Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

   Otra Experiencia con ExplicArte Sevilla :     La intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla" , presentado por Ch...

lunes, 9 de marzo de 2020

La Casa de las Águilas


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Casa de las Águilas, de Sevilla.
   La Casa de las Águilas, se encuentra en la calle Águilas, 16; en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo.   
     Se trata de una casa del siglo XVIII, con importantes reformas en el XIX, pero que conserva bastantes elementos primitivos de entre los que destaca su magnifica portada. Es esta una casa en la que la secuencia entre los espacios abiertos del apeadero y patio principal alcanza una de las cotas más brillantes en la organización de la casa sevillana.
     El apeadero, porticada en tres de sus frentes con arcos de medio punto sobre columnas toscanas de mármol de Carrara, da paso, a través de una crujía transparente con una magnífica cancela situada bajo un gran arco rebajado, al patio principal de la casa. Este tiene arquerías en sus cuatro frentes, de arcos rebajados que apean sobre columnas toscanas en la  planta baja y galería con balcones en la alta.
     Junto al apeadero se sitúa el pilón de agua y las caballerizas. Las dependencias de la casa se instalan en crujías que cubren el perímetro de estos espacios abiertos: apeadero, patio principal y el jardín, situándose éste a la derecha del patio. La escalera principal se coloca en uno de los lados del patio, al fondo de la edificación.
     La fachada adopta una composición simétrica respecto a la portada de mármol que se sitúa en su centro. Esta está compuesta por pilastras corintias y cartela en el centro del dintel, sobre la que se abre un balcón, con balaustres de  mármol (al igual que el resto de los vanos de fachada de planta alta), flanqueado por dos águilas y acotado por un frontón curvo. La fachada se remata con una fuerte cornisa y anteproyecto de fábrica que oculta la cu­bierta de tejas; solución adoptada en la totalidad de la casa, a excepción de la cubierta de la galería del patio, que se resuelve con una terraza, a la que asoma un cuerpo de construcción en segunda planta, situado al fondo de la parcela.
     Casa de excepcional interés, que se complementa con el buen uso de materiales en revestimientos y pavimentos, en cerrajería y carpintería y en los espléndidos artesonados, que cubren algunas de sus dependencias.
     La casa ocupa en planta baja una superficie de 690 m2, y la superficie total construida en las dos plantas y azotea ascienda a  l.260 m2 (Guillermo Vázquez Consuegra, Cien edificios de Sevilla: susceptibles de reutilización para usos institucionales. Consejería de Obras Públicas y Transportes. Sevilla, 1988).
   En la calle Águilas, número 16, encontramos la Casa de las Águilas, que le da nombre a la calle. Es ésta una casa en la que la secuencia entre los espacios abiertos del apeadero y patio principal alcanza una de la cotas más brillantes en la organización de la casa sevillana.
   El apeadero porticado en tres de sus frentes con arcos de medio punto sobre columnas toscanas de mármol de Carrara, da paso, a través de una crujía transparente con magnífica cancela situada bajo un gran arco rebajado, al patio principal de la casa. Este tiene arquerías en sus cuatro frentes, de arcos rebajados que apean sobre columnas toscanas en la planta baja y galería con balcones en la alta.
   Junto al apeadero se sitúa el pilón de agua y las caballerizas. Las dependencias de la casa se instalan en crujías que cubren el perímetro de estos espacios abiertos: apeadero, patio principal y el jardín, situándose éste a la derecha del patio. La escalera principal se coloca en uno de los lados del patio, al fondo de la edificación.

   La fachada adopta una composición simétrica respecto a la portada de mármol que se sitúa en su centro. Esta está compuesta por pilastras corintias y cartela en el centro del dintel, sobre la que se abre un balcón, con balaustres de mármol (al igual que el resto de los vanos de fachada de planta alta), flanqueando por dos águilas y acotado por un frontón curvo. La fachada se remata con una fuerte cornisa y antepecho de fábrica que oculta la cubierta de tejas; solución adoptada en la totalidad de la casa, a excepción de la cubierta de la galería del patio, que se resuelve con una terraza, a la que asoma un cuerpo de construcción en segunda planta, situado al fondo de la parcela.
   Casa de excepcional interés, que se completa con el buen uso de materiales en revestimientos y pavimentos, en cerrajería y carpintería y en los espléndidos artesonados, que cubren algunas de sus dependencias.
   Construida en el siglo XVIII, las reformas de mayor envergadura son las que se realizaron en el XIX, tras la restauración de hace unos años, sigue conservando su uso residencial. En ella nació José González y Cuadrado, héroe de la Guerra de la Independencia, fusilado por los franceses (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Águilas, 16. Casa conocida con el nombre de "las Águilas". Sufrió importantes reformas en el siglo XIX, pero conserva algunos elementos anteriores, entre ellos la portada de mármol, con pilastras corintias y cartela en el centro del dintel, sobre la que se abre un balcón flanqueado por dos águilas. En el interior encontramos dos patios. El primero, que realiza las funciones de apeadero, es de columnas toscanas, de mármol de Carrara, que sostienen arcos de medio punto. El segundo, más sencillo, es, también, de columnas toscanas en la planta baja. En la planta superior existen varios artesonados, entre los que destaca el del comedor [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
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domingo, 8 de marzo de 2020

La Iglesia del Hospital de Nuestra Señora de la Paz, de la Orden de San Juan de Dios


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Iglesia del Hospital de Nuestra Señora de la Paz,  de la Orden de San Juan de Dios, de Sevilla.   
   Hoy, 8 de marzo, Memoria de San Juan de Dios, religioso, nacido en Portugal, que, después de una vida llena de peligros en la milicia humana, prestó ayuda con constante caridad a los necesitados  enfermos en un hospital fundado por él, y se asoció a compañeros con los que constituyó después la Orden Hospitalaria San Juan de Dios. En este día, en la ciudad de Granada, en España, pasó al eterno descanso (1550) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la Iglesia del Hospital de Nuestra Señora de la Paz, de la Orden de San Juan de Dios, de Sevilla.   
   La Iglesia del Hospital de Nuestra Señora de la Paz, de la Orden de San Juan de Dios, se encuentra en la plaza del Salvador, 9; en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
    La vecina “pequeña” de la plaza del Salvador es la iglesia conocida como San Juan de Dios, en referencia a la orden hospitalaria que regenta la iglesia y la actual residencia de ancianos. Su origen remoto hay que buscarlo en el hospital que fundó en 1543 el venerable “Pedro Pecador”, unas casas que se situaban en el actual Archivo de Indias y que eran conocidas como Hospital de la Cruz y Hospital de las Tablas (referencia a las tarimas de las camas de los enfermos). La ampliación del edificio conllevó un traslado en 1574 hacia el lugar que había ocupado la cofradía de médicos-cirujanos, un solar en la plaza del Salvador que fue adquirido en 4.000 ducados, que pagaron los religiosos de San Juan de Dios y el capitán Fernando de Vega, patronos del nuevo establecimiento. El hospital se llamaría Nuestra Señora de la Paz, en él se enterraría el nuevo patrono y serían 33 los pobres incurables que se podrían acoger en su interior. Durante el siglo XVIII el recinto acogió también a los enfermos militares, quedando la comunidad exclaustrada en 1836, aunque se mantuvo como administrador al prior de la comunidad, que logró mantener el carácter asistencial del conjunto. Desde mayo de 1880 regenta el edificio una nueva comunidad de la Orden de San Juan de Dios, que, desde entonces, mantiene el carácter asistencial de un edificio que ocupa toda la manzana entre la plaza del Salvador y la popular calle Sagasta.

   La iglesia del conjunto abre sus puertas a la plaza, su origen constructivo está en el siglo XVII (con intervención del arquitecto milanés Vermondo Resta), aunque se renovó por completo en el siglo siguiente. Su fachada se compone de tres cuerpos y un remate que está flanqueado por dos airosos torres-campanarios. El primer cuerpo acoge cuatro pilastras que sostienen un friso; en su centro se abre la puerta de acceso. El segundo cuerpo mezcla una estructura de hornacinas y pilastras de la fase original de la iglesia, a la que se añade una decoración de rocalla, de apilastrados en forma de estípites y de angelitos, ornato que debe corresponder a la intervención del siglo XVIII. Preside en el centro una imagen pétrea de la Virgen con el Niño, quedando a sus lados San Agustín (con la maqueta de la iglesia en la mano) y San Juan de Dios, el fundador de la orden titular del templo. La parte superior es un frontón roto con volutas y óculo central. Las torres campanario presentan una alternancia de colores y unas hornacinas con esculturas  que recuerdan a composiciones propias de Leonardo de Figueroa (iglesia de San Luis), por lo que se atribuye a algún seguidor una remodelación que debió realizarse hacia 1770.
   El recogido interior presenta una planta de tres naves con crucero y cabecera plana, cubriéndose la nave central  con bóvedas de medio cañón con lunetos y las laterales con bóveda de cañón rebajado. Sobre el crucero se levanta una cúpula con linterna y a los pies de la iglesia, en alto, se sitúa el coro, con recargada decoración de yesería del siglo XVIII. Muy originales en la ciudad son los azulejos que forman el zócalo de la iglesia, en tonos azules y blancos y con decoración vegetal, estando fechados en 1771. El retablo mayor es neoclásico (h. 1800), sustituye al original que realizó Simón Cosme en 1625 y que se perdió en un incendio. Preside la hornacina central la imagen de la Virgen de la Paz, talla de vestir aureolada con ráfaga y corona. De autor anónimo, debe fecharse en la época de construcción del retablo, al igual que las dos imágenes de San Juan de Dios y de San Juan Grande que se sitúan a sus lados. El sagrario se cobija bajo un pequeño templete neoclásico, destacando en la zona del presbiterio un púlpito de hierro forjado que se realizó en 1702. En la cabecera de la nave izquierda hay una buena talla del arcángel San Rafael, tradicionalmente atribuida a Montañés por su calidad, algo que ocurre también con la talla de San Juan de Dios que se sitúa en la cabecera de la otra nave. Si seguimos por la nave izquierda, destaca un retablo con Santa Rita de Casia, la patrona de los “imposibles”, una imagen de vestir de la santa agustina realizada en el siglo XVIII. Gran interés tiene también en esta nave la talla del apóstol San Andrés, atribuida a Francisco de Ocampo, que proviene del desaparecido retablo mayor, así como la talla de San Carlos Borromeo, que labró Juan de Mesa en 1618. Si analizamos los retablos de la nave de la Epístola (lado derecho), junto al ya citado de San Juan de Dios se sitúa una talla de San José con el Niño en una curiosa iconografía, apareciendo ambos con coronas de plata. Le sigue un retablo con decoración de rocalla y que mantiene otra parte del retablo que talló Jacinto Pimentel en 1623. Lo preside un singular Crucificado cuyas formas lo sitúan en los años finales del siglo XVI, con un paño de pureza de tela que le da un singular aspecto arcaizante. A sus pies está un lienzo de una Dolorosa con los tres clavos en sus manos como signos de la pasión. Excelente es el retablo-hornacina con decoración de rocalla que acoge la talla de una dinámica Inmaculada, que habría que interpretar como la Asunción de la Virgen. Es obra del valenciano Blas Molner, que todavía tiene ciertos influjos tardobarrocos en un escultor que siguió los dictados neoclásicos en la mayoría de su producción. A los pies de la nave, en retablo neoclásico sin interés, se aloja una talla de Cristo atado a la columna del mismo periodo. Los diferentes retablos de la iglesia han sufrido numerosos cambios en sus tallas y en su ubicación, siendo de destacar, como última talla representativa de la devoción popular de tiempos pasados, la imagen del Cristo de la Humildad, fechable hacia 1600 y situado en una hornacina en la cabecera, una interpretación de la escena en que Cristo esperaba la crucifixión que tuvo mucho éxito en las representaciones medievales de los “misterios” en Europa y cuya iconografía difundió Durero a través de sus grabados (Manuel Jesús Roldán,  Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).
     Aunque la fundación de los Hermanos de San Juan de Dios en Sevilla data de 1543, no se asentaron en el lugar que ocupa hoy su iglesia y convento hasta 1574. El templo se halla situado en la plaza del Salvador y muestra al exterior una sola fachada, compuesta de tres cuerpos y un remate, flanqueado por dos torres-campanarios. El primer cuerpo contiene cuatro columnas dóricas empotradas en el muro que soportan un friso, abriéndose en el centro la portada. El segundo cuerpo consta de una parte central formada por cuatro columnas, entre las que se distribuyen tres hornacinas, que contienen las imágenes de San Agustín, San Juan de Dios y la Virgen. A los lados van pilastras decoradas con ángeles niños y rocallas. En el tercer cuerpo se desarrolla una amplia y plana decoración de rocallas, que rodean la ventana central, enmarcándose todo el espacio por pilastras-estípites ricamente decoradas. El remate se forma por un frontón roto, que enmarca un cuerpo central con óculo. A los lados se levantan dos torres­ campanarios rematadas en chapiteles con azulejos. Esta portada, de comienzos del siglo XVII, se atribuye a Vermondo Resta. Fue redecorada en el último tercio del XVIII.
     El interior consta de tres naves, con crucero y cabecera plana. Las naves laterales, de menor altura que la central, se cubren con bóveda de cañón rebajado, y se separan de ella por medio de columnas, que soportan arcos de medio punto. La nave central se cubre por bóvedas de cañón con lunetos. A los pies y en alto se halla la tribuna del coro, con abundante decoración de yeserías rococó. En el crucero se levanta una cúpula con linterna, decorada con yeserías geométricas del primer tercio del siglo XVII. Muy interesante es el zócalo de azulejos que corre por los muros laterales y reviste los pilares del crucero. Están realizados en blanco y azul, presentando algunos toques de amarillo en las zonas principales. Tienen fecha de 1771. Obra interesante de rejería es el púlpito, forjado y dorado con temas ornamentales barrocos, que está fechado en 1702.
     El retablo mayor es de estilo neoclásico y contiene la imagen de San Andrés, realizada en 1613 por Francisco de Ocampo y policromada por Diego de Campos, de San Juan Grande y de San Juan de Dios, estas dos últimas efigies contemporáneas del retablo. En el centro se halla la Virgen de la Paz, imagen de vestir, de la misma época.
     En la nave izquierda hay varios retablos, entre los que destaca el situado a los pies, que se com­pone de tres calles separadas por columnas salo­mónicas y fondo de almohadillado, pudiendo fecharse en el último tercio del siglo XVII. En el centro va una imagen de San Nicolás de Bari y bajo él un busto-relicario de Santa Elena, de mediados del siglo XVII. De estilo más avanzado y articulados por estípites son otros dos retablos dedicados a Santa Rita y a San Carlos Borromeo, escultura esta última debida a Juan de Mesa, quien la ejecutó en 1618, pero que fue muy restaurada en el siglo XVIII. Otros dos retablos de menor interés están dedicados a la Virgen Dolorosa y a San Rafael.
     En la nave dere­cha hay también varios retablos; el más cercano a los pies es de estilo neoclásico y contiene un Cristo atado a la columna del mismo momento. A continuación se halla un retablo de estilo rococó adornado con rocallas y estípites, que aloja las esculturas de San Juan Nepomuceno, San Antonio de Padua y San Francisco Javier, todas de la segunda mitad del siglo XVIII, como el retablo. Del mismo estilo pero en forma de hornacina, es el retablo siguiente que contiene una magnífica efigie de la Inmaculada, obra de Blas Molner. A continuación se destaca un retablo recompuesto con una parte  rococó y otra del primer tercio del siglo XVII, a la que quizá se refiere el contrato hecho por la comunidad con Jacinto Pimentel en 1631- 1632 para su realización. En el centro va un Crucificado de fines del siglo anterior. Finalmente a la altura del crucero se hallan dos retablos neoclásicos que contienen las imágenes de San Juan de Dios y San José, y una hornacina con la figura del Cristo de la Humildad, obra anterior a 1625. En  la parte  alta de la nave central cuelgan  lienzos  de  mediados del siglo XVII y atribuidos a Bernabé de Ayala que representan a Santa Águeda, Santa Lucía, San Agustín, San Antonio  Abad,  San  Roque,  San Jerónimo,  San Gabriel, San Miguel, San Antonio de Padua y la Santísima Trinidad.
     Las piezas de orfebrería son muy escasas y posteriores a la exclaustración. Mencionaremos un ostensorio y un cáliz, ambos de estilo neoclásico muy avanzado, llevando el último los punzones del platero Quintana, Hércules con el león y la fecha de 1864, que corresponde a la ejecución.
     El hospital se halla unido a la iglesia y data en su parte más antigua de comienzos del siglo XVII, atribuyéndose también su traza a Vermondo Resta. Su fachada a la calle Sagasta presenta cuatro plantas articuladas por medio de pilastras. Son de orden toscano y monumentales las que abarcan el piso inferior y el entre­suelo, presentando placas recortadas en sustitución de capiteles. Parejas de pilastras de fuste invertido se emplean en la planta siguiente, utilizándose parejas de pilastras con retropilastras y placa bajo el capitel, en el piso de remate. Los huecos, excepto en el piso superior, son adintelados, solución que repite la puerta de acceso, que se flanquea por un orden mensular. El conjunto se desarrolla alrededor de un patio cuadrado cuyo primer cuerpo lo forman arquerías de medio punto que apean sobre columnas renacentistas de mármol. El piso alto posee bal­cones con orejetas y decoraciones de yeserías geométricas. En el centro del patio y a un nivel más bajo del suelo se alza una fuente de jaspe rosa de estructura manierista. De la misma época es el salón de la planta alta llamado «de columnas», que está formado por dos largas naves rectangulares separadas por columnas de mármol pareadas. De época posterior, 1794, es la gran escalera de mármoles policromos que se halla cubierta en sus dos tramos por artesonado de viguería con azulejos, fechados en 1931 (Alfredo J. Morales, María Jesús Sanz, Juan Miguel Serrera y Enrique Valdivieso. Guía artística de Sevilla y su provincia. Tomo I. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2004).
     La edificación comprende al conjunto de convento-hospital e iglesia.
     El convento-hospital se distribuye en torno a un patio de planta cuadrada conformado por galerías de arcos de medio punto que apoyan sobre columnas, en planta baja, y balcones con decoración de yesería en planta alta.
     En esta zona del conjunto encontramos además un salón con columnas pareadas de mármol y una escalera de mármoles policromos.
     La iglesia es de tres naves con crucero y cabecera plana, las naves laterales se cubren con bóveda de cañón con lunetos, separadas por columnas con arcos de medio punto, destacando la decoración de yesería rococó.
     La fachada tiene tres cuerpos con remate y está flanqueada por dos torres campanario. En el primer cuerpo, cuatro columnas dóricas semiempotradas enmarcan la portada y sostienen al friso que se sitúa sobre ella. El segundo cuerpo sitúa en su zona central cuatro columnas, entre las que se disponen hornacinas con esculturas y a los lados pilastras decoradas. El tercero contiene una ventana central enmarcada por pilastras-estípites. Corona la portada un frontón roto que enmarca un cuerpo central con óculo.
     En cuanto a la decoración, en el segundo cuerpo encontramos las esculturas de San Agustín, San Juan de Dios y la Virgen, y las pilastras se decoran con ángeles, niños y rocallas, elemento este último que se repite como decoración en el tercer cuerpo, rodeando a la ventana.
     La Iglesia fue construida durante los siglos XVI y XVII, realizándose la redecoración de la portada en el siglo XVIII. El hospital es de los siglos XVII y XVIII, fechándose la escalera en 1794.
     El edificio fue utilizado hasta fines del siglo XVII, en que se produjo una profunda reestructuración, que debió terminar a comienzos de la siguiente centuria. El púlpito está fechado en 1702 y esta parece que puede ser la fecha de terminación de las obras. Otra importante reforma tuvo lugar en 1770.
     En 1835 tiene lugar la exclaustración, abandonándose el inmueble y destinándose a fines políticos. En 1880 vuelven los religiosos hasta 1978, en que se clausura por declaración de ruina que afecta fundamentalmente a los forjados de la primera crujía de la fachada de varias salas hospitalarias. Se restauró de 1982 a 1989, realizándose las obras a cargo del arquitecto Rafael Manzano Martos (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Desde la calle Sierpes, la calle Sagasta lleva hasta una de las plazas más conocidas de Sevilla, la del Salvador. En Sagasta, se encuentra este hospital que fundaron los Hermanos de San Juan de Dios en 1574. Pintada de almagre, la fachada se eleva en cuatro plantas, las dos inferiores estructuradas con pilastras toscanas de gran porte, y las dos superiores con las mismas pilastras, pero en parejas y con el fuste invertido. El interior se organiza alrededor de un claustro de planta cuadrada con arcos de medio punto sobre finas columnas de mármol de estilo clásico. En el piso alto, es conocido el salón de las columnas, llamado así por estar compuesto por dos largas galerías separadas por una serie de pareadas columnas de mármol. El hospital tiene una iglesia, cuya fachada da ya a la plaza. En ella sobresalen sus dos torrecillas campanario rematadas por afilados chapiteles recubiertos de azulejos.
     El interior tiene tres naves separadas por arcos de medio punto sobre columnas. Una cúpula de media naranja con linterna, muy decorada con yeserías geométricas, se alza en el crucero. Lleva coro alto a los pies, también decorado con yeserías, pero de estilo rococó, y en los muros y en los pilares del crucero, un zócalo de azulejos. El altar mayor es de estilo neoclásico. En él figura una buena talla de Andrés de Ocampo realizada en 1613: San Andrés, policromada por Diego de Campos. De entre los buenos retablos que guarda este templo, sobresale el de San Carlos Borromeo, talla de Juan de Mesa de 1618, situado en la nave del evangelio (Rafael Arjona, Lola Walls. Guía Total, Sevilla. Editorial Anaya Touring. Madrid, 2006).

Conozcamos mejor la Historia, Culto e Iconografía de San Juan de Dios;
HISTORIA
   Monje franciscano del siglo XVI, fundador de la orden de los Hermanos de la Misericordia.
   Nació en Portugal en 1495, fue pastor, luego soldado y finalmente monje, después de haber oído un sermón del beato Juan de Ávila.
   Se radicó en Granada, donde murió, en 1550. En dicha ciudad fundó un hospital para el que recogió limosnas paseándose por la ciudad con grandes jarras suspendidas del cuello con una cuerda. El arzobispo de Granada lo motejó Juan de Dios a causa de su caridad.
   Según su biógrafo, un día, cuando rezaba de rodillas ante un crucifijo en una iglesia de Granada, vio a la Virgen y a san Juan descender hacia él y colocarle una corona de espinas sobre la frente. Comprendió que estaba consa­grado al sacrificio. Se entregó por entero a los pobres. Durante una noche de tormenta habría transportado a un mendigo moribundo al hospital ayu­dado por un ángel.
CULTO
   Canonizado en 1691, es el patrón de la ciudad de Granada, de los hospitales de los enfermeros y de los enfermos. Pero no se esperó a su canonización para venerarlo como a un santo. En 1660 Ana de Austria donó al hospital de la Caridad de París un hueso de su brazo derecho. Es patrón del mariscal Juan de Dios Soult, duque de Dalmacia.
ICONOGRAFÍA
   Vestido con el sayal y capucho franciscano, lleva una corona de espinas sobre la frente, tiene una granada en la mano y una pequeña cruz, una alusión a la ciudad de Granada, donde prodigó su caridad. A veces sostiene a un en­fermo, lleva un moribundo sobre la espalda o le presenta un crucifijo (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de San Juan de Dios, religioso;
     San Juan de Dios, (Casarrubios del Monte, Toledo, 1495 – Granada, 8 de marzo de 1550). Confesor, fundador de la Orden Hospitalaria (OH), iniciador del hospital moderno, padre de los pobres, icono de caridad, profeta de la hospitalidad, patrón universal de los enfermos, enfermeros, hospitales y bomberos y copatrón de la ciudad de Granada.
     Nació en el seno de una familia media en Casarrubios del Monte (Toledo) en 1495. No se sabe el nombre de los padres. Su primer biógrafo, Francisco de Castro (1585), despistó hasta hace pocos años diciendo que nació en Montemor o Novo (Portugal), para desorientar sus orígenes; su madre era cristiana y el padre judío y fue llevado en sus primeros años a Portugal. En 1951 se publicó su verdadero origen en las Relaciones histórico-geográficas de los pueblos de España hechas por iniciativa de Felipe II, I, Reino de Toledo, realizadas el 10 de febrero de 1575, en donde se dice que nació en Casarrubios del Monte, a tan sólo veinticinco años de su muerte.
     A los ocho años, según Castro, lo trajo un clérigo de nuevo a España y lo dejó en Oropesa (Toledo), donde vivió y trabajó hasta 1532, en casa del mayordomo del conde de Oropesa, Francisco Mayoral. Allí recibió una educación cristiana y estudios propios de su tiempo, que compartió con su paisano y amigo san Alonso de Orozco, en el mismo ambiente y familia.
     Colaboró como zagal y pastor en las mesnadas del conde de Oropesa, ocupándose de llevar y traer bastimento y lo que era menester para los pastores con toda diligencia. Fue muy apreciado y querido por todos.
     A los veintiocho años, en 1523, quiso servir al emperador Carlos V en la defensa de Fuenterrabía.
     Les faltaban víveres, por lo que Juan decidió partir en su búsqueda montado en una yegua, que, llena de furia, arremetió contra él derribándolo y provocándole un fuerte golpe en la cabeza. Vuelto en sí, atormentado de la caída, no pudiendo apenas hablar, invocó a la Virgen María, de la que siempre fue muy devoto, quien le salvó. Regresó a donde estaban sus compañeros a quienes contó lo sucedido. Lo auxiliaron y en pocos días se curó. Pronto se vio en otra mayor: su capitán le puso a guardar ciertas vituallas y en un descuido se las sustrajeron. Sabiéndolo el capitán, lleno de enojo lo mandó ahorcar, a pesar de los ruegos de sus compañeros soldados. Acertó a pasar tal vez el duque de Alba, quien rogó que no lo ejecutase y se fuese luego del lugar. Viendo Juan el peligro en el que andaba su vida estando metido en la guerra y el mal pago que el mundo daba, determinó volverse a Oropesa a casa de su amo Francisco Mayoral y tornar a la vida quieta de pastor, más segura que la de soldado en la guerra.
     Su amo lo recibió con mucha alegría, ya que lo quería como a un hijo y Juan siempre se había mostrado fiel y diligente. Como joven inquieto y con poca experiencia decidió enrolarse como soldado del conde de Oropesa, en el año 1529, tras haber tenido noticia de que el conde partía a Hungría, a la defensa católica de Viena contra el enemigo musulmán turco, a favor del emperador Carlos V. Juan pudo saludar al Emperador en persona cuando Carlos V entró en Viena el 24 de septiembre de 1532 y pasó revista a las tropas españolas. Regresó de Viena el 4 de octubre de 1532, con el conde de Oropesa. Juan desembarcó en La Coruña.
     Fue de peregrinación a Santiago de Compostela. Sintió el cansancio del camino, el duro trabajo, el sufrimiento, la soledad de la vida, la alegría de la reconciliación, la paz de su alma al encuentro con Dios. Sintió una felicidad en su soledad; confortado con los sacramentos de la penitencia y comunión, recobró fortaleza para proseguir su camino con la bendición del apóstol.
     A finales del año 1532 realizó el viaje al que creía su pueblo, Montemor (Portugal). Todo el camino lo hizo a pie. Llegó allí para localizar a sus padres y a su familia, pero nadie los conocía. Aquí está la contradicción histórica. ¿Por qué Castro no desveló nunca el nombre de sus padres y sí el nombre del pueblo? Una hipótesis es que al ser judíos sus padres cambiasen el nombre para no ser denunciados. Otra posibilidad es que, al enterarse Juan de su origen, no quiso revelarlo por temor a ser considerado cristiano nuevo y caer en sospechas de la Inquisición. Localizó a un tío suyo y, al saber la realidad familiar, cambió de rumbo total su vida de zagal, pastor y soldado. No regresó ya a Oropesa en los últimos días del año 1532; volvió por Ayamonte y se dirigió a Sevilla, donde ejerció como pastor guardando las ovejas de Leonor de Zúñiga, madre del duque de Medina Sidonia.
     Juan se dirigió a África a la ciudad de Ceuta para dejar “el mundo”. Se embarcó en Gibraltar. Llegó a Ceuta los primeros días de 1533 y permaneció allí unos meses. Trabajó en las fortificaciones como peón albañil para socorrer con su salario al caballero portugués desterrado y a toda su familia. Juan presenció un drama: la pérdida de la fe de un compañero que pasó de católico a musulmán. Rezó a la santísima Virgen María por la vuelta de su amigo a la fe cristiana. Pidió auxilio y consejo a los padres franciscanos.
     Un padre docto le escuchó en confesión y, al conocer su historia, ante el peligro que Juan corría, le mandó volver a España. Juan obedeció y regresó a finales del verano de 1533. Desembarcó en Gibraltar. Se preparó e hizo una confesión general; dedicaba largo tiempo a la oración y meditación y pedía a nuestro Señor, con lágrimas, perdón de sus pecados y que le encaminase en lo que había de servir.
      Finalmente, Juan decidió trabajar como vendedor de libros, oficio con el que no obtenía mucho dinero. Fueron los oficios de catequista y de librero, este último desde agosto hasta finales de octubre de 1533, los que le llevaron de la mano hasta la ciudad de Granada.
      A su paso por Gaucín, le ocurrió lo que cuenta la bellísima leyenda áurea del Niño de Gaucín, que salió a su encuentro y Juan le regaló sus sandalias, le cargó sobre sus hombros y el Niño, abriendo una granada, le dijo señalando proféticamente su futuro: “Mira Juan de Dios, Granada será tu cruz y por ella verás la gloria de Jesús”. Y dicho esto desapareció. Esta tradición le encantaba al papa Juan XXIII, que respetaba las tradiciones populares; le agradaba ver repetida en Juan de Dios la leyenda de san Cristóbal. Juan, como librero y catequista, se insertó en el movimiento contemporáneo de renovación de la catequesis; el anuncio de la buena nueva, en forma de catequesis popular y accesible a un pueblo, en su inmensa mayoría analfabeto, fue una de las actividades del laico Juan, antes, incluso, de iniciar la fundación de la Hospitalidad. Por eso es una herencia que dejó a sus seguidores.
     Cercana la Navidad de 1533, Juan llegó a Granada. Era un lugar bullicioso, hervidero de razas, encrucijada de culturas y creencias, paso obligado de los comerciantes, aventureros y pillos que deseaban partir hacia las lejanas tierras descubiertas por Colón.
     Puso tienda en la Puerta Elvira, donde estuvo ejercitando su oficio de librero. Juan cambió de vida, y así, el 20 de enero de 1534, Granada hacía una fiesta en la ermita de los Mártires, en lo alto de la ciudad, frente a la Alhambra, en honor de san Sebastián. Predicaba un excelente varón, maestro en Teología, llamado el maestro Juan de Ávila. Sabía transmitir la palabra de Dios, certera y penetrante. Fue a escucharle mucha gente y, entre ellos, Juan. San Juan de Ávila destacó en el sermón el ejemplo del mártir, por haber padecido tantos tormentos, ejemplo para los cristianos; acabado el sermón, Juan salió de allí, transformado y decidido a emprender nuevo estado, dando voces, pidiendo a Dios misericordia, arrojándose por el suelo, lastimándose y haciendo duras penitencias. Los muchachos corrían detrás de él dándole gritos: “¡Al loco, al loco!”.
     Juan fue a su tienda, distribuyó los libros y las imágenes; se desnudó de sus bienes temporales y se quedó sólo vestido con una camisa y unos zaragüelles, para cubrir su desnudez. Así anduvo descalzo y descaperuzado por las calles de Granada, queriendo, desnudo, seguir a Jesucristo. Gritaba: “¡Misericordia, misericordia Señor, de este grande pecador!”. Le creyeron loco por toda Granada. Lo llevaron ante el padre Juan de Ávila, quien le escuchó atento y paciente. Juan se comportó como cordero manso, pacífico, contenido, en silencio, roto sólo a ráfagas. Le relató su vida, sus vanidades, ensueños, desesperaciones, trabajos, persecuciones, fracasos; con serenidad, confesó sus pecados, con grandes muestras de contrición. Le rogó al maestro que lo aceptara por discípulo, como director espiritual. El maestro no puso reparos al comportamiento alarmante de las locuras de Juan. Lo admitió por hijo de confesión. Sería desde ese momento su principal consejero. Le levantó el ánimo y salió de allí con su bendición.
     Siguió haciendo duras penitencias y excentricidades, quedándose sin fuerzas, al comer poco, contento de sufrir y padecer por Jesucristo. Lo llevaron al Hospital Real, donde curaban a los locos. Venía muy maltratado, lleno de heridas y cardenales de los golpes y pedradas. Lo curaron y procuraron hacerle algún regalo.
     Juan vio cómo maltrataban a los enfermos. Denunció los malos tratos. Les recriminó su dureza, salió en favor de los derechos del enfermo. El maestro Ávila mandó a un discípulo suyo, quien le animó a sufrir todo por Jesucristo. Su estancia en el Hospital Real no fue larga. Recuperadas sus fuerzas fue dado de alta.
     Más tarde, visitando el Hospital Real el 16 de mayo de 1539, vio pasar el cadáver de la emperatriz Isabel, mujer de Carlos V, que la traían a enterrar a Granada.
     Escuchó el sermón de Juan de Ávila, que logró la conversión de Francisco de Borja y se conocieron los tres.
      Del Hospital Real, Juan se dirigió a Montilla para visitar al padre Ávila. Permaneció algunos días con él, trataron de su vocación hospitalaria y futuro y lo encaminó para que visitara el famoso monasterio de Guadalupe, donde había un buen hospital, farmacia y albergue de peregrinos. Se puso en camino y se hospedó en los hospitales o albergues de peregrinos. Era una buena escuela donde aprender la hospitalidad y profesionalidad enfermerística. En el monasterio fue bien recibido por los monjes y el prior, y allí adquirió conocimientos de enfermería durante un tiempo, que luego puso en práctica.
     Era muy devoto de la Santísima Virgen y en una visión ante la venerada imagen de Guadalupe, vio que la Virgen le entregaba el Niño Jesús y le decía: “Juan, viste a Jesús para que aprendas a vestir a los pobres”.
     Esta visita le imprimió carácter especial, fue su noviciado hospitalario, que lo ejerció como donado; de aprendiz de enfermero a fundador de un hospital. Salió con una orientación bastante buena para comenzar su obra hospitalaria en Granada. De Guadalupe regresó a Baeza donde estaba el padre Ávila, lo recibió con amor, llevó otra forma de portarse. Le dio los últimos consejos, instrucciones, personas a las que dirigirse, le nombró como confesor al padre Portillo y de mutuo acuerdo, regresó a Granada, a “donde fuiste llamado del Señor”. Juan se puso en camino para poner en marcha el nuevo hospital.
     Había en Granada diez hospitales, todos con pocas camas. Juan analizó la marginación que le rodeaba: esclavitud y pobreza; enfermos y peregrinos; manada de mendigos y una porción de poderosos; la mendicidad y las famosas “células” para ciegos y vergonzantes; los poderosos que vivían bien y los desheredados de la sociedad con la mendicidad: mendigos y expósitos.
     Los verdaderos marginados: el hampa, los pobres y los pícaros; las rameras, los gitanos, los cautivos y los galeotes, los criados y mendigos vagabundos. Juan conoció este ambiente, supo intuir los signos de los tiempos y, siguiendo el evangelio de la misericordia, se entregó a él dándole una respuesta adecuada.
    Juan realizó cinco fundaciones hospitalarias, cuatro en Granada y una en Toledo. La primera la realizó a finales de 1534. Alquiló una casa-albergue en la zona de la Pescadería, que pronto se le quedó pequeña, pues en ella recogía a los que veía tendidos en los soportales y a tantos pobres desamparados, harapientos, maltratados de la vida. Comenzó la tarea como hermano hospitalario: lavar los platos y escudillas, fregar las ollas, barrer, limpiar, ordenar la casa y traer agua, las labores diarias y domésticas, y lo hacía solo. Para ello introdujo la novedad de pedir limosna y víveres al anochecer por las calles de Granada, gritando: “Haced bien por amor de Dios, hermanos míos”. Se hizo pobre con los pobres e impactó con la novedad de la caridad hospitalaria en el pueblo y la ejercitó con alegría. Fue el cimiento de la futura Fraternidad Hospitalaria.
    La segunda fundación fue en 1535 con el primer hospital en la calle de Lucena. Eran tantos los que acudían a su albergue que tuvo que alquilar otra casa más grande para poder acogerlos. Pronto se corrió por Granada lo bien que eran acogidos y cómo los trataba con tanta caridad. Juan tenía más experiencia y comenzó el bosquejo de la nueva Hospitalidad: por los cuerpos a las almas; curando los cuerpos y sanando las almas con estilo directo, con amor y entrega desde la misma pobreza compartida. Lo hizo bajo el consejo del padre Portillo, que fue hasta su muerte su consejero y confesor. Su nuevo hospital fue casa de Dios, abierto siempre a la misericordia, a todos los pobres y enfermos, sin necesidad de papeleo. En esta casa había más orden y concierto. Armó algunas camas para los más dolientes y trajo enfermeros que le ayudasen a servirles, mientras iba a buscarles limosnas y medicinas para que se curasen. Viendo lo bien que eran tratados, acudían cada día más menesterosos.
     Eran fundaciones intuitivas, como labor social, humanitaria y carismática, dando respuesta a los signos de los tiempos. Este estilo y labor de Juan conmovió a Granada, que se admiró de la capacidad de aquel hombre pobre y sencillo, quien, desde la nada, mantenía diariamente a cuantos pobres y enfermos llegaban a su hospital o él mismo encontraba por las calles y los ayudaba. Otra gran novedad: Juan se convirtió en el iniciador del voluntariado, pues se sumaron a él personas voluntarias: médicos, enfermeros, instituciones, personas devotas que le ayudaban. Con silencio y eficacia fue el gran reformador del siglo de los hospitales.
    Juan era un laico comprometido en la caridad, que daba comida, bebida, vestido, acogida, cuidados sanitarios y médicos a los pobres y enfermos. Su ministerio fue apreciado, valorado y no pasó inadvertido. Un día cerca de la Navidad, el presidente de la Chancillería de Granada, Ramiro de Fuenleal, obispo de Tuy, lo invitó a comer. Se interesó por su labor social, evangélica y apostólica. Le dio el nombre definitivo: Juan de Dios. Desde ese día fue un verdadero religioso consagrado laico. El obispo, al cambiarle el nombre y darle un hábito, le confirmó como fundador y, con ello, dio comienzo a la Fraternidad Hospitalaria. Luego diría de él san Pío V en 1571 al aprobarla: “Por ser Juan de Dios, el Fundador y Primero de su Fraternidad y Hospital”. Así se le abrieron las puertas y bolsillos de los señores de Granada al santo limosnero.
     Una vez más en la historia surgió primero servir, luego nacer, la acción carismática y luego la aprobación.
     Todo ello llevó un tiempo para encontrar forma jurídica. El proceso fue arduo, progresivo, con muchas dificultades al ser “religiosos laicos”. Era una obra pía, lugar de oración y caridad, que interesaba igualmente al ámbito eclesiástico y al civil. Ambas autoridades pretendían ejercitar su jurisdicción sobre ella.
     Empero, fuera civil o eclesiástico el origen del hospital, éste, como “pía loca”, quedaba sujeto a la visita de la autoridad eclesiástica, dentro de las circunstancias previstas por el Concilio de Trento. En todo caso, el visitador ejercía su autoridad en el foro penitencial, culto de Dios, no en las materias económicas.
     Juan de Dios, metido de lleno en el servicio hospitalario, por el año 1535, comenzó a recibir a sus primeros compañeros: Antón Martín y Pedro Velasco, a quienes dio el hábito hospitalario. Luego fueron llegando Simón de Ávila, Domingo Piola, Juan García, Fernando Núñez y los hermanos Sebastián, Diego y Alonso Retíngano. Con ellos Juan de Dios compartió el carisma fundacional de la caridad y hospitalidad.
     Los dos primeros hermanos, Antón y Pedro, fueron vidas señeras en el futuro de la Fraternidad Hospitalaria, como cofundadores de la misma que tanto le ayudaron en los inicios difíciles de la incipiente obra hospitalaria. Ejercieron la hospitalidad a ejemplo e imitación como lo hizo su fundador. Con su forma de vida pretendió hacer un proyecto de comunidad sin fronteras. Fruto de la misma obra es hoy la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios.
     Juan de Dios realizó la tercera fundación: el hospital de la calle Gomeles. Dado que ya no cabían los enfermos en el hospital de Lucena, sus bienhechores le compraron una casa más grande en la calle de los Gomeles. Pudo hacer el traslado de los enfermos en 1536 o 1537. Le ayudaron en esta tarea los hermanos Antón Martín y Pedro Velasco. Hizo de este hospital general una “casa de Dios”. El fundador escribió a Gutierre Lasso que en ella recibía sin distinción “enfermos que aquí se encuentran tullidos, mancos, leprosos, mudos, locos, paralíticos, tiñosos y otros muy viejos, y muchos niños; y esto sin contar otros muchos peregrinos y viandantes, que aquí acuden, a los cuales se les da fuego, agua, sal y vasijas para guisar de comer”. El santo recuerda que “para ello no hay renta, mas Jesucristo lo prevé todo”. Se sabe un poco de sus gastos por sus cartas: “Pues no pasa día en que no sean necesarios, para el abastecimiento de la casa, cuatro ducados y medio, y a veces cinco; y esto solo de pan, carne, gallinas y leña, porque las medicinas y los vestidos son otro gasto aparte”.
     Juan de Dios por este motivo se “encuentra siempre empeñado y entrampado, solo por Jesucristo”, y añade: “ya que debo más de doscientos ducados de camisas, capotes, zapatos, sábanas y mantas y de otras muchas cosas que son necesarias en esta casa de Dios; y de la crianza de niños que aquí abandonan”. Siempre le apoyaron los arzobispos de Granada, tanto Fernando Niño de Guevara, como el caritativo y santo Pedro Guerrero. Lo hacía con su auxilio y bendición, trabajaba para el servicio de la Iglesia y con su autorización.
     Juan de Dios seguía con los hermanos su trabajo diario con profesionalidad y caridad.
     Hizo la cuarta fundación: el tercer hospital en el convento viejo de San Jerónimo. Le regalaron los terrenos, le apoyaron el arzobispo Pedro Guerrero y san Juan de Ávila, y él mismo predicó sermones, recogió limosnas y comenzó las obras del que es hasta hoy día el Hospital de San Juan de Dios en Granada. No las vio finalizadas en vida. El traslado del Hospital de Gomeles al nuevo se realizó el 14 de agosto de 1553.
     Era un hospital general, con la nueva impronta de su genialidad hospitalaria y profesional, donde colocó a los enfermos por especialidades, separó a los hombres y a las mujeres, contó con un voluntariado desinteresado de médicos, enfermeros, auxiliares, colaboradores administrativos, sacerdotes, religiosos y bienhechores que fueron su apoyo. En 1548 hizo la quinta fundación: abrió un albergue, igual al de Granada, en Toledo, y mandó allí al hermano Fernando Núñez.
     Con ello comenzó a extenderse la Fraternidad Hospitalaria.
     Tienen a Juan de Dios como fundador y es su ejemplo y luz de la Hospitalidad.
     En 1548, lleno de deudas, viajó a Valladolid y se entrevistó con Felipe II, todavía príncipe regente, el cual le recibió, le escuchó, se interesó por su obra y le socorrió con generosidad, al igual que lo hicieron sus hermanas las princesas de España. Le entregó varios memoriales interesándose siempre por los pobres. Fue un viaje de ida y vuelta muy duro, acompañado por el hermano Pedro Velasco. Dejó en Granada como superior al hermano Antón Martín, que fue un magnífico hospitalario y gestor. Todo lo que le daban lo repartía a los pobres de Valladolid. El hermano Pedro le recordó el objetivo del viaje, que era recoger limosnas para el hospital de Granada, y el santo le respondió: “Hermano, darlo acá, o darlo allá, todo es darlo por Dios, que está en todo lugar, y donde quiera que haya necesidad, debe ser socorrida”. Para llegar a Granada con limosnas tuvieron la buena idea de darle “cédulas de pago” para que las pudiera cobrar en Granada. Regresaron descalzos y a pie; Juan llegó muy cansado y enfermo. Este viaje tan duro marcó su salud.
     La grandeza de espíritu de Juan de Dios se manifestó en el ejercicio de todas las virtudes. Así, su amor pudo más que el fuego cuando ayudó a apagarlo en el incendio del Hospital Real de Granada, sacando a todos los enfermos del mismo y librándolos de una muerte segura. Así lo reconoce la Iglesia en la liturgia de su fiesta. Fue en pleno invierno de 1549 a socorrer a un joven que se estaba ahogando en el río Genil y contrajo la que sería su última enfermedad y causa de su muerte.
     Juan de Dios cayó gravemente enfermo, le metieron en cama, rendido y enfermo, entre el dolor de los hermanos y enfermos que intuían lo peor. Todo el Hospital se revolucionó. La fiebre no remitía a pesar de los remedios que le aplicaban. En este estado, aún quería salir a pedir limosna para los suyos, seguir dialogando con los infortunados de la vida que siempre le esperaban. Eran muchos los que se interesaban por su salud, tanto los pobres como el resto de la ciudad.
      Desde el lecho del dolor, Juan de Dios recomendaba a los hermanos de la comunidad que a nadie faltase nada, que todo siguiera su ritmo y no se alterase el orden normal del programa del Hospital. Esta es una de las grandezas de la hospitalidad hospitalaria: el enfermo era el centro y corazón del hospital para Juan de Dios y los hermanos.
     Muy enfermo, le visitó su amigo y arzobispo Pedro Guerrero, lo confortó, lo consoló y le dijo las cosas que habían llegado a él: “He sabido como en vuestro hospital se recogen hombres y mujeres de mal ejemplo y que son perjudiciales y que os da mucho trabajo a vos propio su mala crianza por tanto despedidlos luego, y limpiad el hospital de semejantes personas, porque los pobres que quedaren vivan en paz y quietud y vos no seáis tan afligido y maltratado de ellos”.
     Juan de Dios estuvo muy atento a todo lo que le dijo y le contestó con humildad y mansedumbre: “Padre mío y buen Prelado, yo solo soy malo y el incorregible y sin provecho, que merezco ser rechazado de la casa de Dios y los pobres que están en el Hospital son buenos y sobre todos tiende el sol cada día, no será razón echar a los desamparados y afligidos de su propia casa”. Convenció al arzobispo su respuesta y éste lo dejó en paz y le dio licencia para que hiciera el bien hasta el fin de su vida.
      Viendo Juan de Dios su estado, arregló sus cuentas, tomó un libro y puso en orden las deudas y a todos pagó. Hizo dos libros, uno lo dejó en su pecho y otro lo mandó al Hospital. Todavía envió sus últimas cédulas de caridad a los pobres y enfermos. Estaba muy bien atendido en el hospital por todos los hermanos, rodeado de los pobres, que eran sus mejores joyas, su gloria y su preocupación. Le visitó Ana Osorio, mujer de mucha caridad, que vivía en el veinticuatro de García de Pisa, la cual, viendo su estado, llena de amor misericordioso, lo quiso llevar a su casa para atenderlo y curarlo. Juan de Dios no consintió dejar el Hospital ni abandonar a los enfermos y pobres, sino que deseaba morir en él y ser enterrado allí.
     Como se agravaba su enfermedad, los señores de Pisa vinieron a buscarlo para llevárselo a su casa. Al fin lo convencieron diciéndole que si él había predicado a todos la obediencia, debía obedecer ahora a lo que con tanta razón pedían por amor de Dios. Fiel hijo de la Iglesia, obediente en todo momento, humildemente lo aceptó y con gran pesar lo llevaron en una silla. Cuando supieron los pobres que lo querían llevar, los que pudieron se levantaron y le cercaron —porque le tenían gran amor— y con gemidos y lágrimas comenzaron a dar alaridos, todos llorando.
     Por consejo de los médicos, se metió en la cama, doña Ana le había preparado la habitación con la dignidad de un siervo de Dios, con ropa adecuada que le hizo cambiar, atendiéndole con fina hospitalidad y cuidado. La gente principal de Granada lo visitó.
     También el arzobispo Pedro Guerrero lo confortó con santas palabras y le administró los sacramentos de la penitencia, unción de los enfermos y le llevó el viático. Y le animó para el último camino hacia la eternidad. Le preguntó que si tenía algo que le diese la pena, se lo dijese, porque pudiendo él lo realizaría. El respondió: “Padre mío y buen Pastor, tres cosas me dan cuidado. La una lo poco que he servido a nuestro Señor habiendo recibido tanto. Y la otra los pobres, que le encargo y gentes que han salido de pecado y mala vida y los vergonzantes. Y la otra estas deudas que debo, que he hecho por Jesucristo”. Y púsole en la mano el libro en que estaban asentadas. El prelado respondió: “Hermano mío, a lo que decís que no habéis servido a nuestro Señor, confiad en su misericordia, pues suplirá con los méritos de su pasión lo que en vos ha faltado. Y en lo de los pobres, yo los recibo, y tomo a mi cargo, como soy obligado. En cuanto a las deudas, las tomo a mi cargo para pagarlas. Y yo os prometo de hacerlo como vos mismo. Por tanto, sosegaos y nada os dé pena, sino sólo atended a vuestra salud y encomendaos a nuestro Señor”. Luego le dio su bendición y se fue.
     Juan de Dios mandó llamar al hermano Antón Martín, al que dejó como hermano mayor y sucesor. Le encargó mucho el cuidado a los pobres, los huérfanos, los vergonzantes y de la Fraternidad Hospitalaria, amonestándole con santas palabras. Sintiendo que llegaba su último momento, se levantó de la cama, se puso en el suelo de rodillas, donde estuvo un poco callado y, luego, abrazándose a un crucifijo, exclamó: “Jesús, Jesús, entre tus manos me encomiendo”. Diciendo esto, murió. Tenía cincuenta y cinco años. Permaneció en este estado varias horas, sin caerse. Así lo quitaron para amortajarlo. Ocurrió su muerte a la entrada del sábado, media hora después de maitines, el 8 de marzo de 1550. Estuvieron presentes en su muerte muchas personas principales y cuatro sacerdotes. Todos quedaron admirados y dieron gracias a Dios por tan dulce y santa muerte. La noticia corrió veloz y Granada lloró su muerte. Pronto, sin cesar hasta su entierro, se dijeron misas y responsos por los frailes y clérigos de la ciudad.
     Los hermanos prepararon el funeral, que fue presidido por el arzobispo Pedro Guerrero. El entierro fue un acontecimiento, una procesión solemne y silenciosa jamás vista en Granada. Todos los estamentos estuvieron presentes y su cuerpo fue depositado en la cripta en la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria de los padres Mínimos de Granada, y allí permaneció hasta 1614 en que fue depositado en la iglesia de su hospital, hoy de San Juan de Dios. Su fama de santidad se extendió pronto por todo el mundo.
      Fue beatificado por Urbano VIII el 7 de septiembre de 1630. El papa Alejandro VIII lo canonizó el 16 de octubre de 1690. Tanto por su beatificación como por su posterior canonización lo celebraron en todas las ciudades en donde había hospitales con gran solemnidad y actos culturales y religiosos, especialmente en Granada. El papa León XIII, el 22 de junio de 1886, le nombró patrono de los enfermos, colocando su nombre en la letanía de los agonizantes.
     Pío XI, el 28 de agosto de 1930, le nombró patrono de los enfermeros y de cuantos se dedican a la asistencia de los enfermos. Pío XII se dignó nombrarle copatrón de Granada, el 6 de marzo de 1940.
     La fundación de su obra, la Fraternidad Hospitalaria, fue aprobada por san Pío V, el 5 de septiembre de 1571, con estas palabras: “Esta era la flor que faltaba en el jardín de la Iglesia”. Esta aprobación se hizo con la bula Salvatoris nostri y fue confirmada el 1 de enero de 1572 con la Licet ex debito. Sixto V la elevó a orden religiosa con la bula Etsi pro debito, el 1 de octubre de 1586. Clemente VIII la redujo a congregación el 13 de febrero de 1592 con la bula Ex omnibus. Pablo V, con el breve Romanus Pontifex, el 16 de marzo de 1619, la elevó definitivamente como Orden Hospitalaria de San Juan de Dios (José Luis Martínez Gil, OH, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
   Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Iglesia del Hospital de Nuestra Señora de la Paz, de la Orden de San Juan de Dios, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Horario de Misas de la Iglesia del Hospital de Nuestra Señora de la Paz, de la Orden de San Juan de Dios (Salvo en invierno):
     Misa de Lunes a Sábados, a las 13:00
     Misa los Domingos, a las 11:30

Página web oficial de la Iglesia del Hospital de Nuestra Señora de la Paz, de la Orden de San Juan de Dios: www.sjd.es/sevilla/?q=historia-centro-residencia

La Iglesia del Hospital de Nuestra Señora de la Paz, al detalle:
- Retablo Mayor
        San Juan Grande

sábado, 7 de marzo de 2020

La pintura "Santa Teresa Margarita Redi", de Chema Rodríguez, en la Iglesia conventual del Santo Ángel


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Santa Teresa Margarita Redi", de Chema Rodríguez, en la Iglesia conventual del Santo Ángel, de Sevilla.         
   Hoy, 7 de marzo, Festividad en Florencia, población de Toscana, en Italia, de Santa Teresa Margarita Redi, virgen, que, habiendo entrado en la Orden de las Carmelitas Descalzas, avanzó por el arduo camino de la perfección y murió siendo aún joven (1770) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy para ExplicArte la pintura "Santa Teresa Margarita Redi, de Chema Rodríguez, en la Iglesia conventual del Santo Ángel, de Sevilla.
     La Iglesia del Convento del Santo Ángel se encuentra en la calle Rioja, 19; en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
   En la iglesia conventual del Santo Ángel encontramos una monumental tabla de dos metros de alto y una de ancho pintada por Chema Rodríguez en 2011 para la nave central de este templo carmelitano, reflejando a la santa en una pincelada realista moderna, obteniendo la psicología de la santa, informándose para ello con un abundante trabajo fotográfico y documental.
    Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Santa Teresa Margarita Redi" en la Iglesia conventual del Santo Ángel, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Iglesia Conventual del Santo Ángel, en ExplicArte Sevilla.

viernes, 6 de marzo de 2020

La imagen del Señor Cautivo, en la Iglesia de San Ildefonso


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen del Señor Cautivo, en la Iglesia de San Ildefonso, de Sevilla.
   Hoy, 6 de marzo, primer viernes de Cuaresma, se celebra el multitudinario besamanos al Señor Cautivo de la Iglesia de San Ildefonso. 
   Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la imagen del Señor Cautivo, en la Iglesia de San Ildefonso, de Sevilla.
   La Iglesia de San Ildefonso [nº 31 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 54 en el plano oficial de la Junta de Andalucía] se encuentra en la plaza de San Ildefonso, s/n; en el Barrio de La Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
   El Señor Cautivo, preside su retablo en la nave del Evangelio de la Iglesia de San Ildefonso.
 Origen de la devoción
   En 1614, España llevó a cabo la conquista de la fortaleza norteafricana de La Mámora (actual Mehdía), perteneciente al reino de Fez, que desde el siglo XVI se había convertido en un nido de piratas berberiscos y a la que se rebautizó como San Miguel de Ultramar.
   Para defender la plaza se construyó un recinto fortificado diseñado por Cristóbal de Rojas, al que se dio el nombre de San Felipe y que conllevó el desarrollo de una población con viviendas y servicios.
   Para cuidar de la atención espiritual de los soldados españoles se reconvirtió en iglesia cristiana a una mezquita de la citada plaza fuerte, cuya atención fue encomendada a los Franciscanos, quienes en 1645 fueron reemplazados por frailes capuchinos. Poco tiempo después el templo resultó destruido por una explosión en uno de los numerosos ataques perpetrados por los musulmanes, lo que obligó a su reconstrucción. Para reponer cuanto era necesario, se enviaron desde la Península distintos enseres, entre ellos una imagen de Jesús Nazareno que, en principio, estaba destinada al convento sevillano de los capuchinos y llegó a La Mámora entre 1665 y 1688.

   Finalmente el 30 de abril de 1681, La Mámora se rindió al rey de Fez, Mulay Ismaíl, cuyas tropas se cobraron un gran botín en personas y enseres sagrados, que fueron trasladados a Mequinez, residencia del monarca musulmán, quien ordenó que la imagen de Jesús Nazareno fuera arrastrada por las calles de la ciudad y después arrojada a un muladar, momento que recoge el conocido cuadro de Valdés Leal. En tales circunstancias, un cautivo que se encontraba presente dijo al rey: “Señor, esas alhajas, si la reserváis, os darán los Padres de la Redención, por ellas, algunos moros cautivos de los que se hallan en poder de los cristianos”.
   La profanación de la efigie de Jesús Nazareno fue contemplada por fray Pedro de los Ángeles, religioso trinitario, que se encontraba en Mequinez negociando la redención de cautivos cristianos. Aún a riego de su vida, fray Pedro de los Ángeles se presentó ante Mulay Ismaíl y le solicitó el rescate de dicha imagen.
   Una leyenda afirma que el rey musulmán solicitó que se pagara como rescate por la imagen el peso de la misma en oro. Puesta en una balanza, fue tasada en treinta monedas, la misma cantidad de la traición de Judas.
   La imagen rescatada de Jesús Nazareno fue trasladada desde Mequinez a Tetuán y de allí a Ceuta, donde llegó el 28 de enero de 1682, para pasar después a nuestra Península: Gibraltar, Sevilla y, finalmente, Madrid, llegando al Convento de los Trinitarios Descalzos el 21 de agosto del citado año, donde quedó emplazada.
   Como muy pronto creciera la devoción hacia la imagen del Nazareno, los Duques de Medinaceli donaron un terreno para que se le labrara una capilla en octubre de 1686. A partir de ese momento la imagen empezaría a ser conocida como Jesús de Medinaceli, gozando desde entonces de singular veneración por parte del pueblo de Madrid.
La devoción llega a Sevilla

   En los siglos XVI y XVII eran muchos los cristianos capturados por los sarracenos que quedaron reducidos a la esclavitud. Los más afortunados -recuérdese el caso de Miguel de Cervantes- fueron rescatados gracias a la humanitaria labor de las Órdenes de la Santísima Trinidad y de la Merced, dedicadas a la redención de cautivos.
   Este asunto despertaba una especial sensibilidad entre los españoles, para quienes la azarosa peripecia experimentada por la imagen de Jesús Nazareno propició la rápida propagación de su culto y devoción.
   En Sevilla los trinitarios descalzos tenían su convento en una manzana comprendida entre la calle Descalzos, actual Plaza del Cristo de Burgos y calle Dormitorio. Juan Sierra levanta en 1625 la iglesia, que estaba dedicada a Ntra. Sra. de Gracia. En dicho templo se emplazó una imagen de Nuestro Padre Jesús Cautivo y Rescatado, trasunto del madrileño Cristo de Medinaceli, obra anónima del siglo XVII, que pronto gozó de singular devoción.
   La Desamortización eclesiástica del siglo XIX acarreó la desaparición del convento de los trinitarios descalzos. Sus dependencias fueron reconvertidas en vivienda y la iglesia quedó desacralizada dándole distintos usos.. Afortunadamente la Cofradía del Stmo. Cristo de Burgos adquirió este recinto en 1979, instalando en él su Casa de Hermandad. Se conserva su inconfundible torre, asomada a la calle Descalzos, con su característico chapitel bulboso. La pérdida de este convento hizo que sus enseres fueran repartidos entre distintos templos de la Archidiócesis y otros lugares. La imagen de Nuestro Padre Jesús Cautivo y Rescatado fue depositada en la iglesia de San Hermenegildo, situada en la Ronda de Capuchinos.
Jesús Cautivo en San Ildefonso
   Para conocer cómo se produjo la llegada de Nuestro Padre Jesús Cautivo y Rescatado a la Parroquia de San Ildefonso, recurrimos al libro de su Quinario publicado en 2001, donde en las páginas 16 y 17 se expone que: “En sesión celebrada el día 7 de febrero de 1909 por la Junta de Gobierno de la Confraternidad del Sagrado Escapulario de la Santísima Trinidad, establecida en la Parroquia de San Ildefonso, se acordó, a propuesta del Sr. Cura párroco y Director Espiritual de la susodicha Asociación, traer al seno de esta devotísima Imagen del Divino Redentor Cautivo y Rescatado, que, como queda dicho, se veneraba en la iglesia de San Hermenegildo, sita extramuros de esta Ciudad, donde se encontraba en calidad de sagrado depósito y a la cual Imagen tenía la Asociación del Sagrado Escapulario, ya mencionada, cierto derecho por su origen trinitario.

   Con las licencias debidas para hacer su traslado y con la aprobación y beneplácito de la Hermandad de Caballeros de San Hermenegildo, establecida en la iglesia de su nombre, se organizó una solemne procesión en esta Iglesia, a las cuatro de la tarde del día 26 de marzo siguiente, a la que asistieron gran número de cofrades con velas encendidas, nutridas comisiones de las Hermandades del Santo Crucifijo, de San Agustín, y de Caballeros de San Hermenegildo y numerosos devotos del Señor, presididos por el Párroco de San Ildefonso […] Con este precioso rescate se completa esta Confraternidad de la Santísima Trinidad, pues en todas las iglesias de España que se da culto a esta Imagen lo recibe de la Orden Trinitaria o de sus Confraternidades”.
   Desde entonces, la venerada imagen de Jesús Cautivo ocupa el retablo en que estuvo el Santísimo Cristo del Calvario hasta 1908, fecha en la que su Hermandad se trasladó a la capilla de San Gregorio.
   El origen de la devoción a Jesús Nazareno Cautivo y Rescatado dio lugar al nacimiento de un nuevo modelo iconográfico. El momento de la Pasión representado hay que localizarlo en la Torre Antonia, después de que Jesús fuera presentado al pueblo por Pilato y antes de que iniciara el camino hacia el Calvario cargando con la cruz.
   La imagen del Redentor se muestra un tanto frontal, con la cabeza levemente girada e inclinada hacia su derecha. Aparece con expresión serena, humilde, intimista y bondadosa; tez morena, cabellera natural, coronado de espinas, con potencias, maniatado y con los pies descalzos. Por lo general viste túnica morada, cordón de oro que cuelga desde el cuello, ciñe la cintura, ata las manos y cae hasta los pies. Luce en pecho y espalda un escapulario blanco con la cruz patada de la Orden de la Trinidad. Fue restaurado por José María Gamero Viñau en 1998.
   Con su llegada a San Ildefonso, creció rápidamente la devoción a Nuestro Padre Jesús Cautivo y Rescatado, hasta el punto de ser una de las más señeras no solo de la ciudad, sino también de la Archidiócesis. Cada viernes son innumerables los fieles que acuden a visitarlo, siendo incontables los que lo hacen durante los viernes de marzo, mes en el que se le tributan solemnes cultos.
Salidas extraordinarias
   La sagrada imagen de Nuestro Padre Jesús Cautivo y Rescatado ha procesionado en algunas ocasiones de forma extraordinaria y siempre en andas. En ese sentido merece recordarse el Vía Crucis de la Pía Unión al templete de la Cruz del Campo que presidió el 13 de febrero de 1959 y del que se conserva una curiosa instantánea de la Primera estación a las puertas de la Casa de Pilatos.
   En algunos medios se ha venido afirmando erróneamente que la imagen del Señor Cautivo presidió el Vía Crucis de la Pía Unión de 1964, cuando en realidad ese año dicho acto se celebró en la Plaza de Pilatos y por vez primera con el “Lignum Crucis” que se custodia en la Casa Ducal de Medinaceli de nuestra ciudad.
   En las Misiones Generales de 1965, Nuestro Padre Jesús Cautivo y Rescatado salió a las cinco y media de la tarde del jueves 28 de enero hacia el Centro de Misión nº 3, zona 10, del barrio del Porvenir instalado en el refugio Luca de Tena. Las andas fueron llevadas por los “carretilleros de la caridad” de San Juan de Dios, siguiéndose el siguiente itinerario: Plaza de San Ildefonso, Boteros, Cabeza del Rey Don Pedro, Muñoz y Pabón, Federico Rubio, Fabiola, Puerta de la Carne, Jardines de Murillo, Av. Carlos V y calle ABC a donde llegó sobre las siete de dicha tarde. De este traslado se conserva la imagen inédita del paso de la sagrada imagen por los Jardines de Murillo. Allí presidió un Triduo preparatorio de las Misiones los días 28, 29 y 30 de enero.
   A las diez de la mañana del domingo 31 de enero, la imagen de Nuestro Padre Jesús Cautivo y Rescatado fue llevada desde el centro misional hasta la Santa Iglesia Catedral. Para esta ocasión las andas fueron exornadas por D. Emilio Vara con flores enviadas por los Hermanos de San Juan de Dios. A las cuatro y media de la tarde salió de nuestro primer templo por la actual Avenida de la Constitución para dirigirse al altar instalado ante la fachada del edificio de Correos, donde junto a la Patrona de Sevilla, la Santísima Virgen de los Reyes, presidió el acto de apertura oficial de las Misiones Generales. Concluida esta ceremonia, volvió a la Santa Iglesia Catedral y desde allí fue nuevamente trasladado por el barrio de Santa Cruz al centro misional del refugio Luca de Tena. El retorno a San Ildefonso se llevó a cabo a las siete y media de la tarde del domingo 14 de febrero.
Andas procesionales
   Para presidir el Vía Crucis del último viernes de marzo, la imagen de Nuestro Padre Jesús Cautivo y Rescatado es emplazada en sus andas procesionales, cuyo estreno tuvo lugar el 27 de marzo de 1998. Presenta una canastilla de caoba en su color y estilo Renacimiento con cuatro capillas, distribuidas en el frente, trasera y laterales, flanqueadas por columnas que cobijan las imágenes de San Ildefonso, el Apóstol Santiago, la Inmaculada Concepción y Nuestra Señora de los Reyes. En las esquinas se sitúan cuatro faroles de madera con columnas iguales a las de la canastilla y coronas. La labor de talla y madera se debe al taller de los Hermanos Caballero, en tanto que la orfebrería es de Manuel de los Ríos. El llamador es obra de Fernando Marmolejo (www.parroquiasanildefonso.wordpress.com).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía del Prendimiento de Jesús;
    Mateo, 26: 47-66; Marcos, 14: 43-52; Lucas, 22: 47-53; Juan, 18: 1-12.
   En los relatos de los Evangelios se pueden encontrar numerosas escenas que los artistas de la Edad Media con frecuencia han yuxtapuesto o fundido mal o bien, en una composición de conjunto, y que se suceden en este orden:
   1. Traición de Judas; 2. El Beso de Judas; 3. El Prendimiento de Jesús con el Desorejamiento de Malco y la Huida de los discípulos; 4. La Negación y el Arrepentimiento de San Pedro; 5. Los Remordimientos y el Ahorcamiento de Judas.
3. El Prendimiento de Jesús
   Guiados por Judas, los soldados irrumpen por la puerta o trepan la empalizada del Huerto de los Olivos.
   Según el Evangelio de Juan, después que Jesús dijera a los soldados que llegaban para prenderlo: «Yo soy (a quien buscáis)», «retrocedieron y cayeron en tierra». Luego se dejó atar las manos sin oponer la menor resistencia.
   Las prefiguraciones bíblicas son la Captura de Sansón y el Robo del Arca de la Alianza, por los filisteos.
   En las ilustraciones de los Salterios, los esbirros que arrestaron a Cristo tienen cabezas de perro, en alusión al Salmo 22, 17: «Me rodean como perros, me cerca una turba de malvados...».
   En el arte bizantino, especialmente en las pinturas murales del Protaton de Vatopedi, en el monte Athos, Jesús aparece enmarcado por dos soldados que lo amenazan, uno con una porra, el otro con una espada.
   La soldadesca que invade el huerto, a veces lleva estandartes con el emblema del escorpión, símbolo del pueblo judío.
   La escena ocurre durante la noche, a la luz de antorchas humeantes y de dos linternas que llevan en la mano o en el extremo de una pértiga, una Malco, al servicio del sumo sacerdote, la otra la «herrera» Hedroit, que forjaría los clavos de la Crucifixión. Esta puesta en escena pictórica se tomó de los Misterios de la Pasión, cuya escenografía comportaba «linternas de mano encendidas».
   A partir del siglo XVI los detalles pictóricos se multiplicaron.
   La escena del Prendimiento casi siempre está acompañada de tres episodios accidentados: los soldados encargados de capturar a  Cristo cayendo en tierra; San Pedro cortando la oreja de Malco; y los discípulos emprendiendo la fuga.
a) Los soldados cayendo en tierra
   Juan, 18: 4-6. «(Jesús...) salió y les dijo: ¿A quién buscáis? Respondiéronle: A Jesús Nazareno. Él les dijo: Yo soy. (...) Así que les dijo: Yo soy, retrocedieron y cayeron en tierra,"
   Como lo escribiera el P. Lagrange, sería pueril imaginar que toda la tropa fue derribada ante la vista de Jesús, como una fila de soldaditos de plomo. Debe entenderse que aquellos que iban en cabeza, intimidados por la majestad de Jesús, retrocedieron un momento.
   En la literatura prefigurativa, la caída de los soldados se compara con la de los Ángeles Rebeldes, con la muerte de seiscientos enemigos que Sangar mata con una aguijada, con la hecatombe de los filisteos que Sansón aniquila con una quijada de asno, con la matanza de ochocientos enemigos por David.
   A finales de la Edad Media, y especialmente en las ilustraciones prefigurativas del Speculum Humanae Salvationis, el arte cristiano reproduce la puesta en escena de los autos sacramentales de la Pasión. Cristo permanece impasible frente a los soldados que se derrumban a sus pies. Dos de ellos llevan filacterias en las que puede leerse: Quem quaerilis? Jesum Nazarenum. En la escena se los veía caer de espaldas dos veces. Es fácil imaginar el cómico efecto que producía al público esta doble caída.
b) Pedro cortando la oreja a Malco
   Lucas, 22: 51.
   Es uno de los episodios más populares del Prendimiento, imaginado para destacar la divina mansedumbre de Cristo mediante la oposición de éste a la reacción instintiva de uno de sus discípulos.
   Para defender a su maestro, Pedro, presa de la cólera, se precipita sobre Malco, criado del sumo sacerdote que llevaba una linterna en la mano para alumbrar el camino a los soldados. El apóstol lo derriba y le corta una oreja con una enorme espada o sable corvo con forma de cimitarra, cuyas dimensiones parecen excesivas para una ablación de ese género.
   Jesús le ordenó con calma que envainara  la espada (Mitte gladium tuum in vaginam) y volvió a pegar la oreja de la victima.
   La historicidad de este episodio es tanto más sospechosa por cuanto Lucas es el único evangelista que lo menciona. Si los otros tres lo hubiesen conocido no habrían tenido razón alguna para excluirlo de sus relatos.
   Con frecuencia Malco es representado con la estatura de un niño. Casi siempre está derribado, pero a veces se lo ve de pie, y Pedro le corta la oreja en el mismo momento en que pone la mano sobre Cristo (Crucifijo de San Gimignano, vidriera de Chartres). Su linterna cae a tierra.
   En el arte alemán del siglo XV, que se inclina hacia un realismo caricaturesco se ve a Pedro y a Malco rodando por el suelo y riñiendo como dos camorristas: con frecuencia Pedro está a horcajadas de su adversario.
   Jesús tiene la oreja cortada de Malco en la mano, que se dispone a pegar. A veces la oreja no está separada, sino sólo, pendiente.
c) La huida de los discípulos
   Marcos, 14: 51.
   Los otros discípulos, menos belicosos que Pedro, emprendieron la fuga, como un rebaño en estampida, sin intentar siquiera defender a su maestro.
   Uno de ellos escapó completamente desnudo, abandonando en manos de los soldados el manto que lo cubría.

   Según San Ambrosio y San Gregorio, el joven del manto (adolescens cum sindone) sería Juan; para los Misterios, se trataría de Santiago el Menor, hijo de Alfeo, primo de Jesús, a quien se parecía. A causa de esta semejanza física habría sido per­seguido por un soldado que no prestara atención al beso de Judas. Prefirió dejar su vestidura que ser apresado y «dejando la sábana, huyó desnudo.»
   La fuente de este episodio poco glorioso es una profecía del Antiguo Testamento (Amós, 2: 16): "(...) y el de más esforzado corazón entre los valientes / huirá desnudo aquel día (...)».
   Este tema, bastante infrecuente, no aparece por primera vez en la obra de Jean Fouquet, que lo habría tomado de los Misterios de la Pasión, como lo creyera E. Mâle; en verdad, se lo encuentra cuatro siglos antes en el Evangeliario de Enrique III iluminado en Echternach en 1045, y luego en la Maestà de Duccio, terminada en 1311: Fouquet lo tomó de los artistas de Siena del Trecento (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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jueves, 5 de marzo de 2020

La Leyenda del Lagarto, de la Catedral de Santa María de la Sede


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Leyenda del Lagarto, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
   La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.  
   En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar en la Nave del Lagarto [nº 116 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; este espacio se llama igual desde el siglo XIV, aunque matizado a veces con las alternativas "de San Cristobal" y "de la Granada". En uno de sus tramos existió en 1635 una representación de "Elías y el Ángel" (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997), ante la Puerta del Lagarto (Nueva)  el famoso Lagarto colgado del techo, origen de la leyenda.
   Entrando por el lado este del Patio de los Naranjos (el más cercano a la Giralda y en el que está ubicada la Biblioteca Colombina) nos encontramos con la Nave del Lagarto. En el techo de la misma observaremos cuatro objetos: un lagarto de gran tamaño, un colmillo de elefante, una vara de mando y un bocado de caballo de mayor tamaño de lo habitual. Como es natural, esta mescolanza de objetos también tiene su leyenda.

   Dicen que sobre el año 1260, el Sultán de Egipto, deseoso de entablar relaciones políticas y económicas con España, envió a Alfonso X una embajada para pedirle la mano de su hija Berenguela. Entre los presentes de dicha embajada figuraban un colmillo de elefante (hay quien asegura que se trajeron el elefante entero), un cocodrilo del Nilo vivo y una jirafa domesticada, con su montura, bocado y bridas.
   El rey cristiano rechazó cortésmente la pretensión del Sultán y envió la embajada de vuelta a Egipto, cargada de buenos deseos y regalos variados. El cocodrilo y la jirafa se quedaron en los jardines del Alcázar, hasta su muerte. El lagarto, entonces, fue disecado y se colgó de recuerdo, junto con el colmillo, el bocado de la jirafa y la vara de mando que trajo de vuelta el enviado de Alfonso X al término de su embajada en Egipto.
   Con el tiempo, el reptil se pudrió y, para no olvidarlo, se hizo otro de madera, pintado de verde. En los siglos XVII y XVIII se descuelga para enlucir el techo y se introducen documentos en su boca que explican su historia.
   Como no podía ser de otro modo, la religiosidad aporta su granito de arena a la leyenda y afirma que estos cuatro objetos simbolizan la prudencia, justicia, fortaleza y templanza. 
 En el tímpano de la puerta se hallaban las imágenes de la Virgen del Reposo o de los Remedios, David y Salomón. Aunque no han podido ser estudiadas debidamente, podemos situarlas en las postrimerías del siglo XV y en el entorno o círculo de Mercadante de Bretaña o de Pedro Millán (José Hernández Díaz, Retablos y Esculturas de la Catedral de Sevilla, en La Catedral de Sevilla, Ediciones Guadalquivir, 1991).
   El Alfarje de la Nave del Lagarto en el Patio de los Naranjos, procede del desaparecido Colegio de Santo Tomás, es obra del siglo XVI de estilo mudéjar, decorado con labores de lazo (Alfredo J. Morales, Artes Aplicadas e Industriales en la Catedral de Sevilla, en La Catedral de Sevilla, Ediciones Guadalquivir, 1991).
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