Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Viejos, de Sevilla, dando un paseo por ella.
Hoy, 20 de agosto, Memoria de San Bernardo, abad y doctor de la Iglesia, el cual, habiendo ingresado junto con treinta compañeros en el nuevo monasterio del Císter, fue después fundador y primer abad del monasterio de Clairvaux, donde dirigió sabiamente, con la vida, la doctrina y el ejemplo, a los monjes por el camino de los mandamientos del Señor. Recorrió una y otra vez Europa para restablecer la paz y unidad e iluminó a toda la Iglesia con sus escritos y sus sabias exhortaciones, hasta que descansó en el Señor cerca de Langres, en Francia (1153) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la calle Viejos, de Sevilla, dando un paseo por ella.
La calle Viejos es, en el Callejero Sevillano, una calle que se encuentra en el Barrio de la Encarnación-Regina, en el Distrito Casco Antiguo; y va de la confluencia de las calles Amparo, y Don Pedro Niño, a la calle Viriato. La calle, desde el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en la población histórica y en los sectores urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las edificaciones colindantes entre si. En cambio, en los sectores de periferia donde predomina la edificación abierta, constituida por bloques exentos, la calle, como ámbito lineal de relación, se pierde, y el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta.
También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
Las primeras referencias históricas a este espacio público pertenecen al s. XVIII. En el plano de Olavide (1771) se designa como calle de la Pava. Se llamó también Arquillo de los Viejos, por la presencia de uno de estos arcos, tan frecuente en la Sevilla histórica y que debía encontrarse hacia el centro de la calle, entre el hospital y la frontera casa del administrador. Un azulejo del nomenclátor de Olavide, adosado a la fachada de la casa núm. 1, recuerda este topónimo. A comienzos del XVIII se llamó Dormitorio de los Viejos, y a lo largo del s. XIX Hospital de Viejos y también Viejos, por referencia al Hospital de San Bernardo ubicado en ella y conocido popularmente con ese calificativo. Todos los topónimos mencionados designaban en realidad al espacio en forma de Y formado por la actuales Viejos y Viriato conjuntamente, hasta que en 1868, por acuerdo municipal, se dio este último nombre al espacio que actualmente lo lleva y redujo el de Viejos al corto tramo entre Viriato y Amparo. F Montero Galvache, en una nota periodística, comenta irónicamente este hecho: ''Ayuntamiento hubo que, inflamado de ironía, la partió en dos, la cambió de nombres, y dejó a una mitad de los Viejos y plantó a la otra el de Viriato, con lo que cabe mayor escarnio, porque entre ancianos decrépitos y hercúleos capaces de ser coronados en una pira cívica, ya medía distancia" (Sevilla, 24-IX-1955).
Hoy, 20 de agosto, Memoria de San Bernardo, abad y doctor de la Iglesia, el cual, habiendo ingresado junto con treinta compañeros en el nuevo monasterio del Císter, fue después fundador y primer abad del monasterio de Clairvaux, donde dirigió sabiamente, con la vida, la doctrina y el ejemplo, a los monjes por el camino de los mandamientos del Señor. Recorrió una y otra vez Europa para restablecer la paz y unidad e iluminó a toda la Iglesia con sus escritos y sus sabias exhortaciones, hasta que descansó en el Señor cerca de Langres, en Francia (1153) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la calle Viejos, de Sevilla, dando un paseo por ella.
La calle Viejos es, en el Callejero Sevillano, una calle que se encuentra en el Barrio de la Encarnación-Regina, en el Distrito Casco Antiguo; y va de la confluencia de las calles Amparo, y Don Pedro Niño, a la calle Viriato. La calle, desde el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en la población histórica y en los sectores urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las edificaciones colindantes entre si. En cambio, en los sectores de periferia donde predomina la edificación abierta, constituida por bloques exentos, la calle, como ámbito lineal de relación, se pierde, y el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta.
También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
Las primeras referencias históricas a este espacio público pertenecen al s. XVIII. En el plano de Olavide (1771) se designa como calle de la Pava. Se llamó también Arquillo de los Viejos, por la presencia de uno de estos arcos, tan frecuente en la Sevilla histórica y que debía encontrarse hacia el centro de la calle, entre el hospital y la frontera casa del administrador. Un azulejo del nomenclátor de Olavide, adosado a la fachada de la casa núm. 1, recuerda este topónimo. A comienzos del XVIII se llamó Dormitorio de los Viejos, y a lo largo del s. XIX Hospital de Viejos y también Viejos, por referencia al Hospital de San Bernardo ubicado en ella y conocido popularmente con ese calificativo. Todos los topónimos mencionados designaban en realidad al espacio en forma de Y formado por la actuales Viejos y Viriato conjuntamente, hasta que en 1868, por acuerdo municipal, se dio este último nombre al espacio que actualmente lo lleva y redujo el de Viejos al corto tramo entre Viriato y Amparo. F Montero Galvache, en una nota periodística, comenta irónicamente este hecho: ''Ayuntamiento hubo que, inflamado de ironía, la partió en dos, la cambió de nombres, y dejó a una mitad de los Viejos y plantó a la otra el de Viriato, con lo que cabe mayor escarnio, porque entre ancianos decrépitos y hercúleos capaces de ser coronados en una pira cívica, ya medía distancia" (Sevilla, 24-IX-1955).
Es una calle corta y estrecha, pavimentada con asfalto y aceras de losetas, en no muy buen estado de conservación. Históricamente hay noticias de adoquinado en 1876 y en 1913, y de instalación del alumbrado eléctrico en 1943. Su función es exclusivamente residencial, aunque posee muy pocas viviendas. El edificio más significativo es, sin duda, el Hospital de San Bernardo o de Viejos, fundado en 1355 y destinado desde esa fecha a albergue y protección de ancianos desamparados, hasta su cierre y abandono hace pocos años. Posee dos plantas y patio con arquerías y ocupa toda la manzana triangular comprendida entre Viejos, Amparo y Viriato. En la actualidad está muy descuidado, y paralizadas las obras de consolidación y reforma que se iniciaron años atrás. La iglesia, cuya portada da a la calle Amparo, es una construcción de finales del s. XVI o principios del XVII. Frente al hospital, en el núm. 1 de la calle, se encuentra una bella casa de finales del XVII, de tres plantas y torreón, en la esquina a Don Pedro Niño. Posee un patio porticado y una portada flanqueada por pilastras toscanas, con un balcón principal con yeserías del s. XVIII. Esta casa, construida para la familia Gómez de Barreda y hoy vacía y en mal estado, estaba próxima a la antigua casa del administrador del hospital, situada hacia el centro de la calle y unida al edificio hospitalario por el citado arquillo de los Viejos, demolido en la segunda mitad del siglo XIX. Entra ambos edificios discurría también una galería subterránea que aún se conserva [Rogelio Reyes Cano, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Viejos, 1. Casa que perteneció a la familia de los Gómez de Barreda, construida a finales del siglo XVII. Consta de tres plantas, cuya portada, flanqueada por pilastras toscanas, se decoró más tarde con yeserías, al igual que el balcón. El patio tiene columnas en tres de sus lados con arcos semicirculares en la planta inferior, y balcones, separados por pilastras, en la segunda. La escalera tiene en las contrahuellas azulejos de cuerda, del siglo XVIII.
Viejos, 2. HOSPITAL DE LOS VIEJOS. Este Hospital de San Bernardo o de los Viejos nació en el siglo XIV, y es la única fundación de este tipo que ha llegado hasta nuestros días. El edificio, que apenas tiene interés, ocupa la manzana delimitada por las calles Amparo, Viriato y Viejos. Solamente la iglesia merece la atención. Es de una sola nave y el presbiterio se cubre con bóveda de nervadura. Su portada, en calle Amparo, es almohadillada, flanqueada por pilastras con sus correspondientes entablamentos, y remata en un frontón partido con pináculos que da paso a una ventana.
Viejos, 3 A. Esta casa también pertenece al Hospital, con el que se comunica a través de una galería que cruza por debajo de la calle.
Viejos, 5. Casa de dos plantas, la segunda avitolada, y ático con vanos de medio punto y adintelados, éstos ciegos, separados por pilastras toscanas [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Bernardo, abad y doctor de la Iglesia;
HISTORIA Y LEYENDA
Monje borgoñón que en el siglo XII reformó la orden de los cistercienses. Su nombre de origen germánico (Bernhard) significa fuerte como un oso (Bär).
Nacido en 1090 en Fontaine les Dijon, después de la muerte de su madre abandonó la casa paterna para entrar en la abadía del Cister (Citeaux). En 1115, arrastrando algunos monjes en la secesión, fundó el monasterio de Claraval (Clairvaux, Clara vallis: el valle claro), que gobernó hasta su muerte en 1153.
Como los grandes abades de Cluny, fue uno de los más firmes apoyos del papado, a cuyo servicio puso toda su autoridad que era considerable en todo el mundo cristiano. Hizo campaña por el papa Inocencio II contra el antipapa Anacleto. En 1146 predicó la segunda cruzada sobre la acrópolis de Vézelay. Al año siguiente, en 1147, el papa Eugenio III asistió con él al capítulo general de Claraval.
Era amigo del cisterciense inglés San Esteban Harding y del cisterciense irlandés San Malaquías quien murió en sus brazos en Claraval.
Desde el punto de vista iconográfico, lo que debe recordarse de la acción que desarrolló, es sobre todo su devoción a la Virgen.
San Bernardo fue uno de los más fervientes difusores del culto de María, de quien se llamaba el fiel capellán (Beatae Mariae capellanus) o el caballero sirviente. En su tratado De Laudibus Virginis celebra con efusión su maternidad virginal (gaudia matris habens cum virginitatis honore), aunque sin aceptar la doctrina de la Inmaculada Concepción, sin embargo. Se lo había motejado el citarista de la Virgen (citarista Mariae).
Fue por su iniciativa que los cistercienses pusieron todas sus iglesias bajo la advocación de Nuestra Señora.
En su sermón acerca de la Natividad de María, declaró que la Virgen es el acueducto por el que descienden hasta nosotros todas las aguas del cielo. La recomienda a los fieles como la mediadora más misericordiosa y la más poderosa. “Si la majestad divina os espanta, recurrid a María. El Hijo concederá a su Madre y el Padre concederá a su Hijo. Ella es la escala de los pecadores.”
Durante toda la Edad Media, el nombre de San Bernardo permaneció indisolublemente unido al culto de la Virgen. Es por él que en la Divina Comedia (Paradiso, 31), Dante se hace introducir ante el trono de la Reina del Cielo. Si San Bernardo ha enriquecido de esa manera la iconografía de la Virgen, en cambio declaró la guerra al arte, especialmente a la escultura que consideraba como un lujo pernicioso que proscribió en las iglesias cistercienses. “Las obras de arte –decía- son ídolos que separan de Dios.” Desde este punto de vista la reforma de San Bernardo parece un anticipo de la reforma de Lutero y de Calvino, hostiles a las imágenes. Su Apología de Guillermo de San Teodoro, citada con tanta frecuencia, es una violenta invectiva contra el lujo insolente de los cluniacenses, que consideraba incompatible con la vida monástica.
La leyenda que cristalizó muy pronto en torno a la brillante personalidad de San Bernardo, es rica en milagros que fueron popularizados por la Leyenda Dorada. Casi todos se reparten en dos series: las Tentaciones del demonio y las Apariciones de Cristo y de la Virgen.
Se cuenta que había arrojado a su hermana al agua helada de un estanque para aplacar el ardor culpable de ésta, que le había inspirado deseos incestuosos.
Según el Pèlerinage de la Vie humaine (Peregrinación de la Vida humana), compuesto hacia 1358 en imitación del Roman de la Rose por Guillaume de Guillerville, se habría cubierto con una armadura y guanteletes para imponerse la continencia y rechazar las tentaciones de una mujer “que estaba acostada en su cama, desnuda junto a él; no obstante cuando una vez hacía ella volvióse no sintió su tacto. Sus manos estaban tan enguantadas y armadas que ella creyó que él fuese hombre de hierro, del cual se alejó confusa, sin sobarlo.”
La famosa Leyenda de los nueve versos de San Bernardo también se refiere a sus altercados con el demonio. Para conservar su ingenuo sabor, lo mejor es reproducir la versión original: “El diablo le dijo una vez que sabía nueve versos del Salterio y que aquel que los dijera una vez cada día no dejaría de conseguir la salvación. San Bernardo le preguntó cuáles eran esos nueve versos; pero el diablo no los quería decir. Entonces San Bernardo le respondió que el recitaría a diario del Salterio entero. A lo cual el diablo le dijo cuáles eran, para que no tuviese más mérito recitando todo el Salterio.”
Un día en que San Bernardo estaba en adoración ante el crucifijo, Cristo, desclavando las manos, se inclinó sobre él y lo estrechó contra su pecho. Siguiendo la costumbre del plagio, tan frecuente en la literatura hagiográfica, los franciscanos atribuyen la misma visión mística a San Francisco de Asís (los dominicos han procedido exactamente de la misma manera con otro milagro de la leyenda de San Bernardo. Su madre habría soñado que paría un perro blanco que ladraba vigorosamente contra los enemigos de Dios. El mismo perro reaparece en el nacimiento de Santo Domingo, salvo que en vez de tener la túnica blanca de los cistercienses, la tenía con manchas blancas y negras, como los dominicos).
Más ferviente aún era la devoción de San Bernardo hacia la Virgen. Por ello no resulta sorprendente que ella lo haya colmado de gracias. La Virgen no se limitó a aparecérsele, como a los otros santos, sino que habría humedecido sus labios con algunas gotas de la leche que alimentara al Niño Jesús. Es lo que se llama el milagro de la Lactancia.
La escena había ocurrido en la iglesia de Saint Vorles, en Chatillon sur Seine, donde San Bernardo oraba ante una estatua de la Virgen amamantando al Niño Jesús. En el momento en que pronunciaba las palabras Monstra te esse matrem, la estatua se animó y la Virgen, apretándose un pecho, hizo saltar algunas gotas de leche sobre los labios de su adorador que estaban resecos a fuerza de haber cantado sus alabanzas. Según la tradición local de Chatillon, “Bernardo habría recibido leche no sólo encima de la boca sino sobre los ojos y la túnica, que se volvió blanca.”
Esta leyenda mística, desconocida para el autor de la Leyenda Dorada, que se escribió por primera vez en un texto del siglo XIV, quizá sea, como tantas otras fábulas hagiográficas, la puesta en escena de una simple metáfora acerca de la elocuencia “dulce como la leche” de San Bernardo a quien habían motejado “Doctor melliflus”. La leche de la Virgen tiene aquí el papel de la miel depositada por las abejas sobre los labios de San Juan Crisóstomo y de San Ambrosio. San Bernardo era el caballero de la Virgen y se consideraba que su elocuencia tenía la dulzura de la leche. Combinando esos datos, un hagiógrafo ingenioso habría forjado el milagro de la Lactancia. El recuerdo de la Virgen mostrando a su Hijo los pechos que lo amamantaran, para interceder a favor de los pecadores en el Juicio Final, ha podido inspirar tanto a los hagiógrafos como a los artistas (el milagro de la Lactancia no permaneció mucho tiempo como el monopolio de San Bernardo. A causa de los plagios hagiográficos se volvió tan contagioso como la cefaloforia. Fueron gratificados con él San Agustín, San Fulberto de Chartres, Santo Domingo, San Alano de La Roche y Santa Catalina de Ricci).
Como contrapartida, puede recordarse y consignarse aquí una leyenda que pusieron en circulación los adversarios de San Bernardo. Un monje del monasterio de Claraval lo habría visto aparecer en sueños con una mancha negra sobre el pecho, sobre la tetilla (ad mamillam pectoris). Dicha mancha era el castigo que se le había infligido por haber sostenido que la Virgen María no estaba exenta del pecado o de la mácula original.
Entre las escenas de la vida de San Bernardo que presentan un carácter histórico, hay pocas que hayan llamado la atención de los artistas. Asombra, por ejemplo, que ni en la Edad Media ni en los tiempos modernos ni uno sólo se haya aplicado a evocar la predicación de la cruzada sobre la acrópolis de Vézelay.
El episodio más popular es el papel que tuvo en Parthenay, en calidad de legado pontificio, para quebrar la rebelión de Guillermo de Aquitania, duque de Guyenne y conde del Poitou, que había tomado partido por el antipapa Anacleto, contra el papa Inocencio II.
Después de haber celebrado la misa en la iglesia donde no podía entrar el duque excomulgado, San Bernardo habría avanzado hacia él presentándole la hostia consagrada: “He aquí el Hijo de la Virgen, el Jefe y el Señor de la Iglesia que viene a ti. He aquí a tu Juez, y tu alma estará pronto ante él.” Al oir esas palabras, el duque fue acometido por un terror tal que cayó al suelo soltando espuma por la boca como un loco furioso, sin poder articular ni una palabra. Sólo se pudo levantar cuando Bernardo lo hubo tocado con el pie. Entonces Guillermo de Aquitania, como duque de Guyenne y conde del Poitou, prometió reconocer a Inocencio II como auténtico y legítimo papa, y reinstalar a los obispos en la posesión de sus sedes episcopales y restituirles los bienes que les había confiscado.
Después de esa sumisión, el duque se habría convertido en ermitaño para expiar sus pecados: habría llevado el resto de su vida un cilicio sobre el cual habría hecho remachar una armadura. Pero en este punto se vuelve a caer en la leyenda hagiográfica provocada por una confusión entre el duque Guillermo, padre de Leonor de Aquitania, y el ermitaño Guillermo de Maleval.
CULTO
Canonizado en 1174, San Bernardo se convirtió naturalmente en uno de los patrones de Borgoña, su provincia natal.
Su cuerpo fue colocado en 1178 en una magnífica tumba detrás del altar mayor de la iglesia de Claraval. Una parte de su cabeza se conserva en el tesoro de la catedral de Troyes.
Por la intermediación de la orden internacional de los cistercienses, que enjambró en toda la cristiandad, su culto se difundió a gran distancia, sobre todo en Italia, en Chiaravalle, en España hasta Gibraltar y en Alemania, especialmente en las abadías cistercienses de Fürstfelfenbruck, en la Alta Baviera, y Altenberg, en Renania. Los cistercienses y las cistercienses, que en su honor se llamaron bernardinas no eran la única orden religiosa que se reclamaba de él, puesto que la orden de los templarios, monástica y militar a la vez, también había adoptado su regla.
Además, era particularmente honrado por los apicultores y los fabricantes de cirios, a causa de su mote “Doctor melliflus”, que le había valido una colmena como atributo. Protege no sólo a los apicultores sino también a las abejas.
En algunos pueblos de Borgoña era patrón de los viticultores. Sin embargo su figura no cuenta entre los santos populares.
No existe ningún retrato natural del santo. Sus imágenes tardías no tienen valor documental alguno.
Según sus contemporáneos, era delgado, espiritualizado por el ayuno y las austeridades. Era pelirrojo de cabellera y barba. Está representado como abad mitrado de la orden del Císter, envuelto en una cogulla blanca (alba cuculla) con el báculo abacial.
Sus atributos son muy numerosos: un perro blanco en alusión a la visión de su madre, una colmena o un enjambre de abejas, que traduce su calificativo de Doctor melliflus, una mitra puesta en el suelo porque habría rechazado la dignidad episcopal por humildad (las tres mitras puestas en el suelo designan a San Bernardino de Siena), una hostia que le presenta al duque de Aquitania excomulgado, los Instrumentos de la Pasión que aprieta contra su corazón, porque decía que se había tejido un ramo con los sufrimientos de Cristo, una rueda porque forzó al diablo a reparar el eje roto de una carreta, y un demonio encadenado.
A pesar de haber despreciado al arte “que aleja de Dios”, su iconografía es bastante rica (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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La calle Viejos, al detalle:
Edificio c/ Viejos, 1.
Edificio c/ Viejos, 3.
Edificio c/ Viejos, 5.

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