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jueves, 23 de abril de 2020

La Iglesia de San Jorge (Hospital de la Santa Caridad), de Pedro Sánchez Falconete


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Iglesia de San Jorge (Hospital de la Santa Caridad), de Pedro Sánchez Falconete, de Sevilla.     
   Hoy, 23 de abril, Memoria de San Jorge, mártir, cuyo glorioso combate, que tuvo lugar en Dióspolis o Lidda, en Palestina, actual Israel, celebran desde muy antiguo todas las Iglesias, desde Oriente hasta Occidente (s. IV) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy para Explicarte la Iglesia de San Jorge (Hospital de la Santa Caridad), de Sevilla.
   La Iglesia de San Jorge (Hospital de la Caridad) [nº 9 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 16 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Temprado, 3; en el Barrio del Arenal, del Distrito Casco Antiguo.
   "Memento homo quia pulvis es et in pulverem reverteris". Polvo que somos y polvo en el que nos hemos de convertir. Lema barroco para entender el más barroco de los edificios de la ciudad, compendio del mejor arte de su época y programa iconográfico completo diseñado por Miguel de Mañara en alusión a las obras de misericordia. Los orígenes de la hermandad de la Santa Caridad, titular del edificio, se remontan al siglo XV. En un principio se dedicaba a enterrar a los ajusticiados y ahogados en el cercano río, cadáveres que quedaban abandonados a su suerte. En el siglo XVI tenía como sede una pequeña capilla bajo la advocación de San Jorge, que fue derribada para que se construyese la actual iglesia en 1645, obras que duraron hasta 1670 siguiendo el proyecto de Pedro Sánchez Falconete. Todo el conjunto, la iglesia y las amplias salas del hospital, se edificaron sobre parte de las naves de las antiguas Atarazanas, edificación de la época de Alfonso X dedicada a la construcción de barcos.
   En la interpretación barroca del conjunto hay que situar la figura de Miguel de Mañara y Vicentelo Vázquez de Leca, caballero sevillano prototipo de vida desordenada, en el que algunos vieron una inspiración para la figura de Don Juan. Su profunda conversión: "¿Qué fuera de nosotros si no hubiera pobres?", transformó las normas de una hermandad de la que fue nombrado hermano mayor en 1663. Los nuevos fines de la institución serían el auxilio a los pobres, "nuestros hermanos", con una atención personal y directa de los miembros de la institución. Hasta su muerte en 1680, Mañara dedicó sus esfuerzos y su patrimonio en la terminación de la iglesia y del hospital. En ese conjunto destaca el patio dividido por una galería central, probablemente proyectado por el arquitecto sevillano Leonardo de Figueroa (1682), con dos fuentes con alegorías de la Fe (mirando a la cruz) y de la Caridad (rodeada de niños), entre paneles de azulejos de origen holandés que llegaron a la casa provenientes de Cádiz, tras el traslado que realizó Virgilio Mattoni. Domus pauperum scala coeli, la casa de los pobres es la casa de Dios, lema de acceso a un recinto que también acoge algún patio interior, las habitaciones del hospital (hoy asilo) y la antigua sala de juntas en las que se conservan cuadros de Valdés Leal y objetos personales del propio Mañara. 

   La fachada de la iglesia presenta un esquema muy sencillo de tres cuerpos, adornados por azulejos cuyo diseño algunos atribuyen a Murillo. En piedra están representados San Fernando y San Hermenegildo mientras que los azulejos representan a Santiago, San Jorge, la Esperanza, Fe y la Caridad, entrando dentro de la tradición sevillana de paneles cerámicos murales como tuvo el convento del Pópulo o el convento mercedario de San José. El remate de la fachada, entre pináculos de ladrillo, recuerda las formas del arquitecto Leonardo de Figueroa. A los pies de la iglesia se sitúan diversos enterramientos de hermanos ilustres de la Caridad; aquí estuvo también enterrado originalmente Miguel de Mañara bajo el significativo lema que él mismo dictó: "Aquí yacen los huesos y cenizas del peor hombre que ha habido en el mundo. Rueguen a Dios por él". No duró mucho allí su cuerpo, ya que la hermandad decidió trasladar sus restos, poco después de su muerte, a una cripta bajo el presbiterio.
   El impactante interior presenta una sencilla estructura de una sola nave cubierta con bóveda de medio cañón y una pequeña bóveda semiesférica. Debe entenderse como un recorrido por la práctica de la caridad cristiana a través de las obras de misericordia, las únicas que salvan al hombre, en un programa ideado por Miguel de Mañara, y puesto en práctica por los mejores artistas sevillanos de la segunda mitad del siglo XVII. El fiel del siglo XVII que accedía al templo se encontraba con un pequeño pórtico ornado con yesería barroca en las que aparecía un texto del Evangelio que hacía referencia a la importancia de las obras: "Venid, benditos de mi padre, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estuve preso y me visitasteis...". Inicio de un discurso que se continúa con las pinturas de Valdés Leal (1671-72) situadas en los dos muros de los pies. A la izquierda, In Ictu Oculi, la impactante vanitas en la que la muerte apaga en un golpe de vista la llama de la vida, acabando con todas las glorias mundanas representadas a sus pies: coronas, oropeles, riquezas, libros, armas... En el muro contrario, la visión de una cripta con cadáveres en estado de descomposición, (el de un obispo y el de un caballero de Calatrava), nos indica el fin de la gloria del mundo (Finis Gloriae Mundi). Cucarachas y descomposición, coronadas por la mano de Cristo que sostiene en una balanza los signos de las acciones realizadas por el hombre a lo largo de su vida. Ni más, ni menos. Una nueva llamada a la práctica de las obras de misericordia para alcanzar la salvación. Con estos cuadros de Valdés Leal se iniciaba una reflexión que continuaba en los lienzos de Murillo de los muros laterales. No se conservan en la actualidad los que aludían a dar posada al peregrino (Abraham recibiendo a los tres ángeles), vestir al desnudo (El regreso del hijo pródigo), cuidar al enfermo (Curación del paralítico) y visitar al cautivo (Liberación de San Pedro por el ángel). Estos cuatro primeros cuadros fueron robados por el mariscal Soult en 1810 y hoy se encuentran dispersos en diferentes museos del mundo. Durante mucho tiempo estuvieron sustituidos en la iglesia por cuatro pasajes, con motivos de las Sagradas Escrituras, realizados por Miguel Luna en 1674, aunque recientemente se han realizado copias que permiten recordar el programa iconográfico original. Si se conservan dos grandes lienzos de Murillo que representan El milagro de los panes  y los peces (una alusión a la obra de caridad de dar de comer al hambriento) y la escena de Moisés haciendo brotar el agua de la roca (dar de beber al sediento). Otros cuadros de Murillo en los muros de la iglesia son los que representan a San Juan de Dios portando un enfermo (clara alusión a la asistencia personal a los enfermos que debían realizar los hermanos de la corporación), la excelente composición de Santa Isabel de Hungría, una Anunciación y un par de pequeños cuadros de retablo.
   La mayoría de los retablos son obra del taller de Bernardo Simón de Pineda, que también realizó los marcos de algunas de las pinturas mencionadas. En el muro izquierdo, junto al retablo de la Anunciación, se sitúa un púlpito de hierro coronado por una talla alegórica de la Caridad, obra de Pedro Roldán. A sus pies se sitúa un monstruoso dragón, que representa al mal que ha sido vencido, curiosa escultura de Bernardo Simón de Pineda. El mismo autor realizó el siguiente retablo, el que cobija a a Virgen de la Caridad, imagen de la primera mitad del siglo XVI que presenta elementos propios del final del gótico y de los inicios del renacimiento. En el muro derecho se sitúan otros retablos del mismo autor. En la parte más cercana al presbiterio aparece el dedicado a San José, presidido por un grupo escultórico de Cristóbal Ramos (1782). Junto a él se sitúa un notable relieve del Ecce Homo, realizado en barro cocido por los hermanos García, una muestra de la escuela granadina de escultura de la primera mitad del siglo XVII. En el mismo muro se sitúa el soberbio retablo del Cristo de la Caridad, talla de Pedro Roldán que representa a Cristo arrodillado momentos antes de ser crucificado, una impactante iconografía que pudo estar motivada en una visión del propio Miguel de Mañara y en la que algunos han querido ver algunas semejanzas con el rostro del Cristo de la Expiración de Triana.

    Pero la gran obra escultórica y arquitectónica del templo es el gran retablo mayor que preside la iglesia. Simboliza la obra de caridad alusiva al entierro de los muertos, una de las obligaciones principales de la hermandad de la Caridad. Fue realizado entre 1670 y 1674 por los tres artistas más importantes de la Sevilla del momento: Bernardo Simón de Pineda, como diseñador y ensamblador; Pedro Roldán, como escultor; y Valdés Leal como pintor que se encargaría del policromado y dorado del retablo. Consta el retablo de un banco sobre el que se asienta un gran primer cuerpo compartimentado por columnas salomónicas, elemento innovador en el arte sevillano (aunque ya aparezca en el Sagrario del retablo mayor de la Catedral), que llegó a la ciudad con más de cincuenta años respecto al original modelo de Bernini en el baldaquino de San Pedro del Vaticano. En ese primer cuerpo se abre una potente y fingida estructura arquitectónica donde se sitúa el grupo del Entierro de Cristo, excepcional conjunto de Pedro Roldán que sabe enlazar gestos y actitudes de los asistentes al entierro de Cristo. Se completa con un bajorrelieve posterior en el que aparece el monte Calvario como un paisaje de fondo que permite aumentar la sensación de profundidad de la escena central. En los laterales del primer cuerpo, entre potentes columnas salomónicas que son la génesis de todo un estilo en el arte sevillano, se sitúan tallas de San Jorge, como protector frente a las epidemias. El cuerpo superior es un grandioso ático que está centrado por la alegoría de la Caridad rodeada de niños, simbología que viene a cerrar el panorama iconográfico del templo: tras la reflexión sobre la muerte y el fin de la gloria del mundo, tras la presentación de las obras de misericordia en los muros del edificio, la caridad domina la estancia como aspiración fundamental del hombre en la vida. Un retablo que marcó un antes y un después en la retablística sevillana y que se considera uno de los más conseguidos del barroco español.

   Completan el presbiterio, los muros y la cúpula un conjunto de pinturas y yeserías barrocas de gran interés. Las pinturas murales de la zona anterior al presbiterio corresponden al pincel de Juan de Valdés Leal, representando diversos ángeles que portan atributos de la pasión, siendo los cuatro Evangelistas los que están representados en las pechinas que sostienen la bóveda semiesférica. También aparecen en los muros las figuras de Santo Tomás de Villanueva, San Martín, San Julián y San Juan Limosnero, que destacaron por la práctica de la caridad en sus vidas. Antes de salir, es obligatoria la visión de la colosal pintura de Valdés Leal que se encuentra en el sotocoro y que representa la Entrada del Emperador Heraclio en Jerusalén, obra realizada entre 1684-85. Representa el momento en el que el emperador se despoja de sus lujos para entrar en la ciudad santa con el cortejo que portaba la cruz de Cristo. Un ángel le había recordado la necesidad de la humildad para entrar en la ciudad, todo un aviso a los hombres del Barroco y de cualquier generación: nadie que haya practicado la caridad, que no sepa despojarse de lo superfluo y que no conozca la pobreza, podrá entrar en el Reino de los Cielos. Todo un aviso al visitante de la Santa Caridad, el que hacía el mismo Miguel de Mañara en sus escritos: "¿Qué importa hermano que seas grande en el mundo si la muerte te ha de igualar con los pequeños?" (Manuel Jesús Roldán, Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).
     Esta institución remonta sus orígenes al siglo XV, dedicándose en principio a enterrar a los ajusticiados y a los ahogados en el río. En el siglo XVI tenía como sede una pequeña capilla bajo la advocación de San Jorge, la cual fue derribada para que sobre ella se edificase, con planos del arquitecto Pedro Sánchez Falconete, y desde 1645, la actual iglesia. Las obras de construcción no se concluyeron hasta 1670. Mientras tanto, en 1662 fue admitido como hermano de la Santa Caridad, don Miguel de Mañara, quien después  de una juventud en la que llevó una vida desordenada se entregó en su madurez a una existencia dedicada al servicio de los enfermos y menesterosos. Mañara fue nombrado hermano mayor en 1663 y desde entonces hasta su muerte, acaecida en 1680, fue el alma de dicha institución, dedicando todos sus esfuerzos a terminar la iglesia y a levantar un hospital que habría de acoger a un gran número de pobres y enfermos. Las tres grandes salas del hospital se construyeron aprovechando las naves de las antiguas atarazanas reales, que había mandado edificar Alfonso X el Sabio en 1252. Ante estas salas se construyó un amplio patio, dividido en dos por una galería central, siendo su arquitecto probablemente Leonardo de Figueroa, quien concluiría la obra hacia 1682. Las paredes de este patio se adornan con siete paneles de azulejos holandeses del siglo XVII, que representan escenas del Antiguo y del Nuevo Testamento.
     La fachada de la iglesia se levanta en tres cuerpos de altura y presenta un esquema de gran simplicidad constructiva. En los cuerpos superiores figuran recuadros de azulejos que, diseñados por Murillo, representan a San Jorge, Santiago, la Fe, la Esperanza y la Caridad. En el remate de la fachada aparece un ático precedido  por  una  baranda de hierro y flanqueado por dos pináculos de ladrillo. Por las características del diseño puede atribuirse este remate de la fachada al arquitecto Leonardo de Figueroa.
     El interior del templo tiene una sencilla disposición arquitectónica de una sola nave, cubierta con bóveda de cañón y una bóveda semiesférica en el espacio anterior al presbiterio. El conjunto artístico que reviste la iglesia fue programado por don Miguel de Mañara, con la intención de transmitir un mensaje, que viniese a procla­mar que sólo a través de la práctica de la caridad el cristiano podía conseguir la salvación eterna.
     El discurso que Mañara desarrolló en el templo comienza con la contemplación de las dos pinturas que se disponen en los muros laterales bajo el coro de la iglesia. Allí se encuentran dos obras maestras realizadas por Valdés Leal entre 1671 y 1672. Estas pinturas contienen una profunda meditación sobre la muerte y los acontecmientos espirituales que la suceden: Juicio, Infierno y Gloria. En el muro izquierdo está situada la primera pintura, cuyo título responde a la inscripción que figura en el lienzo: In ictu oculi, cuya traducción, «en un abrir y cerrar de ojos», indica que la muerte le llega al hombre en un instante. En la pintura aparece un esqueleto que apaga la luz de una vela, que simboliza la vida que se extingue. A sus pies figuran diferentes objetos como una tiara papal, una cruz procesional, coronas reales, un cetro y diversos libros y pergaminos que alegorizan la riqueza, la gloria, el poder y la sabiduría. La muerte triunfa sobre la vida, la gloria y los placeres terrenales, indicando la condición pasajera de los mismos.
     La otra pintura, situada en el muro de la derecha, se denomina Finis gloria mundi, como señala un rótulo en su parte inferior. El fin de la gloria del mundo se ejemplifica en el interior de una cripta funeraria, donde aparece el cadáver de un obispo en su ataúd, descompuesto y corroído por repugnantes insectos; junto a él aparece el cadáver de un caballero de la Orden de Calatrava, y al fondo, el de un rey, rodeado de numerosas calaveras. En la parte superior de la composición aparece la mano de Cristo, que sos­tiene una balanza con dos platillos sobre los que figura escrita la frase «ni más ni menos». En un platillo figuran símbolos de los siete pecados capitales, y en el otro símbolos de oración, penitencia y caridad. Será la conducta del hombre la que con sus obras desnivele la balanza hacia el lado del bien o del mal, conduciendo su alma a la condenación o a la salvación.
     Estas dos pinturas que aluden a la brevedad de la vida, a la igualdad de todos los hombres ante la muerte, y a la alternativa de conseguir la salvación o la condenación, según la práctica del bien y del mal, daban paso a un conjunto de cuatro pinturas de Murillo, que en la parte superior de los muros de la iglesia, contenían alegorías de las obras de misericordia, cuya práctica llevarían a la salvación del alma. Estas obras fueron robadas de la iglesia por el mariscal Soult en 1810 y se encuentran actualmente en diversos museos extranjeros. Han sido sustituidas por cuatro paisajes con escenas bíblicas atribuidas a Miguel Luna que rompen el sentido iconográfico original que tuvo la iglesia.
     El ciclo de las obras de misericordia se continúa con las pinturas de Murillo situadas en lo alto del muro del antepresbiterio, donde encontramos primero la escena de Moisés haciendo brotar el agua de la Roca, composición alegórica de la obra de misericordia de dar de beber al sediento. La pintura describe el momento en que Moisés hizo brotar el agua de la roca para aplacar la sed del pueblo de Israel, presentando a los numerosos personajes que protagonizan la escena en un claro contraste físico y anímico, entre la ansiedad de los que beben y la alegría de los que ya han saciado su sed. La otra pintura presenta la escena de la Multiplicación de los panes y los peces, en la que se alegoriza la obra de misericordia de dar de comer al hambriento. En primer término aparece Cristo repartiendo los alimentos que había multiplicado milagrosamente, mientras que en segun­do plano se extiende una profunda lejanía, en la que una muchedumbre espera la comida que habrá de aplacar su hambre.
     La última obra de misericordia, la de enterrar a los muertos, aparece plasmada en el retablo mayor, cuya arquitectura fue ejecutada por Bernardo Simón de Pineda. La escena que preside el retablo es obra del escultor Pedro Roldán y representa el entierro de Cristo, con una perfecta armonía entre los gestos y actitudes físicas de todos los personajes que en conjunto protagonizan el momento con gran solemnidad espiritual. En los laterales del retablo figuran esculturas de San Jorge y San Roque, mientras que en la parte superior aparecen esculturas de la Fe, la Caridad y la Esperanza, obras, como las anteriores, de Pedro Roldán. El retablo se realizó entre 1670 y 1674.
     El conjunto de retablos y pinturas que se distribuyen a lo largo de los muros de la iglesia es de alta calidad, tanto en la perfección del diseño de los primeros como en la calidad compositiva y técnica de las segundas. En el muro izquierdo figura en primer lugar una admirable obra de Murillo, ejecutada hacia 1662, que representa a San Juan de Dios transportando a un enfermo; la composición nos muestra al santo granadino llevando sobre sus hombros durante la noche a un enfermo hacia el hospital, y recibiendo la ayuda de un ángel, que aparece en su auxilio. El significado de esta pintura alude a una de las funciones que han de desempeñar los hermanos de la Santa Caridad, que era la de transportar a los enfermos al hospital. Figura a continuación un retablo, obra de Bernardo Simón de Pineda, en el cual se alberga una bella pintura de Murillo que representa la Anunciación, en la que se advierte la capacidad del artista como hábil dibujante y colorista al tiempo que su notoria capacidad compositiva.
     De gran interés, por su bello diseño, es el púlpito de hierro, cuyo sombrero o tornavoz está rematado por una escultura de la Caridad, obra de Pedro Roldán. Bajo la escalera aparece un animal monstruoso, símbolo del mal vencido, obra de Bernardo Simón de Pineda. A este artista corresponde también el retablo de la Virgen de la Caridad que figura inmediatamente, cuya imagen titular es obra fechable a principios del siglo XVI. En el ático de este retablo aparece una pintura del Niño Jesús, obra de Murillo, en la que plasma uno de los más bellos prototipos infantiles de su producción.
     En el muro de la derecha, se dispone en primer lugar la hermosa composición de Murillo, que representa a Santa Isabel de Hungría curando a los tiñosos, pintura en la que la belleza y serenidad de las figuras femeninas contrasta armoniosamente con la expresividad popular de los enfermos. El significado de esta pintura alude a otra de las funciones que deberían de realizar los hermanos de la Caridad, y que es la de atender y curar a los enfermos. Sigue a esta obra de Murillo el reta­blo del Santo Cristo de la Caridad, cuya estructura arquitectónica es obra de Bernardo Simón de Pineda, siendo la escultura del Santo Cristo de la Caridad obra de Pedro Roldán. En ella Cristo apa­rece arrodillado orando momentos antes de ser clavado en la cruz, reflejándose en su rostro un patetismo pocas veces superado en el panorama de la escultura barroca española.
     Un relieve del Ecce Homo situado en el muro es obra realizada en barro cocido por los hermanos García, artífices granadinos activos en las primeras décadas del siglo XVII. El retablo de San José está ejecutado también por Bernardo Simón de Pineda, mientras que la escultura del titular que se alberga en la hornacina central es obra tallada en 1782 por Cristóbal Ramos. En el rema­te de este retablo aparece una pintura de San Juan Bautista Niño, obra de Murillo.
     La visita de la iglesia se completa con la con­templación del magnífico conjunto de yeserías que adornan las bóvedas de la iglesia, y asimismo, con la visión del conjunto de pinturas murales que decoran las paredes del espacio anterior al presbiterio y que son obras de Valdés Leal; en la bóveda aparecen ocho ángeles que sostienen atributos de la pasión de Cristo, y en las pechinas los cuatro Evangelistas. En lo alto de los muros laterales están representados cuatro santos que se distinguieron por su dedicación a las obras de caridad: San Martín, Santo Tomás de Villanueva, San Julián y San Juan Limosnero. Estos santos vienen a reforzar aún más el sentido de exaltación de la Caridad, que preside el espíritu de la iglesia, puesto que todos ellos se distinguieron por su misericordia para con los pobres. Saliendo ya de la iglesia, ha de repararse forzosamente en el gran lienzo situado en  lo alto del coro que representa la Exaltación de la Santa Cruz, obra pintada por Valdés Leal, entre 1684 y 1685. En esta pintura se representa el episodio que narra el momento en el que el emperador Heraclio, después de haber rescatado la Cruz de Cristo, se dispone a entrar con ella en Jerusalén. En aquel instante comenzaron a desprenderse las piedras de la muralla de la ciudad, impidiendo el paso al emperador, al tiempo que se aparecía un ángel, el cual le comunicó que Cristo había entrado en Jerusalén en medio de un humilde cortejo y sin pompa alguna, y que por lo tanto, no entraría en la ciudad revestido de su atavío imperial. El emperador, comprendiendo el mensaje divino, se despojó de sus lujosas vestiduras, y sólo así pudo entrar en Jerusalén. El significado de esta pintura se adecua al simbolismo general que impera en el conjunto decorativo de la Iglesia, ya que viene a indicar que ningún rico que no haya practicado la caridad, podrá entrar en el Reino de los Cielos.
     En el patio principal está situada la sala baja de cabildos que actualmente se destina a museo. En una vitrina se conserva la mascarilla mortuoria de don Miguel de Mañara, junto con diversos objetos que le pertenecieron en vida. Las paredes aparecen revestidas por un importante conjunto de pinturas, siendo la más notable de ellas el retrato de Mañara realizado por Valdés Leal. Figura también un pequeño Cristo Crucificado de Francisco de Zurbarán, un San Francisco Javier copia de Murillo, y una batalla bíblica, obra del pintor sevillano del siglo XVII Miguel Luna. Interesantes por su iconografía son dos pinturas que narran episodios relacionados con don Miguel de Mañara. Una de ellas, obra de Eduardo Cano fechada en 1879, lo representa ayudando en un entierro. La otra pintura está firmada por José Arpa y representa la muerte de don Miguel de Mañara. Figuran también en esta sala tres episodios de la vida de Santa Rosa de Lima, y una Adoración de los Pastores, obras de finales del siglo XVII, anónimas.
     En el piso superior del hospital se encuentra la actual sala de cabildos, no visitable, donde se conserva el magnífico retrato de Valdés de Leal que representa a don Miguel de Mañara leyendo la regla de la Santa Caridad, obra que el pintor concluyó en 1681.
     Además de su riqueza escultórica el hospital posee también una considerable colección de piezas de plata. Destacan dos cálices de estilo renacentista, uno de ellos decorado con relieves de los Evangelistas, los símbolos de la Pasión y el punzón de Hernando de Ballesteros. Muy inte­resante es otro ejemplar de grandes dimensiones, dorado y decorado con escenas de la Pasión finamente realizadas. Lleva el punzón de autor y el de la ciudad de Amberes. Del siglo XVI pero realizadas en bronce son dos campanillas, una de ellas firmada por Johannes Afine y fechada en 1551. De origen flamenco es también una ban­deja de latón de las llamadas de «dinanderie». Se conservan varios relicarios del siglo XVII y XVIII, teniendo uno de los más antiguos un retrato de Mañara atribuido tradicionalmente a Murillo. De Mañara se conserva también un cubierto de plata. Muy interesante es una naveta formada por una concha de molusco con engarces de plata, que parece obra de principios del siglo XVII. De comienzos del siglo XIX es un portaviático en forma de pelícano, y un gran Sagrario de plata decorado con escamas y rocalla decadente, que se acompañan de motivos neoclásicos. Lleva las marcas de José Lecaroz autor, Franco contraste y de la ciudad de Sevilla (Alfredo J. Morales, María Jesús Sanz, Juan Miguel Serrera y Enrique Valdivieso. Guía artística de Sevilla y su provincia. Tomo I. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2004).
     El inmueble que alberga la Iglesia y Hospital de la Santa Caridad, está situado en el antiguo arrabal de la Carretería, a extremos de la Sevilla histórica, limitando su parte trasera con la línea por donde corría la muralla que cercaba la ciudad.
     La planta del citado inmueble presenta forma rectangular, está determinada por su adaptación a la ordenación de cinco de las naves de las antiguas Atarazanas reales, sobre las que se asientan, mandadas construir por Alfonso X el sabio en 1252.
     El templo ocupa el costado izquierdo del edificio, en el mismo lugar donde anteriormente existía una capilla bajo la advocación de san Jorge. Comienza su construcción sobre 1645, siguiendo los planos del arquitecto Pedro Sánchez Falconete. La iglesia presenta en su interior planta de cajón, con una nave dividida en tres tramos cubiertos con bóveda de cañón con arcos fajones y lunetos, así como una pequeña cúpula que cubre el espacio anterior al presbiterio. Los muros se articulan con pilastrones y pilastras corintias que sostienen una cornisa de saliente alero.
     El coro situado a los pies del templo, se eleva sobre triple arcada, siendo el arco central escarzano y de medio punto los laterales, éstos descansan sobre columnas toscanas. Tras la capilla mayor se encuentra la sacristía, la cual se cubre con cúpula gallonada sobre pechinas. Una rica decoración realizada en yesería decora el interior del templo, las del presbiterio más recientes, presentan formas naturalistas: cintas, roleos carnosos de aspecto vegetal, así como grandes veneras y cartelas con inscripciones en su interior. En la nave central las decoraciones presentan formas abstractas, a base de cartones recortados y cintas planas.
     La fachada principal de la iglesia, de estilo manierista, se plantea como un gran retablo; aparece configurada por tres cuerpos, tres calles y ático. En el centro del cuerpo bajo se abre la puerta de acceso, adintelada y enmarcada por un baquetón de contorno quebrado que da paso a una cartela en el dintel. Dicha entrada está flanqueada por columnas pareadas toscanas sobre plinto, entre ellas se sitúan hornacinas con frontones curvos que albergan las imágenes de San Luis y San Fernando. En este planteamiento sustentante descansa un entablamento y frontón partido terminado en volutas. En el centro y ya dentro del segundo cuerpo, se abre un vano adintelado y abalconado enmarcado con pilastras corintias que sostienen asimismo un frontón partido y en cuyo dintel se centra una cartela de forma oval. En ambos lados de este segundo cuerpo se encuentran situados dos paneles de azulejos: en el de la izquierda se representa a San Jorge y en el de la derecha a Santiago Matamoros, estando encuadrados con pilastras que sostienen frontones curvos partidos.
     En la parte superior de los paneles mencionados se encuentran cartelas de forma oval.
     El tercer cuerpo contiene en su calle central un arcosolio que cobija un panel de azulejos representando a la caridad, en ambos lados otros dos paneles de cerámica con la Fe y la Esperanza, enmarcados con baquetón quebrado y sobre éste frontones triangulares. Termina la fachada una cornisa que da paso al ático, el cual se estructura mediante un vano adintelado enmarcado con columnas adosadas corintias que sostienen cornisas rectilíneas quebradas.
     En el costado izquierdo del templo se levanta la torre, que por sus características se le puede atribuir, así como el ático citado, a Leonardo de Figueroa. De estilo barroco y planta cuadrangular, se estructura la zona de campanario mediante arcos semicirculares encuadrados con pilastras decoradas con bolas de cerámica. Se cubre con chapitel mixtilíneo rematado por una cruz.
     El Hospital presenta planta rectangular, se accede a su interior mediante una puerta de ingreso que da paso al patio principal, éste de planta también rectangular está dividido por una galería columnada, dando lugar a dos patios de forma cuadrada, rodeados ambos por una arcada de medio punto sostenida por columnas toscanas excepto en el lado del fondo en el que aparece el testero de las enfermerías. El segundo cuerpo de estos patios se articula mediante balcones y ventanas adintelados y enmarcados con pilastras. En el centro de cada patio se encuentra una fuente cuyo remate se hace mediante una escultura barroca de procedencia italiana que representa la Fe y la Caridad, asimismo una serie de grandes paneles de azulejos con escenas del Antiguo Testamento decoran los muros. La escalera parte de su lado
derecho, consta de tres tramos y está cubierta con un artesonado de estilo mudéjar en forma de artesa de ejecución reciente.
     Desde el citado patio, en sentido longitudinal parten las salas para enfermos "principales" denominadas: sala del Cristo y sala de la Virgen. Ambas de traza rectangular, aprovechando la disposición de dos de las naves de las antiguas Atarazanas que, aunque respetaron su estructura, cegaron las arcadas laterales y se levantaron columnas toscanas sobre pedestales a lo largo del eje central de las salas. Sobre dichas columnas y en sentido longitudinal descansan arcos de medio punto, siendo en sentido transversal arcos rebajados. Estos tramos se cubren con bóvedas de arista.
     En el lado izquierdo de estas salas se ubican varios patios que dan acceso a otras dependencias, y que van rodeando las salas de enfermos llegando a la parte posterior del inmueble.
     En este sector se encuentra un patio de forma rectangular que está dividido en dos por una galería columnada. Estos dos patios rectangulares se articulan por medio de columnas toscanas sobre pedestales que soportan arquerías de medio punto. Desde éstos se accede a otra sala donde se observa de forma más clara la estructura de las naves de las antiguas Atarazanas, manteniendo el abovedado primitivo de medio cañón apuntado. Una cuarta sala para enfermos se construyó a mediados del siglo XIX, siguiendo la misma disposición que la sala anterior. Otras dependencias más modernas se ubican en la zona posterior del edificio, así como dos patios que rodean las salas de enfermos por su costado derecho y que van a comunicar con el patio doble principal descrito.
     La fachada del hospital presenta un alzado de dos pisos. Se accede al inmueble mediante un vano adintelado enmarcado con dos pilastras dóricas que dan paso a un entablamento y que sostienen un balcón del segundo piso. Tanto la zona baja como el primer piso presentan en sus laterales ventanas de forma adintelada cubiertas con rejería, portando las de la zona alta al igual que el balcón central alero metálico en su parte superior.
     El origen del actual Hospital de la Caridad está en la Hermandad y Cofradía de la santísima Caridad, dedicada a celebrar los sepelios de los olvidados ajusticiados y ahogados en el río. Ya en el siglo XVI la institución de la Santa Caridad contaba con la pequeña capilla de San Jorge, que fue derribada para que se construyese sobre ella la nueva iglesia, obra de Pedro Sánchez Falconete, en 1645.
     Con el nombramiento de D. Miguel de Mañara como Hermano mayor en 1663, se llevó a cabo la terminación de la iglesia y la construcción del hospital. Don Miguel de Mañara, Caballero de Orden de Calatrava, es la figura fundamental del Hospital de la Caridad. Su contenido, iconografía, espíritu y labores asistenciales derivan directamente de las disposiciones, pensamiento y filosofía de Mañara. A partir de su toma de dirección en los destinos de la Hermandad, se finaliza la iglesia, redacta nuevas reglas, construye tres enfermerías y se traslada a vivir allí donde fallece el 9 de Mayo de 1679.
     Las obras del templo no concluyen hasta 1670, y ya en 1664 Pedro López del Valle introducirá en su diseño pequeñas modificaciones, encargándose de la dirección de la obra Juan González. Las salas del Cristo y de la Virgen se construyen entre 1673 y 1677, interviniendo en ellas el maestro cantero Francisco Rodríguez Escalona, utilizando los gruesos muros de las naves primitivas e incluyendo en su centro una línea de columnas sobre pedestales, operación que sigue la organización tradicional tipológica de las grandes salas conventuales sevillanas. La sala de San Antonio se construyen entre 1678 y 1682, y por fin la sala de San José, obra de Francisco Cansino y Patiño, se concluye en 1856 (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     El hospital de la Caridad, que levantó Mañara, con su estremecedora iglesia de San Jorge. Miguel de Mañara y Vicentelo de Leca (1626-1679), de quien erróneamente se ha venido afirmando que fue el inspirador del don Juan protagonista de la obra de Tirso de Molina El burlador de Sevilla, así como del don Juan Tenorio de José Zorrilla, fue, no obstante, un caballero bastante disoluto. Descendiente, casi con toda seguridad, de comerciantes italianos afincados en Sevilla, su padre, Tomás de Mañara -castellanización de Magnara- pugnó durante mucho tiempo por acceder a la nobleza, objetivo que, en cierto modo, logró cuando obtuvo el hábito de la Orden de Santiago para su hijo, todavía un niño. Miguel recibió de este modo una educación nobiliaria, con ayos y preceptores, en su domicilio de la calle Levíes, en plena judería, donde había nacido. Se cuenta su aventura de la calle del Ataúd, hoy Gloria, en la que, al pasar un entierro, se vio a sí mismo cadáver en el interior de la caja. Se cuenta su aventura en las proximidades del cementerio de San Juan de la Palma, en la que, tras ser golpeado duramente por figuras invisibles, oyó una voz que lo daba por muerto. Pero estas son sólo leyendas. Miguel se casó con la granadina Jerónima Carrillo de Mendoza, ocupó sucesivos cargos públicos, participó en cuanta jarana le fue posible y enviudó a los treinta y cuatro años. Este hecho abrupto lo empuja a reflexionar y a arrepentirse de su vida pasada. Conoce entonces al racionero de la catedral Pedro Mar­tínez de la Caridad y se hace socio de la hermandad que el clérigo había fundado para el enterramiento de los ajusticiados y de los pobres cuyos deudos carecían de medios para sufragar el sepelio. Algún tiempo después, Mañara llega a presidente de esta hermandad y emprende la tarea de construir la iglesia y el hospital, al que, en 1677, acaba yéndose a vivir tras abandonar su palacio de la calle Levíes y en el que muere dos años más tarde.
     El edificio conserva desde su entrada el sabor renacentista de los tiempos en que Sevilla era el puerto de las Indias. Sobre el dintel de la puerta que da acceso al lúgubre zaguán un rótulo en grandes letras advierte: Domus Pauperum Scala Coeli. Enseguida se pasa al doble patio, formado por arquerías de medio punto sobre columnas toscanas, con sus dos fuentes con estatuas religiosas y los paneles de azulejos con escenas de la Pasión de Cristo repartidos por los inmaculados muros.
     La iglesia es lo mejor del conjunto. Aun­que no muy grande -tiene una sola nave- es un templo espectacular, más que nada por los tesoros que guarda. Para empezar, a un lado y a otro del sotocoro se encuentran dos sobre­cogedoras obras de Valdés Leal, pintadas entre 1671y 1672: In ictu oculi; es decir, "en un abrir y cerrar de ojos", enfrente de la puerta de acceso, con el esqueleto que parece apoderarse de las galas y esplendores de este mundo, y, en el otro lado, Finis gloria mundi; o "el fin de la gloria del mundo", cuya primera visión, según se cuenta, hizo exclamar a Murillo, amigo de Mañara: "Compadre, para ver esto hay que taparse las narices", a causa de los realistas cadáveres de un rey, un obispo y un caballero de la Orden de Calatrava que en él figuran. Valdés Leal pintó también la Exaltación de la Santa Cruz, que figura encima del coro y que suele descubrirse al abandonar la iglesia, y los murales que decoran la cúpula que cubre el teórico crucero. De los lienzos que pintó Murillo, cuatro fueron robados, como tantas obras de arte de Sevilla, por el mariscal Soult, jefe de las tropas francesas que se apoderaron de la ciudad en 1810. Estos tienen otro tono. En el muro de la izquierda se encuentran, en sus respectivos retablos, el conocidísimo San Juan de Dios transportando a un enfermo, una Anunciación y un Niño Jesús. En el muro de la derecha, se ve, igualmente de Murillo, el maravilloso Santa Isabel de Hungría, inmenso en su composición, en su colorido y en el espectacular uso de la luz. En los muros del antepresbiterio figuran Moisés haciendo brotar el agua de la roca y, enfrente, la Multiplicación de los panes y los peces. El altar mayor es un precioso cuerpo barroco presidido por el Entierro de Cristo, un colorista relieve tallado por Bernardo Simón de Pineda, al que flanquean las figuras de San Jorge y San Roque, que como las de la Fe, la Esperanza y la Caridad fueron realizadas por Pedro Roldán, autor también del Santo Cristo de la Caridad, en el retablo del mismo nombre, situado en el muro de la epístola, y la imagen que corona el tornavoz del púlpito, otra Caridad. Todavía hay que destacar en la iglesia las fantásticas yeserías que cubren la bóveda y los arcos, con motivos geométricos y espesos follajes vegetales.
     En el patio, al lado de la iglesia, puede visitarse también la antigua sala de cabildos, convertida hoy en un pequeño museo. La institución mantiene una sala de exposiciones en el antiguo refectorio, con mucha actividad y con entrada libre. En la calle, junto al hospital, se alza la fachada de la iglesia, más allá de un pequeño compás. Concebida a modo de retablo, sorprende ante todo por su ligereza, por su luminosidad, tan en contraste con el ambiente austero que se respira en el hospital. En ella destacan, además del equilibrio entre sus elementos, los cinco paneles de azu­lejos, diseñados por Murillo, y el campanario, uno, sin duda, de los más alegres de Sevilla (Rafael Arjona, Lola Walls. Guía Total, Sevilla. Editorial Anaya Touring. Madrid, 2006).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Jorge, mártir;
LEYENDA

   Santo fabuloso a quien se considera oriundo de Capadocia, a causa de una confusión con otro san Jorge, obispo arriano de Alejandría.
   Su leyenda, que fue rechazada por el concilio del siglo V como apócrifa, según el presbítero Delehaye, es sólo un cuento de Las Mil y una Noches. Oficial de una legión romana, atravesó una ciudad aterrorizada por un dragón que devoraba hombres y animales. Para calmar el hambre del monstruo, los pobladores le entregaban dos ovejas diarias, y luego, cuando todo el ganado ovino fue sacrificado, le entregaban dos jóvenes elegidas por sorteo.
   Un día la suerte recayó en la hija del rey. Cuando la joven estaba a punto de ser devorada, apareció san Jorge, quien espoleó el caballo y cargó sobre el dragón al que a travesó con su lanza.
   Según la Leyenda Dorada, sólo lo habría herido, después de lo cual, habría pedido a la princesa que anudara su cinturón alrededor del cuello del monstruo que la seguía como un perro llevado por la correa. El santo distribuyó entre los pobres el dinero que le diera el rey como recompensa.
   Después de su victoria sobre el dragón, viene su Pasión. Habría sido martirizado en 303. El hagiógrafo enumera con complacencia los espantosos suplicios que debió padecer por haberse negado a ofrecer sacrificios a los ídolos durante la persecución de Diocleciano.
   Para comenzar, fue estirado en un potro de tormento, desgarrado con garfios de hierro, sometido a la tortura de los borceguíes de hierro calentados al rojo y guarnecidos de clavos puntiagudos, suspendido cabeza  abajo encima de un brasero... Resistió  milagrosamente todas estas pruebas.

   Entonces un mago preparó veneno para darle muerte. En principio molió una serpiente venenosa en una copa, pero la dosis demostró ser insuficiente; luego reunió numerosas víboras en un mortero; pero Jorge se tragó la mezcla volviéndola inofensiva con una señal de la cruz, y no experimentó daño alguno.
   Como santa Catalina, fue atado a una rueda erizada de espadas, pero el instrumento de tortura fue partido por los ángeles que descendieron del cielo. Sumergido en un caldero lleno de plomo fundido, bastó que hiciera una señal de la cruz para que experimentara los efectos de un baño refrescante. En un templo pagano al que le condujeran por la fuerza, invocó a Dios y éste derribó a todos los ídolos. Luego fue atado a la grupa de un caballo y arrastrado desnudo sobre las calles empedradas. Cansados de tantos esfuerzos, sus verdugos acabaron decapitándole. Sus miembros, serrados por uno de los sayones, fueron arrojados a un pozo del cual un ángel retiró la cabeza.
   ¿Cuál es el origen de estas fábulas?

   El tema de la lucha contra el dragón y de la liberación de la princesa ya se encontraba en la leyenda griega de Perseo y Andrómeda y el Perseo de los griegos es a su vez una variante del dios egipcio Horus a quien se representa a caballo y atravesando con su lanza a un cocodrilo.
   Por tanto, san Jorge sería la réplica cristiana de Horus, vencedor de Set. Los cristianos de Siria hicieron de su lucha contra el dragón el símbolo de la conversión de Capadocia. Más tarde, la princesa salvada del dragón se interpretó como el símbolo de la Iglesia cristiana entera arrancada a sus perseguidores por el emperador Constantino.
   El dragón parece haber sido en su origen una personificación del mar y del guardián de las fuentes. Es por eso que san Jorge, al igual que Apolo, Hércules y Perseo lo matan a orillas del mar, de un río o de una marisma. Entre los cristianos se convirtió en el símbolo del paganismo.
   Los cristianos de Oriente, en principio aplicaron esta leyenda de origen egipcio y griego a san Teodoro, otro santo militar que fue suplantado por san Jorge a partir del siglo XI.
   Por otra parte, es posible que en el origen del tema haya un error de interpretación de las imágenes del emperador Constantino.
CULTO

   Nacido en Oriente, el culto de san Jorge permaneció localizado durante mucho tiempo en Palestina, en Lidia y entre los coptos de Egipto, cuya ciudad de Gergeh está consagrada a él. Desde allí pasó a Constantinopla que en la Punta del Serrallo puso bajo la advocación de San Jorge de Manganes un gran monasterio.
   Pero es falso que se haya introducido en Occidente en la época de las cruzadas. Dicho aserto está desmentido por el estudio de los patronazgos datados. Numerosas iglesias estaban puestas bajo su advocación con anterioridad al siglo XII, por ejemplo, la de Lirnburgo an der Lahn, en Praga. Lo cierto es que fue adoptado por los cruzados en Tierra  Santa, tal como sucedió con el Apóstol Santiago de Compostela en la Cruzada de España. Corrían las mismas leyendas acerca de uno y otro santo. Después de la toma de Antioquía, san Jorge, montado sobre un caballo blanco, habría acudido en socorro de los cruzados junto a los santos militares Demetrio y Mercurio, y habrían con­seguido poner a los sarracenos en fuga. Desde entonces, se lo considera el tipo ideal del paladín, el parangón y el modelo de todas las virtudes caballerescas. 

 De ahí su popularidad en las novelas de caballería. San Jorge y la princesa liberada reaparecen en el Orlando furioso de Ariosto, con los nombres de Rogelio y Angélica, y a pesar de la deformación caricaturesca de la novela satírica de Cervantes, aún se lo reconoce en la pareja de Don Quijote y Dulcinea. En Italia fue elegido patrón por las Repúblicas de Génova y de Venecia que no le dedicaron menos de tres iglesias: San Giorgio Maggiore, S. Giorgio Dei Greci y San Giorgio degli Schiavoni. En Cataluña lo adoptó Barcelona, de manera que tres de los mayores puertos del Mediterráneo acordaban en rendirle homenaje. Además, tiene otras iglesias puestas bajo su advocación en Verona y en Roma (San Giorgio in Velabro).
   En Alemania,  su culto fue patrocinado a principios del siglo XI por el emperador san Enrique II que le dedicó una iglesia en Bamberg. Más tarde se convirtió en patrón de los caballeros de la orden Teutónica y se incluyó en el grupo de los Catorce Intercesores. En el siglo XV, el teatro de los Misterios puso en escena el auto de fe Ludus draconi o Juego del dragón, que en alemán se llamó Drachenstich, y en el cual un ángel entregaba su escudo a san Jorge. El emperador Maximiliano profesaba una devoción particular por el santo caballero a quien está dedicada la iglesia benedictina de Weltenburg, a orillas del Danubio.

   Pero sólo en Inglaterra  llegó a convertirse en un santo nacional a partir de 1222, año del sínodo de Oxford. Se contaba que había desembarcado en Gran Bretaña, como el apóstol Santiago en Galicia, y que llegó por el estrecho del mar de Irlanda, que lleva su nombre. Su popularidad data del reinado de Ricardo I quien, durante la cruzada, se puso con su ejército bajo la protección particular de san Jorge. Además, el santo fue elegido patrón de la orden de la Jarretera, instituida en 1349 por Eduardo III. En Inglaterra hay más de ciento sesenta iglesias puestas bajo su advocación. Sustituyó a san Eduardo el Confesor, quien era venerado desde el siglo IX como patrón de Gran Bretaña. Santo esencialmente militar a causa de su heroico combate contra el dragón, es el patrón de los caballeros y de los jinetes (patronus equitum, christianorum militum propugnator); de los arqueros y de los ballesteros, así como de las dos corporaciones de artesanos que proveen suministros a los combatientes: los armeros y los plumajeros o fabricantes de los grandes penachos de plumas para los morriones o cascos de guerra o de torneo, como el que lleva san Jorge en su cimera y de los guarnicioneros, puesto que el santo se mantenía bien en la silla.
   En griego, su nombre, que significa trabajador de la tierra, le ha valido el patronazgo de los labriegos.
   Se recurría a su protección para los caballos, porque es un santo jinete, y también se lo invocaba contra las serpientes venenosas porque mató un dragón. Además, se recurría a su protección contra la lepra, la peste y la sífilis.
   A partir del siglo XVI el culto de san Jorge, quien personificaba el ideal caballeresco de la Edad Media, perdió su razón de ser cuando la artillería reemplazó los combates singulares con lanza y espada. Y la Reforma le asestó el tiro de gracia.
ICONOGRAFÍA
   Está representado joven e imberbe, en armadura de caballero, ya a pie, ya en caballo. Su pelo rizado desciende muy abajo de la frente, a diferencia de san Demetrio que lleva el cabello corto.

   Además del dragón bramando a sus pies, tiene como atributos una lanza partida (lo que lo diferencia de san Longinos en la Madonna  della Vittoria de Mantegna), una espada desenvainada, un escudo con una cruz estampada y una bandera blanca con una cruz roja (en términos de heráldica: una cruz de gules sobre campo de plata)  que le había sido entregada por un ángel.
   La bandera de san Jorge se convirtió en la enseña nacional de Inglaterra. Cuando está representado como patrón de la orden de la Jarretera (como en el cuadrito de Rafael), tiene una jarretera anudada alrededor de la rodilla, sobre la cual se lee la divisa: Honni soit qui mal y pense.
   El caballo blanco que monta es quizá un recuerdo de muy antiguas tradiciones, puesto que entre los mazdeístas el blanco era el color de los caballos sagrados (Herodoto, VII, 40) y Capadocia estaba impregnada de influencias persas (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Pedro Sánchez Falconete, autor del proyecto de la obra reseñada;
     Pedro Sánchez Falconete, (Sevilla, 1587 – 1666). Arquitecto de la Catedral, del Ayuntamiento y de la Casa Lonja de Sevilla.
     Hijo del arquitecto Esteban Sánchez Falconete y Jerónima de Mata, aprendió el oficio junto a su padre, adquiriendo los conocimientos teóricos necesarios para el diseño y la traza, así como la práctica en el uso y posibilidades de los materiales. Además de la intervención lógica en las obras paternas, Falconete entra en contacto, en sus primeros años, con los principales arquitectos del ámbito sevillano, como Juan de Oviedo y Diego López Bueno, colaborando y ejecutando proyectos trazados por los citados maestros.
     Con todo este bagaje inicial, no es de extrañar que lograra acaparar las maestrías mayores de la Catedral, Ayuntamiento y Casa Lonja, en Sevilla. En este sentido, en 1625 inicia su relación con el Cabildo de la ciudad, con su designación como sustituto del arquitecto Andrés de Oviedo, alcanzando el puesto de maestro mayor diez años más tarde. En 1629, es nombrado maestro alarife de albañilería de la Catedral, como ayudante de su padre, y un año después, tras la muerte de Miguel de Zumárraga, obtiene la maestría mayor. Por último, en 1638 obtiene el mismo cargo en la Casa Lonja, puesto este último que ocuparía hasta 1654, año de la conclusión del edificio.
     Su producción arquitectónica es amplia y variada, abarcando obras religiosas, civiles, efímeras, de infraestructura y urbanismo, etc. El trascoro de la Catedral de Sevilla, sus diseños para los túmulos funerarios de la reina Isabel de Borbón y del rey Felipe IV y, su más grande creación, la iglesia del Hospital de la Caridad de Sevilla, definen la gran importancia que tuvo Falconete en el contexto de la arquitectura sevillana del siglo XVII.
     Su rica trayectoria vital y laboral, se fue enturbiando con la muerte de su mujer y algunos de sus hijos, y la rotura de una pierna en 1648. A pesar de ostentar tres cargos tan importantes, no tuvo una economía desahogada, solicitando en numerosas ocasiones préstamos a las distintas instituciones donde ejercía como maestro mayor (Juan Antonio Arenillas, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
Conozcamos mejor la Biografía de Miguel de Mañara, quien patrocinó la obra reseñada;
     Miguel Mañara Vicentelo de Leca, Sevilla, 3 de marzo de 1627 – 9 de mayo de 1679. Caballero de la Orden de Calatrava y “gran limosnero de Sevilla”.
     A Miguel Mañara se le ha querido confundir a veces, fruto de la literatura romántica francesa del siglo XIX, con el mismo Juan Tenorio, que de gran pecador de disipada juventud, se convirtió en el gran arrepentido, de penitente y piadosa vejez. Nada hay en la juventud de Mañara, que tenga algo que ver cun esis “crímnes tan numeroso —que le atribuye E. Van Loo— como numerosos eran sus triunfos amatorios”; ni nada semejante a ese “llibertini cavallero” que presenta: el de “la espada continuamente ensangrenyada”. Contrario es el juicio que le merece a Marañón, maestro indiscutible en la materia: “Durante toda la época romántica hasta nuestros tiempos —escribe— se ha personificado el donjuanismo en un sevillano del más alto valor emocional, en Don Miguel de Mañara [...], que todavía goza de un alto prestigio de Don Juan. Es igualmente un error, y no sólo porque Mañara es muy posterior a Tirso de Molina y no pudo, por tanto, ser su modelo, sino porque Mañara fue, ante todo, un místico”.
     Nació en Sevilla de una familia rica, originaria de Córcega. Su padre, Tomás, había vuelto de sus viajes al Perú con fama de grosario o de opulento comerciante.
     Pasó los días de su juventud entre las naturales diversiones y el ambiente cristiano de su familia. A los veinticuatro años, el ya caballero de Calatrava quedó de único heredero de la gran fortuna de sus padres, en aquella Sevilla, “amparadora de pobres y refugio de desdichados”, que era considerada entonces como una de las ciudades más ricas de Europa. En 1648 casó con Jerónima Carrillo de Mendoza, de la alta nobleza sevillana. Ésta murió pronto y fue entonces cuando Mañara, quien, al decir de sus contemporáneos, vivía “cuerda y cristianamente”, dio un nuevo cambio de vida. El mismo Mañara confesó que “vivía muy gustoso y teníase por muy afortunado con la compañía de doña Jerónima, su mujer, de quien cada día iba haciendo mayor estimación, al paso que iba conociendo los quilates de su mucha virtud, fuera de las demás prendas que la hacían singularmente amable”.
     Cuando murió Jerónima, contaba con treinta y tres años de edad. En un golpe de gracia, aprendió entonces “a conocer con gran claridad la brevedad de la vida, la certidumbre de la muerte y la vanidad de las glorias del mundo”. Su sobrino, el marqués de Paradas, cuando corrió a su encuentro en la soledad de Montejaque (señorío de Jerónima), le halló “poseído de un sentimiento, aunque muy grande, muy prudente y católico, deseando sólo aprovecharse de golpe semejante y acabar de desatar las pigüelas de este mal mundo, que tanto impiden para volar al cieño”. Pasó, entonces, por un proceso de “conversión interior”; poco a poco se fue desprendiendo de sus inmensos bienes y pronto fue considerado como el gran limosnero de la ciudad. Entró en la cofradía de la Santa Caridad, que se dedicó a favorecer a pobres y necesitados, llegando a ser de por vida hermano mayor de la misma. En una de las actas del Cabildo se lee que “propuso el señor don Miguel Mañara que el principal instituto de la Santa Caridad de Nuestro Señor Jesucristo es cuidar de los pobres, y que los mendigos son los que tienen primer lugar como más desvalidos que andan a la inclemencia del tiempo de noche y de día, del que ha resultado morirse muchos aceleradamente.
     Y que le parecía acudir a estos daños, haciendo el cabildo que los dichos pobres mendigos se recojan de noche y se les dé para que no padezcan mayor daño. Y allí, con lo que pueda, la Hermandad los socorra para que puedan dormir y enjugarse si estuvieren mojados”.
     “Hospicio de pobres y peregrinos”, como llamaban a la Santa Caridad, hizo construir para ella una hermosa capilla, en la que dejaron obras maestras sus amigos Roldán, Valdés Leal y Murillo. Habiéndose desprendido de todos sus bienes, se quedó a vivir en una humilde celda de la Caridad, donde escribió su memorable Discurso de la verdad, y murió santamente el 9 de mayo de 1679. En el Libro nuevo de hermanos se anota lo siguiente: “Murió el día 9 de mayo de 1679 con grande opinión de santidad. Fue padre y restaurador de esta Hermandad. Está su venerable cuerpo debajo del presbiterio de esta santa iglesia de la Caridad, encima de la cual, en una losa, están recopiladas sus heroicas virtudes [...] No merecimos tanto bien. Viva eternamente en la feliz compañía de los Santos”. En los sevillanos quedó la memoria de Miguel Mañara como “limosnero de la ciudad, “varón justo”, “padre de los pobres y consuelo de los afligidos”.
     Se abrió su proceso de beatificación, que todavía sigue pendiente en Roma (Francisco Martín Hernández, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
    Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Iglesia de San Jorge (Hospital de la Santa Caridad), de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Horario de apertura de la Iglesia de San Jorge (Hospital de la Santa Caridad):
     Lunes a Sábados: de 10:00 a 19:30
     Domingos y Festivos: de 10:00 a 12:30, y de 14: a 19:30

Horario de misas de la Iglesia de San Jorge (Hospital de la Santa Caridad):
     Domingos y Festivos: 13:00

Página web oficial de la Iglesia de San Jorge (Hospital de la Santa Caridad):  www.santa-caridad.es/es/capilla/

Más sobre el Hospital de la Santa Caridad, en ExplicArte Sevilla.

La Iglesia de San Jorge, al detalle:
Retablo Mayor
        San Jorge

miércoles, 22 de abril de 2020

La glorieta de Doña Sol en el Parque de María Luisa

 
      Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la glorieta de Luca de Tena, en el Parque de María Luisa, dando un paseo por ella.
   Hoy, 22 de abril, es el aniversario de la inauguración de la glorieta de Doña Sol (22 de abril de 1959), así que hoy es el mejor día para ExplicArte la glorieta de Doña Sol, en el Parque de María Luisa, de Sevilla.
   El Parque de María Luisa [nº 64 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla], se encuentra en la glorieta de San Diego, s/n (entrada principal, aunque tiene entradas por el paseo de las Delicias y las avenida de María Luisa, y de la Borbolla), en el Barrio de El Prado-Parque de María Luisa, del Distrito Sur.   

   La Glorieta de Doña Sol [nº 9 en el plano oficial del Parque de María Luisa] se encuentra en el Parque de María Luisa, en el Barrio de El Prado-Parque de María Luisa, del Distrito Sur y se sitúa junto a la Avenida de Pizarro (en su tramo central y margen derecho), y rodeada por las glorietas de la Concha, de Mas y Prats, y de Ofelia Nieto.
  Dedicada al recuerdo de la ilustre dama Doña Eugenia Sol Stuart Fitz-James y Falcó, Duquesa de Santoña, que tanta predilección sintió por nuestra ciudad en su dilatada vida.
   La glorieta fue inaugurada el 22 de abril de 1959 y fue obra del arquitecto Luis Gómez Estern.          

    Dentro de la ortodoxia regular y la ortogonalidad que presentan la mayoría de las glorietas del parque, ésta contrasta y llama la atención por la presencia de la curva que con grandes sinuosidades va describiendo el contorno de los arriates y a ella se pliega y somete todo el diseño de la misma. El ladrillo aplantillado se emplea en bancos, bordes de arriates y escalinatas de acceso, pues toda ella está levemente deprimida con respecto a la cota de las sendas que la rodean. A esos peldaños se les integran unas originales rampas.
   Ocupa un amplio sector en el Parque, en su parte de poniente, cercano a la Isleta de los Patos, al otro lado de la avenida de Pizarro. Los bancos y pedestales de las estatuas decorativas, están enmarcados por arriates y cuadro de rosales, setos vivos y arbolado, entre el que hay falsas acacias (Robinia pseudoacacia), que forman un conjunto luminoso y polícromo.
   En la actualidad la rosaleda convive con distintas variedades de plantas de flor. En este lugar estuvieron ubicados unos ciervos y jabalíes, y era el corral donde estos pacentaban.
   Restaurada totalmente en 2002 según proyecto del arquitecto D. Juan Miguel Salado González (www.sevilla.org). 
   Cuenta con dos estatuas de mujeres, una a cada lado: la primera estatua representa a una joven portando un ramo de flores; la segunda figura se encuentra en el corredor exterior del recinto, y representa a una joven portando una corona de flores. Estas estatuas estaban en los jardines del palacio de San Telmo.
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Más sobre el Parque de María Luisa, en ExplicArte Sevilla.

martes, 21 de abril de 2020

La pintura "San Anselmo", de Francisco Miguel Ximénez, en el Camarín de la Capilla de la Virgen de las Aguas, de la Iglesia Colegial del Divino Salvador

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "San Anselmo", de Francisco Miguel Ximénez, en el Camarín de la Capilla de la Virgen de las Aguas, de la Iglesia Colegial del Divino Salvador, de Sevilla.   
     Hoy, 21 de abril, Memoria de San Anselmo, obispo y doctor de la Iglesia, originario de Aosta, que fue monje y abad del monasterio de Bec, en el territorio de Normandía, en Francia, donde enseñaba a los hermanos a caminar por la vía de la perfección y a buscar a Dios por la comprensión de la fe. Promovido a la insigne sede de Cantorbery, en Inglaterra, trabajó denodadamente por la libertad de la Iglesia, y por ello sufrió dificultades y destierros (1109) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
         Y que mejor día que hoy para ExplicArte la pintura "San Anselmo", de Francisco Miguel Ximénez, en el Camarín de la Capilla de la Virgen de las Aguas, de la Iglesia Colegial del Divino Salvador, de Sevilla.
     La Iglesia Colegial del Divino Salvador [nº 19 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 44 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la plaza del Salvador, 3 (también tiene acceso por la calle Córdoba, s/n); en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
     En los cuatro nervios estructurales que sostienen los plementos de la bóveda del Oratorio, se desarrollan diferentes composiciones pictóricas que siguen un mismo esquema compositivo. La pintura se adapta al formato extremadamente vertical de la superficie y en su mayor parte se desarrolla un programa de motivos ornamentales que imita labores de yeserías en forma de rocallas, ces, roleos vegetales y forales, fletes dorados,.... En la zona central, y enmarcada por un contorno de rocallas, se desarrolla la escena principal en la que se representa a un santo cristiano que, con sus escritos, fomentó el culto a la Virgen María; debajo figura una filacteria en la que aparece la identificación de dicho santo y que está sostenida por una pareja de ángeles querubes que, en actitudes dinámicas y de juego, introducen un carácter movido y decorativo a la composición.
     En esta pieza la pintura principal representa a San Anselmo de Aosta o de Canterbury (1034-1109); santo de origen lombardo, arzobispo de Canterbury, primado de Gran Bretaña y abad de Bec. En sus escritos defendió el culto a la Inmaculada Concepción, por lo que, junto a San Bernardo, es considerado como "Capellán de Nuestra Señora". La figura de este santo aparece representada de algo menos de medio cuerpo, como obispo -vistiendo hábito benedictino, ya que su nombre le fue dado al monasterio benedictino edificado sobre el Aventino, y portando un incensario en su mano y mitra sobre su cabeza- y siendo testigo de una visión en la que se le aparece la Inmaculada Concepción.
     El autor ha utilizado un sentido del dibujo preciso y elegante y una gama cromática basada en superposiciones evanescentes en tonalidades pasteles, aplicada mediante una pincelada extremadamente suelta y ligera, que pone en evidencia su proximidad al círculo de Juan de Espinal y Francisco Miguel Ximénez.
     Juan de Espinal trabajó al servicio del Cardenal Solís durante el arzobispado de éste, entre 1755 y 1775. En este período habría que situar la realización de las pinturas murales de la bóveda, crucero (1752-1755) y camarín de la Virgen de las Aguas (1755-1762). Es por ello que algunos autores, como Rosa María Perales Piqueres, han atribuido la ejecución de estas pinturas al referido pintor. No obstante, investigadores como Enrique Valdivieso piensan que fueron ejecutadas por un pintor desconocido seguidor del estilo de Juan de Espinal, aunque de calidad artística más discreta que el maestro. Emilio Gómez Piñol las relaciona con el pintor Francisco Miguel Ximénez y con Francisco Lagraña, aunque menciona la influencia de Juan de Espinal.
     Las estancias que constituyen el Camarín de la Virgen de las Aguas fueron inauguradas en el año 1727 y ejecutadas merced a don Alonso Alberto Bejines de los Ríos, canónigo de la Colegiata del Salvador.
     La decoración pictórica se debe al mecenazgo del Cardenal Solís, quien encarga su realización entre 1755 y 1762 (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
La Iglesia del Salvador de Sevilla ocupa actualmente el solar de la que fue antigua mezquita mayor de la ciudad, que edificó en el siglo IX. Posteriormente, en época cristiana, se utilizó como tempo, realizándose en él numerosas reformas para adaptarla al nuevo culto. A finales del siglo XVII, en 1674, esta primitiva mezquita se derribó y, sobre ella, se levantó un solemne templo bajo la advocación del Salvador, cuyo primer maestro fue Esteban García. En 1696 tomó el mando de la obra Leonardo de Figueroa, quien concluyó la parte superior del edificio, bóvedas y cúpula, terminándose la construcción en 1712.
     Diversas obras decorativas enriquecen el interior del templo, siendo las más importantes la ornamentación del camarín de la Virgen de las Aguas y la bóveda que cubre el presbiterio de la iglesia, obra esta última que se encomendó al pintor Juan de Espinal, quien la llevó a cabo en 1779.
     Uno de los mejores retablos del barroco sevillano es el que en este templo hizo el tallista José Maestre en 1724, dedicado a la Virgen de las Aguas. Es ésta una de las advocaciones marianas más populares de Sevilla, la cual surgió durante la reconquista de la ciudad por Fernando III, a causa de una atroz y prolongada sequía que afectaba gravemente a la agricultura y ganadería, poniendo en peligro la supervivencia del ejército. La Virgen escuchó las súplicas que el rey dirigió a una escultura de la Virgen con el Niño, implorando la lluvia, que se produjo en grandes cantidades y solucionó la gravedad del problema. Desde entonces, se le adjudicó la advocación de la Virgen de las Aguas y se creó una hermandad que alcanzó su mayor auge a mediados del siglo XVIII.
     De gran interés es la ancha cenefa pictórica que se encuentra orlando el exterior de este retablo de la Virgen de las Aguas, que debió de realizarse hacia 1754-1755, fecha en la que el dorador Francisco Lagraña realizó el dorado de este conjunto. No se ha podido precisar si este artista hizo también la orla pictórica al temple enmarcando el retablo, ya que siendo de profesión dorador y policromador, pudo subarrendar a otro artista la ejecución de las pinturas, que están atribuidas a Francisco Miguel Ximénez.
     En el exterior y orlando el retablo de la Virgen de las Aguas aparece un anchuroso repertorio de pinturas murales que se insertan en el arco en el que dicho retablo se encuentra rehundido. En estas cenefas figuran numerosas cohortes angélicas que, desde lo alto, arrojan flores a la Virgen de las Aguas, quien preside todo el conjunto. También otros ángeles, en los laterales, muestran banderas musulmanas con lanzas, trompetas, riendas de caballos, alfanjes y otras armas alegóricas a la conquista de Sevilla, en la que la Virgen de las Aguas protegió a las tropas cristianas de Fernando III. Otros ángeles presentan atributos marianos como Azucenas, Rosas, Olivo, Torre y Palmas.
     Todas estas pinturas que adornan el exterior del retablo de la Virgen de las Aguas, al igual que las que recubren el interior del camarín con su oratorio, presentan un estilo, que como ya hemos señalado antes, recuerda el de Francisco Miguel Ximénez quien, en su madurez, recibió claras influencias de Juan de Espinal, pintor que fue la figura principal del arte sevillano en la segunda mitad del siglo XVIII.
     En 1762, con el patrocinio del cardenal Solís, arzobispo de la ciudad, se adornó el camarín que se dispone detrás del retablo y que había sido construido en 1724; entonces se ejecutaron las pinturas murales de la escalera y el oratorio del mismo. El autor de estas pinturas debe ser también, probablemente, Francisco Miguel Ximénez, el mismo que debió de decorar el interior del camarín con escenas al temple alusivas a la grandeza del cardenal Solís, como devoto de la Virgen de las Aguas y, sobre todo, en la pequeña capilla de dicho camarín, donde se desarrolla un claro programa iconográfico que evoca el canto del Magnificat.
     La entrada a este camarín se hace a través del estrecho espacio de una escalera, cuyas paredes y bóveda se encuentra profusamente ornamentadas con pinturas murales. Aparecen, en principio, grupos de pequeños ángeles que sostienen símbolos alusivos marianos y, concretamente, a la advocación de Virgen de las Aguas; les acompañan también inscripciones relacionadas con este contexto.
     En el primer registro de los cuatro que se distribuyen en la bóveda figuran tres ángeles que sostienen una nave y un ancla, con la siguiente inscripción: NAVIS QUAE PERTRANSIT FLUCTUANTES AQUAS. Sap. 5, 9 (Como una nave que surca las aguas agitadas). El segundo registro muestra a dos pequeños ángeles derramando el agua de una concha, con la inscripción CONCHAM MORE IMPLEVIT. Iudic, 6, 38 (Y llenó una concha de rocío). El tercer registro está perdido en más de su mitad y en él se alude a la Virgen como fuente, dado que los ángeles sostienen una fuente con agua y la cartela señala FONS AQUARUM CUIUS NON DEFICIENT AQUAS. Isaías, 58 11 (Fuente cuyas aguas nunca faltarán); tanto las imágenes de los ángeles como la cartela se encuentran muy desprendidas, siendo difícil su correcta interpretación y lectura. En el cuarto registro se muestra a María como pozo, apareciendo dos ángeles en torno a un brocal con la siguiente inscripción PUTEUS AQUARUM VIVENTIUM. Cantar de los Cantares, 4, 15 (Pozo de aguas vivas).
     Para que la magnificencia del cardenal Solís no quedase en el olvido, en la pared frontal de la escalera, aparece el escudo de armas de este personaje, flanqueado por dos figuras alegóricas que están vinculadas a su personalidad espiritual y que son la Clemencia y la Liberalidad. Ambas aparecen acompañadas por una inscripción a sus pies; la Clemencia, que aparece en el lateral izquierdo, lleva una rama de laurel y sobre su cabeza figura una filacteria con la siguiente inscripción SUB IPSA ERUNT RADII SOLIS. Job, 41, 21 (Sobre ella estarán los rayos del Sol); la alegoría de la Liberalidad figura en el lado derecho, portando en sus brazos dos grandes cornucopias, de las que sobresalen magníficos frutos en una y monedas y joyas en la otra; sobre su cabeza otra filacteria señala la frase DE POMIS FRUCTUM SOLIS. Deuteronomio, 33, 14 (Con los mejores frutos que hace crecer el Sol). Adviértase cómo las frases de las filacterias contienen la palabra "solis" coincidente con el apellido del cardenal, al cual se eleva a la categoría del astro Sol.
     En el centro de este recuadro figura el gran escudo nobiliario del cardenal Solís, que constituye, sin duda, la mayor ostentación de nobleza que se conserva dentro del repertorio de imágenes pertenecientes al barroco sevillano. Este escudo está rematado por corona y cruz más el capelo cardenalicio; en los laterales, dos pequeños ángeles están en actitud de descorrer el manto de armiño que respalda el escudo para mostrarlo claramente a los espectadores. Cañones y banderas, simétricamente dispuestos, sirven de base a tan aparatoso escudo.
     También en las paredes de la escalera del camarín figura una bella representación mural de San Fernando implorando a la Virgen de las Aguas, en la escena de la petición de lluvias por parte del monarca durante la conquista de la ciudad. En la parte inferior aparece el campamento cristiano y, al fondo, el perfil de la ciudad de Sevilla con la Giralda.
     Finalmente, en el arranque de la escalera, figura un medallón pintado en el que tres pequeños ángeles volanderos sostienen un globo terráqueo rematado por una pequeña cruz.
     En la zona inferior de la escalera aparece la siguiente inscripción: Al Maremagnum volvieron los ríos con muchas medras / después que estas grandes Pied... / de otro Raudal recogieron / del Gran Solís las huvieron / cuia piedad desmedida / es corriente y tan crecida / que subió esta su... / porq. este azulejo... La parte inferior de la inscripción está prácticamente perdida y es ilegible.
     También en la escalera aparece otra inscripción que recuerda y ensalza los méritos del cardenal Solís como patrono y protector de este camarín de la Virgen de las Aguas; el texto es el siguiente: A SOLIS ORTU USQUE AD OCASUM LAUDABLE NOMEN EMus D. D. D. FRANCISCI DE SOLÍS FOLCH ET CARDONA SER. CARDINALIS ARCHIEPISCOPI HISPALENSIS AD EIUS IMPENDIA HOC MAGNIFICUM OPUS MERUIT CONSUMATIONIS SUAE VIDERE FINEM IN OBSEQUIUM S. S. ma. DEI GEINITRICIS MARIAE SUB CLARISSIMO TITULO DE LAS AGUAS ANNO DMI. MDCCLXII (Desde la salida del sol hasta el ocaso [será] digno de alabanza el nombre de D. Francisco de Solís Folch y Cardona, serenísimo cardenal arzobispo hispalense [que] a sus expensas pagó esta magnífica obra para ver el fin de su realización en obsequio de la santísima Madre de Dios María bajo la muy esclarecida advocación de Las Aguas en el año del señor de 1767).
     Una inscripción más referida a la restauración de este espacio, señala lo siguiente: Se renovó de un todo este camarín a costa de don Martín Fernández García, año de 1803.
     Todo el camarín está ricamente recubierto por abultadas yeserías doradas y azules, creando un pequeño espacio hermoso y recogido, aunque en él no haya pinturas de carácter figurativo, excepto pequeñas cabezas de ángeles mezcladas con abultadas guirnaldas y roleos vegetales.
     A la derecha del camarín se abre un pequeño oratorio provisto de un altar con un retablito del siglo XVII con la figura de la Virgen en su hornacina central y un Crucificado en el remate. La bóveda y las paredes están ocupadas por pinturas murales, en general mal conservadas y que, igualmente, presentan el estilo de Ximénez. Contienen estas pinturas un programa iconográfico destinado fundamentalmente a exaltar el cántico del Magnificat, recogido del texto de San Lucas, 1, 46-55, que tiene a la Virgen como absoluta protagonista.
     La bóveda de arista de este oratorio está dividida en cuatro segmentos, que tienen como centro una clave tallada en madera, en la que figura la paloma del Espíritu Santo. Los segmentos aparecen perfectamente delimitados por cuatro anchurosas molduras, en las que advierten elementos figurativos envueltos en cintas rococó y ángeles que sostienen guirnaldas de flores y cartelas en las que se identifica a los santos que destacaron en el pasado de la Iglesia por difundir y defender la grandeza de al Virgen María. Son San Anselmo, San Bernardo, San Juan de Capistrano, éste muy perdido, y San Buenaventura.
     La narración del Magnificat comienza en el segmento que aparece junto a la ventana, cuya iconografía está casi perdida. Queda visible la inscripción que señala: MAGNIFICAT ANIMA MEA DOM. (Proclama mi alma la grandeza del Señor). La segunda frase del Magnificat se recoge en el segmento contrario, cuya filacteria dice: ET EXULTAVIT SPIRITUS MEUS IN DEO SALUTARI MEO (Y se alegra mi espíritu en Dios mis Salvador); en la cartela aparece la Virgen arrodillada y recibiendo los dones del Espíritu Santo. En el tercer segmento, la filacteria señala GLORIA PATRI EN FILII ET... (Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo), figurando en la cartela, lógicamente la Santísima Trinidad. El cuarto segmento está oculto por el remate del retablo que preside el oratorio y de él solo emergen figuras de pequeños ángeles envueltos en flores.
     La transcripción del Magnificat iniciada en la bóveda prosigue en las paredes del oratorio, donde aparecen ocho registros, emparejados de dos en dos, en los que se muestran alegorías marianas en inscripciones que las describen.
     El primero de estos registros se encuentra en la cartela superior, en la que se lee: CUIA REPEXIT HUMILITATEM ANCILLA SUAE (Puesto que ha puesto sus ojos en la humildad de su esclava).
     Detrás de una vitrina que hay ante esta escena pictórica, puede advertirse la figura de la Virgen arrodillada y dirigiéndose al cielo como intercesora; aunque la inscripción está oculta, el texto que le corresponde, extraído del Magnificat es OMNES GENERATIONES CUIA FECIT MIHI MAGNA (Y por eso todas las generaciones me llamaron bienaventurada).
     Los versos del Magnificat siguen repitiéndose en las paredes del oratorio, así, a la izquierda del retablo figuran dos cartelas con las siguientes filacterias: ET MISERICORDIA EIUS A PROGENIE IN PROGENIES TIMENTIBUS EIUM (Y su misericordia llegó a sus fieles de generación en generación); la escena muestra a la Virgen como intercesora al pie de la cruz y en diálogo con el Altísimo. En la zona inferior se señala FECIT POTENTIAM IN BRACHIO SUO DISPERSIT SUPERBOS MENTE CORDIS SUI (Él hizo proezas con su brazo, dispersó a los soberbios de corazón); en la cartela, el Niño Jesús en brazos de la Virgen alancea a un dragón infernal.
     A la derecha del retablo figuran otras dos cartelas con sus respectivas inscripciones. En la zona superior se lee DEPOSUIT PONTENTES DE SEDE, ET EXALTAVIT HUMILES (Derribó del trono a los poderosos y enalteció a los humildes); en la cartela, la Virgen con el Niño auspicia a San Miguel que lucha contra un ángel demoníaco. La cartela inferior indica ESURIENTES IMPLEVIT BONIS ET DIVITES DIMISIT INANES (A los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos les despidió vacíos); la cartela muestra a la Virgen con el Niño luchando contra una voraz bestia que engulle a una criatura.
     Se concluye la narración del Magnificat con otras dos escenas emparejadas, que aluden al pueblo de Israel y a Abraham. En la primera, el texto señala SUSCEPIT ISRAEL PUERUM SUUM RECORDATUS MISERICORDIAE SUAE (auxilió a Israel su siervo acordándose de la misericordia); en la cartela, la Virgen aparece arrodillada suplicando ayuda a Cristo para el pueblo de Dios. La cartela inferior muestra este texto: SICUT LOCUTUS EST AD PATRES NOSTROS ABRAHAM EI SEMINI EIUS IN SAECULA (Como lo había prometido a nuestros padres, a favor de Abrahm y su descendencia por siempre); la cartela muestra a la Virgen con el Niño delante de Abraham, quien presenta un sacrificio ante ellos.
     Otros restos muy perdidos en las paredes muestran representaciones de San Juan Nepomuceno y San Francisco Javier (Enrique Valdivieso González, en Pintura Mural del Siglo XVIII en Sevilla. Fundación Sevillana Endesa. Sevilla, 2016).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Anselmo, obispo y doctor de la Iglesia;
     Teólogo de la orden de san Benito.
     De origen lombardo, nació en Aosta en 1034. La reputación de su compatriota Lanfranco lo atrajo a la abadía de Bec, en Normandía, donde se ordenó en 1060. Su carrera eclesiástica fue exactamente igual que la de Lanfranco, quien después de la conquista de Inglaterra por Guillermo el Conquistador, en 1066 fue nombrado arzobispo de Canterbury y primado de Gran Bretaña. Anselmo fue también abad de Bec en 1078, y después arzobispo de Canterbury, cuando se le ofreció, casi por imposición, la titularidad de esa arquidiócesis en 1093.
     Su episcopado resultó tan conflictivo como el de Tomás Becket. Estuvo constantemente en lucha con los reyes de Inglaterra, defendiendo los derechos de la Santa Sede. Exiliado en 1097, regresó a Inglaterra  en  1100, después de la muerte de Guillermo II, El Rojo, y falleció en 1109.
     Debe su celebridad sobre todo a sus numerosas obras de teología donde formula la prueba ontológica de la existencia de Dios y defiende la Inmaculada Concepción de la Virgen. A ese título mereció ser incluido, junto a san Bernardo, entre «los capellanes de Nuestra  Señora».
     Sus reliquias estaban repartidas entre Le Bec Hellouin, Canterbury, Amberes, Colonia y Praga. Pero hay pocas iglesias puestas bajo su advocación. No obstante se ha dado su nombre al monasterio benedictino romano que se edificó sobre el Aventino.
     Su iconografía es muy pobre y se remonta a finales de la Edad media. Se lo representó como obispo, con báculo y mitra, y tiene como atributo un libro. Hay herejes derribados bajo sus pies (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Francisco Miguel Ximénez, autor de la obra reseñada;
     Francisco Miguel Ximénez de Alanís, (Sevilla, 1717 – 1793). Pintor.
     Nació en Sevilla en 1717. De formación tradicional, obtenida en el taller de Domingo Martínez de acuerdo con el espíritu barroco tardío, evoluciona hacia un rococó cargado de estereotipos. Su producción es amplia y abarca los campos de la pintura de caballete y el dorado de retablos. En esta última faceta se han podido documentar varias obras, asociadas con algunos de los escultores y retablistas más relevantes del período, en especial Benito de Hita y Castillo y Julián Jiménez, como el retablo del Cristo atado a la columna de iglesia utrerana de Santa María de la Mesa. En 1727 aparece citado como oficial de pintor y avecindado en la collación de San Juan de la Palma, donde se inicia en el conocimiento de la pintura de feria.
     En 1761 pinta por encargo de la hermandad de la Carretería un cuadro con el que se celebraba el decreto de la Concepción, mostrando a La Inmaculada con Clemente XIII y Carlos III. Para esta misma congregación, hizo en 1788 las pinturas del arco triunfal que se levantó con motivo de la proclamación de Carlos IV. Al año siguiente hizo los retratos de Carlos IV y de María Luisa de Parma para la Academia de Medicina. Y en 1790 firma el cuadro que muestra a Paulo III concediendo la Bula de fundación a las religiosas del Espíritu Santo (convento del Espíritu Santo), en el que Ximénez más parece haberse interesado en el marco arquitectónico que en la representación de los personajes, por lo que trastoca el equilibrio compositivo y hace de lo accesorio un elemento principal. Ello responde, sin duda, a la creciente importancia que había adquirido entre los integrantes de la escuela el conocimiento de la arquitectura, haciendo gala en muchos de gran destreza en la interpretación del proyecto. Posiblemente este espíritu creativo tiene que ver con el maestro Domingo Martínez, que llegó a ser pintor y arquitecto de la Catedral. Prueba de ese interés es la pintura firmada con Perspectivas de edificios con varias figuras, que se encuentra en la Capitanía General de Sevilla. Pero el testimonio más claro de esta perfección formativa son las obras de la iglesia parroquial de Algodonales, donde intervino en 1786. El pintor se hizo cargo de diseñar el retablo donde iba a colocarse la imagen del Rosario “para cuyo efecto está hecho un plano por el insigne maestro de dibujo y primer director de la Real Academia de las Tres Vellas Artes de la dicha ciudad”. También la hermandad de las Ánimas quiso tener su propio aditamento, una estructura de madera realizada por Diego Meléndez, de acuerdo con el diseño de Ximénez “con arreglo a un plan delineado por el dicho Don Francisco Ximenez”. Ambos artífices se ocuparon de atender las mismas necesidades de la congregación de la Vera Cruz. Por último, tuvo parecida participación en el altar mayor, que se construiría “con arreglo a un excelente plano que por orden del mencionado Sr. vicario hizo”. Pocas veces se había visto con tanta claridad a un pintor implicado en la concepción de una estructura arquitectónica, en una circunstancia que había sido criticada cuando se había producido por intromisión profesional. 
   En línea con esta producción arquitectónica y asociada a la policromía de retablos, se encuentra la pintura mural, de la que se ha identificado un conjunto de Ximénez, la que decora los paramentos del cuerpo de iglesia del convento de San Clemente, ejecutada hacia 1770. Conjuga en esta obra una densa decoración en la que predominan las rocallas, con efigies de santos de la orden cisterciense y otras figuras de devoción, como San Ildefonso o San Esteban. La soltura con que Ximénez trabaja el temple induce a pensar en una producción mayor, que de momento no es conocida. A este respecto, recuerda Ceán Bermúdez que fue responsable de la decoración de la desaparecida iglesia de San Felipe Neri, de la que restan algunos lienzos, que han sido atribuidos en consecuencia al propio pintor y hoy se encuentran en San Alberto Magno, de los que se ha destacado el que representa a San Felipe Neri iniciando la construcción del Oratorio de Roma, donde se ha querido identificar un posible retrato del artista (Fernando Quiles García, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "San Anselmo", de Francisco Miguel Ximénez, en el Camarín de la Capilla de la Virgen de las Aguas, de la Iglesia Colegial del Divino Salvador, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Iglesia Colegial del Divino Salvador, en ExplicArte Sevilla.

lunes, 20 de abril de 2020

La Capilla de los Marineros


      Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Capilla de los Marineros, de Sevilla.
      Hoy, 20 de abril, es el aniversario (20 de abril de 1962) del regreso de la Hermandad de la Esperanza de Triana a su Capilla de los Marineros, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la Capilla de los Marineros, de Sevilla.
      La Capilla de los Marineros [nº 86 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 28 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Pureza, 53; en el Barrio de Triana Casco Antiguo, del Distrito de Triana.
     Antigua calle Larga de Triana, hoy conocida como Pureza. Uno de los grandes centros devocionales de Triana, fruto de la fusión de tres hermandades y de una larga historia bajo la advocación de la Esperanza. Gremios populares como origen de tres corporaciones: ceramistas, pescadores y gentes de la mar. En 1418, los ceramistas fundaron, en la parroquia de Señora de Santa Ana, la hermandad de Nuestra Señora de la Esperanza. Un siglo más tarde, en 1542, se fusionaría con la hermandad de San Juan Evangelista. La tercera corporación implicada, la formada en torno a la advocación de las Tres Caídas de Cristo y Nuestra Señora de la Salud que tuvo su origen en el convento de las monjas mínimas de la actual calle Pagés del Corro, lugar donde el clérigo Francisco de Lara asentó en 1608 a la nueva corporación. Estaba formada por las llamadas gentes de la mar, población habitual en el arrabal trianero por la cercanía del río. En 1616 se fusionaron la hermandad de la Esperanza y la de San Juan Evangelista con la hermandad de las Tres Caídas.

      Daba comienzo un periodo de gran esplendor, a pesar de las constantes cambios de sede. La corporación pasaría por el convento del Espíritu Santo (desde donde realizaba su estación penitencial a la Real Parroquia de Santa Ana), por la propia parroquia de Santa Ana, por la iglesia carmelita de los Remedios o por el hospital de la Encarnación. En 1815 se trasladaría a su actual capilla en la calle Pureza, construida en unos solares que habían sido adquiridos nada menos que en 1759. La revolución de 1868 motivó la enajenación y cierre de la capilla, que se adjudicó en subasta a dos ingleses que la dedicaron al culto anglicano, pasando por otros usos como el de almacén. En 1939 fue cedida a la hermandad de nuevo por Carlos Jorge Welton, tras la intervención del sacerdote José Sebastián y Bandarán, por una cantidad simbólica de 19.300 pesetas. La remodelación del edificio se realizó bajo la dirección del arquitecto Aurelio Gómez Millán. En el largo periodo de exilio la hermandad residió en la iglesia de San Jacinto, hasta el definitivo regreso en 1962.
      Para completar los títulos históricos de la hermandad, ya en 1972 se produjo una nueva fusión con la histórica hermandad Sacramental de la parroquia de Santa Ana. El 2 de junio de 1984, en la Santa Iglesia Catedral de Sevilla, sería coronada canónicamente la Virgen de la Esperanza.

      La falta de espacio para los cultos motivó la ampliación de la capilla entre los años 200-2010. Para ello se anexionó una casa anexa a la capilla y se reorganizó la nave en la que se almacenaba el paso de Cristo. De esta forma, se transformó la primitiva capilla en un nuevo templo de tres naves paralelas, presentando la nave izquierda la particularidad de mantener un antiguo patio de columnas que no podía ser alterado por su nivel de protección. Esta nave se dotó de una nueva cúpula de moderna traza, que aumentó la luminosidad del recinto. Entre las reformas que se acometieron en esta última intervención destacan las medidas de seguridad, diseñadas para proteger a las imágenes titulares, creándose un auténtico bunker donde cobijar la talla de la Virgen de la Esperanza. Las obras conllevaron la restauración de los retablos existentes y la creación de uno nuevo para acoger al Nazareno de las Tres Caídas.
      El aspecto exterior de la capilla sigue los modelos arquitectónicos sevillanos de la segunda mitad del siglo XVIII, con una terminación pictórica en austero blanco que corresponde a la última intervención. Su espadaña presenta en sus extremos jarras con azucenas en bronce realizadas por el orfebre Ramón León Peñuelas en 1998. Ya en 1962 se habían colocado las campanas de bronce, tituladas (al estilo de los grandes campanarios, como la Giralda) con nombres propios: Nuestra Señora de las Nieves, San José y San Francisco. En el mismo año se colocó sobre la hornacina de la puerta principal una imagen de la Inmaculada Concepción realizada en barro cocido por Antonio Illanes Rodríguez.
      En el interior destaca el artístico artesonado del techo de la nave central, la que cobija a la imagen de la Virgen de la Esperanza, una techumbre de estilo neomudéjar que fue comprado en 1961 al desaparecido colegio jesuita de la plaza de Villasís. En 1963 fue adquirida la lámpara central, tallada en cristal, tallada en cristal del siglo XIX y procedente del desaparecido Café Britz, Preside la nave central un retablo barroco procedente del convento de la Merced de Osuna, que llegó a la hermandad en 1964. Es obra documentada por el contrato firmado el 26 de septiembre de 1716 con el tallista ursaonense Francisco María de Ceiba. Fue dorado en el año 1736 por Manuel de Pineda. Está realizado en madera de pino de Flandes dorada y policromada, siendo bendecido en su nueva ubicación por el cardenal Bueno Monreal, el día 23 de mayo de 1965. Se compone de un banco y tres calles, la central más ancha que las laterales, separadas por barrocos estípites. En el banco aparece un relieve de Cristo Redentor y pequeñas esculturas de Santa Bárbara y Santa María de Cervellón. El cuerpo principal está presidido por la Virgen de la Esperanza, en un amplio camarín reformado por Manuel Guzmán Bejarano. La imagen de la Virgen, una de las grandes devociones de la ciudad, presenta una compleja autoría. En 1816, el escultor Juan de Astorga entregaba a la hermandad una talla de la Virgen que sufrió en 1898 el incendio del retablo que ocupaba en San Jacinto. Ello motivó una profunda intervención (probablemente nueva realización) de Gumersindo Jiménez Astorga, a la que habría que añadir las reformas de José Ordóñez en 1910. En el año 1929, Castillo Lastrucci le realizó nueva mascarilla y manos, lo que, en una imagen de estas características, supone una nueva autoría. Todavía habría nuevas intervenciones en la talla a cargo de Luis Álvarez Duarte, que en 1981 y 1989 realizó una nueva encarnadura y algún leve retoque de talla. Olvidando la dificultad de su autoría, es la gran devoción de Triana y procesiona en un espectacular paso de palio en la madrugada del Viernes Santo. Se completa el cuerpo principal del retablo con dos tallas de santos mercedarios, San Pedro Nolasco a la izquierda y San Ramón Nonato a la derecha. El ático está coronado por una gran imagen de Dios Padre flanqueado por otros dos santos mercedarios, San Pedro Armengol a la derecha y San Pedro Pascual a la izquierda.

      La nave izquierda, también capilla sacramental, conserva el patio de la antigua casa sobre la que se realizó la ampliación de la capilla. Está presidida por un retablo neobarroco diseñado por Guzmán Bejarano y terminado en 2010 como obra póstuma. Está presidido por el Santísimo Cristo de las Tres Caídas, imagen que se suele atribuir al círculo de Marcos Cabrera por su semejanza con el Nazareno de Utrera. Debe considerarse obra anónima, probablemente realizada entre 1600-1630. Ha sufrido diversas intervenciones, la más importante fue la que realizó Manuel Gutiérrez Reyes Cano en 1894. Consistió en la retirada del cabello y la barba natural, y su sustitución por una pasta y estopa. En 1929 fue restaurada de nuevo por Antonio Castillo Lastrucci. En 1983 Luis Álvarez Duarte le realizó un nuevo cuerpo anatomizado y le añadió un mechón a sus cabellos. En 1989, el mismo escultor le tallaría nuevos hombros  brazos. Procesiona en la madrugada del Viernes Santo en un paso de misterio que se completa con diversas figuras realizadas por Antonio Castillo Lastrucci, con una composición muy teatral en la que un soldado romano a caballo (el popular "caballo de Triana") indica el camino del Calvario al Señor.

      En la nave lateral derecha se sitúa el antiguo retablo del Nazareno, ahora presidido por la talla de San Juan Evangelista que realizó en 1968 Luis Álvarez Duarte. El retablo es obra del siglo XVII del escultor franciscano Blas de Santamaría y donado por Francisco Carreño de la Cruz. Procede del convento de San Antonio de Padua de Sevilla y fue adquirido por el conde de Gálvez sobre 1950 para uso particular. En 1962 fue donado a la hermandad para albergar a Nuestra Señora de la Esperanza, algo que no se llegó a realizar por sus pequeñas dimensiones. En su imaginería destaca la imagen de San Telmo del siglo XVIII, que escolta a la imagen titular. En el antiguo altar de San Juan Evangelista se sitúa ahora la talla del Señor de la Humildad y Paciencia, devota imagen anónima realizada hacia 1700 (Manuel Jesús Roldán,  Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Capilla de los Marineros, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Horario de apertura de la Capilla de los Marineros:
     De Lunes a Sábados: de 10:00 a 13:30, y de 17:30 a 21:00
     Domingos: de 10:00 a 14:00, y de 17:30 a 20:30

Horario de Misas de la Capilla de los Marineros:
     De Lunes a Sábados: 20:30
     Domingos: 13:00 

Página web oficial de la Capilla de los Marineros:  www.esperanza-de-triana.es/311_capilla-marineros.html

La Capilla de los Marineros, al detalle:
Hermandad de la Esperanza de Triana
Retablo Mayor
     San Pedro Nolasco

domingo, 19 de abril de 2020

La pintura "El Retablo de la Pasión", anónimo del círculo de Sánchez de Castro, en la sala I del Museo de Bellas Artes


      Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "El Retablo de la Pasión", anónimo del círculo de Sánchez de Castro, en la sala I del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.  
      Hoy, domingo 19 de abril, como todos los domingos, ha de considerarse como el día festivo primordial para la Iglesia. Es el primer día de cada semana, llamado día del Señor o domingo, en el que la Iglesia, según una tradición apostólica que tiene sus orígenes en el mismo día de la Resurrección de Cristo, celebra el Misterio Pascual.
      Y qué mejor día que hoy para ExplicArte la pintura "El Retablo de la Pasión", anónimo del círculo de Sánchez de Castro, en la sala I, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.

      El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
     En la sala I del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "El Retablo de la Pasión", obra anónima del círculo de Sánchez de Castro (2ª 1/2 del siglo XV), siendo un óleo sobre tabla en estilo gótico de la escuela sevillana, pintado hacia 1480, con unas medidas de 0,81 x 1,03 m., y procedente de la colección de los Duques de Montpensier, donado por González Abreu en 1928.
      Políptico de pequeño tamaño dedicado a la pasión de Cristo. En la escena central se representa el Camino del Calvario. De menor tamaño a la izquierda aparecen la Oración en el huerto y la Flagelación, a la derecha, Cristo Crucificado y la Piedad (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
      Es probablemente Juan Sánchez de Castro la figura más destacada de la pintura sevillana del siglo XV, en su segunda mitad, cuando el sentimiento artístico estaba buscando las formas de expresión renacentista emanadas de Italia y Flandes. De este pintor ninguna pintura posee el Museo pero sí figuran en él algunas obras realizadas en este momento artístico por maestros influenciados por su estilo. 

      Un maestro influenciado por el estilo de Sánchez de Castro es el anónimo autor del Retablo de la Pasión de Cristo que conserva el Museo. Presenta este pequeño retablo cinco escenas presididas por Cristo camino del Calvario, obra que por su tamaño y composición es la más bella pintura del conjunto. En ella se narra el encuentro de la Virgen con Cristo en el que el artista trata de captar emotivas reacciones en los rostros, mostrando una expresividad propia de la pintura sevillana en este momento histórico. Similares características se advierten en las otras escenas del conjunto que son: La oración en el huerto y Flagelación dispuestas en la calle izquierda del retablo, mientras que en la derecha lo hacen La Crucifixión y La Piedad (Enrique Valdivieso González, La pintura en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. Ed. Galve, Sevilla, 1993)
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de la escena central del Retablo de la Pasión, Cristo camino del Calvario; 
   De la misma manera que solía ordenarse a los condenados a muerte cavar su propia tumba antes de la ejecución, en la crucifixión debían llevar ellos mismos su cruz hasta el lugar del suplicio.
El tema según la Biblia

   Los Evangelios ofrecen dos versiones diferentes de El Camino del Calvario.
   Según los sinópticos  (Mateo, 27: 31; Marcos, 15: 21; Lucas, 23: 26),  un tal Simón de Cirene (África), fue requerido por los soldados romanos para ayudar a Jesús, agotado por la Flagelación, a llevar la cruz hasta la cima del Gólgota.
   De acuerdo con Juan (19: 16), que desconoce a Simón de Cirene, fue Cristo solo quien llevó la cruz hasta el final.
   Los exégetas, comenzando por Orígenes, han intentado conciliar la versión de Juan con los sinópticos. Jesús habría comenzado por llevar su cruz de la misma manera que Isaac había llevado la madera de su sacrificio. Luego, al verlo en el límite de sus fuerzas, los soldados habrían requerido la ayuda de alguien que pasaba. Jesús y Simón se habrían relevado.
   Los racionalistas cuestionan la realidad del episodio de Simón. Extraen un primer argumento del silencio de Juan. Agregan que en el derecho romano, los condenados al suplicio de la cruz debían llevar el patibulum ellos mismos, que el requerimiento a Simón de Cirene habría sido ilegal, y que no se conocen ejemplos de soldados que obligaran a un testigo ocasional a llevar la cruz de un condenado. 
   La escena habría sido imaginada para ilustrar la palabra de Jesús: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.» (Mateo, 16: 24; Marcos, 8: 34).

   Muchos de esos argumentos no se sostienen, puesto que es posible que después de la Flagelación Jesús haya estado físicamente imposibilitado de llevar el patibulum hasta el final, y una requisitoria ilegal no podía detener a Pilato.
   Los artistas optaron ya por la versión de los sinópticos, ya por la de Juan. El arte bizantino adoptó la primera: Simón lleva solo la cruz, adelante de Cristo que le sigue con la cuerda al cuello. El arte de Occidente, que tiene un sentido dramático más desarrollado, representa a Cristo sufriendo en solitario bajo el peso de la cruz o ayudado por Simón el cireneo.
Las prefiguraciones
   Los teólogos, naturalmente, han buscado -y encontrado- en el Antiguo Testamento las prefiguraciones que enmarcan a Cristo con la cruz a cuestas en las miniaturas y en las vidrieras. Son éstas:
   1. Isaac llevando sobre los hombros la madera del sacrificio.
   2. Aarón marcando con la tau cruciforme el dintel de las casas de los de Israel.
   3. El patriarca Jacob bendiciendo con las manos entrecruzadas a sus nietos Efraím y Manasés.
   4. La viuda de Sarepta que lleva al profeta Elías dos leños dispuestos en forma de cruz.
La iconografía primitiva

   En las realizaciones más antiguas, la iconografía de Cristo con la cruz a cuestas es muy simple.
   Cristo avanza, vestido con una túnica roja, la frente ceñida por la corona de espinas, a veces precedido por los dos ladrones. No padece por la carga de la cruz porque ella es pequeña, más emblemática que real. A finales de la Edad Media la cruz se vuelve desmesuradamente pesada, su carga es cada vez más aplastante, para apiadar a los fieles con los sufrimientos del Redentor.
El enriquecimiento del tema por los Evangelios apócrifos y el teatro religioso: la Virgen y santa Verónica
   Los artistas no se contentaron con la Biblia y los comentarios teológicos. Los Evangelios apócrifos y la puesta en escena del teatro de los Misterios les sugirieron numerosos agregados al tema inicial. Los más populares son el Desmayo de la Virgen y el Encuentro de santa Verónica.
El desmayo de la Virgen
   El Evangelio de Lucas indica que "Le seguía una gran muchedumbre del pueblo y de mujeres, que se herían y lamentaban por Él». Pero los Evangelios apócrifos están mejor informados: saben que la Virgen conducida y sostenida por el apóstol Juan, se detuvo ante el paso del cortejo y que al ver a su Hijo doblegado bajo la carga de la cruz, se desmayó.
   Esta escena accesoria, que tiene el inconveniente de crear un segundo centro de interés en detrimento de la escena principal, poco a poco fue adquiriendo tal importancia en la composición, que Cristo con la cruz a cuestas a veces se denomina Spassimo della Vergine o Pâmoison de la Vierge. Tal es el caso de un célebre cuadro de Rafael o de su escuela, procedente de un convento de olivetanos de Sicilia, que se llama Lo Spasimo di Sicilia. Un altorrelieve de Laurana en la iglesia de Saint Didier de Aviñón, se llamaba Notre-Dame du Spasme.
La Verónica 

   Por la influencia del teatro de los Misterios, hacia finales del siglo XV apareció una santa imaginaria, Verónica, que conmovida de piedad seca con un velo el sudor que corría por el rostro de Cristo: en recompensa por ese gesto piadoso, ella recogió en el sudario la impresión de la Santa Faz. De esta verdadera  imagen (vera icona)  procede el nombre Verónica.
   También a la puesta en escena de los Misterios deben atribuirse sin duda los detalles realistas que invadieron el arte de finales de la Edad Media. Cristo tiene un ronzal en el cuello, como una bestia conducida al matadero; niños despiadados le lanzan una lluvia de piedras. A veces va precedido por un heraldo que hace sonar una trompeta.
   En resumen, en Cristo con la cruz a cuestas pueden distinguirse tres episodios:
   l. Simón de Cirene ayuda a Jesús a llevar la  cruz (Gesù aiutato da Simone il Cirineo).
   2. El Desmayo de la Virgen. (Il Spasimo della Virgine.)
   3. Verónica seca el sudor de su rostro (Gesù asciugato dalla Veronica).
El Camino del Calvario
   La transformación  más importante que se opera a finales de la Edad Media en la iconografía de Cristo con la cruz a cuestas se debe a la aparición de una nueva devoción instituida y difundida por los franciscanos que habían recibido la guarda o «custodia» de los Santos Lugares, es lo que se denomina el Camino del Calvario.
   Es fácil reconstruir la génesis de esta devoción. Por el hecho de que Simón de Cirene había sido requerido para ayudar a Jesús a llevar su cruz, se concluyó que Cristo debió caer bajo la carga que superaba sus fuerzas no una sino muchas veces, que había sido obligado a detenerse para recuperar el aliento. La dolorosa Ascensión del Calvario habría sido medida por Estaciones, que los místicos, como el Pseudo Buenaventura y santa Brígida, se esforzaron en reconstruir por medio de la imaginación, como si hubiesen sido testigos.

   Esos altos o estaciones fueron puestos en escena por los autos sacramentales del teatro de los Misterios. Los artistas fijaron finalmente esos «cuadros vivos» en innumerables Caminos del Calvario que jalonaron las naves de todas las iglesias, o en Calvarios (Sacro Monte, Kalvarienberg), dispuestos sobre la pendiente de una colina, que los peregrinos ascendían a veces de rodillas, como era el caso en la Scala Santa de Letrán, entonando sus oraciones en cada «Caída de Cristo».
   ¿Cuántas eran esas Estaciones? El Camino del Calvario comportaba, en su origen, siete Estaciones: siete es un número sagrado. Tal es el número de los bajorrelieves de Adam Kraft en el Camino del Calvario del cementerio de San Juan, en Nuremberg. De acuerdo con su temperamento, los artistas han representado esas Caídas de Cristo durante el ascenso al Calvario con un realismo más o menos brutal, más o menos patético.
   Ya Jesús cae de rodillas (Andrea Sacchi), ya se derrumba de cara en toda su estatura, con las manos hacia adelante.
   (Dominichino): ese es el momento que eligió Verónica para secarle el sudor que le corría por la frente.
   En el siglo XVII, por la iniciativa de los franciscanos, y especialmente la del predicador italiano Leonardo de Porto Maurizio, el número de las Estaciones se duplicó, para llegar a catorce. Aunque esa cifra sea completamente arbitraria, se la mantuvo.
   La devoción del Camino del Calvario, que es una de las creaciones más populares de la orden de los franciscanos, nació del deseo de multiplicar el beneficio espiritual y material de una peregrinación a la colina del Gólgota, enclavada en la igle­sia del Santo Sepulcro.
Representaciones de Cristo con la cruz a cuestas, caído
   Después del Renacimiento, los pintores de la Contrarreforma y de la época romántica renovaron este tema conmovedor. En su Cristo ascendiendo al Calvario (Museo de Metz), Delacroix se inspiró, evidentemente, en el Cristo con la cruz a cuestas de Rubens, que había visto en el Museo de Bruselas. Pero le dio un carácter del todo diferente. La ascensión triunfal imaginada por el maestro flamenco se convierte en un avance lento y doloroso del condenado, a punto de desfallecer a cada paso, que se arrastra penosamente hasta el lugar del suplicio.
   En el arte popular polaco cuyas tradiciones perduran en nuestros días, el motivo patético de Cristo caído, sucumbiendo bajo el peso de la cruz, resume con frecuencia la tragedia del Camino del Calvario.
Versiones alegóricas y colectivas de Cristo con la cruz a cuestas
   Cristo con la cruz a cuestas no siempre ha sido concebido y representado como una escena histórica. Hacia finales de la Edad Media se multiplicaron las versiones alegóricas.
   No es sólo la Virgen quien, siguiendo el ejemplo de Simón de Cirene, levanta uno de los brazos de la cruz para aliviar la carga de su Hijo. Es la Iglesia, a la cual simboliza, y hasta la cristiandad entera, quien acude en su auxilio. Papa, cardenales, sacerdotes, laicos, quieren su parte en la carga, con la esperanza de asegurarse la vida eterna a causa de esta asistencia simbólica.
   Hay frescos de los siglos XV y XVI que ilustran este Cristo con la cruz a cuestas co­lectivo. En un manuscrito franciscano de la Biblioteca de Perusa, Jesús va seguido por una procesión de hermanos menores, stauróforos, que llevan una selva de cruces sobre los hombros. 
   Según parece, en Francia, al menos en la capilla del castillo de Montriu, en Saint Aubin des Ponts de Cé, en Lion de Angers, y en Notre Dame de Chavigny en Poitou, este tema fue tomado de una endecha del rey Renato, donde éste asocia la humanidad entera con la Pasión de Jesucristo, desarrollando estas palabras del Redentor: «Qui vult venire post me, tollat crucero suam et sequatur me.» Mendigos, ladrones, enfermos, presos, peregrinos, campesinos, viudas, huérfanos, mal casados..., en suma, todos los desheredados de la tierra, acuden a su hora para ayudar a Cristo a llevar su cruz, más pesada que las suyas (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Juan Sánchez de Castro, autor a quien se atribuye la pintura reseñada;
     Juan Sánchez de Castro (¿Sevilla?, mediados del s. XV – ?, c. 1500), pintor.
     Juan Sánchez de Castro es uno de los más importantes pintores activos en Sevilla en el último cuarto del siglo XV, considerado por la historiografía el punto de partida de la pintura hispano-flamenca en Sevilla. Está documentado, con seguridad, a partir de 1478 trabajando en los Reales Alcázares de Sevilla como pintor. Ceán Bermúdez fue el primero en hablar de Sánchez de Castro, al afirmar que era suyo un retablo, hoy desaparecido, que había en la capilla de San José de la Catedral de Sevilla y cuya fecha data Ceán en 1454, detalle que lamentablemente, no puede ser contrastado. Su estilo se vincula al mundo hispano-flamenco pero incluye algunas novedades de filiación italiana que anuncian la irrupción de la estética del Renacimiento en Sevilla, tales como las tonalidades suaves y moderadas. En realidad, a finales del siglo xv, hubo varios pintores llamados Juan Sánchez de Castro, acaso miembros de la misma familia, activos en Sevilla, de modo que su producción es muy difícil de diferenciar. La identidad artística de Sánchez de Castro es conocida principalmente porque firmó la tabla de la Virgen de las Gracias, pintada para la iglesia parroquial de San Julián de Sevilla y conservada actualmente en la Catedral Hispalense, en la que aparece la Virgen entronizada con el niño en el regazo, junto a san Pedro y san Jerónimo, representados todos ellos con gestos serenos y elegantes. De cronología incierta es un retablo con varios santos procedente de la iglesia de San Benito en Calatrava, hoy en el Museo de Bellas Artes de Sevilla.
     En 1480 aparece, junto a otros artistas, protestando por la promulgación de unas nuevas ordenanzas de oficios para la ciudad. También pintó para la parroquia de San Julián una pintura al fresco que representa a san Cristóbal, datada en 1484. Se ha pensado que pudo pintar la tabla de San Miguel Arcángel que, ejecutada entre 1490 y 1500, procede del Hospital de Zafra (Badajoz) y fue adquirida por el Museo del Prado en 1929, si bien en no pocos estudios se da esta obra como ejecutada por un anónimo “maestro de Zafra” e incluso se ha pensado que fuera de Alejo Fernández. En realidad, el San Miguel de Zafra, obra de una imaginación desbordante a la hora de representar a los demonios expulsados del cielo, muestra una mayor dependencia respecto de los modelos estéticos flamencos y una técnica pictórica algo más cuidada (lo que es particularmente visible en el tratamiento de los metales y las joyas, próximos a ciertos aspectos formales a las primeras obras de Alejo Fernández). La razón por la cual se ha pensado que podría ser obra de Juan Sánchez de Castro, hipótesis razonablemente establecida por Post, radica en que la ciudad donde se conservaba, Zafra, en la provincia de Badajoz, se hallaba a finales del siglo XV en el radio de influencia artística de Andalucía. Se le atribuye haber pintado la Virgen de la leche del Museo Nacional de Arte de Cataluña (Herbert González Zymla, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "El Retablo de la Pasión", anónimo del círculo de Sánchez de Castro, en la sala I, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la sala I del Museo de Bellas Artes, en ExplicArte Sevilla.

El Retablo de la Pasión, al detalle:
- La Oración en el Huerto                                             

sábado, 18 de abril de 2020

Soy Historiador del Arte y soy el profesional competente para ExplicArte Sevilla y ExplicArte sus Monumentos

     ¡SOY HISTORIADOR DEL ARTE Y SOY EL PROFESIONAL COMPETENTE PARA EXPLICARTE SEVILLA, Y EXPLICARTE SUS MONUMENTOS!
      Hoy, 18 de abril, es el Día internacional de Monumentos y Sitios Históricos, y por ello es el día más indicado para reivindicar la injusta situación que padecemos los historiadores/as del arte en relación a la visita cultural y turística, así como para exponer cuál es nuestra principal reivindicación en torno a esta cuestión: el grado de historia del arte (o la anterior licenciatura) es el que capacita para desempeñar profesionalmente la actividad de visita cultural y turística sobre el Patrimonio Histórico-Artístico, por lo que debe ser el principal criterio para habilitar el ejercicio de dicha profesión, sea a través de la figura de interprete del Patrimonio, que es la reconocida internacionalmente, o cualquier otra que se establezca desde la legislación (y no de otra) de Patrimonio Cultural. 
     Hoy más que nunca sigue siendo vigente nuestro lema: ¡SOY HISTORIADOR DEL ARTE Y SOY EL PROFESIONAL COMPETENTE PARA EXPLICARTE SEVILLA, PARA EXPLICARTE SUS MONUMENTOS!
      O si lo prefieres ¡SOY HISTORIADOR DEL ARTE Y NO ME PERMITEN EXPLICARTE LOS MONUMENTOS!
   Por todo ello, si quieres, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte sus monumentos, su historia, sus personajes, sus costumbres, sus fiestas, ... Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.
   ¡Gracias siempre por vuestro apoyo!