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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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domingo, 13 de diciembre de 2020

La pintura "Santa Lucía", de Bernabé de Ayala, en la sala VI del Museo de Bellas Artes

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Santa Lucía", de Bernabé de Ayala, en la sala VI del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.  
   Hoy, 13 de diciembre, Memoria de Santa Lucía, virgen y mártir, la cual, mientras vivió, conservó encendida la lámpara esperando al Esposo, y llevada al martirio en Siracusa, ciudad de Sicilia, en Italia, mereció entrar con Él a las bodas y poseer la luz indefectible (303/304) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y qué mejor día que hoy para ExplicArte la pintura "Santa Lucía", de Bernabé de Ayala, en la sala VI, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
     El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
   En la sala VI del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "Santa Lucía", de Bernabé de Ayala (1639-1696), siendo un óleo sobre lienzo en estilo barroco, realizado h. 1672, con unas medidas de 2'20 x 1'10 m., adquirida por la Junta de Andalucía en 2006.
   Santa Lucía aparece representada de cuerpo entero, con manto rojo recogido en los brazos, con un interesante juego de pliegues. La santa dirige su trascendente mirada hacia el cielo. La figura destaca sobre un fondo con paisaje de arbolado con una línea de horizonte muy baja, que da absoluto protagonismo al personaje. Apoya la palma de su martirio sobre su hombro derecho y con ambas manos porta la bandeja con el más significativo de sus atributos iconográficos, los ojos, dirigiendo su cuerpo ligeramente hacia la derecha del cuadro en ligera inclinación que rompe la rotundidad de su hieratismo.
   La santa, que según su hagiografía cristiana murió virgen y mártir en Siracusa (Sicilia) en el año 304 durante las persecuciones de Diocleciano, aparece con los símbolos de su martirio. Estos son, la palma del martirio y los ojos sobre la bandeja. Según cuenta una leyenda medieval, cuando Lucía estaba en el tribunal, ordenaron a los guardias que le sacaran los ojos, pero ella, obrándose el milagro, siguió viendo (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
   La figura del pintor Bernabé de Ayala es una de las más desconocidas dentro del panorama artístico español. Nació en Sevilla, en 1639, ciudad en la que murió en 1696. Poco más se sabe de su vida: en 1660 figura entre los artistas que participaron en la creación de la sevillana Academia de Bellas Artes de la Hermandad de San Lucas, en cuyas tareas intervino hasta al menos 1671.
   Del mismo modo existe un vacío total respecto a su vida familiar. Se desconocen el nombre de sus progenitores y su procedencia, si casó o si tuvo descendencia; se le ha querido vincular con la pintora portuguesa Josefa de Ayala —también conocida como Josefa de Obidos— a tenor del apellido que parece unirles, y aunque es muy probable que así sea, se carece de pruebas suficientes que avalen esta teoría.
   La biografía de Bernabé de Ayala está indudablemente ligada al obrador de Francisco de Zurbarán y a nombres como Miguel y Francisco Polanco, Blas de Ledesma, Francisco Reina, Ignacio de Ríes —éste quizás con una mayor personalidad artística— o Francisco Varela, entre otros muchos. Todos ellos trabajaron en mayor o menor medida en el taller de Zurbarán, y su estilo está completamente ligado al del pintor extremeño.
   El desarrollo de su carrera no se entiende sin el contexto histórico de la ciudad de Sevilla durante el siglo XVII. El auge de las grandes órdenes religiosas durante el Siglo de Oro favoreció el florecimiento artístico de la ciudad al calor de los grandes encargos monásticos; grandes maestros como Herrera el Viejo, Zurbarán o Valdés Leal contrataron grandes conjuntos que requirieron la colaboración de un nutrido grupo de artistas en el obrador del maestro. De ellos apenas se conocen unos pocos nombres, siendo escasos los que desarrollaron posteriormente una carrera independiente; tal parece ser el caso de Bernabé de Ayala, quien hubo de tener una pequeña clientela, siempre de carácter devoto, que hipotéticamente le permitiría mantenerse activo en el mercado artístico hispalense.
   En cuanto a las obras conservadas, sólo se conoce con certeza la Virgen de los Reyes del Museo de Lima (Perú), firmada y fechada en Sevilla en 1662. La obra, de modesta calidad, está en clara consonancia con la escultura de la patrona de Sevilla conservada en la catedral hispalense. Ceán Bermúdez le atribuyó un conjunto de santos guardados en la sevillana iglesia de Nuestra Señora de la Paz, la Asunción del retablo del Sagrario y algunos lienzos de la sacristía, sin que la crítica se ponga de acuerdo en torno a su autoría.
   Junto a ellas también se le han querido atribuir sin demasiado acierto una serie de Sibilas que pertenecieron a la Colección Bravo, en cuyo inventario aparecen en 1837, y una serie de lienzos conservados en la iglesia del Santo Ángel de la Guarda; una serie de Arcángeles de colección particular, las figuras de Santa Engracia y Santa Rufina de la catedral hispalense y una Santa Casilda del Museo del Prado. José Hernández Díaz, en su completo estudio dedicado a Bernabé de Ayala, hace un amplio repaso de las numerosas piezas que se han ido atribuyendo al artista sevillano, recalcando que el único cuadro conservado —la Virgen de los Reyes de Lima— no es suficiente para conocer el estilo de Ayala. 
 En la actualidad se admiten como posibles obras del pintor sevillano los lienzos de Santa Águeda y Santa Lucía del Hospital de Nuestra Señora de la Paz (Sevilla) y una serie de cuadros de colecciones particulares.
   Entre las obras perdidas se señalan un lienzo grande en la sacristía del convento sevillano de San Antonio de Padua y un cuadro que representa las Ánimas en el Omnium Sanctorum, este último también atribuido a Francisco Reina. Junto a ellas, Amador de los Ríos recoge en su Sevilla Pintoresca (1844) una Santa Margarita en la Galería de José Lerdo de Tejada, de la que destaca su excelente calidad; como en el caso de las anteriores, se desconoce su paradero actual (Ángel Rodríguez Rebollo, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de Santa Lucía, virgen y mártir;
   Virgen de Siracusa que habría sido martirizada en 304, en tiempos de Diocleciano.
   Según la leyenda, con su madre Eutiquia emprendió una peregrinación a Catania, a la tumba de santa Águeda. Después de la curación de su madre, Lucía distribuyó toda su fortuna entre los pobres.
   Denunciada como cristiana por su novio pagano, el cónsul Pascasio, fue condenada a permanecer en el prostíbulo (ad leones), pero un potente tiro de cuatro bueyes no consiguió hacerla avanzar ni un paso hacia allí. Es lo que evoca un himno donde se califica a la santa  de  «columna inamovible».
   Columna es immobilis, 
   Lucia sponsa Christi.
   El cónsul pidió ayuda a los magos. Lucía fue asperjada con orina hirviente que se consideraba apta para destruir los maleficios. Los verdugos le echaron plomo fundido en las orejas, le arrancaron los dientes y los pechos. Se levantó una hoguera a su alrededor; pero las llamas la respetaron, y para acabar con ella debieron cortarle el cuello.
   Según otra versión, ella misma se habría arrancado los ojos y los habría enviado a su novio sobre una bandeja; pero la Santísima Virgen le habría hecho nacer otros ojos aún más bellos (occhi belli, lucenti).
   Esta leyenda se apoya en la etimología popular de su nombre, Lucia, cuya raíz está vinculada con la palabra luz (lux) (Lucia a luce, Lucia quasi lucis via).
   Los dos ojos que le servían de atributo no eran los suyos, sino, por decirlo así, eran armas parlantes. Se trata de un despropósito iconográfico que ha engendrado la leyenda de los ojos arrancados.
CULTO
   Desde Siracusa, Sicilia, cuya catedral está puesta bajo su advocación, el culto de la santa se difundió en todo el territorio italiano: Nápoles, Roma, Milán y hasta Venecia.
   En Nápoles, donde cuatro iglesias están puestas bajo su advocación, es casi tan popular como san Jenaro. El nombre de santa Lucía suena constantemente en las barcarolas napolitanas. Las iglesias de Santa Lucía del Mare, y Santa Lucía del Monte pretenden  poseer, cada una, uno de los dientes de la santa, la catedral de Milán su cabellera, la iglesia de Santa Lucía de Padua un  trozo de una costilla y un mechón de pelo... pretensiones irreconciliables con la de los venecianos que creen poseer el cuerpo íntegro de la santa siciliana.
   Francia no fue menos devota a santa Lucía. En la abadía de Saint Riquier cerca de Abbeville, se veneraban sus reliquias.
   Pero el centro principal del culto de la santa era la abadía de Saint Vincent, en Metz, que se jactaba de haber recibido el cuerpo de la santa en el año 970. Desde Metz, el culto de santa Lucía se difundió en la Alemania renana, donde desplazó al culto de su competidora alsaciana, santa Odila. Teodorico, obispo de Metz, cedió el brazo de la santa a la catedral de Espira.
   Amberes, en Flandes, recibió del papa Chigi (Alejandro  VII), un fragmento de su mandíbula. En España, el culto de la santa está probado en la ciudad de Sevilla.­
   La razón principal de la popularidad de santa Lucía es que se la considera curadora de las enfermedades oculares, las oftalmias y  la ceguera .
   En Suecia, el día de su fiesta (13 de diciembre), una joven casadera entra en cada casa con una corona de cirios encendidos en la cabeza, símbolo del fin de los días oscuros y del próximo retorno de la claridad.
   En cambio en Sicilia es invocada por las mujeres que desean que sus maridos se vuelvan ciegos con el objeto de poder engañarlos con más facilidad. Como muchas santas, Lucía ha heredado facultades de divinidades paganas. 
   En Alemania ha suplantado a la diosa germánica Berchta, la brillante, llamada la hilandera. De ahí que se convirtiera  en patrona de los tejedores.
ICONOGRAFÍA 
   Sus atributos más frecuentes son dos ojos que suele presentar sobre una bandeja o en el fondo de una copa. No obstante, a veces lleva sus ojos en la palma de la mano, como flores, en el extremo de un tallo, en la punta de un puñal o clavados en un pincho. En un cuadro de Baroccio (Louvre) un ángel es quien sostiene la bandeja con los ojos. Sean cuales fueren estas variantes, todas ellas significan que se la invoca para las enfermedades oculares.
   Este atributo puede hacer que se la confunda con la alsaciana santa Odila, si ésta última no presentase su par de ojos sobre la placa de encuadernación de un libro.
   La santa pisotea un buey, alusión a los bueyes que no pudieron arrastrarla hasta el prostíbulo.
   Además, se la reconoce por la espada o un puñal que le atraviesa la garganta, instrumentos de su martirio. De la herida de su cuello irradian rayos de luz. Las llamas de sus pies, la lámpara encendida o el cirio que lleva en la mano, deben interpretarse como armas parlantes, al igual que el fondo estrellado sobre el cual se destaca (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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sábado, 12 de diciembre de 2020

El Retablo de la Virgen de Guadalupe, en la Iglesia del Convento de San Buenaventura

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Retablo de la Virgen de Guadalupe, en la Iglesia del Convento de San Buenaventura, de Sevilla.  
   Hoy, 12 de diciembre, Memoria de la Bienaventurada Virgen María de Guadalupe en México, cuyo gran maternal auxilio implora con humildad el pueblo en la colina de Tepeyac, cerca de la ciudad de México, donde apareció. Ella brilla como una estrella que invita a la evangelización de los pueblos, y es invocada como protectora de los indígenas y de los pobres [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y qué mejor día que hoy para ExplicArte el Retablo de la Virgen de Guadalupe, en la Iglesia del Convento de San Buenaventura, de Sevilla.
   La Iglesia del Convento de San Buenaventura se encuentra en la calle Carlos Cañal, 13, del Barrio del Arenal, en el Distrito Casco Antiguo.
     La Iglesia del Convento de San Buenaventura, remata su nave lateral con la Capilla Sacramental, presidida por el Retablo de la Virgen de Guadalupe. 
   El Retablo de Nuestra Señora de Guadalupe ocupa la zona de la cabecera de la nave lateral, en este caso de la Epístola. La imagen de la Virgen se debe a Juan Abascal Fuentes, discípulo de Sebastián Santos Rojas, tallada en 1.960. Es una réplica exacta de la Patrona de Extremadura y Reina de la Hispanidad. Se trata, por tanto, de una Virgen negra, de pequeño tamaño (102 centímetros sin contar la corona del taller de Borrero), está esculpida en su totalidad, aunque se la presenta siempre vestida con variedad de sayas, mantos y accesorios.
   Su culto fue promovido, como suele ser habitual en estos casos, por un grupo de extremeños residentes en Sevilla, siendo aprobadas sus reglas en 1.959. La Hermandad de Gloria resultante procesiona por las calles de la feligresía a comienzos de septiembre.
   A ambos lados de la hornacina central, se encuentran las imágenes de San José y San Francisco de Asís.
   Facsímil de la Patrona de Extremadura ejecutado modernamente (hacia 1960) por el escultor Juan Abascal, quien -a pesar de que la imagen sería para vestir- tuvo el buen detalle de caracterizarla por dentro igual que aquella escultura románica. Por cierto que, según la leyenda, este icono extremeño tendría una procedencia sevillana, por estimarse regalo del pontífice San Gregorio Magno al arzobispo hispalense San Leandro. Es titular de una Asociación de fieles de su región. Mide 102 x 90 cms. (144 cms. con corona) (Juan Martínez Alcalde. Sevilla mariana, repertorio iconográfico. Ediciones Guadalquivir. Sevilla, 1997). 
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de la Bienaventurada Virgen María de Guadalupe, de Extremadura;
   La existencia de este Monasterio y Santuario está estrechamente ligados al origen de la imagen de Santa María de Guadalupe, y por tanto es esta el motivo de su construcción y de su expansión por todo el mundo. Algunos códices antiguos sitúan el origen de la imagen de la Virgen de Guadalupe en el siglo I del cristianismo y a su autor al mismísimo San Lucas, aunque la imagen que hoy se venera en este lugar es una talla románica, en cedro, del siglo XII
   Cuenta la leyenda que muerto San Lucas, la imagen fue enterrada junto a él y trasladada junto a sus restos desde Acaya (Asía Menor) hasta Constantinopla en el siglo IV. Desde allí el cardenal Gregorio la llevó a Roma (582) , siendo elegido papa en el año 590 con el nombre de Gregorio Magno. Se convierte este papa en el principal devoto de la imagen y el primer artífice de la expansión de la misma en Roma. La imagen se trasladó desde Roma a Sevilla, pues el papa se la regaló al arzobispo de la ciudad hispalense, San Leandro, en cuya iglesia principal comenzó a venerarse hasta el comienzo de la invasión árabe (711).
   Hacia el año 714 huyendo de esta invasión unos clérigos que huían de Sevilla de la llevaron consigo y algunas reliquias de santos, escondiéndolos en los márgenes del río Guadalupe, cerca de la falda sur de la sierra de Altamira, donde fue hallada por un pastor llamado Gil Cordero.
   Andaba el pastor varios días buscando una vaca extraviada hasta dar con ella y hallarla muerta. Al tratar de aprovechar la piel y hacerle en el pecho la señal de la cruz el animal se levantó y en ese momento se le apareció la Virgen que le habló, acomendándole la tarea de excavar en aquel mismo lugar para encontrar su imagen y posteriormente edificar una ermita que a la postre se convertiría en Monasterio y Santuario.
   La imagen de la Virgen de Guadalupe está realizada en madera de cedro policromada. Está vestida y por ello se presenta con aspecto triangular. Se trata de una escultura tallada de María y el Niño realizada a finales del siglo XII, con algunos detalles protogóticos, como los zapatos puntiagudos de la Virgen, frente al hieratismo y frontalidad románicos de la Madre y de Jesús (web del Real Monasterio de Guadalupe).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de la Bienaventurada Virgen María de Guadalupe, de México;
   El sábado nueve de diciembre de 1531, un indio llamado Juan Diego iba muy de madrugada del pueblo en que residía a la ciudad de México a asistir a sus clases de catecismo y a oír misa. Al llegar, al amanecer, junto al cerro llamado Tepeyac escuchó una voz que lo llamaba por su nombre.
   Él subió a la cumbre y vio a una Señora de sobrehumana belleza, cuyo vestido era brillante como el sol, la cual con palabras muy amables y atentas le dijo: "Juanito: el más pequeño de mis hijos, yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios, por quien se vive. Deseo vivamente que se me construya aquí un templo, para en él mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a todos los moradores de esta tierra y a todos los que me invoquen y en Mí confíen. Ve donde el Señor Obispo y dile que deseo un templo en este llano. Anda y pon en ello todo tu esfuerzo".
   El Obispo, sin embargo, no lo atendió. De regreso a su pueblo, Juan Diego se encontró de nuevo con la Virgen María y le explicó lo ocurrido. La Virgen le pidió que al día siguiente fuera nuevamente a hablar con el obispo y le repitiera el mensaje. Esta vez el Obispo, luego de oír a Juan Diego, le dijo que debía ir y decirle a la Señora que le diese alguna señal que probara que era la Madre de Dios y que era su voluntad que se le construyera un templo.
   De nuevo, Juan Diego halló a María y le narró los hechos. La Virgen le mandó que volviese al día siguiente al mismo lugar, pues allí le daría la señal. Juan Diego no pudo volver al cerro pues su tío Juan Bernardino estaba muy enfermo. La madrugada del doce del dicho diciembre Juan Diego marchó a toda prisa para conseguir un sacerdote a su tío pues se estaba muriendo. Al llegar al lugar por donde debía encontrarse con la Señora, prefirió tomar otro camino para evitarla.
   De pronto María salió a su encuentro y le preguntó a dónde iba. El indio avergonzado le explicó lo que ocurría. La Virgen dijo a Juan Diego que no se preocupara, que su tío no moriría y que ya estaba sano. Entonces el indio le pidió la señal que debía llevar al Obispo. María le dijo que subiera a la cumbre del cerro donde hallaría rosas frescas para llevarle al prelado.
   Poniéndose la tilma, cortó cuantas pudo y se las llevó envueltas en ella al Obispo. Una vez ante Zumárraga, Juan Diego desplegó su manta y cayeron al suelo las rosas, y en la tilma estaba pintada la imagen de la Virgen de Guadalupe. Viendo esto, el Obispo llevó la imagen santa a la Iglesia Mayor y edificó una ermita en el lugar que había señalado el indio, origen de los templos actuales.
   Empezó a celebrarse en la fiesta de la Natividad de María. Su devoción no sólo se extendió por América, sino que pronto cruzó el Atlántico. El canónigo Francisco de Siles pidió infructuosamente a la Sagrada Congregación de Ritos, en el pontificado de Alejandro VII Chigi, la concesión de un Oficio y misa propios para una festividad dedicada a ella el doce de diciembre, porque faltaba documentación que respaldara dicha petición, por lo que se realizó un proceso jurídico formal para recoger las tradiciones que la avalaran.
   En 1737 la Santísima Virgen María de Guadalupe es elegida como Patrona de la Ciudad de México. En 1746 el patronazgo de Nuestra Señora de Guadalupe es aceptado para toda la Nueva España, la que entonces comprendía las regiones desde el norte de California hasta El Salvador.
   Por bula del veinticinco de mayo de 1754 Benedicto XIV Lambertini aprueba el patronazgo de Nueva España y otorga una Misa y Oficio para la celebración de la fiesta el doce de diciembre. En 1757 la Virgen de Guadalupe fue declarada Patrona de los ciudadanos de Ciudad Ponce en Puerto Rico. En 1895 se lleva a cabo la Coronación canónica de la imagen por un legado pontificio ante gran parte del Episcopado del continente.
   Pío X Sarto en 1910 la proclamó Patrona de toda la América Latina; Pío XI Ratti, de todas las Américas, extendiendo su patronazgo a Filipinas en 1935; el Venerable Pío XII Pacelli, Emperatriz de las Américas en 1946, y San Juan XXIII Roncalli, la Misionera Celeste del Nuevo Mundo y la Madre de las Américas en 1961. La imagen de la Virgen de Guadalupe se sigue venerando en México con grandísima devoción, y los milagros obtenidos por los que rezan a la Virgen de Guadalupe son extraordinarios.
   La celebración litúrgica de Nuestra Señora de Guadalupe del doce de diciembre fue elevada al rango de fiesta en todas las diócesis de los Estados Unidos en 1988. El Venerable Juan Pablo II, en 1999, durante su tercera visita al santuario, le otorgó el mismo rango litúrgico de fiesta para todo el continente de las Américas. En el resto de la Iglesia Latina es memoria libre.
   El doce de febrero de 2004 el mismo papa quiso que se añadiese a la fiesta de la Bienaventurada Virgen María de Guadalupe el grado de memoria libre en el calendario general, y que se añadiese también la celebración de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, nacido de la raza de los indígenas del territorio que se llama hoy México, el cual dio testimonio del gran amor de la Madre de Jesús, beatificado en 1990 y canonizado en el 2002, para que, todos los años, sea también celebrada el nueve de diciembre, con el grado de memoria libre (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
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viernes, 11 de diciembre de 2020

El banco de la provincia de Gerona, en la Plaza de España

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el banco de la provincia de Gerona, en la Plaza de España, de Sevilla.
   Hoy, 11 de diciembre, se conmemora el aniversario de la Rendición de Gerona (11 de diciembre de 1809), en el transcurso de la Guerra de la Independencia, siendo éste el tema del panel central del banco de la provincia gerundense, así que es hoy el mejor día para Explicarte el banco de la provincia de Lérida, en la Plaza de España, de Sevilla.
   La Plaza de España [nº 62 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; nº 31 en el plano oficial de la Junta de Andalucía; nº 1 en el plano oficial del Parque de María Luisa; y nº 11 al 21 en el plano oficial de la Exposición Iberoamericana de 1929], se encuentra en el Parque de María Luisa [nº 64 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla];  en el Barrio de El Prado - Parque de María Luisa, del Distrito Sur. 
     La Plaza de España consta de cuatro tramos de catorce arcos cada uno, en cuya parte inferior se sitúan bancos de cerámica dedicados a cada provincia española. Flanquean el conjunto dos torres, denominadas Norte y Sur, intercalándose tres pabellones intermedios, que corresponden a la Puerta de Aragón, la Puerta de Castilla y la Puerta de Navarra. El central o Puerta de Castilla es de mayor envergadura y alberga la Capitanía General Militar.
   La estructura de cada banco provincial consiste en un panel frontal representando un acontecimiento histórico representativo de la provincia en cuestión, incluyendo por lo general escenas con los monumentos más representativos de la ciudad o provincia. Flanquean el conjunto anaqueles de cerámica vidriada, destinados originalmente a contener publicaciones y folletos de la provincia en cuestión. Rematando el banco aparece un medallón cerámico en relieve con su escudo. En el suelo se reproduce en azulejos el plano de la provincia y sus localidades más destacadas. Entre los arcos figuran los bustos en relieve de los personajes más importantes de la historia de España. La ejecución- de la mayoría de los mismos corrió a cargo del escultor ceramista Pedro Navia Campos.
   La Exposición Iberoamericana tuvo sus motivaciones políticas y propagandísticas, y éstas influyeron en algunos detalles. Respecto a las escenas históricas representadas en los bancos de las provincias, algunos de ellos fueron retirados precipitadamente en los meses previos a su inauguración por sus incorrecciones históricas o su inconveniencia política, ya que se consideró que no sintonizaban con la idea de unidad y paz que pretendía proyectar el recinto monumental.
   En el banco de la provincia de Gerona, situado entre los de las provincias de Cuenca y Granada, y entre las Puertas de Aragón y la de Castilla (Capitanía General), la escena histórica representada en su panel central es la Rendición de Gerona durante el transcurso de la Guerra de la Independencia, el 11 de diciembre de 1809 la guarnición que defiende Gerona, tras una heroica resistencia , depone sus armas ante el mariscal Auguerau, duque de Castiglione, comandante del ejército francés en España. A ambos lados de la escena central figuran a la izquierda la Colegiata de San Félix y a la derecha la Catedral de Santa María y San Miguel, obra original corresponde a la fábrica de Montalván, que no se conserva, siendo el paño central reproducido en 1992 por Cerámica Magariño, que añade su firma. Restaurado in situ en 2006 por la Escuela Taller de la Plaza de España.
   Los azulejos retirados fueron restaurados por dicha Escuela y depositados en los almacenes del Patrimonio del Estado ubicado en los bajos del edificio de la Plaza de España, y en los extremos unos anaqueles, también cerámicos, donde se colocaron originalmente folletos de cada localidad. En la zona inferior encontramos otro panel cerámico con el mapa de la provincia y tres bancos en forma de "U" decorados con dibujos vegetales derivados de los típicos candelieri con angelotes, y las vistas más conocidas de monumentos gerundenses insertados en cartelas, como son el Puente de Piedra sobre el Oñar, la fachada principal de la Catedral de Santa María y San Miguel, el Puente de las Pescaderías antiguas, la Torre de la Iglesia de San Félix, el Claustro de la Catedral de Santa María y San Miguel, de Gerona, y otros monumentos de la provincia. 
   Sobre el balcón, encontramos una balaustrada centrada por el escudo, en forma de tondo, de la provincia, decorado con una especie de corona de laurel. En el arco que está sobre él, aparecen en sus enjutas los relieves con los bustos de Fernando de Magallanes, Magallanes (c. 1480 - 1521), navegante y descubridor portugués al servicio de la Corona de España, caballero comendador de la Orden de Santiago; y Bartolomé de las Casas, Fray B. de las Casas (c. 1484 - 1565), dominico (OP), obispo, teólogo, polemista, defensor de los indios. (www.retabloceramico.net).
Conozcamos mejor el hecho histórico que aparece en el panel principal del banco de la provincia de Gerona: La Rendición de Gerona durante el transcurso de la Guerra de la Independencia, el 11 de diciembre de 1809 la guarnición que defiende Gerona, tras una heroica resistencia , depone sus armas ante el mariscal Auguerau, duque de Castiglione, comandante del ejército francés en España:
   Durante el trascurso de la guerra de 1808 a 1814, se produjeron en las comarcas gerundenses un gran número de escaramuzas, pero lo más fundamental fue sin duda la guerra de sitios. El emperador Napoleón había dejado claro a su Estado Mayor que era preciso, para la buena marcha de las operaciones en España, mantener expedita la comunicación entre Barcelona, ocupada y controlada, y la frontera francesa, para lo que debía tomarse la plaza de Gerona, pequeña y mal fortificada, situada en mitad del trayecto, complemento de la de Figueras. Las guarniciones francesas en la Ciudadela de Barcelona y Figueras, gobernadas por los generales Duhesme, jefe del ejército francés en Cataluña, y Reille, eran insuficientes para oponerse a las fuerzas del marqués del Palacio, Mariano Domingo Traggia y Uribarri (Capitán General de Cataluña, desde el 6 de julio de 1808) y del general Francisco Dionisio Vives y Planes. Los franceses continuaban sin poder dominar el territorio y sin asegurar sus comunicaciones. Por eso era indispensable conquistar la plaza de Gerona. 
 En las comarcas gerundenses se dieron un gran número de sitios, uno de ellos, el que se produjo en Gerona durante mayo y diciembre de 1809, fue de los más largos de todas las guerras napoleónicas. El importante número de asedios se explica por el elevado número de fortificaciones que protegían la ruta de entrada a la Península: Roses (con su ciudadela y el Fuerte de la Trinitat), Figueres (con Sant Ferran), Girona, y Hostalric (a medio camino de Barcelona). A excepción de Sant Ferran, ninguna de estas fortalezas se entregó sin combatir, lo que implicó que el ejército francés las tuvo que tomar después de sitiarlas. Roses resistió un primer ataque en julio de 1808 y se rindió el 6 de diciembre de 1808 Tras un mes de asedio. Hostalric fue evacuado por la guarnición española el 12 de mayo de 1810, después de resistir cuatro meses y del saqueo de la villa en noviembre de 1809. Sant Ferran cayó sin disparar un solo tiro en marzo de 1808 pero fue recuperado por los resistentes catalanes con un golpe de mano en abril de 1811. Los franceses asediaron el castillo y lo volvieron a tomar en agosto. Tres episodios componen la odisea resistente de Gerona. El primero de ellos es un ataque directo, de un día; el segundo y el tercero son propiamente sitios.
   Duhesme, reunida una fuerza de cinco mil soldados, partió de Barcelona hacia Gerona por el camino de la costa. A la altura de Montgat tuvo su primer percance al topar con los efectivos del somatén, a los que intentaron coparlos, pero los paisanos escaparon de la escabechina. Escabechina que practicaron los invasores en la zona para que cundiera el ejemplo. Continuó la tropa hacia Gerona, y doquiera que pasaban aquellos soldados de nación blasonada como el culmen de la civilización universal, reinaban el pillaje y los estragos. Los pueblos a su paso padecieron la codicia y el desprecio, y nada hizo su atildado jefe para evitarlo. Era otra su prioridad, Gerona, ante la que se presentó el día 20.
   La plaza estaba guarnecida por trescientos hombres del Regimiento de Ultonia, al mando de el capitán Alonso Carrillo y unos pocos artilleros con sus piezas; nimia fuerza para oponerse a la de enfrente. Pero recibieron ayuda, y con qué traza, nobles y plebeyos, seglares y eclesiásticos, jóvenes y ancianos; todos acudieron a coger las armas y a colocarse en los puestos asignados. El enemigo fue recibido a cañonazos, un saludo que no era de bienvenida, por lo que Duhesme ordenó un repliegue sobre las casas y aldeas vecinas, que saquearon y quemaron degollando a sus moradores. No tardaron los franceses en volver al punto de mira de los gerundenses tras las murallas, torres y castillo; y acometieron con empeño por tres puntos diferentes. Asaltos continuos, sin ningún éxito. Amparados en la oscuridad de la noche, los asaltantes alcanzaron los muros, los defensores derribaron a los pioneros y éstos arrastraron a los que tras ellos ascendían. La fusilería y el cañoneo desplazaron al sigilo, hasta que en la madrugada, el considerable y nada previsto número de bajas, muertos y heridos, obligó a suspender su maniobra de los asaltantes.
   Al amanecer del día 21 de junio, había 700 hombres yacentes en el campo de batalla. Razón suficiente para regresar a Barcelona, eso sí, sin perder el hábito devastador en el regreso, aunque los somatenes hacían pagar un precio por tales iniquidades. El castigo más notable aconteció en Mataró. En esta localidad del litoral barcelonés había quedado parte de la fuerza expedicionaria francesa, sintiéndose seguros. Otro error. El hostigamiento al invasor crecía gracias al esfuerzo de los paisanos, al extremo que los tres mil quinientos hombres acabaron por huir dejando tras de sí la artillería de acompañamiento. La expedición de conquista se había saldado con un notorio fracaso.
   La guerra contra el ejército napoleónico en Cataluña carecía de un plan y de una estructura militar consolidada. Los somatenes y paisanos, en pequeñas partidas, perseguían a los imperiales en la medida de sus posibilidades, mientras se adecuaba el ejército nacional. También protagonizaron episodios de audacia y valor, como la gallarda defensa de Rosas, rechazando a los franceses y derrotándolos en su retirada, y como el intento de reconquista del Castillo de Figueras, ocupado al inicio de la invasión.
   La Junta General del Principado, reunida en Lérida, acordó formar un cuerpo de cuarenta mil hombres. Al mismo tiempo llegaban a Tarragona, procedentes de Mahón, cuatro mil seiscientos hombres mandados por el marqués del Palacio. Esto atemorizó al general Lechi, que por aquel entonces mandaba en la guarnición de Barcelona por ausencia del mariscal Duhesme, también tenía a la vista dos fragatas inglesas, con cuyo auxilio los somatenes habían recuperado Montgat.
   Duhesme, resentido por su fracaso en Gerona, quería reivindicar su honor con la toma de aquella plaza, apremiado por el emperador que la requería como llave de paso franco. Dio la orden de marcha el 10 de julio, a la cabeza de seis mil hombres y trece cañones. A las afueras de Barcelona comenzaron sus tribulaciones: los somatenes y las partidas de Francisco Miláns del Bosch y Joan Clarós acechaban con eficaces golpes de mano. Camino de la plaza de Gerona, los franceses intimaron la rendición al gobernador del Castillo de Hostalrich, cuya respuesta fue digna y briosa. Con Gerona a la vista, a la tropa de Duhesme se unió un refuerzo de dos mil hombres y artillería al mando de Reille. La guarnición que se oponía a los ocho mil franceses era de dos mil militares, completados por la población civil nuevamente dispuesta a cooperar activamente en la defensa.
   Ningún movimiento hicieron los sitiadores hasta el 12 de agosto; fecha en la que conminaron a la rendición. Sin resultado. A medianoche rompieron el fuego, continuado los días 14 y 15. Los sitiados reparaban con prontitud los estragos que hacía la artillería en la muralla, e impedían de este modo que quedasen abiertas brechas practicables. Avisado del asedio, el marqués del Palacio envió en socorro de la plaza al conde de Caldagués con cuatro compañías, a las que se unió el guerrillero Joan Baiget (Joan de la Creu Baiget i Pàmies) y los también guerrilleros Juan Clarós (Joan Pau Clarós i Presas) y Francisco Miláns del Bosch (militar del ejército español), siempre pendientes de los exploradores y de las retaguardias del enemigo para asestar sus golpes. El día 15 Caldagués con diez mil hombres, determinó atacar a los franceses al día siguiente por la mañana. Pero los sitiados no esperaron. Animados por el refuerzo, salieron impetuosos hasta pisar las trincheras enemigas. Toda la jornada fue de ardua lucha, quedando tan mal parados los franceses que al amanecer del 16 Reille regresó a Figueras, y Duhesme a Barcelona, perdiendo bagajes y artillería.
   Unos meses después tras los dos intentos, Gerona seguía fuera del poder invasor y en Cataluña la resistencia al francés napoleónico no cejaba. Apremiado, por la Junta Central de Defensa Nacional que le había conferido el mando militar en Cataluña, el general Joaquín Blake y Joyes entraba en Tortosa. En el resto del territorio, guerrillas y somatenes incomodaban al invasor; y hasta se quiso recuperar Barcelona con un arriesgado proyecto que no cuajó por haberlo descubierto, y que costó la vida a varios de sus autores, uno de los ajusticiados era un mozo llamado Juan Massana, que al ser tildado de traidor por la autoridad usurpadora respondió a ese general que el traidor era él "que con capa de amistad se ha apoderado de nuestras fortalezas".
   Dada la urgencia por asegurar las comunicaciones con la frontera francesa, y el orgullo herido al no poder doblegar la resistencia de una plaza con reputación de poca defensa, volvió a la carga el ejército imperial. Para la defensa de Gerona, la oposición a la fuerza invasora se antojaba difícil y penosa. Por lo que, el general Gobernador Mariano Álvarez de Castro, secundado por los voluntarios, dispuso a toda prisa una reserva compuesta por ocho compañías, vecinos de la ciudad, aprestadas con lo imprescindible. La amalgama resultaba tan pintoresca como entusiasta: paisanos, seglares y eclesiásticos, jóvenes con ancianos y el bautizado Batallón de Santa Bárbara, compuesto por mujeres, con Lucía Conama y Fitzgerald al mando como coronela, que se dedicaría a suministrar alimento y munición a la tropa, y llegado el caso, a tomar las armas tapando los boquetes por donde pudiera colarse el enemigo; más la asistencia a los heridos y agonizantes.
   Álvarez de Castro, era un curtido militar de sesenta años, que ya se distinguió por su valor en la defensa del Castillo de Montjuich en Barcelona, hombre de indomable espíritu y patriota ejemplar, y a su lado descollaron el teniente de rey Julián Bolívar, el coronel de Artillería Isidro de Mata, el de Ingenieros, Guillermo Minali y el intendente Carlos Beramendi; sin restar mérito al resto de la oficialidad y la tropa. En abril de 1809, consciente de lo que se les venía encima, Álvarez de Castro promulgó un bando en el que anuncia su intención de resistir hasta la muerte, y advierte a quien piense en pasarse al enemigo o proponer rendición que será ejecutado.
   El día 6 de mayo se presentaron los franceses ante Gerona, iniciando las tareas del sitio inmediatamente, a las que apenas pudo oponer otro impedimento la guarnición de la plaza, dados sus efectivos, que provocar alarma y mínimo retardo con algunas salidas en las que participaron vecinos de las inmediaciones. El 31 de mayo cayó al ermita de Los Ángeles, tras una enconada resistencia, anticipo de lo que iba a suceder con la plaza. Y a principios de junio, los sitiadores culminaron el cerco enfilando Gerona dieciocho mil soldados. El día 12 se presentó un parlamentario intimando la rendición. La respuesta del Gobernador, castellano viejo, fue contundente: desde ese momento recibiría a cañonazos a los enviados enemigos de su Patria. La suerte estaba echada y a cada cual le correspondía jugar con sus cartas.
   El primer bombardeo, por parte francesa, tuvo lugar del día 13 al 14; con tal acierto que el hospital general, el más importante de la ciudad, fue incendiado y destruido. Al amanecer de ese día 14, acometieron los artilleros y luego la infantería las torres de San Luis y San Narciso, que los defensores tuvieron que abandonar el 19 por no haber en ellas cobijo de tanto estrago ocasionado; por la misma razón, el 21 evacuaron la de San Daniel. Antes, la noche del 14 al 15 los atacantes se apoderaron del Arrabal de Pedret, exterior de la Puerta de Francia, y allí se atrincheraron. Pero una salida de los sitiados los desalojó del parapeto y de todo el arrabal.
   Aunque la balanza se inclinaba del lado atacante, la determinación de los defensores ofuscaba el anhelado horizonte de victoria. En esto llegó al campo enemigo el general Saint-Cyr, trayendo consigo un refuerzo que incrementó hasta treinta mil el número de sitiadores. La mañana del 3 de julio dio comienzo el ataque al Castillo de Montjuich, primero la artillería, luego los infantes. Los cañonazos causaron gran destrozo en el castillo, pese a lo cual, la guarnición compuesta por 900 hombres mandados por el brigadier de Infantería Guillermo Nash aguantaba el asalto. Estaba enarbolada la bandera española en un punto de la fortaleza que se desmoronó de tanto impacto de cañón, cayó al foso, lo vio el subteniente Mariano Montoro y allá que se dirigió para recogerla, subirla y colocarla otra vez en el muro.
   El día 4, a las diez y media de la noche, dieron el asalto los sitiadores, siendo rechazados. El 8 repitieron el asalto por tres veces, con el mismo resultado. Hubo un cuarto asalto que acabó como los tres anteriores, más la herida del coronel Muff, jefe de los atacantes, dos mil bajas vistas, entre ellas las de sesenta y seis oficiales heridos y once muertos. En otro frente, la artillería francesa voló la torre de San Juan, sita entre la ciudad y el castillo, pereciendo la mayoría de españoles en ella apostados. Saint-Cyr se propuso privarla de cualquier aliento exterior de localidades. Con este fin tomó una tropa y la dirigió en dos direcciones a San Feliu de Guixols y Palamós, conquistando ambas plazas con abundante derramamiento de sangre. Continuó ahora por el sur, destinando el día 12 una brigada contra los somatenes y partidas que hormigueaban desde Hostalrich hasta Gerona; y por el norte, en operativos de control y limpieza entre Figueras y la raya de Francia.
   Era un segundo cerco, más amplio y de igual modo eficaz, que aunque restaba efectivos al asedio ganaba en disuasión. Debido a esta maniobra de aislamiento, el auxilio encabezado por el coronel Rodulfo Marshall, militar irlandés al servicio de España, con un convoy con atención básica para la población y suministros para la guerra, enviado por la Junta Central de Cataluña, fue descubierto, interceptado y atacado.
   La resistencia de los defensores del Castillo de Montjuich proseguía indeleble, era un bastión construido en la montaña de ese nombre por orden de Felipe IV en 1653, para garantizar la seguridad de los accesos a la llanura de la ciudad desde el norte, conjuntamente con cuatro torres de defensa: San Juan, San Daniel, San Narciso y San Luis. Fue acabado en 1675. El 31 de julio murió un gran número de franceses en la zona de la torre de San Luis, volados por una bomba arrojada desde la plaza y rematados por una salida de los resistentes en el castillo. Éstos mismos valientes sufrieron el 3 y el 4 de agosto sendos ataques contra el antepecho del castillo, que tuvieron que abandonar por orden de Álvarez de Castro. Los napoleónicos habían posicionado diecinueve baterías para batir el castillo, durante dos meses castigaron sus muros, y aunque abrieron brechas y la guarnición era menor que los atacantes, necesitaron ocho semanas para doblegarla.
   Privada la plaza del baluarte de Montjuich, se resintió la defensa en aquella zona, entonces sólo cerrada por una muralla débil y amparada por muy pocos fuegos. Ante esta perspectiva, los sitiadores levantaron buen número de las baterías presentes; pero pronto las devolvieron visto que en Gerona no aparecían señales de ceder. El día 19 enfilaron los cañones hacia la Puerta de San Cristóbal y la muralla de Santa Lucía, que era el sitio más alto y débil de la plaza, causando gran destrozo. El 25 intentaron ocupar las casas de Gironella, pero una salida de los sitiados lo impidió. Estas salidas eran efectivas, pero reducidas a la mínima expresión porque las bajas habían mermado tanto la guarnición que las impedían, y sólo en caso de extrema necesidad recibían autorización. Con todo, no faltaba el coraje ni la provisión del infatigable Gobernador, inamovible en su propósito de no capitular ni retroceder ante el enemigo. "Al cementerio", respondió a un oficial encargado de una salida, que le preguntaba a dónde se dirigiría en caso de retirada. No se descuidó tampoco Álvarez de Castro de pedir socorro por diferentes conductos. Al general Joaquín Blake le cupo el honor de proporcionar a la plaza el alivio solicitado. Por medio de un movimiento bien ejecutado por los generales Enrique O'Donnell y Manuel Llauder, el contingente de auxilio español burló las precauciones de Saint-Cyr, causando muchas bajas y la muerte del general Hadeln a manos de un miguelete, consiguiendo entrar en Gerona con dos mil acémilas custodiadas por cuatro mil infantes y dos mil caballos al mando del general Jaime García Conde; en este contingente figuraban los voluntarios de Miláns, Baget y Clarós, que ya habían participado en la liberación de Gerona en el verano de 1808. Una vez aprovisionada la plaza, este general se retiró a Hostalrich. Era un respiro pero resultaba equívoco creer que los refuerzos decantarían la balanza solucionado el hambre ya que ahora había que alimentarlos.
   Repuestos de la sorpresa, los imperiales reanudaron sus trabajos de asedio y las acometidas. Así el día 6 de septiembre volvieron a ocupar la ermita de los Ángeles, y mataron a cuantos la defendían menos a tres oficiales y al general que escaparon por una ventana. El 11 de septiembre bombardearon intensamente la muralla por los sectores que presentaban brechas. Prestos al asalto, los sitiadores prefirieron intimar a la rendición una vez más. La respuesta de Álvarez de Castro fue la consabida: negativa y descargas. Saint-Cyr, apremiado por Napoleón, quería poner fin al sitio cuanto antes, y como por la vía de la capitulación era imposible, dispuso el asalto a viva fuerza: cuatro columnas de dos mil hombres cada una tenían la misión de penetrar las murallas y poner pie en el recinto interior de la plaza.
   La demostración de artillería, no consiguió amedrentar al Gobernador, quien se dispuso a recibirlos: toque de generala y repique de campanas. La tropa y los paisanos acudieron a sus posiciones defensivas. Ascendía una columna enemiga por la brecha de Santa Lucía, donde mandaba Rodulfo Marshall, que por dos veces fue repelida a la bayoneta. El general fue herido de gravedad, muriendo al cabo con estas palabras en la despedida: "Muero contento por esta causa y por Nación tan valiente". Por las brechas del cuartel de los Alemanes y el baluarte de San Cristóbal quisieron penetrar otras dos columnas, que también fueron repelidas. La columna que ascendía por la torre de Gironella, la cuarta de las desplegadas, corrió la misma suerte. El balance de muertes francesas registró dos mil hombres; el de españolas 350, aproximadamente, entre paisanos, militares, oficiales distinguidos por su valor y mujeres del aguerrido Batallón de Santa Bárbara. Niños y ancianos, clérigos, frailes y monjas, hombres y mujeres ocuparon el puesto que asignado por el Gobernador, omnipresente durante el conflicto.
   No les cabía duda alguna a los franceses sobre el enemigo al que se enfrentaban, que antaño menospreciaron o simplemente dieron por débil, al punto que Saint-Cyr ordenó un repliegue táctico, transformando el sitio en bloqueo, confiado a que el hambre, las enfermedades y las inclemencias, alcanzaran el éxito que a sus armas le estaba siendo vetado. Por segunda vez quiso Joaquín Blake socorrer y proveer a los esforzados gerundenses. Al mando de doce mil hombres el 26 de septiembre ocupó las alturas de La Bisbal, a dos leguas de Gerona. Iba en vanguardia el general Enrique O'Donnell y a continuación el general Luis Wimpffen, de origen suizo, con el convoy compuesto por dos mil acémilas y ganado lanar. Saint-Cyr observó la maniobra y rápidamente se interpuso entre O'Donnell y Wimpffen para interceptar el convoy y arremeter contra los españoles. Tuvo éxito su movimiento y tras derrotar al contingente español, a Gerona sólo entraron 170 cargas. Además, las enfermedades, la escasez y el hambre apoyaban a los sitiadores; el sitio era excesivamente largo para los almacenes de la plaza, y para los hospitales. Y por si fueran pocas penalidades, los franceses obtuvieron nuevas refuerzos. Por tercera vez intentó Blake socorrer a los angustiados defensores de Gerona sin éxito.
   El mariscal Augereau, duque de Castiglione, sustituyó a Saint-Cyr en el sitio de Gerona; a la par que Verdier relevaba a Reille en el gobierno de Figueras, y el ejército francés extendía una línea de cobertura desde San Feliu de Guixols hasta Tordera para evitar que Gerona pudiera ser socorrida por el general español Joaquín Blake. Como primera providencia, Augereau retomó la vía de la intimidación para rendir la plaza. Utilizó a prisioneros, soldados y civiles, también a frailes para ablandar la resolución de Álvarez de Castro; en vano. Gerona ofrecía un panorama espantoso entrado noviembre. Era tal la carestía, que una gallina costaba 16 duros y un ratón 5 reales, una fortuna para la época. Faltaban las medicinas, el alimento y la lumbre para los enfermos y heridos; y sobraba contagio y hedor. La ciudad era la mansión donde se alojaban el dolor y la muerte. En tan horroroso trance se abatían hasta los más animosos. Algunos proponían salir y abrirse paso para llegar a zona libre, hubo quien optó por hablar de capitulación delante del Gobernador. "¡Cómo!", replicó éste con viveza, "¿sólo usted es aquí cobarde? Cuando ya no haya víveres nos comeremos a usted y a los de su ralea; y después resolveré lo que más convenga. Sepan las tropas que guarnecen los primeros puestos, que los que ocupan los segundos tienen orden de hacer fuego, en caso de ataque, contra cualquiera que sobre ellos venga, sea español o francés, pues todo el que huye hace con su ejemplo más daño que el mismo enemigo". Explicitado en un bando.
   La noticia de la resistencia sobrehumana de Gerona y las penalidades que sufría su población, conmovieron a una Junta General. Reunida en Manresa, propuso un alzamiento popular allá donde los franceses no dominaran para obligarles a levantar el sitio o, al menos, a facilitar el auxilio de la plaza. Llegado a oídos de Augereau supo que, de realizarse aquella iniciativa, su situación ante la plaza se tornaría peligrosa, así que redobló las embestidas en la noche del 2 de diciembre, ocupando el Arrabal del Carmen en el que emplazó baterías para ensanchar las antiguas brechas en los dolientes muros gerundenses. Las piedras se quebraron con los impactos, pero los espectros tras ellas, aún imponían respeto a esos mismos franceses que se vanagloriaban de haber vencido a todos los pueblos del continente.
   El día 7, una vanguardia atacante se apoderó del reducto de la plaza y de las casas de La Gironella, cortando la comunicación con los fuertes, cuya guarnición sólo disponía de alimentos para dos jornadas y munición para algo menos. Pese al desolador panorama, Álvarez de Castro pudo socorrerla con una remesa de trigo que cubriría otras tres épicas jornadas: no había otra reserva que suministrar. A media tarde, los imperiales volvieron a intimar la rendición sin conseguir que el Gobernador y su gente doblaran la cerviz. Augereau mandó destruir el puente de piedra, último acceso y pasillo de conexión con el entorno. Y ni por esas asomó en labio alguna la palabra capitulación.
   Pero Mariano Álvarez de Castro estaba gravemente enfermo desde hacía días; las tercianas no aminoraban su espíritu, pero su cuerpo apenas se sostenía en pie, y ya el día 4 cedió a una calentura nerviosa que le mantenía postrado y en peligro de muerte. Siguió impartiendo órdenes y aliento hasta el día 8, fecha en que le sobrevino el delirio, y aún consciente, transfirió el mando al oficial Julián Bolívar, y él recibió la extremaunción.
   La primera providencia de Julián Bolívar fue nombrar una junta militar y reunir la municipal. Había que afrontar los hechos con el mayor realismo. Pesaba a todos el tener que plantearse la rendición, pero la defensa era ya inviable. El otoño se despedía con lluvias abundantes que encharcaron las calles; por ellas corrían en insalubre mezcolanza las aguas, la sangre y los detritus; y menudeaban los cadáveres insepultos, con las casas derruidas y los escombros por hogar. Siete eran las brechas abiertas, algunas muy anchas; habían muerto cerca de seis mil soldados y cuatro mil paisanos; sólo quedaban mil cien combatientes, escuálidos, casi cadáveres; las subsistencias reducidas a la mínima expresión; ningún alivio entre ataque y bombardeo, esfumadas las esperanzas de pronto socorro. Si Gerona hubiera estado provista, la defensa de sus maltrechos muros hubiera seguido, como en Zaragoza, y los arrogantes franceses, dominadores de Europa, humillados delante de una flaca y antigua muralla.
   De acuerdo con las juntas, Julián Bolívar envió al campo de los sitiadores para tratar de la capitulación al brigadier Blas de Fournas, que fue bien recibido por Augereau, con quien ajustó una capitulación tan favorable a los defensores, militares y paisanos, como podía ser en tales circunstancias. Corría el 10 de diciembre de 1809. Los franceses se comprometieron a respetar la vida y hacienda de los supervivientes, así como la profesión de su fe católica, y lo incumplieron todo.
   Los sitiadores entraron en la plaza el 11 de diciembre por la Puerta de Arenys. Habían precisado de cuarenta mil hombres y cuarenta baterías que arrojaron sesenta mil balas de cañón y 20.000 bombas y granadas, para vencer la resistencia de una pequeña y mal fortificada plaza defendida por una corta guarnición. Tanto poderío bélico no bastaron para obtener la rendición inmediata; fue el hambre quien abatió a los defensores. Una vez en el interior de Gerona, su primera reacción fue de asombro al contemplar los efectos de una resistencia que no hallaron en ninguna de sus guerras anteriores. El gobernador Mariano Álvarez de Castro seguía vivo, el 23 de diciembre lo sacaban los franceses de Gerona para conducirlo a Francia, en pésimas condiciones y custodiado al milímetro, lo depositaron en el Castillo de Figueras, donde se le encerró en un cuartucho desnudo y lóbrego en las caballerizas; primera posta de su particular vía crucis. Al cabo lo trasladaron al Castillo de Perpignan, estancia aún peor; segunda posta. Poco después, víctima ahora de una incomprensible desorientación, o de una venganza a plazos, lo devolvieron a España para encerrarle de nuevo en el Castillo de Figueras. Su morada última iba a ser un calabozo. 
   Si antes hubo razones para fomentar la leyenda, su cautiverio añadía otro capítulo denigrante para los captores. Puede que lo dejaran morir en condiciones innobles, puede que le arrebataran la vida al instante a golpes, ahorcado o envenenado; ambas opciones, qué duda cabe, por orden del vengativo Napoleón. En España, el proclamado héroe de Francia, actuó como un megalómano envidioso y ruin, ordenando, induciendo y aprobando asesinatos y vejaciones. La Junta Central de Defensa Nacional, y posteriormente las Cortes reunidas en Cádiz, decretaron honores al valor y lealtad de Mariano Álvarez de Castro. En 1815, concluida la guerra con la derrota del invasor, el capitán general de Cataluña, Francisco Javier Castaños y Aragorri, duque de Bailén, presidió en Figueras las honras fúnebres de su benemérito compañero de armas, y en una lápida que mandó fijar en la misma prisión que vio su muerte, transmitió su nombre y hazaña a las futuras generaciones (R. Martin, El Asedio de Gerona).
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jueves, 10 de diciembre de 2020

La pintura "Santa Eulalia", del taller de Zurbarán, en la sala VI del Museo de Bellas Artes

       Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Santa Eulalia", del taller de Zurbarán, en la sala VI, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
     Hoy, 10 de diciembre, Memoria de Santa Eulalia, virgen y mártir, que, según se cuenta, en Mérida, población de Lusitania, hoy en España, siendo aún joven no dudó en ofrecer su vida por confesar a Cristo (304) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y qué mejor día que hoy para ExplicArte la pintura "Santa Eulalia" del taller de Zurbarán, en la sala VI del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
     El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
   En la sala VI del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "Santa Eulalia", obra anónima del taller de Zurbarán (1598-1664), siendo un óleo sobre lienzo en estilo barroco, pintado hacia 1640-50, con unas medidas de 1,73 x 1,03 m., y procedente del Hospital de las Cinco Llagas de Sevilla, depositado el 12 de marzo de 1920.
   Representa a una sencilla joven de cuerpo entero, de frente, arqueada en un leve escorzo. Lleva el libro, atributo de su fe y el hacha encendida, uno de los instrumentos de su martirio. Es de notar la belleza conseguida en la volumetría del plegado de los paños.
   La devoción a esta santa virgen y mártir tiene su origen en el siglo VI. Probablemente Zurbarán recoge para la correspondiente representación iconográfica el relato popular basado en la fervorosa tradición conservada a través de la relación del obispo Recemundo ya que con toda seguridad se trata de Santa Eulalia de Mérida.
   Esta virgen, por defender su fe, con sublime heroísmo, padeció un atroz martirio: le fueron desgarradas las carnes con garfios y uñas y a continuación quemada con hachas encendidas, según refiere el poeta Prudencio, su historiador y biógrafo más antiguo (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
   Muchas fueron las series de Santas que se pintaron en Sevilla a lo largo del segundo tercio del siglo XVII y ciertamente Zurbarán realizó algunas de ellas, hoy dispersas e incompletas. Pero desgraciadamente la serie de Santas que conserva el Museo no es de Zurbarán y ni siquiera puede señalarse que sean obras de su taller. En el actual conocimiento que tenemos sobre la pintura sevillana de esta época permite pensar que pertenecen a uno de los anónimos imitadores de Zurbarán, que siguen fielmente su estilo, con menor talento y habilidad técnica. Los imitadores del artista realizaron este tipo de pinturas con insistencia, dado que la demanda del público hacia ellas era constante y debido también a que el precio que cobraban estos maestros secundarios no era excesivo.
   Realizadas para ser colocadas en la parte alta de los muros de las iglesias, estas series de santas que solían tener ocho componentes se repartían en igual número en cada lado de las naves formando un cortejo que simulaba dirigirse hacia el altar mayor.
   Esta serie no fue nunca mencionada en el pasado y el primero que lo hizo fue el escritor Félix González de León en 1884, cuando al describir el Hospital de la Sangre, de donde procede, mencionó "ocho cuadros situados en alto, de Francisco de Zurbarán que de cuerpo entero representan ocho santas vírgenes... en los que el autor se esmeró en los ricos y recamados ropajes que llaman la atención de todos el que los mira". Ciertamente algunas de las santas llevan trajes con profusión de bordados minuciosamente reproducidos, pero sabemos que este menester de copiar telas con precisión es justamente el que realizaban siempre en los talleres los discípulos del maestro, reservándose éste siempre las partes más creativas.
   Hay que señalar además que el autor de esta serie debió de ayudarse de colaboradores, puesto que en las pinturas se advierten tipos físicos y técnicas de diferente personalidad que hacen muy superiores unas pinturas con respecto a otras. Si en algo se pudiera dudar sobre la no pertenencia a Zurbarán de estas pinturas, un atento examen de sus rostros duros e inexpresivos en su mayoría evidencia una excesiva torpeza a la que Zurbarán jamás descendió. Por otra parte, el examen de las manos de las santas termina por reflejar una inferioridad técnica que Zurbarán nunca practicó, ya que justamente en la ejecución de este tipo de detalles sobresalió con su enorme calidad.
   La presencia de este conjunto de santas en la iglesia del Hospital de la Sangre está justificada por su carácter protector y milagrero y al mismo tiempo por el ejemplo de aceptación del dolor en el momento de su martirio (Enrique Valdivieso González, Pintura en Museo de Bellas Artes de Sevilla, Tomo II. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de Santa Eulalia, virgen y mártir;
   El Martirologio español diferencia dos santas con este nombre: Eulalia de Mérida y Eulalia de Barcelona, que en verdad son una sola, como lo prueba la identidad de su leyenda y el hecho de que las fiestas de ambas, originalmente, se celebraban el mismo día.
   La santa de Mérida, en Extremadura, fue la primera en aparecer, está probada a partir del siglo IV, por un himno de Prudencio, en tanto que los primeros indicios de la Eulalia catalana proceden del siglo VII.
   A decir verdad, las dos homónimas son igualmente improbables desde el punto de vista histórico. La leyenda de santa Eulalia está copiada de las atribuidas a las jóvenes mártires santa Inés de Roma y santa Fe de Agen. Al igual que éstas, habría sufrido el martirio a los doce años.
   Conducida ante el gobernador romano, se negó a incensar a los ídolos. Para colmo de audacia, los pisoteó y escupió ante el gobernador.
   Los hagiógrafos la hacen pasar por una inverosímil escalada de suplicio que no habría podido resistir un atleta, ni mucho menos una débil muchachita de esa edad: después de flagelada fue rociada con aceite hirviente y desgarrada con ganchos de hierro. Además, habrían espolvoreado sal sobre sus heridas y quemado sus tiernos pechos con antorchas. Cuando la colocaron desnuda sobre una hoguera, sus largos y dispersos cabellos se encendieron de manera  que pareció rodeada de llamas.
   Pero como no tenía culpa alguna que reprocharse, el fuego no la dañó, ella bebía las llamas y el verdugo debió cortarle la cabeza. Una paloma blanca como la nieve salió de su boca inocente. Según otra versión, una espesa capa de nieve cubrió su cuerpo y la envolvió con una blanca mortaja.
CULTO
   En España se la veneró muy pronto, sobre todo en Barcelona, cuya catedral está puesta bajo su advocación y cuyas reliquias fueron solemnemente transferidas a un mausoleo de mármol de Carrara en 1339. En Palma de Mallorca hay una iglesia dedicada a ella.
   En el Mediodía francés es igualmente popular. Allí su culto se introdujo partir del siglo XI, gracias a las cruzadas contra los moros. Es la patrona de Elne, en el Rosellón, y tiene una iglesia dedicada en Burdeos. 
   El más antiguo monumento de la literatura francesa, después de los Serments de Strasbourg (Juramentos de Estrasburgo), es la Cantilène de sainte Eulalie (Cantar de santa Olalla [Eulalia]), compuesta en la época en que las reliquias de la santa fueron trasladadas a Barcelona.
   La «buena doncella, aún más bella de alma que de cuerpo» era invocada por facilitar los partos.
ICONOGRAFÍA
   Sus atributos son la cruz en aspa o de San Andrés, o una pequeña cruz rematada en un disco y la palma del martirio. Una paloma escapa de su boca (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Santa Eulalia;
     Santa Eulalia de Mérida, (Mérida, Badajoz, 292 – c. 304). Mártir y santa.
     Desde el 284 el emperador Diocleciano pone fin a la crisis política con la Tetrarquía o “gobierno de cuatro emperadores”, con la que se otorgan las provincias hispanas a Maximiano. Eulalia nace en el seno de una familia patricia hacia los primeros meses del año 292.
     El primer documento lírico-histórico conservado es el Peristephanon de Aurelio Prudencio Clemente (348-410), quien compone el himno III para ser recitado en Emérita hacia el año 400, a pocos años del martirio, que debió de ser sobre el año 304. Desde la estrofa tercera a la octava describe su eximia santidad, su amor a la castidad, su desprecio de la vida matrimonial, su despego a los juegos pueriles y su ansia de dar la vida por Cristo. Por último, afirma que sus progenitores la llevaron a una villa rural para preservarla de la persecución. Eulalia sale de noche, se presenta ante los lictores y se entabla un diálogo, que termina rechazando a los falsos dioses. En el foro sufre dos tormentos —los garfios y la hoguera—, como pena capital.
     Sobre la historicidad de la muerte y sepultura compone con gran lirismo el vate calagurritano “De allí sale rauda impetuosa paloma, que más blanca que la nieve abandonó la boca de la mártir y subió hacia los astros. Era el espíritu de Eulalia, puro, ligero y tenue” (estrofa 33). Sobre la cámara sepulcral se alzaría un templo en la ciudad (versos 186-200). También el autor hispanorromano alude a su culto en los himnos IV y XI, dedicados a san Hipólito y a los mártires de Zaragoza, respectivamente.
     Testimonios elocuentes del culto a la mártir son san Agustín (420), Hidacio, obispo de Chaves (c. 378 y 469), san Isidoro de Sevilla (560) y san Gregorio de Tours (538). Es en la época visigoda cuando tiene el oficio propio litúrgico, según se conoce por el Missale mixtum y Breviarium gothicum secundum regulam S. Isidori, donde se ensalza el doble martirio, rojo y blanco, como mártir y virgen.
     Con el esplendor del culto se compuso el Acta martirial o Passio por los años 586, cuyo texto más antiguo es el del siglo viii, que se conserva en la Biblioteca de Turín (I, V, 3). La Passio Eulaliae mártiris fue escrita para satisfacer la piedad, tal vez por un monje del monasterio de Toledo y sus destinatarias las monjas del monasterio del Santo Mario. En estas actas apócrifas se puede leer el nombre del padre, llamado Liberio; la villa rural a la que fue invitada por una hermana; el sacerdote Donato y el confesor Félix le acompañan en el retiro y en la oración; y la jurisdicción de Calpurniano, preese o gobernador de Mérida. La mayor controversia la ha suscitado la localización de la villa, que la denomina Porciano o Ponciano, y que los historiadores ubican en cuatro sitios diferentes: junto a Aldea Moret (Cáceres), Santa Olalla de Cala (Huelva), Villafranca de los Barros y Lobón (Badajoz).
     También aparecieron otras actas apócrifas, desgraciadamente perdidas, que cargaron las tintas en los tormentos: el potro, el plomo derretido y la muerte en cruz. No obstante, los nuevos pasionarios no son actas procesales sino libros litúrgicos o parenéticos que se leían en la ocurrencia de su aniversario dentro del oficio nocturno y alguna vez en la misa. Consecuentemente aquellos están ligados a la historia del culto.
     Cuando Gregorio VII suplanta la liturgia hispana por la romana el año 1080 aparecen los legendarios mozárabes, que recogen los milagros de obispos, confesores, monjes y ascetas para ser utilizados como lectura espiritual, y algunas veces contenían pasiones de mártires. Tal es el caso del Acta S. Eulaliae Virginis et Martyris Emeritensis in Hispania; ex MSS. Legendariis Asturicensi, et Segoviensi et edito Hispalensi, la cual es extraída del antiguo pasionario tanto en el contenido como en la forma, llegando a ser en gran parte una transcripción fiel del texto latino. Idéntica composición se repite en las seis sucintas lecturas hagiográficas de los breviarios locales en rito romano durante la Baja Edad Media al extraerse los datos y formas de los antiguos legendarios. Así se constata en el Breviario Pacense (1529) y Evorense (1549). A partir de Trento las lecturas hagiográficas del II Nocturno se inspiran más en la antigua Passio, según se lee en el Códex santiaguista (1572), Apendix Hispanus (siglo xvii) y los propios diocesanos según la reforma de Pío X (1917).
     Por último, los falsos cronicones de los siglos XVI y XVII aumentan las brumas de la leyenda. Bernabé Moreno de Vargas señala el suplicio dentro de la ciudad, donde hoy está el mal llamado “hornito de Santa Eulalia”. El año 1617 reedificó este hornito, y por la proximidad a la basílica se creyó que era el lugar del suplicio. El obelisco de la Santa Eulalia y el humilladero (1612) conservan su memoria.
     Tras este excursus puede que se entremezclen leyenda y devoción popular, pero un hecho históricamente comprobado es que Eulalia nació, vivió y murió en Mérida y que a pesar de su corta edad se convierte en heroína de todo un pueblo. La crítica más severa reduce los datos históricos a su patria y al hecho del martirio.
     La más antigua iconografía de la santa es la del mosaico de San Apolinare Nuovo en Rávena (siglo VI) y los frescos de la iglesia del Santo Cristo de la Luz en Toledo (siglo XII), entre otros.
     En plena Edad Media aparecen los desdoblamientos: se habla de la “Eulalia romana” y de “Eulalia de Barcelona”. A partir del siglo XVI se entabla una larga controversia hasta nuestros días, aún no del todo resuelta. Al menos los relatos de las actas se entresacan de la mártir emeritense.
     La supuesta compañera Julia por primera vez aparece en las actas eulalienses del siglo VII y sigue en toda la literatura en que se inspira aquélla. En el Martirologium Hyeronimianum se comprueba que la mención del 10 de diciembre era: Et in Spanis Eulalie virginis; esta mención pasó al manuscrito epternacense cambiada: Et in Spanis Juliae virginis. De aquí pasa a los martirologios de Beda, Adón, Ursuardo y de todos los hagiógrafos aceptándose como nombre de nueva santa para Mérida.
     Las recientes excavaciones llevadas a cabo en el subsuelo del templo durante los años 1990 y 1992 dejan al descubierto diversas edificaciones: una casa romana en el lugar (siglos I-III), que se convertiría en necrópolis cristiana (siglo IV) y en basílica dedicada a la mártir (siglos V-IX) hasta el año 875, en que los musulmanes la convierten en fábrica. Reconquistada la ciudad por Alfonso IX de León en 1230, debió de ser reconstruido un templo tan emblemático, a pesar de carecer de documentos sobre el suceso.
     Los hallazgos de los arqueólogos permiten confirmar que bajo el actual templo, en las antiguas edificaciones, estuvieron enterrados los restos de santa Eulalia. Por tanto, su sepulcro es lugar de peregrinaciones, como lo confirman el diácono emeritense Paulo (siglo VII), Hidacio (siglo V) san Gregorio de Tours (siglo VI) y san Fructuoso (siglo VII). Con la invasión agarena las reliquias de la santa se ocultan.
     Diversos autores las localizan en Barcelona, Elna, Oviedo o Mérida. Esta última hipótesis no ha podido confirmarse en los recientes trabajos arqueológicos.
     No parece desecharse la idea de la posesión de una reliquia de santa Eulalia por la catedral de Oviedo.
     La noticia proviene del obispo Pelayo, cuando afirma que el cuerpo fue trasladado a Oviedo por el rey Silo en el año 775. Una arqueta del siglo xi regalada por Alfonso VI guarda, junto a varios huesos, una bolsa con cenizas de la santa. El 10 de diciembre de 1976 el cabildo capitular ovetense dona a la ciudad de Mérida la segunda vértebra cervical, la “axis” (Teodoro A. López López, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
   Si quieres, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Santa Eulalia", del taller de Zurbarán, en la sala VI del Museo de Bellas Artes, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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miércoles, 9 de diciembre de 2020

El edificio de la calle Abades, 47

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame Explicarte el edificio de la calle Abades, 47, de Sevilla.
   La calle Abades se encuentra en los Barrios de Santa Cruz (en este caso concreto) y en el de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo, y va de la calle Corral de Rey a la calle Mateos Gago.



     En el número 47 de dicha calle encontramos  una casa del siglo XVIII, de dos plantas y mirador con huecos semicirculares separados por pilastras toscanas y cornisa decorada con dados. En esta casa se fundó en 1751, la Real Academia Sevillana de Buenas Letras. (Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana. Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984).

     Afortunadamente para el patrimonio histórico-artístico de nuestra ciudad esta vivienda se mantiene intacta, al menos en su aspecto exterior.
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el edificio de la calle Abades, 47; de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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