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miércoles, 19 de agosto de 2026

La necrópolis judía, en la calle Cano y Cueto

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Necrópolis Judía, en la calle Canto y Cueto, de Sevilla.
     La Necrópolis Judía, se encuentra (en planta -1 del Parking Cano y Cueto) a la altura de la calle Cano y Cueto, 2; en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo.
     En el extremo norte del Paseo Catalina de Ribera, en su confluencia con la calle Cano y Cueto de Sevilla, en un espacio de 2.600 m2, destinado por promoción pública a los  aparcamientos subterráneos hoy existentes, se llevó a cabo una intervención arqueológica de urgencia, cuya Fase I discurrió entre Mayo y Julio de 1996 y la Fase II en Marzo del año siguiente. 
     Entre los objetivos previstos se encontraba el analizar el tramo del sistema defensivo islámico que desde la Puerta de la Carne, se dirigía por este sector hacia el Alcázar; en efecto, se documentaron unos 33,00 m. lineales correspondientes a la barbacana de la muralla, a quien en el sondeo efectuado, se le constató su datación almohade y una altura conservada hasta la primera escarpa de 3,90 m.
     Por otra parte se trataba de documentar el cementerio de la Judería sevillana, que según todos los indicios se extendía por el sustrato del solar. No obstante, lo más interesante, no fue su detección, sino el grado de estratificación remanente, la cual nos posibilitó el analizar la evolución de las técnicas y formas funerarias a lo largo de cinco fases, así como recuperar casi dos centenares de individuos, los cuales permitirán en un futuro, gracias a la combinación del estudio arqueológico y antropológico, el poder analizar cuestiones vinculadas a factores sociales y genéticos, a lo largo de varios siglos.
     La intervención sin embargo nos deparó otra sorpresa, que fue la detección junto a la barbacana, de un reducido número de individuos que por sus singulares características deposicionales y antropológicas podemos relacionar con el fenómeno esclavista de la Sevilla moderna.
El cementerio hebreo.
     Al exterior de la Puerta de la Judería, también denominada de Minjoar y posteriormente hasta su demolición en 1868, Puerta de la Carne o del Muro de la Carne, se extendía el cementerio hebreo de Sevilla. De su existencia teníamos constatación arqueológica debido a hallazgos puntuales y a la intervención realizada en 1992 en el viejo Cuartel de Intendencia. 
     El inicio del cementerio debe coincidir con el establecimiento de la Aljama sevillana poco tiempo después de la conquista de la ciudad por Fernando III, tal vez hacia 1250. La existencia del fossar se prolongará -según la intervención que presentamos-, durante más de doscientos años, evolucionando a través de cuatro fases hasta su abandono tras la definitiva salida de los judíos de la ciudad en el verano de 1484, aunque constatamos como en momentos posteriores se documenta la inhumación de conversos siguiendo ritos judaizantes.
     El rito de enterramiento es siempre la inhumación en ataúd rectangular o ligeramente trapezoidal, que aparece siempre ya sea la tipología de la tumba en fosa o lucillo. El cadáver se coloca en posición decúbito supino, con los brazos extendidos a ambos lados del cuerpo, las palmas de las manos hacia abajo, con el cráneo (vertex) apuntando hacia el oeste-noroeste y la cara mirando al E., según la ley mosaica. Hay muy pocas variaciones respecto a esta norma (a veces las manos hacia arriba o a la cara mirando al sur).
     Del perímetro del cementerio solo hemos podido comprobar en esta intervención su límite W., el de la cerca islámica; al E. se estima en el arroyo Tagarete y al N. en el viejo camino que partía de la puerta de la Carne; quedando por definir sólo su límite S. Casi dos centenares de tumbas han sido excavadas en la intervención de Cano y Cueto, lo que junto a las ciento cuarenta y seis de 1992 supone un número más que suficiente para el estudio tipológico y antropológico de la necrópolis.
     La compleja estratificación del registro arqueológico y la alta densidad de tumbas, nos ha permitido constatar matizadas variaciones en los comportamientos funerarios hebreos a lo largo de una dilatada existencia que afectan no solo al tipo preferente de tumba según momentos, o a modificaciones en la técnica de los lucillos, sino a la concepción y organización de los cementerios; y lo que es más importante a apreciar y datar hechos demográficos de interés como los elevados índices de mortalidad infantil que se constatan en las últimas fases, o cuestiones de salud como la evolución de determinadas enfermedades congénitas -tubérculo de Carabelli-, o sociales -raquitismo-. 
     A continuación sintetizamos los datos esenciales de las cinco fases que hemos establecido desde el punto de vista tipológico y estratigráfico.
- Fase I. 
     Las tumbas de este momento, se asientan directamente sobre niveles de derrumbe o unidades estructurales correspondientes a la ocupación islámica previa. Estas se encontraban dispersas por todo el solar; lo que nos permite interpretar estos restos como pruebas de la existencia de un arrabal almohade.
     La estructura funeraria tipo es el denominado lucillo, dispuesto en orientación W-E; y normalmente agrupados en conjuntos de dos a cuatro tumbas unidas por un murete de cabecera: c. 231; no obstante hay algún caso individual: t. 783. 
     Técnicamente son estructuras muy cuidadas en su ejecución, con la sucesión de bóvedas, construidas con ladrillos completos colocados de canto, excepto en los pies, donde los ladrillos de la cubierta aparecen colocados en plano o sustituidos por sillarejos. Nunca disponen de lecho o suelo propios, ni se taponan o cierran los pies. En la cabecera una citara corrida sobre los arquillos, actúa de fachada del conjunto. En la tumba 806, un entrante marcado en este muro nos da lugar a pensar que este sería el lugar donde se dispondría la lápida sepulcral, elemento que en ningún caso se nos ha conservado. La cabecera suele aparecer con un taponamiento provisional de ladrillos y pequeñas piedras.
     Los conjuntos de esta fase, tienen la peculiaridad de llevar los muretes intermedios compartidos para las dos inhumaciones colaterales, lo que nos indica que estas agrupaciones -incluido el número de tumbas de las que constarían-, eran encargados ex profeso y realizados con antelación a las defunciones. Puede afirmarse además, que existió una ordenación espacial del cementerio, debido a la racionalidad de su trazado; puesto que los conjuntos, exentos, se alinean en calles con desarrollo N-S, dejando deambulatorios intermedios, de modo que era posible caminar entorno a ellas. No han subsistido restos de pavimentación asociados en la fase I. 
     La cronología de esta primera fase puede ser establecida mediante criterios históricos y estratigráficos, entre las últimas décadas del siglo XIII y los primeros años del XIV.
- Fase II. 
     La colmatación del espacio, hace que las tumbas comiencen a adquirir una cota más elevada, a veces superponiéndose parcialmente sobre las anteriores: t. 145 sobre t. 272; 509 sobre 545, etc.; es lo que denominamos fase II, entendida como un continuum de la anterior. La técnica constructiva es similar, aunque más compacta y sólida. Las tumbas pueden ser individuales, formar agrupaciones c.259-, o parejas -561-565 y 590-671-; construidas siempre de forma conjunta. En esta fase se detectan tramos de pavimentación de argamasa, que dejarían ver solo la parte superior de las cubiertas abovedadas, siendo el resto de la estructura funeraria soterrada.
     Esta fase debió ocupar todo el s. XIV, siendo amortizada a principios del XV como nos indica la unidad estratigráfica 188 que cubre casi totalmente estas estructuras.
- Fase III.  
     Prosiguen los conjuntos unificados por un murete de cabecera: c. 289, 1310, y proliferan las alineaciones simples: c. 166, 147, 255, 773, 1320, etc. No obstante se aprecian ahora cambios sustanciales en los procedimientos funerarios, que denotan un empobrecimiento técnico. 
     Los lucillos se construyen con ladrillos fragmentados, piedras calizas o guijarros y con llagas muy anchas, lo que les da un aspecto descuidado y de falta de consistencia. Las bóvedas, se solucionan casi siempre con una hilada de ladrillos planos, unidos por sus lados largos, que cierran el dorso de la estructura. A veces piedras grandes, trozos de azulejería -t. 94-, o fondos de tinajas -t. 702-, sirven para el mismo fin. 
     Un detalle relevante, es que los conjuntos funerarios no son construidos de una vez, sino que las tumbas son realizadas una a una, de forma que no hay muros laterales compartidos.
     Como detalles constructivos, se aprecian ahora restos de pavimentaciones asociadas a las tumbas; unas veces de argamasa enlucida en rojo a modo de dess y en otros de un compactado a base de gravilla y tierra alberiza. En unas pocas tumbas, el muro de cabecera - a excepción del taponamiento-, aparece encalado: tt. 74, 806.
     El panorama del cementerio es ahora abigarrado; en el sector más cercano a la cerca islámica, la alta densidad previa, hace que las tumbas de esta fase aparezcan más dispersas, alojándose en huecos o superpuestas directamente a las anteriores -a veces este deseo de proximidad a algún conjunto anterior, nos hace pensar en vinculaciones de tipo parental-. El sector sur -el excavado en 1997-, parece organizarse en esta fase; el modelo preferente es el de alineaciones paralelas, compuestas de hasta seis lucillos cada una; están tan próximas unas de otras que a veces los pies de un individuo se adentran en la tumba siguiente.
     La organización del cementerio ha variado; no se percibe ahora la previsión de antaño. Si bien hay unas pocas tumbas que se preparan con antelación -ya que se encuentran vacías-, la norma es que se vayan añadiendo tumbas a las alineaciones conforme va haciendo falta. No obstante el espacio parece estar distribuido con antelación, ya que en el caso de alineaciones de pocos individuos llama la atención la existencia de huecos libres en los extremos, hecho que contrasta con la alta densidad general. Esta argumentación estaría apoyada por la existencia de tumbas de infantiles o adultos jóvenes, a los que se les hace la tumba ex profeso, de dimensiones más pequeñas -tt. 1.351 y 1.374-.
     Esta fase parece ser posterior al pogrom de 1391 cuyas terribles consecuencias económicas y sociales podrían estar siendo reflejadas en los cambios técnicos y organizativos percibidos ante el hecho funerario. La cronología de esta fase se extiende desde principios del s. XV, hasta un momento indeterminado de la segunda mitad de la centuria.
- Fase IV.  
     Se produce ahora un fenómeno de origen natural que parece tras tocar no solo el panorama topográfico del cementerio, sino también las costumbres y pautas establecidas anteriormente. El hecho es que se anula visualmente el espacio funerario debido a una elevación de cotas; es decir una colmatación producida por la formación de la unidad deposicional 130.
     No obstante una nueva fase de inhumaciones se constata en todo el espacio excavado, aunque con un notable cambio: la desaparición de las estructuras tipo lucillo y la generalización de los enterramientos en fosas, previo amortajamiento del cadáver en ataúd. Las relaciones de diacronía son claras. En la mayoría de los casos, las inhumaciones en fosa se asientan sobre tumbas abovedadas totalmente cubiertas, con una colmatación que puede ir de 0,40 m. a tan solo un par de centímetros: fosa 103 sobre tumba 272; alineación 1.382 sobre conjunto 1.216; la fosa 1.112 orada las pavimentaciones de la fase II y III, mientras otras se acomodan a los huecos deja dos entre las bóvedas -fosas 610 y 621-. 
     Respecto de la ordenación general, se deduce aún un orden preestablecido, por lo que podemos seguir hablando de cementerio hebreo; es decir las fosas no se disponen de forma arbitraria, sino que como norma, forman alineaciones en donde se establecen agrupaciones de individuos por edades, siendo los de pocos meses, enterrados en alineaciones distintas a las de los adultos -con una sola excepción-.
     Este cambio evidente en el rito externo: la fosa; el predominio de inhumaciones infantiles (12) y el carácter sedimentológico de la u.d. 130, nos hace argumentar en relación a mortandades relacionadas con catástrofes naturales como las crecidas del río -proceso al que asociamos la formación de la u.d. 130-, cuyas aguas estancadas eran el cultivo idóneo para las infecciones y epidemias tan usuales y graves por estas fechas.
     Respecto de su datación, esta fase ocuparía los años finales del s. XV ya que aparece sellada en un amplio sector por un edificio cuadrangular de principios del XVI.
- Fase V.
     Tras la fase anterior se aprecian unas pocas estructuras cuadrangulares, de pequeñas dimensiones y función poco definida, que denotan un cambio de uso en el solar. Sobre ellas, una nueva colmatación de características similares a la u.d. 130, volverá a sellar el antiguo paisaje. 
     Sin embargo, en un momento posterior a todo ello, volvemos a tener estratificadas una serie de inhumaciones que mantienen las características del ritual hebreo -orientación W-E y extremidades superiores extendidas a ambos lados del cuerpo-; no obstante, se van a apreciar cambios sustanciales: en primer lugar la densidad decrece de forma drástica, ya que estamos hablando de tan solo unas pocas inhumaciones dispersas; y lo que es igualmente importante, la tipología funeraria es ahora arbitraria, con el uso indistinto de fosas simples o estructuras de cubierta plana y material de acarreo.
     Por su ubicación estratigráfica estamos en un momento subsiguiente a la fase IV y por tanto posterior a la expulsión de los judíos. Se sabe que a finales del s. XV la Inquisición había perseguido los enterramientos de judeoconversos por el rito hebreo en terrenos baldíos situados en el viejo camposanto judío. Las tumbas de esta fase son por tanto los primeros testimonios arqueológicos de dichas prácticas.
     Otros cementerios de conversos son mencionados en las fuentes, como el situado entre la ermita de San Bernardo y la Huerta del Rey, expropiado en 1482 por Orden Real por enterrar según ritos judaizantes y al parecer, donde en los últimos años del s. XV se fundó el Monasterio de Santo Domingo de Portacoeli. Un segundo lugar estaría ubicado cerca del Monasterio de San Agustín y por último el situado en las inmediaciones del Convento de la Trinidad.
- La minoría esclava. 
     En el extremo oeste del solar, en la franja de terreno inmediata al lienzo de antemuro islámico detectado en la intervención de Cano y Cueto -el que uniría la puerta de la Carne con el Alcázar sevillano, en un sector que nos llamaba la atención por la inexistencia de tumbas hebreas, se detectó un conjunto de individuos que por su ubicación topográfica, características deposicionales, diferencias de rito y la tipificación racial que ofrecían -con rasgos claramente negroides-, creemos poder relacionar con ejemplos de la población esclava de la Sevilla moderna.
     Si bien no se tenía constancia arqueológica de los aspectos funerarios de este grupo de población, ni siquiera si había normas establecidas al respecto, la presencia de esclavos negros en esta ciudad a partir de época bajomedieval es un hecho histórico conocido; y nuestra ciudad se convertirá junto con Lisboa y Génova, en uno de los principales mercados esclavistas de Europa. En Sevilla, el lugar destinado para este comercio eran las gradas de la Catedral, siendo alojados en las casas del entorno mientras se producía la venta. Si durante este tiempo se producían fallecimientos, eran enterrados en las propias casas de calle Bayona, Gradas, Plaza de San Francisco, etc., lo que provocó problemas de salubridad como consecuencia, el traslado de estos a barrios más periféricos como Triana, Cestería y Carretería.
     Hacia 1400 se funda un hospital y hermandad de negros en los alrededores de la Cruz del Campo bajo la advocación de Nuestra Señora de los Reyes (Magos); en 1550 se adquieren unos terrenos entre las puertas de Osario y Carmona, lugar donde se trasladará el hospital, que a partir de 1554 se denominará de Ntra. Sra. de los Ángeles, cuya capilla funcionará como parroquia hasta que a fines del s. XVI, se traslada el Santísimo a la iglesia de San Roque. En el cementerio de este último hospital y más tarde en el de San Roque, se autorizará el enterramiento de los hermanos de la cofradía. Estas instituciones vertebrarán el nuevo arrabal, donde hemos de mencionar también la Plaza de la Azuaica o de Santa María la Blanca, famoso lugar de reunión de esclavos y libertos.
     En la intervención de Cano y Cueto han sido detectados once individuos que podemos relacionar con este mundo y cuyas peculiaridades deposicionales, rituales y antropológicas pasamos a describir.
     El contexto edáfico en el que están inmersos se caracteriza por presentar unas arcillas muy finas, originadas mediante una lenta decantación y según análisis contrastado, de origen natural. En este medio, sumamente homogéneo, se encuentran las inhumaciones, sin diferenciación de interfacies correspondientes a fosas de enterramiento, ni de cualquiera otra alteración del registro que pudiera suponer una alteración postdeposicional. Además de ello, el alto grado de preservación de las conexiones anatómicas apuntan a un ambiente sedimentario muy pasivo, permeable, que produciría el sellado y fijación de las relaciones articulares.
     Este entorno, solo puede explicarse por la combinación de dos factores: el foso de la barbacana y los episodios aluvionales generados por las crecidas del Arroyo Tagarete. El primero, servía de desagüe al interior de la cerca, pues una aspillera detectada en el antemuro, continuaba hoy en día drenando agua hacia el foso. No obstante, en época moderna, las sucesivas riadas que se constatan en este sector, debieron no solo hacer impracticable esta área extramuros durante sucesivos periodos, sino arrastrar objetos y tierras que en un medio acuoso como el del foso, decantaría en un proceso más lento y homogéneo que en el resto de la llanura de influencia aluvial. Vertidos intencionados posteriores, terminarían de colmatar y cegar esta depresión.
     En este medio, se excavaron individuos estratificados -hasta un número de cuatro superposiciones-. Las posiciones anatómicas diversas detectadas, nos indican en primer lugar un grado diferente de desecación del sector; y en segundo lugar y como consecuencia de la anterior, un periodo de tiempo transcurrido desde la primera a la última inhumación.
     Así, en los individuos más profundos e iniciales, se encontraban morfologías bastante irregulares, con las partes más pesadas del cuerpo rehundidas respecto de las extremidades, en disposiciones arbitrarias. El lecho irregular sobre el que se detectan, y la ausencia de fosas de enterramiento, nos informan acerca de un medio permeable de carácter pantanoso. Es el caso del individuo 884.
     Los más superficiales sin embargo, algunos literalmente adosados a la estructura defensiva, se les aprecia una marcada horizontalidad del lecho sobre el que se depositan, debido a un terreno de carácter semipantanoso, pero más consolidado. Sería el caso de los individuos 53, 62, 501, etc.
     Una de las inhumaciones, la 697, volteada y boca abajo nos llevó a interpretar la ubicación del séquito fúnebre en el interior de la liza, depositándolos desde encima del antemuro.
     En tan solo dos casos -ambos muy alejados de la barbacana en comparación con los anteriores, concretamente a unos 9 metros-, se producen enterramientos en fosa simple, tan cerca el uno del otro, que el segundo seccionaba al precedente. Este cambio de actitud podría explicarse quizás por la total desecación del foso.
     Las disposiciones anatómicas detectadas, minimizan lo que habitualmente denominamos como aspectos del ritual, debido a la arbitrariedad en la colocación del difunto, con la cabeza orientada tanto al este como al oeste, las extremidades inferiores extendidas o flexionadas, las manos en ubicaciones diversas, etc.
     Podemos afirmar a modo de conclusión interpretativa, que se trata de inhumaciones individualizadas en el espacio y el tiempo, aunque en un medio común. Y a falta de otros rasgos de asociación, tienen como nexo la aleatoriedad en el ritual y la inexistencia de ataúd o mortaja. La carencia de connotaciones de tipo espiritual y simbólico, así como el sistema de enterramiento tan poco cuidado, nos informan acerca de la ínfima extracción social de estos individuos, cuya tipificación racial, y la media de edad detectada (entre 18 y 35 años), nos identifican estos casos con inhumaciones de esclavos negroides en el arco de edad más cotizada. Por el material arqueológico asociado, nos movemos en un espectro cronológico que abarcaría el siglo XVI e inicios del XVII (Ana Romo Salas, Enrique García Vargas, Juan Manuel Vargas Jiménez, y Juan Manuel Guijo Mauri. El Cementerio Hebreo de Sevilla y otros osarios. Excavación arqueológica en Cano y Cueto (Sevilla). 1997).
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Más sobre la calle Cano y Cueto, en ExplicArte Sevilla.

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