destinada a guardar las reliquias en su interior.
     Las Vírgenes de Majestad esculpidas sobre los tímpanos de la portada Real de Chartres (hacia 1150), la portada Sainte Anne de Notre Dame de París (hacia 1170) y la nave norte de la catedral de Reims (hacia 1175) se parecen a aquellas estatuas relicarios de Auvernia, a causa de un origen común antes que por influencia directa. Casi todas están rematadas por un baldaquino que no es, como se ha creído, la imitación de un dosel procesional, sino el símbolo de la Jerusalén celeste en forma de iglesia de cúpula rodeada de torres.
     Siempre bajo las mismas influencias bizantinas, la Virgen de Majestad aparece más tarde con el nombre de Maestà, en la pintura italiana del Trecento, transportada sobre un trono por ángeles.
     Basta recordar la Madonna de Cimabue, la Maestà pintada por Duccio para el altar mayor de la catedral de Siena y el fresco de Simone Martini en el Palacio Comunal de Siena.
     En la escultura francesa del siglo XII, los pies desnudos del Niño Jesús a quien la Virgen lleva en brazos, están sostenidos por dos pequeños ángeles arrodillados. La estatua de madera llamada La Diège (Dei genitrix), en la iglesia de Jouy en Jozas, es un ejemplo de este tipo.
El trono de Salomón
     Una variante interesante de la Virgen de Majestad o Sedes Sapientiae, es la Virgen sentada sobre el trono con los leones de Salomón, rodeada de figuras alegóricas en forma de mujeres coronadas, que simbolizan sus virtudes en el momento de la Encarnación del Redentor.
     Son la Soledad (Solitudo), porque el ángel Gabriel encontró a la Virgen sola en el oratorio, la Modestia (Verecundia), porque se espantó al oír la salutación angélica, la Prudencia (Prudentia), porque se preguntó como se realizaría esa promesa, la Virginidad (Virginitas), porque respondió: No conocí hombre alguno (Virum non cognosco), la Humildad (Humilitas), porque agregó: Soy la sierva del Señor (Ecce ancilla Domini) y finalmente la Obediencia (Obedientia), porque dijo: Que se haga según tu palabra (Secundum verbum tuum).
     Pueden citarse algunos ejemplos de este tema en las miniaturas francesas del siglo XIII, que se encuentran en la Biblioteca Nacional de Francia. Pero sobre todo ha inspirado esculturas y pinturas monumentales en los países de lengua alemana.
La Virgen de Ternura
     A la Virgen de Majestad, que dominó el arte del siglo XII, sucedió un tipo de Virgen más humana que no se contenta más con servir de trono al Niño divino y presentarlo a la adoración de los fieles, sino que es una verdadera madre relacionada con su hijo por todas las fibras de su carne, como si -contrariamente a lo que postula la doctrina de la Iglesia- lo hubiese concebido en la voluptuosidad y parido con dolor.
     La expresión de ternura maternal comporta matices infinitamente más variados que la gravedad sacerdotal. Las actitudes son también más libres e imprevistas, naturalmente. Una Virgen de Majestad siempre está sentada en su trono; por el contrario, las Vírgenes de Ternura pueden estar indistintamente sentadas o de pie, acostadas o  de rodillas. Por ello, no puede estudiárselas en conjunto y necesariamente deben introducir en su clasificación numerosas subdivisiones.
     El tipo más común es la Virgen nodriza. Pero se la representa también sobre su lecho de parturienta o participando en los juegos del Niño.
El niño Jesús acariciando la barbilla de su madre
     Entre las innumerables representaciones de la Virgen madre, las más frecuentes no son aquellas donde amamanta al Niño sino esas otras donde, a veces sola, a veces con santa Ana y san José, tiene al Niño en brazos, lo acaricia tiernamente, juega con él. Esas maternidades sonrientes, flores exquisitas del arte cristiano, son ciertamente, junto a las Maternidades dolorosas llamadas Vírgenes de Piedad, las imágenes que más han contribuido a acercar a la Santísima Virgen al corazón de los fieles.
     A decir verdad, las Vírgenes pintadas o esculpidas de la Edad Media están menos sonrientes de lo que se cree: la expresión de María es generalmente grave e incluso preocupada, como si previera los dolores que le deparará el futuro, la espada que le atravesará el corazón. Sucede con frecuencia que ni siquiera mire al Niño que tiene en los brazos, y es raro que participe en sus juegos. Es el Niño quien aca­ricia el mentón y la mejilla de su madre, quien sonríe y le tiende los brazos, como si quisiera alegrarla, arrancarla de sus sombríos pensamientos.
     Los frutos, los pájaros que sirven de juguetes y sonajeros al Niño Jesús tenían, al menos en su origen, un significado simbólico que explica esta expresión de inquieta gravedad. El pájaro es el símbolo de l alma salvada; la manzana y el racimo de uvas, aluden al pecado de Adán redimido por la sangre del Redentor.
     A veces, el Niño está representado durante el sueño que la Virgen vela. Ella impone silencio a su compañero de juego, el pequeño san Juan Bautista, llevando un dedo a la boca.
     Ella le enseña a escribir, es la que se llama Virgen del tintero (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000). 
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martes, 1 de julio de 2025

El edificio 7 "Pedro Rodríguez Campomanes", de Rodrigo y Felipe Medina Benjumea, Alfonso Toro Buiza, y Luis Fernando Gómez-Estern Sánchez, y sus Jardines, en la Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el edificio 7 "Pedro Rodríguez Campomanes", de Rodrigo y Felipe Medina Benjumea, Alfonso Toro Buiza, y Luis Fernando Gómez-Estern Sánchez, y sus Jardines, en la Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla)
     Hoy, 1 de julio, es el aniversario del nacimiento (1 de julio de 1723) de Pedro Rodríguez Campomanes, así que hoy es el mejor día para ExplicArte el edificio 7 "Pedro Rodríguez Campomanes", de Rodrigo y Felipe Medina Benjumea, Alfonso Toro Buiza, y Luis Fernando Gómez-Estern Sánchez, y sus Jardines, en la Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla)
    Edificio perteneciente al núcleo de la antigua Universidad Laboral, hoy Universidad Pablo de Olavide, ejemplo de arquitectura del Movimiento Moderno que constituye una expresión de vanguardia en el contexto andaluz por el grupo de arquitectos OTAISA. El edificio es concebido a partir de una volumetría simple y racionalista, su materialidad original exterior fue la del mampuesto cerámico o ladrillo visto. Sin embargo, en el presente dicha textura se ve cubierta por un revoco pintado, de cromatismo variable según partes del mismo. El lenguaje formal adoptado, por tanto, es de  alta abstracción e identidad con el discurso racionalista propio de los años en que se construyó. 
     El edificio se ordena de acuerdo a un eje longitudinal, del cual dependen las circulaciones principales en sus cuatro niveles (planta baja y tres niveles superiores) y los distintos espacios servidos (despachos, aulas, depósitos). Tres líneas de circulación vinculan verticalmente los distintos pisos del edificio: una exterior -próxima al ingreso- y dos interiores. 
     Solo una de dichas circulaciones se vincula a un sistema mecánico de ascensor. La respuesta funcional de esta arquitectura tiene una gran correspondencia con la disposición general en planta, estando también en directa relación con los espacios ajardinados exteriores. Al igual que las demás construcciones (edificios 2 al 14) se vincula en forma de peine con el pasillo central o llamado Pasaje de la ilustración, que hace las veces de columna vertebral del conjunto. 
     Los actuales edificios Pedro Rodríguez Campomanes (edificio 7) y Francisco de Miranda (edificio 9) de la Universidad Pablo de Olavide conformaban el Colegio Alfonso el Sabio de la antigua Universidad Laboral. Este edificio albergaba salas de entretenimiento en la primera planta y residencia en las cuatro restantes para los estudiantes que cursaban los estudios de Graduado Laboral en Fitopatología y Estudios Superiores Laborales, los cuales servían para formar a los profesionales seleccionados para el ingreso en las Escuelas de Perito. 
     En la actualidad se localizan aulas para la docencia en diversas áreas del conocimiento, mientras que las antiguas habitaciones de los estudiantes han pasado a ser los despachos de los profesores de la actual universidad (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Los jardines del edificio 7 se configuran en varios espacios, todos ellos de planta más o menos rectangular, independientes, y separados entre sí por el acerado, que rodean al edificio por sus caras norte, sur y oeste.
     En ellos pueden observarse distintas especies de árboles así como un arbusto trepador. Su base está recubierta de hierba y cuenta también con algunas zonas de tierra. El perímetro se delimita con una línea de adoquines, que según la zona, puede encontrarse al mismo nivel del suelo o por encima de éste, en forma de escalón.
     Los espacios de las caras sur y norte lindan con los aparcamientos 1 y 2 respectivamente, y éste último, presenta un arriate en el lateral más próximo al edificio. El jardín de la fachada oeste por su parte, cuenta con un pequeño acerado en su lateral, que lo separa de la calzada.
     En cuanto a las especies presentes, el arbusto trepador es una Buganvilla (Bouganvilea spectabilis), perennifolio y espinoso; las hojas son ovadas, de 10 cm de longitud. Destacan las brácteas que rodean a las verdaderas flores, de color rosa a purpura. Las flores son pequeñas, axilares, solitarias o en grupos de tres.
     Entre los árboles se distinguen ejemplares de Aligustre arbóreo (Ligustrum lucidum), Fresno americano (Fraxinus americana), Cinamomo (Melia azedarach), Tuya oriental (Thuja orientalis), Brachichiton (Brachychiton populneus) y Peral (Pyrus communis).
     El Aligustre es un árbol perenne, con una altura de entre 12-15 metros. Sus hojas son enteras, ovales o elípticas, de color verde y envés algo más pálido. Las flores son blancas y se disponen de forma piramidal, son olorosas y sobresalen del follaje. El fruto tiene forma de baya y es de color azulado. El Fresno americano es un árbol caducifolio, de hojas opuestas, con 5-9 hojitas lanceoladas, enteros y de color verde, que se tornan amarillas antes de caer en otoño; sus flores no son muy llamativas y el fruto es de tipo sámara. El Cinamomo puede crecer hasta los 12 metros de altura, con hojas de color verde claro. Sus flores son de color lila azulado, de unos 2 cm de ancho y se agrupan en racimos. El fruto es una drupa globosa de color amarillo que se mantiene en el árbol todo el invierno y resulta venenoso para personas y animales. La Tuya oriental es de talla pequeña y aquí aparece con porte de arbusto. Sus hojas son de color verde claro, estrechas y escamosas, las flores se encuentran agrupadas y florecen en primavera; los frutos tiene forma de piña, son ovoides y algo carnosos. El Brachichito crece entre 8 -10 metros de atura, con hojas entre ovales y lanceoladas de color verde brillante, y flores acampanadas de color crema, punteadas de rojo en el interior. Los frutos son leñosos y de color negro una vez que maduran; las semillas se encuentran en el interior, son amarillas y están cubiertas de pelitos. El Peral puede llegar a los 20 metros de altura, presenta hojas ovaladas, flores medianas de color blanco o blanco-rosado, y su fruto es la pera.
     Las Oficinas Técnicas de Arquitectura e Ingeniería S.A. (OTAISA), recibieron el encargo de construir la Universidad Laboral de Sevilla en 1949.
     Además de las edificaciones destinadas a acoger a los alumnos, los arquitectos encargados de proyecto tuvieron en cuenta la importancia de los jardines en un campus como este, creando diferentes composiciones, que van desde espacios verdes pequeños a jardines de mayor envergadura y trazado geométrico, pasando por grandes arboledas que limitan con las zonas de cultivo cercanas a la universidad.
     Actualmente estos jardines forman parte de la Universidad Pablo de Olavide, que se asienta en los terrenos de la Antigua Universidad Laboral (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Biografía de Alexander von Humboldt, personaje que da nombre a la obra reseñada;
     Pedro Rodríguez Campomanes y Pérez de Sorriba,  I Conde de Campomanes. (Sorriba, concejo de Tineo, Asturias, 1 de julio de 1723 – Madrid, 3 de febrero de 1802). Jurista, político e historiador.
     Nació en el seno de una familia de hidalgos asturianos, de corta bolsa. Muy pronto quedó huérfano, puesto que su padre, Pedro Rodríguez Campomanes, falleció en 1724. Su madre, viuda, María Pérez de Sorriba, que moriría en 1744, fue la encargada de atender y educar, por sí sola, a los tres pequeños habidos en el matrimonio: Josefa, Pedro y Francisco.
     Cuando tenía siete años, se hizo cargo de su educación su tío materno, Pedro Pérez de Sorriba, que era canónigo de la Real Iglesia Colegial de Santa Juliana de Santillana del Mar, en Cantabria. Gracias a su protección, el joven Campomanes pudo, a los once años, estudiar Filosofía en el Convento dominico de Regina Coeli de Santillana. Le fue concedido el título de Prima, por el entonces arzobispo de Oviedo, Juan Avello Castrillón, el 26 de septiembre de 1736. En él consta que había recibido la primera tonsura eclesiástica (ad primam clericalem tonsuram). Concluidos los estudios correspondientes a la Facultad menor de Artes, regresó a su tierra natal, donde posiblemente pasó algún tiempo enseñando Humanidades en Cangas de Tineo (hoy Cangas de Narcea), al tiempo que se instruía privadamente en el conocimiento de las leyes canónicas y civiles, con ánimo quizá todavía de seguir la carrera eclesiástica. Se desconoce en qué Universidad se graduó, finalmente, como bachiller en Derecho Civil y Canónico. Sólo se sabe que a los diecisiete o dieciocho años se trasladó a Madrid, a la Corte, estableciéndose como pasante “de pluma” con el prestigioso abogado y catedrático sevillano Juan José Ortiz de Amaya, al que debió de conocer por recomendación del abad de la Colegiata de Santillana del Mar, Gaspar de Amaya. Tras asistir durante cuatro años, por las mañanas, al bufete de este entusiasta defensor del estudio del Derecho patrio en las Universidades, y de las regalías de la Corona, y, por las tardes, al despacho de otro reputado abogado de la época, el mallorquín Miguel Cirer y Cerdá, del que aprendió los secretos de la jurisprudencia y del derecho de los Reinos de la Corona de Aragón, que todavía pudo compaginar con la asistencia al estudio privado de Tomás de Azpuru y Jiménez, docto en jurisprudencia eclesiástica, que llegaría a ser arzobispo de Valencia y embajador ante la Santa Sede entre 1765 y 1771, Campomanes fue recibido como abogado de los Reales Consejos, en el de Castilla, el 24 de noviembre de 1745. Acto seguido, se independizó, abriendo un bufete propio con veintidós años de edad, al que de inmediato le acompañó el éxito, llegando a ser letrado de las principales casas nobiliarias (condes de Benavente y de Miranda, duques de Alba y de Alburquerque), y de la sede primada de Toledo.
     Un año antes, en octubre de 1744, había contraído matrimonio con una hidalga natural de la villa extremeña de Alburquerque, llamada Manuela Amarilla Amaya Sotomayor y Alvarado, que estaba emparentada con su maestro, Juan José Ortiz de Amaya, y que era sobrina del abad de la Colegiata de Santillana, Gaspar de Amaya. De este enlace nacieron varios hijos, de los que sobrevivieron cuatro: María Bibiana, Manuela Susana, Anselmo y Sabino Rodríguez Campomanes y Amarilla. El primogénito, Anselmo, falleció antes de cumplir los catorce años, por lo que se convertiría en el heredero, y titular del futuro mayorazgo, bienes, rentas y título nobiliario, su segundogénito, Sabino Rodríguez Campomanes y Amarilla, que se casaría, en 1786, con Isabel María de Orozco y Seyxas, señora de Dompiñor, en el obispado de Lugo.
     Campomanes enviudaría en 1784, cuando contaba con sesenta años de edad, puesto que su esposa, enferma de consideración desde 1780, murió el 2 de febrero de 1784, siendo enterrada en la iglesia parroquial de San Ginés de Madrid.
     Compaginó Campomanes su período de ejercicio de la abogacía con la investigación y la erudición históricas, puestas siempre al servicio de la defensa de las regalías (derechos regios, económicos, políticos y jurisdiccionales) de la Corona. Fue nombrado, en 1756, por el Consejo Real de Castilla, censor de libros de la Corte. Con anterioridad, había ya obtenido, en 1754, permiso del papa Pío VI para leer libros prohibidos de literatura e historia, sacra, profana y legal, con excepción de tres autores: Bayle, Maquiavelo y Molina.
     En 1747, vio la luz su primera obra, las Disertaciones históricas del Orden y Caballería de los Templarios, en la que se muestra como un representante característico del género propio del siglo XVIII, es decir, de una historia crítica, documentada y erudita, lo que le valió su ingreso, como miembro honorario (1748), en la Real Academia de la Historia. Luego, ascendería a académico supernumerario (1751) y numerario (1754) de una institución en la que llegó a ser director durante más de treinta años, por reelecciones anuales en las que contó con el voto unánime de sus compañeros — únicamente en 1764 y 1765 lo fue por simple mayoría—, entre el 11 de noviembre de 1764 y el 28 de diciembre de 1791, y entre el 30 de noviembre de 1798 y el 27 de noviembre de 1801. En total, Campomanes consagró a la Real Academia de la Historia más de medio siglo de su vida, dedicado a sus eruditos y ambiciosos proyectos de publicación de fuentes (una colección de cánones de la Iglesia de España, otra colección general del Derecho Real desde la época goda, una más de los fueros y ordenanzas o leyes municipales antiguas), a los que habría que añadir su personal intento —inconcluso— de escribir una Historia Náutica o de la Marina española.
     Por otro lado, la publicación, en 1756, de la Antigüedad Marítima de la República de Cartago le supuso la admisión, al año siguiente, en la Real Academia Española como individuo supernumerario, posteriormente ascendido a académico de número en 1763; y su consagración como historiador y helenista, dentro y fuera de España, hasta el punto de ser nombrado académico correspondiente de la Académie des Inscriptions et Belles Lettres de París en 1758. Tiempo después, en reconocimiento a toda su obra, y a su trayectoria profesional y política, sería admitido en la Philosophycal Society of Filadelfia, según le comunicaría su presidente, Benjamín Franklin, en 1786.
     Entre otros honores y distinciones, que dejan constancia de la permanente vinculación de Campomanes al Principado de Asturias, hay que recordar que fue nombrado regidor-depositario del Ayuntamiento de Tineo, en 1769; o que perteneció, desde 1750, a la Real Congregación de Nuestra Señora de Covadonga en Madrid, de la que fue abogado, consiliario, y prefecto- presidente en 1789 y 1795. De especial significación es que dos botánicos españoles, Hipólito Ruiz y José A. Pavón, bautizasen una planta mirtácea por ellos descubierta inspirándose en su apellido (Campomanesia lineatifolia), siguiendo ya las normas de clasificación científica del sueco Linneo, en su Flora Peruviana et Chilensis (Madrid, 1798-1802).
     En torno a 1750, Campomanes redactó diversas obras de contenido jurídico, político y económico que, aunque permanecieron inéditas hasta finales del siglo XX, contenían el embrión de su ideario reformador, que iría desarrollando, y aplicando en la medida de lo posible, en los años siguientes. En sus Reflexiones sobre la jurisprudencia española se presentaba como un reformador del estudio del Derecho, y de la práctica de la administración de justicia de su época. Ese mismo año envió, escrito en latín, un Discurso sobre el establecimiento de las leyes, y obligación que tienen los súbditos de conformarse con ellas, a la Academia de Buenas Letras de Bastia, en la isla de Córcega, que resultaría premiado. Finalmente, también hacia 1750 debió ultimar su Bosquejo de política económica española, que quedaría incompleto; siendo algo posterior su Tratado de la Regalía de España (1753). En esas tres obras, el joven Campomanes, con veintisiete años, puso los cimientos de su posterior ascenso, profesional, político y académico, en dos bases esenciales de su siglo: el pensamiento ilustrado (la consecución de la “felicidad pública”) y el poder absolutista de los reyes (la defensa del “monarca absoluto”). Quería reformar las leyes y las instituciones, la administración de justicia y la política económica, porque se proponía ampliar el número de beneficiarios de la pública felicidad o bienestar general. Era la suya una reforma gradual, para evitar la oposición social y corporativa, y no una revolución.
     Y, el medio de conseguirla, juzgaba que era un poder fuerte —el único y más fuerte—, el del soberano; y un soberano dotado de poder absoluto. A su vez, el titular de la soberanía, el monarca, debía vigilar la “exacta observancia de las leyes”, que, para Campomanes, era la clave de bóveda de todo su sistema jurídico-político.
     La felicidad general (en la agricultura, la industria, los oficios artesanos, la justicia) sólo se obtendría observando (aplicando) las leyes. Unas leyes que emanarían del Soberano, del Rey (redactadas por sus ministros, imbuidos de los principios de la Ilustración), que, en tanto que absoluto, podía asegurar una mejor puesta en práctica, esto es, la obediencia de sus súbditos, ya perteneciesen éstos al estamento nobiliario, al eclesiástico o al pueblo llano. Éstas fueron las premisas, y los límites, del pensamiento, y de la praxis, política y jurídica, económica y social, de Campomanes a lo largo de su vida. Ahora bien, aunque Campomanes reflexionó tempranamente sobre el poder en sus diversas manifestaciones, no por ello su talento y dedicación fueron, exclusivamente, los de un jurista. Su tiempo fue el de los enciclopedistas, y, por ello, acumuló saberes enciclopédicos, de los que siempre hizo gala. Aprendió francés, italiano, inglés, latín, griego, árabe y algo de hebreo.
     Unos conocimientos instrumentales que luego emplearía en las muy diversas parcelas del pensamiento, la actividad profesional y la acción política que le ocuparon hasta su muerte: la historia, la geografía, el derecho (civil y canónico), la economía, la agronomía, la filología, la educación, o su apasionada bibliofilia.
     Entró Campomanes al servicio directo de la Monarquía al ser nombrado, el 24 de noviembre de 1755, asesor general del Juzgado de la Renta de Correos y Postas del reino. Un cargo que ocupó entre 1755 y 1762, y desde el que elaboró diversas ordenanzas, instrucciones y reglamentos, que pusieron las bases de la moderna Administración del Servicio Postal, y que culminaron con sus Ordenanzas de Correos de 23 de julio de 1762. Al mismo tiempo, dio a la imprenta un Itinerario de las Carreras de Posta de dentro y fuera del Reino (1761), que era una especie de guía para los viajeros, con noticias de las distancias terrestres entre las diferentes ciudades españolas y europeas, así como de sus respectivas monedas nacionales, y su conversión a las peninsulares; junto con una posterior Noticia geográfica del Reino y caminos de Portugal (1762). A esta misma época, pertenecen sus Reflexiones sobre el comercio español a Indias (1762), también inéditas hasta finales del Novecientos, pero, en las que se abogaba ya por una liberación del monopolio mercantil con los dominios americanos, todavía en las férreas manos de la Casa de la Contratación de las Indias, que, más ficticio que real, sólo servía para incrementar el contrabando o comercio “ilícito” de las potencias extranjeras (Inglaterra, Holanda, Francia) en el Nuevo Mundo.
     La capacidad y la laboriosidad demostradas en el Juzgado de Correos pusieron a Campomanes en la senda de superiores responsabilidades, y de empleos más preeminentes. Primero, le fueron otorgados, el 9 de octubre de 1760, honores de ministro togado del Consejo de Hacienda. Después, le fue despachado el título de fiscal de lo civil del Consejo Real de Castilla, el 2 de julio de 1762. Durante casi veintiún años, hasta el 12 de mayo de 1783, día en el que juró y tomó posesión de las plazas de consejero y camarista de Castilla, desempeñó dicho cargo (unido al de la fiscalía de la Real Cámara de Castilla, desde el 5 de mayo de 1767), que era, en la práctica, el de primer fiscal de la Monarquía. En ese tiempo, compartió tareas con José Moñino y Redondo, futuro conde de Floridablanca, que fue fiscal de lo criminal del Consejo de Castilla entre 1766 y 1772, y estuvo bajo las órdenes de Pedro Pablo Abarca de Bolea, conde de Aranda, presidente del Consejo Real entre 1766 y 1773.
     Como promotor de la causa pública, defensor de las regalías y del patrimonio regio, y garante de la ejecución de la justicia en el reino, en el seno de un órgano que, como el Consejo Real en el siglo XVIII, gozaba todavía de amplias atribuciones judiciales, gubernativas, e incluso legislativas, Campomanes desempeñó una extensa e intensa actividad, infatigable y poderosa, como muestran las numerosas alegaciones, dictámenes, informes, pedimentos fiscales y exposiciones, manuscritas e impresas, que se conservan en los archivos. Una actividad que, en última instancia, puede ser resumida como la defensa de la jurisdicción real frente a todas las demás jurisdicciones y poderes de la sociedad del Antiguo Régimen: tanto la eclesiástica e inquisitorial, como la señorial, mercantil, militar, universitaria, etc. Campomanes no cuestionaba la existencia de la sociedad estamental de su tiempo, ni propuso la igualdad de riqueza y de bienes materiales entre sus individuos. La desigualdad de riqueza tenía, eso sí, un límite necesario: debía ser proporcionada, para evitar que la mayor parte de los vasallos se convirtiesen en míseros colonos, dependientes de unos pocos señores. De ahí que, a su juicio, una de las obligaciones primordiales que las leyes imponían a los reyes fuese la de vigilar que hubiese un equilibrio, proporcionado y no igualitario, en la posesión de los bienes entre los diferentes estamentos del reino.
     Los ideales ilustrados de Campomanes, políticos y sociales, pueden ser resumidos en dos: el fomento de la riqueza regnícola (agraria, mercantil, artesanal o industrial), y la felicidad pública, que consistía para él, como se ha indicado, en la “quietud” del reino, la “obediencia” a los tribunales, la “observancia” de las leyes y la “grandeza” del soberano. Estos objetivos, a través del poder absoluto del monarca, debían ser alcanzados por medio de leyes generales y uniformes, válidas para todos los súbditos. Ahora bien, entendía que la aplicación de esas leyes “generales” y “uniformes” tropezaba frontalmente con un obstáculo, difícilmente superable: la multiplicidad y diversidad de fueros o jurisdicciones privilegiadas en la sociedad estamental. De ahí que defendiese, a lo largo de toda su trayectoria como fiscal del Consejo Real entre 1762 y 1783, la reducción en el número de dichos fueros o jurisdicciones exentas, y la expansión máxima de la jurisdicción real u ordinaria. En esa defensa sobresalió, especialmente, como regalista, es decir, como valedor de los derechos regios, sobre todo, cuando tales derechos de los reyes habían sido usurpados, o eran desconocidos. Lo que ocurría, en particular, cuando se producían conflictos con la Iglesia y el fuero eclesiástico.
     El pensamiento regalista de Campomanes se halla disperso en multitud de alegaciones fiscales, y en algunas obras impresas, que fueron consecuencia de los varios conflictos jurisdiccionales que enfrentaron a la Monarquía española y a la Santa Sede a lo largo del siglo XVIII: el proyecto de ley general de amortización, el derecho de retención de bulas y breves pontificios (regium exequatur), la censura inquisitorial de libros, el establecimiento del Tribunal de la Rota de la Nunciatura Apostólica en España, la polémica sobre el derecho de patronato regio universal, etc. Dichas obras, éditas e inéditas, fueron, entre otras: el Discurso de la Regalía de Patronato (1752), el Tratado de la Regalía de Amortización (1765), el Juicio Imparcial sobre el Monitorio de Parma, en su primera versión (1768), etc.
     En estos y otros escritos, que justifican que Campomanes representase, para sus contemporáneos, la cima de la ciencia jurídica española del Setecientos, abogó, de conformidad con la tradición regalista hispana, civil y canónica, por la doctrina del poder indirecto del monarca en materia eclesiástica. Al margen de los dogmas de fe, entendía que la religión contenía a los súbditos en lo justo, y contribuía a que el monarca fuese respetado. El poder de la religión era inmenso para mantener el orden dentro de una Monarquía, y gobernar pacíficamente al pueblo, pero, al mismo tiempo, dadas las prerrogativas reconocidas a la Iglesia, también constituía ésta un arma capaz de perturbar el régimen político. De ahí que una constante en su pensamiento político fuese que la Iglesia debía ser protegida por el soberano, pero, paralelamente, había que vigilar para que el poder eclesiástico fuese limitado. Según su doctrina del necesario “equilibrio” social, legal y político, que debía reinar en la sociedad estamental de su tiempo, siendo los bienes raíces, esto es, las tierras cultivadas por los vasallos seculares, las que sustentaban a todos los demás órdenes de dicha sociedad, la Iglesia no podía acumular (“amortizar”) bienes inmuebles, extrayéndolos del tráfico mercantil y empobreciendo a los demás vasallos del Rey. Y tampoco podía prevalerse de otros privilegios jurisdiccionales abusivos, tales como la inmunidad “personal” de los eclesiásticos (privilegio del fuero), la inmunidad “local” o derecho de asilo en los templos, además de la mencionada inmunidad “real” o amortización. Por lo que se refiere a la nobleza, para Campomanes constituía, desde luego, un elemento indispensable para la conservación de la Monarquía, pero, explicitaba que al honor, que había fundamentado históricamente su existencia privilegiada, debía serle exigido el complemento justificador de la utilidad social. En todo caso, siempre se mostró menos beligerante con los privilegios e inmunidades de la nobleza que con los de la Iglesia.
     Por lo que se refiere al estado llano o tercer estado, Campomanes quería una población numerosa y trabajadora. Como él precisaba, “destinada”, es decir, aplicada en oficios y tareas beneficiosos para el común, y productivos para el reino. En el pueblo radicaba el verdadero fundamento del poder político: un monarca sólo podía ser rico (poderoso) si lo eran sus vasallos. En sus Discursos sobre el Fomento de la Industria Popular (1774) y Sobre la Educación Popular de los Artesanos, y su fomento (1775), Campomanes propuso diversos medios para aumentar la riqueza y la producción nacionales: la eliminación de las trabas que encorsetaban la producción gremial, la libertad de comercio de granos, el comercio libre con los dominios de América, la implantación de una industria popular que permitiese compatibilizar la labranza con los oficios artesanos, etc. Unos criterios de política económica que extraía, en muchos casos, de los datos y proyectos incluidos en la copiosa literatura arbitrista española de los siglos XVI y XVII, que no dudó en divulgar en su edición del Apéndice a la Educación Popular (4 ts., 1775-1777).
     Su pensamiento económico fue, por tanto, ante todo, pragmático, carente de formulaciones teóricas que integrasen un conjunto articulado y sistemático. Su formación, su vocación y su dedicación fueron siempre las de un jurista. En toda su producción escrita, los fines que la animan son políticos y jurídicos, quedando la historia y la economía limitadas al papel de siervas. Puesto que la finalidad última de sus obras era la de justificar reformas políticas y económicas ya implantadas, o cuyo establecimiento se pretendía, siempre en favor de los derechos de la Corona, su imparcialidad de historiador aparece menoscabada, y la modernidad de sus ideas económicas como algo secundario. De hecho, sus posiciones económicas siempre fueron fieles a un pensamiento neo-mercantilista, que ya resultaba algo anticuado en una Europa fisiocrática, donde comenzaba a divulgarse —y el mismo Campomanes tuvo temprano conocimiento de ella— la Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones de Adam Smith, publicada en Londres, en 1776.
     Su agrarismo poblacionista se mantuvo alejado del capitalismo agrícola de los fisiócratas. Posiblemente, su escrito económico más innovador fuese su Respuesta fiscal sobre abolir la tasa y establecer el comercio de granos (1764), con el que pretendió desarrollar el comercio mediante la liberación de los precios. Ha de destacarse, en este sentido, que, influido por Feijoo, defendió Campomanes el trabajo femenino, en especial, en su Discurso de 1775. Consideraba que las mujeres no eran inferiores a los hombres en entendimiento y capacidad, por lo que, adecuadamente educadas, podían y debían dedicarse a todos los oficios. Su trabajo mejoraría el bienestar de las familias, gracias a la educación. Y ésta es la palabra clave de los dos Discursos aludidos, y de gran parte de la obra campomanesiana. La educación debería ser el primordial instrumento de reforma social, también entre el pueblo, para desterrar abusos y costumbres envejecidas, y promover el trabajo, que era tanto como decir la riqueza y la felicidad públicas. Una educación que se extendería, junto con el conocimiento de las artes y de los oficios, por medio de las Sociedades Económicas de Amigos del País, cuya creación promovió con su Discurso de 1774.
     Desde el Consejo Real de Castilla, Campomanes impulsó numerosas reformas políticas, a lo largo del reinado de Carlos III, y sobre materias muy dispares, que pueden ser sintetizadas como sigue: 1) El establecimiento del correo moderno como un servicio público, ordenado y sistematizado, ya mencionado, junto con la creación de los llamados Correos Marítimos a Indias (1764), que era un servicio ordinario y periódico de paquebotes que, partiendo del puerto de La Coruña, unían la Península con América. O la incorporación a la Corona de los oficios de correos mayores de Valencia y de las Indias, enajenados en manos de particulares. 2) La reforma de la organización y funcionamiento de la administración de justicia en el reino: tanto en la vertiente de la Administración central (Salas de Provincia y de Alcaldes de Casa y Corte del Consejo de Castilla, Alcaldías de cuartel y de barrio); de la Administración territorial (conversión de las Salas de Hijosdalgo de las Reales Chancillerías en Salas Segundas de lo Criminal, ampliación del ámbito jurisdiccional de la Real Audiencia de Sevilla y constitución de la de Extremadura, creación de la carrera de corregimientos y varas); como de la Administración municipal (los nuevos oficios de diputados y procuradores síndicos personeros del común, los problemas de abastecimiento de la Corte), etc. 3) La repoblación y fundación de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y Andalucía, en cuyo fuero, de 1770, quedó recogido su ideal de organización municipal. 4) La expulsión de la Compañía de Jesús, en 1767, y la ocupación y administración de sus bienes temporales, que entonces le fueron confiscados. 5) La constante defensa de la jurisdicción real ordinaria frente a las prolíficas y expansivas jurisdicciones privilegiadas o especiales, características del Antiguo Régimen. 6) La defensa de las regalías de la Corona frente a la Iglesia, ya comentada, en especial, en materia de amortización o adquisición de bienes inmuebles por parte del clero, secular y regular. 7) La liberalización del comercio con América, y la libertad de comercio interior de granos o cereales. 8) El inicio del proceso de la ley agraria, la reforma de los gremios, los proyectos de erradicación de la mendicidad y de implantación de una beneficencia organizada. 9) La mejora del reemplazo anual del Ejército; la reforma de las escribanías públicas y de los oficios de hipotecas, que fueron la base del posterior Registro de la Propiedad decimonónico; la organización y reforma de los planes de estudios de las Universidades del reino (Salamanca, Valladolid, Alcalá); la incorporación y reversión de señoríos a la Corona; la presidencia del Honrado Concejo de la Mesta, entre 1779 y 1782; la fundación de la Sociedad Económica Matritense (1775) y del Banco Nacional de San Carlos (1782); y la atención prestada a los marginados sociales (gitanos, chuetas, mendigos, vagos y ociosos, presidiarios, mujeres), a fin de convertirlos en súbditos útiles y productivos para la Monarquía. 10) Y, ya como consejero de Estado, desde 1791, los variados informes redactados sobre la Revolución Francesa, y la transformación política del mapa europeo que estaban suponiendo las ideas revolucionarias, así como sobre la difícil viabilidad político-económica de los dominios de las Indias (la Luisiana, las Floridas, Santo Domingo, Puerto Rico), en tiempos que anunciaban ya su inminente independencia.
     Tras los fallecimientos del gobernador del Consejo Real, Manuel Ventura Figueroa, y de su sucesor, como decano gobernador interino, Miguel María de Nava y Carreño, Carlos III decidió, el 31 de octubre de 1783, que Campomanes gobernase el Consejo de Castilla, aunque también sólo como decano o consejero más antiguo, mientras que no era nombrado un titular, ya fuese gobernador o presidente. Como se ha indicado, Campomanes había sido ascendido del cargo de fiscal a los de consejero y camarista de Castilla mediante dos reales cédulas de 3 de mayo de 1783, siéndole computados, a efectos de antigüedad, los años transcurridos en el desempeño de la fiscalía. Para entonces, Carlos III le había ya recompensado sus servicios, el 23 de abril de 1780, concediéndole la gracia de un título de Castilla, para sí y sus descendientes: el de conde de Campomanes, con el previo, otorgado y anulado simultáneamente, de vizconde de Orderías. Un título que derivaba del coto del mismo nombre (Coto de Campomanes) que el mismo Monarca le había otorgado en el término de San Pedro de Mérida, en terrenos pertenecientes a la Orden de Santiago, que eran dominio de la Corona. No obtuvo Campomanes la plaza de gobernador en propiedad hasta el 11 de septiembre de 1789, en vísperas de la apertura de las sesiones de Cortes que tenía que presidir en nombre y representación del nuevo monarca, Carlos IV, y que se celebraron, en Madrid, entre los meses de septiembre y noviembre. Permaneció en el cargo hasta el 14 de abril de 1791, fecha en la que fue exonerado del gobierno del Consejo Real, al tiempo que era nombrado consejero de Estado. Fue ésta una plaza de efectivo ejercicio, de la que tomó posesión el 19 de abril de dicho año de 1791, y que retuvo hasta su muerte, en 1802.
     Como gobernador y cabeza del Consejo del Rey que era, Campomanes dirigió el gobierno ordinario de las Coronas de Castilla y de Aragón entre 1783 y 1791, ejerciendo vicarialmente sus poderes en nombre del Soberano. Los tribunales y las justicias ordinarias del reino le consultaban los negocios que, por su gravedad, precisaban de providencia superior. Como depositario de la jurisdicción real, en representación del Monarca, veló por el respeto, observancia y cumplimiento de las leyes, por la persecución y castigo de los delitos públicos, y por el cuidado de los abastos en toda España. También participó, informando regularmente al Soberano, a través de la vía reservada de Gracia y Justicia, en el ejercicio de la potestad de gracia regia, al dictaminar sobre los recursos extraordinarios de revisión, tanto en los pleitos civiles como en las causas criminales. Evacuó, en fin, numerosos informes, consultas y dictámenes sobre los más variados asuntos, de ordinario y extraordinario gobierno, y justicia: sobre las ventajas que ofrecía la conquista y posesión de la isla de Menorca (1782-1783); acerca de la supresión de las cofradías gremiales, un expediente en el que contrasta la posición anterior de Campomanes como fiscal, favorable a ella, y la que adoptó como gobernador interino, que impidió su desaparición (1784); en relación con la erradicación del bandolerismo (1785-1786); sobre la prohibición de los juegos de envite, suerte y azar (1786); acerca de la visita ordinaria de presos (1786); en lo relativo a la moratoria en el pago de las rentas de la tierra, por parte de los labradores, en casos de calamidad pública (1788); sobre las providencias que urgía adoptar para un más expedito curso de la administración de justicia (1790); en lo que atañía al proyecto de transformación de la Junta General de Comercio y Moneda en Sala de Comercio del Consejo de Hacienda (1790-1791); o acerca de la conveniencia de conservar o abandonar las plazas de Orán y Mazalquivir (1791), etc.
     El primer año de Campomanes como consejero de Estado fue de práctica inactividad, hasta que, en febrero de 1792, la caída en desgracia y el destierro del conde de Floridablanca llevaron al poder, asumiendo los cargos de secretario interino del Despacho de Estado y de decano del mismo Consejo de Estado, al conde de Aranda. Desde abril de 1792, Campomanes, junto con los también consejeros Eugenio de Llaguno y el duque de Almodóvar, redactaron un reglamento para el Consejo de Estado, el cual, aunque promulgado con carácter provisional, fue el primer reglamento (administrativo y no político) de dicha institución, entonces casi ya tricentenaria. Durante el tiempo en el que acudió a dicho Consejo, Campomanes tuvo que contemplar el panorama de una Europa convulsa, que afrontaba su cuarto año de revolución en Francia, en un momento histórico crucial para la supervivencia de las viejas Monarquías absolutas, y de las estructuras sociales, políticas y económicas del Antiguo Régimen. Por entonces elaboró, entre otros varios informes, cuatro Observaciones para combinar el sistema político de la Europa (1792), en los que coincidía con Aranda en mantener una política de neutralidad activa o vigilante, puesto que —aseveraba— no es lo mismo reprobar la revolución que contenerla.
     Educado en la diplomacia del equilibrio continental entre las diversas potencias, practicada en el reinado de Carlos III, a Campomanes le preocupaba la ambición expansionista de Inglaterra en las Indias tanto, o quizá más, que la propia revolución en Francia. Por lo que se refiere a esta última, estimando que el gobierno democrático o popular instaurado allí había disminuido el único poder legítimo, que no era otro que el real, preveía que, cercenada arbitrariamente la potestad del monarca absoluto, quedaba libre el camino para borrar dos de los tres órdenes de la sociedad (la nobleza y clero), al asumir toda la representación pública el pueblo, con abuso de la libertad del hombre.
     Ajeno a que su política de racionalización interna de la Monarquía absoluta, y de la sociedad estamental, portaba, en su seno, la destrucción de ambas, al socavar y arruinar las prerrogativas regias y los privilegios, institucionales y económicos, de la nobleza y el clero, nada tiene de extraño que Campomanes concediese, asimismo, la misma importancia a lo que denominaba la revolución polaca (la rebelión frente al segundo reparto de Polonia entre Rusia, Prusia y Austria) como a la Revolución Francesa.
     Con su exoneración de la plaza de gobernador del Consejo de Castilla, en 1791, y su retiro en el de Estado, comenzó el declive físico y político de Campomanes, y también el de su prestigio académico. Su virtual jubilación no conllevó, empero, inactividad y alejamiento del mundo. Todavía intervino en varias sesiones del Consejo de Estado —aunque dejó de acudir a ellas desde 1794, cuando se impuso la autoridad de Godoy—, informando sobre graves cuestiones internacionales, hasta 1797. La vida del anciano Campomanes se deslizó, pues, sosegadamente hasta su definitiva consunción, en la madrugada del 3 de febrero de 1802, en la que falleció, a los setenta y ocho años de edad, prácticamente ciego. De esta forma, desapareció una de las figuras capitales de la Ilustración jurídica y política —e incluso económica e histórica— de España, y uno de los más sobresalientes de la europea. Junto con otros ministros “ilustrados” del reinado de Carlos III (Floridablanca, Aranda, Roda), Campomanes, partidario de una modernización parcial y moderada de la sociedad estamental, que era una herencia medieval, y no de la revolución, puso las bases para que, con todas sus limitaciones, los políticos liberales de las Cortes de Cádiz pudieran asaltar el viejo castillo de los privilegios históricos, y arruinar, con el tiempo, a lo largo del siglo XIX, algunos de los disfrutados por la nobleza (con la “desvinculación” o abolición de los mayorazgos) y el clero (con la “desamortización”).
     Del prestigio de Campomanes entre sus contemporáneos pueden ser una muestra estas tres referencias. En primer lugar, la de un polifacético y erudito jurista e historiador como Gregorio Mayáns y Siscar, que le consideraba, junto con Roda y Aranda, uno de los “triumviri reipublicae constituendae”. Para Jovellanos, su coterráneo, protector y amigo fue un “sabio ciudadano [...], [que] se afanó siempre por acercar a sí los mayores talentos de su tiempo, para empeñarlos en el bien de la nación”, estando “su casa abierta siempre a la aplicación y al mérito; parecía la morada propia del ingenio, y cualquiera que debía a la Providencia este don celestial, estaba seguro de ser en ella acogido, apreciado y distinguido”. Por último, Juan Sempere y Guarinos expresó el siguiente juicio sobre su obra más difundida, y la más conocida en su tiempo, el Discurso sobre el Fomento de la Industria Popular: “Apenas se encontrará [...] alguna, que en tan corto volumen comprenda tanto número de principios y máximas, las más importantes para el adelantamiento de la industria nacional y de la felicidad pública” (José María Vallejo García-Hevia, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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Un paseo por la calle Doña María de Padilla

     Por Amor al Arte
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     Hoy, 1 de julio, se inicia el mes en el que la historiografía tradicional fecha el fallecimiento de Doña María de Padilla, así que hoy es el mejor día que hoy para Explicarte la calle Doña María de Padilla, de Sevilla. dando un paseo por ella.
     La calle Doña María de Padilla es, el Callejero de Sevilla, una vía que se encuentra en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo, y va de la calle San Fernando, a la calle Palos de la Frontera
   La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Desde su formación en 1928 fue rotulada con su actual nombre, en recuerdo de la amante de Pedro I y luego mujer legítima, según reconoció el propio rey y las cortes reunidas en Sevilla. Murió en 1361 y está enterrada en la Capilla Real de la Catedral. "Prototipo de la mujer amante", la llamó el cronista de la ciudad, Luis Montoto, cuando elevó su informe de rotulación al Ayuntamiento. En 1922 se había acordado rotularla Daniel Zuloaga, destacado ceramista, pero no debió llevarse a efecto. Surge cuando se decide dotar a Sevilla de un gran hotel, con ocasión de la Exposición Iberoamericana que se preparaba; éste había de construirse en los jardines de Eslava, junto a la Fábrica de Tabacos. La idea había nacido en 1912 y tras un concurso de proyectos se inicia su construcción en 1916 para concluirse en 1928. La ocupación de los jardines de Eslava que tenían servidumbre de paso hacia la puerta de la fachada oeste de la Fábrica de Tabacos, obligó a la apertura de esta calle de sólo seis metros de anchura. La calzada está asfaltada sobre el adoquinado y carece de imbornales en uno de los lados. Tiene aceras muy estrechas de losetas de cemento. Se dotó de iluminación eléctrica en 1940 aprovechando las farolas del Hotel. Hace pocos años se instalaron otras de tipo fernandino de un solo farol. Está jalonada en su margen derecha por la verja y construcciones auxiliares del Hotel Alfonso XIII. Por su margen izquierda corre la barandilla de hierro apoyada en banco corrido de piedra caliza que aisla el foso de la antigua Fábrica de Tabacos, hoy sede central dela Universidad de Sevilla. Con ella se comunicaba a través de un puente levadizo construido en 1770, siendo rey Carlos III. según reza una inscripción grabada en el mismo, que ha sido ampliado y convertido en fijo en una reforma realizada en la década de los setenta. La calle, dada su estrechez y aparcamiento en línea, resulta molesta para transitar; por ello los estudiantes que son los usuarios más frecuentes, acceden y salen del edificio universitario por la puerta más próxima a San Fernando. A pesar de ello no resulta inhóspita, dada la distancia de los edificios que la delimitan y los setos y árboles que adornan los respectivos jardines [Salvador Rodríguez Becerra, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
FÁBRICA DE TABACOS
. Se inicia su construcción en 1726 por el ingeniero militar Ignacio Salas, al que sucedió el coronel Diego Bordick, y encargándose del proyecto, en 1750, Sebastián van der Borch; terminó la obra, en 1766, Juan Vicente Catalán. Los cuatro remates de las esquinas fueron labrados por Cayetano Acosta, así como la portada principal. Esta consta de dos cuerpos con columnas corintias y está rematada por la Fama. El amplio vestíbulo, la hermosa escalera y los más bellos lucernarios de las azoteas son obras de Van der Borch, y el patio primero, así como la torre del reloj se deben a Lucas Cintora. En la actualidad este edificio está destinado a Universidad, para lo cual ha sufrido importantes transformaciones internas.
HOTEL ALFONSO XIII. Obra del arquitecto José Espiau Muñoz, dentro del llamado "estilo sevillano". Utiliza los materiales típicos de la región, como ladrillo en limpio, azulejos, zó­calos y otros elementos decorativos de azulejos y patio de columnas [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984] 
Conozcamos mejor la Biografía de Doña María de Padilla, personaje a quien está dedicada esta vía:
       María de Padilla. (?, 1337 – Sevilla, 1361). Amante de Pedro I.
     María de Padilla era hija de Diego García de Padilla y de su esposa María González de Hinestrosa. Pertenecía, por lo tanto, a una familia de la nobleza intermedia que tenía diversas posesiones en las tierras de la cuenca del Duero, y ante todo cerca de la localidad de Astudillo. No obstante, se ignoran tanto la fecha exacta de su nacimiento como el lugar preciso en el que vino a este mundo. En los primeros años de su vida se la conocía con el nombre de Mari Díaz. Sin duda, se trataba de una mujer que destacaba por su hermosura, su talento y su indudable gracia. Las fuentes de la época la presentan como una mujer “de buen entendimiento”, pero a la vez como “la más apuesta doncella que por entonces se hallaba en el mundo”. María de Padilla era, por otra parte, pequeña de cuerpo pero de nobles sentimientos, discreta, afable y compasiva. En el año 1352 fue presentada por su tío, Juan Fernández de Hinestrosa, al rey de Castilla, Pedro I, en la localidad de Sahagún. Aquélla fue, al parecer, una hábil maniobra de Juan Alfonso de Alburquerque, que al mismo tiempo preparaba el matrimonio del monarca castellano con la infanta francesa Blanca de Borbón, con el objeto de afianzar su poder en el ámbito de la Corte regia.
     Conviene recordar que María de Padilla se había criado en la casa de Isabel de Meneses, que era la esposa del magnate nobiliario Juan Alfonso de Alburquerque. Lo cierto es que el rey de Castilla, Pedro I, debió de sentir desde aquel momento una ciega pasión por María de Padilla, de la que, según todos los indicios, se enamoró profundamente. Un texto de la época afirma que el monarca Pedro I “enamoróse mucho della, é non pudo estar en sí hasta que la uvo é durmió con ella”. Las fuentes de la época afirman que en junio del año 1352 Pedro I ya tenía en su compañía a María de Padilla. Como premio, María recibió en ese año de 1352 del rey de Castilla el señorío de Huelva. El historiador Juan Bautista Sitges indicó en su día que María de Padilla fue “el ángel bueno de Don Pedro, y con su dulzura, sus gracias é su paciencia pudo sujetar a aquel carácter fiero e indómito”. Eso explica que, en junio de 1353, poco después de casarse en Valladolid el monarca castellano con la infanta francesa Blanca de Borbón, abandonara a su esposa para reunirse con su amante. Sin duda, María de Padilla había aceptado sin protesta el casamiento del Rey con Blanca de Borbón, ocupando ella, como en el anterior reinado Leonor de Guzmán, el papel de manceba. Hubo, no obstante, un ligero retroceso, en el año 1354, en las relaciones de Pedro I con María de Padilla, lo que explica que, ese mismo año, el rey de Castilla se casara con Juana de Castro. Este acontecimiento causó un gran dolor a María de Padilla, la cual pensó incluso en retirarse a un convento. De todos modos, al poco tiempo Pedro I volvió nuevamente con ella.
     Hay que señalar, asimismo, que María de Padilla llevó una vida de carácter nómada, cambiando continuamente de residencia. Entre 1353 y 1354 estuvo, entre otros lugares, en Córdoba, en Montalbán, en Toledo, en Olmedo, en Castrogeriz, en Tordesillas, en Urueña, etc. Por otra parte, en una carta escrita a Pedro I en el año 1356 por el Pontífice romano, éste llamaba a María de Padilla adúltera y concubina. En el año 1358 María se encontraba en la ciudad de Sevilla, demostrando a Fadrique, hermanastro del rey Pedro I, la tristeza que sentía porque estaba convencido de que iba a ser asesinado por el monarca castellano. No mucho más tarde, en el año 1361, María de Padilla, que sólo contaba veinticuatro años de edad, murió en la ciudad hispalense. El cronista Pedro López de Ayala cuenta que falleció “de su dolencia”, aunque se ignora de qué enfermedad se trataba. Pedro I, que se encontraba ausente de Sevilla, al enterarse de la muerte de María de Padilla “la lloró amargamente”, según relata el historiador Juan Bautista Sitges, y “mandó hacer en Castilla grandes duelos”.
     Al año siguiente, en unas supuestas Cortes celebradas en la ciudad de Sevilla, Pedro I intentó legalizar, a título póstumo, sus relaciones con María de Padilla. De ahí que declarara que se había casado con María, aun cuando mantuvo secreto aquel matrimonio, antes de casarse con la infanta francesa Blanca de Borbón. Incluso dio los nombres de los que habían sido testigos de la boda. Es más, el cronista Pedro López de Ayala afirma que en esas Cortes de Sevilla del año 1362, el arzobispo de Toledo, Gómez Manrique, pronunció un discurso con el que intentaba demostrar la legitimidad del matrimonio de Pedro I con María de Padilla. Sin embargo, la más rigurosa investigación histórica ha puesto de manifiesto que no existió ese matrimonio. En esa misma sesión se declaró herederos de Pedro I a los hijos que había tenido con María de Padilla. Éste parece que fue el objetivo básico que buscaba el rey Pedro I al declarar una supuesta boda con María de Padilla. Esos hijos fueron los siguientes: un varón, Alfonso, que murió antes de cumplir un año, y tres hembras, Beatriz, Constanza e Isabel. Beatriz terminó marchándose al Convento de las clarisas de la localidad de Tordesillas. Constanza contrajo nupcias con el destacado personaje de la Corte inglesa Juan de Gante, duque de Lancaster. Isabel se casó con otra figura de la nobleza inglesa, Edmundo de York.
     María de Padilla fue enterrada inicialmente en el Convento de las clarisas de la localidad palentina de Astudillo, denominado de Nuestra Señora de los Ángeles, que había sido fundado por ella en el año 1354. Pero con posterioridad sus restos mortales, considerados propios de una reina, fueron trasladados a la Catedral de Sevilla (Julio Valdeón Baruque, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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La calle Doña María de Padilla, al detalle:
La antigua Fábrica de Tabacos, actual Universidad de Sevilla