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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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viernes, 17 de abril de 2020

La pintura "El incendio de Troya", de Francisco Gutiérrez, en la sala VI del Museo de Bellas Artes


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "El incendio de Troya", de Francisco Gutiérrez, en la sala VI, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
    El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
    En la sala VI del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "El incendio de Troya", obra de Francisco Gutiérrez (1616 - h. 1669-1670), siendo un óleo sobre lienzo en estilo barroco, pintado en 1657, con unas medidas de 1,07 x 1,62 m., y procedente de la Donación Villacieros (1981).

      Representación de la caída de Troya a manos de los griegos inspirada en los pasajes que narran la parte final del canto segundo de la Eneida de Virgilio. La escena está representada entre arquitecturas fantásticas en primer plano y el incendio de la ciudad al fondo (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
      Muy poco conocemos en nuestros días sobre la vida de este pintor (Francisco Gutiérrez) salvo que podemos situar su actividad en la Corte madrileña entre 1639 y 1668. Con cierta seguridad puede señalarse que en 1670 ya había muerto, pues ese año la que había sido su esposa se declaró viuda. Escasas referencias bibliográficas se encuentran sobre este artista en el pasado, las cuales además son muy escuetas. La primera de ellas la emitió Lázaro Díaz del Valle, contemporáneo del pintor que al referirse a él señala que "es vecino de esta villa de Madrid donde vive en este presente año de 1657; es admirable pintor de perspectivas". Posteriormente Ceán Bermúdez en 1800 repitió estos mismos datos.
      En el Museo de Bellas Artes de Sevilla se encuentran dos pinturas características de este artista, firmadas ambas al dorso con el monograma que habitualmente utiliza, añadiendo la fecha de 1657 y también la abreviatura de Madrid.
      Los temas de estas pinturas son José recibido en Heliópolis y la Caída de Troya. En ambas obras el pintor muestra su habitual preferencia por narrar episodios multitudinarios, que se ambientan dentro de aparatosas y fantásticas escenografías captadas en perspectiva. En estos escenarios se advierten reflejadas formas arquitectónicas eclécticas, que derivan de estampas y especialmente de imágenes recreadas por el pintor Hans Vredeman de Vries. La descripción de estas escenas muestra la habilidad de Francisco Gutiérrez para recrear imaginarios ambientes arquitectónicos y animarlos con profusión de figuras de pequeño tamaño, que se mueven bulliciosas en los amplios espacios que las albergan.
      La representación pictórico de La caída de Troya se inspira en los pasajes que narran la parte final del canto segundo de la Eneida de Virgilio. El episodio representado muestra el momento en que los griegos han logrado introducirse en la ciudad de Troya, escondidos en el interior de un gigantesco caballo y atacan a los troyanos, destruyendo en incendiando lo que encuentran a su paso. El artista, ha desarrollado, como exige el texto original, la escena durante la noche, iluminada por los resplandores de los incendios. La fidelidad al texto de la Eneida se subraya en la pintura con la aparición en su parte inferior derecha de tres personajes que se identifican perfectamente con Eneas llevando sobre sus hombros a su padre Anquises y con Iulio Ascanio el niño que va delante de ellos. Resulta interesante advertir en la pintura, dentro del imaginario repertorio de edificios, como Gutiérrez ha incluido una interpretación fantaseada del templete circular realizado por Bramante en San Pietro in Montorio de Roma (Enrique Valdivieso González, Pintura, en El Museo de Bellas Artes de Sevilla. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Historia y Leyenda de la Guerra de Troya, tema representado en esta pintura;    
     La guerra de Troya alude a un conflicto bélico en el que se enfrentaron los griegos contra los troyanos, acontecido entre los siglos XII y XIII a.C.
      A simple vista, el único motivo por el cual estalló la guerra consiste en el rapto de la reina Helena de Esparta por parte de París, príncipe de Troya. A partir de ello, el ejército griego cruzó los mares para llegar a Troya con el objetivo de recuperar a Helena y a su vez destruir la nación. 

      La guerra de Troya es desarrollada en los famosos poemas épicos griegos que se le atribuyen a Homero: La Ilíada y La Odisea. Los antiguos griegos creían que la historia planteada por Homero era cierta, y por tanto también confiaban en que la causa de la rivalidad entre persas y griegos se debía a dicha guerra.
      En la actualidad, tanto la ciudad de Troya como la guerra son consideradas mitológicas. Los textos de Homero representan unas de las más grandes obras literarias que existen y han originado cantidades de historias similares, libros, leyendas e incluso películas (www.enciclopediadehistoria.com).
Conozcamos mejor la Biografía de Francisco Gutiérrez, autor de la obra reseñada;
       Francisco Gutiérrez Cabello (Valle de Bárcena, Cantabria, 1616 – ¿Madrid?, c. 1669-1670). Pintor.
       Francisco Gutiérrez Cabello es sin duda uno de nuestros pintores barrocos más importantes en el género de las perspectivas arquitectónicas. No se conocen excesivos datos sobre su vida, aunque se sabe que nació en el valle de Bárcena (Cantabria) y que su sangre era hidalga, pues en ocasiones hace constar el “don” ennoblecedor junto a su nombre y los solares cántabros de su apellido. Se ignora cuándo y en qué circunstancias pasó a Madrid, pero su traslado debió de ser muy pronto, pues en 1630, cuando tenía catorce años, conoció a Velázquez en la Corte. Hecho que acaso pueda determinar su aprendizaje en la pintura con algún famoso maestro ligado a palacio.
       Como pintor aparece muy joven, en 1639, comprando diversos objetos en la almoneda de Vicente Carducho, entre ellos, dos figurillas de pasta, una Fortuna y un Mercurio en 12 reales. Parece lógico que una vez asentado como pintor en Madrid formalizase su matrimonio con Clara de Tobar, que con el tiempo habría de sobrevivirle.
       Su habilidad en el género de las perspectivas debió de darle muy pronto prestigio y enfocar un tanto su carrera profesional. Así, en 1649 ejecutó varios proyectos para las decoraciones callejeras que se hicieron a la entrada en Madrid de la reina Mariana de Austria, realizando junto a Juan Fernández de Gandía y Juan Lucio diversas demostraciones de la puerta de Alcalá y arcos triunfales que habrían de jalonar la comitiva real. Su éxito como pintor en Madrid debió de ser grande. Díaz del Valle, cronista de Felipe IV y cantor de la real capilla, consignó su prestigio en el Origen ilustración del nobilísimo y real arte de la pintura de 1657 considerando al artista como un “admirable pintor de perspectivas”. Un prestigio ratificado un año más tarde, en 1658, cuando se convocó al pintor para testificar a favor de la concesión del hábito de Santiago a Velázquez.
       Como tantos otros pintores de la época, Francisco Gutiérrez complementó su actividad pictórica con la de tasador de pinturas.
       Su obra es hoy relativamente abundante. Sus perspectivas con frecuencia se agrupan en series de varios lienzos desarrollando asuntos religiosos o mitológicos.
       En ellos el pintor representa a numerosos personajes de pequeño tamaño insertos en originales y fantásticas arquitecturas de gran efecto decorativo.
       Por regla general su fuente de inspiración se basa en estampas flamencas manieristas, especialmente en las de Vredeman de Vries. Destacan por su gran calidad artística los lienzos del Museo de Bellas Artes de Sevilla (1657): La caída de Troya y José recibido en Heliópolis; la serie conservada en la colegiata vallisoletana de Villagarcía de Campos (1662) con episodios bíblicos y evangélicos: José recibido en Heliópolis, El traslado del Arca de la Alianza, El juicio de Salomón, La visita de la reina de Saba a Salomón, Los desposorios de la Virgen con San José y La cena en casa del Fariseo; y los cuadros del convento cacereño del Cristo de la Victoria, en Serradilla (1667-1668) con El castigo de Heliodoro, La expulsión de los mercaderes, Los desposorios de la Virgen y La cena en casa del fariseo.
       Otras obras también características de su producción son: el Moisés salvado de las aguas del Museo de Bellas Artes de Bilbao, el Juicio de Salomón del Museo del Prado, junto a su variante de la colección del Banco Hispanoamericano, y otras muchas obras en colecciones particulares (Triunfo de José, Destrucción de Jerusalén, Las bodas de Caná, Banquete de Esther y Asuero, etc.), donde muestra siempre su destreza técnica y decorativismo al estilo de Juan de la Corte.
       Como pintor religioso en el tradicional “cuadro de historia”, Gutiérrez está muy por debajo de su maestría anterior. Se conserva una modesta Inmaculada Concepción (1654, colección particular, La Rioja) que ratifica una vez más su enfoque hacia las perspectivas arquitectónicas.
       Francisco Gutiérrez debió de fallecer entre 1668, año en que fechó la serie del convento de Serradilla, y mayo de 1670, cuando su mujer se declaró ya viuda al gestionar unos asuntos dinerarios (Álvaro Piedra Adarves, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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jueves, 16 de abril de 2020

La pintura "Santa Engracia", del taller de Zurbarán, en la sala VI, del Museo de Bellas Artes


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Santa Engracia", del taller de Zurbarán, en la sala VI, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
     Hoy, 16 de abril, en Zaragoza, Memoria de Santa Engracia, virgen y mártir, que sufrió duros suplicios y le quedaron las llagas como testimonio de su martirio (s. IV) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
      Y qué mejor día que hoy para ExplicArte la pintura "Santa Engracia" del taller de Zurbarán, en la sala VI, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
     El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
      En la sala VI del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "Santa Engracia", obra anónima del taller de Francisco de Zurbarán (1598-1664), siendo un óleo sobre lienzo en estilo barroco, pintado hacia 1640-50, con unas medidas de 1,73 x 1,03 m., y procedente del Hospital de las Cinco Llagas de Sevilla, depositado el 12 de marzo de 1920.

      Aparece esta santa con una presentación similar a la de Santa Eulalia ya que, además, el pintor se ha servido de la misma modelo. La figura es de tamaño natural y aparece de frente, vistiendo una capa de brocado en tonos ocres que el artista trata con un detallismo admirable.
      La mártir lleva en su mano izquierda el clavo, instrumento que según la historiografía cristiana acabó finalmente con la vida de la virtuosa joven.
      Santa Engracia, nacida en la Bracara de la Lusitania, fue martirizada en presencia del emperador Dalciano.
      Con ocasión de su paso por Zaragoza, el 16 de abril del año 304, escoltada por dieciséis caballeros y varias criadas, con destino a Narbona, se permitió reprender al emperador por su crueldad persecutoria con los cristianos. El emperador ordenó darle muerte, le abrieron el pecho y a continuación, atravesaron la cabeza con un clavo, siendo además decapitados sus acompañantes (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
      Muchas fueron las series de Santas que se pintaron en Sevilla a lo largo del segundo tercio del siglo XVII y ciertamente Zurbarán realizó algunas de ellas, hoy dispersas e incompletas. Pero desgraciadamente la serie de Santas que conserva el Museo no es de Zurbarán y ni siquiera puede señalarse que sean obras de su taller. En el actual conocimiento que tenemos sobre la pintura sevillana de esta época permite pensar que pertenecen a uno de los anónimos imitadores de Zurbarán, que siguen fielmente su estilo, con menor talento y habilidad técnica. Los imitadores del artista realizaron este tipo de pinturas con insistencia, dado que la demanda del público hacia ellas era constante y debido también a que el precio que cobraban estos maestros secundarios no era excesivo.

     Realizadas para ser colocadas en la parte alta de los muros de las iglesias, estas series de santas que solían tener ocho componentes se repartían en igual número en cada lado de las naves formando un cortejo que simulaba dirigirse hacia el altar mayor.
     Esta serie no fue nunca mencionada en el pasado y el primero que lo hizo fue el escritor Félix González de León en 1884, cuando al describir el Hospital de la Sangre, de donde procede, mencionó "ocho cuadros situados en alto, de Francisco de Zurbarán que de cuerpo entero representan ocho santas vírgenes... en los que el autor se esmeró en los ricos y recamados ropajes que llaman la atención de todos el que los mira". Ciertamente algunas de las santas llevan trajes con profusión de bordados minuciosamente reproducidos, pero sabemos que este menester de copiar telas con precisión es justamente el que realizaban siempre en los talleres los discípulos del maestro, reservándose éste siempre las partes más creativas.
      Hay que señalar además que el autor de esta serie debió de ayudarse de colaboradores, puesto que en las pinturas se advierten tipos físicos y técnicas de diferente personalidad que hacen muy superiores unas pinturas con respecto a otras. Si en algo se pudiera dudar sobre la no pertenencia a Zurbarán de estas pinturas, un atento examen de sus rostros duros e inexpresivos en su mayoría evidencia una excesiva torpeza a la que Zurbarán jamás descendió. Por otra parte, el examen de las manos de las santas termina por reflejar una inferioridad técnica que Zurbarán nunca practicó, ya que justamente en la ejecución de este tipo de detalles sobresalió con su enorme calidad.
      La presencia de este conjunto de santas en la iglesia del Hospital de la Sangre está justificada por su carácter protector y milagrero y al mismo tiempo por el ejemplo de aceptación del dolor en el momento de su martirio (Enrique Valdivieso González, La pintura en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. Ed. Galve, Sevilla, 1993)
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de Santa Engracia, virgen y mártir; 
     Mártir aragonesa que habría sido flagelada y luego atravesada con un clavo en medio de la frente. Dicho suplicio se parece al de san Pantaleón a quien habrían clavado ambas manos sobre la coronilla. 
      Esta santa legendaria quizá  sea la personificación de la Gracia de Dios (Sancta Gratia).
      Su culto, localizado en la región de Zaragoza, se difundió en Francia y en los Bajos Pirineos franceses donde un pueblo lleva el nombre de Sainte Engrâce du Port.
      Se la invocaba contra el dolor de cabeza. Además de la corona y la palma del martirio, tiene como atributo distintivo un clavo hundido en la frente (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Santa Engracia, virgen y mártir;
     Santa Engracia, (s. m. s. III – Zaragoza, c. 303). Mártir y santa.
     Dio testimonio público de su fe y sufrió suplicio en Zaragoza con ocasión de la gran persecución contra los cristianos ordenada por Diocleciano a partir de febrero de 303 mediante cuatro edictos consecutivos, el último de los cuales (304) obligaba a todos los cristianos a participar en el sacrificio a los dioses romanos bajo pena de muerte. En Hispania correspondió a Augusto Maximiano vigilar la obediencia a las leyes dictadas y castigar a los remisos, entre los cuales se encontraba la virgen cesaraugustana Engracia. Se conocen los detalles de su tormento gracias al carmen martirial titulado Peristephanon (“Sobre las coronas [de los mártires]”) compuesto por Aurelio Prudencio a comienzos del siglo V (hacia 402-404). El poeta recrea la tradición oral para dar forma al Himno IV que dedica a la memoria de los Dieciocho Mártires de Zaragoza, y junto a ellos singulariza a Engracia, merecedora de un elogio particular por haber sobrevivido a la feroz tortura a la que fue sometida al serle negado el golpe de gracia con la espada a fin de prolongar su sufrimiento hasta la muerte. Precisamente la gravedad de su padecimiento la hace merecedora de la corona de mártir, a pesar de no haberse consumado el suplicio con la decapitación.
     En tiempos de Prudencio, sus restos y los de sus compañeros de martirio recibían culto en un templo de la ciudad, que fue de nuevo consagrado en 592 coincidiendo con la celebración del II Concilio de Zaragoza, tras el episcopado arriano del apóstata Vicente (hacia 580), y puesto bajo la advocación de los Innumerables Mártires. Poco después (comienzos del siglo VII), se compuso la Passio martyrum Innumerabilium Caesaraugustanorum en conmemoración de la reconciliación de la basílica. Junto a ella se construyó un monasterio del que llegó a ser abad Juan, hermano mayor de Braulio de Zaragoza (631-651) y su predecesor en la sede episcopal. En él profesó como monje el obispo Eugenio de Toledo (646-657), que sublimó su devoción martirial entregándose al cuidado de los dos sepulcros, el común de los Dieciocho Mártires y el de Engracia. En su honor compuso el poema De basilica sanctorum decem et octo martyrum (María Victoria Escribano Paño, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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miércoles, 15 de abril de 2020

La Fachada del Palacio del Rey Don Pedro, en el Palacio del Yeso, del Real Alcázar


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Fachada del Palacio del Rey Don Pedro, en el Palacio del Yeso, del Real Alcázar, de Sevilla.    
   El Real Alcázar [nº 2 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 2 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la plaza del Triunfo, 5 (la salida se efectúa por la plaza Patio de Banderas, 10); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo. 
     En el Real Alcázar, en el Palacio del Yeso, se encuentra la Fachada del Palacio del Rey Don Pedro [nº 5 en el plano oficial del Real Alcázar].
     El Rey Don Pedro I de Castilla fue el constructor de este gran palacio al que se considera como el primer edificio civil de Sevilla y cuyas obras serían transcendentales para el desarrollo del mudejarismo. Es Don Pedro uno de los monarcas españoles más discutibles y discutidos, conociéndosele como "el Cruel" y "el Justiciero"; pero sin lugar a dudas sintió una especial predilección por Sevilla a la que escogería como capital de su reino, sirviendo ésta de escenario a sus múltiples amoríos y desafueros.

      Apoyándose en viejas estructuras anteriores y, con ayuda de carpinteros y alarifes granadinos, toledanos y sevillanos, construyó este espléndido palacio con factura y materiales que corresponden al gusto islámico. Su estilo es el mudéjar, fruto de la hibridación de elementos musulmanes con otros de cuño cristiano y que refleja la enorme sugestión que la cultura y la arquitectura del Islam ejercieron sobre los mo­narcas castellanos.
      Las obras se iniciaron en 1364, fecha inscrita en la portada y, finalizaron en 1366 como consta en las puertas del Salón de Embajadores.
     La fachada principal se alza al fondo del Patio de la Montería y ha sido considerada como el paradigma más bello, suntuoso y de­purado del mudejarismo. Este magnifico tapiz queda limitado en sus laterales por sendas pilastras de ladrillo alzadas sobre columnas de mármol y coronado por el espléndido alero de madera de pino policromada que es pieza fundamental entre los almohades de la Mezquita sevillana y los granadinos de la Alhambra.
      El primer cuerpo consta de sendos arcos ciegos de tradición almohade, prolongados en paños de sebka y apeados sobre columnillas marmóreas que flanquean la puerta de acceso, con dintel adovelado y decorado con pámpanos de uvas que denotan la intervención de artistas toledanos.
     Los almohadillados revelan el influjo de obras cordobesas y los encintados cerámicos su ascendencia oriental. Sobre el dovelaje de la puerta en el que se entrecruzan con los mocárabes de la tallada piedra. Los emblemas heráldicos de la realeza de Castilla, surge el cuerpo de luces conformado por ajimeces de bellos arquillos mixtilíneos, coronados por el dintel de descarga de influjo claramente granadino. En él queda inscrito en caracteres cúficos y con cerámica blanca y azul, el mote de los nazaríes "Y no es vencedor sino Alá".
      La huella castellana queda patente en la inscripción que enmarca este dintel en la que en caracteres gótico monacales se lee: "El muy alto y muy noble y muy poderoso y muy conqueridor Don Pedro, por la gracia de Dios Rey de Castilla y de León, mandó facer estos Alcázares y estos Palacios y estas portadas que fue hecho en la era de mil cuatrocientos y dos". Dicha fecha corresponde a la hégira musulmana, siendo la cristiana la de 1364, ya citada.
     A esta misma fecha corresponden también las arquerías bajas laterales aparejadas en ladrillo y apeadas sobre pilares del mismo material, descubiertas hace ya algunos años, pero que durante siglos habían permanecido empotradas en sendos muros lisos.
      La puerta de entrada también poseyó una verja, antecediéndola, colocada en época mo­derna. Las galerías superiores son obra del tiempo de los Reyes Católicos, ejecutadas después de la conquista de Granada, como lo prueban las granaditas labradas en yeso que sirven de marco a las ventanas y el aire tan sumamente granadino que poseen en su conjunto (Ana Marín Fidalgo, El Alcázar de Sevilla. Ed. Guadalquivir, 1992).
     El palacio, que debe su nombre al monarca castellano que lo mandó erigir, es una de las construcciones civiles más importantes del arte mudéjar español.
     Su relevancia no sólo le viene dada por ser, hasta ese momento, la primera empresa constructiva de tal proporción que realizaba un rey castellano, sino por ser el resultado de las diferentes corrientes artísticas de herencia musulmana que coexistían en la península. Ello es debido a que Pedro I, al construir el palacio,  recurre a artífices sevillanos y toledanos quienes, junto a los procedentes del reino nazarí de Granada enviados por el sultán Muhammad V, quien había recuperado el trono con la ayuda del monarca cristiano, dotan al edifico de un amplio repertorio ornamental de vital importancia para el conocimiento de la evolución de las artes entre los siglos XIII y XIV. Por otra parte, el palacio sevillano es un claro ejemplo de la fascinación que despertaba en los reinos cristianos la refinada cultura musulmana, siendo además un hito de la convivencia de ambas religiones, como demuestran las inscripciones cúficas que salpican sus paredes, dedicadas a ensalzar y alabar las grandezas del protegido de Alá, el "sultán don Pedro I". Construido entre 1364 y 1366, reaprovecha parte del antiguo Alcázar al- Mubarak o Alcázar de la Bendición, que había sido levantado en el siglo XI, por Al-Mutamid.
     El palacio de Pedro I, heredero de la tradición musulmana, organiza funcionalmente sus estancias en torno a dos patios claramente diferenciados por sus usos, el privado o de las Muñecas y el público o de las Doncellas. En esta última zona, de mayor superficie, es donde la decoración se hace más suntuosa, en especial en la sala del trono, el llamado Salón de Embajadores, símbolo de la magnificencia y del poder real. El primitivo palacio ofrecía un amplio desarrollo en horizontal, sobresaliendo por encima del mismo los volúmenes de su monumental fachada, del Salón de Embajadores y de dos dependencias, sobre grandes arcadas, construidas como planta alta. Estas dos algorfas, nombre con el que se designa a este tipo de estancias, será el núcleo sobre el que se organice el piso superior durante el reinado de los Reyes Católicos, destinándose a vivienda durante los períodos invernales.
     Con la llegada de la dinastía de los Austrias, el conjunto del palacio sufrirá nuevas reformas y remodelaciones con el fin de adaptarlo a las necesidades de la corte y de acomodar sus antiguos ambientes y elementos a las nuevas corrientes estéticas de los siglos XVI y XVII. Durante el siglo XVIII, las obras más importantes que se acometen en el palacio son las destinadas a reparar los estragos que causaron el terremoto, denominado de Lisboa, del 1 de noviembre de 1755 y el grave incendio iniciado en la tarde del 1 de diciembre de 1762. Las intervenciones que se realizan a lo largo del siglo XIX son algo confusas y, en ocasiones, contradictorias. Durante el ochocientos se realizarán una serie de obras destinadas, por un lado, a convertir el edificio en residencia de los Duques de Montpensier, dotando al palacio de una nueva organización y racionalización de los espacios, y construyéndose además nuevas galerías y dependencias en la primitiva zona privada. Por otra parte, se emprenden distintas obras de restauración encaminadas a devolver al palacio su antiguo esplendor. Dichas labores de restauración se continuarán e incluso se acrecentarán durante todo el siglo XX, ocasionando frecuentes polémicas en torno a los criterios bajo los que se emprendieron los trabajos.
     Al palacio de Pedro I se accede por la monumental fachada que ocupa el frente sur del Patio de la Montería. Esta fachada se halla divida en tres módulos, siendo los laterales el producto de diferentes reformas y modificaciones. Actualmente, estas zonas, realizadas en ladrillo, se encuentran dividas en dos cuerpos. El inferior presenta una galería de cuatro arcos peraltados, inscritos en alfiz y apeados sobre pilares ochavados. Tal organización, en forma de galería fue descubierta durante las restauraciones de mediados del siglo XX, procediéndose a desmontar la pared en la que se encontraban embutidas. Por encima de dicha galería corre un alto pretil en el que se asienta una segunda arcada construida tras la toma de Granada por los Reyes Católicos, como indican las granadas que decoran el alfiz de la ventana central del ala derecha. La galería tiene organización tripartita, ocupando el centro un arco peraltado sobre pilares y, los flancos, tres arcos peraltados sobre columnas de mármol e inscritos en un alto alfiz, desarrollándose entre éste y aquéllos una labor de sebqa. Sobre ellos, un friso de madera con los emblemas de Castilla y la frase, "la dicha, la paz, la gloria, la generosidad y la felicidad perpetua (para su dueño)". Rematan las cubiertas los volúmenes de las techumbres del piso alto, apareciendo al centro, sobre la portada mudéjar, el airoso cubo perteneciente a la Sala de Audiencias.
     La parte central de la fachada está ocupada por la espléndida portada del palacio mudéjar en el que a modo de tapiz, se anudan las diversas labores ornamentales debidas a artífices de diferente procedencia. Su composición sirvió, años más tarde, de inspiración para la construcción de la fachada dorada del Cuarto de Comares, en la Alhambra de Granada. El cuerpo inferior está realizado en sillares almohadillados, cuyo juego de claro-oscuro enriquece plásticamente el basamento. En los laterales de esta zona intervienen maestros sevillanos, autores de los arcos polilobulados ciegos sobre columnas y los paños de sebqa inscritos en alfiz, trasunto de los que decoran la vecina torre de la Giralda. Sin embargo, en la parte central, ocupada por la puerta de acceso, serán los toledanos quienes realicen las once dovelas que forman el dintel, adornadas con ricas labores de ataurique enmarcadas por cintas de aliceres verdes. En el cuerpo superior, compartimentada en tres registros rectangulares separados por bandas de lacerías realizadas en cerámica verde, blanca y negra, aparece multiplicado el mismo motivo de arco polilobulado sobre columnillas con paños de sebqa. La luz de estos arquillos se adornan con labores vegetales en alternancia con la inscripción, en caracteres cúficos, "el imperio para Alá". Los paños de sebqa son ocupados por los motivos heráldicos del monarca castellano, los leones, los castillos y los escudos de la Orden de la Banda. En el paño central se repiten los motivos anteriores, si bien su labra es menos profunda y sus trazos más elegantes.
     Sobre éstos se abre el cuerpo de luces formado por ajimeces, dobles en los laterales y triple en el central, sostenidos por columnas de mármoles de colores, decorándose las enjutas, inscritas en alfiz, con cerámica policroma de motivos de lacería que, vuelven a repetirse en las bandas que sirven de compartimentación. Rematando este cuerpo y a modo de un gran friso corrido, aparece una doble inscripción en caracteres góticos y cúficos. Esta última, que ocupa la parte central, repite ocho veces, cuatro de izquierda a derecha en azulejos de color azul y otras cuatro a la inversa e invertida en color blanco, el lema de los sultanes granadinos de la dinastía nazarí 'y no es vencedor; sino Alá". Rodeando a la misma se encuentra la leyenda que fecha la construcción del palacio, "El muí alto e muy noble et muí poderoso e muy conqueridor don Pedro por la gracia de dios rey de castiella et de leon mando facer estos alcazares e estos palacios e estas portadas que fue fecho en la era de mill et quatrocientos y dos". Dicha fecha se corresponde con la era conocida como "Española o del César" que toma como punto de partida el año treinta y ocho antes del nacimiento de Cristo. Por lo tanto, la datación de la fachada es el año 1364 de la era cristiana.
     Enmarcan la portada dos pilares de ladrillos apeados en columnas, y rematados por dos grandes mensulones que sirven de soporte al alero de madera. Realizado por carpinteros toledanos, presenta diferentes frisos con labores vegetales, estando formado el superior por pequeños arquitos con mocárabes. Dos nuevas inscripciones se sitúan en los intercolumnios, en caracteres cúficos, que rezan "en grandeza y ostentación (es) única esta casa" y "la felicidad cumplida" (Juan Carlos Hernández Núñez, Alfredo J. Morales. El Real Alcázar de Sevilla. Scala Publishers. Londres, 1999).
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martes, 14 de abril de 2020

El Palacio de San Telmo - Presidencia de la Junta de Andalucía


      Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Palacio de San Telmo - la Presidencia de la Junta de Andalucía, de Sevilla.
   Hoy, 14 de abril, en Tui, en la región de Galicia, en España, memoria de Beato Pedro González "Telmo", presbítero de la Orden de Predicadores, que trató de ser tan humilde como en el pasado  había deseado la gloria, y se entregó a ayudar a los más menesterosos, sobre todo a los marineros y a los pescadores (1246) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
      Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el Palacio de San Telmo - la Presidencia de la Junta de Andalucía, de Sevilla.
     El Palacio de San Telmo - Presidencia de la Junta de Andalucía [nº 60 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 42 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de Roma, 2; en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
      Es uno de los edificios más representativos del barroco sevillano. Su historia está vinculada con la navegación a Indias, ya que en 1682 se iniciaron las obras de lo que sería la Universidad de Mareantes, institución que en 1788 se convirtió en Colegio de Marina o Seminario de Náutica para los jóvenes de la nobleza. Suprimidas las enseñanzas de Náutica en 1847, en 1849 los Duques de Montpensier adquieren el edificio y fijan en él su residencia. A su muerte, la Infanta doña Luisa dona el palacio al Arzobispado sevillano, quien desde 1901 establece en el mismo el Seminario Mayor de la Diócesis. En la actualidad es sede de la Presidencia de la Junta de Andalucía, habiendo sido rehabilitado conforme a los proyectos del arquitecto Guillermo Vázquez Consuegra.

      El edificio es de planta rectangular, con cuatro torres en las esquinas y un gran patio central. La construcción se inició en 1682, siguiéndose las trazas de un grupo de arquitectos desconocidos. En una primera etapa que abarca desde 1682 hasta 1696, las obras estuvieron bajo la dirección de Antonio Rodríguez, quien al parecer actuó únicamente como maestro de obras. En una segunda fase, fechable entre 1722 y 1730, la construcción estuvo encomendada a Leonardo de Figueroa, a quien se debe la ejecución de la fachada principal, la gran portada situada en el centro de ésta, el patio o claustro grande y la capilla. La portada principal, concluida en 1734 por su hijo Antonio Matías de Figueroa, presenta tres cuerpos. El primero está compuesto por columnas, sobre las que se sitúa el balcón que configura el segundo cuerpo. Rodean el balcón, sostenido por atlantes con aspecto de indios y monstruos marinos, figuras alegóricas de las Ciencias y las Artes relacionadas con los  y estudios de náutica. Remata el conjunto un ático, restaurado entre 1775 y 1796, en el que aparecen, en el centro, San Telmo y, en los laterales, San Fernando y San Hermenegildo.

      El gran patio central, de planta casi cuadrada, se debe a Leonardo de Figueroa, autor asimismo de la capilla, situada al fondo del patio. Muerto este arquitecto en 1730, su hijo Antonio Matías concluye la fachada principal y el exterior de la capilla. La escalera y el resto del edificio se terminaron en 1796, actuando en esta etapa como arquitecto Matías José de Figueroa, nieto de Leonardo. La escalera se articula por medio de dos tramos paralelos unidos en un remate final. Coetánea suya es la construcción del gran salón de columnas, cuyo techo pintó Rafael Tejeo. Con posterioridad a la adquisición del edificio por los Duques de Montpensier, Susillo ejecutó en 1895 las estatuas de sevillanos ilustres que aparecen en la parte superior de la fachada norte. En esa misma etapa se construyó el Panteón de los Montpensier.
      La capilla, situada al fondo del gran patio central, es obra de Leonardo de Figueroa. Construida entre 1722 y 1723, y consagrada al año siguiente, tiene planta rectangular y una sola nave. Esta, que se articula por medio de pilastras corintias, se cubre con una bóveda de cañón con arcos fajones y lunetos, apareciendo en el presbiterio una bóveda de cuarto de esfera. El retablo mayor, trazado por Domingo Martínez, es obra de José Maestre en 1723 y consta de banco, un cuerpo de tres calles y ático. En los laterales del primer cuerpo aparecen las esculturas de San Pedro y San Andrés, obras también de Maestre, situándose en el camarín central la imagen de Nuestra Señora del Buen Aire, pieza tallada en 1600 por Juan de Oviedo y reformada en 1725 por Duque Cornejo. Completan el conjunto las esculturas de San Fernando y San Hermenegildo, que aparerecen en el ático, y una serie de relieves eucarísticos en los laterales.
      La bóveda de cuarto de esfera que cubre el presbiterio fue pintada por Domingo Martínez en torno a 1725, y representa a la Virgen del Buen Aire y una gloria con Santos. Los laterales del presbiterio están decorados por grandes lienzos, ejecutados asimismo por Domingo Martínez, en los que figuran diversas escenas de la vida de Jesucristo relacionadas con la juventud y el mar.
      Al inicio del muro derecho se encuentra un retablo trazado hacia 1725 por Domingo Martínez, compuesto por banco, un cuerpo de tres calles y ático. En la hornacina central figura una escultura de San José y en las calles laterales aparecen las de San Joaquín y Santa Ana, todas ellas obras de Pedro Duque Cornejo. El retablo contiguo fue trazado en 1726 por Juan Tomás Díaz. Presenta esculturas del Crucificado, la Dolorosa y ángeles, obras de Pedro Duque Cornejo. A los pies del muro se halla un lienzo pintado por Domingo Martínez en el que se representa la Entrada de Jesucristo en Jerusalén. En el muro contrario se disponen dos retablos similares a los descritos, y de igual cronología. El primero está dedicado a San Telmo, siendo su traza de Bartolomé García de Santiago, mientras que la imagen titular es de Pedro Duque Cornejo. El segundo se dedica a San Antonio de Padua, siendo trazado por Domingo Martínez y realizado por Juan Tomás Díaz, correspondiendo la imagen titular a Pedro Duque Cornejo. En el tramo final de este mismo lado se sitúa un lienzo, compañero al de igual emplazamiento del otro muro, en el que Domingo Martínez representó a Jesús entre los doctores. En dos pilares figuran pequeñas urnas con bustos del Ecce Homo y la Dolorosa del estilo de Pedro de Mena. La nave y el sotocoro están decorados con pinturas. Los tres grandes tondos situados en el centro de la bóveda de la nave, en los que aparecen la Virgen, San Luis Rey de Francia y San Fernando Rey de Castilla, los ejecutó en 1850 Antonio Cabral Bejarano, realizando sus hijos Manuel y Francisco el resto de las pinturas (Alfredo J. Morales, María Jesús Sanz, Juan Miguel Serrera y Enrique Valdivieso. Guía artística de Sevilla y su provincia I. Diputación de Sevilla y Fundación José Manuel Lara, 2004).

     Se trata de uno de los más hermosos edificios del barroco civil sevillano. Mandado construir por la Universidad de Mareantes como Colegio­ Seminario para enseñar el arte de navegar a jóvenes huérfanos, se inicia su construcción en 1661, a cargo del maestro Antonio Rodríguez y los maestros canteros Gómez Septier y Gil Galaon. A partir de aquí y a través de un período de construcción que abarca  más de cien años -con largas interrupciones y con la sucesiva participación de maestros de obras y arquitectos- y  que concluye en  1796. Sevilla contará con una de las estructuras arquitectónicas más precisas de cuantas se han instalado en la ciudad.
     El largo periodo invertido en su construcción podría delimitarse en tres etapas sucesivas: la primera etapa (1682-1696), en la que a su final aún faltaría por construir la iglesia, el patio principal, la fachada a la calle y tres de los cuatro torreones. La segunda etapa (1722-1736) habrá de ser la más brillante, contando con la participación de Leonardo de Figueroa que le conferirá la figuración definitiva que hoy presenta. En esta segunda etapa se acometerán las obras de la iglesia, el patio central, la fachada principal, claustros altos y bajos, escalera principal, remarcándose la obra de la portada principal en 1734. Muerto Leonardo de Figueroa en 1730, dirige las obras su hijo Matías José hasta 1736, y parece ser que su trabajo se limita a terminar los proyectos en marcha de su padre y probablemente la decoración de la fachada exterior de la capilla.
     Y será en la tercera etapa (1770-1796) en la que definitivamente concluyan las obras del seminario, que, sin embargo, ya venía funcionando desde los últimos años del siglo XVII. Corresponde a esta fase la construcción del ala y torre norte y la escalera principal situada junto al zaguán de entrada.
     El auge del Seminario de Mareantes duró hasta 1841: a partir de entonces comienza el declive, hasta el punto de llegar a clausurarse en el año 1844.
     En 1849 el gobierno de Isabel II ordena enajenar el Colegio-Seminario de San Telmo, para convertirlo en residencia de los duques de Montpensier.
     Con motivo del nuevo destino del edificio se efectúan en él importantes obras de reforma que las llevará a cabo, probablemente, el arquitecto Balbino Marrón.
     La reforma afecta a la planta, fundamental­mente a sus alas izquierda y derecha. En su ala izquierda se abre un gran patio de mayores dimensiones incluso que el patio de honor, cons­truyendo una crujía de mayor anchura en su fachada norte, dotando de una galería a la crujía principal que permite registrar los amplios salones, en ambas plantas, y clarificando enorme­mente el trazado de este ala izquierda del palacio. La conclusión del ala norte de la fachada trasera y la torre noreste, obras éstas últimas que le van a proporcionar al edificio una nueva fachada urbana lateral, pues la estructura de la planta original fiaba al eje central (en su secuencia: portada, zaguán, patio de honor y capilla) la organización figurativa de la única fachada emblemática del edificio, una fachada lateral que se verá potenciada con la incorporación, en 1895, de doce estatuas de sevillanos ilustres, obra  de Susillo, que se situarán en la terraza norte, entre ambas torres.
     Por cuanto se refiere al ala sur del palacio, la construcción del Salón de Fiestas, cuyo techo pintó Rafael Tejeo, rematado en la terraza por un antepecho de pilares de piedra y baranda de fundición con las figuras de San Luis y San Fernando enmarcando el balcón central semicircular.
     El día 2 de febrero de 1897 muere en el palacio la infanta María Luisa, legando en su testamento el edificio a la archidiócesis de Sevilla, en la persona de su arzobispo, para que se instalara en el mismo un seminario eclesiástico. Ya en 1893 había cedido gran parte de sus jardines a la ciudad, que habrían de convertirse en el gran parque de Sevilla.
     En 1912 el arzobispado de Sevilla cedería 60.000 m2 de los jardines del palacio a los organizadores de la exposición iberoamericana, cesión que se concretará en 1926 en la venta de estos terrenos, discutible operación que permitirá reducir los jardines del palacio a la extensión que hoy presentan.

     Las obras de adaptación para este nuevo uso del edificio se van a llevar a cabo bajo la dirección de Juan Talavera de la Vega, que realizará el proyecto de reforma hacia 1900. De la lectura de las plantas se desprende que las obras ejecutadas en el interior del palacio fueron trascendentales, pues cambiaron sustancialmente la estructura en sus alas norte y sur, confiriéndole una gran claridad a su disposición organizativa. Así, en la zona norte establece dos nuevas alas en forma de cruz sobre el gran patio existente, que albergarán habitaciones en el piso alto sobre soportales en planta baja. En el ala derecha regularizará el trazado con la apertura de dos largos patios longitudinales, cruzados por pasarelas, en posición paralela al eje central del edificio.
     En 1926 se volverán a llevar a cabo trabajos de reforma en el palacio, esta vez con proyecto de José Mª de Basterra. Afectará fundamentalmente, al sector sur del palacio y la operación consistirá en el vaciado general de la densa trama existente, con la construcción de dos grandes patios separados por una crujía de habitaciones que reproduce simétricamente la estructura compositiva del ala norte. Con esta actuación el palacio va a alcanzar su cota de mayor clarificación en cuanto a su estructura organizativa interior. El eje central será ahora verdaderamente un eje de simetría que reproduzca a uno y otro lado estructuras de ocupación similares.
     En 1962, Galnares Sagastizábal presentará un proyecto de reforma interior, con el único objetivo de multiplicar el número de habitaciones, que afectará fuertemente al piso principal del ala norte del seminario. Supone, sin duda, la aportación más desafortunada de cuantas intervenciones han venido sucediéndose hasta esta fecha.
     Pensamos que la demolición, en un posible y deseable cambio de uso del edificio, sería el destino más aconsejable a este conjunto de operaciones.
     El edificio ocupa en planta baja una extensión aproximada de 9.175 m2, incluido patios, pero sin contar el jardín.
     La superficie total construida del palacio, sin contar las dos entreplantas de camarillas correspondientes a la obra de 1962, y deduciendo patios, incluso en planta baja, asciende a 16.085 m2. distribuidos por plantas de la siguiente forma: semisótano, 900 m2;  planta baja y primera entreplanta, 8.475 m2; planta alta, 6.185 m2; y planta segunda en torreones, 525 m2 (Guillermo Vázquez Consuegra, Cien edificios de Sevilla: susceptibles de reutilización para usos institucionales. Consejería de Obras Públicas y Transportes. Sevilla, 1988).

      El edificio se proyectó a fines del siglo XVII, bajo la dirección de Antonio Rodríguez, pero su impulso definitivo lo sufre entrado el siglo XVIII, en que se pone al frente de la obra el gran arquitecto Leonardo de Figueroa, que diseñó la hermosa portada en la que interviene también su hijo Matías. Es uno de los edificios más hermosos del barroco civil sevillano, es de planta rectangular con torres en los cuatros ángulos, con un patio principal y cuatro laterales alrededor del cual giran las dependencias.
      Su portada principal es quizás uno delos monumentos más típicos del estilo barroco, donde se conjugan una composición de tipo escenográfco con una gran riqueza ornamental de motivos neoplaterescos muy característicos de Leonardo de Figueroa y otros temas marineros. Esta se organiza sobre un basamento en el que se abren los vanos enmarcados por columnas de órdenes superpuestos, de decoración vegetal en los tres primeros pisos. Destacan en la decoración las figuras sobre ménsulas que componen rítmicamente el segundo piso y el balcón principal bajo un arco rebajado que apoya sobre pilastras y atlantes, en el ático, la figura de San Telmo, en el centro de un gran arco con entablamento y frontón partido apoyado sobre columnas y pilastras, flanqueando el conjunto las figuras de San Fernando y San Hermenegildo.
      El patio es también notable por su riqueza ornamental en ladrillo y yeserías, cuyo primor destaca en la Torre del Reloj.
      La iglesia se sitúa en el eje perpendicular a la fachada y patio principal. Es de una sola nave y está decorada también con yesería y figuras rurales, posee cuadros de Domingo Martínez del siglo XVIII y otros de Cabral Bejarano del XIX. La escalera principal, en el gran vestíbulo, se desarrolla sobre columnas, produciendo bellos efectos de perspectiva.
      Mandado construir por la Universidad de Mareantes como Colegio-Seminario para enseñar el arte de navegar a los jóvenes huérfanos, se inicia su construcción en 1681, a cargo del maestro Antonio Rodríguez y los maestros canteros Gómez Septier y Gil Gataon. A partir de aquí tendrá lugar un periodo de construcción que abarca más de cien años y que concluye en 1796.

      El largo periodo invertido en su construcción podría delimitarse en tres etapas sucesivas: la primera etapa (1682-1696), en la que en su final aún faltarían por construir la iglesia, el patio principal, la fachada a la calle y tres de los cuatro torreones. La segunda etapa (1722-1736) habrá de ser la más brillante, contando con la participación de Leonardo de Figueroa, que le conferirá la figuración definitiva que hoy presenta. En esta segunda etapa se acometerán las obras de la iglesia, el patio central, la fachada principal, claustros altos y bajos, escalera principal, rematándose la obra de la portada principal en 1734. Muerto Leonardo de Figueroa en 1730, dirige las obras su hijo Matías José hasta 1736, y parece ser que su trabajo se limita a terminar los proyectos en marcha de su padre y probablemente la decoración de la fachada exterior de la capilla.
      Y será en la tercera etapa (1770-1796) en la que definitivamente concluyan las obras del seminario que, sin embargo, ya venía funcionando desde los últimos años del siglo XVII. Corresponde a esta fase la construcción del ala y torre norte y la escalera principal situada junto al zaguán de entrada.

      El auge del Seminario de Mareantes duró hasta 1841; a partir de entonces comienza el declive, hasta el punto de llegar a clausurarse en el año 1844. En 1849 el gobierno de Isabel II ordena enajenar el Colegio-Seminario de San Telmo, para convertirlo en residencia de los Duques de Montpensier. Con motivo del nuevo destino del edificio se efectúan en él importantes obras de reforma que las llevará a cabo, probablemente, el arquitecto Balbino Marrón.
      El día 2 de Febrero de 1897 muere en el palacio la infanta María Luisa, legando en su testamento el edificio a la archidiócesis de Sevilla, en la persona de su arzobispo, para que se instalara en el mismo un seminario eclesiástico. Ya en 1893 había cedido gran parte de sus jardines a la ciudad, que habrían de convertirse en el gran parque de Sevilla. En 1912 el arzobispo de Sevilla cedería 60.000 m2 de los jardines del palacio a los organizadores de la exposición iberoamericana, cesión que se concretará en 1926 en la venta de estos terrenos, discutible operación que permitirá reducir los jardines del palacio a la extensión que hoy presentan.
      La obras de adaptación para este nuevo uso del edificio se van a llevar acabo bajo la dirección de Juan Talavera de la Vega, que realizará el proyecto de reforma hacia 1900. De la lectura de las plantas se desprende que las obras de restauración en el interior del palacio fueron trascendentales, pues cambiaron esencialmente su estructura en las alas norte y sur, confiriéndole una gran claridad a su disposición organizativa.

      En 1926 se volverán a llevar a cabo trabajos de reforma en el palacio, esta vez con proyecto de José María de Basterra. Afectará, fundamentalmente, al sector sur del palacio y la operación consistirá en el vaciado general de la densa trama existente, con la construcción de dos grandes patios separados por una crujía de habitaciones que reproduce simétricamente la estructura compositiva del ala norte. Con esta actuación el palacio va a alcanzar su cota de mayor clarificación en cuanto a su estructura organizativa interior.
      En 1926, Galnares Sagastizábal presentará un proyecto de reforma interior, con el único objetivo de ampliar el número de habitaciones, que afectará fuertemente al piso principal del ala norte del seminario.
      Posteriormente se ejecutaron en él obras de restauración y adaptación para sede de la Junta de Andalucía a cargo del arquitecto Guillermo Vázquez Consuegra (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía del Beato Pedro González "Telmo", presbítero;
     Nació en la villa de Frómista, cerca de Palencia, por el año 1180 de padres muy cristianos y de familia distinguida. Fue bautizado en la parroquia de San Martin y le impusieron el nombre de Pedro González, aunque después será cambiado por Telmo, ya que todos los que de una u otra manera trabajan en el mar lo tomarán como Patrón y poderoso Intercesor ante el Señor. Estudió en la Universidad Palentina -tan famosa entonces- y pronto llamó la atención por sus cualidades para los estudios, en los que se le veía progresar a pasos de gigante.
     El mundo y el porvenir, digamos también la suerte, le acompañaban. Los honores y los honoríficos cargos van sucediéndose uno tras otro: Doctorado universitario, Canónigo, Deán del Capitulo de Palencia... Parece que a la sombra de su tío todo le sale bien. ¿No pensará también su tío en que sea su sobrino quien le suceda en el obispado de Palencia? Pero otros eran los designios de Dios. El Señor se sirvió de un hecho, al parecer infantil y sin importancia alguna, para hacerle cambiar de ruta como hizo cambiar a Saulo en Pablo, camino de Damasco. También Telmo iba montado en un brioso caballo cuando, tratando de hacer una de sus gracias ante el público para llamar la atención, el caballo de un salto lo derribó bruscamente y cayó sobre un lodazal manchando aquellos vistosos vestidos de rica seda que vestía vanidosamente Se avergonzó al verse hecho una calamidad ante toda aquella gente que reía, se burlaba y hacía chascarrillos a su costa... "¿Cómo es posible esto?", se preguntó. Y allí mismo decidió cambiar de vida. Acudió presuroso a la puerta del convento de religiosos dominicos que había en la ciudad y pidió ser admitido a la Orden tomando el nombre de Fray Pedro... Con gran gozo de su alma hizo el noviciado y emitió los votos religiosos.
     Llamaba la atención por su humildad y celo apostólico. Parecía un niño y encerraba un horno de fuego en su corazón. La obediencia le destinó a misionar por los pueblos, a predicar con fuego la Palabra de Dios. Recorrió muchas ciudades de España y Portugal dejando siempre atónitos a cuantos le contemplaban por el fuego que brotaba de sus labios y por la austeridad de vida que le acompañaba. 
     El Señor empezó a obrar por su medio toda clase de milagros en mar, tierra y aire. Cuantos se encomendaban a su poderosa intercesión notaban muy pronto su valioso auxilio. Parece ser que de aquí provino el patronazgo sobre el mar y sus hombres, a pesar de que quizá nunca lo surcó ni fue hijo de marineros. Para él el mundo era un mar de calamidades y había que trabajar para salir airosos de este mar embravecido con el ejemplo de la vida, evitando el pecado y practicando la virtud. Buen patronazgo para los hombres de mar, tierra y aire. Los grandes de su tiempo, reyes, obispos y otros príncipes le invitan a que les acompañe en sus correrías o misiones. Fray Pedro —Telmo para sus protegidos después— solo desea hacer el bien a todos y gastarse por Dios y por sus hermanos. Agotado y lleno de méritos muere en Tuy el 15 de abril de 1246 (www.aciprensa.com).
Conozcamos mejor la Biografía de San Telmo, presbítero;
     Pedro González, San Telmo, (Frómista, Palencia, c. 1190 – Tuy, Pontevedra, c. 1246). Dominico (OP), asceta, confesor real, predicador, santo.
     Una de las familias nobles que había en Frómista en el siglo XII eran los Gundisalvi. Es decir, los descendientes de González, cristianos viejos y cumplidores y con una buena posición económica. En esa familia nació Pedro González. No se conoce con exactitud la fecha de nacimiento. Teniendo en cuenta otros datos que aparecen en su vida, lo más lógico es que se produjera hacia 1190. Su educación comenzaría en la propia familia aprendiendo las primeras letras, las oraciones y los primeros rudimentos de la fe cristiana.
     Dada la condición y posibilidades de su familia, es casi seguro que tuviera un preceptor particular. Esa formación se completaría en la escuela monástica de los benedictinos. Allí estudiaría la Gramática, Dialéctica y Retórica, y a continuación la Aritmética, Geometría, Astronomía y Música. Concluidos esos estudios, el alumno con cualidades era considerado apto para estudiar en centros superiores.
     Le enviaron a la recién constituida Universidad de Palencia, tanto por su fama, su proximidad geográfica, como porque el obispo de la ciudad, Tello Téllez de Meneses, era tío suyo. En ese tiempo ya se enseñaba allí la Teología. El alumno que aprobaba los estudios quedaba capacitado para enseñar y ejercer cargos eclesiásticos y con poder para resolver litigios. La formación estaba orientada principalmente hacia el ministerio pastoral. Sus conocimientos de Biblia, Teología y Leyes le capacitaban para ejercer en la iglesia Catedral, donde trabajó con otros clérigos y llegó a canónigo. Quiso celebrar su nombramiento con una gran fiesta. Con sus mejores ropas y montado en un caballo ricamente enjaezado quiso recorrer la ciudad. El caballo se desbocó y le derribó en un lodazal. Oyó burlas y comentarios jocosos. Esto le ayudó a reconsiderar su vida y a darle un nuevo rumbo.
     Decidió entrar en la recién fundada Orden de Predicadores.
     Ya existía el Convento de San Pablo de Palencia, fundado por el mismo santo Domingo en 1219. Fue una decisión personal y meditada. Era un hombre con una buena posición eclesiástica y con un futuro prometedor. Conocía la vida y el ideal de los frailes. Podía haber elegido otro camino. Sin duda se sintió atraído por la pobreza evangélica, el rezo solemne en comunidad, el estudio constante de la verdad revelada y luego predicada frecuentemente al pueblo, aun en forma itinerante. Le atraía y estaba preparado. No faltó quien le quiso disuadir desaconsejando el cambio.
     Un día, hacia 1220, se presentó a la puerta del convento pidiendo ser admitido en la comunidad. Los frailes le recibieron con alegría e ilusión. Le conocían.
     Desde el principio se adaptó perfectamente a las reglas de la vida religiosa cumpliéndolas con escrupulosidad.
     Superó la prueba del noviciado e hizo la profesión religiosa. Se propuso imitar a santo Domingo, especialmente en la oración y la predicación allí donde sus superiores le enviasen. Nacía así el predicador itinerante que fue durante toda su vida. Pasados cuatro o cinco años, salió de la ciudad para predicar en otras partes. Recorrió la diócesis de Palencia y otras de Castilla, León, Navarra, País Vasco, Aragón y Cataluña. Quedan testimonios de su paso por ellas en los conventos de la Orden. Predicaba en ambientes populares y en otros más reducidos y selectos. Los temas de predicación eran los normales de la época, una mezcla de cuestiones apocalípticas y adoctrinamiento moral de los oyentes para lograr el arrepentimiento y alentar a la práctica de las virtudes cristianas, temer y amar a Dios. Tenía dotes especiales para llegar al corazón de sus oyentes.
     Su fama llegó hasta la Corte del rey Fernando III. Quiso que le acompañara en sus campañas de reconquista en Andalucía como confesor suyo y para el servicio religioso y pastoral de sus soldados. Era una guerra alentada y bendecida por los Papas, que concedieron indulgencias de cruzada. Creían cumplir así la voluntad de Dios. El Rey esperaba que sus sermones mejoraran cristianamente y enardecieran a su ejército y que sus devotas oraciones ayudaran a conseguir la victoria. Los oyentes eran distintos y bastante más difíciles de convertir y mejorar que los que había tenido hasta entonces. Había soldados bien dispuestos que le tenían por un santo y seguían sus consejos y otros más disolutos para quienes el fraile devoto era un pesado objeto de sus bromas y chanzas. Durante el tiempo que sirvió al Ejército tuvo que sufrir con paciencia muchas murmuraciones y falsos testimonios, especialmente por parte de algunos nobles, que llegaron a tenderle una trampa, en la que no cayó, con una mujer pública. No cayó en ella.
     La campaña militar fue larga. Hubo muchos momentos de relajación y desaliento. El ambiente castrense no le gustaba. Cumplió lo mejor que pudo con sus obligaciones acatando la voluntad de sus superiores religiosos y civiles. No es extraño que internamente desease abandonar aquel ambiente. Tuvo que esperar hasta que acabó aquella campaña.
     Cuando las conquistas de Jaén y Córdoba estuvieron consolidadas, dejó la vida castrense para dedicarse otra vez a las misiones populares. La etapa siguiente sería en Asturias, Galicia y norte de Portugal.
     En Galicia se identificó plenamente con el carácter del pueblo gallego. Especialmente allí dejó el recuerdo imborrable de su predicación, de sus virtudes y de sus milagros. Es la etapa más fecunda y mejor conocida de su vida.
     Santiago de Compostela era ya un concurridísimo centro de peregrinación y por ello un sitio ideal para el ministerio de la predicación a nacionales y extranjeros.
     Una respetable tradición incluye a santo Domingo entre los peregrinos y no desaprovechó la ocasión para fundar allí el Convento de Bonaval, después llamado de Santo Domingo. Evidentemente, san Telmo fue enviado allí por los superiores. Se presupone que había quedado libre de su compromiso con el Rey y el Ejército. El convento era el centro de su acción apostólicas. Sus compañeros en aquel tiempo fueron fray Pedro de las Marinas y fray Miguel González, ambos con fama de santos por aquellos lugares.
     Era costumbre que fuesen frailes experimentados. En las temporadas largas de predicación se albergaban en los hospitales para pobres y peregrinos o en las casas de los sacerdotes con cura de almas. En una de esas casas ocurrió una anécdota curiosa y un milagro. Él y su compañero llegaron a ella agotados y sedientos y pidieron algo de beber. El ama les dijo que sólo había en casa un poco de vino, pero que el párroco le había advertido muy seriamente de que no se lo diese absolutamente a nadie, por lo que pudiera pasar. Replicó el santo que Dios proveería. El ama les dio el vino encomendándose a Dios y se ausentó de casa temiendo la reacción del cura. Cuando volvió el sacerdote, pidió un trago de su vino. A1 ver el frasco se admiró de que estuviese lleno y de un vino muy bueno. Quiso saber lo sucedido. Se lo explicó el ama, tras lo cual fue a buscar al santo para ofrecerle su casa.
     Hospedado en la casa de un sacerdote de un pueblo de Lugo, sufrió la misma tentación que en Andalucía, esta vez con una criada de la casa, que entró en su cuarto y le pidió que la dejase dormir allí. El santo, con serenidad, extendió carbones encendidos por la habitación y se acostó pidiéndola que hiciera lo mismo; ella escapó aterrorizada y contó lo sucedido.
     Todos estos hechos acrecentaban su fama. El santoral de Tuy hace de él una clara descripción: cuerpo no muy grande, agradable a la vista, elegante, atractivo, de conversación agradable y tan equilibrado que se hacía querer de todos.
     En Galicia apareció en su madurez todo lo que el santo llevaba de peregrino y predicador itinerante.
     Después de sus sermones dedicaba todo el tiempo necesario para oír las confesiones de los pecadores arrepentidos y darles consejos más personales según sus circunstancias. Poco a poco se fue alejando de Santiago en dirección Sur. Sin proponérselo conscientemente, su destino final era la diócesis y ciudad de Tuy.
     Siguiendo el curso de río Miño llegó hasta Rivadavia.
     En el pueblo de Castrelo fue donde adquirió fama de constructor de puentes. Sus habitantes tenían un grave problema con las inundaciones del Miño. Era muy peligroso pasar de una parte a otra para realizar sus trabajos. Varias personas habían muerto ahogadas, por lo que se propuso construirles un puente seguro.
     Escribió al rey Fernando III pidiéndole ayuda.
     El Rey envió cartas a los nobles solicitando cooperación económica, sin que, según parece, la ayuda fuera demasiado generosa. El santo siguió adelante con el proyecto. Era una obra de envergadura y tenía que ser muy sólida por las características del terreno. Organizó a todos los habitantes y pusieron manos a la obra. Buscaron y acarrearon la piedra necesaria y otros materiales de construcción. E1 santo también trabajaba llevando piedras y mezclando la cal y la arena.
     Para la tradición popular el puente es obra de Dios, de san Telmo, de la ayuda de los nobles, del trabajo de los más humildes y de la generosidad de los peces pues cuenta el libro de la leyenda de la ciudad de Tuy, y lo corroboraron testigos, que los peces se ofrecían al santo y a su compañero cuando la pesca escaseaba.
      A pesar de estas tareas, san Telmo no desatendía su actividad apostólica ni su ascetismo. Predicaba a los trabajadores y por la noche se retiraba a alguna gruta para descansar un poco y hacer penitencia y oración.
     El lugar que más frecuentaba era un monte abrupto cercano al puente. Dos grandes rocas formaban una especie de cueva, y allí edificó una pequeña ermita.
     Cuando se terminó el puente, el santo se encaminó hacia Tuy. Fue el momento en que se adentró en tierras portuguesas. Llegó hasta Guimaraes y se hospedó en una casa hospital, como lo habían hecho otros dominicos que habían llegado hasta allí. Desplegó una gran actividad apostólica llegando hasta Braga, Oporto, Viana y Camiñas.
     Por fin se dirigió hacia Tuy como nuevo centro de su actividad apostólica. Llevaba el mismo celo y mucha más experiencia y madurez. Allí se incrementó su fama de profeta y hombre de Dios. Evangelizaba en toda la región. En una de esas correrías sucedió otro hecho milagroso. Un sacerdote de Bayona, muy amigo suyo, le hizo saber que estaba muy enfermo y que deseaba verle. Buscó al otro fraile y se hizo acompañar de un joven seglar. Aunque era tarde, se pusieron en camino sin haber comido. Sus compañeros comenzaron a sentir hambre. Al fin el joven comentó en voz baja, lejos del santo, que el buen hombre anciano no se preocupaba por comer y no le preocupaba que ellos estuviesen hambrientos. E1 santo se detuvo y les esperó. Cuando llegaron a su altura le dijo al joven: “Ya que tienes hambre, ve detrás de aquella roca y encontrarás comida para hoy”. Encontraron un jarro de vino y unos panes muy blancos. Comieron. El santo les mandó dejar las sobras detrás de la misma piedra.
     Comenzaron a caminar de nuevo, pero picados de la curiosidad se volvieron a mirar detrás de la piedra. Las sobras no estaban allí.
     San Telmo se detuvo algún tiempo a predicar en Bayona y sus alrededores. Acudía muchísima gente a sus sermones. Comenzó otra vez a construir puentes. En el de la Ramallosa se produjo un milagro. Estaba predicando a los trabajadores cuando estalló una gran tormenta. Los oyentes comenzaron a retirarse y buscar algún refugio. El santo les mandó que se quedasen allí tranquilos, pues Dios haría que no sufrieran ningún daño. Hizo la señal de la cruz en dirección a la tormenta, las nubes se separaron y apareció el sol donde ellos estaban. La tormenta siguió lejos de ellos.
     El hecho tuvo una gran repercusión.
     Comenzaron a fallarle las fuerzas. Predicando la Cuaresma en los alrededores de Bayona pidió que no le siguieran los ancianos, los enfermos y los débiles.
     Anunció también que su muerte estaba cercana y pidió que le encomendasen a Dios después de su muerte. Marchó hacia Tuy y su salud empeoró con unas fiebres malignas. Quiso ir a morir al Convento de Santiago. Se puso en camino, pero empeoró y tuvo que volver a Tuy. Se alojó en casa de un amigo, donde murió, hacia el año 1246. Llevaron su cuerpo en procesión, presidida por el obispo, a la Catedral y allí le dieron sepultura.
     Galicia vive mirando al mar y muchos gallegos trabajan y trabajaban en él. El santo se preocupó siempre de sus necesidades espirituales y temporales. Había vivido entre ellos largo tiempo y no es extraño, por tanto, que confiasen en él como patrono de las gentes del mar con el nombre de san Telmo. Dos hechos milagrosos serían el fundamento de ese patronazgo. Seis testigos fiables de la villa de Valençia declararon en el proceso que habían oído a sus padres y abuelos contar que, estando el santo en Tuy, no había barco en el río Miño para pasar a Valençia. El santo pasaba a la gente poniendo su capa sobre el río tantas veces como hiciera falta. Y luego se la ponía completamente seca.
     En la tradición portuguesa aparece otro hecho. Los marineros de una compañía portuguesa se presentan ante los nobles del rey Fernando III preguntando por fray Pedro González, que asistía a las tropas, pues les había salvado de un naufragio cierto asegurándoles que llegarían a salvo a su destino. Llevaban bastimento al ejército que combatía en Andalucía. Aseguraban que le habían visto y oído en la nave con su hábito, y que con su palabra había calmado la tempestad.
     Al regresar a Lisboa, contaron el hecho a todo el mundo. Ese patronazgo se extendió pronto al norte de España, Portugal y luego a América.
      El culto popular comenzó en seguida alimentado por los hechos milagrosos que empezaron a ocurrir en su tumba y con quienes se encomendaban a él. Empezó en su sepulcro y se propagó rápidamente, sobre todo en las regiones donde había predicado. La confirmación oficial llegó mucho más tarde, después de un voluminoso proceso, aprobado el 13 de diciembre de 1741 por el papa Benedicto XIV (Teodoro González García, OP, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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