Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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viernes, 4 de diciembre de 2020

La imagen de la Virgen de los Reyes, en la Capilla Real de la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen de la Virgen de los Reyes, en la Capilla Real de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.      
    Hoy, 4 de diciembre, es el aniversario de la Coronación Canónica de Nuestra Señora de los Reyes (4 de diciembre de 1904), así que hoy es el mejor día para ExplicArte la imagen de la Virgen de los Reyes, en la Capilla Real de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, calle Cardenal Carlos Amigo, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
     La Catedral de Santa María de la Sede está centrada su cabecera por la Capilla Real [nº 054 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede] Esta "Capilla de los Reyes", llamada así tradicionalmente por su carácter de panteón regio, se denomina en la actualidad "de la Virgen de los Reyes", por la imagen que la preside (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
   Es la Patrona de Sevilla y de la Archidiócesis. Preside el retablo principal de la Capilla Real Catedralicia. Goza de extraordinaria devoción, pudiendo considerarse como la Virgen de Sevilla, en esta tan justamente llamada «Tierra de María Santísima».
   La imagen (mide 1'76 mts.), -que porta al Niño en sus faldas, cual Trono de Salomón- tiene excepcional interés iconográfico y artístico.
   Iconográficamente es una veraz interpretación de la Virgen Majestad, cuya ascendencia devocional enraíza con la Orden del Cister. Es imagen de vestir, sedente, realizada en un maniquí de madera de alerce? cubierto de una piel como cabritilla, y con aparato escapular, que daría movimientos (posiblemente cefálicos y probablemente de los brazos), hoy inutilizado. Tiene tallados y policromados rostro y manos, con pabellones auriculares muy realistas y una excepcional cabellera compuesta de miles de hilos de seda que en su día estuvieron dorados. Los pies se cubren con unas calzas de cordoban, con tiradores en forma de flores de lis, en la bordura arquillos de herradura y en el campo estre­llas de ocho puntas y la palabra «amor», todo ello de clara ascendencia mudejárica (miden 0'24 mts.).
   El rostro ofrece una expresión de cierto hieratismo, profundamente simbólico, y las manos tienen la disposición de dedos en tenedor, característica de lo gótico.
   El Niño es en un todo semejante: maniquí de madera articulado, aparato escapular de movimientos, talla­ policromadas, cabeza, piernas y pie (mide 0'64 mts.).
   El rostro es extraordinariamente expresivo, muy realista, la cabellera ensortijada, tallada con concepto de piedra y en sus facies ofrece una sonrisa estereotipada, con cierto sentido arcaizante.
   Artísticamente son imágenes relacionadas con el arte francés; con el maestro de las dos Madonnas, la Virgen, del núcleo parisino; y del círculo de Chartres el Niño, de gran interés.
   Se pueden fechar en el segundo cuarto del siglo XIII, existiendo numerosas y curiosas tradiciones respecto a su origen y ejecución, la mayor parte de ellas de sentido poético y religioso motivadas por la profundidad y extensión devocional. Las más veraces estilísticamente, las consideran obras de artistas franceses, ejecutadas en tierras galas y donadas por San Luis a su primo San Fernando; o trabajadas por algunos talleres itinerantes de dicho país en suelo andaluz; o de núcleos castellanos, inspirados en lo que se hacía allende el Pirineo.
   Ambas esculturas son piezas de singular significación, interés y trascendencia (las imágenes fueron estudiada s por Hernández Diaz en 1.946, con motivo del expediente canónico ante la Santa Sede para la declaración del Patronato. Posteriormente han sido restauradas por el catedrático de la Facultad de Be­llas Artes de Sevilla D. Francisco Arquillo y su equipo, en 1.980, pudiendo, pues estudiarse más detenidamente 35 años después. Con este motivo surge el interrogante de la cabellera y su cronología. ¿Será de la época de la escultura o quizás posterior, de tiempos modernos?. No hay hasta ahora ningún testimonio documental sobre ello y por tanto solo conjeturas e hipótesis de trabajo podemos formular, circunstancia extraña ya que se hizo para ser vista y lucir ante los fieles, singularmente en las procesiones, y ello llamaría la atención de todos. Para la época medieval es insólita y podemos afirmar que caso casi único; alguna vez he creído que pudiera ser moderna, quizás de hacia 1.579, cuando fue trasladada a la actual Capilla Real, o en la época del nuevo retablo o en el tiem­po de la definitiva distribución de los sepulcros reales en momento ya de la tea­tralidad del barroco. Son interrogantes que atraen mi atención, aunque al final creo en lo medieval, donde el impacto popular de los movimientos referidos y la cascada aurea de la citada cabellera, debieron impresionar poderosamente a todos. Algo semejante podemos afirmar de los citados movimientos y del artilugio que los motivaba). 
   Según  referencias  fidedignas Felipe II la tituló «Reina de las imágenes de Nuestra Señora» (José Hernández Díaz, Retablos y Esculturas, en La Catedral de Sevilla. Ediciones Guadalquivir, Sevilla, 1991).
   Patrona de Sevilla y de su Archidiócesis; primera efigie de la Virgen (por su categoría y rango devocional) en nuestra ciudad; la más alta y brillante lumbrera del firmamento mariano hispalense, con resplandores propios -no igualados ni superados- dentro de tan singular e interminable constelación. Es obra gótica (hacia la primera mitad del s. XIII). Deriva posiblemente de modelos franceses, aunque tiene rasgos únicos y especiales, no observados en otras efigies marianas de su época. Fue hecha expresamente para vestir (caso muy raro en aquel tiempo). Se muestra sentada en un sillón, con los ropajes y atributos propios del rango monárquico, llevando el Niño Jesús sobre sus rodillas. El conjunto iconográfico (Emperatriz sedente, Reina de reyes, Trono del nuevo Salomón...) impone por su fervoroso candor medieval, por su señera  majestuosidad, no exenta -sin embargo- de un amable y sencillo aire familiar. Dos curiosos detalles arqueológicos son el dispositivo interno que debió servir para comunicar ciertos movimientos a ambas figuras, y la cabellera de hilos de seda (en su día dorados) que tiene la Virgen. Mide 1'76 m.; el Niño, 0'60. Imposible resumir aquí la enorme trascendencia histórica de tan augusto y milagroso icono, vinculado al rey San Fernando y Alfonso X el Sabio, los cuales yacen enterrados en su Real Capilla. Felipe II (que tan alto y carismático concepto tenía de tales cuestiones) la llamó "Reina de las imágenes de Nuestra Señora". 
   Y todavía resulta más difícil expresar su vinculación entrañable con el pueblo de Sevilla, que en esta Señora tiene depositada su espiritualidad más honda, sus afectos más genuinos, su emoción más pura. Sin olvidar numerosos eventos y salidas especiales durante la antigüedad (por rogativas, acciones de gracia, etc. ), puede decirse que en nuestra centuria es cuando su culto remachó su ya secular e indiscutible abolengo, alcanzando el más radiante y espléndido cénit. 
   Al cumplirse en 1904 el quincuagésimo aniversario del Dogma Concepcionista, fue la primera imagen de la ciudad coronada canónicamente. Una fabulosa diadema, donde van engastadas unas 11.900 piedras preciosas, y un hermoso vestido azul y plata, recuerdan aquella inolvidable efemérides, testimoniando la desprendida generosidad de los diversos estamentos sociales. Presidió la magna procesión del Congreso Mariano en 1929, ante una cincuentena de prelados de España, Portugal y América (jornada gloriosa, que mereció el inefable apelativo de "concilio de la ecuménica Hispanidad", y de "celebérrima y santísima"). Salió en procesión extraordinaria al terminar la guerra y le concedieron entonces honores militares. Fue proclamada canónicamente Patrona (aunque como tal la consideraban siempre) en 1946. Recibió la primera medalla de oro de la Ciudad en 1958 y tuvo al papa Juan Pablo II arrodillado a sus plantas en 1982. Posee un soberbio y exquisito tesoro artístico: coronas, mantos, joyas, sillón de carey... sin igual en su clase. Original y elegantísimo poso con palio de tumbilla (estrenado en 1924 y siguientes), sobre el cual recorre el perímetro externo de la Catedral en la mañana del 15 de Agosto, que es para los sevillanos "el día de la Virgen" por antonomasia: miles y miles de files se congregan para verla pasar, adornada por olorosas varas de nardo, mientras la Giralda derrama la impresionante catarata sonora de sus campanas. Mañana de sol y resplandores, de plegarias y recuerdos, de confidencias tiernas y lágrimas ocultas... Mañana que bastaría por sí sola para justificar que nuestra urbe se la llame "Tierra de María Santísima" (Juan Martínez Alcalde, Sevilla Mariana. Repertorio iconográfico. Ediciones Guadalquivir, Sevilla, 1997).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto, Significado y la Iconografía de la Virgen con el Niño;
   Tal como ocurre en el arte bizantino, que suministró a Occidente los prototipos, las representaciones de la Virgen con el Niño se reparten en dos series: las Vírgenes de Majestad y las Vírgenes de Ternura.
La Virgen de Majestad
   Este tema iconográfico, que desde el siglo IV aparecía en la escena de la Adoración de los Magos, se caracteriza por la actitud rigurosamente frontal de la Virgen sentada sobre un trono, con el Niño Jesús sobre las rodillas; y por su expresión grave, solemne, casi hierática.
   En el arte francés, los ejemplos más antiguos de Vírgenes de Majestad son las estatuas relicarios de Auvernia, que datan de los siglos X u XI. Antiguamente, en la catedral de Clermont había una Virgen de oro que se mencionaba con el nom­bre de Majesté de sainte Marie, acerca de la cual puede dar una idea la Majestad de sainte Foy, que se conserva en el tesoro de la abadía de Conques.
   Este tipo deriva de un icono bizantino que el obispo de Clermont hizo emplear como modelo para la ejecución, en 946, de esta Virgen de oro macizo destinada a guardar las reliquias en su interior.
   Las Vírgenes de Majestad esculpidas sobre los tímpanos de la portada Real de Chartres (hacia 1150), la portada Sainte Anne de Notre Dame de París (hacia 1170) y la nave norte de la catedral de Reims (hacia 1175) se parecen a aquellas estatuas relicarios de Auvernia, a causa de un origen común antes que por influencia directa. Casi todas están rematadas por un baldaquino que no es, como se ha creído, la imitación de un dosel procesional, sino el símbolo de la Jerusalén celeste en forma de iglesia de cúpula rodeada de torres.
   Siempre bajo las mismas influencias bizantinas, la Virgen de Majestad aparece más tarde con el nombre de Maestà, en la pintura italiana del Trecento, transportada sobre un trono por ángeles.
   Basta recordar la Madonna de Cimabue, la Maestà pintada por Duccio para el altar mayor de la catedral de Siena y el fresco de Simone Martini en el Palacio Comunal de Siena.
   En la escultura francesa del siglo XII, los pies desnudos del Niño Jesús a quien la Virgen lleva en brazos, están sostenidos por dos pequeños ángeles arrodillados. La estatua de madera llamada La Diège (Dei genitrix), en la iglesia de Jouy en Jozas, es un ejemplo de este tipo.
El trono de Salomón
   Una variante interesante de la Virgen de Majestad o Sedes Sapientiae, es la Virgen sentada sobre el trono con los leones de Salomón, rodeada de figuras alegóricas en forma de mujeres coronadas, que simbolizan sus virtudes en el momento de la Encarnación del Redentor.
   Son la Soledad (Solitudo), porque el ángel Gabriel encontró a la Virgen sola en el oratorio, la Modestia (Verecundia), porque se espantó al oír la salutación angélica, la Prudencia (Prudentia), porque se preguntó como se realizaría esa promesa, la Virginidad (Virginitas), porque respondió: No conocí hombre alguno (Virum non cognosco), la Humildad (Humilitas), porque agregó: Soy la sierva del Señor (Ecce ancilla Domini) y finalmente la Obediencia (Obedientia), porque dijo: Que se haga según tu palabra (Secundum verbum tuum).
   Pueden citarse algunos ejemplos de este tema en las miniaturas francesas del siglo XIII, que se encuentran en la Biblioteca Nacional de Francia. Pero sobre todo ha inspirado esculturas y pinturas monumentales en los países de lengua alemana.
La Virgen de Ternura
   A la Virgen de Majestad, que dominó el arte del siglo XII, sucedió un tipo de Virgen más humana que no se contenta más con servir de trono al Niño divino y presentarlo a la adoración de los fieles, sino que es una verdadera madre relacionada con su hijo por todas las fibras de su carne, como si -contrariamente a lo que postula la doctrina de la Iglesia- lo hubiese concebido en la voluptuosidad y parido con dolor.
   La expresión de ternura maternal comporta matices infinitamente más variados que la gravedad sacerdotal. Las actitudes son también más libres e imprevistas, naturalmente. Una Virgen de Majestad siempre está sentada en su trono; por el contrario, las Vírgenes de Ternura pueden estar indistintamente sentadas o de pie, acostadas o  de rodillas. Por ello, no puede estudiárselas en conjunto y necesariamente deben introducir en su clasificación numerosas subdivisiones.
   El tipo más común es la Virgen nodriza. Pero se la representa también sobre su lecho de parturienta o participando en los juegos del Niño.
El niño Jesús acariciando la barbilla de su madre
   Entre las innumerables representaciones de la Virgen madre, las más frecuentes no son aquellas donde amamanta al Niño sino esas otras donde, a veces sola, a veces con santa Ana y san José, tiene al Niño en brazos, lo acaricia tiernamente, juega con él. Esas maternidades sonrientes, flores exquisitas del arte cristiano, son ciertamente, junto a las Maternidades dolorosas llamadas Vírgenes de Piedad, las imágenes que más han contribuido a acercar a la Santísima Virgen al corazón de los fieles.
   A decir verdad, las Vírgenes pintadas o esculpidas de la Edad Media están menos sonrientes de lo que se cree: la expresión de María es generalmente grave e incluso preocupada, como si previera los dolores que le deparará el futuro, la espada que le atravesará el corazón. Sucede con frecuencia que ni siquiera mire al Niño que tiene en los brazos, y es raro que participe en sus juegos. Es el Niño quien aca­ricia el mentón y la mejilla de su madre, quien sonríe y le tiende los brazos, como si quisiera alegrarla, arrancarla de sus sombríos pensamientos.
   Los frutos, los pájaros que sirven de juguetes y sonajeros al Niño Jesús tenían, al menos en su origen, un significado simbólico que explica esta expresión de inquieta gravedad. El pájaro es el símbolo del alma salvada; la manzana y el racimo de uvas, aluden al pecado de Adán redimido por la sangre del Redentor. 
 A veces, el Niño está representado durante el sueño que la Virgen vela. Ella impone silencio a su compañero de juego, el pequeño san Juan Bautista, llevando un dedo a la boca.
   Ella le enseña a escribir, es la que se llama Virgen del tintero (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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jueves, 3 de diciembre de 2020

La pintura "Éxtasis de San Francisco Javier", de Herrera el Viejo, en el Rectorado de la Universidad de Sevilla (Antigua Fábrica de Tabacos)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Éxtasis de San Francisco Javier", de Herrera el Viejo, en el Rectorado de la Universidad de Sevilla.   
   Hoy, 3 de diciembre, Memoria de San Francisco Javier, presbítero de la Orden de la Compañía de Jesús, evangelizador de la India, el cual, nacido en Navarra, fue uno de los primeros compañeros de San Ignacio que, movido por el ardor de dilatar el Evangelio, anunció diligentemente a Cristo a innumerables pueblos en la India, en las Molucas y otras islas, y después en Japón. Convirtió a muchos a la fe y, finalmente, murió en la isla de San Xon, en China, consumido por la enfermedad y los trabajos (1552) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el retablo de San Francisco Javier en la iglesia de San Luis de los Franceses, de Sevilla. 
     La Universidad de Sevilla (antigua Fábrica de Tabacos) [nº 61 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 38 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle San Fernando, 4; en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.   
   En el Rectorado de la Universidad de Sevilla podemos contemplar la pintura "Éxtasis de San Francisco Javier", de Francisco de Herrera el Viejo (h. 1590 - h. 1654), siendo un óleo sobre lienzo en estilo barroco, realizado en 1625, con unas medidas de 3'40 x 2'19 m., procedente de la Casa Profesa Jesuita tras la concesión real del patrimonio jesuítico en 1771.
     Pintura que representa el momento en el que el santo, barbado y con orla sobre la cabeza, vestido con alba ante un grupo de fieles y ángeles, se eleva mientras muestra una hostia y un cáliz.
   Francisco Herrera (Sevilla, h. 1590- Madrid h.1654) formó parte de la primera generación de pintores barrocos sevillanos, aunque hay que decir que su obra está claramente influenciada por la del pintor flamenco, asentado en España, Juan de Roelas. Lo mejor de su producción se localiza en el segundo cuarto del siglo XVI. Su figura es clave para entender el tránsito que se produjo entre las anquilosadas propuestas que ofrecía el tardomanierismo renacentista de finales del siglo XVI, con imágenes frías e inexpresivas, frente al impulso renovador, de contenido más naturalista, que Roelas aportó a la pintura de nuestra ciudad.
   La temática de la obra, ubicada actualmente en el paraninfo de la Universidad, representa el instante de la levitación del padre jesuita san Francisco Javier, cuando está consagrando la Sagrada Forma antes de ofrecerla en comunión a los fieles. Compositivamente, el cuadro se articula en dos registros, uno terrenal y otro celestial, quedando conectados por la figura central del santo en el momento de su elevación.
   En el registro inferior se representa el asombro que causa en los fieles este acontecimiento. Sus rostros están inspirados en personajes humildes y sencillos de la vida cotidiana, pudiendo ser considerados muy realistas. El autor sabe captar de manera extraordinaria la expresividad abstraída en los gestos de los afortunados asistentes, incrédulos y paralizados ante el misticismo de la acción.
   El registro superior, que muestra más movimiento, se configura mediante un rompimiento de gloria con ángeles niños de facciones rollizas y dos ángeles mancebos sosteniendo un incensario y lo que parece ser una naveta (el casco de un barco en miniatura) que simboliza el carácter viajero del santo en alusión a la evangelización de las Indias orientales.
   Podemos apreciar como la paleta del artista se vuelve más cálida y vibrante conforme la composición va ascendiendo. Con todo, el naturalismo de Herrera es recio, como demuestra la rigidez que se desprende de la imagen del santo, a lo que colabora una pincelada muy enérgica y vigorosa.
     La composición de la obra pudiera estar inspirada en la tabla que Cornelis Schut, el Viejo, facturó para la capilla de san Francisco Javier, en la iglesia jesuita de san Carlos Borromeo de Amberes, con motivo de la finalización de los trabajos de construcción de ésta última en 1621, y la posterior canonización del jesuita navarro un año después. Existe una réplica sobre lienzo en la Colegiata de Sainte-Gertrude de Nivelles. Si bien es cierto, que entre la pintura atribuida a Herrera el Viejo y la de Schut, hay algunas variaciones iconográficas, estilísticas y, sobre todo, un menor número de personajes secundarios, en las del maestro flamenco, pudiera ser factible que el pintor sevillano utilizase uno de sus grabados como modelo (Web oficial de la Universidad de Sevilla).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Ignacio de Loyola, presbítero;
   El mayor santo de la orden de los jesuitas, después de san Ignacio de Loyola, apóstol de La India y Japón (Indorumac Japonum Apostolus). San Ignacio y él eran dos soles gemelos de la Compañía de Jesús (Societatis Jesu Soles gemini). Nació en 1506 en el castillo de Javier, cerca de Sangüesa, Navarra. Debió llamarse Francisco de Javier, puesto que este último es el nombre de su lugar de origen, una alteración castellana del vasco Etchaberri (Casanueva),  con­vertido en Jaberri, Javerri, Xaver, Javier.
   En París se vinculó con su compatriota, san Ignacio de Loyola, en cuyas manos prestó juramento en Montmartre.
   En 1540 fue enviado a La India como misionero, de allí viajó a Goa y a Japón, fiel a su divisa: Amplius.
   Abandonado por los portugueses (abomnibus desertus), murió en 1552 en una choza de ramas en la isla de Sancián, a la vista de la costa china (Cantón), donde se había hecho dejar por un barco mercante y mientras apretaba contra el pecho un crucifijo que le regalara san Ignacio.
   Gracias a su apostolado en el Lejano Oriente, adquirió muy pronto fama de taumaturgo, halagüeña para los jesuitas, y mucho mayor que la de san Ignacio de Loyola, cuya vida se prestaba menos para la leyenda.
   Se le atribuían numerosos milagros, sobre todo la resurrección de un muerto en La India. Pero la historia más popular es la de su crucifijo caído al mar que le fue devuelto por un cangrejo.
   Cuando san Francisco, como se dice en la bula de canonización, navegaba en el archipiélago de Las Molucas, se desató una gran borrasca. El santo hundió en el mar el crucifijo que llevaba. La fuerza de las olas se lo arrancó de las manos, y, para su gran desesperación, lo llevó a las profundidades. Pero Dios quiso devolver la alegría al alma de su siervo: después del desembarco, cuando caminaba por la orilla del mar, un enorme cangrejo salió súbitamente de las aguas y se detuvo ante los pies del santo, presentán­dole en las pinzas el crucifijo que se había abismado en las profundidades. Esta fábula derivaría de un cuento japonés recogido por Mitford en Tales of old Japan (Londres,1871).
CULTO
   Su cuerpo, transportado a Goa, fue sepultado en la iglesia del Bom Jesus. Su canonización se pronunció en 1622, tres años después de su beatificación. La primera iglesia de la orden de los jesuitas que se puso bajo su advocación es la de Burdeos. París le dedicó una iglesia moderna cerca de la Residencia de los Inválidos.
   La iglesia de Radrnirje, cerca de Gorny Grad (Oberburg) en Eslovenia, po­see una imagen milagrosa de san Francisco Javier.
   Apóstol de La India, es el patrón de los jesuitas, de los misioneros, de la Obra de la Propaganda de la Fe (De Propaganda Fide) y de los marinos que navegan en el Lejano Oriente. Se lo invocaba contra las tempestades y la peste.
ICONOGRAFÍA
   Aprieta un crucifijo contra su corazón, o entreabre la sotana para mostrar su corazón inflamado. Un cangrejo grande se arrastra a sus pies.
   A veces se lo representa en una choza, en el islote Sancián, donde murió, siguiendo con la vista una nave que se aleja.
   En la decoración de las iglesias de la orden jesuita, san Francisco Javier suele aparecer asociado con san Ignacio. Así puede verse en las iglesias de Gesu (Roma), o de Gesu nuovo (Nápoles), donde las estatuas de ambos santos for­man pareja en las fachadas. Rubens recibió el encargo de pintar dos grandes cuadros para la iglesia de los jesuitas de Amberes: los Milagros de san Ignacio y los de san Francisco Javier que se turnaban sobre el altar mayor.
   Un escultor de la orden de los jesuitas, Charles Belleville, que residió en China entre 1698 y 1708, diseñó un modelo de pirámide y un altar en forma de mausoleo para su tumba.
   En la iglesia de los jesuitas de Mendelheim (Baviera), san Francisco Javier lleva a un indio sobre los hombros, y forma pareja con Jesús, como Buen Pastor, devolviendo a la oveja descarriada (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000). 
Conozcamos mejor la Biografía de San Francisco Javier, a quien está dedicada esta obra;
     San Francisco Javier, (Javier, Navarra, 7 de abril de 1506 – Shangchuan, China, 3 de diciembre de 1552). Santo, cofundador de la Compañía de Jesús (SI), misionero en Oriente.
     Nació en el castillo de Javier, ubicado en un lugar estratégico frente al reino de Aragón. Era el último hijo del matrimonio formado por el doctor Juan Jasso y María de Azpilcueta. El padre, doctor por Bolonia, era un destacado y principal servidor de la dinastía del reino de Navarra, ejerciendo el cargo de presidente del Consejo Real. Su hermana Magdalena, a la que conoció solamente de oídas, había sido dama de la reina Isabel la Católica y, antes de 1506, había ingresado en el convento de las clarisas de Gandía, donde murió en 1533. Sus hermanos mayores, Miguel y Juan, con los que se llevaba once y nueve años respectivamente, fueron muy destacados en el bando opositor a la anexión efectuada por Fernando el Católico.
     El conflicto político de Navarra se había convertido para los Jasso en familiar, viviendo la división de los navarros entre agramonteses y beamonteses.
     El rey Fernando ponía el pretexto de la necesidad de pasar por aquel viejo reino para atacar a su enemigo francés. En julio de 1512 se produjo la llamada “pacífica unión” y diez días después los monarcas navarros huyeron hacia Francia pasando antes por Javier.
     Tres años después, Navarra había desaparecido como reino independiente, tras muchos siglos de existencia, siendo incorporada a la Corona de Castilla. Poco tiempo después moría el doctor Jasso, cuando su hijo Francisco contaba con nueve años.
     En el castillo de Javier se reunieron los que “conspiraban” tras la muerte del rey Fernando en 1516.
     Fracasado el intento, el regente de Castilla, el cardenal franciscano Ximénez de Cisneros, mandó demoler parcialmente esa fortaleza donde vivía Francisco.
     Desde esos intentos por recuperar el reino, se entiende la construcción de la ciudadela de Pamplona, en cuya defensa cayó un joven vasco, vinculado al duque de Nájera, virrey de Navarra. Se llamaba Íñigo de Loyola. Por aquellos años, el futuro san Ignacio y la familia del que habría de ser san Francisco Javier, estaban enfrentadas por una cuestión de identidad nacional. Todavía los hermanos mayores de Francisco de Jasso tardaron en normalizar su situación política. Sus bienes fueron confiscados y sus personas condenadas a muerte por alta traición. Habrían de negociar una rendición honrosa, que pasaba por conservar la posesión sobre el castillo de Javier. Llegaba así, con el perdón del Emperador, el final de las consecuencias sombrías que la anexión de Navarra había ocasionado a esta familia de los Jasso.
     Tras las primeras letras a la sombra de su madre y los latines de la mano de su primo sacerdote, Miguel de Azpilicueta, en el horizonte de su formación apareció París, con su Universidad, por la cual ya habían pasado otros miembros de su familia. Hacia allí se dirigió en otoño de 1525. Se matriculó en Artes como clérigo de la diócesis de Pamplona. Empezó a vivir en el colegio de Santa Bárbara, compartiendo celda con un saboyano, llamado Pedro Fabro y con un profesor, el maestro Peña. La vida colegial contaba con su propia cotidianidad, además de su método académico, el llamado “modus parisiensis”, después adoptado con matices por la propia Compañía de Jesús.
     Pero no era todo disciplina, sino que también escapadas nocturnas y vida de ocio. No obstante, a Francisco le impresionaron vivamente las marcas de sífilis que contempló en el rostro de uno de los profesores.
     En 1530, se había licenciado en Artes, obteniendo el grado de magister e incorporándose al cuerpo de docentes. Ese mismo otoño inició su vida docente, pasando al colegio de Beauvais, por lo que recibía a cambio la comida y alojamiento. Desde esa nueva posición intelectual, solicitaba al emperador Carlos el reconocimiento público de su hidalguía, junto con la de sus hermanos. Al mismo tiempo, escribía a su hermano para que le consiguiese alguna prebenda en la catedral de Pamplona. No obstante, en aquellos momentos fue cuando apareció en su vida un vasco llamado Íñigo de Loyola.
     Había llegado este último a París, tres años después de Francisco, cuando era un hombre maduro de treinta y ocho años. No contaba con muy buena fama. Unos decían que había huido de la Inquisición, tribunal que le había perseguido en las ciudades universitarias castellanas de Alcalá y Salamanca. Otros destacaban la fascinación que nacía del uso de la palabra.
     Al principio, vivió en el colegio de Monteagudo; después se acogió a la caridad en el hospital de Saint Jacques e, incluso, se decía que había viajado a Flandes y Londres en busca de la ayuda de los mercaderes españoles. Cuando inició sus estudios en Filosofía, ingresó en el colegio de Santa Bárbara, compartiendo estancia y morada con el mencionado Pedro Fabro y Francisco Javier. Comprobó el maestro Peña la capacidad de atracción que demostraba aquel vasco, pues faltando a las disputas dominicales, se llevaba consigo a estudiantes, para que confesasen y comulgasen en la cartuja. Sin embargo, lo que antes fue oposición y acusaciones de “seducción de estudiantes”, concluyó en reconocimiento por parte del rector Gouvea.
     Parece ser que el encuentro entre Íñigo y Francisco puede ser definido por la indiferencia del segundo hacia el primero. Se puede decir, pues, que el maestro Francisco era recio, resistente y “duro de pelar”, pero Íñigo, a menudo, le recordaba que de nada servía al hombre triunfar en el mundo, si perdía su alma. Por fin, Francisco se unió a aquel grupo que acudía cada domingo a la cartuja, empezando a compartir ideales con unos compañeros que pensaban en la pobreza.
     Pasó por su cabeza la posibilidad de renunciar a su cátedra. Un proceso prolongado, ni momentáneo, ni espectacular, que se ha venido conociendo como conversión.
     Era la primavera de 1533.
     Si Francisco conoció una Navarra en ebullición en su infancia y adolescencia, la Europa religiosa de su tiempo era la del estallido de las diferentes reformas.
     En medio de aquellas circunstancias, el grupo de los “iñiguistas” se consolidaba. Ya eran seis: el mencionado saboyano Pedro Fabro, el navarro Francisco Javier, los castellanos Diego de Laínez, Alonso de Salmerón y Nicolás de Bobadilla y el portugués Simón Rodrigues. Todos ellos se habían acercado a Íñigo de Loyola a través de los ejercicios espirituales, siendo todos ellos seglares, salvo Fabro, que fue el primer sacerdote.
     El grupo se consagraba a la vida apostólica, aunque antes habrían de comprometerse en peregrinar a Tierra Santa, añadiendo el voto de pobreza y castidad.
     En el horizonte de Palestina, algunos de estos hombres ponían el fin de su vida, incluso a través del martirio.
     Eso sí, conociendo las circunstancias del Mediterráneo, sabían que podía ser imposible esa misión.
     Por ello, consideraron la posibilidad de que, pasado un tiempo, pudiesen ponerse a disposición del papa Pablo III en Roma y del trabajo apostólico que él considerase encomendarles. Unas decisiones que se plasmaron en el voto del día de la Asunción que pronunciaron en Montmartre, en una capilla que se llamaba, precisamente, “de los mártires”. Era el año 1534. Un gesto, intrascendente para sus contemporáneos que vivían en París en aquellos momentos pero que motivó, según subraya José Ignacio Tellechea, el nacimiento del grupo “internacional, más cohesionado afectivamente y guiado por un mismo ideal”.
     Pretendían finalizar los estudios de Teología, y así, acordaron salir de París el 25 de enero de 1537, camino de Venecia, para esperar a embarcarse hacia Tierra Santa. Este nuevo horizonte rompía las expectativas que había generado Francisco en su familia y las causas de este cambio se las detallaba en una carta que puso en manos de su hermano Juan Jasso, el propio Ignacio de Loyola cuando hubo de retirarse momentáneamente a su tierra para reponerse de su salud. Los primeros compañeros se disponían a dirigirse hacia Roma con el fin de solicitar licencia al Papa para su peregrinación. Entonces, ya eran doce, aunque Ignacio se quedó en Venecia. Francisco y los demás entraron en la Ciudad Eterna un Domingo de Ramos, 25 de marzo de 1537. Gracias al doctor Pedro Ortiz fueron recibidos en audiencia pontificia, sentándose a su mesa, donde discutieron sobre Teología con otros hombres de Iglesia. Pablo III no solamente les concedió la licencia, sino que les otorgó una limosna de 60 ducados. En el tiempo del regreso a la República Serenísima, los hagiógrafos de Francisco situaron aquel extraño sueño que le había dejado “molido” en su descanso: “Soñaba que llevaba a las espaldas un indio y que no lo podía llevar”. No solamente resulta una premonición de lo que iba a ser la memoria y la existencia de Francisco Javier, sino una muestra de que estos clérigos reformados eran hombres inquietos del Renacimiento y de sus nuevos horizontes.
     Mientras esperaban su embarque, Francisco vivía con Alonso Salmerón en Monselice, asistiendo después en el hospital de los incurables de Venecia.
     Juan III de Portugal había recibido información del rector del colegio de Santa Bárbara, Diego de Gouvea, acerca de la idoneidad de ciertos “sacerdotes reformados”, maestros parisienses, que ofrecían un apostolado activo, muy propio para los objetivos espirituales de este Monarca para con sus Indias. Con este fin, escribió a Mascarenhas, su embajador ante la Santa Sede: “De París eran partidos ciertos clérigos letrados y hombres de buena vida, los cuales por servicio de Dios tenían prometida pobreza y solamente vivir de las limosnas de los fieles cristianos y que andan predicando dondequiera que van, y hacen mucho fruto”. El papa Pablo debía conceder la licencia oportuna para permitir esta misión, aunque también consideró el Pontífice que era menester la opinión de Ignacio de Loyola. El embajador habló con él, solicitándole a seis de sus jesuitas cuando apenas habían sobrepasado la decena. La reacción fue contundente y refleja las intenciones y el proyecto con el que contaba la Compañía: “Jesús, señor embajador, y ¿qué me dejáis para el resto del mundo?”. La mies era mucha, todo el mundo geográficamente, aunque los obreros en un principio, tan escasos. Finalmente, Ignacio designó para tal misión al portugués Simón Rodrigues y al castellano Nicolás de Bobadilla.
     El primero se encontraba enfermo y, a pesar de ello, embarcó hacia Lisboa. Bobadilla se hallaba en Nápoles, afectado por las fiebres de Malta. Los médicos impidieron su salida. El único disponible en el tiempo en que el diplomático portugués emprendía camino hacia Lisboa era Francisco Javier, el cual trabajaba hasta entonces como secretario de Ignacio. Aquella escena ha sido numerosas veces recreada, por las artes plásticas, la literatura, e incluso por la ópera. Existió poco tiempo para pensar aquel ofrecimiento que le hacía quien actuaba como su superior y menos aún fue el necesario para preparar lo poco que para Francisco era imprescindible llevar. La despedida, para siempre, entre Ignacio y Francisco, se presentó como otra de las escenas más cantadas y retratadas.
     Cuando Francisco abandonó Roma, la Compañía de Jesús solamente estaba aprobada verbalmente por Pablo III. Estaban presentándose una serie de dificultades que fueron discutidas por diferentes cardenales antes de la aprobación solemne que habría de llegar por la bula que recibió el título de “Regimini militantes Ecclesiae” (1540). Con este fin, Francisco redactó dos documentos para fijar su posición en la futura Compañía: “Prometo de estar a todo aquello que ordenaren los que se pudieren juntar”. No iba a participar en el proceso de elaboración de las Constituciones, mostrando su plena confianza en lo que los demás decidiesen. Al mismo tiempo, había aprobado la permanencia en la unidad, incluso en la dispersión, dándose una cabeza de carácter vitalicia que les gobernase. Francisco, para el supuesto día de la elección, dejó también su voto escrito: “Que sea el perlado nuestro antiguo y verdadero padre don Ignacio, el cual, pues nos juntó a todos con no pocos trabajos”.
     Emprendía camino, dentro de la comitiva del embajador Mascarenhas, hasta Lisboa, alcanzándola a finales de junio de 1540. El camino fue aprovechado para el ejercicio de sus trabajos apostólicos. Aquella ciudad era una puerta abierta hacia un mundo de comercio, de las inquietudes descubridoras, de las mercancías desconocidas. Allí se encontró con su compañero Simón Rodrigues; conoció a Juan III y a su esposa Catalina de Habsburgo, hermana pequeña del emperador Carlos V. Ya mostró el Monarca su entusiasmo por el “modo de proceder” de los maestros de París, aunque en Portugal se les conoció como los “apóstoles”. Todavía era temprana la acepción de jesuitas.
     Gozando de la protección de la Corte, desde el principio los de la Compañía trataron de romper con esa imagen de clérigos relajados, desarrollando ministerios que sorprendían: los trabajos entre los presos en las cárceles o los “herejes” de las condenas inquisitoriales.
     El invierno de 1540 lo pasaron acompañando a la Corte en Almeirim. Desde allí conocieron la aprobación pontificia de la Compañía, aunque con algunas limitaciones de número. Algunos de los cardenales que rodeaban a Pablo III desconfiaban de ciertas novedades planteadas por el documento presentado por Ignacio de Loyola, la “Fórmula del Instituto”. Limitaciones que desaparecieron posteriormente.
     El interés real se intentó canalizar en la fundación de un colegio temprano, el de Coimbra, cantera para la formación de misioneros destinados a los lejanos territorios de la metrópoli. Quizás era mejor que estos misioneros renunciasen a la empresa de Indias y se estableciesen en Portugal. Era la misma filosofía que les había planteado Pablo III cuando les había dicho que buena Jerusalén era Roma cuando aquéllos manifestaron su deseo de peregrinar a Tierra Santa.
     La pelota estaba en el tejado del monarca portugués.
     Finalmente, se decidió que Francisco Javier viajaría a India, mientras que Simón Rodrigues permanecería en Portugal con el objetivo de poner en marcha el colegio de Coimbra. El jesuita navarro había viajado mucho, había probado los caminos polvorientos de Europa, pero no se había hecho nunca a la mar, no se había enfrentado jamás a sus peligros. Le intentaron convencer a Francisco Javier que era conveniente que le fuese asignado un criado, pues éste le confería el prestigio que era menester para dirigir su palabra de predicación. Esa evangelización de la apariencia fue contestada por el jesuita navarro: “El adquirir crédito y autoridad por ese medio que V. S. dice, ha traído a la Iglesia de Dios al estado en que ahora ella está y a sus prelados”. Quizás era la misma línea de la sublimitas evangelica que había defendido Erasmo de Rotterdam, asociada a los primeros apóstoles. Un gesto que demuestra, como indica Tellechea, que Francisco Javier era un misionero y no un funcionario o un político.
     En su despedida, Juan III le entregó los breves pontificios que el jesuita le había traído desde Roma. Era su nombramiento pontificio como nuncio apostólico, con competencias sobre tierras tan amplias como desconocidas y diversas. El medio de comunicarse, tanto con el Monarca —exponiéndole sus quejas y los abusos de los portugueses— como con sus compañeros y su superior Ignacio, iba a ser a través de la carta, auténtico cordón umbilical para conseguir la unidad en la dispersión: “Escribidnos largo”. Se embarcó en el pesado galeón Santiago, en el cual iba el nuevo virrey de aquellas tierras, zarpando el 7 de abril de 1541, fecha de su trigésimo quinto cumpleaños. Le acompañaban los también jesuitas Micer Paulo y el portugués Mansilha.
     Pasó la flota por el archipiélago de las Azores, se aproximó a las costas del Brasil tomando rumbo hacia el cabo de Buena Esperanza. Daba muestras el jesuita de una actitud servicial hacia sus compañeros de navegación: atendía a los enfermos, ayudaba a morir a los que alcanzaban sus últimos instantes en alta mar, siempre aplicando ese principio de adaptabilidad a las circunstancias que le tocase vivir en cada uno de los momentos. Recalaron en Mozambique, una importante factoría portuguesa surgida en 1507.
     En medio de un clima sofocante esperaron los vientos adecuados para proseguir a India. El virrey Sousa tuvo que adelantar su viaje ante las amenazas de los turcos frente a la ciudad de Goa. Llevaría consigo al padre Francisco. Pronto descubrió el jesuita, en las escalas que realizaba, la presencia de cristianos, descendientes de aquellas cristiandades primitivas y que habían permanecido aisladas. Divisaban Goa el 6 de mayo de 1542, en la India, un año después de haber zarpado de Lisboa. “Es una ciudad toda de cristianos —escribía Francisco en la primera carta que dirigió a Roma—, cosa de ver”, sede del obispo Alburquerque, un fraile franciscano que colaboró ampliamente con el padre Francisco. Era esta ciudad el principal apoyo del imperio portugués en Asia.
     Esperando un tiempo más propicio para navegar, evitando los monzones, inició sus labores catequéticas, visitando los domingos la leprosería y haciendo una realidad la frecuencia de los sacramentos. Estaba cercano el momento, en septiembre de 1542, en que el virrey habría de mandarle entre “moros y gentiles”, para la predicación del Evangelio y con este efecto solicitaba a Roma instrucciones precisas para ello. Antes, gracias al apoyo del virrey Sousa, propició el nacimiento del colegio de los jesuitas en Goa, con la pretensión de ser un seminario para la formación del clero indígena. Su condición de misionero le hizo exigente en las cualidades que debían mostrar los jesuitas que acudiesen en un futuro a estas tierras.
     El primer destino, pensado por el virrey, era el trabajo entre los indios paravas, en el extremo sur de la India y desde el cabo Comorín. Vivían en pequeños poblados costeros, dedicados de manera temporal a la extracción de perlas en el fondo del mar. Bajo la protección de Portugal habían sido bautizados en masa y sin ninguna doctrina o catequesis previa. Al padre Francisco le acompañaban tres indios paravas que se estaban preparando para el sacerdocio en el colegio de Goa, con el fin de servirle de introductores lingüísticos en la lengua tamil. Fue recorriendo todos los poblados de la costa, hasta alcanzar la capital de la Pesquería, Tuticorín. Empezó a combatir una religiosidad del terror, dialogó con los brahmanes más formados y se percató de la repelencia que le causaba la presencia de los ídolos. Con todo, el padre Francisco no profundizó en el alma india, como asevera Tellechea. Recorriendo estos poblados, surgió también su fama de hombre milagrero. En Goa, además, había preparado un catecismo con pronunciación figurada, poniendo en marcha estrategias de catequización que alcanzarían éxito: “Muchas veces me acaece —escribe en enero de 1544— tener los brazos cansados de tanto bautizar y no poder hablar de tantas veces decir el credo y los mandamientos en su lengua de ellos”. Se lamentaba en sus cartas de las inútiles controversias en las que se enfrascaban los hombres en los ámbitos intelectuales y teológicos europeos y la falta de intención de los que no se preparaban adecuadamente: “Cuántas ánimas dejan de ir a la gloria y van al infierno por la negligencia de ellos!”.
     El impacto de lo que afirmaba Francisco Javier en su epistolario empezó a contar con gran repercusión en toda Europa. Sus cartas comenzaron a ser editadas, en ocasiones de manera aislada, en otras convenientemente agrupadas, lo que generó fascinación misionera en algunas vocaciones y, por tanto, prestigio, incremento y expansión en la Compañía de Jesús. La primera colección fue preparada por Tursellinus en 1596, aunque en el siglo XVII Possino reunió ya noventa de ellas. Cuando regresó a Goa, le entregaron un mazo de cartas retrasadas que le habían ido escribiendo desde Roma. Conociendo que sus compañeros habían realizado la profesión solemne, la pronunció igualmente, recortando sobre el texto latino la firma con la que Ignacio de Loyola había concluido una de sus cartas. Una copia del texto de su profesión llevó siempre colgada al cuello dentro de una bolsita, como si se tratase de una auténtica reliquia.
     Volvió a las misiones del sur mucho más acompañado.
     Pasaron por la isla de Ceilán. Después empezó a confiar misiones a sus compañeros. Mansilha, por ejemplo, fue destinado a Manapar. Les insistía en la necesidad de que el pueblo amase a los misioneros, mostrando éstos de manera constante paciencia. Conocía el padre Francisco los enfrentamientos entre los reyezuelos de la zona, provocando tanta desolación y muerte en el pueblo, lo que generaba agonía en el misionero jesuita. “Su vida —afirmaba su compañero Mansilha— era más de hombre santo que de persona humana”. Prosiguió su camino hacia la isla de Santo Tomé, cerca de la actual Madrás, donde se decía que se encontraba el sepulcro del “apóstol Mellizo”. Decidió salir hacia Malaca, al tiempo que escribía una larga carta a Juan III. Afirmaba en ella con contundencia que los mayores impedimentos para la expansión del Evangelio eran los oficiales reales portugueses.
     Era un misionero a la sombra de esa Monarquía y autoridad de Portugal, pero padecía el influjo de los malos ejemplos de los portugueses.
     Se despedía momentáneamente de la India. Le esperaba, desde la costa oriental, el destino de Malaca.
     Era ésta la capital de las posesiones de los portugueses en el ámbito malayo, donde habría de incluir las Molucas, Java, Borneo y las islas Célebes, donde se encontraba el Macassar, que era el último destino en el horizonte del misionero. Se trataba este último de un emporio, donde llegaban manufacturas muy diversas.
     Con la ayuda de algunos portugueses tradujo su catecismo a lengua malaya, aunque escrito con caracteres latinos. En enero de 1546, prosiguió su viaje a Macassar, atravesó el estrecho de Singapur, arribando tras mes y medio al sur de las Molucas. Se sintió dispuesto a acabar con la ferocidad de unos hombres que eran cazadores de cabezas humanas —los alfuros—. Estuvo apunto de ahogarse en medio de aquella tempestad que calmó con un crucifijo que llevaba colgado en el cuello, deslizándose esta pieza entre los dedos en su contacto con el agua y cayéndose en el mar. Se libraron del naufragio, pero, de repente, un cangrejo sacaba ese crucifijo tan apreciado a la playa de entre las aguas con sus patas delanteras. Pasó ocho días entre aquellos hombres, no consiguiendo ninguna conversión.
     Cuando regresó a Amboina encontró buques de guerra portugueses que conducían a ciento treinta españoles que habían sido apresados y que habían intentado llegar desde México a las Molucas en la flota de Ruiz de Villalobos. Aquellas islas eran causa de litigio tras el reparto del tratado de Tordesillas. Entre ellos se encontraba un sacerdote llamado Cosme Torres, que decidió su entrada en la Compañía. Después, sería su colaborador en la misión de Japón.
     Le hablaron del reino de Ternate —enclave para el dominio del archipiélago de las Malucas— y decidió el padre Francisco visitarlo, consiguiendo pocas conversiones, sin faltar después en las islas del Moro, en septiembre de 1546. Su viaje de regreso a la India fue muy prolongado y con etapas intermedias. En los cuatro meses que permaneció en Malaca, mercaderes portugueses le hablaron de unas islas de gran tamaño llamadas Japón y que serían muy adecuadas para la predicación del Evangelio, pobladas por “gente deseosa de saber en gran manera”, con un mundo intelectual más atractivo que el de la India. Hasta el padre Francisco llegó un japonés que le buscaba para obtener la tranquilidad espiritual. Se llamaba Angino y será después el encargado de traducir el catecismo al japonés. Pero antes de alcanzar aquel horizonte, cumpliría con labores de gobierno entre los misioneros.
     Redactó unas “Instrucciones para los que trabajan en Pesquería y Travancor”. En Goa desde abril de 1548 escribió una doctrina cristiana, una declaración de los artículos de la fe y un orden o régimen de vida cristiana que podía ser entregado a los que se confesaban.
     Su balance sobre la propagación de la fe en este imperio portugués de factorías costeras no era del todo optimista, mostrando su esperanza en el Japón para la perpetuación del cristianismo. Al padre Barzeo, enviado a Ormuz, le dirigió una instrucción, que se convirtió en un manual del misionero, reflejando en sus palabras lo que había experimentado hasta el momento.
     Sus “libros vivos” no eran otros que los hombres que se había encontrado.
     Partieron de Cochín el 25 de abril de 1549 hacia Japón. Le acompañaba el mencionado padre Cosme Torres, el hermano Fernández y tres japoneses que habían hecho los ejercicios en el colegio de Goa. Alcanzaban Japón el 15 de agosto. Habían navegado en la nao de un mercader chino, al que tuvo que obligar Francisco Javier a culminar el trayecto, ante los deseos de la marinería de invernar en el puerto chino de Cantón. Arribaron, precisamente, en la tierra del mencionado Angino, Kagoshima. En sus cartas describe con la admiración del viajero, pero sobre todo con las coordenadas del misionero, el impacto que le fue causando el mundo japonés. Se producía el primer contacto de un europeo con el shintoísmo; conocía la forma de vida de aquellos bonzos que se convirtieron en enemigos de su predicación; contactó con gobernantes locales; obtuvieron los primeros pequeños éxitos pero vivieron las burlas también de los que les oían predicar. La intención del padre Francisco era caminar hasta la ciudad de Meako —la actual Kyoto— para poderse entrevistar con el Rey, proyecto que terminó en fracaso. Ni se presentaba de manera suntuosa, ni había preparado los convenientes regalos. Atraído por las universidades que había oído que existían allí, visitó además monasterios budistas donde pudo conversar, preguntar y responder.
     Mayores éxitos cosechó en la gran ciudad de Yamaguchi, sobre todo en su segunda visita, cuando se presentó como enviado del Papa y del rey de Portugal, con las oportunas credenciales y regalos, rodeado de una pomposidad que gustaba mucho en Japón. El duque le otorgó la licencia para predicar, autorizando a los súbditos para que se convirtiesen al cristianismo.
     Los que conformaban un embrión de reducida comunidad intentaron aminorar las dificultades lingüísticas, contribuyendo a compendiar mejor la doctrina cristiana. Todavía más boato desarrolló ante la llamada del príncipe de Bungo, vistiendo una sobrepelliz blanca sobre su sotana y una lujosa y bonita estola verde para presentarse ante él. Tras dos años sin saber nada de sus compañeros en India, Malaca y Molucas, era la hora de regresar. Era mediados de noviembre de 1551.
     Al recibir noticias del cierre de China a los extranjeros, por parte del capitán Pereira, Francisco Javier empezó a soñar con este nuevo horizonte. Decidió que al año siguiente viajaría hasta allí, siempre que el mencionado Pereira fuese nombrado embajador por el virrey. De nuevo, pretendía presentarse al rey de Pekín, con el objeto de pedirle permiso para predicar el Evangelio. Existía la necesidad de poner el catecismo japonés en caracteres chinos. En Singapur, en diciembre de 1551, tuvo conocimiento por un carta retrasada firmada por Ignacio de Loyola, que había sido nombrado provincial de la India, desmembrando estos territorios de la de Portugal. En las cartas con las que respondió, el misionero se mostró entusiasmado por China, “tierra muy grande, pacífica y sin guerras”.
     En esa impaciencia constante por abrir nuevos horizontes sin haber empezado ni siquiera a culminar los anteriores se entienden los sentimientos del padre Francisco Javier. Si triunfaba en China, el futuro de la misión de Japón tornaría a mejores resultados. Mientras que confesaba su incapacidad para hacerse cargo del provincialato, consideraba que había llegado la hora de enviar jesuitas a las universidades del Japón, personas que se arriesgasen a sufrir duras persecuciones.
     Pensó, incluso, que los alemanes y flamencos que conociesen el castellano o el portugués eran los más adecuados para llevar a cabo esta misión. Pero antes de China, debía de pasar por Goa como provincial. A finales de febrero de 1552 se encontraba allí con cuarenta jesuitas, algunos obrando por su cuenta, como el padre Gomes, el cual había optado por hacer de aquel colegio una universidad al estilo de Coimbra.
     Una acción que le había condenado, por parte de este provincial, a la expulsión. Cuando Gomes trató de dar cuenta en Roma y a Ignacio de Loyola del modo que tenía Francisco Javier de gobernar, murió en un naufragio en el cabo de Buena Esperanza.
     Tras redactar instrucciones destinadas a distintos jesuitas, iniciaba su viaje hacia China en abril de 1552. Por Malaca, llevaba consigo un amplio matalotaje con numerosos regalos para ofrecer a los más distinguidos. No pudo llevar desde aquel punto a Diego Pereira como embajador, gesto que truncaba mucho los planes. Partía Francisco Javier en la nao Santa Cruz, acompañado por el hermano Ferreira, Antonio China —educado en el colegio de Goa— y el criado Cristóbal. A fines de agosto llegaban al archipiélago de Cantón, en la isla de Sanchán. En una de las chozas que habían levantado los portugueses, celebraba el padre Francisco misa a diario, adoctrinaba a los niños y esclavos e intentaba buscar comerciantes chinos que le adentrasen en su país, aunque fuese oculto. Ante la falta de resultados de sus planes, pensó en otras posibilidades, como unirse en Siam a la comitiva de la embajada que su Monarca iba a enviar a China e, incluso, intentarlo de nuevo con Diego Pereira.
     Si confiaba en un desconocido comerciante chino, movido solamente por el soborno de lo que le pagase, podía ser abandonado en medio del mar o ser engañado y padecer martirio por orden del gobernador de Cantón. Al fin llegó el esperando mercader, aunque anunciando que habían sido apresados más portugueses.
     El hermano Ferreira no se atrevió a acompañar al padre Francisco, lo que le valió la expulsión. Los portugueses abandonaban la isla de Sanchán, llevando consigo las últimas cartas que escribió el misionero jesuita.
     Todavía en ellas manifestaba su esperanza en el éxito. Quedaba solo, con la única compañía de Antonio el Chino y del mencionado criado Cristóbal, cuando llegaron a Roma sus deseos, expresados anteriormente por carta, de reunirse con sus hermanos europeos. Ignacio de Loyola le llamó a su lado en la Ciudad Eterna. Sin embargo, cuando aquella carta del superior, fechada en mayo de 1552, llegó a su destino, el padre Francisco ya había fallecido. Padeció pulmonía en los últimos días de noviembre. Agonizaba delante de las costas de China, expirando, cuando amanecía el 3 de diciembre, día en el que la Iglesia recuerda su memoria y ejemplo, desde su canonización en 1622 por Gregorio XV y tras su beatificación por Pablo V en 1619. Subía a los altares junto a san Ignacio de Loyola. Precisamente, aquella jornada, el 12 de marzo, se recuerda a través de la celebración de la “Novena de la Gracia”, rememorando además uno de sus milagros más celebrados, el obrado en 1634 sobre el padre Marcello Mastrilli, mártir después en el Japón.
     Su sepultura se fijó, al principio, en esta pequeña isla, trasladándose después a Malaca y más tarde a la India, dando muestras su cuerpo de incorrupción. Se expandió y consolidó su fama, sus milagros, sus cartas y su vida. Fue declarado por Benedicto XV en 1927 Patrono de las Misiones junto con una contemplativa, la carmelita santa Teresa de Lisieux. Cada 3 de diciembre, su tierra celebra el Día de Navarra y el castillo de Javier es la meta de las famosas marchas de la juventud conocidas como las “Javieradas” (Javier Burrieza Sánchez, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
Conozcamos mejor la Biografía de Herrera "El Viejo", autor de la obra reseñada;
     Francisco de Herrera "El Viejo" (¿Sevilla?, c. 1590 – Madrid, c. 1654). Pintor, grabador y arquitecto.
     El pintor, grabador y diseñador arquitectónico Francisco de Herrera el Viejo era, seguramente, natural de Sevilla, ciudad de la que fue vecino y donde desarrolló su carrera profesional durante casi toda su vida. Herrera el Viejo destaca por ser una de las tres figuras del primer naturalismo sevillano del siglo XVII, con una personalidad que le permitió imponerse en el ambiente artístico de su ciudad. Fue capaz, con la influencia de Roelas y, posteriormente, de pintores más jóvenes, de adaptar una forma de pintar totalmente retardataria a otra más naturalista y vivaz que en su madurez se acercó al pleno Barroco, sin dejar de desarrollar rasgos muy personales en la técnica de su pincelada y el nervio de sus composiciones.
     Fue hijo de un pintor de miniaturas y grabador llamado Juan de Herrera y, aunque nada seguro se sabe de su primera formación, parece lógico pensar que la profesión del padre le abrió el camino y que su aprendizaje tuvo lugar con su progenitor, aunque se le supuso discípulo de Francisco Pacheco. El primer dato conocido sobre él es el de su primera obra firmada y fechada en 1609, un grabado calcográfico para la portada de un libro, detalle que inmediatamente lo sitúa como artista vinculado a su padre, así como temprano grabador. En 1614, Herrera el Viejo contrató su primer encargo pictórico importante, una serie de lienzos destinados a la capilla de la Vera Cruz del convento de San Francisco de Sevilla, del que únicamente se conservan tres de los cuadros: La Inmaculada con monjas franciscanas, El rescate de San Luis y La visión de Constantino, que forman un ciclo dedicado a la Santa Cruz. Debía de ser, por lo tanto, un pintor ya valorado por la clientela de la ciudad y, si se ha de creer a Palomino, sería por estas fechas cuando el niño Diego Velázquez habría pasado fugazmente por su taller como aprendiz.
     Las primeras obras de Herrera demuestran que comenzó utilizando un lenguaje estilístico ligado al romanismo tardío de raíz flamenca, que era el habitual en su entorno cronológico y geográfico, vinculado especialmente a Vázquez y Pablo de Céspedes. De hecho, las pinturas del ciclo de la Vera Cruz muestran que Herrera fue en sus comienzos un pintor de estilo arcaico, anclado en un manierismo residual que, al menos, era capaz de mostrar su prometedora capacidad en el uso del color y en su técnica con el pincel, que empezaba a soltarse, detalles que había tomado de Juan de Roelas, el introductor del primer naturalismo de raíz veneciana en Sevilla. Nada en la obra de Herrera muestra ecos de caravaggismo. En 1617, firmó un lienzo con la representación de Pentecostés (Museo de El Greco, Toledo), que aún muestra bien a las claras su anclaje en la tradición manierista flamenquizante, por su composición. Otras obras de esta primera etapa son los cinco lienzos que contrató para la Merced de Huelva, que demuestran que su fama empezaba a extenderse incluso fuera de su ciudad.
     Todos los años, hasta 1619, en los que Herrera el Viejo trabajó como pintor en Sevilla, lo hizo de forma completamente irregular e ilegal, pues no había cumplido con el requisito imprescindible que exigía la organización laboral de su tiempo: el examen de maestría. Legalmente, para poder ejercer libremente como maestro pintor en la Sevilla del Seiscientos (como en otros lugares y en otras profesiones), había que pasar un examen ante representantes del gremio. Herrera había estado ejerciendo sin cumplir este requisito, por lo que en 1619 fue denunciado ante la justicia hispalense. Parece que Herrera tuvo una concepción de su profesión más moderna que la mayoría de sus compañeros y, primero, ignoró y, después, intentó evitar el control gremial, involucrando al también pintor Francisco Pacheco. Finalmente hubo de examinarse, para lo cual debió (como era habitual) realizar una “obra maestra”, y responder a varias preguntas de sus examinadores. Una vez realizado el trámite, se le expidió el correspondiente título, con el cual ejerció legalmente el resto de su carrera. El pleito no sólo habla de las nuevas ideas sobre el estatus del artista y su ejercicio en la Castilla de la época, sino también de la amistad de Herrera el Viejo con Pacheco, quien ya hemos visto que se ha venido, en ocasiones, a considerar su maestro.
     Desde 1619, tras el pleito con el gremio de pintores, Herrera entró en una fase de mucho trabajo. Hacia 1620 se le encargó una de sus obras de mayor importancia y trascendencia, el gran lienzo de la Apoteosis de san Hermenegildo, para el retablo mayor de la iglesia del Colegio de Teología de la Compañía de Jesús de Sevilla, dedicado a ese santo, seguramente junto al diseño de la decoración de las yeserías de la cúpula ovalada del mismo templo. Es una obra de gran tamaño, en la que se han separado dos registros superpuestos de un modo arcaizante, con una gloria de ángeles que evoca las de Roelas. La relación de Herrera con los jesuitas sevillanos fue bastante buena, lo que, además de esta obra, le aportó el encargo de grabados calcográficos. También en conexión con el colegio jesuita hispalense está la leyenda difundida por Palomino de que hacia 1624 Herrera el Viejo fue acusado de acuñación de moneda falsa, por lo que hubo de refugiarse en San Hermenegildo, y que fue absuelto por Felipe IV durante su visita a Sevilla en esas fechas, gracias a la habilidad de Francisco como pintor. La leyenda es seguramente una invención de Palomino, que pretendía añadir argumentos a la fama del artista como pintor y persona de carácter fuerte, se podría decir que antisocial, y a la del Rey como aficionado a la pintura. También tuvo por estos años numerosos pleitos y procesos judiciales, que en buena manera han contribuido a cimentar esa fama de persona de temperamento difícil y conflictivo. Hacia 1625, Herrera el Viejo contrajo matrimonio con María de Hinestrosa, dama de cierta alcurnia. De este matrimonio nació su hijo Francisco (1627), también famoso pintor sevillano y, según Palomino, otros dos vástagos, un varón conocido como Herrera el Rubio, también pintor, que murió muy joven, y una hija.
     En 1626 Herrera el Viejo entró en la que se puede considerar su fase más activa e importante como pintor. Realizó trazas y dibujos para la decoración de yeserías y pintura de la iglesia y coro del colegio franciscano de San Buenaventura de Sevilla, proyecto que plasmaron maestros de obras. Realizó para este conjunto las pinturas al fresco de la cúpula, las pechinas y las bóvedas del templo entre 1626 y 1627. Para esta casa religiosa hizo también cuatro lienzos del ciclo de cuadros previsto de la “Historia de san Buenaventura”, uno de cuyos originales se conserva en el Museo del Prado (Ingreso de san Buenaventura en la orden franciscana). Para el convento franciscano de Santa Inés realizó también en 1627 la pintura, dorado y estofado del retablo mayor de su iglesia. La fama de Herrera debía de ser elevada por aquel entonces, pues, además, los trinitarios de Andalucía le encargaron la estampa en folio que se ofrecería al valido, el conde duque de Olivares. También vio Herrera la aparición con fuerza de un rival profesional, Francisco de Zurbarán, con quien tuvo que compartir parte de las pinturas encargadas para San Buenaventura.
     En esta época Francisco de Herrera el Viejo estaba ya en su plena madurez como artista y, aunque muchos pintores más jóvenes ya se habían incorporado al mercado sevillano aportando novedades técnicas y estilísticas, él seguía asentado en la tradición, si bien enriquecida por un intenso y personal naturalismo, probablemente algo influido por las frescas aportaciones de sus jóvenes competidores. Los lienzos de la serie dedicada a san Buenaventura son el mejor ejemplo de esa madurez de estilo. Son composiciones de un naturalismo sobrio pero un tanto inestables y desmañadas, de colorido peculiar que busca armonías tonales de origen veneciano. Los rostros de las figuras quieren expresar individualidad —y a veces muestran fealdad—, y están realizados con amplias pinceladas sueltas, modeladoras y vibrantes. La técnica de su pincelada es tan enérgica que hizo surgir la leyenda de que pintaba con brochas, más que con pinceles.
     En 1628 Herrera el Viejo se obligaba a hacer un gran Juicio Final para un altar de la iglesia sevillana de San Bernardo. El retraso en su entrega motivó un pleito, pero la obra resultó ser un cuadro grandioso que le colmaría de gloria en su tiempo y que está en consonancia con su producción madura. En 1630 Herrera estuvo encarcelado por retrasos similares al aludido, mantuvo agrios pleitos y los problemas económicos parecían afectarle gravemente. A pesar de ello, su fama se había extendido incluso fuera de Sevilla, a juzgar por un elogio que le dedicó Lope de Vega en una de sus estancias de El Laurel de Apolo (1630).
     En 1631 murió su padre, Juan de Herrera, quien vivía con Francisco seguramente desde la muerte de la madre en 1618-1619. En esta década, en la que se constata su amistad con Alonso Cano, realizó obras diversas como el dibujo firmado y fechado de un San Miguel, quizás boceto para una pintura que se encontraba en la iglesia hispalense de San Alberto (1632), iluminó una estampa del rey san Fernando, e hizo, firmó y fechó (1636) un Santo Job (Museo de Rouen). En 1636 debió de empezar a trabajar en dos lienzos, pintura, dorado y estofado de dos retablos laterales (uno de La Venida del Espíritu Santo y otro de Santa Ana), para la iglesia del convento de Santa Inés de Sevilla, que le terminaron de pagar al año siguiente. El mismo año 1637 se comprometió con las monjas del convento de Santa Paula al dorado, estofado y encarnado de un retablo de talla que se hacía para su iglesia. El año siguiente Herrera hizo la pintura y los cuadros del retablo del altar mayor de la iglesia del convento de San Basilio Magno de la capital hispalense. Se trataba de un retablo con un ciclo pictórico completo, con varias pinturas en el banco, diez para los nichos entre pilastras laterales, dos tarjas y dos lienzos principales, de los que destaca el monumental Visión de San Basilio (Museo de Sevilla), compuesto en dos planos pero sin la rígida compartimentación de obras anteriores, resultando ser una considerable novedad, por la composición oblicua, la pincelada suelta y nerviosa, la energía en las actitudes de los personajes y en sus rostros, acercándose al pleno Barroco. Fue por estos años cuando su hijo Francisco comenzó su aprendizaje a su lado.
     En la década de 1640 realizó un grupo de obras de plena madurez, cuando su prestigio era completo y estimable su consideración social. Además de varios dibujos firmados de un apostolado, pertenecen a esta época una pintura firmada y fechada de un San José con el Niño Jesús (1645, Museo de Budapest) y un grupo de cuatro grandes lienzos que decoraron el salón principal del palacio arzobispal de Sevilla (1646-1647). Parecido a uno de ellos debe ser el Milagro de la multiplicación de los panes y los peces de Madrid. Destaca también el San José con el Niño del Museo Lázaro Galdiano (1648).
     En septiembre de 1647, su hijo Francisco contrajo matrimonio en la iglesia de San Andrés. El enlace duró poco tiempo, terminando en pleito, divorcio y devolución de dote el año siguiente. En julio de ese año, Herrera el Viejo estaba en Madrid. Ceán ya señaló que se había trasladado a la Corte en torno a 1650, lo que se puso en relación con la peste que asoló Sevilla el año anterior, pues el pintor habría trasladado su residencia en busca de mejores perspectivas laborales. Tampoco, se suponía, habría sido ajeno a ello el fallecimiento de su esposa por estos años, ni el viaje de su hijo y homónimo a Roma tras su divorcio, siempre en relación con la fama de mal carácter del padre y con la leyenda —que no pasa de invención—, recogida por Palomino y Ceán, según la cual Herrera el Mozo, no pudiendo soportar el temperamento violento y bronco de su padre, tras robarle una abultada cantidad de dinero en complicidad con su hermana, huía del hogar paterno rumbo a Italia.
     Hoy se sabe que, con anterioridad al matrimonio del hijo, seguramente no mucho antes de julio de 1647 (aunque se ignora cuándo exactamente y por qué), Herrera el Viejo se encontraba en la Corte. En Madrid, según su contemporáneo Díaz del Valle, pintó varias obras para diversas iglesias, pero hay pocas noticias de esta fase. Según Ceán (quien sigue a sus precedentes), Herrera el Viejo falleció allí en 1656, y fue enterrado en la parroquia de San Ginés de la Villa y Corte. No se sabe la fecha cierta, pero el 29 de diciembre de 1654 un Francisco de Herrera, que murió sin testar, fue enterrado en la parroquia citada. Quizás se trate de este pintor, quien habría muerto solo, olvidado y empobrecido (Roberto González Ramos, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Éxtasis de San Francisco Javier", de Herrera el Viejo, en el Rectorado de la Universidad de Sevilla (Antigua Fábrica de Tabacos), de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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miércoles, 2 de diciembre de 2020

El banco de la provincia de Lérida en la Plaza de España

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el banco de la provincia de Lérida, en la Plaza de España, de Sevilla.
   Hoy, 2 de diciembre, se conmemora el aniversario del encarcelamiento de Dº Carlos de Viana en Lérida (2 de diciembre de 1460), siendo éste el tema del panel central del banco de la provincia leridana, así que es hoy el mejor día para Explicarte el banco de la provincia de Lérida, en la Plaza de España, de Sevilla.
     La Plaza de España consta de cuatro tramos de catorce arcos cada uno, en cuya parte inferior se sitúan bancos de cerámica dedicados a cada provincia española. Flanquean el conjunto dos torres, denominadas Norte y Sur, intercalándose tres pabellones intermedios, que corresponden a la Puerta de Aragón, la Puerta de Castilla y la Puerta de Navarra. El central o Puerta de Castilla es de mayor envergadura y alberga la Capitanía General Militar.
   La estructura de cada banco provincial consiste en un panel frontal representando un acontecimiento histórico representativo de la provincia en cuestión, incluyendo por lo general escenas con los monumentos más representativos de la ciudad o provincia. Flanquean el conjunto anaqueles de cerámica vidriada, destinados originalmente a contener publicaciones y folletos de la provincia en cuestión. Rematando el banco aparece un medallón cerámico en relieve con su escudo. En el suelo se reproduce en azulejos el plano de la provincia y sus localidades más destacadas. Entre los arcos figuran los bustos en relieve de los personajes más importantes de la historia de España. La ejecución- de la mayoría de los mismos corrió a cargo del escultor ceramista Pedro Navia Campos.
   La Exposición Iberoamericana tuvo sus motivaciones políticas y propagandísticas, y éstas influyeron en algunos detalles. Respecto a las escenas históricas representadas en los bancos de las provincias, algunos de ellos fueron retirados precipitadamente en los meses previos a su inauguración por sus incorrecciones históricas o su inconveniencia política, ya que se consideró que no sintonizaban con la idea de unidad y paz que pretendía proyectar el recinto monumental.
   En el banco de la provincia de Lérida, situado entre los de las provincias de León y Logroño (La Rioja), y entre las Puertas de Castilla (Capitanía General) y la de Navarra, la escena histórica representada en su panel central es el encarcelamiento de Dº Carlos de Viana, flanqueada por la Iglesia de San Lorenzo y la Catedral de la Seu Vella de Lérida, bajo una cenefa con los escudos de la capital y nacional, obra original de Enrique Orce Mármol en la fábrica Vda. de Tova Villalva, del año 1926. Restaurado in situ por la Escuela Taller de la Plaza de España, en la última fase de los trabajos finalizada en 2010.
   Los azulejos retirados fueron restaurados por dicha Escuela y depositados en los almacenes del Patrimonio del Estado ubicado en los bajos del edificio de la Plaza de España, y en los extremos unos anaqueles, también cerámicos, donde se colocaron originalmente folletos de cada localidad. En la zona inferior encontramos otro panel cerámico con el mapa de la provincia y tres bancos en forma de "U" decorados con dibujos vegetales derivados de los típicos candelieri con angelotes, y los nombres de muchos de los pueblos de la provincia ilerdense insertados en cartelas en tonos azules y añil, como son Alcarraz, Cervera, Seo de Urgel, Sort, Tremp, y Viella; y las vistas de una iglesia y de la entrada del Parque de los Campos Elíseos de Lérida. 
   Sobre el balcón, encontramos una balaustrada centrada por el escudo, en forma de tondo, de la provincia, decorado con una especie de corona de laurel. En el arco que está sobre él, aparecen en sus enjutas los relieves con los bustos de Juan de Herrera de Maliaño, Juan de Herrera (1530-1597), arquitecto; y Dº Juan de Austria (1547-1578), hijo natural de Carlos V, almirante y general, gobernador de los Países Bajos, consejero de Estado (www.retabloceramico.net).
Conozcamos mejor el hecho histórico que aparece en el panel principal del banco de la provincia de Lérida: El encarcelamiento de Dº Carlos de Viana en Lérida, hecho acaecido el 2 de diciembre de 1460:
   Don Carlos de Viana (1421-1461), fue hijo del infante Juan de Aragón, hermano menor de Alfonso V, y a partir de 1458, coronado rey de Aragón, con el nombre de Juan II, y de la reina Blanca I de Navarra (m. en 1441), hija y heredera de Carlos III el Noble (m. en 1425). El príncipe de Viana es conocido por los enfrentamientos dinásticos con su padre, por su papel en la escritura y en el mecenazgo de la cultura y las artes.
   Don Carlos se entrevistó el 2 de diciembre de 1460 con su padre en Lérida y don Juan volvió a oponerse violentamente a las pretensiones matrimoniales de su hijo. Encolerizado por ello lo desarmó y arrestó ese día declarándolo prisionero y fundamentando su actitud en unas supuestas deslealtades. Don Carlos fue acusado de traición por mantener tratos secretos con Castilla y negociar a su espalda con el rey castellano. Hubo de recorrer numerosas prisiones durante los tres meses en que estuvo prisionero: Lérida, Aitona, Fraga, Miravet, Morella y finalmente el palacio de la Aljafería de Zaragoza, desde donde sería liberado.
   Este nuevo apresamiento de don Carlos es recibido con amargura no solamente en las comarcas catalanas sino en todo España. Se percibió claramente que don Juan no pensaba devolver la libertad a su hijo mientras éste no renunciara a sus derechos sucesorios sobre Navarra y Aragón. Así el destino privilegiado del infante Fernando se vería despejado. La noticia de lo ocurrido en Lérida desagradó al monarca castellano Enrique IV, exasperó a los beamonteses navarros e indignó hasta tal extremo a las Cortes barcelonesas que no tardaron en enviar a Juan II embajadores exigiendo la libertad del real preso.
   Esta inesperada acción acabó alborotando a navarros y catalanes. Desde Barcelona, la Diputación aglutinó a los catalanes en torno a don Carlos. El 8 de febrero de 1461 tiene lugar la protesta catalana en las calles de Barcelona - via fora sometent - pidiendo el exterminio de los malos consejeros de Juan II y la libertad del cautivo. Se reclutan voluntarios - payeses de remensa - y se arman y se pide ayuda al rey de Castilla quien manda 1500 caballos. Una guarnición se dirige hacia Fraga en donde se encuentra don Carlos privado de libertad. Otra se encamina hacia Lérida con ánimo de apresar a don Juan en su propio palacio del alcázar de La Suda. Éste huye precipitadamente a Fraga en donde toma a Juana Enríquez y a su hijo cautivo para alejarlo de Cataluña y va con ellos a Zaragoza. Supo al llegar que también en Valencia, Sicilia y Mallorca muchos pueblos levantaban bandera para defender a don Carlos.
   La Diputación formó un Consejo “representant lo Principat de Catalunya” que exigió al Rey la libertad de su hijo y su reconocimiento como heredero. Pero don Juan no acepta todo lo que le propone el Consell aunque al final tiene que ceder y el 25 de febrero de 1461 pone en libertad a su hijo que estaba entonces en la Aljafería de Zaragoza. Con mal criterio, a doña Juana le pareció un acto de diplomacia y buenas maneras acompañar a don Carlos a Barcelona, pero los catalanes no se lo permitieron, obligando a la Reina a entregar a su ídolo en Villafranca.
   Los catalanes, celosos de sus costumbres e instituciones de gobierno local, habían quizá comprendido que el rey don Juan estaba construyendo - de los primeros en Europa - un nuevo tipo de autoridad. Estaba acabando el medievo y se estaba inaugurando una nueva época renacentista que, en lo político, preparaba el absolutismo de la monarquía sobre las cenizas del estado feudal. Los catalanes hubieran preferido que don Juan continuara la tradición de ser un señor entre los señores. Pero don Juan se colocaba por encima de los señores incluso con desprecio de las instituciones de gobierno local. Como expone el catalán Jerónimo de Moragas, don Juan quería ser: “un señor con el pueblo y por encima de los señores”.
   El pueblo estaba en la facción que se denominó “Busca” con los pequeños mercaderes en la ciudad y con la gente de la gleba, los “remensas” en el campo. La “Busca” capitanea desde los municipios y no se entusiama con el Príncipe pues tenía cerca a su Rey. Pero en la facción “Biga” los obispos, los canónigos, los Maragarit y los Cabrera, los Desplá y todos los señores que no aceptaban que el rey se situara por encima de ellos y de las instituciones que ellos controlaban - la Generalidad -, se estaba contra el rey y para significarlo, se estaba con don Carlos. Estar con él era su símbolo para hacer oposición a don Juan. Son los mismos que a la muerte de don Carlos seguirán luchando contra el rey don Juan. Y hay que dar importancia a esta lucha - de la que será vencedor don Juan - porque de ella saldrá consolidado un nuevo tipo de monarquía absolutista que acaba con el feudalismo y pronto implantarán todos los reyes en Europa.
   Don Carlos ha sido liberado el 25 de febrero de 1461. Al llegar el 12 de marzo a Barcelona se le hace un recibimiento apoteósico y con gran solemnidad, convirtiéndose don Carlos en un símbolo para los catalanes, como lo había sido y todavía era para la gran mayoría de los navarros. Apoyar a don Carlos era para muchos catalanes mostrar su rechazo al rey Juan II y a sus políticas de corte absolutista. Las negociaciones entre el rey de Aragón y su hijo se reanudan entonces. El Consejo seguía exigiendo que se jurase a don Carlos como primogénito y se le nombrase lugarteniente del Principado con carácter irrevocable. Se oponía también el Consejo a la presencia de la reina Juana Enríquez en el condado de Barcelona.
   El 17 de junio don Carlos entrega poderes a un caballero catalán, Juan Trellas, para concertar una alianza definitiva con Enrique IV de Castilla y arreglar su casamiento con su medio hermana, la infanta Isabel.
   Por fin, el 21 de junio, por la capitulación de Villafranca del Penedés, se reconoce a don Carlos como heredero de los estados de la corona aragonesa -jurando su cargo como lugarteniente del Principado-, se obtiene para él el gobierno y rentas del Principado y se exige a don Juan que se ausente, aceptando éste no volver a cruzar la frontera del Principado. Don Juan se ve obligado a aceptar un gobierno oligárquico del Consejo presidido por don Carlos en su condición de lugarteniente.
   Pero el entramado diplomático de don Juan ha sabido moverse entretanto con buenos resultados para él. El 26 de agosto de ese año 1461 la Liga nobiliaria castellana, a la que se habían incorporado los principales consejeros de Enrique IV, incitan al rey castellano a firmar una tregua con Juan II. El rey castellano prometía de antemano retirar la ayuda militar a los beamonteses, no consentir el matrimonio de su hermana Isabel con don Carlos de Viana y no inmiscuirse en los asuntos internos de Navarra. Don Carlos se vio entonces forzado a suspender las negociaciones de boda con la infanta Isabel y solicitó la mano de María de Francia, hermana de Louis XI.
   Durante estas negociaciones de tregua murió don Carlos y fueron muchos los que creyeron entonces que su muerte había sido provocada por envenenamiento a instigación de Juana Enríquez, que de esta forma veía despejado el camino para que su hijo Fernando llegara al trono. El 6 de octubre de 1461 - unos quince días después de la muerte de don Carlos - las Cortes de Aragón, reunidas en Calatayud, prestan juramento de fidelidad a don Fernando reconociéndole heredero de la Corona. Logrado esto, el heredero de 9 años de edad fue llevado por su madre al Principado a fin de recibir el homenaje de los catalanes (Carlos Sánchez-Marco en Historia Medieval del Reyno de Navarra).
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martes, 1 de diciembre de 2020

La imagen de San Eloy, en la sillería del Coro de la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen de San Eloy, en la sillería del Coro de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.  
   Hoy, 1 de diciembre, se conmemora en Noyon, lugar de Neustria, asimismo en Francia, a San Eloy, obispo, que siendo orfebre y consejero del rey Dagoberto edificó monasterios y construyó monumentos a los santos con gran arte y elegancia, y más tarde fue elevado a las sedes de Noyon y Tournai, donde se dedicó con gran celo al trabajo apostólico (660) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y qué mejor día que hoy para ExplicArte la imagen de San Eloy, en la sillería del Coro de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, calle Cardenal Carlos Amigo, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
     En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar el Coro [nº 004 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede] No ha cambiado de nombre, aunque las sillas han estado, al menos, en cuatro lugares diferentes; el actual, salvo las interrupciones debidas a obras o accidentes, es el que posee desde 1514. En el antiguo estaban sepultados los arzobispos don Remondo y don Pedro Gómez Barroso (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
   La Catedral de Santa María de la Sede; encontramos el coro, cerrado por una reja realizada por Francisco Salamanca (1518-23). Su sillería consta de 117 sitiales de madera, con esculturas de santos y relieves del Antiguo y Nuevo Testamento. Es un conjunto realizado por Nufro Sánchez, comenzado en 1478 y acabado en el siglo XVI (Manuel Jesús Roldán, Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).
   Entre ellos se encuentra San Eloy, obispo, talla anónima renacentista de hacia 1470-1550, con unas medidas de 36'5 x 11'5 x 7 cms. La imagen representa al santo de pie ante un yunque apoyado en una mesita de cuatro patas. El santo viste con sus ropas tradicionales y artesanales con el delantal colocado y ceñido a la cintura mediante un cinturón que anuda en el centro. Sus manos salían hacía delante, aunque hoy han desaparecido (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Eloy, obispo;
HISTORIA Y LEYENDA
   Según su Vita, redactada por su amigo San Audoeno, nació en Chaptelat, Limousin, hacia 590. Después de haberse formado como aprendiz en el taller de Abbon, orfebre de Limoges, se relacionó en París con Bobbon, tesorero de ClotarioII, y obtuvo el cargo de monedero. El rey Dagoberto lo convirtió más tarde en tesorero y le confió misiones más importantes.
   Después de la muerte del rey Dagoberto se hizo ordenar sacerdote.
   En 632 fundó el monasterio de Solignac cerca de Limoges. Pero la última parte de su vida transcurrió en el norte de Francia, donde en 640 fue nombrado obispo de Noyon, cuya diócesis comprendía Tournai y todo el país de Flandes. Habría fundado la iglesia de las Dunes (las Dunas), cuna de Dunkerque. Murió en 659.
   Sus obras de orfebrería más importantes son los relicarios de san Martín de Tours, san Dionisio, san Severino -en Chateau Landon-, de los santos Crispino y Crispiniano en Soissons, que han desaparecido, al igual que el cáliz de la abadía de Chelles que fue fundido en 1792. La única obra que subsiste y que se le atribuye es el trono de Dagoberto, conservado en la Sala de las Medallas de la Biblioteca Nacional de Francia. En realidad se trata de una silla curul de bronce de la época románica, reformada  en la abadía de Saint Denis en el siglo XII.
   Según la leyenda, antes de convertirse en orfebre y luego en obispo, habría sido herrador. El milagro del caballo herrado y la historia del diablo metamorfoseado en mujer a quien cogió de la nariz con la tenaza, contribuyeron mucho a su popularidad.
   Con el objeto de herrar con mayor comodidad un caballo arisco, san Eloy le habría cortado una pata delantera, la habría puesto sobre el yunque, y después de haber herrado el casco, habría vuelto a colocar el miembro en el animal. Una variante de la historia asegura que ese milagro habría sido consumado por su  ayudante, que no  era otro que Cristo disfrazado.
   Un día, el diablo disfrazado de mujer (impudica femina) se presentó en su taller. San Eloy lo reconoció y le apretó la nariz con la tenaza de herrero calentada al rojo. Esta leyenda del diablo cogido por las narices puede ser una copia de la de san Apeles, herrero genovés. En Inglaterra se atribuye a San Dunstano. Gaidoz ha supuesto que el orfebre y el herrero eran dos personas diferentes y que hubo sincretismo y contaminación entre la leyenda del obispo de Noyon, Eloy, y los vestigios sobrevivientes del culto de un dios herrero. No se necesita esta hipótesis para explicar que un orfebre representado con un instrumento como el martillo haya podido confundirse con un herrero.
   Esta leyenda sólo pudo nacer mucho tiempo después de la muerte de san Eloy, puesto que éste vivió en la primera mitad del siglo VII, y la práctica de herrar los caballos no apareció en Occidente antes del siglo XI. Por lo tanto el milagro del caballo herrado es un anacronismo.
   San Hilonio, monje de Solignac a quien se considera su discípulo, quizá no sea más que una duplicación. En Bretaña, a causa de la semejanza fónica, suele confundírselo con san Alar, obispo de Quimper y con San Telo o Elo, que como él, es protector de los caballos.
CULTO
   Hay pocos santos más populares que san Eloy. Su fiesta se celebraba dos veces por año: en invierno y en verano (para la traslación de sus reliquias).
   1. Lugares de culto
   El culto de san Eloy tiene como centros principales Limousin, su provincia natal, y el norte de Francia donde fue obispo de Noyon y de Tournai. Desde allí se expandió hacia Alemania e Italia.
   El monasterio que san Eloy había hecho construir en la isla de la Cité de París, bajo la advocación de san Marcial, patrón de Limousin, se puso bajo su patronazgo. La catedral de Notre Dame de París poseía un brazo de san Eloy que  donó en 1212 el capítulo de Noyon. Los barnabitas conservaban entre otras reliquias preciosas, un cobertor de cama manchado de sangre "que se cree fue de san Eloy que solía sangrar por la nariz". En el siglo XIV, el rey de Francia Carlos V ofreció reliquias del santo orfebre al emperador Carlos IV de Bohemia.
   La iglesia de Saint Éloi de Ruán fue dedicada al culto protestante.
   La principal iglesia de Dunkerque se puso bajo la advocación de san Eloy (Saint Éloi), a quien se considera el fundador de la ciudad. 
 Roma tiene tres iglesias consagradas al santo: San Eloy dei Ferrari, San Eloy deglo Orefici y San Eloy dei Sellai. En los tiempos de la dinastía angevina en Nápoles, se puso una iglesia bajo su advocación. Y también era venerado en Bolonia.
   2. Patronazgos
   San Eloy había sido elegido como patrón por numerosas corporaciones: los orfebres, batidores de oro, doradores de cobre, fabricantes de campanillas, cuchilleros, cerrajeros, herreros, herradores, fabricantes de espuelas y guarnicioneros, los tratantes de caballos (a causa del caballo cuya pata repegara milagrosamente el santo después de haberla herrado), los carreteros y arrieros, los arrendadores de carrozas y los cocheros. En nuestros días, en la época del automóvil, los mecánicos y los arrendadores de cocheras o estacionamientos reemplazan en su clientela a los herradores y cocheros.
   Por la misma razón era el protector de los caballos a los cuales solían llevarse en peregrinación a las capillas de san Eloy, adornados con guirnaldas y empavesados con pequeños banderines de forma triangular sujetos a la collera. El clero participaba en esta procesión montando a caballo, y se bendecía a los animales con el martillo de san Eloy. El día de la fiesta del santo se eximía de trabajo a los caballos. La ceremonia de la bendición de los caballos todavía subsiste en numerosas provincias francesas, al igual que en Flastrolf, en Sarre.
   Su patronazgo de los caballos y el milagro del caballo herrado le habían valido también los sufragios de los palafreneros y la consideración de los veterinarios. A causa de la curación de un lisiado, se lo consideraba patrón de los hospitales. También se demandaba su intercesión para el tratamiento de las úlceras, y los cólicos o gastroenteritis infantil.
   Se lo invocaba contra los incendios porque había salvado del fuego la iglesia de Saint Martial de París.
ICONOGRAFÍA
   Los tejos de plomo historiados que se encontraron en los dragados del Sena, cerca del antiguo priorato de Saint Éloi, presentan siete tipos diferentes de la imagen del santo.
   Pero todos ellos pueden reducirse a tres tipos iconográficos: el herrador, el orfebre y el obispo.
   La mayoría de las obras de arte: estatuas, pinturas y vidrieras que lo representan, fueron donadas por corporaciones de herradores o de orfebres.
   1. El herrador o herrero
   Está representado con tenaza y martillo rematado en una corona. Sus otros atributos son un yunque, una herradura o un caballo, del cual a veces tiene en la mano una pata cortada, en alusión al milagro del caballo herrado, y una vela enrollada cuyo significado no está claro.
   2. San Eloy orfebre
   Ya realiza el trabajo de artesano como el de comerciante en su tienda.
   Sostiene un cáliz o un anillo de boda, símbolos de la orfebrería religiosa y laica.
   3. San Eloy obispo
   Está tocado con la mitra y lleva el báculo (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen de San Eloy, en la sillería del Coro de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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