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sábado, 2 de julio de 2022

El Monumento a Elio Antonio de Nebrija, de José Lafita Díaz, en Lebrija (Sevilla)

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el Monumento a Elio Antonio de Nebrija, de José Lafita Díaz, en Lebrija (Sevilla).
     Hoy, 2 de julio es el aniversario (2 de julio de 1522) del fallecimiento de Elio Antonio de Nebrija, filólogo y humanista, así que hoy es el mejor día para ExplicArte el Monumento a Elio Antonio de Nebrija, de José Lafita Díaz, en Lebrija (Sevilla).
         El Monumento a Elio Antonio de Nebrija, se encuentra en la Plaza de España, s/n; en Lebrija (Sevilla).
     Para conocer mejor a este ilustre e internacional lebrijano tenemos que viajar en el tiempo y situarnos en la Lebrija de época cristiana, cuando ésta fue repoblada por diecisiete caballeros entre los que se encontraban los antepasados de Elio Antonio. Estos caballeros, a quienes el Rey Alfonso X les encomendó la tarea de proteger Lebrija, fueron recompensados por su labor con tierras y propiedades.
Comienza la Historia
     De la unión de dos de los descendientes de estos caballeros, Juan Martínez de Cala e Hinojosa y Catalina Martínez de Xarana y Ojo, nació Antonio Martínez de Xarana, más conocido como Elio Antonio de Nebrija.
     La fecha exacta de su nacimiento no se sabe con certeza, aunque la hipótesis más aceptada por los historiadores es que nació en el año 1444, en Lebrija.
     Elio Antonio, que tuvo cinco hermanos, pasó su infancia en Lebrija, en la actual calle “Antonio de Nebrija” que por aquel entonces podría ser una de las calles principales de la villa. Durante su niñez Elio Antonio estudió y recibió clases de gramática en una pequeña escuela ubicada por aquel entonces en el Hospital Santa María de la Piedad (actual Plaza del Hospitalillo).
Un joven con espíritu aventurero
     A los 15 años dejó a su familia para comenzar a estudiar y convertirse en un brillante alumno de Humanidades en la Universidad de Salamanca, donde a los 19 años recibió una beca de Teología en el Colegio San Clemente de Bolonia (Italia).
     El profesorado con el que hasta ahora había trabajado dejó huella en él debido a los métodos pedagógicos que usaban para la enseñanza, porque aún siendo personas competentes, hacían del aprendizaje algo tedioso. Como él mismo dijo de sus profesores “aunque no en saber, en decir saben poco”. Este fue el principal motivo que llevó a Elio Antonio a convertirse un importante maestro y pedagogo.
     Su estancia en Italia se prolongó durante diez años, en los que no solo cultivó el campo de las letras sino también los de geografía, matemáticas, medicina y teología, entre otros.
     En 1470 regresó a Sevilla, donde estuvo durante tres años impartiendo clases en la Catedral al sobrino del arzobispo de dicha ciudad, Don Alonso Fonseca.
¿Sabías que…?
     Fue en Italia, durante su etapa de estudiante, donde tomó la decisión de cambiar su nombre, tal y como era costumbre. Eligió el nombre de “Elio” en honor a una importante familia que ocupó Lebrija durante la época romana, y, como él mismo indica, de la que salieron emperadores tan importantes como Elio Adriano y Elio Trajano.
     El apellido “de Nebrija” lo tomó en honor al pueblo que lo vio nacer, en aquel entonces llamado “Nebrissa”.
Universidad de Salamanca
     En 1473 emprendió su viaje hacia la Universidad de Salamanca, una de las más brillantes de la época, donde poco tiempo después comenzaría a trabajar como profesor tras enfrentarse a un concurso de oposición y conseguir dos cátedras. Sin embargo, el afán de saber y continuar aprendiendo llevó a Elio Antonio a no cumplir con su labor como docente, por lo que la Universidad lo “multó”. Durante este tiempo contó con la ayuda de Juan de Zúñiga, quien más adelante se convertiría en su protector y mecenas. Durante estos años Elio Antonio contrajo matrimonio con Isabel de Solís, nieta del hidalgo Sancho Montesinos de Solís, con quien tuvo 7 hijos.
Ve la luz la obra que lo haría inmortal
     En 1492 Elio Antonio publicó la que sería su obra más trascendental y valiosa, “Gramática de la lengua Castellana”. Esta fue la primera gramática de una “lengua vulgar” (romance) que se escribió en Europa. Esta obra estaba dedicada a la Reina Isabel “la Católica”, y tenía un claro objetivo: mejorar los métodos pedagógicos que se utilizaban para la enseñanza del latín.
Elio Antonio, los Reyes Católicos y la Santa Inquisición
     Tras la pérdida de la cátedra salamantina, en 1509 Elio Antonio se convertiría en el cronista real (historiador) de los Reyes Católicos. Al mismo tiempo, ayudaba al Cardenal Cisneros a la elaboración de la Biblia políglota complutense, trabajo que lo llevó ante la Santa Inquisición, acusado de querer modificar la vulgata latina.
¿Sabías que…?
     Elio Antonio fue el autor del lema de los Reyes Católicos “Monta tanto, tanto monta Isabel como Fernando”. Además fue el precursor de la letra cursiva y redonda que usamos normalmente, ya que por aquel entonces el empleo de la letra gótica hacía complicada la lectura.
¡Adiós, Salamanca!
     Una vez superado los problemas con la Santa Inquisición, quiso volver a la Universidad de Salamanca pero una conspiración en su contra hizo que esto no fuese posible. Esto molestó y entristeció tanto a Elio Antonio que juró no volver jamás a ella.
Universidad de Alcalá: los últimos años
     En 1513 el Cardenal Cisneros propuso a Elio Antonio trabajar como profesor en la Universidad de Alcalá de Henares. Fue en esta Universidad donde realmente se sintió valorado y respetado tanto por sus compañeros como por los estudiantes.
     El 2 de julio de 1522 falleció, probablemente, víctima de una apoplejía.
¿Dónde está Elio Antonio de Nebrija?
El cuerpo de Elio Antonio se encuentra embalsamado en la Iglesia de San Idelfonso, en la Universidad de Alcalá de Henares.
Estatua de Elio Antonio de Nebrija
     La ciudad histórica de Lebrija cuenta con una escultura levantada en su honor. Esta fue inaugurada en mayo de 1946, coincidiendo con el V centenario de su nacimiento, por Franco.
     La obra fue realizada por el sevillano José Lafita, jugador y diseñador del primer escudo del Sevilla F.C.
¿Sabías que…?
     Existía un monumento anterior dedicado a la figura de Elio Antonio. Consistía en un busto colocado sobre un pedestal en el centro de la Plaza de España. Actualmente el busto se encuentra ubicado en los jardines exteriores del colegio Elio Antonio de Nebrija. El pedestal que lo sostenía se encuentra situado en la plaza Manuel Halcón.
Otras obras importantes
     “Introductiones latinae” publicado en 1481.
     Diccionarios “Latino-Español” publicado en 1492 y “Español-Latino” publicado 1495.
     “Reglas Ortográficas”, publicado en el año 1517.
     Tratado sobre cosmografía ““Isagogicon Cosmografiae” (Ayuntamiento de Lebrija).
     Antonio Martínez de Xarana, más conocido como Elio Antonio de Nebrija, fue un humanista español que gozó de fama como colegial en el Real Colegio de España de Bolonia (Italia). La fecha exacta de su nacimiento no se sabe con certeza, aunque la hipótesis más aceptada por los historiadores es que nació en el año 1444, en Lebrija. Ocupa un lugar destacado en la historia de la lengua española por haber sido pionero en la redacción de una Gramática en 1492, un diccionario latín-español ese mismo año, y otro español-latín hacia 1494. Fue además historiador, pedagogo, gramático, astrónomo y poeta.
     Fue en Italia, durante su etapa de estudiante, donde tomó la decisión de cambiar su nombre. Eligió el nombre de Elio en honor a una importante familia que ocupó Lebrija durante la época romana. El apellido «de Nebrija» lo tomó en honor al pueblo que lo vio nacer, en aquel entonces llamado Nebrissa.
     Elio Antonio fue el autor del lema de los Reyes Católicos «Monta tanto, tanto monta Isabel como Fernando». Además, fue el precursor de la letra cursiva y redonda que usamos normalmente, ya que por aquel entonces el empleo de la letra gótica hacía complicada la lectura. Su cuerpo se encuentra embalsamado en la iglesia de San Idelfonso, en la Universidad de Alcalá de Henares.
     La ciudad histórica de Lebrija cuenta con una escultura levantada en su honor. Esta fue inaugurada en mayo de 1946, coincidiendo con el V centenario de su nacimiento, por Francisco Franco. Existía un monumento anterior dedicado a la figura de Elio Antonio. Consistía en un busto colocado sobre un pedestal en el centro de la Plaza de España. Actualmente el busto se encuentra ubicado en los jardines exteriores del colegio Elio Antonio de Nebrija (Turismo de la Provincia de Sevilla).
Conozcamos mejor la Biografía de Elio Antonio de Nebrija, a quien está dedicado el monumento reseñado;
     Elio Antonio de Cala y Jarana. Elio Antonio de Nebrija. (Lebrija, antes Nebrissa Veneria, Sevilla, ¿1444? – Alcalá de Henares, Madrid, 2 de julio de 1522). Filólogo y humanista.
     Sus padres fueron Juan Martínez de Cala e Hinojosa y Catalina de Xarana y Ojo. Fue el segundo de cinco hijos: tres hermanos y dos hermanas. Pasó la niñez en su tierra natal, a la que dedicará años más tarde la poesía “Salve, parva domus”, que solía imprimir al principio de las Introducciones latinas. Recordando aquel entorno romano, lleno de lápidas en las que figuran los nombres de Elios y Elianos es como añade el prenomen de “Aelius” al suyo de pila. En su villa natal, realizó sus primeros estudios “debajo de bachilleres y maestros de gramática y lógica”. Luego, pasó cinco años en la Universidad de Salamanca. A los diecinueve, se fue a estudiar a Italia, donde disfrutó una beca del Real Colegio de España o de San Clemente de los Españoles, en la Universidad de Bolonia.
     Allí estuvo diez años. Él mismo confiesa que su deseo era aprender nuevas cosas de los grandes maestros del Humanismo, cuya fuente era a la sazón Italia, y poder introducir nuevos métodos en las universidades españolas, sobre todo, en la enseñanza del latín, cuyos “autores estaban ya, muchos siglos había, desterrados de España”. Cuando regresó a España, lo llamó Alonso de Fonseca, arzobispo de Sevilla, para que fuese uno de los suyos, como el mismo Nebrija escribe. Allí pasó tres años estudiando, preparándose para enseñar la lengua latina, como si adivinara que con todos los “bárbaros” se le “aparejaba alguna grande contención”. Durante este tiempo, fue también preceptor del sobrino del arzobispo, Juan Rodríguez de Fonseca, quien se convirtió luego obispo de Badajoz, Córdoba, Palencia y Burgos, sucesivamente.
     Nebrija conocía la titánica lucha que Lorenzo Valla había emprendido contra los que habían provocado en Italia la degeneración de la lengua latina, y se encuentra en España ante el mismo panorama: la barbarie de mediocres maestros había corrompido el latín y era preciso luchar por restablecerlo en su pureza.
     Él mismo escribe: “nunca dexé de pensar alguna manera por donde pudiese desbaratar la barbaria por todas las partes de España tan ancha y luenga mente derramada”, y así Nebrija comenzó “por el estudio de Salamanca, el qual, como una fortaleza, tomado por combate, no dudava io que todos los otros pueblos de España vernían a se rendir”. El 4 de julio de 1475 firma un contrato como lector de la universidad por cinco años; se compromete a leer dos lecciones diarias: una de Elocuencia y otra de Poesía. El 9 de enero de 1476, se opone a la cátedra de Prima de Gramática, que había quedado vacante; el 22 de enero toma posesión de ella. Cuando va a ejercer su ministerio, se da cuenta de que no puede proponer a sus estudiantes ningún manual porque ninguno se ajustaba a sus ideas ni a su método. Por eso, se dedica en aquellos años a escribir sus Introductiones latinae, que imprime en Salamanca en 1481. Era su primera publicación, de la que se imprimen mil ejemplares que pronto se agotaron. En los años y en los siglos siguientes se hicieron numerosas ediciones. El autor, mientras vivió, fue introduciendo constantes mejoras en esta importante obra.
     Las Introductiones marcaron una época en la historia del humanismo español y una nueva etapa en la cultura de nuestro país. La enseñanza de la Baja Edad Media había desvirtuado tanto el concepto de lo que es la ciencia, como la didáctica de las diferentes disciplinas, y ello afectó, además, al latín, que era la lengua utilizada en las disquisiciones al uso, empobreciéndolo y especializándolo en una jerga incomprensible y artificiosa. Así se llegó, como decía nuestro gramático en sus Introducciones latinas, contrapuesto el romance al latín, a que nos faltase el conocimiento de la lengua en que está no solamente fundada nuestra religión, más aún el Derecho Civil y Canónico, la Medicina, etc. “De aquí viene que los juristas apenas entienden la imagen y sombra de su Código y Digestos. De aquí que los médicos no leen dos lumbre de la Medicina: Plinio Segundo y Cornelio Celso. De aquí que todos los libros en que están escriptas las artes dignas de todo hombre libre yacen en tinieblas sepultados.” Se propone demostrar que la ignorancia imperante entonces en todas las ciencias puede combatirse con el arma de la gramática. De este modo, se dispone Nebrija a “desarraigar la barbarie de los hombres de nuestra nación” denunciando “guerra a fuego y sangre” a cuentos se le opongan. Ya en la primera edición de las Introductiones latinae dice al cardenal Mendoza: “si con tu favor logro vencer a los enemigos de la lengua latina, a los cuales declaro la guerra con este libro, te ofreceré agradecido las décimas del botín”.
     En 1485, lee su primera Repetitio, y en junio de 1486, la Repetitio secunda, de corruptis Hispanorum ignorantia quarundam litterarum vocibus, dedicada a la reforma de la pronunciación del latín.
     Por este tiempo —parece que antes de 1487— se casa con Isabel Montesino de Solís, de familia salmantina.
     De este matrimonio nacieron seis hijos. Es también entonces cuando conoció al obispo de Ávila, fray Hernando de Talavera, que tanto le ayudó en su carrera. Hacia 1485, éste expone a Nebrija el deseo de la reina Isabel de que editase las Introductiones con una traducción en español. Fueron sus Introducciones latinas, contrapuesto el romance al latín. En ellas puede leerse el motivo de hacer esta traducción: “A lo menos se seguirá aquel conocido provecho que de parte de vuestra Real Majestad me dixo el muy Reverendo Padre y Señor, el Obispo de Ávila: que no por otra causa me mandava hazer esta obra en latín y romance, sino por que las mugeres religiosas y vírgenes dedicadas a Dios, sin participación de varones pudiessen conocer algo de la lengua latina”.
     Sigue enseñando en Salamanca. A sus clases acudían numerosos y selectos estudiantes. Se siente orgulloso de la labor emprendida y del fruto que va recogiendo.
     Así nos lo dice en la dedicatoria del Diccionario latino-español: “Por que hablando sin sobervia fue aquella mi dotrina tan notable que aun por testimonio de los embidiosos y confesión de mis enemigos todo aquello se me otorga, que io fue el primero que abrí tienda de la lengua latina, y osé poner pendón para nuevos preceptos [...]. que ia casi del todo punto desarraigué de toda España los Dotrinales [...] y otros no sé qué apostizos y contrahechos grammáticos no merecedores de ser nombrados. Y que si cerca de los hombres de nuestra nación alguna cosa se halla de latín, todo aquello se ha de referir a mí”. Se hace patente en estas palabras el éxito que iba obteniendo en su lucha contra la barbarie latinista, pero debió pensar que su labor en las aulas salmantinas no tenía un alcance demasiado amplio, y que su actividad podría dirigirla hacia otra vertiente, de tal modo que pudiese influir en un número más amplio de personas. Tropieza con el problema económico: vive sólo del sueldo de la universidad, que, por el momento, no puede dejar.
     La solución se la brinda Juan de Zúñiga, maestre de la Orden de Alcántara y luego, cardenal arzobispo de Sevilla, que había sido discípulo de nuestro autor. Entra a su servicio, dejando su cátedra de Salamanca, al final del curso del año 1487, después de doce años de ejercicio. El tiempo que Nebrija pasa en la casa de Zúñiga es muy productivo: escribe y publica la Gramática de la lengua castellana, el Diccionario latino-español, el Vocabulario español-latino, la Muestra de Antigüedades, la Tabla de la diversidad de los días, etc. Se sabe que enseñó en la misma casa de Juan de Zúñiga y públicamente en Santa María de Granada, y aún le sobraba tiempo para componer en latín el Epitalamio que él mismo leyó en la boda del príncipe Alonso de Portugal, con la infanta Isabel, primogénita de los Reyes Católicos.
     Mientras tanto, el cardenal Cisneros había ido pergeñando la fundación de la Universidad de Alcalá y la edición de la Biblia políglota. En 1499, el papa Alejandro VI otorga una bula creando, a petición del cardenal Cisneros, el Colegio de San Ildefonso, cuya primera piedra se pone en 1500. Nebrija, interesado en el proyecto bíblico, pasa a formar parte del equipo de trabajo.
     Los estudios preparatorios comenzaron en 1502.
     En 1503, a la muerte del maestro Gomiel, catedrático de Prima de Gramática, la Universidad de Salamanca escribe a Nebrija para que firme la oposición de esta cátedra. La gana, pero no se incorpora a ella.
     Renuncia y se sigue dedicando al trabajo de la Biblia políglota. Este hecho coincide también con el nombramiento de Juan de Zúñiga como cardenal de Sevilla, y, posiblemente, también influyese en la actitud de Nebrija el deseo del nuevo prelado de que el filólogo sevillano no se separase de él en estos momentos.
     Nebrija pensaba que debía aplicarse un criterio filológico en la edición de la Biblia latina, que él tenía encomendada: era necesaria una revisión del texto de la Vulgata para fijar el de la nueva edición. La actitud de Nebrija chocaba con la de los teólogos del equipo, que sostenían que no se debían modificar los textos. Éstos convencen a Cisneros, y Nebrija se retira del equipo.
     En 1503, publica en Salamanca su De vi ac potestate litterarum, que es una ampliación de la Repetitio secunda. También publica este año, en Sevilla, su Persius. Ambas obras están dedicadas a Juan de Zúñiga. Éste muere en 1504, y el 2 de mayo de 1505, toma nuevamente posesión de la cátedra de Salamanca, tras oponerse a ella.
     Ya en Salamanca, lee el 30 de junio de 1506 su Repetitio tertia: De peregrinum dictionum accentu. En ese mismo año, publica también su Iuris civilis lexicon.
     Al año siguiente, lee la Repetitio quarta: De litteris hebraicis.
     Descuida sus clases de la Universidad de Salamanca.
     Cuando comienza el curso 1508-1509, está ausente de la cátedra más de cuatro meses, y la universidad la declara vacante el 19 de febrero de 1509. El Rey, para consolarlo y compensarlo económicamente, le nombra su cronista. El 31 de agosto del mismo año, se opone a la cátedra de Retórica de la universidad; como no se presentó ningún otro candidato, el claustro se la dio a Nebrija el 3 de octubre de 1509.
     En la universidad, el ambiente le es cada vez más hostil. Él había iniciado una intensa campaña contra los maestros ignorantes, poniendo de manifiesto sus carencias. Escribía en la dedicatoria de las Introducciones latinas a la reina Isabel: “A todos los maestros que tienen hábito y profesión de letras, los provoco y desafío, y desde agora les denuncio guerra a sangre y fuego, por que entre tanto se aperciban de razones y argumentos contra mí”. Su lucha fue implacable desde el primer momento. Al principio, no hacían caso de un pobre gramático aquellos sapientísimos maestros de Teología, de Derecho Civil y Pontificio, de Filosofía, de Medicina, pero cuando vieron que Nebrija, alegando que su materia, la Gramática, en lo tocante a la lengua, tenía jurisdicción sobre todas las demás, y que escribía obras demostrando la ignorancia de sus colegas, comenzaron a tomarlo en serio, a la par que se fue creando en la universidad un ambiente de animadversión contra el filólogo, aunque también tenía defensores a ultranza.
     La Relectio nona de accentu latino aut latinitate donato fue el último acto académico de Nebrija en Salamanca.
     A principios de abril de 1513, muere el maestro Tizón, gramático, catedrático de Prima de Gramática, primero enemigo y luego amigo y devotísimo admirador de Nebrija. A esta cátedra se opusieron tres personas: Herrera el Viejo, un joven llamado García del Castillo, y nuestro personaje. Éste debía ambicionar la cátedra porque era de más categoría que la suya, porque en ella Tizón había explicado el Arte de Nebrija o porque tenía mejor dotación económica y, a la postre, quedaba mejor jubilación. Inexplicablemente, el recién graduado, García del Castillo, obtuvo más votos del claustro que los otros dos y se le otorgó la cátedra. Esto ocurría a mediados de julio de 1513.
     Nebrija abandonó Salamanca con harto dolor y desengaño.
     Desde esta ciudad se trasladó a Sevilla, donde regentó aquel año la cátedra de San Miguel.
     En 1514, cuando contaba ya setenta años, se presenta al cardenal Cisneros, quien le concede la cátedra de Retórica de la nueva Universidad de Alcalá de Henares, con el privilegio de que “leyese lo que él quisiese, y si no quisiese leer, que no leyese; y que esto no lo mandaba dar porque trabajase, sino por pagarle lo que le debía España”.
      Entre otras obras, todavía publica Nebrija en 1517 las Reglas de Orthographía en la lengua castellana y prepara la última edición de las Introductiones latinae (Alcalá, 1523), que ya no vio publicadas.
     El maestro Elio Antonio de Nebrija murió en Alcalá de Henares el día 2 de julio de 1522.
     Su espíritu curioso y abierto a toda manifestación del saber llevó a Nebrija a interesarse por las cuestiones más insospechadas y variadas. Su inquietud científica es asombrosa, porque no sólo revolucionó la Filología clásica y puso los sólidos pilares de la española, sino que estudió y publicó trabajos en el campo de la Historia, de la Pedagogía, de las Matemáticas, de la Cosmografía, del Derecho, de la Medicina, pero la fama de filólogo eclipsó sus otras actividades científicas, cuyas aportaciones poco a poco se van poniendo de manifiesto.
     Cuando escribe sus obras gramaticales —sobre todo las Introductiones latinae y la Gramática de la lengua castellana— no parte de cero. Cuenta con la rica tradición grecolatina que, en su caso, se circunscribe, principalmente a Prisciano, Diomedes y Donato, sin olvidar a Quintiliano, al que a veces llama “nuestro”. De ellos toma la base teórica y sobre ésta elabora su doctrina.
     Pero no hay que pensar que acata cuanto dicen sus predecesores latinos, o que la versión gramatical española es una traducción de la latina, no. Incluso en latín, tiene su propia concepción lingüística que le lleva a discrepar a veces de las fuentes o le lleva a sentar doctrina, como cuando establece la pronunciación del latín clásico, la articulación del acento, etc. En lo que se refiere al español, es, sin lugar a dudas, el primer engarce de las piezas de nuestra gramática, que andaban sueltas y fuera de regla, y el primero que articuló una ortografía coherente.
     La aparición de la Gramática castellana, en 1492, coincide con otros dos hechos de capital importancia: la toma de Granada y el descubrimiento de América. Esta obra es la primera de una lengua neolatina: se adelantó treinta y siete años a la primera gramática italiana de Trissino, cincuenta y ocho a la primera francesa de Meigret y cuarenta y cuatro a la primera portuguesa de Oliveira. El prólogo encierra su programa, que se puede reducir a los siguientes puntos: Primero: cuando la Corona española se extienda por otras regiones u otros países y tengan “necessidad de nuestra lengua, si no vienen desde niños a la deprender [...] podranla más aina saber por esta mi obra”.
     Segundo: la lengua es compañera del Imperio. Tercero: la lengua está al servicio de la unidad de la nación.
     Cuarto: fijar el uso del español para que, evitando posteriores cambios, pueda servir a la unidad nacional. Quinto: la lengua debe ser el vehículo fiel de transmisión a la posteridad de las hazañas y glorias culturales presentes.
     Como lexicógrafo no tiene precedentes: con su Diccionario latino-español y su Vocabulario español-latino, es el primero en elaborar una disciplina totalmente moderna, que servirá de inspiración para sus sucesores durante más de dos siglos.
     Sus tratados de Gramática, latina y castellana, y su Vocabulario español-latino fueron los modelos que se siguieron en América y Filipinas para la elaboración de las gramáticas y vocabularios de las lenguas indígenas de aquellos países. Hay constancia, además, de que salieron hacia Hispanoamérica varios envíos con ejemplares, a veces numerosos, de las mencionadas obras.
     La actividad de historiador que también llevó a cabo no está, ni con mucho, a la altura del Nebrija filólogo. Nos han quedado cuatro ejemplares de su labor en este campo: la Muestra de la historia de las antigüedades de España, de ningún valor histórico; la monografía De bello navariense aporta datos de recuerdos y hechos vividos directamente por su autor, aunque parece que siguió muy de cerca La conquista del Reino de Navarra de Luis Correa (Salamanca, 1513). Su obra más extensa, pero inconclusa por pérdida de algunas partes o porque el autor no las escribiera, es la titulada Rerum a Fernando et Elisabe gestarum Decades duae, que es la versión latina de la Crónica de los Reyes Católicos de Hernando del Pulgar. De bello granatensi forma parte del primer libro de la segunda Década de Rerum a Fernando et Elisabe gestarum. En opinión de Sánchez Alonso, a Nebrija “habría que estimársele no como historiador de altos vuelos, pero sí como un discreto narrador, por la atractiva exposición que acertó a hacer de los sucesos de su tiempo y de la agudeza con que supo justificarlos”.
     Para luchar contra los que se dedican al mundo de las leyes, asesorando mal y aplicándolas peor, por no poder entender la lengua en las que están escritas o por basarse en libros con graves errores derivados siempre de problemas lingüísticos, escribe el Iuris civilis lexicon, en el que tratará las cuestiones relativas al Derecho “no como jurisperito, sino como gramático”.
     El interés científico universal de Nebrija se amplía al campo de la Medicina. En 1518, dirige la impresión de la edición del Dioscórides, que había sido publicada en París dos años antes, editada por Ruelio. La versión complutense se titula: Pedacii Dioscorides Anazarbei de medicinali materia libri quinq. En esta edición, introduce Nebrija un vocabulario de cuarenta y siete páginas, que recoge lo contenido en el Dioscórides, con la traducción al español de muchísimos términos de la “Materia médica”, como entonces se decía.
     Su tratado De liberis educandis lo sitúa en la línea de los educadores españoles. Escribió la obra para satisfacer el deseo mostrado por el secretario del Rey, Miguel Pérez de Almazán, para que se ocupase de la educación de sus hijos. Esta obra, incompleta, consta de doce capítulos, de los que parte están dedicados al educador, cuyas cualidades deben ser óptimas, y parte al educando: desde la lactancia, las vestiduras del niño, la educación física, los juegos infantiles y su aprovechamiento didáctico, hasta el perfeccionamiento de las aptitudes naturales, la exploración de las vocaciones, la edad para comenzar los estudios, etc.; rechaza los castigos físicos y propugna la educación colectiva frente a la individual, con el objeto de incorporar plenamente al niño a la vida social.
     En De Mensuris, se exponen las unidades métricas de longitud y de capacidad de los antiguos. Indica que medir los áridos es difícil por su densidad variable.
     Fija la medida de la milla, del estadio, del paso y del pie español, algo menor que el romano, equivalente a un tercio de la vara de Castilla. Protesta contra la diversidad de medidas existentes y pide una unidad de valor que sirva de referencia entre las unidades de longitud, peso y volumen. De ponderibus está dedicado a examinar las antiguas unidades de peso y capacidad.
     En ambos estudios incluye un glosario con sus equivalencias y definiciones. En De numeris, habla de las denominaciones aplicadas por los clásicos a los números cardinales y ordinales, y denuncia alrededor de treinta pasajes de la Biblia, donde las cantidades referidas por la Vulgata no se corresponden con las que aparecen en los textos hebraicos.
     Los estudios astronómicos también colmaron la curiosidad de Nebrija: en su obra In cosmographia libri introductionum, trata de la redondez de la tierra y de su situación en el centro del universo; habla y admite la existencia de los antípodas; enumera los vientos y sus nombres, según los clásicos, y establece una rosa de dieciséis rumbos, conforme a los marinos; escribe que a un grado medido en el cielo corresponden quinientos estadios sobre un círculo máximo terrestre; reduce a cinco mil cuatrocientas leguas todo el ámbito del planeta; escribe que su propio pie descalzo es el verdadero pie hispano-romano, al cual deben referirse todas las medidas; indica la variable duración del día, según las latitudes, etc. El librito termina con un glosario de ochenta vocablos que usan los cosmógrafos.
     Íntimamente relacionado con este tratado está la Tabla de la diversidad de días y horas, folleto escrito en español, en el que se expone lo que se ha de entender por día y hora, la desigualdad de los días. Proporciona unas tablas para saber los días, horas y partes de hora en las ciudades, villas y lugares de España y otros de Europa, que les corresponden por sus paralelos. Explica la división sexagesimal de la circunferencia, etc.
     Como es habitual en él, define algunos vocablos que aparecen en la obra (Antonio Quilis, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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Más sobre la localidad de Lebrija (Sevilla), en ExplicArte Sevilla.

La pintura "Batalla de las dunas (Newport)", de Sebastian Vranckx, en la sala IX del Museo de Bellas Artes

    Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Batalla de las dunas (Newport)", de Sebastian Vranckx, en la sala IX del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.     
     Hoy, 2 de julio, se conmemora el aniversario de la Batalla de las Dunas (2 de julio de 1600), y que mejor día que hoy, para ExplicArte la pintura "Batalla de las dunas (Newport)", de Sebastian Vranckx, en la sala IX del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
     El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
     En la sala IX del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "Batalla de las dunas (Newport)", de Sebastian Vranckx (1573-1647), siendo un óleo sobre lienzo en estilo barroco de la escuela flamenca, pintado hacia 1620, con unas medidas de 1'25 x 1'77 m., y procedente de la donación de Dº Rafael González Abreu, en 1928.
   Presenta en primer plano el foco de atención, un violento enfrentamiento de tropas de caballería; en segundo término pelotones de lanceros se disponen a entrar en combate en las dunas. Al fondo se dibuja el mar con una flota de navíos disparando hacia la orilla.
   La mayoría de las escenas de caballerías de Vranckx datan de la segunda década del siglo XVII, cuando había superado la artificiosidad manierista en aras de composiciones de mayor naturalidad en las que el espacio se representa de forma más realista. En términos generales puede decirse que el nacimiento de las escenas de batallas como género independiente estuvo relacionado con el hecho de que la guerra y las gestas de armas fueran una realidad constante que marcó notablemente la historia común entre España y los antiguos Países Bajos en los siglos XVI y XVII. Aunque en algunas ocasiones estas escenas reflejan hechos históricos, una mayoría de ellas carecen de este contenido real.
   Esta Batalla podría pertenecer, tal y como indica Matía Díaz Padrón, a una serie importada a Andalucía desde Flandes. En ellas se narra un acontecimiento histórico relacionado con la Guerra de los Paises Bajos, la Batalla de Newport, o primera Batalla de las Dunas, que tuvo lugar el 2 de Julio de 1600 y de la que existen grabados coetáneos como el realizado por el holandés Bartolomeo Dolendo (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
   La prolífica y atractiva escuela flamenca del siglo XVII tiene en el Museo de Bellas Artes de Sevilla algunos ejemplares de notorio interés. Destacan entre ellos dos Escenas de batallas características del estilo de Sebastian Vranck, pintor nacido en Amberes en 1573 y fallecido allí en 1647. Fue este pintor el creador del prototipo de escenas de batallas en las que se describen combates entre tropas de caballería, pillajes de soldados en aldeas y asaltos a caravanas. Este tipo de pinturas es perfecto testimonio del período histórico que vivió el artista, en permanente estado de guerra en los Países Bajos (Enrique Valdivieso González, Pintura, en Museo de Bellas Artes de Sevilla, Tomo II. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Batalla de las Dunas, que protagonizan la obra reseñada;
      La batalla de Nieuwpoort o primera batalla de las Dunas entre las fuerzas de las Provincias Unidas de los Países Bajos, bajo el mando de Mauricio de Nassau, y el ejército español, al mando del archiduque Alberto de Austria, tuvo lugar el 2 de julio de 1600 cerca de la ciudad belga de Nieuwpoort. Es la primera batalla importante ganada por los holandeses en campo abierto, tras las profundas reformas a las que Mauricio sometió a su ejército.
     En esta batalla perdió la vida el soldado Rodrigo Cervantes Cortinas, hermano del célebre Miguel de Cervantes Saavedra.
     A pesar de la oposición de Mauricio, los Estados Generales le ordenaron desembarcar al ejército en territorio controlado por los españoles para destruir la ciudad de Dunkerque, principal base de los corsarios dunkerqueses al servicio de la corona española.
     El 22 de junio, las tropas de Mauricio toman tierra y al enterarse el archiduque Alberto sale de Bruselas al encuentro del ejército protestante con tres tercios, una unidad española amotinada en Diest a la que el archiduque solicita ayuda, y varias unidades valonas, italianas y alemanas. El ejército español interceptó a las fuerzas de Mauricio obligándolas a presentar batalla.
     Tras marchar más de 45 km en un día y una noche la vanguardia del ejército español, formada por los amotinados, se topa con dos mil infantes del ejército holandés y unos escuadrones de caballería enviados a su encuentro, a los que aplastan. Sin detenerse alcanzan las posiciones de Mauricio en la playa, apostado sobre unas dunas en las que dispone a su ejército.
     El archiduque Alberto decide atacar a pesar de que parte de la infantería todavía estaba en camino, del cansancio de la marcha y de tener el sol y el viento en contra que les echaba la arena en los ojos. Los españoles lanzan tres asaltos contra la línea de dunas, que solo en el último intento tienen éxito, apoderándose de una de las dunas y haciendo vacilar a todo el ejército protestante. La caballería holandesa carga contra la caballería española, dispersándola pero viéndose detenida por la infantería española. Tras reagruparse, la infantería hace otro ataque contra la siguiente duna y está a punto de tomarla, pero Mauricio lanza nuevamente los tres últimos regimientos de caballería que permanecían en reserva contra la caballería española, que vuelven a arrollar a la española y se lanzan contra la infantería. La infantería se hunde, agotada tras la marcha, los cuatro asaltos realizados en la arena de la playa y ante el contraataque simultáneo de la infantería holandesa y la caballería. El archiduque Alberto intenta evitar la derrota, pero él mismo es herido en la cabeza por un enemigo.
     A pesar de que Mauricio venció al ejército español, una proeza de la que pocos podían vanagloriarse en el siglo XVI, no pudo sacar ningún provecho de la campaña, aparte de la inyección de moral que supuso para las tropas y la población de las Provincias Unidas vencer en campo abierto a los tercios españoles. Las líneas de comunicación y aprovisionamiento de las fuerzas de las Provincias Unidas se habían estirado al máximo y Mauricio tuvo que retirarse a fines de mes. Los flamencos, a los que Mauricio esperaba incitar a la rebelión contra la corona española, permanecieron leales a ésta. El puerto de Dunkerque, que era el principal objetivo, siguió en manos españolas. Los corsarios con base en este puerto continuaron atacando las naves comerciales y pesqueras holandesas, hasta el declive de la marina española en el mar del Norte.
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Batalla de las dunas (Newport)", de Sebatian Vranckx, en la sala IX del Museo de Bellas Artes, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Sala IX del Museo de Bellas Artes, en ExplicArte Sevilla.

viernes, 1 de julio de 2022

El Cortijo Torre de la Reina, en Torre de la Reina - Guillena (Sevilla)

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el Cortijo Torre de la Reina, en Torre de la Reina - Guillena (Sevilla).
   Hoy, 1 de julio, es el aniversario (1 de julio de 1321) del fallecimiento de Doña María de Molina, reina de Castilla y León, que le da nombre al Cortijo Torre de la Reina, en Torre de la Reina - Guillena (Sevilla).
      Y que mejor día que hoy para ExplicArte el Cortijo Torre de la Reina, en Torre de la Reina - Guillena (Sevilla).
     El Cortijo Torre de la Reina, se encuentra en el Paseo de la Alameda, s/n; en Torre de la Reina - Guillena (Sevilla).
     Situado en el poblado de Torre la Reina, próximo a Guillena en la carretera de la Algaba.
     Desde el punto de vista arquitectónico, en Torre de la Reina hay dos polos de interés: en primer lugar los restos de una torre fortaleza medieval, datada en el siglo XIII y que no creemos desempeñara función alguna desde el punto de vista agrario, y en segundo lugar las unidades que componen un edificio rural con su zona residencial y agraria, hoy transformadas en un moderno establecimiento hotelero.
     La primera de ellas supera en interés a la segunda, pues constituye un importante ejemplo de arquitectura militar medieval, que ha sido relacionado con los modelos de casa fuerte del norte de la Península. Las necesidades defensivas del territorio, todavía expuesto en aquellos tiempos a posibles incursiones de musulmanes desde el norte de África, explicarían su construcción. No hay que olvidar que en el Repartimiento de Sevilla es frecuente la denominación de muchas suertes de tierra con el topónimo "torre", aludiendo a una construcción defensiva como elemento fundamental de su arquitectura. En este caso, todavía algunos destacados testimonios de su primitiva fábrica siguen en pie. Los caracteres constructivos y estilísticos del baluarte nos hacen pensar en una construcción anterior, sin duda reformada en época cristiana, pero constitutiva de los vestigios que han llegado a nuestros días. Es posible que nos hallemos ante estructuras de período almohade, como parece desprenderse de algunos detalles como el achaflanamiento de esquinas o el despiece de los arcos de ladrillo de los huecos. Están claras, sin embargo, reformas en el siglo XVI, como pueden ser el añadido de los cuerpos superiores de los torreones o la cubrición del espacio central.
     El núcleo principal consta de una casa fuerte dotada de sólidos muros de carga de mampostería, de planta rectangular. En el centro, un espacio alargado, hoy cubierto, serviría en origen de patio. En torno al mismo se suceden pequeñas cámaras cuadrangulares cubiertas por bóvedas de cañón. Al exterior se abren estrechas saeteras. En los ángulos noroeste y sureste se alzan sendos torreones, de planta cuadrada y esquinas en chaflán rematados, según hemos dicho, por cuerpos menores quizás del siglo XVI.
     Desaparecida las amenazas que aconsejaron su construcción, al tiempo que se expande el resto del caserío, la solidez de este torreón y su idoneidad para la conservación de productos agrícolas, aislados aquí de la humedad y la luz, le salvarían de la ruina.
     El resto del conjunto fue intervenido intensamente para convertirlo en instalación hotelera. Prevalecen los patios y algunos elementos identificables según sus primitivas funciones, como es el caso del señorío, abierto al este y distribuido en dos crujías con planta superior. Tras el ingreso se ubican dos patios correspondientes al sector residencial y, a un, lado la analizada casa fuerte. Al norte, en torno a otro patio alargado, se disponían almacenes, pajares y lo que parece pudo ser una cuadra. Como vestigios de las actuaciones del siglo XVI podemos señalar las arquerías de arcos rebajados enmarcados por alfices, algunos sostenidos por columnas de mármol, que vemos en dos frentes. Guardan relación con soluciones semejantes de edificios cercanos como la Huerta de Lebrena o Comendadores.
     Parece que en el lugar estuvo asentado uno de los campamentos de la retaguardia de Fernando III. La historia del Cortijo de Torre de la Reina está documentada desde tiempos de la reina María de Molina, a quien debe su nombre y a la que sabemos perteneció el donadío, probablemente heredado de su padre el infante don Alfonso de Molina, quien adquirió en el entorno distintos lotes de tierras procedentes del reparto efectuado a los conquistadores por el rey Fernando III. Una de estas adquisiciones debieron ser las tierras propias del cortijo. Figura igualmente el testimonio de la venta de las mismas por parte de la citada reina a un tal Abad de Hervás, quien a su vez las enajenó a Ruy Pérez de Alcalá. Ambas operaciones tuvieron lugar en tiempos de Fernando IV, entre 1295 y 1312. A finales del XIV, estaba ya entre las posesiones de la Casa de Ribera, siendo propiedad en 1388 de Ruy González, a partir del cual quedó vinculado a sus sucesores. Están documentadas, igualmente, autorizaciones expedidas por Juan II a Perafán de Ribera para convertir parte del donadío en dehesas.
     Desconocemos el momento en que pasa a manos del marqués de Alcañices, que más tarde aparece como su propietario. En 1822, aprovechando la coyuntura favorable del Trienio Liberal, la viuda del marqués, necesitada de liquidez, logró su desvinculación, vendiéndolo seguidamente a su administrador J. A. Díez, por 400.000 reales. Sin embargo, la restauración absolutista de Fernando VII, al año siguiente, anuló la venta, anulación que finalmente sería desestimada por el propio rey, dando por buena la operación. Fallecido el nuevo propietario en 1846, fue adquirido por su hermana, Trinidad Díez Martínez, en 800.000 reales, percibiendo para efectuar la operación un préstamo hipotecario de Ignacio Vázquez, de 384.000 reales, que al no poderse rembolsar ocasiona la adjudicación de la propiedad al prestamista, en 1849, cerrándose así un capítulo más de la expansión territorial de la familia Vázquez en el noroeste de Sevilla. Posteriormente integraría el lote que correspondió a la herencia de su hijo Juan (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
    El lugar denominado hoy Cortijo Torre de la Reina corresponde al asentamiento de retaguardia de uno de los campamentos del rey Fernando III durante la conquista de Sevilla. A finales del siglo XIII e inicios del XIV fue propiedad de la Reina Doña María de Molina, lo que dio nombre hasta la fecha a esta edificación.
     La fortaleza tiene un enorme interés por ser, además de posesión real, el único edificio rural de esta época en todo el entorno de Sevilla y es el único cortijo en toda España declarado Monumento Histórico Artístico Nacional desde 1977. Actualmente es un hotel  (Turismo de la Provincia de Sevilla).
Conozcamos mejor la Biografía de Doña María de Molina, reina, quien le diera nombre al edificio reseñado;  
    María de Molina. Señora de Molina. (?, c. 1260 – Valladolid, 1 de julio de 1321). Reina de Castilla y León y esposa de Sancho IV.
     María Alfonso de Meneses, habitualmente aludida en la historiografía como María de Molina, haciendo con ello referencia al señorío de Molina, del que fue titular, fue hija del infante Alfonso de Molina, hermano del rey Fernando III, siendo, por tanto, nieta de Alfonso IX de León y de la reina Berenguela. Su madre fue Mayor Alfonso de Meneses, tercera mujer del citado infante, hija de Alfonso Téllez de Meneses, cabeza de un poderoso linaje de gran tradición, y de María Anes de Lima. Apenas se tienen datos de su vida antes de contraer matrimonio con el rey Sancho, pareciendo situarse el transcurso de su infancia en la zona de Tierra de Campos, acaso en el entorno del monasterio de Palazuelos, especialmente vinculado a la casa de Meneses y donde estaba enterrada su madre.
     En 1270, en contra de la propia opinión del infante Sancho, se había formalizado por medio de procuradores, según el deseo de su padre, su matrimonio con Guillerma de Moncada, descrita en la cronística de la época como “rica, fea y brava”, que era hija del vizconde de Bearne, personaje de notable riqueza y de muchos contactos políticos, que se hallaba emparentado con los señores de Vizcaya. A pesar de no haberse consumado este matrimonio, no dejaba de tener efectos jurídicos y canónicos, lo que supuso un problema de notable envergadura, no exento de implicaciones políticas, cuando, probablemente en junio de 1282 se llevase a cabo el matrimonio en Toledo entre María y el infante Sancho, en pleno proceso de distanciamiento entre éste y el Rey, su padre, Alfonso X.
     Además de que la relación familiar próxima habría permitido trabar contacto entre Sancho y María mucho antes de esta boda, el hecho de que María hubiera actuado como madrina en el bautismo de una hija ilegítima que había tenido Sancho de María de Meneses de Ucera hace pensar en que tal relación hubiera sido más estrecha que la propia de la mera formalidad familiar.
     La reacción del Papa fue fulminante en contra de la legitimidad de esta boda, tanto por el matrimonio por palabras de presente preexistente, como por la propia consanguinidad de los contrayentes, por lo que desde el papado fue calificado este matrimonio como incestuoso, así como enormidad e infamia pública.
     El enfrentamiento de Sancho con su padre y la furibunda reacción de Gastón de Béarn, decidido a tomar venganza de la afrenta de Sancho, junto con la impugnación del matrimonio manifestada por el Papa, dejaron bien claro las grandes dificultades que se habrían de superar, y siempre a largo plazo, para alcanzar la legalización de este enlace que, rápidamente se vio seguido por lo que sería la guerra civil que, ya en 1284, llevaría a Sancho al trono, tras la muerte de su padre Alfonso X.
     A partir del mismo momento de la boda, María quedó incorporada al grupo de los consejeros íntimos del infante y luego rey Sancho IV, aunque ocasionalmente tuviera que superar tal presencia algunas reticencias y envidias de otros consejeros, ejerciendo un papel decisivo en algunos momentos de este reinado, agrandándose progresivamente su figura política a partir de la prematura muerte de su marido, convirtiéndose en personaje clave de la política castellana durante las tensas minorías de Fernando IV y Alfonso XI. Con motivo de las distintas ceremonias que tuvieron lugar con motivo del acceso de Sancho IV al trono, éste pareció tener especial empeño en que se pusiera de manifiesto el papel que María había de ejercer junto a él como Reina efectiva, lo que dio lugar a que, tanto en las ceremonias de entronización habidas en Ávila, como en las que tuvieron lugar en Toledo en 1284, la Reina fuera objeto de expreso acatamiento junto al Rey. Toda esta legitimación ceremonial estaba lejos de saciar plenamente la inquietud de los Monarcas con relación a la legitimación de su matrimonio, que no dejaba de representar un flanco débil de cara a la pacificación de un reino en el que, a pesar de la victoria de Sancho, eran muchos los partidarios y los aliados exteriores de unos infantes de la Cerda que siguieron reivindicando por mucho tiempo sus derechos al trono, sin dejar de exhibir, entre otras razones, la referente a la falta de legitimidad jurídica y canónica del matrimonio.
     Tras haber tenido una primera hija de nombre Isabel, el 6 de diciembre de 1285 nació en Sevilla el primer hijo varón, el futuro Fernando IV, lo que “plogóle mucho” al Rey, que se encontraba en el momento del nacimiento lejos de la Reina, en Badajoz, ordenando la realización de “grandes alegrías”. Ante la inestabilidad política que no cesaba, se aceleraron los trámites para reconocer los derechos de Fernando al trono, por lo que fue jurado heredero del reino en Zamora al mes siguiente. Allí quedó el príncipe, bajo los cuidados de Fernán Pérez Ponce, hijo de una hija natural de Alfonso IX, permaneciendo en Zamora, mientras María seguía a Sancho en los largos desplazamientos que sucedieron.
     En fechas inmediatas de aquel año de 1286 se intensificaron decididamente las negociaciones con Francia, cuya alianza parecía necesaria para Castilla a fin de asegurar su pacificación frente al partido de los infantes de la Cerda, pero, sobre todo, de cara a acercar posiciones con el pontificado para alcanzar la ansiada bula de legitimación matrimonial. Sin embargo, los resultados de estas negociaciones con relación a este punto no podían ser más negativos.
     Siendo por aquellas fechas el abad de Valladolid Gómez García de Toledo el principal privado del Rey y su agente principal en esta apertura de negociaciones con Francia, se encontró con el particular empeño del rey francés Felipe IV de anular el matrimonio con María, para dejar abierto el camino para un matrimonio con una princesa francesa, que actuase como garantía de la nueva alianza franco-castellana que se pretendía formalizar. Para tal pretensión, el monarca francés podía hacer uso de su gran ascendiente sobre el Papa. A pesar de que el abad de Valladolid conocía bien la radical oposición de Sancho a cualquier acuerdo que exigiera la anulación de su matrimonio, aceptó, tras una resistencia inicial, tal condición, actuando secretamente para llevar a buen puerto el acuerdo que había negociado sin pleno conocimiento de todos los detalles por el rey castellano. Cuando éste se encontraba en San Sebastián y el rey francés cerca de Bayona para celebrar la entrevista definitiva que hiciera efectiva la alianza, Sancho conoció la condición matrimonial pactada, lo que dio lugar a que tal entrevista entre los Monarcas ni llegase siquiera a producirse.
     Este asunto aceleró la caída política de este privado real, cuyos días en la Corte terminaron tras una pesquisa en la que se concluyó que había tomado una importante cantidad de dinero del Rey bajo el móvil de utilizarlo en la Corte pontificia para la dispensa matrimonial. Tal como se ve, este problema de la dispensa matrimonial actuó como asunto políticamente determinante de múltiples circunstancias políticas, entre ellas la caída del primer privado del Rey Bravo.
     Tras la desaparición de la Corte regia del abad de Valladolid, fue ganando influencia en sobre el Monarca Lope Díaz de Haro, casado, precisamente, con una hermana de la reina María, Juana. Sin embargo, la privanza del señor de Vizcaya Lope Díaz de Haro representó uno de los momentos más delicados del reinado de Sancho IV para María de Molina, dada la enemistad que mantenía con Lope, que hizo todas las tentativas posibles para fomentar el alejamiento entre el Rey y la Reina, puesto que Lope siempre se había mostrado partidario de la ruptura matrimonial para favorecer el cumplimiento del compromiso del Rey con Guillerma de Moncada. Las disensiones con Sancho IV llevaron al famoso incidente de Alfaro, en 1288, en donde, tras la muerte de Lope y de Diego López de Campos, la intervención personal de la Reina salvó la vida del infante Juan, hermano del Rey, cuando éste se disponía a darle muerte.
     Desde que en 1288 ocupó la cátedra de San Pedro, el Papa, de procedencia franciscana, Nicolás IV, parecieron abrirse nuevas expectativas en el camino de la legitimación matrimonial, pues pronto se dieron signos de entendimiento entre el Pontífice y el Monarca castellano. Por ello, en 1289, se envió una embajada de la Corte castellana al Papa, en la que tuvo presencia como asunto de carácter preferente el referido a la dispensa matrimonial. El 4 de noviembre de 1289 el Papa comunicaba al Rey la imposibilidad de acceder a dicha dispensa, por la multiplicidad de razones canónicas que concurrían en el caso; sin embargo, no se cerraba la puerta a una reconsideración posterior, todo ello bajo un tono que evidenciaba los deseos pontificios de mantener buenas relaciones con la Monarquía castellana. Mediante la bula Proposita nobis, de 25 de marzo de 1292, poco antes de la muerte del mencionado Nicolás IV, Sancho y María pudieron avalar la plena legitimidad de su matrimonio gracias a esta bula de dispensa matrimonial. Sin embargo, cinco años más tarde, siendo ya papa Bonifacio VIII, se supo que, en realidad, se trataba de una falsificación.
     Pero mientras tanto, este texto falsificado permitió acallar durante el resto del reinado a esa fuente de inquietud política que había sido el matrimonio ilegítimo.
     Desde 1291, la participación directa de la Reina en los asuntos políticos de la Corte colaborando con su marido se hizo especialmente intensa. Dentro de esta actividad de colaboración, marcó un hito especialmente importante la intervención personal de la Reina en la preparación de la campaña para la conquista de Tarifa en 1292. Tras haberse trasladado la Reina a fines de mayo de este año a Sevilla, donde nació en los días siguientes el infante Felipe, se implicó de lleno en todas las actividades relacionadas con la organización y la intendencia de la campaña contra los meriníes, participación que se hizo aún más intensa cuando el Rey estaba presente sobre Tarifa, y Sevilla se convirtió durante todo el verano en la base de aprovisionamiento del ejército bajo la batuta de María, hasta que llegó la noticia en septiembre de la toma de la plaza.
     Fue a partir de 1293 cuando cabe referirse con propiedad a María de Molina por ser entonces cuando recibió dicho señorío. Tras la muerte de Isabel, esposa de Juan Núñez el Mozo e hija de Blanca, hermanastra de María, Sancho consiguió de ésta la promesa de recibir el señorío de Molina, lo que quedó reflejado en su testamento, dado el 10 de mayo de 1293. A la muerte de Blanca, aquel mismo mes de mayo, el Rey transfirió dicho señorío a María, que tomó posesión inmediatamente de dicho señorío que incluía la villa y alcázar de Molina, en los confines de la frontera de Castilla con el reino de Aragón.
     En 1294 la salud del Rey se iba deteriorando rápidamente, siendo consciente de que no le podía quedar mucho de vida. Durante los meses finales del reinado el protagonismo de la Reina en la Corte se hizo cada vez más intenso. No es por ello de extrañar que fuera la propia Reina la que, en ausencia del Rey, recibiera el proyecto de Juan Mathe de Luna de preparar una próxima campaña que, mediante la toma de Algeciras, asegurase plenamente la reciente conquista de Tarifa y garantizase definitivamente el control del estrecho de Gibraltar por los castellanos. En los comienzos de 1295 la Corte se encontraba en Alcalá de Henares, habiendo de ser su último itinerario el que va de Alcalá a Guadalajara, luego a Madrid, donde residió algunos días junto a los dominicos de Santo Domingo el Real, y, finalmente, a Toledo, en cuya catedral el Rey tenía previsto que se ubicase su sepultura.
     Ante el importante agravamiento del estado del Rey durante su estancia en Alcalá de Henares, éste dictó su testamento en presencia de toda la Corte, con el arzobispo de Toledo al frente. En él se encargaba a María la tutoría del futuro Rey, todavía niño, lo que la situaba en la primera escena política, posición que, con breves intervalos, hubo de mantener hasta los momentos finales de su vida.
     La situación a la que había de hacer frente María tras la muerte de su marido no podía ser más delicada.
     Debía tutelar a su hijo, de sólo nueve años, tratando de garantizarle el trono, en un contexto que parecía de lo más propicio para que los partidarios de los de la Cerda reivindicasen sus derechos al trono con el apoyo de un importante conjunto de la nobleza castellana y con unas ciudades que acaban de tomar una opción política definida y coordinada. Mientras tanto, la falta de legalización del enlace matrimonial con Sancho seguía utilizándose para restar legitimidad a Fernando para convertirse en efectivo sucesor de su padre. Buena conocedora de la naturaleza levantisca y conspiratoria de algunos de los grandes nobles del reino, María apostó decididamente desde los mismos comienzos del reinado por atraerse el apoyo de los concejos, lo que fundamentaba medidas como la confirmación de los fueros y privilegios concejiles y la supresión de la sisa, que se encontraron entre las primeras tomadas en los comienzos de su tutoría, a la vez que tomaba la iniciativa de convocar las Cortes, que tuvieron lugar en el mismo año de 1295 en Valladolid.
     Pero el apoyo de las ciudades no era por sí mismo suficiente, por lo que tuvo que llevar a cabo negociaciones con algunos de los personajes más influyentes de la nobleza. Así, por ejemplo, se recabó el apoyo de Diego López de Haro, Juan Núñez de Lara y Nuño González, que prestaron homenaje a Fernando en Valladolid, aunque para ello exigieron el pago de 300.000 maravedís, lo que da idea de la inestabilidad de la alianza. Ante la declaración de guerra de Portugal, María promueve la negociación con el rey portugués Dionís, lo que acabó originando el acuerdo de matrimonio entre Constanza de Portugal y Fernando, pero sin que Dionís dejase de pactar con los enemigos de su futuro yerno. Alfonso de la Cerda obtuvo la alianza de Jaime II de Aragón, que se aprestó a la guerra con Castilla, tras haber rechazado el matrimonio ofrecido todavía en vida de Sancho, con su hija la infanta Isabel. Para tratar de evitar este enfrentamiento con Aragón se propuso, por el infante Enrique, la opción de que la Reina casase con el infante Pedro de Aragón, lo que ella rechazó radicalmente.
     Por su parte, Felipe IV de Francia también hizo declaración formal de guerra contra Castilla.
     Hasta que tuvo lugar el reconocimiento de la mayoría de edad de Fernando, María debió hacer frente a una situación de casi continuada confrontación bélica con todos los partidarios de impedir la llegada de su hijo al trono. El compromiso de Jaime II de Aragón con Alfonso de la Cerda condujo a una larga guerra, cuyo desarrollo se concentró en buena parte en el territorio murciano. Por otra parte, el infante Juan, el mismo que había salvado la vida en Alfaro gracias a la intervención intercesora de María, se presentó como uno de los rivales más peligrosos a los que debía hacer frente para conservar el trono de su hijo, pues se aprestó a combatirles con el apoyo de un ejército granadino, proclamándose en 1296 en León, rey de León, Galicia y Sevilla, mientras que Alfonso de la Cerda se proclamó en Sahagún rey de Castilla, Toledo, Córdoba, Murcia y Jaén.
     En septiembre de 1297 se alcanzó en las vistas de Alcañices el acuerdo matrimonial definitivo por el que se habían de unir Fernando IV y Constanza de Portugal, para cuya consecución Dionís exigió algunas concesiones territoriales castellanas. El importante acuerdo firmado el 5 de septiembre de 1297 suponía la aceptación de los siguientes puntos: confirmación del compromiso entre Constanza y Fernando, así como de la hermana de éste, Beatriz, con el príncipe heredero de Portugal, Alfonso, entrega por Castilla de un apreciable número de villas y fortalezas fronterizas, recibiendo a cambio las de Aracena y Aroche.
     También se acordaba un compromiso de carácter eclesiástico, por el que se establecía un convenio de mutuo apoyo entre las Iglesias de Castilla y Portugal para la defensa de sus derechos y libertades.
     Con las Cortes convocadas por María en Valladolid en 1298, a la vez que se trató de hacer frente a los múltiples problemas del reino, se volvió a dar evidencias de que la Reina tutora basaba la mayor parte de su fuerza y de su capacidad para resistir a sus distintos oponentes en el respaldo que recibía de las fuerzas concejiles y de sus activas hermandades, volviendo a convocar Cortes en 1299 para atender a las demandas de los concejos y conseguir el apoyo de éstos para el siempre necesario pago de soldadas.
     En el año 1300 se consiguió la reconciliación con el infante Juan, que se formalizó en Valladolid el 26 de junio de dicho año. De este modo, parecía plantearse el contexto más favorable desde la muerte de Sancho IV en el proceloso camino hacia el trono de su hijo Fernando, estando más reforzada que nunca la posición como tutora de su madre. En consecuencia, quedaba circunscrita la situación más conflictiva a la guerra con Aragón, en su apoyo a Alfonso de la Cerda, lo que suponía la presencia del ejército aragonés en Murcia, lo que situaba de hecho al reino de Murcia en buena parte bajo el control aragonés, lo que se aseguró aún más mediante la alianza entre Jaime II y el rey granadino Muhammad II. A pesar del empeño de la Reina tutora en romper con el dominio aragonés en Murcia, las huestes enviadas fracasaron en su intento de expulsar a los aragoneses, cuya posición se hizo especialmente sólida tras la alianza con los musulmanes granadinos. Tal situación tuvo continuidad hasta que se alcanzó el tratado de Torrellas, ya en 1304.
     Las nuevas Cortes convocadas en Burgos y Zamora en 1301 daban testimonio de las continuas necesidades financieras de la Reina que, además, volvía a preocuparse por el problema de la legitimación de su matrimonio, pensando ahora en lo que pudiera afectar su falta a la propia legitimación de su hijo Fernando en el momento de acceder al trono. Tras recabar la necesaria ayuda económica de las Cortes, la Reina demandó la legitimación pontificia después de que Bonifacio VIII hubiera declarado el 21 de marzo de 1297 el carácter de falsificación de la supuesta dispensa obtenida de Nicolás IV ya antes aludida. Con fecha de 6 de septiembre de 1301 fue concedida la bula mediante la que Bonifacio VIII legitimó la descendencia habida del matrimonio entre Sancho IV y María de Molina, a la vez que en otra bula, dada diez días más tarde, el Papa manifestaba su voluntad de mediar en la reconciliación entre Fernando y Alfonso de la Cerda, nombrando como mediadores al obispo de Sigüenza y al arzobispo de Toledo. Todo ello llegaba justo a tiempo, cuando la terminación de la tutoría era inminente ante el reconocimiento de la mayoría de edad del Rey. Así se daba todo un signo de cómo también el episcopado castellano había sido un sostén particularmente importante en la compleja tutoría conducida por María, adquiriendo en ello especial relieve el arzobispo de Toledo Gonzalo Díaz Palomeque, que pareció actuar como el personaje decisivo a la hora de obtener la ansiada bula de legitimación que durante tantos años había representado para María una auténtica obsesión vital.
     El 6 de diciembre de 1301 Fernando IV, cumplidos los dieciséis años, era proclamado mayor de edad.
     Por entonces, María pactó desde Vitoria una alianza con Francia, cerrando un antiguo frente de conflicto.
     Mientras, los nobles más prominentes se aprestaron a tomar posiciones en la Corte, influyendo sobre el nuevo Rey para propiciar el apartamiento de su madre, a la que se le tomaron cuentas de su período como tutora y se le obligó a entregar las joyas recibidas de su marido, mostrando Fernando, al acceder a estas exigencias de los nobles, una evidente debilidad de carácter a la vez que una total falta de agradecimiento hacia los que habían sido los enormes esfuerzos de su madre por conservarle el trono en situación tan compleja como la que había tenido que afrontar durante el transcurso de la minoría. En este nuevo contexto que se abría con el reinado de Fernando IV, fueron los más favorecidos Juan Núñez y el infante Juan, mientras que el infante Enrique encabezó una rebelión a la que trataba de incorporar a María, a la vez que los concejos recelaron pronto del nuevo Monarca. Sin embargo, el papel de ésta fue de extraordinaria abnegación y generosidad, a la vez que de notable altura política, al actuar como mediadora y pacificadora entre todos los intereses, propiciando la celebración de las Cortes de Medina del Campo, como instrumento de concordia en tan complejo inicio de reinado. La mediación de la Reina madre tuvo que seguir siendo especialmente necesaria hasta bien avanzado el año 1304, actuando como nexo clave de negociación entre Castilla, Aragón y Portugal y los diversos intereses de los principales grupos nobiliarios y de las hermandades concejiles.
     Con el comienzo de 1308, la salud de María se quebró de tal modo que estuvo varios días entre la vida y la muerte, temiéndose que no superase la enfermedad, por lo que, en cuanto experimentó la más ligera mejoría, dio testamento, en el que tomó numerosas disposiciones de carácter tanto espiritual como material, designando como testamentarios a algunos de sus amigos y colaboradores de toda la vida: María Fernández Coronel y Nuño Pérez de Monroy, arcediano de Campos y abad de Santander, que actuaba como su canciller.
     Sin embargo, superó la enfermedad, teniendo, en cambio, que hacer frente a la muerte de su propio hijo, el Rey, que tuvo lugar el 7 de septiembre de 1312, y también falleció, poco más de un año después, el 18 de noviembre de 1313, su nuera, la reina Constanza.
     Entre uno y otro deceso, el problema de la tutoría se planteó de nuevo, como sucediera a la muerte de Sancho IV, con toda su crudeza, dando lugar a nuevas divisiones nobiliarias y a una necesaria toma de posición de los concejos. Además de María de Molina y de la madre del Rey, Constanza, hasta el momento de su prematura muerte, fueron personajes decisivos en este contexto el infante Juan, don Juan Manuel, Juan Núñez de Lara y el propio hijo de Sancho IV y María, el infante Pedro, que, en general, se situó bastante próximo a la posición de su madre frente al resto de los personajes. En cualquier caso, el afán de María era intentar actuar como pacificadora de uno más de los muchos contextos de anarquía y de conspiración nobiliaria a los que hubo de hacer frente a lo largo de su vida.
     Eran las Cortes las que debían resolver, siguiendo el criterio de las Siete Partidas, la lucha por la tutoría, buscando una fórmula, con uno, con tres o con cinco tutores, que permitiese desbloquear la situación.
     Para ello se reunieron las Cortes en Palencia en abril de 1313. Sin embargo, el resultado fue la división.
     Mientras, los concejos de Castilla, León, Galicia y Asturias favorecían la opción encabezada por el infante Juan; Toledo y Andalucía, se mostraron proclives al infante Pedro y a María. La inesperada muerte de la reina Constanza, cuya posición aportaba buena parte de la legitimidad con la que contaban los partidarios del infante Juan, obligó a nuevas negociaciones, cuando todo parecía abocado a la confrontación directa. El resultado de estas negociaciones fue el convenio de Palazuelos, en agosto de 1314, cuyo resultado fue bastante limitado a la hora de propiciar la concordia entre todos los personajes en liza citados, pero que, al menos, definía claramente la función de tutor a favor de los infantes Pedro, Juan y la propia María, a la que se le daba especial reconocimiento con respecto al cuidado personal de su nieto, por lo que en septiembre se hizo entrega por el obispo de Ávila, que lo tenía bajo su cuidado, de la persona del rey Alfonso a su abuela María, que se estableció con su nieto en Toro.
     La situación, en cualquier caso, siguió resultando lo bastante inquietante para el conjunto del reino como para que las Cortes reunidas en Burgos en 1315 dieran lugar a la constitución de una hermandad formada por noventa y seis villas y ciento nueve hidalgos, a fin de ponerse a salvo de posibles excesos de los tutores, estableciendo múltiples cautelas con respecto a las iniciativas de éstos, algunas de las cuales serían replanteadas en las Cortes de Carrión de 1317, en las que se haría especial alusión al cuidado de la persona del Rey, tratando de garantizar la presencia junto al Rey de representantes de las ciudades y de los hidalgos, lo que venía a restringir o, al menos, a fiscalizar la función de María respecto a la educación y cuidado de Alfonso.
     La figura de María de Molina se agrandó, tomando nueva importancia, como consecuencia de la muerte de los infantes Pedro y Juan en plena campaña contra los moros de Granada en el verano de 1319. De nuevo la sombra amenazante de la anarquía se proyectaba sobre todo el reino castellano-leonés, tomando primera posición en la escena política el hijo del infante Juan, Juan el Tuerto, don Juan Manuel, y el hermano de Pedro e hijo de María y Sancho IV, Felipe, debiendo actuar una vez más María como instancia apaciguadora de las ambiciones desatadas de estos personajes. A pesar de su mediación, la lucha por la tutoría se planteó rápidamente, pues el nombramiento inicial como tutores de don Juan Manuel y Felipe, previamente enfrentados entre sí por este mismo asunto, no es aceptado por Juan el Tuerto. Las distintas mediaciones de María con unos y con otros fracasaron, teniendo lugar en la primavera de 1320 distintos enfrentamientos entre los partidarios de los tres aspirantes al control del reino que, a su vez, trazaron sus propias alianzas dentro y fuera del reino.
     En aquel contexto caótico, sólo María fue reconocida por todos como tutora legítima. Viendo que la situación se hacía incontrolable por momentos, recurrió a la mediación pontificia, a la vez que convocó Cortes. María recibió en Valladolid al enviado pontificio, el cardenal de Santa Sabina, a principios de 1321, poniéndole al corriente de la situación. Para entonces, la salud de la Reina tutora estaba completamente quebrada, languideciendo rápidamente en los meses siguientes, por lo que dio testamento el 29 de junio de 1321, ante el escribano de Valladolid Pedro Sánchez, reiterando muchas de las mandas piadosas establecidas en su testamento de 1308. Falleció el 1 de julio. Por entonces, su nieto, el futuro Alfonso XI contaba con diez años. Fue enterrada, de acuerdo con sus designios, en Santa María la Real, también conocido como Las Huelgas de Valladolid, monasterio cisterciense que había fundado ella misma. Había tenido del rey Sancho IV siete hijos, Isabel, Fernando IV y los infantes Alfonso (muerto a los cinco años), Enrique (muerto a los once años), Pedro, Felipe y Beatriz, y había reinado tres veces, como Reina consorte, como Reina-madre tutora y como Reina-abuela tutora, actuando como personaje político clave en la historia de Castila y León entre los años 1284 y 1321, caracterizado por su tendencia a la mediación y al acuerdo en los contextos de mayor confrontación (José Manuel Nieto Soria, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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Un paseo por la calle Méndez Núñez

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     Hoy, 1 de julio es el aniversario del nacimiento (1 de julio de 1824) de Casto Méndez Núñez, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la calle Méndez Núñez, de Sevilla, dando un paseo por ella.
      La calle Méndez Núñez es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo; y va de la confluencia de la calle San Pablo con la plaza de la Magdalena, a la confluencia de la calle Bilbao, con la plaza Nueva.
     La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta, constituida por bloques exentos, la calle, como ámbito lineal de relación, se pierde, y el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. 
     También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     La vía, en este caso una calle, está dedicada al almirante de la Armada española, Casto Méndez Núñez.
     La primera referencia a este espacio se encuentra en un documento municipal de 1499 como la "calle que viene de la Madalena" a la de Catalanes (actuales Albareda y Carlos Cañal). Santiago Montoto cree que se trata de la que en un padrón de pecheros de 1533 se llama Gelves, por estar allí la casa­ palacio de esta familia noble. Otros documentos de fines del XVI y principios del XVII siguen recogiéndolo sin nombre específico como la "calle que está enfrente de la Madalena" y expresiones similares, a cuenta de derribos de casas para ensanche junto a la "plazuela de don Jorge de Portugal". El hecho de que la familia noble de ese apellido tuviese allí su casa-palacio explica que, al parecer, la calle se llamase durante algún tiempo de los Portugales, dato que, sin embargo, no está contrastado documentalmente. También se conocía con el nombre de Diego de Portugal. En el s. XVIII (plano de Olavide, 1771) se llamaba Mastrucio, en honor del médico sevillano del mismo nom­bre, y al menos desde 1832 está documenta­da en la guía de Herrera Dávila como la calle del Naranjo (con una plazuela del mis­mo título), cuya razón se desconoce. Así se llamó hasta 1868, en que se rotuló con el nombre actual en recuerdo del marino y héroe de la batalla del Callao Casto Méndez Núñez (1824-1869).
     La calle está compuesta por dos tramos rectilíneos que en su intersección forman una ligera curvatura, a la altura del cruce con Albareda y Carlos Cañal. Desembocan en ella, por la derecha, Moratín, Otumba y Carlos Cañal, y por la izquierda Muñoz Olivé, Rosario y Albareda. Su rectitud actual contrasta con el sinuoso trazado que mues­tra en la planimetría de los siglos XVIII y XIX, pues en el pasado era más estrecha y accidentada, como lo prueba el hecho de que en 1589 el municipio comprara algunas casas para ensancharla. Pero fue a mediados del XIX cuando más se alteró su tradicional fisonomía: primero prolongándola hasta la plaza Nueva, con motivo del trazado de és­ta subsiguiente al derribo del convento de San Francisco, pues hasta entonces la actual Méndez Núñez concluía en el cruce de Albareda y Carlos Cañal; y después ensanchándola, tras el derribo de varias casas. Las primeras noticias de su pavimento se remontan a 1499, en que se manda solar de ladrillo. En 1858 se adoquina por primera vez. Hoy está asfaltada, con aceras de losetas, y se ilumina con brazos metálicos de trazado moderno adosados a las fachadas.
     Al igual que otras muchas calles de la misma zona urbana, Méndez Núñez ha visto muy alterado su caserío tradicional en los años 60 de nuestro siglo, como consecuencia del desarrollo comercial. Y aunque perduran algunas casas de principios de siglo, con patio, cancela y bellos cierres a la calle, la mayor parte de sus edificios son ya de nuestro tiempo. Buena parte de la acera de la derecha, en el tramo inicial de la vía, está ocupada por Galerías Preciados (actualmente El Corte Inglés), construida sobre la que fuera casa-palacio de los con­des de Gelves, cuyo primer representante fue don Jorge de Portugal. En el s. XIX se instaló allí la llamada Fonda de Madrid, denominada más tarde Hotel de Madrid, uno de los más lujosos de la ciudad. En él se alojaron importantes personalidades y se celebraron notables acontecimientos, entre ellos el homenaje a Menéndez Pelayo de los bibliófilos sevillanos. Fue derribado en los años 60, en que aún conservaba un hermoso patio de columnas y galerías de arcadas, una suntuosa escalera y un herraje riquísimo, además de una interesante azulejería. Méndez Núñez es hoy una calle de carácter comercial y de negocios (grandes almacenes, pequeños comercios. oficinas, bancos y algún establecimiento hotelero de los numerosos que en el pasado tuvo, etc.). Soporta un intenso tráfico rodado, que la hace incómoda y agobiante para los transeúntes. Tiene asimismo mucho movimiento peatonal [Rogelio Reyes Cano, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Méndez Núñez, 2. En este solar estuvo situado el Palacio de los condes de Gelves, cuya construcción primitiva databa del siglo XVI. A comienzos del siglo XX su entonces propietario, don Alberto González Abreu, realizó en él importantes obras y fue convertido en hotel hasta su reciente demolición [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
Conozcamos mejor la Biografía de Casto Méndez Núñez, a quien está dedicada esta vía;
     Casto Méndez Núñez, (Vigo, Pontevedra, 1 de julio de 1824 – Pontevedra, 21 de agosto de 1869). Almirante de la Armada española.
     El mayor de ocho hermanos, cinco hembras y tres varones, de una familia gallega que, por parte materna había dado muchos ilustres hombres a la patria.
     Su abuelo Francisco Javier de Núñez murió gloriosamente al mando de la columna de granaderos de Galicia, en la batalla de Alba de Tormes, en la Guerra de la Independencia, y sus tíos Joaquín y Antonio Núñez, brigadier el primero y capitán de fragata el segundo, eran nobles ejemplos para su sobrino. Es natural, por tanto, que se mantuviese la tradición de la pequeña nobleza de los “hijosdalgo” por la que el hijo mayor tenía, casi, la obligación de tomar los clericales hábitos o vestir el uniforme militar. Su padre fue el leonés, de Villafranca del Bierzo, José Méndez Guadarrama, administrador de Correos, y su madre Tomasa Núñez Fernández, mujer de ferviente patriotismo y devota religiosidad, heredera del ancestral Pazo do Con.
     Casto fue un niño tímido y reservado, en opinión de sus amigos, pero su madre supo inculcarle los valores que le llevarían a escoger la milicia como profesión.
     Tal era el carácter de su madre que, transcurrido el tiempo, en los momentos más difíciles para el ya brigadier, que con la gran soledad del mando y ante la responsabilidad de tomar la decisión de bombardear Callao, recibió una carta en la que su madre le decía: “Cumple con tu deber, hijo mío, antes prefiero verte muerto que cobarde. Tu madre queda en este mundo para pedir a Dios por ti”.
     A los diez años marchó a Vigo con el objeto de comenzar sus estudios preparatorios para su posterior ingreso en la Escuela de Guardias Marinas, destacando en su educación su natural inclinación por las disciplinas de Náutica, Matemática e idioma Francés.
     Se cuenta de la época de su estancia en Vigo, que “con trece años, un día paseando por la playa del Arenal vio cómo dos niños que, faltos de fuerza o pericia en el baño, estaban en inminente riesgo de ahogarse, no dudó en tirarse al agua y rescatarlos, tal hecho hizo que un capitán mercante que con su bote acudía con igual intención, al ver tal hazaña le preguntase, una vez en tierra, cómo se llamaba y al escuchar sus nombres le dijese ¡Tú serás un gran hombre!”.
     El 1 de marzo de 1840 se le concedió carta-orden de guardia marina, tres días más tarde pasó a las órdenes del comandante del arsenal de El Ferrol, el 30 de julio embarcó en la fragata Esperanza y el 4 de septiembre pasó al bergantín Nervión. A bordo de este bergantín, en 1842 hizo un viaje a Fernando Poo en el que consiguió su primera condecoración, la Cruz de Fernando Poo. Al regreso de Guinea continuó su período de formación. Una vez lo hubo completado, y después de un pequeño contencioso para fijar el tiempo de embarque, se le citó para su preceptivo examen para la obtención del grado de alférez de navío, examen que se celebró en San Carlos el 22 de junio de 1846. Superada la prueba ascendió a alférez de navío por Real Orden de 11 de junio de 1846.
     Embarcó en el bergantín Volador, en el que se encargó de la instrucción de los guardias marinas. A bordo del Volador llegó por primera vez a América por la ciudad de Montevideo y más tarde a la estación naval del Río de la Plata. Allí fue testigo de las cruentas hostilidades entre Argentina y Uruguay. Junto con el resto de la escuadra de dicho apostadero le tocó participar en la defensa de los intereses de la colonia española, intentando, por otro lado, mantener la neutralidad con ambos bandos. En Montevideo puso por primera vez a prueba su arrojo cuando unos españoles que huían de los agentes territoriales uruguayos intentaron refugiarse en el Volador a bordo de una falúa del mismo, pero fueron interceptados por los perseguidores; Méndez Núñez se interpuso y, sacando su espada, les dijo: “El primero que se atreva a poner la mano en un español caerá atravesado por mi espada”.
     Ante tal actitud, cejó el acoso a los españoles.
     Regresó a España en 1848 y participó en la expedición enviada a Italia en apoyo de Pío IX. Fue ascendido a teniente de navío en 1850, y en este empleo mandó la corbeta Cruz, el vapor Narváez y la fragata Berenguela.
     En 1856 fue destinado al Ministerio de Marina, como auxiliar de secretaría, y al año siguiente (1857), al mando de la corbeta Narváez, se le destinó a Filipinas.
     Llegó a Manila el 26 de junio y al mes siguiente tomó el mando del vapor Jorge Juan. En el año 1861 recibió el grado de capitán de fragata y el mando de la fragata Constancia, buque insignia de las unidades dedicadas a combatir a los piratas.
     Los piratas de Joló y Mindanao, mahometanos malayos de legendaria ferocidad, no cejaban en sus hostigamientos continuos a los intereses españoles, lo que obligó a Méndez Núñez, como comandante jefe de la división, a tomar la decisión de acabar con su principal reducto, Palagulan, una fortaleza perfectamente artillada y con buenas defensas. Para esta arriesgada misión Méndez Núñez contó con la colaboración de Malcampo, Cervera y Montojo, además del jefe militar de Mindanao, coronel Ferrater. Tras larga, enconada y heroica batalla, ésta quedó saldada del lado español. El Gobierno se hizo eco de tan incomparable hazaña y ascendió a todos los mandos, y entre ellos a Méndez Núñez, a sus inmediatos empleos por méritos de guerra.
     Ascendido a capitán de navío (1862), regresó a España.
     Tras cuatro meses de licencia pedidos con el objeto de poder visitar a sus ancianos padres, tomó el mando, en Cádiz, del vapor de ruedas Isabel II. El 14 de noviembre partió para La Habana, adonde llegó el 8 de diciembre. El 23 de mayo de 1863 estalló una revolución en Venezuela, y Méndez Núñez recibió la orden del jefe del apostadero de La Habana de dirigirse a La Guayra. Ya en este puerto desarrolló una intensa labor en el apoyo y defensa de Puerto Cabello y Puerto Plata contra los rebeldes, así como las mediaciones entre los encargados de Negocios de España e Inglaterra y el mariscal venezolano Páez, con el propósito de conseguir la pacificación del país.
     De regreso a La Habana, pasó a mandar la fragata Princesa de Asturias (22 de enero de 1864), con la que intervino en el bloqueo de Manzanillo y de Monte Christi, hasta abril de ese mismo año.
     Regresó a la Península y pasó destinado al departamento de personal del Ministerio de Marina, donde recibió la orden de modernizar y poner al día los reglamentos.
     En diciembre de 1864, no siendo el capitán de navío más antiguo y sí uno de los más jóvenes, tal era su reputación de marino hábil y experto que el Almirantazgo decidió concederle el mando de la fragata blindada Numancia, el buque más polémico por cuanto sus consideraciones tácticas y técnicas, así como su capacidad de grandes navegaciones con sus características de blindaje, estaban muy en entredicho. Ante este nuevo reto, Méndez Núñez se centró en escoger su dotación y entre ella, como segundo comandante, eligió al capitán de fragata Juan Bautista Antequera. Terminadas todas las pruebas previas, el buque se prestó para realizar la navegación más larga y peligrosa emprendida hasta entonces por un barco de su clase, calado y dimensiones. El viaje se realizó con entera facilidad.
     La Numancia se dirigió al Pacífico, atravesando el estrecho de Magallanes, para reunirse con el resto de la escuadra mandada por el general Pareja.
     Se estaban produciendo en las antiguas colonias españolas de América graves acontecimientos diplomáticos, por la mala gestión del enviado del Gobierno, Eusebio de Salazar y Mazarredo, quien lejos de cumplir las órdenes recibidas de intentar mantener la paz por todos los medios a su alcance, decidió, por motivos poco claros, ordenar a los mandos de la fuerza allí destacada tomar las islas Chinchas, lo que desató las hostilidades de Perú contra los españoles. Aliados Chile y Perú para defender sus intereses contra lo que ellos consideraban injerencia española, Chile decidió no suministrar carbón ni víveres a los buques españoles.
     Ante esta grave crisis hispano-peruano-chilena, el Gobierno español, presidido por O’Donnell, se inclinó por una política de fuerza, destacando al Pacífico una fuerza naval, al mando del general Pareja, formada por las fragatas Numancia, Villa de Madrid, Almansa, Resolución, Berenguela y Blanca, más la goleta Vencedora. El mando de la Numancia lo ostentó el capitán de navío Méndez Núñez.
     En 1865, ante tal fuerza naval, el presidente peruano Pezet se avino a negociar con España, firmando el Tratado Pareja-Vivanco, que fue mal acogido por el pueblo peruano.
     Una acción de guerra en la que la goleta española Covadonga fue apresada por la chilena Esmeralda dio lugar a que el general Pareja, en una interpretación excesiva del honor patrio, se suicidase, lo que motivó que recayese el mando de la escuadra (1866) en el ya brigadier (1865) Méndez Núñez, que izó su insignia en la fragata Villa de Madrid.
     Al mando de esta escuadra contó Méndez Núñez con la colaboración de Malcampo, Cervera, Lobo, Montojo, Antequera, Sánchez Barcaíztegui, Valcárcel y Alvargonzález. Continuaron las acciones de guerra, de las que destacó la batalla entre parte de la escuadra española del Pacífico contra las combinadas de Chile y Perú en el canal de Abtao (7 de febrero de 1866), en la que quedaron derrotadas las fuerzas chilenas.
     Méndez Núñez calificó la acción de sus colaboradores como una “operación militar y marinera superior a todo encomio”.
     Posteriormente, y dentro de la política de agresividad impulsada por el Gobierno, Méndez Núñez recibió la orden de bombardear Valparaíso (Chile), el 31 de marzo de 1866, orden que no gustó ni a él ni a los jefes de la escuadra, por tratarse de una plaza indefensa.
     Méndez Núñez se encontró con la interposición de dos escuadras, la inglesa al mando de lord Denman y la de Estados Unidos al mando del comodoro Rodgers, y ambas se resistían a permitir el bombardeo de Valparaíso. Reunido Méndez Núñez con ambos mandos, les expuso: “Excmos. Sres.: Cualquiera que fuese la resolución de sus Representantes y la consiguiente actitud que tomasen las respectivas fuerzas navales de su mando, este obstáculo, por sensible y poderoso que sea, no podía arredrarme ni había de detenerme en la ejecución de las órdenes claras y terminantes de mi Gobierno. El Gobierno y el país entero prefieren honra sin barcos, á barcos sin honra”.
     El 31 de marzo, sábado santo, se consumó el bombardeo de Valparaíso, sin que las escuadras inglesa y norteamericana interviniesen. El sufrimiento por tal acción de los jefes españoles fue tal, que el mayor general de la escuadra, Miguel Lobo, escribía a su esposa manifestando: “Te aseguro que he pasado un rato desagradabilísimo por ser cosa en extremo bárbara y bien en contra de mis ideas. Yo me alegraré no volver a presenciar semejante acto; siento en el alma que los cañones hayan resonado para verificarlo. Méndez Núñez y todos han sufrido en aquellos momentos [...] Era una vista terrible”.
     El 14 de abril zarpó la escuadra española, seguida de la inglesa y la norteamericana a distancia, hacia Callao. Éste era un puerto defendido por una extraordinaria fortaleza dotada de cañones de gran calibre.
     El día 2 de mayo de 1866, a las doce de la mañana, comenzó el ataque, finalizando a las cinco de la tarde.
     Durante el intenso cañoneo entre las distintas unidades y las fortificaciones peruanas, murió el ministro de la Guerra del Perú y fue herido el jefe de la escuadra española, brigadier Méndez Núñez, quien hubo de dejar el mando al comandante de la Berenguela, el capitán de navío Manuel de la Pezuela. Las bajas en la escuadra española fueron de 43 muertos, 83 heridos y gran número de contusionados. Se desconocen las bajas por parte peruana, aparte de la ya mencionada del ministro de la Guerra.
     El 10 de mayo, cumpliendo las órdenes del Gobierno, entregadas a Méndez Núñez por el alférez de navío Álvarez de Toledo, dio la orden de regreso a España.
     Para ello dividió la escuadra en dos: una, en la que viajaba él, remontaría el cabo de Hornos, y la otra se dirigiría a Filipinas.
     Ascendido a jefe de escuadra en junio de 1866, fue propuesto para su ascenso a teniente general, propuesta que rehusó con el siguiente comunicado: “Ruego al gobierno considere que apenas hace siete años me honraba con la modestas charreteras de teniente de navío, y para que yo pueda ser útil a la patria no es indispensable la concesión de un nuevo empleo que solo desearía obtener cuando nuevos servicios me hicieran digno de el”. Se aceptó el puesto de vicepresidente del Almirantazgo.
     Cuando en 1869 desempeñaba sus funciones en el ministerio de Marina, se sintió enfermo y decidió irse a Pontevedra para descansar junto a su familia. Salió de Madrid el 28 de julio dirigiéndose a Lisboa, donde embarcó en el buque de guerra Colón, que lo transportó hasta Marín y, de allí, a Pontevedra.
     No mejoró de su enfermedad y, tras una muy penosa agonía, falleció el día 21 de agosto de 1869 en su domicilio, conocido como la casa del Arco, en Pontevedra.
     Su muerte causó una gran consternación a nivel nacional. Sirva de ejemplo el siguiente párrafo de la carta dirigida por Casimiro Vigoret al ministro de Marina Juan Bautista Topete: “Su temprana muerte priva al País de uno de sus más esclarecidos hijos y ha dejado en la armada un vacío difícil de llenar por la reunión de circunstancias que concurrían en el difunto a quien la naturaleza había dotado de un espíritu esencialmente marino desde sus primeros años y estoy seguro de que su memoria se conservará indeleble en nuestros departamentos y el corazón de todos los individuos de la armada”.
     Después de tres días de honras fúnebres, sus restos recibieron sepultura en el panteón familiar del Pazo do Con. Con motivo de un viaje de Su Majestad Alfonso XII a Galicia, visitó la tumba del almirante, y a bordo de la fragata Victoria firmó el decreto de traslado de sus restos al Panteón de Marinos Ilustres. Dicho traslado tuvo lugar en junio de 1883, de la siguiente forma: los restos fueron trasladados a Vigo y embarcados en la fragata Lealtad, escuela de marinería.
     Se le rindieron los honores reglamentarios, por parte de la Armada, a los que se sumaron las instituciones gallegas, el pueblo de Vigo y todos los cónsules extranjeros. En el puerto de Vigo se encontraba fondeada la escuadra inglesa del almirante Mr. Dowell, compuesta por seis acorazados, que rindió honores como si de un almirante de Su Majestad Británica se tratase, sabiendo apreciar a un gran hombre y un distinguido profesional de la mar.
     En 1872 se otorgó a su familia la merced del título de marqués de Méndez Núñez (Manuel Benítez Martín, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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