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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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sábado, 25 de abril de 2020

Un paseo por la plaza de América, en el Parque de María Luisa


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Plaza de España, en el Parque de María Luisa, de Sevilla.
   Hoy, 25 de abril, es el aniversario de la inauguración de la Plaza de América (25 de abril de 1916), así que hoy es el mejor día para ExplicArte la Plaza de América, en el Parque de María Luisa, de Sevilla.
   La plaza de América [nº 65 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 2 en el plano oficial del Parque de María Luisa], es en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Parque de María Luisa [nº 64 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla]; en el Barrio de El Prado-Parque de María Luisa, del Distrito Sur, y se encuentra flanqueada por el Museo de Artes y Costumbres Populares o Pabellón Mudéjar al norte, el Museo Arqueológico al sur, el Pabellón Real al este y la avenida de las Delicias, al Oeste.
   La plaza responde a un tipo de espacio urbano más abierto, menos lineal, excepción hecha de jardines y parques. La tipología de las plazas, sólo las del casco histórico, es mucho más rica que la de los espacios lineales; baste indicar que su morfología se encuentra fuertemente condicionada, bien por su génesis, bien por su funcionalidad, cuando no por ambas simultáneamente. Con todo, hay elocuentes ejemplos que ponen de manifiesto que, a veces, la consideración de calle o plaza no es sino un convencionalismo, o una intuición popular, relacionada con las funciones de centralidad y relación que ese espacio posee para el vecindario, que dignifica así una calle elevándola a la categoría de la plaza, siendo considerada genéricamente el ensanche del viario
   La vía, en este caso una plaza, está dedicada al continente americano, descubierto por Cristóbal Colón en 1492: América.
   Fue denominada plaza de América des­de que se aprobó el proyecto de construcción. Su nombre obedece al sentido de la Exposición Iberoamericana de hacer patente las relaciones establecidas entre España y América tras el Descubrimiento. La iniciativa de Luis Rodríguez Caso de construir un conjunto de pabellones en 1909 para la Exposición Iberoamericana tuvo su pronta aprobación realizándose un proyecto bajo la dirección de Aníbal González y Álvarez Osorio. Esta plaza rectangular se situaría en el Huerto de la Mariana y estaría definida por dos grandes pabellones enfrentados en los lados largos del rectángulo, el de Bellas Artes y el del Arte Antiguo e Industrias Artísticas. Cerraría por un lado un pabellón de la Casa Real y por el otro extremo un monumento a Miguel de Cervantes que no llegó a realizarse, y constituiría la "plaza de honor" del Certamen. Las obras comenzaron en 1912 y terminaron en la misma década.
   La plaza se adorna como un gran rectán­gulo ajardinado, en cuyo centro se sitúa una fuente y estanque sobreelevados rodeados de una verja de hierro forjado. Dispone de una calzada asfaltada en forma elíptica, con artísticas cancelas a las avenidas que la delimitan. Delante de los edificios se sitúan paños de jardín dispuestos simétricamente al estilo francés. La iluminación se proyectó, y aun  y se conserva en gran parte, con globos de cristal que penden de cadenas que a su vez están ancladas en esbeltas columnas de capitel compuesto de piedra y coronados por victorias. Estas obras fueron realizadas por los escultores Pedro Carbonell y Lorenzo Coullault Valera. En los accesos al pabellón mudéjar hay dos grandes farolas de cerrajería con varios brazos. Existen, además, a ambos lados de la calzada farolas de pie de forja.

   De los tres pabellones, el Palacio de Industrias, Manufacturas y Artes Decorativas, luego llamado de Arte Antiguo e Industrias Artísticas y posteriormente Pabellón Mudéjar, fue terminado a comienzos de 1915, siendo el primer pabellón del Certamen que se concluyó. El edificio, de amplio eje trans­versal, se articula en torno a un patio al que se adosan lateralmente las grandes salas de exposiciones. Exteriormente y en su planta baja está recorrido por una galería que se interrumpe en los extremos; los materiales más empleados son el ladrillo tallado y una profusíón de elementos decorativos cerámi­cos y azulejos, obra en su mayoría del ceramista Manuel Martínez Romero de la fábrica de Julián Laffite. La fachada, inspirada en el Alcázar y el Palacio del Marqués de la Algaba, está rematada por una crestería de cerámica y un tejaroz. El patio inspirado en los claustros de San Isidoro del Campo, Rábida y Loreto está construido con ladrillos con incrustaciones cerámicas. El edificio ha sido calificado de estilo neomudéjar sevillano. Desde 1973 es la sede del Museo de Artes y Costumbres Populares; anteriormente fue hospital de sangre con ocasión de la Guerra de África en 1921-22, sede del Laboratorio de Arte, Sala de Exposiciones, Sede de la Exposición de Otoño organizada por la Academia de Bellas Artes y Hemeroteca Municipal. El Palacio de Bellas Artes fue construido entre 1912 y 1919, obra de Aníbal González y fue concebido como museo. Todo el edificio que está realizado en piedra artificial, está rematado por una recortada crestería y numerosas esculturas y escudos, de estilo neorrenacentista. Desde 1946 es sede del Museo Arqueológico. El Pabellón Real, de menores dimensiones que los anteriores, fue construido entre 1911 y 1915 ,y es asímismo obra de Aníbal González que lo con­cibió como una planta de cruz de brazos iguales unidos por galerías abiertas de menor altura. Es la más cumplida manifestación del trabajo de ceramistas y tallistas del ladrillo de la época. Su estilo está inspirado en el arte de la época de los Reyes Católicos en ladrillo y cerámica. La fachada principal está rematada por un amplio escudo real cerámico y jalonado de estípites. Todo el edificio está rematado por artística crestería gótica en cerámica. En ambos lados apare­cen sendas glorietas dedicadas a Miguel de Cervantes y a Francisco Rodríguez Marín. En ella tuvo su sede la Junta de Andalucía en su etapa preautonómica, antes y después han estado alojados diferentes organismos oficiales. 
   Constituye, junto con la plaza de España, uno de los lugares de más atractivo del parque de María Luisa, con las palomas que acuden a los visitantes en busca de comida. Fueron adiestradas en la época de los años veinte y actualmente suponen un serio pro­blema para los edificios de todo el parque y áreas colindantes. En los meses de verano algunos de los quioscos existentes contratan orquestinas para deleitar las noches caluro­sas. En los últimos años los jóvenes la ocupan los fines de semana como extensión de los cercanos jardines del Líbano. Ocasionalmente ha sido lugar de concentraciones y verbenas. Fue multitudinario el recibimiento que se le hizo a Eva Perón en este lugar a finales de los años 40. En la plaza y edificios se han rodado numerosas películas. Son personajes habituales las vendedoras de arvejo­nes para las palomas, de juguetes y chucherías y los fotógrafos. En los últimos años ha sido incluida en los circuitos turísticos de la ciudad [Salvador Rodríguez Becerra en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].

   Fue proyectada y dirigida por el arquitecto Aníbal González y Álvarez-Osorio (1876-1929). Se inauguró en 1916 y está rodeada de una calzada oval para el tránsito rodado y por el Palacio de Arte Antiguo (hoy Museo de Artes y Costumbres Populares), el Pabellón Real y el Palacio de Bellas Artes (actualmente Museo Arqueológico). En estas edificaciones, primeras de la Exposición Iberoamericana de 1929, Aníbal González reunió los tres estilos históricos considerados por el como básicos: renacentista (Palacio de Bellas Artes), gótico (Pabellón Real), y mudéjar (Palacio de Arte Antiguo).
   En su centro hay un bello estanque salpicado de nenúfares con un alto surtidor central rodeado por magníficos candelabros de hierro forjado. Aparecen en esta plaza las Glorietas de Cervantes, en cuyos bancos de azulejos se reproducen pasajes del inmortal Quijote y la Glorieta dedicada a Rodríguez Marín.
   La jardinería de la plaza, reformada en diversas ocasiones, está compuesta principalmente por un trazado de parterres geométricos enmarcados con setos de evónimo (euonymus japonicus), dentro de los cuales están plantadas diferentes variedades de rosales. Altas y esbeltas palmeras complementan el conjunto.
   En uno de sus extremos, las palomas blancas, internacionalmente famosas, se concentran ante cualquiera que les facilite algo de comida. ¿Quién no tiene en Sevilla una fotografía con las palomas del Parque de María Luisa?
   Es también punto de parada tradicional de los coches de caballos sin duda el medio ideal de transitar y conocer el Parque.
   Entre la vegetación que adorna la plaza merece destacar el conjunto de árboles del amor (Cercis siliquastrum) el de jaboneros de la China (Koelreuteria paniculata) y las altas y esbeltas palmeras datileras (Phoenix dactylifera).
   El Jabonero de la China, también conocido como árbol de los farolillos o de los faroles, debido a la imagen que presentan sus numerosos y característicos frutos cuando el árbol ha perdido sus hojas, ofrece una vistosa y densa floración en  verano.
   El árbol del amor es originario de la zona oriental del mediterráneo, y según la tradición, Judas se ahorcó en uno de ellos; por este motivo también se le conoce como árbol de Judas. También recibe los nombres de árbol de Judea o ciclamor. Es de hoja caduca con las hojas de forma de corazón. A comienzos de la primavera, antes de salir las hojas, se llena de flores rosa sobre las ramas. Los frutos son  legumbres que se oscurecen paulatinamente permaneciendo en el árbol durante todo el invierno.

   El Pabellón Real debe su nombre a haber sido proyectado para albergar las Colecciones Artísticas de la Casa Real, que figuraron en la Exposición Iberoamericana de 1929. Se terminó de construir en 1916 y su estilo se halla inspirado en el gótico flamígero. Obra como los demás edificios de la Plaza de América, del arquitecto Aníbal González (1876-1929) está construido sobre gradas de piedra y precedido de un espacioso atrio con asientos, basamentos de farolas y seis pedestales de ladrillo tallado sobre los que van sendas águilas en piedra artificial, obra del escultor sevillano José Ordóñez, que sostienen los escudos de otros tantos estados de la Monarquía española: Señorío de Vizcaya, Reino de España, Ducado de Borgoña y Toscana, Señorío de Molina y Reino de Jerusalén. El palacio es obra de ladrillo, con crestería de cerámica blanca y azul, zócalos de alicatados, frisos y yeserías y artesonados de madera policromada. Los altos zócalos del amplio vestíbulo, con cuadros cerámicos alusivos a la Orden de Montesa, fueron pintados por Gustavo Bacarisas y en los demás salones lo fueron por los más destacados pintores y ceramistas del momento. Exteriormente y a nivel del plano de la Plaza, el Pabellón Real se halla rodeado por estanques con juegos de agua que contornean el edificio. Son de destacar también unas interesantes muestras de cerámica hueca en su fachada. En la actualidad este pabellón  alberga oficinas de la Administración.
   El edificio y sus estanques están rodeados por clivias, (Clivia miniata), una herbácea de hojas verde oscuro, muy apropiada para el ajardinamiento de zonas sombrías y que florece gran parte del año con flores anaranjadas; cintas, (Chlorophytum comosum), también herbácea apropiada igualmente para zonas de sombra y  muy frecuente en jardines, terrazas y balcones. Puede observarse también la presencia de un acebuche u olivo silvestre (Olea europaea var. sylvestris). Delante de su fachada principal se encuentran dos grandes jacarandas (Jacaranda mimosaefolia), de las más antiguas de la ciudad, plantadas en los años de la Exposición de 1929. También es de destacar la esbelta araucaria (Araucaria cunnighamii) que preside la Glorieta dedicada a Cervantes.
   El llamado hoy Pabellón Mudéjar fue terminado en 1914 y se inspira en el mudéjar andaluz, al que debe el nombre con que es conocido, aunque fue inicialmente el Palacio de Industrias, Manufacturas y Artes Decorativas o también denominado Pabellón de Arte Antiguo. De los tres edificios de la Plaza de América fue el primero en construirse, pues ya estaba terminado en 1915. Consta de dos plantas con un cuerpo central dividido en tres fajas verticales, las dos laterales coronadas por típicos miradores y la central por el característico tejaroz volado, todo ello, y especialmente las arquivoltas de sus tres puertas, profusamente esmaltadas con azulejos policromos. Tiene el edificio a los lados sendas alas terminadas en exedras con galerías bajas sostenidas por arcos peraltados. En tiempos, los salones bajos y las galerías del patio se dedicaron a exposiciones de diversos matices y en la planta alta se hallaba establecida la Hemeroteca municipal, cuyas colecciones de periódicos y revistas especialmente sevillanas, alcanzaron casi el millar de títulos.
   Las de más antigua fecha son unas “Noticias de Sevilla” de 1691. Son también interesantes algunos periódicos sevillanos de la época de la Guerra de la Independencia, las colecciones de los diarios de nuestra ciudad a partir de 1850 y de la Gaceta de Madrid desde 1743. Todos estos fondos fueron trasladados al Pabellón de la Madrina, en los Jardines de San Telmo y, posteriormente, a la Hemeroteca Municipal situada en la calle Almirante Apodaca.
   Cedido al Estado, el Pabellón Mudéjar se encuentra dedicado en la actualidad a ser sede del Museo de Artes y Costumbres Populares. Esta función como museo es muy reciente y sólo afecta a una parte del pabellón. En él prevalecen los aspectos antropológicos y etnográficos, siendo muy variadas las colecciones que contiene.
   La primera planta está dedicada al vestido cortesano del siglo pasado, pero también hay otros objetos interesantes como una silla de manos del siglo XVIII, un carruaje del XIX, piezas de orfebrería (joyas y toda clase de objetos de oro y plata), porcelanas, etc.
   La planta baja está dedicada principalmente a la exhibición de oficios tradicionales, predominando la cerámica, y aquí encontramos objetos tan curiosos como un lagar, una fragua, un horno de cocer pan, un torno de alfarero, etc.
   Dos buenos y altos ejemplares de cica (Cycas revoluta), presiden la entrada al Pabellón. La cica, o palma de sagú,es originaria de Asia oriental, pareciendo ser una pequeña palmera pero no lo es. Tiene un crecimiento muy lento, por lo que estos ejemplares son de una cierta antigüedad. Su nombre botánico, refleja su apariencia morfológica: “Cycas”, que se refiera a “palmas” y “revoluta”, “que se enrollan en los bordes”.
   En las cercanías del edificio podemos ver una tuya, Thuja orientalis, planta con la que  habitualmente se forman setos, un limpiatubos (Callistemon speciosus), una dombeya (Dombeya x cayeuxii), justicias (Justicia adhatoda) y, algo más lejos, un paraíso (Melia azedarach) y un gran cedro del Himalaya (Cedrus deodora).
   El último edificio que se encuentra en la plaza, frente al Pabellón Mudéjar, se  construyó para la Exposición Iberoamericana como Pabellón de Bellas Artes y  hoy es el Museo Arqueológico.
   El edificio fue proyectado por Aníbal González entre 1912 y 1929 en estilo plateresco. Está distribuido en pequeñas salas, muy poco decoradas para que no distraigan la atención sobre las obras expuestas, y con unas luces indirectas o “cenitales”. Algo que hoy es normal en muchos edificios pero que en aquellos años constituyó una gran novedad, fue la construcción de un sótano que aislaba del suelo y por lo tanto evitaba las humedades.
   En el año 1942 se adaptó para albergar a las colecciones arqueológicas que hasta entonces habían estado en el Museo de Bellas Artes. Nació entonces el Museo Arqueológico de nuestra ciudad que, tanto por la cantidad como por la calidad de sus piezas, se encuentra entre los primeros de España, inaugurándose el 25 de Mayo de 1946 como Museo Arqueológico Provincial de Sevilla.
   Las colecciones más importantes y abundantes son las hispano-romanas, que proceden fundamentalmente de Itálica, aunque también provienen de Écija, Estepa, Alcalá del Río, etc., además de las procedentes de donaciones particulares. También hay restos visigodos, musulmanes y mudéjares.
   El edificio tiene planta elíptica en la parte central de su interior, de la que parten dos alas, en la derecha están instaladas las antigüedades ibéricas y romanas, y en la izquierda las romanas y algunas piezas medievales. En los sótanos se exponen, en diez salas, todos los restos arqueológicos de las Edades de Piedra, Bronce y Hierro, así como objetos importados por los colonizadores griegos, fenicios y cartagineses, ajuares procedentes de dólmenes de la provincia, ídolos cilindro e ídolos placa, etc. En una de estas salas se exponen diversos objetos de la cultura tartésica y, en otra, el famoso tesoro del Carambolo.
   Junto a su fachada principal, llaman la atención dos grandes cipreses (Cupressus sempervirens), una bonita composición basada en naranjos (Citrus aurantium) sobre parterres delimitados por setos de bonetero o evónimo y un álamo blanco.
   Entre los años 2002 y 2003 se restauraron los elementos arquitectónicos decorativos de la plaza, junto con las glorietas de Cervantes, de Rodríguez Morín, y la del reloj de Sol según proyecto del arquitecto D. Francisco González de Canales (www.sevilla.org).
   Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Plaza de España, en el Parque de María Luisa, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

La Plaza de América, al detalle:
     El Museo Arqueológico

Más sobre el Parque de María Luisa, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la Exposición Iberoamericana de 1929, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre el Callejero de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

viernes, 24 de abril de 2020

La pintura "La Virgen con San Juan y las Marías, camino del Calvario", de Valdés Leal, en la sala VIII del Museo de Bellas Artes


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "La Virgen con San Juan y las Marías, camino del Calvario", de Valdés Leal, en la sala VIII, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
   Hoy, 24 de abril, en Jerusalén, Conmemoración de las Santas Mujeres María de Cleofás y Salomé, que junto con María Magdalena, al amanecer del día de Pascua, se dirigieron al sepulcro del Señor para ungir su cuerpo y allí recibieron el primer anuncio de la Resurrección (s. I) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
 Y qué mejor día que hoy para ExplicArte la pintura "La Virgen con San Juan y las Marías, camino del Calvario", de Valdés Leal, en la sala VIII, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
   El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
     En la sala VIII del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "La Virgen con San Juan y las Marías, camino del Calvario", obra de Juan de Valdés Leal (1622-1690), siendo un óleo sobre lienzo en estilo barroco, pintado hacia 1657-59, con unas medidas de 1,34 x 2,03 m., de procedencia desconocida tras la desamortización.
   Se trata de un episodio del tema de la Pasión. Aparecen las tres Marías y San Juan Evangelista camino del Calvario sobre un indeterminado fondo de paisaje. Encabeza el grupo San Juan, que con el brazo derecho señala a la Virgen el lugar donde agoniza Jesucristo. Ésta, junto al grupo de mujeres, se encamina presurosa y angustiada hacia el Gólgota. En un segundo plano identificamos a María la de Santiago, María Magdalena y María Salomé. El fondo oscuro aumenta el desasosiego y el dramatismo del momento. Una vez más, el tratamiento cromático y sus matices, así como la viveza de la pincelada del autor, consiguen representar una escena llena de profundidad dramática.
   La Virgen con las Tres Marías y San Juan camino del Calvario. El asunto tiene diversos precedentes iconográficos entre los que se cuentan ilustraciones miniadas en la Edad Media. A. Mayer sugiere, en cuanto a posibles influencias iconográficas de esta pintura, la obra titulada "San Juan Evangelista y la Virgen abandonando el Gólgota" de Juan del Castillo que se conserva en la Alta Pinacoteca de Munich. Sin embargo D.C. Kinkead hace referencia a que estas dos pinturas presentan un evidente contraste en cuanto al estilo, proponiendo que es más posible que la idea general de la composición de Valdés derive en un grabado de Rubens "Lot y su familia huyendo de Sodoma", que se conserva en el Museo del Louvre. (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
   Juan de Valdés Leal nació en Sevilla en 1622 y en esta misma ciudad murió en 1690. Realizó su aprendizaje con un maestro desconocido y en 1647, después de contraer matrimonio, se instaló en Córdoba donde inició su carrera artística. De esta época cordobesa son importantes conjuntos pictóricos como el realizado para la iglesia de Santa Clara de Carmona y el retablo del Carmen Calzado de la ciudad de la mezquita.
   En 1656 abandonó Córdoba para regresar definitivamente a Sevilla, donde aparte de una numerosa producción de obras individualizadas realizó grandes conjuntos de pinturas, como los del Monasterio de San Jerónimo, la iglesia de San Benito de Calatrava, y la Casa Profesa de la Compañía de Jesús.
   En 1664 Valdés Leal realizó un viaje a Madrid donde conoció las colecciones pictóricas de los palacios reales y también colecciones privadas, en las que estudió obras de maestros flamencos e italianos de las que obtuvo numerosas novedades para su arte.
   En 1672 Valdés Leal ejecutó sus famosas pinturas del Hospital de la Caridad de Sevilla en las que representó las más impresionantes imágenes de la muerte que se han realizado en la Historia, y que han constituido la base de su fama. En los últimos años de su vida, víctima de achaques y enfermedades, sus necesidades económicas le obligaron a tener que seguir trabajando, en ocasiones en circunstancias poco favorables, subido en altos andamios para pintar bóvedas en la iglesia de la Santa Caridad, en la de los Venerables o en la del monasterio de San Clemente.

   La necesidades económicas obligaron a Valdés Leal a aceptar muchas veces trabajos a escaso precio, por lo que en ocasiones hubo de trabajar rápidamente ayudado por su hijo Lucas, lo que a veces hace que la calidad de sus pinturas se resienta y que éstas sean muy irregulares.
   El temperamento de Valdés Leal ha sido descrito como el de un hombre violento y orgulloso, amante de representar pictóricamente escenas desagradables y repugnantes. Estas descripciones son resultado de leyendas sin fundamento y tópicos generalizados sobre su persona, que sin embargo a la luz de documentos fidedignos emerge como espléndida y generosa, dotada de un talante enérgico y decidido.
   Valdés Leal practicó desde su juventud una pintura de corte naturalista y de recia expresión en la que plasmó un dibujo firme y un potente colorido; progresivamente su dibujo fue adquiriendo mayor fluidez y su colorido fue adoptando mayor riqueza de matices y llegando a adquirir transparencias. Una técnica dinámica y vitalista, merced a la aplicación de una pincelada rápida y fogosa que otorga a sus obras un sentimiento apasionado y vehemente. La emoción espiritual que reflejan sus personajes se traduce en ocasiones en expresiones bruscas y en rostros tensos y anhelantes, qeue incurren deliberadamente en la estética de lo feo, que otorga a sus expresiones un notorio dramatismo.
   En "La Virgen con San Juan Evangelista y las tres Marías camino del Calvario", refleja un patético sentimiento colectivo que embarga al grupo de personajes que acuden presurosos al encuentro de Cristo cuanto éste ascendía con la cruz hacia el monte Calvario (Enrique Valdivieso González, La pintura en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. Ed. Galve, Sevilla, 1993).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de las Tres Marías
   Las Santas Marías, son las medio hermanas de la Virgen que tenían el mismo nombre que ella; para diferenciarlas, se las llamó, agregando al suyo el nombre de sus padres, María Cleofás y María Salomé.
   María Cleofás se casó con Alico que le dio cuatro hijos: Santiago el Menor, Simon, Juda y José. A veces se le llama María Jacobi (madre de Santiago).
   María Salomé se convirtió en la esposa de Zebedeo, a quien dio dos hijos: Santiago el Mayor y Juan el Evangelista.
   Después de la muerte de Cristó habrían abandonado Palestina en compañía de María Magdalena, Marta y Lázaro, para desembarcar en Marsella. Las habrían sepultado junto con su criada Sara en el delta del Ródano, donde se levanta su tumba en la iglesia fortificada de Nôtre Dame de la Mer.
CULTO
   La invención de sus osamentas por el rey Renato de Anjou, conde de Provenza, se remonta al año 1448. Fue a partir de entonces que la iglesia de Sainte Marie des Barques, que pertenecía a la abadía de Montmajour, adoptó el nombre de Saintes Maries. Por lo tanto, el culto de éstas apenas se remonta a mediados del siglo XV. Se trata de un complemento tardío de la localización del culto de la Magdalena en Saint Maximin y el de Santa Marta en Tarascon.
   El día de su fiesta atraía a numerosos peregrinos a la región de Camargue, sobre todos bohemios o gitanos que veneraban muy especialmente a su criada Sara, a quien ignora el martirologio romano.
   Esta leyenda fue popularizada por Mistral en un poema de Mireille.
   La ciudad de Vertoli, en el norte de Italia, pretendía poseer la tumba de María Salomé. En Santiago de Compostela también hay una iglesia puesta bajo su advocación.
ICONOGRAFÍA
   Las dos santas Marías están representadas en todos los grupos de la Parentela de María o de la Parentela de Santa Ana. Es infrecuente encontrarlas en representaciones aisladas (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de la escena representada: Cristo camino del Calvario
   De la misma manera que solía ordenarse a los condenados a muerte cavar su propia tumba antes de la ejecución, en la crucifixión debían llevar ellos mismos su cruz hasta el lugar del suplicio.
El tema según la Biblia

   Los Evangelios ofrecen dos versiones diferentes de El Camino del Calvario.
   Según los sinópticos  (Mateo, 27: 31; Marcos, 15: 21; Lucas, 23: 26),  un tal Simón de Cirene (África), fue requerido por los soldados romanos para ayudar a Jesús, agotado por la Flagelación, a llevar la cruz hasta la cima del Gólgota.
   De acuerdo con Juan (19: 16), que desconoce a Simón de Cirene, fue Cristo solo quien llevó la cruz hasta el final.
   Los exégetas, comenzando por Orígenes, han intentado conciliar la versión de Juan con los sinópticos. Jesús habría comenzado por llevar su cruz de la misma manera que Isaac había llevado la madera de su sacrificio. Luego, al verlo en el límite de sus fuerzas, los soldados habrían requerido la ayuda de alguien que pasaba. Jesús y Simón se habrían relevado.
   Los racionalistas cuestionan la realidad del episodio de Simón. Extraen un primer argumento del silencio de Juan. Agregan que en el derecho romano, los condenados al suplicio de la cruz debían llevar el patibulum ellos mismos, que el requerimiento a Simón de Cirene habría sido ilegal, y que no se conocen ejemplos de soldados que obligaran a un testigo ocasional a llevar la cruz de un condenado. 
   La escena habría sido imaginada para ilustrar la palabra de Jesús: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.» (Mateo, 16: 24; Marcos, 8: 34).
   Muchos de esos argumentos no se sostienen, puesto que es posible que después de la Flagelación Jesús haya estado físicamente imposibilitado de llevar el patibulum hasta el final, y una requisitoria ilegal no podía detener a Pilato.
   Los artistas optaron ya por la versión de los sinópticos, ya por la de Juan. El arte bizantino adoptó la primera: Simón lleva solo la cruz, adelante de Cristo que le sigue con la cuerda al cuello. El arte de Occidente, que tiene un sentido dramático más desarrollado, representa a Cristo sufriendo en solitario bajo el peso de la cruz o ayudado por Simón el cireneo.
Las prefiguraciones
   Los teólogos, naturalmente, han buscado -y encontrado- en el Antiguo Testamento las prefiguraciones que enmarcan a Cristo con la cruz a cuestas en las miniaturas y en las vidrieras. Son éstas:
   1. Isaac llevando sobre los hombros la madera del sacrificio.
   2. Aarón marcando con la tau cruciforme el dintel de las casas de los israel.
   3. El patriarca Jacob bendiciendo con las manos entrecruzadas a sus nietos Efraím y Manasés.
   4. La viuda de Sarepta que lleva al profeta Elías dos leños dispuestos en forma de cruz.
La iconografía primitiva
   En las realizaciones más antiguas, la iconografía de Cristo con la cruz a cuestas es muy simple.
   Cristo avanza, vestido con una túnica roja, la frente ceñida por la corona de espinas, a veces precedido por los dos ladrones. No padece por la carga de la cruz porque ella es pequeña, más emblemática que real. A finales de la Edad Media la cruz se vuelve desmesuradamente pesada, su carga es cada vez más aplastante, para apiadar a los fieles con los sufrimientos del Redentor.
El enriquecimiento del tema por los Evangelios apócrifos y el teatro religioso: la Virgen y santa Verónica
   Los artistas no se contentaron con la Biblia y los comentarios teológicos. Los Evangelios apócrifos y la puesta en escena del teatro de los Misterios les sugirieron numerosos agregados al tema inicial. Los más populares son el Desmayo de la Virgen y el Encuentro de santa Verónica.
El desmayo de la Virgen
   El Evangelio de Lucas indica que "Le seguía una gran muchedumbre del pueblo y de mujeres, que se herían y lamentaban por Él». Pero los Evangelios apócrifos están mejor informados: saben que la Virgen conducida y sostenida por el apóstol Juan, se detuvo ante el paso del cortejo y que al ver a su Hijo doblegado bajo la carga de la cruz, se desmayó.
   Esta escena accesoria, que tiene el inconveniente de crear un segundo centro de interés en detrimento de la escena principal, poco a poco fue adquiriendo tal importancia en la composición, que Cristo con la cruz a cuestas a veces se denomina Spassimo della Vergine o Pâmoison de la Vierge. Tal es el caso de un célebre cuadro de Rafael o de su escuela, procedente de un convento de olivetanos de Sicilia, que se llama Lo Spasimo di Sicilia. Un altorrelieve de Laurana en la iglesia de Saint Didier de Aviñón, se llamaba Notre-Dame du Spasme.
La Verónica 
   Por la influencia del teatro de los Misterios, hacia finales del siglo XV apareció una santa imaginaria, Verónica, que conmovida de piedad seca con un velo el sudor que corría por el rostro de Cristo: en recompensa por ese gesto piadoso, ella recogió en el sudario la impresión de la Santa Faz. De esta verdadera  imagen (vera icona)  procede el nombre Verónica.
   También a la puesta en escena de los Misterios deben atribuirse sin duda los detalles realistas que invadieron el arte de finales de la Edad Media. Cristo tiene un ronzal en el cuello, como una bestia conducida al matadero; niños despiadados le lanzan una lluvia de piedras. A veces va precedido por un heraldo que hace sonar una trompeta.
   En resumen, en Cristo con la cruz a cuestas pueden distinguirse tres episodios:
   l. Simón de Cirene ayuda a Jesús a llevar la  cruz (Gesù aiutato da Simone il Cirineo).
   2. El Desmayo de la Virgen. (Il Spasimo della Virgine.)
   3. Verónica seca el sudor de su rostro (Gesù asciugato dalla Veronica).
El Camino del Calvario
   La transformación  más importante que se opera a finales de la Edad Media en la iconografía de Cristo con la cruz a cuestas se debe a la aparición de una nueva devoción instituida y difundida por los franciscanos que habían recibido la guarda o «custodia» de los Santos Lugares, es lo que se denomina el Camino del Calvario.
   Es fácil reconstruir la génesis de esta devoción. Por el hecho de que Simón de Cirene había sido requerido para ayudar a Jesús a llevar su cruz, se concluyó que Cristo debió caer bajo la carga que superaba sus fuerzas no una sino muchas veces, que había sido obligado a detenerse para recuperar el aliento. La dolorosa Ascensión del Calvario habría sido medida por Estaciones, que los místicos, como el Pseudo Buenaventura y santa Brígida, se esforzaron en reconstruir por medio de la imaginación, como si hubiesen sido testigos.
   Esos altos o estaciones fueron puestos en escena por los autos sacramentales del teatro de los Misterios. Los artistas fijaron finalmente esos «cuadros vivos» en innumerables Caminos del Calvario que jalonaron las naves de todas las iglesias, o en Calvarios (Sacro Monte, Kalvarienberg), dispuestos sobre la pendiente de una colina, que los peregrinos ascendían a veces de rodillas, como era el caso en la Scala Santa de Letrán, entonando sus oraciones en cada «Caída de Cristo».
   ¿Cuántas eran esas Estaciones? El Camino del Calvario comportaba, en su origen, siete Estaciones: siete es un número sagrado. Tal es el número de los bajorrelieves de Adam Kraft en el Camino del Calvario del cementerio de San Juan, en Nuremberg. De acuerdo con su temperamento, los artistas han representado esas Caídas de Cristo durante el ascenso al Calvario con un realismo más o menos brutal, más o menos patético.
   Ya Jesús cae de rodillas (Andrea Sacchi), ya se derrumba de cara en toda su estatura, con las manos hacia adelante.
   (Dominichino): ese es el momento que eligió Verónica para secarle el sudor que le corría por la frente.
   En el siglo XVII, por la iniciativa de los franciscanos, y especialmente la del predicador italiano Leonardo de Porto Maurizio, el número de las Estaciones se duplicó, para llegar a catorce. Aunque esa cifra sea completamente arbitraria, se la mantuvo.
   La devoción del Camino del Calvario, que es una de las creaciones más populares de la orden de los franciscanos, nació del deseo de multiplicar el beneficio espiritual y material de una peregrinación a la colina del Gólgota, enclavada en la igle­sia del Santo Sepulcro.
Representaciones de Cristo con la cruz a cuestas, caído
   Después del Renacimiento, los pintores de la Contrarreforma y de la época romántica renovaron este tema conmovedor. En su Cristo ascendiendo al Calvario (Museo de Metz), Delacroix se inspiró, evidentemente, en el Cristo con la cruz a cuestas de Rubens, que había visto en el Museo de Bruselas. Pero le dio un carácter del todo diferente. La ascensión triunfal imaginada por el maestro flamenco se convierte en un avance lento y doloroso del condenado, a punto de desfallecer a cada paso, que se arrastra penosamente hasta el lugar del suplicio.
   En el arte popular polaco cuyas tradiciones perduran en nuestros días, el motivo patético de Cristo caído, sucumbiendo bajo el peso de la cruz, resume con frecuencia la tragedia del Camino del Calvario.
Versiones alegóricas y colectivas de Cristo con la cruz a cuestas
   Cristo con la cruz a cuestas no siempre ha sido concebido y representado como una escena histórica. Hacia finales de la Edad Media se multiplicaron las versiones alegóricas.
   No es sólo la Virgen quien, siguiendo el ejemplo de Simón de Cirene, levanta uno de los brazos de la cruz para aliviar la carga de su Hijo. Es la Iglesia, a la cual simboliza, y hasta la cristiandad entera, quien acude en su auxilio. Papa, cardenales, sacerdotes, laicos, quieren su parte en la carga, con la esperanza de asegurarse la vida eterna a causa de esta asistencia simbólica.
   Hay frescos de los siglos XV y XVI que ilustran este Cristo con la cruz a cuestas co­lectivo. En un manuscrito franciscano de la Biblioteca de Perusa, Jesús va seguido por una procesión de hermanos menores, stauróforos, que llevan una selva de cruces sobre los hombros.

   Según parece, en Francia, al menos en la capilla del castillo de Montriu, en Saint Aubin des Ponts de Cé, en Lion de Angers, y en Notre Dame de Chavigny en Poitou, este tema fue tomado de una endecha del rey Renato, donde éste asocia la humanidad entera con la Pasión de Jesucristo, desarrollando estas palabras del Redentor: «Qui vult venire post me, tollat crucero suam et sequatur me.» Mendigos, ladrones, enfermos, presos, peregrinos, campesinos, viudas, huérfanos, mal casados..., en suma, todos los desheredados de la tierra, acuden a su hora para ayudar a Cristo a llevar su cruz, más pesada que las suyas (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Juan de Valdés Leal, autor de la obra reseñada;  
  Juan de Valdés Leal (Sevilla, 4 de mayo de 1622 [bautismo] – 9 de octubre de 1690), pintor.
   Quien, después de Murillo, es con seguridad la segunda personalidad más importante dentro del ámbito de la pintura barroca sevillana, fue bautizado en Sevilla el 4 de mayo de 1622, hijo de Fernando de Nisa, noble portugués, y de Antonia de Valdés Leal, sevillana.
   Se ignora con quién pudo realizar su aprendizaje, que hubo de llevarse a cabo aproximadamente entre 1637 y 1642. Una vez concluida su formación marchó, a Córdoba, donde inició su carrera artística y donde en 1647 contrajo matrimonio. Allí permaneció hasta 1656, fecha en la que regresó definitivamente a su ciudad natal, y allí, pocos años después, en 1660, aparece citado entre los artistas que fundaron la academia de pintores de Sevilla, en la que llegó a ser primero diputado, y finalmente presidente. 
    Referencias fidedignas indican que, en 1664, Valdés Leal viajó a Madrid, donde permaneció cerca de medio año, y donde hubo de mantener contacto con otros pintores y pudo visitar seguramente las colecciones reales, circunstancias que hubieron de repercutir favorablemente en la mejora de sus principios artísticos. Regresado a Sevilla, prosiguió su trayectoria artística, que se desarrolló siempre en un plano secundario, detrás de Murillo, con quien ingresó en 1667 como hermano de la Santa Caridad de Sevilla, institución para la que trabajó largamente hasta los momentos finales de su vida. En 1672, se sabe que realizó un viaje a Córdoba, posiblemente vinculado a encargos pictóricos.
   A partir de 1680, la salud de Valdés Leal se debilitó notablemente pero, pese a ello, como quiera que su situación económica nunca había sido boyante, hubo de ocuparse de trabajos que suponían grandes esfuerzos físicos, como la realización de decoraciones murales en el interior de recintos religiosos, subido a altos andamios. A partir de 1689, su hijo Lucas fue sustituyéndole paulatinamente en este tipo de trabajos, y finalmente, después de un ataque de apoplejía, en octubre de 1690, tuvo lugar su fallecimiento. Había redactado su testamento el 9 de octubre y el 15 siguiente fue enterrado en la iglesia de San Andrés (Sevilla).
   La historiografía del arte ha sido totalmente injusta con Valdés Leal, y al mismo tiempo ha desfigurado su personalidad, caracterizándole como una persona iracunda y orgullosa, quizás como contrapunto al carácter de Murillo, al que se presenta como hombre bueno y humilde. Sin embargo, Palomino, que le conoció personalmente dijo que “fue hombre de mediana estatura, grueso, pero bien hecho, redondo de semblante, ojos vivos y color trigueño claro [...] fue espléndido y generoso en socorrer con documentos a cualquiera que solicitaba su corrección [...] al paso que era altivo y sacudido con los presuntuosos y desvanecidos”.
    Pese a estas precisas palabras, que son las únicas contemporáneas referidas a Valdés Leal, en torno a él se ha forjado una leyenda que le define como un necrófilo, obsesionado por la muerte y por todo lo repugnante y desagradable. Estas falsas apreciaciones se deben sin duda a que se le considera como el responsable de la ideología que emana de las pinturas de Las Postrimerías de la iglesia del Hospital de la Santa Caridad, que, sin embargo, son fruto de las intenciones y del pensamiento de Miguel de Mañara, hermano mayor de dicha institución en el momento en que se ejecutaron dichas obras. Pero ello no ha librado a Valdés Leal de ser llamado “el pintor de los muertos”, y a él se han atribuido sistemáticamente de forma errónea todo tipo de pinturas con tema mortuorio realizadas en la pintura barroca española. Ciertamente no fue la muerte la obsesión que agobió a Valdés Leal, sino al contrario las circunstancias de su vida, presidida siempre por los continuos problemas económicos que le acuciaban. 
    No se conoce quién fue el maestro de Valdés Leal, y por lo tanto, no puede precisarse el espíritu artístico que presidió su formación. De todas formas, con quien más puntos de contacto tiene su pintura, al menos en sus inicios, es con Francisco de Herrera el Viejo, quien pudo ser su preceptor. También puede señalarse que, residiendo en Córdoba en torno a 1650, su pintura adquiriese referencias estilísticas procedentes de Antonio del Castillo.
   Progresivamente y con el paso del tiempo, el dibujo de Valdés Leal, firme y preciso, y su colorido terroso y compacto se fueron aligerando, sobre todo después de su estancia en Madrid en 1664, donde recibió influencias procedentes de la pintura veneciana y flamenca, y también de la madrileña. De esta última se constata cómo referencias pertenecientes a Ricci, Coello, y también a Herrera el Joven, incidieron en la progresiva adquisición de soltura y agilidad en su técnica.
   La pintura de Valdés Leal posee desde su época de madurez un marcado sentido de ímpetu y de fogosidad que le convierten en uno de los más aparatosos pintores de su época. Su arrebato creativo alcanza a veces a captar matices expresionistas en los gestos de sus personajes, tensos y crispados, con semblantes hoscos y anhelantes, que en ocasiones inciden de forma voluntaria en la estética de lo feo.
   La producción de Valdés Leal se inicia en Córdoba en torno a 1647, reflejándose en estos momentos una cierta rudeza en las actitudes físicas de sus personajes y una notoria solemnidad moral. Su primera obra fechada aparece en dicho año y es el San Andrés que pertenece a la iglesia de San Francisco de dicha ciudad.
   De estos años es también El arrepentimiento de San Pedro en cuya plasmación reflejó un profundo sentimiento, dramático y doliente; con este tema se conocen tres versiones casi exactas, una en la iglesia de San Pedro de Córdoba y las otras dos en Madrid, en colección particular y en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En estas obras, aparte del influjo de Herrera el Viejo, se advierten también recursos técnicos derivados de José de Ribera.
   Muy importante debió de ser para Valdés Leal la obtención en 1652 del encargo de decorar con pinturas los muros laterales del presbiterio de la iglesia del Convento de Santa Clara de Carmona, conjunto actualmente disperso entre la colección March en Palma de Mallorca y el Ayuntamiento de Sevilla. En esta serie pictórica se describe la vida de Santa Clara y en sus distintos episodios se narra La profesión de Santa Clara, El milagro de Santa Clara con su hermana Santa Inés, La procesión de Santa Clara con la Sagrada Forma y La retirada de los sarracenos del convento de Asís, obra esta última que hay que considerar como uno de los testimonios más claros que nos ha dejado Valdés Leal en la descripción de escenas tumultuosas y caóticas; la serie finaliza con La muerte de Santa Clara.
   Del periodo cordobés de Valdés Leal es un amplio grupo de pinturas, realizado entre 1654 y 1656, entre las que figura La Virgen de los Plateros del Museo de Córdoba, obra que estuvo repintada casi totalmente y que en la actualidad presenta aún la cara de la Virgen muy desfigurada por la mano inexperta de un antiguo y vulgar restaurador. De este momento es también La Inmaculada con Felipe y Santiago, que pertenece al Museo del Louvre de París, y la pareja de los arcángeles San Miguel y San Rafael, que pertenecen a la colección Caja Sur de Córdoba. A este grupo puede añadirse una bella representación de Santa Bárbara, que pertenece al Museo Municipal de Rosario en Argentina.
   Trabajo de gran empeño por parte de Valdés Leal fue la realización entre 1655 y 1656 del retablo mayor de la iglesia de las carmelitas de Córdoba, cuyo patrono fue Pedro Gómez de Cárdenas. Este importante conjunto pictórico está presidido por una dinámica y aparatosa representación de El rapto de Elías, imbuida de un espíritu decididamente barroco. Figura también en el retablo La Virgen de los carmelitas, situada en el ático del mismo, mientras que en los laterales aparecen San Acisclo, Santa Victoria, San Miguel y San Rafael; en el banco se sitúan cuatro santas carmelitas formando dos parejas, Santa María Magdalena de Pazzis con Santa Inés y Santa Apolonia con Santa Syncletes. Completan el retablo dos cabezas cortadas de San Juan Bautista y de San Pablo más dos magníficas representaciones de Elías y los profetas de Baal y Elías y el ángel, estando estas dos últimas pinturas realizadas con posterioridad a la primera fase del retablo, puesto que ambas están firmadas y fechadas en 1658, cuando Valdés Leal residía ya definitivamente en Sevilla.
   A partir de 1656 Valdés Leal se estableció en su ciudad natal, siendo su primer trabajo importante la realización del conjunto decorativo que recubría las paredes de la sacristía del Convento de San Jerónimo de esta ciudad, actualmente disperso. Allí se narraba la vida de San Jerónimo, y también se exaltaba a los principales religiosos de la orden, algunos de los cuales habían estado vinculados a la historia del propio convento. Así, en el Museo de Bellas Artes de Sevilla se guardan El Bautismo, Las Tentaciones y La flagelación de San Jerónimo. En una colección particular de Dortmund se conserva la representación de San Jerónimo discutiendo con los rabinos, mientras que otro episodio que representa La muerte de San Jerónimo se encuentra en paradero desconocido, si no es que se ha perdido.
   Un conjunto de frailes y monjas de la orden jerónima completaba la decoración de la mencionada sacristía, estando igualmente disperso en la actualidad. De él, en el Museo del Prado se conservan representaciones de San Jerónimo y de Fray Diego de Jerez; en el Museo de Bellas Artes de Sevilla se exponen Fray Pedro Fernández Pecha, Fray Fernando Yáñez de Figueroa, Fray Pedro de Cabañuelas, Fray Alonso Fernández Pecha, Fray Juan de Ledesma y Fray Hernando de Talavera. En el Museo de Grenoble se encuentra Fray Alonso de Ocaña, y en el de Dresde Fray Vasco de Portugal. Las dos principales figuras femeninas de la orden jerónima, Santa Paula y Santa Eustoquio, se guardan respectivamente en el Museo de Le Mans y en el Bowes Museum de Bernard Castle.
   Hasta fechas recientes se venía creyendo que la última pintura realizada por Valdés Leal en su trayectoria artística era la representación de Cristo disputando con los doctores en el templo, obra que se conserva en el Museo del Prado y firmada en 1686. Sin embargo, el estilo de esta obra no encaja con la forma de pintar que Valdés poseía en los años finales de su vida, y por el contrario es totalmente afín al que tenía en los años inmediatos a su llegada a Sevilla, procedente de Córdoba. Esta circunstancia nos movió en 1992 a examinar detenidamente la firma y la fecha que lleva la pintura, pudiendo advertir que está totalmente repintada, y advirtiéndose de forma clara que la tercera cifra —actualmente un “ocho”—, fue inicialmente un “cinco”, con lo que la pintura posee la fecha de 1656, año justo y apropiado para situar esta obra dentro de la producción del artista.
   Otra obra de notoria calidad y empeño, ejecutada además con vibrante pincelada y espléndido colorido, fue realizada por Valdés Leal en 1657. Se trata de Los desposorios de la Virgen con San José de la catedral de Sevilla, escena en al que impera ya un marcado ímpetu barroco. De fecha aproximada es también la pintura que representa a Santa María Magdalena, San Lázaro y Santa Marta, también conservada en la catedral sevillana, y que muestra intensos y arrebatados sentimientos espirituales en la expresión de los personajes. De estos momentos es también El Sacrificio de Isaac, perteneciente en la actualidad a una colección particular madrileña, en la que el artista capta espléndidos estudios anatómicos de desnudo. Otras pinturas, fechables en torno a 1657 y 1658, son La Virgen con San Juan Evangelista y las tres Marías camino del Calvario, del Museo de Bellas Artes de Sevilla, La Piedad del Museo Metropolitano de Nueva York, El Descendimiento de la Cruz, de colección particular en Pontevedra, y La liberación de San Pedro, de la catedral de Sevilla. En todas estas obras se refleja una intensa dinámica expresiva imbuida en un profundo patetismo.
   Entre 1659 y 1660, Valdés Leal realizó un amplio conjunto pictórico para un retablo principal y dos colaterales, destinados a la iglesia de San Benito de Calatrava de Sevilla. En los retablos colaterales se disponía una sola pintura en cada uno de ellos, una monumental Inmaculada y un patético Calvario. En el retablo principal y con pinturas de mediano tamaño, figuraban, en el primer cuerpo, San Juan Bautista, San Andrés, San Sebastián y Santa Catalina, además de una representación de La Virgen con San Benito y San Bernardo que se ha perdido. En el segundo cuerpo aparecían San Antonio de Padua, San Miguel Arcángel y San Antonio Abad. Todo este conjunto pictórico se conserva actualmente en la iglesia de la Magdalena de Sevilla, en la capilla de la hermandad de la Quinta Angustia.
   Para el patio de la Casa Profesa de los jesuitas de Sevilla realizó Valdés Leal en torno a 1660 una serie de pinturas sobre la vida de San Ignacio de Loyola, que por haber estado durante dos siglos al aire libre han llegado hasta nuestros días en mal estado de conservación, por lo que han tenido que ser intensamente restauradas, a parte de que alguna de las escenas integrantes de dicha serie se ha perdido. Estas pinturas, excepto la que representa a San Ignacio convirtiendo a un pecador, que se encuentra en la iglesia del Convento de Santa Isabel de Sevilla, pertenecen actualmente al Museo de Bellas Artes de esta ciudad. Las pinturas que integran esta serie son La aparición de San Pedro a San Ignacio en Pamplona, La aparición de la Virgen con el Niño a San Ignacio, San Ignacio haciendo penitencia en la cueva de Manresa, El trance de San Ignacio en el hospital de Manresa, San Ignacio curando a un poseso, Aparición de Cristo a San Ignacio camino de Roma y San Ignacio recibiendo la bula de fundación del Papa Pablo III. La serie se completa con representaciones de San Ignacio y San Francisco de Borja contemplando una alegoría de la eucaristía y San Ignacio contemplando el monograma de la compañía de Jesús.
   En 1660 Valdés Leal realizó dos obras fundamentales dentro de la tradición española de la pintura de vanitas, en cuyo contenido manifiesta la vanidad de la existencia como consecuencia de la fugacidad del tiempo y la brevedad de la vida; alude también en estas pinturas a la inmediata llegada de la muerte, que arrebata a los humanos todo tipo de placeres y riquezas mundanas. Ante esta situación irremediable que, después de la muerte conduce a las circunstancias del juicio del alma con su dilema de salvación o condenación, es necesario llevar antes una existencia piadosa en la que la oración, la penitencia y la castidad sean méritos acumulados para poder conseguir la salvación. Estas consideraciones se recogen en dichas pinturas, que inicialmente formaban pareja, pero que en la actualidad se conservan separadas, una en el Wadsworth Ateneum de Hartford y otra en la Galería de Arte de York, representándose en ellas respectivamente La alegoría de la vanidad y La alegoría de la salvación.
   A estas dos pinturas siguieron otras no menos extraordinarias firmadas en 1661 como La Inmaculada Concepción con dos donantes, que pertenece a la Galería Nacional de Londres, donde aparte de la bella figura de la Virgen, Valdés Leal incluyó a sus pies los magníficos retratos de Un clérigo joven y de Su madre anciana, ambos de muy notable calidad. También de 1661 es La Anunciación que se conserva en el Museo de Arte de la Universidad de Michigan, obra de gran ímpetu barroco en la que contrastan la enfática e impulsiva figura del ángel con la recatada e íntima presencia de la Virgen. Otras obras importantes de 1661 son El camino del Calvario conservado en la Hispanic Society de New York y La imposición de la casulla a San Ildefonso, obra de la que el artista realizó una primera versión para ser situada en el ático de la capilla de San Francisco de la catedral de Sevilla y que debió de ser rechazada por los canónigos de la catedral por su excesiva tensión dramática y atormentada espiritualidad. Para reemplazarla Valdés Leal realizó otra versión del mismo tema más atemperada y recogida; de estas dos pinturas, la rechazada por el cabildo debe de ser probablemente la que hoy se conserva en la colección March de Palma de Mallorca.
   Poco después de 1663, también para la Catedral de Sevilla y esta vez para el retablo de la capilla de Santiago, Valdés Leal realizó un Martirio de San Lorenzo en el que acertó a describir en la figura de su protagonista una emotiva expresión en su actitud de levantar los ojos al cielo, aceptando con serenidad los tormentos de su martirio. En torno a 1663 puede fecharse también la representación de María Magdalena, que se conserva en la casa palacio de Villa Manrique de la Condesa, obra en la que Valdés Leal supo hacer gala de su destreza en la plasmación de la belleza física y espiritual.
   En los años que oscilan entre 1665 y 1670 puede situarse la ejecución de otras pinturas de Valdés Leal de notoria calidad. Son el San Antonio de Padua con el Niño que se conserva en una colección particular de Madrid y La Asunción de la Virgen que pertenece a la Galería Nacional de Washington, obra de gran ímpetu barroco plasmado en la dinámica figura de la Madre de Dios, que es impulsada hacia lo alto por ángeles de forma impetuosa y arrebatada.
   Procedentes de la iglesia del convento de San Agustín de Sevilla se conservan en el Museo de Bellas Artes de esta ciudad dos excepcionales composiciones que hubieron de ser pintadas por Valdés Leal hacia 1670. Son La Inmaculada Concepción y La Asunción de la Virgen, obras ambas espectaculares y aparatosas cuando no trepidantes y convulsas, alcanzado a plasmar en ellas el máximo nivel expresivo que en el Barroco español se dio a estos temas.
   Valdés Leal es conocido de forma tópica en la historia del Arte europeo por ser el pintor de los dos famosos Jeroglíficos de las postrimerías, conservados en la iglesia del Hospital de la Santa Caridad de Sevilla. Ambas obras han forjado la leyenda de un Valdés Leal macabro, necrófilo y obsesionado por la muerte, aunque es necesario precisar que la ideología que impera en ellas es fruto del pensamiento de Miguel de Mañara, hermano mayor de la Santa Caridad, quien quiso plasmar en ellas la idea de que la salvación eterna sólo es posible obtenerla a través de la renuncia de los bienes y goces terrenales que logrará en el momento del juicio del alma el beneplácito divino que otorga la salvación eterna. Estas pinturas son denominadas, merced a los rótulos que en ellas figuran In Ictu Oculi y Finis Gloriae Mundi. En la primera un esqueleto apaga de un manotazo la vela encendida que alegoriza la existencia señalando al mismo tiempo el triunfo de la muerte sobre las complacencias mundanas. En la segunda, aparece un osario con dos cadáveres en primer plano agusanados y corroídos por repugnantes insectos, mientras esperan la hora del juicio y la decisión divina de obtener la salvación o la condenación del alma.
   Estas dos pinturas constituyen el preámbulo del mensaje que Miguel de Mañara introdujo en la iglesia del Hospital de la Caridad de Sevilla, puesto que su parte más importante se desarrolla a través de un conjunto de seis pinturas de Murillo que narran las obras de misericordia y que señalan que su práctica es indispensable para la salvación del alma. El colofón del programa de Mañara se refleja en la gran pintura realizada también por Valdés Leal en el coro alto de la iglesia en 1684. La simbología de esta pintura señala que ningún rico podrá entrar en el Reino de los Cielos, de la misma manera que el emperador Heraclio no pudo entrar en Jerusalén cuando portaba la cruz de Cristo en medio de la pompa y esplendor de su corte. Al ser Jerusalén la ciudad simbólica del Cielo, Mañara, en esta pintura, a través de Valdés Leal, insiste en señalar que los ricos habrán de emplear sus bienes en el ejercicio de la caridad, para así obtener la gloria eterna.
   Una de las obras más espectaculares de Valdés Leal, por sus dimensiones y efecto compositivo es La visión de San Francisco en la Porciúncula, firmada y fechada en 1672, que se conserva en la iglesia de los antiguos capuchinos de Cabra (Córdoba), donde alcanzó a configurar una escena imbuida en un alto nivel de dramatismo espiritual. En años sucesivos el artista realizó algunas pinturas de notable importancia como La Visitación, de colección particular de París, firmada y fechada en 1673. De esta misma fecha es el conjunto de seis pinturas que perteneció a un retablo del palacio arzobispal de Sevilla y que fue encargado por el obispo de dicha ciudad, Ambrosio de Espínola; en él se narraba la vida de San Ambrosio. Estas pinturas fueron robadas por el mariscal Soult y actualmente se encuentran dispersas entre el Museo del Prado, el Museo de Bellas Artes de Sevilla, el Museo de Arte de Saint Louis (Estados Unidos) y el Young Memorial Museum de San Francisco (Estados Unidos). Estas pinturas, realizadas para ser vistas de cerca, muestran una técnica fogosa y vitalista y en ellas se describen personajes de vivaz expresión que se albergan bajo espectaculares fondos arquitectónicos.
   En 1674, Valdés Leal concluyó la aparatosa y triunfal representación de San Fernando ejecutada para la Catedral de Jaén, donde se conserva. El santo aparece captado de forma apoteósica y triunfal, portando atributos que le acreditan como vencedor de los musulmanes en la conquista de dicha ciudad. En torno a 1675 hubo de pintar Valdés Leal una serie de ocho representaciones de la vida de San Ignacio de Loyola que se conservan en la iglesia jesuítica de San Pedro de Lima, y que están ejecutados con la técnica suelta y deshecha que se constata en la mayoría de las pinturas realizadas en su madurez.
   En los últimos años de su vida, pese a su mal estado de salud, Valdés Leal hubo de realizar labores artísticas que, por su dificultad, mermaron paulatinamente sus facultades físicas. Se trata de pinturas realizadas al temple en lo alto de los muros de edificios religiosos sevillanos como la iglesia del Monasterio de San Clemente, la iglesia del Hospital de los Venerables y la iglesia del Hospital de la Santa Caridad. Para esta última institución, realizó también el retrato de Miguel de Mañara en actitud de estar presidiendo el cabildo de la hermandad y explicando algún pasaje de la regla de la misma. Fue esta obra, probablemente, una de las últimas que el artista realizó en su vida (Enrique Valdivieso González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
   Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "La Virgen con San Juan y las Marías, camino del Calvario", de Valdés Leal, en la sala VIII, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre el Museo de Bellas Artes, en ExplicArte Sevilla.

jueves, 23 de abril de 2020

La Iglesia de San Jorge (Hospital de la Santa Caridad), de Pedro Sánchez Falconete


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Iglesia de San Jorge (Hospital de la Santa Caridad), de Pedro Sánchez Falconete, de Sevilla.     
   Hoy, 23 de abril, Memoria de San Jorge, mártir, cuyo glorioso combate, que tuvo lugar en Dióspolis o Lidda, en Palestina, actual Israel, celebran desde muy antiguo todas las Iglesias, desde Oriente hasta Occidente (s. IV) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy para Explicarte la Iglesia de San Jorge (Hospital de la Santa Caridad), de Sevilla.
   La Iglesia de San Jorge (Hospital de la Caridad) [nº 9 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 16 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Temprado, 3; en el Barrio del Arenal, del Distrito Casco Antiguo.
   "Memento homo quia pulvis es et in pulverem reverteris". Polvo que somos y polvo en el que nos hemos de convertir. Lema barroco para entender el más barroco de los edificios de la ciudad, compendio del mejor arte de su época y programa iconográfico completo diseñado por Miguel de Mañara en alusión a las obras de misericordia. Los orígenes de la hermandad de la Santa Caridad, titular del edificio, se remontan al siglo XV. En un principio se dedicaba a enterrar a los ajusticiados y ahogados en el cercano río, cadáveres que quedaban abandonados a su suerte. En el siglo XVI tenía como sede una pequeña capilla bajo la advocación de San Jorge, que fue derribada para que se construyese la actual iglesia en 1645, obras que duraron hasta 1670 siguiendo el proyecto de Pedro Sánchez Falconete. Todo el conjunto, la iglesia y las amplias salas del hospital, se edificaron sobre parte de las naves de las antiguas Atarazanas, edificación de la época de Alfonso X dedicada a la construcción de barcos.
   En la interpretación barroca del conjunto hay que situar la figura de Miguel de Mañara y Vicentelo Vázquez de Leca, caballero sevillano prototipo de vida desordenada, en el que algunos vieron una inspiración para la figura de Don Juan. Su profunda conversión: "¿Qué fuera de nosotros si no hubiera pobres?", transformó las normas de una hermandad de la que fue nombrado hermano mayor en 1663. Los nuevos fines de la institución serían el auxilio a los pobres, "nuestros hermanos", con una atención personal y directa de los miembros de la institución. Hasta su muerte en 1680, Mañara dedicó sus esfuerzos y su patrimonio en la terminación de la iglesia y del hospital. En ese conjunto destaca el patio dividido por una galería central, probablemente proyectado por el arquitecto sevillano Leonardo de Figueroa (1682), con dos fuentes con alegorías de la Fe (mirando a la cruz) y de la Caridad (rodeada de niños), entre paneles de azulejos de origen holandés que llegaron a la casa provenientes de Cádiz, tras el traslado que realizó Virgilio Mattoni. Domus pauperum scala coeli, la casa de los pobres es la casa de Dios, lema de acceso a un recinto que también acoge algún patio interior, las habitaciones del hospital (hoy asilo) y la antigua sala de juntas en las que se conservan cuadros de Valdés Leal y objetos personales del propio Mañara. 

   La fachada de la iglesia presenta un esquema muy sencillo de tres cuerpos, adornados por azulejos cuyo diseño algunos atribuyen a Murillo. En piedra están representados San Fernando y San Hermenegildo mientras que los azulejos representan a Santiago, San Jorge, la Esperanza, Fe y la Caridad, entrando dentro de la tradición sevillana de paneles cerámicos murales como tuvo el convento del Pópulo o el convento mercedario de San José. El remate de la fachada, entre pináculos de ladrillo, recuerda las formas del arquitecto Leonardo de Figueroa. A los pies de la iglesia se sitúan diversos enterramientos de hermanos ilustres de la Caridad; aquí estuvo también enterrado originalmente Miguel de Mañara bajo el significativo lema que él mismo dictó: "Aquí yacen los huesos y cenizas del peor hombre que ha habido en el mundo. Rueguen a Dios por él". No duró mucho allí su cuerpo, ya que la hermandad decidió trasladar sus restos, poco después de su muerte, a una cripta bajo el presbiterio.
   El impactante interior presenta una sencilla estructura de una sola nave cubierta con bóveda de medio cañón y una pequeña bóveda semiesférica. Debe entenderse como un recorrido por la práctica de la caridad cristiana a través de las obras de misericordia, las únicas que salvan al hombre, en un programa ideado por Miguel de Mañara, y puesto en práctica por los mejores artistas sevillanos de la segunda mitad del siglo XVII. El fiel del siglo XVII que accedía al templo se encontraba con un pequeño pórtico ornado con yesería barroca en las que aparecía un texto del Evangelio que hacía referencia a la importancia de las obras: "Venid, benditos de mi padre, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estuve preso y me visitasteis...". Inicio de un discurso que se continúa con las pinturas de Valdés Leal (1671-72) situadas en los dos muros de los pies. A la izquierda, In Ictu Oculi, la impactante vanitas en la que la muerte apaga en un golpe de vista la llama de la vida, acabando con todas las glorias mundanas representadas a sus pies: coronas, oropeles, riquezas, libros, armas... En el muro contrario, la visión de una cripta con cadáveres en estado de descomposición, (el de un obispo y el de un caballero de Calatrava), nos indica el fin de la gloria del mundo (Finis Gloriae Mundi). Cucarachas y descomposición, coronadas por la mano de Cristo que sostiene en una balanza los signos de las acciones realizadas por el hombre a lo largo de su vida. Ni más, ni menos. Una nueva llamada a la práctica de las obras de misericordia para alcanzar la salvación. Con estos cuadros de Valdés Leal se iniciaba una reflexión que continuaba en los lienzos de Murillo de los muros laterales. No se conservan en la actualidad los que aludían a dar posada al peregrino (Abraham recibiendo a los tres ángeles), vestir al desnudo (El regreso del hijo pródigo), cuidar al enfermo (Curación del paralítico) y visitar al cautivo (Liberación de San Pedro por el ángel). Estos cuatro primeros cuadros fueron robados por el mariscal Soult en 1810 y hoy se encuentran dispersos en diferentes museos del mundo. Durante mucho tiempo estuvieron sustituidos en la iglesia por cuatro pasajes, con motivos de las Sagradas Escrituras, realizados por Miguel Luna en 1674, aunque recientemente se han realizado copias que permiten recordar el programa iconográfico original. Si se conservan dos grandes lienzos de Murillo que representan El milagro de los panes  y los peces (una alusión a la obra de caridad de dar de comer al hambriento) y la escena de Moisés haciendo brotar el agua de la roca (dar de beber al sediento). Otros cuadros de Murillo en los muros de la iglesia son los que representan a San Juan de Dios portando un enfermo (clara alusión a la asistencia personal a los enfermos que debían realizar los hermanos de la corporación), la excelente composición de Santa Isabel de Hungría, una Anunciación y un par de pequeños cuadros de retablo.
   La mayoría de los retablos son obra del taller de Bernardo Simón de Pineda, que también realizó los marcos de algunas de las pinturas mencionadas. En el muro izquierdo, junto al retablo de la Anunciación, se sitúa un púlpito de hierro coronado por una talla alegórica de la Caridad, obra de Pedro Roldán. A sus pies se sitúa un monstruoso dragón, que representa al mal que ha sido vencido, curiosa escultura de Bernardo Simón de Pineda. El mismo autor realizó el siguiente retablo, el que cobija a a Virgen de la Caridad, imagen de la primera mitad del siglo XVI que presenta elementos propios del final del gótico y de los inicios del renacimiento. En el muro derecho se sitúan otros retablos del mismo autor. En la parte más cercana al presbiterio aparece el dedicado a San José, presidido por un grupo escultórico de Cristóbal Ramos (1782). Junto a él se sitúa un notable relieve del Ecce Homo, realizado en barro cocido por los hermanos García, una muestra de la escuela granadina de escultura de la primera mitad del siglo XVII. En el mismo muro se sitúa el soberbio retablo del Cristo de la Caridad, talla de Pedro Roldán que representa a Cristo arrodillado momentos antes de ser crucificado, una impactante iconografía que pudo estar motivada en una visión del propio Miguel de Mañara y en la que algunos han querido ver algunas semejanzas con el rostro del Cristo de la Expiración de Triana.

    Pero la gran obra escultórica y arquitectónica del templo es el gran retablo mayor que preside la iglesia. Simboliza la obra de caridad alusiva al entierro de los muertos, una de las obligaciones principales de la hermandad de la Caridad. Fue realizado entre 1670 y 1674 por los tres artistas más importantes de la Sevilla del momento: Bernardo Simón de Pineda, como diseñador y ensamblador; Pedro Roldán, como escultor; y Valdés Leal como pintor que se encargaría del policromado y dorado del retablo. Consta el retablo de un banco sobre el que se asienta un gran primer cuerpo compartimentado por columnas salomónicas, elemento innovador en el arte sevillano (aunque ya aparezca en el Sagrario del retablo mayor de la Catedral), que llegó a la ciudad con más de cincuenta años respecto al original modelo de Bernini en el baldaquino de San Pedro del Vaticano. En ese primer cuerpo se abre una potente y fingida estructura arquitectónica donde se sitúa el grupo del Entierro de Cristo, excepcional conjunto de Pedro Roldán que sabe enlazar gestos y actitudes de los asistentes al entierro de Cristo. Se completa con un bajorrelieve posterior en el que aparece el monte Calvario como un paisaje de fondo que permite aumentar la sensación de profundidad de la escena central. En los laterales del primer cuerpo, entre potentes columnas salomónicas que son la génesis de todo un estilo en el arte sevillano, se sitúan tallas de San Jorge, como protector frente a las epidemias. El cuerpo superior es un grandioso ático que está centrado por la alegoría de la Caridad rodeada de niños, simbología que viene a cerrar el panorama iconográfico del templo: tras la reflexión sobre la muerte y el fin de la gloria del mundo, tras la presentación de las obras de misericordia en los muros del edificio, la caridad domina la estancia como aspiración fundamental del hombre en la vida. Un retablo que marcó un antes y un después en la retablística sevillana y que se considera uno de los más conseguidos del barroco español.

   Completan el presbiterio, los muros y la cúpula un conjunto de pinturas y yeserías barrocas de gran interés. Las pinturas murales de la zona anterior al presbiterio corresponden al pincel de Juan de Valdés Leal, representando diversos ángeles que portan atributos de la pasión, siendo los cuatro Evangelistas los que están representados en las pechinas que sostienen la bóveda semiesférica. También aparecen en los muros las figuras de Santo Tomás de Villanueva, San Martín, San Julián y San Juan Limosnero, que destacaron por la práctica de la caridad en sus vidas. Antes de salir, es obligatoria la visión de la colosal pintura de Valdés Leal que se encuentra en el sotocoro y que representa la Entrada del Emperador Heraclio en Jerusalén, obra realizada entre 1684-85. Representa el momento en el que el emperador se despoja de sus lujos para entrar en la ciudad santa con el cortejo que portaba la cruz de Cristo. Un ángel le había recordado la necesidad de la humildad para entrar en la ciudad, todo un aviso a los hombres del Barroco y de cualquier generación: nadie que haya practicado la caridad, que no sepa despojarse de lo superfluo y que no conozca la pobreza, podrá entrar en el Reino de los Cielos. Todo un aviso al visitante de la Santa Caridad, el que hacía el mismo Miguel de Mañara en sus escritos: "¿Qué importa hermano que seas grande en el mundo si la muerte te ha de igualar con los pequeños?" (Manuel Jesús Roldán, Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).
     Esta institución remonta sus orígenes al siglo XV, dedicándose en principio a enterrar a los ajusticiados y a los ahogados en el río. En el siglo XVI tenía como sede una pequeña capilla bajo la advocación de San Jorge, la cual fue derribada para que sobre ella se edificase, con planos del arquitecto Pedro Sánchez Falconete, y desde 1645, la actual iglesia. Las obras de construcción no se concluyeron hasta 1670. Mientras tanto, en 1662 fue admitido como hermano de la Santa Caridad, don Miguel de Mañara, quien después  de una juventud en la que llevó una vida desordenada se entregó en su madurez a una existencia dedicada al servicio de los enfermos y menesterosos. Mañara fue nombrado hermano mayor en 1663 y desde entonces hasta su muerte, acaecida en 1680, fue el alma de dicha institución, dedicando todos sus esfuerzos a terminar la iglesia y a levantar un hospital que habría de acoger a un gran número de pobres y enfermos. Las tres grandes salas del hospital se construyeron aprovechando las naves de las antiguas atarazanas reales, que había mandado edificar Alfonso X el Sabio en 1252. Ante estas salas se construyó un amplio patio, dividido en dos por una galería central, siendo su arquitecto probablemente Leonardo de Figueroa, quien concluiría la obra hacia 1682. Las paredes de este patio se adornan con siete paneles de azulejos holandeses del siglo XVII, que representan escenas del Antiguo y del Nuevo Testamento.
     La fachada de la iglesia se levanta en tres cuerpos de altura y presenta un esquema de gran simplicidad constructiva. En los cuerpos superiores figuran recuadros de azulejos que, diseñados por Murillo, representan a San Jorge, Santiago, la Fe, la Esperanza y la Caridad. En el remate de la fachada aparece un ático precedido  por  una  baranda de hierro y flanqueado por dos pináculos de ladrillo. Por las características del diseño puede atribuirse este remate de la fachada al arquitecto Leonardo de Figueroa.
     El interior del templo tiene una sencilla disposición arquitectónica de una sola nave, cubierta con bóveda de cañón y una bóveda semiesférica en el espacio anterior al presbiterio. El conjunto artístico que reviste la iglesia fue programado por don Miguel de Mañara, con la intención de transmitir un mensaje, que viniese a procla­mar que sólo a través de la práctica de la caridad el cristiano podía conseguir la salvación eterna.
     El discurso que Mañara desarrolló en el templo comienza con la contemplación de las dos pinturas que se disponen en los muros laterales bajo el coro de la iglesia. Allí se encuentran dos obras maestras realizadas por Valdés Leal entre 1671 y 1672. Estas pinturas contienen una profunda meditación sobre la muerte y los acontecmientos espirituales que la suceden: Juicio, Infierno y Gloria. En el muro izquierdo está situada la primera pintura, cuyo título responde a la inscripción que figura en el lienzo: In ictu oculi, cuya traducción, «en un abrir y cerrar de ojos», indica que la muerte le llega al hombre en un instante. En la pintura aparece un esqueleto que apaga la luz de una vela, que simboliza la vida que se extingue. A sus pies figuran diferentes objetos como una tiara papal, una cruz procesional, coronas reales, un cetro y diversos libros y pergaminos que alegorizan la riqueza, la gloria, el poder y la sabiduría. La muerte triunfa sobre la vida, la gloria y los placeres terrenales, indicando la condición pasajera de los mismos.
     La otra pintura, situada en el muro de la derecha, se denomina Finis gloria mundi, como señala un rótulo en su parte inferior. El fin de la gloria del mundo se ejemplifica en el interior de una cripta funeraria, donde aparece el cadáver de un obispo en su ataúd, descompuesto y corroído por repugnantes insectos; junto a él aparece el cadáver de un caballero de la Orden de Calatrava, y al fondo, el de un rey, rodeado de numerosas calaveras. En la parte superior de la composición aparece la mano de Cristo, que sos­tiene una balanza con dos platillos sobre los que figura escrita la frase «ni más ni menos». En un platillo figuran símbolos de los siete pecados capitales, y en el otro símbolos de oración, penitencia y caridad. Será la conducta del hombre la que con sus obras desnivele la balanza hacia el lado del bien o del mal, conduciendo su alma a la condenación o a la salvación.
     Estas dos pinturas que aluden a la brevedad de la vida, a la igualdad de todos los hombres ante la muerte, y a la alternativa de conseguir la salvación o la condenación, según la práctica del bien y del mal, daban paso a un conjunto de cuatro pinturas de Murillo, que en la parte superior de los muros de la iglesia, contenían alegorías de las obras de misericordia, cuya práctica llevarían a la salvación del alma. Estas obras fueron robadas de la iglesia por el mariscal Soult en 1810 y se encuentran actualmente en diversos museos extranjeros. Han sido sustituidas por cuatro paisajes con escenas bíblicas atribuidas a Miguel Luna que rompen el sentido iconográfico original que tuvo la iglesia.
     El ciclo de las obras de misericordia se continúa con las pinturas de Murillo situadas en lo alto del muro del antepresbiterio, donde encontramos primero la escena de Moisés haciendo brotar el agua de la Roca, composición alegórica de la obra de misericordia de dar de beber al sediento. La pintura describe el momento en que Moisés hizo brotar el agua de la roca para aplacar la sed del pueblo de Israel, presentando a los numerosos personajes que protagonizan la escena en un claro contraste físico y anímico, entre la ansiedad de los que beben y la alegría de los que ya han saciado su sed. La otra pintura presenta la escena de la Multiplicación de los panes y los peces, en la que se alegoriza la obra de misericordia de dar de comer al hambriento. En primer término aparece Cristo repartiendo los alimentos que había multiplicado milagrosamente, mientras que en segun­do plano se extiende una profunda lejanía, en la que una muchedumbre espera la comida que habrá de aplacar su hambre.
     La última obra de misericordia, la de enterrar a los muertos, aparece plasmada en el retablo mayor, cuya arquitectura fue ejecutada por Bernardo Simón de Pineda. La escena que preside el retablo es obra del escultor Pedro Roldán y representa el entierro de Cristo, con una perfecta armonía entre los gestos y actitudes físicas de todos los personajes que en conjunto protagonizan el momento con gran solemnidad espiritual. En los laterales del retablo figuran esculturas de San Jorge y San Roque, mientras que en la parte superior aparecen esculturas de la Fe, la Caridad y la Esperanza, obras, como las anteriores, de Pedro Roldán. El retablo se realizó entre 1670 y 1674.
     El conjunto de retablos y pinturas que se distribuyen a lo largo de los muros de la iglesia es de alta calidad, tanto en la perfección del diseño de los primeros como en la calidad compositiva y técnica de las segundas. En el muro izquierdo figura en primer lugar una admirable obra de Murillo, ejecutada hacia 1662, que representa a San Juan de Dios transportando a un enfermo; la composición nos muestra al santo granadino llevando sobre sus hombros durante la noche a un enfermo hacia el hospital, y recibiendo la ayuda de un ángel, que aparece en su auxilio. El significado de esta pintura alude a una de las funciones que han de desempeñar los hermanos de la Santa Caridad, que era la de transportar a los enfermos al hospital. Figura a continuación un retablo, obra de Bernardo Simón de Pineda, en el cual se alberga una bella pintura de Murillo que representa la Anunciación, en la que se advierte la capacidad del artista como hábil dibujante y colorista al tiempo que su notoria capacidad compositiva.
     De gran interés, por su bello diseño, es el púlpito de hierro, cuyo sombrero o tornavoz está rematado por una escultura de la Caridad, obra de Pedro Roldán. Bajo la escalera aparece un animal monstruoso, símbolo del mal vencido, obra de Bernardo Simón de Pineda. A este artista corresponde también el retablo de la Virgen de la Caridad que figura inmediatamente, cuya imagen titular es obra fechable a principios del siglo XVI. En el ático de este retablo aparece una pintura del Niño Jesús, obra de Murillo, en la que plasma uno de los más bellos prototipos infantiles de su producción.
     En el muro de la derecha, se dispone en primer lugar la hermosa composición de Murillo, que representa a Santa Isabel de Hungría curando a los tiñosos, pintura en la que la belleza y serenidad de las figuras femeninas contrasta armoniosamente con la expresividad popular de los enfermos. El significado de esta pintura alude a otra de las funciones que deberían de realizar los hermanos de la Caridad, y que es la de atender y curar a los enfermos. Sigue a esta obra de Murillo el reta­blo del Santo Cristo de la Caridad, cuya estructura arquitectónica es obra de Bernardo Simón de Pineda, siendo la escultura del Santo Cristo de la Caridad obra de Pedro Roldán. En ella Cristo apa­rece arrodillado orando momentos antes de ser clavado en la cruz, reflejándose en su rostro un patetismo pocas veces superado en el panorama de la escultura barroca española.
     Un relieve del Ecce Homo situado en el muro es obra realizada en barro cocido por los hermanos García, artífices granadinos activos en las primeras décadas del siglo XVII. El retablo de San José está ejecutado también por Bernardo Simón de Pineda, mientras que la escultura del titular que se alberga en la hornacina central es obra tallada en 1782 por Cristóbal Ramos. En el rema­te de este retablo aparece una pintura de San Juan Bautista Niño, obra de Murillo.
     La visita de la iglesia se completa con la con­templación del magnífico conjunto de yeserías que adornan las bóvedas de la iglesia, y asimismo, con la visión del conjunto de pinturas murales que decoran las paredes del espacio anterior al presbiterio y que son obras de Valdés Leal; en la bóveda aparecen ocho ángeles que sostienen atributos de la pasión de Cristo, y en las pechinas los cuatro Evangelistas. En lo alto de los muros laterales están representados cuatro santos que se distinguieron por su dedicación a las obras de caridad: San Martín, Santo Tomás de Villanueva, San Julián y San Juan Limosnero. Estos santos vienen a reforzar aún más el sentido de exaltación de la Caridad, que preside el espíritu de la iglesia, puesto que todos ellos se distinguieron por su misericordia para con los pobres. Saliendo ya de la iglesia, ha de repararse forzosamente en el gran lienzo situado en  lo alto del coro que representa la Exaltación de la Santa Cruz, obra pintada por Valdés Leal, entre 1684 y 1685. En esta pintura se representa el episodio que narra el momento en el que el emperador Heraclio, después de haber rescatado la Cruz de Cristo, se dispone a entrar con ella en Jerusalén. En aquel instante comenzaron a desprenderse las piedras de la muralla de la ciudad, impidiendo el paso al emperador, al tiempo que se aparecía un ángel, el cual le comunicó que Cristo había entrado en Jerusalén en medio de un humilde cortejo y sin pompa alguna, y que por lo tanto, no entraría en la ciudad revestido de su atavío imperial. El emperador, comprendiendo el mensaje divino, se despojó de sus lujosas vestiduras, y sólo así pudo entrar en Jerusalén. El significado de esta pintura se adecua al simbolismo general que impera en el conjunto decorativo de la Iglesia, ya que viene a indicar que ningún rico que no haya practicado la caridad, podrá entrar en el Reino de los Cielos.
     En el patio principal está situada la sala baja de cabildos que actualmente se destina a museo. En una vitrina se conserva la mascarilla mortuoria de don Miguel de Mañara, junto con diversos objetos que le pertenecieron en vida. Las paredes aparecen revestidas por un importante conjunto de pinturas, siendo la más notable de ellas el retrato de Mañara realizado por Valdés Leal. Figura también un pequeño Cristo Crucificado de Francisco de Zurbarán, un San Francisco Javier copia de Murillo, y una batalla bíblica, obra del pintor sevillano del siglo XVII Miguel Luna. Interesantes por su iconografía son dos pinturas que narran episodios relacionados con don Miguel de Mañara. Una de ellas, obra de Eduardo Cano fechada en 1879, lo representa ayudando en un entierro. La otra pintura está firmada por José Arpa y representa la muerte de don Miguel de Mañara. Figuran también en esta sala tres episodios de la vida de Santa Rosa de Lima, y una Adoración de los Pastores, obras de finales del siglo XVII, anónimas.
     En el piso superior del hospital se encuentra la actual sala de cabildos, no visitable, donde se conserva el magnífico retrato de Valdés de Leal que representa a don Miguel de Mañara leyendo la regla de la Santa Caridad, obra que el pintor concluyó en 1681.
     Además de su riqueza escultórica el hospital posee también una considerable colección de piezas de plata. Destacan dos cálices de estilo renacentista, uno de ellos decorado con relieves de los Evangelistas, los símbolos de la Pasión y el punzón de Hernando de Ballesteros. Muy inte­resante es otro ejemplar de grandes dimensiones, dorado y decorado con escenas de la Pasión finamente realizadas. Lleva el punzón de autor y el de la ciudad de Amberes. Del siglo XVI pero realizadas en bronce son dos campanillas, una de ellas firmada por Johannes Afine y fechada en 1551. De origen flamenco es también una ban­deja de latón de las llamadas de «dinanderie». Se conservan varios relicarios del siglo XVII y XVIII, teniendo uno de los más antiguos un retrato de Mañara atribuido tradicionalmente a Murillo. De Mañara se conserva también un cubierto de plata. Muy interesante es una naveta formada por una concha de molusco con engarces de plata, que parece obra de principios del siglo XVII. De comienzos del siglo XIX es un portaviático en forma de pelícano, y un gran Sagrario de plata decorado con escamas y rocalla decadente, que se acompañan de motivos neoclásicos. Lleva las marcas de José Lecaroz autor, Franco contraste y de la ciudad de Sevilla (Alfredo J. Morales, María Jesús Sanz, Juan Miguel Serrera y Enrique Valdivieso. Guía artística de Sevilla y su provincia. Tomo I. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2004).
     El inmueble que alberga la Iglesia y Hospital de la Santa Caridad, está situado en el antiguo arrabal de la Carretería, a extremos de la Sevilla histórica, limitando su parte trasera con la línea por donde corría la muralla que cercaba la ciudad.
     La planta del citado inmueble presenta forma rectangular, está determinada por su adaptación a la ordenación de cinco de las naves de las antiguas Atarazanas reales, sobre las que se asientan, mandadas construir por Alfonso X el sabio en 1252.
     El templo ocupa el costado izquierdo del edificio, en el mismo lugar donde anteriormente existía una capilla bajo la advocación de san Jorge. Comienza su construcción sobre 1645, siguiendo los planos del arquitecto Pedro Sánchez Falconete. La iglesia presenta en su interior planta de cajón, con una nave dividida en tres tramos cubiertos con bóveda de cañón con arcos fajones y lunetos, así como una pequeña cúpula que cubre el espacio anterior al presbiterio. Los muros se articulan con pilastrones y pilastras corintias que sostienen una cornisa de saliente alero.
     El coro situado a los pies del templo, se eleva sobre triple arcada, siendo el arco central escarzano y de medio punto los laterales, éstos descansan sobre columnas toscanas. Tras la capilla mayor se encuentra la sacristía, la cual se cubre con cúpula gallonada sobre pechinas. Una rica decoración realizada en yesería decora el interior del templo, las del presbiterio más recientes, presentan formas naturalistas: cintas, roleos carnosos de aspecto vegetal, así como grandes veneras y cartelas con inscripciones en su interior. En la nave central las decoraciones presentan formas abstractas, a base de cartones recortados y cintas planas.
     La fachada principal de la iglesia, de estilo manierista, se plantea como un gran retablo; aparece configurada por tres cuerpos, tres calles y ático. En el centro del cuerpo bajo se abre la puerta de acceso, adintelada y enmarcada por un baquetón de contorno quebrado que da paso a una cartela en el dintel. Dicha entrada está flanqueada por columnas pareadas toscanas sobre plinto, entre ellas se sitúan hornacinas con frontones curvos que albergan las imágenes de San Luis y San Fernando. En este planteamiento sustentante descansa un entablamento y frontón partido terminado en volutas. En el centro y ya dentro del segundo cuerpo, se abre un vano adintelado y abalconado enmarcado con pilastras corintias que sostienen asimismo un frontón partido y en cuyo dintel se centra una cartela de forma oval. En ambos lados de este segundo cuerpo se encuentran situados dos paneles de azulejos: en el de la izquierda se representa a San Jorge y en el de la derecha a Santiago Matamoros, estando encuadrados con pilastras que sostienen frontones curvos partidos.
     En la parte superior de los paneles mencionados se encuentran cartelas de forma oval.
     El tercer cuerpo contiene en su calle central un arcosolio que cobija un panel de azulejos representando a la caridad, en ambos lados otros dos paneles de cerámica con la Fe y la Esperanza, enmarcados con baquetón quebrado y sobre éste frontones triangulares. Termina la fachada una cornisa que da paso al ático, el cual se estructura mediante un vano adintelado enmarcado con columnas adosadas corintias que sostienen cornisas rectilíneas quebradas.
     En el costado izquierdo del templo se levanta la torre, que por sus características se le puede atribuir, así como el ático citado, a Leonardo de Figueroa. De estilo barroco y planta cuadrangular, se estructura la zona de campanario mediante arcos semicirculares encuadrados con pilastras decoradas con bolas de cerámica. Se cubre con chapitel mixtilíneo rematado por una cruz.
     El Hospital presenta planta rectangular, se accede a su interior mediante una puerta de ingreso que da paso al patio principal, éste de planta también rectangular está dividido por una galería columnada, dando lugar a dos patios de forma cuadrada, rodeados ambos por una arcada de medio punto sostenida por columnas toscanas excepto en el lado del fondo en el que aparece el testero de las enfermerías. El segundo cuerpo de estos patios se articula mediante balcones y ventanas adintelados y enmarcados con pilastras. En el centro de cada patio se encuentra una fuente cuyo remate se hace mediante una escultura barroca de procedencia italiana que representa la Fe y la Caridad, asimismo una serie de grandes paneles de azulejos con escenas del Antiguo Testamento decoran los muros. La escalera parte de su lado
derecho, consta de tres tramos y está cubierta con un artesonado de estilo mudéjar en forma de artesa de ejecución reciente.
     Desde el citado patio, en sentido longitudinal parten las salas para enfermos "principales" denominadas: sala del Cristo y sala de la Virgen. Ambas de traza rectangular, aprovechando la disposición de dos de las naves de las antiguas Atarazanas que, aunque respetaron su estructura, cegaron las arcadas laterales y se levantaron columnas toscanas sobre pedestales a lo largo del eje central de las salas. Sobre dichas columnas y en sentido longitudinal descansan arcos de medio punto, siendo en sentido transversal arcos rebajados. Estos tramos se cubren con bóvedas de arista.
     En el lado izquierdo de estas salas se ubican varios patios que dan acceso a otras dependencias, y que van rodeando las salas de enfermos llegando a la parte posterior del inmueble.
     En este sector se encuentra un patio de forma rectangular que está dividido en dos por una galería columnada. Estos dos patios rectangulares se articulan por medio de columnas toscanas sobre pedestales que soportan arquerías de medio punto. Desde éstos se accede a otra sala donde se observa de forma más clara la estructura de las naves de las antiguas Atarazanas, manteniendo el abovedado primitivo de medio cañón apuntado. Una cuarta sala para enfermos se construyó a mediados del siglo XIX, siguiendo la misma disposición que la sala anterior. Otras dependencias más modernas se ubican en la zona posterior del edificio, así como dos patios que rodean las salas de enfermos por su costado derecho y que van a comunicar con el patio doble principal descrito.
     La fachada del hospital presenta un alzado de dos pisos. Se accede al inmueble mediante un vano adintelado enmarcado con dos pilastras dóricas que dan paso a un entablamento y que sostienen un balcón del segundo piso. Tanto la zona baja como el primer piso presentan en sus laterales ventanas de forma adintelada cubiertas con rejería, portando las de la zona alta al igual que el balcón central alero metálico en su parte superior.
     El origen del actual Hospital de la Caridad está en la Hermandad y Cofradía de la santísima Caridad, dedicada a celebrar los sepelios de los olvidados ajusticiados y ahogados en el río. Ya en el siglo XVI la institución de la Santa Caridad contaba con la pequeña capilla de San Jorge, que fue derribada para que se construyese sobre ella la nueva iglesia, obra de Pedro Sánchez Falconete, en 1645.
     Con el nombramiento de D. Miguel de Mañara como Hermano mayor en 1663, se llevó a cabo la terminación de la iglesia y la construcción del hospital. Don Miguel de Mañara, Caballero de Orden de Calatrava, es la figura fundamental del Hospital de la Caridad. Su contenido, iconografía, espíritu y labores asistenciales derivan directamente de las disposiciones, pensamiento y filosofía de Mañara. A partir de su toma de dirección en los destinos de la Hermandad, se finaliza la iglesia, redacta nuevas reglas, construye tres enfermerías y se traslada a vivir allí donde fallece el 9 de Mayo de 1679.
     Las obras del templo no concluyen hasta 1670, y ya en 1664 Pedro López del Valle introducirá en su diseño pequeñas modificaciones, encargándose de la dirección de la obra Juan González. Las salas del Cristo y de la Virgen se construyen entre 1673 y 1677, interviniendo en ellas el maestro cantero Francisco Rodríguez Escalona, utilizando los gruesos muros de las naves primitivas e incluyendo en su centro una línea de columnas sobre pedestales, operación que sigue la organización tradicional tipológica de las grandes salas conventuales sevillanas. La sala de San Antonio se construyen entre 1678 y 1682, y por fin la sala de San José, obra de Francisco Cansino y Patiño, se concluye en 1856 (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     El hospital de la Caridad, que levantó Mañara, con su estremecedora iglesia de San Jorge. Miguel de Mañara y Vicentelo de Leca (1626-1679), de quien erróneamente se ha venido afirmando que fue el inspirador del don Juan protagonista de la obra de Tirso de Molina El burlador de Sevilla, así como del don Juan Tenorio de José Zorrilla, fue, no obstante, un caballero bastante disoluto. Descendiente, casi con toda seguridad, de comerciantes italianos afincados en Sevilla, su padre, Tomás de Mañara -castellanización de Magnara- pugnó durante mucho tiempo por acceder a la nobleza, objetivo que, en cierto modo, logró cuando obtuvo el hábito de la Orden de Santiago para su hijo, todavía un niño. Miguel recibió de este modo una educación nobiliaria, con ayos y preceptores, en su domicilio de la calle Levíes, en plena judería, donde había nacido. Se cuenta su aventura de la calle del Ataúd, hoy Gloria, en la que, al pasar un entierro, se vio a sí mismo cadáver en el interior de la caja. Se cuenta su aventura en las proximidades del cementerio de San Juan de la Palma, en la que, tras ser golpeado duramente por figuras invisibles, oyó una voz que lo daba por muerto. Pero estas son sólo leyendas. Miguel se casó con la granadina Jerónima Carrillo de Mendoza, ocupó sucesivos cargos públicos, participó en cuanta jarana le fue posible y enviudó a los treinta y cuatro años. Este hecho abrupto lo empuja a reflexionar y a arrepentirse de su vida pasada. Conoce entonces al racionero de la catedral Pedro Mar­tínez de la Caridad y se hace socio de la hermandad que el clérigo había fundado para el enterramiento de los ajusticiados y de los pobres cuyos deudos carecían de medios para sufragar el sepelio. Algún tiempo después, Mañara llega a presidente de esta hermandad y emprende la tarea de construir la iglesia y el hospital, al que, en 1677, acaba yéndose a vivir tras abandonar su palacio de la calle Levíes y en el que muere dos años más tarde.
     El edificio conserva desde su entrada el sabor renacentista de los tiempos en que Sevilla era el puerto de las Indias. Sobre el dintel de la puerta que da acceso al lúgubre zaguán un rótulo en grandes letras advierte: Domus Pauperum Scala Coeli. Enseguida se pasa al doble patio, formado por arquerías de medio punto sobre columnas toscanas, con sus dos fuentes con estatuas religiosas y los paneles de azulejos con escenas de la Pasión de Cristo repartidos por los inmaculados muros.
     La iglesia es lo mejor del conjunto. Aun­que no muy grande -tiene una sola nave- es un templo espectacular, más que nada por los tesoros que guarda. Para empezar, a un lado y a otro del sotocoro se encuentran dos sobre­cogedoras obras de Valdés Leal, pintadas entre 1671y 1672: In ictu oculi; es decir, "en un abrir y cerrar de ojos", enfrente de la puerta de acceso, con el esqueleto que parece apoderarse de las galas y esplendores de este mundo, y, en el otro lado, Finis gloria mundi; o "el fin de la gloria del mundo", cuya primera visión, según se cuenta, hizo exclamar a Murillo, amigo de Mañara: "Compadre, para ver esto hay que taparse las narices", a causa de los realistas cadáveres de un rey, un obispo y un caballero de la Orden de Calatrava que en él figuran. Valdés Leal pintó también la Exaltación de la Santa Cruz, que figura encima del coro y que suele descubrirse al abandonar la iglesia, y los murales que decoran la cúpula que cubre el teórico crucero. De los lienzos que pintó Murillo, cuatro fueron robados, como tantas obras de arte de Sevilla, por el mariscal Soult, jefe de las tropas francesas que se apoderaron de la ciudad en 1810. Estos tienen otro tono. En el muro de la izquierda se encuentran, en sus respectivos retablos, el conocidísimo San Juan de Dios transportando a un enfermo, una Anunciación y un Niño Jesús. En el muro de la derecha, se ve, igualmente de Murillo, el maravilloso Santa Isabel de Hungría, inmenso en su composición, en su colorido y en el espectacular uso de la luz. En los muros del antepresbiterio figuran Moisés haciendo brotar el agua de la roca y, enfrente, la Multiplicación de los panes y los peces. El altar mayor es un precioso cuerpo barroco presidido por el Entierro de Cristo, un colorista relieve tallado por Bernardo Simón de Pineda, al que flanquean las figuras de San Jorge y San Roque, que como las de la Fe, la Esperanza y la Caridad fueron realizadas por Pedro Roldán, autor también del Santo Cristo de la Caridad, en el retablo del mismo nombre, situado en el muro de la epístola, y la imagen que corona el tornavoz del púlpito, otra Caridad. Todavía hay que destacar en la iglesia las fantásticas yeserías que cubren la bóveda y los arcos, con motivos geométricos y espesos follajes vegetales.
     En el patio, al lado de la iglesia, puede visitarse también la antigua sala de cabildos, convertida hoy en un pequeño museo. La institución mantiene una sala de exposiciones en el antiguo refectorio, con mucha actividad y con entrada libre. En la calle, junto al hospital, se alza la fachada de la iglesia, más allá de un pequeño compás. Concebida a modo de retablo, sorprende ante todo por su ligereza, por su luminosidad, tan en contraste con el ambiente austero que se respira en el hospital. En ella destacan, además del equilibrio entre sus elementos, los cinco paneles de azu­lejos, diseñados por Murillo, y el campanario, uno, sin duda, de los más alegres de Sevilla (Rafael Arjona, Lola Walls. Guía Total, Sevilla. Editorial Anaya Touring. Madrid, 2006).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Jorge, mártir;
LEYENDA

   Santo fabuloso a quien se considera oriundo de Capadocia, a causa de una confusión con otro san Jorge, obispo arriano de Alejandría.
   Su leyenda, que fue rechazada por el concilio del siglo V como apócrifa, según el presbítero Delehaye, es sólo un cuento de Las Mil y una Noches. Oficial de una legión romana, atravesó una ciudad aterrorizada por un dragón que devoraba hombres y animales. Para calmar el hambre del monstruo, los pobladores le entregaban dos ovejas diarias, y luego, cuando todo el ganado ovino fue sacrificado, le entregaban dos jóvenes elegidas por sorteo.
   Un día la suerte recayó en la hija del rey. Cuando la joven estaba a punto de ser devorada, apareció san Jorge, quien espoleó el caballo y cargó sobre el dragón al que a travesó con su lanza.
   Según la Leyenda Dorada, sólo lo habría herido, después de lo cual, habría pedido a la princesa que anudara su cinturón alrededor del cuello del monstruo que la seguía como un perro llevado por la correa. El santo distribuyó entre los pobres el dinero que le diera el rey como recompensa.
   Después de su victoria sobre el dragón, viene su Pasión. Habría sido martirizado en 303. El hagiógrafo enumera con complacencia los espantosos suplicios que debió padecer por haberse negado a ofrecer sacrificios a los ídolos durante la persecución de Diocleciano.
   Para comenzar, fue estirado en un potro de tormento, desgarrado con garfios de hierro, sometido a la tortura de los borceguíes de hierro calentados al rojo y guarnecidos de clavos puntiagudos, suspendido cabeza  abajo encima de un brasero... Resistió  milagrosamente todas estas pruebas.

   Entonces un mago preparó veneno para darle muerte. En principio molió una serpiente venenosa en una copa, pero la dosis demostró ser insuficiente; luego reunió numerosas víboras en un mortero; pero Jorge se tragó la mezcla volviéndola inofensiva con una señal de la cruz, y no experimentó daño alguno.
   Como santa Catalina, fue atado a una rueda erizada de espadas, pero el instrumento de tortura fue partido por los ángeles que descendieron del cielo. Sumergido en un caldero lleno de plomo fundido, bastó que hiciera una señal de la cruz para que experimentara los efectos de un baño refrescante. En un templo pagano al que le condujeran por la fuerza, invocó a Dios y éste derribó a todos los ídolos. Luego fue atado a la grupa de un caballo y arrastrado desnudo sobre las calles empedradas. Cansados de tantos esfuerzos, sus verdugos acabaron decapitándole. Sus miembros, serrados por uno de los sayones, fueron arrojados a un pozo del cual un ángel retiró la cabeza.
   ¿Cuál es el origen de estas fábulas?

   El tema de la lucha contra el dragón y de la liberación de la princesa ya se encontraba en la leyenda griega de Perseo y Andrómeda y el Perseo de los griegos es a su vez una variante del dios egipcio Horus a quien se representa a caballo y atravesando con su lanza a un cocodrilo.
   Por tanto, san Jorge sería la réplica cristiana de Horus, vencedor de Set. Los cristianos de Siria hicieron de su lucha contra el dragón el símbolo de la conversión de Capadocia. Más tarde, la princesa salvada del dragón se interpretó como el símbolo de la Iglesia cristiana entera arrancada a sus perseguidores por el emperador Constantino.
   El dragón parece haber sido en su origen una personificación del mar y del guardián de las fuentes. Es por eso que san Jorge, al igual que Apolo, Hércules y Perseo lo matan a orillas del mar, de un río o de una marisma. Entre los cristianos se convirtió en el símbolo del paganismo.
   Los cristianos de Oriente, en principio aplicaron esta leyenda de origen egipcio y griego a san Teodoro, otro santo militar que fue suplantado por san Jorge a partir del siglo XI.
   Por otra parte, es posible que en el origen del tema haya un error de interpretación de las imágenes del emperador Constantino.
CULTO

   Nacido en Oriente, el culto de san Jorge permaneció localizado durante mucho tiempo en Palestina, en Lidia y entre los coptos de Egipto, cuya ciudad de Gergeh está consagrada a él. Desde allí pasó a Constantinopla que en la Punta del Serrallo puso bajo la advocación de San Jorge de Manganes un gran monasterio.
   Pero es falso que se haya introducido en Occidente en la época de las cruzadas. Dicho aserto está desmentido por el estudio de los patronazgos datados. Numerosas iglesias estaban puestas bajo su advocación con anterioridad al siglo XII, por ejemplo, la de Lirnburgo an der Lahn, en Praga. Lo cierto es que fue adoptado por los cruzados en Tierra  Santa, tal como sucedió con el Apóstol Santiago de Compostela en la Cruzada de España. Corrían las mismas leyendas acerca de uno y otro santo. Después de la toma de Antioquía, san Jorge, montado sobre un caballo blanco, habría acudido en socorro de los cruzados junto a los santos militares Demetrio y Mercurio, y habrían con­seguido poner a los sarracenos en fuga. Desde entonces, se lo considera el tipo ideal del paladín, el parangón y el modelo de todas las virtudes caballerescas. 

 De ahí su popularidad en las novelas de caballería. San Jorge y la princesa liberada reaparecen en el Orlando furioso de Ariosto, con los nombres de Rogelio y Angélica, y a pesar de la deformación caricaturesca de la novela satírica de Cervantes, aún se lo reconoce en la pareja de Don Quijote y Dulcinea. En Italia fue elegido patrón por las Repúblicas de Génova y de Venecia que no le dedicaron menos de tres iglesias: San Giorgio Maggiore, S. Giorgio Dei Greci y San Giorgio degli Schiavoni. En Cataluña lo adoptó Barcelona, de manera que tres de los mayores puertos del Mediterráneo acordaban en rendirle homenaje. Además, tiene otras iglesias puestas bajo su advocación en Verona y en Roma (San Giorgio in Velabro).
   En Alemania,  su culto fue patrocinado a principios del siglo XI por el emperador san Enrique II que le dedicó una iglesia en Bamberg. Más tarde se convirtió en patrón de los caballeros de la orden Teutónica y se incluyó en el grupo de los Catorce Intercesores. En el siglo XV, el teatro de los Misterios puso en escena el auto de fe Ludus draconi o Juego del dragón, que en alemán se llamó Drachenstich, y en el cual un ángel entregaba su escudo a san Jorge. El emperador Maximiliano profesaba una devoción particular por el santo caballero a quien está dedicada la iglesia benedictina de Weltenburg, a orillas del Danubio.

   Pero sólo en Inglaterra  llegó a convertirse en un santo nacional a partir de 1222, año del sínodo de Oxford. Se contaba que había desembarcado en Gran Bretaña, como el apóstol Santiago en Galicia, y que llegó por el estrecho del mar de Irlanda, que lleva su nombre. Su popularidad data del reinado de Ricardo I quien, durante la cruzada, se puso con su ejército bajo la protección particular de san Jorge. Además, el santo fue elegido patrón de la orden de la Jarretera, instituida en 1349 por Eduardo III. En Inglaterra hay más de ciento sesenta iglesias puestas bajo su advocación. Sustituyó a san Eduardo el Confesor, quien era venerado desde el siglo IX como patrón de Gran Bretaña. Santo esencialmente militar a causa de su heroico combate contra el dragón, es el patrón de los caballeros y de los jinetes (patronus equitum, christianorum militum propugnator); de los arqueros y de los ballesteros, así como de las dos corporaciones de artesanos que proveen suministros a los combatientes: los armeros y los plumajeros o fabricantes de los grandes penachos de plumas para los morriones o cascos de guerra o de torneo, como el que lleva san Jorge en su cimera y de los guarnicioneros, puesto que el santo se mantenía bien en la silla.
   En griego, su nombre, que significa trabajador de la tierra, le ha valido el patronazgo de los labriegos.
   Se recurría a su protección para los caballos, porque es un santo jinete, y también se lo invocaba contra las serpientes venenosas porque mató un dragón. Además, se recurría a su protección contra la lepra, la peste y la sífilis.
   A partir del siglo XVI el culto de san Jorge, quien personificaba el ideal caballeresco de la Edad Media, perdió su razón de ser cuando la artillería reemplazó los combates singulares con lanza y espada. Y la Reforma le asestó el tiro de gracia.
ICONOGRAFÍA
   Está representado joven e imberbe, en armadura de caballero, ya a pie, ya en caballo. Su pelo rizado desciende muy abajo de la frente, a diferencia de san Demetrio que lleva el cabello corto.

   Además del dragón bramando a sus pies, tiene como atributos una lanza partida (lo que lo diferencia de san Longinos en la Madonna  della Vittoria de Mantegna), una espada desenvainada, un escudo con una cruz estampada y una bandera blanca con una cruz roja (en términos de heráldica: una cruz de gules sobre campo de plata)  que le había sido entregada por un ángel.
   La bandera de san Jorge se convirtió en la enseña nacional de Inglaterra. Cuando está representado como patrón de la orden de la Jarretera (como en el cuadrito de Rafael), tiene una jarretera anudada alrededor de la rodilla, sobre la cual se lee la divisa: Honni soit qui mal y pense.
   El caballo blanco que monta es quizá un recuerdo de muy antiguas tradiciones, puesto que entre los mazdeístas el blanco era el color de los caballos sagrados (Herodoto, VII, 40) y Capadocia estaba impregnada de influencias persas (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Pedro Sánchez Falconete, autor del proyecto de la obra reseñada;
     Pedro Sánchez Falconete, (Sevilla, 1587 – 1666). Arquitecto de la Catedral, del Ayuntamiento y de la Casa Lonja de Sevilla.
     Hijo del arquitecto Esteban Sánchez Falconete y Jerónima de Mata, aprendió el oficio junto a su padre, adquiriendo los conocimientos teóricos necesarios para el diseño y la traza, así como la práctica en el uso y posibilidades de los materiales. Además de la intervención lógica en las obras paternas, Falconete entra en contacto, en sus primeros años, con los principales arquitectos del ámbito sevillano, como Juan de Oviedo y Diego López Bueno, colaborando y ejecutando proyectos trazados por los citados maestros.
     Con todo este bagaje inicial, no es de extrañar que lograra acaparar las maestrías mayores de la Catedral, Ayuntamiento y Casa Lonja, en Sevilla. En este sentido, en 1625 inicia su relación con el Cabildo de la ciudad, con su designación como sustituto del arquitecto Andrés de Oviedo, alcanzando el puesto de maestro mayor diez años más tarde. En 1629, es nombrado maestro alarife de albañilería de la Catedral, como ayudante de su padre, y un año después, tras la muerte de Miguel de Zumárraga, obtiene la maestría mayor. Por último, en 1638 obtiene el mismo cargo en la Casa Lonja, puesto este último que ocuparía hasta 1654, año de la conclusión del edificio.
     Su producción arquitectónica es amplia y variada, abarcando obras religiosas, civiles, efímeras, de infraestructura y urbanismo, etc. El trascoro de la Catedral de Sevilla, sus diseños para los túmulos funerarios de la reina Isabel de Borbón y del rey Felipe IV y, su más grande creación, la iglesia del Hospital de la Caridad de Sevilla, definen la gran importancia que tuvo Falconete en el contexto de la arquitectura sevillana del siglo XVII.
     Su rica trayectoria vital y laboral, se fue enturbiando con la muerte de su mujer y algunos de sus hijos, y la rotura de una pierna en 1648. A pesar de ostentar tres cargos tan importantes, no tuvo una economía desahogada, solicitando en numerosas ocasiones préstamos a las distintas instituciones donde ejercía como maestro mayor (Juan Antonio Arenillas, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
Conozcamos mejor la Biografía de Miguel de Mañara, quien patrocinó la obra reseñada;
     Miguel Mañara Vicentelo de Leca, Sevilla, 3 de marzo de 1627 – 9 de mayo de 1679. Caballero de la Orden de Calatrava y “gran limosnero de Sevilla”.
     A Miguel Mañara se le ha querido confundir a veces, fruto de la literatura romántica francesa del siglo XIX, con el mismo Juan Tenorio, que de gran pecador de disipada juventud, se convirtió en el gran arrepentido, de penitente y piadosa vejez. Nada hay en la juventud de Mañara, que tenga algo que ver cun esis “crímnes tan numeroso —que le atribuye E. Van Loo— como numerosos eran sus triunfos amatorios”; ni nada semejante a ese “llibertini cavallero” que presenta: el de “la espada continuamente ensangrenyada”. Contrario es el juicio que le merece a Marañón, maestro indiscutible en la materia: “Durante toda la época romántica hasta nuestros tiempos —escribe— se ha personificado el donjuanismo en un sevillano del más alto valor emocional, en Don Miguel de Mañara [...], que todavía goza de un alto prestigio de Don Juan. Es igualmente un error, y no sólo porque Mañara es muy posterior a Tirso de Molina y no pudo, por tanto, ser su modelo, sino porque Mañara fue, ante todo, un místico”.
     Nació en Sevilla de una familia rica, originaria de Córcega. Su padre, Tomás, había vuelto de sus viajes al Perú con fama de grosario o de opulento comerciante.
     Pasó los días de su juventud entre las naturales diversiones y el ambiente cristiano de su familia. A los veinticuatro años, el ya caballero de Calatrava quedó de único heredero de la gran fortuna de sus padres, en aquella Sevilla, “amparadora de pobres y refugio de desdichados”, que era considerada entonces como una de las ciudades más ricas de Europa. En 1648 casó con Jerónima Carrillo de Mendoza, de la alta nobleza sevillana. Ésta murió pronto y fue entonces cuando Mañara, quien, al decir de sus contemporáneos, vivía “cuerda y cristianamente”, dio un nuevo cambio de vida. El mismo Mañara confesó que “vivía muy gustoso y teníase por muy afortunado con la compañía de doña Jerónima, su mujer, de quien cada día iba haciendo mayor estimación, al paso que iba conociendo los quilates de su mucha virtud, fuera de las demás prendas que la hacían singularmente amable”.
     Cuando murió Jerónima, contaba con treinta y tres años de edad. En un golpe de gracia, aprendió entonces “a conocer con gran claridad la brevedad de la vida, la certidumbre de la muerte y la vanidad de las glorias del mundo”. Su sobrino, el marqués de Paradas, cuando corrió a su encuentro en la soledad de Montejaque (señorío de Jerónima), le halló “poseído de un sentimiento, aunque muy grande, muy prudente y católico, deseando sólo aprovecharse de golpe semejante y acabar de desatar las pigüelas de este mal mundo, que tanto impiden para volar al cieño”. Pasó, entonces, por un proceso de “conversión interior”; poco a poco se fue desprendiendo de sus inmensos bienes y pronto fue considerado como el gran limosnero de la ciudad. Entró en la cofradía de la Santa Caridad, que se dedicó a favorecer a pobres y necesitados, llegando a ser de por vida hermano mayor de la misma. En una de las actas del Cabildo se lee que “propuso el señor don Miguel Mañara que el principal instituto de la Santa Caridad de Nuestro Señor Jesucristo es cuidar de los pobres, y que los mendigos son los que tienen primer lugar como más desvalidos que andan a la inclemencia del tiempo de noche y de día, del que ha resultado morirse muchos aceleradamente.
     Y que le parecía acudir a estos daños, haciendo el cabildo que los dichos pobres mendigos se recojan de noche y se les dé para que no padezcan mayor daño. Y allí, con lo que pueda, la Hermandad los socorra para que puedan dormir y enjugarse si estuvieren mojados”.
     “Hospicio de pobres y peregrinos”, como llamaban a la Santa Caridad, hizo construir para ella una hermosa capilla, en la que dejaron obras maestras sus amigos Roldán, Valdés Leal y Murillo. Habiéndose desprendido de todos sus bienes, se quedó a vivir en una humilde celda de la Caridad, donde escribió su memorable Discurso de la verdad, y murió santamente el 9 de mayo de 1679. En el Libro nuevo de hermanos se anota lo siguiente: “Murió el día 9 de mayo de 1679 con grande opinión de santidad. Fue padre y restaurador de esta Hermandad. Está su venerable cuerpo debajo del presbiterio de esta santa iglesia de la Caridad, encima de la cual, en una losa, están recopiladas sus heroicas virtudes [...] No merecimos tanto bien. Viva eternamente en la feliz compañía de los Santos”. En los sevillanos quedó la memoria de Miguel Mañara como “limosnero de la ciudad, “varón justo”, “padre de los pobres y consuelo de los afligidos”.
     Se abrió su proceso de beatificación, que todavía sigue pendiente en Roma (Francisco Martín Hernández, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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Horario de apertura de la Iglesia de San Jorge (Hospital de la Santa Caridad):
     Lunes a Sábados: de 10:00 a 19:30
     Domingos y Festivos: de 10:00 a 12:30, y de 14: a 19:30

Horario de misas de la Iglesia de San Jorge (Hospital de la Santa Caridad):
     Domingos y Festivos: 13:00

Página web oficial de la Iglesia de San Jorge (Hospital de la Santa Caridad):  www.santa-caridad.es/es/capilla/

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