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martes, 21 de noviembre de 2023

El relieve de la Presentación de la Virgen en el Templo, en el Retablo de la Purísima Concepción, de Miguel Franco, en la Capilla Sacramental, de la Iglesia de Santa Ana

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el relieve de la Presentación de la Virgen en el Templo, en el Retablo de la Purísima Concepción, de Miguel Franco, en la Capilla Sacramental, de la Iglesia de Santa Ana, de Sevilla.  
     Hoy, 21 de noviembre, Memoria de la Presentación de Santa María Virgen. Al día siguiente de la dedicación de la basílica de Santa María la Nueva, construida junto al muro del antiguo templo de Jerusalén, se celebra la dedicación que de sí misma hizo a Dios la futura Madre del Señor, movida por el Espíritu Santo, de cuya gracia estaba llena su Concepción Inmaculada [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el relieve de la Presentación de la Virgen en el Templo, en el Retablo de la Purísima Concepción, de Miguel Franco, en la Capilla Sacramental, de la Iglesia de Santa Ana, de Sevilla.
     La Iglesia de Santa Ana [nº 86 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 29 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la plazuela de Santa Ana, s/n (también tiene acceso por las puertas laterales en las calles Párroco Don Eugenio -antigua Vázquez de Leca-, y Bernardo Guerra); en el Barrio de Triana Casco Antiguo, del Distrito Triana.
   En la Capilla Sacramental, situada en el muro del Evangelio, construida a mediados del siglo XVI con planta cuadrada. Está presidida por un retablo barroco realizado por Miguel Franco en 1713. Presidido por una talla de la Inmaculada del siglo XVII, relacionada con estilo del taller de Luisa Roldán (Manuel Jesús Roldán, Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).
     La Capilla Sacramental de la Iglesia de Santa Anta, la preside un retablo realizado por Miguel Franco en 1709-13, con unas medidas de 6'42 x 4'35 x 1'19 m., compuesto por banco, un sólo cuerpo de tres calles, ático y remate. Se trata de un retablo camarín flanqueado por columnas salomónicas que soportan el arco que alberga el camarín.
     En el centro del banco se sitúa el sagrario a modo de templete con columnas salomónicas y sobre éste dos pequeñas figuras de ángeles sustentan sendas guirnaldas de flores.
     En las entrecalles del único cuerpo del retablo se abren hornacinas colocadas entre las columnas salomónicas en las se sitúan sobre peanas las imágenes de San José con el Niño, a la izquierda, y San Antonio de Padua a la derecha. La calle central se encuentra ocupada por el gran camarín que alberga la figura de una Inmaculada Concepción entre estípites colocados ya en una época posterior.
     El tratamiento del ático se relaciona aún con los modelos de áticos realizados por Bernardo Simón de Pineda, es decir, un relieve central flanqueado por columnas salomónicas. Así se representa en la calle central el relieve de la Coronación de la Virgen y a ambos lados el Nacimiento de la Virgen, a la izquierda, y la Presentación de la Virgen en el templo, a la derecha. Asimismo entre los mencionados relieves se representan cartelas con símbolos de la Letanías Lauretanas, relacionados directamente con la iconografía del retablo.
     Remata el conjunto el anagrama de María.
     A pesar de la fecha en la que se realiza la obra retablística, ésta repite los postulados de esquemas compositivos anteriores ofreciendo una composición muy conservadora para el momento con un esquema de tres calles, un sólo cuerpo y ático.
     El bajorrelieve escultórico en el que se representa la Presentación de la Virgen en el templo siguiendo la iconografía tradicional, realizado también por Miguel Franco, en 1709-13, con unas medidas de 0'90 x x 0'35 m.
     La escena se desarrolla en el interior del templo donde los padres de la Virgen la llevan con el objeto de consagrarla a Dios. Así en un primer plano se representan a Santa Ana, San Joaquín y dos personajes que observan la escena y que se disponen de perfil y espalda al espectador, rodeando la escalinata del templo. Destaca, por tanto, la magnífica talla en la disposición de éstos en escorzo sobre todo la actitud de San Joaquín que se agacha para ayudar a la niña a subir las escalinatas, así como la naturalidad en el tratamiento de sus ropajes.
     Junto a ellos se representa la escalinata del templo por la que la niña asciende hacia lo alto donde la espera el sacerdote Zacarías que le extiende sus brazos.
     La arquitectura del templo basada en gruesos pilares, bóvedas de medio cañón y sobre todo dos grandes columnas salomónicas que enmarcan el altar, ofrece una mayor profundidad de la escena.
     A pesar de ser un bajorrelieve las actitudes de las figuras y sobre todo las expresiones de las mismas alcanzan un gran realismo y cotidianidad (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     En la parte alta del retablo de la Capilla Sacramental. Bajorrelieve de formato pequeño (apenas un metro) y terminado en medio punto, que por su situación no se aprecia bien, aunque parece obra muy digna, dentro de su carácter secundario u ornamental. Fechable entre 1709 y 1713 (Juan Martínez Alcalde, Sevilla Mariana. Repertorio iconográfico. Ediciones Guadalquivir. Sevilla, 1997).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de la Festividad de la Presentación de la Virgen en el Templo o la Virgen de la Escalera;
   El tema, tomado de los Evangelios apócrifos (Protoevangelio de Santiago, caps. VII y VIII; y Evangelio del Seudo Mateo (cap. IV), en la Edad Media fue popularizado por la Leyenda Dorada.
   Cuando María tuvo tres años, sus padres la condujeron al templo con el objeto de consagrarla a Dios. Para llegar al altar de los holocaustos que se encontraba en el exterior del santuario, era necesario ascender quince peldaños (quindecim gradus) que corresponden a los quince Salmos graduales (120-134), también llamados Cánticos de los grados (cantica graduum) porque eran cantados por el pueblo de Israel cuando ascendía en peregrinación a Jerusalén. María los subió sola, sin la ayuda de nadie, y sin volverse hacia atrás, hacia sus padres, como lo hacen normalmente los niños de esta edad. 
   Así, la Presentación de la Virgen se distingue claramente de la del Niño Jesús. María tiene más años, asciende sola los peldaños y se ofrece ella misma al Señor.
     Interpretación y culto. En el arte de la Edad Media, la Virgen presentada en el templo está prefigurada en el niño Samuel consagrado a Yavé por su madre.
     San Francisco de Sales celebra con devota suavidad el destete de «esta gloriosa Pepona, llevada al templo para ser consagrada, como Samuel, que fue conducido a ese lugar por su madre, y dedicado al Señor a la misma  edad».
     En el siglo XVII, la consagración de la Virgen en el Templo se consideró un símbolo de la vocación sacerdotal: el sacerdote ascendiendo los peldaños del altar se comparó con la Virgen subiendo la escalinata del templo.
     La fiesta de la Presentación, suprimida por Pío V pero restablecida por el papa Sixto V y fijada el 21 de noviembre, gracias a Jean Jacques Olier, que en sus escritos insiste en el «sacerdocio de la Virgen», en París se convirtió en la fiesta patronal del Seminario de Saint-Sulpice y de todo el clero francés.
Iconografía
     La niñita asciende hasta lo alto de la escalinata en cuya cima la espera el sumo sacerdote Zacarías, que a veces la abraza (miniatura de las Homilías del monje Santiago).
     En el arte bizantino (Menologio de Basilio, mosaico de Dafni), detrás de los padres de la Virgen avanza una procesión de niñas que llevan antorchas encendidas, reminiscencia del rito nupcial de la antigüedad. Ese detalle se tomó del Protoevangelio de Santiago (VII, 2), donde se dice que Joaquín hizo encender antorchas a las vírgenes sin mancha, recomendándoles que las dejaran encendidas «por miedo a que la niña se volviera atrás y que su corazón quedara cautivo fuera del templo del Señor.»
     En el cortejo de las doncellas portadoras de antorchas a veces se agrega a la tropa de los sesenta valientes armados de lanzas de la visión de Salomón (Homilías del monje Santiago).
     En Occidente, el arte prefigurativo puso el acento en el carácter simbólico de esta escena de consagración. En una miniatura del Speculum Humanae Salvationis (Munich), la niñita está sentada sobre el altar. Al mismo tiempo, el Speculum encuentra prefiguraciones de la Presentación en el Antiguo Testamento y en la mitología pagana: son el Sacrificio de la hija de Jefté y la historia contada por Valerio Máximo, de unos pescadores que extraen del fondo del mar un trípode de oro que consagran a Apolo (Mensa aurea oblita in templo).
     A partir de finales de la Edad Media, y con mayor razón en la época del Renacimiento y de la Contrarreforma, el arte ya no tiene más en cuenta la tradición fijada por los Evangelios apócrifos. Los pintores ya no se sienten obligados a representar los quince peldaños rituales de la escalinata, y reducen arbitrariamente su número. La «Niñita» no asciende sola los escalones, es ayudada por su madre o por un ángel (Tapices de Beaune y Retablo de Saluces en Bruselas). En la mitad del itinerario se vuelve hacia sus padres que la siguen con la mirada (Orcagna). La escena de separación se hace más humana, y el artista encuentra en ella la ventaja de no mostrar a la Virgen de espaldas. La psicología y la estética se coligan contra el texto y triunfan.
     El carácter religioso de esta consagración de una niña al Señor se desdibuja progresivamente. En la composición se introducen detalles pictóricos. La escalinata se presta a efectos de perspectivas; al pie de los peldaños, Tiziano acuclilla a una vendedora de huevos. Claude Vignon toma de la Presentación de Jesús el motivo de la ofrenda ritual de las dos palomas. Después del concilio de Trento, para acentuar la solemnidad, se introdujeron ángeles turiferarios (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Festividad de la Presentación de la Bienaventurada Virgen María;
   Fiesta de origen oriental, probablemente jerosolimitano, quizá date de la dedicación el veintiuno de noviembre del 543 por orden del Emperador Justiniano de una iglesia en memoria de este episodio mariano transmitido por los apócrifos, sobre todo por el Protoevangelio de Santiago, de la consagración de la Virgen en el Templo a los tres años, sobre las mismas ruinas del Templo de Jerusalén, Santa María la Nueva, y que ha sido confirmada por la arqueología.  Por este origen local, la destrucción de esta iglesia por los persas en el 614 frenó por algún tiempo la extensión de la fiesta. La primera mención clara la encontramos en San Germán Patriarca de Constantinopla del 715 al 730, del que conservamos dos homilías para ella5. En la crónica del monasterio de Studio (Constantinopla) de Teodoro Estudita (+826) se habla de la celebración de esta fiesta.  A partir de Constantinopla se divulga enseguida por Oriente y genera una abundante literatura homilética; así la encontramos celebrada en el mismo día en las Iglesias siria, armenia y maronita, el veintinueve de noviembre en la etíope y el doce de diciembre en la copta. En 1143 pasó a ser de precepto en el Imperio Bizantino, y en 1166 Manuel I Commeno la señala como fiesta de precepto de primera clase. Esta fiesta cobró tal importancia en la Iglesia Bizantina que entró a formar parte del Dodecaorton o ciclo de las doce principales fiestas del año litúrgico y a considerarse de precepto, lo que se mantiene en la actualidad, y su celebración tiene vigilia y se prolonga cuatro días más en vez de ocho por estar dentro del periodo penitencial preparatorio de la Navidad que empieza el quince de noviembre. En Occidente, una vez que no fue introducida en Roma por el Papa Sergio I (+701), empezó a celebrarse en los monasterios griegos del sur de Italia, en donde ya aparece en el siglo IX. De aquí pasó a Inglaterra en el siglo XI.  Pero su lanzamiento definitivo vino de la mano del noble francés Felipe de Mazières, Canciller del Rey de Chipre que, cuando regresó de Oriente a una misión en la corte de Aviñón, trajo consigo un ejemplar del Oficio de los griegos y se lo presentó a Gregorio XI de Beaufort, quien, tras hacerlo examinar por una comisión especial, la celebró con los cardenales adaptando el Oficio griego y autorizó en 1373 su celebración en Aviñón y en algunas otras Iglesias; en el mismo 1373 fue adoptada en la Sainte Chapelle de París. Se propagó la fiesta por Occidente a finales del siglo XIV y durante el siglo XV: en 1418 se introdujo en Metz, en 1420 en Colonia. Pío II Piccolomini la concedió en 1460 con vigilia al Duque de Sajonia. En Toledo fue asignada en 1500 por el Cardenal Cisneros al treinta de septiembre.
   Sixto IV della Rovere la introdujo en Roma en 1472 con Oficio propio. Tras haber sido suprimida por San Pío V Ghislieri, por el decreto Quod a nobis de 1568, debido a su dependencia de los apócrifos, y Sixto V Peretti la restableció oficialmente en la Iglesia Latina por la Bula Intemeratae del uno de septiembre de 1585, ordenándose el Oficio de la Natividad de la Virgen, al que se le cambiaba simplemente el título. Clemente VIII Aldobrandini enriqueció el Oficio y elevó la fiesta, como otras menores de María, a la categoría de doble mayor. En la reforma del calendario de 1969 se redujo a memoria obligatoria con el Oficio del Común de la Virgen. Conmemora no sólo este hecho puntual, independientemente de su historicidad6, sino la vida de María desde su concepción inmaculada y su nacimiento hasta la anunciación, que supone un tiempo de preparación y de afianzamiento de su vocación de entrega voluntaria por completo a Dios (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
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