Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

   Otra Experiencia con ExplicArte Sevilla :     La intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla" , presentado por Ch...

jueves, 28 de mayo de 2020

La Basílica del Gran Poder


      Por Amor al Arte, déjame Explicarte Sevilla, déjame ExplicArte la Basílica del Gran Poder, de Sevilla.
   Hoy, 28 de mayo, es el aniversario de la bendición (28 de mayo de 1965) de la Basílica del Gran Poder, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la Basílica del Gran Poder, de Sevilla.
   La Basílica del Gran Poder [nº 57 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 64 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la plaza de San Lorenzo, 13; en el Barrio de San Lorenzo, del Distrito Casco Antiguo.
      La arquitectura del Panteón romano acoge al Dios en madera de la ciudad. Una edificación reciente para la devoción más profunda y más popular, Nuestro Padre Jesús del Gran Poder. Se edificó junto a la iglesia parroquial de San Lorenzo, la sede anterior de la hermandad, oficiando la ceremonia de bendición el cardenal Bueno Monreal el 28 de mayo de 1965. Fue un anhelo de la hermandad durante décadas, motivado por la enorme devoción a su titular, que se cobijaba en una pequeña capilla de la parroquia de San Lorenzo según recuerda el hermoso azulejo de Pérez de Tudela de uno de sus muros. Tras descartarse otras sedes (entre ellas el antiguo templo jesuita de San Hermenegildo), se optó por una edificación nueva en la misma plaza en la que tenían sede canónica. Loa autores del proyecto fueron Alberto Balbontín de Orta y Antonio Delgado Roig, que aprovecharon para la fachada un diseño neobarroco que había sido pensado para la hermandad del Silencio, inspirándose el conjunto en el templo del Panteón romano. Su planta es circular, sin elemento sustentante visible, con atrio de entrada, gran media naranja de cubrimiento decorada con casetones geométricos y con una linterna central rematada por un pequeño cupulín. La portada, enmarcada por dos columnas con capitel corintio, está presidida por la inscripción latina In Manu Eius Potestas et Imperium (En su mano el poder y el imperio), estando coronado el tímpano por el escudo de la hermandad.

      En el atrio de entrada se recuerda con sendas lápidas la primera entrada del Gran Poder en la basílica, en 1965, y la beatificación en 1987 del que fuera hermano mayor el cardenal Marcelo Spínola. En la zona de los confesionarios, en la transición al templo se sitúan unos cuadros de ángeles que parecen cercanos a la producción de Juan del Espinal, del siglo XVIII. La iglesia se focaliza en torno al retablo mayor, una talla neobarroca realizada por el tallista Manuel Guzmán Bejarano siguiendo las trazas del que tenía en la capilla de San Lorenzo, que había sido diseñado a comienzos del siglo XX por el pintor Gonzalo Bilbao. Al diseño original, que incluía el camarín con la venera marmórea de fondo, se le añadieron dos alas laterales en las que se ubicaron las tallas de la Virgen del Mayor Dolor y Traspaso y la de San Juan. La imagen de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, el gran centro devocional de la ciudad, fue realizado por Juan de Mesa en 1620 y durante siglos fue atribuida a su maestro Martínez Montañés. Está realizada en madera de cedro, siendo la peana de pino de Flandes. Su cuerpo es de talla completa, aunque está diseñado para ser vestido con ropas naturales, siendo menos detallada la talla de sus anatomizados brazos y de su cuerpo. Fue realizado en el taller del artista, junto a la parroquia de San Martín. Basa su fuerza en algunos elementos originales de Juan de Mesa: la talla de una corona de espinas en un solo bloque, la dramática espina que se clava en la oreja del Señor, la mirada perdida, la enorme zancada, la perfección anatómica, la serpiente que se convierte en corona de espinas... Procesiona en la madrugada del Viernes Santo en unas andas únicas en la ciudad, realizadas por Bernardo Simón de Pineda y Francisco Antonio Gijón a finales del siglo XVII. La imagen ha sido restaurada en varias ocasiones, Blas Molner (que le añadió espinas a la corona en 1776), José Ordóñez, Peláez del Espino (que añadió elementos metálicos internos que fueron muy dañinos para la imagen) y por los hermanos Cruz Solís en dos ocasiones, (en la última le limpiaron la suciedad acumulada en el rostro que había conferido un carácter casi mágico a la talla). Suele vestir túnica lisa aunque conserva varias túnicas de enorme valor como la de la corona de espinas, la de los cardos o la llamada túnica persa.

      A su izquierda se sitúa la Virgen del Mayor Dolor y Traspaso, imagen anónima de 1798 que vino a reemplazar a la primitiva. Sufrió diversas intervenciones que alteraron la talla, como las de Antonio Illanes, la de Peláez del Espino o la de Luis Ortega Brú. En el lado derecho se sitúa la talla de San Juan, obra de Juan de Mesa (1620) que impuso un modelo iconográfico basado en la moda de la época de Felipe III, con un bigote y una perilla que copiaron en numerosas imágenes posteriores. El retablo se completa con un sagrario a los pies del Señor realizado por Orfebrería Triana y que reproduce en plata la fachada de la basílica de San Juan de Letrán en Roma. Las modernas pinturas de Antonio Agudo con las escenas del Vía Crucis son la única decoración de la iglesia, que focaliza toda su atención en la talla del Gran Poder. Puede visitarse su camarín, donde no faltan devotos a cualquier hora besando el talón del Señor. En la salida del camarín se puede acceder a la capilla sacramental donde se encuentra el busto de una antigua dolorosa de la escuela granadina, una talla de fray Diego de Cádiz realizada en 1967 por Castillo Lastrucci y una imagen del cardenal Spínola realizada por Navarro Arteaga en el año 2000.

      La histórica hermandad del Gran Poder remonta sus orígenes al año 1431, siendo originalmente conocida como la hermandad del Traspaso. Residió en varias sedes, entre ellas el convento de Santiago de los Caballeros de donde pasó en 1544 al antiguo convento del valle. Tras pasar por el convento de San Acacio (hoy Círculo de Labradores), se instaló definitivamente en la parroquia de San Lorenzo en 1703, momento que coincidió con su gran asentamiento popular y devocional. Desde el siglo XVIII procesiona en la madrugada del Viernes Santo, aunque anteriormente realizada su procesión en la tarde del Jueves Santo. Como gran centro de la devoción de la ciudad la hermandad sufrió los intentos de control por parte de las autoridades en numerosas épocas, desde la misma invasión francesa hasta el franquismo, aunque el sentir popular siempre estuvo por encima de cualquier otro interés en torno a una talla que Núñez de Herrera definió como un "dios honrado y fuerte, divina y buena persona" (Manuel Jesús Roldán,  Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010)
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Basílica del Gran Poder, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.


Horario de apertura de la Basílica del Gran Poder:
     INVIERNO (1 de octubre - 31 de mayo):
                          De Lunes a Jueves: de 08:30 a 13:30, y de 17:30 a 21:00
                          Viernes: de 07:30 a 22:00
                          Sábados y Domingos: de 08:00 a 14:00, y de 17:30 a 21:00

      VERANO (1 de junio - 30 de septiembre):
                           De Lunes a Jueves: de 08:00 a 13:00, y de 18:00 a 21:00
                           Viernes: de 07:30 a 14:00, y de 17:00 a 22:00
                           Sábados y Domingos: de 08:00 a 13:00, y de 18:00 a 21:00
 
Horario de Misas de la Basílica del Gran Poder:
      INVIERNO (1 de octubre - 31 de mayo):
                          De Lunes a Viernes: 09:30, 10:30, 12:30, 18:30*, 19:30 y 20:30
                          Sábados: 09:30, 10:30, 13:15, 19:30 y 20:30
                          Domingos: 09:30, 11:00, 12:30, 13:30, 19:30 y 20:30
       * Excepto jueves, que se sustituye por Exposición del Santísimo Sacramento.

      VERANO (1 de junio - 30 de septiembre):
                           De Lunes a Sábados: 09:30, 10:30, 19:30 y 20:30
                           Domingos: 09:30, 11:00, 12:30, 19:30 y 20:30

Página web oficial de la Basílica del Gran Poder: www.gran-poder.es

La Basílica del Gran Poder, al detalle:
Retablo Mayor
Capilla de los Beatos

miércoles, 27 de mayo de 2020

La pintura "Las Cigarreras", de Gonzalo Bilbao, en la sala XII del Museo de Bellas Artes


    Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Las Cigarreras" de Gonzalo Bilbao, en la sala XII, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
      Hoy, 27 de mayo, se conmemora el aniversario (27 de mayo de 1860) del nacimiento de Gonzalo Bilbao, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la pintura "Las Cigarreras" obra de la que es autor, Gonzalo Bilbao, y que se encuentra en la sala XII, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
   El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
      En la sala XII del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "Las Cigarreras", obra de Gonzalo Bilbao (1860-1938), siendo un óleo sobre lienzo en estilo realista costumbrista, pintado en 1915, con unas medidas de 3,05 x 4,02 m., procedente de la donación de doña María Rey (1939).
   Esta obra, que tiene ecos de "Las hilanderas" de Velázquez, nos sitúa en la antigua Fábrica de Tabacos de Sevilla, donde se recrea el momento en el que una cigarrera detiene su actividad laboral para amamantar a su hijo ante la mirada de sus compañeras. Las enormes proporciones de la obra permiten desarrollar una amplia y detallada descripción del ambiente. En ella, el artista utiliza una técnica de pincelada muy suelta que conforma figuras de perfiles indefinidos y difusos, con un colorido alegre y luminoso. Los contrastes de luces y sombras provocados por haces de luces que penetran en el interior a través de los óculos laterales configuran los volúmenes y marcan la profundidad del espacio representado: una perspectiva de una de las galerías del edificio de la Real Fábrica de Tabacos sevillana, plagada de mesas, donde las mujeres se afanan en su trabajo: la confección de cigarros.

   Esta obra, fundamental en la trayectoria artística de Gonzalo Bilbao, fue fruto de una intensa búsqueda de ideas compositivas y técnicas. Durante cuatro años Bilbao realiza un total de once estudios en óleo sobre lienzo, casi todos en manos privadas, de medidas similares -en torno a 84 x 62 cm- con apuntes de los personajes, las cigarreras, del espacio, y de la luz.
   La obra fue presentada por Gonzalo Bilbao en la Exposición Nacional de 1915, junto con esos once bocetos preparatorios. La crítica favorable fue unánime. El crítico Ramón Pulido, de la revista El Norte de Madrid, dice sobre ella: ""Las cigarreras, es una obra que está repicando á gloria, y es preciso acudir á verla para gozar ante ella. [...] Gonzalo Bilbao nos manifiesta de un modo clarísimo que en cualquier momento de la vida hay momentos bellos y sentidos: claro es que, para sacar provecho de estos momentos, se necesita tener el talento inmenso del pintor sevillano". Aún así, la medalla no llegó, premiándose obras manifiestamente inferiores, por lo que la crítica la colmó aún más de alabanzas. Pero fue Sevilla, y principalmente el colectivo de cigarreras, los que el día 16 de junio de 1915, recibieron en la estación de Plaza de Armas al pintor, llegado de Madrid, aclamándole de igual modo que si hubiera sido galardonado. Este hecho, sin duda, creó una especial vinculación entre este lienzo y la ciudad.
   Gonzalo Bilbao siempre sintió un especial interés por representar a la mujer proletaria sevillana en sus obras, y en particular a la cigarrera, que tanta literatura deformada había generado en el siglo XIX. La reducción que los viajeros extranjeros hicieron de esta figura a una mujer emancipada y ciertamente liberal, no dejaba ver la tremenda situación laboral de desamparo e insalubridad que día a día sufría en la fábrica.
   Esta temática de la mujer trabajadora ya había llamado la atención de otros pintores anteriores, como Santiago Rusiñol, en la Cataluña fabril, o del propio Velázquez, en el cuadro Las hilanderas, al que Bilbao rinde, como ya hemos dicho anteriormente, un claro tributo.

   Pero la obra de Las cigarreras va más allá. La sutileza de la crítica subyace tras esa escena tierna que llama poderosamente la atención del espectador: una bella mujer amamantando a su hijo en plena jornada laboral, rodeada por sus compañeras. El lienzo de Bilbao viene a poner de manifiesto su falta de derechos: estas mujeres empezaban a trabajar a una temprana edad (por lo general a los 13 años), no había límite de jubilación, cobraban menos de la mitad del jornal masculino, no había seguros de enfermedad, viudedad, incapacidad o alumbramiento y su agotadora jornada laboral debía ser compaginada con sus obligaciones maternas.
   Gonzalo Bilbao hizo un canto a la cigarrera, y la revindica en esta obra -la mejor de toda su trayectoria artística- y la convierte en un icono de la mujer trabajadora (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
   A Velázquez la realización de Las Meninas le hubiera bastado para consagrarse en la historia del Arte. En tono menor, pero con suficiente resonancia, a Gonzalo Bilbao le consagró en Sevilla la ejecución de Las Cigarreras, pintura que le otorgó una gran celebridad en el ámbito popular. Como quiera que esta pintura forma parte de los fondos del Museo de Sevilla, hay que señalar que su presencia en ellos otorga categoría y realce a la colección de obras pertenecientes a los años finales finales del siglo XIX y del siglo XX, que por cierto no es muy relevante.
   La vida de Gonzalo Bilbao transcurrió desde 1860 en que nació en Sevilla hasta 1938, año en que falleció en Madrid. Como todos los pintores de generación completó su formación sevillana con estancias en Roma y París, al tiempo que viajó por el norte de África buscando exóticos motivos de inspiración.
   La personalidad artística de Gonzalo Bilbao está basada en la habilidad y soltura de su dibujo, la utilización de un colorido rico y suntuoso y finalmente el empleo de un sentido de la luz intenso y contrastado. En la utilización de recursos lumínicos puede decirse que es uno de los pintores más audaces después de Sorolla y en la aplicación de la pincelada se advierte por su soltura y agilidad que en muchas ocasiones se acerca a la técnica de los impresionistas. En este sentido fue consciente del ambiente poco progresista a nivel artístico que imperaba en la mentalidad de la crítica y de la clientela sevillana, y por ello moderó su soltura técnica, evitando excesos que hubieran exacerbado a los partidarios del academicismo.
   En sus comienzos, como todos los jóvenes que pintaron en las dos últimas décadas del siglo XIX, fue practicante de una pintura orientada en su temática a evocaciones del pasado. Pero cumplido tal purgatorio no volvió a insistir en esta temática y se dedicó a lo que realmente emanaba de sus instinto artístico: la práctica de una pintura basada en la luz y el color de su tierra. Tiene sobre todo Bilbao un grupo de obras con tema rural, en donde exalta el esfuerzo del trabajo al aire libre en el ambiente agrícola durante el verano, que forma parte de lo mejor, de su producción.

   También supo ser pintor de la ciudad, recreando aspectos costumbristas de gran belleza como funciones religiosas, escenas laborales o diversiones populares; hay incluso algunas pinturas suyas que tratan el tema del desnudo femenino y al contemplar los estudios de la luz sobre la piel, el esplendor y la belleza que otorga a las formas corporales, se suscita el lamento porque no hubiese prodigado con más intensidad este tema.
   Fue también Bilbao un hábil retratista especialmente en su época de madurez, pudiéndose decir que ante  su caballete posó la mejor sociedad sevillana.
   Puede decirse que Gonzalo Bilbao fue el último gran costumbrista de la pintura sevillana. Heredero de la tradición romántica, transformó profundamente esta tendencia merced a la alegría de su pincel y al vigor de su colorido (Enrique Valdivieso González, La pintura en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Biografía de Gonzalo Bilbao, autor de la obra reseñada;
   Gonzalo Bilbao Martínez (Sevilla, 27 de mayo de 1860 – Madrid, 4 de diciembre de 1938), pintor, catedrático de la Escuela de Bellas Artes de Sevilla y ateneísta.
   Nació en el seno de una familia hispalense acomodada. Tras sus estudios primarios en el Instituto de San Isidoro, cursó la carrera de Derecho en la Universidad de Sevilla, que terminó en 1880. No obstante, sus habilidades artísticas, demostradas desde niño, le decantaron hacia la práctica exclusiva de las artes, especialmente de la pintura que, según referencias, siguió en los primeros años de juventud cerca de los maestros Francisco y Pedro Vega. A los veinte años de edad y tras una previa formación sevillana y madrileña en el Museo del Prado, realizó un ansiado viaje a Italia, visitando Venecia, Nápoles y Roma. En Roma contactó con la colonia artística postfortuniana. Tuvo ocasión entonces de ejecutar preciosos y luminosos “tableautines”, aún muy demandados porque constituían el punto de arranque del moderno paisaje “plenearista”, que tanto gustaba practicar el pintor. Después de una breve estancia en Sevilla, donde participó en la Exposición de 1882 de la Academia Libre de Bellas Artes, viajó al año siguiente a París para completar su formación. Allí obtuvo la Tercera Medalla en la célebre Exposición del Centenario de la Revolución.
   Artista inquieto y buscador de nuevas formas de expresión, realizó un periplo artístico por el norte de África, que le llevó en 1889 a viajar por Marruecos para captar sus efectos luminosos y coloristas, lo que plasmó en admirables obras neorrománticas pletóricas de vivacidad. Más tarde recorrió las regiones del norte hispano-francés, mostrando sus preferencias por las calidades pictóricas del paisaje de la costa y los alrededores de Fuenterrabía. Los paisajes castellanos también constituyeron cita obligada de su itinerario artístico, especialmente Toledo, ciudad que le produjo una viva impresión y a la que dedicó una serie variada de paisajes.
   En 1893 fue elegido académico de Bellas Artes de Sevilla y logró la Medalla Única en la Exposición Universal de Chicago. Al año siguiente fue nombrado secretario del Centro de Bellas Artes de Sevilla; inició así una fructífera relación con el Ateneo y la Sociedad de Excursiones, que presidió ocho años después.
   Desde 1903 —año en que sustituyó al pintor José Jiménez Aranda—, ejerció como profesor de Composición Decorativa en la Escuela de Artes, Industria y Bellas Artes, cuya dirección ostentó más tarde. Al año siguiente, en Madrid, contrajo matrimonio con María Roy Lhardy, con la que no tuvo descendencia. Aprovechaba sus estancias en Madrid, desde entonces cada vez más frecuentes, para acudir al Museo del Prado en calidad de copista, sobre todo de artistas clásicos y de Velázquez, en cuya práctica encontraba el apoyo y la amistad de su paisano y entonces director de la pinacoteca, el pintor José Villegas.
   En los inicios del nuevo siglo, el pintor se incorporó a algún movimiento estético entonces en boga; entre otros, el simbolismo, tendencia con la que resuelve algunos temas, por ejemplo, las alegorías marianas del Protectorado de la Infancia de Triana (Sevilla). Por otra parte, hay que vincular el calado social de su arte al regionalismo.
   En 1910 fue nombrado delegado regio; acompañó a la infanta Isabel en el cortejo oficial de los actos celebrados en Argentina con motivo del centenario de su independencia. Aprovechó la circunstancia para estrechar las relaciones artísticas hispano-argentinas, lo que se plasmó más tarde en el certamen iberoamericano de Sevilla de 1929. En Buenos Aires participó en la Exposición Internacional, en la que obtuvo la Primera Medalla. Logró el mismo galardón en la Exposición Internacional de Santiago de Chile.
   Gonzalo Bilbao, que gozaba de una acomodada posición y ejercía como distinguido retratista de la Corona, la nobleza y la alta burguesía, llegó a alcanzar gran popularidad como pintor costumbrista, pues utilizó hábilmente una iconografía que se identificaba con la idiosincrasia andaluza. Su serie dedicada a las cigarreras fue un éxito; cabe destacar el clamor popular cuando se le negó recompensa por su cuadro Las cigarreras en la fábrica (Museo de Bellas Artes de Sevilla), presentado en la Exposición Nacional de 1915. Sin embargo, como pintor cosmopolita, ese mismo año obtuvo la Primera Medalla en la Exposición Internacional de San Francisco (California) y, al año siguiente, expuso en la Casa Demotte de París, donde se encontraba como delegado del Estado español en la Exposición de Arte Hispánico. También participó entonces en la Exposición Internacional de Panamá, en la que recibió la Primera Medalla.
   En 1925 fue nombrado presidente de la Comisión de Arte de la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929. Al mismo tiempo, fue elegido para presidir el patronato del Museo de Bellas Artes y la Real Academia de Santa Isabel de Hungría de la misma ciudad. El retrato de 1934 a Rodríguez Marín fue como un anticipo a su discurso de ingreso en la Academia de San Fernando de Madrid, leído el 27 de marzo de 1935, acerca de El Museo de Bellas Artes de Sevilla. Fue una lección de erudición, en la que comparó el arte encerrado en esa pinacoteca con el arte contemporáneo.
   En 1930 participó en la Exposición de Primavera de Sevilla, y tres años después, el madrileño Círculo de Bellas Artes le dedicó un magno certamen individual en el que expuso más de noventa cuadros, verdadera muestra antológica y colofón a su carrera.
   Gonzalo Bilbao recibió innumerables reconocimientos públicos nacionales e internacionales, como la Gran Cruz de Isabel la Católica, la Cruz de Alfonso XII, la Encomienda de Carlos III. Asimismo, fue nombrado comendador de la Legión de Honor francesa y oficial de la Corona de Bélgica (Gerardo Pérez Calero, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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Más sobre el Museo de Bellas Artes, en ExplicArte Sevilla.

martes, 26 de mayo de 2020

La glorieta de Aníbal González, en el Parque de María Luisa


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la glorieta de Aníbal González, en el Parque de María Luisa, de Sevilla, dando un paseo por ella.
   Hoy, 26 de mayo, es el aniversario de la inauguración del monumento a Aníbal González (26 de mayo de 2011), ubicado precisamente en la glorieta de Aníbal González, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la glorieta de Aníbal González, en el Parque de María Luisa, de Sevilla.
      El Parque de María Luisa [nº 64 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla], se encuentra en la glorieta de San Diego, s/n (entrada principal, aunque tiene entradas por el paseo de las Delicias y las avenida de María Luisa, y de la Borbolla), en el Barrio de El Prado-Parque de María Luisa, del Distrito Sur.
     La Glorieta de Aníbal González [nº 3 en el plano oficial del Parque de María Luisa], se encuentra entre el centro de la avenida de Isabel La Católica, dividiéndola en dos, y frente a la Plaza de España.
   De planta circular, la glorieta de Aníbal González está presidida desde el 26 de mayo de 2011 por un monumento erigido en honor de Aníbal González, arquitecto cumbre del regionalismo, en una obra realizada por los escultores Manuel Nieto López y Guillermo Plaza Jiménez, y el arquitecto Manuel Osuna Llinares, en bronce, fundido en la Fundición Marcelo, sobre una pedestal de granito al que desciende una rampa.
   "Reencuentro", que así es como se denomina la obra que se alzó con el triunfo en el concurso de ideas para homenajear al arquitecto de la Plaza de España, es un monumento que incluye una estatura de cuerpo entero y tamaño natural del arquitecto Aníbal González, aupado del suelo y a la que se puede llegar a través de una rampa, lo recordará junto a su obra más emblemática, la sevillana Plaza de España, hito arquitectónico de la Exposición Iberoamericana de 1929, reuniendo en un sólo monumento una escultura -la del arquitecto, de pie en una representación de sus últimos años, elaborada en bronce- y arquitectura -la rampa sobre cuya altura máxima se ubicará la estatua-.

Conozcamos mejor la Biografía de Aníbal González, personaje a quien está dedicada la glorieta; 
   Aníbal González y Álvarez- Ossorio (10 de junio de 1876 - 31 de mayo de 1929), arquitecto, fue el primero de los tres hijos del matrimonio formado por José González Espejo y Catalina Álvarez- Ossorio y Pizarro. Se tituló como arquitecto en 1902 en la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid, superando la reválida de sus estudios con el número uno de su promoción. Su formación respondió a los fundamentos tradicionales entonces imperantes, provenientes del origen académico de ese título, y que se puede constatar por la naturaleza de sus trabajos escolares que se han conservado. Figuras clave de esa formación fueron Ricardo Velázquez Bosco y Vicente Lampérez y Romea, arquitectos esenciales del panorama español de entonces.
   Su vocación arquitectónica se manifestó tempranamente y se vio acrecentada con los años. Daban prueba de ello tanto su biblioteca como sus viajes, siempre vinculados a los intereses disciplinares, y se aprecia con plena nitidez en el éxito de sus estudios y en su temprana actividad, aun cuando era estudiante, en el pabellón que llevó a cabo en la Exposición de Pequeñas Industrias que, en 1901, se celebró en el Retiro madrileño. Al siguiente año realizaría un anteproyecto para Palacio de Exposiciones de Bellas Artes en los sevillanos jardines del Cristina. También en ese año de 1902 redactó una Memoria acerca de la reorganización del servicio de incendios de Sevilla, que presentó al alcalde de la ciudad, siendo acompañado por Nicolás Luca de Tena, a cuya familia estaba ligado por lazos familiares, lo que resultaría ser decisivo para su vinculación tanto a la sociedad y las instituciones sevillanas como a los gobiernos del reinado de Alfonso XIII. Por otra parte, su matrimonio con Ana Gómez Millán, hija del constructor y maestro de obras José Gómez Otero, significaría su conexión con una de las sagas arquitectónicas más prolíficas de Sevilla. 

   Los arquitectos activos entonces eran pocos, y la disposición y cualidades que adornaban al joven González, le habilitaron, junto con las circunstancias referidas, para una pronta fortuna en el ejercicio de la arquitectura. De inmediato se le encargó llevar a término un proyecto de cárcel celular, y estuvo en disposición de iniciar sus primeros encargos privados de diverso tipo, especialmente viviendas, que le ocuparon ya durante la primera década del novecientos. Así, las casas de la calle Alfonso XII y Almirante Ulloa; la reforma del edificio de la calle Monsalves, la de Martín Villa esquina a Santa María de Gracia; la desaparecida central térmica del Prado de San Sebastián y la subcentral de la calle Feria, para la naciente Compañía Sevillana de Electricidad, o la fábrica de la calle Torneo, hoy rehabilitada como Instituto de Fomento de Andalucía; el grupo escolar Reina Victoria en Triana; panteones en el cementerio de San Fernando, o sus primeros proyectos en Aracena debidos a su vínculo con la familia Sánchez- Dalp, como el casino Arias Montano.
   En esa primera década no permaneció ajeno a las corrientes innovadoras que entonces afloraban en Europa, y que en España se reconocen en el modernismo catalán. Algunas de las obras citadas lo manifiestan, pero tal experimentación estilística se inscribía dentro de las habilidades que su formación y la cultura predominante configuraban bajo un eclecticismo historicista, en el que, como un estilo más, llevó a muchos de los arquitectos jóvenes de entonces a ensayar formas que pudieran identificarse con el espíritu de los tiempos nuevos. No obstante, el carácter conservador de las ideas subyacía, y la obra de Aníbal González estaba destinada a figurar destacadamente dentro del panorama nacional de la arquitectura de intención tradicional que, más allá del historicismo, contribuyó a procurar una salida a la crisis del noventa y ocho en el filón de las identidades diversas de los pueblos de España, dando lugar a lo que se conoce como regionalismo, teniendo en la arquitectura una de sus manifestaciones más notables, especialmente en la dualidad del norte y del sur de la Península, la arquitectura montañesa y vasca, por una parte, y por otra lo que vino en denominarse “estilo sevillano”, en el que Aníbal González se reconoció y fue reconocido en toda España, por más que otros arquitectos locales, como Juan Talavera o José Espiau, contribuyeran igualmente a fortalecerlo.
   Esa construcción cultural, si fuera de Sevilla produjo admiración, en la ciudad propició una rara identificación social con la arquitectura. Y para ello, el acontecimiento que lo canalizó fue la Exposición Iberoamericana, celebrada en 1929 pero iniciada como objetivo ciudadano veinte años antes, tras los festejos “España en Sevilla”, organizados en la primavera de 1909, y a cuya conclusión lanzaría la idea Luis Rodríguez Caso. El objetivo de una Exposición Hispano- Americana, como fue originalmente denominada, se traduciría en un concurso convocado en 1911, y del que resultaría ganador Aníbal González, bien es cierto que con una muy escasa participación, ausentes los demás arquitectos sevillanos.

   Su vida, que se vio truncada poco antes de que tuviera lugar la inauguración del certamen, el 31 de mayo de 1929, quedó vinculada al proyecto general y a las obras que resultarían más relevantes: la plaza de América y la plaza de España. Supo compaginar una amplísima actividad profesional, centrada en Sevilla, pero con ejemplos diseminados por distintas poblaciones, especialmente de la baja Andalucía, aunque también fuera de ella, como el edificio proyectado para ABC en la Castellana de Madrid, cuya fachada sobrevive como muestra definitiva de la admiración y apoyo que siempre encontró en la familia Luca de Tena.
   Su trayectoria en Sevilla es difícil de resumir: proyectos urbanísticos (como el del cortijo Maestrescuela, que originaría el barrio de Nervión); viviendas aisladas en áreas de crecimiento de la ciudad (en el Porvenir o en la Palmera); casas familiares urbanas (por ejemplo, en la calle de San José esquina a Conde de Ibarra, calle de Almansa esquina a Galera o calle de Monsalves esquina a Almirante Ulloa); numerosas casas de renta (paseo de Colón, cuesta del Rosario, calles Cuna, Cuesta del Rosario, Tetuán, Francos o actual avenida de la Constitución); “casas baratas” (Portaceli, Ramón y Cajal o avenida de Miraflores); edificios religiosos (para la Compañía de Jesús en la calle de Trajano, la capillita de la Virgen del Carmen en el Altozano o la basílica de la Inmaculada Milagrosa cuya construcción se interrumpió tras su fallecimiento); panteones (como los de los Luca de Tena, Peyré o González) y otros muchos proyectos y obras, que se pueden cerrar con la referencia a la reforma de la plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería y su sede en el paseo de Colón. Una serie ingente que, junto a la de otros arquitectos regionalistas, cambió la fisonomía de Sevilla, en ocasiones mediante las alteraciones de aperturas interiores, desde la Campana a la Avenida, en incrementos de alturas y cambios de tipos formales del caserío que, en conjunto, significó una renovación intensa de la ciudad.

   Hay que volver a la Exposición Iberoamericana para comprender sintéticamente la evolución producida en la arquitectura de Aníbal González y completar la glosa de este sevillano. Basta comparar el proyecto premiado en 1911 con los desarrollados posteriormente, incluido el frustrado de la Universidad Hispano Americana, tercera de las grandes obras que se pretendió vincular a la Exposición. Sobre todo, basta comparar la arquitectura de la plaza de América (1911-1919: Pabellón de Arte Antiguo, Pabellón Real y Pabellón de Bellas Artes, con sus jardines) con la de la plaza de España (1914-1928), para apreciar la transición de una concepción pintoresca a otra más monumental; por más que en ambas se contengan las habilidades del dominio ecléctico de los estilos del pasado español y en ambas se desarrollen las aplicaciones múltiples de los oficios y artesanías tradicionales recuperados y potenciados al amparo de las prolongadas obras de la Exposición. De manera que si tuviésemos que elegir un desenlace de su evolución, quizá éste radicara en el virtuosismo con que se desenvolvieron las obras de Aníbal González, en especial las aplicaciones del ladrillo en limpio y su talla.
   La donación a la ciudad de la mayor parte de los jardines desarrollados por los duques de Montpensier y la acertadísima intervención de J. C. N. Forestier, renombrado jardinero y urbanista parisino, en la configuración del parque de María Luisa, constituyen el acontecimiento matriz para el desencadenamiento de la transformación urbana que comportó la Exposición Iberoamericana. Lo que finalmente fue el certamen, por el impulso final producido bajo la dictadura de Primo de Rivera, contravino la idea unitaria que Aníbal González había soñado completar. Pero, por más que aquella quiebra trajera la desilusión, la enfermedad y la muerte de nuestro arquitecto, al apreciar hoy el interés de muchas de las obras proyectadas por otros arquitectos (el casino de la Exposición y el teatro Lope de Vega, de Vicente Traver, o varios pabellones americanos, como los de Argentina de Noel, Chile de Martínez, Perú de Piqueras o México de Amábilis), ello no impide percibir la identidad sustancial que se reconoce a la Exposición de 1929 tres cuartos de siglo después.
   En años de fuerte convulsión social, el fallido atentado contra Aníbal González en 1920 debe ser leído en clave de su extraordinaria relevancia como figura pública. Lamentable en cualquier caso, ese acto respondía a la rara popularidad del arquitecto, intensificándose la identificación de la ciudad con él durante la década final de su vida. Poco antes de morir pronunciaba su conferencia, impresa entonces, sobre La Giralda; el máximo símbolo arquitectónico de Sevilla era descrito con su verbo comedido. La manifestación de duelo popular que le acompañó a su muerte, sólo comparable entonces con la de los ídolos de la tauromaquia, contribuyó a otorgarle la aureola de mito contemporáneo de la ciudad.
   Puede afirmarse que Aníbal González es el arquitecto más estimado en Sevilla a lo largo del siglo XX.
   La consideración popular por sus obras, especialmente las de la Exposición Iberoamericana de 1929, se manifiesta en el modo como se han integrado en el paisaje urbano comúnmente reconocido, y en la valoración que de ellas hacen tanto los sevillanos como los forasteros que visitan la ciudad (Víctor Pérez Escolano en Biografías de la Real Academia de la Historia).
   Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la glorieta de Aníbal González, en el Parque de María Luisa, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre el Parque de María Luisa, en ExplicArte Sevilla.

lunes, 25 de mayo de 2020

El Retablo de Santa María Magdalena de Pazzi, de Bartolomé de la Puerta, en la Iglesia del Convento de San José del Carmen (Las Teresas)


      Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Retablo de Santa María Magdalena de Pazzi, de Bartolomé de la Puerta, en la Iglesia del Convento de San José del Carmen, de Sevilla.
         Hoy, 25 de mayo, Santa María Magdalena de Pazzi, virgen de la Orden de Carmelitas, que en la ciudad de Florencia, también en Italia, llevó una vida de oración abnegadamente escondida en Cristo, rezando con empeño por la reforma de la Iglesia. Distinguida por Dios con muchos dones, dirigio de un modo excelente a sus hermanas hacia la perfección (1607) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
      Y que mejor día que hoy para ExplicArte el Retablo de Santa María Magdalena de Pazzi, de Bartolomé de la Puerta, en la Iglesia del Convento de San José del Carmen (Las Teresas), de Sevilla.
      El Convento de San José del Carmen (Las Teresas), se encuentra en la calle Santa Teresa, 5; en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
     El retablo de Santa María Magdalena de Pazzi de la Iglesia del Convento de San José del Carmen (Las Teresas) posee la peculiaridad de ser una obra cuya construcción debió comenzar en el primer tercio del siglo XVII durando hasta el XIX, época en que se realizó su policromía. Esta singularidad nos ha llevado a incluirlo entre los tipos manieristas. 

      Se halla situado en el sotocoro, en el lado de la Epístola y responde al esquema habitual en casi todos los retablos de la iglesia, compuesto de doble arco, con una parte exterior a manera de pórtico que cobija en su interior una estructura retablística.
      Aunque aparentemente este retablo parece una obra decimonónica por poseer una policromía que imita mármoles, sin embargo vemos en él numerosos elementos propios de la retablística del primer tercio del siglo XVII, tales como el marco de ovas y dentellones del cuadro que debió estar situado en la parte central, así como los marcos con frontones curvos, situados en el intradós del arco, siendo esta parte del retablo muy semejante a la de otro de la misma iglesia, concretamente al del Calvario, propiedad de Agustín Pérez.
      Por otra parte, conocemos un documento por el que se encarga la realización de un retablo para la capilla del racionero de la Catedral, Don Antonio de Cepeda, fechado en 1633, al ensamblador Bartolomé de la Puerta, especificándose en dicho contrato que en las tres partes donde tenía que haber pintura el ensamblador se obligaba a poner sus tableros barotados y asimismo a forrar de tablas la bolsura del arco, y en previsión de que se perdiera la traza del retablo, "el arco de él se tenía que hacer conforme al de los herederos de Miguel Noguera, en el convento de San Alberto, y el aforro de él es conforme al de Agustín Pérez y Enrique de Andrade. De los dos retablos nombrados, el del Convento de San Alberto ha desaparecido en la actualidad, mientras que el de Agustín Pérez ofrece una rosca del arco muy semejante a la del que estamos analizando: compartimentada en siete espacios para lienzos, los dos de las jambas son rectangulares y rematados por pequeños frontoncillos con sus extremos curvos, y sobre ellos dos cuadros apaisados con sus molduras, mientras que la rosca del arco se ve también compartimentada en tres partes (aparte de la semejanza formal con el intradós del Retablo de Agustín Pérez, los espacios en que se divide éste tienen las mismas medidas en ambos casos: los de las jambas 1,17 x 0.56 y los apaisados, situados sobre éstos, 0,34 x 0,56).

      Su centro debía estar ocupado por un lienzo, pues conserva un marco de ovas y dentellones, propio del XVII, siglo en el que pensamos debió comenzar la construcción de este retablo no terminándose, y el neoclasicismo le añadió la urna e imagen central, realizándose en este periodo toda su policromía a imitación de mármoles, y colocando en su ático un cuadro representando una Piedad.
      Bartolomé de la Puerta es un ensamblador cuya obra es escasamente conocida, y que debió trabajar en Sevilla sobre el primer tercio del siglo XVII, fecha en la era vecino en la collación de San Vicente (las escrituras notariales conocidas sobre este ensamblador son la del retablo que acabamos de ver y otra realizada en 1630 para el retablo de la Concepción de la Iglesia de San Lorenzo de Sevilla, obra que se conserva actualmente en el lugar para el que fue construido y donde Bartolomé de la Puerta trabaja en colaboración con otro ensamblador, Blas del Castillo Noel, y con escultor Jacinto Pimentel. En este retablo se repite el tema de los frontoncillos curvos con sus extremos rizados que veíamos en el retablo de Santa María Magdalena de Pazzis).

      La imagen titular de Santa María Magdalena de Pazzis es representada con el hábito de carmelita, llevando en las manos lo que constituye su principal atributo, un crucifijo entre dos ramas de lis, y en la cabeza una corona de espinas. Carmelita florentina del siglo XVI, tras su canonización en 1669, fue adoptada como Patrona de la Orden del Carmen, así como por las ciudades de Florencia y Nápoles.
      Estilísticamente, esta imagen cuyo hábito y capa están realizados en tela encolada, presenta los rasgos típicos de la escultura del siglo XIX, época en que, debió ser realizada y situada en este retablo.
      El ático del mismo está ocupada por una pintura que representa una Piedad, flanqueada por roleos y guirnaldas de frutas de un gran planismo.
      Siguiendo el esquema iconográfico propio del siglo XVI, el cuerpo de Cristo se va separando del de su Madre con el que formaba un rígido triángulo en la centuria anterior, y su gran rigidez le impide adaptarse al regazo de la Virgen. Este tipo tiene sus precedentes literarios en los místicos de los siglos XIV y XV, concretamente en las Meditaciones de San Buenaventura, que nos dice que Jesús estaba tendido en el suelo y apoyaba la cabeza y los hombros sobre el regazo de su Madre.
      Por sus rasgos estilísticos, esta pintura evoca el manierismo toscano, en el alargamiento de la figura de Cristo, y el violento escorzo del mismo, pudiéndose relacionar dentro de la pintura andaluza con el pintor sevillano Luis de Vargas (1502-1568), con cuya Piedad de 1568 ofrece algunas relaciones, si bien lo que es evidente es que se trata de una obra renacentista del siglo XVI, aunque su elevada colocación no permite un detallado estudio de la misma (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de Santa María Magdalena de Pazzi, virgen:
    Carmelita originaria de la ciudad de Florencia del siglo XVI, nacida en 1566 y muerta en 1607.
   Sus biógrafos, Cepari y Puccini, nos han dejado el relato de sus visiones que recuerdan a las de santa Teresa de Ávila.
   Asaltada por tentaciones, dirigió una ardiente plegaria a la Virgen que la liberó cubriéndola con un velo blanco.
   Un día, cuando meditaba acerca  del Evangelio según san Juan, se le apareció San Agustín, y con letras de oro y sangre grabó en su corazón estas palabras: Verbum caro factum est (El Verbo se hizo carne).
   En otra oportunidad creyó desclavar a Cristo de la cruz y beber la sangre de sus llagas.
CULTO
   Canonizada en 1669,fue adoptada como patrona por  la orden de las carmelitas, y también por las ciudades de Florencia y Nápoles donde hay iglesias puestas bajo su advocación.
ICONOGRAFÍA

   Sus atributos son una corona de espinas y un crucifijo entre dos tallos de lirio. Lleva los Instrumentos de la Pasión que le habría presentado Cristo (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Retablo de Santa María Magdalena de Pazzi, de Bartolomé de la Puerta, en la Iglesia del Convento de San José del Carmen (Las Teresas), de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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domingo, 24 de mayo de 2020

La imagen de María Auxiliadora, de Enrique Orce Mármol, en la Iglesia de San Juan Bosco, de Triana


      Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen de María Auxiliadora, de Enrique Orce Mármol, en la Iglesia de San Juan Bosco, de Triana, de Sevilla.
      Hoy, 24 de mayo, la Iglesia conmemora una vez más, a la Santísima Virgen, bajo su advocación de María, Auxilio de los Cristianos, así que hoy es el mejor día, para ExplicArte la Imagen de María Auxiliadora, de Triana, en la Iglesia de San Juan Bosco, de Sevilla.
     La Iglesia de San Juan Bosco, se encuentra en la calle Condes de Bustillo, 17; en el Barrio de Triana Este, del Distrito Triana.
      El presbiterio de la Iglesia de San Juan Bosco se encuentra literalmente elevado sobre el resto del templo, presidido por la imagen de María Auxiliadora, la popular "Sentaíta", talla de Enrique Orce Mármol en 1944, en una sencilla hornacina, sobre un muro decorado con pinturas murales (María del Valle Gómez de Terreros Guardiola, Antonio Gómez Millán (1883-1956). Una revisión de la arquitectura sevillana de su tiempo. Ediciónes Guadalquivir, Sevilla. 1993).
      María Auxiliadora del templo salesiano de Triana (Iglesia de San Juan Bosco en calle Condes de Bustillo), es una imagen realizada hacia 1944 por Enrique Orce, que goza de extraordinario e inefable ambiente devocional en este popularísimo barrio, el cual la conoce cariñosamente como "la Sentaíta", por aparecer sedente en un trono, rasgo que la singulariza entre otras esculturas de la misma advocación. Su desfile procesional despierta gran entusiasmo entre los vecinos, los cuales adornan sus casas y sus calles (cadenetas, banderitas, colchas en los balcones, mantones de Manila...), en una estampa retrospectiva de enorme gracia, que parece recordarnos la Sevilla antigua (Juan Martínez Alcalde, Sevilla Mariana, repertorio iconográfico. Ediciones Guadalquivir. Sevilla, 1997).

Conozcamos mejor la Festividad de María Auxiliadora:
      En la fecha de hoy, 24 de mayo, la Iglesia conmemora una vez más, a la Santísima Virgen, bajo su advocación de María, Auxilio de los Cristianos. El primero que llamó a la Virgen María con el título de Auxiliadora fue San Juan Crisóstomo, en Constantinopla, en al año 345: "Tú, María, eres auxilio potentísimo de Dios". San Sabas en el año 532 nos transmite que en Oriente había una imagen de la Virgen que era llamada Auxiliadora de los Enfermos, porque junto a ella se obraban muchas curaciones. San Juan Damasceno, en el año 749, fue el primero en propagar la jaculatoria: "María Auxiliadora, ruega por nosotros". Y añade que la Virgen es "auxiliadora para evitar males y peligros y auxiliadora para conseguir la salvación". En Ucrania, Rusia, se celebra la fiesta de María Auxiliadora el uno de octubre desde el año 1030, pues en ese año libró a la ciudad de la invasión de una terrible tribu de bárbaros paganos. En 1558 ya figuraba en las letanías que se acostumbraban recitar en el santuario de Loreto, Italia, la invocación: "Auxilio de los cristianos, ruega, por nosotros",  y en el año 1572, San Pío V ordenó oficialmente su adición en las letanías porque a su intercesión milagrosa se atribuyó la victoria cristiana en la batalla de Lepanto del domingo siete de octubre de 1571. En el año 1600 los católicos del sur de Alemania hicieron una promesa a la Virgen de honrarla con el título de Auxiliadora si los libraba de la invasión de los protestantes y hacía que se terminara la terrible Guerra de los Treinta Años. La Madre de Dios les concedió ambos favores y pronto había ya más de setenta capillas con el título de María Auxiliadora de los cristianos. En 1683 los católicos al obtener la inmensa victoria en Viena contra los enemigos de la religión, fundaron la Asociación de María Auxiliadora, la cual existe hoy en más de sesenta países.

      Pío VII Chiaramonti, fue el segundo papa que daría una gran importancia a esta advocación mariana. En 1806 el Papa se negó a sumarse a la exigencia de Napoleón de bloquear a Inglaterra, lo que condujo a una invasión francesa de los Estados Pontificios y puso en prisión al anciano Papa de setenta y siete años de edad, primero en Savona, y luego en Fontainebleau, en 1809.  En su cautiverio, situación ésta que le causó un gran sufrimiento y deterioró bastante su salud, el Papa prometió a la Virgen que si recuperaba su libertad y volvía a Roma, declararía ese día como solemne en honor de María Auxilio de los cristianos. Bien pronto la suerte de Napoleón cambió y Pío VII recuperó su libertad. Llegó a Roma el veinticuatro de mayo de 1814 y cumplió su promesa. De este acontecimiento, viene la tradición de la conmemoración de María Auxiliadora cada veinticuatro de mayo. En 1860 la Santísima Virgen se apareció a San Juan Bosco y le dijo que quería ser honrada con el título de Auxiliadora, y le señaló el sitio para que le construyera en Turín un templo. Tres años después, en 1863, Don Bosco comienza la construcción de la iglesia en Turín. Todo su capital era de cuarenta céntimos, y esa fue la primera paga que hizo al constructor.  Cinco años más tarde, el nueve de junio de 1868, tuvo lugar la consagración del templo. Lo que sorprendió a Don Bosco primero y luego al mundo entero fue que María Auxiliadora se había construido su propia casa, para irradiar desde allí su patrocinio. Don Bosco llegó a decir: "No existe un ladrillo que no sea señal de alguna gracia". Desde aquel Santuario comenzó a extenderse por el mundo la devoción a María bajo el título de Auxiliadora de los Cristianos.

      Hoy, salesianos y salesianas, fieles al espíritu de sus fundadores,  y a través de las diversas obras que llevan entre manos siguen proponiendo como ejemplo, amparo y estímulo en la evangelización de los pueblos a María con el consolador título de Auxiliadora, y celebran extraordinariamente como solemnidad su memoria litúrgica. También es celebrada con el rango de solemnidad en Ciudadela, y como memoria libre por las diócesis de Córdoba, Jerez, Menorca y Sevilla, y por los barnabitas, mientras que los monfortianos como memoria obligatoria (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
Conozcamos mejor la Biografía de Enrique Orce Mármol, autor de la imagen reseñada;
   Enrique Orce Mármol (Sevilla, 1885 – 1952) ceramista.
   Su padre fue escultor de estarcidos, esto determinó su afición a las artes, principalmente la escultura y la pintura. Su formación académica la realizó entre 1897 y 1911 en distintas instituciones, principalmente en la Escuela Superior de Bellas Artes de Sevilla, donde recibió clases de Gonzalo Bilbao, Virgilio Mattoni, José Gestoso y José Tova. Posteriormente fue él quien ejerció de profesor al aparecer como docente en el Instituto de Artes de Sevilla.
   Entre 1917 y 1920 Orce se trasladó y fijó su residencia en Talavera de la Reina, donde llevó a cabo, junto con el también ceramista Antonio Martínez e Ildefonso Santos, como socio capitalista, la apertura de un alfar que se denominó Nuestra Señora del Pilar, en la calle de las Herrerías, n.º 9. Después de varias décadas pasó a convertirse en fábrica de materiales de construcción. Durante estas mismas fechas, según los datos manejados, colaboró con la fábrica de Ramos Rejano.
   De vuelta a Sevilla, y por un contacto familiar con la Orden de los capuchinos, realizó muchos paneles y platos para esta comunidad en toda Andalucía.
   A partir de 1927 se hizo cargo de la dirección artística de la fábrica de la Viuda de José Tova Villalva, donde permaneció hasta su cierre.
   Como pintor ceramista Orce alcanzó un elevado grado de perfección y maestría, al saber dar a sus obras una belleza especial que conseguía a base de veladuras, obtenidas con la técnica del aguarrás (Ángel Sánchez-Cabezudo Gómez, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen de María Auxiliadora, de Enrique Orce Mármol, en la Iglesia de San Juan Bosco, de Triana, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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sábado, 23 de mayo de 2020

La Capilla de la Virgen de la Estrella, en la Catedral de Santa María de la Sede


      Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Capilla de la Virgen de la Estrella, en la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.        
      Hoy, sábado 23 de mayo, como todos los sábados, se celebra la Sabatina, oficio propio del sábado dedicado a la Santísima Virgen María, siendo una palabra que etimológicamente proviene del latín sabbàtum, es decir sábado. 
      Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la Capilla de la Virgen de la Estrella, en la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.  
     En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Capilla de la Virgen de la Estrella [nº 019 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; Esta fundación de Rodrigo Franco tampoco ha cambiado de nombre ni de lugar desde que la dotó en 1566. En el primer cuarto del siglo XVII sustentaba esta capilla la mitad del "órgano grande" (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
   El lado del evangelio del exterior del coro aparece formado por dos capillas con la fachada decorada con esculturas en alabastro (Santas Eulalia, Margarita, Casilda, Catalina de Alejandría, Bárbara, Úrsula, Águeda, Lucía, Justa, Rufina, María Magdalena y una santa mártir por identificar). Ambas presentan portadas constituidas por arcos carpaneles con las enjutas decoradas por tondos y que quedan separadas por un pilar de trazas góticas a modo de parteluz. En los extremos también figuran dos pilares con hornacinas y definidos por una típica decoración gótica a base de formas forales y doseletes, así como esculturas de apóstoles y evangelistas (Felipe, Santiago el Mayor, Judas Tadeo, Pablo, Tomás, Andrés, Bartolomé, Santiago el Menor, Pedro y Juan Evangelista). El conjunto remata en un pequeño friso ornamentado con hojarasca entrelazada con niños y animales de diferente composición.
   La Capilla la preside un retablo que está formado por mesa de altar, un cuerpo y una calle. La mesa de altar presenta un frontal textil enmarcado por una cenefa a base de espejos envueltos en rocalla, destacando en el centro el anagrama de María. Sobre ella, aparece una gran hornacina central flanqueada por estípites muy fragmentados y decorada con rocalla y espejos, así como por una orla de plata con angelitos y piedras semipreciosas engastadas. Ligeramente retranqueados con respecto a la hornacina, figuran en los laterales sendos relieves con representaciones de la Anunciación en el lado izquierdo y una representación del Salmo 80 en el derecho. El conjunto remata en un gran copete con el anagrama de María flanqueado por dos ángeles que están recostados sobre un fragmento de frontón. Todo el conjunto lo preside la imagen de la Virgen de la Estrella, talla de 1,66 x 0,40 x 0,50 m, realizada por Nicolás de León y Jerónimo Hernández en la 1ª 1/2 del siglo XVI, siendo una Virgen con el Niño, de pie con su pierna izquierda ligeramente adelantada y en posición frontal. Viste con túnica roja decorada con tallos vegetales y rocalla dorada y manto azul enroscado en la cintura y recogido en los brazos. La cabeza, tocada con velo, muestra los rasgos hieráticos de una mujer joven que eleva su mano derecha sujetando una estrella, mientras que con la izquierda sostiene la figura sedente de un Niño Jesús sonriente que juega con su pie izquierdo. (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

   Una de las cuatro capillas que se alojan en los costados del Coro, las llamadas de los Alabastros, está dedicada a la Virgen de la Estrella. Aunque tradicionalmente se le atribuyen a Diego de Riaño, no se construyeron en la misma época. La que nos ocupa, la Capilla de la Virgen de la Estrella, junto a la de San Gregorio Magno se encuentra en el lado del Evangelio y es de estilo renacentista, siendo diseñadas ambas por Diego de Riaño en 1523, mientras que las de la Encarnación y de la Inmaculada Concepción (en el lado de la Epístola y de estilo gótico) se atribuyen a Juan Gil de Hontañón.
   En ellas pueden establecerse dos fases constructivas. La primera puede atribuirse a Juan Gil de Hontañón, habida cuenta de la estrecha relación que presentan con las capillas de la nave contraria. La segunda se debe a Diego de Riaño, quien replanteó en profundidad la obra de su predecesor. A Juan Gil corresponden las embocaduras y muros adyacentes de las capillas, cuyos elementos estructurales y decorativos son plenamente góticos. A Riaño se debe la articulación y ornamentación interior, de naturaleza renacentista. Confirmación del cambio efectuado por este último arquitecto sobre lo proyectado por su antecesor parece ser el acuerdo capitular de 4 de julio  de 1529, en que se decidió que las capillas "començadas a fazer de alabastro que se acaben de alabastro... e (se) siga el pareçer de Riaño maestro mayor". Para continuar la construcción de las mismas el arquitecto se trasladó a las canteras jiennenses de Torre del Campo, en donde, en compañía del cantero Juan Picardo, localizó la veta adecuada y concertó con los canteros la cantidad y el precio de la piedra necesaria. Para tratar de los asuntos relativos a la traída del alabastro, el Cabildo acordó, en su reunión de 9 de junio de 1529, comisionar al licenciado Diego de Ribera y al obispo de Scalas, don Baltasar del Río. Estos no debían estar seguros del material procedente de Jaén y aconsejaron surtirse del extraído en Tortosa, sobre el que ya se tenía confianza, por haberse empleado en las capillas de la nave de la epístola. Su informe se presentó en la reunión del 5 de julio de 1530 y tras su aceptación recibieron del Cabildo plenos poderes en lo referente a los gastos que la obra ocasionase. Dos meses más tarde el obispo de Scalas entabló negociaciones con el mercader Pedro Forcadel para que se encargase del alabastro, entregándole 150 ducados. Mientras que el cargamento procedente de Tortosa llegaba a la obra, las capillas se continuaron con el alabastro extraído de las canteras de Torre del Campo. Tarea importante fue en este momento la construcción de la escalera que, paredaña con la Capilla de la Virgen de la Estrella, permitía el acceso desde el trascoro a las tribunas de los órganos.
   A finales de noviembre empezaron a cargar en el puerto de Tortosa las naves que traerían el alabastro hasta Sevilla. Ante la posibilidad de que tan preciado cargamento no llegase a su destino por el peligro "que ay en los mares así de moros como de turcos e otras personas", el canónigo Diego de Ribera propuso hacerle un seguro. Sin embargo, los capitulares sevillano no creyeron necesarias tales medidas precautorias, señalando que sería suficiente encomendarse "a Dios e a su gloria Madre". Lamentablemente tan piadosa actitud no fue suficiente y, como se verá, originaría inesperados y cuantiosos gastos al Cabildo. 

   En los primeros meses de 1531 el ritmo de la obra y el material acumulado para la misma era considerable. Se precisaba ya de un personal cualificado para labrarlo. Por lo que parece, Sevilla carecía de él. Debido a ello el maestro mayor Diego de Riaño envió a dos peones de la obra a "Salamanca y Valladolid y Segovia, Peñafiel y Granada y Córdoba" a buscar maestros que viniesen a labrar el alabastro para las capillas. La búsqueda por estas localidades fue provechosa. Procedente de Granada llegó el entallador de origen francés Nicolás de León, quien debió comenzar su tarea de inmediato, pues el 30 de junio del citado año 1531 se acordó entregarle 24 ducados como primer tercio de su trabajo. Este se concretó en la realización "delas ymagines de las virgines", es decir, santas mártires, que en número de doce decoran el intradós de los arcos de ingreso a las citadas capillas.
   Mientras se labraban dichas imágenes un lamentable suceso vino a enturbiar el hasta entonces feliz proceso de construcción. Uno de los barcos que transportaba el alabastro encalló en uno arrecifes próximos a Rota. Tras recibir la noticia del naufragio, el Cabildo envió al lugar del accidente el aparejador Martín de Gainza, con el fin de estudiar las condiciones en que se había producido y la posibilidad de salvar algo del alabastro. Afortunadamente una parte de la carga pudo ser rescatada, trasladándose con posterioridad a Sevilla.
   A comienzos de 1532 la construcción de las capillas debía estar casi finalizada. Por un acuerdo capitular de 9 de marzo se encomendó a varios canónigos que viesen las imágenes que faltaban en los nichos de las mismas para encargarlas al maestro. Estas y otras tareas de menos envergadura debían estar concluidas en septiembre, pues el día 10 de este mes se ordenó solar las capillas y atender a los retablos que podían construirse. Asimismo se acordó investigar quienes habían estado enterrados en las capillas paras devolverlos a sus antiguos enterramientos.
   En junio de 1533 el canónigo Herrera solicitó al Cabildo que le fuese entregada una de las capillas de alabastro, a cambio de una renta de 5.000 maravedís, de la dotación de una capellanía y de la realización de una reja, retablo y ornamentos pertinentes. La petición fue estudiada en la sesión del 12 de julio e informada negativamente, en tanto que las capillas no se hubiesen puesto "enperfeción". Esta última cita indica que la obra estaba aun falta de algunos detalles. los cuales posiblemente se concluirían en el mismo año, es decir, en vida de Diego de Riaño.
   La obra efectuada por este arquitecto en el interior de las mencionadas capillas contrasta fuertemente con el aspecto externo de las mismas, debido a Juan Gil. Así mientras uno es claramente renacentista, el otro corresponde plenamente a la estética gótica. Naturaleza clásica poseen el orden de balaustres que articula los paramentos interiores y los motivos de grutescos que recubren algunos elementos estructurales. Origen gótico presentan, por el contrario, los pilares, baquetones, cresterías y ornamentos de los muros exteriores. A mitad de camino entre los dos hay que situar las bóvedas nervadas, pues aunque aparentemente corresponden a una solución típicamente gótica, la verdad es que estructural y mecánicamente obedecen a una obra renacentista. De hecho, los nervios carecen de razón de ser, funcionando ambas bóvedas como auténticas vaídas, en las que dichos elementos tienen el mismo carácter ornamental que los serafines y florones que figuran en la plementería. En realidad, el abovedamiento de estas capillas es un paso más en el proceso de transformaciones que sufrió el modo de concebir y estructurar la cubierta de los edificios españoles desde finales del siglo XV.

   De gran interés es la presencia de las trompas aveneradas en que se apoyan las bóvedas de estas capillas. Generalmente aquellas se utilizan como elemento de transición entre la planta cuadrada y la ochavada o circular. Sin embargo, en el caso presente, se trata de un espacio rectangular en el que no es posible efectuar una transición de tales características. Por consiguiente, hay que considerar la presencia de tales elementos desde otra perspectiva, atribuyéndoles bien un afán decorativista o un sentido experimentador. De ambas posibilidades la más acertada parece la segunda, pues tales elementos se repiten en la Sacristía de los Cálices y en la Sacristía Mayor. Por ello deben considerarse estas trompas como un precedente, a la vez que un ensayo, de las incorporadas al abovedamiento de dichas sacristías. Tal vez si el arquitecto no hubiese estado limitado en su actuación por la obra previa de Juan Gil y si no existiesen las tribunas de órganos podría haber proyectado un tipo de cubierta más claramente renacentista. Es interesante resaltar que uniendo ambas capillas por sus embocaduras el espacio resultante es un cuadrado, en el que las trompas ocuparían los ángulos, lo que permitiría efectuar la transición al círculo. Es decir, se estaría en condiciones de ofrecer la solución adoptada en la Sacristía Mayor.
   Con respecto a ciertos elementos estructurales y decorativos del interior de las capillas hay que señalar su semejanza con otras obras de Riaño. Así, los querubines y ménsulas que ocupan el friso son repetición de los que figuran en el dintel de las puertas del Apeadero y Antecabildo del Ayuntamiento sevillano. De igual forma, los esquemas compositivos de las credencias y alacenas que se abren en los muros de ambas capillas son similares a los que configuran las ventanas del citado Apeadero. Asimismo, los querubines y florones que decoran la plementería de las bóvedas coinciden con los empleados en el abovedamiento de las mencionadas salas de las Casas Capitulares. Se comprueba con ello la gran unidad estilística de las obras de Diego de Riaño (Teodoro Falcón Márquez, El edificio gótico; Alfredo J. Morales, La Arquitectura en los siglos XVI, XVII y XVIII en La Catedral de Sevilla. Ediciones Guadalquivir, Sevilla. 1991).
   El Retablo de la Virgen de la Estrella centra la homónima Capilla que se encuentra situada en la parte septentrional del coro, en la zona del alabastro.
   Se compone el retablo de banco, cuerpo y ático. El cuerpo está determinado por la gran hornacina central, flanqueada por estípites con espejuelos; en ambos lados dos grandes cartelas con relieves, representando la Asunción corporal de la virgen y el anuncio a la ciudad de Jericó?, más numerosos motivos decorativos y figuritas repartidas por la composición, que es de gran riqueza y opulencia. La Titular es del siglo XVI, y policromada en el siglo XVIII.
   Consta que dicho retablo se estrenó en 1695, tallado por Jerónimo Franco, carpintero de la Catedral y dorado por José López. En 1706 fue "enriquecida esta Capilla" por la donación de D. Fernando J. de Montemayor. Sin embargo, cabría fechar la obra en el tercer cuarto del siglo XVIII, habida cuenta de la decoración rocalla.  

   La Virgen de la Estrella preside el retablo barroco de su Capilla del alabastro, en el costado septentrional, lado del Evangelio, en torno al coro.
   Ha tenido distintas clasificaciones: del siglo XIII, de origen alemán, aunque sevillana; del siglo XV o XVI, de Jerónimo Hernández de principios del siglo XVI; y de Nicolás de León, en cuya atribución me afirmo y por tanto del segundo tercio del XVI.
   Desconcierta la atribución y sobre todo su cronología, por hallarse en un retablo muy barroco, de fines del siglo XVIII y por constar que en 1706 fue "enriquecida esta capilla" por la donación de D. Fernando J. de Montemayor, y entre el "enriquecimiento" pudo figurar el estofado y encarnado de tan bella imagen. Gestoso afirma que fue policromada en 1695; mas opino que en pleno siglo XVIII. Ciertamente la policromía es muy suntuosa, pero totalmente inapta para dicha escultura (José Hernández Díaz, Retablos y esculturas de la Catedral de Sevilla en La Catedral de Sevilla. Ediciones Guadalquivir, Sevilla, 1991).
   La Capilla de la Virgen de la Estrella se cierra por una reja en la que se lee: "Esta capilla y enterramiento es de Rodrigo Franco que sea en gloria y de sus herederos y descendientes. Año 1568", obra diseñada por Hernán Ruiz II y Cosme de Sorribas y ejecutada por Pedro Delgado en 1568. Presenta abundantes labores en chapa de hierro, siendo las más destacadas las figuras de la Templanza y la Prudencia, sobre el medio punto de la puerta, y los dos ángeles del coronamiento (Alfredo J. Morales, Artes aplicadas e Industriales en la Catedral en La Catedral de Sevilla. Ediciones Guadalquivir, Sevilla. 1991).
   La Virgen de la Estrella de la Capilla de los Alabastros de la Catedral, es una preciosísima imagen tallada en madera en el segundo tercio del s. XVI, atribuible al imaginero francés Nicolás de León. Mide 1,52 m. Es algo verdaderamente subyugante por su hermosura, por su elegancia esbeltísima y por su encanto maternal. Muy bello también el Niño, que ofrece el simpático y gracioso detalle de estar acariciándose con la manita uno de sus piececitos. En el siglo XVIII toda la efigie fue policromada de nuevo, y aunque el color recibido desvirtuó la antigüedad de su aspecto, también es cierto que le aplicó con exquisito arte y riqueza, quedando maravillosamente conservado en sus tonalidades al hallarse la imagen dentro de una hornacina de cristal. Por ello sería injusto criticar esta policromía (como tan a menudo se hace), pues constituye uno de los mejores ejemplos de estofas barrocas, tipo rocalla, que pueden admirarse en Sevilla. Antiguamente cuidaban del culto de esta capilla y tenían hermandad los mozos del Coro. Por intercesión de esta Virgen, el venerable padre Contreras consiguió el perdón de un condenado a muerte. Hacia 1884 se encargaba del adorno de su altar el marqués de Santa Cruz de Inguanzo y vizconde de San Pedro, quien donó a la Santísima Virgen una rica y preciosa Estrella para que la luciera en su mano derecha. Anécdota digna de recogerse es la ocurrida el jueves 25 de junio de 1992, cuando los Reyes de España, visitaron la exposición Magna Hispalensis, instalada en la Catedral: aunque el recorrido de Sus Majestades por el recinto estaba previsto o programado de antemano, don Juan Carlos desvió intencionadamente el itinerario para acercarse hacia la capilla de la Virgen de la Estrella, donde oró ante la imagen, cumpliendo así el encargo de su augusta madre, la Condesa de Barcelona, que es ferviente devota de tal advocación desde sus tiempos de estudiante y solía rezar aquí "para aprobar sus exámenes". Tan simpático gesto tiene, en su sencillez, una grandeza regia y filial, absolutamente conmovedora; por eso nosotros lo reflejamos aquí, con la minuciosidad cariñosa e ilusionada de un humilde cronista (Juan Martínez Alcalde, Sevilla Mariana, repertorio iconográfico. Ediciones Guadalquivir. Sevilla, 1997).

Conozcamos mejor la historia de la Sabatina como culto mariano
   Semanalmente tenemos un culto sabatino mariano. Como dice el Directorio de Piedad Popular y Liturgia, en el nº 188: “Entre los días dedicados a la Virgen Santísima destaca el sábado, que tiene la categoría de memoria de santa María. Esta memoria se remonta a la época carolingia (siglo IX), pero no se conocen los motivos que llevaron a elegir el sábado como día de santa María. Posteriormente se dieron numerosas explicaciones que no acaban de satisfacer del todo a los estudiosos de la historia de la piedad”. En el ritmo semanal cristiano de la Iglesia primitiva, el domingo, día de la Resurrección del Señor, se constituye en su ápice como conmemoración del misterio pascual.  Pronto se añadió en el viernes el recuerdo de la muerte de Cristo en la cruz, que se consolida en día de ayuno junto al miércoles, día de la traición de Judas. Al sábado, al principio no se le quiso subrayar con ninguna práctica especial para alejarse del judaísmo, pero ya en el siglo III en las Iglesias de Alejandría y de Roma era un tercer día de ayuno en recuerdo del reposo de Cristo en el sepulcro, mientras que en Oriente cae en la órbita del domingo y se le considera media fiesta, así como se hace sufragio por los difuntos al hacerse memoria del descenso de Cristo al Limbo para librar las almas de los justos. En Occidente en la Alta Edad Media se empieza a dedicar el sábado a la Virgen. El benedictino anglosajón Alcuino de York (+804), consejero del Emperador Carlomagno y uno de los agentes principales de la reforma litúrgica carolingia, en el suplemento al sacramentario carolingio compiló siete misas votivas para los días de la semana sin conmemoración especial; el sábado, señaló la Santa María, que pasará también al Oficio. Al principio lo más significativo del Oficio mariano, desde Pascua a Adviento, era tres breves lecturas, como ocurría con la conmemoración de la Cruz el viernes, hasta que llegó a asumir la estructura del Oficio principal. Al principio, este Oficio podía sustituir al del día fuera de cuaresma y de fiestas, para luego en muchos casos pasar a ser añadido. En el X, en el monasterio suizo de Einsiedeln, encontramos ya un Oficio de Beata suplementario, con los textos eucológicos que Urbano II de Chantillon aprobó en el Concilio de Clermont (1095), para atraer sobre la I Cruzada la intercesión mariana.
   De éste surgió el llamado Oficio Parvo, autónomo y completo, devoción mariana que se extendió no sólo entre el clero sino también entre los fieles, que ya se rezaba en tiempos de Berengario de Verdún (+962), y que se muestra como práctica extendida en el siglo XI. San Pedro Damián (+1072) fue un gran divulgador de esta devoción sabatina, mientras que Bernoldo de Constanza (+ca. 1100), poco después, señalaba esta misa votiva de la Virgen extendida por casi todas partes, y ya desde el siglo XIII es práctica general en los sábados no impedidos. Comienza a partir de aquí una tradición devocional incontestada y continua de dedicación a la Virgen del sábado, día en que María vivió probada en el crisol de la soledad ante el sepulcro, traspasada por la espada del dolor, el misterio de la fe.

   El sábado se constituye en el día de la conmemoración de los dolores de la Madre como el viernes lo es del sacrificio de su Hijo. En la Iglesia Oriental es, sin embargo, el miércoles el día dedicado a la Virgen. San Pío V, en la reforma litúrgica postridentina avaló tanto el Oficio de Santa María en sábado, a combinar con el Oficio del día, como el Oficio Parvo, aunque los hizo potestativos. De aquí surgió el Común de Santa María, al que, para la eucaristía, ha venido a sumarse la Colección de misas de Santa María Virgen, publicada en 1989 bajo el pontificado de San Juan Pablo II Wojtyla (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
Conozcamos mejor la sobre el Significado y la Iconografía de la Virgen con el Niño;
   Tal como ocurre en el arte bizantino, que suministró a Occidente los prototipos, las representaciones de la Virgen con el Niño se reparten en dos series: las Vírgenes de Majestad y las Vírgenes de Ternura.
La Virgen de Majestad
   Este tema iconográfico, que desde el siglo IV aparecía en la escena de la Adoración de los Magos, se caracteriza por la actitud rigurosamente frontal de la Virgen sentada sobre un trono, con el Niño Jesús sobre las rodillas; y por su expresión grave, solemne, casi hierática.
   En el arte francés, los ejemplos más antiguos de Vírgenes de Majestad son las estatuas relicarios de Auvernia, que datan de los siglos X u XI. Antiguamente, en la catedral de Clermont había una Virgen de oro que se mencionaba con el nom­bre de Majesté de sainte Marie, acerca de la cual puede dar una idea la Majestad de sainte Foy, que se conserva en el tesoro de la abadía de Conques.
   Este tipo deriva de un icono bizantino que el obispo de Clermont hizo emplear como modelo para la ejecución, en 946, de esta Virgen de oro macizo destinada a guardar las reliquias en su interior.
   Las Vírgenes de Majestad esculpidas sobre los tímpanos de la portada Real de Chartres (hacia 1150), la portada Sainte Anne de Notre Dame de París (hacia 1170) y la nave norte de la catedral de Reims (hacia 1175) se parecen a aquellas estatuas relicarios de Auvernia, a causa de un origen común antes que por influencia directa. Casi todas están rematadas por un baldaquino que no es, como se ha creído, la imitación de un dosel procesional, sino el símbolo de la Jerusalén celeste en forma de iglesia de cúpula rodeada de torres.
   Siempre bajo las mismas influencias bizantinas, la Virgen de Majestad aparece más tarde con el nombre de Maestà, en la pintura italiana del Trecento, transportada sobre un trono por ángeles.
   Basta recordar la Madonna de Cimabue, la Maestà pintada por Duccio para el altar mayor de la catedral de Siena y el fresco de Simone Martini en el Palacio Comunal de Siena.
   En la escultura francesa del siglo XII, los pies desnudos del Niño Jesús a quien la Virgen lleva en brazos, están sostenidos por dos pequeños ángeles arrodillados. La estatua de madera llamada La Diège (Dei genitrix), en la iglesia de Jouy en Jozas, es un ejemplo de este tipo.
El trono de Salomón


   Una variante interesante de la Virgen de Majestad o Sedes Sapientiae, es la Virgen sentada sobre el trono con los leones de Salomón, rodeada de figuras alegóricas en forma de mujeres coronadas, que simbolizan sus virtudes en el momento de la Encarnación del Redentor.
   Son la Soledad (Solitudo), porque el ángel Gabriel encontró a la Virgen sola en el oratorio, la Modestia (Verecundia), porque se espantó al oír la salutación angélica, la Prudencia (Prudentia), porque se preguntó como se realizaría esa promesa, la Virginidad (Virginitas), porque respondió: No conocí hombre alguno (Virum non cognosco), la Humildad (Humilitas), porque agregó: Soy la sierva del Señor (Ecce ancilla Domini) y finalmente la Obediencia (Obedientia), porque dijo: Que se haga según tu palabra (Secundum verbum tuum).
   Pueden citarse algunos ejemplos de este tema en las miniaturas francesas del siglo XIII, que se encuentran en la Biblioteca Nacional de Francia. Pero sobre todo ha inspirado esculturas y pinturas monumentales en los países de lengua alemana.
La Virgen de Ternura
   A la Virgen de Majestad, que dominó el arte del siglo XII, sucedió un tipo de Virgen más humana que no se contenta más con servir de trono al Niño divino y presentarlo a la adoración de los fieles, sino que es una verdadera madre relacionada con su hijo por todas las fibras de su carne, como si -contrariamente a lo que postula la doctrina de la Iglesia- lo hubiese concebido en la voluptuosidad y parido con dolor.
   La expresión de ternura maternal comporta matices infinitamente más variados que la gravedad sacerdotal. Las actitudes son también más libres e imprevistas, naturalmente. Una Virgen de Majestad siempre está sentada en su trono; por el contrario, las Vírgenes de Ternura pueden estar indistintamente sentadas o de pie, acostadas o  de rodillas. Por ello, no puede estudiárselas en conjunto y necesariamente deben introducir en su clasificación numerosas subdivisiones.
   El tipo más común es la Virgen nodriza. Pero se la representa también sobre su lecho de parturienta o participando en los juegos del Niño.
El niño Jesús acariciando la barbilla de su madre
   Entre las innumerables representaciones de la Virgen madre, las más frecuentes no son aquellas donde amamanta al Niño sino esas otras donde, a veces sola, a veces con santa Ana y san José, tiene al Niño en brazos, lo acaricia tiernamente, juega con él. Esas maternidades sonrientes, flores exquisitas del arte cristiano, son ciertamente, junto a las Maternidades dolorosas llamadas Vírgenes de Piedad, las imágenes que más han contribuido a acercar a la Santísima Virgen al corazón de los fieles.
   A decir verdad, las Vírgenes pintadas o esculpidas de la Edad Media están menos sonrientes de lo que se cree: la expresión de María es generalmente grave e incluso preocupada, como si previera los dolores que le deparará el futuro, la espada que le atravesará el corazón. Sucede con frecuencia que ni siquiera mire al Niño que tiene en los brazos, y es raro que participe en sus juegos. Es el Niño quien aca­ricia el mentón y la mejilla de su madre, quien sonríe y le tiende los brazos, como si quisiera alegrarla, arrancarla de sus sombríos pensamientos.
   Los frutos, los pájaros que sirven de juguetes y sonajeros al Niño Jesús tenían, al menos en su origen, un significado simbólico que explica esta expresión de inquieta gravedad. El pájaro es el símbolo de l alma salvada; la manzana y el racimo de uvas, aluden al pecado de Adán redimido por la sangre del Redentor.
 A veces, el Niño está representado durante el sueño que la Virgen vela. Ella impone silencio a su compañero de juego, el pequeño san Juan Bautista, llevando un dedo a la boca.
   Ella le enseña a escribir, es la que se llama Virgen del tintero (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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