Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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miércoles, 4 de marzo de 2020

La avenida de los Cisnes, en el Parque de María Luisa


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la avenida de los Cisnes, en el Parque de María Luisa, dando un paseo por ella.
   Hoy, 4 de marzo, es el aniversario de la primera representación del ballet "El Lago de los Cisnes" (4 de marzo de 1877), y ya que tanto la avenida como el ballet tienen como nexo en común a tan bello animal, hoy es el mejor día para ExplicArte la avenida de los Cisnes, en el Parque de María Luisa, de Sevilla.
      El Parque de María Luisa [nº 64 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla], se encuentra en la glorieta de San Diego, s/n (entrada principal, aunque tiene entradas por el paseo de las Delicias y las avenida de María Luisa, y de la Borbolla), en el Barrio de El Prado-Parque de María Luisa, del Distrito Sur.
   En el Parque de María Luisa, podemos pasear por la avenida de los Cisnes, que va de las confluencias de las avenidas Isabel la Católica y de Covadonga con la calle Nicolás Alpériz, a la Isleta de los Patos.

  Consiste en un pequeño paseo, mitad asfaltado, mitad de albero con bancos cerámicos para poder descansar, rodeado de gran arboleda, fundamentalmente plataneros de sombra y setos en toda su extensión, situándose un pequeño kiosco en su zona central. 
   Conozcamos mejor al Cisne, a quien está dedicada esta avenida del Parque de María Luisa;
   El cisne (Cygnus) es una gran ave acuática estrechamente relacionada con los gansos y patos. Es conocido por su temperamento feroz y su comportamiento agresivo, especialmente cuando protege su nido. Los cisnes son aves de cuello largo, cuerpo pesado y patas grandes que se deslizan majestuosamente cuando nadan, y vuelan con ritmos de alas lentos y con el cuello estirado. Migran en formación diagonal o en forma de V a grandes alturas, y ninguna otra ave acuática se mueve tan rápido en el agua o en el aire.
   Existen seis o siete especies de cisnes (vivos), dependiendo de si el cisne de la tundra (Cygnus columbianus) está dividido en dos especies, el cisne de Bewick (Cygnus bewicki) y el cisne silbador (Cygnus columbianus), o si éstos se consideran subespecies dentro de Cygnus columbianus. En Norteamérica, hay cuatro especies de cisnes (trompeta, mudo, tundra y gritón), pero el cisne cantor rara vez se encuentra en Norteamérica y sólo ocasionalmente en las islas aleutianas de Alaska.
Género Cygnus
Subgénero Cygnus
C. vulgar, Cygnus olor, es una especie común de Eurasia templada, a menudo semidomesticada; los descendientes de bandadas domésticas se naturalizan en los Estados Unidos y en otros lugares.
Subgénero Chenopis
C. negro, Cygnus atratus de Australia, e introducido en Nueva Zelanda.
C. de Nueva Zelanda, Cygnus (atratus) sumnerensis, una subespecie extinta del C. Negro de Nueva Zelanda y las Islas Chatham.
Subgénero Sthenelides
C. de cuello negro, Cygnus melancoryphus de Sudamérica.
Subgénero Olor
C. cantor, Cygnus cygnus se reproduce en Islandia y en Europa y Asia subártica, migrando a Europa y Asia templadas en invierno.
C. trompetista, Cygnus buccinator es una especie norteamericana muy similar al cisne cantor (y a veces tratado como una subespecie de él), que fue cazado casi hasta su extinción pero que desde entonces se ha recuperado.
C. silbante, Cygnus columbianus es un cisne pequeño que se reproduce en la tundra norteamericana, más al norte que otros cisnes. Inverna en los Estados Unidos.
C. de Bewick, Cygnus (columbianus) bewickii es la forma euroasiática que emigra de la Rusia ártica a Europa occidental y Asia oriental (China, Japón) en invierno. A menudo se considera una subespecie de C. columbianus, creando la especie cisne de la tundra.
Características
   El cisne es de los miembros más grandes de la familia de las aves acuáticas y se encuentran entre las aves voladoras más grandes. Las especies más grandes, como el cisne vulgar, el cisne trompetista y el cisne cantor, pueden alcanzar una longitud de más de 1,5 m, pesan más de 15 kg y su envergadura puede superar los 3,1 m. Los cisnes emiten una variedad de sonidos desde la tráquea, que en algunas especies se encuentra en bucle dentro del esternón (como en el caso de las grullas); incluso el cisne vulgar, la especie menos vocal, a menudo siseos, hace ronquidos suaves o gruñidos agudos.
   Los cisnes adultos tienen un parche de piel sin plumas entre los ojos y el pico. Ambos sexos son iguales en plumaje, pero los machos son generalmente más grandes y pesados que las hembras.
   Los cisnes tienen patas palmeadas y un cuello largo y delgado. El cuello elegante y clásico curvado es típicamente del cisne negro y el cisne vulgar, mientras que los cuellos de otros cisnes son más rectos.
   Las especies de cisnes del hemisferio norte tienen plumaje blanco puro, pero las del hemisferio sur son blancas y negras. El cisne negro australiano (Cygnus atratus) es completamente negro excepto por las plumas blancas de vuelo en sus alas, y el cisne de cuello negro sudamericano tiene el cuello negro.
   Las patas de los cisnes son de color gris negruzco oscuro, excepto en el caso de las dos especies sudamericanas, que tienen patas rosadas. El color del pico varía; las cuatro especies subárticas tienen pico negro con cantidades variables de amarillo, y todas las demás son de color rojo y negro. El cisne vulgar y el cisne de cuello negro tienen un bulto en la base del pico en la mandíbula superior.
   Los cisnes tienden a estar entre las aves acuáticas que vuelan en ayunas, aunque la velocidad tiende a ser difícil de medir ya que depende de la variable de si hay viento de cola. Por ejemplo, se observa una velocidad máxima de vuelo de 135 k/h para un cisne de tundra (Cygnus columbianus, también llamado cisne de Bewick y cisne silbante).
Hábitat
   Los cisnes pueden vivir en grupos cerca de los estanques de su área. Les gustan las regiones templadas, las zonas que no son heladas (como los polos sur y norte) pero tampoco muy calientes (como las zonas tropicales). Hacen sus nidos cerca de cuerpos de agua poco profundos, que es donde obtienen su alimento.
Distribución
   El cisne vive a ambos lados del ecuador en los hemisferios norte y sur. Las especies del norte tienden a ser de color blanco con pico naranja. Mientras que las especies del sur tienden a ser una mezcla de blanco y negro con picos rojos, naranjas o negros.
Alimentación
   Los cisnes son aves omnívoras, pero tienen una dieta muy vegetariana. Se alimentan de vegetación submarina como algas y plantas acuáticas cuando están en el agua. Y comen una mezcla de plantas, semillas y bayas cuando están en tierra. Los cisnes también comen insectos tanto acuáticos como terrestres y ocasionalmente pequeños peces.
Depredadores
   Debido a su gran tamaño, el cisne tiene pocos depredadores naturales en estado silvestre. Su principal depredador es el humano que los caza por su carne y sus plumas. Otros depredadores son los lobos, mapaches y zorros que se alimentan del cisne y de sus huevos. La pérdida de hábitat y la contaminación del agua son también las principales razones por las que las poblaciones de cisnes están disminuyendo.
Reproducción
    Aunque los cisnes sólo alcanzan la madurez sexual entre los 4 y los 7 años, pueden formar parejas socialmente monógamas desde los 20 meses de edad. Estos lazos duran muchos años y en algunos casos pueden durar toda la vida.
   Los cisnes construyen sus nidos en el suelo, cerca del agua, con ramitas y hojas. A diferencia de muchos otros patos y gansos, el cisne macho ayuda en la construcción del nido. La hembra pone de 3 a 8 huevos y los incuba durante 34 a 40 días mientras el macho se mantiene en guardia para proteger a la hembra y los huevos; y en algunas especies, ambos se turnan para incubar los huevos. Los jóvenes son capaces de correr y nadar unas horas después de eclosionar. Se les cuida cuidadosamente durante varios meses; y en algunas especies, pueden cabalgar a lomos de su madre.
Estado de conservación
   Los cisnes son una especie amenazada debido a la caza, la pérdida de hábitat y la contaminación. Algunas especies están en peligro de extinción. Las poblaciones de cisnes están disminuyendo.
   Los cisnes también son víctimas de la industria del entretenimiento animal y de las mascotas, que se utilizan como adornos en estanques y lagos.
Cultura popular
   Estas magníficas aves son un símbolo de amor o fidelidad debido a sus relaciones duraderas, aparentemente monógamas, y son glorificadas culturalmente en muchos países de todo el mundo.
   Muchos de los aspectos culturales se refieren al cisne vulgar de Europa. Quizás la historia más conocida sobre un cisne es la fábula del patito feo. La historia gira en torno a un patito que es maltratado y despreciado como un patito feo, torpe y más grande, hasta que se hace evidente que es un cisne y es aceptado en el hábitat. Fue maltratado porque los verdaderos patitos son, según la historia, más atractivos que un cisne, pero los cisnes se convierten en cisnes, que son criaturas muy atractivas. Una interpretación es que esta historia trata de la belleza interior por encima de la apariencia física. A menudo se utiliza como metáfora de algo o alguien maltratado o no apreciado al principio o que se siente fuera de lugar, pero que luego se le reconoce su valor.
   Los cisnes son venerados en muchas religiones y culturas, especialmente en el hinduismo. La palabra sánscrita para cisne es hamsa o hansa, y es el vehículo de muchas deidades como la diosa Saraswati. Se menciona varias veces en la literatura védica, y las personas que han alcanzado grandes capacidades espirituales a veces son llamadas Paramahamsa («Gran Cisne«) debido a su gracia espiritual y capacidad para viajar entre varios mundos espirituales. En los Vedas, se dice que los cisnes residen en el verano en el lago Manasarovar y migran a los lagos indios durante el invierno, comen perlas y separan la leche del agua en una mezcla de ambos.
   La iconografía hindú típicamente muestra el cisne mudo. Muchos historiadores suponen erróneamente que la palabra hamsa sólo se refiere a un ganso, ya que hoy en día los cisnes ya no se encuentran en la India, ni siquiera en la mayoría de los zoológicos. Sin embargo, las listas de control ornitológico clasifican claramente varias especies de cisnes como aves vagabundas en la India.
   Las doncellas de los cisnes, metamorfos capaces de transformarse de humano a cisne y viceversa, son un motivo mundial del folclore. La historia típica es la de una doncella de cisne a la que le roban temporalmente sus poderes y la obligan a casarse con un hombre humano.
   Los cisnes aparecen con fuerza en la mitología. En la mitología griega, la historia de Leda y el Cisne cuenta que Helena de Troya fue concebida en una unión de Zeus disfrazado de cisne y Leda, Reina de Esparta.
   La leyenda irlandesa de los Hijos de Lir cuenta que una madrastra transformó a sus hijos en cisnes durante 900 años. Los mitos también existen sobre los cisnes mismos. Una vez se creyó que al morir el cisne mudo, que de otro modo sería silencioso, cantaría bellamente; de ahí la frase «canto de cisne».
   En la mitología nórdica, hay dos cisnes que beben del pozo sagrado de Urd en el reino de Asgard, hogar de los dioses. Según la Prosa Edda, el agua de este pozo es tan pura y santa que todas las cosas que lo tocan se vuelven blancas, incluyendo este original par de cisnes y todos los demás descendientes de ellos. El poema Volundarkvida, o el Laico de Volund, parte del Edda Poético, también incluye a las doncellas de los cisnes.
   En el épico Kalevala finlandés, un cisne vive en el río Tuoni, situado en Tuonela, el reino de los muertos del inframundo. Según la historia, quienquiera que matara a un cisne también perecería. Jean Sibelius compuso la Suite Lemminkäinen basada en Kalevala, con la segunda pieza titulada Swan of Tuonela (Tuonelan joutsen). Hoy en día, cinco cisnes voladores son el símbolo de los países nórdicos y el cisne cantor (Cygnus cygnus) es el ave nacional de Finlandia.
   En la literatura latinoamericana, el poeta nicaragüense Rubén Darío (1867-1916) consagró el cisne como símbolo de inspiración artística al llamar la atención sobre la constancia de la imaginería del cisne en la cultura occidental, comenzando con la violación de Leda y terminando con la Lohengrin de Wagner. El poema más famoso de Darío a este respecto es Blasón, «Escudo de armas» (1896), y su uso del cisne lo convirtió en un símbolo del movimiento poético modernista que dominó la poesía en lengua española desde la década de 1880 hasta la Primera Guerra Mundial. Tal fue el dominio del modernismo en la poesía española que el poeta mexicano Enrique González Martínez intentó anunciar el fin del modernismo con un soneto titulado provocativamente, Tuércele el cuello al cisne, «Wring the Swan’s Neck» (1910).
   Una expresión china sobre los cisnes dice así: «¡Un sapo quiere comer carne de cisne!» Este lenguaje se usa burlonamente en hombres que desean a mujeres que están más allá de su posición en términos de riqueza, clase social o belleza (Animapedia.org).
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martes, 3 de marzo de 2020

Un paseo por la calle Águilas


      Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Águilas, de Sevilla, dando un paseo por ella
   La calle Águilas es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en los Barrios de la Alfalfa y San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo, y va de la confluencia de la plaza de la Alfalfa con la calle Cabeza del Rey Don Pedro a la confluencia de la plaza de Pilatos con la calle Caballerizas
   La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
   La vía, en este caso una calle, está dedicada a las Águilas que decoran la portada de una casa-palacio, que se ubica en el número 16, de dicha calle.
   El primer tramo, hasta Vírgenes, recibía el nombre de Calabaza (o de las Calabazas), comprobado documentalmente desde 1588; entre 1851 y 1853 era conocida popularmente como calle del Infierno por el deplorable estado de su pavimentación. El resto de la calle es nombrado de Santa María de Jesús o de las Monjas de Santa María de Jesús, desde principios del s. XVII (1602), por el convento de religiosas franciscanas allí establecido en la centuria anterior. A principios del s. XVIII alterna esta denominación con la de calle Águilas, por las que flanquean el balcón de la portada de la casa-palacio núm. 16, y que fue construida en el siglo anterior, topónimo que termina imponiéndose. En la reforma del callejero de 1868 Águilas se prolonga hasta Cabeza del Rey Don Pedro y Calabazas desaparece del nomenclátor. Según Santiago Montoto, también se llamó de don Francisco Melgarejo.

   La calle, larga y estrecha, está formada por tres tramos rectilíneos, pero no alineados entre sí. Confluyen por la acera de la derecha Amistad y Lirio, y por la de la izquierda Deán López Cepero y Rodríguez Marín. Junto con San Esteban forma parte del eje de penetración que desde la Puerta de Carmona se dirige a la Alfalfa, y que es considerado el tramo oriental del decumano maximus romano. Ello explica su importancia en la canalización del tránsito desde la periferia al interior del casco histórico, los proyectos de alineación y ensanche y las continuas reparaciones de su pavimento. La mayor parte de de los proyectos de alineación y ensanche corresponden al último tercio del XIX y principios del XX (1877, 1878, 1911 y 1916), como es habitual en estas operaciones urbanísticas en el casco, pero que al no haberse ejecutado en su totalidad, ha dejado algunos entrantes y salientes a lo largo de su recorrido. Las reiteradas peticiones de reparación del pavimento vienen motivadas tanto por la importancia que tiene el tráfico, como por la existencia de caños de agua que desde la Puerta de Carmona llegaba hasta la fuente de la Alfalfa, o por la bajada de aguas sucias en sentido inverso. . Así, a finales del s. XV se plantea la conveniencia de eliminar las curtidurías y tenerías sitas en esta calle o "...sy por ventura la merçed de vosotros señores los quiere dexar en el lugar donde oy día están, nuestro pareçer e consejo sería que les deveys mandar que cada uno dellos faga un sumidero para que eche las aguas del serviçio de su ofiçio, fasiendo en los tales sumideros que asy se fisiesen una sangradera para alto en manera que fablando con reverençia toda la vascosydad que fisiesen de su ofiçio quedase en el sumidero e el agua clara saliese para la sangradera, por manera que no fuese synon el agua clara a los caños de la cibdad donde oy día van" (Sec. 10, 1487-XI-28), Consta un acuerdo de empedrar y enladrillar en 1597 y a lo largo del XVII se suceden peticiones y acuerdos para empedrarla, que alternan con las de reparaciones de cañerías. En el s. XIX son particularmente persistentes las quejas sobre roturas de cañerías y mal estado del pavimento, y las peticiones de reparación, que parecen tener una solución más permanente al instalarse cañerías de hierro en 1852 y al adoquinarse a principios del s. XX (1911-1914). Actualmente posee pavimento de asfalto y aceras de losetas de cemento de desigual anchura, según tramos; se ilumina mediante farolas sobre brazos de fundición adosados a las fachadas.
 
   Las edificaciones son de carácter desigual, pues alternan algunas casas señoriales con las de escalera de principios de siglo y otras de nueva construcción de cuatro plantas. Lamentablemente debe ser mencionada la destrucción de las mejores de ellas, y así de las cinco viviendas catalogadas en Arquitectura Civil Sevillana, sólo se mantiene en pie la núm. 16, del s. XVII, de la que destaca su portada de mármol con pilastras corintias y sobre ella el balcón central con un escudo nobiliario flanqueado por dos águilas también de mármol que, como ya se ha dicho, da nombre a la calle. En ella nació José González y Cuadrado, héroe de la Guerra de la Independencia, fusilado por los franceses. Es de destacar, asimismo, la casa núm. 23, de estilo modernista y obra de Antonio Arévalo Martínez, sobre todo los azulejos del zaguán,  y de la tercera planta que por falta de perspectiva rara vez se contemplan. Finalmente, en el tercer tramo de la calle se levanta el convento de Santa María de Jesús, de religiosas franciscanas. Fue fundado en 1502, pero ha sido objeto de profundas reformas posteriores, sobre todo tras el incendio que sufrió en 1765 y que obligó a desalojar el convento durante un año completo. Su portada está fechada en 1695. En su fachada hay un azulejo que representa a San Pancracio, ante quien acude a orar cada lunes un considerable número de creyentes en petición de trabajo y salud; la aglomeración de personas y de los puestos ambulantes de flores, que se le ofrendan, dificultan el paso, cuando no la hacen intransitable.
   La calle ha cumplido en el pasado y cumple actualmente funciones de tránsito, hostelería y comercio, e históricamente tuvo también una cierta actividad artesanal, como la presencia de curtidurías, tenerías y tintores, ya mencionada, o la existencia de un molino de yeso en el primer tercio del s. XIX (1835). De la función de tránsito es de destacar el tráfico rodado: desde los carros de hortalizas que desde la Edad Media se dirigían a la Alfalfa, a los porteadores de agua del XIX, o los automóviles de hoy, habiéndose alterado el sentido de la circulación a tenor de la reestructuración del tráfico en el casco histórico. También es una vía de gran significado en manifestaciones de tipo religioso, tanto por las procesiones que con carácter esporádico se organizaban en petición de lluvias (así las rogativas de 1737), como las de algunas imágenes de la Virgen que salen en procesión en el día de su celebración (Virgen de la Alegría, que recibe culto en San Bartolomé, o la Virgen de la Luz, con sede en San Esteban), y sobre todo la procesión de la Hermandad de San Esteban que cada Semana Santa hace su recorrido por las calles de la ciudad histórica. Dentro de las funciones de tránsito habría que hacer mención de un hecho anecdótico, recogido por El Liberal el 6 de octubre de 1895: al parecer, la noche anterior el catedrático de la Universidad hispalense y senador Manuel Laraña, fue atropellado por unas vacas de leche, pero afortunadamente sólo sufrió el susto.

   Posee asimismo la calle una función comercial de orden diverso, más presente a medida que se aproxima a la Alfalfa. También es importante actualmente la función hotelera, como lo fue asimismo en tiempos históricos, pues ya en 1588 hay una petición para poner una posada en la antigua Calabaza, y Palacio Valdés hace repetidas referencias a ello en La hermana San Sulpicio: "Después de saludar cortésmente al desterrado de Cantillana y sostener con esfuerzo y coraje una lucha empeñadísima con más de veinte ganapanes que trataban de arrebatarme la maleta, tomé un coche y dí al cochero las señas de una casa de huéspedes situada en la calle de las Águilas, que mi sabio patrón de Marmolejo me había recomendado". [Josefina Cruz Villalón, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
 Águilas, 11. Casa de dos plantas y ático con arquerías separadas por pilastras toscanas.
Águilas, 16. Casa conocida con el nombre de "las Águilas". Sufrió importantes reformas en el siglo XIX, pero conserva algunos elementos anteriores, entre ellos la portada de mármol, con pilastras corintias y cartela en el centro del dintel, sobre la que se abre un balcón flanqueado por dos águilas. En el interior encontramos dos patios. El primero, que realiza las funciones de apeadero, es de columnas toscanas, de mármol de Carrara, que sostienen arcos de medio punto. El segundo, más sencillo, es, también, de columnas toscanas en la planta baja. En la planta superior existen varios artesonados, entre los que destaca el del comedor.
Águilas, 18. Casa de dos plantas con patio de columnas corintias y arcos de medio punto, en la planta baja, y balcones, en la superior.
Águilas, 19 [muy reformada]. Casa de tres plantas, de tipo popular, que posee algunos elementos notables, como los antepechos de los balcones y la cancela de uno de ellos, con rica decoración, así como la cancela del zaguán, fechada en 1830. En el patio, que consta de tres plantas, las dos superiores adinteladas, existe un capitel árabe.
Águilas, 31 [Desaparecida]. Casa del siglo XVII que perteneció a la familia flamenca de los Jácomes, cuyas armas estuvieron pintadas en la escalera. Constaba de dos plantas y un ático, aquéllas divididas por pilastras pareadas en fachada, cuyos vanos eran todos de ventanas, excepto el balcón central. El patio constaba de dos plantas, la galería del frente de la entrada poseía arcos con el intradós decorado y descargaba en el muro por medio de una ménsula en forma de capitel dórico. Una de las galerías superiores avanzaba sobre el hueco de patio por medio de vigas sobre zapatas talladas [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
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La calle Águilas, al detalle:

lunes, 2 de marzo de 2020

Procesiones de hoy, Primer Lunes de Cuaresma (Vía Crucis de las Hermandades)

      Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Vía Crucis oficial de las Hermandades de Sevilla.
   Hoy, 2 de marzo, primer lunes de cuaresma, tiene lugar el Vía Crucis oficial de las Hermandades sevillanas, organizado por el Consejo General de Hermandades y Cofradías de Sevilla, presidido este año por Nuestro Padre Jesús de la Salud, de la Hermandad de Los Gitanos.   
      Hdad. de Los Gitanos: La Real, Ilustre y Fervorosa Hermandad Sacramental Animas Benditas y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús de la Salud y María Santísima de las Angustias Coronada; es ésta una corporación fundada en 1753 y con sede canónica en el Templo de Nuestro Padre Jesús de la Salud y María Santísima de las Angustias, que son sus imágenes titulares, talladas ambas por José Fernández Andes en 1938 y 1937, respectivamente.
Enlace a la web oficial de la Hermandad de los Gitanos: www.hermandaddelosgitanos.com
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La casa natal de Santa Ángela de la Cruz


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Casa natal de Santa Ángela de la Cruz, de Sevilla.       
     Hoy, 2 de marzo, en Sevilla, en España, Santa Ángela de la Cruz Guerrero González, virgen, fundadora del Instituto de Hermanas de la Compañía de la Cruz, que no se reservó derecho ninguno para sí, sino que lo dejó todo para los pobres, a quienes acostumbraba a llamar sus "señores", sirviéndoles de verdad (1932) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
      Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la Casa natal de Santa Ángela de la Cruz, de Sevilla.
     La casa natal de Santa Ángela de la Cruz, se encuentra en la calle Santa Lucía, 5; en el Barrio de San Julián, del Distrito Casco Antiguo.
      La Santa sevillana nació en una humilde casa de la calle de Santa Lucia, una casita de 2 plantas que posee un  pequeño jardín en su fachada, en ella hoy viven y se ocupan de las necesidades de los pobres y necesitados del barrio de la Macarena, 7 monjitas que conservan prácticamente sus dependencias como estaban en la época en la que vivía allí la Santa con sus padres y hermanos. Entrar en la casa es como tomarse un descanso mental, se puede sentir una paz a la vez que una gran alegría se respira al traspasar el umbral.
Conozcamos mejor la vida y obra de Santa Ángela de la Cruz
   "Cuando pregunten quiénes son las Hermanas de la Cruz, se debe contestar, sin que se expongan a equivocarse: esta comunidad es una comunidad de muertas". Contundente frase para una comunidad muy viva, la que el día 2 de agosto de 1875, festividad de Nuestra Señora de los Ángeles, nacía de forma oficial en un cuarto con derecho a cocina de la casa número 13 de la calle San Luis: la Compañía de las Hermanas de la Cruz.
   Ángela Guerrero González, sor Ángela de la Cruz, nació el 30 de enero de 1846 en Sevilla en una familia sencilla. Sus padres, Francisco Guerrero y Josefa González, tuvieron catorce hijos, pero solo seis llegaron a mayores de edad, un ejemplo del alto índice de mortalidad infantil que afectó a la Sevilla del siglo XIX. A los tres días de su nacimiento, fue bautizada en la parroquia de Santa Lucía, iglesia gótica-mudéjar expropiada por la Revolución del 68 y que hoy subsiste como sede de la Agencia Andaluza del Flamenco. Sus padres trabajaban en el cercano monasterio de la Santísima Trinidad como cocinero del convento y la madre lavando y cosiendo las ropas de los frailes. Cuentan que de su madre, a la que llamarían las Hermanas de la Cruz la "Abuelita" por ser la madre de la fundadora, aprendió Angelita Guerrero su religiosidad y el amor exagerado a la limpieza, tan distintivos de la Compañía.
   Desde muy pequeña, frecuentaba la parroquia de Santa Lucía y el lugar preferido de sus plegarias era el altar de la Virgen de la Salud, que hoy preside la capilla donde se venera su cuerpo incorrupto. Su formación inicial fue escasa, algo habitual entre las niñas de su tiempo. Sus primeros estudios los realiza en lo que entonces se conocía como una miguilla, pequeña escuela donde aprendería a leer, escribir, y algunas reglas básicas. Pronto empezaría a trabajar, con doce o trece años entró en el taller de calzado Maldonado, en la entonces llamada calle del Huevo, hoy Feijoo. En poco tiempo alcanzaría el nivel de oficiala de primera clase. Junto al aprendizaje en el taller, su infancia y juventud estuvieron marcadas por su intensa vida de oración y sus severas penitencias: desde su descanso en una tabla, a su cilicio como escapulario o sus frecuentes ayunos.

   De 1862 a 1865, Ángela reparte su jornada entre su casa, el taller, las iglesias donde reza y los hogares pobres que visita. En 1865 sufrió la epidemia de cólera que afectó a la ciudad, trabajando día y noche para ayudar a hombres, mujeres y niños castigados tan duramente por la miseria en la Sevilla de los corrales de vecinos. Ese mismo año puso en conocimiento de su confesor, el padre Torres, su voluntad de "meterse a monja" El padre Torres era conocido como el santero de Sevilla por su fama de santidad y por la altura espiritual de sus dirigidas, entre las que se encontraban sor Bárbara de Santo Domingo, dominica de Madre de Dios, y sor María Florencia Trinidad, Madre Sacramento, monja mercedaria de San José. El padre Torres fue consultor del Concilio Vaticano I y canónigo de la Catedral de Sevilla, siendo conocido por su vida austera y penitente. Ángela quiso entrar en el convento de las Teresas del barrio de Santa Cruz de Sevilla, aunque las carmelitas no la admitieron por temor a que su menuda constitución física no pudiera soportar la dureza de la vida en el convento.
   Después ingresaría  en las Hermanas de la Caridad. Llegó a vestir el hábito, pero hubo de salir del convento al enfermar. Sufrió vómitos continuos que le impedían retener los alimentos y fuertes dolores de estómago. Para su cura la enviaron a Cuenca y a Valencia, pero fue inútil. Volvió a Sevilla, a la Casa Cuna, pero tuvo que abandonar por el resentimiento de su salud.
   En 1871 redacta un escrito, a modo de votos, donde se compromete a vivir según el Evangelio. "Seré monja en el mundo", fue la idea que Ángela llevaría a cabo el resto de su vida. Cada año renueva sus votos y el día de la Inmaculada de 1873, con licencia del padre Torres, formuló sus votos perpetuos. En esas fechas recibe la autorización para usar un nuevo apellido que le acompañará para siempre: de la Cruz. Su idea de comunidad y de vida se plasma en "hacerse pobre con los pobres", recibiendo la indicación del padre Torres de recopilar sus pensamientos por escrito. Comienzan aquí sus primeros textos, cargados de misticismo, de esquemas organizativos para la futura compañía y hasta de faltas de ortografía. Imagina el ajuar, las comidas, horarios, visitas a los enfermos... con un rigor que llegará a suavizar el mismo padre Torres.
   Tres serán sus primeras compañeras en el origen de la congregación. Josefa de la Peña, una terciaria franciscana con cierto nivel económico, que había decidido dar el paso de dedicar su vida a los pobres; Juana María Castro y Juana Magadán, dos jóvenes de origen más humilde. Con el dinero de Josefa Peña consiguen alquilar su primera casa: un cuartito en la casa número 13 de la calle San Luis, y desde allí organizan su servicio de asistencia a los necesitados a lo largo del día y de la noche. Pronto se corre la voz de que unas monjas de la calle San Luis socorren a la gente y se ven muy solicitadas, tanto que duplican las rondas de petición de limosnas para atender a todos los que llaman a sus puertas. Poco después se trasladan al número 8 de la calle Hombre de Piedra, en las cercanías de la Alameda de Hércules, y comienzan a adquirir fama en los ambientes religiosos de la ciudad. Estrenan hábito y, a pesar de su juventud, las compañeras comienzan a llamar "madre" a Ángela. Compaginan su atención a los pobres con duras penitencias y mortificaciones, y a finales de 1876 consiguen la admisión y bendición del cardenal Spínola. En diciembre el cardenal las autorizó a vestir los hábitos, que el padre Torres bendijo el día de Navidad. De esa fecha es la primera foto de sor Ángela. Tenía 29 años. Acuden las vocaciones a la casa de Hombre de Piedra y pronto son ya doce monjas las que forman la comunidad. Consiguen en esta época las hermanas sus tarimas para dormir. Hubo críticas a la exageración sus penitencias y sus caridades. Sería el padre Torres el que zanjaría la cuestión: "Quiten el rigor a las Hermanas de la Cruz y serán todo menos Hermanas de la Cruz". En el mismo año 1876 se declaró una epidemia de viruela en Sevilla, ello hizo que las Hermanas de la Cruz intensificaron sus esfuerzos de ayuda a pobres y enfermos, causando su labor gran admiración en todos los estamentos de la ciudad. 

 Su método de trabajo es siempre el mismo, acuden por parejas a casa de los enfermos que las necesitan, mientras una atiende al paciente sentada a su lado, la segunda realiza las actividades del hogar.
   En mayo de ese año las hermanas consiguieron tener el oratorio en su casa, una donación del marqués de Casa León en la calle Lerena. El día 1 de junio de 1876 ofició la primera misa en el nuevo oratorio el obispo de Ávila. Ese mismo día, el entonces obispo auxiliar de Sevilla, don Manuel González, celebró un pontifical en San Martín con homilía del padre Torres Padilla. Al finalizar el acto, en procesión bajo palio, la Custodia llegó al convento de las Hermanas de la Cruz. Esta fue la presentación oficial en Sevilla del Instituto, que aún no había cumplido un año de vida y ya realizaba una fecunda labor: piden limosnas, visitan enfermos, dan clase a cincuenta niñas y atienden una escuela nocturna para obreros.
   En 1877, estando en la calle Lerena, realizarán su primera fundación en el exterior, en la localidad de Utrera. Comenzaba también el internado de niñas huérfanas como nueva vía de atención a los necesitados.
   En una casas alquilada de la calle Hiniesta abrieron un colegio de niñas internas y externas. En 1878 murió el padre Torres Padilla y le sustituye al frente de la Compañía el padre José Álvarez. Ese mismo año fundaban en Ayamonte y en 1880 en Carmona. Para unificar internado, el convento y el colegio consiguieron comprar una casa del marqués de Villavelviestre en el número 12 de la calle Cervantes, con ayudas del arzobispo y de diversas aportaciones como las de los marqueses de Casa León, los Ortiz Urruela y el padre Álvarez, que vendió su propio patrimonio. Tras una dirección transitoria por el cardenal Spínola, su último director sería José Rodríguez Soto, capellán real de San Fernando y del Palacio de San Telmo.
   La compañía crecía sin límites, aconsejando la humedad de la casa de la calle Cervantes la búsqueda de una nueva sede. La ocasión se presentó con la venta de la casas del marqués de San Gil, que vendía su casa palaciega de la calle Alcázares. Era grande, espaciosa y de aspecto relativamente modesto, como defendía sor Ángela. El cardenal contribuyó económicamente y también numerosos bienhechores. Será la casa madre que llegue a nuestros días en la calle hoy titulada en honor a la santa. Una casa espaciosa, estructurada en torno a un patio central con columnas y que apenas da signos de suntuosidad, ni al exterior ni al interior. Una casa que, en la actualidad acoge la pequeña capilla con los restos de sor Ángela a los pies de la pequeña Virgen de la Salud, en un discreto retablo barroco con decoración de hojarascas doradas. Apenas unos cuadros  de advocación mariana (La Inmaculada o la Virgen con el Niño) y unas sencillas yeserías completan la decoración. Su visita en la actualidad, junto al tránsito incesante de devotos que suele tener, muestra la vinculación de la casa con las hermandades sevillanas que transitan por la puerta ya que la zona de acceso está poblada de retablos cerámicos como el dedicado  a la Macarena, la Amargura o la hermandad de los gitanos.
   Tras la compra de su casa, la Compañía de las Hermanas de la Cruz continuó su labor a favor de los más necesitados. En 1894 sor Ángela visitó Roma como peregrina acompañada por una religiosa, hermana Adelaida, que sanó por un milagro de fray Diego José de Cádiz. En Roma, sor Ángela se entrevistó con el papa León XIII, que concedió el decreto inicial para la aprobación de la compañía, que firmaría el papa Pío X el 25 de junio de 1904.

   Desde ese momento, la Congregación conocería un reguero de fundaciones que no parece tener límites: 1905, Fundación de la casa filial de Zalamea de la Serena (Badajoz); 1909, Sanlúcar de Barrameda (Cádiz); 1910, Huelva; 1911, Peñaflor (Sevilla); 1913, Escacena del Campo (Huelva); 1920, Fundación de la filial de Montellano (Sevilla); 1923, Torreperogil (Jaén); 1924, Écija (Sevilla); 1925, Ronda (Málaga); 1926, Estepa (Sevilla); 1928, Madrid. Éste último año, a pesar de ser reelegida superiora por la comunidad, sor Ángela debe ceder el puesto, con su habitual humildad a sor Gloria, tras las recomendaciones del propio cardenal por la avanzada edad de la madre. Sus último años, ya relevada de su cargo, los pasó sor Ángela mimada escribiendo cartas a las hermanas de otras fundaciones. El día 7 de junio de 1931 sufrió una embolia cerebral. El día 28 de ese mes perdió el habla definitivamente. Sus últimas palabras insistieron en sus ideas de abandono de las glorias y la vanidad terrena: "No ser, no querer ser, pisotear el yo, enterrarlo si fuera posible...". Falleció en olor de santidad el 2 de marzo de 1932 y a los dos días el Ayuntamiento republicano de la ciudad de Sevilla, presidido por el alcalde don José González Fernández de Labandera, decidió por unanimidad que constase en acta el sentimiento de la Corporación por la muerte de la religiosa. También decidió que se rotulase con su nombre la entonces llamada calla Alcázares, donde continúa el convento, pasando el nombre de la calle a una perpendicular que se une con la Plaza de la Encarnación. Una decisión llamativa de un ayuntamiento que gobernó en unos años marcadamente anticlericales, en los que fue frecuente la retirada de nombres y símbolos religiosos, cuando no el ataque directo a la Iglesia.
   Desde entonces las hermanas de la Cruz siguen siendo fieles al espíritu de sus Constituciones, aprobadas en 1908, donde se expresa que "El fin especial o distintivo de esta Congregación, es promover con la divina gracia la salvación de las almas entre los pobres, a quienes las Hermanas considerarán y amarán como a sus amos y señores. Por ganar sus almas aplicarán su vida apostólica a la visita diaria de enfermos necesitados a domicilio, asistiéndolos en sus necesidades espirituales y materiales. Y también, a la gratuita y cristiana educación de niñas pobres, en internados de huérfanas y en escuelas diurnas y nocturnas. Y con el lenguaje mudo del ejemplo llevando una vida voluntariamente pobre y austera, en la realización de sus apostolados de caridad".
   El 5 de noviembre de 1982, en una solemne misa pontifical que se celebró en el altar instalado en los terrenos del campo de la Feria, el papa Juan Pablo II beatificó a sor Ángela de la Cruz. El 20 de diciembre de 2002, la Iglesia reconoció oficialmente su santidad, al aprobar el milagro que le había sido atribuido, la curación, científicamente inexplicado, de un niño que sufría una obstrucción de la arteria central de la retina del ojo derecho y que recuperó repentinamente la visión. El día 4 de mayo de 2003 la fundadora de las hermanas de la Cruz sería canonizada por Juan Pablo II en Madrid, con el nombre de Santa Ángela de la Cruz.

   El 7 de mayo de 2003, el cuerpo incorrupto de la santa fue trasladado desde la Casa Madre hasta la Catedral de Sevilla, donde presidió los actos en su honor por la canonización. Una gran multitud se concentró a su paso, adornándose los templos y calles del recorrido para la ocasión, recordando estampas de la ciudad propias de siglos pasados.
   El 17 de enero del año 2009, la que fuera madre general de las hermanas de la Cruz desde 1977 a 1998, madre María de la Purísima (1926-1998), fue declarada venerable por el papa Benedicto XVI, siendo beatificada el 18 de septiembre del año 2010 en el Estadio Olímpico de Sevilla, acto presidido por la imagen de la Esperanza Macarena, por su gran vinculación a la congregación.
   Actualmente, la Compañía de la Cruz tiene más de cincuenta conventos, más de 700 hermanas y numerosas novicias que se forman en Sevilla. Los países donde se encuentra asentada la congregación son España, Italia y Argentina. En España en las comunidades autónomas de Andalucía, Extremadura, Canarias, Madrid, Comunidad Valenciana, Castilla y León, Castilla La Mancha y Galicia. Una presencia que se sigue expandiendo como uno de los fenómenos religiosos más importantes de la Sevilla de último siglo y que mantiene viva las palabras de la fundadora: "Nuestro país es la cruz, en la cruz voluntariamente nos hemos establecido y fuera de la cruz somos forasteras" (Manuel Jesús Roldán, Conventos de Sevilla, Almuzara, 2011).
Santa Ángela de la Cruz, en la Historia de la Iglesia de Sevilla
   Santa Ángela de la Cruz, virgen. Nació y murió en Sevilla (1846-1932). En 1875 fundó la Compañía de Hermanas de la Cruz, de tanto arraigo en Sevilla y Andalucía. El 5 de noviembre de 1982 fue beatificada en Sevilla por el papa Juan Pablo II, día en que la Iglesia de Sevilla celebra su fiesta.
     Bajo la dirección espiritual del P. Torres Padilla quedó fundada la Compañía de las Hermanas de la Cruz el 2 de agosto de 1875. En sus inicios la Compañía contaba con cuatro miembros, Ángeles Guerrero (Santa Ángela de la Cruz) y tres profesas más, ubicadas en una habitación de la calle San Luis. El objeto y fin de la Compañía quedaba consagrado en sus constituciones:
     «Una congregación de almas escogidas o llamadas por especial vocación de Dios a consagrarse como víctimas de la más perfecta caridad hacia Dios y hacia sus hermanos los pobres indigentes, enfermos desvalidos y las niñas ignorantes y abandonadas, llevando a los primeros a sus miserables domicilios los auxilios y socorros espirituales y corporales posibles y a las segundas dándoles instrucción moral y religiosa en las escuelas diarias que las Hermanas tendrán en las casas donde estarán congregadas en perfecta comunidad de vidas. Su fin es aspirar a la mayor perfección de vida cristiana posible, contando con los auxilios de la divina gracia por la práctica de todas las virtudes y especialmente la de un ardiente y constante amor a Dios y al prójimo: poniendo todos los medios conducentes por penosos y difíciles que sean para alcanzarlo en el más alto grado de perfección posible. El modelo y ejemplar que han de imitar y seguir constantemente es Jesucristo Crucificado, víctima de una infinita caridad con los hombres, por eso llevan el honroso y Santo nombre de Hermanas de la Cruz.»
     El nacimiento de esta comunidad hay que situarlo en la confluencia de dos personalidades de talla intelectual muy distinta (el P. Torres Padilla era ya una autoridad en el ámbi­to de la teología, mientras que Santa Ángela había sido una humilde zapatera), dispuestas a unir su religiosidad de sacrificio en defensa de los más necesitados. En 1862, con dieciséis años, Ángeles Guerrero, a la vez que se iniciaba como aprendiz en un taller de zapatería de la ciudad, se puso bajo la dirección espiritual del P. Torres Padilla. Durante tres años repartió su vida «entre su casa, el taller, las iglesias donde reza, los hogares pobres que visita». En 1865 decidió ingresar en un convento como hermana lega por carecer de instrucción, además de atraerle los oficios humildes. Aunque la recomendaron para las carmelitas descalzas de Sevilla no fue admitida por considerar las superioras que no soportaría el trabajo de las legas. Antes de la partida de su director espiritual a las sesiones conciliares, ingresó en las Hijas de la Caridad, donde llegó a tomar el hábito. Una enfermedad aconsejó obligarla a dejar el hábito y casa religiosa, no sin antes haber residido en las casas que esta congregación tenía en Cuenca y Valencia en busca de mejoría. Los años que transcurren desde 1870 a 1875, siempre bajo la dirección de su padre espiritual, le permitieron perfilar cual debía ser, a su juicio, la pauta de comportamiento de su vida: monjas al servicio de los pobres, siendo «pobres con los pobres», penitencia, oración, caridad... algo difícil de observar para sus futuras compañeras y continuadoras de su obra.
     José María Javierre ha detallado cómo durante el verano de 1875 el P. Torres aconse­jó a Ángeles Guerrero que dejase el taller en el que venía trabajando sin interrupción (salvo el breve espacio de tiempo en que estuvo en las Hijas de la Caridad) y preparase el sis­tema de vida, horario y vivienda primera de la nueva congregación. Por compañeras tendría a Josefa de la Peña (sor Josefa, terciaria franciscana, quien vende sus bienes y los pone al servicio de la comunidad); Juana María Castro (sor Sacramento) y Juana Magadán (sor Juana). Su primer convento, alquilado, consistió en un cuartito con derecho a cocina en el número 13 de la calle San Luis. El menaje se reducía a media docena de sillas, un arca como ropero, un crucifijo pequeño y una estampa de la Virgen de los Dolores en la pared; en el suelo, cuatro esterillas les servirían de cama. El día de Nuestra Señora de los Ángeles, 2 de agosto de 1875, inauguraron oficialmente el «convento».
     En 1876 las estrecheces de la vivienda les obligó a buscar una casa de mayores dimensiones; resuelto con donativos el tema económico, pudieron alquilar el número 8 de la calle Hombre de Piedra. Firmado el contrato, el P. Torres Padilla llevó a sor Angela a que presentase sus respetos al párroco, Marcelo Spínola. A la pequeña comunidad se le había unido un miembro más.
     El cardenal de la Lastra quiso que para finales de 1876 las hermanas vistiesen hábito, lo que significaba la confirmación externa de su consagración interior. La vestimenta ideada por Santa Ángela era a la vez sencilla, pobre y austera: túnica de bayeta parda del color natural de la lana, escapulario de la misma tela, cordón franciscano a la cintura, toca blanca, calzada de alpargatas y, como complemento, manto negro que las cubre por completo. La austeridad era la norma en el vestir, en el vivir y en el comer, cuestión esta última que hubo que retocar.
     La comunidad creció por momentos. En la primavera de 1876 se elevaron a doce el número de hermanas. Ese mismo año el cardenal admite y bendice la institución; el gobernador civil, a tenor de lo dispuesto en la ley de asociaciones, dio de alta a la comunidad. El mismo año la Santa Sede autorizaba la misa y sagrario en la capilla del convento de las Hermanas de la Cruz, y en todas las casas que se abrieran en el futuro. En mayo se trasladaron a la calle Lerena, esquina a la plaza de San Martín.
     En 1877 las circunstancias les obligaron a abrir un internado para las niñas que quedaran huérfanas de los enfermos asistidos por las Hermanas. Esta obra asistencial no esta­ba prevista en el proyecto, pero rápidamente se dispusieron a ejecutarla. Por esas fechas comenzaba su expansión. El 16 de julio de 1877, por iniciativa del marqués de Casa Ulloa, se abría la casa de Utrera (José Leonardo Ruiz Sánchez y Leandro Álvarez Rey, Sevilla Contemporánea, en Historia de la Iglesia de Sevilla. Editorial Castillejo. Sevilla, 1992).
Conozcamos mejor la Biografía de Santa Ángela de la Cruz, fundadora de la Orden de las Hermanas de la Cruz;
     Ángeles Guerrero González, Santa Ángela de la Cruz (Sevilla, 30 de enero de 1846 – 2 de marzo de 1932). Fundadora de la Compañía de la Cruz.
     Nació en los arrabales de la Trinidad de Sevilla, el 30 de enero de 1846, siendo el penúltimo miembro de una familia humilde de catorce hermanos. Su padre, Francisco Guerrero, era cardador de lana, y su madre, Josefa González, era costurera; para apuntalar la economía doméstica de esa amplia familia, prestaban algunos servicios en el cercano convento de los trinitarios.
     Poco tiempo pudo asistir a la escuela ya que con doce años fue admitida como aprendiz en el taller de calzado de Antonia Maldonado, llegando a ser destacada oficial de un negocio que contaba con una buena clientela proveniente de la alta burguesía terrateniente y de la nobleza que animaba la ciudad girando en torno a la pequeña corte de los Montpensier-Borbón instalados en el palacio de San Telmo.
     Durante doce años María de los Ángeles —Angelita, como siempre la llamaron los suyos— colaboró con su sueldo al sostenimiento de la familia, no pudiendo adquirir más formación pero desarrollando una gran sensibilidad para los pobres que veía a su alrededor en la periferia de la gran ciudad, encauzando esos sentimientos el padre Torres, canónigo de la catedral y hombre muy apreciado, el cual la ayudó decididamente en sus deseos de hacerse monja.
     Intentó ingresar en el Carmelo y en las Hijas de la Caridad, pero su cuerpo frágil y menudo no inspiró confianza en unas instituciones donde se miraba también la apariencia física como garantía de poder seguir la regla con normalidad. No desistió en su intento religioso al tiempo que maduraba la idea de fundar una congregación donde el objetivo fuera acoger, atender y entregarse a los pobres mediante el testimonio cotidiano que dieran unas mujeres que, por amor a Cristo, sirviesen a los necesitados, haciéndose pobres como ellos, porque sólo siendo como el otro y estando junto a él comprenderían su sufrimiento. Y esa tarea recomendará a las hermanas que la hagan siempre en silencio que es el mejor camino para que hable y actúe Dios. El 8 de agosto de 1875 nació oficialmente la congregación de la Compañía de la Cruz, que aprobó canónicamente Roma en 1908.
     Poco a poco, en Andalucía y Extremadura, empezaron a conocer a las hermanas de la Cruz, a respetarlas y admirarlas, porque en ellas veían el ideal de la caridad evangélica; también llegaron a Madrid y más lejos. Sor Ángela tuvo la dicha de ver crecer su obra y alentarla. Después de una larga agonía, que tuvo en vilo a la ciudad, murió el 2 de marzo de 1932; en sesión extraordinaria el Ayuntamiento republicano y anticlerical aprobó por unanimidad que la calle de Los Alcázares pasase a llamarse de Sor Ángela de la Cruz. Sevilla entera se conmovió como pocas veces demostrando cómo la querían como mujer y cómo la veneraban como santa. Fue beatificada en Sevilla por Juan Pablo II, el 5 de noviembre de 1982, y canonizada por el mismo Pontífice en Madrid, el 4 de mayo de 2003 (Francisco Javier Campos y Fernández de Sevilla, OSA, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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domingo, 1 de marzo de 2020

El banco de la provincia de Zamora, en la Plaza de España


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el banco de la provincia de Zamora, en la Plaza de España, de Sevilla.
     Hoy, 1 de marzo, se conmemora el aniversario de la Toma de Toro (1 de marzo de 1476), hecho histórico que se representa en el panel cerámico central del banco de la provincia de Zamora en la plaza de España, así que hoy sea el mejor día para Explicarte el banco de la provincia de Zamora en la Plaza de España, de Sevilla.
     La plaza de España es una vía que se encuentra en el Barrio de El Prado-Parque de María Luisa, del Distrito Sur, y se encuentra delimitada por las avenidas de Isabel la Católica, de Portugal, del Gran Capitán, la calle Nicolás de Alpériz, y la plaza del Ejército Español.
     La plaza de España consta de cuatro tramos de catorce arcos cada uno, en cuya parte inferior se sitúan bancos de cerámica dedicados a cada provincia española. Flanquean el conjunto dos torres, denominadas Norte y Sur, intercalándose tres pabellones intermedios, que corresponden a la Puerta de Aragón, la Puerta de Castilla y la Puerta de Navarra. El central o Puerta de Castilla es de mayor envergadura y alberga la Capitanía General Militar.
   La estructura de cada banco provincial consiste en un panel frontal representando un acontecimiento histórico representativo de la provincia en cuestión, incluyendo por lo general escenas con los monumentos más representativos de la ciudad o provincia. Flanquean el conjunto anaqueles de cerámica vidriada, destinados originalmente a contener publicaciones y folletos de la provincia en cuestión. Rematando el banco aparece un medallón cerámico en relieve con su escudo. En el suelo se reproduce en azulejos el plano de la provincia y sus localidades más destacadas. Entre los arcos figuran los bustos en relieve de los personajes más importantes de la historia de España. La ejecución de la mayoría de los mismos corrió a cargo del escultor ceramista Pedro Navia Campos.
   La Exposición Iberoamericana tuvo sus motivaciones políticas y propagandísticas, y éstas influyeron en algunos detalles. Respecto a las escenas históricas representadas en los bancos de las provincias, algunos de ellos fueron retirados precipitadamente en los meses previos a su inauguración por sus incorrecciones históricas o su inconveniencia política, ya que se consideró que no sintonizaban con la idea de unidad y paz que pretendía proyectar el recinto monumental.
   En el banco de la provincia de Zamora, situado entre los de las provincias de Vizcaya y Zaragoza, y entre la puerta de Navarra y la Torre Sur de la Plaza de España, la escena histórica representada en su panel central es la toma de Toro, tras la batalla homónima acaecida el 1 de marzo de 1476, flanqueado por los escudos del rey Alfonso XIII y de la provincia de Zamora, obra de la Fábrica de la Viuda e Hijos de Ramos Rejano, y en los extremos unos anaqueles, también cerámicos, donde se colocaron originalmente folletos de cada localidad. Los originales fueron modelados en la fábrica de Pedro Navia, aunque muchos han sido sustituidos en la intervención global llevada a cabo por la escuela Taller Plaza de España entre 2000 y 2010. En la zona inferior encontramos otro panel cerámico con el mapa de la provincia y tres bancos en forma de "U" decorados con dibujos vegetales derivados de los típicos candelieri centrados por cartelas con los nombres de las siguientes poblaciones: Alcañices, Benavente, Bermillo de Sayago, Cubillos, Gema, Moraleja, El Perdigón, Puebla de Sanabria, Toro, y Villalpando. Sobre el balcón, encontramos una balaustrada centrada por el escudo, en forma de tondo, de la provincia, decorado con una especie de corona de laurel. En el arco que está sobre él, aparecen en sus enjutas los relieves con los bustos de Marcelino Menéndez Pelayo, Menéndez Pelayo (1856-1912), erudito, polígrafo, historiador, crítico literario, escritor, y Andrés Manjón y Manjón, Padre Manjón (1846-1923), sacerdote, canonista y pedagogo, como personajes relevantes de nuestra historia (www.retabloceramico.org).

Conozcamos mejor el hecho histórico que aparece en el panel principal del banco de la provincia de Zamora: La Batalla de Toro
   De tres a seis horas. Ese escaso tiempo fue el que duró la contienda que, en 1476, cambió el devenir de la Península Ibérica: la sucedida en Peleagonzalo, un pequeño pueblo cerca de la ciudad de Toro –Zamora- el 1 de marzo. Aquel día, las tropas de Fernando el Católico consiguieron acabar con las huestes del monarca de Portugal, Alfonso V. Un hombre que –mediante el matrimonio con la hija del fallecido rey de Castilla (Juana la Beltraneja, de apenas 12 años) y las armas- buscaba unificar ambos reinos bajo su real cetro. Sin embargo, y a pesar de que la lucha fue de lo más igualada, tras esa lluviosa jornada el luso fue derrotado y se vio obligado a retirarse a su cuartel general, renunciar a sus deseos de expandirse hacia el este y admitir a Isabel y Fernando como los nuevos monarcas de Castilla y Aragón.
   En su día, la batalla de Toro ayudó a forjar la futura España al allanar el camino a los futuros Reyes Católicos hacia el trono y garantizar, así, la unión de Castilla y Aragón.
   El 1 de marzo después de que sus tropas pasasen todo tipo de penurias, Alfonso determinó que lo mejor era detener el asedio a Zamora, recoger el petate, y cobijarse de nuevo entre los muros de Toro. Así pues, ordenó a sus militares desmontar el campamento y marcharse a toda prisa hasta su cuartel general. Según calculaba el monarca, su contingente podría realizar la marcha en unas cuatro horas, un breve período en el que Fernando no tendría tiempo de armar a sus huestes para salir en su busca. Sin embargo, el aragonés tardó mucho menos de lo esperado en organizar una fuerza para perseguir a su enemigo cuando, tras llegar el alba, se percató de que no quedaba ni un alma en los alrededores de la urbe.

   A los pocos minutos, Fernando envió a unos 300 caballeros al mando de Álvaro de Mendoza con órdenes de hostigar la retaguardia de Alfonso. Una vez preparado, él también salió en persona de Zamora con el objetivo de presentar batalla al portugués. «El rey aragonés fue tras el portugués y le dio alcance a una legua de Toro, hostigando a su retaguardia. Las tropas portuguesas cruzaban un desfiladero y Fernando forzó a sus enemigos a entablar batalla en una llanura cercana. Las fuerzas en presencia eran bastante desiguales. Los portugueses contaban con unos 10.000 peones, 3.500 jinetes y alguna artillería. Fernando solo tenía 3.000 peones y 2.000 caballos».
   Fernando y Enrique decidieron darse de bofetadas, después de semanas jugando al pilla-pilla, aquel 1 de marzo de 1476 cerca de la zamorana ciudad de Toro, hogar del monarca partidario de la Beltraneja. El lugar concreto fue el pueblo de Peleagonzalo, a 11 kilómetros aproximadamente de la urbe principal. Una región, por cierto, bastante escueta en lo que se refiere a pobladores, aunque de gran riqueza en agricultura. «Son los campos fértiles, la tierra fresca y abundante […] el número de los moradores no es grande, y aunque su asiento es llano [Toro] es famosa por sus muros y castillos», explica el cronista Juan de Mariana. El mediodía se aventuraba cuando sus majestades portuguesa y aragonesa hicieron formar a sus contingentes a voz en grito. La contienda, como se dijo posteriormente, decidiría en buena medida el destino de la Península.

   Don Fernando formó en el campo de batalla con tres cuerpos de ejército. El primero, ubicado en el centro, era dirigido por él mismo. Este grupo contaba con la «guardia mayor» del propio monarca (su guardia real), así como –según corrobora Laínez- las milicias de Salamanca, Zamora, Ciudad Rodrigo, Medina del Campo, Valladolid y Olmedo. Además de todos estos combatientes, destacaba la presencia del Mayordomo mayor (un cargo de suma importancia para la época) Enrique Enríquez y los hombres del Conde de Lemos, procedentes de Galicia. Aquella era la fuerza principal de militares a pie, la que, llegado el momento, debería aguantar el grueso del duro combate que se iba a suceder.
   El flanco derecho del ejército de Fernando estaba formado por siete escuadrones (la mayoría de ellos de jinetes ligeros) dirigidos respectivamente por Álvaro de Mendoza, Alfonso de Fonseca (obispo de Ávila), Pedro de Guzmán, Bernal Francés, Pedro de Velasco, Vasco de Vívero y Pedro de Ledesma (oficial al mando de los zamoranos, quienes eran reconocibles gracias a su rojo estandarte). Finalmente, en el ala izquierda destacaban (además de los correspondientes combatientes a pie), los caballeros pesados del contingente. Todos ellos, divididos en tres grupos de combate a las órdenes del cardenal González de Mendoza, el duque de Alba y el almirante de Castilla Alonso Enríquez.

   Alfonso, de forma similar a Fernando, dividió a sus hombres en tres fuerzas principales. La primera, la del centro, era comandada por él y contaba, además, con una serie de ilustres caballeros castellanos que apoyaban los intereses de la Beltraneja. En palabras de Hernando del Pulgar –cronista de los Reyes Católicos- el luso hizo formar a los combatientes ubicados en esta zona (la mayoría infantes) en cuatro grupos. «En la batalla suya iba el Conde de Lenle, é Pereyra, su guarda mayor con sus genes, e muchos caballeros y escuderos», explica el contemporáneo de los monarcas. A su vez, entre las filas formaba Duarte de Almeida, alférez portugués encargado de portar el estandarte real hasta la muerte.
   A su izquierda (frente al ala derecha fernandina) se encontraba el infante Juan. Este comandaba a sus huestes propias entre las que destacaban unos 800 jinetes pesados. La élite del contingente, según explica del Pulgar en sus textos. Con él, siempre en palabras del cronista, se hallaba el Obispo de Évora con «gran número de espingardas e otro tipo de artillería». Finalmente, el flanco ubicado a la diestra del monarca luso se hallaba formado, principalmente, por tropas castellanas contrarias a Isabel y dirigidas por –entre otros- el Arzobispo de Toledo (Alfonso Carrillo), quien solía decir sobre Isabel lo siguiente: «La quité de la rueca y le di un cetro. Ahora le quitaré el cetro y la volveré a la rueca». Su presencia, aunque pueda parecer baladí, era de soberana importancia, pues no en vano el populacho solía decir que, quien le tuviera de su lado, ganaría la guerra.

   Dicen las crónicas que la batalla comenzó cuando la noche comenzaba a cernirse sobre los contendientes y la lluvia caía de forma constante sobre la tierra. La primera carga corrió a cargo de los fernandinos. La realizaron una parte de los jinetes ligeros del flanco derecho al mando de Álvaro de Mendoza. Así pues, unos 300 caballeros se lanzaron con bravura contra ocho centenares de peones portugueses (todos ellos dirigidos por el príncipe Juan) entre los que se destacaban varias decenas de arcabuceros. Después de que varios atacantes cayeran muertos al ser recibidos con una lluvia de pólvora, comenzó la contienda a lanza y espada. El baile de aceros, que se podría decir. Sin embargo, no pasó mucho tiempo hasta que los hombres a caballo se percataron de que su número era demasiado escaso para hacer huir a sus contrarios.
   «Como enjambre de abejas se estrella contra una pared de piedra, así cayeron los 300 caballeros ligeros de Álvaro de Mendoza sobre los 800 peones que regía el príncipe don Juan. Así, al adelantarse aquella incontrastable masa de hierro, de donde salían, al propio tiempo, mortíferos tiros de pólvora, en ella se estrellaron los caballeros ligeros de Castilla», explica el historiador del SXIX Fernando Fulgosio en su obra «Crónica de la provincia de Zamora». Así pues, aquellos caballeros que habían hostigado la retaguardia del ejército portugués durante varias horas no tuvieron más remedio que retirarse con el objetivo de volver a reagruparse en la retaguardia. La primera acometida embraveció a los lusos. Pero, no desmotivó al centro comandado por Fernando, que se lanzó a la carga para enfrentarse a los hombres dirigidos por Alfonso V.

 Mientras el contingente central corría para repartir espadazos entre los lusos, los oficiales del flanco izquierdo se movilizaron para cubrir la retirada de Mendoza y tratar de hacer huir al hijo de Alfonso. El príncipe no se quedó mirando el bello paisaje, sino que le puso arrestos y envió más combatientes para tratar de superar por ese lado a sus contrarios y envolver, así, a Fernando. «Los españoles eran con los que más fuerza reñían pues, habiendo acudido el duque de Alba y el cardenal en ayuda de Álvaro de Mendoza, violes con rabia el Arzobispo de Toledo y contra ellos envió, yendo por último él también, a cuantos tenía en derredor», completa el historiador español en su obra. En este lado del campo de batalla la lid, por lo tanto, se generalizó.
   Minutos después comenzó el combate entre las fuerzas centrales, cada una dirigida por su rey. Apenas existen datos sobre esta lucha más allá de que lo sangrienta que fue. Al menos, así lo explica del Pulgar en sus crónicas: «Quebradas las lanzas, vinieron al combate de las espadas. E todos revueltos unos con otros, sonaban los golpes de las armas y el estruendo del artillería e las voces; unos nombrando su apellido, otros gimiendo sus llagas e caldas, otros demandando ayuda, otros reprehendiendo los que veían negligentes en pelear, y esforzándolos que le peleasen. E porque entre los castellanos e portugueses había la vieja qüestion sobre la fuerza y el esfuerzo de las personas, cada uno por su parte se disponía a la muerte por alcanzar la vitoria». El caos se extendió por el campo de batalla cuando, además, el ala derecha entró también en la lid.
   A pesar de la escasa información que existe sobre esta parte de la contienda, sí se conoce que, en el centro de la batalla, se vivió un combate singular entre un soldado fernandino, Vaca de Sotomayor, y Duarte de Alemeida. El primero luchó contra el luso con el objetivo de arrebatarle el estandarte real –un severo agravio para el bando que perdía la insignia-. En este combate singular el alférez perdió el brazo derecho debido a un terrible tajo del español. Sin embargo, asió aquel trapo con la mano izquierda para evitar que cayera en poder de su enemigo. En ese momento se sucedió uno de los actos de valor del día cuando –según cuenta la leyenda- el militar del ejército de Fernando le cortó también su extremidad siniestra. Al no poder agarrar el palo, lo cogió con sus dientes. Con todo, no pudo evitar que se lo arrebatasen.

   No obstante, el estandarte real portugués no duró mucho tiempo en manos de los hombres de Fernando, pues fue recuperado por las tropas del infante Juan. «Viendo los portugueses su estandarte en manos ajenas, al punto acudieron en pro de Almeida, y todos combatieron tan fiera y señudamente, que la enseña quedó hecha pedazos», añade Fulgosio. A día de hoy, se desconoce qué fue del portaestandarte portugués. Algunos historiadores afirman que fue hecho prisionero, mientras que otros determinan que cayó muerto ante la espada de los hispanos. Fulgosio, por su parte, aboga por la segunda teoría, mientras que del Pulgar afirma en sus escritos que logró sobrevivir y fue trasladado hasta Zamora. Para su desgracia, de nada le sirvió a Duarte combatir de forma tan determinante pues, en las seis horas que duró la lecha bajo la potente lluvia, sus compañeros fueron perdiendo cada vez más y más terreno ante los isabelinos.
   Tras las horas y horas de lucha. Tras un combate en el que cada bando se afanó en acabar con su enemigo para ganar un trono para su monarca, la batalla terminó cuando Alfonso V, viendo que el centro de su ejército había empezado a huir hacia el cuartel que habían instalado en Toro, dio media vuelta y tocó a retirada. La huida se generalizó entonces en el flanco izquierdo y el centro luso, donde había sido imposible resistir el envite de los fernandinos. Aquella fuga por las bravas fue desastrosa, pues muchos soldados se vieron obligados a pasar a través de las aguas del Duero y, debido al barro, tropezaron y se fueron al otro mundo ahogándose. Y es que, para entonces la noche era cerrada y poco se veía más allá de la luz ofrecida por una antorcha. Las aspiraciones del luso tocaron así a su fin. Los textos de la época afirman, incluso, que muchos de ellos salieron en una gigantesca estampada al creer que su líder había perecido en batalla.
   Mientras el rey portugués se retiraba, su hijo aún tuvo tiempo de desbaratar el flanco izquierdo fernandino con sus caballeros causando una considerable molestia al ejército atacante. Sin embargo, y al igual que le pasó a Almeida, su esfuerzo no sirvió de mucho ya que, cuando se percató de que su padre había salido por piernas, poco pudo hacer. Aunque eso sí, se mantuvo estoico en la posición que había conquistado durante algún tiempo. «Visto que la gente del rey su padre era vencida y desbaratada, pensando en separar algunos de los que iban huyendo, subióse sobre un cabezo en donde tañendo las trompetas e faciendo fuegos e recogiendo a su gente estuvo quedo con su batalla en el campo y no consintió de ella salir a ninguno», añade del Pulgar. Su heroicidad no fue pasada por alto por Fernando, quien –en una carta a Isabel- señaló que, si no hubiese sido por él, Alfonso habría caído presa de sus soldados: «Si no viniera el pollo, preso fuera el gallo».
   A pesar de que Fernando logró hacer huir a Alfonso, el que Juan mantuviera el territorio y ambos bandos sufrieran un similar número de bajas (aproximadamente 400 castellanas y 900 lusas) hizo que el resultado fuera muy parejo sobre el campo de batalla. Sin embargo, el futuro rey católico tuvo la habilidad de enviar decenas de emisarios con misivas proclamando su victoria. El movimiento propagandístico surtió efecto y, a las pocas jornadas, toda Castilla y Aragón sabían que el monarca luso había huido del campo de batalla para salvar su vida. Con todo, e independientemente de los muertos y los mensajes, la verdad es que esta contienda marcó el principio del fin de las aspiraciones de Alfonso de arrebatar el trono a Isabel. Y es que, con el paso de los meses, todos los nobles díscolos que habían acudido a su región buscando la ayuda del portugués acabaron abandonando a la Beltraneja. El huido, por su parte, vio su fuerza mermada y, finalmente, renunció a subir sus reales al trono hispano en 1479 mediante el tratado de Alcáçovas (Fernando Martínez Laínez, Fernando el Católico, Crónica de un reinado. EDAF, 2016)
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