Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte las pinturas murales, de Juan Miguel Sánchez, en el vestíbulo de la Estación de Autobuses del Prado de San Sebastián, de Sevilla.
Hoy, 17 de agosto, es el aniversario del nacimiento (17 de agosto de 1899) de Juan Miguel Sánchez, así que hoy es el mejor día para ExplicArte las pinturas murales, de Juan Miguel Sánchez, en el vestíbulo de la Estación de Autobuses del Prado de San Sebastián, de Sevilla.
El edificio de Viviendas y Estación de Autobuses del Prado de San Sebastián, se encuentra en la plaza de San Sebastián, 1; en el Barrio de San Bernardo, del Distrito Nervión, de Sevilla.
En 1938 el Ayuntamiento de Sevilla encargaba al arquitecto local Rodrigo Medina Benjumea la construcción de una estación de autobuses para descongestionar el centro de la ciudad del cada vez más abundante transporte de viajeros a los municipios vecinos. Los terrenos elegidos fueron un amplio solar al sureste, en el denominado Prado de San Sebastián, que a partir de estos años volverá a conocer un nuevo impulso constructivo y urbanístico tras el paréntesis posterior a los eventos de la Exposición Iberoamericana, celebrada en Sevilla en 1929. Finalizada en el año 1944, Medina Benjumea apostó en esta temprana obra por una arquitectura moderna y funcional, con el doble uso de viviendas familiares y estación de autobuses, lo que hubo de suponer todo un reto para su autor, quien alejándose de todas las premisas y gustos localistas imperantes eligió un planteamiento básicamente racionalista, de formas contundentes y depuradas, de valiente concepción.
El edificio visto desde fuera se presenta como una gran manzana rectangular aislada, de cinco plantas de altura; un volumen de gran sobriedad y sencillez, auténtica estructura cubista sin distracciones decorativas. Combina estructura de hormigón armado con fábrica de ladrillo enfoscado y pintado. En la planta baja hallamos en primer lugar y en uno de los lados cortos del rectángulo, orientado hacia el oeste, el vestíbulo de entrada de los viajeros, de doble altura, en donde están instaladas las taquillas y oficinas; un gran arco de medio punto da acceso al patio central en donde se sitúan los andenes, con veinticuatro dársenas para estacionar los autobuses, constituyendo este ámbito el ejercicio de formas más interesante del edificio. En efecto, la calle central se subdivide por dos pares de hileras de columnas a cada lado (dieciséis en cada lateral), de ancho fuste cilíndrico y capitel en forma de hongo o campana invertida, configurando esta disposición tres calles que van a confluir al final del andén en un espacio semicircular, en correspondencia con el vestíbulo. Las columnas de hormigón sustentan una cubierta plana central y dos galerías laterales, hoy en desuso, de carga y descarga de equipajes que antaño se acomodaban en el techo de los autobuses. La entrada de vehículos se realiza a través de originales vanos de diseño en forma de grandes arcos parabólicos abiertos en los muros laterales más largos del rectángulo. Los bloques de viviendas se configuran en cinco plantas de altura, en cuatro bloques lineales, paralelos dos a dos y situados en los lados mayores del rectángulo. Al exterior presentan numerosos vanos de apertura en toda la fachada, correspondientes a ventanas cuadradas y balcones rectangulares, todos de gran simplicidad. En la planta baja se sitúan los accesos a los bloques de pisos con arcos sobre sencillas columnas blancas de piedra a modo de porche, esquema que se repite en el acceso general a la estación para los pasajeros. Y es en esta entrada donde se encuentra dispuestos los ocho murales realizados por Juan Miguel Sánchez Fernández en 1941, firmados y fechados por su autor en el ángulo inferior izquierdo del panel que cierra el ciclo.
Como ya refería el propio Juan Miguel Sánchez en su discurso de ingreso en la academia sevillana de Bellas Artes "...ninguna técnica se presta tanto como ésta (la pintura al fresco) para las creaciones pictóricas del pensamiento moderno" y quizás por ello eligió para decorar el vestíbulo de este edificio, de corte moderno, el fresco, realizando un conjunto de ocho paneles cuadrados de 4,90 m. de lado situados en la doble altura que posee este espacio, más el escudo de la ciudad ubicado sobre el arco de acceso para los peatones al andén.
El asunto representado no es otro que la descripción del paisaje y el caserío rural andaluz, con escueta geometría, de paredes blancas y cubiertas de tejas a dos aguas, con el perfil del castillo, una iglesia, una ermita, un puente o los restos de algún torreón. La figura humana está presente solamente en el primer y último recuadro, dibujando tipos distintos, en el primero de carácter popular, y en el panel octavo una pareja con elegante atavío de corte burgués, vinculadas ambas representaciones a la despedida de viajeros.
Con acusados planos geométricos escalonados el pintor va componiendo las escenas, en las que, aunque dentro del estilo tradicional, los modelos quedan simplificados para así intensificar el valor de la forma sobre otros contenidos anecdóticos o decorativos que distraigan al espectador, resultando más una pintura en construcción que una pintura de la representación. El colorido resulta variado, con fondos claros a los que se contraponen los marrones y ocres de la campiña y las colinas, los verdes y azules de la vegetación y cursos de agua, los más cálidos violetas y rojos de los vestidos y los blancos de cal de las casas. Hay que señalar que su dibujo escueto, casi ingenuo, pero a la vez preciso, resulta de una gran destreza que permite imprimir a la serie una gran comunicación visual, que hoy día, después de más de sesenta años de ejecución, sorprende por su actualidad.
Panel 1: la escena está protagonizada por una pareja de tipo popular, él sentado bajo un árbol y ella de espaldas con un corderito en brazos, quien levantando la mano con gesto espontáneo saluda a los viajeros de la diligencia que tirada por seis caballos pasa por el camino situado en un segundo plano. Completa la composición una vegetación compuesta por árboles y pitas, dos ovejas placenteramente sentadas a la sombra y una lejanía de colinas.
Panel 2: representa a un característico pueblo andaluz, en un abigarrado caserío de paredes blancas, que se dilata en la distancia y en el que se incluye la correspondiente iglesia. El paisaje se completa con un arbolado en primer plano compuesto por una pareja de cipreses a la derecha y un olivo a la izquierda, cerrando el horizonte un cerro y un grupo de nubes azuladas.
Panel 3: esta vista se compone de dos zonas, la más cercana al espectador presenta una arquitectura típica andaluza que podemos identificar como casas de labor o cortijo, enmarcada por un árbol a la izquierda y una chumbera. En un segundo plano y tras una banda de campiña un pueblo va remontando la colina que está coronada por un castillo, todo ello descrito con formas muy geométricas y en donde predominan los tonos blancos y ocres.
Panel 4: en este paisaje se dispone junto a una vegetación de bella tonalidad azul el muro que delimita el terreno de alguna finca, en donde queda entre abierta la cancela. A continuación se extiende lo que parecen restos de un acueducto, y finalmente el pueblo centrado por la iglesia y en la lejanía el correspondiente castillo, todo ello de sencillos perfiles.
Seguidamente, y sobre el gran arco de acceso para los peatones al andén, hallamos el escudo de la ciudad de Sevilla rodeado de una filacteria de color azul.
Panel 5: en esta composición el paisaje queda dividido por el puente, con sus correspondientes tajamares, sobre un río de ondas azuladas. Varias casas de paredes blancas se distribuyen entre las lomas hasta llegar al pueblo situado en la lejanía entre dos colinas.
Panel 6: el paisaje se abre con un camino terrizo bordeado por pitas y pinos, que deja a la derecha del espectador los restos de un torreón y va a desembocar en el consabido pueblo en el que se advierte lo que puede ser una ermita de paredes blancas, la iglesia y el castillo. En la línea de horizonte una banda azul correspondiente a un curso de agua marino o fluvial y el perfil de unas montañas.
Panel 7: en esta vista se aprecia un mayor desarrollo del paisaje en detrimento de la descripción del típico caserío rural que está situado a lo lejos y separado por el mar, con lo que se quiere representar a un pueblo costero. En primer plano se sitúa un terreno abarrancado sobre el que se dibuja un sinuoso sendero y en cuyo fondo discurre un riachuelo. La vegetación está representada por plantas crasas y pinos, todo ello con un rico colorido de tonos azules, verdes, y una variada gama de ocres, marrones y rojizos.
Panel 8: la última escena de la serie aparece de nuevo protagonizada por la figura humana y describe la despedida de un viajero. La mujer y el hombre del primer término, elegantemente vestidos y de espalda al espectador, están situados al borde del mar y dicen adiós al caballero que montado en una barca que conduce un marinero, se traslada a un velero que hay fondeado en el mar. En el ángulo inferior izquierdo está escrito el nombre de su autor: JUAN MIGUEL SÁNCHEZ, y el año de ejecución, 1941.
Valgan esta notas para rescatar del olvido al pintor Juan Miguel Sánchez Fernández, y de la indiferencia a las pinturas que decoran la estación de autobuses del Prado de San Sebastián, en Sevilla. Con su estudio y valoración podemos contribuir a su más adecuada protección, lo que presenta algunas circunstancia específicas a tener en cuenta como es su especial fragilidad al estar situadas en un edificio que soporta un alto grado de polución por la combustión de los hidrocarburos, a lo que se unen las vibraciones producidas por el intenso tráfico de vehículos con el consiguiente riesgo de desprendimiento, o las patologías que puede aportar el propio inmueble: humedades, suciedad, etc.
Desde un concepto actual de patrimonio cultural, los murales, vinculados inexorablemente a la arquitectura que los sustenta, con un valor de ambientación así como fragmento del edificio y por tanto del patrimonio, pueden y deben ser interpretados con una nueva visión, en este caso por su singularidad, por ser una de las pocas obras del pintor conservadas. Su supervivencia como valor y discurso añadidos al inmueble debe evitar no sólo su desaparición física sino favorecer su incorporación al patrimonio, para lo cual se necesitan conocer, valorar, conservar, preservar y comunicar.
Juan Miguel Sánchez Fernández nació en El Puerto de Santa María (Cádiz) el 17 de agosto de 1899, ingresó a los 8 años de edad en la academia local de Santa Cecilia en la que se inició en el dibujo y la pintura. A los 17 se traslada a la Escuela de Artes y Oficios de Sevilla, cursando estudios durante dos años donde tuvo como profesores a Virgilio Mattoni, Rico Cejudo, José Gestoso y Gonzalo Bilbao, entre otros. Tomando clases de dibujo en la Sección de Bellas Artes del Ateneo sevillano, conoció a Gustavo Bacarisas -instalado en Sevilla desde 1914- frecuentando su taller en donde hubo de completar su formación y con quien mantuvo lazos de amistad. En nuestra ciudad desarrolló su carrera artística, falleciendo en 1973.
Sus comienzos fueron modestos, realizando trabajos artesanales de cerámica para sustentarse y mantener su estudio en el barrio de Triana. Concurría a las sucesivas Exposiciones de Bellas Artes que se convocaban en Sevilla, constando en la del año 1922 con cuatro lienzos: La joven de los pendientes, Los árboles dorados y dos retratos. En la de 1923 de nuevo con dos retratos y los lienzos titulados Primavera color de rosa y La gitana de los ojos verdes. Asimismo trabajó como cartelista dando muestras de modernidad al alejarse de la manida iconografía costumbrista imperante, actividad en la que cosechó algunos premios y galardones: primer premio del certamen anunciador de la Exposición Nacional del año 1926, premio nacional convocado por la Casa Ibarra, y los premios al cartel anunciador de las fiestas locales de Zaragoza, Barcelona, Córdoba y la propia Sevilla. Sin embargo, el primer gran reconocimiento hubo de venirle en el año 1939 cuando realiza en San Sebastián su primera exposición individual a partir de la cual se van a suceder sus logros profesionales y académicos. En efecto, en 1945 va a ser segunda medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes por su lienzo Retrato del profesor doctor Urrea, y en la de 1948 la primera medalla por La lección de los seises, actualmente en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. Por otro lado, en 1943 obtuvo la cátedra de Procedimientos Técnicos de la Pintura, en la Escuela Superior de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de Sevilla, en donde se mantuvo hasta su jubilación en 1970. El 8 de mayo de 1945 es nombrado académico numerario de la Real Academia de Bellas Artes de Sevilla, para la que realizó, en señal de gratitud, un mural que representa a su titular Santa Isabel de Hungría. La recepción pública no se produjo hasta el 19 de noviembre de 1956, con un discurso que trató sobre la "Actualidad y enseñanza de la pintura al fresco" verdadero manifiesto de sus ideas sobre esta técnica y sus experiencias al respecto. En 1967 fue nombrado correspondiente de la Real Academia de San Fernando de Madrid, cargo que conllevó el ser vocal de la Comisión Provincial de Monumentos Históricos Artísticos, habiendo recibido el año anterior la encomienda de Alfonso X el Sabio.
Dentro de la práctica de carácter academicista-costumbrista de herencia decimonónica que se realizaba en la ciudad en la primera mitad del siglo XX -y no sólo en el ámbito de la pintura- Juan Miguel Sánchez Fernández va a ser uno de los escasos pintores del momento en cuya producción se advierten algunos intentos de aproximación a la plástica moderna. De Gustavo Bacarisas, de quien fue discípulo, toma su riqueza colorista que reinterpretó con gran habilidad en una rica y luminosa paleta. Con buenas dotes de dibujante, en sus formas se observa una constante tendencia al esquematismo geometrizante que configura sobrias volumetrías de evocación cubista. Aunque sin apartarse nunca de la figuración aplicó en sus composiciones acusados cortes planos al modo constructivista lo que unido a su destreza compositiva le sirvió para obtener vigorosas imágenes muy apropiadas para ser vistas de lejos, cuyos mejores ejemplos los encontramos en su producción muralista. En definitiva, como indicó Ana Guasch, hizo "compatible una temática localista y regionalista con unos conceptos formales en los que afloraba lo constructivo... redujo el cuadro a sólidos volúmenes, donde el color quedaría engarzado dentro de las simples y concretas áreas".
Si bien el aspecto más destacado de su producción es la pintura mural sin embargo, con su cuidado oficio, Juan Miguel Sánchez practicó la pintura de caballete en una amplia gama de aspectos temáticos: paisaje, retrato, bodegón, cuadro de costumbres. Asimismo trabajó el cartel en sus años juveniles, técnica con la que consiguió algunos galardones, como los que reseñamos anteriormente. En sus retratos se aprecia un estilo conciso con un correcto tratamiento de las formas y el color si bien denotan poca emotividad interior. Entre ellos podemos citar el Retrato de su mujer (1943) donado al Museo de Bellas Artes de Sevilla por el artista; el Retrato del profesor doctor Urra, con la que obtuvo una segunda medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes en el años 1945 y los elogios del pintor Daniel Vázquez Díaz; Retrato de Joaquín Romero Murube (1945). Entre sus obras de carácter costumbrista citaremos dos con las que participó en Exposiciones de Bellas Artes de Sevilla: La joven de los pendientes (1922) y La gitana de los ojos verdes (1923). Con el lienzo La lección de los seises (Museo de Bellas Artes) va a obtener en la Exposición Nacional de 1948 la primera medalla, obra de rico colorido aunque de carácter anecdótico y localista en la que se incluye el retrato del entonces maestro de capilla, D. Norberto Almandoz Mendizábal que instruye a los niños seises en el coro de la catedral sevillana. En el año 1943 el pintor participa en la exposición colectiva en el Ateneo con un luminoso Bodegón, e inaugura la sala de exposiciones "Galería Velázquez" con una muestra individual con los más variados asuntos: floreros y bodegones, retratos de gitanillos y su propio autorretrato, recibiendo una elogiosa crítica.
Pero sin duda es la pintura mural el aspecto más destacado de la producción del pintor, técnica de la que fue un gran conocedor como puso de manifiesto en la ejecución de sus obras y de forma teórica en su discurso de ingreso a la Academia de Bellas Artes. Una práctica sin apenas cultivadores dentro de la escuela sevillana desde inicios del siglo XIX que Juan Miguel Sánchez ejercitó profusamente y con un estimable nivel de calidad, dominando no sólo el fresco sino también la encáustica y el temple. En su discurso hallamos ideas que muestran el interés por establecer una vía de aprendizaje y transmisión de los trabajos al fresco, del estudio de los materiales utilizados y la metodología empleada en la ejecución de sus obras, en un deseo de "divulgar esta antigua técnica de pintura mural, después de tanto tiempo olvidada y tantas veces desprestigiada por culpa de falsas manipulaciones". Partiendo de la técnica romana descrita por Vitrubio, da a conocer las principales características del procedimiento pictórico, señalando su "gran valor plástico... y las posibilidades sin límites que al practicarla nos ofrece..", "posee de la acuarela su fresca y fluida transparencia, del temple y el pastel el mate impecable y etéreo, y de la encáustica y el óleo su extraordinaria fuerza plástica", en suma hace una trascripción escrita como constancia de sus experiencias y conocimientos: elaboración y empleo de los colores, preparación del paramento en dos fases, repellado y revoque, y de enlucido y estucado, así como la posterior tarea de aplicar el dibujo y el color siguiendo las instrucciones de los tratadistas clásicos como Cennino Cennini, todo ello expuesto con sumo detalle y claridad.
Como esbozo de catálogo, indicamos algunos de los murales ejecutados por el pintor:
• Pinturas del vestíbulo de la estación de autobuses del Prado de San Sebastián de Sevilla, (1941).
• Decoración mural de la parroquia de la barriada cordobesa de la Electromecánica, (1945).
• Frescos del coro de la iglesia de San Luis de los Franceses de Sevilla, (1949).
• Conjunto decorativo del Bar Plata de Sevilla (desaparecido).
• Decoración de la Horchatería Fillol (desparecida).
• Decoración de su domicilio en la calle Matahacas (desaparecida).
• Frescos en el edificio de Radio Nacional de España, (1951) (desaparecidos a comienzo de los años 70).
• Frescos de la capilla mayor de la parroquia de la barriada Elcano de Sevilla, con colaboración de sus alumnos de Bellas Artes, (1953).
• Decoración del vestíbulo de la empresa Elcano en la avenida de Moliní, Sevilla, (1954).
• Decoración de la fachada del Banco Vitalicio de la plaza Nueva (desaparecida).
• Un fresco en el patio del Hospital de la Caridad.
• Decoración de la Capilla de la Real Maestranza de Caballería, de Sevilla, (l956).
• Mural dedicado a Santa Isabel de Hungría, en la Academia de Bellas Artes de Sevilla (1956).
• Decoración de la parroquia de Santa Teresa de Jesús en la plaza de las Moradas de Sevilla, (1961) (Matilde Fernández Rojas, Las Pinturas murales de Juan Miguel Sánchez Fernández en la Estación de Autobuses del Prado de San Sebastián de Sevilla, en Archivo Hispalense. 2ª época. 20010 Tomo LXXXIV. núms. 256-257. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2001.)
Juan Miguel Sánchez Fernández, (El Puerto de Santa María, Cádiz, 17 de agosto de 1899 – Sevilla, 28 de julio de 1973). Pintor, ceramista, muralista, ilustrador y cartelista.
Su vocación por el dibujo y la pintura despertó en él siendo muy joven, por lo que fue matriculado antes de cumplir nueve años en la Academia de Bellas Artes Santa Cecilia, de El Puerto: “La vocación por la pintura se despierta en mí desde muy pequeño. Una caja de colores fue siempre mi juguete favorito. Convencidos mis padres de que nada me interesaba tanto como la pintura, sin cumplir aún los nueve años, ingresé en la Escuela de Bellas Artes de Santa Cecilia de mi pueblo, El Puerto de Santa María, donde al mismo tiempo que el dibujo y la pintura estudié un poco de música. Con las mejores notas y algunos premios, terminé mi primera etapa de aspirante a pintor con una preparación suficiente para pasar a completarla en ambiente más propicio”.
En 1918 marchó a la capital hispalense, donde estudió por libre en la Escuela de Artes y Oficios, y donde tuvo por maestro a Virgilio Matón y, más tarde, a Gonzalo Bilbao. Posteriormente ingresó, gracias a un brillante ejercicio, en la sección de Bellas Artes del Ateneo sevillano, donde conoció a Gustavo Bacarisas, pintor consagrado. Conoció a los jóvenes pintores Miguel Ángel del Pino Sardá, José Martínez del Cid y Enrique Pérez Comendador.
Por la década de 1920 estaba en pleno apogeo el cartel, y a él se dedicó Juan Miguel con gran entusiasmo. En el cartel de Semana Santa y Feria de Sevilla de 1925, “Juan Miguel Sánchez nos muestra a su Eva flamenca erguida y solemne con la mantilla al viento, un amplio abanico en la mano y una Sevilla estrellada al fondo...”. Obtuvo gran cantidad de galardones como el primer premio en el concurso nacional para carteles anunciadores de la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1926. Participó asimismo, por primera vez, en dicha exposición, con dos obras, consiguiendo una medalla de tercera clase, en Arte Decorativo, con un cartel titulado Aurora sevillana, que fue adquirido por el Estado. Participó en la Exposición Nacional, sección de Arte Decorativo, en 1932.
En la Exposición de 1934 participó, en la sección de Pintura, con una obra. En 1936 participó en la sección de Pintura, con dos obras. Exposición que coincidió con el inicio de la Guerra Civil, lo que no hizo posible que se concedieran premios. En 1938 pintó unos murales para la capilla de la barriada cordobesa de la Electromecánica. Su primera gran exposición tuvo lugar en San Sebastián en 1939.
En la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1941 volvió a concurrir con dos obras. Ese mismo año realiza los murales en el vestíbulo de la estación de autobuses de Sevilla. Un año después, en 1942, expuso en Barcelona en la célebre Sala Gaspar, un total de treinta y cuatro cuadros, entre ellos los siguientes: Cal y luna, La cacharrera, Callejón de la parra, La fuente del patio, Salida al mercado del jueves, En el Rocío, La fuente del mercado, Por alegrías, Bailaora y guitarrista, Pase de seguidillas, Chaval con naranjas, Perfil gitano, Blandas negras y La del clavel rosa. Estos cuadros de composición figurativa se completaban con tres retratos, un paisaje de Alcalá de Guadaira, siete bodegones y nueve vasos con flores.
En la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1943 participó con una obra. También en ese año, y por oposición, obtiene la Cátedra de Procedimientos Pictóricos, para la Escuela Superior de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de Sevilla, plaza que desempeñó hasta su jubilación en 1970.
En 1945 fue nombrado académico numerario de la Academia de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría de Sevilla, cuyo discurso de ingreso se tituló: Actualidad y enseñanzas de la pintura al fresco, discurso contestado por José Hernández Díaz.
En la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1945, concurrió con dos obras: La Novia y el formidable Retrato del profesor doctor Urra, obra esta última con la que obtuvo medalla de segunda clase. Y en la Exposición Nacional de 1948 se presentó, nuevamente, con dos obras: Retrato de mi mujer y La lección de los seises, con esta segunda obtendría, al fin, medalla de primera clase. A propósito de esta obra escribió Bernardino de Pantorba: “Nos parece un óleo de empuje, bien pintado y dentro de un tema evidentemente muy comprometido, con dificultades que el diestro pincel de Juan Miguel ha sabido vencer gallardamente”.
En Sevilla consiguió varios premios en los concursos de carteles de las fiestas de primavera (1925, 1929, 1931, 1942, 1944) y el de Semana Santa (1948). Fue premiado asimismo en un concurso nacional convocado por la casa Ibarra. Artista completo y bien dotado, cultivó otros géneros como la cerámica, con grandes aciertos.
Posteriormente se dedicó a la decoración mural, sin abandonar por ello la pintura de caballete. En 1950 participó en la Bienal de Venecia. En 1952 realizó el cartel para la Feria de Primavera de El Puerto de Santa María. Entre sus obras cabe destacar un Autorretrato, en actitud de pintar, al que hace referencia Juan Antonio Gaya Nuño en su obra Autorretratos de artistas españoles.
Participó en el Exposición de Otoño de 1955, con un bodegón floral, consiguiendo el Premio Valdés Leal, que compartió con el catalán Antonio Vila Arrufat. Dicha obra forma parte de los fondos de la Diputación hispalense.
A los pocos días de su muerte escribía Manuel Olmedo en ABC: “Discípulo predilecto de Gustavo Bacarisas, Juan Miguel ha producido una pintura cálida y vibrante, dechado de elegancia, vivo reflejo de una profunda distinción espiritual, exaltadora de la trascendente dimensión decorativa de una obra que no ha sido creada para producir inmersiones en las esferas del subconsciente ni para promover inquietudes existenciales, sino para deleite de los ojos y gozo del alma”.
Una calle en Sevilla y, otra, en El Puerto de Santa María, su ciudad natal, recuerdan su nombre (Francisco Manuel Arniz Sanz, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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Más sobre la Estación de Autobuses del Prado de San Sebastián, en ExplicArte Sevilla.
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