Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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miércoles, 3 de abril de 2024

El Cortijo La Arana, en Las Navas de la Concepción (Sevilla)

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     Cortijo basado en la explotación de ganado principalmente ovino. En el pasado, sin embargo, tuvo aprovechamiento de la vid y la aceituna, contando con lagar y almazara.
     Situado frente a la portada, con arco y cancela restaurada recientemente, se encuentra un caserón a dos aguas, organizado en dos naves: una de ellas fue la bodega, que contenía numerosas tinajas empotradas de las que todavía quedan algunas. Adosada a ella otra nave donde estuvo situada probablemente una prensa de uvas, como así se desprende de los restos que conserva. Esta nave es la utilizada para la estancia ocasional, habiéndosele construido una chimenea. Por último se le une una cuadra y un "tinaón" de bestias realizados en mampostería sin blanquear. A la derecha del núcleo descrito quedan las ruinas de lo que fue el núcleo principal del conjunto: vivienda del propietario, de dos plantas, vivienda del encargado, y a sus espaldas el molino, con los restos de la prensa de viga. Destacaremos también la existencia de una noria por ser de notable calidad arquitectónica y por el sistema de conducción del agua a todo el conjunto edificado (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
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El busto de Murillo, en la enjuta, entre los arcos de la Sevilla de la Fábrica de Tabacos y de la provincia de Salamanca, de la Plaza de España

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el busto de Murillo, en la enjuta, entre los arcos de la Sevilla de la Fábrica de Tabacos, y de la provincia de Salamanca, de la Plaza de España, de Sevilla.
    Hoy, 3 de abril, es el aniversario del fallecimiento (3 de abril de 1682) de Murillo, personaje representado en esta enjuta de la Plaza de España, así que hoy es el mejor día para Explicarte el busto de Murillo, en la enjuta, entre los arcos de la Sevilla de la Fábrica de Tabacos, y de la provincia de Salamanca, en la Plaza de España, de Sevilla.
     La Plaza de España [nº 62 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; nº 31 en el plano oficial de la Junta de Andalucía; nº 1 en el plano oficial del Parque de María Luisa; y nº 11 al 21 en el plano oficial de la Exposición Iberoamericana de 1929], se encuentra en el Parque de María Luisa [nº 64 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla]; en el Barrio de El Prado-Parque de María Luisa, del Distrito Sur.
     La plaza de España consta de cuatro tramos de catorce arcos cada uno, en cuya parte inferior se sitúan bancos de cerámica dedicados a cada provincia española. Flanquean el conjunto dos torres, denominadas Norte y Sur, intercalándose tres pabellones intermedios, que corresponden a la Puerta de Aragón, la Puerta de Castilla y la Puerta de Navarra. El central o Puerta de Castilla es de mayor envergadura y alberga la Capitanía General Militar.
     En las enjutas de los arcos que componen la gran arcada que circunda toda la plaza, dentro de unos tondos de profundo sabor renacentista italiano, modelados en alto relieve y esmaltados en blanco sobre fondo azul cobalto, aparecen los bustos de personajes de especial relevancia en la historia de España. Su ejecución original corrió a cargo de las Fábricas de Mensaque Rodríguez y Cía. y de Pedro Navia.
     En orden cronológico, figuran tanto aquellos destacados en las ciencias, en las humanidades, en las artes o en las armas, como reyes o santos.
     Son un total de cincuenta y dos, distribuidos en cuatro series de trece personajes, dispuestos entre los catorce arcos de cada tramo de la plaza.
     Es sorprendente el repertorio  de estos personajes ilustres que desde sus privilegiados balcones en la arcada, disfrutan del ancho espacio de la hermosa plaza. Simultáneamente, ellos son vistos por los paseantes  como muestra de la gloria de España y como ejemplo a seguir (La Cerámica en la Plaza de España de Sevilla, 2014). 
     En este caso el personaje histórico representado es Bartolomé Esteban Murillo, en un busto que directamente hay que relacionarlo con los propios autorretratos.
Conozcamos mejor la Biografía de Murillo, personaje representado en la obra reseñada
     Bartolomé Esteban Murillo, (Sevilla, 1 de enero de 1618 bautismo – 3 de abril de 1682). Pintor.
     Nació Murillo en los últimos días de diciembre de 1617, puesto que fue bautizado el 1 de enero de 1618; fue el último hijo de los catorce que nacieron del matrimonio entre Gaspar Esteban y María Pérez Murillo, teniendo su padre el oficio de barbero-cirujano, merced al cual su familia pudo vivir discretamente. Sin embargo, la apacibilidad familiar quedó truncada severamente en 1626, año en que, en un breve período de seis meses, murieron sus padres, quedando por lo tanto huérfano; su situación como benjamín de la familia se remedió en parte al pasar a depender de Juan Antonio de Lagares, marido de su hermana Ana, que se convirtió en su tutor.
     Pocos datos se poseen de la infancia y juventud de Murillo, sabiéndose tan sólo que en 1633, cuando contaba con quince años de edad, solicitó permiso para embarcarse hacia América, aunque esta circunstancia no llegó a producirse. Su aprendizaje artístico debió de realizarse entre 1630 y 1640, con el pintor Juan del Castillo, que estaba casado con una prima suya y fue quien le enseñó el oficio de pintor dentro del estilo de un arte dotado de una amable y bella expresividad. Cuando contaba con veintisiete años de edad, en 1645, contrajo matrimonio con Beatriz de Cabrera, y se tiene constancia de que en esa fecha ya trabajaba como pintor.
     Otras referencias fundamentales dentro de la vida de Murillo son que, en 1658, realizó un viaje a Madrid, donde conectó con los pintores cortesanos y también con artistas sevillanos como Velázquez, Cano y Zurbarán, entonces residente en dicha ciudad; su estancia madrileña debió de durar sólo algunos meses, puesto que a finales de dicho año se encontraba de nuevo en Sevilla. Nada importante se conoce de su existencia a partir de esta fecha, salvo varios cambios de domicilio, de los cuales el último tuvo asiento en el barrio de Santa Cruz. Sí es importante el hecho de que en 1660, y en compañía de Francisco Herrera el Joven, Murillo fundó una academia de pintura para propiciar la práctica del oficio y así mejorar la técnica de los artistas sevillanos.
     También fue decisiva en la vida de Murillo la fecha de 1663, año en que falleció su esposa con 41 años de edad y a consecuencia de un parto. Su viudez perduró ya el resto de su vida, porque no volvió a contraer matrimonio, ni tampoco a moverse de Sevilla, a pesar de una importante oferta que se le hizo desde la Corte de Carlos II en 1670 para incorporarse allí como pintor del Rey, ofrecimiento que no aceptó.
     La muerte de Murillo tuvo lugar en 1682, en su último domicilio del barrio de Santa Cruz. Sobre su fallecimiento existe la leyenda de que tuvo lugar en Cádiz, cuando pintaba el retablo mayor de la iglesia de los capuchinos, donde sufrió un accidente y cayó de un andamio; tal accidente, si tuvo lugar, debió de acontecer en su propio obrador sevillano, donde, después de permanecer maltrecho durante un mes, falleció el día 3 de abril de dicho año.
     Sobre la personalidad de Murillo, Palomino informa de que fue hombre “no sólo favorecido por el Cielo por la eminencia de su arte, sino por las dotes de su naturaleza, de buena persona y de amable trato, humilde y modesto”. Tal descripción se constata en la contemplación de sus dos autorretratos, uno juvenil y otro en edad madura, en los que se advierte que fue inteligente y despierto, características que, unidas a la intensa calidad de su arte, le permitieron plasmar un amplio repertorio de imágenes en las que se reflejan, de forma perfecta, las circunstancias religiosas y sociales de su época.
     Aunque Juan del Castillo, el maestro que le enseñó los rudimentos de la pintura, fue un artista de carácter secundario, fue capaz, sin embargo, de introducir a Murillo en la práctica de un dibujo correcto y elegante, al tiempo de permitirle adquirir un marcado interés por la anatomía y también a inclinarle a otorgar a sus figuras expresiones imbuidas en amabilidad y gracia; fue también Juan del Castillo el responsable de orientar a Murillo en la práctica de temas pictóricos con protagonismo de la figura infantil. Todos estos aspectos, adquiridos por Murillo en una época juvenil, germinaron después en la práctica de una pintura exquisita y refinada que, con el tiempo, fue preferida por todos los elementos sociales sevillanos y con posterioridad le potenciaron a ser un artista cuyas obras fueron codiciadas por coleccionistas y museos de todo el mundo.
     Aparte de los conocimientos adquiridos con Juan del Castillo, Murillo asimiló también aspectos técnicos procedentes de maestros de generaciones anteriores a la suya; así, del clérigo Juan de Roelas aprendió a manifestar en sus pinturas el sentimiento amable y la sonrisa, y de Zurbarán, la solidez compositiva y la rotundidad de sus figuras; de Herrera el Viejo asimiló la fuerza expresiva y de Herrera el Joven, el dinamismo compositivo y la fluidez del dibujo. Estos aspectos que emanan de la escuela sevillana fueron completados por Murillo con efluvios procedentes de las escuelas flamencas e italianas de su época, configurando así una pintura novedosa y original que le otorga un papel preponderante en la historia del arte español y europeo en el período barroco.
     También es fundamental advertir que la creatividad de Murillo no permaneció estática a través del tiempo, sino que, por el contrario, presenta una permanente evolución. Así, en sus inicios, hacia 1640, su arte es aún un tanto grave y solemne, sin duda condicionado por el éxito favorable de las pinturas con este estilo que en aquellos momentos realizaba en Sevilla Francisco de Zurbarán. Por ello, su dibujo era entonces excesivamente riguroso, pero a partir de 1655, coincidiendo con la presencia en Sevilla de Francisco de Herrera el Joven, en la obra de Murillo se advierte la plasmación de una mayor fluidez en el dibujo y de una mayor soltura en la aplicación de la pincelada; al mismo tiempo, sus figuras van adquiriendo un mayor sentido de belleza y gracia expresiva, intensificándose también una clara manifestación de afectividad espiritual. Sus composiciones adquirieron mayor movilidad y elegancia, siempre dentro de un sentido del comedimiento que evita los excesos y estridencias del Barroco, lo que en adelante le permitió de forma intuitiva anticiparse al refinamiento y la exquisitez que un siglo después alcanzaría el estilo rococó.
     El arte de Murillo tiene como virtud fundamental el haber alcanzado a desdramatizar la religiosidad, introduciendo en sus obras amables personajes celestiales que se dirigen complacientes hacia los atribulados mortales trasmitiéndoles sensaciones de amparo y protección en una época de graves penurias materiales. La dificultad de la existencia en su época proporcionaba agobios y congojas a los desgraciados sevillanos, por lo que a sus pinturas les imbuía de sentimientos amorosos y benevolentes. La aparición en ellas de personajes extraídos de la vida popular y de condición humilde dio a entender a los sevillanos que la divinidad miraba por ellos y les propiciaba auxilios espirituales que, al menos, mitigaban las dolencias de sus almas. No es tampoco superfluo advertir en la obra de Murillo la presencia de santos personajes que se ocupan de practicar la caridad y de paliar así el hambre y la enfermedad de los humildes y desamparados.
     Las primeras obras conocidas de Murillo datan aproximadamente de 1638, cuando contaba con veintiún años de edad. En esas fechas es aún un pintor que muestra una escasa expresividad en sus figuras, que además poseen una volumetría excesivamente rotunda. Estas características pueden constatarse en La Virgen entregando el rosario a santo Domingo, que se conserva en el palacio arzobispal de Sevilla, y La Sagrada Familia, que figura en el Museo Nacional de Estocolmo. Pocas más obras se conocen de estos años tempranos y hay que esperar a 1646, año en que inicia la ejecución de las pinturas del “Claustro Chico” del Convento de San Francisco de Sevilla, para volver a tener referencias importantes de obras realizadas por Murillo; en esta fecha su dibujo había mejorado, al igual que su concepto del colorido, que era más variado y cálido en sus matices. En este encargo del Convento de San Francisco, los frailes que en él se congregaban quisieron exaltar y definir la grandeza como los milagros, las virtudes y la santidad de su Orden. Entre las pinturas más relevantes de este conjunto destacan las que representan a San Diego dando de comer a los pobres, conservada en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, Fray Francisco en la cocina de los ángeles, del Museo del Louvre de París, y La muerte de santa Clara de la Galería de Arte de Dresde.
     Otras obras importantes realizadas por Murillo en torno a 1645 y 1650 son: La huida a Egipto, que pertenece al Palacio Blanco de Génova, y una serie de pinturas con el tema de la Virgen con el Niño cuyos mejores ejemplares pertenecen al Museo del Prado y al Palazzo Pitti de Florencia. Una de las obras más felices realizadas por Murillo a lo largo de su trayectoria artística es La Sagrada Familia del pajarito, conservada en el Museo del Prado y fechable en torno a 1650. En ella se recrea un íntimo y amable episodio doméstico, extraído de la realidad cotidiana, en el que María y José interrumpen sus respectivas labores para compartir con el Niño Jesús la alegría que le proporciona el inocente juego de llamar la atención de un perrito, a través de un pajarillo que el Niño le muestra, cogido en una de sus manos. También a partir de 1650 Murillo realizó una serie de pinturas con el tema de La Magdalena penitente, en las que el artista contrasta la hermosura física de la santa con su profunda actitud de arrepentimiento y penitencia.
     A mediados del siglo XVII, Murillo comenzó a ser reconocido como el primer pintor de Sevilla y su fama se fue colocando por encima de la de Zurbarán; a ello contribuyó la realización de obras como San Bernardo y la Virgen y La imposición de la casulla a san Ildefonso, realizadas para un desconocido convento sevillano hacia 1655 y actualmente conservadas en el Museo del Prado. También en 1655 y para el Convento de San Leandro de Sevilla, Murillo realizó cuatro pinturas destinadas al refectorio con temas de la Vida de san Juan Bautista, en las cuales acertó a vincular perfectamente las figuras de los personajes con hermosos y profundos fondos de paisaje descritos con gran habilidad técnica.
     También en torno a 1655 realizó Murillo dos importantes pinturas dentro de su carrera artística; son San Isidoro y San Leandro, que el Cabildo catedralicio sevillano le demandó para adornar la sacristía de la iglesia metropolitana de Sevilla, donde aún se conservan. Tener pinturas expuestas en la Catedral de su ciudad era un honor máximo al cual aspiraban todos los artistas sevillanos, y para Murillo, que contaba entonces con treinta y ocho años de edad, supuso un hito fundamental. Lógicamente, el encargo inmediato, también por parte de la Catedral, de la gran pintura que preside la capilla bautismal y que representa a San Antonio de Padua con el Niño, colmó todas las aspiraciones del artista, que por otra parte introdujo en esta pintura conceptos compositivos e iconográficos que definían claramente el espíritu del barroco. En ella aparece el santo en el interior de su celda conventual con los brazos abiertos para recibir al Niño que desciende ingrávido desde lo alto, rodeado de una nutrida aureola de pequeños ángeles.
    El éxito alcanzado por Murillo con las pinturas de la Catedral repercutió de inmediato en la ciudad, intensificándose la demanda de su pintura. A los años que oscilan entre 1655 y 1660 pertenecen obras como El buen pastor, conservado en el Museo del Prado, donde Murillo alcanzó a plasmar un admirable prototipo de belleza infantil que, sin duda, hubo de cautivar a la clientela.
     En la década que se inicia en 1660 Murillo realizó importantes encargos pictóricos, siendo uno de los primeros la serie de la Vida de Jacob, en la que en cinco escenas narró los principales episodios de la vida de este personaje del Antiguo Testamento. En estas pinturas, los personajes, de reducido tamaño, están respaldados por amplios fondos de paisaje en los que el artista muestra una admirable técnica en la consecución de efectos lumínicos. De estas pinturas, la que describe El encuentro de Jacob con Raquel se encuentra en paradero desconocido, mientras que las representaciones de Jacob bendecido por Isaac y La escala de Jacob pertenecen al Museo del Hermitage de San Petersburgo. La escena que describe a Jacob poniendo las varas al ganado de Labán, se exhibe en el Museo Meadows de Dallas y Laván buscando los ídolos en la tienda de Raquel pertenece al Museo de Cleveland, en Ohio.
     En torno a 1660 Murillo pintó un nuevo cuadro para la Catedral de Sevilla, hoy conservado en el Museo del Louvre. Se trata del Nacimiento de la Virgen, obra de espléndida composición que narra una escena, derivada de la vida doméstica, en la que un grupo de mujeres en torno a la recién nacida muestra su gozo colectivo ante tan feliz acontecimiento. Poco después, en 1665 y para la iglesia de Santa María la Blanca de Sevilla, realizó una serie de cuatro pinturas, hoy en paradero disperso; dos de ellas narran la historia de la fundación de la iglesia de Santa María de la Nieves de Roma, de la que esta iglesia sevillana era filial: representan El sueño del patricio Juan y La visita del patricio al Papa Liberio y se conservan actualmente en el Museo del Prado. Otras dos pinturas que representan La alegoría de la Inmaculada y La alegoría de la Eucaristía se conservan respectivamente en el Museo del Louvre y en una colección privada inglesa. Estos cuatro cuadros de Santa María la Blanca fueron robados por el mariscal Soult en 1810, y se vendieron en Francia a su fallecimiento.
     Otro importante trabajo para la Catedral de Sevilla fue demandado por los canónigos sevillanos en 1667, tratándose en esta ocasión de un conjunto pictórico para decorar la parte alta de la sala capitular de dicho templo. En este recinto se realizaban las deliberaciones de carácter administrativo y de gobierno catedralicio y por ello se decidió que estuviera presidido por una representación de la Inmaculada y por los principales santos de la historia de Sevilla, para que su presencia sirviese de ejemplo moral a los capitulares.
     Así, en pinturas de formato circular, Murillo plasmó a San Pío, San Isidoro, San Leandro, San Fernando, Santa Justa, Santa Rufina, San Laureano y San Hermenegildo, aludiendo en cada uno de ellos a virtudes como la dignidad espiritual, la energía moral, el sacrificio, la sabiduría de gobierno, la confianza en Dios y la defensa de la fe. En ese mismo año de 1667, nuevamente los canónigos sevillanos encargaron a Murillo la escena del Bautismo de Cristo para ser colocada, lógicamente, en la capilla bautismal, en el ático del retablo en que años antes había pintado el gran lienzo de San Antonio de Padua con el Niño.
     Entre 1665 y 1670 Murillo acometió las mayores empresas pictóricas de su vida en la iglesia de los Capuchinos de Sevilla, primero, y a continuación en la iglesia del Hospital de la Santa Caridad. En los capuchinos realizó las pinturas que formaban parte del retablo mayor de la iglesia y también las que presidían los retablos de las capillas laterales. Lamentablemente este conjunto pictórico no se encuentra ya en su lugar de origen, y han sido muchas las vicisitudes que ha sufrido, puesto que durante la Guerra de la Independencia fue trasladado a Gibraltar para ponerlo a salvo de la codicia del mariscal Soult; pasada la guerra, las pinturas regresaron a su lugar de origen, pero en 1836, a causa de la desamortización de Mendizábal, pasaron al recién creado Museo de Bellas Artes de Sevilla, excepto la pintura central del retablo que representa La aparición de Cristo y la Virgen a san Francisco, y que se encuentra actualmente en el Museo Wallraf-Richartz de Colonia. Las otras obras que se integraban en el retablo son las Santas Justa y Rufina, San Leandro y San Buenaventura, San José con el Niño, San Juan Bautista, San Félix Cantalicio y San Antonio de Padua, aparte de La Virgen de la Servilleta. En pequeños altares dispuestos en el presbiterio se encontraban El ángel de la guarda, que fue regalado por los capuchinos a la Catedral de Sevilla, y El arcángel San Miguel, que se encuentra en el Museo de Historia del Arte de Viena. También en el presbiterio, en pequeños altares, se encontraban La Anunciación y La Piedad.
     En los retablos de las pequeñas capillas de la nave de la iglesia de los Capuchinos figuraban pinturas de altar con las representaciones de San Antonio de Padua con el Niño, La adoración de los pastores, La Inmaculada con el Padre Eterno, San Félix Cantalicio con el Niño, San Francisco abrazando el crucifijo y Santo Tomás de Villanueva repartiendo limosna.
     Uno de los programas iconográficos más perfectos y coherentes realizados en el Barroco español lo configuró hacia 1670 el aristócrata sevillano Miguel de Mañara en la iglesia del Hospital de la Caridad, donde, primero a través de las dos representaciones de las postrimerías realizadas por Juan de Valdés Leal y después con seis escenas de las obras de Misericordia realizadas por Murillo, plasmó una profunda reflexión sobre la brevedad de la existencia y la necesidad de que el fiel cristiano lleve una vida alejada de los complacencias humanas para acumular los méritos necesarios que después de la muerte y a la hora del Juicio permitan obtener la salvación eterna. Para conseguir esta anhelada circunstancia, Mañara señaló que era necesaria la práctica de las obras de misericordia, y para ello se las encargó a Murillo, para colocarlas en los muros de las naves de la iglesia. Estas obras de misericordia se ejemplifican en distintos pasajes del Antiguo y el Nuevo Testamento y, así, la pintura que representa a Abraham y los tres ángeles alude a la obra de misericordia de dar posada al peregrino, La curación del paralítico por Cristo en la piscina de Jerusalén indica la dedicación a curar a los enfermos, San Pedro liberado por el ángel, a redimir al cautivo, El regreso del hijo pródigo, a vestir al desnudo, La multiplicación de los panes y los peces, a dar de comer al hambriento, y Moisés haciendo brotar el agua de la roca en el desierto, a dar de beber al sediento. La última obra de misericordia, enterrar a los muertos, está representada en el retablo mayor de la iglesia a través del admirable grupo escultórico realizado por Pedro Roldán, en la escena de El entierro de Cristo.
     En otros dos retablos laterales de la iglesia de la Santa Caridad se ejemplifican, a través de pinturas de Murillo, las dos obligaciones fundamentales que tenían los hermanos de esta institución. La primera de ellas era trasladar a sus expensas a los enfermos desde donde se encontrasen postrados hasta el hospital y para el buen cumplimiento de esta misión les propone el ejemplo de San Juan de Dios trasladando a un enfermo. La segunda obligación era curar y dar de comer a los enfermos en el hospital, que Murillo plasmó en la popular pintura que representa a Santa Isabel de Hungría curando a los tiñosos.
     A los últimos años de la actividad de Murillo corresponde una serie de pinturas en las cuales se advierte cómo el paso de los años, lejos de disminuir su capacidad técnica, la había acrecentado, siendo cada vez su pincelada más fluida y su colorido más transparente.
     De 1671 son varias versiones que el artista realizó de San Fernando con motivo de su canonización, y de fechas inmediatas hay obras de excepcional calidad, como Los niños de la concha, del Museo del Prado, y el Niño Jesús dormido, del Museo de Sheffield. También en estos años postreros realizó varias versiones de San José con el Niño, cuyos mejores ejemplares se encuentran en el Museo del Hermitage de San Petersburgo y en el Museo Pushkin de Moscú. Igualmente importantes son obras como La Virgen con el Niño, de la Galería Corsini de Roma, y La Virgen de los Venerables, que se conserva en el Museo de Budapest, procedente del Hospital de dicha denominación en Sevilla.
     Una vez mencionados los más relevantes encargos que Murillo realizó a lo largo de su vida, hay que señalar también los principales temas iconográficos que plasmó durante su carrera. En este sentido, conviene indicar que una de las composiciones que más le solicitó el público sevillano fue La Sagrada Familia, siendo las más notables, entre las que realizó, las que se conservan en la National Gallery de Londres, en la Wallace Collection de la misma ciudad y en el Museo del Louvre de París.
     Otro tema recurrente dentro de su producción fue la representación de Santa María Magdalena, en la cual acertó a plasmar admirables modelos de belleza corporal femenina en excelentes versiones, entre las que destaca la conservada en el Museo Wallraf-Richartz de Colonia.
     Murillo es considerado en nuestros días como el mejor pintor de la Inmaculada en toda la historia del arte, al haber captado los más afortunados modelos que se conocen con esta iconografía. Los mejores ejemplares de su producción los realizó a partir de 1655, con una disposición corporal movida y ondulada de carácter plenamente barroco. Las más afortunadas versiones de la Inmaculada de Murillo se encuentran en el Museo del Prado, pudiéndose mencionar las llamadas Inmaculada de la media luna, Inmaculada de El Escorial, Inmaculada de Aranjuez y, sobre todo, la más conocida de todas, la admirada Inmaculada de los Venerables, que procede de la iglesia del Hospital de dicho nombre en Sevilla.
     Uno de los grandes temas que cimentó en vida la fama de Murillo fue la representación de asuntos populares extraídos de la vida cotidiana de Sevilla, protagonizados especialmente por niños pícaros y vagabundos que en gran número malvivían en las calles de la ciudad en la época del artista. Estos niños abandonados o huérfanos, sobrevivían fácilmente gracias a su astucia, ingenio y habilidad, ajenos al hambre o a la enfermedad, frecuentes en su tiempo. Murillo los describió comiendo o jugando con una intensa vitalidad y desenfado que les permite estar ajenos a la adversidad y sonreír despreocupados en el trascurso de su vida cotidiana. Estas pinturas fueron muy del gusto de acomodados clientes, comerciantes o banqueros, generalmente extranjeros, que muy pronto se las llevaron a sus países de origen. Obras de gran interés en esta modalidad son Niño espulgándose, del Museo del Louvre, Niños comiendo melón y uvas, Niños comiendo de una tartera y Niños jugando a los dados, las tres en la Alte Pinakothek de Múnich. Otros temas de la vida popular son Dos mujeres en la ventana, de la Galería Nacional de Washington, y Grupo familiar en el zaguán de una casa del Museo Kimbel de Fortworth. También con personajes de la vida popular Murillo plasmó representaciones de las cuatro estaciones, de las que actualmente se conocen sólo dos: La primavera, en la Dullwich Gallery de Londres, y El verano en la Galería Nacional de Edimburgo.
     Al ser Sevilla ciudad residencial para comerciantes, banqueros y aristócratas, fue frecuente que estas gentes de elevada condición social demandasen a Murillo la ejecución de retratos. No son excesivos los que han llegado hasta nuestros días, pero en todos ellos aparecen modelos dignos y elegantes, dándose la circunstancia de que sólo han llegado hasta nuestros días retratos masculinos, aunque se sabe que también efigió a distinguidas damas. Entre los retratos más importantes pueden citarse el de Don Diego de Esquivel, del Museo de Denver, el de Don Andrés de Andrade, del Museo Metropolitano de Nueva York, y el de Joshua Van Belle, conservado en la Galería Nacional de Dublín.
      Es Murillo, sin duda, el pintor más importante en el ámbito de la historia de la pintura sevillana, por haber sabido otorgar a su pintura una impronta característica y personal, tanto en su aspecto formal como en sus características espirituales. Por ello, y durante mucho tiempo, se ha venido identificando a Murillo con el espíritu de la propia ciudad en la que la gracia y la hermosura han sido elementos fundamentales de su esencia (Enrique Valdivieso González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el busto de Murillo, en la enjuta, entre los arcos de la Sevilla de la Fábrica de Tabacos, y de la provincia de Salamanca, de la Plaza de España, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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martes, 2 de abril de 2024

El Cortijo La Victoria, en Arahal (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el Cortijo La Victoria, en Arahal (Sevilla).     
   Hoy, 2 de abril, Conmemoración de San Francisco de Paula, ermitaño, fundador de la Orden de los mínimos en Calabria. Prescribió a sus discípulos que viviesen de limosnas, que no tuvieran propiedad ni tocasen nunca dinero, y que utilizasen sólo alimentos cuaresmales. Llamado a Francia por el rey Luis XI, le asistió en el lecho de muerte, y, célebre por la austeridad de vida, murió a su vez en Plessis-les-Tours, junto a la ciudad francesa de Tours (1507) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el Cortijo La Victoria, en Arahal (Sevilla)
     Cortijo de labor (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Francisco de Paula, ermitaño y fundador de la orden de los Mínimos
     Nació en 1416 en Paula (Paola), Calabria.
     Fundador de la orden de los mínimos (Paolotti, Paulaner, Mindeste, Brüder) franciscanos o hermanos menores reformados. Los menores o minoritas ya eran un comparativo, los mínimos acentúan y consiguen el superlativo de la modestia.
     A los tres votos conventuales: castidad, obediencia y pobreza, se suma la humildad. Es lo que se llama los cuatro votos de san Francisco de Paula.
     El ermitaño napolitano había adquirido tal reputación de taumaturgo, que en 1482 fue llamado por el rey Luis XI de Francia, quien esperaba curarse con sus plegarias. Permaneció veintiséis años en territorio francés, y murió en 1507, en el convento de los Bonshommes, cerca de Plessis les Tours.
   Según la leyenda, como había sido rechazado por los barqueros que lo juzgaban demasiado pobre como para pagarse el pasaje, habría cruzado el estrecho de Mesina sobre su manto. El mismo milagro, copiado del profeta Elías, se atribuye al santo español Raimundo de Peñafort, quien navegó por el mismo procedimiento desde Palma de Mallorca hasta Barcelona.
     Además, el santo de Paula resucitó a un cordero que habían comido unos obreros, cuya piel y huesos echaron en un horno de cal.
     Hizo brotar una fuente donde criaba una trucha. Cuando un sacerdote se la comió, Francisco la hizo resucitar. Rehizo con sus manos niños deformes. Para hacer comprender al rey de Nápoles el carácter odioso de sus exacciones, hizo que el oro quitado a los pobres sudara sangre.
CULTO
     Fue canonizado en 1519 por el papa León X, por solicitud de Francisco I de Francia.
     Sus sandalias, el manto sobre el cual atravesara el estrecho de Mesina y el escapulario que le trajera el arcángel Gabriel, se conservaban como reliquias en el convento que fundara en 1465 en Paula (Paola), Calabria. No obstante, los mínimos de la plaza Royale de París pretendían poseer "una parte del manto sobre el que atravesó sin mojarse el estrecho de Mesina". Es patrón de Calabria y de Tours, de la orden de los mínimos y de los ermitaños.
     Además del convento de la plaza Royale, los mínimos tenían en París otros dos, en Vincennes y en Passy.
     En Francia se lo invocaba contra la esterilidad conyugal, porque había obtenido con sus plegarias el nacimiento de Susana de Borbón, hija de Ana de Beaujeu y nieta de Luis XI.
     Su principal santuario en Roma era el convento franciscano de los mínimos de La Trinidad de los Montes, cerca de la Villa Médicis, sobre la colina del Pincio. Una de las iglesias más bellas de Nápoles está puesta bajo su advocación.
     En México, las mujeres le pedían tres gracias: la salvación eterna, dinero y un buen marido.
ICONOGRAFÍA
     Está representado como ermitaño, con una larga barba, vestido con sayal y capucho y apoyado en un báculo en forma de tau.
     Se lo reconoce por su divisa: Charitas o Humilitas, rodeada de rayos, en una tarjeta rectangular, y a veces inscrita sobre su pecho.
     En el castillo de Plessis les Tours, residencia favorita de Luis XI, se han reunido recuerdos de san Francisco de Paula y de los mínimos (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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La pintura "Terremoto detenido por la intercesión de la imagen de San Francisco de Paula", de Lucas Valdés, en la sala XI del Museo de Bellas Artes

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Terremoto detenido por la intercesión de la imagen de San Francisco de Paula", de Lucas Valdés, en la sala XI del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.  
     Hoy, 2 de abril, Conmemoración de San Francisco de Paula, ermitaño, fundador de la Orden de los mínimos en Calabria. Prescribió a sus discípulos que viviesen de limosnas, que no tuvieran propiedad ni tocasen nunca dinero, y que utilizasen sólo alimentos cuaresmales. Llamado a Francia por el rey Luis XI, le asistió en el lecho de muerte, y, célebre por la austeridad de vida, murió a su vez en Plessis-les-Tours, junto a la ciudad francesa de Tours (1507) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
      En la sala XI del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "Terremoto detenido por la intercesión de la imagen de San Francisco de Paula", de Lucas Valdés (1661-1725), realizado hacia 1720, siendo un óleo sobre lienzo en estilo barroco, con unas medidas de 0,83 x 1,09 m., y procedente de la Iglesia del Convento de San Francisco de Paula, antiguo Colegio de los Mínimos, de Sevilla, tras la Desamortización, en 1840.
     Se desconoce con exactitud que milagro representa en este lienzo Lucas Valdés ya que la literatura sobre la vida del santo no narra ningún fenómeno telúrico.
     La escena se desarrolla en un marco urbano propio de una ciudad española de comienzos del siglo XVIII. En primer plano se ve cómo se derrumba parte de un edificio ante el que se está trasladando un retrato de San Francisco de Paula.
     La escena está cargada de gran dinamismo tanto físico como anímico, lo que se puede apreciar claramente en los personajes.
     Pertenece a una serie de 12 lienzos que narra los milagros de San Francisco de Paula.
     En la mayoría de las escenas de esta serie se observa una nota de vivacidad realista patente en la descripción de ambientes callejeros, en el estudio de los fondos de paisaje, el dinamismo de las escenas y la multiplicidad de personajes y actitudes. Únicamente tres episodios se desarrollan en interiores.
     Las escenas representadas, que narran los milagros que el santo realizó en vida y después de muerto, no están del todo claras debido a que no se ajustan exactamente a los episodios que aparecen en la literatura. Esta falta de precisión puede tener su origen en que el artista pudo haberlos copiado de grabados o estampas como señala J. Fernández López, que es quien más ha estudiado la serie.
     No se conoce con exactitud la fecha de ejecución de estas pinturas aunque por las características formales de las mismas, parece que Lucas Valdés las realizó a comienzos del siglo XVIII. J. Fernández López da como probable la fecha de 1700, mientras que E. Valdivieso propone retrasarlas hasta más o menos 1710 (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
     Lucas Valdés nació en Sevilla en 1661 y fue hijo de Juan de Valdés Leal, con quien se formó artísticamente y con quien colaboró hasta el fallecimiento de éste en 1690. Desde niño destacó como grabador y más tarde como pintor, especialmente en la realización de decoraciones murales, de las que en Sevilla quedan abundantes testimonios; su producción es copiosa, aunque de mediana calidad, lo que le configura como un artista menor, carente de la fuerza y la expresividad que muestran la pintura de su padre. En 1719 se trasladó a Cádiz para ejercer como maestro de matemáticas de los cadetes en el Colegio Naval y en esta ciudad murió en 1725.
     Procedentes de la capilla Mayor de la iglesia del convento de los Mínimos de San Francisco de Paula, ingresó en el Museo en 1840 una serie de doce pinturas que narran episodios de la vida del mencionado santo, obras que presentan claramente el estilo de Lucas Valdés. En ellas se describen los más importante milagros que San Francisco de Paula realizó en su existencia e incluso después de su muerte. Estas pinturas no pueden fecharse con precisión, pero sus características de estilo permiten señalar que están realizadas a principios del siglo XVIII, por lo que podrá situarse su ejecución hacia 1710. A la hora de valorar este conjunto pictórico destaca por su interés la variedad de paisajes y arquitecturas que aparecen en ella, aspecto poco común en la pintura barroca española (Enrique Valdivieso González, Pintura, en El Museo de Bellas Artes de Sevilla. Tomo II. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Francisco de Paula, ermitaño y fundador de la orden de los Mínimos
     Nació en 1416 en Paula (Paola), Calabria.
     Fundador de la orden de los mínimos (Paolotti, Paulaner, Mindeste, Brüder) franciscanos o hermanos menores reformados. Los menores o minoritas ya eran un comparativo, los mínimos acentúan y consiguen el superlativo de la modestia.
     A los tres votos conventuales: castidad, obediencia y pobreza, se suma la humildad. Es lo que se llama los cuatro votos de san Francisco de Paula.
     El ermitaño napolitano había adquirido tal reputación de taumaturgo, que en 1482 fue llamado por el rey Luis XI de Francia, quien esperaba curarse con sus plegarias. Permaneció veintiséis años en territorio francés, y murió en 1507, en el convento de los Bonshommes, cerca de Plessis les Tours.
   Según la leyenda, como había sido rechazado por los barqueros que lo juzgaban demasiado pobre como para pagarse el pasaje, habría cruzado el estrecho de Mesina sobre su manto. El mismo milagro, copiado del profeta Elías, se atribuye al santo español Raimundo de Peñafort, quien navegó por el mismo procedimiento desde Palma de Mallorca hasta Barcelona.
     Además, el santo de Paula resucitó a un cordero que habían comido unos obreros, cuya piel y huesos echaron en un horno de cal.
     Hizo brotar una fuente donde criaba una trucha. Cuando un sacerdote se la comió, Francisco la hizo resucitar. Rehizo con sus manos niños deformes. Para hacer comprender al rey de Nápoles el carácter odioso de sus exacciones, hizo que el oro quitado a los pobres sudara sangre.
CULTO
     Fue canonizado en 1519 por el papa León X, por solicitud de Francisco I de Francia.
     Sus sandalias, el manto sobre el cual atravesara el estrecho de Mesina y el escapulario que le trajera el arcángel Gabriel, se conservaban como reliquias en el convento que fundara en 1465 en Paula (Paola), Calabria. No obstante, los mínimos de la plaza Royale de París pretendían poseer "una parte del manto sobre el que atravesó sin mojarse el estrecho de Mesina". Es patrón de Calabria y de Tours, de la orden de los mínimos y de los ermitaños.
     Además del convento de la plaza Royale, los mínimos tenían en París otros dos, en Vincennes y en Passy.
     En Francia se lo invocaba contra la esterilidad conyugal, porque había obtenido con sus plegarias el nacimiento de Susana de Borbón, hija de Ana de Beaujeu y nieta de Luis Xl.
     Su principal santuario en Roma era el convento franciscano de los mínimos de La Trinidad de los Montes, cerca de la Villa Médicis, sobre la colina del Pincio. Una de las iglesias más bellas de Nápoles está puesta bajo su advocación.
     En México, las mujeres le pedían tres gracias: la salvación eterna, dinero y un buen marido.
ICONOGRAFÍA
     Está representado como ermitaño, con una larga barba, vestido con sayal y capucho y apoyado en un báculo en forma de tau.
     Se lo reconoce por su divisa: Charitas o Humilitas, rodeada de rayos, en una tarjeta rectangular, y a veces inscrita sobre su pecho.
     En el castillo de Plessis les Tours, residencia favorita de Luis Xl, se han reunido recuerdos de san Francisco de Paula y de los mínimos (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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lunes, 1 de abril de 2024

El sitio arqueológico de la Aguaderilla II, en Morón de la Frontera (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el sitio arqueológico de la Aguaderilla II, en Morón de la Frontera (Sevilla).
     En las fuentes se describía este yacimiento como un posible yacimiento calcolítico, debido a la identificación de material lítico, y de cerámica a mano como: cuencos de tendencia globular, platos con borde ligeramente engrosado al exterior, dos fragmentos de fuentes de borde engrosado al interior, etc., presentando algunos fragmentos restos de almagra. No obstante, las coordenadas que se ofrecían no coincidían con la descripción topográfica ofrecida sino con la abrupta pendiente norte del yacimiento de Pilares II. En base a estos datos se realizaron transectos tanto por esta barranca, como a ambos lados del Arroyo de Aguaderillas, sin que haya actualmente la menor evidencia de restos eneolíticos en el entorno. No obstante, a 700 metros al noreste del Rancho las Curadas y en el límite entre el término de Arahal y el de Morón, se detectaron los restos de un yacimiento muy deteriorado, que tenía coincidente con el descrito por Ruiz Delgado, la existencia de instrumentos líticos, ya que se detectaron restos de talla y una pequeña raedera con muesca de sílex. La cerámica sin embargo, no es a mano sino del tipo turdetano sin decorar y en una presencia mínima. En cualquier caso se trata de un yacimiento destruido. Uso actual: cultivo de secano (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
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El Monumento a la Tolerancia, de Eduardo Chillida, en el paseo Alcalde Marqués del Contadero

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Monumento a la Tolerancia, de Eduardo Chillida, en el paseo Alcalde Marqués del Contadero, de Sevilla.
     Hoy, 1 de abril, es el aniversario de la inauguración (1 de abril de 1992) del Monumento a la Tolerancia, así que hoy es el mejor día para ExplicArte el Monumento a la Tolerancia, de Eduardo Chillida, en el paseo Alcalde Marqués del Contadero, de Sevilla.
     El monumento a la Tolerancia se encuentra en el llamado Muelle de la Sal, del paseo Alcalde Marqués del Contadero, s/n; en el Barrio del Arenal, del Distrito Casco Antiguo.
     El Muelle de la Sal ocupaba una pequeña extensión entre el Puente de barcas y la Torre del Oro. Llamado así por la descarga de esta apreciada sustancia, es el lugar que el Ayuntamiento de Sevilla escoge para ubicar el monumento -del escultor y pintor vasco Eduardo Chillida- dedicado a a "Tolerancia", financiado en parte por la Asociación hebrea de Sefarad.
     Situado a ras de suelo, su silueta delimita una serie de espacios concatenados, resueltos por medio de paramentos curvos de piedra, con salientes y voladizos que de manera simbólica quieren significar el abrazo entre las culturas, y una llamada de atención al pacifismo.
     Visto desde arriba, el monumento a la Tolerancia permite perfectamente distinguir su movida, estructurada y geométrica planta, que es por otra parte transitable exterior e interiormente. Situado en un lugar donde le atraviesa la luz, ésta recrea las sombras que la propia escultura transmite. Sombra y luz, que son otros elementos a tener en cuenta, así como su emplazamiento donde goza de una excelente panorámica (Teresa Laffita, Sevilla turística y cultural, Fuentes y monumentos públicos. ABC de Sevilla, 1998).
     Según indica Mercedes Espiau "se presenta como el único monumento público sevillano concebido en términos de abstracción pura". 
     Además dice que el "diseño plantea un juego de llenos y vacíos donde coexisten grandes masas abiertas al espacio, desarrollando formas semicirculares que tanto desafían la gravidez de su peso como se quiebran bruscamente para apoyarse en el suelo. Y todo ello configurando una pieza única, cuyas formas se prolongan unas en otras siguiendo un ritmo propio de crecimiento continuado, en el que el vacío es concebido como un agente activo con la misma dimensión expresiva que el elemento tectónico".
     Teresa Laffita dice de él: "Situado a ras de suelo, su silueta delimita una serie de espacios concatenados, resueltos por medio de paramentos curvos de piedra, con salientes y voladizos que de manera simbólica quieren significar el abrazo entre las culturas, y una llamada de atención al pacifismo. Visto desde arriba, el monumento a la Tolerancia permite perfectamente distinguir su movida, estructurada y geométrica planta, que es por otra parte transitable exterior e interiormente. Situado en un lugar donde le atraviesa la luz, esta recrea las sombras que la propia escultura transmite. Sombra y luz, que son otros elementos a tener en cuenta, así como su emplazamiento donde goza de una excelente panorámica". 
     La importancia del artista que concibió la obra y su concepción con motivo de la Exposición Universal, le ha conferido su importancia histórica.
     Tanto artística como estéticamente, este monumento posee unos valores que podríamos considerar ya como universales (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     En dos placas que se encuentran a ambos lados del monumento, podemos leer los siguientes textos:

"DETENEOS, HOMBRES Y MUJERES QUE
PASAIS. DETENEOS Y ESCUCHAD.

ESCUCHAD LA VOZ DE SEVILLA, VOZ
HERIDA Y MELODIOSA, LA DE SU
MEMORIA, QUE ES TAMBIEN LA VUESTRA,
ES JUDIA Y CRISTIANA, MUSULMANA Y
LAICA, JOVEN Y ANTIGUA. LA
HUMANIDAD ENTERA EN SUS
SOBRESALTOS DE LUZ Y SOMBRAS, SE
RECOGE EN ESA VOZ PARA EXTRAER DEL
PASADO FUNDAMENTOS DE ESPERANZA.

AQUI COMO EN OTROS SITIOS, SE AMABA
Y SE ODIABA POR RAZONES OSCURAS Y
SIN RAZON ALGUNA; SE HACIAN
ROGATIVAS POR EL SOL Y POR LA
LLUVIA; SE INTERPRETABA LA VIDA
DANDO MUERTE, SE CREIA SER FUERTE
POR PERSEGUIR A LOS DEBILES, SE
AFIRMABA EL HONOR DE DIOS, PERO
TAMBIEN LA DESHONRA DE LOS HOMBRES.

AQUI COMO EN OTROS SITIOS, LA
TOLERANCIA SE IMPONE, Y LO SABEIS
BIEN VOSOTROS, HOMBRES Y MUJERES
QUE ESCUCHAIS ESTA VOZ DE SEVILLA.
SABEIS BIEN QUE, CARA AL DESTINO
QUE OS ES COMUN, NADA OS SEPARA.
PUESTO QUE DIOS ES DIOS, TODOS SOIS
SUS HIJOS. A SUS OJOS, TODOS LOS
SERES VALEN LO MISMO. LA VERDAD QUE
INVOCAN NO ES VALIDA SI A TODOS NO
LOS CONVIERTE EN SOBERANOS.

CIERTAMENTE TODA LA VIDA TERMINA EN
LA NOCHE, PERO ILUMINARLA ES
VUESTRA MISION.

POR LA TOLERANCIA.

ELIE WIESEL.
SEVILLA, ABRIL, MCMXCII." 


     "ESTE MONUMENTO A "LA TOLERANCIA",
OBRA DEL ESCULTOR EDUARDO
CHILLIDA, SE ERIGIO A INICIATIVA
DEL AYUNTAMIENTO DE LA CIUDAD,
CON LA COLABORACION DE LA
CONSEJERIA DE OBRAS PUBLICAS Y
TRANSPORTES DE LA JUNTA DE
ANDALUCIA Y EL PATROCINIO DE LA
FUNDACION "AMIGOS DE SEFARAD" QUE
LO OFRECE A LA CIUDAD DE SEVILLA
EN HOMENAJE A LA MEMORIA DE SUS
ANTEPASADOS Y AL MENSAJE
UNIVERSAL DE TOLERANCIA Y
CONCORDIA QUE ELLOS NOS BRINDARON.

SEVILLA MUELLE DE LA SAL
1 DE ABRIL DE MCMXCII".

Conozcamos mejor la Biografía de Eduardo Chillida, autor de la obra reseñada;
     Eduardo Chillida Juantegui, (San Sebastián, Guipúzcoa, 10 de enero de 1924 – 19 de agosto de 2002). Escultor.
     Es el escultor español de la segunda mitad del siglo XX que alcanzó mayor proyección internacional.
     Nació y residió durante su infancia y gran parte de su juventud en la ciudad de San Sebastián. Su atracción por el dibujo le impulsó a iniciar en 1943 la carrera de Arquitectura en Madrid, que abandonó cuatro años más tarde para asistir a clases de Dibujo en el Círculo de Bellas Artes. En 1948 viajó a París, se alojó en el Colegio Español de la Ciudad Universitaria, en el que coincidió y trabó amistad con Pablo Palazuelo y Eusebio Sempere, e inició su actividad escultórica con el barro y el yeso como materiales. En París participó en acontecimientos expositivos de importancia, como el Salón de Mayo (1949 y 1950) y la IV Exposition Les Mains Eblouies de la galería Maeght, que unos años más tarde se hizo cargo de su producción artística. En 1951 estableció su residencia y su taller en Hernani (Guipúzcoa); allí comenzó a trabajar el hierro como material escultórico y definió los presupuestos conceptuales y estilísticos de su producción artística posterior. De aquel momento datan las puertas de la basílica de Aránzazu y las iniciales series de hierro que dio a conocer en sus primeras exposiciones individuales de Madrid y París.
     En 1959 trasladó su domicilio a San Sebastián, ciudad en la que residió hasta su muerte. En ese mismo año inició su experiencia plástica con la madera, que dio origen a cuatro grandes esculturas de la serie Abesti Gogora (canto rudo) que realizó entre esa fecha y 1965. La realización de un viaje a Grecia en 1963 generó en el artista un interés por la luz, que dos años más tarde se plasmó en la serie escultórica Elogio de la luz. Su experiencia plástica se fue enriqueciendo al abordar sucesivamente el trabajo del hormigón (1972) y del barro, materia que comenzó a utilizar en 1977 en los talleres de cerámica de la Fundación Maeght.
     Paralelamente, Chillida desarrolló una importante actividad en los campos del dibujo y del grabado, que se dio a conocer en muestras de carácter monográfico, en certámenes internacionales que reconocieron su aportación gráfica con importantes premios, y en ilustraciones de obras filosóficas y literarias, como las litografías realizadas en 1968 para el libro Meditation in Kastilien, de Max Hölzer, los litocollages para Die Kust und der Raum, de Martin Heidegger (1969) o las ilustraciones para La escritura o la vida, de Jorge Semprún (1997).
     En 2000, dos años antes de su fallecimiento y afectado ya por una grave enfermedad, Chillida asistió a la inauguración del Chillida Leku, museo que acoge en Hernani, en el entorno natural de un viejo caserío del siglo XVI, una muestra de su trayectoria artística y sus últimas piezas de acero, granito y hormigón de carácter monumental. La muerte del artista tuvo lugar en 2002, sin que hubiera conseguido ejecutar su proyecto escultórico más polémico y ambicioso: la creación de un inmenso cubo vacío en el seno de la montaña de Tindaya, en Fuerteventura, que fue rechazado con dureza por las asociaciones culturales y ecologistas del Archipiélago.
     Las primeras creaciones realizadas por Chillida entre 1948 y 1950 son de carácter figurativo y, como los ídolos cicládicos y las estatuas arcaicas griegas que conoció en el Museo del Louvre, se caracterizan por la compacidad, la frontalidad y la fragmentación. Representativas de aquella primera fase son las esculturas Forma (1948), Maternidad (1948) y Concreción (1950). Con Ilarik (1951), que realiza en el taller de Hernani, se produce un cambio de orientación en los planteamientos artísticos de Chillida. Abandona la figuración y con el aprendizaje extraído de la tradición artesanal de los herreros, fuertemente arraigada en su entorno, define un nuevo y personal lenguaje escultórico que le convierte en artista universal. Su investigación plástica se centra desde entonces en la exploración de la materia, a través de la que intenta desvelar los enigmas de la existencia y del funcionamiento de la naturaleza, aspectos en los que se le ve influido por la poesía alemana del romanticismo. Las primeras esculturas de los años cincuenta son de hierro, materia que se convierte en aliada imprescindible del artista a lo largo de toda su trayectoria plástica. En ellas pone de relieve las leyes internas que rigen esa materia, su resistencia, densidad, elasticidad y texturas, aplicando las técnicas tradicionales de la fragua.
     En las series instrumentales de 1951-1956 (Consejo al espacio, Música de las esferas, Del horizonte, Elogio del aire, Música callada) evoca a través de la forma, de la materia y de la técnica los aperos agrícolas, y, en las series gestuales realizadas entre 1955-1966 (Hierros del temblor, Rumor de límites, Yunque de sueños, Modulación del espacio) configura unos volúmenes más complejos, impulsivos y sígnicos, que ocupan el espacio, establecen un diálogo con él y lo convierten en un lugar artístico cargado de referencias culturales.
     En las series de acero de carácter arquitectónico (Estelas, Alrededor del vacío, Elogio a la arquitectura), que inicia en 1964, recurre a técnicas industriales que le permiten conseguir volúmenes de grandes proporciones.
     La escala monumental había sido abordada anteriormente con la madera (Abesti Gogora), materia que por su menor peso facilitaba el aumento de tamaño y por su contextura blanda y escasa ductilidad abría una nueva experiencia en su indagación plástica, evocadora como las primeras obras de hierro de la impronta marcada en el artista por su entorno cultural más próximo, tanto en el aspecto técnico como en las referencias formales. Posteriormente, a partir de Lugar de encuentros III (1972), es el hormigón el soporte de sus creaciones monumentales, que culminan en 1990 con la colocación del Elogio del Horizonte en el cerro de Santa Catalina, en Gijón. Con el hormigón, a través de contundentes volúmenes abiertos, envolventes y receptivos, define mejor que con cualquier otra materia el concepto de recinto, de lugar creado para el hombre, de espacio abierto al encuentro, pensado para ser ocupado antes que para ser contemplado. Así pues, el proceso de creación y el resultado plástico dependen en la obra de Chillida de la elección y el enfrentamiento respetuoso a la materia.
     Con el hierro planteó una indagación espacial a partir de la continuidad formal; con la madera investigó sobre la rotundidad volumétrica y la noción de límite, investigación que profundiza con el hormigón para definir espacios concebidos como lugares de encuentro.
     Las investigaciones lumínicas emprendidas con el alabastro (Elogio de la luz, Elogio de la arquitectura, Modulación heterodoxa, etc.), la exploración de la ductilidad y ligereza del barro como materia primera y elemental (Lurra) y la experimentación con el papel como soporte de sus dibujos y grabados, pero también como materia liviana dotada de sus propias cualidades morfo-espaciales (Gravitaciones), resumen lo más significativo de la aportación realizada por Chillida al arte del siglo XX en sus más de cincuenta años de actividad creativa.
     Esa aportación tuvo un temprano y rápido reconocimiento internacional, en especial desde que, en 1954, Chillida obtuvo el Diploma de Honor de la X Trienal de Milán. En ese mismo año celebró en la galería Clan de Madrid su primera exposición individual, seguida dos años más tarde de la que mostró sus primeras piezas de hierro forjado en la galería Maeght de París, que Gastón Bachelard denominó Le cosmos du fer. Tras participar en la muestra Sculptures and Drawings from Seven Sculptors (1958) del Salomon R. Guggenheim Museum de Nueva York, consolidó su proyección mundial al conseguir el Primer Gran Premio Internacional de Escultura en la XXIX Bienal de Venecia. Le siguieron en 1959 varias muestras internacionales en Estados Unidos y Canadá y la exposición de tres esculturas en la II Dokumenta de Kassel. Enumerar la actividad expositiva de Chillida desbordaría la extensión de esta breve reseña biográfica, ya que su obra escultórica y gráfica ha recorrido las principales galerías, museos y centros de arte del mundo. Destacan las muestras personales celebradas a lo largo de toda su trayectoria en la galería Maeght de París y en el Kunsthalle de Basilea, donde en 1962 expuso junto a Rothko, a las que siguieron las de la Tate Gallery de Londres (1964), Wilhelm-Lehmbruck Museum de Duisbourg (1966) y Museum of Fine Arts de Houston (1966), en el que tuvo lugar su primera exposición antológica en Estados Unidos, que recorrió varios museos americanos en 1967. Tras una muestra en el Konstsalongen Samlaren de Estocolmo, en 1968, expuso en la sala Em Erker de Saint Gallen, donde conoció al filósofo Martin Heidegger y preparó las muestras de obra gráfica que se celebraron al año siguiente en el Kunstmuseum de Basilea (1969), Kunsthaus de Zúrich (1969) y Stedelikj Museum de Ámsterdam (1969). Otras exposiciones importantes de su trayectoria tuvieron lugar en la Hastings Gallery-Spanish Institute de Nueva York (1974), Carnegie Institute de Pittsburg (1979), Guggenheim Museum de Nueva York (1980), Palacio de Cristal del Retiro de Madrid (1980), Kestner Gesellschaft de Hanover (1981), Fundación Miró de Barcelona (1986), Kunstmuseum de Bonn (1989), Bienal de Venecia (1990), Matin-Gropius-Bau de Berlín (1991), Palacio de Miramar de San Sebastián (1992), Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid (1998) y Museo Guggenheim de Bilbao (1999).
     Representada en los principales museos del mundo, su obra ocupa también destacados espacios urbanos.
     Desde el Monumento a Fleming (1955), que realizó para el jardín de Ategorrieta en San Sebastián, y que actualmente se encuentra en el Paseo de la Concha de esa ciudad, Chillida creó numerosas esculturas públicas, de las que destacan El Peine del Viento IV (1969), ubicado en París ante la fachada del edificio de la UNESCO; Peines del viento (1972-1977), que se abre al mar al pie del monte Igueldo en San Sebastián; Lugar de Encuentros III (1972), colgada en 1978 del puente del Paseo de la Castellana, en Madrid, y el Monumento a los Fueros de Vitoria (1980), ejecutado en colaboración con el arquitecto Peña Ganchegui.
     Junto a ellas, La casa de Goethe de Frankfurt (1986), Gure Aitaren Etxea de Gernika (1988) y Elogio del Horizonte de Gijón (1990) son algunas muestras relevantes de las piezas creadas para espacios abiertos.
     Eduardo Chillida, que también tuvo una experiencia docente como visiting professor en el Carpenter Center de la Universidad de Harvard (1971), obtuvo la práctica totalidad de los premios de arte existentes en su época. Además de los ya señalados de la Trienal de Milán y la Bienal de Venecia, consiguió, entre otros, los premios Kandinsky (París, 1960), Providence Arts Club (Rode Island, 1962), Carnegie (Pittsburg, 1964), Wilhelm-Lehmbruck (Duisburg, 1966), Art Institute (Providence, 1966), Grosser Kunstpreis des Landes (Nordrhein-Westfalen, 1966), Wellington de escultura (Madrid, 1970), Rembrandt (Basilea, 1975), Tenth Internacional Bienal Exhibition of Prints (Tokio, 1976), Andrew W. Melon (Pittsburg, 1978), Europa de Bellas Artes (Estrasburgo, 1983), Pendo Verlag (Zúrich, 1983), Prix National des Beaux-Arts pour la Sculpture (París, 1984), Wolf Foundation Prize (Israel, 1985), Príncipe de Asturias de las Artes (Oviedo, 1987), Lorenzo el Magnífico (Florencia, 1987), Praemium Imperiale de la Japan Art Association (1991), Jack Goldhill Price for Sculpture (Londres, 1996) (María Soledad Álvarez Martínez, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Monumento a la Tolerancia, de Eduardo Chillida, en el paseo Alcalde Marqués del Contadero, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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