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sábado, 25 de noviembre de 2023

La pintura "Santa Catalina", anónima del taller de Zurbarán, en la sala VI del Museo de Bellas Artes

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Santa Catalina", anónima del taller de Zurbarán, en la sala VI, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
     Hoy, 25 de noviembre, se conmemora a Santa Catalina, mártir, según la tradición, fue una virgen de Alejandría dotada tanto de agudo ingenio y sabiduría como de fortaleza de ánimo. Su cuerpo se venera piadosamente en el célebre monasterio del monte Sinaí, en el actual Egipto (s. inc.) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II]. 
     Y qué mejor día que hoy para ExplicArte la pintura "Santa Catalina", anónima del taller de Zurbarán, en la sala VI, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
     El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
     En la sala VI del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "Santa Catalina", obra anónima del taller de Francisco de Zurbarán (1598-1664), siendo un óleo sobre lienzo en estilo barroco, pintado hacia 1640-50, con unas medidas de 1,73 x 1,03 m., y procedente del Hospital de las Cinco Llagas de Sevilla, depositado el 12 de marzo de 1920.
      Es una obra de similar factura a las restantes de la serie, en las que se atiende con singular esmero a la indumentaria.
     El simbolismo de la rueda nos representa el potro de tortura a la que fue sometida la santa y el atuendo muestra el anacronismo característico zurbaranesco (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
   Muchas fueron las series de Santas que se pintaron en Sevilla a lo largo del segundo tercio del siglo XVII y ciertamente Zurbarán realizó algunas de ellas, hoy dispersas e incompletas. Pero desgraciadamente la serie de Santas que conserva el Museo no es de Zurbarán y ni siquiera puede señalarse que sean obras de su taller. En el actual conocimiento que tenemos sobre la pintura sevillana de esta época permite pensar que pertenecen a uno de los anónimos imitadores de Zurbarán, que siguen fielmente su estilo, con menor talento y habilidad técnica. Los imitadores del artista realizaron este tipo de pinturas con insistencia, dado que la demanda del público hacia ellas era constante y debido también a que el precio que cobraban estos maestros secundarios no era excesivo.
   Realizadas para ser colocadas en la parte alta de los muros de las iglesias, estas series de santas que solían tener ocho componentes se repartían en igual número en cada lado de las naves formando un cortejo que simulaba dirigirse hacia el altar mayor.
   Esta serie no fue nunca mencionada en el pasado y el primero que lo hizo fue el escritor Félix González de León en 1884, cuando al describir el Hospital de la Sangre, de donde procede, mencionó "ocho cuadros situados en alto, de Francisco de Zurbarán que de cuerpo entero representan ocho santas vírgenes... en los que el autor se esmeró en los ricos y recamados ropajes que llaman la atención de todos el que los mira". Ciertamente algunas de las santas llevan trajes con profusión de bordados minuciosamente reproducidos, pero sabemos que este menester de copiar telas con precisión es justamente el que realizaban siempre en los talleres los discípulos del maestro, reservándose éste siempre las partes más creativas.
   Hay que señalar además que el autor de esta serie debió de ayudarse de colaboradores, puesto que en las pinturas se advierten tipos físicos y técnicas de diferente personalidad que hacen muy superiores unas pinturas con respecto a otras. Si en algo se pudiera dudar sobre la no pertenencia a Zurbarán de estas pinturas, un atento examen de sus rostros duros e inexpresivos en su mayoría evidencia una excesiva torpeza a la que Zurbarán jamás descendió. Por otra parte, el examen de las manos de las santas termina por reflejar una inferioridad técnica que Zurbarán nunca practicó, ya que justamente en la ejecución de este tipo de detalles sobresalió con su enorme calidad.
   La presencia de este conjunto de santas en la iglesia del Hospital de la Sangre está justificada por su carácter protector y milagrero y al mismo tiempo por el ejemplo de aceptación del dolor en el momento de su martirio (Enrique Valdivieso González, La pintura,  en El Museo de Bellas Artes de Sevilla. Tomo II. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de Santa Catalina de Alejandría, virgen y mártir
LEYENDA
   No se puede hablar de una historia de Santa Catalina puesto que su vida, que se contó por primera vez en el Menologio de Basilio, y fue popularizada en Occidente por la Leyenda Dorada, es del todo fabulosa. Su nombre no figu­ra en texto alguno de la Antigüedad cristiana, ni litúrgico ni literario.
   Tal vez su leyenda haya sido influida por su nombre, derivado del griego katharos, que significa puro. Se contaba que la virgen de Alejandría, como muchas otras santas, era de «alto linaje», e incluso hija de rey, porque estaba representada con la corona del martirio en la cabeza. Como Alejandría te­nía fama de ser un centro de la ciencia, se supuso que se había abocado al estudio de la filosofía, y se la convirtió en una suerte de Palas cristiana, o, como decían peyorativamente los protestantes, de «Palas de los papistas». Sin duda, los cristianos la asimilaron a la célebre filósofa pagana Hipatia. Un ermitaño la convirtió proponiéndole a Jesús, cuya imagen le mostró, como único novio digno de su cuna, belleza y precoz sabiduría. De ahí nació la tardía leyenda de sus Desposorios místicos, que no se encuentra en la primera re­dacción de la Leyenda Dorada, y que aparece por primera vez en el siglo XV, en la traducción inglesa redactada en 1438 por F. Jean de Bungay.
   Esta historia, llamada a una popularidad tal que ha inspirado tanto a los ar­tistas primitivos de finales de la Edad Media como a los pintores del Renacimiento, se incorporó a la tradición que asegura que Catalina habría respondido al emperador Maximiano, que quería casarse con ella, que era novia de Cristo. El clérigo inglés habría tomado de manera literal esta expresión, corriente en la literatura hagiográfica. También es posible que la fuente de esta leyenda sea, como suele suceder, un despropósito «Óptico» derivado de las imágenes en que la santa era representada con una rueda, instrumento de su martirio. Esa rueda, a veces minúscula, habría sido confundida con un anillo de compromiso a causa de sus pequeñas dimensio­nes.
   Entre el anillo de los Desposorios místicos y la rueda del suplicio se sitúa un episodio de la leyenda no menos popular: el torneo filosófico. En él, la virgen muy pura, asistida por un ángel, desafió a cincuenta doctores de Alejandría cuyos argumentos refutó victoriosamente. Los cincuenta doctores expia­ron su derrota con crueldad: convertidos al cristianismo por su joven adversaria, fueron condenados a morir en la hoguera.
   Ese auto de fe sirve de preludio al martirio de la santa. El tirano la hizo azotar con vergajos, y luego encerrar en la cárcel, donde ella convirtió a la emperatriz. Entonces llegó el suplicio de la rueda o, más bien, de las ruedas dentadas. Pero las dos ruedas erizadas de hojas afiladas, que debían despedazarla, fueron milagrosamente partidas por un rayo que cegó a los verdugos. Al no saber cómo acabar con ella, su perseguidor la hizo decapitar, y de su heri­da, en vez de sangre manó leche.
   Los ángeles habrían transportado a la cima del monte Sinaí, por aire, pero separadamente, su cabeza y cuerpo. Este último detalle, de origen monás­tico, fue inventado por los monjes del monasterio local que pretendían ha­ber encontrado sus huesos, y que así querían atraer la atención de mayor número de peregrinos hacia el monte ya santificado por la aparición de Yavé a Moisés.
   La leyenda se funde así con el culto, cuyo apoyo y alimentación constitu­yen su objetivo.
CULTO
Lugares de culto
   Aunque vinculada por su nacimiento y martirio a la ciudad de Alejandría, santa Catalina era reinvindicada en Oriente por la isla de Chipre, de la cual su padre habría sido rey. Por esa razón es la patrona de la célebre patricia veneciana Catarina Cornaro, que fue reina de Chipre.
   El centro principal del culto de santa Catalina en Oriente ha sido el monasterio del Sinaí, que se puso bajo su advocación en el siglo IX, después de la invención de sus reliquias. Reemplazó a Moisés y la Zarza ardiendo en el mon­te sagrado.   
   Desde el Sinaí y Alejandría, en la época de las cruzadas el culto se difundió en Italia, sobre todo en Venecia, donde sin duda resultó favorecido por la devoción a otro santo de Alejandría, el evangelista san Marcos.
   De allí pasó a Francia. El monasterio benedictino de La Trinité au Mont, próximo a Ruán, habría recibido fragmentos de sus reliquias a partir del siglo XI. En el siglo XIV, París puso bajo su advocación la iglesia hoy desaparecida de Sainte Catherine de la Couture o du Valdes Écoliers. La peregrinación de santa Catalina de Fierbois, en Turena, era muy frecuentada por Juana de Arco, ésta la habría visto aparecerse junto a santa Margarita y el arcángel san Miguel.
   Alemania le ha reservado un lugar entre santa Margarita y santa Bárbara, en el grupo de los Catorce Intercesores y la triada de las Vírgenes capitales que se llaman die drei heiligen Madeln.
Fundamentos de la devoción a santa Catalina
   ¿Cómo se explica la excepcional popularidad de esta santa fabulosa de Egipto y del Sinaí?
   La intercesión de santa Catalina en la Edad Media se consideraba particularmente eficaz por varias razones.
   1. En principio, a título de novia mística de Cristo, Jesús no podía negarse a satisfacer las plegarias de su novia, al igual que las de su madre. La influencia que se le atribuía venía inmediatamente después de la de Nuestra Señora.
   2. Además, se confiaba en su habilidad como abogada, ya que su dialéctica se había impuesto a cincuenta doctores de Alejandría elegidos entre los más sa­bios.
   3. Por último, la Leyenda Dorada reforzó aún más la popularidad de santa Catalina, asociándola a santa Bárbara como protectora de los moribundos.
   «Mientras se la conducía al suplicio, con los ojos dirigidos al cielo, ella dijo: Esperanza y salvación de los creyentes, Jesús, mi buen maestro, satisface mi plegaria. Haz que toda persona que me invoque en horas de peligro sea so­corrida, en memoria de mi martirio.»
   «Y desde lo alto del cielo una voz respondió: Ven mi querida novia, las puertas del cielo están abiertas ante ti. Y a quienes veneren piadosamente tu memoria les prometo el socorro que pidan.»
   Tales son las bases de la devoción a santa Catalina, que se hizo popular hasta el punto de sustituir a las patronas de los nombres de pila. En la portada de la cartuja de Champmol les Dijon, es ella y no santa Margarita quien presenta a la duquesa Margarita de Borgoña ante la Virgen adosada al entrepaño.
Patronazgos
   Si bien la «clientela» de santa Catalina procedía de todas las clases sociales, se la consideraba protectora de ciertas categorías de fieles en particular.
   Sus múltiples patronazgos, cuyas relaciones son tan interesantes para estudiar como el desarrollo semántico de los significados de una palabra, se explican por los episodios principales de su leyenda: los Desposorios místicos, la Disputa con los doctores de Alejandría y el Suplicio que le aplicaron con las ruedas dentadas.
   1. Como novia de Cristo, es la patrona de las jóvenes casaderas. A ellas estaba reservado el privilegio de tocar la cabeza de la estatua de santa Catalina con una corona de flores. Una vez casadas, perdían ese derecho. Por ello, la expresión tocar a santa Catalina adquirió el sentido de quedarse solterona.
   2. Su duelo filosófico contra cincuenta doctores le habría valido el homenaje de toda la clerecía: teólogos y filósofos, estudiantes y escolares, y en consecuencia las universidades, la más célebre de las cuales era la de París. Por ello, la imagen de santa Catalina formaba parte del sello de la Sorbona.
   3. Sus otros patronazgos se explican casi todos por la rueda que fuera el instrumento de su martirio. Por esa razón era reivindicada no sólo por el tribunal eclesiástico de la Rota, sino además por todos los oficios -y son nu­merosos- que se servían de ruedas: carreteros, molineros,  torneros, alfareros, afiladores. A ellos deben sumarse las hilanderas que hacen girar el torno, y los barberos, puesto que las ruedas que debían desgarrar a santa Catalina estaban erizadas de láminas afiladas como navajas de afeitar.
   Según una tradición popular muy difundida, las ruedas de madera de sus estatuas permitían descubrir los cuerpos de los ahogados: se las arrojaba al río y se detenían sobre el cadáver que sólo debía sacarse del agua. Se atri­buían las mismas virtudes a la rueda de san Donaciano de Brujas, que se di­ferencia de la de santa Catalina por cinco cirios encendidos.
   4. Debe señalarse, por último, que aunque virgen, es patrona de las nodrizas, porque de su cabeza cortada no brotó sangre sino leche.
ICONOGRAFÍA
   Se ha intentado resumir la iconografía de santa Catalina en dos versos mnemotécnicos de la oración que le dirigían los fieles:
          O Katherina, tyrannum superans,
          Doctos docens et rotas lacerans
   Es cierto que está representada como princesa real, con la corona en la cabeza, pisoteando al emperador Maximiano, su perseguidor; el libro que tie­ne en la mano alude a su ciencia; las ruedas quebradas por el rayo recuerdan el suplicio fallido. Pero esta enumeración de sus atributos es incompleta: fal­ta en ella el anillo de sus desposorios místicos, la espada de la decapitación y la palma del martirio.
   Según la mayoría de los iconógrafos, el anillo derivaría de la rueda que a su vez provendría de una esfera celestial, emblema de su ciencia filosófica. Se tra­taría de una  catarata de despropósitos y errores iconográficos. La esfera celestial, tomada por una rueda, habría engendrado la leyenda del suplido con ruedas dentadas; la ruedecilla tomada por un anillo habría dado nacimiento a la leyenda de los Desposorios místicos con el Niño Jesús.   
   Sea como fuere, de esta filiación de atributos lo que debe subrayarse es que la rueda se presenta con formas muy variadas: a veces es única, otras es doble, ya lisa, ya erizada de puntas, entera o rota, pequeña o gigante. En ocasiones, está ingeniosamente combinada con la espada, como en una pintura de Joos van Cleve, donde santa Catalina ensarta el eje de la rueda con la punta de la espada.
   Ciertos artistas primitivos, como por ejemplo el Maestro de Brujas de la Leyenda de santa Lucía, cubre a santa Catalina con una túnica constelada de ruedas. Está representada como cefalófora sólo de manera excepcional (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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